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Duelo, Esperanza y Consuelo - Albert N. Martin

Este documento es un libro que ofrece consuelo y esperanza a aquellos que lloran la muerte de un ser querido. El libro explora lo que Jesús ha ganado, lo que el difunto ha ganado, y la esperanza compartida que tienen los cristianos. El autor, un pastor experimentado, escribió el libro después de la muerte de su esposa para guiar a otros a través del proceso de duelo desde una perspectiva bíblica.

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Duelo, Esperanza y Consuelo - Albert N. Martin

Este documento es un libro que ofrece consuelo y esperanza a aquellos que lloran la muerte de un ser querido. El libro explora lo que Jesús ha ganado, lo que el difunto ha ganado, y la esperanza compartida que tienen los cristianos. El autor, un pastor experimentado, escribió el libro después de la muerte de su esposa para guiar a otros a través del proceso de duelo desde una perspectiva bíblica.

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DUELO, ESPERANZA Y CONSUELO

Cuando un ser querido muere en Cristo

A los miembros y amigos de la Iglesia Bautista Trinity


que, como «familia eterna» lloraron conmigo
durante mi larga noche de llanto, y quienes se regocijaron
conmigo en mi prolongada mañana de gozo.
—Albert N. Martin

Albert N. Martin

Publicaciones Aquila
Duelo, esperanza y consuelo
Publicado por Publicaciones Aquila
5510 Tonnelle Ave.
North Bergen, NJ 07047–3029
EE.UU.
Copyright © 2012 Albert N. Martin
Publicado con permiso
Publicado en inglés por CruciformPress
CruciformPress.com
[email protected]
Copyright © 2013 Publicaciones Aquila para la traducción al
español
Primera edición en español: 2013
Traducción del inglés: Eloida Viegas Fernández
Diseño de la cubierta: Latido Creativo
ISBN: 978-1-932481-21-1
Impreso en EE.UU.
Printed in USA
DUELO, ESPERANZA Y CONSUELO
Albert N. Martin
Publicaciones Aquila
5510 Tonnelle Ave.
North Bergen, NJ 07047
EE.UU.

Copyright © 2013 por Publicaciones Aquila. Todos los derechos reservados.

Traducción: Eloida Viegas Fernández

Primera edición: 2013


CONTENIDO
DUELO, ESPERANZA Y CONSUELO
Página de créditos
Recomendaciones
PREFACIO

Parte I FUNDAMENTOS

1. PERSPECTIVAS FUNDAMENTALES

2. PRINCIPIOS FUNDAMENTALES

Parte II EL ESTADO INTERMEDIO

3. HEMOS SIDO DOTADOS DE PERFECCIÓN MORAL

4. ENTRAMOS EN LA PRESENCIA DE CRISTO

5. ENTRAMOS EN LA COMPAÑÍA DE LOS SANTOS

6. ENTRAMOS EN EL REPOSO PROMETIDO

Parte III PUNTOS CENTRALES PARA EL DUELO BÍBLICO

7. LO QUE JESÚS HA GANADO

8. LO QUE NUESTRO SER QUERIDO HA GANADO

9. LA ESPERANZA COMPARTIDA DE LOS CRISTIANOS

10. LOS PROPÓSITOS DE DIOS EN NOSOTROS POR MEDIO DE


ESTA MUERTE

11. LO QUE HEMOS GANADO

Parte IV ALIENTO

12. UNA PALABRA PARA EL LECTOR CRISTIANO

13. UNA PALABRA PARA EL LECTOR NO CONVERTIDO


«Albert N. Martin es un experimentado pastor, hábil maestro y
escritor de talento que nos regala en este libro un tesoro de valor
incalculable. La aleccionadora realidad es que ninguno de
nosotros está exento de enfrentarse a la muerte. Constantemente
nos vemos frente a la pérdida de seres queridos, a cada curva del
camino de la vida. Con esto en mente, este libro nos guía por todo
el proceso doloroso de la muerte desde una perspectiva
intensamente bíblica. Quienes lean estas páginas verán, sin la
menor duda, como los dirigen a Cristo y sentirán que les han sido
de gran ayuda».
Steve Lawson, Pastor principal de la Christ Fellowship
Baptist Church, Mobile, Alabama

«Al Martin entreteje la ternura personal y la enseñanza bíblica


en este dulce libro consolador. Eleva nuestra mente hasta el cielo
para que veamos la gloria del Redentor y su embellecida novia.
Asimismo, aporta conocimiento profundo y consuelo a nuestra
experiencia aquí en la tierra. ¡Qué bendito regalo para un amigo
que sufre! Cómprelo y regálelo, pero asegúrese de quedarse con
un ejemplar para usted también. Nunca estaremos demasiado
preparados para la prueba de perder a un ser amado».
Dr. Joel R. Beeke, presidente del Seminario Teológico
Puritano Reformado, Grand Rapids, Michigan

«De vez en cuando, nos tropezamos por casualidad con un raro


descubrimiento: como dar la vuelta a una esquina y encontrarse
con una gloriosa luna saliente, o descubrir a un pintor o músico
que alcanza los huecos más profundos de nuestro ser, o leer un
libro especial. Este pequeño libro del pastor Al Martin ha supuesto
esta experiencia para mí; escrito desde un profundo conocimiento
bíblico y probado por la experiencia, Duelo, esperanza y consuelo:
cuando un ser querido muere en Cristo es un libro deleitoso y
edificante que usted querrá leer una y otra vez. Si es usted pastor o
consejero, alguien que esté sintiendo las punzadas del dolor, o un
miembro de la iglesia que quiere ser útil para los demás, tiene que
leer este libro. Para mí ha sido particularmente útil la forma en que
ayuda a entrenar la mente y las emociones para la «áspera puerta
de la muerte».
Dr. Joseph A. Pipa, Jr. PhD, presidente del Seminario
Teológico Presbiteriano de Greenville, Taylors, Carolina del
Sur.

«Este tierno libro escrito por un pastor muy querido tras la


muerte de su amada esposa, ofrece consuelo a aquellos que lloran.
Hasta nuestro duelo debería ser disciplinado por las Escrituras y
gobernado por la motivación de glorificar a Dios. Aquí tenemos
un insólito manual que nos enseña cómo entristecernos con
piedad. Es de suma relevancia para todos nosotros, si no para el
día de hoy, sin duda para mañana».
Maurice Roberts, Ministro de la Congregación Greyfriars,
Inverness, Escocia, autor de numerosos libros y exeditor de la
revista de Banner of Truth

«Durante más de cincuenta años, Albert N. Martin ha predicado


la Palabra de Dios con poder. Ahora lo hace por escrito. En
ninguna parte de la vida es más real la verdad del evangelio que
cuando un ser querido muere en Cristo. En ese momento, por
encima de cualquier otro, es cuando el creyente necesita
experimentar el consuelo de Cristo en el evangelio. En este libro
tierno, bíblico, experiencial y hasta evangelizador, Albert Martin
conduce a sus lectores a un maravilloso encuentro con el Señor
Jesús. Utiliza las Escrituras, la sabiduría pastoral y la experiencia
de la muerte de su amada esposa para mostrar a los creyentes
cómo Dios sostiene a sus santos que sufren. Es un librito
teológicamente sólido y de gran valor práctico».
Pastor Brian Borgman, Iglesia Grace Community, Minden,
Nevada, autor de Feelings and Faith [Sentimientos y fe]
(Crossway).

«Me siento muy agradecido de que Cruciform Press haya


emprendido el proyecto de editar materiales que fluyen de la
riqueza de la experiencia que el Dr. Albert N. Martin adquirió en
su fiel ministerio pastoral de más de cincuenta años en una
congregación de New Jersey, ricamente bendecido por Dios. En
realidad no suele ser común beneficiarse de este tipo de
comprensión y sabiduría ministerial.
«En este libro, el Dr. Martin combina una comprensión de lo
mejor de la teología y la exegesis bíblica con todo el patetismo de
un hombre redimido profundamente sensible al experimentar la
muerte de una esposa muy amada. Canalice esto a través de la
mente y el corazón de un pastor que siente su divina encomienda
de ministrar a los demás aquello que el Señor le ha enseñado en el
crisol de la dolorosa experiencia humana, y obtendrá la esencia de
este precioso volumen. Es el bálsamo de Galaad que tiene su fuente
en el Padre que todo lo sabe, el Admirable Consejero, Jesucristo y
el Consolador único, el Espíritu Santo, para pastores y asesores, y
para quienes están atravesando el dolor por la muerte de un ser
querido. Léalo para aprender, para llorar… ¡y para regocijarse en
la gran victoria del Salvador que ha vencido a la muerte!».
Rev. William Shishko, pastor de la Iglesia Ortodoxa
Presbiteriana, Franklin Square, Nueva York

«La instrucción del pastor Martin le capacitará para que pueda


llevar su duelo con fe vencedora, experimentar el consuelo de
nuestro triunfante Salvador, y convertir las doctrinas del
evangelio en la victoria de la vida de la resurrección, la esperanza
y el gozo. Gracias, pastor Martin, por instruirnos sobre cómo
sufrir bien en el Señor».
Alan Dunn, pastor de la Iglesia Bautista Grace Covenant,
Flemington, New Jersey

«Combinando una sencilla exposición de importantes pasajes


bíblicos con una aplicación práctica y anécdotas personales, el
pastor Martin ha elaborado con la ayuda de Dios un verdadero
bálsamo para el espíritu herido de otros cristianos que sufren. Aquí
no hallará piadosas obviedades, sino la sólida verdad evangélica
expresada de una forma intensamente personal. Lo recomiendo de
todo corazón, rogando que el Dios de todo consuelo aumente la
esperanza de sus santos y presente a otros al Señor y Salvador
resucitado, el único que puede consolarlos también a ellos».
D. Scott Meadows, pastor de la Iglesia Bautista Calvary,
Exeter, New Hampshire.

«El pastor Martin nos recuerda que la muerte de un ser querido


no es simplemente el final de la trayectoria terrenal, sino también
un comienzo, tanto para los seres queridos que se van como para
nosotros. Este libro está lleno de aliento y sano consejo. Al leerlo y
meditar en su contenido, usted será grandemente bendecido».
Dr. Robert P. Martin de la Iglesia Bautista Reformada
Emmanuel, Seattle, Washington.
PREFACIO
La ruda puerta de la muerte

Fue un sombrío día de septiembre de 1998. Acababan de


diagnosticar un cáncer a Marilyn, mi esposa durante cuarenta y
dos años en aquella época. A este diagnóstico le siguieron seis años
de escáner, radiaciones, cirugía y múltiples regímenes de
quimioterapia. Agradó a Dios utilizar estos medios para añadir
otros seis años al peregrinaje terrenal de Marilyn.
Tras permanecer en coma durante tres días, Marilyn murió el 20
de septiembre del 2004, a la 6:20 de la mañana, justo cuando salía
el sol. Vi y oí cómo exhalaba su último aliento. Aunque en muchas
maneras ella había sido tomada de mí progresivamente durante su
batalla con esta miserable enfermedad, la realidad de la finalidad
de la muerte y la separación radical que ocasiona me abrumaron.
Unos instantes más tarde, al levantar su cuerpo sin vida, me vi
haciéndome las siguientes preguntas: ¿Qué le acaba de ocurrir a
Marilyn? ¿Qué ha experimentado y qué está percibiendo ahora?
Inmediatamente supe que, si iba a llevar el luto como debía, era
necesario que pudiera responder estas preguntas con toda certeza
partiendo de las Escrituras.
Había sufrido mucho y vertido gran cantidad de lágrimas
durante aquellos años en los que mi esposa había ido decayendo y,
de una mujer hermosa, juvenil, sana y activa de setenta y tres años,
se había convertido en una inválida postrada en cama, y en estado
comatoso. A pesar de todo, cuando murió realmente, supe
instintivamente que ahora me enfrentaba a un nuevo tipo de dolor,
cuya medida había aumentado enormemente. Al tomar conciencia
de ello, en mi corazón nació una pasión: así como se me requería
que entrara en una nueva dimensión de experiencia cristiana, por
la gracia de Dios le glorificaría en medio de ella. Sentí agudamente
la presión de 1 Corintios 10:31: «… ya sea que comáis o bebáis o
hagáis cualquier otra cosa [incluido sufrir el dolor por la pérdida de
una esposa piadosa], hacedlo todo para la gloria de Dios». Es un
mandamiento, una orden positiva. Asimismo, en 1 Tesalonicenses
4:13 encontramos una directriz negativa en cuanto al duelo, una
instrucción dada al pueblo de Dios: «… no os entristezcáis como lo
hacen los demás que no tienen esperanza».
He sido pastor y predicador durante toda mi vida de adulto, con
el privilegio inestimable de predicar y enseñar la Palabra de Dios
en miles de ocasiones. Sin lugar a duda, la preparación y la
pronunciación de sermones se han llevado una porción
considerable de casi cada semana de mi vida durante
aproximadamente cincuenta años. Gran parte de mi propia vida
espiritual se ha moldeado y producido a través de esta disciplina
regular y el privilegio de la oración, el estudio y la preparación.
Esto es para que el lector entienda por qué afirmo que este libro
nació de sermones que, a su vez, provenían de mis propias
experiencias a raíz del fallecimiento de Marilyn. Necesitaba con
urgencia claridad y consuelo para mi propia alma, de modo que
los busqué allí donde sabía que los encontraría: en las infalibles
palabras de las Santas Escrituras y en la oración. Ansiaba, por la
gracia de Dios, estudiar y aprender lo que significa sufrir el dolor
por la muerte de un ser querido en Cristo, para la gloria de Dios,
aplicarlo en mi propia vida y compartir con los demás aquello que
aprendiera.
Y así fue cómo, cuatro semanas después de la muerte de
Marilyn, comparecí ante la congregación de la Iglesia Bautista
Trinity de Montville, New Jersey (esfera de mis labores pastorales
durante cuarenta y seis años), y comencé a predicar una serie de
sermones que llegaron a constituir la base para los primeros seis
capítulos de este libro (Más tarde llegaría una segunda serie de
sermones, que forman la Parte III de este volumen). Ya había
predicado muchas veces sobre el sufrimiento con anterioridad, así
como sobre la muerte, el duelo y otros muchos temas
relacionados. Pero ahora, lo hacía desde una nueva perspectiva: la
de un hombre que había tenido entre sus brazos el cuerpo muerto
de su esposa.
Estos sermones habían nacido de mi dolor, de mis lágrimas, mis
tribulaciones, mis oraciones, y un concentrado estudio de la
Palabra de Dios durante las cuatro semanas anteriores. En el
transcurso de ese tiempo, procuré digerir tanto como pudiera
encontrar en la Palabra de Dios en cuanto a las preguntas que
surgieron de una forma tan viva en mi corazón en el momento en
que Marilyn falleció: ¿Qué le había ocurrido exactamente, dónde estaba
ahora, y qué experimentaba?
Estos sermones se colocaron en el Internet y, por los
comentarios tan alentadores que provocaron, parece ser que Dios
los ha utilizado para fortalecer y ayudar a numerosas personas de
su pueblo. En los pocos años que han transcurrido desde que
Marilyn partió con el Señor he tenido la oportunidad de ministrar
en muchos entornos distintos, y cada vez me he convencido más
de que los amados hijos de Dios tienen, con frecuencia, un criterio
confuso, impreciso y hasta erróneo de lo que ocurre exactamente
con aquellos que mueren en Cristo. Estos puntos de vista
deficientes les roban la capacidad de llorar la muerte de un ser
querido para la gloria de Dios. Asimismo, los hace vulnerables a las
dudas y los temores, al contemplar su propia e inevitable muerte,
si el Señor Jesús demora su venida. El propósito de este libro es el
beneficio de estas personas y la confirmación de aquel que esté
bien instruido.
Como ya he indicado, las páginas siguientes contienen el fruto
de mi esfuerzo sincero por recopilar y explicar aquellos pasajes,
preceptos y promesas bíblicos que nos capacitarán para llevar
nuestro duelo para la gloria de Dios, en nuestro propio beneficio y
en el de los demás. No obstante, resultaría poco bíblico y
pastoralmente irresponsable por mi parte dar la impresión que
todo sufrimiento piadoso tiene la misma forma y color. El
temperamento natural que Dios nos ha dado, así como las
circunstancias que se asocian a la muerte de nuestro ser querido,
tendrán una fuerte influencia sobre la forma de expresar el duelo
piadoso. A medida que la luz de las Escrituras en cuanto a los
elementos esenciales de sufrir piadosamente atraviese el prisma de
nuestra propia individualidad construida por Dios, nuestro duelo
hallará su expresión a través de un espectro de colores que, a
menudo, diferirán de un alma sufriente a otra.
No hay expresión humana de duelo piadoso que pueda
considerarse como el paradigma bíblico. Las Escrituras nos
instruyen: «Comprados fuisteis por precio; no os hagáis esclavos
de los hombres» (1 Co. 7:23). Si está leyendo este libro y lo está
asociando a su propio proceso de luto, tenga mucho cuidado en
cómo procura aplicar los consejos bien intencionados, por más
útiles que puedan resultar. No permita que nada, sino las claras
indicaciones bíblicas, guíe su conciencia.
Al apóstol Juan se le ordenó que escribiese estas palabras:
«Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en
el Señor» (Ap. 14:13). Mi oración es que Dios use estas páginas
para ayudar al pueblo de Dios a entender esas cosas que
convierten la muerte en la entrada a ese estado de indescriptible
bendición de todos los que mueren en unión con Cristo. Que el
Espíritu de Dios también las use en aquellos que aún no están «en
Cristo». Si usted, mi querido lector, es uno de estos, ojalá que le
hagan sentir envidia y desee esa bendición que puede ser suya
cuando muera, si se aparta de su pecado y corre a Jesucristo como
única esperanza de vida y de salvación.
Albert N.
Martin
Jenison,
Michigan
2011
Parte I

FUNDAMENTOS
1
PERSPECTIVAS FUNDAMENTALES
Si queremos vivir nuestro duelo como deberíamos, cuando la
muerte hace añicos una relación entrañable, debemos poseer un
entendimiento bien cimentado y bíblicamente informado de dos
cuestiones fundamentales. Una de ellas implica la naturaleza de los
seres humanos y, la otra, la naturaleza de la muerte.

