El intocable John Banville
Una de las grandes novelas de John Banville, Premio Prínci-
pe de Asturias de las Letras, basada en la vida de Anthony
Blunt, el controvertido espía de la Reina de Inglaterra y del
Kremlin.
Corren los años treinta y la amenaza de la guerra sobrevue-
la Europa. Fascismo y comunismo amenazan con sacudir los
cimientos de Inglaterra, que ignora que tiene al enemigo
dentro de sus fronteras: Moscú ha puesto los ojos en un
grupo de jóvenes cultos, idealistas y triunfadores, que no
levanta sospechas.
Cuarenta años después, Victor Maskell ve cómo un comuni-
cado en la Cámara de los Comunes revela su condición de
agente doble. Pero ¿quién lo ha sacrificado, y a cambio de
qué?
¿Puede un célebre historiador del arte experto en Poussin,
marido y padre, agente de la reina, ser al tiempo amante
homosexual y espía de Stalin? Y de todas esas traiciones,
¿cuál es la que más pesa?
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A Colm y Douglas
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Primer día de la nueva vida. Muy extraño. Me he sentido
inquieto todo el día. Ahora estoy exhausto, pero también
febril, como un niño al acabar una fiesta. Como un niño, sí:
como si hubiese experimentado alguna for ma grotesca de
renacimiento. Sin embargo, esta mañana me di cuenta por
vez primera de que soy un hombre viejo. Atravesaba Go-
wer Street, mi antiguo territorio. Traté de avivar el paso, pe-
ro algo me lo impedía. Fue una sensación rara, como si rá-
fagas de aire se arremolinaran en mis tobillos, como si el ai-
re se hubiese vuelto… ¿cómo diríamos?, ¿viscoso?, y se me
resistiera, y casi di un traspié. Pasó un estruendoso autobús
con un sonriente negro al volante. ¿Qué fue lo que vio?
Sandalias, imper meable, mi habitual bolsa de redecilla, vie-
jos ojos legañosos extraviados por el miedo. Si me hubiese
atropellado, habrían dicho que fue un suicidio, para alivio
de todos. Pero no les di esa satisfacción. Este año cumpliré
setenta y dos. No puedo creerlo. Por dentro, veintidós para
siempre. Supongo que eso mismo les ocurre a todos los
viejos. ¡Grrr!
Nunca había llevado un diario antes. Por miedo a ser in-
criminado. No dejes nada por escrito, decía siempre Boy.
¿Por qué he empezado ahora? Sencillamente, me senté y
me puse a escribir, como si fuese la cosa más natural del
mundo, lo que, por supuesto, no es cierto. Mi último testa-
mento. Se ha puesto el sol, todo está en calma y es conmo-
vedor. Los árboles de la plaza gotean. Minúsculos gorjeos
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de pájaros. Abril. No me gusta la primavera, sus travesuras
e inquietudes; temo ese hor migueo angustioso en el cora-
zón, lo que podría inducir me a hacer. Lo que podría haber-
me inducido a hacer: a mi edad hay que ser escrupuloso
con los tiempos verbales. Echo de menos a mis niños. ¡Cie-
los!, ¿de dónde ha salido eso? Ya no son lo que podría lla-
marse niños. Julian debe de tener… bueno, este año cum-
plirá cuarenta, por lo que Blanche debe de tener treinta y
ocho, ¿no es eso? Comparado con ellos, me parece que
apenas he crecido. Auden escribió en algún sitio que, no
importa cuál fuese la edad de sus acompañantes, siempre
tenía el convencimiento de ser el más joven de la reunión;
yo también. Sin embargo, creo que podían haber llamado.
Lamento haberme enterado de tu traición, papaíto. No
obstante, no estoy completamente seguro de que me agra-
dase oír a Blanche sorberse las lágrimas, ni a Julian mante-
niendo un her mético silencio al otro extremo del hilo. Dig-
no hijo de su madre. Supongo que todos los padres dicen
lo mismo.
No debo divagar.
