GUSTAVO FLAUBERT
SALAMBO
EDITORIAI MAUCCI.-Mallorca, 166, Barcelona
S
SALAMBÓ
OBRAS DE GUSTAVO FLAUBERT
de venta en esta Casa Editorial
La Señora Bovary. 2 tomos
Salambó .
Las Tentaciones de San Antonio.. · ·
GUSTAVO FLAUBERT
SALAMBÓ
TRADUCCIÓN
DE
AUGUSTO RIERA
CUARTA EDICION
CASA EDITORIAL MAUCCI
Gran medalla en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907,
Budapest 1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910
Calle de Mallorca, 166.-BARCELONA
DE
Es propiedad de la Casa Editorial Maucci
SALAMBÓ
El festín
Erase de Megara, arrabal de Cartago, en los jardi-
nes de Hamílcar.
Los soldados que habían capitaneado en Sicilia ce-
lebraban un gran festín para conmemorar el aniver-
sario de la batalla de Erix, y como jefe estaba au-
sente, comían y bebían en plena libertad .
Los capitanes, que calzaban coturnos de bronce, es-
taban colocados en la avenida central, bajo un velo
de púrpura, franjeado de oro, que arrancado de la
pared de los establos, iba hasta la primera terraza
del palacio ; los soldados hallábanse bajo los árboles
cerca de una serie de construcciones de techumbre
plana, donde estaban prensas, bodegas, almacenes , pa-
naderías y arsenales, y además un patio para los ele-
fantes, fosos para los animales feroces y una cárcel
para los esclavos.
Las cocinas se levantaban entre un grupo de hi-
gueras ; un bosque de sicomoros llegaba hasta una
gran masa de árboles y arbustos donde resplandecían
las granadas, entre las manchas blancas de los algo-
doneros ; las parras cargadas de racimos, subían has-
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ta la copa de los pinos ; un verjel de rosas embalsa-
maba el aire bajo los plátanos ; de trecho en trecho,
sobre el verde musgo, balanceaban su esbelto tallo
los blancos lirios ; los senderos estaban tapizados por
negra arena mezclada con polvo de coral, y en el
centro del jardín los cipreses de un extremo a otro
formaban una doble columnata de verdes obeliscos.
El palacio construído de mármol numídico, vetea-
do de amarillo, ostentaba sus cuatro pisos de des-
igual anchura. Con su gran escalinata recta de ma-
dera de ébano, que tenía en los ángulos de cada pelda-
ño la proa de una galera vencida, con sus puertas en-
carnadas, blasonadas de una cruz negra, con sus ver-
jas de cobre que al ras del suelo evitaban el paso
de los escorpiones, y sus rejas de barras doradas que
en lo alto cerraban sus aberturas, aparecía a los ojos
de los soldados, en su feroz opulencia, tan solemne
e impenetrable como el rostro de Hamílcar.
El Consejo les había designado su casa para cele-
brar aquel festín ; los convalecientes que yacían en el
templo de Eschmún, caminando penosamente desde el
amanecer, llegaron hasta el palacio, arrastrándose so-
bre sus muletas. A cada instante llegaban nuevos co-
mensales. Por todos los senderos salían hombres y
hombres, como arroyos que se precipitan en un lago.
Por entre los árboles, veíanse correr a los esclavos
de las cocinas , atareados y medio desnudos. Las ga-
celas huían balando ; el sol tocaba a su ocaso y el
perfume de los limoneros hacía aún más penetrante
el vaho de aquella multitud sudorosa.
Había allí hombres de todas las naciones : ligurios ,
lusitanos, baleares, negros y fugitivos de Roma . Mez-
clábanse al pesado dialecto dórico las sílabas célti-
cas que restallaban como las fustas de los carros de
batalla y las terminaciones jónicas, y las consonantes
del desierto ásperas como los gritos del chacal. Recono-
cíase al griego por su esbelto talle, al egipcio por sus
anchos hombros, al cántabro por sus gruesas panto-
rrillas. Los carios balanceaban orgullosamente las plu-
mas de su casco, los arqueros de Capadocia llevaban
pintadas grandes flores sobre la piel, y algunos li-
dios, con trajes de mujer, comían tranquilamente lu-
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ciendo grandes aretes en las orejas. Otros, que por
gala se habían pintado con bermellón, parecían es-
tatuas de coral.
Unos, tendidos sobre cojines, comían alrededor de
grandes fuentes, y otros, de bruces, cogían los tro-
zos de carne y se alzaban incorporados sobre los co-
dos en la actitud pacífica de los leones cuando devo-
ran su presa. Los que llegaron tarde, de pie junto
a los árboles , miraban las mesas bajas, que casi des-
aparecían bajo los tapices de escarlata, y esperaban
que llegara su turno.
No siendo suficientes las cocinas de Hamílcar, el
Consejo había enviado esclavos, vajillas y lechos ; y
se veían entre los árboles del jardín, como en un
campo de batalla cuando se quema a los muertos,
grandes hogueras resplandecientes donde se asaban bue-
yes. Los panes espolvoreados de anís alternaban con
grandes quesos, más pesados que discos, y las crá--
teras llenas de vino estaban junto a las cántaras lle-
nas de agua, alrededor de cestas de oro afiligranadas
que rebosaban de flores . La alegría de poder har-
tarse a su gusto, hacía chispear todos los ojos, y
aquí y allí empezaban a resonar canciones.
Primeramente se les sirvió aves en salsa verde en
fuentes de arcilla roja con dibujos negros, luego to-
da suerte de mariscos, que se recogen en las cos-
tas púnicas, purés de guisantes, de habas y de cen-
teno y caracoles aderezados con comino en fuentes
de ámbar amarillo.
Después las mesas se cubrieron de carne : antílo-
pes con sus cuernos, pavos con sus plumas, cone-
jos enteros cocidos con vino dulce, piernas de ca-
mellos y de búfalos, erizos y cigarras fritas .
En gamellas de madera de Tamparani flotaban grue-
sos trozos de grasa en una espesa salsa de azafrán .
Todo estaba recargado de salmuera, de trufas y de
asafétida. Pirámides de frutas se derrumbaban a ve-
ces sobre las fuentes de miel, y no se habían ol-
vidado los cocineros de servir aquellos famosos pe-
rritos panzudos de lanas rojas que se cebaban con
caldo de aceitunas, que tanto gustaban a los carta-
gineses y que causaban horror a los demás pueblos .
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La novedad de los platos excitaba la avidez de los
estómagos. Los galos de larga cabellera se arran-
caban de las manos naranjas y limones que comían
sin mondar siquiera. Los negros, que no habían vis-
to jamás langostas, se arañaban el rostro con las ro-
jas púas. Los afeitados griegos, más blancos que los
mármoles de su país , arrojaban al suelo los restos
de los manjares, en tanto que los pastores del Bru-
cio, cubiertos con pieles de lobo, devoraban silencio-
samente su ración sin levantar la cabeza del plato .
Cerrada la noche se retiró el velario que cubría
la avenida de los cipreses y los esclavos trajeron an-
torchas.
Las ondulantes llamas del petróleo que ardía en
pasos de pórfido asustaron a los monos consagrados
a la luna, que se mecían en lo alto de los cedros.
Lanzaron gritos que produjeron gran hilaridad entre
los soldados.
Llamas oblongas se reflejaron en las corazas de co-
bre. Centelleaban con mil luces multicolores las fuen-
tes incrustadas de piedras preciosas. Las cátedras que
tenían en su borde espejos convexos, ampliaban la
imagen de los objetos , y los soldados, apiñándose al-
rededor de ellas, se miraban con asombro, y gesti-
culaban para excitar la risa. Lanzábanse bromeando
por encima de las mesas, los escabeles de marfil y
las espátulas de oro . Bebían a grandes tragos los vi-
nos griegos encerrados en odres, los de Campania,
contenidos en ánforas, y los cántabros que llegan en
toneles y los vinos de cinamono y de loto. Estos vi-
nos derramados sin cuidado alguno formaban charcos
en el suelo. El vaho de las carnes subía hasta el fo-
llaje mezclado con el vapor de los alientos . Se oía
a la vez, el crugir de las mandíbulas, el ruido de
las canciones, de las copas, el estrépito de los va-
sos de Campania que se estrellaban en mil pedazos,
y el sonido argentino de las grandes fuentes de plata.
A medida que aumentaba su embriaguez, recorda-
ban más vivamente la injusticia de Cartago . En efec-
to, la República, agotada por la guerra, había deja-
do acumular en la ciudad todas las bandas de mer-
cenarios que volvían de ella. Giscón, su general, tuvo,
sin embargo, cuidado de licenciarlos poco a poco para
facilitar el pago de sus haberes, y el Consejo creyó
que acabarían por consentir en cobrar con alguna re-
baja.
De todos modos, el pueblo les odiaba, porque no
podía pagarlos. La deuda se confundía con los tres
mil doscientos talentos euboicos exigidos por Lutacio,
y aparecían lo mismo que Roma, como enemigos de
Cartago. Los mercenarios lo comprendían, así es que
su indignación estallaba en amenazas y en violencias .
Un día pidieron reunirse para celebrar una de sus
victorias y el partido de la paz consintió para ven-
garse de Hamílcar que con tanto afán sostenía la gue-
rra . Esta había terminado contra su voluntad , y des-
esperando de Cartago, el general entregó a Giscón con
el mando de los mercenarios . Indicar su palacio pa-
ra albergarlos, equivalía a traer hacia él algo del odio
que los bárbaros despertaban. Además , el gasto de-
bía ser excesivo ; Hamílcar lo pagaría casi todo.
Enorgullecidos de haber domado la República los
mercenarios creían que, al cabo, podrían volver a sus
hogares con el sueldo que habían ganado a costa de
tantas fatigas, pero éstas , vistas a través de los va-
pores de la embriaguez, les parecían prodigiosas y
mal recompensadas . Enseñábanse mutuamente sus he-
ridas, relataban sus viajes y las partidas de caza de
sus países. Imitaban el grito de los animales feroces y
sus saltos. Luego empezaron las inmundas apuestas .
Hundían la cabeza en las ánforas y permanecían be-
biendo sin respirar como dromedarios sedientos. Un
lusitano de gigantesca talla, que llevaba un hombre
en cada mano, con los brazos extendidos recorría las
mesas echando fuego por las narices. Unos lacede-
monios que no se habían quitado las corazas salta-
ban pesadamente. Varios soldados andaban como las
mujeres haciendo contorsiones y ademanes obscenos ;
otros desnudábanse para luchar a la manera de los
gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor
de una jarra adornada t con figuras de ninfas, mien-
tras un negro marcaba el ritmo con un hueso de
buey sobre un escudo de cobre.
De repente oyeron un canto plañidero, suave y po-
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tente a la vez, que ondulaba en el aire como el ba-
tir de alas de un pájaro herido.
Era la voz de los esclavos del ergástulo. Algunos
soldados se levantaron de un salto para libertarles . Al
cabo de un instante volvieron, empujando delante de
ellos a unos veinte hombres que contrastaban con los
demás a causa de la palidez de sus facciones. Un
casquete cónico de fieltro negro tapaba su cabeza afei-
tada. Todos llevaban sandalias de madera, y produ-
cían un ruído de hierros entrechocados que aumen-
taba con la velocidad de la marcha.
Llegaron hasta la avenida de los cipreses donde se
esparcieron entre la multitud que les interrogaba. Uno
de ellos permanecía un tanto apartado de la multitud
y de pie. A través de los desgarrones de su túnica se
advertían los cardenales de los hombros y espaldas . Con
la cabeza baja miraba alrededor con desconfianza y en-
tornados sus párpados como no pudiendo resistir el res-
plandor de las llamas. Pero cuando vió que ninguno
de aquellos hombres le atacaba , se escapó un hondo
suspiro de su pecho. Balbuceaba y murmuraba bajo las
lágrimas claras que bañaban su rostro ; después tomó
por las asas una cántara llena, la levantó en el aire
con sus brazos encadenados , y mirando al cielo , dijo :
- «¡ Salud, oh Baal-Eschmún libertador, a quien mis
compatriotas llaman Esculapio ! ¡ A vosotros, Genios de
las fuentes, de la luz y de los bosques ! ja vosotros,
dioses ocultos bajo las montañas y en las cavernas
de la tierra ! y a vosotros, hombres fuertes, de ar-
maduras relucientes, que me habéis libertado !»
Luego dejó caer la copa y contó su historia. Le
llamaban Spendio. Los cartagineses le aprisionaron en
la batalla de Egineta. En griego, en ligurio y en pú-
nico dió nuevamente gracias a los mercenarios . Les
besaba las manos, les felicitó por el banquete, ex-
trañándose de no ver en las mesas las copas de la
Legión sagrada. Aquellas copas, que tenían un pám-
pano de esmeraldas en cada una de sus caras de
oro, pertenecían a una milicia formada exclusivamen-
te por jóvenes patricios. Era un privilegio, casi un
honor sacerdotal ; lo cual hacía que ninguno de los
tesoros de la República fuera más envidiado que aquel
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por los mercenarios . Detestaban la Legión a causa de
ello, y algunos habían arriesgado su vida para gus-
tar el inconcebible placer de beber en ellas .
Ordenaron, pues, que se trajesen las copas . Esta-
ban depositadas entre los Sysitas, asociación de co-
merciantes que comían en común. Los esclavos vol-
vieron diciendo que a tal hora los Sysitas dormían .
-«Que se les despierte»,- contestaron los mercena-
rios.
Después de una nueva tentativa, se les dijo que
estahan encerrados en un templo .
-« Que se abra» , -contestaron.
Cuando los esclavos, temblando, hubieron confesa-
do que estaban en poder del general Giscón , grita-
ron :
-«¡ Que las traiga !»
Giscón apareció por el fondo del jardín rodeado por
una escolta de la Legión sagrada. Su amplio manto
negro, retenido sobre la cabeza por una mitra de oro,
constelada de piedras preciosas y que le envolvía has-
ta los pies de su caballo, se confundía desde lejos
con las tinieblas de la noche. Sólo se advertían su
barba blanca, las fulguraciones de la mitra y su tri-
ple collar de anchas placas azules que batían contra
su pecho.
Los soldados, al verle entrar, le saludaron con una
gran aclamación gritando :
-«¡ Las copas ! ¡ Las copas !>>
Empezó por declarar que, por su valor, eran dig-
nos de ellas . La multitud lanzó alaridos de alegría
aplaudiendo.
Bien lo sabía él, que les había capitaneado allá
abajo y que había vuelto con la última cohorte en
la última galera.
-«¡ Es verdad ! ¡ Es verdad !» -decían.
Sin embargo, Giscón les hizo comprender que la
República había respetado sus divisiones por nacio-
nalidades, sus costumbres por cultos . ¡ Eran libres den-
tro de Cartago ! Por lo que hace a los vasos sagra-
dos, eran de propiedad particular. De repente, cerca
de Spendio, un galo se lanzó hacia Giscón corriendo
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por encima de las mesas, y le amenazó con dos es-
padas desnudas.
El general, sin interrumpir su discurso, le hirió en
la cabeza con su pesado bastón de marfil : el bárba-
ro cayó. Los galos rugieron y su furor, comunicándo-
se a los demás, iba a estallar de un modo formida-
ble. Giscón se encogió de hombros al ver su furia .
Pensaba que su valor sería impotente contra aque-
llos brutos exasperados. Era mejor vengarse luego de
ellos merced a alguna astucia. Dió una orden a sus
soldados y se alejó lentamente. Cuando estuvo en el
umbral de la puerta, volviéndose hacia los mercena-
rios, les dijo que se arrepentirían de su acción.
Prosiguió el festín . Pero Giscón podía volver y, ro-
deando de tropas el arrabal, que llegaba hasta las
murallas, aplastarles sin misericordia. Entonces com-
prendieron su aislamiento, a pesar de su gran nú-
mero ; y la gran ciudad que dormía junto a ellos,
envuelta en sombra, les inspiró terror con su amon-
tonamiento de construcciones, sus altos templos don-
de moraban arcanos dioses más implacables aun que
su pueblo. A lo lejos algunos faroles se deslizaban
por la superficie de las aguas del puerto, y brillaban
luces en el templo de Khamon . Se acordaron de Ha-
mílcar. ¿ Dónde estaba ? ¿ Por qué les abandonó una
vez firmada la paz ? Sus diferencias con el Consejo
no eran sino una treta para perderles. Su odio no
saciado se convertía hacia él ; le maldecían y se exas-
peraban unos contra otros movidos de su propia có-
lera. En aquellos instantes se formó un gran grupo
bajo los plátanos . Era para ver a un negro que se
revolcaba por el suelo con los ojos vidriosos, el cue-
llo envarado, la boca cubierta de espuma. Alguien gri-
tó que estaba envenenado. Todos pensaron estarlo . Aco-
metieron a los esclavos ; se levantó un clamor for-
midable y un vértigo de destrucción se apoderó de
aquel ejército embriago. Golpeaban y herían al azar,
rompían y destrozaban cuanto estaba a su alcance ;
algunos lanzaron antorchas entre el ramaje ; otros, apo-
yándose en la balaustrada de los leones les mata-
ron a flechazos ; los más osados corrieron hacia el
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patio de los elefantes, y querían cortarles la tom-
pa y comer marfil.
Los baleares que, para saquear y destruir más có-
modamente, habían doblado uno de los ángulos del
palacio se hallaron detenidos por una barrera de bam-
búes de India. Cortaron con sus puñales las correas
de la cerradura y se hallaron en otro jardín cubier-
to de plantas y arbustos cortados con arte. Anchas
líneas de flores blancas describían sobre la tierra auz-
lada largas parábolas, parecidas a regueros de estre-
llas. Las matas, envueltas en tinieblas, exhalaban sua-
ves olores. Había altos troncos de árboles embadur-
nados de cinabrio que semejaban sangrientas columnas.
En el centro, doce pedestales de cobre soportaban grue-
sas bolas de vidrio y resplandores rojizos se esca-
paban de aquellos globos huecos, como enormes pu-
pilas aun palpitantes . Los soldados se alumbraban con
antorchas, tambaleándose a veces en el resbaladizo suelo .
Vieron de pronto un estanque dividido en muchos
compartimientos por paredes de piedra azul. El agua
era tan clara que la luz de las antorchas penetraba
hasta el fondo formado por blancas guijas y polvo
de oro. Burbujeó el agua y algunos peces de fulgu-
rantes escamas aparecieron en la superficie.
Los soldados, riendo, les cogieron por las agallas
y los pusieron sobre las mesas.
Eran los peces de la familia Barca. Todos descen-
dían de aquellos que rompieron el huevo místico en
que se ocultaba la Diosa. La idea de cometer un sa-
crilegio reanimó el apetito de los mercenarios ; pron-
to pusieron grandes vasos de cobre al fuego y se di-
virtieron al ver cómo los hermosos peces se retor-
cían en el agua hirviendo.
La muchedumbre se arremolinaba. Ya nadie tenía
miedo. Bebían sin medida . Los perfumes que, en grue-
sas gotas caían en su frente, manchaban sus túni-
cas desgarradas, y apoyándose con ambos puños so-
bre las mesas que les parecía que oscilaban como
un navío en marcha, paseaban su ávida mirada a
su alrededor para devorar con la vista lo que no
podían coger. Otros, andando sin cuidado alguno por
entre platos y fuentes, rompían a puntapiés los es-
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cabeles de marfil y los frascos tirios de cristal. Las
canciones se mezclaban al estertorar de los esclavos
moribundos entre las copas rotas. Pedían vino, man-
jares, oro. Querían mujeres. Deliraban en cien idio-
mas distintos. Algunos imaginaban hallarse en los ba-
ños a causa del vapor que flotaba en el jardín, y
otros, recordando las cazas de su país, corrían de-
trás de sus compañeros como si fueran alimañas fe-
roces . El incendio se propalaba de árbol en árbol, y
las altas masas de verdura que dejaban escapar lar-
gas espirales blancas parecían volcanes en actividad.
Los clamores redoblaban. Los leones heridos rugían
en la sombra.
El palacio se iluminó de repente en su más alta
terraza. Abrióse la puerta central, y una mujer, la
hija del propio Hamílcar, vestida de negro, apareció
en el umbral. Bajó la primera escalera que seguía
oblícuamente la fachada del primer piso, después des-
cendió la segunda, la tercera, y se detuvo en la úl-
tima terraza, en lo alto de la escalinata de las ga-
leras. Inmóvil y con la cabeza baja, miraba a los
soldados.
Detrás de ella, y en dos filas, estaban gran núme-
ro de hombres pálidos, cubiertos de túnicas blancas
con franjas rojas que llegaban hasta sus pies. No te-
nían ni barba ni pelos, ni cejas. En sus manos cua-
jadas de anillos, sostenían enormes liras y todos a
coro, con voz aguda, cantaban un himno a la divi-
nidad de Cartago . Eran los sacerdotes eunucos del tem-
plo de Tanit, a quienes Salammbó llamaba a menu-
do a su casa.
Bajó la escalinata de las galeras. Los sacerdotes la
siguieron. Avanzó por la avenida de los cipreses y
caminaba lentamente entre las mesas de los jefes, que
retrocedían al verla pasar.
Su cabellera espolvoreada con finísima arena de co-
lor violeta, y peinada en forma de torre según la
moda de las vírgenes cananeas, la hacía parecer más
alta. Trenzas de perlas que arrancaban de sus sie-
nes, bajaban hasta las comisuras de sus labios,
rojos como una granada entreabierta. Llevaba sobre
el pecho un mosaico de piedras luminosas, que imi-
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taban en su dibujo el de la piel de las lampreas ,
Sus brazos, adornados de diamantes, emergían desnu-
dos de su túnica sin mangas, constelada de flores ro-
jas sobre fondo negro. Llevaba en los tobillos una
cadenita de oro, y su gran manto de púrpura som-
bría, hecho de una estofa desconocida, arrastraba de-
trás de ella, dando la ilusión de una gran ola os-
cura que la seguía.
Los sacerdotes, de cuando en cuando, arrancaban a
sus liras acordes casi ahogados , y en los intervalos
de la música resonaba el tintineo de la cadenita de
oro mezclado al pisar de las sandalias de papiro.
Nadie la conocía. Sabíase tan sólo que vivía reti-
rada y consagrada a prácticas piadosas. Algunos sol-
dados la vieron de noche en lo alto de su palacio,
de rodillas ante las estrellas, entre el vapor de cien
pebeteros encendidos. La luna la había puesto muy
pálida y algo de la esencia de los dioses la envolvía
como en un velo sutil. Sus pupilas parecían mirar
a lo lejos más allá de los espacios terrestres. Cami-
naba con la cabeza inclinada y llevaba en la mano de-
recha una lira de ébano.
Los soldados la oyeron murmurar :
- Muertos ! ¡ Todos muertos ! Ya no vendréis obe-
deciendo a mi voz hasta el borde del estanque para
tomar las pepitas que siempre os daba. El misterio
de Tanit brillaba en el fondo de vuestros ojos, más
límpidos que la linfa de los arroyos». Les llamaba
luego por sus nombres, que eran los nombres de los
meses. « Siv ! Sivan ! Tammuz Elul, Tischri, Schebar.
Tened piedad de mi. ¡ Oh! ¡ Dios »
Los soldados, sin comprender lo que decía, se agru-
paban a su alrededor. Admiraban su traje, pero ella,
les miró con susto y luego, hundiendo la cabeza en-
tre los hombros y extendiendo los brazos hacia ellos,
repitió varias veces :
-«¡ Qué habéis hecho ! ¡ Qué habéis hecho !
>>Teníais sin embargo para hartaros pan, carne, acei-
te, todo el grano de los graneros ¡ hice traer bueyes
de Hecatompilos, envié cazadores al desiertol»> Su voz
se elevaba cada vez más ; sus mejillas se enrojecían .
Añadió : «¿ Dónde creéis estar ? ¿ En una ciudad con-
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quistada o en el palacio de vuestro amo? ¡ Y qué
amo ! El sufeta Hamílcar, servidor de los baals ! Co-
nocéis en vuestras patrias a alguien que sepa guiar
mejor en las batallas ? ¡ Mirad ! Los peldaños de vues-
tro palacio no pueden contener los trofeos de nues-
tras victorias ! ¡ Continuad ! ¡ Quemadle ! Llevaré conmi-
go el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duer-
me allí arriba sobre hojas de loto. Silbaré, me se-
guirá, y si subo a una galera, des deslizará en la
estela de mi lengua sobre la espuma de las olas» .
Las delicadas alas de su nariz palpitaban. Hundía
sus uñas entre la pedrería de su pecho. Sus ojos lan-
guidecieron y añadió :
-Ah! pobre Cartago ! ¡ Desdichada ciudad ! No tie-
nes ya para defenderte los hombres fuertres de otro
tiempo, que iban más allá de los mares a levantar
templos sobre las remotas plazas. Todos los países
trabajaban para tí, y las llanuras del mar, hendidas
por sus remos, balanceaban tus cosechas.
Entonces contó las aventuras de Melkarth, Dios de
los sidonios y padre de su familia.
Contaba la ascensión a las montañas de Ersiphonia, el
viaje a Tarteso, y la guerra contra Masisabal para
vengar a la reina de las serpientes.
-«Persiguió en la selva al monstruo hembra, cu-
ya cola ondulada sobre las hojas muertas, como un
arroyo de plata, y llegó a un prado, donde algunas
mujeres con cola de dragón se agrupaban alrededor de
una gran hoguera, erguidas sobre sus colas. La luna,
de color de sangre, resplandecía dentro de un círcu-
lo lívido y sus lenguas de color escarlata, hendidas
como los harpones de los pescadores, se alargaban en
corvadas hasta el mismo límite de las llamas».
Salammbó, sin detenerse, contó como Melkarth, des-
pués de vencer a Masisabal, puso su cabeza cortada
en la proa de su navío.-«A cada oleada, se hundía
bajo la espuma ; pero el sol la embalsamaba y se
endureció como si fuera de oro ; sin embargo no ce-
saban de llorar sus ojos y las lágrimas se mezcla-
ban a las salobres olas» .
Contaba aquello en un antiguo dialecto cananeo que
no comprendían los bárbaros. Se preguntaban absor-
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tos lo que decía acompañándose de tan espantosos
gestos y subidos a las mesas, sobre los lechos y a
las ramas de los sicomoros, con la boca abierta y
alargando la cabeza , procuraba comprender aquellas va-
gas historias que parecían evocaciones de lo pasado
vistas a través de la oscuridad de las teogonías, co-
mo fantasmas envueltos en nubes.
Unicamente los sacerdotes sin barba, comprendían
a Salammbó. Sus arrugadas manos se estremecían y
de cuando en cuando arrancaban a las liras su so-
nido lúgubre ; pues más débiles que una mujer vie-
ja, temblaban a un tiempo de omición mística y de
miedo que les causaban los hombres. Los bárbaros
no se cuidaban de ellos, únicamente tenían ojos para
la virgen que cantaba.
Nadie le miraba con tanta atención como un jefe
númida, joven , sentado en las mesas de los capita-
nes entre soldados de su país. Su cinturón estaba tan
repleto de dardos que formaba como una giba bajo
su ancho manto átado a sus sienes por una correa.
De tal modo estaba envuelta su cabeza, que sólo se
veía de su rostro las llamas de sus dos ojos fijos.
Por casualidad estaba en el festín, pues su padre
le hacía vivir entre los Barca, según la costumbre
de los reyes que enviaban a sus hijos al seno de
grandes familias para preparar alianzas ; pero después
de seis meses de estancia, Narr-Havas no había vis-
to aún a Salammbó ; y en cuclillas, con la barba to-
cando casi los mangos de sus javalinas, la miraba
con las narices dilatadas, como un leopardo agaza-
pado entre banbúes . Al otro lado de la mesa esta-
ba un libio de talla gigantesca, con el cabello negro
muy corto.
Sólo conservaba su coselete militar cuyas escamas
de cobre desgarraban la púrpura del lecho . Un co-
llar de plata casi se escondía entre los pelos de su
tórax. Manchaban su rostro salpicaduras de sangre,
y se apoyaba en el codo izquierdo sonriendo estático .
Salammbó no cantaba ya según el ritmo sagrado.
Empleaba simultáneamente todos los idiomas de los
Salammbó. - 2
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bárbaros, lo cual era una delicadeza propia de mu-
jer, para ver si así domaba su cólera. A los griegos
hablaba en griego, luego se dirigía a los liguros , a
los de Campania y a los negros, y todos ellos es-
cuchándola, hallaban en aquella voz la dulzura de
su patria. Entusiasmada por los recuerdos de Carta-
go, cantaban las antiguas batallas contra Roma, y ellos
la aplaudían. Inflamábase viendo el brillo de las es-
padas desnudas. Gritaba, agitando sus brazos . Cayó
su lira y ella calló. Apretando su corazón con am-
bas manos, permaneció algunos minutos con los pár-
pados cerrados saboreando la agitación de aquellos hom-
bres.
Matho, el libio , se inclinaba hacia ella. Involunta-
riamente se le acercó, e impulsada por el reconoci-
miento de su orgullo, vertió en una ancha copa de
oro un chorro de vino para reconciliarse con el ejér-
cito .
!
-«¡Bebe !»-dijo.
Tomó la copa y la acercaba a sus labios, cuando
un galo, el mismo a quien Giscón había herido, le
tocó en el hombro, bromeando con aire jovial en la
lengua de su país .
Spendio, que estaba cerca, se ofreció traducir sus
palabras.
-¡Habla --dijo Matho .
-Los dioses te protegen, vas a ser rico. ¿ Cuándo
es la boda ?
-¿Qué boda ?
-¡La tuya ! pues entre nosotros, -dijo el galo, -cuan-
do una mujer da de beber a un soldado, es que le
ofrece su lecho .
Aun no había acabado, cuando Narr-Havas, dando
un salto, sacó un dardo de su cintura, y apoyando el
pie derecho en el borde de la mesa, lo lanzó contra
Matho.
El dardo silbó entre las copas, y atravesando el
brazo del libio , lo clavó tan fuertemente en la mesa,
que el mango temblaba en el aire.
Matho lo arrancó en seguida ; pero no tenía armas ,
estaba desnudo ; al fin levantando con ambas manos
19 -
la mesa la tiró contra Narr-Havas en medio de la
multitud que se precipitaba para separarlos.
Los soldados y los númidas estaban tan apretados,
que no podían tirar de sus machetes. Matho adelan-
taba dando tremendos golpes con la cabeza. Cuando
la levantó, Narr-Havas había desaparecido. Le buscó
con la mirada. Salammbó tampoco estaba allí.
Entonces, dirigiendo su mirada hacia el palacio, ad-
virtió que en lo alto se cerraba la puerta roja con la
cruz negra. Se precipitó.
Se le vió correr entre las proas de las galeras, lue-
go reaparecer a lo largo de las tres escaleras hasta
la puerta roja contra la que hizo chocar todo su cuer-
po. Se apoyó anhelante contra la pared para no caer.
Un hombre le había seguido , y a través de las ti-
nieblas, pues las luces del festín quedaban ocultas
por el ángulo del palacio, reconoció a Spendio.
-¡Vete !—dijo.
El esclavo, sin contestar, desgarró con sus dientes
la túnica y luego arrodillándose junto a Matho, le
cogió delicadamente el brazo, y le palpaba en la obs-
curidad para descubrir la herida.
A la luz de un rayo de luna que se deslizaba en-
tre las nubes, Spendio advirtió en el centro del bra-
zo un agujero sangriento. Aun cuando Matho decía :
«¡Déjame déjame !» ató alrededor del brazo el tro-
zo de tela.
-No -dijo el esclavo ; -me has librado del ergás-
tulo, soy tuyo ! ¡ eres mi dueño ! ¡ ordena !
Matho dió la vuelta a la terraza arrimado a las
paredes, a cada paso escuchaba, y por entre las me-
dias cañas doradas miraba dentro de las habitacio-
nes silenciosas . Al cabo se detuvo con ademán des-
esperado.
-¡Escucha !-le dijo el esclavo . - ¡ Oh ! no me des-
precies porque soy débil ! He vivido en el palacio.
Puedo como una víbora deslizarme entre las paredes.
¡Ven ! Hay en el Salón de los Antepasados un lingo-
te de oro debajo de cada losa : un camino subterrá-
neo conduce a sus tumbas.
-¿Qué me importa eso ?-dijo Matho.
Spendio calló,
20
Estaban en la terraza. Una enorme masa de sombra
se extendía ante ellos, parecida al amontonamiento de
moles gigantescas, petrificadas por una acción desco-
nocida.
Una línea luminosa se elevó en Oriente.
A la izquierda, en lo más profundo, los canales de
Megara empezaban a vagar con sus sinuosidades blan-
cas la verdura de los jardines.
Poco a poco los techos cónicos de los templos hep-
tágonos , las escaleras, las terrazas, las murallas se
destacaban con limpieza sobre el fondo pálido del cie-
lo ; alrededor de la península cartaginesa, un cintu-
rón de espuma blanca ondulaba, mientras el mar es-
meraldino parecía inmovilizado por la frescura de la
mañana.
Luego, a medida que el firmamento rosado pare-
cía ensancharse, las altas casas inclinadas sobre las
pendientes del terreno se levantaban, se amontonaban,
como un rebaño de cabras negras que baja de las
montañas. Las calles, desiertas, parecían más largas ;
aquí y allá, las palmeras sobresaliendo de las pa-
redes no se movían ; las cisternas llenas parecían
grandes escudos de plata abandonados en los pa-
tios ; el faro del promontorio Hermae, empezaba a
palidecer. En la cima de la acrópolis, en el bosque
de cipreses, los caballos de Eschemun, sintiendo la
aproximación de la luz, ponían sus cascos sobre el
parapeto de mármol y relinchaban cara al sol.
Apareció Spendio, y levantando los brazos lanzó un
grito .
Todo se movía en una atmósfera rojiza, pues el
Dios, como desgarrándose, vertia sobre Cartago la llu-
via de oro de sus venas. Los bauprés de las galeras
centelleaban . El techo de Khamon parecía arder ; y
en el fondo de los templos, cuyas puertas se abrían ,
diríase que había estallado un incendio.
Los grandes carromatos que llegaban de la cam-
piña, daban sobre las losas de las calles. Los dro-
medarios cargados de bagajes bajaban las cuestas . Los
mercaderes instalaban sus tiendas en las encrucijadas.
Algunas cigüeñas volaron alejándose, las blancas ve-
las de los buques palpitaban . Se oyó en el bosque
21
de Tanit el tamboril de las cortesanas sagradas, y
en la punta de los Mappales los hornos de cocer atau-
des de arcilla empezaba a humear.
Spendio se inclinaba fuera de la terraza, sus dien-
tes entrechocaban, y repetía :
-¡Ah ! si... sí... ¡ Amo mío ! comprendo porque des-
deñabas hace poco el saqueo de la casa.
Matho pareció despertar al oir el sonido de su voz ;
parecía no comprender. Spendio añadió :
-¡Ah ! ¡ cuántas riquezas ! y los hombres que las
poseen, no tienen siquiera hierro para defenderlas.
Entonces, señalando con su mano derecha extendi-
da algunos hombres de la plebe que se arrastraban
sobre la arena para buscar granitos de oro :
-Mira,-dijo, -la República es como estos misera-
bles, inclinada sobre la orilla de los océanos , hunde
en todas las riberas sus brazos ávidos , y el rumor
del oleaje ensordece de tal manera sus oídos que no
oiría el peso de un dueño !
Arrastró a Matho al extremo de la terraza, y de-
signándole el jardín donde centelleaban al sol las es-
padas de los mercenarios suspendidos de los árbo-
les :
-¡Aquí hay hombres fuertes cuyo odio está exas-
perado ! nada les liga a Cartago, ni familia, ni jura-
mentos, ni dioses .
Matho permaneció apoyado contra la pared ; Spen-
dio, acercándose, prosiguió en voz baja :
-¿Me comprendes soldado ? Nos pasearíamos cubier-
tos de púrpura como los sátrapas. Nos lavarían con
agua perfumada, yo tendría esclavos a mi vez ! No
estás harto de dormir sobre la dura tierra, de beber
el vinagre de los campamentos, y de oir de continuo
la trompeta ? Reposarás más tarde. ¿ No es cierto ? ¡ Sí,
cuando te quitarán la corona para echar tu cadáver a
los cuervos ! O quizá cuando, apoyado en un palo,
ciego, cojo, débil, irás de puerta en puerta cantando
tu juventud a los niños y a los vendedores de sal-
muera ! Acuérdate de todas las injusticias de tu jefe :
las noches pasadas sobre la nieve, las marchas bajo
un sol abrasador, las tiranías de la disciplina, y la
eterna amenaza de la cruz ! Después de tantas mise-
- 22 -
rias te han dado un collar de honor, como se cuelga
del pecho de los asnos un collar de cascabeles para
aturdirles y hacer que no sientan la fatiga . ¡ Un hom-
bre como tú, más valiente que Pyrrho ! ¡ Si hubieses
querido ! ¡ Ah ! ¡ cuán dichoso serás en las amplias y
frescas salas, escuchando el son de las liras, recostado
sobre flores, con bufones y mujeres ! ¡ No digas que
la empresa es imposible ! ¿ Acaso los mercenarios no
fueron dueños de Reggio y otras plazas fuertes de
Italia ? ¿ Qué te detiene ? Hamílcar está ausente, el pue-
blo execra a los ricos, Giscón nada puede contra los
cobardes que le rodean, pero tú, tu eres el valiente
y te abodecerán. ¡ Manda ! ¡ Cartago es nuestra ; apo-
derémonos de ella !
-¡No !-dijo Matho, -la maldición de Moloch pesa
sobre mí. Lo he comprendido viendo sus ojos, y hace
poco, al pasar por un templo, un carnero negro retro-
cedió. Mirando a su alrededor, dijo : «¿ Dónde está ?»
Spendio comprendió que una inquietud inmensa le
absorbía y no se atrevió a hablar más.
Detrás de ellos los árboles quemados humeaban aún ;
de sus ramas ennegrecidas caían de cuando en cuando
monos casì carbonizados. Los soldados borrachos, ron-
caban con la boca abierta al lado de los cadáveres , y
los que no dormían inclinaban la cabeza deslumbra-
dos por la luz del día. El suelo desaparecía bajo gran-
des charcos rojos . Los elefantes balanceaban entre las
estacas de sus parques sus trompas sangrientas. En
los abiertos graneros se veían sacos de trigo medio
vertidos, y frente a la puerta de los graneros una
larga línea de carretas amontonadas por los bárbaros.
Los pavos reales posados en los cedros desplegaban la
cola graznando .
La inmovilidad de Matho asombraba a Spendio ; es-
taba más pálido que antes, y con los ojos fijos, apo-
yado en la barandilla de la terraza, miraba algo en
el horizonte. Spendio, encorvándose, descubrió lo que
contemplaba . Un punto de oro rodaba a lo lejos , en-
tre el polvo, por el camino de Utica ; era la trasera de
un carro tirado por dos mulos ; un esclavo corría de-
lante de la lanza, sujetándolos por la brida. En el
carro se veían dos mujeres sentadas. Las crines de
- 23 -
los animales se erizaban entre sus orejas a la moda
persa, sujetas por un hilo de perlas azules . Spendio
las reconoció y ahogó un grito. Un gran velo flotaba
al viento detrás del carro .
II
En Sicca
Dos días después, los mercenarios salieron de Car-
tago.
A cada uno se le entregó una moneda de oro a con-
dición de que irían a acampar en Sicca, y se les dijo
para halagarles :
-Sois los salvadores de Cartago ; pero si permane-
cíais en ella, produciríais el hambre y no podría pa-
garos. Alejáos. La república más tarde os agradecerá
esta condescendencia . Inmediatamente vamos a decre-
tar impuestos ; se os pagará íntegramente y se arma-
rán galeras para llevaros a vuestras respectivas pa-
trias.
No sabían qué contestar a tales discursos ; aque-
llos hombres , acostumbrados a la guerra, se aburrían
en una ciudad, y poco costó convencerles . El pue-
blo subió a las murallas para verlos marchar.
Desfilaron por la calle de Khamon y la puerta de
Cyrta entremezclados arqueros con honderos , capita-
nes con soldados, lusitanos con griegos, andaban con
paso firme, haciendo resonar sobre las losas los pe-
sados coturnos . Estaban abolladas sus armaduras por
las catapultas y sus rostros ennegrecidos por el pol-
vo de las batallas. Gritos roncos se escapaban de las
espesas barbas, sus cotas de malla rotas, batían con-
tra los puños de los machetes, y a través de los
agujeros de cobre se veían sus miembros desnudos,
terribles como máquinas de guerra.
- 24 1
Las largas lanzas, las hachas, los chuzos , las go-
rras de fieltro y los cascos de bronce, todo oscilaba
a la vez a impulsos de un mismo movimiento. Lle-
naban la calle en toda su anchura, y aquella larga
masa de soldados armados discurría por entre altas
casas de seis pisos embadurnadas de betún.
Detrás de sus rejas de hierro o de sus celosías , las
mujeres, cubiertas la cabeza con un velo, miraban pa-
sar los bárbaros en silencio.
Las terrazas, las fortificaciones, las murallas des-
aparecían bajo la muchedumbre cartaginesa vestida con
trajes negros. Las túnicas de los marineros resaltaban
como manchas de sangre entre aquella sombría mul-
titud, y algunos niños, casi desnudos, cuya piel bri-
llaba bajo sus brazaletes de cobre, gesticulaban so-
bre los capiteles de las columnas o entre las ramas
de una palmera. Algunos de los antiguos estaban en
la plataforma de las torres, y admiraba ver de trecho
en trecho esos personajes de larga barba y de acti-
bud meditabunda. Aparecían a lo lejos , sobre el fon-
do del cielo, indistintos como fantasmas, inmóviles co-
mo piedras.
Todos se sentían oprimidos por la misma inquie-
tud ; tenían miedo que los bárbaros, al verse tan fuer-
tes, quisieran permanecer en la ciudad. Pero marcha-
ban con tanta confianza, que los cartagineses se en-
valentonaron y se mezclaron con ellos . Se les ha-
cía mil promesas, se les abrazaba. Algunos les con-
juraban a que no abandonasen la ciudad por exceso
de hipocresía y de política. Se les echaba perfumes,
flores y monedas de plata . Se les entregaba amule-
tos contra las enfermedades, pero no sin haber escu-
pido tres veces sobre ellos para atraer la muerte, o
encerrado dentro de pelos de chacal que producen in-
vencible cobardía . En voz alta se invocaba el favor
de Melkarth, y en voz baja su maldición.
Seguía luego larga fila de bagajes, de bestias de car-
ga y de rezagados. Los enfermos gemían sobre los
dromedarios y otros se apoyaban cojeando en un tro-
zo de pica. Los borrachines que llevaban cueros de
vino, los tragones, grandes trozos de carne, frutas, con-
fituras, manteca envuelta en hojas de higuera y nie-
25 ―
ve en sacos de tela. Había algunos que llevaban qui-
tasoles y loros sobre el hombro. A otros les seguían
dogos, gacelas o panteras. Mujeres de raza libia men-
tadas en asnos insultaban a negras que por los sol-
dados abandonaron los lupanares de Malqua ; algunas
daban de mamar a sus hijos suspendidos contra su
pecho por medio de una ancha correa. Los mulos,
a los que se aguijoneaba con la punta de las espadas,
casi no podían con el peso de las tiendas, y cerraban
la marcha gran número de criados y de aguadores,
demacrados , pálidos por la fiebre, llenos de inmun-
dicia, que eran la espuma de la plebe cartaginesa
que seguía a los bárbaros .
Cuando hubieron pasado, se cerraron las puertas tras
ellos y el pueblo no bajó de las murallas. El ejér-
cito se esparció y llenó bien pronto toda la anchura
del itsmo .
Se dividió en masas desiguales . Al alejarse, las lan-
zas aparecieron como altas briznas de hierba. Lue-
go todo desapareció entre densa polvoreda. Los sol-
dados que se volvían para mirar a Cartago, sólo veían
sus largas murallas, recortando sobre al azul del cie-
lo sus almenas vacías .
Entonces los bárbaros oyeron un gran clamor, cre-
yeron que algunos de los suyos que se habían que-
dado en la ciudad, se entretenían en saquear el tem-
plo. Aquella idea les hizo soltar grandes carcajadas ,
y luego continuaron su marcha.
Sentíanse contentos al verse todos como en otro
tiempo, marchando juntos por sembrados y campos.
Los griegos cantaban la antigua canción de los ma-
mertinos :
-«Con mi lanza y mi espada labro y cosecho ; yo
soy el amo de la casa . El hombre desarmado cae a
mis rodillas y me llama Señor y Gran- Rey» .
Gritaban, saltaban y los más alegres contaban anéc-
dotas ; se había acabado la miseria. Al llegar a Túñez ,
algunos advirtieron que faltaba un grupo de honde-
ros baleares . De fijo que no estaban lejos ; nadie pen-
só más en ellos.
Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al
26 -
pie de las murallas, y los habitantes de la ciudad com-
parecieron para hablar con los soldados.
Durante toda la noche se vió que ardían hogueras a
lo lejos, hacia el lado de Cartago ; aquellas luces se
reflejaban en el lago como antorchas gigantescas.
Nadie podía decir en el ejército a cuento de qué
venían estas hogueras.
Los bárbaros al día siguiente atravesaron una cam-
piña muy bien cultivada. Las quintas de los patri-
cios se alineaban junto al camino : regueros de agua
corrían entre los bosques de palmeras ; los olivos tra-
zaban largas líneas de color verde gris ; vapores ro-
sados flotaban en las gargantas de las colinas, y al-
tas montañas azules cerraban el horizonte . Soplaba un
viento cálido . Por las anchas hojas de los cactus se
arrastraban los camaleones . Los bárbaros andaban ca-
da vez más lentamente.
Marchaban en destacamentos aislados que se seguían
unos a otros , dejando entre sí largos intervalos . Co-
mían racimos en los linderos de las viñas . Se tendían
en la hierba y miraban con estupor los grandes cuer-
nos de los bueyes , artificialmente retorcidos, las ove-
jas recubiertas de pieles para proteger sus vellones,
los sursos que se entrecruzaban formando romboides ,
las rejas de los arados parecidas a anclas de navío y
los granados que se regaban con silphio. Aquella fe-
cundidad del suelo y aquellos inventos les deslumbra-
ban.
Por la noche se echaron sobre las tiendas sin des-
plegarlas, y al dormirse de cara a las estrellas so-
ñaron con el festín de Hamílcar. Al día siguiente se
detuvieron a la vista de un río entre plantíos de lau-
rel rosa, Tiraron sus lanzas, sus escudos y sus cin-
turones, se lavaban lanzando alegres gritos , mientras
otros bebían echados de bruces entre las bestias de
carga que dejaban caer sus bagajes .
Spendio, sentado sobre un dromedario que robó en
los parques de Hamílcar, advirtió de lejos a Matho,
que con el brazo en cabestrillo, desnuda la cabeza e
inclinada, hacía beber a su mulo contemplando co-
mo se deslizaba el agua. Corrió rápidamente a través
de la multitud llamándole :
27 -
-¡Amo! ¡ amo !
Matho no le hizo caso, pero Spendio, a pesar de
ello, le siguió, y de cuando en cuando volvía sus mi-
radas inquietas hacia el Cabo de Cartago.
Era el hijo de un profesor griego y de una prosti-
tuta campaniana. Enriquecióse al principio vendiendo.
mujeres ; luego, arruinado por un naufragio, hizo la
guerra contra los romanos con los aldeanos de Sa-
ninio. Le aprisionaron y se escapó, le aprisionaron de
nuevo, y entonces trabajó en las canteras, se tostó
en las estufas, gritó entre suplicios, fué esclavo de
muchos amos, y conoció todas las miserias. Un día,
desesperado, se lanzó a la mar desde lo alto del tri-
reme en que remaba. Los marineros de Hamílcar le
recogieron moribundo y le llevaron a Cartago, don-
de fué encerrado en el ergástulo de Megara. Pero co-
mo se debía devolver a Roma sus trásfugas, aprove-
chando el desorden huyó con los soldados . Durante
todo el camino permaneció cerca de Matho ; le traía
comida, le sostenía para bajar del caballo, y por la
noche ponía un tapiz bajo su cabeza.
Matho acabó por conmoverse al ver tanta solicitud ,
y a su vez contó al esclavo su vida.
Había nacido en el golfo de las Sirtes . Su padre le
condujo en peregrinación al templo de Ammón. Des-
pués cazó elefantes en las selvas de los garamantos,
y al cabo se alistó en las filas de los cartagineses .
Le nombraron tetrarca en la toma de Drepano. La
República le debía cuatro caballos, veintitrés medidas
de trigo y el sueldo de un invierno. Creía en los dio-
ses y anhelaba morir en su patria.
Spendio le habló de sus viajes de los pueblos y
de los templos que había visto. Sabía hacer sanda-
lias, chuzos, redes, domesticar animales feroces y co-
cer pescados.
A veces, interrumpiéndose lanzaba un ronco grito.
El mulo de Matho aceleraba su marcha, los otros se
apresuraban para seguirle, y sin cesar Spendio gri-
taba agitado por su angustia . Se calmó por fin a la
tarde del cuarto día.
Marchaban uno al lado del otro, a la derecha del
ejército por la ladera de una colina ; la llanura en lo
28 -
hondo se prolongaba hasta confundirse con los va-
pores y sombras de la noche. Las líneas de los solda-
dos que desfilaban a sus pies, producían ondulaciones en
la sombra. De cuando en cuando pasaban por emi-
nencias alumbradas por la luna, y entonces una chis-
pa brotaba de la punta de las picas , centelleaban los
cascos durante un instante, y todo desaparecía para
volver a aparecer continuamente . A lo lejos los rebaños
balaban al despertar, y algo de una dulzura infinita
parecía bajar sobre la tierra .
Spendio, con la cabeza echada atrás y los ojos entorna-
dos, aspiraba con ansia la frescura de la brisa. Abría
los brazos y movía los dedos, para apreciar mejor
aquella caricia tibia que envolvía su cuerpo . Soñaba
con transporte en que al fin podía vengarse . Apretó
su mano contra la boca para detener sus sollozos , y
embriagado por sus esperanzas soltó las bridas del
dromedario, que avanzaba a pasos regulares . Matho
volvía a caer en su tristeza ; us piernas colgaban
hasta el suelo , y las hierbas, al rozar con sus cotur-
nos, producían un silbido continuo.
El camino se alargaba indefinidamente. Al extremo
de una llanura se llegaba a una meseta circular, lue-
go se bajaba a un valle, y las montañas que parecían
cerrar el horizonte como que cambiaban de sitio des-
lizándose a la aproximación de los soldados . De cuan-
do en cuando aparecía un río bordeado de altos árboles ,
y después desaparecía tras la colina. A veces surgía
una roca colosal parecida a la proa de un buque, o
al pedestal de alguna esfinge derrocada . A intervalos
regulares se encontraban unos templetes cuadrados que
servían de estaciones a los peregrinos que iban a Sic-
ca. Estaban cerrados como tumbas. Los libios , para
hacerse abrir, daban fuertes golpes en la puerta. Na-
die les contestaba.
El terreno estaba cada vez menos cultivado. Em-
pezaban las extensiones de arena erizadas de matas
espinosas. Rebaños de carneros pacían entre las pie-
dras ; una mujer con la túnica ceñida por un cinturón
azul cuidaba de ellos . En cuanto vió entre las rocas
las lanzas de los soldados, huyó lanzando agudos gri-
tos.
29
Marchaban los mercenarios por un camino hondo,
limitado por dos cadenas de montículos rojizos, cuan-
do un olor nauseabundo hirió su olfato, les pareció
ver en lo alto de un árbol alguna cosa extraordinaria.
Una cabeza de león se elevaba por encima de las ho-
jas. Corrieron hacia allí. Era un león atado por sus
cuatro miembros como un criminal. Su enorme ca-
beza caíale sobre el pecho, y sus dos patas anteriores,
que casi desaparecían bajo su abundante melena, es-
taban abiertas como las alas de un ave. Sus costillas
se marcaban bajo su piel tensa ; sus patas posteriores es-
taban clavadas una sobre otra, y un hilo de negra sangre
corriendo entre su pelo, había formado estalactitas al
final de la cola, que pendía recta a lo largo de la
cruz .
Los soldados se divirtieron a su vez ; le llamaron
cónsul y ciudadano de Roma, y le lanzaron piedras
a los ojos para espantar los moscardones .
Cien pasos más lejos vieron otros dos, y luego , de
repente, apareció una larga fila de cruces con leones.
Unos estaban muertos desde tanto tiempo antes, que
sólo quedaban pegados al leño despojos de sus es-
queletos ; otros , medio podridos, retorcían la cabeza
y contraían la boca con horribles visajes ; había al-
gunos enormes ; el árbol de la cruz se doblegaba bajo
su peso, y se balanceaban a impulsos del viento, mien-
tras sobre sus cabezas bandadas de cuervos revolo-
teaban sin detenerse jamás . Así se vengaban los al-
deanos cartagineses cuando cazaban algún animal fe-
roz ; esperaban que el ejemplo aterrorizaría a los de-
más.
Los bárbaros, recobrando su seriedad, se asombra-
ron. «¿ Qué pueblo es este, -pensaban,—que crucifica
a los leones ?>>
Los hombres del Norte se sentían inquietos , turba-
dos y medio enfermos. Sus manos se desgarraban con-
tra las espinas de los áloes ; grandes mosquitos zum-
baban a sus oídos, y la disentería empezaba a diez-
mar el ejército. Se asustaban al ver que Sicca no
aparecía. Tenían miedo de perderse y de desembocar
en el desierto, la región de las arenas y los terrores ;
30
muchos se negaban a andar más, y otros tomaron la
vuelta de Cartago .
Al séptimo día, después de seguir durante mucho
trecho la falda de la montaña, el camino torció brus-
camente a la derecha.
Entonces apareció una línea de murallas , cimenta-
da sobre blancas rocas y confundiéndose con ellas .
De repente se vió la ciudad entera : velos azules , ama-
rillos y blancos se agitaban sobre las murallas a la
luz del sol poniente .
Eran las sacerdotisas de Tanit que acudían para re-
cibir a los hombres. Estaban alineadas a lo largo del
parapeto, golpeando tamboriles, sonando las liras, sa-
cudiendo los crótalos, y los últimos destellos del sol
que se ocultaba tras los montes de Numidia, pasaban
entre las cuerdas de las arpas ceñidas por sus bra-
zos desnudos. Los instrumentos callaban de repente
a intervalos y estallaba un grito estridente, precipi-
tado, furioso, continuo, que era como un aullido que
lanzaban los jóvenes moviendo la lengua hacia am-
bos lados de la boca. Otras permanecían recostadas
con la barba en la mano, y más inmóviles que esfin-
ges, fijaban sus grandes ojos negros sobre el ejército
que subía.
Aun cuando Sicca era una ciudad sagrada, no po-
día contener la multitud ; el templo, con sus depen-
dencias, ocupaba la mitad del recinto ; a causa de
ello, los bárbaros acamparon en la llanura, los que
estaban disciplinados en formación correcta, los otros
por naciones, o siguiendo su capricho.
Los griegos alinearon en filas paralelas sus tiendas
de pieles ; los íberos dispusieron en círculo sus pa-
bellones de tela ; los galos construyeron barracas de
madera ; los libios cabañas de piedra sin cemento, y
los negros abrieron en la arena con sus uñas fosos
para dormir. Muchos, no sabiendo dónde ponerse, erra-
ban por entre los bagajes, y por la noche dormían en
el suelo envueltos en sus desgarrados mantos.
La llanura se extendía a su alrededor, ceñida por
un círculo de montañas. Aquí y allá , una palma se
inclinaba sobre la arena ; pinos enanos y robles cre-
cían a la orilla de los precipicios . Algunas veces, una
- 31 -
tempestad caía sobre montañas y colinas, como de
un desmedido cielo, mientras la llanura permanecía
cubierta de azul y de serenidad . Luego un viento ti-
bio levantaba torbellinos de polvo, y un torrente ba-
jaba espumajeando desde las alturas de Sicca, donde
se levantaba, con su techumbre de oro sostenida por
columnas de jaspe, el templo de la Venus cartaginesa,
dominadora de la comarca. Parecía dominarla con su
alma. Con aquellas convulsiones del suelo, aquellas
alternativas de temperatura y aquellos juegos de luz
manifestaba la extravagancia de su fuerza y la be-
lleza de su eterna sonrisa. Las montañas tenían la
forma de una media luna en su cima ; otras parecían
pechos de mujeres , mostrando sus senos hinchados ,
y los bárbaros sentían un cansancio lleno de delicias.
Spendio, con el dinero que obtuvo de la venta de
su dromedario, compróse un esclavo. Durante todo el
día dormía delante de la tienda de Matho ; a veces
se despertaba sobresaltado creyendo sentir el silbido
del látigo ; entonces, sonriendo, contaba con sus de-
dos las cicatrices de sus piernas, en el sitio mismo
en que los hierros le habían sujetado, y luego vol-
vía a dormirse.
Matho aceptaba su compañía, y Spendio, que lle-
vaba una larga espada , escoltábale como un lictor cuan-
do salía.
Una noche, en que atravesaban juntos las aveni-
das del campamento, vieron a unos hombres cubier-
tos por mantos blancos. Entre ellos estaba Narr-Havas,
príncipe de los númidas. Matho se estremeció .
-Tu espada !-exclamó,-¡ quiero matarle !
-Aun no,-dijo Spendio deteniéndole. Narr-Havas se
adelantaba hacia él .
Bajó los dos pulgares en señal de alianza, achacan-
do a la embriaguez su acceso de cólera. Luego ha-
bló mucho contra Cartago, pero no dijo qué objeto
llevaba entre los bárbaros.
Era para traicionarles o para traicionar a la Repú-
blica. » Spendio trataba en vano de inquirirlo, pero co-
mo contaba aprovechar todos los desórdenes que se
produjeran, agradecía a Narr-Havas las futuras perfi-
dias de que le creía capaz.
- 32
El jefe de los númidas permaneció entre los mer-
cenarios. Parecía buscar la amistad de Matho . Le en-
viaba cabras cebadas, polvo de oro y plumas de aves-
truz ; el libio, asombrado de aquellas atenciones, no
sabía si aceptarlas o rechazarlas.
Spendio le tranquilizaba, y Matho se dejaba guiar
por el esclavo, irresoluto y como dominado por in-
vencible pereza, a modo de aquellos que han bebido un
veneno que poco a poco les roe las entrañas .
Una mañana que salieron para cazar leones, Narr-
Havas escondió un puñal bajo su manto. Spendio le
siguió continuamente y volvieron al campamento sin
que aquel puñal brillase.
Otra vez, Narr-Havas le arrebató hasta muy lejos,
hasta los límites de su reino ; llegaron hasta una es-
trecha garganta. Narr-Havas, sonriendo, declaró no co-
nocer el camino. Spendio lo encontró.
A menudo, Matho, melancólico como un augur, al
despuntar el alba iba solo a pasear por la campiña.
Se tendía sobre la arena y permanecía inmóvil has-
ta la noche.
Consultó uno tras uno a todos los adivinos del ejér-
cito , a los que observan la marcha de la serpientes ,
a los que leen en las estrellas, a los que soplan sobre
las cenizas de los muertos.
Tragó gálbano, seseli y el veneno de las víboras
que hiela el corazón. Mujeres negras cantando pala-
bras bárbaras a la luz de la luna, le pincharon la
piel de la frente con estiletes de oro ; se cargó de
collares y amuletos ; invocó a Baal Khamon, Moloch,
los siete Cabiros, Tanit y la Venus griega . Grabó su
nombre en una placa de cobre y la hundió en la are-
na en el umbral de su tienda. Spendio le veía gemir
y hablar a solas.
Una noche entró . Matho, desnudo como un cadáver,
estaba tendido de bruces sobre una piel de león, con
el rostro entre las manos ; una lámpara suspendida
alumbraba sus armas colgadas sobre su cabeza en el
mástil de la tienda.
-¿Sufres ?-le dijo el esclavo, -¿qué quieres ? con-
téstame. Y le sacudió cogiéndole por el hombro y lla-
mándole muchas veces : ¡ amo ! ¡ amo!
33
Matho le miró al cabo con sus ojos grandes y ve
lados.
-Oyel-dijo en voz baja,-los dioses me casti-
gan la hija de Hamílcar me persigue ! ¡ tengo mie-
do, Spendio ! Y se apretaba contra su pecho como un
niño asustado por un fantasma. -¡ Háblame ! ¡ estoy en-
fermo ! ¡quiero curar ! ¡ Todo lo he probado ! ¿ Sabes
acaso algún dios más fuerte, o alguna invocación irre-
sistible ?
-¿Para qué ?-preguntó Spendio .
Golpeándose la cabeza con sus puños Matho con-
testó :
-¡Para alejarla !
Luego, como hablando consigo mismo , decía !
-Sin duda soy la víctima de algún holocausto que
ella ha prometido a los dioses... me tiene encadenado
por una cuerda invisible. Cuando yo camino es que
ella adelanta ; cuando me detengo, es que ella repo-
sa. Sus ojos me queman, oigo su voz, me rodea, me
penetra. Me parece que esa mujer se ha convertido
en mi alma. Y sin embargo, hay entre nosotros dos
las olas invisibles de un océano sin límites . ¡ Cuán
lejana, y cuán inaccesible ! El esplendor de su belle-
za la rodea de un nimbo de luz, y a veces creo que
jamás la he visto... que no existe... que todo eso es
un sueño !
Así, Matho lloraba en las tinieblas, los bárbaros dor-
mían.
Spendio, mirándole, recordaba a los jóvenes que, en
en otro tiempo, le suplicaban cuando pasaba por las ciu-
dades su rebaño de cortesanas. Sintió piedad y dijo :
-Sé fuerte, amo mío ! ¡ Llama a tu voluntad, y
no implores a los dioses, pues éstos no hacen caso
de los gritos de los hombres ! ¡ Lloras como un cobar-
del No te humilla que una mujer te haga padecer
tanto ?
-¿Soy acaso un niño ? ¿ Crees que me enternecen
todavía sus rostros y sus canciones ? En Drepano, te-
níamos muchas para limpiar nuestros establos . He vio
lado a algunas en los asaltos, bajo los techos que se
Salammbó. - 3
ין
- 34
derrumbaban, y cuando la catapulta vibraba todavía.
¡ Pero ésta, Spendio, ésta ! ...
El esclavo le interrumpió :
-Si no fuera la hija de Hamílcar !...