La naturaleza dual del hombre


Según las Escrituras, los seres humanos son los únicos creados
«a imagen de Dios» (cf. Gn. 1:26-27). Como tales, contamos con
dos componentes o entidades distintos: cuerpo, y espíritu o alma.
Nuestro cuerpo consiste en esa parte de nosotros que es física,
corpórea, palpable y visible. No obstante, tenemos una segunda
entidad que la Biblia identifica como nuestro espíritu o alma (para
nuestro propósito considerará que estos dos términos son
perfectamente intercambiables). Nuestra alma es la parte de
nosotros que no es material, sino invisible y realmente espiritual.
Aunque la Biblia siempre da por sentado que los seres humanos
están formados por cuerpo y alma, algunos textos de las Escrituras
no serían más que un puro sinsentido si esto no fuera así. Por
ejemplo, Jesús afirmó: «Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero
no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer
perecer tanto el alma como el cuerpo en el Infierno» (Mt. 10:28). En
1 Tesalonicenses 5:23 se recoge el deseo que Pablo expresa en su
oración por los tesalonicenses, en el que declara su anhelo de que
esos creyentes sean santificados por completo y que todo su
«espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la
venida de nuestro Señor Jesucristo». Pablo imagina que, en la
venida de Cristo, tanto su entidad material como la no material
serían completamente santificadas, es decir que serían
perfectamente santas en todos los aspectos.

La esencia de la muerte física


En segundo lugar, nuestro entendimiento de la esencia de la
muerte física tal como Dios la impuso sobre la humanidad debe estar
enmarcado dentro de lo bíblico. Según las Escrituras, nuestra
muerte física es nada menos que la separación radical de las dos
entidades que nos forman. En la experiencia de la muerte, el
cuerpo y el alma, que habían sido unidos en una persona desde la
concepción, se ven trágica y completamente separados el uno de la
otra. Santiago 2:26 contiene una afirmación inequívocamente clara
sobre este hecho. Haciendo uso de la realidad de la muerte en los
seres humanos para destacar otra realidad, Santiago escribe que
«el cuerpo sin el espíritu está muerto». El apóstol da por sentado que
cualquiera que tenga una medida de racionalidad y contacto con la
revelación bíblica entenderá a partir de estas palabras que la
esencia de la muerte implica la separación entre el cuerpo y el
espíritu. Aun la muerte de nuestro Señor Jesús consistió en esta
separación radical del alma y el cuerpo. En Lucas 23:46 leemos que
Jesús clamando en alta voz dijo:
«¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!». Su espíritu
humano fue llevado a la presencia del Padre, mientras su cuerpo
sin vida seguía colgado en la cruz, y posteriormente bajado de ella
y enterrado en la tumba prestada de José de Arimatea.
En lo que respecta a esta separación que es la esencia de la
muerte física, es necesario que enfaticemos dos cosas, sobre todo
en nuestra época casi secularizada, mecanicista y materialista:
La muerte no es natural.
La separación entre cuerpo y espíritu, causa inmediata de la
muerte, es temporal.

La muerte no es natural
En primer lugar debemos entender que la muerte no es natural, y es
el resultado del pecado. No es una parte normal de la vida, sino una
intrusión violenta y antinatural en la experiencia humana.
En su libro, de gran utilidad, The Promise of the Future [La
promesa del futuro], Cornelis Venema escribe:
Contrariamente a muchos mitos modernos en cuanto a la
muerte —que la muerte es una parte «natural» de la vida, el
cese de la existencia, que existe una «dignidad» natural en
morir bien— la Biblia la describe con el más crudo y sobrio de
los colores. En ninguna de sus páginas la trata como algo
natural, que pueda ser domesticada o considerada como «una
parte de la vida». No proporciona ningún estímulo que
minimice su terror y su temor; es nuestro «último enemigo»
(1 Co. 15:26)1.
En la raza humana, la muerte comenzó con la caída en el
pecado. Es el castigo designado por Dios a causa de la
desobediencia de la humanidad en Adán. En Génesis 2:17, se le
advierte a Adán que si come del árbol prohibido, ciertamente
morirá. Formado del polvo de la tierra y convertido en un alma
viviente por el aliento de su Creador, Adán quedó sujeto a la
muerte por su acto de flagrante desobediencia.
Uno de los pasajes más destacados de las Escrituras que tratan el
asunto del pecado y la muerte es Romanos 5:12-21. En él, el
pecado y la muerte están vinculados y no pueden separarse. Por
tanto, cuando pensamos en la esencia de la muerte, esa separación
del alma y el cuerpo, debemos reflexionar en ella como un
distanciamiento antinatural de aquello que nos constituye, en
parte, como portadores de la imagen de Dios.

La separación del cuerpo y el espíritu es temporal


En segundo lugar, debemos recordar siempre que esta
separación del cuerpo y el espíritu es una realidad y una experiencia
temporal. Toda la historia se dirige hacia ese momento en el que el
Señor Jesucristo, rodeado de las huestes de los cielos y
acompañado por la voz del arcángel y la trompeta de Dios,
regresará a esta tierra en gloria y poder. En ese momento, las
almas y los cuerpos de todos los hombres se reunirán nuevamente
en la resurrección general y entonces se enfrentarán al Día del
Juicio. Jesús lo declaró de una manera enfática cuando afirmó:
«Viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su
voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, y
los que practicaron lo malo, a resurrección de juicio» ( Jn. 5:28-29).
En primer lugar, para sufrir de una manera que glorifique a
Dios, debemos tener muy clara esta secuencia de verdades: Somos
criaturas hechas a imagen de Dios y estamos compuestos por dos
entidades: un alma y un cuerpo. La muerte física es la separación
radical del alma y el cuerpo. Este trágico y espantoso rasgado en
dos del alma y el cuerpo en la muerte, es a la vez un acontecimiento
antinatural y una experiencia temporal.
2
PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
No fuimos hechos para morir. La experiencia nos desgarra, de
manera literal en el caso de nuestra propia muerte y de forma
emocional cuando fallece un ser querido. A pesar de todo, cuando
Dios permitió que la muerte entrara en el mundo, también hizo
una provisión para que pudiéramos manejar nuestro dolor y, en
realidad, glorificarle a Él en medio de este.
Cuando mi esposa murió, luché con una pregunta candente
—¿Cómo debo llevar mi duelo en un modo que le dé el máximo de gloria
a Dios en medio de mi aflicción?— y vi con claridad que había varios
principios bíblicos fundamentales que debía interiorizar de nuevo
por medio de unas disciplinas espirituales renovadas. Estas normas
se centran en nuestros pensamientos, emociones y creencias.
Después de todo, en Cristo ya no estoy obligado a los
pensamientos y las emociones terrenales ni tampoco debería
dejarme gobernar por ellos, sino que puedo ser controlado y, por
tanto, sentirme satisfecho con la verdad de Dios.

Nuestros pensamientos están bajo nuestro control


Dios responsabiliza a sus hijos del control de sus pensamientos
en todo tiempo. Dos textos de las Escrituras establecen este primer
principio claramente.
Filipenses 4:8: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es
verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo
amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece
elogio, en esto meditad». Para llevar nuestro dolor de una forma
piadosa es fundamental que tomemos el claro mandamiento de
este versículo muy en serio y lo apliquemos con diligencia a
nuestra mente. El verbo traducido «meditar» significa considerar,
reflexionar, y obligar a nuestra mente a pensar detenidamente en
estas cosas que se identifican en el texto. En otras palabras, usted y
yo somos responsables de la dirección y el enfoque de nuestros
pensamientos, aun en medio del aplastante dolor originado por la
muerte de un ser muy querido. Esta directriz no se suspende de
repente en el caso del hombre, o de la mujer, que ha sido lanzado
en la caldera de una aflicción profunda. Considerarla suspendida
no solo reduce nuestra capacidad de glorificar a Dios, sino que
hace que el dolor y la pobreza de nuestra propia condición
espiritual y emocional sea más profunda. Este mandamiento, como
todos los demás, es para nuestro bien.
Colosenses 3:1-2: «Si habéis, pues, resucitado con Cristo,
buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra».
De nuevo, podemos ver con claridad que somos responsables de
las cosas en las que fijamos nuestra mente. Tenemos la
responsabilidad de dirigir y centrar nuestros pensamientos en
objetos identificados de forma específica, aun en medio del dolor y
la tristeza. En este texto, dichos elementos son «las cosas de arriba,
donde está Cristo sentado».
La idea aquí no es que si obedecemos verdaderamente estos
versículos ya no vamos a sufrir el dolor de la pérdida. En mis
mejores esfuerzos por fijar mis pensamientos en las cosas de
arriba, seguía sintiendo el dolor de la ausencia de mi esposa.
Sin embargo, en medio de nuestro dolor —que puede ser punzante,
triste, largo y, a veces, incluso debilitante— el tipo de sufrimiento
que da gloria a Dios incluye, no obstante, una determinación
motivada por la gracia de obedecer a estos versículos y dirigir
nuestros pensamientos a las cosas de arriba. Esto glorifica a Dios y,
al mismo tiempo, ayuda a mitigar —no eliminar— el dolor y la
tristeza de nuestro sufrimiento.

Nuestras emociones no son primordiales


Cuando Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios, su
constitución emocional junto con sus demás facultades y
capacidades, reflejaban perfectamente esta imagen. Antes de su
caída en el pecado, todas sus emociones eran sin pecado, jamás se
movían en ninguna dirección que no reflejara por completo las de
Dios mismo. Sin embargo, cuando el pecado entró en el mundo, la
totalidad de la persona humana —incluidas sus emociones— se
contaminó del mismo.
Como criaturas caídas, todos sentimos cosas que no deberíamos,
y percibimos otras a un nivel que no tendría que ser. Aun cuando
hemos sido regenerados y el Espíritu Santo mora en nosotros, el
pecado que permanece en nosotros influye en la totalidad de
nuestra humanidad, incluyendo nuestras emociones. Como nuevas
criaturas en Cristo, es necesario que nuestras emociones sean
informadas por la luz de la Palabra de Dios, la presión de los
motivos del evangelio y la dinámica del Espíritu Santo que mora
en nosotros.
Nuestras emociones necesitan que la verdad objetiva las guíe y
que el poder subjetivo del Espíritu Santo las controle y las canalice
de una forma piadosa. Nuestro clima cultural actual nos ayuda
poco a pensar en esto de un modo bíblico; por tanto, considere
tres textos de las Escrituras que demuestran este punto.
Ezequiel 24:15-18: Dios enseñó una lección vital al pueblo de
Israel mediante la muerte de la esposa de Ezequiel. Le da una
orden al profeta que puede resultar extraña, que no llore su
pérdida: «Hijo de hombre, he aquí, voy a quitarte de golpe el
encanto de tus ojos; pero no te lamentarás, ni llorarás, ni correrán
tus lágrimas. Gime en silencio, no hagas duelo por los muertos»
(Ez. 24:16-17). Ezequiel responde de una manera sorprendente: «Y
hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi mujer; y a
la mañana siguiente hice como me fue mandado» (24:18). No cito
este texto para sugerir que no debemos llorar cuando perdemos a
un ser muy amado, sino para demostrar que es posible poner
nuestras emociones bajo el control de la Palabra de Dios. Ezequiel
pudo decir: «Hice como me fue mandado», porque no consideró
que sus emociones naturales tuvieran la máxima autoridad sobre
él.
1 Tesalonicenses 4:13: «Pero no queremos, hermanos, que
ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis
como lo hacen los demás que no tienen esperanza». A la luz de la
muerte de sus seres amados, Pablo informa la mente de los
tesalonicenses para que lo que saben y creen, regule y tome
prioridad sobre sus emociones. Es evidente que Pablo espera que
sientan dolor, pero quiere que lo hagan de una forma claramente
cristiana, visiblemente distinta de la costumbre de los que no son
cristianos. Una vez más vemos que no debemos considerar que
nuestras emociones son lo máximo, sino que la verdad objetiva de
la Palabra de Dios que informa la mente, regula la actividad de las
emociones por medio del poder del Espíritu Santo.
Romanos 12:15: «Gozaos con los que se gozan y llorad con los
que lloran». Al dar estas directrices a todo el pueblo de Dios, el
Espíritu Santo no inserta paréntesis que expliquen «Gozaos (si
tenéis ánimo para ello)» o «llorad (si os apetece llorar)». Es posible
que usted tenga un ánimo desbordante, pero al entrar en contacto
con un hermano o hermana que se encuentra, con razón,
apesadumbrado ¿qué debería hacer? Debe reconocer que su
propio estado emocional actual y personal no tiene la máxima
autoridad sobre usted, sino que con un dominio propio capacitado
por el Espíritu usted puede y debe dirigir su mente a las
preocupaciones que han llevado a su hermano o hermana a un
estado de llanto, y «llorar» con él o ella. Esto mismo también es
cierto con respecto al mandamiento de «Gozaos con los que se
gozan».
Es incuestionable que, si llevamos nuestro duelo para la gloria
de Dios, debemos comprender este segundo principio
fundamental de las Escrituras: Nuestras emociones no fueron creadas
por Dios para que tuvieran la máxima autoridad sobre nosotros. Cuando
fallamos en esto, como en cualquier otra cosa, nuestra culpa y
nuestro pecado están cubiertos por el sacrificio de Cristo en la
cruz. A pesar de todo, la dificultad de este mandamiento y nuestro
fallo frecuente al no procurar obedecerlo, no alteran nuestro
llamado. Debemos usar el poder del Espíritu que mora en nosotros
para hacer un constante esfuerzo, dirigido por las Escrituras, por
reinar sobre nuestras emociones.

El estado intermedio es real, aunque temporal


El período de tiempo entre la muerte de alguien que fallece en el
Señor y Su venida en poder y gloria se ha designado con el
nombre de estado intermedio, pero no sabemos demasiado sobre
ello. Las Escrituras tienen mucho más que decir en cuanto al
estado final y glorificado de los creyentes de lo que expresan sobre
el estado intermedio. De hecho, la «esperanza» cristiana se utiliza
siempre en referencia con el estado final de glorificación, cuando
nuestras almas se unan de forma permanente a un cuerpo nuevo e
inmortal.
Aunque el estado intermedio no se identifica nunca como
nuestra esperanza, siempre conduce a ella; siempre lleva de forma
necesaria y cierta al estado final. Más aún, existe suficiente
información bíblica con respecto a esta condición temporal 1) para
capacitarnos de manera que podamos afrontar nuestro propio
estado intermedio con confianza y gozo, y 2) para ayudarnos de
una manera extraordinaria cuando lloramos la pérdida de un ser
amado. En realidad, esta información sobre el estado intermedio
es la que mayormente cuenta para que podamos vivir nuestro
duelo de un modo distinto a «los que no tienen esperanza».
Por tanto, el tercer principio fundamental esencial para un
duelo piadoso es este: Debemos saber y creer firmemente lo que las
Escrituras nos enseñan con respecto al lugar presente y la condición de
nuestros seres amados que mueren en el Señor.
Cuando tuve entre mis brazos el cuerpo sin vida de mi esposa,
me hice esta pregunta: ¿Qué le ha ocurrido en los pocos minutos
transcurridos desde que ha exhalado su último aliento? La clara
enseñanza de las Escrituras en cuanto a esta pregunta influyó
profundamente tanto en la naturaleza como en la intensidad de mi
dolor posterior. Las Escrituras nos enseñan con toda claridad
cuatro cosas acerca del lugar y la condición actuales de nuestros
seres queridos que murieron en el Señor, y las analizaremos en la
Parte II de este libro: a partir del próximo capítulo aprenderemos
algo de las riquezas que constituyen la consecuencia inmediata para
quien muere en unión con Cristo.
La consecuencia inmediata. Utilizo la expresión «consecuencia
inmediata» de manera bastante deliberada. Cada una de las cuatro
cosas que consideraremos en la siguiente sección de este libro se
convierte en la experiencia del creyente en el momento en que su
espíritu se separa del cuerpo. No interviene ni un solo instante de
tiempo entre la muerte y la bendita experiencia de las cuatro
realidades de las que vamos a hablar. Algo que no se puede separar
de la muerte de cada creyente en Cristo es el deseo de Dios por
tener a ese amado hijo más cerca, de un modo tangible; cuando su
cuerpo de muerte ya ha sido eliminado, nada se interpone en el
camino de Dios para que cumpla inmediatamente ese anhelo.
En unión con Cristo. Utilizo esta expresión principalmente
porque siento la presión de Apocalipsis 14:13, que afirma:
«Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el
Señor.» Esta pequeña locución «en el Señor» es clave en la
enseñanza plenamente desarrollada en el Nuevo Testamento en
cuanto a la salvación. Subraya el hecho de que, cuando uno llega al
verdadero arrepentimiento y a la fe por la operación poderosa del
Espíritu Santo, el pecador penitente que cree es trasladado a una
unión vital y viviente con Jesucristo mismo. De ahí los términos
«en Cristo», «en Él» y «en quien», que encontramos dispersados
por todo el Nuevo Testamento. Alguien ha contado más de ciento
cincuenta usos de esta terminología tan solo en los escritos del
apóstol Pablo. El predominio de este conjunto de frases
preposicionales recalca la verdad que se declara en Efesios 1:3, en
cuanto a que «Dios nos ha bendecido en Cristo con toda bendición
espiritual». Esta breve frase representa la descripción más concisa
y precisa de lo que significa ser un verdadero hijo de Dios2.