La deshonra pública es algo curioso. Una sensación pal-
pitante en la zona del diafragma y una especie de agolpa-
miento por todas partes, como si la sangre se deslizase con
dificultad bajo la piel, igual que si fuera mercurio. La excita-
ción mezclada con el miedo produce un brebaje embriaga-
dor. Al principio, no podía imaginar lo que ese estado me
recordaba, pero en seguida caí: aquellas primeras noches
de merodeo después de haber asumido finalmente que
eso era lo que andaba buscando. El mismo estremecimien-
to impaciente, mezcla de expectación y miedo, la misma
mueca desesperada tratando de no estallar. Queriendo ser
sorprendido. Ser atacado. Ser maltratado. Bueno, todo eso
ha pasado ya. Hay un deter minado trozo de cielo azul en Et
in Arcadia ego, donde las nubes están rotas en for ma de
pájaro en vuelo veloz, que es para mí el auténtico, clandes-
tino centro del cuadro, su cima. Cuando pienso en la muer-
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te, y últimamente pienso en ella con una sensación de inve-
rosimilitud cada vez menor, me veo envuelto en una morta-
ja blanca como el zinc, una figura más bien del Greco que
de Poussin, y asciendo en un arrebato de angustia erótica,
entre aleluyas y alabanzas fingidas, a través de un remolino
de nubes del color del té dorado, hasta meter me de cabe-
za en un trozo exactamente igual de azul celeste translúci-
do.
Enciendo la lámpara. Mi pequeña luz leal. Cuán nítida-
mente delimita este estrecho ámbito del escritorio y la pá-
gina en la que siempre he hallado el más intenso placer, es-
ta tienda de campaña iluminada en la que, puesto en cucli-
llas, me escondo felizmente del mundo. Pues incluso los
cuadros fueron siempre una cuestión más cerebral que vi-
sual. Aquí está todo lo que…
Acaba de llamar me Querell. Bien, desde luego tiene va-
lor, debo reconocerlo. El zumbido del teléfono me produjo
un sobresalto espantoso. Nunca me he acostumbrado a es-
te aparato, a la for ma en que se agazapa tan malévolamen-
te, dispuesto a empezar a llamar la atención cuando menos
se lo espera uno, como un bebé enrabietado. Mi pobre co-
razón todavía se agita pesadamente de la manera más alar-
mante. ¿Cómo podía saber quién era? Llamaba desde Anti-
bes. Me pareció oír el mar al fondo y sentí envidia y enojo,
pero lo más probable es que fuera el ruido del tráfico que
pasaba por la calle, ante su piso de la Cor niche, ¿no? ¿O se
trata de otro lugar? Oyó la noticia por la BBC, según me di-
jo.
—¡Qué horror, viejo! ¿Qué puedo decir?
Su voz traslucía una impaciencia incontenible. Ansiaba
conocer todos los detalles sórdidos.
—¿Te cogieron por asuntos de sexo?
Cuánta doblez… Y, sin embargo, no ha entendido casi
nada, después de todo. ¿Debería haberlo cuestionado, de-
cirle que conozco su perfidia? ¿De qué habría servido? Skr-
yne lee sus libros, es un verdadero admirador suyo. «¡Vaya
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con Querell! —dice haciendo ese peculiar silbido con su
dentadura postiza—, nos ha calado a todos». A mí no, ami-
go mío; a mí no. Por lo menos, espero que no.
Nadie más ha llamado. Y, la verdad, no esperaba que él
lo hiciera…
Echaré de menos al viejo Skryne. Ni que decir tiene que
ya no volveré a tratar con él; todo eso se acabó, así como
tantas otras cosas. Debería sentir me aliviado, pero, curiosa-
mente, no lo estoy. Al final nos habíamos convertido en una
especie de dúo, un número de music-hall. ¡Oiga, oiga, oi-
ga, Mr. Skryne! ¡Vaya, válgame Dios, Mr. Bones! No casa
con la imagen popular de un interrogador. Un tipo robusto,
de cabeza pequeña, rasgos diminutos y una cuidada mata
de pelo muy tieso de color hueso. Me recuerda al furioso
padre de la novia atolondrada en esas comedias de Holl-
ywood de los años treinta. Los ojos azules, nada penetran-
tes, incluso un poco velados (¿incipientes cataratas?). Los
gruesos zapatos de cuero siempre brillantes, la pipa con la
que juguetea sin parar, la chaqueta de lana con parches en
los codos. Edad indefinida. Podría estar entre los cincuenta
y los setenta y cinco años. Mente ágil, sin embargo: prácti-
camente, podía oírse el zumbido de los engranajes. Y una
memoria asombrosa.
