Cultivos Ilícitos en Colombia: Enfoques Geográficos
Cultivos Ilícitos en Colombia: Enfoques Geográficos
Silvia Cristina Mantilla, PhD. Migraciones y conflictos en la Sociedad Global. Docente e investigadora de la Facultad
de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia–Sede Bogotá. Investigadora del Grupo
de Investigación Nación Región y Relaciones Internacionales en América Latina y el Caribe.
Correo electrónico: [email protected]
RESUMEN
El artículo se basa en una revisión de la literatura académica resultado de 63 investigaciones realizadas desde
múltiples disciplinas sobre el fenómeno de los cultivos ilícitos en Colombia, atendiendo a interpretaciones
vinculadas con el marco disciplinar de la geografía. Se identificó una evolución epistémica de los análisis
[24] proyectada en tres vertientes que permiten leer desde esta perspectiva el fenómeno propuesto: 1. La
aproximación tradicional a la geografía en su comprensión del espacio en lo concerniente a sus características
naturales, 2. La aproximación a la geografía humana en perspectiva geoeconómica y 3. La aproximación a la
geopolítica internacional desde un enfoque radical de la geografía. Se constata que el espacio como causa y
efecto del fenómeno es un factor determinante que explica el surgimiento y asentamiento de la producción y
tráfico de cultivos ilegales en Colombia.
Palabras clave: Cultivos ilícitos, drogas ilegales, geografía humana, geografía crítica, Colombia.
ABSTR AC T
The article is based on a review of academic literature resulted of 63 research conducted from multiple
disciplines on the phenomenon of illicit crops in Colombia, attending to interpretations linked to the disciplinary
framework of geography. An epistemic evolution of the projected analysis was identified in three aspects that
allow the proposed phenomenon to be read from this perspective: 1. The traditional approach to geography
regarding its natural characteristics; 2. The approach to human geography in geoeconomic perspective; and
3. The approach to international geopolitics from a radical approach to geography. It is confirmed that space
as cause and effect of the phenomenon is a determining factor that explains the emergence and settlement of
the production and trafficking of illicit crops in Colombia.
Keywords: Illicit crops, illegal drugs, human geography, critical geography, Colombia.
INTRODUCCIÓN
El objetivo del presente trabajo es realizar una revisión literaria alrededor del fenómeno de
los cultivos de coca en Colombia a partir de aproximaciones académicas y multidisciplinares, re-
saltando y valorando los aportes que pueden ser hechos desde una perspectiva geográfica en el
estudio del fenómeno. Considerando las aproximaciones políticas, económicas e internacionales
que han analizado la problemática señalada, se busca comprender las dinámicas geográficas de los
cultivos de coca en el país respondiendo a preguntas cruciales que rodean la caracterización del
problema: ¿qué explica el surgimiento y emplazamiento territorial de cultivos ilegales en algunas
zonas de Colombia?, ¿de qué depende el desplazamiento geográfico de los cultivos ilícitos?, ¿qué
factores geográficos coadyuban a configurar las redes de transporte de cocaína entre producto-
res y consumidores?, ¿qué papel juega el espacio local, nacional e internacional en las estrategias
coordinadas por narcotraficantes? En pocas palabras, ¿cómo se construye una geografía de la coca
alrededor de las plantaciones, tráfico y venta de la hoja en Colombia? Las preguntas señaladas
no suponen, sin embargo, una mirada estática del problema desde las nociones tradicionales de
la geografía; por el contrario, la idea de realizar un balance investigativo que permita entender el
estado actual de este campo de estudio consider andola evolución epistémica que supone transitar
desde un enfoque tradicional de la geografía hacia concepciones críticas del espacio que reconocen
el valor de la relación espacio-hombre en el despliegue de actividades ilegales.
En un primer apartado del artículo se revisan investigaciones que, incorporando una perspec-
tiva tradicional de la geografía, explican las particularidades de los cultivos ilegales en Colombia,
sus orígenes y los factores que contribuyen a su expansión en el país. Aquí se da cuenta de aquellas
reflexiones académicas orientadas a considerar que la ubicación, el clima, el agua y las condiciones
territoriales son vinculantes en el crecimiento de cultivos. En un segundo momento, se presentan
aquellas investigaciones que explican el comportamiento espacial de los cultivos ilegales desde un
horizonte geoeconómico. Dilucidando que los estudios económicos permiten explicar el asenta-
miento de cultivos en zonas específicas, se presentan en este apartado aquellas reflexiones que
reconocen la importancia de ventajas no propiamente físicas para la producción de coca a partir
del marco epistemológico de la geografía humana. Por último, en un tercer apartado, se revisan
los trabajos enfocados en evaluar el alcance internacional en la espacialidad del fenómeno, expo-
niendo las relaciones de poder y dependencia gestadas alrededor del problema desde el ámbito
[26] geopolítico mundial, haciendo uso de un número importante de investigaciones encontradas que
podrían aproximarse a un paradigma o enfoque crítico de la geografía como disciplina. Finalmente
se presentan las conclusiones del trabajo.
