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TP 3 Geometria

El documento cuenta la historia de un joven que busca liberar a una princesa encantada en el palacio del Sol Dorado. Para lograrlo debe enfrentar varias pruebas, incluyendo derrotar a un bisonte salvaje para obtener una bola de cristal mágica. Con la ayuda de sus hermanos, que son un águila y una ballena, logra completar las pruebas y romper el hechizo sobre la princesa.

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TP 3 Geometria

El documento cuenta la historia de un joven que busca liberar a una princesa encantada en el palacio del Sol Dorado. Para lograrlo debe enfrentar varias pruebas, incluyendo derrotar a un bisonte salvaje para obtener una bola de cristal mágica. Con la ayuda de sus hermanos, que son un águila y una ballena, logra completar las pruebas y romper el hechizo sobre la princesa.

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LA BOLA DE CRISTAL

Erase una vez una hechicera que tenía tres hijos que se amaban fraternalmente, pero la anciana no confiaba en ellos porque pensaba
que querían quitarle su poder. Entonces convirtió al mayor en un águila que anido en la cima de una rocosa montaña, y a veces se la veía
subir y bajar por el cerro, describiendo amplios círculos. Al segundo lo transformo en una ballena que vivía en las profundidades del mar,
y de la que solo se veía el poderoso chorro de agua que arrojaba, a veces, sobre la superficie. Ambos recobraban su figura humana todos
los días solo durante dos horas.
El tercer hijo, temiendo que la hechicera hiciese de él también un animal, un oso o un lobo, huyo furtivamente. Hoyo decir que en el
palacio del Sol Dorado se encontraba una princesa encantada esperando que alguien viniese a librarla de su hechizo; pero todo aquel que
quisiera intentarlo tenía que arriesgar su vida; eran ya veintitrés los jóvenes que habían encontrado una muerte cruel y solo faltaba uno,
ya que después no podría presentarse nadie más. Y como era valiente y no conocía el miedo, decidió ir en busca del palacio del Sol
Dorado.
Llevaba ya mucho tiempo vagando por los caminos sin haber podido encontrarlo, cuando se perdió en un umbrío bosque del que no
supo salir. De repente vio a lo lejos a dos gigantes que le hacían señas con la mano, y cuando se acerco a ellos le dijeron:
-Nos peleamos por un sombrero, por ver quién se queda con él y como ambos poseemos igual fuerza, ninguno de los dos puede
derrotar al otro. Los hombres son más inteligentes que nosotros, y por eso queremos que tú decidas.
-¿Como podéis pelear por un viejo sombrero?- pregunto el jovencito.
-Tú no sabes que propiedades tiene: es un sombrero mágico, quien se lo ponga puede desear ir a donde quiera, que en ese momento
estará allí.
-Dadme el sombrero- dijo el jovencito- voy a caminar un poco y cuando os llame, poneos a correr: el sombrero pertenecerá al que
llegue primero a donde yo este.
Se puso el sombrero y echo a rodar, pero cuando iba pensando en la princesa se olvido de los gigantes y siguió caminando. De repente
dio un suspiro que le salió del alma y exclamo:
-¡Ojala estuviese en el palacio del Sol Dorado!
Y apenas acabo de pronunciar estas palabras, se encontró sobre una alta montaña, frente a la puerta del palacio.
Entro en él y fue recorriendo todos los aposentos hasta que, en el último, encontró a la princesa. ¡Más como se asusto al verla! Tenía
un rostro gris como la ceniza y llena de arrugas, empañados los ojos y rojos los cabellos.
-¿Sois vos la princesa cuya belleza pondera el mundo?- le pregunto.
-¡Ay!- contesto ella- esta no es mi verdadera figura, los ojos de los hombres solo pueden verme con esta fealdad pero, para que sepas
como soy, mira en este espejo que no se deja engañar y muestra mi imagen tal como en realidad es.
Le puso el espejo en la mano y el joven vio en él la imagen de la más bella doncella que nunca hubo en el mundo y vio que, de pena, las
lágrimas corrían por sus mejillas. Entonces dijo:
-¿Cómo puedes salir de tu hechizo? No temo ningún peligro. Y ella le hablo de este modo:
-Quien se apodere de la bola de cristal y se la presente al brujo, romperá su poder y así yo regresare a mi verdadera figura. Mas ¡ay!,
cuantos han encontrado por eso su muerte; viéndote tan joven me da pena exponerte a tan grandes peligros.
