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Capitulo1 9780825458668

El documento presenta las últimas enseñanzas de Jesús a sus discípulos antes de su muerte. Jesús les enseñó sobre la humildad del amor, prometió enviar al Espíritu Santo para consolarlos, y les dio garantías de poder, provisión y paz a pesar de la persecución que enfrentarían en un mundo de incrédulos. Jesús quería preparar a los discípulos para continuar su misión después de su ascensión al cielo.

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Capitulo1 9780825458668

El documento presenta las últimas enseñanzas de Jesús a sus discípulos antes de su muerte. Jesús les enseñó sobre la humildad del amor, prometió enviar al Espíritu Santo para consolarlos, y les dio garantías de poder, provisión y paz a pesar de la persecución que enfrentarían en un mundo de incrédulos. Jesús quería preparar a los discípulos para continuar su misión después de su ascensión al cielo.

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CÓMO

SOBREVIVIR
EN UN
MUNDO DE
INCRÉDULOS
PA L A BR A S DE Á NIM O DE J E S Ú S L A N O CH E
ANTES DE SU MUERTE

JOHN MACARTHUR
La misión de Editorial Portavoz consiste en proporcionar productos
de calidad —con integridad y excelencia—, desde una perspectiva
bíblica y confiable, que animen a las personas a conocer y servir a
Jesucristo.

Título del original: How to Survive in a World of Unbelievers, © 2001


por John MacArthur, Jr. y publicado por Thomas Nelson.
Edición en castellano: Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos
© 2019 por Editorial Portavoz, filial de Kregel Inc., Grand Rapids,
Michigan 49505. Todos los derechos reservados. Publicado por
acuerdo con Thomas Nelson, una división de HarperCollins Christian
Publishing, Inc.
Traducción: Ricardo Acosta
Imagen de la cubierta: Ryoji Iwata en Unsplash
Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, almacenada
en un sistema de recuperación de datos, o transmitida en cualquier
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en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas.
Utilizado con permiso. Reina-Valera 1960™ es una marca registrada
de American Bible Society, y puede ser usada solamente bajo licencia.
El texto bíblico indicado con “nvi” ha sido tomado de La Santa Biblia,
Nueva Versión Internacional®, copyright © 1999 por Biblica, Inc.®
Todos los derechos reservados.
Las cursivas añadidas en los versículos bíblicos son énfasis del autor.
EDITORIAL PORTAVOZ
2450 Oak Industrial Drive NE
Grand Rapids, MI 49505 USA
Visítenos en: www.portavoz.com
ISBN 978-0-8254-5866-8 (rústica)
ISBN 978-0-8254-6755-4 (Kindle)
ISBN 978-0-8254-7576-4 (epub)
1 2 3 4 5 edición / año 28 27 26 25 24 23 22 21 20 19
Impreso en los Estados Unidos de América
Printed in the United States of America
Contenido

Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7

1. La humildad del amor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13

2. El traidor desenmascarado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27

3. Características del cristiano comprometido. . . . . . . . . . . . . . 45

4. Solución para el corazón atribulado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 61

5. Jesús es Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73

6. El Espíritu Santo viene a consolar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87

7. La paz de Cristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103

8. Lo que significó la muerte de Jesús para Él . . . . . . . . . . . . . .117

9. La vid y los pámpanos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131

10. Los beneficios de la vida en Cristo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .143

11. Cómo ser amigo de Jesús. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 155

12. Odiados sin motivo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 167

Guía de estudio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .179


Introducción

Sin lugar a dudas, una de las enseñanzas más conmove-


doras y poderosas en todo el ministerio terrenal de Jesús tuvo
lugar la última noche que pasó con sus discípulos antes de ser
crucificado. Ocurrió durante la comida de Pascua, comúnmente
conocida como la Última Cena. El ministerio terrenal de Jesús
a las masas acababa de terminar, y su enseñanza estaba ahora
enfocada muy especialmente en los apóstoles (Jn. 13—16). Tal
ministración ocurrió en unas pocas horas, justo antes de ser
arrestado y llevado a juicio, y en un solo lugar: el aposento alto.
Durante esas horas Jesús entregó su última voluntad y testa-
mento a sus discípulos, y en consecuencia a todos los creyentes
a lo largo de la historia. Esta es la herencia de todo creyente
en Cristo. En Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos
tendremos el privilegio de examinar esas palabras de ánimo
y reto. Sin embargo, solo estudiaremos por encima una parte
de la espléndida promesa contenida en solo tres capítulos del
discurso final de nuestro Señor. Veremos que toda una vida de
estudio no sería suficiente para explorar las profundidades de
todo lo que el Maestro nos enseñó respecto a vivir para Él en un
mundo incrédulo. Echemos un vistazo previo a las maravillosas
verdades que estudiaremos en Juan 13—16:
Cristo dio prueba de su amor. “Jesús… se levantó de la
cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.
Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies
de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba

7
8 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

ceñido” (Jn. 13:3-5). Más tarde, Pedro y los demás discípulos


conocerían el amor de Cristo a través de su muerte expiatoria;
pero en el aposento tuvieron un vistazo de ese amor cuando
Jesús les lavó los pies.
Jesús ofreció la esperanza del cielo. “No se turbe vuestro
corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi
Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera
dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere
y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo,
para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (14:1-3). En
aquellos días en Israel, cuando un hijo se casaba, agregaban
un nuevo apartamento a la casa del padre. Generación tras
generación de la familia extendida vivían juntas en una casa.
Así es el cielo. Todos estaremos en la casa del Padre. Jesús está
preparando nuestras moradas.
Nuestro Señor nos dio la garantía de poder. “De cierto, de
cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las
hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”
(14:12). Jesús no quiso decir que los discípulos harían obras que
fueran más fabulosas que las de Él en calidad o tipo, sino que
harían obras que serían más grandes en extensión. Durante su
ministerio en la tierra, Cristo más que nada enfrentó rechazo,
y nunca salió de la pequeña tierra de Palestina. Pero el día de
Pentecostés, el Espíritu de Dios vino y los apóstoles empezaron
a predicar y revolucionaron Jerusalén. Más tarde, cuando se
declaró en esa ciudad la persecución contra los cristianos, ellos
se esparcieron por Samaria y Judea, predicando el evangelio
a su paso. Luego el apóstol Pablo y sus colaboradores exten-
dieron el evangelio a muchas tierras más. Ese proceso todavía
continúa hoy.
Jesús dio la seguridad de provisión. “Todo lo que pidiereis al
Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado
en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (14:13-14).
Orar en su nombre es llevar peticiones delante de Dios que sean
Introducción 9

coherentes con quién es Él. La oración no es simplemente para


satisfacer nuestros deseos egoístas, ni para disuadir a Dios de
que haga lo que de todos modos va a hacer. La oración es dar a
Dios la oportunidad de mostrarse a fin de que podamos alabarlo
por lo que Él hace.
Nuestro Salvador prometió el regalo del Espíritu. “Yo
rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con
vosotros para siempre: el Espíritu de verdad” (14:16-17a). Jesús
prometió un Consolador o Colaborador sobrenatural, de la
misma clase que Él. Este Consolador es el Espíritu Santo, el
Espíritu de Cristo. Vive dentro de los discípulos de Cristo, no
solo cerca de ellos. Los fortalece y da convicción a quienes ellos
predican. A lo largo de su ministerio, el Espíritu “convencerá
al mundo de pecado… por cuanto no creen en mí; de justicia,
por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por
cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (16:8-11).
El Maestro dio a todo verdadero seguidor la posesión de la
verdad divina: la Palabra de Dios. “El Consolador, el Espíritu
Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará
todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”
(14:26). Esta promesa tuvo una aplicación principal para los
escritores del Nuevo Testamento, los predicadores apostólicos
en la era inicial de la iglesia. Fue una promesa de inspiración
verbal. El Espíritu Santo les recordaría todo lo que Jesús les
había enseñado, y les daría más enseñanzas a través de los años
mientras le servían. La Biblia es exacta, porque el Espíritu Santo
no miente. No hay falsedad en Él, y es el “Espíritu de verdad”
(14:17; 15:26; 16:13).
Además, Él prometió el regalo de la paz. “La paz os dejo,
mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se
turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (14:27). Una clase de
paz en las Escrituras es paz con Dios, la cual es la paz objetiva
de relación con Él. Pero también hay la paz subjetiva de tran-
quilidad mental, la paz de Dios. Pablo escribe en Filipenses 4:5:
10 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

