DOSSIER / DOSSIER
Los Campesinos en la Historia
Sociedades Precapitalistas, vol. 11, e059, enero-diciembre 2021. ISSN 2250-5121
Universidad Nacional de La Plata.
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Estudios de Sociedades Precapitalistas (CESP)
Historias de la aldea. Arqueología de las sociedades
campesinas en el centro de la península ibérica (ss. VI-VIII
d.n.e.)
Tales from the village. Archaeology of peasant societies in the centre
of the Iberian peninsula (6th-8th centuries)
Resumen: El desarrollo de la arqueología en Europa occidental
Carlos Tejerizo-García ha tenido como resultado el incremento exponencial de los
[email protected] datos sobre los contextos rurales en época altomedieval, lo
Universidad del País Vasco/Euskal Herriko que ha renovado por completo el análisis del campesinado en
Unibertsitatea, España este período. Uno de los aspectos más desarrollados ha sido
precisamente la arqueología de las aldeas, que está permitiendo
obtener una información muy detallada sobre su génesis en la Alta
Recepción: 02 Febrero 2020
Edad Media, sus características principales y el tipo de sociedades
Aprobación: 14 Septiembre 2020 que vivían en ella. Esta información ha llevado a contrastar la idea
Publicación: 01 Marzo 2021 de la vinculación causal entre la aldea medieval y el feudalismo,
abriendo la oportunidad a análisis de tipo socio-económico mucho
más complejos. En este trabajo presentaremos en primer lugar
Cita sugerida: Tejerizo-García, C. (2021). Historias de la aldea. un análisis genealógico e historiográfico sobre la categoría de la
Arqueología de las sociedades campesinas en el centro de la aldea medieval para, en segundo lugar, construir una alternativa
península ibérica (ss. VI-VIII d.n.e.). Sociedades Precapitalistas, de conceptualización en términos antropológicos derivados de
11, e059. https://doi.org/10.24215/22505121e059 algunos análisis sobre el registro arqueológico de la meseta norte
peninsular.
Palabras clave: Alta Edad Media, Hábitat rural, Arqueología,
Campesinado, Meseta norte peninsular.
Abstract: e development of Archaeology in Western Europe
had as a result the exponential growth of data on rural context in
the Early Middle Ages, which has completely renewed the analysis
on peasantry in this period. One of the aspects that developed
the most has been, precisely, the archaeology of villages, which
has come to a very detailed information on their genesis during
early medieval times, their main characteristics and the type of
societies which lived in them. is information came to revised
the idea of the causal relation between the medieval village and
feudalism, opening the possibility of analysing the socio-economic
complexities of these societies. In this paper I will present, in
the first place, a genealogic and historiographical analyses of the
category of medieval village in order to, and in second place, build
an alternative concept in anthropological terms, derived from
some analyses on the archaeological record in the northern plateau
of the Iberian peninsula.
Keywords: Early Middle Ages, Rural milieu, Archaeology,
Peasantry, Peninsular northern plateau.
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Sociedades Precapitalistas, vol. 11, e059, enero-diciembre 2021. ISSN 2250-5121
1. Introducción: entre el giro arqueológico y la revolución
silenciosa1 2
En su libro e inheritance of Rome. A History of Europe om 400 to 1000 C.
Wickham escribía sobre el campesinado de los siglos VI-VIII d.n.e. que: "we
do not know much about most of them; peasant social practices were too far
from the aristocratic and ecclesiastical interests of the great bulk of our written
sources. For the most part, our evidence for peasants in the Pre-Carolingian
West is archaeological" (2009, p. 204). En este párrafo, el historiador británico
subraya, fundamentalmente, dos ideas. La primera es el reconocimiento de las
grandes dificultades para abordar la cuestión del campesinado post-romano
exclusivamente desde las fuentes escritas (Grey, 2011). Éstas no solo son escasas,
sino que están fuertemente mediadas por los intereses de las clases explotadoras.
El campesinado, como sigue Wickham, es visto desde fuera "by legislators and
hagiographers, who have every moralistic reasons for mentioning them, and little
sympathy for their values. But these hostile external observers were also in all our
societies from social groups who were rather more powerful than the peasantry,
and who were entirely prepared to coerce them if it was in their interests to
do so" (2009, p. 204). El campesinado aparece en las fuentes escritas, entonces,
fundamentalmente como un sujeto pasivo sobre el que ejercer una explotación
y, como tal, las fuentes se ocupan de este grupo en términos instrumentales, esto
es, si es necesario hacerlo3.
De forma complementaria, lo que se constata en esta cita es la importancia
del papel jugado por el registro arqueológico para analizar el campesinado
altomedieval. La incorporación del registro arqueológico en los estudios
medievales peninsulares tiene un largo recorrido historiográfico que, solo
recientemente, está siendo evaluado de forma compleja para la creación de
nuevas narrativas sobre el período (Barceló, 1988b; Delogu, 2011; Martín Viso,
2016a). El desarrollo en Europa occidental de las leyes relativas a la gestión del
patrimonio en los últimos treinta años -la ley de Patrimonio en España data de
1985- y el surgimiento de una rama específica de la arqueología cuyo objetivo
era precisamente esta gestión tuvo la consecuencia, inesperada, de renovar por
completo la historiografía altomedieval a través de la localización de cientos de
contextos datados en este período. Este proceso ha sido bautizado como un "giro
arqueológico" por autores como J. Escalona (Escalona Monge, 2009) o como
una "revolución silenciosa" por otros como J.A. Quirós y B. Bengoetxea (Quirós
Castillo y Bengoetxea Rementeria, 2010).
