Simone De Beauvoir y el feminismo de la igualdad
Simone De Beauvoir (1908-1986) es probablemente la figura más emblemática del
feminismo. Su obra El segundo sexo, publicada en 1949, se ha convertido en una
referencia clave para todas aquellas autoras que, a partir de la segunda mitad del siglo
XX hasta nuestros días, han tratado filosóficamente el feminismo, además de
interpretarlo como un movimiento político de lucha por la emancipación de la mujer en
la sociedad patriarcal.
Antes de hablar de su pensamiento, es preciso hacer una breve introducción sobre qué
es el feminismo, ya que se trata de un fenómeno extraordinariamente complejo, que no
se puede limitar a una forma de reivindicación de igualdad entre hombres y mujeres. De
hecho, si por un lado el feminismo nace como movimiento político que afirma la
exigencia y la voluntad de las mujeres de alcanzar derechos de los cuales se veían
privadas, por otra parte, el feminismo es mucho más que eso. El feminismo es una forma
de pensar la realidad y la condición del ser humano en el mundo. En este sentido, el
feminismo es una filosofía que ha acuñado conceptos y categorías novedosas, revelando
la falsedad de muchas “verdades” que tradicionalmente se habían asumido, hasta
cristalizarse en prejuicios mediante los cuales filtramos nuestro “impacto” con el mundo,
nuestra autopercepción y nuestra visión del otro.
Entonces, en primer lugar, deberíamos declinar la palabra feminismo en plural, hablando
de “feminismos”, porque existen distintas corrientes de feminismo, las cuales, a lo largo
del tiempo, han estado también en una relación crítica entre ellas. Generalmente, se
suele diferenciar tres olas del feminismo, vinculadas con momentos históricos y
corrientes de pensamiento distintas.
La primera ola empieza a finales de siglo XVIII y termina más o menos a mitad del siglo
XX. Se trata de las pioneras del feminismo, muy influenciadas por la Ilustración y, más
adelante, por el socialismo obrero. En la atmosfera de la revolución francesa, las
primeras reivindicaciones eran el derecho a la educación, a la propiedad y al voto.
En cambio, Simone De Beauvoir representa el arranque de una nueva ola, la segunda,
en la cual podemos diferencias distintas corrientes: feminismo de la igualdad,
feminismo liberal, feminismo radical, feminismo de la diferencia.
Finalmente, a partir de los Noventa, se identifica una tercera ola, donde se puede
apreciar una gran variedad de corrientes feministas distintas, estrictamente relacionadas
con los últimos desarrollos de la filosofía contemporánea, como el posestructuralismo,
la deconstrucción, el pensamiento poscolonial, etc. Estos encuentros han dado lugar a
formas de feminismo extraordinariamente ricas y complejas desde el punto de vista
teórico: el feminismo interseccional, la teoría queer, la ecofeminismo, el
ciberfeminismo etc.
Centrándonos en Simone De Beauvoir, cabe hacer hincapié en algunos aspectos de la
filosofía en la que se inscribe el pensamiento de la autora. Se trata del existencialismo,
una corriente filosófica muy importante, que se afirma sobre todo a partir de la primera
mitad del siglo XX. De hecho, cuando se habla del pensamiento de Simone de Beauvoir,
aparte de hablar de “feminismo de la igualdad”, se habla también de feminismo
existencialista.
Podríamos resumir el existencialismo en la tesis: la existencia precede la esencia. Con
esta tesis se defiende la idea de que el ser humano no tiene una naturaleza
predeterminada, sino que cada individuo es en el sentido de que “se va haciendo”. El
ser humano no tiene características fijas, sino que es en la medida en que existe. El
individuo se va haciendo a través de los actos y las decisiones que lleva a cabo a lo
largo de la vida. Entonces, es la existencia que determina su ser, es la vida que lleva a
cabo lo que hace al individuo, así como efectivamente es, y no una supuesta esencia con
la cual nacería y que lo predeterminaría.
