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Flint Hopkins encuentra a la inquilina perfecta para alquilar
el espacio encima de su oficina de abogados con sede en
Minneapolis.
Todas las «t» están cruzadas y las «i» están punteadas en
la solicitud de Ellen. Sus referencias son buenas. Y es bastante
agradable a la vista.
Hasta que…
Flint descubre que Ellen Rodgers, musicoterapeuta
certificada, toca música. Bongos, guitarras, canta (no Beethoven
administrado a través de auriculares con cancelación de ruido).
El abogado despiadado le entrega un aviso de desalojo a
la pelirroja exuberante que tararea constantemente y es
demasiado sexy para su propio bien. Pero la suerte está del lado
de Ellen cuando Harrison, el hijo autista de Flint, siente simpatía
por ella al instante. Un padre soltero no puede competir con las 3
guitarras y ratas. Sí, tiene ratas de mascota.
Esta mujer…
Es irritantemente feliz con una necesidad constante de
tocarlo: ajustar su corbata, abotonar su camisa, invadir su
espacio y meterse con su mente.
Aun así…
Debe irse.
SINOPSIS 3 11 108 26 261
DEDICATORIA 5 12 119 27 271
NOTA DE LA 13 126 28 279
AUTORA 6
14 137 29 288
PRÓLOGO 7
15 147 30 294
1 11
16 165 31 300
2 18
17 177 32 305
3 28
18 186 33 311 4
4 37
19 196 34 317
5 44
20 205 35 323
6 59
21 215 EPÍLOGO 332
7 67
22 226 SOBRE LA
8 78 AUTORA 338
23 235
9 91 CRÉDITOS 339
24 242
10 98
25 250
A todos los que buscan una
segunda oportunidad.
5
Esta no es una historia sobre el autismo. Esta es una historia sobre la vida.
Y en la vida hay niños con autismo y padres que navegan por un territorio
desconocido para darles a estos niños una voz y un futuro. Cada niño es único.
Cada viaje requiere un mapa diferente. Esta es una historia. Un viaje. Harrison está
inspirado en los niños que personalmente he tenido el placer de conocer y amar.
6
Heidi me dio un hijo y luego la maté. Afortunados eran los bastardos que
aprendían lecciones de vida de personas cercanas. Envidiaba a esos afortunados
bastardos.
—No bebas esta noche. Quiero que pongas otro bebé dentro de mí —
susurró mi esposa mientras su mano se deslizaba por mi pierna debajo de la mesa
rodeada de doce de nuestros familiares y amigos más cercanos. Heidi eligió mi
restaurante de carnes favorito en Omaha y reservó la sala de fiestas para mi día
especial. No tenía ni idea hasta que todos gritaron sorpresa.
La amaba más allá de las palabras.
—¿Y para el cumpleañero? —La mesera morena me guiñó un ojo,
preparando su bolígrafo contra el bloc de papel que tenía en la mano.
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—Whisky puro.
Heidi frunció el ceño.
Agarré su mano y la apreté contra mi erección.
—No voy a tener ningún problema para acceder a tu solicitud.
—Ya veremos. —Su respuesta cortante fue poco confiada.
Mis padres llegaron desde Denver para sorprenderme, pero mi hijo de dos
años, Harrison, se robó el show. Se turnaron con la mamá de Heidi para
consentirlo. No esperaba ser padre antes de graduarme de la universidad, tampoco
anticipé conocer a la mujer sin la que no podría vivir en el momento exacto en que
más la necesitaba.
Ella era estudiante de enfermería en el hospital al que me enviaron el día en
que una lesión del ligamento cruzado anterior destrozó mi carrera futbolística. La
llamé ángel, Heidi insistió en que fueron los medicamentos que me dieron para el
dolor.
—Monaghan dijo que serás su agente cuando se convierta en profesional.
—Mi papá me miró con curiosidad.
—Monaghan está lleno de mierda, ningún equipo en su sano juicio
seleccionará a Niño Bonito. Será profesor, eso te demuestra que es demasiado
maricón para tener una oportunidad seria en la NFL.
El joven mariscal de campo de Cornhusker me lanzó una sonrisa desde el
otro extremo de la mesa. Ambos sabíamos que se convertiría en profesional, pero
no iba a inflar su ego en mi cumpleaños.
—Lenguaje, Hopkins —advirtió Heidi.
Cuando me llamó por mi apellido, me retorcí en mi silla. Siempre
significaba que seguiría un castigo y todos sus castigos se repartían en el
dormitorio.
La amaba más allá de las palabras.
La noche avanzó sin perder un segundo perfecto.
Cena. Amigos. Familia. Comida. Bebidas.
Mi esposa se superó a sí misma, se destacaba en hacer que todos los días
fueran perfectos. También se destacaba por hacerme sentir irresponsable por beber.
Cada vez que la mesera ponía otra bebida frente a mí, los labios de Heidi se
fruncían en una mueca de desaprobación.
Lo dejé pasar sin discutir. Antes de morir, su padre bebía mucho alcohol y 8
era abusivo. Cuando nos conocimos, pensó que yo no bebía. En ese momento, era
cierto. El fútbol era mi vida, trataba mi cuerpo como un templo, pero después de
mi lesión, me instalé en una vida en la que mi cuerpo ya no era un templo y la
bebida ocasional era exactamente lo que necesitaba para aliviar el dolor de los
sueños perdidos.
Heidi pensaba que todos los hombres que bebían eran alcohólicos abusivos.
Mi misión era demostrarle que estaba equivocada, así tal vez algún día ella también
se relajaría un poco y tomaría una copa en ocasiones especiales.
—Feliz cumpleaños, Flint. Cuida a mis bebés. —Mi suegra, Sandy, me
abrazó mientras todos decían sus últimos deseos de cumpleaños y nos daban las
buenas noches.
—Ese es el código para entregarle las llaves a tu esposa. —Heidi me dio un
codazo con una sonrisa juguetona que sabía que no tenía la intención de ser
divertida.
Sandy apretó mis mejillas y me miró a los ojos.
—Creo que él está bien, cariño. Nada como lo que tu padre era, así que
suéltale un poco la cuerda.
Le di a Heidi una mirada de te lo dije. Su madre me amaba. Yo era todo lo
que su padre no había sido, Heidi odiaba que yo no pudiera hacer nada malo a los
ojos de Sandy, pero a mí me encantaba. Un orgullo peligroso venía con tanta
confianza.
Después de sujetar a Harrison en su asiento de seguridad, Heidi me tendió
la mano.
—Estoy bien. —Abrí la puerta del conductor.
—No lo estás, bebiste bastante esta noche.
—Aguanto bastante.
—Flint.
Me deslicé en el asiento del conductor.
—Llámame Hopkins, cariño. Me gusta a dónde lleva eso.
—Flint, lo digo en serio. Nuestro hijo está en el asiento trasero. —Se paró
entre la puerta y yo, así que no pude cerrarla.
—Quiero estar contigo como Dios me trajo al mundo. Entra para que
podamos llevar a Harrison a la cama.
Cruzó los brazos sobre el pecho, su cabello negro azabache fluía en todas
direcciones y sus ojos azules perforaban los míos. 9
—Estoy. Bien.
Se encogió de hombros.
—Genial, entonces no seas un cerdo machista y déjame conducir.
Un trueno retumbó en la distancia en tanto unas gotas de lluvia caían del
cielo nocturno.
—Te vas a mojar.
Resopló y pisoteó yendo hacia el otro lado del auto.
—Idiota testarudo —murmuró al tiempo que se abrochaba el cinturón.
—Lenguaje, mami. —Me reí entre dientes mientras encendía el auto.
—Habrá un lugar especial en el infierno para ti, Flint Hopkins, si nos matas
a nosotros o a cualquier otra persona con tu conducción ebria.
Puse el auto en marcha y tomé la parte de atrás de su cabeza, tirando de su
frente hacia la mía antes de soltar el freno.
—Tú eres mi mundo, yo nunca te lastimaría, te amo más allá de las palabras.
—Jesús, Flint… —susurró—. Tu aliento huele a whisky. Te lo ruego,
déjame conducir.
La solté y solté el freno. Por mucho que amara a mi esposa, también amaba
ser hombre y un hombre fuerte conocía sus límites y no era necesario que le dijeran
cuándo era o no capaz de hacer algo.
Tres días después enterré a mi esposa en un cementerio a dos cuadras de
nuestra casa.
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Diez años después
La gente feliz debería venir con una advertencia.
—Hola, oficina del abogado Flint Hopkins, habla Amanda… sí… está
bien… se lo haré saber, gracias por llamar, que tenga un fantástico día.
¿Quién dice fantástico? La palabra proviene de fantasía que significa no
real. Mi secretaria, que no vino con una advertencia adecuada, les dice a todos los
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que llaman aquí que tengan un día «irreal». Debería trabajar en Disney World.
Suena el intercomunicador del teléfono de mi oficina y suspiro.
—Amanda, mi puerta está abierta y no hay nadie más aquí. No es necesario
que utilices el intercomunicador, puedo escucharte muy bien.
—¿Cómo se supone que voy a saber si estás hablando por teléfono?
—Date la vuelta.
Se gira en su silla y yo levanto la vista de mi computadora, encontrándome
con su mirada.
—No me gusta espiarte. Cuando lo hago, la mirada que me lanzas me
asusta.
Me rasco la barbilla.
—¿Te doy una mirada?
Se mete el cabello rubio detrás de las orejas y me pone una cara amarga.
—Sí. Nunca sonríes, es espeluznante.
—¿Nunca? —Ladeo la cabeza hacia un lado.
—Bueno, excepto cuando Harrison aparece después de la escuela, las
comisuras de tu boca se levantan como… —sus labios se tuercen—… un octavo
de pulgada. Y la mayoría de la gente se lo perdería si no te estuvieran vigilando
activamente.
Sonreír está sobrevalorado. Y ella tiene razón, mi hijo obtiene lo mejor de
mí. Lo poco que queda.
—¿Quién estaba al teléfono?
—¿Qué?
—Antes de que me informaras de que soy espeluznante, me llamaste.
—Oh, sí, Ellen Rodgers llegará quince minutos tarde, la retrasaron en el
trabajo.
—Llega tarde, no es buena señal. Probablemente significa que se retrasará
con el pago del alquiler todos los meses.
—Sí, Flint. Probablemente tengas razón. Fue retenida en el trabajo, un lugar
al que va para ganar dinero, definitivamente es una señal de que pagará tarde el
alquiler. —Amanda vuelve a su escritorio.
—Me estás poniendo los ojos en blanco. —Vuelvo mi atención a la pantalla
de mi computadora. 12
—Nunca haría eso, jefe.
Veinticinco minutos más tarde, hay charla en la sala de espera. Mi atención
permanece en mi computadora, no hay razón para darle a la señorita Rodgers la
impresión de que no tengo nada mejor que hacer que esperarla.
Mi teléfono vibra en mi escritorio.
Amanda: Ellen Rodgers está aquí. Imagino que lo sabes, ella no es un
cliente, así que no estaba segura si su llegada ameritaba un anuncio por
intercomunicador o un anuncio verbal ya que tu puerta está abierta. ¿Cómo
quieres que proceda con esta delicada situación?
Yo: Estás despedida.
Amanda: ¡¡¡¡De verdad!!!! Dios, tengo mucha ropa que lavar en casa.
¡Gracias!
Nota personal: nunca más contrates a una mujer para el puesto de secretaria.
Yo: No es verdad, envíala y consígueme la investigación que solicité hace
tres días.
Amanda: La enviaré, y puse esa investigación en la estantería detrás de tu
escritorio hace 2 días. :)
—Mujeres —murmuro.
—Hola. —La mujer que solicita alquilar el espacio encima de mi oficina
avanza hacia mí con la mano extendida—. Soy Ellen Rodgers, pido disculpas por
mi tardanza.
Me pongo de pie y le estrecho la mano. Ella es inesperada. Alegre…
necesita una etiqueta de advertencia. Ignoro su entusiasmo por la vida por esta vez
porque es agradable a la vista.
—Flint Hopkins, y está bien. —Miro por encima de su hombro a nuestra
audiencia de uno. Amanda me lanza una sonrisa maliciosa y entrecierro los ojos
hasta que se da la vuelta.
—Por favor, siéntate. —Señalo la silla junto a mi escritorio.
Ellen deja caer su bolso al suelo con un fuerte golpe. Debe tener toda su
vida en su bolso.
Me fijo en sus manos temblorosas desabotonando su abrigo de lana gris que
es exagerado para un día de dieciséis grados.
—Perdona mi apariencia. Almorcé con una niña de cuatro años que tiene
algunos problemas de coordinación.
Irónico, ella parece tener algunos propios. 13
El largo cabello castaño rojizo no le llega a cubrir la mancha roja de su
suéter blanco ajustado.
Mi mirada se fija en la de ella después de darme cuenta de que estoy
mirando la mancha, que resulta estar sobre su pecho.
—¿Recibiste el contrato de Amanda el otro día cuando te mostró el espacio?
—Sí, gracias. —Coloca su abrigo sobre el respaldo de la silla y toma
asiento.
—¿Tienes alguna pregunta al respecto?
—No, parece bastante estándar. Me encanta esta ubicación, pero es
imposible encontrar espacios disponibles, así que me emocioné mucho cuando
encontré tu anuncio el mismo día que lo publicaron.
Escaneo su solicitud a pesar de que la he leído más de una docena de veces.
—¿Eres musicoterapeuta?
—Sí.
—¿La música se considera terapia?
Se ríe. Es infantil, su rostro también es infantil. Deben ser las pecas y los
ojos celestes.
—Sí. Piensa en ello como una terapia alternativa, pero es un trabajo
legítimo. Tengo un título de mi especialidad como cualquier otro profesional de la
salud. —Señala mis manos cruzadas sobre mi escritorio—. Bonitos gemelos, por
cierto.
Miro hacia abajo y ajusto cada uno.
—Gracias.
Sus dientes atrapan sus labios brillosos como si quisiera sonreír, pero algo
en su interior veta la idea.
—Lo siento. Eso salió de la nada, estoy un poco nerviosa.
—¿Por qué es eso? —pregunto en tanto abro un correo electrónico de un
cliente.
Está tarareando. ¿Por qué está tarareando?
—Porque quiero el espacio.
—¿Tienes referencias?
—Eh, sí. Se las envié a tu secretaria. 14
Presiono el botón del intercomunicador.
—Amanda, necesito esas referencias.
—En el estante al lado de la investigación que solicitaste —dice desde su
escritorio. Entonces suena el intercomunicador—. De nada, Señor Hopkins.
Ellen ahoga una risa mientras tomo un lento suspiro de control.
—Bien entonces. Verificaré tus referencias…
—Ya las revisé —dice Amanda sin intercomunicador.
—Estás despedida.
Amanda se pone de pie y se echa el bolso al hombro.
—Solicitaré la vacante por la mañana.
—Que tengas una buena noche —murmuro, lanzándole una mirada… tal
vez la mirada.
—Buenas noches, Flint. —Guiña un ojo.
Cuando la cerradura hace clic, vuelvo mi atención a los grandes y azules
ojos, que no parpadean. Incluso sus mejillas, que estaban un poco rosadas cuando
llegó, ahora están desprovistas de todo color excepto por sus pecas.
—La despido a diario. No tiene respeto por la autoridad.
El cuerpo de Ellen sigue siendo como una estatua, los ojos se mueven en
pequeños incrementos buscando los míos.
Me doy la vuelta y tomo las referencias del estante detrás de mí. En los
papeles que tengo en las manos hay una buena cantidad de buenas referencias, en
realidad no hay ninguna razón para no alquilarle el espacio que no sea mi obsesión
por cruzar más «t» y puntear más «i» de las que existen en el papel proverbial. El
control absoluto es mi vida.
Una sonrisa cautelosa asoma por su rostro.
—Es un hombre difícil de leer, señor Hopkins.
Una lectura oscura.
—Y tú eres mi inquilina más reciente. Bienvenida, necesitaré dos meses de
alquiler y tu firma en estos papeles. —Deslizo el contrato de alquiler que Amanda
adjuntó a las referencias de Ellen en mi escritorio junto con un bolígrafo.
Siento una cierta cantidad de envidia hacia ella. No recuerdo la última vez
que sonreí así por algo. Y está iluminada como una noche de julio por algo tan
insignificante como un espacio de un segundo piso en las afueras del centro de
Minneapolis. 15
—Gracias, me hizo el día. Diablos, ha hecho mi semana. —Garabatea su
nombre e iniciales junto a todas las flechas adhesivas que Amanda adjuntó al
contrato, y escribe un cheque con notas musicales.
—De nada. —Abro el cajón de mi escritorio lateral y tomo las llaves—.
Aquí hay dos juegos de llaves. Uno es para el edificio y el otro es para tu oficina.
Todo está protegido con un sistema de alarma, así que te mostraré cómo configurar
tu propio código para eso. Desde las seis de la noche hasta las siete de la mañana,
las puertas principales del edificio están cerradas. Si ves clientes durante esas
horas, deberás acompañarlos dentro y fuera del edificio. Si tienes problemas con
algo, primero prueba con Amanda y luego me llamas si ella no está disponible.
—¿Amanda? ¿La mujer que acaba de despedir?
Me levanto y me pongo la chaqueta del traje, la abrocho y me ajusto la
corbata. Ellen mantiene su sonrisa como si estuviera esperando mi reacción a su
comentario.
—Sí. —Al grano. Eso es todo lo que obtendrá de mí.
A Amanda le tomó cinco años abrirse camino en mi existencia hasta el
punto en que la necesito, pero solo profesionalmente. Ella podría orinar en mi café
y yo todavía no la despediría porque es la mujer detrás de uno de los mejores
abogados de Minneapolis: Yo. Y lo único que me hace más feliz que ella
anticipando cada uno de mis movimientos veinticuatro horas antes de que lo haga,
es que tiene esposo y tres hijos. Solo soy su trabajo. Punto.
—Sígueme. —Paso junto a Ellen, esquivando las oleadas de felicidad que
fluyen de su sonrisa demasiado vertiginosa.
—Parece muy frío afuera. No hacía tanto frío el año pasado en esta época.
—Se frota las manos y las sopla a medida que subimos por el ascensor.
Entrecierro un ojo hacia ella.
—Dieciséis grados no es frío en Minnesota. El año pasado fue inusualmente
cálido. Esto es normal.
—Me mudé aquí desde California. —Se encoge de hombros y se sopla un
poco más en las manos.
—Lo sé. —Asiento hacia las puertas del ascensor cuando se abren.
—Por supuesto. —Sonríe mientras sale del ascensor—. Mis referencias.
Robo un segundo para mirarla desde atrás. Por mucho que no quiera notar
sus curvas sutiles y su trasero alegre, no puedo evitarlo.
—¿Vienes? —me lanza una mirada coqueta por encima del hombro.
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No creo que esté intentando ser coqueta; solo es una mirada familiar. Es la
forma en que mi esposa solía mirarme.
—Sí. —Me sacudo mentalmente y la sigo dos puertas a la izquierda.
—Cuatro oficinas en total, ¿verdad?
Utilizo mi llave para abrir la puerta de su espacio y apagar la alarma.
—Sí. La mía, un optometrista al otro lado del vestíbulo, y al otro lado de ti
hay una firma de contabilidad. Aquí… —Me hago a un lado—… está listo para
que ingreses un código de seis dígitos.
Teclea dos números y luego me mira.
—¿Me estás viendo escribir mi código personal?
—Mi código es el código maestro. Puedo entrar a cualquiera de las oficinas.
No me vas a dejar fuera.
—Reutilizo los códigos. —Sus labios dibujan una sonrisa tensa.
Con un suspiro, me doy la espalda.
—Gracias. —El teclado emite cuatro pitidos más.
Me doy la vuelta y presiono la tecla numeral.
—Ese código también te permitirá entrar al edificio.
Asiente y deambula por la habitación vacía excepto por un baño en la
esquina más alejada. Un tarareo familiar llena la habitación. Es «You Are My
Sunshine». Lo sé porque Heidi se la cantó a Harrison un millón de veces. ¿Por qué
está tarareando esa canción?
—Me encanta tener una pared llena de ventanas.
Después de sorprenderme a mí mismo mirándola con demasiada atención
de nuevo, me aclaro la garganta.
—¿Alguna pregunta más antes de que me vaya?
Se vuelve y reanuda su tarareo. Miro por la ventana por encima de su
hombro porque no puedo mirarla sin mirarla fijamente. Algo en ella ha
desencadenado algo en mí, haciendo que mi control se desequilibre. Sacudo mis
puños un par de veces y luego miro mi reloj. Tal vez pueda ir al gimnasio antes de
que llegue el momento de sacar a Harrison de su clase de robótica después de la
escuela.
—Estoy bien, moveré mis cosas este fin de semana, ¿si eso está bien?
—El espacio es tuyo ahora, no necesitas mi permiso.
—¿Y pintar? 17
—Pinta.
—Gracias. —Sonríe y luego gira en varios círculos.
¿Qué demonios?
—¡Me encanta! —Se detiene y abraza sus manos contra su pecho, con sus
ojos azules llenos de gratitud como si acabara de recibir un auto nuevo o algo
mucho más emocionante que cuarenta y siete metros cuadrados de espacio, que
está pagando mucho por alquilarlo.
—Bien entonces. —Retrocedo lentamente hacia la puerta—. Tienes el
número de Amanda, así que, ¿estamos bien? —Este es mi código para: no tengo
que volver a verte a menos que haya una emergencia catastrófica.
—Cien por ciento bien. —Aprieta el pulgar y el índice juntos en un signo
de Está bien.
La parte más difícil de quitarle la vida a otra persona es saber que nada lo
hará mejor de nuevo.
Ni un millón de «lo siento».
Ni el pegamento más fuerte.
Ni una infinidad de buenas obras.
La mayoría de los días consigo engañarme a mí mismo haciéndome creer
que mi hijo es un regalo y que soy digno de criarlo, pero en días de total claridad,
veo que tenerlo y amarlo es mi mayor castigo. Cuando tenga la edad suficiente
para entender completamente lo que le sucedió a su madre, me odiará casi tanto
como yo me odio a mí mismo.
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—Soy el único niño que come cosas raras como esta en el almuerzo. —
Harrison toma un sorbo de su batido sin lácteos en la barra mientras yo le preparo
su almuerzo sin alérgenos.
—Gasté mucho dinero para hacerte la prueba de alérgenos, por no hablar
de las interminables horas de investigación. Te está yendo mejor en la escuela y
también nos llevamos mejor, así que no me importa si eres el único niño que come
alimentos saludables en el almuerzo.
—Los niños se burlan de mí.
—Los niños son idiotas.
—Yo soy un niño.
—Eres la excepción, por eso se burlan de ti.
—¿Están celosos de que no sea un idiota?
—Precisamente. —Añado una compresa fría a su lonchera.
Pone los ojos en blanco. El chico es demasiado inteligente para su propio
bien.
—Tu profesora de ciencias me envió un correo electrónico, dijo que no has
entregado tu trabajo de investigación.
Se pone su abrigo de invierno y agarra su lonchera del mostrador.
—Es estúpido.
—¿Por qué? —Cierro mi maletín y verifico que las luces estén apagadas
antes de salir de casa y comenzar una nueva semana laboral.
—Los libros de texto están desactualizados, todo lo que están enseñando
está desactualizado. Tenemos una lista de recursos obligatorios y no podemos usar
información de fuentes externas. Entonces, básicamente ella quiere que escriba
sobre ciencia incorrecta y cite investigaciones antiguas. Es una pérdida de tiempo.
Lo hago salir por la puerta y entrar en el vehículo.
—Tienes doce años. Sin trabajo, sin responsabilidades importantes, tienes
todo el tiempo del mundo. Te lo he dicho un millón de veces, debes pensar en la
escuela como tu trabajo.
Se abrocha el cinturón de seguridad mientras salgo del garaje.
—Está bien, tengo el tiempo, pero no lo voy a hacer porque es un insulto a
mi inteligencia.
Tengo un niño «levemente» autista. Los médicos no parecen distinguir su
cabeza de su trasero cuando se trata de la enfermedad que ha devorado a esta
generación de niños. No hay una forma clara de diagnosticarlo, o una inyección 19
para prevenirlo, o una pastilla para enmascarar los síntomas.
Harrison es un adicto a la información, es raro verlo sin auriculares en los
oídos escuchando podcasts sobre todo, desde el arte moderno hasta la teoría de la
evolución. Tiene problemas para mantener sus emociones bajo control, sus
interacciones sociales son un poco duras y tiene un extraño sentido del humor, lo
cual es interesante porque rara vez percibe el humor de otras personas. Aparte de
eso, es un niño de doce años bastante normal y bien adaptado.
—Juega el juego, Harrison.
—Es un juego estúpido. —Como si fuera una señal, se pone los auriculares,
poniendo fin a nuestra conversación.
—Te reprobará si no haces el trabajo, creo que eso es un insulto aún mayor
a tu inteligencia. —Echo un vistazo. Se distrajo.
Paso mi mañana en la corte y recojo algo para almorzar antes de regresar a
mi oficina.
—Hola, ¿cómo te fue? —pregunta Amanda cuando tiro mi maletín sobre
mi escritorio y desabrocho mi chaqueta.
—Ganamos.
—Felicidades. ¿Cuándo fue la última vez que perdiste un caso? No puedo
recordar. —Sus labios se tuercen hacia un lado.
Ella no tiene que recordar. Mi memoria está bien y recuerdo cada caso que
pierdo, repitiéndolo una y otra vez en mi cabeza, preguntándome qué podría haber
hecho de manera diferente, y luego mi mente siempre vuelve a Heidi, mi mayor
pérdida y la única que no tuve oportunidad de apelar.
—¿Qué es ese sonido? —Me acomodo en mi silla y saco un sándwich de la
bolsa marrón, mirando hacia el techo.
—Es Ellen, trasladó sus cosas durante el fin de semana, también pintó.
—¿Y? —Entrecierro los ojos al techo en tanto continúa el bang, bang, bang.
—Y está viendo clientes hoy. Son tambores ahora, pero hubo guitarra y
canto hace una hora. «Wheels on the Bus».
20
—Explícate. —Desenvuelvo mi emparedado, encogiéndome ante el ruido.
Amanda mueve su cabello rubio sobre su hombro.
—Bueno, se trata de un autobús y las ruedas dan vueltas y vueltas, la gente
sube y baja, el claxon suena…
La interrumpo con una mirada… tal vez la mirada. Por eso tengo que
despedirla todos los días.
Sonríe. Su actitud inteligente sigue creciendo, al igual que su confianza.
Trabajar para mí le ha permitido el dinero extra para hacerse una liposucción
después de tres cesáreas, una membresía en un gimnasio y creo que algo con sus
venas varicosas. Estoy seguro de que dejará a su marido una vez que alcance su
peso ideal. Lo veo todo el tiempo. Demonios, me gano la vida con eso.
—Es musicoterapeuta, Flint. Por favor, dime que asumiste que la música
estaría involucrada. De lo contrario, me avergüenzo de ti.
Bang, bang… bang… bang, bang, bang
Miro hacia arriba de nuevo, masticando lentamente mi comida.
—Esto no va a funcionar.
—Es un contrato de arrendamiento de un año.
—Puedo salir de eso.
Amanda se ríe.
—¿Qué regla está rompiendo? No tienes restricciones de ruido en el
contrato. Te dio información completa sobre su profesión, pero en serio… tienes
que decirme qué pensaste que hacía un musicoterapeuta.
—Cómodos sofás y música relajante a través de auriculares con cancelación
de ruido.
Sonríe.
—Deberías haber hecho una búsqueda en Internet, hay muchos videos que
muestran exactamente lo que sucede en la oficina de un musicoterapeuta. Estoy un
poco sorprendida de que se te haya pasado.
—¿Sabías? —Tiro el resto de mi sándwich en la bolsa. El inquietante ritmo
sobre mí me ha arruinado el apetito.
—Sí. ¿Cómo crees que sé acerca de los videos?
—¿Pero no pensaste que necesitaba saber esto antes de permitirme ofrecerle
el espacio?
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—Supuse que lo sabías, eres el chico más inteligente que conozco. Es como
si mi ídolo se hubiera caído hoy, ya no te veo como un dios omnisciente, sino como
un mortal de inteligencia promedio como el resto de nosotros.
Nota personal: nunca más contrates a una mujer para el puesto de
secretaria de nuevo.
—Vuelvo enseguida. —En menos de cinco pasos, mis pies se comen el piso
entre mi escritorio y la puerta de entrada a mi oficina. Mis dedos tamborilean en la
barandilla del ascensor. Cuando se abre, una niña y su madre se suben cuando
salgo.
—Flint, feliz lunes. —Ellen sonríe, arrodillada en el suelo mientras
amontona varios instrumentos de percusión en una canasta.
¿Quién dice feliz lunes?
Se pone de pie y se quita la pelusa que dejó la alfombra en sus pantalones
color crema los cuales abrazan sus curvas de una manera que me molesta, casi
tanto como el apretado suéter azul de cuello alto que abraza sus pechos alegres. La
mujer jugó conmigo, me distrajo con su cuerpo y bailó feliz por su nuevo espacio,
entonces ¡zas! Bongos todo el día.
—Era un «feliz lunes». Gané un caso esta mañana y compré el almuerzo en
mi tienda de sándwiches favorita, pero luego me senté en mi escritorio para
comerlo y escuché este horrible sonido de golpes que venían de encima de mí.
—No es horrible. —Niega con la cabeza—. Esa jovencita en particular ha
hecho grandes avances con su ritmo. No podía mantener el ritmo cuando la conocí
por primera vez, ahora puede tocar seis canciones diferentes con ritmos complejos.
Está más concentrada en la escuela y su lenguaje ha mejorado dramáticamente.
Hay algo emocionante, incluso un poco prohibido, sobre un hombre con un
traje perfectamente entallado. Flint Hopkins lleva un traje de tres piezas increíble.
Ni una sola arruga.
Ni un cabello fuera de lugar.
Ni una marca de roce en sus zapatos brillantes. 22
Sus labios se mueven, pero todo lo que escucho es «Hoy me puse este traje
para ti» mientras sus manos dan vueltas: acariciando los botones de su chaqueta,
retorciendo sus gemelos y ajustándose la corbata. Es una inquietud sofisticada.
—Dijiste que eres una terapeuta, no una profesora de música.
Los hombres observadores también son sexys.
—Lo dije, y lo soy. Específicamente, soy musicoterapeuta. ¿Quieres que te
explique lo que hace un musicoterapeuta?
—No, solo quiero que busques un espacio diferente para alquilar. Te doy
dos semanas. —Se gira y sale por la puerta en tres largos pasos.
Mis dedos de los pies están pisándole los talones en segundos,
persiguiéndolo por las escaleras.
—Espera. ¿Me estás desalojando?
—Te estoy dando un aviso.
—¿Aviso? Me estás echando, ¿por qué? ¿Por qué estoy haciendo mi
trabajo?
—Por impedirme hacer el mío. —Empuja la puerta al pie de las escaleras y
gira bruscamente a la derecha.
—Oye, jefe, ¿cómo…? —La mirada de Amanda se mueve de Flint a mí
mientras lo sigo a su oficina.
—Hola, Amanda. ¿Tendrías el nombre de un buen abogado de bienes
raíces? Es posible que deba demandar al arrendador por desalojo indebido.
—Umm…
Flint se gira, deteniendo mi impulso hacia adelante un segundo antes de
estrellarme contra su pecho.
—Cierra la puerta, Amanda. —Entrecierra los ojos.
No me importa lo sexy que se vea este tipo con traje. No retrocederé bajo
su ceño fruncido.
—Por favor, déjala abierta, Amanda. Puede que necesite que seas mi
testigo.
La arrogancia tira de su boca.
—¿Testigo?
—Para cuando me amenaces.
23
Se desabotona la chaqueta y da un paso atrás. Un zumbido de oxígeno sale
de mi pecho como si estuviera unido a él. El hombre tiene un aire de confianza y
misterio que llama la atención.
Cuando se dio la vuelta para mirarme hace unos segundos, sentí la más
mínima agitación en sus ojos entrecerrados y fosas nasales ensanchadas, pero ya
no. No es difícil imaginarse a Flint Hopkins en un tribunal: frío, calculador,
despiadado.
—Pareces ser una persona inteligente, así que seguramente puedes ver
cómo el nivel de ruido de tu profesión puede distraerme de hacer la mía. Creo que
compartir espacio con otras empresas no es una buena idea. Necesitas un edificio
propio o tal vez deberías trabajar desde tu casa.
—Vivo en un apartamento, y lo siento, Señor Bolsas de Dinero, pero no
tengo el flujo de efectivo para comprar o alquilar un edificio para mí sola. Eres
abogado. ¿Con qué frecuencia estás incluso en tu oficina? Y cuando lo estás, ¿qué
estás haciendo que requiera un silencio total? ¿Encantando serpientes? ¿Narrando
audiolibros?
Se ajusta la corbata y juguetea con sus gemelos mientras me inmoviliza con
una mirada fría.
—Estoy pensando, eso es lo que hago cuando estoy aquí, pensar es lo que
gana los casos. Mi trabajo requiere concentración.
—Si tienes problemas de concentración, puedo ayudarte con eso. Incluso te
daré un descuento en nuestras sesiones.
Flint toma asiento en su escritorio y abre la tapa de su computadora.
—Sí. Tengo problemas de concentración, pero la terapia no me ayudará, si
te mudas resolverá todo el problema. Dos semanas, Amanda te ayudará a encontrar
un nuevo lugar para alquilar o tal vez un edificio antiguo para comprar. ¿Amanda?
¿Puedes darle la tarjeta de presentación de Philip a la señorita Rodgers?
Mis manos agarran el borde de su escritorio de madera oscura. Es suave
como cada gesto sutil que hace el exasperantemente atractivo hombre ante mí. Las
cejas gruesas y perfectamente formadas del Señor Intimidador saltan por su frente
a medida que me inclino más cerca de él.
—Mejoro la vida de las personas. Algunos han usado la palabra milagroso
para describir lo que hago y cómo está cambiando el mundo para aquellos que
pensaban que no había esperanza. Tú eres un habitante de abajo que gana dinero
cuando los humanos se portan mal, pero pareces ser una persona inteligente,
seguramente puedes ver que un jurado de mis compañeros simpatizará con mi
situación y no tendrás nada más que mi música para calmar tu ego herido cuando 24
todo haya terminado.
La contracción apenas perceptible de sus labios me recuerda la forma en
que mi mamá solía mirarme cuando yo tenía una rabieta y ella no quería
empeorarla riéndose, pero contenerla era casi demasiado doloroso.
—Eres terca. —Su mirada se desvía de la mía a la pantalla de su teléfono.
—¿Eso es lo mejor que tienes? ¿Soy terca? ¿Ganas muchos casos con esa
defensa? «Damas y caballeros del jurado, el demandante claramente está sufriendo
de un caso de terquedad». —Mi voz baja y mi barbilla se hunde en mi pecho al
tiempo que intento imitar a Flint sin ninguna buena razón más que él es una nube
oscura que bloquea mi sol en lo que fue un gran día.
—Hola, Harrison, ¿cómo estuvo la escuela?
Flint se inclina hacia un lado para ver más allá de mí, y miro por encima del
hombro para seguir su mirada. El chico, una versión más joven de mi irrazonable
casero, aparta su cabello oscuro de sus inesperados ojos azules.
—Una pérdida de un día perfectamente bueno. —El chico se encoge de
hombros sin siquiera una pequeña sonrisa.
Amanda se ríe.
—Tienes doce años. ¿Qué más tienes que hacer con tu tiempo?
—Dar casa a los desamparados, alimentar al hambriento, curar el cáncer.
Las posibilidades son infinitas.
—Tu papá está en una reunión. —Amanda baja la voz—. Creo que encontró
la horma de su zapato.
Le sonrío a Flint.
Su mirada se desplaza de Harrison a mí.
—Siento decepcionarte, señorita Rodgers, pero no eres rival para mí. Dos
semanas. Ahora, si me disculpas. —Vuelve a inclinarse hacia un lado—. ¿Por qué
estás fuera de la escuela, Harrison?
—Salí temprano, Nancy casi se olvida de recogernos a Troy y a mí, ella
todavía estaba en pijama, los llamó pantalones de entrecasa, pero no soy estúpido,
eran rosas con conejitos blancos. —El chico pasa a mi lado arrastrando los pies y
deposita su mochila en el escritorio de su padre.
Flint lo mira con el ceño fruncido y deja la mochila en el suelo.
—¿Saliste temprano por qué?
—No sé.
—¿Capacitación docente? 25
Su hijo se encoge de hombros y hace un breve contacto visual conmigo
mientras está sentado en la repisa de la ventana llena de balones de fútbol firmados.
—No sé.
—¿Cómo puedes saber tanto y tan poco al mismo tiempo?
—No sé.
Sonrío, pero se desvanece cuando Flint me lanza una mirada severa.
—Dos semanas, que tengas una buena tarde.
Mis ojos se entrecierran.
—Papá, un chico de mi clase está vendiendo su guitarra eléctrica. Creo que
la voy a comprar.
Flint redirige su ceño fruncido de mí a su hijo.
—No.
—¿Tocas la guitarra? —Le sonrío al chico.
—No —dice Flint.
—De ahí la razón por la que voy a comprar una. —Harrison pone los ojos
en blanco.
Me gusta este chico.
—Tengo varias guitarras acústicas. Si nunca las has tocado, es posible que
desees comenzar con cuerdas de nailon para no romperte los dedos como lo harías
con las cuerdas de metal. Con mucho gusto te prestaría una. —Le doy la espalda a
Flint y me siento en el borde de su escritorio, frente a Harrison. Creo que el Señor
Abogado murmura algo que comienza con una M y termina con una A, pero no
puedo descifrarlo con certeza.
Harrison se encoge de hombros.
—Seguro.
—No. —El tono de Flint cae una octava.
—Tengo una arriba, puedo mostrarte algunos acordes mientras tu papá
medita o hace lo que tenga que hacer en completo silencio.
—Está bien. —Harrison se pone de pie y se aparta el cabello desgreñado de
los ojos. No presta atención a la batalla silenciosa que comenzó antes de su llegada.
—Harrison, siéntate en la sala de espera, necesito tener unas palabras con
la señorita Rodgers. 26
—Harry, te veré arriba. Alquilo el espacio de oficina en el segundo piso, en
caso de que tu papá no lo haya mencionado. Hay dos guitarras en sus estuches a lo
largo de la pared del fondo. Pruébalas y ve cuál te gusta más, iré después de que
tenga unas palabras con tu padre.
Harry asiente. Sigo sin sentir que detecte una pizca de tensión en la
habitación.
Después de que él se pierde de vista y Amanda gira su espalda hacia
nosotros, me pongo de pie y me enfrento a Sexo en un Traje.
Flint llega a su altura completa, algo por encima del metro noventa,
inclinándose hacia adelante y equilibrando su peso con las yemas de los dedos
presionadas contra el escritorio.
—Es Harrison, no Harry.
Imito su postura, deseando que mis rodillas se queden donde están porque
huele tan bien que quiero arrastrarme hasta el escritorio y hundir mis dientes en su
cuello, de una manera no vampírica y no caníbal, por supuesto.
—Tu corbata está torcida.
—No lo está. —No parpadea.
El hombre hace pequeños ajustes en su guardarropa cada diez segundos.
Sabe que su corbata está recta, su cabello está perfecto y su actitud es exasperante.
Puede que esté un poco excitada en este momento.
—Es una locura. Nunca pensé en la facultad de derecho, pero ahora mismo
me encantaría discutir contigo en un tribunal. Empujarte contra las cuerdas un par
de veces solo para verte saltar hacia atrás, con los puños preparados y los dientes
apretados, pero… —Me empujo fuera de su escritorio y tiro de mis hombros hacia
atrás mientras silbo do, re, mi, fa, sol, la, si, do terminando con una sonrisa—…
necesito subir las escaleras y enseñar algunos acordes. Tal vez la mamá de Harry
aprecie su interés por la música más que su padre.
Girando sobre mis talones, le guiño un ojo a Amanda. Su tez fantasmal me
da un segundo de pausa. La tomé por una luchadora también. ¿Por qué la mirada
de horror?
—La madre de Harrison está muerta, así que eso me deja con la última
palabra sobre su esfuerzo musical, y la palabra es no —dice Flint con una finalidad
que destroza mi confianza.
Amanda se encoge y yo muero en el acto.
La muerte triunfa sobre todo lo demás en la vida. Me ha dejado sin discutir. 27
—Lo siento. —No puedo mirarlo. No quiero saber cómo se ve la muerte en
el rostro de Flint Hopkins. Deberíamos recordar a las personas en sus momentos
más bellos, pero no lo hacemos. Es el grabado de lo feo y el dolor lo que deja una
impresión duradera.
—¿Así que te irás en dos semanas?
La mirada de Amanda revolotea entre nosotros como si realmente
estuviéramos en un ring de boxeo.
—Soy amable, señor Hopkins. No débil.
Ya pasaron dos semanas y la señorita Rodgers todavía toca su mierda todo
el día. Hay un vacío legal, podría desalojarla. Siempre hay un vacío legal, pero en
este momento, Harrison está protegiendo esa laguna. Su obsesión con la guitarra
(y su obsesión con ella), me tiene jugando con mis pulgares cuando debería estar
echándola a patadas.
He aprendido por las malas que no puedo quitarle sus fijaciones. Esto es
todo de lo que habla ahora, los días que no tiene su clase de robótica, deja su
mochila en mi oficina y sube las escaleras para esperar a que Ellen termine para
que puedan tocar la guitarra juntos, y ella es aún peor, actúa como si no le hubiera
dado dos semanas para irse. Tendré que sacarla físicamente de las instalaciones
cuando llegue el momento.
—¿Les estás ayudando a mudarse? —Amanda es la maestra de las 28
preguntas aleatorias. No me mira, por lo que sé, podría estar hablando por teléfono,
pero sé que no lo está. Esto es lo suyo: horas de silencio y luego una pregunta que
no puedo responder.
—¿A quién?
—Cage. Sé que estás guardando todas las emociones en tu interior, pero tu
mejor amigo te está dejando y no has dicho más de dos palabras al respecto. No
me has pedido que marque tiempo libre para ayudarlos a mudarse ni nada por el
estilo.
—Él se está mudando, no «dejándome». Ha contratado a una empresa de
mudanzas. Es su vida, no la mía. Es lo que es. ¿Sacaste los archivos de Peterson
por mí?
—En tu escritorio, a siete centímetros de tu mano. Si te mueves, el
expediente te morderá porque estás preocupado por la mudanza de tu mejor amigo
y por tu fantástica nueva inquilina que se ha robado el corazón amante de la música
de Harrison.
Fantástica. Tiene razón, Ellen Rodgers no es real. Mujeres tan extrañas solo
existen en la fantasía. Sus tetas perfectas son la única parte real de ella, una
anomalía propia porque las tetas perfectas suelen ser una fantasía.
Necesito dejar de pensar en sus tetas.
—Ve a decirle a Harrison que me voy en cinco minutos.
Amanda se pone de pie y se pone la chaqueta.
Suspiro.
—Por favor.
—Lo siento. Estoy fuera del horario, tendrás que subir y decírselo tú mismo.
Saluda a Elle de mi parte.
—¿Elle?
—Abreviatura de Ellen.
—¿Eres demasiado floja para agregar la N?
—Deja de ser tan… —Frunce los labios hacia un lado—. Tú.
—¿Yo?
—Elle es la abreviatura de Ellen, al igual que Flint es la abreviatura de
Flinton.
Vuelvo mi atención a mi computadora. Sabe muy bien que mi nombre no 29
es Flinton. Estoy cansado de admitir su locura.
—Estás despedida.
—¡Hurra! Me preocupaba que estuvieras a punto de dejar pasar el día de
hoy sin despedirme. Te veo el lunes.
—Hasta el lunes. —Le doy una mirada de despedida y una leve sonrisa a
pesar de lo mucho que me tortura con sus payasadas.
Me las arreglé para evitar el segundo piso del edificio desde el día en que
fallé en desalojar a la señorita Rodgers. Mientras el ascensor hace su breve ascenso,
mi ropa se siente demasiado caliente, mi corbata demasiado apretada y mi piel
demasiado sudada, creo que también me pica el cuello. Es una alergia a Ellen.
Seguramente Harrison entenderá por qué tengo que deshacerme de ella si puedo
mostrar pruebas de una alergia real a ella. Pensándolo bien, no lo hará. Su nivel de
empatía ha mejorado un poco, pero está lejos de ponerse en el lugar de los demás.
—¿Aún bailas? —le pregunta a Harrison cuando me quedo detrás de la
puerta, fuera de la vista.
—No.
—¿Haces alguna otra actividad?
—Fútbol.
—¿En serio?
—No, eso es lo que mi papá me dijo que dijera. ¡Ja! Se alegrará cuando le
diga que me acordé de decirlo en el momento justo.
Cierro los ojos y niego con la cabeza. No fue así como sucedió. Este niño
mío cree que puede condensar una discusión de quince minutos en ocho palabras
que no son en absoluto acertadas.
Ellen se ríe. Es irritante. Su felicidad es irritante, y pica. Me jalo la corbata,
levanto la barbilla y me rasco el cuello.
—Tu papá tiene muchos balones de fútbol en su oficina. Puedo ver por qué
él podría querer que lo juegues.
—Él jugó.
—Ah, ¿sí? ¿En la Universidad?
—Creo que sí.
Increíble. Recuerda mierdas al azar que leyó una vez, pero no puede
recordar los detalles de mis años futbolísticos, algo que le he dicho cientos de
veces. 30
—¿Dónde? —Por supuesto que esa es su pregunta de seguimiento.
Aquí vamos…
—No me acuerdo.
Bingo.
—Siempre lo ve en la televisión con su amigo.
—¿Tu papá tiene un amigo?
Me aclaro la garganta y doy la vuelta a la esquina.
—No suenes tan sorprendida, señorita Rodgers. Puede que tenga más de un
amigo.
—No. —Harrison niega con la cabeza—. Solo es uno.
Estoy listo para sacudirlo. Ellen contiene su sonrisa, pero los labios se le
quedan pegados a los dientes, por lo que se los moja, y la miro mojándose los
labios porque distrae… y pica.
—Toma tus cosas y espérame en el auto. —Le entrego el llavero.
Los ojos azules vivos lo siguen. Me recuerdan a los de Heidi, solo que más
claros, casi translúcidos.
—Adiós, Harry.
—Adiós, Elle.
—¿Te deja llamarlo Harry?
Tararea y sonríe. Yo jalo mi corbata, me está estrangulando.
—Aparentemente. —Sus hombros se levantan en un ligero encogimiento
de hombros.
—¿Y Elle?
Se acerca. ¿Por qué diablos se está acercando?
—Mis amigos me llaman Elle. Podría ser tu segunda amiga y tú también
podrías llamarme Elle, pero… —Silba la melodía de Jeopardy, voltea su melena
roja detrás de sus hombros y agarra mi corbata, dándole un tirón en una dirección
y luego en la otra hasta que está donde estaba antes de que comenzara a jugar con
ella en mi camino hacia aquí—. Vas a tener que acabar con todas estas tonterías
del desalojo, los amigos no echan a sus amigos del edificio.
Olfateo. 31
—Hueles a piña.
Sonríe.
—Bálsamo labial de piña colada.
Odio la piña colada.
—¿Vas a soltarme la corbata? —Mi mirada se desplaza de sus labios de
piña colada a sus manos agarrando mi corbata como si la estuviera atando.
—¿Quieres que la suelte? —Se frota los olorosos labios.
Mi polla se endurece, la muy traidora. La cosa estúpida no recibió la nota
de que no nos excitamos con las bebidas tropicales.
—Estoy bromeando. —Soltando mi corbata, da un paso atrás—. Soy una
alborotadora de plumas y he llegado a disfrutar alborotando las tuyas.
—¿Y por qué es eso? —Tiro de los puños de mi camisa y ajusto los botones
de mi chaqueta. No hay ninguna razón para que yo haga preguntas de seguimiento
a sus ridículas declaraciones, pero no puedo dejar de mirarla. Es… no sé…
irritantemente hermosa.
—Es el traje. Mi padre era sastre, su padre era sastre, y su padre… —
sonríe—. Sabes a donde voy con eso, una larga lista de sastres en mi familia. Mi
madre solía sonreír y agarrar las solapas de la chaqueta del traje de mi padre y
decir: «Jonathan Samuel Anderson, seguro que sabes lucir el papel». Entonces lo
atraía para darle un beso, yo arrugaba la nariz con disgusto, pero nunca dejé de
mirarlos. Luego él decía: «¿Qué papel es ese, querida?» Ella respondía: «El de Mi
hombre, por supuesto».
—¿Te recuerdo a tu padre?
—Solo el traje perfectamente hecho a medida. —Se ríe mientras pone su
guitarra en su estuche—. Mi padre es un hombre modesto, amable, generoso hasta
el extremo, él nunca miró a nadie como tú me miras a mí.
Me meto las manos en los bolsillos y suspiro. ¿Por qué sigo parado aquí?
—¿Cómo te miro?
Inclinada sobre el estuche en el suelo, inclina la cabeza hacia mí,
entrecerrando un ojo.
—Como si yo fuera la pesadilla de tu existencia.
Es una evaluación justa.
—Te he dado un período de gracia porque no estoy listo para lidiar con la 32
reacción de Harrison cuando te marches. Pero tendrás que irte de este edificio. No
porque seas la pesadilla de mi existencia, esto es solo un negocio. No es nada
personal.
Endereza la espalda, exhalando un lento suspiro antes de que esa sonrisa
brillante, de jodidamente parezco una adolescente, adorne su rostro.
—Encuentro que las personas que dicen que algo es por negocios, y no
personal, generalmente carecen de personalidad. Somos personas, no máquinas,
todo lo que hacemos es personal para alguien.
Necesita una piel más gruesa. Le doy una sonrisa tensa.
—Buenas noches, señorita Rodgers. —Me vuelvo hacia la puerta.
—Buenas noches, Flint.
—Puedes llamarme Señor Hopkins. —Presiono el botón del ascensor.
—Mmm, a mi casero le gusta hacer juegos de rol, a mí también.
Me endurezco, en todas partes, vuelvo la mirada por encima del hombro.
Ellen asoma la cabeza por la esquina y guiña un ojo.
Resisto la tentación de tirar de mi corbata y rascarme el cuello. Está
coqueteando conmigo, se está metiendo conmigo, jugando con mi cabeza.
Harrison tiene sus auriculares en el momento en que subo al auto y me
ignora todo el camino a casa. Entramos por la puerta trasera y le quito uno de los
auriculares de la oreja.
—¿Qué? —Frunce el ceño, pausando lo que sea que esté sonando desde su
teléfono.
Dejo mi maletín en el mostrador y tomo un café helado de la nevera.
—¿Por qué dejas que te llame Harry?
—No sé.
—Te he llamado Harry a lo largo de los años y has tenido ataques de
histeria, los profesores y los niños de la escuela te llaman Harry y te molestas por
un nombre que de hecho es tu apodo. ¿Pero una extraña te presta una guitarra y 33
toca algunas melodías contigo y te sometes a un nombre que no te ha gustado
durante años? Ayúdame a entender esto.
—No sé.
—Eres demasiado inteligente para permitir que «No sé» sea tu opción
predeterminada para todo lo que te preguntan.