Las consecuencias empíricas, epistemológicas y teóricas de esta revolución han
sido inmensas, y todavía se está evaluando su impacto (Quirós Castillo, 2018).
Sin embargo, en mi opinión, dos son los campos sobre los que este cambio de
paradigma ha tenido un mayor impacto. Por un lado, en la conceptualización del
campesinado como grupo social con una agencia propia en la estructuración de
las sociedades altomedievales (ver el trabajo de E. Daflon en este mismo dossier).
Por otro, en la comprensión de los paisajes rurales; entendiendo paisaje como
la suma histórica de las interacciones materiales entre la sociedad y el medio
ambiente (Orejas Saco y Ruiz Del Árbol, 2013). En este trabajo nos ocuparemos
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principalmente de este segundo aspecto y nos centraremos en la cuestión de la
aldea como espacio fundamental en el que tienen lugar las relaciones sociales de
producción y reproducción de las sociedades campesinas altomedievales.
Una idea que estaba bien asentada en la historiografía es que la aldea medieval
surgía en estrecha conexión con el progresivo desarrollo de las relaciones feudales
(un trabajo de síntesis en la voz "aldea" en Bonnassie, 1983). La sujeción del
campesinado a la tierra fue una de las claves del modo de producción feudal y la
aldea fue una de sus materializaciones más visibles en el paisaje. Estas aldeas eran
entendidas como núcleos más o menos concentrados de unidades domésticas
con una cierta idea de territorialización y sometidas al poder de algún señor
que extraía las rentas de las comunidades que vivían en ellas. Esta idea no está
completamente errada, y efectivamente, no cabe duda de que uno de los grandes
"éxitos" del feudalismo fue la sujeción del campesinado a la tierra, de la que
producía aquella renta que sería posteriormente extraída (Fossier, 1990). Lo que
no era del todo cierto era el proceso histórico de conformación de estas aldeas,
aspecto que la arqueología está mostrando de forma reiterada en toda Europa
occidental (Quirós Castillo, 2009).
En este trabajo abordaremos tres objetivos complementarios. Por un lado,
realizar un análisis genealógico e historiográfico sobre la construcción de la
categoría de aldea dentro de la historiografía altomedieval -con especial referencia
a las aportaciones desde la arqueología-, y, por otro, hacer una descripción
detallada de algunas de las características principales de los núcleos habitacionales
del mundo rural de la Alta Edad Media. De esta manera, este trabajo pretende
ofrecer una caracterización propia de la aldea partiendo del registro arqueológico,
útil para el análisis de las comunidades campesinas de la Alta Edad Media.
Para ello, trabajaremos fundamentalmente sobre datos provenientes de la región
central de la cuenca del río Duero, equivalente grosso modo a la meseta norte
de la Península Ibérica durante el período entre los siglos VI y VIII d.n.e. -
complementados con algunos ejemplos de otros territorios, fundamentalmente
Madrid y Cataluña.
2. La aldea altomedieval: genealogía de un concepto.
La aldea ha constituido un objeto central de estudio desde los inicios de la
historia social y económica de la Alta Edad Media. En sus trabajos, autores como
Marc Bloch, Georges Duby o Slicher Van Bath -por citar algunos de los más
señeros- dedicaron mucho espacio a caracterizar la aldea como el espacio de
encuadramiento principal del campesinado y de su acción social (Bloch, 2014;
Duby, 1976; Slicher Van Bath, 1963). Sin embargo, dentro de esta línea de
análisis, la aldea se constituía fundamentalmente como el marco en el que tenía
lugar la extracción de rentas por parte de los señores. En otras palabras, su
identidad en cuanto aldeas y en cuanto comunidades campesinas dependían no
tanto de su estructuración interna como de su relación con los poderes señoriales.
Dos importantes ideas emergen de esta línea. Por un lado, que la configuración
de la aldea propiamente dicha se produce en el momento en el que esta extracción
de rentas es efectiva y no antes. En consecuencia, antes de este proceso la
aldea no estaba plenamente constituida y, por lo tanto, su proceso de génesis
quedaba muy oscurecido y determinado por una "ilusión retrospectiva" impuesta
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desde una situación posterior (Watteaux, 2003). En segundo lugar, se hacía
depender la emergencia de las comunidades campesinas medievales a la acción
de las elites, y, en consecuencia, los procesos al interior de estas comunidades
quedaban difuminados. Ni mucho menos se pretende decir que las cuestiones
de la génesis de las aldeas o los procesos internos de las comunidades campesinas
no interesaran. En gran medida, estas visiones estaban fuertemente determinadas
por la escasez y mediación elitista de las fuentes, como ya comentamos antes.
