Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Índice
Portada
Sinopsis
Portadilla
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
1
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
NUEVO DIARIO
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Agradecimientos
Créditos
2
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
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parte
3
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Sinopsis
Mientras Alex y Eric intentan echar tierra de por medio,
su relación comienza a transfor marse... pero ¿están prepa-
rados para dejar atrás sus sentimientos? La lucha por ser
quienes son les llevará a un camino en el que su amor vuel-
ve a desafiar todas las nor mas.
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Iñigo Aguas
LOS CUERPOS DE LAS ÚLTI-
MAS VECES
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Para todas las personas que viven el amor con sus propias
normas
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Capítulo 1
El corazón me late cada vez más rápido. La frente se
me llena de sudor y no consigo enfocar lo que tengo de-
lante hasta que cierro los ojos con fuerza y los vuelvo a
abrir.
Ahí está. El cuadro. El puto cuadro que pintó mi ma-
dre.
Verlo es como sentir un estallido dentro del pecho. Y
no, a mí no se me ha roto el corazón, a mí el corazón me
acaba de explotar.
—¡¿Qué es?! —grita Alex desde la cocina.
—¿Qué es el qué? —Noto la lengua torpe.
—Coño, el regalo que me ha hecho mi padre.
Recibo un nuevo latigazo de dolor que me hace apre-
tar los dientes.
Me llevo la mano para masajear la zona, como si así
fuese a hacerlo desaparecer. Pero no. No solo no lo hace,
sino que encima el dolor avanza a sus anchas, mordiendo el
resto de órganos hasta que siento que mi cuerpo deja de
pertenecer me. Que ya no mando sobre él. Que pierdo el
control.
—¿Eric?
—Dime.
—No, dime tú. ¿Lo has abierto? ¿Qué es?
¿Por qué insiste tanto? Se suponía que le daba igual.
«No quiero sus regalos», eso fue lo que me dijo antes.
Miro el cuadro. Las imágenes de un hombre acercán-
dose en la exposición me vienen como fogonazos. Otra
imagen, esta de mi madre, con la cara pálida. Así debo de
estar ahora, blanco nuclear, porque la idea de contárselo
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
me paraliza. No es que el mundo se pare en seco, no, el
que se ha parado en seco soy yo, que no me puedo mover.
¿Cómo que no me puedo mover?
Clavo la mirada sobre mis dos pier nas, intentando que
sean ellas las que me expliquen qué es lo que está mal. No
lo recordaba tan difícil, se empieza por una y después le si-
gue la otra, hostia. ¿Por qué no ocurre nada? ¿Por qué ten-
go la sensación de que están forradas por una capa de ce-
mento? —¿Me vas a contestar algún día?
Solo pienso en huir lejos de ese maldito cuadro. De lo
que significa. De la imagen tan horrible que me viene a la
cabeza.
Oigo pasos.
«Muévete. Muévete. Muévete. Mierda, Eric. Haz el fa-
vor de salir de ahí.
Corre. Corre. Corre.» La vocecita que chilla en mi inte-
rior tiene que estar arrancándose el pelo desesperada, por-
que sigo sin salir de este salón que, de pronto, parece ex-
tremadamente pequeño, a pesar de sus generosas propor-
ciones. «Es ese cuadro», pienso. «Ese cuadro lo llena todo.
No hay espacio por donde salir. Es una trampa.»
—Eric —me llama la voz, mucho más cerca—. Anda,
pero si es un cuadro.
Trago saliva. Menos mal que estoy dándole la espalda.
Mi cara debe de ser un poema.
—Creo que en la pared quedaría perfecto, ¿te gusta a
ti? Como estás tan callado...
—No lo sé —respondo bajito.
—Ya veré. Oye, ter mino la cena enseguida. Calculo
que en unos cinco minutos.
¡¿Cinco minutos?! Cinco minutos es muy poco tiempo
como para recuperar me sin que note algo raro. Se va a dar
cuenta y me hará preguntas.
Joder, ¡joder! Necesito respirar y para eso tengo que
salir de aquí. Pero sigo sin poder mover me.
Empiezan a picar me los ojos. Se están llenando de go-
titas enor mes y redondas.
No, Eric, no vas a llorar. Tienes que calmarte.
