Literatura a Manteles
Lecturas secretas
Marzo 2019
El Café de Otraparte
Robert Lowell
Poeta Estadounidense
1 de marzo de 1917 – 12 de septiembre de 1977
Lowell fue considerado como parte importante del movimiento de poesía confesional.
Sin embargo, gran parte de la obra de Lowell, que a menudo mezcla lo público con lo
personal, no se ajusta al modelo típico de este movimiento poético. En su lugar,
Lowell trabajó numerosas formas distintivas y maneras estilísticas a lo largo de su
carrera. Además de ganar el Premio Nacional del Libro, también obtuvo el Premio
Pulitzer de Poesía en 1947 y 1974, el Premio del Círculo Nacional de Críticos de
Libros en 1977, y el Premio del Instituto Nacional de Artes y Letras en 1947. Es
«considerado ampliamente como uno de los más importantes poetas estadounidenses
de la post-guerra». Su biógrafo Paul Mariani le llamó «el historiador-poeta de nuestra
época y el último de los poetas públicos influyentes de Estados Unidos.»
La buena vida
Los árboles florecen, y las hojas perladas de niebla
sobre nosotros se abanican en la copa de vino de los olmos,
mujer, hijos y casa: la médula y el inútil adorno de la vida;
servicial, la descomposición se quema…
y no por las medallas lamer culos en el prado del pavorreal,
arrojando alpiste al sangriento gallo de pelea,
o vomitando púrpura en la arena de esclavos—
en la Roma de Tito, tediosa, martirizada y ansiosa de complacer.
Al águila la ciñen nuevas legiones y creencias viejas.
Quizás el hombre libre le sorprende el acoso imperial
(rara vez agradable, un azote de cálculos biliares)
que continúa arrastrando a quien de otro modo olvidaríamos,
al perro dormido, al héroe alquilado para el terror,
perlas para el collar, argollas en la cadena resonante.
El nihilista como héroe
“Una línea inspirada es todo lo que entregan nuestros poetas,
¿mas qué francés ha escrito seis líneas aceptables, una atrás otra?”
dijo Valéry. Para Satán ése fue un día feliz.
Uno anhela palabras colgadas de la carne del buey vivo,
pero la llama fría del papel de estaño lame el leño metálico;
el inmutable hermoso fuego de la niñez
traiciona las visiones monótonas.
Del cambio y por definición se alimenta la vida,
en cada temporada nos deshacemos de guerras, mujeres y automóviles
nuevos
A veces, cuando enfermo o lleno de malestares,
miro verdear la llama contraída de este fósforo,
el tallo de maíz adquiere florescencias y verdes prolongaciones.
Un nihilista debe vivir el mundo como es
mirando a lo imposible ascender al desecho.
Traducción: Carlos Monsiváis
Afeitándome
Al afeitarme veo, en toda su extensión,
sólo por esta vez, mi cara en el espejo.
La miro de reojo como si se tratase
de un problema de carpintería...
Aunque la encuentro un poco más delgada,
es la cara de siempre,
con ojos acechantes al ritmo de mi mano…
Nunca tienen los días las suficientes horas...
Según estoy tumbado, confinado, anhelante,
monomaniaco,
celoso incluso de la intrusión más mínima
(me resulta imposible rechazar
la diminuta espina de algún cardo).
Incapaz de imitar la manera espontánea
con que exigen los niños sus respuestas.
Tan inflamable es para mí una piedra
como una cerilla de cartón.
La marea doméstica ha cesado;
y, tú también, inclinas la cabeza
sobre lo que has escrito
y corriges, a veces disgustado,
con cara inexpresiva, como los girasoles.
Tenemos suerte
de haber podido juntos realizar tantas cosas.
Pier Paolo Pasolini
Poeta, escritor y director de cine italiano
5 de marzo de 1922 – 2 de noviembre de 1975
Es uno de los artistas más reconocidos de su generación, así como uno de
los realizadores más venerados de la filmografía de su país. También se
distinguió como un actor, periodista, filósofo, novelista, dramaturgo, pintor
y figura política. Aún hoy es considerado un personaje controvertido en
Italia, debido a su estilo contundente y la temática sexual de algunos de
sus trabajos, considerados como tabú, pero que lo estableció como una
destacada figura de la literatura y las artes cinematográficas europeas. Su
asesinato provocó una gran conmoción en Italia y el resto del mundo. La
autoría y las circunstancias nunca fueron aclaradas, y en su momento
fueron objeto de acalorados debates, que persisten hasta el día de hoy.
Abro a la mañana de un blanco lunes...
Abro a la mañana de un blanco lunes
la ventana, y la calle indiferente
roba entre su luz y sus rumores
mi presencia infrecuente entre las hojas.
Este moverme... en días totalmente
fuera del tiempo que parecía consagrado
a mí, sin regresos ni paradas,
espacio lleno todo de mi estado,
casi prolongación de la existencia
mía, de mi calor, del cuerpo mío...
y se ha truncado... Estoy en otro tiempo,
un tiempo que dispone sus mañanas
en esta calle que yo miro, ignoto,
en esta gente fruto de otra historia
Versión de Delfina Muschietti
Al príncipe
Si regresa el sol, si cae la tarde,
si la noche tiene un sabor de noches futuras,
si una siesta de lluvia parece regresar
de tiempos demasiado amados y jamás poseídos del todo,
ya no encuentro felicidad ni en gozar ni en sufrir por ello:
ya no siento delante de mí toda la vida...
Para ser poetas, hay que tener mucho tiempo:
horas y horas de soledad son el único modo
para que se forme algo, que es fuerza, abandono,
vicio, libertad, para dar estilo al caos.
Yo, ahora, tengo poco tiempo: por culpa de la muerte
que se viene encima, en el ocaso de la juventud.
Pero por culpa también de este nuestro mundo humano
que quita el pan a los pobres, y a los poetas la paz.
De "La religión de mi tiempo" 1961
Versión de Delfina Muschietti
Análisis tardío
(Fin de los años sesenta)
Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto
pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.
Versión de Hugo Beccacece
Gabriel García Márquez
Escritor colombiano
(6 de marzo de 1927 – 17 de abril de 2014)
Escritor, guionista, editor y periodista. Está relacionado de manera
inherente con el realismo mágico y su obra más conocida, la novela Cien
años de soledad, es considerada una de las más representativas de este
movimiento literario, e incluso se considera que por el éxito de la novela es
que tal término se aplica a la literatura surgida a partir de los años 1960
en América Latina. En 2007 la Real Academia Española y la Asociación de
Academias de la Lengua Española publicaron una edición popular
conmemorativa de esta obra, por considerarla parte de los grandes clásicos
hispánicos de todos los tiempos. En 1982 recibió el Premio Nobel de
Literatura.
Fragmentos
Cien años de soledad (1967)
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre
lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas
de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas
que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes
como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas
carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el
dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos
desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande
alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero
llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de
gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta
demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de
los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos
lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las
pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían
por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de
desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo
aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en
desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las
cosas tienen vida propia —pregonaba el gitano con áspero acento—, todo
es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya
desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la
naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible
servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra.
Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.»
Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los
gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos
lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos
animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no
consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la
casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el
acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el
fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta
el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una
armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de
óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno
de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su
expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un
esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre
con un rizo de mujer.
