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Fundamentos de la Eucaristía

Este documento explica los fundamentos de la Eucaristía a través de cuatro puntos: 1) Su institución por Jesús durante la Última Cena para recordar su sacrificio; 2) La presencia real de Cristo bajo las especies de pan y vino a través de la transubstanciación; 3) Que es un sacrificio que actualiza la muerte de Cristo; 4) Que integra a los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

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Fundamentos de la Eucaristía

Este documento explica los fundamentos de la Eucaristía a través de cuatro puntos: 1) Su institución por Jesús durante la Última Cena para recordar su sacrificio; 2) La presencia real de Cristo bajo las especies de pan y vino a través de la transubstanciación; 3) Que es un sacrificio que actualiza la muerte de Cristo; 4) Que integra a los fieles en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

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Fundamentos y explicación de la Eucaristía: Lección 18 del curso

historia de la salvación

Muchos católicos que asisten a la celebración


eucarística dominical se quejan de que ésta es
demasiado aburrida. Ciertamente, observamos en
ocasiones celebraciones rapidísimas, sin homilía ni
cantos dándonos cuenta del poco fervor por parte del
sacerdote y de los fieles, los cuales se apresuran a dar
cumplimiento a esta obligación.
Buscando una respuesta a esta pregunta nos
ponemos a pensar, ¿será la solución, acaso adornar
las celebraciones quitando las largas oraciones y los
sermones y añadiendo música moderna atractiva? ¿O
quizás uno de esos nuevos efectos electrónicos, luces
y pantallas para atraer a tantos jóvenes que rechazan
la Misa?
Sin despreciar, desde luego, todo aquello que puede
enriquecer la celebración y disponer a los fieles a una
mejor participación (buen equipo litúrgico, una buena
homilía, cantos apropiados, etc.). Creo, como
sacerdote, que la causa por la cual tantos católicos
bostezan a la hora de la celebración es porque se
ignoran los fundamentos principales de ese don
maravilloso por el que Cristo acompaña a su Iglesia.
Fundamentos y explicación de la Eucaristía
Por ello nos disponemos aunque sea brevemente a
repasar y reflexionar en las palabras con las cuales
Cristo instituye este sacramento.
Cuando llegó el momento de separarse de los suyos.
Jesús quiso dejarnos su mejor recuerdo y la mejor
herencia. Pudo habernos dejado un retrato, pero no
creyó que su aspecto físico fuera lo más importante.
Pudo también, habernos dejado muchos bienes
materiales, pero éstos se acaban y además Él era muy
pobre porque había renunciado a todo tipo de
posesión. Tuvo en cambio la idea maravillosa y genial
de dejar el pan y el vino, transformados en su Cuerpo
y su Sangre, como el gesto más expresivo de que
quería quedarse con nosotros para siempre como el
mismo alimento cotidiano.
«Después tomó pan y dando gracias lo partió y se lo
dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo que es entregado por
ustedes”» (Lc 22, 19- 20).
Estas palabras son como una síntesis de toda la vida
de Cristo que se dio generosamente y obedeció en
todo la voluntad del Padre. Son expresión de su pasión
y muerte a fin de que todos nosotros tuviéramos vida y
gracias a su Cuerpo y su Sangre, la tuviéramos en
abundancia.
«Hagan esto en memoria mía» (v. 19), no sólo se
refiere como vamos a ver, al gesto ritual, sino a la
actitud que debemos tomar todos de ofrecernos
totalmente como Cristo lo hizo. La Eucaristía se
presenta como el memorial de cómo Cristo vivió, para
que por nuestra participación en ella nosotros vivamos
entregándonos a nuestros hermanos como Él lo hizo.
Ahora, analizaremos la Eucaristía en cuanto a cuatro
puntos principales para revisar nuestra participación y
entender los fundamentos de la misma celebración.
Su Institución
Sabiendo que había llegado la hora de partir de este
mundo, después de darnos el mandamiento máximo
del amor, quiso dejarnos prenda de este amor para no
alejarse nunca de nosotros y hacernos partícipes de
los frutos de su pasión. Por ello instituyó la Eucaristía
como memorial de su muerte y resurrección. Por
memorial debemos entender no sólo un recuerdo de
un acontecimiento pasado, sino la proclamación de las