Se encoge de hombros, sacudiendo la cabeza para apartarse el cabello de
los ojos.
—Cuando ella lo dice, suena genial. No como cuando todos los demás lo
dicen.
—Harry.
—Buen intento, pero no lo dices bien.
Me rio.
—No es como ella lo dice, es una mujer atractiva y por eso te parece bien
que te llame Harry.
—Eres un idiota. —Pone los ojos en blanco—. No digas atractiva.
Vuelvo a girar la tapa en la botella de vidrio de café.
—¿Y qué dicen los niños jóvenes y totalmente geniales como tú?
Otro giro de ojos. Mi hijo es como un muñeco cabezón con ojos saltones.
—Sexy. Es sexy, papá. Aunque no te des cuenta. —Se vuelve a poner los
auriculares en los oídos.
Los saco de un tirón y se queja.
—¿Por qué no me daría cuenta de una mujer sexy?
—Porque no tienes sexo con ellas.
Justo cuando creo que no puede decir nada que pueda sorprenderme… me
sorprende.
—¿Crees que la única forma de reconocer a una mujer «sexy» es tener sexo
con ella? Me temo que no has escuchado las conversaciones que hemos tenido
sobre sexo.
—El papá de Simon invita a mujeres para tener sexo, son las únicas veces
que deja que Simon vea televisión durante más de dos horas seguidas.
—Más de dos horas, ¿eh? —El padre de Simon es un hijo de puta
afortunado.
34
—Gina es la favorita de Simon. Después de escucharla en el piso de arriba
agradeciendo al niño Jesús una y otra vez, ella baja a la cocina y hornea varias
docenas de galletas con chispas de chocolate. La última vez que estuve ahí, me
prometió prepararlas sin lácteos y sin gluten en el futuro para que yo también pueda
comerlas.
Los doce son los nuevos veinte, no tuve estas conversaciones con mis
padres cuando tenía doce años. Hablábamos de fútbol y de quién era el turno de
cortar el césped. Creo que puede haber habido algunas conversaciones sobre
drogas y subirse a un automóvil con extraños, pero eso fue todo.
—Creo que deberías tomarte un descanso de pasar el rato en la casa de
Simon.
—Lo que sea —dice el niño que no tiene verdaderos amigos cercanos.
Por otra parte, según él, solo tengo un amigo y se está mudando al otro lado
del país.
—Dame tu lonchera para que la limpie y luego haz tu tarea mientras preparo
la cena.
Murmura algo en voz baja, estoy seguro de que tiene que ver con que nunca
salimos a comer. Mientras abro la cremallera de su lonchera, un roedor cruza
corriendo el mostrador.
—¿Qué demonios? —Agarro una sartén del estante que cuelga sobre la isla
y levanto mi brazo hacia atrás para matarlo.
—¡Alto! —Harrison se lanza hacia la rata.
Hay una rata en mi casa. ¿Cómo diablos entró aquí?
—No toques… —Antes de que pueda detenerlo, Harrison la recoge y yo
me estremezco, todavía agarrando el mango de la sartén.
—¡Déjala antes de que te muerda! —le advierto.
La abraza contra su pecho, acariciando su cabeza.
—¿Qué demonios? Casi matas a Mozart.
—¿Mozart? —Tiro la sartén sobre la encimera con un ruido metálico—.
Explícate ¡Ahora!
Me frunce el ceño por el fuerte ruido.
—¿De dónde diablos sacaste esa cosa?
—Wolfgang Amadeus Mozart es una rata Dumbo, no una cosa. ¿Ves que
sus orejas son más grandes y redondas? Como Dumbo. Me gusta mucho su cabeza
gris y su cuerpo blanco, Elle dice que es muy amable y tiene una gran personalidad. 35
He tenido una paciencia santa con él, lo amo. Escucho todas sus
descripciones en profundidad de sus últimas obsesiones. Gracias a él, soy un
experto en áreas en las que nunca quise adquirir ningún tipo de experiencia, pero
esto no pasará. Le dije que no a un pez, no hay forma de que le deje tener una rata.
Anulo mi declaración anterior a Ellen; es la pesadilla de mi existencia.
—Puedes tener un colapso aquí y ahora, pero la respuesta es no. No te
quedarás con eso.
—Él. —Ahí están los ojos en blanco—. Y nunca dije que me quedaría con
él. Elle lo tenía con ella hoy y dijo que tal vez en algún momento yo podría llevarlo
a casa por una noche.
—¿Tal vez? ¿En algún momento? —Con las manos en las caderas, me
inclino hacia adelante hasta que estamos al nivel de los ojos—. ¿Dijo que podrías
traerlo a casa esta noche?
Se encoge de hombros, acariciando a la pequeña criatura que se retuerce.
—Es una pregunta simple.
—No sé. Dijo que tal vez en algún momento podría traerlo a casa por la
noche, y le dije que me gustaría, así que lo puse en mi estuche de guitarra y luego
apareciste. Jugué con él en el auto mientras te esperaba, luego lo puse en mi
mochila cuando saliste.
—¿Ella sabe que lo tienes?
Otro encogimiento de hombros.
Tiro de mi corbata varias veces para aflojarla y mis dedos abren el botón
superior de mi camisa, no estoy de humor para esta mierda esta noche.
—Ponlo en una bolsa. Se lo devolveré a la señorita Rodgers mientras haces
tu tarea.
—Morirá en una bolsa de plástico.
Saco una bolsa de papel de la despensa y la mantengo abierta. Harrison la
mira unos segundos antes de encontrarse con mi expresión impaciente, lo mete en
la bolsa y yo enrollo la parte de arriba hacia abajo.
—¿Y si no hay suficiente aire? Mantuve la cremallera de mi mochila un
poco abierta.
Con un tenedor de su bolsa de almuerzo, apuñaló la parte superior de la
bolsa varias veces.
—¡Dios! Podrías matarlo. 36
—No voy a tener esa suerte hoy, Harrison. Ahora… no abras la puerta,
quédate en tu habitación y haz tu tarea, regreso en un momento.
Una vez que hemos tenido nuestra acostumbrada competencia de miradas,
gira y arrastra los pies a su habitación.
Contemplo sacudir la bolsa hasta que cese el rasguño espasmódico en el
fondo, pero no soy un monstruo total, al menos ya no.
Mantén la calma. Él está aquí en alguna parte, no importa que haya pasado
la última hora buscando a Mozart en el edificio, no importa que haya miles de
millones de lugares en los que podría haber metido su pequeño cuerpo, no pienses
en trampas para ratones o veneno, él aparecerá.
Mantén la calma.
—¿Mozart? —Vuelvo a decir en el vestíbulo después de que la última
persona abandona el edificio mientras me da una última mueca de disgusto y
menos que sincero «buena suerte». La gente es tan rara con las ratas como
mascotas, son criaturas tan incomprendidas.
Mantén la calma, no llores.
Mi teléfono suena. 37
—Habla Ellen. —Finjo felicidad a pesar de las lágrimas que me queman los
ojos.
—Señorita Rodgers.
Extiendo mi teléfono y miro fijamente el número desconocido antes de
devolverlo a mi oído.
—Sí.
—¿Dónde estás?
Ahora eso es espeluznante. La voz es familiar… pero espeluznante.
—¿Quién es?
—El señor Hopkins.
Suspiro a pesar del escalofrío que me da su voz, a pesar de la forma en que
me hace sonreír cuando se refiere a sí mismo como el señor Hopkins y a pesar de
que estoy a segundos de tener un colapso total porque mi bebé ha desaparecido.
—Flint, ¿puedo devolverte la llamada? Estoy… en medio de algo
importante.
—Por supuesto, señorita Rodgers, termina con tus cosas importantes y solo
conduciré cuidando a tu rata, ya que no tengo nada importante que hacer.
—¡Mozart! ¿Tienes a Mozart? —Mi tapadera se ha descubierto, un gran y
gordo Reprobado en la clase de Mantener la Calma. Cerrando los ojos, niego con
la cabeza.
—Intentemos esto de nuevo porque no tengo toda la noche. ¿Dónde estás?
—Mi edificio… eh… tu edificio —digo.
—Estaré ahí en cinco. No voy a salir, ni siquiera detendré mi vehículo por
completo, espero que tengas manos rápidas, señorita Rodgers.
—No te atrevas…
Miro la pantalla del teléfono. Colgó. El bastardo me colgó después de
amenazar con tirar a Mozart por la ventana de su auto.
Subo corriendo las escaleras, agarro mi bolso y la bolsa de viaje de Mozart,
cierro con llave y vuelvo volando escaleras abajo. El aire fresco de la tarde me
roba el aliento cuando empujo la puerta principal del edificio, desesperada por
alcanzar a Flint en el momento en que entre al estacionamiento. En cuestión de
segundos, su elegante camioneta negro llega a la esquina. Corro hacia él porque, 38
fiel a su palabra, baja la ventanilla y me tiende una bolsa de papel marrón.
¡De ninguna manera! No tiene a mi bebé en una bolsa. Como haría cualquier
buena madre, corro frente a su vehículo, agitando los brazos.
—¡ALTO!
Se detiene, a un par de centímetros, en el mejor de los casos, antes de
atropellarme.
—¿Estás loca? —Salta, inspeccionando el espacio de menos de tres
centímetros entre mis piernas y su parachoques.
Le arrebato la bolsa marrón de la mano y rescato a Mozart, acariciando con
la nariz su suave pelaje.
Flint niega con la cabeza.
—No importa, ya sé la respuesta. —Vuelve al lado del conductor.
—¿Harry se lo llevó?
Flint se gira y me lanza una mirada de «duh».
—No te enojes con él, le dije que podía, simplemente no discutimos cuándo
podría llevárselo.
—¿Cuándo? ¿Crees que necesitas discutir con mi hijo cuándo sería un buen
momento para enviar una rata a mi casa?
¡Argh! Este hombre alto y de cabello oscuro es tan sexy cuando está tan
alterado.
—Estás enfadado conmigo, está bien. Asumiré la culpa siempre y cuando
no te enojes con Harry.
Después de unos parpadeos imperceptibles, niega con la cabeza.
—Lo tomó y no debería haberlo hecho, él y yo hablaremos de esto, pero la
verdad es que no quiso robarlo. Es levemente autista, en su mente…
—No robó a Mozart, entiendo. —Sonrío porque adoro a Harry. Puede que
tenga problemas con los detalles más finos de la interacción social, pero es mi alma
gemela musical.
—¿Lo entiendes? —Entrecierra los ojos.
Asiento.
—Trabajo con muchos niños autistas, lo entiendo. En realidad, estoy bien y
Mozart está bien, tú estás un poco molesto, pero bueno, dos de tres no están mal.
—No estoy molesto. —Su mandíbula trabaja de lado a lado, lo opuesto a no
molesto—. Estoy eufórico. Lee tu contrato de alquiler, los únicos animales 39
permitidos en el edificio son los animales de servicio. Rompiste tu contrato y es
motivo de desalojo. Es oficial, tus dos semanas comienzan mañana. Espero que tú
y tu rata tengan una agradable velada, señorita Rodgers.
Devuelvo a Mozart a su transportín y lo dejo junto con mi bolso sobre la
camioneta. Mi casero desaliñado frunce el ceño a medida que arrastro mis zapatos
por el asfalto hacia él.
—Gracias… —Tiro del cuello de su camisa.
Gruñe o gime, no puedo decir cuál de las dos. Se pone rígido cuando me
acerco a él, porque tengo que acercarme a él. Abrocho el botón superior y le arreglo
la corbata provocando otro gruñido cuando la pongo bien y apretada alrededor de
su cuello.
—Te agradezco que me llamaras y cuidaras tan bien de Mozart. —El Señor
Hopkins emana calidez y especias, tal vez una loción para después del afeitado de
alta gama. Me gusta demasiado.
La mirada oscura que me da hace que la noche fría parezca un julio caluroso,
no sé si quiere devorarme con los labios o con los dientes. Flint es la delgada línea
entre la lujuria y el odio, no estoy lista para caminar en ella… todavía.
—Voy a extrañar arreglarlo, señor Hopkins. Me gusta pensar en mí misma
como una experta en trajes, y puedo decir con cien por ciento de certeza que ningún
hombre se ha visto así de bien con un traje.
Su mandíbula se aprieta una vez y sus labios se abren. Podía ponerme de
puntillas y saborearlos, pero en serio, creo que me mordería.
—Estás fuera de lugar —susurra con un profundo tono de advertencia.
Deslizo su corbata entre mis dedos, sosteniendo solo la punta durante unos
segundos antes de dejarla caer hacia su pecho.
—Bueno, ya sabes lo que dicen: las reglas están hechas para romperse y las
líneas se trazan para cruzarlas. —Doy un paso atrás.
Su mirada me sigue, a mis pechos y mis labios, antes de posarse en mis ojos.
Es un hermoso y oscuro hombre, tan oscuro. ¿Por qué? Probablemente nunca lo
sabré.
—Nos vemos mañana, empezaremos a planificar mi fiesta de despedida. —
Le guiño un ojo antes de darme la vuelta y agarrar mi bolso y a Mozart—. Para mi
fiesta… —Camino hacia mi auto sin mirar atrás—… pienso en que uses un traje
de tres piezas. Me encanta lo que llevas puesto hoy. —Silbo—. Mmm, mmm…
pero la adición de un chaleco como el que usaste el día que nos conocimos podría
hacer que se me caigan las bragas.
40
Veo su trasero diciéndome adiós y me imagino que se le caen las bragas.
—Necesitas echar un polvo —refunfuño, subiendo a mi asiento y cerrando
la puerta de golpe.
No es que haya sido célibe desde que perdí a Heidi, no he traído a una mujer
a mi casa desde que volví a tener la custodia de Harrison. El padre de Simon se
divorció de su esposa infiel, yo maté a Heidi porque era alcohólico. Quizás en
términos de sexo, eso no debería importar, pero lo hace.
Me relaciono con mujeres por una noche, en hoteles, sus casas, pero nunca
en la mía. No se las presento a Harrison, no hago ninguna conexión más allá del
sexo y no tengo relaciones sexuales con tanta frecuencia, es solo cuando él está en
la casa de un amigo, en la casa de la mamá de Heidi, o cuando mis padres vienen
de visita. Sí, tengo padres que comprenden mis necesidades.
Ha pasado un tiempo desde que estuve con una mujer, pero Ellen Rodgers
metiéndose en mi vida no es bueno, Ellen Rodgers casi sin rodeos pidiéndome que
la folle es desastroso.
Como si mi padre supiera que lo necesito, su nombre aparece en la pantalla
de mi tablero. Aprieto el botón de respuesta en mi volante.
—Hola, papá.
—¿Cómo está mi chico?
—Es difícil de decir. ¿Te refieres a mí o a Harrison?
Se ríe.
—¿Quién crees?
—Harrison está bien.
—¿Y mi otro chico?
—Estoy sobreviviendo.
—Lo endulzaré cuando tu mamá me pregunte.
—Buen plan, estoy de camino a casa ahora. ¿Cuándo vendrán tú y mamá
de visita? 41
—En realidad, tu mamá tiene un boleto de acompañante que vence pronto.
Nos reservó vuelos en dos semanas. ¿Eso funciona para ustedes, chicos?
—Por supuesto, Harrison estará emocionado. Bueno… su versión de
emocionado.
—¿Vas a salir mientras estemos ahí? —Y por salir se refiere a echar un
polvo.
Mi padre jugó fútbol americano en la universidad y dos años en la NFL
antes de que una lesión acabara con su carrera como acabó la mía, él también tuvo
un problema de adicción, no hay nada que no pueda decirle, él me entiende.
—Eso espero, te dije que alquilé el espacio de arriba a esa profesora de
música. ¿Recuerdas?
—¿La de tetas grandes?
Me rio. Los hombres Hopkins tienen pensamientos singulares.
—Sí.
—¿Crees que follar con tu inquilina es una buena idea?
—No, es una idea terrible. No es lo que estaba intentando decir. —Es una
idea terrible, pero una idea de todos modos, una idea que se me ha quedado
atrapada en la cabeza, en donde morirá—. Es irritante, físicamente irritante. Me
pica el cuello cuando estoy cerca de ella, pero es la razón por la que necesito
escaparme por una noche. Intenté desalojarla, pero está usando el amor de Harrison
por la música para manipularme, él ha estado tocando la guitarra con ella y hoy
trajo a casa a su rata mascota. Una rata de mascota. ¿Quién carajo tiene una rata
como mascota? Ellen Rodgers, ella es quien.
Mi papá se ríe un poco más.
—Está bajo tu piel, quizás follar con tu inquilina es exactamente lo que
necesitas. Una vez que se dé cuenta de que eres un chico de una sola noche, te dará
un aviso en lugar de al revés. A las mujeres no les gusta enfrentarse a hombres que
las rechazan después de una noche.
—Un sabio consejo del hombre que se casó con su novia de la escuela
secundaria y era virgen en su noche de bodas.
—Oye, vivo indirectamente a través de ti.
—Pobre tipo. —Gruño una risa.
—Sabes… —Su tono se vuelve más serio—… han pasado diez años. Creo
que una década es suficiente, Heidi querría que siguieras adelante.
—Heidi querría que ardiera en el infierno por matarla, por llevarme a la 42
madre de Harrison. Pienso eso cada puta vez que siento algún tipo de felicidad o
placer. Tengo que irme. —No puedo tener esta conversación, puede que nunca
llegue el día en que pueda tener esta conversación. Una década… eso no es nada.
Yo la maté, me escapé de la muerte, debería haberme podrido en una celda de
prisión por el resto de mi vida.
—Te amo, Flint. Tu mamá también lo hace, y Harrison también y te
perdonamos.
Entro en el garaje y detengo el auto, inclinando la cabeza hacia atrás y
cerrando los ojos. No merezco el perdón, hice lo imperdonable. Estoy aquí por
Harrison, eso es todo, criarlo es la deuda que tengo. No merezco un día después de
su decimoctavo cumpleaños y él solo me ama porque no sabe la verdad.
—Te veré en dos semanas, envíame un mensaje con la información de tu
vuelo y me aseguraré de que haya alguien en el aeropuerto si no puedo estar ahí.
—Buenas noches, hijo.
Cuelgo.
Hago la cena.
Lavo la ropa.
Arranco las malas hierbas en el patio y me encargo del jardín.
Me quedo despierto hasta tarde repasando mi caso que irá a los tribunales
la semana que viene.
Y luego me despierto y me preparo para hacerlo todo de nuevo porque la
gente como yo no merece nada más que la monotonía.
43
Como amante de la música, parecería natural que el oído sea mi sentido más
preciado, pero Beethoven continuó componiendo y de alguna manera escuchó la
música, mucho después de quedarse sordo. Siempre atesoraré la música y viviré
asombrada por las vidas que salva, pero sé sin una pizca de duda que el tacto es el
único sentido sin el que no puedo vivir y lo sé porque intenté durante dos años
dejar morir esa necesidad, el sentimiento que solo proviene de otro ser humano.
En el nivel más básico, los humanos necesitan contacto físico para prosperar.
—¿Estarás disponible esta tarde? —pregunta la doctora Hamilton mientras
tomo un café de la cafetería del hospital—. Tengo una paciente que me gustaría
que conocieras, es una víctima de violación.
—Puedo verla si es antes de las dos, estaré en mi oficina después de eso. —
Frunzo el ceño, vertiendo azúcar en mi café—. Si aún tengo una, mi arrendador 44
está intentando desalojarme.
Desliza su teléfono en su bata de laboratorio y sonríe.
—Te conozco desde hace casi un año, puedes encantarle los pantalones a
una serpiente, todo el mundo te quiere. ¿Por qué te desalojan? ¿Problemas de
alquiler?
Pongo la tapa en mi vaso y niego con la cabeza.
—Problemas de ruido. —Sonrío sobre el vapor que se filtra por el agujero
de mi tapa—. Mi arrendador no entendió lo que implica mi profesión.
—Suena como un idiota, deberías contratar a un abogado para pelear contra
él. Conozco uno realmente bueno.
Me rio.
—Es curioso… mi arrendador es abogado.
—Ah… —Se encoge, tomando un sorbo de su café—. Bueno, razón de más
para tener tu propio abogado.
—Es complicado, le he estado enseñando a su hijo a tocar la guitarra. Este
chico es asombroso, le muestro algo una vez y lo consigue y lo construye sin mi
guía. Es talentoso, como si fuera un superdotado, y me agrada y creo que le agrado.
—¿Así que el papá te contrató para que le dieras lecciones de guitarra a su
hijo, pero te está desalojando?
Niego con la cabeza mientras subimos al ascensor.
—Me ofrecí a enseñarle gratis… algo así. Sexo en Traje no estaba contento
con eso.
—¿Sexo en Traje? —La doctora Hamilton sonríe.
Tomando mi café, me encojo de hombros.
—Sí, Sexo en Traje. Es alto, moreno y apuesto, la fantasía de toda mujer.
Comprobado. Comprobado. Comprobado. Los sexis siempre son idiotas o gay.
—Tal vez sea gay.
Las puertas se abren en mi piso.
—Sus ojos vagan demasiado, no es gay, solo un idiota.
—Lástima. Oye…
Me doy la vuelta mientras ella presiona el botón para mantener abiertas las
puertas del ascensor.
45
—¿Recibiste mi invitación para la cata de vinos en mi casa esta noche?
—Sí, lo siento, olvidé responder.
—No es gran cosa. Pasa por ahí si puedes.
—Gracias.
—Buenas tardes, Amanda. —Asomo la cabeza en la oficina de Flint de
camino al ascensor.
—Elle, te ves muy sexy. —Sonríe.
Miro mis medias negras transparentes, botines, minifalda y camiseta blanca.
—Oh, gracias. Tengo una cata de vinos después del trabajo, así que pasé
por casa de camino aquí para cambiarme y ponerme algo menos aburrido que mis
pantalones y suéter habituales.
—Pfft… ¿menos aburrido? Siempre te ves elegante, envidio la facilidad con
la que haces que lo simple parezca moderno.
—Chica, te he engañado, pero gracias.
La pared de vidrio entre el escritorio de Amanda y la oficina de Flint revela
una silla de escritorio vacía, con las luces apagadas.
—¿Dónde está tu jefe?
—En la corte, acaba de irse.
—Suerte la mía. —Guiño.
—Estará fuera por el día, por lo que Harrison tampoco vendrá.
—Bueno, eso es un verdadero fastidio.
—Le gustas a Harrison. —Amanda se golpea la barbilla con la punta de la
pluma—. Deberías cultivar esa relación, no creo que Flint te desaloje mientras
Harrison esté tan enamorado de ti.
Mi nariz se arruga.
—No estoy muy segura. ¿Te mencionó el incidente de la rata? 46
Se forman líneas en su frente.
—No.
—Ya veo. —Echo un vistazo mi reloj—. Es una historia larga, la compartiré
contigo más tarde. Tengo una cita pronto, pero digamos que mi aviso de dos
semanas comenzó oficialmente de nuevo ayer.
Sonrío justo cuando Amanda contesta el teléfono, devolviéndome el saludo.
Una pequeña parte de mí no solo está decepcionada porque no veré a Harrison,
sino también a Flint. Durante las últimas semanas, he disfrutado de nuestras
bromas y coqueteos. Tal vez solo haya coqueteo por mi parte, pero no me ha pedido
exactamente que me detenga. Creo que le gusta, pero le molesta que lo haga.
La doctora Hamilton vive en un barrio antiguo lleno de árboles y casas
encantadoras que han sido restauradas con el tiempo. No parece pretencioso, pero
no tengo ninguna duda de que estas casas ubicadas junto a la carretera principal
valen más de lo que mi salario podría pagar.
—¡Elle! Estoy tan contenta de que hayas podido venir. —La doctora
Hamilton, Abigail, abre la puerta con una copa de vino en una mano, y pulseras
colgando de su muñeca. Su cabello rubio fluye por lo menos cuarenta centímetros
por su espalda, nunca lo había visto suelto, ella siempre lo usa en un moño
apretado. Creo que tiene alrededor de cincuenta años, pero con el cabello suelto le
quita unos buenos diez años a su edad.
—Gracias. Amo tu casa. —Entro y me quito el abrigo.
—Tiene casi un siglo, Martin ha estado ansioso por venderla durante años,
está harto de rastrillar las hojas y cortar el césped, pero no puedo venderla, este es
mi lugar feliz.
—Puedo ver por qué. ¿Martin está aquí o lo echaste?
—Sí, está atrás con el resto de los hombres, te presentaré en un momento.
Un grupo de tres mujeres sube los escalones del porche detrás de mí. 47
Abigail hace un gesto con la mano.
—Nada está fuera de los límites, siéntete libre de mirar alrededor,
comenzaremos en la gran sala en aproximadamente media hora. La comida está en
la cocina, sírvete tú misma.
Deambulo, enamorándome de esta casa, una habitación a la vez. Cada
habitación tiene un gran asiento en la ventana con vistas a la exuberante hierba
debajo de los árboles llenos de hojas otoñales cayendo. Me imagino acurrucada
con un buen libro, una bata mullida, una bebida caliente y Chopin tocando en mi
tocadiscos antiguo.
Después de llenar un plato de bocadillos, me dirijo a la terraza.
—Ellen… Ellen… Ellen… —El doctor Pearce levanta su vaso de agua con
gas y me da un gesto de aprobación. El hombre mayor lleva dos décadas sobrio.
Es, por mucho, el pediatra más popular del personal del hospital, he tenido más
consultas con sus pacientes que con cualquier otro médico.
—Agua con gas en una cata de vinos. Qué aburrido. —Me meto una uva
roja en la boca y sonrío a su alrededor.
Es muy abierto sobre su pasado y se burla de sí mismo más que nadie, me
gusta que no haya cáscaras de huevo en el suelo cuando está cerca.
—Tan aburrido, como dices. —Guiña un ojo—. Solía ser el alma de la
fiesta, pero ahora me temo que siendo el mayor aquí podría ser la muerte. Sin
embargo, Miller y Gibson están de guardia, por lo que también están disfrutando
de bebidas para niños. Creo que Martin las confundió con Shirley Temples.
—No hay nada de malo en un buen Shirley Temple. Con cerezas extra, por
supuesto.
El doctor Pearce roba un cubo de queso de mi plato.
—La chica de mis sueños.
—Amo esta casa. —Suspiro, mirando hacia los comederos para pájaros
cerca de la valla blanca.
—Por supuesto, podría decirse que es el mejor barrio de la ciudad. Solía
vivir ahí. —Señala hacia la casa azul pizarra al otro lado de la valla.
—¿Eran vecinos?
—Sí, hasta que murió mi esposa. Luego se convirtió en demasiado
mantenimiento, la vendí en menos de un día. El tipo se ofreció a comprarla incluso
antes de mirar el interior.
—¿En serio? Eso es una locura.
48
—Yo también pensé lo mismo. Vio el jardín de mi esposa, hileras e hileras
de rica tierra negra, y el invernadero en el otro extremo de la propiedad. Eso es
todo lo que necesitó ver.
—El sueño de un jardinero. —Me meto otra uva en la boca.
—Ahí está ahora.
Me inclino para ver más allá de la hilera de comederos para pájaros.
—Martin dice que pasa horas ahí todas las noches, mi esposa también lo
hacía, ella pensaba que era terapéutico, cavar en la tierra parecía aclarar su mente.
En sus palabras, la mantenía con los pies en la tierra.
—Puedo entender eso, la música hace eso para mí. —Miro la parte trasera
del hombre con jeans oscuros y una camisa gris de manga larga enrollada hasta los
codos y guantes verdes de jardinería.
Se inclina y arranca algunas malas hierbas.
No puedo ocultar mi sonrisa cuando el hombre con el cabello oscuro se
vuelve y arroja las malas hierbas en un balde blanco, dándome una vista parcial de
su rostro.
—Señor Hopkins —susurro.
—¿Perdón? —dice el doctor Pearce.
Niego lentamente con la cabeza.
—Nada, voy a caminar por los jardines, vuelvo enseguida.
—Comenzarán pronto.
Asiento.
—Si no he vuelto, dile a Abigail que empiece sin mí. De todos modos, no
soy una gran conocedora del vino. —Dejando mi plato en una mesa alta, me dirijo
a la puerta de la valla blanca junto a los comederos de pájaros.
Flint continúa arrancando malas hierbas de espaldas a mí. Estos son jardines
increíbles, muchas hileras están vacías, probablemente debido a los cultivos de
verano, pero todavía hay hileras de cosas como calabazas, calabacines y verduras
de otoño.
—¿Alguna vez dejas de tararear?
Me congelo, él sigue sin darse la vuelta, con las manos ocupadas arrancando
las malas hierbas.
—No me di cuenta de que lo hacía.
—¿Por qué eso no me sorprende? —gruñe una risa. 49
—¿Por qué no te sorprende que esté parada en tu jardín?
—Trabajas en el mismo hospital que Abigail Hamilton, probablemente
bebas vino, esta noche tendrán una cata de vinos.
—¿No fuiste invitado?
—No bebo vino.
—No todo el mundo está bebiendo vino, es más un evento social.
Todavía no se da la vuelta para verme.
—No soy tan sociable.
Ahora yo gruño una risa.
—¿Por qué eso no me sorprende? —No lo hace. Sin embargo, que Flint
Hopkins no lleve traje sí es toda una sorpresa—. No sé qué hacer con esta imagen
tuya en jeans y camiseta, en mi mente te imaginaba vistiendo un traje en la cama.
Se sienta sobre sus talones y se vuelve hacia mí, sus ojos oscuros hacen una
inspección completa.
—No sé qué hacer con la imagen en la que me imaginas en la cama.
Me estremezco. Hace frío… y sorprendentemente está caliente al mismo
tiempo.
Compartimos una mirada intensa durante unos segundos, pierdo la mirada
y sigo el camino de grava entre las hileras de plantas.
—¿Qué está haciendo Harrison?
—Está viendo una película con un amigo.
—Extrañé verlo hoy.
No hay ninguna respuesta.
No puedo entender esto. Flint es jardinero, se necesita mucho para
sorprenderme de verdad, pero esto me hace retroceder unos pasos. Debajo del traje
se encuentra un cuerpo bien definido que es más visible en sus jeans y camiseta, y
debajo del traje yace un hombre más suave, un atisbo de quién es de verdad. Hay
algo extraordinario en ver lo familiar bajo una nueva luz, siempre he pensado eso
en la música también. Hay veinticuatro claves tonalmente únicas, y estoy segura
de que tienen el poder de otorgar iluminación más allá del alfabeto de veintiséis
letras.
—Estás tarareando de nuevo.
Mi atención vuelve a él.
50
—Lo siento. ¿Estás en contra de los tarareos?
Se pone de pie, tirando más hierbas al cubo.
—Te van a estar buscando.
Sonrío ante su intento de despedirme. Con pasos lentos, me acerco a él, se
pone rígido como esperaba, sus fosas nasales se dilatan un poco y su respiración
se hace más profunda, pero no se aleja.
—Les dije que empezaran sin mí.
Sus ojos siguen mis manos, le enrollo la manga derecha que cuelga más
abajo que la manga izquierda, mis dedos rozan su piel cálida.
—¿Qué estás haciendo? —susurra como si le doliera.
—Arremangándote la manga.
—Si yo fuera tú, mantendría mi distancia.
Lo miro.
—¿Muerdes?
Su mandíbula se aprieta un par de veces antes de relajarse, pasando la
lengua por su labio inferior.
—Tu camiseta es blanca.
Sonrío, dando un paso atrás.
—Harrison es un superdotado en música. ¿Lo sabías?
Asiente una vez.
—Sin embargo, dijo que no está tomando ningún tipo de lecciones de
música.
—Tomó clases de piano y… —Sus palabras mueren a mitad de la oración
como si su mente se saltara una pista.
—¿Y? —Inclino mi cabeza hacia un lado.
Desvía la mirada y suspira.
—Baile.
—¿Era un buen bailarín?
—Supongo.
—Quieres que juegue al fútbol.
—No. 51
—¿No? —Mi cabeza se echa hacia atrás una fracción—. ¿En serio? Él dijo
que jugaste en la universidad.
Agarra el cubo y se dirige hacia el invernadero.
—Lo hizo, ¿no?
—Sí. —Persigo sus largas zancadas.
—¿Qué más te dijo?
—Nada que quisiera compartir contigo.
Flint gruñe.
—Él no es tu paciente, no creo que la confidencialidad se aplique a unos
riffs extracurriculares.
Lo sigo al invernadero. ¡Santo cielo! Este lugar está lleno de plantas. Es
engañoso desde fuera, podría alimentar a un pequeño pueblo.
Flint deja caer el cubo y se da la vuelta, casi choco contra su pecho.
—¿Qué hay de ti?
Aprieto mis labios hacia un lado.
—¿Qué te hace pensar que algo anda mal conmigo? ¿Se trata de Mozart?
—Se trata de esto. —Empuja la punta de su zapato contra la punta de mi
bota—. Te estoy desalojando, pero te gusta estar tan cerca de mí que siento que
estoy respirando con el aliento que exhalas y tienes esta necesidad de tocarme: mis
corbatas, mis cuellos, mis mangas. —Sus cejas se fruncen.
Mi corazón late, palpitando en mis oídos.
—Estás tarareando de nuevo.
Trago saliva y acallo el ruido que no me di cuenta de que estaba haciendo.
—¿No te gusta que te toquen?
El pliegue entre sus cejas se profundiza.
—No por extraños.
Thump. Thump. Thump.
Me gusta sentirme tan profundamente que realmente puedo escuchar el
ritmo de mi corazón, está emocionado y feliz. Una sensación mucho mejor que el
dolor aplastante que sentí durante tanto tiempo.
—Cuando la gente se toca, ya no se sienten extraños, es un sentimiento.
Cuando los humanos comparten sentimientos, se conectan a un nivel íntimo, por 52
eso amo la música, puede ser más profunda que las palabras, el ritmo es el latido
del corazón de tu alma.
—¿Qué pasa con los que no tienen alma?
¡Ay! Eso es difícil de escuchar.
—Bueno… —Me encojo de hombros y sonrío—… esos son los malos
bailarines. Bailarines desalmados, sin ritmo y terribles. —Mi mirada se encuentra
con la suya—. ¿Eres un mal bailarín, Flint?
Algo indescriptible sobre este hombre me llama, quiero ayudarlo.
¿Ayudarlo a qué? Aún no lo sé. Necesito sentirlo, escucharlo y luego lo sabré.
—Deberías irte.
Mi barbilla cae, la mirada fija en las puntas de nuestros zapatos tocándose.
—¿Por qué? —susurro.
—Porque tu camiseta es blanca.
Miro hacia arriba, él tira de los dedos de sus guantes, dejando caer uno al
suelo y luego el otro.
—Tienes trece días. —Está contando los días hasta que me saque del
edificio.
—Trece días —repito.
—Ahora vete antes de que arruine tu camiseta blanca. —Su mirada
envuelve todo mi cuerpo.
Mi pulso palpita a lo largo de mi piel. Flint personifica lo opuesto a todos
los hombres que he conocido.
No quiero lo familiar, porque me rompió.
No quiero lo predecible, porque no es más que una ilusión desgarradora.
Razonar duele demasiado, solo quiero existir en un estado puramente físico.
—Solo es una camiseta —susurro.
Toma mi cabeza y me besa.
Es duro.
Es incorrecto.
Es lo mejor que me ha pasado en años.
Contacto. Muero un poco por dentro, ninguna necesidad se ha sentido nunca
tan dolorosa, tan necesaria.
Flint profundiza el beso empujándome hacia una mesa de metal con plantas 53
y una de ellas cae al suelo. No puedo tener suficiente de su cuerpo presionado
contra el mío, mi entusiasmo podría ser más vergonzoso si su cuerpo no se sintiera
tan desesperado. Consumiendo mi boca, trabaja los botones de mi blusa
arrancando algunos con su impaciencia.
Le doy un tirón al botón y a la cremallera de sus jeans, tarareando contra su
boca. Me quita la camisa de los hombros y me baja el sostén, palmeando mis senos
mientras mi mano se desliza por el interior de sus calzoncillos.
Un gruñido bajo hace vibrar su pecho. ¿Cuándo fue la última vez que
destrocé a un chico con el toque de mi mano? No lo recuerdo y eso es triste.
No ralentiza el beso ni un poco a medida que sus manos se mueven por mi
cuerpo, agarrando el dobladillo de mi falda subiéndola por encima de mi cintura.
Como si hubiéramos representado esta escena cientos de veces antes, mis manos
trabajan en sus jeans y calzoncillos por sus caderas lo suficiente para liberar su
polla. Flint me sube al banco de metal, abre mis piernas y rasga mis medias de
nailon en la entrepierna.
La emoción se aprieta como una soga alrededor de mi garganta, ninguna
cantidad de terapia puede llenar este vacío físico, este oscuro agujero excavado por
años de rechazo.
Rompe el beso.
Un pequeño respiro.
Un latido lo suficientemente largo como para que nuestros cerebros se
pongan al día.
No quiero que mi cerebro se ponga al día, la estupidez e impulsividad tienen
un lugar y un tiempo.
Ahora, los necesito ahora con más de un millón de años de sabiduría. Nadie
en su lecho de muerte dice: «¿Recuerdas lo increíble que se sintió tomar decisiones
sabias?» Quiero recordar cómo se siente ahogarse físicamente en el deseo, quiero
recordar los cálidos labios sobre los míos, los gemidos de placer y la cegadora y
adormecedora sensación de desmoronarse bajo el toque de este hombre.
Los labios de Flint se abren y espero las palabras que se sienten como si
alguien arrancara el cable de televisión de la pared en medio de mi programa
favorito, pero nunca llegan. Esos labios entreabiertos aterrizan en mi cuello,
mordiendo y chupando antes de murmurar:
—Mueve tus bragas fuera del camino.
Mi cerebro se apaga mientras agarro su cabello con una mano y deslizo mis
bragas hacia un lado con la otra mano. Al diablo con la muerte, me niego a morir
hasta haber vivido de verdad. Me inclino hacia su cuerpo, buscando la conexión
definitiva. 54
—Mierda… no puedo. —Da un paso atrás, como si de repente me tuviera
miedo.
Antes de que pueda parpadear, mi mano se desliza en el borde de la mesa
de metal y mi trasero aterriza en la dura tierra.
—¡Auch! —Aprieto mi brazo contra mi pecho, me corté con algo afilado
en mi camino hacia el suelo.
—¡Mierda! Ellen… —Flint se sube los pantalones.
El corte largo de mi brazo sangra a través de la manga de mi camisa blanca.
—Déjame ver. —Se pone en cuclillas y aparta mi brazo de mí.
La sangre continúa extendiéndose.
Veo cuando desabotona el puño de mi manga y lo levanta, revelando el
profundo corte en mi antebrazo.
—Maldición… —se queja—. Vas a necesitar puntos de sutura.
Mordiéndome el labio para combatir mi reacción al dolor, asiento.
De pie, se pasa los dedos por el cabello.
—Vuelvo enseguida.
—¿Adónde vas? —Hago una mueca, inclinándome un poco hacia un lado
para aliviar la presión sobre mi trasero magullado.
No responde, pero cinco minutos más tarde regresa con ayuda. Supuse que
me subiría a su auto y me llevaría a urgencias, estoy un poco sorprendida por su
elección.
Abigail no logra ocultar completamente su sorpresa cuando su mirada se
posa en mí durante unos segundos antes de fruncir el ceño con desaprobación hacia
Flint. Si hubiera sabido que me iba a traer compañía, habría hecho un esfuerzo para
bajarme la falda hasta el trasero, o abrocharme los pocos botones que quedan en la
blusa, o quitarme las medias de nailon rotas.
Se pone en cuclillas.
—Ellen, ¿estás bien?
—Acordamos que sin preguntas. —La mandíbula de Flint se aprieta.
Abigail le lanza otra mirada de advertencia, él suspira y aparta la mirada.
—Mi brazo tiene un corte. —Lo saco de mi pecho para mostrárselo.
Lo mira brevemente antes de mirarme a los ojos con preocupación.
55
—¿Él… —Mordiendo sus labios, su mirada inspectora estudia mi ropa
rasgada—… te lastimó?
El dolor del corte pasa a un segundo plano por el nudo en mi estómago
cuando me doy cuenta de que se pregunta si él me agredió sexualmente.
Flint da un pequeño paso atrás, el dolor en su rostro se intensifica hasta
convertirse en algo entre confusión y arrepentimiento.
—No. —Niego con la cabeza, deseando que él me mire, pero no lo hace.
Abigail agarra el botiquín de primeros auxilios que llevaba con ella y
alcanza mi brazo.
—Vayamos al hospital, te cosemos esto y nos aseguremos de que no tengas
otras lesiones. —Le da a Flint otra mirada.
Él mantiene los ojos fijos en el suelo.
Con una gasa presionada sobre mi herida, Abigail me ayuda a ponerme de
pie, me baja la falda hasta las caderas y abrocha los tres botones que quedan en mi
camisa.
—¿Doctora Hamilton?
Su mandíbula se aprieta cuando se da cuenta de que mi blusa no cubrirá
mucho con solo tres botones restantes.
—¿Abigail? —digo un poco más alto.
Ella levanta la cabeza.
—Esto es vergonzoso, no trágico. ¿Está bien?
La preocupación pegada a su frente me dice que no me está siguiendo.
—Dejé tu fiesta porque vi a Flint en tu jardín, no sabía que era tu vecino.
Asiente lentamente, pero todavía no creo que me esté siguiendo.
Suspiro.
—Sexo. Sexo consensuado, Abigail, o al menos… —Me encuentro con la
mirada de Flint mientras permite que sus ojos se enfoquen en mí en lugar de lo que
sea que sea tan interesante sobre el piso de tierra—. Se dirigía en esa dirección.
¿Por qué se ve tan dolido? Yo soy la que está sangrando. Soy la que se siente
rechazada.
—¿Cómo conoces a Flint?
No puedo contener mi sonrisa. 56
—Es mi arrendador.
—¿Sexo en Traje? —Gira su cabeza hacia él.
Las cejas de Flint se disparan hacia su frente.
Me rio. Sola. ¿Por qué soy la única que ve el humor en esto?
—Voy con Seductor en Traje a partir de ahora, perdió el balón al último
segundo, lo cual es un poco sorprendente dada su experiencia en el fútbol
americano universitario.
Una vez más, soy la única que busca una pizca de humor en esta situación
tan vergonzosa.
—Mantén la presión sobre la gasa, voy a conseguir una sudadera para ti y
le diré a Martin que tengo que irme.
—Tienes invitados, no seas tonta, hay otros médicos en el hospital que
pueden coserme. Además, supongo que has estado bebiendo.
Sus labios se tuercen cuando su mirada se desplaza de mí a Flint varias
veces.
—Llévala. Quédate con ella. No le mientas al médico que la examina. Y
por favor, consideren usar una cama la próxima vez.
Él se estremece. No creo que haya una próxima vez.
—Volveré con una sudadera.
—Le traeré una de las mías. —Flint finalmente encuentra las palabras.
Abigail asiente, pone los ojos en blanco, niega con la cabeza y luego se va.
—Vamos. —Agarra la puerta detrás de ella y la sostiene para mí.
—¿De verdad tienes una sudadera? Siento que eres más el tipo de chico con
camiseta blanca y suéter con cuello en V.
No hay ninguna respuesta. No me sorprende.
Estaba equivocada, él tiene una sudadera con capucha de Nebraska y huele
a su rico aroma a madera. Puede que no la devuelva. 57
—Necesito un favor —le digo cuando me abre la puerta del auto en la
entrada de la sala de emergencias. Son las primeras palabras que se han dicho desde
que salimos de su casa—. Ayúdame a quitarme las medias, el corte en mi brazo y
el trasero magullado será fácil de explicar, la entrepierna rasgada de estas no será
tan fácil de hacer pasar por sexo consensuado.
Flint hace que fruncir el ceño se vea sexy. Es un talento especial, pero eso
no me va a ayudar a quitarme estas medias.
Niego con la cabeza.
—No importa, Señor Útil. —Sosteniendo mi brazo lesionado contra mi
pecho, intento pasar el otro brazo por mi falda para agarrar la cintura de mis
medias.
—Solo… —Suspira, doblando su largo torso hacia el auto sobre el mío—.
Mueve tu brazo.
Respiro profundamente mientras sus manos se deslizan por mi falda.
Me da un ceño diferente. ¿Cuántos tiene?
—Lo siento. —Mis dientes se clavan en mi labio inferior, a pesar de mi
brazo y mi trasero magullado, su proximidad y sus manos deslizándose por mis
muslos me excitan.
Es posible que me lo haya imaginado quitándome las medias de nailon de
las piernas, pero en esa fantasía no estábamos estacionados en un automóvil a la
entrada de la sala de emergencias.
Cuando las pone en mis rodillas, me quita las botas, las desliza el resto del
camino y vuelve a ponerme las botas.
—Jesús… —Niega con la cabeza—. ¿Estás sangrando y tarareando?
Tarareo para no pensar en la forma en que sus manos se sienten a lo largo
de mi piel.
Tarareo para olvidar al primer hombre que me puso las manos encima.
Tarareo para olvidar el dolor que viene al saber que nunca volverá a tocarme.
Flint me espera en la sala de espera mientras el médico me sutura el brazo,
examina mi trasero y mi cadera magullados y actualiza mi vacuna del tétano. Le
digo al joven interno que me resbalé de una mesa de metal sucia en un invernadero
a un piso de tierra dura. La verdad.
—Cinco puntos. —Levanto el brazo vendado.
—Ellen… —Otro ceño fruncido original de Flint.
58
Asiento hacia la salida.
—Vamos, la vida es demasiado corta para tropezar con disculpas
innecesarias.
La vida nos presenta pequeñas dosis de venganza en los momentos más
inesperados y esta noche no fue la excepción. Todo parece estar jodido cuando mi
confianza lucha contra mis miedos.
—Gracias por el aventón. —Ellen saca las llaves de su bolso cuando entro
en mi camino de entrada.
—¿Estás bien para conducir?
—Es mi brazo, no mi mano. Sí, estoy bien.
Asiento, sintiendo el mismo síndrome de cabeceo que Harrison siempre
tiene conmigo.
—Ellen…
59
—Lo sé, trece días.
—Eso no es lo que iba a decir.
Agarra la manija de la puerta y se frota los labios, ese tarareo irritantemente
familiar llena el espacio que nos rodea.
—Es solo… —¿Decirle la verdad o no? Eso podría ser difícil ya que la
verdad no está clara en mi mente—. Soy bueno leyendo a la gente, a los jurados,
testigos, mis clientes, pero a ti no puedo entenderte. Cometí un error, lo lamento.
—¿Lamentas que no puedas entenderme? ¿Lamentas que me lastimara? ¿O
lamentas haberte detenido?
Extraño a mi esposa. Diez años después y todavía no puedo respirar.
Mujeres al azar. Eso lo puedo hacer. Mujeres que realmente no conocen mi vida.
Mujeres que no conocen a Harrison.
Ellen Rodgers ha captado la atención de mi hijo, un niño que rara vez presta
toda su atención a nadie. Esta situación superó el desorden hace algún tiempo. No
puedo alejarla de Harrison, desalojarla y meterle mi polla.
Es difícil descifrar si mi atracción por ella es física o si es la forma en que
le alegra el día a mi hijo cada vez que la ve. Parece ridículo sentirse atraído por
alguien por la forma en que interactúa con un niño, pero a la mierda de todos
modos, creo que eso es parte de ello.
—Sí. —Le doy una sonrisa tensa y asentimiento resuelto.
—Fue una pregunta de opción múltiple, no una pregunta de sí o no.
—Trece días.
Se muerde el labio inferior, sacudiendo la cabeza media docena de veces
mientras abre la puerta. Sus pensamientos, sus motivos, siguen siendo un misterio
que no tengo por qué intentar resolver.
—Para que conste… —Agacha la cabeza hacia atrás en el auto—… no
quería que te detuvieras.
60
Nunca volveré a dar por sentado el toque humano de nuevo.
Un apretón de manos.
Un abrazo.
Una palmada en el hombro.
Un cuerpo conectado con otro en busca del placer humano más básico.
No me avergonzaré de mis necesidades.
—¿Podemos hablar? —La doctora Hamilton me atrapa en el salón antes de
que una taza de café se filtre por mis venas—. ¿Cómo está el brazo?
—Bien, adolorido, pero bien. —Me concentro en el vapor de mi droga
matutina favorita.
—Entonces estás teniendo sexo con tu casero. Seguramente eso resuelve el
problema del desalojo. —Apoya su hombro contra la pared junto al enfriador de
agua, ahuecando su taza de café con ambas manos.
Me rio entre dientes, manteniendo mi mirada en el fascinante vapor del café.
—No llegamos a la parte real del sexo y aunque pudieras pensar que los
eventos de anoche podrían cambiar las circunstancias de mi alquiler, no es así. Me
quedan doce días.
—¿Cómo, eh…? —Tamborilea con los dedos en el exterior de la taza—.
¿Cómo «siéntete libre de mirar alrededor de la casa» se convirtió en sexo en el
invernadero de mi vecino? Solo estoy intentando reconstruir todo esto.
No puedo evitar la sonrisa que se cuela en mi rostro cuando la miro.
—Ya sabes, solo las bromas habituales, las miradas acaloradas, los
comentarios inapropiados y las amenazas ociosas de ensuciar mi blusa, todo lo
cual condujo a un beso, un desgarro rápido de la ropa y luego una nada inesperada
que me dejó físicamente desequilibrada y cayendo al suelo como un saco de
patatas.
—¿Dijiste que no?
Niego con la cabeza.
—Él lo hizo. En realidad, no dijo que no. Fue más como un carpintero
sosteniendo un clavo en una mano y el martillo en la otra, y en el último segundo
detiene el movimiento hacia adelante del martillo y deja que el clavo se deslice
entre sus dedos.
61
—¿Estaba a punto de clavarte pero se detuvo en el último segundo?
Me rio.
—Exactamente.
—¿Y luego te cortaste el brazo?
—Bueno… —Me encojo de hombros—…Yo fui la tabla que se cayó
porque no me clavaron correctamente.
Sonríe antes de terminar el resto de su café.
—Gracias, Elle. No he tenido una conversación tan entretenida en mucho
tiempo.
—Me alegro de poder ser útil esta mañana. —Agarro mi iPad y me dirijo
hacia la puerta—. Te veo luego.
Para cuando llego a mi oficina por la tarde, mis nervios no dejan de vibrar
con miedo y emoción a partes iguales.
¿Estará hoy?
¿Será un idiota?
¿Amanda presentirá algo?
—¡Oye, Elle! ¿Quieres un poco de pastel? —La voz de Amanda me llama
a la oficina de Flint.
Miro alrededor de la puerta, hay serpentinas y globos alineándose en la
entrada de su oficina.
—¿Un cumpleaños?
—Hoy cumple treinta y cinco años, y ya me despidió por recordárselo, así
que bien podrías venir a comer un pedazo de este fantástico pastel de
despedida/cumpleaños.
Flint levanta la vista de su escritorio, dándome una expresión imperceptible.
Sonrío.
Vuelve a mirar su computadora.
—Guau, te despidió antes que a mí. ¿Quién traerá pastel a mi fiesta de
despedida?
—Por eso es mejor que comas un pedazo ahora, me temo que no habrá
fiesta, pero llámame, me reuniré contigo para tomar algo y te ayudaré a encontrar
un nuevo lugar.
