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Cosas

El documento es el capítulo 1 de una novela. Presenta a Eric viendo un cuadro pintado por su madre que parece desencadenar un ataque de pánico, haciéndole sentir que no puede respirar. Alex intenta calmarlo y hacerle comer, pero Eric insiste en irse, sin explicar la causa de su malestar.

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Cosas

El documento es el capítulo 1 de una novela. Presenta a Eric viendo un cuadro pintado por su madre que parece desencadenar un ataque de pánico, haciéndole sentir que no puede respirar. Alex intenta calmarlo y hacerle comer, pero Eric insiste en irse, sin explicar la causa de su malestar.

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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Índice

Portada

Sinopsis

Portadilla

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

1
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

NUEVO DIARIO

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Agradecimientos

Créditos

2
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

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parte

3
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Sinopsis

Mientras Alex y Eric intentan echar tierra de por medio,

su relación comienza a transfor marse... pero ¿están prepa-

rados para dejar atrás sus sentimientos? La lucha por ser

quienes son les llevará a un camino en el que su amor vuel-

ve a desafiar todas las nor mas.

4
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Iñigo Aguas

LOS CUERPOS DE LAS ÚLTI-

MAS VECES

5
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Para todas las personas que viven el amor con sus propias

normas

6
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Capítulo 1

El corazón me late cada vez más rápido. La frente se

me llena de sudor y no consigo enfocar lo que tengo de-

lante hasta que cierro los ojos con fuerza y los vuelvo a

abrir.

Ahí está. El cuadro. El puto cuadro que pintó mi ma-

dre.

Verlo es como sentir un estallido dentro del pecho. Y

no, a mí no se me ha roto el corazón, a mí el corazón me

acaba de explotar.

—¡¿Qué es?! —grita Alex desde la cocina.

—¿Qué es el qué? —Noto la lengua torpe.

—Coño, el regalo que me ha hecho mi padre.

Recibo un nuevo latigazo de dolor que me hace apre-

tar los dientes.

Me llevo la mano para masajear la zona, como si así

fuese a hacerlo desaparecer. Pero no. No solo no lo hace,

sino que encima el dolor avanza a sus anchas, mordiendo el

resto de órganos hasta que siento que mi cuerpo deja de

pertenecer me. Que ya no mando sobre él. Que pierdo el

control.

—¿Eric?

—Dime.

—No, dime tú. ¿Lo has abierto? ¿Qué es?

¿Por qué insiste tanto? Se suponía que le daba igual.

«No quiero sus regalos», eso fue lo que me dijo antes.

Miro el cuadro. Las imágenes de un hombre acercán-

dose en la exposición me vienen como fogonazos. Otra

imagen, esta de mi madre, con la cara pálida. Así debo de

estar ahora, blanco nuclear, porque la idea de contárselo

7
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

me paraliza. No es que el mundo se pare en seco, no, el

que se ha parado en seco soy yo, que no me puedo mover.

¿Cómo que no me puedo mover?

Clavo la mirada sobre mis dos pier nas, intentando que

sean ellas las que me expliquen qué es lo que está mal. No

lo recordaba tan difícil, se empieza por una y después le si-

gue la otra, hostia. ¿Por qué no ocurre nada? ¿Por qué ten-

go la sensación de que están forradas por una capa de ce-

mento? —¿Me vas a contestar algún día?

Solo pienso en huir lejos de ese maldito cuadro. De lo

que significa. De la imagen tan horrible que me viene a la

cabeza.

Oigo pasos.

«Muévete. Muévete. Muévete. Mierda, Eric. Haz el fa-

vor de salir de ahí.

Corre. Corre. Corre.» La vocecita que chilla en mi inte-

rior tiene que estar arrancándose el pelo desesperada, por-

que sigo sin salir de este salón que, de pronto, parece ex-

tremadamente pequeño, a pesar de sus generosas propor-

ciones. «Es ese cuadro», pienso. «Ese cuadro lo llena todo.

No hay espacio por donde salir. Es una trampa.»

—Eric —me llama la voz, mucho más cerca—. Anda,

pero si es un cuadro.

Trago saliva. Menos mal que estoy dándole la espalda.

Mi cara debe de ser un poema.

—Creo que en la pared quedaría perfecto, ¿te gusta a

ti? Como estás tan callado...

—No lo sé —respondo bajito.

—Ya veré. Oye, ter mino la cena enseguida. Calculo

que en unos cinco minutos.

¡¿Cinco minutos?! Cinco minutos es muy poco tiempo

como para recuperar me sin que note algo raro. Se va a dar

cuenta y me hará preguntas.

Joder, ¡joder! Necesito respirar y para eso tengo que

salir de aquí. Pero sigo sin poder mover me.

Empiezan a picar me los ojos. Se están llenando de go-

titas enor mes y redondas.