-Nada podrá detenerme- dijo- pero dime lo que debo hacer.
-Todo lo sabrás –dijo la princesa- cuando desciendas por el otro lado de la montaña en que se encuentra este palacio. Abajo, junto a
un manantial, te encontraras con un bisonte salvaje; con el que habrás de luchar y si lograras matarlo, saldrá de él un pájaro de fuego que
lleva en su seno un huevo candente y ese huevo, en lugar de yema tiene una bola de cristal. Pero el pájaro no dejara caer el huevo hasta
que no tenga otro remedio, mas si cae sobre la tierra incendiara y quemara todo cuanto esté a su alrededor y el tierno huevo se fundirá y
con él la bola de cristal, de modo que todos los esfuerzos habrán sido vanos.
El joven descendió hasta el manantial donde el bisonte resoplaba con fuertes bramidos. Tras larga lucha le clavo su espada en el
cuerpo y el animal cayó muerto. En ese mismo instante salió de él el pájaro de fuego, el hermano del joven convertido en águila que se
acercaba por entre las nubes, se arrojo sobre el ave y le clavo el pico, obligándolo a soltar el huevo. Más este no cayó en el mar, sino en la
cabaña de un pescador situada en sus orillas, e inmediatamente comenzó a echar humo y a ser pasto de las llamas. Entonces surgieron
del mar olas como casas, cayeron sobre la cabaña y sofocaron el fuego. Pues el otro hermano, la ballena, se había acercado nadando y
arrojaba agua. Cuando el fuego se apago, el joven busco el huevo y lo encontró. Felizmente, todavía no se había derretido, aunque la
cascara, debido al repentino enfriamiento, había saltado en pedazos. Sin embargo, pudo recoger intacta la bola de cristal.
Cuando el joven fue a ver al brujo y le presento la bola de cristal, este le dijo:
-Mi poder está destruido y tú eres desde este momento el rey del palacio del Sol Dorado. También puedes devolver a tus hermanos la
figura humana.
Entonces el joven corrió al cuarto de la princesa y, al entrar, la vio en todo el esplendor de su hermosura. Felices, intercambiaron sus
anillos.
Jacob y Wilhelm Grimm
EL CRIMEN (Edmundo Valadés)
En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen. Un instante, el único instante que podría
cambiar mi designio y con el mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida o mi esclavitud. La pesadilla se frustró y estuve
despierto. Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre su vida o mi
libertad, entre su muerte o mi esclavitud. Cerré los ojos y asesté el golpe ¿Soy preso por mi crimen o víctima de un sueño?
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EL HIJO DE LA MAESTRA (Incardona, Juan Diego)
En el barrio algunos me conocen como Chorza, pero mucho tiempo antes, los vecinos, sobre todo las personas mayores, se referían a
mí como “el hijo de la maestra”.
-¿Quién es este pibe?
-El hijo de la maestra.
-¿Qué maestra?
-¡La maestra! ¿Quién va a ser?, la que vive en Avenida Cruz, enfrente de la Juanita.
-Ahhhh, si.
Sucede que mi madre fue una de las maestras más famosas del barrio, ahora esta jubilada. Trabajo en sus tres escuelas: la 137, la 138 y
la 139. Estuvo más tiempo fue en la 138, anclada en una de las zonas más pobres de Villa Celina, en el barrio Urquiza, cerca de Las Achiras.
Sus actividades trascendían lo escolar: visitaba casas, organizaba el comedor, conseguía zapatillas para los chicos.
Con el paso del tiempo, se convirtió en una referente de las escuelas de Celina; mi vieja, una maestra de frontera en el Conurbano
Bonaerense. ¿Sera predestinado?, no lo sé, pero ella se llama igual que el barrio: Celina.
“Doña Celina”, le decían algunos. “Señorita”, le dicen muchos otros, aun personas de veinte, de treinta años que, en su mayoría, fueron
sus alumnos.
Ser su hijo me salvo en varias oportunidades. Las que más recuerdo son dos.
La primera vez fue en el campito y por culpa de Javi, que se había zarpado con unos pibes que jugaban a la pelota. Vinieron como diez
chabones de Urquiza, amigos del hermano de uno de los chicos y nos empezaron a cagar a piñas, a Javi- que después salió corriendo y me
dejo solo- y a mí. Enseguida me encerraron y me comenzaron a dar trompadas, patadas de todos lados. Aguante como pude; tire un par
de manotazos al aire, pero fue en vano. Ya esta, pensé, cobre para todo el viaje. Por suerte, seguía en pie, aunque en cualquier momento
me tumbaban. Y en el piso sí que estaba listo, esta no la contaba. Pero antes de que cayera en desgracia y me hiciera puré la croqueta, de
golpe la cortaron. Alguien me había reconocido.
