6203 Ariel
6203 Ariel
COLOMBINO H n o s . Lt d a . Ed it o r e s
M O N TE VI DE O - MCMXLVII
ARIEL
Copyright by
COLOMBINO Hnos. L td a.
Piedras 4 77 - Montevideo ■ Uruguay
) C O LO M B IN O H nos . L td a . Editores
MON T E V I D E O - MCMXL VI I
P R O L O G O
12
entre las sombras angustiosas del pasado y las luces indecisas del
porvenir.
Si A riel , aparece a la generación de 1900, como un súbito
y glorioso relámpago del genio del gran escritor, en lo que se
refiere a su concepción y realización, no carece de antecedentes
en el proceso espiritual de Rodó. Su anuncio inmediato está
virtualmente contenido en las páginas juveniles de El que ven
drá, síntesis de ajustada belleza, en que su autor pasa revista
en sus grandes líneas al movimiento literario, a la evolución de
sus escuelas y tendencias y se detiene en actitud de ansiosa ex
pectativa ante el misterio, que el destino plantea, reclamando
al revelador. Sin más conexión inmediata que la posición inte
lectual que el autor asume ante la vida, son dos obras que es
necesario correlacionar en la perspectiva histórica y que cons
tituyen en cierta manera el antecedente y el complemento lógi
cos de un estado de espíritu, son dos momentos diversos, unidos
por la estrecha e íntima relación de un proceso mental y de una
actitud ética, en que el pensador, como fruto de su reacción per
sonal íntima, llega a la concepción amplia y armoniosa de un
ideal de la vida y de la acción. /
La atmósfera moral de los tiempos presentes en América,
cargada todavía de los odios que la tempestad de la guerra ha
desencadenado sobre el mundo, y ensombrecida con sus fulgu
raciones la tradición liberal y generosa, por las perturbaciones
que en ella han determinado la creciente invasión de fermentos
de reacción atávica y de barbarie ideológica extraños a su vo
cación de libertad, es de tal modo distinta a la de lps días sere
nos en que surgiera A riel , que — a no mediar el esfuerzo de
revivir el tono vital de aquel momento — puede incurrirse en el
error de considerar somero el contenido del libro, cuanto lo de
encontrar limitadas o pequeñas sus fórmulas.
Esa falta de perspectiva en la visión ajustada a la realidad
del momento histórico, ha originado en buena parte las defi
ciencias críticas de algunos de sus censores, al no colocarse en
el punto justo de la época, prescindiendo del contenido del
pensamiento del gran escritor. Quien encuentra incompleta su
visión de la democracia americana, juzgando de las observa-
13
dones de Rodó en su tiempo, antes de que aquélla rescatara con
su sacrificio en las dos guerras mundiales, la parte del espíritu,
libertándose de la servidumbre de Calibán.
Quien, siguiendo las orientaciones del materialismo histó
rico, se queja de que el pensador se mantenga extraño al con
flicto de clases; quien reclama porque no es un filósofo y for
mule un sistema, cuando no se propuso establecerlo ni crearlo;
o quien desconociendo la exactitud de sus observaciones a la ma
nera estrecha de concebir el destino de la vida en el orden social
y político, traslade al orden particular de un momento concreto
de la vida, lo que fué concebido sub specie aeternitatis prescin
diendo de los accidentes del caso particular. Es una falacia en
que se incurre con frecuencia, y contra la cual debe prevenirse
Ja crítica serena e imparcial.
Es lo que un escritor francés — ha llamado la prueba de
los filósofos.
En lugar de tomar un libro en su conjunto y seguirlo en su
desarrolL?, se le interroga sobre las cuestiones que cada uno se
formula, por cuenta propia, pidiéndole la respuesta inmediata.
Se le reclama adaptarse a una exigencia determinada, que el
autor no ha previsto, ni entraba en su plan resolver, cuando lo
que se impone lógicamente es someterse el lector al libro, e
interrogarlo sinceramente en la vía y el plan que se trazara su
autor.
II
14
Inició Rodó los estudios elementales en la "Escuela Elbio
Fernández”, institución laica, fundada bajo los auspicios de la
"Sociedad de Amigos de la Educación Popular” , que procuraba,
respondiendo al ideal pedagógico, formar el carácter sobre la
base del sentimiento de la dignidad humana, ajeno a toda en
señanza o tendencia dogmática.
De su aprovechamiento singular son testimonio las altas
clasificaciones obtenidas. La escuela tenía — con singular acierto
pedagógico — un sistema de clasificación que se cumplía por
ministerio de los profesores al par que con la intervención de
los alumnos. Y justo es consignar, a favor de aquel ensayo del
sentimiento de la responsabilidad juvenil, que el fallo de sus
pequeños compañeros, ratificando el de los maestros, antici
para también el de la justiciera posteridad. Rodó resulta el pri
mero en las listas, no sólo por su aplicación y su talento, sino
por su conducta. El niño precoz revelaba, en el doble ejercicio
de la inteligencia y de la acción, lo que sería el hombre lleno
de dignidad y de nobleza, que fuera más tarde en su gloriosa
madurez.
También su vocación de escritor tuvo oportunidad de ma
nifestarse temprano, redactando con sus compañeros de estudios,
algunos periódicos infantiles, como el que lleva por título:
" Los primeros albores” .
Poco más tarde, en 1885, inicia sus estudios de bachillerato,
que lleva adelante, con cierta irregularidad, en cuanto a la asis
tencia de algunos cursos, pero con la suficiente continuidad, como
para terminar aquéllos en 1894, fecha en que cierra la prepara
ción universitaria, con un examen de literatura excepcional en
que obtiene la más alta clasificación en los dos cursos que en
tonces cotnprendía la materia, dictada por el brillante periodista
y crítico Samuel Blixen.
Los que tuvieron oportunidad de tratarlo en las aulas, nos
hablan de un joven singularmente aplicado en las materias de
su preferencia, o en los puntos o temas que más particular
mente le interesaban, y que completaba a veces, las deficiencias
de los cursos de la Universidad, bajo la guía de maestros parti
culares. Es así como estudió filosofía con el Dr. José Pedro Mas-
15
sera, e Historia Universal con el Dr. Miguel Lapeyre, bien que
ambos catedráticos, no vacilaron en reconocer, atento al apro
vechamiento demostrado en el poco tiempo que aprendiera con
ellos, que consideraban casi innecesario continuar su enseñanza.
Si bien terminó el bachillerato, no parece sin embargo, que
lo tentaran las carreras universitarias entonces accesibles: el de
recho, la medicina y la ingeniería. Las letras continuaron siendo
por esos años de aprendizaje, el objetivo fundamental de su
vocación.
En 1895 funda con los hermanos Martínez Vigil (Carlos y
Daniel) y Víctor Pérez Petit la "Revista Nacional de Literatura
y Ciencias Sociales” publicación literaria que alcanzó una rápida
y merecida difusión.
En ella Rodó se reserva, bien que no aparezca como función
permanente, la tarea crítica y allí publica sus primeros ensayos
a propósito de libros y autores, sobre los cuales se expide con
ecuanimidad y con una penetración sorprendente, al par que su
estilo refleja la potencia de un escritor dotado de todos los se
cretos de., su oficio.
Allí, entre diversos ensayos aparecen sus estudios sobre Juan
Ma. Gutiérrez, El Iniciador, Juan Carlos Gómez, que más tarde
han pasado al Mirador de Próspero y sus ensayos sobre la no
vela de Galdós, la crítica de Menéndez Pelayo, y las poesías de
Balart.
El don particular de gustar todas las formas de la belleza
que estaba en el espíritu de Rodó, se revela desde el primer mo
mento en estas páginas, en toda la plenitud de su talento. La
aptitud comprensiva, unida a la simpatía generosa, constituyen
la nota personal de su acento. Ningún rasgo del carácter que re
vele una singularidad manifiesta de un escritor, escapa a su per
cepción finísima. Ninguna forma nueva o manifestación singular
de la belleza, pasa inadvertida a su mirada zahori. Para este gus
tador eximio de todas las embriagueces de la belleza y del arte,
su inquietud espiritual lo mismo le permite desentrañar las pri
meras manifestaciones o tentativas incompletas de los forjadores
de nuestra modesta tradición literaria, que revelar en toda la
belleza de su originalidad, el aporte glorioso de Rubén Darío,
renovando los principios estéticos de la poesía nueva, que bajo
el nombre de modernismo, surgió como una aurora en la últi
ma década de la pasada centuria.
La formación intelectual de Rodó es una de las aventuras
espirituales si menos conocida, por la natural reserva y la discre
ción con que acompañó siempre sus actos personales, digna de
ser estudiada como un ejemplo fecundo a la manera que cabe
serlo el caso singular de Stuart Mili — no ya por lo que pueden
explicar su obra y sus ideas, sino en cuanto a que por su libertad
y eficacia constituyen una pauta que revela la fecundidad dichosa
de una amplia cultura libremente vivida y asimilada; es el
"camino de perfección” que un hombre joven entre los 20 y
25 años — realiza por sí heroicamente, proponiéndose por su
esfuerzo alcanzar una síntesis propia por sobre la superficial
impregnación universitaria que resbala sobre el espíritu, sin pe
netrar en su entraña.
Rodó rehace por sí mismo — en voluntarioso y tenaz es
fuerzo — el aprendizaje intelectual particularmente en letras,
filosofía e historia. Ese trabajo, al margen de sus tareas de estu
diante, lo realiza por sí en todos los momentos, acudiendo a las
bibliotecas, entregándose por entero, en la plenitud de los años
que los jóvenes dedican a los placeres fáciles y al vagar errante,
sin objetivo concreto, a ahondar día a día, el cauce de su propio
saber. En "Motivos de Proteo”, bien que en forma abstracta e
impersonal está la huella de ese maravilloso viaje intelectual,
que cumple amarrado como el forzado a su cadena, y cuya dig
nidad ejemplar resume o esboza en A riel , en la figura estoica
de Cleonte. Los que le conocieron joven, recuerdan a un m ozí
barbi lampiño, de agradable aspecto, estatura esbelta, y maneras
corteses que atendía el despacho de una oficina de administra
ción de propiedades, situada en la calle Treinta y Tres, que po
seía su tío don Cristóbal Rodó, hombre de negocios, pero aman
te de la cultura y dotado de cierta instrucción. Allí el futuro
crítico atenuaba lo prolongado del encierro y el tedio de las
horas entregado a la lectura. De vez en cuando algún cliente
interrumpía su ensimismamiento. Atendía entonces afable y
presuroso, deseoso de volver cuanto antes al interrumpido co
17
loquio con sus libros, y alejado el interesado visitante, volvía
nuevamente al mundo de las formas soñadas de su incorpórea
realidad.
Esas lecturas personales, ajenas a la exigencia del examen
o de la preparación angustiosa de la lección — no ya en los ma
nuales de información sintética, sino en las obras originales y
fecundas, Rodó las continuó a lo largo de su vida. Durante
años, concurrió con asiduidad a la Biblioteca Nacional — de
la que por algún tiempo fué director interino — y a la Biblio
teca del Ateneo, donde fuera por mucho tiempo, tal vez el más
asiduo lector (1).
Este estudioso solitario y paciente amaba los libros con amo
rosa delectación. El culto del libro — cuyo valor directo había
descubierto por su propia experiencia, surge a cada instante en
su obra — ora exalte la virtud de los libros, como auxiliares
poderosos de la cultura, o tónicos de la voluntad; ya colocán
dolos como el ornamento más digno en la sala del viejo maes
tro, al despedir el grupo de sus fieles discípulos para las jorna
das de la vida; ora dedique a la Imprenta el único canto de
su juventud. Su noble preocupación por los libros, no cesa nun
ca. Cuando acaso la penuria editorial lo estimula como direc
tor de un diario a escribir sobre temas no necesariamente po
líticos, redacta artículos en el "Diario del Plata”, sobre la nece
sidad de dignificar la misión y el valor de la Biblioteca Nacio
nal, para que ésta sea lo que dignamente merece ser, y como
diputado propone leyes, exonerando al libro de toda clase de
derechos, al par que consagra el principio de la propiedad inte
lectual.
Y para completar el rasgo de esta modalidad de su carácter,
basta recordar que las contadas veces que su efusión lírica, (no
pasan de tres composiciones), buscó en las formas métricas su
realización artística, uno de sus sonetos, de factura parnasiana,
que iguala alguno de los instantes de su prosa marmórea, lleva
(1 ) E l negro Felipe — portero del Ateneo — Jtodo una institución! me decía hace
años mostrándome los gruesos volúmenes de la H istoria de L av isse y R am baud: V ea niño
(entonces mi escasa representación podía ju stific ar la confusión) estos libros los leyó todos
el Sr. Rodó. — Y U d. cómo lo sab e? — Porque yo le servía los libros, agregaba entonces
con cierta complacencia orgullosa.
18
1
por título: Lecturas” y posee al propio tiempo, el carácter de
una confesión literaria de preferencias y orientaciones.
Esta simpatía por el libro es rasgo particular de los autodi
dactos. No porque no sean capaces de sentir y comprender el
valor de la ensenanza impartida, sino porque en su inclinación
se confunden a la par la confianza en el maestro y la devoción
por la enseñanza.
No obstante, pues, sus estudios universitarios, puede decir
se que Rodó fué un autodidacto tenaz y laborioso, pues la alta y
superior cultura que alcanzó y que esfá de manifiesto en toda su
obra, es efecto depurado de un largo y paciente estudio, cumpli
do con disciplina admirable y singular aprovechamiento, en que
si lo primero es resultado de su voluntad paciente y bien orien
tada, lo segundo es el triunfo de una inteligencia noble, de un
espíritu delicado y severo, capaz de gustar los más varios y sa
zonados frutos de la belleza y el arte.
En el año 1898, el Rector de la Universidad doctor Alfredo
Vázquez Acevedo, lo designa interinamente catedrático de lite
ratura, siéndole adjudicada más tarde la cátedra en propiedad,
por nombramiento directo.
Al año siguiente 1899, escribe su ensayo sobre "Rubén
Darío” el cual puesto al frente de la edición de París de "Prosas
Profanas”, editado por la casa de Bouret, difundió el nombre
de Rodó en todos los países del habla castellana y en particular
en las repúblicas de Sud-América.
Rodó declara en el estudio que es también modernista. Se
siente solidarizado con el gran movimiento de renovación ar
tística que busca superar.
"Y o también soy modernista”, expresa por su parte. Lo que
si es que en el modernismo de Rodó — contrariamente a la po
sición de negación de sus secuaces — persiste un sentido com
prensivo de la belleza, que le permite gustar todas las esencias
exquisitas de lo nuevo, al par que el valor incomparable de las
creaciones del arte antiguo. Y como no es un iconoclasta, ni se
presenta en actitud de rebeldía, ni procura destruir para crear,
su posición ideológica le permite, admirando el arte nuevo, reunir
19
como los romanos en el Panteón, la gloria de todos los dioses de
la tierra.
En 1900, aparece A riel . La crítica, representada por los jó
venes, lo recibe con admiración unánime. En poco tiempo la ti
rada de la primera edición ha desaparecido. La segunda edición
que es del mismo año, ostenta ya como prólogo el artículo lau
datorio publicado por Leopoldo Alas (Clarín), en "Los Lunes” ,
de "El Imparcial” , de Madrid.
Alas resume sustancialmente el contenido del libro, y pre
cisa para los lectores españoles su modalidad singular.
"A riel , no es una novela — dice — ni un libro didáctico;
es de ese género intermedio que con tan buen éxito cultivan los
franceses y que en España es casi desconocido” .
"Se parece por su carácter, por ejemplo, a los diálogos de
Renán, pero no es diálogo, es monólogo, es un discurso en que
un maestro se despide de sus discípulos. Se llama A riel tal vez
por reminiscencia y por antítesis del Calibán de Renán” . Y des
pués de definir la modalidad de A riel agrega: "En la oposición
entre Ariel y Calibán, está el símbolo del estudio filosófico y
poético de Rodó. Se dirige a la juventud Americana, de la Amé
rica que llamamos latina, y la excita a dejar los caminos de Ca
libán, el utilitarismo, la sensualidad sin ideal, y seguir los de
Ariel, el genio del aire, de la espiritualidad que aúna la inteli
gencia por ella misma, la belleza, la gracia y los puros mis
terios de lo infinito” .
¿De donde tomó Rodó la idea de dar a su exposición el ca
rácter de una oración magistral, dedicada a la juventud de Amé
rica, poniéndola bajo el signo del personaje inmortal del drama
shakesperiano?
Aún cuando para poder responder con plena conciencia
sería necesario disponer de un "diario íntimo” o de las "confe
siones” del propio autor, creo que es posible acertar, bien que a
título de una suposición, fundada en leves coincidencias y re
montándonos al proceso mental que ha debido necesariamente -
desenvolverse, partiendo de la idea de la oposición original de
ambas figuras.
La Tempestad de Shakespeare, y la interpretación de Renán
han creado el símbolo, en cuya dualidad, Ariel y Calibán, ra
dica el fondo de la obra.
En cuanto a la forma de su desarrollo a la manera de una
oración universitaria, la sugestión inmediata debió de nacer en
él de una memorable pieza universitaria, que el Dr. Lucio Vi
cente López, leyó en la Universidad de -Buenos Aires, en la cola
ción de grados de 1893. Aquel discurso particularmente notable,
impresionó vivamente a Rodó; (dos o tres veces lo menciona en
el curso de su obra), no sólo por su forma, sino también por su
contenido. Los puntos que desenvuelve Lucio Vicente López, han
servido como de sugestión para algunos de los temas de A riel ,
como lo son las inquietudes que el porvenir de la juventud
argentina y con ella también el de la patria, suscitan en la mente
del orador que condena algunos rasgos del utilitarismo creciente
que descubre.
Una vida de pensamiento tan noblemente vivida, tan feliz
mente progresiva en su desarrollo tranquilo como el curso se
reno de un río que ensancha su caudal, ondulando graciosamente
ora entre bosques o jardines amenos, ora bordeando villas y ciu
dades, ora dilatándose en las llanuras, para estrecharse luego en
el torrente caudaloso y luego tenderse, antes de confundirse con
la inmensidad lejana del mar inmensurable, tal se nos ofrece la
singularidad de su existencia a la cual, sólo le bastó para com
pletarse pródigamente, la posibilidad que concedía la forma de
la vida en otros siglos, en que los humanistas ilustres, filósofos
y poetas encontraban la compensación material en la suntuosidad
de una púrpura, que brindaba con el esplendor de una posición
ambicionada y libre, la posibilidad de encontrar en el retiro que
ella le confería, la libertad para entregarse de lleno a las tareas
espirituales, libres del apremio enervante de la lucha cotidiana
para satisfacer las inmediatas exigencias de la vida. En medio de
una democracia deprovista de otras posibilidades para ofrendar
al talento, que un pequeño retiro burocrático, pudo pensarse en
el desamparo y la orfandad a que lo relegara la injusticia o la
indiferencia de sus contemporáneos.
Justo es decirlo, sin disminuir la parte indirecta de respon
sabilidad de los que pudieran contribuir a utilizar en oportuni-
I
dad sus talentos que no lo hicieran en tiempo o en la forma con
que Rodó lo merecia, que no hubo durante su vida, ni descono
cimiento de sus méritos, ni olvido, ni ingratitud. Circunstancias
políticas pudieron transitoriamente alejarlo de una colaboración
activa en el gobierno de su país, pero no padeció miseria, ni eco
nómicamente sus estrecheces pueden parangonarse a la de tantos
escritores ilustres, a quienes la necesidad, ha impuesto como el.
más duro castigo la miseria.
La injusticia para con él nació de la incomprensión de su
ideario más que de la voluntad de exclusión, de la incapacidad
colectiva para valorar su justa significación y el mérito intrín
seco, fuera de los cuadros de la política militante, única unidad
de medida para el sentimiento colectivo de la gloria, en estas
"democracias inorgánicas”, como las llamara Lucio Vicente Ló
pez. Su situación si no fué próspera no careció de la modesta hol
gura necesaria para vivir con la dignidad que correspondía a su
posición social. Fué modesto y estoico en su vida llena de no
bleza y de patriarcal sencillez sin reclamar a pesar de alguna re
flexión de orden general contra las ingratitudes! del tiempo y el
olvido de los hombres. Y cuando tuvo la ambición de efectuar
su soñado viaje a Europa, su pluma de escritor fué lo bastante
cotizada como para alcanzar por si misma la remuneración que
por su alcurnia merecía.
Es así como, esa su modesta posición de escritor en el seno
de una democracia, alejado como Aquiles de las luchas de los
bandos enconados, no comprometió por un sólo instante su li
bertad de pensar, ni tuvo que sacrificar al presente, las exigen
cias del porvenir. Jam ás su pluma estuvo al servicio de ninguna
idea o de ninguna causa, que no contara plenamente con la adhe
sión completa de sus convicciones. Esta honradez de su conducta
se trasunta lo mismo en el pensamiento que en la acción, en la
política como en el arte. Su dignidad como hombre está a la
altura de su gloria como escritor. Y su conducta cívica, digna y
austera, es al propio tiempo un ejemplo cívico, no ensombrecido
por ninguna debilidad del carácter.
Rodó era necesariamente una naturaleza reflexiva servida
por un artista de excepción. El mundo se refleja en él en for-
22
ma de ideas. Naturalmente reflexivo toda excitación, todo re
clamo del mundo exterior, ponía en movimiento a aquella vigo
rosa intelectualidad despertando una serie de consideraciones en
torno de la idea central que movía los ecos dormidos de su mun
do interior.
N o era una resonancia mística, ni el choque se expresaba
en el desencadenamiento de las pasiones o los sentimientos con
tenidos, bien que su sensibilidad delicada supiera vibrar, con
simpática resonancia a todos los vientos del espíritu.
Su reacción tampoco se manifestaba en el sentimiento de la
línea o del color, a la manera de un Teófilo Gauthier. Su moda
lidad armónica puede situarse en la línea media de Renán y de
Taine, sus dos maestros del estilo y sus dos guías invalorables
en el período de formación juvenil.
No tuvo del primero la sonrisa, ni del segundo la rigidez
sistemática. Había en ese su "entendimiento de hermosura” el
don ecuánime de gustar como una abeja ática en todos los ver
geles de la sabiduría, la miel dorada de la belleza y el bien. Su
lejana ascendencia mediterránea debió por atávicas influencias
filtrar una gota de sangre helénica de aquellos artistas y coloni
zadores que difundieron en torno de la cuenca del "Mare Nos-
v trum” "el sentido universal de la belleza” . Otra influencia, la
cantábrica, puso en sus venas el sentido del orden, que se alió
a su selección de la hermosura.
El medio americano, suavizó y depuró en la vibración del
paisaje toda brusquedad o aspereza, todo desentono inesperado,
toda rudeza genial. «
Inclusive en las páginas del "Mirador de Próspero” , que es
en cierto modo el diario íntimo de su espíritu y encerrado en la
torre de los sueños, se advierte siempre que su voz se levanta
para enseñar, para adoctrinar, para trasmitir a otras almas, el
verbo del espíritu, jamás para la solitaria efusión de las ideas.
Y no es que Rodó no posea el secreto de la confesión cordial, ni
la intimidad de un Montaigne, ni que carezca del sentido del
análisis introspectivo de un Amiel, presuroso, aguzado para el
análisis sutil y los secretos del alma.
Es que en todo momento se siente llamado por su vocación
23
apostólica y asume sin buscarlo, en el silencio vasto de América,
el tono constante de su prédica. El ha venido a difundir entre
los hombres de América la revelación de un evangelio. El ha
venido a predicar la revelación de la fraternidad, ante la vio
lencia, la del amor frente al odio, la de la justicia ante el reina
do de la fuerza.
El ha querido revelar esa América, dividida y fragmentada
como los trozos de un planeta aventados por un cataclismo cós
mico, a los hijos de la propia América dispersos y distantes en
medio de las murallas de su suelo incomparable, que se ignoran
y se desvanecen. El busca dar unidad espiritual a la gran fami
lia dispersa, y en la cual la comunidad del idioma constituye el
lazo más fuerte y perdurable.
