“Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya
tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a
los mismos lugares. Es el momento de la travesía. Y, si no osamos emprenderla,
nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”.
Fernando Pessoa
"La desesperación no es un camino sin salida. El camino sin salida es el del
desanimado. El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando porque la
experiencia le ha lastimado la esperanza".
Mamerto Menapace
“Sería absurdo decir que soy un sabio. Simplemente creo ser un hombre que ha
buscado y que sigue en la búsqueda de respuestas; la diferencia es que ya no las
busco en el estrellado cielo o en las páginas de algún libro, sino que las empiezo a
encontrar en las enseñanzas que fluyen por mí sangre”.
Hermann Hesse
“El autoconocimiento no es un fenómeno puramente cognitivo.
El autoconocimiento pasa por un proceso que es como un descenso a los
infiernos, que duele; para reconocer cómo es uno, tiene que reconocer que uno no
es ese personaje ideal que cree ser cotidianamente, ese personaje que uno le
muestra a los otros. Cómo es uno de verdad, se va descubriendo poco a poco.
Pero el viaje por el autoconocimiento pasa por encontrarse con la sombra, que es
lo asqueroso, lo pecaminoso, lo prohibido y lo demoníaco. Y quien no se
encuentra con el diablo dentro de uno mismo, todavía está muy a medio camino
en el viaje interior, no ha viajado en serio, se ha quedado muy superficialmente”.
Claudio Naranjo
Te doy la bienvenida, de todo corazón, a estas cartas que escribí con todo mi
entusiasmo, para vos. Nacen de la sinceridad, de la experiencia y del compromiso
con mi propio proceso y con el sentirme acompañante de decenas de personas
que sienten que su vida está para algo más, aunque no sepan bien a qué los y las
compromete eso.
Fuera de toda pretensión de darte soluciones mágicas ni de prometerte nada, te
animo a recorrer cada página con capacidad de asombro y con anhelo firme de
sorpresa. Vas a encontrar recursos espirituales y de auto conocimiento. Me enfoco
especialmente en no quedarme únicamente en lo cognitivo e intelectual, porque el
proceso del darse cuenta implica la mente, pero no se agota allí.
Estás naciendo a una nueva vida. Estás destruyendo el personaje. Todo lo que se
esperaba de vos, ahora parece haberse puesto en jaque. Es normal que te sientas
raro/a. Es habitual que, a veces, prefieras quedarte en el molde y decidas no
enroscarte tanto. Como todos los caminos del despertar, ya no se admiten pasos
al costado. Cuanto mucho, se toleran las pausas, las distancias, el tomarse un
tiempo para sentir. Pero ya no hay vuelta atrás.
Con mirada amorosa, con brazos que te dan calor y en los que me dejo reposar,
nos recibimos, así como venimos. Con nuestros achaques, nuestras dudas, lo que
queda por aclarar, las necesarias muertes a lo que fuimos o pudimos haber sido.
Ha llegado la hora de mirarnos cara a cara. Nadie dijo que sería fácil, que no sería
incómodo. Pero ya estamos grandes, como para jugar a las escondidas. A abrir el
corazón y que aparezca lo que tenga que aparecer. A la larga, lo agradeceremos.
Confiamos en que así será.
Stoja.
Se te pudrió el rancho
No hay persona a la que no le pase. Llega un momento en tu vida en que se te
pudre el rancho. Te desconocés, en absoluto. No, no es que se te fue la mano
con el vino. No sabés nada de vos. Es como que, de repente, todo lo que era
certeza se vuelve pregunta. Y no pregunta copada, de esa que invita a peregrinar.
Pregunta que te desorienta cada vez más. Y pensás que el cuento que te contaron
y que te contaste de tu vida es puro chamuyo. Y todas las máscaras y falsas
seguridades sobre las que montaste tu personaje se vienen a pique. Y te
sentís vacío/a. No sabés si existe un para qué en tu vida, si vale la pena luchar por
alguna causa, si algo tiene sentido. Y te derrumbás, te me vas al sótano.
Tranqui. Lo veas desde donde lo veas, cada persona atraviesa ese momento: de
sentir que tiene que despertar a algo, que ya no puede vivir una vida que no sea la
suya y que ya no se puede postergar más. Dice Drexler que el faro alumbra,
porque primero hubo un largo tiempo de oscuridad. Dice Jung que para
habitar la luz fue preciso transitar la oscuridad. Dice San Juan de la Cruz que
todo ser humano que quiera creer, tiene que trascender su Noche Oscura,
ese momento en el que todo se toca con la nada, ese momento en que todas
tus verdades quedan pata para arriba, y te sentís en la más honda soledad,
sin nadie que te tire un centro, sin nadie que te comprenda. Ahí, en ese
momento-bajón, algo se revela: aceptás tus heridas, integrás tus sombras, ya no
negás tus límites, ya no querés jugar a otro partido que no sea el tuyo. Quizás
tengas que dejar lugares (o no), personas (o no), carreras (o no), trabajos (o no).
Nadie sabe. Lo que sí sabemos es que ya no podés ver tu vida ingenuamente,
ya no la podés ver como un papelito que te va indicando qué paso sigue. Es
tiempo de aceptarse, de cantarse verdades, de asumirse de nuevo, de
reinventarse. ¿Cuesta? Uf, una banda. Es lento, pesado, doloroso. Nadie lo puede
hacer por vos. Nadie te lo puede pedir. Nadie te lo puede exigir. Solamente
algunas personas pueden disfrutar de tu versión, cuando es auténtica y genuina.
La paciencia –dicen- es amarga, pero su fruto es dulce.
¿En qué ámbito de tu vida (trabajo, estudio, familia, pareja) sentís que estás
ocupando un rol que no es tuyo o te obligás a encajar o a que funcione?
El doloroso arte del darse cuenta
Mucha gente se quedará en el camino. Te van a decir que te desconocen. Que si
“fumaste algo raro”. Que “esas son las cosas raras que te dan para leer en la
facultad. Que “te llenan la cabeza con ideas de mierda”. No. No se trata de lavado
de cerebro. Es, más bien, todo lo contrario. Ir quitando máscaras, ir diciendo “esto
que fui, ya no lo soy más”. Matar –simbólicamente- lo que te pidieron, lo que te
exigieron, lo que te recomendaron, lo que te aconsejaron. No se trata de invalidar
todo: hay que resignificarlo. Separar, discriminar, poner un límite. Seguramente
duela. Porque nos vamos dando cuenta de las propias trampas, de la
auténtica y delicada manera que tuvimos de evadirnos, de mirar para otro
lado, de hacernos los giles y las gilas. Acá estás y es tu hora. De hacerte
cargo. De hacerte responsable. Sin culpas, sin remordimientos. “¿Por qué
no me di cuenta antes?” es una pregunta que te le llena de bronca. Si podés,
no le des pelota. Nos dijeron que si tomábamos un camino, allí nos quedáramos;
que había que definirse y punto. La vida nos abre nuevas posibilidades, nuevos
caminos por recorrer. Te vas a sentir, al principio, solo/a, poco comprendido/a,
extranjero/a en tu cuerpo. Pero será sanador. Repito: no se trata de tirar todo al
carajo, eso sería seguir igualmente dependiente. Evolucionar, como dice el autor
Hanif Kureishi en su libro “Intimidad”, significa eso: romper con tu antigua vida. Si
querés llamarle infidelidad o deslealtad, es asunto tuyo. Lo que me gustaría que
pienses es que, le pongas el nombre que le pongas, para llegar a lo más
auténtico y genuino de tu vida, vas a tener que tirar la de humo con todo lo
que te fue decorando y con todo lo que no fuiste capaz, por seguir
manteniendo una imagen, un modelo o algo que no tiene, en lo profundo,
absolutamente nada que ver con vos.
