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Extracto65 - BeberoNoBeber

Este documento es un extracto del libro "Beber o no beber: Una odisea etílica" de Lawrence Osborne. Narra la experiencia del autor bebiendo gin-tonics en un hotel de lujo en Milán mientras reflexiona sobre la cultura de la bebida en Italia versus otros países. También contrasta la actitud hacia el alcohol de los clientes árabes ricos del hotel con la cultura de beber públicamente en Europa.

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Temas abordados

  • conversaciones,
  • química,
  • narrativa,
  • experiencias,
  • perspectivas,
  • sociedad occidental,
  • percepción del alcohol,
  • identidad,
  • libertad,
  • análisis cultural
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Extracto65 - BeberoNoBeber

Este documento es un extracto del libro "Beber o no beber: Una odisea etílica" de Lawrence Osborne. Narra la experiencia del autor bebiendo gin-tonics en un hotel de lujo en Milán mientras reflexiona sobre la cultura de la bebida en Italia versus otros países. También contrasta la actitud hacia el alcohol de los clientes árabes ricos del hotel con la cultura de beber públicamente en Europa.

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Beber o no beber

Una odisea etílica


lawrence osborne

Traducción de Magdalena Palmer

gatopardo ediciones
Título original: The Wet and the Dry: A Drinker's Journey

Copyright © 2013 by Lawrence Osborne


Este libro ha sido publicado de acuerdo con Crown,
un sello de Random House, una división de Penguin Random House LLC.

© de la traducción: Magdalena Palmer, 2020


© de esta edición: Gatopardo ediciones S.L.U., 2020
Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª
08008 Barcelona (España)
[email protected]
www.gatopardoediciones.es

Primera edición: noviembre de 2020

Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó

Imagen de la cubierta: Martini (1994),


© herederos de John Register
Imagen de la solapa: © by Chris Wise

ISBN: 978-84-121414-7-4
Depósito legal: B-17754-2020
Impresión: Reinbook serveis gràfics, S.L.
Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley,


la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea
electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de
cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)
si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
El escritor Lawrence Osborne en Bangkok,
ciudad donde reside, en 2017.
Vive en secreto.
Epicuro
1
gin-tonic

Aquel verano en Milán, mientras la temperatura alcanzaba


a diario los treinta y cinco grados en las calles y plazas de-
siertas que rodeaban mi hotel, me obligué a dejar de soñar
con los fiordos noruegos y los hoteles de hielo del círculo
polar ártico para, haciendo de tripas corazón, dirigirme a
la sala donde un carrito ambulante equipado con cubiteras,
rodajas de limón y removedores de cóctel se utilizaba para
servir gin-tonics a los huéspedes del Town House Galleria.
Me gustaba ir cuando no había clientes y el bar nómada era
mío y solo mío. Los ventanales estarían entreabiertos, los
visillos de lino ondearían en la brisa y las flores se marchi-
tarían en las mesas del restaurante. El carrito de las bebidas
también ofrecía botellas de coñac anónimo, un cuenco de
aceitunas marinadas, diferentes amargos de angostura y
botellas de Fernet. Era como estar en un hospital de lujo
donde, puestos a pagar, tienes derecho a matarte a copas en
la intimidad. Y eso haces, porque eres un ser humano y be-
ber es de lo más agradable.
En la mesita de centro había revistas de moda que na-
die hojeaba, y del comedor vecino llegaban las voces de los
rusos adinerados que abrían langostas con tenazas de plata