Sin embargo la idea de que la aldea campesina medieval como tal se constituye
como una consecuencia del proceso de feudalización se convirtió en un fuerte
topos historiográfico. De esta manera, autores como R. Fossier o G. Bois fueron
muy influyentes a la hora de vincular el nacimiento de la aldea con estos procesos
de tipo señorial a partir de la conceptualización de la mutación feudal y de
la nuclearización del poblamiento rural (Bois, 1989; Fossier, 1984, 1990). De
esta manera, el poblamiento rural anterior al año mil quedaba caracterizado
en términos de un poblamiento disperso e inestable de "protoaldeas" o "aldeas
temporales". Como afirman J. Chapelot y R. Fossier:
La tendance au regroupement de la population rurale dans des sites ruraux souvent
construits, contrairement aux villae antiques, en matériaux périssables affecte l
´ensemble de l´Europe même si le phénomène est moins marqué au sud qu´au
nord. Il se caractérise par divers aspects très caractéristiques: d´abord une certaine
instabilité du peuplement (…) il semble que dans des zones bien connues, les hábitats
ruraux de la période des V-IX siècles aient souvent des durées d´existence courtes, de
l´ordre de deux ou trois siècles seulement (1985, p. 74).
Esta conceptualización de las "protoaldeas" fue muy influyente en la
historiografía peninsular a través de figuras como J.A. García de Cortázar o P.
Bonnassie, para quienes la aldea se consolidaría entre mediados del siglo IX
y el siglo XI como un proceso de larga duración histórica (Bonnassie, 1983,
p. 15; García De Cortázar, 1988, pp. 22-24). Si bien con matices y desde
posicionamientos historiográficos distintos, esta es la idea que se proyectó en
muchos de los trabajos -al menos en los más sobresalientes- sobre el poblamiento
rural de la Primera Alta Edad Media durante la década de los años 90 y bien
entrado el siglo XXI (Escalona Monge, 2002; Larrea, 1998; Martín Viso, 2000;
Pastor Díaz De Garayo, 1996).
La arqueología altomedieval europea también asumió este paradigma desde
sus inicios. En los pioneros trabajos realizados en Inglaterra, Francia y Alemania
sobre los primeros contextos rurales altomedievales excavados en el primer tercio
del siglo XX, estos se interpretaban como hábitats inestables y en cierta medida
miserables en los que vivían las poblaciones germánicas post-romanas (Chapelot
y Gentili, 2010; Guyan, 1952; Lethbridge and Tebbutt; citado en Hamerow,
2012, p. 8; Leeds, 1923). Sin embargo, el desarrollo de la arqueología medieval
en Europa occidental pronto puso en entredicho estas ideas. Por el contrario,
las excavaciones mostraban entornos rurales no solo complejos en términos
constructivos, sociales y económicos, sino también muy estables en el tiempo y
tremendamente resilientes con respecto al entorno natural en el que se insertaban
(Catteddu, 2009; Hamerow, 2002, 2012; Nissen-Jaubert, 1995; Peytremann,
2003).
La mirada que sobre la aldea se desprendía de las fuentes escritas y la que
emergía de los estudios arqueológicos cada vez era menos coherente. En 1995,
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la arqueóloga francesa E. Zadora-Río escribe un breve pero incisivo trabajo en
el que subraya la dificultad de integrar la "aldea de los historiadores" con la
"aldea de los arqueólogos" debido a la inconmensurabilidad de las categorías que
se desprendían de ambas fuentes (Zadora-Rio, 1995). En un tono mucho más
optimista e integrador se pronuncia J.A. Quirós Castillo, marcando una agenda
de trabajo en el que la base social campesina sea el nexo de unión entre ambos
registros o, mejor dicho, las narrativas construidas a partir de ambos registros
(Quirós Castillo, 2007).
Así, en los últimos veinte años, tanto historiadores como arqueólogos -o, al
menos, un sector de ambos colectivos- han hecho revisiones muy profundas sobre
la conceptualización de la aldea altomedieval y de su papel en la configuración
de los paisajes altomedievales. En este sentido, uno de los debates fundamentales
se ha articulado en torno a la propia definición de la aldea en cuanto categoría
útil para el análisis de las comunidades campesinas altomedievales. En la siguiente
tabla recogemos algunas de las principales definiciones que algunos historiadores
y arqueólogos han ofrecido sobre la aldea:
Tabla 2.1. Definiciones de una aldea, a partir de (Francovich, 2004; en Brogiolo y Chavarría Arnau,
2008; García De Cortázar, 1988; Martín Viso, 2000; Noël, 2010; Peytremann, 2003, p. 100)
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Como se puede observar de la lectura de estas categorizaciones de la aldea,
hay algunos elementos que aparecen como más o menos comunes, caso de
su carácter rural y/o campesino, la territorialidad o la existencia de nexos
de unión social entre las distintas familias que conforman la aldea. Por el
contrario, también existen elementos excluyentes e incluso contradictorios entre
ellas, como es la diferente conceptualización de lo que es la estabilidad o
la concentración, su tamaño, el papel jugado por los bienes comunales o la
vinculación del campesinado con otros agentes sociales. Con el objetivo de
superar estas contradicciones conceptuales una estrategia óptima podría la de
proponer una definición heurística que nos permita distinguir entre lo que es y
lo que no es una aldea en el registro arqueológico. En este sentido, creemos que
la mejor opción es partir de una definición antropológica de las aldeas.