maravillas que Dios ha realizado en favor de los
hombres; significa hacer presente, dar sentido actual a
su Pascua.
Cuatro veces encontramos narrada la institución de la
Eucaristía; tres veces en el evangelio (Mt 26, 26- 29;
Mc 14, 22- 25; Lc 22, 19- 20) y una vez en la primera
carta a los Corintios (1 Co 11, 23- 35). Las primeras
comunidades cristianas fueron fieles a estas palabras
del Señor y celebraron en su nombre este sacramento.
Asimilaron que por esta celebración no sólo se
acordaban de Cristo, sino que los introducía al mismo
misterio de su muerte y resurrección. Obviamente, la
celebración exigió que se realizara con todos los
gestos de Jesús: Tomar el pan y el vino para que
fueran transformados en su Cuerpo y en su Sangre.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 42- 47)
se aclara que se realizaba el primer día de la semana,
es decir, el domingo Día del Señor. Era toda una
celebración que reunía a los cristianos para festejar la
victoria de Cristo; escuchaban la enseñanza, partían el
pan y convivían con alegría y sencillez. Hasta nuestros
días la celebración eucarística se ha venido realizando
en todas partes con esta misma secuencia: Enseñanza
apostólica «Palabra de Dios», «fracción del pan» y
«oración y comunión fraterna».
Una vez que el católico es evangelizado también llega
a considerar la Eucaristía como una gran fiesta, un
banquete en el que Dios nos da lo mejor de sí: La
Palabra que es la voz de Dios que nos anima a seguir
adelante en la lucha de la vida y el alimento que es
Cristo. Por eso cuando asistimos a una Misa y no
escuchamos ni comulgamos equivale al caso de ir a
una comida y no haber comido.
Presencia Real de Cristo
El modo de la presencia de Cristo bajo las especies
eucarísticas pan y vino es muy especial. Pone a la
Eucaristía por encima del resto de los sacramentos,
pues en ella está contenido «verdadera, real y
substancialmente» Cristo en Cuerpo, Alma y Divinidad.
El valor del sacramento definitivamente, va más allá de
ser un símbolo de utilidad pedagógica. Realmente
realiza eficazmente lo que significa. El pan y el vino
consagrados no sólo recuerdan que Cristo se da a
nosotros sino realmente recibimos a Cristo que se
hace sustancia nuestra, de manera que podamos decir
como san Pablo: «Ya no soy yo el que vive, es Cristo
quien vive en mí» (Ga 2, 20).
Para explicar esta presencia milagrosa, la Iglesia ha
utilizado la tradicional teoría de la
«Transubstanciación» que explica que por la
consagración por parte del sacerdote y con el poder de
Dios tiene lugar una conversión de las substancias del
pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Esta
transformación que ocurre, es inaceptable para la
mentalidad científica, que entiende el concepto
«substancia» más bien ligado a la composición
química, la cual sigue inalterable. Substancia para el
creyente es más bien la realidad última, el ser
profundo del pan y el vino, que en apariencia siguen
conservando sus características propias. Todos los
hombres encontramos mucha dificultad para aceptar
este hecho incomprensible a la razón (cfr. Jn 6, 60).
Sin embargo, para animar la fe de los débiles, Dios ha
permitido en algunas ocasiones los famosos milagros
eucarísticos en los que contemplamos evidentemente
el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Recordamos el
milagro de Lanciano, Italia, que animó no sólo la fe de
los fieles sino la del propio sacerdote que dudaba que
por sus propias manos pudiera darse este milagro.
Hoy en día los teólogos se empeñan en poner nuevas
teorías que expliquen esta transformación, pero sea
como fuere, el católico cree y acepta la presencia real
no sólo como una teoría o explicación racional, sino
como un gran milagro que antes de cuestionar
debemos agradecer. La más grande prueba de la
presencia de Cristo en la Eucaristía son, sin duda, los
frutos de santidad entre los fieles y los ánimos de
servicio que genera en todos los que comulgamos.
De ahí puede explicarse la tibieza de muchos católicos
para asistir a la celebración pues al no querer o no
poder comulgar no le encuentran sentido a su
participación.
Con las palabras: «Hagan esto en memoria mía»,
Jesús mandó a sus apóstoles a repetir este gesto en
memoria de su sacrificio redentor. Sin embargo, para
los primeros cristianos la Eucaristía, más que un