Desde el enfoque regional de la geografía, impulsado por los trabajos de Vidal de la Blache y
Alfred Hettner a finales del siglo XIX y principios del XX, se dio importancia a los factores pai-
sajísticos, ambientales y climáticos en la comprensión del espacio. Esta noción tradicional de la
geografía partió de la composición del paisaje en su interrelación natural (sin intervención antró-
pica) y su potencial ecológico (García, 2001) para evidenciar que son las características naturales
propias de la biodiversidad territorial las que permiten explicar fenómenos como el asentamiento
y desplazamiento de cultivos ilícitos. El estudio de las dinámicas espaciales desde un horizonte am-
pliamente físico-natural favoreció el desarrollo de investigaciones interesadas en factores geográficos
no propiamente vinculados con las acciones humanas. Desde este paradigma es posible entender
el despliegue de argumentaciones académicas frente a problemáticas como los cultivos donde lo
espacial se entiende a la luz de categorías como el clima y los recursos naturales.
En concordancia con lo anterior, Ricardo Rocha (2011) señala que el crecimiento de los culti-
vos ilícitos en Colombia, a partir de la década de los 80, responde a ventajas comparativas propias
de la Región Andina y a un marco geográfico determinante para la producción de alucinógenos.
La disponibilidad de agua, la extensión territorial de los municipios cocaleros y los conflictos am-
bientales desatados por el uso del suelo, reflejan la trascendencia de los factores geográficos en el
auge de las plantaciones ilegales en el país. Además, los argumentos de Rocha (2011) permiten
Rocha (2011) evidencia que la dinámica espacial de los cultivos ilícitos se caracteriza por su
condición elástica, cambiante, que responde a las acciones ejercidas por el Estado y que se adapta
fácilmente a diferentes condiciones. La geografía de la droga es, en consecuencia, flotante, ligada
a un control del espacio en pro de una acomodación constante, pero que igualmente responde a
las ventajas absolutas con las que cuenta el país (Sandoval, López y Cárdenas, 2009).
Trabajos como el de Rocha (2019) parten de un enfoque tradicional de la geografía para expli-
car las particularidades de los cultivos ilegales en el país. Desde aquí se advierte una concepción
del espacio ligada al enfoque regional de la disciplina geográfica donde el territorio es asumido
como contenedor de características físicas (agua, condiciones climáticas, calidad del suelo, etc.).
Como subraya Ovidio Delgado (2003), el horizonte teórico de la geografía regional se desliga de
cualquier explicación histórica, política y social de los fenómenos espaciales, más bien se preocupa
por analizar y estudiar el espacio a la luz de las condiciones físicas que lo rodean. El estudio de los
cultivos ilícitos desde este marco geográfico se caracteriza por dar cuenta de aquellos elementos
físico-naturales propicios para el crecimiento de las plantaciones ilegales (García, 2013; Emmerich,
2015), ayudando con ello a comprender el desplazamiento y adaptación de cierto tipo de narcóti-
cos a territorios específicos. Al respecto, Rocha y Martínez (2015) indican que las plantaciones de
coca fluyen hacia lugares con vulnerabilidades sociales y con un balance ambiental negativo, pero [27]
además da cuenta de un fenómeno propio de los últimos años que ha experimentado el país: la
descentralización de los cultivos. Desde la geografía regional, entendida como paradigma tradi-
cional de la disciplina, el espacio se convierte de este modo, en un factor determinante de cultivos
como el de la coca en el país, pero vinculado fuertemente a explicaciones ambientales y naturales
en las que no se consideran variables ajenas a los entornos físicos.
Con lo anterior, es claro que desde este enfoque analítico se considera que el territorio y el
espacio favorecen el despliegue de cultivos ilegales como consecuencia de cualidades favorables
dadas por naturaleza (Allen, 2009). Como señalan Juan Guillermo Figueroa y Daniel García (2018),
en su deseo de comprender las relaciones dadas entre Estados Unidos y la Región Caribe en el
marco del narcotráfico, el Caribe cuenta con una posición privilegiada que favorece el contacto
entre el norte y el sur del continente, pero además facilita el desarrollo de rutas estratégicas para
la comercialización de estupefacientes. Los autores parten de la idea de que las particularidades
espaciales son determinantes para el despliegue de economías cocaleras, puesto que estas actúan
como variables condicionantes bajo este tipo de contextos ilegales. Igualmente, la fragmentación
territorial experimentada por el Caribe ha fomentado el desarrollo de focos delincuenciales y di-
ficultado el impacto de las acciones estatales, siendo esto expresión de la importancia del espacio
en el itinerario de la droga.
