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Una Pizca de Maldad Inicio

El documento es un relato corto que narra las acciones de un personaje un día. Primero compra lentes y cinta adhesiva, luego visita una tienda de ropa donde negocia agresivamente el precio de un conjunto hasta conseguirlo por $200 a pesar de que valía mucho más. Más tarde fuerza la cerradura de una caja fuerte en su casa para robar su contenido.

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Una Pizca de Maldad Inicio

El documento es un relato corto que narra las acciones de un personaje un día. Primero compra lentes y cinta adhesiva, luego visita una tienda de ropa donde negocia agresivamente el precio de un conjunto hasta conseguirlo por $200 a pesar de que valía mucho más. Más tarde fuerza la cerradura de una caja fuerte en su casa para robar su contenido.

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com

Ah Yi

Una pizca de maldad

Traducción de Miguel Ángel Petrecca

Adriana Hidalgo editora


[Link]

narrativas

Título original: 下面,我该干些什么


Traducción: Miguel Ángel Petrecca

Editor: Fabián Lebenglik


Diseño: Gabriela Di Giuseppe
Producción: Mariana Lerner
1a edición en Argentina
1a edición en España

© 2012 by Ah Yi
© Adriana Hidalgo editora S.A., 2018
[Link]

ISBN Argentina: 978-987-4159-20-5


ISBN España: 978-84-16287-08-6

Published by arrangement with People’ s Literature


Publishing House Co., Ltd. China

Impreso en España
Depósito legal: M-24064-2017
Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito
de la editorial. Todos los derechos reservados.

Esta edición se terminó de imprimir en Artes Gráficas Cofás,


en el mes de marzo de 2018.
[Link]

Una pizca de maldad


[Link]

Hoy fui a comprar lentes. Me probé unos oscuros


primero, pero el resultado era opuesto al deseado: que-
riendo ocultar, uno revela más. Luego elegí unos lentes
comunes y sin gradación. Así era mucho mejor: no
tenían nada llamativo y harían que la gente me tomara
por miope. La gente tiende a confiar en las personas
que usan lentes. Compré también un rollo de cinta e
hice la prueba de envolverme una mano. Tardé bastante
en arrancarme todo.
Comprar ropa no estaba en los planes de hoy, pero
al final, por lástima, terminé entrando a una tienda.
La dueña no llegaba a los treinta años. Era bajita y pe-
queña, la tez muy oscura, con un lunar negro azulado
sobre la mejilla, un pelo largo sobre el lunar. Un cliente
se acababa de burlar de su aspecto. Pensé que todo el
mundo ama la belleza y que abrir una tienda de ropa
era su forma de ejercer su derecho a ser mujer. Eso es
lo que pensé. Pero en cuanto levantó la cabeza me arre-
pentí terriblemente. Sus ojos me seguían a todas partes
con una expresión que no podía ser más servil. Estaba
por irme cuando la escuché llamarme don. Dijo, en un
tono casi conmovedor: “Lo que afuera venden a más de
mil acá lo tengo a trescientos o cuatrocientos, don. La
misma mercadería acá está de saldo”. Y mientras lo decía

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agarró una camiseta: “Pruébese. Si no prueba no puede


saber cómo le queda. Pruébese y después discutimos”.
Esas frases para atraer clientes, aprendidas de memoria,
sonaban muy poco naturales. Me la probé por encima
frente al espejo y me di cuenta de que mi aspecto no
cambiaba en nada, así que cuando ella dijo “le queda
pintada”, la tiré a un lado.
“¿Qué estilo está buscando?”
“Lo que busco no lo tienes”, dije, y salí de la tienda.
“Por qué no me dice y vemos.”
“No sabría decirlo.” Me siguió hasta afuera como un
perro abandonado. En ese momento pasaba caminan-
do un hombre con típico aspecto de funcionario del
gobierno: camisa y pantalones sin una arruga, zapatos
brillantes, un portafolio bajo el brazo. Dije: “Algo así,
¿tienes?”. Para mi sorpresa, susurró: “Tengo, tengo”.
“¿Zapatos y portafolios también?”
“Tengo todo.”
Entró a la tienda y, sin sacarme la vista de encima,
como si tuviera miedo de que me escapara, empezó a
revolver en unas cajas de cartón. Efectivamente, juntó
todo, sólo que el portafolios era marrón. Agarré las cosas
y entré al probador. Enseguida salí vestido y me miré al
espejo. Sobre una mesa había gel. Le dije: “¿Puedo?”.
“Es gratis. Todo lo que quiera.”
Saqué un montoncito y me peiné el pelo bien lus-
troso. Me pareció que la cosa iba por ahí. Le pregunté:
“¿De cuántos años parezco ahora?”.
“Veinte.”