“El Señor está cerca”. Pero esa no es una referencia a la segunda


venida, sino a la presencia del Señor hoy día en nuestras vidas.
Ya que Él está cerca, no debemos afanarnos “por nada” (v. 6).
Él prometió la bendición de fruto espiritual. “Yo soy la vid,
vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste
lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”
(Jn. 15:5). Fruto es el producto de una vida que tiene vitalidad
continua. Vive más allá de nosotros; es algo que reproducimos.
Los cristianos somos parte de un producto que seguirá a lo largo
de la eternidad como ondas en un estanque eterno. Tenemos
vidas que resonarán por todos los corredores del cielo para
siempre jamás.
En un tono más solemne, Cristo también prometió el dolor
de la persecución. “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí
me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el
mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo
os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (15:18-19).
El siervo no es superior a su Señor. El mundo odia y rechaza
el mensaje contra el pecado. Cristo desenmascara al mundo y
le revela el pecado. Por eso el mundo lo odia, y nos odia. Jesús
advirtió a sus discípulos: “Estas cosas os he hablado, para que
no tengáis tropiezo” (16:1).
Por último, Él prometió gozo verdadero. “Estas cosas os
he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo
sea cumplido” (15:11). Gozo es el resultado de todo lo que
Jesús ha dicho y nos ha dado. Una mujer sufre agonía durante
el parto, pero al dar a luz al hijo ya no recuerda más su dolor.
Los creyentes padecerán aflicción y circunstancias dolorosas,
pero de esas mismas circunstancias vendrá el más grande gozo.
Jesús declara: “Os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y
nadie os quitará vuestro gozo” (16:22b).
Mi oración al ofrecer este libro es que si conoces a Jesu-
cristo como Señor y Salvador, crezcas en el entendimiento de
las riquezas que te pertenecen debido a su amor por ti. Y que
Introducción 11

si no lo conoces, ojalá el Señor te convenza de tu necesidad de


rendirte por completo a Él.
A medida que estudiemos juntos estos capítulos, pido que el
Espíritu de Dios te ayude a entender la importancia de entregarle
todo a Él, quien libremente se entregó totalmente por ti.
1

La humildad del amor

Vivimos en una generación muy orgullosa y egoísta. La


gente considera ahora aceptable y hasta normal promocionarse,
alabarse y ponerse en primer lugar. Muchos consideran virtud al
orgullo. Por otra parte, muchas personas ven la humildad como
una debilidad. A parecer todo el mundo está pidiendo a gritos
sus derechos y tratando de ser reconocidos como importantes.
La preocupación con la autoestima, el amor propio, y la glo-
ria personal está destruyendo las mismas bases sobre las que
se levanta nuestra sociedad. Ninguna cultura puede sobrevivir
al orgullo desenfrenado, porque toda la sociedad depende de
las relaciones. Cuando las personas están comprometidas sobre
todo consigo mismas, las relaciones se desintegran. Y eso es
precisamente lo que está pasando en nuestra cultura donde las
amistades, los matrimonios y las familias se están desmoronando.
Lamentablemente, la preocupación por uno mismo se ha
introducido también en la Iglesia. Quizás el fenómeno de mayor
crecimiento en el cristianismo moderno es el énfasis en el orgu-
llo, la autoestima, la autoimagen, la satisfacción personal, y
otras manifestaciones de egoísmo. De ahí surge una nueva reli-
gión de egocentrismo, orgullo e incluso arrogancia. Voces de
cada parte de la gama teológica nos llaman a unirnos al culto
de la autoestima.
13
14 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

Sin embargo, la Biblia es clara en que el egoísmo no tiene


lugar en la teología cristiana. Jesús enseñó reiteradamente contra
el orgullo, y con su vida y enseñanza exaltó sin cesar la virtud de
la humildad. Esto en ninguna parte es más claro que en Juan 13.

