Terapia Cliente-Dirigida Eficaz
Terapia Cliente-Dirigida Eficaz
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D.N.V.
A.O.A.
S.R.A.
T.V.E.
C.V.R.
B.V.M.
Índice
Prólogo a la edición revisada, Bruce E.Wampold
Prólogo a la primera edición, Larry E. Beutler
Prólogo
1 La terapia en la encrucijada
2 El mito del modelo médico
3 Convertirse en terapeuta dirigido por el cliente
4 Convertirse en terapeuta guiado por los resultados
con Lynn Johnson, Jeb Brown, and Morten Anker
5 La teoría del cambio del cliente
con Susanne Coleman, Lisa Kelledy, and Steven Kopp
6 El mito de la píldora mágica
con Grace Jackson, Roger P. Greenberg y Karen Kinchin
7 Planeta Salud Mental
Epílogo: Historia de dos terapias
Apéndices
I Un informe en primera persona de los servicios de salud mental
Ronald Bassman
II Información de recursos para el consumidor/superviviente/expaciente
Ronald Bassman
III Cinco preguntas acerca de la psicoterapia
IV Escalas de resultado y relación; Versiones experimentales para niños
Referencias
Sobre los autores
Índice de nombres
Índice de materias
PRÓLOGO A LA EDICIÓN REVISADA
Barry Duncan, Scott Miller y Jacqueline Sparks han examinado de forma rotunda la
investigación en psicoterapia y concluyeron que el modelo médico no es aplicable a esta
práctica curativa (véase el capítulo dos). Esta conclusión es controvertida, no porque no
esté apoyada con investigación, sino porque desafía la perspectiva cultural
predominante. Hay pruebas convincentes de que la psicoterapia no actúa
específicamente sobre los trastornos de la forma en que la medicina afirma que
funciona. En la terapia cognitiva no son las intervenciones cognitivas lo que la hace
eficaz; lo más probable es que los beneficios sean debidos a la explicación dada a los
clientes; los rituales congruentes con esa explicación, que le dan moral al cliente; la
relación entre el terapeuta y el cliente; la habilidad del terapeuta; el contexto de
curación; la expectativa y la esperanza del cliente; etc. De hecho, como explican
Duncan, Miller y Sparks, todas las psicoterapias aplicadas de forma competente son
eficaces por igual. Las personas se benefician de la psicoterapia de formas no fácilmente
explicables mediante un modelo médico. Por tanto, no es sorprendente que los
tratamientos farmacológicos no sean particularmente eficaces y que puedan actuar
principalmente a través de medios distintos de los efectos específicos sobre el cerebro.
El capítulo seis (en coautoría con Grace Jackson, Roger P.Greenberg y Karen Kinchin)
es una crítica contundente a los tratamientos farmacológicos para la mayoría de las
condiciones que etiquetamos como trastornos mentales.
Es importante tener en cuenta, como Duncan, Miller y Sparks, que el modelo médico
impregna el tratamiento de los clientes. La televisión está saturada con anuncios de
fármacos tanto para dolencias físicas (por ejemplo alergias, estreñimiento, diarrea, ardor
de estómago, náuseas debidas a la quimioterapia) como para trastornos mentales (por
ejemplo depresión y ansiedad). Los fármacos psicotrópicos se encuentran entre los
medicamentos más vendidos en Estados Unidos. Sin embargo, en la práctica, las
profesiones de ayuda han compartido el modelo médico para ayudar a sus clientes, en
parte por las presiones de la gestión sanitaria, en parte por la competencia de la
psiquiatría biológica, y en parte por nuestra reverencia hacia la ciencia y el modelo
médico. Diagnosticamos clientes; formulamos planes de tratamiento; administramos
diagnósticos (por ejemplo, pruebas de personalidad); llevamos historias clínicas; y
pensamos en nosotros mismos como agentes de cambio. Nuestras autoridades
académicas están ocupadas desarrollando tratamientos empíricamente validados y
demostrando nuestra autoridad para realizar tratamientos. De forma convincente y
estimulante, Sparks, Duncan y Miller nos presentan una alternativa: la terapia dirigida
por el cliente y guiada por los resultados.
BRUCE E.WAMPOLD
University of Wisconsin-Madison
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
Objetivamente, es bastante incierto que los síntomas que agrupamos bajo etiquetas
diagnósticas discretas representen realmente procesos de enfermedad o condiciones
discretas, y todavía más incierto que clínicos altamente capacitados puedan
identificarlos con fiabilidad o tratarlos discriminadamente cuando los reconocen. Los
descriptores diagnósticos proliferan a un ritmo mucho más rápido que la acumulación
de investigación de apoyo o la expansión y crecimiento de nuevos síntomas, con
cada nueva edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders [DSM]
añadiendo nuevas enfermedades a nuestro vocabulario. Alguien podría añadir que la
acumulación de estas enfermedades es más sensible a las votaciones de la Asociación de
Psiquiatría Americana que a los resultados de la investigación. Las aplicaciones de la
democracia a la erradicación de la enfermedad, tal como ha hecho la psiquiatría, sin
duda deberían ser probadas por quienes tratan el cáncer y las enfermedades del corazón.
En vista de esto, uno tiene que preguntarse porqué y cómo han proliferado tan
ampliamente diagnósticos y enfoques de tratamiento, siendo ahora más de 400 de cada.
Igual que uno examina la correlación particularmente fuerte entre el número de nuevos
diagnósticos y el de profesionales entrenados para tratar estos trastornos, secretamente
puede preguntarse qué llegó primero (¿las enfermedades o los profesionales?). La
sabiduría convencional retrata un sistema de salud mental en apuros sobrepasado por
una epidemia en constante expansión, empujado por la presión de trastornos emergentes
—un sistema del que los científicos descubren a diario nuevas enfermedades y
problemas, y cuyos débiles esfuerzos para reunir un ejército que luche contra estas
enfermedades son insuficientes para detener la marea.
Pero hay otra opinión que sugiere que las nuevas enfermedades han sido fabricadas para
alimentar un sistema social que prefiere pensar en "enfermedades" que necesitan
tratamiento que en decisiones que implican vulnerabilidad y responsabilidad personal.
Este último punto de vista sugiere que el sistema diagnóstico en expansión fue creado
con el fin de mantener las necesidades de una creciente gama de profesionales de la
salud mental y una floreciente industria farmacéutica —convertirla en una enfermedad
implica que requiere un experto, una píldora y un tratamiento especializado para
corregirla.
Duncan, Miller y yo estamos de acuerdo sobre los problemas del diagnóstico, la falacia
de la píldora mágica, la importancia del cambio temprano y de trabajar en la relación
para crear un plan de tratamiento. Sin embargo, a estas alturas también tenemos algunas
opiniones divergentes. La diferencia está en la cuestión de si se puede lograr mejoría
más allá de la relación, mediante el uso de cualquier técnica específica que permita la
planificación previa al tratamiento y a la sesión. Duncan y Miller argumentan que la
aplicación de procedimientos específicos a partir de determinadas reglas añaden poco al
beneficio del tratamiento y que cualquier aplicación de procedimientos específicos
debería decidirse en respuesta al feedback inmediato de los pacientes acerca de la
relación, sus expectativas, sus deseos y su progreso. Ellos critican a los que abogamos
por añadir una intervención preceptiva o planeada de antemano a los procesos de mejora
de la relación, a la medida de las características del paciente. Duncan y Miller temen,
con cierta justificación, que dicha planificación previa otorgue demasiada fe en la
destreza del terapeuta e introduzca una fisura en la relación. Yo, por otro lado, temo que
los pacientes, como ocurre claramente a los terapeutas, puedan llegar a reificar en su
contra creencias y teorías. Creo que hay casos, como el de Stacey (capítulo cinco) en
que el trabajo sólo desde la teoría del paciente refuerza tácitamente la tendencia a
asumir que los recuerdos, especialmente aquellos inducidos por el tratamiento, son
representaciones exactas de hechos reales del pasado, y se congela nuestra visión de lo
que es real. Creo que en parte la responsabilidad de un terapeuta es proporcionar una
salvaguarda contra la reificación de los recuerdos y la consolidación de teorías que a
largo plazo sean o puedan ser dañinas para las personas y las relaciones.
Pero las diferencias en nuestros puntos de vista son hipótesis que necesitan más
pruebas. La ciencia revelará finalmente el camino a seguir. Pero lo que sea que en
definitiva determinemos que es el efecto de intervenciones terapéuticas específicas
basadas en trastornos diagnosticados, estoy convencido de que seguiremos encontrando
que son de menor importancia que esos elementos cuyos objetivos son mejorar y
facilitar la calidad de la relación entre el cliente y el clínico. Esta relación se incrementa
cuando el terapeuta es capaz de moverse desde la perspectiva y el mundo del paciente.
Estos son los aspectos que este libro aborda de forma más completa y a fondo. La
descripción de cómo tratar a un “paciente” como a un igual, cómo facilitar la calidad de
la relación y cómo establecer la colaboración y la cooperación, son los aspectos más
valiosos y duraderos. Y en esto uno no puede perder nada siguiendo a Duncan y Miller.
Es más, puede hacer mucho que será bueno y útil.
LARRY E. BEUTLER
University of California, Santa Barbara
A la memoria de Lee Duncan,
que enseñó heroísmo a Barry
PRÓLOGO
Por último, me sorprendió encontrar que hasta la propia utilidad de los medicamentos
era dudosa. Encontré una revisión de 1974 (Morris y Beck, 1974) de noventa y un
estudios, en que los antidepresivos no demostraron ser más eficaces que una píldora de
azúcar en un tercio de los informes publicados. Este hallazgo es particularmente notorio
porque los estudios eliminaron a los participantes que mostraron una mejoría rápida con
la píldora falsa (los denominados reactivos al placebo). Además, como la investigación
con resultados negativos es menos probable que sea publicada, esta revisión
probablemente subestima el alcance de la tasa de respuesta al placebo.
Después de todos estos años, las mismas prácticas que menospreciaron y excluyeron a
Ann, además de imponerle sus decisiones, aún prosperan. Este libro trata de socavar
esas prácticas que oprimen a los clientes, y proporcionar a los terapeutas la información
necesaria para cuestionar el status quo de la salud mental. En consecuencia, este libro es
decididamente político. Hacemos un examen crítico y sacrificamos las vacas sagradas
del modelo médico tal como se aplica a los dilemas humanos de los clientes y que los
terapeutas encaran rutinariamente.
Pero eso no es suficiente. Los terapeutas se han quejado durante muchos años del
sistema de salud mental. Más importante, también sugerimos una alternativa que
creemos se adapta más a los valores del terapeuta y libera por igual a terapeutas y
clientes de prácticas en las que no creen. En la base de nuestra propuesta está el cliente
heroico. Este libro cambia el reparto del drama de la terapia y coloca a los clientes en el
papel que les corresponde como héroes y heroínas1 del escenario terapéutico.
Sostenemos que prestar atención a la centralidad de los clientes para cambiar mediante
la monitorización de cómo perciben su propio progreso y ajustarse radicalmente, mejora
la eficacia y responsabiliza de la psicoterapia a consumidores y pagadores. Llamamos a
este enfoque "dirigido por el cliente y guiado por los resultados."
1
NT: en el original los autores respetan la mención de los dos géneros. Como el tratamiento del género en
castellano implica duplicar artículos y empeora la fluidez de la lectura, adoptaremos la tradicional
solución injusta de utilizar el masculino como genérico cuando no sea posible el empleo del neutro; se
respetará el uso de ambos géneros cuando en el original así se refleje, como en este caso.
dar a los lectores una base suficiente para comenzar un proyecto de evaluación de
resultados en su contexto. Aquellos que quieran poner en marcha estas ideas pueden
encontrar recursos en nuestra lista de distribución2, http://www.heroicagencies.org.
También hemos ampliado nuestros argumentos sobre tratamientos basados en la
evidencia y medicación psicotrópica para facilitar que el terapeuta informado considere
cuidadosamente las controversias.
* * *
Cualquier proyecto de este tipo refleja las contribuciones de muchas personas, y les
estamos profundamente agradecidos. Estamos en deuda con nuestros clientes, que
siguen enseñándonos a hacer un buen trabajo dependiente de ellos. Varias personas
merecen una mención especial. Además de las influencias mencionadas
en nuestras publicaciones anteriores, nos gustaría reconocer la inspiración
proporcionada por terapeutas y líderes del mundo que ponen en marcha las ideas
descritas en este libro en los lugares que realmente importa, en la vida diaria con
clientes angustiados -Wenche BrunnLien, Dave Claud, Daniil Danilopoulos, Morten
Hammer, Mary Susan Haynes, Tove y Andy Huggins, Bill Plum, Geir Skauli, Dave
Stadler, Anne-Grethe Tuseth y Jim Walt, por mencionar algunos- y cuya voluntad de
desafiar el status de las modas del emperador nos proporcionan modelos a imitar.
Agradecemos a Rita Benasutti, Joan Katz, Sara Klug y Joe Rock sus comentarios y
su apoyo continuo; y a la lista de distribución heroicagencies, demasiados nombres para
mencionar, por una animada conversación continua y la inspiración para intentar marcar
una diferencia. Por último, nos sentimos especialmente en deuda con Alan Rinzler,
editor Ejecutivo de Jossey-Bass, por reconocer nuestras pasiones y alentarlas a
manifestarse.
BARRY L. DUNCAN
SCOTT D.MILLER
JACQUELINE A. SPARKS
2
NT: listserv en el original, más que una lista de distribución o lista de correo, en realidad es el programa
que lo gestiona. En este contexto se refiere a un grupo de usuarios que funciona como un foro o una
comunidad que comparte recursos.
CAPÍTULO 1. LA TERAPIA EN LA ENCRUCIJADA.
LOS DESAFÍOS DEL SIGLO XXI.
…cada hombre es su mayor enemigo, y, por así decirlo, su propio verdugo
—Sir Thomas Browne, Religio Medici
Un día, según la antigua fábula de Esopo, los poderosos robles se quejaron al dios
Júpiter. ¿De qué sirve, le decían amargamente, haber venido a esta Tierra, luchando por
sobrevivir a lo largo de los duros inviernos y los fuertes vientos, sólo para acabar bajo el
hacha del leñador? Sin embargo Júpiter rechazó totalmente sus quejas, y les reprendió
severamente. ¿No sois responsables de vuestra propia desgracia, pues vosotros mismos
proporcionáis los mangos para esas hachas? El narrador del siglo VI a. C. termina la
historia con una moraleja: "Ocurre igual con los hombres: culpan absurdamente a los
dioses de las desgracias que no se deben a nadie más que a sí mismos” (Duriez, 1999, p.
1).
Por supuesto, esta pérdida de control no significa que haya habido la correspondiente
disminución en la carga de trabajo del profesional medio en salud mental. Mejor dicho,
en vez de la responsabilidad que los terapeutas solían tener hay una serie de actividades
puestas en marcha con el pretexto de mejorar la eficacia y la eficiencia. Por ejemplo,
cuando en el pasado sería suficiente un simple formulario HCFA 1500 de una sola
página, ahora los clínicos deben lidiar con formularios de preautorización, con
prolongados cuestionarios de ingreso y de diagnóstico, exhaustivos planes de
tratamiento, evaluación de fármacos y gestión de casos externos, para tener derecho a
una cantidad cada vez menor de ingresos y la financiación de un número cada vez
menor de sesiones y servicios. El papeleo y las llamadas telefónicas que estas
actividades requieren hacen difícil imaginar cómo se podría ahorrar tiempo, dinero o
aumentar la eficacia de los servicios prestados.
En cuanto a ingresos se refiere, la realidad es que el profesional medio ha visto caer sus
balances en los últimos diez años ¡hasta en un 50 por ciento! (Rabasca, 1999). Berman
(1998), por ejemplo, encontró que los ingresos netos de psicólogos con nivel de
doctorado en la práctica en solitario estaban en un promedio de 24.000 dólares después
de impuestos, un sueldo que apenas parece merecer una inversión promedio de seis años
de estudios de posgrado y un mínimo de 30.000 dólares en formación (Norcross,
Hanych y Terranova, 1996). En cuanto a la práctica pública, los case managers3 y otros
profesionales con nivel bachelor4 prestan cada vez más servicios, lo que reduce el valor
y, por tanto, los salarios de los profesionales de salud mental con entrenamiento
experto.
Además, varios estudios han encontrado que el campo tiene dos veces más
profesionales de los necesarios para satisfacer la demanda actual de servicios (Brown,
Dreis y Nace, 1999). En efecto, desde mediados de 1980 ha habido un impresionante
aumento del 275 por ciento en el número de profesionales de la salud mental (Hubble,
Duncan y Miller, 1999). Ahora los consumidores pueden elegir entre psiquiatras,
psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas matrimoniales y familiares, especialistas en
enfermería clínica, consejeros profesionales, consejeros pastorales, consejeros en
alcoholismo y drogadicción, y un sinnúmero de otros prestadores de servicios que, con
distintas denominaciones y descripciones, publicitan servicios prácticamente
indistinguibles (Hubble et al., 1999a). La realidad es, como predijo el expresidente de la
Asociación Americana de Psicología (APA) Nicholas Cummings (1986, p. 426), que los
profesionales de ayuda no médicos se han convertido en “trabajadores mal pagados y
poco respetados de las corporaciones gigantes de atención sanitaria".
A decir verdad, a quienes buscan servicios de salud mental no les ha ido mejor que a los
propios profesionales. Considérese un estudio reciente que encontró que a pesar del
espectacular aumento en el número de profesionales entre 1988 y 1998, los beneficios
reales de la atención de salud mental disminuyeron en un 54 por ciento durante el
mismo período (Grupo Hay, 1999). La investigación muestra, además, que esta
disminución no es parte de un recorte global en las prestaciones de los cuidados
sanitarios en general. Durante el mismo período en que las consultas ambulatorias de
salud mental se redujeron un 10 por ciento, las visitas al consultorio médico aumentaron
en casi un tercio. Además, quienes buscan servicios de salud mental se enfrentan a una
serie de obstáculos que no se presentan para el cuidado de la salud en general (por
ejemplo topes diferentes, máximos, deducciones, etc.).
Por otra parte, la mayoría de terceros pagadores ahora, antes de pagarle los servicios
prestados, requieren que el profesional proporcione información antes considerada
privilegiada y confidencial (Johnson y Shaha, 1997; Sánchez y Turner, 2003). A
diferencia del coste y el número de visitas, el impacto de estos obstáculos es más difícil
de evaluar. No obstante, en un estudio exploratorio, Kremer y Gesten (1998)
encontraron que clientes actuales y potenciales mostraban una menor disposición a
revelar información cuando había requisitos externos de supervisión y presentación de
informes que bajo las condiciones de confidencialidad convencionales.
3
NT: término que suele aparecer sin traducir en la bibliografía. Originario de Estados Unidos, y
actualmente extendido a los servicios de salud comunitaria de diversos países, se trata de una persona
(habitualmente un profesional) que ayuda al paciente a informarse y acceder a los diversos recursos a su
servicio (trabajo social, actividades culturales, hospital, etc). En España la figura más cercana sería la del
referente del paciente, dentro de los programas de “Tratamiento Asertivo Comunitario”; en Andalucía se
trata de un psiquiatra o un psicólogo, en Cataluña puede ser un enfermero o un trabajador social. En otros
países puede ser también un paraprofesional (o cualquier equivalente femenino de las mencionadas
profesiones).
4
NT: bachelor es el equivalente en Estados Unidos de una licenciatura o un grado universitario en
España.
Es evidente que el futuro de la práctica de la salud mental es incierto. Más preocupante,
sin embargo, como los poderosos robles en la fábula de Esopo, es que el propio campo
pueda proporcionar el mismísimo mango —no el filo, pero sí el mango— que asesta los
cortantes golpes a la profesión.
Éstos no son dos sistemas diferentes; más bien, son dos descripciones polarizadas del
mismo futuro, que cada día está más cerca. El destacado psicólogo Charles Kiesler
(2000), que a mediados de la década de 1980 predijo que organizaciones emergentes de
gestión sanitaria5 dominarían la industria de la atención sanitaria en EE.UU., predice
que los servicios de salud mental pronto serán integrados en la atención médica de los
pacientes y administrada en consecuencia. La razón para este cambio venidero es, por
supuesto, la enorme presión sobre los administradores sanitarios para reducir los
crecientes costes. Muchos planificadores sanitarios creen que las medidas de reducción
5
NT: traducimos como gestión sanitaria el término managed care, el sistema americano de prestación de
servicios sanitarios a través de organizaciones privadas.
de costes de la gestión sanitaria ya han obtenido todos los beneficios posibles y sólo una
reconfiguración total traerá la reducción de costes requerida (Strosahl, 2001). La
atención integrada es un producto de esta toma de conciencia.
Y no es difícil verle sentido. Durante las últimas cuatro décadas los estudios han
mostrado repetidamente que hasta un 60 a 70 por ciento de las visitas al médico se
derivan de trastornos psicológicos o al menos son exacerbados por factores psicológicos
o de conducta. Además, aquellos pacientes diagnosticados con “trastornos” mentales
tradicionalmente han sobreutilizado la atención médica general y han provocado los
costes médicos más altos (Tomiak, Berthelot y Mustard, 1998). Combínense estos
hechos bien conocidos con la evidencia más amplia de que la prestación de servicios
psicológicos compensa el coste de la atención médica (Sanchez y Turner, 2003), y
voilà, la atención integrada es el mayor invento desde el pan en rebanadas. Cummings
(2000) sugiere que una reducción de apenas el 10 por ciento en la atención médica y
quirúrgica resultante de la atención en intervención conductual ¡excedería la totalidad
del presupuesto del seguro de atención en salud mental! En pocas palabras: según sus
defensores, la atención integral incrementa la colaboración, mejora la atención y hace a
la psicoterapia más importante para la Sanidad -y por supuesto, ahorra un montón de
dinero a las compañías de seguros y al gasto público.
En esta dantesca visión del futuro, el leñador de la fábula de Esopo ya nos ha cortado en
pedazos del tamaño de la chimenea, nos ha transportado y apilado con esmero para ser
consumidos en los fuegos del modelo médico de la atención integrada. ¿Y qué hay de
malo en el modelo médico? Nada cuando se aplica a enfermedades médicas y cuando es
una entre otras opciones para abordar las preocupaciones que los clientes traen ante
nuestras puertas. Pero como práctica privilegiada u obligada en salud mental, es un mito
"persistente, penetrante y poco realista." El modelo médico opera con la siguiente
ecuación:
Tratando de adaptarse a una nueva moda, las agencias de salud mental y los
profesionales particulares gastan miles de dólares en talleres, conferencias y libros, para
aprender diseño de diagnósticos y milagros de marca registrada supuestamente basados
en la ciencia empírica. Echando la vista atrás, vemos que este proceso no difiere mucho
de las prisas por ser breve cuando la gestión sanitaria apareció por primera vez, o de la
estampida por aprender sobre el infame trastorno límite de personalidad cuando
atemorizó al ámbito de la salud mental por primera vez. Desafortunadamente, igual que
todas las afirmaciones anteriores de los últimos y más grandes enfoques, las ventajas
prometidas siempre parecen inalcanzables para la mayoría de nosotros, incluso con
aquellos modelos que supuestamente cuentan con información científica, válida y
basada en la evidencia. ¿Por qué la poderosa espada de la terapia basada en la evidencia
no matará al dragón de la miseria del cliente que está ahora en mi consulta? ¿Por qué el
tratamiento empíricamente apoyado exigido por el Estado no funciona en nuestra
entidad, como insisten sus defensores?
En este punto, uno podría preguntarse con razón qué puede estar mal con el modelo
médico aplicado a la salud mental. ¿Qué tiene de malo, por ejemplo, una jornada
psicoeducativa para informar a la gente de la naturaleza de la enfermedad mental, y
ayudar a superar el estigma y la resistencia natural al tratamiento? Es más, ¿qué tiene de
malo el diagnóstico y el énfasis en la patología? Después de todo, ¡las personas no van a
terapia cuando les va bien! ¿No parece lógico que para ayudar a una persona, el
terapeuta debe averiguar primero qué le pasa? Y el interés y desarrollo del tratamiento
farmacológico y el número de enfoques terapéuticos disponibles ¿no es útil para el
desarrollo del campo? Durante demasiado tiempo, las profesiones de la salud mental
estuvieron dominadas por el enfoque de la-misma-talla-para-todos basado en el
pensamiento y las técnicas de Sigmund Freud. Y, por último, ¿no es un hecho que el
que haya una demanda cada vez mayor por los tratamientos que han demostrado su
eficacia representa un gran paso hacia delante desde los días del "todo vale", siempre y
cuando alguien los pague? ¿No indica el empuje de los tratamientos basados en la
evidencia que el área de la salud mental ha llegado a ser por fin una profesión científica
creíble?
El problema de las creencias comunes y prácticas del modelo médico metidas con
calzador en la salud mental surge cuando las examinamos a la luz de la investigación
empírica. Los datos de más de cuarenta años de investigación cada vez más sofisticada
muestran poco apoyo para:
A pesar de la película, con la ronca voz en off prometiendo la clásica lucha del bien
contra el mal, el modelo médico no es el mal. El capitán Picard no está luchando
realmente contra los Borg en esta historia de Starship Psicoterapia. El modelo médico es
una forma viable, entre tantas, de comprender y ayudar con el sufrimiento humano. El
modelo médico, entonces, no es el problema. Privilegiar al modelo médico sobre los
clientes y los datos es el problema.
Para garantizar la calidad de los servicios de salud mental para los clientes y ser tratados
como profesionales valiosos, los terapeutas deben liderar el camino y proporcionar
alternativas al modelo médico. En particular, el liderazgo implica el abandono de las
prácticas empíricamente vacías del pasado y dirigir la atención a lo que funciona. Por
otra parte, tomar el timón del bien de la nave de la salud mental requiere un pleno
reconocimiento de quién es realmente el capitán del buque.
Durante la década de 1980, los profesionales del área fijaron su atención en el psiquiatra
Milton H. Erickson. Los clínicos no obtenían suficiente información sobre este pionero
de la hipnosis, cuyos fascinantes métodos desafiaban la práctica convencional y
parecían funcionar con los casos más difíciles. Sin embargo, aprender a hacer lo que
hacía Erickson no era una tarea fácil, porque resistió firmemente la tentación de
desarrollar una teoría organizada de su trabajo. Resumió sus razones diciendo: "Creo
que cualquier psicoterapia basada en una teoría es un error, ya que cada persona es
diferente" (Zeig, 1980, p. 131). Curiosamente, esto no impidió que los estudiosos de
Erickson tratasen de comprender los misterios mágicos subyacentes a su obra. De
hecho, en los años inmediatamente posteriores a su muerte, se publicaron gran cantidad
de libros y artículos, cada cual afirmando haber descifrado el código secreto.
Insatisfecho con las teorías disponibles y atrapado por la emoción del momento, un
grupo dirigido por el terapeuta breve Steve de Shazer hizo su propio intento de
averiguar la manera en que Erickson hacía lo que hacía (de Shazer, 1994). Después de
recopilar todos los informes de casos que pudieron, el grupo comenzó a ordenarlos en
montones en función de las características compartidas por cada uno. Finalmente, se
organizaron todos los casos en seis montones diferentes -cinco de los cuales contenían
casos que compartían un patrón básico, que permitió al equipo replicar las
intervenciones de Erickson. El sexto -conocido como "diversos"- fue para las
"intervenciones inusuales" (p. 247), cosas ingeniosas que Erickson hizo una vez y nunca
repitió. Estos casos no compartían ninguna característica identificable entre sí ni con los
de los otros cinco montones. Desafortunadamente, no importa cómo el grupo clasificó
los casos, ¡este montón heterogéneo acabó con el mayor número! Ante el temor de no
ser lo bastante inteligentes para discernir los patrones reales en el trabajo de Erickson,
los miembros del grupo abandonaron el proyecto.
Pasaría más de una década antes de que de Shazer descubriera el fatal defecto del
proyecto anterior, algo tan obvio que más tarde se preguntó cómo lo habían pasado por
alto. Al estudiar los casos de Erickson se habían centrado en la persona equivocada en la
díada terapéutica -es decir, en Erickson. Ellos, como todos los que trataron de descifrar
el código secreto, ¡habían dejado al cliente fuera de la ecuación! A decir verdad, los
informes de casos dan poca información acerca de las personas. Más bien, los
individuos son en gran parte figuras bidimensionales, cuyo propósito principal en el
desarrollo del drama parece jugar un papel secundario a la dirección de Erickson
(Sparks, 2000).
Igual que los teóricos omitieron anteriormente al cliente de las visiones del trabajo de
Erickson, el factor más potente de éxito, el cliente y sus propias inclinaciones para el
cambio, brillan por su ausencia en la ecuación del modelo médico. Teniendo en cuenta
los datos presentados en este libro, que reflejan la importancia de sus fortalezas y sus
percepciones de la terapia, es el momento de restituir al cliente no sólo como el héroe o
la heroína del drama de la terapia, sino también como el director de la empresa del
cambio.
Sin embargo, convertirse en terapeuta dirigido por el cliente no será suficiente para
asegurar a los clientes el lugar que les corresponde en el escenario terapéutico o para
revitalizar el área. Los profesionales de la salud mental también deben ser capaces de
probar que su trabajo es eficaz y eficiente. Tradicionalmente, la eficacia de la terapia
(reducción de síntomas o cura) se dejaba a juicio de quien proporcionaba el tratamiento.
Nosotros propondremos algo muy diferente: la verificación de la eficacia puede surgir
de recabar sistemáticamente la percepción del cliente y su experiencia de resultado
como una parte rutinaria de la terapia -alistando al cliente como un socio de pleno
derecho en cuanto al proceso terapéutico y responsabilidad en el proceso.
El médico -con otros dos médicos llegados a Mount Vernon a través de la nieve-
administra con habilidad y competencia la terapia aceptada en la época. Al observar que
no da resultado, los tres acuerdan que lo indicado es más del mismo tratamiento. Varias
horas y dos tratamientos adicionales más tarde, el presidente estaba muerto. ¿La causa
de la muerte? Cualquiera que fuese el curso que pudiese tener la enfermedad, los
historiadores coinciden en que el tratamiento recibido por Washington en su débil
estado, probablemente aceleró su defunción. Esta intervención, por supuesto, era el
"estándar de atención" aceptado en la medicina a finales del siglo XVIII: la sangría
(Flexner, 1974).
Aunque podría ser tentador creer que las modernas artes de curación han evolucionado
más allá de estas prácticas primitivas, existe una fuerte evidencia de que las mismas
fuerzas que llevaron a los médicos de Washington a aplicar (y luego repetir) un
tratamiento ineficaz (y en última instancia letal) continúan guiando la práctica de la
terapia -específicamente, el énfasis en la competencia de la prestación de servicios más
que la eficacia de los servicios prestados. Esto en ninguna parte es más evidente que en
los códigos éticos de las tres mayores organizaciones de profesionales de salud mental:
la Asociación Nacional de Trabajadores Sociales (NASW), la APA, y la Asociación
Americana de Terapia Marital y Familiar (AAMFT). Ninguno de estos códigos vigentes
exigen explícitamente a trabajadores sociales, psicólogos o terapeutas matrimoniales y
familiares el ejercicio de una terapia eficaz. Tampoco les exigen que sometan sus
prácticas a una evaluación sistemática de los resultados. Más bien, la única exigencia de
los códigos es que los terapeutas trabajen "dentro de los límites de su competencia en
base a su formación, entrenamiento, experiencia supervisada, consulta o experiencia
profesional" (APA, 2002, [Principio A], p. 1063 [principio 2.01a], las comillas son
nuestras; NASW, 1999 [Principio 1,04]; AAMFT, 2001 [Principio 3.6]). Se puede
encontrar una excepción innovadora en el código ético de la Asociación Americana de
Counseling (ACA), que establece: "Los consejeros supervisan continuamente su
eficacia como profesionales y toman medidas para mejorar cuando es necesario" (ACA,
1995 [Sección C2d] la cursiva es nuestra).
Lejos de ser benigno, este énfasis en la competencia frente a los resultados disminuye la
eficacia y la eficiencia, y limita el crecimiento de los terapeutas particulares. Por
ejemplo, aunque la mayoría diría que su habilidad clínica ha mejorado con la
experiencia, una parte importante de la investigación encuentra poca o ninguna relación
entre el nivel de experiencia y la eficacia de los terapeutas (Clement, 1994). En todo
caso, los datos indican que el aumento de la cantidad y el tipo de formación y
experiencia que recibe la mayoría de terapeutas, puede disminuir la eficacia terapéutica
(Lambert y Ogles, 2004).
Considérese un estudio sobre las cualidades de los terapeutas eficaces (Hiatt y
Hargrave, 1995). Usando el auto-informe del cliente y las calificaciones de colegas, los
investigadores consiguieron diferenciar entre los terapeutas menos y más eficaces
(según los resultados). En resumen, se encontraron con que los terapeutas en el grupo de
eficacia baja tendían a haber ejercido durante más años que aquellos del grupo de alta
eficacia (18,2 frente a 12,9 años, respectivamente). Más preocupante, sin embargo, fue
su hallazgo de que los terapeutas ineficaces no sabían que eran ineficaces. Peor aún, ¡se
consideraban tan eficaces como los terapeutas verdaderamente eficaces en el estudio!
No es una novedad para nadie que los terceros pagadores son cada vez más conscientes
de los costes y ahora están insistiendo ruidosamente en que los terapeutas deben
fundamentar la eficacia de sus servicios antes de pagarles. Este interés en el resultado
no es específico de una disciplina profesional determinada (por ejemplo, salud mental
versus medicina) o de un tipo de sistema de pago (por ejemplo, empresa de gestión
sanitaria versus fondos públicos) sino que es parte de una tendencia mundial (Lambert,
Okiishi, Finch y Johnson, 1998; Sanderson, Riley y Eshun, 1997).
No hace mucho, María, una mujer de unos cuarenta años, vino a terapia buscando una
identidad que creía haber perdido. Toda su vida había querido ser agente de policía.
Cuando era adolescente patrulló con policías estatales, y cuando era una joven se
convirtió en la primera mujer en graduarse en la academia de policía.
María vivió su sueño como policía durante varios años, hasta que un accidente de coche
la sumió en un coma que se prolongó durante dos años. En un triunfo de la biomedicina,
un fármaco experimental la revivió, aunque la dejó con algún daño cerebral y
convulsiones que hicieron imposible su trabajo como policía. Sin la identidad a la que
había dedicado su vida a conseguir, ya no estaba segura de quién era.
Nuestro primer contacto con María no fue basado sólo de boquilla en ser respetuosos y
colaboradores con los clientes, sino en el uso del conjunto de resultados con apoyo
empírico que incluiremos en este libro. Como veremos en el capítulo cuatro, en toda la
literatura de investigación quizás el hallazgo clínicamente más relevante es que la
mejoría rápida del cliente en la terapia es uno de los mejores predictores de éxito. Así
que en lugar de considerar las primeras sesiones como un período de calentamiento o
una oportunidad para probar la última técnica, es crucial ser resolutivo en el primer
contacto con los clientes. Y dado todo lo que sabemos sobre la importancia de la alianza
terapéutica, analizado en el capítulo tres, estas sesiones iniciales ofrecen la oportunidad
de descubrir cómo conseguir el mejor ajuste posible con los clientes. Los clientes
monitorizan la alianza en curso a través de las evaluaciones sesión a sesión de su
satisfacción y de los progresos en la terapia. El principio rector tras nuestro trabajo con
clientes es reconocer que todas las decisiones deben ser dirigidas por el compromiso de
los clientes en el proceso de la terapia, su visión de la calidad de la relación terapéutica,
sus teorías de cambio y -la principal referencia- su evaluación de si el cambio ocurre.
Cuando María vino a su primera cita, se sintió intrigada por los comentarios del
terapeuta de que sus percepciones iban a ser la luz que guiase el proceso en curso.
Rellenó un formulario breve sobre cómo sentía que estaba progresando a nivel
individual, interpersonal y social. A continuación explicó que se sentía en un callejón
sin salida en su vida. Tras haberse recuperado lo suficiente como para volver a hacer
algún tipo de trabajo, ni siquiera podía imaginar un plan B ahora que su carrera en la
policía parecía acabada. Para complicar las cosas, María también estaba luchando con la
idea de estar "incapacitada", una palabra que ella despreciaba pero que otros sugirieron
que aceptara para poder seguir adelante. Reconoció que tenía algunas limitaciones y que
no podía realizar las tareas extenuantes que antes había despachado con facilidad. Aun
así, la palabra se le atragantaba. Como dio a entender su sensación de estar en vías de
recuperación, el terapeuta estaba asombrado por su valor, resistencia y sabiduría. He
aquí una mujer que lo tenía todo y lo perdió, que muchas veces desafió las expectativas
de los demás acerca de lo que podía y no podía hacer: al principio, cuando se convirtió
en la primera mujer de la academia en graduarse y luego la primera en hacerse
detective, cuando inesperadamente salió de un coma, y ahora una vez más. A pesar de
sus problemas con las convulsiones, la vista y el equilibrio, estaba luchando con las
expectativas de su etiqueta "discapacitada". Sabía que había mucho más en ella de lo
que cualquier descripción de su discapacidad pudiera empezar a captar, como lo sabría
cualquiera que pasara algún tiempo conociéndola. El terapeuta le dijo que una de las
cosas que más le gustaba de ella era su negativa a aceptar su discapacidad. A ella ese
comentario le gustó mucho.
Unos minutos antes del final de la reunión, el terapeuta pidió de nuevo a María que
rellenase un breve formulario evaluando la terapia y al terapeuta. Aquí, la información
clave fue que sentía que el terapeuta estaba tomando en serio sus problemas e ideas y
que su enfoque le parecía adecuado. María indicó en el formulario que, efectivamente,
las cosas iban por buen camino. Revisando el formulario con María y reflexionando
sobre lo impresionado que había quedado con ella, el terapeuta le preguntó en tono de
broma si había pensado alguna vez en seguir una carrera como oradora motivacional. Se
trataba de un homenaje informal a la fuerza de su historia, pero tocó una fibra sensible.
Con la conversación a punto de terminar, María dijo que se le había ocurrido que podría
continuar una profesión formando agentes de policía.
Esa declaración fue un paso clave en el camino para recuperar su vida. No acabó como
oficial de entrenamiento, pero fue capaz de restablecer su relación con el trabajo que
amaba al convertirse en agente de oficina. Esto satisfizo su prurito de volver a conectar
con el trabajo de la policía, que para ella era crucial para tener una vida significativa.
Informó de mejoría en la evaluación del resultado, y la terapia terminó pocas sesiones
después.
Enfrentemos la cruda realidad y digamos en voz alta: "El campo de la terapia tiene
problemas". Más inquietante pero menos evidente, las creencias y prácticas clínicas
populares son en gran parte responsables del desastre en el que los terapeutas se
encuentran actualmente. Estas prácticas y creencias se han reificado en la realidad a
través de la institucionalización del modelo médico en salud mental. Sin embargo,
existen visiones alternativas del siglo XXI.
Nuestra visión se suscribe a un modelo relacional más que a uno médico, acepta que el
cambio está dirigido por el cliente más que por la teoría impulsora y se compromete con
el resultado exitoso en vez de con la prestación competente de servicios (Duncan, 2002;
Duncan y Sparks, 2002; Duncan, Miller y Sparks, 2003; Miller, Duncan y Hubble,
2004). En el capítulo dos cuestionamos el modelo médico tal como se aplica en salud
mental, aquellas prácticas que dan a los clientes el papel de extras y los excluyen de los
esfuerzos de su propio cambio. Al no enfatizar en la teoría exclusiva y derivada del
experto como fundamento para la práctica, en vez de esto el capítulo tres se dedica a las
ideas de cambio del cliente, los temas iniciados por él y sus prioridades, para elevar sin
reservas las propias teorías del cliente por encima de todo aquello que la comunidad
terapéutica anteriormente tenía por sacrosanto. El capítulo tres pone de relieve la
dramática contribución del cliente heroico para el resultado positivo y presenta las
directrices para explotar la fuerza estelar del cliente.