mandato, era una celebración al modelo de una fiesta
en la que Cristo vuelve a partir el pan como lo hizo en
su última pascua entre los hombres. San Juan
Crisóstomo decía: «En la Eucaristía, Cristo se halla
entre nosotros, ¿hay mayor prueba de que es una
fiesta?».
Por lo mismo, hablar de la «obligación de ir a Misa» ya
da una idea de que no hemos captado la esencia de la
celebración. Pareciera como si nosotros le hiciéramos
un favor a Dios participando en ella. Y es que al asistir
a la Misa nos abrimos a todo lo bueno que Cristo
quiere darnos que son los frutos de su pasión y
muerte. El no participar plenamente equivale a hacer
inútil el sacrificio de Cristo.
Obviamente, esta luz, tiene que ser un descubrimiento
enteramente personal fruto de un encuentro con Cristo
a través de su Palabra. No se puede forzar a alguien
para que participe de la celebración cuando no está
convencido ni evangelizado. Por lo mismo, es
conveniente que haya una adecuada catequesis previa
y un seguimiento posterior a la primera comunión para
que ésta no sea la última y el niño o joven capte la
importancia de la comunión frecuente. El testimonio de
los padres de familia es determinante.
La Eucaristía como sacrificio de comunión entre
Dios y los hombres
Otro gran aspecto de este sacramento es su
consideración como sacrificio de comunión con Dios,
por el cual la muerte de Cristo en la cruz para darnos
la comunión con el Padre, permanece siempre actual.
El Concilio Vaticano II nos dice: «Cuantas veces se
renueva en el altar el sacrificio de la cruz en el que
Cristo nuestra Pascua fue inmolado, se realiza la obra
de nuestra redención.» (LG 3).
Este carácter sacrificial se manifiesta en las mismas
palabras consagratorias «Beban todos porque esta es
mi sangre, la sangre de la Alianza que es derramada
por una muchedumbre para el perdón de los pecados»
(Mt 26, 28). De este modo, cada vez que participamos
de la Eucaristía actualizamos el sacrificio por el cual
Cristo mismo se ofrece como víctima para salvarnos,
pero Él ahora ya no sufre porque está resucitado y
glorioso a la diestra del Padre.
Al mismo tiempo, La Eucaristía nos integra a la
comunidad pues Cristo se presenta como Cabeza del
Cuerpo de la Iglesia que formamos todos los
bautizados. Por eso todas nuestras vidas, junto con
nuestras alegrías y sufrimientos, nuestros trabajos y
oraciones, adquieren en Cristo un nuevo valor. Todo
sacrificio presentado en el altar da a todos los hombres
la posibilidad de unirnos al Padre, por los méritos de
Cristo que se ofrece por nosotros y nos une como una
sola familia.
Por lo tanto en la Eucaristía, no debe haber injusticias,
divisiones o rivalidades, porque estas se oponen en sí
mismas a la esencia de este sacramento de comunión.
En los primeros tiempos del cristianismo, tal era el
respeto a la Eucaristía que los fieles que tenían
problemas entre sí y no se habían reconciliado no
debían acercarse pues profanaban el Sacramento (cfr.
1Co 11, 17- 34).
Hoy en día, todo esto se ha perdido de vista y la
celebración eucarística para muchos católicos está
totalmente fuera de la realidad ordinaria. Considerada
sólo como auxilio de un Dios que está fuera de este
mundo, incapaz e impotente de realizar la justicia. Si
es así, la Misa parece no decirnos nada y está sin
relación con la vida personal y social, ¿será por esto
que la Misa nos parece aburrida?
La solución entonces, para una mejor y mayor
participación en la Misa, no la debemos esperar sólo
de un buen sacerdote que celebre fervorosamente,
una buena liturgia y cantos, que sería lo ideal; sino
más bien de una buena evangelización que presente a
la Eucaristía como el centro y el culmen de la vida
cristiana. Si hemos hecho esta experiencia vital con
Cristo, la celebración se convierte no en obligación o
costumbre sino en una necesidad apremiante, porque
ella nos alimenta del amor y la gracia para poder
seguir adelante.
TAREA mandarla al correo:
[email protected]
1.- ¿Qué es la Eucaristía como sacramento y como
sacrificio?
2.- ¿Cómo explicas la presencia real de Cristo en la
Eucaristía? ¿Es auténtico milagro?
3.- ¿Cuál sería tu actitud hacia el tipo de personas que
no quieren saber nada de la Misa?
4.-¿Qué sugerirías para que la Misa fuera mejor
aprovechada?

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