Ahora bien, tal y como sustenta Rocha (2011), analizar el comportamiento espacial de los
cultivos ilícitos supone comprender las particularidades del efecto globo en el país, puesto que
la geografía cocalera se ha caracterizado por su constante dinamización y elasticidad. La idea de
contagio significa entender que los cultivos se desplazan y que se acomodan a nuevos territorios
con cualidades positivas, lo cual da cuenta de la permanencia de un efecto balón que reconfigura
el espacio (Labrousse, Figueira y Cruse, 2008; Windle y Farrell, 2012). Frente a este fenómeno,
Juan Sebastián Moreno (2018) señala que la existencia del mismo en Colombia refleja la ineficacia
de las políticas antidrogas del Estado y los pocos resultados de la inversión estadounidense en el
marco de la lucha contra el narcotráfico (González, 2013). La constancia del fenómeno imprime
una conquista repetitiva del territorio y una movilización de las estructuras delincuenciales que
terminan aprovechándose de ciertos factores que imperan en algunos municipios. Moreno (2018)
evidencia, a partir de su interés por predecir el desplazamiento de los cultivos en el contexto del
posconflicto, que el efecto globo responde a ciertos potenciales geográficos y sociales que caracteri-
zan a los municipios colombianos, tanto así que llegan a determinar la permanencia o no de plan-
taciones ilegales. Así, la geografía de la coca se configura a partir de la comprensión del territorio
nacional desde una óptica del contagio, es decir, desde la clasificación de sectores vulnerables a la
droga, contagiados o recuperados con los años, los cuales terminan dando cuenta de los trasegares
espaciales de la ilegalidad (Vargas, 2004).
Se encuentra que las variables más importantes en el ensamble de regresiones logísticas fueron las pre-
cipitaciones, la distancia a la capital del departamento, el índice de ruralidad, la presencia de grupos
armados y la distancia al mercado mayorista más cercano (Moreno, 2018 p.20).
De acuerdo a lo presentado por el ODC, a la par de autores como Rocha (2011, 2019) y Mo-
reno (2018), es preciso mencionar que los factores geográficos inciden en la ubicación territorial
de los cultivos ya que facilitan el crecimiento de la hoja, el transporte y camuflaje de la misma. No
obstante, también llega a ser evidente que el despliegue de una economía cocalera implica una
Los cultivos ilícitos de coca significan no solamente un altísimo índice de deforestación, pérdida de
suelos, disminución de recursos hídricos, pérdida de biodiversidad y quiebra de las funciones vitales de
los ecosistemas, sino también contaminación de las aguas (superficiales y subterráneas) y de los suelos,
tanto a nivel del cultivo mismo como de los procesos de fabricación de pasta básica, de cocaína y también,
cuando se da el caso de erradicación (Bernex, 2009, p.88).
Bernex (2009) considera que los efectos derivados de la coca pueden ser comprendidos a la luz
de las etapas que acompañan el proceso productivo de la misma, puesto que reflejan las diversas
alteraciones y uso indiscriminado del espacio por parte de productores y colonizadores de tierras.
En un primer momento, ligado a la elección de las áreas de cultivo, se genera un bajo control del
espacio cercano como consecuencia de emplazamientos dados sin mayores niveles de planeación,
incentivando igualmente un manejo inadecuado de recursos naturales como el agua. Además, al
momento de la preparación de terrenos, se despliega un deterioro de la vegetación nativa, de la
productividad del suelo, de las fuentes hídricas y de especies endémicas que terminan de afectarse
tras la introducción de plaguicidas, sustancias químicas utilizadas para el procesamiento y metales [29]
tóxicos como el plomo, cadmio y cobre (Santos, 2017; Cárdenas, 2006). A partir del trabajo de
Bernex (2009) es posible entender otra de las dimensiones geográficas de la coca: la de los impactos
de los cultivos sobre el espacio que colonizan. Aquí igualmente se advierte un enfoque analítico
alineado al paradigma regional de la geografía, en el que se asume que las consecuencias espaciales
están marcadas por un conjunto de elementos vinculados al paisaje; sin embargo, comienzan a
gestarse explicaciones de corte cuantitativo (Manzano, 2006) que reflejan el protagonismo de un
marco teórico diferente: el de la nueva geografía espacial.
Las críticas frente a los análisis del paradigma regional al interior de la disciplina geográfica
fomentaron el desarrollo de un horizonte analítico preocupado por estudiar el espacio a partir de
estructuras conceptuales cercanas al positivismo. Este nuevo paradigma, reconocido como nueva
geografía espacial o ciencia espacial, se preocupó por cuantificar las diferentes dimensiones del
espacio y por recrear modelos que permitieran dar respuesta a fenómenos físicos y sociales (Unwin,
1995). Desde este paradigma es posible comprender el desarrollo de investigaciones situadas en los
análisis estadísticos espaciales y en apuestas teóricas encauzadas en la explicación fáctica de la rea-
lidad (Bradley y Millington, 2008). Trabajos como el de Bernex (2009) se inquietan por reconocer
las variables medibles en el espacio, pero aún más por formular hipótesis ligadas al desarrollo de
modelaciones que logran explicar en concreto las derivaciones de un problema.