Glorificar a Dios
A lo largo de la extensa batalla de Marilyn contra el cáncer, ella
y yo adoptamos muchos pequeños rituales con respecto a sus
múltiples regímenes de quimioterapia, sus pruebas de escáner TC
y sus regulares visitas a su oncólogo. Voy a recordar uno de esos
rituales que tienen gran relevancia en cuanto a la forma en que un
creyente espiritualmente sano aguarda la muerte que se acerca.
Marilyn y yo habíamos desarrollado unas claras pautas en
cuanto al punto en el que aceptaríamos lo inevitable (excepto que
sucediese una directa intervención milagrosa de Dios) y
desistiríamos de cualquier tratamiento médico adicional.
Un lunes por la mañana le hicieron sus pruebas de escáner TC
en un hospital local. Al día siguiente yo iría a recoger las placas y el
informe del radiólogo. Saldría al estacionamiento y, sentado en mi
auto, leería el documento médico. A continuación llamaría a
Marilyn desde mi celular y le comunicaría lo que la prueba
revelaba.
Un martes particular de marzo del 2004, el informe patológico
contenía noticias buenas y malas. Cuando llamé a Marilyn y le
comenté este hecho, me pidió que le comunicara ambas cosas. Las
buenas nuevas eran que los nódulos en sus pulmones no habían
crecido. Las malas, que ahora existían múltiples metástasis en su
hígado. Cuando le leí esta parte del informe por teléfono, expresó
su reflexiva respuesta con palabras que nunca olvidaré. Fue la
siguiente: «Bueno, querido, me voy a mi hogar celestial». No se
retorció las manos. No hubo una sucesión de preguntas en cuanto
al derecho de Dios de llevarla a ese punto en la historia de su vida.
¿Había tristeza al enfrentarse con el hecho de que, probablemente,
en pocos meses me abandonaría en la condición de un viudo
afligido?
Claro que sí. ¿Sentía pesadumbre al pensar en dejar a sus hijos,
nietos, profundas amistades terrenales y relaciones? Por supuesto
que sí. Sin embargo, la principal realidad que poseía el alma de esa
amada mujer era el hecho de que Dios iba a usar el cáncer
metastásico de su hígado a modo de la ruda puerta por la que
entraría a su «morada celestial». Marilyn aceptó que, tan cierto
como fue para Pedro, Dios había escogido para ella «con qué tipo
de muerte [ella] había de glorificar a Dios» ( Jn. 21:19).
Parte II

EL ESTADO INTERMEDIO
3
HEMOS SIDO DOTADOS DE
PERFECCIÓN MORAL
Los que mueren en Cristo retienen plena conciencia
de su existencia y son perfeccionados inmediata y
totalmente en la semejanza moral de Cristo

¿Por qué ha conducido Dios a este mundo a través del gran arco
de la historia redentora? ¿Cuál ha sido su propósito en última
instancia? La gran meta de Dios en la gracia redentora ha sido
siempre —y así sigue siendo— nada menos que glorificarse a sí
mismo, mediante la completa restauración de su imagen moral en
aquellos que ha escogido salvar. Y el modelo para esta
restauración no es otro que nuestro Señor Jesucristo mismo.
En Romanos 8:29, Pablo escribe: «A los que de antemano
conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la
imagen de su Hijo». Luego, Pablo prosigue afirmando que a todos
los que Dios conoció con antelación (es decir, a quienes amó con
anterioridad con un amor distintivo y resuelto) los predestinó a ser
conformados a Cristo. Cada uno de estos individuos será
glorificado en última instancia, o plenamente conformado a la
semejanza moral de Cristo en cuerpo y alma. J. I. Packer declara
estas verdades de una forma muy útil:
La glorificación (así llamada porque es la manifestación de
Dios en nuestras vidas [2 Co. 3:18]), es el nombre escriturario
que recibe la finalización que Dios lleva a cabo de lo que
empezó cuando nos regeneró, es decir, nuestra
reconstrucción moral y espiritual para que fuésemos
conformados a Cristo de una manera perfecta y permanente.
La glorificación es la obra del poder transformador mediante
el cual, Dios nos convierte por fin en criaturas sin pecado en
cuerpos inmortales (énfasis del autor)3.
Los creyentes que estén vivos cuando regrese el Señor Jesús
recibirán esta completa conformidad a Cristo en alma y cuerpo, de
una vez. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, los que han
sido «predestinados» y estén vivos en ese día serán transformados
a la imagen moral de Cristo, cuerpo y alma simultáneamente. Sin
embargo, la mayoría de los hijos de Dios alcanzarán esta bendita
situación en dos fases. La primera es el perfeccionamiento de
nuestro espíritu en la muerte, cuando entramos al estado
intermedio. Y la segunda, el perfeccionamiento de nuestro cuerpo
en la resurrección, cuando nuestro Señor Jesucristo regrese, al
entrar en el estado final.
Aquí, en esta vida, estamos junto a la cabecera de un ser querido
que acaba de partir y pensamos. ¿Qué ha ocurrido ahora?
¿Qué les ha sucedido a sus seres queridos que han muerto en
Cristo? Las Escrituras no guardan silencio. Nos dicen que en el
instante mismo en que esa persona ha exhalado su último aliento,
su espíritu, en plena conciencia de su existencia, es perfeccionado
de inmediato a la semejanza moral de Cristo.

Contado justo, contado perfecto


En Hebreos 12, el escritor enumera las múltiples bendiciones
que todos los creyentes en Cristo comparten bajo el Nuevo Pacto.
Entre ellas, todos nosotros entraremos un día en la compañía de
«los espíritus de los justos hechos ya perfectos» (v. 23). ¿Cómo
alcanzan esos espíritus humanos su estado de perfección en el
cielo? Cuando todavía estaban unidos a su cuerpo en la tierra, en el
momento en que creyeron en Cristo, ocurrieron dos cosas de
forma simultánea:
La justificación. Recibieron una posición legal perfecta en la
corte celestial al ser justificados (declarados justos) sobre la base de
la perfecta obediencia y muerte sustitutoria del Señor Jesucristo
(Ro. 5:19; 8:1).
La santificación definitiva. En virtud de su unión con Cristo,
murieron al dominio y al reino del pecado, y comenzaron a ser
personalmente santos como «esclavos de la justicia» (Ro. 6:18, y
véase el contexto de Ro. 6 entero). Algunos teólogos denominan
esta experiencia redentora «la santificación definitiva»4.
Cuando experimentamos así la gracia salvadora de Dios en
Cristo, el reino y el dominio del pecado acaban de manera radical
y Dios empieza un reino real de justicia en el corazón y en la vida
de aquel que ahora está unido a Cristo.
Sin embargo, como todos los cristianos verdaderos saben bien,
pronto será bastante evidente que, aunque el pecado ya no reine
más en el creyente, claramente sigue permaneciendo. El hijo de Dios
empieza toda una vida en la que procura matar las costumbres, las
actitudes, las disposiciones y las perspectivas, las palabras y los
hechos que fueron los patrones dominantes de toda su vida
mientras estuvo bajo el dominio y el poder remanente del pecado,
independientemente de lo largo o corto que haya sido ese período.
Al mismo tiempo, el verdadero creyente comienza activamente a
buscar ser más y más como Cristo al cultivar el fruto del Espíritu y
las gracias de un carácter semejante al de Él (Gá. 5:22-23; 1 Jn. 2:6;
2 Co. 3:18). Esta experiencia suele describirse y definirse, con la
mayor de las frecuencias, como la «santificación progresiva»5.
Un verdadero creyente, en un estado espiritual saludable,
experimenta gran dolor porque el pecado sigue permaneciendo, y
obrando de forma activa y agresiva en él. Pero bendito sea Dios,
porque en el momento en que ese hijo suyo —que lucha, pelea, se
arrepiente, y se esfuerza—, exhala el último suspiro, Dios extiende
sobre esa alma que ha abandonado el cuerpo una concentración de
su gracia santificadora y del poder que acabará de inmediato la
obra de conformar esa alma a la semejanza moral de Cristo. Desde
ese mismo momento, y en el tiempo sin límite de la eternidad, el
alma que sale de un verdadero creyente jamás volverá a tener un
pecado que confesar, un matiz de frialdad de corazón del que
avergonzarse, un deseo desordenado o impuro que le llene de
vergüenza y remordimiento. Además, el alma de ese hijo de Dios
que ha muerto será embellecida con todas las gracias de un amor,
una pureza, una pasión por la gloria de Dios como las de Cristo y
con todas las demás virtudes que Él posee como hombre perfecto.
Al ser totalmente conformados a la imagen moral de Cristo, no
nos fusionamos en otros pequeños dioses que comparten la esencia
divina, sino que nos convertimos en almas o espíritus humanos sin
pecado.
En las horas y los días posteriores al fallecimiento de Marilyn
centré mi mente en el hecho maravilloso de que ella estaba ahora
en la compañía de «hombres (y mujeres) justos perfeccionados». Y
esta realidad hizo que revisara la historia de su vida.
Cuando tenía dos años, sus padres se divorciaron. Su custodia le
fue concedida únicamente a su padre, un hombre amable y
cariñoso, pero totalmente pagano e impío, un agnóstico confeso.
No obstante, las semillas del evangelio fueron sembradas en su
mente y corazón por una de las empleadas de hogar que su padre
contrató para que cuidara de ella, mientras él trabajaba. A la edad
de diecinueve, cuando Marilyn hacía sus prácticas como
enfermera, Dios cruzó a algunas jóvenes mujeres cristianas en su
camino que le dieron un amoroso testimonio con respecto a su
necesidad de la salvación ofrecida en Jesucristo a todos los
pecadores. El Espíritu Santo regó aquellas primeras semillas de la
verdad del evangelio y bendijo el testimonio de aquellas
muchachas para que llevaran a Marilyn a una unión vital con el
Señor Jesús. Se convirtió en una nueva criatura en Cristo (2 Co.
5:17).
En el momento en que la conocí, dos años después de su
conversión, seguía viviendo la pasión de su primer amor por
Cristo, igual que yo, que me había convertido hacía tan solo unos
cuantos meses. Nada nos importaba demasiado, excepto hablar y
cantar sobre el Señor Jesús, leer la Biblia y orar juntos, y repartir
nuestros tratados con otros jóvenes inflamados de un amor
apasionado por Cristo y con la carga de llevar el evangelio a todos
los que estuvieran a nuestro alrededor. Era evidente que Dios
había quitado el corazón de piedra de Marilyn, le había dado uno
de carne y había hecho que Cristo fuera la «perla de gran valor»
para ella. Implantó en su interior una pasión por ser santa y
asemejarse a Cristo.
Tuve el privilegio de seguir ese trabajo inicial de gracia que
florecía en la santificación progresiva de Marilyn en el transcurso
de cincuenta y dos años (cuatro de noviazgo, y cuarenta y ocho de
vida matrimonial). Fue un enorme privilegio poder ser testigo de
gran parte de la obra de Dios en ella: el Espíritu Santo
capacitándola para mortificar unos patrones de pensamientos
pecaminosos, actitudes, palabras y actos, y dotándola de lo
necesario para reflejar cada vez más la imagen de su amado
Salvador. Sin embargo, todo lo que Dios había hecho después de
su conversión a la edad de diecinueve años, hasta que regresó a su
hogar celestial a los setenta y tres, cabía en un dedal espiritual en
comparación con el océano de gracia derramada sobre ella y en
ella en el momento en que exhaló su último aliento. En un instante,
su espíritu fue purgado de cualquier vestigio de pecado restante y
fue dotada de la perfección moral de Cristo mismo.
¿Puede crecer el espíritu de hombres y mujeres justos, «hechos
perfectos»? ¡Sí! ¿Es capaz de un desarrollo adicional, una
expansión en conocimiento, gozo y finalmente utilidad en los
nuevos cielos y la nueva tierra? ¡Sí! Así como un perfecto Jesús pudo
crecer y desarrollarse desde un bebé perfecto hasta un hombre
maduro perfecto, y, posteriormente, hasta convertirse en un perfecto
Salvador, en los creyentes perfectos y glorificados también habrá
crecimiento y desarrollo. Pero, en lo que respecta a su condición y
existencia moral, los muertos en Cristo son ahora espíritus hechos
perfectos. Su mente, afectos y voluntad han sido plenamente, y sin
reserva, conformados al más alto nivel de la ley de Dios, en toda su
amplitud y profundidad, y en todas sus penetrantes exigencias.
Cuando lleven un millón de años en los nuevos cielos y la nueva
tierra no serán más perfectos que en el momento de exhalar su
último aliento, cuando se unieron a la compañía de los «hombres
justos hechos perfectos».
En aquellos primeros días que siguieron a la partida de Marilyn
a su hogar celestial, en mi esfuerzo por gestionar el profundo y
aplastante dolor de mi pérdida, procuré enmarcar en pequeñas
máximas los varios aspectos de los principios bíblicos con los que
luchaba. Me repetía a mí mismo estas palabras y me servían de
gran ayuda: Albert, piensa más en lo que Marilyn ha ganado que en lo que
tú has perdido. Me recordaba una y otra vez que ella había
conseguido lo que supone el deseo ardiente de cualquier creyente
verdadero, e incluso su completa y final liberación de todo
pecado.
Si uno tuviera que cavar en las distintas capas del corazón de un
verdadero cristiano, en el nivel más subterráneo posible
descubriría un apasionado anhelo por acabar para siempre con el
pecado y ser santo como Jesús. Cuando lloramos la pérdida de
nuestro ser querido, ¿no se moderará la naturaleza y la medida de
nuestro dolor al conocer que quien se ha marchado posee ahora, y
para siempre, la plenitud de aquello que tan profundamente
añoraba? ¿Querríamos realmente que esa persona volviera a esta
esfera en la que, en el plan y el propósito soberanos de Dios, tan
solo experimentamos los primeros frutos de nuestra salvación?
Hijo de Dios, ¿entiendes y crees firmemente que esta ha sido y
será la experiencia de todo aquel que muere «en el Señor»?
¿Centrarás tu mente en esto cuando Dios arranque de tu lado a un
ser amado que esté unido a Cristo? ¿Estás decidido a llenar tu
mente con esta realidad mientras anticipas tu propia muerte, si es
que el Señor Jesús demora su venida el tiempo que dure tu vida?
¿Y me permite que me dirija a usted con amor y ternura, mi
querido lector no cristiano? Ha leído lo que he afirmado hasta este
momento, lo que las Escrituras nos dicen en cuanto a las cosas que
esperan al hijo de Dios en el momento en que fallece. Por favor,
entienda que, en ese momento, usted ya no tiene esa esperanza.
Separado de Cristo, su muerte será la entrada a un estado
miserable y horrendo de máxima oscuridad exterior, donde será
«el llanto, el gemido y el crujir de dientes». Pero esta no tiene por
qué ser su experiencia. Por la bondad de Dios, usted sigue vivo
aún. Posee sus facultades mentales y el Dios que le ha creado y que
sustenta su vida ha ordenado de tal modo sus pasos que ahora este
libro reposa entre sus manos. Permita que las Escrituras, que yo,
que este libro le instemos a «escapar de la ira venidera»
apartándose de sus pecados y encomendándose a Jesucristo, que
murió en el lugar de los pecadores, resucitó de los muertos al
tercer día, y ahora está sentado a la diestra de Dios Padre. Él está
dispuesto, puede y desea recibir a cada pecador que venga a él. Ha
dado esta maravillosa palabra de promesa, que afirma: «Al que
viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera» ( Jn. 6:37). Además de
todas estas cosas, usted tiene una promesa infalible del Dios vivo:
«Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo» (Ro.
10:13).
4
ENTRAMOS EN LA PRESENCIA DE
CRISTO
Los que mueren en Cristo retienen la plena
conciencia de su existencia y son conducidos
inmediatamente a la presencia misma de Cristo

