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La mujer trabajadora en el SXIX: desafíos y roles

La mujer trabajadora alcanzó mayor visibilidad durante el siglo XIX debido a la revolución industrial, aunque siempre trabajaron en oficios como hilandería y servicio doméstico. Se las consideró mano de obra barata para ciertos trabajos como textiles. El discurso de la época enfatizó las diferencias biológicas entre hombres y mujeres para legitimar la separación de roles.

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La mujer trabajadora en el SXIX: desafíos y roles

La mujer trabajadora alcanzó mayor visibilidad durante el siglo XIX debido a la revolución industrial, aunque siempre trabajaron en oficios como hilandería y servicio doméstico. Se las consideró mano de obra barata para ciertos trabajos como textiles. El discurso de la época enfatizó las diferencias biológicas entre hombres y mujeres para legitimar la separación de roles.

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Scott “La mujer trabajadora en el SXIX”

La mujer trabajadora alcanzó importante durante el SXIX, aunque su existencia es anterior como hilandera,
modista, cervecera, niñera, criada. Pero en el SXIX se le presta más atención, se le documenta. La mujer
trabajadora fue producto de la revolución industrial porque se convierte en una figura problemática y visible. La
visibilidad de esta mujer fue consecuencia del hecho de que se percibiera como problema que había que
resolver y la causa era un proceso de desarrollo capitalismo industrial.

La separación entre hogar y trabajo fue una contribución al proceso del desarrollo histórico, donde era un
problema de homogeneidad de experiencia de todas las mujeres, acentuando la diferencia entre hombres y
mujeres. Al presentarse al obrero como el trabajador ejemplar, se dejaba de lado las diferencias de formación,
estabilidad y ejercicio profesional entre varones y mujeres. Se postuló el sexo como única diferencia entre
hombres y mujeres en el mercado laboral. Esta separación de hogar y trabajo logra subrayar las diferencias
biológicas que se legitiman como base de la organización social. Esto dio lugar a la interpretación de la “doctrina
de las esferas separadas” y a la “ideología de la domesticidad”. La autora va a analizar a las mujeres trabajadoras
definida como fuente de mano de obra barata y adecuada para determinados trabajo que se dan por procesos
discursivos.

El traslado del trabajo al hogar se dio de manera de producción y reproducción que, aunque al principio se
daban como actividades complementarias, luego se las presentó como irreconciliables. En el periodo previo a la
industrialización las mujeres tan trabajaban fuera de sus casas, vendiendo bienes y ganando dinero como
pequeñas comerciantes o niñeras o lavanderas. Si el trabajo entraba en conflicto con los niños, antes de dejar el
trabajo se los mandaba con una nodriza. En este periodo la mayoría de las mujeres trabajadores eran jóvenes y
solteras y trabajaban lejos de sus casas. Las mujeres casadas también formaban parte de la fuerza de trabajo.
Esto también caracteriza al periodo de industrialización del SXX la mayoría el servicio doméstico o empleadas
textiles. En las ciudades textiles la mayoría de la demanda de trabajo era para mujeres y pocas para hombres.
Por lo que el traspaso de la población asalariada femenina no tuvo lugar del hogar al trabajo fuera de este sino
de un tipo de lugar de trabajo a otro.

El trabajo de las costureras fue fundamental porque la materia hacia eso, con los vestidos y los trajes creció la
demanda. Este si era un trabajo en la mayoría en el domicilio. Y a pesar que les permitía articular el hogar y el
trabajo, se les pagaba por pieza y muy poco y apenas podían mantenerse. Por esto se dio en el SXIX, un traspaso
del servicio doméstico a los empleos de cuello blanco como oficinas o maestras o en una tienda. A pesar de que
seguían haciendo trabajo de servicio, se abría una oportunidad profesional para las mujeres de clase media. La
industrialización no fue lo que habilito el trabajo para las mujeres sino un cálculo del coste de la fuerza de
trabajo.

Las mujeres se asociaban a la fuerza de trabajo barata, pero no todo trabajo de ese tipo se consideraba
adecuado a las mujeres. Si bien se las consideraba apropiadas para el trabajo en las fábricas textiles, de
vestimenta, calzado, tabaco, alimentos y cuero, era raro encontrarlas en la minería, la construcción, la
manufactura mecánica o los astilleros. Esto quedó considerado como un sentido común. Las voces disconformes
de algunas feministas, lideres laborales y socialistas experimentaban grades dificultades para hacerse oír.