Al igual que Bernex (2009), Tavera (2001) da cuenta de los impactos ambientales y territoria-
les de la droga señalando desde un principio que las condiciones geográficas son cruciales para
entender la ubicación y desplazamiento de cultivos. La localización de plantaciones ilegales res-
ponde a circunstancias espaciales que facilitan el control de la droga (aislamiento territorial) y el
Por consiguiente, la dinámica espacial de los cultivos es un factor que se encuentra vinculado
a la expansión de las zonas de plantación, a las características geográficas de los municipios y al
efecto globo que impulsa el desplazamiento territorial. Investigaciones como la de Díaz y Sánchez
(2004) permiten dilucidar que las explicaciones geográficas se construyen a partir del acercamiento
holístico al problema, donde se considera la realidad como entramado de sucesos vinculados en
varios frentes (cultivos y conflicto) (Salas, 2014). No obstante, para autores como Ricardo Esquivel
(2013) la posición geográfica del país no es determinante para comprender el auge de los cultivos
de coca, al igual que argumenta Francisco Thoumi (2016) en su análisis de las ventajas contenidas en
el territorio colombiano, sino que existen otros factores que permiten explicar el hecho de que no
[30] existan cultivos en zonas con cualidades geográficas adecuadas para la hoja. Así, bajo esta apuesta,
las particularidades económicas, sociales y políticas llegan a incidir en mayor medida que las con-
diciones geográficas propias de ciertas regiones, develando con ello la presencia de otros enfoques
geográficos mucho más críticos e interdisciplinares caracterizados por la apertura conceptual.
espacio-hombre (Capel, 1984). Desde aquí se fortaleció un discurso científico caracterizado por el
Este tipo de ventajas competitivas rescatadas por Thoumi (2016) en su trabajo son sintetizadas
bajo la categorización de destrezas ilegales que se despliegan de acuerdo a los contextos propios
de cada región. Sin embargo, es propicio entender que este conjunto de “ventajas” son alcanzadas,
tal y como señala el autor, gracias a una creciente debilidad institucional del Estado y a la precarie-
dad del control ejecutado por parte de las autoridades (García, 2014; García, Espinosa y Jiménez,
2013). Así, las falencias estatales en el marco de la lucha contra las drogas serían causa del desplie-
gue cocalero en el país, y por ende generadoras de ciertas destrezas vinculadas al camuflaje de los
insumos y a la construcción de rutas eficientes para el tráfico. Junto a Thoumi (2016), Figueroa
y García (2018) señalan que además de ciertas condiciones propias de la Región Caribe cruciales
para entender el protagonismo de la zona en el comercio de narcóticos, existen ventajas competi-
tivas en términos de costos operativos que favorecen el paso por esta región: los costos son mucho
menores y el riesgo es bastante reducido. Además, las condiciones de la población en el corredor
del Pacífico son más precarias en comparación con las de Centroamérica, por lo que es mucho más
beneficioso para los “narcos” ajustar sus rutas a dichas particularidades.
El estudio de las ventajas a la luz de la teoría económica permite comprender que la localiza-
ción y desplazamiento de cultivos se ciñen igualmente a variables dadas por las oportunidades de
ganancia y el contexto (Hall, 2018). Centrarse únicamente en las condiciones naturales no favorece
la compresión holística del problema, por lo que se requieren explicaciones desde horizontes inter-
pretativos más interdisciplinares como las dadas por Sarmiento (1990). En su trabajo, el autor parte
de las características estructurales del narcotráfico, reconociendo la inelasticidad de la demanda y
la presencia de una oferta elástica, para afirmar que la producción de coca en el país depende de
la naturaleza propia de la actividad, es decir, de las múltiples relaciones y procesos que se gestan
a su alrededor. Las facilidades para el transporte, comercialización, manejo de sobornos y retorno
de excedentes son algunos de los factores que determinan la presencia de cultivos ilícitos en el
país, demostrando con ello que las dinámicas espaciales se hallan acompañadas de variables que
sobrepasan el entorno físico (Thoumi, 2005). La investigación de Sarmiento (1990) entrevé que las
ventajas de Colombia se miden más a nivel tecnológico que natural, pero aún más por la capacidad
de generar movilización de excedentes debido a la presencia de una estructura financiera deficiente:
En realidad, las ventajas para Colombia no provienen de factores naturales sino tecnológicos. Al parecer,
en el país se crearon las condiciones más favorables para la actividad. Los traficantes gozan de los meca-
nismos para movilizar el excedente y para destruir las restricciones físicas. Obviamente, estas condiciones
no se dan sin una cierta permisividad de la sociedad (Sarmiento, 1990, p.33).
Contrario a lo argumentado por Thoumi (2016) respecto al auge de los cultivos ilegales en Co-
lombia, Jorge Mario Belzner y Andrés Rodríguez (2007) señalan que el país sí posee ciertas ventajas
comparativas para la producción de cocaína, puesto que aglutina condiciones ambientales amiga-
bles con los cultivos, grandes extensiones de tierra y conflictos sociales ligados a grupos armados y
escasez de empleo. Ahora bien, bajo esta postura se menciona que las ventajas de Colombia no se
vinculan propiamente a factores naturales; por el contrario, se considera que las ventajas se con-
densan en elementos tecnológicos favorables a la producción de cocaína y en condiciones sociales
vulnerables que permiten el actuar impune de empresarios de la droga. Lo que es importante
[32] entender bajo este análisis es que no solamente son cruciales las acciones y destrezas desarrolladas
por los actores participantes en la economía cocalera, sino que también existen ciertos factores que
son determinantes en la plantación de hoja de coca que hacen del país un escenario propicio para
el negocio (tecnología y movilización de excedentes) (Gómez y Cadena, 2015).