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[Link]

“La verdad.”
“Unos veintisiete.” Como no sabía si esta respuesta
me satisfacía, me miró aterrorizada entrar al probador.
Al salir, dejé la ropa a un lado, la miré fijo unos segundos
(era realmente fea) y le pregunté: “¿Cuánto sería?”. Se
quedó congelada un momento y luego tuvo como un
espasmo en todo el cuerpo. Rápidamente sacó el total
en la calculadora: “Le hago el mejor descuento posible.
Para usted, en total seiscientos. Se lo dejo a 580”.
“Un poco más bajo.”
“Como mucho veinte menos. Menos de eso, ya
pierdo plata.”
“Un poco más barato. No me alcanza.”
“Entonces dígame. ¿Cuánto?”
Me acordé de lo que me había explicado mi madre,
que había que dividir por la mitad, pero yo fui incluso
más lejos:
“Doscientos.”
“No llego ni al costo.”
“Doscientos.”
“Seamos honestos, don. Con cuatrocientos se lo
lleva.”
“Sólo tengo doscientos.”
“Todo por doscientos, no es negocio. Si quiere lle-
varse una cosa por ese precio se puede discutir.”
Me di vuelta y me fui. Detrás de mí, silencio. Era
una sensación extraña. Me parecía escuchar claramente
las voces que discutían en su interior: una que deseaba
salir corriendo a buscarme; la otra que pensaba que

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había que esperar aún. El primero que actuaba en ese


instante era el que perdía. Seguí caminando, y estaba
por cruzar la calle y doblar en la esquina, convencido de
que el asunto ya estaba terminado, cuando escuché sus
gritos: “Espere, espere. Está bien, se lo dejo en doscien-
tos”. Me di vuelta. Se la veía realmente contrariada. Me
hacía señas desaforadamente con una mano; en la otra
sostenía una bolsa bien abultada. Yo levanté una mano,
en respuesta, pero seguí caminando. Tenía encima sólo
diez yuanes y a lo sumo algunas monedas.

A la tarde, a las seis y media, regresé al anexo resi-


dencial de la academia. El viejo He justo volvía también
en ese momento. El viejo y yo somos los únicos habi-
tantes del edificio, pero en la reja hay gente haciendo
guardia las veinticuatro horas. Para los nuevos cadetes
de la escuela esto es una misión seria. Se mantienen
parados, perfectamente derechos, pies juntos y manos
pegadas al cuerpo.
Subí al primer piso manteniendo una distancia con
el viejo He, y esperé a que cerrara la puerta para abrir
con mucho cuidado la de mi casa. Adentro no había
nada. A veces, tenía la esperanza de que un ladrón se me
abalanzara al abrir. Me senté, con la cabeza en blanco,
sin saber qué hacer para matar el tiempo que tenía por
delante. He escuchado que los presos que purgan su
pena en los campos de reeducación laboral suelen de-
dicarse al estudio, de manera que al salir se convierten
con frecuencia en el tipo de gente capaz a la que otros

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acuden en pos de consejo. Pero en cuanto a mí, mi única


materia de estudio era la masturbación. Entré al baño,
pensé en una chica de mi clase, traté de imaginármela
en una pose sensual. No pude imaginar nada, pero
terminé eyaculando igual.
Luego dormí un rato, hasta que me desperté y ya
no pude seguir durmiendo. Tenía que encontrar algo
que hacer. Entré al estudio y encendí la luz. En un rincón
había una caja fuerte color verde oliva, de esas antiguas
sin combinación. Estaba cubierta con una funda para
protegerla del polvo, y sobre la funda había un florero
de porcelana con unas rosas de plástico, una pila de
revistas de cine, una maceta y una caja de cartón. Luego
de mover estas cosas, busqué en mi llavero una llave que
más o menos correspondía en tamaño, la introduje en la
cerradura y exploré lentamente. Luego apagué la luz. En
la oscuridad uno se concentra mejor y es más paciente.
Yo la había abierto ya una vez y había encontrado en
su interior estampillas, pinturas y caligrafías, objetos de
jade, dólares, cascos de balas y bagatelas por el estilo.
Pensé que cuando la esposa de mi tío descubriera
que la caja estaba vacía, se moriría de rabia pero no
podría decir nada. Era lo que se merecía. Mi familia
no le debía nada a mi tío. El hecho de que yo hubiera
venido a la capital de la provincia a buscar refugio en
su casa era parte de una transacción inacabada entre las
dos familias. Cuando mi papá y mi tío eran jóvenes, era
mi padre quien, a pesar de tener mejores notas, había
dado un paso al costado y se había dedicado a proveer

