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María

Sinopsis de María Novela que narra en primera persona el amor de Efraín por su prima María, joven de quince años, enferma de un mal incurable. Efraín marcha a Inglaterra para proseguir sus estudios y a su vuelta, precipitada por la enfermedad de María, su hermana Emma le narrará los últimos instantes de la vida de la joven. En esta obra se aprecian ya algunas de las características de la futura novela hispanoamericana.

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Sinopsis de María Novela que narra en primera persona el amor de Efraín por su prima María, joven de quince años, enferma de un mal incurable. Efraín marcha a Inglaterra para proseguir sus estudios y a su vuelta, precipitada por la enfermedad de María, su hermana Emma le narrará los últimos instantes de la vida de la joven. En esta obra se aprecian ya algunas de las características de la futura novela hispanoamericana.

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María

Jorge Isaacs

A los hermanos de Efraín

He aquí, caros amigos míos, la historia de la adolescencia de aquél a quien tanto amasteis y
que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho esperar estas páginas. Después de escritas me
han parecido pálidas e indignas de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi
afecto. Vosotros no ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible, al poner en
mis manos el libro de sus recuerdos: «Lo que ahí falta tú lo sabes; podrás leer hasta lo que
mis lágrimas han borrado». ¡Dulce y triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura
para llorar, ese llanto me probará que la he cumplido fielmente.

Capítulo 1

Era yo niño aun cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios
en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y
famoso en toda la República por aquel tiempo.

En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas,
y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de
mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas.

Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía
sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor
contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por
todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi
existencia.

A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los
brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María
esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la
mía, helada por la primera sensación de dolor.

Pocos momentos después seguí a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las
pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El
rumor del Sabaletas, cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes.
Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda en las que solían divisarse desde la
casa viajeros deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María
estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre.

Capítulo 2

Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo
valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la
más perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre
las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de
oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia

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el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos.
Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían
hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en
sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se habían fijado
con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos gruduales; en
aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales momentos no
habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U***: ¡los perfumes que aspiraba eran
tan gratos comparados con el de los vestidos lujosos de ella; el canto de aquellas aves sin
nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón!

Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque
algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas.
Cuando en un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil
mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con
quien hemos soñado a los dieciocho años, y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y
su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí
esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es
impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla.
Pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios
murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve
paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el vulgo creerá ideal. Así el cielo,
los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca, hacen enmudecer a quien los
contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas:
es necesario que vuelvan a el alma empalidecidas por la memoria infiel.

Antes de ponerse el sol, ya había yo visto blanquear sobre la falda de la montaña la casa de
mis padres. Al acercarme a ella, contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y
naranjos, al través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las
habitaciones.

Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que se vio formar. Las herraduras de mi
caballo chispearon sobre el empedrado del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi
madre: al estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los
ojos: supremo placer que conmovía a una naturaleza virgen.

Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María
estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue
su rostro el que se cubrió de más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros,
rozó con su talle; y sus ojos estaban humedecidos aún, al sonreír a mi primera expresión
afectuosa, como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.

Capítulo 3

A las ocho fuimos al comedor, que estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la
casa. Desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del
cielo. Las auras del desierto pasaban por el jardín recogiendo aromas para venir a juguetear
con los rosales que nos rodeaban. El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río.

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Aquella naturaleza parecía ostentar toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un
huésped amigo.

Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a su derecha; mi madre se sentó a


la izquierda, como de costumbre; mis hermanas y los niños se situaron indistintamente, y
María quedó frente a mí.

Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía miradas de satisfacción, y sonreía con


aquel su modo malicioso y dulce a un mismo tiempo, que no he visto nunca en otros labios.
Mi madre hablaba poco, porque en esos momentos era más feliz que todos los que la
rodeaban. Mis hermanas se empeñaban en hacerme probar las colaciones y cremas; y se
sonrojaba aquélla a quien yo dirigía una palabra lisonjera o una mirada examinadora. María
me ocultaba sus ojos tenazmente; pero pude admirar en ellos la brillantez y hermosura de los
de las mujeres de su raza, en dos o tres veces que a su pesar se encontraron de lleno con los
míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante
el velado primor de su linda dentadura. Llevaba, como mis hermanas, la abundante cabellera
castaño-oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un
clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría
parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de púrpura, le ocultaba el
seno hasta la base de su garganta de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, de
donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente
torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina.

Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de ellos rezó el Padre nuestro, y
sus amos completamos la oración.

La conversación se hizo entonces confidencial entre mis padres y yo.

María tomó en brazos el niño que dormía en su regazo, y mis hermanas la siguieron a los
aposentos: ellas la amaban mucho y se disputaban su dulce afecto.

Ya en el salón, mi padre para retirarse les besó la frente a sus hijas. Quiso mi madre que yo
viera el cuarto que se me había destinado. Mis hermanas y María, menos tímidas ya, querían
observar qué efecto me causaba el esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en
el extremo del corredor del frente de la casa: su única ventana tenía por la parte de adentro la
altura de una mesa cómoda; en aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas, entraban
por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en donde un hermoso
florero de porcelana azul contenía trabajosamente en su copa azucenas y lirios, claveles y
campanillas moradas del río. Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas a las
columnas con cintas anchas color de rosa; y cerca de la cabecera, por una fineza materna,
estaba la Dolorosa pequeña que me había servido para mis altares cuando era niño. Algunos
mapas, asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar.

-¡Qué bellas flores! -exclamé al ver todas las que del jardín y del florero cubrían la mesa.

-María recordaba cuánto te agradaban -observó mi madre.

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Volví los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella
vez mi mirada.

-María -dije- va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza donde se duerme.

-¿Es verdad? -respondió-; pues las repondré mañana.

¡Qué dulce era su acento!

-¿Tantas así hay?

-Muchísimas; se repondrán todos los días.

Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y María, abandonándome por
un instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreía: esa sonrisa hoyuelada era la de la
niña de mis amores infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael.

Capítulo 4

Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la niñez uno de los maravillosos cuentos del
esclavo Pedro.

Soñé que María entraba a renovar las flores de mi mesa, y que al salir había rozado las
cortinas de mi lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules.

Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos y
pomarrosos, y los azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego como entreabrí la
puerta.

La voz de María llegó entonces a mis oídos dulce y pura: era su voz de niña, pero más grave y
lista ya para prestarse a todas las modulaciones de la ternura y de la pasión. ¡Ay! ¡cuántas
veces en mis sueños un eco de ese mismo acento ha llegado después a mi alma, y mis ojos
han buscado en vano aquel huerto donde tan bella la vi en aquella mañana de agosto!

La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí, no sería ya la compañera de mis
juegos; pero en las tardes doradas de verano estaría en los paseos a mi lado, en medio del
grupo de mis hermanas; le ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oiría su
voz, me mirarían sus ojos, nos separaría un solo paso.

Luego que me hube arreglado ligeramente los vestidos, abrí la ventana, y divisé a María en
una de las calles del jardín, acompañada de Emma: llevaba un traje más oscuro que el de la
víspera, y el pañolón color de púrpura, enlazado a la cintura, le caía en forma de banda sobre
la falda; su larga cabellera, dividida en dos crenchas, ocultábale a medias parte de la espalda
y pecho: ella y mi hermana tenían descalzos los pies. Llevaba una vasija de porcelana poco
más blanca que los brazos que la sostenían, la que iba llenando de rosas abiertas durante la
noche, desechando por marchitas las menos húmedas y lozanas. Ella, riendo con su
compañera, hundía las mejillas, más frescas que las rosas, en el tazón rebosante.
Descubrióme Emma: María lo notó, y sin volverse hacia mí, cayó de rodillas para ocultarme
sus pies, desatóse del talle el pañolón, y cubriéndose con él los hombros, fingía jugar con las

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flores. Las hijas núbiles de los patriarcas no fueron más hermosas en las alboradas en que
recogían flores para sus altares.

Pasado el almuerzo, me llamó mi madre a su costurero. Emma y María estaban bordando


cerca de ella. Volvió ésta a sonrojarse cuando me presenté; recordaba tal vez la sorpresa que
involuntariamente le había yo dado en la mañana.

Mi madre quería verme y oírme sin cesar.

Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil cosas de Bogotá; me exigía que les describiera
bailes espléndidos, hermosos vestidos de señora que estuvieran en uso, las más bellas
mujeres que figuraran entonces en la alta sociedad. Oían sin dejar sus labores. María me
miraba algunas veces al descuido, o hacía por lo bajo observaciones a su compañera de
asiento; y al ponerse en pie para acercarse a mi madre a consultar algo sobre el bordado,
pude ver sus pies primorosamente calzados: su paso ligero y digno revelaba todo el orgullo,
no abatido, de nuestra raza, y el seductivo recato de la virgen cristiana. Ilumináronsele los
ojos cuando mi madre manifestó deseo de que yo diese a las muchachas algunas lecciones
de gramática y geografía, materias en que no tenían sino muy escasas nociones. Convínose
en que daríamos principio a las lecciones pasados seis u ocho días, durante los cuales
podría yo graduar el estado de los conocimientos de cada una.

Horas después me avisaron que el baño estaba preparado y fui a él. Un frondoso y corpulento
naranjo, agobiado de frutos maduros, formaba pabellón sobre el ancho estanque de canteras
bruñidas: sobrenadaban en el agua muchísimas rosas: semejábase a un baño oriental, y
estaba perfumado con las flores que en la mañana había recogido María.

Capítulo 5

Habían pasado tres días cuando me convidó mi padre a visitar sus haciendas del valle, y fue
preciso complacerlo; por otra parte, yo tenía interés real a favor de sus empresas. Mi madre
se empeñó vivamente por nuestro pronto regreso. Mis hermanas se entristecieron. María no
me suplicó, como ellas, que regresase en la misma semana; pero me seguía incesantemente
con los ojos durante los preparativos de viaje.

En mi ausencia, mi padre había mejorado sus propiedades notablemente: una costosa y bella
fábrica de azúcar, muchas fanegadas de caña para abastecerla, extensas dehesas con
ganado vacuno y caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de habitación, constituían lo
más notable de sus haciendas de tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos,
hasta donde es posible estarlo en la servidumbre, eran sumisos y afectuosos para con su
amo. Hallé hombres a los que, niños poco antes, me habían enseñado a poner trampas a las
chilacoas y guatines en la espesura de los bosques: sus padres y ellos volvieron a verme con
inequívocas señales de placer. Solamente a Pedro, el buen amigo y fiel ayo, no debía
encontrarlo: él había derramado lágrimas al colocarme sobre el caballo el día de mi partida
para Bogotá, diciendo: «amito mío, ya no te veré más». El corazón le avisaba que moriría antes
de mi regreso.

Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato cariñoso a sus esclavos, se
mostraba celoso por la buena conducta de sus esposas y acariciaba a los niños.

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Una tarde, ya a puestas del sol, regresábamos de las labranzas a la fábrica mi padre, Higinio
(el mayordomo) y yo. Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer; a mí me ocupaban cosas
menos serias: pensaba en los días de mi infancia. El olor peculiar de los bosques recién
derribados y el de las piñuelas en sazón; la greguería de los loros en los guaduales y
guayabales vecinos; el tañido lejano del cuerno de algún pastor, repetido por los montes: las
castrueras de los esclavos que volvían espaciosamente de las labores con las herramientas
al hombro; los arreboles vistos al través de los cañaverales movedizos: todo me recordaba
las tardes en que abusando mis hermanas, María y yo de alguna licencia de mí madre,
obtenida a fuerza de tenacidad, nos solazábamos recogiendo guayabas de nuestros árboles
predilectos, sacando nidos de piñuelas, muchas veces con grave lesión de brazos y manos, y
espiando polluelos de pericos en las cercas de los corrales.

Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre a un joven negro de notable


apostura:

-Conque, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado para pasado mañana?

-Sí, mi amo -le respondió quitándose el sombrero de junco y apoyándose en el mango de su


pala.

-¿Quiénes son los padrinos?

-Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.

-Bueno. Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo lo que necesitabas para ella
y para ti con el dinero que mandé darte?

-Todo está ya, mi amo.

-¿Y nada más deseas?

-Su merced verá.

-El cuarto que te ha señalado Higinio ¿es bueno?

-Sí, mi amo.

-¡Ah! ya sé. Lo que quieres es baile.

Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura deslumbrante, volviendo a mirar a
sus compañeros.

-Justo es; te portas muy bien. Ya sabes -agregó dirigiéndose a Higinio-: arregla eso, y que
queden contentos.

-¿Y sus mercedes se van antes? -preguntó Bruno.

-No -le respondí-; nos damos por convidados.

En la madrugada del sábado próximo se casaron Bruno y Remigia. Esa noche a las siete
montamos mi padre y yo para ir al baile, cuya música empezábamos a oír. Cuando llegamos,
Julián, el esclavo capitán de la cuadrilla, salió a tomarnos el estribo y a recibir nuestros

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caballos. Estaba lujoso con su vestido de domingo, y le pendía de la cintura el largo machete
de guarnición plateada, insignia de su empleo. Una sala de nuestra antigua casa de
habitación había sido desocupada de los enseres de labor que contenía, para hacer el baile
en ella. Habíanla rodeado de tarimas: en una araña de madera suspendida de una de las
vigas, daba vueltas media docena de luces: los músicos y cantores, mezcla de agregados,
esclavos y manumisos, ocupaban una de las puertas. No había sino dos flautas de caña, un
tambor improvisado, dos alfandoques y una pandereta; pero las finas voces de los negritos
entonaban los bambucos con maestría tal; había en sus cantos tan sentida combinación de
melancólicos, alegres y ligeros acordes; los versos que cantaban eran tan tiernamente
sencillos, que el más culto diletante hubiera escuchado en éxtasis aquella música
semisalvaje. Penetramos en la sala con zamarros y sombreros. Bailaban en ese momento
Remigia y Bruno: ella con follao de boleros azules, tumbadillo de flores rojas, camisa blanca
bordada de negro y gargantilla y zarcillos de cristal color de rubí, danzaba con toda la
gentileza y donaire que eran de esperarse de su talle cimbrador. Bruno, doblados sobre los
hombros los paños de su ruana de hilo, calzón de vistosa manta, camisa blanca aplanchada,
y un cabiblanco nuevo a la cintura, zapateaba con destreza admirable.

Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos cada pieza de baile, tocaron los
músicos su más hermoso bambuco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remigia,
animada por su marido y por el capitán, se resolvió al fin a bailar unos momentos con mi
padre: pero entonces no se atrevía a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran
menos espontáneos. Al cabo de una hora nos retiramos.

Quedó mi padre satisfecho de mi atención durante la visita que hicimos a las haciendas; mas
cuando le dije que en adelante deseaba participar de sus fatigas quedándome a su lado, me
manifestó, casi con pesar, que se veía en el caso de sacrificar a favor mío su bienestar,
cumpliéndome la promesa que me tenía hecha de tiempo atrás, de enviarme a Europa a
concluir mis estudios de medicina, y que debía emprender viaje, a más tardar dentro de
cuatro meses. Al hablarme así, su fisonomía se revistió de una seriedad solemne sin
afectación, que se notaba en él cuando tomaba resoluciones irrevocables. Esto pasaba la
tarde en que regresábamos a la sierra. Empezaba a anochecer, y a no haber sido así, habría
notado la emoción que su negativa me causaba. El resto del camino se hizo en silencio.
¡Cuán feliz hubiera yo vuelto a ver a María, si la noticia de ese viaje no se hubiese interpuesto
desde aquel momento entre mis esperanzas y ella!