El ámbito medicalizado de la práctica actual define servicio cada vez más como la
aplicación adecuada de tratamientos empíricamente validados. En su lugar, defendemos
la evidencia basada en la práctica como una alternativa a la práctica basada en la
evidencia. En el capítulo cuatro se muestran los aspectos básicos del proceso
sorprendentemente sencillo de asociarse con los clientes para hacer que la terapia sea
tanto beneficiosa como responsable -cómo el uso del feedback del cliente en forma de
instrumentos fiables de resultado y proceso hace posible a los terapeutas mejorar su
eficacia.
El capítulo cinco explora la idea de la teoría del cambio del cliente e ilustra la
integración de diversos enfoques a través de las inclinaciones del cliente sobre el
cambio. Dado el aumento meteórico de las prescripciones psicotrópicas, especialmente
en niños, el capítulo seis aborda el espinoso tema de la medicación. Echamos por tierra
el mito de la píldora mágica y simultáneamente respetamos al cliente que elige ser
ayudado con fármacos. Examinamos la controversia en torno a los tratamientos
farmacológicos para estimular la reflexión acerca de las opciones que se ofrecen a los
clientes. En el capítulo siete abordamos las preguntas más frecuentes acerca de nuestras
ideas, pero también deconstruimos los supuestos implícitos y prácticas subyacentes a
estas cuestiones. Invitamos al lector a acercarse como persona ajena al discurso de la
"salud mental" y sus implicaciones. Por último, y apropiadamente, ponemos fin a la
exposición con las propias palabras de un cliente. El epílogo resalta las ventajas de un
enfoque evaluado por el cliente con un cliente que no está experimentando cambios. El
cliente proporciona un comentario importante permitiendo una comprensión
normalmente ausente en los informes de atasco terapéutico y cambio.
Si las sorpresas que encontramos en nuestro viaje de once años son una indicación de lo
que nos espera, es probable que haya tanto dificultades como oportunidades para que la
profesión se esfuerce por establecer una identidad basada en hechos empíricos y en la
asociación con el cliente en lugar de apoyarse en mitos. Sin embargo, como dice
Hamlet, no podemos dejar que esta región por descubrir "nos haga soportar estos males
que tenemos por miedo a otros que desconocemos" (3.1.24-27).
CAPÍTULO 2.
EL MITO DEL MODELO MÉDICO
Destronando el diagnóstico y las mejores prácticas
El psicólogo George Albee (2000) sugiere que la psicología hizo un pacto satánico con
el modelo médico hace más de 50 años, cuando aceptó acríticamente la llamada para
proporcionar servicios psiquiátricos a los veteranos que regresaron de la Segunda
Guerra Mundial. Sin embargo, el modelo médico quizás se asentó definitivamente en
1949, en la famosa conferencia de Boulder, donde se desarrolló la biblia de la
formación de la psicología, bajo la protesta de muchos, con la aceptación del lenguaje
médico y del concepto de “enfermedad mental”.
El resultado: el dominio del modelo médico. Pregúntese a los terapeutas por qué
hablan sobre diagnóstico de trastornos mentales y tratamientos estipulados, y
responderán como la trágica heroína interpretada por Hilary Swank que intenta huir de
la opresión de género haciéndose pasar por un chico en Boys Don’t Cry. Cuando le
preguntaron por qué permitió que la arrastrasen por el suelo detrás de una camioneta
dijo: “Pensé que eso es lo que hacían los chicos por esta zona.”
Este capítulo sugiere que dejemos de permitir que nos arrastren detrás del camión del
modelo médico. Usando la literatura de investigación para hacer una autopsia a ideas
muertas hace tiempo, se muestra que la fijación con la nomenclatura, las categorías y
las clasificaciones diagnósticas es una gran pérdida de tiempo. En lugar de crecer de
forma ordenada y producir una rica y abundante cosecha, el diagnóstico de los
trastornos mentales ha crecido como las malas hierbas, ahogando y asfixiando caminos
alternativos y esperanzadores para entender y alentar el cambio, y se basa más en
factores políticos y económicos que en la ciencia.
Trastorno diagnóstico
Sigmund Freud (1990, p. 56) dijo una vez: “He encontrado poco que sea bueno de los
seres humanos. En mi experiencia, la mayor parte de ellos son basura”. ¡Sorprendente
comentario de nuestro padre fundador! Pero el sector todavía sigue considerando
escaso lo bueno de los seres humanos. La única diferencia es que se ha catalogado
como “basura” en cientos de tipos específicos en el compendio profesional de los
desastres humanos, el DSM-IV (APA, 1994).
Considérese el estudio más importante llevado a cabo por algunos de los autores
(Williams et al., 1992) del DSM-III (APA, 1980). Un estudio a gran escala realizado
en distintas localidades por médicos ampliamente capacitados para hacer diagnósticos
precisos usando la mejorada y tan elogiada nueva versión del DSM. Después de que
los investigadores elaborasen el entrenamiento y la supervisión, parejas de clínicos
entrevistaron a seiscientos clientes para ver si podían ponerse de acuerdo sobre el
diagnóstico. El estudio definió como acuerdo los diagnósticos que encajaban en la
misma clase de trastornos, aunque no coincidieran en el tipo específico. El acuerdo
general para estos clínicos especialmente capacitados osciló de .68 a .72 para el Eje I,
y de .56 a .64 para el Eje II. ¡Los índices de fiabilidad individual en trastornos
específicos fueron tan bajos como .26! En estos ensayos de campo, un médico podía
diagnosticar a un individuo con un trastorno distímico y un trastorno de pánico, y otro
podría diagnosticar al mismo con un trastorno de depresión mayor y un trastorno
obsesivo compulsivo. Ambos diagnósticos seguirían considerándose de acuerdo,
porque entran dentro de la misma clase de trastornos. Puede juzgar usted mismo la
fiabilidad que se desprende de este acuerdo. Imagine la fiabilidad en un trastorno
específico por un profesional cualquiera de la salud mental, en un contexto clínico
típico.
Para ser justos, los partidarios creen que con la publicación del DSM-III-R (APA,
1987), el campo ha obtenido niveles aceptables de fiabilidad (Garb, 1998). Esta
supuesta fiabilidad aceptable, sin embargo, se ha reducido misteriosamente con los
años. Antes del DSM-III, el acuerdo sobre las categorías específicas se consideró
importante. Después de los ensayos de campo del DSM-III, el 70 por ciento del
acuerdo dentro de una categoría general fue reformulado como bueno. Ahora, se han
propuesto niveles más bajos. De acuerdo con Garb, la fiabilidad se dice que es
mediocre si los valores son menores que .40, suficiente entre .40 y .59, buena entre .
60 y .74, y excelente por encima de .75.
Para complicar aún más las cosas, el diagnóstico no recoge la mayor parte de los
problemas por los que la gente busca la ayuda de los terapeutas (Beutler y Clarkin,
1990). Los problemas relacionales y la situación de angustia de la vida cotidiana son las
preocupaciones más comunes que se presentan. ¿Cómo se diagnostica un problema
marital, un conflicto familiar o la preocupación de no conocer el potencial de uno?
7
NT: attribution creep en el original. Aunque invasora no es la traducción exacta para creep, pensamos
que este término plasma bastante bien la idea que los autores quieren transmitir.
Dinero, Poder, Moda e Influencia Cultural
David Healy (1997) argumenta de forma persuasiva en The Antidepressant Era que las
compañías farmacéuticas están tanto en el negocio de la venta de diagnósticos
psiquiátricos como en el de la venta de medicamentos psicotrópicos porque,
obviamente, uno promueve al otro. Al hacerlo, sacan provecho a la propensión pública
de creer en la autoridad médica. Healy plantea preguntas inquietantes sobre hasta qué
punto la ciencia médica del diagnóstico se rige por intereses económicos.
Finalmente, hay que tener en cuenta que el diagnóstico no incluye factores contextuales.
El diagnóstico solo describe el comportamiento individual; ignora las influencias de tipo
relacional, medioambiental y cultural. Clasificar solamente el comportamiento
individual como anormal implica que cuando alguien no encaja sin problemas en su rol
cultural preestablecido, es la persona la que falla. El resultado es que los diagnósticos
con frecuencia refuerzan las desigualdades entre hombres y mujeres y codifican los
prejuicios raciales y culturales (Kutchins y Kirk, 1997). No es de extrañar que las
mujeres se lleven la peor parte. Ellas constituyen la mayoría de las personas
diagnosticadas de TLP y llenan las listas de otros muchos diagnósticos. Como prueba
adicional, un estudio reciente (Zito, Safer, dosReis y Riddle, 1998) encontró que tanto la
raza como el estatus social de los niños influyó en los diagnósticos y el tratamiento que
recibieron. Los niños culturalmente diferentes de quienes les ayudaban recibieron
diagnósticos más graves y más medicación, y tenían menos posibilidades de recibir
terapia.
Las investigaciones han dado lugar a una conclusión indiscutible que es una buena
noticia tanto para los profesionales de la salud mental como para los clientes: la
psicoterapia es eficaz para ayudar con los problemas humanos. Sin embargo, la buena
noticia sobre la utilidad de la terapia se ha visto acompañada por una gran
proliferación de diferentes modelos. A lo largo de los años, nuevas escuelas de terapia
han ido apareciendo con la regularidad de los catálogos del Círculo de Lectores. La
mayoría pregona haber captado la verdadera esencia de las disfunciones psicológicas y
de los mejores remedios.
Estos hallazgos han sido creativamente resumidos citando al pájaro dodo de Alicia en
el País de las Maravillas, que dijo: “todos han ganado y todos deben tener premio”
8
NT: silver bullet en el original; se refiere a la idea (criticada por los autores) de que existe un tratamiento
concreto y específico particularmente indicado y eficaz para un determinado diagnóstico: una bala de
plata. Entendemos que cura milagrosa refleja ese significado y así lo hemos reflejado en otros lugares.
Sin embargo, en alguna ocasión –como esta- preferimos utilizar la traducción literal de bala de plata por
cuadrar mejor en el contexto de la frase.
(Carroll, 1962). En su notable y reputada exposición de la perspectiva de los factores
comunes, Saul Rosenzweig (1936, p. 412) recogió por primera vez las palabras del
dodo para ilustrar su observación profética del éxito equivalente de las distintas
psicoterapias (Duncan, 2002). Casi cuarenta años después Luborsky, Singer y
Luborsky (1975) validaron empíricamente la conclusión de Rosenzweig en su revisión
clásica de ensayos clínicos comparativos. Tras examinar la ausencia de diferencias
entre los modelos, concluyeron en bautizar sus observaciones como “el veredicto del
pájaro dodo” (p.1003). Ha demostrado ser el hallazgo más replicado en la literatura.
Confirmar la idea de que todos los modelos son iguales es el hito que el TDCRP
mencionó primero (Elkin et al., 1989). Después de todo el esfuerzo invertido en el
diseño de un estudio que representase la vanguardia en la investigación de resultados,
los investigadores se vieron sorprendidos por sus propios hallazgos. Recordemos que,
en general, los cuatro tratamientos -incluyendo el placebo- tuvieron aproximadamente
la misma eficacia. Avances recientes en metodología estadística, particularmente
estudios meta-analíticos, permiten a los investigadores examinar la inmensa literatura
clínica y extraer conclusiones a partir de grupos enormes de datos, aportando así aún
más credibilidad al veredicto del pájaro dodo. En una exhaustiva revisión de la
literatura de resultados realizada en 1997 por el investigador en psicoterapia Bruce
Wampold y sus colegas, se analizaron unos 277 estudios llevados a cabo entre 1970 y
1995 para determinar qué modelos terapéuticos habían dado los resultados más sólidos
(Wampold et al., 1997). Esta revisión confirmó una vez más que ningún enfoque tiene
una superioridad rigurosamente probada sobre cualquier otro. Otros estudios meta-
analíticos recientes también confirman la sabiduría del pájaro dodo. “¿Por qué, se
pregunta Wampold (p. 211), persisten los investigadores en sus intentos por encontrar
diferencias entre los tratamientos cuando saben que los efectos de dichas diferencias
son pequeños?...”
Para enfatizar este punto, está el enorme estudio que dirigió Human Affairs
International con más de dos mil terapeutas y veinte mil clientes. Este estudio de
eficacia llevado a cabo en situaciones reales (en comparación a los estudios de eficacia
controlados) no reveló diferencias en los resultados y tuvo en cuenta hasta trece
enfoques distintos, incluyendo la terapia familiar y la medicación (Brown et al., 1999).
Tan solo un puñado de estudios han encontrado diferencias y su número es mucho
menor de lo que sería atribuible al azar (Wampold, 1997). Por ejemplo, Wampold
(2001) revela que, de las más de tres mil comparaciones de variables dependientes de
TCC con otras formas de terapia, solo quince han encontrado a esta terapia superior a
las otras.
Pese a los extraordinarios esfuerzos, los datos predominantes indican que nadie puede
decir que un método es superior a otro. El hecho de que el veredicto del pájaro dodo
surgiese por accidente -mientras los investigadores estaban tratando de demostrar la
superioridad de sus propios modelos- lo hace particularmente digno de considerar. Se
trata de un hallazgo notablemente libre del sesgo del investigador. Pero, ¿qué
significa? Como dijo Rosenzweig asombrosamente en 1936 (y a partir de él muchos
investigadores más, por ejemplo Frank, 1973), puesto que todos los enfoques parecen
iguales en eficacia, deben operar factores comunes a todas las teorías que eclipsan
cualquier diferencia percibida o supuesta entre los enfoques. La terapia funciona, pero
nuestra comprensión de cómo funciona no se puede encontrar en las explicaciones
sectarias de las diferentes orientaciones teóricas; más bien debemos buscarla en los
factores comunes a todos los enfoques.
Si las terapias funcionan, pero esto no tiene nada que ver con su parafernalia, ¿cuáles
son los factores comunes de cambio? Nuestro reciente libro The Heart and Soul of
Change (Hubble, Duncan y Miller, 1999c) responde empíricamente a esta pregunta.
Reunimos a los principales investigadores de resultados para revisar cuatro décadas de
investigación y revelar sus implicaciones para la práctica. La figura 2.1 representa los
cuatro factores de cambio y su porcentaje de contribución a un resultado positivo
independientemente de la orientación teórica o disciplina profesional del terapeuta
(Asay y Lambert, 1999).
Desde la publicación de The Heart and Soul of Change y la primera edición de este
libro, Bruce Wampold (2001) publicó su revisión meta-analítica de la investigación de
resultados en psicoterapia. No solo ha reforzado nuestra perspectiva de los factores
comunes, sino que se ha ampliado significativamente nuestra comprensión. Para
nuestra sorpresa la descripción de Lambert de los factores comunes da incluso más
importancia a la técnica y subestima la importancia de las características del cliente y
de la alianza.
Factores del Cliente
Los clientes siempre han sido caracterizados como los portadores del mensaje
frustrado de disfunción familiar, los creadores de resistencia y, en la mayoría de las
tradiciones, el blanco de cualquier intervención supuestamente importantísima.
Raramente se le selecciona para el papel de agente principal del cambio, ni tampoco se
le menciona en la publicidad que anuncia la última moda en la boutique de técnicas
terapéuticas. Sin embargo, la revisión de investigaciones de Tallman y Bohart (1999)
deja claro que el cliente es en realidad el factor más potente para el resultado en
psicoterapia -los recursos que los clientes traen a la sala de terapia y las influencias
sobre sus vidas fuera de ella (Miller, Duncan y Hubble, 1997). Estos factores e
influencias pueden incluir la persistencia, la sinceridad, la fe, el optimismo del cliente,
una abuela comprensiva o la pertenencia a una comunidad religiosa (todos los factores
que operan en la vida de un cliente antes de que él o ella entren en terapia). También
incluye interacciones fortuitas entre tales fortalezas internas y la casualidad, tales
como un nuevo trabajo o una crisis negociada con éxito. Asay y Lambert (1999)
atribuyen el 40 por ciento de mejoría durante la psicoterapia a las características del
cliente. El meta-análisis de Wampold (2001) atribuye la friolera del 87 por ciento a los
llamados factores extra-terapéuticos, dejando solo el 13 por ciento de la varianza
explicada por el impacto de la terapia. Esta perspectiva acerca de cómo ocurre el
cambio sugiere una revisión radical de nuestras ideas acerca de los clientes y acerca
de a qué debería parecerse la terapia. Como consecuencia, las curas milagrosas
cuidadosamente adquiridas y escandalosamente promocionadas no son los factores que
definen el cambio. Los clientes son los protagonistas, los héroes y heroínas del
escenario terapéutico. Con esta información, el capítulo tres se burla de las D’s
asesinas que degradan al cliente -diagnóstico, déficits, trastornos [disorders],
enfermedades [diseases], discapacidades y disfunciones- y, en su lugar, sugiere formas
de poner los factores del cliente al servicio de los objetivos de éste.
Factores de la Alianza
En un estudio que examina las percepciones del cliente de la relación, Bachelor (1995)
encontró tres tipos diferentes de relación que los clientes valoran. Casi la mitad de los
clientes describen una buena relación en términos de respeto del terapeuta, la
comprensión empática y la escucha atenta; esto incluye a menudo una relación amistosa
con el terapeuta. Para otro 40 por ciento, la mejora de la auto-comprensión, adquirida a
través de la clarificación por parte del terapeuta del material del cliente, caracteriza una
relación positiva. Por último, una proporción menor de clientes veían la relación en
términos de colaboración. El cliente de tipo colaborativo apuntaba que la labor de la
terapia no era exclusivamente responsabilidad del terapeuta y que cada parte colabora.
Por lo tanto, parece que desde la perspectiva del cliente no existe un único e invariable
tipo de relación. Algunos clientes desean una amistad, algunos consejo experto, y otros
un esfuerzo de colaboración. El trabajo de Bachelor sugiere que un repertorio flexible
de posturas relacionales que se adapten a los diferentes clientes es importante para la
eficacia de la terapia.
Buscando una descripción más satisfactoria de las dinámicas interpersonales implicadas
entre el cliente y el terapeuta, los investigadores han ampliado la relación en un
concepto más amplio conocido como alianza. La alianza hace hincapié en la
colaboración entre el cliente y el terapeuta para alcanzar los objetivos del cliente
(Bordin, 1979). La investigación encuentra repetidamente que una alianza positiva es
uno de los mejores predictores de resultado (Horvath y Symonds, 1991). Por ejemplo,
Krupnick et al. (1996) analizaron los datos del TDCRP y encontraron que la alianza fue
predictor de éxito para todas las condiciones (recuérdese que el modelo terapéutico no
lo fue). En otro gran estudio de varias terapias para el alcoholismo, la alianza también
fue un predictor significativo de éxito (la sobriedad), incluso en el seguimiento a un año
(Connors, DiClemente, Carroll, Longabaugh y Donovan, 1997). Por otra parte, las
calificaciones de los clientes de la alianza son mucho mejores predictores del resultado
que las calificaciones del terapeuta (Bachelor y Horvath, 1999). Claramente, entonces,
es crucial para los terapeutas prestar atención a la alianza que se desarrolla con los
clientes y monitorizar regularmente su calidad.
Si usted no está convencido de que la alianza debería ser parte fundamental en sus ideas
sobre el cambio, considere la perspectiva meta-analítica de Wampold (2001) sobre la
alianza. Él atribuyó el 54% de la varianza del impacto de la terapia a la alianza.
(Recuérdese que él atribuye solamente un 13 por ciento de la varianza total a la terapia.
No importa si las cifras de Wampold suman el 100 por cien; las cifras citadas siempre
están en comparación con los efectos de la técnica y el modelo). Para poner esto en
perspectiva, la cantidad de cambio atribuible a la alianza es de aproximadamente siete
veces mayor que la atribuible a un modelo o técnica específica.
Debemos dejar de lado el atractivo intelectual de los modelos teóricos, las promesas de
las técnicas deslumbrantes, el carisma de los maestros y la perspicacia comercial de los
charlatanes. La investigación indica que la terapia funciona si los clientes experimentan
positivamente la relación y son participantes activos. El capítulo tres se dedica a este
cuerpo de información y sugiere maneras de amoldarse a las percepciones que los
clientes tienen de la alianza y buscar su participación en la terapia. La monitorización de
la alianza ocupa un lugar destacado para guiarse por los resultados (capítulo cuatro).
Expectativa, Esperanza y Lealtad
Después del cliente y los factores de la relación vienen las expectativas. Esta clase de
influencias en el resultado se refieren a la parte de mejoría derivada del conocimiento de
los clientes de estar en terapia, la instilación de esperanza y la percepción de
credibilidad de los fundamentos y técnicas de la terapia por parte del cliente. Se cree
que estos efectos no surgen específicamente de un procedimiento dado del tratamiento;
vienen de las expectativas esperanzadoras que acompañan al método. Asay y Lambert
(1999) fijan la contribución de las expectativas al resultado de la psicoterapia en el 15
por ciento. El capítulo tres sugiere formas de ofrecer posibles soluciones creíbles (para
el cliente) basadas en sus expectativas.
Una idea similar, pero desde el punto de vista del terapeuta, es el concepto de lealtad.
Wampold (2001) define los efectos de la lealtad como los imputables a la confianza del
terapeuta en el tratamiento administrado. Messer y Wampold (2002) sugieren que el 70
por ciento de los efectos de un enfoque particular se explican por la lealtad del terapeuta
al modelo utilizado. Para poner esto en perspectiva, considérese que solo el 1 por ciento
del cambio es debido al impacto de cualquier modelo, y el 70 por ciento de este 1 por
ciento se atribuye a la fe y el entusiasmo del terapeuta por el tratamiento utilizado. En
realidad, esto arroja poca luz a cualquier énfasis en la técnica por encima de los efectos
del cliente, de la alianza y de las expectativas.
Finalmente, los modelos y las técnicas constituyen el último de los cuatro factores y
contribuyen al 15 por ciento del cambio en la terapia (Asay y Lambert, 1999). Los
factores del modelo o la técnica son las creencias y procedimientos únicos para
tratamientos específicos; por ejemplo, la pregunta milagro en la terapia centrada en
soluciones, el genograma en la terapia familiar de Bowen, la desensibilización en la
terapia conductual, las interpretaciones de transferencia en la terapia freudiana, y las
premisas teóricas correspondientes a estas prácticas. El meta-análisis de Wampold
(2001) asigna sólo un 13 por ciento del total a los efectos de la terapia, tanto factores
generales como específicos combinados. De ese 13 por ciento solo el 8 por ciento es la
parte de la contribución de los efectos del modelo. De la varianza total de cambio, ¡solo
el 1 por ciento puede ser asignado a la técnica específica!
Exactamente, ¿de qué manera deberíamos considerar a los modelos cuando tanta
varianza está controlada por otros factores -85 por ciento en la estimación de Asay y
Lambert (1999) (40 por ciento factores del cliente, 30 por ciento factores de la relación
y 15 por ciento expectativas)- y un increíble 99 por ciento según la perspectiva de
Wampold (2001)? Los modelos proporcionan una estructura para la realización de la
terapia y, más importante, formas alternativas de abordar las preocupaciones del cliente
cuando no hay mejoría. Las diferentes escuelas de terapia pueden ser más útiles cuando
proporcionan a los terapeutas formas nuevas de ver viejas situaciones, cuando facultan a
los terapeutas para cambiar en lugar de formarse una opinión acerca de los clientes
(Miller et al., 1997). Con más de cuatrocientos modelos terapéuticos y técnicas para
elegir, hay pocas razones para continuar siendo leales a un enfoque particular cuando no
está produciendo resultados. No es necesario buscar culpables; terapeutas y clientes
pueden simplemente volver al gran bufé, por así decirlo, y hacer otra selección.
Como se ilustrará en el capítulo cuatro, ver los modelos de esta forma es clave para un
enfoque guiado por los resultados. Los modelos que ayudan al terapeuta a aproximarse
de forma diferente a las metas del cliente, establecer un mejor ajuste con la teoría del
cambio del cliente, aprovechar las casualidades, o utilizar apoyos del entorno es
probable que sean más beneficiosos en la resolución de cualquier impasse.
A pesar del apoyo abrumador para el veredicto del pájaro dodo y toda la investigación
que respalda los factores del cliente y la alianza, el campo de la salud mental permanece
peligrosamente enamorado de técnicas llamativas y la promesa de curas milagrosas. Los
clínicos son bombardeados regularmente por folletos de talleres y anuncios de libros
que pregonan qué hay de nuevo y diferente. En los últimos tiempos la llamada ha sido
para la definitiva y todopoderosa cura milagrosa: el tratamiento basado en la evidencia.
Esto, recuérdese, es la noción empíricamente insolvente de que para un problema en
particular hay un tratamiento específico que es mejor. El problema en este caso, además
del hecho de que nadie ha demostrado nunca la superioridad de un método sobre otro,
es que excluye totalmente al cliente del estudio. Sus promotores equiparan al cliente con
el problema y describen el tratamiento como si se aislase de los factores más poderosos
que contribuyen al cambio (los recursos del cliente, sus percepciones y su
participación).
¿De dónde viene esta loca idea? Como con el diagnóstico, las implicaciones políticas y
financieras cobran gran importancia. El creciente predominio de la práctica basada en la
evidencia puede ser mejor entendida como el producto de presiones crecientes (es decir,
los órganos legislativos que definen los estándares de práctica, terceros pagadores que
adoptan guías empíricas) que sirven para incrementar la competencia entre los
profesionales de la salud mental. Recuérdese que desde la década de 1980 el número de
profesionales de salud mental ha aumentado sobre un 275 por ciento. En respuesta, los
diversos grupos profesionales han sentido la necesidad urgente de documentar la
eficacia científica de sus enfoques preferidos. Siguiendo la tendencia de la medicina
hacia los grupos diagnósticos relacionados, a principios de la década de 1990 los
miembros de la Asociación de Psiquiatría Americana decidieron que debían tomar la
iniciativa determinando los mejores tratamientos para los diversos subgrupos
diagnósticos de enfermedad mental.
Comenzando en 1993 con las directrices para la depresión mayor y los trastornos
alimenticios, el comité elaboró guías para trastornos que van desde el trastorno bipolar
hasta la enfermedad de Alzheimer pasando por la dependencia a la nicotina. Las guías
prácticas abarcan todo, desde la planificación del tratamiento al manejo psiquiátrico y la
selección del tratamiento para cada uno de los trastornos. El visto bueno de la
psiquiatría ha dado un aura de legitimidad científica a lo que principalmente era un
acuerdo entre psiquiatras acerca de sus prácticas preferidas, con énfasis en el
tratamiento biológico.
La idea de contar con una intervención psicológica específica para un determinado tipo
de problema -el equivalente psicológico de una pastilla para la angustia emocional-
tiene un cierto atractivo. Pero, de hecho, una mirada más atenta revela que la idea de la
práctica basada en la evidencia es sumamente deficiente, especialmente como cualquier
tipo de mandato respecto de lo que debe hacerse en terapia. Para empezar, consideremos
el ECA. Fue diseñado para comparar los efectos de un fármaco (un compuesto activo)
con un placebo (una sustancia terapéuticamente inerte o inactiva) para una enfermedad
específica. El supuesto básico del ECA es que los ingredientes activos (únicos) de
diferentes fármacos (o psicoterapias) producirán diferentes efectos, superiores al
placebo, con diferentes trastornos.
En pocas palabras, el modelo de los principios activos o metáfora de las drogas (Stiles y
Shapiro, 1989) del ECA no se ajusta a la psicoterapia (Wampold et al., 1997). No hay
ingredientes únicos o activos para los enfoques de terapia. Los factores comunes son la
norma. Por ejemplo, en un estudio con treinta clientes deprimidos, Castonguay,
Goldfried, Wiser, Raue y Hayes (1996) compararon los efectos de una técnica
específica de terapia cognitiva, la focalización en la corrección de las cogniciones
distorsionadas, con otros dos factores denominados no específicos: la alianza y la
implicación emocional del cliente con el terapeuta. Los resultados revelaron que, si bien
los dos factores comunes estaban muy relacionados con el progreso, la técnica única de
la terapia cognitiva –eliminación de las emociones negativas mediante el cambio de
cogniciones distorsionadas- ¡se relacionó negativamente con un resultado exitoso!
Además, los estudios de componentes, que desmontan los enfoques para separar
ingredientes únicos, han encontrado igualmente poca evidencia para apoyar cualquier
efecto único o específico de la terapia (Jacobson et al., 1996). Estos estudios han
demostrado que no importa qué componente dejes fuera: el enfoque funciona tan bien
como el modelo que tiene todos sus componentes. Quizás para acabar con este tema, un
reciente meta-análisis de los estudios de investigación de componentes (Ahn y
Wampold, 2001) no sostiene la idea de los ingredientes únicos en los enfoques de
psicoterapia. En conclusión: la evidencia de que los ingredientes específicos explican la
eficacia del tratamiento sigue siendo débil o inexistente. De hecho, Wampold (2001)
concluye, "Décadas de investigación en psicoterapia han fracasado en encontrar una
pizca de evidencia conforme cualquier ingrediente específico es necesario para el
cambio terapéutico" (p. 204, la cursiva es añadida). En consecuencia, toda la filosofía
del diseño del ECA no encaja en el campo de la psicoterapia.
En segundo lugar, los criterios utilizados para validar un tratamiento contienen un sesgo
fatídico. Los ECA requieren que los tratamientos evaluados no contengan las
inevitables improvisaciones de la terapia tal como se practica en el mundo real. En vez
de eso, los enfoques estudiados están todos obligados a seguir un guión, un manual, de
modo que la variable que presumiblemente está siendo examinada -una forma de
tratamiento estructurada y definida con precisión- pueda ser estrictamente controlada.
Desde una perspectiva clínica, sin embargo, los manuales fracasan y parecen la prueba
irrefutable de que los investigadores son nerds9 declarados. Los terapeutas
experimentados saben que los matices del trabajo requieren la adaptación singular de
cualquier enfoque a un cliente y circunstancia particular. En pocas palabras, los
terapeutas no hacen terapia de manual.
Sin embargo, los datos muestran claramente que los terapeutas formados para prestar
una atención protocolizada incrementan la adherencia al manual. No obstante, la misma
investigación no muestra mejoras en el resultado y sí la fuerte posibilidad de
consecuencias negativas indeseables (Beutler et al, 2004; Lambert y Ogles, 2004). Con
respecto a lo primero, los investigadores Shadish, Matt, Navarro y Phillips (2000)
encontraron que la psicoterapia no protocolizada es tan eficaz como la de manual en un
meta-análisis de noventa estudios. En cuanto a lo último Addis, Wade y Hatgis (1999)
mostraron que los manuales afectaron negativamente a la calidad de la relación
terapéutica, redujeron el alcance del tratamiento innecesaria e inadvertidamente, y
disminuyeron la probabilidad de la innovación clínica. En efecto, los terapeutas que
hacen terapia siguiendo el manual desarrollan mejores relaciones con sus manuales que
con los clientes y parecen perder la capacidad de responder de forma creativa.
Aunque ciertos tipos de terapia se pueden escribir como un guión –la TCC es la más
destacada- la mayoría no. Por lo tanto no debería ser una sorpresa que la TCC y otros
enfoques conductuales predominen, suponiendo sobre el 80 por ciento de la lista real de
tratamientos basados en la evidencia. ¿Esto es porque estos tratamientos son más
eficaces? No, en realidad es porque son los más fáciles de protocolizar y por ello han
sido elegidos para ser investigados. Téngase también en cuenta que muy pocos enfoques
tienen el privilegio de ser investigados. Así que la lista basada en la evidencia realmente
es solo de aquellos enfoques que se practican en contextos que apoyan los esfuerzos
investigadores y que son capaces de lograr financiación. Este privilegio no se extiende a
los más de 250 enfoques que existen hoy en día.
Por ejemplo, a pesar de que algunas revisiones hayan encontrado una ventaja muy
pequeña de los enfoques cognitivo-conductuales, estudios posteriores encontraron que
las diferencias desaparecieron por completo cuando los investigadores tuvieron en
cuenta la lealtad de los experimentadores a los métodos que estaban investigando
(Lambert y Bergin, 1994). Como punto de comparación, considérese que en el TDCRP
la investigadora principal, Irene Elkin, no tenía una afiliación por ninguno de los
enfoques investigados. Además, cada uno de los tratamientos comparados fueron
proporcionados por los clínicos que tenían lealtad a los modelos que aplicaban. El
TDCRP, por lo tanto, controló los efectos de la lealtad. Cualquier diferencia de
tratamiento informada siempre debe ser matizada por el conocimiento de la lealtad de
los investigadores y de los terapeutas en el estudio.
En primer lugar, todos los estudios de TCE menos dos incluyen demostraciones de su
eficacia sobre el placebo o ningún tratamiento, y no se comparan con otros enfoques de
tratamiento para parejas. Todas las terapias pueden hacer afirmaciones similares de
mejores resultados cuando se comparan con no tratamiento. Dos estudios investigaron
los efectos diferenciales. El primero enfrentó la TCE con la intervención para resolución
de problemas (IRP) (Johnson y Greenberg, 1985), una cuestionable comparación directa
con otro modelo de terapia (ver más abajo). En este estudio, la TCE mostró diferencias
significativas con respecto a la IRP en todas menos cuatro de las trece medidas de final
de tratamiento. A las ocho semanas de seguimiento, estos escasos resultados fueron aún
menos notables -solo dos indicaron superioridad-. Dejando a un lado estos
decepcionantes resultados, tengamos en cuenta las afirmaciones de los "mejores
resultados" en el contexto de los problemas de lealtad. En este artículo se reconoce que
el primer autor había actuado como terapeuta en el estudio y que los autores
desarrollaron la TCE. Johnson, Hunsley, Greenberg y Schindler (1999) reconocen
también que casi todos los estudios sobre la TCE han sido llevados a cabo por sus
promotores, lo que sugiere que hasta el 70 por ciento de la "revolución" observada es
atribuible a la fe de los investigadores en la TCE. Cuando se controlan los efectos de la
lealtad, el pájaro dodo todavía reina. Un ejemplo: El otro estudio (Goldman y
Greenberg, 1992), notablemente no mencionado en el artículo de la "revolución", fue
una comparación cara a cara entre la TCE y un enfoque sistémico integrado (ESI).
Como era de esperar, no se encontraron diferencias en los resultados de este estudio, si
bien en el seguimiento el ESI tenía ventaja.
Un apunte rápido aquí: nuestra sugerencia de que la eficacia sobre el placebo o sobre no
tratamiento no es noticia de primera plana, y nuestros comentarios críticos sobre la
capacidad de la TCE, la TCC, o la TMS para afirmar una eficacia diferencial no
disminuye los resultados que han logrado estos enfoques para mejorar situaciones
clínicas difíciles. Por el contrario, aplaudimos los esfuerzos de los investigadores y sólo
recomendamos cautela al interpretar los resultados como prueba de la superioridad de
cualquier enfoque sobre otro. Sus datos no indican tal privilegio.
Por último, los resultados de los ECA están inherentemente limitados debido a que no
generalizan bien la forma en que la terapia se lleva a cabo en el mundo real. A
diferencia de estos estudios, en la práctica clínica real el terapeuta no utiliza un manual
ni practica puramente una terapia. Las terapias son predominantemente eclécticas; los
clientes no se asignan al azar a los tratamientos; raramente entran en terapia con un
singular trastorno DSM definido. A pesar de todas estas dificultades, los tratamientos
con apoyo empírico tienen unos privilegios que los datos no apoyan. Terceros
pagadores y aquellos que están al mando de los distintos grupos profesionales
promulgan una lista cada vez más amplia, no muy diferente a los cerdos de Orwell en
Animal Farm, siguen afirmando que algunas terapias son más iguales que otras. El
gremio y las presiones del mercado, no la ciencia, motivan esta afirmación.
Amy comenzó la sesión con cautela y describió como su mayor preocupación los
problemas en las relaciones. La medida de resultado dada al principio de la
conversación reflejaba un alto nivel de angustia, sobre todo en la escala relacional, y era
indicativa de personas que están en terapia. Cuando el terapeuta consultor preguntó
sobre su aflicción, Amy informó de dificultades de confianza y dijo que ella se
esforzaba sobre todo cuando empezaba a sentirse cerca de la gente. Amy moderaba
lentamente el ritmo de la sesión y dejaba un amplio espacio para la reflexión. El
despliegue de preocupaciones de Amy acerca de las relaciones en última instancia llevó
a la terapeuta a preguntarle cómo pensaba que era mejor abordar esta cuestión y
cambiarla.
El ritmo se aceleró cuando Amy cambió de tema y describió su tratamiento actual como
"demasiado conductual." Amy sintió que sus ideas sobre lo que tenía que suceder no
encajaban con la TCD que estaba recibiendo. Además, compartió que se sentía reacia a
expresar sus puntos de vista, ya que no eran aceptables para su terapeuta de TCD. Ahora
era comprensible la reticencia inicial de Amy a contar sus preocupaciones: era
claramente infeliz con su terapia actual y con su terapeuta de TCD, que estaba
observando la consulta. La terapeuta exploró más a fondo las ideas específicas de Amy
sobre el tipo de relación que buscaba en un terapeuta. La descripción de una relación
tipo mentor ganó adeptos conforme el diálogo continuaba. Amy dijo: "No entiendo las
reticencias de darme este tipo de relación. ¿No va en realidad la terapia sobre la relación
de todos modos? ¿Cómo sabe la gente de la TCD que el cambio no sucede por la
relación que el cliente tiene con el terapeuta o los otros miembros del grupo?"
Una vez más, esto no es una historia de un milagro terapéutico sino de la locura de la
aplicación de cualquier método, sea un modelo basado en la evidencia o uno normal y
corriente, que no incluya la propia sensibilidad del cliente en la ecuación del cambio.
Esta historia no significa una acusación contra la TCD por crímenes contra la terapia, ni
contra el terapeuta por tratar de seguir el modelo, sino más bien un llamamiento para la
inclusión de los clientes heroicos en todas las decisiones que les afectan. Por cierto,
Amy terminó su terapia con un consejero diferente y está asistiendo a la escuela de
posgrado para convertirse en una terapeuta.
Tenga cuidado con la bala de plata. No importa el nombre o la forma que tome, las
afirmaciones de éxito son exageradas. Ignoran los ingredientes más esenciales de una
buena terapia y, tras una inspección más cercana, no se sostienen ante el escrutinio
empírico. Aunque somos entusiastas de la investigación empírica como un camino
valioso para conseguir resultados más exitosos, estamos igualmente apasionados por el
rechazo de las intervenciones prescritas como una orden de lo que debe hacerse.
UNA ECUACIÓN DIFERENTE
Sin embargo, intentar encajar la clavija redonda de la psicoterapia dentro del agujero
cuadrado de la medicina sigue siendo atractivo por varias razones, incluyendo la
aceptación general de la visión médico-científica en la sociedad occidental y la dura
realidad económica de nuestro sistema sanitario (Miller et al., 2004). Aún así, los
hechos son difíciles de ignorar: la psicoterapia no funciona de la misma forma que la
medicina. Como resume Wampold (2001) en su meticulosa revisión de la literatura de
resultados, “la evidencia científica… muestra que la psicoterapia es incompatible con el
modelo médico y que… concebirla de esta manera… bien podría destruir la
psicoterapia” (p. 2).
Los terapeutas han esperado, quizás, que acomodándose al modelo médico podrían
asegurarse la supervivencia en estos tiempos tumultuosos de la gestión sanitaria. La
complicidad, sin embargo, simplemente asegura un estatus de segunda clase para los
terapeutas y los clientes en un ambiente dominado por los lenguajes especializados del
diagnóstico y los modelos de tratamiento.