***
El otoño del patriarca (1975)
Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la
casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las
ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en
la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una
tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces
nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra
fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de
bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que
alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones
blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las
lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra
época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta
guardia del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran
arduamente visibles en la luz decrépita. A lo largo del primer patio, cuyas
baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el
retén en
desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el
largo mesón de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo
dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde
estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos
entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más
lento que las vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca
bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de
cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes
transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la
berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año
del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden, la limusina
sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña
polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera. En el patio
siguiente, detrás de una verja de hierro, estaban los rosales nevados de
polvo lunar a cuya sombra dormían los leprosos en los tiempos grandes de
la casa, y habían proliferado tanto en el abandono que apenas si quedaba
un resquicio sin olor en aquel aire de rosas revuelto con la pestilencia que
nos llegaba del fondo del jardín y el tufo de gallinero y la hedentina de
boñigas y fermentos de orines de vacas y soldados de la basílica colonial
convertida en establo de ordeño. Abriéndonos paso a través del matorral
asfixiante vimos la galería de arcadas con tiestos de claveles y frondas de
astromelias y trinitarias donde estuvieron las barracas de las concubinas,
y por la variedad de los residuos domésticos y la cantidad de las máquinas
de coser nos pareció posible que allí hubieran vivido más de mil mujeres
con sus recuas de sietemesinos, vimos el desorden de guerra de las
cocinas, la ropa podrida al sol en las albercas de lavar, la sentina abierta
del cagadero común de concubinas y soldados, y vimos en el fondo los
sauces babilónicos que habían sido transportados vivos desde el Asia
Menor en gigantescos invernaderos de mar, con su propio suelo, su savia y
su llovizna, y al fondo de los sauces vimos la casa civil, inmensa y triste,
por cuyas celosías desportilladas seguían metiéndose los gallinazos.
Máximo Gorki
Escritor ruso
(28 de marzo de 1868 – 18 de junio de 1936)
Máximo Gorki fue el pseudónimo utilizado por Alekséi Maksímovich
Peshkov. Fundador del movimiento literario del realismo socialista, Gorki
también fue nominado cinco veces para el Premio Nobel de Literatura.4
Alrededor de quince años antes de su éxito como escritor, cambiaba con
frecuencia de trabajo y recorrió todo el Imperio ruso; estas experiencias
influirían más tarde en su escritura, que destacó en varias especialidades
como la novela, teatro o ensayo. Fue en la novela donde Gorki alcanzó
mayor notoriedad, especialmente con obras como Los bajos fondos y La
madre. Tuvo una gran amistad con otros escritores rusos como León
Tolstói y Antón Chéjov, y llegó a escribir las memorias de ambos.
Fragmentos
La madre (1907)
Tenía la voz baja pero firme, y en los ojos le relucía un deseo obstinado.
Pelagia comprendió que su hijo estaba consagrado para siempre a un algo
misterioso y terrible. En la vida, todo le había parecido siempre inevitable;
se había acostumbrado a someterse sin reflexionar; se echó a llorar
dulcemente, sin encontrar palabras en su corazón, oprimido por la
angustia y la pena.
-¡Yo mismo no entiendo cómo ha sucedido! En la niñez todos me daban
miedo… Cuando crecí, empecé a odiarlos… a unos, por cobardes; a otros,
no sé por qué… Ahora ya no es lo mismo; creo que me dan lástima… No
entiendo cómo, pero el corazón se me puso más tierno cuando supe que
había una verdad para los hombres y que no todos tienen la culpa de lo
ignominioso de su vida…
-¿Hay en el mundo un alma que no haya sentido ofensa? A mí me han
ultrajado ya tanto, que me cansé de montar en cólera. ¿Qué hará uno, si la
gente no puede obrar de otro modo? Las injurias me molestan mucho, me
impiden trabajar…, pero no puede uno evitarlas, y si se detiene a pensarlo,
es tiempo que pierde. ¡Así es la vida! Tiempo atrás me enfadaba con
todos…, luego vino la reflexión y vi que todos tenían el corazón hecho
pedazos. Cada cual teme el golpe del vecino y trata de golpearle primero.
¡La vida es así, madrecita!
… Le palpitaba de ansiedad el corazón. Apréciale que sus palabras se
habían disipado sin dejar huella en aquellos hombres, como gotas de lluvia
cuando salpican la tierra agrietada por larga sequía…
-¡Es un muchacho difícil!... Pero ya se le pasará. Yo también he sido como
él. Cuando el corazón no se quema con ardor, se le acumula dentro mucho
hollín…
Aturdida, sin darse cuenta de lo que estaba viendo, la madre no quitaba
los ojos de Rybin. Hablaba él, y oía ella el sonido de su voz, pero las
palabras volaban sin despertar eco en el vacío tembloroso y oscuro de su
corazón…
-¡Hay que ver, qué horrible! Un puñado de hombres estúpidos, golpean,
ahogan y oprimen a todo el mundo para defender su funesto poder sobre
el pueblo… Aumenta la ferocidad, y la crueldad se hace ley de la vida…
¡Reflexione! Unos pegan y se portan como brutos, porque tienen la
impunidad asegurada, porque sienten por dentro la necesidad voluptuosa
de atormentar, ese mal repugnante de los esclavos a quienes permiten
manifestar sus instintos serviles y sus hábitos bestiales en toda su fuerza.
Otros están envenenados por la venganza; los terceros, idiotizados a
golpes, se vuelven ciegos y mudos… ¡Pervierten al pueblo, al pueblo entero!
Sonrió la madre, sin comprender… Todo lo que iba pasando no era para
ella más que el prefacio, inútil y forzoso, de algo terrible, que dejaría
aplastados con frío terror a todos los asistentes…
… Aquellos cuerpos debían excitar en ellos una envidia impotente y mala,
una avidez ardiente de agotados y enfermos. Hacían chascar los labios y se
lamentaban de no tener aquellos músculos, capaces de trabajar y
enriquecer, de gozar y crear. Ahora, tales cuerpos iban a salir de la
circulación activa de la vida, renunciaban a ella, no podrían ya poseerlos,
aprovechar su fuerza ni devorarlos. Por eso los muchachos inspiraban a
los viejos jueces la animosidad vengativa y desolada de una fiera débil que
ve carne fresca, pero carece ya de energía para apresarla.
Cuando las dos mujeres se separaron, Lludmila miró a Pelagia de frente y
preguntó en voz baja:
-¿Sabe que da gusto estar con usted?
Y se contestó a sí misma:
-¡Sí! Es como estar en una montaña muy alta, al amanecer…
César Vallejo
Poeta peruano
(16 de marzo de 1892 – 15 de abril de 1938)
Es considerado uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX y
el máximo exponente de las letras en su país. Es, en opinión del crítico
Thomas Merton, «el más grande poeta católico desde Dante, y por católico
entiendo universal» y según Martin Seymour-Smith, «el más grande poeta
del siglo XX en todos los idiomas». Publicó en Lima sus dos primeros
poemarios: Los heraldos negros (1918), con poesías que si bien en el
aspecto formal son todavía de filiación modernista, constituyen a la vez el
comienzo de la búsqueda de una diferenciación expresiva; y Trilce (1922),
obra que significa ya la creación de un lenguaje poético muy personal,
coincidiendo con la irrupción del vanguardismo a nivel mundial. Hasta su
muerte residió en París, con algunas breves estancias en Madrid y en otras
ciudades europeas en las que estuvo de paso. Vivió del periodismo4
complementado con trabajos de traducción y docencia.