—Espera un segundo —me decía, señalándome con el
cañón de su pipa—, echemos un vistazo a ese trozo una
vez más.
Y yo tenía que deshacer la sutil sarta de mentiras que
había estado contándole, al tiempo que buscaba con frené-
tica tranquilidad el defecto que él había detectado en el te-
jido. Hasta ahora le había estado mintiendo solamente en
broma, para divertir me, podría decirse, como un jugador
profesional de tenis retirado que pelotea con un viejo ad-
versario. No me asustaba que pudiera descubrir alguna
nueva atrocidad —a estas alturas lo he confesado todo, o
casi todo—, pero me parecía indispensable mantener la co-
herencia, por razones estéticas, supongo, y para ser cohe-
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rente era necesario inventar. Ironías, lo sé. Tiene la tenaci-
dad del hurón: nunca cede. Es un incondicional de Dickens;
me imagino una casita en Stepney o Hackney o dondequie-
ra que viva, con una arpía por esposa y una prole de chava-
les descarados. Esa es otra de mis debilidades principales:
ver siempre a la gente en caricatura. Incluyéndome a mí.
No es que me reconozca en la versión pública que de
mí circula ahora. Estaba escuchando la radio cuando nues-
tra querida primera ministra (la admiro, de verdad: ¡qué fir-
meza, qué deter minación, qué belleza, tan fascinantemente
masculina!) se puso de pie en los Comunes e hizo la decla-
ración, y por unos instantes no caí en la cuenta de que se
trataba de mi propio nombre. Quiero decir que creí que es-
taba hablando de algún otro, alguien a quien yo conocía,
pero no demasiado bien, y al que no había visto en mucho
tiempo. Fue una sensación muy rara. El Departamento ya
me había alertado de lo que se avecinaba —hay que ver la
gente enor memente maleducada que ahora tienen, nada
que ver con los tipos de trato fácil de mi época—, pero,
con todo, tuve un sobresalto. Luego los noticiarios televisi-
vos del mediodía dieron unas fotografías mías bastante
desenfocadas, no sé cómo o dónde las obtuvieron, y ni si-
quiera recuerdo cuándo las tomaron; apropiado verbo, apli-
cado a la fotografía: los salvajes tienen razón, lo que las fo-
tografías toman es una parte del alma. Yo parecía uno de
esos cuerpos bien conservados que desentierran en los
pantanos escandinavos: mandíbula prominente, cuello mus-
culoso y párpados caídos. Un colega escritor, cuyo nombre
he olvidado o me callo —un «historiador contemporáneo»,
sea lo que sea lo que eso signifique—, estuvo a punto de
identificar me, pero el gobierno se le adelantó, en lo que
fue, debo decirlo, un torpe intento de salvar las aparien-
cias; sentí vergüenza ajena por la primera ministra, de ver-
dad. Aquí estoy ahora, de nuevo al descubierto, y después
de tanto tiempo. ¡Al descubierto! ¡Vaya expresión escalo-
friante y escueta! ¡Oh, Querell, Querell! Sé que fuiste tú. Es
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el tipo de cosa que harías para ajustar cuentas. ¿Es que no
acabarán nunca las turbulencias de la vida? Salvo la más
obvia, claro.
¿Cuál es mi propósito en este momento? Podría decir:
Simplemente, me senté a escribir, pero no me engaño.
Nunca he hecho nada en toda mi vida que no tuviera un
propósito, nor malmente oculto, a veces incluso para mí.
¿Estoy decidido, como Querell, a ajustar cuentas? ¿O es tal
vez mi intención justificar mis actos, presentar atenuantes?