El quiere predicar el evangelio de la tolerancia, sobre la £
incomprensión y la injusticia. Busca exaltar en las figuras más
altas y representativas de cada país del continente, las cualida
des perennes de la estirpe, para que ellos formen como el arque
tipo a que deba ajustarse el plan orgánico de una cultura moral
superior y completar indirectamente la realidad de una tradición
no apoyada en los privilegios, ni en la sangre, sino en la inteli
gencia y el carácter.
Consciente de la fuerza de esa unidad continental nadie ha
levantado así con más altura y dignidad la voz en defensa de esos
ideales, nadie ha sabido esclarecerlos con más profundidad, na
die se ha sentido más libre y deliberadamente el ciudadano ideal
de esa "ciudad mística” de América, que a la manera de una
tierra prometida, señala incesantemente a los pueblos latinos
del sur.
Es natural por tanto, que el estilo, que el instrumento del
pensamiento se ajuste al objetivo previsto.
No posee la fuerza y el desborde torrentoso de un Sarmiento
en quien la forma abrupta y magnífica recuerda la grandeza de
la serranía que limita sus valles nativos, donde entre cúspides y
abismos, surge de pronto la alegría de un valle del altiplano,
que tiene el encanto, cuando no la dulzura del oasis en los are
nales del desiertov_
Tampoco su prosa posee esa modalidad arcaizante, esa des-
24
✓
treza singular en el juego de las relaciones de las formas, que
presta al conceptismo de Montalvo la gracia de un Quevedo o
un Gracián y le permite ese alarde singular de revivir el lengua
je del siglo de oro en los "Capítulos que se le olvidaron a Cer
vantes” . Ni la desbordada elocuencia de Martí en cuyo tumulto
de imágenes, como las ondas de un mar movido por el viento,
cantan todas las notas, desde el arrullo que despierta la brisa,
hasta el estruendo que desencadena la tempestad.
El estilo de Rodó es de una medida rítmica, personalísimo,
al punto de que no obstante las admiraciones que ha suscitado
es de los pocos escritores que según Zaldumbide, no ha sido
imitado.
Esa su prosa sustanciosa, construida con elegancia y armo
nía nace de un ajuste tan singular entre el pensamiento y la for
ma de que se reviste que no es posible, a no ser el propio
Rodó, llegar a lo primero por la imposibilidad de reunir su ca
pacidad de síntesis genial.
En una formación sociológica de aluvión, como es rasgo tí
pico de los países del Plata, tipo humano de esas características
es poco vomún. En ese sentido y en nuestra América en que el
desentono genial es la característica de nuestros grandes hom-
' bres, ello constituye un caso único. De este escritor genuinamente
americanista por su prédica puede decirse que es el más europeo
por su sensibilidad, por su sentido de la civilización primorosa
y delicada que veinte siglos de incesante renovación han determi
nado en el mundo occidental, creando como una flor preciosa
de la humanidad, esa imponderable atmósfera de luz que ilumi
na bellamente el genio de Europa. Es un fruto depurado de una
civilización, cuya madurez se trasunta en la justeza de una vi
sión serena de la vida y de las cosas comprendidas y medidas
por la inteligencia. Ese sentido de la proporción y la justeza, es
el elemento, que existe permanente en su pensamiento que tiene
la euritmia de una columna dórica coronada por la gracia pe
renne del capitel.’
Rodó es sin disputa uno de los primeros escritores del habla
castellana en su tiempo, y tal vez el más completo escritor que
haya nacido en tierras de América.
25
El es de la estirpe inmortal, en que cabe reunir las figuras
señeras de Sarmiento, de Montalvo, de Bello y de Martí.
El temple de su prosa ora se dilate en la onda amplia de
sus párrafos majestuosos y elegantes; ora se ciña en sus formas
precisas y lapidarias, mantiene siempre una armonía deleitosa,
en que parece ajustarse a un ritmo interior, y en que una medida
rige acompasadamente el movimiento armonioso de una marcha
triunfal. Si no poseyó el don particular y divino de la poesía,
ese secreto musical de expresar en manera única e intraductible
el pensamiento que es condición suprema del verdadero poeta,
si ese don de la magia del ritmo no constituyó una de las moda
lidades o rasgos de su personalidad de escritor, no hay duda de
que en el manejo insuperable de la prosa, alcanzó un dominio,
que le permitió señorear las más varias formas de la expresión
ajustadas a una secreta armonía, y la sustancia si no la forma
de muchas de sus páginas en prosa, son materia poética por exce
lencia.
No conozco escritor americano en quien más completamen
te los secretos inefables del ritmo musical de la forma no versi
ficada le hayan sido concedidos con tanta largueza y plenitud,
como a Rodó. Si el sabor local del ambiente, no trasciende en
el mármol de su prosa, ajena a esas peculiaridades que dan
carácter a muchos escritores de América, y ofrece una modali
dad tan típica en ciertas personalidades, su técnica tiene la
armonía de una fórmula clásica ajustado al de un invariable
y delicado buen gusto. En todo momento Rodó se siente que
habla no para la intimidad, sino para el público; no como el
solitario de celda de monje, sino para el ágora y la cátedra.
En torno de la prédica llena de persuasiva unción, y ajustada
a las normas del buen gusto, la muchedumbre escucha. Y el
tono más alto de la voz, que se presiente que va subiendo gra
dualmente, anuncia que el escritor habla siempre en el mismo
tono magistral, con que Próspero dialoga con sus discípulos,
congregados en torno de la estatua de Ariel.
a
26
/
III
27
parece comprobar una disminución de la juventud interior en
la persona de sus héroes, bien que un lisonjero renacimiento
se señala ya en alguna de las corrientes (Lemaitre, Wizewa,
Rod).
Espera que la generación que se prepara a entrar en la
acción, en los albores del siglo, permita soñar con generacio
nes que devuelvan a la vida, por una vigorosa resurrección de
energías, una realidad de existencia colectiva, en que ella
afirme su mágica influencia, como en la vida individual.
Las inquietudes que las confidencias íntimas le han anti
cipado, hablan de indecisión, de duda, no de enervamiento ni
de un definitivo quebranto de la voluntad.
Esas notas de desaliento y de dolor, que han brotado de
la meditación, no son indicio de un estado de alma permanente.
La invocación al ideal que vendrá, con una voz de esperanza
mesiánica, ha bastado para disiparlas.
No se propone al hablar del entusiasmo y la esperanza co
mo virtudes altas y fecundas, determinar la línea infranqueable
que separa el escepticismo de la fe, la decepción de la alegría.
Tampoco pretende confundir su fuerza y espontaneidad con la
frivolidad del pensamiento que compra el amor y la alegría al
precio de la incomunicación y la ignorancia voluntarias.
Hay que aceptar el reto de la esfinge y no esquivar su in
terrogación formidable. El dolor que enerva es un consejero pér
fido, porque entraña una filosofía que lleva a la abdicación de
la voluntad y quien lo sigue merece ser calificado "de indolente
soldado que milita bajo las banderas de la muerte” (1). Cuando
el dolor es estímulo varonil para la lucha, cumple su función
biológica al constituir el más poderoso impulso de la vida, aná
logo al hastío que para Helvecio, cuando impide a la sensibili
dad encerrarse en el odio, se convierte en vigilante estímulo de
la acción.
Pesimismos de esa índole revisten el carácter de optimis
mos paradógicos.
Esa fe en el porvenir y la confianza en la eficacia del es-
------- >
(1) ¿D e que poeta lia tomado Rodó, la cita tan oportuna de este verso? E n una nota
critica, cabe form ularse una pequeña digresión para esclarecerla. Pertenece a J . J . Olmedo.
28
fuerzo humano son el antecedente de toda acción enérgica y de
todo propósito fecundo. Quiere que la juventud afronte la vida
con la altiva mirada de^in conquistador. Quizá la juventud ha
disminuido su influencia eficaz en las sociedades humanas.
Gastón Deschamps lo señala para Francia. En cuanto a
América el aislamiento doloroso, parecería justificar la obser
vación.
"Y sin embargo agrega, yo creo ver expresada en todas
partes la necesidad de una activa revelación de fuerzas: yo creo
que América necesita grandemente de su juventud” .
Sobre la diversidad de vocaciones debe velar el sentimien
to de que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada.
Hay una profesión universal que es la de ser hombre, repite con
Guyau. Hay que desarrollar la plenitud del ser. Previene con
tra el peligro de una especialidad restringida. El efecto moral
es la indiferencia por los intereses de lo humano. El ejemplo
de Grecia, que cinceló las cuatro faces del espíritu, le sirve de
confirmación.
El milagro griego, esa sonrisa de la historia, nace de ese
florecimiento en su plenitud. Los intereses del alma, no con
sienten la indiferencia de nadie.
Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar,
con la energía del presente, dominan la vida, son fatales a las
preocupaciones ideales, y constituyen como una suerte de ser
vidumbre oprobiosa contra la cual es menester defenderse en
la milicia de la vida. La parábola del rey hospitalario, abre su
fresco oasis. Este recurso de exposición alcanzará más tarde en
"Motivos de Proteo” su más acabada realización.
La absoluta indiferencia hacia el sentimiento de lo bello
es el primer impulso de la regresión vulgarizadora. Todavía el
argumento del apóstol traidor ante el vaso de nardo inútilmen
te derramado sobre la cabeza del Maestro, es una de las fórmu
las del sentido común. Lo superfluo del arte no vale para la
/nasa anónima, los trescientos denarios.
El arte sigue siendo por su virtualidad el elemento de una
educación humana capaz de formar un amplio concepto de la
vida. El educado en el sentido de lo bello está más próximo a
29
la posesión del sentido de la justicia. El sentimiento del deber
es más completo, cuando además de sentirlo como una imposi
ción, el ser humano lo percibe también como una armonía.
Las páginas sobre la relación de la belleza y el bien, tie
nen la hermosura de un diálogo platónico. ¡Con qué penetra
ción y con qué finura espiritual, se adentra en los dominios de
lo bello, señalando la eficacia, en las grandes revoluciones, de
la parte que corresponde a la íntima belleza de las ideas! La
originalidad de la obra de Jesús, está en haber hecho sensible
con su prédica la poesía del precepto. El ascetismo que no supo
encarar más que una faz del ideal, y excluyó de la idea de la
perfección todo lo que hace la vida amable, delicada y hermo
sa, sólo sirvió para engendrar en la Italia del Renacimiento un
tipo de civilización que únicamente creyó en la virtud de la
apariencia fuerte y graciosa.
El puritanismo, al divorciar la voluntad del sentido de lo
bello, tendió una sombra de muerte que aún no ha conjurado
Inglaterra, en las menos amables manifestaciones de su religio
sidad y sus costumbres.
Quisiera como tipo de la perfección de la moralidad huma
na, infiltrar el espíritu de la caridad, en los moldes de la ele
gancia griega. Ese consorcio — entre los dos ideales más altos
de la historia, pareció consumarse en la luminosa alegría de la
antigüedad, cuando el Evangelio naciente se propaga en las
colonias griegas de Tesalónica y Filipos.
El buen gusto no sólo es una elegancia de la civilización,
es también una "rienda firme del criterio” . Si a veces la edu
cación aparece unida al extravío de la moralidad, es porque ha
sido cultivada como fuerza aislada. Como en las líneas inmor
tales del Partenón, cree con Taine, que la proporción armoniosa,
es una "promesa de eternidad” .
En el vértigo del sentido moral, y la limitación fanáti
ca de la razón que aparecen en el histrionismo de Nerón o en
el impulso destructor de la Convención ¿qué parte no deberá
tener en el primero la afectación retórica de Séneca y en el se
gundo la perversión de mal gusto?
Afirma Rodó la idea de que un superior acuerdo entre el
30
buen gusto y el sentido moral, domina tanto en el individuo,
como en las sociedades humanas.
La hermosura difundida en el seno de la naturaleza no obra
como un mero azar, como una superfluidad caprichosa, sino co
mo una función vital. El matiz de las flores, o su perfume con
vocan al insecto propagador del polen fecundo. El pintado plu
maje de las aves, señala las preferencias para la atracción del
amor, y en la contienda vital la subsistencia de los seres mejor
dotados de hermosura, sobre los menos dotados, demuestran el
carácter realísimo de la función estética.
Es cierto que para los devotos de lo severo y de lo útil hacer
de la gracia una forma universal, equivale a menoscabar el tem
ple varonil y heroico de las sociedades y su capacidad utilitaria
y positiva. Colocándose en el •ponto de vista utilitario, sostiene
entonces con ironía, que a los que se sienten inclinados a expul
sar a las golondrinas de los tejados, siguiendo el consejo de Pi-
tágoras, corresponde argumentarles, no con la gracia monástica
del ave y su leyenda de virtud, sino con que la permanencia de
sus vidas, en manera alguna es inconciliable con la seguridad de
los tejados.
Como tipo de vida opuesta a esta armoniosa concepción de
la existencia fundada entre sus fines esenciales, como norma de
conducta en esa desinteresada visión de lo hermoso, señala la
concepción utilitaria que sólo procura la inmediata finalidad del
interés.
Reivindica la noble figura de Guyau entre los pensadores
que han intentado sellar la reconciliación de las conquistas del
siglo X IX , en sus titánicos esfuerzos por subordinar las fuerzas
de la naturaleza a la voluntad humana, con la renovación de las
idealidades que han servido de devoción a la Humanidad.
De las causas fundamentales a que generalmente se atribuye
el desborde del espíritu de utilidad, las revelaciones de las cien
cias naturales y el triunfo de la idea democrática, Rodó se pro
pone tratar exclusivamente esta última.
En esta parte, Rodó no sólo se aparta de Renán, sino que
formula su crítica más formal, después de rendirle el debido ho
menaje a la manera de aquellos justadores del medio-evo, que
31
✓
antes de entrar en liza, cumplían como un ritual al valor caba
lleresco, el saludo de armas.
A menudo, entre los que han leído superficialmente a Rodó,
pasa como moneda corriente, la afirmación que tiene caracteres
de lugar común, de ser un discípulo de Renán.
Si con ello se limitaran a afirmar que en el estilo de Rodó,
hay algunos elementos, de la forma mágica del pensador francés,
podía en pacte aceptarse. En modo alguno en lo que respecta al
fondo de sus ideas y en particular en cuanto al problema de la
democracia.
En el "Calibán" de Renán, en que su autor se propone con
tinuar la "Tempestad” de Shakespeare, la obra termina con la
derrota de A riel . Próspero acepta su triunfo. Si pide a Calibán
que retire su menosprecio para A riel , reconoce que sin Calibán
no existe la historia. "El áspero odio que lo lleva a suplantar a
su dueño, es el principio del movimiento en la Humanidad” .
Calibán aparece justificado en el drama del pensador francés,
como el mal necesario, como la parte impura y fatal que entra
en el barro celeste, en quf se amasan las formas de la vida.
Con la entronización de Calibán, A riel es el vencido. El no
puede participar de la vida fuerte pero impura. Su duelo será no
participar más en las luchas de los hombres.
Es lo contrario de lo que defiende y consagra Rodó. La de
mocracia abandonada a si misma, sin un ideal que la depure,
puede llegar a extinguir toda alta superioridad. El Próspero
quiere que continúe llevando el guión triunfal en la ascensión
de la humanidad.
La igualdad conquistada en el punto de partida, supone el
allanamiento de las superioridades injustas. Pero la necesaria
superación de ese postulado básico, radica "en suscitar por efi
caces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de las
verdaderas superioridades humanas” .
El problema cobra para América caracteres imperiosos por
el apresurado crecimiento, la agregación inmigratoria, sin que
se cumpla el prgceso de asimilación, la dificultad de encauzar el
torrente humano con los medios para consolidar la solidez de
la estructura social.
32
9
33
\
de las muchedumbres” , ella levanta y prepara el porvenir. Ella
debe velar por hacer efectivos "el sentido del orden, la idea y la
voluntad de la justicia, el sentimiento de las legítimas autorida
des morales” .
Todo un programa de educación está contenido en esta vi
sión tan alta como fecunda. Valdría la pena que los llamados
a encararla y resolverla en nuestro país, se inspiraran en esta
idealidad generosa, en esta orientación que empezara por for
mar el carácter, al par que cincelara las inteligencias por el saber.
Retornando a la necesidad de consagrar el principio de la
igualdad, sostiene que ella radica en el derecho idéntico a aspi
rar a las superioridades morales. Todos los seres están dotados
pbr la naturaleza de facultades capaces de un noble desenvolvi
miento. El deber del Estado es colocar a todos los miembros de
la sociedad en condiciones de tender a su perfeccionamiento, y
en procurar la revelación de las superioridades, donde quieran
que existan.
La diferencia entre la aristocracia y la democracia es que
la primera se funda en un principio de selección adscripto a gru
pos sociales y organizados sobre la injusticia y "el excecrable pri
vilegio de la casta” , y la segunda renueva sin cesar su aristocra
cia dirigente en las fuentes vivas del pueblo y la hace aceptar
por la justicia y el amor.
Crítica así al pasar el anti-igualitarismo de Nietzsche, cuya
influencia se marca profunda en la moderna literatura de ideas,
que reivindica los derechos implícitos del super-hombre, que
niega a la fraternidad toda piedad, que crea un menosprecio
satánico en su corazón por los débiles y los desheredados; al par
que legitima los privilegios de la voluntad y de la fuerza.
"Por fortuna — concluye — mientras exista en el mundo
la posibilidad de disponer dos trozos de madera en forma de
cruz, — es decir: siempre — la humanidad seguirá creyendo que
es el amor el fundamento de todo orden estable y que la superior
jerarquía en el orden no debe ser sino una superior capacidad
de am ar!”
Es así como apenas mediado el cuarto de siglo de su exis
34
tencia, encaraba el problema de democracia y lo resolvía con
una visión de extraordinaria lucidez.
El libro se cierra con un análisis de la "democracia, formi
dable y fecunda, que, allá en el Norte, ostenta las manifestacio
nes de su prosperidad y su poder, como una deslumbradora
prueba que abona en favor de la eficacia de sus instituciones y
de la dirección de sus ideas” .
Frente a la admiración por su grandeza y por su fuerza que
suscita una suerte de conquista moral en nuestros hombres di
rigentes y tal vez mayor en las muchedumbres, fascinables por
la impresión de la victoria, que llevarán cumpliéndose la ley de
imitación a una América deslatinizada, Rodó, con alta ecuanimi
dad, reconociendo la conveniencia de rectificar por la educa
ción del carácter de una sociedad humana para concordar con
nuevas exigencias de la civilización, expresa que no ve gloria
en desnaturalizar el carácter, el genio personal, de los pueblos,
por la identificación con un modelo extraño, al cual sacrifiquen
la originalidad irreemplazable del espíritu, ni en la creencia de
que pueda lograrse por procedimientos artificiales de imitación.
Cree que hay en ello mucho de snobismo político, imitación im
potente de la grandeza y superioridad inalcanzable, con el sa
crificio de la personalidad.
Aquel precepto de Cicerón, según el cual forma parte de los
deberes humanos, el que cada uno cuide y defienda celosamente
la originalidad de su carácter personal, que lo distinga y dife
rencie, respetando el impulso originario de la naturaleza, en todo
lo que no sea contrario para el bien, cree que debe aplicarse a
las colectividades humanas.
Los americanos latinos poseen una herencia de raza "un
vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la histo
ria” — y cuya continuación está confiada al futuro. Y el cosmo
politismo, condición material de nuestra formación, no excluye,
ni esa fidelidad al pasado, ni la fuerza plasmante del genio de la
raza para asimilar y fundir los elementos del futuro.
Así como en la antigüedad Atenas y Lacedomonia conclu
yeron por forjar la grandeza del genio y el carácter de la civili
zación inmortal de Grecia, encuentra en esta dualidad continen
35
tal, en esta diferencia genial y emuladora de Norte y Sud Amé
rica, el secreto de su misión gloriosa.
En página de una precisión y de una visión de síntesis ad
mirable, Rodó, estudia el carácter de la civilización americana.
No conozco en Sud América quien con más serenidad y más
altura haya encarado este análisis.
Se ha pretendido encontrar en estas páginas la influencia de
la crítica de Paul Groussac, en su libro "Del Plata al N iágara” ,
escrito con motivo de su viaje a Estados Unidos en 1892, para
concurrir a la World’s Fair de Chicago.
Es casi seguro que en la amplia información que caracte
rizó siempre la preparación de Rodó al asumir la responsabili
dad de escribir sobre cualquier tema, un libro de esta jerarquía
no debió ignorarlo (1).
Lo que es evidente, es que las impresiones personales de
Groussac, escritas con ese estilo incisivo, graban el pensamiento
como el mordiente de un ácido en la plancha de cobre, no ha
sintetizado su juicio de conjunto sobre la civilización americana,
aunque en cada línea se traduce su sentimiento marcadamente
opuesto.
La modalidad de Groussac es totalmente diferente de la de
Rodó, aunque su amplia cultura y su sentido artístico, dieran a
su crítica expresada con una libertad de pensamiento y una gran
sinceridad, una autoridad excepcional.
Hay pues una sola coincidencia, la condenación del utilitaris
mo que Rodó con una ecuanimidad ejemplar, atendía mostrando
todas las virtudes geniales de la gran democracia del norte, al
par que previene de los peligros que el sentido de la utilidad
inmediata pueden representar en el desenvolvimiento de la vida.
Por lo demás, son los propios americanos, especialmente aque
llos que miran el destino de su civilización, los primeros en ad
vertirlo.
F. J. Stimson, ha dicho en el prólogo de su versión de A riel
al inglés "John Stuart Mili had a horrible phrase: " Utilities, fi-
( 1) "D e l P lata al N iá g a r a " apareció en Buenos A ires en 1897, pero^ una parte del
libro, vió la luz en forma de correspondencias en " L a N ación ’’ y otras en “ L a Biblioteca"
que dirigía el propio G roussac bajo el título de “ M arinas y p aisajes americanos .
36
xed and embodied in material objects”; and it has lately seemed,
in that world of chesmistry and machinery which our modern
life has evolved, as if only those Utilities which could be fixed
and embodied in material objects and multiplied in great quan-
tities for universal demand were deemed of any valué. .. But
Ruskin followed Mili; and he asked humanity to consider what
"valué” really means. It is not material, still less mechanical, but
the life-giving quality of a thing: valor — valere — that v. hich
is sane, and well, and makes for the life of man; and thaí me
ans, in last analysis, the life of his soul” .
Esto es precisamente lo que quiere Rodó: la vida del alma,
la vida de su alma, la de todas las almas.
Y por ello en las páginas finales del libro, Próspero
señala que ante la historia todo un pueblo debe aparecer como
vegetación que ha tendido a producir un fruto, donde su lozanía
ofrece al porvenir su fragancia y la fecundidad de su simiente.
Una gran civilización al desaparecer deja vibrante su espí
ritu y hace surgir ante la posteridad su legado imperecedero.
Pero su grandeza no reside en acumular los elementos de la pros
peridad material.
Así ni Babilonia ni Cartago, representan en la memoria
de la humanidad "el hueco de una mano si se le compara con
el espacio que va desde el Acrópolis al Pireo” .
¿Cómo lograr que en América latina, ciudades cuya gran
deza material las acerca a participar del primer rango en el mun
do, puedan dar la impresión de la muerte espiritual y terminar
en Sidón, en Tiro o en Cartago?
La juventud que se levanta puede impedirlo predicando sin
tregua el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio
de la inteligencia a los beodos, el Evangelio del desinterés a
los fenicios.
Para ello basta que el pensamiento insista en ser, en demos
trar que existe, para que su triunfo sea seguro.
37
IV
38
el genio del aire, se ha desvanecido en la noche, como un lampo
de luz? — Esa noble concepción del destino humano realizándose
en la pureza de la acción, bajo el imperio generoso del ideal de
sinteresado, no tiene en la época presente del reinado de Calibán,
el sentido y el alcance que tuviera para las generaciones de Amé
rica, que llegaban al estadio de la vida, al cumplirse el centena
rio de la emancipación del Continente Americano; y sus fórmu
las, ¿serán lenguaje ininteligible, para las multitudes modernas,
vastos ejércitos al servicio de Calibán, lenguaje no menos remoto
e incomprensible que el que guardan los jeroglíficos de la Isla
de Pascua, para los indígenas que sobreviven y sólo advierten la
curiosidad del diseño, sin alcanzar a develar su sentido oculto y
desvanecido?