Dos textos de las Escrituras afirman de forma inequívoca el


maravilloso hecho que sirve de subtítulo a este capítulo. Todo
cristiano que desee llorar bien la muerte de un ser querido y morir
bien debería memorizar estos dos pasajes y reflexionar con
frecuencia sobre su enseñanza.
2 Corintios 5:6-8. Pablo declara a la iglesia de Corinto su
convicción de que mientras está «aquí, habitando en el cuerpo», al
mismo tiempo está «ausente del Señor». Asimismo, declara su
preferencia de estar «ausente del cuerpo y habitar con el Señor».
Pablo tiene la absoluta confianza de que en el momento en que su
espíritu abandone su cuerpo, estará instantáneamente en la presencia del
Señor. Y esto es verdad para todos los que creen en el Señor Jesús.
De modo que debemos tener ánimo siempre. Sabemos que,
mientras estemos aquí, en el cuerpo, estamos ausentes del Señor,
porque caminamos por fe, y no por vista. Sí, debemos sentirnos
alentados y preferiríamos estar ausentes del cuerpo, habitando con
el Señor.
En cada una de las referencias, Pablo utiliza la primera persona
del plural en lugar del singular. Ya sea que aluda a estar aquí, en el
cuerpo, y ausente del Señor o estar ausente del cuerpo y habitar
con el Señor, constantemente utiliza el plural. El prodigio de estar
instantáneamente con Cristo después de la muerte no es algo que
se reserve a los santos de la estatura de Pablo. Todos conoceremos
este mismo gozo extraordinario.
Permítame que comparta una breve historia que les exhorte a
memorizar este pasaje. Recuerdo muy bien un incidente que
ocurrió hace años, cuando falleció una anciana y piadosa «madre
en Israel6» de la congregación.
Su hijo, con cuya familia vivía, había adoptado tres hijos, cada
uno con graves deficiencias mentales y físicas. El mayor era un
niño llamado Dusty. Aunque tenía una capacidad intelectual
correspondiente a una edad de tres o cuatro años, él y su abuela
estaban muy unidos, ya que habían vivido en la misma casa,
prácticamente durante toda la vida del niño. Dusty se hallaba al
principio de su adolescencia cuando ella murió y él se sintió
sumamente afligido por su pérdida.
Poco después de la partida de esta amada santa, en mi esfuerzo
por consolar a Dusty, le alenté a memorizar porciones de este
texto. Utilicé las palabras tal como vienen en la versión Kings
James por su consistente cadencia rítmica. Se lo recité y luego lo
repetimos juntos una y otra vez «ausente del cuerpo, habitar con el
Señor; ausente del cuerpo, habitar con el Señor». Jamás olvidaré la
amplia sonrisa que, a partir de entonces, iluminaba el rostro del
niño cada vez que hablaba de su querida abuela. Algunas veces,
cuando me veía desde lejos en el vestíbulo de la iglesia, me sonreía
y repetía aquellas palabras: «ausente del cuerpo, habitar con el
Señor». Estas palabras de verdad hicieron que el niño pudiera
llevar su duelo con gran esperanza e incluso gozo.
Filipenses 1:21-23. En este segundo pasaje, Pablo afirma su
confianza en que la muerte producirá una ganancia para él, pero
también revela su dilema espiritual interno:
Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Pero
si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor
fructífera, entonces, no sé cuál escoger, pues de ambos lados
me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con
Cristo, pues eso es mucho mejor.
Por una parte, anhela estar en la inmediata presencia de su
Salvador. Por otra parte, reconoce la necesidad que los filipenses
tienen de sus continuas labores pastorales y apostólicas. En medio
de estos pensamientos que está transmitiendo, hace una
declaración sencilla y sin complicaciones: «teniendo deseo de
partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor».
Está claro que Pablo no piensa que la muerte le introduce a uno
en un cierto tipo de «sueño del alma» o «anestesia del espíritu»
hasta el día de la resurrección. Además, tampoco cree que con ella
empiece el estado final de glorificación en el que tendremos un
cuerpo que podrá correr, bailar, abrazar a los santos y hacer todas
aquellas cosas que solo pueden realizar los espíritus encarnados. En
realidad, más adelante, en esta misma carta, aclara con mayor
abundancia que no será hasta que el Señor Jesucristo regrese
cuando se nos dará un cuerpo glorificado: «Porque nuestra
ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente
esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará
el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al
cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para
sujetar todas las cosas a sí mismo» (Fil. 3:20-21).
Pablo sabe que, si tuviera que morir, sería plenamente
consciente y estaría en la inmediata presencia de Cristo. Esta es la
«ganancia» a la que se refiere en Filipenses 1:21. Pablo reconoce
que, aunque ha tenido experiencias poco habituales de comunión e
intimidad con Cristo en esta vida, la gran ganancia en su muerte
llegaría al estar realmente con Él.
Recuerde, estamos hablando del hombre cuya conversión
implicó ver al Cristo resucitado en una visión celestial, y escuchar
su propia voz desde el cielo (Hch. 9:3-7). Se trata de aquel
individuo que fue arrebatado hasta el tercer cielo y oyó cosas que
no se le permitía repetir (2 Co. 12:2-4). Es el sujeto que nos relata
cómo, estando en una grave crisis, el Señor estuvo realmente a su
lado y habló con él (Hch. 23:11).
Sin embargo, en nada de esto estaba «presente» en la inmediata
presencia —que nunca se suspenderá— del Cristo resucitado y
glorificado. Aunque Pablo sabía que si no regresaba antes, él
debería experimentar la muerte para conseguir más de Cristo y
poder experimentar ese «mucho mejor» de hallarse en la
inmediata presencia de su Señor y Salvador. Y lo mismo ocurre
con nosotros.
Amado hijo de Dios, ¿se ha enfrentado ya al hecho de que tiene
el derecho y el deber de conocer la inmediata consecuencia de la
muerte para sus seres más queridos que mueren en Cristo?
Basándonos en estos dos textos de las Escrituras, usted tiene el
derecho y el deber de creer y esperar confiadamente que, quienes
mueren en Cristo, están en plena conciencia de su existencia, y que
son inmediatamente conducidos a la presencia misma del Señor
Jesucristo glorificado. Puede saber y regocijarse, a través de las
lágrimas, que su muerte es su ganancia, y que esta no consiste ni
más ni menos que en una deslumbrante comunión cara a cara con
el Salvador que ha ganado su confianza y capturado el supremo
afecto de su corazón.
En el momento que el alma de una persona, que muere en
Cristo, se separa del cuerpo, una de las peticiones de Jesús se
contesta de una manera maravillosa, aunque parcial. En Juan
17:24, leemos la oración de Jesús a su Padre, expresada en el
lenguaje de la divina voluntad y propósito: «Padre, quiero que los
que me has dado, estén también conmigo donde yo estoy, para que
vean mi gloria, la gloria que me has dado». Este capítulo del
Evangelio de Juan contiene la recopilación de la que se suele
denominar la «Oración sumosacerdotal de Jesús». En ella ofrece
las peticiones que se recogen antes del versículo 24 en forma de
rogativas y súplicas, pero en este versículo ejerce su majestuosa
voluntad y manifiesta que desea —o, de forma más literal, quiere—
que todo su pueblo pueda conocer finalmente la bendición de
contemplarle en su gloria resucitada, la que recibió al regresar a la
diestra del Padre y, por tanto, la que tenía cuando estaba con Él
antes del origen del mundo (véase Jn. 17:5).
C. H. Spurgeon ha escrito algunas palabras muy útiles sobre esta
parte de la oración de Jesús:
La muerte golpea a los más piadosos de nuestros amigos: los
más generosos, los que más oran, los más devotos, tienen que
morir. ¿Y por qué? Por la prevaleciente oración de Jesús:
«Padre, quiero que los que me has dado, estén también
conmigo». Esto es lo que los lleva sobre alas de águila hasta el
cielo. Cada vez que un creyente sube desde esta tierra al paraíso,
es una respuesta a la oración de Cristo. Un buen erudito antiguo
observa: «Muchas veces Jesús y su pueblo se enfrentan en
oración. Usted dobla su rodilla y eleva su plegaria: “Padre,
quiero que tus santos estén conmigo donde yo estoy”; Cristo
ora: “Padre, quiero que los que me has dado, estén también
conmigo donde yo estoy”». De este modo, el discípulo tiene
un objetivo contrario al de su Señor. El alma no puede estar
en ambos lugares: el ser amado no puede estar con Cristo y, a
la vez, con usted. ¿Cuál de las dos súplicas ganará, pues? Si
usted pudiera escoger, si el rey baja de su trono y pregunta:
«He aquí dos suplicantes que oran en oposición el uno al otro,
¿cuál debería recibir respuesta?». Estoy seguro de que, aunque
supusiera una agonía, usted se pondría de pie y diría: «Jesús,
no se haga mi voluntad, sino la tuya». Abandonaría su oración
por la vida de su ser querido, si pudiera darse cuenta de que
Cristo está orando en la dirección contraria: «Padre, quiero
que los que me has dado, estén también conmigo donde yo
estoy». Señor, tú los tendrás. Por fe, los dejamos partir7.
Sí, la presencia inmediata y consciente de nuestro Salvador
glorificado será la que nos salude cuando la puerta de la muerte se
cierre detrás de nosotros. Si el creyente estuviese consciente al
morir, tiene tanto el derecho como el privilegio de decir con el
moribundo Esteban: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch. 7:59).
Aunque no hay razones bíblicas para esperar que nosotros, como
Esteban, recibamos una visión de «la gloria de Dios, y Jesús de pie
a la diestra de Dios» (Hch. 7:55), contamos con la palabra cierta de
la promesa de que, cuando estemos «ausentes del cuerpo» nos
encontraremos «habitando con el Señor»; sí, con Cristo mismo,
que es mucho mejor.

Una palabra acerca del Cielo


En este libro ya he usado varias veces la palabra Cielo. Ha llegado
el momento de hacer una breve aclaración sobre la forma en que
se usa este término en las Escrituras.
En Hechos 1:10-22, Cielo se utiliza tres veces para señalar un
lugar al que Jesús ascendió en su existencia resucitada y corporal.
Esto nos indica con toda claridad que en algún lugar, ahora
mismo, hay un lugar físico en el que Cristo está sentado a la diestra
de Dios (cf. Col. 3:1; 1 P. 3:22). Allí, la presencia y la gloria de Dios
se manifiestan de una manera especial y única. Los querubines y
serafines rodean al trono de Dios en embelesada adoración (cf. Ap.
5:11; 7:11). Es el sitio donde va el espíritu de los hombres justos
cuando mueren, para poder estar «con Cristo». Así como la
condición de los creyentes después de la muerte y del día de la
resurrección se denomina el «estado intermedio», este se suele
definir como el «cielo intermedio».
Por el contrario, el estado eterno llegará con el regreso de
nuestro Señor Jesucristo en poder y gloria. El «lugar» o contexto
de ese estado eterno se formará al unirse el cielo intermedio y
físico con una tierra que es tan tangible y física como esta, aunque
completamente renovada y purgada de la maldición, donde solo
morará la justicia (2 P. 3:11-13). Con todos los pecadores que no se
han arrepentido ni han creído, ya desterrados para siempre a la
oscuridad exterior, los santos glorificados, con su espíritu
perfeccionado habitando ahora en cuerpos inmortales, adorarán y
servirán en la inmediata presencia de Dios y del Cordero, en este
nuevo cielo y nueva tierra (cf. Ap. 21:1-5). Como sus cuerpos
resucitados, esos nuevos cielos y tierra serán parecidos, en muchas
maneras, a los actuales aunque inmensamente superiores y
preferibles, y sin mancha alguna de pecado ni rastro de la caída de
Adán.
Por tanto, en la segunda venida de Cristo, esos santos que
partieron y que ya estaban «con Cristo» en el cielo intermedio,
obtendrán un cuerpo resucitado, renovado y glorificado. En una
manera similar, aunque no idéntica, el cielo intermedio se unirá a
unos cielos y una tierra renovados y glorificados. Cuando usted
lee las Escrituras y ve la palabra Cielo en referencia a los que han
muerto en Cristo, recuerde que siempre se refiere a un lugar
donde Jesús mora para siempre, en Su trono a la diestra del Padre,
en la presencia de los que han sido comprados por Su sangre.
5
ENTRAMOS EN LA COMPAÑÍA DE LOS
SANTOS
Los que mueren en Cristo retienen plena conciencia
de su existencia y son introducidos de inmediato en
la compañía de todos los santos lavados por la sangre
de Cristo

Cada uno de nosotros entra a este mundo como individuo.


Independientemente de las circunstancias de nuestro nacimiento,
surgimos a la luz como ser único, cohesivo, limitado y unitario en
cuerpo, mente y espíritu. El nacimiento es una experiencia
sumamente individual. A pesar de ello, emergemos en una
comunidad, formada por seres similares, que entraron todos tan
desnudos como nosotros. Lo mismo ocurre cuando morimos.
Dejamos un lugar como individuos y entramos a otro como
miembros de una comunidad.
Todos los hijos de Dios
Nos apropiamos de la salvación que nos es ofrecida en Jesucristo
y la aplicamos siempre de manera individual. Como declara el
dicho, Dios no tiene nietos. Cada uno de nosotros debe haber
nacido, de forma individual, del Espíritu de Dios si queremos ver y
entrar en Su reino («cf. Jn. 3:3-5). Cada uno de nosotros,
individualmente, debe ejercer el arrepentimiento hacia Dios y la fe
en el Señor Jesucristo. Las Escrituras también afirman con claridad
que compareceremos individualmente delante del Dios vivo en el
Día final del Juicio. Pablo explica de un modo sucinto esta verdad
enseñada a lo largo de toda la Palabra de Dios: «De modo que cada
uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí mismo» (Ro. 14:12). A la
Biblia no le resulta incómodo enfatizar estos aspectos varios de un
individualismo patente y predominante. Ya sea en el nacimiento o
en la muerte, en la gracia salvadora o en el Día del Juicio, ni uno
solo de nosotros estará perdido entre una multitud.

Juntos en el estado final


A pesar de todo, aunque la salvación de Dios sea adoptada por
individuos como tal, no es una salvación individualista. Al planear,
procurar y aplicar su gracia salvífica en Cristo, Dios tiene algo más
maravilloso a la vista. Su compromiso consiste en algo más que
proveer e impartir a los individuos una titularidad justa y legal con
respecto al cielo y obrar en ellos por medio del Espíritu Santo para
que sean perfectamente adecuados para sí. El propósito supremo
de Dios es, nada más y nada menos, que constituir toda una nueva
humanidad en Cristo, que Él identifica como Su iglesia, Su esposa,
Su cuerpo, Su templo, Su nación y Su real sacerdocio8.
En Apocalipsis 21:9, el apóstol Juan nos dice que un ángel le
habló y le dijo: «Ven, te mostraré la novia, la esposa del Cordero».
Luego leemos en los versículos 10-11 que este ser angelical le llevó
en el Espíritu a un gran monte alto y le mostró «la santa ciudad de
Jerusalén que descendía del cielo, de Dios, y tenía la gloria de Dios.
Su fulgor era semejante al de una piedra muy preciosa»: la esposa
de Cristo se asemeja a una gloriosa ciudad. La imagen de una
ciudad perfectamente organizada y bien ordenada nos obliga a
entender que el propósito supremo de Dios en la gracia redentora
es crear nada menos que una nueva humanidad perfeccionada en
los nuevos cielos y la nueva tierra.
Dios nos instruye con respecto a esta comunidad futura de
creyentes, a la que se entra por medio de la muerte, para que
podamos llorar de un modo correcto a quienes mueren en Cristo.
Cuando el apóstol Pablo quiere ayudar a los creyentes
tesalonicenses en su proceso de duelo, describe un acontecimiento
que enfatiza la «unión» de todo el pueblo de Dios en la venida de
Cristo:
Pues el Señor mismo descenderá del cielo con voz de
mando, con voz de arcángel y con la trompeta de Dios, y los
muertos en Cristo se levantarán primero. Entonces nosotros,
los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos
arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del
Señor en el aire, y así estaremos con el Señor siempre (1 Ts.
4:16-17).
Sí, con el Señor, y también con todos sus redimidos, en un
estado de perfecta «unión» como pueblo glorificado de Dios.

Nuestra unión aquí es un anticipo


¿Debemos esperar el regreso de nuestro Señor Jesús antes de
tener alguna experiencia de esta bendita unión del pueblo de Dios?
¡Por supuesto que no! El propósito de Dios es darnos un anticipo
de esta bendición aquí y ahora, en la vida y la comunión del pueblo
de Dios, vinculado entre sí en iglesias bíblicas ordenadas y visibles.
El paradigma para la vida de estas iglesias se nos expone de una
forma hermosa y sucinta en Hechos 2:42. En este pasaje se nos dice
que los tres mil individuos que vinieron al arrepentimiento y la fe
en día de Pentecostés «se dedicaban continuamente a las
enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan
y a la oración». Se juntaban para deleitarse en la Palabra de Dios y
compartir la vida; el amor que sentían unos por otros, los sostenía
y los atraía al evangelio. Era una imagen de cómo deberíamos ser,
del propósito para el que fuimos creados.
¿Acaso no hay momentos en los que compartimos tal gozo e
intimidad, o un amor tan desinteresado y entregado, que
instintivamente comentamos: «¡Con toda seguridad esto ha sido
un anticipo del cielo!»? Experimentamos la vida en la compañía de
hombres y mujeres aún imperfectamente santificados, que siguen
luchando contra los horribles afloramientos de su pecado
remanente y que, con tanta frecuencia, quebranta las relaciones
incluso en la iglesia de Cristo. ¿Cómo será cuando el alma de un
creyente abandona su cuerpo y se une a la compañía de los «justos
hechos ya perfectos»? (cf. He. 12:23). Allí, con aquellos que han
sido completamente conformados a la imagen moral de Cristo y
dotados con todas las gracias de un carácter moral como el de Él,
todos aman a su prójimo como a sí mismos. No hay malas
interpretaciones ni se cuestionan las motivaciones; las capacidades
y habilidades diferentes no provocan envidia ni celos, sino que
solo añaden alabanzas a Dios por la riqueza de Sus dones y Sus
gracias que unos perciben en los otros. Teniendo la certeza de que
amamos a nuestro Señor Jesús por todas las perfecciones morales
que vemos en Él, ¿cuál será la medida de nuestro afecto por
aquellos que han sido perfeccionados a su semejanza moral?

Juntos en el estado intermedio


Al leer el Antiguo Testamento, ¿no experimenta a veces un
anhelo por poder compartir un rato de comunión íntima con
Abraham, Isaac y Jacob? ¿No siente a veces algo parecido a un
dolor en el alma por conversar con David, Salomón y los profetas?
¿No desea conocer e interactuar con aquellas nobles mujeres como
Sara, Abigail, Ester y Rut? Luego, al leer el Nuevo Testamento, ¿no
experimenta esas mismas ansias de encontrarse con los individuos
de los que nos hablan los relatos de los evangelios, cuya fe firme y
su profunda devoción por Cristo elogia nuestro Señor Jesús
mismo? Estoy pensando en aquella viuda anónima que dio todo lo
que poseía, la mujer gentil que tocó el borde del manto del Señor,
y la María que le ungió para su sepultura con el caro perfume.
Cuando lee las cartas de Pedro, Pablo y Juan ¿no añora ver a esos
hombres e interactuar con ellos, darles las gracias desde lo
profundo de su corazón por sus escritos, o preguntarles qué
querían expresar con exactitud con este u otro versículo?
Al leer la biografía de estas personas que fueron ejemplos de un
amor apasionado por Cristo y de un servicio celoso por avanzar el
reino de Cristo, ¿no experimenta fuertes deseos de verlos y
agradecerles la forma en que el relato de su vida ha impactado en
la suya propia? Me refiero a San Agustín, Calvino, Lutero,
Whitefield, los Wesley, Spurgeon, Edwards, Bunyan, Owen, Flavel,
Brainerd, los Hodge, Lloyd-Jones, John Murray. Una hueste de
hombres y mujeres, cuya vida de devoción a Cristo y a su servicio,
nos convence de culpa y cuyo legado de palabras escritas nos
desafían a «alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado
por Cristo Jesús» (Fil. 3:12). Cuando nuestros seres queridos, que
mueren en Cristo, exhalan su último aliento, entran de inmediato
en la compañía de todos aquellos que hemos llegado a conocer y a
amar desde lejos. Así como nos encontraremos cara a cara con
nuestro Señor Jesús, también lo haremos con todos ellos.
No sé cómo se reconocen y se comunican los espíritus
incorpóreos entre sí. Me parece que la Escritura es prácticamente
silenciosa en lo que respecta a este asunto. Uno de los indicios más
firmes lo encontramos en Apocalipsis 6:9- 11. En esos versículos,
Juan nos dice que vio realmente las almas de los mártires debajo del
altar en el Cielo. Además, recoge las palabras que les oye
pronunciar. Ellas nos aclaran que tienen sentido del tiempo y de
que el Día del Juicio no ha llegado aún. En respuesta a su oración
al «Señor soberano» cada uno recibió «una vestidura blanca; y se
les dijo que descansaran un poco más de tiempo». El contexto
parece mostrar que fue el Señor mismo quien les habló.
Cuando el Señor Jesucristo regrese y reúna nuestro espíritu con
nuestro cuerpo glorificado, sabemos que nos veremos unos a otros
con ojos físicos, nos comunicaremos con lenguas verdaderas y
físicas, y nos abrazaremos con brazos verdaderos y físicos. Hasta
entonces, en el estado intermedio estaremos en medio de una
gloriosa reunión de santos, comprados con sangre y renovados
por el Espíritu Santo, todos cautivados y embelesados al
contemplar al Cordero en medio del trono. A esta compañía es a la
que entran nuestros seres queridos en el momento en que son
tomados de nuestro lado en la muerte. Cuando nos abandonen,
debemos llenar nuestra mente de nuevos recordatorios de este
bendito hecho de revelación bíblica. Sin lugar a duda, esto influirá
profundamente en la naturaleza de nuestro dolor.
6
ENTRAMOS EN EL REPOSO
PROMETIDO
Los que mueren en Cristo retienen plena conciencia
de su existencia y son inmediatamente conducidos al
prometido descanso de Cristo

En el prólogo de este libo me referí a Apocalipsis 14:13. Este


texto es sumamente crucial cuando consideramos la consecuencia
inmediata a la muerte de quienes fallecen en el Señor. En él, Juan
nos informa que oyó una voz del Cielo que le ordenaba escribir las
palabras: «Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante
mueren en el Señor». Luego declara que hubo una palabra de
confirmación del Espíritu Santo para subrayar que quienes
murieran en el Señor de ahí en adelante eran bienaventurados. El
Espíritu prosigue y aclara que son benditos por una razón
específica: los que mueren en Cristo son benditos en su muerte
«para que puedan descansar de sus trabajos».
El Espíritu no dice que son benditos para que puedan ser
perfectamente como Cristo, en espíritu, ni para poder estar con Él
en una comunión cara a cara, ni para unirse a la compañía de
todos Sus santos. Como ya hemos visto, estas tres cosas son
aspectos de la bienaventuranza de morir en el Señor. Sin embargo,
en este texto, Dios nos habla de otro elemento de esta bendición:
los que mueren en el Señor entran en un reposo permanente, un
descanso prometido por Él a su pueblo.