Nos enfrentamos a una situación dura. Por no decir no, decimos que sí: el silencio
permite que predomine lo mismo de siempre. Ha llegado el momento de decir no: no al
diagnóstico y no a los tratamientos basados en la evidencia. Es el momento de
establecer una identidad separada, liberar nuestra dependencia adolescente del modelo
médico y ofrecer una ecuación diferente basada en el modelo relacional:
Creemos que cuando ofrezcamos una elección entre el modelo médico y el relacional,
muchos elegirán este último. El resto de este libro ilustra esta alternativa.
CAPÍTULO 3.
Mientras se alzan enormes armas, los tanques se apresuran hacia el lugar, y los
preocupados técnicos se ocupan de misteriosos instrumentos, un jovencísimo Raymond
Burr está atento a la Bahía de Tokio dando testimonio del horror que se va desplegando.
Otra historia de dinosaurio ilustra esto. En el verano de 1964, John Ostrom y Grant
Meyer, paleontólogos de Yale, estaban caminando por la pendiente de una erosionada
colina en el centro sur de Montana. Se encontraron con los restos fósiles de una criatura
que Ostrom más tarde llamaría Deinonychus (garra terrible). Aunque descubrir
dinosaurios ha llegado a ser relativamente común, el hallazgo de Deinonychus sacudió
el fundamento mismo del pensamiento paleontológico y avivó las llamas de una gran
revolución en la manera de ver a los dinosaurios.
Mientras que antes los dinosaurios eran vistos como pesados, de sangre fría, monstruos
que arrastran los pies torpemente, Deinonychus, por su anatomía esquelética, señalaba la
indiscutible existencia de un cazador ágil, dinámico, con cerebro más grande, y quizá
incluso de sangre cálida, que no era nada lento, desgarbado o estúpido. Como resultado
de la oportunidad de encontrarse con Deinonychus, la anterior ortodoxia, sólidamente
establecida en la paleontología, fue sentenciada a ser muy pronto tan extinta como los
animales que presumía explicar (Wilford, 1986).
Creo que tengo que hacer algo por mí mismo porque no puedo
depender de mi madre toda mi vida
El veredicto del pájaro dodo ilustra que a pesar de las fortunas gastadas en talleres de
fines de semana vendiendo la última moda, la competición entre las más de 250
escuelas terapéuticas equivale a poco más que la competición entre aspirina, Advil
[ibuprofeno] y Tylenol [paracetamol]. Todos ellos alivian el dolor y funcionan mejor
que no recibir ningún tratamiento. Ninguno destaca sobre los demás. Funcionan igual de
bien porque comparten un muy importante, aunque clásicamente ignorado ingrediente:
el cliente y sus poderes regenerativos (Tallman y Bohart, 1999).
El veredicto del pájaro dodo parece cumplirse porque las habilidades del cliente para el
cambio trascienden cualquier diferencia entre los modelos. Recuérdese que cuarenta
años de datos sobre resultados muestran que los clientes y sus fortalezas, recursos,
apoyos sociales –todo esto disponible para ellos dentro o fuera de la terapia- explican el
40 o el 87 por ciento (dependiendo de los análisis empleados) del cambio (Asay y
Lambert, 1999; Wampold, 2001). Los métodos funcionan igual de bien porque los
clientes usan lo que cada método proporciona para abordar sus problemas (Bohart y
Tallman, 1999). Si esto es así y el cliente es el común denominador del cambio,
deberían darse otros ejemplos de la igualdad de resultados. Y se dan: comparaciones
entre profesionales y paraprofesionales, terapeutas con más y menos experiencia,
tratamientos de autoayuda y terapia, intervenciones asistidas por ordenador y
proporcionadas por terapeutas no han proporcionado diferencias apreciables (Duncan y
Miller, 2000).
Antes de entrar en tu garaje, cerrar la puerta y encender tu coche, ten en cuenta lo que
esto significa. No significa que el terapeuta o la terapia sean inútiles, sino más bien que
lo que nosotros empleamos tanto tiempo en adquirir (curas milagrosas) apenas valdría el
precio que pagamos. Si lo que nosotros proporcionamos en el asesoramiento
psicológico fuera la auténtica cuestión, entonces la uniformidad de resultados a través
de los diferentes enfoques, capacitaciones y niveles de experiencia de los terapeutas y
autoayuda no serían la norma. Los datos apuntan a una inevitable conclusión: la
máquina del cambio es el cliente (Tallman y Bohart, 1999). La implicación es que quizá
deberíamos emplear nuestro tiempo más sabiamente ganando experiencia en modos de
implicar al cliente en el proceso del cambio.
Por supuesto, ningún terapeuta dirá ahora que él o ella ven a sus clientes como
monstruos o como personas inútiles. Negarían caracterizar a los clientes como
monstruos patológicos, mientras al mismo tiempo los diagnostican con devastadoras
etiquetas que reflejan descripciones en la misma medida poco halagadoras. Se erizarían
ante cualquier evaluación de sus clientes como tontos ineficaces, mientras les prescriben
tratamientos basados en la evidencia, reduciendo al cliente a una enfermedad incorpórea
sobre la que ser intervenido, en lugar de ver a alguien que aporta, un compañero con
recursos con quien discutir opciones. La hiperbólica representación del cliente como un
monstruo o persona ineficaz somete a examen los supuestos ocultos de la psicoterapia:
el terapeuta heroico cabalgando el corcel blanco del conocimiento experto, blandiendo
una espada de tratamientos validados y salvando al pobre paciente disfuncional acosado
por el dragón de la enfermedad mental. Nos permite cambiar esta historia y cambiar el
reparto, convirtiendo a los clientes en protagonistas, los héroes y heroínas de la escena
terapéutica.
Los y las terapeutas pueden comenzar a poner a los clientes en el papel de agentes
principales del cambio empezando por escuchar y ser curiosos con respecto a sus
competencias -las historias heroicas que reflejan su parte de superar obstáculos, iniciar
la acción, y mantener el cambio positivo. Aquí no hay fórmula; más bien la clave es la
actitud que el terapeuta asume con respecto a las resiliencias y habilidades inherentes
del cliente. Ocuparse de las historias heroicas requiere un equilibrio entre escuchar
empáticamente las dificultades, prestando atención a las fortalezas y recursos que sabes
que hay ahí.
Básicamente, atender a las historias heroicas solo sugiere que los terapeutas se abren a
la existencia de varias historias que compiten entre ellas con respecto a la experiencia
del cliente. El diagnóstico sólo nos cuenta una historia; la descripción de un problema
nos cuenta otra. Simultáneamente existen otras muchas historias de supervivencia y
coraje. Recuérdese a María y su historia real de un accidente horrible y sus devastadoras
consecuencias. Pero otra historia, una que no sólo compite con la primera, sino que la
trasciende, estaba presente y lista para ser contada.
El terapeuta hace comentarios sobre la pérdida y también prosigue con la otra parte de
la historia, de cómo María logró su sueño.
María: Fui a la escuela durante dos años, y entonces conseguí una diplomatura en orden
público y justicia criminal. Luego trabajé diez años en las calles, y llegué a ser
detective. No sólo fui la primera mujer del estado en graduarme en una academia de
policía de una gran ciudad, también fui la más joven de mi clase. También fui la
primera mujer que llegó a ser detective en el estado. Estoy muy orgullosa de mis logros.
Terapeuta: Guau!
El terapeuta puede preguntar por los aspectos útiles de la red social de apoyo existente
del cliente, las actividades que le proporcionan alivio, incluso temporalmente, y
circunstancias fuera de la terapia en las que el cliente se siente más capaz, exitoso y
sereno. Algunas veces el terapeuta incluso puede ser más directo invitando a alguien de
la red social de apoyo existente del cliente (p.ej. padres, pareja, jefe, amigo, rabino) a
participar en la terapia o remitiendo al cliente a los recursos de la comunidad (p.ej.
grupos de autoayuda y espirituales, líneas de apoyo, clubs sociales). Es importante
recordar que el propósito de cualquier camino que el terapeuta tome es identificar no lo
que los clientes necesitan, sino lo que ya tienen y pueden usar para alcanzar sus
objetivos.
Heráclito es a menudo alabado por decir que nada permanece excepto el cambio. A
diferencia del diagnóstico -caracterizaciones estáticas que connotan un aspecto de
constancia e incluso permanencia en las quejas que presenta el cliente- la magnitud,
severidad y frecuencia de los problemas están en flujo, cambiando constantemente.
Tanto si se les indica como si no, los clientes pueden describir estos cambios, el vaivén
y flujo de la presencia de los problemas y la influencia en sus asuntos diarios. Estos
cambios informados y acontecimientos aparentemente no relatados que a menudo
ocurren por casualidad pueden proporcionar poderosas oportunidades para contar
nuevas historias heroicas.
Desde este punto de vista, el cambio es un importante factor del cliente -afectando las
vidas de los clientes antes, durante y después de la terapia- que puede emplearse para la
cocreación de posibilidades y quizá nuevas identidades. Para apoyar esta conclusión
tenemos el fenómeno del cambio pretratamiento. Muchos (p.ej. Lawson, 1994; Weiner-
Davis, de Shazer y Gingerich, 1987) han encontrado que el 60 por ciento o más de los
clientes que acuden a su primera sesión informan de mejorías en el problema actual
desde que solicitaron la cita. Simplemente marcar una consulta puede ayudar a poner en
movimiento la rueda del cambio y ofrecer la posibilidad para una historia emergente de
competencia y control.
Consecuentemente, sugerimos que los terapeutas vean a los clientes a través de unas
lentes centradas en el cambio. Poner el foco en el cambio, como nos ha enseñado la
terapia centrada en las soluciones, ilumina los recursos del cliente y permite su
movilización. Quizá más importante, presentar el cambio del cliente, de cualquier clase,
abre la posibilidad de nuevas historias heroicas animando al cliente a hacer distinciones
“antes y después”. Los clientes reflexionan sobre sus experiencias y distinguen entre la
manera en la que estaban y la que están ahora, esencialmente creando una recién
descubierta identidad de sabiduría y competencia obtenida de la escuela de duros golpes
de sus vidas.
• Mucha gente advierte que, entre el momento en que llamaron para la cita y esta
primera sesión, las cosas ya parecen diferentes. ¿Qué ha notado con respecto a su
situación (Weiner-Davis et al., 1987)?
O los terapeutas pueden estar atentos a las oportunidades para destacar los cambios que
los clientes mencionan. Investiguen las palabras clave o frases (p.ej. excepto, hasta
ahora, por primera vez) para obtener una mayor especificación. Cuando los clientes
informan de cambios, el terapeuta puede hacer preguntas para elaborar el cambio y las
contribuciones del cliente al mismo. En efecto, esto ayuda a unir el cambio positivo al
propio comportamiento del cliente, destacándolo de este modo como un ejemplo de
auto-curación y quizá el comienzo de un capítulo nuevo importante.
Asimismo, como el cliente debería volver a otras consultas, el terapeuta puede dirigir la
atención a los cambios que han tenido lugar entre las sesiones. Por ejemplo, los
terapeutas pueden prestar atención y ampliar cualquier referencia que el cliente hace
durante la sesión a mejoras entre sesiones o acontecimientos no directamente
relacionados con las preocupaciones declaradas del cliente. También en los momentos
de apertura de la sesión, los terapeutas pueden preguntar directamente al cliente sobre
qué cambios, si ha habido alguno, han ocurrido desde su última visita. La pregunta más
simple sería en esta forma ¿Qué es diferente? o ¿Qué mejoró? Tal pregunta, cuando es
usada juiciosamente y con sensibilidad a la aceptación del cliente, se focaliza tanto en el
cambio como en la contribución del cliente para provocarlo. De este modo el clínico
puede ayudar al cliente a atribuir cualquier cambio a sus propios esfuerzos. La
experiencia de cambio del cliente encaja de forma destacada en el enfoque de gestión
del resultado que discutiremos en el capítulo cuatro.
• Espere un segundo. ¿Qué hizo? Cuénteme más sobre eso. ¿Cómo supo usted
hacer lo que hizo? Esa fue una buena idea. ¿Qué hay en usted que le ayudó a
hacer lo que hizo?
Como parte de una última reunión, los terapeutas también pueden resumir los cambios
que ocurrieron e invitar a los clientes a revisar su propio papel en el cambio. Aunque los
clientes atribuyan firmemente el cambio a la suerte, al destino, a la agudeza del
terapeuta o a la medicación, el profesional debería pedirles que consideren en detalle (1)
cómo adoptaron el cambio en sus vidas, (2) qué hicieron para usar los cambios en su
beneficio, (3) qué harán en el futuro para asegurarse de que los logros se mantienen, y
(4) cómo reflejan los cambios nuevos capítulos en sus vidas.
Joan
Joan, una mujer de veintiocho años recuperada de una adicción a la cocaína, fue citada a
una consulta porque su terapeuta de grupo percibió un punto muerto, y ambas estaban
buscando nuevas direcciones.
A pesar del hecho de que la terapeuta que hizo la derivación y la cliente percibieron un
punto muerto (volveremos sobre ello más adelante), en los momentos iniciales de la
conversación Joan menciona una experiencia “nueva” y “por primera vez”. El terapeuta
centrado en el cambio sigue con curiosidad el significado de este importante hito en la
vida de la cliente.
Terapeuta: Totalmente. Así que tengo auténtica curiosidad sobre cómo fue capaz de
hacer eso en ese momento. ¿Cómo fue capaz de retarse a sí misma para superar el
miedo de enfrentarse a esta situación y ser sincera, de manera que pudo ver la
posibilidad de que saliese bien?
Joan: ¿Quiere decir, cómo, cuál fue mi proceso de pensamiento?
Terapeuta: Sí, sí. Porque eso parece un avance real.
Joan: Sin duda, tiene razón en eso. Gran parte de ello fue el tema de la seguridad. Creo
que lo más importante era protegerme a mí misma.
Terapeuta: Ok, así que de algún modo ha sido capaz de ponerse a usted misma en
primer lugar y protegerse intentando ser sincera con alguien y asegurándose de que no
estaba en peligro.
Joan: Sí, y esa fue la segunda vez en mi vida que he hecho esto. La primera vez fue
como hace un mes, y esa también tuvo resultados positivos cuando fui honesta.
Terapeuta: Guau. Y el incidente de hace un mes me hace creer que está haciendo por sí
misma una marejada de cambios vitales bastante importantes.
Joan: Desde luego. Es formidable.
El terapeuta ahora propone delinear todos los factores que han contribuido a este
importante acontecimiento y explora lo que quieren decir.
Terapeuta: ¡Caramba! ¿Cómo explica eso en este momento de su vida? Está tirando por
usted misma de varias cosas muy importantes y es capaz de empezar a ponerlas en
práctica en sus relaciones más cercanas.
Joan: Ok, mmm. Tener apoyo es realmente importante. Y por primera vez en mi vida no
sólo tengo el apoyo de mis padres y hermanas, sino también estar aquí en la clínica y en
el grupo.
Terapeuta: Ha tenido esta experiencia de progreso; tiene el apoyo de su familia y aquí
en la clínica y ha notado los beneficios del grupo. Y me estoy preguntando qué más
explica que esté en esta coyuntura en su vida donde está empezando a poner en práctica
lo que ha aprendido.
Joan: Otra cosa es que mi vida entera era muy espontánea; no había moderación, ni
horario. Y ahora sigo un horario, hago mi trabajo, las mismas horas cada semana. Y
asisto al grupo tres veces a la semana. Estoy teniendo esa estabilidad. Me siento así,
sabe, segura. Creo que la última cosa por responder a esta pregunta es retarme a mí
misma. Ya sabe, ampliar los límites.
Terapeuta: Ajá.
Así como a los clientes tradicionalmente y de manera poco apropiada se les han
adjudicado los papeles de villanos o tontos, las perspectivas de los clientes con respecto
a la terapia y los terapeutas frecuentemente terminan en el suelo de la sala de montaje.
Esto es curioso, dado que las percepciones de los clientes de los factores relacionales
supone el 30 por ciento del resultado exitoso (Assay y Lambert, 1999) y sus visiones de
la alianza explican el 54 por ciento de los beneficios terapéuticos (Wampold, 2001).
Recuérdese también como la alianza, en etapas tempranas, es un firme predictor del
resultado final. Los datos de la alianza sugieren que la terapia funciona si los clientes
sienten positivamente la relación, perciben que la terapia es adecuada a sus
preocupaciones y objetivos, y son participantes activos. El terapeuta debería tomarse al
cliente como un crítico de cine del New York Times, si existe cualquier deseo de éxito
de taquilla.
Sam
TERAPEUTA: Bueno, esto me da una idea de la cantidad de basura a la que tiene que
enfrentarse cada día. Dios, tiene que estar enfrentándose constantemente a estos círculos
viciosos10. El trabajo frente a la discapacidad, el SIDA y la necesidad de tomar
medicación frente a sentirse bien, la epilepsia, trabajar con su hermano mientras él no
sabe realmente si puede confiar en usted. Además de todo esto, sus amigos dejan de
consumir drogas y luego vuelven a consumir otra vez. No está realmente seguro sobre
lo que puede hacer en este momento. Pero al final, a pesar de toda esta mierda, decide
que no va a consumir. Estaba preguntándome cómo demonios lo ha hecho.
SAM: Es una batalla. Pero a pesar de que aún no volví a consumir, tengo esta barrera.
Bob [su consejero] dijo un par de veces, que yo sepa, que una de mis partes malas es
que soy un vago.
TERAPEUTA: Ok, hábleme sobre esa barrera.
SAM: Bueno, yo quiero que me den todo hecho. Como en el tema del trabajo. Si
alguien viene y me dice, “Eh escucha, tengo un buen trabajito para ti” y es un trabajo a
la medida, si está a una milla o dos de casa y sólo son unos días a la semana. Yo lo
quiero todo fácil.
TERAPEUTA: No me extraña, Sam, es usted un pequeño Napoleón luchando todas
estas batallas en todos estos frentes... no está solo intentando encontrar un trabajo, está
enfrentándose al SIDA por aquí, a una adicción por allá, y además tiene epilepsia ¡por el
amor de Dios!. Son demasiados frentes para estar peleando al mismo tiempo.
SAM: Por supuesto. Y todo esto es definitivamente agotador, muy agotador. Perdí a mi
parienta de SIDA en el 95. Murió en mis brazos, y fue realmente traumático. Me
hicieron falta años para recuperarme de aquello.
TERAPEUTA: ¡Vaya! Debió pasar por un infierno.
10
NT: el autor escribe “you have all these catch 22’s going on ”, una expresión referida a la novela
“Catch 22” de Joseph Heller, traducida como “Trampa 22” en relación a un bombardero del ejército de
los EEUU que intenta hacerse el loco para evitar participar en misiones de combate. Dado que según
reglamentos del ejército ninguna persona cuerda querría volar en misiones de combate por su peligro, al
pedir permiso para no volar en este tipo de misiones demuestra estar cuerdo; al contrario, cualquier
aviador que deseara volar en misiones de combate demostraría que está loco y por tanto incapacitado para
volar. La expresión se utiliza para indicar una situación paradójica, un dilema sin salida, en la que las
personas no pueden evitar los problemas por sus propias reglas contradictorias.
SAM: Sí, pero supongo que soy un vago. Debo admitirlo. En realidad no quiero trabajar
mucho en mi recuperación. Quizá no me doy suficiente crédito a veces. Pero cuando
digo vago, como sé que lo dice Bob muchas veces, ¿por qué no vas a una reunión? No
me gustan las reuniones del programa de 12 pasos, realmente no me gustan. Cuando
voy a una reunión, ¡me siento como si estuviera consumiendo!
TERAPEUTA: Suena como si no ir fuera una buena decisión.
SAM: Pero he oído algo de otro grupo de apoyo que empezó hace unas semanas en ese
lugar que es un grupo de apoyo para personas VIH-positivas. Y estoy pensando
seriamente acudir.
TERAPEUTA: Ok
SAM: Pero a esto me refiero con el tema de la vagancia. Sé que hay algo allí que puedo
hacer, un peldaño en el camino correcto para mí, pero ¿por qué me niego a darlo?
TERAPEUTA: ¿Cuál es su impresión sobre eso?
SAM: Si soy honesto, no lo sé, excepto por mi vagancia...
TERAPEUTA: Bien, ¿tiene alguna idea sobre lo que le podría ayudar a dar ese paso
para ir al grupo de apoyo de SIDA?
SAM: Si fuera más tarde en el día. [Risas]
TERAPEUTA: Sí, es algo muy pragmático.
SAM: Bueno, parece bastante tonto. Es a las dos de la tarde. Eso no debería ser
realmente una razón. Parece una razón de mierda.
TERAPEUTA: No le parece una razón muy buena.
SAM: Así es. Si lo quisiera realmente, debería ser capaz de hacerlo... creo que tengo
algún problema en dejar que la gente se acerque a mí. Soy una persona amistosa. Tengo
un buen corazón. Quiero hacer amigos, pero por otra parte, al mismo tiempo me gusta
mantener a la gente alejada.
El terapeuta acepta las afirmaciones de Sam sobre que no le gustan los grupos de
Narcóticos Anónimos y valida su decisión de no ir. Después, Sam identifica una razón,
diferente de ser vago, para no asistir al grupo de VIH.
La búsqueda de una razón diferente de la vagancia dio sus frutos. Sam no quiere
enfrentarse de nuevo a la situación que experimentó cuando su pareja murió.
Reemplazar la invalidación que a menudo está incrustada en las historias de los clientes
a veces los libera para poder hacer por sí mismos lo que necesitan hacer.
TERAPEUTA: Así que hay algo que podría darle un poco de apoyo y amistad, pero
existe el riesgo de que esté acompañado de esto, ¡y conoce ese riesgo demasiado bien!
SAM: Así es.
TERAPEUTA: Así que, puedo entender la relación con no querer ir allí.
SAM: Así es. Bueno, es algo que quiero hacer. Quiero hacer un trato conmigo mismo y
asistir por lo menos a una reunión.
TERAPEUTA: Ok.
SAM: Hacerlo y ver qué pasa. Y conozco a una persona que va. Así que, al menos
conozco a alguien que estará allí.
TERAPEUTA: Suena como si estuviera preparado para comprometerse a hacer eso.
SAM: Si, de hecho, mañana sería un buen día para empezar.
Y lo hizo.
Cuando preguntamos a los clientes qué quieren de la terapia, qué quieren que sea
distinto, damos credibilidad a sus creencias y valores en relación al problema y su
solución. Estamos diciéndoles que sus opiniones importan y que la terapia está para
servirles a ellos. Un acto tan simple como este invita a los clientes a verse a sí mismos
como colaboradores a la hora de hacer su vida mejor.
Los terapeutas pueden comprender las metas de los clientes escuchando y ampliando
las historias y experiencias que ofrecen sobre sus propios problemas, incluyendo sus
pensamientos, sentimientos e ideas sobre a dónde quieren ir y sobre la mejor manera de
llegar allí. El terapeuta también puede preguntar directamente sobre los objetivos. Por
ejemplo, el terapeuta podría preguntar:
Una vez más, la actitud del terapeuta es de suma importancia para el proceso de obtener
y respetar las metas del cliente. Independientemente de cómo suenen aceptaremos los
objetivos del cliente al pie de la letra porque esos son los deseos que le van a activar y
motivar para iniciar la acción en su propio beneficio. Si estamos sirviendo al amo de la
alianza, sabemos que el acuerdo con el cliente sobre los objetivos de la terapia es
esencial para obtener un resultado positivo. Este acuerdo inicia el proceso de cambio,
sea donde sea que el cliente quiera llegar.
A veces los objetivos de los clientes no se ajustan a nuestras propias sensibilidades
acerca de lo que necesitan. Esto es especialmente cierto cuando los clientes llevan
consigo determinadas situaciones problemáticas o diagnósticos. Es precisamente en
estas circunstancias, aquellas en las que el cliente parece “psicótico” o más desesperado,
cuando hay que tener más cuidado en relación con nuestra propia perspectiva sobre los
objetivos de los clientes.
Pensemos en Sarah, una mujer de veinticuatro años que vivía en una residencia
supervisada y estaba considerada como una “enferma mental”. Pasaba la mayor parte de
su tiempo viendo la televisión y comiendo patatas fritas. Sarah expresaba
constantemente su deseo de ser una BenGal, una animadora de los Bengals de
Cincinnati (un equipo profesional de fútbol americano). Pero su terapeuta simplemente
no podía aceptar este objetivo. Después de todo, era imposible. Así que nadie escuchó
ni supo nunca porqué Sarah tenía una meta tan interesante. Y el trabajo con Sarah
fracasó. En raras ocasiones habló y respondía a las preguntas de forma mínima. El
terapeuta estaba realmente preocupado y quería que Sarah saliera más al mundo en
lugar de estar sentada delante de la tele con una bolsa de patatas fritas en la mano. Así
que el terapeuta consultó con su equipo, que le recomendó dos cosas: que averiguara de
dónde venía su deseo de ser animadora, que luego encontrara una manera de aceptar ese
objetivo, y reconociera la motivación y la energía que este objetivo representaba.
El aspecto final de la alianza es el acuerdo en las tareas de la terapia. Las tareas incluyen
las técnicas específicas o puntos de vista terapéuticos, temas de conversación,
procedimientos para la entrevista, frecuencia de las sesiones, etc. Otra demostración de
nuestro respeto hacia las capacidades del cliente y de nuestros esfuerzos conscientes
para lograr su participación se da cuando le pedimos al cliente que nos ayude a definir
las tareas de la terapia.
En una alianza de trabajo, el cliente percibe las tareas, lo que está sucediendo en la
terapia, como pertinente y efectivo. En una alianza que funciona bien, los terapeutas y
los clientes trabajan conjuntamente para construir intervenciones concordantes con los
resultados que desea el cliente. Tradicionalmente, la búsqueda terapéutica está dirigida a
intervenciones que reflejan verdades objetivas que promueven el cambio validando la
teoría preferida por el terapeuta. Sin embargo, la búsqueda, a la hora de impulsar una
alianza fuerte, debe estar dirigida a ideas y acciones que promuevan el cambio mediante
la validación de la visión del cliente sobre lo que es útil.
Gaston (1990) proporciona un giro un poco diferente. Reitera los temas principales de la
alianza pero también enfatiza la congruencia entre las creencias del cliente y el
terapeuta acerca de cómo las personas cambian en terapia como un aspecto esencial
para una alianza fuerte. Este aspecto se relaciona con la teoría del cambio del cliente,
que discutiremos ahora.
Puesto que todos los enfoques son equivalentes con respecto a los resultados, y debido a
que las técnicas palidecen si las comparamos con el cliente y con los factores de la
relación, en este relato el cliente no sólo es la estrella del espectáculo terapéutico, sino
también el director del proceso de cambio (Duncan et al., 1992). Consideraremos ahora
la cosmovisión del cliente, su propio mapa del territorio, como la teoría determinante en
la terapia (Duncan et al., 1997), que dirige tanto el destino deseado como las vías para
restablecerse.
La idea de que las percepciones del cliente sobre la formación del problema y su
resolución –lo que llamamos teoría del cambio del cliente– tiene implicaciones
importantes para la terapia, tiene unos valiosos antecedentes teóricos aunque algo
ignorados. Aunque muchos han señalado la sabiduría clínica que supone la atención a
las formulaciones propias del cliente en cuanto al cambio (ver capítulo cinco), pocos
han intentado obtener de modo sistemático las ideas del cliente sobre el cambio en el
proceso.
Del mismo modo, pocas investigaciones han estudiado el uso intencional de las
preferencias de los clientes en la selección de los enfoques de tratamiento. Sin embargo,
los estudios en los que a posteriori se encuentra que el tratamiento ofrecido era
congruente con las preferencias del cliente apuntan a un mayor compromiso con el
tratamiento y mejores resultados. Por ejemplo un análisis post-hoc de los datos del
Proyecto de Cooperación para la Investigación del Tratamiento de la Depresión
(TDCRP, el estudio a gran escala sobre tratamientos para la depresión) encontró que la
congruencia entre las creencias de la persona sobre las causas de su depresión y el
enfoque terapéutico ofrecido tuvieron como consecuencia unas alianzas terapéuticas
más fuertes, una mayor duración del tratamiento y en consecuencia mejores resultados
(Elkin et al., 1999). Encontramos más apoyo empírico para el ajuste a la teoría del
cambio del cliente en los resultados hallados en la literatura sobre atribuciones,
esperanza y aceptabilidad (ver Hubble et al., 1999b, para una revisión).
El cliente tiene una teoría personal y única esperando a ser descubierta, un marco para el
cambio que debe ser desplegado y utilizado para conseguir un resultado exitoso. La
mejor forma de explorar la teoría del cliente es viéndonos a nosotros mismos como
extraterrestres venidos de otro planeta. Buscamos una comprensión nítida del encuentro
cercano con las interpretaciones únicas del cliente de sus experiencias culturales. Para
aprender las teorías de los clientes, debemos adoptar sus puntos de vista en sus propios
términos, con un fuerte sesgo a su favor.
Después de hacer preguntas directas sobre los objetivos del cliente, preguntamos sobre
sus ideas en relación al cambio. Qué quiere el cliente y cómo cree que se puede
conseguir debe ser la información más importante que el terapeuta puede obtener.
Pensamos que los clientes no solo tienen todo lo necesario para resolver los problemas
sino que además deben tener alguna muy buena idea sobre cómo hacerlo. Las preguntas
que intentan extraer las corazonadas y conjeturas del cliente fomentan la participación,
enfatizan la información proporcionada por el cliente y proporcionan un acceso directo
a la teoría del cambio del cliente. Pregunte al cliente:
• ¿Qué ideas tiene sobre qué debe pasar para que ocurra la mejoría?
• Muchas veces la gente tiene muy buenas corazonadas, no sólo en cuanto a qué está
causando el problema sino también qué lo va a resolver. ¿Tiene alguna teoría sobre
cómo va a ocurrir el cambio en este caso?
Pregunte también acerca de cuál es el método habitual de cambio del cliente o sobre
cuál es su experiencia con el cambio:
Además, hablar sobre soluciones previas proporciona una forma excelente de aprender
la teoría del cambio del cliente y su manera preferida para trabajar. Explorar las
soluciones anteriores permite al terapeuta escuchar una evaluación franca por parte del
cliente de sus intentos previos y adecuarse a lo que cree que puede ser de utilidad.
Dada la frecuencia con que salen nuevos métodos del mes, existe la tentación de
convertir una idea como la de la teoría del cambio del cliente en una nueva prescripción
terapéutica invariante: pregunte al cliente qué le gustaría hacer (o prescriba un ritual,
chasquee los dedos, etc.) y ¡mire cómo un milagro sale por la puerta de su despacho!
Esto no es lo que estamos proponiendo. No van a florecer todas las soluciones desde la
primera pregunta sobre las ideas, actitudes y especulaciones del cliente sobre el cambio.
Tampoco estamos diciendo que nosotros nunca ofrecemos ideas o sugerencias o que no
contribuimos a la construcción de la teoría del cambio del cliente. La exploración para
descubrir la teoría de cambio del cliente es un proceso de coevolución, un cruce de ideas
que genera una perfecta conexión de significados socialmente construidos. El grado e
intensidad de nuestra aportación varía y está dirigida por las expectativas del cliente
sobre nuestro papel. Algunos clientes quieren mucho de nosotros en términos de
generación de ideas, mientras otros prefieren que nos mantengamos como una caja de
resonancia. El capítulo cinco explora más en profundidad la teoría del cambio del
cliente y proporciona unas guías para la selección de métodos e ideas que responden a
los puntos de vista del cliente acerca del cambio.
Mike
Mike, un hombre de 31 años diagnosticado de esquizofrenia que está luchando con una
dependencia al alcohol, fue citado para consulta porque su terapeuta percibía un
estancamiento en cuanto al consumo de alcohol.
El terapeuta retoma la idea de cómo fue Mike capaz de cambiar e interroga más a fondo
sobre esta realidad emergente o teoría del cambio. Tenga en cuenta que el terapeuta no
hace preguntas específicas sobre la teoría del cambio. Simplemente explora y expande
las ideas del cliente tal como surgen.
Esta frase pone al terapeuta un poco en un bucle, porque parece salir de la nada. Pero
confía en que cobrará sentido si le permite a Mike el espacio y el tiempo para conectar
los puntos. Y lo hace.
El terapeuta ahora puede entender parcialmente algo del punto muerto percibido por
este cliente. El modelo de doce pasos predica que uno debe mantenerse sobrio por sí
mismo, no por otros. Esto, por supuesto, equivale a un sacrilegio para el punto de vista
de Mike.
MIKE: Otra cosa es lo que pasa al despertarme a la mañana siguiente de una borrachera,
es como si no pudiese rezar el rosario cuando estoy borracho. Como si tirara por la
ventana mi parte espiritual.
TERAPEUTA: Y la parte espiritual es una parte grande e importante.
MIKE: Sí, la parte más importante. Creo que esto me va a ayudar con Marty porque ese
es el tipo de cosas de las que nunca hablé con ella. Ella no sabe nada acerca de mis
creencias religiosas. Cómo son de profundas. Y aquí, usted es como un perfecto
desconocido, y estoy hablando con usted sobre esto.
A veces ayuda situarnos en la metáfora del taburete de tres patas para entender la teoría
del cliente. La figura 3.2 proporciona una visión de la perspectiva de Mike puesta en el
marco de la alianza y la teoría del cambio.
LA EVOLUCIÓN Y LOS PELIGROS DE APLICAR LOS FACTORES
COMUNES
En cada uno de los ejemplos sobre clientes presentados en este capítulo, demostramos
cómo se aplican los factores comunes, el terapeuta incorporó el heroísmo del cliente,
sirvió proactivamente al amo de la alianza, y atendió a las sensibilidades del cliente
acerca del cambio. Pero es necesaria una advertencia. Así como nuestro pensamiento ha
evolucionado a partir de nuestra lealtad a un modelo preferido hacia una perspectiva
centrada en los factores comunes, ahora estamos pensando en la aplicación de los
factores comunes de una manera diferente. Como ya hemos comentado, los datos
indican que el cliente y la alianza terapéutica representan la mayor parte de la varianza
en los resultados del tratamiento. Tales datos han proporcionado una fuerte evidencia
empírica para poner al cliente al frente de la terapia. Argumentamos que un tratamiento
exitoso es cuestión de aprovechar los recursos de los clientes y asegurarse una
experiencia positiva de la alianza. Hay un tercer elemento que se añadió a estos dos, lo
que llamamos la teoría del cambio del cliente (Duncan et al., 1997; Duncan y Miller,
2000; Duncan et al., 1992). Adoptar el marco de referencia del cliente como la teoría
definitiva para la terapia se ajusta a varios de los hallazgos más importantes entre los
existentes en la literatura sobre procesos y resultados. ¿Qué mejor manera de conseguir
la colaboración de los clientes que acomodarse a sus creencias preexistentes sobre el
proceso de cambio?
Sí, a primera vista, aprovechando los recursos de los clientes, asegurando por su parte
una experiencia positiva de la alianza, y acomodando la terapia a su teoría del cambio,
se saca provecho de los dos factores que más contribuyen al éxito. Al mismo tiempo,
hay un peligro -da igual cómo de abstractas se puedan presentar las ideas, si son
definidas como principios más que como órdenes, un examen más exhaustivo deja claro
que cualquier aplicación concreta entre los clientes solo conduce a la creación de otro
modelo de cómo hacer terapia. En este punto la investigación es clara, sea dirigido por
el cliente o no, los modelos finalmente importan muy poco en términos de resultados.
También existe el peligro de que tales esfuerzos por definir principios basados en los
factores comunes, aunque de manera involuntaria, de forma sutil, pero seguramente ha
continuado privilegiando el papel del terapeuta y su perspectiva. Como ha ocurrido
durante la mayor parte de la historia de la psicoterapia, el terapeuta estuvo todavía “al
mando” –en este caso, encontrando las fortalezas del cliente, determinando el estado de
la alianza, entendiendo la naturaleza de la teoría del cliente, y eligiendo cuál, de
cualquier método, podría ser congruente con esa teoría. Para poner remedio a la mera
creación de otro modelo más, y al privilegio continuado del punto de vista del terapeuta,
y para darle a los clientes la voz en el tratamiento que la literatura de investigación dice
que merecen, empezamos a controlar informalmente la alianza y los resultados de
nuestros servicios a los clientes. Cuando nuestra investigación demostró que la
evaluación informal de la alianza no era fiable, empezamos a usar medidas formales
para hacer el seguimiento de nuestro trabajo y nos embarcamos en una vía de
investigación para ver si había diferencias.
Aprendimos que un enfoque dirigido por el cliente sólo puede ser implementado con
cada cliente basado en esa percepción individual y única sobre el progreso y el ajuste de
la terapia: la experiencia del cliente de la existencia de beneficio debe dirigir las
elecciones del terapeuta. Aprendimos que ser dirigido por el cliente implica también
guiarse por los resultados. El capítulo cuatro describe este cambio en nuestra forma de
pensar y demuestra una manera muy sencilla de mejorar la eficacia y legitima nuestros
servicios hacia quienes nos pagan. Convertirse en terapeuta guiado por los resultados
asigna al cliente los papeles clave en la determinación de la forma en que los servicios
de salud mental son tanto proporcionados como financiados, dando en este sentido las
prácticas dirigidas por el cliente un gran paso adelante.
Capítulo 4
Convertirse en terapeuta guiado por el resultado
Evidencia basada en la práctica
Con Lynn Johnson, Jeb Brown y Morten Anker
Durante gran parte del siglo XIX y el siguiente, la industria del ferrocarril fue el
negocio más exitoso de América. Varias compañías competían para extenderse de
ciudad en ciudad a través de todo el continente, acelerando el ritmo de vida al mismo
tiempo que se enriquecían durante el proceso. Sin embargo, en la década de los 60 el
gran incondicional del comercio americano se fue debilitando seriamente –desapareció,
en realidad. Cuando se les preguntaba sobre la causa, generalmente los ejecutivos
respondían que la necesidad estaba siendo cubierta con otras alternativas (esto es,
coches, camiones, aviones, y tecnologías nuevas y en expansión como el teléfono). Era
difícil argumentar con esa lógica. Cuando se trataba de transporte, los consumidores
buscaban alternativas más rápidas, sencillas e individualizadas.
Aplicando estas ideas al campo de la psicoterapia se sugiere que las largas décadas de
debate entre este o ese modelo de terapia pierden la mayor parte de su sentido.
Francamente, se ha procedido como si nuestro campo fuera el negocio de la terapia más
que el negocio del cambio. “La ilusión,” según Levitt, es que “el crecimiento continuo
es una cuestión de producir innovación y mejora continua” (p. 27). Sin embargo, por su
parte los consumidores (y pagadores) se preocupan poco sobre cómo ocurre el cambio:
simplemente lo quieren. De por sí, centrarse exclusivamente en los medios para
producir el cambio (esto es, modelos, técnicas, proceso terapéutico) ha sido y continúa
siendo un camino equivocado. Como sus colegas en los negocios del ferrocarril y el
cine, los terapeutas corren el peligro de perder su clientela.
En este sentido, los datos indican que los consumidores ya están abandonando la
psicoterapia como un medio para la realización personal y la salud psicológica.
Recuérdese que los beneficios de la atención en salud mental se redujeron en un 54 por
ciento entre 1988 y 1998, la última década de la que se dispone de datos. Durante este
mismo período, las visitas de pacientes externos al terapeuta se redujeron un 30 por
ciento. Aunque podría ser tentador atribuir tales problemas a las restricciones impuestas
por la gestión sanitaria, otros estudios sugieren algo más inquietante. El último año, los
americanos gastaron de su propio bolsillo 13,7 billones de dólares en cuidados
alternativos de salud –cantidad que no incluye cuotas de gimnasio, compras de
vitaminas y suplementos, o visitas al masajista. Claramente, que la suerte de la
psicoterapia flaquee no se debe a un descenso en el deseo de los clientes de un cambio
significativo. Por el contrario, tal como indicaban los grupos de discusión de la
Asociación Americana de Psicología en el Capítulo Uno, se percibe que nuestro campo
no cubre esa necesidad.