Mi entrañas se aprietan. Amanda habla en serio, no sobre que él la
despidiera, sino que habla en serio acerca de mí. Él ha dejado claro que saldré en 62
doce días.
Amanda no me mira con la mirada de «ustedes dos casi tuvieron sexo ayer»,
así que supongo que es seguro actuar con normalidad, cualquiera que sea nuestra
normalidad.
—Gracias. —Tomo el pequeño plato de pastel.
—No contiene gluten ni lácteos, por Harrison.
Doy un bocado.
Flint me lanza otra mirada rápida.
—Harry tiene intolerancia a la lactosa y al gluten, ¿eh?
—Flint lo tiene en una dieta estricta para su…
—Amanda, te despedí. ¿Por qué sigues aquí?
Ella niega con la cabeza y se echa el bolso al hombro.
Mis ojos se abren de par en par. Santa mierda, en serio la despidió.
—Tengo una cita con el médico —me susurra—. No te preocupes, volveré
mañana, no funcionaría sin mí.
Asiento lentamente.
—Gracias por el pastel.
—Oh… —Sus ojos se fijan en mi brazo donde los vendajes asoman por el
puño de mi manga—. ¿Qué te pasó?
—Yo…
Flint me mira como si presionara la punta de una espada contra mi arteria
carótida.
—Sexo duro. —Le sonrío a Amanda—. Interpretación llevada demasiado
lejos.
Su rostro se ruboriza alrededor de mirada aturdida.
—Estás bromeando —susurra.
Le doy un guiño evasivo.
—Está bien, entonces… fantástico. Te veré después.
Después de que la puerta se cierra detrás de ella, dejo mi pastel en su
escritorio y me apoyo contra el marco de la puerta de su oficina.
—Feliz cumpleaños.
—No tuvimos sexo. —Mantiene su atención en el contenido de la carpeta 63
de archivos frente a él, hojeando las páginas.
—Lo hicimos, terminé el escenario en mi cabeza cuando llegué a casa
anoche, yo estuve increíble, tú estuviste solo bien. Tengo que decir… que eres el
primer tipo con el que he estado que lloró durante su orgasmo. Lo que te faltó de
virilidad lo compensaste con completa ternura, siempre recordaré la suave caricia
de tus lágrimas cayendo sobre mis mejillas.
Alza su mirada entrecerrada tan lentamente que es una tortura. Mordisqueo
el interior de mi mejilla para evitar sonreír. ¡Maldita sea! Se ve tan sexy alterado.
—No necesito esto hoy.
—¿Porque es tu cumpleaños?
Traga pesado mientras algo desagradable o doloroso atraviesa su rostro y
desaparece en un abrir y cerrar de ojos.
—Es mi puto cumpleaños, así es —murmura, volviendo su atención a su
trabajo.
—Si hubiera sabido que era tu cumpleaños, te habría traído un regalo o al
menos una tarjeta.
—No te molestes.
—No lo haré.
Alza la mirada de nuevo, soltando un profundo suspiro como si no pudiera
estar más irritado conmigo.
Sonrío con una gran sonrisa.
—Considera acariciarte la polla ayer como tu regalo de cumpleaños de mi
parte. No es necesario que me envíes una tarjeta de agradecimiento, estoy segura
de que la delegarías a Amanda y eso le robaría toda la sinceridad.
—Doce días. Ahora vete.
Me tocó. Probó cada centímetro de mi boca. Me dejó acariciar su polla. Y
aun así… doce días.
—Abigail Hamilton dijo que debería conseguir un abogado para pelear
contigo por esto. Dijo que conoce uno bueno. —Echo los hombros hacia atrás,
enderezando la columna porque dos pueden jugar este juego.
Incluso con la barbilla inclinada hacia abajo, puedo ver la contracción de
una sonrisa coqueteando con sus labios.
—¿Lo hizo? Me pregunto quién será ese abogado. ¿Tienes alguna 64
suposición, señorita Rodgers?
Claro. Maldición, como sea.
—Tú —le susurro con un suspiro de derrota.
—Para ser honesto, tuviste un caso antes de traer tu rata al trabajo.
—Lo traje porque pensé que le agradaría a Harry.
—No es una buena defensa, señorita Rodgers.
Señorita Rodgers. Señorita Rodgers. ¡SEÑORITA RODGERS! ¡Argh! No
puede dirigirse a mí como un maestro de escuela después de decirme, con la voz
más ronca y sexy que jamás haya existido, que mueva mis bragas fuera del camino.
Saco un bolígrafo de mi bolso y hago estallar todos sus globos.
Pop. Pop. Pop. Pop. Pop.
¿Infantil? Absolutamente. ¿Me arrepiento? De ninguna manera.
—Tengo que irme. A mi próxima cita le gusta usar tambores y platillos para
terapia. ¡Disfrútalo!
No es mentira, Landon encuentra terapéuticos los ritmos fuertes. Su padre
abusó de él durante años, golpear un tambor o tocar platillos le da una sensación
de poder y control. En nuestra sesión de una hora, pasa de ser un niño tímido a un
niño seguro de nueve años con una gran sonrisa. Mi sonrisa es por su progreso y
también porque sé que Flint está abajo con los dedos en los oídos, cantando: «Doce
días».
—Hola, Elle.
—Harry, ¿cómo estuvo tu día? —le pregunto, cerrando mi computadora y
recostándome en la silla de mi escritorio mientras él saca su guitarra. No estoy del
todo segura de cómo sucedió esto, cómo ofrecerle enseñarle algunos acordes se ha
convertido en algo normal. No soy profesora de música, pero no puedo rechazar a
este niño, incluso si su padre es el mayor idiota del mundo. Estoy segura de que
me gusta más Harrison que Flint, pero él también es la razón por la que me gusta
Flint. Es complicado.
65
—Hubo un simulacro de incendio en la escuela. Creo que la fuerte alarma
me perforó el tímpano.
—Bueno, espero que no. ¿Recibiste un trozo del pastel de cumpleaños de
tu papá?
—Sí, estaba seco.
Lo estaba. Sonrío.
—¿Qué vas a hacer esta noche para su cumpleaños?
—Lo mismo que hacemos todos los años: ver videos de nuestra familia
antes de que mi mamá muriera.
—Oh, eso es… —¿Depresivo?
Se sienta en el suelo y toca las cuerdas unas cuantas veces.
—Sí. Murió en su cumpleaños.
El suelo desaparece debajo de mí a medida que sus palabras absorben todo
el oxígeno de la habitación. Soy una persona terrible. ¿Cómo diablos puedo hacer
esto bien?
—Ve calentando. Vuelvo enseguida.
Tomo las escaleras porque mi cuerpo no se queda quieto el tiempo
suficiente para bajar al primer piso en el ascensor. Flint aún está en su escritorio.
Es difícil caminar con la cola tan metida entre las piernas. Me estremezco ante los
globos muertos.
Levanta la vista cuando me deslizo hacia su oficina. Doy pasos calculados
hacia su escritorio y sus ojos se entrecierran mientras los míos sostienen su mirada
todo el tiempo. ¿Qué le digo? ¿Qué puedo decir? Mientras me deslizo a su lado
con mi trasero frotando el borde de su escritorio, mueve la silla hacia atrás hasta
que estoy de pie entre sus piernas.
Después de unos segundos más de silencio, levanta su mano y toma mi
brazo suavemente, pasando su pulgar sobre el corte vendado.
—Él te lo dijo.
Asiento, haciendo una mueca.
—Hice estallar tus globos en el aniversario de la muerte de tu esposa. Y dije
que acariciarte la polla era mi regalo para ti. Puede que sea la peor persona que
haya existido.
Mira mi brazo con la ceja tensa, mientras su pulgar continúa trazando el
camino de mi corte.
66
—Soy la peor persona que haya existido, así que estás libre de culpa.
—¿Qué se supone que significa eso? —Quiero abrazarlo, besar ese ceño
fruncido de su rostro. Tocarlo de una manera que le quite el dolor, pero… no está
bien. No son las circunstancias. Ni es el lugar. Ni el día. Todo está mal. Así que lo
dejo pasar.
Libero mi brazo de su agarre, pasando mis dedos sobre su palma justo antes
de soltar mi brazo de nuevo a mi costado.
—En realidad, lamento lo que dije y tu dolor.
Asiente una vez, la mirada fija en mi brazo.
Casi dos semanas pasan sin otra mención de mi cuenta regresiva de
desalojo. He buscado nuevos lugares, pero no puedo encontrar ninguno que
funcione, así que estoy agradecida por cada día que paso sin que Flint diga nada.
Ha sido distante pero educado, no estoy segura si debido al aniversario de la muerte
de su esposa, mi voluntad de darle a Harry mi tiempo sin pedirle ninguna
compensación a cambio, o si todavía está pensando en lo que casi sucedió.
Cuando nos vemos de pasada o él sube las escaleras a buscar a Harry, su
mirada siempre va directamente a mi brazo, ya no tengo puntos, la herida se está
curando muy bien, no necesita contener tanta angustia en sus expresiones, pero tal
vez no sea el brazo, tal vez sea lo que representa el brazo… lo que casi sucedió.
Hoy debería ser un día libre de angustias ya que es fin de semana, mi
momento favorito para estar en la oficina sin nadie más en las otras oficinas y sin 67
sentir culpa por el ruido. A las seis y media, agarro mi bolso y escolto a mi último
cliente fuera del edificio.
—¡Elle!
Miro por encima del hombro en tanto Harry saluda trotando hacia mí con
Flint unos pasos detrás de él.
—Nos vemos la semana que viene —le digo a mi cliente mientras saca las
llaves y se dirige hacia su auto.
—Mis abuelos están en el auto. ¿Podemos tocar nuestra canción para ellos?
—pregunta Harry.
—Harrison, ¿no ves que la señorita Rodgers ya se va? —Flint pone una
sonrisa falsa.
—Por favor, no tomará mucho tiempo.
Miro a Flint.
—Tenemos reservaciones para cenar, quizás en otra ocasión. Solo necesito
tomar los archivos que dejé aquí, vuelve al auto.
Las palabras permanecen en la punta de mi lengua, sin saber si está bien que
las escuche. No tengo la sensación de que Flint quiera mi opinión.
—Quiero tocarla, no habrá otro momento antes de que se vayan.
—Harrison…
—¡Papá! Quiero tocarla. —Empieza a perder la calma.
Flint se pone rígido y veo la frustración en su rostro.
—No tomará más de cinco minutos que la toquemos. —Me encojo de
hombros—. ¿Si tienes cinco minutos de sobra?
Flint frunce el ceño.
—Vayan a prepararse y yo los traeré, pero una canción, Harrison, eso es
todo.
Harry pasa corriendo a mi lado y tira de la puerta del edificio.
—Papá, abre la maldita puerta.
Pongo mis llaves en la cerradura e ingreso mi código.
—Lo siento…
Me deshago del intento de Flint de disculparse conmigo.
—Está bien, nos vemos arriba. No puedo esperar a conocer a tus padres. —
Muerdo mi labio inferior para contener mi sonrisa. 68
Flint hace una mueca justo antes de volverse hacia el estacionamiento. No
parece tan emocionado de que yo los conozca.
Sacamos las guitarras y calentamos al tiempo que esperamos a Flint y a sus
padres.
—¿Dónde viven tus abuelos?
—En Colorado.
—¿En qué parte de Colorado?
Harry se concentra en sus dedos tocando la guitarra.
—No sé.
Sonrío. Por supuesto que no lo sabe, no porque no se lo hayan dicho,
simplemente no considera que ese detalle en particular sea digno de su memoria.
—¿Qué les tomó tanto tiempo? —Harry pone los ojos en blanco cuando
Flint y sus padres entran en la habitación—. Uno. Dos. Listo. Vamos. —No espera
a las presentaciones ni a un saludo rápido. Sigo su ejemplo mirando de vez en
cuando a Flint y a sus padres que están sonriendo a pesar de la línea recta fijada en
el rostro de Flint.
Cuando terminamos ellos aplauden, incluso Flint.
—¡Eso fue increíble, Harrison! —Su abuela le da un abrazo que él acepta
con rigidez.
—Ellen, me gustaría que conocieras a mis padres, Gene y Camilla. Esta es
Ellen Rodgers.
Ambos me dan la mano.
—Harrison nos ha hablado de ti sin parar. —Camilla sonríe.
—Así que esta es la inquilina que dijiste que tiene unos buenos… —Gene
le sonríe a Flint por un breve momento como si tuvieran una broma interna—…
dientes.
Flint mira a su padre con los ojos entrecerrados. No los estoy siguiendo.
Sonrío, mostrándoles mis dientes.
Los hombres mayores Hopkins se miran mutuamente. No estaban hablando
de mis dientes.
—Bueno, se acabaron tus cinco minutos, Harrison. Tenemos que ir a cenar.
—Lo sé, lo sé… —Vuelve a guardar la guitarra en su estuche—. Tenemos 69
que ir a cenar para poder ir a casa con la abuela y el abuelo mientras tú tienes una
cita.
La espalda de Flint se endereza como una baqueta y su mirada hace ping
pong entre sus padres y Harrison.
Camilla le da una sonrisa traviesa.
—Es una tontería que andes a escondidas. La última vez que estuvimos aquí
simplemente le expliqué que eres un adulto y necesitas…
—Compañerismo femenino —dice Harrison rotundamente—. Está bien. Lo
entiendo. Solo vámonos. Adiós, Elle.
—Fue un placer conocerlos. —Gene y Camilla asienten cortésmente y
siguen a Harrison hasta el ascensor.
—Bajaré enseguida —les grita Flint, sin apartar la vista de mí.
—Chico listo. —Muerdo mis labios, y sus cejas se arquean una fracción.
—No llevo mujeres a mi casa. No sé cómo navegar esta parte de la crianza
de los hijos de papás solteros.
—No es de mi incumbencia, Flint. —Deslizo mi guitarra en su estuche—.
Creo que hemos establecido el hecho de que no me debes nada y mucho menos
cualquier tipo de explicación sobre el cómo y el por qué, de dónde conoces mujeres
y qué haces con ellas.
—Gracias por no decirle nada a Harrison ni a mis padres sobre…
Ladeo la cabeza con los ojos muy abiertos.
—¿Sobre qué? ¿Mi brazo? —Lo sostengo y una risa gruñona se escapa en
una breve ráfaga de aire a través de mi nariz—. Está bien. Soy lo suficientemente
madura como para guardar un secreto. No tengo doce años.
—Hiciste estallar mis globos en mi cumpleaños. —Me da lo más parecido
a una sonrisa que le he visto en semanas.
Sí, era eso.
—¿No tienes una reservación? ¿Una cita? ¿Compañía femenina
esperándote?
—Ellen…
Apoyando una mano en mi cadera, miro al suelo negando con la cabeza.
—Me gustó. —Miro hacia arriba—. Que me tocaras y que te tocara me
gustó, significó algo para mí, pero… no lo que piensas. No amor. Ni ningún tipo
de compromiso. La experiencia física me importó y no quiero mancharlo con
palabras. Cuando me vaya, no quiero recordar lo que te dije o lo que tú me dijiste. 70
Solo quiero recordar tu toque en ese momento.
Sí, lo confundí, sus cejas se fruncieron.
Me rio.
—Vete. Te están esperando. No trates de adivinar nada. No dejes que lo que
pasó el otro día te desanime de tus planes posteriores a la cena. Estoy bien. Para
empezar, nunca hubo algo de que sentirte culpable, pero si sentiste que lo hubo,
entonces ten la seguridad de que te libro de ello.
Asiente varias veces y su pensamiento contemplativo característico se
adhiere a su rostro a medida que se gira y camina hacia el ascensor. Apago las
luces y cierro la puerta detrás de mí. Flint espera a que yo suba al ascensor primero.
Unos segundos más tarde, cuando bajamos, coloco mi mano alrededor de su
muñeca. Mira mi mano y luego a mí.
Lo suelto y le enderezo la corbata.
—Me gusta este traje, nada mejor que un negro clásico con una corbata de
seda roja. —Mi mano alisa su corbata debajo de su chaqueta.
—Estás tarareando.
—Mmm… —Mirando hacia arriba, sonrío—. Ve a hacerle el día a una
dama afortunada. Simplemente no la dejes caer tan fuerte como a mí. —Me doy la
vuelta y no miro atrás.
Hay un paquete de chicles de menta en uno de los bolsillos interiores de la
chaqueta de mi traje y tres condones en el otro bolsillo. Mis padres están en la
ciudad para quedarse con Harrison. Me ha dado su bendición para «disfrutar de
compañía femenina». Tengo cinco números en mi teléfono que serían algo seguro
esta noche: una conexión fácil y sin complicaciones.
Sin embargo, la anhelo a ella. Aún puedo saborearla. ¿Cómo puede hacerme
sentir irritable, con comezón y tan jodidamente necesitado al mismo tiempo? Me
mira como solía mirarme Heidi. Es inquietante.
Sentado en mi auto, estacionado a unas cuadras de mi casa después de dejar 71
a Harrison y mis padres, abro su número en mi teléfono y lo miro fijamente. Mi
pulgar se cierne sobre el botón «enviar», salgo de esa pantalla y abro uno de los
cinco números menos complicados. Voy y vengo de una pantalla a la siguiente
hasta que mi pulgar presiona «enviar» por sí solo.
Ella contesta en el tercer timbre.
—¿Hola?
—Hola.
—¿Te gusta el jazz?
—Eh… —Se ríe suavemente—. Sí.
—Te recogeré en diez.
Presiono finalizar llamada y marco su dirección en mi navegador. Cuando
me estaciono en la calle frente a su edificio de apartamentos, Ellen sale por la
puerta y se apresura a mi vehículo tirando del cuello de su gabardina cerca de su
cuello. Demasiado para poder mostrar mis habilidades de caballero. Cierro mi
puerta de nuevo porque ella fue demasiado rápida.
—Brr… —Se estremece cuando se desliza en el asiento y me lanza una
sonrisa con los dientes castañeando—. Sabes, no necesito una noche elegante.
Estoy bien con solo sexo si eso es lo que necesitas.
Pongo el auto en marcha y niego con la cabeza, alejándome de la acera.
—En realidad, deberías hacer que los chicos trabajen un poco más.
Niega en respuesta, pero por el rabillo del ojo la veo sonreír. No sé qué
estamos haciendo, o qué estoy haciendo yo, pero se siente como algo que necesito
por la razón que sea.
—¿Cómo está tu brazo?
—Está bien. ¿Ya te olvidarías de ello? —Suspira con un suave zumbido—
. Eres igual a tu mamá. ¿Alguien te ha dicho eso alguna vez?
Me rio. No me parezco en nada a mi mamá.
—¿Te perdiste de que el tipo alto con cabello oscuro era mi papá y la rubia
baja era mi mamá?
—Probablemente para la mayoría te pareces a tu papá, noto la forma de tus
ojos, son los de ella, los lóbulos de las orejas, cómo ambos pronuncian las r de la
misma manera, la forma de tu boca cuando sonríes y el tono de tu risa. Es todo de
tu mamá.
Con cada segundo que pasa, ella me succiona hacia este mundo desconocido
suyo. Es inteligente y muy sexy. Eso es suficiente para llamar mi atención. Pero 72
luego parpadeo y ella ilumina mi mundo de una manera que nunca había visto.
Tan pronto como entro en el lugar de estacionamiento a lo largo de la calle,
ella salta afuera. Habría abierto su puerta.
—Brr…
Me rio de su baja tolerancia al clima de diez grados. Abraza sus brazos sobre
su pecho y apoyo mi mano en su espalda baja, guiándola hacia el letrero de neón
sobre el pequeño antro que es uno de los secretos mejor guardados de la ciudad.
—¡Elle! —El portero de la puerta abraza a Ellen.
No lo vi venir.
—Cam, ¿cómo diablos estás? —Le devuelve el abrazo.
—Está todo bien, niña. No te he visto por aquí en un tiempo.
—Me mudé a un apartamento diferente, no queda a poca distancia.
—¿Alguna vez has oído hablar de un automóvil o del transporte público?
Se ríe.
—Sí, sí… Cam, este es Flint.
—Conozco a Hopkins. —Cam me da un puñetazo—. Todo el mundo
conoce a Hopkins.
—Ah, ¿sí? —Los ojos de Ellen se agrandan y su cabeza se mueve hacia
atrás mientras su mirada me hace una inspección exagerada.
—Claramente no ves fútbol —dice Cam.
—Claramente no tan bien como debería. —Ellen tuerce los labios hacia un
lado como si estuviera intentando entenderme.
—¿Cómo se conocen ustedes dos? —pregunta Cam, cruzando sus gruesos
brazos sobre su pecho cubierto por una camiseta negra.
—Flint es mi arrendador y está intentando desalojarme porque no entiende
mi trabajo o el hecho de que las ratas son algunas de las mascotas más limpias e
inteligentes.
—¡Guau! —Tiro de los puños de mi camisa—. Me acabas de tirar debajo
del autobús.
Cam suelta una carcajada sobre la suave música, el zumbido de la charla y
los vasos tintineando contra las mesas.
Ellen se encoge de hombros.
—Decirles esas palabras a tus padres te habría tirado debajo del autobús, 73
decírselo a Cam es simplemente empujarte hacia el parachoques.
Cam asiente hacia el escenario.
—La cabina de la esquina está vacía.
—Gracias —decimos Ellen y yo al unísono.
—¿Qué pasó con «No tengo doce»? —le susurro al oído a medida que nos
abrimos paso a través de un mar de personas acurrucadas en pequeños grupos de
mesas redondas y sillas.
—Cambié de opinión. —Se desliza en la cabina curva de espalda baja y se
quita la chaqueta revelando un suéter de cuello alto ajustado que abraza las curvas
de sus senos casi tan bien como los jeans de mezclilla claros que abrazan sus
piernas y trasero. Con su cabello rojo oscuro y los ojos azules suaves… todo el
maldito paquete va a ser mi ruina. Puedo sentirlo.
Me deslizo junto a ella para que ambos tengamos una buena vista del
escenario.
—Señor Hopkins, ¿lo de siempre? —pregunta la mesera.
Asiento.
—¿Y para ti?
—Chardonnay, por favor.
—¿Así que solías vivir en el centro? —Miro a la artista en el escenario,
yendo a una pequeña charla porque todavía no sé qué me ha poseído para llamarla.
—Durante seis meses cuando me mudé aquí, no pude encontrar nada más
cerca del hospital que se ajustara a mi presupuesto. Tenía un compañero de cuarto.
—¿Y ella accedió a un contrato de arrendamiento de seis meses?
—Él.
Aflojo mi corbata y me quito la chaqueta.
—¿Él? ¿Te mudaste con un chico al azar que no conocías?
—Algo así. Es el dueño del edificio, pero pasa la mayor parte de su tiempo
en Florida, donde posee otros alquileres. Su hermana es enfermera en el hospital,
la conocí cuando vine a la ciudad para una entrevista y me dio su número. Lo sé,
lo sé, fue un loco acto de fe en que no fue un asesino en serie.
—¿Fue entonces cuando encontraste este lugar?
—Sí. Nick, el propietario del edificio, el compañero de cuarto, no asesino 74
en serie, me trajo aquí una vez y seguí regresando por mi cuenta cuando él no
estaba en la ciudad.
La mesera pone nuestras bebidas en la mesa.
—¿Eso es agua?
Asiento.
—Con limón. Estoy conduciendo.
—Eres bastante cauteloso.
—Lo soy. —Vuelvo mi atención al saxofonista en el escenario sintiendo la
mirada de Ellen en mí, pero no le doy la oportunidad de llevar este tema más
lejos—. ¿Qué estabas haciendo cuando llamé?
—Masturbándome. —Sonríe, manteniendo sus ojos en el escenario.
—Lo digo en serio.
Se encoge de hombros.
—Yo también. —Su cabeza se vuelve hacia mí y bebe un sorbo de vino—.
Pero… —Deja el vaso sobre la mesa—. Si eso es demasiada honestidad para esta
noche, entonces… —Sus ojos se ponen en blanco—… digamos que estaba
puliendo mi plata. O tal vez lavándome el cabello. Componiendo un concierto.
Estudiando teoría y composición. Tejiendo. Tú elige.
Me rasco el cuello. Hay algo en ella que mi cuerpo rechaza. Quizás no sea
ella y tal vez sea yo y mi necesidad de entender sus motivos, no creo que tenga
ninguno y eso me incomoda.
—¿Por qué musicoterapeuta?
—¡Ja! ¿En serio? ¿Ahora quieres saber esto? ¿Dónde estaban estas
preguntas en mi entrevista? De ninguna manera. Tú primero.
Me recuesto, descansando mi brazo en la parte trasera de la cabina detrás
de ella.
—De acuerdo. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué Cam actúa como si fueras famoso?
Sonrío.
—No soy famoso.
Gira su cuerpo hacia el mío, acercando una rodilla a su pecho y su pie
descansando en el asiento de la cabina.
—Quizás no, pero Cam cree que eres importante al menos en el mundo del 75
fútbol.
Bebo un sorbo de agua y me quedo mirando el limón atrapado bajo el hielo.
—Jugué en la universidad y me habría convertido en profesional como
receptor abierto si no me hubiera jodido la rodilla. En lugar de terminar la facultad
de derecho, me convertí en agente de un mariscal de campo muy prometedor. Así
es como me conoce la gente de aquí. Como el hombre detrás del jugador que le dio
a Minnesota su primera victoria en el Super Bowl. Él se jubiló anticipadamente y
yo volví para terminar la facultad de derecho y el resto es historia.
—Esa es una buena historia.
No es una buena historia. Es tan jodidamente trágico que apenas puedo
encontrar la voluntad de arrastrarme fuera de la cama todas las mañanas.
—No te ves feliz. Tu esposa murió en algún lugar de esa historia, ¿no es
así?
Asiento.
Lo deja pasar. No pregunta cómo, por qué o dónde. Omití la parte más
determinante de mi vida y ella no pregunta nada más. Una vez más, no puedo
entender sus motivos.
Vemos a la banda tocar durante la siguiente hora. Se termina una copa de
vino, pero rechaza la oferta de la mesera de una segunda copa. El tema de la esposa
muerta siempre conduce a ninguna parte. Es el mejor asesino de conversaciones.
Esta noche no es una excepción.
—Vamos. —Se desliza fuera de la cabina.
Tiro dinero en efectivo sobre la mesa y la sigo hasta la puerta, sintiéndome
culpable por la falta de conversación durante la última hora.
—Lamento no haber hablado mucho…
Ellen se da la vuelta y agarra las solapas de mi chaqueta tirándome por la
esquina hacia el callejón. Me besa. Sus manos toman las mías y las guía hasta su
cintura.
—Tócame —susurra sobre mi boca.
—¿Dónde? —Doy un paso hacia adelante hasta que su espalda presiona el
costado del edificio de ladrillos.
—En cualquier lugar… —Su respiración es pesada y desesperada mientras
lame y chupa la piel entre mi oreja y el cuello de mi chaqueta—. En todas partes…
solo… tócame. —El dolor en su voz sangra a nuestro alrededor como si se
estuviera muriendo y mis manos son lo único que puede salvarla.
La toco por todas partes, haciéndola gemir en mi boca, haciéndola apretar 76
mis brazos para mantenerse erguida, haciéndola suplicar y haciéndola
desmoronarse bajo mi toque en un callejón oscuro justo después de la medianoche.
Cualquiera que pudiera vernos pensaría que simplemente nos estábamos besando.
Su abrigo esconde mi mano en su suéter y la otra en la parte delantera de sus jeans.
—Jesús, Flint… —Mi nombre se desgarra de su pecho a medida que tira de
mi corbata para acercar mi boca a la suya. Tararea como si yo fuera la cosa más
deliciosa que jamás haya probado. Sus caderas se sacuden y giran mientras la froto.
Toma una bocanada de aire, la retiene y la suelta en pequeñas pausas
mientras mis dedos disminuyen la velocidad con su liberación. Sus ojos parpadean
y se abren, buscando mi rostro.
—Gracias —susurra, apoyando su frente contra mi hombro cuando cierro y
abrocho sus jeans antes de llamar la atención sobre nosotros.
Beso la parte superior de su cabeza.
—Vamos. —Abraza mi brazo mientras la llevo a mi auto y abro la puerta
como el caballero que claramente no soy después de lo que le acabo de hacer en el
callejón… lo que ella me pidió que le hiciera. ¿Por qué? No estoy seguro.
Se queda dormida camino a su apartamento. Intento averiguar qué acaba de
pasar y qué sigue.
—¿Ellen? Estamos aquí. ¿Necesitas que te lleve?
Se mueve y se frota los ojos.
—¿Qué? No. —Niega con la cabeza—. Estoy bien, déjame sacar mis llaves.
Doy la vuelta y abro su puerta.
—Gracias —dice con voz somnolienta.
—Te acompañaré hasta tu puerta.
—Está bien.
La sigo hasta el segundo piso y a la puerta al final del pasillo.
—Aquí vivo. —Desbloquea la puerta pero no la abre. Es la primera vez que
siento nervios reales de su parte—. ¿Quieres entrar para…?
—No, debería llegar a casa.
Sus hombros se hunden con lo que parece alivio. No sé qué sacar de eso y
es demasiado tarde para que mi cerebro haga un buen intento de descifrarla.
Mira su reloj y suspira.
—Ya es tarde. Gracias por la llamada, definitivamente fue… inesperado. 77
—Inesperado —le hago eco. La palabra se siente vacía y fuera de lugar en
este momento. ¿No planificado? ¿Lamentable? No sé cómo me siento.
—Buenas noches. —Una sonrisa pequeña intenta pegarse a su rostro.
—Buenas noches. —Antes de que pueda siquiera pensar en besarla de
nuevo, abre la puerta, se desliza dentro y la cierra detrás de ella.
Cuando escucho el clic de sus cerraduras, llevo mis bolas azules, la erección
eterna y la mente completamente jodida a casa para darme una ducha fría y dormir
un poco.
Pensamientos de un aviso de desalojo inminente, no tener Plan B, y unos
dedos talentosos que me dan un orgasmo callejero me sacan de un sueño inquieto
a las cuatro de la mañana del domingo. En lugar de revolcarme en la cama
luchando contra el sueño que sé que se me escapará por el resto del día, me pongo
ropa vieja y limpio mi apartamento con las «50 mejores piezas de música clásica»
de la Orquesta Filarmónica Londinense flotando en el aire.
Dos horas más tarde no me queda nada por limpiar, pero mi mente todavía
no se duerme así que me dirijo a mi tienda favorita de café y panecillos. Armada
con cafeína y carbohidratos, me dirijo a casa para ducharme y busco en línea un
nuevo espacio de oficina.
—Ni siquiera son las siete. Tu adicción a la cafeína debe ser peor que la
mía. —Justo cuando alcanzo la puerta de mi edificio de apartamentos, la voz 78
inusualmente alegre de Flint llama detrás de mí.
Me doy la vuelta, sin esperar ni querer ver a nadie que conozco cuando
necesito desesperadamente una ducha. Tengo la capucha de mi sudadera puesta
sobre mi cabeza.
—Hola… —Sonrío—. Estoy de incógnita. ¿Cómo me reconociste?
—Por el trasero y tus piernas. Son inconfundibles.
—Pervertido.
—Algunas veces. —Camina hacia mí sosteniendo dos tazas calientes, sin
un traje esta mañana, solo unos jeans y un suéter.
—¿Tus padres te dieron permiso para escaparte esta mañana? ¿O no fuiste
a casa? ¿No fui tu única compañera anoche?
—¿Celosa? —Su cabeza se inclina hacia un lado.
—No. —Abro la puerta y me dirijo hacia las escaleras—. Me arriesgo a
alimentar tu ego al decir esto, pero eres lo que algunas mujeres podrían llamar
como alguien muy sexy. Como sabes, yo te llamo Sexo en traje, pero de todos
modos, sería una pena no compartirte, así que espero que quien vino después de
mí te haya disfrutado tanto como yo.
—Me siento una cualquiera.
Abro la puerta de mi apartamento limpio.
—No. —Lanzándole una mirada coqueta por encima de mi hombro, camino
por el pasillo de entrada—. He visto tus trajes, tu auto y tu casa, señor Hopkins.
Estás lejos de ser una cualquiera.
Su mirada aterriza en el cubo de artículos de limpieza junto a la puerta de
la terraza.
—Limpiaste por mí. Es como si supieras que venía.
Dejo mi café en la encimera de la cocina y saco mi panecillo de su bolsa.
—¡Ja! No… fuiste una gran sorpresa esta mañana.
Quita la tapa de su taza de café, sonriendo al tiempo que se la lleva a la
boca. Bebe mientras mantiene sus ojos en mí.
—¿Pasaste por aquí solo para traerme café? ¿Una visita matutina para tener
sexo oral? ¿O para recordarme que necesito encontrar un nuevo lugar para
alquilar?
Su sonrisa se desvanece cuando sus ojos se desvían a todas partes de la
habitación menos a mí. 79
—No es perso…
—Lo sé, lo sé… son negocios, no es personal.
—¿Me dejarías terminar? —Me lanza una mirada severa.
Exhalo lentamente y asiento.
—Sé que estás molesta porque no entendí completamente tu trabajo antes
de firmar nuestro contrato de alquiler, pero la verdad es que no puedo
concentrarme en mi trabajo cuando estás tocando la batería y cantando toda la
tarde. No es personal. No me desperté un día y decidí ser vengativo. Cuando nos
conocimos, me agradaste y pensé que serías una buena inquilina. Y ya sea que
elijas creerlo o no, necesito concentrarme para hacer mi trabajo correctamente.
Sopeso sus palabras, pero no resuelven mi problema.
—No respondiste a mi pregunta. ¿Por qué estás aquí?
Su barbilla baja a medida que niega con la cabeza.
—¿Por sexo? Puedes decirlo, no te juzgaré. Déjame darme una ducha rápida
y tendremos sexo.
—Jesús… —susurra—. Lo haces sonar como un trabajo, como si te
estuviera pagando por sexo, no es por eso que…
—De acuerdo. ¿Quieres sentarte y hablar? ¿Quieres la mitad de mi
panecillo?
Continúa negando con la cabeza.
—Entonces, ¿qué? ¿Por qué estás aquí?
—¡No lo sé! —Se estremece ante su propio arrebato cuando me mira.
—Bueno, entonces podemos jugar hasta que lo averigües. —Me doy la
vuelta y me retiro al dormitorio contiguo al mío—. Buenos días, señores y señorita.
—Abro la puerta de la jaula—. Vengan, tenemos compañía esta mañana. Vamos.
Flint se encuentra en medio de mi sala de estar con una completa confusión
grabada en su rostro. Se transforma en disgusto y su cuerpo se pone rígido cuando
ve lo que se desliza por el pasillo detrás de mí.
—¿Qué demonios? —susurra.
—Has conocido a Wolfgang Amadeus Mozart, pero me gustaría que
conocieras a Johann Sebastian Bach, Ludwig Van Beethoven, Frédérick Chopin y
Stefani Joanne Angelina Germanotta, la única chica, pero ella prefiere que la
llamen Lady Gaga.
80
No puedo describir el horror en su rostro mientras ve a mis cinco ratas
mascotas vagar a su alrededor y sobre los muebles.
—¿Sigues pensando en tener sexo conmigo? Mis pequeños compositores
clásicos no nos molestarán, pero no voy a mentir… a Gaga le gusta mirar.
Nunca he usado a mis mascotas para alejar la atención de un hombre. Las
ratas se malinterpretan como mascotas, alimentar ese malentendido haciéndolos
parecer espeluznantes no es mi intención, pero en este momento no sé qué hacer
con el hombre que tengo delante de mí.
Nuestros días están contados y siento que necesita una salida fácil. Dejaré
que mis bebés lo solucionen.
—No sé si Harry te lo dijo, pero Mozart es una rata Dumbo, de ahí las lindas
orejas en el costado de su cabeza en lugar de en la parte superior, y Bach, Chopin
y Beethoven son ratas Rex. Tienen pelajes suaves y bigotes rizados, y Lady Gaga,
como puedes ver, es una rata sin pelo, tengo que vigilarla de cerca para que no se
enfríe demasiado.
Flint observa a mis bebés durante unos momentos y me mira a mí.
—Puedes traer a Harry para verlos a todos. Mi arrendador no me deja
llevarlos al edificio de oficinas.
Después de unos parpadeos lentos y una mirada en blanco, busca largas
colas mientras camina hacia la puerta.
—Adiós.
—Adiós —susurro mucho después de que la puerta se cierra detrás de él.
Dejándome caer en mi sillón reclinable, miro mi teléfono, necesito un poco
de amor, así que llamo a mi papá.
—¿Qué quieres?
Sonrío ante su fachada gruñona.
—Hola, papá, supuse que aún podrías estar pescando.
—Estuve ahí, lo hice. ¿Acabas de salir de la cama?
—Sí, como… hace tres horas. No podía dormir.
—¿Pesadillas?
—No. Solo una mente acelerada. ¿Deberías venir de visita?
—¿Y dejar mi bote?
—Sobreviviría sin ti. —Me rio.
—Creo que eres tú quien debería venir de visita. 81
—No estoy lista.
—No puedes quedarte en el medio para siempre.
Me rio.
—Me gusta Minnesota. Hace frío aquí, pero me gusta.
—¡Maldita sea! ¿Cuándo se convirtió mi niña de Nueva Inglaterra en una
florecita tan delicada?
—Cuando me mudé a Florida y luego al sur de California.
—Eso es un montón de basura. El sur de California no es Arizona. ¿Estás
enferma?
—Estoy bien, papá.
—Me estás llamando. Eso generalmente significa que no estás bien. ¿Qué
está pasando?
Lady Gaga se mete en la bolsa delantera de mi sudadera. Chica inteligente.
—Solo te extraño. ¿No puedo querer escuchar tu voz sin razón?
—Es una vieja voz ronca, pero si eso es lo que necesitas, entonces puedo
hablar todo el día.
—¿Estás saliendo con alguien?
—¿Tienes una nueva madre?
—Papá…
—Bueno, estás sugiriendo que la he reemplazado. ¿Por qué no puedo
preguntar si tú la has reemplazado?
—No es lo mismo y lo sabes.
—Si vienes de visita, dejaré que me arregles una cita con una mujer joven
y atractiva. ¿Tienes amigas?
Mis labios se curvan.
—Estaba pensando que podríamos contratar a una profesional.
—Ahora si estamos hablando.
Ambos nos reímos a pesar del dolor subyacente de perder a mamá.
—¿Encontraste para ti un hombre digno? Apuesto a que estás rompiendo
corazones, especialmente si sigues coqueteando descaradamente como siempre lo
hacía tu madre. Dios… ella era una rompe pelotas.
—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo. 82
—¿Y Alex?
Mis manos se cierran unas cuantas veces.
—No he hablado con él.
—¿Lo extrañas?
Con un suspiro tembloroso, asiento.
—Algunas veces. —Todo el tiempo. Lo extraño todos los días a pesar de lo
terrible que fue para mí. Recuerdo al viejo Alex.
—Tal vez él solo necesite más tiempo.
Estamos divorciados. Papá lo sabe, pero actúa como si estuviéramos
separados esperando la reconciliación.
—Quizás. —El tiempo no puede curarlo todo, sé eso. También sé que mi
papá quiere mantener viva la esperanza.
—Recibí las fotos que me enviaste de tu nuevo espacio de oficina. Se ve
perfecto.
Gruño una risa. No sabe nada de mi reciente aviso de desalojo.
—Está bien. Todavía me gustaría encontrar un lugar en el nivel principal,
potencialmente podría terminar con un cliente discapacitado que tiene miedo a los
ascensores. ¿Y entonces qué?
—Ve a su casa. Hace años, la atención médica solía ser más personalizada.
Los médicos hacían visitas a domicilio. Probablemente sería más barato conducir
hasta las casas de los clientes que alquilar un espacio en la ciudad.
—Esa una idea. —No es perfecta, pero no quiero pensar en eso ahora. De
hecho, llamé para escuchar su voz.
—¿Qué vas a hacer para las vacaciones? ¿Vas a ver a Alex o vienes a verme
a mí?
De nuevo con mi exesposo. Mi papá es un soñador.
—Pensé que tú podrías venir a verme.
—¿Navidad en tu pequeño apartamento?
—No has visto mi apartamento. ¿Qué te hace pensar que es pequeño? —Es
pequeño.
—Solo es una corazonada.
—Además, no tengo a nadie que vigile mis ratas.
—Oh, Elle… no me digas que todavía tienes esas alimañas. 83
—Ni siquiera las has conocido todavía. No seas tan prejuicioso.
—Dijiste que tienen una vida útil corta. Avísame cuando mueran y entonces
iré de visita.
—Eso es simplemente malo. Me romperán el corazón cuando se mueran.
—Te enviaré flores.
—Terrible. Eres un anciano terrible. Tengo que ir a ducharme y jugar con
tus nietos. Te amo.
Se queja del comentario de los nietos.
—También te amo. Adiós.
Lunes. Un día incómodo. Está el aviso de desalojo persistente. El orgasmo
en el callejón. El incidente de conocer a mis ratas. No tengo idea de qué esperar
esta semana. Flint y yo somos dos pelotas que rebotan y se disparan en direcciones
opuestas hasta que estamos destinados a chocar de nuevo. Cada choque se siente
más explosivo.
Veo pacientes en el hospital por la mañana y tomo un largo almuerzo en
casa ya que mi primera cita de la tarde tuvo que cancelar. Para cuando llego,
Amanda ya está saliendo.
—¿Te despidieron de nuevo?
Se ríe.
—Todos los días. Estará en la corte la mayor parte de la semana, así que
tengo un horario flexible para llevar a mis hijos como su chofer. ¿Ya has
encontrado un nuevo lugar? —Su sonrisa se convierte en un pequeño ceño
fruncido.
—Aún no. Veré un lugar mañana por la mañana.
—Espero que funcione. Harrison quedará destrozado cuando se entere.
84
Asiento. No conozco a Harry lo suficiente como para saber cuán destrozado
estará, pero yo estaré un poco destrozada porque me gusta mucho.
—Nos vemos mañana.
—Sí. Adiós. —Sonrío cuando pasa a mi lado.
Mi nueva cliente sufre de Alzheimer prematuro. La paciente después de ella
es una chica de diecisiete años con un trastorno alimentario. Después de ella, me
siento en mi pequeño escritorio junto a la ventana y escribo notas de casos en mi
computadora portátil mientras se pone el sol y mi Chopin Nocturne No. 2 favorito
en mi bemol mayor sale de los parlantes.
—Hola.
Salto.
—¡Jesús! Me asustaste.
Harry frunce el ceño.
—No dije buuu.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Cierro mi computadora portátil y giro en mi
silla para enfrentarlo.
—Mi papá dijo que si ayudaba más en la casa, terminaba mi tarea sin que
me lo pidieran y dejaba de quejarme de las comidas que prepara, entonces podría
tocar la guitarra contigo.
—Oh, ya veo. —Mis labios ruedan entre mis dientes mientras ordeno su
explicación—. Bueno, se está haciendo tarde. ¿Cuánto tiempo más estará aquí?
—¿Quién?
—Tu papá.
—Él no está aquí.
—¿Te acaba de dejar?
—Monté en mi bicicleta.
—¿Montaste tu bicicleta? Eso tiene que ser un viaje de una hora.
—Ochenta minutos. —Deja el estuche de la guitarra en el suelo.
Santo cielo. Viajó ochenta minutos en su bicicleta con un estuche de
guitarra que no tiene correa.
—Tengo dos guitarras aquí.
—Me gusta esta. La tengo perfectamente afinada.
—¿Tu papá te dejó venir en bicicleta hasta aquí? 85
Se encoge de hombros.
—Algo así. Quiero decir, dijo que podía venir aquí si ayudaba en la casa,
terminaba mi tarea sin que me lo pidieran y dejaba de quejarme de las comidas que
prepara. Así que terminé mi tarea tan pronto como llegué a casa de la escuela.
Limpié mi baño y vacié la basura de la cocina. Y no me quejé de la mierda de pan
de lentejas y algo de calabaza que hizo para la cena.
—Harrison, ¿sabe que estás aquí?
Suspira.
—Lo averiguará.
Lo veo rasguear la guitarra. Es bueno, tiene un increíble talento natural, pero
no puedo distraerme con sus habilidades. Se marchó sin decirle a nadie adónde iba.
Abro el número de Flint y presiono llamar. Eventualmente va al correo de
voz.
—Oye, soy Ellen. Harry está conmigo. Manejó su bicicleta a la oficina.
Estoy a punto de irme, así que pasaré a dejarlo. Espero que recibas este mensaje y
sepas que él está a salvo conmigo.
—Pensé que íbamos a tocar. —Harry me lanza un ceño fruncido que es
totalmente Flint.
—Toquemos en el auto… carpool karaoke. Tú tocas y yo cantaré.
Después de determinar que su bicicleta tendría que quedarse porque es
demasiado grande para mi auto, nos acomodamos en el asiento delantero con la
guitarra abrazada contra su pecho. Mi teléfono vibra con un mensaje de texto de
Flint.
Gracias.
Harry toca y yo invento canciones de camino a su casa.
—Conozco algunos buenos profesores de música. Podría darle a tu papá sus
nombres.
—Te tengo a ti —responde con tanta inocencia.
—Soy más una terapeuta. También podría trabajar contigo, pero no estoy
segura de que tu papá quiera que trabajes conmigo como un cliente así.
—Así que seguiré tocando contigo cuando llegue a la oficina de mi papá
después de la escuela o cuando termine mis cosas en casa. —Abre la puerta y
sale—. Ven a ver mi habitación.
—Eh… no estoy segura de que esta noche sea una buena noche para eso.
—Baso mi respuesta en el vapor que fluye de la nariz de Flint mientras espera en 86
el porche delantero a su hijo fugitivo.
—¡Vamos! —Harry me hace señas en su dirección.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo huyendo sin decir una palabra?
Me estremezco en el instante que Flint le grita a Harry.
—Ahora no, papá. ¿Está bien? Vamos, Elle.
Flint mira más allá de Harry hacia mí, hundiéndome en el asiento del
conductor. Debería dar marcha atrás y dejarlos discutir, pero siento una cierta
obligación hacia Harry. No quiero irme sin decirle adiós.
Salgo, manteniéndome protegida detrás de la puerta del auto.
—En otra ocasión, Harry. ¿De acuerdo?
—¿Por qué? —Se desinfla.
—Mete tu trasero a la casa. —Flint rechina los dientes.
—Elle, no tomará mucho tiempo. —Harry ignora a su padre.
Camilla sale al porche y jala a Harry para darle un abrazo. Él le dice algo y
ella me hace un gesto para que entre. Me estremezco y miro a Flint, que no me está
dando ningún tipo de mirada de bienvenida.
—Rápidamente. Tengo que llegar a casa pronto. —Subo los escalones del
porche.
—Llévate la guitarra cuando te vayas. —La mandíbula de Flint trabaja
horas extras cuando paso junto a él, dándole un leve asentimiento de comprensión.
Quitarle la guitarra que le presté a Harry no es el tipo correcto de castigo, pero no
es mi hijo.
No es mi casa.
No son mis reglas.
No lo decido yo.
Su hogar es tan magnífico y encantador como el de los Hamilton, pero
tienen un piano de cola en su gran salón. Lo miro boquiabierta unos segundos antes
de seguir a Harry. Tal como sospechaba, Harry tiene un enorme asiento junto a la
ventana en su dormitorio. Me muestra todo, incluidas las fotos de cuando tomó
clases de baile y su colección de señuelos de pesca.
—A mi papá le encanta pescar. Vive en Cape Cod —digo.
—¿En serio? Sería genial pescar en el mar.
Asiento mientras sonrío.
87
—Mi papá seguro que así lo cree.
El gran físico de Flint llena la puerta. Se quitó la chaqueta del traje, se aflojó
la corbata, se desabotonó la parte superior de la camisa y se arremangó. Lucho
internamente entre querer recomponerlo o desnudarlo el resto del camino, porque
todavía me siento engañada por no haberlo visto completamente desnudo.
—¿Quién es ella? —Asiento a una foto.
—Mi mamá. Murió en un accidente automovilístico cuando yo tenía dos
años.
Me entrega una foto enmarcada de una mujer rompiendo la cinta de la línea
de meta.
—¿Es un maratón?
—El de Chicago, creo. Supuestamente era una corredora.
Y era hermosa. Estudio la imagen hasta que Flint se aclara la garganta.
—Necesitamos hablar, jovencito. Y no creo que quieras a la señorita
Rodgers aquí cuando lo hagamos.
—Hice todo lo que me dijiste que hiciera. Tarea. Quehaceres. Atragantarme
con la cena sin quejarme.
—Voy a acompañar a la señorita Rodgers y luego hablaremos.
Le doy a Harry una sonrisa comprensiva y le devuelvo la foto de su madre.
—¿Tienes un teléfono?
Asiente y lo saca de su bolsillo.
—Desbloquéalo y te daré mi número. Podría haberme ido antes cuando
recorriste todo ese camino para verme. La próxima vez solo llámame rápidamente
o envíame un mensaje de texto, ¿Está bien?
—Está bien. —Desbloquea su teléfono y agrego mi nombre a sus
contactos—. ¡Espera!
Me doy la vuelta justo cuando Flint se aparta de mi camino.
—Sonríe. —Se encoge de hombros—. O no. —Me toma una foto—. Para
tu perfil de contacto.
—Adiós. —Levanto una mano, esperando que no sea la última vez que lo
vea, pero por la expresión del rostro de Flint me temo que podría ser un adiós
definitivo.
—Qué bueno verte de nuevo. —Camilla y Gene sonríen cuando paso junto
a ellos al pie de las escaleras. 88
Creo que estaban escuchando a escondidas porque se ven incómodos solo
parados al pie de las escaleras.
—Igualmente.
—Quizás podrías venir a cenar mañana.
Flint se detiene frente a mí, se da la vuelta y mira a su madre con el ceño
fruncido.
Querido Dios, esto es incómodo.
—Flint, está bien. Tu papá y yo prepararemos la cena. Sé que tienes mucho
trabajo esta semana con tu juicio. Es mejor que ella venga aquí a que Harrison ande
en bicicleta para verla.
—Mamá…
—¿A las seis y media suena bien, Ellen? —Camilla sacude a Gene cuando
él la empuja, probablemente para advertirle de la terrible idea que es invitarme a
cenar—. Por favor, a Harrison le encantaría.
—Umm… seguro.
—Genial, nos vemos mañana.
Me giro hacia Flint y le lanzo una sonrisa avergonzada. Refunfuña algo y
sale pisando fuerte por la puerta.
—¿Qué se suponía que debía hacer? —Troto para alcanzar sus largas
zancadas. No tiene que acompañarme a mi auto. Dejaré su casa sin que me echen.
—Decir que no.
—De acuerdo. —Me detengo y giro hacia la casa—. Volveré a entrar y le
diré que no.
—Detente, solo…
Me vuelvo hacia él.
Se frota la cara con las manos.
—Bien. Solo déjalo así.
Paso junto a él, demasiado hambrienta y cansada para ocuparme de sus
problemas familiares. O tal vez sean solo problemas con Ellen Rodgers.
—Bien. Lo dejaré así. —Me subo a mi auto.
Flint agarra la puerta antes de que pueda cerrarla. Se inclina poniéndonos a 89
la altura de los ojos. No hay espacio para el oxígeno y para él en este vehículo. Mi
corazón late como un detector de metales que se acerca a un tesoro.