Considerando en frío, imparcialmente...
Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina...
Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa...
Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona...
Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...
Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...
Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...
Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito...
le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...
¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!...
Espergesia
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que mastico... y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de ferétro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.
Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.
Stéphane Mallarmé
Poeta francés
(18 de marzo de 1842 – 9 de septiembre de 1898)
Poeta y crítico francés, uno de los grandes del siglo XIX, que representa la
culminación y al mismo tiempo la superación del simbolismo francés. Fue
antecedente claro de las vanguardias que marcarían los primeros años del
siguiente siglo. Durante años, sus veladas literarias fueron consideradas el
centro de la vida intelectual parisina. Entre otros asistentes, cabe
mencionar a los poetas alemanes Stefan George y Rainer Maria Rilke, a los
franceses Paul Verlaine y Paul Valéry, a los novelistas André Gide y
Huysmans y al lírico irlandés W. B. Yeats. Con dos amigos intercambió
una caudalosa correspondencia: Henri Cazalis (conocido entre los
parnasianos con el sobrenombre de Jean Lahor) y Eugène Lefébure,
apasionado por la poesía y el ocultismo, que se haría muy célebre como
egiptólogo. El músico del impresionismo Claude Debussy compuso en
1892 una pieza de orquesta sobre su poema La siesta de un fauno, y el
también impresionista Maurice Ravel musicó poemas suyos en Trois
poèmes de Stéphane Mallarmé (1913).
La tumba de Edgar Poe
Tal como al fin el tiempo lo transforma en sí mismo,
el poeta despierta con su desnuda espada
a su edad que no supo descubrir, espantada,
que la muerte inundaba su extraña voz de abismo.
Vio la hidra del vulgo, con un vil paroxismo,
que en él la antigua lengua nació purificada,
creyendo que él bebía esa magia encantada
en la onda vergonzosa de un oscuro exorcismo.
Si, hostiles alas nubes y al suelo que lo roe,
bajo-relieve suyo no esculpe nuestra mente
para adornar la tumba deslumbrante de Poe,
que, como bloque intacto de un cataclismo oscuro,
este granito al menos detenga eternamente
los negros vuelos que alce el Blasfemo futuro.
Las ventanas
Del hospital cansado y del fétido incienso
que asciende en la blancura vulgar de las cortinas,
al Santo Cristo magro de un gran clavo suspenso
el moribundo vuelve las espaldas en ruinas;
se arrastra y anda, y, menos para escaldar su podre
que para ver el sol sobre las piedras, pega
sus pelos blancos y su pelleja de odre
a las ventanas que una luz clara anega.
Y la boca febril y del azul voraz
-como cuando, de joven, aspiró su tesoro,
una piel virginal, de otro tiempo- el agraz
de un largo beso amargo pone en los vidrios de oro.
Ebrio vive; olvidando la cruz, los óleos santos,
el reloj, las tisanas, el lecho obligatorio,
la tos… y cuando sangra la tarde, en amarantos
sus ojos de los cielos en el rojo cimborio,
ven galeras doradas, como cisnes esbeltas,
dormir sobre unas rías de púrpura y de armiños,
meciendo el iris de sus líneas desenvueltas
en un gran abandono cargado de cariños.
Así, con asco de los hombres de alma dura,
hundidos en el goce, donde sus apetitos
se sacian, y que amasan esta horrible basura
para darla a sus hembras y a sus hijos ahítos
me escapo, y voy buscando todos los ventanales
desde donde la espalda se da al mundo y, bendito
en su vidrio, que lavan rocíos eternales,
que dora la mañana casta del Infinito,
me contemplo, y me veo íngel, y muero, y quiero
-sea el arte aquel vidrio o sea el misticismo-
renacer coronado del sueño de mí mismo,
al cielo anterior, de Belleza manadero.
Pero ¡ay! que el Aquí-abajo es dueño; su crueldad
en los propios umbrales del azul me atosiga,
y el vómito hediondo de la Bestialidad
a taparme allí mismo las narices me obliga.
¿No habrá manera -;Oh Yo, que en dolor te consumes!-
de romper el cristal que aumenta mi ansiedad,
y de escaparme con mis dos alas implumes,
a riesgo de caer toda la eternidad?
Brisa marina
Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste.
¡huir, huir muy lejos! Ebrias aves se alejan
entre el cielo y la espuma. Nada de lo que existe,
ni los viejos jardines que los ojos reflejan,
ni la madre que, amante, da leche a su criatura,
ni la luz que en la noche mi lámpara difunde
sobre el papel en blanco que defiende su albura
retendrá al corazón que ya en el mar se hunde.
¡Yo partiré! ¡Oh, nave, tu velamen despliega
y leva al fin las anclas hacia incógnitos cielos!
Un tedio, desolado por la esperanza ciega,
confía en el supremo adiós de los pañuelos.
Y tal vez, son tus mástiles de los que el viento lanza
sobre perdidos náufragos que no encuentran maderos,
sin mástiles, sin mástiles, ni islote en lontananza…
Corazón, oye cómo cantan los marineros!
Traducción de Andrés Holguín
Gabriel Celaya
Poeta español
(18 de marzo de 1911 – 18 de abril de 1991)
Fue uno de los más destacados representantes de la que se denominó
«poesía comprometida» o poesía social. Entre 1927 y 1935 vivió en la
Residencia de Estudiantes, donde conoció a Federico García Lorca, José
Moreno Villa y a otros intelectuales que lo inclinaron por el campo de la
literatura, llevándolo a dedicarse por entero a la poesía. Combatió durante
la Guerra Civil Española en el bando republicano y estuvo preso en un
campo de concentración en Palencia.3 En 1946 fundó en San Sebastián,
con su inseparable Amparo Gastón, la colección de poesía «Norte». La
colección de poesía «Norte» pretendía hacer de puente entre la poesía de la
generación de 1927, la del exilio y la europea. Aparecen así, bajo ese sello
editorial, traducciones de Rainer María Rilke, Arthur Rimbaud, Paul
Éluard o William Blake. En definitiva, la obra de Celaya constituye una
gran síntesis de casi todas las preocupaciones y estilos de la poesía
española del siglo XX.
En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata
(De "Marea de silencio", 1935)
En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
pasan como quien suspira,
pasan entre los hielos transparentes y verdes.
Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
sobre los cuerpos blanquísimos del frío.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.
Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
el momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
el momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.
Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
el silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
hay un escalofrío de cuerpos ateridos.
España en marcha
(De "Cantos iberos", 1955)
Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.
No vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.
Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.
Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.
De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.
¡A la calle!, que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.
No reniego de mi origen,
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.
Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.
Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.
Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.
No quiero justificarte
como haría un leguleyo.
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.
España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.
Los espejos transparentes
(De "Los espejos transparentes", 1967)
Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?
Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.
Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.