Espero que no. Por otra parte, tampoco quiero poner me
todavía otra máscara bruñida… Después de meditar un ra-
to, me doy cuenta de que la metáfora es obvia: atribución,
verificación, restauración. Quitaré una capa tras otra de mu-
gre —el bar niz acaramelado y el hollín apelmazado que de-
jó una vida de fingimientos— hasta llegar al meollo del
asunto y dejar todo al descubierto. Mi conciencia. Mi per-
sonalidad. (Cuando me río estrepitosamente, como ahora,
la habitación parece retroceder, sorprendida y conster nada,
tapándose la boca con la mano. He llevado una vida deco-
rosa aquí, y ahora no debo poner me histérico.)
Hoy he mantenido la calma ante ese hatajo de chacales
de los periódicos: ¿Murió alguien por su culpa? Sí, en serio,
casi me desmayo. Pero, no, no, estuve soberbio, si se me
per mite decirlo. Sereno, cáustico, equilibrado, un estoico
de pies a cabeza: Coriolano enfrentándose a la plebe. Soy
un gran actor, ese es el secreto de mi éxito («¿Acaso cual-
quiera que pretenda conmover a las masas no debe ser un
actor que se interprete a sí mismo?», Nietzsche). Represen-
té el papel a la perfección: vieja pero excelente chaqueta
de pata de gallo, camisa de Jer myn Street y corbata Char-
vet —roja, una travesura—, pantalones de pana, calcetines
del color y la textura de las gachas de avena, ese par de
desgastados zapatos de ante con suela crepé que no había
llevado en treinta años. Parecía que acabara de pasar un fin
de semana en Cliveden. Acaricié la idea de lucir una pipa
como la de Skryne, pero eso habría sido excederse y, ade-
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más, requiere años de práctica convertirse en un fumador
de pipa convincente… nunca asumas lo que no puedas ha-
cer con facilidad, esa era una de las máximas de Boy. Creo
que fue una acertada estratagema por mi parte el invitar a
la apreciada gente de la prensa a mi encantador hogar.
Acudieron en tropel, casi con vergüenza, abriéndose paso a
empujones con sus cuader nos y sosteniendo sus cámaras
por encima de sus cabezas para protegerlas. Bastante con-
movedor, realmente: tan impacientes, tan torpes. Me pare-
ció volver a los tiempos del Instituto, a punto de dar una
conferencia. Baje las persianas, Miss Twinset, por favor. Y
usted, Stripling, encienda el proyector. Primera ilustración:
La traición en el Huerto.
Siempre he sentido un afecto especial por los jardines
descuidados. Es agradable el espectáculo de la naturaleza
tomándose su lenta venganza. Yer mos no, desde luego,
nunca fui partidario del yer mo, excepto en su sitio; pero
cierto desaliño general indica un adecuado desprecio por
la exigente insistencia de los humanistas en relación al or-
den. No soy papista en lo referente al cultivo de la tierra, y
comparto la opinión del segador de Marvell en contra de
los jardines. En este crepúsculo abrileño infestado de pája-
ros recuerdo la primera vez que vi al Castor, dor mido en
una hamaca en lo más profundo del abigarrado huerto que
había detrás de Chrysalis, la casa de su padre en North Ox-
ford. La hierba crecía en estado salvaje y los árboles necesi-
taban una poda. Aunque era pleno verano, veo las flores
de los manzanos atestando las ramas; no puedo quejar me
de mi retentiva (me han dicho que tengo una memoria fo-
tográfica; muy útil para el tipo de trabajo que tengo… los
tipos de trabajo). También creo recordar a un niño, un mu-
chacho taciturno metido hasta las rodillas en la hierba, que
golpeaba con un palo los extremos de las ortigas y me ob-
servaba especulativamente con el rabillo del ojo. ¿Quién
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podía haber sido? La encar nación de la inocencia, tal vez
(sí, estoy conteniendo una nueva risotada). Impresionado ya
tras otros encuentros con la desconcertante her mana del
Castor y su insensata madre, me sentía ridículo, titubeante,
los tallos de hierba se me clavaban en las per neras de los
pantalones y una agresiva abeja, enamorada de mi cabello
engominado, revoloteaba alrededor de mi cabeza. Llevaba
bajo el brazo un manuscrito —algo muy serio acerca del cu-
bismo tardío, sin duda, o sobre el trazo vigoroso de los di-
bujos de Cézanne—, y de pronto, en medio de aquella in-
tensa claridad, la idea de esas arriesgadas distinciones me
pareció absurda. Lucía el sol, las nubes pasaban veloces,
soplaba la brisa y las ramas se mecían. El Castor seguía dur-
miendo, con los brazos cruzados y la cabeza caída hacia un
lado, mientras un reluciente mechón de pelo negro abani-
caba su frente. Evidentemente, no se trataba de su padre, a
quien yo había ido a ver, por más que Mrs. Castor me había
asegurado que dor mía en el jardín.