En el contexto de la antropología rural, quizá sea A.V. Chayanov el que
primero y de forma más directa confrontó esta problemática. Así, este autor parte
de la idea de la unidad doméstica como el lugar básico de encuadramiento del
campesinado (Chayanov, 1966). Siguiendo esta lógica, la aldea se definiría de
forma básica y como punto de partida como el agregado de unidades domésticas
en torno a relaciones sociales de producción comunes dentro de una formación
social dada. Unidad doméstica que se configuraría a partir de la agregación
de los espacios domésticos (la casa) y los espacios de producción (parcelario,
espacios de almacenamiento...). De esta manera, y siguiendo la propuesta de
Alfonso Vigil-Escalera y de Juan Antonio Quirós (Vigil-Escalera, 2007; Vigil-
Escalera y Quirós Castillo, 2013), una categorización heurística a priori muy útil
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para la identificación de una aldea en el registro arqueológico sería aquella que
distinguiría la presencia de granjas o aldeas en función del número de unidades
domésticas diferenciadas. Así, la presencia de una o dos unidades domésticas se
correspondería con una granja y tres o más unidades domésticas con una aldea.
Con esta definición y categorización general, abordaremos en el próximo
apartado la descripción detallada de las principales características que
configurarían la arqueología de las aldeas en la cuenca del Duero entre los siglos
V y VIII d.n.e.
3. Arqueología de las aldeas en la cuenca del Duero
Si bien la arqueología de las aldeas en la cuenca del Duero como tal data de
los años 50 y 60 a partir de algunas excavaciones muy puntuales en contextos
rurales altomedievales, hasta prácticamente el cambio de siglo apenas se conocía
una veintena de yacimientos que permitieran profundizar arqueológicamente
en esta cuestión (Tejerizo García, 2017). El impacto de las intervenciones de
urgencia en la meseta norte de la península ibérica se desarrolló de forma distinta
con respecto a otros territorios como Madrid, Cataluña o Galicia; si bien hubo
un número muy significativo de intervenciones, muchas de estas se vincularon
principalmente a la construcción de vías de ferrocarril, carreteras y pequeños
polígonos industriales. El resultado fue la obtención de una masa de datos muy
grande sobre contextos rurales altomedievales a partir de excavaciones lineales
de gran recorrido, pero no hubo intervenciones en grandes extensiones como
ocurrió, por ejemplo, en el sur de Madrid (Vigil-Escalera Guirado, 2018). Esto
se suma a la situación común de la arqueología española, caracterizada por una
dispersión de la masa empírica dentro de expedientes administrativos que, en
pocas ocasiones, ven la luz (Tejerizo García y Quirós Castillo, 2018). De esta
manera, sabemos de la excavación de un número muy alto de aldeas y granjas
altomedievales en la cuenca del Duero, pero únicamente algunas de estas ofrecen
información relevante para el propósito de este trabajo. Nos basaremos entonces
en el registro obtenido de una treintena de casos que fueron objeto de un análisis
crítico en una publicación reciente (FIGURA 1), y donde se pueden consultar
estos datos (Tejerizo García, 2017).
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Figura 1
Principales aldeas y granjas altomedievales (ss. VI-VIII d.n.e.) en la meseta norte.
A partir de estos ejemplos, describiremos tres aspectos de las aldeas
altomedievales en la cuenca del Duero: las unidades domésticas y su
configuración dentro del espacio aldeano; la presencia (o ausencia) de entornos
de creación de la identidad comunitaria; y, finalmente, algunos apuntes sobre la
economía y la desigualdad social dentro de los contextos aldeanos.
3.1. La conformación de las unidades domésticas
Como ya comentamos, si partimos de una conceptualización antropológica
de las sociedades campesinas, la unidad doméstica se convierte en el punto de
partida analítico. Así, y gracias a los estudios sobre algunas de los contextos mejor
excavados de la zona, como Mata del Palomar (Nieva, Segovia), Ladera de los
Prados (Aguasal, Valladolid) o La Huesa (Cañizal, Zamora) podemos estimar
que las aldeas de la cuenca del Duero se compondrían, aproximadamente, de
unas 10-12 unidades domésticas4, lo que es coherente con otros estudios
similares en otros territorios cercanos, como en Madrid o Cataluña (Roig Buxó,
2009, 2013; Vigil-Escalera, 2007; Vigil-Escalera y Strato, 2013, p. 167). Cada
una de estas unidades domésticas estaría compuesta, a su vez -y como un tipo-
ideal general-por una o dos estructuras principales con cimentación de piedra,
entre tres y cinco estructuras auxiliares de fondo rehundido, dos o tres silos de
almacenamiento asociados a la unidad doméstica y, quizá un pozo, que podía ser
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compartido por varias unidades domésticas. Veamos con un poco más de detalle
cada uno de estos elementos.