Philip Roth
Escritor estadounidense
(19 de marzo de 1933 – 22 de mayo de 2018)
Entre sus obras más célebres se encuentran la colección de cuentos de
1959 Goodbye, Columbus, la novela Portnoy's Complaint (1969) y su
«trilogía americana», publicada en los años 1990, compuesta por las
novelas Pastoral americana (1997, ganadora del Pulitzer), Me casé con un
comunista (1998) y La mancha humana (2000). Muchas de sus obras
reflejan los problemas de asimilación e identidad de los judíos de Estados
Unidos, lo cual lo vinculó con otros autores estadounidenses como Saul
Bellow (Premio Nobel en 1976) o Bernard Malamud, que también tratan en
sus obras las experiencias de los judíos estadounidenses. Gran parte de la
obra de Roth explora la naturaleza del deseo sexual y la autocomprensión.
Su ficción se caracteriza por el monólogo íntimo, pronunciado con un
sentido de humor rebelde y la energía histérica a veces asociada con el
héroe y narrador de Portnoy's Complaint (1969), la novela que le trajo la
fama.
Fragmentos
Indignación (2008)
“La noche en que salí con Olivia Hutton, Elwyn, mi compañero de
habitación, me prestó su LaSalle negro. Era una noche de entre semana
en la que no trabajaba, y tuvimos que salir temprano a fin de estar de
regreso en su residencia a las nueve. Fuimos a L’Escargot, el restaurante
más lujoso del condado de Sandusky, a unos quince kilómetros de la
universidad, siguiendo el curso del riachuelo Wine. Ella pidió caracoles, la
especialidad de la casa, y yo no, no solo porque nunca los había comido y
no podía imaginarme haciéndolo, sino también porque procuraba
economizar en lo posible. La llevé a L’Escargot porque la chica me parecía
demasiado sofisticada para una primera cita en el Owl, donde podías
comer una hamburguesa y patatas fritas con una Coca-Cola por menos de
cincuenta centavos. Además, por muy fuera de lugar que me sintiese en
L’Escargot, me sentía incluso más desplazado en el Owl, cuyos clientes
solían apretujarse en reservados junto con miembros de sus propias
asociaciones estudiantiles masculinas o femeninas y, por lo que podía
distinguir, hablaban sobre todo de acontecimientos sociales de la semana
anterior o los que tendrían lugar la próxima semana. Ya tenía suficiente
con los comentarios que hacían sobre su vida social mientras servía mesas
en el Willard.
Ella pidió los caracoles y yo no. Ella procedía de una rica zona residencial
de Cleveland y yo no. Sus padres estaban divorciados y los míos no, ni era
posible que llegaran a estarlo.
Ella se había trasladado de Mount Holyoke a Ohio por motivos
relacionados con el divorcio de sus padres, o eso es lo que me dijo. Y era
incluso más bonita de lo que me había parecido en clase. Nunca la había
mirado a los ojos el tiempo suficiente para constatar su tamaño. Tampoco
había reparado en la transparencia de su piel, ni me había atrevido a
mirarle la boca el tiempo suficiente para darme cuenta de lo henchido que
tenía el labio superior y de cómo le sobresalía provocativamente cuando
pronunciaba ciertas palabras con un acento distinto del mío.
Al cabo de unos diez o quince minutos de conversación, ella me sorprendió
al extender la mano por encima de la mesa para tocar el dorso de la mía.
– No te pongas tan profundo -me dijo-. Relájate.
– No sé cómo hacerlo -repliqué, y aunque lo decía como si fuese una broma
desenfadada y tímida, resultaba que era cierto.
Elegia (2006)
Alrededor de la tumba, en el ruinoso cementerio, estaban algunos de sus
antiguos colegas publicitarios de Nueva York, que recordaron su energía y
su originalidad y le dijeron a su hija, Nancy, que trabajar con él había sido
un gran placer. Varios de los presentes habían viajado desde Starfish
Beach, el complejo residencial para jubilados en la costa de Jersey donde
él había vivido desde la festividad de Acción de Gracias de 2001; eran los
ancianos a los que recientemente había dado clases de pintura. Y estaban
sus dos hijos, Randy y Lonny, hombres de mediana edad nacidos de su
turbulento primer matrimonio que, muy apegados a su madre, poco
sabían de él que fuese digno de elogio y mucho de espantoso, y que habían
acudido tan solo por sentido del deber. Su hermano mayor, Howie, y su
cuñada habían viajado en avión desde California la noche anterior, y
también estaba presente una de sus tres ex esposas, la de en medio, la
madre de Nancy, Phoebe, una mujer alta, muy delgada y canosa, cuyo
brazo derecho le pendía flácido al costado. Cuando Nancy le preguntó si
quería decir algo, Phoebe sacudió tímidamente la cabeza, pero de todos
modos habló en voz queda, con cierta dificultad.
–Cuesta tanto de creer… Sigo pensando en él nadando en la bahía… eso es
todo. Sigo viéndolo cruzando a nado la bahía.
Y entonces le tocó el turno a Nancy, que se había encargado de organizar
el funeral de su padre y había llamado por teléfono a los presentes, de
modo que los deudos no se redujeran a su madre, ella misma, su hermano
y su cuñada. Había una sola persona que no estaba allí porque la
hubieran invitado, una mujer robusta, de cara agradable y redondeada y
cabello pelirrojo teñido, que se había presentado en el cementerio diciendo
ser Maureen, la enfermera particular que cuidó de él años atrás, después
de que le operasen del corazón. Howie la recordó y fue a darle un beso en
la mejilla.
–Empezaré por contaros algo de este cementerio –les dijo Nancy a los
presentes–, porque he descubierto que el abuelo de mi padre, mi
bisabuelo, no solo está enterrado en la zona más antigua, al lado de mi
bisabuela, sino que fue uno de sus fundadores en mil ochocientos ochenta
y ocho. La asociación que financió y levantó el cementerio estaba formada
por las sociedades funerarias de organizaciones y congregaciones benéficas
judías diseminadas por los condados de Union y Essex. Mi bisabuelo era el
dueño de una pensión en Elizabeth que acogía sobre todo a inmigrantes
recién llegados, y su bienestar le concernía más de lo que cabría pensar de
un patrono. Por ello formó parte del grupo que compró el campo que había
aquí, lo niveló y ajardinó, y por ello fue el primer presidente de la junta del
cementerio. Entonces era relativamente joven, pero se encontraba en la
plenitud de su vigor, y su nombre es el único que consta en el documento
donde se especifica que el cementerio se destina a «enterrar a los
miembros fallecidos de acuerdo con la ley y el ritual judíos». Como es bien
evidente, el mantenimiento de las parcelas individuales, de la valla y las
puertas ya no es como debería ser. Algunos elementos se han estropeado y
caído, las puertas están oxidadas, los cerrojos han desaparecido, ha
habido vandalismo. Ahora este lugar se ha convertido en el trasero del
aeropuerto, y lo que se oye desde varios kilómetros de distancia es el
estruendo constante de la autopista de Nueva Jersey. Por supuesto,
primero pensé en los lugares realmente hermosos donde podría enterrar a
mi padre, los lugares en los que él y mi madre nadaban juntos cuando
eran jóvenes, y los sitios de la costa donde a él le gustaba nadar. No
obstante, pese a que ver el deterioro que nos rodea me rompe el corazón,
como probablemente os sucede a vosotros, y tal vez incluso hace que os
preguntéis por qué nos hemos reunido en un terreno tan marcado por el
tiempo, quería que yaciera cerca de quienes le amaron y de los que
descendía.
