Terror en el Hogar: El Huésped
Terror en el Hogar: El Huésped
El huésped
Cuentos reunidos. México: FCE, 2009.
Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un
viaje.
Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era
feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver
en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo
pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de
desaparecer.
No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre,
siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían
penetrar a través de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué
a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me
inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido
mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo
consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra
casa.
No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que
me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba
teniéndolo allí.
Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza
grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo
él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a
sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.
Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con
aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya
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estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la
casa y salía a comprar el mandado.
La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su
alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del
rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y
cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi
jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año.
Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser
la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las buganvilias.
En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y
heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre
las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de
agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando,
hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme.
Hubo muchas veces que cuando estaba preparando la comida veía de pronto su sombra
proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo tenía en
las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a
su cuarto, como si nada hubiera pasado.
Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía.
No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.
Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir.
Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía
más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de
los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas.
“¡Allí está ya, Guadalupe!”; gritaba desesperada.
Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad
aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…
Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la
madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo
asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que
yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.
Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía
dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas
sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando
el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía
a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era
posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría
pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras
cosas también lo entretenían…
Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera…
Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté
dé la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había
luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en
cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el
piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que
acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.
Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa.
Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las
palabras se habían agotado.
Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y
dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo
varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando
oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré
golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me
lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida
por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando
Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y
de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente
el niño no murió y se recuperó pronto.
Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer
noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un
odio que clamaba venganza.
Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que
podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás
más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil
veces que es un ser inofensivo.”
Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los
medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía
tan sola como un huérfano.
Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de
mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.
— Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.
— Tendremos que hacer algo y pronto – me contestó.
— ¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio…
Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.
La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a
arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.
No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes
de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi
cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.
Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían
tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la
golpeaba con furia…
Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no
nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos
muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en
comer.
Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y
clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las
hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores,
después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla
totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo
entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo
terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.
Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin
alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado,
arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A
veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara
así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…
Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días
más, antes de abrir el cuarto.
Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y
desconcertante.
Microhabilidades de la lectura
Daniel Cassany
El modelo de Cassany comienza otorgando gran importancia a la lectura debido a la relevancia que
tiene ésta en la vida de las personas, más concretamente en los niños, tanto a nivel académico en
su aprendizaje escolar como en su vida cotidiana. Cassany, (2001) sostiene que “la lectura es uno
de los aprendizajes más importantes, indiscutidos e indiscutibles, que proporciona la escolarización.
La alfabetización es la puerta de entrada a la cultura escrita y a todo lo que ella comporta: una cierta
e importante socialización, conocimientos e información de todo tipo. Además, implica en el sujeto
capacidades cognitivas superiores. Quien aprende a leer eficientemente desarrolla, en parte su
conocimiento. En definitiva, la lectura se convierte en un aprendizaje transcendental para la
escolarización y para el crecimiento intelectual de la persona” (p. 193)
Cassany (2001) entiende la comprensión lectora como algo global que a su vez está compuesta por
otros elementos más concretos. Estos elementos, reciben el nombre de microhabilidades. Su
propuesta se basa en trabajar estás microhabilidades por separado para conseguir adquirir una
buena comprensión lectora.
Cassany (2001) entiende la comprensión lectora como algo global que a su vez está compuesta por
otros elementos más concretos. Estos elementos, reciben el nombre de microhabilidades. Su
propuesta se basa en trabajar estás microhabilidades por separado para conseguir adquirir una
buena comprensión lectora. Adentrándonos en el conocimiento de estas microhabilidades, Cassany
identifica nueve (percepción, memoria, anticipación, lectura rápida y atenta, inferencia, ideas
principales, estructura y forma, leer entre líneas y autoevaluación) las cuales como ya hemos
mencionado, si trabajamos todas ellas lograremos obtener gran habilidad a la hora de comprender
todo aquello que leamos.