Capítulo 19

Había hecho yo algo más de una legua de camino, y bregaba ya por abrir la puerta de golpe
que daba entrada a los mangones de la hacienda del padre de Emigdio. Vencida la resistencia
que oponían los goznes y eje enmohecidos y la más tenaz aún del pilón, compuesto de una
piedra tamaña enzurronada, la cual, suspendida del techo con un rejo, daba tormento a los
transeúntes manteniendo cerrado aquel aparato singular, me di por afortunado de no
haberme atascado en el lodazal pedregoso, cuya antigüedad respetable se conocía por el
color del agua estancada.

Atravesé un corto llano en el cual el rabo-de-zorro, el friega-plato y la zarza dominaban sobre


los gramales pantanosos; allí ramoneaban algunos caballejos molenderos rapados de crin y

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cola, correteaban potros y meditaban burros viejos, tan lacrados y mutilados por el carguío
de leña y la crueldad de sus arrieros, que Buffon se habría encontrado perplejo al tener que
clasificarlos.

La casa, grande y antigua, rodeada de cocoteros y mangos, destacaba su techumbre


cenicienta y alicaída sobre el alto y tupido bosque del cacaotal.

No se habían agotado los obstáculos para llegar, pues tropecé con los corrales rodeados de
tetillal; y ahí fue lo de rodar trancas de robustísimas guaduas sobre escalones desvencijados.
Vinieron en mi auxilio dos negros, varón y mujer: él sin más vestido que unos calzones,
mostraba la espalda atlética luciente con el sudor peculiar de la raza; ella con follao de fula
azul y por camisa un pañuelo anudado hacia la nuca y cogido con la pretina, el cual le cubría
el pecho. Ambos llevaban sombrero de junco, de aquéllos que a poco uso se aparaguan y
toman color de techo pajizo.

Iba la risueña y fumadora pareja nada menos que a habérselas con otra de potros a los cuales
había llegado ya su turno en el mayal; y supe a qué, porque me llamó la atención el ver no
sólo al negro sino también a su compañera, armados de rejos de enlazar. En gritos y carreras
estaban cuando me apeé bajo el alar de la casa, despreciando las amenazas de dos perrazos
inhospitalarios que se hallaban tendidos bajo los escaños del corredor.

Algunas angarillas y sudaderos de junco deshilachados y montados sobre el barandaje


bastaron a convencerme de que todos los planes hechos en Bogotá por Emigdio,
impresionado con mis críticas, se habían estrellado contra lo que él llamaba chocheras de su
padre. En cambio, habíase mejorado notablemente la cría de ganado menor, de lo cual eran
prueba las cabras de varios colores que apestaban el patio; e igual mejora observé en la
volatería, pues muchos pavos reales saludaron mi llegada con gritos alarmadores, y entre los
patos criollos o de ciénaga, que nadaban en la acequia vecina, se distinguían por su porte
circunspecto algunos de los llamados chilenos.

Emigdio era un excelente muchacho. Un año antes de mi regreso al Cauca, lo envió su padre
a Bogotá con el objeto de ponerlo, según decía el buen señor, en camino para hacerse
mercader y buen tratante. Carlos, que vivía conmigo en aquel entonces y se hallaba siempre
al corriente hasta de lo que no debía saber, tropezó con Emigdio, yo no sé dónde, y me lo
plantó por delante un domingo de mañana, precediéndolo al entrar en nuestro cuarto para
decirme: «¡Hombre! te voy a matar del gusto: te traigo la cosa más linda».

Yo corrí a abrazar a Emigdio, quien, parado a la puerta, tenía la más rara figura que imaginarse
puede. Es una insensatez pretender describirlo.

Mi paisano había venido cargado con el sombrero de pelo color de café con leche, gala de
don Ignacio, su padre, en las semanas santas de sus mocedades. Sea que le viniese
estrecho, sea que le pareciese bien llevarlo así, el trasto formaba con la parte posterior del
largo y renegrido cuello de nuestro amigo, un ángulo de noventa grados. Aquella flacura;
aquellas patillas enralecidas y lacias, haciendo juego con la cabellera más desconsolada en
su abandono que se haya visto; aquella tez amarillenta descaspando las asoleadas del
camino; el cuello de la camisa hundido sin esperanza bajo las solapas de un chaleco blanco
cuyas puntas se odiaban; los brazos aprisionados en las mangas de una casaca azul; los

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calzones de cambrún con anchas trabillas de cordobán, y los botines de cuero de venado
alustrado, eran causa más que suficiente para exaltar el entusiasmo de Carlos.

Llevaba Emigdio un par de espuelas orejonas en una mano y una voluminosa encomienda
para mí en la otra. Me apresuré a descargarlo de todo, aprovechando un instante para mirar
severamente a Carlos, quien, tendido en una de las camas de nuestra alcoba, mordía una
almohada llorando a lágrima viva, cosa que por poco me produce el desconcierto más
inoportuno.

Ofrecí a Emigdio asiento en el saloncito; y como eligiese un sofá de resortes, el pobre


sintiendo que se hundía, procuró a todo trance buscar algo a qué asirse en el aire; más,
perdida toda esperanza, se rehízo, como pudo, y una vez en pie dijo:

-¡Qué demonios! A este Carlos no le entra el juicio. ¡Y ahora!... Con razón venía riéndose en la
calle de la pegadura que me iba a hacer. ¿Y tú también?... ¡Vaya! si esta gente de aquí es el
mismo demontres. ¿Qué te parece la que me han hecho hoy?

Carlos salió de la alcoba, aprovechándose de tan feliz ocasión, y ambos pudimos reír ya a
nuestras anchas.

-¡Qué Emigdio! -dijo a nuestro visitante-: siéntate en esta butaca, que no tiene trampa. Es
necesario que críes correa.

-Sí ea -respondió Emigdio sentándose con desconfianza, cual si temiese un nuevo fracaso.

-¿Qué te han hecho? -rió más que preguntó Carlos.

-¿Hase visto? Estaba por no contarles.

-Pero ¿por qué? -insistió el implacable Carlos, echándole un brazo sobre los hombros-;
cuéntanos.

Emigdio se había enfadado al fin, y a duras penas pudimos contentarlo. Unas copas de vino y
algunos cigarros ratificaron nuestro armisticio. Sobre el vino observó nuestro paisano que era
mejor el de naranja que hacían en Buga, y el anisete verde de la venta de Paporrina. Los
cigarros de Ambalema le parecieron inferiores a los que aforrados en hojas secas de plátano
y perfumados con otras de higo y de naranjo picadas, traía él en los bolsillos.

Pasados dos días, estaba ya nuestro Telémaco vestido convenientemente y acicalado por el
maestro Hilario; y aunque su ropa a la moda le incomodaba y las botas nuevas lo hacían ver
candelillas, hubo de sujetarse, estimulado por la vanidad y por Carlos, a lo que él llamaba un
martirio.

Establecido en la casa de asistencia que habitábamos nosotros, nos divertía en las horas de
sobremesa refiriendo a nuestras caseras las aventuras de su viaje y emitiendo concepto
sobre todo lo que te había llamado la atención en la ciudad. En la calle era diferente, pues
nos veíamos en la necesidad de abandonarlo a su propia suerte, o sea a la jovial
impertinencia de los talabarteros y buhoneros, que corrían a sitiarlo apenas lo divisaban,
para ofrecerle sillas chocontanas, arretrancas, zamarros, frenos y mil baratijas.

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Por fortuna ya había terminado Emigdio todas sus compras cuando vino a saber que la hija de
la señora de la casa, muchacha despabilada, despreocupadilla y reidora, se moría por él.

Carlos, sin pararse en barras, logró convencerlo de que Micaelina había desdeñado hasta
entonces los galanteos de todos los comensales; pero el diablo, que no duerme, hizo que
Emigdio sorprendiese en chicoleos una noche en el comedor a su cabrión y a su amada,
cuando creían dormido al infeliz, pues eran las diez, hora en que solía hallarse él en su tercer
sueño; costumbre que justificaba madrugando siempre, aunque fuese tiritando de frío.

Visto por Emigdio lo que vio y oído lo que oyó, que ojalá para su reposo y el nuestro nada
hubiese visto ni oído, pensó solamente en acelerar su marcha.

Como no tenía queja de mí, hízome sus confidencias la noche víspera de viaje, diciéndome,
entre otros muchos desahogos:

-En Bogotá no hay señoras: éstas son todas unas... coquetas de siete suelas. Cuando ésta lo
ha hecho, ¿qué se espera? Estoy hasta por no despedirme de ella. ¡Qué caray! no hay nada
como las muchachas de nuestra tierra; aquí no hay sino peligros. Ya ves a Carlos: anda hecho
un altar de corpus, se acuesta a las once de la noche y está más fullero que nunca. Déjalo
estar; que yo se lo haré saber a don Chomo para que le ponga la ceniza. Me admira verte a ti
pensando tan sólo en tus estudios.

Partió pues Emigdio, y con él la diversión de Carlos y de Micaelina.

Tal era en suma, el honradote y campechano amigo a quien iba yo a visitar.

Esperando verlo venir del interior de la casa, di frente a retaguardia oyendo que me gritaba al
saltar una cerca del patio:

-¡Por fin, so maula! ya creía que me dejabas esperándote. Siéntate, que voy allá. Y se puso a
lavarse las manos, que tenía ensangrentadas, en la acequia del patio.

-¿Qué hacías? -le pregunté después de nuestros saludos.

-Como hoy es día de matanza y mi padre madrugó a irse a los potreros, estaba yo racionando
a los negros, que es una friega; pero ya estoy desocupado. Mi madre tiene mucho deseo de
verte; voy a avisarle que estás aquí. Quién sabe si logremos que las muchachas salgan,
porque se han vuelto más cerreras cada día.

-¡Choto! -gritó; y a poco se presentó un negrito medio desnudo, pasas monas, y un brazo seco
y lleno de cicatrices.

-Lleva a la canoa ese caballo y límpiame el potro alazán.

Y volviéndose a mí, después de haberse fijado en mi cabalgadura, añadió:

-¡Carrizo con el retinto!

-¿Cómo se averió así el brazo ese muchacho? -pregunté.

-Metiendo caña al trapiche: ¡son tan brutos éstos! No sirve ya sino para cuidar los caballos.

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En breve empezaron a servir el almuerzo, mientras yo me las había con doña Andrea, madre
de Emigdio, la que por poco deja su pañolón sin flecos, durante un cuarto de hora que
estuvimos conversando solos.

Emigdio fue a ponerse una chaqueta blanca para sentarse a la mesa; pero antes nos presentó
una negra engalanada el azafate pastuso con aguamanos, llevando pendiente de uno de los
brazos una toalla primorosamente bordada.

Servíanos de comedor la sala, cuyo ajuar estaba reducido a viejos canapés de vaqueta,
algunos retablos quiteños que representaban santos, colgados en lo alto de las paredes no
muy blancas, y dos mesitas adornadas con fruteros y loros de yeso.

Sea dicha la verdad: en el almuerzo no hubo grandezas; pero se conocía que la madre y las
hermanas de Emigdio entendían eso de disponerlos. La sopa de tortilla aromatizada con
yerbas frescas de la huerta; el frito de plátanos, carne desmenuzada y roscas de harina de
maíz; el excelente chocolate de la tierra; el queso de piedra; el pan de leche y el agua servida
en antiguos y grandes jarros de plata, no dejaron qué desear.

Cuando almorzábamos alcancé a ver espiando por entre una puerta medio entornada, a una
de las muchachas; y su carita simpática, iluminada por unos ojos negros como chambimbes,
dejaba pensar que lo que ocultaba debía de armonizar muy bien con lo que dejaba ver.

Me despedí a las once de la señora Andrea; porque habíamos resuelto ir a ver a don Ignacio
en los potreros donde estaba haciendo rodeo, y aprovechar el viaje para darnos un baño en el
Amaime.

Emigdio se despojó de su chaqueta para reemplazarla con una ruana de hilo; de los botines
de soche para calzarse alpargatas usadas; se abrochó unos zamarros blancos de piel
melenuda de cabrón; se puso un gran sombrero de Suaza con funda de percal blanco, y
montó en el alazán, teniendo antes la precaución de vendarle los ojos con un pañuelo. Como
el potrón se hizo una bola y escondió la cola entre las piernas, el jinete le gritó: «¡ya venís con
tus fullerías!» descargándole en seguida dos sonoros latigazos con el manatí palmirano que
empuñaba. Con lo cual, después de dos o tres corcovos que no lograron ni mover siquiera al
caballero en su silla chocontana, monté y nos pusimos en marcha.

Mientras llegábamos al sitio del rodeo, distante de la casa más de media legua, mi
compañero, luego que se aprovechó del primer llanito aparente para tornear y rayar el
caballo, entró en conversación tirada conmigo. Desembuchó cuanto sabía respecto a las
pretensiones matrimoniales de Carlos, con quien había reanudado amistad desde que
volvieron a verse en el Cauca.

-¿Y tú qué dices? -acabó por preguntarme.

Esquivé mañosamente darle respuesta; y él continuó:

-¿Para qué es negarlo? Carlos es muchacho trabajador: luego que se convenza de que no
puede ser hacendado si no deja antes a un lado los guantes y el paraguas, tiene que irle bien.
Todavía se burla de mí porque enlazo, hago talanquera y barbeo muletos; pero él tiene que
hacer lo mismo o reventar. ¿No lo has visto?

11
-No.

-Pues ya lo verás. ¿Me crees que no va a bañarse al río cuando el sol está fuerte, y que si no le
ensillan el caballo no monta; todo por no ponerse moreno y no ensuciarse las manos? Por lo
demás es un caballero, eso sí: no hace ocho días que me sacó de un apuro prestándome
doscientos patacones que necesitaba para comprar unas novillonas. Él sabe que no lo echa
en saco roto; pero eso es lo que se llama servir a tiempo. En cuanto a su matrimonio... te voy
a decir una cosa, si me ofreces no chamuscarte.

-Di, hombre, di lo que quieras.

-En tu casa como que viven con mucho tono; y se me figura que una de esas niñas criadas
entre holán, como las de los cuentos, necesita ser tratada como cosa bendita.

Soltó una carcajada y prosiguió:

-Lo digo porque ese don Jerónimo, padre de Carlos, tiene más cáscaras que un siete-cueros y
es bravo como un ají chivato. Mi padre no lo puede ver desde que lo tiene metido en un pleito
por linderos y yo no sé qué más. El día que lo encuentra tenemos que ponerle por la noche
fomentos de yerba mora y darle friegas de aguardiente con malambo.

Habíamos llegado ya al lugar del rodeo. En medio del corral, a la sombra de un guásimo y al
través de la polvareda levantada por la torada en movimiento, descubrí a don Ignacio, quien
se acercó a saludarme. Montaba un cuartago rosillo y cotudo, enjaezado con un galápago
cuyo lustre y deterioro proclamaban sus merecimientos. La exigua figura del rico propietario
estaba decorada así: zamarros de león raídos y con capellada; espuelas de plata con rodajes
encascabeladas; chaqueta de género sin aplanchar y ruana blanca recargada de almidón;
coronándolo todo un enorme sombrero de Jipijapa, de ésos que llaman cuando va al galope
quien los lleva: bajo su sombra hacían la tamaña nariz y los ojillos azules de don Ignacio, el
mismo juego que en la cabeza de un paletón disecado, los granates que lleva por pupilas y el
prolongado pico.

Dije a don Ignacio lo que mi padre me había encargado acerca del ganado que debían cebar
en compañía.

-Está bien -me respondió-. Ya ve que la novillada no puede ser mejor: todos parecen unas
torres. ¿No quiere entrar a divertirse un rato?

A Emigdio se le iban los ojos viendo la faena de los vaqueros en el corral.