Jaime Sabines
Poeta mexicano
(25 de marzo de 1926 – 19 de marzo de 1999)
Jaime Sabines era conocido como «El francotirador de la literatura» por
pertenecer a un grupo que transformaba la literatura en realidad. Sus
escritos se basaron en su presencia en diversos lugares cotidianos como la
calle, hospitales, patios etcétera. Sus obras fueron traducidas a varios
idiomas.5 Octavio Paz, calificó a Sabines como uno de los mejores poetas
contemporáneos de nuestra lengua, y agregó: "Su humor es un chaparrón
de bofetadas, su risa culmina en un aullido, su cólera es acelerada y su
ternura colérica. Pasa del jardín de la infancia a la sala de operaciones.
Para Sabines, todos los días son el primero y el último día del mundo”
Pensándolo bien
Me dicen que debo hacer ejercicio para adelgazar,
que alrededor de los 50 son muy peligrosos la grasa y el cigarro,
que hay que conservar la figura
y dar la batalla al tiempo, a la vejez.
Expertos bien intencionados y médicos amigos
me recomiendan dietas y sistemas
para prolongar la vida unos años más.
Lo agradezco de todo corazón, pero me río
de tan vanas recetas y tan escaso afán.
(La muerte también ríe de todas esas cosas.)
La única recomendación que considero seriamente
es la de buscar una mujer joven para la cama
porque a estas alturas
la juventud sólo puede llegarnos por contagio.
Lento, amargo animal
Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Si hubiera de morir
Si hubiera de morir dentro de unos instantes, escribiría estas sabias
palabras: árbol del pan y de la miel, ruibarbo, cocacola, zonite, cruz
gamada. Y me echaría a llorar.
Uno puede llorar hasta con la palabra «excusado» si tiene ganas de llorar.
Y esto es lo que hoy me pasa. Estoy dispuesto a perder hasta las uñas, a
sacarme los ojos y exprimirlos como limones sobre la taza de café. («Te
convido a una taza de café con cascaritas de ojo, corazón mío»).
Antes de que caiga sobre mi lengua el hielo del silencio, antes de que se
raje mi garganta y mi corazón se desplome como una bolsa de cuero,
quiero decirte, vida mía, lo agradecido que estoy, por este hígado
estupendo que me dejó comer todas tus rosas, el día que entré a tu jardín
oculto sin que nadie me viera.
Lo recuerdo. Me llené el corazón de diamantes —que son estrellas caídas y
envejecidas en el polvo de la tierra—y lo anduve sonando como una sonaja
mientras reía. No tengo otro rencor que el que tengo, y eso porque pude
nacer antes y no lo hiciste.
No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.
Friedrich Hölderlin
Poeta alemán
(20 de marzo de 1770 – 7 de junio de 1843)
Friedrich Hölderlin (1770-1843) es considerado, no sin razón, uno de los
poetas cuyas ideas, a caballo entre el Romanticismo y el Clasicismo, más
hondo calaron en la tradición filosófica y literaria que le siguió. Aunque su
obra no solo se compone de poesía, podemos afirmar que todo cuanto
escribió se encuentra repleto de una fuerza poética en la que los conceptos
de tiempo, belleza y espíritu cobran una especial importancia. Hölderlin
compuso su obra entre 1794 y 1795, y hay quien la cataloga como su
escrito cumbre, en el que su lirismo y preocupaciones más hondas hacen
acto de presencia de manera elocuente. Fue Hiperión la obra que llevó al
ebanista Zimmer, entusiasmado con su lectura, a visitar al poeta en su
internamiento y conducirlo a su casa, donde permanece hasta su muerte.
El amor, fiel reflejo de los sentimientos que despertó en vida del poeta su
amada Sussete Gontard, será la guía del libro.
Archipiélago
(fragmento)
¿Tornan de nuevo las grullas a ti, las naves el rumbo
tuercen, van de tus playas en pos? ¿ Serenas y ansiadas
brisas llegan al plácido mar, y al sol asomando
del abismo el delfín, luz nueva inunda su dorso?
¿Jonia brilla? ¿Tiempo es ya? Pues es primavera,
y ha tornado a nacer la vida en todos los seres,
y hay en los hombres amor, y tiempos áureos se evocan;
¡vengo en tu paz a ti, oh poderoso, a loarte!
¡Oh venerable!, descansas aún viviendo a la sombra
de tus montes; aún tus brazos jóvenes ciñen
amorosos tu tierra, y a tus hijas, ¡oh padre!
de tus islas radiantes aún ninguna perdiste.
Creta vive, y Salamis, que frescos laureles circundan.
Y alza, en medio de rayos, y a la hora del orto la testa
resplandeciente Delos, y Tenos y Kíos
frutas purpúreas guardan: y de embriagadas colinas
mana el vino de Chipre, y de Kalauria descienden
ríos de plata que van a las véteras aguas del padre.
Todas viven, las islas que un día engendraron los héroes.
Y año tras año irradian y si una vez, del abismo
liberado, el fulgor de la noche, la interna borrasca
a una de ellas sorprende y en tu seno a los hombres sepulta,
tú, tú en cambio pervives, deidad, pues sobre la oscura
sima, por ti mucho viose nacer y mucho morir.(...)
(...)Entonces, ¡oh amigos de Atenas, oh gestas de Esparta,
cara primavera de los griegos! Si llega
a nuestro otoño, tornad y mirad, espíritus todos
del mundo que fue, ¡pues el fin de los años se acerca!
¡La fiesta también celebrad, oh días de antaño!
A la Hélade miran los pueblos, llorando y cantando
del día orgulloso del triunfo los suaves recuerdos.
¡Floreced entre tanto, mientras los frutos maduran,
oh jardines de Jonia! ¡Floreced en las ruinas de Atenas!
¡Ocultad a los días futuros el duelo!
¡Coronad con eterno verdor, oh laureles, los túmulos
de los muertos, allá en Maratón, donde tantos
victoriosos soldados cayeron, o allá en Keronea,
cuyos campos los últimos atenienses sin armas
huir vieron del día fatal de la afrenta, allá donde
de la cima hasta el valle trenos se escuchan, y el canto
del destino las aguas vagabundas entonan!
Mas, oh tú, de los mares señor inmortal, aunque el canto
de de los griegos no más, como antaño, en tus olas te loe,
canta en mí más y más; que el espíritu impávido
de los mares, al modo de los nautas, disfrute
su solaz, y la lengua de los dioses distinga,
y el vaivén de las horas; y así, si el tiempo voraz
sobreviene a segar la miseria y los yerros
de mi vida mortal, y entre los muertos a hundirla,
que la paz en el fondo de tus abismos encuentre.
Versión de Otto de Greiff
Canto del destino de Hiperión
Vagáis arriba en la luz,
en blando suelo, ¡genios felices!
brisas de Dios, radiantes,
suaves os rozan
como los dedos de la artista
las cuerdas santas.
Sin sino, como infantes
que duermen, respiran los dioses;
resplandecen
en casto capullo guardados
sus espíritus
eternamente.
Y en sus ojos beatos
brilla tranquilo
fulgor perpetuo.