Quiero creer que no.
Desde lo más íntimo de mi espíritu siento que asciende la
protesta indignada. Como Juliano el Apóstata, no logro persua
dirme de la muerte de los antiguos dioses.
Lo que la vida ha destruido, mis sentimientos íntimos rebe
lándose en las más hondas profundidades del espíritu, se em
peñan tenazmente para reclamar su realidad.
No, ni la belleza, ni la poesía, ni el arte, ni el bien, conci
llados en el destino humwio, pueden morir. El progreso del es
píritu, cuya ascensión fatal se realiza en la humanidad, debe
también cumplirse en el orden de la convivencia humana. El
imperio de la democracia en el mundo, que importa el ideal de
vida libre y concretamente realizado por la voluntad, debe re
solverse en una armonía con las más altas y puras idealidades
del alma humana.
Y este libro pequeño y primoroso, con que el arte de Gu-
tenberg, permite renovar, como en el árbol la pompa floral de
una risueña primavera, los nobles pensamientos de Rodó, lleve
una vez más sobre el suelo de América, la buena nueva del eterno
ideal, redivivo y triunfante, sobre las almas atentas a su mensaje
de esperanza y de amor.
Juan Carlos Gómez Haedo
Montevideo, febrero de 1947.
39
q u e llatarde, el viejo y venerado maes
A
tro, á quien solían llamar Próspero,
por alusión al sabio mago de La Tem-
L pestad shakspiriana, se despedía de sus
jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, congre
gándolos una vez más á su alrededor.
Y a habían llegado ellos á la amplia sala de estu
dio, en la que un gusto delicado y severo esmerábase
por todas partes en honrar la noble presencia de los
libros, fieles compañeros de Próspero. Dominaba en la
sala — como numen de su ambiente sereno — un
bronce primoroso, que figuraba al A rie l de La Tem
pestad. Junto á este bronce se sentaba habitualmente
el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del
mago á quien sirve y favorece en el drama el fantás
tico personaje que había interpretado el escultor. Qui
zá en su enseñanza y su carácter había, para el nom
bre, una razón y un sentido más profundos.
Ariel, genio del aire, respresenta, en el simbolis
mo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada
del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el senti
miento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad;
es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresa
do en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vi
vacidad y la gracia de la inteligencia, — el término
ideal á que asciende la selección humana, rectificando
en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán,
símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel per
severante de la vida.
La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo
en el instante en que, libertado por la magia de Prós
pero, va á lanzarse á los aires para desvanecerse en un
lampo. Desplegadas las alas; suelta y flotante la leve
vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damas
quinaba de oro; erguida la amplia frente; entreabier
tos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de
Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque
42
del vuelo; y con inspiración dichosa, el arte que había
dado firmeza escultural á su imagen, había acertado á
conservar en ella, al mismo tiempo, la apariencia será
fica y la levedad ideal.
Próspero acarició, meditando, la frente de la es-
tatúa; dispuso luego al grupo juvenil en torno suyo; y
con su firme voz, — voz magistral, que tenía para fi
jar la idea é insinuarse en las profundidades del espí
ritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de luz,
bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el
toque impregnante del pincel en el lienzo ó de la onda
en la arena, — comenzó á decir, frente á una atención
afectuosa:
43
\
J
tarde, nuestros coloquios de amigos, en los
que he procurado despojar á la enseñanza de
toda ingrata austeridad, voy a hablaros de
nuevo, para que sea nuestra despedida como el sello
estampado en un convenio de sentimientos y de ideas.
Invoco á A rie l como mi numen. Quisiera ahora
para mi palabra la más suave y persuasiva unción que
ella haya tenido jamás. Pienso que hablar á la juven
tud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que
sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso también
que el espíritu de la juventud es un terreno generoso
donde la simiente de una palabra oportuna suele ren
dir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vege
tación.
Anhelo colaborar en una página del programa
que, al prepararos á respirar el aire libre de la acción,
formularéis, sin duda, en la intimidad de vuestro espí
ritu, para ceñir á él vuestra personalidad moral y vues
tro esfuerzo. Este programa propio, — que algunas
veces se formula y escribe; — que se reserva otras para
ser revelado en el mismo transcurso de la acción, — no
falta nunca en el espíritu de las agrupaciones y los pue
blos que son algo más que muchedumbres. Si con re
lación á la escuela de la voluntad individual, pudo
Goethe decir profundamente que sólo es digno de la
libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día
á día para sí, con tanta más razón podría decirse que
el honor de cada generación humana exige que ella se
conquiste, por la perseverante actividad de su pensa
miento, por el esfuerzo propio, su fe en determinada
manifestación del ideal y su puesto en la evolución de
las ideas.
Al conquistar los vuestros, debéis empezar por
reconocer un primer objeto de fe, en vosotros mismos.
La juventud que vivís es una fuerza de cuya aplica
ción sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois
46
responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que
el altivo sentimiento de su posesion permanezca ar
diente y eficaz en vosotros. Yo os digo con Renán: "La
juventud es el descubrimiento de un horizonte inmen
so, que es la Vida” . El descubrimiento que revela las
tierras ignoradas necesita completarse por el esfuerzo
viril que las sojuzga. Y ningún otro espectáculo puede
imaginarse más propio para cautivar á un tiempo el
interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el
que presenta una generación humana que marcha al
encuentro del futuro, vibrante con la impaciencia de
la acción, alta la frente, en la sonrisa un altanero des
dén del desengaño, colmada el alma por dulces y re
motos mirajes que derraman en ella misteriosos estí
mulos, como las visiones de Cipango y El Dorado en
las crónicas heroicas de los conquistadores.
Del renacer de las esperanzas humanas; de las
promesas que fían eternamente al porvenir la realidad
de lo mejor, adquiere su belleza el alma que se entre
abre al soplo de la vida; dulce é inefable belleza, com
puesta, como lo estaba la del amanecer para el poeta
de Las Contemplaciones, de un "vestigio de sueño y un
principio de pensamiento” .
La humanidad, renovando de generación en gene
ración su activa esperanza y su ansiosa fe en un ideal,
al través de la dura experiencia de los siglos, hacia
pensar á Guyau en la obsesión de aquella pobre enaje
nada cuya extraña y conmovedora locura consistía en
47
í
creer llegado, constantemente, el día de sus bodas. —
Juguete de su ensueño, ella ceñía cada mañana á su
frente pálida la corona de desposada y suspendía de su
cabeza el velo nupcial. Con una dulce sonrisa, dispo
níase luego á recibir al prometido ilusorio, hasta que
las sombras de la tarde, tras el vano esperar, traían la
decepción á su alma. Entonces, tomaba un melancólico
tinte su locura. Pero su ingenua confianza reaparecía
con la aurora siguiente; y ya sin el recuerdo del desen
canto pasado, murmurando: Es boy cuando vendrá,
volvía a ceñirse la corona y el velo y á sonreír en espe
ra del prometido.
Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha
muerto, la humanidad viste otra vez sus galas nupcia
les para esperar la realidad del ideal soñado con nueva
fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esa re
novación, inalterable como un ritmo de la Naturaleza,
es en todos los tiempos la función y la obra de la juven
tud. De las almas de cada primavera humana está te
jido aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar
esta sublime terquedad de la esperanza, que brota ala
da del seno de la decepción, todos los pesimismos son
vanos. Lo mismo los que se fundan en la razón que los
que parten de la experiencia, han de reconocerse inúti
les para contrastar el altanero no importa que surge
del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una apa
rente alteración del ritmo triunfal, cruzan la historia
humana generaciones destinadas á personificar, desde
48
la cuna, la vacilación y el desaliento. Pero ellas pasan,
— no sin haber tenido quizá su ideal como las otras,
en forma negativa y con amor inconsciente; — y de
nuevo se ilumina en el espíritu de la humanidad la es
peranza en el Esposo anhelado; cuya imagen, dulce y
radiosa como en los versos de marfil de los místicos,
basta para mantener la animación y el contento de la
vida, aun cuando nunca haya de encarnarse en la rea
lidad.
La juventud, que así significa en el alma de los
individuos y la de las generaciones, luz, amor, energía,
existe y lo significa también en el proceso evolutivo
de las sociedades. De los pueblos que sienten y consi
deran la vida como vosotros, serán siempre la fecundi
dad, la fuerza, el dominio del porvenir. — Hubo una
vez en que los atributos de la juventud humana se
hicieron, más que en ninguna otra, los atributos de un
pueblo, los caracteres de una civilización, y en que un
soplo de adolescencia encantadora pasó rozando la
frente serena de una raza. Cuando Grecia nació, los
dioses le regalaron el secreto de su juventud inextin
guible. Grecia es el alma joven. "Aquel que en Delfos
contempla la apiñada muchedumbre de los jonios
— dice uno de los himnos homéricos — se imagina
que ellos no han de envejecer jamás” . Grecia hizo
grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría,
que es el ambiente de la acción, y el entusiasmo, que
es la palanca omnipotente. El sacerdote egipcio con
I 49
-4
quien Solón habló en el templo de Sais decía al legisla
dor ateniense, compadeciendo á los griegos por su vo
lubilidad bulliciosa: No sois sino unos niños! Y Mi-
chelet ha comparado la actividad del alma helena con
un festivo juego á cuyo alrededor se agrupan y sonríen
todas las naciones del mundo. Pero de aquel divino
juego de niños sobre las playas del Archipiélago y á la
sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte, la filo
sofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investi
gación, la conciencia de la dignidad humana, todos
esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración
y nuestro orgullo. Absorto en su austeridad hierática,
el país del sacerdote representaba, en tanto, la senec
tud, que se concentra para ensayar el reposo de la eter
nidad y aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño.
La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitu
des de su alma, como del gesto de sus imágenes la vida.
Y cuando la posteridad vuelve las miradas á él, sólo
encuentra una estéril noción del orden presidiendo al
desenvolvimiento de una civilización que vivió para
tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros: la som
bra de un compás tendiéndose sobre la esterilidad de
la arena.
Las prendas del espíritu joven, — el entusiasmo
y la esperanza, — corresponden en las armonías de la
historia y la naturaleza, al movimiento y á la luz.
Adondequiera que volváis los ojos, las encontrareis co
mo el ambiente natural de todas las cosas fuertes y
50
hermosas. Levantadlos al ejemplo más alto: — La idea
cristiana, sobre la que aun se hace pesar la acusación
de haber entristecido la tierra proscribiendo la alegría
del paganismo, es una inspiración esencialmente juve
nil mientras no se aleja de su cuna. El cristianismo na
ciente es en la interpretación — que yo creo tanto más
verdadera cuanto más poética — de Renán, un cuadro
de juventud inmarcesible. De juventud del alma, ó, lo
que es lo mismo, de un vivo sueño, de gracia, de can
dor, se compone el aroma divino que flota sobre las
lentas jornadas del Maestro al través de los campos de
Galilea; sobre sus prédicas, que se desenvuelven ajenas
á toda penitente gravedad; junto á un lago celeste; en
los valles abrumados de frutos; escuchadas por "las
aves del cielo” y "los lirios de los campos” , con que se
adornan las parábolas; propagando la alegría del "rei
no de Dios” sobre una dulce sonrisa de la Naturaleza.
De este cuadro dichoso, están ausentes los ascetas que
acompañaban en la soledad las penitencias del Bautis
ta. Cuando Jesús habla de los que á él le siguen, los
compara á los paraninfos de un cortejo de bodas. —
Y es la impresión de aquel divino contento la que in
corporándose á la esencia de la nueva fe, se siente per
sistir al través de la Odisea de los evangelistas; la que
derrama en el espíritu de las primeras comunidades
cristianas su felicidad candorosa, su ingenua alegría de
vivir; y la que, al llegar á Roma con los ignorados cris
tianos del Transtevere, les abre fácil paso en los cora
51
zones; porque ellos triunfaron oponiendo el encanto de
su juventud interior — la de su alma enbalsamada por
la libación del vino nuevo — á la severidad de los es
toicos y á la decrepitud de los mundanos.
Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza ben
dita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis,
sin embargo, que ella esté exenta de malograrse y des
vanecerse, como un impulso sin objeto, en la realidad.
De la Naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero
es de las ideas, que él sea fecundo, ó se prodigue vana
mente, ó fraccionado y disperso en las conciencias per
sonales, no se manifieste en la vida de las sociedades hu
manas como una fuerza bienhechora. — Un escritor sa
gaz rastreaba, ha poco, en las páginas de la novela de
nuestro siglo, — esa inmensa superficie especular donde
se refleja toda entera la imagen de la vida en los últi
mos vertiginosos cien años, — la psicología, los esta
dos de alma de la juventud, tales como ellos han sido
en las generaciones que van desde los días de René hasta
los que han visto pasar á Des Esseintes. Su anahsis
comprobaba una progresiva disminución de juventud
interior y de energía, en la serie de personajes repre
sentativos que se inicia con los heroes, enfermos, pero
á menudo viriles y siempre intensos de pasión, de los
románticos, y termina con los enervados de voluntad y
corazón en quienes se reflejan tan desconsoladoras ma
nifestaciones del espíritu de nuestro tiempo como la del
protagonista de A rebours ó la del Robert Greslou de
52
Le Disciple. — Pero comprobaba el análisis, también,
un lisonjero renacimiento de animación y de esperanza
en la psicología de la juventud de que suele hablarnos
una literatura que es quizá nuncio de transformaciones
más hondas; renacimiento que personifican los héroes
nuevos de Lemaítre, de Wizewa, de Rod, y cuya más
cumplida representación lo sería tal vez el David Grieve
con que cierta novelista inglesa contemporánea ha re
sumido en un solo carácter todas las penas y todas las
inquietudes ideales de varias generaciones, para solu
cionarlas en un supremo desenlace de serenidad y de
amor.
¿Madurará en la realidad esa esperanza? — Vo
sotros, los que vais á pasar, como el obrero en marcha
á los talleres que le esperan, bajo el pórtico del nuevo
siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el arte que os estudie imá
genes más luminosas y triunfales que las que han que
dado de nosotros? Si los tiempos divinos en que las al
mas jóvenes daban modelos para los dialoguistas ra
diantes de Platón sólo fueron posibles en una breve pri
mavera del mundo; si es fuerza "no pensar en los dio
ses” , como aconseja la Forquias del segundo "Fausto”
al coro de cautivas; ¿no nos será lícito, á lo menos, so
ñar con la aparición de generaciones humanas que de
vuelvan á la vida un sentido ideal, un grande entusias
mo; en las que sea un poder el sentimiento; en las que
una vigorosa resurrección de las energías de la voluntad
ahuyente, con heroico clamor, del fondo de las almas,
53
todas las cobardías morales que se nutren á los pechos
de la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juven
tud una realidad de la vida colectiva, como lo es de la
vida individual?
Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos. —
Vuestras primeras páginas, las confesiones que nos ha
béis hecho hasta ahora de vuestro mundo íntimo, ha
blan de indecisión y de estupor á menudo; nunca de
enervación, ni de un definitivo quebranto de la volun
tad. Yo sé bien que el entusiasmo es una surgente viva en
vosotros. Yo sé bien que las notas de desaliento y de do
lor que la absoluta sinceridad del pensamiento — virtud
todavía más grande que la esperanza — ha podido ha
cer brotar de las torturas de vuestra meditación, en las
tristes é inevitables citas de la Duda, no eran indicio de
un estado de alma permanente ni significaron en nin
gún caso vuestra desconfianza respecto de la eterna vir
tualidad de la Vida. Cuando un grito de angustia ha
ascendido del fondo de vuestro corazón, no lo habéis
sofocado antes de pasar por vuestros labios, con la aus
tera y muda altivez del estoico en el suplicio, pero lo
habéis terminado con una invocación al ideal que
vendrá, con una nota de esperanza mesiánica.
Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la es
peranza, como de altas y fecundas virtudes, no es mi
propósito enseñaros á trazar la línea infranqueable que
separe el escepticismo de la fe, la decepción de la ale
gría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de con
54
fundir con los atributos naturales de la juventud, con
la graciosa espontaneidad de su alma, esa indolente fri
volidad del pensamiento, que, incapaz de ver más que
el motivo de un juego en la actividad, compra el amor
y el contento de la vida al precio de su incomunicación
con todo lo que pueda hacer detener el paso ante la faz
misteriosa y grave de las cosas. — No es ése el noble
significado de la juventud individual, ni ése tampoco
el de la juventud de los pueblos. — Yo he conceptuado
siempre vano el propósito de los que constituyéndose
en avizores vigías del destino de América, en custodios
de su tranquilidad, quisieran sofocar, con temeroso re
celo, antes de que llegase á nosotros, cualquiera reso
nancia del humano dolor, cualquier eco venido de lite
raturas extrañas, que, por triste ó insano, ponga en pe
ligro la fragilidad de su optimismo. — Ninguna firme
educación de la inteligencia puede fundarse en el aisla
miento candoroso ó en la ignorancia voluntaria. Todo
problema propuesto al pensamiento humano por la
Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios ó la
Naturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el
dolor, tienen derecho á que les dejemos llegar á nues
tra conciencia y á que los afrontemos. Nuestra fuerza
de corazón ha de probarse aceptando el reto de la Es
finge, y no esquivando su interrogación formidable. —
No olvidéis, además, que en ciertas amarguras del pen
samiento hay, como en sus alegrías, la posibilidad de
encontrar un punto de partida para la acción, hay á
55
menudo sugestiones fecundas. Cuando el dolor enerva;
cuando el dolor es la irresistible pendiente que conduce
al marasmo ó el consejero pérfido que mueve á la ab
dicación de la voluntad, la filosofía que le lleva en sus
entrañas es cosa indigna de almas jóvenes. Puede en
tonces el poeta calificarle de "indolente soldado que
milita bajo las banderas de la muerte” . Pero cuando lo
que nace del seno del dolor es el anhelo varonil de la lu
cha para conquistar ó recobrar el bien que él nos niega,
entonces es un acerado acicate de la evolución, es el más
poderoso impulso de la vida; no de otro modo que como
el hastío, para Helvecio, llega á ser la mayor y más
preciosa de todas las prerrogativas humanas, desde el
momento en que, impidiendo enervarse nuestra sensi
bilidad en los adormecimientos del ocio, se convierte en
el vigilante estímulo de la acción.
En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimis
mos que tienen la significación de un optimistno para
dójico. Muy lejos de suponer la renuncia y la condena
ción de la existencia, ellos propagan, con su descontento
de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que á la hu
manidad importa salvar contra toda negación pesi
mista, es, no tanto la idea de la relativa bondad de lo
presente, sino la de la posibilidad de llegar á un término
mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresurado
y orientado mediante el esfuerzo de los hombres. La fe
en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo
humano, son el antecedente necesario de toda acción
56
enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es la razón
por la que he querido comenzar encareciéndoos la in
mortal excelencia de esa fe que, siendo en la juventud
un instinto, no debe necesitar seros impuesta por nin
guna enseñanza, puesto que la encontraréis indefecti
blemente dejando actuar en el fondo de vuestro sér la
sugestión divina de la Naturaleza.
Animados por ese sentimiento, entrad, pues, á la
vida, que os abre sus hondos horizontes, con la noble
ambición de hacer sentir vuestra presencia en ella desde
el momento en que la afrontéis con la altiva mirada del
copquistador. — Toca al espíritu juvenil la iniciativa
audaz, la genialidad innovadora. — Quizá universal
mente, hoy, la acción y la influencia de la juventud son
en la marcha de las sociedades humanas menos efectivas
é intensas que debieran ser. Gastón Deschamps lo hacía
notar en Francia, hace poco, comentando la iniciación
tardía de las jóvenes generaciones, en la vida pública
4
57
ahí por qué me interesa extraordinariamente la orien
tación moral de vuestro espíritu. La energía de vuestra
palabra y vuestro ejemplo puede llegar hasta incorpo
rar las fuerzas vivas del pasado á la obra del futuro.
Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la
educación no abarca sólo la cultura del espíritu de los
hijos por la experiencia de los padres, sino también, y
con frecuencia mucho más, la del espíritu de los padres
por la inspiración innovadora de los hijos.
Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida
que os espera.
a divergencia de las vocaciones personales im
L
primirá diversos sentidos á vuestra actividad,
y hará predominar una disposición, una ap-
/ titud determinada, en el espíritu de cada uno
de vosotros. — Los unos seréis hombres de ciencia; los
otros seréis hombres de arte; los otros seréis hombres
de acción. — Pero por encima de los afectos que ha
yan de vincularos individualmente á distintas aplica
ciones y distintos modos de la vida, debe velar, en lo
*
60
gridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de
la enseñanza todo elemento desinteresado é ideal, no
repara suficientemente en el peligro de preparar para
el porvenir espíritus estrechos, que, incapaces de con
siderar más que el único aspecto de la realidad con que
estén inmediatamente en contacto, vivirán separados
por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la
misma sociedad, se hayan adherido á otras manifesta
ciones de la vida.
Lo necesario de la consagración particular de ca
da uno de nosotros á una actividad determinada, á un
solo modo de cultura, no excluye, ciertamente, la ten
dencia á realizar, por la íntima armonía del espíritu,
el destino común de los seres racionales. Esa actividad,
esa cultura, serán sólo la nota fundamental de la ar
monía. — El verso célebre en que el esclavo de la es
cena antigua afirmó que, pues era hombre, no le era
ajeno nada de lo humano, forma parte de los gritos
que, por su sentido inagotable, resonarán eternamente
en la conciencia de la humanidad. Nuestra capacidad
de comprender, sólo debe tener por límite la imposibi
lidad de comprender á los espíritus estrechos. Ser in
capaz de ver de la Naturaleza más que una faz; de las
ideas é intereses humanos más que uno solo, equivale
á vivir envuelto en una sombra de sueño horadada por
un solo rayo de luz. La intolerancia, el exclusivismo,
que cuando nacen de la tiránica absorción de un alto
entusiasmo, del desborde de un desinteresado propósi
61
to ideal, pueden merecer justificación, y aun simpatía,
se convierten en la mas abominable de las inferiorida
des cuando, en el círculo de la vida vulgar, manifiestan
la limitación de un cerebro incapacitado para reflejar
más que una parcial apariencia de las cosas.
Por desdicha, es en los tiempos y las civilizaciones
que han alcanzado una completa y refinada cultura
donde el peligro de esa limitación de los espíritus tiene
una importancia más real y conduce á resultados más
temibles. Quiere, en efecto, la ley de evolución, mani
festándose en la sociedad como en la naturaleza por
una creciente tendencia á la heterogeneidad, que, á
medida que la cultura general de las sociedades avan
za, se limite correlativamente la extensión de las apti
tudes individuales y haya de ceñirse el campo de acción
de cada uno á una especialidad más restringida. Sin de-
jar de constituir una condición necesaria de progreso,
ese desenvolvimiento del espíritu de especialización
trae consigo desventajas visibles, que no se limitan á
estrechar el horizonte de cada inteligencia, falseando
necesariamente su concepto del mundo, sino que alcan
zan y perjudican, por la dispersión de las afecciones y
los hábitos individuales, al sentimiento de la solidari
dad. — Augusto Comte ha señalado bien este peligro
de las civilizaciones avanzadas. Un alto estado de per
feccionamiento social tiene para él un grave inconve
niente en la facilidad con que suscita la aparición de
espíritus deformados y estrechos; de espíritus "muy
62
capaces bajo un aspecto único y monstruosamente inep
tos bajo todos los otros” . El empequeñecimiento de un
cerebro humano por el comercio continuo de un solo
género de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo
modo de actividad, es para Comte un resultado com
parable á la mísera suerte del obrero á quien la divi
sión del trabajo de taller obliga á consumir en la inva
riable operación de un detalle mecánico todas las ener
gías de su vida. En uno y otro caso, el efecto moral es
inspirar una desastrosa indiferencia por el aspecto ge
neral de los intereses de la humanidad. Y aunque esta
especie de automatismo humano — agrega el pensador
positivista — no constituye felizmente sino la extrema
influencia dispersiva del principio de especialización,
su realidad, ya muy frecuente, exige que se atribuya á
su apreciación una verdadera importancia (1).
