HABLADOR
EL POBRECITO HABLADOR
REVISTA SATÍRICA DE COSTUMBRES, &C. &C.
FOR EL BACHILLER
D. JUAN PEREZ DE MUNGUIA,
MADRID.
IMPRENTA DE R E P U L L É S.
Noviembre de 1832.
Se hallará con los números anteriores en la
librería de Escamilla, calle de Carretas.
COSTUMBRES.
EL CASARSE PRONTO Y MAL.
(artículo del bachiller.)
Habrá observado el lector, si es
que nos ha leido, que ni seguimos mé
todo , ni observamos orden, ni hace
mos sino saltar de una materia en otra,
como aquel que no entiende ninguna,
cuándo en mala prosa, cuándo en ver
sos duros, ya denunciando á la pública
indignación necios y viciosos, ya afec
tando conocimiento del mundo en apli
caciones generales frías é insípidas. Efec
tivamente, tal es nuestro plan, en par
te hijo de nuestro conocimiento del pú
blico , en parte hijo de nuestra nulidad.
ccNo tienen mas defecto esos cua
dernos, nos decia dias pasados un hom
bre pacato, que esa audacia incompren-
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sible , ese atrevimiento cínico con que
usted descarga su maza sobre las cosas
mas sagradas. Yo soy hombre modera
do, y no me gusta que se ofénda á
nadie. Las sátiras han de ser generales,
y esa malignidad no puede ser hija sino
de una alma mas negra que la tinta
con que escribe. — Déme usted un abra
zo, esclamaba otro de esos que por no
haberse purificado lo ven todo con ojos
de indignación; asi me gusta; esa ener
gía nos sacará de nuestro letargo; duro
en ellos. ¡Bribones! Solo una cosa me
ha disgustado en sus números de usted;
ese quinto número, en que ya empieza
usted también á adular---- ¿Yo adular?
¿Es adular decir la verdad?—Cuando
la verdad no es amarga es una adula
ción manifiesta; corríjase usted de ese
defecto , y nada de alabar, aunque sea
una cosa buena, que ese no es el ca
mino del bolsillo del público. — Eco
nomice usted los versos, me dice otro;
pasó el siglo de la poesía y de las ilu
siones; el público de las Batuecas no
está ahora para versos. Prosa , prosa
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mordaz , y nada mas. — ¡ Qué buena
idea, me dice otro, esa de las satiri-
llas en tercetos! ¿Y seguirán? Es preci
so resucitar el gusto á la poesía; al fin
siempre gustan mas las cosas mientras
mejor dichas están. — Política, cla
ma otro; nada de ciencias ni arres: en
un pais tan instruido como este, venir
nos con literaturas es llevar agua al
mar---- Literatura, grita aquel; renaz
ca nuestro siglo de oro; abogue usted
siempre por el teatro, que ese es asun
to de la mayor importancia. — Déjese
usted de artículos de teatros, responde
un comerciante. ¿Qué nos importa á los
batuecos que anden rotos los poetas , y
que se traduzca ó no? ¡Cambios, y bol
sa , y vales , y créditos , y bienes N..,,
y empréstitos!...”
¡ Dios mió ! Dé usted gusto' á toda
esta gente , y escriba usted para todos.
Escriba usted un artículo jovial y lleno
de gracia y mordacidad contra los que
mandan, en el mismo dia en que soJo
agradecimiento les puede uno profesar.
Escriba usted un artículo misantrópico
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cuando acaban de darle un empleo.