-No, -gritó Matho. -No se parece a las hijas de los
demás hombres. ¿ Has visto sus grandes ojos bajo sus
cejas, como soles bajo arcos de triunfo ? Acuérdate :
cuando ella apareció, palidecieron las antorchas . En-
tre los diamantes de su collar, brillaban mucho más
que las piedras, los espacios de su piel desnuda ; de-
jaba al pasar como el aroma de un templo, y de su
sér emanaba algo que era más suave que el vino, y
más terrible que la muerte.
Calló un instante, con la cabeza baja, las pupilas
fijas.
-¡La quiero ! ¡ la necesito ! ¡ muero por ella ! Al pen-
sar que puedo estrecharla entre mis brazos un furor
de locura me arrebata, y sin embargo, la odio, Spen-
dio. Quisiera pegarle ! ¿ Qué hacer? Ganas me dan
de venderme para convertirme en su esclavo. ¡ Tú lo
has sido ! Tú podías verla, hablarme de ellal ¿ To-
das las nuches sube a la terraza de su palacio ? ¡ Ah !
las piedras deben estremecerse bajo sus sandalias y
las estrellas inclinarse para verla.
Cayó bramando como un toro herido.
Luego Matho cantó : «Persiguió en la selva el mons-
truo hembra cuya cola ondulaba sobre las hojas muer-
tas, como un rayo de plata». Y atiplando su voz, tra-
taba de imitar la de Salammbó, mientras sus manos
hacían los movimientos que viera ejecutar a las de
aquélla.
Quiso después aturdirse con vino. Después de sus
borracheras estaba más triste aún. Trató, de distraer-
se echando las tablas, y perdió una por una las pla-
cas de oro de su collar. Se dejó conducir junto a las
sacerdotisas de las diosas, pero bajó la colina sollo-
zando como el que vuelve de un funeral.
Spendio, por el contrario, era cada vez más atre-
vido y estaba más alegre. Se le veía entre los solda-
dos bebiendo y bromeando de continuo. Componía las
corazas abolladas. Jugaba con puñales. Iba al campo
a recoger hierbas para los enfermos. Era gracioso, de-
35 -
cidor, parlanchín y diestro. Los bárbaros se acostumbra-
ron a sus servicios y le estimaban.
En vano esperaban éstos un embajador de Carta-
go que les trajera sobre recua interminable de mu-
los, cestas repletas de oro ; y de continuo calculaban
lo que debían cobrar, trazando con sus dedos cifras
en la arena.
Cada cual pensaba cómo se las arreglarían ; tendrían
concubinas, esclavos, tierras. Otros, anhelaban escon-
der su tesoro, o arriesgarlo en expediciones maríti-
mas. Pero a causa de la ociosidad continuada, esta-
llaban muchas disputas entre infantes y jinetes, en-
tre bárbaros y griegos .
Cada día llegaban al campamento muchos hombres
casi desnudos con la cabeza envuelta en hierbas para
evitar los rayos del sol. Eran los deudores de los car-
tagineses, obligados a labrar sus tierras, que se esca-
paban de la dominación odiosa. También afluían li-
bios, aldeanos arruinados por los impuestos, desterra-
dos, malhechores.
Todos abominaban de la República. Spendio más que
nadie. Se hablaba de marchar en masa contra Carta-
go y llamar a los romanos.
Una noche, a la hora de la cena, se oyó un rumor
que cada vez se acercaba más, y a lo lejos se vió
una masa roja que adelantaba entre las ondulaciones
del terreno .
Era una gran litera de púrpura, que ostentaba en
los ángulos ramilletes de plumas de avestruz ; guir-
naldas de perlas adornaban sus ventanas cerradas. La
seguían muchos camellos, que hacían sonar la gran es-
quila colgada de su cuello, y cerca de ellos galopa-
ban muchos jinetes con armadura de escamas de oro
que los cubrían desde los talones hasta los hombros.
Se detuvieron a trescientos pasos del campamento
para sacar de los estuches que llevaban a la grupa
su escudo redondo, su ancha espada y su casco a
la beocia. Algunos permanecieron con los camellos, los
otros continuaron adelantando. Al cabo de pocos mo-
mentos aparecieron las armas de la república, es de-
cir los palos de madera azul, terminados en cabezas
de caballo y en piñas de pino.
36
Los bárbaros se levantaron todos aplaudiendo ; las
mujeres se precipitaron hacia los guardias de la Le-
gión y les besaban los pies.
La litera adelantó llevada por doce negros, que mar-
chaban a pasos cortos y rápidos. No podía adelantar
en línea recta, porque se oponían a su marcha las
cuerdas de las tiendas, los tripodes y los animales do
mésticos que en gran número corrían sueltos por el
centro del campamento. A veces una mano carnosa,
llena de sortijas, entreabría las cortinillas ; una voz
ronca vomitaba injurias ; entonces los portadores se
detenían, y después cambiaban de dirección.
Las cortinas de púrpura se levantaron, y se vió so-
bre un amplio cojín una cabeza humana impasible
y abotagada. Las cejas formaban como dos arcos de
ébano unidos por los extremos ; lentejuelas de oro cen-
telleaban entre su pelo lanoso, y el rostro era tan pá-
lido que parecía embadurnado con polvos de mármol.
El resto del cuerpo desaparecía bajo las pieles que
llenaban la litera.
Los soldados reconocieron en el hombre tendido al
sufeta Hannon, el que había contribuído por su torpeza
a la pérdida de la batalla de las islas Agates ; en cuan-
to a su victoria de Hecatómpylos sobre los libios, si
había demostrado clemencia, era por avaricia, según
pensaban los bárbaros, pues había vendido por su cuen-
ta todos los cautivos, habiendo dicho a la República que
les había matado . Después de escoger sitio a propósi
to para arengar a los soldados ; hizo una señal ; la li-
tera se detuvo, y Hannon, sostenido por dos esclavos,
bajó al suelo tambaleándose.
Llevaba botas de fieltro negro adornadas con lunas
de plata. A sus piernas arrollábanse cintas parecidas
a las de las momias, dejando escapar a trechos las car-
nes flácidas. Su vientre sobresalía de la túnica corta
de color escarlata que le llegaba a los muslos . La
papada caía hasta su pecho y su túnica pintada de
flores, parecía estallar en los sobacos. Llevaba una
banda, un cinturón y un ancho manto negro de do-
bles mangas. La riqueza de su traje, su gran collar
de piedras azules, sus broches de oro y sus pesados
aretes, hacían más asquerosa su deformidad. Hubié-
H
- 37 --
rase dicho que era un ídolo rechoncho mal cortado de
un bloque de piedra, pues una pálida lepra extendida
sobre todo su cuerpo le daba la apariencia de las co-
sas nerites. Sin embargo, su nariz, encorvada como
el pico de un buitre, se dilataba con violencia para
aspirar el aire y sus ojillos pitarrosos brillaban con
fulgor duro y metálico. Llevaba en la mano una es-
pátula de oro para rascarse la piel. Dos heraldos so-
plaron en sus cuernos de plata ; cesó el tumulto y
Hannón habló .
Empezó por hacer el elogio de los dioses y de la
República ; los bárbaros debían felicitarse por haber-
le servido, mas era preciso mostrarse razonables, pues
los tiempos eran malos.
«Si un amo no tiene sino tres aceitunas, ¿ no es
justo que guarde dos para él ?
El viejo sufeta esmaltaba su discurso con prover-
bios y apólogos, moviendo la cabeza para solicitar la "
aprobación.
Hablaba en púnico y los que le rodeaban eran cam-
panianos, griegos y galos, de modo que nadie le en-
tendía, Hannon lo advirtió, se detuvo, y balanceán-
dose pesadamente sobre una y otra pierna, reflexionó.
Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes ,
y entonces los heraldos gritaron aquella orden en grie-
go, lengua que, desde Xantippo, se empleaba para las
voces de mando en el ejército cartaginés .
Los guardias apartaron a latigazos la turba de sol-
dados ; y bien pronto, los capitanes de las falanges y
los jefes de las cohortes bárbaras, llegaron ostentando
las insignias de su grado y las insignias de su nación.
Había cerrado la noche, un gran clamoreo se elevaba
en la llanura, aquí y allá brillaban hogueras ; todos
hablaban preguntándose : «¿ Qué hay ? ¿ por qué no se
distribuye el dinero ?»
Hannon explicaba a los capitanes las cargas infini
tas de la República. Su tesoro estaba agotado . El tri-
buto de los romanos lo aplastaba.
De cuando en cuando se rascaba los miembros con
su espátula, o bien se interrumpía para beber en una
copa de plata que le tendía un esclavo, un brebaje he-
cho con cenizas de espárragos hervidos en vinagre,
38 -
luego se limpiaba los labios con una servilleta de co-
lor escarlata, y añadía :
-Lo que antes valía un siclo de plata, vale hoy
tres ehekels de oro, y las tierras sin cultivo, durante
la guerra, no producen nada. Nuestras pesquerías de
púrpura están casi perdidas, y las perlas cuestan un
ojo de la cara ; apenas si tenemos bastantes ungüentos
para el servicio de los dioses. En cuanto a los man-
jares resultan carísimos. Por falta de galeras no te-
nemos especias, y cuesta mucho obtener silphio, a cau-
sa de las rebeliones de Cyrene. Sicilia, donde tantos
esclavos adquiríamos, se perdió para nosotros . Ayer
mismo, por un bañero y cuatro pinches de cocina,
dí más dinero que en otras ocasiones por un par de
elefantes.
Desenrrolló una larga tira de papiro y leyó, sin per-
donar una sola cifra, todos los gastos que el gobierno
había hecho tanto para reparaciones de templos , co-
mo para pavimentar las calles, para la construcción de
buques, para las pesquerías de coral, para las má-
quinas de las minas en el país de los cántabros.
Pero los capitanes, lo mismo que los soldados, tam-
poco entendían el púnico, aunque los mercenarios se
saludaran en esa lengua.
Los griegos, apretados en sus cinturones de hierro,
aguzaban el oído , esforzándose en adivinar sus pa-
labras, mientras los montañeses, semejantes a osos,
envueltos en sus pieles le miraban con desconfianza,
o bestazaban apoyados en sus mazas con clavos de
cobre. Los galos movían murmurando su cabeza, y
los hijos del desierto escuchaban inmóviles bajo sus
trajes de lana gris. Cada vez llegaba más gente : los
guardias, a quienes la multitud empujaba, tambaleá-
banse sobre sus caballos . Los negros sostenían ramas
de pino inflamadas ; y el obeso cartaginés continua-
ba su arenga subido sobre un montículo de cesped .
Los bárbaros se impacientaban, se levantaron mur-
mullos, y empezaron a apostrofar a Hannon . Este ges-
ticulaba con su espátula. Los que querían hacer ca-
llar a los demás, gritando aumentaban el barullo.
De repente, un hombre de pobre apariencia, llegó
hasta los pies de Hannon, arrancó la trompeta de un
39 --
heraldo, sopló, y Spendio (pues era él) anunció que
iba a decir algo importante .
Al oir aquella declaración, rápidamente repetida en
cinco diversas lenguas, griego, latín, galo, líbico y ba-
lear, los capitanes medio riendo, medio asombrados ,
contestaron :
-¡Habla ! ¡ Habla !
Spendio vaciló, temblaba ; por fin dirigiéndose a los
libios que eran los más numerosos , dijo :
-¡Todos habéis oído las horribles amenazas de este
hombre !
Hannon no replicó porque no comprendía el libio ; y
para continuar el experimento, Spendio repitió la mis-
ma frase en los demás idiomas de los bárbaros .
Le miraron asombrados ; luego, todos como por un
acuerdo tácito, creyendo quizás haber comprendido, ba-
jaron la cabeza en señal de asentimiento.
Entonces Spendio empezó con voz vehemente :
-¡Ha dicho que los dioses de los demás pueblos no
eran sino quimeras ante los dioses de Cartago ! ¡ Os
ha llamado cobardes, ladrones, embusteros , perros e
hijos de perras ! La República, ha dicho, no se vería
obligada a pagar, a no ser por vosotros, el tributo de
los romanos ; vuestros desórdenes han hecho que se
hayan acabado las provisiones de perfumes, de aro-
mas, de esclavos y de silpio, pues estáis de acuerdo con
los nómadas, en la frontera de Cyrene. ¡ Los culpa-
bles serán castigados ! Ha leído la enumeración de sus
suplicios ; se les hará trabajar en empedrar las ca-
lles, en armas navíos, y a los demás se les enviará a
abrir las entrañas de la tierra en Cantabria.
Spendio dijo las mismas cosas a los griegos , a los
campanios, a los baleares ; reconociendo muchos de
los nombres propios que habían herido sus oídos . Los
mercenarios quedaron convencidos de que reproducía
exactamente el discurso del sufeta. Algunos le grita-
ron :
-¡Mientes !
Las voces se perdieron en el tumulto que levanta-
ban las otras . Spendio añadió :
-¿No habéis visto que ha dejado fuera del campa-
40 —
mento una reserva de sus jinetes ? A una señal suya
acudirán para matarnos a todos.
Los bárbaros se volvieron hacia aquel lado , y como
la multitud se apartaba entonces, apareció en el cen-
tro de ella, adelantándose con la lentitud de un fan-
tasma, un sér humano, encorvado, demacrado, ente-
ramente desnudo, y oculto hasta la cintura por largos
cabellos entremezclados con hojas secas, polvo y es-
pnas. Llevaiba alrededor de la cintura y de las rodi-
Īlas trenzas de paja y harapos de tela. Su piel, blan-
da y terrosa, colgaba sobre sus huesos como pinga-
jos de unas ramas secas ; sus manos temblaban con
estremecimiento continuo y caminaba apoyándose en
un palo de olivo .
Llegó junto a los negros que sostenían las antorchas.
Una especie de mueca de idiota descubría sus encías
pálidas. Sus grandes ojos asombrados recorrían las fi-
las de los bárbaros que le rodeaban.
Pero, lanzando un grito de espanto, se echó hacia
atrás tapándose con los cuerpos de aquéllos . Balbu-
ceaba : << Helos aquí !» señalando a los guardias del
sufeta inmóviles dentro de sus relucientes armaduras .
Sus caballos piafaban deslumbrados por la luz de las
antorchas, que chisporroteaban en las tinieblas : el es-
pectro humano se agitaba y gritaba :
-¡Ellos les han matado !
Al oir aquellas palabras que vociferaban en balear,
sus compatriotas llegaron y le reconocieron ; sin con-
testarles repetía :
-¡Sí, todos muertos, todos ! ¡ Aplastados como pa-
sas ! ¡ Cuán fuertes eran ! ¡ Los honderos ! ¡ Mis com-
pañeros, los vuestros !
Se le hizo beber vino y lloró : luego volvió a ha-
blar.
Spendio no pudo contener su alegría ; explicando a
los griegos y a los libios el hecho que contaba Zar-
xas, no podía creer en él de puro contento. Los ba-
leares palidecían al saber como habían muerto sus
compañeros.
Era una tropa de trescientos honderos, desembarca-
dos la víspera, que aquel día durmieron demasiado.
Cuando llegaron a la plaza de Khamon, los bárbaros
- 41
habían marchado, y ellos estaban sin defensa, pues
sus balas de arcilla se habían cargado con los demás
bagajes. Se les dejó penetrar en la calle de Setheb
hasta la puerta de encina chapeada de cobre. Enton-
ces el pueblo se alzó contra ellos con irresistible im-
pulso.
En efecto, los soldados recordaron un gran grito ;
Spendio, que huía a la cabeza de las columnas, no
le había oído .
Los cadáveres fueron colocados entre los brazos de
los dioses Pataicos que rodeaban el templo de Khamón.
Se les echó en cara todos los crímenes de los Mer-
cenarios . Su gula, sus robos, sus impiedades, sus des-
denes y la muerte de los peces en el jardín de Sa-
lammbó.
Sus cuerpos sufrieron infames mutilaciones ; los sa-
cerdotes quemaron sus cabellos para atormentar su al-
ma. Se les colgó en pedazos en las tiendas de los car-
niceros ; algunos llegaron a morder aquellas carnes ;
y por la noche, para ocultar aquella iniquidad, ardie-
ron grandes piras en las encrucijadas .
Aquellas eran las llamas que habían visto los sol-
dados, a lo lejos , reflejarse en el agua del lago. Pero
habiéndose incendiado algunas casas, echaron por en-
cima de las murallas los cadáveres y los agonizantes ;
Zarxas permaneció hasta el día siguiente entre los ca-
ñaverales de las orillas del lago ; luego se alejó a
campo traviesa en pos del ejército, siguiendo las hue-
llas impresas en el polvo .
Por la mañana se ocultaba en las cavernas, y por
la noche se ponía de nuevo en marcha, cubierto de
sangrientas llagas, hambriento, enfermo , viviendo de
raíces y de carroñas. Al cabo, un día vió relucir las
lanzas a lo lejos, y las siguió, a pesar de que su ra-
zón estaba turbada a fuerza de terrores y de mise-
rias. La indignación de los soldados, contenida mien-
tras habló el balear, estalló como una tempestad ; que-
rían asesinar a los guardias y al general. Algunos se
interpusieron diciendo que era mejor oirle y saber si
se les pagaría. Entonces todos gritaron : «¡ El dinero >>
Hannon les contestó que lo había traído.
Corrieron a las avanzadas y pronto todo el equipa-
je del sufeta llegó a sus pies, empujado por los bár-
baros. Sin esperar a los esclavos, rompieron correas
y destrozaron cestas. Encontraron trajes preciosos , espon-
jas, rascadores, cepillos, perfumes y punzones de an-
timonio para pintarse los ojos.
Todos aquellos objetos pertenecían a los guardias,
que eran hombres ricos acostumbrados a aquellas de-
licadezas.
Después se encontró, sobre un camello, un gran cu-
bo de bronce ; pertenecía al sufeta que se bañaba en
el camino, pues había tomado toda suerte de precau-
ciones, hasta la de llevarse en jaulas comadrejas de
Hecatómpilos que se quemaban vivas para hacer la
tisana.
Como su enfermedad le daba gran apetito, llevaba
gran cantidad de víveres y vino, salmuera, pescados
con miel, grasa de ganso derretida y recubierta de
nieve y paja desmenuzada. La provisión era conside-
rable. A medida que abrían las cestas y aparecían
aquellos manjares resonaban formidables carcajadas.
En cuanto a dinero no había sino dos grandes co-
fres de esparto ; en uno de ellos había discos de cue-
ro de los que la República se servía para ahorrar el
numerario ; y como los bárbaros parecieron sorpren-
didos, Hannon declaró que siendo sus cuentas muy
embrolladas, los Antiguos no habían tenido espacio pa-
ra examinarlas. Se les enviaba aquello a cuenta. En-
tonces todo fué removido, mulos, criados, litera, ba-
gajes, provisiones.
Los soldados tomaron las monedas de los sacos pa-
ra lapidar a Hannon. Con gran trabajo pudo subir a
un asno y huyó agarrándose a las crines, lanzando
alaridos, llorando y llamando la maldición de todos
los dioses sobre el ejército.
Su ancho collar de pedrería, saltando, llegaba has-
ta su frente y orejas y le cegaba.
Mordía con los dientes su largo manto que arrastra-
ba y desde lejos los bárbaros le gritaban :
-«¡Vete, cobarde ! ¡ marrano ! ¡ cloaca, Moloch ! ¡ de-
suda tu oro y tu peste ! ¡ Aprisa, más aprisa » La es-
colta, aterrorizada, galopaba junto a él, pero el furor
de los bárbaros no se apaciguó. Recordaron que mu-
43
chos de ellos que marchaban a Cartago no habían
vuelto ; les habían matado sin duda.
Tanta injusticia les exasperó, y arrancaron los pa-
los de las tiendas, y arrollaron sus mantos y ensilla-
ron sus caballos ; cada cual tomó su casco y espada,
y en un instante todos estuvieron prestos . Los que no
tenían armas se lanzaron a los bosques para proveer-
se de palos.
Amanecía ; los habitantes de Sicca, despertados por
el ruido, se agitaban en las calles «Van a Cartago» ,
decíase, y aquel rumor se extendió por la comarca
entera. De cada sendero, de cada barranco surgían
hombres, los pastores bajaban corriendo de las mon-
tañas. Cuando los bárbaros hubieron partido , Spendio
recorrió la llanura montado sobre un caballo púnico,
llevando con él a su esclavo que conducía de la bri-
da un tercer caballo .
Una sola tienda estaba en pie.
Spendio entró en ella.
-¡Levántate, amo ! ¡ levántate ! ¡ nos marchamos !
-¿Dónde váis ?-preguntó Matho .
-¡A Cartago -gritó Spendio.
Matho montó de un salto en el caballo que el es-
clavo tenía junto a la puerta.
44
III
Salammbó
Levantábase la luna al ras de las olas, y sobre la
ciudad, aun envuelta en tinieblas, brillaban puntos lu-
minosos ; la lanza de un carro en un patio, el collar de
oro en el pecho de un Dios , un adorno cualquiera en
los tímpanos de los templos. Las bolas de cristal de
los techos de éstos resplandecían aquí y allá como
gruesos diamantes. Pero en cambio, ruinas, montones
de tierra negra y la verdura de los jardines , semejan-
ban a manchas obscuras, más negras que las tinie-
blas, y más allá de Malqua, las redes de los pescado-
res tendidas de una en otra casa, parecían gigantescos
murciélagos desplegando sus alas. Sólo se oía el rui-
do de las ruedas hidráulicas que subían el agua al
último piso de los palacios ; en el centro de las terra-
zas los camellos descansaban tranquilamente con las
patas replegadas bajo el vientre a modo de avestru-
ces . Los porteros dormían en la calle atravesados an-
te las puertas ; la sombra de los colosos se alargaba
en las desiertas plazas ; a lo lejos , la humareda de un
sacrificio que aun ardía se escapaba por entre las
tejas de bronce, y la brisa pesada traía entremezcla
dos con los perfumes de plantas aromáticas las ema-
naconeis marinas, y la exhalación de las murallas que
despedían en aquella hora el calor que les prestó el
sol. Alrededor de Cartago resplandecían las sombras
inmóviles, pues la luna alumbraba con sus rayos el
golfo rodeado de montañas y el lago de Túnez , don-
de los fenicópteros entre los bancos de arena, for-
maban largas rayas rojas, mientras que más allá jun-
to a las catacumbas, la gran laguna salada relucía
45
como un trozo de plata. La bóveda del cielo azul se
hundía en el horizonte limitada a un lado por la
polvareda de las llanuras y del otro por las brum:15
del mar, y en la cima de la Acrópolis los cipreses pi-
ramidales que rodeaban el templo de Eschmín se ba-
lanceaban y murmuraban como las olas que batían
lentamente la playa al pie de los muros .
Salammbó subió a la terraza de su palacio sostenida
por una esclava que llevaba en una fuente carbones
encendidos.
En el centro de la terraza había un lecho de mar-
fil cubierto de pieles de lince con cojines de plumas
de loro, animal fatídico consagrado a los Dioses y
en los cuatro ángulos se elevaban altos pebeteros lle-
nos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. El escla-
vo encendió los pebeteros. Salammbó miró la estrella
polar ; saludó lentamente los cuatro puntos cardinales,
y se arrodilló sobre el polvo de azur sembrado de es-
trellas de oro a imitación del firmamento . Luego, con
los codos pegados a los costados , los antebrazos rectos y
las manos abiertas, echando atrás la cabeza bajo los
rayos de la luna, dijo :
-¡Oh Rabbetna !... ¡ Raabet !... ¡ Tanit !...- Y su voz
sonaba de un modo plañidero como haciendo un lla-
mamiento. -¡ Anaitis ! ¡ Astarté ! ¡ Derceto ! ¡ Astoreth ! | My-
litta ! ¡ Athara ! ¡ Elissa ! ¡ Tiratha ! por los símbolos ocul-
tos, por los sistros sonoros, por los surcós de la tie-
rra, por el eterno silencio y por la fecundidad eterna
dominadora del mar tenebroso y de las playas remo-
tas : oh ! ¡ reina de las cosas húmedas, salud !
Balanceó el cuerpo entero durante dos o tres ve-
ces y luego cayó hundiendo la frente en el polvo con
los brazos extendidos.
La esclava la levantó rápidamente , pues era preci-
so, que alguien arrancara al penitente de su proster-
nación. Aquello equivalía a decirle que sus dioses acep-
taban su súplica, y la nodriza de Salammbó cumplía
siempre aquel deber piadoso.
Unos mercaderes de Tetulia la trajeron de niña a Car-
tago, y ni aun después de obtener su libertad qui-
so abandonar a sus dueños , como lo probaba su ore-
ja derecha atravesada por un ancho agujero. Unas sa-
--- 46
yas multicolores caían desde sus caderas hasta los
tobillos ceñidos por dos aros de estaño. Su rostro,
como aplastado, era amarillo como su túnica. Largas
agujas de plata formaban un sol detrás de su cabeza.
Llevaba en una de las alas de la nariz un botón de
coral, y permanecía junto al lecho más erguida que
un hermes y con los párpados bajos.
Salammbó se adelantó hasta el extremo de la terraza.
Durante un momento sus ojos recorrieron el horizon-
te y después se fijaron en la ciudad dormida, y el
suspiro que lanzó, levantando los pechos, hizo ondu-
lar de un extremo a otro la larga simarra blanca
que pendía de su cuello sin broche ni cinturón . Sus
sandalias de punta retorcida desaparecían bajo un mon-
tón de esmeraldas, y una redecilla de púrpura ence-
rraba su abundante cabellera.
Levantó la cabeza para contemplar la luna y mez-
clando a sus palabras fragmentos de himno, murmu-
ró :
«¡ Cuán ligeramente ruedas sostenida por el éter im-
palpable ! El movimiento que tu agitación produce, en-
gendra los vientos y los rocíos profundos . Conforme
creces o decreces, se ensanchan o disminuyen los ojos
de los gatos y las manchas de las panteras. ¡ Las es-
posas claman tu nombre entre los horrores del parto !
¡ Tú hinchas las conchas ! ¡ Por ti hierven los vinos !
Tú corrompes los cadáveres ! ¡ En el fondo del mar
las perlas te deben la vida !
>>Todos los gérmenes, ¡ oh Diosa ! fermentan en las
obscuras profundidades de la humedad. Cuando apa-
reces se esparce una augusta soledad en la tierra;
ciérranse las flores, las olas se calman, los hombres
fatigados se tienden mostrándote su pecho, y el mun-
do con sus océanos y sus montes, se mira en tu ros-
tro como en un espejo. ¡ Eres blanca, dulce, lumino-
sa, inmaculada, protectora, purificadora, serena !»
El astro se mostraba entonces sobre la montaña de
las Aguas Calientes, sobre el corte que separaba sus
dos cimas. Gebajo de ella fulguraba una estrella di-
minuta y tenía en derredor un gran círculo pálido.
Salammbó añadió :
«¡ Cuán terrible eres, joh dueña ! ¡ Tú produces los
- 47
monstruos, las fantasmas aterradoras ! los engañosos
ensueños, tus ojos devoran las piedras de los edifi-
cios y los monos enferman cada vez que te rejuve-
neces.
»¿ A dónde vas ? ¿ Por qué cambias perpetuamente de
forma ? Tan pronto curva y recortada te deslizas por
los espacios como una gelera sin mástiles , como en-
tre las estrellas pareces a un pastor que guarda su
rebaño. Fúlgida y redonda rozas la cima de los mon-
tes como la rueda de un carro.
» Oh ! ¡ Tanit ! ¿ me quieres, verdad ? ¡ Te he mirado
tanto ! ¡ Pero no ! ¡Tú corres en tus dominios de azúr,
y yo permanezco sobre la tierra inmóvil ! Taanach,
toma su neval y púlsalo y pulsa poco a poco la cuer-
da de plata, pues mi corazón está muy triste».
La esclava levantó una especie de arpa de ébano
más alta que ella y triangular como un delta ; puso
la punta en un globo de cristal y empezó a tocar con
ambas manos.
Sucedíanse los sonidos sordos y precipitados como
el zumbido de las abejas, y adquiriendo poco a poco
mayor sonoridad, huían en alas de la noche con la
queja de las olas y el estremecimiento de los grandes
árboles en la cima de la Acrópolis .
-¡ Cállate -exclamó Salammbó.
-¿Qué tienes, ama ? La brisa que sopla, la nube
que pasa, todo ahora te molesta y agita.
-No sé.
-Las largas oraciones te cansan.
-¡Oh, Taanach, quisiera disolverme en ellas como
una flor en el vino.
-Quizá es el aroma de los perfumes.
¡ No ! -dijo Salammbó ; el espíritu de los dioses
habita en los perfumes .
Entonces la esclava le habló de su padre. Se le
creía en la comarca del Ambar, más allá de las co-
lumnas de Melkarth . «Si no vuelve, le decía, será pre-
ciso que escojas un espesoso entre los hijos de los An-
tiguos, y entonces, tus penas se disiparán en brazos
de un hombre>>.
-¿Por qué ?-preguntó la joven.
Todos los que hasta entonces había visto la causa-
48 -
ban horror con sus risas de animal feroz y sus miem-
bros groseros .
-A veces Taanach, se exhala del fondo de mi sér
como un hálito ardiente, más denso que los vapores
de un volcán. Oigo voces que me llaman, un globo
de fuego rueda y sube por mi pecho, me ahoga, voy
a morir, y luego, algo suave, corriendo desde la fren-
te hasta los pies, penetra en mi carne... es una cari-
cia que me envuelve, y me siento aplastada como
si un Dios se tendiera sobre mí. ¡ Ah ! ¡ quisiera di-
luirme en la bruma de las noches, en la linfa de las
fuentes, en la savia de los árboles, abandonar mi cuer-
po, no ser sino un soplo, un rayo y deslizarme, su-
bir hasta tí ! ¡ Oh ! ¡ Madre !
Levantó sus brazos en alto, sacando el pecho e ir-
guiendo el talle, pálida y ligera como la luna. Lue-
go, cayó sobre el lecho de marfil anhelante ; pero Taa-
nach le puso un collar de ambar con dientes de del-
fin para ahuyentar los terrores, y Salammbó dijo con
voz casi extinta :
-Ve a buscar a Schahabarin .
Su padre no quiso que entrara en el colegio de las
sacerdotisas, ni que se le diera a conocer los ritos
de la Tanit popular. La reservaba para alguna alian-
za que pudiera servir a sus miras políticas. Así es
que vivía aislada en el palacio. Su madre había muer-
to hacía muchos años .
Creció entre abstinencias , ayunos y purificaciones,
siempre rodeada de cosas exquisitas y graves, satu-
rado el cuerpo de perfumes y embebida en oraciones
de alma. Nunca había probado el vino, ni comido car-
ne, ni tocado bestia inmunda, ni puesto los pies en
la casa de un muerto. Ignoraba los simulacros obs-
cenos, pues cada dios se manifestaba bajo formas dis-
tintas, rindiéndosele a menudo cultos contradictorios,
y Salammbó adoraba a la diosa en su aspecto sideral.
La influencia de la luna pesaba sobre la virgen, y
cuando el astro disminuía, languidecía Salammbó. Tris-
te y débil durante el día, se reanimaba por la noche.
Durante un eclipse, poco faltó para que muriera.
Pero la Rabbet, celosa se vengaba en aquella vir-
ginidad sustraída a sus sacrificios y atormentaba a
49
Salammbó con obsesiones tanto más fuertes, cuanto
más vagas eran.
La hija de Hamílcar, pensaba en Tanit continuamen-
te. Sabía todas sus aventuras, conocía todos sus nom-
bres que repetía como si tuvieran para ella una mis-
ma signifcaición. A fin de desentrañar las profundida-
des de su dogma, quería conocer en lo más secreto
del templo el antiquísimo ídolo con su manto mag-
nífico del que dependían los destinos de Cartago, pues
la idea de un Dios no se desprendía con claridad de
su representación, y tocar, o hasta ver su simulacro,
eran arrancarle parte de su virtud, y en cierto modo
dominarle .
Salammbó se volvió. Había reconocido el ruído de
las campanillas de oro que Schahabarim llevaba en
el extremo de su túnica. El sacerdote subió las esca-
leras ; luego al llegar al umbral de la terraza se de-
tuvo, cruzando los brazos.
Como lámparas sepulcrales brillaban sus ojos hun-
didos, su alto y delgado cuerpo, flotaba dentro de su
túnica de lino, pesada por los cascabeles que alter-
naban junto a sus talones con bolas de esmeralda.
Tenía los miembros débiles, oblícuo el cráneo, pun-
tiaguda la barba ; su piel parecía fría, y su rostro ama-
rillo, surcado de profundas arrugas, delataba una pe-
na horrible.
Era el sacerdote de Tanit el que educaba a Sa-
lammbó.
-Habla,-dijo. -¿ Qué quieres ?
-Esperaba... me habías casi prometido...
Balbuceaba ; se turbó. De repente dijo:
-¿Por qué me desprecias ? He olvidado acaso al-
gún rito ? Eres mi dueño y me has dicho que nadie
como yo comprendía el culto de la diosa. Pero yo veo
que guardas secretos para mí. Es verdad, ¡ oh padre !
Schahabarim recordó las órdenes de Hamílcar y con-
testó :
-No, no te oculto nada .
-Un genio, -replicó la joven, -me impulsaba a tal
amor. He subido las gradas de Eschmun, dios de las
Salammbó. -4
50 1
plantas y de las inteligencias ; he dormido bajo el oli-
vo de oro de Melkarth, patrón de las colonias tirias ;
empujé las puertas de Baal Khamon, dios de la luz y
la fecundidad ; he sacrificado a los kabyros subterrá-
neos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de
los ríos y de las montañas, pero todos están harto le-
janos, harto elevados, son harto insensibles, ¿ compren-
des ? mientras ella, siento que se mezcla en mi vida,
llena mi alma y me estremezco por internos impulsos,
como si la diosa quisiera escaparse. Paréceme que voy
a oir su voz, a ver su rostro, y me deslumbran relám-
pagos fulgurantes, y luego vuelvo a hundirme en las
tinieblas.
Callaba el sacerdote. La joven le suplicaba con la mi-
rada.
Al cabo, hizo alejar la esclava que no era de raza
cananea, y levantando un brazo en el aire, dijo :
-Antes de los dioses solamente existían las tinie-
blas, y un soplo pesado e indistinto como la concien-
cia del hombre flotaba sobre la nada. Se contrajo crean-
do el desierto y la Nube, y del Deseo y de la nube
surgió la Materia primitiva. Era una agua fangosa,
negra, helada. Encerraba monstruos insensibles, par-
tes incoherentes, de formas que aun debían nacer, y
que están pintadas en los santuarios.
Luego la materia se condensó ; se convirtió en un
huevo. Se rompió. La mitad formó la tierra, la otra
mitad el firmamento. El sol, la luna, los vientos , las
nubes, aparecieron, y al estallido del trueno desper-
taron los seres inteligentes. Entonces Eschmun se ex-
tendió por la estrellada esfera ; Khamon resplandeció
en el sol , Melkarth con sus brazos le empujó hacia
Gades ; los Kabyrios bajaron a los volcanes, y Rab-
betna, semejante a una nodriza, se inclinó sobre el
mundo vertiendo su luz como leche, y su noche co-
mo un manto .
-¿Y después ?-dijo Salammbó.
Después le contó el secreto de las vírgenes para
distraerla de sus obsesiones, pero el deseo de la vir-
gen despertó al oir las últimas palabras de Schaha-
barim, como cediendo, dijo :
-Suspira y gobierna los amores de los hombres.
- 51 -
-¡Los amores de los hombres !-repitió Salammbó
como entre sueños .
-Es el alma de Cartago, -continuó el sacerdote, -
y aunque alienta en todas partes, aquí es donde ha-
bita bajo el velo sagrado.
-¡Padre mío ! -exclamó Salammbó, -la veré, ¿ ver-
dad ? Tú me guiarás ! hace mucho tiempo que vaci-
laba. La curiosidad que siento me devora. ¡ Piedad,
acude en mi auxilio, partamos !
El sacerdote la apartó con un gesto violento y or-
gulloso.
-¡Jamás ! ¿ no sabes que es un secreto mortal ? Los
Baals, hermafroditas, sólo dejan caer sus velos para
nosotros solos, hombres por el espíritu, mujeres por
la debilidad . Tu deseo es un sacrilegio. ¡ Bástate la
ciencia que posees !
Cayó de rodillas, poniendo ambos dedos índices junto
a sus orejas en señal de arrepentimiento. Sollozaba
oyendo las palabras del sacerdote, arrebatada a la vez
de cólera, de terror y de admiración. Schahabarim per-
manecía insensible como las piedras del edificio ; la
mirada temblorosa a sus pies y experimentaba una
especie de alegría viéndola sufrir por su divinidad a
la que él tampoco podía conocer.
Empezaban a piar los pájaros, soplaba un viento
frío, y blancas nubecillas corrían por el firmamento
pálido.
De repente advirtió en el horizonte detrás de Túnez,
como una niebla ligera que se arrastraba sobre el sue-
lo ; después aquello se convirtió en una cortina de
polvo gris, y entre los torbellinos de aquella masa
polvorienta asomaron cabezas de dromedarios, lanzas
y escudos. Era el ejército de los bárbaros que avan-
zaba hacia Cartago.
52
IV
Bajo las murallas de Cartago
Los habitantes de la campiña, montados en asnos
o corriendo a pie, pálidos, sin aliento, locos de terror,
llegaron a la ciudad . Huían ante el ejército . En tres
días había salvado la distancia que existe entre Sicca
y Cartago para arrasar esta última.
Cerráronse las puertas y casi al mismo tiempo apa-
recieron los bárbaros ; pero se detuvieron en mitad
del itsmo, a orillas del lago.
Al principio no se mostraron hostiles . Muchos se acer-
caron ostentando palmas. Se les rechazó a flechazos
porque inspiraba un terror indecible.
Por la mañana y al anochecer, se veía algunos de
los mercenarios errar a lo largo de las murallas. Se
hacía notar sobre todo por su persistencia un hom-
brecillo cuidadosamente envuelto en un manto y cu-
yo rostro desaparecía bajo una visera. Durante lar-
gas horas permanecía mirando el acueducto con tal
insistencia, que sin duda quería engañar a los car-
tagineses acerca de sus verdaderos designios . Otro hom-
bre le acompañaba, que era una especie de gigante
que iba con la cabeza desnuda.
Pero Cartago estaba bien defendida en toda la ex-
tensión del itsmo, primero por su foso, después por
un talud cubierto de césped, y por último, por la mu-
ralla alta de treinta codos, toda de piedra de sillería,
formando doble cuerpo .
De trecho en trecho se levantaban sobre el segundo
cuerpo, grandes torres almenadas que sustentaban es-
cudos de bronce suspendidos a unos grandes garfios.
Aquella primera línea de murallas defendía el ba-
53 ―
rrio de Malqua, donde vivían marineros y tintoreros.
Se veían los mástiles en que se secaban las velas de
púrpura, y en las últimas terrazas las hornillas de
arcilla para cocer la salmuera.
En la parte opuesta de la ciudad extendía en anfi-
teatro sus altas casas de forma cúbica. Las había de
piedra, de madera, de guijarros , de caña, de tapia.
Los bosques de los templos , formaban como lagos de
verdura en aquella montaña de bloques pintados de
diversos colores. Las plazas públicas la nivelaban a
distancias desiguales . Innumerables callejuelas, entre-
cruzándose, le surcaban de uno a otro extremo .
Se advertía aún los recintos de los tres antiguos ba-
rrios ; se levantaban aquí y allá como grandes esco-
llos, alargando sus enormes masas, cubiertas de plan-
tas trepadoras ennegrecidas por las inmundicias , y las
calles pasaban por sus aberturas profundas como los
ríos bajo los puentes.
La colina de la Acrópolis , en el centro de Byrsa, des-
aparecía bajo un desorden de monumentos . Veíanse
templos de columnas con capiteles de bronces, conos
de piedra con rayas de azur, cúpula de cobre, arqui-
trabes de mármol, contrafuertes babilónicos, obeliscos
apoyados y hundidos en el suelo por la punta, seme-
jantes a antorchas invertidas. Los peristilos llegaban
a los frontones ; las volutas serpenteaban entre las co-
lumnatas ; las paredes de granito sostenían techumbres
de tejas, y todos aquellos edificios subían uno sobre
otro, ocultándose a medias de una manera maravi-
llosa e incomprensible. Se advertían allí la sucesión
de las épocas y el recuerdo de patrias olvidadas.
Detrás del Acrópolis, en terrenos arcillosos , el ca-
mino de los mappales bordeado de tumbas, llegaba
en línea recta desde la plaza hasta las catacumbas ;
grandes casas se erguían en el centro de los jardines,
y aquel tercer barrio, Megara, la ciudad nueva, lle-
gaba hasta el borde del acantilado, donde se levanta-
ba un gigantesco faro que ardía todas las noches.
Cartago se desplegaba así ante los soldados que ocu-
paban la llanura.
Desde lejos reconocían los mercados, las encrucija-
das ; pisputaban acerca del sitio y del nombre de los
54
templos. El de Khamon, enfrente de los Sisitas, te-
nía tejas de oro ; Melkarth, a la izquierda de Esch-
mun, ostentaba en su techo ramas de coral ; Tanit,
más allá, redondeaba entre palmeras su cúpula de co-
bre. El negro Moloch estaba al pie de las cisternas,
hacia el faro . En el ángulo de los frontispicios, en
lo alto de las paredes, en las esquinas de las plazas ,
por todas partes, se veían divinidades de asquerosas
cabezas, colosales o rechonchas, con vientres enormes,
con las fauces abiertas, extendidos los brazos y lle-
vando en la mano horcas, cadenas o javalinas ; y el
azul del mar, dibujándose en el fondo de las calles,
las hacía parecer más escarpadas por un efecto de
perspectiva.
Una multitud bulliciosa las llenaba desde la maña-
na hasta la noche ; mancebos que agitaban campanillas,
voceaban en la puerta de los baños ; las tiendas de
bebidas calientes humeaban, y por donde quiera re-
sonaba el ruido de los yunques y el mugir de las
fraguas. Los gallos blancos, consagrados al Sol, can-
taban en las terrazas ; los bueyes que se degollaban
mugían en los templos, los esclavos corrían con ces-
tas en la cabeza, y en los vanos de los pórticos, al-
gún sacerdote aparecía envuelto en su obscuro man-
to, con los pies descalzos y el gorro puntiagudo.
Aquel espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros.
La admiraban, la execraban, y a la vez hubiesen que-
rido habitar la ciudad y destruirla. ¿ Qué había en
el Puerto Militar defendido por triple muralla ? Lue-
go, detrás de la ciudad, en el fondo de Megara, esta-
ba más alto que el Acrópolis, el palacio de Hamil-
car. Los ojos de Matho se fijaban de continuo en él.
Subía a los olivos y se inclinaba, resguardando con
la mano sus ojos para ver mejor.
Los jardines estaban vacíos, y la puerta roja con
la cruz negra, permanecía siempre cerrada.
Más de veinte veces dió la vuelta a las murallas
buscando alguna brecha para entrar. Una noche se
echó al golfo y durante tres horas nadó sin descan-
so. Llegó hasta el pie de Mappales y quiso subir por
el acantillado. Desollóse las rodillas, rompióse las uñas
y cayó de nuevo al agua sin lograr su objeto.
-55 -
Su impotencia le exasperaba , estaba celoso de aque-
lla Cartago que encerraba a Salammbó, como de al-
guien que la hubiera poseído . Desapareció su enerva-
miento, y un ardor continuado de acción le domina-
ba. Con las mejillas inflamadas, irritados los ojos, ron-
ca la voz, atravesaba con paso rápido el campamen-
to, o bien sentado en la orilla, frotaba con arena su
enorme espada. Disparaba flechas contra los buitres que
pasaban. Su cólera se expandía en palabras furic as.
-Dá rienda suelta a tu cólera, como un carro alre-
batado por sus corceles,-decía Spendio ; -grita, blas-
fema, destruye y mata. El dolor se mata con sangre,
y ya que no puedes satisfacer tu amor, conserva tu
cólera, ella te sostendrá.
Matho tomó el mando de sus soldados . Les hacía
maniobrar sin descanso. Se le respetaba por su va-
lor y por su fuerza sobre todo . Inspiraba además una
especie de terror místico, pues se creía que por la no-
che hablaba con fantasmas. Los otros capitanes se ani-
maron al ver su ejemplo. El ejército adquirió pronto
severa disciplina . Los cartagineses oían desde sus ca-
sas los toques de atención y mando. Al cabo los bár-
baros se acercaron .
Para aplastarlos en el itsmo , hubiese sido preciso
que dos ejércitos les acometieran a la vez , uno por
el golfo de Utica, otro por la montaña de Agua Ca-
liente. Pero, ¿ cómo hacerlo con la sola legión sagra-
da, fuerte de seis mil hombres a lo sumo ?
Si se inclinaba hacia Oriente, se juntarían a los nó-
madas e interceptarían el camino de Cyrene y el co-
mercio del desierto. Si se replegaban hccia occiden-
te, sublevaríase la Numidia. La falta de víveres les
hacía devastar como una nube de langostas, las cam-
piñas ; los ricos temblaban por sus hermosas quintas,
por sus viñas, por sus cultivos .
Hannon propuso medidas atroces e impracticables,
tales como prometer fuertes sumas por cada cabeza
de bárbaro, o que por medio de buques y máquinas
se incendiara su campamento .
Su colega Giscón quería, por el contrario, pegarles .
Pero a causa de su popularidad, los Antiguos le de-
testaban, pues temían una dictadura, y por terror de
---- 56 -
ella y de la monarquía, se esforzaban en atenuar lo
que de ellas subsistía o lo que podía restablecerlas.
Fuera de las fortificaciones habitaba una raza de
origen desconocido, compuesta de cazadores de puer-
cos espines, que se alimentaban de moluscos y ser-
pientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas,
que por las noches hacían correr por las arenas de
Megara, entre las agujas pétreas de las tumbas . Sus
cabañas de barro estaban pegadas al acantilado co-
mo nidos de golondrinas. Vivían allí sin gobierno y
sin dioses, entremezclados , completamente desnudos , a
un tiempo débiles y feroces , y execrados desde anti-
guo por el pueblo a causa de su alimentación inmun-
da. Los centinelas advirtieron un día que todos ha-
bían partido .
Por fin se decidieron los miembros del Gran Con-
sejo. Fueron al campamento sin collares ni cinturones,
calzando sandalias descubiertas, como vecinos . Adelan-
taban con calma, saludando a los capitanes, o se de-
tenían hablando a los soldados para decirles que to-
do había acabado y que se atenderían sus reclama-
ciones.
Muchos de ellos no habían visto nunca un campa-
mento de mercenarios . En vez de la confusión que se
imaginaban, reinaba por doquier un orden y un silen-
cio aterradores.
Una alta trinchera de tierra recubierta de musgo
encerraba al ejército como dentro de una alta mura
lla , inconmovible al choque de las catapultas. El piso
de las calles estaba regado con agua fresca. Por las
aberturas de las tiendas se veían relucir las pupilas
amarillentas de los soldados . Los haces de picas y
las manoplias deslumbraban a los cartagineses como
espejos. Hablaban en voz baja. Temían derribar al-
gún objeto con sus largos mantos.
Los soldados pidieron víveres, diciendo que se pa-
garían con el dinero que les debían.
Se les enviaron bueyes, carneros, pintadas, frutas
secas, carnes saladas, pero rechazaban desdeñosamente
los mejores manjares, denigraban lo que se les ofre-
cía y querían pagar las cabras al precio de los picho-
nes y las aves al precio de la fruta. Los comedores de
- 57
cosas inmundas, ejerciendo de árbitros, afirmaban que
se les engañaba. Entonces tiraban de sus espadas y
amenazaban matar.
Los comisarios del Gran Consejo escribieron el nú-
mero de años que se debía a cada soldado, pero aho-
ra era imposible saber a punto fijo cuantos mercenarios
tenían derecho a ser pagados, y los Antiguos se asus-
taron ante lo exhorbitante de la suma que deberían
abonar. Era preciso vender la reserva de Silfio, so-
brecargar de tributos las colonias ; los mercenarios se
impacientaban, y Túnez les apoyaba. Los ricos, atur-
didos por el furor de Hannon y los reproches de su
colega, recomendaron a los ciudadanos que conocían
a algún bárbaro, que fueran a visitarle, esperando que
así calmarían su cólera,
Comerciantes, escribas, obreros del arenal, familias
enteras fueron al campamento.
Los soldados dejaban entrar en el campamento a
cuantos lo pedían, pero por un solo paso tan estre-
cho que no podían atravesarlo cuatro hombres de fren-
te. Spendio, de pie junto a la barrera, les hacía registrar
con cuidado . Matho, frente a él, examinaba aquella
muchedumbre, tratando de hallar a uno a quien hu-
biese visto en el palacio de Salammbó.
El campamento parecía una ciudad, según la agita-
ción y la multitud que en él se advertía. Las dos mu-
chedumbres distintas se mezclaban sin confundirse, una,
vestida de tela o de lana con casquetes de fieltro en
forma de piñas, y la otra, revestida de hierro, y con
cascos. Entre los criados y los vendedores ambulan-
tes, paseaban mujeres de todas las razas, morenas co-
mo dátiles maduros , verduzcas como aceitunas , ama-
rillas como las naranjas, vendidas por los marineros,
escogidas en los lupanares, robadas a las caravanas,
cogidas en el asalto de las ciudades, a quienes se hartaba
de amor mientras eran jóvenes, y de palos cuando
viejas, y que después de una derrota perecían a lo
largo de los caminos entre los bagajes junto a las
bestias de carga abandonadas. Las mujeres de los nó- -
madas balanceaban sobre sus talones túnicas de pelo
de dromedario de color obscuro ; negras , muy viejas,
de pechos pendientes, recogían para hacer fuego el
58 -
fiemo de los animales, que hacían secar al sol ; las
siracusanas llevaban discos de oro en la cabellera,
las lusitanas collares de conchas, las galas pieles de
lobo sobre su blanco pecho ; y arrapiezos robustos,
sucios, asquerosos, desnudos , incircuncisos, daban ca-
bezadas en el vientre de los compradores, a como
tigrezuelos les mordían las manos.
Los cartagineses se paseaban a través del campa-
mento asombrados al ver la abundancia que allí rei-
naba. Los más pobres estaban tristes, y los otros di-
simulaban su inquietud.
Los soldados les daban golpecitos en el hombro, in-
vitándoles a divertirse. En cuanto advertían algún per-
sonaje de nota , le invitaban a tomar parte en sus
juegos.
Cuando jugaban al disco, se las arreglaban para aplas-
tarle los pies , y si se batían a puñadas, de la prime-
ra le rompían la mandíbula. Los honderos asustaban
a los cartagineses con sus hondas . Los psylos con
sus víboras, los jinetes con sus caballos. Aquellos mer-
caderes, al recibir esos ultrajes, bajaban la cabeza y
se esforzaban por sonreir.
Algunos, para demostrar que eran valientes, afirma-
ban que querían ser soldados. Entonces se les obliga-
ba a partir leña y a limpiar los mulos . Se les ence-
rraba en una armadura y se les hacía rodar como to-
neles por las calles del campamento. Luego, cuando
querían partir, los mercenarios se mesaban los cabe-
llos, haciendo contorsiones grotescas.
Algunos de los soldados imaginaban que todos los
cartagineses serían ricos de un modo desmedido, y
les seguían por doquiera, podiéndoles todos los obje
tos que excitaban su codicia, sus sortijas, sus sanda-
lias, sus brazaletes, sus cinturones. Cuando ya les ha-
bían despojado y no les quedaba nada, si el cartagi-
nés decía : «¿ Qué queréis de mí ?» unos le contestaban :
«Tu mujer», y otros : «Tu vida».
Las cuentas militares se entregaron a los capitanes
y a los soldados ya aprobadas en definitiva. Enton-
ces reclamaron tiendas . Se les dieron las tiendas. Des-
pués los polemarcas de los griegos pidieron algunas
de aquellas armaduras preciosas que se fabricaban en
- 59
Cartago. El gran Consejo votó un crédito para adqui-
rirlas. También era justo, según decían los jinetes,
que la República les indemnizara de la pérdida de los
caballos. Uno afirmaba haber perdido dos en el otro
combate : otro tres en un asedio, otro diez o doce en
marchas forzadas . Se les ofreció corceles de Hecatóm-
pylos ; prefirieron dinero.
Luego pidieron que se les pagara en plata todo el
trigo que se les debía al precio más alto a que se
vendió durante la guerra, de suerte que algunos co-
braron por una medida de harina más dinero que les
había costado un saco entero de trigo. Aquella exi-
gencia indignó a los cartagineses, pero les fué pre-
ciso someterse a ella.
Entonces los delegados de los soldados y los del
Gran Consejo se reconciliaron, jurando por el Genio
de Cartago y por los dioses de los bárbaros. Siguien-
do las costumbres orientales, se hicieron mil cumpli-
dos y cortesías. Luego los soldados reclamaron como
prenda de buena amistad el castigo de los traidores
que les indispusieron con la República. Se fingió no
comprenderles. Entonces se explicaron más claramen-
te diciendo que querían la cabeza de Hannon.
Muchas veces al día abandonaban el campamento,
se paseaban al pie de las murallas. Gritaban que se
les echara la cabeza del sufeta y tendían sus mantos
para recibirla.
El Gran Consejo hubiera cedido quizá a no ser por
una última exigencia más injuriosa que las otras : pe-
dían en matrimonio para sus jefes, vírgenes escogidas
en el seno de las grandes familias. Era una idea de
Spendio que los demás creyeron razonable.
Pero aquella pretensión de querer mezclar su san-
gre con la sangre púnica indignó al pueblo ; se les
dijo brutalmente que nada más recibirían . Entonces
declararon que se les había engañado, y que si den-
tro de tres días no se les pagaba su sueldo, irían a
tomarlo dentro de Cartago.
La mala fe de los mercenarios no era tan grande co-
mo podía suponerse, pues Hamílcar les había hecho
promesas exhorbitantes, vagas, pero solemnes y rei-
teradas. Pudieron creer al desembarcar en Cartago que
- 60
se pondría a su disposición la ciudad, que se reparti-
rían tesoros ; y cuando vieron que apenas si podían
cobrar su sueldo, la desilusión fué grande para su
orgullo y para su avaricia.
Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Ale-
jandro, no habían dado el ejemplo de maravillosas
fortunas ? El ideal de Hércules que los cananeos con-
fundían con el sol , resplandecía en el horizonte de los
ejércitos . Se sabía que simples soldados llevaban dia-
demas y el estruendo de los imperios que se derrum-
baban hacía soñar a los galos en sus selvas de enci-
nas y a los etíopes en sus arenas . Había un pueblo
dispuesto siempre a utilizar el valor de los hombres ;
y el ladrón, echado de su asilo, el parricida errante
por los caminos, el sacrilego perseguido por los dio-
ses, todos los hambrientos, todos los desesperados, tra-
taban de llegar al puerto donde Cartago reclutaba sus
soldados . Casi siempre sabía mantener la República
sus promesas, pero en aquella ocasión su avaricia es-
tuvo a punto de causar su pérdida. Los númidas, los
libios, el Africa entera, iba a lanzarse contra Carta-
go. Solamente el mar estaba libre, pero en el mar en-
contraba a los romanos ; y como un hombre asaltado
por asesinos, sentía que la muerte aleteaba a su alre-
dedor.
Fué preciso recurrir a Giscón ; los bárbaros acepta-
ron su mediación . Una mañana vieron bajarse las ca-
denas del puerto, y tres barcos de poco calado, pa-
sando por el canal de la Tania, entraron en el lago.
En la proa del primero estaba Giscón ; detrás de él,
y más alta que un catafalco, veíase una caja enorme,
adornada de anillas grandes como coronas . Aparecía
luego la Legión de los intérpretes, peinados como las
esfinges, y llevando tatuado en el pecho un loro . Ami-
gos y esclavos, en gran número, todos sin armas , acom-
pañaban al general y a los intérpretes. El ejército aco-
gió con aclamaciones aquellas tres barcas cargadas has-
ta los topes .
En cuanto Giscón desembarcó los soldados corrie-
ron a su encuentro. Hizo levantar una especie de tri-
buna con sacos , y declaró que no se iría antes de
haberles pagado a todos.
61
Largos aplausos estallaron, y durante largo rato no
pudo hablar. Empezó exponiendo los errores de la Re-
pública y los de los bárbaros ; la culpa era de algu-
nos alocados que con su violencia asustaron a Carta-
go. La mejor prueba de la buena intención que guiaba
a los cartagineses, era su presencia allí, que desde an-
tiguo era adversario del sufeta Hannon. No debían
suponer que fuera tan inepto el pueblo que quisiera
irritar a unos valientes como ellos, ni tan ingrato que
desconociera sus servicios . Giscón empezó a pagar a
los soldados , comenzaron por los libios.
Desfilaron ante él por naciones, levantando sus de-
dos para decir el número de los años que se les adeu-
daba ; los escribas tomaban las monedas del cofre abier-
to, y otros con un estilete, hacían agujeros en una lá-
mina de plomo . A los soldados se les marcaba en el
brazo izquierdo con pintura verde para que no pudie-
ran volver a presentarse. Pasó ante el general un hom-
bre que marchaba pesadamente como los bueyes.
-Ven aquí, -dijo el sufeta, sospechando algún frau-
de, -¿cuántos años has servido ?
-Doce años, -contestó el libio .
- Giscón le tocó con los dedos bajo la mandíbula,
para ver si allí tenía las callosidades que la carrille-
ra del casco producía a la larga. -¡ Ladrón ! -excla-
mó el sufeta,-los callos que te faltan en el rostro de-
bes llevarlos sobre los hombros .
Y desgarrándole la túnica, descubrió su espalda cu-
bierta de roña sangrienta ; era un labrador de Hip-
po zaryta. Le silbaron ; se le decapitó .
Cuando llegó la noche Spendio despertó a los li-
bois y les dijo :
-Cuando los ligurios, los griegos, los baleares y
los italianos habrán recogido su paga, marcharán . Pe-
ro vosotros permaneceréis en Africa diseminados en
cien pueblos distintos y sin defensa ninguna. Enton-
ces la República se vengará ! Desconfiad . ¿ Vais a dar
crédito a las palabras de Giscón ? Los dos sufetas es-
tán de acuerdo. Este os engaña . Acordaos de la isla
de los esqueletos y de Xantippo que enviaron a Es-
parta en una galera podrida.
-¿Qué hacer ? -preguntaban ellos.
62 ---
-Reflexionad, -decía Spendio,
Los dos días siguientes transcurrieron empleados en
pagar a los soldados de Magdala, de Leptis, de He-
catompylor ; Spendio habló a los galos .
-Se paga a los libios, después se pagará a los
griegos, a los baleares, a los asiáticos y a los demás ;
pero a vosotros, como sois pocos, nó se ós dará nada ;
no veréis ya vuestra patria ! ¡ No os darán barcos !
Os matarán para ahorrarse alimentos.
Los galos fueron a hablar al sufeta. Autarico, aquel
a quien Giscón hirió en el jardín de Hamílcar, le in-
terpeló. Desapareció arrojado por los esclavos , pero
juró vengarse.
Las reclamaciones, las quejas se multiplicaron. Los
más obstinados penetraban en la tienda del sufeta ;
para enternecerle le tomaban las manos para hacerle
palpar sus bocas sin dientes, sus brazos adelgazados,
las cicatrices de sus heridas. Los que aun no habían
recibido la paga se irritaban ; los que cobraron ya
sueldo, pedían otro para sus caballos ; y los vagabun-
dos, los desterrados, tomando las armas de los sol-
dados, gritaban que se les desatendía. A cada instan-
te llegaban grupos de hombres, las tiendas crujían,
caían al suelo ; la multitud apretada entre las mura-
llas del campamento, oscilaba desde la puerta hasta
el centro lanzando grandes clamores. Cuando el tu-
multo crecía demasiado, Giscón apoyaba un codo en
su cetro de marfil, y mirando al mar, permanecía in-
móvil con la mano hundida en su barba.
A menudo Matho celebraba grandes conferencias con-
Spendio. Después poníase enfrente del sufeta, y Gis-
cón sentía perpetuamente sus pupilas fijas en él, lla-
meantes e implacables. Muchas veces, a través de la
multitud, se lanzaron injurias sin oirse. Entretanto la
distribución continuaba y el sufeta sabía vencer todos
los obstáculos.
Los griegos reclamaron acerca de la diferencia de
monedas. Les dió tan claras explicaciones, que se re-
tiraron sin chistar. Los negros reclamaron ser paga-
dos en aquellas conchas blancas usadas por el comercio
en el interior del Africa. Les ofreció pedirlas a Car-
tago. Entonces, como los otros, aceptaron moneda. A
63 -
los baleares se les había prometido algo mejor : mu-
jeres.
El sufeta contestó que no esperaba para ellos una
caravana de vírgenes ; el camino era largo, tardarían
seis lunas en llegar ; cuando estarían bien gordas y
con la piel aromatizada, se enviarían a las Baleares
a bordo de galeras cartaginesas.
De repente Zarxas, vigoroso y fuerte ya, saltó so-
bre los hombros de sus amigos, y gritó :
-¿No guardas alguna para los cadáveres ?
Al decir esto, mostraba en la muralla de Cartago
la puerta de Khamon,
A los últimos rayos del sol las planchas de cobre
que la revestían de alto abajo resplandecían ; los bár-
baros creyeron ver lucir en ellas un rastro sangriento.
Cuantas veces quiso hablar Giscón, sus clamores aho-
gaban sus palabras : al fin bajó lentamente y se en-
cerró en su tienda.
Cuando salió de ella al apuntar el sol, sus intérpre-
tes, que dormían al exterior no se movieron : perma-
necían tendidos boca arriba con los ojos fijos, la len-
gua entre los dientes y el rostro azulado. Mucosida-
des blancas fluían de sus narices, y sus miembros
estaban rígidos como si el frío de la noche los hu-
biese helado. Todos tenían en el cuello un apretado
lazo de juncos .
La rebelión fué en aumento desde aquel instante.
El asesinato de los baleares, recordado por Zarxas,
confirmaba la desconfianza de Spendio. Imaginaban los
bárbaros que la República sólo pensaba en engañar-
les . ¡ Era preciso acabar ! ¡ No había necesidad de in-
térpretes ! Zarxas, con una honda arrollada a la ca-
beza, cantaba canciones de guerra. Autharito blandía
su larga espada : Spendio daba armas a unos y ani-
maba a otros. Los más fuertes procuraban correr por
sí mismos, los menos furiosos pedían que la distri-
bución continuara. Nadie abandonaba sus armas y to-
das las cóleras iban contra Giscón en una ola tumul-
tuosa de odio.