-¡Ah tuso! -gritó-; cuidado con aflojar el pial... ¡a la cola! ¡a la cola!

Me excusé con don Ignacio, dándole al mismo tiempo las gracias; él continuó:

-Nada, nada; los bogotanos les tienen miedo al sol y a los toros bravos; por eso los
muchachos se echan a perder en los colegios de allí. No me dejará mentir ese niño bonito
hijo de don Chomo: a las siete de la mañana lo he encontrado de camino aforrado con un
pañuelo, de modo que no se le veía sino un ojo, ¡y con paraguas!... Usted, por lo que veo,
siquiera no usa esas cosas.

12
En ese momento gritaba el vaquero, que con la marca candente empuñada iba aplicándosela
en la paleta a varios toros tendidos y maniatados en el corral: «Otro... otro»... A cada uno de
esos gritos seguía un berrido, y hacía don Ignacio con su cortaplumas una muesquecilla más
en una varita de guásimo que le servía de foete.

Como al levantarse las reses podía haber algunos lances peligrosos, don Ignacio, después de
haber recibido mi despedida, se puso en salvo entrando a una corraleja vecina.

El sitio escogido por Emigdio en el río era el más adecuado para disfrutar del baño que las
aguas del Amaime ofrecen en el verano, especialmente a la hora en que llegamos a su orilla.

Guabos churimos, sobre cuyas flores revoloteaban millares de esmeraldas, nos ofrecían
densa sombra y acolchonada hojarasca donde extendimos las ruanas. En el fondo del
profundo remanso que estaba a nuestros pies, se veían hasta los más pequeños guijarros y
jugueteaban sardinas plateadas. Abajo, sobre las piedras que no cubrían las corrientes,
garzones azules y garcitas blancas pescaban espiando o se peinaban el plumaje. En la playa
de enfrente rumiaban acostadas hermosas vacas; guacamayas escondidas en los follajes de
los cachimbos charlaban a media voz; y tendida en las ramas altas dormía una partida de
monos en perezoso abandono. Las chicharras hacían resonar por dondequiera sus cantos
monótonos. Una que otra ardilla curiosa asomaba por entre el cañaveral y desaparecía
velozmente. Hacia el interior de la selva oímos de rato en rato el trino melancólico de las
chilacoas.

-Cuelga tus zamarros lejos de aquí -dije a Emigdio-; porque si no, saldremos del baño con
dolor de cabeza.

Rióse él de buena gana, observándome al colocarlos en la horqueta de un árbol distante:

-¿Quieres que todo huela a rosas? El hombre debe oler a chivo.

-Seguramente; y en prueba de que lo crees, llevas en tus zamarros todo el almizcle de una
cabrera.

Durante nuestro baño, sea que la noche y la orilla de un hermoso río dispongan el ánimo a
hacer confidencias, sea que yo me diese trazas para que mi amigo me las hiciera, confesóme
que después de haber guardado por algún tiempo como reliquia el recuerdo de Micaelina, se
había enamorado locamente de una preciosa ñapanguita, debilidad que procuraba esconder
a la malicia de don Ignacio, pues que éste había de pretender desbaratarle todo, porque la
muchacha no era señora; y en fin de fines raciocinó así:

-¡Como si pudiera convenirme a mí casarme con una señora, para que resultara de todo que
tuviera que servirle yo a ella en vez de ser servido! Y por más caballero que yo sea, ¿qué
diablos iba a hacer con una mujer de esa laya? Pero si conocieras a Zoila... ¡Hombre! no te
pondero; hasta le harías versos. ¡Qué versos! se te volvería la boca agua: sus ojos son
capaces de hacer ver a un ciego; tiene la risa más ladina, los pies más lindos, y una cintura
que...

-Poco a poco -le interrumpí-: ¿es decir que estás tan frenéticamente enamorado que te
echarás a ahogar si no te casas con ella?

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-¡Me caso aunque me lleve la trampa!

-¿Con una mujer del pueblo? ¿Sin consentimiento de tu padre?... Ya se ve: tú eres hombre de
barbas, y debes saber lo que haces. ¿Y Carlos tiene noticia de todo eso?

-¡No faltaba otra cosa! ¡Dios me libre! Si en Buga lo tienen en las palmas de las manos y a
boca qué quieres. La fortuna es que Zoila vive en San Pedro y no va a Buga sino cada marras.

-Pero a mí sí me la mostrarías.

-A ti es otra cosa; el día que quieras te llevo.

A las tres de la tarde me separé de Emigdio, disculpándome de mil maneras para no comer
con él, y las cuatro serían cuando llegué a casa.

Capítulo 40

Cuando llegué a las haciendas en la mañana del día siguiente, encontré en la casa de
habitación al médico que reemplazaba a Mayn en la asistencia de Feliciana. Él, por su porte y
fisonomía, parecía más un capitán retirado que lo que aseguraba ser. Me hizo saber que había
perdido toda esperanza de salvar a la enferma, pues que estaba atacada de una hepatitis que
en su último período resistía ya a toda clase de aplicaciones; y concluyó manifestándome ser
de opinión que se llamara un sacerdote.

Entré al aposento donde se hallaba Feliciana. Ya estaba Juan Ángel allí, y se admiraba de que
su madre no le respondiera al alabarle a Dios. El encontrar a Feliciana en tan desesperante
estado no podía menos de conmoverme.

Di orden para que se aumentase el número de esclavas que le servían; hice colocarla en una
pieza más cómoda, a lo que ella se había opuesto humildemente, y se mandó por el
sacerdote al pueblo.

Aquella mujer que iba a morir lejos de su patria; aquella mujer que tan dulce afecto me había
tenido desde que fue a nuestra casa; en cuyos brazos se durmió tantas veces María siendo
niña... Pero he aquí su historia, que, referida por Feliciana con rústico y patético lenguaje,
entretuvo algunas veladas de mi infancia.

Magmahú había sido desde su adolescencia uno de los jefes más distinguidos de los
ejércitos de Achanti, nación poderosa del África occidental. El denuedo y pericia que había
mostrado en las frecuentes guerras que el rey Say Tuto Kuamina sostuvo con los Achimis
hasta la muerte de Orsué, caudillo de éstos; la completa victoria que alcanzó sobre las tribus
del litoral sublevadas contra el rey por Carlos Macharty, a quien Magmahú mismo dio muerte
en el campo de batalla, hicieron que el monarca lo colmara de honores y riquezas,
confiándole al propio tiempo el mando de todas sus tropas, a despecho de los émulos del
afortunado guerrero, los cuales no le perdonaron nunca el haber merecido tamaño favor.

Pasada la corta paz conseguida con el vencimiento de Macharty, pues los ingleses, con
ejército propio ya, amenazaban a los Achantis, todas las fuerzas del reino salieron a
campaña.

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Empeñóse la batalla, y pocas horas bastaron a convencer a los ingleses de la insuficiencia de
sus mortíferas armas contra el valor de los africanos. Indecisa aún la victoria, Magmahú,
resplandeciente de oro, y terrible en su furor, recorría las huestes animándolas con su
intrepidez; y su voz dominaba el estruendo de las baterías enemigas. Pero en vano envió
órdenes a los jefes de las reservas para que entrasen en combate atacando el flanco más
debilitado de los invasores. La noche interrumpió la lucha; y cuando a la primera luz del
siguiente día pasó revista Magmahú a sus tropas, diezmadas por la muerte y la deserción y
acobardadas por los jefes que impidieron la victoria, comprendió que iba a ser vencido, y se
preparó para luchar y morir. El rey, que llegó en tales terribles momentos al campo de sus
huestes, las vio, y pidió la paz. Los ingleses la concedieron y celebraron tratados con Say Tuto
Kuamina. Desde aquel día perdió Magmahú el favor de su rey.

Irritado el valiente jefe con la injusta conducta del monarca, y no queriendo dar a sus émulos
el placer de verle humillado, resolvió expatriarse. Antes de partir determinó arrojar a las
corrientes del Tando la sangre y las cabezas de sus más hermosos esclavos, como ofrenda a
su Dios. Sinar era entre ellos el más joven y apuesto. Hijo éste de Orsué, el desdichado
caudillo de los Achimis, cayó prisionero lidiando valeroso en la sangrienta jornada en que su
padre fue vencido y muerto; más temiendo Sinar y sus compatriotas esclavos la saña
implacable de los Achantis, les habían ocultado la noble estirpe del prisionero que tenían.

Solamente Nay, única hija de Magmahú, conoció aquel secreto. Siendo niña cuando Sinar
vino como siervo a casa del vencedor de Orsué, la cautivó al principio la digna mansedumbre
del joven guerrero, y más tarde su ingenio y hermosura. Él le enseñaba las danzas de su tierra
natal, los amorosos y sentidos cantares del país de Bambuk; le refería las maravillosas
leyendas con que su madre lo había entretenido en la niñez; y si algunas lágrimas rodaban
entonces por la tez úvea de las mejillas del esclavo, Nay solía decirle:

-Yo pediré tu libertad a mi padre para que vuelvas a tu país, puesto que eres tan desdichado
aquí.

Y Sinar no respondía; más sus grandes ojos dejaban de llorar y miraba a su joven señora de
manera que ella parecía en aquellos momentos la esclava.

Un día en que Nay, acompañada de su servidumbre, había salido a pasearse por las
cercanías de Cumasia, Sinar, que guiaba el bello avestruz en que iba sentada su señora como
sobre blancos cojines de Bornú, hizo andar al ave tan precipitadamente, que a poco se
encontraron a gran distancia de la comitiva. Sinar, deteniéndose, con las miradas llameantes
y una sonrisa de triunfo en los labios, dijo a Nay señalándole el valle que tenían a los pies:

-Nay, he allí el camino que conduce a mi país: yo voy a huir de mis enemigos, pero tú irás
conmigo: serás reina de los Achimis, y la única mujer mía: yo te amaré más que a la madre
desventurada que llora mi muerte, y nuestros descendientes serán invencibles llevando en
sus venas mi sangre y la tuya. Mira y ven: ¿quién se atreverá a ponerse en mi camino?

Al decir estas últimas palabras levantó el ancho manto de piel de pantera que le caía de los
hombros, y bajo él brillaron las culatas de dos pistolas y la guarnición de un sable turco
ceñido con un chal rojo de Zerbi.

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Sinar de rodillas, cubrió de besos los pies de Nay pendientes sobre el mullido plumaje del
avestruz, y éste halaba cariñoso con el pico los vistosos ropajes de su señora.

Muda y absorta ella al oír las amorosas y tremendas palabras del esclavo, reclinó al fin sobre
su regazo la bella cabeza de Sinar diciéndole:

-Tú no quieres ser ingrato conmigo, y dices que me amas y me llevas a ser reina en tu patria;
yo no debo ser ingrata con mi padre, que me amó antes que tú, y a quien mi fuga causaría la
desesperación y la muerte. Espera y partiremos juntos con su consentimiento; espera, Sinar,
que yo te amo...

Y Sinar se estremeció al sentir sobre su frente los ardientes labios de Nay.

Días y días corrieron, y Sinar esperaba, porque en su esclavitud era feliz.

Salió Magmahú a campaña contra las tribus insurreccionadas por Macharty, y Sinar no
acompañó a su señor a la guerra como los otros esclavos. Él había dicho a Nay:

-Prefiero la muerte antes que combatir contra pueblos que fueron aliados de mi padre.

Ella, en vísperas de marchar las tropas, dio a su amante, sin que él lo echase de ver, una
bebida en la cual había dezumado una planta soporífera; y el hijo de Orsué quedó así
imposibilitado para marchar, pues que permaneció por varios días dominado de un sueño
invencible, el cual interrumpía Nay a voluntad, derramándole en los labios un aceite
aromático y vivificante.

Mas declarada después la guerra por los ingleses a Say Tuto Kuamina, Sinar se presentó a
Magmahú para decirle:

-Llévame contigo a las batallas: yo combatiré a tu lado contra los blancos; te prometo que
mereceré comer corazones suyos asados por los sacerdotes, y que traeré en el cuello
collares de dientes de los hombres rubios.

Nay le dio bálsamos preciosos para curar heridas: y poniendo plumas sagradas en el
penacho de su amante, roció con lágrimas el ébano de aquel pecho que ella acababa de
ungir con odorífico aceite y polvos de oro.

En la sangrienta jornada en que los jefes achanteas, envidiosos de la gloria de Magmahú, le


impidieron alcanzar victoria sobre los ingleses, una bala de fusil rompió el brazo izquierdo de
Sinar.

Terminada la guerra y hecha la paz, el intrépido capitán de los Achantis volvió humillado a su
hogar; y Nay durante algunos días, sólo dejó de enjugar el lloro que la ira arrancaba a su
padre, para ir ocultamente a dar alivio a Sinar curándole amorosamente la herida.

Tomada por Magmahú la resolución de abandonar la patria y ofrecer aquel sangriento


sacrificio al río Tando, habló así a su hija:

-Vamos, Nay, a buscar suelo menos ingrato que éste para mis nietos. Los más bellos y
famosos jefes del Gambia, país que visité en mi juventud, se engreirán de darme asilo en sus
hogares, y de preferirte a sus más bellas mujeres. Estos brazos están todavía fuertes para

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combatir, y poseo suficientes riquezas para ser poderoso dondequiera que un techo nos
cubra... Pero antes de partir es necesario que aplaquemos la cólera del Tando, ensañado
contra mí por mi amor a la gloria, y que le sacrifiquemos lo más granado de nuestros
esclavos; Sinar entre ellos el primero...

Nay cayó sin sentido al oír aquella terrible sentencia, dejando escapar de sus labios el
nombre de Sinar. La recogieron sus esclavas, y Magmahú fuera de sí, hizo venir a Sinar a su
presencia. Desenvainado el sable, le dijo tartamudeando de ira:

-¡Esclavo! has puesto tus ojos en mi hija; en castigo haré que se cierren para siempre.

-Tú lo puedes -respondió sereno el mancebo-: no será la mía la primera sangre de los reyes de
los Achimis con que tu sable se enrojece.

Magmahú quedó desconcertado al oír tales palabras, y el temblor de su diestra hacía resonar
sobre el pavimento el corvo alfanje que empuñaba.

Nay, desasiéndose de sus esclavas, que aterradas la detenían, entró a la habitación donde
estaban Sinar y Magmahú, y abrazándosele a éste de las rodillas, bañábale con lágrimas los
pies, exclamando:

-¡Perdónanos, señor, o mátanos a ambos!

El viejo guerrero, arrojando de sí el arma temible, se dejó caer en un diván y murmuró al


ocultarse el rostro con las manos:

-¡Y ella lo ama!... ¡Orsué, Orsué! ya te han vengado.

Sentada Nay sobre las rodillas de su padre, lo estrechaba en sus brazos, y cubriéndole de
besos la cana cabellera, le decía sollozante:

-Tendrás dos hijos en vez de uno: aliviaremos tu vejez, y su brazo te defenderá en los
combates.

Levantó Magmahú la cabeza, y haciendo ademán a Sinar para que se acercara, le dijo con voz
y semblante terribles, extendiendo hacia él su diestra:

-Esta mano dio muerte a tu padre; con ella le arranqué del pecho el corazón... y mis ojos se
gozaron en su agonía...

Nay selló con los suyos los labios de Magmahú, y volviéndose precipitadamente a Sinar,
tendió sus lindas manos hacia él, diciéndole con amoroso acento:

-Éstas curaron tus heridas, y estos ojos han llorado por ti.

Sinar cayó de hinojos ante su amada y su señor, y éste, después de unos momentos, le dijo
abrazando a su hija:

-He aquí lo que te daré en prueba de mi amistad el día en que esté seguro de la tuya.