¿Hay cosa entonces que vaya mal? ¿Hay
mandón que le parezca á uno injusto,
ni cosa que.no esté en su lugar, ni na.-,
cion mejor gobernada que aquella en
que tiene uno un empleo? Escriba us
ted un» artículo gratulatorio para agra
dar á los vencedores el dia en que se
paró el carro de sus esperanzas, y en
que echaron su memorial debajo de la
mesa. ¿Hay anarquía como la de aquel
país en que está uno cesante ? Apelamos
á la conciencia de los que en tales ca
sos se hayan hallado. Que den diez mil
duros de sueldo á aquel frenético que
me decía ayer que todas las cosas iban
al revés, y que mi patriotismo me po
nía en la precisión de hablar claro. Ve-
rémosle clamar que ya se pusieron las
cosas al derecho, y que ya da todo
mas esperanzas. ¿Se mudó el corazón
humano? ¿Se mudaron las cosas? ¿Ya
no serán los hombres malos? ¿Ya será
el’inundo feliz ? ¡Ilusiones! No señor;
ni se mudarán las cosas!, ni dejarán lo^
hombres de ser tontos , ni . el mundo
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será feliz. Pero se mudó su sueldo, y
nada hay mas justo que el que se mu
de su opinión.
Nosotros, que creemos que el inte
rés del hombre suele tener por desgra
cia alguna influencia en su modo de
ver las cosas; nosotros, en fin, que no
creemos en hipocresías de patriotismo,
le escusamos en alguna manera, y juz
gamos que opinión es moralmente si
nónimo de situación. Asi que, respe
tando como respetamos á los que no
participan de nuestro modo de pen
sar , daremos para agradar á todos
en la carrera que hemos emprendi
do artículos de todas clases, sin otra
sujeción que la de ponernos siempre
de parte de lo que nos parezca ver
dad y razón , en prosa y verso, fú
tiles ó importantes , humildes ó auda
ces, alegres, y aun á veces tristes, se
gún la. influencia del momento en que
escribamos ; y basta de exordio : vamos
al artículo de hoy, que será de cos
tumbres, por mas que confesemos tam
bién no tener para este género el buen
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talento del curioso parlante, ni la chis
pa de Joui, ni el profundo conocimien
to de Addisson.
Asi como tengo aquel sobrino de
quien hablé en mi cuarto número, te
nia otro también no hace mucho tiem
po , que en esto suele venir á parar el
tener hermanos. Este era hijo de una
mi hermana , la cual había recibido
aquella educación que se daba en Es
paña no hace ningún siglo; es decir,
que en casa se rezaba diariamente el
Rosario, se leía la vida del Santo , se
oía Misa todos los dias, se trabajaba
los de labor , se paseaba solo las tardes
de los de guardar, se velaba hasta las
diez , se estrenaba vestido el domingo
de Ramos , se cuidaba de que no an
duviesen las niñas balconeando, y an
daba siempre señor padre , que enton
ces no se llamaba papá, con la mano
mas besada que reliquia vieja, y regis
trando los rincones de la casa , teme
roso de que la inucnacha, ayududa de
su cuyo, no hubiese nunca á las ma
nos ningún libro de los prohibidos, ni
lí
menos aquellas novelas que , como so-
lia decir, á pretesto de inclinar á la vir
tud enseñan desnudo el vicio. No dire
mos que esta educación fuese mejor ni
peor que la del dia. Solo sabemos que
vinieron los franceses, y como aquella
buena ó mala educación no estrivaba en
mi hermana en principios ciertos, sino en
la rutina y en la opresión doméstica de
aquellos terribles padres del siglo pasa
do , no fue necesaria mucha comunica
ción con algunos oficiales de la guardia
imperial para echar de ver que si aquel
modo de vivir era sencillo y arreglado,
no era sin embargo el mas divertido.
¿Qué motivo habrá efectivamente que
nos persuada que debemos en esta corta
vida pasarlo mal, pudiendo pasarlo me
jor ? Aficionóse mi hermana de las cos
tumbres francesas, y ya no fue el pan
pan, ni el vino vino: casóse, y siguien
do en la famosa jornada de Vitoria la
suerte del tuerto Pepe Botellas, que te
nia dos ojos muy hermosos , y nunca
bebia vino, emigró á Francia.
