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Luvina - Juan Rulfo

Este documento describe la desolada y triste localidad de Luvina en México. El autor describe el paisaje árido y pedregoso, con vientos fuertes constantes que impiden el crecimiento de vegetación. También describe la tristeza que parece impregnar a los habitantes de Luvina. Finalmente, comparte una anécdota sobre su primera visita a Luvina donde se encontró sin alojamiento ni comida al llegar.

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Luvina - Juan Rulfo

Este documento describe la desolada y triste localidad de Luvina en México. El autor describe el paisaje árido y pedregoso, con vientos fuertes constantes que impiden el crecimiento de vegetación. También describe la tristeza que parece impregnar a los habitantes de Luvina. Finalmente, comparte una anécdota sobre su primera visita a Luvina donde se encontró sin alojamiento ni comida al llegar.

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LUVINA

El llano en llamas, de Juan Rulfo

De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está
plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con
ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia
Luvina la nombran cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de
desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera
rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en
Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que
llegue a caer sobre la tierra.
…Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de
un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas
suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si
allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni
a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la
tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí
donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote1 con
sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye
rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo
sobre una piedra de afilar.
—Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que
porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá
usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran
días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate2,
dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo
oye a mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando
tecatas3 de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta
sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros
mismos huesos. Ya lo verá usted.
El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.
Hasta ellos llegaban el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los
camichines4; el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los

1
chicalote: Planta medicinal mexicana.
2
petate: Esterilla de palma usada en los países cálidos para dormir sobre ella.
3
tecatas: Cáscara, piel de una fruta o verdura.
4
camichines: Árbol mexicano o fruto del camichín.
gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la
tienda.
Los comejenes5 entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al
suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.
— ¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! —volvió a decir el
hombre. Después añadió:
—Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el
horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra
nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos;
todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si
estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como
si fuera una corona de muerto…
Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo
que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: «¡Váyanse más lejos!
¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.»
Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:
—Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas
cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal
flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes,
cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas;
rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas:
Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces
se da el caso de que no regresen en varios años.
«…Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar
reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí
llaman "pasojos6 de agua", que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas,
que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran
crecido espinas. Como si así fuera.»
Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió
diciendo:
—Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que
va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no
se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si
quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve,
pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede

5
comejenes: Insecto que roe sustancias, especialmente madera. Termita.
6
pasojos: Estiércol de los equinos.
probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque
es oprimente como una gran cataplasma7 sobre la viva carne del corazón.
«…Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento
recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre
lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo…
siempre.
«Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita.
Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo
sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se
acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la
extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal8 que ellos hacen con una yerba
llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si
lo chacamotearan9. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.»
Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños
jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.
El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora
venía diciendo:
—Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo,
donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir
hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida… Fui a ese
lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá…
Está bien.
Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso… Mire usted,
cuando yo llegué por primera vez a Luvina… ¿Pero me permite antes que me tome su
cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento
como si me enjuagaran la cabeza con aceite alcanforado10… Bueno, le contaba que
cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar ni
siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media
vuelta:
»—Yo me vuelvo —nos dijo.
»—Espera, ¿no vas a dejar sestear tus animales? Están muy aporreados.