Belzner y Rodríguez (2007) señalan que para entender las dinámicas económicas del tráfico de
drogas es importante considerar tres principios fundamentales: igualdad entre oferta y demanda,
corresponsabilidad entre los ingresos devengados y la oferta global multiplicada por el porcentaje
controlado del negocio, y cálculo de los dineros a repatriar a partir de los precios internacionales de
la cocaína. Considerando esto, el análisis económico implica entender las estrategias utilizadas para
el blanqueo de dinero por parte de organizaciones traficantes y, por ende, colocar especial atención
al tercero de los principios señalados anteriormente (Machado, 2008). Los autores mencionan
que las remesas laborales, las transferencias electrónicas, la inversión directa y la manipulación de
importaciones son canales favorables para el ingreso de capitales producto de la comercialización
de cocaína, ya que los controles estatales no llegan a ser lo suficientemente eficientes para contraer
la expansión de negocios ilegales.
tivas con las que cuentan las organizaciones criminales para repatriar las ganancias obtenidas en
La clasificación presentada por los autores da cuenta de la variabilidad de circuitos que acom-
pañan la economía de la droga, pero también es reflejo de aquella destreza ilegal considerada por
Thoumi (2016) vertebral en la constitución de la ventaja competitiva del país. El uso de sectores
informales y formales para la legalización de capitales es evidencia de un nivel sofisticado de destreza
que logra evadir cualquier tipo de filtro institucional (Roa-Rojas, 2011). Son estas transacciones las
que en verdad sustentan las estrategias ilegales analizadas por Thoumi (2002) y las que evidencian
las carencias del Estado en materia de control y garante de oportunidades. Preocupado por enten-
der la causa de las destrezas ilícitas en Colombia, el autor parte de un Estado fragmentado, débil,
con innumerables deficiencias, pero también de uno que carece de políticas de control adecuadas
y eficientes. Señala que los problemas de la justicia también son generadores de ilegalidad en el
país, junto a una cultura de restricciones avalada por instituciones como la familia y la escuela. Lo
que es claro es el hecho de que este tipo de destrezas no son consecuencia de factores existentes,
de cualidades innatas del país, sino que son producto de dinámicas económicas y políticas que se
han gestado con el paso del tiempo y que han sido aprovechadas por estructuras delincuenciales [33]
interesadas en la droga (Ortiz, 2000).
Partiendo de la geografía humana como marco de referencia, es posible afirmar que investi-
gaciones como la de Thoumi (2016) y Sarmiento (1990) develan que la distribución espacial de
los cultivos responde a condiciones mucho más complejas. Aquí se advierte que la relación dada
entre la oferta y la demanda, además de las capacidades tecnológicas y la amplitud de canales de
repatriación, son determinantes para la permanencia de cultivos ilegales en Colombia. Sólo basta
con entender que las ventajas del país en materia de producción no son consecuencia de condi-
ciones estrictamente naturales, sino que las particularidades económicas del fenómeno terminan
por reconstruir entornos propicios para el auge del negocio (Castellanos, 2016). El análisis geo-
económico de los cultivos ayuda a entender que la poca inversión requerida y la alta rentabilidad
obtenida explican la espacialización de plantaciones y el desplazamiento de las mismas, puesto que
el uso del territorio se vincula a factores de ganancia que son leídos con rigurosidad por empre-
sarios de la droga.
Contrario a lo sostenido por Belzner y Rodríguez (2007), Thoumi (2002) parte del hecho de
que la demanda no siempre implica el auge de un mercado oferente y que, para el caso de la pro-
ducción de narcóticos, el crecimiento de los cultivos en Colombia fue consecuencia de las políticas
antidroga llevadas a cabo en Perú y Bolivia. Thoumi (2009) es claro en señalar que el desarrollo
de organizaciones ilegales vinculadas a la producción y distribución de droga es producto de fac-
tores necesarios e intervinientes que facilitaron, desde los años 80, el crecimiento de una economía
cocalera. Si bien la oferta y la demanda son cruciales en la dinámica productiva y comercial de la
cocaína, Thoumi (2009) considera que los cultivos ilegales no florecen solamente tras el aumento
del consumo en puntos de comercio, puesto que existen otros elementos que guían el trasegar de
los negocios ilegales de la droga. Así, es preciso entender que el desarrollo de sistemas clandesti-
nos, la configuración de redes de tráfico, el transporte de dineros y las alternativas de lavado son
parte esencial de las economías ilegales vinculadas a la coca, y por ende su ejecución determina
la eficacia de las estrategias emprendidas por los narcos en diferentes regiones del país (aquí de
nuevo entran en vigencia las destrezas ilegales).
Ahora bien, es preciso indicar que el desplazamiento de los cultivos, lo cual refleja que la espa-
cialidad de la droga no es de carácter anquilosado, responde también a los factores señalados por
Thoumi (2009) como intervinientes en la producción y comercialización de narcóticos. Las facili-
dades de transporte y la búsqueda de clandestinidad determinan en buena medida la reubicación
de los cultivos, ya que no solamente las condiciones del suelo y la calidad del ambiente son conside-
radas por parte de agentes productores. Desde un nuevo enfoque geográfico es posible entender
que la relocalización de las plantaciones de coca es resultado de variables económicas tomadas en
cuenta por narcotraficantes y organizaciones al margen de la ley, lo cual demuestra que el uso del
espacio se encuentra ligado a factores no propiamente físicos que inciden en su conquista. A través
del estudio de los efectos globo, como ya mencionó en el apartado anterior, es posible analizar los
tránsitos de los cultivos partiendo de factores geoeconómicos, pero esta vez desligados del enfoque
tradicional de la disciplina geográfica. Trabajos como el de López, Castro y Díaz (2015) ayudan a
comprender que la relocalización de los cultivos a lo largo de la Región Andina es resultado de la
variación de precios en los lugares de consumo y de las políticas de represión emprendidas por
[34] los gobiernos latinoamericanos.