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para que mi tío fuera a la universidad, mientras que él


se arruinaba los pulmones en la mina de carbón. Pero
mi tía, por el simple hecho de ser de la ciudad, aunque
nunca había sido más que una vendedora de boletos
de bus, sentía que éramos como una mancha para ella.
Cuando mi madre me acompañó a la ciudad y sacó las
especialidades que traía de regalo, mi tía se las rechazó
con arrogancia: “Llévatelo, llévatelo. Ustedes lo nece-
sitan más”. Y yo tenía ganas de decir: “Mi mamá gana
mucho más que tú”. Cuando me mudé a ese edificio,
mis tíos vivían ahí todavía. Hay que decir que ese fue
un tiempo muy difícil para mí. Sigiloso, contenido,
avergonzado, la cara siempre teñida de vergüenza. No
importaba qué hiciera o no hiciera, era imposible saber
si estaba contenta. Me acuerdo de que una vez me dijo
de golpe: “¿Vas a decir que ni siquiera te dejo mirar la
televisión?”. Recién entonces me di cuenta de que, por
miedo a que me lo recriminara, hacía dos meses que ni
la encendía. Se la pasaba fregando el piso. Después de
pasar el trapeador, incluso se arrodillaba y se ponía a pa-
sar un trapo húmedo. Se escuchaba el ruido que hacía al
fregar. Me daban ganas de preguntarle a alguna persona
que la conociera, para saber si siempre había tenido esta
manía de la limpieza, o si había surgido con mi llegada.
Ahora vivía en un edificio en otro campus, mientras
se dedicaba a acondicionar lentamente un dúplex. Mi
tío había sido enviado hacía tiempo a ocupar un cargo
fuera de la ciudad. Yo estaba solo aquí. Antes, día tras
día anhelaba la libertad. Ahora la libertad no me parecía

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gran cosa: sabía a moho. Tenía demasiado tiempo, y no


sabía cómo gastarlo.
Tomando el tronco de la llave entre los dedos, la giré
suavemente, una y otra vez, completamente sumido en
el acto. En ese momento sonaron pasos en el corredor;
los pasos se detuvieron y se oyó el tintineo de un llavero;
la persona encontró la llave, la introdujo bruscamente
en la cerradura y la puerta blindada chirrió al abrirse.
Una persona que regresa a su casa, algo tan normal.
Seguí haciendo girar la llave, hasta que de golpe me di
cuenta de algo: al tirar hacia afuera, la parte dentada
quedaba adentro. En mi precipitación, había partido la
llave. Cuando mi tía abrió la segunda puerta, intuitiva-
mente coloqué la funda sobre la caja fuerte y enderecé
las esquinas. En el momento en que ella cerró ambas
puertas, terminé de poner en su lugar revistas, florero y
maceta; luego se me ocurrió que no estaban en su lugar
y los moví de nuevo. Al colocar la maceta mi mano
temblaba violentamente y casi la dejo caer.
La puerta del estudio (podríamos también llamarlo
depósito) estaba sin llave.
Mi tía miró alrededor, hacia al living y las habita-
ciones, luego se dirigió hacia el estudio. Me tiré al piso
y, resoplando, empecé a contar: 44, 45. Ella abrió la
puerta y asomó la cabeza. No se dio cuenta de que en
el mismo instante, con una patada, yo ponía la caja de
cartón de vuelta en su lugar.
“¿Qué haces en esta oscuridad?” Abrió la puerta de
par en par, dejando que se filtrara la luz del living.

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“Estoy haciendo lagartijas”, dije, resoplando.