No menos que á la solidez, daña esa influencia
dispersiva á la estética de la estructura social. — La
belleza incomparable de Atenas, lo imperecedero del
modelo legado por sus manos de diosa á la admiración
y el encanto de la humanidad, nacen de que aquella
ciudad de prodigios fundó su concepción de la vida en
el concierto de todas las facultades humanas, en la li
bre y acordada expansión de todas las energías capa
ces de contribuir á la gloria y al poder de los hombres.
Atenas supo engrandecer á la vez el sentido de lo ideal
63
y el de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del es
píritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces del al
ma. Cada ateniense libre describe en derredor de sí,
para contener su acción, un círculo perfecto, en el que
ningún desordenado impulso quebrantará la graciosa
proporción de la línea. Es atleta y escultura viviente
en el gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y pen
sador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda suer
te de acción viril y su pensamiento en toda preocupa
ción fecunda. Por eso afirma Macaulay que un día de
la vida pública del Atica es más brillante programa de
enseñanza que los que hoy calculamos para nuestros
modernos centros de instrucción. — Y de aquel libre
y único florecimiento de la plenitud de nuestra natu
raleza, surgió el milagro griego, — una inimitable y
encantadora mezcla de animación y de serenidad, una
primavera del espíritu humano, una sonrisa de la his
toria.
En nuestros tiempos, la creciente complejidad de
nuestra civilización privaría de toda seriedad al pen
samiento de restaurar esa armonía, sólo posible entre
los elementos de una graciosa sencillez. Pero dentro de
la misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la
diferenciación progresiva de caracteres, de aptitudes,
de méritos, que es la ineludible consecuencia del pro
greso en el desenvolvimiento social, cabe salvar una
razonable participación de todos en ciertas ideas y sen
timientos fundamentales que mantengan la unidad y
64
/
65
esclavitud material, hay la posibilidad de salvar la li
bertad interior: la de la razón y el sentimiento. No tra
téis, pues, de justificar, por la absorción del trabajo ó
el combate, la esclavitud de vuestro espíritu.
Encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra
alma en un cuento que evoco de un empolvado rincón
de mi memoria. — Era un rey patriarcal, en el Oriente
indeterminado é ingenuo donde gusta hacer nido la
alegre bandada de los cuentos. Vivía su reino la can
dorosa infancia de las tiendas de Ismael y los palacios
de Pilos. La tradición le llamó después, en h memoria
de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la pie
dad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por
su propio peso, toda desventura. A su hospitalidad
acudían lo mismo por blanco pan el miserable que
el alma desolada por el bálsamo de la palabra que
acaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa so
nora, el ritmo de los otros. Su palacio era la casa del
pueblo. — Todo era libertad y animación dentro de
este augusto recinto, cuya entrada nunca hubo guar
das que vedasen. En los abiertos pórticos, formaban
corro los pastores cuando consagraban á rústicos con
ciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde los ancia
nos; y frescos grupos de mujeres disponían, sobre tren
zados juncos, las flores y los racimos de que se compo
nía únicamente el diezmo real. Mercaderes de Ofir, bu
honeros de Damasco, cruzaban á toda hora las puertas
anchurosas, y ostentaban en competencia, ante las mi
66
radas del rey, las telas, las joyas, los perfumes. Junto á
su trono reposaban los abrumados peregrinos. Los pá
jaros se citaban al mediodía para recoger las migajas
de su mesa; y con el alba, los niños llegaban en bandas
bulliciosas al pie del lecho en que dormía el rey de bar
ba de plata y le anunciaban la presencia del sol. — Lo
mismo á los seres sin ventura que á las cosas sin alma
alcanzaba su liberalidad infinita. La Naturaleza sentía
también ia atracción de su llamado generoso; vientos,
aves y plantas parecían buscar, — como en el mito de
Orfeo y en la leyenda de San Francisco de Asís, — la
amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del
germen caído al acaso, brotaban y florecían, en las jun
turas de los pavimentos y los muros, los alhelíes de las
ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los ho
llara un pie maligno. Por las francas ventanas se ten
dían al interior de las cámaras del rey las enredaderas
osadas y curiosas. Los fatigados vientos abandonaban
largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y
armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si
quisieran ceñirle en un abrazo, le salpicaban las olas
con su espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa
reciprocidad de confianzas, mantenían por dondequie
ra la animación de una fiesta inextinguible. . .
Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar rui
doso por cubiertos canales; oculta á la mirada vulgar
como la perdida iglesia” de Uhland en lo esquivo
del bosque — al cabo de ignorados senderos, una mis
67
teriosa sala se extendía, en la que á nadie era lícito po
ner la planta, sino al mismo rey, cuya hospitalidad se
trocaba en sus umbrales en la apariencia de ascético
egoísmo. Espesos muros la rodeaban. N i un eco del bu
llicio exterior; ni una nota escapada al concierto de la
Naturaleza, ni una palabra desprendida de los labios
de los hombres, lograban traspasar el espesor de los si
llares de pórfido y conmover una onda del aire en la
prohibida estancia. Religioso silencio velaba en ella la
castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban es
maltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso
por una inalterable igualdad, y se diluía, como copo
de nieve que invade un nido tibio, en la calma de un
ambiente celeste. — Nunca reinó tan honda paz; ni en
oceánica gruta, ni en soledad nemorosa. — Alguna
veZ) — cuando la noche era diáfana y tranquila, —
abriéndose á modo de dos valvas de nácar la arteso-
nada techumbre, dejaba cernerse en su lugar la m ag
nificencia de las sombras serenas. En el ambiente flo
taba como una onda indisipable la casta esencia del
nenúfar, el perfume sugeridor del adormecimiento pen-
seroso y de la contemplación del propio sér. Graves ca
riátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud
del silenciario. En los testeros, esculpidas imágenes ha
blaban de idealidad, de ensimismamiento, de reposo. . .
— Y el viejo rey aseguraba que, aun cuando á nadie
fuera dado acompañarle hasta allí, su hospitalidad se
68
guía siendo en el misterioso seguro tan generosa y gran
de como siempre, solo que los que él congregaba den
tro de sus muros discretos eran convidados impalpables
y huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de
la realidad, el rey legendario; en él sus miradas se vol*
vían á lo interior y se bruñían en la meditación sus pen
samientos como las guijas lavadas por la espuma; en
él se desplegaban sobre su noble frente las blancas alas
de Psiquis. . . Y luego, cuando la muerte vino á recor
darle que él no había sido sino un huésped más en su
palacio, la impenetrable estancia quedó clausurada y
muda para siempre; para siempre abismada en su re
poso infinito; nadie la profanó jamás, porque nadie
hubiera osado poner la planta irreverente allí donde el
viejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la
última Thule de su alma.
Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino
interior. Abierto con una saludable liberalidad, como
la casa del monarca confiado, á todas las corrientes del
mundo, exista en el, al mismo tiempo, la celda escon
dida y misteriosa que desconozcan los huéspedes pro
fanos y que á nadie más que á la razón serena perte
nezca. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable se
guro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No
lo son quienes, enajenando insensatamente el dominio
de sí á favor de la desordenada pasión ó el interés utili
tario, olvidan que, según el sabio precepto de Mon-
69
/
70
máximas oídas de labios de Zenón. Toda educación ra
cional, todo perfecto cultivo de nuestra naturaleza, to
marán por punto de partida la posibilidad de estimular
en cada uno de nosotros, la doble actividad que sim
boliza Cleanto.
Una vez más: el principio fundamental de vuestro
desenvolvimiento, vuestro lema en la vida, deben ser
mantener la integridad de vuestra condición h u m ^a.
Ninguna función particular debe prevalecer jamás so
bre esa finalidad suprema. Ninguna fuerza aislada
puede satisfacer los fines racionales de la existencia in
dividual, como no puede producir el ordenado con
cierto de la existencia colectiva. Así como la deformi
dad y el empequeñecimiento son, en el alma de los in
dividuos, el resultado de un exclusivo objeto impuesto
á la acción y un solo modo de cultura, la falsedad de lo
artificial vuelve efímera la gloria de las sociedades que
han sacrificado el libre desarrollo de su sensibilidad y
su pensamiento, ya á la actividad mercantil, como
en Fenicia; ya á la guerra, como en Esparta; ya al
misticismo, como en el terror del milenario; ya á la
vida de sociedad y de salón, como en la Francia del si
glo xviii. — Y preservándoos contra toda mutilación
de vuestra naturaleza moral; aspirando á la armoniosa
expansión de vuestro sér en todo noble sentido; pensad
al mismo tiempo en que la más fácil y frecuente de las
mutilaciones es, en el carácter actual de las sociedades
71
humanas, la que obliga al alma á privarse de ese gé
nero de vida interior, donde tienen su ambiente propio
todas las cosas delicadas y nobles que, á la intemperie
de la realidad, quema el aliento de la pasión impura y
el interés utilitario proscribe: la vida de que son parte
la meditación desinteresada, la contemplación ideal, el
ocio antiguo, la impenetrable estancia de mi cuento!
72
A
si como el primer impulso de la profana
ción será dirigirse 1 lo más sagrado del
santuario, la regresión vulgarizadora
k contra la que os prevengo comenzará
por sacrificar lo más delicado del espíritu. — De todos
los elementos superiores de la existencia racional, es el
sentimiento de lo bello, la visión clara de la hermosura
de las cosas, el que más fácilmente marchita la aridez
de la vida limitada á la invariable descripción del
círculo vulgar, convirtiéndole en el atributo de una mi
noría que lo custodia, dentro de cada sociedad humana,
como el depósito de un precioso abandono. La emo
ción de belleza es al sentimiento de las idealidades co
mo el esmalte del anillo. El efecto del contacto brutal
por ella empieza fatalmente, y es sobre ella como obra
de modo más seguro. Una absoluta indiferencia llega á
ser, así, el carácter normal, con relación á lo que de
biera ser universal amor de las almas. No es más in
tensa la estupefacción del hombre salvaje en presencia
de los instrumentos y las formas materiales de la civi
lización, que la que experimenta un número relativa
mente grande de hombres cultos frente á los actos en
que se revele el propósito y el hábito de conceder una
seria realidad á la relación hermosa de la vida.
El argumento del apóstol traidor ante el vaso de
nardo derramado inútilmente sobre la cabeza del Maes
tro, es, todavía, una de las fórmulas del sentido común.
La superfluidad del arte no vale para la masa anónima
los trescientos denarios. Si acaso la respeta, es como á
un culto esotérico. Y sin embargo, entre todos los ele
mentos de educación humana que pueden contribuir á
formar un amplio y noble concepto de la vida, nin
guno justificaría más que el arte un interés universal,
porque ninguno encierra, — según la tesis desenvuelta
en elocuentes páginas de Schiller, — la virtualidad de
una cultura más extensa y completa, en el sentido de
74
prestarse á un acordado estímulo de todas las faculta
des del alma.
Aunque el amor y la admiración de la belleza no
respondiesen á una noble espontaneidad del sér ra
cional y no tuvieran, con ello, suficiente valor para ser
cultivados por sí mismos, sería un motivo superior de
moralidad el que autorizaría á proponer la cultura de
los sentimientos estéticos, como un alto interés de
0 todos. — Si á nadie es dado renunciar á la educación
del sentimiento moral, este deber trae implícito el de
disponer el alma para la clara visión de la belleza. Con
siderad al educado sentido de lo bello el colaborador
más eficaz en la formación de un delicado instinto de
justicia. La dignificación, el ennoblecimiento interior,
no tendrán nunca artífice más adecuado. Nunca la cria
tura humana se adherirá de más segura manera al cum
plimiento del deber que cuando, además de sentirle co
mo una imposición, le sienta estéticamente como una
armonía. Nunca ella será más plenamente buena, que
cuando sepa, en las formas con que se manifieste ac
tivamente su virtud, respetar en los demás el senti
miento de lo hermoso.
Cierto es que la santidad del bien purifica y en
salza todas las groseras apariencias. Puede él induda
blemente realizar su obra sin darle el prestigio exte
rior de la hermosura. Puede el amor caritativo llegar á
la sublimidad con medios toscos, desapacibles y vulga
res. Pero no es sólo más hermosa, sino mayor, la cari-
75
dad que anhela transmitirse en las formas de lo deli
cado y lo selecto; porque ella añade á sus dones un be
neficio más, una dulce á inefable caricia que no se
substituye con nada y que realza el bien que se concede,
como un toque de luz.
Dar á sentir lo hermoso es obra de misericordia.
Aquellos que exigirían que el bien y la verdad se ma
nifestasen invariablemente en formas adustas y severas,
me han parecido siempre amigos traidores del bien y la
verdad. La virtud es también un género de arte, un arte
divino; ella sonríe maternalmente á las Gracias. — La
enseñanza que se proponga fijar en los espíritus la idea
del deber, como la de la más seria realidad, debe tender
á hacerla concebir al mismo tiempo como la más alta
poesía. Guyau, que es rey en las comparaciones her
mosas, se vale de una insubstituible para expresar este
doble objeto de la cultura moral. Recuerda el pensador
los esculpidos respaldos del coro de una gótica iglesia,
en los que la madera labrada bajo la inspiración de la
fe, presenta, en una faz, escenas de una vida de santo, y
en la otra faz, ornamentales círculos de flores. Por tal
manera, á cada gesto del santo, significativo de su pie
dad ó su martirio; á cada rasgo de su fisonomía ó su ac
titud, corresponde, del opuesto lado, una corola ó un
pétalo. Para acompañar la representación simbólica del
bien, brotan, ya un lirio, ya una rosa. Piensa Guyau que
no de otro modo debe estar esculpida nuestra alma; y
él mismo, el dulce maestro, ¿no es por la evangélica
76
hermosura de su genio de apóstol, un ejemplo de esa
viva armonía?
Yo creo indudable que el que ha aprendido á dis
tinguir de lo delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso,
lleva hecha media jornada para distinguir lo malo de
lo bueno. No es, por cierto, el buen gusto, como querría
cierto liviano dilettantismo moral, el único criterio para
apreciar la legitimidad de las acciones humanas; pero
menos debe considerársele, con el criterio de un estrecho
ascetismo, una tentación del error y una sirte engañosa.
No le señalaremos nosotros como la senda misma del
bien; sí como un camino paralelo y cercano que man
tiene muy aproximados á ella el paso y la mirada del
viajero. A medida que la humanidad avance, se conce
birá más claramente la ley moral como una estética de
la conducta. Se huirá del mal y del error como de una
disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una
armonía. Cuando la severidad estoica de Kant inspira,
simbolizando el espíritu de su ética, las austeras pa
labras: "Dormía, y soñé que la vida era belleza; des
perté, y advertí que ella es deber” , desconoce que, si
el deber es la realidad suprema, en ella puede hallar
realidad el objeto de su sueño, porque la conciencia
del deber le dará, con la visión clara de lo bueno, la
complacencia de lo hermoso.
En el alma del redentor, del misionero, del filán
tropo, debe exigirse también entendimiento de hermo
sura, hay necesidad de que colaboren ciertos elementos
77
del genio del artista.. Es inmensa la parte que corres
ponde al dón de descubrir y revelar la íntima belleza
de las ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones
morales. Hablando de la más alta de todas, ha podido
decir Renán profundamente que "la poesía del pre
cepto, que le hace amar, significa más que el precepto
mismo, tomado como verdad abstracta” . La originali
dad de la obra de Jesús no está, efectivamente, en la
acepción literal de su doctrina, — puesto que ella pue
de reconstituirse toda entera sin salir de la moral de la
Sinagoga, buscándola desde el Deuteronomio hasta el
Talmud, sino en haber hecho sensible, con su pré
dica, la poesía del precepto, es decir, su belleza íntima.
Pálida gloria sera la de las épocas y las comunio
nes que menosprecien esa relación estética de su vida ó
de su propaganda. El ascetismo cristiano, que no supo
encarar más que una sola faz del ideal, excluyó de su
concepto de la perfección todo lo que hace á la vida
amable, delicada y hermosa; y su espíritu estrecho sir
vió para que el instinto indomable de la libertad, vol
viendo en una de esas arrebatadas reacciones del espí
ritu humano, engendrase, en la Italia del Renacimien
to, un tipo de civilización que consideró vanidad el
bien moral y sólo creyó en la virtud de la apariencia
fuerte y graciosa. El puritanismo, que persiguió toda
belleza y toda selección intelectual; que veló indignado
la casta desnudez de las estatuas; que profesó la afec
tación de la fealdad en las maneras, en el traje, en los
78
discursos; la secta triste que, imponiendo su espíritu
desde el Parlamento inglés, mandó extinguir las fiestas
que manifestasen alegría y segar los árboles que diesen
flores, — tendió junto á la virtud, al divorciarla del
fc: sentimiento de lo bello, una sombra de muerte que aun
no ha conjurado enteramente Inglaterra, y que dura en
las menos amables manifestaciones de su religiosidad y
sus costumbres. — Macaulay declara preferir la grosera
"caja de plomo” en que los puritanos guardan el tesoro
de la libertad, al primoroso cofre esculpido en que la
corte de Carlos II hizo acopio de sus refinamientos.
Pero como ni la libertad ni la virtud necesitan guar
darse en caja de plomo, mucho más que todas las seve
ridades de ascetas y de puritanos, valdrán siempre, para
la educación de la humanidad, la gracia del ideal an
tiguo, la moral armoniosa de Platón, el movimiento
pulcro y elegante con que la mano de Atenas tomó,
para llevarla á los labios, la copa de la vida.
La perfección de la moralidad humana consistiría
en infiltrar el espíritu de la caridad en los moldes de la
elegancia griega. Y esta suave armonía ha tenido en
el mundo una pasajera realización. Cuando la palabra
del cristianismo naciente llegaba con San Pablo al seno
de las colonias griegas de Macedonia, á Tesalónica y
Filipos, y el Evangelio, aun puro, se difundía en el al
ma de aquellas sociedades finas y espirituales, en las que
el sello de la cultura helénica mantenía una encanta
dora espontaneidad de distinción, pudo creerse que los
79
dos ideales más altos de la historia iban á enlazarse para
siempre. En el estilo epistolar de San Pablo queda la
huella de aquel momento en que la caridad se heleniza.
Este dulce consorcio duró poco. La armonía y la sere
nidad de la concepción pagana de la vida se apartaron
cada vez más de la idea nueva que marchaba entonces
á la conquista del mundo. Pero para concebir la ma
nera cómo podría señalarse al perfeccionamiento moral
de la humanidad un paso adelante, sería necesario so
ñar que el ideal cristiano se reconcilia de nuevo con la
serena y luminosa alegría de la antigüedad; imagi
narse que el Evangelio se propaga otra vez en Tesaló-
nica y Filipos.
Cultivar el buen gusto no significa sólo perfeccio
nar una forma exterior de la cultura, desenvolver una
actitud artística, cuidar, con exquisitez superflua, una
elegancia de la civilización. El buen gusto es "una rien
da firme del criterio” . Martha ha podido atribuirle
exactamente la significación de una segunda conciencia
que nos orienta y nos devuelve á la luz cuando la pri
mera se obscurece y vacila. El sentido delicado de la
belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de
la vida y de la dignidad de las costumbres. "L a educa
ción del buen gusto — agrega el sabio pensador — se
dirige á favorecer el ejercicio del buen sentido, que es
nuestro principal punto de apoyo en la complejidad de
la vida civilizada” . Si algunas veces veis unida esa edu
cación, en el espíritu de los individuos y las sociedades,
80
#
81
tada de Séneca. Cuando se evoca la oratoria de la Con
vención, y el hábito de una abominable perversión re
tórica se ve aparecer por todas partes, como la piel fe
lina del jacobinismo, es imposible dejar de relacionar,
como los radios que parten de un mismo centro, como
los accidentes de una misma insania, el extravío del
gusto, el vértigo del sentido moral, y la limitación fa
nática de la razón.
Indudablemente, ninguno más seguro entre los
resultados de la estética que el que nos enseña á distin
guir en la esfera de lo relativo, lo bueno y lo verdade
ro, de lo hermoso, y á aceptar la posibilidad de una be
lleza del mal y del error. Pero no se necesita descono
cer esta verdad, definitivamente verdadera, para creer
en el encadenamiento simpático de todos aquellos altos
fines del alma, y considerar á cada uno de ellos como
el punto de partida, no único, pero sí más seguro, de
donde sea posible dirigirse al encuentro de los otros.
La idea de un superior acuerdo entre el buen gus
to y el sentido moral es, pues, exacta, lo mismo en el
espíritu de los individuos que en el espíritu de las so
ciedades. Por lo que respecta á estas últimas, esa rela
ción podría tener su símbolo en la que Rosenkranz
afirmaba existir entre la libertad y el orden moral, por
una parte, y por la otra la belleza de las formas huma
nas como un resultado del desarrollo de las razas en el
tiempo. Esa belleza típica refleja, para el pensador
hegeliano, el efecto ennoblecedor de la libertad; la es-
82
t
83
cié, á los seres mejor dotados de hermosura sobre los
menos ventajosamente dotados.
Para un espíritu en que exista el amor instintivo
de lo bello, hay, sin duda, cierto género de mortifica
ción, en resignarse á defenderle por medio de una serie
de argumentos que se funden en otra razón, en otro
principio, que el mismo irresponsable y desinteresado
amor de la belleza, en la que halla su satisfacción uno
de los impulsos fundamentales de la existencia racio
nal. Infortunadamente, este motivo superior pierde su
imperio sobre un inmenso número de hombres, á quie
nes es necesario enseñar el respeto debido á ese amor
del cual no participan, revelándoles cuáles son las re
laciones que lo vinculan á otros géneros de intereses
humanos. — Para ello, deberá lucharse muy á menudo
con el concepto vulgar de estas relaciones. En efecto:
todo lo que tienda á suavizar los contornos del carácter
social y las costumbres; á aguzar el sentido de la belle
za; á hacer del gusto una delicada impresionabilidad
del espíritu y de la gracia una forma universal de la
actividad, equivale, para el criterio de muchos devotos
de lo severo ó de lo útil, á menoscabar el temple varo
nil y heroico de las sociedades, por una parte, su capa
cidad utilitaria y positiva, por la otra. — He leído en
Los trabajadores del mar, que, cuando un buque de
vapor surcó por primera vez las ondas del canal de la
Mancha, los campesinos de Jérsey lo anatematizaban
en nombre de una tradición popular que consideraba
84
elementos irreconciliables y destinados fatídicamente á
la discordia, el agua y el fuego. — El criterio común
abunda en la creencia de enemistades parecidas. — Si
os proponéis vulgarizar el respeto por lo hermoso, em
pezad por hacer comprender la posibilidad de un ar
mónico concierto de todas las legítimas actividades
humanas, y ésa será más fácil tarea que la de convertir
directamente el amor de la hermosura, por ella misma,
en atributo de la multitud. Para que la mayoría de los
hombres no se sientan inclinados á expulsar á las go
londrinas de la casa, siguiendo~*l consejo de Pitágoras,
es necesario argumentarles, no con la gracia monástica
del ave ni su leyenda de virtud, sino con que la perma
nencia de sus nidos no es en manera alguna inconcilia
ble con la seguridad de los tejados!
85
f
A
la concepción de la vida racional que se
funda en el libre y armonioso desen
volvimiento de nuestra naturaleza, é
incluye, por lo tanto, entre sus fines
esenciales, el que se satisface con la contemplación sen
tida de lo hermoso, se opone — como norma de la con
ducta humana — la concepción utilitaria, por la cual
nuestra actividad, toda entera, se orienta en relación á
la inmediata finalidad del interés.