Si me inclino unos centímetros, nuestros labios se encontrarán. Me gustan
sus labios y la forma en que mira los míos me lleva a creer que el sentimiento es
mutuo.
—Gracias por traerlo a casa.
Huele a hierbas, como imagino que podría oler un chef. Tengo hambre, me
conformaría con él, pero no creo que esté en el menú esta noche. No sé si alguna
vez estará en el menú. Es ese postre en la bandeja de postres que nadie puede comer
porque es solo de exhibición.
—No hay problema. ¿Notaste cómo te lo devolví sin quejarme de mi
tiempo? Y no lo puse en una bolsa de papel marrón y amenacé con tirarlo por la
ventana sin detener el auto primero.
Sus labios se aprietan y murmura.
—Eso fue muy amable de tu parte. —Esos ojos oscuros vuelven a mi boca
y luego bajan.
Siento su mirada por todas partes. Es cálido y hormigueante.
—No seas duro con él.
—Ya veremos. —Se endereza hasta alcanzar su altura máxima—. Buenas
noches.
La puerta se cierra.
90
—No está bien que te vayas sin decirle a nadie a dónde vas.
Harrison, está encaramado en su asiento junto a la ventana y mantiene la
nariz en un libro mientras me ignora.
—Dijiste que podía tocar la guitarra con ella si…
—Te tomas las cosas demasiado literalmente. Me refería a si me mostrabas
un patrón, si lo hacías durante una semana o más. Entonces te llevaría a la oficina
y llamaría para asegurarme de que no había problema con ella. Tienes doce. No
puedes andar en bicicleta tan lejos solo. No es inteligente ni seguro. Si ella no te
hubiera traído a casa habrías tenido que viajar de regreso en la oscuridad sin ropa
reflectante, sin luces en tu bicicleta y sin sentido de la dirección porque sé muy
bien que confías en cosas familiares que no te parecerían familiares en la noche.
91
—Bien.
Contengo mi irritación ante su comentario. Es su versión de lo siento. Lo
sé, pero todavía me irrita muchísimo cuando lo dice con tanto desdén.
—La abuela invitó a Ellen a cenar mañana por la noche, pero después de
eso, te tomarás un descanso de verla.
—Eso no es…
Extiendo mi dedo.
—Y si discutes conmigo, enviaré la guitarra prestada a casa con ella como
debería haber hecho esta noche.
Se levanta de un salto, pisa fuerte en el suelo y me cierra la puerta en la
cara.
Me recuerdo a mí mismo que criarlo es un regalo y una deuda. Pero esta
noche no se siente como un regalo.
Mi caso judicial se alargó, debería haber terminado a estas alturas, pero el
abogado de la oposición me brindó un nuevo testimonio y ahora tengo el fin de
semana para preparar un interrogatorio. Harrison me está aplicando la ley del hielo,
que es mejor que presionar mis botones sin descanso como suele hacer. Y mis
padres están preparando una cena en mi cocina para Ellen, la mujer a la que estoy
desalojando tan pronto como pueda aplastar la obsesión de mi hijo por ella.
Tomo mi penitencia sin quejarme. Matar a mi esposa no debería brindarme
ningún tipo de piedad.
—¡Ella está aquí! —Esas son las primeras palabras que escuché de Harrison
desde que me cerró la puerta en la cara anoche.
Continúo revisando la evidencia en este caso interminable mientras escucho
el eco de las voces de mis padres saludando a Ellen.
—¿Flint? La cena está casi lista. Sal de tu oficina y únete a nosotros —llama
mamá.
—En un minuto —murmuro para mí mismo.
92
Un minuto se convierte en quince antes de que reciba otra llamada de mi
madre para cenar. Tiro de mi corbata ya aflojada y me levanto con un suspiro. Este
traje tiene que desaparecer, así que tomo la escalera de caracol en la esquina trasera
que va desde mi oficina directamente al dormitorio principal. Es una de las
características de diseño originales que más me gustan de esta casa antigua.
Me desabrocho la corbata y la devuelvo a su cajón, me quito la camisa y me
desabrocho los pantalones justo cuando suena la descarga del inodoro en el baño.
—Harrison, ¿cuántas veces tengo que decirte que uses el tuyo propio…?
La puerta corrediza se abre y Ellen inhala rápidamente, con los ojos muy
abiertos.
—Yo… el baño del pasillo estaba… —Su mirada vaga a lo largo de mi
pecho desnudo y hasta mis pantalones desabrochados.
Me imagino sus ratas, la imagino con espinacas clavadas en sus dientes
perfectos, cualquier cosa para mantener mi pene bajo control.
—Estaré abajo en un minuto.
Ellen asiente lentamente pero su mirada permanece fija en mi pecho, no
tengo la sensación de que mis palabras se registraran en su cerebro. Se mueve hacia
mí, pero la cómoda a mi espalda me impide retroceder. Su cálido aliento a lo largo
de mi pecho desnudo envía un mensaje instantáneo a mi polla, ni siquiera las ratas
pueden competir con la cercanía de su cuerpo al mío.
—Creo que tu mamá es una gran cocinera, huele delicioso abajo.
No hay nada que me guste más que me mencionen la comida de mi madre
al mismo tiempo que me imagino mi polla en la boca de Ellen porque no para de
mojarse los labios.
Ratas. Tiene ratas. Mi polla necesita recibir ese mensaje desagradable.
No, ni siquiera ese pensamiento puede hacer desaparecer esta erección.
—Te estoy desalojando —le susurro.
Da un paso atrás y asiente, redirigiendo su mirada de mi pecho a sus pies.
No estoy intentando ser un idiota al respecto, solo estoy intentando ir a cenar sin
una erección. La realidad de nuestra relación profesional y su reacción a ella es
suficiente para aliviar la situación en mis pantalones.
Mira hacia arriba.
—Firmé un nuevo contrato de arrendamiento esta mañana.
Abro la boca para hablar, pero no sé qué decir.
—Nos vemos abajo. —Sonríe. 93
—Es muy amable de tu parte tomarte un descanso y unirte a nosotros para
cenar. —Mi madre asiente hacia la silla solitaria frente a Harrison y Ellen.
—Ellen nos estaba diciendo que su padre vive en Cape Cod.
Dejo la servilleta sobre una pierna mientras inspecciono a la mujer que
todavía es un misterio para mí.
—No sabía eso. Pensé que eras de California.
Se seca la boca y traga.
—Me mudé aquí desde California, pero no es en donde crecí.
—¿Y crees que hace frío aquí? —Entrecierro los ojos.
—La universidad en Florida y mi primer trabajo en el sur de California me
echó a perder. —Se encoge de hombros.
—Nunca viviría en California. Tendrías que ser estúpido para vivir cerca de
la falla de San Andrés. Eventualmente todos morirán. —Mi hijo sin censura habla.
—Harrison…
—Está bien. —Se ríe ella—. Menos mal que me mudé aquí.
—No es seguro en ningún lado. Mi mamá murió porque estaba lloviendo.
Tu mamá murió porque yo estaba borracho. Más penitencia. Merezco esto
más que el oxígeno en mis pulmones. Debería haber sido yo. Este chico que amo
más allá de todas las palabras es un recordatorio andante de quién soy: un asesino.
—Mi mamá también murió. La vida no es justa. El destino no muestra
favoritismo. —Ellen se encoge de hombros.
Harrison asiente como si la entendiera, como si se conectara con ella.
—Me pregunto cómo se sentiría estar en un barco en el Pacífico si hubiera
un terremoto en California.
Sonrío. Harrison siempre tiene tres temas detrás de la conversación cuando
se obsesiona con una cosa.
94
Mis padres le hacen a Ellen un millón de preguntas sobre su trabajo.
Escucho algunas de sus respuestas, pero mis pensamientos pelean entre la corte de
mañana y la mujer necesitada que llevé al orgasmo en un callejón oscuro.
—La cena estuvo genial mamá. Gracias. Pero me quedan algunas cosas por
hacer antes de mañana. —Me limpio la boca y empujo la silla hacia atrás—. Ayuda
con los platos, Harrison, y luego te vas a la cama. ¿Está bien?
No me reconoce. No me sorprende.
—Nos aseguraremos de que ayude. —Mi papá me da un asentimiento
tranquilizador.
—Buenas noches. —Le doy a Ellen una breve mirada antes de retirarme a
mi oficina.
Durante la siguiente hora, bloqueo la charla y el ruido metálico en la cocina
y dedico toda mi atención a prepararme para el juicio de mañana. Cuando apago
la computadora y me froto los ojos cansados, las voces se acercan.
—No le importará si te despides una vez más —dice mi padre justo afuera
de mi oficina antes de llamar dos veces a la puerta.
—Adelante.
—Ellen ya se va. Quería despedirse —dice.
Asiento.
—Harrison se fue a la cama y tu mamá y yo también nos vamos a acostar.
Se un caballero y acompáñala afuera. ¿De acuerdo? —Guiña un ojo antes de
retroceder para dejarla entrar a mi oficina.
—Gracias. Buenas noches —le susurra antes de volverse hacia mí.
Espero oírlo subir las escaleras, el tercero y el octavo escalón crujen.
—Bonita oficina.
La miro como un lobo acercándose a una oveja perdida. Después de un largo
día, no estoy de humor para charlas ociosas.
—La cena estuvo excepcionalmente buena. Tu mamá es una cocinera
maravillosa.
Asiento lentamente, con mi dedo trazando mi labio inferior, el mismo dedo
que frotó círculos en su clítoris en el callejón.
Camina por mi oficina, inspeccionando estantes llenos de aburridos libros
de derecho, mirando ocasionalmente en mi dirección. La desnudo sin tocarla,
follándola lentamente con cada mirada.
—¿Adónde conducen estas escaleras? —Se agarra a la barandilla, con sus 95
ojos azules curiosos.
Me gusta la curiosidad. De hecho, ahora también tengo mucha curiosidad.
Me levanto de la silla y camino detrás de ella. Me mira por encima del hombro y
ladeo la cabeza un poco torciendo la boca, esperando que haga exactamente lo que
quiero que haga sin tener que decir nada. Ni. Una. Sola. Maldita. Palabra.
Manteniendo su mirada fija en la mía, da un paso cauteloso y luego otro.
Mis pies hacen sombra a los suyos y mi cuerpo se presiona contra su espalda, el
calor irradia entre nosotros. A medida que rodea la última parte de la escalera de
caracol, mis manos se amoldan a sus caderas provocando que su respiración se
entrecorte, deteniendo su movimiento hacia adelante.
Cada curva es tan perfecta. Mis manos se deslizan por debajo de su blusa
negra transparente y las yemas de mis dedos recorren su piel tensa y sedosa y suben
hasta que su sostén está levantado y fuera de mi camino.
Un gemido hace vibrar su esternón cuando mis manos reclaman sus senos,
amasando y acariciando sus pezones antes de presionar las yemas de mis dedos
contra su estómago, navegando mi camino de regreso a sus caderas y a lo largo de
sus muslos hasta el dobladillo de su falda de punto suave.
Usó esto para mí, al igual que eligió calcetines y botas altas de colegiala en
lugar de hacerme rasgar sus medias. Subo su falda por sus piernas. Diminutas
respiraciones entrecortadas salen de sus labios entreabiertos. Es el único sonido de
la habitación. La yema de mi dedo medio se desliza sobre el algodón y encaje
húmedo entre sus piernas antes de agarrar la cintura de sus bragas y deslizarlas por
sus piernas tonificadas, suaves y tan sexys y por encima de sus botas antes de
aterrizar en la escalera detrás de mí.
Mis labios comienzan en la piel justo por encima de la parte superior de su
bota derecha y se abren paso por la parte posterior de su pierna.
—Flint…
—Shhh… —Muerdo la piel justo debajo de la curva perfecta de su trasero
advirtiéndole que se calle. Huele a prohibido y sabe a mi nueva adicción. Mis
manos suben su falda por su torso y sobre su cabeza. Con un tirón firme libero sus
brazos, llevándose consigo la blusa. Las descarto detrás de mí.
Se gira y doy un paso hacia arriba poniendo mi cara al nivel de sus alegres
tetas. Miro hacia arriba para encontrarme con su mirada borracha y sus labios
entreabiertos. Sonrío, desabrocho su sostén y lo lanzo por encima de mi hombro.
Es jodidamente perfecta.
El largo cabello castaño rojizo que fluye por su espalda y sobre la parte 96
superior de sus pechos la hace parecer una diosa, algo que un artista pasaría meses
esculpiendo a la perfección. No quiero esculpirla, quiero sentirla debajo de mí,
retorciéndose, gimiendo y cayendo completamente en un millón de diminutos
pedazos de éxtasis.
—Siéntate —le ordeno antes de quitarme la camisa.
Juro que puedo escuchar su corazón latiendo contra su pecho. Sus dientes
raspan su labio inferior cuando se agarra a la barandilla de metal y se sienta en el
borde del estrecho escalón.
Caigo de rodillas varios escalones más abajo del que ella está sentada.
Nuestras miradas se conectan por un largo momento antes de llevar mi dedo índice
a mis labios en un shhh de advertencia. Sus manos agarran la barandilla con más
fuerza hasta que sus nudillos palidecen. Se muerde los labios en cuanto me inclino
hacia adelante y coloco su pierna derecha sobre mi hombro izquierdo, y su pierna
izquierda sobre mi hombro derecho.
Jadea, los músculos del estómago se contraen seguido de un gemido gutural
en el momento que mi lengua hace su primer toque. Una de sus manos suelta la
barandilla y aprieta mi cabello mientras su pelvis se sacude y sus piernas tiemblan
un poco más con cada movimiento que hago. Una parte depravada de mí ha querido
hacer esto desde el primer día que llegó para la entrevista.
Cuando su mano tira más fuerte de mi cabello y sus caderas se mueven
frenéticamente, retrocedo dejando que mis ojos beban cada centímetro de su
enrojecida piel antes de bajar la cabeza. Atrapando un pezón entre mis dientes, le
doy un tirón firme y muevo mi lengua sobre él dos veces y pellizco el otro.
—Jesú…
Mi mano cubre su boca en tanto su cuerpo se sacude, con las rodillas
sujetando mi torso. Soltando su pezón, levanto la cabeza y sonrío, manteniendo mi
mano sobre su boca a medida que ella convulsiona, sus ojos se cierran durante
unos segundos antes de abrirlos de nuevo para encontrar mi mirada.
Cuando estoy seguro de que puede controlar su volumen, deslizo mi mano
de su boca, abrazo su cuerpo al mío y la llevo el resto del camino escaleras arriba
hasta mi cama.
—¿Cómo diablos me hiciste corr…?
La silencio con mi boca sobre la suya mientras me quito los pantalones y
los calzoncillos.
—Necesito que seas silenciosa —le susurro junto a su oído antes de sacar
un condón del cajón, enrollarlo y sujetarla a mi cama con mi polla enterrada dentro
de ella. 97
Harrison está al otro lado del pasillo y mis padres están en la habitación
contigua a la mía. No necesitamos hablar. De todos modos, no estaba de humor
para eso.
Estaba bien con el hecho de tener sexo con el mismo hombre durante toda
mi vida, pero las circunstancias me llevaron a la cama de Flint Hopkins y ahora
me siento culpable por sentirme tan agradecida por esta oportunidad. Gracias,
Alex, por patear literalmente todas mis pertenencias a la acera. Es posible que yo
todavía tenga algo de ira acumulada.
Con los ojos cerrados, saciada y saboreando el hilo de las sábanas de Flint
contra mi cuerpo desnudo, algo me hace cosquillas en la pierna. Me muevo
bruscamente, abro los ojos e inclino la barbilla hacia el pecho.
—¿Qué estás…?
—Shhh… —Me han silenciado un millón de veces en la última hora. Flint
me sube las bragas por las piernas—. Tienes que irte —susurra.
98
¿Me desmayé? Acabo de tener un orgasmo de nuevo. ¿Cuándo se vistió?
Levanto el trasero como un niño obediente que deja que alguien lo vista.
Agarra mi brazo sano y me ayuda a sentarme. Sostén. Suéter. Falda. Calcetines y
botas. Flint Hopkins es un experto en vestir a la gente.
Toma mi mano y me lleva a las escaleras traseras… donde todo comenzó
esta noche.
—Tuve tres orgasmos. Eso es…
—Shhh… —Me calla de nuevo a medida que bajamos las escaleras—. Y
de nada.
—Bastardo presumido —murmuro.
Mira por encima del hombro cuando me lleva hacia la puerta principal. La
sonrisa en su rostro confirma mi evaluación, pero es reemplazada por una mueca
cuando una de las escaleras chirría.
Antes de que pueda mirar hacia atrás para ver quién baja por la escalera
principal, Flint me empuja hacia el armario de los abrigos y cierra la puerta detrás
de nosotros. Su cabeza presiona contra la pared junto a la puerta para no tener que
esconderse debajo de la barra de abrigos colgantes. Me cubre la boca con la mano.
¿En serio? Es un poco antes de la medianoche y estamos escondidos en un
armario para abrigos. Creo que puedo deducir por mí misma que tenemos que estar
callados. Muerdo su mano hasta que la aparta.
—Shhh… —susurra.
—Estoy callada —le susurro a gritos.
—Shhh… —Tomando la parte de atrás de mi cabeza, tira de mi cara hacia
su pecho como si quisiera sofocarme para guardar silencio.
Dios, huele bien… pero, en serio, necesito algo de oxígeno. Empujo su
pecho.
—Para…
Sus fuertes manos palmean mi cabeza como si fuera una pelota de
baloncesto que está listo para pasar y sus labios cubren los míos. Amo el
deslizamiento de su lengua contra la mía. Es una droga que hace que mis piernas
se sientan sin huesos. Mis manos agarran sus bíceps de la forma en que lo hicieron
antes cuando se movió por encima y dentro de mí, desnudo, intenso y muy sexy.
Me está distrayendo. Silenciándome con su boca. Es grosero y tan pronto
como me sacie, le mostraré lo ofendida que estoy. Somos adultos mayores de
treinta años, no hay ninguna razón para que nos escondamos en este armario.
99
Flint muerde mi labio inferior y mueve su boca hacia mi oído.
—Detente. Estás tarareando.
¿Estaba tarareando? Eh, no tenía ni idea.
Se abre la puerta del armario. Me agarro a la camisa de Flint y me congelo.
—Escuché un murmullo. —Gene bosteza mientras se rasca la cabeza
cubierta de espeso cabello canoso.
—Lo siento. —Me estremezco, mordiéndome los labios.
La mirada de Gene se mueve unos centímetros hacia Flint.
—Olvidé tomar mis pastillas, solo necesitaba un poco de agua.
—Está bien. —Asiento, aun agarrando la camisa de Flint con el puño. ¿Cuál
es el problema de Flint? ¿No tiene nada que decir?
—Está bien. —Gene esboza una pequeña sonrisa—. Disfruten el resto de la
noche.
Y entonces… Cierra. La. Puerta.
Nos quedamos parados en la oscuridad, escuchando el crujido de un escalón
y unos segundos más tarde otro escalón cruje antes de que todo vuelva a quedarse
en silencio.
Flint abre la puerta y me guía fuera del armario con su mano en mi espalda
baja. Saco mi abrigo del perchero de abrigos y deslizo mis brazos en él mientras
caminamos hacia mi auto. No puedo dejar de sonreír.
—No puedes quedarte callada —se queja.
Abro la puerta del auto y me vuelvo hacia el hombre de anchos hombros
que se cierne sobre mí.
—Me siento de dieciocho y estoy tan viva ahora mismo. ¡Oh, Dios mío! Tu
papá nos atrapó en el armario de los abrigos.
Su sonrisa apenas perceptible se desvanece.
—Ellen…
Empiezo a hablar, empiezo a inventar una excusa para esta noche antes de
que él tenga que inventar su propia excusa de por qué esto no puede ir más allá de
esta noche. Pero me detengo. No soy su problema. Tendré un nuevo espacio de
oficina la semana que viene. No me arrepiento de esta noche, así que si él lo hace,
tendrá que hablar y decirlo.
—Harrison no puede saber de esto. 100
—Está bien. —Respiro para elaborar, pero decido dejar que las palabras
mueran en una exhalación silenciosa. ¿Ese es el código de que esta noche nunca
sucedió? En lugar de hacerme parecer necesitada o pegajosa, simplemente
sonrío—. Buenas noches.
Flint asiente una vez mientras entro en mi auto. Cierra mi puerta y me ve
salir de su camino de entrada. Es posible que no vuelva a ver a Flint después de
mudarme en cinco días. Eso me entristece, pero todavía sonrío porque esta noche
un hombre me tocó, me curó y borró un poco del odio de mi pasado.
No puedo decir qué me quema más, si mis piernas o mis pulmones. Heidi
me odiaría por permitir que una mujer se metiera en mi cama con nuestro hijo en
la habitación al otro lado del pasillo. Me odiaría por pensar que tengo derecho a
un segundo de placer. Y ella tendría razón.
—Buenos días. ¿Cómo estuvo tu carrera? —pregunta mi mamá cuando
empujo a través de la puerta trasera y tomo un jugo verde del refrigerador.
Harrison mantiene la cabeza baja hacia su plato de fruta, los auriculares le
bloquean el resto del mundo, mientras mi padre me da una sonrisa de complicidad
sobre el periódico enmarcado en sus manos.
—Estuvo bien.
—¿Ellen alguna vez encontró su abrigo? —pregunta papá.
Lo miro con los ojos entrecerrados.
—Colgué su abrigo en el perchero. —Mamá me ofrece una taza de café.
Niego con la cabeza.
—Eso es lo que yo también pensé… —Papá vuelve a concentrarse en el
periódico, pero sigue moviendo la boca—… pero ella y Flint estaban centrando su
atención en el armario de los abrigos.
—Me gusta esa chica. —Mamá toma un sorbo de café.
—A mí también. —Papá dobla el lado del diario para tomar su taza de
café—. Flint, ¿qué piensas de ella? 101
Creo que Ellen Rodgers es un problema.
—Es bastante agradable.
Inclina la barbilla y me mira por encima del marco de sus anteojos, la taza
de café detenida a unos centímetros de su boca.
—En una escala del uno al diez, ¿qué tan agradable crees que es?
—Estás actuando raro, Gene. ¿No contaste mal tus pastillas anoche? —
Mamá lo mira con seriedad.
—Estoy bien, Camilla. Responde la pregunta, hijo.
Me rasco la barbilla con el dedo medio.
—Un siete.
—Solo un siete, ¿eh?
Lanzando la botella a la papelera de reciclaje, asiento.
—Siete.
—Era más de un siete, cariño. Simplemente no te quedaste después de la
cena para conocerla como lo hicimos nosotros —dice mi madre.
—Exactamente. —Mi padre asiente varias veces—. Vimos un lado de ella
que probablemente tú no pudiste ver. Quizás deberías conocerla mejor.
Quiero estrangularlo.
—Y es tan bonita, Flint. Dios mío… ese cabello castaño rojizo hace que sus
ojos azules resalten. Parece una muñeca viviente. No podía dejar de mirarla
fijamente. Quiero parecerme a ella en mi próxima vida. Es impresionante.
—Impresionante. —Papá tose, escondiendo su sonrisa detrás de su puño.
Qué sabelotodo.
—Voy a ducharme.
Viernes. Dos días y contando…
Me alegro de que mi nuevo propietario tenga ochenta años y sea 102
parcialmente sordo. No tengo que preocuparme de que escuche los instrumentos y
el canto. Tampoco tengo que preocuparme por tener relaciones sexuales con él
después de recibir una notificación de desalojo. No tengo que explicarle a su hijo
por qué ya no podré tocar la guitarra con él después de la escuela.
—Papá dijo que te vas y que tengo que devolverte la guitarra.
Me vuelvo en la silla de mi escritorio hacia la voz que extrañaré.
—Hola, Harry. Sí, me voy a mudar, pero no tienes que devolverme la
guitarra. Quiero que tú la tengas.
—Está bien.
Sonrío ante su sombrío entusiasmo.
Se arrodilla en el suelo para sacar la guitarra de su estuche.
—Me sorprende que estés aquí, no he visto a tu papá hoy. Espero que sepa
dónde estás.
—Mi abuelo me vino a dejar. Papá está en camino. Regresaré a casa con él
después de que haga lo que sea que esté haciendo… —Agita la mano con desdén.
—Fue divertido cenar contigo.
—Sí. —Asiente, rasgueando algunos acordes—. Estaban hablando de eso
ayer.
—Ah, ¿sí?
—Todo el mundo piensa que eres agradable. Un siete.
—¿Un siete?
—Algo como eso, no lo sé. Solo algo que mi abuelo le preguntó a mi papá.
—Continúa tocando mientras murmura.
—¿Qué le preguntó tu abuelo a tu papá?
—No sé. Algo sobre una escala del uno al diez. Papá dijo que eres un siete.
Lo que es raro porque siete es como el setenta por ciento. Esa es una D en mi
escuela. Del sesenta y seis al setenta es una D.
Escucho todo… todo en mi profesión. Es parte de la terapia, pero esto me
devora. Flint me llamó un siete. Claro, ha pasado un tiempo, pero difícilmente
llamaría un siete a la noche del martes. ¿Qué podría haber hecho para mejorar mi
juego? Sonrío cuando Harry me mira, pero es una sonrisa falsa con los dientes
apretados. Por dentro no estoy sonriendo. Estoy lista para destrozar a alguien.
Como si los dioses de la venganza estuvieran concediendo deseos
adicionales hoy, mi teléfono vibra con un mensaje de texto del propio Señor Siete.
103
Flint: Estoy terminando algunos trámites abajo. Envíalo de regreso si
necesitas irte o si tienes otras cosas que hacer. Gracias.
—Harry, voy a ir escaleras abajo por un minuto. Vuelvo enseguida.
—Está bien.
Bajo las escaleras y mis tacones hacen clic en cada escalón de concreto
mientras camino pisando fuerte hacia el primer piso. Tarareo, intentando calmar
mi ira, pero no funciona.
—Hola, Elle. —Amanda sonríe, girando la tapa de una botella de vidrio de
té.
—Hola… —Levanto un dedo a medida que paso junto a ella—. Solo
necesito un segundo rápido para hablar con tu jefe.
Flint levanta la vista de su papeleo cuando cierro la puerta detrás de mí. Una
leve sonrisa curva sus labios. No es una sonrisa estelar. Le daría un siete sobre diez
en el mejor de los casos.
—Señorita Rodgers. —Su leve sonrisa se convierte en una mueca que
quiero quitarle de la cara.
—No puedes enterrar tu cara entre mis piernas y luego llamarme Señorita
Rodgers.
Su sonrisa se desvanece y su expresión se convierte en incomodidad
mientras mira más allá de mí hacia Amanda. Me abro paso entre él y su escritorio,
lo que lo obliga a retroceder unos treinta centímetros. Su mirada me inspecciona
rápidamente cuando me siento en el borde.
Me encantan las miradas rápidas que le lanza a Amanda y los pensamientos
que deben estar pasando por su linda cabecita. ¿Y si se da la vuelta? ¿Cómo debe
verse esto? ¿Por qué a la «Señorita Rodgers» no le importa lo que piense
Amanda?
Se aclara la garganta.
—Lo siento, ¿cómo te llamo? ¿Ellen? ¿Elle? ¿Ahora somos amigos?
Levanto la pierna, apoyo la punta de mi zapato en la parte inferior de su
abdomen y presiono el puntiagudo tacón en su paquete.
Gruñe, agarrándome el tobillo.
—¿Qué tal si me llamas Diez?
Sus ojos se entrecierran un poco mientras continúa apretando su agarre en
mi tobillo para luchar contra la presión que estoy ejerciendo sobre su polla. En
cuestión de segundos, la comprensión le roba la expresión.
—Esa pequeña mierda. Es muy selectivo con lo que reconoce, pero escucha 104
todo.
—No le eches la culpa a él. Solo repitió lo que dijiste. Vine aquí para hacerte
saber que no soy un siete, ni una D. Así que puedes ser un imbécil todo lo que
quieras. Puedes hacerme sentir inferior y no deseada, pero ya no soy esa chica. Así
que folla con tu propia mano. Estoy segura de que es lo único que consideras un
diez, ególatra.
Saco mi pie de su agarre y me empujo fuera de su escritorio. Eso no estuvo
bien. Lo sé, pero estoy reprimiendo la vergüenza de la misma manera que lo hice
después de reventar sus globos de cumpleaños.
—Adiós, Elle —dice Amanda.
—Adiós. —No me detengo para una pequeña charla, sino que corro al baño
del vestíbulo y me salpico agua en la cara, cierro los ojos y tarareo a Chopin.
Después de que mi pulso se estabiliza en un ritmo lento y constante, exhalo un
aliento purificador y me dirijo al ascensor. Cuando se abren las puertas del segundo
piso, Flint está apoyado contra la pared opuesta con las manos en los bolsillos del
pantalón, con una pierna cruzada sobre la otra, tuerce los labios y hace una lenta
evaluación visual.
El lugar está silencioso, las luces de la oficina de contabilidad están
apagadas y no escucho a Harrison con la guitarra.
—¿Quién te hizo sentir menos que perfecta?
Me rio un poco, saliendo del ascensor.
—¿Dónde está Harry?
—Haciendo su tarea en mi oficina.
Pasando junto a él, sigo tarareando a Chopin.
—Responde mi pregunta.
Dejándome caer en la silla de mi escritorio, me recuesto y apoyo los pies en
el escritorio viendo cómo el sol comienza a ponerse detrás de una cortina de nubes
dispersas.
—¿Además de ti?
No responde; sabía que no lo haría. No lo miro. Y no voy a tener esta
conversación con él.
—¿Sabías que la música y el ejercicio son las únicas dos actividades que
estimulan todo tu cerebro? También estimula la liberación de dopamina, y puede
curar… no solo emociones. La música puede reparar el daño cerebral. La
enfermedad de Parkinson, víctimas de accidentes cerebrovasculares, heridas de 105
bala en la cabeza. He trabajado con tanta gente y todos piensan que soy responsable
de esa milagrosa recuperación, pero… es la música, yo solo soy una facilitadora y
nunca deja de sorprenderme. Sé lo que podría o incluso debería suceder durante el
transcurso del tratamiento, pero todavía me sorprende cada vez.
—¿Crees que podría ayudar a Harrison?
Me vuelvo hacia él.
—Quizás. No hay dos niños autistas iguales, pero sinceramente él ya se está
ayudando a sí mismo. Cada vez que toma esa guitarra suceden cosas buenas. Le
ayuda a concentrarse en algo que es realmente bueno para su mente, no como pasar
horas frente a una pantalla. Inspira calma. Cuando toca conmigo, o digamos que
lo pongas en la banda algún día, lo ayudará a construir conexiones y aprender a
trabajar bien y colaborar con otras personas.
Flint parpadea lentamente. Si los pensamientos hicieran sonidos, estoy
segura de que los suyos sonarían como una banda de música.
—Tengo planes con mis padres este fin de semana.
—Me iré el domingo por la noche. —Quito los pies del escritorio y me
pongo de pie, dando pasos lentos hacia él—. Entonces, ¿esto es un adiós? —
Enderezo su corbata. Absolutamente cualquier excusa es buena para tocarlo…
incluso si soy un siete en su mente. Él es un diez en la mía porque me tocó cuando
lo necesitaba tan desesperadamente.
—¿Por qué estás tarareando?
—Porque —le susurro, sin apartar los ojos de su corbata—, me calma el
corazón.
—¿Qué le pasa a tu corazón?
—Se sale un poco de control cuando te toco… como si pudiera explotar.
—Entonces, ¿por qué me tocas?
Miro hacia arriba para encontrarme con su mirada suavizada.
—Porque nunca te sientes más vivo que cuando estás coqueteando con la
muerte.
—¿Has coqueteado con la muerte?
Sonrío.
—Sí.
Agacha la cabeza en un asentimiento breve.
—¿Quieres que te diga por qué esto es un adiós? 106
—Ya lo sé. No te sientes digno.
—¿De qué?
Suspiro.
—De mí. De algo que sea para ti. De una vida más allá de Harry y tu trabajo.
Sexo en tu invernadero. Vino con tus vecinos. Una segunda cita. Una rata
mascota… o cinco. Placer sin culpa. Saltar en un charco cuando hay relámpagos
afuera. Conducir con una mano en el volante. Sexo sin protección. —Presiono mi
mano contra su pecho, alisando su corbata—. No lo sé… tal vez no te sientes digno
de la vida porque tu esposa no está aquí para compartirla contigo.
Su mano derecha ahueca mi mandíbula y mis ojos se cierran cuando la yema
de su pulgar traza la curva de mis labios.
—Tal vez —susurra.
Antes de que abra los ojos, sus labios reemplazan su pulgar, dándome un
suave beso. No puedo mirarlo porque si esto es un adiós, entonces quiero sentirlo.
Quiero recordar este ritmo en el que cae mi corazón solo cuando él me toca.
Sus labios sueltan los míos y su mano desaparece de mi rostro. Todo lo que
nos conecta son mis dedos sintiendo la suave seda de su corbata, un pequeño
incremento a la vez hasta que se suelta.
Mis ojos cerrados reprimen toda emoción.
El calor de su cuerpo se desvanece junto con sus pasos y los latidos de mi
corazón se ralentizan, lamentándose por la pérdida de su toque. Abro los ojos al
espacio vacío frente a mí y respiro lenta y temblorosamente.
—Adiós —susurro.
107
—Hola, jefe. ¿Tuviste un buen fin de semana? Intenté llamarte anoche.
Debes haber salido con tus padres. —Mientras arrastro mi cansado trasero al
trabajo poco después del mediodía, Amanda me entrega una lista de las llamadas
que debo hacer.
—Stenson ya no quiere hacer un trato. Dijo que prefería vivir en la calle que
darle a su «puta esposa infiel» la casa que construyó «con sus propias malditas
manos».
—Claro que lo dijo. —Bostezo, me desabrocho la chaqueta y me acomodo
en la silla de cuero del escritorio.
Bang, bang, bang.
Miro hacia arriba. 108
—¿Qué es eso?
—Elle. Es musicoterapeuta. Ya hemos pasado por esto.
—Es lunes. Se suponía que debía estar fuera ayer.
—Oh, ¿no lo escuchaste o no lo viste en las noticias?
Bang, bang, bang.
Pongo los ojos en blanco de nuevo.
—¿Ver qué?
—El edificio Dickson se quemó hasta los cimientos anoche. Todavía no han
determinado la causa.
—Déjame adivinar. ¿Ahí es donde estaba ubicada su oficina?
—Mira, ahí lo tienes… en realidad, eres mucho más inteligente de lo que
pareces. Si hubieras contestado tu teléfono anoche, habrías sabido que le dije a Elle
que podía quedarse aquí hasta que encontrara otro lugar.
Bang, bang, bang.
—Qué amable de tu parte.
—Sí, yo también lo pensé. Harrison pensará que es bastante fantástico.
Levanto la vista de mi escritorio.
Amanda se encoge de hombros.
—Está bien, él estará moderadamente feliz a su manera.
—Recuérdame discutir contigo el significado de la palabra fantástico.
Gira hacia atrás en su silla.
—Haré eso. De hecho, estableceré un recordatorio en mi teléfono ahora
mismo. Mañana tienes espacio entre la 1:30 y las 2:00, así que estoy poniendo
«discusión fantástica» en ese lugar.
En el mundo del fútbol, la gente me respetaba. En la sala del tribunal, la
gente me respeta. Creo que el vínculo roto tiene que ver con las mujeres. Es
venganza… karma. Maté a mi esposa y ahora las mujeres que me rodean están
empeñadas en volverme loco.
—Cierra mis persianas y mi puerta, por favor.
Amanda suspira y da la vuelta a la esquina de mi oficina.
109
—Por supuesto, no te levantes. Yo lo hago.
No hay respeto.
Cierra las persianas de la pared de vidrio que separa mi oficina y su
escritorio, y cierra de golpe la puerta al salir.
—Sé que vas a tomar una siesta mientras estás trabajando.
Me quito la chaqueta, me aflojo la corbata y me recuesto en la silla con los
pies apoyados en el escritorio. Maldita sea, claro que voy a tomar una siesta.
Bang, bang, bang
Gimo e intento bloquear el ruido sobre mí.
—Las ruedas del autobús giran y…
Oh, por el amor de Dios. Me pongo de pie de un salto, enviando la silla
hacia atrás a la estantería.
—Siesta corta —dice Amanda cuando salgo de mi oficina.
—Estás despedida por dejarla quedarse.
—Claro que sí, jefe. Sabes dónde enviar mi cheque de desempleo.
Cuando llego a la puerta de Ellen, espero afuera. El ruido ha cesado y ella
está hablando.
—Te lo perdiste. Ella cantó hoy.
Una mujer ahoga un grito. Siento su dolor. Yo también quise llorar cuando
empezó el canto.
—Gracias. —La mujer solloza.
Asiento cortésmente mientras la mujer con los ojos llorosos y una mujer
mayor pasan junto a mí hacia el ascensor.
—¿También vas a hacerme llorar? —Entro en su espacio de oficina.
Ellen se vuelve y deja el teléfono sobre el escritorio. Mi ira se intensifica
porque estoy cansado, ella todavía está aquí y sintió la necesidad de usar jeans
ajustados, un suéter ajustado y tacones altos. Necesito hablar con ella, pero en este
momento me gustaría meterme dentro de ella.
Sus labios se tuercen hacia un lado.
—Tengo otra cita. Y como ambos sabemos que solo lloras cuando tienes un
orgasmo, entonces diría… que no. ¿Quizás para otra ocasión?
—Si un hombre hablara con una mujer como tú y Amanda me hablan a mí,
todos lo llamarían idiota. Pero cuando las mujeres dicen cosas similares, son 110
etiquetadas como atrevidas. Eso no está bien.
—No es verdad. —Levanta su dedo—. Creo que eres increíblemente
atrevido.
—Crees que soy Sexo en Traje.
Se muerde los labios y sus mejillas se sonrojan.
—¿Y si yo te llamo Sexo con Falda? Gritarías que es acoso sexual.
Sus ojos se abren de par en par por unos segundos antes de dirigirse hacia
mí. Va a meterse conmigo (con mi corbata, mi chaqueta, mi determinación), y no
me moveré porque me gustan sus manos sobre mí, el olor afrutado de su cabello y
la vista de su escote cuando está justo debajo de mi nariz.
Estoy jodido.
—¿Te sientes cosificado? —Sus manos van directo a mi corbata. En este
punto, bien podría agarrar mi polla ya que ahora está programada para responder
a sus tirones de mi corbata en todos los sentidos—. No voy a usar falda hoy, pero
después de mi última cita podría cambiarme y podríamos representar tu escena de
sexo con traje y sexo con falda, o…
Se pone de puntillas y me lame el cuello desde la parte superior de la corbata
hasta la barbilla.
—Podríamos hacernos sombra el uno al otro. Yo podría dejarte jugar con
mis bongos y tú podrías mostrarme tus calzoncillos.
Tan jodido… y no solo porque mi polla está celosa de mi cuello, son sus
ridículas y sugerentes palabras las que no deberían encender a ningún hombre en
su sano juicio. ¿Bongos y calzoncillos?
—¿Sabes siquiera lo que significan las palabras «acoso sexual»?
Se ríe, me suelta la corbata y da un paso atrás mientras se mete las manos
en los bolsillos traseros.
—Oye, dejando de lado que me mires las tetas a pesar de llamarme un siete,
no puedo decirte lo agradecida que estoy de que me dejes quedarme hasta que
encuentre un nuevo lugar.
Suspira y niega con la cabeza.
—Da miedo pensar que, si me hubiera mudado solo dos días antes, habría
perdido todas mis cosas en el incendio.
¿Sin tambores ni platillos? Trágico.
—¿Cómo va la búsqueda de un nuevo lugar? ¿Algo que parezca
prometedor? 111
Tose una risa.
—No he empezado a buscar. He estado trabajando. Este incendio fue un
poco inesperado, así que necesito reagruparme y comenzar desde el principio de
nuevo.
Echo un vistazo a mi reloj.
—¿A qué hora terminas?
—A las cuatro.
—Bien. Te esperaré abajo.
Su cabeza se inclina hacia un lado, exponiendo su cuello. Me gusta su
cuello, específicamente cuando puedo sentir su pulso acelerado contra mis labios.
—¿Me estás invitando a una cita? Si es así, creo que debes trabajar en tu
discurso de venta.
—No. Te llevaré a conseguir un nuevo espacio para alquilar.
—¿Crees que soy incapaz de hacerlo por mi cuenta?
—Conozco la zona y conozco algunos lugares que podrían estar
disponibles, pero no lo anuncian a todo el mundo.
—Oh, estás conectado.
—Sí.
—Y no puedes soportar tenerme aquí.
—No puedo trabajar contigo aquí.
—¿Porque no soy un diez?
—Porque eres demasiado ruidosa. —Me doy la vuelta y camino por el
pasillo antes de que esto se vuelva más loco.
—En una escala del uno al diez… —Asoma la cabeza por la esquina justo
cuando abro la puerta de la escalera—… ¿qué tan ruidosa soy?
—Un once.
112
Me las arreglo para tomar una siesta antes de que Amanda arregle una cita
de último minuto al final del día.
—Que tu esposo «no te mire de la misma manera» no prueba que esté
teniendo una aventura. No puedo hacer un caso de eso, necesito más.
—Me envía chocolates al trabajo todas las semanas. Eso prueba que tiene
la conciencia culpable… y eso prueba que está intentando hacerme engordar
porque sabe que no quiero tener sexo cuando me siento mal conmigo misma.
—Bernadette…
—Bernie. Gordon me llama Bernadette. Estás de mi lado, no de él.
Dejo mi bolígrafo y me recuesto en mi silla.
—Bernie… me pagan tanto si ganas como si pierdes. Pero no me siento bien
al tomar tu dinero cuando sé que no tienes ninguna posibilidad de ganar con nada
más que una mirada y chocolates. Entonces, o te quedas a ver si las cosas mejoran
o solicitas el divorcio, pero sin pruebas de una aventura amorosa, no recibirás ni
un centavo ya que firmaste el acuerdo prenupcial en contra de mi consejo.
Suspira cuando una sonrisa triste tira de sus labios brillantes.
—Él me dijo que el acuerdo prenupcial era algo estúpido que su abogado
quería. Me dijo que yo era suya para siempre.
—Todos los buenos abogados quieren que sus clientes adinerados tengan
acuerdos prenupciales, y… —Me levanto y me abrocho la chaqueta para que se dé
cuenta de que nuestra reunión está por terminar—… nada dura para siempre.
—No lo endulces tanto. —Se pone de pie, deslizando su vestido ajustado
hacia abajo sobre sus caderas complacidas por el chocolate.
—Nunca lo hice y nunca lo haré.
—Hola, Elle.
Miro hacia arriba mientras Ellen le sonríe a Amanda antes de hacer contacto
visual conmigo. Debería haber mantenido las persianas cerradas.
—Pensé que era tu última cita de hoy —dice Bernie mientras carga su
elegante bolso sobre su hombro.
—¿Estás aquí para charlar conmigo o ver a Flint? —pregunta Amanda.
Manteniendo esos malditos ojos seductores en mí, la sonrisa de Ellen se
intensifica.
—Flint. Tenemos una cita. 113
Mis ojos se entrecierran un poco en tanto llevo a Bernie a la sala de espera.
—¿Una cita? —Amanda se gira hacia mí con los ojos muy abiertos.
—Bueno… —Bernie bufa—… si te pide que firmes un acuerdo prenupcial,
te aconsejo no hacerlo. —Pasa junto a Ellen, directamente hacia la puerta.
Mujeres. Si pudiera convencer a mi pene de que no las necesito, mi vida
sería muchísimo más fácil.
—No es una cita. Estoy buscando un nuevo espacio para que la señorita
Rodgers lo alquile.
No tengo que mirar a Amanda para saber que tiene una expresión de
complicidad en su rostro. Ella no sabe nada. Ellen tampoco sabe nada, pero tengo
la sensación de que cree que sí. Doy un paso atrás mientras se mueve hacia mí.
No me toques. Le advierto con una mirada severa.
Mi siguiente paso termina con mis piernas apoyadas en el escritorio de
Amanda y el cuerpo de Ellen cruzando todos los límites posibles del espacio
personal.
—Pero si te invito a cenar después, es una cita. —Ellen mantiene su mirada
fija en la mía.
Es un milagro que sus manos permanezcan inactivas a los costados en lugar
de envolver mi corbata.
—No lo es.
—¿Soy solo yo o hace calor aquí? —pregunta Amanda detrás de mí.
—Es la fiebre de la señorita Rodgers, lo que también explicaría sus
alucinaciones. —Doy un paso hacia adelante, obligándola a retroceder un paso,
negándome a dejar que me moleste—. ¿Nos vamos antes de que empeore?
—¿Quieres decir como… un siete? —Su cabeza se ladea hacia un lado—.
En este momento me siento como un diez, pero si esta fiebre persiste, mi condición
podría reducirse a un siete y estoy de acuerdo en que un siete es como obtener una
D en la escuela.
—Sí —murmura Amanda—, definitivamente hace calor aquí.
—Vamos —digo.
Ellen levanta la barbilla como si se estuviera preparando decir algo, pero
entrecierro los ojos un poco más para hacerle saber que esta conversación frente a
mi secretaria ha terminado. Puede ser tan jodidamente exasperante y terca.
Inclinando su cuerpo para ver más allá del mío, le muestra a Amanda una 114
sonrisa llena de dientes.
—Adiós. Nos vemos mañana.
—Que se diviertan ustedes dos.
Es tortura, no diversión.
—¿Mi auto o el tuyo? —pregunta Ellen, poniéndose la chaqueta de lana
justo cuando salimos del edificio.
—¿Por qué tuviste que decir que esto es una cita? Amanda es como un perro
con un hueso cuando se trata de mi vida personal.
—¿Qué está haciendo Harry? Esperaba que pasara por aquí.
La agarro del brazo y la giro hacia mí.
—¿Escuchaste mi pregunta?
Sus ojos azules escanean mi rostro antes de aterrizar en los míos mientras
se muerde el labio inferior con los dientes varias veces.
—¿Piensas en lo que pasó en tu casa? No te pregunto si te arrepientes o no,
solo… ¿lo piensas? ¿Piensas en mí?
Mi boca se abre, pero mi cerebro veta la idea de reconocer esto.
—Tomaremos mi auto. —Asiento a la derecha.
Sus tacones hacen clic detrás de mis largas zancadas.
—No me respondiste. ¿Dónde está Harry?
—Tú tampoco me respondiste. —Desbloqueo mi auto, instintivamente
abriendo la puerta del pasajero. A Heidi le gustaba cuando le abría la puerta. La
noche que la maté, ella abrió su propia puerta.
Ellen arroja su bolso en el asiento y se vuelve hacia mí en lugar de entrar en
el auto.
—¿Tu pregunta? ¿Por qué le dije a Amanda que es una cita? Bueno, estoy
luchando por averiguar si lo que hemos hecho me hace espontánea o simplemente
una fácil. Y dado que te gusta analizar los roles estereotipados masculinos y
femeninos, supongo que los hombres nunca se sienten unos fáciles. Apuesto a que
no has perdido ni un segundo de sueño preguntándote si lo que hicimos te hace un
fácil y barato. ¿Correcto?
—Por favor, dime que esto no conduce a una discusión sobre emociones y
expectativas. No hay lugar en mi vida para eso en este momento.
Se desinfla con un suspiro lento y se mira los pies durante unos segundos 115
antes de volver a ver hacia arriba para encontrar mi mirada.
—Pero el sexo estuvo bueno, ¿verdad?
—Entra en el auto.
—¿Mejor que el promedio?
—Entra en el auto.
—¿El siete fue una calificación de mi apariencia o de mi desempeño?
—¡Maldita sea, mujer, sube al auto!
Sonríe como la encantadora de serpientes para mi pene que es. ¿En qué me
he metido?
—Esto también se siente residencial para mis necesidades comerciales. —
Ellen deja de tararear el tiempo suficiente para hablar.
La tuve en mi cama, pero no dormimos. Es muy probable que ronque
música clásica.
Entrando en un camino de entrada, me quito las gafas de sol a medida que
el sol toma residencia más allá del horizonte.
—Tengo que recoger a Harrison.
Harrison aparece en la puerta principal y se carga la mochila al hombro. Me
mira con el ceño fruncido a medida que baja los escalones del porche, pero tan
pronto como ve a Ellen en el asiento delantero, sonríe.
Pequeña mierda.
—Hola, Harry. —Ellen se gira para saludarlo cuando él se sienta en el
asiento trasero.
—¿Qué estás haciendo aquí? Por favor, dime que esto significa que
saldremos a cenar.
Ellen dice «Sí» mientras yo digo «No». 116
Le lanzo una mirada de disgusto que ella ignora cuando salimos del camino.
—Tu padre se ofreció a ayudarme a encontrar una oficina nueva antes de
invitarnos a cenar.
La odio.
—¿Por qué necesitas un nuevo espacio de oficina?
—El nuevo se quemó.
—¿Pero por qué no te quedas en la oficina de papá? De todos modos, no
entendí por qué te ibas.
No he tenido la oportunidad de discutir esto con él en detalle.
—Tu padre piensa que soy demasiada distracción.
Fue bueno que Ellen lo hiciera por mí. Me aclaro la garganta.
—¿Tú y Drew terminaron su proyecto de ciencias?
—Sí, pero los materiales eran una mierda barata.
—Harrison —advierto.
—¿Por qué no compraste los que te dije que compraras?
—La mamá de Drew dijo que ella conseguiría los materiales si yo cubría la
mitad del costo.
—Eran una mierda.
—Harrison…
Ellen se muerde los labios, ocultando su diversión. Estoy seguro de que sus
ratas no le responden así.
—¿Dónde están la abuela y el abuelo?
—Empacando en casa. Se van por la mañana.
—Eso apesta.
—Crees que todo apesta.
Ellen se ríe.
Le lanzo una mirada de reojo. Se muerde los labios de nuevo. Harrison se
pone los auriculares y se desconecta. También me gustaría escapar por un tiempo.
—No —dice Ellen mientras entramos en el estacionamiento del edificio.
Uno de mis clientes es el propietario y tiene dos oficinas vacías.
117
—¿No qué? —Apago el auto.
—Esto no funcionará. —Niega con la cabeza.
—Aún ni siquiera lo has visto.
—Están demoliendo el edificio que está justo al lado, lo que significa que
habrá mucho ruido mientras lo derriben y un poco más cuando comiencen la
construcción de un nuevo edificio. El ruido distraerá demasiado a algunos de mis
clientes.
Me rio, frotándome las sienes.
—Ves la ironía en esto, ¿verdad? Está bien que seas tú quien distraiga a
otras personas, pero Dios no quiera que tú tengas que lidiar con un poco de ruido.
—A Harry le gusta la música.
Mi cabeza se echa hacia atrás y la sacudo unas cuantas veces.
—¿Qué tiene eso que ver con esto?
—Le gusta la música, pero te apuesto cien dólares a que no le gusta cuando
la gente mastica demasiado fuerte, o el sonido de una fuente, o el tic tac de un reloj
de péndulo, o el pitido constante de los equipos de construcción.
Proceso lo que dice y perdería cien dólares si aceptara la apuesta, pero
todavía me molesta.