Mas no nos es dado
en sitio alguno posar.
Vacilan y caen
los hombres sufrientes,
ciegos, de una
hora en la otra,
como aguas de roca
en roca lanzados,
eternamente, hacia lo incierto.
Versión de Otto de Greiff
Edades de la vida
¡Oh, urbes del Eufrates!
¡Oh, calles de Palmira!
¡Oh, bosques de columnas sobre el llanto desierto!
¿Qué sois?
De vuestras coronas,
al haber traspasado los límites
de aquellos que respiran,
por el humo de los dioses
y su fuego fuisteis despojadas;
pero sentado ahora bajo nubes (cada
cual reposando en su propia quietud)
bajo robles hospitalarios, en
la umbría donde pacen los corzos,
extrañas se me hacen y muertas
las almas venturosas.
Versión de Nicolás Suescún
Flanery O’Connor
Escritora estadounidense
(25 de marzo de 1925 – 3 de agosto de 1914)
Autora de dos novelas y 32 relatos, publicó también ensayos y reseñas. Su
obra, considerada una de las más importantes de la literatura
estadounidense del siglo XX, fue ampliamente estudiada en el contexto de
la literatura del Sur de Estados Unidos; sus personajes y el ambiente que
describe son sureños, y a la vez su obra trasciende el ámbito local para
crear ficciones de alcance universal. En 1951 se le diagnosticó lupus, la
misma enfermedad por la que falleció su padre, y tuvo que regresar a
Milledgeville, donde vivió hasta su muerte; cuando se recuperó algo —
aunque siempre estuvo en situación más o menos delicada de salud, y
pasó varios periodos internada en hospitales— se trasladó a una granja,
Andalucía, de cuya gestión se encargó su madre, mientras que ella —con
las limitaciones de la enfermedad— se dedicaba a la escritura. Allí pudo
continuar su afición a la cría de aves, especialmente pavos reales, pero
también gansos, patos y cualquier ave exótica que pudiera conseguir.
Fragmentos
Sangre sabia
Para Enoch, este mueble siempre había sido el centro de la habitación y el
que más lo ponía en relación con lo que no conocía. Más de una vez,
después de una gran comida, había soñado con la posibilidad de abrir el
armario, meterse dentro de él y realizar ciertos ritos y misterios de los que
tenía una idea muy vaga a la mañana siguiente. Mientras limpiaba, su
mente se fijó en el aguamanil, pero como era corriente en Enoch, siempre
comenzaba con la cosa menos importante y a partir de ella se dirigía hacia
el punto donde estaba lo más significativo. Así que ahora, antes de
ocuparse del aguamanil, fijó su atención en las pinturas que colgaban de
las paredes.
Había tres: una pertenecía a la patrona (que estaba casi completamente
ciega y sólo conseguía orientarse gracias a su agudo sentido del olfato) y
las otras dos eran suyas. El cuadro de la patrona era el retrato marrón de
un alce parado en un pequeño lago. La mirada de superioridad en la cara
del animal le resultaba tan intolerable que de no tenerle miedo al animal,
habría hecho algo mucho tiempo antes por remediar la situación. Enoch
no podía hacer nada en su habitación sin que lo observase la satisfecha
cara del alce, ni impresionada, porque nada más podía esperarse de ella,
ni divertida, porque la situación no era cómica. Enoch mantenía una
permanente corriente de comentarios interiores, muy poco favorables para
el alce, pues cuando decía algo en voz alta se ponía en guardia. El alce
estaba colocado en un pesado marco marrón con dibujos de hojas y esto
se añadía a la pesada y satisfecha mirada del animal. Enoch comprendió
que había llegado el momento de hacer algo. No sabía qué iba a pasar en
su habitación, pero cuando sucediera, no quería tener la sensación de que
el alce lo estaba dirigiendo. La respuesta acudió a su cerebro
completamente desarrollada: comprendió, con una súbita intuición, que
quitarle el marco sería como desnudarle (a pesar de que el alce no llevaba
ropa), y tuvo razón, porque cuando lo hubo hecho el animal pareció
reducirse tanto que todo lo que Enoch pudo hacer fue reír tontamente y
mirarlo de reojo.
El geranio
E l viejo Dudley se dobló en la silla que poco a poco iba amoldando a su
cuerpo, miró por la ventana y, unos cuantos metros más allá, vio otra
ventana enmarcada en ladrillos rojos manchados de tizne. Esperaba el
geranio. Lo sacaban todas las mañanas, a eso de las diez, y lo entraban a
las cinco y media. En el pueblo, la señora Carson tenía un geranio en la
ventana. Allá en casa había muchos geranios, geranios más bonitos. «Los
nuestros sí que son geranios —pensó el viejo Dudley—, no como esta cosa
rosa y verde con lazos de papel.» El geranio que ponían en la ventana le
recordaba a Grisby, el chico del pueblo que tenía la polio, al que había que
sacar todas las mañanas en la silla de ruedas y dejarlo pestañeando al sol.
Si Lutisha llegaba a echarle mano a ese geranio y a plantarlo en la tierra, a
las pocas semanas seguro que conseguía algo digno de verse. Esos que
vivían al otro lado del callejón no tenían ni idea de cómo se cuidan los
geranios. A este lo sacaban para que se cocinara todo el día bajo un sol de
justicia, y lo ponían tan cerca del borde que, a la que soplara un poco de
viento, acababa en el suelo. No tenían ni idea, ni idea de geranios. Esa
maceta no tenía que haber estado donde estaba. Al viejo Dudley se le hizo
un nudo en la garganta. Lutish era capaz de conseguir que arraigara lo
que le echasen. Y Rabie también. Notó una opresión en la garganta. Echó
la cabeza hacia atrás y trató de aclararse las ideas. No se le ocurrían
muchas cosas en las que pensar que no le hicieran sentir el nudo en la
garganta.
Entró su hija y le preguntó:
—¿No quieres salir a dar un paseo? —Se la veía molesta.
No le contestó.
—¿Sales o no sales?
—No salgo.
Se preguntó cuánto tiempo iba a seguir su hija allí de pie. Hacía que los
ojos se le pusieran como la garganta. Se le iban a nublar y entonces ella se
daría cuenta. Se había dado cuenta otras veces y había sentido pena por
su padre. También había sentido pena por sí misma. «Se lo podría haber
ahorrao —pensó el viejo Dudley—, si lo hubiese dejao en paz, si hubiese
dejao que se quedara allá en el pueblo y no se hubiese empeñao en
cumplir con su maldito deber.» Ella salió de la habitación lanzando un
fuerte suspiro, y ese suspiro le fue subiendo por el cuerpo y le recordó otra
vez el momento aquel —de eso ella no tenía la culpa— en que, de repente,
le habían entrado ganas de ir a Nueva York a vivir con su hija.
Podía haberse librado de ir. Podía haberse puesto firme, haberle dicho que
viviría su vida donde había vivido siempre, le enviara o no dinero todos los
meses, se las arreglaría con la jubilación y lo que sacara haciendo
chapuzas. Que se quedara con el maldito dinero, lo necesitaba más que él.
Se hubiera alegrado de que liquidaran su deber de hija de aquella manera.