-Para, para que es el hijo de la maestra.
La otra fue en un colectivo. Volvía con Tino de ver a Boca en el 143, que habíamos tomado en Constitución. Estábamos sentados por la
mitad del coche. Atrás, venia una barra de pibes de Urquiza, que eran de la 12, muy bravos. Se zarpaban con todos los que tenían cerca:
manoseaban a las mujeres, les pegaban a los chabones, los escupían de atrás, los puteaban. La cosa es que ya entrados a Celina, nosotros
nos teníamos que bajar. Le dije a Tino que había que hacerlo por la puerta de atrás y bancarnos lo que venga. Teníamos la remera de Boca
puesta y no podíamos quedar como cagones bajando por delante, así que fuimos para el fondo. Tino iba asustado, blanco como una hoja.
Toque timbre. Los de Urquiza estaban a nuestras espaldas; algunos sentados en los últimos asientos, otros parados. Yo no los miraba,
tenía la vista fija en el timbre. Esperaba un coscorrón en cualquier momento, una escupida, que me apuren, pero no pasaba nada; atrás
nuestro la patota guardaba un silencio absoluto. El tiempo se alargaba o el colectivo iba más lento. Era una espera interminable,
sofocante, silenciosa. Por fin, cuando el colectivo paro y estábamos bajando la escalera, uno me dice, con voz ronca:
-Eh, loco
Me di vuelta despacito y esperando lo peor, le conteste:
-¿Si?
El flaco, con una carita que si te cuento, muy serio, me dijo:
-Mándale saludos a tu vieja.
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EL GATO NEGRO (Adaptación del cuento de Edgar Allan Poe)
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando
mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.
Desde la infancia me destaque por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba
a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una
gran variedad.
Me case joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias al observar mi gusto por los animales domésticos.
Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato. Este último era completamente negro y de una
sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era un poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua
creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas.
Plutón- tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Solo yo le daba de comer y él me seguía por todas
partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duro años, en el curso de los cuales mi temperamento y mi carácter se alteraron por el alcohol. Día a día me volví más
melancólico e irritable. Llegue, incluso, a maltratar a mi mujer, del mismo modo que lo hice con mis animales preferidos.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de uno de mis paseos por la ciudad, me pareció que el gato
evitaba mi presencia. Lo alce en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apodero de mí
una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Lo lastime cruelmente hasta matarlo.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de “¡incendio!”. Las cortinas de mi cama eran llama
viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedo destruido. Mis bienes
terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. Una densa muchedumbre estaba
reunida frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!,
¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía
la imagen de un gigantesco gato. Al descubrir esta aparición –ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro
y el terror. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo domino mi espíritu un sentimiento
informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento.
Una noche reclamo mi atención algo negro en la calle. Me aproxime y lo toque con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande
como Plutón y absolutamente igual a este, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato
mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho. Continué acariciando al gato y, cuando me
disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para
inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa se acostumbro a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer. Por mi
parte, pronto sentí nacer en mi una antipatía hacia aquel animal, su marcado cariño por mi me disgustaba, hasta alcanzar el odio.
Dondequiera que me sentara venia a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas prodigándome sus odiosas caricias. En esos momentos,
aunque ansiaba matarlo, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo por un espantoso temor al animal.
Este temor aumento cuando descubrí que aquella mancha blanca que lo distinguía de Plutón, y que yo creí indefinida, adquiría la clara
forma de un patíbulo, esa terrible maquina del horror y del crimen con la se ajusticia a los criminales.