Julio Cortázar
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y
que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se
parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue
admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en
la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se
refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la
torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio
risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado
a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el
chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la
infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A
esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era
algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se
pretendía —como ahora— explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le
daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de
fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre
avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un
hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos
se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía
con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que
había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando
ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible
formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había
mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí,
en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar
simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi
muerte, y en cambio… Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el
autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era
eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, porque en esos casos uno se
trata de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por
una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para
dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos imbéciles, cuando a
veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser
como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo
caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos
sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba
cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno
cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades
más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las
enfermedades… La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo
al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de
mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar
preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las
maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre
jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue
cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo
que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura
análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una
muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el
sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión
me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los
progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para
ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese
un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no
podrá encontrarse nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera
llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está
repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en
Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que
escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que
corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría
cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que
acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero
también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de
su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, no.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc
se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el
autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de
explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia.
En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una
época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena
convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había
salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre
cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno.
Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las
graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una
tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un
pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores
infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero
admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había
traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había
regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a
pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había
puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle.
Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja
del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado
corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en
el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba
recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma
felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de
café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido
a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos
de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo,
pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no
se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para
anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí,
mejor nos tomamos otra copa.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son
demasiado estúpidos para entender que… Sí, no se ponga usted también a mirarme
con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así
como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron
en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi
todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta
miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía
para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que
yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una
farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como
enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como esa, donde el médico entra
y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del
todo con el primer diagnóstico… ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté
bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy
al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a
demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un
autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un
niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver
a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí
por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a
visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me
importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre
maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día
tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier
hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a
saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto de verdad, sin un Luc que
entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa
plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Pagué.
FIN
Sinónimos totales
Los sinónimos totales, también llamados sinónimos absolutos o
sinónimos conceptuales, son aquellos sinónimos que tienen
exactamente el mismo significado. Es decir, los sinónimos totales
pueden ser intercambiados en cualquier oración y la frase signi-
ficará lo mismo. Por ejemplo, las palabras contestar y responder
son sinónimas totales porque pueden ser reemplazadas en cual-
quier contexto y el significado de la frase no se modifica. Princi-
palmente, este tipo de sinónimos sirven para evitar repetir una
misma palabra en una oración o en un texto. De manera que, si
tienes que escribir muchas veces la misma palabra, puedes
Sinonimia Sinónimos parciales
Los sinónimos parciales, también llamados sinónimos
contextuales, son aquellos que solo comparten signi-
ficado en un determinado contexto. Es decir, los sinó-
nimos parciales no son intercambiables en cualquier
oración, sino solamente en algunos enunciados. Por
ejemplo, las palabras tomar y beber son sinónimas
parciales porque pueden significar lo mismo en
alguna frase, pero el verbo tomar tiene más significa-
dos aparte de beber. Para reconocer si una pareja
de palabras son sinónimos parciales simplemente
tenemos que cambiar el contexto en el que está
escrita una palabra, si entonces no se puede sustituir
por la otra palabra, quiere decir que la pareja de
palabras son sinónimas parciales. Así pues, siguiendo
el ejemplo, los verbos tomar y beber son reemplaza-
bles en algunas oraciones, pero no en todas:
Sinónimos referenciales
Los sinónimos referenciales son aquellos sinónimos
que aluden a un mismo referente, sin embargo su
significado no es exactamente idéntico. Es decir, los
sinónimos referenciales hacen referencia a un mismo
concepto en un contexto, pero su significado es lige-
ramente diferente. Por ejemplo, las palabras tenedor
y cubierto son sinónimas referenciales. Así pues, en
una oración pueden ser sinónimos, no obstante, el
término cubierto es más general y también podría
referirse a un cuchillo en otra frase. Generalmente,
este tipo de sinónimos están formados por un hiperó-
nimo y un hipónimo. Además, son muy útiles para
Sinonimia Sinónimos connotativos
Los sinónimos connotativos, también conocidos como
sinónimos de connotación, son aquellas palabras
cuya relación de sinonimia está subordinada a la sub-
jetividad de los interlocutores, ya que objetivamente
su significado no es igual. Por ejemplo, las palabras
traidora y víbora son sinónimas connotativas. Si se
analizan por separado, estos dos términos tienen signi-
ficados diferentes, sin embargo, ambas palabras
pueden aludir al mismo concepto en un contexto co-
loquial. En general, los sinónimos connotativos son tér-
minos que han adquirido nuevos significados debido
a la evolución de la lengua en un uso coloquial o
informal.