¿De qué te estás dando cuenta, al leer estas líneas?
Hacer las cosas con amor, no por amor
Yo antes hacía las cosas por amor. Se ve que mucho no me valoraba. Se ve que
necesitaba el reconocimiento constante: el aplauso, la palmadita, el “muchas
gracias”. Y me exponía, me cansaba demasiado, no quería fallar. Quería estar
a la altura. Era desgastante. Muy. Mucho. No se llega nunca a complacer a todo
el mundo. “No hay amor en el mundo suficiente para llenar el corazón de
quien se siente vacío”, sentenció alguien; a mi juicio, con mucho tino. Y quería
salvar a todo el mundo. Saberme útil. Que me necesiten. No te centres en mí. No
me mires a mí. Todo esto que digo es para provocarte. No es verdad, no es
mentira, no interesa. ¿Cuántas veces dijiste que sí, cuando querías decir que
no? ¿Cuántas veces, por no haber dicho “déjamelo pensar”, te embarcaste
en algo de lo que no estabas para nada convencido/a? ¿Cuántas veces te
quedaste en un lugar por costumbre, tradición, porque “siempre se hizo así”,
“por amor”? Ahora que volvés a tu centro, a tu morada: sos digno/a de amor,
porque existís. No tenés que hacer nada para que te quieran. No hay que hacer
méritos. No hay que ganar nada. Hacer las cosas con amor implica asumir que lo
hago, primero, porque me hace bien. No me vendo humo. No uso a “los demás”
para congraciarme. No los uso, tampoco. Simplemente me encuentro. Pero no
haré descansar mis motivaciones en lo que sí…Nunca hagas algo por amor.
Porque nunca será suficiente. Porque después vas a reclamar y te van a decir que
nadie te pidió nada. Te vas a frustrar. Nunca va a alcanzar. Por eso, a partir de
hoy, podés hacer un cambio. Lo que hacés, ¿lo hacés con o por amor? ¿Lo hacés
genuinamente o queriendo provocar una reacción? Te la dejo picando. Yo no te
daré la respuesta, como ya sabés.
¿Sentís que hacés más cosas “por” amor que “con” amor? ¿De dónde viene
la necesidad de hacer cosas para que te quieran? ¿Te sentís a gusto con
eso?
Gracias por tu “no”
¡Qué mala prensa tiene el “no”! Pareciera que las demás personas tuviesen que
estar constantemente ahí, disponibles. Y nos enojamos cuando no nos contestan
rápido. Y nos enojamos cuando nos clavan el visto. Y nos enojamos cuando nos
dicen que hoy no, que mejor mañana. Y nos pedimos disculpas por la demora,
cuando tardamos dos horas o más en responder. La idea, otra vez, no es cagarse
en el otro, que nos la fume, que se quede ahí, esperando. No. La idea es generar
vínculos sanos, donde entendamos que no siempre tenemos que ser la
prioridad de nadie. Que la otra persona nos puede regalar su tiempo, su
atención, su afecto y su palabra, aun cuando hay situaciones que nos exigen
esperar o, simplemente, aceptar que hoy no, que el ritmo es otro. En esos vínculos
que me encanta pensar –y, poquito a poco, tener- el “no” no es pecado ni ofensa
ni esconde malicia. Es simplemente la asertividad de una persona, cuando te dice
“che, mañana hablamos”, “la verdad es que hoy no tengo ganas”. No se trata de
cancelar viajes a última hora o de tirar la de humo, por supuesto. Gracias por tu
“sí” nos dicen muchas veces cuando, pese al cansancio o a las agendas
rebosantes, nos hacemos un lugarcito. Y nos ponen ese “sí” como anhelo:
alcanzarlo sería sinónimo de que nuestra disponibilidad es verdadera, y que
nuestra capacidad de amar, lo es más. Minga. Todo el mundo tiene derecho a
decir que “no”, sin sentir culpa o sin experimentar la agridulce sensación de que le
está fallando a alguien. Una cosa es la disponibilidad, otra la manipulación. Una
cosa es persuadir de que te unas a determinada causa, otra es ser medio
psicopatón. Es un doble juego: de uno para los demás, de los demás para uno. No
te quiero pedir que te importe un bledo, solamente. Quiero pedirnos que no
exijamos ni reclamemos todo el tiempo. Amarnos, en una palabra. Amarnos, en
especial, cuando nos dicen que no, y podemos celebrar que nuestros ritmos
pueden y deben ser diferentes.
¿A qué actividad o a quiénes necesitás decirle “no”? ¿Qué te impide
hacerlo? ¿A qué rol o personaje querés decirle “basta, hasta acá llego”?
¿Qué podés hacer para exteriorizar eso que sentís?
Barajar y dar de nuevo
Retirarse
sin pedir permiso
sin guardarse nada
sin esconder las sombras.
Despojarse
de prejuicios
de penumbras
de zonas erróneas.
Desnudarse
de etiquetas
rótulos
ideas.
Relatar :
otra historia
otro mundo posible
otro recorrido vital.
Suspender la duda
retomar el sendero
abrazar lo nuevo
encontrar lo insospechado.
Escuchar
el corazón
las amistades
los emergentes.
Retirarse de
la información en exceso
el ruido de afuera, y de adentro
los caminos que no conducen a ninguna parte.
Esculcar
bucear
explorar
descubrir.
Animarse
a compartir
a desenmascarar
a no poner límites (al darse cuenta).
Contemplar
con-moverse
coincidir
Ser complicidad.
Florecer
hacer florecer.
Asistir, con asombro,
a la nueva vida naciente.
Descender a los infiernos
resistir los inviernos
habitar la sombra
hundirse en el pozo.
Abrazar la primavera
disfrutar esta oleada
navegar mar adentro
vivir (en) lo profundo.
Que la palabra circule
transforme
interpele
afecte.
Que la vida
no nos pase por delante.
Que nos pase,
y nos transforme.
Que el retirarse sea
razón de gratitud
excusa para reunirnos y
sabernos peregrinos.
Retirarse
para encontrarse
para encontrarme
para encontrarte.
Re-calculando
“Y oigo una voz que dice sin razón
Vos siempre cambiando ya no cambias más
Y yo estoy cada vez más igual
Ya no sé que hacer conmigo”.
(El cuarteto de Nos)
Querés convencerte de que está todo bien. Pero esa anestesia ya no funciona
más. Ya no te podés hacer el gil, la gila. Ya no te sale eso de mirar para otro lado,
como si nada sucediera. Como si todo estuviera en una flagrante transparencia. El
dolor y la molestia persisten. Se te hizo dolor de panza. O no te dejó pegar ojo por
noches enteras. O te hace irte todo el tiempo de vos, con cualquier excusa,
entretenimiento o salida, para mantener la cabeza ocupada.
Te preguntás cuándo tu vida empezó a ser un domingo a la tardecita, en el
corazón del invierno. Pero no de esos en que el calor de un hogar, el humito del
mate y las facturas que sobraron de la mañana te miran, expectantes, a que te
entregues al momento. Es domingo. Hace frío. Te sentís la persona más
solitaria del mundo. El todo se toca con la nada. Te habita una extranjería sin
precedentes. Es como si todo esto en que anduviste viviendo se
transformara, de buenas a primeras, en una pura mentira. En una cortina de
humo. Y sí, creéme: no exagero. Es horrible sentir que te estuviste mintiendo un
rato largo. Es doloroso mirarse de frente y ver que las verdades de antaño ya no te
nombran, que los cuentos que te narraste en tu cabeza ya no te tienen como
protagonista. Es incómodo reconocer que uno no es ese personaje ideal que
ha construido para que lo quieran. No te gusta la sola idea de darte cuenta que
lo que viene puede alejarte de lugares, personas y momentos. Es feo y angustia,
pero es lo que está acá. Y ya no hay vuelta atrás. Preferirías la ingenuidad del no
saber, pero eso ya no es posible.