Cierto día, para cumplir una tarea domestica, mi mujer me acompaño al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza no obligaba a
vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exaspero hasta la
locura. Tal fue la ira que me provoco, que tome un hacha e intente atraparlo para matarlo. Mi mujer quiso protegerlo y se puso en el
medio. Yo estaba ciego de enojo, llevado por una fuerza demoniaca, descargue un golpe con el hacha y ella termino muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregue a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de la casa, así que
decidí ocultarlo en una pared del sótano. Saque los ladrillos que cubrían una falsa chimenea, coloque el cuerpo y lo tape nuevamente con
mampostería para que nadie pudiera descubrirlo. Luego, busque a la bestia causante de mi desgracia, pero no la encontré. Aquella noche
no apareció y por primera vez desde su llegada pude dormir profunda y tranquilamente, aun con el peso delo crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Era feliz y no sentía culpa. La policía realizo algunas averiguaciones a las
que no me costó responder. Al cuarto día, un grupo de policías se presento y procedió a una rigurosa inspección. Mientras revisaban, yo
repetía que era una casa de excelente construcción. Estaba convencido de que mi escondite era impenetrable. Estas paredes -¿ya se
marchan ustedes caballeros?- tienen una gran solidez. Y entonces golpee fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la
pared. Y se oyó un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al llanto de un niño, que luego creció rápidamente hasta
convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror,
mitad de triunfo.
Fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedo paralizado por el terror. Luego,
una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. Al abrir encontraron el cadáver y, sobre su cabeza, agazapada, a
la horrible bestia que me había inducido al asesinato. Pegue un grito aterrador, al mismo tiempo que salte de mi cama. Transpirado y aun
agitado, comprobé que solo había sido una terrible pesadilla.
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EL CRIMEN CASI PERFECTO (Roberto Arlt)
La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la
tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicido entre siete y diez de la noche) detenido en una comisaría por su
participación imprudente en un accidente de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las seis
de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente y en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado un momento del
laboratorio de análisis de leche de Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.
Lo más curioso del caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños y ella, a su vez, en
ningún momento dejo traslucir su intención funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.
Sus declaraciones coincidían en todo con las de la antigua domestica que servía hace muchos años a la señora Stevens. Esta mujer que
dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiro a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le
enviara por el portero un diario de la tarde. La criada se marcho; a las siete y diez el portero le entrego a la señora Stevens el diario
pedido y el proceso de acción que esta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria reviso las adiciones en las
libretas donde llevaba donde anotaba todas las entradas y salidas de su contabilidad domestica porque las libretas se encontraban sobre
la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky y en esta mezcla arrojo,
aproximadamente, medio gramo de cianuro de potasio. A continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno y al sentirse morir, trato
de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.
Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas orientadas pacíficamente en el interior del departamento pero como
se puede apreciar este proceso de suicidio está cargado de absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervenimos en la
investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. Sin embargo, únicamente la Stevens podía
haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se agrego al whisky también es pura. Podía presumirse que
el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un
anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo, de manera que el presunto asesino no podía saber si la Stevens iba a
utilizar este o aquel. La oficina policial de química nos informo que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.
El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había
quitado la vida por su propia mano pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte
transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los
informes de nuestro gabinete de análisis, no cabía dudar. Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba
veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante;
nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzo el periódico, de manera que si yo, después de algunas investigaciones
superficiales, hubiese cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin
embargo, para mi cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada y había un indicio que lo
comprobaba: ¿Dónde se hallaba el envase que contenía el veneno antes que ella lo arrojara en su bebida?
Por más que nosotros revisamos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco que contuvo el toxico. Aquel
indicio resultaba extraordinariamente sugestivo. Además, había otro: los hermanos de la muerte eran tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente, sus medios de vida no eran
del todo satisfactorios. Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resulto más de una vez
sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa
suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario pero estaba descalificado por la justicia e inhabilitado para ejercer su
profesión, convicto de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingreso en la industria lechera, donde se ocupaba de los
análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a esta, había enviudado tres veces. El día del “suicidio” cumplió 68 años pero era
una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una
cuarta vez y manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y
comestibles, y no cabe duda que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que una mujer de ese carácter era capaz
de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil
pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida y utilizada por aquella en las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente
aterrorizada al verse engranada en un procedimiento policial.
El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que esta no pudiendo abrir la puerta porque las
hojas estaban aseguradas por dentro cadenas de acero, llamo en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana como creo
haber dicho anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la
habitación donde quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en el magín: ¿y si alguien había entrado en el departamento de
la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial,
pero convenía verificar la hipótesis.
Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.
Eche a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente sino deportivamente.
Yo estaba en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y
complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacio.