“Deberías estar estudiando en lugar de hacer lagartijas.”
Encendió la luz y me hizo una seña para que me
fuera, así que me puse de pie y me sacudí el polvo de
las manos. Ella agarró el florero, lo examinó un instante
y lo tiró dentro de la caja de cartón. Quizás iba a echar
un vistazo a la caja fuerte. Sentí el impulso irrefrenable
de decir algo, cualquier cosa, simplemente por decir, y
luego estrangularla. En ese instante justo se dio vuelta
hacia mí y dijo: “Eres un chico realmente raro. ¿No te
dije que te fueras a estudiar?”. Sentía que la cara me
ardía, la piel misma de las mejillas me latía, pero seguí
plantado ahí, inmóvil.
“Sal.”
Recién cuando repitió la orden atiné a moverme.
En el living, esperé angustiado que saliera, que me
preguntara qué había hecho. Pero ella se limitó a meter
unas prendas viejas en un bolso. Yo no entendía nada.
“Mañana voy a tu casa a encontrarme con tu tío. ¿Ne-
cesitas que te traiga algo?”
“No hace falta”, dije.
Pareció darse cuenta de que me pasaba algo, pero
aun así abrió la puerta y se fue.

Al día siguiente a la mañana, fui a investigar el


pedazo de llave atascado dentro de la cerradura. No

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había manera de sacarla. Quizás con una pinza sería


posible. Tenía que ir a la escuela para sacarme la foto
de egresados; pensé que a la vuelta, de camino, podía
comprar una.
El sol brillaba con una luz enceguecedora y se refleja-
ba contra el piso. Mis compañeros ya estaban reunidos
en el espacio delante de las aulas, se los veía charlar
muy entretenidos y cada tanto se escuchaba una gran
carcajada. Yo sabía, sin embargo, que no los abandonaba
ni por un momento el desasosiego frente la encrucijada
inminente del destino. Si uno miraba de cerca, podía
distinguir en sus ojos el terror y la inquietud. Sólo yo
estaba como afuera de todo. Permanecía de pie a un
costado, sin acercarme a nadie.
La sesión de fotos se dividía en dos pasos. Primero
la foto individual, uno por uno; luego, la grupal. Mien-
tras esperaba, observé a Kong Jie. Para ese día especial
se había puesto un vestido de fiesta negro y ajustado.
Llevaba un pañuelo fino alrededor de su cuello blanco
y largo, y el pelo atado en un rodete. Algunos mecho-
nes, que habían quedado sueltos, estaban empapados
por la transpiración. Resultaba perturbador verla así
bajo el sol: uno sentía que podía cometer un error y
arruinar para siempre ese ser deslumbrante y frágil. Su
madre andaba siempre detrás. Después de la muerte
de su padre, Kong Jie se había convertido en su única
esperanza; el tiempo que sobraba de las clases lo dedi-
caba todo a practicar el violín. Cada vez que tocaba, su
madre estaba sentada rígida ahí, delante del escenario,

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espiando la reacción del público, y luego se la llevaba,


con una expresión muy seria. Hasta que hubo un día en
el que el público entero se levantó espontáneamente y
comenzó a aplaudir. Recién ese día su madre la abrazó
y lloriqueó un buen rato con una voz desagradable.
Lo increíble es que durante un tiempo también tuvo
un perro. Había logrado esquivar la doble vigilancia de
su madre y sus maestros. Después de dos días, vino a
buscarme, angustiada, porque yo era el único que vivía
solo. No tardé en matárselo. Desde el momento en
que le di una patada, su situación fue de mal en peor y
terminó por morir entre las manos de ella. Le cavó un
pozo con una cuchara, cucharada a cucharada, y soltó
unas lágrimas sobre la tierra. Culposo, me inventé que
otra persona le había pegado la patada.
En ese momento se dio cuenta de que la estaba
mirando, pensó que me pasaba algo y se me acercó.
Su mirada estaba llena de ternura, como cuando un
mudo se encuentra con otro mudo o un sordo con otro
sordo. A los dos se nos había muerto el padre. “Pareces
triste”, dijo.
“Problemas con mi tía”, respondí.
No me animaba a enfrentar su mirada compasiva y
responsable, así que solté un “no vale la pena hablar”
y me alejé.
En el lugar donde debíamos fotografiarnos habían
clavado una tela blanca, y delante de la tela había una
silla. Uno se sentaba, y el resto miraba. Llegado mi tur-
no, sentí una gran incomodidad. El fotógrafo levantó