Yugo, perseverancia, reposo


Cuando consideramos las palabras de este texto, resulta
prácticamente imposible que nuestra mente no vaya a Mateo
11:28-30. Allí se invita, e incluso se ordena amablemente, a los que
están cargados, trabajando bajo la mortificante presión de una
conciencia acusadora y están agotados de sus propios esfuerzos
frustrados por alcanzar la paz mediante el intento personal, que
vengan al Señor Jesús para que puedan hallar reposo para su alma.
Asimismo, se les invita con amor y se les ordena amablemente que
tomen sobre sí el yugo de Cristo.
Llevar ese yugo no significa cambiar una carga mortificante y
opresora por otra, sino que es coherente con la disposición de
Cristo que es «manso y humilde de corazón». Por tanto, dado que
venir de verdad a Cristo para que nos quite nuestra pesada carga
implica someterse con alegría y confianza al yugo de Cristo, es
importante que reconozcamos que, estando bajo él,
comprobaremos que «sus mandamientos no son gravosos» (1 Jn.
5:3), y que su yugo es «fácil y ligera su carga» (Mt. 11:30).

La tierra está maldita


Dicho esto, para el verdadero cristiano existe realmente un yugo
y una carga. El hijo de Dios debe vivir sus días en este mundo del
cual Él no ha quitado aún la maldición que sobrevino a nuestro
primer padre, Adán. El ser despojado de la carga mortificante del
pecado no perdonado y del yugo opresor de la esclavitud al
pecado no alivia al cristiano de las implicaciones de la maldición
transmitida en Génesis 1:17-19.
Maldita será la tierra por tu causa; con trabajo comerás de
ella todos los días de tu vida. Espinos y abrojos te producirá, y
comerás de las plantas del campo. Con el sudor de tu rostro
comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella
fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.
Llevamos el yugo de Cristo y, aunque es un yugo fácil, seguimos
arando una tierra maldita.

El trabajo es largo
A esto hay que añadir el trabajo de la vida cristiana, que se
describe como una carrera laboriosa (cf. He. 12:1-2), una batalla de
vida y muerte contra los deseos y los apetitos de la carne (1 Co.
9:26-27; 1 P. 2:11), y una angustiosa lucha con los poderes
siniestros de la oscuridad (cf. Ef. 6:12). Además, a causa de todas las
dificultades y las pruebas que experimentamos en relación con
nuestro decadente hombre «exterior» (2 Co. 4:16), «gemimos
agobiados» (cf. 2 Co. 5:4). Vivir en nuestros cuerpos rotos, en este
mundo quebrantado, es una difícil labor.
Por tanto, vemos en Apocalipsis 14:13 que gran parte de la
bendición de morir en el Señor es, sencillamente, «para que
puedan descansar de sus trabajos». Como alguien lo expresó:
Aquí, responsabilidades, dolor y tentación. Aquí, acoso de lo
demoníaco, persecución del mundo, decepción en la amistad.
Aquí, presión constante y sin remordimiento que nos exigen
vivir al límite de nuestros recursos y al borde de lo que
podemos soportar. Pero, allí, «la batalla ha acabado, se ha
logrado la victoria». La confusión ha quedado atrás y el
peligro ha pasado. No queda la carga por el trabajo
incompleto o la frustración de las limitaciones incorporadas.
Ningún pecado que mortificar. Ningún yo que crucificar.
Ningún dolor que afrontar. Ningún enemigo que temer.
Mientras vivamos en este siglo, solo podemos procurar
entender y captar por fe la bendición de este reposo prometido,
pero nuestros seres queridos en Cristo que han pasado por la
muerte ya lo conocen en toda su bendita realidad máxima. Fijar
nuestra mente en este hecho no puede sino capacitarnos para
disciplinar el dolor por nuestra pérdida, mientras contemplamos su
ganancia.
Estas cuatro cosas son, pues, las realidades que nuestros seres
amados que murieron en el Señor experimentan como
consecuencia inmediata a su paso a través de la puerta de la
muerte:
• Son plenamente conformados a la imagen moral y la semejanza
de Cristo.
• Disfrutan de la presencia despejada e inmediata de Cristo.
• Están en la compañía de todo el pueblo de Cristo comprado
con sangre.
• Han entrado para siempre en el reposo prometido de Cristo.
Cuando Dios nos arrebata a uno de nuestros seres queridos,
debemos depender de Dios y de la obra de gracia de su Espíritu, y
llenar nuestra mente con estos hechos maravillosos del evangelio.
Sin duda, al hacerlo, glorificaremos a Dios en nuestro duelo y no
violaremos su clara directriz en cuanto a que no nos
entristezcamos «como los que no tienen esperanza».
Durante años, una de las palabras del apóstol Pablo en 1
Corintios 3:22-23 fue un enigma para mí. En ese texto, Pablo
declara que «ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida,
o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es vuestro, y
vosotros de Cristo, y Cristo de Dios». La palabra que me
perturbaba en este texto era «muerte». No podía ver en qué
sentido la «muerte» era mía. ¿Acaso no se la designaba como «el
último enemigo» (1 Co. 15:26)? Pero ahora que entiendo, a partir
de las Escrituras, que la muerte misma ha sido convertida en una
sierva de Dios y de Cristo para conducir a todos Sus amados hijos
a la cuádruple bendición que hemos visto, entiendo por qué se la
define como la posesión de todo hijo verdadero de Dios.
A la luz de estas realidades se nos da la clave para entender las
palabras de nuestro Señor Jesús, que dijo: «En verdad, en verdad
os digo que si alguno guarda mi palabra, no verá jamás la muerte»
( Jn. 8:51). La muerte, que es la paga del pecado, la desatada furia de
Dios sobre las criaturas culpables de alta traición contra Él, fue
absorbida por completo en la de Jesús, nuestro Salvador. Nadie
que esté unido a Cristo «verá la muerte» acercándose con su
vestimenta de horror intrínseco, sino que, como dice la letra de un
hermoso himno de coral que oí hace muchos años, a Dios se le
alaba de esta forma:
Has hecho que la muerte sea gloriosa y triunfante, Porque a
través de su portal entramos en la presencia del Dios vivo.
Hace muchos años tuve el privilegio de visitar un cementerio de
Escocia, donde estaban enterrados algunos mártires que eran
cristianos presbiterianos escoceses. En una de las tumbas vi una
inscripción que se quedó grabada en mi mente. Hablando de
aquellos que habían sido martirizados bajo la instigación de líderes
religiosos apostatas, decía así: «La rabia de los prelados9 no hizo
más que enviarlos al cielo». En la valoración de los hermanos que
quedaron para enterrar a aquellos mártires, la rabia asesina de los
líderes religiosos apostatas no hizo más que enviar a los leales
creyentes al cielo. De la misma manera, el cáncer, los ataques de
corazón, el Alzheimer, los accidentes automovilísticos, o cualquier
otro medio que Dios escoja para efectuar nuestra muerte física,
solo pueden «enviar a Sus hijos al cielo» para gozar, en plena
conciencia de su existencia, la bendita realidad del reposo
completo.
Parte III

PUNTOS CENTRALES
PARA EL DUELO BÍBLICO
7
LO QUE JESÚS HA GANADO
Piense más en lo que Jesús ha ganado que en lo que nosotros hemos
perdido
Como declaré en el Prólogo, fue cuatro semanas después del
fallecimiento de Marilyn cuando empecé a predicar los sermones
que, con el tiempo, formaron los primeros seis capítulos de este
libro. Luego, transcurridas varias semanas desde que prediqué la
serie, procuré articular a mi gente cómo se habían estas mismas
cosas que había compartido con ellos convertido en parte de mi
proceso de duelo. Formulé una pregunta: «Al contemplar la
muerte de un ser querido que ha muerto con Cristo, ¿cómo hemos
de dirigir nuestros pensamientos y nuestras emociones para que
nuestro duelo glorifique de verdad a Dios?». Y respondí a ella
mediante cinco sencillos axiomas que expresaban mi experiencia
instruida por la enseñanza de la Escritura:
• Hemos de considerar lo que Jesús ha ganado en lugar de lo que
nosotros hemos perdido.
• Hemos de considerar lo que nuestros seres queridos han
ganado en Cristo en lugar de contemplar lo que nosotros hemos
perdido.
• Hemos de considerar la esperanza que compartimos con el ser
amado que se nos ha arrebatado.
• Hemos de considerar lo que Dios pretende hacer en y por
medio de nosotros como resultado de este duelo.
• Hemos de considerar lo que estamos ganando precisamente a
causa de la pérdida.
Exploraremos estos axiomas y la enseñanza que representan, en
los cinco breves capítulos que forman la Parte III de este libro. Este
capítulo trata el primero de ellos: Si la verdad disciplina incluso
nuestro duelo (Fil. 4:8), debemos pensar con mayor frecuencia en
lo que Jesús ha ganado por esta muerte que en lo que nosotros
hemos perdido. Esto es porque, en el momento que el alma de un
cristiano se separa de su cuerpo, Jesucristo, nuestro Salvador,
cumple de forma parcial al menos tres cosas: el propósito divino
de su propio sacrificio, el deseo del corazón de Dios y un gozo
santo.

Cumplimiento del propósito divino


En la muerte de alguien unido a Cristo, Jesús recibe un
precioso cumplimiento parcial de su propio propósito redentor
y de su compra. Según las Escrituras, Dios Padre nos escogió en
Cristo antes de la fundación del mundo «para que fuéramos santos
y sin mancha delante de Él» (Ef. 1:4). En otras palabras, en la
eternidad pasada Dios puso su amor libre, soberano y electivo en
nosotros, con este fin: para que, en virtud de su propia gracia y
poder redentor llegásemos a ser «santos y sin mancha».
El Señor Jesús tomó sobre sí mismo la plena responsabilidad de
procurar esta salvación a su pueblo mediante su propia vida
obediente y su muerte sacrificial. Al hacerlo, el propósito del
Padre se convirtió también en su objetivo apasionado. Efesios 5.27
afirma claramente que el Cristo que amó a la iglesia y se entregó
por ella, lo hizo con un claro propósito: «… a fin de presentársela
a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni
arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada».
Jesús, como esposo celestial, siempre ha tenido un maravilloso
propósito y visión relacionados con su actividad redentora. Estos
consisten nada menos que en ver a su esposa, comprada con
sangre, purificada del último vestigio de pecado y totalmente
dotada de todas las gracias y virtudes a semejanza de Cristo.
Cuando un verdadero hijo de Dios muere, parte de ese propósito
se cumple de una forma maravillosa. Recuerde, como vimos en el
capítulo tres, en el momento en que un creyente muere se une a la
compañía de los «hombres justos hechos perfectos». En el
momento en que exhala su último aliento, Dios purga todo
vestigio de pecado de su espíritu cuando se marcha, dando así al
Señor Jesús aquello por lo que derramó su vida en la muerte: otro
espíritu redimido presentado ante Él «santo y sin mancha».
El matrimonio de la esposa completa debe aguardar la
resurrección de los cuerpos de los creyentes en la segunda venida
de Cristo. Entonces, y solo entonces, disfrutará el esposo por
completo de su casamiento con la novia completada y
perfeccionada. Sin embargo, el Señor Jesús recibe con delicia
aquellos espíritus hechos perfectos como recompensa de su
sufrimiento por ellos. Porque esto es verdad, usted debe aprender
a decirse a sí mismo: Sí. He perdido a mi ser querido, pero mi Señor
Jesucristo ha visto cumplida otra preciosa porción de la recompensa por sus
sufrimientos. En medio de mi duelo, ¿no debería regocijarme en su
satisfacción?

El deseo de su corazón
En la muerte de alguien que está unido a Cristo, Jesús gana el
deseo de su corazón expresado en Juan 17:24. Algunas de las
promesas más maravillosas de la Palabra de Dios afirman que
Cristo está siempre con nosotros. Por ejemplo, Jesús le dijo a sus
discípulos: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el
fin del mundo» (Mt. 28:20). ¿Quién puede medir el océano de
consuelo dado al pueblo de Dios a lo largo de los siglos, mediante
estas preciosas palabras del Salmo 23:4:«Aunque pase por el valle
de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás
conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento»? Una multitud
de hijos de Dios han saboreado gran dulzura de la maravillosa
promesa de Isaías 41:10, en la que Dios nos asegura: «No temas,
porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios».
Sin embargo, cuando el Señor está a punto de dejar a sus
discípulos mediante Su muerte, resurrección y ascensión de
regreso al Cielo, nos revela en Juan 17:24 que Su voluntad es que
los suyos estén con Él donde Él está. Sin embargo, para que Él
consiga el deseo de Su corazón, nosotros debemos abandonar el
lugar donde nos encontramos para ir adonde Él está. Antes de su
venida en poder y gloria, la única forma en la que esta oración
puede recibir respuesta es que el creyente muera y vaya a «estar
con Cristo, que es mucho mejor» (Enoc y Elías fueron los dos
únicos seres humanos que se saltaron la puerta de la muerte
cuando entraron al Cielo).
Mi corazón se rompe cuando pierdo a un ser querido que ya no
estará más conmigo. Pero si esa persona pertenecía a Jesús,
entonces la muerte sirve de medio para que Jesús reciba el deseo
de su corazón. Todos los que parten en Cristo están ahora «con Él
donde Él está». En medio de mi duelo, ¿no me regocijaré porque
Su oración haya visto un cumplimiento adicional?

Gozo añadido
En la muerte de alguien que está unido a Cristo, Jesús recibe
una nueva dimensión de gozo. En lo que respecta a nuestro Señor
Jesús, leemos en Hebreos 12:2 que «por el gozo puesto delante de
Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a
la diestra del trono de Dios». ¿Qué es exactamente «el gozo puesto
delante de Él»? En última instancia, debe ser el gozo que tendrá
cuando, en la cena de las bodas del Cordero, vea por fin cumplido
el deseo de su corazón (véase Jn. 17:24): debe ser el gozo que
sentirá cuando por fin se siente en el banquete con su esposa
perfeccionada y glorificada, la iglesia (cf. Ap. 19:6-9).
Lucas 15 contiene el relato de tres parábolas referidas por
nuestro Señor, para ilustrar por qué «recibe a los pecadores y
come con ellos». En las parábolas de la oveja perdida, la moneda
perdida y el hijo perdido, habla de un denominador común de
gozo en el Cielo cuando se halla aquello que se había perdido.
Aunque los ángeles se unen al gozo del Cielo, se trata
principalmente de la alegría de Dios mismo al recibir al pecador
que antes estaba perdido. Ese gozo de Dios Padre se reflejaba en
los actos mismos de Jesús en la tierra al recibir y cenar con los
pecadores.
Dios se regocija cuando el pecador abandona la pocilga y es
sacado del lugar de peligro y perdición. ¿Qué tipo y qué medida de
gozo debe tener nuestro Salvador cuando el pecador que regresa a
Él, una vez atravesada la puerta de la muerte, se convierte en un
santo perfeccionado? En ese momento, Jesús ve su propia imagen
ahora perfectamente reflejada en un espíritu «perfeccionado», ya
purgado todo su pecado y embellecido con todas las gracias a la
semejanza de Cristo. ¿Quién querría robar este gozo a Aquel que
murió por nosotros?
Perdamos lo que perdamos con la muerte de nuestros seres
queridos, recuerde usted esto. No fuimos nosotros quienes
dejamos los privilegios, las glorias y los gozos del Cielo mismo
para salvar a los nuestros de la condenación eterna. Nosotros no
pasamos la agonía de Getsemaní con su sudor en gotas de sangre,
tampoco soportamos los escupitajos en la cara, las bofetadas, la
espalda destrozada por los azotes, los actos de tortura de la
crucifixión, el rostro ensombrecido de Dios Padre, o el dolor del
Infierno mismo, todo en lugar de otro. Jesús tiene mucho más
derecho a reclamar a nuestros seres queridos que nosotros. No nos
atrevamos a alimentar pensamientos secretos —manifestaciones de
una voluntad propia a la que no se le ha dado muerte— en cuanto
a que Dios es injusto por llevárselos de nuestro lado. En lugar de
esto, cuando nuestro ser amado se haya convertido en nuestra pérdida
debemos, consciente y deliberadamente, dirigir nuestra mente al
gozo que se ha convertido en la ganancia de Jesús. Recordemos esta
clara y conmovedora declaración: «Estimada a los ojos del
Señor es la muerte de sus santos» (Sal. 116:15).
8
LO QUE NUESTRO SER QUERIDO HA
GANADO
Piense más en lo que nuestro ser querido ha ganado
que en lo que nosotros hemos perdido