“LOS AMÓ HASTA EL FIN”


El capítulo 13 constituye un momento decisivo en el Evangelio
de Juan y el ministerio de Jesucristo. El ministerio público de
Jesús al pueblo de Israel había seguido su curso y terminado en
el rechazo completo y definitivo que le hicieran como Mesías. El
primer día de la semana Jesús había entrado triunfante a Jerusalén
ante los gritos entusiastas de los habitantes. Sin embargo, estos
nunca entendieron de veras el ministerio y el mensaje del Señor.
El tiempo de Pascua había llegado, y para el viernes Jesús sería
totalmente rechazado y luego ejecutado. No obstante, Dios con-
vertiría esa ejecución en el sacrificio más grande y definitivo por
el pecado, y Jesús moriría como el verdadero Cordero de Pascua.
El Señor había venido a su pueblo, los judíos, “y los suyos
no le recibieron” (Jn. 1:11). Por tanto Él se había alejado de su
ministerio público para tener comunión íntima con sus discí-
pulos.
Ahora era el día antes de la muerte de Jesús, y en lugar de
estar preocupado con pensamientos de su muerte, de cargar
con el pecado, y de glorificación, estaba totalmente consumido
con su amor por los discípulos. Aunque sabía que pronto iría a
la cruz a morir por los pecados de la humanidad, Jesús seguía
preocupándose por las necesidades de doce hombres. Su amor
nunca fue y nunca es impersonal, ese es el misterio del amor.
En lo que literalmente fueron las últimas horas antes de su
muerte, Jesús siguió mostrando una y otra vez su amor a los
discípulos. Juan relata esta demostración gráfica de amor:

Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora


había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como
La humildad del amor 15

había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó


hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había
puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que
le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas
las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios
iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando
una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y
comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos
con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón
Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respon-
dió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes
ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me
lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare,
no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no
sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le
dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies,
pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no
todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo:
No estáis limpios todos.
Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su
manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he
hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien,
porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado
vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los
unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como
yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto
os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es
mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaven-
turados seréis si las hiciereis (Jn. 13:1-17).

Es muy probable que Jesús y los discípulos se hubieran apar-


tado en Betania de la vista de los demás durante esta última
semana antes de la crucifixión. Después de venir de allí (o de
cualquier lugar cerca de Jerusalén), habrían tenido que recorrer
16 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

caminos muy polvorientos. Naturalmente, para cuando llegaron


tenían los pies cubiertos de polvo.
Todos en esa cultura enfrentaban el mismo problema. Las
sandalias casi no protegían los pies de la suciedad, y los cami-
nos o eran una gruesa capa de polvo o montones de lodo. A
la entrada de toda casa judía había una vasija grande de agua
para lavar pies sucios. Normalmente, el lavado de pies era deber
del siervo más humilde. Cuando llegaban invitados, este iba
a la puerta y les lavaba los pies… una tarea poco agradable.
Es más, lavar pies era tal vez su deber más servil, y solamente
sirvientes lo realizaban para otros. Incluso los discípulos de un
rabino no debían lavar los pies de su maestro ya que esa tarea
era exclusiva de un siervo.
Cuando Jesús y sus discípulos llegaron al aposento alto, no
encontraron un siervo que les lavara los pies. Solo unos días
antes les había dicho a los doce: “El que quiera hacerse grande
entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el pri-
mero entre vosotros será vuestro siervo” (Mt. 20:26-27). Si de
corazón hubieran hecho caso a la enseñanza, uno de los doce
habría lavado los pies de los demás, o mutuamente habrían
participado en la tarea. Eso pudo haber sido algo hermoso,
pero a causa de su egoísmo no se les ocurrió. Un pasaje paralelo
en Lucas 22 nos da una idea de cuán egoístas eran y en qué
pensaban esa noche:

Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos


sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se
enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad
son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea
el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige,
como el que sirve (vv. 24-26).