No obstante, ¿cuáles serían las consecuencias de un conjunto de “destrezas” que han favorecido
el despliegue de los cultivos ilícitos en Colombia?, ¿qué tipo de impactos ha generado el tráfico de
cocaína a nivel económico en el país? Hernando Gómez (1988), en pleno auge cocalero y en la década
de oro de las drogas, daba cuenta de los impactos geoeconómicos de naturaleza local que transfor-
maban las particularidades socioeconómicas del territorio colombiano. Señalaba que el aumento de
salarios, en zonas cultivadoras de hoja de coca, era significativo en los años 80 producto del tráfico
desatado en beneficio de grupos al margen de la ley. Además, crecían los depósitos financieros en
ciudades como Medellín y despegaba el sector de la construcción en la capital antioqueña, lo cual
era muestra del lavado de dinero que se ejecutaba en el proceso de repatriación. A la par de lo
anterior, disminuía la tasa de desempleo en algunas ciudades del país y se comenzaba a evidenciar
el creciente impacto de los capitales ilegales en la sociedad de ese entonces.
Pocos años después, a la luz del incremento de empresarios de la droga, Rosario Sevilla (1992)
evidencia un conjunto de impactos que transgreden la economía colombiana analizando el comercio
de la cocaína junto a la industria del café. En su texto, la autora argumenta que el tráfico del alca-
loide ha venido compitiendo con el mercado del grano en su deseo de convertirse en el motor de
la economía colombiana. Sin embargo, a pesar de una demanda creciente en sectores de consumo,
la droga no ha logrado posicionarse como eje constitutivo de las transacciones comerciales del país,
puesto que su carácter ilegal conlleva una serie de restricciones que imposibilitan su estabilidad
y crecimiento. Ahora bien, contrario a lo señalado por Gómez (1988), Sevilla (1992) constata que
la circulación de cocaína ha desatado diferentes consecuencias económicas que han recrudecido
Mientras una parte de las ganancias del café revierte al Estado vía impuestos, que puede así darles un
destino que beneficie al país, como por ejemplo en transportes, educación, sanidad, o en la industria
siderúrgica, el tráfico de cocaína, por su ilegalidad, no supone beneficio alguno para las finanzas estatales
(Sevilla, 1992, p.741).
El despliegue de una narco-economía, como sustenta Puyana (1990), implica que las destre-
zas ilegales desarrolladas por traficantes de coca se orienten a la conquista de diferentes sectores
económicos del país. En su interés por comprender el comportamiento económico de la droga
en Colombia, Puyana (1990) señala que la comercialización de estupefacientes ha posibilitado que
sectores como el agropecuario, el financiero y el de la construcción, por mencionar algunos, se
vean permeados de dineros ilegales obtenidos a través de la venta de cocaína. Es de esta forma
que se ha generado un proceso de concentración de tierras por parte de narcotraficantes y se ha
manipulado el territorio para la obtención de ganancias cada vez mayores; además, se han cons-
truido alianzas entre mafias, militares, políticos y terratenientes para el acaparamiento de terrenos
aptos para cultivos.
Como refleja Dermot O’Connor (2009), las ventajas obtenidas a través de la industria cocalera [35]
son bastante considerables y atractivas, la rentabilidad es constante y garantizada para quienes
estén dispuestos a correr los riesgos que implica la ilegalidad. Así, el negocio de las drogas, tal y
como señala Thoumi (2016), supone la entrada en juego de cierto tipo de destrezas que logran
mermar aquellos riesgos señalados por O’Connor (2009), lo cual genera cantidades significativas
de dinero y comportamientos encauzados a la evasión de controles. O’Connor (2009) menciona
que la industria cocalera produce cada año entre 600 y 1200 millones de dólares, los cuales son
repatriados a través de canales de lavado e invertidos en sectores como los reseñados por Puyana
(1990). No obstante, son estas cifras, crecientes y numerosas, las que demuestran que la economía
de la droga no depende únicamente de una relación entre oferta y demanda, sino que existen una
variabilidad de factores señalados por algunos de los académicos mencionados hasta el momento
que igualmente inciden en el despliegue de una narco-economía cada vez más compleja.