-Juro por mis dioses y el tuyo -respondió el hijo de Orsué- que la mía será eterna.

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Pasados dos días, Nay, Sinar y Magmahú salieron de Cumasia a favor de la oscuridad de la
noche, llevando treinta esclavos de ambos sexos, camellos y avestruces para cabalgar, y
cargados otros con las más preciosas alhajas y vajilla que poseían; gran cantidad de tíbar y
cauris, comestibles y agua, como para un largo viaje.

Muchos días gastaron en aquella peligrosa peregrinación. La caravana tuvo la fortuna de


llevar buen tiempo y de no tropezar con los sereres. Durante el viaje, Sinar y Nay disipaban la
tristeza del corazón de Magmahú entonando a dúo alegres canciones; y en las noches
serenas a la luz de la luna y al lado de la tienda de la caravana, ensayaban los dichosos
amantes graciosas danzas al son de las trompetas de marfil y de las liras de los esclavos.

Por fin llegaron al país de los Kombu-Manez, en las riberas del Gambia; y aquella tribu celebró
con suntuosas fiestas y sacrificios el arribo de tan ilustres huéspedes.

Desde tiempo inmemorial se hacían los Kombu-Manez y los Cambez una guerra cruel, guerra
atizada en ambos pueblos no solamente por el odio que se profesaban sino por una criminal
avaricia. Unos y otros cambiaban a los europeos traficantes en esclavos, los prisioneros que
hacían en los combates, por armas, pólvora, sal, fierro y aguardiente; y a falta de enemigos
que vender, los jefes vendían a sus súbditos, y muchas veces aquéllos y éstos a sus hijos.

El valor y pericia militar de Magmahú y Sinar fueron por algún tiempo de gran provecho a los
Kombu-Manez en la guerra con sus vecinos, pues libraron contra ellos repetidos combates,
en los cuales obtuvieron un éxito hasta entonces no alcanzado. Precisado Magmahú a optar
entre que se degollara a los prisioneros o que se les vendiera a los europeos, hubo de
consentir en lo último, obteniendo al propio tiempo la ventaja de que el jefe de los Kombu-
Manez impusiera penas temidas a aquéllos de sus súbditos que enajenasen a sus
dependientes o a sus hijos.

Una tarde que Nay había ido con algunas de sus esclavas a bañarse en las riberas del Gambia
y que Sinar, bajo la sombra de un gigantesco moabab, sitio en que se aislaban siempre
algunas horas en los días de paz, la esperaba con amorosa impaciencia, dos pescadores
amarraron su piragua en la misma ribera donde Sinar estaba, y en ella venían dos europeos:
el uno se puso trabajosamente en tierra, y arrodillándose sobre la playa oró por algunos
momentos: los pálidos rayos del sol moribundo, atravesando los follajes, le iluminaron la faz
tostada por los soles y orlada de una espesa barba, casi blanca. Como al ponerse de hinojos
había colocado sobre las arenas el ancho sombrero de cañas que llevaba, las brisas del
Gambia jugaban con su larga y enmarañada cabellera. Tenía un vestido talar negro, enlodado
y hecho jirones, y le brillaba sobre el pecho un crucifijo de cobre.

Así le encontró Nay al acercarse en busca de su amante. Los dos pescadores subieron a ese
tiempo el cadáver del otro europeo, el cual estaba vestido de la misma manera que su
compañero.

Los pescadores refirieron a Sinar cómo habían encontrado a dos blancos bajo una barraca de
hojas de palmera dos leguas arriba del Gambia, espirante el joven y ungiéndole el anciano al
pronunciar oraciones en una lengua extraña.

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El viejo sacerdote permaneció por algún rato abstraído de cuanto le rodeaba. Luego que se
puso en pie, Sinar, llevando de la mano a Nay, asustada ante aquel extranjero de tan raro traje
y figura, le preguntó de dónde venía, qué objeto tenía su viaje y de qué país era; y quedó
sorprendido al oírle responder, aunque con alguna dificultad, en la lengua de los Achimis:

-Yo vengo de tu país: veo pintada en tu pecho la serpiente roja de los Achimis nobles, y hablas
su idioma. Mi misión es de paz y de amor: nací en Francia. ¿Las leyes de este país no
permiten dar sepultura al cadáver del extranjero? Tus compatriotas lloraron sobre los de otros
dos de mis hermanos, pusieron cruces sobre sus tumbas, y muchos las llevan de oro
pendientes del cuello. ¿Me dejarás, pues, enterrar al extranjero?

Sinar le respondió:

-Parece que dices la verdad, y no debes de ser malo como los blancos, aunque se te
parezcan; pero hay quien mande más que yo entre los Kombu-Manez. Ven con nosotros: te
presentaré a su jefe y llevaremos el cadáver de tu amigo para saber si permite que lo entierres
en sus dominios.

Mientras andaban el corto trecho que los separaba de la ciudad, Sinar hablaba con el
misionero, y esforzábase Nay por entender lo que decían; seguíanles los dos pescadores
conduciendo en una manta el cadáver del joven sacerdote.

Durante el diálogo, Sinar se convenció de que el extranjero era veraz, por el modo como
respondió a las preguntas que le hizo sobre el país de los Achimis: reinaba en éste un
hermano suyo, y a Sinar lo creían muerto. Explicóle el misionero los medios de que se había
valido para captarse el afecto de algunas tribus de los Achimis; afecto que tuvo por origen el
acierto con que había curado algunos enfermos, y la circunstancia de haber sido uno de ellos
la esclava favorita del rey. Los Achimis le habían dado una caravana y víveres para que se
dirigiese a la costa con el único de sus compañeros que sobrevivía; pero sorprendidos en el
viaje por una partida enemiga, unos de sus guardianes los abandonaron y otros fueron
muertos; contentándose los vencedores con dejar sin guías en el desierto a los sacerdotes,
temerosos quizá de que los vencidos volviesen a la pelea. Muchos días viajaron sin otra guía
que el sol y sin más alimento que las frutas que hallaban en los oasis, y así habían llegado a la
ribera del Gambia, donde devorado por la fiebre acababa de espirar el joven cuando los
pescadores los encontraron.

Magmahú y Sinar llevaron al sacerdote a presencia del jefe de los Kombu-Manez, y el segundo
le dijo:

-He aquí un extranjero que te suplica le permitas enterrar en tus dominios el cadáver de su
hermano, y tomar descanso para poder continuar viaje a su país: en cambio te promete curar
a tu hijo.

Aquella noche, Sinar y dos esclavos suyos ayudaron al misionero a sepultar el cadáver.
Arrodillado el anciano al borde de la huesa que los esclavos iban colmando, entonó un canto
profundamente triste, y la luna hacía brillar en la blanca barba del ministro lágrimas que
rodaban a humedecer a la tierra extranjera que le ocultaba al denodado amigo.

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Capítulo 41

Poco menos que dos semanas habían pasado desde la llegada del sacerdote francés al país
de los Kombu-Manez. Sea porque solamente Sinar podía entenderle, o porque gustase éste
del trato del europeo, daban juntos diariamente largos paseos, de los cuales notó Nay que su
amante regresaba preocupado y melancólico. Supúsose ella que las noticias que daba a
Sinar de su país el extranjero debían de ser tristes; pero más tarde creyó acertar mejor con la
causa de aquella melancolía, imaginando que los recuerdos de la patria, avivados por la
relación del sacerdote, hacían desear nuevamente al hijo de Orsué el verse en su suelo natal.
Mas como la amorosa ternura de Sinar para con ella aumentaba en vez de disminuirse,
procuró aprovechar una ocasión oportuna para confiarle sus zozobras.

Apagábase una tarde calorosa, y Sinar sentado en la ribera, parecía dominado por la tristeza
que en los pasados días de su esclavitud tanto había enternecido a Nay. Ésta lo divisó y se
acercó a él con silenciosos pasos. Con la corta y pulcra falda de carmesí salpicada de
estrellas de plata; el amplio chal color de cielo, que después de ocultarle el seno,
cruzándolo, pendía de la cintura; turbante rojo prendido con agujas de oro, y collares y
pulseras de ágata, debía estar más seductiva que nunca. Sentóse al lado de su amado; mas
él continuaba meditabundo. Al fin le dijo ella:

-Nunca creí que al acercarse la hora antes tan deseada por ti en que mi padre debe hacerme
tu esposa, hubieras de estar como te veo. ¿Te ama él ya menos que antes? ¿Soy acaso menos
tierna contigo, o no te parezco tan bella como el día en que merecí me confesaras tu amor?

Sinar, fijos los ojos en las fugitivas ondas del Gambia, parecía no haber oído. Nay lo
contempló en silencio unos momentos con los ojos cuajados de lágrimas, y su pecho dejó
escapar al fin un sollozo. Al oírlo Sinar se volvió con precipitación hacia ella, y viendo aquellas
lágrimas, besóla tiernamente, diciéndole:

-¿Lloras? ¿Así recibes la felicidad que tanto hemos esperado y que al fin llega?

-¡Ay de mí! jamás habías sido sordo a mi voz; jamás te habían buscado mis ojos sin que los
tuyos se mostrasen halagüeños; por eso lloran.

-¿Cuándo, di, el más leve acento tuyo no turbó el más profundo de mis sueños; cuándo,
aunque no te esperase ni te viese, dejé de sentirte si te acercabas a mí?

-Hace un instante; y tu inocencia, Sinar, confirma tu desdén y mi desventura.

-Perdón, Nay; perdóname, pues pensaba en ti.

-¿Qué te ha dicho ese extranjero? -preguntóle Nay, enjugadas ya sus lágrimas, y jugando con
los corales y dientes de los collares del guerrero-; ¿por qué buscas con él la soledad que
tantas veces me dijiste te era odiosa sin mí? ¿Te ha contado que las mujeres de su país son
blancas como el marfil y que sus ojos tienen el azul profundo de las olas del Tando? Mi madre
me lo decía a mí, y había olvidado contártelo... A ella le habló mucho del país de los blancos
un extranjero parecido al que amas, según ella lo amó; pero desde que partió de Cumasia ese
hombre, mi madre se hizo odiosa a Magmahú: ella adoraba a otro Dios, y mi padre... mi padre
le dio la muerte.

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Nay calló por largo rato, y Sinar se mostraba dominado otra vez por tristes pensamientos.
Despertando de súbito de esa especie de embebecimiento, toma de la mano a su amada,
sube con ella a la cima de un peñasco, desde el cual se divisaba el desierto sin límites y
rielando de trecho en trecho el caudaloso río, y le dice:

-El Gambia, como el Tando, nacen del seno de las montañas. La madre no es nunca hechura
de su hijo. ¿Sabes tú quién hizo las montañas?

-No.

-Un Dios las hizo. ¿Has visto al Tando retroceder en su carrera?

-No.

-El Tando va como una lágrima a perderse en un inmenso mar, ante el bramido del cual, el
rumor de un río es como tu voz comparada con la del huracán que durante las tempestades
sacude estos bosques gigantescos cual si fuesen débiles juncos. ¿Sabes tú quien hizo el
mar?

-No.

-El rayo que rasga las nubes y cayendo sobre la copa del moabab lo despedaza, como tu
planta deshace una de sus flores secas; las estrellas que como el oro y perlas que bordan tus
mantos de calín, tachonan el cielo; la luna, que te place contemplar en la soledad dejándote
aprisionar entre mis brazos; el sol que bruñó tu tez de azabache y da luz a tus ojos, sol ante el
cual el fuego de nuestros sacrificios es menos que el brillo de una luciérnaga: todas son
obras de un solo Dios. Él no quiere que ame a otra mujer que a ti; él manda que te ame como
a mí mismo; él quiere que yo ría si ríes, que llore yo si lloras, y que en cambio de tus caricias
te defienda como a mi propia vida; que si mueres llore yo sobre tu tumba hasta que vaya a
juntarme contigo más allá de las estrellas, donde me esperarás.

Nay, entrambas manos cruzadas sobre el hombro de Sinar, lo contemplaba enamorada y


absorta, porque nunca lo había visto tan hermoso. Estrechándola él contra su corazón,
besóle con ardor los labios y continuó:

-Eso me ha dicho el extranjero para que yo te lo enseñe: su Dios debe ser nuestro Dios.

-Sí, sí -replicó Nay, circundándolo con los brazos-, y después de él, yo tu único amor.

Capítulo 42

Al amanecer del día en que el jefe de los Kombu-Manez había ordenado se diera principio a
las pomposas fiestas que se hacían en celebración del desposorio de Sinar, éste, Nay y el
misionero bajaron sigilosamente a la ribera del Gambia, y buscando allí el sitio más
recóndito, el misionero se detuvo y les habló así:

-El Dios que os he hecho amar, el Dios que adorarán vuestros hijos, no desdeña por templo
los pabellones de palmeras que nos ocultan; y en este instante os está viendo. Pidámosle
que os bendiga.

21
Adelantándose con ellos a la orilla, dijo lentamente y con voz solemne una oración que los
amantes repitieron arrodillados a uno y otro lado del sacerdote. En seguida les derramó agua
sobre las cabezas pronunciando las palabras del bautismo.

El ministro permaneció orando solo algún espacio, y acercándose de nuevo a Nay y Sinar, les
hizo enlazarse las manos, y antes de bendecírselas dijo a uno y otro palabras que Nay no
olvidó jamás.

Era ya la última noche que los nobles de la tribu pasaban en casa de Magmahú en danzas y
festines. Hermosas mujeres los rodeaban, y ellas y ellos ostentaban sus más bellas joyas y
vestidos. Magmahú, por su gigantesca estatura y lo lujoso del traje que llevaba, se distinguía
en medio de los guerreros, así como Nay había humillado durante seis días con sus galas y
encantos a las más bellas esposas y esclavas de los Kombu-Manez. Hachones de resinas
aromáticas, sostenidos por cráneos perforados de Cambez, muertos en los combates por
Magmahú, iluminaban los espaciosos aposentos. Si por momentos cesaban las músicas
marciales, eran reemplazadas por la blanda y voluptuosa de las liras. Los convidados
apuraban con exceso caros y enervantes licores; y todos habían ido rindiéndose lentamente
al sueño. Sinar, huyendo de la algazara de la fiesta, descansaba en un lecho de sus
habitaciones mientras Nay le refrescaba la frente con un abanico de plumas perfumadas.

De improviso se oyeron en el bosque vecino algunas detonaciones de fusiles seguidas de


otras y otras que se acercaban a la morada de Magmahú. Él llamó con voz estentórea a Sinar,
quien empuñando un sable salió precipitadamente en su busca. Nay estaba abrazada a su
esposo cuando Magmahú decía a éste:

-¡Los Cambez!... ¡Son ellos!... ¡Morirán degollados! -añadía removiendo inútilmente a los
valientes tendidos inertes sobre los divanes y pavimentos.

Algunos hacían esfuerzos para ponerse en pie; pero a los más les era imposible.

El estruendo de las armas y los gritos de guerra se acercaban. Incendiadas las casas de la
población más próxima a la ribera, un resplandor rojizo iluminaba el combate, y heridos de él
relampagueaban los sables de los lidiadores.

Magmahú y Sinar, sordos a los alaridos de las mujeres, sordos a los lamentos de Nay, corrían
hacia el sitio en que la pelea era más encarnizada, a tiempo que una masa compacta y
desordenada de soldados se dirigía a la casa del jefe achantea llamándole a él y a Sinar con
enronquecidas voces. Trataron de parapetarse en las habitaciones de Magmahú; pero todo
fue inútil, y tardío ya el coraje con que los jefes extranjeros combatían y animaban a los
guerreros Kombu-Manez.

Atravesado el corazón por una bala, Magmahú cayó. Pocos de sus compañeros dejaron de
correr la misma suerte.