—Estoy intentando ser amable. No tengo que buscarte un nuevo lugar. No
es mi problema. Yo solo…
—Entonces, no lo hagas. —Se encoge de hombros y vuelve a mirar a Harry.
Yo diría que no está escuchando una palabra de lo que estamos diciendo,
pero después del incidente del siete, no confío en él.
Como si supiera que lo estamos mirando, levanta la vista de la pantalla de
su teléfono.
—¿Qué?
—¿Qué suena bien para comer? —pregunta Ellen.
—Vamos a comer en casa después de que dejemos a Ellen para que vaya a
buscar su auto.
—Pizza. —Harry sonríe—. Lucé.
—Nunca he estado ahí. Suena bien para mí. —Me guiña un ojo.
Encantadora de serpientes.
118
Hay espera de veinte minutos en la pizzería favorita de Harry en el centro
de Minneapolis. Esperamos en el bar. Harry toma una limonada, yo un vaso de
vino y Flint toma agua.
—¿Ni siquiera una cerveza? —pregunto.
Bebe un sorbo de agua y niega con la cabeza.
—Estoy conduciendo.
Me rio.
—Debes ser un peso ligero. Pero eso es genial.
—No bebe alcohol —dice Harry, mirando la televisión en la esquina.
119
Miro mi copa de vino y siento una punzada de culpa. Flint no dice nada.
Cuando miro hacia arriba, sus ojos oscuros me desafían a decir una palabra. Tiene
a su hijo en una dieta estricta para sus síntomas de autismo. Cultiva todo lo
imaginable. Y no bebe. Tal vez sea alcohólico, pero no necesariamente siento esa
vibra, creo que es consciente de su salud.
Creo.
Giro el taburete de la barra para mirar a Flint. Mi rodilla descansa a lo largo
de la parte interna de su muslo. Mira hacia donde se tocan nuestros cuerpos. Mi
pulso se acelera un poco. Me encanta tocarlo. Su cuerpo se pone rígido y sus ojos
se mueven para ver si Harry todavía está mirando la televisión.
—He terminado con esto —le digo al mesero mientras deslizo mi vino lejos
de mí—. ¿Podrías traerme un vaso de agua con limón?
—No —dice Flint, deslizando la copa de vino hacia mí.
No es que sea un fanático de la salud. La mirada que me envía es más. Eso
me entristece más.
—He terminado.
—Tomaste un sorbo.
—He terminado.
—Pagué por eso.
Lo miro con los ojos entrecerrados.
—Su mesa está lista —anuncia una alegre morena, abrazando los menús
contra su pecho.
Harry salta de su taburete y sigue a la mesera mientras Flint y yo estamos
cara a cara. Su ceño se intensifica. Pongo los ojos en blanco, busco en mi bolso y
saco un billete de diez dólares. Se pone aún más rígido cuando deslizo el dinero en
el bolsillo de sus pantalones.
—Toma el vino.
—He. Terminado. —Me doy la vuelta y sigo a Harry—. ¿Quieres sentarte
a mi lado o de tu papá? —pregunto antes de deslizarme en la cabina.
—Contigo. —Sonríe.
—Buena elección. —Le guiño un ojo y me siento a su lado mientras Flint
deja la copa de vino en la mesa y se quita la chaqueta del traje antes de deslizarse
frente a nosotros.
Gruñe, entrecerrándome los ojos mientras cruzo las piernas, asegurándome 120
de que la punta de mi zapato golpee su espinilla en el proceso.
—Entonces, ¿qué hay de bueno aquí?
—¿Qué es lo que pedimos, papá?
Flint esconde su mirada en el menú.
—Pizza con pollo y verduras.
—Suena bien. —Sonrío—. Pide una grande y la compartiremos.
Flint levanta la vista.
—Es una corteza sin gluten.
Me encojo de hombros.
—Está bien.
—Y queso no lácteo.
Poniendo los labios entre los dientes, asiento un par de veces.
—Está. Bien.
Suspira o se queja.
—Solo viene en un tamaño.
—Pediremos dos, tengo mucha hambre —dice Harrison.
¿Por qué parece que le molesta compartir una pizza conmigo? Pedimos tres
ensaladas. Harry come la suya sin aderezo, Flint pide la suya con vinagreta
balsámica blanca y yo pido lo mismo. Esto también parece enfurecerlo.
—Bebe tu vino. —Asiente hacia mi copa después de que la mesera se vaya
con nuestro pedido.
Santo infierno… ¿por qué mencioné la cerveza? Esto está girando cuesta
abajo fuera de control.
—Estoy bien, pero gracias.
La cena sigue el mismo tema. No bebo mi vino. Eso lo molesta. Digo que
me gusta el aderezo. Eso lo molesta. Me gusta la pizza sin gluten con queso no
lácteo. Eso realmente lo molesta. El autista de doce años es el maduro de los dos
niños en la mesa.
Nos deslizamos para irnos y Flint mira la copa de vino mientras se pone la
chaqueta. Con un suspiro de derrota, agarro la copa y me tomo todo el contenido.
—¿Feliz? —Le lanzo una mirada fría y me giro, encontrando rápidamente
mi mejor sonrisa para darle a Harry cuando salimos del restaurante. 121
—¿Quieres escuchar mi nueva canción cuando regresemos a mi casa? —
pregunta Harry a medida que Flint se incorpora al tráfico.
—Vamos a dejar a la señorita Rodgers en la oficina. Ahí es donde está su
auto. Además, tienes tarea que hacer.
Volvemos a señorita Rodgers. Miro por la ventana y niego con la cabeza.
Increíble.
—El proyecto de ciencias era mi tarea. No tengo nada más que hacer esta
noche.
—Aun así… no va a pasar esta noche.
Beber una copa de vino en menos de diez segundos ha hecho que mi cerebro
esté demasiado relajado, lo que ha borrado un poco mis pensamientos.
—Estoy un poco mareada después de ese vino que me vi obligada a beber.
Tal vez deberías llevarme a casa y mañana tomaré un Uber para buscar mi auto.
Flint refunfuña algo en voz baja cuando suena mi teléfono. Lo saco de mi
bolso y se desliza a través de mi mano entre el asiento y la consola.
—Mierd… —Sigue sonando mientras intento pasar mi mano entre los
asientos.
—Ten. —Harry se inclina hacia adelante y lo agarra—. Oh, genial. ¿Quién
es Alex? —Se queda mirando la pantalla unos segundos antes de entregármelo.
Mi respiración se detiene cuando la imagen se ilumina.
—Ese tipo estaba saltando de un avión.
Asiento lentamente deslizando el teléfono de nuevo en mi bolso. Flint me
lanza una mirada curiosa, pero yo volteo a otro lado.
—¿Has hecho paracaidismo? —pregunta Harry.
Asiento.
—¿En serio?
Asiento.
—¿Alguna vez te preguntaste qué pasaría si el paracaídas no se abría?
Gruño una risa pequeña. Harry dice absolutamente cualquier cosa que se le
ocurra.
—Trae un repuesto de seguridad.
—¿Y si no funciona? Morirías, ¿verdad?
—Harrison… —Flint mira por el espejo retrovisor. 122
—Ese es el escenario probable —respondo.
—¿Crees que salpicarías como un insecto o…?
—Harrison —repite Flint con un tono hostil.
—Dios, ¿qué, papá?
No me gusta ser la causa de sus peleas y tampoco me gusta hablar de Alex.
Todavía es algo con lo que no puedo encontrar paz en mi vida. Pero elijo salvar a
Harry en este momento.
—Alex hizo todo tipo de cosas interesantes. Paracaidismo, buceo y el
hombre podría surfear, pero le encantaba viajar por las montañas más que nada.
Era un alpinista apasionado.
—¿Como en la nieve con picahielos?
—Sí.
—¿Ha escalado el Monte Everest?
—Seguro que lo hizo.
—Quiero hacer eso algún día.
Flint se detiene en un lugar frente a mi edificio de apartamentos y mira por
encima del hombro.
—¿Quieres hacerlo?
Harry asiente.
—Eso requiere actividad física. Te das cuenta de eso, ¿verdad? —dice Flint.
—Cállate. —Harry pone los ojos en blanco.
Abro mi puerta.
—Gracias por la cena.
—¿Puedo ver tus ratas?
Miro a Flint.
—En otro momento.
—Siempre dices eso. Te dije que no tengo tarea.
Me encojo de hombros.
—Por mí, está bien.
—Gracias. —Harry salta afuera.
123
El Señor Gruñón nos sigue hasta mi apartamento.
—Tienes una casa genial.
Me rio. Este niño vive en una casa realmente grandiosa, sin embargo,
encuentra mi apartamento de dos habitaciones «genial». Quiero volver a tener doce
años.
—Gracias. —Tiro mi bolso sobre la encimera de la cocina—. Sígueme.
Podemos dejarlas salir y alimentarlas mientras a tu papá se le eriza la piel.
Flint apoya su hombro contra la pared, jugando con su teléfono.
—Cinco minutos, Harrison.
—Aquí. —Llevo a Harry al dormitorio y abro la jaula—. Vengan, bebés.
—Hago sonidos de besos—. Mozart, ven a ver a Harry. Te acuerdas de Harry,
¿verdad, cariño?
Mozart mueve su pequeño culo regordete de rata fuera de la jaula, y Harry
lo levanta.
—Ese es mucho más pequeño. —Asiente a mi chica tímida que se queda en
la jaula en tanto el resto de mis genios musicales se abren camino hacia la libertad.
—Esa es Stefani Joanne Angelina Germanotta.
Harry me lanza una divertida mirada de confusión mientras Mozart se
retuerce en sus manos, intentando subirse a su hombro.
—Lady Gaga.
—¿Ese es su verdadero nombre?
Asiento, acariciando con la nariz a Beethoven.
—Puede que Gaga no salga a jugar hoy. Ya veremos. Este es Beethoven,
este es Chopin, y este loco de aquí es Bach.
—Voy a pedirle unas ratas a mis abuelos esta Navidad. Mi papá nunca me
las compraría.
Eso es totalmente cierto. Dejo a Beethoven en el suelo y me pongo de pie.
—Aquí tienes un plátano. Puedes partirles algunos pedazos y te amarán.
Lady Gaga incluso podría salir si tienes comida para compartirle.
—¿Me morderán?
—No. Son muy mansos. Siempre han vivido en manada, lo que suele hacer
que las ratas sean menos agresivas. Pero todos te lamerán las manos. Pienso que
es como si te dieran besos. De todos modos, estaré en la otra habitación. Está bien 124
si ellos también deambulan, pero ese plátano mantendrá su atención por un tiempo.
Flint todavía está concentrado en su teléfono, con una pierna cruzada sobre
la otra a la altura de los tobillos. Incluso cuando es un imbécil, es más de un metro
ochenta y cinco de sexo en un traje.
—¿Puedo conseguirte un vaso de agua?
Sacude la cabeza sin mirarme.
—¿Quién es Alex?
Me apoyo en mi encimera, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Eres alcohólico?
—¿Esa es tu suposición? —Todavía no hay contacto visual.
—No fue hasta que me di cuenta de lo enojado que estabas con esa copa
llena de vino.
—¿Quién es Alex?
—Mi exesposo. ¿Eres alcohólico?
—Estoy crónicamente sobrio. ¿Por qué no respondiste a su llamada? —Aún
no me mira.
—No estaba de humor para hablar con él. ¿El alcohol era tu única adicción?
—Sí. ¿Por qué te divorciaste?
—Porque él me odiaba por tener dos manos después de que le amputaran
parte de las suyas. ¿Conducías el auto la noche en que murió tu esposa?
Ahora él mira hacia arriba y una expresión compleja de conmoción,
confusión e ira tuerce su rostro.
—Harrison, nos vamos ahora mismo.
Si crucé alguna línea preguntando eso, fue solo porque él cruzó la misma
línea y en el medio chocaron nuestras realidades.
—Gaga salió. —Harry trae a mi pequeña dama con él.
Lucho contra el dolor para sonreírle. Apuesto a que no tiene idea de que su
padre lleva consigo un dolor tan insondable en su conciencia.
—¿Quieres sostenerla? —Intenta entregarle Lady Gaga a Flint.
—Deja eso, nos vamos.
—Es ella, no eso —regaña Harry.
La aparto de él y la pongo en el sofá. 125
—Gracias de nuevo por la cena.
Flint abre la puerta.
—Adiós —dice Harry.
Cuando Flint se gira para seguirlo, lo agarro por la muñeca. Flint mira por
encima del hombro mi mano sobre él.
—A veces el mundo se acaba y se olvida de llevarte con él. Lo entiendo.
Saca su brazo de mi agarre, dándome una rápida mirada a la vacía y
desgarradora nada antes de seguir a Harry.
—Si se están preguntando lo que quiero para Navidad, quiero ratas… al
menos tres. —Harrison interrumpe la conversación que tengo con mis padres, la
que no tiene nada que ver con las ratas como regalo de Navidad.
Mi papá se ríe.
—Creo que es factible.
—No. —Niego con la cabeza—. No lo es. Si quieres que tenga ratas,
deberás tenerlas en tu casa y él irá a visitarlas.
—Portan menos enfermedades que los perros. —Harrison exhala un
suspiro.
—Lo tendré en cuenta para que tampoco tengamos un perro.
126
—No eres ni la mitad de genial que Elle.
—¿Te refieres a la chica rata que tararea todo el día? Estoy en serio herido.
—Presiono una mano sobre mi corazón y señalo las escaleras con la otra mano—.
Ve a la cama.
Arruga la nariz y vuelve a centrar su atención en mis padres con sonrisas
divertidas en el sofá.
—Elle también ha practicado paracaidismo y tiene un amigo que subió al
Monte Everest. Todavía hay muchos cadáveres en la montaña. Es demasiado
peligroso intentar recuperarlos, así que simplemente están ahí… algunos de ellos
congelados en el tiempo con cuerdas todavía atadas alrededor de la cintura.
Algunos escaladores que se crucen con estos cadáveres en su camino hacia la cima
intentarán enterrarlos. ¿Te imaginas encontrarte con un cadáver y tirar tu equipo a
un lado para enterrarlo como si no fuera gran cosa?
—¡Guau! —exclama mi madre—. Eso es… no lo sé. Parece que tendrías
que estar un poco loco para querer subir a la cima.
—¿Loco? —Harrison niega con la cabeza—. Yo lo haré algún día.
—Pero por ahora… —Señalo las escaleras de nuevo—… vas a irte a la
cama.
—Sí, sí… —Se dirige hacia las escaleras.
—Buenas noches, Harrison —dicen mis padres.
—Elle le ha causado una gran impresión. —Mi papá me da una sonrisa que
dice que está pensando en cuando nos encontró en el armario.
Paso mis manos por mi cabello y asiento lentamente.
—Desafortunadamente.
—Tener un modelo a seguir femenino positivo sería algo bueno para él. —
Mi madre me da una sonrisa triste—. Y para ti también.
—Pensé que tú eras nuestro modelo femenino positivo.
—Solo me ves unas pocas veces al año, eso no es suficiente. Y Harrison
claramente encuentra a tu amiga Ellen mucho más intrigante que lo que él me
encuentra a mí.
—¿Quién dijo que Ellen es mi amiga?
Las cejas demasiado pobladas de mi padre se disparan.
—¿Ah? ¿No son amigos? ¿O son más que amigos? 127
—Debería estar en prisión. —Lucho contra el dolor mientras mi mirada se
desplaza hacia las escaleras. Los pensamientos sobre nuestro hijo y lo poco que
sabe sobre el pasado me golpean con fuerza en el pecho—. Esta ya no es mi vida,
es la suya.
Mi mamá se pone de pie, ajustando la cinta de su bata mientras camina hacia
mí. Presiona un dedo debajo de mi barbilla como lo hacía cuando era niño y la
levanta hasta que la miro.
—Si realmente lo dices en serio, entonces dale algunas ratas al chico. —
Sonríe—. Pero si hay la más mínima parte de ti que se siente merecedora de un
poquito de felicidad, entonces busca a la chica. Creo que a Harrison le gusta más
que las ratas.
Mis ojos se deslizan hacia un lado, captando el encogimiento de hombros
de mi padre. Él le contó lo del armario.
Mamá mantiene mi barbilla levantada y se inclina hacia abajo, presionando
un beso en mi mejilla y en la punta de mi nariz.
—Buenas noches, mi amado hijo. —Me deja con mi padre que todo lo sabe.
—Nosotros le daremos el desayuno a Harrison. Regresa a tiempo para
llevarlo a la escuela y dejarnos en el aeropuerto. —Apoya su mano en mi hombro,
dándome un apretón firme.
Antes de que llegue a la mitad de las escaleras, le digo:
—¿Qué pasa si le consigo ratas?
Se ríe.
—Entonces, eres un idiota. Vive o muere, Flint… pero no te sientes a la
puta mitad simplemente… existiendo.
Llamo a la puerta. Son casi las diez. Esta es una mala idea, un momento de
debilidad. Ella no responde. Me voy la vuelta.
—¿Te rindes tan fácilmente?
128
Me doy la vuelta y me fijo en sus diminutos pantalones cortos, el camisón
holgado que cuelga de un hombro desnudo y los calcetines peludos. Su cabello es
un desastre ondulado y… tan jodidamente hermoso.
—Estaba borracho. —Trago pesado. Nunca le he dicho esas dos palabras a
nadie, ni siquiera a los que saben. Ni a mis padres. Ni a la mamá de Heidi. Ni a
Harrison. Ni a nadie en los cientos de reuniones de alcohólicos anónimos a las que
he asistido.
Ellen asiente lentamente.
—Lo sé —susurra.
Me aclaro la garganta.
—Se siente… imperdonable.
Asiente de nuevo. Espero a que me diga que nada es imperdonable. Que me
diga que necesito perdonarme. Que Heidi me perdonaría. Espero y espero, pero
ella solo me da una sonrisa triste como si no hubiera nada en el mundo que decir a
mi confesión, y la verdad es… que no la hay.
Maté a mi esposa.
Es imperdonable.
Pero estoy vivo y esta mujer que tengo ante mí es mucho mejor que las
ratas.
Da un paso hacia mí y agarra mi corbata, llevándome hacia su apartamento.
La puerta se cierra detrás de mí y me empuja contra ella. Mis labios se contraen en
una pequeña sonrisa cuando tira de mi corbata de lado a lado, aflojándola antes de
trabajar los botones de mi camisa.
—¿Él no te dejaba tocarlo?
Suelta el último botón y sus ojos azules se encuentran con los míos. Lo veo
en los charcos vidriosos de lágrimas que le llenan los ojos.
Jalando mi corbata alrededor de mi cuello, la tira en el piso y empuja mi
camisa sobre mis hombros mientras sus labios presionan mi pecho.
Paso mis dedos por sus sedosos mechones de cabello e inclino su cabeza
hacia arriba.
—Porque él no podía tocarte.
Parpadea y gruesas lágrimas corren por sus mejillas. Las capturo con las
yemas de mis pulgares y bajo mi cabeza rozando mis labios sobre los de ella,
saboreando el calor de su aliento.
129
—Déjame tocarte —le susurro un segundo antes de besarla.
Suelta un suave sollozo antes de que sus labios respondan a los míos,
nuestras lenguas buscan algo más profundo, sus manos serpentean alrededor de mi
espalda y sus dedos se enroscan en mi piel como si nunca hubiera necesitado nada
más de lo que necesitaba este beso.
Mi puto corazón se siente como si pudiera romperse en un millón de
pedazos porque en este mismo momento siento que merezco esto y no me he
sentido merecedor de nada en una década.
Me quita más la camisa. Le suelto la mano para dejarla sacar la tela blanca
almidonada de mis brazos, añadiéndola al camino que hacemos a medida que la
llevo al dormitorio.
—¿Ratas? —murmuro contra la suave piel de su cuello en tanto le levanto
la camiseta por el cuerpo.
Levanta los brazos para mí, al tiempo que se encoge de hombros y sonríe,
con las pestañas aún húmedas de emoción. La vulnerabilidad nunca se había visto
tan asombrosa.
—En su jaula.
Le pongo las palmas en el trasero y capturo su boca mientras la levanto.
Envuelve sus piernas alrededor de mi cintura frotándose contra la cabeza de mi
erección.
—¿Condón? —pregunta entre besos.
—Bolsillo.
Se ríe contra mi boca.
—¿Planeaste esto?
Pateo la puerta de su dormitorio para cerrarla detrás de nosotros, todavía sin
estar del todo seguro de que esas ratas están enjauladas.
—Señorita Rodgers…
Sus labios sonríen contra mi piel mientras su lengua traza el área hueca
sobre mi clavícula.
—Puede que haya planeado el sexo… pero estoy jodidamente seguro de que
nunca lo planeé contigo. —La ayudo a ponerse de pie y se sienta en la cama,
desabrochándome los pantalones con mucha más paciencia de la que tengo en este
momento. Mis manos toman el control descartando el resto de nuestra ropa antes
de reclamar su boca de nuevo, presionando mi cuerpo contra sus suaves y cálidas
curvas. 130
Sabe a perdón y se siente a libertad. Y suena como una oración tarareando
contra mi boca… no es un gemido, es una melodía real que no reconozco. Sus ojos
se cierran, mientras arquea la espalda con los labios entreabiertos y la cabeza
girada hacia un lado cuando me hundo en ella.
Desde que murió mi esposa, no he podido tener relaciones sexuales con otra
mujer sin cerrar los ojos y desear que fuera Heidi. Pero ahora mismo no puedo
dejar de mirar a Ellen Rodgers retorciéndose debajo de mí, tarareando, sonriendo
y abriendo esos ojos impresionantes para mirarme con inconfundible deseo y
necesidad. Todo en lo que puedo pensar es en lo indescriptible que es ella de
principio a fin.
—Flint… —Mueve sus caderas contra las mías.
Agacho la cabeza para saborearla.
—Elle… —susurro en sus labios justo antes de que mi lengua toque la suya.
Sus labios se curvan en una sonrisa.
—Elle… —exhala—… ¿eso significa que somos amigos?
Entrelazo nuestras manos, presionándolas contra el colchón justo encima de
su cabeza, buscando una penetración más profunda porque se siente tan
jodidamente bien.
—Sí, creo que oficialmente somos amigos. —Por mucho que quiera que
esto dure toda la noche, no puedo parar. No puedo frenar. Y cuando ella cierra sus
tobillos alrededor de mi cintura y susurra «sí» una y otra vez, lo pierdo.
Su mirada relajada y su sonrisa sexy me saludan cuando abro los ojos.
—No llores —me susurra.
Niego con la cabeza.
—Cierra esos bonitos labios tuyos.
—¿O qué?
Soltando sus manos, agarro su cabeza y muerdo sus labios como los de un
pato.
—¡Ay!
Me doy la vuelta sobre mi espalda y me rio. Este momento descuidado de
risa espontánea me resulta tan extraño.
—¿Mordiéndome? ¿En serio? Si así es como vas a jugar. —Muerde mi
bíceps.
131
Me ruedo hacia un lado.
Muerde mi omóplato.
Me rio un poco más.
Luego presiona sus labios en la mitad de mi espalda durante unos segundos
y moldea su cuerpo desnudo al mío.
—Gracias —susurra.
Rodando hacia ella, mi sonrisa se desvanece ante la mirada solemne en su
rostro.
—¿Por qué?
Sus dedos flotan sobre mis abdominales, uno a la vez, trazando la V debajo
de mi ombligo antes de volver sobre su camino, sobre mi pecho, hasta mi cuello y
a lo largo de mi mandíbula.
—Por dejarme tocarte… y por tocarme.
Aprieto sus manos entre las mías.
—No puedo quedarme.
—Lo sé. —Su mirada se centra en nuestras manos.
—Harrison tiene escuela y tengo que llevar a mis padres al aeropuerto.
Me mira y estira el cuello para besar el mío hasta la barbilla.
—No dejes tu condón en el piso donde mis bebés ratas puedan agarrarlo.
—Estaba pensando en lo increíblemente sexy que te ves enredada en estas
sábanas a mi lado y lo difícil que será dejar la cama. Pero luego dijiste «bebés
ratas» y mi erección murió.
—Harry se ilumina alrededor de mis bebés ratas, deberías conseguirle
algunas.
Le doy una pequeña sonrisa. Te elegí a ti. Eso es lo que pasa por mi mente.
Opté por la chica en lugar de las ratas. Pero si soy honesto conmigo mismo no sé
qué significa todo esto. No puedo traer a otra mujer a nuestras vidas hasta que le
cuente a Harrison la verdad sobre su madre. El problema es que no estoy seguro
de que sea lo suficientemente maduro como para comprenderlo de verdad. Y no es
solo por el Asperger, es que tiene doce y «razón» no es algo que se ha asentado en
su mente completamente.
—Conozco a una mujer a la que le gusta tocar la guitarra y tiene ratas. En
lugar de conseguirle una, podría consultar con ella para ver si lo dejaría visitarlas
cuando necesite su dosis de ratas.
Ellen rueda encima de mí, se sienta a horcajadas sobre mi cintura y se sienta 132
derecha. La vista es jodidamente espectacular.
—Creo que conozco a esta mujer a la que te refieres. Es muy probable que
esté dispuesta a negociar contigo.
—Un trueque, ¿eh? —Agarro sus caderas—. ¿Por sexo?
Pone los ojos en blanco.
—No es tan fácil.
—¿No? —Levanto una ceja.
—Necesita ayuda legal.
—Ah, ¿sí?
—Sí. —Sus manos cubren las mías—. Su casero ha estado intentando
desalojarla, pero ella quiere quedarse.
—Estoy seguro de que tiene una buena razón para desalojarla y si él le
encuentra un gran lugar para alquilar, entonces es una situación en la que todos
ganan.
Su mandíbula cae, creo. Estoy demasiado ocupado concentrándome en las
curvas de sus senos.
—¡Estoy sentada a horcajadas sobre ti desnuda! ¿Cómo puedes echarme?
—Te voy a reubicar, no a echarte. —Me incorporo, hundiendo la cara en su
cuello, pensando que debería haber traído más de un condón—. Es un negocio,
no…
—Te romperé la polla si usas esa línea conmigo una vez más.
Me rio, mordisqueando su cuello en tanto mis manos exploran el resto de
ella.
—Eres demasiado ruidosa, lo siento. Es un hecho. Tengo que trabajar. Te
encontraré algo igual de bueno, sino mejor.
—¡Argh! —Me empuja hacia atrás y se levanta de la cama, dejándome con
un condón sucio y una nueva erección. Deslizándose en su bata, me lanza una
mirada en la que no confío—. Despides a Amanda todos los días, pero ella todavía
está ahí. —Su voz se desvanece un poco mientras desaparece por la puerta—. ¿No
puedes desalojarme sin obligarme a abandonar físicamente el edificio?
Echando un vistazo a su habitación, niego con la cabeza. Es una criatura
desordenada. Hay pilas de libros en el suelo, ropa esparcida por todos lados y
cajones entreabiertos, una guitarra en la esquina junto a una canasta de otros
instrumentos como la que tiene en su oficina, y un viejo tocadiscos en una mesa 133
cuadrada igualmente vieja en la esquina. Todo esto me supera.
—No respondiste a mi pregunta. —Trae la mitad de mi ropa que aterrizó en
algún lugar entre el dormitorio y la puerta principal.
Me deslizo fuera de la cama, agarrando mis calzoncillos de camino al baño.
—Si bien Amanda puede ser molesta a veces, no me impide hacer mi
trabajo.
Ellen me entrega los pantalones cuando regreso al dormitorio. Me los
pongo, seguido de mi camisa. Sus dedos se ponen a trabajar en los botones. ¿Cómo
podría un hombre negarse a su toque?
Acomodando mi corbata alrededor de mi cuello, sonríe.
—¿Es el ruido o soy yo?
No necesito llevar corbata a casa a esta hora tardía, pero no digo nada
porque la quiero así de cerca: tocándome y haciendo algo tan simple como
abrochar una camisa y atar una corbata se siente como una lenta seducción. Me
dan ganas de volver a desnudarme solo para que ella me vista.
—¿Por qué tengo la sensación de que has atado muchas corbatas?
Se encoge de hombros.
—En realidad, no. Pero he visto a mi papá hacerlo un millón de veces. Sin
saberlo, me enseñó muchas cosas. —Me tiende la chaqueta para que deslice los
brazos en ella y agarra las solapas, dándoles un suave tirón, acercando su pecho al
mío—. Flint Hopkins, tienes el aspecto adecuado.
Pasando mis dedos por su cabello, me inclino presionando mis labios justo
debajo de su oreja donde puedo sentir su pulso.
—¿Qué aspecto es ese?
Se inclina hacia mi toque, respirando temblorosamente. No necesito mirarla
para saber que la vulnerabilidad sangra en sus ojos como el océano que se hincha
con la marea alta.
—Aún no estoy segura —susurra.
Saboreando cada centímetro de su piel, beso mi camino hacia su mandíbula,
sobre su mejilla, deteniéndome para flotar sobre sus labios.
—¿No?
Niega con la cabeza.
—Avísame cuando lo averigües.
Se pone de puntillas hasta que nuestros labios se tocan. La beso como si me 134
lo mereciera. Como si mi pasado no existiera. La beso hasta que la realidad se
derrumbe.
—Buenas noches.
Asiente y susurra:
—Buenas noches.
Para mi decepción, la luz de la cocina está encendida cuando llego a casa
poco después de la medianoche.
—Dormirías mejor si bebieras café por la mañana en lugar de a la
medianoche —le digo a mi padre en tanto me aflojo la corbata.
—Ah, la puerta de tu habitación estaba cerrada, pero tuve la sensación de
que te escapaste. Tengo que decirte de hombre a hombre que estoy un poco
decepcionado de que ya estés en casa. ¿Ella te rechazó? La estás desalojando…
demonios yo también te patearía el trasero a la calle.
Lleno un vaso con agua y me siento frente a él en la mesa de la cocina.
—Tu cabello es un desastre, así que o ella arrastró tu trasero a la calle por
tu cabello o metió sus dedos en él por otras razones. —Sonríe.
—Voy a llamarte «mamá» si sigues haciendo tales declaraciones de
investigación.
Da un sorbo a su café, dándome una mirada de «te lo dije».
—A tu mamá y a mí nos agrada.
Asiento un par de veces.
—A Harrison le gusta.
Otro asentimiento.
—Claramente tú le gustas… o por lo menos tu cabello sí.
Le doy mi mejor mirada de «vete a la mierda».
135
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—No le he dicho a Harrison la verdad.
—Entonces, díselo.
—Tiene doce años.
—Es listo.
Niego con la cabeza.
—No puede razonarlo. Todo es tan blanco y negro con él. No me perdonará
y estaré estancado durante los próximos seis años criando a un niño que me odia.
Algunos días estoy al borde de mi maldito ingenio intentando evitar que nos
matemos el uno al otro tal como están las cosas.
Papá se mueve de su silla con la gracia de quien sube una vieja carreta por
una colina.
—Quizás Ellen esperará una década para que Harrison alcance la edad de
la razón.
Su sarcasmo no ayuda. Cuando estoy con ella es fácil fingir que la merezco.
Es fácil imaginar permitirla entrar en mi vida porque le gusta a Harrison. Esa es la
razón por la que esto se siente tan mal. Si no funcionamos, él la pierde. Ya le quité
a una mujer. No puedo volver a hacerlo.
—Deja de pensarlo demasiado. —Tira el resto de su café en el fregadero y
apoya su mano paternal en mi hombro—. Solo di al demonio y verás qué pasa.
Todos podríamos morir mañana, así que agradécele al gran hombre de arriba que
una mujer sexy pasó sus manos por tu cabello esta noche.
Después de que el último escalón gime bajo su peso, cierro los ojos y me
pregunto si a las personas que viven en mi infierno especial se les permite un pase
de «al demonio» en la vida.
136
—Te ves terriblemente alegre. ¿Cómo está tu brazo? —La doctora
Hamilton sonríe en tanto se cierran las puertas del ascensor.
—Está todo curado, y siempre soy alegre. —Miro la pantalla digital a
medida que aumentan los números. Siento sus ojos sobre mí.
—Estás tarareando un poco más fuerte de lo que sueles hacer.
La miro.
—¿Me notaste tararear?
Se ríe.
—Todos lo notan. Nos quejamos a lo largo del día que tarareas. Tienes que
decirme qué pones en tu café de la mañana. Me vendría bien un poco. 137
Tomé una dosis de Flint con mi café esta mañana, pero no sé cómo me
siento al compartirlo.
—Esa sonrisa te va a romper la cara. ¿Tendría algo que ver con cierto vecino
mío?
Las puertas del ascensor se abren y me bajo.
—Nunca lo sabrás.
Mientras me dirijo a mi primera cita, un paciente con cáncer que se somete
a quimioterapia, le envío un mensaje de texto a Flint.
Yo: Buenos días. :)
Justo cuando voy a abrir la puerta de la habitación, mi teléfono vibra.
Flint: Buenos días.
Sonrío, deslizando mi teléfono en mi bolsillo. Si él se arrepintiera de
anoche, habría ignorado mi mensaje de texto.
El efecto de esas dos palabras alegra mi mañana con la excepción de que
Alex me llamó dos veces; en ambas ocasiones lo dejé ir al buzón de voz, pero él
no dejó un mensaje. Le di todo y ahora no le debo nada.
Cuando entro en el edificio de oficinas propiedad de Flint Hopkins,
abogado, reduzco la velocidad para ver si está ahí esta tarde. Amanda levanta la
vista y sonríe, pero su oficina está vacía detrás de ella. La saludo con la mano y
continúo hacia el ascensor, sintiendo una punzada de decepción por no poder verlo.
Abro la puerta, quito la alarma y enciendo la luz.
—Guau… —Un enorme ramo de flores se encuentra encima de mi
escritorio. Dejando caer mi bolso en la silla, examino las flores en busca de una
tarjeta que no está ahí.
¿Flint? Tiene que ser él. Nadie más puede entrar aquí. Sonrío, sintiéndome
enrojecida de la cabeza a los pies. No recuerdo la última vez que alguien me envió
flores. Alex era muchas cosas, pero no era un tipo de regalar flores. En ese
momento eso estaba bien para mí porque no pensaba que yo fuera la chica a la que
le importaba si le regalaban flores. Pero ahora mismo, con esta colorida exhibición
en mi escritorio, estoy segura de que las flores son oficialmente lo mío.
Yo: Gracias.
Me quedo mirando el mensaje de texto antes de enviarlo, pensando en usar
un emoji de corazón o tal vez un XO, pero no estoy segura de que estemos ahí
todavía. Lo último que quiero hacer es asustarlo con un emoji. Usé muchos emojis 138
de corazón con Alex, se siente raro usarlo con Flint, voy con una carita sonriente
y presiono enviar.
Flint: De nada.
Se necesitarán un martillo y un cincel para quitar hoy esta sonrisa de mi
cara.
—Oye.
Miro hacia arriba desde el suelo, salpicado de partituras que he estado
organizando desde que se fue mi último cliente.
—Harry, ¿cómo te va?
—Bien, supongo. —Deambula como Ígor.
Sonrío.
Suspira, dejándose caer en el suelo frente a mí con su mochila y su estuche
de guitarra.
—Excepto que mi papá se está comportando raro.
Apilando las partituras en varios montones para terminar de clasificarla más
tarde, agarro mi guitarra y deslizo la correa sobre mi cabeza.
—¿Qué lo hace tan raro?
Toca algunos acordes, mirándose los dedos.
—No sé. Me estaba haciendo preguntas extrañas.
—¿Qué las hizo extrañas?
—Estaba hablando de chicas y nosotros nunca hablamos de chicas.
Mis dedos imitan los suyos en las cuerdas.
—¿Tienes novia?
—No, pero creo que él está buscando una.
Mis dedos tropiezan, quedándose atrás unos segundos. 139
—¿Por qué dices eso?
—Quería saber cómo me sentiría si conocía a una mujer que le gustaba y
quería invitarla a nuestra casa.
Ahora mi corazón da un vuelco.
—¿Y qué dijiste?
Se encoge de hombros.
—Dije lo que sea. —Su nariz se arruga como si acabara de tragar algo
amargo—. Bueno, siempre y cuando no sea una de mis maestras o tú.
Mi corazón se detiene por completo mientras exhalo una risa nerviosa.
—¿Ha invitado a una de tus profesoras a una cita?
—Espero que no. El padre de Simon invita a mujeres para tiempo de adultos
y una vez fue una de las maestras de Simon. Ella se enojó con su padre y le dio a
Simon una D en arte, lo cual es una locura porque Simon tuvo el mejor diseño de
cerámica ese año. Simon dijo que la D fue para su padre, no por el arte. Lo que sea
que se suponga que eso signifique.
—Bueno, yo no te doy calificaciones, así que… —No tengo idea de a dónde
voy con esto—. Entonces, ¿qué? ¿Puedo salir con tu papá?
—Sí, pero eres demasiado genial para él.
Me rio.
—Es verdad. Pero tu papá también es genial. Es abogado. Jugó fútbol en la
universidad.
Es increíblemente sexy y no puedo dejar de pensar en él.
—Su trabajo es aburrido y se lesionó jugando fútbol, así que no debe haber
sido tan bueno.
Cambio la canción y espero a que Harry la reconozca y se ponga al día. Se
detiene, mira mis manos al tiempo que mueve la cabeza un par de veces y sigue
mi ejemplo. El niño es tan talentoso.
—Sabes, Harry, todo el mundo tiene grandeza en ellos. Incluso tu papá
aburrido.
Un profundo retumbar suena desde la puerta cuando miro a Flint,
aclarándose la garganta con los brazos cruzados sobre su pecho vestido con el traje.
Mi corazón vuelve a su arritmia.
Sonrío.
140
—Oye.
—No dejes que te interrumpa, solo soy el papá aburrido.
Mi sonrisa crece.
—¡Shhh! —Harry le lanza a Flint una mirada malvada.
—Diez minutos, Harrison.
—¡Shhh!
Me muerdo los labios en tanto Flint niega con la cabeza y sale de la
habitación. Busco mi teléfono y abro una aplicación que toca acompañamientos de
guitarra.
—Encuentra la combinación para esto.
Entrecierra los ojos ante el teléfono, y en el siguiente suspiro su cabeza se
balancea y sus dedos encuentran los acordes perfectos.
—Vuelvo enseguida para escuchar lo que se te ocurra.
Asiente o se balancea, no estoy segura de cuál. Bajo las escaleras hasta la
oficina de Flint. Está en la puerta principal del edificio hablando con alguien, creo
que el optometrista de la oficina de enfrente.
Le sonrío al caballero mayor y los ojos de Flint me inspeccionan lentamente
cuando giro hacia su oficina.
—Elle, voy a salir a cenar y a tomar algo ya que mi esposo llevará a los
niños a una fiesta de cumpleaños. Voy a encontrarme con algunas otras amigas en
el restaurante. Deberías unirte a nosotras. —Amanda se pone su chaqueta roja.
Flint entra detrás de mí mientras Amanda se inclina de espaldas a nosotros
para sacar su bolso de un cajón del archivo inferior. Se me pone la piel de gallina
en los brazos cuando su mano roza la mía a propósito en su camino a su oficina.
—Señorita Rodgers. —Está cerca de hacerme llegar al orgasmo con solo
decir mi nombre.
Vergüenza ardiente quema mis mejillas.
Amanda se gira, arqueando una ceja hacia Flint y luego hacia mí.
—Hace calor aquí de nuevo.
—Buenas noches, Amanda —dice Flint desde su oficina.
Su boca se tuerce en una sonrisa de complicidad.
—Buenas noches, jefe.
Me arriesgo a echarle un vistazo. 141
—¿Sería correcto asumir que tienes otros planes esta noche?
No miro a Flint, eso nos delataría, pero estoy segura de que es demasiado
tarde para actuar con discreción.
—En realidad no los tengo.
—¿No? —Me mira fijamente durante unos segundos antes de mirar por
encima del hombro a Flint. Su cabeza está baja, concentrado en la pantalla de su
computadora.
—¿Así que quieres unirte a nosotras?
—Umm, seguro. Necesito terminar algunas cosas.
—Fantástico. Te enviaré un mensaje de texto con la dirección en
aproximadamente una hora cuando averigüe en dónde nos reuniremos.
—Suena bien. —Espero hasta que escucho que la puerta principal del
edificio se cierra con un clic seco antes de moverme unos centímetros—. Las flores
son hermosas. —Doy pasos lentos hacia su oficina.
Sus ojos oscuros siguen mis movimientos mientras se inclina hacia atrás en
su silla, entrelazando sus manos sobre su abdomen.
—Me alegro de que te hayan gustado. Son de mi invernadero.
Mis pies se detienen y creo que mi corazón también hace una breve pausa.
No hizo una llamada telefónica y arrojó su número de tarjeta de crédito, sino que
cortó cada flor y las dispuso en un jarrón… para mí.
La realidad es una perra. No somos jóvenes de veintitantos años sin ataduras
y con el mundo como nuestro patio de recreo. Pasamos una década con trabajos,
responsabilidades, pasados y un niño que no quiere que estemos juntos.
Sonrío (se siente doloroso) mientras paso junto a él hacia la ventana que
está detrás. Las últimas hojas caen con una ráfaga de viento.
—Harry dijo que tuvieron una discusión sobre chicas. Él parece estar bien
con que tengas una novia siempre que no sea una de sus maestras… —Me doy la
vuelta y me apoyo contra el alféizar de la ventana—…o yo.
Traza su dedo sobre su labio inferior, con los ojos enfocados en algún punto
aleatorio entre nosotros, en tanto asiente lentamente.
—Eso parece, pero tiene doce.
—Con Asperger.
—Un caso leve. 142
—¿Gracias a ti?
Se encoge de hombros.
—No lo sé. Lo he investigado todo. Está mucho mejor de lo que estaba hace
unos años. Tal vez sea lo que le doy de comer: la dieta estricta, las hierbas, la rutina
que le doy. Tal vez sea suerte y el poco control que creo que tengo es una ilusión.
De cualquier manera, seguiré haciendo lo que estoy haciendo porque los días
buenos superan con creces a los días malos y hubo un período de tiempo en el que
tuve la certeza de que los días malos me romperían.
—Eres un padre maravilloso.
Su ceño se frunce cuando me mira como si quisiera creerlo también.
—Lo digo en serio. Lo he visto todo. No es realmente quién lo hace mejor,
es quién sobrevive. Estás mejorando su vida y lo estás haciendo muy bien.
Se encoge de hombros.
—Se lo debo.
—No más de lo que cualquier otro padre se lo debe a su hijo.
Se ríe un poco.
—Mucho más. Le quité todo. ¿Quién le quita todo a su hijo?
—Estás aquí. No le quitaste todo.
—Debería haber sido yo.
—Probablemente.
Su cabeza se levanta bruscamente. No me estremezco con ni un poco de
arrepentimiento, incluso con el dolor en su rostro.
Mis manos se deslizan en los bolsillos delanteros de mis pantalones negros
mientras mis ojos se enfocan en la marca tallada alrededor de la punta de mi zapato
derecho.
—Bebiste. Te pusiste al volante. Chocaste el auto. Tu esposa murió como
resultado. No conozco los detalles precisos, pero si el Karma hubiera estado en su
juego ese día, habrías muerto en lugar de tu esposa.
—Por favor, dímelo directamente.
—Lo haré. Es causa y efecto. ¿Bebiste accidentalmente? ¿Te pusiste
accidentalmente al volante del auto? Esta es una defensa que no puedes ganar. No
hay forma de darle vueltas a esto y todos en el mundo, incluyéndote a ti mismo,
pueden perdonarte, pero eso no lo arregla. Y eso apesta. Pero puedes seguir
adelante y ser una buena persona que lucha por las buenas causas. Es 143
extraordinariamente difícil reconocer nuestras imperfecciones especialmente
cuando causan algo tan devastador… pero, de hecho, eres como todos los demás.
Flint, eres humano.
No estoy seguro de cuándo el estado de ánimo de agradecimiento por las
flores se transformó en un discurso de humanidad sobre beber y conducir, pero
pasó de cero a cien en un abrir y cerrar de ojos. Puedo manejar la culpa y las
acusaciones: son ciertas. Lo sé y no tengo una buena defensa. Pero algo en sus
palabras se siente personal, no para mí, sino para ella.
—¿Quién?
Sus ojos se entrecierran.
—¿Qué?
—¿Alex perdió las manos en un accidente por conducir ebrio?
Su cabeza se echa hacia atrás.
—¿Qué? No.
—Entonces, ¿quién? Porque ese discurso no se trataba solo de mí.
—¿Hola? ¿Vienes?
Me giro en mi silla hacia la voz de Harrison.
—Estoy listo para tocar.
—Lo siento. Ya voy —dice Ellen, pasando junto a mí sin mirarme a los
ojos.
—Esperen —digo, metiendo el pie en el ascensor para evitar que se cierren
las puertas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Harrison.
Ellen mantiene sus ojos en sus pies.
—Voy a escucharte tocar. 144
—¿Por qué?
Me paro junto a Harrison y le doy un codazo.
—Porque eres mi hijo y quiero escucharte tocar.
—Como sea.
Elijo tomar eso como un código para «Yo también te amo, papá».
Las puertas se abren y Harrison sale corriendo primero, apoyo mi mano en
la espalda baja de Ellen y ella se pone rígida. Me molesta que de alguna manera la
haya ofendido, pero no sé por qué. Cuando va a salir, jalo con mis dedos la cintura
de sus pantalones y tiro de ella hacia atrás.
Da un grito ahogado cuando las puertas se cierran, dejándonos a nosotros
dos en el ascensor.
—¿Qué estás haciendo?
La apoyo contra la barandilla, sujetando sus manos detrás de su espalda.
—No puedo permitir que salgas con Amanda y sus amigas esta noche sin
saber que estamos bien.
—Harry…
Niego con la cabeza y tiro de sus brazos, forzando su pecho hacia afuera un
poco más.
—No Harrison. Tú y yo. ¿Estamos bien?
Ojalá pudiera leer las emociones tácitas en sus ojos, pero no puedo, así que
espero. Parpadeo tras parpadeo…
—Sí —susurra.
Mi boca choca con la suya. Trago su aliento y sus gemidos que llevan una
melodía distinta. Cuando se inclina hacia el beso, doy un paso atrás, sonrío,
presiono el botón de abrir las puertas y me ajusto la corbata.
—¿Qué pasó? —Como era de esperar, Harrison está ahí esperándonos.
Salgo del ascensor y me encojo de hombros.
—Ellen tenía gases que no quería tirar a tu alrededor, así que me encerró en
el ascensor con ella, porque al igual que tú, está en mi contra.
Detrás de mí escucho a Ellen jadear y a Harrison reír, que es música para
mis oídos porque él no se ríe a carcajadas muy a menudo. Pero es un niño y todos
los niños encuentran graciosos los pedos, los eructos y todos los demás sonidos
corporales. Me siento en el escritorio de Ellen y arranco una de las flores del jarrón, 145
llevándola a mi nariz mientras ella me lanza una mirada de muerte, con la cara
enrojecida por la vergüenza.
Como si fuera una señal, Harrison se tira un pedo y rasguea su guitarra con
una gran sonrisa en su rostro.
Ellen le pone los ojos en blanco antes de matarme con otra mirada malvada.
Comienza una canción en su teléfono y Harrison se une. Todas las risas se
desvanecen cuando él toca la guitarra como un guitarrista experimentado en una
banda de rock. Estoy sin palabras.
Cuando termina, no se regodea ni espera una ovación de pie, que se merece.
En cambio, vuelve a guardar con cuidado la guitarra en su estuche y se coloca la
mochila al hombro, con el estuche de la guitarra en la mano.
—Vamos, estoy hambriento. Adiós, Ellen. —Se da la vuelta y camina hacia
el ascensor.
No estoy seguro de haber parpadeado desde que terminó de tocar. Ellen me
roba la flor de la mano y me golpea en la nariz con ella. Me estremezco.
—Tienes algo tan único y espectacular frente a ti y no tienes ni idea de qué
hacer con él.
Me pongo de pie tirando de los puños de mi camisa. Ellen abotona mi
chaqueta y me mira mientras su largo cabello castaño le cae por la espalda.
—¿Estás hablando de Harrison?
Sonríe.
—Él tampoco está mal, ahora… —Pasa a mi lado, haciendo clic en su
teléfono—. Tengo una noche de chicas a la que ir, donde descubriré todos tus
secretos, incluido lo que te hizo acusarme de tirarme pedos.
Mientras camina hacia la puerta, la agarro por la muñeca. Me mira.
—Terrible de mi parte, pero su risa fue…
Asiente.
—Vale totalmente la pena.
La sigo hasta el ascensor. Sin duda, Harrison ya está esperando en la puerta
del edificio, dando golpecitos con el pie con impaciencia. Ella camina, se gira y yo
poseo sus labios de nuevo antes de que pueda recuperar el aliento. Cuando suena
el timbre del ascensor, me alejo de nuevo, dejándola desequilibrada y jadeando.
Le guiño un ojo, enderezando mi corbata.
—Después de usted, señorita Rodgers. 146
—Idiota. —Se limpia la boca y se pasa los dedos por el cabello antes de
tirar sus hombros hacia atrás y salir del ascensor hacia el vestíbulo.
—¿Vamos a salir a comer? ¿Dos veces en un mes? —Harrison me mira con
los ojos muy abiertos.
—Por supuesto. ¿Por qué no?
—Porque podría morir de una sobredosis de conservantes. Lo has dicho tú
mismo. ¿Estás intentando matarme?
—Hoy no.
Entramos en el único restaurante mexicano de la ciudad que tiene un menú
decente sin gluten. Harrison ordena casi todo lo que contiene; el niño es insaciable
y no mueve un músculo excepto para ir del punto A al punto B. No sé cómo anda
por la vida con los pantalones caídos, sin panza ni trasero.
147
—Lo que tocaste antes me dejó sin palabras.
—¿Qué quieres decir? —Bebe su agua.
—Quiero decir que eres un chico muy talentoso. Si quieres tomar lecciones
o unirte a la banda o… no sé, algo así. Haría todo lo que pudiera para que eso
sucediera.
Se encoge de hombros.
—Simplemente me gusta tocar. Ellen dice que realmente no necesito un
maestro.
—¿Te agrada Ellen?
Me da otro encogimiento de hombros.
—Sí.
—A mí también.
Asiente.
—¿Qué pensarías de que yo la invitara a salir?
—¿Sexo? —Su cabeza se levanta mientras todos en el restaurante se giran
hacia nosotros durante unos incómodos segundos.
Miro a mi alrededor dando una mueca de disculpa.
—Una cita, Harrison.
—La gente tiene sexo en las citas. ¿Quieres tener sexo con Ellen?
—Shhh… —Cierro los ojos y suspiro—. La gente va a cenar y tal vez va al
cine.
—Entonces, ¿no sexo?
—Harrison…
Niega con la cabeza.
—Solo promete no tener sexo con Ellen y no tener sexo con mis profesoras.
Tengo A en este momento.
—Ellen no es tu maestra.
—Es mi amiga… mi amiga. ¿Por qué debes tener sexo con ella? ¿No puedes
encontrar a tus propias amigas?
El mesero pone patatas fritas y salsa. Me estremezco. Si Harrison pudiera
dejar de decir sexo, esta noche sería mucho mejor.
—Cena, Harrison. ¿Me escuchaste decir cena? Quizás una película. 148
—Y… —se inclina hacia mí, con los ojos muy abiertos.