Entonces, si él se moría solo, lejos de sus hijos, ella podía decir que la
culpa la tenía su padre; y si llegaba a ponerse enfermo y no tenía quién lo
cuidara, ella podía haber dicho que se lo había buscado él solito. Pero,
claro, llevaba dentro aquella cosa y le habían entrado ganas de conocer
Nueva York. Cuando era niño había estado en Atlanta una vez, y había
visto Nueva York en una película. Big Town Rhythm se llamaba. Las
grandes ciudades eran lugares importantes. Aquella cosa que llevaba
dentro le salió de repente, lo agarró por sorpresa. ¡El lugar igualito al que
había visto en el cine tenía un sitio para él! ¡Un lugar importante y tenía
sitio para él! Y había dicho que sí, que iría.
Enfermo debía estar cuando aceptó. Porque, sano, seguro que no decía que
sí. Él estaba enfermo y ella tan empeñada en cumplir con su maldito deber
que al final consiguió convencerlo. Vamos a ver, ¿por qué tuvo su hija que
ir al pueblo a darle la tabarra? Con lo bien que se arreglaba él. La
jubilación le alcanzaba para comer, y con las chapuzas que iba haciendo
se pagaba el cuarto de la pensión.
(…)
Patrick Süskind
Escritor y guionista de cine alemán
(26 de marzo de 1949)
Su primera obra fue un monólogo teatral titulado El contrabajo, estrenado
en Múnich en 1981, que en la temporada 1984/85 ofreció 500
representaciones, convirtiéndose así en la pieza de teatro de idioma
alemán con mayor duración en cartel y es hoy en día continuamente
repuesta en teatros alemanes e internacionales. Pero su éxito llegó con su
novela El Perfume (1985), la cual lo llevo al éxito y fue traducida a 46
lenguas, entre ellas el latín, rápidamente convertida en un bestseller con
aproximadamente 15 millones de ejemplares vendidos y convertida en
éxito cinematográfico del año 2006 por el director Tom Tykwer, después de
que, tras 15 años de arduas negociaciones, Constantin Film asumiera los
derechos y costes de desarrollo (aproximadamente unos 10 millones de
euros). Otras obras suyas son: La Paloma (1988), La historia del señor
Sommer (1991), Un Combate y otros relatos (1996). Süskind rara vez
concede entrevistas, no aparece en público y ha rechazado varios
reconocimientos, como los premios de literatura Gutenberg, Tukan y FAZ.
Debido a que rara vez concede entrevistas, no se sabe mucho de su vida
personal.
Fragmento
El perfume (1985)
En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas
concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los
patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban
a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa
de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido;
los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al
penetrante olor dulzón de los orinales...Apestaban los ríos, apestaban las
plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los
puentes y en los palacios...Y, como es natural, el hedor alcanzaba las
máximas proporciones en París, porque París era la mayor ciudad de
Francia. Y dentro de París había un lugar donde el hedor se convertía en
infernal, entre la Rue aux Fers y la Rue de la Ferronerie, o sea, en el
Cimetière de Innocents.
(...)
Escenario de este desenfreno -no podía ser otro- era su imperio interior,
donde había enterrado desde su nacimiento los contornos de todos los
olores olfateados durante su vida. Para animarse conjuraba primero los
más antiguos y remotos: el vaho húmedo y hostil del dormitorio de
madame Gaillard; el olor seco y correoso de sus manos; el aliento
avinagrado del padre Terrier; el sudor histérico, cálido y maternal del ama
Bussier; el hedor a cadáveres del Cirnetiére des Innocents; el tufo de
asesina de su madre Y se revolcaba en la repugnancia y el odio y sus
cabellos se erizaban de un horror voluptuoso. Muchas veces, cuando este
aperitivo de abominaciones no le bastaba para empezar, daba un pequeño
paseo olfatorio por la tenería de Grimal y se regalaba con el hedor de las
pieles sanguinolentas y de los tintes y abonos o imaginaba el caldo de
seiscientos mil parisienses en el sofocante calor de la canícula. Entonces,
de repente, este era el sentido del ejercicio, el odio brotaba en él con
violencia de orgasmo, estallando como una tormenta contra aquellos olores
que habían osado ofender su ilustre nariz. Caía sobre ellos como granizo
sobre un campo de trigo los pulverizaba como un furioso huracán y los
ahogaba bajo un diluvio purificador de agua destilada. Tan justa era su
cólera y tan grande su venganza. ¡Ah, qué momento sublime! Grenouille, el
hombrecillo, temblaba de excitación, su cuerpo se tensaba y abombaba en
un bienestar voluptuoso, de modo que durante un momento tocaba con la
coronilla el techo de la gruta, para luego bajar lentamente hasta yacer
liberado y apaciguado en lo más hondo. Era demasiado agradable, este
acto violento de exterminación de todos los olores repugnantes, era
realmente demasiado agradable, casi su número favorito entre todos los
representados en el escenario de su gran teatro interior, porque
comunicaba la maravillosa sensación de agotamiento placentero que sigue
a todo acto verdaderamente grande y heroico.
Xavier Villaurrutia
Poeta mexicano
(27 de marzo de 1903 – 25 de diciembre de 1950)
Cultivó los géneros de poesía, crítica literaria y dramaturgia. Ganó un
premio poético histórico con Canto a la primavera y otros poemas. Fue
miembro del grupo de los Contemporáneos junto con Salvador Novo, Jaime
Torres Bodet, Gilberto Owen, Jorge Cuesta y otros. En unión con Salvador
Novo dirigió la revista Ulises del año 1927 a 1928 publicando sólo 6
números de la revista. Tiempo después, colaboró en el Teatro Ulises y en
revistas como Contemporáneos, Ulises y Taller, Letras de México (1937-
1977), El Hijo Pródigo (1943-1946), Nuestro México, Romance, La Falange,
Antena, Revista de Revistas y en periódicos como El Universal Ilustrado, El
Espectador, el seminario Hoy, el suplemento "México en la cultura" de
Novedades. Colaboró además en la revista Barandal, creada por Rafael
López Malo, Arnulfo Martínez Lavalle, Salvador Toscano y Octavio Paz en
1931 cuando se encontraban en la Escuela Nacional Preparatoria no 1, en
la Ciudad de México. Muere en la Ciudad de México en 1950 sin poder ver
representada su producción dramática Tragedia de las equivocaciones, la
cual fue estrenada después de su muerte.
Nocturno
Todo lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.
Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre,
el rumor de unos pasos
perdidos.
Todo lo que el silencio
hace huir de las cosas:
el vaho del deseo,
el sudor de la tierra,
la fragancia sin nombre
de la piel.
Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.
Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una entraña,
la fiebre de una mano
que se atreve.
¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muere en mis labios duros.
Nocturno de los ángeles
Se diría que las calles fluyen dulcemente en la noche.
Las luces no son tan vivas que logren desvelar el secreto,
el secreto que los hombres que van y vienen conocen,
porque todos están en el secreto
y nada se ganaría con partirlo en mil pedazos
si, por el contrario, es tan dulce guardarlo
y compartirlo sólo con la persona elegida.
Si cada uno dijera en un momento dado,
en sólo una palabra, lo que piensa,
las cinco letras del «DESEO» formarían una enorme cicatriz luminosa,
una constelación más antigua, más viva aún que las otras.