Sentís que desencajás. Que tu trabajo es más de lo mismo. Que hace rato no
aprendés nada. Que da igual que estés o que no. Te agobia involucrarte siempre
en las mismas charlas, el mismo berrinche, las mismas críticas. Las frases de
cierre: bueno, veremos qué podemos hacer; dame un tiempo, a que me organice;
simulan que te escuchan, pero después siguen haciendo lo mismo. Te preguntás,
con toda legitimidad, cuándo fue el preciso momento en que todo lo que era
puro potencial se transformó en esta rutina; en esta desabrida y triste rutina,
donde cada día se parece más al anterior, las horas no pasan, no asoma
ninguna novedad.
Te sentís estancado/a. Buscás alrededor tuyo alguien que sostenga, que escuche,
que lance un: “Yo más o menos estoy en la misma”, para no sentirte en esa franca
soledad. Porque hay soledades y soledades. Las hay tiernas e íntimas, cuando
ponés la música que te gusta, mientras tomás unos mates calentitos y te rendís al
placer de la lectura. Las hay reveladoras y apasionadas, como quien se levanta a
saludar al sol, en medio de una playa o escucha los grillos cantar, allá cerca del
campo, en la inminencia del chaparrón o del calor. Pero hay otra soledad, no
muy elegida pero que llega cuando tiene que llegar, que te arrebata la paz: la
de sentirte solo/a, en medio de la gente. La de estar en otra sintonía, como a
destiempo. La vida te lleva a ese estado, para que te des cuenta de algo. No
puedo garantizar muchas cosas, pero eso, de corazón, te lo firmo donde gustes.
Sentís que esas ganas de sostener tu matrimonio son genuinas. O más o menos.
Te repetís, por mandato o culpa o tradición o lealtad, que lo van a intentar.
Que se van a esforzar lo que sea necesario por intentar recomponer lo que
hace rato está perdido. Ojo: no digo que no se puedan recomponer los vínculos.
Pero hay algunos que brillan por su ausencia. Hace rato. Apenas se trata de un
monólogo. O, si querés un poco más de optimismo, de un diálogo de sordos. Un
simple estar por estar. Así, como cuando uno se arrima a otra persona,
desconocida, de la que no puede terminar de fiarse. El tema es que con ese
desconocido/a, compartiste buena parte de tu vida. Quizás se amaron. O se
desearon. O planificaron viajes. O se abrieron en sus dramas y lo contaron todo,
en una atmosfera repleta de confianza y confidencialidad. Pero ya no es lo mismo.
No toda crisis te invita a seguir en el mismo camino. A lo mejor te pide un cambio,
ya no de perspectiva, sino de lugar. Lo tapaste. Lo intentaste saltear. La quisiste
dibujar. Pero lo no resuelto, insiste. Te sigue a donde vayas. No te abandona,
como Rexona. Se puede quedar alguna temporada en silencio, puede amagar con
porvenires rebosantes de ilusión. Después del ruido y del bullicio, me temo
admitirlo, simplemente queda comprobar algo: queda lo que es.
Después de acomodarte en tu sillón o de permitir que el solcito invernal te acerque
un poco de calidez, te estarás preguntando: ¿Qué carajo quiere decir el chabón
este con ese “lo que es”? Queda copada la frase, ¿viste? Me encanta hacerme
el raro. Siento que me da profundidad. Cuanto menos me entiendas, más me
regodeo de mi capacidad de nombrar y de dar vueltas. No, mentira. Lo que es se
define por oposición a lo que debería ser. Nada nos quita más fuerzas y energías
que pelearnos con todo. Empezamos a exigir que todo sea tal cual lo soñamos.
Que las personas más significativas de nuestra vida deberían tratarnos como a
nosotros se nos antoja. Que quiero mucho a mis padres, pero necesito que
cambien en esto, aquello otro y todo lo demás. Lo que es no es aceptación pasiva
y desesperanzada de una realidad. Es la aceptación, como punto de partida. Es
rendirme, sin resignarme. Cuando algo no nos gusta, hacemos chistecitos, lo
banalizamos. O le inventamos tantas explicaciones al pedo, que nos
desentendemos. O lo combatimos ferozmente. Rendirse, aceptar, abrazar, dejarse
interpelar. No es lo soñado, pero es lo que es. No es lo esperado, pero es lo que
es. No es lo que planeaba, pero es lo que es. No sigo, porque te va a sonar a
publicidad de la tele.
Bendita esta crisis de sentido que te invita a sacarte la máscara, a dejar de
justificarte, a volver a tu Ser. Bendita esta crisis que te invita a mirar más allá de
tus obligaciones y compromisos, al conectarte esencialmente con lo que querés.
Bendita esta crisis en la que volvés, no sin angustia o preocupación, a darte
tiempo para pensar, contemplar, dejar de hacer. Bendita esta crisis en las que
empezás a darle más bola al corazón, antes que a la razón (que todo lo
racionaliza). Bendita esta crisis en la que no te mentís más, no te dejás más para
después, no esperás el momento ideal (noble excusa para dejar para después, lo
que necesitamos hacer ahora).
¿Esto era todo? ¿No hay nada más? Es como si hubiéramos ido a un concierto
que durara media hora, cuando en realidad nuestro deseo nos dictaba que no se
extendería por menos de dos interminables y jubilosas horas. Este sentir nos deja
atónitos, boquiabiertos, profundamente insatisfechos. Los imperativos sociales nos
llenan de mandatos y expectativas. Y son tantos y tan diversos, que nos frustra no
poder cumplir con todos. Y nos da culpa, porque pensábamos que estábamos
para más, pero nos tenemos que conformar con esta vidita que parece
nunca arrancar. El círculo vicioso se amplía. Nunca llegamos. Nunca estamos
donde queremos. Nunca somos del todo suficientes. Hasta que lo podamos ver
de otra manera. Repetí conmigo: todavía no lo puedo ver, pero hay algo más,
que tarde o temprano vendrá a mí. Y lo agradeceré.
Que todavía no lo puedas ver, no quiere decir que todo esto no te esté
enseñando algo. Enseñar no es aprender, lo sabés. Las lecciones tardan un rato,
un ratito, en aprehenderse (te lo digo con “h”, para brindarme coherente, al
compás del progresismo pedagógico). A lo mejor te desespera no saber. Pero no
sirve de nada andar poniendo nombre, simplemente para bajar tu ansiedad o
malestar. Pan para hoy, hambre para mañana. Y vos, por lo que entiendo, no
pretendés chamuyarte más. Ya estamos en el baile. A mover el esqueleto, pues.
Hay algo más, pero todavía no sé qué es.
Hay algo más, pero no sé a qué me invita.
Hay algo más, que me invita a vivir una existencia más fructífera.
Hay algo más, pero me da miedo saber.
Hay algo más, pero no sé con qué recursos cuento.
Hay algo más, pero quizás no esté preparado/a aún para darme cuenta.
Hay algo más, porque esto, así como está, ya no da para más.
Pistas para la auto indagación:
• ¿A qué me siento morir, en este momento? ¿A qué nueva vida me gustaría
nacer? ¿Cómo me imagino y visualizo en eso que quiero?
• ¿Con qué recursos cuento y cuáles necesito desarrollar para alcanzar lo
que sueño?
• Si no tengo la más mínima idea, ¿cómo me declaro ignorante? ¿A quién
pido ayuda?