Para el caso de los cultivos ilícitos en Colombia, la corriente radical de la geografía permite
vislumbrar las relaciones construidas en el marco de la ilegalidad partiendo de una estructura
global cargada de intereses. Como señala Esquivel (2013), el análisis geopolítico de la producción
y comercialización de coca implica comprender el alcance de las rutas de distribución construidas
por grupos delincuenciales, puesto que estas dan luces del dominio territorial y las disputas por
[36]
el espacio. Según Esquivel (2013), las rutas se clasifican de acuerdo a la condición endógena y
exógena de las mismas, es decir, las que vinculan las zonas de producción (países en desarrollo)
y los mercados de consumo (países desarrollados), y aquellas que se encuentran al interior de los
países que participan como consumidores y productores. Sin embargo, la configuración de estas
rutas no es producto unánime de las cualidades geográficas de algunas regiones del país, ni de las
condiciones climáticas y el relieve colombiano, sino que son resultado de un proceso interactivo
de los actores que participan en el negocio de las drogas y de las estrategias emprendidas por el
Estado para su prohibición (Brombacher y Maihold, 2009). Lo crucial, bajo este enfoque analítico,
es entender que el territorio per se no determina la dinámica de los cultivos, son los actores los que
a partir de sus acciones buscan la conquista del espacio y el dominio de rutas particulares para la
obtención de mayores beneficios.
cocalera es complejo, que no es estático e inmutable, sino que más bien sugiere la participación
Javier de Quinto y Adriana Arcila (2004) señalan que el contacto entre organizaciones expor-
tadoras de drogas ilegales y grupos criminales de otros países receptores determina el nivel de
sofisticación de estas agrupaciones delictivas. Lo que se evidencia con este argumento es que la
producción de cocaína responde a una dinámica internacional y transnacional basada en vínculos
interorganizacionales, donde se procura la obtención de mayores beneficios y la negociación para
la repartición de dineros ilícitos (Bagley, 2014). El vínculo internacional, expresado evidentemente
en la comercialización de la droga, implica canjear y establecer acuerdos con actores no locales para
facilitar el proceso de transporte, pero aún más para favorecer la permanencia de tratos a futuro.
No solo basta con establecer contactos esporádicos y eventuales, sino que se requieren fuentes de
instancia internacional que sean de confianza y faciliten el proceso de distribución.
Ahora bien, bajo esta misma lógica de interrelación dada entre organizaciones ilícitas locales e
internacionales, donde impera siempre el hecho de obtener beneficios a bajo costo, Daniel Pontón
(2013) considera que la producción y venta de narcóticos ha generado una nueva dinámica de oferta
que suscita comportamientos particulares: disminución de cultivos, efecto globo y vinculaciones
internacionales. Partiendo del último punto, se afirma que la gestación de redes de contacto con
agrupaciones no locales es favorecedora de una comercialización mucho más productiva y con ga-
nancias más estables y seguras. De lo que se trata es de generar acuerdos que favorezcan el tráfico
de estupefacientes y que faciliten la venta del producto en el punto de comercio, ya sea gracias a
organizaciones directas o a mediadoras que conocen el territorio. [37]
La referida alianza entre narcotraficantes colombianos y mexicanos permitió a estos últimos profundizar
sus redes de contactos y distribución de cocaína en Estados Unidos y ganar cada vez más control del
negocio en ese país. Esto ha sido interpretado por muchos como una estrategia paulatina de los narco-
traficantes colombianos por reducir riesgos y visibilidad ante la persecución de las agencias de seguridad
internacionales (Pontón, 2013, p.145).
El análisis emprendido por Pontón (2013) evidencia que las organizaciones productoras y
comercializadoras de droga diseñan redes de cooperación a modo de códigos geopolíticos donde
imperan los intereses de ganancia. Con el objetivo de reducir los riesgos que implica la ilega-
lidad, los carteles colombianos han formalizado alianzas con estructuras criminales mexicanas
para facilitar el tránsito de la droga hasta los Estados Unidos. Así, el desarrollo de acuerdos
orientados a favorecer este tipo de negocio termina haciendo parte de la compleja dinámica
que estructura el problema de las drogas, al punto que se despliegan redes especializadas en
tareas particulares para el cumplimiento efectivo de metas propuestas (Medina, 2012). Leonar-
do Raffo y José Luis Segura (2015) indican que las organizaciones narcotraficantes configuran
redes dedicadas a a ctividades delimitadas con anterioridad, ello para mantener el nivel de
sofisticación de la estructura delincuencial. Partiendo de la existencia de dos redes vertebrales
en el fenómeno de los cultivos ilícitos, los autores afirman que las actividades de producción,
distribución y comercialización de sustancias ilegales (redes de producción y tráfico de drogas)
se diferencian de las actividades de seguridad y clientelismo (redes de defensa y corrupción)
de forma estructural, tanto así que dichas redes condicionan la espacialidad de los cultivos y el
tránsito de la droga de forma diferenciada.