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
A ver, esto no me puede estar pasando a mí. De he-
cho, no está pasando. No es el cuadro de mi madre. El pa-
dre de Alex no pudo ser el mismo hombre que lo compró
al final de su exposición. Mi madre y su padre no tuvieron
una aventura. Alex y yo no somos her manos. Todo esto tie-
ne que ser un error. Sí, un error. Voy a sonreír, porque nada
de esto está pasando en la vida real. Es un sueño. Ahora
despertaré y volveremos a estar en la habitación roja, Alex
me dirá que me he pasado toda la noche moviéndome de
un lado a otro, que casi lo tiro de la cama, que no le he de-
jado dor mir. Yo le cogeré la cara con mis manos y olvidaré
la pesadilla en cuanto le bese.
Sonrío.
Pero cuando abro los ojos mis labios tiemblan encima
de los dientes, porque el cuadro de mi madre sigue estan-
do ahí.
No son imaginaciones mías.
Si extiendo la mano puedo tocarlo.
Es real.
—Espero que te comas todo lo que tengo para ti —di-
ce Alex entrando en el salón y colocando los platos encima
de la mesa de centro. Huele a comida caliente. A pollo y
verduras.
Si no fuese porque siento que la tierra me traga y que
yo caigo por un agujero que nunca ter mina, hasta me ha-
bría ruborizado con eso de «espero que te comas todo lo
que tengo para ti». Sé que su intención era esa. El caso es
que ni siquiera sonrío. Incluso llego a recibir el juego de pa-
labras como un golpe, porque en este momento, con la
idea de que Alex y yo podamos ser her manos girando en
mi cabeza, me siento la persona más repugnante del mun-
do.
Alex parece darse cuenta y cambia el gesto.
—Tengo que ir me. —Me adelanto antes de que pre-
gunte nada.
—¿Qué?
—Que me tengo que ir.
—Pero te he hecho la cena.
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
—Lo sé. Lo siento. Se me ha cerrado el estómago.
Alex suelta un bufido.
—No digas tonterías. Si acabamos de llegar. —Una
pausa—. Venga, siéntate y ponemos una peli, la que te dé
la gana. —Trata de adoptar un tono más conciliador por-
que la tensión empieza a palparse en el ambiente, aunque
no le funciona del todo—. Como si quieres que nos ponga-
mos a ver una de Bob Esponja. Pero siéntate. La cena se va
a enfriar. Y no quiero que se enfríe.
Miro la comida que hay sobre la mesita, la servilleta
perfectamente doblada y hasta una vela encendida en la
que no me había fijado hasta ahora. Los detalles. Mis ojos
se ven atraídos por el vibrante movimiento de la llama, y
por un instante tengo ganas de poner la mano encima para
volver a sentir me vivo. Reaccionar. Gritar. Huir.
El fuego se graba en mi retina. La habitación cada vez
es más pequeña.
Aire. Me falta aire.
—Por favor.
—Vamos a ver, ¿se puede saber qué es lo que te pasa?
Porque está claro que algo te pasa y no entiendo por qué
no me lo cuentas.
—Que quiero ir me. Eso es lo único que me pasa.
—¿Es por lo de Gala otra vez?
—No.
—Entonces no sé qué he hecho mal.
—Tú no has hecho nada mal.
Alex da un paso hacia delante. Aunque también lo ha-
cen la mesita, el sofá, la pared, el cuadro... Todo lo que me
rodea se me acerca, comprimiendo el espacio.
Inspiro, pero no me llega todo el aire que me hace fal-
ta. Es como si tuviese una pajita en mitad de la garganta y
se filtrara todo el oxígeno.
—Me estoy ahogando.
—Tranquilízate —me pide—. Luego, cuando estés me-
jor, comes un poco.
Te sentará bien.
—Que no.
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Se frota la cara con las manos. Está a punto de man-
dar me a la mierda.
—Como entenderás, no me he currado la cena para
guardarla en un puto túper.
Me quedo callado. Eso lo pone más nervioso.
Al final pierde la paciencia. No hace falta conocer a
una persona para saber cuándo ha llegado a su límite. Solo
hay que mirarle a los ojos, y los ojos de Alex parecen decir-
me de todo menos cosas bonitas.
—De puta madre.
Mira la cena. Después me mira a mí otra vez.
Su pecho se hincha. Se mordisquea el labio inferior y
gira sobre sí mismo antes de volver a hablar.
—Ya sabes dónde está la puerta. Así que no sé a qué
estás esperando. ¿Por qué sigues todavía aquí? ¿Quieres ir-
te? Vete. Pero hazlo de una puta vez. —Mastica las palabras
como si fuese un trozo de car ne que se le hace bola—. Y
algo más: que sepas que me da mucha rabia que ha-
gas esto. Muchísima.
Podríamos haberlo pasado genial, pero tú has preferi-
do mandarlo todo a la mierda porque te ha salido de los
cojones. Parece que te guste que estemos mal siempre.