Todo es aprendizaje
Los fracasos y los éxitos no existen
Sentís que fracasaste cuando
se te quemó el bizcochuelo
se te pegaron los fideos
tu sexo fue prematuro y se murió para siempre
el asado se te endureció como una piedra
chocaste el auto de tu vieja
volviste a rendir mal una materia (de mierda)
sacaste los pasajes para otra fecha
te olvidaste del postre
como segunda voz, entraste mal y desubicada
erraste un penal sobre la hora
quisiste hablar con tu viejo y no te dio ni cinco de bola
organizaste una fiesta sorpresa a la que (casi) nadie fue
lavaste el auto de tu hermano y lo ensuciaste más
en una exposición, la tecnología te jugó una mala pasada
quebraste en la fiesta en la que no tenías que quebrar.
Sentís que tuviste éxito cuando
alguien te elogia y te da una palmada en la espalda
comparten tu historia y te megustean a más no poder
te pusieron algunas buenas notas
al evento que organizaste va mucha gente
tu cuerpo responde a todo momento
tus ideas son idolatradas por los demás
el lema que proponés, queda
le calculaste justo con la carne
no se te escapa ningún avión
decís la palabra clave, que el profesor estaba esperando
te responden las historias de Instagram, con fueguitos y palmas
te dicen que tus piernas o nariz o abdominales son deseables
adivinaste el perfume o el arito o el corte de cabello.
Los fracasos y los éxitos no existen.
Nos remiten a
lo duradero
lo de siempre
lo inexorable
lo de "no hay otra"
lo de "no pierdas más el tiempo"
lo de "no vale la pena"
lo de "no hay con qué darle"
lo irremontable.
La vida te (de) muestra que
en realidad
todo es pasajero
todo puede ser diferente
nadie está destinado a nada
siempre hay otra posibilidad
vale la pena que empeñes tu tiempo
todo vale la alegría
hay con qué darle, porque nadie está condenado a nada.
No hay jamás.
No hay siempre.
Todo se mueve
se acomoda
se replantea
se resignifica
se pudre en la nada
se canaliza hacia lo nuevo
se rumbea
se reorienta.
Nunca
pero nunca, eh,
permitas que
te batan fruta
te anulen los sueños
te "canten la posta".
No sos
una auto-profecía cumplida
un destino ineludible
un papel que cumplir
un estereotipo al que responder.
Sos
lo que podés
lo que querés
lo que te dejan
sobre todo,
lo que te dejás
y te permitís.
Nada es definitivo:
eso es lo mejor
y lo peor,
pero es la realidad
no necesito más
que esa plataforma
auténtica, verdadera
en la que desplegar
en la que ayudar a desplegar
porque si me sirve a mí,
¿por qué no le serviría a los demás?
Entre el éxito y el fracaso
hay algo
la vida, que le dicen
los frutos,
sus hijos e hijas,
te hablarán,
más allá de la coyuntura
y la inmediatez.
Acordate que sos
un proceso
No te quedes
con el resultado.
Ir siendo en el proceso,
te pone en movimiento
Quedarse en el resultado,
te anula para siempre.
Algo está cambiando
“Quizás ya no sea yo cuando me encuentren”
(Silvio Rodríguez)
Me siento en crisis. Y si bien las frases motivacionales me hablan de que puedo
aprovecharla como oportunidad, lo cierto es que ahora necesito un poco de
claridad. Y parece no asomar, che. No lo estaría viendo –al menos por ahora-
como una chance de mejora, de crecer en algún aspecto. Se abren frente a mí
tantos caminos posibles, que me confundo cada vez más. Son esos pasajes
vitales en las que uno agradecería a Dios que viniese y te susurre al oído: Ésta es
tu vida. Lo que tenés que hacer esto y aquello otro. Puedo quedarme, pero con
otra mirada. Puedo irme, con los riesgos consabidos. Puedo tomar distancia, para
ver con más claridad.
Me dijeron, por otra parte, que crisis también es muerte y renacimiento. La idea
de muerte me seduce; no por el peligro que conlleva, sino por las posibilidades
que me brinda. No puedo negar que detrás de esa certeza, también, aflora en mí
otra que no me entusiasma demasiado: la posibilidad real de que me haya
estado mintiendo, descaradamente, sobre mis pasiones y mis convicciones.
Creo que ahí reside el carácter más doloroso de la crisis; no tanto en el darme
cuenta de que necesito hacer algo diferente, sino en sospechar que he perdido el
tiempo intentándome convencer de algo que no era. Nuevamente, las frases
consoladoras no demoran en irrumpir: Hiciste lo mejor que pudiste, Te diste
cuenta en el momento justo, Las cosas de la vida se dan en el tiempo
oportuno. Frases que calan hondo en mi intelecto, pero que por algún motivo no
anidan en mi corazón. Ese, dicen, es el camino más largo, lento y doloroso: el que
va del saber al sentir. Me tendré paciencia, pues. No veo otra alternativa, en este
momento.
Algo está cambiando. Lo puedo sentir. La canción de Julieta Venegas, que
marcó mi adolescencia, hoy me lo ratifica. Cambian los modos de sentir, los
modos de amar, los modos de creer, los modos de decir las cosas, los modos de
demostrar afecto, los modos de encarar las conversaciones difíciles. Nuestra
inseguridad nos hizo crear un personaje intachable y fijo, incapaz de asumir
el paso del tiempo como una invitación a la expansión, el desarrollo o la
transmutación. Siempre lo percibió como amenaza, real o simbólica, y parece
radicalizarse cada vez más, muy reacio a la flexibilidad y la adaptación.
Necesitamos aferrarnos a algo o alguien, porque eso nos trae calor de hogar. Lo
que nadie nos dijo es que caemos en una acumulación de comodidad, que termina
por atosigarnos y presentarnos una vida repleta de momentos al compás de es
más de lo mismo. Como siempre: lo que nos pudo haber salvado en su momento,
ahora nos quita energía y vitalidad.
Algo está cambiando. Las palabras que dije ayer ya no necesariamente me
representan. Los ritualitos con los que me confiaba a Dios, me saben más a rutina
que a otra cosa. Parezco un robot, haciendo por hacer, sin poder encontrar el
sentido y la razón de ser de aquello que me convoca. El carácter sacramental
de lo cotidiano parece haberse disuadido y no encuentro el camino de vuelta, ni
tengo en quien apoyarme. Mi corazón no baila en medio de los lugares en los que
solía hacer. He perdido la espontaneidad y la gracia, las ocurrencias y la
capacidad de sorprenderme. Me puse en automático, por mantener tradiciones en
las que ya ni siquiera tengo la dicha de creer. Me puse excesivamente dramático,
¿no? Era la idea. Todo es terror y temblor en las horas de crisis. Y la ansiedad
se multiplica a la enésima potencia, porque soñamos con una vida que nunca
termina de llegar y se renuevan expectativas –infructuosas, como todas- de que
algo mejore. Pero no hay caso.
Algo está cambiando. Yo estoy cambiando. La vida es ese perpetuo devenir. Ese
sendero constante, que se abre ininterrumpidamente y cuyo horizonte parece
nunca estar del todo claro. Uno va, por ir. Esa convicción a veces arroja intrepidez,
convoca a la valentía y otras, nos deposita en una pesadilla sin precedentes. Grito
al cielo: te pido una, aunque sea una, llave para abrir este misterio. ¿Qué hago?
¿Para dónde voy? ¿Hago o dejo de hacer? ¿Depende de mí o me tengo que
llevar? ¿Decido con la cabeza o con el corazón? ¿A quién le puedo pedir
ayuda? De repente, un remanso de paz me inunda: no tengo que decidir
nada (todavía), no tengo que aprender nada (todavía), no me obligo a hacer
nada (todavía). Eso me da paz. Me estresa el hecho de exigirme tener que hacer
algo de inmediato. Me dedico, sin más, a sentir. Es todo lo que puedo. Es todo lo
que hay. Que no lo pueda ver aún, no implica que todo esto me esté enseñando
algo.
Algo está cambiando. ¿Por qué? Por mil motivos. Porque me venía mintiendo.