De acuerdo con Levitt (1975), en los negocios, una industria próspera comienza por las
necesidades de los clientes y opera hacia atrás, “primero preocupándose por la…
consecución de la satisfacción del cliente. Después, retrocede más para crear las cosas
por las que, en parte, se logran esas satisfacciones” (p. 20). Se emplea menos tiempo y
recursos en codificar, identificar y controlar los medios de producción, y más esfuerzo
para seguir en contacto con los deseos de los clientes. De lo contrario, advierte Levitt,
corre el riesgo “de definir una empresa, un producto o un cúmulo de conocimientos tan
limitado como para garantizar su vejez prematura” (p. 20).
Desde esta perspectiva, lo importante no es tanto qué constituye una práctica terapéutica
efectiva –ecléctica o empíricamente apoyada, integrada o diversificada– sino si los
clientes experimentan los cambios que desean a través de cualquier medio posible. En
vez de asumir que el proceso correcto conduce a resultados favorables, el campo
necesita utilizar el resultado para construir y guiar el proceso terapéutico tanto como
para inspirar la innovación.
Para un campo como es la terapia, que intenta identificar y codificar los métodos de
tratamiento, abandonar el proceso en favor del resultado puede parecer verdaderamente
radical. No obstante, existe una tradición completa sobre el uso del resultado para guiar
el proceso. La investigación de resultados indica que la trayectoria general de cambio
en terapia exitosa es altamente predecible, con la mayor parte del cambio ocurriendo
más pronto que tarde en el proceso de tratamiento (Brown, Dreis y Nace, 1999; Hansen
y Lambert, 2003; Haas, Hill, Lambert y Morrell, 2002; Howard, Moras, Brill,
Martinovich y Lutz, 1996; Whipple et al., 2003). En su ahora clásico artículo sobre el
efecto dosis de la relación Howard, Kopte, Krause y Orlinsky (1986) encontraron que
entre el 60 y el 65 por ciento de las personas experimentaba un alivio sintomático
significativo entre las sesiones una a siete, cantidad que aumentó a un 70-75 por ciento
después de seis meses, y a 85 por ciento en un año. Estos mismos resultados mostraron
además “un curso de rendimiento decreciente con cada vez más esfuerzo requerido para
lograr diferencias perceptibles en la mejoría del paciente” conforme se prolonga el
período de tratamiento (Howard et al., 1986, p.160; ver Figura 4.1).
Más recientemente, los investigadores han estado utilizando mejorías tempranas –en
concreto, la experiencia subjetiva del cliente del cambio de significado en las primeras
sesiones– para predecir si un emparejamiento dado del cliente con el terapeuta o un
sistema de tratamiento dará lugar a un resultado exitoso (Hass et al., 2002; Lambert et
al. 2001). Para ilustrar esto, Howard, Lueger, Maling y Martinovich (1993) no sólo
confirmaron que la mayoría del cambio en tratamiento tenía lugar más hacia el principio
que hacia el final, sino que también encontraron que la ausencia temprana de mejoría en
la sensación subjetiva de bienestar del cliente reducía significativamente las
probabilidades de conseguir alivio sintomático y un funcionamiento vital más saludable
al final del tratamiento.
De modo similar, en un estudio de más de dos mil terapeutas y miles de clientes, los
investigadores Brown et al. (1999) encontraron que las relaciones terapéuticas en las
que no se apreciaba mejoría hacia la tercera sesión, por término medio no lograron
mejoría en el curso completo del tratamiento. Este estudio mostró más a fondo que los
clientes que empeoraban hacia la tercera sesión eran dos veces más propensos a
abandonar que aquellos que informaban de progresos. De manera importante, variables
como diagnóstico, severidad, apoyo familiar, y tipo de terapia fueron “no…tan
importantes [en el resultado final pronosticado] como saber si el tratamiento que estaba
siendo proporcionado de hecho [estaba] funcionando” (p. 404, el énfasis es nuestro).
A mediados de los noventa, varios investigadores comenzaron a utilizar datos generados
durante el tratamiento para mejorar la calidad y el resultado de la atención. En 1996,
Howard et al. demostraron cómo las medidas del progreso del cliente podían ser
utilizadas para “determinar la idoneidad del tratamiento actual… [determinar] la
necesidad de más tratamiento… [y] dar pie a asesoramiento clínico para pacientes que
no [estaban] progresando según las tasas esperadas” (p. 1063). Ese mismo año, Lambert
y Brown (1996) esgrimieron un argumento similar utilizando una herramienta de
resultado más breve, y por tanto más factible. Por último, Johnson y Shaha (1996)
publicaron un estudio de caso clínico cuasi-experimental combinando el feedback sobre
el progreso y la solidez de la alianza terapéutica. Otros investigadores ya habían
documentado que las calificaciones tempranas de la alianza por parte de los clientes,
igual que el progreso, fueron “predictores significativos del resultado final del
tratamiento” (Bachelor y Horvath, 1999, p. 139). Sobre esta base y su propio trabajo
anterior (Johnson, 1995), Johnson y Shaha (1996, 1997) fueron los primeros en
documentar el impacto de las herramientas de resultado y proceso en la calidad y
resultado de la psicoterapia, y en mostrar cómo tales datos pueden promover una
relación comprometida y cooperativa con los pagadores.
La preocupación por los resultados en salud mental está bien fundada. En un estudio
sobre seis mil clientes en seis ámbitos ambulatorios diferentes, solo un insignificante
promedio del 35 por ciento de ellos mejoraron o se recuperaron (Hansen, Lambert y
Forman, 2002). Aunque la terapia puede ser muy útil, que también puede no ser nada
beneficiosa no nos coge por sorpresa. Además, todos sabemos que nadie es eficaz con
todos; por desgracia, hasta ahora poco se ha hecho para descubrir quién no se está
beneficiando para que pueda pasar algo diferente.
Los dos primeros autores estaban familiarizados con el OQ, habiéndolo utilizado tanto
en su propia práctica como en la investigación y consultas con numerosas agencias de
salud mental y de terceros pagadores. Prácticamente en todos los casos, clínicos y
clientes se quejaban sobre el tiempo necesario para completar la evaluación (hasta
quince minutos), además del tamaño de la copia y el contenido y relevancia de las
preguntas. A pesar de la disponibilidad de las versiones telefónica e informatizada y de
la posibilidad de su utilización intermitente más que el uso consistente de la escala
sesión a sesión, persistieron los problemas con la aplicación. En las clínicas ocupadas,
por ejemplo, un solo cliente que se retrasase podía sembrar el caos con el horario. El
uso de la herramienta en servicios telefónicos emergentes y a través de Internet se
consideró imposible por razones similares. Además, tanto clientes como terapeutas se
quejaron por igual de que la evaluación no parecía adecuarse a los temas que los
clientes traían a terapia. Simplemente no tenía “validez aparente” 11 para muchos de los
que trataron de utilizarlo. En esencia, los terapeutas se revelaron. Se hizo evidente que a
11
NT: grado en que una medida parece válida desde el punto de vista del observado; es importante pues
se supone que influye en el grado de colaboración de la persona que está siendo observada.
pesar de la calidad de la medida, no habría beneficios de la gestión de resultados si los
terapeutas no la utilizaban.
La ORS también evalúa a un nivel de lectura de segundo grado, haciéndola viable para
la mayoría de adultos que buscan terapia. Para los clientes, la escala es menos lejana de
su día a día o de sus vivencias, así que pueden trasladarla inmediatamente a sus
circunstancias específicas. En cuanto a los terapeutas, Miller, Duncan, Brown, Sparks y
Claud (en prensa) informaron que los clínicos encontraban la medida más fácil de
utilizar e integrar en su práctica clínica diaria que el OQ.
Por último, cuando los terapeutas normales se den cuenta de la caída de sus ingresos
pocos estarán interesados en incrementar sus gastos básicos de funcionamiento. La
evaluación es un gran negocio en salud mental, con el coste de los instrumentos
oscilando entre unos pocos dólares a literalmente miles. Algunos pueden comprarse al
instante; otros requieren el pago de una cuota al autor cada vez que se utiliza la escala.
Como pasa con la mayoría de las cosas, lo más caro no es necesariamente lo mejor.
Además, muchos instrumentos bien establecidos están gratis a disposición del público.
La ORS es gratis para uso individual y puede ser descargada desde
http://www.talkingcure.com.
Al reconocer que la alianza terapéutica era primordial, Lynn Johnson creó la Escala de
Evaluación de la Sesión (SRS) a principios de los 90 para ayudar a monitorizar su
propio progreso con los clientes (véase Johnson, 1995). Más tarde, Scott Miller y Barry
Duncan pusieron en marcha esta primera medida de la alianza “de trabajo” en una
variedad de contextos diferentes de salud mental. A pesar de que la medida era solo de
diez ítems, prácticamente en todos los casos las quejas sobre la extensión y el tiempo
requerido para acabarla aparecieron pronto entre los clínicos y los clientes
(principalmente los clínicos). Se vieron dificultades similares aplicando el Inventario
de Alianza de Trabajo de 12 ítems (WAI) (Horvath y Greenberg, 1989), y con el
Cuestionario de Alianza de Ayuda II (HAQ) de 19 ítems (Luborsky et al., 1996)
también inviable (Duncan et al., en prensa). Por consiguiente, la versión 3.0 de la Escala
de Evaluación de la Sesión (a partir de ahora SRS) se desarrolló (Johnson, Miller y
Duncan, 2000) como una alternativa más breve, especialmente comparada con las
medidas de alianza más extensas basadas en la investigación, para abordar las quejas de
los clínicos y para estimular las conversaciones rutinarias sobre la alianza con los
clientes.
La SRS también es una escala analógica visual y tiene cuatro ítems. El primero, una
escala de relación, evalúa la sesión en un continuo desde “Sentí que el terapeuta no me
escuchó, no me entendió” a “Sentí que la terapeuta me escuchó, me entendió y me
respetó” (una pata del taburete de la alianza). El segundo es una escala de metas y temas
que califica la sesión en un continuo que va desde “No trabajamos ni hablamos de lo
que yo quería trabajar y hablar” a “Trabajamos y hablamos de lo que yo quería trabajar
y hablar” (otra pata del taburete). El tercero es una escala del enfoque y el método (no
sólo una pata de la alianza sino también una indicación de la coincidencia con la teoría
del cambio del cliente) que requiere que el cliente califique la sesión en un continuo que
va desde “El método del terapeuta no va conmigo” a “El método de la terapeuta va
conmigo”. Por último, la cuarta escala examina cómo el cliente percibe la sesión
globalmente a lo largo de un continuo que va desde “Algo faltó en la cita de hoy” a
“Globalmente, la cita de hoy fue buena para mí”.
Los primeros tres ítems de la SRS fueron adaptados de la definición clásica de alianza
de Bordin (1979), con el foco en la teoría del cambio del cliente sugerida por Gaston
(1990). El cuarto ítem refleja la guía recibida a partir de un análisis factorial de las
grandes escalas de alianza en uso (es decir HAQ, WAI y las Escalas de Alianza
Psicoterapéutica de California [Gaston, 1990]). Hatcher y Barends (1996) revelaron que
además del factor general más medido por todas las escalas de alianza (es decir, la
fuerza de la alianza), otros dos factores fueron predictivos: la colaboración segura y la
expresión de sentimientos negativos. La colaboración segura hace referencia al nivel de
confianza que el cliente tiene de que la terapia y el terapeuta le serán de ayuda. Aunque
solapada con la tercera pregunta de la SRS (el ajuste del método del terapeuta), la cuarta
escala de la SRS aborda directamente este factor, y mide la confianza del cliente en la
sesión.
La SRS simplemente convierte estas ideas teóricas en cuatro escalas análogas visuales,
con instrucciones para colocar una marca en una línea donde las respuestas negativas se
representan a la izquierda y las respuestas positivas a la derecha. Las investigaciones
hace tiempo que habían identificado estos factores como importantes, pero hasta el
trabajo pionero de Johnson no había una medida clínica que proporcionara
proactivamente al terapeuta feedback de la alianza en tiempo real de modo que pudieran
abordarse los problemas.
Para considerarse fiable, cualquier diferencia entre dos aplicaciones del mismo
instrumento deben atribuirse a cambios en la variable que está siendo medida (McCall,
1980). Un termómetro, por ejemplo, que proporciona diferentes lecturas bajo
circunstancias similares no constituye una medida fiable o confiable de la temperatura.
De manera similar, las puntuaciones que varían a pesar de mínimas o ninguna diferencia
en el tratamiento o en el cliente no son medidas fiables del proceso terapéutico o del
resultado clínico. A su vez, cualquier decisión basada en tales medidas (por ejemplo, si
la terapia es o no eficaz, o si el servicio tiene las cualidades del trabajo eficaz, etc.)
podría no ser fiable.
De modo similar, la correlación global entre la SRS y otra escala de la alianza más
extensa (diecinueve ítems) y establecida, el HAQ (Luborsky et al., 1996), es .48;
nuevamente, este es un índice moderado de validez concurrente (Duncan et al.; en
prensa). Aunque no se pueden reducir tanto los ítems (de los cuarenta y cinco ítems del
OQ a los cuatro de la ORS y de los diecinueve del HAQ a los cuatro de la SRS) sin
perder parte de la riqueza del original, la ORS y la SRS han alcanzado con creces
nuestra meta principal –proporcionar medidas fiables y válidas que los profesionales de
la salud mental pudieran utilizar en contextos reales sobre una base cliente a cliente.
Estas medidas sencillas permiten a todos conocer y reaccionar a la visión del cliente de
si los servicios le están ayudando y si se ajustan a sus expectativas.
La SRS y la ORS han sido empleadas con efectos positivos en varios contextos clínicos.
Como se ha señalado, dada la naturaleza breve y la facilidad de uso de las escalas para
el clínico y el cliente, se ha desplomado el número de quejas sobre la utilización de las
herramientas y se ha disparado la tasa de cumplimiento. Proporcionar feedback a los
terapeutas sobre la satisfacción del cliente con la alianza y el progreso del tratamiento a
través de la SRS y la ORS también ha demostrado que conlleva mejorías significativas
tanto en la continuidad del cliente en el tratamiento como en el resultado final del
mismo. Por ejemplo, Miller et al. (en prensa) encontraron que los clientes de terapeutas
que optaron por no completar la SRS eran dos veces más propensos a abandonar el
tratamiento y de tres a cuatro veces más propensos a obtener un resultado negativo o
nulo. En el mismo estudio, el tamaño medio del efecto de los servicios en la agencia
donde se emplearon ambas medidas se desplazó de .5 a .8 –un incremento del 60 por
ciento. Un análisis detallado de los doce mil casos incluidos en la muestra demostró que
esta mejoría fue debida a una combinación de una disminución de resultados negativos,
un incremento de los resultados positivos y un cambio general positivo en el resultado
de los terapeutas que trabajan en la clínica.
Por increíble que los resultados puedan parecer a primera vista, son totalmente
consistentes con los hallazgos de otros investigadores. Por ejemplo, en un metaanálisis
de tres estudios, Lambert et al. (2003) informaron que aquellas relaciones terapéuticas
con riesgo de resultados negativos o nulos que recibieron feedback formal estaban, al
final de la terapia, mejor que el 65 por ciento de las que no tuvieron el beneficio de la
información sobre el progreso del tratamiento (tamaño del efecto medio = .39, p < .05).
En otro estudio, Whipple et al. (2003) encontraron que los clientes cuyos terapeutas
tenían acceso a información sobre el resultado y la alianza era menos probable que
empeorasen, más probable que permanecieran más tiempo en tratamiento, y dos veces
más probable que alcanzasen cambios clínicos significativos.
El feedback del cliente en la ORS sobre el éxito o el fracaso de las primeras visitas
puede proporcionar información valiosa sobre la combinación entre cliente, terapeuta y
método. En particular, dicho feedback informa de decisiones clave sobre cómo ajustar
la terapia a las necesidades y características específicas de clientes particulares y de
cuándo terminar o derivar a otro terapeuta o centro de atención cuando el cliente no está
obteniendo beneficios. Respecto a la alianza, ya que la investigación indica que con
frecuencia los clientes abandonan el tratamiento antes de hablar de los problemas con la
alianza, la SRS proporciona la oportunidad de abrir el diálogo y remediar cualquier
problema que exista.
Más importante, el doble hallazgo de que (1) el cambio es más temprano que tardío en
las terapias exitosas; y (2) hay una trayectoria de rendimiento decreciente conforme la
terapia se extiende en el tiempo, no debería interpretarse como una condena de las
terapias que se alargan más allá de unas pocas sesiones. Al contrario, como muestra la
figura 4.1, los datos proporcionan de manera convincente el hecho de continuar siempre
y cuando se vaya progresando y el cliente esté interesado. En otras palabras, aunque la
cantidad de cambio decrece con el tiempo, los clientes se benefician de que el contacto
continúe. Al mismo tiempo, sin embargo, los hallazgos dejan claro que las terapias en
las que hay poco o ningún cambio (o un empeoramiento de los síntomas) al principio
del proceso corren un riesgo significativo de obtener un resultado nulo o incluso
negativo (Brown et al., 1999).
Otra área donde el enfoque guiado por los resultados puede ejercer influencia sobre el
proceso terapéutico es en la planificación y duración del tratamiento. Los clientes
pueden citarse de manera más regular al principio de la terapia cuando la pendiente del
cambio es empinada y después reduciendo conforme disminuye el ritmo de cambio.
Otros datos de resultado sugieren con fuerza que se haga lo posible para minimizar la
cantidad de tiempo entre la programación y la primera cita. Howard et al. (1986) y otros
(Lawson, 1994; Weiner-Davis, de Shazer y Gingerich, 1987) han documentado
porcentajes significativos de clientes que mejoran antes del comienzo formal del
tratamiento (15, 60 y 66 por ciento, respectivamente). Cuanto mayor es el intervalo,
mayor es la probabilidad de que el resultado esperado habrá alcanzado un punto de
rendimiento decreciente disminuyendo así la motivación del cliente para asistir al
tratamiento. Puesto que la evidencia disponible indica que la terapia aumenta la
magnitud y la durabilidad de dicho cambio pretratamiento, el abandono del cliente
mientras espera ser atendido -a pesar de alguna mejoría medida en el funcionamiento-
solo puede verse como una oportunidad perdida (Lambert y Ogles, 2004).
El feedback de resultado también puede dar pistas sobre decisiones relacionadas con la
intensidad del tratamiento (es decir, paciente externo versus hospitalizado, tratamiento
versus educación o terapia de apoyo). Por ejemplo, Brown et al. (1999) y Miller et al.
(en prensa) encontraron que hasta un tercio de los clientes que iniciaron terapia
comenzaron con puntuaciones en las escalas de resultado que superaban el punto de
corte clínico. Resulta que dichos clientes estaban en riesgo significativo de empeorar
más que de mejorar en el transcurso del tratamiento. Animar a los terapeutas a adoptar
un enfoque basado en los recursos o en la solución de problemas en vez de tratamientos
profundos u otras estrategias intensivas de tratamiento puede servir para maximizar el
compromiso mientras se minimiza el riesgo de deterioro del cliente. Del mismo modo,
cuando un cliente obligado o involuntario puntúa por encima del punto de corte clínico,
la visión del cliente de la calificación que da de él o ella la fuente de derivación en la
ORS pueden utilizarse para guiar las decisiones relacionadas con la planificación e
intensidad del tratamiento. En tales casos, el cliente y el terapeuta podrían trabajar
juntos para resolver el problema que el derivante tiene con el cliente.
Los beneficios aquí descritos, cuando se toman en combinación con el fracaso evidente
del campo para descubrir y sistematizar el proceso terapéutico de una manera que
mejoren los éxitos de modo fiable, nos han llevado a concluir que la mayor esperanza
para el campo está en los resultados.
Los clientes también necesitan estar comprometidos. Esto significa informar al cliente
sobre la naturaleza de la colaboración cuando se planifica la primera cita y crear una
cultura de feedback en la que el terapeuta considera esencial la voz del cliente y le invita
proactivamente a realizar sus aportaciones. Por ejemplo, en una práctica dirigida por el
cliente y guiada por los resultados, el terapeuta podría decir:
Permítame explicarle cómo nos gusta trabajar. Como terapeutas, nos dedicamos
a ayudar a nuestros clientes a conseguir los resultados que desean. También
creemos que usted tiene derecho a saber lo antes posible si es probable que le
seamos útiles o no. Por estas razones hemos encontrado importante monitorizar
nuestro progreso de sesión a sesión utilizando dos formularios muy breves de
papel y lápiz. Su feedback continuado nos dirá si vamos por buen camino, si es
necesario cambiar algo en nuestro enfoque, o si es necesario derivarle a algún
otro lugar para ayudarle a conseguir lo que quiere. ¿Cree que me puede ayudar
con esto?
Como indica la declaración, los resultados del proceso de medición proporcionan
feedback continuo a la terapia (Duncan, Sparks y Miller, 2000; Miller y Duncan,
2000b). En un contexto ambulatorio típico, el terapeuta daría al cliente la ORS antes de
cada sesión y la SRS hacia el final. Con respecto a la ORS, es útil pedir a los clientes
comenzar su cita cinco minutos antes de la reunión con el terapeuta; pueden encontrar la
ORS simplemente en un mostrador de recepción o en un portapapeles para cubrirla.
Muchos clientes rellenarán la ORS (algunos incluso trazarán sus puntuaciones en las
gráficas proporcionadas) y entrarán en el despacho del terapeuta discutiendo ya las
conclusiones. Utilizar una escala bastante sencilla para los clientes (y los terapeutas)
para puntuar e interpretar no sólo acelera el proceso sino que también aumenta el
compromiso de los clientes en la valoración de los servicios que reciben. Cualquier cosa
que incremente la participación en la terapia es probable que tenga un impacto positivo
en el resultado.
Administrar las escalas en cada encuentro es importante por dos razones. Primero, como
se destacó anteriormente, es difícil sino imposible anticipar cuándo dejarán los clientes
de venir a terapia. Si el plan es evaluar al inicio y al final o a intervalos regulares (por
ej., primera, tercera, quinta sesión; véase Brown et al., 1999), hay un riesgo significativo
de que un gran número de clientes terminen antes de aportar las medidas finales. En
consecuencia, no se dispondrá de información del resultado para un considerable grupo
de clientes, un hecho que podría dificultar seriamente cualquier intento posterior de dar
sentido a los resultados generales.
Según la ORS parece que está experimentando verdaderos problemas. [O] Por
su puntuación parece que se siente bien. ¿Qué le trae aquí hoy? [O] Su
puntuación total es 15; vaya, es bastante baja. Una puntuación de 24 o menos
indica que las personas están bastante angustiadas para buscar ayuda. Las cosas
deben ser muy difíciles para usted. ¿Qué está pasando?
El modo en que funciona la ORS es que las marcas hacia la izquierda (o las
puntuaciones por debajo de 24) indican que hay cosas que son duras para usted
ahora o que le hacen sufrir lo suficiente como para venir a terapia. Su
puntuación en la escala individual indica que realmente está pasando una mala
racha. ¿Le gustaría hablarme sobre eso? [O si todas las marcas se sitúan hacia la
derecha] Generalmente la mayoría de las personas cuando sitúa sus marcas
hacia la derecha (o cuando puntúan por encima de 25), es indicativo de que las
cosas les van bien. Sería muy útil para mí entender qué le trae a terapia ahora.
Oh, bien, parece que tiene que ver con la pérdida de su hermano (o la relación
con su marido, el alcoholismo de la hija, o los ataques de ansiedad, etc.), es un
aspecto importante de qué estamos haciendo aquí. ¿La angustia de esa situación
explica su marca en la escala individual (u otra) de la ORS? De acuerdo,
entonces ¿qué cree que tendría que ocurrir para que la marca se moviera hacia
la derecha?
Permítame un segundo para echar un vistazo a esta SRS -es una especie de
termómetro que mide la temperatura de nuestro encuentro aquí hoy. Guau,
genial, se ve bien, parece que estamos en la misma onda, que estamos hablando
de lo que usted cree que es importante, y cree que la consulta de hoy fue
adecuada para usted.
Déjeme ver rápidamente este otro formulario, que me permite saber cómo cree
que lo estamos haciendo. OK, parece que estoy fallando aquí. Muchas gracias
por su honestidad, y por darme la oportunidad de abordar de modo diferente lo
que puedo hacer. ¿Hubo alguna cosa más, sobre la que debería haberle
preguntado o debería haber hecho para que esta consulta fuese mejor para
usted? ¿Qué faltó?
Una aceptación elegante de cualquier problema y una disposición para ser flexible con
un lenguaje no defensivo dice mucho al cliente y normalmente da la vuelta a las cosas.
Recuérdese que los clientes raramente ponen sobre la mesa los problemas y
tradicionalmente han permitido al terapeuta saber que la alianza está debilitada al no
volver a las sesiones o al no participar en la terapia. La SRS proporciona una vía para
hablar y abordar las dificultades en la alianza, manteniendo así a los clientes
involucrados en la terapia.
Paso 5: Revisando el cambio en las consultas sucesivas. Una vez preparado un clima
de feedback en la primera sesión, el asunto de ser guiado por los resultados puede
empezar con la visión por parte del cliente del progreso y el ajuste, influyendo
realmente sobre lo que pasa en la terapia. Cada sesión sucesiva compara la ORS de la
sesión actual con la de la previa, y busca cambios. El terapeuta analiza con el cliente si
hay alguna mejora (un movimiento a la derecha en cualquier escala, o incremento en la
puntuación), un retroceso (un movimiento a la izquierda de la escala, o un decremento
en la puntuación), o ningún tipo de cambio. Las puntuaciones son utilizadas para
implicar al cliente en un debate sobre el progreso, y lo más importante, qué debería
haber hecho diferente, si no lo hay.
Guau, sus marcas se han movido mucho en las líneas de bienestar personal y
general -¡sobre 4 centímetros a la derecha cada una! Su puntuación total se
incrementó de 8 a 29 puntos ¡vaya salto! ¿Qué ocurrió? ¿Cómo lo
consiguió?... Este tipo de cambio se llama cambio fiable, y puede significar
que es el momento de reevaluar ¿A dónde cree que deberíamos ir desde
aquí?
Si ha ocurrido un cambio el terapeuta debería poner en marcha todas las formas de
validar el progreso y animar al cliente a responsabilizarse de un nuevo capítulo en su
vida (ver capítulo tres). Si no ha habido un cambio las puntuaciones también invitan al
análisis, quizás más importante incluso.
Ok, así que las cosas no han cambiado desde la última vez que hablamos
¿Qué sentido tiene eso para usted? ¿Deberíamos estar haciendo algo
diferente aquí, o deberíamos continuar con el mismo rumbo por el que
vamos? Si vamos a mantenernos en la misma línea ¿cuánto tiempo
deberíamos seguir antes de empezar a preocuparnos? ¿Cuándo sabremos
cuando decir “basta”?
Estas son las reglas generales sencillas para las conversaciones de control y los debates
de última oportunidad. Recuérdese que la idea principal es invitar a los clientes a un
intercambio significativo sobre las opciones que existen para ayudarlos a conseguir sus
objetivos. Si no ha ocurrido un cambio significativo al llegar a la sesión de conversación
de control, el terapeuta responde explorando la SRS ítem por ítem. Los problemas de
alianza son un factor que contribuye significativamente a la falta de progreso. A veces
es útil decir algo como “Parece que no estamos yendo a ningún lado. Déjeme revisar los
ítems en la SRS para asegurarme de que está consiguiendo exactamente lo que buscaba
en mí y en nuestro tiempo juntos.” Examinar la SRS y obtener del cliente respuestas
detalladas puede ayudar al cliente y al terapeuta a conseguir un mejor entendimiento de
lo que puede estar funcionando y lo que no.
A continuación, una falta de progreso en esta fase es una clara indicación de que el
terapeuta necesita intentar algo diferente, porque el cliente no ha informado de cambio
según lo esperable para el terapeuta o el marco terapéutico. Esto puede adoptar tantas
formas como clientes hay. El terapeuta involucra al cliente en un torbellino de ideas:
traer gente diferente, un equipo, un coterapeuta, un enfoque diferente, derivar a otro
terapeuta, a un consejero religioso o a un grupo de autoayuda, cualquier cosa que
parezca valiosa para el cliente. Se introduce cualquier idea que surja y el progreso se
sigue supervisando continuamente a través de la ORS y las preferencias de resultado del
cliente.
Los terapeutas no pueden ser eficaces con todo el mundo, y otros ajustes relacionales
pueden funcionar mejor para el cliente. Aunque algunos clientes pueden desear
continuar con el mismo prestador de servicios en ausencia de cambio, muchos más no
querrán continuar una terapia ineficaz cuando se le da una salida elegante. Cuando a la
luz de sus propias calificaciones los clientes no se ven beneficiados por los servicios, la
ORS permite a los terapeutas preguntarse a sí mismos sobre cuestiones difíciles,
poniendo de este modo al tanto a los clientes sobre tales decisiones. La gestión de
resultados no ayuda a los terapeutas con los clientes con los que ya están siendo
efectivos; más bien los ayuda con aquellos a quienes no están beneficiando, porque
permite un debate abierto de otras alternativas y, en ausencia de cambio, la capacidad de
terminar honradamente la terapia y proponer al cliente una relación más productiva.
Con adolescentes, parejas y familias, las medidas estimulan conversaciones sobre las
diferencias y similitudes de las calificaciones individuales, y permiten a los terapeutas
prestar atención a la perspectiva de cada uno sobre el cambio y la alianza. La SRS y la
ORS proporcionan un terreno común en el que hacer comparaciones y extraer
distinciones permitiendo a cada individuo ser parte del debate de lo que necesita que
ocurra a continuación.
Habitualmente las parejas llegan con calificaciones muy diferentes en sus ORSs.
Cuando el terapeuta explora esto generalmente sigue un vivo debate sobre qué miembro
de la pareja está más interesado en hacer que las cosas cambien, dónde siente cada uno
que radica el problema, y qué cree cada uno que necesita que ocurra para que la relación
mejore (sus respectivas teorías del cambio). Clarificar esos puntos con la ayuda de la
ORS permite a los terapeutas buscar temas y metas comunes. No es inusual para las
puntuaciones en la ORS de una pareja reflejar un escenario familiar: la percepción de
mejora de una persona, puntuada en la ORS, se contrasta con el empeoramiento de la
puntuación del otro compañero (este tipo de patrón se ilustra usando un gráfico con
diferentes líneas en diferente color para cada persona). Esto puede abrir una
conversación productiva sobre los costes y beneficios del cambio para ambos, y cómo
quieren proceder.
Puede ser un reto hacerse una idea del beneficio potencial o actual de un servicio
particular para un cliente específico. Pueden tomarse algunas líneas generales de la
literatura revisada previamente en este capítulo. Recuérdese que estos datos indican lo
siguiente: (1) la mayoría de los clientes (60 a 65 por ciento) experimenta alivio
sintomático entre una y siete consultas; (2) los clientes que informan de poco o ningún
cambio al principio no muestran, por término medio, mejoría en el curso de toda la
terapia; y, por último, (3) los clientes que empeoran al principio están en riesgo
significativo de abandonar o tener un resultado negativo o nulo.
Sin embargo, no todos los clientes o terapeutas son iguales. Tendría poco sentido usar
las mismas guías generales para evaluar la terapia en un programa de asistencia al
empleado y en un servicio comunitario local de salud mental, por ejemplo, porque los
clientes en los dos marcos terapéuticos difieren en la manera que afectaría a la
naturaleza, duración y resultado del tratamiento. Lo mismo pasaría con las agencias o
con los terapeutas individuales, que limitan su práctica a unas quejas particulares (abuso
de sustancias) o en grupos de clientes (por ej. niños). Para desarrollar directrices válidas
para estos casos el grupo o practicante individual necesitaría determinar cómo suceden
los cambios en su práctica particular en cada momento específico.
Los métodos para estimar cómo tiene lugar el cambio en una práctica profesional
concreta cubren la gama desde lo sencillo, tosco y barato a lo sofisticado, preciso y
costoso. Respecto a lo segundo, varios servicios que están disponibles utilizan medidas
patentadas y bases de datos para el seguimiento y la predicción de la respuesta del
cliente. Una agencia u organización grande que sirve a una clientela muy diversa podría
encontrar la precisión de tales programas como lo más apropiado para sus necesidades.
Sin embargo, no todos los terapeutas o agencias tienen los medios para contratar tales
servicios. Además, la investigación no ha establecido la eficacia de tales sistemas sobre
alternativas más simples.
Un método relativamente simple para rastrear la ocurrencia del cambio está basado en el
trabajo pionero del psicólogo Ken Howard. Brevemente, Howard et al. (1996, p. 1060)
encontraron “una legítima relación lineal entre… el número de sesiones y la…
probabilidad de mejoría.” Con frecuencia, la literatura de resultados se refiere a estos
hallazgos como el efecto dosis de la relación. Creando una curva de cambio por sesión
(CBSC) que muestra la relación entre el número de sesiones (dosis) y el resultado
(efecto), los clínicos pueden determinar la probabilidad de éxito para un cliente
específico de una sesión determinada en un momento concreto del tratamiento.
El siguiente paso es separar los casos exitosos de los no exitosos, anotando en particular
la sesión en la que cada cliente cumple o excede las puntuaciones indicativas de
“cambio fiable”. Para la ORS una diferencia de 5 puntos o más es la prueba de que el
cambio presentado por un individuo en terapia es fiable o clínicamente significativo
(Duncan y Sparks, 2002). En otras palabras, los cambios medidos son más grandes que
cualquier variación casual en el instrumento o en el desarrollo normal del cliente.
El paso final es trazar los resultados de los clientes exitosos en una gráfica, con el
número de sesiones aumentando a lo largo del eje de las abcisas (eje X), y el porcentaje
de clientes exitosos a lo largo del eje de ordenadas (eje Y). La figura 4.2 nos da un
ejemplo de datos de una CBSC recogido en la Oficina de Orientación Familiar en
Vestfold, Noruega (Anker y Duncan, 2003).
Número de sesión
Antes de continuar, debemos señalar que los terapeutas no deberían utilizar la CBSC
para tomar decisiones sobre cuándo terminar una terapia exitosa. Al contrario, la CBSC
simplemente dice al terapeuta cuándo esperar un cambio en una determinada agencia o
práctica. Como se mencionó antes en este capítulo, la literatura de investigación
presenta una sólida argumentación empírica para continuar viendo a los clientes
mientras estén haciendo progresos medibles y estén interesados en continuar (véase un
ejemplo en el epílogo).
El concepto de cambio fiable discutido antes tampoco debería ser confundido con el de
recuperación. Aunque los investigadores debaten los detalles, la mayoría están de
acuerdo en que la recuperación significa que las puntuaciones de una persona sobre la
medida de resultado no son solo indicativas de un cambio fiable sino que son también
más similares a las puntuaciones de personas que no están en tratamiento. En otras
palabras, el cliente ya no se puede distinguir de sus pares (Ogles, Lambert y Masters,
1996).
Recuérdese que la línea divisoria entre las poblaciones clínica y no clínica es derivada
estadísticamente, y conocida como el punto de corte clínico. Como se mencionó, en la
ORS el número es 25. Para considerar a los clientes como recuperados, por tanto, en el
curso de la terapia las puntuaciones tendrían que cambiar 5 o más puntos (el índice de
cambio fiable) y subir por encima de una puntuación total de 25 ( Duncan y Sparks,
2002).
La palabra simple coincidiendo con regresión lineal en la misma frase puede parecer un
oxímoron. Y realmente los clínicos promedio que trabajan en solitario pueden saltarse
esta sección sin que les suponga un gran problema. En esos casos la CBSC será
suficiente para generar un diálogo con los clientes sobre el valor del tratamiento. Sin
embargo, para aquellos profesionales, administradores y pagadores que requieren una
mayor precisión o necesitan comparar la eficacia de un clínico o lugar de tratamiento
con otro, el método CBSC pronto se revelará como seriamente deficiente.
El método más simple para lidiar con estos problemas es desagregar los datos y
comparar clientes con niveles de severidad similares. Por ejemplo, las puntuaciones en
la ORS al inicio podrían ser asignadas a uno de los cuatro niveles distintos de severidad
(es decir, cuartiles), determinados por el rango típico de una agencia específica. La
puntuación media del cambio podría calcularse entonces para cada uno de los cuatro
niveles. El paso final sería calcular la diferencia entre la media y el resultado actual para
un individuo dado, para determinar si el resultado fue mejor o peor que la media de los
clientes en ese rango de severidad.
Un método más preciso es utilizar un modelo de regresión lineal simple para predecir la
puntuación al final de la terapia (o en cualquier punto intermedio) basado en la
puntuación al inicio. Aunque va más allá de nuestra exposición aquí, en pocas palabras,
es posible utilizar la pendiente y una intersección para calcular una fórmula de regresión
para todos los clientes en una muestra dada. Una vez obtenida, la fórmula puede
utilizarse para calcular el resultado esperado para cualquier nuevo cliente, a partir de la
puntuación al inicio. Además, analizando la diferencia entre el cambio predicho y el
cambio medido a través del tiempo y entre los clientes puede ser utilizado para
comparar terapeutas y contextos de tratamiento.
Al final de la sesión Linda rellenó la SRS y pidió una cita para la siguiente semana. Sin
embargo, creyendo que la sesión había ido bastante bien, el terapeuta se despistó de
mirar la escala antes de que Linda dejase el despacho. Más tarde a lo largo del día, el
terapeuta miró la SRS y comprobó que Linda había quedado insatisfecha con la sesión.
Específicamente sus respuestas indicaban que había esperado algo muy diferente y
había puesto la marca bastante a la izquierda en las líneas “enfoque o método” y
“general”.
La llamada, dijo ella, marcó la diferencia. Apareciendo puntual para la cita programada,
trabajó con el terapeuta en estrategias específicas para abordar los problemas en el
trabajo. Las puntuaciones de Linda en la SRS, que ella marcó al final de esa sesión, 38
en total, indicaron que estaba mucho más satisfecha con la consulta. En el transcurso de
las 4 consultas adicionales, sus puntuaciones en la ORS se desviaron gradualmente,
alcanzando un nivel de recuperación de 27 en la última sesión.
Las puntuaciones de Steven en la SRS dadas al final de cada consulta no podían ser más
altas. En otras palabras, según sus respuestas, la terapia que estaba recibiendo
concordaba con lo que él consideraba que era el enfoque adecuado. Sin embargo, sus
puntuaciones en la ORS contaban otra historia. De semana en semana, la medida
mostraba que no solo no mejoraba, sino que estaba empeorando. Particularmente a
medida que avanzaba la terapia, él sugería que sus bajas puntuaciones mostraban que se
estaba volviendo más introvertido en sus relaciones interpersonales y sociales.
Cuando el terapeuta comentaba los resultados al finalizar cada sesión, Steven estaba de
acuerdo, pero honestamente no podía explicar el declive. El terapeuta tampoco lo podía
explicar. Sabiendo que no había apoyo empírico para el viejo dicho de que en terapia
“algunos clientes tienen que empeorar antes de mejorar”, el terapeuta empezó a explorar
activamente diferentes opciones hacia el final de la cuarta visita. Steven y el terapeuta
exploraron varias posibilidades en la conversación de control, pero se decidieron por
una consulta de equipo. Steven eligió un formato de equipo reflexivo (Anderson, 1987)
con tres estructuras de equipo distintas con la esperanza de generar posibilidades
(Duncan y Sparks, 2002).