Sinar luchó hasta el fin defendiendo cuerpo a cuerpo a Nay y su vida, hasta que un capitán de
los Cambez, de cuya diestra pendía sangrienta la cabeza del misionero francés, le gritó:

-Ríndete y te concederé la vida.

22
Nay presentó entonces las manos para que las atase aquel hombre. Ella sabía la suerte que
le esperaba, y postrándose ante él le dijo:

-No mates a Sinar; yo soy tu esclava.

Sinar acababa de caer herido de un sablazo en la cabeza, y lo ataban ya como a ella.

Los feroces vencedores recorrieron los aposentos saciando su sed de sangre al principio, y
después saqueándolos y amarrando prisioneros.

Los valientes Kombu-Manez se habían dormido en un festín y no despertaron... o despertaron


esclavos.

Cuando amos y siervos ya, no vencedores y vencidos, llegaron a la ribera del Gambia, cuyas
ondas enrojecían las últimas llamaradas del incendio, los Cambez hicieron embarcar con
precipitación, en canoas que los esperaban, los numerosos prisioneros que conducían; mas
no bien hubieron desatado éstas para abandonarse a las corrientes, una nutrida descarga de
fusiles, hecha por algunos Kombu-Manez, que tarde ya volvían al combate, sorprendió a los
navegantes que últimos habían dejado la ribera, y los cuerpos de muchos de ellos flotaron a
poco sobre las aguas.

Amanecía cuando los vencedores atracaron las piraguas a la ribera derecha del río, y dejando
algunos de sus soldados en ellas, continuaron los otros la marcha por tierra custodiando el
convoy de prisioneros, y encontrando de trecho en trecho masas de combatientes que
habían emprendido retirada por en medio de los bosques.

Durante las largas horas del viaje hasta llegar a las inmediaciones de la costa, no permitieron
a Nay los conductores que se acercase a Sinar, y éste vio incesantemente rodar lágrimas por
sus mejillas.

A los dos días, una mañana antes que el sol ahuyentase las últimas sombras de la noche,
condujeron a Nay y a otros prisioneros a la orilla del mar. Desde el día anterior la habían
separado de su esposo. Algunas canoas esperaban a los prisioneros varadas en las arenas, y
a mucha distancia sobre la mar que el buen viento rizaba, blanqueaba el velamen de un
bergantín.

-¿Dónde está Sinar, que no viene con nosotros? -preguntó Nay a uno de los jefes compañeros
de prisión al saltar a la piragua.

-Desde ayer lo embarcaron -le respondió-; estará en el buque.

Ya en él Nay, busca entre los prisioneros amontonados en la bodega a Sinar. Llámalo y nadie
le responde. Sus miradas extraviadas lo buscan otra vez en la sentina. Un sollozo y el nombre
de su amante salieron a un mismo tiempo de su pecho, y cayó como muerta.

Cuando despertó de ese sueño quebrantador y espantoso, se halló sobre cubierta, y sólo
divisó a su alrededor el nebuloso horizonte del mar. Nay no dijo ni un adiós a las montañas de
su país.

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Los gritos de desesperación que dio al convencerse de la realidad de su desgracia, fueron
interrumpidos por las amenazas de un blanco de la tripulación, y como ella le dirigiese
palabras amenazantes que por sus ademanes tal vez comprendió, alzó sobre Nay el látigo
que empuñaba, y... volvió a hacerla insensible a su desventura.

Una mañana, después de muchos días de navegación, Nay con otros esclavos estaba sobre
cubierta. Con motivo de la epidemia que había atacado a los prisioneros se les dejaba
respirar aire libre, temeroso sin duda el capitán del buque de que murieran algunos. Se oyó el
grito de «¡tierra!» dado por los marineros.

Levantó ella la cabeza de las rodillas, y divisó una línea azul más oscura que la que rodeaba
constantemente el horizonte. Algunas horas después entró el bergantín a un puerto de Cuba
donde debían desembarcar algunos negros. Las mujeres de entre éstos, que iban a separarse
de la hija de Magmahú, le abrazaron las rodillas sollozando, y los varones le dijeron adiós,
doblando las suyas ante ella y sin tratar de ocultar el llanto que derramaban. Casi se
consideraron dichosos los pocos que quedaron al lado de Nay.

El buque, después de recibir nueva carga, zarpó al día siguiente; y la navegación que siguió
fue más penosa por el mal tiempo. Ocho días habrían pasado, y al visitar una noche el
capitán la bodega, encontró muertos dos esclavos de los seis que escogidos entre los más
apuestos y robustos, reservaba. El uno se había dado la muerte, y estaba bañado en la sangre
de una ancha herida que tenía en el pecho, y en la cual se veía clavado un puñal de marinero
que el infeliz había recogido probablemente sobre cubierta: el otro había sucumbido a la
fiebre. Los dos fueron despojados de los grillos que en una sola barra los aprisionaban a
entrambos, y poco después vio sacar Nay los cadáveres para ser arrojados al mar.

Una de las esclavas de Nay y tres de los jefes Kombu-Manez eran los últimos compañeros
que le quedaban, y de éstos sucumbió otro más la misma mañana en que hubo de acercarse
el buque a una costa que entendió Nay llamarse Darién. A favor de un fuerte viento norte y de
la marejada, el bergantín se internó en el golfo y se colocó cautamente a poca distancia de
Pisisí.

Entrada la noche, el capitán hizo poner en una lancha a Nay con los tres esclavos restantes, y
embarcándose él también, dio orden a los marineros que debían manejarla para que se
dirigiesen a cierto punto luminoso que señaló en la costa. Pronto estuvieron en tierra. Los
esclavos fueron maniatados con cuerdas antes de desembarcar; y guiando uno de los
marineros, siguieron por corto tiempo una senda montuosa. Al llegar a cierto punto, el
capitán dio una seña particular con un silbato, y continuaron avanzando. Repetida la seña,
fue contestada por otra semejante cuando ya divisaban medio oculta entre los follajes de
frondosos árboles una casa, en cuyo corredor se vio luego a un hombre blanco, que con una
luz en la mano se hacía sombra en los ojos con la otra, tratando de distinguir a los recién
venidos que se acercaban. Pero los amenazantes ladridos de algunos perros enormes
impedían a los viajeros adelantar. Aquietados aquéllos por las voces de su amo y de algunos
sirvientes, pudo el capitán subir la escalera de la casa, edificada sobre estantillos, y después
de abrazarse con el dueño, trabaron diálogo, durante el cual el capitán hablaba sin duda de
los esclavos, pues los señalaba frecuentemente. Dieron orden para que subiesen éstos, y a
ese tiempo salió al corredor una mujer joven, blanca y bastante bella, a quien saludó

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cordialmente el marino. El dueño de casa no pareció satisfecho después del examen que hizo
de los tres compañeros de Nay; pero al fijarse en ésta, se detuvo hablando con la mujer
blanca en un idioma más dulce que el que había usado hasta entonces; y más musical
pareció éste al responderle ella, dejando ver a Nay en sus miradas una compasión que
agradeció.

Era el dueño de casa un irlandés llamado William Sardick, establecido hacía dos años en el
golfo de Urabá, no lejos de Turbo, y su esposa, a quien Nay oyó nombrar Gabriela, una
mestiza cartagenera de nacimiento.

Capítulo 43

Explotábanse en aquel tiempo muchas minas de oro en el Chocó; y si se tiene en cuenta el


rudimental sistema empleado para elaborarlas, bien merecen ser calificados de
considerables sus productos. Los dueños ocupaban cuadrillas de esclavos en tales trabajos.
Introducíanse por el Atrato la mayor parte de las mercancías extranjeras que se consumían
en el Cauca y naturalmente las destinadas a expenderse en el Chocó. Los mercados de
Kingston y de Cartagena eran los más frecuentados por los comerciantes importadores.
Existía en Turbo una bodega.

Esto indicado, es fácil estimar cuán tácticamente había Sardick establecido su residencia:
las comisiones de muchos negociantes; la compra de oro y el frecuente cambio que con los
Cunas ribereños hacía de carey, tagua, pieles, cacao y caucho, por sales, aguardiente,
pólvora, armas y baratijas, eran, sin contar sus utilidades como agricultor, especulaciones
bastante lucrativas para tenerlo satisfecho y avivarle la risueña esperanza de regresar rico a
su país, de donde había venido miserable. Servíale de poderoso auxiliar su hermano Thomas,
establecido en Cuba y capitán del buque negrero que he seguido en su viaje. Descargado el
bergantín de los efectos que en aquella ocasión traía y que a su arribo al puerto de la Habana
había recibido, y ocupado con producciones indígenas, almacenadas por William durante
algunos meses, todo lo cual fue ejecutado en dos noches y con el mayor sigilo por los
sirvientes de los contrabandistas, el capitán se dispuso a partir.

Aquel hombre que tan despiadadamente había tratado a los compañeros de Nay, desde el día
en que al levantar un látigo sobre ella la vio desplomarse inerte a sus pies, le dispensó toda la
consideración de que su recia índole era capaz. Comprendiendo Nay que el capitán iba a
embarcarse, no pudo sofocar sus sollozos y lamentos, suponiéndose que aquel hombre
volvería a ver pronto las costas de África de donde la había arrebatado. Acercóse a él, le pidió
de rodillas y con ademanes que no la dejara, besóle los pies, e imaginando en su dolor que
podría comprenderla, le dijo:

-Llévame contigo. Yo seré tu esclava; buscaremos a Sinar, y así tendrás dos esclavos en vez
de uno. Tú, que eres blanco y que cruzas los mares, sabrás dónde está y podremos hallarlo...
Nosotros adoramos al mismo Dios que tú, y te seremos fieles con tal que no nos separes
jamás.

Debía estar bella en su doloroso frenesí. El marino la contempló en silencio: plególe los
labios una sonrisa extraña que la rubia y espesa barba que acariciaba no alcanzó a velar,
pasóle por la frente una sombra roja, y sus ojos dejaron ver la mansedumbre de los del chacal

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cuando lo acaricia la hembra. Por fin, tomándole una mano y llevándola contra el pecho, le
dio a entender que si prometía amarlo partirían juntos. Nay, altiva como una reina, se puso en
pie, dio la espalda al irlandés y entró al aposento inmediato. Ahí la recibió Gabriela, quien
después de indicarle temerosa que guardase silencio, le significó que había obrado bien y le
prometió amarla mucho. Como después de señarlarle el cielo le mostró un crucifijo, quedó
asombrada al ver a Nay caer de rodillas ante él y orar sollozando cual si pidiese a Dios lo que
los hombres le negaban.

Transcurridos seis meses, Nay se hacía entender ya en castellano, merced a la constancia


con que se empeñaba Gabriela en enseñarle su lengua. Ésta sabía ya cómo se había
convertido la africana; y lo que había logrado comprenderle de su historia, la interesaba más
y más en su favor. Pero casi a ninguna hora estaban sin lágrimas los ojos de la hija de
Magmahú: el canto de alguna ave americana que le recordaba las de su país, o la vista de
flores parecidas a las de los bosques del Gambia, avivaba su dolor y la hacía gemir. Como
durante los cortos viajes del irlandés le permitía Gabriela dormir en su aposento, habíale oído
muchas veces llamar en sueños a su padre y a su esposo.

Las despedidas de los compañeros de infortunio habían ido quebrantando el corazón de la


esclava, y al fin llegó el día en que se despidió del último. Ella no había sido vendida, y era
tratada con menos crueldad, no tanto porque la amparase el afecto de su ama, sino porque
la desventurada iba a ser madre, y su señor esperaba realizarla mejor una vez que naciera el
manumiso. Aquel avaro negociaba de contrabando con sangre de reyes.

Nay había resuelto que el hijo de Sinar no fuera esclavo.

En una ocasión en que Gabriela le hablaba del cielo, usó de toda su salvaje franqueza para
preguntarle:

-¿Los hijos de los esclavos, si mueren bautizados, pueden ser ángeles?

La criolla adivinó el pensamiento criminal que Nay acariciaba, y se resolvió a hacerle saber
que en el país en que estaba, su hijo sería libre cuando cumpliera dieciocho años.

Nay respondió solamente en tono de lamento:

-¡Dieciocho años!

Dos meses después dio a luz un niño, y se empeñó en que se le cristianara inmediatamente.
Así que acarició con el primer beso a su hijo, comprendió que Dios le enviaba con él un
consuelo; y orgullosa de ser madre del hijo de Sinar, volvieron a sus labios las sonrisas que
parecían haber huido de ellos para siempre.

Un joven inglés que regresaba de las Antillas al interior de Nueva Granada,


descansó por casualidad en aquellos meses en la casa de Sardick antes de emprender la
penosa navegación del Atrato. Traía consigo una preciosa niña de tres años a quien parecía
amar tiernamente.

Eran ellos mi padre y Ester, la cual empezaba apenas a acostumbrarse a responder a su


nuevo nombre de María.

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Nay supuso que aquella niña era huérfana de madre, y le cobró particular cariño. Mi padre
temía confiársela, a pesar de que María no estaba contenta sino en los brazos de la esclava o
jugando con su hijo; pero Gabriela lo tranquilizó contándole lo que ella sabía de la historia de
la hija de Magmahú, relación que conmovió al extranjero. Comprendió éste la imprudencia
cometida por la esposa de Sardick al hacerle sabedor de la fecha en que había sido traída la
africana a tierra granadina, puesto que las leyes del país prohibían desde 1821 la importación
de esclavos; y en tal virtud Nay y su hijo eran libres. Mas guardóse bien de dar a conocer a
Gabriela el error cometido, y esperó una ocasión favorable para proponer a William le
vendiera a Nay.

Un norteamericano que regresaba a su país después de haber realizado en Citará un


cargamento de harina, se detuvo en casa de Sardick, esperando para continuar su viaje la
llegada a Pisisí de los botes que venían de Cartagena conduciendo las mercancías que
importaba mi padre. El yankee vio a Nay, y pagado de su gentileza, habló a William durante la
comida del deseo que tenía de llevar una esclava de bellas condiciones, pues que la
solicitaba con el fin de regalarla a su esposa. Nay le fue ofrecida, y el norteamericano,
después de regatear el precio una hora, pesó al irlandés ciento cincuenta castellanos de oro
en pago de la esclava.

Nay supo en seguida por Gabriela, al referirle ésta que estaba vendida, que esa pequeña
porción de oro, pesada por los blancos a su vista, era el precio en que la estimaban; y sonrió
amargamente al pensar que la cambiaban por un puñado de tíbar. Gabriela no le ocultó que
en el país a donde la llevaban, el hijo de Sinar sería esclavo.

Nay se mostró indiferente a todo; pero en la tarde, cuando al ponerse el sol se paseaba mi
padre por la ribera del mar llevando de la mano a María, se acercó a él con su hijo en los
brazos: en la fisonomía de la esclava aparecía una mezcla tal de dolor e ira salvaje, que
sorprendió a mi padre. Cayendo de rodillas a sus pies, le dijo en mal castellano:

-Yo sé que en ese país a donde me llevan, mi hijo será esclavo: si no quieres que lo ahogue
esta noche, cómprame; yo me consagraré a servir y querer a tu hija.

Mi padre allanó todo con dinero. Firmado por el norteamericano el nuevo documento de
venta con todas las formalidades apetecibles, mi padre escribió a continuación una nota en
él y pasó el pliego a Gabriela para que Nay la oyese leer. En esas líneas renunciaba al derecho
de propiedad que pudiera tener sobre ella y su hijo.

Impuesto el yankee de lo que el inglés acababa de hacer, le dijo admirado:

-No puedo explicarme la conducta de usted. ¿Qué gana esta negra con ser libre?