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y hablaban con ignorancia de la carta de vinos que el único
hotel de siete estrellas de Europa ofrecía a sus huéspedes.
Les oí decir «Sassicaia» antes de dejar la carta sobre la mesa
y estallar en carcajadas. Costaba seiscientos euros la bote-
lla. El camarero me preguntó cómo quería el gin-tonic. Le
dije que con tres partes de tónica y una de ginebra Gordon’s,
tres cubitos de hielo y una corteza de lima. La marca de la
tónica no es relevante. El combinado se sirve con la música
preliminar del tintineo del hielo y un perfume que alcanza
la nariz como un aroma a hierba cálida. Vuelve la calma. Es
como acero frío en forma líquida.
Acudía al salón del hotel a las seis con cierta regulari-
dad, incluso cuando tuve que dar una charla en el Teatro Dal
Verme. Una noche me entrevistaron para la televisión y una
emisora de radio, y la ginebra me supo más dulce, se volvió
más embriagadora. Farfullé mis frases hasta que vi cómo
cambiaban los rostros que me rodeaban: «¿Es uno de esos?»,
intuí que se preguntaban. Me quedé ahí sentado, hablando
sin cesar de mi último libro que ya ni recuerdo, mientras el
vaso temblaba levemente en mi mano y tintineaba el hielo.
A aquellas chicas bonitas les pareció divertido.
—¿Siente una afinidad especial por Milán?
—Nunca había estado aquí.
—¿Toma siempre un gin-tonic a la hora del cóctel?
Risas.
—Lo llevo en la sangre.
Les pareció una respuesta peculiar, sobre todo porque
el vaso seguía temblando en la mano de un alcohólico.
—Es una bebida inglesa —añadí—. La bebida nacional.
Lo anotaron. Siglos atrás a ella se la conocía en las ca-
lles de Londres como Madame Geneva, una asesina.
—Corten —murmuró el director.
Siempre acabo solo con una copa y literalmente se-
diento. Me senté junto a la ventana con mi gin-tonic de cua-

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renta euros y admiré la Galleria, cuya planta baja se com-
pone de múltiples bares y cafés. El arquitecto Giuseppe
Mengoni, autor del proyecto, murió al caerse de la cúpula
de cristal en 1877, dos días antes de la inauguración. El for-
jado sirvió de inspiración a la Torre Eiffel. Los cafés estaban
iluminados y la tienda de Prada resplandecía, llena de cris-
tales y espejos. Los turistas chinos fotografiaban y revolo-
teaban alrededor del pequeño mosaico de un toro que ocu-
paba el centro de la galería. En las terrazze había hombres
trajeados con copas de Spritz, Negroni sbagliato y Campari
solo. Era un copeo colectivo, alegre y desenvuelto, en sillas
de mimbre, con servilletas, servicio y pinzas para el hielo.
Nadie estaba de pie ni nadie se caía. Nadie gritaba ni mos-
traba indicios de incontinencia. Así es como beben los ita-
lianos. Los hombres se sientan cara a cara con las mujeres
y hablan con ellas a un nivel de decibelios acorde con el in-
terés sexual. Originariamente la Galleria se concibió como
un prototipo de lo que ahora llamaríamos centro comercial,
pero también era un espacio cubierto y protegido para co-
mer y beber. El protocolo del aperitivo y el digestivo casa-
ban a la perfección con aquellos espacios resonantes y sus
alegóricos frescos.
«Otros países beben para emborracharse —escribió
Roland Barthes en una ocasión—, y eso es algo aceptado
por todos; en Francia, la embriaguez es una consecuencia,
nunca una intención. La bebida se considera la prolonga-
ción de un placer, no la causa necesaria del efecto buscado:
el vino no es solo un filtro, sino también el pausado acto de
beber.» Lo mismo puede decirse de los italianos.
Sorbí mi ginebra aguada, y, como me ocurre siempre
que «entro» en esta bebida (pienso en las bebidas como ele-
mentos en los que se penetra, como masas de agua o luga-
res), mis pensamientos volvieron al pasado, a la Inglaterra
de mi infancia que ya no poseía y que sin duda había dejado

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de existir. Pero el motivo era un completo enigma. Como
los abstemios recuerdan insistentemente a quienes consi-
deramos que el alcohol es la esencia de la vida, la mente es
un cuerpo químico. Estamos condenados a controlarla.