Escusado es decir que adoptó mi
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hermana las ideas del siglo; pero co
mo esta segunda educación tenia tan
malos cimientos como la primera , y
como quiera que esta dcbil humanidad
nunca sepa detenerse en el justo me
dio , paso del Año Cristiano á Pigault
Lebrun , y se dejó de Misas y devo
ciones , sin saber mas ahora porque las
dejaba, que antes porque las tenia. Di
jo que el muchacho se habia de educar
como convenia; que podría leer sin or
den ni método cuanto libro le viniese
á las manos, y qué sé yo qué mas co
sas decía de la ignorancia y del fana
tismo , de las luces y de la ilustración,
añadiendo que la Religión era un con
venio social en que solo los tontos en
traban de buena t’é, y del cual el mu
chacho no necesitaba para mantenerse
bueno; que padre y madre eran cosa
de brutos, y que á papá y mamá se les
debía tratar de tú, porque no hay a-
mistad que iguale á la que une á los
padres con los hijos (salvo algunos se
cretos que guardarán siempre los se
gundos de los primeros, y algunos so
plamocos que darán siempre los prime
ros á los segundos). Verdades todas que
respeto tanto ó mas que las del si
glo pasado, porque cada siglo tiene sus
verdades , como cada hombre tiene su
cara.
No es necesario decir que el mu
chacho, que se llamaba Augusto, por
que ya han caducado los nombres de
nuestro calendario, salió despreocupa
do , puesto que la despreocupación es
la primera preocupación de este siglo.
Leyó, hacinó, confundió; fue su
perficial, vano, presumido, orgulloso,
terco , y no dejó de tomarse mas rien
da de la que se le había dado. Murió,
no sé á qué propósito, mi cuñado, y
Augusto regresó á España con mi her
mana, toda aturdida de ver lo brutos
que estamos por acá todavía los que no
hemos tenido como ella la dicha de
emigrar , y trayéndonos entre otras co
sas noticias ciertas de como no había
Dios, porque eso se sabe en Francia de
muy buena tinta. Por supuesto que no
tenia el muchacho quince años, y ya
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galleaba en las sociedades , y citaba y
se metía en cuestiones, y era hablador
y raciocinador, como todo muchacho
bien educado: y fue el caso que ora ha
blar todos los dias de aventuras escan
dalosas, y de los amores de fulanito
con la menganita , y le pareció en re
sumidas cuentas cosa precisa para hom
brear enamorarse. Por su desgracia a-
certó á gustar á una joven , personita
muy bien educada también, la cual es
verdad que no sabia gobernar una casa,
pero se embaulaba en el cuerpo en sus
ratos perdidos, que eran para ella to
dos los dias , una novela sentimental
con la mas desatinada afición que en el
mundo jamas se ha visto: tocaba su po
co de piano, y cantaba su poco de aria
de vez en cuando, porque tenia una
bonita voz de contralto. Hubo guiños
y apretones desesperados de pies y ma
nos, y varias epístolas recíprocamente
copiadas de la nueva Eloísa; y no hay
mas que decir sino que á los cuatro
días se veían los dos inocentes por la
ventanilla de la puerta, y escurrían su
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correspondencia por las rendijas, sobor
naban con el mejor fin del mundo á
los criados; y por último, un su ami
go, que debía de quererle muy mal,
presentó al señorito en la casa. Para
colmo de desgracia el y ella, que ha
bían dado principio á sus amores por
que no se dijese que vivían sin su tra
pillo, se llegaron á imaginar primero,
y á creer después á pies jtintillas, co
mo se suele muy mal decir, que esta
ban verdadera y terriblemente enamo
rados. ¡Fatal credulidad! Los parien
tes, que previeron en qué podría venir
á parar aquella inocente afición ya co
nocida, pusieron de su parte todos sus
esfuerzos para cortar el mal, pero ya
era tarde. Mi hermana, en medio de
su despreocupación y de sus luces, nun
ca había podido desprenderse del todo
de cierta afición á sus ejecutorias y
blasones , porque hay que advertir dos