Algunos subían a su lado en la tribuna. Mientras se
contentaban con vociferar injurias se les escuchaba con
paciencia, pero si les ofendían personalmente inme-
--- 64 -
diatamente eran lapidados o se les cercenaba la ca-
beza. El montón de sacos estaba más rojo que un
altar.
Después de las comidas, cuando habían bebido vi-
no, eran temibles. Beber vino estaba prohibido en el
ejército púnico bajo pena de muerte, y los mercena-
rios levantaban ahora sus copas mirando hacia Car-
tago para ocuparse de su disciplina. A veces se en-
tretenían en matar a los esclavos que contaban su
dinero. La palabra «hiere», distinta en cada lengua,
la comprendían todos .
Giscón sabía que la patria le abandonaba ; pero a
pesar de su ingratitud no quería deshonrarla. Cuan-
do le recordaron que se les había prometido barcos,
juró por Moloch que se los daría él mismo a su costa
y arrancando su collar de piedras azules, lo lanzó
entre la multitud como prenda de juramento.
Los africanos reclamaron el trigo que les prome-
tiera el Gran Consejo. Giscón enseñó las cuentas de
los Sysitas, trazadas con pintura violeta sobre pieles de
oveja ; y leyó cuanto había entrado en Cartago, mes
por mes, día por día .
De repente se detuvo con los ojos dilatados , como
si hubiese leído entre sus cifras su sentencia de muerte.
En efecto, los Antiguos habían reducido fraudulen-
tamente aquellas cifras y el trigo vendido durante la
guerra figuraba a tan bajo precio, que era imposible
no advertir el engaño .
-¡Habla !-gritaron,-¡más alto ! ¡ Ah ! ¡ trata de men-
tir, cobarde ! Desconfiemos.
Durante unos momentos vaciló. Después volvió a leer.
Los soldados, sin pensar que se les engañaba, acep-
taron por buenas las cuentas de los Sysitas. Al ver la
abundancia de Cartago se apoderó de ellos un terri-
ble furor. Rompieron la casa del sicomoro ; estaba ca-
si vacía.
Habían visto salir de ella tales sumas que la juz-
gaban inagotable. Giscón debía tener el oro en su tienda.
Escalaron los sacos. Matho les guiaba y como grita-
ban « Dinero ! ¡ dinero » Giscón contestó al fin:
-¡Que os pague vuestro general !
Les miraba de frente, sin hablar, con sus grandes
- 65
ojos amarillos que relucían en su rostro más pálido
que su barba... Una flecha, detenida por las plumas,
atravesaba su oreja y un hilillo de sangre se escurría .
desde su tiara hasta el hombro.
Matho hizo una señal y todos adelantaron . Spendio,
con un nudo corredizo le aprisionó las muñecas, otro
le derribó y desapareció entre los remolinos de la
multitud que invadía la tienda y la tribuna.
Saquearon su tienda. Sólo se halló lo indispensable
para los usos cotidianos. Luego, buscando mejor, apa-
recieron tres imágenes de Tanit y una piedra negra
caída de la luna envuelta en una piel de mono . Mu-
chos cartagineses habían acompañado a Giscón ; todos
eran gente de viso y partidarios de la guerra.
Se les arrastró fuera de las tiendas y se les preci-
pitó en el foso de la basura. Fueron atados por el
vientre a sólidas estacas y se les alargaba el alimen-
to con la punta de una jabalina.
Autharito al mismo tiempo que los vigilaba les in-
juriaba, pero como no comprendían su lengua no le
respondían ; los galos, de cuando en cuando les tira-
ban piedras para oirles gritar.
Al día siguiente una especie de inquietud se apoderó
del ejército. Como no tenían contra quien dirigir su
cólera, reflexionaban acerca de lo que habían hecho.
Matho sentía una gran tristeza. Le parecía que indi-
rectamente había ultrajado a Salammbó. Los ricos eran
como una dependencia de su persona. Se sentaba por
la noche a la orilla de su foso y en sus gemidos oía
algo de la voz que llenaba su corazón .
Todos acusaban a los libios porque eran los únicos
que habían cobrado, pero al mismo tiempo que cre-
cían los odios entre nación y nación, comprendían to-
dos que era muy peligroso entregarse a tales celos .
Después de un atentado semejante, las represalias de-
bían ser tremendas . Era preciso adelantarse a la có-
lera de Cartago. Todo se volvía conciliábulos y aren-
gas. Todos hablaban y nadie escuchaba. Spendio, or-
dinariamente tan locuaz, meneaba la cabeza con des-
aliento escuchando las diversas proposiciones.
Salammbó.- 5
--- 66 -
Una noche preguntó a Matho si en el interior de
la ciudad había fuentes.
-Ni una,-contestó Matho .
Al día siguiente Spendio le llevó a orillas del lago.
¡Amo le dijo el antiguo esclavo ; -si tu corazón
es intrépido te llevaré a Cartago .
-¿Cómo ?
-Jura ejecutar todas mis órdenes, seguirme como
una sobra !
Entonces Matho , levantando el brazo hacia el pla-
neta de Chabar, exclamó :
-Lo juro por Tanit !
Spendio añadió :
-Mañana, al ponerse el sol, me esperarás al pie
del acueducto, entre el noveno y décimo arco . Tráe-
te un pico de hierro, un casco, y sandalias de cuero.
El acueducto de que hablaba atravesaba oblícua-
mente el itsmo entero y formaba una obra enorme
de cinco arcos superpuestos que llegaba hasta la par-
te occidental del Acrópolsi, donde pasaba bajo la ciu-
dad para verter casi un río en la cisterna de Me-
gara.
A la hora convenida, Spendio encontró a Matho.
Ató una especie de arpón al extremo de una cuerda,
la hizo dar vueltas rápidamente como una honda, los
garfios de hierro hicieron presa, y los dos, uno de-
trás de otro, subieron a lo alto de la pared.
Cuando hubieron llegado al primer piso, les costó
mucho trabajo enganchar de nuevo el harpón, pero
por fin lo lograron. Otras veces la cuerda amenaza-
qa romperse.
Por fin llegaron a la plataforma superior. Spendio,
de cuando en cuando, se inclinaba para palpar las
piedras con la mano .
-¡Aquí es, -dijo, -empecemos !
Y apoyándose en el pico que trajo Matho consiguie-
ron levantar una de las losas.
En aquel instante advirtieron un grupo de jinetes
que galopaban sobre caballos en pelo. Relucían sus
brazaletes de oro entre los obscuros pliegues de sus
capas. Delante del grupo corría un hombre con un
- 67
penacho de plumas de avestruz en la cabeza y una
lanza en cada mano.
-¡Narr-Havas !-exclamó Matho.
-¡Qué importa !-replicó Spendio ; y se hundió en
el agujero que acababan de abrir al levantar la losa.
Matho trató de recubrir el agujero, pero no le fué
posible.
-Ya volveremos, -dijo Spendio ; -pasa delante.-- En-
tonces se aventuraron por el conducto de las aguas.
Les llegaban hasta el vientre. Pronto perdieron pie
y tuvieron que andar. Sus miembros chocaban contra
las paredes del canal demasiado estrecho. El agua co-
rría casi tocando las paredes superiores y contra ellas
se desgarraban la piel del cráneo. Luego la corriente
les arrastró. Un aire más pesado que el de un sepul-
cro aplastaba su pecho y con la cabeza bajo los bra-
zos, juntas las rodillas, pasaban como flechas a tra-
vés de las tinieblas, ahogándose, casi muertos . De re-
pente la obscuridad fué completa y aumentó la velo-
cidad de las aguas . Cayeron.
Cuando hubieron vuelto a la superficie, durante unos
instantes permanecieron tendidos de espaldas aspiran-
do deliciosamente el aire. Muchas líneas de arcos, unas
detrás de otras, se extendían desde una a otra pared
de los grandes depósitos . Todos estaban llenos y el
agua formaba una sola superficie en toda la anchura
de la cisterna. Las cúpulas del techo permitían el pa-
so de una claridad pálida que formaba sobre las on-
das discos de luz, y las tinieblas de aquel recinto,
que se espesaban más hacia las paredes, le hacían
parecer de una amplitud desmedida. El menor ruido
despertaba un fuerte eco .
Spendio y Matho se pusieron a nadar, y pasando
por bajo las aberturas de los arcos atravesaron mu-
chas salas . Otras filas de estanques más pequeños se
extendían paralelamente a cada lago . Se perdieron ;
avanzaban, retrocedían. Por fin algo resistió bajo sus
talones. Era el piso de la galería que rodeaba la cis-
terna.
Entonces, avanzando con grandes precauciones, tan-
tearon el muro para encontrar una salida. Pero sus
pies se deslizaban y caían en charcos profundos. Sa-
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lían de ellos y volvían a caer de nuevo. Sentían una
fatiga espantosa como si sus miembros al nadar se
hubieran disuelto en el agua. Sus ojos se cerraron.
Agonizaban.
Spendio tocó con la mano los barrotes de una re-
ja. Tiraron de ella, cedió y se encontraron en una es-
calera. Una puerta de bronce la cerraba. Con la pun-
ta de un puñal cortaron la barra y de repente el aire
libre azotó sus rostros.
La noche era silenciosa y el cielo parecía estar a
una altura desmesurada. Grupos de árboles elevaban
sus ramas a lo largo de las paredes. La ciudad en-
tera dormía. Las hogueras de las avanzadas brillaban
como estrellas perdidas.
Spendio, que había pasado tres años en el ergás-
tulo, no conocía los diversos distritos de la ciudad.
Matho pensó que para ir al palacio de Hamílcar de-
bían tomar a mano izquierda atravesando los Map
pales.
-No, -dijo Spendio, -llévame al templo de Tanit.
Matho quiso hablar.
-Acuérdate, dijo el antiguo esclavo, y con la mano
le señaló el planeta de Chabar que resplandecía.
Entonces Matho, silenciosamente, se dirigió hacia el
Acrópolis.
Se arrastraban a lo largo de las líneas de nogales que
bordeaban los senderos . El agua corría desde sus miem-
bros hasta el suelo. Sus sandalias húmedas no produ-
cían ningún ruído ; Spendio, con ojos relucientes co-
mo antorchas, registraba todas las matas ; iba detrás
de Matho con las manos puestas sobre los dos puña-
les que llevaba en los brazos, mantenidos por una
argolla de cuero, cerca de los sobacos.
- 69
Tanit
Al salir de los jardines les detuvo la muralla de
Megara. Descubrieron una brecha y pasaron.
El suelo formaba pendiente. Estaban en una gran
plaza.
-Escucha, -dijo Spendio, -y no temas nada ; cum-
pliré mi promesa...
Se interrumpió ; pareció reflexionar y medir sus pa-
labras.
-¿Te acuerdas de aquel día en que, al nacer el
sol, te enseñaba yo la ciudad hundida bajo nuestros
pies ? ¡Aquel día éramos fuertes y no quisiste escu-
charme !
Luego añadió con voz grave :
-Amo, en el santuario de Tanit, hay un velo mis-
terioso caído del cielo que envuelve el cuerpo de la
diosa.
-Ya lo sé, dijo Matho.
Spendió añadió :
-Ese velo es divino, pues forma parte de la diosa.
Los doseis viven donde están los atributos. Cartago
es poderosa porque le posee.
Inclinándose entonces a su oído, añadió :
-Te he traído conmigo para robarlo !
Matho retrocedió horrorizado :
-¡Vete ! que otro te ayude ! no quiero realizar esa
acción execrable.
-Tanit es tu enemiga,-replicó Spendio, -te persi-
gue y te matará. Haciendo lo que te digo podrás ven-
garte. La diosa te obedecerá. Serás inmortal e inven-
cible.
-- 70 ―
Matho bajó la cabeza y el otro continuó :
-Sucumbiríamos ; el ejército mismo quedaría ani-
quilado. ¡ No podemos ni huir ni esperar socorro ni
perdón ! ¿ Qué castigo puedes esperar de los dioses,
si tienes su fuerza entre las manos ? Prefieres mejor
una derrota, o perecer a manos del populacho, o so-
bre un cadalso ? Amo, un día entrarás en Cartago al
i al de los pontífices que besarán tus sandalias ; en-
tonces, si el velo de Tanit te pesa aún, podrás devol-
velo a la diosa. Sígueme, vamos a tomarlo.
Un gran deseo devoraba a Matho ; hubiese queri-
do apoderarse del velo absteniéndose del sacrilegio .
Se decía que quizás no era necesario poseerlo para
obtener el poder que confería.
-Vamos,-dijo , y se alejaron con paso rápido, uno
la lado del otro, sin hablar.
El terreno se elevaba y estaban cerca ya de las ca-
sas. Caminaban por entre callejuelas sumidas en ti-
nieblas. En una plaza veíanse camellos que rumia-
ban bajo unos montones de hierba. Pasaron luego bajo
una galera cubierta de enredaderas. Ladraron algunos
perros. De repente se ensancharon las paredes y vie-
ron que estaba cerca de la parte occidental de la
Acrópolis. Al pie de Byrsa había una gran masa ne-
gra : era el templo de Tanit que formaba un conjun-
to de monumentos y jardines de patios y antepatios,
rodeado de una pared de piedras sobrepuestas . Spen-
dio y Matho salvaron aquella pared.
Aquel primer recinto encerraba un bosque de plá
tanos que se plantó por precaución contra la peste y
la infección de la atmósfera. Aquí y allí había tien-
das en las cuales durante el día se vendían pastas
epilatanias, perfumes, trajes, dulces en forma de lu-
na, e imágenes de la diosa representaban dentro del
templo.
Nada debían temer, porque las noches en que el as-
tro no aparecía se suspendían todos los ritos . Sin em-
bargo Matho acortó el paso y se detuvo junto a los
tres peldaños de ébano que daban paso al segundo
recinto.
-Adentro - dijo Spendio.
Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles co-
- 71 -
mo si fuesen de bronce, alternaban unos con otros.
El suelo, pavimentado de guijarros azules, crugía ba-
jo sus pasos y guirnaldas de rosas pendían a lo largo
del camino. Llegaron a un agujero oval que tenía una
reja .
Entonces Matho, a quien aquel silencio espantaba,
dijo a Spendio :
-Aquí es donde se mezclan las aguas dulces con
las Aguas amargas .
AH-e visto todo eso en Siria, en la ciudad de Ma-
phug.
Por una escalera de seis peldaños de plata subieron
al tercer recinto .
Un cedro enorme se veía en el centro. Sus ramas
inferiores desaparecían bajo los collares y las ropas
que habían suspendido los fieles. Dieron algunos pa-
sos más y apareció la fachada del templo.
Dos largos pórticos, cuyos arquitrabes descansaban
sobre pilares muy gruesos, flanqueaban una torre cua-
drangular que ostentaba en su plataforma una media
luna. En los ángulos de los pórticos y en las cuatro
esquinas de la torre se elevaban grandes pebeteros
lleños de perfumes. Toda suerte de adornos y dibu-
jos de peidra alternaban en las paredes, y una valla
de filigrana de plata formaba un ancho semicírculo
delante de la escalera de cobre que bajaba del ves-
tíbulo.
Había en la entrada, entre una alta aguja de oro y
otra de esmeraldas, un cono de piedra ; Matho, al pa-
sar por allí, se besó la mano derecha.
La primera sala era muy alta. Innumerables aber-
turas dejaban ver el firmamento. Alrededor de la pa-
red, en cestas de caña había muchas barbas y cabe-
lleras, primicias de los adolescentes. En el centro de
una sala circular el cuerpo de una mujer salía de un
estuche sembrado de pechos femeninos . Gorda, bar-
buda y con los párpados bajos, parecía sonreir cru-
zando sus manos sobre el bajo vientre, liso y afina-
do por los besos de la multitud.
Luego se encontraron otra vez al aire libre, en un
corredor transversal en que un altar de proporciones
exíguas se apoyaba contra una puerta de marfil. No
- 72
podía pasarse de allí ; los sacerdotes solamente tenían
el derecho de abrirla, pues un templo no es punto de
reunión para la multitud, sino la vivienda particular
de una divinidad .
-La empresa resulta imposible, -dijo Matho ; -no ha-
bía pensado en esto. ¡ Volvámonos !
Spendio examinaba cuidadosamente las paredes. Que-
ría el velo, no porque tuviera fe en su virtud, pues
únicamente creía en el Oráculo, sino porque estaba
persuadido de que los cartagineses al verse privados
de él, temerían toda suerte de desdichas. Para encon-
trar salida dieron vuelta al altar.
Bajo grupos de terebintos veíanse edículos de dis-
tintas formas. Aquí y allá se elevaba un gran falo de
piedra, y varios ciervos se paseaban tranquilamente
por aquel espacio empujando con sus pezuñas las pi-
ñas que habían caído al suelo desde lo alto de la co-
pa de los árboles .
Retrocedieron por otro camino distinto entre dos lar-
gas galerías paralelas de la que se adelantaban unos
pabellones. Tamboriles y címbalos pendían de sus co-
lumnas de cedro . Algunas mujeres dormían fuera de
los pabellones sobre lechos de hojas. Sus cuerpos un-
gidos con aceites perfumados y ungüentos, exhalaban
un olor como el de los pebeteros extintos. Estaban tan
cubiertas de sortijas, de brazaletes, collares y tatua-
jes, que sin el movimiento de su pecho se las tomara
por ídolos tendidos en el suelo.
Matho se ahogaba en aquella atmósfera pesada en
que se olía el violento perfume que exhalaban los
tabiques y puertas de cedro . Aquel amontonamiento
de símbolos de la fecundación, aquellos perfumes, aque-
llos alientos aromatizados le sofocaban. A través de
los deslumbramientos místicos pensaba en la Salamm-
bó. La confundía con la propia diosa y su amor flo-
recía como esos grandes lotos que crecen junto a los
estanques profundos.
Spendio calculaba qué suma de plata ganara en otro
tiempo vendiendo aquellas mujeres, y con una mira-
da ávida avaloraba, al pasar, los collares de oro.
El templo resultaba impenetrable. Spendio buscaba
sin cesar y Matho, prosternado ante la puerta, impla
- 73
raba a Tanit. Suplicábale que no permitiera tal sa-
crilegio. Trataba de amansarla con palabras cariñosas,
como se hace con una persona irritada.
Spendió vió sobre la puerta una estrecha abertura.
-¡ Levántate ! —dijo a Matho, y le hizo poner arri-
mado a la pared .
Subió a sus hombros, a su cabeza, y bien pronto
desapareció por el agujero .
Después Matho sintió el golpe de una cuerda con
nudos que caía de lo alto. Trepó por ella y pronto se
encontró cerca de Spendio en una gran sala obscura.
Semejantes atentados se reputaban imposibles. La fal-
ta de vigilancia lo patentizaba. El terror, más que
las paredes y las rejas, defendían los santuarios . Ma-
tho creía morir a cada paso que daba.
Una luz brillaba en el seno de las tinieblas, se
acercaron a ella. Era una lámpara que brillaba en el
pedestal de una estatua. Discos diamantinos esmalta-
ban su amplio ropaje azul, y cadenas, que se hundían
bajo las losas, la agarrotaban los tobillos. Matho con-
tuvo un grito : Balbuceaba : «¡ Aquí está ! ¡ aquí está !»
Spendio tomó la lámpara para alumbrarse.
-¡Qué impío ! -exclamó Matho ; pero le siguió.
La sala en que penetraron no tenía sino una pintu-
ra oscura representando una mujer. Sus piernas lle-
gaban hasta el techo ; el cuerpo ocupaba todo el techo.
De su ombligo colgaba un huevo enorme y la cabeza
y los brazos caían hacia la pared opuesta, llegando
hasta las losas, en que parecían hundirse los dedos
puntiagudos .
Para ir más adentro levantaron una tapicería ; pero
sopló viento y la lámpara se apagó.
Entonces erraron a la ventura, perdidos en aquel
dédalo de piedra. De repente sintieron bajo sus pies
algo que tenía una extraña suavidad. Chispillas des-
lumbrantes brotaban por doquier ; diríase que cami-
naban sobre fuego. Spendio se bajó y vió que el sue-
lo estaba cubierto de pieles de lince ; luego les pare-
ció que una cuerda recia, fría y viscosa pasaba entre
sus piernas. Algunas hendiduras de las paredes deja-
ban pasar claridades blancas. Adelantaban guiados por
1 - 74 -
aquellas luces . Por fin vieron una gran serpiente ne-
gra. Se lanzó hacia las tinieblas y desapareció .
-¡Huyamos !-dijo Matho. - Es ella ! La he visto !
¡viene!
-No, -contestó Spendio ; -el templo está vacío .
Entonces una luz cegadora les hizo bajar los ojos.
Advirtieron a su alrededor en las paredes, infinidad
de animales demacrados , anhelantes, con las garras
pronto a desgarrar, confundidos y amontonados unos
sobre otros de tal manera que producían pavor. Las
serpientes tenían pies ; los toros alas ; pescados con
cabeza de hombre tragaban frutas ; de entre las qui-
jadas de los cocodrilos emergian flores, y los elefan-
tes, con la trompa levantada, pasaban orgullosamen-
te en pleno azur como águilas. Un esfuerzo terrible
dixtendía sus miembros incompletos o multiplicados.
Parecía que con la lengua quisieran sacar su alma.
Todas las formas se hallaban allí , como si el receptá-
culo de los gérmenes, estallando en impensado ím-
petu, se vaciara sobre las paredes de la sala.
Doce globos de cristal la alumbraban dispuestos en
círculo, sostenidos por monstruos que parecían tigres.
Sus pupilas eran salientes como los ojos de los cara-
coles y encorvando sus grupas poderosas miraban ha-
cia el fondo donde resplandecía en un carro de mar-
fil la Rabbet suprema, la Omnifecunda ; la última crea-
da.
Escamas, plumas, flores, pájaros, la cubrían hasta
el vientre. Llevaba por aretes unos címbalos de pla-
ta que golpeaban sus mejillas. Los grandes ojos fijos
miraban, y una piedra luminosa, engarzada en un sím-
bolo obsceno, alumbraba toda la estancia, reflejándose
sobre la puerta en espejos de rojo cobre.
Matho adelantó un paso ; una losa cedió bajo sus
talones y las esferas rodaron y rugieron las fieras ;
una harmonía semejante a la que producen los plane-
tas girando eternamente en el espacio se elevó melo-
diosa y pura ; el alma de Tanit se esparcía por el
ámbito sagrado . Iba a levantarse, grande como la sa-
la, con los brazos abiertos . De repente los monstruos
cerraron las fauces y los globos de cristal no gira-
ron.
--- 75 --
Después una modulación lúgubre llenó los espacios
y se extinguió por fin.
-¿Y el velo ?-dijo Spendio.
No parecía. ¿ Dónde estaba ? ¿ Cómo hallarle ? ¿ Le
habrían ocultado los sacerdotes ? Matho experimenta-
ba una sensación desgarradora, como si su fe se hu-
biese extinguido.
-Por aquí, dijo Spendio. Una inspiración le guia-
ba. Llevó a Matho hacia una hendidura ancha de un
codo que había en la pared detrás del carro de Ta-
nit.
Penetraron en una salita circular, tan alta de te-
cho que parecía el interior de una columna . Había
en el centro una piedra negra, semiesférica, como un
tamboril ; sobre ella elevábanse llamas ; un cono de
ébano, con brazos y cabeza, estaba detrás .
Más allá resplandecía como una nube en que re-
fulgían estrellas ; entre sus pliegues aparecían mil fi-
guras ; Eschmun con los kabyros, algunos monstruos
ya vistos, los animales sagrados de los babilonios, y
otros que ni Matho ni Spendio conocían. El velo pa-
saba como un manto bajo el rostro del ídolo y vol-
vía a subir extendido hacia la pared a la que estaba
sujeto por los ángulos, azul como la noche, amarillo
como la aurora, purpúreo como el sol, inmenso , diá-
fano, centelleante, ligero. Era el manto de la diosa,
el zaimph sagrado que no podía mirarse.
Palidecieron ambos .
-Tómalo -dijo Matho.
Spendio no vaciló ; apoyándose en el ídolo, arran-
có el velo que cayó en tierra. Cogiólo Matho ; después
pasó su cabeza por la abertura, se envolvió el cuerpo
en él, y extendía los brazos para contemplarlo me-
jor.
-¡Vámonos - dijo Spendio.
Matho, respirando con fuerza, permanecía con los
ojos fijos sobre las losas .
De repente exclamó :
-¿Si fuera a verla ? ¡ Ya no temo su belleza ! ¿ Qué
puede ahora contra mí ? Ya soy más que un hombre.
Puedo atravesar las llamas, puedo andar sobre el mar !
Salammbót Salammbó ! ¡ Soy tu dueño !
- 76
Su voz atronaba. A Spendio le pareció más alto
y como transfigurado.
Se oyó ruido de pasos, se abrió una puerta y apa-
reció un hombre, un sacerdote con su alto casquete y
su jamplio manto. Tenía los ojos dilatados por el te-
rror.
Antes que hubiese hecho un ademán, Spendio, aba-
lanzándose a él, le hundió en la espalda sus dos pu-
ñales. La cabeza chocó contra las losas.
Inmóviles como el cadáver permanecieron ambos es-
cuchando. Sólo se oía el murmullo del viento por la
entreabierta puerta.
Daba ésta a un corredor estrecho. Spendio lo si-
guió, Matho también y pronto estuvieron en el tercer
recinto, entre los pórticos laterales donde estaban las
habitaciones de los sacerdotes ; Spendio, arrodillándo-
se junto a una gran balsa de mármol llena de agua
en que nadaban peces parecidos a los del jardín de
Salammbó, lavó sus manos sangrientas. Las mujeres
dormían .
Alguien, bajo los árboles, corría detrás de ellos ; Ma-
tho, que llevaba el velo, sintió varias veces que tira-
ban de él suavemente. Era un gran cinocéfalo, uno
de los que vivían en libertad en el recinto de la dio-
sa. Como si hubiera, tenido conciencia del robo, se
asía del manto . No se atrevían sin embargo a pegar-
le por temor de que gritase. De repente su cólera se
apaciguó y les seguía balanceando el cuerpo y sus
largos brazos . Al llegar a la barrera, de un salto su-
bió a un árbol .
Cuando hubieron salido del ultimo recinto se diri-
gieron al palacio de Hamílcar. Spendio comprendía que
era inútil querer convencer de lo contrario a Matho.
Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de
Muthumbal, el mercado de las Hierbas y la encruci-
jada de Cynasyn . Al doblar una esquina, un hombre
retrocedió asustado por aquel objeto centelleante que
brillaba entre las tinieblas.
-Oculta el zaimph !-dijo Spendio.
Otros transeuntes cruzaron por su camino, pero no
se fijaron en ellos . Por fin llegaron a las casas de
Megara
77 --
El faro, que se levantaba detrás de ellos, al borde
del acantilado, iluminaba el cielo con su luz roja,
y la sombra del palacio con sus terrazas superpues-
tas se proyectaba en los jardines como una mons-
truosa pirámide. Entraron rompiendo con sus puña-
les el seto vivo que cerraba los jardines.
Todo guardaba aún las huellas del festín de los
mercenarios. Las plantas pisoteadas, los arroyuelos se-
cos, las puertas del ergástulo abiertas. Nadie se veía
junto a las cocinas y bodegas. Les extrañaba aquel
silencio, interrumpido a veces por el resoplido ronco
de los elefantes que se agitaban en sus parques y
por la crepitación del faro en que ardía una pira de
áloe.
Matho de cuando en cuando decía :
-¿Dónde está ? ¡ Quiero verle ! Llévame a su lado .
-Es una locura, -contestaba Spendio, -llamarás, apa-
recerán sus esclavos, y a pesar de tu fuerza, mori-
rás. }
Llegaron así a la gran escalinata de las galeras .
Matho, levantó la cabeza y creyó advertir en lo alto
una claridad suave. Spendio quiso contenerle pero aquél
subió las gradas .
Al encontrarse en aquel sitio en que la había vis-
to, el intervalo de los días pasados se borró de su
memoria. Todo le hablaba de ella. El cielo, sobre su
cabeza parecía incendiado ; el mar, llenaba el hori-
zonte. A cada uno de sus pasos una inmensidad ma-
yor le rodeaba, y continuaba subiendo con la extra-
ña facilidad que experimentaba en los sueños.
El roce del velo que arrastraba sobre las piedras le
recordó su nuevo poder, pero en el exceso de su es-
peranza, se sentía tímido e irresoluto.
De cuando en cuando pegaba su rostro a las aber-
turas cuadrangulares de las habitaciones cerradas, y
en muchas de ellas creyó ver personas durmiendo .
El último piso, más pequeño, formaba una especie
de dado en la cima de las terrazas. Matho le dió la
vuelta lentamente.
Una claridad blanquecina brillaba sobre las hojas
de talco que tapaban las aberturas de la pared, que
como estaban simétricamente dispuestas, parecían hi-
- 78
los de finas perlas incrustadas en la pared. Reconoció
la puerta roja con la cruz negra. Los latidos de su
corazón redoblaron. Hubiese querido huir. Empujó la
puerta ; se abrió .
Una lámpara en forma de galera ardía suspendida en
el fondo del cuarto y tres rayos que se escapaban de
su cadena de plata temblaban sobre el suelo pintado
de rojo con rayas negras. En el techo aparecía en el
centro de los artesones, amatistas y topacios. En los
lados más largos de la habitación había una cama muy
baja formada de correas blancas .
Una grada de ónice rodeaba una gran balsa de ala-
bastro junto a la cual se veían aún las huellas hú-
medas de una persona . Aromas exquisitos llenaban el
aire.
Matho se deslizaba por las losas incrustadas de oro,
de nácar y de cristal, y a pesar de la dureza del
suelo, parecíale que sus pies se hundían como si ca-
minara por la arena.
Había visto detrás de la lámpara de plata una ma-
sa cuadrada de azur, suspendida en el aire por cua-
tro cuerdas que denpían del techo , y se adelantaba
doblando el cuerpo y con la boca entreabierta.
Alas de fenicópteros sujetas a mangos de coral ne-
gro estaban tiradas entre cojines de púrpura, cofreci-
llos de cedro y espátulas de marfil. A los cuernos de
antílope estaban pasados brazaletes y sortijas, y gran-
des vasos de arcilla se refrescaban en las hendiduras
de la pared sobre cañizos.
Muchas veces tropezó porque el suelo tenía distin-
tos niveles que formaban en la sala como una serie
de habitaciones . En el fondo balaustres de plata ro-
deaba un tapiz sembrado de flores pintadas. Llegó por
fin junto a la cama suspendida, cerca de un escabel
de ébano que servía para subir .
Pero la luz no alumbraba sino la orilla de la cama
y sólo se veía un ángulo del colchón rojo y la punta
de un pie pequeño y desnudo. Entonces Matho acercó
suavemente la lámpara.
Dormía con la mejilla apoyada en una mano y con
el otro bazo tendido. Las ondas de su cabellera se
esparcían con tanta abundancia alrededor de ella, que
79
parecía tendida sobre negras plumas y su ancha tú-
nica blanca llegaba hasta sus pies siguiendo las on-
dulaciones del talle. Entre los párpados entornados veían-
se algo sus ojos. Las, cortinas le envolvían en una at-
mósfera azulada, y el movimiento de su respiración ,
comunicándose a las cuerdas, parecía mecerla en el
aire. Un mosquito zumbaba.
Matho , inmóvil , sostenía con la mano la galera de
plata, y de repente el mosquito se inflamó desapare-
ciendo y Salammbó despertóse.
El fuego se extinguió por sí mismo. La lámpara
hacía oscilar en el pavimento sombras y haces de
luz.
-¿Qué ocurre ?-preguntó .
Matho, contestóle :
-¡Es el velo de la diosa !
-¿El velo de la diosa ? -exclamó Salammbó. Y apo-
yándose en las manos se inclinó hacia fuera estreme-
ciéndose .
El libio añadió :
-He ido a buscarle para tí en las profundidades
del santuario. ¡ Mira !
El zaimph fulguraba despidiendo vivos reflejos.
-¿Te acuerdas ?-decía Matho : -por la noche te me
aparecías en sueños ; pero no adivinaba la muda or-
den de tus ojos . Si la hubiera comprendido hubiese
venido ; habría abandonado el ejército. No saliera de
Cartago . Para obedecerte bajaría por la caverna de
Hadrumeto al Reino de las Sombras ! Perdóname. No
comprendía lo que me pasaba, pero algo me arras-
traba hacia tí ! Sin los dioses, no me habría atrevido
jamás I ... Marchemos ! Es preciso que me sigas ; si
no quieres, yo me quedo ! que me importa... Anega
mi alma en el soplo de tu aliento. ¡ Aplástense mis
labios besando tus manos !
-Déjame ver, -decía, Salammbó, -¡más cerca ! ¡ más
cerca l
Amanecía. Las hojas de talco de las paredes apare-
cían teñidas de un color gris . Salammbó se apoyaba
desfallecida en los cojines de la cama.
Te amo -gritaba Matho.
Salammbó dijo :
80
-¡Dámelo !-y se acercaba.
Se acercaba más y más cubierta con su simarra
blanca, que arrastraba, y fijos los grandes ojos en el
velo. Matho la contemplaba deslumbrado por los es-
plendores de su cabeza y alargando hacia ella el zaimph
iba a abrazarla. Ella abría los brazos . De repente se
detuvo y quedaron absortos contemplándose.
Sin comprender lo que solicitaba, sintió horror. Sus
delgadas cejas se enarcaron, sus labios se entreabrie-
ron ; temblaba.
Por fin golpeó una de las pátaras de cobre que es-
taban en los ángulos del colchón y gritó :
¡ Socorro ! ¡ socorro ! ¡ Atrás, sacrilego ! ¡ Atrás ! ¡ In-
fame ! maldito ! ¡ a mi ! ¡ Taanach, Kroúm, Ewa, Mi-
cipsa, Schavúl !
Apareció el rostro de Spendio asustado entre las
jarras de arcilla y lanzó estas palabras :
¡Huye ! ¡ llegan !
Un gran tumulto llenó las escaleras, y una oleada
de gente, mujeres, criados, esclavos, se lanzaron den-
tro de la habitación blandiendo estacas, rompecabezas,
cuchillos y puñales.
Quedaron como paralizados de indignación al ver a
un hombre ; los criados lanzaban el chillido de los fu-
nerales, y los eunucos palidecían bajo su piel negra.
Matho estaba detrás de los balaustres. Envuelto en
el zaimph parecía un dios sideral rodeado del firma-
mento. Los esclavos iban a lanzarse sobre él . Salamm-
bó les detuvo .
-No lo toquéis ! Les el manto de la diosa !
Había retrocedido, pero adelantó un paso hacia él,
y extendiendo un brazo desnudo :
-¡Maldición sobre tí que has robado a Tanit ! ¡ Odio!
Ivenganza ! mortandad y dolor ! ¡ qué Gursil , dios de
las batallas te destroce ! ¡ que Mastiman, dios de los
muertos, te ahogue ! y que el otro el que no debe
nombrarse-te queme !
Matho lanzó un grito como si recibiera una esto-
cada. Salammbó repitió muchas veces :
-¡Vete, vete !
Los criados se apartaron, y Matho, bajando la ca-
beza, pasó lentamente entre ellos ; en la puerta se de-
81
tuvo, pues la franja del zaimph se había engancha-
do a una de las estrellas de oro del pavimento. Lo
arrancó con un brusco movimiento y bajó las esca-
leras .
Spendio, saltando de terraza en terraza y salvando
setos , barreras y regueros de agua , escapó de los jar-
dines. Llegó al pie del faro . La muralla estaba aban-
donada allí porque el acantilado era en aquel sitio
inaccesible. Llegó hasta el borde, se tendió boca arri-
ba y con los pies hacia adelante, se dejó deslizar ha-
cia abajo. Luego llegó andando hasta el cabo de las
tumbas, dió una gran vuelta por la laguna salada y
por la noche entró en el campamento de los bárbaros.
Brillaba el sol ; Matho , como un león que se aleja,
bajaba por los caminos, lanzando a su alrededor te-
rribles miradas.
Un rumor confuso llegaba a sus oídos. Partió aquel
rumor del palacio, y llegó hasta el Acrópolis . Unos
decían que habían robado el tesoro de la República
del templo de Moloch ; otros hablaban de un sacerdo-
te asesinado ; aquéllos afirmaban que los bárbaros ha-
bían entrado en la ciudad.
Matho, que no sabía cómo salir de los recintos, ca-
minaba sin vacilar en línea recta . Cuando advirtie-
ron su presencia se oyó un clamor terrible. Todos
comprendieron lo que ocurría ; fué una consternación
primero, después una inmensa cólera.
Del fondo de los Mappales, de las alturas del Acró-
polis, de las catacumbas, de las orillas del lago, acu-
dían hombres y hombres. Los patricios salían de sus
palacios, los vendedores de sus tiendas, las mujeres
abandonaban sus hijos . Todos cogían hachas, palos,
espadas, pero el obstáculo que detuvo a Salammbó
esl detenía también a ellos . ¿ Cómo cogerle el velo ?
Su sola vista era un crimen ; era de la propia subs-
tancia de los dioses y su contacto producía la muerte.
En el peristilo de los templos, los sacerdotes, des-
esperados, se retorcían los brazos , los guardias de la
Legión galopaban al azar ; la gente subía a los terra-
dos de las casas, sobre los hombros de los colosos,
Salammbó.- 6
- 82
sobre los mástiles de los navíos . Pero Matho adelan-
taba y a cada paso aumentaba su rabia y su terror.
Las calles quedaban desiertas cuando se aproximaba,
y aquel torrente de hombres que huían llegaba has-
ta la cima de las murallas. Por todas partes sólo veía
ojos dilatados como para devorarle, dientes que cru-
gian, puños amenazadores, y las imprecaciones de Sa-
lammbó resonaban multiplicándose .
De repente silbó una larga flecha. Después otra; pa-
saron zumbando las piedras, pero los proyectiles mai
dirigidos porque se temía tocar al zaimph, no alcan-
zaban a Matho . Por otra parte servíale de escudo el
velo sagrado, le tendía a derecha, a izquierda, de-
lante, detrás, y sus enemigos no sabían cómo apri-
sionarle. Cada vez andaba más aprisa. Metiéndose por
las calles que le parecían abiertas, pero a veces las
encontraba cerradas al final por cuerdas y obstácu-
los de toda especie . Llegó a la plaza de Khamon,
donde murieron los baleares. Matho se detuvo pali-
deciendo como el que se siente morir. Aquella vez
estaba perdido ; la multitud aplaudía.
Corrió hasta la gran puerta que estaba cerrada. Era
muy alta, de roble, con clavos de hierro y chapeada
de cobre. Matho trató de abrirla. El pueblo aullaba de
alegría viendo la impotencia de su furor. Entonces to-
mó su sandalia, escupió en ella y abofeteó las inmó-
viles hojas . La ciudad entera lanzó un clamor. Pa-
recían haber olvidado el velo. Iban a matarle . Matho
paseó sobre la multitud una mirada vaga. Sus sienes
latían con fuerza inusitada aturdiéndole ; sentía el so-
por de los borrachos . De repente se fijó en la larga ca-
dena que había para hacer mover la báscula de la
puerta. De un salto se colgó a ella, poniendo rígidos
los brazos y afianzándose con los pies ; las enormes
hojas se entreabrieron .
Entonces quitóse del cuello , el gran zaimph y lo le-
vantó cuan alto pudo de su cabeza. El manto, soste-
nido por el viento del mar, resplandecía al sol mos-
trando sus colores, sus pedrerías y la figura de los
dioses . Matho , llevándole así, atravesó toda la llanu-
ra hasta las tiendas de los soldados, y el pueblo, en
las murallas, miraba alejarse la fortuna de Cartago.
83
VI
Hannon
¡ Debí robarla ! -decía por la noche Matho a Spen-
dio, ¡ era preciso cogerla y arrebatarla de su casa !
nadie se hubiera atrevido a oponer a mi paso !
Spendio no le escuchaba. Tendido de espaldas , re-
posaba con delicia junto a una jarra llena de hidro-
miel en la que, de cuando en cuando, metía la cabeza
para beber más abundantemente.
Matho añadió :
-¿Qué hacer ? ¿ Cómo volver a Cartago ?
-No lo sé, -contestó Spendio.
Aquella impasibilidad le exasperaba, y exclamó :
-La culpa es tuya ! ¿ Me arrastras, y luego me
abandonas como un cobarde que eres ? ¿ Acaso debo
obedecerte ? ¿ Crees ser mi dueño ? ¡ Ah, alcahuete, es-
clavo !
Rechinaba los dientes y levantaba contra Spendio
su formidable mano .
El griego no contestó. Una lámpara de arcilla bri-
llaba suavemente, iluminando una panoplia de la que
estaba suspendido el zaimph fulgurante.
De repente Matho calzó los coturnos, ciñó su cose-
lete de escamas de bronce y tomó su casco.
-¿Dónde vas ?-preguntó Spendio .
-¡Voy allí ! Déjame ! ¡ Lo traeré ! ¡ Al que se me
oponga, le aplasto como una víbora ! ¡ La mataré, Spen-
dio !
Calló un instante, y luego repitió :
-Sí, la mataré, ya lo verás, la mataré !
Pero Spendio, que aguzaba el oído, arrancó brus-
camente el zaimph y le echó a un rincón, tapándole
84
con pieles. Se oyó un murmullo de voces, brillaron
muchas antorchas, y Narr-Havas entró seguido de unos
veinte hombres .
Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, co-
llares de cuero, aretes de madera y calzado de piel
de hiena. Inmóviles en el umbral se apoyaban en sus
lanzas como pastores que reposan. Narr-Havas era el
más apuesto de todos ; correas adornadas de perlas
ceñían sus delgados brazos ; el círculo de oro que
sostenía alrededor de su cabeza, el amplio manto os-
tentaba una pluma de avestruz que caía hacia su es-
palda ; una eterna sonrisa mostraba sus dientes ; sus
ojos eran agudos como flechas y a primera vista se
advertía su inteligencia y ligereza.
Declaró que guerrearía con los mercenarios, porque
la República amenazaba de antiguo su reino . Tenía,
pues, interés en socorrer a los bárbaros y podía ser-
les útil.
---Os proveeré de elefantes, de vino, de aceite, de
cebada, de dátiles, de pez y de azufre para los sitios ;
y os proporcionaré además diez mil infantes y diez
mil caballos. Si me dirijo a tí, Matho, es porque la
posesión del zaimph te ha convertido en el jefe del
ejército. Y añadió:
-Además, somos antiguos conocidos .
Matho, entretanto, miraba a Spendio, que escucha-
ba sentado sobre un montón de pieles, asintiendo con
la cabeza Narr-Havas continuó hablando. Invocaba el
testimonio de los dioses, maldecía a Cartago . En sus
imprecaciones rompió una javalina. Sus soldados lan-
zaron un gran clamor, y Matho, arrastrado por aque
lla cólera, dijo que aceptaba la alianza.
Se trajo entonces un toro blanco y una oveja negra,
símbolos del día y de la noche. Se los degolló a la
orilla de una fosa. Cuando ésta estuvo llena de sangre,
hundieron en ella los brazos, luego Narr-Havas, puso
su mano en el pecho de Matho y éste la suya en el
de Narr-Havas. Repitieron aquel estigma de la tela
de sus tiendas . Después pasaron la noche comiendo,
y se quemó el resto de las carnes, junto con la piel
de los huesos, los cuernos y las pezuñas.
Una inmensa aclamación saludó a Matho al volver
1
85
trayendo el velo de la diosa ; hasta los que no creían
en la religión cananea sintieron que un Genio apare-
cía. En cuanto a tratar de apoderarse de zaimph, a
nadie se le ocurrió, bastaba el modo misterioso como
se había adquirido para legitimar su posesión. Así pen-
saban los soldados de raza africana ; los otros cuyo
odio era menos tenaz, no sabían qué resolver. Es ca-
si seguro que, de haber tenido navíos, la mayoría de
ellos se hubiera marchado.
Spendio, Narr-Havas y Matho enviaron mensajeros a•
todas las tribus del territorio púnico.
Cartago extenuaba aquellos pueblos . Les exigía im-
puestos exhorbitantes y el grillete, el hacha o la cruz
castigaban a los morosos. Era preciso cultivar la tie-
rra, según convenía a Cartago , entregarle lo que pe-
día; a nadie se reconocía el derecho de poseer armas ;
cuando las aldeas y pueblos se revelaban, se vendía
a sus habitantes como esclavos ; a los gobernadores se
les estimaba como si fueran prensas, según la canti-
dad que producían . Luego más allá de las regiones di-
rectamente sometidas a Cartago, habitaban los aliados
que no pagaban si no un mediano tributo ; más allá
todavía, vagabundeaban los nómadas a quienes se po-
día lanzar contra los aliados . Siguiendo tal sistema,
las cosechas resultaban siempre abundantes , las ye-
guadas florecientes, las plantaciones soberbias. Catón
el viejo, tan entendido en materias de cultivo y de es-
clavitud, noventa y dos años más tarde admiró tal
sistema, y el grito de muerte que repetía en Roma
no era sino la voz de unos celos feroces.
Durante la última guerra, las exacciones habían re-
doblado, por lo cual casi todas las ciudades de la Li-
bia abrieron sus puertas a Régulo . Para castigarles
se les exigió mil talentos, veinte mil bueyes, trescien-
tos sacos de polvo de oro, adelantos considerables de
semillas, y los jefes de las tribus habían sido clava-
dos en cruz o echados a los leones.
Túnez, sobre todo, execraba a Cartago. Más antigua
que la metrópoli , no le perdonaba su grandeza. Per-
manecía frente a sus murallas, hundida en el barro
a la orilla del agua, como un animal venenoso que
la miraba. Las deportaciones, las matanzas y las epi-
86
demias no le debilitaban. Había sostenido a Arcaga-
tas, hijo de Agatocles. Los comedores de cosas inmun-
das hallaron dentro de su recinto cuantas armas qui-
sieron.
Apenas recibieron los correos estalló en todas las
provincias un indecible regocijo. Sin detenerse ahor-
caron a los intendentes de las casas y a los funciona-
rios de la República ; sacaron de las cavernas las an-
tiguas armas que allí ocultaban ; con el hierro de los
arados se forjó espadas ; los niños afilaban las jaba-
linas, y las mujeres daban sus collares, sus sortijas,
sus aretes, todo lo que podía servir para la destruc-
cóin de Cartago . Todos querían contribuir a ella. Los
haces de lanzas se amontonaban en las aldeas como
gavillas de trigo . Se enviaron ganados y dinero. Ma-
tho pagó a los mercenarios los atrasos de su sueldo,
y aquella idea de Spendio le hizo nombrar generali-
simo de las cohortes bárbaras.
Al mismo tiempo llegaban innumerables grupos de
hombres para aumentar el ejército . Primero aparecie
ron los hombres de raza autoctona, después los escla-
vos delc ampo . Se apoderaron los soldados de grandes
caravanas de negros, se armó a éstos, y muchos mer-
caderes que iban a Cartago, incitados por el lucro,
permanecieron entre los bárbaros . Incesantemente lle-
gaban al campamento de los mercenarios grupos nu-
merosos. Desde las alturas del Acrópolis veíase cómo
aumentaba el ejército .
En la plataforma del acueducto había centinelas de
la Legión ; cerca de ellos, de trecho en trecho, había
calderas de cobre donde hervía asfalto fundido. Al pie
de las murallas, la gran muchedumbre se agitaba tu-
multuosamente. Mostrábase incierta porque temía asal-
tar las murallas.
Uticas e Ippo Zarita rehusaron su alianza. Colonias
fenicias como Cartago, gobernábanse a sí mismo, y
en los tratados que firmaba la República se admitía
siempre una cláusula en su favor. Respetaban a su
hermana que las protegía, y no creían que una mul
titud de bárbaros pudiera vencerla ; por el contrario,
estimaban que sería ella la vencedora . Deseaban per-
manecer neutrales y en paz.
87
Pero su posición las hacía indispensables . Utica , si-
tuada en el fondo de un golfo, podía enviar fácilmente
a Cartago socorros del exterior. Si Utica resultaba ven-
cida, Ippo Zarita, situada seis horas más allá, tam-
bién en la costa, la reemplazaría, y la metrópoli, así
socorrida sería inexpugnable.
Spendio quería que se asediara inmediatamente Car-
tago, pero Narr-Havas se opuso ; era preciso ante to-
do asegurar las fronteras.
Tal era la opinión de los veteranos . Matho la apro-
baba y quedó decidido que Spendio atacaría inme-
diatamente a Utica, a Ippo Zarita, y que el tercer
cuerpo de ejército, tomando a Túnez por base de ope-
raciones, ocuparía la llanura de Cartago. Autharito se
encargó de su jefatura. En cuanto a Narr-Havas , de-
bía volver a su reino para procurarse elefantes y re-
correr los caminos con su caballería para evitar la
llegada de socorros a la metrópoli
Las mujeres se indignaron al saber aquella decisión ;
envidiaban las joyas de las damas púnicas . Los li-
bios también reclamaron . Se les había llamado con-
tra Cartago, y ahora se les arrojaba de ella. Matho
mandaba a sus compañeros, a los íberos , a los lusi-
tanos y a los hombres de occidente y de las islas, y
a todos los que hablaban griego, pidieron servir bajo
las órdenes de Spendio, porque fiaban en su inteli-
gencia.
La estupefacción fué grande cuando se vió que el
ejército se movía de repente. Luego se extendió bajo
la montaña Ariana, por el camino de Utica, a orillas
del mar. Un gran destacamento permaneció junto a
Túnez ; y el resto desapareció y reapareció de allí a
poco a la otra orilla del golfo, cerca de los bosques
entre los cuales se perdió.
Eran ochenta mil hombres quizás . Las dos ciudades
tirias no resistirían y pronto volverían contra Carta-
go. Un núcleo importante ya la sitiaba ocupando el
itsmo por su base, y bien pronto tendría que rendirse
por hambre, pues no podría vivir sin el auxilio de
las provincias . El genio político faltaba a Cartago, su
eterna sed de ganancias le impedía tener aquella pru-
dencia que proporcionan las ambiciones más nobles ,
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Navío anclado en la arena líbica solo podría perma-
necer en ella a fuerza de trabajo. Las naciones y las
olas mugían de continuo alrededor de ella y la menor
tempestad conmovía el formidable edificio.
El tesoro estaba agotado por la guerra romana y
por todo lo que se había derrochado y perdido , mien-
tras se regateaba con los bárbaros . Sin embargo, era
preciso encontrar soldados , y no había un gobierno
que fiara en su buena fe. Ptolomeo, poco tiempo an-
tes le había rehusado dos mil talentos . Además el
robo del velo descorazonaba a los cartagineses , como
lo había previsto Spendio.
Pero aquel pueblo que se sentía aborrecido apreta-
ba contra su corazón su dinero y sus dioses ; y su
1 patriotismo se avivaba por la forma de su gobierno.
El poder dependía de todos sin que ninguno fuera
bastante fuerte para acapararlo. Se consideraban las
deudas particulares como deudas públicas, los hom-
bres de raza cananea tenían el monopolio del comer-
cio ; sumando los beneficios de la piratería a los de
la usura, explotando rudamente las tierras los escla-
vos y los pobres, a veces se llegaban a la riqueza.
Esta era la única que daba acceso a todas las ma-
gistraturas, y aunque el poder y el dinero se perpetua-
ran en las mismas familias, se toleraba la oligarquía
por la esperanza de conseguirle .
Las sociedades de comerciantes que redactaban las
leyes, escogían los inspectores de hacienda, los cuales
al dejar su empleo, nombraban a los cien individuos
del Consejo de los Antiguos, el cual, a su vez, depen-
día de la gran Asamblea, reunión general de todos
los ricos.
En cuanto a los dos sufetas, aquellos restos de los
antiguos reyes, menos poderosos que cónsules, se ele-
gían el mismo día en el seno de dos familias distintas.
Se les dividía por toda suerte de odios y envidias pa-
ra que se debilitaran recíprocamente .
No podían deliberar sobre la guerra, y cuando que-
daban vencidos el Gran Consejo les crucificaba.
Así, pues, la fuerza de Cartago, emanaba de los Pus-
sylas, establecidos en un gran patio en el centro de
Malque, en el sitio en que había sacado la primera
89
barca de marineros fenicios, y que ahora resultaba te-
nerse firme, porque desde entonces se había retirado
mucho al mar. Había en aquel patio gran número de
habitaciones pequeñas de arquitectura arcaica, construí-
das de troncos de palmera para que pudieran delibe-
rar las diferentes compañías. Los ricos se reunían en
aquel sitio y pasaban discutiendo horas y horas acer-
ca de sus intereses y de los del gobierno, tratando des-
de el cultivo de la pimienta hasta la exterminación
de Roma. Tres veces por luna hacían subir sus le-
chos a la alta terraza que limitaba las paredes del
patio ; y desde abajo se les veía sentados en la altura
sin coturnos y sin mantos, con los diamantes de sus
dedos que se paseaban sobre las carnes, y sus grandes
arracadas que se hundían en las jarras, todos gordos
y fuertes, medio desnudos, dichosos, riendo y comien-
do en pleno azul, como tiburones que juegan entre
las olas.
En la ocasión presente no podían disimular su in-
quietud y estaban pálidos ; la muchedumbre que les
esperaba en la puerta les escoltaba hasta sus casas
para ver de sacarles alguna noticia. Como en tiempo
de peste todas las casas estaban cerradas ; las calles
se llenaban y vaciaban en un momento ; se subía al
Acrópolis, se acudía al puerto ; el Gran Consejo deli-
beraba cada noche.
Por fin el pueblo fué convocado en la plaza de Kha-
mon y se decidió dar el poder supremo a Hannon, el
vencedor de Hecatomphilo.
Era un hombre devoto, taimado, implacable para los
africanos, un verdadero cartaginés . Sus rentas eran tan
grandes como las de los Barcas. Nadie como él era
entendido en administración .
Decretó el alistamiento de todos los ciudadanos vá-
lidos. Colocó catapultas en las torres, exigió aprestos
considerables de armas, ordenó la construcción de ca-
torce galeras que de momento no se necesitaban ; qui-
so que todo se anotara y se detallara. Se hacía trans-
portar al arsenal, al faro, al tesoro de los templos ; de
continuo se veía su gran litera que, oscilando de gra-
da en grada, subía la escalinata del Acrópolis . Por
la noche en su palacio, como no podía dormir, para
- 90
prepararse al combate, ordenaba con voz terrible ma-
niobras militares .
Todos por exceso de terror resultaban valientes . Los
ricos desde que cantaban los gallos se alineaban a
lo largo de los Mappales, y arremangando sus túnicas
se adiestraban en manejar la pica. Pero como no te-
nían quien les instruyera disputaban. Sentábanse can-
sados sobre las tumbas, y luego volvían a empezar.
Muchos se sometieron a un régimen determinado. Unos
creyendo que para resistir las fatigas de la guerra
era preciso comer mucho, se hartaban brutalmente ;
otros, a quienes su corpulencia molestaba, se impo-
nían abstinencias y ayunos .
Utica había reclamado ya muchas veces el auxilio
de Cartago, pero Hannon no quiso marchas hasta que
no faltó ni un clavo a las máquinas de guerra. Perdió
todavía tres lunas, equipando los ciento doce elefantes
que había en los establos de las murallas ; eran los
vencedores de Régulo ; el pueblo les quería ; debía tra-
tarse con esmero a aquellos antiguos amigos.
Hannon hizo refundir las planchas de cobre que cu-
brían su pecho , dorar sus colmillos, ensanchar sus
torres y cortar las piezas de la mejor púrpura gual-
drapas bordadas con franjas preciosas . Como se acos-
tumbraba llamar a sus conductores «los indios» , or-
denó que a todos se les vistiera según la usanza in-
dia, es decir con un turbante blanco y un taparrabos
de bysso que formaba con sus pliegues transversales
a modo de las valvas de una concha sobre las cade-
ras .
El ejército de Autharito continuaba ante Túnez. Se
ocultaba detrás de la muralla construída con barro
del lago erizada con su cima de malezas espinosas.
Los negros habían puesto sobre altos palos hombres,
monigotes, máscaras humanas hechas con plumas de
pájaros , cabezas de chacales y de serpientes que abrían
las fauces de cara al enemigo, para asustarle. Por tal
medio, y creyéndose invencibles , los bárbaros baila-
ban, luchaban y jugaban convencidos de que Cartago
sucumbiría muy pronto. Otro que no fuese "Hannon
hubiese aplastado fácilmente aquella muchedumbre a
la que embarazaban para sus maniobras grandes re-
91
baños y buen número de mujeres . Autharito, desani-
mado, no exigía nada de sus subordinados . Se aparta-
ban cuando pasaba centelleando sus grandes ojos auz-
les, luego, llegado a la orilla del lago, se quitaba su
sayo de piel de foca, desataba la cuerda que sujetaba
sus largos cabellos rojos y los sumergía en el agua.
Sentía no haber desertado al campo romano con los
dos mil galos del templo de Eryx.
A veces, en mitad del día obscurecíase el sol, en-
tonces, el golfo y el mar libre parecían inmóviles , co-
mo si fueran de plomo fundido. Una nube de polvo
obscuro llegaba arremolinándose, ofase chocar las pie-
drezuelas contra la grupa de los animales, y el Galo
con los labios pegados a los agujeros de su tienda
se ahogaba de sofocación y de melancolía,
Otros, además de él, echaban de menos su patria,
aunque no fuera tan lejana. Los cartagineses cautivos
podían distinguir al otro lado del golfo, en los pen-
dientes de Byrsa los velorios de sus casas tendidos en
los patios.
Pero los centinelas les vigilaban de continuo. Se
les había atado a todos a una cadena común. Todos
llevaban un yugo de hierro, y la multitud no se can-
saba de mirarles . Las mujeres enseñaban a sus hijos
sus preciosas túnicas desgarradas que colgaban de sus
miembros demacrados .
Cada vez que Autharito miraba a Giscón, sentía un
tremendo furor al recordar su injuria ; le hubiera ma-
tado sin el juramento que hizo a Narr-Havas . Enton-
ces volvía a su tienda, bebía una mezcla de cebada
y comino hasta emborracharse, y después , despertaba
devorado por una sed horrible.
Matho, entretanto, sitiaba a Hippo Zaryta.
La ciudad estaba protegida por un lago que comu-
nicaba con el mar. Tenía tres recintos y sobre las al-
turas que la rodeaban había una muralla flanqueada
de torres. Nunca había acometido el libio empresas
tales. El recuerdo de Salammbó le obsesionaba y so-
ñaba con los placeres que debía proporcionar su belle-
za, como delicias de una venganza que le transporta-
ba de orgullo . Pensó varias veces en ofrecerse como
parlamentario, Pensaba que si entraba en Cartago, po-
92
dría llegar hasta ella. A veces daba la señal del asal-
to y se lanzaba como un loco contra una obra de de-
fensa de los sitiadores. Detrás de él iban los bárbaros ,
destruyendo cuanto encontraban, derribando con su es-
pada y con hachas todos los obstáculos . Las escalas
caían con estrépito ; resonaban los gritos de angustia
de vencidos y vencedores que caían heridos, y todo
volvía a quedar en silencio .
Matho se sentaba fuera de las líneas de las tiendas
y, enjugándose con sus manos su rostro salpicado de
sangre, miraba hacia Cartago.
Delante de él entre los olivos, palmeras, mirtos, plá-
tanos , había dos anchos estanques que se juntaban a
un lago, cuyos contornos no se veían apenas. Detrás
de una montaña surgían otras montañas, y en el cen-
tro del inmenso lago, elevábase una isla negra de for-
ma piramidal . A la izquierda, al extremo del golfo,
montones de arena enormes, densas, semejaban a olas
amarillentas petrificadas de repente, mientras el mar,
plano como un pavimento de lápiz-lázuli , elevábase
insensiblemente hasta confundirse con las nubes.
Matho lanzaba hondos suspiros . Se tendía de bru-
ces en la arena y hundiendo en ella sus manos, llo-
raba. Sentíase solitario, débil , abandonado. Jamás ob-
tendría lo que anhelaba y ni siquiera podía apode-
rarse de una ciudad.
Por la noche, en su tienda , contemplaba el zaimph .
¿ Para qué le servía aquel atributo de los dioses ? Y
de nuevo dudaba . Luego pensaba que aquel manto
pertenecía a Salammbó y que un soplo de su alma
flotaba entre sus pliegues ; y entonces le palpaba, le
olía, hundía en él su rostro y le besaba sollozando.
Se cubría los hombros con él para formarse la ilu-
sión de que estaba junto a ella.
A veces se escapaba de repente. Saltaba por sobre
los soldados que dormían envueltos en sus mantas,
montaba a caballo, galopaba sin descanso y dos ho-
ras después estaba en Utica al lado de Spendio.
Al principio hablaba del sitio ; pero después, para
mitigar su dolor sólo pensaba en Salammbó y de ella
hablaba. Spendio le exhortaba a tener paciencia.
-Rechaza esos pensamientos que degradan tu alma.
937
En otro tiempo obedecías ; hoy mandas . Si no con-
quistabas a Cartago, cuando menos se nos concederá al-
gunas provincias y seremos reyes .
Pero ¿ por qué la posesión del zaimph no les ase-
guraba la victoria ? Según Spendio, era preciso esperar.
Matho imaginaba que el zaimph sólo tenía virtudes
para los hombres de raza cananea y en su malicia de
bárbaro pensaba : «El velo no hará nada en mi favor ;
pero como se lo han dejado arrebatar, tampoco les
favorecerá a ellos».
Después nuevas dudas le asaltaron. Temía que, sa-
crificando a Aptonknos, dios de los libios, se ofen-
diera Moloch ; preguntó a Spendio a cuál de los dos
sería más prudente sacrificar un hombre.
-Es igual, -replicó Spendio.
El libio no comprendió tal indiferencia e imaginó
que el griego tenía un genio del que no quería reve-
lar el nombre.
Todos los cultos como todas las razas alentaban en
las filas de los bárbaros. Además de tener a los su-
yos, respetaban a los ajenos. Algunos mezclaban ex-
trañas prácticas a sus ritos nacionales . Otros , a fuer-
za de saquear templos y derribar ídolos y degollar a
sus sacerdotes, acababan por no creer sino en el des-
tino y en la Muerte. Spendio hubiese esculpido a Jú-
piter Olímpico, y, sin embargo, temía hablar en
alta a obscuras y cada día se calzaba primero el pie
derecho.