Por consiguiente, es propicio señalar que las redes internacionales gestadas en el marco del
fenómeno determinan la espacialidad de los cultivos considerando las estrategias e intereses de
los agentes involucrados. Configurando códigos geopolíticos a nivel regional y global, las organiza-
ciones narcotraficantes han gestado alianzas de cooperación que les permiten mantener niveles de
inmunidad y, además, les facilita el tráfico de estupefacientes a puntos de comercio. No obstante,
a partir del paradigma de la geografía radical es posible entender que la geopolítica de la droga
no se mide únicamente en el diseño y sofisticación de rutas internacionales, sino que las relaciones
entre los Estados involucrados en el problema también dan cuenta de dinámicas de dominación
orientadas a la contención de los cultivos (Chouvy y Laniel, 2004). Como señala Harvey (2007),
[38] son las condiciones económico-políticas las que organizan el espacio de un modo particular, las
que develan la estructura interactiva entre los actores participantes e imprimen formas espaciales
vinculadas a los modos de producción protagonistas de una época. Analizar las relaciones tejidas
entre países productores de coca como Colombia y destinos apetecidos por los narcos como los
Estados Unidos, ayuda a entender la producción del espacio a la luz de estrategias de dominación
estudiadas por teóricos radicales como Harvey (1998, 2007) y Santos (1990).
ejército en la lucha contra las drogas son producto de las presiones estadounidenses y del deseo
Harvey (2007) argumenta que la producción social del espacio supone la presencia de una lucha
política cargada de mecanismos de dominación que condicionan las prácticas de los actores. Bajo
esta lógica, es posible señalar que la imposición de políticas antinarcóticas por parte de Estados
Unidos, entendidas como estrategias de contención frente al tráfico de estupefacientes, constitu-
ye un ejercicio de intervención que reproduce las relaciones desiguales de la estructura mundial
contemporánea, a la vez que determina un tipo de organización espacial favorecedora de intereses
no colectivos. Para el caso colombiano, Tickner (2007) sustenta que la política exterior colombia-
na ha promovido la injerencia de los Estados Unidos a través de la fórmula de “intervención por
invitación”, en la cual los diferentes gobiernos han aceptado la participación de la agenda nortea-
mericana en el diseño de alternativas contra el narcotráfico. Como aclara la autora, la penetración
de Estados Unidos en el país en el marco de la lucha contra las drogas ha desplegado un conjunto
de costos que amenazan la estabilidad nacional en materia de autonomía.
Tokatlian (1998, 2009) sustenta que la política de mano dura promovida desde los Estados
Unidos en gobiernos como el de Uribe no solucionó el problema de los cultivos debido a la poca
atención prestada a los conflictos de base. Por el contrario, la intervención estadounidense agudizó
la corrupción en el país, la violencia, el deterioro ambiental y la fragilidad territorial del Estado,
siendo todo ello expresión de una producción espacial propia del sistema capitalista. Como sugiere
Maldonado (2012), la configuración de economías regionales de droga fue producto de estrategias
de intervención fallidas carentes de una comprensión compleja de los fenómenos socioespaciales,
que terminaron viabilizando actividades de carácter ilegal en zonas específicas. Partiendo de la ca-
tegoría de los márgenes del estado, entendidos como espacios entrelazados entre la ilegalidad y la
autoridad pública, el autor sustenta que las iniciativas de control y las políticas de ajuste estructural
fortalecieron con el paso del tiempo los territorios ilegales, aumentando de esta manera los niveles
de desigualdad y las carencias sociales.
Con lo anterior, es propicio mencionar que el análisis geopolítico del fenómeno de las drogas en
Colombia da cuenta de las relaciones, estrategias, intereses y dinámica de los actores involucrados
en el problema. El enfoque de la geografía radical permite entender que la dimensión espacial de
los cultivos ilícitos se construye a partir de las prácticas de cada uno de los agentes participantes, ya
sean sujetos, Estados, entes internacionales o agrupaciones ilegales. El diseño de redes de comercio
para el tráfico de estupefacientes y la implementación de planes antinarcóticos liderados desde el
extranjero, son ejemplo de acciones emprendidas a manera de códigos geopolíticos que configuran
la estructura internacional contemporánea. Así, entender la espacialidad de los cultivos a la luz
REFLEXIONES FINALES
El fenómeno de los cultivos ilícitos en Colombia ha sido estudiado desde diferentes horizontes
disciplinares, teóricos y conceptuales, reflejando con ello una variabilidad de reflexiones sobre las
posibles causas, actores involucrados y consecuencias que no obstante, pueden ser rigurosamente
estudiados en clave de problemas de orden geográfico. El auge de la corriente crítica enfrentada al
enfoque tradicional de la geografía y el creciente protagonismo del enfoque económico y humano en
el análisis del espacio, permiten identificar un despliegue de investigaciones que aunque no surgieron
exclusivamente en el ámbito académico de la geografía, revelan una vasta comprención del problema
de los cultivos y las drogas ilícitas, a través de múltiples horizontes interpretativos del espacio.
Es claro entonces, que el estudio de los cultivos ilegales desde un enfoque geográfico permite
entender el espacio como factor determinante en el despliegue del problema y cuyas causas res-
ponden a dinámicas endógenas propias de la territorialidad y la composición estatal, pero también
a la intervención de dinámicas exógenas que derivan de los procesos de relaciones internacionales
en la globalización. Las investigaciones presentadas en este documento reflejan, más allá de la
amplitud de posiciones argumentativas respecto a los cultivos ilícitos en Colombia, la apertura
epistemológica experimentada por las ciencias sociales que también permeó a la geografía y que
hace posible revisar el fenómeno estudiado desde diversas apuestas multidisciplinares.
REFERENCIAS
Machado, L. (2008). O comércio ilícito de drogas e a geografia da integração financeira: uma simbiose? En I. Castro, P. Gomes y R.
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