cosas: 1.a que hay despreocupados por
este estilo; y 2.a que somos nobles; lo
que equivale á decir que desde Ja mas
remota antigüedad nuestros abuelos no
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han trabajado para comer. Conservaba
mi hermana este apego á la nobleza,
aunque no conservaba bienes, y esta es
una de las razones porque estaba mi
sobrinito destinado á morirse de ham
bre si no se le hacia meter la cabeza
en alguna parte , porque eso de que
hubiera aprendido un oficio ¡oh! ¿qué
hubieran dicho los parientes y la na
ción entera? Averiguóse, pues, que la
nina no tenia un origen tan preclaro,
ni mas dote que su instrucción noveles
ca y sus duettoSy fincas que no bastan
para sostener el boato de unas personas
de su clase. Averiguó también la parte
contraria que el niño no tenia empleo,
y dándosele un bledo de su nobleza,
hubo aquello de decirle : caballe rito,
¿ con qué objeto entra usted en mi ca
sa?— Quiero á Elenita, respondió mi
sobrino. — ¿Y con qué fin, caballeri-
to? — Para casarme con ella. — Pero
no tiene usted empleo ni carrera... —
Eso es cuenta mía.— Sus padres de us
ted no consentirán... — Sí señor; usted
no conoce á mis papás__ Perfectamente:
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mi hija será de usted en cuanto me
traiga una prueba de que puede man
tenerla , y el permiso de sus padres;
pero en el ínterin, si usted la quiere
tanto , escuse por su mismo decoro sus
visitas____ Entiendo.— Me alegro, ca-
ballerito;” y quedó nuestro Orlando
hecho una estatua , pero bien decidido
á romper por todos los inconvenientes.
Bien quisiéramos que nuestra plu
ma, mejor cortada, se atreviese á tras
ladar al papel la escena de la niña con
la mamá; pero diremos en suma que
hubo prohibición de salir y de asomar
se al balcón, y de corresponder al man
cebo, á todo lo cual la malva respon
dió con cuatro desvergüenzas acerca
del libre alvedrío, y de la libertad de
la hija para escojer marido , y no fue
ron bastantes á disuadirla las reflexio
nes acerca de la ninguna fortuna de su
elegido: todo era para ella tiranía y
envidia que los papás tenian de sus
amores y de su felicidad, concluyendo
que en ¡os matrimonios era lo primero
el amor, y que eu cuanto á comer, ni
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eso hacia falta á los enamorados, por
que en ninguna novela se dice que co
man las Amandas y los Mortimers’, ni
nunca les habían de faltar unas sopas
de ajo.
Poco mas ó menos fue la escena de
Augusto con mi hermana, porque aun
que no sea legítima consecuencia, tam
bién concluía de que los padres no de
ben tiranizar á los hijos; que los hijos
no deben obedecer á los padres : insis
tía en que era independiente: que en
cuanto á haberle criado y educado na
da le debía, pues lo había hecho por
una obligación imprescindible; y á lo
del ser que le habia dado, menos, pues
no se lo habia dado por él , sino por
las razones que dice nuestro Cadalso
entre otras lindezas útilísimas de es
te jaez.
Pero insistieron también los padres,
y después de haber intentado infruc
tuosamente varios medios de seducción
y rapto , no dudó nuestro paladín, en
vista de la obstinación de las familias,
en recurrir al medio en voga de sacar
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á la niña por el Vicario: púsose el plan
en ejecución, y á los quince dias mi
sobrino habia reñido ya decididamente
con su madre; habia sido arrojado de
su casa, privado de sus cortos alimen
tos, y Elena depositada en poder de
una potencia neutral, pero se entiende
de esta especie de neutralidad que se
usa en el dia, de suerte que nuestra
Angélica y Medoro se veían mas cada
dia, y se amaban mas cada noche. Por
fin amaneció el dia feliz ; otorgóse la
demanda, un amigo prestó á mi so
brino algún dinero (i), uniéronse con
el lazo conyugal, estableciéronse en su
casa, y nunca hubo felicidad igual á
la que aquellos buenos hijos disfrutaron
mientras duraron los pesos duros del
amigo.