-Es -le respondió mi padre- que yo no necesito una esclava sino una aya que quiera mucho a
esta niña.

Y sentando a María sobre la mesa en que acababa de escribir, hizo que ella le entregase a Nay
el papel, diciendo él al mismo tiempo a la esposa de Sinar estas palabras:

-Guarda bien esto. Eres libre para quedarte o ir a habitar con mi esposa y mis hijos en el bello
país en que viven.

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Ella recibió la carta de libertad de manos de María, y tomando a la niña en brazos, la cubrió de
besos. Asiendo después una mano de mi padre, tocóla con los labios, y la acercó llorando a
los de su hijo.

Así fueron a habitar en la casa de mis padres Feliciana y Juan Ángel.

A los tres meses, Feliciana, hermosa otra vez y conforme en su infortunio cuanto era posible,
vivía con nosotros amada de mi madre, quien la distinguió siempre con especial afecto y
consideración.

En los últimos tiempos, por su enfermedad, y más, por ser aparente para ello, cuidaba en
Santa R. del huerto y la lechería; pero el principal objeto de su permanencia allí era recibirnos
a mi padre y a mí cuando bajábamos de la sierra.

Niños María y yo, en los momentos en que Feliciana era más complaciente con nosotros,
solíamos acariciarla llamándola Nay; pero pronto notamos que se entristecía si le dábamos
ese nombre. Alguna vez que, sentada a la cabecera de mi cama a prima noche, me entretenía
con uno de sus fantásticos cuentos, se quedó silenciosa luego que lo hubo terminado; y yo
creí notar que lloraba.

-¿Por qué lloras? -le pregunté.

-Así que seas hombre -me respondió con su más cariñoso acento- harás viajes y nos llevarás
a Juan Ángel y a mí; ¿no es cierto?

-Sí, sí -le contesté entusiasmado-: iremos a la tierra de esas princesas lindas de tus
historias... me las mostrarás... ¿Cómo se llama?

-África -contestó.

Yo me soñé esa noche con palacios de oro y oyendo músicas deliciosas.

Capítulo 44

El cura había administrado los sacramentos a la enferma. Dejando el médico a la cabecera,


monté para ir al pueblo a disponer lo necesario para el entierro y a poner en el correo aquella
carta fatal dirigida al señor A***.

Cuando regresé, Feliciana parecía menos quebrantada y el médico había concebido una
ligera esperanza. Ella me preguntó por cada uno de los de la familia, y al mencionar a María,
dijo:

-¡Quién pudiera verla antes de morir! ¡Yo le habría recomendado tanto a mi hijo!

Y luego, como para satisfacerme por la preferencia que manifestaba hacia ella, agregó:

-Si no hubiera sido por la niña, ¿qué sería de él y de mí?

La noche fue muy mala para la enferma. Al día siguiente, sábado, a las tres de la tarde, el
médico entró a mi cuarto diciéndome:

-Morirá hoy. ¿Cómo se llamaba el marido de Feliciana?

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-Sinar -le respondí.

-¡Sinar! ¿y qué se ha hecho? En el delirio pronuncia ese nombre.

No tuve la condescendencia de tratar de enternecer al doctor refiriéndole las aventuras de


Nay, y pasé a la habitación de ella.

El médico decía la verdad: iba a morir y sus labios pronunciaban sólo ese nombre cuya
elocuencia no podían medir las esclavas que la rodeaban, ni aun su mismo hijo.

Me acerqué para decirle, de modo que pudiese oírme:

-¡Nay! ¡Nay!...

Abrió los ojos enturbiados ya.

-¿No me conoces?

Hizo con la cabeza una señal afirmativa.

-¿Quieres que te lea algunas oraciones?

Hizo la misma señal.

Eran las cinco de la tarde cuando hice que alejaran a Juan Ángel del lecho de su madre.
Aquellos ojos que tan hermosos habían sido, giraban amarillentos y ya sin luz en las órbitas
ahuecadas: la nariz se le había afilado: los labios, graciosos aunque ligeramente gruesos,
retostados ahora por la fiebre, dejaban ver los dientes que ya no humedecían: con las manos
crispadas sostenía sobre el pecho un crucifijo, y se esforzaba en vano por pronunciar el
nombre de Jesús, que yo le repetía; nombre del único que podía devolverle a su esposo.

Había anochecido cuando espiró.

Luego que las esclavas la vistieron y colocaron en un ataúd, cubierta desde la garganta hasta
los pies de un lino blanco, fue puesta en una mesa enlutada, en cuyas cuatro esquinas había
cirios encendidos. Juan Ángel a la cabecera de la mesa derramaba lágrimas sobre la frente de
su madre, y de su pecho enronquecido por los sollozos salían lastimeros alaridos.

Mandé orden al capitán de la cuadrilla de esclavos para que aquella noche la trajese a rezar
en casa. Fueron llegando silenciosos, y ocupando los varones y niños toda la extensión del
corredor occidental; las mujeres se arrodillaron en círculo alrededor del féretro; y como las
ventanas del cuarto mortuorio caían al corredor, ambos grupos rezaban a un mismo tiempo.

Terminado el rosario, una esclava entonó la primera estrofa de una de esas salves llenas de la
dolorosa melancolía y los desgarradores lamentos de algún corazón esclavo que oró. La
cuadrilla repetía en coro cada estrofa cantada, armonizándose las graves voces de los
varones con las puras y dulces de las mujeres y de los niños. Éstos son los versos que de
aquel himno he conservado en la memoria:

En oscuro calabozo

Cuya reja al sol ocultan

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Negros y altos murallones

Que las prisiones circundan;

En que sólo las cadenas 5

Que arrastro, el silencio turban

De esta soledad eterna

Donde ni el viento se escucha...

Muero sin ver tus montañas

¡Oh patria! donde mi cuna 10

Se meció bajo los bosques

Que no cubrirán mi tumba.

Mientras sonaba el canto, las luces del féretro hacían brillar las lágrimas que rodaban por los
rostros medio embozados de las esclavas, y yo procuraba inútilmente ocultarles las mías.

La cuadrilla se retiró, y solamente quedaron unas pocas mujeres que debían turnarse para
orar toda la noche, y dos hombres para que preparasen las andas en que la muerta debía ser
conducida al pueblo.

Estaba muy avanzada la noche cuando logré que Juan Ángel se durmiera rendido por su dolor.
Me retiré luego a mi cuarto; pero el rumor de las voces de las mujeres qué rezaban y el golpe
de los machetes de los esclavos que preparaban la parihuela de guaduas, me despertaban
cada vez que había conciliado el sueño.

A las cuatro, Juan Ángel dormía aún. Los ocho esclavos que conducían el cadáver, y yo, nos
pusimos en marcha. Había dado orden al mayordomo Higinio para que hiciera al negrito
esperarme en casa, por evitarle el lance terrible de despedirse de su madre.

Ninguno de los que acompañábamos a Feliciana pronunció una sola palabra durante el viaje.
Los campesinos que conduciendo víveres al mercado nos dieron alcance, extrañaban aquel
silencio, por ser costumbre entre los aldeanos del país el entregarse a una repugnante orgía
en las noches que ellos llaman de velorio, noches en las cuales los parientes y vecinos del
que ha muerto se reúnen en la casa de los dolientes, so pretexto de rezar por el difunto.

Una vez que las oraciones y misa mortuorias se terminaron, nos dirigimos con el cadáver al
cementerio. Ya la fosa estaba acabada. Al pasar con él bajo la portada del campo santo, Juan
Ángel, que había burlado la vigilancia de Higinio para correr en busca de su madre, nos dio
alcance.

Colocado el ataúd en el borde de la huesa, se abrazó de él como para impedir que se lo


ocultasen. Fue necesario acercarme a él y decirle, mientras lo acariciaba enjugándole las
lágrimas:

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-No es tu madre ésa que ves ahí; ella está en el cielo, y Dios no puede perdonarte esa
desesperación.

-¡Me dejó sólo! ¡me dejó solo! -repetía el infeliz.

-No, no -le respondí-: aquí estoy yo, que te he querido y te querré siempre mucho: te quedan
María, mi madre, Emma... y todas te servirán de madres.

El ataúd estaba ya en el fondo de la fosa: uno de los esclavos le echó encima la primera
palada de tierra. Juan Ángel, abalanzándose casi colérico hacia él, le cogió a dos manos la
pala, movimiento que nos llenó de penoso estupor a todos.

A las tres de la tarde del mismo día, dejando una cruz sobre la tumba de Nay, nos dirigimos su
hijo y yo a la hacienda de la sierra.

Capítulo 56

Hundíase en los confines nebulosos del Pacífico el sol del veinticinco de julio, llenando el
horizonte de resplandores de oro y rubí; persiguiendo con sus rayos horizontales hasta las
olas azuladas que iban como fugitivas a ocultarse bajo las selvas sombrías de la costa. La
Emilia López, a bordo de la cual venía yo de Panamá, fondeó en la bahía de Buenaventura
después de haber jugueteado sobre la alfombra marina acariciada por las brisas del litoral.

Reclinado sobre el barandaje de cubierta, contemplé esas montañas a vista de las cuales
sentía renacer tan dulces esperanzas. Diecisiete meses antes rodando a sus pies, impulsado
por las corrientes tumultuosas del Dagua, mi corazón había dicho un adiós a cada una de
ellas, y su soledad y silencio habían armonizado con mi dolor.

Estremecida por las brisas, temblaba en mis manos una carta de María que había recibido en
Panamá, la cual volví a leer a la luz del moribundo crepúsculo. Acaban de recorrerla mis
ojos... Amarillenta ya, aún parece húmeda con mis lágrimas de aquellos días.

«La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas. Ya puedo contar los días, porque
cada uno que pasa acerca más aquél en que he de volver a verte.

»Hoy ha estado muy hermosa la mañana, tan hermosa como ésas que no has olvidado. Hice
que Emma me llevara al huerto; estuve en los sitios que me son más queridos en él; y me
sentí casi buena bajo esos árboles, rodeada de todas esas flores, viendo correr el arroyo
sentada en el banco de piedra de la orilla. Si esto me sucede ahora ¿cómo no he de
mejorarme cuando vuelva a recorrerlo acompañada por ti?

»Acabo de poner azucenas y rosas de las nuestras al cuadro de la Virgen, y me ha parecido


que ella me miraba más dulcemente que de costumbre y que iba a sonreír.

»Pero quieren que vayamos a la ciudad, porque dicen que allá podrán asistirme mejor los
médicos: yo no necesito otro remedio que verte a mi lado para siempre. Yo quiero esperarte
aquí: no quiero abandonar todo esto que amabas, porque se me figura que a mí me lo dejaste
recomendado y que me amarías menos en otra parte. Suplicaré para que papá demore
nuestro viaje, y mientras tanto llegarás. Adiós».

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Los últimos reglones eran casi ilegibles.

El bote de la aduana, que al echar ancla la goleta, había salido de la playa, estaba ya
inmediato.

-¡Lorenzo! -exclamé al reconocer a un amigo querido en el gallardo mulato que venía de pie
en medio del Administrador y del jefe del resguardo.

-¡Allá voy! -contestó.

Y subiendo precipitadamente la escala, me estrechó en sus brazos.

-No lloremos -dijo enjugándose los ojos con una de las puntas de su manta y esforzándose
por sonreír-: nos están viendo y estos marineros tienen corazón de piedra.

Ya en medias palabras me había dicho lo que con mayor ansiedad deseaba yo saber: María
estaba mejor cuando él salió de casa. Aunque hacía dos semanas que me esperaba en la
Buenaventura, no habían venido cartas para mí sino las que él trajo, seguramente porque la
familia me aguardaba de un momento a otro.

Lorenzo no era esclavo. Compañero fiel de mi padre en los viajes frecuentes que éste hizo
durante su vida comercial, era amado por toda la familia, y gozaba en casa fueros de
mayordomo y consideraciones de amigo. En la fisonomía y talante mostraba su vigor y franco
carácter: alto y fornido, tenía la frente espaciosa y con entradas; hermosos ojos sombreados
por cejas crespas y negras; recta y elástica nariz; bella dentadura, cariñosas sonrisas y barba
enérgica.

Verificada la visita de ceremonia del Administrador al buque, la cual había precipitado


suponiendo encontrarme en él, se puso mi equipaje en el bote, y yo salté a éste con los que
regresaban, después de haberme despedido del capitán y de algunos de mis compañeros de
viaje. Cuando nos acercábamos a la ribera, el horizonte se había ya entenebrecido: olas
negras, tersas y silenciosas pasaban meciéndonos para perderse de nuevo en la oscuridad:
luciérnagas sin número revoloteaban sobre el crespón rumoroso de las selvas de la orillas.

El Administrador, sujeto de alguna edad, obeso y rubicundo, era amigo de mi padre. Luego
que estuvimos en tierra, me condujo a su casa y me instaló él mismo en el cuarto que tenía
preparado para mí. Después de colgar una hamaca corozaleña, amplia y perfumada, salió,
diciéndome antes:

-Voy a dar disposiciones para el despacho de tu equipaje, y otras más importantes y urgentes
al cocinero, porque supongo que las bodegas y repostería de la Emilia no vendrían muy
recargadas: me ha parecido hoy muy retozona.

Aunque el Administrador era padre de una bella e interesante familia establecida en el interior
del Cauca, al hacerse cargo del destino que desempeñaba, no se había resuelto a traerla al
Puerto, por mil razones que me tenía dadas y que yo, a pesar de mi inexperiencia, hallé
incontestables. Las gentes porteñas le parecían cada día más alegres, comunicativas y
despreocupadas; pero no encontraría grave mal en ello, puesto que después de algunos

32
meses de permanencia en la costa, el mismo Administrador se había contagiado más que
medianamente de aquella despreocupación.

Después de un cuarto de hora que yo empleé en cambiar por otro mi traje de a bordo, el
Administrador volvió a buscarme: traía ya en lugar de su vestido de ceremonia, pantalones y
chaqueta de intachable blancura; su chaleco y corbata habían empezado una nueva
temporada de oscuridad y abandono.

-Descansarás un par de días aquí antes de seguir tu viaje -dijo llenando dos copas con brandi
que tomó de una hermosa frasquera.

-Pero es que yo no necesito ni puedo descansar -le observé.

-Toma el brandi; es un excelente Martell; ¿o prefieres otra cosa?

-Yo creí que Lorenzo tenía preparados bogas y canoas para madrugar mañana.

-Ya veremos. ¿Conque prefieres ginebra o ajenjo?

-Lo que usted guste.

-Salud, pues -dijo convidándome.

Y después de vaciar de un trago la copa:

-¿No es superior? -preguntó guiñando entrambos ojos; y produciendo con la lengua y el


paladar un ruido semejante al de un beso sonoro, añadió-: ya se ve que habrás saboreado el
más añejo de Inglaterra.

-En todas partes abrasa el paladar. ¿Conque podré madrugar?

-Si todo es broma mía -respondió acostándose descuidadamente en la hamaca y


limpiándose el sudor de la garganta y de la frente con un gran pañuelo de seda de India,
fragante como el de una novia-. ¿Conque abrasa, eh? Pues el agua y él son los únicos
médicos que tenemos aquí, salvo mordedura de víbora.

-Hablemos de veras: ¿qué es lo que usted llama su broma?

-La propuesta de que descanses, hombre. ¿Se te figura que tu padre se ha dormido para
recomendarme tuviera todo preparado para tu marcha? Va para quince días que llegó
Lorenzo, y hace ocho que están listos los bogas y ranchada la canoa. Lo cierto es que he
debido ser menos puntual, y habría logrado de esa manera que te dejaras ajonjear por mí dos
días.

-¡Cuánto le agradezco su puntualidad!