La inculpación de utilitarismo estrecho que suele
dirigirse al espíritu de nuestro siglo, en nombre del
ideal, y con rigores de anatema, se funda, en parte, so
bre el desconocimiento de que sus titánicos esfuerzos
por la subordinación de las fuerzas de la naturaleza á
la voluntad humana y por la extensión del bienestar
material, son un trabajo necesario que preparará, co
mo el laborioso enriquecimiento de una tierra agotada,
la florescencia de idealismos futuros. La transitoria
predominancia de esa función de utilidad que ha ab
sorbido á la vida agitada y febril de estos cien años sus
más potentes energías, explica, sin embargo — ya que
no las justifique, — muchas nostalgias dolorosas, mu
chos descontentos y agravios de la inteligencia, que se
traducen, bien por una melancólica y exaltada ideali
zación de lo pasado, bien por una desesperanza cruel
del porvenir. Hay, por ello, un fecundísimo, un bien
aventurado pensamiento, en el propósito de cierto gru
po de pensadores de las últimas generaciones, — entre
los cuales sólo quiero citar una vez más la noble figura
de Guyau, — que han intentado sellar la reconciliación
definitiva de las conquistas del siglo con la renovación
de muchas viejas devociones humanas, y que han in
vertido en esa obra bendita tantos tesoros de amor co
mo de genio.
Con frecuencia habréis oído atribuir á dos causas
fundamentales el desborde del espíritu de utilidad que
da su nota á la fisonomía moral del siglo presente, con
88
menoscabo de la consideración estética y desinteresada
de la vida. Las revelaciones de la ciencia de la natura
leza — que, según intérpretes, ya adversos, ya favora
bles á ellas, convergen á destruir toda idealidad por su
base, — son la una; la universal difusión y el triunfo
de las ideas democráticas, la otra. Yo me propongo
hablaros exclusivamente de esta última causa; porque
confío en que vuestra primera iniciación en las revela
ciones de la ciencia ha sido dirigida como para preser
varos del peligro de una interpretación vulgar. — So
bre la democracia pesa la acusación de guiar á la huma
nidad, mediocrizándola, á un Sacro Imperio del utili
tarismo. La acusación se refleja con vibrante intensi
dad en las páginas — para mí siempre llenas de un
sugestivo encanto — del más amable entre los maes
tros del espíritu moderno: en las seductoras páginas de
Renán, á cuya autoridad ya me habéis oído varias ve
ces referirme y de quien pienso volver á hablaros á me
nudo. — Leed á Renán, aquellos de vosotros que lo
ignoréis todavía, y habréis de amarle como yo. — N a
die como él me parece, entre los modernos, dueño de
ese arte de "enseñar con gracia” , que Anatole France
considera divino. Nadie ha acertado como él á herma
nar, con la ironía, la piedad. Aun en el rigor del aná
lisis, sabe poner la unción del sacerdote. Aun cuando
enseña á dudar, su suavidad exquisita tiende una onda
balsámica sobre la duda. Sus pensamientos suelen dila
tarse, dentro de nuestra alma, con ecos tan inefables y
tan vagos, que hacen pensar en una religiosa música
de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal, acos
tumbran las clasificaciones de la crítica personificar en
él el alegre escepticismo de los dilettanti que convier
ten en traje de máscara la capa del filósofo; pero si al
guna vez intimáis dentro de su espíritu, veréis que la
tolerancia vulgar de los escépticos se distingue de su
tolerancia como la hospitalidad galante de un salón
del verdadero sentimiento de la caridad.
Piensa, pues, el maestro, que una alta preocupa
ción por los intereses ideales de la especie es opuesta
del todo al espíritu de la democracia. Piensa que la
concepción de la vida, en una sociedad donde ese espí
ritu domine, se ajustará progresivamente á la exclusi
va persecución del bienestar material como beneficio
propagable al mayor número de personas. Según él,
siendo la democracia la entronización de Calibán, Ariel
no puede menos que ser el vencido de ese triunfo. —
Abundan afirmaciones semejantes á éstas de Renán, en
la palabra de muchos de los más caracterizados repre
sentantes que los intereses de la cultura estética y la se
lección del espíritu tienen en el pensamiento contem
poráneo. Así, Bourget se inclina á creer que el triunfo
universal de las instituciones democráticas hará perder
á la civilización en profundidad lo que la hace ganar
en extensión. Ve su forzoso término en el imperio de
un individualismo mediocre. "Quien dice democracia
— agrega el sagaz autor de Andrés Cornelis — dice
90
desenvolvimiento progresivo de las tendencias indivi
duales y disminución de la cultura” . — Hay en la cues
tión que plantean estos juicios severos, un interés viví
simo, para los que amamos — al mismo tiempo — por
convencimiento, la obra de la Revolución, que en nues
tra América se enlaza además con las glorias de su Gé
nesis; y por instinto, la posibilidad de una noble y se
lecta vida espiritual que en ningún caso haya de ver
sacrificada su serenidad augusta á los caprichos de la
multitud. — Para afrontar el problema, es necesario
empezar por reconocer que cuando la democracia no
enaltece su espíritu por la influencia de una fuerte
preocupación ideal que comparta su imperio con la
preocupación de los intereses materiales, ella conduce
fatalmente á la privanza de la mediocridad, y carece,
más que ningún otro régimen, de eficaces barreras con
las cuales asegurar dentro de un ambiente adecuado la
inviolabilidad de la alta cultura. Abandonada á sí mis
ma, — sin la constante rectificación de una activa au
toridad moral que la depure y encauce sus tendencias
en el sentido de la dignificación de la vida, — la de
mocracia extinguirá gradualmente toda idea de supe
rioridad que no se traduzca en una mayor y más osada
aptitud para las luchas del interés, que son entonces la
forma más innoble de las brutalidades de la fuerza. —
La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida por
la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el
arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de
91
admiración por todo perseverante propósito ideal y de
acatamiento á toda noble supremacía, serán como de*
bilidades indefensas allí donde la igualdad social que
ha destruido las jerarquías imperativas é infundadas,
no las substituya con otras, qüe tengan en la influencia
moral su único modo de dominio y su principio en una
clasificación racional.
Toda igualdad de condiciones es en el orden de
las sociedades, como toda homogeneidad en el de la
Naturaleza, un equilibrio instable. Desde el momento
en que haya realizado la democracia su obra de nega
ción con el allanamiento de las superioridades injustas,
la igualdad conquistada no puede significar para ella
sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y lo
afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en
suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revela
ción y el dominio de las verdaderas superioridades
humanas.
Con relación á las condiciones de la vida de Amé
rica, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero
concepto de nuestro régimen social, un doble imperio.
El presuroso crecimiento de nuestras democracias por
la incesante agregación de una enorme multitud cos
mopolita; por la afluencia inmigratoria, que se incor
pora á un núcleo aun débil para verificar un activo
trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano
con los medios que ofrecen la solidez secular de la es
tructura social, el orden político seguro y los elemen
tos de una cultura que haya arraigado íntimamente,
— nos expone en el porvenir á los peligros de la dege
neración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega
del número toda noción de calidad; que desvanece en
la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento
del orden; y que, librando su ordenación jerárquica á
la torpeza del acaso, conduce forzosamente á hacer
triunfar las más injustificadas é innobles de las supre
macías.
Es indudable que nuestro interés egoísta debería
llevarnos, — á falta de virtud, — á ser hospitalarios.
Ha tiempo que la suprema necesidad de colmar el va
cío moral del desierto, hizo decir á un publicista ilus
tre que, en América, gobernar es poblar. — Pero esta
fórmula famosa encierra una verdad contra cuya estre
cha interpretación es necesario prevenirse, porque con
duciría á atribuir una incondicional eficacia civiliza
dora al valor cuantitativo de la muchedumbre. — Go
bernar es poblar, asimilando, en primer término; edu
cando y seleccionando, después. — Si la aparición y el
florecimiento, en la sociedad, de las más elevadas acti
vidades humanas, de las que determinan la alta cultu
ra, requieren como condicion indispensable la existen
cia de una población cuantiosa y densa, es precisamente
porque esa importancia cuantitativa de la población,
dando lugar á la más compleja división del trabajo,
posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes
que hagan efectivo el dominio de la calidad sobre el
93
número. — La multitud, la masa anónima, no es nada
por sí misma. La multitud será un instrumento de bar
barie ó de civilización según carezca ó no del coeficien
te de una alta dirección moral. Hay una verdad pro
funda en el fondo de la paradoja de Émerson que exige
que cada país del globo sea juzgado según la minoría
y no según la mayoría de sus habitantes. La civilización
de un pueblo adquiere su carácter, no de las manifes
taciones de su prosperidad ó de su grandeza material,
sino de las superiores maneras de pensar y de sentir
que dentro de ella son posibles; y ya observaba Comte,
para mostrar cómo en cuestiones de intelectualidad, de
moralidad, de sentimiento, sería insensato pretender
que la calidad pueda ser substituida en ningún caso
por el número, que ni de la acumulación de muchos
espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de
un cerebro de genio, ni de la acumulación de muchas
virtudes mediocres el equivalente de un rasgo de abne
gación ó de heroísmo. — Al instituir nuestra democra
cia la universalidad y la igualdad de derechos, sancio
naría, pues, el predominio innoble del número, si no
cuidase de mantener muy en alto la noción de las legí
timas superioridades humanas, y de hacer, de la auto
ridad vinculada al voto popular, no la expresión del
sofisma de la igualdad absoluta, sino, según las pala
bras que recuerdo de un joven publicista francés, "la
consagración de la jerarquía, emanando de la li
bertad” .
94
La oposición entre el régimen de la democracia y
la alta vida del espíritu es una realidad fatal cuando
aquel régimen significa el desconocimiento de las des
igualdades legítimas y la substitución de la fe en el
heroísmo — en el sentido de Carlyle — por una con
cepción mecánica de gobierno. — Todo lo que en la
civilización es algo más que un elemento de superio
ridad material y de prosperidad económica, constituye
un relieve que no tarda en ser allanado cuando la au
toridad moral pertenece al espíritu de la medianía. —
En ausencia de la barbarie irruptora que desata sus
hordas sobre los faros luminosos de la civilización, con
heroica, y á veces regeneradora, grandeza, la alta cul
tura de las sociedades debe precaverse contra la obra
mansa y disolvente de esas otras hordas pacíficas, acaso
acicaladas; las hordas inevitables de la vulgaridad, —
cuyo Atila podría personificarse en Mr. Homais; cuyo
heroísmo es la astucia puesta al servicio de una repug
nancia instintiva hacia lo grande; cuyo atributo es el
rasero nivelador. — Siendo la indiferencia inconmo
vible y la superioridad cuantitativa, las manifestacio
nes normales de su fuerza, no son por eso incapaces de
llegar á la ira épica y de ceder á los impulsos de la aco
metividad. Charles Morice las llama entonces "falan
ges de Prudhommes feroces que tienen por lema la
palabra Mediocridad y marchan animadas por el odio
de lo extraordinario” .
Encumbrados, esos Prudhommes harán de su vo
95
luntad triunfante una partida de caza organizada con
tra todo lo que manifieste la aptitud y el atrevimiento
del vuelo. Su fórmula social será una democracia que
conduzca á la consagración del pontífice "Cualquiera” ,
á la coronación del monarca "Uno de tantos” . Odiarán
en el mérito una rebeldía. En sus dominios toda noble
superioridad se hallará en las condiciones de la estatua
de mármol colocada á la orilla de un camino fangoso,
desde el cual le envía un latigazo de cieno el carro que
pasa. Ellos llamarán al dogmatismo del sentido vulgar,
sabiduría; gravedad, á la mezquina aridez del corazón;
criterio sano, á la adaptación perfecta á lo mediocre;
y despreocupación viril, al mal gusto. — Su concep
ción de la justicia los llevaría á substituir, en la histo
ria, la inmortalidad del grande hombre, bien con la
identidad de todos en el olvido común, bien con la me
moria igualitaria de Mitrídates, de quien se cuenta que
conservaba en el recuerdo los nombres de todos sus
soldados. Su manera de republicanismo se satisfaría
dando autoridad decisiva al procedimiento probatorio
de Fox, que acostumbraba experimentar sus proyectos
en el criterio del diputado que le parecía más perfecta
personificación del country-gentleman, por la limita
ción de sus facultades y la rudeza de sus gustos. Con
ellos se estará en las fronteras de la zoocracia de que
habló una vez Baudelaire. La Titania de Shakespeare,
poniendo un beso en la cabeza asinina, podría ser el
emblema de la Libertad que otorga su amor á los me
96
diocres. Jamás, por medio de una conquista más fecun
da, podrá llegarse á un resultado más fatal!
Embriagad al repetidor de las irreverencias de la
medianía, que veis pasar por vuestro lado; tentadle á
hacer de héroe; convertid su apacibilidad burocrática
en vocación de redentor, — y tendréis entonces la hos
tilidad rencorosa é implacable contra todo lo hermoso,
contra todo lo digno, contra todo lo delicado, del espí
ritu humano, que repugna, todavía más que el bárbaro
derramamiento de la sangre, en la tiranía jacobina; que,
ante su tribunal, convierte en culpas la sabiduría de
Lavoisier, el genio de Chénier, la dignidad de Males-
herbes; que, entre los gritos habituales en la Conven
ción, hace oir las palabras: — Desconfiad de ese hom
bre, que ha hecho un libro!; y que refiriendo el ideal
de la sencillez democrática al primitivo estado de natu
raleza de Rousseau, podría elegir el símbolo de la dis
cordia que establece entre la democracia y la cultura,
en la viñeta con que aquel sofista genial hizo acompa
ñar la primera edición de su famosa diatriba contra las
artes y las ciencias en nombre de la moralidad de las
costumbres: un sátiro imprudente que pretendiendo
abrazar, ávido de luz, la antorcha que lleva en su mano
Prometeo, oye al titán filántropo que su fuego es mor
tal á quien le toca!
La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus vio
lencias en el desenvolvimiento democrático de nuestro
siglo, ni se ha opuesto en formas brutales á la serení-
97
dad y la independencia de la cultura intelectual. Pero,
á la manera de una bestia feroz en cuya posteridad do
mesticada hubiérase cambiado la acometividad en man
sedumbre artera é innoble, el igualitarismo, en la forma
mansa de la tendencia á lo utilitario y lo vulgar, puede
ser un objeto real de acusación contra la democracia del
siglo X IX . No se ha detenido ante ella ningún espíritu
delicado y sagaz á quien no hayan hecho pensar an
gustiosamente algunos de sus resultados, en el aspecto
social y en el político. Expulsando con indignada ener
gía, del espíritu humano, aquella falsa concepción de
la igualdad que sugirió los delirios de la Revolución,
el alto pensamiento contemporáneo ha mantenido, al
mismo tiempo, sobre la realidad y sobre la teoría de la
democracia, una inspección severa, que os permite á
vosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fi
jar vuestro punto de partida, no ciertamente para des
truir, sino para educar, el espíritu del régimen que en
contráis en pie.
Desde que nuestro siglo asumió personalidad é
independencia en la evolución de las ideas, mientras el
idealismo alemán rectificaba la utopía igualitaria de la
filosofía del siglo x v i i i y sublimaba, si bien con viciosa
tendencia cesarista, el papel reservado en la historia á
la superioridad individual, el positivismo de Comte,
desconociendo á la igualdad democrática otro carácter
que el de "un disolvente transitorio de las desigualda
des antiguas” y negando con igual convicción la efica
98
cia definitiva de la soberanía popular, buscaba en los
principios de las clasificaciones naturales el fundamen
to de la clasificación social que habría de substituir á
las jerarquías recientemente destruidas. — La crítica
de la realidad democrática toma formas severas en la
generación de Taine y de Renán. Sabéis que á este de
licado y bondadoso ateniense sólo complacía la igual
dad de aquel régimen social, siendo, como en Atenas,
"una igualdad de semidioses” . En cuanto á Taine, es
quien ha escrito los Orígenes de la Francia contempo
ránea; y si, por una parte, su concepción de la sociedad
como un organismo, le conduce lógicamente á rechazar
toda idea de uniformidad que se oponga al principio
de las dependencias y las subordinaciones orgánicas,
por otra parte su finísimo instinto de selección intelec
tual le lleva á abominar de la invasión de las cumbres
por la multitud. La gran voz de Carlyle había predi
cado ya, contra toda niveladora irreverencia, la vene
ración del heroísmo, entendiendo por tal el culto de
cualquier noble superioridad. Emerson refleja esa voz
en el seno de la más positivista de las democracias. La
ciencia nueva habla de selección como de una necesidad
de todo progreso. Dentro del arte, que es donde el sen
tido de lo selecto tiene su más natural adaptación, vi
bran con honda resonancia las notas que acusan el sen
timiento, que podríamos llamar de extrañeza, del es
píritu, en medio de las modernas condiciones de la vida.
Para escucharlas, no es necesario aproximarse al par-
99
nasianismo de estirpe delicada y enferma, á quien un
aristocrático desdén de lo presente llevó á la reclusión
en lo pasado. Entre las inspiraciones constantes de Flau-
bert — de quien se acostumbra á derivar directamente
la más democratizada de las escuelas literarias, — nin
guna más intensa que el odio de la mediocridad enva
lentonada por la nivelación y de la tiranía irresponsa
ble del número. — Dentro de esa contemporánea lite
ratura del Norte, en la cual la preocupación por las al
tas cuestiones sociales es tan viva, surge á menudo la
expresión de la misma idea, del mismo sentimiento;
Ibsen desarrolla la altiva arenga de su "Stóckmann”
alrededor de la afirmación de que "las mayorías com
pactas son el enemigo más peligroso de la libertad y la
verdad” ; y el formidable Nietzsche opone al ideal de
una humanidad mediotizada la apoteosis de las almas
que se yerguen sobre el nivel de la humanidad como
una viva marea. — El anhelo vivísimo por una rectifi
cación del espíritu social que asegure á la vida de la
heroicidad y el pensamiento un ambiente más puro de
dignidad y de justicia, vibra hoy por todas partes, y se
diría que constituye uno de los fundamentales acordes
que este ocaso de siglo propone para las armonías que
ha de componer el siglo venidero.
Y sin embargo, el espíritu de la democracia es,
esencialmente, para nuestra civilización, un principio
de vida contra el cual sería inútil rebelarse. Los descon
tentos sugeridos por las imperfecciones de su forma
100
histórica actual, han llevado á menudo á la injusticia
con lo que aquel régimen tiene de definitivo y de fe
cundo. Así, el aristocratismo sabio de Renán formula
la más explícita condenación del principio fundamen
tal de la democracia: la igualdad de derechos; cree á
este principio irremisiblemente divorciado de todo po
sible dominio de la superioridad intelectual; y llega
hasta á señalar en él, con una enérgica imagen, "las
antípodas de las vías de Dios, — puesto que Dios no ha
querido que todos viviesen en el mismo grado la vida
del espíritu” . — Estas paradojas injustas del maestro,
complementadas por su famoso ideal de una oligarquía
omnipotente de hombres sabios, son comparables á la
reproducción exagerada y deformada, en el sueño, de
un pensamiento real y fecundo que nos ha preocupado
en la vigilia. — Desconocer la obra de la democracia,
en lo esencial, porque, aun no terminada, no ha llegado
á conciliar definitivamente su empresa de igualdad con
una fuerte garantía social de selección, equivale á des
conocer la obra, paralela y concorde, de la ciencia, por
que interpretada con el criterio estrecho de una escuela,
ha podido dañar alguna vez al espíritu de religiosidad
ó al espíritu de poesía. — La democracia y la ciencia
son, en efecto, los dos insustituibles soportes sobre los
que nuestra civilización descansa; ó, expresándolo con
una frase de Bourget, las dos "obreras” de nuestros
destinos futuros. ”En ellas somos, vivimos, nos move-
mos” . Siendo, pues, insensato pensar, como Reflán, en
101
obtener una consagración más positiva de todas las su
perioridades morales, la realidad de una razonada je
rarquía, el dominio eficiente de las altas dotes de la in
teligencia y de la voluntad, por la destrucción de la
igualdad democrática, sólo cabe pensar en la educación
de la democracia y su reforma. Cabe pensar en que pro
gresivamente se encarnen, en los sentimientos del pue
blo y sus costumbres, la idea de las subordinaciones ne
cesarias, la noción de las superioridades verdaderas, el
culto consciente y espontáneo de todo lo que multipli
ca, á los ojos de la razón, la cifra del valor humano.
La educación popular adquiere, considerada en re
lación á tal obra, como siempre que se la mira con el
pensamiento del porvenir, un interés supremo (i). Es en
la escuela, por cuyas manos procuramos que pase la dura
arcilla de las muchedumbres, donde está la primera y
más generosa manifestación de la equidad social, que
consagra para todos la accesibilidad del saber y de los
medios más eficaces de superioridad. Ella debe comple
mentar tan noble cometido, haciendo objetos de una
educación preferente y cuidadosa el sentido del orden,
la idea y la voluntad de la justicia, el sentimiento de
las legítimas autoridades morales.
Ninguna distinción más fácil de confundirse y
anularse en el espíritu del pueblo que la que enseña
(i) "P lus I’instruction se répand, plus elle doit faire de p art aux idées
générales et généreuses. On croit que l'instruction populaire doit étre terre
á tcrre. C'est le contraire qui est la vérite’’. — Fouillée: L ’idée moderne dn
droit lib. 59 IV.
102
que la igualdad democrática puede significar una igual
posibilidad, pero nunca una igual realidad, de influen
cia y de prestigio, entre los miembros de una sociedad
organizada. En todos ellos hay un derecho idéntico para
aspirar á las superioridades morales que deben dar ra
zón y fundamento á las superioridades efectivas; pero
sólo á los que han alcanzado realmente la posesión de
las primeras, debe ser concedido el premio de las últi
mas. El verdadero, el digno concepto de la igualdad,
reposa sobre el pensamiento de que todos los seres ra
cionales están dotados por naturaleza de facultades ca
paces de un desenvolvimiento noble. El deber del Es
tado consiste en colocar á todos los miembros de la
sociedad en indistintas condiciones de tender á su perfec
cionamiento. El deber del Estado consiste en predispo
ner los medios propios para provocar, uniformemente,
la revelación de las superioridades humanas, donde
quiera que existan. De tal manera, más allá de esta
igualdad inicial, toda desigualdad estará justificada,
porque será la sanción de las misteriosas elecciones de
la Naturaleza ó del esfuerzo meritorio de la volun
tad. — Cuando se la concibe de este modo, la igualdad
democrática, lejos de oponerse á la selección de las cos
tumbres y de las ideas, es el más eficaz instrumento de
selección espiritual, es el ambiente providencial de la
cultura. La favorecerá todo lo que favorezca al predo
minio de la energía inteligente. No en distinto sentido
pudo afirmar Tocqueville que la poesía, la elocuencia,
103
las gracias del espíritu, los fulgores de la imaginación,
la profundidad del pensamiento, "todos esos dones del
alma, repartidos por el cielo al acaso” , fueron colabo
radores en la obra de la democracia, y la sirvieron, aun
cuando se encontraron de parte de sus adversarios,
porque convergieron todos á poner de relieve la natu
ral, la no heredada grandeza, de que nuestro espíritu
es capaz. — La emulación, que es el más poderoso estí
mulo entre cuantos pueden sobreexcitar, lo mismo la
vivacidad del pensamiento que la de las demás activi
dades humanas, necesita, á la vez, de la igualdad en el
punto de partida, para producirse, y de la desigualdad
que aventajará á los más aptos y mejores, como objeto
final. Sólo un régimen democrático puede conciliar en
su seno esas dos condiciones de la emulación, cuando
no degenera en nivelador igualitarismo y se limita á
considerar como un hermoso ideal de perfectibilidad
una futura equivalencia de los hombres por su ascen
sión al mismo grado de cultura.
Racionalmente concebida, la democracia admite
siempre un imprescriptible elemento aristocrático, que
consiste en establecer la superioridad de los mejores,
asegurándola sobre el consentimiento libre de los aso
ciados. Ella consagra, como las aristocracias, la distin
ción de calidad; pero la resuelve á favor de las calida
des realmente superiores, — las de la virtud, el carác
ter, el espíritu, — y sin pretender inmovilizarlas en
clases constituidas aparte de las otras, que mantengan
104
á su favor el privilegio execrable de la casta, renueva
sin cesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas
del pueblo y la hace aceptar por la justicia y el amor.