Pero ¡oh dolor! pasó un mes , y la
niña no sabia mas qüe acariciar á su
(1) El Bachiller comete aquí un error cra
sísimo. Ignora que según nuestras leyes uno de
los obstáculos de esta clase de matrimonios es
la distancia y diferencia de clases. ¡Plegue al
cielo que esto no sea mas que una distracción!
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Medoro, cantarle una aria, ir al tea
tro y bailar una mazowrka, y Medoro
no sabia mas que disputar. Ello sin em
bargo el amor no alimenta , y era in
dispensable buscar recursos. Mi sobrino
salía de mañana á buscar dinero , cosa
mas difícil de encontrar que lo que pa
rece, y la vergüenza de no poder lle
var á su casa con que dar de comer á
su muger le detenia hasta la noche...
Pasemos un velo sobre las ^escenas hor
ribles de tan amarga posición. Mientras
que Augusto pasa el dia lejos de ella en
sufrir humillaciones, la infeliz consorte
gime luchando entre los zelos y la ra
bia. Todavía se quieren, pero en casa
donde no hay harina todo es mohína}
Lis mas inocentes espresiones se inter
pretan en, la lengua del mal humor
como ofensas mortales ; el amor propio
ofendido es el mas seguro antídoto del
amor, y las injurias acaban de apagar
un resto de la antigua llama que amor
tiguada en ambos corazones ardía ; se
suceden unos á otros los reproches , y
el infeliz Augusto insulta á la muger
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que le ha sacrificado su familia y su
suerte , echándole en cara aquella des
obediencia á la cual no ha mucho tiem
po él mismo la inducía: á los continuos
reproches se sigue en fin el odio.
¡Oh, si hubiera quedado aqui el
mal! Pero un resto de honor mal en
tendido que bulle en el pecho de mi
sobrino, y que le impide prestarse para
sustentar á su familia á ocupaciones gro
seras , no le impide precipitarse en el
juego, y en todos los vicios y bajezas,
en todos los peligros, que son su con
secuencia. Corramos de nuevo, corra
mos el velo sobre el cuadro á que dió
la locura la primera pincelada, y apre
surémonos á dar nosotros la ultima.
En este miserable estado pasan tres
anos , y ya tres hijos mas rollizos que
sus padres albororan la casa con sus
juegos infantiles. Ya el himeneo y las
privaciones han roto la venda que ofus
caba la vista de los infelices: aquella
amabilidad de Elena es coquetería á
los oios de su esposo , su noble orgullo
insufrible altanería , su garrulidad di
vertida y graciosa locuacidad insolente
y cáustica ; sus ojos brillantes se han
marchitado, sus encantos están ajados,
su talle perdió sus esbeltas formas, y
ahora conoce que sus pies son grandes
y sus manos feas: ninguna amabilidad,
pues, para ella, ninguna consideración.
Augusto no es á ios ojos de su. esposa
aquel hombre amable y seductor, fiec-
sible y condescendiente; es un holga
zán, un hombre sin ninguna habilidad,
sin talento alguno, zeloso y soberbio,
déspota, y no marido... En fin, ¡cuán-,
to mas vale el amigo generoso de su
esposo, que les presta dinero, y les pro
mete aun protección! ¡Qué movimiento
en él! ¡Qué actividad! ¡Qué heroís
mo! ¡Qué amabilidad! ¡Qué adivinar
los pensamientos y prevenir los deseos!