Hasta hace relativamente poco se entendía que las poblaciones rurales post-
romanas vivían fundamentalmente en estructuras de materiales perecederos, tipo
cabañas, construidas en madera y recubiertas con vegetales aislados con barro
(López Quiroga, 2006). Esta idea provenía de una traslación a la península ibérica
de aquellas construcciones que se documentaban en Centroeuropa y vinculadas
a las sociedades bárbaras más allá de las fronteras del imperio (Donat, 1980). Sin
embargo, las múltiples excavaciones llevadas a cabo en países como Francia, Italia
o España han demostrado que las principales viviendas de los contextos aldeanos
se construían mediante cimentaciones de piedra sobre las que se elevaban
paredes de adobe o tapial (Vigil-Escalera, 2003). Es más, la simplificación y
territorialización de las tecnologías vinculadas a la construcción de los espacios
domésticos en el mundo rural generó patrones regionales dependiendo de las
tradiciones locales y la geología del terreno (Azkarate Garai-Olaun y Quirós
Castillo, 2001; Tejerizo García, 2012).
Estas estructuras principales vendrían acompañadas de diversas estructuras
auxiliares en la forma de lo que se ha llamado "estructuras de fondo
rehundido", estructuras construidas en materiales perecederos -ahora sí, cabañas-
caracterizadas por la presencia de un nivel de suelo excavado en la tierra. Como
demostró J. Tipper en su detallado análisis de estas estructuras, las funciones
que cubrían dentro de las unidades domésticas eran muy variadas, incluyendo
almacenes, hogares, telares, almacenes de grano, zonas de cocción de pan, etc.
(Tipper, 2004, p. 160). Análisis geoarqueológicos realizados sobre algunas de ellas
han demostrado que podían ser usadas para la fermentación de cerveza y de queso
así como para las labores textiles más complejas, como el tintado de la ropa (Milek,
2012).
Una de las estructuras más interesantes del registro arqueológico vinculada a
las aldeas altomedievales es el silo de almacenamiento (Vigil-Escalera, Bianchi,
y Quirós Castillo, 2013) (FIGURA 2). Esta estructura, también excavada en la
tierra, supone la aparición de una forma radicalmente distinta de gestión de parte
de la producción (sobre todo la cerealística) y su almacenamiento con respecto
al mundo imperial romano, basado en los grandes horrea para la centralización
de la producción. Hasta el momento, no se han localizado este tipo de silos
asociados a contextos de los siglos II-IV d.n.e. Y es que se trata efectivamente
de un cambio sustancial detectado a partir de la quinta centuria que nos pone
en relación con transformaciones profundas en la estructura económica, tanto
en las relaciones sociales de producción como en las propias fuerzas productivas.
Como ya advierte A. Vigil-Escalera: “son las formas de gestión de los excedentes
en un determinado contexto social las que a veces cambian, y no el empleo de
una técnica u otra, de una estructura especifica u otra” (Vigil-Escalera, 2013b, p.
142). En prácticamente todas las unidades domésticas excavadas se han localizado
silos de almacenamiento asociados, y que podemos vincular al almacenamiento
de la producción doméstica, ya sea como alimento, como reserva para la siguiente
cosecha o como renta (Wolf, 1966). Los cálculos efectuados sobre su capacidad
muestran que estos silos almacenarían una cantidad aproximada equivalente a
1500-2500 litros, es decir, el equivalente aproximado al consumo de una unidad
doméstica en un año (Vigil-Escalera, 2013b).
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Figura 2
Silos localizados en el yacimiento de Ladera de los Prados (Vigil-Escalera y STRATO, 2013)
Por último, cabría hacer mención al parcelario de estas aldeas. Uno de los
grandes avances en la arqueología altomedieval de los últimos años ha sido el
impulso a los análisis en relación a los espacios productivos de las comunidades
campesinas, lo que se ha denominado como "arqueología agraria" (Fernández
Mier, et al., 2014; Kirchner, 2010). Dentro de esta arqueología agraria, un
elemento de gran interés ha sido el reconocimiento arqueológico del parcelario
vinculado a las unidades domésticas altomedievales. Por ejemplo, algunos
interesantes estudios en Francia han demostrado la conservación de parte del
parcelario agrario desde época prehistórica hasta la Alta Edad Media (Catteddu,
2012), lo que pondría en contacto la materialidad de sociedades de tipo
campesino en la larga duración histórica. El yacimiento donde mejor ha sido
reconocido este sistema de parcelario sería en Gozquez, se trataría de una
organización del asentamiento caracterizado por la fijación en el espacio de las
unidades domésticas, que comprenderían una extensión de terreno propio en
la que se desarrollarían todas las tareas de las unidades domésticas así como la
construcción y reconstrucción de las estructuras domésticas, que “no rebasan
esos límites y dentro de cada parcela “edificada” se encuentra su historia al
completo” (Vigil-Escalera y Quirós Castillo, 2013, p. 369). En el caso de la cuenca
del Duero, si bien más limitado por el tipo de excavaciones llevadas a cabo que
dificultan la detección de estos patrones, este tipo de organización interna ha sido
reconocido en sitios como La Mata del Palomar, Navamboal (Íscar, Navamboal)
o Canto Blanco (Calzada del Coto, León).