Con Steven la presencia de los datos de la ORS ayudó a evitar un resultado negativo
empujando al terapeuta a explorar pronto alternativas en el proceso. Cuando contactó de
nuevo un año después de finalizar la terapia, Steven informó que aunque tentado, había
sido capaz de evitar deprimirse otra vez. Otra aplicación de la ORS corroboró su
informe. Por supuesto, abrir un diálogo sobre la falta de progreso no siempre da como
resultado encontrar una alternativa útil. Cuando en el pasado tales situaciones habrían
sido vistas como fracasos, la falta de resultados de hecho da al terapeuta una
oportunidad para dejar de ser un impedimento para el cliente en su proceso de cambio.
Simplemente no hay razón para tomárselo como algo personal.
Tampoco el fracaso de una relación terapéutica dada dice nada sobre el cliente o sobre
su potencial para el cambio en general. Durante la mayor parte de la historia en este
ámbito, los terapeutas han sido entrenados para atribuir la falta de progreso al cliente
(principalmente) o a la terapia ofrecida. El sentido común sugiere que es simplemente
imposible para los terapeutas formar relaciones exitosas de trabajo con todas las
personas que se encuentran. Sin embargo el trabajo clínico dirigido por el cliente y
guiado por el resultado puede considerarse exitoso cuando los clientes consiguen el
cambio y cuando, en ausencia de cambio, el terapeuta trabaja con el cliente para dejar
de ser un obstáculo.
En unas cuantas sesiones el terapeuta trabajó con Robyn sola, y en un par de ocasiones
con su compañero presente, para desarrollar y poner en marcha un plan para tratar con
la ansiedad. Aunque su miedo era palpable durante las visitas, aun así dio la valoración
más alta en la SRS. Sin embargo, desafortunadamente sus puntuaciones en la ORS
evidenciaban poca mejoría. En este marco de tratamiento concreto el 50 por ciento de
los clientes experimentaban un cambio fiable hacia la cuarta sesión. Después de cuatro
sesiones, la CBSC empezó a estabilizarse. Obviamente, la terapia con Robyn estaba en
riesgo de obtener un resultado nulo o negativo.
Los datos de la ORS llevaron al terapeuta y a Robyn a revisar sus respuestas a la SRS al
final de la cuarta visita (recuérdese la conversación de control). Como mostró el
ejemplo de Linda, la ejecutiva de la compañía de software, esas revisiones no son
solamente útiles para asegurar que la terapia contiene los elementos necesarios para un
resultado exitoso, sino también para descubrir problemas en la relación que el terapeuta
quizá haya pasado por alto o que el cliente no haya informado. Sin embargo esta vez la
conversación de control no reveló nada nuevo. De hecho, Robyn indicó que sus
puntuaciones altas concordaban con su experiencia en las sesiones. Sabiendo que más
de lo mismo llevaría a más de los mismos resultados, el terapeuta y Robyn acordaron
organizar un equipo participativo (como un equipo reflexivo, pero en el cual el cliente
se une al caos), en una corta sesión para generar ideas. Cuando las ideas que emergieron
en esa reunión no hubieron dado lugar a un cambio medible sobre la octava sesión, el
terapeuta supo, sin embargo, que era el momento de apartarse del camino de Robyn. Era
el momento para el debate de última oportunidad. Después de todo la pendiente de la
CBSC después de la sexta sesión estaba completamente plana. ¿Explicación? Había una
mínima oportunidad de que esta relación acabara en éxito.
Es cierto que los estudios hasta la fecha son algo limitados. Sin embargo, como Lambert
y colaboradores (2003) señalan, “aquellos que defienden el uso de psicoterapias
apoyadas empíricamente lo hacen de acuerdo con efectos mucho más pequeños del
tratamiento” (p.296). En cualquier caso la evidencia levanta serias dudas sobre la
especialización profesional, la formación y la certificación, el reembolso de los
servicios clínicos, la investigación y sobre todo el bienestar público. Desde luego las
normas son importantes, aunque no sea más que para proteger a los consumidores. Sin
embargo, dadas las actuales normas de acreditación y formación, es teóricamente
posible para los terapeutas obtener la licencia para ejercer y trabajar durante toda su
carrera sin ayudar a una sola persona. ¿Quién lo sabría?
Imaginen que por primera vez en la historia los profesionales de la salud mental tendrán
la prueba de su efectividad y valor del trabajo clínico diario y ya no necesitarán
apoyarse en el modelo médico para legitimarse. Imaginen no obtener aceptación
mediante la adopción del cuestionable lenguaje y prácticas de la profesión médica (por
ej, el DSM, los tratamientos prescriptivos) solamente para asegurar el status permanente
de segunda clase al que la terapia ha sido relegada desde los tiempos de Freud.
Imaginen la creación de una identidad separada del campo de la medicina. Es fácil si lo
intentan.
12
NT: programa de asistencia a empleados.
CAPÍTULO 5.
La ventaja, naturalmente, es que bajo ciertas circunstancias una idea determinada puede
ser plenamente satisfactoria. El atractivo de aumentar la eficacia de la terapia a través de
la aplicación selectiva de modelos dispares ha avivado el interés por estrategias
eclécticas para la práctica. De hecho, el eclecticismo es la orientación teórica
predominante en los terapeutas de habla inglesa (Norcross, 1997). Terapeutas de todas
las clases prefieren identificarse como eclécticos, lo que indica un reconocimiento de las
deficiencias de cada una de las escuelas y el valor de unir esfuerzos para ayudar a los
clientes.
Aunque el movimiento ecléctico tiene el mérito de haberse desviado del mundo del
“dogma que devora al dogma” (Saltzman y Norcross, 1990, p.xv) propio de las
facciones rivales en terapia, sufre los mismos problemas que prácticamente han
reducido la psicoterapia a diagnósticos médicos y a la prescripción de tratamientos
empíricamente validados: la figura clave, el cliente, se ha quedado al margen, y la
búsqueda de procedimientos mágicos que produzcan cambio nos deja ciegos ante la
variable más importante del resultado de nuestro trabajo. Como consecuencia, cualquier
esfuerzo integrador o ecléctico debe darse a nivel del cliente individual. Eso sólo puede
pasar adaptando la combinación o la integración de enfoques con las ideas del cliente
por medio del feedback directo del cliente sobre el resultado de la terapia, cliente a
cliente.
Con esta idea en mente, este capítulo lleva más allá nuestro debate sobre la teoría del
cambio del cliente. Lo que planteamos es que respetar la teoría del cambio del cliente no
sólo influye en un resultado exitoso sino que también proporciona un camino para
integrar la infinidad de enfoques disponibles hoy en día.
13
NT: marca de helados y cadena de restaurantes, ambas famosas por su número de sabores y locales
respectivamente.
Los ejemplos ilustran cómo la incorporación de las percepciones de los clientes permite
soluciones creativas desde una amplia base de diferentes ideas y métodos.
Ya en 1955, el psiquiatra Paul Hoch declaró “Hay algunos pacientes a los que les
gustaría someterse a un tratamiento terapéutico cuyos fundamentos teóricos estuviesen
de acuerdo con sus propias ideas sobre el funcionamiento de la psique” (p. 322). Casi al
mismo tiempo, el psicólogo George Kelly (1955, p. 228) plantea que cada individuo
posee una “teoría de constructos personales”, una teoría científica que “merece tenerse
en cuenta” en el proceso de terapia. Kelly veía el tratamiento como la formulación de
hipótesis sobre su teoría, la planificación de pruebas de campo y la evaluación de
resultados, permitiendo al cliente probar activamente la teoría.
Más tarde, Torrey (1972) afirmó que compartir creencias similares con los clientes
acerca tanto de las causas como del tratamiento de los trastornos mentales es un
prerrequisito de éxito en la terapia. Wile (1977) también creía que los clientes entran en
terapia con sus propias teorías sobre los problemas, sobre cómo se desarrollaron y cómo
tienen que resolverse. Wile afirmó que “muchos de los típicos conflictos que surgen
entre clientes y terapeutas pueden ser atribuidos a las diferencias en sus teorías sobre [la
etiología y] el tratamiento” (p. 437). De manera similar, Brickman et al. (1982, p. 375)
hipotetizó que “muchos de los problemas que caracterizan las relaciones entre quienes
dan ayudan y quienes la reciben surgen del hecho de que las dos partes están aplicando
modelos que no están en sintonía uno con el otro.”
Erickson (1980) arremetió contra las imponentes teorías de los terapeutas sobre los
clientes. En su lugar propuso lo que llamó utilización: “explorar una singularidad del
paciente para determinar qué aprendizajes de la vida, experiencias y habilidades
mentales son válidas para encargarse del problema [y] utilizar esas respuestas internas
personales para conseguir metas terapéuticas.” (Erickson y Rossi, 1979, p.1). Basándose
en el legado de Erickson, el Mental Research Institute (MRI) (Watzlawick, Weakland y
Fisch, 1974) desarrolló el concepto de postura, las creencias del cliente que influyen
específicamente en el problema presentado y en la participación del cliente en la terapia
(Fisch, Weakland y Segal, 1982). El MRI recomienda una valoración rápida de la
postura del cliente de modo que el terapeuta pueda confeccionar una intervención de
acuerdo a ella. De forma similar, Frank y Frank (1991, p.xv) sugirieron que “los
terapeutas deberían elegir para cada paciente la terapia que sea acorde, o que pueda
llegar a ser acorde, con las características personales del paciente y su visión del
problema.”
Held (1991) divide las creencias de terapeutas y clientes en dos categorías. La teoría
formal se basa en la estrategia explicativa que el terapeuta aplica a lo largo de los casos
para solucionar los problemas. La teoría informal se refiere a las ideas concretas que los
clientes tienen acerca de las causas de sus quejas. Held propone que el terapeuta pueda
seleccionar estrategias de cualquier modelo basado en la congruencia con la teoría
informal del cliente. Duncan et al. (1992) demostraron clínicamente tal proceso de
selección en su enfoque dirigido por el cliente.
Duncan y Moynihan (1994) afirmaron que utilizar la teoría del cambio del cliente
facilita la relación, incrementa la participación del cliente, y por tanto mejora el
resultado. Duncan et al. (1997) ven la teoría del cambio del cliente como el contenedor
de las claves del éxito a pesar del modelo que utilicen los terapeutas, y especialmente
con casos “imposibles”. De manera similar, Frank (1995, p.91) concluye: “Me inclino a
considerar la idea de que la eficacia relativa de la mayoría de los métodos
psicoterapéuticos depende casi exclusivamente del modo en que el terapeuta es capaz de
hacer que los métodos se ajusten a las expectativas del paciente.”
Preferimos llamar a lo que hacemos con los clientes conversar o conversación, más que
entrevista (Goolishian y Anderson, 1987). Entrevistar implica algo que se hace a los
clientes más que con ellos, y tiene la connotación de acopio de información por parte de
expertos para fines evaluativos (por ej., la entrevista para obtener un diagnóstico o para
conocer el estado mental, combinando características). La conversación, por otro lado,
embarca a los clientes en el descubrimiento de la posibilidad, definiendo la terapia como
un acontecimiento interpersonal centrado en las metas del cliente. Una forma de ver la
conversación es examinar el contenido de los temas tratados.
La teoría informal, por otro lado, se basa en las ideas específicas que los clientes tienen
acerca de las causas de sus situaciones particulares. Como se trató en el capítulo tres,
también incluimos las visiones específicas del cliente sobre cómo puede darse el
cambio. Más que moldear de nuevo las propias visiones del cliente dentro de la teoría
formal del terapeuta, ajustamos teorías aplicables a las creencias del cliente. Cada
cliente, por tanto, ofrece al terapeuta una nueva teoría a descubrir y un diferente camino
a seguir hacia la solución.
La terapia comienza invitando a los clientes a contar sus historias: “¿Qué te trae por
aquí?” A medida que van contando, los clientes expresan su filosofía de vida, sus
razones para vivir o lo que no quieren. Los clientes revelan cuáles son sus héroes,
heroínas, villanos y guiones, mientras comparten las comedias, tragedias y triunfos de
sus vidas. Esta historia de aventuras fija los parámetros de contenido de las preguntas
terapéuticas. El terapeuta habla en el lenguaje del cliente porque las palabras que éste
utiliza representan un comentario editado de su visión de la vida; los clientes son
novelistas que escogen cuidadosamente sus palabras para transmitir su historia desde un
punto de vista específico.
Las preguntas del terapeuta permanecen dentro del marco de contenido del cliente y con
el tiempo se añaden a él. El terapeuta aporta el mínimo contenido en estas preguntas y
permite al cliente el máximo espacio para encontrar nuevas conexiones, particularidades
y significados. Las preguntas no son diseñadas para influir determinados significados ni
otras realidades basadas en la teoría, sino más bien para provocar reacciones en los
clientes y descripciones de las preocupaciones que dieron lugar a la terapia. Se
desarrolla un intercambio franco, lo que da lugar a una fórmula de colaboración sobre lo
que el terapeuta y el cliente abordarán, los criterios para el resultado exitoso, y un plan
de cómo se realizará la terapia.
El terapeuta respeta la decisión del cliente respecto a cuáles son las experiencias
relevantes para la discusión y revisión. Como participante activo, el terapeuta echa
mano de ideas que posiblemente vengan al caso para intercalar en la conversación. Esta
aportación se convierte en un diálogo significativo o se desvanece dependiendo de la
respuesta del cliente. Una atención minuciosa de las reacciones del cliente al contenido
generado por el terapeuta proporciona una guía de lo que el cliente considera
importante. El entusiasmo del cliente sobre determinadas ideas informa sobre la
elección de lo que viene después en la conversación. Las experiencias del terapeuta en
cada momento sobre qué anima a los clientes y qué mejora su participación media el
siguiente paso y así sucesivamente.
Los clientes están básicamente a cargo del contenido y de sus vidas, mientras que los
terapeutas se encargan de desarrollar poco a poco ese contenido, construyendo una
teoría del cambio, y de canalizarlo hacia las metas del cliente. El cliente también está
encargado de probar si cualquier idea emergente o cualquier paso a la acción es
beneficioso o no.
Seleccionar el contenido
Recuérdese que respetar la teoría del cliente requiere de una selección de métodos o
ideas que se ajusten o complementen las creencias que los clientes tienen acerca del
proceso de cambio. Ponemos en marcha las soluciones identificadas del cliente o
buscamos un planteamiento que se ajuste a su teoría y proporcione posibilidades para el
cambio. La naturaleza correcta o correctiva del contenido seleccionado no es
importante; lo que importa es que la relación entre el contenido y la teoría del cambio
del cliente proporcione un cambio potencial. El terapeuta puede responder al cliente
partiendo de un número de fuentes de contenido: (1) problemas específicos; (2)
enfoques específicos y, lo más probable, (3) partiendo únicamente de las descripciones
y experiencias del cliente. Determinados problemas están constituidos por patrones
genéricos de respuesta y áreas particulares de preocupaciones. Los patrones genéricos
de respuesta (por ej., el proceso de duelo, el trauma por violación, el estrés
postraumático, etc.) describen fases típicas de respuesta a cambios evolutivos o a crisis
imprevistas. Asimismo, el contenido derivado de un área particular de preocupación
(por ej., ansiedad, SIDA, etc.) puede proporcionar un marco organizador que sirva para
aportar ideas a la conversación.
Ante algunas quejas los investigadores han sugerido enfoques particulares (por ej.,
terapia cognitivo-conductual para la depresión), proporcionando así opciones para
debatir con los clientes. De manera similar, si por casualidad la visión del cliente es
congruente con un marco teórico particular, el terapeuta puede usar ese enfoque para
proporcionar input y dirección. Como hemos puesto de relieve, sin embargo,
independientemente de en qué medida la investigación, la tradición o la literatura clínica
respalde el contenido seleccionado (técnica o enfoque), la aceptación del cliente es la
variable fundamental. El contenido seleccionado resulta prácticamente inútil si el cliente
no lo ve provechoso o aplicable a sus circunstancias particulares. Tampoco tiene valor
si no redunda en beneficio del cliente.
El contenido, entonces, es sólo el vehículo a través del cual la conversación fluye y
afloran las posibilidades. Los tratamientos basados en la evidencia y los enfoques
específicos son simplemente lentes para probar, que pueden o no ajustarse al marco del
cliente y a los requisitos de la prescripción. De este modo, el terapeuta no endiosa ni
demoniza los métodos ni los modelos sino que los mantiene como auxiliares útiles que
ofrecen explicaciones metafóricas de cómo la gente puede cambiar.
Erickson vió a otro cliente, Bob, que quería corregir su conducción irresponsable y
temeraria. Cuando Erickson preguntó qué podría hacer él para serle de ayuda, Bob
respondió que Erickson no podía hacer nada, que tendría que hacerlo a su manera.
Erickson preguntó cuán pronto deseaba hacer los cambios, y Bob dijo que el próximo
mes debería estar conduciendo adecuadamente. Bob repitió de varias formas a lo largo
de dos sesiones la frase de que tendría que parar a su manera. Dos semanas después,
Bob informó exultante que se las había arreglado a su manera: había conducido de
forma tan alocada que, en un momento dado, tuvo que abandonar su coche justo antes
de precipitarse por una ladera. Desde ese incidente, reveló, había estado conduciendo de
manera prudente y dentro de los límites legales de velocidad.
Los terapeutas a menudo nos preguntan en nuestros seminarios sobre los clientes que
presentan teorías de cambio con las que no estamos de acuerdo o tienen ideas o
comportamientos que nos parecen inaceptables. Cada caso a continuación representa un
ejemplo; cada uno es provocador y prueba nuestra determinación a respetar la teoría del
cambio del cliente.
PRIVILEGIAR LA VOZ DEL CLIENTE CUANDO NO
ES TAL PRIVILEGIO
Las personas se convencen mejor por las razones que ellos mismos han
descubierto que por aquellas que han venido de la mente de otros.
Lo que sigue son ejemplos que ilustran las tres áreas de contenido. El primer cliente
desafió nuestra postura de modelo antimédico y nos enseñó que el cliente siempre tiene
razón. Este cliente ejemplifica cómo discutir sobre un problema determinado creó
posibilidades de solución. La segunda cliente muestra la selección de un enfoque
determinado y el valor de seguir una idea de la cliente hasta su conclusión lógica. Esta
cliente nos asustó con su visión patológica de sí misma, además de su teoría de cómo
tenía que ocurrir el cambio. Finalmente, el tercer y cuarto casos ilustran la selección de
contenido que surge únicamente del cliente. En el tercero el cliente comenzó con una
teoría del cambio que incluía castración química. En el cuarto una mujer describió las
borracheras de su marido y sus preocupaciones acerca de sus hijos pequeños, dejados a
su cargo.
Quizás ningún enfoque ha influenciado tanto una visión no patológica de los clientes
como el MRI (Watzlawick y col., 1974) y la terapia para resolver problemas de Jay
Haley (Haley, 1976). Hace más o menos tres décadas, el MRI propuso un modelo que
normalizaba los problemas de la vida y no necesitaba los requerimientos de una visión
basada en la enfermedad (Duncan y col., 2003). Del mismo modo, Haley abordó los
problemas según sus contextos de desarrollo y de relación, y desafió satíricamente las
convenciones prevalecientes sobre patología y terapia de larga duración (Haley, 1980).
Las actuales terapias orientadas a la competencia tienen una deuda de gratitud pocas
veces expresada con estos pioneros de las perspectivas positivas de los clientes.
Aunque el MRI y Haley escribieron las primeras notas de una melodía antipatológica,
las denominadas teorías postmodernas han compuesto una sinfonía completa. Nadando
contra la corriente de los discursos dominantes sobre diagnósticos y patología, los
enfoques narrativos y centrados en soluciones sitúan la voz del cliente en el centro del
escenario, resaltando sus competencias, y desafían los discursos agobiantes, opresivos,
de la vida de los clientes (por ej., Eron y Lund, 1996; Madigan y Epston, 1995; Walter y
Peller, 2000; White y Epston, 1990). Nosotros, por supuesto, hemos abandonado de
modo similar la dependencia de las D’s asesinas (diagnóstico, trastornos [disorders],
disfunción, enfermedad [disease], discapacidades y déficit) y hemos bajado del trono
del glorificado experto. En vez de eso, solicitamos y formalizamos la aportación y el
feedback del cliente, movilizamos sus recursos, y valoramos su colaboración. Poner en
un lugar privilegiado la voz del cliente es fundamental no sólo para nuestro enfoque
sino también para nuestros valores.
Todo eso está bien hasta que tienes que enfrentarte con los clientes que, en vez de
responder a los grandes esfuerzos de los terapeutas por resaltar los puntos fuertes, se
adhieren a una visión patológica de sí mismos sin la cual incluso parecen perderse.
¿Cómo se puede evitar tomar una postura de experto cuando los clientes imploran
asesoramiento y minimizan sus propias habilidades y conocimientos? ¿Cómo echar
mano de la teoría del cambio del cliente cuando es tan contraria a tus valores
fundamentales que suena como el acople chirriante de un micrófono?
Afortunadamente, los clientes nos ayudan a enfrentar esas pruebas. Ellos son los
mejores profesores de terapia. La siguiente cliente nos enseñó el valor de seguir la teoría
del cambio del cliente incluso cuando era contraria a nuestras creencias. Además, nos
enseñó que respetar la perspectiva del cliente ofrece nuevas posibilidades además de
aumentar su conformidad, posibilitando soluciones que ni siquiera podríamos haber
imaginado de antemano.
Pat, un ama de casa de treinta y siete años, fue derivada por el director de la escuela de
su hija (Murphy y Duncan, 1997). Al parecer había provocado un gran revuelo con sus
apasionadas preocupaciones acerca de lo que ella consideraba la depresión de su hija
Ann. La escuela no compartía sus preocupaciones. Según su profesor Ann era una niña
educada de nueve años; sin embargo, el psicólogo de la escuela creía que Pat era una
“chiflada”.
PAT: Ann está muy deprimida. Se disgusta mucho cuando los niños se burlan de ella en la
escuela. Se queja de estar aburrida y se siente abatida cuando no puede encontrar un amigo….
Yo soy depresiva y he estado viendo a un psiquiatra durante 10 años, comprendo que tengo un
desequilibrio químico y que tendré que tomar antidepresivos el resto de mi vida. También tomo
antipsicóticos porque tuve una crisis después de nacer Ann (¡intenté matarme y todo eso!) He
estado deprimida toda mi vida, y mi madre es también depresiva y toma antidepresivos. Mi
doctor me dijo que era genético, y estoy segura de que Ann es como mi madre y como yo y
probablemente necesite estar medicada. Yo esperaba que ella fuese yendo químicamente bien,
pero la genética era demasiado fuerte.
El terapeuta no podría haber escrito un guión más problemático. Las palabras de Pat
eran como el destello del proverbial dedo del medio, una ruidosa voz gritando,
“¡privilegia esto!” Pat no sólo se envolvió a sí misma en un manto de terminología
psiquiátrica y medicaciones sino que, para empeorarlo, quería que el terapeuta
transmitiera esto, como una especie de reliquia familiar preciada, a su hija. A veces,
privilegiar la voz del cliente no es tal privilegio.
Sin embargo el terapeuta sabía que debía tratar de obtener una visión favorable de Pat y
ganarse su colaboración si algo positivo fuese a pasar. De hecho, el cortejo de Pat
comenzó en la sala de espera. Haciendo uso de una gran parafernalia acerca de las
14
NT: actriz de comedia
bebidas gaseosas y el tabaco, nada más presentarse Pat ya dijo que le gustaría fumar. El
terapeuta aceptó. Aunque suene tonto, ayudó a que las cosas comenzasen con buen pie.
El terapeuta no tuvo ninguna dificultad en agradar a Pat, lo que ella notó al instante. A
veces el arte de este trabajo es valorar y formar alianzas con aquellos con quien otros lo
encuentran difícil. Quizás para algunos el problema habría sido Pat (y su visión de la
depresión genética). Desafiarla sólo hubiese significado unirse al baile de la conga del
fracaso. El profesor de Ann, el psicólogo de la escuela y el director habían intentado
convencer a Pat de que nada iba mal. Lamentablemente Pat había percibido esos
esfuerzos como un menosprecio de la seriedad de los problemas de Ann y como sutiles
críticas hacia su forma de crianza. El terapeuta, aunque inseguro de hacia dónde lo
llevaría, tuvo el cuidado de no entrar en un innecesario enfrentamiento de ideologías.
En privado, Ann insistía en que no estaba deprimida. Su único problema era que los
chicos a veces se burlaban de ella en la escuela; algo que, decía, les pasaba a todas las
chicas de su clase. Lo único que quería era que su madre dejase de preguntar si estaba
deprimida.
PAT: Intento consolar a Ann, y hago todo lo humanamente posible para hacerla feliz; mantengo
a la depresión bajo una estrecha vigilancia… Supongo que mi miedo es que estos primeros
síntomas empeoren y la condenen a la depresión y a la angustia que mamá y yo hemos tenido
que padecer.
TERAPEUTA: Parece que ha hecho mucho por hacer un esfuerzo y evitar condenarla a los
episodios de su madre y los suyos con la depresión. Teniendo en cuenta lo que me ha contado
acerca de la depresión genética de Ann, me preguntaba qué esperaba conseguir aquí. ¿Por qué
viene a verme a mí en lugar de ver a otro que pueda darle medicación?
PAT: Usted es el experto. Quiero que me confirme la depresión y que me diga qué puedo hacer
para ayudarla. La medicación la puedo obtener de mi doctor.
Pat dijo esto con intensidad, y el terapeuta lo tomó muy seriamente. La tarea ahora era
trabajar con su perspectiva de la depresión genética y descubrir posibilidades para llegar
a acciones o conclusiones diferentes. Esto requería una selección de contenido que
coincidiese con la perspectiva de Pat, creando espacio para una teoría del cambio en
desarrollo. Esta tarea empezó en la segunda sesión, transmitiendo a bote pronto una
aceptación de la teoría de la depresión genética de Pat.
Encontrar una manera de validar lo que al principio puede parecer extraño abre la
conversación a la posibilidad, a nuevas direcciones. El terapeuta ofreció input
específicamente derivado de una perspectiva genética de la depresión, un área de
contenido derivada de un problema específico. Apoyándose en una popular teoría de
genética y depresión (el paradigma de vulnerabilidad al estrés), el terapeuta propuso, de
la manera más didáctica y experta que pudo exhibir, que dada la predisposición familiar
a la depresión, los factores ambientales eran cruciales.
TERAPEUTA: Debido a que ella está predispuesta genéticamente a la depresión, lo que pase en
el ambiente es particularmente importante. Mientras que la predisposición a la depresión está
siempre ahí, la depresión puede manifestarse o no, dependiendo de lo que pase en su ambiente
y cómo ella aprenda a hacerle frente, a sobrellevarlo. Puede ayudar a Ann con su depresión
ayudándola con los aspectos ambientales.
PAT: ¿Qué son los aspectos ambientales? ¿Se refiere a las cosas que hacemos por su
autoestima y como nuestra familia se relaciona entre sí?
Pat era ahora una participante activa. En ese momento, la colaboración empezó. Antes,
el terapeuta había colaborado con la expectativa que Pat tenía de su rol como experto y
con su visión de la depresión de Ann. Esa postura sentó las bases para la colaboración
real relacionada con las contribuciones ambientales a la depresión. Exploraron y
evaluaron varias opciones en un intercambio abierto y animado.
Pat declaró que era una consentidora y a menudo recompensaba a Ann en un intento de
reforzar su autoestima. Llegó a la conclusión de que no podía hacer mucho más. Pat
también elogió las virtudes de su matrimonio y no veía ninguna conexión entre esto y
los problemas de Ann.
Más tarde, en una discusión sobre las contribuciones de los padres, el terapeuta insinuó
que a veces los padres involuntariamente menosprecian los sentimientos negativos de
un niño debido a la creencia de que los niños deberían estar siempre contentos.
TERAPEUTA: Debido a que los queremos tanto, bajo ningún concepto queremos que sufran;
entonces, inconscientemente, minimizamos sus preocupaciones en lugar de ayudarles a
ocuparse de ellas.
PAT: ¡Eso es exactamente lo que yo hago! Siempre soy optimista con ella… siempre diciéndole
lo inteligente y bonita que es y que la escuela es divertida. Y todo eso está mal. Supongo que es
una forma de desvalorizar sus sentimientos, y eso no ayuda. ¿Es eso lo que quiere decir? Es
necesario que le permita tener y soportar sus sentimientos, incluso si es negativo…
TERAPEUTA: Exacto, con la salvedad de que no está usted haciendo nada malo. Está haciendo
lo que cualquier madre haría ante una niña deprimida. Está intentando ayudarla. Lo que estoy
sugiriendo es que “apoye” su depresión, permitiéndole existir, alentando su expresión, y quizás
incluso exagerándola como una forma de ayudar a Ann a trabajar a través de sus sentimientos y
aprender a lidiar con ellos.
PAT: Cuando dice “exageración”, estoy pensando en que cuando se critica a si misma, ¿qué tal
si exagero hasta el punto de la ridiculez? Por ejemplo si ella dice que es fea, que yo diga, “Sí,
eres tan fea que he tenido que recolocar tres espejos rotos porque te miraste en ellos”, en lugar
de intentar convencerla de lo guapa que es.
La idea de la exageración tocó especialmente la fibra sensible de Pat, así que se hizo
hincapié en ella en la conversación que siguió. Respondía de una manera que mostraba
lo adecuado de las ideas; inmediatamente empezó a analizar usos y aplicaciones y
propuso su propio ejemplo. El terapeuta observó la reacción de Pat y no habría
continuado ante respuestas frías o neutras. El terapeuta busca respuestas positivas en
toda regla a las que los clientes reaccionen con aplicaciones específicas para sus vidas o
conecten la idea con algo similar de su propia experiencia.
Las sugerencias derivadas de la teoría del cliente son inherentemente validadas. Cada
vez que Pat alentaba y exageraba las quejas de su hija, lo hacía con el propósito de
ayudar a Ann con su depresión genética. La medicación seguía siendo una opción si los
esfuerzos ambientales fallaban.
El marido de Pat, Chris, asistió a la sesión siguiente. Chris era un buen tipo, pero tenía
una actitud paternalista hacia Pat que fastidiaba al terapeuta. Chris hacía hincapié en la
enfermedad de Pat (depresión psicótica) y se mostraba condescendiente la mayor parte
del tiempo. Pero Pat no se molestó. De hecho, parecía totalmente impresionada por su
marido. Una vez más, el terapeuta se tragó sus sublimes ideas y siguió la dirección de
sus clientes.
Pat volvió a dos reuniones más. En la cuarta sesión informó que Ann estaba sonriendo
más y quejándose menos, los signos de mejoría negociados. Pat se reía mientras
describía como Ann se había reído en respuesta a sus exageraciones. Pat alteró las ideas
propuestas para adaptarlas a su sentido del humor, a sus puntos fuertes. Aunque ella
apoyó las quejas de Ann, las exageraciones de Pat sobre los enigmas de Ann
sustituyeron de forma divertida a la seria propuesta que el terapeuta había sugerido
originalmente. Se convirtieron en los inventos de Pat, no en las intervenciones del
terapeuta, un resultado de su imaginación y experimentación.
En la sesión final, Pat contó de forma reveladora que aunque era difícil para ella, no
estaba tratando de rescatar a Ann de su depresión. En lugar de eso, se sentía muy bien al
ayudarla a enfrentarse a su tristeza y decepciones. Pat llegó a la conclusión de que su
hija estaba sólo “levemente” predispuesta a la depresión y la medicación no era
necesaria, aunque seguiría vigilando las tendencias depresivas de Ann. Ciertamente,
esto era música para los oídos del terapeuta.
Adoptar la teoría del cambio de Pat había abierto la puerta a otras opciones, otros
medios para llegar al mismo fin. Parecía, retrospectivamente, que la teoría del cambio
de Pat sólo era necesaria para que alguien se tomase en serio sus temores sobre la
depresión genética. Pat nos inculcó el valor de seguir al cliente; en última instancia nos
lleva a donde queremos ir de manera que nos podamos sentir satisfechos una vez que
lleguemos allí.
El enfoque específico: el coraje
para curarse -el camino del cliente
Stacey, una brillante representante de marketing para una empresa de software, con sus
treinta años recién cumplidos, estaba muy incómoda con la idea de ir a terapia ("Uno no
airea sus trapos sucios ante extraños"). Parecía perdida dentro de su ropa grande de más
y compartió tímidamente que quería algunas respuestas porque sabía que había algo que
iba muy mal. “Pienso que soy seriamente disfuncional”, dijo. Ella se describió con
“episodios” que a menudo la forzaban a convertirse en una persona que no le gustaba.
En esos episodios ella sentía pánico e inestabilidad, temerosa del destino inminente,
deprimida, a veces llorando durante horas. Contó que esos episodios culminaban una
noche llena de pesadillas. Stacey insinuó que quizás estuviese horriblemente dañada por
algo del pasado. Necesitaba terapia para ayudarle a llegar a entenderlo. Stacey también
relató tener “relaciones terriblemente adictivas con hombres” en las cuales a menudo
asumía el papel de “víctima”.
En este punto las preferencias del terapeuta debían reflejar los recursos de Stacey y
acentuar su pericia en la resolución de su dilema. Como afirma el capítulo tres, este es
un buen punto de partida. El problema era que Stacey no veía las cosas de esta manera.
Stacey recibió los primeros intentos de poner de relieve sus competencias y magnificar
sus mecanismos de afrontamiento con frustración y un cambio de dirección hacia su
exacerbada patología.
Más adelante, aunque Stacey tenía muy claro lo que quería, el terapeuta se opuso de
modos sutiles. Stacey buscaba la mano tranquila de un experto al timón para que la
guiase a través de su peligroso viaje de descubrimiento. El terapeuta, en cambio, pareció
incómodo con el papel de líder, y reticente a abordar el daño psíquico percibido por
Stacey.
SESIÓN UNO
TERAPEUTA: ¿Entonces dice usted que estos episodios surgen después de una noche de
pesadillas?
STACEY: Sí. Aunque no puedo recordar los sueños. Todo lo que sé es que me despierto
sudando profusamente y sumamente asustada. Trato de recordar los sueños, pero por alguna
razón no puedo. Entonces el día siguiente es horrible. No puedo dormir; tengo una cólera
incontrolable, y grito y lloro por todo. Básicamente, al día siguiente no puedo funcionar.
TERAPEUTA: De modo que hay una conexión definida entre los sueños y como usted se siente
al día siguiente de estos episodios. ¿Pero usted no puede recordar las pesadillas?
STACEY: Exactamente. No tengo ningún recuerdo en absoluto. Esto me molesta, no poder
recordar qué ocurrió durante ellos. Estas pesadillas son la llave de lo que funciona mal en mí. Sé
que esto es enfermizo y sé que se trata de mi pasado pero tengo que averiguar qué me ocurre.
TERAPEUTA: ¿Entonces usted tiene la fuerte sensación de que comprender estos sueños le
ayudará a resolver lo que le ocurre ahora?
STACEY: Sí.
TERAPEUTA: ¿Puede usted recordar algo sobre ellos?
STACEY: Parezco ser siempre una niña.
Stacey creía que sus sueños contenían la llave que abriría las puertas de su niñez y las
experiencias que la preocupaban. Siguiendo su visión del cambio, su conclusión lógica
era lo que el equipo decidió hacer, pero no sin inquietud. Al final de la primera sesión,
el terapeuta pidió a Stacey que pensara en sus recuerdos más tempranos como niña y
revisara sus pesadillas, anotando tanto como ella pudiera recordar. La tarea del equipo
era investigar modos posibles de interpretar sus sueños. La sesión terminó con una nota
esperanzadora, muy diferente a la sensación en el descanso. La SRS ayudó
considerablemente en este proceso.
SESIÓN DOS
TERAPEUTA: Su puntuación en la ORS es más baja, las cosas parece que van peor. ¿Le tiene
sentido esto?
STACEY: Sí, esta ha sido una semana dura. Las pesadillas se hacen más vívidas y ocurren más
a menudo. Parece como si hubiera un hombre concreto que sigue asustándome. No puedo ver
quién es. Sólo tengo, aproximadamente, cinco años en las pesadillas.... ¿Cómo debo interpretar
esto? Qué significan, y por favor no me pregunte qué es lo que significan, porque es por esto por
lo que le consulto. ¿Y por qué aumentan las pesadillas?
TERAPEUTA: Primero, hay varios modos de interpretar los sueños. Una interpretación
estrictamente freudiana examinaría los sueños por su contenido simbólico a la luz de sus
significados relacionados con el cumplimiento de deseos. El otro punto de vista, actualmente
más popular, consiste en que los sueños tienen acceso al inconsciente más directamente,
sueños que pueden ser menos simbólicos y más evidentes de lo que una vez se creyó. Además,
ya que usted es la autora última del sueño, podemos mirar cada aspecto del sueño como
representando la expresión de una parte de usted. Y nos sentimos obligados a retomar esto; hay
quien cree, con razón, que los sueños y su conexión con la memoria pueden ser peligrosos, que
los recuerdos en realidad pueden ser creados en la terapia más bien que representar algo que
en realidad pasó. Y finalmente, las cosas repuntan ahora porque usted ha abierto la caja de
Pandora. Según como usted enfrente estas situaciones y acepte estos sentimientos, le ocurrirán
con más probabilidad.
STACEY: Vale, tiene sentido. No estoy preocupada por el material falso de la memoria -vi esto
en Oprah15-, sabré cuando algo suena a verdadero. No soy de las que se imaginan cosas o se
inventan un chivo expiatorio. Pienso que los sueños son más bien como una película de mi vida
directamente relacionada con la niñez. Sé que nuestra discusión de la semana pasada me ha
ayudado a recordar más sobre mis sueños y mi niñez. La otra noche yo trataba de recordar
incidencias de mi niñez. Lo que realmente recordé pasó cuando yo estaba en el jardín de
infancia. Recordé a mi profesor que nos hizo dibujar un dibujo de nuestra familia. Entonces lo
hice. Sin embargo, el dibujo hizo que mi profesor llamara a mi madre. Dibujé a mi madre, a mi
padre, y a mí. Pero dibujé a todos ellos sin ropa. Mi profesor se alarmó porque la anatomía de mi
padre fue dibujada con toda precisión. No pensé que esto fuera una cosa mala, pero puedo
acordarme de estar en un aprieto debido a la vergüenza de mi madre. Me había olvidado
totalmente de esto. Pienso que es significativo, pero no sé por qué.
TERAPEUTA: Estamos de acuerdo en que usted está sobre algo, que su sabiduría interna le
dirige a la respuesta que usted busca.
STACEY: Sí, estuve leyendo un libro, hace algún tiempo, creo que era “Coraje para curarse” y
decía algo sobre volver a vivir los recuerdos o reexperimentarlos con un terapeuta para ponerlos
en orden.
15
NT: conocida presentadora de TV
SESIÓN TRES
STACEY: He estado pensando mucho sobre nuestra sesión de la semana pasada, y volví a
dibujar el cuadro como usted me dijo. Pasé un mal momento haciéndolo. Quiero decir, recordé
exactamente lo que parecía el cuadro, pero la vergüenza volvió. Pienso que la vergüenza vino al
saber que yo no debería conocer los genitales masculinos tan explícitamente.
TERAPEUTA: ¿Qué tipo de pensamientos y sentimientos tenía usted mientras recreó el cuadro?
STACEY: Me sentí asqueada. Sentí como si yo hubiera sido violada de algún modo. No puedo
menos que pensar que puedo haber sido abusada sexualmente en aquella edad. ¿Piensa usted
que es posible?
TERAPEUTA: Sí, es posible.
STACEY: Tengo que entender qué es lo que pasa. ¡No puedo vivir así! Parece que escojo a
verdaderos capullos o arruino todas mis relaciones, y tengo que saber por qué. ¡Con las
pesadillas, mis episodios, y la posibilidad de que puedo haber sido abusada sexualmente, siento
que podría volverme loca! Pero sé que hay una conexión entre todo este material.