Hacía levantar enfrente de Utica una ancha terra-
za cuadrangular, pero a medida que subía elevában-
se las murallas también y lo que derribaban unos ,
casi inmediatamente lo reparaban los otros. Spendio
procuraba ahorrar las vidas de sus soldados, y pro-
curaba recordar la estratagema que oyó contar en sus
viajes. ¿ Por qué Narr-Havas, no volvía ? Aumentaba
la inquietud.
Hannón había terminado sus preparativos . En una
noche sin luna, hizo atravesar en almadía el golfo
de Cartago a sus elefantes y soldados.
Luego, dieron la vuelta a la montaña de las Aguas
Calientes para evitar a Autharito, y avanzaron con tal
lentitud, que en vez de sorprender a los bárbaros al
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amanecer, como calculaba el sufeta, se llegó a su
vista en pleno día de la tercera jornada.
Utica tenía por el lado de Oriente una gran llanura
que llegaba hasta la laguna de Cartago ; detrás de
ella, empezaba un valle aprisionado entre dos bajas
colinas aisladas ; los bárbaros estaban acampados más
lejos, a la izquierda, para poder bloquear el puerto;
dormían dentro de sus tiendas, cuando apareció el ejér
cito cartaginés .
Los honderos iban en las alas. Los guardias de la
Legión, sepultados en sus armaduras de escamas de
oro, formaban la primera línea ; montados en sus gran-
des caballos, sin crines ni orejas, y que llevaban en
medio de la frente en cuerno de plata para que se-
mejasen rinocerontes . En los huecos que dejaban sus
escuadrones, iban infantes con casco que balanceaban
en cada mano una jabalina de fresno. Las largas lan-
zas de infantería pesada asomaban detrás de ellos.
Todos aquellos mercaderes habían acumulado sobre
sí el mayor número posible de armas. Algunos lleva-
ban a la vez una lanza, un hacha, una maza, dos es-
padas; y otros parecidos a puerco espines, aparecían
erizados de dardos y sus brazos se apartaban de las
corazas formadas de placas de cuerno o de planchas
de hierro. Aparecieron luego las grandes máquinas de
guerra ; carrobalistas, onagros, catapultas y escorpio-
nes, oscilaban sobre carromatos tirados por mulas y
cuádrigas de bueyes. A medida que el ejército se des-
plegaba, los capitanes sofocados, corrían a derecha é
izquierda para comunicar órdenes, estrechar filas y ha-
cer que cada cual ocupara su puesto. Los de los An
tiguos llevaban cascos de púrpura, cuyas franjas mag-
níficas y larguísimas se enredaban con las correas de
los coturnos .
Los cartagineses, maniobraban tan pesadamente, que
los soldados riendo les invitaron a sentarse. Les gri-
taban que en seguida les vaciarían las barrigas y les
harían beber hierro .
En lo alto del mástil plantado ante la tienda de
Spendio, apareció un pedazo de tela roja. Era la se-
ñal. El ejército cartaginés contestó a ella con gran
ruido de tompetería, de címbalos, de flautas hechas
95 --
con huesos de asno y de tímpanos . Ya los bárbaros
habían saltado fuera de las empalizadas. Los dos ejér-
citos estaban a tiro de jabalina frente a frente.
Un hondero balear adelantó un paso, puso una bala
de arcilla en la onda, volteó ésta ; estalló un escudo
de marfil y los dos ejércitos se precipitaron uno so-
bre otro .
Con la punta de sus lanzas los griegos, pinchando a
los caballos en las narices los derribaron sobre sus ji-
netes. Los esclavos que podían lanzar piedras, las to-
maron demasiado gruesas y no podían arrojarlas le-
jos. Los infantes púnicos al herir de tajo con sus lar-
gas espadas, descubrían el flanco derecho . Los bárba-
ros hundieron sus líneas y les degollaban fácilmente ;
tropezaban con los moribundos y los cadáveres , ce-
gados por la sangre que les saltaba al rostro. Aquel
montón de picas, de cascos, de corazas, de espadas y
de miembros confundidos, se revolvía, se ensanchaba,
se estrechaba en elásticas contracciones. Las cohor-
tes cartaginesas cedieron más y más ; sus máquinas
de guerra no podían adelantar en la arena ; la litera
del sufeta ; que se veía desde el principio balancear
por sobre los hombros de los soldados comó una bar-
ca sobre las olas ; zozobró de pronto. ¿ Había muerto ?
Los bárbaros quedaron solos.
Desvanecíase la polvareda alrededor de ellos y em-
pezaban a cantar victoria cuando Hannon apareció mon-
tado en un elefante. Llevaba la cabeza desnuda, y su
collar de placas azules chocaba contra su túnica ne-
gra; aros de diamantes comprimían sus enormes bra-
zos y con la boca abierta blandía una pica desmesura-
da que terminaba en varias puntas y más brillantes
que un espejo. En seguida retembló el suelo, y los
bárbaros vieron avanzar en una sola línea todos los
elefantes de Cartago, con sus colmillos dorados , las
orejas pintadas de azul, cubiertos de bronce y balan-
ceando sobre sus formidables torres de cuero en que
había tres arqueros con el arco tendido. Apenas si los
soldados pudieron defenderse. Considerando segura la
victoria, se habían desbandado y se alinearon como
pudieron . El terror paralizó su empuje y permanecie.
ron indecisos ,
- 96
Desde lo alto de las torres les echaban jabalinas,
flechas, falaricas, masas de plomo. Algunos, querien-
do subir a las torres, se agarraban a las franjas de
las gualdrapas . Con grandes cuchillos se les cortaban
las manos, y caían hacia atrás sobre las espadas en
alto. Las picas, demasiado débiles se rompían. Los
elefantes, pasaban a través de las falanjes, como los
jabalíes por el monte bajo ; arrancaban las estacas dei
campamento con sus trompas. Atravesaron éste de un
extremo a otro derribando las tiendas con el pecho.
Todos los bárbaros habían huído . Se ocultaban en las
colinas por donde los cartagineses llegaron.
Hannon, vencedor, se presentó ante las puertas de
Utica. Hizo tocar las trompetas. Los tres jueces de la
ciudad aparecieron en lo alto de una torre entre la
almena.
Los de Utica no querían recibir huéspedes tan bien
armados. Hannón se indignó . Por fin consintieron en
admitirle con una corta escolta.
Las calles eran demasiado estrechas para los ele-
fantes . Fué preciso dejarles fuera.
En cuanto el sufeta entró en la ciudad, fueron a sa-
ludarle los principales ciudadanos. Se hizo llevar a
los baños y llamó a sus cocineros.
Tres horas después, aún estaba hundido en el acei-
te de cinamono, del que llenaron la pila ; mientras se
bañaba, comía, sobre una piel de buey tendida, len-
guas de semicópteros con semillas de amapola mez-
cladas con miel. Cerca de él, su médico griego, en-
vuelto en su amplia túnica amarilla, hacía calentar
de cuando en cuando la estufa y dos jóvenes inclina-
dos sobre los peldaños del baño le frotaban las pier-
nas. Pero los cuidados de su cuerpo, no amenguaban
su amor a la República y dictaba una carta para el
gran Consejo. Como se habían cogido algunos prisio-
neros, preguntábase qué terrible castigo inventaría.
-Espera, -dijo a un esclavo que escribía. -¡ Que me
los traigan, quería verlos !
Desde el fondo de la sala, llena de un vapor blan-
quecino en que las antorchas formaban como man-
chas rojas, empujaron a tres bárbaros ; un samnita, un
espartano y un capadocio.
97
-Continúa, -dijo Hannón.
<< Alegráos, luz de los Baals ! ¡ vuestro sufeta ha
exterminado a los perros voraces ! ¡ Bendita sea la Re-
pública Ordenad rezos públicos l»
Vió a los cautivos y riendo les dijo :
¡Ah! ¡ Ah! ¡Valientes de Sicca ! Parece que hoy no
gritáis tan fuerte. ¡ Soy yo ! Me conocéis ? ¿Dónde es-
tan, pues, vuestras espadas ? ¡ En verdad que sois te-
rribles !
Fingió querer ocultarse como si tuviese miedo.
-¡Pedías caballos, mujeres, tierras, magistraturas, sa-
cerdocios ! ¿ Por qué no ? ¡ Sí, yo os daré tierras de las
que jamás saldréis ! ¡ Se os casará con horcas nuevas !
¿ Vuestra paga ? ¡ Os la fundiremos en la boca en lin-
gotes de plomo ! ¡ Y os pondré en buen sitio, muy
alto, casi en las nubes, para que os acerquéis a las
águilas !
Los tres bárbaros desgreñados y cubiertos de hara-
pos, le miraban sin comprender lo que decía. Heri-
dos en las rodillas, les cogieron echándoles cuerdas ,
y las gruesas cadenas de sus manos arrastraban por
el pavimento.
Hannón se inclinó al ver su impasibilidad.
-¡De rodillas ! ¡De rodillas ! ¡ Chacales, polvo, gu-
sanos, excrementos ! ¡ Y no me contestan ! ¡ Basta ! ¡ Ca-
llaos ! ¡Que se les despelleje ! ¡No ! ¡ Esperad !
Soplaba como un hipopótomo dilatando los ojos . El
aceite perfumado pegándose a las escamas de su piel,
y la luz de las antorchas le daba un tinte rosado.
Añadió :
-Durante cuatro días hemos sufrido el sol . En el
paso de Macar, hemos perdido las mulas. ¡ Ah ! ¡ Cómo
sufro ! ¡ Que se calienten los ladrillos hasta el rojo !
Se oyó un ruido de palas y el incienso humeó en
los anchos pebeteros y unos esclavos desnudos que
sudaban como esponjas, aplastaron sobre las articula-
ciones del sufeta una pasta compuesta de harina, azu-
fre, vino tinto, leche de perra, mirra, gálbano y sty
rax. Una sed incesante le devoraba ; el hombre vesti-
do de amarillo no cedió a sus ruegos, y tendiéndole
Salammbó. -7
98
una capa de oro donde humeaba un caído de víbora,
«bebe, la dijo, para que la fuerza de las serpientes
nacidas del sol, penetre en el tuétano de los huesos :
¡ Oh ! Reflejo de los dioses ! Ya sabes que un sacerdo-
te de Schum observa alrededor del perro los astros
crueles que engendran tu enfermedad. Palidecen co-
mo las máculas de tu piel, y no morirás.
-No, ¿verdad ?-repitió el sufeta. -¡ No debe morir !
Y de sus labios violáceos se escapaba un aliento
más nauseabundo que la exhalación de un cadáver.
Dos brasas parecían arder en el sitio de los ojos que
no tenían pestañas. Un colgajo de piel rugosa le caía
sobre la frente. Sus dos orejas apartándose de la ca-
beza, empezaban a crecer y las arrugas profundas que
formaban semicírculos alrededor de sus narices, le da-
ban un aspecto extraño y espantoso, gran semejanza
a un animal feroz . Su voz extraña parecía un rugido.
Dijo :
-Quizás tienes razón, Demonades, creo que no debo
morir. ¡ Me siento fuerte, mira, mira, mira cómo trago !
Y menos por gula que por ostentación, y para pro-
barse asímismo que estaba bien, se hartaba de que-
sos, de pescados limpios de espina, de ostras, huevos,
trufas y pajaritos asados. Mirando a los prisioneros
se deleitaba pensando en su suplicio. Al acordarse de
Sicca, la rabia de todos sus dolores se exhalaba en
injurias contra aquellos hombres.
-¡Ah traidores ! ¡ Miserables ! ¡ Malditos ! ¡ Me ultra-
jabáis a mí A mí el sufeta ! ¡ Sus servicios ! ¡ El
precio de su sangre como dicen ellos ! ¡Ah ! ¡ Sí ! ¡ Su
sangre ! Su sangre !
Luego, hablando consigo mismo, añadió :
-¡Todos perecerán, no se venderá ni uno solo ! Me-
jor sería conducirlos a Cartago. ¡ Pero no tengo bas-
tantes cadenas ! ¡ Escribid que me envíen ! ¿ Cuántos
son ? No haya piedad ! ¡ Que me traigan en cestos to-
das sus manos cortadas.
En aquel instante estallaron gritos extraños a la vez
roncos y agudos dominando la voz de Hannón y el
ruído de los platos que le servían. Crecieron cada vez
más, y se oyó de súbito el grito furioso de los ele-
99
fantes, como si la batalla empezara de nuevo. Un gran
tumulto rodeó la ciudad entera.
Los cartagineses no habían tratado de perseguir a
los bárbaros . Permanecieron al pie de las murallas
con sus bagajes, sus criados y todo su tren de sátra-
pas . Entreteníanse en sus tiendas bordadas de perlas,
mientras el campamento de los mercenarios , situado
en la llanura, no era sino un montón de ruinas . Spen-
dio recobró su valor. Envió a Zarachas al campamen-
to de Matho, recorrió los bosques, reunió los hombres,
los cuales , irritados de haber sido vencidos sin com-
bate, de nuevo formaron sus cohortes y compañías.
Entonces encontraron un gran cubo de petróleo aban-
donado sin duda por los cartagineses . Spendio hizo
coger gran número de cerdos , los remojó con el lí-
quido, le inflamó y los dirigió hacia Utica.
Los elefantes, asustados por aquellas llamas, huye-
ron. El terreno estaba en pendiente allí, y los carta-
gineses, al ver la luz de aquellos animales, les echa-
ron jabalinas que acabaron de irritarles, y con sus
colmillos y bajo sus pies aplastaban a los cartagine-
ses, les ahogaban, les destrozaban . Detrás de ellos,
los bárbaros bajaban de la colina ; el campamento pú-
nico sin empalizadas ni trincheras, fué tomado a la
primera embestida y los cartagineses fueron aplasta-
dos contra las puertas que no se abrieron por temor
a los mercenarios .
Apuntaba el día ; por occidente se vió llegar la in-
fantería de Matho . Al mismo tiempo apareció gran gol-
pe de jinetes ; era Narr-Havas con sus númidas. Šal-
tando barrancos y malezas perseguían a los fugitivos
como lebreles que dan caza a las liebres. Aquel cam-
bio de fortuna interrumpió al sufeta . Gritó que le sa-
caran del baño .
Los tres prisioneros permanecían aún ante él . En-
tonces un negro, el mismo que en la batalla llevaba
su quitasol, se inclinó a su oído.
-¿Qué ?-contestó el Sufeta lentamente. -¡ Ah ! ¡ má-
talos !,-añadió con tono brusco.
El etiope sacó del cinto un largo puñal y las tres
cabezas cayeron. Una de ellas , botando entre los res-
- 100
tos del festín saltó dentro de la pila donde flotó unos
instantes con la boca abierta y los ojos fijos.
La claridad de la mañana entraba por las abertu
ras ; de los tres cuerpos tendidos boca abajo, salía a
borbotones la sangre como de tres fuentes , y un char-
co de sangre corría por el mosaico cubierto de pol-
vo azul. 4 El Sufeta mojó la mano en aquel fango ca-
liente y con él se untó las rodillas. Era un remedio.
Cuando llegó la noche salió de la ciudad con su
escolta, y luego metióse entre las montañas para reu-
nirse a su ejército .
Sólo encontró los restos.
Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de
un desfiladero, cuando las tropas de Spendio se pre-
sentaron en la parte baja.
Hannón reconoció en la retaguardia al rey de los
númidas ; Narr-Havas se inclinó para saludarle, hacién-
dole una señal que no comprendió.
Volvió a Cartago, pasando mil penalidades . Unica-
mente caminaban de noche ; de día se ocultaban en
los olivares. En cada etapa morían muchos ; se cre-
yeron perdidos muchas veces ; por fin llegaron al ca-
bo Hermæum donde embarcaron .
Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, que
pidió veneno a Demónades . Además se veía ya cru-
cificado .
Cartago no tuvo fuerza para indignarse contra él.
Se habían perdido cuatrocientos mil novecientos se-
tenta y dos siclos de plata, quince mil seiscientos vein-
titrés shekels de oro, dieciocho elefantes, catorce in-
dividuos del Gran Consejo, trescientos Ricos, echo mil
ciudadanos y todas las máquinas de guerra. La de-
fección de Narr-Havas era cierta, los dos sitios empe-
zaron de nuevo. El ejército de Autharito se extendía
ahora desde Túnez a Rades.
De lo alto del Acrópólis se veían en la campiña es-
pesas humaredas que subían hasta el cielo. Eran las
quintas de los Ricos que ardían.
Sólo un hombre hubiera podido salvar a la Repú-
blica. Se arrepintieron de haberle desconocido, y has-
ta el partido de la paz votó holocaustos para la vuel-
ta de Hamílcar.
101 -
La pérdida del zaimph había transformado a Sa-
lammbó. Por la noche creía oir los pasos de la Dio-
sa y despertaba asustada lanzando gritos. Todos los
días mandaba llevar comida a los templos . Taanach
se extenuaba cumpliendo sus órdenes, y Schahabarim
no la abandonaba.
OT
EC
42
102
VI
Amílcar Barca
El Anunciador de las Lunas, que vigilaba todas las
noches desde lo alto del templo de Eschmun, para
señalar con su trompeta las agitaciones del astro, ad-
virtió una mañana por el lado de Occidente algo pa-
recido a un pájaro rozando con sus alas la superfi-
cie del mar.
Era un navío con tres órdenes de remeros ; llevaba
esculpido en la proa un caballo. Elevábase el sol ; el
Anunciador de las Lunas se puso la mano ante los
ojos, y luego, cogiendo su clarín, alzó un gran grito
de cobre hacia Cartago.
De todas las casas salió la gente ; no se quería creer
lo que ocurría, disputaban todos y el muelle se lle-
nó de curiosos . Por fin se reconoció el trirreme de
Hamílcar.
Avanzaba orgullosa y feroz con la antena recta, la
vela hinchada y hendiendo la espuma ; sus gigantes-
COS remos se hundían cadenciosamente en el agua.
De cuando en cuando en la extremidad de su quilla,
formada como la reja de un arado, aparecía, bajo el
espolón que terminaba la proa, el caballo de cabeza
de marfil encabritado, como si corriera sobre las lla-
nuras del mar.
Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela,
y se vió junto al piloto un hombre de pie con la ca
beza desnuda. ¡ Era él, el Sufeta Hamílcar ! Llevaba
alrededor de la cinta anchas hojas de hierro que re-
lucían, un manto rojo pendía de sus hombros dejan-
do ver sus brazos ; dos perlas muy largas colgaban de
103
sus orejas, y caía sobre su pecho la barba espesa y
negra.
La galera empujada por las olas se acercó al mue-
lle, y la multitud la seguía andando y gritando :
¡ Salud ! bendición ! ¡ ojo de Khamon ! ¡ Ah ! ¡ líbra-
nos ! ¡ La culpa la tienen los Ricos ! ¡ Quieren matarte !
¡Cuidado, Barca !
No contestó, como si el clamor del Océano y de las
batallas le hubiesen ensordecido. Pero cuando llegó al
pie de la escalera que bajaba del Acrópolis , Hamíl-
car bajó la cabeza, y cruzando los brazos miró al
templo de Eschmun. Su mirada subió más aún, se
perdió en la bóveda inmensa ; con voz áspera dió una
orden a sus marineros ; la trirreme saltó ; rozó el ído-
lo que se erguía en el ángulo del muelle para detener
las tempestades ; y en el puerto del Comercio, lleno
de inmundicias, de trozos de madera y de cáscaras
de frutas, rechazaba o partía los otros navíos ama-
rrados a estacas y que terminaban en forma de man-
díbulas de cocodrilo. El pueblo acudía allí, y algunos
para saludarle de más cerca se echaron al agua . El
buque estaba ya ante la puerta erizada de clavos . Le-
vantóse y la tirreme desapareció bajo la bóveda pro-
funda.
El puerto militar estaba completamente separado de
la ciudad ; cuando llegaban embajadores les era pre-
ciso pasar entre dos murallas por un corredor que
desembocaba a la izquierda, en frente del templo de
Khamon. Aquella gran extensión de agua redonda co-
mo un vaso, hallábase rodeada de muelles, donde ha-
bía como unos grandes nichos para abrigar a los na-
víos. Delante de cada uno de ellos se levantaban dos
columnas que en su capitel tenían los cuernos de Am-
mon, lo cual formaba una línea de pórticos alrededor
del estanque. En el centro, en una isla, se levantaba
una casa para el suffeta del mar.
El agua era tan límpida, que se veía en el fondo pa-
vimentado de guijarros blancos . El ruido de las ca-
lles no llegaba hasta allí, y Hamílcar, pasando , reco-
nocía los triremes que había mandado.
Solamente quedaban unas veinte cuidadosamente res-
guardadas, y cubiertas de dorados y de símbolos mís-
101
ticos. Pero por la acción del tiempo, las Quimeras ha-
bían perdido sus alas, los dioses sus brazos, los to-
ros sus cuernos de plata. Todas medio despintadas,
inertes, podridas, pero llenas de recuerdos exhalaban
todavía como el aroma de sus viajes, y al ver pasar
a Hamílcar, al igual de los soldados mutilados que
ven a su antiguo jefe, parecían decirle : «¡ Somos nos-
otras ! Tú también eres un vencido»> .
Nadie, fuera del Suffeta del mar, podía entrar en
la casa almirante. Hasta que se tenía la prueba de su
muerte, se le consideraba siempre como vivo. Los an-
tiguos evitaban de aquel modo su amo, y no habían
faltado tampoco esta vez a la costumbre. El suffeta
penetró en las salas desiertas. A cada paso encontra-
ba armaduras, muebles , objetos conocidos, y que sin
embargo le admiraban, y en el vestíbulo había aún
en un pebetero , la ceniza de los perfumes quemados
al partir para conjurar a Melkarth. No era de aquel
modo como esperaba volver. Todo lo que había he
cho, cuanto había visto, apareció ante su memoria :
los asaltos, los incendios, las Legiones, las tempestades,
Drepano, Siracusa, Lilivea, el monte Etna , la meseta
de Eryx, cinco años de batallas, hasta el día funesto
en que, deponiendo las armas, se perdió Sicilia.
Subió al último piso de la casa, luego, sacando de
una concha de oro suspendida a su brazo una espá-
tula adornada de clavos, abrió la puerta de una salita
oval.
Delgadas redondelas negras, hundidas en la pared
y transparentes como cristal, la iluminaban suavemen-
te. Entre las hileras de aquellos discos iguales , se veían
unos agujeros parecidos a los de las urnas en los
columbrarios. Contenía cada uno una piedra esférica,
negruzca, que parecía muy pesada. Unicamente las in-
teligencias superiores honraban aquellas piedras des-
prendidas de la luna. Por su caída representaban los
astros , el cielo, el fuego, por su color, la noche tene-
brosa ; por su densidad, la cohesión de las cosas te-
rrestres. Una atmósfera sofocante llenaba aquel lugar
místico. Arena del mar que el viento había empujado
sin duda a través de la puerta, blanqueaba algo las
piedras redondas de los nichos. Hamílcar, con la punta
105
de su dedo, las contó todas ; luego ocultó el rostro
bajo un velo de color de azafrán, y cayendo de rodi-
llas se echó de bruces con los brazos extendidos .
La luz exterior atravesaba las obscuras hojas que
tapaban las ventanillas. Arborescencias, montículos, tor-
bellinos, extraños animales, se dibujaban en su es-
pesor diáfano, y la luz llegaba espantable y pacífica,
sin embargo, como debe existir detrás del sol, en los
tristes espacios de las creaciones futuras. Se esforzaba
en borrar de su mente todas las formas, todos los
símbolos y apelativos de los dioses, a fin de poder
comprender mejor el inmutable espíritu que las apa-
riencias ocultan. Algo de las vitalidades planetarias le
penetraba, mientras sentía por la muerte y por todos
los azares un desdén más hondo y más íntimo. Cuan-
do se levantó, sentíase lleno de una intrepidez sere-
na, invulnerable a la misericordia, al temor, y como
sentía pesar aquella atmósfera sobre su pecho, subió
a la cima de la torre que dominaba a Cartago.
La ciudad se extendía en pendiente con sus cúpulas,
sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus grupos
de palmeras, sus bolas de cristal que lanzaban deste-
llos, y las murallas formaban como una gigantesca
guarnición a aquel cuerno de la abundancia que pa-
recía verterse a sus pies. Abajo veía los puertos, las
plazas, el interior de los patios, las líneas de las ca-
Iles, los hombres diminutos casi pegados al pavimen-
to. ¡Ah ! si Hannón no hubiese llegado demasiado tar-
de el día de las islas Egates ! Sus ojos se hundieron
en el extremo horizonte, y tendió hacia el lado de
Roma sus brazos temblorosos.
La muchedumbre ocupaba las gradas del Acrópolis.
En la plaza de Khamon había empujones para ver
al suffeta cuando saliera. Las terrazas se llenaban de
gente. Algunos le reconocieron . Se le saludaba ; se re-
tiró, para mejor excitar la paciencia del pueblo .
Hamílcar encontró en el gran salón a los hombres más
importantes de su partido : Istatten, Subeldia, Hicta-
mon, Jeubas y otros . Le contaron cuanto había ocu-
rrido desde que se firmó la paz : la avaricia de los
Antiguos, la marcha de los soldados, su vuelta, sus
exigencias, la captura de Giscón, el robo de Zaimph,
---- 106
Utica socorrida y después abandonada ; pero nadie se
atrevió a decirle los acontecimientos que le concer-
nían . Por fin se separaron para verse de nuevo du-
rante la noche en la asamblea de los antiguos , en el
templo de Moloch.
Acababan de salir cuando estalló un gran tumulto
junto a la puerta . A pesar de los criados, alguien que-
ría entrar ; y como el escándalo redoblaba, Hamílcar
mandó que introdujeran al desconocido. Se adelantó
una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de
facha estúpida, envuelta hasta los talones en amplios
velos azules . Llegó a un paso del suffeta y se miraron
uno y otra largo espacio. De repente Hamílcar se es-
tremeció ; a un ademán suyo los esclavos se fueron.
Entonces, haciendo señal de que anduviera con pre-
caución le condujo a una habitación apartada.
La negra se echó al suelo y quiso besarle los pies.
El la levantó brutalmente.
-¿Dónde le has dejado, Iddibal ?
-Allá abajo , amo .
Y desembarazándose de sus velos, frotó con su man-
ga el rostro. El color negro, el temblor senil, el encor-
vamiento, desaparecieron . Era un robusto anciano, cu-
ya piel parecía curtida por la arena, el viento y el
mar. Un mechón de cabellos blancos se erguía sobre
su cráneo como el plumero de un pájaro, y con una
ojeada irónica mostraba en el suelo el disfraz caído.
¡ Has hecho bien, Iddibal ! ¡ muy bien !
Luego, como atravesándole con una mirada aguda :
-Nadie sospecha todavía ?...
El viejo juró por los kabyros que el secreto estaba
bien guardado. No abandonaban nunca su cabaña a
tres días de Adrumeto, en una plaza poblada de tor-
tugas y con palmeras sobre las dunas.
-Siguiendo tus órdenes, amo mío, le enseño a lan-
zar jabalinas y a guiar cuádrigas.
-¿Es robusto, verdad ?
-¡Sí, amo, y muy intrépido ! No teme ni las ser-
pientes, ni el trueno, ni las fantasmas. Corre descal-
zo como un pastor por la orilla de los precipicios.
-¡Habla ! ¡ habla !
-De continuo inventa trampas para los animales
107 -
feroces . La otra luna, lo creerás ? sorprendió una águi-
la, ésta le arrastraba y la sangre del ave de rapiña
y la sangre del niño se esparcían por el aire en anchas
gotas como rosas voladoras. El animal furioso le en-
volvía con sus alas ; él la estrechaba contra su pecho,
y a medida que agonizaba el águila, redoblaba su risa,
sonora y soberbia como el choque de las espadas.
Hamílcar bajaba la cabeza deslumbrado por aque-
llos presagios de grandeza .
-Desde hace algún tiempo siente como una especie
de inquietud. Mira a lo lejos las velas que pasan so-
bre el mar ; está triste, rechaza el pan, quiere conocer
a los dioses y deben ir a Cartago.
-¡No, no ! jaún no!-exclamó el suffeta.
El viejo, esclavo pareció saber el peligro que asus-
taba a Hamílcar y contestó :
-¿Cómo contenerle ? Le he de hacer promesas , y
no he venido a Cartago sino para comprarle un pu-
ñal con mango de plata rodeado de perlas.
Luego contó que habiendo visto al suffeta en la te-
rraza se había presentado a los guardias del puerto
como una de las mujeres de Salambó para llegar
hasta él.
Hamílcar permaneció largo rato como absorto en sus
pensamientos, y después dijo :
-Mañana estarás en Megara al ponerse el sol, de-
trás de las fábricas de púrpura, e imitarás por tres
veces el grito del chacal. Si no me ves, el primer día
de cada luna volverás a Cartago. ¡ No olvides nada !
¡ cúidale ! Ya puedes hablarle de Hamílcar.
El esclavo se puso de nuevo su disfraz y ambos sa-
lieron de la casa y del puerto .
Hamílcar continuó solo y a pie sin escolta, pues las
reuniones de los Antiguos eran en las circunstancias
extraordinarias muy secretas, y se acudía a ellas mis-
teriosamente.
Primeramente siguió la fachada oriental del Acró-
polis, pasó después por el mercado de hierbas, las
galerías de Quinisdo, y por el arrabal de los perfu-
mistas. Las escasas luces se extinguían ; las calles más
anchas quedaron silenciosas ; después algunas sombras
108
se deslizaron por las tinieblas ; le siguieron, y todos
se dirigieron como él hacia Mappales.
El templo de Moloch estaba edificado al pie de una
garganta escarpada en un lugar siniestro . Desde aba-
jo sólo se veían altos muros que subían indefinida-
mente, como las paredes de una tumba monstruosa.
La noche era sombría, una niebla gris parecía pesar
sobre el mar. Este chocaba contra el acantilado con
un rumor de estertores y sollozos, y las sombras se
desvanecían poco a poco como si hubieran pasado a
través de las paredes.
Tan pronto como se salvaba la puerta aparecía un
ancho patio cuadrangular con soportales . En el cen-
tro elevábase una masa arquitectónica ochavada. La
cubrían varias cúpulas que se amontonaban alrededor
de un segundo piso cubierto de una especie de reton-
da, de la cual sumergía un cono de vértice encorvado
que terminaba en una bola.
En cilindros de filigrana, embutidos en largas per-
chas que llevaban unos esclavos, ardían brillantes lla-
mas.
Aquellas luces vacilaban bajo las ráfagas de viento,
y los esclavos corrían y se llamaban para recibir a
los antiguos .
En el suelo , y de trecho en trecho, estaban agaza-
pados a guisa de esfinges enormes leones, símbolos
vivientes del sol devorador. Estaban adormilados con
los párpados entreabiertos, pero despertando al ruido
de los pasos y de las voces, se levantaban lentamente,
iban hacia los Antiguos, que conocían por su traje, y
se frotaban con sus piernas, enarcando el lomo con
bostezos sonoros ; el vapor de su aliento velaba un
tanto la luz de las antorchas .
Redobló la agitación. Cerráronse las puertas, los sa-
cerdotes huyeron y los Antiguos desaparecieron entre
las columnas que formaban en torno del templo un
inmenso vestíbulo . Estaban dispuestas de manera que
reprodujeran en sus filas circulares concéntricas, el pe-
ríodo saturniano, conteniendo los años, los meses, los
días, y tocándose al fin cuando llegaban a la pared
del santuario.
Allí es donde los Antiguos dejaban sus bastones de
109 -
asta, pues una ley siempre observada, castigaba con
la muerte al que tomaba parte en la sesión llevan-
do un arma cualquiera. Muchos llevaban en la orilla
de sus mantos un desgarrón contenido por una fran-
ja de púrpura, para demostrar que llorando a sus pa-
rientes, no habían cuidado de sus vestidos . Otros , te-
nían la barba encerrada en un saquito de piel de
violeta que dos cordones sujetaban a las orejas . To-
dos se saludaron abrazándose estrechamente . Rodea-
ban a Hamílcar, le felicitaban ; hubieran dicho que
eran hermanos que volvían a verse.
Aquellos hombres eran casi todos rechonchos y an-
chos de espalda, y tenían la nariz encorvada como
los colosos asirios . Alugnos por sus pómulos más sa-
lientes, su estatura más alta y los pies más estre-
chos, delataban su origen africano, antecesores nóma-
das. Los que vivían de continuo en el fondo de sus
tiendas tenían el rostro pálido, otros, ostentando co-
mo la huella de la severidad del desierto. Se co-
nocía a los marineros por el balanceo de su marcha,
y los agricultores olían a campo, a hierbas secas y
a sudor de mulo. Todos aquellos viejos piratas ha-
cían labrar los campos , aquellos acumuladores de di-
nero equipaban navíos, y aquellos agricultores alimen-
taban esclavos diestros en toda clase de oficios .
Pasaron primeramente por una sala abovedada que
tenía la forma de un huevo, siete puertas correspon-
dientes a los siete planetas dibujaban en la pared
siete cuadros de colores distintos. Después de atra-
vesar otra sala penetraron en una mayor que las an-
teriores .
Un candelabro cubierto de flores cinceladas ardía
en el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro
tenía dentro de cálices de diamantes una mecha de
bysso. Estaba colocado en el último peldaño de los
que conducían a un gran altar que terminaba en los
ángulos por grandes cuernos de cobre. Dos escaleras
laterales conducían a su cima plana ; no se veían las
piedras, parecía una montaña de cenizas acumuladas
en la que algo indistinto humeaba encima lentamen-
te. Más allá, más alto que el candelabro y que el
altar se levantaba el Moloch de hierro con su pe-
- 110 ―
cho de hombre, en el que se veían muchas aberturas.
Sus alas desplegadas llegaban a la pared, sus manos
pendientes tocaban el suelo, tres piedras negras ro-
deadas de un círculo amarillo figuraban tres ojos en
su frente, y como para mugir levantaba con esfuerzo
terrible su cabeza de toro.
Alrededor de la sala estaban alineados escabeles de
ébano. Detrás de cada uno un brazo de bronce que
reposaba sobre sus garras sostenía una antorcha. To-
das aquellas luces se reflejaban en las losas de ná-
car que pavimentaban la estancia. Era tan alta, que
el color rojo de las paredes, al llegar cerca de la bó-
veda parecía negro, y los tres ojos del ídolo fulgu-
raban en lo alto como estrellas perdidas en las ti-
nieblas.
Los antiguos se sentaron en los escabeles de ébano,
colocando sobre su cabeza la cola de su traje . Per-
manecían inmóviles, con las manos escondidas en sus
anchas mangas, y el pavimento de nácar parecía un
río luminoso que corría desde el altar a la puerta, se
deslizaba bajo sus pies desnudos .
Los cuatro pontifices estaban en el centro, espalda
contra espalda en cuatro sitiales de marfil que for-
maban cruz. El gran sacerdote de Schmun, con tra-
je de color de jacinto, el gran sacerdote de Tanit,
vestido de blanco , el gran sacerdote de Khamon con
una túnica de lana obscura, y el gran sacerdote de
Moloch, con manto de púrpura.
Hamílcar se adelantó al candelabro, dió una vuel-
ta a su alrededor, y después de mirar las mechas que
ardían, echó sobre ellas un polvo perfumado. Llamas
violáceas brotaron en la extremidad de los brazos.
Entonces una voz aguda se levantó, otra le contes-
tó ; y los cien antiguos, los cuatro pontífices , y Ha-
mílcar de pie, todos a una, entonaron un himno, y
repitiendo siempre las mismas sílabas y aumentando
de tono, sus voces crecieron, estallaron, produjeron te-
rror, y luego todas callaron a un tiempo.
Permanecieron algunos instantes en silencio. Por fin
Hamílcar sacó de su pecho una estatuíta de tres ca-
bezas, azul como un zafiro y la colocó delante de
él. Era la imagen de la verdad, el genio de su pala-
- 111
bra. La volvió a colocar en su seno, y todos, como
acometidos de una cólera repentina, exclamaron :
-Son tus grandes amigos los bárbaros ! ¡Traidor!
Infame ! Vienes para vernos perecer no es eso ? ¡ De-
jadle hablar!
-¡No, no !
Se vengaban de la prudencia a que les había cons-
treñido el ceremonial político poco antes, y aún cuan-
do deseaban la vuelta de Hamílcar, se indignaban aho-
ra porque no previno sus desastres, o porque no los
había padecido como ellos.
Cuando se calmó el tumulto, el sacerdote de Mo-
loch se levantó.
-Te preguntamos por qué no has vuelto a Car-
tago.
¡Qué os importa ? contestó con desdén el suf-
feta.
Los clamores redoblaron.
-¿De qué me acusáis ? ¿ Acaso no he cumplido con
mi deber en la guerra ? Ya habéis visto el plan de mis
batallas, vosotros que decíais que mis bárbaros...
-¡Basta ! ¡ basta!
Añadió con voz reconcentrada para que le escucha-
ran con más atención.
¡Ah! ¡ es verdad ! Me he engañado, lumbreras de
los Baals ; también hay gente intrépida entre vosotros.
Giscón levántate !
Y recorriendo el peldaño del altar, con los párpados
entornados como aquel que busca a alguien, repitió :
-¡Levántate, Giscón ! Tú puedes acusarme y éstos
defenderán . Pero ¿ dónde está ?
Luego como comprendiendo :
-¡Ah! ¡ en su casa sin duda, rodeado de sus hijos ,
mandando a sus esclavos y contando en la pared los
collares de honor que la patria le ha dado !
Todos se agitaron, encogiéndose de hombros como
flagelados por un látigo.
-No sabéis siquiera si ha muerto o vive ! Sin cui-
darse de sus clamores, afirmaba que abandonando al
suffeta abandonaron la República. Del mismo modo.
la paz romana, que tan ventajosa les pareció, resul-
taba más funesta que veinte batallas. Sus adversa-
112
rlos, jefes de los syssitas, le vencieron por su núme
ro ; los más importantes se habían agrupado junto a
Hannón que estaba sentado en el otro extremo de la
sala, ante una puerta alta cerrada por un tapiz color
de jacinto.
Había pintado con colorete las úlceras de su rostro,
pero el polvo de oro de sus cabellos había caído sobre sus
hombros y formába dos placas brillantes, y aquellos
parecían blancos, finos y ensortijados como la lana.
Paños saturados de un perfume oleoso que goteaba
sobre las losas envolvían sus manos, y su enferme-
dad había empeorado indudablemente, pues sus ojos
desaparecían bajo los pliegues de los párpados, y pa-
ra mirar tenía que echar atrás la cabeza. Sus parti-
darios querían que hablase. Por fin dijo una voz ron-
ca y desagradable :
Menos arrogancia, Barca ! ¡ Todos hemos sido ven-
cidos ! ¡Todos nos resignamos ! ¡ Resignate tú también !
-Dinos por lo contrario, -exclamó sonriendo Hamil-
car, cómo gobernaste tus galeras contra la flota ro-
mana.
-El viento me empujaba, -contestó Hannón.
-Haces como el rinoceronte, que pisotea sus ex-
crementos. Tú patentizas tu estupidez. ¡ Cállate !
Y se recriminaron acerca de la batalla de las islas
Egates. Hannón le acusaba de no haberle auxiliado.
-Hubiera sido abandonar Eryx . Era preciso diri-
girse a alta mar ; ¿ quién te lo impedía ? ¡ Ah ! ¡ no me
acordaba ! Los elefantes temen al mar.
Los amigos de Hamílcar gustaron tanto de la bro-
ma que soltaron grandes carcajadas.
Hannón denunció la indignidad de tal ultraje. Aque-
lla enfermedad le sobrevino a consecuencia de un en-
friamiento en el sitio de Hecatompylo, y el llanto co-
rría por su rostro como una lluvia de invierno por
una pared ruinosa.
Hamílcar añadió :
-Si me hubiéreis amado tanto como a éste, ahora
reinaría la alegría en Cartago ! ¡ Cuántas veces os he
invocado ! ¡ y siempre rehusábais el dinero !
-Lo necesitábamos ! -contestaron los jefes de los
syssitas.
-- 113
-Cuando todo iba de mal en peor, pues hemos lle-
gado a beber los orines de los mulos y comido las co-
rreas de nuestras sandalias, cuando hubiera querido
que los tallos de heirba fueran soldados y formar ba-
tallones con la podredumbre de nuestros muertos, acor-
dãos de que aquí tenía muchas galeras intactas.
-No podíamos arriesgarlo todo de una vez , -con-
testó Baat Baal, dueño de minas de oro en Jetulia.
-¿Qué hacíais aquí en Cartago en vuestras_casas
detrás de las murallas ? Había galos junto al Eridan
que era preciso empujar. Cananeos en Cyrene que hu-
biesen venido, y mientras los romanos enviaban em-
bajadores a Petolomer.
¡Ahora nos elogia a los romanos !
Alguien gritó :
-¿Cuánto te han dado por defenderles ?
¡ Pregúntalo a las llanuras del Brutio, a las ruinas
de Locres, de Metaponte y de Heraclea ! ¡ He quema-
do todos sus árboles, he saqueado todos sus templos ,
y matado hasta a los hijos de sus hijos !
-Declamas como un catedrático - contestó Kapuras ,
un mercader ilustre :-¿qué quieres, pues ?
-Digo que era preciso ser más ingenioso o más
terrible ! Si el Africa entera rechaza vuestro yugo , es
que no sabéis uncirlo a su cerviz . Agatocles con Re-
gulo, Copio, todos los hombres atrevidos, cón sóló des-
embarcar la toman ; y cuando los libios que están en
Oriente, se unan a las númidas de Occidente, y los
nómadas vengan del Sur ; y los romanos del Norte...
Un grito de horror resonó en la sala.
-¡Ah! ¡ entonces golpearéis vuestros pechos , os re-
volcaréis en el polvo y desgarraréis vuestros mantos !
¡ de poco ha de serviros ! Iréis a rodar las muelas de
Subarra y a vendimiar en las colinas de Lacio .
Golpeábanse el muslo derecho para patentizar su es-
cándalo y las mangas de sus túnicas se levantaban
como grandes alas de aves asustadas. Hamílcar do-
minado por su cólera, continuaba de pie en el último
peldaño del altar, tembloroso, terrible. Levantaba los
Salammbó.-8
114
brazos y los rayos del candelabro que estaba tras él,
pasaban entre sus dedos como dardos de oro.
-Perderéis vuestros navíos, vuestros campos, vues-
tros lechos suspendidos y los esclavos que os frotan
los pies ! Los chacales dormirán en vuestros palacios,
El arado volcará vuestras tumbas. ¡ Sólo quedará el
grito de las águilas y el montón de las ruinas ! ¡ Cae-
rás, Cartago !
Los cuatro pontífices extendieron las manos para apar-
tar el anatema. Todos se habían levantado, pero el
Suffeta de la Mar, magistrado sacerdotal bajo la pro-
tección del sol, era inviolable, mientras la asamblea
de los Ricos no le hubiese juzgado. El altar inspira-
ba terror. Retrocedieron.
Hamílcar no hablaba ya. Con los ojos fijos y la faz
pálida como las perlas de su tiara, anhelante, casi
asustado por sus propias palabras, permanecía inmó-
vil. Desde la altura en que estaba, las antorchas le pa-
recían una ancha corona de hogueras que ardían al
ras del suelo ; las negras humaredas subían hasta las
tinieblas de la bóveda, y durante algunos minutos fué
tan profundo el silencio que se oía a lo lejos el rui-
do del mar.
Luego los Antiguos deliberaron . Sus intereses, sus
existencia, estaban amenazados por los bárbaros . No
se les podía vencer sin el auxilio del suffeta y aque-
lla consideración les hizo olvidar las otras . Se habló
a sus amigos. Hubo reconciliaciones interesadas, pac-
tos y promesas. Hamílcar no quería figurar en el go-
bierno ; todos se lo suplicaron, y como de nuevo se
pronunciara la palabra « traición», montó en cólera. El
solo traidor era el Gran Consejo, pues el tiempo de
enganche de los soldados expiraba con la guerra y
eran libres desde que la guerra acabó ; alabó su va-
lor y ponderó las ventajas que proporcionarían a la
República haciéndoles devotos a su causa por medio
de donaciones y privilegios .
Entonces Magdassan, antiguo gobernador de provin-
cias, dijo dilatando sus ojos amarillos :
En verdad, Barca, que a fuerza de viajar te has
convertido en griego o en latino. ¿ Todavía hablas de
-- 115
recompensar a esos hombres ? Perezcan diez mil bár-
baros, antes que uno solo de nosotros .
Los Antiguos aprobaron murmurando :
-Sí, ¿ por qué tantas consideraciones ? ¡ Siempre se
encuentran soldados !
-Y es fácil también deshacerse de ellos , ¿ verdad ?
Se les abandona como hicísteis en Cerdeña, se ad-
vierte al enemigo el camino que han de seguir, y
así se les coge como ocurrió a los galos en Sicilia, o
se les desembarca en mitad del mar. ¡ Al volver he
visto la gran roca blanqueada por sus huesos !
-¡Qué desgracia ! -
puras. replicó imprudentemente Ka-
-¿No se pasaron mil veces al enemigo ?-exclama-
ron otros.
Hamílcar gritó :
¿ Por qué a pesar de vuestras leyes les llamasteis
a Cartago ? Cuando están aquí siendo pobres y nume-
rosos junto vuestras riquezas , no se os ocurre de-
bilitarles dividiéndoles . Después les despedís con sus
mujeres y niños , a todos, sin quedaros un solo re-
hén ! ¿ Pensabáis que se asesinarían mutuamente para
evitaros el dolor de quebrantar vuestros juramentos ?
¡ Les odiáis porque son fuertes ! ¡Me odiáis aún más
a mí que soy su jefe ! ¡ Oh ! Lo he comprendido hace
poco cuando me besabáis las manos y os conteníais
para no mordérmelas ! Si los leones
dormíanfue
en-
el patio hubiesen entrado rugiendo, elque clamor no
ra más espantoso . El pontífice de Echmun se levan-
tó erguido como una estatua y dijo :
Barca ! Cartago necesita que tomes el mando gene-
ral de las fuerzas púnicas .
-Lo rehuso , -contestó Hamílcar.
-Te daremos plenos poderes .
-¡No!
-Sin fiscalización , sin que tengas que dividirlo con
nadie ; te daremos cuanto dinero pidas , todos los cau-
tivos, todo el botín , cincuenta zarets de tierra por
cada muerto del enemigo .
porque es imposible vencer con vos-
otros.No! no !
-Tiene miedo !
--- 116 ―
-Porque sois cobardes, avaros, ingratos, pusilání-
mes y locos !
-Les favorece !
-Para ponerse a su cabeza, —dijo alguien.
-Y atacarnos nosotros, -contestó otro .
Desde el fondo de la sala Hannón vociferó :
-Quiere hacerse rey !
Entonces todos se levantaron tirando los escabeles
y las antorchas . Formando un grupo compacto se lan-
zaron hacia el altar. Blandían puñales, pero buscan-
do bajo sus mangas, Hamílcar, sacó dos grandes cu-
chillos, y encorvado, con el pie izquierdo adelantado,
llameantes los ojos, apretados los dientes, les desafia-
ba inmóvil bajo el candelabro de oro.
Resultaba que todos tenían armas ; era un crimen ;
se miraron unos a otros asustados. Como todós eran
culpables se tranquilizaron ; poco a poco volviendo la
espalda al Suffeta, bajaron rabiosos por la humilla-
ción. Por segunda vez retrocedían ante él . Durante al-
gún tiempo permanecieron en pie.
Muchos que se habían herido los dedos los lleva-
ban a su boca o los envolvían con el borde de sus
mantos.
Iban a salir cuando Hamílcar oyó estas palabras :
Es una delicadeza suya para no afligir a su hija !
Una voz más alta dijo :
Sin duda alguna, ya que escoge los amantes en-
tre los mercenarios !
Tambaleóse al oir aquello, y después sus ojos bus-
caron maquinalmente a Schahabarím. El sacerdote de
Tanit era el único que permanecía en su sitio, y Ha-
mílcar veía desde lejos su alto casquete. Todos le es-
carnecían. A medida que aumentaba su angustia re-
doblaba la alegría de ellos , y entre carcajadas e im-
precaciones, los de las últimas filas gritaban :
-Le han visto salir de su cuarto !
-¡Sí, una mañana del mes de Tammuz !
-¡Es el que robó el zaimph !
¡ Es un buen mozo !
¡ Es más alto que tú !
Arrancó su tiara, insignia de su dignidad, su tiara
de ocho hileras místicas en cuyo centro había una
117
concha de esmeraldas, y con ambas manos, con toda
su fuerza, la arrojó al suelo. Lor círculos de oro rom-
piéndose, rebotaron, las perlas resonaron sobre las lo-
sas. Vieron entonces en la blancura de su frente una
larga cicatriz, que semejaba una culebra entre sus ce-
jas. Todos sus miembros temblaban. Subió una de las
escalinatas laterales que conducían sobre el altar, y
marchó sobre él. Aquello era ofrecerse a Dios , entre-
garse en holocausto. El movimiento de su manto agi-
taba los resplandores del candelabro y el polvo fino
levantado por sus pasos le rodeaba como una nube
hasta la cintura. Se detuvo entre las piernas del co-
loso de cobre, tomó en sus manos dos puñados de
aquel polvo cuya sola vista hacía estremecer de ho-
rror a todos los cartagineses , y dijo :
-Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias !
¡ Por las ocho hogueras de los Kabyros ! ¡ por las es-
trellas, los meteoros y los volcanes ! ¡ Por todo lo que
arde ! Por la sed del desierto y por el salobre del
Océano ! ¡ Por la caverna de Hadrumeto y el imperio
de las 'Almas ! ¡ Por la exterminación ! ¡ Por las ceni-
zas de vuestros hijos ! ¡ y las cenizas de los hermanos
de yuestros antepasados con quienes ahora confundo
la mía ! ¡Vosotros , los cien del Consejo de Cartago,
mentísteis acusando a mi hija ! Y yo , Hamílcar Bar-
ca, Suffeta de la Mar, Jefe de los Ricos, y Domina-
dor del pueblo , ante Moloch, cabeza de toro, juro :-
Aquí esperaban algo espantoso, pero añadió con voz
más alta y más tranquila : -que ni siquiera le habla-
ré de ello !
Los servidores del templo entraron llevando unas
esponjas de púrpura, y otras palmas. Levantaron la
cortina tendida ante la puerta, y por la abertura se
vió al final de las otras salas la inmensa bóveda rosa-
da que parecía continuar la bóveda, apoyándose en
el horizonte sobre el mar azul. El sol emergiendo de
las olas subía. Chocó de repente contra el pecho del
coloso, dividido en siete compartimientos cerrados por
rejas. Sus fauces de rojos dientes se abrían con ho-
rrible bostezo ; las enormes ventanas de su nariz se
dilataban. Le animaba la claridad, y le daba un as-
pecto espantable e impaciente como si deseara sal-
118
tar al exterior para mezclarse con el astro, con el Dios
y recorrer con él las inmensidades.
Entretanto las antorchas tiradas al suelo, ardían aún,
produciendo sobre el pavimento de nácar, como man-
chas de sangre .
Los Antiguos se balanceaban extenuados ; aspiraban
con ansia la frescura del aire ; corría el sudor por sus
rostros lívidos ; a fuerza de haber gritado, no podían
hablar, pero su cólera contra el Suffeta no cedía ; a
modo de adiós le lanzaban amenazas y Hamílcar les
contestaba :
-Hasta la noche, Barca, en el templo de Eschmun!
-¡ Estaré !
Te haremos condenar por los Ricos !
Y yo por el pueblo !
-Cuida de no acabar crucificado !
Y vosotros arrastrados por las calles !
Cuando llegaron al umbral del patio recobraron su
actitud tranquila .
Sus corredores y cocheros les esperaban en la puer-
ta. La mayoría montaron en mulas blancas. El Suf-
feta saltó sobre su carro y tomó las riendas . Los ca-
ballos arrancaron golpeando cadenciosamente los gui-
jarros que saltaban, y subieron a escape toda la ave-
nida de los Mappales, y el buitre de plata del extre-
mo de la lanza parecía volar según lo rápido que
pasaba el carro .
El camino atravesaba un campo , donde se erguían
altas losas puntiagudas en la cima como pirámides
y que tenían en el centro una mano abierta, como si
el muerto tendido debajo le hubiera levantado al cie-
lo para reclamar algo.
Un alto edificio dominaba una serie de construc-
ciones que se extendían a la derecha alineados como
dos murallas de bronce.
Cuando el carro fragoroso hubo entrado por la es-
trecha puerta, se detuvo bajo un ancho cobertizo, don-
de muchos caballos comían montones de hierba .
Todos los criados acudieron. Formaban una gran mul-
titud, pues los que trabajaban en el campo, temiendo
los soldados, se refugiaron en Cartago. Los labra-
as cubiertos de pieles de animales, arrastraban ca-
de
-- 119
denas remachadas en los tobillos ; los obreros de las
fábricas de púrpura tenían enrojecidos los brazos co-
mo verdugos ; los marinos llevaban casquetes verdes ;
los pescadores, collares de coral ; los cazadores, una
red sobre el hombro, y los criados del palacio, tú-
nicas blancas o negras, pantalones de cuero y cas-
quetes de paja, de fieltro o de tela, según su servicio
y sus ocupaciones.
Detrás de ellos se amontonaba la plebe desarrapa-
da. Vivían los que la formaban sin empleo alguno,
lejos de las habitaciones, durmiendo por la noche en
los jardines y devorando los restos de las cocinas,
moho humano que vegetaba a la sombra del palacio .
Hamílcar los toleraba más por provisión que por des-
dén. Todos en señal de alegría llevaban una flor en
la oreja aunque muchos de ellos no le habían visto
jamás.
Unos hombres armados de grandes bastones se Ian-
zaron entre la multitud pegando a diestro y sinies-
tro.
Era para rechazar a los esclavos que deseaban ver
al amo, para que éste no sufriera su contacto ni le
molestase el hedor que despedían .
Todos se echaron de bruces gritando :
-¡Ojalá prospere tu casa, Ojo de Baal !
Entre aquellos hombres, tendidos en el suelo en la
avenida de los cipreses, el intendente de los intenden-
tes, Abdaloním, con una mitra blanca en la cabeza,
se adelantó hacia Hamílcar con un incensario en la
mano.
Salammbó bajaba entonces la escalinata de las ga-
leras. Todas sus doncellas iban detrás de ella y a
cada uno de sus pasos bajaban también . Formaban
una confusión de vestidos blancos, azules y amari-
llos, y las sortijas, los broches, los collares, las fran-
jas, los brazaletes resplandecían. Oíase un suave rui-
do de estofas ligeras ; resonaban las sandalias , al po-
sarse sobre las gradas y aquí y allá, un gigantesco
eunuco que sobresalía de todas aquellas mujeres, son-
reía estúpidamente. El viento levantaba sus velos . Era
en el mes de Schebar, en pleno invierno. Los grana-
dos en flor se desacaban sobre el azul del cielo y
120
a través de las ramas aparecía el mar y en él una
isla lejana medio oculta por la bruma.
Hamilcar se detuvo viendo a Salammbó. Nació des-
pués de morir muchos varones hermanos suyos. Por
otra parte, el nacimiento de una hija, pasaba por una
calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le en-
viaron más tarde un hijo, pero sentía contra ella algo
de su esperanza malograda y de la maldición que
le lanzó al nacer. Salammbó se acercaba. Perlas de
distintos colores caían en largos racimos desde sus
orejas hasta sus hombros . Su cabellera estaba riza-
da formando como una nube alrededor de su cabeza.
Llevaba en el cuello unas plaquitas de oro cuadran-
gulares, representando una mujer entre dos leones, y
su vestido reproducía fielmente el traje de la Diosa.
Su túnica, de jacinto de anchas mangas, ceñíale el
talle ensanchándose en su parte inferior. El berme-
llón de sus labios hacía parecer sus dientes más blan-
cos y el antimonio de sus párpados agrandaba sus
ojos. Las sandalias formadas de plumas de pájaros,
tenían los tacones muy altos y estaba extraordina-
riamente pálida .
Llegó por fin cerca de Hamílcar, y sin mirarle, sin
levantar la cabeza, le dijo :
-¡Salud, ojo de Baalím ! ¡ Gloria eterna ! ¡ triunfo !
dichas ! ¡ satisfacción ! ¡ riqueza ! Tiempo hacía que mi
corazón estaba triste. Pero el dueño que llega es como
Tammur resucitado , y bajo su mirada, oh padre, una
alegría, una nueva existencia resplandecerán por to-
das partes .
Tomando de manos de Taanach un vasito oblongo
donde humeaba una mezcla de harina, manteca y vino :
--- Bebe, —dijo , -- la bebida del regreso preparada por
tu sierva.
Hamílcar replicó :
-Bendición sobre tí.
Y. cogió maquinalmente el vaso de oro que le ofre-
cía.
Pero miraba y examinaba con una atención tan sos-
tenida a Salammbó, que ésta, turbada, dijo :
-¡Te han dicho, oh dueño ! ...
-Sí, ya lo sé, -contestó Hamílcar en voz baja.
- 121
¿ Era una confesión ? ¿ Se trataba de los bárbaros ?
Añadió algunas palabras vagas acerca de los asuntos
públicos que esperaba llevar a buen puerto.
-¡Oh, padre ! no borrarás lo irreparable.
Entonces retrocedió, y Salammbó se asombraba de
su estupor, pues no pensaba ella en Cartago, sino en
el sacrilegio del cual resultaba cómplice.
Aquel hombre que hacía temblar las legiones le asus-
taba como un dios. Había adivinado, lo sabía todo,
algo terrible iba 1 a suceder.
De pronto gritó : « Perdón !»
Hamílcar bajó lentamente la cabeza.
Aun cuando quería acusarse, Salammbó no osaba
pegar los labios, y sin embargo tenía necesidad de
ser consolada. Hamílcar dominaba las ganas que sen-
tía de quebrantar su juramento. Lo mantenía por or-
gullo o por temor ; y la miraba de frente, con toda
su fuerza, para adivinar lo que ocultaba en el fondo
de su corazón.
Salammbó hundía la cabeza entre sus hombros aplas-
tada por aquella dura mirada. Hamílcar estaba casi se-
guro de que había faltado con un bárbaro. Tembla-
ba, levantó ambos puños. Ella lanzó un grito y cayó
entre sus doncellas que la rodearon. Hamílcar volvió
la espalda y se alejó. Todos los intendentes le si-
guieron.
Se abrió la puerta de los depósitos y penetró en una
vasta rotunda, donde afluían como los radios de una
rueda a su eje, largos corredores que conducían a
otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el
centro de una balaustrada para sostener los cojines
acumulados sobre la alfombra.
El Suffeta se paseó primeramente con paso rápido
y largo, respiraba ruidosamente, golpeaba el suelo con
el pie y se pasaba la mano por la frente.
Pero al advertir el cúmulo de sus riquezas se cal-
mó. Su pensamiento atraído por los corredores, se lan-
zó hacia otras salas llenas de tesoros más preciados .
Planchas de bronce, lingotes de plata y barras de hie-
rro alternaban con las rieles de estaño traídos de Cas-
siterides por el mar tenebroso. Las gomas del país
de los Negros reventaban casi sus sacos de corteza
122
de palmera, y el polvo de oro colocado en grandes
odres, se escapaba insensiblemente por las costuras
desgastadas. Delgados filamentos extraídos de plantas
marinas colgaban entre los linos de Egipto, de Gre-
cia, de Taprovana y de Judea. Las madréporas se
erizaban junto a las paredes ; un olor indefinible flo-
taba en la atmósfera, formado por las exhalaciones
de los perfumes, de los cueros, de las especias y de
las plumas de avestruz atadas en gruesos ramilletes
en lo alto de la bóveda. En frente a cada corredor,
los colmillos de elefante colocados verticalmente, reu-
niéndose por los extremos, formaban un arco enci-
ma de la puerta.
Por fin subió sobre el disco de piedra. Todos los
intendentes estaban con los brazos cruzados y la ca-
beza baja, mientras Abdaloním levantaba orgullosamen-
te su mitra puntiaguda.
Hamílcar interrogó al jefe de los navíos . Era un vie-
jo piloto, curtido por el viento y grandes copos blan-
cos bajaban hasta su cintura, como si la espuma de
las tempestades se hubiera cuajado en su barba. Di-
jo que había enviado una flota por Gades y Thymia-
mata para llegar a Eziongaber, doblando el Cuerno
del Sur y el promontorio de los Aromas.
Otros buques habían navegado hacia el oeste du-
rante cuatro lunas sin encontrar orillas, pero la proa
de los navíos se enredaba entre espesas hierbas, en
el horizonte resonaba continuamente ruido de catara-
tas, nieblas de color de sangre obscurecían el sol, una
brisa cargada de perfumes adormecía a los tripulan-
tes y no podían éstos decir más porque su razón es-
taba como turbada.
El rey Ptolomeo había cogido un cargamento de in-
cienso de Schesbar ; Siracusa, el Atia, Córcega y las
demás islas nada habían entregado, y el viejo mari-
no bajó la voz para anunciar que una trireme había
sido apresada por los númidas, -«pues están con ellos,
amo mío».
Hamílcar frunció el entrecejo, después hizo señal de
que hablara el Jefe de los viajes ; envuelto en una tú-
nica obscura sin ceñidor, y con la cabeza rodeada
123
por una ancha tira de tela blanca, que pasando junto
a su boca le caía por detrás de la espalda.
Las caravanas habían marchado al llegar el equi-
noccio de invierno. Y después de haber visto muchos
países e inmensos reinos donde todos los utensilios
eran de oro, y un río de color de leche, ancho como
un mar, y selvas de árboles azules y monstruos de
rostro humano, cuyas pupilas al mirar se abrían co
mo flores, habían vuelto muy pocos de los audaces
viajeros.
Ŏtros volvieron de la India con pavos , pimienta y
nuevos tejidos . Las caravanas de la Getulia y de Pha-
zzana habían entregado sus rendimientos de costumbre ;
pero ahora él , el Jefe de los viajes, no se atrevía a
enviar nuevas expediciones .
Hamílcar comprendió los mercenarios ocupaban la
campiña. Lanzando un sordo gemido, se apoyó en el
atracado ; y el Jefe de las alquerías tenía tanto mie-
do de hablar que temblaba horriblemente a pesar de
sus robustos hombros y de sus grandes pupilas rojas.
Su rostro era chato como el de un dogo, y llevaba
en la cabeza una redecilla de filamentos de árbol ;
ceñía su talle un cinturón de piel de leopardo en
que relucían dos formidables cuchillos .