—Desvaría, ¿sabe? —me había dicho con un gesto ma-
jestuoso—, no se concentra.
Lo consideré una señal esperanzadora: la idea de un
editor distraído y soñoliento agradaba a mi ya muy desarro-
llada sensación de ser un infiltrado. Pero estaba equivoca-
do. Max Brevoort —conocido como el Castor Mayor, para
distinguirlo de Nick— resultó ser tan astuto y poco escru-
puloso como cualquiera de los comerciantes holandeses de
los que descendía.
Si cierro los ojos puedo ver la luz entre los manzanos, el
muchacho de pie en la alta hierba y aquel bello dur miente
hundido en su hamaca, y los cincuenta años que han pasa-
do desde aquel día hasta hoy no son nada. Fue en 1929, y
yo tenía —sí— veintidós años.
Nick se despertó y me sonrió, con esa habilidad que te-
nía de pasar instantáneamente y sin ningún esfuerzo de un
mundo a otro.
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—¡Hala! —me dijo. Así era como lo decían los chicos en
aquellos días: a en vez de o. Se incorporó y se pasó una
mano por el pelo. La hamaca se balanceó. El muchacho
que destrozaba las ortigas se fue—. ¡Dios mío! —dijo Nick
—. He tenido un sueño de lo más extraño.
Me acompañó de vuelta a la casa. Pero no me pareció
que caminásemos juntos, sino que me había otorgado su
compañía, durante un breve trayecto, con la naturalidad y
comedimiento propios de la realeza. Iba vestido de blanco,
y, al igual que yo, llevaba algo bajo el brazo, un libro o un
periódico (aquel verano todas las noticias eran malas, y em-
peorarían). Mientras caminábamos giraba continuamente el
torso hacia mí asintiendo con la cabeza a lo que yo decía, y
sonriendo y frunciendo el ceño alter nativamente.
—Es el Irlandés, ¿verdad? —dijo—. He oído hablar de
usted. Mi padre cree que escribe muy bien —me miró con
seriedad—. De veras lo cree.
Mascullé algo que trataba de sugerir modestia y aparté
la mirada. Lo que había visto en mi rostro no era duda, sino
una nube pasajera: el Irlandés.
La casa era estilo Reina Ana, no muy grande, pero seño-
rial, y la señora B. la conservaba con descuidada opulencia:
mucha seda descolorida y objetos supuestamente de gran
valor —el Castor Mayor coleccionaba figurillas de jade—;
flotaba por todas partes un aroma intenso y un poco ma-
reante, como si hubieran quemado incienso. La instalación
sanitaria estaba anticuada; había un retrete debajo del teja-
do que cuando tiraban de la cadena hacía un ruido horri-
ble, caver noso, ahogado, como el estertor de muerte de un
gigante, que podía oírse con embarazosa inmediatez por
toda la casa. Pero las habitaciones tenían mucha luz y siem-
pre había flores recién cortadas, y reinaba allí una atmósfe-
ra de emociones contenidas, como si en cualquier momen-
to pudieran suceder de pronto los acontecimientos más
asombrosos. Mrs. Brevoort era una persona imponente: alta
y corpulenta, de nariz ganchuda, autoritaria y excitable, que
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gustaba de los vestidos llamativos y recargados y frecuen-
taba saraos y sesiones de espiritismo. Cuando tocaba el
piano —había estudiado con un famoso profesor— produ-
cía un torrente de sonidos chillones que hacían crujir los
cristales de las ventanas. Nick la encontraba abrumadora-
mente ridícula y se avergonzaba un poco de ella. La mujer
me cogió afecto de inmediato, según me contó Nick más
tarde (mentía, estoy seguro); dijo que le parecía sensible, y
creía que yo podría ser un buen médium si lo intentaba. La
energía e implacabilidad de aquella mujer me intimidaban,
como un esquife al que se le echara encima un transatlánti-
co en pleno océano.