En la Parte II de este libro, consideramos estas cuatro realidades


maravillosas que convierten la muerte en «ganancias» para los
creyentes:
• En la muerte, se nos dota de perfección moral.
• En la muerte, entramos en la presencia de Cristo.
• En la muerte, entramos en la compañía de los santos.
• En la muerte, entramos en el reposo prometido.
Cuando sentimos con más profundidad el dolor de nuestra
pérdida, debemos evocar estas realidades. Si queremos glorificar a
Dios mientras hacemos el duelo por la pérdida de un ser querido,
debemos pensar con mayor frecuencia en las cosas que nuestro ser amado
ha ganado que en lo que nosotros hemos perdido.
Durante varios meses después de la muerte de Marilyn, me
despertaba cada Día del Señor por la mañana, consciente de la
dolorosa soledad de ser viudo. Cuando me dirigía a la cocina para
prepararme el café de la mañana, intentaba imaginar cómo sería
ese día para ella en la presencia de Cristo. Me la figuraba mirando
hacia abajo, con una mirada de compasión, aunque sin pecado, y
diciendo: «Oh Al, pobre criatura, sigues atado al “cuerpo de tu
humillación”. Ahí estás, intentando despertarte completamente
antes de entrar en tu estudio para adorar y orar. Yo he estado
adorando durante toda la noche mientras tú dormías, y no estoy
nada cansada. Estaré adorando todo el día y sé que no será una
actividad aburrida. No me faltarán palabras para expresar el gozo
y la gratitud que siento, ni lucharé para encontrar abundante
sustancia para mi alabanza. Mi espíritu ha sido liberado de toda
inhibición y distracción pecaminosa. Dejando que el gozo me
embargue, me dedicaré a adorar a Cristo todo el día. Y, cuando te
acuestes esta noche, agotado por tus tareas entre el pueblo de Dios,
seguiré adorando. No hay noche ni cansancio ni necesidad de
dormir; nada de eso ahora, sino un bendito reposo de todas las
luchas de la vida que viví cuando todavía estaba ahí contigo».
En realidad no creo que nuestros seres queridos nos vean a
nosotros aquí en la tierra, porque en las Escrituras nada justifica tal
suposición. Más bien, comparto esta brizna de fantasía para decir
que, en medio de nuestro duelo, reflexionar sobre lo que nuestro
ser amado ha ganado nos fortalecerá y nos alentará, aligerando
nuestra carga y haciendo que nos resulte más fácil ejercer una
disciplina personal para poder llevar a cabo nuestras obligaciones
delante de Dios de una forma más eficaz.
Ninguna de nuestras responsabilidades genéricas cristianas
queda anulada porque Dios se haya llevado a un ser muy querido.
Podemos ajustar esos deberes de manera temporal cuando nuestro
duelo es más intenso, pero esa adaptación momentánea y realista
no debe desviarse jamás hasta convertirse en una verdadera
negación de los deberes que Dios nos ha encomendado.
Considere al hombre que ha perdido «la esposa de su juventud»
y que sigue teniendo hijos pequeños en casa. Aún en su dolor, debe
seguir criando a sus hijos «en la disciplina y la instrucción del
Señor» (Ef. 6:4). No deberá, por ejemplo, abandonarlos durante
horas mientras él llora en soledad. Este hombre debe disciplinar su
mente para pensar más en lo que su amada ha ganado que en lo
que él ha perdido, de manera que pueda secarse las lágrimas y
hacer el trabajo que Dios aún le ha dejado. Al meditar en la
perfección moral de su esposa que ya descansa, gozando de la
presencia de Jesús entre innumerables santos, será capaz de asentar
su mente y su corazón y cumplir con sus privilegios y sus
responsabilidades para con sus hijos que, seguramente, también
están sufriendo. ¡Imagine las oportunidades que tiene este hombre
al poder compartir con sus hijos, como enseñan las Escrituras, los
gozos que su madre está experimentando ahora!
Considere ahora la vida de iglesia de este mismo hombre. Sabe
que uno de sus deberes cristianos genéricos es «gozarse con los
que se gozan y llorar con los que lloran» (Ro. 12:15). Además, sabe
cuál es la clara directriz de Hebreos 10:25, que le llama a reunirse
con su iglesia local, «no dejando de congregarnos, como algunos
tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho
más al ver que el día se acerca». En lugar de permitir que su duelo
se convierta en una excusa para andar por la casa deprimido
durante todo el fin de semana, cuando llega el siguiente Día del
Señor, este hombre reúne a sus hijos y se dirige al lugar donde el
pueblo de Dios se junta para ser ministrado y tener comunión. Ha
suavizado su dolor pensando en todo lo que su amada ha ganado
en su muerte, y se siente emocionalmente libre para buscar a
quienes lloran o se gozan, y entrar en su gozo o su dolor con ellos.
Al disciplinar nuestra mente de forma consciente para pensar en
lo que nuestro ser querido ha ganado, nuestro duelo no se anula,
sino que evitamos que se convierta en un dolor paralizante que
distrae la atención y que se puede convertir fácilmente en una
autogratificación encarceladora.
9
LA ESPERANZA COMPARTIDA DE LOS
CRISTIANOS
Considere la esperanza que compartimos con el ser
querido que nos ha sido arrebatado

Tengo plena confianza en que ahora, Marilyn tiene un espíritu


perfeccionado totalmente conformado a la imagen moral de
Cristo, que está gozando de Su presencia inmediata, que está
embelesada con la compañía de Su pueblo y que está disfrutando
de la maravilla del reposo prometido en Él. Y confío en ello,
porque las Escrituras enseñan estas realidades con toda claridad
para los que mueren en Cristo.
No obstante, el cuerpo de Marilyn yace en una parcela de
terreno del cementerio que se halla detrás de un edificio de iglesia
en Pompton Plains, New Jersey. En las semanas siguientes a su
muerte, yo solía visitar aquel lugar cada Día del Señor, después del
culto de la mañana. Allí derramaba algunas lágrimas y daba gracias
a Dios por su amor y su abnegado servicio a mí, a mis hijos y, sobre
todo, a su Señor y a Su pueblo. Casi en cada ocasión que iba a
aquella parcela de terreno, centraba mi mente en algo que Marilyn
y yo compartimos en el presente, aunque ella esté en el Cielo y yo
siga aquí en la tierra. Me concentraba en la esperanza bíblica de la
reunión final de nuestros espíritus perfeccionados y glorificados,
con nuestros cuerpos resucitados.
Es decir que, en mi dolor, procuraba pensar con mayor frecuencia
en la esperanza que ambos compartimos.

Nuestra esperanza final


Cuando la Biblia habla de la esperanza para los cristianos, no se
refiere a un deseo ni a un fuerte anhelo. La esperanza bíblica es una
expectativa confiada y un anhelo de recibir la bendición de la gracia
redentora de Dios, ya comprada, y prometida, aunque no realizada aún. Y
la Biblia deja muy claro que el enfoque principal de nuestra
«esperanza» es la finalización total de nuestra salvación cuando
recibamos nuestro cuerpo resucitado en la venida de nuestro
Señor Jesucristo (ya lo tratamos brevemente en el capítulo 2). A
pesar de todas sus bendiciones prometidas para los hijos de Dios,
el estado intermedio no se señala en ningún lugar como la
«esperanza» del creyente. Esta esperanza consiste en la plena
integración del cuerpo del creyente y su alma perfeccionada. Él
sabe que esto es lo que Dios le ha prometido y lo que Cristo ha
comprado para él. Anhela y espera con segura expectación que su
alma perfeccionada habite en su cuerpo inmortal. Pablo expresa
esta enseñanza general de una forma sucinta en Romanos 8:23-25:
Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que
tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos
gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la
adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo. Porque
en esperanza hemos sido salvos, pero la esperanza que se ve
no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? Pero si
esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.
Almas perfeccionadas que moran en cuerpos inmortales;
compartimos esta esperanza. Apocalipsis 6:9-11 indica que los
espíritus perfeccionados, ahora en el Cielo, saben que esa
esperanza no se ha cumplido aún plenamente, y anhelan que llegue
ese momento. Oran por ello, allí, bajo el altar de Dios,
impregnados de la esperanza suprema del creyente. Esta esperanza
final, el verse cubierto por un cuerpo de resurrección inmortal y
sin pecado, constituirá la más exquisita y maravillosa de las
realidades eternas ya disfrutadas por quienes están con Cristo en el
estado intermedio.
Así como los que están en el estado intermedio esperan recibir
su cuerpo resucitado, aquí en la tierra, nosotros «gemimos,
anhelando ser vestidos con nuestra habitación celestial» (2 Co.
5:2). O, en palabras del apóstol Pablo, «esperamos a un Salvador, el
Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestro estado
de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria, por el
ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a sí
mismo» (Fi. 3:20- 21). Quizás lo más maravilloso de todo sea que el
prototipo del cuerpo que recibiremos es nada menos que el cuerpo
glorioso, resucitado e inmortal de nuestro Señor Jesucristo.
Hasta el momento en que le diagnosticaron el cáncer a Marilyn,
habíamos hablado algunas veces de la necesidad de conseguir uno
trozos de terreno en el cementerio. Pero no fue hasta estar bien
inmersos en su batalla de seis años contra el cáncer cuando, por
fin, los obtuvimos. Desde el momento en que tomamos posesión
legal de ellos, Marilyn los identificó como nuestras «camas de
resurrección».
En los últimos meses de su estancia terrenal, cuando era
evidente que Dios estaba permitiendo que la enfermedad casi
acabara con su cuerpo, ella aceptó con noble gracia y dignidad las
muchas indignidades relacionadas con la pérdida de gran parte de
su belleza física y de su fuerza. Recuerdo gráficamente cómo me
arrodillaba junto a su cabecera, unas pocas semanas antes de que
falleciera y le decía: «Cariño, cuando Dios acabe contigo en el día
de la resurrección serás tan hermosa que no te reconoceré. Dios
tendrá que presentarnos». Sí, cuando el Señor regrese, ¡la
levantará de su «cama de resurrección» con un cuerpo glorificado!
Vivió y murió con esa esperanza. Sigue vibrando con esta gran
esperanza suprema, aún en la presencia de Cristo. Mientras yo
permanezca en la tierra, continuaré compartiéndola con ella. Y, si
el Señor Jesús retrasa su venida y no regresa mientras yo esté vivo,
confío en que, por la gracia de Dios, moriré con esa misma
esperanza.
Querida hermana y querido hermano que sufres, si vives tu
duelo para la gloria de Dios, recuerda que compartes una
esperanza común con esa persona que a Él le ha placido llevarse de
tu lado en su inagotable amor, su inescrutable sabiduría, y su
soberanía illimitada. Haz tu duelo, sí, pero nunca como «los que
no tienen esperanza» (1 Ts. 4:13). Spurgeon lo expresó, en su
inimitable estilo, cuando escribió: «Las lágrimas están permitidas,
pero deben brillar a la luz de la fe y la esperanza»10.
10
LOS PROPÓSITOS DE DIOS EN
NOSOTROS POR MEDIO DE ESTA
MUERTE
Considere lo que Dios pretende hacer en y por medio
de nosotros como resultado de este dolor

Cuando un siervo de Dios ora desde el corazón «Señor, haz lo


que necesites hacerme a mí y en mí para que pueda ser un mejor
pastor a tu pueblo», no tenemos ni idea de la forma en que Dios
responderá. En mi caso, esta oración fue en parte contestada
mediante la severa misericordia de quitarme a Marilyn.
Yo sabía que, tras la muerte de Marilyn, si el Señor Jesús
retrasaba su regreso y preservaba mi vida y mi salud, los diez o
quince años siguientes me aportarían muchas oportunidades para
ministrar a aquellos viudos y viudas recientes que pasaban por el
sufrimiento de su pérdida, entre los amados miembros de la Iglesia
Bautista Trinity. Al orar sobre esto, Dios me capacitó para poder
decir desde lo profundo de mi corazón: «Señor, si llevarte a la
esposa de mi juventud de esta manera es tu medio para ensanchar
mi corazón y prepararme más para ministrar a tus santos que
sufren, haz la obra necesaria en mí para que, a través de mí, puedas
llevar a cabo un ministerio consolador más profundo y rico».
Confío en que, en cierta medida, este libro sea una respuesta a
estas oraciones.
Consideremos ahora, brevemente, lo que Dios pretende hacer
en y por medio de nosotros, como resultado de nuestro duelo.

Consuela a mi pueblo
Pablo escribe en 2 Corintios 1:3-4: «Bendito sea el Dios y Padre
de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda
consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para
que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier
aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos
consolados por Dios». Dios mismo es la fuente suprema de toda
verdadera consolacíon y consuelo de sus hijos. No obstante, según
este texto, Dios imparte a veces su consuelo a través de instrumentos
humanos.
Pablo entendió este principio con claridad y, al unirlo a su
compromiso apasionado de vivir una vida de servicio abnegado a
los demás, fue capaz de afirmar: «Si somos atribulados, es para
vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para
vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que
nosotros también sufrimos» (2 Co. 1:6).
Aunque el «nosotros» de estos pasajes se refiere a Pablo y
Timoteo, el principio incrustado en el texto se extiende más allá de
estos individuos particulares y, en realidad, a todos los hijos de
Dios verdaderos. El Nuevo Testamento está repleto de
exhortaciones y órdenes a todo el pueblo de Dios para que vea la
responsabilidad y privilegio que tiene de ministrarse unos a otros.
Observe sobre todo 1 Tesalonicenses 4:18, donde Pablo ordena a
todos los tesalonicenses, y también a nosotros: «Por tanto,
confortaos unos a otros con estas palabras». Aquí, como ya hemos
indicado, está escribiendo a creyentes que están pasando su duelo
por la pérdida de seres queridos que han muerto en unión con
Cristo. El apóstol pretende que los distintos miembros de la iglesia
rodeen a los hermanos que están sufriendo y los consuelen
mediante palabras de verdad, ministrando de manera que
impartan valor y fuerza para que aquellos que están pasando su
duelo no se entristezcan «como los que no tienen esperanza».
Por supuesto, los mejores instrumentos humanos para transmitir
el consuelo de Dios a los demás suelen ser aquellos que han
experimentado Su consuelo en la propia aflicción intensa. Los que
han probado la consolación especial de Dios en esta forma son
particularmente aptos para acercarse a los hermanos que sufren y
compartir con ellos parte del consuelo con el que Dios los ha
reconfortado a ellos (2 Co. 1:4).
De este modo, al procurar vivir nuestro duelo para la gloria de
Dios, debemos pensar en lo que Dios pretende hacer a través de
nosotros, como resultado de lo que Él está realizando en nosotros y
para nosotros en nuestro dolor.

Posicionados para dar consuelo


La membresía activa de una iglesia que enfatice un ministerio de
la Palabra de Dios bíblico, expositivo, capacitado por el Espíritu,
ferviente y aplicativo, ofrece muchos beneficios a largo plazo,
siendo uno de ellos la preparación de su gente para ministrarse
este consuelo necesario los unos a otros. Para ello, se necesita una
dieta continua de predicación sana. Pablo pudo decir con respecto
a la iglesia de Roma: «En cuanto a vosotros, hermanos míos, yo
mismo estoy también convencido de que vosotros estáis llenos de
bondad, llenos de todo conocimiento y capaces también de
amonestaros [sí, y consolaros] los unos a los otros» (Ro. 15:14). ¿Se
puede decir esto de su iglesia?
A nivel personal, ¿tiene alguna santa aspiración de convertirse
en alguien que pueda consolar a otros a través de la consolación
que usted mismo ha experimentado? Entonces, busque y
entréguese a la vida y al ministerio de una iglesia que esté marcada
por un ministerio de la Palabra de Dios bíblico, expositivo,
capacitado por el Espíritu, ferviente y aplicativo. Si no se
encuentra en una iglesia de este tipo, no permita que esto sea un
obstáculo que le impida procurar dar un consuelo bíblico a
aquellos que sufren. Conviértase cuanto antes en un miembro
activo que participe de una iglesia buena y sana.
Quizás ya sea un bendecido miembro de una iglesia de este tipo.
Cualesquiera que sean sus circunstancias a este respecto, al buscar
y recibir el misericordioso consuelo de Dios en medio de nuestro
duelo, oremos siguiendo estas líneas: Padre, tú me has llevado al crisol
del dolor para que pueda experimentar de forma más plena la realidad de
tu corazón como Dios de todo consuelo. A medida que me confortas,
moldéame y fórmame para que sea un instrumento más útil para
transmitir esa consolación a otros. Que no olvide jamás que lo que estás
haciendo, por tu gracia, en mí, es con el fin de que Tú puedes hacer algo
nuevo y por medio de mí, distribuir esa gracia a otros.
Cuando me hallaba inmerso en las fases finales de este libro, a
Dios le agradó darme una experiencia gráfica que confirmó estas
realidades. Una amada hermana en Cristo, miembro durante
treinta y cinco años de la iglesia de New Jersey en la que fui pastor,
partió con el Señor tras una larga batalla contra el cáncer de riñón.
Su esposo, uno de mis amigos personales más cercanos, me pidió
que honrara la memoria de su esposa en su funeral, algo que hice
con mucho gusto. Dos días después del oficio, me preguntó si
podíamos pasar algún tiempo juntos.
Cuando cerramos la puerta y quedamos en un cómodo entorno
privado, este amado hermano me comentó: «Bueno, pastor,
déjeme decirle por qué estoy aquí. Ahora que mi esposa se ha ido,
estoy navegando por aguas desconocidas. Yo no he estado aquí
antes, pero usted sí. Dígame lo que necesito saber y hacer para
honrar al Señor al enfrentarme yo solo al futuro».
Durante la hora siguiente intenté exponer algunos de los
principales elementos de verdad bíblica, junto con su aplicación
práctica, que Dios utilizó para consolarme y ministrarme en mi
duelo, tras la muerte de Marilyn. De hecho, muchos de ellos
constituyen los detalles esenciales de este libro. En algunos
aspectos, aquella hora con el hermano que sufría fue uno de los
ministerios pastorales más preciosos que he experimentado en los
cuarenta y seis años de mi labor en aquella congregación. Cuando
mi propio corazón estaba aplastado de dolor por la pérdida de mi
esposa, no podía haber imaginado que el ojo de Dios veía y
señalaba esta hora preciosa, años más tarde, para que disfrutara del
sagrado privilegio de confortar a mi amigo y hermano con el
consuelo con el que Dios me había reconfortado a mí.
11
LO QUE HEMOS GANADO
Considere lo que estamos ganando, precisamente por esta pérdida