Cuando Hamílcar le miró , empezó a invocar a todos
los Baals. ¡ No era culpa suya ! ¡ No pudo evitarlo !
Había observado las temperaturas, los terrenos , las es-
trellas, hecho las plantaciones en el solsticio de in-
vierno, las labores en luna menguante, cuidado de los
esclavos, ahorrado sus vestidos .
Hamílcar, a quien irritaba aquella locuacidad, chas-
queó la lengua, y el hombre de los cuchillos dijo con
voz rápida :
-Amo mío ! Todo lo han pillado, todo saqueado,
todo destruído. En Marchala han cortado todos los ár-
boles, y en Ubada , los graneros fueron derribados y
las cisternas fueron cegadas . En Tesdes se llevaron mil
quinientas medidas de harina. En Marazzana mataron
a los pastores, comiéronse las ovejas, ardió tu casa ,
tu hermosa casa con vigas de cedro, donde pasabas el
verano. Los esclavos de Tuburdo han huído a las mon-
- 124 -
tañas. Todas las bestias de carga han desaparecido.
¡ Es una maldición ! No me consolaré nunca...
Hamílcar sentía una cólera espantosa. Estalló :
- Cállate ! ¿ Soy acaso un pobre ? ¡ No mientas ! ¡ Dí
la verdad ! ¡ Quiero saber cuánto he perdido, moneda
por moneda Abdaloním, tráeme las cuentas de los bu
ques, las de las caravanas, las de las alquerías y las
de la casa. Si vuestra conciencia os acusa, ¡ ay de
vosotros ! ¡ salid !
Todos los intendentes, andando hacia atrás y con
las manos tocando al suelo, salieron.
Abdaloním tomó unas cuerdas de nudos, unas ti-
ras de tela y papiros y unos homoplatos de carnero
llenos de finos caracteres. Los puso a los pies de
Hamílcar, y entre sus manos un cuadro de madera
con tres hilos interiores por los que estaban pasadas
bolas de oro, de plata y de asta. Después dijo :
--Ciento noventa y dos casas en los Mappales, al-
quiladas a los nuevos cartagineses, a razón de un
beka por luna.
No, es demasiado ! ¡ No abuses de los pobres !
Abdaloním quedó sorprendido de aquella generosi-
dad.
Hamílcar le arrancó de las manos las tiras de tela.
¿ Qué es esto ? ¡ Tres palacios en Khamen a doce
kesitah por mes ! ¡ Pon veinte ! no quiero que los ri
cos me devoren.
El intendente de los intendentes, después de un pro-
fundo saludo , añadió :
-Prestado a Tigillas, hasta fin de la estación, dos
kikar a devolver tres con interés marítimo ; a Mar-
Balkarth, mil quinientos siclos, dejando en prenda trein-
ta esclavos . Doce de éstos han muerto en las sali-
nas .
-Es que no eran robustos,-dijo riendo el Suffeta.
-No importa ! si necesita dinero, préstaselo,
Entonces el intendente leyó lo que habían produ
cido las minas de hierro de Annaba, las pesquerías
de coral, las fábricas de púrpura, el arriendo del im-
puesto sobre los griegos domiciliados, la explotación
de plata en Arabia y las presas de los buques.
125 --
Hamílcar contaba con las bolitas que resonaban ba-
jo sus dedos.
-Basta ! ¿ qué has pagado ?
A Stratonicles de Corinto y a tres mercaderes de
Alejandría contra estas letras, diez mil dracmas ate-
nienses y doce talentos sirios de oro . El alimento de
las tripulaciones cuenta veinte minas por mes, por una
trireme.
Ya lo sé ! ¿ Cuántas se han perdido ?
-He aquí la cuenta sobre estas hojas de plomo.
En cuanto a los navíos fletados en compañía, como
ha sido preciso echar algún cargamento al mar, se
han repartido las pérdidas según lo que interesaba
cada asociado . Por cordaje prestado que no ha sido
posible devolver, los Lysitas han exigido ochocientos
kasitah antes de la expedición de Utica.
-¿Todavía ellos ? -exclamó Hamílcar. Permaneció al-
gún tiempo aplastado bajo el peso de todos los odios.
que se despertaban en él y luego dijo :
-No veo los gastos de Megara.
Abdaloním, palideciendo, tomó de un cajón unas plan-
chitas de sicomoro enhebradas por paquetes en una
cuerda de cuero.
Hamílcar le escuchaba queriendo conocer los deta
lles de la vida doméstica, y se calmaba oyendo la
monótona voz que numeraba cifras y más cifras . Ab-
daloním iba cada vez más despacio. De repente dejó
caer al suelo las hojas de madera, y se echó de bru-
ces con los brazos extendidos en la posición de los
condenados . Hamílcar, sin conmoverse, recogió las ta-
bletas ; sus labios se entreabrieron y sus ojos se di-
lataron, cuando vió en los gastos de un solo día un
exhorbitante consumo de pájaros , veces , vinos y aro-
mas de jarros y copas rotas, esclavos muertos y ta-
pices echados a perder.
Abdaloním , siempre prosternado, le contó el festín
de los bárbaros. No podía dejar de cumplir la orden
de los Antiguos . Por otra parte, Salammbó quería que
se prodigase el dinero para festejar a los soldados.
Al oir el nombre de su hija, Hamílcar se levantó
de un salto, luego se acurrucó entre cojines , desga-
126
rrando las franjas de su manto con las uñas, anhe
lante, con la mirada fija.
-¡Levántate !-dijo, y bajó.
Abdaloním le seguía ; sus rodillas temblaban. Pero
apoderándose de una barra de hierro se puso a le-
vantar las losas como si estuviera furioso. Saltó un
disco de madera y bien pronto en toda la longitud
del corredor aparecieron muchas de esas anchas ta-
paderas de los silos.
-¡Ya lo ves ! Ojo de Baal, -dijo el intendente tem-
blando. ¡ No lo han tomado todo ! Son profundos de
cincuenta codos y llenos hasta arriba. Durante el via-
je he hecho construir en todas partes, en los arsena-
les y en los jardines. ¡ Tu casa está llena de trigo,
y tu corazón de sabiduría !
Una sonrisa iluminó el rostro de Hamílcar.
-Bien, Abdaloním, -dijo ; luego añadió a su oído :
-Haz traer de Etruria, del Brucio, de donde quieras,
a cualquier precio, amontona y guarda. Es preciso que
posea yo todo el trigo de Cartago.
Cuando estuvieron al final del corredor, Abdaloním
con una de las llaves, abrió una cámara cuadrangu-
lar, dividida en dos por columnas de cedro. Monedas
de oro, de plata y de cobre puestas sobre las mesas o
hundidas en nichos, subían a lo largo de las cuatro
paredes hasta tocar el artesonado del techo.
Enormes banastas de piel de hipopótamo guardaban
en los rincones filas enteras de saquitos pequeños ;
montones de calderilla se elevaban sobre las losas ;
aquí y allá alguna fila demasiado alta se había des-
plomado, semejante a una columna derrumbada.
Las grandes monedas de Cartago que representaban
a Tanit con un caballo bajo una palmera estaban re-
vueltas con las de las colonias que representaban en
sus caras un toro, una estrella, un globo y una me-
dia luna. El Suffeta calculó al punto si las sumas amon-
tonadas correspondían a las ganancias y pérdidas que
acababan de leer, y se marchaba ya, cuando advirtió
tres jarras de cobre vacías. Abdaloním bajó la cabe-
za en señal de horror, y Hamílcar resignado no ha-
bló.
Atravesaron otros corredores, otras salas y llegaron
127
ante una puerta que, para estar mejor guardada tenía
atravesado en su umbral un hombre atado por el vien-
tre a una larga cadena empotrada en la pared ; costum-
bre que los cartagineses tomaron de los romanos . Su
barba y sus uñas habían crecido desmesuradamente,
y se balanceaba a derecha e izquierda con la oscila-
ción continua de los animales cautivos. Tan pronto co-
mo reconoció a Hamílcar se lanzó a él gritando :
-¡Perdón Ojo de Baal ! ¡ Piedad ! ¡ Mátame ! Hace
diez años que no he visto el sol . ¡ En nombre de tu
padre, perdón !
Hamílcar, sin contestarle, llamó con sus manos ; apa-
recieron tres hombres, y los cuatro a la vez, apalan-
cando sus brazos, retiraron de sus anillos la barra
enorme que cerraba la puerta. Hamílcar tomó una an-
torcha y desapareció entre las tinieblas.
Creíase que aquel subterráneo era el sitio donde
se guardaban las sepulturas de la familia ; pero sólo
se hallaba un ancho pozo, excavado para engañar a
los ladrones y que no ocultaba nada. Hamílcar pasó
junto a él, y después, bajándose hizo girar sobre sus
rulos, una muela muy pesada, y por aquella abertura
entró en una habitación que tenía la forma de un
cono.
Escamas de cobre tapizaban las paredes, en el cen-
tro, sobre un pedestal de granito, se levantaba una
estátua de Kabyr, llamado Aletos , inventor de las mi-
nas en la Celtiberia. Junto a su base, en el suelo, ha-
bía anchos escudos de oro, y vasos de plata mons-
truosos, de cuello cerrado, de forma extravagante y
que no podían servir; pues para evitar dilapidaciones
y para que los cambios de sitio fueran casi imposi-
bles, había la costumbre de hacer fundir de aquel mo-
do grandes cantidades de metal.
Con su antorcha , encendió una lámpara de minero,
fijada en el casquete del ídolo ; reflejos verdes, azu-
les, amarillos , violetas, de color vino y de sangre,
iluminaron de pronto la sala.
Estaba llena de pedrerías que se guardaban en ca-
labazas de oro, colgadas como lámparas de las esca-
mas de cobre, o bien hundidas aún en sus bloques
nativos, alineados junto a la pared.
- 128
Había allí carbunclos formados por la orina de los
linces, piedras caídas de la luna, diamantes, topacios,
las tres clases de rubies, las cuatro de zafiros y las
doce de esmeraldas.
Fulguraban semejantes a chispas de leche a cris-
tales azules a polvo de plata, e irradiaban sus luces
a chorros, en rayos de estrellas ; los topacios del mon-
te Zabarca estaban alli para ahuyentar los terrores,
se veían ópalos de la Bactrana que impiden los abor
tos y cuernos de Hamon que se colocan bajo las ca-
mas para soñar.
Las irradiaciones de las piedras y las llamas de la
lámpara se reflejaban en los escudos de oro,
Hamilcar, de pie, sonreía con los brazos cruzados,
y le deleitaba menos el espectáculo que la conciencia
de sus riquezas. Eran inagotables, infinitas . Sus abue-
los, que dormian bajo sus pies, enviaban a su corazón
algo de su eternidad. Se sentía casi igual a los genios
subterráneos . Era como la alegría de un Kabyro y
los anchos rayos luminosos que herían su rostro pa-
recíanle la extremidad de una invisible red, que a
través de los abismos le sujetaba al centro del mundo.
Una idea le hizo estremecer, y situándose detrás del
ídolo marchó en línea recta hacia la pared. Después
examinó entre los tatuajes de su brazo la línea hori-
zontal cortada por dos perpendiculares, lo cual ex-
presaba en cifras cananeas el número trece . Entonces
contó hasta la décima tercera plancha de cobre, le-
vantó una vez más su ancha manga y con la mano
derecha extendida leyó en otro sitio de su brazo otras
líneas más complicadas pasando sus dedos delicada-
mente sobre ellas como un tocado de lira. Por fin
dió siete golpes con su pulgar, y como un solo blo-
que giró un gran trozo de muro.
Disimulaba una especie de cueva donde habían en-
cerradas cosas misteriosas que no tenían nombre, y
de incalculable valor. Hamílcar bajó tres peldaños ; to-
mó de un cubo de plata una piel de antilope que flo-
taba sobre un líquido negro, luego volvió a subir.
Abdaloním volvió a caminar delante de él. Hería el
pavimento con su alto bastón adornado de campani
-- 129
llas en el puño, y ante cada habitación gritaba el
nombre de Hamílcar, entre alabanzas y bendiciones .
En la galería circular donde acababan todos los co-
rredores, había acumulados a lo largo de las paredes
viguetas de algumio, sacos de lansonía, conchas de
tortugas llenas de perlas. El Suffeta pasando , las ro-
zaba con su manto sin mirar siquiera los gigantescos
trozos de ámbar, materia casi divina formada por los
rayos del sol.
Un vaho perfumado invadió la atmósfera .
-Empuja la puerta.
Entraron.
Hombres desnudos amasaban pastas, machacaban hier-
bas, vertían aceite en las jarras, abrían o cerraban pe-
queños nichos ovalados, tan numerosos, que la estan-
cia parecía el interior de una colmena. Toda suerte
de especies y de aromas estaban encerrados en aque-
llas cavidades. Por todas partes se veían gomas en
polvo, raíces, ramas de filipéndulo, redomas de cris-
tal , pétalos de rosas ; y aquel exceso de perfumes as-
fixiaba, a pesar de los torbellinos de styrax que ar-
día en el centro sobre una trípode de cobre.
El Jefe de los suaves olores, hombre alto y delgado
y pálido como la cera, se adelantó hacia Hamílcar pa-
ra frotarle las manos con metopión mientras dos o
tres hombres le frotaban los talones con hojas aro-
máticas. Les rechazó ; eran cirineos de costumbres in-
fames a quienes sólo toleraba por los secretos que
sabían .
Hamílcar mandó que a unos paquetes de nardo que
se iban a remitir a ultramar se mezclara un poco
de antimonio para que pesaran más .
Luego preguntó dónde estaban tres copas de psa-
gas, que destinaba para su uso personal.
El Jefe de los olores confesó que no lo sabía y que
unos soldados, armados, habían saqueado aquel de-
partamento ; él se vió obligado a abrirles todos los
escondrijos.
-Les temiste más que a mí ! -exclamó el Suffeta,
Salammbó. - 9
130
y a través del humo, sus pupilas, como antorchas, ful-
guraban sobre el hombre pálido.
—¡ Abdaloním ! ¡ Antes que se ponga el sol hazlo azo-
tar ! ¡ Desgarra su piel !
Aquel perjuicio, menor que los otros, le había in-
dignado, pues a pesar de sus esfuerzos por olvidar-
los, de continuo aparecían los bárbaros ante su pen-
samiento. Sus fechorías le recordaban la vergüenza de
su hija y odiaba a todos sus servidores porque lo
sabían.
Fué después a inspeccionar el trabajo de los escla
vos industriales cuyos productos se vendían por cuen-
ta de la casa. Había sastres que bordaban y guarne-
cían mantos, otros que trenzaban redes, pintaban co-
jines, cortaban sandalias ; obreros de Egipto alisaban
y pulían papiros con una concha, la lanzadera de los
tejedores no se detenía y los yunques de los armeros
resonaban .
Hamílcar les dijo :
-Forjad espadas ! ¡ Forjad sin descanso ! ¡ Necesi-
to muchas !
Después sacó del pecho la piel de antílope macerada
en venenos para que le cortaran una coraza que de-
bía ser más sólida que las de bronce, invulnerable al
fuego y al hierro .
Cuando se acercaba a los obreros, Abdaloním, para
rehuir su cólera, vomitaba pestes contra aquéllos . ¡ Qué
trabajo ! ¡ Es una vergüenza ! ¡ En verdad que el amo
es demasiado clemente ! Hamílcar, sin hacerle caso,
se alejaba.
Casi se detuvo al ver largas hileras de árboles cal-
cinados. Las empaladizas estaban derribadas, el agua
de los arroyuelos formaba fangosas charcas en el sue-
lo y por todas partes se veían cacharros rotos, mesas
destrozadas . Harapos asquerosos pendían de algunas
matas, bajo los limoneros las flores pedidas forma-
ban un estiércol amarillo . Los criados no habían he
cho desaparecer aquellos despojos creyendo que el due-
ño no volvería.
A cada paso descubría un nuevo desastre que le
traía a la memoria lo que quería olvidar. Ahora man-
chaba sus brodequines de púrpura pisando inmundi-
131 -
cias, y no tenía delante de él aquellos hombres para
hacerlos volar por medio de una catapulta. Sentíase
humillado al haberlos defendido, era un engaño, una
traición ; y como no podía vengarse de los soldados,
ni de los Antiguos, ni de Salammbó, ni de nadie, su
cólera, que buscaba una víctima, condenó de una vez
a las minas a todos los esclavos.
Abdaloním se estremecía, cada vez que lo veía acer-
carse a los parques . Pero Hamílcar tomó el sendero
de los molinos de donde salía una melopea lúgubre.
Entre el polvo de pesadas muelas que giraban se
veía a los hombres que las movían. Unos empujaban
con pecho y brazos, otros, uncidos, tiraban . Él frote
de las correas había formado junto a sus axilas cos-
tras purulentas como tienen en el cuello los asnos, y
el harapo negro y lacio que apenas tapaba sus caderas ,
pendía como una larga cola. Tenían los ojos rojos,
resonaban los grilletes de sus pies, todos los pechos
anhelaban a la vez. Tenían en la boca, sujeto por dos
cadenitas de bronce, un bozal, para que no pudieran
comer harina, y unos guanteletes sin dedos les im-
pedían cogerla.
Al entrar el amo, las barras de madera crugieron
con más fuerza. El grano, chafándose, crugía. Muchos
cayeron de rodillas ; los otros, continuando , les pa-
saron por encima.
Llamó a Giddenem, el gobernador de los esclavos.
Hamílcar le mandó que quitara los bozales . Entonces
todos, con gritos de animales hambrientos, se lanzaron
sobre la harina, que devoraban hundiendo la cabeza
en el montón.
-Les matas de hambre !
Giddenem contestó que era preciso para dominarlos .
¡ No valía la pena de enviarte a Siracusa a la escue-
la de los esclavos ! ¡ Haz venir a los demás !
Los cocineros , palafreneros, los corredores, los que
llevaban las literas, los bañeros, las mujeres con sus
hijos, todos se formaron en una sola fila que llegaba
desde la casa de comercio hasta el parque de las fie-
ras. No se atrevían a respirar. Un gran silencio reina-
ba en Megara. El sol se reflejaba en la laguna, al pie
132
de las catacumbas. Los pavos chillaban. Hamílcar ca-
minaba lentamente.
-¿Para qué me sirven esos viejos ? ¡ Véndelos ! ¡ Hay
demasiados galos ; son borrachos ! demasiado candio-
tas ; son embusteros ! Compra capadocios, asiáticos y
negros.
Le admiró ver que había tan pocos niños.
-Es preciso que nazca más gente en la casa, Gid-
denem ! Čada noche dejarás las habitaciones abiertas,
a fin de que puedan mezclarse hombres y mujeres.
Hizo que le presentaran los ladrones, los perezosos,
los revoltosos . Distribuía castigos , recriminaba a Gid-
denem , y éste, como un toro, bajaba la cabeza.
-Mira, Ojo de Baal, éste quería suicidarse, y mos-
traba un 7 libio de alta estatura.
-¡Ah! & quieres morir ?-preguntó desdeñosamente el
Suffeta.
El esclavo contestó con intrepidez :
¡ Sí!
Hamílcar, sin cuidarse del daño pecuniario ni del
mal ejemplo, volviéndose hacia los criados, dijo :
-Que muera, pues. Lleváoslo.
Giddenem había ocultado a los mutilados detrás de
los otros. Hamílcar los vío .
-¿Quién te ha cortado el brazo ?
-Los soldados, Ojo de Baal !
Luego a un Samita que cojeaba :
-¿Y a tí, quién te ha hecho esto ?
Era el gobernador que le rompió una pierna con una
barra de hierro.
Aquella atrocidad estúpida indignó al amo.
-Maldito el perro que hiere a las ovejas ! ¡ Lisiar
a los esclavos ! ¡ Ah ! ¿Arruinas a tu amo ? Que se le
ahogue en el estercolero. ¿ Dónde están los que fal-
tan ? Les has asesinado ?
Su rostro tenía una expresión tan terrible que to
das las mujeres huyeron. Los esclavos retrocediendo,
formaban un gran círculo a su alrededor. Giddenem
besaba frenéticamente sus sandalias ; Hamílcar perma-
necía inmóvil.
Es que en aquel instante recordaba mil desastres que
le asaltaron a la vez. Los gobernadores del campo ha-
133 --
bían huído por miedo a los soldados, en conciencia
con ellos quizás ; todos le engañaban ; no pudo conte-
nerse más.
-¡Qué los traigan aquí !-gritó. - Marcadles en la fren-
te con un hierro candente, como a los cobardes .
Todos fueron puestos de cara al sol hacia el lado de
Oriente, donde estaba el Moloch devorador. Los con-
denados a flagelación se pusieron de pie contra los
árboles con dos hombres ; uno daba los golpes y otro
los contaba.
Hería con las dos manos. Los látigos , silbando, ha-
cían saltar la corteza de los árboles. La sangre man-
chaba, como roja lluvia, las hojas y matas rojas : au-
Ilando de dolor se retorcían al pie de los árboles. A
los que se les marcaba, se arrancaban la carne con las
uñas. Hacia el lado de las cocinas unos hombres con
grandes soplillos avivaban el fuego de los hornillos.
De cuando en cuando un grito estridente desgarraba
el aire. Los azotados desmayaban, pero, retenidos por
las ligaduras, quedaban con la cabeza y los brazos
colgando. Se olía a carne quemada. Los leones , recor-
dando quizá el festín, rugían.
Entonces apareció Salammbó en la terraza. La re-
corría rápidamente de derecha a izquierda como asus-
tada. Hamilcar la vió. Le pareció que levantaba los
brazos hacia donde él estaba, y con un gesto de ho-
rror, fuese hacia el parque de los elefantes.
Aquellos animales eran el orgullo de las grandes fa-
milias únicas. Habían llevado a los abuelos, triunfadores
en las guerras, se les veneraba como favoritos del
Sol.
Los de Megara eran los más fuertes de Cartago. Ha-
mílcar, antes de marchar, hizo jurar a Abdaloním que
los cuidaría. La mayoría habían muerto a consecuencia
de sus mutilaciones ; sólo quedaban tres, echados en
el centro del patio , en el polvo, y los destrozados res-
tos del pesebre .
Le reconocieron y se le acercaron .
Uno tenía las orejas horriblemente cortadas ; otro,
una gran llaga en las rodillas, el tercero la trompa
cortada.
Se miraban tristemente como personas razonables,
134
y el que no tenía trompa, bajando su cabeza enorme
y doblando los jarretes, procuraba acariciarle suave
mente con la extremidad asquerosa de su muñón.
Dos lágrimas se escaparon de los ojos de Hamílcar.
Saltó sobre Abdaloním .
¡Ah ! miserable ! ¡ la cruz ! ¡ la cruz !
Abdaloním , desmayándose, cayó de espaldas.
Detrás de las fábricas de púrpura, cuyo humo subía
hacia las nubes , resonó un aullido ; Hamílcar se de-
tuvo.
Al pensar en su hija, como si hubiese sentido el
contacto de un Dios, se calmó. Era una continuación
de su fuerza, la persistencia de su personalidad lo
que entreveía, y los esclavos no comprendían la causa
de su calma súbita.
Dirigiéndose hacia las fábricas de púrpura, pasó por
delante del ergástulo, gran construcción de piedra obs-
cura rodeada de fosos. Bajó a la prisión . Algunos le
gritaron : «< Vuélvete l» ; los más atrevidos le siguieron.
La puerta, abierta, se movía a impulsos del viento.
El crepúsculo entraba por las estrechas ventanas y
rotas cadenas pendían de las paredes.
¡ Aquello era lo que quedaba de los prisioneros de
guerra !
Hamílcar palideció extraordinariamente, y los que le
espiaban desde lejos vieron que se apoyaba a la pa-
red para no caerse.
Tres veces seguidas aulló el chacal. Hamílcar levan
tó la cabeza, no profirió una palabra, no hizo un ade
mán. Cuando se ocultó el sol, desapareció detrás de la
barrera de nopales, y por la noche, en la asamblea de
los Ricos, en el templo de Eschmun, dijo al entrar :
-¡Antorchas de Baalim, acepto el mando de las
fuerzas púnicas contra el ejército de los bárbaros !
135
VIII
La batalla del Macar
Al día siguiente recibió de los Syssitas doscientos
veintitrés mil kikar de oro , y decretó un impuesto de
catorce shekel para los ricos . Hasta las mujeres con-
tribuyeron ; se pagaba por los niños, y, cosa mons-
truosa para los cartagineses, obligó a los colegios de
los sacerdotes a dar también dinero.
Reclamó todos los caballos , todos los mulos , todas
las armas. A los que quisieron disimular sus riquezas
se les confiscó los bienes, y para vencer la avaricia
ajena, dió sesenta armaduras y mil quinientos gom-
mor de harina, es decir, más él solo que la Compa-
ñía de Marfil .
Envió a Liguria a comprar soldados ; tres mil mon-
tañeses acostumbrados a cazar osos ; se les pagó por
adelantado seis lunas a razón de cuatro minas dia-
rias.
Era preciso un ejército. Pero no aceptó, como Ha-
món a todos los ciudadanos . Rechazó a los que te-
nían ocupaciones sedentarias, luego a los obreros y
a los de aspecto pusilánime ; pero en cambio, admi-
tió a los perdidos, crapulosos de Malgua, a los hijos
de los bárbaros, a los libertos . En recompensa, pro-
metió a los nuevos cartagineses derecho completo de
ciudadanía .
Su primer cuidado fué reformar la Legión . Cambió
las espadas antiguas por otras más cortas ; los bro-
dequines se encargó fueran muy fuertes . Fijó el nú-
mero de criados y redujo el de bagajes ; y como había
en el templo de Moloch trescientos pilums romanos
se apoderó de ellos a pesar de las protestas de los
136
sacerdotes. A los oficiales les hizo andar, saltar, co-
rrer, luchar cuerpo a cuerpo ; les acostumbró, en una
palabra, a las más duras fatigas.
Con los que habían vuelto de Utica y otros que po-
seían los particulares, organizó una falange de sesenta
y dos elefantes, que armó de un modo formidable. Dió
a los conductores un escoplo y un martillo para hen-
derles el cráneo si se rebelaban .
No permitió que el Gran Consejo nombrara los ge-
nerales. Los antiguos le objetaban las disposiciones
de las leyes ; nada le importaban ; nadie se atrevía a
murmurar y todo cedía ante la violencia de su ge-
nio.
Se encargó de la guerra del gobierno, de la hacien-
da. Para prevenir acusaciones, hizo nombrar a Ha-
món su adjunto en hacienda.
Hacía trabajar en las murallas, y para tener piedra
en abundancia ordenó derribar los recintos antiguos
que no reportaban ya utilidad ninguna.
Las tropas, con armas, recorrían a todas horas las
calles ; de continuo se oíían resonar las trompetas ; en
grandes carros pasaban escudos, tiendas de campaña,
lanzas ; las mujeres en los patios hacían hilas y ven-
dajes ; el ardor de unos se comunicaba a los otros.
El alma de Hamílcar llenaba la República.
Con los tres mil ligurios y los mejores hombres de
Cartago formó una falange de cuatro mil noventa y
seis hombres defendidos por cascos de bronce, y que
manejaban lanzas de fresno largas de catorce codos.
Dos mil jóvenes llevaban hondas, un puñal y san-
dalias . Se les reforzó con ochocientos más armados
de un escudo redondo y una espada romana.
La caballería pesada constaba de mil novecientos
guardias, cubiertos de escamas de bronce colorado co-
mo los clinábaros asirios . Había además cuatrocien-
tos arqueros a caballo con gorras de piel de coma-
dreja, hachas de doble filo y túnicas de cuero. Además
había armado mil doscientos negros para apoyar a la
caballería. Todo estaba dispuesto y sin embargo Ha-
mílcar no marchaba.
A menudo salía por la noche de Cartago y se aleja-
ba hasta más allá de la laguna, hasta la desemboca-
137
dura del Macar. ¿ Quería unirse a los bárbaros ? Los
liguros, acampados en los Mappales rodeaban su casa.
Las aprehensiones de los Ricos parecieron justifi-
carse cuando un día trescientos bárbaros se aproxi-
maron a Cartago y Hamílcar mandó que se les abrie-
ran las puertas ; eran tránsfugas que por fidelidad o
por temor volvían junto al Suffeta.
La vuelta de Hamílcar no sorprendió a los mercena-
rios, según ellos aquel hombre no podía morir. Vol-
vía para cumplir sus promesas, esperanza que nada
tenía de absurda si se tiene en cuenta que mediaba
un verdadero abismo entre la patria y el ejército. Por
otra parte, no se creían culpables y habían olvidado
por completo el festín. .
Los espías que sorprendieron les desengañaron . Fué
un triunfo para los más encarnizados, hasta los más
tibios se pusieron furiosos . Luego los dos sitios les
aburrían, no adelantaban un paso, ¡ más valía una ba-
talla ! Al tener noticia de los armamentos de Matho,
saltó de alegría. « Por fin! ¡Por fin !» exclamó.
Entonces el resentimiento que sentía por Salammbó
recayó en Hamílcar. Su odio veía ahora una presa de-
terminada y creía ya saborear su venganza. Tan pron-
to se veía ya rodeado de sus soldados, llevando la ca-
beza del Suffeta en una pica como en un lecho de púr-
pura estrechando entre sus brazos a la virgen, cu-
briendo de besos su rostro, pasando sus manos por
su negra cabellera, y aquellas visiones, que sabía que
no se realizarían, le atormentaban. Juró, que ya que
sus compañeros le habían nombrado schalishim, se mos-
traría digno de tal cargo en la guerra, y la seguridad
de que no volvería de ella le hacía implacable.
Fué a ver a Spendio y le dijo :
-Toma tus hombres ! ¡ Yo traeré los míos ! ¡ Avisa
al galo ! ¡ Estamos perdidos si Hamílcar nos ataca ! ¿ No
me oyes ? Levántate !
Spendio quedó asombrado al air aquella voz llena
de autoridad. Matho habitualmente se dejaba guiar por
sus consejos ; pero ahora parecía a un tiempo más
tranquilo y más terrible ; una voluntad soberbia ful-
guraba en sus ojos, parecida a la llama de un sacri-
ficio,
138
El griego no le escuchó. Vivía en una de las tiendas
cartaginesas con bordados de perla, bebía refrescos en
copas de plata, dejaba crecer sus cabellos y no se
apresuraba en asaltar la ciudad sitiada. Había enta-
blado negociaciones con la ciudad y estaba seguro de
que se rendiría muy pronto. No quería, pues, par-
tir.
Narr-Havas que siempre iba de un ejército a otro,
estaba presente y apoyó las razones de Spendio.
-¡Vete, si tienes miedo ! -exclamó Matho . Nos ha-
bías prometido pez, azufre, elefantes, hombres, caba-
llos ! ¿ Dónde están ?
Narr-Havas se excusó afirmando que en breve cum-
pliría sus promesas .
Pero en aquel instante, un hombre que no conocían
ni el griego ni el libio entró en la tienda. En una len-
gua desconocida hablaba a Narr-Havas el cual, de re-
pente, corrió hacia sus jinetes . Se alinearon en la lla-
nura formando un gran semicírculo. Narr-Havas a ca-
ballo, bajaba la cabeza y se mordía los labios . Por
fin dividió a sus hombres en dos mitades ; dió a una
orden de que le aguardara y al frente de la otra se
lanzó a galope hacia las montañas.
Amol -murmuró Spendio ; --no me gustan esas coin-
cidencias. El Suffeta vuelve, Narr-Havas se marcha...
-Qué importal -dijo con desdén el libio.
Pero se imponía adelantarse a Hamílcar, avisando
a Autharito. El peligro de levantar los sitios estriba-
ba en que entonces podían los soldados de las ciu
dades atacarles por la espalda, mientras los cartagi
neses les combatirían de frente. Después de mucha
discusión se convino en lo siguiente :
Spendio con quince mil hombres se adelantó hasta
el puente de Macar, a tres millas de Utica, que se
fortificó con tres torres enormes provistas de catapul
tas. Con troncos de árboles y peñascos y muros de
piedras se obstruyó en las montañas todos los cami-
nos y senderos ; en sus cimas se amontonó gran can-
tidad de hierba seca que ardería para servir de seña
les, y de trecho en trecho se colocaron pastores para
que vieran éstas.
Indudablemente Hamilcar no se tomaría como Han-
--- 139 -
non, por la montaña de las Aguas Calientes. Pensa-
rían que Autharito, dueño del interior, le cerraría el
paso. Además un fracaso al principio de la campaña
le perdería y una victoria, no sería decisiva para él ,
pues los mercenarios le atacarían de nuevo. Podía des-
embarcar en el cabo de los Racimos e ir en socorro
de una de las dos ciudades. Pero quedaría entre los
dos ejércitos y era aquella una imprudencia que po
día costarle muy cara. Lo natural era que siguiese la
base del Ariana, volviendo luego a la izquierda para
evitar la desembocadura del Macar y dirigiéndose al
puente. Allí le esperaba Matho.
Por la noche, a la luz de las antorchas, vigilaba a
los destacamentos avanzados. Iba a Hippo- Zaryta, a
las obras de las montañas, no se daba punto de repo-
so. Spendio envidiaba su robustez ; pero en cuanto a
las obras de defensa, a lo que debía hacerse para te-
ner buenas confidentes y al arte de las máquinas de
guerra, Matho escuchaba a su compañero. Ya no ha-
blaban de Salammbó, uno porque no pensaba en ella,
otro porque le avergonzaba pensar tanto.
A menudo iba hacia el lado de Cartago para ver si
distinguía las tropas de Hamílcar. Fijaba sus miradas
en el horizonte, se tendía de bruces con el oído pe-
gado al suelo y el zumbido de sus arterias se le anto
jaba el rumor de un ejército en marcha.
Dijo a Spendio que si dentro de tres días no había
parecido Hamílcar, él iría con su ejército a buscarle
para ofrecerle batalla. Pasaron dos días ; Spendio pro-
curaba retenerle a la mañana del tercero partió.
Los cartagineses no esperaban la guerra con menos
impaciencia. En las tiendas de campaña y en las ca-
sas reinaban el mismo deseo e igual angustia. Todo
el mundo se preguntaba por qué Hamílcar no se de-
cidía,
De cuando en cuando subía a la cúpula del templo
de Eschmun, junto al Anunciador de las Lunas, y
consultaba los vientos.
Un día, el tercero del mes de Tibby, bajó precipi-
tadamente la escalinata del Acrópolis . En los Mappa-
les resonó un gran clamor. Pronto reinó una gran agi-
tación en las calles, y los soldados, armándose, se
- 140
despedían de las mujeres llorosas ; luego corrían a la
plaza de Khamon a formar. No se les podía seguir,
ni hablarles, ni. subir a las murallas : durante algunos
minutos la ciudad permaneció silenciosa como una tum-
ba. Los soldados, apoyados en sus lanzas, pensaban
en su suerte, y los otros, en las casas, suspiraban.
Al ponerse el sol el ejército salió por la puerta occi-
dental, pero en vez de tomar el camino de Túnez o
el de Utica, siguió por la orilla del mar ; pronto llegó
a la Laguna, donde grandes manchas de sal, lanzaban
reflejos como gigantescas fuentes de plata olvidadas
en la orilla.
Las charcas se multiplicaron. El suelo era cada vez
más blando, los pies se hundían ; Hamílcar no retro-
cedió. Marchaba a la cabeza . Su caballo , cubierto de
manchas amarillas como un dragón, avanzaba peno-
samente; cerró la noche, noche sin luna. Algunos gri-
taron que todos iban a perecer ; les arrancó sus ar-
mas, que se entregaron a los criados . El barro era
cada vez más profundo. Fué preciso subir sobre las
bestias de carga. Algunos se colgaron de las colas de
los caballos ; los robustos ayudaban a los débiles ; el
cuerpo de los ligurios empujaba a los infantes con la
punta de sus picas. La obscuridad redobló. Se había
perdido el camino . Se detuvieron .
Entonces los esclavos del Suffeta se adelantaron para
buscar las boyas que por su orden se habían colocado
de trecho en trecho. Voceaban en las tinieblas y el
ejército les seguía a lo lejos.
Por fin se llegó a un terreno firme. Adelantaron más,
* pronto se descubrió en la obscuridad una curva
blanquecina . Estaban a orillas del Macar. A pesar del
frío no se encendieron hogueras .
A media noche soplaron fuertes ráfagas de viento.
Hamílcar hizo despertar a los soldados ; pero ni una
trompeta resonó ; los capitanes les tocaban en el hom-
bro. 1
Un soldado de alta estatura entró en el río ; el agua
no le llegaba a la cintura ; se podía vadear.
El Suffeta ordenó que treinta y dos de los elefantes
se pusieran en el río, y que los otros, cien pasos más
abajo, formando otra línea, detuvieran a las filas de
- 141 ---
hombre que arrastrara la corriente. Así todos, con
las armas sobre la cabeza atravesaron el río comó
entre dos paredes . El Suffeta sabía que el viento del
Oeste, empujando las arenas, formaba una especie de
camino natural en toda su anchura.
Ahora se hallaba el ejército en la orilla izquierda,
frente a Utica, en una vasta llanura, muy ventajosa
para maniobrar los elefantes, que constituían la fuer-
qa principal del ejército.
Aquel rasgo de genio entusiasmó a los soldados .
Todos habían recobrado la confianza y pedían mar-
char en seguida contra los bárbaros. El Suffeta les
hizo reposar durante dos horas. Cuando salió el sol,
el ejército se movió formando tres líneas ; de elefan-
tes la primera, de caballería e infantería la tercera ;
la falange marchaba a retaguardia.
Los bárbaros acampados cerca de Utica y los quin-
ce mil que había junto al puente, quedaron sorprendi-
dos al ver ondular la tierra a lo lejos . El viento que
soplaba con fuerza, levantaba grandes torbellinos de
polvo que ocultaban, como una cortina amarillenta, la
marcha del ejército púnico. Algunos, al advertir los
cuernos que llevaban en los cascos los cartagineses,
creían que se trataba de una manada de bueyes ; otros,
engañados por la agitación de los mantos, pensaban
que eran olas ; los que habían corrido mucho mundo,
se encogían de hombros, diciendo que aquello era un
espejismo.
Pronto no fué posible la duda. La masa enorme avan-
zaba de continuo. Se distinguió a los elefantes eriza-
dos de picas, los bárbaros lanzaron un clamor formi-
dable.
-Los cartagineses ! -y, sin señal, sin que nadie lo
mandara, los soldados que sitiaban a Utica y los que
guardaban el puente se lanzaron sin orden ni concier-
to sobre el ejército de Hamílcar.
Al oir aquel nombre, Spendio se estremeció . Repe-
tía maquinalmente : « Hamílcar ! ¡ Hamílcar !» ¡ Y Matho
no estaba allí ¿ Qué hacer ? No se podía huir. El te-
rror que le inspiraba el Suffeta, la gravedad de la re-
solución que debía tomar, el peligro que crecía por
momentos, todo le trastornaba; se vefa ya decapitado,
142
crucificado, asaeteado . Pero le llamaban ; treinta mil
hombres iban a seguirle ; pensó que podría lograr la
victoria ; se creyó más intrépido que Epaminondas . Pa-
ra ocultar su palidez se embadurnó de bermellón , ciñó
su armadura, bebió una gran copa de vino puro y co-
rrió hacia sus soldados que marchaban al encuentro
de los de Utica.
Se juntaron tan rápidamente, que el Suffeta no tu-
vo tiempo de alinear sus hombres en batalla. Poco a
poco los cartagineses se detenían . Los elefantes se de-
tuvieron ; balanceaban sus cabezas que ostentaban pe-
nachos de plumas de avestruz y con las trompas se
golpeaban las espaldas.
En los intervalos que dejaban los elefantes se veían
los vélites, los grandes cascos de los clinabaros, pe-
nachos, corazas, estandartes. Aunque el ejército car-
taginés contaba once mil hombres, no parecía tenerlos
porque formaban un cuadrilongo con los lados meno-
res muy estrechos.
Los bárbaros, al verlos tan débiles, lanzaron un cla-
mor de alegría . El desdén que les inspiraban aquellos
mercaderes redoblaba su valor, y antes que Spendio
diera una orden, ya la habían comprendido y la eje-
cutaban.
Se extendieron en una larguísima línea que reba-
saba por los flancos al ejército púnico, a fin de envol-
verlo por completo. Pero cuando estuvieron a tres-
cientos pasos, los elefantes, en vez de adelantar re-
trocedieron ; los clinavaros, dando media vuelta, les
siguieron, la sorpresa de los mercenarios subió de pun-
to cuando vieron que los bagajeros les imitaban co-
rriendo cuanto podían. Los cartagineses tenían mie-
do, huían ! Un clamor formidable de befa y de ale-
gría resonó en las filas de los bárbaros, y Spendio,
desde lo alto de un dromedario, gritó : « Ya lo sabía!
!>>
¡Adelante ! 1 Adelante !»
Entonces las jabalinas, los dardos, las balas de hon-
da volaron a la vez. Los elefantes, al sentirse heridos
en la grupa, galoparon más aprisa ; una gran polvare
da les envolvía y se disiparon como sombras. Pero
se oía un gran ruido de pasos, dominado por el ruido
de las trompetas que sonaban con furia. Aquel espa
143
cio que los bárbaros tenían ante ellos llenos de tor-
bellinos y tumulto, atraía como un abismo ; algunos
se precipitaron en él. Aparecieron cohortes de infan-
tería y la caballería galopaba también hacia el ene-
migo.
Hamílcar había ordenado la falange que rompiera
sus secciones a fin de que los elefantes, las tropas
ligeras y la caballería pasaron por sus intervalos para
ir rápidamente hacia las alas, y calculado tan bien
la distancia de los bárbaros, que en el instante en
que éstos chocaron contra el ejército, ésta formaba
una gran línea recta. En el centro estaba la falange
formada por cuadros de dieciséis hombres por cara.
Los jefes de las filas estaban entre los largos hierros
aguzados que sobresalían desigualmente de las filas.
Todas las caras desaparecían bajo las viseras de los
cascos ; láminas de bronce cubrían las piernas dere-
chas, anchos escudos cilíndricos bajaban hasta las ro-
dillas y aquella masa cuadrangular se movía como
si estuviese formada de una sola pieza ; parecía vi-
vir como un animal y funcionar como una máquina.
Dos cohortes de elefantes la flanqueaban ; contrayen-
do la piel hacían caer trozos de sus escamas . A dere-
cha e izquierda de los elefantes corrían los honderos
con una honda alrededor de la cintura, otra sobre la
cabeza, y otra en la mano derecha. Estaban luego los
clinabaros, acompañado cada uno de un negro, ten-
diendo sus lanzas entre las orejas de sus caballos,
cubiertos de oro como ellos . Más lejos estaban los sol-
dados armados a la ligera con escudos de piel de
lince, de los cuales sobresalían las lanzas de los ve-
nablos que llevaban en la mano izquierda, y los ta-
rentinos guiando dos caballos, formaban los extremos
de las dos alas.
El ejército de los bárbaros no había podido perma-
necer alineado . En la extensión exhorbitante había on-
dulaciones y vacíos ; todos respiraban anhelosamente
sofocados por haber corrido tanto .
La falange adelantó pesadamente enfilando sus lan-
zas ; bajo este peso enorme la línea de los mercena-
rios, harto endeble, cedió por el centro.
Entonces las alas cartaginesas se desplegaron ; los
144
elefantes las seguían. La falange cortó en dos mitades
a los bárbaros con sus lanzas tendidas oblicuamente ;
las alas, a flechazos y pedradas acosaban a los sol-
dados de Spendio.
Este ordenó que se atacase simultáneamente a la
falange por ambos flancos a fin de desbaratarle . Pero
las filas más estrechas se deslizaban bajo las más lar-
gas, y la falange se revolvió contra los bárbaros, tan
terrible en sus lados como lo era momentos antes por
el frente.
Golpeaban sobre el asta de las lanzas, pero la caba-
llería atacándoles por retaguardia les impedía dar en
firme el asalto ; y la falange apoyada por los elefantes,
se estrechaban o se ensanchaba según lo requerían los
incidentes de la lucha, formando un cuadro, un trián-
gulo, un rombo, un trapecio, una pirámide. Un mo-
vimiento interior la removía de la cabeza a la cola,
pues los que estaban en las últimas filas acudían a
las primeras, y los que formaban en éstas, por can-
sancio o por heridas , se retiraban hacia atrás . Las
lanzas se inclinaban y se levantaban alternativamente.
Se veía un continuo fulgurar de espadas desnudas y
la caballería cargaba sin cesar contra aquel mar de
hierro. Los heridos defendíanse con sus escudos, ten-
dían la espada, apoyando el puño contra el suelo, y
otros, revolcándose en charcos de sangre, mordían los
talones de los combatientes. La multitud era tan com-
pacta, el polvo tan espeso, tan grande el tumulto, que
nada podía distinguirse ; a los cobardes que ofrecieron
rendirse ni siquiera se les escuchó. Cuando las ma-
nos quedaban sin armas, entonces empezaba una lu-
cha cuerpo a cuerpo, los pechos crugían contra las co-
razas y los cadáveres colgaban con la cabeza hacia
atrás entre los brazos crispados. Una compañía de se-
senta hombres de la Umbría firmes sobre sus jarre
tes, con la pica delante de los ojos, inconmovibles y
rechinando los dientes, obligaron a retroceder a dos
cuadros a la vez. Pastores epirotas corrieron hacia el
escuadrón de los clinabaros y cogiendo a los caballos
por la crin, voltearon sus bastones ; los animales, de-
rribando a sus jinetes huyeron por la llanura.
Los honderos púnicos no podían intervenir en aque
145
lla lucha a menos de herir a sus propios compañeros .
La falange empeazba a oscilar, vociferaban los capi-
tanes, las filas se estrechaban con dificultad y los
bárbaros atacaban cada vez con más ímpetu. Su em-
puje era tremendo ; la victoria era para ellos . De re-
pente un grito, un espantoso grito, un rugido de dolor y
de cólera se levantó de las filas de los bárbaros ; eran
los setenta y dos elefantes que se precipitaron sobre
ellos, formados en doble fila. Los indios les espolea-
ban tan vigorosamente que la sangre corría por sus
orejas. Sus trompas embadurnadas de minio erguíanse
en el aire parecidas a culebras rojas ; en el pecho lle-
vaban un cuerno de hierro, en los lomos una coraza,
y sus colmillos estaban alargados por hojas de hierro
corvas como sables . Para hacerles más feroces se les
había embriagado con una mezcla de vino puro y de
incienso.
A fin de resistir mejor su empuje, los bárbaros se
lanzaron sobre ellos en filas compactas ; los elefantes
se echaron impetuosamente sobre ellos. Los espolones
de su pretal, como proas de navío, hendían las co-
hortes. Con sus trompas ahogaban a los hombres, o
levantándolos del suelo los entregaban a los soldados
de las torres ; con sus colmillos les despanzurraban,
les lanzaban al aire, y entrañas palpitantes pendían
de aquéllos como los rollos de cuerdas cuelgan de
los mástiles . Los bárbaros procuraban reventarles los
ojos, cortarles los jarretes, otros, deslizándose bajo su
vientre, les hundían la espada hasta el puño y pere-
cían aplastados ; los más intrépidos, se colgaban de sus
correas y bajo las llamas, bajo las flechas, continua-
ban aserrando el cuero , y la torre de mimbres se de-
rrumbaba como una torre de piedras. Catorce de los
que estaban en el ala derecha, irritados por las heri-
das retrocedieron ; entonces los indios cogieron el es-
coplo y el martillo y aplicando aquél sobre la nuca
dieron un gran golpe. Los enormes animales cayeron
unos sobre otros. En aquel montón de cadáveres y
de armaduras un elefante monstruoso llamado « Furor
de Baal», cogido por la pata entre cadenas, gritó des-
Salammbó. - 10
---- 146
།
esperadamente hasta la noche, pues tenía una flecha
en un ojo.
Sin embargo, los otros, como conquistadores que se
deleitan en el exterminio, derribaban, aplastaban, pi-
soteaban, aplastaban a heridos y moribundos . Para re-
chazar a los manipulos que se apiñaban alrededor su-
yo, giraban sobre sus patas de atrás adelantando siem-
pre. Los cartagineses sintieron avivar su ardor. La
batalla empezó de nuevo.
Los bárbaros cedían ; los griegos tiraron sus armas,
y los demás, al ver el mal ejemplo, se asustaron. Spen-
dio huía inclinado sobre el cuello del dromedario. En-
tonces todos se precipitaron hacia Utica.
Los clinabaros, cuyos caballos estaban rendidos, no
trataron de perseguirles. Los ligures, extenuados por
la sed querían ir hacia el río. Los cartagineses que
combatieron en el centro, y que habían sufrido menos ,
se desesperaban viendo que no podían completar su
venganza. Iban a perseguir a los mercenarios. Hamil-
car apareció.
Con las riendas de plata contenía a su caballo fati-
gado cubierto de sudor. Las tiras que pendían de los
cuernos de su casco ondeaban al viento y traía bajo
su muslo izquierdo el escudo oval. Con un movimien-
to de su lanza de tres puntas detuvo el ejército.
La falange exterminó a todos los bárbaros que aun
resistían. Algunos aun se defendieron . Se les mató des-
de lejos bajo una nube de piedras como si fueran pe-
rros rabiosos . Hamílcar había recomendado que se hi-
cieran prisioneros ; pero los cartagineses dudaban en
obedecerle, ansiosos de hundir sus espadas en el cuer-
po de los bárbaros.
Anocheció. Los cartagineses y los bárbaros habían
desaparecido . Los elefantes que huyeron corrían a lo
lejos con sus torres incendiadas.
Ardían en las tinieblas aquí y allá como faros me-
dio ocultos entre la niebla ; a lo lejos sólo se veía so-
bre la llanura la ondulación del río que arreaba los
cadáveres al mar.
Dos horas después llegó Matho. A la luz de las es-
trellas vió montones de hombres tendidos en tierra.
147 —
Eran hileras de bárbaros . Inclinóse, todos estaban muer-
tos . Llamó con voz estentórea ; nadie le contestó.
Por la mañana había abandonado Hippo Zaryta con
sus soldados para marchar contra Cartago. En Utica
el ejército de Spendio acababa de desaparecer y los
habitantes incendiaban las máquinas de guerra.
Todos se habían batido con saña. Pero como Ma-
tho para llegar más pronto se adelantó por entre las
montañas y los bárbaros huyeron por la llanura, no
tuvo noticia de la derrota hasta que se encontró en lo
que había sido campo de batalla .
En frente de él, más allá del río, veía a ras del sue-
lo unas luces inmóviles . Eran los cartagineses que se
retiraron detrás del puente y para engañar a los bár-
baros el Suffeta había colocado avanzadas en la ori-
lla. Matho, adelantando sin cesar, creyó ver las insig-
nias púnicas, pues distinguía en el aire cabezas de
caballos que no se movían ; oyó también un gran ru-
mor, ruido de canciones y de copas que chocaban.
Entonces, no sabiendo dónde estaba ni cómo ha-
llar a Spendio, se volvió por el mismo camino. Apun-
taba el alba y a su luz vió a lo lejos la ciudad y
a su alrededor los despojos de las máquinas ennegrecidas
por las llamas, como esqueletos gigantescos apoyados
contra las murallas.
Todo reposaba en un silencio extraordinario. Entre
los soldados había hombres casi desnudos que dor-
mían tendidos de espaldas o con la frente apoyada en
los brazos . Algunos quitaban de sus piernas tiras de
tela ensangrentadas. Los moribundos movían lentamen-
te la cabeza, y otros, arrastrándose, les traían agua.
A lo largo de los senderos estrechos, los centinelas
caminaban para entrar en calor, o con el rostro vuel-
to hacia el horizonte permanecían quietos con la lan-
za sobre el hombro en actitud feroz.
Matho halló a Spendio bajo una tienda desgarrada,
con la rodilla entre las manos y la cabeza baja.
Permanecieron largo rato sin hablar.
Por fin Matho murmuró :
-¡Vencidos !
Spendio contestó con voz sombría :
-¡Sí, vencidos !
148
A las preguntas contestaba con ademanes desespe
rados.
Suspiros y estertores llegaban hasta ellos. Matho en-
treabrió la tienda. Entonces aquel espectáculo le re-
cordó otro ocurrido allí también, y dijo rechinando
los dientes :
-Miserable ! ya una vez...
Spendio le interrumpió :
-Tú tampoco estabas .
¡ Es una maldición , -exclamó Matho, -pero un día
u otro llegaré hasta él ! ¡ le venceré ! ¡ le mataré ! ¡ Ah !
¡ Si hubiese estado allí !
La idea de haber faltado a la batalla le desesperaba
más que la derrota.
Se arrancó del cinto la espada y se tiró al suelo.
-¿Cómo os han derrotado los cartagineses ?
El antiguo esclavo se puso a contar la batalla y
las maniobras. Matho creía verlas, y se irritaba. El
ejército de Utica en vez de correr al puente debió
atacar a Hamílcar por retaguardia.
¡Ah ! ya lo sé, -exclamó Spendio.
-Era preciso doblar tus filas, no comprometer los
vélites contra la falanje, dejar pasar a los elefantes ; en
un momento debía cambiar la faz de la lucha.
Spendio contestó :
-Le he visto pasar con un gran manto rojo, levan-
tados los brazos, más alto que la polvareda, como una
águila que vuela al lado de las cohortes a cada se-
ñal de su cabeza, se estrechaban, se precipita n ; la
multitud nos ha echado uno contra otro. Me miró;
sentí en mi corazón como el frío de una espada.
Se interrogaron tratando de descubrir por qué el
Suffeta había llegado cuando las circunstancias eran
más desfavorables para los bárbaros. Hablaron luego
de la situación, y para atenuar su falta o para animar-
se a sí mismo, Spendio dijo que aun quedaba espe- -
ranza .
Aun cuando no quedase nadie más, no importa,
-dijo Matho, -hasta solo continuaré la guerra.
-Yo también, -gritó el griego levantándose de un
salto .
-- 149
Caminaba a largos pasos, centelleaban sus pupilas ,
y una extraña sonrisa contraía su rostro de chacal.
-¡Volveremos a empezar ; no te alejes nunca de mí !
no sirvo para las batallas a la luz del sol. El fulgor
de las estrellas turba mi vista ; es una enfermedad ';
he pasado demasiado tiempo en el ergástulo. Pero in-
dícame murallas que escalar durante la noche, y en-
traré en las ciudadelas y los cadáveres estarán fríos an-
tes que canten los gallos ! Enséñame a alguien, algo,
un enemigo, un tesoro, una mujer ; aun cuando fuera
la hija de un rey, y traeré tu deseo ante tus ojos . Me
acusas de haber perdido la batalla, y sin embargo la
gané. Confiesa que mi piara de cerdos nos sirvió me-
jor que una falanje de espartanos .
Y cediendo al deseo de realzarse y de tomar des-
quite, enumeró cuanto hiciera por la causa de los
mercenarios.
-Yo soy- dijo-quien en los jardines del Suffeta
empujé al galo. Más tarde en Sicca les he dado ánimo,
haciéndoles temer la venganza de la República. Gis-
cón les perdonaba, pero yo no quise que los intérpre-
tes hablaran. ¡ Ah ! ¡ Cómo les salían las lenguas de la
boca. ¿ Te acuerdas ? Te llevé a Cartago ; he robado el
zaimp, te llevé a su casa. Haré más aún : ¡ ya verás !
Y se echó a reir como un loco, Matho le miraba con
los ojos dilatados . Experimentaba malestar ante aquel
hombre que era a un tiempo tan cobarde y tan terri-
ble.
El griego añadió con tono jovial chasqueando los
dedos :
-Evohé ! ¡Después de la lluvia el sol ! He trabajado
en las canteras y he bebido vino en una crátera que
me pertenece bajo una tienda de brocado de oro co-
mo un Ptolomeo. La desgracia sirve para hacernos más
hábiles. A fuerza de trabajo se doma la fortuna. Esta
proteje a los políticos . Cederá !
Volvió hacia Matho , y tomándole por el brazo .
-Amo, ahora los cartagineses están seguros de su
victoria. Tienes un ejército que no se ha batido y
tus hombres te obedecen. Ponlos en la vanguardia :
los míos para vengarse los seguirán. Me quedan tres
mil caballos, mil doscientos honderos y arqueros, co-
150 -
hortes enteras. ¡ Hasta podemos formar una falanje !
¡Volvamos !
Matho, aplastado por el desastre, no había decidi-
do nada repararlo. Escuchaba con afán, y las plan-
chitas de bronce que rodeaban su busto se levanta-
ban al impulso de los latidos de su corazón.
Recogió su espada y gritó :
-Sígueme! ¡ adelante !
Pero las avanzadas anunciaron que los muertos de
los cartagineses habían sido recogidos, que el puen-
te estaba quemado y que Hamílcar con sus tropas
había desaparecido.
IX
En campaña
El Suffeta pensó que los mercenarios le esperarían
en Utica, o se revelarían contra él , y comprendiendo
que no tenía fuerzas suficientes, ni para acometer, ni
para resistir, marchó hacia el sur, por la orilla dere-
cha del río, lo cual le ponía de momento a cubierto
de una sorpresa.
Quería ante todo perdonando por entonces su rebe-
lión, separar a todas las tribus de los bárbaros , y
después, cuando estuviesen aislados, caería sobre ellos
y les exterminaría.
En catorce días pacificó la región comprendida en-
\tre Thouccaber y Utica, y las ciudades desde Figni-
caba, Tessourah, Vacca y otras más occidentales ; Zun-
ghar, edificaba en la montaña ; Assuras, célebre por
su templo ; Dgeraado, fértil en viñedos ; Thapitis y Ha-
gur le enviaron embajadores. Los campesinos llega-
ban trayendo víveres, imploraban su protección, besa-
ban sus pies, los de los soldados y se quejaban de
los bárbaros.
Algunos le ofrecían en sacos cabezas de mercena-
rios muertos por ellos a lo que decían, pero que en
realidad habían cortado a los cadáveres ; pero muchos
se habían perdido huyendo y se hallaban en las vi-
ñas.
--- 151
Para deslumbrar al pueblo, Hamílcar envió al día
siguiente de la victoria los dos mil soldados que apri-
sionó en el campo de batalla. Llegaron por compañías
de cien hombres cada una, con los brazos atados
la espalda a una barra de bronce, de cinco en cinco,
y los heridos corrían también, porque los jinetes de-
trás les flagelaban con sus látigos.
¡ Fué un delirio de alegría ! Se afirmaba que habían
quedado seis mil bárbaros en el campo de batalla,
que los otros no resistirían, y que la guerra había
acabado ; la gente abrazábase en las calles y se frotó
con manteca y cinamomo el rostro de los dioses Pa-
taicos , para darles las gracias. Con sus grandes ojos,
su enorme barriga, y sus dos brazos levantados has-
ta los hombros parecían vivir hasta por su pintura
fresca y participar de la alegría del pueblo. Los Ri-
cos dejaban sus puertas abiertas : todo era alegría en
la ciudad. Los templos estaban iluminados por la no-
1
che, y las sacerdotisas de la diosa bajaban hasta Mal-
que. Se establecieron en las encrucijadas de sicomo-
ro y allí se prostituyeron. Se otorgaron tierras a los
vencedores, se dispusieron holacaustos para Melkarth,
se votaron cien coronas de oro para el Suffeta, y sus
partidarios querían que se le dieran nuevas prerro-
gativas y honores.
Había solicitado de los Antiguos que propusieran a
Autharito cambiar a Giscón y los otros cartagineses
con los otros bárbaros si era preciso. Los libios y los
nómadas que componían el ejército de Autharito ape-
nas conocían a aquellos mercenarios que eran de raza
griega o latina ; y puesto que la República les ofrecía
tantos bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses,
es que unos tenían mucho valor y los otros carecían
de él . Temían caer en un lazo .
Autharito rehusó. Entonces los Antiguos decretaron
la ejecución de los cautivos, aun cuando el Suffeta le
hubiese escrito que no los matasen. Quería incorpo-
rar a los mejores en sus filas y de tal modo excitar a
los demás bárbaros a desertar. Pero el odio no tuvo
espera.
Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mappa-
les, en las piedras de los cipos, y los mercaderes,
152
los pinches de cocina, los sastres y hasta las mujeres,
las viudas de los muertos con sus hijos , cuantos que
rían, acudieron a matarles a flechazos. Se les apun
taba lentamente para prolongar su suplicio ; se bajaba
el arma, luego volvía a levantarse y la gente se reía
y vociferaba,
Los paralíticos se hacían llevar allí en literas ; mu-
chos por precaución llevábanse la comida, y otros pa-
saban la noche en aquel lugar horrible. Se habían le-
vantado tiendas y bebían a discreción . Muchos - gana-
ron grandes sumas alquilando arcos.
No se retiraron los cadáveres crucificados parecidos
a estatuas rojas sobre las tumbas.
La sanción de los dioses no faltó en aquella oca-
sión pues de los cuatro puntos cardinales llegaban ban-
dadas de cuervos . Volaba trazando grandes círculos
en el aire y graznando continuamente. A veces, aque-
lla negra nube se deshacía de pronto, ensanchando le-
jos sus espirales oscuras ; era que un águila la atra-
vesaba ; en las terrazas, en las cúpulas, en la punta
de los obeliscos, y en el frontón de los templos, se
veían grandes aves de rapiña que sostenían en su pico
enrojecido piltrafas humanas.
A causa del hedor, los cartagineses se decidieron a
desatar a los cadáveres . Se quemaron algunos, se echa-
ron otros al mar ; y las olas, empujadas por el viento
del norte, les depositaron en la playa, delante del
campo de Autharito .
Aquel castigo había aterrorizado a los bárbaros, y
se les vió plegar sus tiendas, reunir sus rebaños , po-
ner sus bagajes sobre asnos, y aquella noche el ejér-
cito se alejó.
Debía dirigirse desde la montaña de las Aguas Ca-
lientes hasta Hippo Zaryta y privar así al Suffeta la
posibilidad de volver a Cartago sin combatir.
Entre tanto los otros dos ejércitos tratarían de al-
canzarle en el Sur.
Spendio por oriente y Matho por occidente, de mo-
do que juntándose los tres, pudieran sorprenderle y
aplastarle. Un refuerzo que no esperaban les llegó:
Narr-Havas apareció a la cabeza de trescientos ca
- 153
mellos cargados de pez, de veinticinco elefantes, y de
seis mil jinetes.
Contó que el Suffeta había querido sublevar a sus
súbditos, pero que él, prevenido por el hijo de su no-
driza, fué al sitio donde estaban los rebeldes y les ven-
ció fácilmente.