Reconociendo, de tal manera, en la selección y la pre
dominancia de los mejor dotados una necesidad de to
do progreso, excluye de esa ley universal de la vida,
al sancionarla en el orden de la sociedad, el efecto de
humillación y de dolor que es, en las concurrencias de
la naturaleza y en las de las otras organizaciones socia
les, el duro lote del vencido. "La gran ley de la selec
ción natural, ha dicho luminosamente Fouillée, conti
nuará realizándose en el seno de las sociedades huma
nas, sólo que ella se realizará de más en más por vía
de libertad” . — El carácter odioso de las aristocracias
tradicionales se originaba de que ellas eran injustas,
por su fundamento, y opresoras, por cuanto su autori
dad era una imposición. Hoy sabemos que no existe
otro límite legítimo para la igualdad humana que el
que consiste en el dominio de la inteligencia y la vir
tud, consentido por la libertad de todos. Pero sabemos
también que es necesario que este límite exista en rea
lidad. — Por otra parte, nuestra concepción cristiana
de la vida nos enseña que las superioridades morales,
que son un motivo de derechos, son principalmente un
motivo de deberes, y que todo espíritu superior se debe
á los demás en igual proporción que los excede en ca
pacidad de realizar el bien. El anti-igualitarismo de
Nietzsche, — que tan profundo surco señala en la que
105
podríamos llamar nuestra moderna literatura de ideas,
— ha llevado á su poderosa reivindicación de los dere
chos que él considera implícitos en las superioridades
humanas, un abominable, un reaccionario espíritu;
puesto que, negando toda fraternidad, toda piedad,
pone en el corazón del super-hombre á quien endiosa
un menosprecio satánico para los desheredados y los
débiles; legitima en los privilegiados de la voluntad y
de la fuerza el ministerio del verdugo; y con lógica re
solución llega, en último término, á afirmar que, "la
sociedad no existe para sí sino para sus elegidos” . —
No es, ciertamente, esta concepción monstruosa la que
puede oponerse, como lábaro, al falso igualitarismo
que aspira á la nivelación de todos por la común vul
garidad. Por fortuna, mientras exista en el mundo la
posibilidad de disponer dos trozos de madera en forma
de cruz, — es decir: siempre, — la humanidad seguirá
creyendo que es el amor el fundamento de todo orden
estable y que la superioridad jerárquica en el orden no
debe ser sino una superior capacidad de amar!
Fuente de inagotables inspiraciones morales, la
ciencia nueva nos sugiere, al esclarecer las leyes de la
vida, cómo el principio democrático puede conciliarse,
en la organización de las colectividades humanas, con
una aristarquia de la moralidad y la cultura. — Por
una parte, — como lo ha hecho notar, una vez más, en
un simpático libro, Henri Bérenger, — las afirmacio
nes de la ciencia contribuyen á sancionar y fortalecer
106
en la sociedad el espíritu de la democracia, revelando
cuánto es el valor natural del esfuerzo colectivo; cuál
la grandeza de la obra de los pequeños; cuán inmensa
la parte de acción reservada al colaborador anónimo
y obscuro en cualquiera manifestación del desenvolvi
miento universal. Realza, no menos que la revelación
cristiana, la dignidad de los humildes, esta nueva re
velación, que atribuye, en la naturaleza, á la obra de
los infinitamente pequeños, á la labor del nummulite
y el briozóo en el fondo obscuro del abismo, la cons
trucción de los cimientos geológicos; que hace surgir
de la vibración de la célula informe y primitiva, todo
el impulso ascendente de las formas orgánicas; que ma
nifiesta el poderoso papel que en nuestra vida psíquica
es necesario atribuir á los fenómenos más inaparentes
y más vagos, aun á las fugaces percepciones de que no
tenemos conciencia; y que, llegando á la sociología y
á la historia, restituye al heroísmo, á menudo abnega
do, de las muchedumbres, la parte que le negaba el si
lencio en la gloria del héroe individual, y hace patente
la lenta acumulación de las investigaciones que, al tra
vés de los siglos, en la sombra, en el taller, ó el labora
torio de obreros olvidados, preparan los hallazgos del
genio.
Pero á la vez que manifiesta así la inmortal efica
cia del esfuerzo colectivo, y dignifica la participación
de los colaboradores ignorados en la obra universal, la
ciencia muestra cómo en la inmensa sociedad de las co
107
sas y los seres, es una necesaria condición de todo pro
greso el orden jerárquico; son un principio de la vida
las relaciones de dependencia y de subordinación entre
los componentes individuales de aquella sociedad y en
tre los elementos de la organización del individuo; y
es, por último, una necesidad inherente á la ley univer
sal de imitación, si se la relaciona con el perfecciona
miento de las sociedades humanas, la presencia, en
ellas, de modelos vivos é influyentes, que las realcen
por la progresiva generalización de su superioridad.
Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas uni
versales de la ciencia pueden traducirse en hechos, con-
ciliándose, en la organización y en el espíritu de la so
ciedad, basta insistir en la concepción de una democra
cia noble, justa; de una democracia dirigida por la
noción y el sentimiento de las verdaderas superiorida
des humanas; de una democracia en la cual la supre
macía de la inteligencia y la virtud, — únicos límites
para la equivalencia meritoria de los hombres, — reci
ba su autoridad y su prestigio de la libertad, y descien
da sobre las multitudes en la efusión bienhechora del
amor.
Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos
grandes resultados de la observación del orden natural,
se realizará dentro de una sociedad semejante — según
lo observa, en el mismo libro de que os hablaba, Bé-
renger, — la armonía de los dos impulsos históricos
que han comunicado á nuestra civilización sus carac
108
teres esenciales, los principios reguladores de su vida.
— Del espíritu del cristianismo nace, efectivamente,
el sentimiento de igualdad, viciado por cierto ascético
menosprecio de la selección espiritual y la cultura. De
la herencia de las avocaciones clásicas nacen el senti
do del orden, de la jerarquía, y el respeto religioso del
genio, viciados por cierto aristocrático desdén de los
humildes y los débiles. El porvenir sintetizará ambas
sugestiones del pasado, en una fórmula inmortal. La de
mocracia, entonces, habrá triunfado definitivamente.
Y ella, que, cuando amenaza con lo innoble del rasero
nivelador, justifica las protestas airadas y las amargas
melancolías de los que creyeron sacrificados por su
triunfo toda distinción intelectual, todo ensueño de arte,
toda delicadeza de la vida, tendrá, aún más que las vie
jas aristocracias, inviolables seguros para el cultivo de
las flores del alma que se marchitan y perecen en el
ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades del
tumulto!
109
a concepción utilitaria, como idea del destino
L
humano, y la igualdad en lo mediocre, como
norma de la proporción social, componen,
f íntimamente relacionadas, la fórmula de lo
que ha solido llamarse, en Europa, el espíritu de ameri
canismo. — Es imposible meditar sobre ambas inspira
ciones de la conducta y la sociabilidad, y compararlas
con las que les son opuestas, sin que la asociación trai
ga, con insistencia, á la mente, la imagen de esa demo
cracia formidable y fecunda, que, allá en el Norte, os
tenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder,
como una deslumbradora prueba que abona en favor
de la eficacia de sus instituciones y de la dirección de
sus ideas. — Si ha podido decirse del utilitarismo, que
es el verbo del espíritu inglés, los Estados Unidos pue
den ser considerados la encarnación del verbo utilita
rio. Y el Evangelio de este verbo, se difunde por todas
partes á favor de los milagros materiales del triunfo.
Hispano-América ya no es enteramente calificable, con
relación á él, de tierra de gentiles. La poderosa fede
ración va realizando entre nosotros una suerte de con
quista moral. La admiración por su grandeza y por su
fuerza es un sentimiento que avanza á grandes pasos en
el espíritu de nuestros hombres dirigentes, y aun más
quizá, en el de las muchedumbres, fascinables por la
impresión de la victoria. — Y de admirarla se pasa
por una transición facilísima á imitarla. La admiración
y la creencia son ya modos pasivos de imitación para el
psicólogo. "La tendencia imitativa de nuestra natura
leza moral — decía Bagehot — tiene su asiento en
aquella parte del alma en que reside la credibilidad” .
— El sentido y la experiencia vulgares serían suficien
tes para establecer por sí solos esa sencilla relación. Se
imita á aquel en cuya superioridad ó cuyo prestigio se
cree. — Es así como la visión de una América deslati
nizada por su propia voluntad, sin la extorsión de la
conquista, y regenerada luego á imagen y semejanza
112
del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de
muchos sinceros interesados por nuestro porvenir, ins
pira la fruición con que ellos formulan á cada paso los
más sugestivos paralelos, y se manifiesta por constantes
propósitos de innovación y de reforma. Tenemos nuestra
nordomanía. Es necesario oponerle los límites que la
razón y el sentimiento señalan de consuno.
No doy yo á tales límites el sentido de una absoluta
negación. — Comprendo bien que se adquieran inspi
raciones, luces, enseñanzas, en el ejemplo de los fuer
tes; y no desconozco que una inteligente atención fijada
en lo exterior para reflejar de todas partes la imagen
de lo beneficioso y de lo útil es singularmente fecunda
cuando se trata de pueblos que aun forman y modelan
su entidad nacional.
Comprendo bien que se aspire á rectificar, por la
educación perseverante, aquellos trazos del carácter de
una sociedad humana que necesiten concordar con nue
vas exigencias de la civilización y nuevas oportunida
des de la vida, equilibrando así, por medio de una in
fluencia innovadora* las fuerzas de la herencia y la cos
tumbre. — Pero no veo la gloria, ni en el propósito de
desnaturalizar el carácter de los pueblos, — su genio
personal, — para imponerles la identificación con un
modelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad
irreemplazable de su espíritu; ni en la creencia inge
nua de que eso pueda obtenerse alguna vez por proce
dimientos artificiales é improvisados de imitación. —
113
Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y espontá
neo en una sociedad al seno de otra, donde no tenga
raíces ni en la naturaleza ni en la historia, equivalía
para Michelet á la tentativa de incorporar, por simple
agregación, una cosa muerta á un organismo vivo. En
sociabilidad, como en literatura, como en arte, la imi
tación inconsulta no hará nunca sino deformar las lí
neas del modelo. El engaño de los que piensan haber
reproducido en lo esencial el caracter de una colectivi
dad humana, las fuerzas vivas de su espíritu, y con
ellos el secreto de sus triunfos y su prosperidad, repro
duciendo exactamente el mecanismo de sus institucio
nes y las formas exteriores de sus costumbres, hace
pensar en la ilusión de los principiantes candoro
sos que se imaginan haberse apoderado del genio del
maestro cuando han copiado las formas de su estilo ó
sus procedimientos de composición.
En ese esfuerzo vano hay, ademas, no se que cosa
de innoble. Género de snobismo político podría lla
marse al afanoso remedo de cuanto hacen los prepon
derantes y los fuertes, los vencedores y los afortunados;
género de abdicación servil, como en la que en algunos
de los snobs encadenados para siempre á la tortura de
la sátira por el libro de Tháckeray, hace consumirse
tristemente las energías de los ánimos no ayudados por
la naturaleza ó la fortuna, en la imitación impotente
de los caprichos y las volubilidades de los encumbrados
de la sociedad. — El cuidado de la independencia inte
114
rior, — la de la personalidad, la del criterio, — es una
principalísima forma del respeto propio. Suele, en los
tratados de ética, comentarse un precepto moral de Ci
cerón, según el cual forma parte de los deberes huma
nos el que cada uno de nosotros cuide y mantenga celo
samente la originalidad de su carácter personal, lo que
haya en él que lo diferencie y determine, respetando,
en todo cuanto no sea inadecuado para el bien, el im
pulso primario de la Naturaleza, que ha fundado en la
varia distribución de sus dones el orden y el concierto
del mundo. — Y aun me parecería mayor el imperio
del precepto si se le aplicase, colectivamente, al carác
ter de las sociedades humanas. — Acaso oiréis decir
que no hay un sello propio y definido, por cuya per
manencia, por cuya integridad deba pugnarse, en la
organización actual de nuestros pueblos. Falta tal vez,
en nuestro carácter colectivo, el contorno seguro de la
"personalidad” . Pero en ausencia de esa índole perfec
tamente diferenciada y autonómica, tenemos — los
americanos latinos — una herencia de raza, una gran
tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que
nos une á inmortales páginas de la historia, confiando á
nuestro honor su continuación en lo futuro. El cosmo
politismo, que hemos de acatar como una irresistible ne
cesidad de nuestra formación, no excluye, ni ese senti
miento de fidelidad á lo pasado, ni la fuerza directriz
y plasmante con que debe el genio de la raza imponerse
115
en la refundición de los elementos que constituirán al
americano definitivo del futuro.
Se ha observado más de una vez que las grandes
evoluciones de la historia, las grandes épocas, los
períodos más luminosos y fecundos en el desenvol
vimiento de la humanidad, son casi siempre la resul
tante de dos fuerzas distintas y co-actuales, que man
tienen, por los concertados impulsos de su oposi
ción, el interés y el estímulo de la vida, los cuales
desaparecerían, agotados, en la quietud de una uni
dad absoluta. — Así, sobre los dos polos de Atenas
y Lacedemonia se apoya el eje al rededor del cual
gira el carácter de la más genial y civilizadora de
las razas. — América necesita mantener en el presente
la dualidad original de su constitución, que convierte
en realidad de su historia el mito clásico de las dos
águilas soltadas simultáneamente de uno y otro polo
del mundo, para que llegasen á un tiempo al límite de
sus dominios. Esta diferencia genial y emuladora no
excluye, sino que tolera y aun favorece en muchísimos
aspectos, la concordia de la solidaridad. Y si una con
cordia superior pudiera vislumbrarse desde nuestros
días, como la fórmula de un porvenir lejano, ella no
sería debida á la imitación unilateral — que diría T ar
de — de una raza por otra, sino á la reciprocidad de
sus influencias y al atinado concierto de los atributos
en que se funda la gloria de las dos.
Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa
116
civilización que algunos nos ofrecen como único y ab
soluto modelo, hay razones no menos poderosas que
las que se fundan en la indignidad y la inconvenien
cia de una renuncia á todo propósito de originalidad,
para templar los entusiasmos de los que nos exigen su
consagración idolátrica. — Y llego, ahora, á la rela
ción que directamente tiene, con el sentido general de
esta plática mía, el comentario de semejante espíritu
de imitación.
Todo juicio severo que se formule de los ameri
canos del Norte debe empezar por rendirles, como se
haría con altos adversarios, la formalidad caballeresca
de un saludo. — Siento fácil mi espíritu para cum
plirla. — Desconocer sus defectos no me parecería tan
insensato como negar sus cualidades. Nacidos — para
emplear la paradoja usada por Baudelaire á otro res
pecto — con la experiencia innata de la libertad, ellos
se han mantenido fieles á la ley de su origen, y han
desenvuelto, con la precisión y la seguridad de una pro
gresión matemática, los principios fundamentales de
su organización, dando á su historia una consecuente
unidad que, si bien ha excluido las adquisiciones de ap
titudes y méritos distintos, tiene la belleza intelectual
de la lógica. La huella de sus pasos no se borrará
jamás en los anales del derecho humano; porque ellos
han sido los primeros en hacer surgir nuestro moderno
concepto de la libertad, de las inseguridades del ensayo
y de las imaginaciones de la utopía, para convertirla
117
en bronce imperecedero y realidad viviente; porque han
demostrado con su ejemplo la posibilidad de extender
á un inmenso organismo nacional la inconmovible au
toridad de una república; porque, con su organización
federativa, han revelado — según la feliz expresión de
Tocqueville — la manera como se pueden conciliar
con el brillo y el poder de los estados grandes la felici
dad y la paz de los pequeños. — Suyos son algunos de
los rasgos más audaces con que ha de destacarse en la
perspectiva del tiempo la obra de este siglo. Suya es la
gloria de haber revelado plenamente — acentuando la
más firme nota de belleza moral de nuestra civilización
— la grandeza y el poder del trabajo; esa fuerza ben
dita que la antigüedad abandonaba a la abyección de
la esclavitud, y que hoy identificamos con la más alta
expresión de la dignidad humana, fundada en la con
ciencia y la actividad del propio mérito. Fuertes, tena
ces, teniendo la inacción por oprobio, ellos han puesto
en manos del mechánic de sus talleres y el fármer de
sus campos, la clava hercúlea del mito, y han dado al
genio humano una nueva é inesperada belleza ciñén-
dole el mandil de cuero del forjador. Cada uno de ellos
avanza á conquistar la vida como el desierto los pri
mitivos puritanos. Perseverantes devotos de ese culto
de la energía individual que hace de cada hombre el
artífice de su destino, ellos han modelado su sociabi
lidad en un conjunto imaginario de ejemplares de Ró-
binson, que después de haber fortificado rudamente su
118
personalidad en la práctica de la ayuda propia, entra
rán á componer los filamentos de una urdimbre fir
mísima. — Sin sacrificarle esa -soberana concepción
del individuo, han sabido hacer al mismo tiempo, del
espíritu de asociación, el más admirable instrumento
de su grandeza y de su imperio; y han obtenido de la
suma de las fuerzas humanas, subordinada á los pro
pósitos de la investigación, de la filantropía, de la in
dustria, resultados tanto más maravillosos, por lo mis
mo que se consiguen con la más absoluta integridad de
la autonomía personal. — Hay en ellos un instinto de
curiosidad despierta é insaciable, una impaciente avi
dez de toda luz; y profesando el amor por la instruc
ción del pueblo con la obsesión de una monomanía glo
riosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio más
seguro de su prosperidad, y del alma del niño la más
cuidada entre las cosas leves y preciosas. — Su cultura,
que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una
eficacia admirable siempre que se dirige prácticamente
á realizar una finalidad inmediata. No han incorpo
rado á las adquisiciones de la ciencia una sola ley ge
neral, un solo principio; pero la han hecho maga por
las maravillas de sus aplicaciones, la han agigantado
en los dominios de la utilidad, y han dado al mundo,
en la caldera de vapor y en la dinamo eléctrica, billo
nes de esclavos invisibles que centuplican, para servir
al Aladino humano, el poder de la lámpara maravi
llosa. — El crecimiento de su grandeza y de su fuerza
119
será objeto de perdurables asombros para el porvenir.
Han inventado, con su prodigiosa aptitud de improvi
sación, un acicate para el tiempo; y al conjuro de su
voluntad poderosa, surge en un día, del seno de la ab
soluta soledad, la suma de cultura acumulable por la
obra de los siglos. — La libertad puritana, que les en
vía su luz desde el pasado, unió á esta luz el calor de
una piedad que aún dura. Junto á la fábrica y la es
cuela, sus fuertes manos han alzado, también, los tem
plos de donde evaporan sus plegarias muchos millones
de conciencias libres. Ellos han sabido salvar, en el
naufragio de todas las idealidades, la idealidad más
alta, guardando viva la tradición de un sentimiento re
ligioso que, si no levanta sus vuelos en alas de un espl
ritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte,
entre las asperezas del tumulto utilitario, la rienda fir
me del sentido moral. — Han sabido, también, guar
dar, en medio á los refinamientos de la vida civilizada,
el sello de cierta primitividad robusta. Tienen el culto
pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza; tem
plan y afinan en el músculo el instrumento precioso de
la voluntad; y obligados por su aspiración insaciable
de dominio á cultivar la energía de todas las activida
des humanas, modelan el torso del atleta para el cora
zón del hombre libre. — Y del concierto de su civili
zación, del acordado movimiento de su cultura, surge
una dominante nota de optimismo, de confianza, de fe,
que dilata los corazones impulsándolos al porvenir ba
120
jo la sugestión de una esperanza terca y arrogante; la
nota del Excelsior y el Salmo de la vida con que sus
poetas han señalado el infalible bálsamo contra toda
amargura en la filosofía del esfuerzo y de la acción.
Su grandeza titánica se impone así, aun á los más
prevenidos por las enormes desproporciones de su ca
rácter ó por las violencias recientes de su historia. Y
por mi parte, ya veis que, aunque no les amo, les admi
ro. Les admiro, en primer término, por su formidable
capacidad de querer, y me inclino ante "la escuela de
voluntad y de trabajo” que — como de sus progenito
res nacionales dijo Philaréte-Chasles — ellos han ins
tituido.
En el principio la acción era. Con estas célebres
palabras del "Fausto” podría empezar un futuro histo
riador de la poderosa república, el Génesis, aun no
concluido, de su existencia nacional. Su genio podría
definirse, como el universo de los dinamistas, la fuerza
en movimiento. Tiene, ante todo y sobre todo, la capa
cidad, el entusiasmo, la vocación dichosa de la acción.
La voluntad es el cincel que ha esculpido á ese pueblo
en dura piedra. Sus relieves característicos son dos ma
nifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad
y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de
una actividad viril. Su personaje representativo se lla
ma Yo quiero, como el "super-hombre” de Nietzsche.—
Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es ese
extraordinario alarde de energía que lleva á todas par
121
tes y con el que imprime cierto carácter de épica gran
deza aun á las luchas del interés y de la vida material.
Así de los especuladores de Chicago y de Mineápolis,
ha dicho Paul Bourget que son á la manera de comba
tientes heroicos en los cuales la aptitud para el ataque
y la defensa es comparable á la de un grognard del
gran Emperador. — Y esta energía suprema con la que
el genio norteamericano parece obtener — hipnotiza
dor audaz — el adormecimiento y la sugestión de los
hados, suele encontrarse aun en las particularidades
que se nos presentan como excepcionales y divergentes,
de aquella civilización. Nadie negará que Edgard Poe
es una individualidad anómala y rebelde dentro de su
pueblo. Su alma escogida representa una partícula in
asimilable del alma nacional, que no en vano se agitó
entre las otras con la sensación de una soledad infinita.
Y sin embargo, la nota fundamental — que Baudelaire
ha señalado profundamente — en el carácter de los
héroes de Poe, es, todavía, el temple sobrehumano, la
indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó á Li-
geia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe
simbolizó en la luz inextinguible de sus ojos, el himno
de triunfo de la Voluntad sobre la Muerte.
Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuan
to hay de luminoso y grande en el genio de la pode
rosa nación, el derecho de completar respecto á él la
fórmula de la justicia, una cuestión llena de interés pi
de expresarse. — ¿Realiza aquella sociedad, ó tiende á
122
realizar, por lo menos, la idea de la conducta racional
que cumple á las legítimas exigencias del espíritu, á la
dignidad intelectual y moral de nuestra civilización?
— ¿Es en ella donde hemos de señalar la más aproxi
mada imagen de nuestra "ciudad perfecta” ? — Esa fe
bricitante inquietud que parece centuplicar en su seno
el movimiento y la intensidad de la vida, ¿tiene un ob
jeto capaz de merecerla y un estímulo bastante para
justificarla?
Herbert Spencer, formulando con noble sinceri
dad su saludo á la democracia de América en un ban
quete de Nueva York, señalaba el rasgo fundamental
de la vida de los norteamericanos, en esa misma des
bordada inquietud que se manifiesta por la pasión in
finita del trabajo y la porfía de la expansión material
en todas sus formas. Y observaba después que, en tan
exclusivo predominio de la actividad subordinada á los
propósitos inmediatos de la utilidad, se revelaba una
concepción de la existencia, tolerable sin duda como
carácter provisional de una civilización, como tarea
preliminar de una cultura, pero que urgía ya rectificar,
puesto que tendía á convertir el trabajo utilitario en
fin y objeto supremo de la vida, cuando él en ningún
caso puede significar racionalmente sino la acumula
ción de los elementos propios para hacer posible el to
tal y armonioso desenvolvimiento de nuestro sér.
Spencer agregaba que era necesario predicar á los nor
teamericanos el Evangelio del descanso ó el recreo; é
123
identificando nosotros la más noble significación de es
tas palabras con la del ocio tal cual lo dignificaban los
antiguos moralistas, clasificaremos dentro del Evange
lio en que debe iniciarse á aquellos trabajadores sin
reposo, toda preocupación ideal, todo desinteresado
empleo de las horas, todo objeto de meditación levan
tado sobre la finalidad inmediata de la utilidad.