¡Qué escena tan triste! Ellos discutían sobre quién era el


mayor; y al discutir al respecto ninguno se rebajaría a lavar pies.
La humildad del amor 17

La vasija estaba allí, la toalla estaba allí, y todo estaba listo.


Pero ninguno se dispuso a lavar los pies de los demás.
Si alguien en ese aposento debió haber estado pensando en
la gloria que tendría en el reino, fue Jesús. Juan 13:1 afirma que
el Señor sabía que había llegado su hora. Él se encontraba en
un horario divino, y sabía que iba a estar con el Padre. Era muy
consciente del hecho de que pronto sería glorificado: “Sabiendo
Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos,
y que había salido de Dios, y a Dios iba” (v. 3). Pero en vez de
estar preocupado con su gloria, y a pesar del egoísmo de los
discípulos, estaba totalmente consciente de revelar claramente
su amor personal a los doce para que estuvieran seguros de
ese amor.
El versículo 1 declara: “Como había amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. “Hasta el fin” en el
griego es eis telos, que significa que los amó “a la perfección”.
Los amó hasta lo sumo. Los amó con total plenitud de amor.
Esa es la naturaleza del amor de Cristo, y lo mostró reitera-
damente, incluso en su muerte. Cuando fue arrestado dispuso
que los discípulos no fueran arrestados. Mientras estaba en
la cruz se aseguró de que Juan cuidara de su madre María en
los años venideros. Jesús se extendió a un ladrón moribundo y
lo salvó. Es asombroso que en esas últimas horas de llevar los
pecados del mundo, en medio de todo el dolor y sufrimiento que
soportaba, estuviera pendiente de ese aspirante a discípulo que
colgaba a su lado. Jesús ama por completo, absolutamente, a
la perfección, totalmente, sin reservas. En momentos en que la
mayoría de hombres se hubieran preocupado de sí mismos, Él
se humilló desinteresadamente para satisfacer las necesidades
de otros. Así es el amor verdadero.
Y aquí está la gran lección de todo este relato: Solamente la
humildad absoluta puede generar amor absoluto. Es la natu-
raleza del amor ser desinteresado, sacrificado. En 1 Corintios
13:5 Pablo escribió que el amor “no busca lo suyo”. En realidad,
18 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

para condensar toda la verdad de 1 Corintios 13 en una decla-


ración podríamos asegurar que la mayor virtud del amor es su
humildad, porque es la humildad del amor la que lo demuestra
y lo hace visible.
El amor de Cristo y su humildad son inseparables. Si hubiera
estado principalmente preocupado de sí mismo no podría haber
estado tan consumido con una pasión por servir a otros.

“AMOR… DE HECHO Y EN VERDAD”


¿Cómo podría alguien rechazar esa clase de amor? La gente
lo hace todo el tiempo. Judas lo hizo. “Cuando cenaban… el
diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de
Simón, que le entregase” (Jn. 13:2). ¿Ves la tragedia de Judas?
Disfrutaba constantemente de la luz, pero vivía en tinieblas;
experimentaba el amor de Cristo, pero al mismo tiempo lo
odiaba.
El contraste entre Jesús y Judas es sorprendente. Y quizás
por eso mismo es que el Espíritu Santo incluyó el versículo 2 en
este pasaje. Sobre el telón de fondo del odio de Judas, el amor
de Jesús brilla aún más. Podemos entender mejor su magnitud
cuando comprendemos que en el corazón de Judas se hallaba
la clase más siniestra de odio y rechazo. Las palabras de amor
con las cuales Jesús atrajo gradualmente hacia sí los corazones
de los demás discípulos solo alejaron cada vez más a Judas. La
enseñanza con la que enalteció las almas de los otros discípulos
solo pareció clavar una estaca en el corazón de Judas. Y todo
lo que Jesús expresó en cuanto al amor debió haber sido como
roce de grilletes para Judas. De su codicia y de su ambición
decepcionada comenzaron a brotar celos, rencor y odio, y ahora
estaba listo para destruir a Cristo, si era necesario.
Pero mientras más personas odiaban a Jesús y deseaban
hacerle daño, más parecía que Él manifestaba amor por ellas.
Desde un punto de vista humano habría sido fácil entender si
Jesús hubiera reaccionado con resentimiento o amargura. Pero
La humildad del amor 19