Los jefes de los cuatro ejércitos deliberaron acer-
ca de todo. La guerra sería larga y era perciso prever
todas las contingencias .
Se convino en reclamar el auxilio de los romanos
y se ofreció aquella comisión a Spendio ; pero como
era tránsfuga, no se atrevió a encargarse de ella. Do-
ce hombres de las colonias griegas se embarcaron en
Amraba en una chalupa de los númidas para ir a Ro-
ma. Los jefes exigieron de todos los bárbaros el ju-
ramento de una fidelidad completa. Diariamente los
capitanes inspeccionaban el uniforme y el calzado ; se
prohibió a los centinelas el uso del escudo, pues a
veces le apoyaban en su lanza y se dormían de pie ;
a los que arrastraban algún bagaje, se les obligó a
prescindir de él ; como los romanos, todo debía lle-
varse a la espalda. Por precaución contra los elefan-
tes, Matho instruyó un cuerpo de caballería en que
el hombre y el caballo desaparecían bajo una coraza
de piel de hipopótomo erizada de clavos, y para pro-
teger los cascos de los caballos , envolvíanse sus pe-
zuñas en cuerdas de esparto.
Se prohibió saquear los pueblos y tiranizar a los
habitantes que no uefran de raza púnica. Como el
país iba quedando exhausto, Matho ordenó distribuir
viveres, sin cuidarse de las mujeres. Primero las com-
partían con ellas. Por falta de alimento, muchos se
debilitaban. Aquella era ocasión incesante de riñas y
querellas, porque muchos se atraían a las compañeras
de los demás, ofreciéndolas su ración . Matho ordenó
echar a todas implacablemente . Se refugiaron al cam-
pamento de Autharito, pero las galas y las libias, a
fuerza de ultrajes, las obligaron a marcharse. Algu-
nas fueron a pedir refugio a los cartagineses, y otras
se obstinaron en seguir a los ejércitos, llamando a
sus hombres, sujetándoles por los mantos, y enseñán-
doles sus hijitos desnudos que lloraban.
154 --
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-5- 169-
ΧΙ
Dite e in como despois
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acompañado de un sito de palms bas, luego bajar a lo largo
da Spendio, pues los campesiton y to de callejuelas escarpadas.
PanCartago, habiam adoptado si llegaron a la puerta de Te-
tiempo,ala ingen ,
an entreabiertas ; pasaron ;
dos de pielde parin
tires destudos. En las en de ellos.
To baleares, camino que corre a lo
allos de Nue-Huma vez dejadas atrás las cis-
nna, La que, entre el golfo y el
ularito;
a ciudad, ni en el mar
color de pizarra batían
ligero hacía saltar la es-
terals e sus velos, Salammbó
Maldo ués se levantó el sol ;
a pesar de sus es-
ng permaned encia.
consultands la montaña de las
habla dispers ron un paso más
manera resistencia.
Dal resistens edio calcinada se
jorera-esp techos de casas
des cuarteadas
robrou de csa s destrozados,
estingalas por allí ha-
e aquellas
ltaba en
nían.
otras .
un
ar
154
El genio de Moloch poseía a Matho.
A pesar de la voz de su conciencia, ejecutaban ac-
ciones espantosas, creyendo que obedecía la voluntad
de su Dios . Cuando no podía talar los campos, man-
daba cubrirlos de piedras para esterilizarlos.
A fuerza de mensajes obligaba a Autharito y a Spen-
dio a que se apresuraran. Pero las operaciones del .
Suffeta eran incomprensibles. Acampó sucesivamente en
Eidus, Monchar, en Tehent ; las avanzadas creyeron
verle cerca de Ischul cerca de las fronteras de Narr
Havas, y se supo que había atravesado el río sobre
Teburba como para volver a Cartago.
Aquellas marchas y contramarchas fatigaban a los
Cartagineses, y las fuerzas de Hamílcar, sin renovar-
se disminuían de día en día. Los campesinos le lle
vaban víveres cada vez de peor gana ; por todas par-
tes hallaba una resistencia pasiva, un odio taciturno.
A pesar de sus súplicas al Gran Consejo, no llegaba
ningún socorro de Cartago.
Entonces, desesperado de la República, Hamílcar to
mó de las tribus lo necesario por proseguir la cam-
paña ; granos, aceites, madera, bestias de carga y hom-
bres. Los habitantes huían de los pueblos a su aproxi-
mación. Las aldeas que se atravesaba estaban vacías
y en vano se buscaba dentro de las cabañas ; al ejér
cito púnico le rodeaba una soledad espantosa.
Los cartagineses, furiosos, saquearon todas las pro-
vincias ; cegaban las cisternas e incendiaban las ca-
sas.
A veces junto a los caminos veían relucir dentro
de un grupo de arbustos unas pupilas centelleantes.
Era un bárbaro que, en cuclillas y cubierto de polvo
para confundirse con el color de las hojas secas les
espiaba.
Ni Utica ni Hippo Zaryta le enviaron tampoco so-
corros. No se atrevían a comprometerse y contestaron
pagamente.
De todos modos quería un punto en la costa y el
puerto de Utica era el que le convenía ; así podría
aprovisionarse.
El Suffeta dió la vuelta al lago de Hippo Zaryta
con gran cautela, pero después tuvo que disponer sus
--- 155
regimientos en columna para subir la montaña que
separa los dos valles . Al ponerse el sol, y bajando por
una estrecha cañada que se iba ensanchando después
en forma de embudo, advirtieron ante ellos, junto al
suelo, lobas de bronce, que parecían correr sobre la
hierba.
De repente vieron altos penachos y oyeron un can-
to formidable, acompañado de un ritmo de palmas .
Era el ejército de Spendio, pues los campesinos y
griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las in-
signias romanas. Al mismo tiempo, a la izquierda, apa-
recieron largas lanzas , escudos de piel de leopardo,
corazas de lino, hombres desnudos . Eran los iberos
de Matho, los lusitanos, los baleares, los gétulos ; re-
sonó el relinche de los caballos de Narr-Havas que se
esparcieron alrededor de la colina. Luego llegó la mu-
chedumbre que mandaba Autharito ; los galos, los li-
bios, los nómadas, y entre ellos se veía a los come-
dores de cosas inmundas, que se distinguían por las
espinas de pescado que llevaban en la cabellera.
Los bárbaros, combinando exactamente sus movimien-
tos, se habían juntado, pero sorprendidos al verse en-
frente del enemigo, permanecieron algunos minutos in-
móviles como consultándoles.
El Suffeta había dispuesto sus hombres en círculo
cerrado, de manera que pudieran ofrecer por todas
partes igual resistencia. Los mercenarios estaban can-
sados ; mejor era esperar el nuevo día ; y seguros de
su victoria los bárbaros durante toda la noche, sólo
se cuidaron de comer y dormir, habiendo encendido
grandes fogatas que deslumbrándoles dejaban en la som-
bra al ejército púnico. Hamílcar hizo abrir alrededor
de su campamento, como los romanos, un foso ancho
de quince pasos y diez codos de profundidad . Al le-
vantarse el sol, los mercenarios quedaron pasmados
viéndoles atrincherados como dentro de una fortaleza.
Comprendieron que si todos atacaban a la vez se
exponían a una derrota segura, porque el mismo ac-
ceso de combatientes les perjudicaría. Además , ¿ có-
mó salvar los pasos ? En cuanto a los elefantes no es-
taban basatnte adiestrados.
-Sois un atajo de cobardes -exclamó Matho. - Ca-
156
pitaneando a los mejores se dirigió contra la trinche-
ra ; una nube de piedras les hizo retroceder, pues el
Suffeta había tomado en el puente sus catapultas aban-
donadas.
Los bárbaros , al ver aquella dificultad se amilanaron ;
querían vencer, pero arriesgándose lo menos posible.
Spendio quería guardar las posiciones que tenían y
rendir por hambre al ejército púnico. El Suffeta en-
tabló negociaciones para ganar tiempo, y una maña-
na los bárbaros hallaron en sus avanzadas un perga-
mino con proposiciones escritas. Decía que los Anti-
guos le habían obligado a hacer la guerra, y para pro-
barles que mantendrían su palabra les ofrecía el sa-
queo de Utica o de Hippo Zaryta ; terminaba dicien-
do que no les temía, porque había ganado con dádi-
vas a algunos traidores, los cuales acabarían con ellos .
Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la
tienda de Matho, en cuclillas alrededor de su escu-
do adelantaban y hacían retroceder con cuidado figu
ritas de madera, que eranvención de Pyrrho para
ensayar las maniobras .
Mientras los bárbaros deliberaban, el Suffeta aumen-
taba sus defensas ; hizo ahondar un doble foso, y en
los ángulos del campamento levantar torres de ma-
dera.
Desde el fondo del anfiteatro en que est ban ase-
diados , veían de continuo en las alturas 10 cuatro
campamentos de los bárbaros. Algunas mujeres pasa-
ban con cueros en la cabeza ; muchas cabras crían
balando entre los pabellones de picas y lanzas ; os
centinelas se relevaban y los soldados comían ai
dedor de los altos trípodes .
Desde el segundo día, los cartagineses habían ad-
vertido en el campamento de los mercenarios un gru-
po de unos trescientos hombres apartados de los de-
más. Eran los Ricos, prisioneros desde el principio de
la guerra. Los libios les alinearon junto al foso, y
apostados detrás de ellas, lanzaban jabalinas, sirvién-
dose de sus cuerpos a modo de escudos . Algunos de
los cartagineses sollozaban estúpidamente ; otros gri-
taban a sus amigos que tiraran contra los bárbaros.
Había una inmóvil y con la frente baja que no habla-
157
ba nunca. Su gran barba blanca casi le llegaba hasta
las manos cubiertas de cadenas y los cartagineses re-
conocían a Giscón en aquel hombre. Aunque el sitio
era peligroso, todos se empujaban para verlo . Se le
había puesto en la cabeza una tiara grotesca de cuero
de hipopótamo, incrustada de guijarros. Aquello lo ha-
bía inventado Autharito, pero disgustaba a Matho.
Hamílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas de-
cidido a pasar con ímpetu furioso : los cartagineses
subieron hasta la mitad de la falda de las colinas.
Pero bajó de ellas tal torrente de bárbaros , que no
tuvieron más remedio que retroceder apresuradamente.
Uno de los legionarios que quedó rezagado, cayó en-
tre las piedras. Zarxas fué hacia él, y derribándole le
hundió un puñal en la garganta. Lo sacó ; aplicó sus
labios sobre la herida y chupó la sangre con avidez.
Luego se sentó sobre el cadáver y entonó una canción
balear, llamando a sus hermanos al festín ; luego bajó
lentamente la cabeza y lloró. Aquel espectáculo ate-
rrorizó a los bárbaros, sobre todo a los griegos .
Los cartagineses no intentaron otra salida y no se
atrevían a rendirse, seguros de perecer entre atroces
suplicios.
El hambre más horrible reinaba en el campamento.
Quedaba únicamente en él un poco de trigo y unos
sacos de fruta seca. No había ni carne ni aceite, ni
hierba para los caballos . Todos echaban de menos sus
casas, sus familias, de continuo era preciso rechazar
ataques ; las torres ardían ; los comedores de cosas in-
mundas asaltaban sus empalizadas. Una lluvia de pie-
dras y de hierro caía sobre las tiendas . Para librarse
de los proyectiles, los cartagineses levantaron espesos
cañizos de juncos, se encerraron tras ellos, y perma-
necieron sin moverse. Hamílcar estaban tan indignado
contra Cartago, que hubiera deseado unirse a los bár-
baros para ir contra ella. Ni el Gran Consejo , ni na-
die, enviaba un socorro ni una esperanza. La situa-
ción era intolerable, pensando que llegaría a serlo más.
En Cartago, al tener noticias del desastre se maldi-
jo el nombre del Suffeta más que si se hubiera deja-
do vencer desde el principio . Faltábanles dinero y tiem-
158
po para buscar otros mercenarios, y era imposible equi-
par nuevos soldados en la ciudad.
El Suffeta había tomado todas las armas y con él
estaban los mejores capitanes. Todos creían que el
Suffeta después de la victoria, debió aniquilar a los
mercenarios. ¿ Por qué se le ocurrió saquear a las
tribus ? Los mercenarios, los pescadores, hasta los ba-
ñeros y los vendedores de bebidas calientes, discutían
los planes de campaña del Suffeta ; no había hombre
que no se creyera con derecho a dar su voto.
Los sacerdotes afirmaban que su derrota era el cas-
tigo de su impiedad ; recordaban que jamás ofreció
holocaustos, que no había siquiera purificado sus tro-
pas, que rehusó llevar augures en sus filas y exigieron
del Gran Consejo la promesa de crucificarle si por
azar volvía a Cartago .
Un delirio fúnebre agitaba a Cartago . Los gritos de
las mujeres llenaban las casas y escapándose por en-
tre verjas y rejas, hacían volver la cabeza a los que
pasaban. Algunas veces se decía que los bárbaros Île-
gaban ; que se les había visto detrás de las montañas
de las Aguas Calientes, que estaban acampados en la
llanura .
Cuando el terror pasaba, la cólera renacía. La con-
vicción de su impotencia aplastaba a todos bajo una
inmensa tristeza. Aumentaba cuando todos los habitantes
subidos una tarde a las terrazas lanzaban, inclinándo-
se nueve veces, un grito para saludar al sol. Hundíase
detrás de la laguna lentamente, y después desaparecía
entre las montañas, hacia donde estaban los bárba
ros .
Algunos decían que todas las desdichas provenían de
la pérdida del zaimph : Salammbó tenía indirectamente
la culpa de ello. Debía ser castigada. Aquella idea to-
mó pronto cuerpo entre el populacho. Para calmar a
los Baalim era preciso ofrecerles algo de un valor in-
menso, un sér hermoso, joven, virgen, de antigua es-
tirpe, un astro humano. Diariamente hombres desco
nocidos invadían los jardines de Megara ; los esclavos ,
temblorosos, no se atrevían a rechazarlos. Sin embar-
go, no llegaban a subir por la escalinata de las galeras.
Permanecían al pie de ella con los ojos levantados ha-
159
cia la última terraza. Esperaban a Salammbó y du
rante horas y horas vomitaban injurias contra ella co-
mo perros que ladran a la luna.
La serpiente
Aquellos clamores del populacho no asustaban a la
hija de Hamílcar.
Otras inquietudes más grandes la turbaban ; su gran
serpiente, el Pytón negro, estaba enfermo ; aquella ser-
piente era para los cartagineses algo así como un amu-
leto. Creíanla hija del limo de la tierra, pues emerge
de sus profundidades y no necesita pies para reco
rrerla ; su marcha recuerda la ondulación de los ríos,
su temperatura las antiguas tinieblas viscosas palpi-
tantes de fecundidades, y el orbe que describe mor-
diéndose la cola, el conjunto de los planetas, la inte-
ligencia de Echmun.
El de Salammbó había rehusado ya muchas veces los
cuatro gorriones vivos que le ofrecían en el plenilunio
y a cada luna nueva. Su hermosa piel, cubierta como
el firmamento de manchas de plata sobre fondo ne-
gro, amarilleaba y estaba arrugada porque era dema-
siado ancha para su cuerpo. De cuando en cuando Sa-
lammbó se acercaba a la cesta de hilos de plata en
que dormía, y apartaba la cortina de púrpura, las ho-
jas de loto, las plumitas de pájaro. La serpiente esta-
ba arrollada sobre sí misma, más inmóvil que una
liana seca ; a fuerza de mirarla sentía como otra espiral,
como otra serpiente que subía del corazón a la gar-
ganta y la ahogaba.
Desesperábase de haber visto el zaimph, y sin em-
bargo le producía aquello un orgullo íntimo. Un mis-
terio profundo se ocultaba bajo el esplendor de sus
pliegues ; era la nube que envuelve a los dioses, el
secreto de la existencia universal, y Salammbó, aun
cuando sentía horror de sí misma, deploraba no haber
profundizado aquel misterio.
160
Cansada de sus pensamientos se levantaba, y arras-
trando sus sandalias, cuya suela chocaba a cada paso con
sus talones, se paseaba al azar por la gran sala silen-
ciosa. Las amatistas y los topacios del techo, cente-
lleaban produciendo manchas luminosas. Cogía por el
cuello las ánforas colgadas de las paredes ; se refresca-
ba el pecho con anchos abanicos, y a veces se entrete-
nía en quemar cinamomo en el hueco de las perlas.
Cuando se ponía el sol, Taanach quitaba las losas de
fieltro negro que tapaban las aberturas de las paredes,
y entonces sus palomas, frotadas con almizcle como
las de Tanit y con sus patitas rosadas, se deslizaban
sobre las losas de cristal entre los granos de cebada
que les echaba. Pero de repente estallaban en sollozos ,
y permanecía tendida en el gran lecho de correas, in-
móvil con los ojos abiertos, pálida como una muerta,
insensible, fría.
Algunas veces , durante días enteros, rehusaba todo
alimento. Veía en sueños astros y cometas que pa-
saban bajo sus pies. Llamaba a Schahabarim, y cuan-
do estaba a su lado no sabía qué decirle.
No podía vivir sin su presencia ; pero interiormente
se rebelaba contra aquella dominación ; sentía por el
sacerdote terror, celos y una especie de amor, al mis-
mo tiempo en reconocimiento de la singular volup-
tuosidad que se apoderaba de ella a su lado.
No había nadie en Cartago que fuese tan soberbio
como él. En su juventud estudió en el colegio de los
Mogbets, cerca de Babilonia ; después visitó la Samo-
tracia, Efeso, Tesalía, Judea, los templos de los naba-
teos, sepultados ahora entre arenas ; y recorrió a pie
desde las cataratas hasta el mar, el curso del Nilo.
Con el rostro cubierto por un velo y agitando las an-
torchas, había echado un gallo negro a la hoguera que
fulgura ante la esfinge. Madre del terror. Bajó a las
cavernas de Proserpina, sus ojos vieron dar vueltas a
quinientas columnas del laberinto de Lemmos y res-
plandecer el candelabro de Tarcuto, que tenía tantas
luces como días hay en el año. A veces, durante la
noche, recibía viajeros griegos para interrogarles. La
génesis del mundo era objeto de sus observaciones ;
estudió en el pórtico de Alejandría los equinoccios ;
- 161
acompañó a Cyrene a los bematistas de Evergeta que
miden el cielo calculando el número de sus pasos, y
de todos aquellos estudios nació en su mente la idea
de una religión nueva sin fórmulas ni dogmas, y por
lo mismo llena de vértigos y ardores. No creía que la
tierra tuviera la forma de una piña. Imaginándola , re-
donda y cayendo eternamente en la inmensidad con
tan prodigiosa rapidez que no se advierte la caída.
De la posición del sol sobre la luna, deducía el pre-
dominio del Baal, del que el astro no es sino el re-
flejo y la figura ; y de todo lo que deducía de las co-
sas terrestres pensaba que era preciso reconocer como
supremo principio la virilidad exterminadora. Acusa-
ba secretamente a la Rabbet del infortunio de su vida.
¿ No era acaso por ella, que en otro tiempo el gran
pontifice le arrancó bajo una pátera de agua hirviendo
en virilidad futura ? Seguía con mirada melancólica
a los hombres que al lado de las sacerdotisas se ocul-
taban entre los grupos de los terebintos.
Transcurrían sus días inspeccionando los incensarios,
los vasos de oro, las pinzas, las raquetas para las ce
nizas del altar, los vestidos de las estatuas, y hasta
la aguja de bronce que servía para rizar los cabellos
de una antigua Tanit en el tercer edículo, cerca de
la parra de esmeralda.
En la aridez de su vida, Salammbó le parecía una
flor que crece en la hendidura de un sepulcro. Sin
embargo, se mostraba duro para ella y la castigaba con
penitencias y amargas palabras. Su condición estable-
cía entre ellos como la igualdad de un sexo común
y no le dolía tanto no poder poseer a la joven, cuanto
verla tan bella y sobretodo tan pura. A veces adver-
tía que se fatigaba siguiendo su pensamiento, enton-
ces se marchaba más triste y se sentía más abando-
nado, más solo, más vacío.
Palabras extrañas le escapaban alguna vez, deslum-
brando a Salammbó como amplios relámpagos que ilu-
minan los abismos.
A veces le exponía la teoría de las almas que baja-
ban a la tierra siguiendo el mismo camino que el sal
por los signos del zodiaco,
Salammbó. - 11
-- 162 -
-Las almas de los muertos, -decía, -se disuelven
en la luna como los cadáveres en la tierra. Las lá-
grimas forman su humedad, y aquel es un lugar obs-
curo, lleno de barro, de despojos y de tempestades.
Salammbó preguntaba cómo acabaría ella.
-Primeramente languidecerás ligera como una nube
que flota sobre las olas, y después de pruebas y an-
gustias infinitas, iría al hogar del Sol, al manantial
mismo de la inteligencia.
No le hablaba nunca de la Rabbet. Salammbó creía
que era por pudor, y llamándole por un nombre co-
mún que desiguala la luna, llenaba de bendiciones al
astro fertil y suave. El sacerdote exclamó :
-No, no ! al otro debe toda su fecundidad. ¿ No la
ves rodar de continuo en torno de él como una mujer
enamorada que corre destrás de un hombre por los
campos ?
Aun cuando el sacerdote dudaba de Tanit, esforzá-
base por creer en ella. En el fondo de su alma sentía
un remordimiento que le punzaba. Hubiera necesitado
alguna prueba, una manifestación de los dioses, y es-
perando tenerla, imaginó el sacerdote una empresa que
podía salvar a una vez su creencia y su fe.
De continuo deploraba ante Salammbó el sacrilegio
y las desdichas que engendraba hasta en las regiones
del cielo. Luego de repente, le anunció el peligro del
Suffeta, asaltado por tres ejércitos mandados por Ma-
tho ; pues Matho, para los cartagineses, era como el
rey de los bárbaros a causa del velo. Añadió que la
salvación de la República y de su poder dependía de
ella,
-¿De mí ?-exclamó,-¿cómo puedo... ?
El sacerdote contestó con sonrisa desdeñosa :
-No consentirás en ello.
Le suplicaba. Por fin el sacerdote dijo :
-Es preciso que vayas al campamento de los bár
baros y recobres el zaimph.
Se desplomó sobre un escabel de ébano y permane-
có con los brazos entre lais rodillas, estremeciéndose
como una víctima al pie del altar. Zumbábanle las
sienes, veía círculos de fuego, y en su estupor, no
comprendía sino una cosa : que iba a morir.
163
Si la Rabbetna triunfaba, si el azimph perecía y
Cartago se salvaba, & qué importa la vida de una mu-
jer ? pensaba Schahabarim. Por otra parte, quizá ob-
tendría el velo y no moriría.
Estuvo tres días sin parecer. El cuarto ella le envió
a buscar. Para inflamar su corazón le relató todas las
inventivas que se lanzaban contra Hamílcar en pleno
Consejo.
Se decía que había faltado, que debía reparar su
crimen, y que la Rabbetna ordenaba el sacrificio.
A menudo formidable clamor atravesando los Map-
pales, llegaba hasta Megara. Schahabarim y Salammbó
salían, y desde lo alto de la escalinata de las galeras
miraban
Era una muchedumbre que en la plaza de Khamón
pedían armas. Los Antiguos, no querían proporcionár-
selas, estimando útil el esfuerzo . Por fin se les per-
mitió marchar de Cartago y para rendir homenaje a
Moloch, o por un vago instinto de destrucción, arranca-
ron de los bosques de los templos grandes cipreses y
pegándoles fuego con las antorchas de los Kabyros
los paseaban por las calles cantando. Aquellas llamas
monstruosas se adelantaban balanceando suavemente ;
enviaban sus reflejos a las bolas de cristal de las
cresterías de los templos, a los colosos , y los espolo-
nes de los navíos, saltaban las moles de los edificios ,
y parecían como soles paseándose por la ciudad. Baja-
ron por el Acrópolis. La puerta de Malqua se abrió.
-¿Estás dispuesta, -exclamó Schahabarim, -o bien
quieres que se diga a tu padre que le abandonas ?
Se ocultó el rostro entre los velos, mientras las
grandes antorchas se alejaban con dirección al mar.
Un espanto indeterminado le detenía, tenía miedo de
Moloch, miedo de Matho. Aquel hombre de gigantesca
talla que era dueño del zaimph, parecíale más fuerte
que la Rabettna, como el mismo Baal, y le aparecía ro
deado de los mismos fulgores ; además, el alma de
los dioses visita algunas veces el cuerpo de los hom-
bres.
Schahabarim, hablando de aquél, ¿ no le decía aca-
so que era forzoso vencer a Moloch ? Confundidos es-
taban uno con otro ; ambos la perseguían.
--- 164
Quiso conocer el porvenir y se acercó a la serpiente,
pues según las actitudes que ésta tomaba deducíanse
augurios. La cesta estaba vacía. Salammbó turbóse. La
halló enroscada por la cola a uno de los balaustres de
plata, cerca del lecho suspendido, frotándose contra
aquél para desembarazarse de su piel vieja y amarillen-
ta mientras su cuerpo reluciente y claro se estiraba
como una espada que sale de su vaina.
Luego, durante los días siguientes, a medida que
se dejaba convencer y se mostraba más dispuesta a
servir a Tanit, el pythón curaba, engruesaba, parecía
vivir.
La certeza de que el sacerdote expresaba la volun-
tad de los dioses, penetró entonces en su conciencia.
Una mañana se despertó decidida y preguntó lo que
era preciso para que Matho devolviese el velo.
-Reclamarlo.
-¿Y si rehusa ?
El sacerdote la miró fijamente con una sonrisa que
no le había visto jamás.
-Sí, ¿ cómo hacerlo ? -repitió Salammbó.
Arrollada entre sus dedos las cintas que colgaban de
su tiara, con los ojos bajos, inmóvil . Por fin viendo
que no comprendía le dijo :
-Estarás sola con él.
-Bien.
-Sola en su tienda.
-¿Y entonces ?
Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una fra-
se, un cincunloquio.
-Si debes morir, será más tarde,-le contesté ;-
no temas nada ! ¡ Haga lo que quiera no llames ! ¡ No
te asustes. Sé humilde, oyes ? isométete a su deseo !
-¿Y el velo ?
-Los dioses proveerán, -contestó el sacerdote.
-¿No sería mejor que me acompañases ? ¡ Oh , pa-
dre !
-¡No!
La hizo poner de rodillas, y levantando la mano iz
quierda en lo alto y la derecha extendida, juró en
nombre de ella, volver a Cartago el manto de Tanit.
Le indicó todas las purificaciones y ayunos que de-
165
bía hacer, y el modo de llegar hasta Matho. Por otra
parte un hombre que conocía los caminos la acom-
pañaría.
Se sentía dichosa. No pensaba más que en la dicha
de ver de nuevo el zaimph y bendecía al sacerdote
por sus consejos .
Era la época en que las palomas de Cartago emi-
graban hacia Sicilia a la montaña de Erix, alrededor
del templo de Venus. Antes de su partida durante mu-
chos días se buscaban para reunirse ; por fin tomaron
vuelo una tarde ; el viento las empujaba, y aquella
gran nube blanca deslizábase por el firmamento, so-
bre el mar, muy alta.
Salammbó, que las miraba alejarse, bajó la cabeza,
y Taanach, creyendo adivinar su pena, le dijo cari-
ñosamente :
-Volverán, ama.
-Ya lo sé.
-Volverás a verlas.
-¡Quizás -contestó Salammbó suspirando.
No había confiado a nadie su resolución . Para lle-
varla a cabo más directamente, envió a Taanach al
arrabal de Kinisdo a que comprara cuanto hacía fal-
ta : bermellón, aromas, un cinturón de lino , y un tra-
je nuevo.
A las doce de la noche, vió en el bosque de sico-
moros un ciego con la mano apoyada en el hombro
de un niño que marchaba delante de él y que llevaba
una especie de cítara de madera negra. Los eunucos,
los esclavos, las camareras habían sido alejadas, na-
die podía saber el misterio que se preparaba.
Taanach encendió en los ángulos de la habitación
cuatro trípodes con áloe y cardamomo. A lo lejos, el
rumor de las calles se debilitaba y al otro lado del
golfo, las montañas, los olivares y la amarillenta tie-
rra sin cultivo, ondulando indefinidamente, se confun-
dían en un vapor azulado ; no se percibía ningún rui-
do. Una calma indecible, una pesadez sin límites, pal-
pitaban en el aire .
Salammbó sentóse en la grada de ónice junto al
baño ; levantó las anchas mangas que sujetó por de-
166
trás de la espalda, y empezó sus abluciones como
disponen los ritos.
Taanach le traja en un recipiente de alabastro algo
líquido y coagulado ; era la sangre de un perro negro
degollado por mujeres estériles en una noche de in-
vierno en las ruinas de un sepulcro. Con ella se frotó
las orejas, los talones, el pulgar de la mano derecha,
y su uña quedó enrojecida como si hubiera aplastado
una fresa.
Apareció la luna. Entonces oyóse el sonido de una
citara y una flauta . Salammbó quitóse los aretes, el
collar, los brazaletes , su larga simarra blanca ; des-
ató la mata de su pelo, y durante algunos momentos
la sacudió sobre sus hombros para refrescarse al sol-
tarla. Balanceando el cuerpo, Salammbó salmodiaba ora-
ciones, y poco a poco iban cayendo sus vestiduras
a su alrededor. La pesada tapicería se movió, y por
encima de la cuerda que la sostenía apareció la ca-
beza del pyton. Bajó lentamente como una gota de
agua que resbala a lo largo de una pared, arrastróse
entre la ropa caída, y luego, con la cola pegada al
suelo, se irguió ; y sus ojos, más brillantes que car-
bunclos, se fijaban en Salammbó.
El horror del frío, o una oleada de pudor quizá la
hicieron vacilar. Pero recordando las órdenes del sa-
cerdote se adelantó, y entonces la serpiente se dobló
poniendo sobre su nuca el centro del cuerpo, y dejan-
do colgar la cabeza y la cola como un collar roto cu-
yos dos extremos caen hasta el suelo. Salammbó en-
roscó la serpiente se dobló poniendo sobre su nuca
el centro del cuerpo, y dejando colgar کاla cabeza y la
cola como un collar roto cuyos dos extremos caen
hasta el suelo. Salammbó enroscó la serpiente alrede-
dor de sus caderas, bajó sus brazos, entre sus rodi-
llas, y luego, tomándola por el cuello, aproximó su
boca a las fauces triangulares del ofidio, echando atrás
la cabeza y entornando los ojos. La serpiente apreta-
ba contra aquel cuerpo juvenil sus negros anillos ati-
grados de placas de oro. Salammbó anhelaba bajo aquel
peso demasiado grande, doblábase sus corvas y se
sentía morir ; con la punta de su cola golpeaba sua-
167
vemente sus muslos ; después, al cesar la música, la
serpiente se deslizó al suelo.
Taanach volvió junto a ella, y cuando hubo dispues-
to los dos candelabros, cuyas luces ardían en bolas de
cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de
sus manos, dió bermellón a sus mejillas, antimonio a
sus párpados, y alargó sus cejas con una mezcla de
goma, almizcle, ébano y patas de moscas aplastadas.
Salammbó, sentada en una silla con travesaños de
marfil, se entregaba en manos de su esclava. Pero
los contactos, el olor de los aromas , y los ayunos que
había sufrido la enervaban . Se puso tan pálida que
Taanach se detuvo .
-Continúa,-dijo Salammbó reanimándose.
Entonces sintió impaciencia y procuraba que Taa-
nach fuera aprisa.
-¡Bien, bien, ama ! ... no creo que te espere nadie.
-Sí,-contestó Salammbó ; -alguien me espera.
Taanach retrocedió sorprendida, y para saber de qué
se trataba :
-¿Qué me ordenas, ama ? Si debes partir por mu-
cho tiempo...
-¡Sufres ! ¿ Qué tienes ? Llévame contigo. ¡ No te va-
yas ! Cuando eras niña y llorabas te ponías sobre mi
pecho y te hacía reir acariciándote. ¡ Ahora soy vie-
ja, ya no puedo nada por ti ! ¡ Ya no me quieres ! ¡ Me
ocultas tus dolores y desdeñas a tu nodriza !
La ternura y su despecho hacían saltar lágrimas de
sus ojos, que caían entre las cicatrices de sus tatua-
jes.
-No, -dijo Salammbó,-no te quiero ! Tranquilizate.
Taanach, con una sonrisa parecida a los visajes de
un mono viejo, continuó su tarea. Sobre la primera
túnica, vaporosa y de color de fresa, puso otra bor-
dada con plumas de pájaro . Escamas de oro se pega-
ban a sus caderas, y del ancho cinturón bajaban los
pliegues de sus pantalones azules estrellados de plata.
Después Taanach le puso un amplio vestido blanco
a rayas verdes. Sujetó a su hombro un chal cuadrado
de púrpura, y por encima de todas aquellas prendas
colocó un manto negro de larga cola. La contempló,
y orgullosa de su obra, no pudo menos de decir :
168
-No estarás tan hermosa el día de tus bodas .
-¡Mis bodas ! -repitió Salammbó pensativa.
Taanach puso ante ella un espejo de cobre tan gran-
de que la reflejaba por entero . Entonces se levantó
y con el dedo arregló un bucle de sus cabellos que
bajaba demasiado sobre la frente.
Aquellos cabellos estaban cubiertos de polvo de oro ;
rizados sobre la frente, y caían por la espalda en
gruesas trenzas adornadas de perlas.
La luz de los candelabros avivaba el colorete de
sus mejillas, el oro de su traje, la blancura de su
piel ; tenia alrededor del talle, en los brazos , en las
manos y en los dedos de los pies tal abundancia de
pedrería, que el espejo como un sol devolvía sus ra-
yos. Salammbó, de pie, sonreía entre aquella claridad
deslumbradora .
Se paseó impaciente por la estancia esperando el
momento convenido. De repente resonó el canto del
gallo. Púsose un largo velo amarillo, hundió sus pies
en unas botas de cuero azul, y dijo a Taanach :
-Mira si bajo los mirtos hay un hombre con dos
caballos .
Al cabo de un momento la nodriza gritó :
-¡Ama!
Taanach se deslizó suavemente a lo largo de las
proas, hasta abajo de la terraza ; Salammbo volvióse
hacia ella, poniendo un dedo sobre la boca, recomen-
dando discreción ; y desde lejos, a la luz de la luna,
la nodriza distinguió en la avenida de los cipreses una
sombra gigantesca que caminaba a la izquierda de
Salammbó oblicuamente, lo cual era un presagio de
muerte.
Taanach volvió a subir a la habitación . Se echó en
el suelo desgarrándose el rostro con las uñas : se me-
saba los cabellos y lanzaba agudos alaridos.
Se le ocurrió la idea de que podían oirlos ; entonces
calló. Sollozaba sin ruido, con la cabeza entre las
manos y el rostro sobre las losas del pavimento.
A
་
169
XI
En la tienda
El hombre que guiaba a Salammbó la hizo adelantar
primero hacia las catacumbas, luego bajar a lo largo
del arrabal de Moluya, lleno de callejuelas escarpadas.
Los dos, caballos al paso, llegaron a la puerta de Te-
veste.
Sus pesadas hojas estaban entreabiertas ; pasaron ;
aquellas se cerraron detrás de ellos.
Primeramente siguieron un camino que corre a lo
largo de las murallas, y una vez dejadas atrás las cis-
ternas, enfilaron un camino que, entre el golfo y ei
lago, llega hasta Rhadés .
Nadie había alrededor de la ciudad, ni en el mar
ni en la campiña. Las olas de color de pizarra batian
nuevamente la playa y un viento ligero hacía saltar la es-
puma de sus crestas. A pesar de sus velos, Salammbó
tiritaba al contacto del aire. Después se levantó el sol ;
mordía su espalda y su nuca, y a pesar de sus es-
fuerzos, sentía invencible somnolencia.
Cuando hubieron dejado atrás la montaña de las
Aguas Calientes, los caballos tomaron un paso más
vivo porque el suelo ofrecía mayor resistencia.
De cuando en cuando una pared medio calcinada se
levantaba a orillas del camino. Los techos de casas
y cabañas estaban hundidas, las paredes cuarteadas
y en el interior no se veían sino muebles destrozados,
jarras y ánforas rotas, telas desgarradas : por allí ha-
bía pasado la devastación asoladora.
A menudo un rostro terroso aparecía entre aquellas
ruinas y un cuerpo cubierto de harapos se ocultaba en
algún agujero. Salammbó y su guía no se detenían.
Las llanuras abandonadas se sucedían unas a otras.
A veces se veían rincones apacibles donde corría un
arroyuelo entre las hierbas. Salammbó, para refrescar
las manos, cogía las hierbas húmedas. Junto a un
grupo de laureles-rosas, el caballo de Salammbó dió
170
un salto : había visto el cadáver de un hombre ten-
o enexc
didPor suelo
el eso de. precaución , el guía de Salammbó ,
que era un hombre a quien Schahabarim empleaba
para todas las comisiones peligrosas , iba a pie, junto
a ella, entre los dos caballos .
A mediodía tres bárbaros vestidos de pieles cruza-
ron con los viajeros . Poco a poco aumentaron en nú-
mero y en cantidad los grupos de mercenarios . Al
ver a Salammbó algunos murmuraron una bendición
y otros alguna broma obscena . El guía les contestaba
a todos en su lengua , diciéndoles que la hija del suffeta
era un niño enfermizo que iba a un templo lejano.
Acababa el día. Oyéronse ladridos de perros ; se acer-
caron hacia el punto donde resonaban .
Por fin vieron una cerca de piedras que resguardaba
una construcción arruinada . Un perro corría por allí ;
el guía le lanzó guijarros y entraron en una sala abo-
ved adael
En . centro una mujer en cuclillas se calentaba jun-
to a un fuego de zarzas , cuyo humo se escapaba por
los agujeros del techo . Sus cabellos blancos , que le
caían hasta las rodillas , la ocultaban a medias ; y sin
querer contestar, con expresión de idiota , murmuraba
imprecaciones contra los bárbaros y cartagineses .
El guía buscaba a derecha e izquierda . No hallando
nada de comer volvió a la vieja . Esta , sin volver la
cabeza y con los ojos fijos en los carbones, murmu-
a : o era la mano . Los diez dedos están cortados.
rab-Y
ca lav
LaElboesc le co
yao no me
ens .
eñó un puñado de oro. Se lanzó
sobre él la vieja ; después volvió a su inmovilidad.
El hombre sacó un puñal y la amenazó . Entonces ,
temblando , la vieja sacó de debajo de una losa un
jarro de vino y algunos pescados de Hippo- Zaryta con-
vad os bó miel.
serSa lammen no quiso tocar aquel manjar inmundo,
y se durmió sobre las mantas de los caballos coloca-
das en un rincón .
Antes ro
del alb a se despertó .
El per aullaba . El guía se acercó despacito a él y
171 ---
con un puñal le mató de un solo golpe. Después, con
la sangre, frotó el morro de los caballos para reani
marlos . La vieja le lanzó una maldición. Salammbó,
al verlo, apretó el amuleto que llevaba sobre el cora
zón.
De nuevo se pusieron en marcha.
De cuando en cuando preguntaba si llegarían pron-
to. El camino ondulaba entre colinas bajas. Se oía el
canto de las cigarras . El sol requemaba la hierba ama-
rillenta. A veces pasaba una víbora ; volaban las águi-
las ; Salammbó soñaba envuelta en un vuelo, y a pe-
sar del calor no lo apartaba por temor a manchar su
precioso traje.
De trecho en trecho había torres que levantaron los
cartagineses para vigilar a las tribus. Entraba en ellas
para descansar y refrescarse, y después volvían a mar-
char.
La víspera, por prudencia, habían dado un largo ro
deo ; pero ahora no hallaban ni un bárbaro siquiera ;
como la región era estéril, no se internaban en ella.
De nuevo aparecieron huellas de las devastaciones.
A veces, en el centro de un gran campo se veía un
mosaico ; era el único resto de una quinta ; los olivos
sin hojas parecían grandes matas de espinas . Atrave-
saron una aldea cuyas casas estaban arrasadás. Jun-
to a las paredes había esqueletos humanos . Mulos y
dromedarios a medio devorar obstruían las calles.
Cerrada la noche el cielo estaba cubierto de nubes.
Durante horas siguieron con dirección a Occidente,
y de pronto aparecieron ante sus ojos gran número
de luces .
Brillaban en el fondo de un anfiteatro. Aquí y allá
se veían manchas de oro que centelleaban cambiando
de sitio . Eran las corazas de los clinabaros del cam-
pamento púnico ; luego distinguieron cerca de aquellas
otras luces más numerosas, pues los ejércitos de los
mercenarios unidos se extendían sobre una inmensa
superficie.
Salammbó hizo un ademán para adelantarse , pero
el guía la llevó un poco más lejos, hasta encontrar
una brecha que daba paso al campamento de los bár-
baros . En lo alto de la trinchera se pascaba un centi-
172
nela con el arco al brazo y una pica sobre el hombro.
Salammbó no cesaba de avanzar. El bárbaro se arro-
dilló, y una larga flecha desgarró el borde del manto
de aquélla. Como permaneciese inmóvil y gritando, el
soldado la preguntó lo que quería.
-Hablar a Matho, -contestó , -soy un tránsfuga de
Cartago .
Lanzó un silbido que se repitió varias veces como
modulado por otros centinelas.
Salammbó esperaba. Su caballo, asustado, daba vuel-
tas relinchando.
Cuando llegó Matho la luna se elevaba a espaldas de
Salammbó. Pero como tenía sobre su rostro un veló
amarillo con flores negras y tantas ropas alrededor
del cuerpo, era imposible reconocerla. Desde lo alto
de la trinchera miraba Matho a aquella forma vaga,
que se dibujaba como un fantasma en la penumbra de
la tarde.
Por fin ella dijo :
-Llévame a tu tienda. Lo quiero !
Un recuerdo que no podía precisar brilló en su me-
moria. Sentía latir su corazón . Aquel tono de mando
le intimidaba.
-¡Sígueme ! -contestó .
Bajóse la barrera y penetró en el campo de los bár-
baros.
Había allí gran tumulto ; unos y otros se llamaban los
soldados, gritaban y cantaban. Los caballos, atados a
unas estacas clavadas en el suelo, formaban largas
líneas rectas entre las tiendas. De éstas las había re-
dondas, cuadradas, de cuero y de tela ; barracas de
caña y agujeros en la arena como los que hacen los
perros.
Salammbó recordaba haberlos visto ya ; pero sus bar-
bas eran ahora más largas, sus rostros más negros, sus
voces más roncas. Matho caminando delante de ellas,
los apartaba con un ademán de su brazo que levan-
taba su manto rojo. Algunos le besaban las manos ;
otros, inclinándose, le pedían órdenes, porque ahora
era el verdadero, el único jefe de los bárbaros ; Spen-
dio, Autharito y Narr-Havas estaban desanimados, y
- 173 -
él había mostrado tal audacia y obstinación que todos
le obedecían.
Salammbó, siguiéndole, atravesó todo el campamen-
to. Su tienda estaba en el extremo a trescientos pasos
de las trincheras de Hamílcar.
Vió a la derecha un ancho foso y le pareció que al-
gunos rostros asomaban sobre el talud al nivel del
suelo, semejantes a cabezas cercenadas. Pero sus ojos
centelleaban y de aquellas bocas entreabiertas se es-
capaban gemidos en lengua púnica.
Los negros, que sostenían fanales de resina, estaban
a ambos lados de la puerta. Mathò apartó la tela
bruscamente. Ella le siguió.
Era una tienda grande, con un mástil en el centro.
Una gran lámpara en forma de loto la alumbraba,
llena de aceite amarillento en el que flotaban puñados
de estopa. Se veía entre las sombras arreos militares
que relucían. Una espada desnuda se apoyaba en un
escabel cerca de un escudo. Había látigos de cuero de
hipopótamo, címbalos, collares, campanillas en un rin-
cón, sobre una piedra redonda, había puñados de mo-
nedas de cobre ; y por los desgarrones de la tela, el
viento atraía el polvo del exterior y las emanaciones
de los elefantes, a los que se veía comer sacudiendo
sus cadenas.
-¿Quién eres ?-dijo Matho.
Sin contestar Salammbó miraba a su alrededor ; sus
ojos se detuvieron en un lecho de palma, donde se
veía fulgurar algo azulado y centelleante.
Se adelantó vivamente dejando escapar un grito . Ma-
tho, detrás de ella, golpeaba el suelo con el pie.
¿ Qué te trae ? ¿ por qué vienes ?
Ella contestó designando el Zaimph :
- Para tomarlo ! -y con la otra mano arrancó los
velos que la cubrían.
Matho retrocedió con los codos echados hacia atrás,
asombrado, casi aterrorizado.
Se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses ;
y mirándole frente a frente le pidió el Zaimph ; lo re-
clamó con palabras elocuentes y altivas.
Matho no la oía; la contemplaba, y su traje, para él,
se confundía con el cuerpo. La suavidad y centelleo
174
de las ropas eran, como el esplendor de su piel, algo
especial que sólo pertenecía a ella. Sus ojos, sus dia-
mantes centelleaban ; el brillo de sus uñas continuaba
el de la pedrería de sus dedos ; los dos broches de su
túnica, levantando algo sus senos, los acercaba uno a
otro, y Matho pensaba con delicia en aquel estrecho
intervalo que les separaba, por donde se corría un
hilo de perlas con una placa de esmeraldas que col-
gaba más abajo sobre la gasa violada. Sus aretes eran
dos balancitas de záfiro con una perla ahuecada llena
de perfume líquido. Por los agujeros de la perla, de
cuando en cuando caía una gota que mojaba su es-
palda desnuda : Matho la miraba caer.
Una curiosidad indomable le arrastro, y como un
niño que pone la mano sobre una fruta desconocida,
tembloroso, con la punta del dedo, la tocó ligeramente
en la tabla del pecho ; la carne, un poco fría, cedió con
resistencia elástica.
Aquel contacto, apenas sensible, conmovióle hasta el
fondo de sus entrañas. Un impulso de todo su sér le
precipitaba hacia ella. Hubiera querido envolverla, ab-
sorberla, beberla. Su pecho anhelaba, entrechocábanse
sus dientes.
Cogiéndola por las muñecas la atrajo suavemente y
se sentó sobre una coraza cerca del lecho de palma
cubierto con una piel de león . Salammbó estaba de
pie . Mirábala él de alto abajo , y teniéndola así entre
sus piernas repetía :
-¡Qué hermosa eres ! ¡ Qué hermosa eres !
Sus ojos continuamente fijos en los suyos la hacían
sufrir, y aquel malestar, aquella repugnancia aumen-
taban de un modo tan agudo, que Salammbó debía
contenerse para no gritar. El recuerdo de Schahabarim
la contuvo .
Matho continuaba con las manos de ella entre las
suyas, de cuando en cuando, a pesar de la orden del
sacerdote, desviando la cara trataba de apartarle sa-
cudiendo los brazos . El dilataba la nariz para oler
mejor el perfume de su cuerpo. Era una emanación
indefinible, fresca, y que, sin embargo, aturdía como
el humo de un pebetero. Sentía la miel, la pimienta,
el incienso, las rosas y aun otro sabor.
175
¿ Cómo estaba cerca de él, en su tienda, a su discre-
ción ? Alguien, sin duda, la había empujado hasta allí.
¿ Había venido por el Zaimph ? Sus brazos cayeron
y bajó la cabeza abrumado por una duda repentina.
Salammbó, para enternecerle, le dijo con voz que-
jumbrosą :
-¿Qué te hice para que quieras mi muerte ?
-¡Tu muerte !
Ella continuó :
-Te vi una noche a la luz de mis jardines incen-
diados, entre copas humeantes y mis esclavos que se
desesperaban ; tú cólera era tan grande, que saltaste
hacai mí y tuve que huir. Luego el terror se ha apo-
derado de Cartago. Las ciudades quedaban arrasadas,
el fuego devoraba las campiñas y los bosques . Mis
hermanos de Cartago caían a centenares. Eras tú quien
los había perdido, eras tú quien los había asesinado.
¡ Te aborrezco ! ¡ Tu solo nombre me roe como un re-
mordimiento ! ¡ Eres más aborrecido que la peste y
que la guerra romana ! ¡ Las provincias se conmueven
al sentir tu furor ; los surcos están llenos de cadáve
res ! He conseguido la huella de tus hogueras como
si marcharas detrás de Moloch.
Matho se levantó de un salto ; un orgullo colosal di-
lataba su corazón ; sentíase fuerte como un dios .
Con las alas de la nariz abiertas, apretados los dien-
tes, continuó la virgen :
--¡Como si no fuera bastante su sacrilegio, vinis-
te a mi estancia durante mi sueño cubierto con el
Zaimph ! No comprendí tus palabras, pero adiviné que
querías arrastrarme hacia algo espantoso, al fondo de
un abismo .
Matho, retorciéndose los brazos, exclamó :
No, no ! ¡ Era para dártelo, para devolvértelo ! ¡ Me
parecía que la diosa había dejado su manto para tí
y que te pertenecía ! En su templo o en tu casa, ¿ qué
importa ? ¿ No eres acaso todopoderosa, inmaculada, ra-
diante y bella como Tanit ?
Y con una mirada llena de adoración infinita :
-A menos que no seas la misma Tanit !
-¿Yo? i Tanit ! -pensaba Salammbó.
- 176
No hablaban. El trieno retumbaba a lo lejos, los
carneros balaban asustados por la tempestad.
-Oh! ¡ acércate ! ¡ acércate ! no temas nada ! En
otro tiempo era un soldado igual que los otros merce-
narios, y tan bueno, que ayudaba siempre a mis com-
pañeros. ¡ Qué me importa Cartago ! La multitud de
sus hombres se agita para mí como perdida en el
polvo de tus sandalias, y todos sus tesoros con sus
provincias, las flotas y las islas, no despiertan mi de-
seo como la frescura de tus labios y el contorno de tus
hombros. Si quería derribar sus murallas era para lle-
gar hasta tí, para poseerte ! Además, así me vengaba.
Ahora aplasto a los hombres como si fueran gusanos,
me lanzo sobre las falanges, aparto las lanzas con las
manos, detengo los caballos por los ollares ; una cata-
pulta no me mataría ! ¡ Oh ! ¡ si supieras cómo me acuer
do de tí ! A veces el recuerdo de un ademán, de un
pliegue de tu vestido se apodera de mí, me enlaza
como una red ! Veo tus ojos en las llamas de las falá-
ricas y en el oro de los escudos ! Oigo tu voz en el
són de los címbalos. Me vuelvo ; tú no estás allí, y
entonces torno a la batalla !
Levantaba sus brazos, bajo cuya piel se entrecruza-
ban las venas como la hiedra en las ramas de los ár-
boles . Estremecíanse sus músculos cuadrados , su res-
piración conmovía sus costados ceñidos por un cintu-
rón de bronce adornado de cordones que caían has-
ta sus rodillas más firmes que si fueran de mármol.
Salammbó, acostumbrada a ver a los eunucos, se sen-
tía dominada por la fuerza de aquel hombre . Aque-
llo debía ser el castigo de la diosa a la influencia
de Moloch que alentaba sobre los cinco ejércitos. Un
gran cansancio la vencía, escuchaba con estupor el
grito intermitente de los centinelas que se contestaban
unos a otros.
Las llamas de la lámpara vacilaban bajo las ráfagas
de aire caliente. De cuando en cuando lucían amplios
relámpagos ; luego la obscuridad redoblaba, y no veía
sno lais pupilas de Matho, que ardían como dos tizo-
nes en la oscuridad. Comprendía que una fatalidad
la rodeaba. Que aquel era un momento supremo, y
- 177
haciendo un esfuerzo, fué hacia el Zaimph y levantó
las manos para cogerlo.
-¿Qué haces ?-gritó Matho.
Ella gritó con placidez :
-Me vuelvo a Cartago.
Se adelantó Matho cruzando los brazos con un as-
pecto tan terrible, que inmediatamente quedó como cla-
vada en el suelo.
-¡Volverte a Cartago!
Balbuceaba y repetía rechinando los dientes :
-¡Volverte a Cartago ! ¡ Ah ! ¡ Venías para tomar el
Zaimp, para vencerme y desaparecer luego ! ¡ No ! ¡ no !
¡ Me perteneces ! Nadie podrá arrancarte de aquí. ¡ Oh !
no he olvidado la insolencia de tus grandes ojos tran-
quilos, ni como me aplastabas bajo el orgullo de tu
belleza ! ¡ A mí ven ahora ! ¡ Eres mi cautiva, mi es-
clava, mi criada ! Llama si quieres a tu padre y a
su ejército ! A los antiguos, a los ricos y a todo tu
execrable pueblo ! Soy el jefe de trescientos mil sol-
dados ! liré a buscar más a Lusitania, a las Galias,
al Desierto y derribaré tu ciudad, quemaré sus tem-
plos y los $ trirremes flotarán sobre las olas de sangre !
No quiero que quede ni una casa, ni una piedra, ni
una palmera ! ¡ Si los hombres se acaban, atraeré los
osos de las montañas y empujaré los leones ! ¡ No tra-
tes de huir, porque te mato !
Lívido y con los puños crispados, se estremecía co-
mo un arpa cuyas cuerdas van a saltar. De repente los
sollozos le ahogaban y tambaleándose como si fuera
a caer, añadió :
¡Ah! ¡ perdóname ! Soy un infame, más vil que los
escorpiones, que el barro y que el polvo. Hace poco,
mientras hablaba , tu aliento ha pasado sobre mi ros-
tro y me deleitaba como un sediento que bebe en un
arroyo ! ¡ Aplástame, con tal que sienta tus pies ! ¡ mal-
díceme con tal que oiga tu voz ! ¡ No te vayas ! ¡ Pie-
dad ! Te amo ! ¡ Te amo!
Estaba de rodillas ante ella, la rodeaba el talle con
ambos brazos, echaba atrás la cabeza y errantes so-
bre el cuerpo de Salammbó las manos ; los discos de
Salammbó. - 12
178
oro que llevaba en las orejas relucían sobre su cue-
llo bronceado, gruesas lágrimas caían de sus ojos , pa-
recidos a globos de plata, suspiraba de una manera
acariciadora y murmuraba vagas palabras más lige-
ras que la brisa y suaves como un beso.
Salammbó se sentía invadida por una languidez en
que perdía la conciencia de sí misma. Algo íntimo
y superior, un tiempo, una orden de los dioses la
obligaba a abandonarse ; sentía como si una nube la
levantara del suelo, y desfallecida se echó en el le-
cho sobre la piel del león . Matho la cogió los talones,
la cadenita de oro se rompió y los dos extremos pa
recían dos víboras saltadoras. Cayó el Zaimph envol
viéndola y sintió el rostro de Matho que se acercaba
a su pecho.
-¡Moloch, me quemas !
Y los besos del soldado, más devoradores que la
llama recorrían su cuerpo : sentíase como arrastrada
por el huracán, como absorbida por la fuerza del sol.
Matho la besó los dedos de las manos, los brazos,
los pies y las largas trenzas de sus cabellos desde un
extremo a otro.
-¡Llévatelo -decía ; -¿qué me importa? ¡ Llévame a
mí también! ¡ Abandonaré el ejército ! ¡ renuncio a to
do ! Más allá de Gades, mar adentro, hay una isla cu-
bierta de polvo de oro, de verdura y de pájaros ; en
las montañas, grandes flores llenas de perfumes que
arden, se balancean como eternos incensarios ; en los
limoneros, más altos que cedros, hay serpientes de
color de leche que con los diamantes de sus fauces
hacen caer los frutos sobre el césped ; el aire es tan
suave, que impide morir. ¡ Oh ! la encontraré, verás.
Viviremos en grutas de cristal en la falda de las co-
linas. Nadie habita esa isla encantada, y si hay hom-
brés, yo seré su rey.
Limpió el polvo de sus coturnos ; quiso que pusiera
entre sus labios un gajo de granada ; acumuló detrás
de su cabeza los vestidos para formarla un cojín. Bus-
caba todos los medios de servirle, de humillarse y
puso sobre sus piernas el Zaimph como un simple ta-
piz.
-¿Todavía guardas aquellos cuernecillos de gacela
179
en que cuelgas tus collares ? ¡ Me los darás ! ¡ Lo de-
seo !
Hablaba como si la guerra hubiese acabado y reía
alegremente. Los mercenarios, Hamílcar, todos los obs-
táculos habían desaparecido . La luna se deslizaba en-
tre las nubes, la veían por una abertura de la tienda.
-¡Ah ! ¡ Cuántas noches he pasado contemplándola !
me parecía un velo que ocultaba tu rostro ; tú me
mirabas a través de él ; tu recuerdo se mezclaba a
sus rayos y no sabía distinguiros a una de otra.
Y con la cabeza sobre el pecho, Noraba amargamen-
te.
-¡He aquí, -pensaba ella, el hombre formidable que
hace temblar a Cartago !
Se durmió. Entonces, soltándose de sus brazos, puso
un pie en el suelo, y advirtió que la cadenilla estaba
rota.
Se acostumbraba en las grandes familias a que las
vírgenes respetaran esta traba, como una cosa casi
religiosa, y Salammbó, ruborizándose, arrolló alrede-
dor de sus piernas ambos extremos de la cadenita.
Cartago, su casa, su habitación y la campiña que
había atravesado , se confundían en su mente en imá
genes tumultuosas y sin embargo precisas. Pero el abis-
mo que se había abierto ante ella las alejaba a una
distancia infinita.
Cesaba la tempestad ; pocas gotas de agua cayendo
una tras otra, hacían oscilar el techo de la tienda.
Matho, como un hombre embriagado , dormía tendi-
do de lado, con un brazo fuera del lecho . Su diade-
ma de perlas se había apartado un poco y dejado al
descubierto su frente. Una sonrisa mostraba sus dien-
tes . Brillaban entre su barba negra, y en sus párpa-
dos entornados descubríase una alegría silenciosa y
casi insultante.
Salammbó le miraba inmóvil con la cabeza baja
y las manos cruzadas. En la cabecera de la cama
había un puñal sobre la mesa de ciprés ; la vista de
aquella hoja brillante le sugirió un deseo sangriento.
Se acercó, lo cogió por el mango. Al roce de su ves-
tido, Matho entreabrió los ojos alargando la boca ha-
cia las manos. El puñal cayó al suelo .
180
Oyéronse gritos ; un resplandor espantoso fulguraba
detrás de la tienda. Matho se levantó ; vieron grandes
llamas que envolvían el campamento de los libios. Sus
barracas de caña ardían, y las estacas de apoyo. re-
torciéndose estallaban entre el humo, en el horizonte
rojizo negras sombras corrían desatentadas . Se oían
los alaridos de los que estaban en las cabañas ; los
elefantes, los bueyes y los caballos saltaban entre la
multitud aplastándola . Las trompetas sonaban. Muchos
gritaban :
-Matho ! ¡ Matho !
Algunos querían forzar la puerta.
-¡Ven ! Hamílcar, incendia el campamento de Au-
thartoi.
Se levantó de un salto ; Salammbó quedó sola.
Entonces examinó el zaimph, y cuando lo hubo con-
templado, quedó sorprendida al no sentir la dicha que
imaginara. Permanecía melancólica ante su ensueño rea-
lizado.
Entonces se levantó la tela de la tienda y apareció
una forma monstruosa. Salammbó no distinguió de pron-
to sino dos ojos y una luenga barba blanca que llega-
ba casi al suelo ; pues el resto del cuerpo envuelto en
los harapos de un manto oscuro arrastraba por la
tierra. Deslizándose así, llegó hasta sus pies, y Sa-
lammbó reconoció al viejo Giscón.
Los mercenarios, para impedir que sus cautivos hu-
yesen, les había roto a mazadas las piernas , y pu-
dríanse todos mezclados en un foso entre las inmun-
dicias. Los más robustos, cuando oían el ruido de las
gamellas, se levantaban gritando. Así es como Gis-
cón había visto a Salammbó, había adivinado una car-
taginesa por las pequeñas bolas de Sadrastro que gol
peaban contra sus coturnos ; y presintiendo un gran
misterio y haciéndose ayudar por sus compañeros con-
siguió salir del foso ; luego con los codos y las ma
nos se había arrastrado unos veinte pasos más lejos
hasta la tienda de Matho. Oyo dos voces . Escuchó
y lo oyó todo.
-¿Eres tú ?-exclamó por fin asustada.
Incorporándose sobre las manos replicó :
-¡Sí, yo soy ! Me creen muerto, ¿ no es verdad ?
181
Ella bajó la cabeza y Giscón añadió :
-Ah! ¿por qué los Baals no me han hecho esta
gracia ?
Y acercándose tanto que casi la tocaba :
-¡Me habrían evitado el dolor de maldecirte !
Salammbó se echó vivamente hacia atrás por el in-
decible miedo que le inspiraba aquel sér inmundo,
que era asqueroso como una larva y terrible como
un fantasma.
-Pronto cumpliré cien años ; he visto a Agatocles ;
he visto a Régulo y las águilas de los romanos des-
trozando las cosechas de los campos púnicos ! ¡ Pre-
sencié todos los horrores de las batallas y ví el mar
lleno de despojos de nuestras flotas ! Los bárbaros que
mandaban me han arrojado como un esclavo homi-
cida. Mis compañeros mueren a mi lado. El hedor de
sus cadáveres me despierta por la noche. Aparto las
aves de rapiña que vienen a comerles los ojos ; ¡ y
sin embargo, ni un sólo día he desesperado de Carta-
go ! Aun cuando hubiese visto contra ella todos los
ejércitos de la tierra y las llamas sobrepujar los tem-
plos, hubiese creído aún en la eternidad ! ¡ Pero aho
ra todo ha acabado ! ¡ todo está perdido ! Los dioses
la execran. ¡ Maldición sobre tí, que has precipitado
su ruina con tu ignominia !
Ella abrió los labios .
¡Ah! estaba aquí, -exclamó Giscón. - Te he oído
gemir de amor como una prostituta ; luego él te ex-
plicaba su deseo y tú te dejabas besar las manos !
¡Pero si el furor de tu impudicia te movía, debías por
lo menos hacer como las bestias feroces que se es-
conden para ayuntarse, y no exponer tu vergüenza
ante los ojos de tu padre !
-¿Cómo ?-preguntó Salammbó.
--¡Ah! ¿no sabías sin duda que las dos trincheras
están a sesenta codos una de otra, y que tu Matho,
por exceso de orgullo se ha situado frente a Hamil-
car? Allí está tu padre detrás de tí ; y si pudiese yo
subir este sendero le gritaría :
Ven a ver a tu hija entre los brazos del bár-
baro ! Se ha puesto para gustarle el manto de la dio-
sa; y abandonando su cuerpo, entrega con la gloria
- 182
de tu nombre la majestad de los dioses, la venganza
de la patria, la salvación misma de Cartago !»