Muchos de los huéspedes del hotel eran árabes ricos a los


que a veces veía deambulando por el restaurante con sus
hijos y sus enmascaradas esposas en busca de una mesa. Se
detenían junto al balcón y bajaban la vista a la tienda de
Gucci y a las terrazas de los cafés. Sus expresiones parecían
casi desdeñosas. Aunque en gran medida los árabes ricos
del Golfo hacen de puente entre Europa y Oriente Medio,
presentía que cuando miraban las mesas atiborradas de
coloridas bebidas alcohólicas se sentían perplejos y dis-
tantes. Incluso en Dubái, de donde procedían muchos de
ellos, la gente no consume alcohol en público, ni en espa-
cios espectaculares definidos por su carácter multitudina-
rio. Creo que era ese carácter público, esa desenvoltura, lo
que hacía que arrugaran la nariz y se retirasen con su fami-
lia a la mesa del comedor llena de botellas de agua mineral
fría. Pero es solo una suposición.
Cuando vemos a estos musulmanes acaudalados con
sus familias en nuestros restaurantes de lujo, es probable
que nos digamos: «Tienen dinero, pero no son libres. Mira
a sus mujeres. Mira esas botellas de agua mineral en la
mesa. No pueden beber».
No está claro qué nos ofende más, si la ocultación de
las mujeres bajo el hiyab (la elegancia del cuerpo únicamen-
te sugerida por las uñas perfectamente pintadas o un her-
moso tobillo), o los refrescos que sustituyen a las majestuo-
sas botellas de vino, la patética botella de agua que suple a
un decente Brunello. Pensamos que hay un vínculo entre
las prohibiciones que gobiernan a las mujeres y el alcohol.
Quizá sean las moléculas de alcohol que fluyen constante-

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mente por nuestro sistema sanguíneo día tras día, noche
tras noche, en general con un efecto apenas perceptible, las
que hacen que el occidental se sienta libre, sin restriccio-
nes, magníficamente insolente. Para los musulmanes, el
occidental se encuentra en un estado constante, si bien in-
advertido, de embriaguez, pero él siente que gobierna el
espacio y gestiona el tiempo con sabiduría. Bebemos desde
el final de nuestra infancia hasta nuestra muerte, sin abs-
tenernos —casi nunca o nunca— ni siquiera una semana,
el tiempo necesario para eliminar de nuestra sangre las úl-
timas trazas de alcohol.
Una libertad inusual. Ni en la peor de sus pesadillas
podría imaginarse ese millonario de Abu Dabi un sábado
en Bradford. Si lo plantáramos en Dagenham a las once de
la noche un fin de semana, no sabría en qué planeta se en-
contraba. Cuando estoy en Londres, a veces tomo el último
autobús para volver de London Fields a Old Street, una ex-
periencia instantáneamente reconocible gracias a las imá-
genes de Gin Lane que nos dejó William Hogarth. En las
terrazas de la Galleria, el millonario árabe no ve a chicas
desfallecidas en su propio vómito, pero esos cócteles al atar-
decer tampoco le parecen un acto de libertad. Y le descon-
certaría saber que así lo consideramos nosotros.

Unos años antes había viajado en autobús por Java, una isla
mayoritariamente abstemia. Mientras me desplazaba de
ciudad en ciudad en una interminable confusión de hacer
y deshacer el equipaje, dormir y despertar, empecé a aburrir-
me e inquietarme, o, mejor dicho, mi sangre empezó a va-
ciarse de alcohol y yo a sentirme más ligero, más lúcido y
más abrumado por la ansiedad.
Exhausto, me detuve en la ciudad religiosa de Solo,
también conocida como Surakarta. De Solo procedían los
terroristas de Bali; era la ciudad cuyas exaltadas escuelas