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la cabeza desde atrás del aparato y dijo: “Ey, amigo,


por qué no te arreglas un poco el pelo”. No sé por qué,
todo el mundo estalló en carcajadas. Me ruboricé todo
y se me crisparon los labios, pero aun así levanté la cara
y dejé estampado en el objetivo mi barba crecida. Al
terminar busqué a Li Yong, que había llegado allí trans-
ferido desde otra escuela, como yo. Me miró alarmado.
Me había delatado tiempo atrás y habíamos peleado a
causa de eso; él había perdido. Le pasé el brazo sobre
los hombros, una y otra vez, estrujándolo; luego le
murmuré al oído: “Hermano, una vez hermanos, para
siempre hermanos”.
Terminada la foto grupal, me fui de la escuela para
no volver nunca más.

Después de comprar la pinza conté cuánto dinero


me quedaba: eran menos de doscientos yuanes. Mejor
comprar también la cuerda de nylon y la navaja. Des-
pués de eso no me quedarían más que unos centavos.
Yo sabía que la compra de material controlado tenía
que ser autorizada por la oficina correspondiente, por
lo cual al principio pensaba comprar un simple cuchillo
de cortar fruta. Sin embargo, cuando el patrón me
enseñó una inconfundible sonrisa de complicidad, de
golpe pensé que tanta prudencia resultaba innecesaria
y le pedí una navaja. Me llevó hacia el interior y sacó
una caja llena de navajas militares. Me preguntó si
quería del tipo automáticamente retráctil o no. Le
dije que la primera.

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[Link]

Me parecía que, con una navaja, el hecho iba a tener


algo de ritual. La escondí dentro del bolso, caminé entre
la multitud y al poco tiempo, sin poder resistir más la
tentación, metí la mano dentro y empujé el botón hacia
adelante. ¡Pac! El filo saltó, brusco. Empujé hacia atrás:
pac, se retrajo. Sentí una especie de mareo, era como el
dios de la muerte, dotado de un poder sin límites, ca-
paz de decidir en cualquier momento sobre la vida y la
muerte de esos transeúntes: ellos, propensos a creer que
el mundo discurría por sus carriles normales, no podrían
entender el hecho absurdo y fatal que les caía encima
como un rayo. Poco a poco, sin embargo, me serené.
Tenía que elegir la víctima. Sí, tenía que elegirla. Pensé:
se daña a una persona porque vale la pena. Ninguna de
las que tenía ante la vista era adecuada. Hasta que vi
acercarse un hombre joven que estaba peinándose con
uno de esos peines descartables de hotel. O tal vez era ya
un hombre en la mediana edad: no era fácil decir. Trans-
mitía madurez en todo caso. Altura, aproximadamente
un metro ochenta. Vestido con unos zapatones, pantalón
largo y ceñido, camisa negra y ajustada, es decir de una
delgadez exagerada: incluso de ancho tenía apenas treinta
centímetros, y esto lo hacía ver muy extraño. Y sin em-
bargo nada afectaba el juicio positivo que parecía tener
sobre sí. La mirada altanera y el paso seguro, atravesaba
con aspecto regio la multitud. Pensé que hasta ayer de-
bía reposar la cabeza tristemente sobre la panza de una
viuda, y esa mañana debía de haber recibido una llamada
anunciándole un ascenso: iba a tener su propia oficina.

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[Link]

Al cruzarnos, lo escuché reírse con una voz franca en


el teléfono. Pensé para mí: te maté, sólo que no te has
dado cuenta.
Al volver a casa, apreté con la boca de la pinza el
tronco partido de la llave, e intenté girarla, con la idea
de extraerla de la cerradura, pero fue inútil. Viendo
que no había esperanza, me agarró un ataque de furia
y empecé a golpear la caja fuerte con la pinza, hasta que
se me entumeció la mano. Tanto hacer planes, pensé,
para luego frenarse en un detalle tan pequeño.
A eso de la una y media de la tarde se escuchó en
el pasillo el ruido de una puerta que se cierra. Era el
viejo He que salía a la calle, llevando de la correa a un
perro de caza. Haciendo un esfuerzo, salí detrás de él.
Esto era una parte del plan. El perro parecía sumirse
en sus pensamientos cada vez que levantaba la pata y
se demoraba un par de segundos antes de bajarla de
nuevo. A veces los dos se detenían, él se rascaba el brazo
y el animal frotaba su lomo sarnoso contra su pierna.
Cuando se tendía en el suelo y se negaba a avanzar, el
viejo le daba patadas en la panza y le gritaba: “Perro
inútil. No sé para qué te mantengo. Por qué mejor no
te mueres de una vez”. Pero el perro respondía con un
par de ladridos rutinarios, en los que no se reconocía
ni dolor ni miedo. Recién cuando él le pegaba un
latigazo con la correa, se ponía de pie con un esfuerzo
supremo, tambaleándose. A veces, para que se animara
a avanzar, el viejo también le echaba delante un poco
de alimento.