El movimiento de su boca desdentada hacía mover
su barba ; sus ojos, fijos en ella, la devoraban, y re-
petía convulso entre el polvo :
¡Ah ! ¡sacrilega ! ¡ maldita seas ! ¡ maldita ! ¡ maldi-
ta !
Salammbó había apartado la tela, la sostenía con
la mano, y sin contestarle miraba hacia al lado de
Hamílcar.
-¿Es por aquí, verdad ?
- Qué te importa ! ¡ Vuélvete ! ¡ vete ! ¡ Aplasta tu ros-
tro contra el suelo ! ¡ Tu presencia mancharía un lu-
gar santo !
Salammbó arrollóse el zaimph al talle, recogió vi-
vamente sus velos y su manto.
-¡Voy allá ! exclamó ; y escapándose desapare-
ció.
Primeramente anduvo por las tinieblas sin encon-
trar a nadie, porque todos iban hacia el incendio, y
el clamor redoblaba, y grandes llamas enrojecían el
cielo.
Un grito sonoro se oyó a sus pies ; en la sombra, el
mismo que había oído al pie de la escalinata de las
galeras, e inclinándose reconoció al guía que tenía T
del diestro a los caballos.
Había pasado la noche entre las dos trincheras, lue-
go inquieto al ver el incendio, había vuelto atrás pa-
ra ver lo que pasaba en el campamento de Matho.
Subió a su caballo, Salammbó montó sobre el otro, y
huyeron a todo escape hacia el campamento púnico.
Matho había vuelto a su tienda. La lámpara hu-
meante apenas alumbraba, y creyó que Salammbó dor-
mía. Entonces palpó delicadamente la piel del león.
Llamó. No le contestaron. Arrancó un trozo de tela
para hacer entrar la luz del día ; el zaimph había des-
aparecido. La tierra temblaba bajo pasos multiplicados.
Grandes clamores, relinchos, choques de armas ensor-
decían el aire, y trompetas y clarines tocaban a la
carga.
Era como un huracán que se arremolinaba a su al-
183
rededor. Un furor desordenado le hizo saltar sobre
sus armas y se lanzó a la pelea .
Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la mon-
taña, y los cuadros púnicos marchaban contra ellos
con una oscilación pesada y regular. La niebla, des-
garrada por los rayos del sol, formaba nubecillas que
balanceaban, y poco a poco, ascendiendo descubrían
los estandartes, los cascos y la punta de las picas.
Bajo las evoluciones rápidas grandes trozos de terre-
no aun cubiertos por la sombra parecían moverse ;
por otra parte se hubiera dicho que los hombres eran
torrentes que chocaban unos contra otros . Matho dis-
tinguía a los capitanes, a los soldados, a los heraldos
y hasta a los criados que iban montados en asnos.
En vez de guardar su posición para proteger a la
infantería, Narr-Havas volvió bruscamente a la dere-
cha como si quisiera hacerse aplastar por Hamílcar.
Sus jinetes adelantaron a los elefantes y todos los
caballos adelantando su cabeza sin brida galopaban
tan furiosamente que su vientre parecía rozar la tie-
rra. De pronto Narr-Havas dirigióse resueltamente a
un centinela. Arrojó su lanza, su espada, su jabalina
y desapareció entre los cartagineses .
El rey de los númidas llegó hasta la puerta de Ha-
mílcar y dijo, indicando sus hombres que estaban de-
tenidos a lo lejos :
-¡Barca! ¡te los traigo, son tuyos !
Entonces se prosternó en señal de esclavitud, y co-
mo prueba de su fidelidad recordó toda su conduc-
ta desde el principio de la guerra.
Primeramente había impedido el sitio de Cartago y
la ejecución de los cautivos ; después no había apro-
vechado la victoria contra Hannon en Utica. No ha-
bía tomado parte en la batalla de Macar y se había
ausentado expresamente para eximirse de la obliga-
ción de combatir al suffeta.
Narr-Havas, con efecto, había pensado engrandecer
sus dominios con las provincias púnicas y había au-
xiliado o abandonado a los mercenarios , según le pa-
recían favorables o adversos para éstos los azares de
la guerra. Viendo al cabo que la victoria definitiva se-
ría para Hamílcar se decidió por él, quizá a su odio
184
contra Matho , a causa del mando o de su antiguo
amor.
El Suffeta le escuchó sin interrumpirle. Comprendió
en seguida la utilidad de tal alianza para sus proyec
tos. Con los númidas se desembarazarían de los li-
bios ; luego llevaría a los occidentales a conquistar
Iberia ; y sin preguntarle por qué no había venido
antes, ni demostrar ninguna duda acerca de sus men-
tiras, besó a Narr-Havas, chocando por tres veces su
pecho contra el suyo.
Era para romper el círculo de hierro que le envol
vía, por lo que incendió el campamento de los libios.
Aquel ejército llegaba como un socorro de los dioses ;
disimulando su alegría respondió :
-¡Qué los Baals te favorezcan ! Ignoro lo que hará
por ti la República, pero Hamílcar no es ingrato.
El tumulto redoblaba, los capitanes entraban en la
tienda.
El suffeta se vestía y hablaba a un tiempo.
Ea! ¡a luchar ! Con tus jinetes aplastarás su in-
tantería entre sus jinetes y los mios. ¡Valor ! ¡ Exter
mina !
Narr-Havas se precipitaba cuando Salammbó apara
ció.
Saltó del caballo, abrió su ancho manto y exten-
diendo los brazos desplegó el zaimph.
La tienda de cuero, levantada por las esquinas , de-
jaba ver la montaña llena de soldados , y como esta-
ba en el centro, de todas partes se veía a Salammbó.
Un clamor inmenso rasgó los aires, un largo grito
de esperanza .
Los que estaban en marcha se detuvieron ; los mo
ribundos se incorporaron para bendecirles, todos los
bárbaros sabían ahora que habían recobrado el zaimph.
Le veían de lejos, creían verle ; y otros gritos, de ra-
bia y de venganza, resonaban atronadores a pesar de
los aplausos de los cartagineses ; los cinco ejércitos
escalonados en la montaña, gesticulaban y vocifera-
ban en torno de Salammbó.
Hamílcar, sin poder hablar, le daba gracias con mo
vimientos de cabeza. Sus ojos miraban alternativamen-
te al zaimph y a ella y entonces advirtió que la ca-
185
denilla estaba rota. Entonces se estremeció asaltado
por una sospecha terrible ; pero recobrando su impa-
sibilidad miró de soslayo a Narr-Havas.
El rey de los númidas estaba en un ángulo en ac
titud discreta. Llevaba en la frente el polvo que to-
có al prosternarse. El suffeta se adelantó hacia él, y
con ademán grave le dijo :
--Para recompensar los servicios que me has pres-
tado, Narr-Havas, te doy una hija.
Y añadió :
-Sé mi hijo y defiende a tu padre !
Narr-Havas hizo un ademán de sorpresa y luego la
besó las manos. Salammbó, inmóvil como una esta-
taa, parecía no comprender.
Se ruborizaba y entornaba los ojos ; sus largas pes-
tañas encorvadas, prestaban sombra a sus mejillas.
Hamilcar quiso unirles inmediatamente por medio de
esponsales indisolubles. Puso entre las manos de Sa-
lambó una lanza que ofreció a Narr-Havas. Unieron
sus pulgares uno contra otro con una correa, después
echáronles trigo por la cabeza y los granos que caían
alrededor percutian en el suelo como granizo que re-
bota.
XII
El acueducto
Doce horas después, no quedaba de mercenarios más
que un montón de heridos, muertos y agonizantes.
Hamílcar, saliendo bruscamente del fondo de la ca-
ñada, había bajado por la pendiente occidental que
mira a Hippo-Zaryta, y como allí había mucho cam-
po libre, cuidó de atraer allí a los bárbaros.
Narr-Havas les había envuelto en sus jinetes ; el
suffeta les rechazaba y aplastaba ; además , estaban ven-
cdios por adelantado con la pérdida del zaimph. Ha-
mílcar, cuidándose poco de dormir, en el campo de
batalla, se retiró algo más lejos a la izquierda, ha-
cia unas alturas de donde les dominaba.
186
Montones de cadáveres ocupaban de alto abajo la
montaña entera.
Los supervivientes estaban tan inmóviles como los
muertos. Acurrucados en grupos desiguales se mira-
ban atortolados sin hablar.
El lago de Hippo-Zaryta resplandecía a los rayos
del sol poniente. A la derecha, blancas casas aglome-
radas se elevaban sobre su cinturón de murallas. Des-
pués, el mar se extendía indefinidamente ; y apoyan-
do la barba en sus manos, los bárbaros suspiraban pen-
sando en sus patrias.
Sopló el viento de la noche ; entonces todos los
pechos se dilataron.
En la cima de altos peñascos los cuervos permane-
cían inmóviles mirando a los agonizantes.
Cuando cerró la noche, perros de pelaje amarillo,
animales inmundos que siguen los ejércitos se pre-
sentaron en el campamento de los bárbaros. Primero
lamieron los coágulos de sangre de los muñones aun
tibios y después empezaron a devorar los cadáveres
comenzando por el vientre.
Los fugitivos comparecían uno tras otro como som-
bras ; las mujeres también se atrevieron a volver, pues
quedaban algunas, a pesar de la espantosa carnicería
consumada por los númidas.
Algunos cogieron trozos de cuerda que encendieron
para que sirviesen de antorchas, otros sostenían lan-
zas entrecruzadas, sobre ellas ponían los cadáveres y
los transportaban a un sitio lejano.
Estaban extendidos en largas líneas de espaldas , con
la boca abierta y la lanza al lado, o bien estaban
amontonados de cualquier modo, y a veces, para des-
cubrir a los que faltaban, era preciso descubrir todo
un montón. Luego se pasaban la antorcha sobre su
rostro lentamente. Aun cuando hubiesen muerto casi
todos a un tiempo, había gran diferencia en la corrup-
ción de los cuerpos ; los hombres del Norte presenta-
ban una hinchazón lívida, mientras que los africanos,
más nerviosos, parecían curados al humo y se momi-
ficaban. Se reconocía a los mercenarios por los ta-
tuajes de sus manos : Los viejos soldados de Antioco
tenían grabado un gavilán ; los que habían servido en
W 187
Egipto la cabeza de un mono, los príncipes de Asia,
una hacha, una granada, un martillo, los de las repú-
blicas griegas, el diseño de una ciudadela o el nombre
de un arconte ; y se veía alguno cuyos brazos estaban
cubiertos enteramente de aquellos múltiples símbolos
que se confundían con sus cicatrices y con las heri-
das recientes.
Para los hombres de raza latina, samnitas, etruscos
campanios y brucios se levantaron tres enormes pi-
ras.
Los griegos, con la punta de sus espadas, abrieron
fosas ; los espartanos envolvieron los cadáveres con
sus mantos rojos ; los atenienses les tendían de cara
a oriente ; los cántabros los ocultaban bajo un montón
de guijarros ; los nasamones los doblaban por medio
de correas, de modo que se tocaran cabeza y pies ;
•
los garamentos los sepultaron en la playa a fin de
que fueran eternamente bañados por las olas.
Grandes alaridos resonaban de cuando en cuando ;
era para ver si volvían las almas. Luego el clamor se
repetía a intervalos iguales obstinadamente.
La luz de las grandes piras hacía palidecer los ros-
tros exangües ; y las lágrimas excitaban las lágrimas,
los sollozos eran cada vez más agudos y los abrazos
a los muertos más frenéticos . Había mujeres que se
echaban sobre los cadáveres, boca sobre boca, frente
sobre frente y era preciso golpearlas para que se mar-
charan a ir a enterrar a los difuntos . Verdaderos ru-
gidos se oían a pesar del ruido de los címbalos. Al-
gunos arrancaban sus amuletos y escupían sobre ellos .
Los moribundos se revolcaban entre el fango sangrien-
to, mordiendo de rabia sus puños mutilados, y cua-
renta y tres samnitas, todos fuertes y jóvenes , se de-
gollaron unos a otros como gladiadores. Prontó faltó
madera para las piras y se extinguieron las llamas.
Cansados de tanto gritar, debilitados, vacilantes, dur-
miéronse por fin junto a sus hermanos, inquietos los
que deseaban vivir, y otros anhelando no despertar
jamás.
La blanca luz del alba iluminó el campamento de
los bárbaros y algunos soldados desfilaron junto a él
con los cascos apuntados en las picas ; saludando a
188
los mercenarios les preguntaban si les gustaría ver
de nuevo a su patria. Otros se acercaron y los bár-
baros reconocieron en ellos a varios de sus antiguos
compañeros.
El suffeta había propuesto a todos los cautivos que
sirvieran en sus filas. Algunos rehusaron intrépidamente
y se les soltó ordenándoles no combatir más contra
Cartago. En cuanto a aquéllos a quienes el miedo de
los suplicios hacía dóciles, se les distribuyó las armas
del enemigo, y ahora se acercaban a los vencidos, no
tanto para seducirlos como movidos por su orgullo
y curiosidad.
Contaron los buenos tratamientos del suffeta ; los
bárbaros les escuchaban con muecas de desprecio. No
pudiendo contenerse más, empezaron a coger guija-
rros, y todos los mercenarios pasados a las filas de
Hamilcar buyeron. Entonces un dolor más profundo
que la humillación de la derrota aplanó a los bár-
baros.
Pensaban en la inanidad de su valor. Permanecían
con la mirada fija rechinando los dientes.
Se les ocurrió una idea : se precipitaron en tumulto
sobre los prisioneros cartagineses. Los soldados del suf-
feta no se habían acordado de ellos y permanecían
aún en el foso profundo.
Se les alineó tendidos en el suelo. Varios centine-
las formaron un círculo alrededor de ellos y se dejó
entrar grupos de treinta o cuarenta mujeres. Querien-
do aprovechar el poco tiempo que les daba corrían de
uno a otro inciertas, palpitantes, luego, inclinándose
sobre aquellos pobres cuerpos, los golpeaban como las
lavanderas golpean la ropa. Vociferando el nombre de
sus esposos les desgarraban sus uñas y les reventa-
ban los ojos con las agujas que llevaban en la cabe-
llera. Los hombres entraron después, y les atormen-
taban cortándoles los pies por los tobillos y arrancan-
do la piel de su frente y su cabeza que se ponían so-
bre la suya. Los comedores de cosas inmundas in-
ventaron atrocidades . Envenenaban las heridas, vertien-
do en ellas polvo, vinagre y trozos de vidrio ; otros
esperaban detrás de ellos ; corría la sangre y todos se
189
regocijaban como los vendimiadores alrededor de las
cubas humeantes .
Entre tanto, Matho estaba sentado en el suelo en
el mismo sitio en que estaba cuando la batalla ter-
minó. Con los codos sobre las rodillas y las sienes
en las manos, no oía, ni veía, ni pensaba.
Al oir los alaridos de la multitud levantó la cabeza.
Ante él había un trozo de tela enganchado a un más-
til y que arrastrando hasta el suelo cubría confusa-
mente cestas, alfombras, una piel de león . Reconoció
su tienda, y sus ojos se fijaron en el suelo, como si
la hija de Hamilcar al desaparecer hubiese sido tra-
gada por la tierra. La tela, desgarrada, agitábase a
impulsos del viento ; algunas veces pasaba cerca de
su rostro y vió en ella una mancha roja semejante
a la huella de una mano. Era la de Narr-Havas, la
señal de su alianza. Tomó un tizón que aún ardía y
lo echó desdeñosamente entre los restos de su tienda ;
luego con la punta de su coturno empujaba hacia las
llamas todo lo que escapaba a su acción a fin de que
todo se consumiese.
De repente, sin que se pudiera adivinar de dónde
surgía, apareció Spendio.
El antiguo esclavo se había atado al muslo dos as-
tillas de lanza ; cojeaba con aspecto lastimoso exha-
lando gemidos.
-Quitate eso !-le dijo Matho ;-¡ya sé que eres un
valiente !
Estaba tan abrumado por la injusticia de los Dió-
ses, que no tenía fuerzas para indignarse con los hom-
bres.
Spendio le hizo una señal y le llevó hacia el hue-
co de una roca en que Zarxas y Autharito estaban
ocultos.
Habían huido como el esclavo, aun cuando uno fue-
ra muy cruel y otro muy valiente. Dijeron que era
imposible explicarse lo que había ocurrido, la traición
de Narr-Havas, el incendio del campamento, la pérdi-
da del zaimph y el ataque impensado de Hamílcar.
Spendio no quería confesar su miedo y persistía en
afirmar que tenía rota la pierna.
--- 190
Los tres jefes y el schalischim preguntáronse lo que
convenía hacer.
Hamilcar les cerraba el camino de Cartago ; estaban
como prisioneros entre sus soldados, y las provincias
de Narr-Havas, las ciudades tirias se unirian a los
vencedores ; se les acorralaría hacia el mar, y allí
se acabaría con ellos . No había medio de evitar la
guerra, pues de lo contrario, estaban perdidos , pero
¿ cómo hacer comprender la necesidad de una intermi-
nable batalla a todos aquellos hombres descorazona-
dos y que aun sangraban por las heridas ?
-Yo me encargo de ello,-dijo Spendio.
Dos horas después, un hombre que llegaba del lado
de Hippo- Zaryta subió corriendo la montaña.
Agitaba unas tablillas en la mano, y como gritaba
muy fuerte, los bárbaros le rodearon.
Aquellas tablillas estaban escritas, por los soldados
griegos de Cerdeña ; recomendaban a sus compañeros
de Africa que vigilaran a Giscón y a los demás cau-
tivos. Según decían se organizaba un complot para
hacerlos evadir,
Aquella estratagema de Spendio no produjo el re-
sultado apetecido . En vez de animar de un nuevo fu-
ror a los bárbaros, les hizo temer más tremendos de-
sastres. Algunos, los más pusilánimes, se despojaron
de sus corazas y arrinconaron las armas para enter-
necer al Suffeta si se presentaba.
Al día siguiente apareció un nuevo correo, cansado y
cubierto de polvo. El griego le arrancó de las manos
un rollo de papiro lleno de caracteres fenicios . Se
suplicaba a los mercenarios que no desmayaran por-
que los valientes tunecinos llegarían con grandes re-
fuerzos.
Spendio leyó la carta tres veces, una tras otra, y
haciéndose sostener por dos capadocios, iba de uno
a otro extremo del campamento, y la volvía a leer.
Durante siete horas habló sin descanso . Recordaba
a los mercenarios las promesas del Gran Consejo ; a
los africanos las crueldades de los intendentes, a los
bárbaros en general, la injusticia de Cartago. La bon-
dad del suffeta era una estratagema para dividirles.
Los que se entregarían serían vencidos como escla
191
vos ; los vencidos morirían en la cruz. Enseñando el
papiro desplegado :
-Mirad leed ! Ved aquí sus promesas ! ¡ No soy
yo quien las hace!
Matho le observaba. Y a fin de disimular la cobar-
día del griego, hacía gala de una cólera que poco a
poco le invadía de veras. Lanzó terribles maldiciones
sobre los cartagineses. El suplicio de los cautivos era
una crueldad inútil. ¿ Por qué no matarlos y acabar
de una vez ?
Entonces volvieron hacia los prisioneros. Algunos aún
vivían ; se les mató hundiéndoles el talón en la boca
o bien traspasándoles con una jabalina.
Pensaron en Giscón. No se le veía por ninguna parte ;
una gran inquietud se apoderó de ellos . Querían a un
tiempo convencerse de su muerte y ser autores de
ella. Por fin tres pastores samnitas le descubrieron a
quince pasos del sitio en que estuvo la tienda de
Matho . Le reconocieron por su larga barba y llamaron
a los demás. Tendido de espaldas , con los brazos pe-
gados al cuerpo y las piernas juntas, parecía un muer-
to preparado para recibir sepultura. Sin embargo, su
tórax se alzaba y deprimía por el movimiento respi-
ratorio, y sus ojos abiertos miraban de una manera
fija e intolerable.
Los bárbaros le miraron con asombro. Desde que
vivía en el foso le habían casi olvidado. Pero domi-
nados por antiguos recuerdos, se mantenían alejados
y no se atrevían a levantar la mano contra él.
Los que estaban detrás murmuraban y empujaban,
y de pronto un garamanto atravesó la multitud blan-
diendo una hoz . Todos comprendieron su idea, enro-
jeciéronse sus rostros, y gritaron :
¡ Sí, síl
El hombre de la hoz se acercó a Giscón, le cogió
la cabeza, y apoyándola en su rodilla la aserraba con
rápido movimiento ; cayó ; dos chorros de sangre hi-
cieron un agujero en el polvo. Zarchas llegó junto al
cadáver y más ligero que un leopardo corrió hacia
los cartagineses .
Luego cuando estuvo en mitad de la colina, sacó
barba, volteó rápidamente su brazo ; la masa por fin
192-
de su pecho la cabeza de Giscón y cogiéndola por la
lanzada, describió una larga parábola y desapareció de-
trás de Ja trinchera púnica.
Entonces cuatro heraldos, escogidos por la anchu-
ra de su pecho, provistos de grandes clarines y ha-
blando por medio de bocinas de cobre, declararon que
desde entonces, entre los cartagineses y los bárba-
ros, no habría ya ni fe ni piedad, ni Dioses, que
rehusarían toda tentativa de parlamento, y que a los
parlamentarios se les cortaría las manos.
Inmediatamente después, Spendio marchó a Hippo-
Zaryta a recoger víveres. La ciudad tiria se los en-
vió aquella misma noche. Comieron ávidamente. Lue-
go, cuando se hubieron recontado, recogieron el res-
to de sus bagajes y sus armas rotas, las mujeres se
apiñaron en el centro de la columna, y sin cuidarse
de los heridos que llevaban al verse abandonados,
con paso rápido anduvieron por la orilla, como una
manada de lobos que se aleja.
Marchaban contra Hippo-Zaryta decididos a tomar-
la, pues necesitaban apoyarse en una ciudad. "
Hamilcar, al verlos a lo lejos, se desesperó a pe-
sar del orgullo que se sentía al verlos huir. Com-
prendía que se les debía atacar en seguida con tro-
pas de refrescos. Con una ncueva derrota se podía
acabar con ellos ; y en cambio, si la guerra conti-
nuaba volverían más fuertes ; las ciudades tirias se
unirían a ellos ; su elocuencia por los vencidos no
habría servido para nada. Tomó1 la resolución de ser
implacable.
La noche misma envió al Gran Consejo un dro
medario cargado con los brazaletes recogidos en el
campo de batalla y con la pena de grandes castigos,
ordenaba que se le enviase otro ejército.
Los cartagineses le creían perdido hacía mucho tiem-
po, asíí es que al tener noticia de su victoria expe-
rimentaban un asombro que tocaba en los límites del
terror. La vuelta del zaimph que anunciaba vagamen-
te, acababa de sorprenderlos . No había duda, los Dio-
ses y la fuerza de Cartago parecían pertenecerle.
Ninguno de sus enemigos se atrevió a quejarse o
a recriminar. Por el entusiasmo de unos y por la
193
pusilanimidad de los otros, antes del término pres-
crito salió de Cartago un ejército de cinco mil hom-
bres.
Se dirigió hacia Utica para apoyar al Suffeta por
retaguardia, mientras tres mil soldados de los mejo
res que quedaban se embarcaron en buques que de-
bían llevarles a Hippo- Zaryta a fin de rechazar a los
bárbaros.
Hannon había aceptado el mando, pero cedióle a
su teniente Magdassar a fin de dirigir personalmente
las tropas de desembarco, pues no podía sufrir los
vaivenes de la litera. Su enfermedad royéndole los
labios y las narices, había abierto un ancho aguje
ro en su rostro, de tal modo, que a diez pasos de
distancia se veía el fondo de su garganta. Sabía que
era tan asqueroso, que se tenía que tapar el rostro
con un velo como una mujer.
Hippo-Zaryta, no escuchó sus mandatos ni los de
los bárbaros, pero cada mañana los vecinos les ba-
jaban víveres dentro de las cestas, y en voz alta
desde las murallas se excusaban con el miedo que
sentían a la República y les conjuraban a alejarse.
Dirigían por signos las mismas protestas a los car-
tagineses que permanecían en el mar.
Hannon contentóse con bloquear el puerto, sin arries-
garse a un ataque. Sin embargo, persuadió a los jue-
ces de la ciudad a que recibieran dentro de ella tres-
cientos soldados. Luego se fué hacia el cabo de las
Uvass y dió un largo rodeo para envolver a los bár-
baros , operación importuna y hasta peligrosa. Los ce-
los le impedían socorrer al Suffeta ; detenía sus es-
pías, malograba sus planes, comprometía la empresa.
Hamílcar escribió al Gran Consejo que le depusiera,
y Hannon volvió a Cartago furioso contra la locura
de los Antiguos y la cobardía de su colega. Así, des-
pués de tantas esperanzas, la situación era cada vez
más deplorable ; pero todos procuraban no pensar en
ella, ni hablar siquiera como si de aquel modo ale-
jaran el peligro.
Como si todo se conjurara de una vez contra Car-
Salammbó. -13
.
194 -
tago, se supo que los mercenarios de Cerdeña ha-
bían crucificado a su general, apoderándose de las
plazas fuertes, y degollando a todos los cananeos . El
pueblo romano amenazó a la República con hostili-
dades inmediatas, y aceptó la alianza de los bárba-
ros, enviándoles buques cargados de harina y carne
seca. Los cartagineses los persiguieron y capturaron
quinientos hombres, pero tres días después, una flo
ta que traía víveres a Cartago naufragó a consecuen-
cia de una tempestad. Los Dioses evidentemente se
declaraban contra ella. Entonces los ciudadanos de Hip-
po- Zaryta pretextando una alarma, hicieron subir a los
trescientos hombres de Hannon a las murallas.
Y por sorpresa y cogiéndoles por los pies, les echa-
ron al foso. Algunos que no murieron fueron perse-
guidos y se ahogaron en el mar. Utica tampoco que
ría dejar paso franco a los cartagineses, en cambio
se les envió vino con polvos de madrágora y les de-
gollaron durmiendo. Magdasar huyó al ver que los
bárbaros se aproximaban ; la ciudad abríales sus puer-
tas y desde entonces, sus dos nuevas aliadas les au-
xiliaron con toda eficacia.
Aquel abandono de la causa púnica era un con-
sejo y un ejemplo. Las esperanzas de la libertad se
reanimaron. Algunas tribus aun vacilantes se decidie-
ron. Todo se conmovió . El Suffeta lo supo y com-
prendió que estaba irrevocablemente perdido..
Despidió a Narr-Havas para que guardase los lími-
tes de su reino ; en cuanto a él, resolvió volver a
Cartago para alistar nuevos soldados y emprender otra
vez la guerra.
Los bárbaros establecidos en Hippo-Zaryta vieron que
su ejército bajaba la montaña.
¿ Dónde iban los cartagineses ? El hambre, sin du-
da les empujaba, y querían librar una nueva bata-
lla. No era eso ; volvieron a la derecha ; huían. Se
les podía alcanzar y aplastarles. Los bárbaros se lan-
zaron en su persecución .
Los cartagineses se vieron detenidos por el río aque
lla vez ancho, y el viento del oeste no había so-
plado. Unos pasaron a nado, otros sobre sus escu-
- 195
dos. Se pusieron de nuevo en marcha. Cerró la no-
che. Desaparecieron .
Los bárbaros no se detuvieron ; atravesaron el río
también. Acudieron los tunecinos y los de Utica. A
cada paso aumentaba su número . Los cartagineses ,
aplicando el oíído al suelo, oían el ruido de sus pa-
sos en las tinieblas. De cuando en cuando, para de-
tenerlos. Barca hacía lanzar una nube de flechas . Cuan-
do amaneció, ambos ejércitos estaban en las monta
ñas de Ariana.
Entonces Matho, que marchaba a la cabeza, creyó
distinguir en el horizonte algo verde en la cima de
una eminencia. Luego, el terreno se deprimió y apa-
recieron obeliscos, cúpulas y casas ! Era Cartago. Se
apoyó contra un árbol para no caer, pues su cora-
zón latía con violencia.
Pensaba todo cuanto había ocurrido desde que por
última vez pasó por allí. Luego sintió alegría al pen-
sar que volvería a ver a Salammbó. Todas las ra-
zones que tenía para execrarla acudieron a su me-
moria ; pero las rechazó ; tembloroso y con las pu-
pilas dilatadas, miraba, más allá de Eschmun, la al-
ta terraza de un palacio ; una sonrisa de éxtasis ilu-
minaba su rostro como si llegara hasta él alguna cla-
ridad excelsa ; abría los brazos, enviaba besos a la
brisa y murmuraba :
-¡Ven! ¡ven !
Un suspiro dilató su pecho y dos gruesas lágrimas
como perlas, cayeron de sus ojos.
-¿Qué te detiene ?-exclamó Spendio. ¡Aprisa !
En marcha! El Suffeta se nos escapará. Tus rodi-
llas tiemblas y me miras como un hombre embria-
gado.
Pateaba de impaciencia ; daba prisa a Matho y en-
tornando los ojos, como al acercarse a una meta de-
seada :
-¡Ah ! ¡ya hemos llegado ! ¡ Hénos aquí ! ¡ Ya son
míos !
Tenía el aspecto tan convencido y triunfante, que
Matho, sacudiendo su sopor, se sintió arrastrado . Sal-
tó sobre uno de los camellos , le arrancó el ramal,
y con la larga cuerda golpeaba a los rezagados ; co-
196
rría a derecha e izquierda a retaguardia del ejérci-
to, como un perro que hostiga a un rebaño. A su
voz tonante las líneas se estrecharon, los despeados
precipitaron el paso ; al llegar al centro del itsmo,
la distancia disminuyó. Los primeros bárbaros mar-
chaban entre la polvoreda levantada por los carta-
gineses. Los dos ejércitos se acercaban; iban a cho
car.
Pero las puertas de Malqua y de Leveste y la gran
puerta de Khamon, abrieron sus hojas. El cuadro pú-
nico se dividió ; tres columnas se hundieron dentro
de la ciudad, arremolinándose bajo las arcadas. La
masa demasiado apretada no avanzaba, las lánzás se
entrechocaban en el aire, y las flechas de los bár-
baros se rompían contra las murallas.
En el umbral de Khamon se vió a Hamílcar, vol-
vióse y gritó a • sus hombres que se apartaran. Bajó
del caballo ; y pinchándole con la espada le lanzó
contra los bárbaros.
Era un caballo oringio que se alimentaba con bo-
litas de harina y que doblaba las rodillas para de
jar subir a su dueño. ¿ Por qué lo rechazaba ? ¿ Era
un sacrificio ?
El gran caballo galopaba entre las lanzas derriban-
do los hombres y tropezando sus cascos con las en-
trañas, caía, y luego se levantaba dando saltos fu-
riosos. Mientras se apartaban y trataban de detener-
le o le miraban sorprendidos, los cartagineses entra-
ban en la ciudad ; la enorme puerta se cerró detrás
de ellos ruidosamente .
No cedió. Los bárbaros se estrellaron contra ella,
los cartagineses, que tenían soldados en el acueduc-
to, empezaron a tirar piedras, balas y vigas. Spen-
dio aconsejó que no se obstinaran. Se alejaron al-
go resueltos a sitiar a Cartago.
Entre tanto el rumor de la guerra había salvado
los confines del imperio púnico, y desde las colum-
nas de Hércules hasta más allá de Cyrene, los pas-
tores pensaban en ella guardando sus rebaños, y las
caravanas hablaban de ella a la luz de las estrellas.
¡ Aquella gran Cartago, dominadora de los mares , es-
pléndida como un sol y espantosa como un dios, ha-
197
llaba hombres que se atrevían a atacarla ! Muchas ve
ces se había dicho que estaba vencida y todos lo
creyeron porque lo deseaban ; pero aquella vez su pér-
dida parecía segura. Las poblaciones sometidas, las
aldeas tributarias, las provincias aliadas, las hordas
independientes, todos los que la execraban por su ti-
ranía o envidiaban sus riquezas, ansiaban tomar par-
te en la guerra. Los más valientes se habían unido
a los mercenarios. La derrota de Macar detuvo a los
otros, pero ahora avanzaban decididos por las dunas
de Clipea y en cuanto vieron a los bárbaros se di-
rigieron hacia ellos.
No eran sólo los libios de los alrededores de Car-
tago, sino los nómadas de la meseta de la Barca, los
bandidos del cabo Phisco y del promontorio de Der-
né, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atra-
vesado el desierto, bebiendo en los pozos salobres de
paredes hechas con huesos de camello ; los zuaeces ,
cubiertos de plumas de avestruz que llegaban en cuá-
drigas ; los garamantos tapados con un velo negro ,
y sentados a mujeriegas sobre sus yeguas pintadas ; -
otros, en burros, en onagros, en zebras, en búfalos ;
algunos arrastrando, con sus familias y sus ídolos ,
el techo de sus cabañas en forma de chalupa. Había
amonianos con los miembros arrugados por el agua
de las fuentes termales ; atarantos que maldicen el
sol ; troglodtais que entierran riendo sus muertos ba-
jo el ramaje ; los asquerosos auseanos que comen lan-
gostas ; los akirmakidas que comen piojos, y los gy-
santes, embadurnados de bermellón, que comen mo-
nos . Todos estaban alineados a la orilla del mar en
línea recta. Se adelantaron luego como torbellinos de
arena que levanta el viento . En mitad del itsmo la
multitud se detuvo, porque los mercenarios, situados
delante de ellos, cerca de las murallas, no querían
moverse,
Luego, por el lado de Ariana, aparecieron los hom-
bres de occidente y el pueblo de los númidas . Des-
entendiéndose de Narr-Havas, que sólo gobernaba los
cazadores de Malethud- Baal y de Garafos, vestidos con
pieles de león, y que guiaban con el asta de sus lan-
zas unos caballitos flacos de largas crines ; luego ve-
198 ―
nían los gétulos con corazas de piel de serpiente ;
después, los farusianos que llevaban altas coronas for-
madas de cera y resina; los caunos, los macaros, los
tlilabaros, que llevaban dos jabalinas y un escudo de
cuero de hipopótomo. Se detuvieron cerca de las ca-
tacumbas, juntos à las primeras charcas de la lagu-
да.
Cuando los libios se movieron, se vió como una
nube obscura rasara el suelo una muchedumbre in-
contable de negros. Los había de Harusch blanco, del
Harusch negro, del desierto de Angilos y hasta de
la gran comarca de Agacymba , que está a cuatro me-
ses al sur de los garamantos, y más allá todavía. A
pesar de sus joyas de madera roja, la grasa de su
piel negra las hacía parecer a moras caídas entre el
polvo. Llevaban taparrabos de fibras de corteza de
árboles, túnicas de hierbas secas y pieles en la ca-
beza. A guisa de estandartes en el extremo de un
palo blandían colas de vaca.
Después detrás de los númidas los marusianos y
los gétulos, se amontonaban los hombres amarillen-
tos que viven más allá de Taggir en los bosques de
cedros. Llevaban a la espalda carcajes de piel de ga-
to y sujetaban perror enormes, tan altos como po-
Ilinos , que no ladraban.
La confusión de armas no era menor que la de
los trajes y la de los pueblos.
Un movimiento contiguo agitaba aquella multitud. Dro-
medarios alquitranados como navíos, derribaban a las
mujeres que llevaban a sus hijos sobre las caderas.
Se derramaban las provisiones de las banastas. Al ca-
minar, se aplastaban trozos de sal, paquetes de go-
ma, dátiles podridos, nueces de gurú ; y a veces se
veía sobre pechos cubiertos de podredumbre, colga-
do de algún delgado cordón algún diamante que ha-
bían buscado los sátrapas, una piedra casi fabulosa
que bastaba para comprar un imperio.
La mayoría de ellos no sabía siquiera lo que de-
seaba. Una fascinación, una curiosidad invencible les
aguijoneaba ; los nómadas que no habían vista nin-
guna ciudad, se asustaban al contemplar la sombra
de sus murallas.
199
El itsmo desaparecía bajo aquella muchedumbre in-
mensa, y aquella larga superficie en que las tiendas
sobresalían como de entre las aguas de una inunda-
ción, llegaba hasta las primeras líneas de los otros
bárbaros, cubiertos de hierro y situados simétricamen-
te a los dos lados del acueducto.
Los cartagineses, aún asustados por la aparición de
todas aquellas tribus bárbaras, vieron llegar hacia ellos
una especie de monstruos con sus mástiles, sus bra-
zos, sus articulaciones, sus capiteles y sus conchas ;
eran las máquinas de sitio que enviaban las ciuda-
des tirias sesenta balistas, ochenta onagros , treinta
escorpiones, cincuenta tolenones, doce arietes y tres
gigantescas catapultas que lanzaban peñascos enormes.
Pero faltaban muchos días aún para terminar los
preparativos del sitio . Los mercenarios, aleccionados.
por sus derrotas, no querían reñir combates inútiles
y por otra parte no tenían prisa alguna, sabiendo que
la lucha sería terrible y que acabaría con una vic-
toria o con exterminio completo.
Cartago podía resistir largo tiempo. Sus anchas mu-
rallas ofrecían una serie de ángulos entrantes y sa-
lientes propios para rechazar con éxito los asaltos.
Spendio tenía un proyecto y se decidió a realizarlo.
La guerra le había impedido cumplirlo ; y desde que
había vuelto junto a Cartago parecíale que los ha-
bitantes sospechaban su empresa. Pero bien pronto dis-
minuyeron los centinelas del acueducto ; era preciso
mucha gente para la defensa del recinto.
Durante muchos días el esclavo se adiestró en el
tiro del arco. Una noche en que la luna brillaba,
rogó a Matho que a media noche encendiese una ho-
guera de paja y al mismo tiempo todos los hombres
lanzaron grandes clamores ; tomando por compañero a
Zarxas, fué por la orilla del golfo en dirección а
Túnez.
Al llegar cerca de las últimas arcadas se acerca-
ron al acueducto y adelantaron arrastrándose hasta la
base de los pilares. Los centinelas de la plataforma
se paseaban tranquilamente.
Brillaron altas llamas ; resonaron los clarines, y los
200
soldados que estaban de centinela, pensando que se
daba un asalto, se precipitaron hacia Cartago.
Sólo un hombre permaneció en su puesto se desta
caba sobre el fondo del cielo. La luna le iluminaba
por la espalda, y su sombra desmesurada parecía en
la llanura un obelisco en marcha.
Esperaron que estuviese enfrente de ellos. Zarxas
cogió su honda, pero bien por prudencia o por fero-
cidad, Spendio le detuvo.
--No, el silbido de la bala haría ruido. ¡ A mí !
Entonces tendió su arco con todas sus fuerzas, apun-
tó y partió la flecha.
El hombre no cayó ; desapareció :
-Si estuviese herido, le oiríamos, -dijo Spendio ; y
subió vivamente de piso en piso como había hecho
la primera vez, con auxilio de una cuerda y de un
arpón.
Cuando estuvo en lo alto cerca del cadáver, soltó
un extremo de la cuerda. El balear ató a ella un
pico y una barra de hierro y se volvió,
Las trompetas no resonaban ya. Todo estaba tran-
quilo.
Spendio había levantado una de las losas, entró en
el agua y cerró la abertura.
Calculando la distancia por el número de sus pa-
sos, llegó hasta el sitio en que había visto una hen-
didura oblicua ; y durante tres horas, hasta la ma-
drugada, trabajó de una manera continua, furiosa, res-
pirando apenas por los instersticios de las losas su-
periores, asaltado por tremendas angustias, y creyen-
do morir a cada instante ; por fin se oyó un crugido ;
una piedra enorme, rebotando por los arcos inferio-
res llegó hasta el suelo, y de repente, una catarata,
un río cayó desde el cielo a la llanura. El acueducto,
cortado por el centro, se derramaba. Era la muerte
para Cartago y la victoria para los bárbaros .
En un instante, los cartagineses, despertando, apa-
recieron sobre las murallas , sobre las casas, sobre los
templos. Los bárbaros se empujaban, gritaban, baila-
ban delirantes alrededor de la gran caída de agua
y locos de contento mojaban la cabeza en el cho-
rro.
- 201 -
Se vió en lo alto del acueducto a un hombre con
una túnica obscura desgarrada ; permanecía inclinado
en el borde con las manos en las caderas y miraba
hacai abajo como admirado de su obra.
Luego se irguió. Recorrió el horizonte con mirada
dominadora que parecía decir : « Ahora todo esto es
mio!
Estallaron grandes aplausos entre los bárbaros . Los
cartagineses, comprendiendo por fin su desastre, lan-
zaban alaridos desesperados . Entonces se puso a co-
rrer por la plataforma de un extremo a otro, y co-
mo un conductor de carro triunfante en los juegos
olímpicos, Spendio, embriagado de orgullo, levantaba
los brazos.
XIII
Moloch
Los bárbaros no tenían necesidad de circunvalar Car-
tago por el lado de Africa, pues ésta les pertenecía.
Pero para hacer más fácil el aproche de las mura-
llas, se derribó una trinchera que había junto al foso.
Después Matho dividió su ejército en grandes semi-
círculos para envolver mejor a Cartago. Los hopli-
tas de los mercenarios se colocaron en primera lí-
nea, detrás de ellos , honderos y jinetes ; a retaguar-
dia los bagajes, carros y caballos, y delante de toda
esta muchedumbre, a trescientos pasos de las torres,
se levantaban las máquinas de guerra.
Bajo la variedad infinita de sus apelaciones, podían
reducirse a dos sistemas ; unas obraban como hon-
das y otras como arcos.
Los primeros, los catapultas se llamaban también
onagros como los asnos salvajes que lanzan guijarros
con sus patas. Las balistas o escorpiones exigían pa-
ra su construcción mucho cálculo, pues su madera
debía escogerse entre las más duras y todas las ar-
ticulaciones eran de cobre.
Spendio puso las tres grandes catapultas en los án
BZ
BI
202
gulos principales ; delante de cada puerta colocó un
ariete, y delante de cada torre una balista . Pero era
preciso proteger esas máquinas contra los tiros de los
sitiados, y rellenar el foso que los separaba de las
murallas. Catapultas y balistas quedaron defendidas por
redes de gruesas cuerdas embebidas de vinagre para
hacerlas incombustibles.
Los cartagineses se preparaban también . Hamílcar
les había tranquilizado declarando que quedaba agua
en las cisternas para ciento veintitrés días . Se armó
a los esclavos . Se vaciaron los arsenales . Cada ciu-
dadano tuvo su sitio y su empleo determinado . Se
repasaron a toda prisa las máquinas de guerra.
Por el lado del norte y de oriente, la ciudad de-
fendida por el mar y el golfo, era inaccesible. En la
muralla que daba frente al itsmo, que es por donde
atacaban los bárbaros, se acumularon ramas de ár-
bol, muelas de molino, grandes recipientes de azu-
fre, cubas llenas de aceite, y se constituyeron mu-
chos hornos . Se amontonaron grandes rimeros de pie-
dra en la plataforma de las torres, y las casas se lle-
naron de arena para aumentar su resistencia.
Al ver aquellas disposiciones, los bárbaros se irri-
taron. Quisieron pelear en seguida. El peso que pu-
sieron en las catapultas era tan enorme, que las lan-
zas se rompieron ; el ataque se retardó.
Por fin el día trece del mes de Schabar, al apun-
tar el sol resonó un gran golpe contra la puerta de
Khamon. Setenta y cinco soldados tiraban cuerdas que
partían de la base, de una viga gigantesca terminada
por una cabeza de carnero de cobre. La habían en-
vuelto en pieles de buey ; argollas de hierro la ce-
ñían de trecho en trecho. Eran tres veces más gruesa
que el tronco de un hombre y de ciento veinte co-
dos de largo, y al empuje de los brazos desnudos
que la empujaban y la atraían, avanzaba y retroce-
día con oscilación regular.
Los otros asictes colocados ante las demás puer-
tas empezaron a moverse también. Las poleas y los
capiteles chirriaron, las redes de cuerdas cayeron y
una nube de piedras y de flechas atravesaron el aire
y dieron contra los defensores de la muralla,
203
Algunos se acercaron al muro ocultando bajo sus
escudos tarros de resina y luego los lanzaban vio-
lentamente. Toda aquella lluvia de balas, de dardos y
de fuegos, pasaba por encima de las primeras filas
atravesando una curva que terminaba detrás de las
murallas. Pero en lo alto de ellas, largas grúas se
levantaron y bajaron enormes pinzas que terminaban
en dos semicírculos dentados en la parte interior. Mor-
dieron los arietes . Los soldados, colgándose de la vi-
ga tiraban hacia atrás . Los cartagineses procuraban
hacerla subir, y la porffa duró hasta la noche.
Cuando los mercenarios al día siguiente emprendic-
ron de nuevo su tarea, todo el adarve de la mura-
lla estaba tapizado de balas de algodón, de cojines ;
las almenas tapadas con hojarasca, y en el parape-
to, entre las grúas, se distinguía gran número de hor-
cas y de guadañas. En seguida se entabló una resis-
tencia furiosa.
Troncos de árboles sostenidos por cables caían y
subían alternativamente golpeando los arietes ; gran-
des garfios lanzados por los balistas, arrancaban el
techo de las cabañas, y de la plataforma de las to-
rres vertíanse torrentes de sílice y guijarro.
Por fin los arietes rompieron la puerta de Khamon
y de Tagaste.
Pero los cartagineses habían amontonado detrás tal
abundancia de materiales, que las hojas no se abrie-
ron. Permanecieron de pie . Entonces se empujó con-
tra la muralla otras máquinas que aplicándose a las
junturas de los bloques. debían hacerlos ceder. Las
máquinas fueron mejor dirigidas. Los sirvientes repar-
tidos por secciones ; desde la mañana a la noche fun-
cionaron sin interrupción con la monótona precisión
de un telar.
Spendio no se cansaba de dirigir. Por sí mismo
hacía funcionar algunas de las más difíciles, y los
soldados, admirando su destreza, ejecutaban sus ór-
denes.
Las máquinas, sin embargo, no demolían la muralla ;
derribaban únicamente la parte superior, pero los si-
tiados reparaban por la noche los desperfectos . Se echó
al foso césped, estacas, guijarros y hasta carros con
- 204 -
sus ruedas para llenarlo más aprisa ; y antes que es-
tuviese lleno, la inmensa muchedumbre de los bár-
baros onduló en la llanura con movimiento irresis.
tible y fué a estrellarse contra la base de las mura-
llas como un mar desbordado.
Entonces se adelantaron las escaleras de cuerda y
las de madera. Por ellas los mercenários, puestos en
fila, subían llevando las armas en la mano . Ni un
cartaginés se veía a pesar de que casi tocaban los
bárbaros el parapeto. De repente las almenas se abrie-
ron vomitando como gargantas de dragón fuego y hu-
mo ; la arena candente se esparcía entrando por las
junturas de las corazas ; el petróleo se pegaba a los
vestidos ; el plomo líquido resbalaba sobre los cas-
cos y agujereaba las carnes. Una lluvia de chispas
chamuscaba los rostros, y órbitas sin ojos parecían
llorar lágrimas grandes como almendras. Hombres cu-
biertos de aceite ardían por los cabellos . Corrían en-
tre los otros y les inflamaban a su vez . Se les aho-
gaba, echándoles desde lejos sobre el rostro mantos
embebidos de sangre. Algunos que no tenían heridas
aparentes, permanecían inmóviles, tiesos como estacas,
con los brazos separados del cuerpo y con la boca
abierta. El salto duró muchos días, pues los merce-
narios esperaban triunfar por un exceso de fuerza y
de audacia.
Algunas veces, un hombre subido sobre las espal-
das de otro, hundía un vástago entre las piedras y
luego se servía de él como un escalón para subir
más arriba, y luego clavaba otro y otro ; y protegi-
dos por el borde de las almenas que sobresalían de
las murallas, se elevaban poco a poco ; pero siem-
pre al llegar a cierta altura, caían.
IE gran foso, demasiado lleno, se desbordaba ; bajo
el paso de los vivos, los heridos formaban una sola
masa con los cadáveres y los moribundos . Entre las
entrañas abiertas, los sesos esparcidos y los charcos
de sangre, los troncos calcinados parecían manchas
negras, y brazos y piernas saliendo de un montón
permanecían derechos como gruesas cepas en una vi-
ña incendiada.
Las escaleras eran insuficientes y se empleó los to-
205
lenones, instrumentos compuestos de una larga viga
transversal a otra que llevaba en el extremo na pla
-taforma cuadrangular con barandillas en que había
treinta infantes con sus armas.
Matho quiso subir en la primera que se dispuso.
Spendio le detuvo.
Unos hombres se encorvaron sobre un cabrestante ;
la gran viga se levantó hasta ponerse casi vertical,
y harto cargada por el extremo se doblaba como una
caña desmesurada. Los soldados, ocultos hasta la bar
ba, se encogían ; no se veían sino las plumas de los
cascos. Por fin cuando estuvo cincuenta codos en el
aire osciló a derecha e izquierda varias veces y des-
pués bajó. Como un bravo gigante que tuviera en la
mano una cohorte de pigmeos, dejó al borde de la
muralla la plataforma llena de hombres . Saltaron en-
tre la multitud y nunca más se vieron.
Los otros tolenones pronto estuvieron listos . Peró
se hubieran necesitado cien veces más para tomar la
ciudad . Se les utilizó de otra manera ; arqueros etio-
pies se colocaban en las plataformas, y cuando esta-
ban en el aire, sujetaban los cables, y así perma-
necían suspendidos lanzandos flechas envenenadas. Los
cincuenta tolenones dominando las almenas, domina-
ban así a Cartago como monstruosos buitres, y los
negros reían al ver cómo los soldados de las mura-
llas morían entre convulsiones atroces.
Hamílcar envió hoplitas, a los que hacía beber ca-
da mañana el jugo de ciertas hierbas por protegerles
contra los venenos .
Una noche obscura embarcó sus mejores soldados
en gabarras y les hizo tomar tierra en la Taenia.
Adelantáronse hasta las primeras líneas de los bár-
baros, y cogiéndoles de sorpresa, hiciéronles gran mor-
tandad. Hombres suspendidos de cuerdas bajaban por
la noche de lo alto de las murallas con antorchas en
la mano, quemaban las obras de los mercenarios y
volvían a subir.
Matho se mostraba encarnizado, cada obstáculo au-
mentaba su cólera e ideaba cosas terribles y extra-
vagantes. Un día convocó mentalmente a Salammbó
a una cita : después esperó. No vino, y aquello le
200
pareció una nueva traición, y desde entonces la exe-
cró. Aumentó las avanzadas, plantó horcas bajo las
murallas, disimuló trampas en el suelo, y mandó a
los libios que le trajeran una selva entera para in-
cendiar Cartago como una madriguera de zorras. Spen-
dio se obstinaba también. Trataba de inventar má
quinas espantosas como jamás se habían construído.
Ninguna de las tentativas daba buen resultado, por-
que los sitiados se resistían no esperando misericor
dia. A cada nueva invención contestaba Hamílcar con
una estratagema nueva. Por fin comprendieron todos
que la ciudad era inexpugnable mientras no se hu-
biese levantado hasta la altura de las murallas una
larga terraza que permitiera pelear sobre un mismo
nivel ; se empedraría la cima para hacer rodar por
ella las máquinas. Entonces Cartago no podría resis-
tir.
Empezaba a dejarse sentir la sed. El agua, que va
lía al comenzar el sitio dos kesitah por carga, se ven-
día ahora a un shekel de plata ; las provisiones de
carne y trigo se acababan también. Aparecía el fan-
tasma del hambre. Algunos hablaban de las bocas inú-
tiles , lo cual asustaba a todos.
Desde la plaza de Khamón hasta el templo de Mel-
kart había cadáveres en las calles, y como aún du.
raba el verano, grandes moscas negras hostigaban a
los combatientes. Los ancianos transportaban a los he-
ridos, y las gentes devotas celebraban funerales por
los muertos en el sitio, y en campaña. Estatuas de
cera con cabellos y vestidos estaban tendidas a tra-
vés de las puertas. Se fundían al calor de los cirios
que ardían cerca de ellas ; la pintura se escurría por
sus hombros y el llanto corría sobre el rostro de los
vivientes que salmodiaban canciones lúgubres.
La temperatura era tan sofocante, que los cuerpos,
hinchándose, no podían colocarse en los féretros . Se
les quemaba en el centro de los patios, pero las ho-
gueras incendiaban a veces las paredes vecinas y lar-
gas llamas surgían de repente de las casas como san-
gre que salta de una arteria. Moloch poseía por en-
tero a Cartago ; estrechaba las murallas, se revolca-
ba en las calles y devoraba los cadáveres . -
207
A fin de retener en la ciudad el genio de los dio
ses, se había cubierto de cadenas a sus simulacros.
Se puso velos negros a los pataicos y cilicios alre-
dedor de los altares . Se procuraba excitar el orgullo
y los celos de los Baals, diciendo : « Te vas a dejar
vencer ! ¡ Los otros son más fuertes que tú quizás !
Preséntate, auxílianos, a fin de que los pueblos no
digan : ¿ Dónde están sus dioses ?»
Una ansiedad perenne agitaba los colegios de los
pontífices .
Los de la Rabetna sobre todo tenían miedo, por-
que el zaimph no produjo ningún efecto . Se mante-
nían encerrados en el tercer recinto inexpugnable co-
mo una fortaleza. Sólo uno de ellos se atrevía a sa-
lir, el gran sacerdote Schahabarim.
Iba a ver a Salammbó, pero permanecía silencioso
contemplándole con las pupilas fijas, o bien se des-
ataba en palabras, y los reproches que le dirigía eran
más duros cada vez .
Por una contradicción inconcebible no perdonaba a
la joven el haber seguido sus órdenes ; -Schahabarim
lo había adivinado todo, -y la obsesión de esta idea
avivaba los celos de su impotencia. La acusaba de
ser la causa de la guerra. A juicio suyo , Matho si-
tiaba a Cartago para apoderarse del zaimph otra vez ;
y profería imprecaciones y sarcarmos contra aquel bár-
baro que pretendía poseer cosas santas. Sin embargo,
el sacerdote se refería a algo que no nombraba.
No inspiraba a Salammbó temor alguno ; la ansie-
dad de que antes estaba poseída se había disipado .
Una calma singular llenaba su espíritu. Su mirada,
menos vaga, brillaba con claro fulgor.
Entretanto el python había enfermado de nuevo, y
como a pesar de ello Salammbó pareciese curar, la
vieja Taanach se regocijo en extremo, convencida de
que aquella dolencia del reptil evitaba la languidez
de su ama.
Una mañana le halló detrás del lecho de cuero en-
roscado sobre si mismo y con la cabeza oculta bajo
un montón de gusanos . A sus gritos acudió la hija
de Hamílcar. Le removió con la punta de su sandalia,
y a la esclava la sorprendió su insensibilidad.
- 208
Salammbo ya no practicaba sus ayunos con igual
fervor. Pasaba el día en lo alto de su terraza con
los codos apoyados en la balaustrada y miraba a su
alrededor. La cima de las murallas en el extremo de
la ciudad trazaba en el cielo zig zags desiguales, y
las lanzas de los centinelas formaban en toda su ex-
tensión como una orla de espigas. Percibía a lo lejos,
entre las torres, las maniobras de los bárbaros : cuan-
do cesaban las diarias peleas, podía ver sus ocupacio
nes. Componían sus armas, se engrasaban la cabelle-
ra o bañaban en el mar sus brazos ensangrentados ;
las tiendas estaban cerradas, los acémilas comían, y
en lontananza las hoces de los carros, colocados en
semicírculos, parecían una cimitarra de plata tendida.
al pie de las colinas.
Volvieron a su memoria las palabras de Schahaba-
rim. Esperaba a su desposado Narr-Havas. No obs-
tante su odio hubiese querido ver de nuevo a Ma-
tho. De todos los cartagineses, ella sola, tal vez, le
hubiera hablado sin temor.
A menudo su padre entraba en su habitación. Se
sentaba faitgado sobre los cojines y la contemplaba
casi enternecido, como si su vista le distrajera de sus
trabajos incesantes. A veces le interrogaba acerca de
su estancia en el campamento de los mercenarios . Le
preguntaba si alguien le había aconsejado la empre-
sa. Moviendo la cabeza le contestaba que no, pues
estaba orgullosa de haber salvado el zaimph.
El Suffeta procuraba enterarse de todo lo referente
a Matho, pretextando que le convenía para sus pla-
nes militares saber qué clase de hombre era. No com-
prendía por qué había pasado tantas horas en el cam-
pamento. En efecto, Salammbó no le hablaba de Gis-
cón, y si callaba su deseo de asesinar a Matho, era
porque temía que le reprocharan no haber cedido a tal
deseo. Salammbó no contaba más, por vergüenza qui-
zá, o porque un exceso de candor hacía que no die-
ra gran importancia a los besos y abrazos del sol-
dado. Decía únicamente, que cuando le pidió el zaimph
el Schalischim parecía furioso, que gritó mucho y que
después se había dormido.
Una noche en que estaban así uno enfrente del otro,
- 209
apareció Taanach asustada. Un viejo con un niño es-
taban en los patios y querían ver al Suffeta.
Hamilcar palideció y luego dijo :
-¡Que suba !
Iddibal entró sin prosternarse. Llevaba de la mano
un niño cubierto con un manto de piel de cabrón.
Levantándole el capillo que ocultaba su rostro :
-¡Héle aquí, tomadlo !
El Suffeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de
la sala.
El niño permaneció de pi een el centro, y con mi-
rada más escudriñadora que asombrada, examinaba el
lecho, las paredes , el suelo, los collares de perlas ti-
rados sobre vestidos y manto de púrpura, y aquella
majestuosa mujer joven que se inclinaba hacia él.
Quizá tenía diez años y no era más alto que una
espada romana. Tenía el pelo rizado y la frente pro-
minente. Hubiérase dicho que sus pupilas buscaban
espacio. Las alas de su nariz delicada palpitaban ; en
todo su cuerpo se advertía aquel indefinible esplen-
dor de los que están destinados a altas empresas.
Cuando se hubo quitado su manto harto pesado, que
dó vestido con una piel de lince ceñida a su cintura
y apoyada con firmeza sobre el pavimento sus pies
blancos de polvo. Adivinó sin duda que se trataba
de cosas importantes, porque permanecía inmóvil, con
una mano en la espalda, la cabeza inclinada y un
dedo junto à la boca.
Por fin Hamílícar con un ademán llamó a Salammbó
junto a sí y le dijo :
-Le guardarás en tu cuarto, ¿ oyes ? ¡ Es preciso
que nadie, ni aun los de la casa, sepan que existe !
Luego, detrás de la puerta preguntó de nuevo a
Iddibal si estaba seguro de que nadie les había visto.
-Nadie,-dijo el esclavo ;-las calles estaban desier-
tas.
La guerra azotaba todas las provincias y había te-
mido por el hijo de su amo.
Entonces, no sabiendo dónde ocultarle, se embar
có en una chalupa, y costeando llegó al golfo . Allí
Salammbó. - 14
210
estaba desde hacía tres días observando las murallas.
Como le pareció que aquella noche los alrededores
de Khamon estaban desiertos, desembarcó cerca del
arsenal.
Los bárbaros establecieron frente del puerto mis-
mo una inmensa línea de maderos para impedir la
salida a los cartagineses. Por la parte de tierra ca-
da día aumentaba la altura de la terraza.
Estando interceptadas las comunicaciones con el ex-
terior, un hambre intolerable se dejó sentir. Matáron-
se todos los perros, mulos y asnos y después los
quince elefantes que el Suffeta había salvado. Los leo-
nes del templo de Moloch estaban furiosos y sus guar-
dianes no se atrevían a acercarse a ellos. Primero se
les mantuvo con los heridos de los bárbaros ; des-
pués se les echó cadáveres aún calientes. No qui-
sieron comerlos y murieron todos. A la hora del cre-
púsculo se veía a mucha gente que cogían entre las
piedras de los antiguos recintos, hierbas y flores, que
cocían en vino ; pues el vino costaba menos caro que
el agua. Otros, se deslizaban hasta las avanzadas del
enemigo y se metían en las tiendas para robar ali-
mentos. Los bárbaros, llenos de asombro, dejaban al-
gunas veces que se volvieran en paz. Llegó por fin
un día en que los antiguos resolvieron degollar para
ellos los caballos de Eschmun. Aunque eran anima-
les sagrados no escaparon al hierro, y sus carnes cor-
tadas en trozos iguales, se escondieron detrás del al-
tar. Todas las noches, alegando cualquier devoción iban
al templo y comían a escondidas ; bajo sus túnicas
llevábanse un trozo para los hijos.
Las piedras de las catapultas y las demoliciones
para atender a la defensa, habían acumulado gran-
des montones de escombros en las calles . Las tres
grandes catapultas no paraban, sus estragos eran ex-
traordinarios, hasta el punto de que la cabeza de un
hombre fué a chocar contra el frontón de los syssi-
tas ; en la calle de Kinisdo, una parturienta fué aplas
tada por un bloque de mármol, y su hijo, con la
cama, lanzado hasta la encrucijada de Cinasyrs, don-
de encontró la colcha.
Lo más irritante eran las balas de los honderos ;
- 211
caían sobre los techos, en los jardines y en los pa-
tios, mientras se comía las pocas piltrafas que que-
daban. Aquellos atroces proyectiles llevaban grabados
leyendas que se imprimían en las carnes, y sobre los
cadáveres se leían injurias como «gorrino» <« chacal»> ,
«gusano», y a veces sarcasmos : « ahí va eso», o « bien
merecido me lo tengo ».
El hambre crecía de tal modo , que Hamílcar or-
denó abrir los asilos que guardaban trigo ; sus inten-
dentes lo repartieron al pueblo. Durante tres días to
dos se hartaron ; pero entonces la sed se hizo intole-
rable. Y para que fuera más triste la situación, los
sedientos veían ante ellos la cascada de agua clarí-
sima que caía del acueducto.
Hamílcar no se amilanaba. Contaba con un acon-
tecimiento extraordinario. Con algo decisivo.