—Y la llevo a casa.
—¿No sexo?
Pequeña mierda. Estoy listo para estrangularlo. No me importa qué tipo de
genio musical pueda ser.
—No sexo. —De todos modos, ya me voy a ir al infierno. ¿Qué es una
pequeña mentira encima de todo lo demás?
—¿Vas a besarla?
Aflojo mi corbata y me rasco el cuello, también estoy desarrollando una
alergia a Harrison.
—Quizás.
—Entonces, no. —Sacude la cabeza media docena de veces—. Besar
conduce al sexo. Nos enseñaron eso en la escuela el año pasado.
—De alguna manera, no creo que ese fuera el punto de la clase.
—No estoy mintiendo. Llama a mi profesora de salud y pregúntale.
—Sin besos. Sin sexo. Solo cena y una película.
—¿Puedo ir?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque los niños no tienen citas con adultos.
—Bueno, si no van a tener sexo, ¿cuál es el problema?
—Queremos tener una conversación de adultos.
—¿Acerca de?
—Jesús… maldita sea, mátame ahora —murmuro con mis manos sobre mi
cara.
—¿Dijiste maldita sea? —Este niño no tiene volumen bajo en su voz, todo
es a volumen de megáfono.
—Harrison… —Inclino la cabeza y le doy una última mirada de advertencia
que él conoce muy bien.
Mira fijamente su sorbete negándose a mirarme, es su reacción habitual
cuando me lleva al límite. Hace un año habría seguido adelante, siempre empeñado 149
en ponerme de rodillas. Pero este último año ha sido mejor, no le temo a las crisis
como las que hemos tenido en el pasado.
Terminamos la cena en un grato silencio, y estoy seguro de que el resto de
los clientes también lo aprecian. Para cuando llegamos a casa, se esconde en su
habitación en tanto yo me aplaudo por haber llegado tan lejos como padre de un
preadolescente sin una sola gota de alcohol en mi sangre. Si no hubiera matado a
mi esposa, ella también se habría sentido orgullosa de mi moderación.
A medianoche, aún estoy completamente despierto pensando en Ellen. Miro
mi teléfono y decido llamarla.
—Ya pasó su hora de acostarse, señor Hopkins.
Sonrío.
—Aún no sabía si estarías en casa.
—Acabo de entrar por la puerta hace quince minutos. Estoy jugando con
mis bebés.
Intento no estremecerme, pero mi cara automáticamente lo hace cuando
menciona a esas ratas.
—¿Amanda derramó todos mis secretos más profundos y oscuros?
—Tristemente… no. Es leal hasta el extremo. No sé por qué insistes en
despedirla todos los días. Ni siquiera preguntó por el «calor» entre nosotros.
—Es sarcástica hasta el extremo… como alguien más que conozco.
—¿Cómo está Harry?
Me rio.
—Es un desafío. Fuimos a cenar esta noche. Desafortunadamente, no creo
que podamos volver a ese mismo restaurante nunca más.
—Cuéntame.
Le hablo de nuestra conversación. Se ríe y trata de asegurarme que podría
haber sido peor. No estoy convencido de eso. Entonces me cuenta sobre su noche
de chicas. Me gana. La exhibición de Harrison ni siquiera se acercaba a cómo
actuaron esas mujeres.
Después de que la risa se apaga, un momento de silencio se instala en la
línea.
—Entonces… —dice—. De esa cita…
Me rio. 150
—¿Te refieres a la cita sin sexo ni contacto físico?
—Sí, esa. ¿Vas a llamarme, enviarme un mensaje de texto o pasarme una
nota en el trabajo?
—Me ofende que me encuentres tan poco original. Por lo general, prefiero
escribir en el cielo, pero apuesto a que tú prefieres saltar del avión a que te escriba
un mensaje, ya que eres tan genial.
—Intrigado por mi vida, ¿verdad? Parece que tendremos mucho que discutir
en nuestra cita sin sexo. Quiero saberlo todo sobre tu breve carrera futbolística. Me
gusta el fútbol. Deberíamos jugar alguna vez.
—¿Ratas y fútbol? Estás llena de sorpresas.
—¿Me querrías de otra manera?
No. No lo haría. Me ha mostrado un vistazo de la tragedia de su pasado,
pero sé que también hay cosas buenas. Quiero saberlo todo, pero quiero tomarme
mi tiempo.
—¿Cuál es tu equipo de fútbol favorito? —pregunto.
—¿Profesional o universitario?
—Ambos.
—Los Patriots y Universidad de Miami.
—Ah… ¿hablas en serio? ¿Cómo pasó eso?
Se ríe.
—Soy de Nueva Inglaterra, pero fui a la universidad en Miami. Te apuesto
a que eres fanático de Minnesota.
—Por supuesto.
—¿Y universitario?
—Nebraska.
Se ríe de nuevo.
—Harrison no tenía ni idea de adónde fuiste a la universidad.
—Por supuesto que no.
—Es genial. Amo mi tiempo con él.
—Cree que eres su amiga. Dijo que debería encontrar mis propias amigas. 151
—Bueno, solo tienes uno. En realidad, debería compartirme.
Me recuesto y paso la mano por mi cabello.
—No puedo culparlo. No quiero compartirte.
—Lo siento. Si termino teniendo que elegir entre ustedes dos, tendré que ir
con Harry porque él ama la música y ama a mis ratas.
—Ratas. —Niego con la cabeza—. ¿En qué momento renunciaste a la
elección obvia de un gato o un perro y te decidiste por los roedores?
—Eso es… —Puedo escuchar el bostezo en su voz—… una historia para
otro momento.
—Te dejaré ir a dormir.
—¿Qué harás el sábado?
—Lo normal. Ejercicio. Trabajar en el jardín y mi invernadero. Arrastrar a
mi hijo fuera de su habitación para tomar aire fresco.
—Déjame hacer la cena en mi casa para ti y Harrison.
—¿Cocinas?
Se ríe.
—Sí. No actúes tan sorprendido.
—Harrison tiene una dieta estricta.
—Lo sé. Envíame un mensaje de texto con una lista de las cosas que no
puede comer.
—Me sentiré como una tercera rueda.
—Pobre bebé. Intentaremos incluirte en el juego de ratas.
—Tal vez deberíamos cenar en mi casa.
—A Harry le gusta jugar con mis ratas. ¿Las quieres en tu casa?
—Buen punto. ¿A qué hora?
—¿Seis?
—A las seis, entonces. Buenas noches.
—Buenas noches, Flint.
Lanzo mi teléfono en la cama a mi lado y sonrío como un tonto. Mi cara no
sabe cómo manejar el giro hacia arriba de mis labios. Por ahora… me permito creer 152
que merezco esta oportunidad, este sentimiento, esta mujer. Nada dura, pero quiero
llevar esto tan lejos como pueda porque se siente jodidamente increíble volver a
sentirlo.
Me paso el sábado por la mañana ordenando mi apartamento y limpiando
las jaulas de las ratas, a pesar de que la visita inesperada de Flint la otra noche
resultó ser cuando las cosas estaban un poco desordenadas. Con suerte, la mujer
desnuda y dispuesta lo distrajo de concentrarse en el desorden.
El lugar huele a manzanas y canela de la tarta en el horno, y preparé una
olla de sopa de pollo con fideos sin gluten. También cambié mi atuendo cinco
veces como si tuviera dieciséis años en mi primera cita. No hay necesidad de estar
nerviosa. Flint me encontró deseable con calcetines peludos y el cabello
desordenado, pero esta cosa de no sexo me pone nerviosa. Quiero asegurarme de
que continúe considerándome deseable hasta que podamos arreglar algo con
Harry.
Dios… espero que podamos arreglar algo con Harry.
Esta noche es el primer paso de mi plan. Si los tres salimos lo suficiente, él
podría ver lo bien que nos llevamos Flint y yo, y (con los dedos cruzados, oraciones
pronunciadas a cualquier dios que esté dispuesto a escuchar) cambiará de opinión
sobre la regla de no contacto físico.
Poco probable. Lo sé. Pero una chica tiene que intentarlo.
—¡Están aquí! —Aprieto los puños y tiemblo con demasiada emoción por
el golpe en mi puerta. Tengo treinta y dos. Debería haber aprendido a controlarme
a estas alturas—. ¡Hola, chicos!
—Hola. —Harry me da una media sonrisa y pasa a mi lado, con el estuche
de la guitarra en la mano—. ¿Puedo dejar salir a tus ratas?
Me rio.
—Absolutamente. Solo diles «vengan».
Saliendo al pasillo, cierro la puerta detrás de mí. Flint arquea una ceja y sus
labios se tuercen en algo demasiado irresistible para no besar.
153
—¿Una camisa suelta y jeans? Me siento engañada por mi dosis de Sexo en
Traje. —Le aprieto la camisa, me inclino sobre mis puntas de los pies y lo beso.
En respuesta, sus manos palmean mi trasero, provocando un zumbido de puro
placer… y tortura.
Me aparto y froto mis labios.
Hace una rápida inspección de mi blusa blanca con las mangas
arremangadas, la falda corta, los calcetines hasta la rodilla y los botines.
—Dios mío, eres una provocadora. No puedes hacerle esto a un hombre con
un voto de celibato impuesto por un niño.
—Simplemente no quiero que pierdas el interés en lo que no puedes tener
en este momento. —Abro la puerta y entro.
—Te das cuenta de que la gente desea más lo que no puede tener.
—Mmm, cuento con eso. —Lo llevo por el pasillo hasta la cocina.
—Huele bien.
Apago el horno, pero dejo la tarta adentro para que se mantenga caliente
hasta después de la cena.
—No suenes tan sorprendido.
—No lo estoy.
—Lady Gaga salió para mí. —Harry lleva mi rata desnuda a la sala de estar.
—Eres un susurrador de ratas. —Le guiño un ojo.
—No le susurré, solo le dije «vengan» con mi voz habitual.
Flint y yo compartimos sonrisas.
—Un susurrador es alguien que es bueno con un tipo específico de animal.
Como susurrador de perros. Susurrador de caballos —digo.
—Huh… —Harry deja que Lady Gaga suba por su pecho hasta su
hombro—. Supongo que algún día podría ser un susurrador de ratas.
—Ya puedo sentirme hinchado de orgullo paternal. «¿Qué hace tu hijo? Es
un susurrador de ratas muy buscado».
—Sabes… —Planto mis manos en mi cintura—… algunas ratas pueden
detectar la tuberculosis, y hay una raza específica de ratas que pueden localizar
minas terrestres. Básicamente, las ratas están salvando vidas.
—¿En serio? Eso es genial. —Harry continúa jugando con Lady Gaga
mientras mis otros bebés entran a la habitación.
154
Flint levanta los pies sobre el peldaño del taburete y me da una sonrisa
pobremente contenida.
—Me encanta el argumento que haces para las ratas. Si alguna vez tengo
que defender las acciones de alguna en la corte, serás mi testigo experto.
—Oh, eso significa mucho viniendo de mi buscapleitos favorito. Quiero
decir… abogado.
Esta sonrisa se abre camino hasta el hermoso rostro de Flint. Es diferente a
cualquier otra sonrisa que me haya dado… no es que las entregue con algún tipo
de generosidad, a veces me pregunto si su risa, su sonrisa y su vida murieron con
la madre de Harry. No lo culparía ni un poco si lo hicieran.
Quise decir lo que le dije el otro día. A veces el mundo se acaba y se olvida
de llevarte con él.
Alex me lo dijo después de perder las manos. Y esas mismas palabras
resonaron en mi mente cuando murió mi mamá y cuando Alex me entregó los
papeles del divorcio.
Pero justo ahora… Flint sonríe como si alguien le dijera que de hecho hay
vida después de la muerte (algo mágico, algo bueno) y me dio esa mirada. No sé a
dónde nos llevará este viaje, pero siempre recordaré esta mirada y cómo me hizo
sentir físicamente conmovida mientras estaba fuera del alcance de mi brazo.
—Harry, ¿le dices «jaula» a mi dama y caballeros? Jugaremos más después
de la cena, y puedes darles de comer.
Harry los llama por sus nombres (sus nombres completos) incluso los de
Lady Gaga, y les dice «jaula».
Flint se baja del taburete de la cocina y roza su brazo contra el mío a medida
que se dirige a la estufa. Se detiene a mi lado el tiempo suficiente para pasar su
dedo por mi muslo exterior desnudo, justo debajo del dobladillo de mi falda corta.
Lo empujo lejos.
—¿Ahora quién es el provocador?
Se ríe y levanta la tapa de la olla de sopa.
—A Harrison le encanta la sopa de pollo con fideos.
—A todos los niños les encanta. —Agarro tres tazones y los dejo sobre la
encimera.
—¿Eres una experta en niños? —Revuelve la sopa.
155
Apoyo la espalda contra la encimera junto a la estufa y lo miro. Hace que
revolver la sopa se vea sexy. ¿Cómo es eso posible?
—Bueno, yo fui niña, así que hay dieciocho años de experiencia. Y trabajo
con muchos niños, así que diría que tengo cierto grado de habilidad.
Flint mira por encima del hombro.
—Lávate las manos, Harrison.
—No me orinaron.
—Me alegra. Lávate las manos.
Me muerdo los labios.
—Leí que las ratas pasan la mayor parte de sus horas de vigilia limpiándose
ellas mismas o entre ellas. Más que los gatos. —Harry se balancea de un lado a
otro sobre sus pies, retorciéndose las manos.
—Es bueno saber que pasas tu tiempo libre investigando a las ratas. ¿Viste
cómo se limpian ellos mismos? ¿En una bañera? ¿En una ducha con agua caliente
y jabón? ¿O solo se lamen? —pregunta Flint.
—Se lamen a sí mismos.
—Entonces, si te lamo las manos, ¿sentirás la necesidad de lavarlas antes
de comer?
—Eso es asqueroso. ¿Por qué me lamerías las manos?
—No lo haría. Solo ve a lavarlas.
Agarro el cucharón y aparto a Flint con la cadera.
—Nosotros intercambiamos saliva en el pasillo. ¿Eso va a arruinar tu cena?
—Solo si le dices a Harrison y me metes en problemas.
—Nunca lo haría. —Lleno los cuencos con sopa y Flint los lleva a la mesa—
. Y para tu información… yo baño a mis ratas.
Me mira por encima del hombro.
—¿Por qué no estoy sorprendido?
—¿Esto es libre de gluten? —pregunta Harry, tomando asiento a la mesa.
—Sí. —Sonrío sentándome a su lado, forzando a Flint a sentarse frente a
nosotros.
—¿Sin lácteos?
—Sin lácteos. 156
—¿Nueces?
—Sin nueces. Todo ha sido aprobado por tu padre.
—Él piensa que las cosas que como afectan mi cerebro.
—¿Tú qué opinas? —Bebo la sopa humeante de mi cuchara.
—No lo sé. La abuela dijo que su trabajo es ser sobreprotector. Es un trabajo
extraño.
Flint sonríe, colocando la servilleta en su rodilla.
—He conocido a algunos padres que necesitan ser más protectores con sus
hijos, así que es bueno que tu papá se preocupe tanto por ti.
Harry se encoge de hombros, soplando su sopa.
—¿Vas a invitar a Ellen a una cita?
Flint remueve su sopa, un leve movimiento de cabeza.
—Oh, Harrison, eres un buen compinche.
—¿Qué quieres decir? —pregunta.
—Eres de gran ayuda cuando se trata de conseguirme una cita.
Observo los comentarios entre ellos, divertida con hacia dónde podría estar
yendo esto.
—No te estoy ayudando a conseguir una cita, solo te pregunté si la ibas a
invitar. —Harry me da una mirada rápida—. Él quiere invitarte a una cita. Sin
sexo. Sin besos. Cena y película. Y no puedo ir con ustedes.
Me tapo la boca con la servilleta, pero puedo sentir el rubor subiendo por
mi rostro hasta las mejillas y la nariz.
Flint toma una cucharada de sopa y pone los ojos en blanco al mirarme.
—Suena divertido. No he ido al cine en mucho tiempo.
—Simplemente no vayas a ver la nueva película de Spiderman porque
quiero verla.
—Bueno, tu papá aún no me ha invitado, así que no tenemos que
preocuparnos por elegir una película.
—¿Vas a preguntarle?
Golpeo la punta de mi bota contra el zapato de Flint, que me mira mientras
toma un trago de agua.
157
—Quizás —dice—. Pero hablemos de esta nueva película de Spiderman.
Y con eso, la siguiente media hora se convierte en una comparación
exhaustiva de todos los superhéroes. Les confieso que mi superhéroe favorito es
Superman, específicamente interpretado por Henry Cavill. Pero no menciono que
el cuerpo y la sonrisa sexy de Flint tienen un extraño parecido con Henry. Algo me
dice que a Harry no le gustaría esa comparación.
Después del postre, que me hace ganar dos pulgares arriba de Flint y Harry,
Flint me echa para jugar con Harry y las ratas, en tanto él lava los platos. Si no
fuera por la calificación de siete y el aviso de desalojo, sería el tipo perfecto.
—Dios mío… juegan baloncesto.
Adoro la emoción en el rostro de Harry cuando le muestro cómo Bach y
Chopin juegan baloncesto con su pequeño aro y pelota. Luego le enseño cómo
organizar una carrera de obstáculos que pueden hacer, excepto mi diva Gaga, y le
doy golosinas para que se las dé como recompensa.
—Voy a asegurarme de que tu papá no necesite ayuda en la cocina. No sabrá
en dónde poner mis platos.
—Bien —murmura Harry, demasiado cautivado con mi manada de ratas
como para siquiera mirarme.
Me deslizo hasta la encimera de la cocina junto a mi Superman.
—No pensé que pudieras gustarme más de lo que me gustas con un traje.
—Cruzo las piernas, provocando una rápida mirada de mi lavaplatos—. Pero
cuando te arremangas y te pones todo doméstico conmigo, es muy excitante. Como
el jardinero Flint, cuanto más te ensucias, más se ensucian mis pensamientos.
Inclina la barbilla hacia abajo, manteniéndose concentrado en la olla y el
agua con jabón, mientras sus dientes se clavan suavemente en su labio inferior.
—Lo puse con una pista de obstáculos y bocadillos para mis bebés. Apuesto
a que no lo veremos por un tiempo. ¿Qué opinas de un rapidito en el baño?
Me da la más mínima risa, entregándome la sartén para que la seque.
—¿Crees que esto es divertido?
—¿Los platos? —Froto la toalla sobre la sartén—. No, odio lavar los platos.
Pero creo que un rapidito en el baño puede ser muy divertido. —Salto de la
encimera y llevo la sartén al cajón debajo de la estufa—. ¡Ay! —Dejo caer la sartén
en el cajón con un ruido sordo y enderezo mi espalda con mi mano alcanzando la
parte de atrás de mi pierna justo debajo de mi nalga. Hay una marca roja que me
arde.
Flint sostiene el extremo de la toalla húmeda retorcida en su mano como un 158
látigo.
—¡Oh, Dios mío! ¿En serio me azotaste con una toalla? —digo en un
susurro fuerte—. Hay una marca. Me marcaste.
—Tu falda es demasiado corta. Cuando te inclinaste para poner esa sartén
en el cajón, pude ver encaje negro.
—¿Entonces me azotaste?
Acecha hacia mí hasta que me veo obligada a estirar el cuello para mantener
el contacto visual.
—No —susurra—. Te azoté porque eres una maldita provocadora.
—Eres un terrible modelo a seguir. ¿Querrías que Harry azotara a una pobre
mujer desprevenida en el trasero?
Sus ojos se enfocan en mi escote durante unos segundos antes de volver a
encontrarse con mi mirada. No hay señales de disculpa por haberlo atrapado
mirándome las tetas.
—Tiene doce años. Así que creo que puede que no sea una buena idea en
este momento de su vida, pero si llega el día en que encuentre a una mujer
luchadora, sexy y juguetona que necesita una pequeña reprimenda, entonces
tendría que decir que la idea de él dándole un pequeño mordisco en el trasero a la
chica me haría sentir muy orgulloso. Mucho más orgulloso que susurrarles a las
ratas.
—Eres terco y exasperante. —Entrecierro los ojos.
Mira en dirección a los dormitorios y aprieta los labios contra sus dedos
índice y medio. Inclinándose, desliza su mano por mi pierna hasta que los dedos
que acaba de besar cubren mi roncha.
—Y tú eres la primera bocanada de oxígeno que ha tocado mis pulmones
en diez años —susurra en mi oído.
Lágrimas instantáneamente pican mis ojos. Pensé que había perdonado a
Alex. Pero cuando Flint me dice cosas como esta, siento esta oleada de dolor de
nuevo avivando la ira. Siempre debí haber sido el oxígeno en los pulmones de
Alex.
La mano de Flint se desliza tan lenta y seductoramente como se deslizaba
hasta mi pierna herida. Sus cejas se juntan.
—¿Duele tanto?
Parpadeo para contener las lágrimas y sonrío. 159
—Sí. Pero no mi pierna.
Sus ojos oscuros buscan los míos.
—¿Qué es esto? —llama Harry.
Me limpio las esquinas de los ojos y sigo su voz hasta mi dormitorio.
—Harrison, no puedes fisgonear en su habitación sin permiso.
—No estoy fisgoneando, seguí a Mozart aquí. ¿Qué es esto? —Señala mi
tocadiscos.
—Es un gramófono, un tocadiscos. Mi mamá lo encontró y me lo compró
como regalo de graduación junto con un montón de discos de vinilo.
—¿Así es como escuchabas música cuando tenías mi edad?
Me rio.
—En realidad, no. Usé cintas de casete y eventualmente CD, pero mi papá
tiene un tocadiscos de vinilo y todavía lo usa. —Agarro un disco del estante debajo
del tocadiscos—. ¿«Abbey Road» de Los Beatles?
Harry me mira sin comprender. Flint se sienta en el borde de mi cama.
Sonrío y saco el disco.
—Te pondré mi canción favorita de este álbum. Mi mamá y mi papá solían
bailar a altas horas de la noche cuando pensaban que me había ido a dormir. Solía
escabullirme hasta la mitad de las escaleras y los veía bailar. —Arrugo mi nariz—
. Y luego se besaban y yo corría de regreso a mi cama y enterraba mi cabeza bajo
las sábanas.
Las mejillas de Harry se sonrojan un poco, no lo había visto sonrojarse
antes. Es dulce.
«Something» comienza a sonar.
—Muéstrame tus movimientos de baile, Harrison Hopkins. —Le extiendo
mis brazos.
Niega con la cabeza.
—Ese no es el tipo de baile que conozco.
Tomo su mano y se pone rígido cuando la coloco en mi espalda baja y llevo
su otra mano a su costado, pegada a la mía.
—¿Has ido a un baile escolar? ¿Has bailado lento con una chica?
—De ninguna manera. —Sacude la cabeza, dejándome moverlo de un lado 160
a otro con rigidez.
—Bueno, si algún día vas al baile de bienvenida o al baile de graduación,
te daré lecciones de baile lento. A las chicas les gusta un chico que sepa
conducirlas.
—Es demasiado extraño. —Me suelta, retrocediendo unos metros al mismo
tiempo que niega con la cabeza.
Me rio un poco y retuerzo los labios, concentrándome en el chico sexy
sentado en el borde de mi cama.
—¿Tu papá sabe bailar?
—Lo dudo. —Harry mira el tocadiscos como si estuviera intentando
descifrarlo.
—Señor Hopkins. ¿Tienes algún movimiento? —Le extiendo mi mano y
guiño, sabiendo muy bien que tiene algunos movimientos.
Mira a su preocupado hijo en la esquina de mi habitación. Poniéndose de
pie, toma mi mano. Intento controlar mi respiración cuando desliza su mano
alrededor de mi cintura, acercándome a él en tanto lleva mi otra mano a su pecho.
Su mirada cae a mis labios mientras me guía por el pequeño espacio entre
el final de mi cama y la puerta. Algo en este momento robado (prohibido) se siente
más íntimo que la última vez que estuvimos juntos en mi habitación.
—¿Qu…? —Me detengo para igualar mi voz. Dios, sueno tan jadeante.
Flint sonríe, haciéndome cosas realmente inapropiadas con solo una mirada.
Lo intento de nuevo.
—¿Quién te enseñó a bailar?
—Mi mamá.
—¿De verdad?
—De verdad —dice como si no fuera gran cosa.
La canción termina y me suelta las manos, ¡pero maldita sea! Tiene que
dejar de mirarme como si me estuviera imaginando desnuda. Alejo un poco la
blusa de mi pecho para ocultar mis pezones duros.
Flint sonríe. Por supuesto que los vio.
—Deberíamos irnos, amiguito. ¿Por qué no te aseguras de que los bebés
ratas de Ellen vuelvan a meterse en su jaula?
—Está bien. —Se gira.
161
Sonrío, esperando que sea demasiado joven para ver lo increíblemente
sonrojada que estoy porque su padre tiene mi cuerpo en un estado de nerviosismo
por una mirada sexy.
—¿Te sientes bien?
—Cállate —le susurro.
Da un paso hacia mí.
—No lo hagas. —Niego con la cabeza, dando un paso atrás.
Me está mirando como lo hacía en la oficina de su casa minutos antes de
hacerme cosas malas en la escalera de caracol.
Mi mirada se posa en sus manos. Son manos fuertes que sostienen una
pelota de fútbol y ganan peleas, no manos delicadas y cuidadas de un tipo
congestionado con un trabajo de escritorio. Eso es lo que lo hace tan jodidamente
sexy en traje. Es el choque perfecto entre sofisticación y aspereza. Acentúa sus
hombros anchos y pecho definido. Y cuando se sienta con su traje, puedo ver sus
delineados cuádriceps.
—Estás tarareando.
Mi mirada pasa de sus manos a su rostro.
—Estoy nerviosa.
—¿Por qué?
—Porque estás demasiado cerca, y yo…
—¿Te arrepientes de llevar una falda tan corta y unas bragas de encaje tan
endebles?
Trago pesado.
—Quizás.
Mordisquea su labio inferior, mirando fijamente mis piernas por unos
segundos antes de mirarme a los ojos de nuevo.
—Harry puede estar solo en casa por unas horas, pero únicamente lo dejo
solo durante el día. ¿Qué tal un almuerzo y una matiné mañana?
—¿Una cita? —Mi cabeza se ladea hacia un lado.
—Una cita. —Sonríe.
—¿Sin un mensaje en el cielo?
Su sonrisa crece una fracción más.
162
Me encojo de hombros.
—Supongo. ¿A dónde vamos a comer?
Cuando su sonrisa se transforma en algo bastante lobuno, su mirada se
desplaza por mi cuerpo y la punta de su lengua se desliza hacia afuera para
deslizarse por su labio inferior.
Cruzo los tobillos. Sí, usar bragas endebles y una falda corta fue una idea
terrible.
—Es un lugar que probé recientemente. Es bastante delicioso.
Trago pesado.
—¿Listo? —Harry asoma la cabeza por la habitación.
—Sí, estoy listo.
Jalo la blusa de mi pecho de nuevo y me aclaro la garganta.
—Los acompaño. —Tomando una respiración profunda, me apresuro a
pasar junto a él, rezando para que no haga ningún movimiento astuto para tocarme.
Estoy a un deslizamiento de un dedo, cualquier dedo, de convulsionar—. Gracias
por venir.
—No lo he hecho… todavía —dice Flint justo por encima de un susurro
que solo yo puedo oír.
¡Maldito infierno! Mátame. Solo mátame ahora.
—¿Qué vas a hacer con el resto de la tarta de manzana? —pregunta Harry,
metiendo los brazos en su sudadera.
—Oh. Dios… no la necesito. Llévensela. —Camino hacia el mostrador.
—No la necesitamos toda —dice Flint, siguiéndome.
—No. Llévatela.
Saco una hoja de papel de aluminio y la cubro.
—Nosotros no…
Empujo el plato en el pecho de Flint.
—Quiero que te la comas toda.
Una sola ceja se alza en su frente mientras una esquina de su boca se contrae
en una pequeña sonrisa.
Hago una mueca.
—La tarta. 163
—La tarta. —Asiente lentamente—. Gracias. Lo espero con ganas.
En treinta y dos años, nunca me he sentido necesitada como lo hago ahora.
Las bolas rosadas son reales.
—Fue divertido. —Muerdo el interior de mi labio mientras paso a Flint.
Tanta sangre ha convergido entre mis piernas, esperando una liberación de placer,
incluso caminar es un poco incómodo—. Tendremos que hacerlo de nuevo.
—¡Oh! —Harry casi choca conmigo cuando se detiene y cambia de
dirección—. Olvidé mi guitarra. No pudimos tocar. —Regresa a la habitación de
las ratas.
—La próxima vez —digo, manteniendo mi mirada en cualquier lugar
menos en el hombre que tiene el superpoder para hacerme retorcer.
—¿De qué dedo o dedos tuyos debería estar celoso esta noche? —pregunta
en voz baja y profunda.
Oculto mi grito ahogado, pero está ahí. Aparentemente los comentarios
sorprendentemente crudos son el tema de la noche. Puedo jugar a este juego.
Echando un rápido vistazo por encima del hombro en busca de oídos jóvenes, me
vuelvo hacia atrás y levanto los dedos índice y medio.
—Estos dos al frente… —agrego mi dedo anular—… este en la parte de
atrás.
Y ahí está… Flint Hopkins sin expresión y sin palabras. Es una vista
extrañamente hermosa.
—La tengo. —Harry pasa a nuestro lado y abre la puerta principal.
Sonrío, batiendo mis pestañas como alguien que usa lentes de contacto por
primera vez.
—Buenas noches, chicos.
164
Mi alarma arruina mi mañana a las siete, tal como la puse. Me gusta dormir
hasta tarde, pero el nuevo hombre en mi vida me inspira a ser la mujer típica,
consciente de mi imagen corporal. Todos los hombres deberían verse obligados a
regresar a otra vida como mujeres.
Abro mi aplicación de entrenamiento de catorce minutos-patea-traseros y
me turno a través de una serie de saltos a la cuerda, burpees, sentadillas, flexiones
y tríceps, seguidos de una larga ducha y pensamientos de Flint Hopkins.
—¿Quién me llama antes de las ocho? —Me envuelvo la cabeza con una
toalla y me pongo la bata mientras corro a contestar el teléfono en el dormitorio.
—Hola, papá. Es domingo, no estoy en tu zona horaria. ¿Se te sigue
olvidando?
165
—¿Te desperté?
Suspiro.
—No, pero…
—Entonces deja de hacer que tu viejo se sienta mal.
—Lo siento. ¿Cómo estás?
—Viejo.
Me rio, dejándome caer de nuevo en mi cama.
—Añejado como un buen vino.
—¿Ya encontraste un hombre digno?
—Bueno… —Sonrío—. Definitivamente es un hombre.
—¿Un buen hombre?
¿Flint es un buen hombre?
—Creo que sí. Tiene un hijo.
—¿Es divorciado?
—Viudo.
—Oh…
—Sí. Es un poco complicado. Su nombre es Flint. En realidad, es mi
arrendador.
—¿Entonces le gustan los bienes raíces?
—Es abogado.
—¿Uno bueno?
Me rio.
—No lo sé con certeza. No he necesitado sus servicios legales. ¿Importa?
—Por supuesto que importa, quieres estar con un chico que está del lado
correcto.
—¿Republicano?
—Me importa una mierda si es republicano o demócrata. Sin ofender a tus
alimañas.
Me estremezco con una risa silenciosa mientras pongo los ojos en blanco.
—Quiero decir, ¿tiene buenas costumbres? ¿Está defendiendo a las 166
personas adecuadas?
—Creo que es sobre todo derecho de familia, así que estoy segura de que
podría pasar de todos modos.
Suena el timbre. En serio, ¿la gente no respeta lo sagrado de dormir hasta
tarde los domingos?
Salgo de la cama y abro la puerta.
—Estoy seguro de que si crees que es digno de tener una cita, entonces lo
es —dice mi padre cuando veo a un chico sosteniendo un paquete afuera de mi
puerta.
—Es un buen tipo. De hecho, lo creo. Espera un segundo… —Deslizo el
teléfono en el bolsillo de mi bata—. Hola.
—¿Señorita Rodgers?
—Sí.
—Entrega.
—¿Un domingo?
No lleva uniforme de repartidor.
—Sí, señora.
—¿Con qué compañía estás?
—No estoy con una compañía. Que tenga un buen día. —Me entrega la
cajita y se vuelve sin más explicaciones.
Saco mi teléfono del bolsillo.
—Lo siento. Entrega.
—¿Un domingo? —pregunta papá.
—¿Verdad? Sí, no sé qué es. —Pongo a mi padre en el altavoz y dejo la
caja en la encimera de la cocina para abrirla.
—¿Chocolates? ¿Flores?
Me rio.
—La caja es demasiado pequeña.
—Date prisa, el suspenso me está matando.
—Es mi entrega.
—Pero ahora me despertó la curiosidad.
—Está bien, está bien… solo un segundo… —Dentro de la caja marrón hay 167
una caja azul con una cinta—. Oh, Dios mío… es una caja azul.
—¿El azul es buena suerte?
Pongo los ojos en blanco.
—Es de una joyería de lujo.
—Si este tipo cree que te propondrá matrimonio sin pedir mi permiso…
—Tranquilo, chico. Es demasiado grande para un anillo, podría ser un reloj
o una pulsera. —Me envió joyas, no lo puedo creer. Quito la tapa—. Oh, Dios
mío…
—¿Qué es?
—Um… —Saco la tarjeta junto a la pequeña botella de lubricante personal
a base de agua.
Para mi chica pervertida. Soy mucho más grande que tu dedo anular.
Te recogeré al mediodía.
Flint
—Elle, me estoy haciendo viejo… quiero saber qué hay en la caja antes de
morir.
Si le digo lo que hay en la caja, morirá.
—Un reloj.
—¿Usas reloj?
—Algunas veces.
—¿Parece caro?
—No excesivamente.
—Bueno, eso es bueno. Nunca es una buena idea comprar regalos caros tan
pronto en una relación. ¿Te queda?
Aprieto mi labio para evitar reírme.
—Yo… eh… creo que es una talla única para todos.
—¿Está grabado?
Mi cuerpo vibra con una risa desatada, hasta que las lágrimas llenan mis
ojos.
—No… —Me las arreglo para decir.
168
—Por Dios… ¿una joyería de lujo que no hace grabado gratis? Si ese es el
caso, entonces te están jodiendo.
Oh. Dios. Mío… no puedo respirar. Me duele el estómago por tanta risa
contenida. Silencio mi teléfono para dejarla salir. La risa aullante resuena en mi
apartamento.
—Deberías enseñarle a tu chico nuevo una lección sobre cómo exigir un
buen servicio, como te enseñé. Nunca dejes que alguien te joda así.
Podría hacerme pis. Aprieto mis piernas para evitar fugas. Forzando algunas
respiraciones profundas, quito el silencio.
—Papá, ¿cómo te has sentido?
—Bien. Rígido, suave en el medio. Pero bien.
Me estoy ahogando en pensamientos indecentes. Necesito concentrarme.
—Te extraño.
—Entonces súbete a un avión y ven a verme.
—Papá…
—Vive la vida, mi niña hermosa. Arriésgate en un camino nuevo y
encuentra la felicidad. No tengas miedo.
Asiento. Tiene una forma de hacer que el momento sea serio.
—Lo haré.
—¿Vendrás a verme?
—Sí.
—¿Cuándo?
Sonrío.
—Pronto.
—¿En las próximas vacaciones?
—Pronto.
—Ah… bien. Te amo. Dile a ese chico tuyo que busque un lugar mejor para
comprar joyas.
—Lo haré, papá.
169
—Llamé a los Hamilton. Estarán en casa todo el día si hay una emergencia
no relacionada con el 9-1-1 que requiera asistencia antes de que pueda llegar a
casa.
Harrison enchufa el cable de su teléfono junto al sofá.
—No creo que el cable de mi cargador funcione.
—No es una emergencia. —Verifico que estén apagadas tantas luces como
sea posible. Él nunca ha descubierto cómo o por qué es importante apagar el
interruptor. Algún día le presentarán un pequeño trozo de papel llamado factura de
electricidad—. ¿Tienes alguna pregunta?
—¿Me comprarás un cargador nuevo?
—No.
—Apestas.
—Hago mi mejor esfuerzo. Te veré en unas horas.
La última vez que realmente salí con una mujer, no tenía un hijo ni una
conciencia culpable. No era la gran cosa si después de algunas citas las cosas
terminaban. No había resentimientos… simplemente seguía adelante con alguien
más.
Las cosas ya no son tan simples. Estoy loco de miedo por lo que pueda
resultar de esto. Tengo el mismo miedo de lo que pueda no resultar de esto.
Estoy follando con la «amiga» de mi hijo y me odiará si se entera. Si le
rompo el corazón, él me odiará. Sin embargo, aquí estoy, a tres metros de su
apartamento incapaz de darme la vuelta y terminar todo antes de que alguien salga
lastimado o molesto.
Ellen abre la puerta. Me tomo unos segundos para admirar la vista. Me
encanta ese cabello rojo largo y esos ojos azules, pero más que eso… me encanta
la forma en que me mira, como si tuviera cien ideas en la cabeza de lo que le
gustaría hacerme, pero no puede decidir por dónde empezar.
—Tiene que dar algunas explicaciones, señor.
—Ah, ¿sí?
Asiente para que entre, pero niego con la cabeza.
170
—Almuerzo y una película.
—Sí. Necesito agarrar mi chaqueta y mi bolso. —Se ríe.
—Te esperaré aquí. Estoy intentando ser un caballero.
Sus labios se tuercen hacia un lado.
—¿Los caballeros esperan en el pasillo, incluso cuando se los invita a
entrar?
—Es la única forma de ser un caballero en este momento.
Parpadea unas cuantas veces más, con una expresión reflexiva pegada a su
rostro.
—Ellen, puedes tomar tu abrigo y bolso para que podamos ir a almorzar y
ver una película como le dije a Harrison que haríamos, o puedes mirarme así y nos
veremos obligados a jugar mi juego favorito en lugar del almuerzo y una película.
Su mirada se encuentra con la mía.
—¿Cuál es tu juego favorito?
—Se llama Follar a Ellen.
Sus labios se abren de par en par y sus ojos se abren un poco más mientras
un color rosado se abre camino en sus mejillas. Cierra la puerta y regresa un minuto
después con su bolso y su abrigo.
—Será un almuerzo y una película. —Sonríe, cerrando la puerta detrás de
ella.
Después de que desliza sus llaves en su bolso tomo su mano. La última vez
que sostuve la mano de una mujer en público, la estaba sacando de un restaurante.
Menos de treinta minutos después, estaba atrapada en un automóvil volcado, dando
su último aliento.
—¿Tienes dos autos? —me mira mientras abro la puerta de mi Jaguar
Coupé negro.
—Los tengo.
Me lanza una sonrisa maliciosa. No estoy seguro de lo que significa.
Acuno ambos lados de su cabeza y me agacho.
—Tienes que darme algo —le susurro sobre los labios—. Me estoy
muriendo lentamente. —La beso. Agarra mi chaqueta y me devuelve el beso como
si también se estuviera muriendo un poco antes de este momento. No quiero
almorzar. Y seguro como el infierno que no quiero ver una película. Quiero poseer
cada centímetro de esta mujer porque cuando estoy con ella me siento merecedor
de más. 171
—Ahora, entra. —Le golpeo el trasero—. Antes de romper más promesas.
—¿Quién fue el caballero que llegó a mi puerta esta mañana?
Manteniendo sus ojos en la carretera, Flint sonríe.
—Era atractivo… y grande. Usamos más de la mitad de la botella de
lubricante antes de que encajara.
—Media botella, ¿eh? Claramente, no sabía lo que estaba haciendo.
—Eres un idiota, Flint Hopkins. Mi papá estaba hablando por teléfono
conmigo cuando llegó. En serio, ¿quién es tu asistente de fin de semana?
Se encoge de hombros.
—No puedo revelar mis fuentes.
—Está bien, entonces hablemos de mi aviso de desalojo, quiero que me
dejes quedarme. Les hice la cena a ti y a Harrison anoche. Él jugó con mis ratas.
Bailamos con los Beatles de fondo. Me diste un azote justo debajo de mi trasero.
Y ahora vamos a una cita oficial. No puedes echarme.
—Puedo. Y puedes tener una pequeña rabieta si es necesario… pero es un
negocio.
—¡Ahhh! ¿Por qué estás siendo tan irracional con esto? Tuvimos sexo.
Dijiste que somos amigos. No puedes echar a tu amiga, simplemente no puedes.
Se ríe y quiero darle una bofetada.
—Voy a la yugular en los tribunales contra abogados que conozco desde
hace años. Conozco a sus esposas e hijos. He asistido a sus bautizos y
graduaciones. Somos amigos, pero dentro del tribunal los abogados se enfrentan y
yo hago lo que es mejor para mis clientes, incluso si eso significa destrozar el caso
de mis amigos y hacer que parezcan incompetentes y sin preparación.
Se detiene en un lugar de estacionamiento.
Salgo antes de que tenga la oportunidad de abrir mi puerta. Cuando va a
tomar mi mano, la meto en el bolsillo de mi abrigo, así que él apoya su mano en 172
mi espalda baja y me guía al restaurante. Es un café agradable con una panadería;
me encanta el olor a pan recién horneado. Estamos sentados en una cabina junto a
la ventana. Se ve triste afuera, casi como si pudiera nevar, yo también me siento
un poco triste.
—¿Vino?
Levanto la vista de mi menú.
—Vete a la mierda. Estoy bastante segura de que me has arruinado el vino.
—Bueno. —Asiente lentamente—. Actué como un niño en nuestra última
salida. Deduzco por tu reciente cambio de humor que es tu turno de actuar como
un niño.
Dejo mi menú en la mesa.
—Siento tener problemas con esto, pero los tengo. Puedes dormir conmigo
o desalojarme. No creo que puedas hacer ambas cosas.
Se rasca la mandíbula cubierta de barba incipiente. Es la primera vez que
me doy cuenta de que no se ha afeitado en unos días.
—Hipotéticamente… y por favor concéntrate en la palabra hipotéticamente
porque esta no es una opción real, solo tengo curiosidad… ¿preferirías quedarte y
nunca volver a tener sexo, o tener sexo de nuevo y encontrar un nuevo espacio de
oficina?
—Ese escenario es demasiado distante emocionalmente para que yo lo
considere.
—Es hipotético.
Recostándome en la cabina, cruzo los brazos sobre mi pecho.
—Lo que no es hipotético es que no eres el único idiota que puedo cabalgar.
Entonces, si tuviera que elegir entre montar una polla y encontrar un nuevo espacio
de oficina o montar otra polla y quedarme donde estoy… elegiría encontrar una
nueva polla… hipotéticamente. —En realidad, no lo digo en serio, ¡pero maldita
sea! Estoy molesta por esto.
—Estás siendo jodidamente ridícula.
—No estoy siendo ridícula. Tú estás siendo ridículo por la forma en que me
haces sentir especial y deseada en un minuto y al siguiente me estás tirando a la
basura.
—Son negocios.
—¡No son negocios!
Flint mira a su alrededor mientras el puñado de clientes en el restaurante 173
mira en nuestra dirección.
—Tengo un hijo con el que lidiar, no necesito otro. —Arroja un billete de
veinte sobre la mesa y se pone de pie, poniéndose la chaqueta.
No hemos pedido nada. ¿Es el dinero para mi almuerzo? ¿Un taxi? ¿Qué
demonios? Antes de que pueda salir de la cabina y agarrar mis cosas, él sale por la
puerta.
—¡¿Me estás dejando?! —Me abrocho el abrigo mientras el aire fresco me
deja sin aliento.
—Sí. —Abre su auto.
Agarro su brazo y tiro de él hasta que se vuelve hacia mí. Se suelta de mi
agarre y se inclina para ponerse en mi cara.
—Me ocupo de idiotas que pelean toda la semana. Estoy intentando criar a
un niño que se siente emocionalmente a un mundo de distancia de mí. Lo último
que necesito es una mujer manipuladora pidiendo favores que no son justos pedir
y luego tratarme como una polla al azar para montarla solo porque tengo las pelotas
para enfrentarme a ella.
Lo empujo hacia atrás para que esté fuera de mi cara.
—Firmé un contrato contigo. No pedí un favor injusto. Hice tarjetas de
visita con la nueva dirección de mi oficina. Pinté el espacio. Hice que pusieran mi
nombre en la puerta y pagué para que lo añadieran al letrero de enfrente, todo por
una suma de más de mil dólares. ENTONCES… mi arrendador saca su calculadora
y suma dos más dos y descubre que una musicoterapeuta toca MÚSICA. Ahora
estoy atascada buscando un nuevo lugar porque fuiste demasiado estúpido para
usar tu cerebro antes de tomar mi dinero y firmar en la línea de puntos.
Guau. Acabo de decir todo eso y no tuve que pensar. Las palabras han
estado esperando salir y no me di cuenta hasta ahora.
Aquí va… el silencio. Hemos bailado sobre este tema durante semanas. He
intentado ser juguetona y encantadora, y él ha intentado ser educado y
complaciente. Pero la verdad es… que nunca me dejará quedarme y yo le guardaré
rencor si me hace irme. Todo el sexo del mundo no lo cambiará. Ni una cena. Ni
tocar la guitarra con Harry. Ni almorzar y ver una película.
Y esto apesta porque realmente me gusta Flint Hopkins. Pero lo que apesta
aún más… este contrato de alquiler y el aviso de desalojo son mi proverbial copa
de vino que quedó en la mesa. Es mi desencadenante y los desencadenantes duelen
como el infierno.
—Te llevaré a casa y mañana haré que Amanda te haga un cheque para
cubrir los gastos de señalización y tarjetas de presentación. 174
Miro su pecho. Ni siquiera puedo mirarlo a los ojos.
—No quiero tu dinero y no quiero que me lleves a casa.
—Ellen, hace frío. Solo entra.
Niego con la cabeza mientras camino de regreso al restaurante. Llamaré a
un taxi o caminaré, pero no me subiré a su auto porque solo necesito un momento
muy largo para recuperar el equilibrio.
Es un poco tarde para una ruptura limpia, pero tomo un taxi a casa, agarro
algunas cajas y conduzco hasta la oficina en busca de algo parecido a un cierre. El
estacionamiento está vacío en domingo por la tarde, así que me estaciono justo en
frente de la puerta para que sea más fácil sacar mis cosas.
Después de empacar las cajas y desarmar mi escritorio no tan elegante,
llamo a mis clientes agendados para la semana y los reprogramo, les hago saber
que los contactaré pronto con la nueva dirección. Si no encuentro un nuevo lugar
antes del fin de semana, haré visitas a domicilio. Papá estará orgulloso.
Mi teléfono suena. No reconozco el número, está fuera del área.
—Ellen Rodgers —respondo.
—Ellen, soy Lori Willet, la vecina de tu papá.
—Hola. —Pego la última caja con cinta adhesiva.
—Forrest encontró a tu papá desmayado en el patio, justo se acaba de ir con
él en la ambulancia. Nosotros también vamos de camino. Te haré saber más tan
pronto como lleguemos.
Las lágrimas pinchan mis ojos mientras me tapo la boca.
—Cariño, ¿sigues ahí?
—D-desmayado o…
—Aún respira, simplemente no responde.
—Está bien… um, estaré ahí tan pronto como pueda. Llámame cuando
sepas más. 175
—Lo haremos. Viaja con cuidado. Estamos orando por él.
Mi teléfono cae de mis manos temblorosas. Lo agarro y me limpio más
lágrimas mientras abro el número de Abigail Hamilton en mi teléfono.
—¿Hola?
—Abigail… —Me aclaro la garganta y trago el torrente de emociones—.
Soy Ellen, necesito un gran favor.
—¿Qué pasa, querida?
—Llevarán a mi papá al hospital. —Tiemblo con sollozos silenciosos.
—Lo siento. ¿Qué pasó?
—No lo sé. El vecino lo encontró inconsciente en el patio. Necesito subirme
a un avión.
—Oh… ¿quieres que te reserve un vuelo?
Aprieto el puente de mi nariz.
—No, yo… necesito que me des algo para poder subirme al avión.
—No entiendo… oh Dios, ¿tienes miedo de volar?
Muerdo mis temblorosos labios y asiento.
—¿Ellen?
—Sí —susurro más allá del nudo en mi garganta—. Mi mamá… —Esto
duele tanto—… ella um… murió en un accidente de avión.
—Ellen, no lo sabía. Yo… yo… ¿dónde estás?
—En mi oficina. Mi auto está aquí.
—Quédate ahí. Iremos a buscarte. Ni siquiera quiero que intentes conducir
a casa. Quédate allí, ¿de acuerdo?
Asiento, incapaz de encontrar otra palabra antes de presionar «Finalizar».
176
—Me duele la espalda con solo verte. —Martin Hamilton se ríe, apoyado
en la cerca entre nuestros patios.
Cuando volví de mi desastre de cita, me cambié a mi ropa vieja y me puse
a trabajar cortando mis plantas para el invierno. Cualquier cosa para evitar las
preguntas que sé que Harrison tendrá una vez que aleje la cabeza de su teléfono el
tiempo suficiente para darse cuenta de que estoy en casa. Ni siquiera me había ido
una hora entera. Tiene que ser un récord para la cita más corta de la historia.
—Aún no me importa. Supongo que podría hacerlo en unos años.
—No, aún eres un chico joven. Estoy seguro de que te quedan más de unos
pocos años de trabajo agotador.
—¿Martin? —grita Abigail mientras corre hacia la cerca. 177
—Oh Dios… —se queja—. Debo estar en problemas por algo.
—Martin, necesito que me lleves al edificio de oficinas de Flint.
Me siento sobre mis talones, sacudiendo la tierra de mis piernas.
—No hay nadie allí los domingos —digo, entrecerrando los ojos un poco
en confusión.
Niega con la cabeza.
—Ellen está ahí. No quiero que conduzca a casa. Su papá está en el hospital.
Necesito ver si puedo ayudarla a subir a un avión.
—¿Reservarle un vuelo? Puedo hacer eso, tengo… —comienza a decir
Martin.
—No. —Abigail niega con la cabeza, con una punzada leve de dolor en su
expresión—. Su madre murió en un accidente aéreo. Voy a tener que darle algo
realmente fuerte para que pueda subir al avión.
Maldita sea.
Me quito los guantes.
—Abby, no puedes sedarla y llevarla sola a un vuelo comercial. ¿Vas con
ella? —pregunta Martin.
—Estoy de guardia. Encontraré algo para ella, pero por ahora, tengo que ir
a buscarla.
—Yo me encargo. —Me pongo de pie.
Martin y Abigail me miran fijamente.
—¿Te encargarás de qué? —pregunta Abigail.
—Todo. —Me doy la vuelta y me dirijo hacia la casa.
No dicen una palabra más porque saben por experiencia personal que
cuando digo que me encargaré de algo, me encargo. Sin preguntas. Sin dudarlo.
—Jefe —contesta Amanda al teléfono en el primer timbre.
—Necesito dos días. Y necesito que vengas a buscar a Harry. Le diré que
haga las maletas.
—¿Qué…?
—Y necesito que no hagas preguntas. 178
—Estaré allí dentro de una hora.
De camino a las escaleras, le arrebato el teléfono a Harrison.
—¡Oye! —Me persigue por las escaleras.