No, Eric, no vas a llorar. Tienes que calmarte.

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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

A ver, esto no me puede estar pasando a mí. De he-

cho, no está pasando. No es el cuadro de mi madre. El pa-

dre de Alex no pudo ser el mismo hombre que lo compró

al final de su exposición. Mi madre y su padre no tuvieron

una aventura. Alex y yo no somos her manos. Todo esto tie-

ne que ser un error. Sí, un error. Voy a sonreír, porque nada

de esto está pasando en la vida real. Es un sueño. Ahora

despertaré y volveremos a estar en la habitación roja, Alex

me dirá que me he pasado toda la noche moviéndome de

un lado a otro, que casi lo tiro de la cama, que no le he de-

jado dor mir. Yo le cogeré la cara con mis manos y olvidaré

la pesadilla en cuanto le bese.

Sonrío.

Pero cuando abro los ojos mis labios tiemblan encima

de los dientes, porque el cuadro de mi madre sigue estan-

do ahí.

No son imaginaciones mías.

Si extiendo la mano puedo tocarlo.

Es real.

—Espero que te comas todo lo que tengo para ti —di-

ce Alex entrando en el salón y colocando los platos encima

de la mesa de centro. Huele a comida caliente. A pollo y

verduras.

Si no fuese porque siento que la tierra me traga y que

yo caigo por un agujero que nunca ter mina, hasta me ha-

bría ruborizado con eso de «espero que te comas todo lo

que tengo para ti». Sé que su intención era esa. El caso es

que ni siquiera sonrío. Incluso llego a recibir el juego de pa-

labras como un golpe, porque en este momento, con la

idea de que Alex y yo podamos ser her manos girando en

mi cabeza, me siento la persona más repugnante del mun-

do.

Alex parece darse cuenta y cambia el gesto.

—Tengo que ir me. —Me adelanto antes de que pre-

gunte nada.

—¿Qué?

—Que me tengo que ir.

—Pero te he hecho la cena.

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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

—Lo sé. Lo siento. Se me ha cerrado el estómago.

Alex suelta un bufido.

—No digas tonterías. Si acabamos de llegar. —Una

pausa—. Venga, siéntate y ponemos una peli, la que te dé

la gana. —Trata de adoptar un tono más conciliador por-

que la tensión empieza a palparse en el ambiente, aunque

no le funciona del todo—. Como si quieres que nos ponga-

mos a ver una de Bob Esponja. Pero siéntate. La cena se va

a enfriar. Y no quiero que se enfríe.

Miro la comida que hay sobre la mesita, la servilleta

perfectamente doblada y hasta una vela encendida en la

que no me había fijado hasta ahora. Los detalles. Mis ojos

se ven atraídos por el vibrante movimiento de la llama, y

por un instante tengo ganas de poner la mano encima para

volver a sentir me vivo. Reaccionar. Gritar. Huir.

El fuego se graba en mi retina. La habitación cada vez

es más pequeña.

Aire. Me falta aire.

—Por favor.

—Vamos a ver, ¿se puede saber qué es lo que te pasa?

Porque está claro que algo te pasa y no entiendo por qué

no me lo cuentas.

—Que quiero ir me. Eso es lo único que me pasa.

—¿Es por lo de Gala otra vez?

—No.

—Entonces no sé qué he hecho mal.

—Tú no has hecho nada mal.

Alex da un paso hacia delante. Aunque también lo ha-

cen la mesita, el sofá, la pared, el cuadro... Todo lo que me

rodea se me acerca, comprimiendo el espacio.

Inspiro, pero no me llega todo el aire que me hace fal-

ta. Es como si tuviese una pajita en mitad de la garganta y

se filtrara todo el oxígeno.

—Me estoy ahogando.

—Tranquilízate —me pide—. Luego, cuando estés me-

jor, comes un poco.

Te sentará bien.

—Que no.

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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Se frota la cara con las manos. Está a punto de man-

dar me a la mierda.

—Como entenderás, no me he currado la cena para

guardarla en un puto túper.

Me quedo callado. Eso lo pone más nervioso.

Al final pierde la paciencia. No hace falta conocer a

una persona para saber cuándo ha llegado a su límite. Solo

hay que mirarle a los ojos, y los ojos de Alex parecen decir-

me de todo menos cosas bonitas.

—De puta madre.

Mira la cena. Después me mira a mí otra vez.

Su pecho se hincha. Se mordisquea el labio inferior y

gira sobre sí mismo antes de volver a hablar.

—Ya sabes dónde está la puerta. Así que no sé a qué

estás esperando. ¿Por qué sigues todavía aquí? ¿Quieres ir-

te? Vete. Pero hazlo de una puta vez. —Mastica las palabras

como si fuese un trozo de car ne que se le hace bola—. Y

algo más: que sepas que me da mucha rabia que ha-

gas esto. Muchísima.