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3.2. Identidades comunitarias
Como hemos visto, el grueso de las aldeas altomedievales -o, al menos, de
aquellas sobre las que tenemos más información- se conformarían a través de la
yuxtaposición de distintas unidades domésticas con terrenos particulares que se
desplegarían en amplias extensiones5. De alguna manera, la idea que se
desprende del análisis de la organización espacial de estas aldeas es la de una
autonomía de las unidades domésticas y la ausencia de prácticas e identidades
comunitarias. Por el contrario, existen diversos indicadores arqueológicos que
muestran claramente su existencia y que mostrarían la complejidad sociopolítica
de estas comunidades.
El mejor indicador arqueológico es, sin duda, la presencia de los cementerios
comunitarios. Se trataría de extensos cementerios, organizados normalmente
en líneas -de ahí que se conozcan como los Reihengräberfelder o cementerios
en líneas (Jepure, 2012)- que pueden llegar a las 600-700 tumbas como en el
caso de Duratón, Madrona o Castiltierra6 (los tres ubicados en la provincia de
Segovia), y que se localizarían a una cierta distancia de las unidades domésticas,
a las que darían servicio (FIGURA 3). En el caso de la aldea de Gózquez (San
Martín de la Vega, Madrid) se mostraría como el cementerio se articularía como
un punto central entre dos barrios domésticos. La presencia en algunas de las
tumbas de estos cementerios de fastuosos elementos de decoración personal
ha llevado a que, tradicionalmente, hayan sido interpretados bajo el paraguas
teórico de la Historia-Cultural como la expresión arqueológica de la llegada
de los visigodos a la península ibérica (Barroso Cabrera, 2018). Sin embargo,
nuevas aproximaciones han relativizado esta conexión y apuntan a la naturaleza
campesina de sus enterrados (Quirós Castillo y Castellanos, 2015).
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Figura 3
Planta del cementerio de Madrona (Jepure, 2012)
La presencia de estos cementerios comunitarios en estrecha conexión con las
aldeas altomedievales subrayan su importancia como espacios performativos para
la construcción de identidades comunitarias locales en el mundo rural (Halsall,
1992). La muerte en el mundo rural no es solo un evento traumático sino
también un momento en el que las unidades domésticas refuerzan sus relaciones
con la comunidad a través de las prácticas rituales. Prácticas que incluirían la
exhibición del cuerpo, el propio funeral o incluso la celebración de fiestas (Parker
Pearson, 1993). Todas estas prácticas implican la creación social de similitudes
y diferencias dentro de una comunidad política, materializada mediante, por
ejemplo, la exhibición y amortización de elementos de adorno personal de gran
capital social, económico y simbólico (Tejerizo García, 2015). Un análisis similar
se ha sugerido para interpretar parte de los cementerios en roca típico de las zonas
de sierra en el suroeste de la cuenca del Duero (Martín Viso, 2016b).
Si bien los cementerios comunitarios podrían considerarse los elementos
materiales que mejor evidencian estas prácticas comunitarias de creación de
identidades aldeanas, otros podrían apuntarse, como sería la presencia de pozos
usados por varias unidades domésticas dentro de las aldeas, como podría sugerirse
para casos como La Mata del Palomar, o la documentación de estructuras
comunitarias para la elaboración del pan, en este caso sugerido para la aldea
catalana de Can Gambús-1 (Roig Buxó, 2009). Tareas que implicarían el
establecimiento de relaciones sociales entre las distintas unidades domésticas
dentro del territorio propio de la aldea.
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Otras evidencias de creación de identidades comunitarias intra-aldeanas
podrían ser más indirectas arqueológicamente pero efectivamente funcionales
en el contexto altomedieval. Algunas de estas evidencias aparecen en algunos
interesantes textos como el de la Vita Sancti Aemiliani, un texto del siglo
VII d.n.e. que nos ofrece una biografía de este santo (Castellanos, 1995). En
algunos pasajes el autor menciona indirectamente la presencia de reuniones en
las comunidades aldeanas, por ejemplo, durante la construcción de las casas,
o celebraciones comunitarias con vino7. Teniendo en cuenta la complejidad
estructural derivada del análisis de la sección anterior, se podría sugerir la idea de
que la construcción y re-construcción de las unidades domésticas dentro de las
aldeas podría convertirse en prácticas comunitarias que reforzarían la identidad
intra-aldeana, al igual que las festividades que jalonarían el calendario agrario o
los rituales religiosos, que crearían una idea de lo "público" que reforzaría estas
identidades (Addison, 2020). Arqueológicamente tenemos constancia de estas
fases de construcción y re-construcción de las estructuras dentro de las unidades
domésticas en ciclos posiblemente generacionales (Tejerizo García, 2012), lo que
invita a pensar en momentos, no solo de reforzamiento de las relaciones sociales
al interior de la unidad doméstica sino también de esta en relación con el resto
de la comunidad.
De igual forma se podría sugerir que la constatación documental de eventos
políticos como los conventus publici vicinorum, asambleas de vecinos rurales que
aparecen en los textos legales de los siglos VI y VII d.n.e. (Daflon, 2015) tendrían
su correlato material en los escasos -y aún por estudiar- lugares de asamblea
altomedievales en el centro peninsular (Vigil-Escalera Guirado, 2019). En el caso
de la cuenca del Duero, es especialmente interesante el sitio de Domingo García
(Segovia) (FIGURA 4). Este yacimiento, localizado en un pequeño montículo
con una posición preeminente en el entorno, contiene una iglesia románica -en
la que no se descarta la presencia de fases anterior- con un cementerio en roca
de una docena de tumbas y rodeado de un significativo conjunto de grabados
que incluyen algunos de época medieval (Pecci Tenrero y Ripoll López, 2011).