lo único que Él tenía era amor… incluso enfrentó el mayor per-


juicio con supremo amor. Dentro de poco estaría de rodillas a
los pies de Judas, lavándoselos.
Jesús esperó hasta que todos estuvieran sentados y la cena
fuera servida. Entonces, en un acto inolvidable de humildad que
debió haber sorprendido a los discípulos, “[Jesús] se levantó de
la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.
Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los
discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”
(Jn. 13:4-5).
Con calma y majestuosidad, en total silencio Jesús se puso
de pie, se acercó y agarró el cántaro y vertió el agua en la
palangana. Luego se quitó el manto exterior, el cinturón, y muy
probablemente la túnica interior (quedando vestido como un
esclavo), se ciñó una toalla alrededor de la cintura, y se arrodilló
para lavar los pies de sus discípulos, uno a uno.
¿Puedes imaginar la punzada en los corazones de los discí-
pulos? Qué dolor, remordimiento y tristeza debieron sentir al
estar a punto de aprender una lección profunda. Uno de ellos
pudo haber tenido el gozo de arrodillarse y lavar los pies de
Jesús. Estoy seguro de que estaban estupefactos y quebrantados.
Nosotros también podemos aprender de este incidente. Es
triste que la iglesia esté llena de personas con un alto concepto
de sí mismas cuando deberían estar de rodillas a los pies de sus
hermanos en Cristo. El deseo de prominencia resulta en muerte
para el amor, la humildad, y el servicio. Quien es orgulloso y
egocéntrico no tiene capacidad para amar ni mostrar humildad.
En consecuencia, cualquier servicio que pueda creer que realiza
para el Señor es una pérdida.
Cuando estás tentado a creer en tu dignidad, tu prestigio,
o tus derechos, abre tu Biblia en Juan 13 y échale una buena
mirada a Jesús: vestido como siervo, de rodillas, lavándoles los
pies a hombres pecadores que son totalmente indiferentes a la
muerte inminente del Señor. Pasar de ser Dios en gloria (v. 3), a
20 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

lavar los pies de discípulos pecadores y poco gloriosos (vv. 4-5)


es un paso largo. Piensa en esto: El majestuoso y glorioso Dios
del universo viene a la tierra… eso es humildad. Luego se arro-
dilla en el suelo para lavar los pies de hombres pecadores… eso
es humildad indescriptible.
Que un pescador lave los pies a otro pescador es un sacrificio
de dignidad relativamente pequeño. Pero que Jesucristo, en cuyo
corazón latía el pulso de la deidad eterna, se inclinara y lavara
los pies de hombres despreciables, esa es la clase más grande de
humillación. Y esa es la naturaleza de la auténtica humildad,
así como la prueba del auténtico amor.
El amor tiene que ser más que palabras. El apóstol Juan
escribió: “No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho
y en verdad” (1 Jn. 3:18). El amor que es verdadero se expresa
en actividad, no solo en palabras.

“SI NO TE LAVARE, NO TENDRÁS


PARTE CONMIGO”
Luego Juan 13 nos ofrece una de las perspectivas más intere-
santes de la personalidad de Pedro que vemos en otras partes
de la Biblia. Cuando Jesús pasó amorosamente de discípulo en
discípulo, finalmente llegó a Pedro. Este debió haber estado
completamente quebrantado, por lo que con una mezcla de
remordimiento e incredulidad expresó: “Señor, ¿tú me lavas
los pies?” (v. 6), tal vez retirándolos.
Jesús le contestó a Pedro: “Lo que yo hago, tú no lo compren-
des ahora; mas lo entenderás después” (v. 7). En este momento
Pedro aún creía que el reino estaba llegando, y que Jesús era el
Rey. ¿Cómo podía permitir que el Rey le lavara los pies? No
fue sino hasta después de la muerte, resurrección y ascensión
del Salvador que Pedro entendió la humillación total de Jesús.
Pedro se atrevió a más. “No me lavarás los pies jamás” (v. 8).
Para resaltar sus palabras, usó la forma más fuerte de negación
en el lenguaje griego. Llamó Señor a Jesús, pero no cedió ante
La humildad del amor 21