Rióse ruidosamente impulsando la hamaca para darse aire, diciéndome al fin:

-¡Malagradecido!

-No es eso: usted sabe que no puedo, que no debo demorarme ni una hora más de lo
indispensable; que es urgente que llegue yo a casa muy pronto...

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-Sí, sí; es verdad; sería un egoísmo de mi parte -dijo ya serio.

-¿Qué sabe usted?

-La enfermedad de una de las señoritas... Pero recibirías las cartas que te envié a Panamá.

-Sí, gracias, a tiempo de embarcarme.

-¿No te dicen que está mejor?

-Eso dicen.

-¿Y Lorenzo?

-Dice lo mismo.

Pasado un momento en que ambos guardamos silencio, el Administrador gritó


incorporándose en la hamaca:

-¡Marcos! ¡la comida!

Un criado entró luego a anunciarnos que la mesa estaba servida.

-Vamos -dijo mi huésped poniéndose en pie-: hace hambre; si hubieras tomado el brandi
tendrías un buen apetito. ¡Ola! -agregó a tiempo que entrábamos al comedor y dirigiéndose a
un paje-: si vienen a buscarnos, di que no estamos en casa. Es necesario que te acuestes
temprano para poder madrugar -me observó señalándome el asiento de la cabecera.

Él y Lorenzo se colocaron a uno y otro lado del mío.

-¡Diantre! -exclamó el Administrador cuando la luz de la hermosa lámpara de la mesa bañó


mi rostro- ¡qué bozo has traído! Si no fueras moreno se podría jurar que no sabes dar los
buenos días en castellano. Se me figura que estoy viendo a tu padre cuando él tenía veinte
años; pero me parece que eres más alto que él: sin esa seriedad heredada sin duda de tu
madre, creería estar con el judío la noche que por primera vez desembarcó en Quibdó. ¿No te
parece, Lorenzo?

-Idéntico -respondió éste.

-Si hubieras visto -continuó mi huésped dirigiéndose a él- el afán de nuestro inglesito luego
que le dije que tendría que permanecer conmigo dos días... Se impacientó hasta decirme que
mi brandi abrasaba no sé qué. ¡Caracoles! temí que me regañara. Vamos a ver si te parece lo
mismo este tinto, y si logramos que te haga sonreír. ¿Qué tal? -añadió después que probé el
vino.

-Es muy bueno.

-Temblando estaba de que me le hicieras gestos, porque es lo mejor que he podido conseguir
para que tomes en el río.

La jovialidad del Administrador no flaqueó un instante durante dos horas. A las nueve
permitió que me retirase, prometiéndome estar en pie a las cuatro de la mañana para
acompañarme al embarcadero. Al darme las buenas noches, agregó:

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-Espero que no te quejarás mañana de las ratas como la otra vez: una mala noche que te
hicieron pasar les ha costado carísimo: les he hecho desde entonces guerra a muerte.

Capítulo 57

A las cuatro llamó el buen amigo a mi puerta, y hacía una hora que lo esperaba yo, listo ya
para marchar. Él, Lorenzo y yo nos desayunamos con brandi y café mientras los bogas
conducían a las canoas mi equipaje, y poco después estábamos todos en la playa.

La luna, grande y en su plenitud, descendía ya al ocaso, y al aparecer bajo las negras nubes
que la habían ocultado, bañó las selvas distantes, los mangares de las riberas y la mar tersa y
callada con resplandores trémulos y rojizos, como los que esparcen los blandones de un
féretro sobre el pavimento de mármol y los muros de una sala mortuoria.

-¿Y ahora hasta cuándo? -me dijo el Administrador correspondiendo a mi abrazo de


despedida con otro apretado.

-Quizá volveré muy pronto -le respondí.

-¿Regresas, pues, a Europa?

-Tal vez.

Aquel hombre tan festivo me pareció melancólico en ese momento.

Al alejarse de la orilla la canoa ranchada, en la cual íbamos Lorenzo y yo, gritó:

-¡Muy buen viaje!

Y dirigiéndose a los dos bogas:

-¡Cortico! ¡Laureán!... cuidármelo mucho, cuidármelo como cosa mía.

-Sí, mi amo -contestaron a dúo los dos negros.

A dos cuadras estaríamos de la playa, y creí distinguir el bulto blanco del Administrador,
inmóvil en el mismo sitio en que acababa de abrazarme.

Los resplandores amarillentos de la luna, velados a veces, fúnebres siempre, nos


acompañaron hasta después de haber entrado a la embocadura del Dagua.

Permanecía yo en pie a la puerta del rústico camarote, techumbre abovedada hecha con
matambas, bejucos y hojas de rabihorcado, que en el río llaman rancho. Lorenzo, después de
haberme arreglado una especie de cama sobre tablas de guadua bajo aquella navegante
gruta, estaba sentado a mis pies con la cabeza apoyada sobre las rodillas, y parecía dormitar.
Cortico (o sea Gregorio, que tal era su nombre de pila) bogaba cerca de nosotros
refunfuñando a ratos la tonada de un bunde. El atlético cuerpo de Laureán se dibujaba como
el perfil de un gigante sobre los últimos celajes de la luna ya casi invisible.

Apenas si se oían el canto monótono y ronco de los bamburés en los manglares sombríos de
las riberas y el ruido sigiloso de las corrientes, interrumpiendo aquel silencio solemne que

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rodea los desiertos en su último sueño, sueño siempre profundo como el del hombre en las
postreras horas de la noche.

-Toma un trago, Cortico, y entona mejor esa canción triste -dije al boga enano.

-¡Jesú! mi amo, ¿le parece triste?

Lorenzo escanció de su chamberga pastusa cantidad más que suficiente de anisado en el


mate que el boga le presentó, y éste continuó diciendo:

-Será que el sereno me ha dao carraspera -y dirigiéndose a su compañero-: compae Laureán,


el branco que si quiere despejá el pecho para que cantemo un baile alegrito.

-¡Aprobalo! -respondió el interpelado con voz ronca y sonora-: otro baile será el que va a
empezá en el escuro. ¿Ya sabe?

-Po lo mesmo, señó.

Laureán saboreó el aguardiente como conocedor en la materia, murmurando:

-Del que ya no baja.

-¿Qué es eso del baile a oscuras? -le pregunté.

Colocándose en su puesto entonó por respuesta el primer verso del siguiente bunde,
respondiéndole Cortico con el segundo, tras de lo cual hicieron pausa, y continuaron de la
misma manera hasta dar fin a la salvaje y sentida canción.

Se no junde ya la luna;

Remá, remá.

¿Qué hará mi negra tan sola?

Llorá, llorá.

Me coge tu noche escura, 5

San Juan, San Juan.

Escura como mi negra,

Ni má, ni má.

La lú de su s'ojo mío

Der má, der má. 10

Lo relámpago parecen.

Bogá, bogá.

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Aquel cantar armonizaba dolorosamente con la naturaleza que nos rodeaba: los tardos ecos
de esas selvas inmensas repetían sus acentos quejumbrosos, profundos y lentos.

-No más bunde -dije a los negros aprovechándome de la última pausa.

-¿Le parece a su mercé mal cantao? -preguntó Gregorio, que era el más comunicativo.

-No, hombre, muy triste.

-¿La juga?

-Lo que sea.

-¡Alabao! Si cuando me cantan bien una juga y la baila con este negro Mariugenia... créame
su mercé lo que le digo: hasta lo s'ángele del cielo zapatean con gana de bailala.

-Abra el ojo y cierre el pico, compare -dijo Laureán-; ¿ya oyó?

-¿Acaso soy sordo?

-Bueno pué.

-Vamo a velo, señó.

Las corrientes del río empezaban a luchar contra nuestra embarcación. Los chasquidos de
los herrones de las palancas, se oían ya. Algunas veces la de Gregorio daba un golpe en el
borde de la canoa para significar que había que variar de orilla, y atravesábamos la corriente.
Poco a poco fueron haciéndose densas las tinieblas. Del lado del mar nos llegaba el retumbo
de truenos lejanos. Los bogas no hablaban. Un ruido semejante al vuelo rumoroso de un
huracán sobre las selvas venía en nuestro alcance. Gruesas gotas de lluvia empezaron a caer
después.

Me recosté en la cama que Lorenzo me había tendido. Éste quiso encender luz, pero
Gregorio, que le vio frotar un fósforo, le dijo:

-No prenda vela, patrón, porque me deslumbro y se embarca la culebra.

La lluvia azotaba rudamente la techumbre del rancho. Aquella oscuridad y silencio eran
gratos para mí después del trato forzado y de la fingida amabilidad usada durante mi viaje con
toda clase de gentes. Los más dulces recuerdos, los más tristes presentimientos volvieron a
disputarse mi corazón en aquellos instantes para reanimarlo o entristecerlo. Bastábanme ya
cinco días de viaje para volver a tenerla en mis brazos y devolverle toda la vida que mi
ausencia le había robado. Mi voz, mis caricias, mis ojos que tan dulcemente habían sabido
conmoverla en otros días ¿no serían capaces de disputársela al dolor y a la muerte? Aquel
amor ante el cual la ciencia se consideraba impotente, que la ciencia llamaba en su auxilio,
debía poderlo todo.

Recorría mi memoria lo que me decía en sus últimas cartas: «La noticia de tu regreso ha
bastado a volverme las fuerzas... Yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre».

La casa paterna en medio de sus verdes colinas, sombreada por sauces añosos, engalanada
con rosales, iluminada por los resplandores del sol al nacer, se presentaba a mi imaginación:

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eran los ropajes de María los que susurraban cerca de mí; la brisa del Sabaletas la que movía
mis cabellos; las esencias de las flores cultivadas por María, las que aspiraba yo... Y el
desierto con sus aromas, sus perfumes y susurros era cómplice de mi deliciosa ilusión.

Detúvose la canoa en una playa de la ribera izquierda.

-¿Qué es? -pregunté a Lorenzo.

-Estamos en el Arenal.

-¡Oopa! Un guarda, que contrabando va -gritó Cortico.

-¡Alto! -contestó un hombre, que debía estar en acecho, pues dio esa voz a pocas varas de la
orilla.

Los bogas soltaron a dúo una estrepitosa carcajada, y no había puesto punto final a la suya
Gregorio, cuando dijo:

-¡San Pablo bendito! que casi me pica este cristiano. Cabo Ansermo, a busté lo va a matá un
rumatismo metío entre un carrizar. ¿Quién le contó que yo subía, señó?

-Bellaco -le respondió el guarda-, las brujas. A ver, ¿qué llevas?

-Buque de gente.

Lorenzo había encendido luz, y el cabo entró al rancho, dando de paso al negro
contrabandista una sonora palmada en la espalda a guisa de cariño. Luego que me saludó
franca y respetuosamente, se puso a examinar la guía, y mientras tanto Laureán y Gregorio,
en pampanilla, sonreían asomados a la boca del camarote.

El primer grito de Gregorio al llegar a la playa alarmó a todo el destacamento: dos guardas
más con caras de mal dormidos, y armados de carabinas como el que aguardaba agazapado
bajo las malezas, llegaron a tiempo de libación y despedida. La enorme chamberga de
Lorenzo tenía para todos, a lo cual se agregaba que debía estar deseosa de habérselas con
otros menos desdeñosos que sus amos.

Había cesado la lluvia y empezaba a amanecer, cuando después de las despedidas y


chufletas picantes sazonadas con risotadas y algo más, que se cruzaban entre mis bogas y
los guardas, continuamos viaje.

De allí para adelante las selvas de las riberas fueron ganando en majestad y galanura: los
grupos de palmeras se hicieron más frecuentes: veíase la pambil de recta columna
manchada de púrpura; la mil-pesos frondosa brindando en sus raíces el delicioso fruto; la
chontadura y la gualte; distinguiéndose entre todas la naidí de flexible tallo e inquieto
plumaje, por un no sé qué de coqueto y virginal que recuerda talles seductores y esquivos.
Las más con sus racimos medio defendidos aún por la concha que los había abrigado, todas
con penachos color de oro, parecían con sus rumores dar la bienvenida a un amigo no
olvidado. Pero aún faltaban allí las bejucadas de rojos festones, las trepadoras de frágiles y
lindas flores, las sedosas larvas y los aterciopelados musgos de los peñascos. El naguare y el

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piáunde, como reyes de la selva, empinaban sus copas sobre ella para divisar algo más
grandioso que el desierto: la mar lejana.

La navegación iba haciéndose cada vez más penosa. Eran casi las diez cuando llegamos a
Calle-larga. En la ribera izquierda había una choza, levantada, como todas las del río, sobre
gruesos estantillos de guayacán, madera que como es sabido, se petrifica en la humedad: así
están los habitantes libres de las inundaciones, y menos en familia con las víboras que, por
su abundancia y diversidad son el terror y pesadilla de los viajeros.

Mientras Lorenzo, guiado por los bogas, iba a disponer nuestros almuerzos en la casita,
permanecí en la canoa preparándome para tomar un baño cuya excelencia dejaban prever
las aguas cristalinas. Mas no había contado con los mosquitos, a pesar de que sus
venenosas picaduras los hacen inolvidables. Me atormentaron a su sabor, haciéndole perder
al baño que tomé, la mitad de su orientalismo salvaje. El color y otras condiciones de la
epidermis de los negros los defienden sin duda de esos tenaces y hambrientos enemigos,
pues seguí observando que apenas se daban por notificados los bogas de su existencia.

Lorenzo me trajo el almuerzo a la canoa, ayudado por Gregorio, quien las daba de buen
cocinero, y me prometió para el día siguiente un tapado.

Debíamos llegar por la tarde a San Cipriano, y los bogas no se hicieron rogar para continuar el
viaje, vigorizados ya por el tinto selecto del Administrador.

El sol no desmentía ser de verano.

Cuando las riberas lo permitían, Lorenzo y yo, para desentumirnos o para disminuir el peso de
la canoa en pasos de peligro confesado por los bogas, andábamos por algunas de las orillas
cortos trechos, operación que allí se llama playear; pero en tales casos el temor de tropezar
con alguna guascama o de que alguna chonta se lanzase sobre nosotros, como los individuos
de esa familia de serpientes negras, rollizas y de collar blanco lo acostumbran, nos hacía
andar por las malezas más con los ojos que con los pies.

Era inútil averiguar si Laureán y Gregorio eran curanderos, pues apenas hay boga que no lo
sea, y que no lleve consigo colmillos de muchas clases de víboras y contras para varias de
ellas, entre las cuales figuran el guaco, los bejucos atajasangre, siempreviva, zaragoza, y
otras yerbas que no nombran y que conservan en colmillos de tigre y de caimán ahuecados.
Pero eso no basta a tranquilizar a los viajeros, pues es sabido que tales remedios suelen ser
ineficaces, y muere el que ha sido mordido, después de pocas horas, arrojando sangre por los
poros, y con agonías espantosas.

Llegamos a San Cipriano. En la ribera derecha y en el ángulo formado por el río que da
nombre al sitio, y por el Dagua, que parece regocijarse con su encuentro, estaba la casa,
alzada sobre postes en medio de un platanal frondoso. No habíamos saltado todavía a la
playa y ya Gregorio gritaba:

-¡Ña Rufina! ¡aquí voy yo! -Y en seguida-: ¿dónde cogió esta viejota?

-Buena tarde, ño Gregorio -respondió una negra joven asomándose al corredor.

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-Me tiene que da posada, porque traigo cosa buena.

-Sí, señó: suba pué.

-¿Mi compañero?

-En la Junta.

-¿Tío Bibiano?

-Asina no ma, ño Gregorio.

Laureán dio las buenas tardes a la casera y volvió a guardar su silencio acostumbrado.