Los propios esclavos arrancaron las planchas de pla-
ta del templo de Melkarth, y cuatro grandes buques
partieron para las Galias a fin de comprar mercenarios
a cualquier precio. Entretanto diríase que el furor más
grande animaba a los bárbaros . Se les veía a lo le-
jos tomar la grasa de los muertos para tener bien un-
tadas sus máquinas. Otros arrancaban las uñas de los
cadáveres que cosían por los bordes para hacerse co-
razas. En las catapultas pusieron grandes jarras lle-
nas de serpiente cogidas por los negros ; rompíanse
los cacharros de arcilla, y las serpientes corrían, pu-
lulaban ; luego los bárbaros no contentos con su in-
vención, la perfeccionaron ; lanzaban toda especie de
inmundicias, excrementos humanos, trozos de anima-
les muertos y de cadáveres. La peste apareció. Los
dientes de los cartagineses les caían y tenían las en-
cías descoloridas como las de los camellos después de
un viaje demasiado largo .
Las máquinas se pusieron sobre la terraza aun cuan-
do no alcanzara por todas partes la altura de las
murallas. Frente a las veintitrés torres de las forti-
ficaciones se levantaban otras tantas torres de ma-
dera. Todos los tolenones funcionaban, y en el cen-
tro aparecíaí la formidable máquina de Demetrio Po
llorceta que Spendio había reconstruído por fin. Pi-
remidal como el faro de Alejandría era alta de ciento
- 212
veinte codos, y ancha de veintitrés, con nueve pi-
sos que iban en disminución hacia la cima, y que
estaban protegidos por gruesas planchas de cobre. Ha
bía en cada uno de aquellos pisos llenos de soldados ,
numerosas puertas. En lo alto de la plataforma su-
perior había una catapulta y dos balistas.
Entonces Hamílcar hizo levantar cruces para los que
hablaban de rendirse ; hasta las mujeres fueron alis-
tadas.
Una mañana, poco después de amanecer, oyeron un
gran clamor lanzado por todos los bárbaros a la vez.
Las trompetas tocaban, y los grandes cuernos mugían
como toros. Todos se levantaron y fueron hacia las
murallas.
Una selva de lanzas, de picas y de espadas se eri-
zaba en su base. Se lanzó contra las murallas, las
escalas se engancharon en ellas, y por los espacios
abiertos de las almenas, aparecieron las cabezas de
los bárbaros.
Grandes vigas sostenidas por grandes filas de hom-
bres batían las puertas.
Los cartagineses lanzaban contra los asaltantes mue-
las de molino, toneles, camas, losas, cubos, todo lo
que pesaba y podía matar. Algunos acechaban tenien-
do en la mano una red de pescar y cuando llegaba
un bárbaro, le aprisionaban entre las mallas . Ellos
mismos derribaban sus almenas, grandes trozos de mu-
ro se derrumbaban levantando inmensa polvareda y
las catapultas de la terraza, tirando unas contra otras,
hacían chocar a lo mejor sus piedras que se rompían
en mil pedazos cayendo como lluvia de sílice sobre
los combatientes .
Las flechas se disparaban por millares desde lo al-
to de las torres de madera y de las torres de piedra.
Los tolenones movían rápidamente sus largas antenas
y como los bárbaros habían saqueado bajo las cata-
cumbas el viejo cementerio de los autóctonos, lan-
zaban sobre los cartagineses las losas de las tumbas.
Bajo el peso de las plataformas harto pesadas, al-
gunas veces se rompían los cables, y masas de hom-
bres dando alaridos, caían desde lo alto.
Hasta medio día los veteranos de los hoplitas ata-
213
caron furiosamente la taenia para penetrar en el puer-
to y destruir la flota. Hamílcar hizo encender sobre
el techo de Khamon una hoguera de paja húmeda y
como el humo les cegaba, fueron hacia la izquierda
y aumentaron la horrible muchedumbre que empuja-
ba hacia Malqua. Sintagmas compuestas de hombres
robustos habían hundido tres puertas. Altas barreras
formadas de planchas claveteadas les detuvieron. Otra
puerta cedió fácilmente ; se lanzaron por encima de
ella corriendo y cayeron en un foso lleno de cepos .
En el ángulo sudeste Autharito y sus hombres derri-
baron la muralla por una amplia grieta tapada con
ladrillos. El terreno se elevaba detrás de la mura-
lla. Subieron aprisa pero se encontraron ante una se-
gunda muralla compuesta de piedras y largas vigas.
Atacaron y fueron rechazados .
Desde la calle de Khamon hasta el mercado de hier-
bas todo el trayecto de ronda estaba en poder de los
bárbaros, y los samnitas remataban a los moribundos.
Los honderos, situados a retaguardia, tiraban sin des-
canso, pero a fuerza de haber servido, el resorte de
las hondas acarnanianas se habían roto, y muchos,
como los pastores, lanzaban guijarros con la mano,
otros, tiraban bolas de plomo con el mango de un
látigo . Zarxas, con los hombros cubiertos por sus lar-
gos cabellos negros, acudía a todas partes y arras-
traba a los baleares . Dos cestas estaban suspendidas
a su cintura ; de continuo hundía la mano izquierda en
ellas y su brazo derecho volteaba como la rueda de
un carro .
Matho, al principio, se abstuvo de pelear para po
der mandar mejor, se le vió a lo largo del golfo con
los mercenarios , a orillas del lago con los negros,
y desde el fondo de la llanura empujaba continua-
mente casas de soldados que se estrellaban contra
la líínea de las fortificaciones .
Poco a poco se fué acercando, el olor de la sangre,
el espectáculo de aquella carnicería y el estrépito de
los clarnesi, acabaron por embriagarle en furor béli-
co. Entonces entró en su tienda y quitándose la cora-
za se puso su piel de león más cómoda para la bata-
lla. Las fauces se adaptaban sobre su cabeza, rodean-
214
do el rostro de un círculo de dientes ; las dos patas
anteriores se cruzaban sobre el pecho, y las poste-
riores adelantaban sus uñas más abajo de las rodi
llas. Llevaba su fuerte cinturón del que pendía un
hacha reluciente de doble filo, y con su gran espada
que empuñaba con ambas manos, se precipitó por la
brecha impetuosamente. Como un podador que corta
las ramas y trata de derribar el mayor número po-
sible para ganar más, así adelantaba segando carta-
gineses a su alrededor. A los que trataban de coger-
le de lado, les derribaba con el puño, cuando le ata-
caban de frente les atravesaba ; si huían les hendía.
Dos hombres a la vez saltaron sobre su espalda ; re-
trocedió de un salto contra una puerta y los aplas-
tó. Su espada centelleaba bajándose y levantándose.
Se rompió contra el ángulo de una pared. Entonces
tomó su pesada hacha, y por delante y por detrás ma-
taba cartagineses como ovejas. Todos se apartaban de
aquel hombre que sembraba la muerte, y así llegó
solo hasta el segundo recinto, al pie de la Acrópolis.
Los proyectiles lanzados desde la cima obstruían las
gradas. Matho, rodeado de ruinas, se volvió para lla-
mar a sus compañeros..
Vió sus penachos diseminados entre la multitud: se
hundían, iban a perecer ; se lanzó hacia ellos ; en-
tonces el gran círculo de plumas rojas se estrechó y
bien pronto le alcanzaron y le rodearon.
Como atacasen de nuevo los púnicos, sus compa-
ñeros retrocedieron rodeándole, y así, casi en volan-
das, fué arrastrado fuera de las murallas, hasta un
sitio donde la terraza era alta.
Matho dió una orden e instantáneamente todos los
escudos se colocaron sobre los cascos ; saltó encima
para agarrarse a las asperezas del muro y volver a
entrar en Cartago, y blandiendo su hacha corría so-
bre los escudos, semejantes a olas de bronce como
un dios marino sobre las olas sacudiendo su triden-
te.
Un hombre con túnica blanca se paseaba junto al
borde de la muralla, impasible ante la muerte que
le rodeaba.
A veces ponía la mano derecha sobre los ojos pa
215
ra descubrir a alguien. Matho pasó por debajo de él.
De repente sus pupilas lamearon, su rostro lívido se
crispó, y levantando sus brazos débiles, le injuriaba
gritando.
Matho no le oía ; pero sintió penetrar en su cora-
zón una mirada tan cruel y tan furiosa que lanzó
un rugido. Despidió con fuerza hacia él su larga ha-
cha. Algunos cartagineses se lanzaron sobre Schaba-
barim, y Matho, no viéndole ya, cayó rendido por los
esfuerzos hechos.
Al terminar la pelea, y a consecuencia de haberse
hundido en una mina abierta expresamente por or-
den de Hamilcar, la máquina ideada por Spendio , los
cartagineses bajaron de las murallas y atacaron a los
bárbaros de los que hicieron gran carnicería. Pero en-
tonces acudieron los carros galos de hoces , y galo-
pando contra los cartagineses les obligaron a retirar-
se. Cerró la noche ; y poco a poco los bárbaros se re-
tiraron.
No se veía en la llanura sino una especie de hor-
migueo obscuro desde el golfo azulado hasta la la-
guna blanquecina ; y el lago junto al cual tanta san-
gre se había derramado, se extendía más lejos como
una charca de púrpura.
La terraza estaba tan cargada de cadáveres que se
la creyera construída con cuerpos humanos .
Sobre las murallas se veían anchos surcos abiertos
por el plomo derretido. Una torre de madera ardía ;
las casas aparecían vagamente como las gradas de un
anfiteatro arruinado . Densas humaredas subían arras-
trando chispas que se perdían en las negruras del
cielo.
Los cartagineses, a quienes la sed devoraba, se ha-
bían lanzado hacia las cisternas. Rompieron las puer-
tas. Unicamente barro líquido había en su fondo.
¿ Qué hacer ? Los bárbaros eran innumerables, y una
vez descansados volverían al asalto.
Durante toda la noche el pueblo deliberó en las en-
crucijadas . Unos decían que era preciso arrojar de la
ciudad a las mujeres, enfermos y viejos ; otros, pro-
ponían abandonar Cartago y establecerse lejos en una
colonia.
216
Pero no había buques y salió el sol sin que se hu-
biese acordado nada.
Durante aquel día no se peleó ; todos estaban ren-
didos ; los soldados que dormían parecían cadáveres ;
entonces los cartagineses, reflexionando acerca de la
causa de sus desastres, se acordaron que no habían
enviado a Fenicia la ofrenda anual para Melkarth Ti-
rio y un inmenso terror se apoderó de ellos ; los dio-
ses indignados con la república persistirían sin duda
en su venganza.
Se les consideraba como amos crueles a quienes
se apaciguaba con súplicas, y a los que corrompía
a fuerza de presentes. Todos eran débiles comparados
-con Moloch-devorador. La existencia, la misma carne
de los hombres le pertenecía, así es que para salvar-
la, los cartagineses tenían costumbre de ofrecerle una
porción de ella que calmaba su furor .
Se quemaba a los niños en la frente o en la nuca
con mechas de lana, y como aquel medio de satisfacer
al Baal rendía mucho dinero a los sacerdotes , lo re-
comendaban como más fácil y suave.
Pero aquella vez se trataba de la República misma.
Todo provecho debe ser comprado por determinada
pérdda, pues todai transacción se conviene según las
necesidades del más débil y las exigencias del más
fuerte. No había dolor harto terrible para el Dios ,
pues se deleitaba al infligir los más horrendos, y aho
ra todos están a su discreción . Era preciso satisfa-
cerle por completo. Los ejemplos probaban que por
aquel medio desaparecían los azotes. Por otra parte
creían que una inmolación por el fuego purificaría a
Cartago. La ferocidad del pueblo gozaba en ello. Ade-
mas, la elección debía hacerse exclusivamente entre
los hijos de las grandes familias .
Los antiguos se reunieron. La sesión fué larga. Han-
nón asistió a ella. Como ya no podía sentarse per-
maneció tendido cerca de la puerta, medio oculto en-
tre las franjas de la tapicería ; y cuando el pontifice
de Moloch les preguntó si consentirían en entregar
a sus hijos, su voz resonó de repente en la sombra
como el rugido de un genio en el fondo de una ca-
verna. Sentía, a lo que dijo , no poder dar de su pro-
217
pia sangre; y contemplaba a Hamílcar que estaba fren-
te a él en el otro extremo de la sala. Al Suffeta
le turbó tanto aquella mirada que quedó aterrado . To-
dos aprobaron afirmando con la cabeza sucesivamen-
te; y según los ritos, tuvo que contestar el gran sa-
cerdote : «Sí, cúmplase esto». Entonces los Antiguos,
decretaron el sacrificio por medio de una perífrasis
profesional , pues hay cosas que cuestan más decir
que ejecutar.
Casi inmediatamente se supo en todo Cartago la
decisión .
Resonaron grandes lamentos. Por todas partes se
oía gritar a las mujeres ; sus esposos las aconseja-
ban o apostrofaban haciéndolas reflexiones.
Tres horas después circuló una noticia extraordina-
ria. El Suffeta había hallado manantiales al pie del
acantilado.
Fueron hacia allí. Unos agujeros abiertos en la are-
na se llenaban de agua ; algunos , echados de bruces ,
bebían ya en ellos .
Hamilcar no sabía si era debido aquel descubrimien-
to a un consejo de los dioses o al vago recuerdo de
una revelación hecha por su padre ; pero al salir del
consejo de los Antiguos había bajado a la plaza y
hecho quitar por los esclavos los guijarros que cu-
brían la arena .
Dió vestidos, calzado y vino. Repartió lo que que-
daba de trigo en su casa. Hizo entrar a la multitud
en su palacio y abrió las cocinas como los almace-
nes, y todas las habitaciones, exceptuando la de Sa-
lammbó. Anunció que seis mil mercenarios galos iban
a llegar y que el rey de Macedonia enviaba solda-
dos.
Pero desde el segundo día disminuyeron los ma-
nantiales su caudal de agua, y al tercer día se ha-
bían agotado. Entonces, el decreto de los Antiguos
circuló de nuevo, y los sacerdotes de Moloch empe-
zaron su cometido .
Hombres vestidos de negro se presentaban en las
casas. Muchos las abandonaban bajo pretexto de un
negocio cualquiera ; los servidores de Moloch llegaban
y se apoderaban de los niños . Otros los entregaban es-
218
túpidamente. Luego los llevaban al templo de Tanit,
donde las sacerdotisas estaban encargadas de distraer-
y alimentarles hasta llegar el día solemne.
Llegaron a casa de Hamilcar de repente y le ha-
llaron en el jardín :
-Barca ! Venimos por lo que sabes... ¡ Tu hijo !
Añadieron que varios ciudadanos le habían visto en
los Mappales acompañado por un viejo.
De momento quedó como sofocado, pero compren-
diendo que toda negativa sería en vano, Hamílcar se
inclino ; les introdujo en la casa de comercio. Sus
esclavos vigilaban los alrededores.
Entró en la habitación de Salammbó trastornado.
Cogió por una mano a Hannibal, y con la otra arran-
có el cordón de su vestido, ató sus pies, sus manos,
pasó el extremo por la boca, para hacerle una mor-
daza y le ocultó bajo la cama de cuero, dejando caer
hasta el suelo una colcha.
Después se paseó a derecha e izquierda ; levantaba
los brazos , daba vueltas sobre sí mismo, se mordía
los labios, permaneció algunos minutos con la mirada
fija y el pecho anhelante como si fuera a morir.
Llamó por tres veces con las manos. Giddenem apa-
reció .
-Escucha, le dijo, -buscas entre los esclavos un
niño de ocho a nueve años con los cabellos negros
y rizados y la frente abultada. ¡ Tráelo ! ¡ Aprisa !
Giddemen volvió al cabo de poco trayendo al niño.
Era un pobre muchacho a la vez demacrado e hin-
chado ; su piel estaba amarillenta como el infecto ha-
rapo que llevaba en la cintura. Bajaba la cabeza y
con el dorso de la mano se frotaba los ojos , llenos
de moscas .
¿ Habría quien le confundiera con Hannibal ? ¡ Y no
había tiempo para buscar otro ! Hamílcar miraba a
Giddenem, sentía ganas de estrangularlo.
-Vete -gritó. El gobernador de los esclavos huyó.
De pronto Abdalonim habló detrás de la puerta. Pe-
dían por el Suffeta. Los servidores de Moloch se im-
pacientaban.
Hamílcar contuvo un grito como si sintiera la mor-
- 219
dedura de un hierro candente ; y de nuevo paseó por
la estancia como un insensato.
La gran taza de mármol contenía aún un poco de
agua clara para las abluciones de Salammbó. A pe-
sar de toda su repugnancia y de su orgullo el Suf-
feta bañó al niño, y como un mercader de esclavos
pecho y otro en la espalda, y los juntó con dos bro-
se puso a lavarlo y a frotarlo con tierra roja. Tomó
después dos trozos de púrpura ; le puso uno en el
ches de diamantes.
Vertió perfumes sobre su cabeza ; púsole un collar
de electro, y le calzó sandalias con talones de perlas,
las sandalias de su hija, pero pateaba de vergüenza y
de irritación ; Salammbó, que le ayudaba, estaba tan
pálida como él . El niño sonreía, deslumbrado por aque-
Пlos esplendores, perdía su timidez y empezaba a pal-
motear cuando Hamílcar le arrastró.
Le sujetaba por el brazo con fuerza, como si tu-
viera miedo de perderle, y el niño lloraba corriendo
corriendo junto a él.
Al llegar cerca del ergástulo, bajo una palmera, re-
sonó una voz suplicante y dolorida.
Hamilcar se volvió y vió a su lado un hombre de
abyecta apariencia, a uno de aquellos miserables que
vivían en la casa.
-¿Qué quieres ?-le dijo el Suffeta.
El esclavo, que temblaba de un modo horrible, bal-
buceó :
-Soy su padre !
Hamíílcar continuaba caminando ; el mísero le se-
guía con las piernas dobladas y el cuello estirado.
Su rostro estaba convulso por una angustia indecible
y los sollozos que contenía le ahogaban.
1
Por fin se atrevió a tocarle ligeramente con un de-
do, en el codo.
-¿Acaso vas a ?...
No tuvo fuerza para acabar y Hamílcar se detuvo
pasmado ante aquel dolor.
Jamás había pensado que pudiera haber entre ellos
nada común. Aquello le parecía una especie de ul-
traje y como un ataque a sus privilegios . Contestó
con una mirada más fría y pesada que el hacha de
220
un verdugo ; el esclavo cayó desmayado en el polvo
a sus pies. Hamílcar pasó por encima.
Los tres hombres vestidos de negro le esperaban
en la sala de pie, junto al disco de piedra. Desgarró
sus vestidos, y se revolcaba sobre las losas gritando :
-¡Ah! pobre Hannibal ! ¡ Oh ! hijo mío ! ¡ Mi es-
peranza ! ¡ Mi vida ! ¡ Mi consuelo ! ¡ Matadme a mí tam-
bién ! ¡ Llevadme ! ¡ Desdicha ! ¡ desdicha !
Se arañaba el rostro, se mesaba los cabellos , y lan-
zaba alaridos como las plañideras de los funerales.
-¡Lleváoslo ! ¡ padezco demasiado ! ¡ Idos ! ¡ Matadme
como a él !
Los servidores de Moloch se admiraban de que Ha-
mílcar tuviera tan poco corazón . Estaban casi enter-
necidos .
Se oyó un ruido de pies desnudos y un estertor
comprimido, semejante a la respiración de una bes-
tia feroz que se acerca; y en el umbral de la terce-
ra galería, entre los montantes de marfil, apareció un
hombre livido, terrible, con los brazos extendidos ; gri-
tó :
-¡Mi hijo!
Ilamílcar de un lato se lanzó sobre el esclavo. Cu-
brióle la boca con la mano y gritó :
Es el anciano que le ha educado ! ¡ Le llama su
hijo ! Se volverá loco ! ¡ Basta ! ¡ basta !
Y empujando por los hombros a los tres sacerdotes
y a su víctima salió con ellos, y de un puntapié ce-
rró la puerta detrás de él .
Hamílcar, volviendo al cuarto de Salammbó , des-
ató a Hannibal . El niño , exasperado, le mordió en
la mano haciéndole sangre. Para hacerle estar quie-
to, Salammbó quiso asustarle con Lamia, una hada
maléfica de Cyrene.
-¿Dónde está ?-preguntó.
Le dijeron que unos bandoleros vendrían para me-
terle en la cárcel. Contestó :
¡ Que vengan, les mataré !
Hamilcar le dijo entonces la espantosa verdad, pe-
ro se enfureció contra su padre diciendo que podía
aplastar al pueblo entero, ya que era el amo de Car-
tago.
221
Por fin, extenuado por los esfuerzos de su cólera
se durmió con sueño ntraniquilo . Hablaba soñando ten-
dido sobre un cojín de escarlata ; su cabeza estaba
echada hacia atrás, y su bracito, apartado del cuer-
po, permanecía rígido en una actitud imperativa.
Cuando hubo cerrado la noche, Hamílcar lo cogió
suavemente, y bajó a obscuras la escalinata de las
galeras. Pasando por la casa de comercio tomó una
cajita de pasas y una calabaza de agua pura ; el niño
se despertó ante la estatua de Aletes, en el subte-
rráneo de las pedrerías ; y sonreía en brazos de su
padre a la luz de las claridades que le rodeaban.
Hamílcar estaba seguro que ya no podrían quitarle
su hijo. Entonces, como no tenía que disimular, pues
nadie le veía, dió rienda suelta a su cariño. Como
una madre que encuentra a su primogénito después
de perderle, se lanzó sobre su hijo ; le estrechaba
contra su pecho, reía y lloraba a un tiempo, le lla-
maba con los nombres más cariñosos, le cubría de
besos ; Hannibal, asustado por aquella ternura , calla-
ba
Hamílcar volvió a paso de lobo, palpando las pa-
redes ; llegó a la gran sala donde entraba la luz de
la luna por una de las aberturas de la cúpula ; en el
centro, el esclavo ahito, dormía tendido sobre el pa-
vimento de mármol. Le miró y sintió piedad. Con
la punta de su coturno, le puso una alfombra_bajo
la cabeza. Luego levantó los ojos y miró a Tanit,
cuyo cuarto creciente brillaba en el cielo, y se sin-
tió más fuerte que los Baals y lleno de desprecio por
ellos.
Los preparativos del sacrificio se estaban ultiman-
do.
Se derribó un gran trozo de pared del templo de
Moloch para sacar al Dios de cobre sin tocar las ce-
nizas del altar. Después, apenas apuntó el sol, los
hieródulos le impujaron hacia la plaza de Khamon.
Iba hacia atrás deslizándose sobre cilindros ; sus hom-
bros eran más altos que las murallas ; todos los car-
tagineses que le veían, aunque fuera de lejos, huían.
asustados porque no podía contemplarse impunemen-
te al Baal, sino en el ejercicio de su cólera.
- 222 -
Fuerte olor de aromas se esparció por las calles.
Todos los templos se abrieron a la vez ; salieron los
tabernáculos sobre carromatos o en literas que los
pontifices llevaban. Grandes penachos de plumas on-
deaban en sus ángulos y vivos rayos escapábanse de
sus agudos copetes, terminados en bolas de cristal,
de oro, de plata o de cobre.
Eran los Baalim Canancos, derivados del Baal su-
premo, que volvían hacia su principio para humillar-
se ante su fuerza y anegarse en su esplendor.
El pabellón de Melkhart, de fina púrpura, protegia
una llama de petróleo ; en el de Khamon, de color
de jacinto, se levantaba un falo de marfil rodeado
de un círculo de pedrería ; entre las cortinas de Esch-
mun, azules como el éter, un phyton dormido, for-
maba un círculo con la cola ; y los dioses Pataicos,
sostenidos por los sacerdotes, parecían niños grandes.
Después, venían todas las formas inferiores de la
divinidad. Baal Samin, dios de los espacios celestes ;
Baal Peor, dios de los montes sagrados ; Baal Zebup,
dios de la corrupción, y los de los países vecinos y
los de las razas cananeas ; el i'larbal de la Libia, el
Adrammelech de Caldea, el Kijun de los sirios ; Der-
ceto, con cara de virgen, se arrastraba sobre sus ale-
tas y el cadáver de Tammuz iba arrastrado en el
centro de un catafalco, entre antorchas y cabelleras.
Para supeditar los reyes del firmamento al sol e im-
pedir que su influencia particular les contrarrestara
la suya, se blandía al extremo de largas perchas es-
trellas de metal multicolores. Los Abadirs , piedras caí-
das de la luna, giraban dentro de hondas de hilo de
plata ; panecillos que reproducían el sexo de una mu-
jer se amontonaban en las cestas que llevaban los
sacerdotes de Ceres ; otros llevaban sus amuletos ; los
ídolos olvidados reaparecieron ; hasta se tomó de los
buques sus símbolos místicos, como si Cartago hu-
biese querido recogerse por entero en un pensamien-
to de muerte y desolación .
Ante cada uno de los tabernáculos, un hombre man-
tenía en equilibrio sobre su cabeza un ancho pebe-
etro donde humeaba el incienso.
La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la
223
plaza de Khamon . Los Ricos, llevando cetros con pu-
ños de esmeralda, acudieron desde el fondo de Me-
gara. Los antiguos, ciñendo sus diademas, se reunie-
ron en Kinisdo, y los gobernadores de provincia, los
mercaderes, los soldados, los marineros y la horda
numerosa de empleados de los funerales, todos, con
las insignias de su magistratura, o los instrumentos
de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que
bajaban del Acrópolis, entre los colegios de sacerdo-
tes.
Por deferencia hacia Moloch, habían revestido sus tra-
jes más espléndidos y ostentaban sus mejores joyas.
Centelleaban los diamantes sobre los mantos y las
túnicas negras ; pero los anillos, demasiado anchos , caían
de los dedos adelgazados y nada tan lúgubre como
aquella multitud silenciosa, cuyos aretes golpeaban con-
tra rostros pálidos y en que las áureas tiaras ceñían
frentes crispadas por una desesperación atroz.
Por fin llegó el Baal al centro de la plaza. Sus pon-
tífices, con verjas, dispusieron un recinto para apar-
tar a la multitud y permanecieron a sus pies alre-
dedor de él .
Los sacerdotes de Khamon, con túnicas de lana obs-
cura, se alinearon bajo las columnas del pórtico ; los
de Eschmun, con mantas de lino y tiras puntiagudas,
colocáronse en las gradas del Acrópolis ; los sacerdo-
tes de Melkart pusiéronse del lado de Occidente ; los
de los Abaddirs, apretados los cuerpos en anchas cin-
tas de telas frigias, quedaron hacia Oriente ; y en el
Sur, con los magos de la muerte, cubiertos de tatua-
jes quedaron los plañideros con sus mantos remenda-
dos, los servidores de los Batoeques y los Isidonion
que, para conocer el porvenir, se ponían en la boca
un hueso de muerto.
De cuando en cuando llegaban filas de hombres des-
nudos por completo con los brazos tendidos hacia de-
lante, cogidos por los hombros unos a otros. Arran-
caban de las profundidades de su pecho una voz ca-
vernosa. Los ojos que miraban al coloso , brillaban
entre la polvareda, y a intervalos iguales, todos a
una como sacudidos por un solo movimiento, balan-
ceaban sus cuerpos. Estaban tan furiosos , que para
- 224 -
restablecer el orden, los hieródulos a palos les hi-
cieron echar de bruces, con el rostro tocando las ver-
jas de cobre.
Entonces fué cuando del fondo de la plaza avan-
zó un hombre vestido de blanco. Atravesó lentamen-
te la multitud y se reconoció en él un sacerdote de
Tanit, al gran sacerdote Schahabarim. Una rechifla ge-
neral la acogió, pues la tiranía del principio viril pre-
valecía aquel día en todas las conciencias, y la diosa
estaba de tal modo olvidada, que no se había notado si-
quiera la ausencia de sus pontifices. El pasmo cre-
ció de punto cuando se le vió que abría una de las
puertas destinadas a los que habían de entrar para
ofrecer víctimas. Los sacerdotes de Moloch creyeron
que aquel era un ultraje para su dios ; con violentos
ademanes trataban de rechazarle. Alimentados con las
carnes de los holocaustos, vestidos de púrpura como
reyes, y ciñendo triples coronas, mofábanse de aquel
pálido eunuco extenuado por maceraciones, y carca-
jadas de cólera sacudían sobre su pecho su barba
negra en forma de abanico.
Schahabarim, sin contestar, continuaba andando, y
después de atravesar todo el recinto, llegó entre las
piernas del coloso, y luego le tocó en ambos lados
de ellas extendiendo los brazos , lo cual era una fór-
mula solemne de adoración. Hacía demasiado tiempo
que la Rabbet le torturaba, y por desesperación, o
quizá a falta de un dios que la satisfaciera por com-
pleto su pensamiento, se decidía al cabo por aquel.
La multitud, asustada por aquella apostasía, lanzó
un prolongado murmullo. Sentíase que se rompía el
último lazo que unía a las almas a una divinidad cle
mente.
Pero Schahabarim , a causa de su mutilación, no
podía participar del culto al Baal. Los sacerdotes de
rojo manto le excluyeron del recinto ; luego, cuando
estuvo fuera, dió la vuelta alrededor de todos los co-
legios, y después el sacerdote sin dios desapareció
entre la multitud . Esta se apartaba a su paso.
Entretanto una hoguera de áloes, cedro y laurel,
ardía entre las piernas del coloso. Sus largas alas
hundían sus puntas en la llama ; los ungüentos con
-- 225 -
que se le había frotado , corrían como sudor sobre
sus miembros de cobre. Alrededor de la piedra re-
donda en que apoyaba los pies, los niños envueltos
en velos negros formaban un círculo inmóvil ; y sus
brazos, desmesuradamente largos, bajábanse hasta ellos
como para apoderarse de aquella corona y llevarla
al cielo .
Los Ricos, los Antiguos, las mujeres, toda la mu-
chedumbre se apiñaba detrás de los sacerdotes y en
las terrazas de las casas. Las grandes estrellas pin-
tadas no se movían ya, los tabernáculos estaban en el
suelo, y las humaredas de los incensarios subían per-
pendicularmente semejantes a árboles gigantescos, des-
plegando en pleno azul sus ramajes azulados .
Muchos se desmayaron, otros permanecían inertes
y petrificados en éxtasis. Una angustia infinita aplas-
taba los pechos . Los últimos clamores se extinguie-
ron uno a uno y el pueblo de Cartago anhelaba, ab-
sorvido por el deseo de su terror.
Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano
izquierda bajo los velos de los niños, y les arrancó
de la frente un mechón de cabellos que arrojó a las
llamas. Entonces los hombres de rojos mantos ento-
naron el himno sagrado :
-«¡ Gloria a tí, Sol ! ¡ Rey de las dos zonas, creador
que se engendró , Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios
1
y Diosa, Diosa y Dios >>
Su voz se perdió entre el estruendo de los instru-
mentos que resonaban a la vez para ahogar los gri-
tos de las víctimas .
Los hieródulos, con un largo gancho, abrieron los
siete compartimentos del cuerpo de Baal. En el más
alto se introdujo harina ; en el segundo, dos tórtolas ;
en el tercero, un mono ; en el cuarto, un carnero ;
en el quinto una oveja ; y como no había buey para po-
ner en el sexto, se echó una piel curtida que se tomó
del santuario. El séptimo agujero permaneció vacío.
Antes del gran sacrificio era conveniente ensayar
los brazos del Dios. Unas cadenitas que arrancaban
de sus dedos , llegaban hasta las espaldas y volvían
Salammbó.- 15
226
a bajar por detrás, donde algunos hombres, tirando
con fuerza, hacían subir hasta la altura de los codos
las manos abiertas, las cuales, acercándose una a otra,
llegaban hasta su vientre ; moviéronse muchas veces
seguidas, y después los instrumentos callaron . Crepi-
taban las llamas.
Los pontifices de Moloch se paseaban por la gran
losa, examinando la muchedumbre.
Era preciso un sacrificio individual, una oblación
voluntaria que se consideraba como la iniciadora de
las otras. Pero nadie se presentaba, y las siete ave-
nidas que conducían desde las barreras al coloso, es-
taban vacías. Entonces, para animar al pueblo, los
sacerdotes sacaron de su cintura unos punzones con
que se arañaban el rostro. Se hizo entrar en el recinto
a los fieles que estaban tendidos de bruces en el ex-
terior. Se les echó un paquete de horribles instrumen-
tos y cada cual escogió su tortura. Se traspasaban el
pecho ; se hendían las mejillas ; pusiéronse coronas de
espinas en la cabeza ; luego, enlazando sus brazos y
rodeando a los niños, formaban otro gran círculo que
se contraía y se ensanchaba. Llegaban hasta la ba
laustrada, se retiraban y volvían a empezar llaman-
do hacia ellos a la multitud por el vértigo de aquel
movimiento de sangre y de gritos .
Poco a poco, gran gentio entró hasta el final de
las avenidas ; lanzaban al fuego perlas, diamantes ri-
cos, vasos de oro y plata. Copas, antorchas, todas sus
riquezas ; las ofrendas se sucedían unas a otras y
eran cada vez más espléndidas y múltiples. Por fin,
un hombre que se tambaleaba empujó un niño, des-
pués se vió entre las manos del coloso una pequeña
masa negra; se hundió en la abertura tenebrosa. Los
sacerdotes se inclinaron en la gran losa y un nuevo
canto estalló, celebrando las alegrías de la muerte y
los renacimientos de la eternidad.
Subían lentamente las víctimas, y como la humareda
al volar formaba altos torbellinos, parecían desapare-
cer también dentro de una nube . Ninguno se movía,
estaban atados por las muñecas y los jarretes y los as-
curos velos, tupidos y recios, les impedían ver y ser
reconocidos.
1221
-- 227 -----
Hamílcar, con su manto rojo como los sacerdotes de
Moloch, estaba cerca del Baal, erguido ante el dedo
gordo de su pie derecho.
Cuando subió el décimo cuarto niño, todos pudie
ron advertir que se estremeció e hizo un gesto de
horror. Pero bien pronto recobró su actitud, cruzán-
dose de brazos y mirando al suelo. Al otro lado de la
estatua, el gran pontifice permanecía inmóvil como él.
Inclinando su cabeza que ostentaba una mitra asir
Iria, observaba sobre su pecho la placa de oro cu-
bierta de piedras fatídicas, en que las llamas, refle-
jándose, producían claridades irisadas. Palidecía, des-
esperado. Hamílcar inclinaba la frente ; y estaban am-
bos tan cerca de la pira, que la orla de su manto, le-
vantándose, los rozaba.
Los brazos de cobre movíanse con mayor veloci-
dad. No se detenían un instante. Cada vez que se po-
nía entre ellos a un niño, los sacerdotes de Moloch
extendían la mano hacia él para cargarle con todos
los crímenes de pueblo, vociferando :
-No son hombres, sino bueyes !>>
Y la multitud repetía :
-Bueyes ! ¡ bueyes !»
Los devotos gritaban:
« Señor ! come !>>
Y los sacerdotes de Proserpina, conformándose por
el terror; a las necesidades de Cartago, murmuraban
lpa fórmula elusiaca :
-Vierte la lluvia ! ¡ Engendra ! >»
Las víctimas apenas llegaban al borde de la aber-
tura, desaparecían como una gota de agua sobre una
placa enrojecida ; y una humareda blanca ascendía en-
tre los tonos de escarlata de la estatua.
Sin embargo, el apetito del dios no se calmaba, que-
ría más víctimas. Para darle más se apiló una por-
ción entre sus manos con una gruesa cadena que las
sostenía. Los devotos al principio habían querido con-
tarlas para saber si su número correspondía al de los
días del año solar ; pero como se echaban tantas, una
tras otra, era imposible contarlas entre aquel movi-
miento vertiginoso de los brazos . Aquello duró mu-
cho rato, hasta la noche. Luego, las planchas inte-
228
riores adquirieron un brillo más sombrío. Entonces se
vieron carnes que ardían. Algunos creyeron recono-
cer cabellos, miembros, cuerpos enteros.
Acabó el día ; gruesas nubes se amontonaron sobre
el Baal, la pira, ya sin llamas , formaba una pirámi-
de de carbones hasta sus rodillas ; completamente ro
jo, como un gigante cubierto de sangre, parecía con
su cabeza echada hacia atrás, sin vacilar bajo el peso
de su embriaguez .
A medida que los sacerdotes se apresuraban, el fre-
nesí del pueblo aumentaba. Disminuía el número de
las víctimas, y unos gritaban perdón y otros que se
necesitaban más. Hubiérase dicho que las terrazas lle-
nas de gente se hundían bajo los alaridos de espanto
y de voluptuosidad mística. Luego los fieles llegaron
arrastrando a sus hijos que se agarraban a ellos ; les
pegaban para hacerse soltar y les entregaban a los
hombres rojos . Los músicos se detenían cansados en-
tonces, se oían los sollozos de las madres y el chi-
rrido de la grasa que caía sobre los carbones ardientes.
Unos borrachos iban a cuatro patas, daban vueltas al-
rededor del coloso y rugían como tigres ; los Isido-
nim auguraban, los fieles cantaban con sus brazos
hendidos, se habían derribado las verjas ; todos que
rían su parte en el sacrificio ; y los padres cuyos hi-
jos murieron en otro tiempo, echaban al fuego sus
efigies, sus juguetes, sus esqueletos. Algunos que lle-
vaban cuchillos se arrojaron sobre los otros. Estalló
una gran matanza. Los hieródulos cogieron las ceni-
zas de la gran losa y las lanzaron al aire, a fin de
que el gran sacrificio se esparciera por la ciudad has-
ta la región de las estrellas.
Aquel ruido y aquella claridad deslumbrante había
atraído a los bárbaros al pie de las murallas, y mi-
rando desde lo alto de sus máquinas de guerra, con-
templaban el espectáculo mudos de horror.
229 W
XIV
El desfiladero del Hacha
Los cartagineses apenas habían vuelto a sus casas
cuando las nubes se espesaron ; los que levantaban
la cabeza hacia el coloso sintieron gruesas gotas ; em-
pezaba la lluvia.
Llovió toda la noche a torrentes ; retumbaba el true-
no ; era la voz de Moloch ; había vencido a Tanıt,
y ahora, fecundada , abría en lo alto del cielo su vas-
to seno . A veces se le veía tendida sobre cojines de
nubes , luego las tinieblas la envolvían de nuevo, co-
mo si harto cansada aún, quisiera dormir de nuevo.
Los cartagineses, que creen que el agua es hija de
la luna, gritaban para facilitar su trabajo.
La lluvia azotaba las terrazas y formaba lagos en
los patios, cascadas en la escalera, torbellinos en las
encrucijadas ; corría en pesadas masas tibias ; de los
ángulos de todos los edificios saltaban chorros espu-
mosos, y los techos de los templos, lavados , brilla-
ban a la luz de los relámpagos. Por mil caminos dis-
tintos verdaderos torrentes bajaban del Acrópolis ; las
casas se derrumbaban de improviso ; y muebles, cas-
cote y astillas pasaban arrastrados por los arroyos
que corrían impetuosamente sobre las losas.
Se habían puesto al aire libre ánforas, calabazas,
telas, pero las antorchas se apagaban ; y los carta-
gineses permanecían para beber con la cabeza echada
hacia atrás y la boca abierta. Otros junto a las char-
cas fangosas se tendían en el suelo, hundían en el
agua los brazos y bebían tanto, que arrojaban luego
como los búfalos. La atmósfera refrescó, y una espe-
ranza inmensa llenó todos los corazones. Olvidóse lo
jurado. La patria renacía una vez más .
230
Los bárbaros habían soportado la tempestad en sus
tiendas mal cerradas, y al día siguiente, transidos de
frío, chapuzaban entre el barro, buscando sus armas
estropeadas o perdidas.
Hamílcar, por su propia cuenta, fué a ver a Han-
nón, y en virtud de los plenos poderes que tenía le
confió el mando. El viejo Suffeta vaciló entre su ren-
cor y su sed de poder. Aceptó.
Sin perder momento, Hamílcar hizo salir una galera
con dos catapultas, una a proa y otra a popa. La
puso en el golfo delante de la barrera establecida por
los bárbaros, después embarcó en sus buques dispo-
nibles las tropas más robustas. Parecía huir ; y po-
niendo proa al norte, desapareció entre la bruma.
Pero tres días después (en el punto en que iba a
reanudarse el ataque) llegaron en tumulto gentes de
la costa líbica. Barca había penetrado en el país.
En todas partes se había racionado y se extendía
por la comarca.
Entonces los bárbaros se indignaron como si les hu-
biese traicionado. Los que más aburridos estaban del
sitio, en especial los galos, no vacilaron en separarse
de los menos para dirigirse a su encuentro. Spendio
quería reconstruir la helepolis ; Matho se había tra-
zado una línea ideal desde su tienda hasta Megara,
se había jurado seguirla, y ninguno de sus hombros
se movió. Los demás, al mando de Otharita, se mar-
charon, abandonando la parte occidental de las for-
tificaciones. La incuria de los sitiadores era tal , que
no se pensó en substituirle.
Narr-Havas le espiaba de lejos, desde las monta-
ñas . Por la noche hizo avanzar a los suyos por el
lado exterior de la Laguna, a orillas del mar, y en-
tró en Cartago.
Presentóse como un libertador, con seis mil hom-
bres que llevaban harina bajo sus mantos, y con cua-
renta elefantes cargados de forrajes y de carne seca,
Se les rodeó solícitamente y se les dió nombres. La
llegada de semejante refuerzo regocijó a los cartagi-
neses . La contemplación de estos fuertes animales, con-
sagrados al Baal, constituían una prenda de su ternura
231 -
y probaban que al fin había resuelto para defenderles
intervenir en la guerra.
Narr-Havas recibió el homenaje de los ancianos . En
seguida dirigióse al palacio de Salammbó.
No la había visto desde el día en que dentro de la
tienda de Hamílcar, entre los cinco ejércitos , había
sentido su manecita fría y suave posarse entre las
suyas ; después de los esponsales la joven había re
gresado a Cartago. Su amor, dominado por otras am-
biciones, aparecía de nuevo y ahora esperaba gozar
de sus derechos, casarse, hacerla suya.
Salammbó no comprendía de qué manera aquel jo-
ven podía convertirse en su dueño. Por más que dia-
riamente pedía a Tanit la muerte de Matho , su ho-
rror por el libio disminuía. Sentía confusamente que
el odio con que él la había perseguido era casi reli-
gioso, y habrría querido ver en Narr-Havas como un
reflejo de la violencia que aun la deslumbraba.
Deseaba conocerle mejor, y sin embargo, su pre-
sencia le habría turbado. Le hizo saber que no de-
bía recibirle.
Por otra parte, Hamílcar había prohibido a sus sir-
vientes que abrieran las puertas de su casa al rey
de los númidas ; difiriendo hasta el término de la gue
rra la recompensa ; esperaba conservar su adhesión.
En cambio se mostró altivo con los ciento. Les
hizo variar sus disposiciones. Exigió prerrogativas pa-
ra sus soldados y les colocó en puestos importantes ;
así los bárbaros abrieron los ojos desmesuradamente
al ver a los númidas en las torres .
Mayor fué la sorpresa de los cartagineses al ver
llegar en viejo trirreme púnico a cuatrocientos de los
suyos, hechos prisioneros durante la guerra de Sici-
lia. En efecto, Hamílcar había devuelto secretamente
a los Quiriles las tripulaciones de los bajeles latinos
capturados antes de la defección de las ciudades ti-
rias, y Roma, por deferencia, le enviaba ahora sus
cautivos. También los romanos habían rechazado las
proposiciones de los mercenarios en Cerdeña, y ni aún
habían querido reconocer como súbditos a los habi-
tantes de Utica.
Hieron, que gobernaba en Siracusa, imitó el ejem
232
plo . Para conservar sus Estados necesitaba el equili
brio entre los dos pueblos ; interesábale, pues, la suer-
te de los cananeos, y se declaró su amigo enviándo
les mil doscientos buques con cincuenta y tres mil
rebel de trigo puro.
Una razón de más peso les obligaba a socorrer a Car-
tago ; conocían que en el caso de triunfar los mer-
cenarios , desde el soldado hasta el galopín de coci-
na, todos se sublevarían y que ningún gobierno, nin-
guna casa podría resistirles.
Entretanto Hamílcar batía la campiña oriental. Re-
chazó a los galos y todos los bárbaros se hallaron
sitiados a su vez,
Empezó entonces a hostigarles. Se acercaba a ellos,
huía y repitiendo continuamente esta maniobra, po-
poco a poco les hizo salir de sus campamentos.
Spondio se vió obligado a seguirles, y por último
Matho cedió a su vez .
No pasó de Túnez . Se encerró en sus muros. Esta
obstinación revelaba gran prudencia, porque luego se
vió que Narr- Havas salía por la puerta de Khamon
con sus elefantes y sus soldados ; Hamílcar le había
llamado. Pero los demás bárbaros vagaban por las
provincias persiguiendo al Suffeta.
Esta contaba con tres mil galos procedentes de Ely-
pea. Recibió además caballos de la Cirenáica, arma-
duras del Brucio, y reanudó los combates.
Jamás se había mostrado tan impetuosa ni más efr-
til en recursos, durante cinco lunas les arrastró en
pos de sí. Tenía su plan y quería conducirles a un
sitio determinado .
Ante todo los bárbaras, formando pequeños desta
camentos, habían trazado de envolverle ; siempre con-
seguía escapar. Su ejército constaba de unos cuaren-
ta mil hombres, y muchas veces se alegraron al ver
retirarse a los cartagineses.
Los molestaban infinito los jinetes de Narr-Havas.
A menudo en las horas de mayor fatiga, cuando avan-
zaban por la planicie dormitando bajo el peso de sus
armas, espesa nube de polvo elevábase en el hori-
zonte ; oíase el galopar de los corceles, y de seme
jante torbellino, y de la luz de las pupilas encendi-
233
das brotaba una lluvia de dardos. Los númidas, cu-
biertos de blancos ropajes, lanzaban temerosos gritos,
levantando sus brazos, apretando entre sus rodillas a
sus caballos encabritados, volvían bruscamente grupas
y desaparecían con rapidez. Siempre tenían a corta dis-
tancia sobre sus dromedarios, acopio de jabalinas, y
volvían más enfurecidos , aullaban como lobos, huían
como buitres. Los bárbaros, colocados en las filas ex-
tremas, caían uno a uno, y así continuaba la esca-
Tamuza hasta la noche, en que trataba de ganar las
montañas. J
Por más que éstas ofrecían peligro para los elefan-
tes, Hamílcar siguió avanzando. Siguió la larga cor-
dillera que se extingue desde el promontorio de Her-
mes hasta la cumbre de Zaguan. Los bárbaros cre-
yeron que por este medio les ocultaba la insuficien-
cia de su hueste. Pero la incertidumbre continua en
que les mantenía les exasperó más que una derrota.
Sin descorazonarse marcharon tras él.
Por último una tarde, entre la montaña de Plata
y la montaña de plomo en medio de enormes rocas a
la entrada de un desfiladero, sorprendieron a un cuer-
po de velites ; ciertamente el ejército entero estaba
delante, porque oyeron un ruido de pasos y de cla
rines, al punto los cartagineses huyeron por la ca-
ñada. Esta conducía a una llanura que tenía la forma
del hierro de una hacha y estaba rodeada de altas
rocas . Para dar alcance a los pelites, los bárbaros avan-
zaron allá en el fondo, entre los bueyes que galopaban ;
otros cartagineses corrían en tumulto. Se vió a un
hombre cubierto por rojo manto, era el Suffeta, unos
a otros se lo dijeron, y redobló su gozo y su furia.
Muchos, por pereza o por prudencia, habíanse queda-
do en la entrada del desfiladero . Pero la caballería,
que saliera de un bosque, a lanzadas y sablazos les
empujó al sitio donde los otros estaban y bien pron-
to los bárbaros todos se hallaron en las hondonadas ,
en llano .
Después la enorme hueste que se había agotado un
punto, detúvose; no descubrieron salida alguna. Se lla-
mó a los de las vanguardias excitándoles a que si-
guieran adelante ; se estrujaban contra las montañas
234
y de lejos apostrofaron a sus compañeros que no sa-
bían dar con el camino .
Y apenas habían bajado los bárbaros, sus adversarios ,
ocultos por las rocas, sirviéndose de vigas las habían
levantado, y como la pendiente era rápida levantado,
y como la pendiente era rápida, aquellos bloques ro
dando confundidos habían cerrado por completo el es-
trecho orificio.
En el otro extremo de la llanura aparecía un largo
corredor, agrietado, y que conducía à una quebrada
co estrechas en su base, se habían desmoronado fá-
por la que se subía a la meseta superior donde esta-
el ejército púnico . En dicho paso se habían colo-
cado de antemano escalas, y protegidos por las si-
nuosidades de las resquebrajaduras los velites antes
de ser alcanzados pudieron cogerlas y volver a su
bir. Muchos de ellos se hundieron en la quebrada y
fué necesario tenderles cables porque el terreno en
tal sitio era de arena movediza y tan inclinado, que
ni aun de rodillas era posible subir. En el mismo
instante llegaron los bárbaros. Pero un rastrillo de
cincuenta codos de alto y construído a la exacta me-
dida del intervalo se hundió de súbito ante ellos, co-
mo un baluarte que hubiese caído del cielo.
Por consiguiente habían prosperado los planes del
Suffeta. Ninguno de los mercenarios conocía la mon-
taña y marchando a la cabeza de las columnas los
unos habían arrastrado a los otros . Las rocas, un po-
cilmente, y en tanto que todos corrían, su ejército a
corta distancia había prorrumpido en gritos de des-
esperación. Cierto que Hamílcar podía perder sus ve-
lites, la mitad de ellos pereció tan sólo . El hubiera
sacrificado un número veinte veces mayor para el
éxito de tal empresa.
Hasta la mañana siguiente los bárbaros estrecharon
sus filas de un extremo a otro del desfiladero. Ten-
taban con sus manos la montaña tratando de descu-
brir una salida.
Al fin amaneció y por todas partes vieron a su al-
rededor una altísima muralla blanca, cortada a pico.
¡ Y ni un solo medio de salvación ! Las dos salidas
naturales de aquel callejón cerrado estaban obstruí-
235-
das, la una por el rastrillo y la otra por el montón
de rocas .
Entonces todos se miraron sin hablar. Y todos sin-
tieron un frío glacial en los riñones y un grave peso
en los párpados.
Se dirigieron resueltamente contra las rocas . Pero
las más bajas, oprimidas por el peso de las demás ,
permanecieron inmóviles. Trataron de encaramarse pa-
ra llegar a la cima ; la forma redonda de los pesados
cuerpos hacía imposible la empresa. Quisieron hender
el terreno por los dos extremos de la cañada ; sus
instrumentos se rompieron. Con los mástiles de sus
tiendas encendieron una hoguera ; el fuego no podía
quemar la montaña.
Volvieron al rastrillo ; estaba guarnecido de largos
clavos, gruesos como estacas, agudos como las puas
de un puerco espín. Sin embargo, su furor era tal que
se precipitaron contra el obstáculo. Los primeros pe-
netraron en él hasta la cintura, los demás saltaron
por cima de sus camaradas, y todos cayeron dejando
en aquellas horribles ramas girones humanos y ca-
belleras ensangrentadas.
Cuando se hubo disipado su abatimiento examinaron
los pocos víveres que les quedaban. Los mercenarios,
que habían perdido sus bagajes, tenían raciones para
dos días, y los demás se encontraban apurados por-
que esperaban un convoy prometido por los pueblos
del sur . 1
No obstante, vagaban por allí toros, aquellos que
los cartagineses habían abandonado en el desfiladero
a fin de atraer a los bárbaros. Los mataron a lan-
zadas, los comieron, y así que los estómagos estu-
vieron repletos, los pensamientos fueron menos lúgu-
bres.
Al día siguiente degollaron todos sus mulos , próxi-
mamente unos cuarenta, y luego rayaron las pieles,
cocieron las entrañas y no desesperaron todavía, por-
que el ejército de Túnez, avisado sin duda, iba a
llegar.
Pero a la noche del quinto día aumentó el hambre,
mascaron los tahalíes de sus espadas y las esponji-
llas ocultas en el fondo de sus cascos.
236
Cuarenta mil hombres estaban amontonados en una
especie de hipódromo que formaba alrededor de ellos
la montaña. Algunos permanecían ante el rastrillo o
al pie de las rocas ; los demás confusamente se agru-
paban en la llanura. Los más fuertes evitaban hablar-
se y los tímidos buscaban a los valientes, que sin
embargo no podían salvarles.
Por vía de precaución se habían enterrado precipi-
tadamente los cadáveres de los vélites ; ya no se dis-
tinguía el sitio de las huesas.
Todos los bárbaros languidecían postrados en tierra.
Entre sus filas pasaba un veterano, y ellos prorrum-
pían en maldiciones contra los cartagineses, contra Ha-
mílcar y contra Matho, si bien resultaba inocente del
desastre ; pero les parecía que sus dolores hubieran
sido más tolerables si él los hubiese compartido. Y
luego empezaban a gemir ; algunos lloraban por lo
bajo como niños .
Se acercaban a los capitanes y les pedían algo que
mitigase sus padecimientos. Los interpelados no res-
pondían, o bien, arrebatados de furor, cogían una pie-
dra y se la echaban al rostro.
Muchos guardaban cuidadosamente, en un agujero
del suelo, parte de su alimento, un puñado de dáti-
les, un poco de harina, y lo comían durante la noche,
ocultando la cabeza bajo su manto. Los que tenían
padas las mostraban desnudas en su mano, los más
desconfiados se mantenían en pie, apoyados en la mon-
taña.
Acusaban a sus jefes y les amenazaban. Autharito
mostraba miedo . Con esa obstinación del bárbaro al
que nada amedrenta, veinte veces al día avanzaba
hacia el fondo, hacia las rocas, esperando hallarlas
separadas, y con sus hombros formidables cubiertos
de pieles recordaba a sus compañeros un oso que a
la primavera sale de su caverna para ver si se ha
fundido la nieve.
Spendio , rodeado de griegos, se escondía en una de
las grietas ; como sentía terror, hizo circular el ru-
mor de su muerte.
Habían enflaquecido de un modo espantoso; su piel
237 -
estaba jaspeada de azul. En la noche del noveno día
tres íberos murieron .
Asustados los demás, huyeron de aquel sitio. Se
les desnudó y sus blancos cuerpos permanecieron ex-
puestos al sol en la arena.
Entonces, algunos garamantos empezaron a rondar
en torno de los cadáveres . Eran hombres acostum-
brados a la soledad y que no respetaban a dios al-
guno, al fin el más viejo hizo una seña, e inclinán-
dose sobre los cadáveres cortaron trozos con sus cu-
chillos, y luego, puestos en cuclillas, comieron. Los
demás les miraban de lejos ; se oyeron gritos de ho-
rror ; con todo, muchos, en el fondo de su corazón,
envidiaban aquel valor.
A media noche, algunos de los bárbaros se acerca-
ron al grupo y disimulando su deseo, pedían un bo-
cadito, para probarlo nada más. Otros más atrevidos ,
vinieron, su número aumentó ; pronto formaron enjam-
bre. Pero casi todos al sentir en sus labios el contacto
de la carne fría dejáronla caer de su mano ; otros,
por el contrario, la devoraban con avidez.
Con objeto de cobrar ánimo se excitaban mutuamen-
te. Algunos que habían hecho asco al banquete de los
garamantos, no acertaban a separarse de éstos. Co-
cían los trozos de carne al fuego, llevándolos en la
punta de sus espadas, los salaban con polvo y se dis-
putaban los mejores . Cuando no quedó nada de los
tres cadáveres, los ojos vagaron por la llanura en
busca de nuevo alimento.
Pero, no quedaban los cartagineses, veinte cauti-
vos del último combate, y en los que nadie hasta en-
tonces había pensado ? Pronto desaparecieron, una ven-
ganza lógica, después de todo. Y luego como era pre-
ciso vivir y como ya se había desarrollado el gusto
de este alimento, como se morían de hambre, se de-
golló a todos los aguadores, los palafreneros, los cria-
dos. Diariamente se mataba. Algunos comían mucho,
recobraban sus fuerzas y ya no aparecían tristes.
A no tardar faltó este recurso . Entonces el deseo les
hizo fijarse en los heridos y los enfermos. Ya que
no podían curarse, más valía ahorrarles sufrimientos ;
y tan pronto como un soldado vacilaba todos grita-
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ban que estaba herido y que debía servir a los demás
de alimento. Para acelerar su muerte empleaban as-
tucias, se les robaba el último resto de su inmunda
ración ; con afectado descuido se les pisoteaba ; los
moribundos para que se les creyera vigorosos, pro-
baban a levantar los brazos, a erguirse y a reir. Hom-
bres desvanecidos se despertaban al contacto de una
hija mellada que les aserraba un miembro ; y ma-
taban también impelidos por el furor, sin necesidad,
con el fin de satisfacer sus instintos .
Una niebla densa y tibia envolvió al ejército el dé-
cimo cuarto día. Este cambio de temperatura produ-
jo numerosas muertes, y la corrupción se desarrolla-
ba sensiblemente. La escarcha que caía sobre los cadá-
veres los ablandó y pronto convirtióse la llanura en
vasto pudridero . Vapores blanquecinos flotaban sobre
ella; escocían en las narices ; penetraban en la piel,
turbaban la vista y los bárbaros creían entrever en
los hálitos exhhalados, las almas de sus compañeros.
Ya no se resignaban con su suerte preferían morir.
Dos días después el tiempo mejoró y el hambre
molestó de nuevo. Les parecía a veces que les arran-
caban el estómago con tenazas. Entonces se revolca-
ban acometidos por convulsiones, comían tierra a pu-
ñados, se mordían los brazos y prorrumpían en ri-
sas frenéticas.
La sed les atormentaba aún más, porque no tenían
ni una gota de agua en los odres, completamente ago-
tados desde el noveno día. Para engañarse se aplica-
ban a la lengua las escamas metálicas de los cintu-
rones, los pomos de marfil, las hojas de las espadas.
Otros chupaban un guijarro. Bebían orines enfriados
en los cascos de bronce.
Y todavía aguardaban el ejército de Túnez ! Lo mu-
cho que tardaba era indicio de su llegada próxima.
Por otra parte, Matho, el valiente de los valientes, no
podía abandonarles. «¡ Será mañana ! » se decían, y ese
mañana nunca llegaba.
Al principio habían rezado, hicieron votos , practi-
caron toda clase de encantos. Y ahora no sentían por
sus deidades más que odio, y deseando vengarse tra-
taban de no creer en ellas .
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Estaban demasiado débiles para derribar de una pe
drada a los cuervos que pasaban. Alguna vez, cuando un
gipacto, posado en un cadáver, le sajaba desde hacía
algún tiempo, un hombre que traía entre los dientes
una jabalina se arrastraba hacia él apoyándose en una
mano, y después de apuntar bien lanzaba su arma.
La bestia de blanco plumaje, turbada por el ruido, se
interrumpía, mirando a su alrededor continuamente, co-
mo un cuervo marino en su escollo, y luego volvía a
hundir en la carne su feo pico amarillo ; y el hom-
bre, desesperado, caía de bruces en el polvo.
Algunos alcanzaban a descubrir camaleones, serpien-
tes. Pero lo que les hacía vivir era su amor a la vida.
Se fijaban en esta idea exclusivamente, y se aferra-
ban a la existencia con un esfuerzo que la prolongaba.
Los más estoicos y fríos permanecían juntos , sen-
tados en corro, en medio de la llanura, aquí y allá,
entre los muertos ; y envueltos en sus mantos , se aban-
donaban silenciosamente a su tristeza.
Aquéllos que habían nacido en las ciudades se acor-
daban de las calles resonantes, de las tabernas, de
los teatros, de los baños, y las barberías donde se
cuentan historias . Otros volvían a ver campiñas al
declinar la tarde, cuando los trigos amarillos ondu-
tan y los grandes bueyes suben las colinas con la
reja del arado al cuello. Los viajeros soñaban con
cisternas, los cazadores con sus bosques, los veteranos
con batallas, y en la modorra que les dominaba, sus
pensamientos fulguraban con la viveza y la claridad
de un ensueño. Se alucinaban súbitamente ; buscaban
en la montaña una puerta para huir. Otros, creyen-
do navegar con una tempestad, mandaban la manio-
bra de un navío, o bien retrocedían asustados al per-
cibir batallones púnicos. Los había que se figuraban
asistir a un festín y cantaban.
Muchos de ellos, por una extraña manía, repetían
la misma palabra o hacían continuamente el mismo
ademán. Y luego cuando levantaban la cabeza y se
miraban unos a otros ahogábanles sus sollozos al ver
los horribles semblantes marchitos . Algunos ya no pa-
decían y para matar el tiempo contaban los peligros
a que habían escapado.
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Su muerte era ciertísima , inminente . En cuanto a
pedir misericordia al vencedor, ¿ cómo hacerlo ? Ni aun
sabían donde estaba Hamílcar.
El viento soplaba del lado de la quebrada. Hacía
volar la arena por cima del rastrillo en cascadas, per-
petuamente, y los mantos y las cabelleras de los bár-
baros se cubrían de polvo como si la tierra quisiera se-
pultarles.
Nada se movía ; la eterna montaña a cada instante
les parecia mas inaccesible.
Algunas veces, bandadas de aves cruzaban con las
alas tendidas el espacio azul, en la libertad del aire .
Los bárbaros cerraban los ojos para no verlas .
Se notaba de pronto un zumbido en las orejas , se
ennegrecían las uñas, enfriábase el pecho, se tendían
de lado y se extinguían sin un suspiro.
El día décimonono habían perecido dos mil asiáti-
cos, quinientos del archipiélago, ocho mil libios, los
mercenarios más jóvenes y tribus completas, en jun-
to veinte mi soldados, la mitad del ejército.
Autharito, a quien no quedaban más que cincuen-
ta galos , iba a matarse para acabar de una vez , cuán-
do creyó ver frente a él en la cumbre de la montaña,
una forma humana.
Esta parecía, a causa de la elevación un enano.
Obstante, Autharito reconoció en su brazo izquierdo
un escudo en figura de trébol. Gritó : « Un cartagi-
pés !» Y en la llanura , ante el rastrillo y bajo las ro
cas, inmediatamente se levantaron todos. El soldado se
halalba al borde del precipio ; desde abajo miráron-
le los bárbaros.
Spendio recogió una cabeza de buey ; luego con dos
cinturones formó una diadema, y la puso en los cuer-
nos al extremo de una vara, en demostración de sus
intenciones pacíficas . El cartaginés desapareció. Ellos
esperaron.
En fin, por la tarde, como una piedra que se des-
107 prende de la montaña, cayó de lo alto un tahalí. Era
de cuero rojo y estaba cubierto de bordados con tres
estrellas de diamantes, llevaba impreso en el centro
el sello del Gran Consejo : un caballo bajo una pal-
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