La economía política fue uno de los terrenos donde se originó el discurso sobre la división sexual del trabajo.
Esto se dio bajo la idea de que los salarios de los varones debía ser suficiente para su sostén y el de su familia
pero el salario de las esposa no era necesaria para el sustento ya que dependían de los hombres por naturaleza.
Pero esto hacia que las mujeres que vivían solas o eran el sustento, serian pobres. Según el cálculo, los salarios
de los hombres era primordiales para las familias pero los de las mujeres eran suplementarios.
El salario del trabajador tendría un doble sentido, por un lado le compensaba la prestación de su fuerza de
trabajo y le otorgaba el estatus de creador de valor en la familia. De ello se seguía que las mujeres no producían
valor económico de interés. El trabajo que realizaban en su casa no se tenía en cuenta en los análisis de la
reproducción de la generación siguiente y su salario se describía siempre como insuficiente, incluso para su
propia subsistencia. Al proponer dos sistemas distintos para calcular el precio de la fuerza de trabajo,
distinguieron la fuerza de trabajo según sexo, lo que explicaron en términos de división sexual funcional.
También se describían los trabajos como si tuvieras cualidades propias de uno u otro sexo: las tareas que
requerían delicadeza, dedos agiles, paciencia, se distinguían como femeninas, mientras que el vigor muscular, la
velocidad y la habilidad eran signos de masculinidad. Los empleadores desarrollaron una variedad de estrategias
para recortar los costes laborales. Instalaron máquinas, dividieron y simplificaron las tareas en el proceso de
producción, bajaron el nivel de habilidad requerida.

En las áreas de expansión del trabajo profesional y de oficina, las mujeres resultaron empleadas muy
convenientes por la sumisión, la tolerancia y la capacidad de repetición que les daba la naturaleza femenina y
materna. En Inglaterra y en Alemania a las empleadas de oficina se les pusieron trabas para el matrimonio por lo
que les hizo imposible combinar matrimonio y trabajo.

Otro ejemplo de la índole discursiva de la división sexual del trabajo puede hallarse en la política y las prácticas
de los sindicatos. Los sindicatos masculinos trataban de proteger los empleos y salarios manteniendo a las
mujeres al margen de sus organizaciones y del mercado de trabajo. Aceptaron que las mujeres tenían salarios
bajos y las vieron como una amenaza más que como aliadas. Las marginaban diciendo que la estructura física de
las mujeres determinaba su destino social como madres y ama de casa y no podían ser trabajadoras productivas
ni una buena sindicalista. Por supuesto hubo sindicatos que aceptaban mujeres como afiliadas y sindicatos
formados por las propias mujeres. Pero en los sindicatos mixtos a las mujeres se les asignaba siempre un papel
subordinado. Cuando argumentaban en favor de su representación, las mujeres justificaban sus reivindicaciones
evocando las contradicciones de la ideología sindical que, por un lado, reclamaba la igualdad para todos los
trabajadores, y, por otro lado, la protección de la vida familiar y la domesticidad de la clase obrera contra las
devastaciones del capitalismo. Así enmarcado por esta oposición entre trabajo y familia, entre hombres y
mujeres. El argumento a favor de igual estatus para las mujeres en tanto trabajadoras resultaba tan difícil de
sostener como de llevar a la práctica. En este periodo se tomó a las mujeres como una categoría única y definió
el trabajo como una violación de su naturaleza, mostrándolas como una patología social.

La actividad de la casa no se consideraba un trabajo productivo, aun cuando el énfasis sobre la domesticidad
parecía relazar el estatus social de las mujeres. En el discurso acerca de la división sexual del trabajo, la tajante
oposición entre mujeres y trabajo, entre reproducción y producción, entre domesticidad y percepción de salario,
hicieron de la mujer todo un problema. El surgimiento de la mujer trabajadora en el siglo XIX, entonces, no se
debió tanto al aumento de su cantidad ni de un cambio en la localización, cualidad o cantidad de su trabajo,
como a la preocupación de sus contemporáneos por la división sexual del trabajo.

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