TERAPEUTA: Es mucho para tratar. ¿Entonces dice usted que si podemos hacer una conexión
entre las pesadillas y el abuso sexual, que las cosas en su situación presente pueden cambiar?
STACEY: ¡Sí! Realmente lo pienso. Tengo que entender por qué me pasa esto. Si yo pudiera
unir estas cosas, entonces todo tendría sentido y podría comenzar a tratar con ello.
TERAPEUTA: ¿Cuál sería el primer paso en el comienzo de esta conexión?
STACEY: Siento que necesito saber quién es el hombre que está en mis pesadillas. Él parece
como si fuera familiar, y eso realmente me molesta.
La teoría del cambio de Stacey ha surgido. Ella podría solucionar sus dificultades con
los episodios y sus relaciones negativas si ella pudiera nombrar al infractor, dando una
cara a la intimidante figura de sus sueños. Ella y su terapeuta aún no exploraron cómo
este conocimiento podría ayudar a su situación actual, pero el terapeuta lo consideró
importante y digno de continuación en la siguiente sesión. La sesión concluyó con una
discusión sobre los hombres que podrían haber abusado de ella. El terapeuta le pidió
que pensara más allá de estos hombres e identificara maneras en que su vida sería
diferente si ella descubriera quién era.
SESIÓN CUATRO
TERAPEUTA: ¡Guau! La puntuación en la ORS realmente subió, a 15. ¿Qué opina de eso?
STACEY: Estoy asustadísima, pero estos sueños me llevan más cerca de la verdad. Durante la
semana pasada, he pensado mucho sobre cuando fui sexualmente abusada y sobre el posible
autor. La última sesión hablamos de diferentes personas y los sentimientos que tenía hacia
ellos.... Tuve otra pesadilla. Pero esta vez vi quién era. Tenía miedo de hablar de ello, pero sabía
que lo necesitaba. Espero que usted pueda ayudarme a entender este sueño. Bien, en el sueño
soy una muchacha joven. Estoy con mis padres en un restaurante. Mi padre me coge y nos
alejamos de la mesa. De repente, ¡él comienza a orinar en la pared! Le dije que dejara de
hacerlo, pero me dijo que estuviera tranquila. Él entonces me dijo que no dijera nada a mi madre.
Me acuerdo de luchar con el pensamiento de si yo debía decírselo o no. De algún modo, terminé
en la mesa con ella, y le dije que papá había orinado en la pared. Ella me dijo que debía estar
confundida, que mi padre no haría tal cosa. Me desperté en aquel punto. Me desperté odiando a
mi madre por no creerme.
TERAPEUTA: Sus sueños pasaron de no tener ninguna cara familiar a ahora esta. ¡Guau! ¿Qué
pensó después de despertar de aquel sueño? ¿Con qué tipo de sentimientos le dejó esto?
STACEY: Esto me dejó asqueada, justo como cuando hice aquel dibujo. ¿Piensa usted que hay
una razón para soñar esto, para que sueñe que mi padre hiciera algo tan malo?
TERAPEUTA: Sus sueños han sido fuertes indicadores hasta ahora. ¿Qué significado tiene para
usted su padre orinando?
STACEY: Él hace algo que no debería hacer. Usa sus partes íntimas para un acto sucio y luego
me dice que no se lo diga a mi madre.
TERAPEUTA: ¿Tiene esto alguna importancia sobre otras cosas de las que hemos estado
hablando en la terapia?
STACEY: ¿Me pregunta usted si pienso que mi padre abusó sexualmente de mí? Sí, lo pienso.
Al minuto de despertarme del sueño, yo sabía que tenía mi respuesta. Supongo que no quise
que fuera cierto. Quise que hubiera alguna explicación lógica, pero la única explicación es que él
me hizo algo que cambió mi vida. Pero hay más. Mientras reflexionaba sobre esto, tuve mi
respuesta, recordé algo más. Recordé a mi padre mirando la televisión en ropa interior, pero la
tenía bajada, y le colgaba todo por fuera, incluso puede ser que estuviera erecto. Se lo dije a mi
madre y ella me gritó y me dijo que me fuera a mi habitación. Me sentí muy mal [llorando], yo no
sabía lo que había hecho tan mal. Esto es justamente lo que ella hizo en aquel sueño (era yo la
que había hecho algo malo). Tal vez le dije otras cosas y ella no me creyó. O puede ser que me
esté preparando para que ella no me crea esta vez.
TERAPEUTA: [un tiempo después] ¿Cómo piensa que cambiará las cosas para usted saber que
era su padre?
STACEY: No estoy completamente segura, pero sé que ya me siento diferente. Ahora ya no me
siento tan intimidada por mi padre. Nunca me enfrentaré a él, pero no me asustará más.
Esta fue una sesión agotadora, pero potente. Stacey empleó el siguiente par de sesiones
en prepararse para una próxima visita a su familia por vacaciones. Sus puntuaciones en
la ORS siguieron aumentando (hasta 23), y la SRS reflejó que la relación terapéutica iba
por buen camino. Las pesadillas casi habían parado. Stacey identificó que saber que fue
su padre quien abusó de ella le permitiría tratar mejor con él. Aún no estaba segura de
cómo le ayudaría esto en sus relaciones. Con el aumento de seguridad en sí misma,
Stacey volvió a casa por primera vez desde el redescubrimiento del abuso.
SESIÓN SIETE
TERAPEUTA: ¡Eh!, no me lo puedo creer. Su puntuación en la ORS está en el límite entre las
personas en terapia y las que no están en terapia. ¿Qué significa esto?
STACEY: Esto quiere decir que estoy cogiendo el toro por los cuernos. Se acabó la “señorita
víctima”. El viaje a casa fue agradable. Fue incómodo y eso, pero de ninguna manera le aguanté
una mierda a mi padre, ni dejé que mi madre templara gaitas. Él comenzó con mi trabajo, luego
con mi media jornada en la escuela, y finalmente sobre si realmente alguna vez iba a casarme
con alguien. Lo puse contra la pared -sin una rabieta ni nada-, simplemente lo despaché como si
no tuviera ningún control sobre mí, en absoluto. Estaba muy bien... Pero no es todo. Cuando
regresé, abandoné al tipo con el que estaba. Él me decía cómo debía vestir e incluso lo que
debería hacer en la terapia. Creo que voy a estar sin un hombre por un tiempo. Va a llevarme un
tiempo aclarar todo esto, pero no me voy a desesperar más por esto.
Quizás para muchos terapeutas éste no habría sido un caso desafiante. Después de todo,
Stacey era una joven mujer sensacional, comprometida y determinada a encontrar la
verdad sobre su problemático pasado. Sin embargo, para los terapeutas orientados a la
competencia curtidos en las horrorosas historias de clientes competentes convertidos en
mercancías defectuosas que solo pueden superar sus déficits con una terapia
interminable, este caso tomó proporciones épicas. Pero al final, venció la cliente
heroica.
Con Pat, no nos gustó la conclusión de una niña de nueve años genéticamente
depresiva. Con Stacey, no estábamos locos por la interpretación de los sueños como un
método para abordar el pánico, la depresión y los problemas de relación. En el siguiente
caso no nos gustó el diagnóstico ni una de las soluciones propuestas por el cliente.
Durante diez años Bill, un ingeniero de productos químicos de veintiséis años, se había
vuelto cada vez más angustiado por pensamientos sobre tener sexo con muchachos
jóvenes. Bill estaba muy callado y obviamente muy avergonzado, pero al mismo tiempo
muy decidido para hacer lo correcto. La puntuación inicial en la escala ORS fue 10.
Bill: Me siento físicamente atraído por los niños, pero no he actuado en función de mis
pensamientos. Soy un pedófilo. He leído mucho sobre pedófilos. Uno puede desengancharse de
su conducta si es joven y está dispuesto a hacerlo. Pero por si acaso, me estoy planteando la
castración química. Pero sé que si consiguiera la ayuda de un experto, mis posibilidades podrían
aumentar. Ya sabe, la mente de una persona normal no funciona así, soñando con niños. Esto
está programado en mi mente.
La teoría del cambio del cliente se cristaliza. Se desenganchará de sus pensamientos con
niños encontrando a alguien que se preocupe por él. Su cura de la pedofilia es mediante
una relación con un adulto. El equipo al instante pensó, como la vieja canción,
"¡tenemos que conseguirte una mujer!” Pero Bill dijo otras tres cosas cruciales. La
primera era que esto requeriría tiempo; la segunda era que él quería asignaciones de
tareas; y la tercera era que primero tenía que enfocar los pensamientos. Por lo tanto, se
le asignó la tarea de enfocar sus pensamientos y aprender de ellos.
SESIÓN DOS
BILL: cuanto más enfoqué los pensamientos, más se me hizo evidente que hay algo que falta en
mi vida. Mi obsesión con estos pensamientos tiene que ser sustituida por algo sano. Necesito a
alguien además de mi familia para compartir mi vida, una relación. Pero realmente no sé por
dónde comenzar.
TERAPEUTA: ¿Entonces piensa usted que si encuentra una relación, los pensamientos sobre
niños se marcharán?
BILL: Sí, lo pienso. Estoy convencido.
TERAPEUTA: ¿Y le gustaría que contribuyéramos a cómo hacer esto?
BILL: Sí, yo nunca he tenido una cita con nadie, y mucho menos una relación.
La teoría del cambio de Bill se había revelado. Encontrar una relación era su método
escogido para eliminar los pensamientos. El terapeuta reforzó la conexión entre la
retirada de los pensamientos y el encuentro de una relación asegurando que la terapia
iba por buen camino. Además, el terapeuta hizo unas preguntas para ver si Bill quería
ideas sobre cómo encontrar una relación. El terapeuta asignó otra tarea que dio
credibilidad a las creencias de Bill sobre el problema y su solución, y cumplía con su
demanda de tareas. Basándonos en las habilidades de investigación existentes en Bill y
en su triunfo como autodidacta, se le pidió que observara relaciones para que
identificara qué tipo de relación le gustaría tener.
SESIÓN TRES
TERAPEUTA: ¡Caray! Su puntuación en la ORS ha aumentado por encima del límite; pienso que
es genial. ¿Qué opina usted?
BILL: Me siento mucho mejor, así que pienso que tiene razón. Pero esto no significa que yo
tenga que dejar de venir, ¿no?
TERAPEUTA: No, no tiene que hacerlo.
BILL: Me estuve fijando en relaciones, hablé con gente, y encontré algunos libros interesantes.
También observé a la gente relacionarse y anoté lo que me gustó y lo que no me gustó. Quiero
decirle que si la situación se presentara, yo no haría nada con un niño. Los sueños son sueños,
y las acciones son acciones. Hay una diferencia. Hubo un cambio positivo. Pensé que yo era un
pedófilo. Ahora sé que soy un fantasioso. Todo lo que hago es fantasear, y probablemente
podría fantasear sobre cualquier cosa.
BILL: ¡Le di un beso a aquella muchacha! Me dirigí a ella, y ella puso su mejilla, y le di un beso.
Fue divertido y me hizo sentir bien.... Sé que estoy interesado en chicas, y pienso que las cosas
están cambiando. ¿Pero cómo puedo estar seguro?
TERAPEUTA: ¿Han disminuido sus pensamientos?
BILL: Pienso que sí, pero no estoy seguro.
Bill compartió sus apasionantes noticias y su incertidumbre sobre el alcance del cambio.
El terapeuta destacó otra vez el cambio y las contribuciones de Bill, y reforzó la
conexión entre el encuentro de una relación y la reducción de los pensamientos. Aunque
las puntuaciones de Bill en la ORS habían aumentado, Bill quiso una medida más
específica de sus pensamientos. Por consiguiente, el terapeuta le pidió que supervisara y
contara sus pensamientos para ver si prosiguiendo una relación, realmente disminuían
los pensamientos como él sospechaba.
SESIÓN CINCO
BILL: Hice la tarea y averigüé que mis pensamientos habían disminuido considerablemente. ¡Aún
mejor, descubrí que puedo controlarlos cuando me vienen! Si sueño con un niño, ahora puedo
transferir inmediatamente mi pensamiento a una mujer. Cambio hacia pensamientos con
mujeres. He programado de nuevo mi pensamiento. Me siento bien.
Bill tenía su propia teoría sobre cómo resolver su problema, y haciendo honor a esa
teoría creó un espacio para emplear sus puntos fuertes. En todas las partes de la terapia
las ideas del cliente dirigieron el proceso; el terapeuta usó la teoría del cambio de Bill
para dirigir las acciones terapéuticas. La contribución del terapeuta se dedujo
directamente del contenido generado por el cliente. El terapeuta no introdujo ningún
contenido externo. La teoría de Bill fue desarrollada en todas las partes del proceso
conforme hizo nuevos descubrimientos y puso en práctica nuevos comportamientos. Él
cambió su autodiagnóstico de pedófilo a fantasioso y aprendió que podía cambiar de
fantasear con niños a fantasear con mujeres. El proceso emergente de la terapia
entretejida con las ideas de Bill produjo una teoría que le ayudó dentro de sus
circunstancias específicas. Un seguimiento reciente reveló la continuidad de la atracción
y la búsqueda de mujeres por su parte.
TERAPEUTA: ¿Cómo piensa usted que venir aquí puede ser provechoso?
BOB: Cuando empezamos a estar juntos, solía abrazarla y besarla sin ninguna razón. Yo era
mucho más cariñoso. No lo he estado haciendo, como acostumbraba....Yo era mucho más
afectuoso. La terapia está consiguiendo que hable y tal vez podría conseguir que vuelva a hacer
lo que solía.
LIZ: No creo que debieras estar bebido cuando vigilas a un niño. Tienes que moderarte. Y él
bebe rodeado de vagabundos. Y no quiero a mi hija rodeada de ellos. No entiendo como puede
hacer esto si la quiere. Se parece a un vagabundo. Todavía está bebido desde el día anterior....
No tengo mucha esperanza. Cuando nos casamos, confié en él, y lo respeté. Ya no confío en él,
y no lo respeto. Cuando esto se ha acabado, tu matrimonio se ha acabado.
Sí, esto sonó bastante mal, pero después de la pregunta directa sobre las ideas y
expectativas de la pareja, ambos revelaron sus teorías del cambio. Bob creyó que ser
cariñoso con su esposa de la manera que solía, ayudaría a los problemas matrimoniales.
Para Liz, además de cercanía y sexo, un matrimonio exitoso requería confianza y
respeto. Para que Liz confiara y respetara a Bob, necesitaba que Bob se moderase
mientras cuidaba de su hija. Los dos identificaron los objetivos y el medio de
alcanzarlos. Después de una pausa con el equipo, el terapeuta implementó sus teorías de
cambio.
Pero, como Bob dijo, él está metido en un círculo vicioso, tratando de decidir "realmente me
gustaría volver a trabajar, pero meter a mi niña en esta guardería ¿es lo mejor para ella?" Es la
lucha de un buen padre. Y esto demuestra, Liz, la responsabilidad que conlleva ser un buen
padre. Lo que usted hace es poner a su hija antes que a usted mismo.
LIZ: Nunca lo vi así.
LIZ: Él ha sido más agradable. Está más atento. Me ha besado y algo más.
TERAPEUTA: Él ha estado más atento, le ha besado. Ahora deme un ejemplo. ¿Cómo está más
atento?
LIZ: Bueno, si pasamos el uno al lado del otro, paseando por la casa, él se para y me da un
beso o un abrazo.
BOB: Se dejó de hacer durante mucho tiempo, entonces pensé que lo mejor para empezar era
volver a lo que solía hacer cuando nos llevábamos verdaderamente bien.
LIZ: Él no se ha emborrachado.
TERAPEUTA: ¿En dos semanas? ¿Cómo ha logrado usted no emborracharse en dos semanas?
BOB: Simplemente no haciéndolo. Esto no es un gran logro. No es difícil. Solamente decido no
hacerlo y no lo hago, eso es todo.
TERAPEUTA: ¡Genial!
LIZ: Él quiere salvar el matrimonio.
El terapeuta siguió usando el lenguaje de los clientes para mantener sus significados en
un lugar central, y validar sus creencias y valores en relación con sus soluciones. Bob
repitió su teoría del cambio declarando, "Entonces pensé que la mejor forma de
comenzar era volver a lo que solía hacer". Liz comenzaba a respetar a Bob porque él no
había bebido y dio muestras de querer "salvar el matrimonio". Desde que volver al
modo en que eran las cosas fue surgiendo como una solución potente, el terapeuta
desarrolló los significados de los clientes. El terapeuta decidió no seguir el comentario
de Liz "y algo más" debido a su vergüenza obvia. El equipo asumió que la pareja había
reanudado el contacto sexual.
TERAPEUTA: El equipo disfrutó realmente de los juegos de palabras. Un juego de palabras para
lo que pasa en su relación es light.
LIZ: ¿Ligero o luz? [riendo]
TERAPEUTA: Así es, exactamente. Es ligera; las cosas que han logrado son más ligeras entre
ustedes dos. Usted está riendo, abrazando más, besando más y hablando más. Y como su
relación ha adquirido más ligereza, él es más agradable; él no se emborracha; usted confía en él
y lo respeta más. Como su relación sigue haciéndose ligera, la luz de su fuego se hace más
brillante. Usted ha vuelto a encender su relación y se hace más brillante cuando le presta
atención. Aunque a veces pasan cosas, y no puede prestar tanta atención al fuego. Los niños se
enferman; los adultos discrepan; y esto podría hacer parecer que el fuego se apaga. Pero si
usted lo alimenta y le da un poquito de atención y vuelve a encenderlo y pone más madera sobre
él y hace las cosas con cariño, el fuego alumbrará otra vez.
BOB: Es necesario prestarle atención.
LIZ: Sí.
El terapeuta intercaló las palabras de los clientes de ambas sesiones a través de este
segmento final. Después de la pausa el terapeuta tejió juntos todos los hilos para formar
una tapicería en el lenguaje del cliente, significados y teorías para destacar las notables
excepciones, recursos y soluciones. El juego de formación de palabras de los clientes
proporcionó el marco para validar sus ideas de mejorar su relación. Es digno de
mención que Liz y Bob resolvieron el problema de la bebida sin la intervención del
equipo, además de ser un testimonio de sus recursos inherentes.
A pesar de nuestros esfuerzos bien intencionados por privilegiar sus puntos de vista, los
clientes sostienen creencias y valores que de vez en cuando chirrían como uñas afiladas
sobre una pizarra. Las mujeres oprimidas por el machismo a veces abrazan una posición
subordinada. Los clientes debilitados por sus puntos de vista basados en el déficit o
como víctimas a veces persisten en la visión de ellos mismos como mercancía dañada.
Clientes engañados por el modelo médico, y deseosos de vernos como expertos a veces
no ven el valor de la colaboración. Estas son las situaciones que prueban nuestro temple
como terapeutas. Y estos son los clientes de quienes más hemos aprendido.
Como ilustra este capítulo, los clientes nos han enseñado a usar su mapa como la mejor
guía para el territorio terapéutico. El terapeuta es un compañero de aventuras, que
explora el paisaje y encuentra una perspectiva privilegiada mientras atraviesa el terreno
de la teoría del cambio del cliente. Cuando nos atascamos a lo largo del camino, nos
unimos a los clientes para buscar y explorar rutas alternativas sobre sus propios mapas.
En el proceso, los clientes descubren senderos que nunca soñamos que existieran.
Este capítulo propuso que la teoría del cambio del cliente ofrece modos de integrar
cliente a cliente múltiples perspectivas de terapia. El hecho de confiar en la teoría de
cambio del cliente requiere un acto de fe, arriesgarse a saltar de cabeza en aguas
desconocidas sin tierra a la vista. Respetar la teoría de cambio del cliente es una
iniciativa proactiva que requiere un esfuerzo enfocado a conducir la terapia dentro del
contexto de las ideas y circunstancias únicas del cliente. Como el modelo y la técnica
representan como mucho sólo el 15 por ciento de la varianza del resultado, para
nosotros solo son áreas de contenido, posibilidades metafóricas, que pueden o no
demostrar su utilidad en las circunstancias únicas del cliente.
Tasas aún más alarmantes se agrupan en algunos grupos. Zito et al. (2003) encontraron
que los niños en hogares de acogida tenían 16 veces más posibilidades de recibir una
prescripción que sus homólogos de fuera. El Boston Globe informó que en el programa
Massachusetts Medicaid, uno de cada ocho adolescentes y uno de cada nueve niños de
entre 6 y 12 años (8 y 13 por ciento respectivamente) tomaba medicación psicotrópica
(Barry, 2003). Entre 1991 y 1995, los pediatras y psiquiatras prescribieron un número
récord de estimulantes, antidepresivos tricíclicos, clonidina e ISRS a preescolares (Zito
et al., 2000). La tasa de prescripciones de metilfenidato (Ritalin)18 para niños de 2 a 4
años creció en un 169 por ciento. Zito et al. (2000, p. 1026) calificaron de dramáticos
estos incrementos, “insólitos a la luz del limitado conocimiento de base que subyace al
uso de la medicación psicotrópica en niños pequeños”.
Hasta hace poco, las medicaciones psiquiátricas para la infancia han sido utilizadas en
su mayoría sin haber sido aprobadas por las autoridades sanitarias, es decir, sin los
estudios científicos necesarios para ser aceptados por la Federal Drug Administration
(FDA). Ahora bien, esta “brecha” se está sellando con más y más estudios financiados
casi exclusivamente por las farmacéuticas, encontrando su camino en las revistas y
garantizándose así la legitimidad científica de lo que ya parecía simplemente sentido
común.
19
NT: National Institute of Mental Health, Instituto Nacional de Salud Mental.
Nuestro argumento es que tanto el sentido común como la base científica para la
administración generalizada de medicación psiquiátrica a los niños es poco convincente.
Vamos a tomar cada punto por separado. ¿Qué pruebas tenemos de la eficacia de la
medicación psicotrópica para aliviar de forma segura el sufrimiento psicológico de los
niños?
Antes de 1997, se daba una paradoja: al tiempo que los clínicos estaban prescribiendo
más y más ISRS a niños, los investigadores eran incapaces de probar que los
antidepresivos eran eficaces para esta población. Todo esto cambió con la publicación
de dos estudios de Emslie et al., uno de 1997 y otro de 2002. El primer estudio fue un
ensayo aleatorio de ocho semanas a doble ciego controlado por placebo, comparando la
eficacia de la fluoxetina (Prozac) con placebo. Este estudio encontró:
Otros problemas entorpecen el componente ciego en los estudios de doble ciego. Por
ejemplo, muchos participantes de los ensayos de medicamentos asignados al grupo
placebo han estado previamente en régimen de medicación, incluso justo antes de entrar
20
NT: amitriptilina, antidepresivo del tipo tricíclico.
en el ensayo; por lo tanto están familiarizados con los efectos de los fármacos. Una
revisión del ciego en ensayos con antidepresivos menciona que los participantes están
lejos de ser sujetos pasivos -leen activamente las señales o intentan descubrir su
situación de tratamiento y lo hacen con una precisión notable (Evan, Siobud-Dorocant y
Dardennes, 2000). Esta misma revisión menciona que simplemente preguntar a los
participantes para hacer un seguimiento de los efectos secundarios compromete el ciego
desde el principio. En resumen, lo que se presume ciego es, como mucho, visualmente
limitado y sujeto a los sesgos del experimentador.
Es más, nada nuevo21. Lilly and Company anunció el Prozac como “bien tolerado y
efectivo para el tratamiento agudo del Trastorno Depresivo Mayor en niños y
adolescentes en régimen ambulatorio” y agregó que “la Fluoxetina es el único
antidepresivo que ha demostrado su eficacia, en dos ensayos clínicos aleatorios
controlados con placebo, en depresión pediátrica” (Emslie et al., 2002, p.1205). La
principal medida del estudio no ha demostrado una diferencia significativa en las
respuestas; todas las escalas valoradas por los clientes y dos de las valoradas por los
clínicos no mostraron diferencias. Tres de las siete medidas evaluadas por los clínicos
mostraron diferencias significativas entre la droga experimental y el placebo. Como
ensayo de nueve semanas el estudio no evaluó los resultados a largo plazo. De nuevo, el
estudio utilizó un placebo inactivo, poniendo en duda seriamente si los investigadores,
ya sean empleados o asesores de la compañía cuyo fármaco estaba bajo investigación,
podrían, con tanto en juego, ser objetivos.
Por ejemplo, Brent y Birmaher (2002), en su informe más reciente sobre la depresión en
adolescentes, exponen inequívocamente el caso de los ISRS para la depresión en
adolescentes. "Los ISRS son el tratamiento más comúnmente utilizado para la depresión
en adolescentes debido a la eficacia probada de la fluoxetina, el citalopram y la
paroxetina en ensayos controlados con placebo, con una tasa de respuesta de
aproximadamente el 60 por ciento y sin efectos secundarios importantes" (p. 668). Y
esta "verdad" prácticamente detiene la investigación sobre la actual solidez de la
evidencia que subyace a una enorme industria de la salud mental farmacológica de
niños y adolescentes.
El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) es sin duda el tema más
controvertido en la historia reciente de la salud mental, debido a que su diagnóstico no
se define por un marcador biológico (Leo y Cohen, 2003), es muy subjetivo y difícil de
distinguir de la conducta habitual de los niños (recuérdese nuestra exposición sobre la
validez del diagnóstico en el capítulo dos). A pesar de las directrices sobre la
prevalencia diagnóstica del 3 al 5 por ciento establecido por el panel de consenso del
NIH23 de 1998, las tasas de diagnóstico son tan altas como el asombroso 33 por ciento
que alcanza en algunos lugares (LeFever, Arcona y Antonuccio, 2003). Y a pesar de la
falta de pruebas de eficacia y seguridad a largo plazo, el tratamiento del TDAH con
23
NT: NIH son los Institutos Nacionales de la Salud de los EE.UU. Sus objetivos se centran en la
investigación médica. Una de sus actividades son las conferencias de consenso donde se revisan datos y
otras actividades, para tomar decisiones respecto a recomendaciones de tratamiento de diversas
enfermedades.
estimulantes ha sufrido un incremento astronómico, un 700 por ciento en la década de
los 90 (Mackey y Kipras, 2001).
Sin tener en cuenta los fallos de diseño, los estimulantes -principalmente el Ritalin- han
establecido inequívocamente su eficacia sobre el placebo en pequeñas pruebas clínicas
aleatorias a corto plazo teniendo en cuenta síntomas del TDAH (no medidas académicas
o sociales). Para contrarrestar la crítica de que los estudios de eficacia a corto plazo no
abordan el principal problema de la eficacia -o el éxito de los estimulantes en una gama
más amplia de medidas de resultado en ámbitos reales y en un período de tiempo más
largo- los investigadores llevaron a cabo el Estudio del Tratamiento Multimodal de
niños con TDAH [Multimodal Treatment Study of Children with ADHD (MTA)] (MTA
Cooperative Group, 1999). El MTA comparó cuatro tratamientos para el TDAH:
tratamiento conductual (TC), gestión de medicación (GM), TC y GM combinadas y un
grupo de tratamiento comunitario como control. El MTA ya había tratado de vender,
tanto en publicaciones generalistas como profesionales, que los estimulantes eran más
efectivos que la intervención conductual. Dadas las importantes implicaciones políticas
del estudio, es importante analizarlo detenidamente para entender sus conclusiones.
Primero, en la parte positiva, el elemento más singular del estudio es su gran muestra.
Los estudios anteriores sobre el tratamiento del TDAH han sido generalmente
pequeños, de 1 a 20 sujetos en cada condición. Con 144 sujetos por grupo, el MTA fue
muy superior desde el punto de vista cuantitativo. El MTA además sobrepasó a sus
predecesores porque evaluó el tratamiento durante 14 meses, en vez de las 12 a 16
semanas habituales. Otro aspecto a reseñar es la naturaleza exhaustiva de la conducta
evaluada. Más allá de las simples medidas de resultado evaluadas por clínicos que
caracterizaban la mayoría de los estudios, el MTA seleccionó un total de 19 medidas de
múltiples fuentes (padres, profesores, chicos, compañeros, tests objetivos y
observaciones) en múltiples dominios de funciones (síntomas de TDAH, relaciones con
compañeros y padres, comportamiento en el aula y logros académicos).
Antes de examinar los problemas específicos con el MTA, considérense los resultados
obtenidos al final del mes 14, como los resume uno de los principales investigadores
(Pelham, 1999, p. 982):
Dado que los resultados reflejan la medicación frente a la terapia retirada, la falta de
diferencias en 16 de las 19 medidas (comparando GM con TC) y en 19 de 19 medidas
(comparando tratamiento comunitario de la mayoría de los niños medicados con TC) es
aún más revelador. Dada la retirada, también destaca que el 75 por ciento de los niños
en la condición TC se mantuvieron sin medicación durante 14 meses, incluyendo la
mitad de los que fueron medicados al inicio del estudio (Pelham, 1999).
Hay dos artículos sobre los datos de seguimiento a 24 meses que están en revisión
(Pelham, comunicación personal, 21 de abril de 2003). Los datos muestran que las
diferencias entre grupos son incluso más pequeñas porque el GM y los grupos con
tratamientos combinados han perdido muchos de sus efectos, mientras que la TC y los
grupos comunitarios han mantenido sus beneficios. Además, a los 24 meses la mayoría
de los padres pensaba que sus hijos lo estaban haciendo lo suficientemente bien como
para no medicarlos incluso después de finalizar el estudio (Pelham, comunicación
personal).
Por otra parte, el MTA informó que los padres preferían significativamente los
tratamientos conductual y combinados a la medicación sola. Incluso cuando hay
preferencia por la medicación, la mayoría de los padres no desean medicar a sus hijos
durante largos períodos de tiempo, como evidencia el hecho de que la mayoría de los
diagnosticados de TDAH dejan la medicación durante la infancia tardía y la
adolescencia (Pelham, 1999). Esto hace que la intervención no médica sea
particularmente importante, a la luz de la evidencia de que los efectos de los
estimulantes, aunque beneficiosos a corto plazo, no van más allá de la terminación de la
medicación. Obviamente esta es la razón por la que la medida de terminación en el
MTA se hizo con medicación activa y retirada de TC y no viceversa.
Quizás la preocupación parental respecto del uso de estimulantes a largo plazo esté más
motivada por las reacciones adversas a los medicamentos. En el MTA se informó de
reacciones adversas a los medicamentos en un increíble 64 por ciento de los niños: el 11
por ciento fueron evaluadas como moderadas, y el 3 por ciento como severas, con esta
categoría representada principalmente por depresión, ansiedad e irritabilidad. En su
revisión de la investigación Breggin (1998) señala que estas alarmantes reacciones a los
estimulantes son comunes en los ensayos clínicos.
El MTA, como todas las evidencias disponibles con respecto a los estimulantes, no
dicen nada que indique que la medicación debería ser favorecida sobre cualquier otra
opción, especialmente cuando somos guiados por la preferencia del cliente. Por otra
parte, y más inquietante, el excesivo uso de estimulantes es una medida provisional que
localiza el problema exclusivamente en el niño (LeFever et al, 2003) y crea un “déficit
de atención” en los profesionales a la hora de responder más creativamente a los niños
conductualmente exigentes y a los imperfectos contextos de aprendizaje a los cuales se
espera que se adapten. Los profesionales de la salud mental necesitan desafiar la rutina
y estimular un amplio debate sobre los problemas socioeconómicos y culturales que
afectan a los chicos y sus éxitos escolares.
En resumen, dado el menos que abrumador apoyo empírico y los aparentes riesgos
médicos, así como el carácter nebuloso del propio diagnóstico de TDAH (Leo, 2000),
parece justificado el uso cuidadoso de los estimulantes. LeFever et al (2003, p.12) hace
las siguientes recomendaciones (editadas):
Nada es más estigmatizante que cargar con la etiqueta de enfermo mental durante
el resto de tu vida. Es especialmente injusto y desmoralizante decirle a los niños
que sufren de “enfermedades del cerebro”, “desequilibrios bioquímicos” o
“cables cruzados” cuando simplemente no lo sufren.
¿Cómo de benigna es una etiqueta psiquiátrica cuando significa que un niño debe tomar
una medicina y confiar en los expertos más que en sus propios recursos para resolver los
problemas? ¿Cómo de inofensivo resulta un diagnóstico cuando significa que un niño
puede olvidarse de ejercer un trabajo o una carrera en las fuerzas armadas, o no poder
optar a un cargo político en el futuro? Mejor coincidimos con Breggin (2000b) en que el
diagnóstico psiquiátrico y su compañera, la medicación, crean estigma. Preferimos
entender los problemas de los niños desde casi cualquier otro marco -falta de madurez,
temperamento individual, trauma vital o dificultades relacionales-, situaciones que son
solucionables con el tiempo o gracias al esfuerzo de los niños guiados por aquellos más
cercanos a ellos. También preferimos tomar en consideración el impacto de las
condiciones sociales además del niño, la familia o la escuela que inhibe los mejores
esfuerzos de todos. Lo que podría ser visto como una enfermedad cerebral puede, de
hecho, ser mejor descrito como enfermedades de la pobreza, racismo u otras formas de
marginalización.
Walkup y otros, a menudo por omisión, describen una imagen relativamente benigna de
los efectos secundarios de la medicación psiquiátrica infantil. Conocemos una madre
que preguntó sobre los posibles efectos de Geodon, un antipsicótico, combinado con
Zoloft, para su hijo de quince años. El psiquiatra que se lo prescribió respondió
sugiriéndole que no leyera las advertencias del prospecto porque "te volvería loca".
Aunque la mayoría de las organizaciones profesionales, incluyendo el NIMH, animan a
los padres a leer e informarse cuando consideren dar medicación a sus hijos, nos
preguntamos cuán a menudo los efectos adversos se pierden en el discurso de la eficacia
y los beneficios del fármaco.
Por otra parte, en un estudio de la Paroxetina (Keller et al, 2000), también llamado Paxil
en los Estados Unidos24, 21 de los 93 consumidores de Paxil (23 por ciento) informaron
de síntomas maníacos, incluyendo hostilidad, labilidad emocional y nerviosismo. (En el
grupo de Paxil, diez informaron de temblores, ninguno en el grupo del placebo). En la
práctica real, cuando estos medicamentos se toman durante períodos de tiempo mucho
más largos que en los ensayos clínicos, las tasas de reacciones adversas graves
probablemente sean mucho más marcadas. Sin embargo, ambos estudios previamente
mencionados proclaman que los fármacos investigados son bien tolerados y seguros.
Mientras tanto, los informes de niños que se vuelven más depresivos o más violentos
debido a la medicación diseñada para producir los efectos opuestos, crecen cada vez
más (por ej., ver Breggin 2000b y Cohen, 1999; Fisher y Fisher, 1997).
Nueve días después, la FDA emitió una advertencia similar. Manifestando que estaban
revisando informes de un posible incremento de riesgos de pensamiento suicida e
intentos de suicidio en niños y adolescentes tratados con Paxil, la FDA recomendó que
no fuese empleado en este rango de edad (FDA Talk Paper, 19 de junio de 2003). El
anuncio de la FDA también tomó nota del hecho de que tres ensayos bien controlados
en pacientes pediátricos con Trastorno Depresivo Mayor fracasaron a la hora de
demostrar que el fármaco fuera más efectivo que el placebo. Una vez más, ¿cómo
cuadra esto con la siguiente afirmación de los autores de un ensayo altamente reputado:
“El Paxil generalmente es bien tolerado y efectivo para la depresión mayor en
adolescentes” (Keller et all, 2001, p. 762)? No es de extrañar, este estudio fue
financiado por GlaxoSmithKline.
El argumento final que exponen Walkup (2003) y otros es que, en vez de cuestionarse
las actuales tasas de prescripción, de hecho debemos preguntarnos si hay suficientes
niños “recibiendo tratamiento”. Preocupándose por defectos de diseño o incluso unos
24
NT: Seroxat y Motivan en España
25
NT: Medicine and Healthcare Products Regulatory Agency
pocos efectos secundarios desagradables se pierde el panorama más amplio. Este
argumento cita la Agenda de Acción Nacional del Consejero de Sanidad para la Salud
Mental de los Niños (NAACMH)26, alegando una virtual epidemia de trastornos
mentales infantiles. Según la NAACMH, uno de cada diez niños o adolescentes en los
Estados Unidos sufre de enfermedad mental lo suficiente como para deteriorar su
funcionamiento vital. Lamentablemente, esta iniciativa proclama que solo la mitad de
ellos “reciben el tratamiento necesario” (Mitka, 2001, p. 398).
Una cosa sí sabemos. El marketing farmacéutico tomó nuevo impulso en los 90, y al
mismo tiempo también lo hicieron un montón de trastornos mentales. Con la población
“educada” para los síntomas de epidemias silenciosas, las actividades cotidianas de la
vida diaria, con su diversidad de temperamentos y ciclos emocionales, se volvieron
susceptibles de convertirse en trastorno. ¿A quién beneficia más promover una versión
médica contra una no médica de los chicos con problemas? Creemos que una vía ética
requiere que se plantee a las comunidades científicas -y otras más amplias- este tema y
otros planteados anteriormente, de formas que inviten a clarificar las verdaderas
opciones disponibles para los niños y sus familias. Nuestra postura ética es que las
familias deberían tomar las decisiones que crean de más ayuda para sus miembros más
jóvenes. Sin embargo, creemos que la información que reciben los cuidadores y jóvenes
clientes suele estar más sesgada a favor de intereses corporativos que terapéuticos, sin
26
NT: Surgeon General’s 2001 National Action Agenda for Children’s Mental Health. Surgeon general
sería el equivalente a un Ministro o Consejero de Sanidad en nuestro entorno.
permitir un adecuado consentimiento informado. Recomendamos un debate vigoroso de
lo que ha llegado a ser la comprensión cotidiana sobre lo que funciona con niños y
adolescentes mientras viajan por los a veces difíciles senderos hacia la adultez.
Afirmamos que estas heroicas madres y padres y chicas y chicos deberían tener todas
las opciones para realizar este viaje a su manera.
EL PAÍS DE LA MEDICACIÓN
Algunos años después, los investigadores encontraron que la reserpina disminuía las
catecolaminas (dopamina, noradrenalina y adrenalina) dentro de las terminaciones del
nervio presináptico. Este descubrimiento contribuyó a la teoría del exceso de dopamina
en la esquizofrenia, la cual sorprendentemente todavía persiste hoy. Recordemos que un
neurotransmisor, como la dopamina, se sintetiza y almacena dentro de la terminación
del nervio presináptico. Cuando una señal electroquímica estimula la neurona se dispara
la liberación del neurotransmisor desde la terminación nerviosa al espacio sináptico.
Allí se dispersa para hacer contacto con los receptores de las neuronas pre o
postsinápticas, o es eliminado de la sinapsis mediante degradación enzimática (en el
caso de la acetilcolina) o recaptado (en el caso de las bioaminas, como la dopamina).
Poco después de que la reserpina fuese presentada al mundo como un tratamiento para
la esquizofrenia, los investigadores descubrieron su propensión a causar depresión.
Observando una incidencia de la depresión del 15 por ciento entre los pacientes que
tomaban reserpina para controlar la hipertensión, los investigadores avanzaron que la
teoría de la depleción de catecolaminas tenía que ser la “causa” de los trastornos del
humor. La ironía aquí, por supuesto, era que la reserpina acababa de ser pregonada
como una terapia altamente efectiva en la esquizofrenia. Los científicos no parecían
darse cuenta de las implicaciones de su nueva teoría, la cual sugería que un
medicamento que causaba depresión era ahora el remedio para la esquizofrenia. Es más,
los científicos fallaron a la hora de explicar porqué el 85 por ciento de las personas que
tomaban reserpina (por tensión arterial alta) no manifestaban signos o síntomas de
depresión, lo que sería esperable que generase el fármaco debido a la pretendida
reducción de neurotransmisor.