La vida norteamericana describe efectivamente ese
círculo vicioso que Pascal señalaba en la anhelante per
secución del bienestar, cuando él no tiene su fin fuera
de sí mismo. Su prosperidad es tan grande como su im
posibilidad de satisfacer á una mediana concepción del
destino humano. Obra titánica, por la enorme tensión
de voluntad que representa, y por sus triunfos inaudi
tos en todas las esferas del engrandecimiento material,
es indudable que aquella civilización produce en su
conjunto una singular impresión de insuficiencia y de
vacío. Y es que si, con el derecho que da la historia de
treinta siglos de evolución presididos por la dignidad
del espíritu clásico y del espíritu cristiano, se pregunta
cuál es en ella el principio dirigente, cuál su substratum
ideal, cuál el propósito ulterior á la inmediata preocu
pación de los intereses positivos que estremecen aque
lla masa formidable, sólo se encontrará, como fórmula
del ideal definitivo, la misma absoluta preocupación
del triunfo material. — Huérfano de tradiciones muy
hondas que le orienten, ese pueblo no ha sabido subs
tituir la idealidad inspiradora del pasado con una alta
124
y desinteresada concepción del porvenir. Vive para la
realidad inmediata, del presente, y por ello subordina
toda su actividad al egoismo del bienestar personal y
colectivo. — De la suma de los elementos de su riqueza
y su poder podría decirse lo que el autor de Mensonges
de la inteligencia del marqués de Norbert que figura
en uno de sus libros: es un monte de leña al cual no se
ha hallado modo de dar fuego. Falta la chispa eficaz
que haga levantarse la llama de un ideal vivificante é
inquieto, sobre el copioso combustible. — Ni siquiera
el egoísmo nacional, á falta de más altos impulsos; ni
siquiera el exclusivismo y el orgullo de raza, que son
los que transfiguran y engrandecen, en la antigüedad,
la prosaica dureza de la vida de Roma, pueden tener
vislumbres de idealidad y de hermosura en un pueblo
donde la confusión cosmopolita y el atomismo de una
mal entendida democracia impiden la formación de
una verdadera conciencia nacional.
Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli
ha sufrido, al transmitirse á sus emancipados hijos de
América, una destilación que le priva de todos los ele
mentos de idealidad que le templaban, reduciendole,
en realidad, á la crudeza que, en las exageraciones de
la pasión ó de la sátira, ha podido atribuirse al positi
vismo de Inglaterra. — El espíritu inglés, bajo la áspe
ra corteza de utilitarismo, bajo la indiferencia mercan
til, bajo la severidad puritana, esconde, á no dudarlo,
una virtualidad poética escogida, y un profundo vene
125
ro de sensibilidad, el cual revela, en sentir de Taine,
que el fondo primitivo, el fondo germánico de aquella
raza, modificada luego por la presión de la conquista
y por el hábito de la actividad comercial, fué una ex
traordinaria exaltación del sentimiento. El espíritu
americano no ha recibido en herencia ese instinto poé
tico ancestral, que brota, como surgente límpida, del
seno de la roca británica, cuando es el Moisés de un
arte delicado quien la toca. El pueblo inglés tiene, en
la institución de su aristocracia, — por anacrónica é
injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho polí
tico, — un alto é inexpugnable baluarte que oponer al
mercantilismo ambiente y á la prosa invasora; tan alto
é inexpugnable baluarte que es el mismo Taine quien
asegura que desde los tiempos de las ciudades griegas,
no presentaba la historia ejemplo de una condición de
vida más propia para formar y enaltecer el sentimiento
de la nobleza humana. En el ambiente de la democra
cia de América, el espíritu de vulgaridad no halla ante
sí relieves inaccesibles para su fuerza de ascensión, y se
extiende y propaga como sobre la llaneza de una pam
pa infinita.
Sensibilidad, inteligencia, costumbres, — todo es
tá caracterizado, en el enorme pueblo, por una radical
ineptitud de selección, que mantiene, junto al orden
mecánico de su actividad material y de su vida política,
un profundo desorden en todo lo que pertenece al do
minio de las facultades ideales. — Fáciles son de seguir
126
las manifestaciones de esta ineptitud, partiendo de las
más exteriores y aparentes, para llegar después á otras
más esenciales y más íntimas. — Pródigo de sus rique
zas — porque en su codicia no entra, según acertada
mente se ha dicho, ninguna parte de Harpagón, — el
norteamericano ha logrado adquirir con ellas, plena
mente, la satisfacción y la vanidad de la magnificencia
suntuaria; pero no ha logrado adquirir la nota escogi
da del buen gusto. El arte verdadero sólo ha podido
existir, en tal ambiente, á título de rebelión individual.
Emerson, Poe, son allí como los ejemplares de una fau
na expulsada de su verdadero medio por el rigor de
una catástrofe geológica. — Habla Bourget, en Outre
mer, del acento concentrado y solemne con que la pa
labra arte vibra en los labios de los norteamericanos
que ha halagado el favor de la fortuna; de esos recios
y acrisolados héroes del self-help, que aspiran á coro
nar, con la asimilación de todos los refinamientos hu
manos, la obra de su encumbramiento reñido. Pero
nunca les ha sido dado concebir esa divina actividad
que nombran con énfasis, sino como un nuevo motivo
de satisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo
de su vanidad. La ignoran, en lo que ella tiene de des
interesado y de escogido; la ignoran, á despecho de la
munificencia con que la fortuna individual suele em
plearse en estimular la formación de un delicado sen
tido de belleza; á despecho de la esplendidez de los mu
seos y las exposiciones con que se ufanan sus ciudades;
127
á despecho de las montañas de mármol y de bronce que
han esculpido para las estatuas de sus plazas públicas.
Y si con su nombre hubiera de caracterizarse alguna
vez un gusto de arte, él no podría ser otro que el que
envuelve la negación del arte mismo: la brutalidad del
efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono sua
ve y de toda manera exquisita, el culto de una falsa
grandeza, el sensacionismo que excluye la noble sere
nidad inconciliable con el apresuramiento de una vida
febril.
La idealidad de lo hermoso no apasiona al descen
diente de los austeros puritanos. Tampoco le apasiona
la idealidad de lo verdadero. Menosprecia todo ejer
cicio del pensamiento que prescinda de una inmediata
finalidad, por vano é infecundo. No le lleva á la cien
cia un desinteresado anhelo de verdad, ni se ha mani
festado ningún caso capaz de amarla por sí misma. La
investigación no es para él sino el antecedente de la
aplicación utilitaria. — Sus gloriosos empeños por di
fundir los beneficios de la educación popular, están
inspirados en el noble propósito de comunicar los ele
mentos fundamentales del saber al mayor número; pero
no nos revelan que, al mismo tiempo que de ese acre
centamiento extensivo de la educación, se preocupe de
seleccionarla y elevarla, para auxiliar el esfuerzo de
las superioridades que ambicionen erguirse sobre la ge
neral mediocridad. Así, el resultado de su porfiada
guerra a la ignorancia, ha sido la semi-cultura univer
128
sal y una profunda languidez de la alta cultura. — En
igual proporción que la ignorancia radical, disminu
yen en el ambiente de esa gigantesca democracia, la
superior sabiduría y el genio. He ahí porqué la historia
de su actividad pensadora es una progresión decreciente
de brillo y de originalidad. Mientras en el período de
la independencia y la organización surgen para repre
sentar, lo mismo el pensamiento que la voluntad de
aquel pueblo, muchos nombres ilustres, medio siglo
más tarde Tocqueville puede observar, respecto á ellos,
que los dioses se van. Cuando escribió Tocqueville su
obra maestra, aun irradiaba, sin embargo, desde Bos
ton, la cindadela piiritana, la ciudad de las doctas tra
diciones, una gloriosa pléyada que tiene en la historia
intelectual de este siglo la magnitud de la universali
dad. — ¿Quiénes han recogido después la herencia de
Chánning, de Emerson, de Poe? — La nivelación me-
socrática, apresurando su obra desoladora, tiende á des
vanecer el poco carácter que quedaba á aquella preca
ria intelectualidad. Las alas de sus libros ha tiempo que
no llegan á la altura en que sería universalmente posi
ble divisarlos. Y hoy, la más genuina representación
del gusto norteamericano, en punto á letras, está en los
lienzos grises de un diarismo que no hace pensar en el
que un día suministró los materiales de El Federalista!
Con relación á los sentimientos morales, el im
pulso mecánico del utilitarismo ha encontrado el resorte
moderador de una fuerte tradición religiosa. Pero no
129
por eso debe creerse que ha cedido la dirección de la
conducta á un verdadero principio de desinterés. — La
religiosidad de los americanos, como derivación extre
mada de la inglesa, no es más que una fuerza auxilia-
toria de la legislación penal, que evacuaría su puesto
el día que fuera posible dar á la moral utilitaria la au
toridad religiosa que ambicionaba darle Stuart Mili. —
La más elevada cúspide de su moral es la moral de
Franklin: — Una filosofía de la conducta, que halla
su término en lo mediocre de la honestidad, en la uti
lidad de la prudencia; de cuyo seno no surgirán jamás
ni la santidad, ni el heroísmo; y que, sólo apta para
prestar á la conciencia, en los caminos normales de la
vida, el apoyo del bastón de manzano con que marcha
ba habitualmente su propagador, no es más que un
leño frágil cuando se trata de subir las altas pendien
tes. — Tal es la suprema cumbre; pero es en los valles
donde hay que buscar la realidad. Aun cuando el cri
terio moral no hubiera de descender más abajo del uti
litarismo probo y mesurado de Franklin, el término for
zoso — que ya señaló la sagaz observación de Tocque
ville — de una sociedad educada en semejante limita
ción del deber, sería, no por cierto una de esas deca
dencias soberbias y magníficas que dan la medida de
la satánica hermosura del mal en la disolución de los
imperios; pero sí una suerte de materialismo pálido y
mediocre, y en último resultado, el sueño de una ener
vación sin brillo, por la silenciosa descomposición de
130
todos los resortes de la vida moral. — Allí donde el
precepto tiende á poner las altas manifestaciones de la
abnegación y la virtud fuera del dominio de lo obliga
torio, la realidad hará retroceder indefinidamente el
límite de la obligación. — Pero la escuela de la pros
peridad material, que será siempre ruda prueba para
la austeridad de las repúblicas, ha llevado más lejos la
llaneza de la concepción de la conducta racional que
hoy gana los espíritus. Al código de Franklin han su
cedido otros de más francas tendencias como expresión
de la sabiduría nacional. Y no hace aún cinco años el
voto público consagraba en todas las ciudades norte
americanas, con las más inequívocas manifestaciones
de la popularidad y de la crítica, la nueva ley moral
en que, desde la puritana Boston, anunciaba solemne
mente el autor de cierto docto libro que se intitulaba
Pushing to the front (i), que el éxito debía ser consi
derado la finalidad suprema de la vida. La revelación
tuvo eco aun en el seno de las comuniones cristianas,
y se citó una vez, á propósito del libro afortunado, la
Imitación de Kémpis, como término de comparación!
La vida pública no se sustrae, por cierto, á las con
secuencias del crecimiento del mismo germen de desor
ganización que lleva aquella sociedad en sus entrañas.
Cualquier mediano observador de sus costumbres po
líticas os hablará de cómo la obsesión del interés utili-
131
tario tiende progresivamente á enervar y empequeñe
cer en los corazones el sentimiento del derecho. El valor
cívico, la virtud vieja de los Hámilton, es una hoja de
acero que se oxida, cada día más, olvidada, entre las te
larañas de las tradiciones. La venalidad, que empieza
desde el voto público, se propaga á todos los resortes
institucionales. El gobierno de la mediocridad vuelve
vana la emulación que realza los caracteres y las inte
ligencias y que los entona con la perspectiva de la efec
tividad de su dominio. La democracia, á la que no han
sabido dar el regulador de una alta y educadora noción
de las superioridades humanas, tendió siempre entre
ellos á esa brutalidad abominable del número que me
noscaba los mejores beneficios morales de la libertad y
anula en la opinión el respeto de la dignidad ajena.
Hoy, además, una formidable fuerza se levanta á con
trastar de la peor manera posible el absolutismo del
número. La influencia política de una plutocracia re
presentada por los todopoderosos aliados de los trusts,
monopolizadores de la producción y dueños de la vida
económica, es, sin duda, uno de los rasgos más mere
cedores de interés en la actual fisonomía del gran pue
blo. La formación de esta plutocracia ha hecho que se
recuerde, con muy probable oportunidad, el adveni
miento de la clase enriquecida y soberbia que, en los
últimos tiempos de la república romana, es uno de los
antecedentes visibles de la ruina de la libertad y de la
tiranía de los Césares. Y el exclusivo cuidado del en
132
grandecimiento material — numen de aquella civili
zación — impone así la lógica de sus resultados en la
vida política, como en todos los órdenes de la activi
dad, dando el rango primero al struggle-for-lifer osado
y astuto, convertido por la brutal eficacia de su esfuerzo
en la suprema personificación de la energía nacional,
— en el postulante á su representación emersoniana, —
en el personaje reinante de Taine!
Al impulso que precipita aceleradamente la vida
del espíritu en el sentido de la desorientación ideal y
el egoísmo utilitario, corresponde, físicamente, ese otro
impulso, que en la expansión del asombroso crecimien
to de aquel pueblo, lleva sus multitudes y sus iniciati
vas en dirección á la inmensa zona occidental que, en
tiempos de la independencia, era el misterio, velado
por las selvas del Mississipí. En efecto; es en ese impro
visado Oeste, que crece formidable frente á los viejos
estados del Atlántico, y reclama para un cercano por
venir la hegemonía, donde está la más fiel representa
ción de la vida norteamericana en el actual instante de
su evolución. Es allí donde los definitivos resultados,
los lógicos y naturales frutos, del espíritu que ha guia
do a la poderosa democracia desde sus orígenes, se
muestran de relieve a la mirada del observador y le
proporcionan un punto de partida para imaginarse la
faz del inmediato futuro del gran pueblo. Al virginia-
no y al yankee ha sucedido como tipo representativo,
ese dominador de las ayer desiertas Praderas, refirién
133
dose al cual decía Michel Chevalier, hace medio siglo,
que "los últimos serían un día los primeros” . El utili
tarismo, vacío de todo contenido ideal, la vaguedad cos
mopolita, y la nivelación de la democracia bastarda,
alcanzarán, con él, su último triunfo. — Todo elemento
noble de aquella civilización; todo lo que la vincula á
generosos recuerdos y fundamenta su dignidad histó
rica, — el legado de los tripulantes del Flor de Mayo,
la memoria de los patricios de Virginia y de los caba
lleros de la Nueva Inglaterra, el espíritu de los ciu
dadanos y los legisladores de la emancipación, — que
darán dentro de los viejos Estados donde Boston y Fi-
ladelfia mantiene aún, según expresivamente se ha di
cho, "el palládium de la tradición washingtoniana” .
Chicago se alza á reinar. Y su confianza en la superio
ridad que lleva sobre el litoral iniciador del Atlántico,
se funda en que le considera demasiado reaccionario,
demasiado europeo, demasiado tradicionalista. La his
toria no da títulos cuando el procedimiento de elección
es la subasta de la púrpura!
A medida que el utilitarismo genial de aquella ci
vilización asume así caracteres más definidos, más
francos, más estrechos, aumentan, con la embriaguez
de la prosperidad material, las impaciencias de sus hi
jos por propagarla y atribuirle la predestinación de
un magisterio Romano. — Hoy, ellos aspiran mani
fiestamente al primado de la cultura universal, á la di
rección de las ideas, y se consideran á sí mismos los for-
jadores de un tipo de civilización que prevalecerá.
Aquel discurso semi irónico que Laboulaye pone en bo
ca de un escolar de su París americanizado para signi
ficar la preponderancia que concedieron siempre en
el propósito educativo á cuanto favorezca el orgullo del
sentimiento nacional, tendría toda la seriedad de la
creencia más sincera en labios de cualquier americano
viril de nuestros días. En el fondo de su declarado es
píritu de rivalidad hacia Europa, hay un menosprecio
que es ingenuo, y hay la profunda convicción de que
ellos están destinados á obscurecer, en breve plazo, su
superioridad espiritual y su gloria, cumpliéndose, una
vez más, en las evoluciones de la civilización humana,
la dura ley de los misterios antiguos en que el iniciado
daba muerte al iniciador. Inútil sería tender á conven
cerles de que, aunque la contribución que han llevado
á los progresos de la libertad y de la utilidad haya sido,
indudablemente, cuantiosa, y aunque debiera atribuír
sele en justicia la significación de una obra universal,
de una obra humana, ella es insuficiente para hacer
transmudarse, en dirección al nuevo Capitolio, el eje
del mundo. Inútil sería tender á convencerles de que la
obra realizada por la perseverante genialidad del arya
europeo, desde que, hace tres mil años, las orillas del
Mediterráneo, civilizador y glorioso, se ciñeron jubilo
samente la guirnalda de las ciudades helénicas; la
obra que aun continúa realizándose y de cuyas tradi
ciones y enseñanzas vivimos, es una suma con la cual
135
no puede formar ecuación la fórmula Washington más
Edison. Ellos aspirarían á revisar el Génesis para ocu
par esa primera página! — Pero además de la relativa
insuficiencia de la parte que les es dado reivindicar en
la educación de la humanidad, su carácter mismo les
niega la posibilidad de la hegemonía. — Naturaleza
no les ha concedido el genio de la propaganda ni la vo
cación apostólica. Carecen de ese dón superior de
amabilidad — en alto sentido, — de ese extraordina
rio poder de simpatía, con que las razas que han sido
dotadas de un cometido providencial de educación, sa
ben hacer de su cultura algo parecido á la belleza de
la Helena clásica, en la que todos creían reconocer un
rasgo propio. — Aquella civilización puede abundar,
ó abunda indudablemente, en sugestiones y en ejem
plos fecundos; ella puede inspirar admiración, asom
bro, respeto; pero es difícil que cuando el extranjero
divisa de alta mar su gigantesco símbolo: la Libertad
de Bartholdi, que yergue triunfalmente su antorcha
sobre el puerto de Nueva York, se despierte en su áni
mo la emoción profunda y religiosa con que el viajero
antiguo debía ver surgir, en las noches diáfanas del
Atica, el toque luminoso que la lanza de oro de la Ate
nea del Acrópolis dejaba notar á la distancia en la pu
reza del ambiente sereno.
Y advertid que cuando, en nombre de los dere
chos del espíritu, niego al utilitarismo norteamericano
ese carácter típico con que quiere imponérsenos como
suma y modelo de civilización, no es mi propósito afir
mar que la obra realizada por él haya de ser entera
mente perdida con relación á los que podríamos llamar
los intereses del alma. — Sin el brazo que nivela y
construye, no tendría paz el que sirve de apoyo á la
noble frente que piensa. Sin la conquista de cierto
bienestar material es imposible en las sociedades hu
manas, el reino del espíritu. Así lo reconoce el mismo
aristocrático idealismo de Renán, cuando realza, del
punto de vista de los intereses morales de la especie y
de su selección espiritual en lo futuro, la significación
de la obra utilitaria de este siglo. "Elevarse sobre la ne
cesidad — agrega el maestro — es redimirse.” — En
lo remoto del pasado, los efectos de la prosaica é inte
resada actividad del mercader que por primera vez
pone en relación á un pueblo con otros, tienen un in
calculable alcance idealizador; puesto que contribuyen
eficazmente á multiplicar los instrumentos de la inte
ligencia, á pulir y suavizar las costumbres, y á hacer
posibles, quizá, los preceptos de una moral más avan
zada. — La misma fuerza positiva aparece propiciando
las mayores idealidades de la civilización. El oro acu
mulado por el mercantilismo de las repúblicas italia
nas "pagó — según Saint-Víctor — los gastos del Re
nacimiento” . Las naves que volvían de los países de
Las mil y una noches, colmadas de especias y marfil,
hicieron posible que Lorenzo de Médicis renovara, en
las lonjas de los mercaderes florentinos, los convites
137
platónicos. — La historia muestra en definitiva una in
ducción recíproca entre los progresos de la actividad
utilitaria y la ideal. Y así como la utilidad suele con
vertirse en fuerte escudo para las idealidades, ellas pro
vocan con frecuencia (á condición de no proponérselo
directamente) los resultados de lo útil. Observa Bage-
hot, por ejemplo, cómo los inmensos beneficios positi
vos de la navegación no existirían acaso para la huma
nidad, si en las edades primitivas no hubiera habido so
ñadores y ociosos — seguramente, mal comprendidos de
sus contemporáneos! — á quienes interesase la contem
plación de lo que pasaba en las esferas del cielo. — Esta
ley de armonía nos enseña á respetar el brazo que labra
el duro terruño de la prosa. La obra del positivismo
norteamericano servirá á la causa de Ariel, en último
término. Lo que aquel pueblo de cíclopes ha conquis
tado directamente para el bienestar material, con su
sentido de lo útil y su admirable aptitud de la inven
ción mecánica, lo convertirán otros pueblos, ó el mismo
en lo futuro, en eficaces elementos de selección. Así,
la más preciosa y fundamental de las adquisiciones del
espíritu, — el alfabeto, que da alas de inmortalidad á
la palabra, — nace en el seno de las factorías cana-
neas y es el hallazgo de una civilización mercantil, que,
al utilizarlo con fines exclusivamente mercenarios, ig
noraba que el genio de razas superiores lo transfigu
raría convirtiéndole en el medio de propagar su más
pura y luminosa esencia. La relación entre los bienes
138
positivos y los bienes intelectuales y morales, es, pues,
según la adecuada comparación de Fouillée, un nuevo
aspecto de la cuestión de la equivalencia de las fuerzas
que, así como permite transformar el movimiento en
calórico, permite también obtener, de las ventajas ma
teriales, elementos de superioridad espiritual.
Pero la vida norteamericana no nos ofrece aún un
nuevo ejemplo de esa relación indudable, ni nos lo
anuncia como gloria de una posteridad que se vislum
bre. — Nuestra confianza y nuestros votos deben incli
narse á que, en un porvenir más inaccesible á la infe
rencia, esté reservado á aquella civilización un destino
superior. Por más que, bajo el acicate de su actividad
vivísima, el breve tiempo que la separa de su aurora
haya sido bastante para satisfacer el gasto de vida re
querido por una evolución inmensa, su pasado y su ac
tualidad no pueden ser sino un introito con relación á
lo futuro. — Todo demuestra que ella está aún muy
lejana de su fórmula definitiva. La energía asimiladora
que le ha permitido conservar cierta uniformidad y
cierto temple genial, á despecho de las enormes inva
siones de elementos étnicos opuestos á los que hasta hoy
han dado el tono á su carácter, tendrá que reñir bata
llas cada día más difíciles, y en el utilitarismo pros-
criptor de toda idealidad no encontrará una inspira
ción suficientemente poderosa para mantener la atrac
ción del sentimiento solidario. Un pensador ilustre,
que comparaba al esclavo de las sociedades antiguas
139
con una partícula no digerida por el organismo social,
podría quizá tener una comparación semejante para
caracterizar la situación de ese fuerte colono de proce
dencia germánica que, establecido en los Estados del
centro y del Far-West, conserva intacta, en su natura
leza, en su sociabilidad, en sus costumbres, la impre
sión del genio alemán, que, en muchas de sus condi
ciones características más profundas y enérgicas, debe
ser considerado una verdadera antítesis del genio ame
ricano. — Por otra parte, una civilización que esté des
tinada á vivir y á dilatarse en el mundo; una civiliza
ción que no haya perdido, momificándose, á la ma
nera de los imperios asiáticos, la aptitud de la varia
bilidad, no puede prolongar indefinidamente la direc
ción de sus energías y de sus ideas en un único y exclu
sivo sentido. Esperemos que el espíritu de aquel titá
nico organismo social, que ha sido hasta hoy voluntad
y utilidad solamente, sea también algún día inteligen
cia, sentimiento, idealidad. Esperemos que, de la enor
me fragua, surgirá, en último resultado, el ejemplar
humano, generoso, armónico, selecto, que Spencer, en
un ya citado discurso, creía poder augurar como tér
mino del costoso proceso de refundición. Pero no le
busquemos, ni en la realidad presente de aquel pueblo,
ni en la perspectiva de sus evoluciones inmediatas; y
renunciemos á ver el tipo de una civilización ejemplar
donde sólo existe un boceto tosco y enorme, que aun
pasará necesariamente por muchas rectificaciones su
140
cesivas, antes de adquirir la serena y firme actitud con
que los pueblos que han alcanzado un perfecto desen
volvimiento de su genio presiden al glorioso corona
miento de su obra, como en el sueño del cóndor que
Leconte de Lisie ha descrito con su soberbia majestad,
terminando, en olímpico sosiego, la ascención pode
rosa, más arriba de las cumbres de la Cordillera!
