CRISTINA
PRIETO
SOLANO
Puntuando
el amor
Diseño de colección: Estudio Sandra Dios
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o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o
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autorización.
PAPEL DE FIBRA
CERTIFICADA
© Cristina Prieto Solano, 2023
AUTORA representada por IMC, Agencia Literaria S.L.
© Contraluz (GRUPO ANAYA, S. A.)
Madrid, 2021
Calle Valentín Beato, 21
28037 Madrid
www.contraluzeditorial.es
ISBN: 978-84-18945-48-9
Depósito legal: M. 20.528-2023
Printed in Spain
Este quiero dedicárselo a todas las citas Tinder
que he tenido y que, aunque no llegaran a nada
más que un café o una cerveza, me han dado
algunas de las anécdotas más divertidas y
surrealistas de mi vida.
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No puedo dejar de mirarlo.
Llegados a este punto, estoy convencido de que la sor-
presa se ha unido con la indignación en una masa pega-
josa que mantiene mis ojos adheridos a este trozo de pa-
pel absurdo.
Absurdo, joder. Es que no tiene ningún sentido.
Lucas Pérez
Edad: 25.
Aplicación: Tinder.
Duración: 12 minutos. 3 *
Preliminares: Inexistentes. 0 *
Aguante: 3 *
Comunicación: 2 *
Dotación: 4 *
¿Orgasmo?: Él, sí. Yo, no. 0 *
Conclusión final: Más o menos satisfactorio para un polvo
de una noche, pero necesita mejorar en tratar de complacer a
su pareja. Tiene el foco centrado en su polla. No repetiría. No
se lo recomendaría a mis amigas.
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Cuando te decían en el cole que no te llevaras descono-
cidas a casa, creo que se referían a esto. No sé qué me alu-
cina más: todo el concepto de que Nuria se haya tomado
la molestia (o más bien, el puto esfuerzo) de haber vuelto a
mi piso tras nuestro encuentro, o que haya sido para intro-
ducir esta nota escrita a ordenador en mi buzón.
Es que me la imagino saludando a Pepe, el portero, y
casi me da la risa histérica.
¿Quién cojones se cree que es?
Para empezar, no estoy nada de acuerdo con esas valo-
raciones. Claro que hubo preliminares. Por supuesto que
hubo comunicación. Y estoy convencido de que se co-
rrió o, al menos, eso me dijo. Sería el colmo que se que-
jara de sus propias mentiras.
¿No me recomendaría a sus amigas? Como si me im-
portara algo. Como si la necesitara para ligar, joder. Nun-
ca me ha hecho falta nadie para eso.
«Lucas, tranquilízate. Respira», me ordeno mentalmente.
Tengo una cierta tendencia a hablar conmigo mismo,
lo reconozco.
«Esto tiene que ser una cámara oculta», deduzco, y
alzo la vista en medio del portal, donde sigo clavado, es-
perando encontrarme a Toni y Álvaro partidos de risa y
con los móviles en alto.
Pero no. Sigo solo y ni siquiera Pepe me está prestando
atención.
«Desde luego, quien advierte sobre las aplicaciones de li-
gar lo hace por algo. La gente está fatal de la cabeza», resoplo
dramáticamente y arrugo la nota en mi mano antes de con-
tinuar mi camino hasta el bajo izquierda, donde vivo.
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Casi se me había olvidado la bolsa del Mercadona que
llevo en la otra mano, así que me desequilibro un poco al
retomar la marcha. Después de esa «pausa dramática»,
siento hasta como si el corazón me volviera a latir.
«Tiene el foco centrado en su polla», no puedo parar de
repetirme, como si se me hubiera estropeado un tocadis-
cos de estos antiguos. Sigo sin creérmelo del todo.
—Hola —anuncio cuando consigo hacer malabares
con las llaves, la bolsa y la nota que sigue arrugada en mi
mano izquierda para entrar en la casa.
—Hola, caraculo —me saluda Lorena desde el salón,
al otro lado de la casa.
El pequeño piso en el que llevo viviendo tres años
tiene una distribución rara de cojones. Se nota que era
una casa enorme pero que la dividieron en dos (o tres,
tenemos dudas con la del otro lado) para sacar más pas-
ta con los alquileres. Al entrar te das de bruces con un
pasillo largo hacia la derecha que corona en el pequeño
salón, en el que solo cabe un sofá y, si me apuras, ni si-
quiera cabría la tele si no nos hubiera dado igual la le-
sión visual que genera verla a apenas medio metro de
distancia.
Por el camino te encuentras mi cuarto, el baño, la peque-
ña cocina (sin extractor, lo que es importante para deducir
que no era una cocina) y luego el cuarto de Lorena. El es-
pacio mínimo indispensable para sobrevivir y tener la cara
dura de cobrar un alquiler de ochocientos euros.
¿Y por qué sigo viviendo aquí? Bueno, primero estaba
cerca de la universidad y de las zonas de fiesta y ahora…
ahora me he encariñado.
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Supongo que soy así de estúpido.
Y tengo que reconocer que cuando el año pasado se
piró Juan y se mudó Lorena, mi mejor amiga desde el
instituto, el piso ganó bastante aunque sea en compañía.
Y eso que la chavala no me deja ni un instante de paz.
—No te vas a creer lo que me ha pasado. ¿Recuerdas
Tinder?