Esta idea es fundamental para entender los conceptos que Simone De Beauvoir
desarrolla en su obra El segundo sexo, donde analiza la condición de la mujer en la
sociedad patriarcal. En primer lugar, Simone de Beauvoir cuestiona el concepto de mujer,
habitualmente vinculado a un hecho biológico y, en concreto, al mito del “eterno
femenino”, es decir, la categoría en la cual deben encajar las mujeres en tanto que
asociadas a unas características fijas que serían supuestamente “naturales”, como la
sensibilidad, la emotividad, la debilidad, la pasividad, la irracionalidad, la frivolidad.
Todos estos rasgos que se atribuyen “por naturaleza” a la mujer conllevan el hecho de
que el papel más adecuado que ella tiene que desempañar es el del cuidado del hogar.
Al contrario, para Simone De Beauvoir, no existe una “esencia femenina” y por lo tanto
la mujer no se define por una naturaleza fija. De ahí su famosa afirmación: “mujer no se
nace, se llega a serlo”, ya que la mujer es lo que es, debido a las acciones y decisiones
que va cumpliendo en la vida. Es la existencia que hace a la mujer y no una esencia fija,
predeterminada, que la define antes de su concreto vivir. Esta afirmación tiene que ser
relacionada con la fundamental distinción que la autora hace entre sexo y género. El
sexo es un hecho biológico, mientras el género es una construcción social-cultural,
producto de milenios de patriarcado, que se perpetúa a través de la educación (con el
término patriarcado se entiende la organización social que se caracteriza por la
superioridad y dominación masculina y la sumisión de la mujer).
En la sociedad patriarcal se realiza lo que puede definirse como la universalización del
particular, esto es, la trasformación del punto de vista particular y propio del hombre
en la perspectiva universal de todo el ser humano. Los estándares masculinos se
establecen como estándares para toda la humanidad. El hombre se pone al centro de la
humanidad, él es el Sujeto, mientras la mujer es el Otro. El hombre se define a partir
de sí mismo y se afirma como humanidad, como el ser humano. En cambio, la mujer se
define en relación con el hombre, en función del hombre, y no a partir de sí misma
como sujeto. Ella es la otra-del-hombre (esposa, hija, madre, prostituta, etc.). Así, la
mujer se encuentra siempre en una posición de inferioridad.
La mujer ha sido subordinada porque se la ha situado en un contexto que limita el
ejercicio de su libertad. La historia del género humano ha transcurrido de modo que, en
la mayor parte de las sociedades, las mujeres se encuentran en situaciones de
subordinación, en las que sus acciones y decisiones tienen que encajar en el patrón
establecido por el hombre, es decir, deben adecuarse al papel que el hombre ha
identificado como “natural” para ella (papel que las ve en una posición de sumisión ya
que su destino es ser esposa y madre, dedicándose al cuidado de la casa y de los hijos).
La cultura y la educación que reciben las mujeres desde niñas las lleva a identificarse con
este “destino” escrito por el hombre, que les hace incapaces de tener un proyecto
distinto y de poder actuar libremente, determinado a través de sus acciones, lo que van
a ser.
Simone de Beauvoir crítica también a todas las mujeres que aceptan esta situación de
desigualdad porque es más fácil para ellas conformarse con lo que se establece como
papel natural que deben desempeñar, ya que esto les quita la obligación moral y la
responsabilidad que cada individuo tiene a la hora de hacer su vida y determinar su
ser a través de su libertad de acción y decisión. La autora francesa define esta actitud
de aceptación de la mujer del destino asignándole por el patriarcado con el concepto de
mala fe (una categoría filosófica elaborada por Jean-Paul Sartre, un grande filósofo
existencialista francés con el que Beauvoir estaba casada). La mala fe es la actitud de
quien se engaña a sí mismo por comodidad y, en el caso de la mujer, prefiere adecuarse
a la condición de sumisión del patriarcado, que la destina a ser ama de casa, quitándole
la libertad, pero también reduciéndole la angustia de la responsabilidad que la libertad
de ser siempre conlleva.
Por lo tanto, para emanciparse, es necesario destruir la “etiqueta mujer” que milenios
de patriarcado han construido y fundar la relación entre hombre y mujer en un
reconocimiento reciproco. Entonces, hay que construir una educación igualitaria que
afirma la igualdad de hombres y mujeres, las cuales también deben tener libertad
económica y sexual para dejar de ser objeto y empezar a ser sujeto. Un sujeto que hace
su ser, determina lo que es, mediante sus acciones y decisiones.