Centro de Escritura y Comprensión Lectora,
Facultad de Derecho, Universidad Externado de Colombia
Material de apoyo para estudiantes.
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Fundamentos de argumentación:
1. Argumentos.
Un argumento debe contener premisas y una conclusión. Las premisas deben ser
explícitamente diferenciables de esa conclusión. Gráficamente se vería así:
¿QUÉ ES UN ARGUMENTO?
Premisas + Conclusión
PREMISAS: Afirmaciones mediante las que ofrezco razones que soportan mi
conclusión.
CONCLUSIÓN: Lo que estoy tratando de probar.
Existen diversos tipos de argumentos, sin embargo, Anthony Weston, considera básicos los
cuatro que mencionaremos a continuación:
1
Las referencias usadas en este texto se han tomado de: Weston, Anthony (2006). Las claves de la
argumentación. Barcelona. Editorial Ariel.
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Ej.: “El fruto de nuestro trabajo debe consistir en transformar al alumno en mejor y más
prudente. Decía Epicarmes que “el entendimiento que ve y escucha es el que todo
aprovecha, dispone de todo, obra, domina y reina; todo lo demás no son sino cosas ciegas,
sordas y sin alma. Voluntariamente convertimos el entendimiento en cobarde y servil por
no dejarle la libertad que le pertenece.”
Ej.: “Los españoles en Centroamérica sometieron a trabajos forzosos a las comunidades del
lugar. Durante la conquista española se le obligó a todo indígena a renunciar a sus
costumbres religiosas y culturales. En Norteamérica los ingleses asesinaron a la mayoría de
los nativos. Por lo tanto, los procesos de colonización siempre tienen un trasfondo
violento.”
Ej.: “Entiendo yo, señora, que la mayor y principal dificultad de la humana ciencia reside en
la acertada dirección y educación de los niños, del propio modo en que en la agricultura las
labores que preceden a la plantación son sencillas y no tienen dificultad, más luego que la
planta ha arraigado, para que crezca hay diversidad de procedimientos, que son difíciles. Lo
propio acontece con los hombres: darles vida no es difícil, más luego que la tienen vienen
los diversos cuidados y trabajos que exigen su educación y dirección.”
un contexto. Sin embargo, éste es el argumento más usado cotidianamente. Por ejemplo:
“no llegué a tiempo a clase porque se varó el bus.” Está clara la causa del retraso, sin
embargo, hay algunos hechos cuyas causas son complejas y diversas.
Ej.: “La corrupción, las fallas administrativas del Estado y el malgasto de recursos alcanzan
un monto del orden del 3,0-3,5% del PIB. Dentro de las nuevas formas de interacción pública
y privada alrededor de la gestión pública, se han reproducido formas de desviación de
recursos públicos en favor de intereses privados que, sin que constituyan conductas
abiertamente al margen de la ley, son no sólo un claro favorecimiento de intereses
particulares, sino además un quebrantamiento de la ética ciudadana y la responsabilidad
de recursos de interés colectivo. Es así como alrededor de las nuevas formas de
contratación pública y de administración de servicios públicos se han venido reproduciendo
diferentes tipos de irregularidades de ese carácter.”
2. FALACIAS
Las falacias argumentativas ocurren cuando se desarrolla un argumento que parece válido,
pero realmente no lo es. Estos son los principales tipos:
Petición de principio: Usar de un modo implícito la conclusión como una premisa. Por
ejemplo: ¿de qué color es el caballo blanco de Napoleón? La referencia al color está
implícita en la pregunta y ello es una grave contradicción.