Dejo la bolsa en la cocina mientras alzo la voz para
que no tenga problema en escucharme.
—¿Tu tío el del pueblo? —bromea, también vociferando.
Los vecinos tienen que estar hartos de nosotros y nues-
tros gritos.
—La aplicación esta…
—Ah, claro. Alguien me ha hablado de ella, alguna
vez —sigue la broma—. Es famosilla.
—Pues es una mierda.
—Suena a anécdota interesante.
Después de guardar los yogures y las hamburguesas en
mi balda de la pequeña nevera, cierro la puerta con fuer-
za (porque si no, se vuelve a abrir al cabo de un rato) y
avanzo con zancadas decididas hasta el salón.
Me la encuentro tirada, ocupando la totalidad del sofá,
con una sudadera de estas de capucha gris que creo que
usa tanto que se le ha fundido con la piel y el pelo oscuro
en un moño alto destrozado. Esto del paro le sienta tiran-
do a regulín.
—Te vas a descojonar —le advierto antes de acomo-
darme en el brazo del sofá, a sus pies.
Ella baja los brazos y entrelaza los dedos a la altura del
estómago, envuelta en calma.
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—Seguro. Y de ti, siempre. Adelante.
Siempre he considerado que una imagen vale más que
mil palabras (y contar historias me da muchísima pereza)
así que estiro el puño para tenderle la nota arrugada, que
ya debe estar bien calentita de tanto que la he apretado en
la palma.
—¿Qué es esto?…
A la vez que farfulla, mueve el trasero hacia atrás para
tratar de incorporarse en el sofá. La observo desplegarla,
casi con curiosidad, y trato de no pensar mucho en lo
que dice de mí. Estoy convencido de que le va a hacer
gracia, pero aun así no me esperaba la carcajada que suel-
ta en ese momento. El ruido histérico a la vez que señala
el papel me deja aún más en la inmundicia que esa espe-
cie de «reseña» que ha caído en mis manos.
—¿Qué es esto? ¿Es una coña?
—Pues no tengo ni puta idea. Ha aparecido en el bu-
zón. Y está firmado por la pava del sábado.
—¿La tía esa artística?
—La ilustradora o dibujante o no sé qué… Nuria.
—Pero ¿qué le has hecho a la pobre chavala?
—¿Yo? —me indigno y me pongo la mano sobre el
pecho—. ¿Por qué asumes que le he hecho algo yo?
—Tronco, para que te venga con esto… No sé, hubie-
ra esperado un atropello de mascota o algo por lo menos
equivalente.
Ladea la cabeza, aún agarrando la nota con ambas ma-
nos y sin despegar los ojos de ella.
—Pues no. Cenamos, nos enrollamos, follamos y se
fue de casa. Punto. Es que joder, estamos a lunes. Ni si-
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quiera me ha dado tiempo a que se me considere un ca-
pullo por no escribirle.
—¿Ibas a hacerlo?
—No —reconozco—. Pero eso ella aún no lo sabía y
la puta nota parece que está en el buzón desde ayer.
—Qué fuerte —susurra—. ¿Hará esto con todos los
tíos?
—Es probable. O sea, no creo que le haya dado la lo-
cura instantánea solo conmigo.
Lorena carraspea y dobla con cuidado el papel, como
si fuera un tesoro que no quisiera estropear por nada del
mundo. Una de las dos bombillas del techo del salón par-
padea, esa señal que lleva haciéndonos semanas de que va
siendo hora de cambiarla. Pero nosotros hacemos como
si no nos diéramos cuenta, claro.
—Pero a ver. Lucas, Lucas… Lucastito —me toma el
pelo, con una sonrisa y clavándome la mirada. Una de
esas que solo te puede dirigir alguien que te conoce como
la palma de su mano—. Rememora la cita, anda. Algo
has tenido que hacer para desatar esto.
—¡Que nada! —me exaspero, y me levanto—. Lo
mismo de siempre. Joder, te voy a reconocer que igual no
fue la cita de mi puta vida, ni el polvo más memorable
del universo, pero he tenido citas de mierda y te puedo
asegurar que esta no entra ni en el top diez.
—Joder, ahora querría haber estado en las otras.
—Lore… —gruño, algo enfadado.
—Vale, vale, champion. —Alza las manos en señal de
rendición—. Mira, tú pasa. Es una loca, pues no vuelves
a quedar con ella y listo. Eso que te llevas.
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—No se te ocurra contarle esto a nadie.
—¿Me puedo quedar la nota de recuerdo?
—Haz lo que quieras, yo pensaba tirarla y que le jo-
dan. —Me encojo de hombros—. Ahora, si no te impor-
ta, tengo otra cita con una que te puedo asegurar que ya
me ha puesto una muy buena puntuación…
Le guiño un ojo y ella se ríe.
—Lucas, ese amigo machirulo que toda chica desea
tener, de cita en cita intentando cabrear a más mujeres.
Le enseño el dedo corazón como toda respuesta y de-
saparezco, dispuesto a darme una ducha tan intensa que
se me quite de la piel toda la mierda que me ha generado
la puta nota.
¿Quién se cree esa tía que es para calificarme?
Lo mejor que puedo hacer es olvidarme de ella y pun-
to. Total, es lo bueno de Tinder: no tienes por qué volver
a ver a nadie nunca más.
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