Mientras los bogas y Lorenzo sacaban los trastos de la canoa, yo estaba fijo en algo que
Gregorio, sin hacer otra observación, había llamado viejota: era una culebra gruesa como un
brazo fornido, casi de tres varas de largo, de dorso áspero, color de hoja seca y salpicado de
manchas negras; barriga que parecía de piezas de marfil ensambladas, cabeza enorme y
boca tan grande como la cabeza misma, nariz arremangada y colmillos como uñas de gato.
Estaba colgada por el cuello en un poste del embarcadero, y las aguas de la orilla jugaban
con su cola.

-¡San Pablo! -exclamó Lorenzo fijándose en lo que yo veía-; ¡qué animalote!

Rufina, que se había bajado a alabarme a Dios, observó riéndose, que más grandes las había
muerto algunas veces.

-¿Dónde encontraron ésta? -le pregunté.

-En la orilla, mi amo, allí en el chípero -me contestó señalándome un árbol frondoso distante
treinta varas de la casa.

-¿Cuándo?

-A la madrugadita que se fue mi hermano a viaje, la topó armaa, y él la trajo para sacale la
contra. La compañera no estaba ahí, pero hoy la vi yo y él la topa mañana.

La negra me refirió en seguida que aquella víbora hacía daño de esta manera: agarrada de
alguna rama o bejuco con una uña fuerte que tiene en la extremidad de la cola, endereza más
de la mitad del cuerpo sobre las roscas del resto: mientras la presa que acecha no le pasa a
distancia tal que solamente extendida en toda su longitud la culebra, pueda alcanzarla,
permanece inmóvil, y conseguida esa condición, muerde a la víctima y la atrae a sí con una
fuerza invencible: si la presa vuelve a alejarse a la distancia precisa, se repite el ataque hasta
que la víctima espira: entonces se enrolla envolviendo el cadáver y duerme así por algunas
horas. Casos han ocurrido en que cazadores y bogas se salven de ese género de muerte
asiéndole la garganta a la víbora con entrambas manos y luchando con ella hasta ahogarla, o
arrojándole una ruana sobre la cabeza; más eso es raro, porque es difícil distinguirla en el
bosque, por asemejarse armada a un tronco delgado en pie y ya seco. Mientras la verrugosa
no halla de dónde agarrar su uña, es del todo inofensiva.

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Rufina, señalándome el camino, subió con admirable destreza la escalera formada de un solo
tronco de guayacán con muescas, y aun me ofreció la mano entre risueña y respetuosa
cuando ya iba yo a pisar el pavimento de la choza, hecho de tablas picadas de pambil, negras
y brillantes por el uso. Ella, con las trenzas de pasa esmeradamente atadas a la parte
posterior de la cabeza, que no carecía de cierto garbo natural, follao de pancho azul y camisa
blanca, todo muy limpio, candongas de higas azules y gargantilla de lo mismo aumentada
con escuditos y cabalongas, me pareció graciosamente original, después de haber dejado
por tanto tiempo de ver mujeres de esa especie; y lo dejativo de su voz, cuya gracia consiste
en gentes de la raza, en elevar el tono en la sílaba acentuada de la palabra final de cada frase;
lo movible de su talle y sus sonrisas esquivas, me recordaban a Remigia en la noche de sus
bodas. Bibiano, padre de la núbil negra, que era un boga de poco más de cincuenta años,
inutilizado ya por el reumatismo, resultado del oficio, salió a recibirme, el sombrero en la
mano, y apoyándose en un grueso bastón de chonta: vestía calzones de bayeta amarilla y
camisa de listado azul, cuyas faldas llevaba por fuera.

Componíase la casa, como que era una de las mejores del río, de un corredor, del cual, en
cierta manera, formaba continuación la sala, pues las paredes de palma de ésta, en dos de
los lados, apenas se levantaban a vara y media del suelo, presentando así la vista del Dagua
por una parte y la del dormido y sombrío San Cipriano por la otra: a la sala seguía una alcoba,
de la que se salía a la cocina, cuya hornilla estaba formada por un gran cajón de tablas de
palma rellenado con tierra, sobre el cual descansaban las tulpas y el aparato para hacer el
fufú. Sustentado sobre las vigas de la sala, había un tablado que la abovedaba en una tercera
parte, especie de despensa en que se veían amarillear hartones y guineos, a donde subía
frecuentemente Rufina por una escalera más cómoda que la del patio. De una viga colgaban
atarrayas y catangas, y estaban atravesadas sobre otras, muchas palancas y varas de pescar.
De un garabato pendían un mal tamboril y una carrasca, y en un rincón estaba recostado el
carángano, rústico bajo en la música de aquellas riberas.

Pronto estuvo mi hamaca colgada. Acostado en ella veía los montes distantes no hollados
aún, que iluminaba la última luz amarilla de la tarde, y las ondas del Dagua pasar
atornasoladas de azul, verde y oro. Bibiano, estimulado por mi franqueza y cariño, sentado
cerca de mí, tejía crezneja para sombreros, fumando en su congola, conversándome de los
viajes de su mocedad, de la difunta (su mujer), de la manera de hacer la pesca en corrales y
de sus achaques. Había sido esclavo hasta los treinta años en la mina de Iró, y a esa edad
consiguió a fuerza de penosos trabajos y de economías, comprar su libertad y la de su mujer,
que había sobrevivido poco tiempo a su establecimiento en el Dagua.

Los bogas, con calzones ya, charlaban con Rufina; y Lorenzo, después de haber sacado sus
comestibles refinados para acompañar el sancocho de nayo que nos estaba preparando la
hija de Bibiano, había venido a recostarse silencioso en el rincón más oscuro de la sala.

Era casi de noche cuando se oyeron gritos de pasajeros en el río: Lorenzo bajó
apresuradamente y regresó pocos momentos después diciendo que era el correo que subía; y
había tomado noticia de que mi equipaje quedaba en Mondomo.

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Pronto nos rodeó la noche con toda su pompa americana: las noches del Cauca, las de
Londres, las pasadas en alta mar ¿por qué no eran tan majestuosamente tristes como
aquélla?

Bibiano me dejó creyéndome dormido, y fue a apurar la comida. Lorenzo encendió vela y
preparó la mesita de la casa con el menaje de nuestra alforja.

A las ocho todos estaban, bien o mal, acomodados para dormir. Lorenzo, luego que me hubo
acomodado con esmero casi maternal en la hamaca, se acostó en la suya.

-Taita -dijo Rufina desde su alcoba a Bibiano, que dormía con nosotros en la sala-: escuche su
mercé la verrugosa cantando en el río.

En efecto, se oía hacia ese lado algo como el cloqueo de una gallina enorme.

-Avísele a ño Laureán -continuó la muchacha-, para que a la madrugada pasen con mañita.

-¿Ya oíte, hombre? -preguntó Bibiano.

-Sí, señó -respondió Laureán, a quien debía de tener despierto la voz de Rufina, pues según
comprendí más tarde, era su novia.

-¿Qué es esto grande que vuela aquí? -pregunté a Bibiano, próximo ya a figurarme que sería
alguna culebra alada.

-El murciélago, amito -contestó-, pero no haya miedo que le pique durmiendo en la hamaca.

Los tales murciélagos son verdaderos vampiros que sangran en poco rato a quien llega a
dejarles disponibles la nariz o las yemas de los dedos; y realmente se salvan de su chupadura
los que duermen en hamaca.

Capítulo 58

Lorenzo me llamó a la madrugada: vio mi reloj y eran las tres. A favor de la luna, la noche
parecía un día opaco. A las cuatro, encomendados a la Virgen en las despedidas de Bibiano y
de su hija, nos embarcamos.

-Aquí canta la verrugosa, compae -dijo Laureán a Cortico luego que hubimos navegado un
corto trecho-: saque afuerita, no vaya a tá armaa.

Todo el peligro para mí era que la víbora se entrase a la canoa, pues estaba defendido por el
techo del rancho; pero agarrado por ella alguno de los bogas, el naufragio era probable.

Pasamos felizmente; más, la verdad sea dicha, ninguno tranquilo.

El almuerzo de aquel día fue copia del anterior, salvo el aumento del tapado que Gregorio
había prometido, potaje que preparó haciendo un hoyo en la playa, y una vez depositado en
él, envuelto en hojas de biao, la carne, plátano y demás que debían componer el cocido, lo
cubrió con tierra y encima de todo encendió un fogón.

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Era increíble que la navegación fuese más penosa en adelante que la que habíamos hecho
hasta allí; pero lo fue: en el Dagua es donde con toda propiedad puede decirse que no hay
imposibles.

A las dos de la tarde, hora en que tomábamos dulce en un remanso, Laureán lo rehusó, y se
internó en el bosque algunos pasos para regresar trayendo unas hojas: después de
estregarlas en un mate lleno de agua, hasta que el líquido se tiñó de verde, coló éste en la
copa de su sombrero y se lo tomó. Era zumo de hoja hedionda, único antídoto contra las
fiebres, temibles en la Costa y en aquellas riberas, que reconocen como eficaz los negros.

Las palancas, que cuando se baja el río, sirven mil veces para evitar un estrellamiento
general, son menos útiles para subirlo. Desde Fleco, a cada paso caían al agua Gregorio y
Laureán, siempre después del consabido golpe de aviso, y entonces el primero cabestreaba
la canoa asiéndola por el galindro, mientras el compañero la impulsaba por la popa. Así se
subían los chorros o cabezones inevitables; pero para librarse de los más furiosos había
pequeños caños llamados arrastraderos, practicados en las playas, y más o menos escasos
de agua, por los cuales subía la canoa rozando con el casco los guijarros del cauce y
balanceándose algunas veces sobre las rocas más salientes.

Los botaderos empeoraron de condición por la tarde: como fuesen más y más descolgadas
las corrientes a medida que nos acercábamos al Saltico, los bogas al cambiar de orilla,
impulsaban simultáneamente la canoa subiendo al mismo tiempo de un salto sobre ella,
para empuñar las palancas; y abandonándolas en el instante, una vez atravesado el río,
impedían que nos arrebatara el raudal, enfurecido por haber dejado escapar una presa ya
suya. Después de cada lance de esta especie, se hacía necesario arrojar de la canoa el agua
que había entrado, operación que ejecutaban los bogas instantáneamente amagando dar un
paso y volviendo a traer el pie avanzado hacia el firme, con lo cual salían de en medio de
éstos plumadas de agua. Tales evoluciones y portentos gimnásticos asombraban ejecutados
por Laureán, aunque él, por su estatura, con ceñirse una guirnalda de pámpanos, habría
podido pasar por el dios del río: pero hechos por Gregorio, quien, salvo su cara risueña
siempre, parecía representar la figura recortada de su compañero, con sus piernas que
formaban al andar casi una o, y cuyos pies encorvados hacia dentro eran más que pies,
instrumentos de achicar, aquellos prodigios de agilidad causaban terror.

Pernoctamos aquel día en el Saltico, pobre y desapacible caserío a pesar del movimiento que
le daban sus bodegas. Allí hay un obstáculo para la navegación, y es generalmente el término
de viaje de los bogas que vienen del Puerto, así como los que subían del Saltico llegaban
solamente al Salto, y a este punto, los que bajaban diariamente de Juntas.

La misma tarde arrastraron mis bogas por tierra la canoa, ya sin rancho, para ponerla en la
playa donde debía embarcarme al día siguiente. Del Saltico al Salto, los peligros del viaje
salieron de la esfera de toda ponderación.

En el Salto hubo de repetirse el arrastramiento de la canoa para vencer el último obstáculo


que allí merece el honor de tal nombre.

Los bosques iban teniendo a medida que nos alejábamos de la costa, toda aquella majestad,
galanura, diversidad de tintas y abundancia de aromas que hacen de las selvas del interior un

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conjunto indescriptible. Mas el reino vegetal imperaba casi solo: oíase de tarde en tarde y a lo
lejos el canto del paují, muy rara pareja de panchanas atravesaba a veces por encima de las
montañas casi perpendiculares que encajonaban la vega; y alguna primavera volaba
furtivamente bajo las bóvedas oscuras, formadas por los guabos apiñados o por los
cañaverales, chontas, nacederos y chíperos, sobre los cuales mecían las guaduas sus
arqueados plumajes. El martín-pescador, única ave acuática habitadora de aquellas riberas,
rozaba por rareza los remansos con sus alas, o se hundía en ellos para sacar en el pico algún
pececillo plateado.

Desde el Saltico encontramos mayor número de canoas bajando, y las más capaces de ellas
tendrían ocho varas de largo, y escasamente una de ancho.

El par de bogas que manejaba cada canoa, balanceándose y achicando incesantemente el


delantero, el de la popa sentado a veces, tranquilos siempre, apenas divisados al descender
por en medio de los chorros de una revuelta lejana, desaparecían en ellas y pasaban muy
luego velozmente por cerca de nosotros, para volver a verse abajo y distantes ya, como
corriendo sobre las espumas.

Los peñascos escarpados de La Víbora, Delfina con su limpio riachuelo, que brotando del
corazón de las montañas parece que mezcla después tímidamente sus corrientes con las
impetuosas del Dagua, y el derrumbo del Arrayán, fueron quedando a la izquierda. Allí hubo
necesidad de hacer alto para conseguir una palanca, pues Laureán acababa de romper su
último repuesto. Hacía una hora que un aguacero nutrido nos acompañaba, y el río
empezaba a traer cintas de espumas y algunas malezas menudas.

-La niña tá celosa -dijo Cortico cuando arrimamos a la playa.

Creí que se refería a una música tristísima y como ahogada, que parecía venir de la choza
vecina.

-¿Qué niña es ésa? -le pregunté.

-Pue Pepita, mi amo.

Entonces caí en la cuenta de que se refería al hermoso río de ese nombre que se une al
Dagua abajo del pueblo de juntas.

-¿Por qué está celosa?

-¿No ve su mercé lo que baja?

-No.

-La creciente.

-¿Y por qué no es Dagua el celoso? Ella es muy linda y mejor que él.

Gregorio se rió antes de responderme:

-Dagua tiene mal genio. Creciente de Pepita é, porque el río no baja amarillo.

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Subí al rancho mientras los bogas hacían sus prevenciones, deseoso de ver qué instrumento
tocaban allí: era una marimba, pequeño teclado de chontas sobre tarros de guadua
alineados de mayor a menor, y que se hace sonar con bolillos pequeños aforrados en
vaqueta.

Una vez conseguida la palanca y llenada la condición indispensable de que fuese de biguare
o cuero-negro, continuamos subiendo con mejor tiempo ya y sin que los celos de Pepita se
hiciesen importunos.

Los bogas, estimulados por Lorenzo y la gratificación que les tenía yo prometida por su buen
manejo, se esforzaron a fin de hacerme llegar de día a Juntas. Poco después dejamos a la
derecha la campiñita de Sombrerillo, cuyo verdor contrasta con la aspereza de las montañas
que la sombrean hacia el Sur. Eran las cuatro de la tarde cuando pasamos al pie de los agrios
peñascos de Media-luna. Salimos poco después del temible Credo; y por fin dimos dichoso
término a la inverosímil navegación saltando a una playa de Juntas.

El amigo D***, antiguo dependiente de mi padre, me estaba esperando avisado por el


correísta que nos dio alcance en San Cipriano, de que yo debía llegar aquella tarde. Me
condujo a su casa, en donde fui a esperar a Lorenzo y a los bogas. Éstos quedaron muy
contentos con «mi persona», como decía Gregorio. Debían madrugar al día siguiente, y se
despidieron de mí de la manera más cordial y deseándome salud, después de apurar dos
copas de cognac y de haberme recibido una carta para el Administrador.

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