Lo que Carlsson no entendía era la inconsistencia teórica de este primer fármaco “cura”
de la esquizofrenia. La reserpina sugería que la psicosis respondía a la depleción de
dopamina. En cambio, la clorpromazina sugería que la psicosis respondía justo a lo
contrario, un incremento de la dopamina (incremento de volumen y de secreción). La
biopsiquiatría todavía no ha tenido en cuenta esta discrepancia, la cual es en realidad
solamente una entre las muchas que atañen a las aminas biógenas.
La teoría de las aminas biógenas de la depresión se llamó así porque encontraron que
los primeros productos químicos que se creía que tenían efectos antidepresivos,
alteraban las principales aminas del cuerpo: dopamina, noradrenalina y serotonina
(Barondes, 1993). El entusiasmo por la serotonina, la reina de todas las teorías del
desequilibrio químico en la depresión, no apareció hasta principios de los años setenta,
cuando los investigadores creían que podría haber diferencias entre los fármacos
basadas en la selectividad para una de las bioaminas. De acuerdo con Healy (1997), el
primer ISRS (zimelidine, o Zelmid) fue patentado en abril de 1971 y lanzado en Europa
en 1982. Sin embargo, este fármaco nunca fue comercializado ni autorizado en los
Estados Unidos porque se presentaron casos que lo asociaban a un desorden
neurológico grave. Desde ese momento, por supuesto, una gran variedad de ISRS se han
comercializado en todo el mundo. A pesar de que las personas que responden a los
ISRS son escasamente diferenciables de los que responden al placebo, el sistema
médico y el público continúan aceptando la teoría de la serotonina en la depresión
(Antonuccio, Danton, DeNelsky, Greenberg y Gordon, 1999; Kirsch, Scoboria y Moore,
2002).
Aún así, en los ochenta los investigadores propusieron las plaquetas como modelos del
funcionamiento cerebral, basándose en la hipótesis de que las células receptoras de la
sangre podrían representar las propiedades receptoras de las neuronas. Sin embargo, en
1990, la Organización Mundial de la Salud rechazó la validez de esta aproximación
denegando el uso de los ensayos de unión plaquetaria como marcadores de depresión
(Nathan et al., 1995).
Como resumen
Antes de que pueda haber una teoría neuroquímica de la patología mental, debería haber
una teoría neuroquímica de la salud mental. Las ciencias médicas ya han explicado los
mecanismos homeostáticos a través de los cuales el cerebro regula los procesos
químicos y receptores. Sin una comprensión básica de cómo el cerebro controla estas
funciones, continúa siendo inútil discutir los sustratos químicos de la angustia mental,
así como los fundamentos de los tratamientos que se supone que los corrigen. Quizás no
existe evidencia del desequilibrio bioquímico porque no puede haber ninguna evidencia.
Quizás el comportamiento humano no pueda definirse o determinarse únicamente en
términos físicos, sin consideraciones relacionales ni contextuales.
Mientras que la investigación ha perseguido con fervor aunque sin resultados el huidizo
marcador biológico que desentrañe los misterios de la enfermedad mental, ha aparecido
alguna información sobre las consecuencias neurológicas a largo plazo de los fármacos
psicotrópicos -incluso enfrentando la evidencia de que estas medicaciones comúnmente
inducen cambios en el funcionamiento de los receptores que podrían agravar tanto la
severidad como la cronicidad de los síntomas relacionados con la salud mental. De
hecho, como el neurocientífico Elliot Valenstein (1998) apunta en su libro Blaming the
Brain, los argumentos que respaldan los desequilibrios bioquímicos no solo son poco
convincentes, sino que también ignoran la posibilidad de que los fármacos psicotrópicos
crean, no curan, problemas bioquímicos debido a la plasticidad del cerebro y a su rápida
adaptación a los fármacos.
Sin embargo, nos han dejado con las palabras de sabiduría de nuestro querido chico de
Zoloft. A pesar de la escasez de evidencia, en el desarrollo de la narrativa biológica, la
depresión y otros problemas humanos no son un lote de miserias formado por muchas
fuerzas: una vida sedentaria, solitaria y empobrecida; la pérdida del amor, la salud o la
comunidad; sentimientos de impotencia surgidos de un trabajo insatisfactorio, presiones
socioeconómicas o factores culturales, niños problemáticos o una relación complicada;
o ambiciones frustradas. No, es un desequilibrio bioquímico. Su solución no requiere
que uno tenga un apoyo significativo de otras personas, cambie actitudes y acciones, o
haga algún esfuerzo personal. Tan sólo se necesita una solución: el consumo pasivo de
una píldora mágica.
Desmitificando las píldoras mágicas
La idea de que los fármacos no son una herramienta terapéutica entre otras muchas, sino
panaceas universales, tiene un gran atractivo para los profesionales de la salud mental y
el público por igual. Muchos terapeutas parecen haber abrazado la publicidad de las
compañías farmacéuticas y aceptado su estatus de segunda clase, asumiendo que la
primacía de las farmacéuticas no está basada en una muy buena campaña de marketing,
sino en buena ciencia. Se han vuelto acólitos, trabajando juntos tras el altar en el que se
expone la píldora mágica. Por ejemplo, la Asociación Americana de Psicología,
sufriendo de envidia para prescribir, continúa la lucha por el derecho a recetar,
reafirmada por su reciente victoria en Nuevo México. Otras organizaciones de
profesionales parecen reacias a ofrecer algún contrapunto crítico ante el meteórico
incremento del consumo farmacéutico.
Greenberg (2002) sugiere que resolver problemas con píldoras libera a la gente de la
responsabilidad de tener que hacer mucho para superar su malestar, mientras que los
separa de la necesidad de vincular emociones negativas con eventos vitales que están
ocurriendo en ese momento. Simultáneamente, las píldoras ofrecen a los clínicos un
tratamiento fácil de administrar y médicamente respetable que está bien respaldado por
las compañías farmacéuticas y por el sector de los seguros ávido de enfoques que
requieran cada vez interacciones más breves con los clientes. Sin embargo, un examen
más detenido plantea importantes interrogantes sobre el verdadero valor de las ventajas
que proporcionan las soluciones médicas, y atenúa su brillo como respuestas únicas para
la depresión y otros problemas emocionales. Por ejemplo, consultando los estudios
científicos más recientes, Moncrieff (2001) concluyó que a pesar de su uso cada vez
mayor, los antidepresivos no aportan indicios de que hayan disminuido la carga de las
experiencias depresivas. Sus observaciones fueron parcialmente impulsadas por una
revisión de las tasas de prevalencia de la depresión durante un período de cuarenta años
(Murphy, Laird, Monson, Sobol y Leighton, 2000). Ese análisis mostraba que las tasas
de depresión no habían cambiado desde la década de los cincuenta. En opinión de
Moncrieff, los antidepresivos están sobrevalorados. Ella no es la única en llegar a esta
conclusión.
Otros autores han determinado que la diferencia entre los resultados de los
antidepresivos y de las pastillas químicamente inertes llamadas placebos, es mucho
menor de lo que se ha hecho creer al público (por ej., Antonuccio et al., 1999;
Greenberg y Fisher, 1989, 1997; Kirsh y Sapirstein, 1998). Por ejemplo, Greenberg y
Fisher (1997) citan una serie de revisiones que muestran que los resultados de los
antidepresivos superan a los del placebo, en tan solo el 18 por ciento de los casos. De
forma similar, en un estudio de 1999 de la Agencia para el Cuidado de la Salud y la
Investigación27, en el que se revisaban más de trescientos ensayos aleatorios del
antidepresivo ISRS más nuevo, se indicaba que el fármaco superaba al placebo
solamente en un 18 por ciento (Mulrow et al., 1999). Por otra parte, incluso esta
relativamente modesta diferencia entre los resultados de los antidepresivos y de los
placebos puede llegar a ser una sobreestimación de los beneficios atribuidos a los
antidepresivos. Como hemos tratado anteriormente, la mayoría de los estudios
farmacológicos favorecen al fármaco que está siendo investigado cuando el diseño del
estudio incluye placebos inactivos, medidas principales calificadas por el clínico y
períodos de estudio abreviados.
27
NT: Agency for Health Care Policy and Research
En relación con esto, los efectos secundarios por sí mismos pueden predecir los
resultados observados en los estudios con antidepresivos. En un estudio de revisión
examinando los trece estudios hechos con Prozac disponibles en ese momento
(Greenberg, Bornstein, Zborowski, Fisher y Greenberg, 1994) se encontró que los
efectos secundarios correlacionaban altamente con la mejoría. Cuanto mayor era el
número de efectos secundarios que experimentaban los participantes, mejores eran los
resultados valorados tanto por los clientes como por los clínicos. Estos resultados
sugieren que una agitación repentina de las percepciones físicas de los clientes, parecía
poner en marcha su propia capacidad para la recuperación emocional. En cambio, al
revelarse a través de los efectos secundarios quién estaba tomando la medicación real
puede que fuesen simplemente estudios no ciegos, y permitieran a los participantes
considerar una mejoría basándose en el sesgo de que un fármaco real debería producir
más beneficios que una píldora falsa.
La controversia sobre los beneficios de los antidepresivos se intensificó aún más cuando
Kirsch, Moore, Scoboria y Nicholls (2002) respondieron a alguno de sus críticos con un
artículo llamado “The Emperor’s New Drugs.”28 Este artículo analizaba los datos de
eficacia presentados a la U.S. Food and Drug Administration (FDA) para los seis
antidepresivos aprobados más ampliamente prescritos entre 1987 y 1999. Una vez más,
los resultados fueron provocadores. Aproximadamente el 80 por ciento de la respuesta a
la medicación fue reproducida por los grupos de control que tomaron placebo. Además,
¡las diferencias fármaco-placebo eran inferiores a dos puntos en la medida evaluada por
el médico! La memoria de la FDA daba a entender que la significación clínica de una
diferencia tan pequeña era cuestionable.
Los principales puntos de debate sobre el artículo de Kirsch et al. (2002) se centraban
en torno a si incluso las pequeñas diferencias encontradas podrían reflejar la utilidad de
los medicamentos para alguna minoría de personas, si los clientes con depresiones más
severas responderían mejor que aquellos con depresiones menos graves y si diversos
problemas de diseño podrían ser responsables de los preocupantes resultados. Kirsch y
sus colegas abordaron cada uno de estos temas, descartaron la mayoría por ser
inconsistentes con los datos y decidieron que, en general, sus resultados todavía ponían
en duda el poder de la píldora. Reconocieron que quedaban por abordar otras
cuestiones, pero sugirieron que dada la existencia de otros potentes tratamientos no
farmacológicos para la depresión, los antidepresivos, debido a sus efectos secundarios,
deberían ser considerados como el último recurso para ofrecer solamente a aquellos que
rehusaran o los que no respondiesen a otras terapias.
Pero, ¿no sería el mejor de todos los mundos uno en el que se combinasen los fármacos
con la psicoterapia en una especie de tratamiento de doble efecto? La idea de que los
dos juntos deberían ser mejores que cada uno por separado para hacer frente a los
problemas de salud mental, se ha convertido en la nueva ortodoxia. De hecho, esta
solución de compromiso aparentemente sensata realmente promueve el uso de
medicación, sugiriendo implícitamente que sería útil tomarla prácticamente a cualquiera
que acuda a terapia. E incluso hay alguna evidencia que apoya el enfoque de “dos mejor
que uno”. Por ejemplo, Greenberg y Fisher (1989) encontraron once ensayos centrados
en la cuestión de si combinando fármacos con psicoterapia se producen mayores
beneficios. En nueve de los ensayos no se obtuvieron beneficios añadidos. Uno de los
dos ensayos que sugiere que la combinación podría tener algunas ventajas apuntó que
los fármacos y la psicoterapia tenían su efecto en diferentes aspectos del cuadro clínico.
Los efectos de los fármacos influyeron principalmente en el sueño y en el apetito,
mientras que los efectos de la psicoterapia fueron más amplios, afectando al humor, la
apatía, el trabajo, la ideación suicida y los intereses. Otro importante artículo (Robinson,
Berman y Neimeyer, 1990) presentó un meta-análisis de quince estudios comparando
psicoterapia, antidepresivos y la combinación de ambos. Los resultados revelaron que la
combinación de los dos no era más eficaz que cualquiera de los dos tratamientos por
separado. Otra revisión de diecisiete artículos de investigación concluyó que
combinando fármacos con psicoterapia, lo más común era no encontrar ventajas con
respecto a la administración de cualquiera de los dos tratamientos por separado (Conte,
Plutchik, Wild y Karasu, 1986).
Un punto de vista similar surge de un proyecto llevado a cabo por Thase et al. (1997) en
Pittsburgh. Ellos usaron un “mega-análisis” para examinar los resultados de 595
personas adscritas a seis protocolos de tratamiento llevados a cabo durante un período
de diez años. Los investigadores estaban buscando correlaciones de la respuesta al
tratamiento para la depresión. Los clientes habían sido tratados durante dieciséis
semanas con psicoterapia o con la combinación de psicoterapia interpersonal y
antidepresivos. Los investigadores reconocieron que la mayoría de los estudios no
habían podido encontrar diferencias significativas entre terapias únicas y regímenes
combinados de tratamiento. De hecho, este estudio también mostró que la mayoría de
las personas con niveles moderados o bajos de depresión no consiguieron nada por
añadir los medicamentos a la psicoterapia que estaban recibiendo. Sin embargo,
encontraron que la combinación ofrecía ventajas para una minoría de personas que
sufrían depresiones severas y recurrentes.
Para resumir, la evidencia científica indica que para la mayoría de los casos de
depresión, los tratamientos combinados no proporcionan beneficios añadidos y podría
someter innecesariamente a los clientes a efectos secundarios desagradables y costes
adicionales. En otras palabras, los clínicos deberían considerar la psicoterapia en primer
lugar. Al mismo tiempo, los estudios hacen algunas sugerencias sobre una minoría de
clientes -aquellos con episodios de depresión crónicos, recurrentes y severos- que
podrían obtener algunos beneficios de los tratamientos combinados. Sin embargo, en
este momento no se sabe si los beneficios observados en los estudios de investigación
son duraderos o si se pueden trasladar a las experiencias reales de las personas que no
forman parte de los estudios de investigación controlados. También es posible que los
mejores resultados se puedan derivar únicamente de los efectos de las píldoras en el
sueño y la alimentación de los participantes. Una interpretación más pesimista de los
beneficios limitados de los tratamientos combinados es que son ilusorios y basados en
los sesgos de los evaluadores de resultados, que no están protegidos de saber qué
clientes están recibiendo qué clase de tratamiento.
Aunque nos hemos centrado en los antidepresivos por su prevalencia, sobre otros
fármacos se pueden plantear argumentos similares; una inspección más detallada revela
el problema del doble ciego, el sesgo de las medidas evaluadas por los clínicos, y las
medidas de resultados a corto plazo. Esto no quiere decir que los fármacos no sean
útiles en ocasiones, pero tampoco que tengan que ser adorados como el único dios
verdadero del cambio.
Con toda esa generosidad y publicidad cayendo benevolentemente sobre ellos, ¿hay
alguna duda de que las personas se fijen hipnóticamente en el alboroto de una
“revolución” farmacéutica e ignoren la letra pequeña de las implicaciones más negativas
de los estudios con fármacos? ¿Hay alguna duda de que los profesionales de la salud
mental, que no tienen tiempo de filtrar a través del doble lenguaje (por ejemplo los
estudios de Emslie et al y el MTA: el hecho de que el Prozac solo superase al placebo
en unas cuantas medidas evaluadas por los clínicos; la presentación de prestidigitación
de la mano de la integridad del doble ciego; o la interesante opción de diseño de retirar
la terapia conductual mucho antes de la medición final en el MTA) llegan a ser
seducidos por la creencia de que privilegiar a los fármacos es un hecho científico?
Privilegiamos esta postura como una forma de nivelar el campo de juego, para competir
con la poderosa y bulliciosa ideología médica, promovida por los especuladores y
defendida por facciones dentro de nuestras propias profesiones. Cuando somos capaces
de aferrar estas creencias en nuestros corazones, alentados por evidencias personales,
anecdóticas o empíricas, nosotros y nuestros clientes podemos oír, alto y claro, otras
posibilidades en tiempos de crisis, donde antes había tan sólo el canto seductor de la
medicación.
Habiendo dicho esto, nunca podríamos interponernos en el camino de un cliente que
esté considerando la medicación si considerase que sus problemas son de origen
biológico y pensase que los medicamentos puedan serle útiles. Corresponde a los
terapeutas privilegiar los deseos de los clientes en la conversación terapéutica,
incluyendo el hilo de sus pensamientos, su generación de ideas y su conversación.
Cuando los clientes ponen el tema de la medicación sobre la mesa los terapeutas,
naturalmente, pueden ayudarlos a explorarlo como una opción. Cuando los clientes
creen que la medicación les ayudará, se sienten más esperanzados ante la posibilidad de
probar la medicación y ocupan el asiento del conductor en la toma de una decisión bien
informada (incluyendo la información sobre los efectos secundarios, la duración del
tratamiento y las posibilidades de recaída), entonces la medicación puede ser
beneficiosa. Para seguir la guía del cliente hay que maximizar su participación,
fortalecer el vínculo terapéutico y mejorar los resultados terapéuticos.
La única excepción a esto sería el caso de los niños. Dado que los fármacos son
esencialmente impuestos a los niños sin su consentimiento y que la eficacia y la
seguridad de la mayoría de los fármacos todavía no está establecida, consideramos la
prescripción de fármacos a niños, obviamente, como el último recurso, y en muchos
casos poco ético, hasta que se hayan discutido otras opciones.
• Los recursos de la persona enferma son útiles en la medida en que apoyan las
órdenes del doctor.
Nadando en la Patología
Revelar y mirar de manera crítica los supuestos de la Salud Mental no rebaja la utilidad
de la psicoterapia ni la de la mayoría de los terapeutas. La terapia tiene éxito porque los
clientes traen la motivación y los recursos, combinados con el deseo natural de los
terapeutas de apoyar esto, a pesar de las presiones para hacer lo contrario. Muchos
clínicos soportan los requisitos obligatorios de la agencia para poder empezar a escuchar
a sus clientes y lo que realmente quieren. Estos terapeutas armonizan instintivamente su
discurso y su terapia de manera que encaje y cree un lenguaje, energía e ideas de
solución propios del cliente. Y muchos clínicos se arrastran y hojean el DSM para
encontrar el diagnóstico menos estigmatizante para poner en los papeles del seguro.
Donde el negocio de la Salud Mental prevalece como siempre, los clientes todavía se las
arreglan para girar la terapia a su favor. Algunos podrían decir que los clientes son
maestros en conseguir lo que necesitan, incluso en las circunstancias menos favorables.
A pesar de estos triunfos, los y las terapeutas y clientes enfrentan dificultades enormes.
La participación del cliente puede sonar buena en la teoría, pero la charla del día a día y
la actividad de la mayoría de los ambientes de la Salud Mental revelan unas creencias
fuertemente enraizadas sobre la incompetencia del cliente. Por ejemplo, las pruebas, los
diagnósticos y las prescripciones de experto refuerzan la incapacidad del cliente,
mientras que el lenguaje profesional y los protocolos de trabajo refuerzan el poder del
terapeuta. Los terapeutas a menudo trabajan creyendo en la fuerza de los clientes y
construyendo sobre ésta tan solo como un plus adicional de lo que ellos consideran el
trabajo real de verdad, los problemas subyacentes.
En este entorno los esfuerzos de los terapeutas por resaltar las ideas e iniciativas de los
clientes (por ej, en reuniones de supervisión o discusión de casos) toman una cualidad
subversiva, pequeños actos de insurrección en el clima profesional de la Salud Mental.
Los terapeutas dirigidos por el cliente pueden encontrarse a sí mismos ejerciendo dentro
del armario o tal vez cuestionando sus instintos más fuertes. Al mismo tiempo, los
clientes aprenden a dudar de sus recursos más valiosos. En vez de esto, pueden aprender
una identidad “enferma”, cada vez más sujeta a la puerta giratoria de la discapacidad. El
Planeta Salud Mental encierra a clínicos y clientes por igual dentro de una inescrutable
realidad que define lo que está mal en las personas y cómo pueden ser ayudadas.
Simplemente es así.
A pesar del reconocimiento de muchos de que algo está mal, de que hay una manera
mejor, normalmente el negocio prevalece. Buscamos elevar el umbral de conciencia de
los clínicos y consumidores exponiendo cómo el lenguaje del día a día, incluyendo
notas de casos, charlas de supervisión de casos, descripciones de casos en libros y
talleres, y la vasta gama de textos auxiliares (Internet, TV, panfletos, etc.) perpetúa el
discurso de la Salud Mental. Sin embargo, el aspecto más subversivo de la perspectiva
dirigida por el cliente es su insistencia en privilegiar el conocimiento local de las
personas que buscan asistencia -sus metas, sus puntos fuertes y sus motivaciones- en la
práctica real.
Aplaudimos los esfuerzos de los editores por resaltar las diversas maneras de cortar la
tarta de la terapia: una pareja que busca terapia se encontrará con diferentes
experiencias dependiendo de a quien elijan de las páginas amarillas. Sin embargo,
escribiendo el capítulo se presentó un dilema considerable: ¿cómo podríamos expresar
en qué consiste una terapia dirigida por el cliente y guiada por los resultados si
seguimos las categorías e instrucciones preprogramadas dadas por los editores? Si nos
conformásemos con escribir sobre nuestro modelo, modo de evaluación, intervenciones
preferidas, momentos para la terapia y estrategias de terminación, entonces estaríamos
de acuerdo en que esas categorías son esenciales para cualquier terapia. Es más, si
dirigiésemos estas categorías hacia la información provista en el “Caso de Estudio”
(incluyendo “Historia Psiquiátrica”, “Historia médica”, “Historia social de Mark”,
“Historia Social de Jan”, “Historia de Abusos de Sustancias”, “Abuso Infantil”,
“Historia Criminal”, “Problema Presentado”, “Historia del Problema Presentado” y
“Cronología de Eventos Vitales Críticos”) entonces habríamos aceptado de nuevo, a
priori, los supuestos que reflejan estas categorías. Nuestra explicación de la terapia
estaría entonces predestinada a encontrarse con los requisitos de la Salud Mental.
Esto es lo mucho, si no todo, lo que la terapia es moldeada, bien sea por escrito o en la
vida real. Las categorías, áreas de exploración, método y ámbito de la terapia están
predefinidas por ideas básicas sobre la terapia y sobre el rol del terapeuta. En las
dieciséis páginas de “información” que nos enviaron, ni siquiera había información real
para describir una terapia dirigida por el cliente y guiada por los resultados, no había
información de los clientes reales en una situación real de terapia, sus voces y
descripciones de su problema, sus metas ni sus ideas sobre el cambio. Nos faltaba el
corazón y el alma de la terapia, el encuentro momento a momento entre el terapeuta y el
cliente, el fluir de ideas y comentarios hacia delante y hacia atrás, que en cada turno de
la conversación toma su dirección partiendo de la elección del cliente de los contenidos
y metas. En esencia, la información que habíamos recibido estaba en un lenguaje clínico
tan incorpóreo, tan parecido a las notas de casos tradicionales, evaluaciones,
descripciones “biopsicosociales” de casos en revistas y libros: palabras sin vida en
páginas sin vida.
Dado que no tuvimos un acceso real a Jan y Mark ni ninguna oportunidad de averiguar
sus perspectivas, tuvimos que improvisar. Decidimos describir cómo ser dirigido por el
cliente no siguiendo las categorías o el material del caso tal y como nos lo dieron, sino
inventando las piezas que faltan, las voces de los clientes. Para hacer esto, nos
inventamos la terapia de Jan y Mark, como si estuviera ocurriendo en el presente. De
esta manera fuimos capaces de describir una terapia imaginaria que se desarrolló según
cada paso del proceso de terapia y no según un modelo de terapia preconcebido.
Nuestro capítulo se convirtió más en un video en el cual el lector podía oír y ver a Jan y
Mark y saber cómo responde el terapeuta a su punto de vista sobre el problema y a sus
respuestas.
Como dijimos anteriormente, los modelos y sus técnicas explican una modesta
proporción de los resultados de la terapia. Sin embargo, los modelos tienen su lugar, si
solo se quedasen en eso. Las investigaciones indican que los clientes prefieren trabajar
con terapeutas que proporcionen una estructura y cierta dirección a la sesión de terapia
(Mohl, 1995). Los modelos pueden hacer esto. En la medida en que los modelos
impulsan la terapia o dan un sentido del orden, pueden ser útiles. Sin embargo, desde la
perspectiva guiada por los resultados, hay varios problemas con los modelos y su
adoración.
Los modelos pueden enfrentarse a las trampas de la verdad; sus partidarios condenan a
los oponentes como herejes y a la manera de trabajar del campeón favorito como más
progresista y fundamentada que otras. El estatus de verdad que los modelos consiguen
contradice sus orígenes como construcciones, necesariamente sometidas al capricho de
las costumbres políticas o culturales de su tiempo y lugar. Además, los modelos
simplemente no se están volviendo mejores en señalar la manera de tener éxito ante un
problema dado. A pesar del bombo publicitario, los índices de mejoría en, por ejemplo,
abuso de sustancias, recaídas en abuso de sustancias, depresión, ansiedad u otras quejas
psicológicas, permanecen sin cambios.
Más importante, la historia de amor de los terapeutas con los modelos los ciega para ver
el papel que los clientes juegan en lograr un cambio. Cuando los modelos se agolpan en
el pensamiento de los terapeutas en su interacción con los clientes, hay poco margen
para que tome forma el modelo del cliente (sus ideas sobre su dilema y qué podría llevar
a arreglarlo). Si el terapeuta moldea la contribución del cliente en la forma de un
modelo favorito, el modelo del cliente se distorsiona más allá del reconocimiento. Por
ejemplo, cuando el rehusar asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos es
etiquetado como “rechazo” o la preocupación parental como relaciones enredadas, las
claves de la comunicación sobre lo que el cliente piensa, quiere o valora, no sólo quedan
sin explorar, si no que se les denigra como perjudiciales. El sagrado acto de la
interpretación, hijo directo del todopoderoso modelo, anula la materia prima más
valiosa de la terapia, las propias ideas del cliente y su colaboración.
Los últimos, por supuesto, son los consumidores, aquellos que están en la oscuridad. Su
lenguaje, sus ideas son pintorescas en el mejor de los casos, imitadas por amabilidad o
para obtener conformidad. En el peor, las ideas del cliente son parte integrante del
problema, aquellos elementos que necesitan ser erradicados o transformados en
problemas que el modelo puede arreglar. Una vez que los clientes ven la luz y desisten
de sus nociones erróneas de lo que está mal y de lo que es necesario, el cambio puede
empezar. En conjunto, desde el punto de vista dirigido por el cliente, el modelo y los
devotos del modelo son el becerro de oro, un camino falso lejos de la verdadera fuente
del cambio terapéutico.
Pregunta: ¿Qué tipo de evaluación realiza la terapia dirigida por el cliente y guiada
por los resultados para estructurar el tratamiento?
Todos estamos familiarizados con este guión, lo más probable es que participemos en él
de diversas maneras a lo largo de nuestras vidas. Y cada uno de nosotros ha tenido más
o menos éxito en conseguir la ayuda que buscamos dentro de sus confines. De hecho,
hay momentos en los que ponerse uno mismo al cuidado del médico es “justo lo que el
doctor ha ordenado”; la comodidad y la confianza que ponemos en ciertas personas y en
su habilidad y talento para ayudar produce una combinación ganadora. Al mismo
tiempo, mientras atribuimos la cura al médico sabio, fracasamos en reconocer nuestras
propias creencias y sentido común y su misterioso poder para curar. Puede que no
reconozcamos las fuerzas que realmente están en juego cuando invariablemente
atribuimos la mejoría a la práctica profesional.
A modo de ejemplo, cojamos la información que nos dieron como base para evaluar a
Jan y Mark y su matrimonio. Creemos que las elecciones de los editores de lo que era
relevante ejemplifica la manera en la que muchos casos de estudio, notas de casos y
artículos reflejan los supuestos de la Salud Mental, específicamente los sesgos hacia el
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NT: se trata de un procedimiento psicológico específico para resolver un problema, especialmente de
tipo emocional, pensando en él en repetidas ocasiones buscando que disminuya su intensidad, o mediante
la obtención de una visión distinta o al hacerse aburrido. Desconocemos un concepto equivalente en
castellano.
pasado, los problemas y la evaluación experta.
De las once categorías de información de los editores, todas menos una y una parte de
otra tratan sobre conflictos pasados. El principio de “Estudio de caso” incluía
información sobre el empleo actual de Mark y Jan, aficiones y rutinas. La categoría
“Problema Presentado” describía su declaración, presumiblemente obtenida en el primer
encuentro de terapia, sobre las dificultades actuales de la relación y lo que precipitó la
llamada para pedir una cita de asesoramiento. El “Problema Presentado” y parte del
“Estudio de Caso” sumaban, como mucho, tres páginas. Las doce páginas restantes
ahondaban en el problema social, psiquiátrico y médico de Jan y Mark, y en historias de
eventos vitales críticos. Los editores aparentemente favorecían la importancia de la
historia sobre el presente en la evaluación por una ratio de cuatro a uno. Es posible que
los editores ofreciesen un amplio rango de información para acomodar los distintos
modelos de los autores que contribuyen en el libro. Sin embargo, la ratio de cuatro a
uno no sólo limitaba la elección de aproximaciones más centradas en el presente (o en el
futuro), inevitablemente canalizaban las evaluaciones para reflejar los parámetros
comunes de la Salud Mental.
Echemos un vistazo a las descripciones de las secciones para ver cómo un supuesto
lenguaje neutral revela de hecho un sesgo de Salud Mental. En la sección “Problema
Presentado”, los editores describían la interacción entre Jan y Mark:
A veces, Mark evita estar en casa, particularmente cuando Jan está en casa. Hace
esto para evitar la tensión de la relación. Este patrón de interacción de evitación
del conflicto ha conducido a una falta de confianza y a una distancia emocional
entre ellos, afectando enormemente a su nivel de intimidad.
El lector desconoce cómo fue adquirida esta información: ¿por teléfono en el primer
contacto, en la primera sesión o de una revisión de un expediente pasado? ¿De quién es
la perspectiva: de Jan, de Mark o del terapeuta? Muchos informes de casos y
documentos son escritos de manera que no revelan el autor. Lo que se asume por
defecto es que, o bien todo el mundo está de acuerdo que este es el caso o que el
evaluador tiene conocimiento de primera mano preciso, incluso si los clientes
mantienen un punto de vista diferente.
Respuesta: La relación entre Jan y Mark y su terapeuta, debido a que ocurre en nuestro
tiempo y lugar, inevitablemente conlleva una frontera tradicional entre el que ayuda y el
que es ayudado, el evaluador y el evaluado; en resumen, Jan y Mark entraron en la
terapia del Planeta Salud Mental. Como parte de la cultura tradicional en Salud Mental,
Jan y Mark buscaron la ayuda de alguien que ellos creían que poseía una conexión de
primera mano de lo que ellos necesitaban para encarrilar su matrimonio. Al mismo
tiempo, cada uno poseía una riqueza de conocimientos sobre los problemas que han
experimentado en el pasado, tanto como pareja como de manera individual, y de qué
manera los habían vencido. Ellos además sabían cuales eran los escollos reales de su
dilema actual y tenían al menos una idea aproximada de lo que necesitaba ocurrir para
que las cosas mejorasen. En realidad, ellos ya estaban encarrilados.
Sin embargo, la terapia dirigida por el cliente trabaja con lo que el cliente quiere y con
sus expectativas, aunque esos deseos y expectativas parezcan hostiles a las fortalezas
del cliente. Trabajar en una verdadera colaboración significa confiar y contar con las
habilidades de los clientes para sacar el mayor partido del encuentro terapéutico, cuando
este encuentro valora sus perspectivas, esperanzas y expectativas. Aliarse con el deseo
del cliente de acceder a un perito o tener a un experto que se haga cargo,
paradójicamente pone a los clientes en el asiento del conductor y maximiza su
colaboración. Nuestro deseo de bajarnos del trono no debe cegarnos al deseo del cliente
de que, a veces, estemos ahí.
Desde una perspectiva dirigida por el cliente, la experiencia del terapeuta no existe a
costa de la del cliente. Tampoco el deseo de privilegiar a los clientes disminuye la
experiencia del terapeuta o evita el trabajo de colaboración con aquellos que buscan una
evaluación experta. Sin embargo, importa cómo el terapeuta considere y ejerza esa
experiencia. En el trabajo del terapeuta evaluado por el cliente, la evaluación es
coevaluación, incorporando las aportaciones y la voz del cliente y disminuyendo las
posiciones tradicionales de poder basadas en el conocimiento experto. Las
coevaluaciones son evoluciones, luchas compartidas para alcanzar una descripción
conjunta del problema y un camino para empezar a resolverlo. La evaluación experta
del terapeuta dirigido por el cliente consiste en la habilidad de él o ella para sacar a la
luz, expandir y focalizar los recursos del cliente para el cambio.
Los lectores deberían estar más en sintonía con Jan y Mark y menos con los dictámenes
de patrones de evitación del conflicto si leyesen la evaluación de la siguiente manera:
En la primera entrevista, Mark expresó que “no le gustaba mucho andar por casa”
porque esto siempre parecía terminar con él y Jan “enganchándose”. Jan se queja
de que su ausencia de la casa ha resultado en sentimientos de desconfianza sobre
el paradero de Mark y sentimientos de “frialdad” hacia él. Sin embargo, tanto
Mark como Jan expresan el deseo de recobrar la cercanía que una vez tuvieron.
Simplemente asignando quién cree qué (basado en una escucha precisa y grabando)
clarifica las diferencias y similitudes de opinión. Incluir citas reales ayuda a asegurarse
que las percepciones y entendimientos del cliente no se alteran sutilmente por la
interpretación del terapeuta. Hay tres voces en esta evaluación. Informar de los
“hechos” de esta manera pone las voces de los clientes en la misma posición (o en una
más importante) que el terapeuta.
Dada una gama de alternativas, podríamos entender y describir las siguientes palabras
de Jan: “Solíamos darnos el lote todo el tiempo…ya sabes; ahora él simplemente se da
la vuelta y se va a dormir. Al menos no ha empezado a dormir en el sofá todas las
noches, como cuando peleamos.” Hay elecciones que hace el que describe la terapia,
igual que hay elecciones que el terapeuta hace en cada respuesta a lo que dice el cliente.
En este caso el terapeuta-escritor podría oír “vida sexual deteriorada” o podría oír un
continuo deseo de mantener algún tipo de proximidad emocional y física. El terapeuta
podría narrar esta situación de la siguiente manera: “A pesar de que su vida sexual no es
la que quisieran, continúan durmiendo juntos.” Esta reescritura incluye la queja de
ambos clientes y la realidad de su decisión de dormir juntos. El sesgo de la Salud
Mental desconecta lo último y se centra en la queja. El sesgo del trabajo guiado por los
resultados es a la vez un reconocimiento del problema y una actitud de mirar más allá,
de esperanza. Esta actitud está basada en una fe realista sobre las habilidades de los
clientes para cambiar y en la importancia de comunicar esta fe para aumentar la
esperanza y la expectativa de un resultado positivo.
Pregunta: ¿Cuáles son los objetivos de la terapia dirigida y evaluada por el cliente?
Los editores nos preguntaron; “¿Cuáles serían los objetivos para esta pareja?” Esto
seguido de preguntas sobre el modelo y la evaluación. El guión médico se desarrolla de
manera predecible. Los objetivos en Salud Mental son los productos naturales de la
decisión del terapeuta de lo que está mal (visto a través de las lentes del modelo). Es
lógico: si el terapeuta determina el problema, el terapeuta determina lo que no es el
problema o cómo debería ser la situación cuando no haya problema. De nuevo, pedirnos
que hablemos de las metas en realidad es una petición aparentemente inocua. Es la
insinuación de la palabra “tus” la que inclina el sesgo de la Salud Mental en favor del
privilegio del terapeuta en la terapia.
Es importante darse cuenta de que las metas, esos criterios de valoración imaginarios
que ayudan a centrar la energía de la terapia y mantenerla en el buen camino, están
particularmente cargadas de costumbres culturales dominantes. Por ejemplo, en las
décadas de los 50 y 60, los psiquiatras establecían metas aceptables para las mujeres en
terapia, incluyendo la aceptación de su condición de asistentes de sus parejas y su
dedicación desinteresada en el hogar, ya sea en el ejercicio de las tareas domésticas o en
las demandas sexuales de sus esposos. Los guardianes (y ejecutores) de la norma que
acabamos de ver son hombres; su imagen de los criterios de valoración refleja sus
propios prejuicios como miembros de un grupo cultural dominante. Otras normas
dominantes han influido sutilmente en las metas de la terapia, incluyendo las
preferencias por la riqueza y el éxito, la superioridad de los hogares de dos padres (de
sexo opuesto), y la separación de la familia extensa del núcleo de crianza de los hijos.
Cada uno tiene su criterio de valoración de las preferencias de la cultura dominante.
Incluso los denominados puntos de vista tolerantes, tales como roles parentales
igualitariamente compartidos o la importancia de la educación tradicional, pueden tomar
la forma de mandatos opresivos cuando fuerza a las familias con diferentes antecedentes
culturales y expectativas diferentes. La insistencia en las metas definidas por el
terapeuta pone a la terapia en peligro de ser sólo un arma más de control y conformidad
social, más que un medio para la realización de las esperanzas y sueños personales.
En el Planeta Salud Mental, la tendencia a ser dejado de lado es grande. Si pasas cuatro
años de tu vida estudiando cómo los hombres reprimen sus emociones en su perjuicio y
en perjuicio de sus parejas, tus ojos y oídos -tus metas- estarán intensamente
sintonizados con cómo los hombres se expresan o fracasan al expresarse en terapia; tu
deseo natural será señalar sus errores e instruirlos para que los corrijan. Está muy bien,
puedes pensar, porque aun compartes lo que quieren, más respeto de sus esposas o
parejas. Cuando abandonen la terapia tras la segunda sesión, tu punto de vista se
confirmará: los hombres que no pueden expresarse se retiran cuando consigues
acercarte mucho. El problema es suyo, no tuyo. A lo mejor puedes decir, “todavía no
estaba preparado para cambiar”.
Familias e individuos han sido sometidos en mayor o menor medida a cargar una serie
de deberías y no deberías terapéuticos, hacer y no hacer y sus técnicas
complementarias, con más o menos éxito. De hecho, vídeos y libros representan
cambios terapéuticos dramáticos testimonio del ajuste de ciertos enfoques y técnicas
para ciertos clientes. Sin embargo, la cantidad de abandonos del cliente o fracaso del
tratamiento atribuible a la falta de acuerdo sobre los objetivos, probablemente
sustancial, probablemente no sea un éxito en titulares. De hecho, es probable que ni
siquiera sea visto como una noticia, sino como algo para apuntar a la incapacidad o la
falta de motivación del cliente.
No. Atrapó a los renegados, los terapeutas familiares, para perfeccionar la intervención
hasta sus más elevadas formas de arte. ¡Qué intrépida representación, qué impresionante
movimiento de la silla, qué esculpir desgarrador! Desde caerse de las sillas a
prescripciones invariables, a prescripciones del síntoma, a fregar el suelo a las 3:00 de la
mañana, las intervenciones de terapia familiar se elevaron a nuevas alturas de…
espectáculo. El público emocionado, los lectores se han quedado sin aliento. ¿Y qué
pasa con los clientes? Tal vez ayudados, tal vez confundidos, tal vez enfadados en el
Planeta Salud Mental, apenas se imaginan lo que haces en terapia. Y se lo llevan,
encuentran una manera de utilizarlo y seguir adelante con sus vidas, meros parpadeos en
cintas de seminarios de viejos maestros, de conferencias hace tiempo olvidadas, en
hoteles hace tiempo olvidados.