Porque quería que las cosas encajaran. Porque no supe irme a tiempo. Porque no
supe poner límites. Porque insistí. Porque quise forzar a que la vida se ajuste a
mis caprichos. Hoy, cansado, exhausto, sin ganas de pelearla, me rindo. No como
un acto de resignación, sino de apertura a la vida. Que me traiga lo que me tenga
que traer. Que me regale las lecciones que necesito aprender. “Que me dé lo que
necesito, no tanto lo que le pido”. El porqué de las cosas suena interesante:
pura filosofía, interminables elucubraciones que se dejan seducir por la
inteligencia, que busca comprenderlo todo. Pero siento que no me alcanza: como
dije, al citar a Naranjo, el darse cuenta quizás arranque por la cabeza, pero no
termina ahí. Es puro ego, a veces. Y lo que es más peligroso: me pone en ese
triste papel de saberme, aunque sea un cachito, víctima de alguna externa
circunstancia que, oh casualidad, me viene a complicar la vida. Pero no quiero
justificarme, sino crecer. No pretendo victimizarme, sino volverme enteramente
responsable de lo que siento. Creo que hay una pregunta más honda y
fundamental. Más sencilla, al mismo tiempo. ¿Para qué?
¿Para qué esta crisis? Es decir: ¿a qué nueva vida me invita esto que, siento, me
está pasando? ¿Qué persona me imagino y deseo ser, luego de que pase esta
turbulencia? ¿En qué me gustaría crecer? ¿En qué podría crecer: en ser más
claro en mi comunicación, en dejar de auto boicotearme tanto, en brindarme
tiempo de calidad, en construir vínculos saludables, en jugármela por lo que
quiero? ¿Por dónde empezar a ser más responsable: por el lenguaje, por los
pensamientos, por las acciones, por los hábitos? ¿Qué puedo hacer con mi miedo,
mi tristeza, mis enojos? ¿Justificarlos, negarlos, evadirlos, asumirlos, mirarlos de
frente, dejarme interpelar por el amoroso mensaje que traen a mi umbral? ¿Con
qué grupos quiero seguirme juntando? ¿Con qué tipo de personas deseo
rodearme y compartirme? ¿Qué antigua pasión me interesa reflotar? ¿Qué don
me gustaría trabajar y desarrollar? ¿Qué cosas necesito desdramatizar y mirar con
más ternura? ¿Cómo manifiesto el amor? ¿Cómo me gusta recibirlo? ¿Me permito
no tener todo bajo control? ¿Con qué aspecto de mi historia necesito
reconciliarme?
Como verás, entre el por qué y el para qué hay un abismo. El primero justifica,
busca razones, pretende argumentar, mientras que el segundo me devuelve el
poder de hacer lo que sienta y tenga ganas con todo eso que “heredé”. El primero
me deja merodeando el sobre análisis, el segundo me interpela a la contemplación
y, cuando lo sienta, a la acción. Yo creo que son necesarias ambas preguntas,
pero cada una en diferentes momentos. Un para qué que prescinda del por qué,
puede dejarte regulando y empantanado/a, tomando mil decisiones por minuto,
que te confunden cada vez más. El por qué sin el para qué te genera más
angustia: entendés lo que te está pasando, pero te sentís atado/a de pies y de
manos, como un(a) espectador(a) de una película en la que se te adjudicó la
infame labor de mirar desde afuera.
Algo está cambiando. Tu pasado te condiciona, pero no te determina. No sos lo
que te hicieron, sino lo que hacés con eso que te hicieron (Sartre dixit). No
depende de vos todo lo que suceda en el universo, pero sí mucho de tu universo
depende de lo que hagas o dejes de hacer. La cabeza argumenta, pero el corazón
decide. Ya no querés acumular conocimientos, querés vivir de acuerdo a tu
sabiduría interior. Ya no querés cambiar a todo el mundo, querés evolucionar vos.
Ya no te ponés mega proyectos inalcanzables y te rendís al arte de los pequeños
pasos. Ya no buscás culpables. Ya no te enfocás en lo que no depende de vos.
No sabés para dónde ir, pero sabés que ahí, donde y como estás, no podés estar
más. Menudo darse cuenta. El “no sé” es la mejor llave para el mundo nuevo que
se abre ante tus ojos. Declaración de ignorancia, ruptura del personaje, morir a lo
viejo; he ahí el camino más largo, más difícil y más complejo: el de la vuelta a tu
corazón, cálido hogar del que nunca debiéramos habernos ido.
Pistas para la auto indagación:
• ¿En qué aspecto de mi vida se revela más mi miedo al cambio? ¿Qué
vínculos estoy sosteniendo, por miedo a que se caigan? ¿Cómo me siento
con eso: me pesa, me siento culpable, me cuesta irme?
• “La verdad es que no tengo la más mínima idea”. Si me dijera esa frase,
¿a qué contexto de mi vida la aplicaría? ¿Qué puedo hacer para que esa
ignorancia no se transforme en resignación y, por lo tanto, en
estancamiento?
• Revisando mi historia, ¿Cuáles fueron las mejores decisiones que tomé a lo
largo de mi vida? Te invito a que anotes tres y expliques los motivos de tu
elección. ¿Cómo me sentía antes de decidir? ¿Y cómo me sentí después?
¿Qué criterios tuve en cuenta y a quién le pedí ayuda? ¿Qué recursos
desarrollé/En qué aspectos crecí, a partir de ese momento?
Celebrar el devenir
¿Posta, me decís?
¿Sos el mismo que hace seis meses, dos años o diez?
¿No te transformó nada?
¿No te mandaste miles de cagadas, y aprendiste?
¿No leíste algún libro?
¿No viajaste?
¿No aprendiste a ser más prudente, o más jugado?
¿No te rompieron el corazón?
¿No sabés un nuevo idioma?
¿No utilizas más palabras, y nuevas?
¿No atravesaste un duelo, que te hizo mierda, pero que tuviste, como
podías, rearmarte?
¿No aprendiste a medirte en tus acciones , para después no
arrepentirte?
¿No aprendiste a hacer lemon pie?
¿No te robaron?
¿No te enamoraste?
¿Un gobierno te desilusionó, o te ganó el corazón y te despabiló?
¿No te apareció un dolorcito molesto?
¿No te quedaron cosas por decir, o abrazos para dar?
¿La tecnología no te afectó?
¿Te seguís peleando, de la misma manera?
¿Te seguís peleando?
¿Seguís gastando tu tiempo en conversaciones infructuosas?
¿Seguís pensando que es amor propio, lo que es miedo a jugársela?
¿Seguís insistiendo con esa parte de tu familia que no te da ni cinco de
pelota?
¿Seguís pensando que la familia es, pura y exclusivamente, sangre?
¿Seguís pensando que todo se puede hacer mañana?
¿Le seguís llamando “destino” a lo que depende de vos?
¿Le seguís haciendo caso a quienes te llaman “delirante”?
¿Te sigue importando el que para cantar o bailar lo tengas que “hacer
bien”?
¿Seguís reclamando en vez de pedir?
¿Seguís diciendo que necesitás algo que en realidad deseás?
¿Seguís pensando que es todo culpa de tus viejos?
Me decís que sos así. Minga. Soy remite a esencia, a lo que permanece.
Comprendo: todo eso te dá seguridad y tranquilidad, y que venga un
boludo a hacerte tambalear, a cuestionarte, te produce: sarcástica risa,
incomodidad, molestia.
Vamos siendo, somos movimiento. Si yo fuera el mismo que hace diez
años, me cagaría a palos tres veces por semana, y me partirían el
corazón cada cuarenta y cinco minutos.
Nos rompemos, nos desarmamos, nos reiniciamos. Aprendemos,
desaprendemos, reaprendemos. Leemos, releemos, resignificamos.