¡Qué no permitir que ella trabaje. en
labores groseras! ¡Qué asiduidad , y qué
delicadeza en acompañarla los dias en
teros que Augusto la deja sola! ¡Qué
interés, en fin, el que se toma cuando
le descubre por su bien que su marido
se distrae con otra!...
¡Oh poder de la calumnia y de la
miseria! Aquella muger,que si hubie
ra escojido un compañero que la hubie
ra podido sostener hubiera sido acaso
una Lucrecia, sucumbe por fin á la se
ducción y á la falaz esperanza de me
jor suerte.
Una noche vuelve mi sobrino á su
casa; sus hijos están solos. — ¿Y mi
inuger? ¿Y sus ropas? — Corre á casa
de su amigo. — ¿ No está en Madrid ¡
¡Cielos! ¡Qué rayo de luz! ¿Será po
sible? Vuela á la policía, se informa.
Una joven de tales señas con un su
puesto hermano han salido en la dili—.
gencia para Cádiz. Reune mi sobrino
sus pocos muebles, los vende , toma
un asiento en el primer carruage, y
hétele persiguiendo á los fugitivos. Pe
ro le llevan mucha ventaja, y no es po
sible alcanzarlos hasta el mismo Cá
diz. Llega; son las diez de la noche,
corre á la fonda que le indican, pre
gunta , sube precipitadamente la esca
lera , le señalan un cuarto cerrado por
dentro; llama; la voz que le responde
le es harto conocida y resuena en su
corazón; redobla los golpes; una per
sona desnuda levanta el pestillo. Au
gusto ya no es un hombre; es un rayo
que cae en la habitación; un chillido
agudo le convence de que le han co
nocido; asesta una pistola, de dos que
trae , al seno de su amigo, y el seduc
tor cae revolcándose en su sangre; per
sigue á su miserable esposa, pero una
ventana inmediata se abre, y la adúlte
ra, poseída del terror y de la culpa , se
arroja sin reflexionar en una altura de
mas de sesenta varas. El grito de la
agonía le anuncia su última desgracia
y la venganza mas completa : sale pre
cipitado del teatro del crimen, y en
cerrándose antes de que le sorprendan
en su habitación, coje aceleradamente
la pluma , y apenas tiene tiempo para
dictar á su madre la carta siguiente:
"Madre mía, dentro de media ho
ra no existiré ; cuidad de mis hijos, y
si queréis hacerlos verdaderamente des
preocupados empezad por instruirlos...
Que aprendan en el ejemplo de su pa
dre á respetar lo que es peligroso des
preciar sin tener antes mas sabiduría.
Si no les podéis dar otra cosa mejor, no
les quitéis una religión consoladora. Que
aprendan á domar sus pasiones y á res
petar á aquellos á quienes lo deben to
do. Perdonadme mis faltas : harto cas
tigado estoy de ellas con mi deshonra
y mi crimen; harto cara pago mi falsa
despreocupación. Perdonadme las lágri
mas que os hago derramar. A Dios
para siempre.”
Acabada esta carta se oyó otra de
tonación que resonó en toda la tonda,
y la catástrofe que le sucedió me pri
vó para siempre de un sobrino , que
con el mas bello corazón se ha hecho
desgraciado á sí y á cuantos le ro
deaban.
No hace dos horas que mi desgra
ciada hermana, después de haber leído
aquella carta, y llamádome para mos
trármela, postrada en su lecho, y en
tregada al mas funesto delirio , ha sido
desahuciada por los médicos.
Hijo... despreocupación... boda... Re-
ligion... infeliz.,, son las palabras que
vagan errantes sobre sus labios mori
bundos. Y esta funesta impresión, que
domina todavia en mis sentidos triste
mente, me ha impedido dar hoya mis
lectores otros artículos mas joviales, que
para mejor ocasión le tengo reservados.