su señorío. Aquella no fue una modestia encomiable por parte


de Pedro.
“Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte con-
migo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también
las manos y la cabeza” (vv. 8-9). Eso era típico en Pedro: pasó
de un extremo (“No me lavarás los pies jamás”) al otro (“No
sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza”).
Hay un significado profundo en las palabras de Jesús: “Si
no te lavare, no tendrás parte conmigo”. La mentalidad judía
típica no podía aceptar al Mesías humillado. Por tanto, en la
mente de Pedro no había lugar para que Cristo se humillara
como lo hizo. Por eso Jesús debió hacerle comprender que Cristo
vino para ser humillado. Si Pedro no podía aceptar este acto de
lavado de pies, sin duda tendría problemas en aceptar lo que
Jesús haría por él en la cruz.
Pero hay otra verdad más profunda en las palabras de Jesús:
ha pasado de la ilustración física de lavar pies a la verdad espiri-
tual de lavar la persona interior. A lo largo del Evangelio de Juan,
cuando Jesús trató con personas mostró la verdad espiritual en
términos físicos. Lo hizo cuando habló con Nicodemo, con la
mujer en el pozo, y con los fariseos. Ahora lo hace con Pedro.
Jesús está diciendo: “Pedro, a menos que me permitas lavarte
de manera espiritual, no eres limpio y no tienes parte conmigo”.
Toda limpieza en el reino espiritual viene de Cristo, y la única
forma en que alguien puede ser limpio es que sea lavado por
regeneración a través de Jesucristo (Tit. 3:5). Nadie tiene rela-
ción con Jesucristo a menos que Cristo le haya limpiado los
pecados; y nadie puede entrar a la presencia del Señor a menos
que primero se someta a esa limpieza.
Pedro aprendió esa verdad; él mismo predicó en Hechos 4:12:
“En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre
bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.
Cuando una persona pone su fe en Jesucristo, está limpia, pero
no antes.
22 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

“EL QUE ESTÁ LAVADO… ESTÁ TODO LIMPIO”


Como creyó que el Señor estaba hablando de limpieza física,
Pedro ofreció las manos y la cabeza… todo. Aún no veía el
significado espiritual completo, sino que en esencia manifestó:
“Cualquier lavado que me ofrezcas y me haga parte de ti, lo
quiero”.
Jesús, hablando todavía de limpieza espiritual, declaró: “El
que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está
todo limpio; y vosotros limpios estáis” (Jn. 13:10). Hay una
diferencia entre un baño y un lavado de pies. En la cultura de
esa época, una persona se lavaba en la mañana para estar com-
pletamente limpia. A medida que pasaba el día, periódicamente
debía lavarse los pies debido a los caminos polvorientos, pero
no tenía que volver a bañarse completamente. Lo único que
necesitaba era lavarse los pies para eliminar la suciedad antes
de entrar a la casa de alguien.
Jesús está diciendo esto: Una vez que tu persona interior ha
sido bañada en redención, estás limpio. De allí en adelante no
tienes que bañarte de nuevo (no necesitas volver a ser redimido)
cada vez que cometes un pecado. Lo único que Dios tiene que
hacer es quitarte el polvo todos los días. Posicionalmente estás
limpio (como le dijo a Pedro en el versículo 10), pero desde el
punto de vista práctico debes lavarte todos los días al caminar
por el mundo y contaminarte.
A ese lavado espiritual de pies es a lo que 1 Juan 1:9 se refiere:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar
nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.
Jesús sabía cuáles de los discípulos estaban realmente limpios
por redención. Además sabía cuáles eran los planes de Judas
para esa noche: “Porque sabía quién le iba a entregar; por eso
dijo: No estáis limpios todos” (Jn. 13:11). Eso debió haber con-
vencido el corazón del traidor.
Judas sabía lo que Jesús quiso decir. Tales palabras, combi-
nadas con el lavado de pies, constituyeron lo que sería el último
La humildad del amor 23

llamado en amor para que Judas no hiciera lo que planeaba


hacer. ¿Qué pasaba por la mente de Judas cuando Jesús arrodi-
llado le lavaba los pies? Pensara lo que pensara, no lo disuadió
de sus planes malvados.