Oh, no. Eso sí que no.
—Eres un egoísta de mierda —siseo enfadado—. Te
digo que quiero ir me.
Que me estoy ahogando. Y a ti solo te jode que hayas
hecho cena para dos porque ahora sobra comida. ¿En se-
rio, Alex? ¿En serio no ves que estoy mal?
Es que esto parece de coña.
Silencio.
Alex se queda pensando en lo que le he dicho, porque
no intenta responder inmediatamente. Hunde las manos en
los bolsillos y yo miro hacia la puerta.
Necesito llegar hasta ahí, pero pasan cinco, diez y vein-
te segundos y aún no consigo mover me. Estoy bloqueado.
Siento que la salida está terriblemente lejos, que una cade-
na fría e invisible me mantiene atado al cuadro y me impide
alejar me de él.
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
No soy consciente de que tengo a Alex detrás hasta
que me abraza por la espalda.
—Perdona por poner me así... —Me besa el cuello—. Y
perdona por no dar me cuenta, ¿vale? Han pasado muchas
cosas y..., y... no quiero cagarla.
Esta vez no. —Otro beso, más breve—. Y claro que
veo que estás mal, por eso te he preguntado qué pasaba.
Estoy aquí, contigo. Juntos. Para lo que sea.
Tengo ganas de llorar.
No deja de repartir besos a lo largo de mi cuello. Yo
los recibo con un dolor punzante, como si en lugar de su
boca estuviese jugando con la punta de un cuchillo.
Al no decir nada, entiende que ya estoy más calmado y
se anima a preguntar:
—¿Seguro que no tienes hambre? —Su voz ronca so-
nando en mi oreja.
El abrazo se vuelve obsceno, porque entonces Alex
aprieta su erección contra mis nalgas y escucho un gemido
de satisfacción.
Abro mucho los ojos.
Es como si al hacerlo hubiese pulsado un botón. Un
botón que me devuelve la movilidad y me hace dar un res-
pingo.
—¡¡No me toques!! —grito separándome de él.
—¡¿Qué coño te pasa ahora?!
«Que puedes ser mi her mano.»
—Que no soporto lo que hiciste con Gala —suelto de
golpe, con el corazón a mil revoluciones. Y una vez empie-
zo ya no hay vuelta atrás, las palabras se empujan entre
ellas para salir, cansadas de esperar tanto—. Tenías razón,
estoy mal porque no me lo saco de la cabeza.
—Pero me has perdonado.
Me mira con ojos tristes.
—Pero es algo que no voy a olvidar nunca. Y por eso
sé que esto no va a funcionar.
Retrocede un paso.
—No lo dices en serio.
—Lo siento, Alex.
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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Sonríe.
Es una sonrisa difícil, porque no se parece a ninguna
de las que haya visto antes.
Sin embargo, hay algo oscuro en ella que hace que yo
también retroceda un paso instintivamente, como intentan-
do mantener una distancia de seguridad.
Por si acaso.
—Vete. Vete de una puta vez.
13
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas
Capítulo 2
Alex: Hola, Eric. La verdad es que no sé si debería es-
cribirte o no, pero te echo de menos. Me gustaría poder
hablar las cosas en persona. El otro día ter minamos un po-
co mal y no quiero que estemos enfadados. Y lo de Gala es
una chorrada.
Alex: Dime algo.
Alex: Eric, ha pasado un día y sigues sin contestar.
Cuánto tiempo vas a seguir así?
Alex: Eric...
Alex: Hoy en clase ni siquiera me has mirado.
Alex: Hola?????
Alex: Vale, lo de Gala no es una chorrada. Perdona.
Es que me jode que me digas eso porque para mí no
fue importante, pero entiendo que para ti sí lo sea. Era tu
mejor amiga. No sé qué más decir aparte de que lo siento.
Ojalá pudieses estar dentro de mí para que entendieses
muchas cosas, yo me explico fatal con >palabras.
Alex: Tío, por lo menos dime algo. Cualquier cosa.
Alex: Genial, pues déjame en visto.
Alex:...
Alex: Gilipollas!!!!
Alex: Eric, llevamos dos días sin hablar.
Y no quiero seguir así. Y perdón por llamarte gilipollas.
Alex: ????
Alex: Hola, Eric, puedo llamarte?
Alex: Te acabo de llamar.
Alex: Una semana. Una puta semana sin saber nada de
ti. Te juro que me estoy volviendo loco. Por favor, habla
conmigo.
14
FIN DEL FRAGMENTO
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