—Necesito sesenta segundos de tu total atención. —Continúo hasta mi
habitación para poner algo de ropa en una bolsa.
—Bien. ¿Qué? —Se deja caer en mi cama.
—El papá de Ellen está en el hospital. La llevaré a verlo. Me iré por dos
días. Amanda viene a buscarte. Empaca lo suficiente para dos días. No olvides
ropa interior limpia.
Sabe cómo funciona. Ella lo ha cuidado por mí varias veces antes cuando
tuve otras emergencias de las que encargarme.
—¿Va a morir?
—No lo sé.
—¿Por qué la llevas?
—Porque tengo conexiones y necesita ayuda especial para llegar allí. —Le
entrego su teléfono, le doy la palmadita en la nuca y le beso la frente—. Sé bueno.
Te amo.
Lori me llama. El hospital no le dijo nada porque no es familiar, así que los
llamo. Fue un derrame cerebral. Aún están intentando averiguar la causa, y aún no
saben si necesitará cirugía.
Me siento entumecida en todas partes excepto en mi estómago. Allí, siento
náuseas dolorosamente fuertes.
¿Cómo pasé de tener todo a no tener nada? Tenía dos padres que me
amaban, que se amaban. Tenía un esposo que me adoraba. Teníamos un círculo
estrecho de amigos. Éramos aventureros. Vivía un sueño más grandioso de lo que
la mayoría se atreve a soñar. Lo perdí todo en veinticuatro meses, excepto mi papá.
Después de dos años que casi me rompieron como persona, esposa y amiga, 179
le di a Alex su divorcio, cargué un camión de mudanza, y manejé hasta Minnesota
durante tres días.
Sin amigos.
Sin familia.
Solo una oferta de trabajo en un hospital.
Está bien. No pensé que necesitaba a nadie hasta hoy, cuando la vida me
pateó el trasero y me di cuenta de que lo mejor que podía encontrar era una colega
que pudiera escribirme una receta.
La puerta del ascensor suena. Me limpio los ojos hinchados, agarro mi bolso
y me lo cuelgo del hombro. Me detengo de golpe cuando Flint aparece en mi
puerta.
Echo un vistazo a mi teléfono. ¿Dónde está ella?
Manteniendo la cabeza gacha para que no tenga que mirar mis ojos
inyectados en sangre, murmuro:
—Pensé que eras Abigail.
Por favor, vete. Por favor, vete. Por favor. Por favor. Por favor.
Sus zapatos aparecen a unos centímetros de los míos.
—Ella te envió —susurro.
—No. Yo me envié.
—¿Por qué? —Quiero mirarlo, pero no puedo.
—Porque necesitas llegar a Massachusetts rápidamente y puedo hacerlo por
ti.
—No necesito un héroe. —Paso junto a él, tomando las escaleras hasta el
nivel principal con él justo detrás. Las lágrimas vienen en oleadas implacables a
medida que corro hacia las puertas de entrada. No sé de qué estoy huyendo.
¿Flint?
¿Miedo a subirme a un avión?
¿Miedo a perder a mi padre antes de que pueda volver a verlo?
Mientras empujo a través de la puerta principal, un sollozo ahogado se
libera, seguido de dos brazos alrededor de mi cintura. Flint me vuelve hacia él. Mis
rodillas se doblan, y él me levanta como a una niña. Envuelvo mis brazos alrededor
de su cuello y me ahogo en dolor y miedo.
180
Con largos pasos controlados me lleva adelante. No me suelto, ni siquiera
cuando me sube a la parte trasera de un vehículo. Empieza a moverse, pero aún me
sostiene. No sé quién conduce. No me importa
—Abre la boca —dice.
Hipo con mis sollozos a medida que abro los ojos que ya están hinchados
hasta el punto del dolor.
—¿Por qué? —Antes de que pueda objetar, me mete un gotero en la boca—
. ¡Qué asco!
Apoya mi cabeza en su cuello y frota mi espalda.
Flint me obliga a tragar este líquido desagradable tres veces más antes de
que el vehículo se detenga. Estoy cansada… o muerta. No lo sé, pero me siento
aún más entumecida que antes, y sin vida, pero puedo escuchar voces, simplemente
no comprendo lo que están diciendo. Cuando abro los ojos parpadeando
lentamente, veo a algunas personas, un espacio muy abierto y… un avión pequeño.
El pánico intenta apoderarse de mi cuerpo, pero todo parece lento para reaccionar.
Justo cuando empiezo a moverme en protesta, Flint empuja más de esa
mierda desagradable por mi garganta y algo así como unas orejeras presionan mis
oídos. Ecos amortiguados y… lo único que escucho es Nocturne No. 2 de Chopin
en Mi bemol mayor. Cierro mis ojos. Mis dedos sienten el marfil debajo de ellos.
Es tan hermoso… como si estoy bailando… ingrávida… y ahí es cuando veo a
papá. Una cinta métrica le cubría el cuello.
—Elle, tráeme mis alfileres, por favor.
Le entrego el cojín azul y giro en círculos con mi cabello rojo flotando
detrás de mí mientras Chopin suena desde el tocadiscos. El caballero al que le
ponen un traje me sonríe en el espejo.
—Va a romper el corazón de todos los chicos —le dice a mi papá.
—Lo hará, es justo… como su madre.
—Voy a casarme con mi príncipe, papi.
—Solo si lo considero digno, mi princesita.
Doy algunas vueltas más.
—Papi, voy a tocar música.
—Lo sé, querida.
Me detengo y miro a papá ajustar un poco el traje del hombre en cierta
dirección, haciendo una marca en un lugar, sujetando el material en otro lugar. 181
Amo ver a mi papá, y amo ver a los hombres en el espejo sonreírme y sonreír con
admiración por los trajes que mi papá les hace.
—Ellen…
Chopin. ¿Por qué se detuvo Chopin?
—Ellen…
Entreabro los ojos.
—Bebe esto.
Flint me levanta de su regazo y me abrocha el cinturón de seguridad.
—Toma. —Me entrega una botella de jugo.
Miro por la ventana del vehículo, al principio sin reconocer mucho en la
oscuridad, pero luego pasan algunos edificios familiares y sé dónde estamos:
Falmouth, Massachusetts.
—Oh, Dios mío. ¿Cómo llegué aquí?
—Terapia musical. —Flint me da una sonrisa pequeña. Niego con la cabeza.
Se encoge de hombros, mirando la carretera por la ventana.
—Es posible que haya habido algunas hierbas medicinales involucradas.
Me drogó. Recuerdo haber visto ese avión pequeño… no, diminuto. No
importa. La realidad de toda esta situación vuelve a filtrarse en mi mente. Mi
papá…
—Bebe. —Flint asiente al jugo.
Desenroscando la tapa, me lo bebo.
No espero a que el vehículo se detenga por completo antes de saltar con un
bamboleo ligero en las piernas y correr hacia la entrada de emergencia.
—Jonathan Anderson.
Necesito un número de habitación. La unidad de ictus. Cualquier otra cosa
que no sea esa mirada, la seguida de «ella hará que un médico venga a hablar
conmigo». He estado con familias que tienen esa mirada, consiguen esa diversión.
Solo significa una cosa.
La enfermera me da un número de habitación.
Gracias, Dios.
Son más de las ocho de la noche. La enfermera busca un médico para que
me informe antes de que me dejen verlo. Él está dormido. Me lo esperaba. Pero
está vivo. 182
—No puedes dejarme, viejo. —Me rio con lágrimas deslizándose por mis
mejillas mientras tomo su mano en la mía—. Iba a venir a verte. No tenías que
sufrir un derrame cerebral. —Más lágrimas—. Te amo. Te necesito. Si me dejas…
—Eso es todo lo que logro decir. Duele demasiado, pero sé que él lo sabe. Nunca
dejamos que nuestras emociones queden sin expresarse.
—Mi querida niña, las palabras «te amo» solo lastiman a las personas que
se niegan a liberarlas. Así que, dilo cuando lo sientas.
—Pero, papá, ¿y si no lo digo en serio?
—Los sentimientos son nuestra mayor brújula. Siempre te llevarán a la
verdad.
—Papá, tengo miedo de la verdad —le susurro.
Cuando la enfermera regresa para revisar sus signos vitales, salgo a la sala
de espera. No sé si Flint está ahí. Tal vez me llevó a Massachusetts y se dio la
vuelta para volar a casa. En la historia de los días largos, este es el número tres. El
primero fue la caída del avión de mi madre. El segundo fue el día en que Alex
desapareció después de la avalancha. Necesito que este resultado sea mejor.
Aún está aquí.
Me detengo en la entrada de la sala de espera. Flint está apoyado contra la
pared junto a una ventana, enfocado en la pantalla de su teléfono. Es un desastre:
su cabello se ha rendido con el gel, su camisa de manga larga está arrugada y medio
desabrochada. Creo que hay un agujero en sus pantalones, y está usando las
mismas zapatillas que tenía el día que nos dejamos llevar en su invernadero.
Pero… está aquí.
Y como si supiera que estoy parada aquí mirándolo, levanta la vista.
Intento reunir algo parecido a la compostura y la gratitud, pero es muy
difícil de hacer cuando mi corazón espera permiso para volver a latir: hasta que mi
padre se despierte.
—Gracias. —Trago pesado y froto mis labios. Están salados por estar
bañados en lágrimas todo el día—. Eso es realmente inapropiado. —Gruño una
risa dolorosa—. No recuerdo todo, pero estoy bastante segura de que me subiste a
un jet privado. No sé cómo lo hiciste. —Niego con la cabeza—. Pero «gracias» se
siente tan patético.
Con las cejas tensas como si sufriera su propio dolor, asiente lentamente.
—¿Cómo está tu padre?
—Dormido. Fue un derrame cerebral. Sabrán más en las próximas 183
veinticuatro horas, pero no necesita cirugía. Podría irse a casa en una semana.
—Eso es bueno, ¿verdad?
—Sí. Aún no está fuera de peligro. Pero… —Asiento hacia el pasillo de su
habitación—. Me quedaré esta noche aquí. Así que… —Me encojo de hombros—
… eres libre. Encontraré una manera de llegar a casa. Soy buena con los trenes y
los autos de alquiler. Empaqué mis cosas en cajas en tu oficina. Llamaré a alguien
por la mañana para sacarlas de tu edificio y devolver mi auto a mi apartamento.
—Deberías comer algo.
Niego con la cabeza.
—Lo haré, pero no hasta mañana.
—¿Ellen?
Me doy la vuelta.
—Lori. —Sonrío antes de volverme hacia Flint—. De nuevo, un inmenso e
inapropiado agradecimiento. Dile a Harry que lamento haberte alejado hoy. —
Descanso mi mano en su brazo—. Que tengas un buen vuelo a casa.
Cuando me doy la vuelta, Lori me acerca para abrazarme. Por encima de su
hombro, veo a Flint marcharse.
Debí haberme mudado de su oficina el día que me pidió que me fuera. Pero
me gustaba estar allí, y él me gustaba.
Consigo una habitación de hotel, me ducho y hago algunas llamadas. A la
una de la madrugada, aún no puedo dormir, así que vuelvo al hospital.
Ellen está en la habitación de su padre, pero siento la necesidad de estar
cerca de ella en caso de que necesite… algo. Esa comprensión me da más de un
momento de pausa en mi vida. ¿Estoy aquí porque puede necesitarme o porque yo
puedo necesitarla?
Hay algo parecido a un sofá en la sala de espera; básicamente son tres sillas
conectadas sin reposabrazos que las separen. Lo hago funcionar, usando mi 184
chaqueta como almohada. Las enfermeras pasan con sus recambios de café. Una
de las luces fluorescentes en la distancia parpadea cada pocos segundos. Solo es
un lugar inquietante para estar: el olor acre de los desinfectantes, la llamada
ocasional por un intercomunicador y, de vez en cuando, el tintineo de las puertas
del ascensor.
A las tres de la mañana, mis párpados comienzan a sentirse pesados. Una
figura esbelta se mueve en el pasillo. No puedo ver más allá de las sombras, pero
reconozco el cabello desordenado. Sus pies se arrastran por el suelo, deteniéndose
cada par de pasos para girar su cuerpo en una dirección y luego en la otra antes de
estirar los brazos por encima de la cabeza e inclinarse de lado a lado, dando más
pasos hacia la sala de espera.
Justo cuando su rostro sale a la luz, se detiene y me mira. Su mano cubre su
boca durante unos segundos.
Me siento con facilidad, inclinándome hacia adelante con los codos
apoyados en las rodillas a medida que me froto la fatiga de la cara. Cuando levanto
la vista, ella aún está allí, congelada en su lugar. Moviendo mi dedo hacia ella dos
veces, mueve un pie vacilante delante del otro, alejando la mano de su boca.
Tomando su mano, presiono mis labios contra el interior de su muñeca.
Toma un suspiro tembloroso.
—Deberías irte —susurra.
—¿Por qué? —Miro hacia arriba, mis labios aun saboreando el calor de su
piel.
—Porque si no lo haces, me voy a enamorar de ti.
Nos miramos sin pestañear el uno al otro durante unos segundos. Mi otra
mano serpentea alrededor de su cintura, acercándola. Ella se acomoda en mi
regazo, sentándose a horcajadas sobre mí con sus rodillas. Paso mis manos por su
cabello.
—Me arriesgaré. —La beso. Desliza sus brazos alrededor de mi cuello y
tararea, deslizando sus labios desde mi boca hasta mi mandíbula y bajando por mi
cuello hasta acomodarse en el hueco y soltar un suspiro de satisfacción. Cierro los
ojos y la dejo tararearme una canción de cuna.
185
Me alejo de un Flint durmiendo, busco un poco de café en la cafetería, y
veo cómo está mi padre. Está dormido. Es posible que duerma todo el día. No hay
dos casos de derrames cerebrales iguales. La enfermera no espera que el médico
lo revise hasta dentro de un par de horas.
Mi teléfono tiene poca batería, yo tengo poca batería. Necesito una ducha,
comida y un cepillo de dientes. Demonios, necesito ropa y ropa interior limpia. El
plan original era que Abigail me llevara a casa a empacar. Flint debe haber pensado
que la mejor oportunidad de subirme a un avión era drogarme en el auto y hacerme
volar sin dudarlo.
—¿Puedes llamarme si se despierta antes de que yo regrese o si el médico
llega temprano? —pregunto a la enfermera, entregándole mi tarjeta personal.
186
Ella asiente y sonríe.
Son poco antes de las seis de la mañana, las cinco de la mañana en
Minnesota. Necesito encontrar ayuda con mis bebés. Pronto necesitarán comida y
agua, pero no quiero llamar a nadie tan temprano.
La sala de espera está vacía, sin Flint Hopkins a la vista. Quizás fue a tomar
un café. Quizás dije demasiado y se fue. No me arrepiento de nada. Seguí el sabio
consejo de mi padre y le dije a Flint cómo me sentía. Así que, si no puede soportar
que me enamore de él, será mejor que corra.
Antes de que mi teléfono muera por completo, le envío un mensaje de texto.
Yo: Salí a buscar una ducha y comida rápida. ¿Dónde estás? Si estás a
medio camino de Minnesota, gracias de nuevo.
Presiono el botón del ascensor.
—En el baño al final del pasillo. —Sonrío ante la voz detrás de mí—. No a
medio camino de Minnesota —termina como si es una suposición absurda.
Me vuelvo y me encojo de hombros.
—No te culparía.
Se abren las puertas del ascensor. Flint toma mi mano y me lleva hacia él.
Me gusta lo pequeña que se siente mi mano en la suya. Me gusta que quiera
sostenerla incluso mientras sostiene y se desplaza por la pantalla de su teléfono
con la otra mano.
—Tienes gente que depende de ti, así que sé que no puedes quedarte.
Deberías ir a casa.
Mantiene sus ojos en su pantalla.
—Siento que estás intentando deshacerte de mí.
—Siento que te has apiadado de mí.
—Difícilmente. —Flint me saca del ascensor.
—Tomemos un taxi hasta la casa de papá. Luego podemos tomar su auto
para buscarme algunas mudas de ropa y algunos artículos de tocador.
—Ese sedán rojo es mío. —Señala el auto que está enfrente.
—¿Tuyo?
—Bueno, un alquiler. —Me abre la puerta—. Te conseguiremos algo de
ropa y volveremos al hotel ya que está cerca, a menos que quieras o necesites ir a
la casa de tu padre ahora mismo. —Niego con la cabeza.
Llegamos en una hora al hotel con algunas cosas necesarias y comida para
llevar, a pesar de la oferta de Flint de llevarme a un lugar mejor para comer. Solo 187
quiero ducharme y volver al hospital.
—Voy a meterme en la ducha —digo después de comerme la mitad de mi
sándwich—. Ah… —Me vuelvo justo ante la puerta del baño—… intenté enviarle
un mensaje a mi casero, así que si mi teléfono suena, ¿puedes contestarlo? El
hospital también podría llamar.
—Por supuesto. ¿Por qué le enviaste un mensaje a tu casero?
—Necesito que deje entrar a alguien para alimentar a mis ratas.
—Me encargué de eso. —Se sienta contra la cabecera de la cama.
—¿Qué significa eso?
—Amanda llevará a Harrison para alimentar, darles agua y jugar con tus
ratas después de la escuela.
—Ella no tiene llave.
Me da una sonrisa tensa.
—Lo sé. Si tu casero devuelve la llamada, puede ayudarlos a entrar.
Niego con la cabeza.
—No sabías que llamé a mi casero. ¿Cómo iban a entrar antes de que te
mencionara esto hace un momento?
—Un amigo mío los iba a hacer entrar.
—¿Forzar la cerradura?
—Algo por el estilo.
Me quedo inmóvil, un poco sorprendida.
—Yo… no sé si debería estar agradecida o enojada.
—Vayamos con agradecida. —Levanta la vista de su teléfono, frunce el
ceño, luciendo esperanzado de que elija la primera opción.
Niego la cabeza una vez más y arrastro mi culo cansado a la ducha.
188
Papá despierta hoy por menos de veinte minutos. Las lesiones cerebrales
requieren mucho sueño para sanar. Lo sé, pero es difícil dejar que lo que sé aleje
el miedo. Sé que la posibilidad de morir en un accidente aéreo es mucho menor
que morir en un accidente automovilístico, pero ninguna cantidad de conocimiento
aliviará ese miedo. Estoy segura de que al menos una persona en el avión con mi
madre pensó:
—¿Cuáles son las posibilidades de que este avión se caiga?
Es entre uno en cinco millones y uno en once millones; sí, he investigado y
me obsesioné con esto durante años. Las posibilidades de ser alcanzado por un
rayo son mucho mayores, pero no siempre me quedo en casa cuando llueve. Lo
haría, si mi madre hubiera muerto por un rayo.
Salgo de la habitación de papá a las siete. Abrió los ojos. Me reconoció. Eso
es una bendición. Su incapacidad para hablar me rompe el corazón, pero sabía que
probablemente tendría algunos problemas para hablar por ahora. Aun así, verlo
luchar me desgarró un poco el corazón.
—¿Sigues aquí?
Flint levanta la vista de una revista, no de su teléfono. Es un espectáculo
extraño, especialmente porque es una revista de chismes.
—¿De verdad pensaste que me iría sin decírtelo?
Me siento a su lado. Apoya su mano en mi pierna y se inclina hacia mí,
besando un lado de mi cabeza.
—Lo siento, habría salido antes, pero seguí esperando que despertara de
nuevo.
—Dijiste que el doctor dijo…
—Lo sé, lo sé… necesita dormir. Soy como una madre que quiere despertar
a su recién nacido cada hora para comprobar su pulso.
—Bueno, ahora que estás aquí, te diré que me voy mañana.
—¿En jet privado? —Le guiño un ojo.
—Nop. Solo pido ese favor para otros. Para mí, solo en aerolínea comercial.
—¿Primera clase?
—¿Por qué te interesa tanto el estatus de mi vuelo?
Desenredo los nudos pasando mis dedos por mi cabello. Ha sido otro día
largo, y se me nota.
—Tú me interesas. Me parece que eres una criatura fascinante. Me gusta
estudiar tus hábitos, tu idiosincrasia. 189
—Creo que estás delirando por la falta de sueño. No tengo idiosincrasias.
—¿Delirando? No. ¿Falta de sueño? Absolutamente. Y no me hagas
empezar con tus idiosincrasias. —Me pongo de pie—. Los padres de mi papá
estarán aquí mañana. Quiero ir a comprobar su casa. Limpiarla si es necesario.
—Vaya, sus dos padres aún están vivos. ¿Dónde viven?
Extiendo mi mano. Él la toma. Y durante este momento breve entre
respiraciones, mi mundo se detiene lo suficiente para pensar en mis abuelos y la
forma en que todavía se dan la mano. Recuerdo que mi padre siempre buscaba la
mano de mi madre como si fuera solo este instinto que tenía, una necesidad
intrínseca que nunca se desvaneció con el tiempo.
—Viven en New Haven, pero han estado fuera de la ciudad. Anoche
llegaron a casa. Ni siquiera pude contactarlos hasta esta mañana. —Se pone de pie
y gira nuestras manos de modo que nuestros dedos se entrelacen.
Alex rara vez tomaba mi mano. No era muy táctil. ¿Durante el sexo? Sí.
Cualquier otra cosa, no. Me pregunto si perder sus manos ha puesto en perspectiva
cosas tan simples como esta. Siempre persiguió la próxima aventura, temiendo no
conquistar el mundo antes de perder su juventud. Pero a veces… olvidamos que
las mejores experiencias que tenemos como seres humanos son entre nosotros.
—Vamos a cenar y te llevaré a la casa de tu padre.
—Suena perfecto. Gracias.
—Deberías pedir una copa de vino.
Flint me echa un vistazo por encima de su menú.
—Hace menos de cuarenta y ocho horas tuvimos una larga discusión
violenta en el estacionamiento de un restaurante. Ni siquiera nos sirvieron agua
antes de que te marcharas. No empieces esto conmigo. No estoy de humor.
Le doy una mirada juguetona. En realidad, no quiero volver a examinar sus
problemas o los míos en este momento.
—Solo estoy sugiriendo que podría venirte bien una copa de vino para 190
relajarte después del estrés que has pasado.
—Gracias, pero estoy bien. De verdad.
Se encoge de hombros y vuelve a estudiar su menú.
—¿Peleabas muy a menudo con tu esposa? —Dejo mi menú al final de la
mesa.
Flint tuerce los labios, sus ojos echando un vistazo rápido al menú. Pone el
suyo sobre el mío y exhala lentamente por la nariz.
—Por supuesto. Generalmente por mi forma de beber. Pero a veces
discutíamos por cosas estúpidas.
Asiento.
—Alex y yo nunca peleábamos, no hasta su accidente. —Me rio—. Quería
pelear. A veces me enojaba mucho, pero se alejaba o rechazaba todos mis intentos
de argumentar o «discutir» con un simple «lo que sea».
Sonrío.
—Estabas tan enojado cuando saliste del restaurante sin mí. Y cuando te
perseguí, esperaba que te subieras a tu auto y te marcharas. Pero… perdiste la
calma. Te metiste en mi cara. Y por un momento no supe cómo responder a alguien
que estaba dando tanta importancia a pelear. Luego te fuiste, y sentí que habíamos
terminado antes de que en realidad tuviéramos la oportunidad de empezar, pero
sabía que te importaba. Te importaba lo suficiente como para enojarte de esa
forma.
Flint sorbe su agua, observándome. ¿Se está preguntando si, de hecho, le
importa una mierda?
—¿Cómo conociste a Alex?
Justo cuando voy a hablar, nuestro camarero vuelve por nuestro pedido.
Después de dárselo, me quito la chaqueta y vacilo a negarme a una copa de vino.
Hablar de Alex es una conversación que requiere al menos una copa de vino, si no
una botella entera de vodka.
—Alex y yo nos conocimos en la escuela secundaria.
—¿Novios de secundaria? —Flint me lanza una ceja enarcada de sorpresa.
—Sí.
—Eso es… dulce. —Sonríe.
—Sí, tan dulce. Él era dulce. Y extrovertido. Y todos lo amaban. Era
divertido y aventurero. Cuando me pidió que me casara con él durante nuestro
primer año de universidad, supe que nuestra vida sería la más grandiosa de todas 191
las aventuras.
Flint asiente.
—¿Y lo fue?
Tamborileo mis uñas sobre la mesa.
—Sí. —Encuentro una sonrisa pequeña para compartir a pesar del dolor—.
No me arrepiento de nada. Si tuviera que hacerlo otra vez, sabiendo el resultado,
lo haría en un santiamén. —Me rio, negando con la cabeza—. Vaya… nunca he
dicho eso en voz alta. No estoy segura de haber tenido esos pensamientos exactos
hasta ahora.
—¿Cómo terminó?
Gruño.
—Trágicamente. Intentó conquistar una montaña, pero la montaña ganó. Él
y su amigo quedaron atrapados en los escombros de una avalancha. Alex salió,
pero decidió regresar y buscar a su amigo. Para cuando lo encontró, su amigo
estaba muerto y Alex tenía una congelación severa. Tuvieron que quitarle parte de
las manos. Lo dejó con un pulgar en una mano y dos dedos en la otra.
—Lo siento. —Frunce el ceño.
—Yo también. Es interesante cómo nuestra autoestima depende tanto de
nuestras capacidades; qué poca confianza proviene de adentro. Y no lo digo en
absoluto de manera crítica. Digo eso porque vi morir el espíritu de mi esposo,
dejando atrás a un hombre que no conozco. Y me golpeó bastante fuerte porque
pensé que si le podía pasar a él, me podía pasar a mí.
»¿Cómo me afectaría si alguien me cortara las manos? Y no solo la parte
física. ¿Cómo me vería a mí misma? ¿Mi propósito? ¿Mis sueños? ¿Puedo ser
buena en mi trabajo sin manos? ¿Puedo ser un buen amigo que ayude a alguien a
mudarse a su apartamento nuevo si no tengo manos? ¿Puedo ser una amante para
mi esposo si no tengo manos? Entonces, esos sagrados votos matrimoniales,
«¿Hasta que la muerte los separe?» Son un poco más complicados que eso. Amaré
a Alex hasta que muera, así que en ese sentido, he cumplido mi promesa. En la
salud y la enfermedad es donde se vuelve complicado.
—Así que, ¿te fuiste?
—No. —Me rio, pero en realidad es la risa más dolorosa de todas—. Me
quedé por dos años. Me habría quedado por el «hasta que la muerte nos separe»,
pero él no me quería allí. Era un recordatorio de lo que él era, lo que perdió y lo
que nunca sería. No quería que lo tocara. Ni un beso. Ni una mano acariciando su
cabello. Eventualmente, incluso una sonrisa lo enojaba. La depresión se convirtió
en abuso verbal. Soporté todos los latigazos duros de sus palabras, y rebotaron en 192
este escudo protector que había construido a mi alrededor, esperando que mi Alex
regresara a mí.
—¿Los papeles de divorcio?
—Sí. Nada menos que en nuestro aniversario. Tengo que reconocerlo,
siempre ha sido un poco poético eligiendo el momento oportuno. En nuestro
primer aniversario después del accidente, vimos el video de nuestra boda. Me pidió
que fuera a buscar su anillo de matrimonio y, antes de que pudiera reaccionar, dijo:
«Ah, es cierto. No tengo un maldito dedo para ponérmelo. Quizás entre alrededor
de mi pene. Estoy bastante seguro de que está atrofiado por falta de uso». Así que,
me entregó los papeles en nuestro segundo aniversario y dos días después, cuando
me negué a firmarlos, un amigo vino a ayudarlo a arrojar todas mis cosas al jardín.
Se estremece.
—¿Los firmaste?
—¡Ja! Odio que tengas que preguntar eso, pero sé que has visto mi lado
obstinado. Sí, los firmé.
—¿Y te estaba llamando la semana pasada?
—Sí. Lo ha intentado varias veces. No voy a hablar con él. Todas las
horribles cosas crueles que me dijo finalmente se asentaron en mi conciencia y en
mi corazón después de mudarme a Minnesota. No le debo nada. Sus padres aún
viven por aquí. Creo que mi papá aún toma café una vez al mes con su padre. Si
Alex tuviera una emergencia, mi padre me habría llamado.
—Tal vez quiere que vuelvas.
—Tal vez solo necesita un saco de boxeo verbal.
El camarero trae nuestra comida, y no volvemos a hablar de Alex.
—¿Creciste en esta casa? —pregunto, entrando en el camino de entrada de
la casa de dos pisos frente al mar con un porche envolvente. Es una gran casa, y
está lejos de ser barata.
193
—No. Vivíamos en Providence. —Ella sale—. Brr… —Trota hacia el
porche, intentando abrir la puerta—. Por supuesto que está bloqueada. Vamos…
Nos abrimos paso hacia la parte de atrás, las luces de una hilera de casas se
reflejan en el agua.
—¿Cómo diablos se desmayó en el patio, pero todas las puertas de la casa
están bloqueadas? Apostaría a que se encerró a sí mismo. —Ellen tira de la puerta.
—¿No podemos entrar? —pregunto.
—Toma. —Me entrega su bolso—. No. —Inclinándose a cuatro patas, se
arrastra a través de una puerta para perros.
Me rio, sacudiendo la cabeza. La luz del porche se enciende, y abre la
puerta.
—¿Dónde está el perro?
—Estará mañana aquí. Es el perro de mis abuelos.
—Esta es toda una casa de retiro para un sastre. —Entro en una gran cocina
de madera de cerezo, granito blanco y acero inoxidable.
Ellen enciende algunas luces más.
—Ha estado en la familia de mi padre durante tres generaciones. Después
de la muerte de mamá, se mudó aquí para renovarla… y pescar. —Sonríe,
quitándose la chaqueta—. Mis abuelos se quedan aquí la mayor parte del verano.
Aquí es donde pasé mis veranos cuando era más joven. Pero para responder a tu
pregunta candente, mi bisabuela era hija de un hombre rico que resultó ser dueño
de una gran cantidad de tierras, de las que eran ricas en petróleo. Ella y mi
bisabuelo se mudaron de Oklahoma a Providence. Poco después del nacimiento de
mi abuelo, construyeron esta casa.
La sigo por el nivel principal de pisos de madera en expansión debajo de
alfombras orientales dispersas. Enciende la luz del dormitorio principal. Luce
inmaculado.
—Me pregunto por qué te preocupaba. Este lugar parece impecable.
—Lori… —murmura, asomando la cabeza en el baño contiguo—. Ella y
Forrest vigilan a papá. Apuesto a que hoy lo ordenó. Espero que no se haya cruzado
con sus revistas de chicas desnudas. —Alzo una ceja con curiosidad.
Ellen se encoge de hombros.
—Es hombre. ¿Acaso no a todos los hombres heterosexuales les gusta mirar
mujeres desnudas? —Se acerca a mí de la manera que esperaba, tal vez incluso
necesitaba.
No tengo corbata, pero encontrará algo en mí que requiera sus pequeños 194
ajustes.
—No he asumido el papel de portavoz de todos los hombres heterosexuales,
así que voy a negarme a comentar.
Comienza con mi cuello, asegurándose de que esté doblado bien… luego
sus manos se deslizan por mi camisa.
—Lo reformularé, consejero. ¿Te gusta mirar mujeres desnudas?
Sus manos se deslizan alrededor de mi cintura y se adentran en los bolsillos
traseros de mis jeans, dejando sus senos presionados contra mi pecho.
—Estás sonriendo. —Me da una mirada que es juguetona y desafiante a la
vez—. Lo tomaré como un sí.
Mis manos permanecen inactivas a mis costados. Si la toco, no podré
detenerme. Y por más increíblemente sexy que es cuando se mete conmigo, se
burla de mí, puedo ver el desgaste de los últimos dos días en su postura caída y
ojos cansados.
—Estoy imaginándote desnuda, es por eso que estoy sonriendo.
Se chupa el labio superior, haciendo que su labio inferior parezca un
puchero.
—Y ahora me voy para que puedas dormir un poco.
Su cabeza se inclina hacia atrás.
—¿Te vas? ¿No vas a quedarte?
—Mis cosas están en el hotel, y vuelo a las seis de la mañana en una
aerolínea comercial, lo que significa que tendré que estar en el aeropuerto a las
cuatro y media o antes.
Dando un pequeño paso atrás, sus manos se deslizan fuera de mis bolsillos.
—Tienes razón. —Sacude la cabeza con los ojos cerrados—. No estoy
pensando. Claramente necesito dormir.
195
No quiero que se vaya, pero no puedo pedirle que se quede. Por todo lo que
ha dicho o hecho que me ha molestado, incluyendo el desalojo, lo ha compensado
con creces al traerme aquí y quedarse dos días.
—¿Necesitas algo más antes de que vuele a casa por la mañana?
—Estoy bien. —A ti. Te necesito antes de que te vayas. Y me temo que te
necesitaré después de que te vayas. Pero esos no son mis mayores miedos.
Cierro los ojos a media que acuna mi cabeza. Lo hace con tanta ternura,
pero hay una fuerza feroz en sus manos que hace que cada vez que lo hace se siente
urgente, importante, como si está a segundos de decirme algo que cambiará mi
vida.
—Llámame si necesitas algo. ¿De acuerdo? 196
Asiento, cerrando los ojos porque aquí vienen las lágrimas. ¡Jódanse,
lágrimas! No fueron invitadas a esta fiesta de despedida.
Mis manos cubren las suyas mientras contengo los sollozos. Las borra con
los pulgares y me besa en la frente.
—Elle, ¿por qué las lágrimas?
Elle. No me llames Elle ahora mismo. Ellen. Señorita Rodgers. Inquilina
molesta. O incluso Siete. Pero Elle se siente demasiado personal cuando necesito
un respiro.
—¿Estás preocupada por tu papá? —pregunta.
Estoy muy preocupada por mi papá. Pero estas lágrimas no son suyas. Niego
con la cabeza.
—Será mejor que te vayas. Te dije que si te quedabas me… —enamoraría—
. Ahora no es un buen momento para que caiga.
Asiente una vez, con una mirada intensa.
—Estarás en casa antes de que te des cuenta.
Me rio, apartándome y alejándome. Mientras lleno un vaso de agua en la
cocina, digo las palabras, pero no lo miro.
—No les pediré a mis abuelos que lo cuiden. Son demasiado viejos. Mi
madre está muerta. Soy hija única. —Miro por la ventana a los reflejos bailando a
lo largo del agua—. Esto podría cambiarle la vida. Aún no lo sabemos. Pero si es
un cambio de vida para él, será un cambio de vida para mí. Si no puede vivir sin
ayuda…
—Te mudarás a casa para cuidarlo.
Asiento y me giro para mirarlo.
—Siento que hemos estado intentando ser algo durante semanas. Y si no
hubieras aparecido con tu estúpida capa, listo para caminar sobre el agua por mí,
nos habría dejado morir en ese estacionamiento. Estaba preparada para dejar que
eso sucediera. Por eso empaqué mis cosas.
Dejo escapar una risa dolorosa, apartando más lágrimas.
—Pero tenías que ponerte tu capa de Superman, y ninguna chica en su sano
juicio puede resistirse a enamorarse del superhéroe. Así que, mis lágrimas son
egoístamente por mí porque tienes un hijo que no quiere que estemos juntos y yo
tengo un padre que sé, en mi mente inteligente de terapeuta que, me necesitará
aquí.
Flint apoya las manos en las caderas, mirándose a los pies. 197
—¿Vas a dejar tu trabajo?
—No lo sé —susurro—. Pero si él me necesita, encontraré un trabajo aquí.
Se frota la cara con una mano frustrada antes de mirarme.
—Es la elección correcta. Haz lo que tienes que hacer. —Asiento—. Pero…
—Cierra la distancia entre nosotros y presiona su mano en mi mejilla—. Cualquier
cosa… si necesitas absolutamente algo, llámame.
¿Y si te necesito?
Obligo una sonrisa mientras me atrae hacia su cuerpo. Aferrando el cuello
de su camisa, me pongo de puntillas, y él se encuentra conmigo en el medio para
un desgarrador beso de despedida. Cuando la desesperación desaparece y nos
separamos en busca de oxígeno, lo agarro por el cuello y apoyo la frente contra su
pecho.
—Dile a Harry que lo extraño y agradezco que cuide de mis bebés. —Lo
suelto y saco las llaves del apartamento de mi bolso, poniéndolas en la mano de
Flint. Me obligo a levantar la cabeza para encontrar su mirada.
Flint asiente.
—Pase lo que pase, los veré a los dos pronto. —Sé que podría ser una última
despedida, pero aún no quiero decir las palabras—. Gracias, Flint Hopkins.
Cuídate.
Su rostro se arruga de dolor justo antes de besarme una vez más. Es duro y
doloroso, y luego termina tan rápido como comenzó. Agarra su chaqueta sin mirar
atrás, y la puerta se cierra detrás de él.
A la mañana siguiente, tomo un sorbo de café, esperando a que llegue el
médico, esperando que papá despierte. Sin nada mejor que hacer, recuerdo mi
juventud. Hubo un tiempo en el que viví el momento y no planeé mi vida más allá
de la próxima gran aventura con Alex. Nos subíamos al auto en cualquier momento
con ropa arrugada metida en una bolsa grande, suficiente para pasar un fin de
semana largo de escalada, ciclismo o surf.
198
Dormimos en nuestro pequeño Subaru Outback casi tanto como dormimos
en nuestra cama. Nuestros padres estaban felices y saludables. Nadie dependía de
nosotros. Nos las arreglamos trabajando lo suficiente para tener dinero para jugar,
y lo hicimos.
Sin arrepentimientos.
Solo se vive una vez.
Aprovecha el momento.
Esos eran nuestros lemas.
Pero ocurren accidentes. Los trabajos se convierten en profesiones. La vida
empieza a exigir responsabilidad.
—Buenos días. —El médico me devuelve a la realidad.
—Buenos días. —Finjo una sonrisa, la que dice que estoy bien teniendo
treinta y dos años y soy responsable.
Realiza un examen y pasa por algunas pruebas. Miro, sintiéndome
entumecida en este momento. Hasta que… papá se mueve y abre los ojos.
—¡Papá! —Entro en su línea de visión, sin importarme si estoy en el camino
del médico o la enfermera.
Sonidos confusos salen de sus labios. Se estremece de frustración.
Aprieto su mano, y él me da un apretón leve en respuesta, lo cual es bueno,
realmente bueno.
—No te preocupes. —Sonrío—. Encontraremos tus palabras.
Su cabeza se mueve ligeramente en un asentimiento pequeño.
Retrocedo de nuevo para dejar que el médico termine su examen. Sus
palabras resuenan como si las estuviera escuchando desde el extremo opuesto de
un túnel. Sabía que vendrían, pero no podía imaginar completamente la angustia
en los ojos de mi padre mientras intentaba procesar todo.
Disfagia.
Hemiparesia.
Dolor.
Espasticidad
Posiblemente convulsiones.
Problemas de visión.
Incontinencia. 199
Problemas de habla y comprensión.
Pero… aquí viene…
—Buen pronóstico.
Le sonrío al médico, pero en realidad me rio de él. La palabra bueno no
encaja después de esa lista de posibles condiciones posteriores a un derrame
cerebral.
—Gracias —digo al doctor, manteniendo mi sonrisa a medida que asiente
cortésmente antes de salir de la habitación. Esta sonrisa dolorosa es lo único que
me impide caer en un millón de pedazos irreparables.
Los ojos azules de papá se enfocan en mí. No sé qué tan bien está
procesando esto. Podría ser una bendición minúscula si no comprende plenamente
los posibles desafíos que tiene por delante.
Me muevo junto a su cama, sentándome en el borde mientras tomo su mano
en la mía y la llevo a mis labios.
—Podemos con esto —susurro.
—Me alegra que hayas llegado a casa a salvo. —Amanda me saluda con
una sonrisa.
Asiento.
—Gracias. —Me quito el abrigo—. ¿Cómo está Harrison?
—Bien. Estoy segura de que estará feliz de volver a casa después de la
escuela. Es una criatura de hábitos.
Me rio entre dientes.
—Sí, lo es. Gracias por cuidar de él y las…
—¡Ratas! Oh, Dios mío… —Se levanta de la silla de su escritorio,
siguiéndome a mi oficina—. Al principio pensé, de ninguna manera me acercaré a
las cinco ratas, pero son tan lindas e inteligentes. Juegan básquetbol. ¿Has visto 200
eso?
Pongo los ojos en blanco, incapaz de ocultar mi sonrisa. Esta conversación
traería una gran sonrisa al rostro de Ellen.
—No he tenido mucha interacción con ellas, pero se han convertido en la
nueva obsesión de Harrison. Es todo lo que quiere para Navidad.
La sonrisa de Amanda se desvanece.
—¿Cómo está el padre de Elle?
—Está vivo. No estoy seguro de cuál será su estado físico o mental en las
próximas semanas. Creo que va a necesitar mucha terapia y cuidados adicionales.
—Abro mi computadora y hago clic en mi correo electrónico.
—Ella te gusta.
—No vamos a hablar de esto.
—A Harrison le gusta.
—A Harrison no le gusta que esté conmigo. —Le doy una mirada que
necesita interpretar como una de «hemos terminado de hablar de esto».
—No has intentado…
—Amanda, no voy a discutir esto contigo. Es muy probable que Ellen se
mude a Cape Cod para cuidar a su padre. En caso de que no seas buena con las
medidas, eso está a más de mil quinientas millas de Minneapolis.
No necesito su mirada de lástima, así que espero a que se rinda. Después de
unos segundos, vuelve a su escritorio.
Unas horas más tarde, llega Harrison, dejando su bolso en mi escritorio. Lo
dejo en el suelo.
—¿Dónde está Elle? —pregunta.
—Harrison, también estoy encantado de verte.
—¿Dónde está?
—En Cape Cod.
—¿Su padre murió?
—No. —Escribo mis notas para la declaración de mañana.
—Entonces, ¿por qué no vino a casa contigo?
—Su padre está en el hospital. Tuvo un derrame cerebral. Ella podría estar
allá por un tiempo. 201
—¿Me llevarás a alimentar a sus ratas?
—Sí.
—¿Cuándo volverá a casa?
Suelto el aire de forma controlada por mi nariz.
—No lo sé.
—¿Por qué no le preguntaste?
—Porque ella no sabe la respuesta a eso. Depende de la recuperación de su
padre. Recuperarse de un derrame cerebral puede ser un proceso lento.
—¿Cómo se supone que voy a tocar la guitarra con ella si no está aquí?
Niego con la cabeza, pellizcando el puente de mi nariz.
—Tal vez puedas usar la aplicación que te mostró.
—No sé el nombre de la aplicación. La llamaré.
Saca su teléfono.
—No lo hagas. Lo más probable es que esté en el hospital. Esta no es una
emergencia. Puede esperar, Harrison.
—¿Esperar hasta cuándo? ¿Más tarde esta noche? ¿Mañana? ¿La próxima
semana?
—¡Harrison! —Frunce el ceño—. Lo siento… —paso mis manos por mi
cabello—. Estoy cansado. Me estás haciendo preguntas para las que no tengo
respuestas. Vamos… —agarro mi abrigo—, a casa.
—Tengo mis cosas en casa de Amanda.
Descanso mi mano en la parte posterior de su cuello, guiándolo fuera de mi
oficina.
—Nos detendremos a buscarlas después de que vayamos a alimentar a las
ratas.
Después de dos horas en mi invernadero y otra hora ayudando a Harrison 202
con su tarea, tomo una ducha y me acomodo en mi oficina para otra hora de trabajo.
Ellen: ¿Estás dormido?
Sonrío ante la pantalla de mi teléfono.
Yo: Sí.
Ellen: ¿En qué lado de la cama duermes?
Yo: En el medio.
Ellen: ¿¡Qué!? Nadie duerme justo en el medio.
Yo: Parece que soy nadie.
Ellen: ¿Cómo están mis bebés?
Yo: Asquerosas.
Yo: ¿Cómo está tu papá?
Ellen: Parálisis parcial que, con suerte, es temporal: incontinencia,
problemas del habla… y la lista continúa.
Clavo mis dientes en mi labio inferior, mirando su mensaje. ¿Cuál es la
respuesta adecuada a eso?
Yo: Lo siento.
Una respuesta genérica de mierda, pero no sé qué decir.
Ellen: Es bastante común, deberíamos/podríamos ver grandes mejoras
físicas en las próximas semanas. La cognición, el habla y la curación emocional
pueden llevar mucho más tiempo.
Yo: ¿Cómo lo estás llevando?
Ellen: Bien, mis abuelos están aquí por el apoyo emocional que necesito,
pero son viejos y lentos y los amo hasta la muerte. ¡PERO su pequeño caniche,
Bungie, sigue orinando por todas partes! Y les toma unos veinte minutos buscar
toallas de papel para limpiarlo, así que lo he estado haciendo, no estoy muy
emocionada de cuidar a mi papá Y a Bungie.
Yo: Hay una razón por la que no tengo mascotas.
Ellen: Lo sé, eres un fanático del control.
Me rio.
Yo: Organizado.
Ellen: Eso es lo que dije.
Yo: Harrison quiere el nombre de la aplicación de música que le mostraste. 203
Ellen: ¿No debería estar en la cama?
Yo: Lo está. La quería antes y le dije que no podía enviarte mensajes ni
llamarte.
Ellen: Puede llamarme o enviarme mensajes EN CUALQUIER
MOMENTO, pero se lo diré yo misma cuando le regale la aplicación para que no
me cites mal "
%
$
#
Frotando la parte posterior de mi cuello, releí su mensaje varias veces. No
la estaba buscando, pero encontré a la mujer perfecta para estar en la vida de mi
hijo. Pero eso no va a suceder. Ellen Rodgers es una oportunidad perdida. Una
decisión difícil. Un ¿qué pasaría si…?
Yo: ¿Necesitas algo?
Aparecen tres puntitos. Desaparecen. Reaparecen. Desaparecen otra vez.
Pero no aparece ningún mensaje en la pantalla. Tal vez esté escribiendo un mensaje
largo. Tal vez sigue cambiando su respuesta.
Ellen: Nada que pueda tener.
Críptico.
Yo: Tendrás que darme más detalles.
Ellen: Vuelve a dormir, gracias por todo. XO
Yo: Buenas noches.
Ellen: Que duermas bien.
204
Han pasado tres semanas desde que mi padre tuvo su derrame cerebral.
Tuve que tomar una licencia personal de mi trabajo en el hospital y derivar a mis
otros clientes a otro terapeuta en Minneapolis. Está en casa y progresa cada día,
pero la recuperación es lenta. Mis días consisten en llevarlo a terapia (habla,
lenguaje, física, ocupacional) y luego toma una siesta larga porque la terapia es un
trabajo duro.
Hago musicoterapia con él por las noches, y también usamos música y
ciertos ritmos para trabajar en su caminata en casa. Mis abuelos han sido geniales
preparando las comidas. Es un trato justo por limpiar detrás de Bungie al menos
dos veces al día. Y sé que quieren estar aquí. Veo la preocupación en sus ojos. Este
es su hijo. Las cosas se sienten desequilibradas cuando un hijo adulto necesita más
ayuda que sus padres.
205
Es como la muerte. Las cosas tienen un orden natural. No se supone que los
niños mueran antes que sus padres.
Le envío un mensaje o llamo a Flint al menos una vez a la semana para ver
cómo están mis bebés. Han sabido alimentarlos y cambiar sus camas/área de arena
una vez a la semana. Y por saber, me refiero a Harry. Flint está convencido de que
Harry necesita hacerlo solo si alguna vez espera tener una mascota propia.
Supongo que hay algo de lógica en eso.
Después de que mi padre y mis abuelos están metidos en sus camas, lleno
la bañera de arriba con agua caliente y una bomba de baño. No es una bañera
enorme, pero es tranquilo y todo mío durante la siguiente hora hasta que me voy a
dormir por la noche. Abro la lista de reproducción que uso para darme baños en
mi teléfono y lo coloco en el asiento del inodoro antes de sumergirme en una
felicidad burbujeante total.
—Ven con mamá… —gimo, cerrando los ojos, mientras el agua caliente
relaja cada músculo. Paula Cole canta sobre «sentir amor». Me siento
despreocupada durante una hora. Consigo escapar a las fantasías de mi mente
durante una hora. Puedo estar desnuda, mojada y sintiéndome sexy durante una
hora.
Incluso después de que Alex terminó nuestra vida juntos, aún era la estrella
de mis fantasías. Puede que no fuera muy aficionado a las caricias, pero el sexo
siempre era bueno, realmente bueno. Pero ahora no pienso en mi exesposo rubio
surfista. El único hombre que imagino tocándome de la forma en que me toco en
las profundidades de esta caliente agua jabonosa es un hombre alto, bien formado,
de cabello oscuro que usa un traje increíble y hace las cosas más mágicas con sus
dedos… sus labios… y esa maldita lengua malvada.
Un gemido suave escapa de mis labios entreabiertos antes de atrapar el
inferior entre mis dientes, deslizando mi dedo medio entre mis muslos. Mi canción
se interrumpe una vez. Lo ignoro. Luego se interrumpe de nuevo.
—Nooo… —Agarro mi toalla y me limpio las manos antes de tomar mi
teléfono del asiento del inodoro. ¿Quién diablos está interrumpiendo mi sagrada
hora del baño?
Flint.
No me ha llamado ni me ha enviado mensajes de texto ni una sola vez desde
que se fue hace tres semanas. He sido yo llamándolo o enviándole un mensaje.
¿Acaso sabe que me estoy tocando pensando en él?
—Gracias por llamar al 1-800 TÓCAME. ¿Cómo puedo hacer realidad tus
fantasías esta noche? —Nada.
Sostengo mi teléfono. Seguimos en línea. 206
—Lo siento, debo tener el número equivocado. Pero ya que estamos aquí,
¿podemos pensar en ello como un error feliz y seguir cumpliendo mis fantasías?
Sonrío.
—Odio ser tu error, pero me ocuparé de eso si piensas en mí como un error
feliz.
—Estás de buen humor.
Tarareo.
—Es mi hora personal. La hora del baño.
—Maldita sea… ¿por qué tuviste que decirme eso?
Me rio.
—Lo siento. No estoy mojada, desnuda y tocándome pensando en cierto
hombre en traje. Estoy cubierta de vómito de perro y un largo día de sudor y mugre.
¿Mejor?
—¿En dónde te estás tocando? —pregunta con voz ronca.
Me muerdo los labios y exhalo lentamente. Esto es una tortura.
—¿A qué le debo el honor de que me llames?
—¿Entre esas piernas sexis tuyas?
Aprieto dichas piernas sexis juntas.
—Tal vez.
—Jesucristo, Elle…
Un pulso pesado si dispara entre mis piernas, solo por su voz. Suena un
poco dolido y muy excitado.
—Te extraño —murmuro porque sin importar lo mucho que me exciten los
pensamientos con Flint, no puedo ignorar mi corazón.
—Sí… —dice con una derrota débil.
—Sí. —Me burlo, dejando escapar un suspiro de incredulidad—. Es bueno
saber que ambos sabemos que te extraño. —Mi corazón comienza con el dolor
familiar que he intentado ignorar desde que se fue.
—¿Qué quieres que te diga?
Mis ojos se mueven hacia el techo, las lágrimas intentando abrirse camino 207
hasta la superficie.
—Nada. ¿Por qué llamaste?
—Extrañarte no cambiará nada.
Pero significaría todo.
—¿Por qué llamaste?