Podríamos haberlo pasado genial, pero tú has preferi-

do mandarlo todo a la mierda porque te ha salido de los

cojones. Parece que te guste que estemos mal siempre.

Oh, no. Eso sí que no.

—Eres un egoísta de mierda —siseo enfadado—. Te

digo que quiero ir me.

Que me estoy ahogando. Y a ti solo te jode que hayas

hecho cena para dos porque ahora sobra comida. ¿En se-

rio, Alex? ¿En serio no ves que estoy mal?

Es que esto parece de coña.

Silencio.

Alex se queda pensando en lo que le he dicho, porque

no intenta responder inmediatamente. Hunde las manos en

los bolsillos y yo miro hacia la puerta.

Necesito llegar hasta ahí, pero pasan cinco, diez y vein-

te segundos y aún no consigo mover me. Estoy bloqueado.

Siento que la salida está terriblemente lejos, que una cade-

na fría e invisible me mantiene atado al cuadro y me impide

alejar me de él.

11
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

No soy consciente de que tengo a Alex detrás hasta

que me abraza por la espalda.

—Perdona por poner me así... —Me besa el cuello—. Y

perdona por no dar me cuenta, ¿vale? Han pasado muchas

cosas y..., y... no quiero cagarla.

Esta vez no. —Otro beso, más breve—. Y claro que

veo que estás mal, por eso te he preguntado qué pasaba.

Estoy aquí, contigo. Juntos. Para lo que sea.

Tengo ganas de llorar.

No deja de repartir besos a lo largo de mi cuello. Yo

los recibo con un dolor punzante, como si en lugar de su

boca estuviese jugando con la punta de un cuchillo.

Al no decir nada, entiende que ya estoy más calmado y

se anima a preguntar:

—¿Seguro que no tienes hambre? —Su voz ronca so-

nando en mi oreja.

El abrazo se vuelve obsceno, porque entonces Alex

aprieta su erección contra mis nalgas y escucho un gemido

de satisfacción.

Abro mucho los ojos.

Es como si al hacerlo hubiese pulsado un botón. Un

botón que me devuelve la movilidad y me hace dar un res-

pingo.

—¡¡No me toques!! —grito separándome de él.

—¡¿Qué coño te pasa ahora?!

«Que puedes ser mi her mano.»

—Que no soporto lo que hiciste con Gala —suelto de

golpe, con el corazón a mil revoluciones. Y una vez empie-

zo ya no hay vuelta atrás, las palabras se empujan entre

ellas para salir, cansadas de esperar tanto—. Tenías razón,

estoy mal porque no me lo saco de la cabeza.

—Pero me has perdonado.

Me mira con ojos tristes.

—Pero es algo que no voy a olvidar nunca. Y por eso

sé que esto no va a funcionar.

Retrocede un paso.

—No lo dices en serio.

—Lo siento, Alex.

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Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Sonríe.

Es una sonrisa difícil, porque no se parece a ninguna

de las que haya visto antes.

Sin embargo, hay algo oscuro en ella que hace que yo

también retroceda un paso instintivamente, como intentan-

do mantener una distancia de seguridad.

Por si acaso.

—Vete. Vete de una puta vez.

13
Los cuerpos de las últimas veces Iñigo Aguas

Capítulo 2

Alex: Hola, Eric. La verdad es que no sé si debería es-

cribirte o no, pero te echo de menos. Me gustaría poder

hablar las cosas en persona. El otro día ter minamos un po-

co mal y no quiero que estemos enfadados. Y lo de Gala es

una chorrada.

Alex: Dime algo.

Alex: Eric, ha pasado un día y sigues sin contestar.

Cuánto tiempo vas a seguir así?

Alex: Eric...

Alex: Hoy en clase ni siquiera me has mirado.

Alex: Hola?????

Alex: Vale, lo de Gala no es una chorrada. Perdona.

Es que me jode que me digas eso porque para mí no

fue importante, pero entiendo que para ti sí lo sea. Era tu

mejor amiga. No sé qué más decir aparte de que lo siento.

Ojalá pudieses estar dentro de mí para que entendieses

muchas cosas, yo me explico fatal con >palabras.

Alex: Tío, por lo menos dime algo. Cualquier cosa.

Alex: Genial, pues déjame en visto.

Alex:...

Alex: Gilipollas!!!!

Alex: Eric, llevamos dos días sin hablar.

Y no quiero seguir así. Y perdón por llamarte gilipollas.

Alex: ????

Alex: Hola, Eric, puedo llamarte?

Alex: Te acabo de llamar.

Alex: Una semana. Una puta semana sin saber nada de

ti. Te juro que me estoy volviendo loco. Por favor, habla

conmigo.

14
FIN DEL FRAGMENTO

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