¿Acaso no lloraste por alguien, y a los seis meses tuviste que hacer un
esfuerzo para recordar su nombre?
¿Acaso no sufriste como un loco por tu equipo favorito, y luego le diste
el lugar que le correspondía?
¿Acaso no tenías pánico a hablar en público, y hoy estás preparando tu
tesis doctoral?
¿Acaso no se te arrebataba el vacío, y hoy preparás asado para veinte,
treinta o los que vengan?
¿Acaso no pisabas, dos por tres, a tu pareja, y hoy, dos noches por
semana, vas a cuanta milonga se organice en los arrabales de la city?
No cambies, simplemente. Devení, transformate: crecé.
Como te gusta el desapego y los vínculos sanos, rodeate de gente que
vibre, también, con el movimiento. A quienes no les entren balas y sigan
idealizando, queriendo controlar, o apegandosé a las propias imágenes
que se crearon en sus cabezas, con ellos no hay chance. Y te irán
abandonando, no sin antes pedirte que seas fiel a lo que...nunca fuiste,
y estuvo en su deseo.
Cuando aprendamos a enamorarnos del cambio y el crecimiento,
amaremos sin exigencias y bailaremos con los demás: al ritmo y a la
distancia que se quiera; sin demandas, sin treguas, sin pena.
“¿Qué puede un cuerpo?”, decía Spinoza.
Puede absolutamente todo.
Si lo quiere.
Somos pura potencia.
O miedo: eso ya depende de vos,
Nos llenamos, porque nos sentimos vacíos/as
¿Con qué te estás llenando?
¿Con locura,
con información,
con mambos,
con entretenimiento,
con libros,
con experiencias,
con agendas rebosantes,
con relojes fugaces,
con asuntos pendientes?
¿Por qué te estás llenando?
¿Por compulsión, no más?
¿Por miedo a la soledad, y al silencio?
¿Para evitar pasar desapercibido/a?
¿Para llamar la atención de alguien?
¿Para eludir lo profundo?
¿Para sentirte útil o importante?
¿Para pensar que no estás viviendo en vano?
¿Para experimentarlo todo?
¿Con qué te estás llenando?
¿Con títulos,
sellitos en el pasaporte,
merca,
porno,
vino,
kilos,
libros,
música,
comida,
mujeres, hombres,
¿Hombres, mujeres?
Probá con vaciarte. Con despojarte, y arrancar de nuevo. Todo es válido, pero no
todo te conviene. Sin moralismos, eh. Pero atenti. La lógica posesiva penetra
hasta lo más hondo de nuestra existencia y nos hace desear más y más: como si
ahí residiera la posibilidad concreta de alcanzar la dicha, en el mero deseo de
acumular y no disponer del tiempo para detenerse: a contemplar, a reflexionar, a
asombrarse.
¿De qué llenarse?
¿Por qué llenarse?
¿Para qué llenarse?
¿Qué gano con llenarme?
Nadie tiene la llave, ni la receta. Pero podemos adivinar por dónde no: por el
exceso, el taparse de datos. No hay chance de que lo que verdaderamente vamos
siendo emerja de su raíz si le ponemos tanto ruido y pelotudez en el medio.
Vaciarse. Cambiar de ropa. Negociar lo innegociable. Reiniciarse, restablecer
prioridades. Concederse el derecho al cambio, a la no definición. Pero siempre
conscientes, en este camino eterno del darnos cuenta: de que lo mucho no
siempre es amigo de lo bueno, y de que nada, nunca, en exceso.
Vaciarse. Dejar de esperar en el afuera. Dejar de buscar allí, lo que sólo
puede estar adentro.
¿Por qué taparnos tanto?
¿Por miedo a ver qué hay?
¿Por temor a nuestra propia autenticidad?
¿Por creer que ya no seremos dignos de ciertas compañías?
Vaciarse. Y ver qué es lo que hay. Y desde allí construir la propia casa, y que
pase quien así lo desee.
Una luz al final del camino
“Es genial por fin haber tocado fondo
Porque ya no se puede bajar mucho más”.
(Fito Paez)
Cuando uno siente, con razón o sin ella, que ha perdido el tiempo, emprende una
ardua y vertiginosa carrera por intentar recuperarlo. Al reverendísimo pedo.
Porque no se puede. Porque no conviene. Porque no tiene sentido. Así, mucha
gente sale al mercado del beboteo, queriendo agendar seis citas por semana y
conocer a muchas personas, para ver qué onda. O hay quien prefiere
experimentar con tres tipos de terapias al mismo tiempo. Querés saber si esta
historia que estás viviendo se inicia con vos o si ya le sucedió a alguien de tu linaje
materno. Si es algo que le pasa a todo el mundo o si se trata de una suerte de
fatídica singularidad que, por algún motivo que tendrás que descubrir, te atañe a
vos y a nadie más que a vos. Y estallan los vídeos de Youtube: cómo hago para
olvidar a mi ex, cómo hago para soltar, cómo hago para encontrar mi propósito,
cómo hago, cómo hago, cómo hago. Y te frustra. Porque te llenás de información,
pero te alejás cada minuto más de la tan anhelada paz.
Le querés poner nombre a todo. Crisis de la mitad de la vida. Noche oscura del
alma. Descenso a los infiernos. Nombrar es definir. Definir es matar. Dicen que si
nombro, baja mi ansiedad: sé a lo que me atengo, sé en frente de qué o de quién
estoy. El asunto es que mi propia ansiedad, me lleva a nombrar con lo primero que
se me viene a la cabeza, con tal de no multiplicar la angustia de saberme
desconcertado o perdido, como si no pudiera esperar ni un poquito más por saber.
Pero la esperanza insiste. No la esperanza de esperar un acontecimiento mágico,
un insospechado momento inaugural que me devuelva a mi centro. La esperanza
de que, después de lo vivido, ya no se puede bajar más. No se trata de hacer una
apología del drama ni de inventarse un infierno pasado para redimirse en un –
presunto- cielo presente. Te recuerda Václav Havel: “La esperanza no es la
convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo
tiene sentido, sin importar su resultado final”. Todo esto tiene sentido. Te pido
que confíes. Aunque cueste, aunque pienses que te estoy tomando el pelo.
Uno de los grandes mitos es el de pensar que el despertarse, el darse cuenta, el
trascender las crisis es un paso fundamental en la vida, que se da de una vez y
para siempre (como si fuera una vacuna que se aplica una vez y chau pichu).
Nada más alejado de la realidad. No sé por qué conservamos esa imagen de la
vida como una evolución lineal, cuando en realidad se trata de algo absolutamente
diferente: ciclos, idas y vueltas, marchas y contramarchas, avances y retrocesos,
adioses y bienvenidas. Como si eso fuera poco –en esta bella y apasionante trama
de la vida cotidiana-, el ego espiritual se despacha en recetas, en tenés que hacer
esto y aquello otro, en actos repetitivos. Y eso no siempre es así ni tiene por qué
funcionar.