141
la posteridad, ante la historia, todo
A
nte
gran pueblo debe aparecer como una
vegetación cuyo desenvolvimiento ha
tendido armoniosamente á producir un
fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir
la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su si
miente. — Sin este resultado duradero, humano, levan
tado sobre la finalidad transitoria de lo útil, el poder y
la grandeza de los imperios no son más que una noche
de sueño en la existencia de la humanidad; porque,
como las visiones personales del sueño, no merecen con
tarse en el encadenamiento de los hechos que forman
la trama activa de la vida.
Gran civilización, gran pueblo, — en la acepción
que tiene valor para la historia, — son aquellos que,
al desaparecer materialmente en el tiempo, dejan vi
brante para siempre la melodía surgida de su espíritu
y hacen persistir en la posteridad su legado imperece
dero — según dijo Carlyle del alma de sus "héroes” :
— como una nueva y divina porción de la suma de las
cosas. Tal, en el poema de Goethe, cuando la Elena
evocada del reino de la noche vuelve á descender al
Orco sombrío, deja á Fausto su túnica y su velo. Estas
vestiduras no son la misma deidad; pero participan,
habiéndolas llevado ella consigo, de su alteza divina,
y tienen la virtud de elevar á quien las posee por enci
ma de las cosas vulgares.
Una sociedad definitivamente organizada que li
mite su idea de la civilización á acumular abundantes
elementos de prosperidad, y su idea de la justicia á dis
tribuirlos equitativamente entre los asociados, no hará
de las ciudades donde habite nada que sea distinto, por
esencia, del hormiguero ó la colmena. No son bastan
tes, ciudades populosas, opulentas, magníficas, para
probar la constancia y la intensidad de una civilización.
La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de
la alta cultura. Es el ambiente natural de las más altas
144
manifestaciones del espíritu. No sin razón ha dicho
Quinet que "el alma que acude á beber fuerzas y ener
gías en la íntima comunicación con el linaje humano,
esa alma que constituye al grande hombre, no puede
formarse y dilatarse en medio de los pequeños partidos
de una ciudad pequeña” . — Pero así la grandeza cuan
titativa de la población como la grandeza material de
sus instrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son
sólo medios del genio civilizador, y en ningún caso re
sultados en los que él pueda detenerse. — De las pie
dras que compusieron á Cartago, no dura una partí
cula transfigurada en espíritu y en luz. La inmensidad
de Babilonia y de Nínive no representa en la memoria
de la humanidad el hueco de una mano si se la com
para con el espacio que va desde la Acrópolis al Pirco.
— Hay una perspectiva ideal en la que la ciudad no
aparece grande sólo porque prometa ocupar el área in
mensa que había edificada en torno á la torre de Nem-
rod; ni aparece fuerte sólo porque sea capaz de levan
tar de nuevo ante sí los muros babilónicos sobre los que
era posible hacer pasar seis carros de frente; ni aparece
hermosa sólo porque, como Babilonia, luzca en los pa
ramentos de sus palacios losas de alabastro y se enguir
nalde con los jardines de Semíramis.
Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los
arrabales de su espíritu alcanzan más allá de las cum
bres y los mares, y cuando, pronunciado su nombre,
ha de iluminarse para la posteridad toda una jornada
145
de la historia humana, todo un horizonte del tiempo.
La ciudad es fuerte y hermosa cuando sus días son algo
más que la invariable repetición de un mismo eco, re
flejándose indefinidamente de uno en otro círculo de
una eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota
por encima de la muchedumbre; cuando entre las lu
ces que se encienden durante sus noches está la lámpa
ra que acompaña la soledad de la vigilia inquietada
por el pensamiento y en la que se incuba la idea que ha
de surgir al sol del otro día convertida en el grito que
congrega y la fuerza que conduce las almas.
Entonces sólo, la extensión y la grandeza material
de la ciudad pueden dar la medida para calcular la in
tensidad de su civilización. — Ciudades regias, sober
bias aglomeraciones de casas, son para el pensamiento
un cauce más inadecuado que la absoluta soledad del
desierto, cuando el pensamiento no es el señor que las
domina. — Leyendo el Maud de Ténnyson, hallé una
página que podría ser el símbolo de este tormento del
espíritu allí donde la sociedad humana es para él un
género de soledad. — Presa de angustioso delirio, el
héroe del poema se sueña muerto y sepultado, á pocos
pies dentro de tierra, bajo el pavimento de una calle de
Londres. A pesar de la muerte, su conciencia perma
nece adherida á los fríos despojos de su cuerpo. El cla
mor confuso de la calle, propagándose en sorda vibra
ción hasta la estrecha cavidad de la tumba, impide en
ella todo sueño de paz. El peso de la multitud indife
146
rente gravita á toda hora sobre la triste prisión de aquel
espíritu, y los cascos de los caballos que pasan parecen
empeñarse en estampar sobre él un sello de oprobio.
Los días se suceden con lentitud inexorable. La aspira
ción de Maud consistiría en hundirse más dentro, mu
cho más dentro, de la tierra. El ruido ininteligente del
tumulto sólo sirve para mantener en su conciencia des
velada el pensamiento de su cautividad.
Existen ya, en nuestra América latina, ciudades
cuya grandeza material y cuya suma de civilización
aparente, las acercan con acelerado paso á participar
del primer rango en el mundo. Es necesario temer que
el pensamiento sereno que se aproxime á golpear so
bre las exterioridades fastuosas, como sobre un cerra
do vaso de bronce, sienta el ruido desconsolador del
vacío. Necesario es temer, por ejemplo, que ciudades
cuyo nombre fué un glorioso símbolo en América; que
tuvieron á Moreno, á Rivadavia, á Sarmiento; que lle
varon la iniciativa de una inmortal Revolución; ciuda
des que hicieron dilatarse por toda la extensión de un
continente, como en el armonioso desenvolvimiento de
las ondas concéntricas que levanta el golpe de la pie
dra sobre el agua dormida, la gloria de sus héroes y la
palabra de sus tribunas, — puedan terminar en Sidón,
en Tiro, en Cartago.
A vuestra generación toca impedirlo; á la juven
tud que se levanta, sangre y músculo y nervio del por
venir. Quiero considerarla personificada en vosotros.
147
Os hablo ahora figurándome que sois los destinados á
guiar á los demás en los combates por la causa del es
píritu. La perseverancia de vuestro esfuerzo debe iden
tificarse en vuestra intimidad con la certeza del triun
fo. No desmayéis en predicar el Evangelio de la delica
deza á los escitas, el Evangelio de la inteligencia á los
beocios, el Evangelio del desinterés á los fenicios.
Basta que el pensamiento insista en ser, — en de
mostrar que existe, con la demostración que daba Dió-
genes del movimiento, — para que su dilatación sea
ineluctable y para que su triunfo sea seguro.
El pensamiento se conquistará, palmo á palmo,
por su propia espontaneidad, todo el espacio de que
necesite para afirmar y consolidar su reino, entre las
demás manifestaciones de la vida. — Él, en la organi
zación individual, levanta y engrandece, con su acti
vidad continuada, la bóveda del cráneo que le contiene.
Las razas pensadoras revelan, en la capacidad creciente
de sus cráneos, ese empuje del obrero interior. — Él,
en la organización social, sabrá también engrandecer
la capacidad de su escenario, sin necesidad de que para
ello intervenga ninguna fuerza ajena á él mismo. —
Pero tal persuación que debe defenderos de un desa
liento cuya única utilidad consistiría en eliminar á los
mediocres y los pequeños, de la lucha, debe preserva
ros también de las impaciencias que exigen vanamente
del tiempo la alteración de su ritmo imperioso.
Todo el que se consagre á propagar y defender,
148
en la América contemporánea, un ideal desinteresado
del espíritu, — arte, ciencia, moral, sinceridad reli
giosa, política de ideas, — debe educar su voluntad en
el culto perseverante del porvenir. El pasado pertene
ció todo entero al brazo que combate; el presente per
tenece, casi por completo también, al tosco brazo que
nivela y construye; el porvenir — un porvenir tanto
más cercano cuanto más enérgicos sean la voluntad y
el pensamiento de los que le ansian — ofrecerá, para
el desenvolvimiento de superiores facultades del alma,
la estabilidad, el escenario y el ambiente.
¿No la veréis vosotros, la América que nosotros
soñamos; hospitalaria para las cosas del espíritu, y no
tan sólo para las muchedumbres que se amparen á ella;
pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción;
serena y firme á pesar de sus entusiasmos generosos;
resplandeciente con el encanto de una seriedad tem
prana y suave, como la que realza la expresión de un
rostro infantil cuando en él se revela, al través de la
gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto
que despierta?. . . — Pensad en ella á lo menos; el
honor de vuestra historia futura depende de que ten
gáis constantemente ante los ojos del alma la visión
de esa América regenerada, cerniéndose de lo alto so
bre las realidades del presente, como en la nave gótica
el vasto rosetón que arde en luz sobre lo austero de los
muros sombríos. — N o seréis sus fundadores, quizá;
seréis los precursores que inmediatamente la precedan.
149
En las sanciones glorificadoras del futuro hay también
palmas para el recuerdo de los precursores. Edgard
Quinet, que tan profundamente ha penetrado en las ar
monías de la historia y la naturaleza, observa que para
preparar el advenimiento de un nuevo tipo humano,
de una nueva unidad social, de una personificación
nueva de la civilización, suele precederles de lejos un
grupo disperso y prematuro, cuyo papel es análogo en
la vida de las sociedades al de las especies prof éticas de
que á propósito de la evolución biológica habla Héer.
El tipo nuevo empieza por significar, apenas, diferen
cias individuales y aisladas; los individualismos se or
ganizan más tarde en "variedad” ; y por último, la va
riedad encuentra para propagarse un medio que la fa
vorece, y entonces ella asciende quizá al rango especí
fico: entonces — digámoslo con las palabras de Qui
net — el grupo se hace muchedumbre, y reina.
He ahí porqué vuestra filosofía moral en el tra
bajo y el combate debe ser el reverso del carpe diem
horaciano; una filosofía que no se adhiera á lo presen
te sino como al peldaño donde afirmar el pie ó como á
la brecha por donde entrar en muros enemigos. No
aspiraréis, en lo inmediato, á la consagración de la
victoria definitiva, sino á procuraros mejores condi
ciones de lucha. Vuestra energía viril tendrá con ello
un estímulo más poderoso; puesto que hay la virtuali
dad de un interés dramático mayor, en el desempeño
de ese papel, activo esencialmente, de renovación y de
150
conquista, propio para acrisolar las fuerzas de una ge
neración heroicamente dotada, que en la serena y olím
pica actitud que suelen las edades de oro del espíritu
imponer á los oficiantes solemnes de su gloria. — "N o
es la posesión de los bienes, — ha dicho profundamen
te Taine, hablando de las alegrías del Renacimiento;
— no es la posesión de bienes, sino su adquisición, lo
que da á los hombres el placer y el sentimiento de su
fuerza” .
Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en
un aceleramiento tan continuo y dichoso de la evolu
ción, en una eficacia tal de vuestro esfuerzo, que baste
el tiempo concedido á la duración de una generación
humana para llevar en América las condiciones de la
vida intelectual, desde la incipiencia en que las tenemos
ahora, á la categoría de un verdadero interés social y
á una cumbre que de veras domine. — Pero, donde no
cabe la transformación total, cabe el progreso; y aun
cuando supierais que las primicias del suelo penosa
mente trabajado, no habrían de servirse en vuestra me
sa jamás, ello sería, si sois generosos, si sois fuertes, un
nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia.
La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias
del éxito inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el
que pone la esperanza más allá del horizonte visible; y
la abnegación más pura es la que se niega en lo presen
te, no ya la compensación del lauro y el honor ruidoso,
sino aun la voluptuosidad moral que se solaza en la
151
contemplación de la obra consumada y el término se
guro.
Hubo en la antigüedad altares para los "dioses
ignorados” . Consagrad una parte de vuestra alma al
porvenir desconocido. A medida que las sociedades
avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor
parte como uno de los factores de su evolución y una
de las inspiraciones de sus obras. Desde la imprevisión
obscura del salvaje, que sólo divisa del futuro lo que
falta para el terminar de cada período de sol y no con
cibe cómo los días que vendrán pueden ser gobernados
en parte desde el presente, hasta nuestra preocupación
solícita y previsora de la posteridad, media un espacio
inmenso, que acaso parezca breve y miserable algún
día. Sólo somos capaces de progreso en cuanto lo somos
de adaptar nuestros actos á condiciones cada vez más
distantes de nosotros, en el espacio y en el tiempo. La
seguridad de nuestra intervención en una obra que
haya de sobrevivimos, fructificando en los beneficios
del futuro, realza nuestra dignidad humana, haciéndo
nos triunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza.
Si, por desdicha, la humanidad hubiera de desesperar
definitivamente de la inmortalidad de la conciencia in
dividual, el sentimiento más religioso con que podría
substituirla sería el que nace de pensar que, aun des
pués de disuelta nuestra alma en el seno de las cosas,
persistiría en la herencia que se transmiten las genera
ciones humanas lo mejor de lo que ella ha sentido y ha
152
soñado, su esencia más íntima y más pura, al modo co
mo el rayo lumínico de la estrella extinguida persiste
en lo infinito y desciende á acariciarnos con su melan
cólica luz.
El porvenir es en la vida de las sociedades huma
nas el pensamiento idealizador por excelencia. De la
veneración piadosa del pasado, del culto de la tradi
ción, por una parte, y por la otra del atrevido impulso
hacia lo venidero, se compone la noble fuerza que le
vantando el espíritu colectivo sobre las limitaciones del
presente, comunica á las agitaciones y los sentimientos
sociales un sentido ideal. Los hombres y los pueblos
trabajan, en sentir de Fouillée, bajo la inspiración de
las ideas, como los irracionales bajo la inspiración de
los instintos; y la sociedad que lucha y se esfuerza, á ve
ces sin saberlo, por imponer una idea á la realidad,
imita, según el mismo pensador, la obra instintiva del
pájaro que, al construir el nido bajo el imperio de una
imagen interna que le obsede, obedece á la vez á un
recuerdo inconsciente del pasado y á un presentimiento
misterioso del porvenir.
Eliminando la sugestión del interés egoísta, de las
almas, el pensamiento inspirado en la preocupación
por destinos ulteriores á nuestra vida, todo lo purifica
y serena, todo lo ennoblece; y es un alto honor de nues
tro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupa
ción por lo futuro, el sentimiento de esa elevada impo
sición de la dignidad del sér racional, se hayan mani
153
festado tan claramente en él, que aun en el seno del
más absoluto pesimismo, aun en el seno de la amarga
filosofía que ha traído á la civilización occidental, den
tro del loto de Oriente, el amor de la disolución y la
nada, la voz de Hártmann ha predicado, con la apa
riencia de la lógica, el austero deber de continuar la
obra del perfeccionamiento, de trabajar en beneficio
del porvenir, para que, acelerada la evolución por el
esfuerzo de los hombres, llegue ella con más rápido
impulso á su término final, que será el término de todo
dolor y toda vida.
Pero no, como Hártmann, en nombre de la muer
te, sino en el de la vida misma y la esperanza, yo os
pido una parte de vuestra alma para la obra del futu
ro. — Para pedíroslo, he querido inspirarme en la ima
gen dulce y serena de mi Ariel. — El bondadoso genio
en quien Shakespeare acertó á infundir, quizá con la
divina inconsciencia frecuente en las adivinaciones ge
niales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en
la estatua su significación ideal, admirablemente tra
ducida por el arte en líneas y contornos. Ariel es la ra
zón y el sentimiento superior. Ariel es este sublime
instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magnifi
ca y convierte en centro de las cosas, la arcilla humana
á la que vive vinculada su luz, — la miserable arcilla
de que los genios de Arimanes hablaban á Manfredo.
Ariel es, para la naturaleza, el excelso coronamiento de
su obra, que hace terminarse el proceso de ascensión de
las formas organizadas, con la llamarada del espíritu.
Ariel triunfante, significa idealidad y orden en la vida,
noble inspiración en el pensamiento, desinterés en mo
ral, buen gusto en arte, heroísmo en la acción, delica
deza en las costumbres. — Él es el héroe epónimo en la
epopeya de la especie; él es el inmortal protagonista;
desde que con su presencia inspiró los débiles esfuerzos
de racionalidad del hombre prehistórico, cuando por
primera vez dobló la frente obscura para labrar el pe
dernal ó dibujar una grosera imagen en los huesos de
reno; desde que con sus alas avivó la hoguera sagrada
que el arya primitivo, progenitor de los pueblos civili
zadores, amigo de la luz, encendía en el misterio de las
selvas del Ganges, para forjar con su fuego divino el
cetro de la majestad humana, — hasta que, dentro ya
de las razas superiores, se cierne, deslumbrante, sobre
las almas que han extralimitado las cimas naturales de
la humanidad; lo mismo sobre los héroes del pensa
miento y el ensueño que sobre los de la acción y el sa
crificio; lo mismo sobre Platón en el promontorio de
Súnium, que sobre San Francisco de Asís en la soledad
de Monte Albernia. — Su fuerza incontrastable tiene
por impulso todo el movimiento ascendente de la vida.
Vencido una y mil veces por la indomable rebelión de
Calibán, proscripto por la barbarie vencedora, asfixia
do en el humo de las batallas, manchadas las alas trans
parentes al rozar el "eterno estercolero de Job” , Ariel
resurge inmortalmente, Ariel recobra su juventud y su
155
hermosura, y acude ágil, como al mandato de Próspe
ro, al llamado de cuantos le aman é invocan en la rea
lidad. Su benéfico imperio alcanza, á veces, aun á los
que le niegan y le desconocen. Él dirige á menudo las
fuerzas ciegas del mal y la barbarie para que concu
rran, como las otras, á la obra del bien. Él cruzará la
historia humana, entonando, como en el drama de Sha
kespeare, su canción melodiosa, para animar á los que
trabajan y á los que luchan, hasta que el cumplimiento
del plan ignorado á que obedece, le permita — cual se
liberta, en el drama, del servicio de Próspero, — rom
per sus lazos materiales y volver para siempre al centro
de su lumbre divina.
Aun más que para mi palabra, yo exijo de vos
otros un dulce é indeleble recuerdo para mi estatua de
Ariel. Yo quiero que la imagen leve y graciosa de este
bronce se imprima desde ahora en la más segura inti
midad de vuestro espíritu. — Recuerdo que una vez
que observaba el monetario de un museo, provocó mi
atención en la leyenda de una vieja moneda la palabra
Esperanza, medio borrada sobre la palidez decrépita
del oro. Considerando la apagada inscripción, yo medi
taba en la posible realidad de su influencia. ¿Quién
sabe qué activa y noble parte sería justo atribuir, en la
formación del carácter y en la vida de algunas genera
ciones humanas, á ese lema sencillo actuando sobre los
ánimos como una insistente sugestión? ¿Quién sabe
cuántas vacilantes alegrías persistieron, cuántas gene
156
rosas empresas maduraron, cuántos fatales propósitos
se desvanecieron, al chocar las miradas con la palabra
alentadora, impresa, como un gráfico grito, sobre el
disco metálico que circuló de mano en m ano?. . . Pue
da la imagen de este bronce — troquelados vuestros
corazones con ella — desempeñar en vuestra vida el
mismo inaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en
las horas sin luz del desaliento, reanimar en vuestra
conciencia el entusiasmo por el ideal vacilante, devol
ver á vuestro corazón el calor de la esperanza perdida.
Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida inte
rior, Ariel se lanzará desde allí a la conquista de las
almas. Yo le veo, en el porvenir, sonriéndoos con gra
titud, desde lo alto, al sumergirse en la sombra vuestro
espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro es
fuerzo; y más aún, en los de aquellos á quienes daréis
la vida y transmitiréis vuestra obra. Yo suelo embria
garme con el sueño del día en que las cosas reales harán
pensar que la Cordillera que se yergue sobre el suelo
de América ha sido tallada para ser el pedestal defini
tivo de esta estatua, para ser el ara inmutable de su
veneración!
157
A
si habló Próspero. — Los jóvenes discípu
los se separaron del maestro después
de haber estrechado su mano con afecto
filial. De su suave palabra, iba con
ellos la persistente vibración en que se prolonga el la
mento del cristal herido, en un ambiente sereno. Era
la última hora de la tarde. Un rayo del moribundo sol
atravesaba la estancia, en medio de discreta penumbra,
y tocando la frente de bronce de la estatua, parecía ani
mar en los altivos ojos de Ariel la chispa inquieta de
la vida. Prolongándose luego, el rayo hacía pensar en
una larga mirada que el genio, prisionero en el bronce,
enviase sobre el grupo juvenil que se alejaba. — Por
mucho espacio marchó el grupo en silencio. Al amparo
de un recogimiento unánime se verificaba en el espí
ritu de todos ese fino destilar de la meditación, absorta
en cosas graves, que un alma santa ha comparado ex
quisitamente á la caída lenta y tranquila del rocío so
bre el vellón de un cordero. — Cuando el áspero con
tacto de la muchedumbre les devolvió á la realidad que
les rodeaba, era la noche ya. Una cálida y serena noche
de estío. La gracia y la quietud que ella derramaba de
su urna de ébano sobre la tierra, triunfaban de la prosa
flotante sobre las cosas dispuestas por manos de los
hombres. Sólo estorbaba para el éxtasis la presencia de
la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerse el am
biente con lánguido y delicioso abandono, como la co
pa trémula en la mano de una bacante. Las sombras,
sin ennegrecer el cielo purísimo, se limitaban á dar á
su azul el tono obscuro en que parece expresarse una
serenidad pensadora. Esmaltándolas, los grandes as
tros centelleaban en medio de un cortejo infinito; Al-
debarán, que ciñe una púrpura de luz; Sirio, como la
cavidad de un nielado cáliz de plata volcado sobre el
mundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden so
bre el suelo de América como para defender una última
esperanza...
160
Y fué entonces, tras el prolongado silencio, cuan
do el más joven del grupo, á quien llamaban "Enjolrás”
por su ensimismamiento reflexivo, dijo, señalando su
cesivamente la perezosa ondulación del rebaño humano
y la radiante hermosura de la noche:
—Mientras la muchedumbre pasa, yo observo
que, aunque ella no mira al cielo, el cielo la mira.
Sobre su masa indiferente y obscura, como tierra del
surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las
estrellas se parece al movimiento de unas manos de
sembrador.
161
ARIEL de Jo sé Enrique Rodó,
se terminó de im prim ir en
Colom bino Hnos. Ltda., Pie
dras 477, M o n t e v id e o , el
s i e t e de m a r z o de 1947.
l a s ilustraciones o r i g i n a l e s
de Antonio Pena, han sido
reproducidas en Hueco O ff
set a dos tintas. D e la pre
sente edición se tiraron 3.000
ejem plares; doscientos en pa
pel de hilo Van Dyck acre-
mado, señalados con números
rom anos del I al L, d e -lo s
c u a l e s 8 llevan un d i b u j o
original de Antonio Pena;
150 del 51 al 200 en núme
ros a r á b i g o s , el resto de
los ejem plares sin numerar.