7
cataplasma: Tratamiento típico de consistencia blanda y, normalmente, caliente, que se aplica con varios
efectos medicinales; especialmente cuando los efectos son calmantes, antiinflamatorios o emolientes.
8
mezcal: Se refiere al alimento obtenido de la cocción del tallo y de la base de las hojas de esta planta.
También el nombre de una bebida alcohólica tradicional mexicana, elaborada a partir de la destilación del
corazón del maguey.
9
chacamotear: Golpearse contra algo, darle vueltas.
10
aceite alcanforado: Este aceite se obtiene de la tala de un árbol de alcanfor de 50 años y la posterior
destilación de la madera. Un árbol puede producir hasta 3 toneladas de alcanfor. Sus hojas también pueden
ser usadas como una hierba.
» ¡—Aquí se fregarían más —nos dijo—. Mejor me vuelvo.
»Y se fue, dejándose caer por la cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus
caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.
»Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en mitad de la
plaza, con todos nuestros ajuares en los brazos. En medio de aquel lugar donde sólo se
oía el viento…
»Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.
»Entonces yo le pregunté a mi mujer:
»— ¿En qué país estamos, Agripina?
»Y ella se alzó de hombros.
»—Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche.
Aquí te aguardamos —le dije.
»Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.
»Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a
buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida
en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido
entre sus piernas.
»— ¿Qué haces aquí, Agripina?
»—Entré a rezar —nos dijo.
»— ¿Para qué? —le pregunté yo.
»Y ella se alzó de hombros.
»Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con
unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como
por un cedazo.
»— ¿Dónde está la fonda?
»—No hay ninguna fonda.
»— ¿Y el mesón?
»—No hay ningún mesón.
»— ¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? —le pregunté.
»—Sí, allí enfrente… Unas mujeres… Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas
de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran… Han estado asomándose para acá…
Míralas. Veo las bolas brillantes de sus ojos… Pero no tienen qué darnos de comer. Me
dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer… Entonces entré aquí
a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
»—¿Por qué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.
»—Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.
»— ¿Qué país es éste, Agripina?
»Y ella volvió a alzarse de hombros.
»Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás
del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo
estuvimos oyendo pasar por encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos
oyendo entrar y salir por los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus
manos de aire las cruces del viacrucis; unas cruces grandes y duras hechas con palo de
mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con
alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de
dientes.
»Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer,
tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo
allí, sin saber qué hacer.
»Poco antes del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un
momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se
hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso… Se oía la respiración
de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:
»—¿Qué es? —me dijo.
»—¿Qué es qué? —le pregunté.
»—Eso, el ruido ese.
»—Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a
amanecer.
»Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la
oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el
suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se
hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de
puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la
puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el
rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.
»—¿Qué quieren? —les pregunté—. ¿Qué buscan a estas horas?
»Una de ellas respondió:
»—Vamos por agua.
»Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras,
echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.
»No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.
»…¿No cree usted que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que
se me quite el mal sabor del recuerdo.»
—Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad…?
La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo
enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad… Y es que allá el tiempo es muy
largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van
amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche.
Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.
»Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí
señor… Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol,
subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces
todo se queda quieto, sin tiempo, como si se viviera siempre en la eternidad. Eso
hacen allí los viejos.
»Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido,
como quien dice… Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que
han nacido allí se han ido… Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien
dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es
allí la cosa.
»Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda
donde sólo Dios sabe dónde… Vienen de vez en cuando como las tormentas de que le
hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y uno como gruñido
cuando se van… Dejan el costal del bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el
vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos sino al año siguiente, y a
veces nunca… Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se
pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como
quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley…
»Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte,
sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la
gratitud del hijo… Solos, en aquella soledad de Luvina.
»Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra
fuera buena. "¡Vámonos de aquí! —les dije—. No faltará modo de acomodarnos en
alguna parte. El Gobierno nos ayudará."
»Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos de los
que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
»—¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al
Gobierno?«Les dije que sí.
»—También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos
nada es de la madre del Gobierno.
«Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no.
Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron sus
dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.
»Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando
alguno de sus muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él
hasta Luvina y se lo matan. De hay en más no saben si existen.
»—Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno
de aguantar hambres sin necesidad —me dijeron—. Pero si nosotros nos vamos,
¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.
»Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite
seco y tragándose su propia saliva para engañar el hambre. Los mirará pasar como
sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.
»—¿No oyen ese viento? —les acabé por decir—. Él acabará con ustedes.
»—Dura lo que debe durar. Es el mandato de Dios —me contestaron—. Malo
cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos
chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se
esté allá arriba. Así es mejor.
»Ya no les volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso
regresar.
»…Pero mire las maromas11 que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro
de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo:
"Usted va a ir a San Juan Luvina."
»En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas… Usted sabe que a
todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plasta encima para plasmarla en
todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo…
»San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es
el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay
ni quien ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla,
no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno.
Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le
digo…
»¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos?
Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye,
Camilo, mándanos ahora unos mezcales!
»Pues sí, como le estaba yo diciendo…»
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los
comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.

11
maroma: Vuelta acrobática en que se enrrolla el cuerpo hacia adelante o hacia atrás para volver a la posición
inicial.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los
troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo
de la puerta se asomaban las estrellas.
El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó
dormido.

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