19
[Link]

Este era un perro incapaz de ladrar aun si le dabas


dinero. Y sin embargo, durante el tiempo en que yo
había cuidado el perro de Kong Jie, no sé cómo logró
enviar la información de su existencia hacia nuestro
lado, de manera que el pequeño perro, enloquecido, se
la pasaba rasguñando la puerta, aullando todo el santo
día, hasta quedarse afónico. Fue entonces que el viejo
He vino a golpearme la puerta por la primera vez. Y
luego, a las patadas. Pum Pum Pum Pum. Me dieron
ganas de estrangular al perro. Abrí la puerta y, antes
de que hubiera podido distinguir bien su cara, me vi
agarrado del cuello. Cuando abrió la boca para hablar
pude ver que tenía todos los dientes podridos.
“¡Qué es ese ruido infernal! ¿Tienes idea qué hora
es? ¡Mierda! Una vez o dos veces puede ser, ¡pero todo
el día así! Si no sabes convivir, te largas, te largas de
una puta vez. ¿Entendido? Y deja de repetir disculpe.
Disculpe un carajo. Haz algo rápido.”
Admito que no tenía fuerza para resistirme. Aflojó
la presión, y yo empecé a toser, pensando que de esa
forma podría excitar su compasión, que podía ayudar
a que el incidente llegara a su fin, pero él, como si
temiera no haber sido claro, me pegó una bofetada y
varias patadas. Conteniendo las lágrimas, le hice una
reverencia y cerré la puerta. Miré al perro y descubrí que
estaba medio muerto de miedo. Le envié un mensaje de
texto a Kong Jie, pidiéndole que se lo llevara. “Hubo un
problema”, le dije. En ese momento comenzó a ladrar
de nuevo y le pegué una patada en el vientre que lo hizo

20
[Link]

quedar flotando un instante en el aire, liviano, antes de


estrellarse contra el piso.
Si ahora lo seguía, no era por rencor. O mejor dicho,
si había rencor, lo tenía controlado. Una de mis virtudes
es que no me dejo manejar por mis emociones. Me
parecía que la persona que caminaba ahí delante era
alguien enterrado hacía mucho tiempo. No valía nada.
Podía entender el sentimiento de soledad de este antiguo
instructor militar que había mirado desde arriba a miles
de personas en el pasado. Por razones de la edad, sus
horas de sueño se achicaban cada vez más, se levantaba
siempre bien temprano a pasear al perro, de manera que
cuando salía el sol no podía hacer más que volver, y era
como si ya hubiera terminado con todo lo que tenía
que hacer en el día. Cuando se ponía a cocinar usaba
la espátula con energía, a veces golpeaba el borde de la
olla con una cuchara, haciéndola retumbar fuerte. A una
hora fija iba siempre a la garita de guardia a buscar el
periódico, que se dedicaba a leer letra por letra y frase
por frase a lo largo de toda la mañana. Llegaba otra
vez el momento de cocinarse el almuerzo. Una hora
de siesta, y luego salía de la casa, llevando consigo a
ese perro longevo. Un día, no hizo la comida ni paseó
al perro, se vistió temprano con el uniforme bien plan-
chado, se puso sus medallas y esperó en la puerta del
edificio. Caminaba de un lado a otro, lentamente, pero
el coche que esperaba no llegó hasta el atardecer. Casi
corriendo, se dirigió hacia él y le estrechó la mano a los
visitantes, uno tras otro. Desde el primer piso, yo miraba