Absorbido por mis cavilaciones, entre en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que nunca bebo bebidas
alcohólicas, automáticamente pedí un whisky ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky servido frente a mis ojos? No lo sé, pero de pronto
mis ojos vieron el vaso de whisky y la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quede mirando el conjunto aquel. D pronto,
una idea alumbro mi curiosidad, llame al camarero, le pague la bebida que no había tomado, subí apresuradamente a un automóvil y me
dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi cerebro. Entre en la habitación donde estaba detenida, me senté
frente a ella y le dije:
-Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo?
-Con hielo señor.
-¿Dónde compraba el hielo?
-No lo compraba, señor. En casa había una heladera pequeña que la fabricaba en pancitos- Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de
su estupidez- Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. El se encargo de arreglarla
en un momento.
Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida; el químico de nuestra oficina de análisis, el técnico de la fábrica
que había vendido la heladera a la señora Stevens y el juez del crimen. El técnico retiro el agua que se encontraba en el depósito
congelador de la heladera y varios pancitos de hielo. El químico inicio la operación destinada a revelar la presencia del toxico, y a los
pocos minutos pudo manifestarnos:
-El agua esta envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.
Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen.
El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera (defecto que localizo el técnico) arrojo en el depósito congelador una cantidad de
cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparo un whisky, del depósito retiro un pancito de hielo (lo
cual explicaba que el plato con hielo disuelto se encontraba sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo enveneno poderosamente
debido a su alta concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico hasta
que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.
No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban donde se encontraba. Del laboratorio
donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.
A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo,
levanto el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomo inerte junto a la mesa de mármol. Lo
había muerto un sincope. En su armario se encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más ingenioso que conocí.
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MÁS ALLA DE LAS VIAS (Estela Smania)
Yo estaba recostado sobre un montón de lajas apiladas al frente de mi casa, chupando una naranja. Entonces lo vi. Era un chico alto,
flaco y pálido. Más que pálido. De su cara parecía salir una luz blanquecina, una claridad. Algo encorvado era, además, como si cargara
sobre los hombros un peso invisible. Me acuerdo de que lo seguía, por encima de la cabeza, una nube de jejenes que él no parecía
interesado en espantar. Apareció de repente. No sé de dónde.
Creo que vino desde la esquina del almacén a la que yo daba la espalda, porque desde la otra esquina, la de la farmacia, lo hubiera
visto llegar. Desde el frente no vino. Eso seguro. Cruzando la calle, están las vías del ferrocarril sobre un terraplén bastante empinado y
yuyos que llegan hasta la cintura. Más allá de las vías solo hay unas pocas casas bastantes separadas entre sí, los galpones del ferrocarril,
el montecito, el cementerio, y después puro campo hasta el pueblo vecino. De atrás no pudo haber venido. El patio de mi casa da a otros
patios que a su vez dan a otros más.
La cosa es que se plantó frente a mí y así se estuvo, quieto, mirándome con unos ojos húmedos, tristes, que parecían mirar lejos a
través de los míos. Fueron algunos segundos nada más.
Yo había salido de mi casa apenas terminado el almuerzo, un estofado con papas, huyendo de los gritos de mi papá y del llanto de mi
mamá. Los gritos de mi papá como digo yo, me pegan justo en la nuca, como una descarga eléctrica capaz de tumbarme. El llanto de mi
mamá, en cambio, me pega justo en el pecho, como una ola. Y el miedo a no sé qué, y la rabia, me quitan la respiración, me estrujan, me
paralizan. Alcancé a manotear una naranja y salí como disparado. El jugo dulce me aliviaba un poco el dolor de garganta que dan las
lágrimas cuando se amontonan y no salen. Mi papá y mi mamá pelean más desde que él se quedó sin trabajo en la fábrica, y esa pila de
lajas se fue haciendo parte de la casa. El había prometido colocarlas en la entrada antes de fin de año. Pero el fin de año llegó y pasó y “ni
siquiera eso se te da por hacer”, llora ella, y “no lo hago porque no se me da la gana”, grita él. Algunas lajas dejaban ver ya algo de pasto
que les había crecido con la tierra y las lluvias, y la arena gruesa para hacer la mezcla se había escurrido hasta desaparecer.
Ni un alma en la calle.
Me tragué las lágrimas. Me las tragué entreveradas con el jugo de la naranja, y me oí decir, como si no fuera yo quien hablaba:
-Hola.
-Hola- dijo también él, y fue como si esa palabra lo pusiera en el mundo.
-¿Sos nuevo?- pregunté.
-No- dijo él. Soy del barrio. Y señaló, o me pareció a mí que señaló, el otro lado de las vías.