2. Falacia de autoridad
Esta falacia argumentativa, también denominada “ad
verecundiam”, ocurre cuando hacemos mal uso de una
autoridad. Este mal uso de la autoridad puede ocurrir de varias
maneras. por ejemplo: podemos citar solo a las autoridades,
alejándonos convenientemente de otras pruebas comprobables
y concretas como si la opinión de los expertos fuera siempre
correcta; o podemos citar autoridades irrelevantes, autoridades
pobres o autoridades falsas. Por ejemplo, cuando alguien dice:
"compro ropa deportiva en esta tienda porque este famoso dice
que es el mejor". El famoso en cuestión puede ser un portavoz,
pero eso no lo convierte en una autoridad relevante cuando se
trata de ropa deportiva. Por lo tanto, esta argumentación se
convierte en falacia de apelación a la autoridad.
3. Falacia de la falsa equivalencia
La falacia de la falsa equivalencia o de la ambigüedad se da
cuando una palabra, una frase o una oración se usa
deliberadamente para confundir, engañar o inducir a error al
sonar como si dijera una cosa pero en realidad dice otra. A
menudo, este engaño aparece en forma de eufemismos,
reemplazando las palabras desagradables con una terminología
más atractiva. Por ejemplo, un eufemismo podría estar
reemplazando "mentir" con la frase "licencia creativa", o
reemplazar "mi pasado criminal" con “mis indiscreciones juveniles"
o “crisis económica” por “desaceleración”.
4. Falacia populista
Esta falacia, también denominada argumento “ad populum”,
supone que algo es cierto (o correcto o bueno) porque otras
personas están de acuerdo con la persona que lo afirma; esto es,
se acepta algo que se dice porque es popular. Esta falacia
argumentativa es común entre los anunciantes, por ejemplo.
Muchas empresas basan sus anuncios en frases que utilizan esta
falacia, asegurando que si muchas personas han utilizado sus
productos es porque son los mejores (también millones de
personas consumen tabaco y no es algo bueno, de ahí la
falacia).
5. Falacia circular
La falacia o argumentación circular ocurre el argumento de una
persona simplemente repite lo que ya asumió de antemano y no
llega a ninguna nueva conclusión. Los argumentos circulares
también se llaman “petitio principii” o petición de principio, y se
producen cuando la proposición que ha de ser probada se
incluye de forma implícita o explícita en las premisas (las
afirmaciones que sirven para probar la conclusión posterior).
Se puede reconocer un argumento circular cuando la conclusión
también aparece como una de las premisas en el argumento. Por
ejemplo, si alguien dice: “Lo que hay escrito en La Biblia es
verdadero”, y defiende su postura diciendo: “Porque lo dice la
propia Biblia”, estaría incurriendo en una evidente falacia
circular.
6. Falacia de la generalización
Una generalización apresurada es una declaración general sin
evidencia suficiente para respaldarla. Ésta se produce a partir de
la prisa por llegar a una conclusión, lo que lleva a la persona que
argumenta a cometer algún tipo de suposición ilógica o a emitir
estereotipos, conclusiones injustificadas o exageraciones.
Normalmente, solemos generalizar al hablar, y es una parte
necesaria y natural del acto comunicativo y el lenguaje. No hay
una regla establecida para lo que constituye evidencia
"suficiente". En algunos casos, podría ser posible encontrar una
comparación razonable y demostrar que la afirmación es
verdadera o falsa. Pero en otros casos, no hay una manera clara
de respaldar el reclamo sin recurrir a conjeturas. Con todo, una
forma sencilla de evitar generalizaciones apresuradas es añadir
calificadores como "a veces", "tal vez" o "a menudo". Cuando no
nos protegemos contra la generalización apresurada corremos el
riesgo de caer en estereotipos, y de verter afirmaciones sexistas o
racistas, por ejemplo.
Referencias bibliográficas
Gutiérrez, G. A. (2000). Introducción a la lógica. Pearson
Educación.