No obstante, algunos recursos que le han servido a otras personas, quizás puedan
orientarte o servirte de pista, como para iniciar este arduo trajín de desarmar el
personaje y ver qué queda. Te ofrezco tres claves, que a mí me compartieron y
me resultaron absolutamente provechosas. Es de Perogrullo: no tienen por qué
funcionar con vos, pero tampoco hay motivos preexistentes para que sean un
fracaso: les podés dar una chance. No son recetas. Apenas son caminos, te los
comparto:
• Silencio: En el silencio vuelvo a mi esencia, a mi casa interior. No me jacto
de lo que digo, hago o pienso: soy valioso, por el mero hecho de estar. A
este mundo al que le encanta el ruido, el protagonismo y las actitudes
excéntricas, el silencio me devuelve a mi humilde humanidad, donde valgo
mucho más allá de lo que haga o deje de hacer. Me cuesta el silencio:
aparece la rutina, los pensamientos intrusivos, las distracciones, el anhelo
interminable de entretenimiento y de llenarme con algo; como un auténtico
camino revolucionario, el silencio me revela: me saca las máscaras, me
despoja de expectativas, me libera del afán insaciable de conocimiento y
control. Nunca se termina de aprender a hacer silencio. Es un ejercicio
constante, lento; a veces, uno siente que no va ni para atrás ni para
adelante. Pareciera como si el esfuerzo no incidiera en la percepción que
se tiene de la realidad. Es una idea desértica. Y eso nos molesta o nos
duele. Necesitamos, todo el tiempo, que pase algo. Un acontecimiento que
nos sacuda, que nos retira del letargo de lo cotidiano, donde la vida se
vuelve un eterno más-de-lo-mismo. En el silencio me desnudo, me
desanudo, me desencajo. En el silencio no caben las máscaras, las
caretas, las definiciones, los roles. En el silencio florezco y, aunque todavía
no lo vea, permito que quienes están a mi alrededor experimenten algo
semejante. El silencio me invita a desagregar, a quitar, a restar. Y eso al
ego le duele hasta lo más íntimo: en este compulsivo mundo que nos invita
a poseer y dominar, el silencio es tributario del tener menos para tenerse
más, donde el perder el control cede el paso al dejarse llevar.
• Soledad: Técnicamente, desde la consciencia de unidad, nunca estás
solo/a. Siempre estamos unidos/as al Todo. Eso nos da paz, aunque no
siempre lo podamos ver de esa manera. La soledad es la gran reveladora.
Por eso cuesta tanto. Socialmente, la soledad está mal vista: como si algo
faltara, como si algo no se ajustara, como si no fuéramos del todo
suficientes, como si no estuviéramos a la altura de sabernos
acompañados/as. Por eso la evitamos. Nos llenamos la agenda de
encuentros, de compromisos, de cumpleañitos, de baustismos, de baby
shower, de divorcios, de velorios, de qué sé yo cuánta cosa más, con tal de
no quedarnos un rato haciendo nada, en silencio, rindiendo culto al placer
de la contemplación, de la lectura o del solcito pegando en tu frente. Hay
gente que necesita volverse ermitaña. No volver a nadie más en su vida.
Como todo extremo, encierra la misma información. Nada en exceso,
decían los griegos. Quizás haya llegado la hora de que te vuelvas una
persona más selectiva, porque menos es más, porque menos es mejor. Esa
vuelta a tu soledad, claro está, no responde al ego espiritual que, ahora que
sabe, anda mirando por sobre sus hombros, con aires de suficiencia y
mirada desdeñosa, la vida mortal de tantos transeúntes que recorren,
cabizbajos y desganados, por las tristes calles de la vida. ¡No, pará
emoción! Ni mucho ni poco: lo que precises. La soledad revela todo.
Cuando no sepas qué hacer, quedate un rato al margen de las
muchedumbres y del ruido, ahí donde tu corazón no juega a las
escondidas, y vas a ver cómo, de a poquito, tus verdades van aflorando, sin
esfuerzo ni exigencia.
• Sinceridad: Es muy probable que, en el silencio y la soledad, te encuentres
con cosas tuyas que no te gustan. Que te dan asco o vergüenza o miedo o
ira. O todo eso junto, variando el orden. Por eso te tapaste tanto .Por eso te
fuiste de ahí. Por eso te despachaste en interminables justificaciones, que
lo único que hacían era prolongar tu angustia. Desarmar el personaje, morir
a lo viejo, abrazar lo de siempre constituye un gran desafío en estos
términos: porque hemos vivido construyendo una muralla, una
personalidad, que pensábamos que era fija e inmutable. La editábamos,
para mostrar en sociedad todo lo bueno, lindo y exitosos de lo que éramos
capaces. Bueno, todo eso se cortó. Ni megalomanía ni victimismo:
realismo, de persona con luces y sombras, con heridas cicatrizadas y otras
sangrantes, con habilidades y límites, con delicadezas y aspectos brutos.
Sinceridad, te pido, por una vez en la vida: sin maquillaje, sin edición, sin
recorte. Solamente puedo vivir una vida auténtica y plena si me abrazo
entero/a, más allá de toda condición. Hago silencio y tomo distancia. Me
encuentro con lo que hay. No con las expectativas que me depositaron. No
con los mandatos que me legaron. No con lo que han soñado para mí. Me
encuentro, cara a cara, con lo que hay. Será difícil, angustiante y
probablemente desesperante. Pero será real. Y no hay otra cosa que
anhele más un alma buscadora que eso: saber que está donde tiene que
estar, haciendo lo que tiene que hacer. Libre de toda pretensión de control.
Libre de toda búsqueda de certezas. Libre de todo afán de ser alguien ideal.
Libre, ante la vida que florece, así como le sale, casi sin pedir permiso.
Nos vamos metiendo en el tramo final de estas cartas, poesías y textos sueltos.
Quiero contarte que ha sido un gusto acompañarte y dejarme acompañar en este
trayecto. Como siempre insisto: las crisis aparecen y reaparecen constantemente
en nuestras vertiginosas vidas. Y no van a dejar de irrumpir, por más que espiritual
y psicológicamente estemos entrenados/as. Lo harán igual. Incluso con más
intensidad. Apuesto por esa definición: espiritualidad es sentir y es venderse, cada
vez, menos humo. Es el arte de contarse, cada día, menos mentiras. Como sos
parte de algo más grande que vos mismo/a, creo que un aspecto que no quiero
dejar de mencionar es el siguiente: que puedas unirte a personas que estén
atravesando lo mismo que vos.
La idea de saber que hay gente que está pasando algo semejante, sea por las
decisiones que tiene que tomar, por la edad en la que se encuentra o por la
situación laboral o vital que la vida le trajo, no estás solo/a. Abrirse en un lugar
donde emocionalmente te sientas seguro/a, no solamente te da fortaleza y
pertenencia sino la convicción de que “las penas se achican y las alegrías se
agrandan cuando se comparten”. Necesitamos testigos/as de nuestros
procesos, de nuestras búsquedas, de nuestro itinerario de sanación. Una palabra
amiga, unos hombros que son hogar, unos brazos que son calor. Solamente
desde ese instinto gregario que nos atraviesa y nos constituye, podemos
desarrollar la comprensión de mi proceso y de los otros, sin querer apurar ni
controlar ni enjuiciarlo todo. Hace un rato de recomendé soledad y ahora
comunidad. ¿En qué quedamos? Un rato y un rato. Como dicen por allí: “Nadie
salva a nadie, pero nadie se salva solo/a”. O mejor: “Mis heridas se curan
solitas, pero valoro mucho a quien se sienta a acompañarme”. Deseo que sea
mutuo. Para ir más ligeros/as de equipaje. Para que el mundo duela menos. Para
que nazcas a una nueva vida, tengas la edad que tengas. No será fácil, pero será
hermoso. Acá estás. Acá estoy. Estamos y nos tenemos. Adelante…
Pistas para la auto indagación:
•
• ¿Qué prácticas de silencio habilito en mi día a día? ¿Cómo me siento al
realizarlas? ¿Qué puedo hacer para sostenerlas en el tiempo? (No se trata
de hacer dos sesiones de una hora y media cada una, sino de
proponerme pequeños momentos, en diferentes etapas de la jornada).
• ¿Cuán disponible tengo el tiempo para la soledad? ¿Me obligo a ir a
lugares donde no quiero ir? ¿Me permito decir “no” sin dar explicaciones?
• ¿De qué cosas me di cuenta, al sincerarme, durante este año? ¿Cuál fue
mi reacción? ¿Me justifiqué, le eché la culpa a otra persona, asumí mi
parte? ¿En qué espacio concreto de mi vida siento “ruidos”, como si me
estuviera mintiendo u obligando a convencerme de algo que no siento?