Las prospecciones realizadas en su entorno parecen señalar, como hipótesis,
que este sitio podría funcionar como un lugar de articulación del conjunto
de aldeas altomedievales localizadas en su entorno (Tejerizo García, Carvajal
Castro, Marín Suárez, Martínez Álvarez, y Mansilla Hortigüela, 2015).
Figura 4
El yacimiento de Domingo García. A la derecha, un panel con grabados
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3.3. Economía y desigualdad social en las aldeas altomedievales
Dentro del esquema conceptual derivado de las "protoaldeas" comentadas al
inicio, se entendía que las sociedades rurales previas al feudalismo eran
relativamente igualitarias o, al menos, que no existían unos mecanismos
institucionalizados de desigualdad social. Algunas líneas de trabajo, como la
marcada por P. Bonnassie, ponían en entredicho esta aseveración, afirmando la
continuidad y fortaleza del esclavismo más allá de la desintegración del imperio
romano (Bonnassie, 1988). En lo que tiene que ver con su economía, en general,
se preservaba la idea de sociedades especialmente expuestas al contexto ambiental
y climático, con una escasa capacidad de adaptación (García Moreno, 1986).
La arqueología está permitiendo matizar y profundizar en la cuestión de las
formas económicas y sociales dentro de las comunidades aldeanas altomedievales.
Si bien los análisis densos son todavía escasos, y además todos ellos apuntan
a dinámicas territoriales y locales muy dispares, sí que se puede ofrecer una
cierta idea sobre las formas de vida y la economía de estas comunidades. En
líneas generales, nos encontramos con sociedades con un desarrollo ciertamente
escaso de las fuerzas productivas, con herramientas y formas productivas muy
localizadas y vinculadas a las específicas condiciones geográficas de cada territorio
(Wickham, 2008). Formas productivas en las que a juzgar por el registro
arqueológico derivado de las aldeas altomedievales en el centro peninsular -sobre
todo, el registro bioarqueológico basado en el estudio de los restos orgánicos
de huesos, semillas o pólenes-, predominaría la integración entre una ganadería
fundamentalmente estante y una agricultura diversificada (Vigil-Escalera, et al.,
2014). Esto no es contradictorio con la presencia de algunos registros que
mostrarían indicios de una cierta especialización dentro de la diversificación,
basada fundamentalmente en las potencialidades económicas microrregionales y
la adaptación de estas sociedades al medio ambiente haciendo un uso intensivo
de los recursos locales. Sin embargo, la norma general muestra la diversificación
como estrategia económica, dirigida a combatir la variabilidad y los factores de
estrés y riesgo a los que se ven sometidas estructuralmente las economías de tipo
campesino, como son la climatología, las rapiñas o las epidemias, y que permitiría
no solo producir lo suficiente para la supervivencia sino también para el potencial
pago de rentas a agentes externos (Halstead y O'shea, 1989). En otras palabras,
el registro arqueológico muestra de forma cada vez más clara la capacidad de
resiliencia y de adaptación al medio de las sociedades campesinas altomedievales.
Del mismo modo, el análisis del registro arqueológico proveniente de los
contextos rurales altomedievales está permitiendo matizar la idea de que nos
encontramos ante sociedades igualitarias. Un rasgo evidente de la presencia
de desigualdades internas dentro de las aldeas del centro peninsular proviene
precisamente de los cementerios comunitarios anteriormente comentados.
La disposición de ajuares de un capital social, económico y simbólico tan
diferenciado mostraría la presencia de individuos o familias con una posición
social particularizada con respecto al resto de la comunidad (Tejerizo García,
2015). Por otro lado, el hallazgo de un número no menor de enterramientos
dentro de los silos de almacenamiento (FIGURA 5), con un tratamiento
claramente excluyente de los rituales normalizados de la comunidad -enterrados,
en muchas ocasiones, junto a animales y desperdicios- ha permitido a autores
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como J. Roig o A. Vigil-Escalera a identificar a estos enterrados con dependientes
domésticos o incluso con esclavos (Roig Buxó y Coll Conesa, 2011; Vigil-
Escalera, 2013a).
Figura 5
Enterramiento en silo en el yacimiento de La Mata del Palomar (Vigil-Escalera y Strato, 2013)
4. Conclusiones: por una antropología de la aldea campesina
altomedieval
En este trabajo se han descrito algunas de las principales características de las
aldeas rurales de época altomedieval del centro peninsular a partir de las últimas
tendencias dentro del análisis del registro arqueológico. Una arqueología que está
viviendo un momento de gran renovación a partir de, entre otras cuestiones, una
definitiva inserción dentro de la medievalística, como ya proponía en su día M.
Barceló (Barceló, 1988a). Una de las aportaciones más interesantes de esta nueva
arqueología medieval ha sido la de profundizar en los hábitats rurales de época
altomedieval, un aspecto muy oscurecido por el análisis de las fuentes escritas,
muy mediadas por las agencias de las élites.