21
[Link]

a esos funcionarios encargados de tratar con el personal


jubilado. Acababan de bajar del coche y ya parecían
querer subirse de vuelta. Apenas pude aguantar la risa.
Ahora siguió avanzando hasta que se encontró con un
grupo de gente que jugaba al ajedrez alrededor de
un triciclo, y se puso a mirar, tranquilo, con las manos
en la espalda. Aparentemente, uno de los jugadores hizo
una movida que él desaprobaba, y su rival le comió una
pieza, por lo cual el viejo rezongó de manera audible
y los otros lo increparon. Todo acabó con su victoria
solitaria. Mirando de reojo a este personaje bizarro que
parecía haber enloquecido por falta de ocupación, los
otros se subieron a sus triciclos y se fueron.
Luego se dirigió hacia un muro. De un lado del muro
había una obra; del otro, un mercado callejero. Del lado
de la obra, de cuclillas frente a la pared, comiendo su
vianda a grandes bocados, había unas cinco mujeres de
mediana edad, vestidas con pijama y con carteras en la
mano. Unos viejos de camiseta blanca iban y venían,
con un vaso de té o una canasta en la mano, simulando
no saber qué hacían las mujeres, hasta que alguna les
decía: “¿Ganas de jugar un rato?”.
El viejo He se apuraba a responder siempre: “Ganas
tengo, pero depende a qué”.
“¿No te imaginas a qué?”
“No sé. Dime, a ver.”
“Si ya sabes. Para qué quieres que lo diga.”
“Realmente no sé.”
“Coger.”

22
[Link]

El viejo He se quedó contento con esta respuesta.


La repetía sin parar. Coger, Coger, coger. Desató la
correa que había atado al árbol y se fue con el perro
a dar vueltas por el parque cercano. Lo dejé y volví a
casa. Eché un poco de jabón líquido en la cerradura
y volví a apretar con la pinza el tronco de la llave, sin
lograr sacarla. Hasta el momento había mantenido
relativamente la calma; ahora, sin embargo, empecé a
impacientarme y empujé directamente hacia el interior
de la cerradura la parte que sobresalía. Tras descansar un
momento en el cuarto, regresé al estudio y meé contra
la parte delantera de la caja fuerte. Luego, agarrándola
de los pies y empujando con el hombro, pegué tres
gritos y la di vuelta. Cayó del revés, estrepitosamente.
Obviamente no podía esperar que se desmembrara. Pero
en la parte de abajo de la caja fuerte descubrí un sobre
transparente con varias vueltas de cinta alrededor. Era
uno de esos sobres de plástico con cierre a presión. Lo
abrí, desdoblé las hojas de diarios viejos que había en su
interior, y encontré una decena de monedas antiguas.
Algunas tenían la inscripción Taiping, otras Tongbao,
y eran de muchas épocas diferentes.
Casi me pongo a llorar de la risa. Me hubiera gus-
tado llamar a alguien por teléfono y explicarle cómo
había descubierto las ideas que pueden pasar por la
mente retorcida de una pequeñoburguesa a la hora de
ocultar sus tesoros. Desconfiando de todo el mundo,
e inclusive de sí misma, mi tía había concluido que el
lugar más peligroso era también el más seguro. Había

23
[Link]

pegado esas cosas de valor en la parte de abajo de la caja


fuerte. El día anterior me había ordenado que saliera
para agacharse y palpar ahí, y luego de palpar, irse con
el corazón tranquilo.
Cuando el viejo He regresó miré la hora: eran las seis
y media de la tarde. No por nada eres un militar, pensé.

Al día siguiente, temprano, fui al mercado de pulgas.


El sol brillaba sobre las antigüedades cubiertas de polvo,
el humo salía de los platos de desayuno que los patrones
sostenían en sus manos, había mucho movimiento y
una atmósfera apacible. Yo no ignoraba, sin embargo,
que en este mercado que ostentaba por todas partes
carteles del estilo de “SU NEGOCIO DE CONFIANZA”,
“GARANTÍA DE AUTENTICIDAD” y otros similares,
la cualidad que resultaba más fácilmente sacrificada, sin
que este sacrificio dejara de ser, por otra parte, objeto de
un acuerdo tácito, era la sinceridad. Los dueños de las
tiendas miden a los clientes de manera casi descarada, de
la misma forma que los clientes tratan de aprovecharse
de los dueños. Creo que con los viejos es un poco mejor.
La edad les ha permitido comprender la importancia
de mantener cierta dignidad. Elegí a uno, un viejito
delgado, que estaba en ese momento bebiendo té: si
decía un precio razonable tomaría el dinero y me iría.
Abrió el sobre y dejó caer las monedas, se puso una de

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