Y esa constelación sería como un ardiente sexo
en el profundo cuerpo de la noche,
o, mejor, como los Gemelos que por vez primera en la vida
se miraran de frente, a los ojos, y se abrazaran ya para siempre.
De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres,
caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas,
forman imprevistas parejas…
Hay recodos y bancos de sombra,
orillas de indefinibles formas profundas
y súbitos huecos de luz que ciega
y puertas que ceden a la presión más leve.
El río de la calle queda desierto un instante.
Luego parece remontar de sí mismo
deseoso de volver a empezar.
Queda un momento paralizado, mudo, anhelante
como el corazón entre dos espasmos.
Pero una nueva pulsación, un nuevo latido
arroja al río de la calle nuevos sedientos seres.
Se cruzan, se entrecruzan y suben.
Vuelan a ras de tierra.
Nadan de pie, tan milagrosamente
que nadie se atrevería a decir que no caminan.
¡Son los ángeles!
Han bajado a la tierra
por invisibles escalas.
Vienen del mar, que es el espejo del cielo,
en barcos de humo y sombra,
a fundirse y confundirse con los mortales,
a rendir sus frentes en los muslos de las mujeres,
a dejar que otras manos palpen sus cuerpos febrilmente,
y que otros cuerpos busquen los suyos hasta encontrarlos
como se encuentran al cerrarse los labios de una misma boca,
a fatigar su boca tanto tiempo inactiva,
a poner en libertad sus lenguas de fuego,
a decir las canciones, los juramentos, las malas palabras
en que los hombres concentran el antiguo misterio
de la carne, la sangre y el deseo.
Tienen nombres supuestos, divinamente sencillos.
Se llaman Dick o John, o Marvin o Louis.
En nada sino en la belleza se distinguen de los mortales.
Caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas.
Forman imprevistas parejas.
Sonríen maliciosamente al subir en los ascensores de los hoteles
donde aún se practica el vuelo lento y vertical.
En sus cuerpos desnudos hay huellas celestiales;
signos, estrellas y letras azules.
Se dejan caer en las camas, se hunden en las almohadas
que los hacen pensar todavía un momento en las nubes.
Pero cierran los ojos para entregarse mejor a los goces de su encarnación
misteriosa,
y, cuando duermen, sueñan no con los ángeles sino con los mortales.
Paul Verlaine
Poeta francés
(8 de marzo de 1844 – 8 de enero de 1896)
De familia perteneciente a la pequeña burguesía, su padre, como el de
Arthur Rimbaud, era capitán del ejército. Hizo sus estudios en París, y
llegó a trabajar en el ayuntamiento. Frecuentó los cafés y salones literarios
parisinos, y en 1866 colaboró en el primer Parnaso contemporáneo
publicando los Poemas saturnianos, influenciados por Baudelaire, aunque
ya anunciaban el «esfuerzo hacia la Expresión, hacia la Sensación
devuelta» (carta a Mallarmé del 22 de noviembre de 1866), propósito que
desarrollaría en sus mejores obras. Junto con Mallarmé, es tratado como
maestro y precursor por los poetas simbolistas y decadentistas. En 1884,
publica Antaño y hogaño, que marca su vuelta a la vanguardia literaria,
aunque el libro estuviera compuesto fundamentalmente por poemas
anteriores a 1874. A partir de 1887, a medida que su fama crece, cae en la
más negra de las miserias. Sus producciones literarias de esos años son
puramente alimentarias. En esta época pasa el tiempo entre el café y el
hospital. En sus últimos años fue elegido «Príncipe de los Poetas» (en 1894)
y se le otorga una pensión. Prematuramente envejecido, muere en 1896 en
París, a los 51 años. Al día siguiente de su entierro, varios paseantes
cuentan un hecho curioso: la estatua de la Poesía, ubicada en la plaza de
la Ópera, perdió un brazo, que se rompió junto con la lira que sujetaba, en
el momento en que el coche fúnebre de Verlaine pasaba por allí.
El hogar y la lámpara de resplandor pequeño...
El hogar y la lámpara de resplandor pequeño;
la frente entre las manos en busca del ensueño;
y los ojos perdidos en los ojos amados;
la hora del té humeante y los libros cerrados;
el dulzor de sentir fenecer la velada,
la adorable fatiga y la espera adorada
de la sombra nupcial y el ensueño amoroso.
¡Oh! ¡Todo esto, mi ensueño lo ha perseguido ansioso,
sin descanso, a través de mil demoras vanas,
impaciente de meses, furioso de semanas!
Versión de Luis Garnier
Serenata
Como la voz de un muerto que cantara
desde el fondo de su fosa,
amante, escucha subir hasta tu retiro
mi voz agria y falsa.
Abre tu alma y tu oído al son
de mi mandolina:
para ti he hecho, para ti, esta canción
cruel y zalamera.
Cantaré tus ojos de oro y de onix
puros de toda sombra,
cantaré el Leteo de tu seno, luego el
de tus cabellos oscuros.
Como la voz de un muerto que cantara
desde el fondo de su fosa,
amante, escucha subir hasta tu retiro
mi voz agria y falsa.
Después loare mucho, como conviene,
A esta carne bendita
Cuyo perfume opulento evoco
Las noches de insomnio.
Y para acabar cantaré el beso
de tu labio rojo
y tu dulzura al martirizarme,
¡Mi ángel, mi gubia!
Abre tu alma y tu oído al son
de mi mandolina:
para ti he hecho, para ti, esta canción
cruel y zalamera.
Tú crees en el ron del café, en los presagios...
Tú crees en el ron del café, en los presagios,
y crees en el juego;
yo no creo más que en tus ojos azulados.
Tú crees en los cuentos de hadas, en los días
nefastos y en los sueños;
yo creo solamente en tus bellas mentiras.
Tú crees en un vago y quimérico Dios,
o en un santo especial,
y, para curar males, en alguna oración.
Mas yo creo en las horas azules y rosadas
que tú a mí me procuras
y en voluptuosidades de hermosas noches blancas.
Y tan profunda es mi fe
y tanto eres para mí,
que en todo lo que yo creo
sólo vivo para ti.
Versión de Luis Garnier
Octavio Paz
Poeta mexicano
(31 de marzo de 1914 – 19 de abril de 1998)
Se le considera uno de los más influyentes escritores del siglo XX y uno de
los grandes poetas hispanos de todos los tiempos. Experimentación e
inconformismo pueden ser dos de las palabras que mejor definen su labor
poética. Con todo, Paz es un poeta difícil de encasillar. Ninguna de las
etiquetas adjudicadas por los críticos encaja con su poesía: poeta
neomodernista en sus comienzos; más tarde, poeta existencial; y, en
ocasiones, poeta con tintes de surrealismo. Ninguna etiqueta le cuadra y
ninguna le sobra, aunque el mismo Paz reconoció que en su formación
«fundamentales fueron los surrealistas, con quienes hice amistad en el año
46 o 47, que en esa época estaban más cerca de los libertarios». Obtuvo el
premio Nobel de literatura en 1990 y el premio Cervantes en 1981.
Decir, hacer
A Roman Jakobson
Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido
La poesía.
Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.
No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.
La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.
¿Así es más real?
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.
La poesía
siembra ojos en las páginas
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.
Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.
Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.
La calle
Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
Las palabras
Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.