Tras la muerte de Marilyn, disfruté durante dos semanas de la


compañía de mi hija mayor y mi piadosa hermana mayor, también
viuda. Se quedaron en mi casa, cocinaron, se ocuparon de las
tareas del hogar y fueron «enjugadoras santas» para mi dolor y
mis lágrimas.
Un día, cuando mi hija y mi hermana regresaron a sus
respectivas responsabilidades, pensé: Si alguna vez he necesitado el
apoyo y la influencia fortalecedora del cuerpo de Cristo, es ahora. A lo
largo de mi ministerio he enseñado la gran verdad de que el
cuerpo de Cristo debe ministrarse a sí mismo en amor. Con
regularidad he predicado y aconsejado al pueblo de Dios que
recuerde los mandamientos bíblicos de «llorar con los que lloran»
y de «sobrellevar los unos las cargas de los otros». De modo que
me dirigí al teléfono y llamé a una de las familias de la iglesia a la
que me unían unos lazos especialmente fuertes de amistad.
Cuando la esposa contestó al teléfono, le formulé una extraña
pregunta: «¿Sabes cómo añadir un poco de agua a tu sopa?». ¡Por
supuesto que la querida mujer se preguntó de qué estaba hablando!
Repetí la pregunta y, a continuación, le expliqué que me estaba
invitando solo a ir a su casa para cenar, con el fin de darles la
oportunidad de cumplir los muchos mandamientos bíblicos en
cuanto a la forma en que, en el pueblo de Dios, los unos deberían
ministrase a los otros. Se podría decir que añadir agua a su sopa —
y que sea suficiente para alimentar a un invitado— es una forma de
realizar este deber.
A lo largo de las semanas siguientes, varias familias de la iglesia
recibieron mi llamada de «agua en la sopa». Pasar tiempo en los
hogares de mi gente se convirtió, así, en un maravilloso medio de
gracia, tanto para ellos como para mí. Nos sentábamos alrededor
de la mesa y compartíamos incidentes de la vida de Marilyn.
Cuando esto provocaba mis lágrimas, las dejaba correr sin sentir
vergüenza y sin pedir disculpas. Con frecuencia, las lágrimas de
ellos se mezclaban con las mías, convirtiendo a estos preciosos
hermanos en mediadores de la disposición y el corazón de mi
compasivo Señor para conmigo.
Y esto me lleva al quinto y último de los axiomas que tanto me
ayudaron a superar mi propio dolor: Debemos pensar en lo que
ganamos como resultado de la pérdida de nuestro ser tan querido.
Sí, debemos reflexionar en lo que Cristo y la persona fallecida
han ganado, en la esperanza común que compartimos con ella, y
en el bien que Dios puede hacer a los demás por medio de nuestro
propio dolor. Pero también debemos prestar atención a los
beneficios que nosotros mismos obtenemos mediante esta muerte.

Tenemos la oportunidad de crecer en comunión


Como ya acabo de perfilar, cuanto mayor es la tragedia o la
tristeza, más oportunidad hay para que los miembros del cuerpo
de Cristo se ministren los unos a los otros. Quizás hemos
disfrutado de años de comunión normal y edificante dentro del
cuerpo local de Cristo del que somos miembros. Quizás, además
de este beneficio invalorable, Dios nos ha dado la bendita
añadidura de unas amistades profundas, íntimas, transparentes y
probadas por el tiempo que nos han enriquecido continuamente
en nuestro peregrinaje. Quizás hayamos leído muchas veces la
sencilla declaración de Pablo en 1 Corintios 12:26: «Si un miembro
sufre, todos sufren con él».
Pero cuando Dios nos sumerge en el turbulento mar del trauma
emocional desencadenado por la pérdida de alguien muy querido,
es entonces cuando el ministerio del cuerpo de Cristo y el apoyo
de los amigos íntimos pueden elevarse hasta nuevos niveles en
nuestra experiencia. En esos momentos podemos saber, como
nunca antes, lo veraces que son las palabras de Pablo. De este
modo, la muerte de nuestro ser querido ha sido un beneficio para
nosotros, al convertirse en el medio utilizado por Dios para
realzar nuestro aprecio por Su pueblo.

La palabra de Dios cobra vida de una forma más gráfica


Por preciosa que sea la comunión de los santos ¿quién puede
medir los beneficios que nos llegan a través de la Palabra de Dios,
en medio de nuestro profundo dolor? La presión que ejerce en
nosotros hace que muchos de los pasajes de las Escrituras cobren
vida, cuando esos mismos versículos pueden no habernos parecido
tan queridos anteriormente. Y es que muchos años antes de la
muerte de Marilyn, parte de mis ejercicios devocionales habituales
consistían en leer de forma consecutiva el libro de los Salmos. Sin
embargo, al leer y meditar en muchos de ellos en el contexto de mi
duelo, ¡parecía como si los estuviera contemplando por primera
vez!

Nuestra mente se vuelve más celestial


La trágica pérdida de un ser querido en Cristo puede servir,
claro está, de poderoso catalizador para que nuestra mente sea
más celestial. Justo antes del fallecimiento de Marylin, un querido
hermano me escribió, y me aseguró que él y su iglesia estaban
orando por mí. En esa carta, me decía: «Mi propio corazón ha
estado sufriendo por ti mientras tú te dedicas a cuidar de tu
rebaño, mientras te ocupas con todo tu amor de las necesidades de
tu amada esposa. Ella, que probablemente te precederá en la
inmensurable ganancia de la presencia más cercana de Cristo,
seguirá siendo tu ayuda, porque el que ella esté allí te servirá como
una cuerda fuerte que atraiga tus afectos hacia el cielo y los
mantenga allí».
El hombre que escribió estas palabras «no es profeta ni hijo de
profeta» (Am. 7:14). Sin embargo, sus palabras son verdad. Tras la
muerte de un ser muy querido, constantemente intentamos seguir
su rastro hasta el cielo, por así decirlo, al intentar pensar en su
estado presente y en su actividad. Al atraernos nuestros apegos
hacia ellos, en realidad nos están acercando al Salvador con quien
ahora disfrutan de una comunión cara a cara.

Podemos vivir de una forma más intensa


Finalmente, mientras hacemos nuestro duelo por la pérdida de
un ser querido, ganamos un mayor sentido de nuestra propia
mortalidad y una renovada determinación de vivir a la luz de ella.
Cuando leemos el Salmo 90, confío en que estemos elevando con
Moisés la plegaria que figura en el versículo 12: «Enséñanos a
contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón
sabiduría». Pero, cuando hemos experimentado la muerte de
alguien muy cercano, oramos con más fervor que antes.
Abandonados a nosotros mismos, nos descuidaríamos en el
deber de numerar nuestros días. Resulta tan fácil dejarse ir a la
deriva, como si fuésemos a estar aquí, en esta tierra, para siempre.
No, no renunciamos formalmente a nuestra convicción de que
«está decretado que los hombres mueran una sola vez». Sin
embargo, a nivel práctico, nos atamos a la tierra. Perdemos con
tanta rapidez el borde afilado de la urgencia manifestada en las
palabras de nuestro Señor Jesús, que dijo: «Nosotros debemos
hacer las obras del que me envió mientras es de día; la noche viene
cuando nadie puede trabajar» ( Juan 9:4). Pocas cosas rompen con
mayor rapidez y efectividad algunos de los grilletes que nos atan a
este mundo que la muerte de un ser muy amado. Sostener
tiernamente su forma sin vida en nuestros brazos, o contemplarlos
con añoranza mientras yacen en un ataúd, son experiencias que se
convierten en voces poderosas. Estas voces nos invitan, nos instan
a obtener esa sabiduría que es lo único que nos capacita a vivir
como quienes «cuentan sus días».
Parte IV

ALIENTO
12
UNA PALABRA PARA EL LECTOR
CRISTIANO
Existen muchas razones por las cuales habrá escogido leer este
libro. Quizás solo quisiera saber lo que dice la Biblia sobre un tema
tan apremiante. Es posible que haya sentido la necesidad de
prepararse para lo que parece ser una experiencia inevitable de un
dolor que se acerca. Puede ser que deseara estar mejor preparado
para aconsejar y consolar a otros en su duelo, ahora o en el futuro.
Y, ya de forma más directa y pertinente, tal vez se ha sentido
atraído a él, porque Dios, en su soberanía, le ha llevado al crisol del
profundo dolor causado por la pérdida de alguien muy amado.
Cualquiera que sea la motivación específica que le haya guiado,
los frutos cosechados de un corazón doliente están ahora
desplegados delante de usted. Si ha leído estas páginas por pura
curiosidad espiritual o porque esperara con desesperación que,
con la bendición de Dios, pudiera hallar algo que le ayudara a
recuperar su orientación emocional y espiritual en medio del
trauma presente que representa su duelo, confío en que mis
palabras hayan resultado ser más que trivialidades piadosas, más
que una psicología popular de autoayuda salpicada de algunos
versículos bíblicos.
Jesús dijo: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me
siguen» ( Jn. 10:27). Confío en que haya oído la voz de su Pastor
celestial hablándole por medio de Su propia Palabra en las páginas
de este libro y que, como resultado de ello, uno de los propósitos
para el cual se nos dieron las Escrituras se cumpla en usted. El
apóstol Pablo lo define con toda claridad en Romanos 15:4:
«Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra
enseñanza se escribió, a fin de que por medio de la paciencia y del
consuelo de las Escrituras tengamos esperanza».
Querido hermano en Cristo, reconozco que, en un principio, le
pueda haber parecido un poco extraño que se le diga que Dios le
hace responsable de dirigir sus pensamientos hacia Él, de una
forma consciente, en medio de su dolor. Sin embargo, confío en
que la clara enseñanza de Filipenses 4:8 y Colosenses 3:1 le hayan
persuadido de que es exactamente lo que debe hacer. En su
misericordia, Dios le ha ordenado, para su bien y también para Su
gloria: «Todo lo que es verdadero […], amable […], que merece
elogio, en esto meditad». En la muerte de un ser querido en Cristo
siempre podemos conocer y deleitarnos en muchas cosas que son
gloriosamente verdad, supremamente amables e
incuestionablemente dignas de elogio. Dios le ordena que fije su
mente en esas cosas, aún en medio de su dolor.
No obstante, Dios no le pide que lo haga con su propia fuerza.
Más adelante, en la misma epístola a los Filipenses, Pablo indica
que su capacidad de experimentar contentamiento en diversas
circunstancias no fue algo que aprendió a hacer por sus propias
fuerzas, sino por la fortaleza de Cristo (cf. Fil. 4:13). Aunque las
palabras de Jesús son verdad, ese «separados de mí nada podéis
hacer» ( Jn. 15:5), es igualmente cierto que si usted está unido a
Cristo y el Espíritu Santo mora en usted, por medio de Cristo
usted también puede hacer todas las cosas que Él le ha llamado a
realizar.
Al llegar al final de este libro, le insto, compañero creyente, a
que revise brevemente conmigo las cuestiones fundamentales que
he intentado establecer en estas páginas a partir de la Palabra de
Dios. Son los detalles esenciales de las verdades dadas por Dios,
calculadas para ayudarle a desahogar su dolor de un modo que
glorifique a Dios, sin afinidad con el duelo de «los que no tienen
esperanza».
En primer lugar,
• Asegúrese de que su pensamiento sea rigurosamente bíblico en
cuanto a la naturaleza del hombre, creado como entidad cuerpo-
alma, y
• Asegúrese de que su pensamiento sea igualmente bíblico en
cuanto a la naturaleza de la muerte como una intrusión antinatural
en la raza humana como resultado del pecado.
Entonces, le ruego con amor:
• Medite largo tiempo y con ahínco en estas cuatro cosas que las
Escrituras dicen que constituyen la bendición de morir «en el
Señor». En la plena conciencia de su existencia, ese ser querido:
1) ha sido plenamente conformado a la semejanza moral de
Cristo;
2) ha entrado en la inmediata presencia de Cristo;
3) se ha unido a la ilustre compañía de todo el pueblo de
Cristo; y
4) ha entrado para siempre en el reposo prometido de
Cristo.
Ore para que el Espíritu de Dios haga que estas verdades sean
tan reales para usted como el dolor de su duelo actual.
Finalmente, repase estos cinco sencillos axiomas que son la
consecuencia de las realidades bíblicas previamente establecidas
(capítulos siete a once): • Piense más en lo que Jesús ha ganado que
en lo que usted ha perdido.
• Piense más en lo que su ser querido ha ganado que en lo que
usted ha perdido.
• Considere la esperanza que comparte en común con el ser
querido que le ha sido arrebatado.
• Considere lo que Dios pretende hacer en y a través de usted
como resultado de ese dolor.
• Considere lo que está ganando precisamente por esa pérdida.
Suplique a Dios que le dé la gracia de embridar sus pensamientos
y guiarlos por los caminos señalados por estos axiomas, siempre y
cuando esté persuadido de que se arraigan firmemente en las
Escrituras.
Si Dios le capacita para que preste atención a estas palabras
finales de consejo y exhortación, mi oración es que tenga una
maravillosa sensación de paz y gozo en el conocimiento de que,
por la gracia de Dios, está llevando su duelo «para la gloria de
Dios» y no «como los que no tienen esperanza».

El lamento en baile
Finalmente, por haber compartido con usted, a lo largo de este
libro, algunas de las experiencias que han respaldado su contenido
e iniciado su preparación, quisiera acabar dándole un vislumbre de
algunas de las obras adicionales y misericordias de Dios a mi favor.
En las semanas anteriores a su muerte, Marilyn, completamente
consciente de que se estaba muriendo, aunque con perfecta lucidez
de mente, me habló con gran claridad sobre sus deseos para mí
después de su fallecimiento. Los expresó en tres afirmaciones y
directrices directas:
1) Habiendo vivido conmigo durante cuarenta y ocho años,
Marilyn había llegado a la firme conclusión de que Dios no
pretendía que yo estuviera solo, sino que a su debido tiempo
me volviera a casar. Sobre este asunto hizo mucho énfasis.
2) Si Dios escogía traer la mujer adecuada a mi vida, no
debería sentirme sujeto a ningún marco de tiempo creado por
hombres para permanecer viudo.
3) Al elegir a otra esposa, no debería limitarme a escoger a
una mujer digna la pena según ciertas razones objetivas, sino
que ella deseaba que «me enamorara como un loco». (Es
posible que la elección de sus palabras estuviera relacionada
con el hecho de que, en sus últimas semanas, estuviera leyendo
una de las novelas de Mitford Series).
Para asegurarse de que hubiera entendido sus deseos con
claridad, también se los reveló a mi amada hija mayor quien, a su
vez, me los volvió a transmitir, confirmando así que yo los había
entendido.
Algún tiempo después de que Marilyn falleciera, cuando la
herida del dolor inicial empezó a sanar, comencé a sentir
profundamente la verdad de la Escritura en cuanto a que «no es
bueno que el hombre esté solo». Al haberme liberado ella con tanta
deferencia para que pudiera amar de nuevo, clamé a Dios para que
llenara el vacío de mi vida trayéndome a la compañera adecuada
que respondiera a mi necesidad.
Mediante la cadena más inusual de vínculos providenciales, Dios
respondió aquellas fervientes oraciones. Trajo a mi vida a Dorothy,
una piadosa viuda de excepcional carácter cristiano. No solo
fueron su probado carácter cristiano y las perspectivas bíblicas y
teológicas que compartimos, lo que la convirtieron en un objeto
digno de mis deseos, sino que al dármela, Dios cumplió el anhelo
de Marilyn en cuanto a que yo volviera a experimentar el deleite
de «enamorarme como un loco».
La versión ESV de las Escrituras titula el Salmo 30: «El gozo
llega en la mañana». Es adecuado porque este salmo contiene dos
declaraciones maravillosas sobre la naturaleza temporal del dolor
y de la tristeza. David escribe: «El llanto puede durar toda la
noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría» (v. 5), y «Tú has
cambiado mi lamento en danza; has desatado mi cilicio y me has
ceñido de alegría» (v. 11).
A través de la clara expresión de los deseos de Marilyn, y la
misericordiosa provisión de Dorothy, Dios también ha tratado
conmigo de un modo en que he podido tomar las afirmaciones de
David en estos dos versículos y hacerlas mías. Con gran deleite
cierro este libro informándole de que, en marzo del 2006, Dorothy
y yo nos casamos y llevamos cinco años de una unión bendecida
por Dios. Nuestro lamento se ha convertido realmente en baile, y
nuestra larga noche de llanto ha cambiado, verdaderamente, a una
extensa mañana de regocijo.
13
UNA PALABRA PARA EL LECTOR NO
CONVERTIDO
¿Y qué hay de usted, mi querido lector no convertido? Por alguna
razón ha perseverado en la lectura de este libro hasta llegar a las
páginas finales. Quizás ha tenido suficiente enseñanza bíblica para
saber que el diablo, que es un mentiroso y un asesino (cf. Jn. 8:44) y
el archienemigo de su alma, no ha tenido nada que ver en que este
libro llegara a sus manos ni en inclinarle a llegar a este punto de su
lectura. Además, abandonado a las tendencias que nacen de su
propio corazón perverso (en sí mismo, el suyo no es más perverso
que el mío, usted es alguien que ama la oscuridad y no vendrá a la
luz (cf. Jn. 3:19-21). En vista de que estas cosas son ciertas en lo que
a usted respecta, jamás habría sentido una disposición natural a
leer un libro como este. ¿Acaso no discierne la bondad de Dios
hacia usted en el hecho de que, una vez más, o quizás por primera
vez, se vea confrontado con la verdad de la Palabra de Dios en lo
que respecta a las grandes cuestiones de la vida y la muerte, del
Cielo y el Infierno?
Ya que es la bondad y la gracia de Dios lo que le han llevado a
leer este libro, me gustaría desafiarle con amor a que no lo suelte o
lo aparte de usted, sencillamente porque se pueda haber sentido
ofendido por algunas de las cosas que acabo de expresar. No haga
que usted y su reacción a la verdad de Dios se conviertan en un
testigo más de que «los hombres amaron más las tinieblas que la
luz […], y no viene a la luz para que sus acciones [perversas] no
sean expuestas» ( Jn. 3:19-20). En vez de ello, comience a mostrarse
como alguien que de verdad desea estar entre los que «vienen a la
luz». Me siento agradecido de que haya decidido proseguir con la
lectura.