“VOSOTROS TAMBIÉN DEBÉIS LAVAROS


LOS PIES LOS UNOS A LOS OTROS”
Fíjate en lo que pasó después que Jesús terminó de lavar los pies
de los discípulos:

Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su
manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he
hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien,
porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado
vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los
unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como
yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto
os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es
mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaven-
turados seréis si las hiciereis (Jn. 13:12-17).

Después de haber insertado una lección tácita sobre la sal-


vación (una clase de pausa teológica) Jesús volvió al punto real
que estaba enseñando a sus discípulos: que debían comenzar a
mostrar humildad.
Argumentó de lo mayor a lo menor. Si el Señor de gloria
estuvo dispuesto a ceñirse una toalla, asumir la forma de siervo,
actuar como esclavo, y lavar los pies sucios de discípulos peca-
dores, era razonable que los discípulos deberían estar dispuestos
a lavarse mutuamente los pies. Sin duda el ejemplo visual que
Jesús enseñó hizo mayor bien que el que se habría conseguido
mediante una conferencia sobre humildad. Eso fue algo que
los discípulos nunca olvidaron. (¡Quizás a partir de entonces
compitieron por ver quién llegaría primero al agua!)
24 Cómo sobrevivir en un mundo de incrédulos

Mucha gente cree que Jesús estaba instituyendo una orde-


nanza para la Iglesia. Algunas iglesias practican lavado de pies
en una manera ritual al modo en que la mayoría de nosotros
observamos el bautismo y la comunión. No estoy en desacuerdo
con eso, pero no creo que este pasaje enseñe tal cosa. Jesús no
abogó por un culto formal y ritualista de lavado de pies.
El versículo 15 enseña: “Ejemplo os he dado, para que como
yo os he hecho, vosotros también hagáis”. La palabra “como”
es una traducción del término griego kathos, que significa “con-
forme a lo que”. Si Él estuviera estableciendo el lavado de pies
como una ordenanza que la Iglesia debía practicar, habría utili-
zado la palabra griega ho, que significa “aquello que”. Entonces
habría estado afirmando: “Ejemplo os he dado, para que aquello
que os he hecho, vosotros también hagáis”.
Jesús no está diciendo: “Hagan lo mismo que les he hecho”.
Más bien está declarando: “Compórtense de la misma manera
que me he comportado”. El ejemplo que debemos seguir no es el
lavado de pies sino la humildad. No minimicemos la lección de
Jesús tratando de hacer del lavado de pies el punto importante
de Juan 13. La humildad del Maestro es la verdadera lección,
y se trata de una humildad práctica que gobierna cada aspecto
de la vida, cada día de vida, en toda experiencia de vida.
El resultado de esa clase de humildad siempre es servicio
amoroso —hacer las tareas insignificantes y humildes para la
gloria de Jesucristo— que destruye la mayoría de ideas popu-
lares de lo que constituye la espiritualidad.
Algunas personas parecen creer que mientras más te acercas
a Dios, más lejos debes estar de la humanidad, pero eso no es
cierto. La verdadera cercanía a Dios es servir a alguien más.
Nunca hubo un servicio sacrificial a los demás que Jesús no
estuviera dispuesto a realizar. ¿Por qué deberíamos nosotros ser
diferentes? No somos más grandes que el Señor: “De cierto, de
cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado
La humildad del amor 25

es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventu-


rados seréis si las hiciereis” (vv. 16-17).
¿Quieres verte realizado y feliz? Desarrolla un corazón de
siervo. Somos siervos del Señor, y un siervo no es más grande
que su amo. Si Jesús pudo descender de una posición de deidad
para convertirse en hombre, y luego humillarse más para ser
un siervo y lavar los pies de doce pecadores que no lo merecían,
nosotros debemos estar dispuestos a sufrir cualquier indignidad
para servirle. Eso es amor verdadero y humildad verdadera.

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