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religiosas predican la yihad contra el sector turístico de In-
donesia. El grupo Jemaah Islamiyah, vinculado a Al Qaeda,
atentó dos veces contra el JW Marriott de Yakarta, primero
en 2003 y después el 17 de julio de 2009. El JW es célebre
por su bar deslumbrante y cosmopolita. Diecinueve muer-
tos. En 2002, el mismo grupo detonó dos bombas en el inte-
rior del Paddy’s Pub y el Sari Club de Kuta, en Bali, un aten-
tado en el que murieron 202 personas. En 2005 repitieron
la jugada en una zona de restaurantes de Kuta y en algunos
warungs (pequeños restaurantes al aire libre que suelen ser-
vir cerveza) de Jimbaran, un pueblo costero frecuentado por
occidentales. Murieron veinte personas, muchas por metra-
lla y por las bolas de metal que llevaban los explosivos. Los
autores, que fueron ejecutados, lo llamaron «justicia».
Me alojé en un hotelito y bajé a la calle al atardecer. Ya
se respiraba un ambiente peculiar.
Estudiantes vestidos de blanco paseaban por una ciu-
dad abstemia de seiscientos mil habitantes mientras las
mezquitas predicaban a través de sus altavoces. Mi precario
indonesio me permitió identificar la palabra «impuro» en-
tre aquellos torrentes de pasión verbal y empecé a pregun-
tarme si yo lo sería; si yo sería impuro por una serie de ra-
zones indiscutibles que no se podían modificar. Me acerqué
a una esquina y pregunté a un grupo de estudiantes si había
algún restaurante donde quizá sirvieran cerveza.
No había prestado atención a las imágenes de Osama
Bin Laden ni a las miradas frías y prolongadas de los chicos
vestidos de blanco. Planteé la pregunta sin tacto, pero con
inocencia. En cuanto acabé la frase fui consciente del error,
de la metedura de pata. Pero era demasiado tarde para re-
tractarme o echar a correr, por lo que tendría que capear el
temporal que probablemente se avecinaba. Sin embargo,
aquellos chicos me sorprendieron. No se mostraron ofen-
didos, ni siquiera molestos por la pregunta; muy al contra-

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rio, hicieron algo asombroso. Me invitaron a tomar un café
y a charlar del asunto. Quizá fueran capaces de hacerme ver
que mi pregunta era, si no absurda (dada mi impureza), al
menos innecesaria en un sentido más amplio.
¿Acaso no veía yo —objetaron ya en el café— los de-
sastres que el alcohol había traído al mundo occidental? Era
una plaga, una enfermedad del alma. Sus razones para
coincidir con la prohibición de tomar alcohol del Corán no
se limitaban a un mero y rígido acatamiento, sino que es-
taban hábilmente argumentadas. Lo terrible de beber, dije-
ron con gravedad y coincidiendo entre sí, era que el alcohol
nos privaba de nuestro estado de conciencia normal. Por lo
tanto, falseaba toda relación humana, todo momento de
lucidez. Y también falseaba nuestra relación con Dios. Un
día, el Gobierno cerraría todos los bares y la capital volvería
a ser hermosa. Estaría purificada.
—Pero ¿os gustaría ir a un bar antes de que la purifi-
casen? No tendría nada de extraño.
Los chicos flacos vestidos de blanco cambiaron de po-
sición, incómodos, y de pronto todos nos quedamos miran-
do tímidamente el suelo, donde una cucaracha avanzaba
entre las colillas y las chapas de las botellas. ¿Quién podía
hablar de deseos en un café inundado por la luz de los fluo-
rescentes y sometido a los altavoces de la mezquita?
Nuestra conversación se había interrumpido en aquel
punto crítico, pero la recordé muy claramente esa noche,
mientras bebía en Milán y contemplaba a las familias ára-
bes con sus botellas de Perrier. Yo bebía y ellos no, y con
esos chicos había ocurrido lo mismo. Recordaba particular-
mente la expresión «una enfermedad del alma», porque
cuanto más pensaba en ella, más incapaz me sentía de re-
batirla, aunque tampoco la aprobase.
Dos estados, beber y no beber: hacemos equilibrios
entre ambos. Quizá todo bebedor sueñe con su propia abs-