Todos morimos
La Biblia afirma el hecho evidente de que «está decretado que
los hombres mueran una sola vez» (Hebreos 9:27a). Esto no es un
asunto de fe, sino una sencilla realidad de que todos morimos. Sin
embargo, este versículo nos lleva un paso más adelante,
conduciéndonos más allá de aquello que podemos observar de una
forma clara y sencilla, porque Hebreos 9:27 sigue afirmando que
después de la muerte viene el juicio. Según las palabras de Jesús
recogidas en Mateo 25:31-46, en el gran Día del Juicio, Jesucristo
mismo se sentará en un trono de majestuosa gloria y reunirá a
todas las naciones delante de Él. Luego separará a los hombres en
dos categorías, y solo dos: los justos y los injustos. A continuación,
los justos serán conducidos al reino eterno de Dios (v. 34) mientras
que los injustos serán echados en «el fuego eterno que ha sido
preparado para el diablo y sus ángeles» (v. 41). A la vista de estas
inevitables realidades futuras que le arrastrarán a usted dentro de
su alcance, nada es más importante que aprender todo lo que
necesita saber y hacer para asegurarse de recibir la misericordiosa
bienvenida de Jesús en ese Día asombroso.

Las malas noticias


¿Y qué es lo que debe saber? En primer lugar tiene que aceptar
con todo el corazón lo que podríamos llamar de forma acertada
las «malas noticias» de las Escrituras. La Biblia enseña con claridad
que toda la humanidad cayó en un estado de pecado, condenación y
muerte a través del pecado de nuestro primer padre, Adán (Ro.
5:12, 18-20). Debe admitir la verdad de que dentro de usted existe
una tendencia poderosa al mal y a una disposición de rebeldía
contra Dios. De hecho, la Biblia afirma claramente que, a causa de
su caída en el pecado por medio de Adán, y por sus propias
actitudes y acciones personales, no tiene título legítimo para el
Cielo. Es decir, por su naturaleza corrupta, usted es totalmente
inadecuado para el Cielo, porque en ese lugar el nivel de bondad y
santidad no lo marcan otros seres humanos, sino Dios mismo. Las
Escrituras no se avergüenzan de declarar que, en su condición
presente, la ira de Dios pende sobre usted y, en el momento de su
muerte, se desplomará sobre usted ( Jn. 3:36; Ro. 1:18).
Si se toma realmente en serio el aprender lo que debe saber
sobre usted mismo y, así, estar preparado para morir, le imploro
que se tome unos momentos y lea los siguientes pasajes de la
Biblia. (Si no está familiarizado con ella, el índice que encontrará al
principio de la misma le ayudará a encontrar los libros que aquí se
mencionan). Después de leer el primer pasaje de Mateo, coloque
un marcador en la página para que, mientras lea las porciones
siguientes, pueda volver a Mateo 25 tantas veces como sea
necesario. Al leer cada pasaje, piense en lo que Dios dice allí: lea
cuidadosamente y suplique a Dios que le dé un corazón para
entender y creer lo que dice sobre usted en cada porción.
Lea estos pasajes:
1) Mateo 25:31-34
2) Juan 3:19-20
3) Juan 3:36
4) Romanos 8:7-8
5) Efesios 2:1-4
6) Jeremías 17:9
7) Marcos 7:21-22
8) Lucas 5:31-32
Las palabras que acaba de leer describen con precisión a todos
los seres humanos en su estado original, yo incluido, desde luego.
Estos versículos merecen que se reflexione en ellos, ya que
representan el verdadero estado de nuestra condición espiritual al
margen de la obra de Jesucristo. Sin embargo, gracias a Dios que
estas malas noticias están lejos de ser las únicas noticias que la
Biblia tiene para nosotros.

Las buenas noticias


Las mismas Escrituras que pintan una imagen tan oscura del
hombre en su condición natural y pecaminosa, también contienen
las maravillosas «buenas noticias»: en su misericordia Dios ha
provisto una asombrosa salvación que está disponible para
aquellos mismos pecadores. Estas buenas nuevas se resumen de
una manera hermosa en la sencilla declaración de un ángel que
anuncia a José el nacimiento de Jesús. El ángel dijo a José:
«Llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus
pecados». (Mt. 1:21). Según estas palabras y el testimonio universal
de la Santa Escritura, La misericordia salvífica de Dios se centra en
la persona del encarnado Hijo de Dios, el Dios hombre, Cristo
Jesús. Él, y solo Él, salva a los hombres del pecado, es decir, del
castigo, del poder y, en última instancia, incluso de la presencia del
pecado.
Además, las Escrituras dan testimonio de que Jesús es el único
que lleva a cabo esta obra salvífica. No lo hace principalmente por
Su ejemplo, Su enseñanza, o Su noble vida de amor y servicio
entregado a la humanidad, sino que salva a los hombres y las
mujeres habiendo vivido una vida perfecta bajo la ley de Dios a su
favor (cf. Ro. 5:19) y habiendo muerto, después, una muerte cruel
en la cruz, recibiendo en ese acto la ira de Dios derramada sobre Él
en lugar y en nombre de los hombres y mujeres pecadores. (cf. 1
Co. 15:1-4; Gá. 3:13). Justo antes de entregar Su espíritu y morir,
exclamó: «Consumado es» ( Jn. 19:30). Con estas palabras, Jesús
estaba declarando que todo lo necesario para el perdón y la
remisión justa de los pecadores se había cumplido en Su perfecta
vida de obediencia y en Su muerte sustitutoria por los pecadores.
Su resurrección corporal, tres días después, validaron el grito que
pronunció al morir y que expresaba una redención lograda (cf. Ro.
4:25).

Su decisión
El mismo Dios que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo
unigénito» le llama ahora a que se arrepienta y, a la vez, a que crea
en el Señor Jesucristo para que pueda disfrutar de las bendiciones
de esta asombrosa salvación (cf. Hch. 16:31; 20:21).

Arrepiéntase.
El arrepentimiento implica nuestra determinación sincera a
repudiar del corazón nuestra vida obstinada, ególatra y
autojustificada de resuelta rebeldía contra Dios. Cuando Jesús
llama a Sí mismo a hombres y mujeres, lo hace con estas palabras:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su
cruz, y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá;
pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la
salvará» (Mr. 8:34-35). Pablo describe, de un modo parecido, el
efecto salvífico del evangelio en todo aquél que cree de verdad: «Y
por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co. 5:15). Y, de
nuevo, al describir el arrepentimiento de los tesalonicenses, Pablo
escribió: «Os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios
vivo y verdadero» (1 Ts. 1:9).

Crea. ¿Y qué significa en verdad «creer en el Señor Jesucristo»?


Quiere decir que, abandonando toda esperanza y confianza en
cualquier cosa que haya hecho o haya dejado de hacer para
reconciliarse con Dios, se echa sobre Jesucristo para encontrar
salvación, esa hecha posible por Su vida perfecta, Su muerte
sustitutoria, y Su resurrección convalidadora. Como alguien
describió y definió de un modo muy hermoso, la fe salvadora es
«comprometerse con Él [Cristo], en toda la gloria de Su persona y
la perfección de Su obra, tal como se ofrece libre y plenamente en
el evangelio11». La maravilla y la belleza del Evangelio es que, en
una respuesta salvadora a éste Evangelio, el Salvador y el pecador
entran en contacto directo, el uno con el otro, en el abrazo y
compromiso de la fe.
Ningún predicador, sacerdote, agua bautismal, pan u hostia del
sacramento de la Santa Cena, penitencia, resoluciones a hacer las
cosas mejor ni levantar la mano ni bajar por un pasillo de la iglesia,
en realidad ningún ritual religioso del tipo que sea debe
entrometerse entre usted, el pecador en necesidad, y el Salvador
que le acoge. En la desnudez espiritual de su condición de
pecador, este debe echarse a sí mismo sobre el Salvador en toda la
belleza y el poder de la misericordia y la gracia salvíficas de Cristo.
Jesús mismo ha dado una promesa sorprendentemente sencilla que
usted, amigo mío, tiene todo el derecho a aceptar. Es la siguiente: «Al
que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera» ( Jn. 6:37).
¿Está usted viviendo con un temor y terror subyacentes ante el
pensamiento de la muerte (es decir, cuando no está intentando
bloquear este pensamiento)? ¿Se siente cargado con el peso
opresor de una conciencia que le acusa de sus muchos pecados y
defectos? ¿Es usted consciente de estar atado por las cadenas de
hierro de las pasiones, los apetitos, las actitudes y los deseos
pecaminosos? ¿Se siente usted agotado de tener que luchar para
hallar paz y el descanso de su corazón mediante vacíos rituales
religiosos? Si algunas de estas cosas, o todas ellas, se cumplen en
usted, vuelva a oír otra palabra maravillosa de promesa que salió
de los labios del Señor Jesucristo y que le habla hoy con la voz viva
del Salvador y Señor vivo. Él le dice: « Venid a mí, todos los que
estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo
sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y hallareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo
es fácil y mi carga ligera» (Mt. 11:28-30).
Si se arrepiente y cree en el Señor Jesucristo, ocurrirán tres
cosas extraordinarias:
1) Todos sus pecados serán perdonados y Dios le acreditará
una perfecta justicia que nadie le podrá arrebatar jamás. La
Biblia define este estado de justicia como «justificación» (cf.
Hch. 13:38-39; Ro. 3:24).
2) Se instalará en la corte celestial como hijo o hija del Dios
vivo, alguien que jamás será desposeído o rechazado. La Biblia
lo denomina: bendita «adopción» (cf. Gá. 4:4-6).
3) Se le dará el don del Espíritu Santo, cuya presencia mora
en usted y le unirá a Jesucristo, sellándole como posesión
especial y tesoro eterno de Dios (cf. Ef. 1:13-14: 4:30). Desde
ese momento, su identidad será la de un hombre o una mujer
que está «en Cristo» (cf. 1 Co. 1:30; 2 Co. 5:17). Habitado por
el Espíritu y, por este medio, unido a Cristo, recibirá la gracia
y el poder de vivir una vida de obediencia y santidad que
agrada a Dios (cf. Fil. 2:13; Jn. 10:27; 1 Jn. 2:3-4; Ro. 6:23).
Si se arrepiente y cree en el Señor Jesucristo, estará preparado
para morir de una forma segura, y para hacerlo bien, recibiendo
en el momento de su fallecimiento estas cuatro bendiciones
maravillosas identificadas y descritas en la Parte II de este libro. Si
a Dios le place utilizarlo para atraerle a un conocimiento salvífico
de Cristo, ¡qué maravilloso será encontrarnos en el cielo y
conversar el uno con el otro!
Muchas cosas estupendas nos mantendrán ocupados en los
nuevos cielos y la nueva tierra. Con toda seguridad, una de ellas
será nuestra reflexión sobre las formas sorprendentes en las que
Dios entretejió tantos hilos diferentes de Su providencia para
llevarnos a un conocimiento salvador de Sí mismo. En su caso, una
de estas corrientes será el hecho de que Dios escogió llevarme a las
aguas profundas del dolor por haber perdido a la que fue mi
esposa durante cuarenta y ocho años. Otro será que, seis años
después de la muerte de Marilyn, me sintiera presionado en mi
espíritu e instado por medio de amigos en quienes confiaba, que
tomara los «rebuscos» de ese gran dolor y los recopilara en este
libro. Una tercera corriente será la forma en que este libro llegue a
sus manos y se convierta, por la bendición de Dios, en un
instrumento para llevarle a un conocimiento salvador de su amado
Hijo.
Estas cosas serán las que nos conduzcan a una alabanza y
adoración embelesada en la era venidera, en unión con el apóstol
Pablo y exclamando con profundo asombro:
¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del
conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e
inescrutables sus caminos! Pues, ¿quién ha conocido la mente
del Señor?, ¿o quién llegó a ser su consejero?, ¿o quién le ha
dado a él primero para que se le tenga que recompensar?
Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la
gloria para siempre. Amén» (Ro. 11:33-36).

Notas finales
1. Cornelis R. Venema, The Promise of the Future [La promesa del futuro] (Banner of
Truth Trust, 2000), 36- 37.
2. Véase «Union with Christ» [Unión con Cristo] en Redemption Accomplished and Applied
[La redención lograda y aplicada], de John Murray (Eerdmans, 1955). 161-173.
3. J. I. Packer, Concise Theology [Teología concisa] (Tyndale House, 1993), 256 (énfasis
añadido).
4. Dos capítulos sobre «La santificación definitiva» en Collected Writings, Vol. 2 [Escritos
coleccionados, vol. 2] de John Murray (W & J Mackay Limited, 1977), 277-293.
5. Tres capítulos sobre la «Santificación progresiva» en Collected Writings, Vol.2 de
Murray, 294-320.
6. Término de honra derivado de Jueces 5:7.
7. C. H. Spurgeon, Morning and Evening [Mañana y tarde] (Hendrickson, 1991), 165,
énfasis añadido.
8. Véase Efesios 2: 19-22; 4:4-16; 5:25-32, y 1 Pedro 2:9.
9. El prelado es un oficial eclesiástico de alto rango, como por ejemplo un obispo.
Aquellos creyentes escoceses fueron martirizados por negarse a permitir que nadie, a
excepción de Cristo, dictara sus prácticas en la iglesia.
10. C. H. Spurgeon, Beside Still Waters: Words of Comfort for the Soul [ Junto a aguas de
reposo: palabras de consuelo para el alma], ed. Roy H. Clarke (Thomas Nelson, 1999), 235.
11. Murray, Redemption Accomplished and Applied [La redención lograda y aplicada], 112.

Common questions

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La santificación progresiva en vida es un proceso activo en el que el creyente lucha constantemente contra el pecado y busca cultivar el carácter de Cristo mediante el fruto del Espíritu . En contraste, al momento de la muerte, el proceso de santificación es completado instantáneamente por la gracia de Dios, haciendo que el espíritu del creyente sea completamente conformado a la semejanza moral de Cristo sin la presencia del pecado .

Las circunstancias de vida tempranas de Marilyn, como el divorcio de sus padres y el ser criada por un padre agnóstico, no establecieron un entorno piadoso. Sin embargo, las semillas del evangelio fueron plantadas en su mente y corazón por una empleada doméstica. Más tarde, durante su formación como enfermera, se encontró con mujeres cristianas que le proporcionaron un amoroso testimonio sobre su necesidad del evangelio, lo que eventualmente la llevó a aceptar la fe en Cristo .

El duelo puede profundizar la experiencia de comunidad, al permitir que los miembros del cuerpo de Cristo se ministren unos a otros, expandiendo la comprensión del amor y apoyo entre ellos. Además, ofrece la oportunidad de una reflexión más profunda sobre la esperanza de la resurrección y la realidad de la vida eterna, fortaleciendo la fe y confianza en las promesas de Dios. También puede resultar en un aprecio más grande por el ministerio mutuo y los lazos de amistad .

El documento reflexiona que en medio del dolor y la pérdida, el apoyo de amigos y la comunidad puede llegar a ser un medio de gracia, permitiendo que el dolor compartido y el ministerio mutuo eleven los niveles de comunión entre los miembros del cuerpo de Cristo. Esto enriquece las relaciones y brinda un consuelo profundo y divino en el proceso de curación .

Las escrituras describen el estado intermedio después de la muerte como un momento en el que el espíritu de los creyentes es perfeccionado a la semejanza moral de Cristo. Esto ocurre inmediatamente después de la muerte, cuando el espíritu entra en la presencia consciente del Señor, mientras el cuerpo espera la resurrección final .

El propósito principal del libro es proporcionar claridad y consuelo a las personas que han perdido seres queridos en Cristo, ayudándoles a entender qué sucede exactamente con aquellos que mueren en Cristo y cómo llevar el duelo para la gloria de Dios . El libro se origina a partir de una serie de sermones que el autor predicó tras el fallecimiento de su esposa, Marilyn, basados en sus propias experiencias de dolor y en un estudio profundo de las Escrituras .

La comunidad de creyentes juega un rol crucial en el duelo al ofrecer apoyo emocional y espiritual, elevando el ministerio del cuerpo de Cristo y apoyando al individuo a través de su pérdida. Esto se manifiesta en el acto de compartir el dolor de otros y ministrarse mutuamente en amor, como se instruye en las Escrituras, ayudando a sobrellevar las cargas .

El documento explica que la 'ganancia' experimentada por los creyentes en la muerte consiste en entrar en la presencia inmediata de Cristo. Esta presencia ofrece una comunión perfecta con el Salvador, siendo un gran beneficio espiritual ya que permite al alma del creyente ver y disfrutar de la gloria de Cristo sin la interferencia del pecado .

Pablo, que tuvo experiencias únicas de comunión e intimidad con Cristo, aún consideraba que estar en la presencia inmediata del Señor era una ganancia mucho mayor que cualquier experiencia pasada. En contraste, para los creyentes comunes, aunque sus experiencias puedan no ser tan dramáticas como las de Pablo, el morir en Cristo les ofrece la misma promesa de estar en la presencia del Señor, lo que es considerado su mayor ganancia .

El documento sugiere que los creyentes deben enfrentar la muerte inminente con el conocimiento y la seguridad de que al morir, entrarán en la presencia gloriosa de Cristo, lo cual es su ganancia definitiva. Esta confianza se basa en las promesas bíblicas de que los justos serán perfeccionados y recibirán consuelo y plenitud estando con el Señor .

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