Que la vida te sorprenda
Dejarme interpelar, todo el tiempo.
Que no me acostumbre a lo de siempre.
Que no me pudra en la comodidad.
Que no me ajuste al molde.
Que esté abierto a la novedad.
Que no sea condescendiente con lo que no me gusta.
Dejarme interpelar, todo el tiempo.
Que no sienta la necesidad de definirme.
Que no tenga opinión sobre todo.
Que no vaya aplicando juicios por ahí.
Que no me atrinchere en la seguridad.
Que no gaste energía en criticar.
Que no me calle cuando me molesta.
Dejarme interpelar, todo el tiempo.
Que nada ni nadie me pase desapercibido.
Que no me queden cosas por decir.
Que nadie se vaya, sin haberme enseñado algo.
Que saque sonrisas hasta de un árbol.
Que no me dé lo mismo.
Que no me deje ganar por la rutina.
Dejarme interpelar, todo el tiempo.
Que la vida me desafíe, constantemente.
Que el misterio de lo insospechado me gane las horas.
Que ya no quiera ganar o no tema perder.
Que crezca, a todo momento.
Que me deje de críticas y me lance a la propuesta.
Que la vida no me pase por al lado.
Ligero de equipaje
Nada es nuestro. Nada nos pertenece.
Ni el tiempo en el que vivimos, ni el momento que se escapa.
No soy, no me reconozco en la ropa que llevo
en los relojes que habré de usar
en las sonrisas auténticas (y las otras)
en el esperma que aguarda en los besos urgentes en el paisaje inmóvil.
Nada es nuestro,
nada nos pertenece.
Ni mi compañera de camino
ni el hijo en vísperas
ni el dinero ganado
ni el libro que brota
ni la palabra oportuna
ni la comida que se escurre
ni el corazón en la mano.
Nada es nuestro
nada nos pertenece.
Hay movimiento
hay vida en perpetuo devenir
hay pasos fugaces
hay miradas esquivas
hay cazadores furtivos
hay abrazos duraderos
hay la más lograda indiferencia.
Nada es nuestro,
nada nos pertenece.
Ni tu sonrisa primaveral
ni mi ánimo de sábado por la tarde
ni tu inagotable generosidad
ni mi modo de nombrar
ni tu sinuoso recorrido
ni mi crónica flacidez
ni tu dentadura intacta ni la mía, en franca retirada.
Nada es nuestro,
nada nos pertenece.
¿Y qué hacer con eso?
¿Reír, llorar, jugar?
¿Y para dónde ir con eso?
¿Al bar, a la escuela, al recinto?
¿Dónde irá, todo lo atesorado?
¿Al insomnio, al olvido o a la amnesia?
Nada es nuestro,
nada nos pertenece.
O, mejor dicho, nada es del todo mío.
Lo poco o mucho o más o menos habrá de parar en los demás.
Me vino de gracia, lo doy de gracia:
ya no hay mío, ya no hay tuyo, hay nuestro.
Es nuestro, son nuestras, entonces,
el tiempo compartido
el orgasmo simultáneo
la mirada que se funde
las palabras que se rozan
la provocación del lenguaje
el ocio y el alpedismo
la rúcula y el vino
los atardeceres esperados
la montaña, el mar y la sierra
tus ojos, tu boca, mis oídos, los miedos, las broncas y las iras.
Nada es nuestro,
nada nos pertenece.
El movimiento no atesora
no cela
no controla
no impone
ni demora.
Cuando te des cuenta de que nada es tuyo, ¿Seguirás teniendo miedo de
perderlo? ¿seguirás pensando en seguridades? ¿Seguirás con tu manía de
querer controlarlo todo? ¿Seguirás atesorándolo, para no compartirlo?
¿Seguirás sintiendo que se te acercan por "eso" y no por vos? ¿te seguirás
definiendo por lo que tenés? ¿Te seguirá dando terrible paja moverte, por
todo lo que te tenés que llevar? ¿Seguirás chapeando, con tu título de
propiedad? ¿Seguirás pensando que el éxito estriba en la cantidad de cosas
materiales de las que disponés? ¿Seguirás pensando que sos eterno, sos
eterna?
La felicidad no se sabe bien amiga de quién es.
La felicidad, me lo dijo el otro día, es enemiga number one de la posesión, de la
ostentación, del apego y de todas esas cosas que no te dejan volar.
Vos sabrás cuáles.
Tu tiempo es hoy
En la vida nos enseñaron
a ceder
a guardarnos las frases para después
a que fuera de la institución pienses lo que quieras ("pero acá no...")
a que "cómo vas a decir eso", que la comunidad lo puede sufrir
a poner primero a las demás personas
a esperar que vengan tiempos mejores.
Pero la gente me dice que se cansa
y cuando digo la gente, me refiero al pibe, a la piba que se desencanta, se
desilusiona.
a quien entendió que el amor era olvidarse de sí y ahora que el amor -el presunto-
se fue, no recuerda cómo carajo quererse a sí mismo.
a quien se resignó a callarse sus verdades para no herir susceptibilidades ajenas.
Y cuando digo que se cansa -la gente-
me refiero a que estalla.
Estalla
la bronca
la ira
la paja.
De decir
de callar
de hacer
de no hacer.
No te postergues más.
Sí.
En la vida te dirán que quien se prioriza es:
egoísta
vanidoso/a
cagón/a
ombliguito del mundo
No te postergues más.
Al final
le echarás la culpa al resto
le harás decir cualquier fruta al "destino"
no vas a acordarte cómo era eso de quererte.
Te van a decir que
preferían la versión anterior
jamás lo hubiesen esperado de vos
quién carajo te lavó la cabeza.
Tus
ideas
vicios
mambos
locuras
corazonadas
hoy se vuelven prioridad.
Si alguien, desde su libertad, se suma
mejor
a compartir
a rumbear horizontes nuevos
a delirar en las conversaciones
Si alguien, desde su necedad, siente la necesidad de boicotearte
y decirte toda la mierda del mundo
salí de ahí
o plantate
mejor: conversá
pero no le hagas tanto caso, no
seguí tu rumbo
andá por tu camino.
No te postergues más
Nadie que te quiera bien te hará
abdicar de tus sueños
desistir de tus proyectos
anular tu deseo.
No te postergues más.
Guardate un poco de amor para vos
de ese amor que no es beso, abrazo, caricia.
Ese amor que es :
explorar tu misterio
abrirte a tu potencial
darte nuevos modos de ser.
Querete mucho
Si no es así,
cualquier boludo
cualquier boluda
se irá con tu amor secuestrado
y vos te vas a quedar,
te vas a quedar en la lona
menos diez y en Pampa y la vía.
No te postergues más
el momento es ahora
la persona sos vos
lo que emane de tu centro, por hoy,
estará bien.
Ya te postergaste
te dejaste de lado
te callaste
negociaste (hasta perder)
Ahora depende de vos:
asumite entero, entera
y quien se sume en complicidad,
habrá de recoger los frutos
de sentirte tan, pero tan libre.
Abrazo de despedida
"La virtud del camino no está en la meta, sino en el camino mismo. Cada paso es
un verso, y cada huella una rima en el momento de besar con ella la tierra que me
acoge sin tener que calcular a dónde «va» el romance o a dónde «lleva» la vida.
El poema es bello y se disfruta en sí mismo verso a verso, sin tener que esperar a
la cadencia última para gozar con la primera. El caminar es válido en sí mismo, y
cobra toda su belleza cuando se le libera de la ansiedad de llegar. ¡Bendita
ignorancia de futuro que revaloriza el presente; bendita inconsciencia viajera que
devuelve la alegría del caminar, la alegría del vivir".
Carlos Vallés.