En este sentido, la arqueología permite reconsiderar conceptualmente el
significado y alcance de la aldea como el principal hábitat rural de este
período, el "mundo campesino" por excelencia. Partíamos en este trabajo de
una caracterización heurística de la aldea como herramienta de identificación
arqueológica. Una vez descritos sus principales componentes y características,
podemos profundizar en una definición más antropológica de la aldea medieval.
Así, y a partir del anterior análisis, podríamos identificar la aldea a partir de los
siguientes elementos:
1. agregación y agrupamiento de varias unidades domésticas próximas
geográficamente, si bien no implica su nuclearización extrema.
2. presencia de espacios económicos y de socialización comunes.
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3. una territorialidad definida, al menos, de facto y subjetivamente, por parte de
la comunidad.
4. una identidad común compartida por las unidades domésticas que
conformarían la aldea y que señalarían a la aldea como una “unidad social” (Pastor
Díaz De Garayo, 1996)
Así, a partir de esta categorización antropológica, es posible hacer una
distinción en términos abstractos de una aldea pre-feudal y una aldea feudal,
cuya diferencia sería la relación específica que estas comunidades establecieran
con el mundo circundante (Wolf, 1966). Así, y en términos generales, las
aldeas pre-feudales se caracterizarían por unos niveles menos desarrollados de
institucionalización de las desigualdades y de extracción del excedente, que
dejarían un alto grado de autonomía a las unidades domésticas. Un esquema que
encajaría bien con el llamado "modo de producción campesino" delineado por
C. Wickham y que, a su vez, se presenta como una herramienta heurística muy
apropiada para interpretar el registro arqueológico de las aldeas altomedievales
al igual que los textos escritos (Da Graca, 2015; Wickham, 2005). Por su parte,
la institucionalización y normalización de las relaciones feudales modificarían
profundamente los paisajes campesinos, entre otros factores, por las necesidades
de control de la extracción del excedente por parte de los señores feudales
y del Estado, lo que se ha explicado historiográficamente mediante marcos
conceptuales como son los procesos de nuclearización, parroquialización o
de incastellamento, por mencionar aquellos modelos más elaborados (Quirós
Castillo, 2007).
Sin embargo, hay que ser precavido de hacer categorizaciones muy estrictas
o generalizaciones abusivas, como bien argumenta J. Banaji en torno a la crítica
del "modo de producción campesino" (Banaji, 2010, p. 215 y ss.). En palabras
de A. Nissen-Jaubert, “Cependant, à vouloir définir le village de manière trop
stricte, on risque ensuite de négliger les indices de concertation commune ou
de planification dans l’organisation du terroir et des activités agricoles” (Nissen-
Jaubert, 2006, p. 156). Definir y caracterizar de forma precisa lo que es y no
es una aldea es el elemento fundamental que permite fijar, por ejemplo, el
propio “nacimiento de la aldea” en un momento histórico determinado o su
diferenciación y caracterización particular en períodos distintos. Como bien
apunta C. Wickham, la cuestión de si antes del siglo IX se puede hablar de “aldea”
es en gran medida una cuestión conceptual y del “tipo-ideal” que se aplique al
análisis histórico (Wickham, 2010).
Si bien queda mucho por investigar y analizar, la arqueología de las aldeas
altomedievales de la última década está abriendo enormes posibilidades para
profundizar en la enorme complejidad que caracterizó a estos entornos en un
período que, hasta muy recientemente, era entendido como oscuro.
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Notas
1 Este trabajo ha sido realizado en el marco del Proyecto “Agencia campesina
y complejidad sociopolítica en el noroeste de la Península Ibérica en época
medieval” (Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, AEI/FEDER UE
HUM2016-76094-C4-2-R), del Grupo de Investigación en Arqueología Medieval,
Patrimonialización y Paisajes Culturales / ErdiArokoArkeologia, Ondaregintza eta
KulturPaisaiakIkerketaTaldea(Gobierno Vasco, IT1193-19) y del Grupo de Estudios
Rurales (Unidad Asociada UPV/EHU-CSIC). Quedo especialmente agradecido a
Eduardo Daflon por sus ideas respecto a los temas tratados en este trabajo y a la
evaluación externa por sus comentarios y sugerencias.
2 El autor es Investigador postdoctoral del Grupo de Investigación en Patrimonio y
Paisajes Culturales.
3 Si bien existen excepciones, como ocurre con algunos textos hagiográficos, como
veremos más adelante.
4 Si bien no existen, como en la Comunidad de Madrid, aldeas enteras excavadas,
podemos llegar a este cálculo a través de la estimación entre la superficie excavada y la
extensión calculada para el yacimiento a través de los trabajos de prospección.
5 Lo cual no excluye la existencia de aldeas nucleadas como ocurre en el caso de La Dehesa
del Cañal (Pelayos, Salamanca) (Fabián, Santonja, Fernández, y Benet, 1985).
6 Y a muchos otros cementerios de los cuales solo tenemos una información parcial de
su verdadera extensión
7 Vita Sancti Aemiliani (VSA), XII.26 and XXI.28, ed. Andrew Fear (Liverpool, 1997)
pp. 33, 35.
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