Bajo esta óptica, los terapeutas llevan consigo una especie de maletín negro imaginario
en el que guardan sus herramientas, sus intervenciones. Tienen el conocimiento práctico
para alcanzarlas y sacar la mejor de ellas para arreglar el problema. Para Jan y Mark,
podríamos sacar la estrategia “comunicación asertiva” o “Día par, día impar” para las
tareas domésticas, o quizás ese viejo caballo de batalla: la pregunta milagro. Tome dos y
llámeme por la mañana.
Intervenir por intervenir, al margen de la aportación del cliente, actúa con los factores
que disminuyen la participación del cliente y construyen clientes pasivos o resistentes;
concretamente ignorar los objetivos del cliente, sus expectativas y recursos. Los clientes
tienen su propio maletín negro de trucos, esas ideas sobre lo que quieren y su propia
creatividad para sugerir y confeccionar intervenciones, solo si los terapeutas se toman el
tiempo para ver y decidir con los clientes qué es mejor probar.
Las intervenciones pueden, como mínimo, dar a los clientes la sensación de que al
menos algo se está haciendo; pueden servir para generar algo de esperanza para el
cambio. En estos casos, lo más probable es que los clientes tomen la intervención del
terapeuta y la hagan suya, transformándola en lo que ellos crean que funcionará para
ellos. La terapeuta de Jan y Mark podría enviarlos a casa con la tarea de hacer una cena
con velas en un restaurante romántico. Cuando ellos informen que pusieron velas en la
mesa de la cocina y abrieron una botella de vino especial (¡a mitad de semana!), la
terapeuta puede regañarles para evitar la mejoría. O puede tomar y utilizar esto, viendo
su adaptación creativa de la tarea como lo que mejor se adapta a sus vidas y a sus
preferencias, y es más probable que genere el cambio.
En la medida en que la intervención toma forma fuera de los marcos de referencia del
cliente, en el mejor de los casos da esperanza y materia prima para la intervención
generada por el cliente. En el peor de los casos, ahoga la creatividad de los clientes,
construyendo relaciones terapéuticas donde los indefensos aprendices buscan la
orientación de los poderosos, o los desamparados buscan una voz a través de la
resistencia.
Respuesta: ¿Necesita intervención ser una palabrota? ¿Tenemos que andar de puntillas
alrededor de la palabra, ofreciendo reflexiones cortésmente, participando en la
conversación, y no queriendo dar consejos? ¿Necesitan los clientes golpearnos en la
cabeza? “Lee mis labios... ¿Tú qué crees?” La fobia a la intervención ha alcanzado
proporciones de epidemia en algunos círculos terapéuticos. Desde una perspectiva que
honra verdaderamente la aportación del cliente, tal evitación es insostenible; en el peor
de los casos refleja el mismo elitismo que impregna a los pro-intervencionistas. Los
terapeutas guiados por el resultado rechazan ambos. Sí, nosotros creemos que podemos
hacer la tarta y comérnosla también. Los clientes, con razón, buscan ayuda externa con
sus problemas cuando, y en general solo cuando, creen que han agotado todas las vías
razonables y conocidas para resolver el problema dentro de sus redes naturales de
ayuda. En una palabra, están atascados. Vienen a nosotros por un tipo de servicio muy
determinado (ayuda para conseguir desatascarse). Nuestro trabajo es tener la gama y
flexibilidad de conocimientos y habilidades que coincida con sus expectativas y modos
preferidos de aprendizaje y cambio. Si los clientes quieren "trabajar el programa de
Alcohólicos Anónimos," accederemos; si quieren explorar el pasado, allá vamos. Si
tienen el anhelo de probar la desensibilización sistemática, por qué no. Después de todo,
cuando lo deconstruyes, el conocimiento experto, especial, no es ingeniería espacial
(pero no lo cuentes). Depende de nosotros estar entrenados y ser expertos en determinar
lo que se quiere y luego darlo, no ser un aprendiz de todo y maestro de nada, pero sí un
aprendiz de todo y maestro en encontrar, respetar y dar a los clientes lo que quieren.
Con Jan y Mark la terapeuta elaboró sus intervenciones según sus aportaciones
inmediatas. Jan creía que ella y Mark tenían que llegar a un acuerdo sobre el pasado; era
necesario reparar algunas equivocaciones pasadas para que ella siguiese adelante. Mark
sintió que el pasado se interponía para avanzar hacia el futuro. Él no quiso tocar eso.
Aquí había dos teorías de cambio diferentes y en conflicto. La terapeuta en este caso
respetó cada punto de vista, enmarcando el problema en la conversación terapéutica de
forma que validó ambas posiciones. Pueden coexistir dos visiones diferentes, y aún
surgir la solución.
El terapeuta no siempre sabe (lo más frecuente) qué soluciones surgirán. Los terapeutas
confían, primero y ante todo, en el poder de mantener un fuerte vínculo terapéutico con
todos los participantes, manteniendo una conversación respetuosa con el punto de vista
de todos y permitiendo que la magia de la motivación y la creatividad del cliente hagan
su trabajo. En realidad es una cuestión de confianza: confianza en tu propia habilidad
para escuchar, sentir, respetar y luchar; confianza en la habilidad de los clientes para
luchar y encontrar un camino. No es ingeniería espacial, y no es fácil. No todo vale en
la ruta de la terapia dirigida por el cliente, actuando a ojo de buen cubero30. Es un
esfuerzo cortés y culto pedir al terapeuta pericia y repertorio. Lo que no lo es, es la
aplicación ciega de estrategias impulsadas por la teoría dirigidas a la solución de
problemas enmarcados por la teoría.
La mayor parte de las personas resuelve sus dificultades por sí mismas, usando su
propia y extensa red de recursos. Solo una pequeña parte de la población que
experimenta cambios vitales naturales (incluyendo traumas, pérdidas, dolor,
transiciones vitales y oscilaciones emocionales y del ánimo) recurren a lo que muchos
consideran ayuda profesional (Bohart y Tallman, 1999). Dejando sus propias estrategias
y con el respaldo socialmente adecuado, la “enfermedad mental” les saca de encima sus
problemas, al menos hasta el punto en que sus vidas ya no necesitan girar en torno a
drogas y hospitalización (Haley, 1989; Karon y Vanderbos, 1994; Whitaker, 2002). A
pesar de eso, terapeutas y clínicos del Planeta Salud Mental se alían para ver patología
al acecho detrás de cada puerta. Nos vemos a nosotros mismos viviendo en un tenue y
peligroso mundo poblado por constituciones mentales vulnerables. En un mundo así los
servicios de la Salud Mental se vuelven indispensables.
Tal perspectiva es comprensible cuando el trabajo diario de los que ayudan se llena con
historias de trauma y sufrimiento, historias en su mayoría desmoralizadoras cuando
rodean y dejan al margen las historias de resiliencia. Sin embargo, la insistencia de la
Salud Mental en el paradigma de la incapacidad cumple otra función: confirmar la
fragilidad de las personas y la aceptación de su fragilidad, garantiza la continuación (y
crecimiento) de las llamadas profesiones de ayuda.
30
NT: fly by the seat of your pants. En su acepción aeronáutica se refiere a la habilidad para volar sin
mirar los instrumentos de a bordo, según la sensación del trasero sobre el asiento. Aunque en algunos
foros se sugiere la traducción de “improvisar sobre la marcha”, la que sugerimos nos parece más ajustada
al contexto.
La tendencia a asegurar el mercado es un aspecto predecible del sistema de libre
mercado, que generalmente opera al margen de la conciencia inmediata e intenciones de
los miembros particulares del sistema. Pero cuando la necesidad de patología es
cultivada deliberadamente para beneficio de ciertas instituciones o estructuras, estas
tendencias toman un cariz malévolo. ¿A quién están sirviendo realmente estos intereses
cuando los ciudadanos son abordados en supermercados para medir su depresión
(durante la Semana de Concienciación contra la Depresión, por ejemplo), una
enfermedad presuntamente insidiosa que puede acechar fuera de la conciencia, solo para
manifestarse plenamente cuando posiblemente ya es demasiado tarde y se necesita un
tratamiento de larga duración? ¿A qué intereses se sirve cuando los anuncios de
medicamentos a toda página llenan las revistas profesionales y cuando el dinero de
farmacéuticas y de personal profesional impregnan conferencias, instituciones de
investigación y foros "educativos"? ¿Quién se beneficia cuando mujeres, adolescentes,
niños y minorías son encauzados hacia la Salud Mental Comunitaria, a menudo a través
de la libertad condicional, las escuelas, los departamentos estatales de niños y familias,
y otras agencias de servicios sociales (impuestos)? Literalmente es una industria
multibillonaria, y todo el mundo compite por una parte de los beneficios.
Desafortunadamente, la Salud Mental se desarrolla en la medida en que se desarrolla la
enfermedad mental. El zorro está guardando el gallinero con la plena bendición de las
gallinas.
Las críticas a la Salud Mental no son solo por el cinismo con la mentalidad de mercado,
la codicia o la búsqueda de estatus y poder. La psicoterapia, los psicoterapeutas y los
medicamentos tienen su utilidad y su lugar en la sociedad. Los profesionales de la
curación y de la ayuda han practicado su oficio a lo largo de la historia en la mayoría de
las culturas del mundo. Parece que hay un nicho, una necesidad social, por la relación
que las personas buscan y forman en ciertos momentos y para determinados fines con
aquellos que se cree que poseen conocimientos y capacidades especiales para ayudar.
Las singulares cualidades de los que ayudan, incluyendo la empatía, el altruismo y una
fuerte creencia en las personas y el poder de las relaciones, impactan con una resonancia
clara y fuerte en medio de un estrépito menos noble. La pureza de la intención persiste y
tiene éxito, a pesar de las fuerzas de oposición. Las críticas a la Salud Mental no buscan
desalentar o menospreciar este espíritu, sino que pretenden defender el modo en que se
puede crecer más fuerte y alto.
La responsabilidad en el Planeta
Salud Mental
¿Qué se convierte en la obligación de todo aquel que percibe la Salud Mental bajo una
nueva visión, tanto por su benevolencia como por el uso indebido de la benevolencia?
Estamos todos implicados, y todos poseemos una parte del entramado que actúa desde
lo que perpetúa los mismos problemas a los que nos oponemos. Desde un punto de vista
dirigido por el cliente, escapar de esa pesadilla radica en una vía: una auténtica
colaboración en investigación, teoría y práctica con la mitad más grande de la ecuación
terapéutica que son los clientes consumidores. Debe haber cincuenta formas (por lo
menos) de abandonar las viejas formas de siempre. Desde tranquilos momentos de
cuestionamiento claro y reflexivo del negocio como es costumbre en reuniones de
equipo, aulas o encuentros profesionales, hasta una protesta más a viva voz en forma
impresa o hablada, las ideas del terapeuta dirigido por el cliente pueden arraigar.
Los clínicos de los centros, hospitales y despachos pueden desafiar diariamente con
respeto las prácticas que excluyen a los clientes de las decisiones de tratamiento
(Sparks, 2002). Pueden incluir la voz y los deseos del cliente en la supervisión y
discusión de casos, así como en los historiales. Pueden adoptar una postura más ruidosa
insistiendo en que los clientes asistan a las reuniones de equipo y que las opciones
médicas no se tomen automáticamente y sin discusión como tratamiento de elección
para los "casos más graves." Pueden resistirse a llamar a los clientes por el número de
caso, el diagnóstico o por motes. Cuando los clientes no pueden estar presentes en las
discusiones de casos, los terapeutas pueden desafiarse ellos mismos a hablar como si los
clientes estuviesen presentes. En pocas palabras, los clínicos se resisten cuando se
niegan a participar en la jerga profesional, el etiquetado y los protocolos
predeterminados de tratamiento que no involucran a los clientes como iguales,
verdaderamente indispensables, y dignos miembros del equipo de tratamiento.
Quizá la resistencia del terapeuta toma su forma más subversiva cuando tiene consultas
privadas con los clientes. Aquí, los terapeutas pueden desviarse de los procedimientos
estándar para apoyar la resistencia del cliente, para luchar y elaborar planes de acción
que se ajusten únicamente a las preferencias y objetivos del cliente. Los terapeutas
pueden animar a los clientes a hacer uso de sus redes naturales, antes que nada, por
encima de la intervención "profesional". Los terapeutas pueden estar dispuestos a correr
riesgos, ir más allá de los límites del despacho y de los procedimientos estándar, e
involucrar los apoyos naturales del cliente. Por último, pueden tener una fe
inquebrantable en la capacidad de sus clientes para encontrar un camino, incluso en
condiciones extremas y en circunstancias peligrosas.
En la forma en que leemos, lo que elegimos tomar en sentido literal y lo que optamos
por examinar más de cerca, los clínicos y los consumidores pueden llegar a ser más
activos y más eficaces para efectuar cambios en el Planeta Salud Mental. Más
importante aún, los clínicos pueden colaborar verdaderamente en el encuentro cara a
cara con aquellos que buscan ayuda, buscando su ayuda a cambio, confeccionando
filosofías y prácticas que funcionan. Nuevamente, desde la crítica al cambio, la
colaboración es una reciprocidad circular, en evolución, que no reemplaza la Salud
Mental, sino que se asegura de que todos los interesados e interesadas tienen voz y voto
en la definición de "mejores prácticas".
EPÍLOGO: HISTORIA DE DOS TERAPIAS
Mientras los leones no tengan historiadores, los cuentos de caza
siempre glorificarán al cazador.
Proverbio africano
Emma no podía entender lo que estaba sucediendo. Debería sentirse en la cima del
mundo. Después de todo, allí estaba ella, una de las estudiantes de élite de primer año
en Yale, por primera vez lejos de casa, en un nuevo y maravilloso mundo. Lo mejor de
todo es que estaba allí con una beca completa. Por fin, el sueño por el que ella y su
familia habían luchado tanto tiempo, que alguien de su modesto hogar del sur de Florida
pudiera pasear por el histórico campus junto a sus compañeros de clase de los lujosos
barrios de Boston y Nueva York, se estaba haciendo realidad. Pero lo que al principio
parecía un cuento de hadas progresivamente fue cogiendo mala pinta. Se encontró cada
vez más aislada en su habitación de la residencia, reacia a aventurarse en la ciudad para
hacer vida social con nuevos amigos. Incluso el aula, antes más cómoda que el patio de
su casa, se había convertido en un lugar de incertidumbre, con proyectos a largo plazo
sin terminar y las notas escapándose. Las llamadas a casa solo aumentaron la ansiedad
de todos. A veces Emma imaginaba que oía voces (de sus padres, maestros, amigos, de
sí misma, ¿para advertirla, aconsejarla, o simplemente hacerle compañía?). Consciente
de que no todo estaba bien en la película de Cenicienta, Emma buscó la ayuda del
psicólogo de la universidad.
TERAPIA UNO
12 de febrero: Reunión con la paciente, una mujer de dieciocho años de edad, que asiste a las
clases de su segundo semestre. La paciente describe sentimientos de pánico, ansiedad,
respuestas fóbicas, y dice escuchar voces. Analizadas las opciones de terapia y medicación.
Derivada al Dr N------- para medicación. Diagnóstico: Trastorno psicótico no especificado. Cita
para seguimiento en una semana.
13 de febrero: La paciente, sexo femenino, edad dieciocho años, se presenta con síntomas
psicóticos y sentimientos contradictorios. Se prescribe Geodon31, 20 mg. dos veces al día.
Diagn.: Esquizofrenia. Rev. médica en dos semanas.
En marzo, el sueño parecía en peligro. Emma, incapaz de concentrarse, cada vez más
ansiosa y aislada, regresó a su casa con autorización médica. Aquí se puso inquieta,
deprimida, habló de hacerse daño a sí misma. Una tarde, su hermano más joven la
encontró en el garaje, amenazando con lograr este fin.
Mientras estaba hospitalizada, Emma trabajó con Jean, una interna de counseling de la
universidad local.
TERAPIA DOS
16 de marzo: Reunión con Emma durante una hora. Parecía aturdida, pero habló de sus
experiencias en la escuela. Cuenta que se siente confusa, pero no cree que sea psicótica. Está
preocupada por cómo se siente con la medicación. Dice que siente como si hubiera perdido su
capacidad para pensar y conectar con los demás y esto la deprime más. Se revisan sus
opciones y los apoyos que necesita para volver a casa y retomar los estudios. Se le asegura que
va a mejorar. Programada una próxima reunión para acordar un calendario.
Jean pasó tiempo con Emma, la escuchó, y tomó en serio sus preocupaciones sobre la
medicación y su deseo de volver a casa. Jean tenía información tanto acerca de la
terapia dirigida por el cliente como sobre la investigación sobre fármacos; estaba
contenta de satisfacer la curiosidad de Emma y de sus padres acerca de qué otras
opciones podrían proporcionar a Emma ayuda segura para volver a hacer su vida.
Debido a la colaboración de Jean y su familia, la derivación para trabajar con Emma
sobre su vuelta del hospital a casa al final acabó en la consulta de Barry y Jacqueline.
Trabajar con Emma no era exactamente navegar con viento en popa. Inicialmente sintió
que nunca podría volver a ser la misma de antes. Tomó la decisión de suspender todos
los fármacos y sufrió los efectos de rebote, a pesar de su retirada paulatina.
Simplemente no podía dar sentido a los acontecimientos que de manera tan dramática
habían alterado su forma de vida actual y futura. Las puntuaciones iniciales de Emma en
la Escala de Evaluación de Resultado (ORS) fueron consistentemente a los extremos
más bajos (para ser exactos un ridículo 2 en total), lo que indica un gran malestar en
todas las áreas de su vida. Culpándose a sí misma, a veces pensaba en los modos de huir
de sus circunstancias, ya fuera saliendo con un conductor de camión a través del país o
por algún otro medio aún más drástico.
Mientras tanto, Barry trabajó semanalmente con Emma en terapia. Durante este tiempo,
llevaban cuenta de los avances con la ORS y monitorizaron la alianza con la Escala de
Evaluación de la Sesión (SRS). Tras nueve sesiones, las puntuaciones de Emma en la
ORS permanecieron en un preocupante 4. Aunque la SRS indicaba una alianza positiva,
claramente Barry y Emma estaban atascados. Habían intentado muchas cosas diferentes.
La conversación de control incluyó una discusión más detallada sobre la SRS y dio
lugar a que Barry decidiese sugerir más ideas. Otra conversación reveló el deseo de
Emma de ser hipnotizada, que en su momento fue puesta en marcha. Más tarde, la
discusión sobre la falta de progreso culminó en una consulta con el equipo. Pero a pesar
de tan buenas ideas, el entusiasmo de Emma en su momento y las buenas puntuaciones
SRS, no aparecía ninguna diferencia apreciable en la ORS; parecía haberse atascado en
la insignificante página 4.
En este punto, Barry hizo lo que predica. En un difícil pero importante debate de última
oportunidad, comentó que las cosas no avanzaban como ellos esperaban, y temía estar
convirtiéndose en un obstáculo para la vuelta de Emma a Yale. Entonces le preguntó
qué pensaba ella que podían hacer para ayudarla a avanzar. Aunque en las sesiones
anteriores habían tenido lugar discusiones similares cuando no se alcanzaba ningún
progreso, esta vez había un mayor sentimiento de urgencia. Después de las
posibilidades revisadas con Barry, Emma decidió que el cambio a una terapeuta del
equipo podría ayudar a aflojar el atasco.
En la sesión 11, Emma había alcanzado una puntuación total de 22. Puntuó altas todas
las escalas, a excepción de la social (con una puntuación mucho más baja de 1). Esta
sesión giró en torno a las cosas que Emma estaba haciendo que contribuyeron a su
sensación de bienestar individual e interpersonal y lo que necesitaba hacer para poner en
marcha su vida social. Al cancelar la sesión siguiente, Emma dijo que ya no necesitaba
venir a terapia. Por supuesto esto es lo que la ORS y Emma dijeron sobre el cambio en
la sesión anterior, aunque no se había discutido su terminación.
Cuando el trabajo concluyó, Emma estaba trabajando en una organización local sin
ánimo de lucro, haciendo ejercicio con su madre en un gimnasio, y había elaborado un
plan para volver a entrar en la escuela el próximo año. Ya no trataba de desaparecer y
sentía que tenía estrategias para manejar los momentos en que estaba deprimida. El
cambio más dramático en la ORS se había producido durante una visita de la familia de
una semana, en la que Emma hizo una reconexión fuerte con un tío. Los contactos de
Jacqueline con Emma después de terminar la terapia confirmaron la recuperación de su
identidad y de su vida (a pesar de que en muchos aspectos estos elementos no siempre
eran partes de la identidad que había conocido antes). Varios meses después Jacqueline
y Barry se enteraron que ella continuaba haciendo cursos en una universidad local,
trabajaba en una cafetería frente a la playa, y tenía novio. Estaba en proceso de obtener
la readmisión en Yale y dijo a Jacqueline con orgullo que pensaba que podía graduarse
con su clase, haciendo estudio extra en verano. A pesar de que había viajado, según sus
palabras, a "un mundo oscuro" y ahora cargaba con las consecuencias de ese viaje, era
una mujer más o menos joven que encontraría la manera de convertirse en una adulta
sana, con todas las penas y altibajos que conlleva.
EL RELATO DE EMMA
Las historias de las Terapias Uno y Dos, por supuesto, son nuestros relatos. Emma tiene
su propio relato. Para añadir su voz al informe anterior, pedimos a Emma que
compartiera con nosotros su versión de este episodio de su vida. Los siguientes son
extractos de su respuesta por escrito a esta solicitud.
El sistema que Emma encontró, aunque atendía a personas sin cita, no tenía forma de
controlar su experiencia y encajar con alguien que pudiera sentirse a gusto. El énfasis
estaba en ofrecer un servicio competente sin tener feedback del cliente al que se servía.
También creo que la psiquiatra que me asignaron no fue útil para advertirme
sobre los fármacos y sus efectos secundarios. Más que nada me habló de los
efectos físicos, como calambres musculares, y que este tipo de medicación me lo
administraba a dosis muy bajas, así que pensé que sería una solución rápida. Su
explicación de lo que me pasaba realmente no se entendía porque en realidad no
estoy familiarizada con las definiciones psiquiátricas abstractas utilizadas. Dijo
que había tenido un episodio psicótico, yo había escuchado el adjetivo antes, pero
realmente no podía ver qué relación podría tener conmigo, así que realmente no
lo comprendí, e incluso me confundió más.
De un encuentro a otro, los recursos y deseos propios de Emma fueron ignorados, como
la experiencia con Ann que Barry contó en el prólogo. Al mismo tiempo, Emma
experimentó efectos no deseados de la medicación neuroléptica. Comprensiblemente,
llevó su resistencia a otro nivel, intentando otras tácticas para llamar la atención sobre
su deseo de ser escuchada y de ser tratada como una persona racional y sensata, como
un ser humano. Uno puede conjeturar que lo que los demás a menudo ven como un
comportamiento psicótico pueden ser, de hecho, esfuerzos desesperados para enfrentar
un contexto deshumanizante.
Todas las decisiones que se tomaron por mí durante este período de tiempo sólo
empeoraron mi estado mental. Me convertí en una zombi debido a los fármacos,
y realmente yo no era en absoluto la misma persona. Nunca he visto nada como
lo que esos fármacos pueden hacerle a uno. Nadie debería tener que tomarlos.
Estuve en un hospital durante nueve días, y no salí a la calle, y como estaba
zombi no me importó no exponerme a la luz solar natural ni al aire fresco.
Emma reaccionó con alguien que compartió información que podía ayudarla a dar
sentido a lo que estaba experimentando y le dio diferentes opciones para manejarlo.
Estas son algunas de sus observaciones sobre las primeras sesiones en nuestra consulta:
Mi experiencia con Barry fue un buen punto de partida, pero creo que en ese
momento yo estaba tan seriamente deprimida que no tenía fe en nada que pudiera
ayudar en mi recuperación. La escala de avance indicaba que Barry y yo no
teníamos un buen ajuste en ese momento, pero creo que posiblemente no era
buena compañera para nadie en aquel momento. Creo que fue un buen ejemplo
de cómo la lenta recuperación ocurre cuando el problema es mental y no físico.
La explicación de Emma de por qué las cosas no avanzaban coincide con la nuestra.
Señaló que, aunque Barry podría no haber sido el más ajustado, su proceso de
recuperación simplemente puede haber seguido su propio curso. Lo que esperábamos
hacer era no interferir con ese curso. Continuar con el mismo formato durante mucho
más tiempo sin cambios podría construir un sentimiento de desesperanza y culpa. En
cambio, entendimos el problema como una necesidad de Emma de cambiar de escena,
por así decirlo. El cambio de terapeutas aquí simplemente significó que volveríamos a
hacer lo que fuera, incluso si eso significaba salirse del camino.
La cultura de la salud mental con frecuencia culpa a los clientes por no mejorar. En un
clima así, los clientes pueden llegar a verse sin la esperanza de que alguien pueda
ayudarles. Tal vez tenemos que trabajar más duro para hacer frente a esta construcción
de desesperanza. Podríamos correr la voz de que la investigación nos dice lo contrario:
cuando los clientes no están obteniendo resultados en un formato, no es debido a la
gravedad de su problema o a una carencia de lo que se necesita para mejorar. Más bien,
se debe a un ajuste no óptimo entre el profesional y el cliente; con un mejor ajuste, los
clientes logran resultados fácilmente. Continuar en una terapia donde el cambio no está
ocurriendo puede contribuir a la cronicidad de un problema, cortocircuitando la
progresión natural de la crisis a la vida cotidiana más o menos problemática.
La descripción del cambio de Emma no nos dice nada y nos dice todo. Nos dice que el
cambio es esencialmente un proceso muy idiosincrático; sigue siendo uno de los
eventos más misteriosos ampliamente estudiado de toda la psicoterapia. Las
descripciones de la gente de sus experiencias de cambio subrayan su carácter
enigmático. El cuerpo de datos empíricos que tenemos sobre el cambio no resuelve nada
de este misterio. No nos da nada acerca del contenido único del cambio tal como se
experimenta personalmente. Lo que sí hace, sin embargo, es apuntar a temas comunes.
Como mejor podrían resumirse estos temas es de la siguiente manera: (1) el cambio
sucede, y (2) se trata del cliente.
SE TRATA DEL CLIENTE
Para nosotros, la pregunta es la siguiente: ¿Hasta qué punto nuestras teorías y prácticas
apoyan el cambio y el papel que le corresponde al cliente como autor principal? El
cambio de paradigma que imaginamos está comprometido con un modelo relacional en
vez de uno médico. Acepta un proceso dirigido por el cliente en lugar de basarlo en la
teoría. Y subraya el resultado definido por el cliente en lugar de la competencia como
una medida de la eficacia.
Un modelo relacional significa que los terapeutas trabajan con en vez de sobre los
clientes. En una terapia-con, los clientes tienen la voz más importante sobre lo que
quieren y cómo prefieren conseguirlo. Como escribió Emma:
Hay que dejar que el cliente sepa que es el único que puede comenzar a cambiar
porque este tipo de cosas sólo salen de dentro. La gente puede ayudarte y guiarte
pero, al fin y al cabo, es tu elección. Tienes que decidir mejorar.
Nuestra visión rechaza la teoría exclusiva y derivada del experto como fundamento para
la práctica. En cambio, se interesa por las ideas del cliente sobre el cambio, los temas
iniciados por el cliente, sus prioridades y sus puntos de vista sobre el progreso de la
terapia. Eleva sin reservas las teorías locales, de los clientes, sobre todo aquello que
anteriormente la comunidad terapéutica consideraba sagrado. Tal como lo expresó
Emma:
Ella [la psiquiatra] quería reducir todo a términos médicos desde que fui
hospitalizada y medicada, y dijo que quería ayudarme con lo que había
desencadenado todo, que ella pensó que se trataba de ansiedad. Pero incluso si se
tratase de ansiedad lo que disparó todo lo que pasó esos meses, yo necesitaba
ayuda con otra cosa, porque estaba tan indiferente en ese momento al estar
medicada todavía, y la ansiedad no tenía nada que ver con mis problemas
emocionales.
Por último, nuestro futuro preferido equipara la competencia del terapeuta con los
resultados definidos por el cliente. Son los clientes, y no los supervisores, ni los
directores, ni los comités autorizadores, ni las compañías de seguros, ni los directores
generales de las agencias, los jueces últimos de si el servicio es eficaz. La práctica se
desplaza desde un énfasis en la competencia en la prestación de servicios, tal como se
define por la disposición repetitiva del tratamiento basado en la evidencia y los
procedimientos profesionales, hacia la práctica guiada por los resultados, donde los
clientes guían el proceso diciéndonos lo que funciona y lo que no. Los terapeutas ya no
están al servicio de las teorías desconectadas del proceso inmediato de la terapia. En vez
de eso, están al servicio de los clientes, midiendo cada paso en función de la recogida
sistemática en el momento, del feedback del cliente.
En un sistema relacional, dirigido por el cliente y guiado por los resultados, algunas de
las cosas pueden ir a contracorriente de lo que se considera la “mejor práctica”. Emma
escribió:
Bueno, por supuesto, tú y Barry compartís una filosofía única en lo que a salud
mental se refiere. Me podrías haber metido en un hospital, por mis acciones y mis
palabras, y podría haber sido medicada y de nuevo dado dos pasos atrás, pero no
lo hiciste, y por eso siempre estaré agradecida.
Usted también puede tener que saltar los límites habituales de la práctica para llevar a
cabo las metas y métodos preferidos por el cliente. Como Emma escribió: "Yo diría que
la gente debe tener siempre alguien con quien hablar o para estar con ellos en cualquier
momento del día. Esto es extremadamente importante si son un peligro para ellos
mismos y los demás."
Por encima de todo, es posible que tenga que suspender un arraigado desprecio por el
conocimiento, el valor, y la voluntad del cliente para superar incluso las circunstancias
más angustiantes. Creer en los clientes apuntala el proyecto del cliente heroico.
Reconocemos que la mayoría de los profesionales de la ayuda, incluidos los que
estuvieron en contacto con Emma, están comprometidos con el trabajo ético y
comprensivo. Entonces, como profesión, ¿cómo hemos llegado a abandonar nuestros
instintos para creer y ser sensibles con nuestros clientes? ¿Cómo hemos llegado hasta
aquí partiendo de los impulsos idealistas que nos atrajeron a muchos de nosotros a este
trabajo? Las raíces de la desconfianza en nuestros clientes residen en nuestra historia,
incluyendo los supuestos acerca de la locura y su curación. También tienen mucho que
ver con el dinero y el poder. Desafiamos las creencias y las prácticas que dificultan
nuestras mejores intenciones, devalúan a los clientes y distorsionan el proceso de
cambio. Invitamos a aquellos que comparten una esperanza y una visión diferente del
futuro a aprender de los clientes en estas páginas y en nuestros recuerdos y a mantenerse
creativos y decididos en nuestra tarea con el cambio.
Como Emma escribió: "También me gustaría decir que deben ser pacientes y animar al
cliente de que va a mejorar, pero tienen que creer porque yo mejoré, y soy la prueba
viviente."
APENDICE I. UN INFORME EN PRIMERA
PERSONA DE LOS SERVICIOS DE SALUD
MENTAL*
Ronald Bassman
Derrotado y abatido, estaba demasiado débil para resistir el argumento del psiquiatra a
mis padres en la reunión de alta. Su trabajo consistía en convencernos de que yo era un
esquizofrénico incurable. Tenía veintitrés años cuando ese doctor acusador, haciendo
también de juez y jurado, me sentenció a una vida de, como mucho, locura controlada.
Con la certeza petulante de un corredor de apuestas, le dijo a mi familia que mis
posibilidades de conseguirlo sin ser hospitalizado de nuevo eran muy escasas. Sus
órdenes médicas fueron expresadas con una autoridad absoluta que desalentaba
cualquier desafío.
Sin apenas reconocer mi presencia, señaló con la cabeza hacia mí y dijo: "Su hijo tiene
que tomar medicación para el resto de su vida, y volver al hospital semanalmente para
tratamiento ambulatorio. No debería ver a ninguno de sus viejos amigos. Si su conducta
cambia o se altera, háganmelo saber."
En 1970 fui dado de alta de un hospital psiquiátrico por segunda vez y etiquetado como
esquizofrénico crónico, transcurrieron muchos años antes de que pudiera librarme de un
nombre que maldice al portador, un nombre que me robó el derecho de respetarme a mí
mismo.
*
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en Psychotherapy Bulletin (Bassman, R. [1999]. The
psychology of mental illness: The consumers/survivors/ex-mental patients’ perspective. Psychotherapy
Bulletin, 34(1), 14–16) y se reproduce aquí con permiso.
32
NT: New York State Office of Mental Health Division of Recipient Affairs. Entendemos que el
equivalente en nuestro sistema de salud sería Atención al Usuario.
¿Qué es la locura? ¿Tiene bordes, una frontera invisible que se atraviesa, o es como caer
por el precipicio de una montaña? Ir cayendo por las cornisas escarpadas del acantilado
puede proporcionar respiros temporales. Algunos pueden caer en ese agujero negro
impulsados por el empuje de fuerzas visibles e invisibles desde dentro y desde fuera.
Aquellos lo suficientemente desafortunados para caer al fondo sufren un infierno que
esquiva la descripción a todos, salvo al artista dotado. Una vez atrapados, los bordes
escurridizos y brillantes de ese imaginario aunque real agujero repelen y se mofan de
los intentos de fuga. Familia, amigos y médicos dejan caer cuerdas y escaleras para
ofrecer su ayuda, pero la obediencia absoluta es un precio demasiado alto para esa
asistencia. La pasión, la fuerza, el auto-respeto, y los sueños enraizados no deben
considerarse como exceso de equipaje para descartar antes de la ascensión.
Solo y rodeado por otros, doloroso silencio interrumpido por ruido insoportable, nada es
predecible. La oscuridad confusa del temor, el terror y la soledad hacen que noche y día
sean indistinguibles. Las leyes de la realidad han estallado. El yo se ha desintegrado.
Todo es posible. Nada es factible. Aun así, para aquellos capaces de mirar dentro y ver
más allá de los reflejos distorsionados en los brillantes muros de piedra mágicos de su
loco confinamiento, la esperanza puede iluminar la visión de que un mañana mejor es
posible.
Hoy en día, después de haber conseguido "crédito" y cierto grado de respeto por parte
de mis pares tanto profesionales como consumidores/supervivientes, tengo la
oportunidad de hablar y abogar por aquellos que han perdido sus voces. Muchos de
nosotros hemos sido obligados a aceptar las creencias más actuales y más fuertemente
promovidas sobre la enfermedad mental, con sus pronunciamientos sobre discapacidad
de por vida y la demanda asociada para reducir la ambición de nuestros sueños y
aspiraciones. Otros definen para nosotros expectativas realistas tales como trabajos poco
estresantes en los ámbitos de las 4 F’s: basuras, archivos, alimentación y recaderos [en
inglés: filth, filing, food, fetching]. Muchos han aprendido a sobrevivir convirtiéndose
en total e irremediablemente sumisos. Me uno a mis compañeros consumidores/
supervivientes en un movimiento social en expansión, un movimiento por los derechos
que nunca antes había existido. En el pasado, la reforma de la salud mental siempre ha
sido impulsada por la pasión y el liderazgo de unos pocos individuos especiales, y
cuando su tiempo ha pasado, la reforma y el progreso han finalizado. Ahora la
esperanza es que a través del descubrimiento de los demás, de la unión y las alianzas, el
que se está recuperando, el recuperado, el transformado que una vez estuvo aislado,
encerrado, encontrará la validación en otras personas que han compartido su experiencia
de confusión, dolor y opresión. Después de haber redescubierto las verdades personales
de su experiencia, ya no consentirán volver a ser descritos mediante etiquetas que
niegan su dignidad y valor como personas completas con diversas fortalezas y
debilidades.
Agradezco profundamente a los psicólogos que están dispuestos a despojarse del rol
jerárquico de experto que ayuda en favor de la colaboración abierta de persona a
persona en un viaje de crecimiento mutuamente beneficioso. Como consumidor/
superviviente y psicólogo, estoy decepcionado y avergonzado por la ausencia casi total
de psicólogos en los ámbitos políticos donde los consumidores/supervivientes han
tenido que hablar sin aliados, aunque no sin escasez de aquellos que se escogerían a
ellos mismos como sus cuidadores. Les insto a formarse. Descubra cómo diferenciar
quién se autoidentifica como consumidor de quién se autoidentifica como superviviente
psiquiátrico. Conozca las diferencias entre los grupos de consumidores/supervivientes y
grupos familiares de defensa (NAMI) y la forma en que a menudo se han opuesto en
cuestiones de defensa. Le pido que haga un poco de introspección para ver si sus
creencias son compatibles con la voluntad de asumir los riesgos inherentes a las
acciones necesarias para eliminar las barreras para el empoderamiento de los más
marginados entre nosotros: la persona diagnosticada y tratada de enfermedad mental
grave.
Aprender a escoger y elegir lo que funciona mejor para usted a menudo requiere
investigación fuera del modelo médico convencional. La experiencia desarrollada por
pares -consumidores/supervivientes/ex-pacientes (C/S/X)- generalmente es citada como
significativa para el auto-desarrollo de las personas y para emerger desde un rol de
pasividad y dependencia. Lo que sigue son algunos recursos útiles para las personas que
cuestionan la validez de su diagnóstico y tratamiento para enfermedades mentales
graves y quieren tomar una responsabilidad más personal y control sobre sus vidas:
MadNation: http://www.madnation.org
Activismo C/S/X e information
Mind: http://www.mind.org.uk/
Defensa y activismo C/S/X en Gran Bretaña
Guiarse por los resultados informados aborda directamente las limitaciones del
entrenamiento y ofrece la primera protección "en tiempo real" a los consumidores y
pagadores. En lugar de las terapias con apoyo empírico, los consumidores tendrían
acceso a terapeutas empíricamente validados. El entrenamiento podría ser utilizado para
ayudar a los clínicos a escuchar, dominar, y responder al feedback formal del cliente. La
creatividad y la ética destacarían sobre el dominio de los métodos particulares. El
énfasis se desplazaría de la competencia a la eficacia; la determinante final para
graduarse sería la capacidad para ayudar realmente, en lugar de la simple regurgitación
del "estado del conocimiento" actual en el campo.
Individualmente:
(Bienestar personal)
Socialmente:
(Trabajo, Escuela, Amistades)
Por favor indique cómo fue la cita de hoy poniendo una marca vertical en la línea que
más cerca se aproxime a su experiencia.
Metas y Temas:
Enfoque o Método:
¿Cómo te va? ¿Cómo van las cosas en tu vida? Por favor haz una marca en la escala
para que podamos saberlo. Cuanto más cerca de la cara sonriente, mejor van las cosas.
Cuanto más cerca de la cara triste, las cosas no van tan bien.
Yo
(¿Cómo me va?)
Familia
(¿Cómo van las cosas en mi familia?)
Escuela
(¿Cómo me va en la escuela?)
Todo
(¿Cómo va todo?)
¿Cómo fue el tiempo que estuvimos juntos hoy? Por favor, pon una marca en las líneas
de abajo para que podamos saber cómo te sientes.
Escucha
No siempre
me escuchó Me escuchó
Cómo de importante
Lo que hicimos y Lo que hicimos y
hablamos no es tan hablamos es
importante para mi importante para mi
Qué hicimos
Global
Me gustaría que Espero que la próxima
pudiéramos vez hagamos el mismo
hacer algo diferente tipo de cosas
Elige una de las caras para mostrar cómo van las cosas para ti. O puedes dibujar una
debajo que sea perfecta para ti.
Elige una de las caras para mostrar cómo fue para ti estar aquí hoy. O puedes dibujar
una debajo que sea perfecta para ti.