Se me acercó un poco más y se recostó también sobre la pila. Tan flaco que casi no me hacia compañía.
No sé cuánto tiempo nos quedamos callados. Yo hubiera querido hablar para que los gritos de mi papá y el llanto de mi mamá, que se
escapaban por la ventana entreabierta, no se oyeran. Pero no se me ocurría nada para decir y a él tampoco, según parecía.
-¿Cómo te llamas?- dije, por fin.
-Gabriel- dijo
No preguntó mi nombre, como si no le importara o como si ya lo supiera, así que no le dije que me llamaba igual que él. Creo que una
o dos veces miró hacia la ventana entreabierta.
Y así estuvimos los dos a la sombra del paraíso. Callados, pero bien. No sé por qué, en ese momento, me fijé en sus manos que eran
tan pálidas como su cara.
De repente me di cuenta de que mi papá había dejado de gritar y mi mamá de llorar. Yo los había olvidado, tan metido como estaba en
el silencio que era como estar en un sueño en medio de esa siesta llena de sol.
Pero algo rompió el silencio. Tal vez un suspiro de él o mío. O el trote de una perra preñada que pasó con una paloma entre los dientes.
O el golpe seco de una chicharra que cayó de un árbol y se estrelló contra las lajas. No lo sé. O no me acuerdo.
Entonces Gabriel dijo:
-Me voy.
Yo lo oí, pero fue como si el alma demorara en volverme al cuerpo, como dice mi abuela, y cuando reaccioné, ya no estaba. No me
quedaron dudas de que se había ido caminando hacia la esquina de la farmacia y desde allí había cruzado las vías. A pesar del calor, la
ausencia repentina de Gabriel se sintió como un escalofrío. ¿O fue el viento que empezó a soplar con olor a tierra mojada?
Cuando entré a la casa, mi mamá le alcanzaba un mate a mi papá que estaba como hipnotizado mirando en la tele el clásico entre River
y Boca.
-¿No venís, campeón?- dijo papá.
-¿Dónde estabas?- dijo mamá.
No contesté. En ese momento River le metía un golazo a Boca. Mi papá se puso contento y yo también.
Afuera el cielo se había puesto oscuro. Un rato después llovía, llovía, llovía sin parar.
Pasó un tiempo, ni idea de cuánto pasó, sin que me acordara de Gabriel. Todavía guardaba en el bolsillo de mis pantalones un cordón
con una piedra negra engarzada en plata que encontré entre las lajas cuando él se fue.
Esta tarde voy a buscarlo para devolverle el colgante. Cruzo las vías frente a la farmacia. Paso los galpones del ferrocarril. Dejo atrás las
pocas casas: la del Pata de Palo, la de las hermanas Finochietto, la de la familia Salas, la de los rosarinos. Me meto en el montecito donde
de más chicos cazábamos pájaros con mis amigos. Y cuando lo dejo atrás, llegó al cementerio, pero hoy me animo. Recorro las tumbas en
la tierra. Muchas con las cruces rotas. Me paro a mirar las fotos de los muertos. Camino entre flores de plásticos, entre gatos que se
pasean como dueños del lugar.
Me siento sobre un mármol a descansar. Cierro los ojos encandilados por un sol de fuego, y estoy así un tiempo largo, un tiempo que
no puedo medir, como si nada fuera más importante que estar allí, como si no tuviera otra cosa que hacer y nada que buscar. Cuando los
abro se está terminando la tarde. Creo volver de un sueño y lo primero que ven mis ojos es la foto de Gabriel arriba de una inscripción:
2000-2013. Gabriel, hijo amado. Hasta que volvamos a encontrarnos.
Lo veo. Me veo. No sé si gritó, pero lloro. Salgo de allí corriendo. Atravieso tumbas. Atravieso el montecito, las casas, los galpones, las
vías.
Veo la farmacia y a mitad de cuadra las lajas en la vereda de mi casa. Mi casa. Las puertas están cerradas. La del frente. La del fondo.
Las ventanas están cerradas. Golpeo. Golpeo más fuerte. Grito: ¡mamá! Grito: ¡papá! Nadie contesta. Alguien que pasa dice:
-La casa está abandonada. Se fueron a la Capital después de la muerte del hijo.
Ya no golpeo. Ya no grito. Ya no espero. Guardo en el puño el cordón con una piedra negra engarzada en plata.

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