Róstanos ahora saber si este artícu
lo conviene á este país , y si el vulgo
de lectores está en el caso de aprove
charse . de esta triste anécdota. ¿ Serán
mas bien las ideas contrarias á las fu
nestas consecuencias que de este fatal
acontecimiento se deducen las que de
ben propalarse? No lo sabemos. Solo
sabemos que muchos creen por desgra
cia que basta una ilustración superficial,
cuatro* chanzas de sociedad y una edu
cación falsamente despreocupada para
hacer feliz una nación. Nosotros decía-
ramos positivamente que nuestra inten
ción al pintar los funestos efectos de la
poca solidez de la instrucción de los
jóvenes del día ha sido persuadir á to
dos los españoles que debemos tomar
del estrangero lo bueno, y no lo malo»
27
ío que está al alcance de nuestras fuer
zas y costumbres, y no lo que les es
superior todavía. Religión verdadera,
bien entendida, virtudes, energía, amor
al orden, aplicación á lo útil, y menos
desprecio de muchas cualidades buenas
que nos distinguen aun de otras nacio
nes , son en el día las cosas que mas
nos pueden aprovechar. Hasta ahora
una masa, que no es ciertamente la mas
numerosa, quiere marchar á la par de
las mas adelantadas de los paises mas
civilizados; pero esta masa que marcha
de esta manera no ha seguido los mis
mos pasos que sus maestros; sin robus
tez, sin aliento suficiente para poder
seguir la marcha rápida de los paises
civilizados, se detiene hijadeando, y se
atrasa continuamente; da de cuando en
cuando una carrera para igualarse de
nuevo, caminando á brincos como ha
ría quien saltase con los pies travados,
y semejante á un mal taquígrafo, que
no pudiendo seguir la viva voz, deja
en el papel inmensas lagunas, y no al
canza ni escribe nunca mas que la últi-
ma palabra. Esta masa , <jue se llama
despreocupada en nuestro país, no es
pues mas que el eco, la última palabra
de Francia no mas. Para esta clase he
mos escrito nuestro artículo: hemos pin
tado los resultados de esta despreocupa
ción superficial de querer tomar sim
plemente los efectos sin acordarse de
que es preciso empezar por las causas;
de intentar, en fin, subir la escalera á
tramos; subámosla tranquilos escalón
por escalón si queremos llegar arriba__
¡Que otros van á llegar antes! nos gri
tarán___ ¿Qué mucho? les respondere
mos , si también echaron á andar antes.
Dejadlos que lleguen ; nosotros llegare
mos después, pero llegaremos. Mas si
nos rompemos en el salto la cabeza,
¿qué recurso nos quedará? Deje, pues,
esta masa la loca pretensión de ir á la
par con quien tantas ventajas le lleva;
empiécese por el principio.: educación,
instrucción. Sobre éstas grandes y sóli
das bases se ha de levantar el edificio.
Marche esa otra masa , esa inmensa
mayoría que se sentó hace tres siglos;
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deténgase para dirigirla la arrogante
menoría , á quien engaña su corazón y
sus grandes deseos, y entonces habrá al
guna remota vislumbre de esperanza.
Entre tanto nuestra misión es bien
peligrosa: los que pretenden marchar
adelante, y la echan de ilustrados, nos
llamarán acaso del orden del apagador,
á que nos gloriamos de no pertenecer,
y los contrarios no estarán tampoco muy
satisfechos de nosotros. Estos son los in
convenientes que tieríe que arrostrar
quien piensa marchar igualmente dis
tante de los dos estreñios: alli está la
razón , alli la verdad ; pero alli el pe
ligro. En fin, algún día haremos nues
tra profesión de fé: en el entre tanto
Quisiéramos que nos hubieran entendi
do. ¿Lo conseguiremos? Dios sea con
nosotros; y si no lo lográsemos, pro
metemos escribir otro día para todos.
El pobrecîto hablador no admite ni
da contestaciones.