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tinencia y todo musulmán o cristiano abstemio sueñe con
una copa al final del arcoíris. A saber. Sin duda todas las
cosas son dialécticas, pensé mientras paseaba por la ciu-
dad de Solo con la esperanza de cruzarme en algún callejón
oscuro con el más encantador de los prodigios: un musul-
mán alcohólico. (Sentía debilidad no solo por los musulma-
nes alcohólicos, sino también por la misma idea de su exis-
tencia. Un musulmán alcohólico me ayuda a no perder la
esperanza en la salvación de la raza humana.)
Atravesé un mercado nocturno donde abrían varios
animales en canal y pasé por delante de cafés llenos de
hombres sin mujeres, encorvados sobre mesas con refres-
cos y un té instantáneo llamado Tea Pot. Había en ellos una
delicadeza extraña y desagradable. Removían sus vasos de
zumo de lichi con una mano y con la otra comían de unos
platos ovalados de plástico con la mirada clavada en el ex-
tranjero impuro. Es fácil volverse paranoico.
El no musulmán entre musulmanes está sumido en
un entorno singular. Se trata de algo puro, algo deseable, y
al mismo tiempo molesto. ¿No se trataría del convencimien-
to, en ese preciso instante en Solo, de que todas las personas
de la ciudad estaban sobrias y siempre lo estarían?
«Seiscientas mil personas y ni un solo bar», pensaba
una y otra vez. Me parecía la receta perfecta para la locura.
Era aquí donde Abu Bakar Bashir dirigía su internado (o
pesantren) Al-Mukmin, el hogar espiritual de los tres hom-
bres ejecutados por los atentados de Bali de 2008. Era el
centro de la Jemaah Islamiyah, la red de terrorismo islámi-
co de Indonesia. Uno de esos hombres, Imam Samudra,
concedió una entrevista a la CNN justo antes de que lo eje-
cutara un pelotón de fusilamiento, y explicó, en un inglés
precario, que había aprendido a fabricar bombas en Inter-
net y que era correcto masacrar bebedores en los bares por
las muertes provocadas por el «Comandante Bush». Otro

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de ellos, Amrozi Nurhasyim, afirmó en la misma entrevista
que las fotografías de los cuerpos carbonizados no le pro-
ducían la menor emoción. Eran «kafirs, no musulmanes»,
dijo. Solo era su ciudad, y supuse que él conocería muy bien
estas calles.
La inquietud que sentía a medida que me internaba
en los mercados nocturnos se debía también a que llevaba
días sin beber, algo que recordé muy bien mientras me to-
maba un gin-tonic en el hotel de Milán y oía a la multitud
en las mesas de abajo, el hermoso ruido de los bebedores
unidos bajo un mismo techo. Únicamente cuando nos ro-
dean los abstemios llegamos a comprender cuánto debe-
mos a la química del alcohol.

El camarero se acercó, me preguntó por enésima vez cómo


quería el gin-tonic (yo había decidido seguir bailando con
Madame Geneva) y me sumí en la tenue música de los cu-
bitos de hielo y ese aroma a hierba cálida mientras me pre-
paraba el combinado. Cuarenta euros por un gin-tonic: pa-
recía algo excesivo, y ¿existe un gin-tonic que sea treinta
euros mejor que uno malo? Removí el hielo e incliné la copa
para contemplar la emulsión aceitosa en la superficie del
líquido. Mucho mejor que un bellini o el temible sgroppino,
ese combinado veneciano de sorbete y vodka que aquel
verano era omnipresente en los bares de Milán. El noble
gin-tonic es verdaderamente un cocktail da meditazione.
Producto de la India y del Raj, de los británicos, del calor
tropical y sus enfermedades (la quinina de la tónica se usa-
ba para tratar la malaria), este simple combinado es el úni-
co que puedo consumir rápidamente, el único en que los
cubitos no estorban y entumecen.
Sentía tal sosiego que no podía levantarme, y contem-
plé —como de lejos— la posibilidad de pasarme toda la tar-
de allí sentado. La matriarca árabe me miró de soslayo y

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supe lo que estaba pensando. No obstante, para mi sor-
presa alzó su copa de agua y sonrió. Parecía saber que yo
no estaba del todo acabado o ni siquiera acabado a secas,
porque nunca acabamos del todo. Se bebe desde la cuna
a la tumba, sin pensar. Así que levanté mi gin-tonic y di-
je: «Inshalá». Una blasfemia, en efecto, pero su marido no
me oyó.

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