Nos topamos con ella en el vestíbulo. Llevaba una tete-
ra de cobre en la mano y se detuvo al ver nos.
—¿Encontró a Max? —me preguntó. Era judía; tenía la
tez cetrina y el cabello rizado, y su excesivo escote mostra-
ba un prominente busto blancuzco—. El muy animal debe
de haber olvidado que usted venía. Le diré que su descon-
sideración le ha herido profundamente.
Empecé a protestar, pero Nick me cogió por el codo —
después de medio siglo todavía siento una pizca de estre-
mecimiento al recordar aquel apretón, suave pero fir me— y
me llevó al salón, donde se dejó caer en un sofá bajo y, tras
cruzar las pier nas e inclinarse, me miró fijamente con una
sonrisa a la vez vaga y atenta. El momento se alargó. Nin-
guno de los dos habló. El tiempo puede detenerse, estoy
convencido de ello; de algún modo, tropieza, se detiene y
se pone a dar vueltas, como una hoja arrastrada por la co-
rriente. Un rayo de sol se reflejó en un pisapapeles de cris-
tal sobre una mesita de centro. Mrs. Castor estaba en el jar-
dín rociando las malvarrosas con el líquido contenido en su
tetera de cobre. Una música metálica de jazz-band bajaba
hipando débilmente por las escaleras: la Nena Castor esta-
ba en su dor mitorio practicando pasos de baile ante el gra-
mófono (sé que era eso lo que estaba haciendo; era lo que
hacía todo el tiempo; más tarde me casé con ella). De pron-
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to, a Nick le entró una especie de estremecimiento, se incli-
nó con brío, cogió de la mesa una pitillera de plata y me la
ofreció manteniendo la tapa levantada con el pulgar. ¡Qué
manos!
—Mi madre está completamente loca, ¿sabe? En esta
familia lo estamos todos. Ya lo comprobará.
¿De qué hablamos? De mi ensayo, tal vez. O de los mé-
ritos relativos de Oxford y Cambridge. O de El 18 brumario
de Luis Bonaparte. No me acuerdo. Luego llegó Max Bre-
voort. No sé lo que me había esperado —supongo que El
editor risueño: mejillas sonrosadas, gran bigote, y nívea
gorguera—, pero era alto y delgado, cetrino, con una cabe-
za sorprendentemente larga y estrecha, calva y lustrosa en
el extremo. Era gentil pero parecía más judío que su espo-
sa. Llevaba un traje de sarga negra, algo gastado en codos
y rodillas. Me miró, o más bien me escudriñó, con sus gran-
des ojos, negros como los de Nick, e idéntica sonrisa apaci-
ble, soñadora, aunque la suya era chispeante. Balbuceé al-
go, pero él siguió hablándome, sin escuchar me, diciendo:
«Lo sé, lo sé», mientras se frotaba las manos, grandes y
morenas. ¡Cuánto hablaba todo el mundo por aquel enton-
ces! Al recordar aquellos tiempos desde este silencio sepul-
cral, me doy cuenta de la incesante algarabía de voces rui-
dosas diciendo cosas que nadie parecía dispuesto a escu-
char. Era la Época de las Declaraciones de Principios.
—Sí, sí, muy interesante —dijo el Castor Mayor—. Hoy
en día la poesía se vende bien.
Hubo un silencio. Nick se echó a reír.
—No es poeta, Max —dijo.
Nunca había oído antes a un hijo llamar a su padre por
su nombre de pila. Max Brevoort me miró con ojos escruta-
dores.
—¡Claro que no es poeta! —dijo, sin el menor apuro—.
Usted es crítico de arte —se frotó las manos con mayor fir-
meza—. Muy interesante.
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FIN DEL FRAGMENTO
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