“Amigos por el viento”
Yo miré a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula y un pantalón
que le quedaba corto.
Enseguida apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el
azul les quedaba muy bien a sus cejas espesas.
A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra pero no se le entiende. A
–Podrían ir a escuchar música a tu habitación –sugirió la mujer que cumplía años, desesperada por la
su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar de asfixia a los invitados.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los
Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la
verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se
otra. Sin dudas ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y yo dormiría en el
mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si alguna vez regresará la calma.
canasto, junto a la gata.
Así ocurrió el día que papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Yo
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y
recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa
decidí que también debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:
reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo
–¿Cuánto hace que se murió tu mamá?
quedara en su sitio.
Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.
–Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
–Cuatro años –contestó.
–Me parece bien –mentí.
Pero mi rabia no se conformó con eso.
Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:
¿Y cómo fue? –volví a preguntar.
–No me lo estás diciendo muy convencida…
Esta vez, entrecerró los ojos.
–Yo no tengo que estar convencida.
Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.
–¿Y eso qué significa? –preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.
–Fue… fue como un viento –dijo.
Me vi obligada a levantar los ojos del libro:
Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del viento, ¿sería el
–Significa que es tu cumpleaños, y no el mío –respondí.
mismo que pasó por mi vida?
La gata salió de su canasto y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
–¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? –pregunté.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera
–¿Y también susurra…? Sí, es ese.
amenaza. Otra vez un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.
–Mi viento susurraba –dijo Juanjo-. Pero no entendí lo que decía.
–Se van a entender bien –dijo mamá. Juanjo tiene tu edad.
– Yo tampoco entendí.
La gata, único ser que entendía mi desolación, saltó sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.
–Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los
Pasó un silencio.
daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no
–Un viento tan fuerte que movió los edificios –dijo él -. Y eso que los edificios tienen raíces…
encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador,
Pasó una respiración.
disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá, que, con tal de
–A mí se me ensuciaron los ojos –dije.
ocultar su tristeza, era capaz de esas y otras asombrosas hechicerías.
Pasaron dos días.
Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear
–A mí también.
juntas en bicicleta, aparecía un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.
–¿Tu papá cerró las ventanas? –pregunté.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Después pareció
–Sí.
tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y
–Mi mamá también.
Juanjo habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.
–¿Por qué lo habrán hecho? –Juanjo parecía asustado.
–Me voy a arreglar un poco –dijo mamá mirándose las manos. – Lo único que falta es que lleguen y me
–Debe de haber sido para que algo quedará en su sitio.
encuentren hecha un desastre.
A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A
–¿Qué te vas a poner? –le pregunté en un supremo esfuerzo de amor.
su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres
–El vestido azul.
cotidianas.
Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me
–Si querés, vamos a comer cocadas –le dije.
esperaba.
Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizá ya era tiempo de abrir las ventanas.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue quedarían
Liliana Bodoc
pegados en los costados de su boca. También estaba segura que iba a dejar sucio el jabón cuando se
lavara las manos. Iba a hablar de su perro con tal de desmerecer a mi gata.
Pude verlo por mi casa transitando con los cordones de las zapatillas desatados, tratando de anticipar la
manera de quedarse en mi dormitorio. Pero, aún más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que
sería uno de esos chicos que en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago,
sirenas de bomberos, ametralladoras y explosiones.
–¡Mamá! –grité pegada a la puerta del baño.
–¿Qué pasa? –me respondió desde la ducha.
–¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?
El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.
¿Palabras que parecen ruidos? –repitió.
– Sí. – Y aclaré -: Plum, plaf, ugg… ¡Ring!
–Por favor –dijo mamá-, están llamando.
No tuve más remedio que abrir la puerta.
–¡Hola! –dijeron las rosas que traía Ricardo.
–¡Hola! –dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.