—Solo quería ver cómo está tu papá. ¿Y quería asegurarme de que no
necesites nada?
—Le está yendo bien. Un día a la vez, está progresando. En cuanto a mí, no
he tenido mucho tiempo para pensar en mis necesidades. Supongo que sentirse
necesitada es suficiente. Papá me necesita. Sentirse extrañada también es
jodidamente especial, pero una de dos no está mal.
—Elle…
—No. Está bien. Lo entiendo. —Me aclaro la garganta—. Lori y Forrest
ayudarán con mi padre para que pueda tomar el tren a Minneapolis la semana que
viene. Es un viaje de día y medio. Necesito hablar con el hospital y averiguar lo
que quiero hacer a largo plazo con mis clientes. Luego conduciré en mi auto con
mis bebés para estar aquí el día de Acción de Gracias.
—Entonces, ¿es oficial? ¿Te mudas?
—Sí. Me niego a ponerlo en un centro de atención. Podría recuperarse por
completo, pero le llevará meses… tal vez incluso años. Es mi papá… —mi voz se
quiebra—, es todo lo que tengo.
—Avísame cuando llegue tu tren. Haré los arreglos para que te recojan.
—Harás los arreglos para que me recojan —me repito más para mí que para
él mientras asiento lentamente—. Flint, soy una niña grande. Estoy bastante segura
de que puedo ir de la estación de tren a mi apartamento.
—Está bien.
Está bien. No… no sé qué decir.
—Buenas noches.
Asiento, soltando las lágrimas con un parpadeo.
Termina la llamada.
—Que duermas bien —susurro a nadie.
208
Treinta y seis horas. Ése es el tiempo que se tarda en llegar desde Providence
a Minneapolis en tren. Un poco más que tomar un avión… solo un poco.
Es agridulce. Alguien más se ha ocupado de mi padre durante treinta y seis
horas. He sentido que se me partió el corazón durante treinta y seis horas. Si le
pasa algo, vuelvo a donde empecé hace tres semanas. Estoy segura de que Flint
volvería a ponerse la capa para salvarme el día, pero no quiero eso. Treinta y seis
horas me dieron mucho tiempo para encontrar empatía.
¿Y si él se preocupa por mí aunque sea la mitad de lo que yo me preocupo
por él y por Harry? Si es cierto, entonces le haré daño al mudarme. No creo que
nunca me mostrará tanta honestidad y emoción. Su corazón está resguardado, y
con toda razón.
Extrañarme no cambiará cómo se siente. Decírmelo no me hará quedarme.
Es egoísta de mi parte esperar que él comparta algo conmigo. Me iré.
Tomo un taxi desde la estación de tren hasta mi casa. Sacando mi llave de
repuesto del bolsillo de mi bolso, la meto en la cerradura, pero la puerta está
desbloqueada. La abro y escucho.
Harry.
Está hablando con mis ratas. Es su hora de cenar.
Dejo mi bolso en el suelo. No llevé ropa a casa, ya que todo en lo de mi
papá son cosas que compré después de llegar allí.
—¿Hola?
—¿Ellen? —Harry asoma la cabeza fuera del dormitorio—. ¿Por qué estás
aquí?
Sonrío, caminando por el pasillo.
—Vivo aquí. —Pero no por mucho. Mi sonrisa flaquea cuando me
encuentro con la mirada de Flint. Está apoyado contra la pared, en la habitación de
mis ratas. Es… inesperado.
—Hola —susurro, sintiendo que todo tipo de emociones chocan en mi
corazón, el dolor es el más fuerte.
—Hola. —Sonríe. Es distante, forzado y desgarrador. 209
—Debí haber traído mi guitarra.
Respiro temblorosamente para equilibrar mis emociones mientras recojo a
Lady Gaga.
—Hola, bebé. —La beso—. Jugaremos en algún momento antes de irme.
—¿Te vas de nuevo?
Mi mirada se desplaza de Harry a Flint. Supuse que se lo dijo. Estaba
equivocada. Flint permanece inexpresivo.
—Sí. —Vuelvo mi atención a Harry—. ¿Sabes que mi papá tuvo un derrame
cerebral?
Harry asiente.
—No murió.
—No. Pero le llevará mucho tiempo recuperarse por completo, y soy la
única familia que tiene. Sus padres aún viven, pero son demasiado mayores para
brindarle la atención que necesita.
—¿Volverás antes de Navidad? Les pedí a mis abuelos que me regalaran
ratas para Navidad. Quiero ver si mis ratas y las tuyas juegan bien juntas.
Miro a Flint. Su frente se tensa.
—Harry, voy a mudarme a Cape Cod. No es temporal. Al menos no como
unos meses.
—Pero eventualmente regresarás, ¿verdad? Creo que papá se está cansando
de traerme aquí para cuidar de tus ratas. Tal vez deberíamos llevarlas a nuestra
casa hasta que te mudes de vuelta. —Por supuesto que Flint está cansado de lidiar
con mis ratas.
Le sonrío a Harry.
—De hecho, me las llevo conmigo.
—Ah… —Su frente se arruga—. Vengan —les dice a mis ratas.
Corren a su jaula como si Harry fuera su alfa. Acomodo a Lady en la jaula
y les doy a todos un mimo rápido antes de cerrar la puerta.
—Ven aquí, Harry. —Camino a mi habitación y busco en el cajón de mis
calcetines, sacando tres billetes de cien dólares—. Esto es por cuidar muy bien a
mis bebés.
Sus ojos sobresalen.
210
—¿Trescientos dólares?
Descanso mi mano en un lado de su cara. Se pone rígido al principio antes
de relajarse un poco.
—Gracias, Harry. —Beso la mejilla opuesta a mi mano, y le susurro al
oído—. Te voy a extrañar mucho.
—Dijiste que tocaríamos la guitarra antes de irte.
Sonrío, liberando su rostro.
—Lo haremos. Lo prometo. Estaré aquí una semana, empacando las cosas.
—Bien. —Asiente—. Vámonos —le dice a Flint, quien nos observa desde
la puerta de mi habitación.
Flint le entrega el llavero.
—Te veré en el auto. —Nos miramos el uno al otro hasta que la puerta se
cierra detrás de Harry.
—Lo siento. No sabía que no le habías dicho. —Deslizo mis dedos en los
bolsillos delanteros de mis jeans y me encojo de hombros—. Creo que está bien
con eso.
—Que afortunado es Harrison. —Los músculos de su mandíbula se tensan.
—Me has querido fuera de tu vida desde el primer día.
—Quería que te fueras de mi edificio de oficinas.
—Bueno… —le doy una sonrisa con los labios apretados—, estoy fuera.
—No puedo arreglar esto —dice con la voz tan tensa que se siente como
una banda elástica lista para romperse.
Niego con la cabeza.
—No es tuyo para arreglarlo. —Girándome a un lado, paso junto a él para
tomar mi bolso y mi teléfono del piso junto a la puerta principal.
Flint agarra mi muñeca y tira de mi brazo hasta que lo miro. Tanta ira
distorsiona su rostro a medida que presiona mi mano contra su esternón, con la
mandíbula apretada.
La sangre corre feroz por mis venas y mi pulso late en mis oídos.
—Esto —gruñe entre dientes, empujando mi mano más fuerte contra su
pecho como si la estuviera usando para puntuar sus palabras—. No puedo arreglar
esto. —Golpea mi mano con más fuerza en su pecho una vez más.
Mis dedos se enroscan en su camisa, como si pudiera agarrar su corazón y
salvarlo. 211
—La vida es tan jodidamente cruel —susurro.
Acuna mi cabeza entre sus manos y presiona su frente contra la mía.
—Quédate.
Ni siquiera tengo que parpadear. Las lágrimas salen tan rápido. Es como si
me partiera el corazón en dos y no pudiera detener el sangrado.
—No puedo. —Esas dos palabras se sienten como navajas cortando mi
corazón ya moribundo.
—Te extrañé. —Rueda su frente de un lado a otro contra la mía mientras su
agarre sobre mí se aprieta.
—Flint… —sollozo, agarrando su camisa también con mi otra mano. No
quiero dejarlo ir nunca.
—Te amo —susurra en un suspiro antes de que su boca tome la mía. Lo
beso y lloro.
Lo beso y me rompo.
Lo beso y finjo que importa.
Pero… no es así, así que solo lo beso.
Nunca hay un Subaru Outback, una bolsa llena de ropa acolchada y una
gran aventura esperando cuando más la necesitas.
Rompe el beso, sin aliento, buscando mis ojos.
Abro la boca para decir algo… Dios, no sé qué decir. El dolor me ha tragado
y me ha dejado sin nada. Ni. Una. Sola. Palabra.
¡Di algo!
Baja su mirada al suelo durante unos segundos, se da vuelta y sale de mi
apartamento.
Espero en mi auto hasta la medianoche; ahí es cuando las luces se apagan.
Abrochándome el abrigo de lana, salto, cruzo la calle y subo los escalones del
porche. Saco mi teléfono de mi bolsillo.
212
Yo: Puedo quedarme una semana.
Hace viento y frío. Me estremezco, abrazándome a medida que espero que
responda.
Flint: Lo tomo.
Yo: Entonces ven déjame entrar.
Sonrío. Esto puede ser lo más sádico que me he hecho a mí misma. Me va
a doler jodidamente demasiado cuando me vaya en una semana, pero me
arrepentiré si no aprovecho este momento, sin importar lo rápido que pase.
La puerta se abre con facilidad. Entro, temblando. Flint solo lleva unos
calzoncillos negros y frunce el ceño. Amo cada uno de sus ceños fruncidos. Son
un desafío silencioso. ¿Puedo quedármelos? ¿Me dará la sonrisa detrás de ello?
¿Soy digna?
Después de desabrocharme la chaqueta y colgarla del perchero, presiono
mis manos frías contra su pecho caliente. Ni siquiera se inmuta. La confusión le
marca la frente, la aprehensión se refleja en sus ojos.
—Señor Hopkins, deje de fruncir el ceño. Voy a cumplir todas tus fantasías
sexuales durante los próximos siete días.
La comisura de su boca se curva en la más mínima de las sonrisas.
Por mí.
Sonríe por mí.
Lo hago feliz.
Otra maravilla del mundo que es pasada por alto: dar a alguien una felicidad
total y embriagadora. Me pongo de puntillas para capturar esos labios carnosos.
Me levanta, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura, y me lleva arriba.
—Shhh… —dice, presionando sus labios en mi oreja a medida que me lleva
por el pasillo a su habitación—. Si no dejas de tararear, voy a tener que
amordazarte. Hay niños en la casa. —Beso su cuello—. Siento tu sonrisa contra
mi cuello —susurra, cerrando la puerta del dormitorio detrás de nosotros y
bloqueándola.
—Me amas. —Sonrío mientras me pone de pie.
—Mucho bien me hace. —Otro ceño fruncido.
Me quito la bufanda, dejándola flotar hasta el suelo.
—Nunca te arrepientas de amar a alguien. Hazlo por ti, no por ellos. 213
Su mirada me devora centímetro a centímetro. Y ahí está… el deslizamiento
perezoso de su lengua sobre su labio inferior. Es tan jodidamente sexy. Él es tan
jodidamente sexy.
Doy un paso atrás, dándole una mejor vista a medida que me quito la
camisa, revelando mi sujetador de encaje negro favorito.
—Si quieres hacer algo por la persona que amas… —me deslizo por mis
mallas—, abres tu corazón para que ellos te amen. —Mi mano alcanza la suya. La
toma, dejándome llevarlo a su cama—. Siéntate —le susurro.
Después de una mirada larga a mis bragas y sujetador más sexis, dobla su
alto cuerpo para sentarse en el borde de la cama. Paso entre sus piernas. Sus manos
suben lentamente por la parte posterior de mis piernas, tomándose su tiempo para
memorizar la curva de mi trasero. Presiono mis palmas contra sus mejillas,
pasando la yema de mi pulgar sobre su labio inferior.
—¿Me abrirás tu corazón?
Sus manos se mueven hacia el broche de mi sujetador mientras su mirada
permanece fija en la mía.
—Sí.
—Bien. —Beso su frente, su nariz y sus pómulos—. Porque voy a amarte
tanto que, el tiempo no importará. —Beso un lado de su boca a medida que me
quita el sujetador—. La distancia no importará. —Beso el otro lado de su boca—.
Todo lo que sentirás cuando respires… —mis labios se ciernen sobre los suyos—
, será mi amor.
Nos rendimos homenaje durante el resto de la noche, física, emocional y
espiritualmente. Me niego a detenerme hasta que mi boca y mis manos lo hayan
tocado por todas partes y las suyas hayan poseído cada centímetro de mí.
Memorizo la mirada que pone al momento exacto en que se pierde ante mí. Su
espalda se arquea. Mi mano se extiende sobre los músculos tensos de su estómago;
mis dedos se enroscan en su carne apretada como si lo estuviera reclamando…
Cada. Una. De. Sus. Partes.
Es sensual.
Es vulnerable.
Es hermoso.
Es mío. Quiero que esa mirada sea mía y solo mía para siempre.
Quiero ser su mayor fortaleza, y su mayor debilidad.
Quiero ser donde él esconda sus mentiras y encuentre su verdad.
214
—Tienes que irte. —Intento vestir a regañadientes a la mujer desnuda que
está tumbada en mi cama. Hay ropa de cama por todas partes: la mitad de las
almohadas en la cama, la otra mitad en mi mesita de noche, el edredón en el suelo
al final de la cama, las mantas enrolladas junto a la cama, la sábana ajustable
quitada de dos de las esquinas del colchón, y la sábana superior enredada alrededor
de dicha mujer desnuda dormida sobre su estómago. El sudor, el sexo y su champú
afrutado luchan por ser el olor dominante en la habitación—. Elle… —tiro de la
sábana, pero está toda anudada. ¿Cómo pasó esto? Sonrío. Sé cómo pasó.
Sus brazos se liberan, alcanzando la parte superior del colchón como si se
estuviera estirando plenamente. Pero en lugar de relajarse, sus dedos se curvan en
el borde de mi colchón como si estuviera colgando del techo de un edificio alto.
—¿Elle? 215
—No voy a irme —murmura contra el colchón.
—No puedes quedarte.
—¿Qué hora es? —Mantiene la cabeza enterrada.
—Las cuatro.
Ella gruñe.
—Despiértame en dos horas.
Suspiro, pasando mis manos por mi cabello que ha sido completamente
tirado y despeinado durante las últimas cuatro horas.
—Harry se levanta a las seis.
—Excelente. Haré desayuno para todos.
Gruño de frustración.
—Le dije que no tendríamos sexo.
—Entonces, la culpa es tuya. —Su cuerpecito sexy tiembla con una risita
silenciosa.
Quiero hundir mis dientes en la curva expuesta de su trasero y follarla hasta
dejarla sin sentido por ser tan terca y reírse de mi situación. Entrecierro los ojos,
inclinándome un poco más. Esas podrían ser ya las marcas de mis dientes en su
trasero. Se lo merece.
—Ellen…
—Me estoy enfriando. —Gira la cabeza hacia un lado, entreabriendo un
ojo—. Toma una manta y dame tu calor corporal desnudo.
—Vas a tener que escabullirte por las escaleras traseras, justo a las seis en
punto. —Agarro una manta del suelo y empiezo a meterme en la cama.
—Ajá… dame tu calor corporal desnudo. —Sonríe.
Me quito los calzoncillos y nos cubro con la manta. Ella se libera de los
confines de la sábana y me abraza con todo su cuerpo. Después de silenciar su
tarareo tres veces, me rindo y dejo que me adormezca.
216
¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
—No puedo encontrar mi otro calcetín. ¿Por qué está cerrada tu puerta?
Nunca cierras la puerta.
Mis ojos se abren de golpe a medida que me siento como una navaja. Ellen
se sienta tranquilamente a mi lado, frotándose los ojos.
Trac. Trac. Trac.
Ya está metiendo la llave de encima de la puerta en la cerradura. ¿Cómo
diablos la consiguió tan rápido?
—Harrison, quédate fuera…
La luz del pasillo nos ciega cuando se detiene en el umbral abierto,
sosteniendo un solo calcetín en la mano. Elle levanta la manta para cubrir su pecho
desnudo, pero creo que es muy probable que él ya lo haya visto. Tal vez no. Tal
vez esté demasiado oscuro aquí dentro.
Mierda. Espero que esté demasiado oscuro.
—¿Ellen?
—Buenos días, Harry.
—Harrison. Saldré en un minuto. Por favor, cierra la puerta.
—¿Tuviste sexo con Ellen? —Harrison da un paso dentro del dormitorio,
sus ojos inspeccionando el piso donde estoy seguro de que encontrará su ropa
descartada y mis calzoncillos.
—Harrison, cierra la puerta, ahora.
Cierra la puerta, con él aún dentro de la habitación.
—No es lo que quise decir.
Enciende las luces. Entrecerramos los ojos una vez más.
—Por el amor de Dios, Harrison.
—¿Tuviste sexo con Ellen? Dijiste que no tendrías sexo con Ellen.
Prometiste que no tendrías sexo con Ellen ni con mis profesoras. Te dije que esto
pasaría si la besabas. ¿La besaste?
Es más inteligente que esto. Conoce las respuestas a estas preguntas. Pero
cuando está molesto, piensa en voz alta, así que lo dejo porque estoy desnudo
debajo de esta manta y ella también. Ninguno de los dos puede levantarse y
cubrirse sin dejar al otro desnudo. Estamos completamente a su merced. 217
—¿Por qué?
Ellen apoya su mano sobre la mía debajo de la manta. Siente su lucha. Eso
era lo que quería evitar.
—Te dije que encontraras a tu propia amiga. Ella es mi amiga. Ni siquiera
te agrada. Le diste una D, un siete, un setenta por ciento.
Las uñas de Ellen se clavan en mi mano. Qué amable de su parte mencionar
los siete.
—Harrison, prepárate para la escuela. Hablaremos de esto más tarde.
—Papá, prometiste…
—¡Harrison! Terminamos. Esta conversación va a esperar hasta esta noche.
Aprieta los dientes y cierra los puños mientras se vuelve hacia la puerta.
Después de abrirla, se vuelve hacia nosotros.
—¿Vas a hacer galletas? —le pregunta a Ellen.
Me estremezco. Simon y su maldito padre.
—Uh… —Ellen me mira.
—Chispas de chocolate. Sin gluten. Libre de lácteos.
—Harrison, fuera.
—Se supone que debes hornear galletas cuando tienes sexo con hombres
que tienen hijos.
Ellen sofoca una risa.
—Las sacaré calientes del horno cuando llegues de la escuela.
Él asiente con rigidez y cierra la puerta.
Dejo caer mi cabeza entre mis manos.
—Maldita sea… —Ellen se ríe, colapsando en la cama—. No es gracioso.
¿Por qué no sonó mi alarma? —Agarro mi teléfono de la mesita de noche. Debería
haberse disparado. Lo arrojo a un lado y le doy un empujón en su pierna con la
mía—. Vestirse. Colegio. Trabajo. Un niño con un calcetín. Este va a ser un día
largo.
Ellen me quita la manta y se acurruca en la única almohada que aún está en
la cama, de espaldas a mí.
—No tengo ningún lugar en el que deba estar durante unas horas más. —
Bosteza—. Mantengan el ruido bajo. Voy a volverme a dormir.
218
—¿Qué carajo? Hola… Harrison está en la otra habitación. Acaba de entrar
con nosotros así. ¿No estabas prestando atención?
Empuja las rodillas contra su pecho, acariciando su nariz justo debajo del
borde de la manta.
—No es mi problema. Me libro con un lote de galletas.
Después de unos segundos mirando su espalda fijamente, su cabello rojo
extendido sobre mi almohada, me doy cuenta de que habla en serio.
—Increíble —murmuro de camino a la ducha.
Cerrando los ojos bajo el chorro de agua caliente, pienso en una semana con
Ellen. No es suficiente. Todo razonamiento dice que no debería hacer esto, no
debería haber dicho que sí. Ella misma lo dijo: habíamos terminado antes de
empezar. Estoy retrasando lo inevitable. Perdí a una mujer que amaba, y voy a
perder a otra. Pero no puedo pensar en Heidi sin pensar en todas las veces que
deseé haber tenido un día más, una semana más.
Estos son mis días adicionales. Esta es mi semana adicional. No cambiará
el futuro. No curará a su padre. No borrará dos mil cuatrocientos kilómetros.
Preferiría tenerla en mi vida durante los próximos siete días que no. Es así de
simple.
Hago mi aseo matutino habitual y elijo mi traje para el día.
—Permíteme.
Me vuelvo hacia la voz somnolienta. Se ve tan jodidamente hermosa en
bragas negras y sin sujetador, pero su bufanda verde está sobre sus hombros
cubriendo sus pechos.
—Bonita bufanda. —Sonrío.
Ella sonríe, parpadeando sus ojos azules un par de veces para adaptarse a la
luz del armario. Toma mi chaqueta de traje y la sostiene para que deslizarla en mis
brazos. Después de abotonarla, me ajusta la corbata y agarra las solapas de mi
chaqueta.
—Flint Hopkins, seguro que estás a la altura.
—¿A la altura de qué?
Un destello de algo parecido al dolor tira de su frente por menos de un
segundo, pero sonríe a través de ello.
—Del que escapó.
Sujetando su nuca, presiono mis labios justo debajo de su oreja, esperando
hasta sentir su pulso.
219
—Nadie escapará durante la próxima semana —susurro—. Te veré más
tarde. —La beso suavemente en los labios y le quito la bufanda del cuello, dándole
una sonrisa maliciosa antes de arrojarla sobre la cama mientras salgo de la
habitación.
Permanezco en la cama de Flint, quedándome dormida de vez en cuando,
derramando algunas lágrimas de vez en cuando. En veinticuatro horas, tomó mi
corazón plenamente en el Ave María de todos los Avemarías. El hombre que se
siente indigno de la verdadera felicidad me abrió todo su corazón. No estoy segura
de qué fue lo que más dolió, la desesperación en sus ojos cuando me dijo que me
amaba o la comprensión en su rostro cuando quedó claro que ninguna cantidad de
amor podría retenerme aquí.
Simplemente he amado a mi padre toda mi vida. No hay nada que
contemplar.
A las nueve, me pongo la ropa y conduzco a casa para darme una ducha y
pasar tiempo con mis bebés. Después del almuerzo lo arreglo todo con el hospital.
Firmé un contrato con ellos, pero me dejaron salir de él, dadas las circunstancias.
Necesito escribir una carta a mis otros clientes que ya han sido derivados
temporalmente a otro terapeuta. Ahora es permanente. Pero eso lo dejo para
mañana. Tengo que alimentar a mis bebés y recoger los ingredientes para las
galletas.
—Galletas. —Harrison sonríe cuando entra por la puerta trasera un poco
antes de las cuatro con Flint justo detrás de él.
—Lávate las manos —dice Flint.
220
—Sí, sí… —Harrison deja su bolso y desaparece en el baño.
—Huele bien. —Flint me mira. No estoy segura si está hablando de las
galletas o no. El comentario se ajusta al escenario de las galletas, pero sus ojos
retratan un tipo diferente de hambre.
—Cálido y húmedo. —Agito las cejas, sacando una de la rejilla de
enfriamiento y hundiendo los dientes en ella.
Flint me da una mirada que hace que todo al sur de mi ombligo se sienta
igual de cálido y húmedo.
—Dos —advierte Flint a Harry justo cuando comienza a apilar una tercera
galleta en un plato pequeño.
—Son mis galletas —murmura Harry, desapareciendo escaleras arriba.
Le sonrío a Flint. Agarra mi muñeca y mete la otra mitad de mi galleta en
su boca.
—Mmm… tienes habilidades para hornear. —Chupa cada uno de mis dedos
antes de soltar mi muñeca.
—En realidad, necesitas dejar de actuar tan sorprendido de que tenga
habilidades. ¿Y por qué estás aquí tan temprano? Ni siquiera son las cinco.
—Galletas. —Se desabotona el abrigo.
Me rio.
—¿Galletas? ¿Saliste temprano del trabajo por las galletas?
—Salí temprano del trabajo por la repostera. —Cuelga su abrigo de lana, se
quita la chaqueta del traje y la coloca sobre el respaldo de la silla de la cocina.
—Me halagas. —Descanso mi trasero y mis manos en el borde de la
encimera, admirando a Sexo en un Traje mientras se afloja la corbata y desabotona
el botón superior de su camisa.
Detiene sus movimientos, sus ojos moviéndose hacia un lado a medida que
huele el aire varias veces.
—Huele a algo más que a galletas.
—La cena está en el horno.
—¿Cena? —Merodea hacia mí, enjaulándome con su cuerpo mientras sus
manos se presionan en la encimera junto a las mías.
Mordiéndome el labio inferior, asiento varias veces.
—¿Seguro para Harrison?
221
Asiento.
—Y tengo entradas para la nueva película de Spiderman.
Flint arquea una ceja.
—Es noche de escuela.
—Rompamos todas las reglas. Mañana hornearé muffins y enmendaré
todos los errores.
Desliza su mano alrededor de mi espalda y me presiona contra él, sus labios
devorando los míos, su erección presionada contra mi vientre.
Quiero esta vida.
Quiero que Flint me muestre su aprecio por la repostería. Quiero que Harry
sonría cuando ve las galletas en una rejilla para enfriar. Quiero besos apasionados
que prometan noches largas estando enredados el uno en el otro.
Froto mis labios entre sí cuando él separa su boca de la mía, ambos sin
aliento.
Sonríe.
—Me encanta que pienses que los productos horneados compensan el
incumplimiento de las reglas.
Me encojo de hombros.
—Ha funcionado hasta ahora. Tal vez deberías llevar galletas recién
horneadas al juez o al jurado los días que tengas que ir a corte.
—Mmm… —Da dos pasos hacia atrás para distanciarnos cuando las
escaleras crujen un poco bajo el descenso de Harry.
—¿Podemos tocar guitarras? —Harry deja su plato sobre la encimera.
—No tengo la mía aquí, pero aún podemos hacer música… —apunto con
el pulgar en dirección a la sala de estar formal—… tienes un piano.
—¿Tocas el piano? —Harry parece sorprendido.
Me rio, dándole a Flint una mirada rápida. Lleva su propia sonrisa de
diversión.
—Sí. Toco muchos instrumentos.
—Genial. —Harry vuelve corriendo a su habitación.
—¿Cuánto tiempo hasta la cena? —Flint consulta su reloj.
—Cuarenta y cinco minutos. 222
—Voy a correr ya que no pude hacerlo esta mañana.
—¿Debería sentirme culpable por eso?
Harry corre escaleras abajo con su guitarra.
Flint guiña un ojo antes de dirigirse hacia las escaleras.
—Sí, deberías.
Quiero esta vida.
Tocando música con Harry. Poniendo la mesa para tres. Viendo la expresión
de su rostro cuando le digo que iremos a la nueva película de Spiderman después
de la cena.
Comemos. Harry hace su tarea mientras Flint y yo limpiamos la cocina,
robando besos sexis, compartiendo miradas coquetas, y las sonrisas… me ahogo
en cada una de las que me da.
Quiero esta vida.
Harry se planta en medio de la película. Flint pone los ojos en blanco. Me
rio. De camino a casa, recapitula todos los aspectos más destacados, ofreciéndonos
una descripción detallada de los efectos especiales.
—A la cama —dice Flint al momento en que entramos por la puerta.
—Pero…
—Sin peros, Harrison. A la cama.
—¿Ellen se quedará?
No puedo leerlo. ¿Es una cuestión de pura curiosidad o es un desafío?
—No. —Sonrío—. Tengo que atender a mis bebés, y tengo que empacar un
poco.
—Entonces, ¿mañana no habrá galletas?
Flint niega con la cabeza, y no puedo ver su rostro, pero estoy segura de que
lo acompaña poniendo los ojos en blanco. 223
—Quedan seis galletas.
Harry frunce el ceño. Es tan Flint.
—Me voy de aquí —digo entre risas. Los chicos Hopkins pueden resolver
sus conflictos sin mí aquí—. Buenas noches, Harry. —Envuelvo mis brazos
alrededor de él, sintiendo que se pone rígido y luego se relaja.
—Buenas noches —murmura.
Flint señala las escaleras.
—A la cama.
—Está bien, está bien…
Abro la puerta y Flint me sigue, tomando mi mano entre las suyas. Me
acompaña hasta la puerta del conductor de mi auto y me envuelve en sus brazos.
Él no habla y yo tampoco. ¿Qué podríamos decir? Mi vida ha consistido en
momentos inesperados que me cambiaron la vida. La familiaridad no alivia el
dolor, pero he aprendido que incluso cuando más duele, algo o alguien se acerca
para quitármelo.
—¿Eras bueno en el fútbol?
Se ríe entre dientes, abrazándome con más fuerza.
—Sí
—Lo sabía.
—¿De cuántos aviones has saltado?
—Veintitrés.
Se echa hacia atrás, dándome una mirada inquisitiva.
Me encojo de hombros.
—Es verdad. Es una sensación increíble.
—Pero, ahora no vuelas.
Niego con la cabeza.
—Esos veintitrés saltos fueron antes de que se estrellara el avión de mi
madre. —Flint asiente lentamente, frunciendo el ceño—. Iré a alimentar a mis
bebés.
—Ratas.
—Sí, mis bebés ratas.
224
Sus manos se mueven hacia mi cuello; son fuertes, pero su toque es tierno
cuando las desliza hasta mi cara, deteniéndose brevemente para buscar mis ojos
antes de besarme.
Quiero… esta… vida…
—Eres tan hermosa —susurra sobre mis labios—. Quiero ser egoísta
contigo… —Roza sus labios sobre los míos una vez más.
Aferro su abrigo para estabilizarme.
—No… —cierra los ojos como si el dolor fuera demasiado grande para
soportarlo—… no merezco esto. —Sus labios recorren mi mejilla, desde mi
mandíbula hasta mi oreja—. Pero maldita sea, lo quiero tanto. —Aguanto, dejando
que el destino se salga con la suya.
Querer.
Necesitar.
Alimentan el dolor. Alimentan la ira. También nos hacen más fuertes
cuando nos vemos obligados a dejarlos ir.
225
Compruebo cómo está mi padre y paso el resto de la mañana empacando
con un poco de Rod Stewart cantando sobre romper corazones y deseando el amor
de alguien. Es apropiado.
—Te gustará Cape Cod. —Acaricio a Mozart mientras se arrastra por el
desorden en el piso de mi habitación y se sube a mi regazo—. Excepto Bungie. No
estoy segura de cómo saldrá esto. —Suena mi teléfono.
Flint: Tengo cuarenta minutos para almorzar. ¿Estás libre?
Yo: Me tomará veinte minutos encontrarme contigo en cualquier lugar.
Flint: Apuesto a que puedes abrir la puerta de tu casa en menos de un
minuto.
226
Dejo a Mozart en el suelo y salto con una gran sonrisa en mi rostro mientras
me abro paso a través del desorden hasta mi puerta.
—Señor Hopkins. —Intento hacer una pose sexy. No estoy segura de lo
sexis que pueden ser unos leggins y un suéter abultado con calcetines peludos, pero
lo estoy intentando.
—Señorita Rodgers. —Da dos pasos cortos antes de que la puerta se cierre
detrás de él y me inmoviliza contra la pared.
Nos convertimos en una ráfaga de manos rasgando ropas, besos profundos,
mordiscos juguetones y gemidos suaves.
Entre respiraciones laboriosas, enredo mis manos por su cabello mientras él
lame y muerde su camino por mi cuello.
—No trajiste almuerzo, ¿verdad?
—Elle… —Tararea de placer a medida que sus labios se deslizan sobre la
hinchazón de mis pechos—. Eres el almuerzo. —Flint cae de rodillas, llevándose
los leggins y las bragas con él.
Mi cabeza golpea contra la pared mientras mis ojos se ponen en blanco.
Flint Hopkins puede pasar toda la noche o puede ser increíblemente
eficiente. Hoy está redefiniendo el rapidito sin sacrificar ni un poco de mi placer,
y sin moverse ni un centímetro más allá de la pared adyacente a mi puerta principal.
Es el sexo loco y espontáneo que deberíamos haber tenido en su invernadero,
menos el incidente de los puntos de sutura.
Quiero esta vida.
Quiero un hombre que pueda hacerlo significar el mundo en un minuto y al
minuto siguiente me muestre esta pasión de vivir en el momento que no busca más
que puro placer físico.
Después de que me deja como nada más que un montón de huesos en mi
piso de entrada, Flint navega hasta el baño para deshacerse de su condón.
—¡Mierda! ¡Maldita sea! —Sale volando del baño del pasillo con la camisa
metida hasta la mitad y los pantalones todavía abiertos.
Perfectamente erizado. Justo como me gusta.
Me pongo las bragas y leggins, y me pongo el suéter.
—Déjame adivinar… Lady Gaga está junto al lavabo. —Sonrío—. Te dije
que le gusta mirar.
Flint se mete el resto de la camisa en los pantalones, y niega con la cabeza. 227
—No sé cómo vives con ratas.
—Haces que mis bebés suenen como ratas de alcantarilla de películas de
terror. —Termino de abrocharle la camisa y le ato la corbata.
—¿Quién me ayudará a vestirme cuando te vayas? —Sonríe.
—Creo que ambos sabemos que lo haces mejor que nadie, pero estoy segura
de que encontrarás a una mujer sexy que tenga un trabajo tranquilo y aburrido y
no tenga mascotas. A Harry no le gustará de la forma en que yo le gusto, pero ella
se dará cuenta de que las galletas la llevan a tu cama. Probablemente las comprará
en una panadería porque las mujeres que hornean son una raza moribunda. —Le
doy un último tirón a su corbata—. No tienes idea de lo bien que lo tienes ahora.
Me atrae hacia él, acariciando su nariz en mi cabello.
—Estás muy equivocada.
—¿Puedo ofrecerte comida de verdad? —Me aparto de su agarre,
moviéndome hacia la nevera, a cualquier lugar para separar mi corazón de esta
despedida larga.
—Tengo que volver al trabajo. —Se pone la chaqueta.
—Trabajo… —Le doy una sonrisa rígida—. Tengo que resolver eso.
—¿Necesitas dinero?
Gruño una risa.
—No. Allí no tengo grandes gastos de manutención. Por ahora.
—Pero si lo necesitas…
Niego con la cabeza, sabiendo que está esperando que lo diga.
—Tengo habilidades. Puedo conseguir trabajo. Quiero conseguir un trabajo
tan pronto como sé que mi padre está yéndole un poco mejor. Luego buscaremos
a alguien que lo cuide durante el día mientras yo trabajo, y puedo estar con él por
las noches y los fines de semana.
—Bueno… —Me da una sonrisa triste.
—¿Cenamos más tarde?
—Por supuesto. —Un asentimiento lento acompaña su sonrisa triste.
Lo sigo hasta la puerta.
—¿Qué pasa?
Abre la puerta y se vuelve hacia mí. 228
—Cada día es más difícil fingir que no te vas de forma indefinida.
—Es una despedida larga. —Asiente.
—¿Demasiado larga?
—Yo… —niega con la cabeza—… no sé.
—Es una palabra. Puedes decirla ahora. Puedes decirla por teléfono. Puedes
enviarla por mensaje de texto. —Trago pesado, intentando ser fuerte por los dos—
. O no tienes que decirla en absoluto. Está bien simplemente… alejarse. Hemos
dicho todo lo que hay que decir, ¿verdad?
Me vendría bien una bebida. Diez años es mucho tiempo para sentir este
dolor sin una sola cosa que lo adormezca. ¿Hemos dicho todo lo que hay que decir?
En toda la vida, ¿diremos todo lo que hay que decir?
—No voy a decir adiós. Y no me alejaré. Pero… —me aclaro la garganta—
… te veré marcharte.
Sus ojos azules se llenan de lágrimas.
—Nos vemos en la cena. Te llamaré. —Me doy la vuelta y vuelvo al trabajo
porque si me quedo a ver sus lágrimas caer, perderé la puta cabeza. Tan pronto
como entro en mi auto, golpeo el volante con la palma de mi mano—. ¡MIERDA!
—Cierro los ojos, echando la cabeza hacia atrás.
Después de unos minutos, llamo a Amanda para que reprograme mis citas,
y encuentro una reunión a la que asistir. Es mi primera vez en más de cinco años.
Es difícil entender por qué lo que mató a Heidi es lo que más anhelo mientras me
preparo para perder a la mujer que amo en esta vida.
229
—¿Por qué me estás recogiendo? —pregunta Harrison a medida que se sube
a mi auto después de la escuela.
—Porque eres mi hijo. —Pone los ojos en blanco.
Porque necesito recordar por qué estoy aquí. Porque necesito recordar por
qué estoy haciendo esto llamado vida.
Rompe el silencio a cinco minutos de nuestra casa.
—El padre de Simon le dijo a Simon que no se volvería a casar. ¿Te vas a
casar con Ellen?
Quizás recogerlo no fue tan buena idea.
—No.
—Si te casas con ella, ¿tendríamos que mudarnos? No quiero mudarme.
—No voy a casarme con Ellen.
—¿Solo estás teniendo sexo con ella?
—Es… complicado.
—¿El sexo?
—Es complicado por los sentimientos. ¿De verdad quieres hablar de
sentimientos? Creo que eso es de lo que menos te gusta hablar.
—¿Pero no vamos a mudarnos? No quiero mudarme. Mis plantas morirían
y las tuyas también.
—Ellen se está mudando. No vamos a mudarnos.
Whisky puro. Era mi preferencia. Pero nunca tuve problema con la cerveza
si eso era todo lo que estaba disponible. Podría beber mucha cerveza. Toda la
cerveza; dejaría de beber cuando no hubiera más cerveza para beber. Pero siempre
tenía un alijo de whisky en casa para llevarme a donde tenía que estar para dormir.
—¡Oye, Ellen está aquí! —Harrison salta del auto antes de que lo detenga
por completo.
¿Por qué está sentada en los escalones de nuestro porche, envuelta en un
abrigo, sombrero y guantes, con su estuche de guitarra?
230
Harrison corre hacia la puerta trasera y la abre con su llave. Ella espera en
los escalones del porche delantero.
—Hola. —Se pone de pie cuando me acerco.
—Hola. —Algo está mal. Puedo verlo en su rostro. Puedo verlo en el borde
enrojecido de sus ojos.
—¿Viniste a tocar? —Harrison abre la puerta principal, sonriendo. Me
encanta esa mirada que solo Ellen Rodgers pone en su rostro.
—Así es. —Lleva su estuche adentro—. Mi guitarra está fría. ¿La llevarás
arriba y dejarás que se caliente un poco antes de que toquemos?
—Seguro. —Harrison toma su guitarra.
—Te vas antes. —Lo sé. Puedo sentirlo. Es una nube de tristeza sobre ella.
—Mañana. —Ellen toma una respiración temblorosa—. Papá se cayó esta
tarde. Está bien, pero Lori está bastante alterada porque estaba bajo su vigilancia.
Así que… —toma otra respiración lenta, como si fuera todo lo que pudiera hacer
para mantener la calma—, el camión de mudanzas viene por la mañana.
Es como si no hubiera ido a esa reunión. Quiero tanto un trago que puedo
saborearlo en mis venas.
—Quería tocar la guitarra con Harry una vez más. —Asiento, con la
mandíbula apretada—. Quería verte. —Se muerde su labio inferior tembloroso.
Si la abrazo, no cambia nada. Si le digo que todo va a estar bien, es mentira.
Si le ruego que se quede, se marchará. Pero si tomo un trago… el dolor
desaparecerá.
—Haré la cena. Ve a tocar.
Su ceja se arruga de dolor a medida que asiente lentamente antes de subir
las escaleras hacia la habitación de Harrison. Me ocupo de la cena, esperando que
el dolor se vuelva insensible por sí mismo, como he tenido que confiar en que lo
haga durante más de una década. Esta es mi penitencia. Esta es mi sentencia. Esta
es la vida que elegí.
Una vida por una vida.
Harrison domina la conversación de la cena con un resumen de su último
podcast sobre aviones futuristas. Asiento por instinto para reconocerlo, pero en
realidad no registro ni una palabra de lo que dijo. Mirando a Ellen ocasionalmente,
estoy seguro de que ella tampoco se está concentrando en él.
—A la cama —digo cuando termina con su historia y su comida.
—Solo son las ocho. 231
—Harrison… —Suspira.
Ellen se pone de pie.
—Dame un abrazo. Mañana me voy.
—¿A dónde vas? —pregunta.
Ella sonríe mientras veo sus ojos llenarse de lágrimas.
—Cape Cod.
—Ah, duh. —Él le da una sonrisa tímida—. Lo sabía.
Ellen lo abraza y, después de unos segundos, él le devuelve el abrazo.
Whisky. Cerveza. Vodka. No importa. A estas alturas, cualquier cosa
servirá. Me levanto y agarro los platos sucios. No puedo ver esto. La escucho
sollozar cuando me alejo.
—¿Por qué estás llorando? —pregunta Harrison.
Ella se aclara la garganta.
—Solo… te voy a extrañar.
—Está bien.
Está bien. Dios… por solo una vez en mi vida desearía poder desapegarme
emocionalmente como él puede hacerlo.
—Buenas noches. —Va a la cama. Sin emoción. Sin lágrimas. Sin
arrepentimiento. Sin dolor.
Dejo los platos en el fregadero. Maldita sea. Odio esto.
La escucho sollozar detrás de mí.
—Ahora. —Mi pulso hace que sea difícil escuchar algo más que el torrente
de sangre a través de mi corazón—. Vete ahora. No digas nada. Yo… —Aprieto
los dientes para mantener la compostura—. Mentí. No quiero verte marchar.
—Flint…
—Vete. —Apoyo las manos en el borde de la encimera e inclino la cabeza.
Su pecho presiona mi espalda mientras acaricia mi brazo, deteniéndose en
mi mano. Sus dedos se entrelazan con los míos contra el borde de la encimera.
—Vete… por favor… —Mis palabras son apenas un susurro. Es todo lo que
me queda.
—También mentí. —Se agacha debajo de mi brazo y se mete entre la
encimera y yo, de la misma manera que se metió en mi vida, en mi corazón… en
mi alma—. Necesito más que un adiós. 232
Lágrimas.
Flint Hopkins tiene lágrimas sangrando por su rostro por mí. Los músculos
de su mandíbula se tensan, y sus ojos se enrojecen detrás de las emociones fugaces.
Mi mano se acerca a su rostro; mis dedos tocan la humedad de sus mejillas como
si necesitara una prueba de que son reales.
Alex nunca lloró por mí, al menos no que yo haya visto. No cuando murió
mi mamá. No cuando lloré por la pérdida de su amigo y sus manos. No cuando
terminó nuestro matrimonio.
Froto las yemas de mis dedos húmedos, aún sin creer que le importe tanto
a algún hombre que no sea mi padre.
—Quiero esta vida —susurro—. Te quiero. —Cada parte de lo que me da
vida se siente como si estuviera muriendo lentamente.
—Pero… —Él encorva su espalda aún más hasta que su mejilla descansa
sobre mi cabeza.
Descanso mis palmas contra su pecho.
—Pero… —Mis ojos se cierran.
Pero los humanos adoptan muchas formas de amor, y en este momento mi
padre necesita el amor de su única hija, al igual que Harrison necesita el amor de
su padre. Este no es nuestro momento.
Pero no puedo encontrarle sentido a mi corazón ni al de Flint. Simplemente
duele.
Cuando mi mirada se encuentra con la suya, no hay necesidad de decir nada.
Él sabe.
Lo sé.
Así que, nos despedimos durante las próximas horas. Es la oportunidad
perdida más dolorosa. Es como intentar respirar, pero no hay oxígeno. Siempre 233
usaré su toque en mi piel como un recordatorio de la vida que quiero.
Temprano en la mañana, cuando su respiración se estabiliza y su agarre
sobre mí se relaja, me deslizo fuera de la cama antes de que salga el sol y antes de
que Harrison despierte, en silencio y oscuridad, como si nunca hubiera estado aquí.
—Te amo —digo, de pie en la puerta de la habitación de Flint a medida que
duerme—. Adiós. —Me alejo, dejándolo ciego a mi partida y sordo a mi último
adiós.
Horas más tarde, después de que el sol trae un día nuevo, no hay llamadas
ni mensajes de texto. Me está dejando ir, como si tuviera una opción. Tan pronto
como llegan los trabajadores de la mudanza, les doy instrucciones y entrego mis
llaves al propietario. Mis ratas y yo estamos de camino a Cape Cod antes de las
diez de la mañana.
Algún día podré vivir mi felicidad para siempre. Sin más empacar y
alejarme del hombre que amo. Todos tienen su tiempo. Encontraré el mío.
234
—Te ves terrible —me saluda Amanda.
—Gracias.
—Faltan cuatro días para Navidad. Pensé que ya tendrías tu espíritu
navideño.
Me quito el abrigo y lo cuelgo en el perchero de la esquina de mi oficina.
—Nop.
—Cage ha llamado esta mañana. Dijo que no devuelves sus mensajes. Está
preocupado por ti. Estoy preocupada por ti. Cuando comienzas a ignorar a tu único
amigo, es un poco preocupante.
Gruño, tomando asiento y enciendo mi computadora. 235
—¿Por qué todos piensan que Cage es mi único amigo? ¿Y hay una mancha
en mi corbata? ¿Espinacas entre mis dientes? ¿Qué es exactamente lo que me hace
lucir tan terrible esta mañana?
Amanda me da la espalda, golpeando el teclado de su computadora.
—Son las bolsas debajo de tus ojos y las líneas cada vez más profundas en
tu frente por llevar un ceño constante. ¿Estás bebiendo?
—Amanda —espeto con más borde en mi voz de lo que pretendía.
Se encoge de hombros, aun dándome la espalda.
—Estoy pidiendo un amigo. Y no es un código. Literalmente estoy pidiendo
un amigo, tu amigo. Ah… y tus padres estarán mañana aquí. También me llamaron.
¿Perdiste tu teléfono? Y tu madre dijo que llamaría e invitaría a Sandy porque sabía
que tú no lo harías.
Mis padres y mi suegra. Felices navidades de mierda para mí.
—¿Puedo decir algo como tu amiga? —Gira en su silla.
Levanto la vista.
—¿Cómo podemos ser amigos si solo tengo un amigo?
Amanda sonríe.
—¿Por qué no la llamas o vas a verla?
—¿Se supone que debo saber a quién te refieres?
—Apuesto que a Elle le encantaría verte. Lleva a Harrison a Nueva York o
Boston para el Año Nuevo y luego pasa a verla.
—¿Cuál sería el punto? —Vuelvo mi atención a mi computadora.
—Difundir alegría navideña.
Ellen se fue una semana antes del día de Acción de Gracias. No hemos
hecho ningún contacto desde entonces. Una ruptura limpia. Eso es lo que tenía que
ser. Es como marcar días en un calendario de sobriedad post Ellen. No puedo verla
y comenzar de nuevo todo el maldito proceso.
—Creo que estaré muy ocupado difundiendo la alegría navideña aquí
mismo.
Resopla una risa.
—De acuerdo, jefe.
236
Después de recoger a Harrison de la escuela, hacemos la compra y nos
dirigimos a casa.
—Toma el correo —le digo a Harrison, deteniéndome junto a nuestro buzón
antes de entrar en el camino de entrada.
Recupera el fajo de sobres y anuncios, y los coloca en su regazo.
—¡Mira! Elle me envió una postal.
Echo un vistazo, y efectivamente, está dirigida a Harry Hopkins.
¡Feliz Navidad! Espero que estés tocando mucha música esta
temporada. ¡Te extrañamos como locos!
~Elle, Beethoven, Bach, Chopin, Mozart y Lady Gaga
Da vuelta a la postal.
—¡Ja! Mira esto.
Es una foto de ella y sus ratas, y todas llevan gorros de Santa. Se ve feliz.
Bien por ella. Trago la puta hojilla en mi garganta y entro en el garaje.
—Voy a enviarle un videomensaje. —Harrison salta del auto, dejando un
desorden de correo en el asiento.
Me cambio de ropa y salgo al invernadero para asegurarme de que la
temperatura permanezca estable. Cuando vuelvo adentro, Harrison está en la mesa
de la cocina comiendo una manzana y hablando a la pantalla de su iPad.
—Hombre, no puedo creer que ya hayas tenido tanta nieve. Hace tanto
jodido frío aquí. —Le disparo un ceño fruncido por su lenguaje.
Él pone los ojos en blanco.
—Lo siento. Hace mucho frío aquí. Mi papá acaba de entrar y me está
mirando enojado porque dije jodido.
Me lavo las manos y niego con la cabeza. Este niño…
—¿Quieres saludarlo? —Mi cuerpo se pone rígido.
—Um… seguro.
237
Es la primera vez que escucho su voz en más de un mes. No sé si también
puedo verla.
—Mira su ventana. ¿Ves toda la nieve? —Harrison trae su iPad, sin dejarme
más remedio que ver toda la nieve. Pero todo lo que la veo es a ella y lo
jodidamente hermosa que se ve acurrucada en una silla, con leggins y una
sudadera, su cabello castaño rojizo cubriendo su cuello y pecho como una bufanda,
y esos ojos azules.
—Mucha nieve —digo.
Ella sonríe y habla en voz baja:
—Hola, Flint. —Intento devolverle la sonrisa, pero es difícil—. Feliz
navidad.
Asiento, aun buscando algo para hacer pasar por una sonrisa.
Antes de que pueda encontrar algo que agregar a mi comentario de «mucha
nieve», como, «¿Cómo está tu papá?» Harrison se marcha con su iPad.
—Odia las fiestas.
—Eso es terrible. Me encantan las fiestas.
Por supuesto que sí. A las personas que tararean y cantan todo el día les
encantan las fiestas. Como Amanda, que dice fantástico todo el tiempo: amante de
las fiestas.
—Tengo tres semanas libres para descansar.
—Eso es estupendo. ¿Qué vas a hacer?
—Nada. Nunca hacemos nada.
Me hace parecer un gran padre. Un tacaño bueno para nada.
Ellen se ríe.
—Tampoco estoy haciendo mucho, así que no te sientas tan mal. Pero tengo
que ir a preparar la cena. Mis abuelos se fueron a casa hace unas semanas, así que
ahora estoy a cargo de las comidas.
—Bueno. Adiós. —Desconecta antes de que ella diga otra palabra. Doy un
sorbo a mi café helado y niego con la cabeza.
—¿Qué?
—Es de buena educación esperar hasta que la persona del otro lado de la
línea tenga la oportunidad de despedirse también antes de interrumpirla.
Se encoge de hombros.
—Lo que sea. 238
Papá me da una mirada inquisitiva. Su habla aún está afectada, así que
confío en sus miradas y su pizarra ingeniosa. En las últimas dos semanas, su
control motor sobre su mano derecha ha mejorado lo suficiente como para
escribirme mensajes.
Sonrío a medida que alcanza su pizarra.
—Era Harrison. Le envié una tarjeta navideña, y hoy la recibió.
¿Y su papá?
—Flint. ¿Qué hay de él?
Papá frunce el ceño como si supiera exactamente lo que me está
preguntando.
¿Cuándo vas a casa?
—Esta es mi casa. Te lo dije.
Empuja el trapo blanco sobre la pizarra para borrar sus palabras y escribir
otras nuevas.
¿Lo amas?
—Te amo. —Me levanto de la silla, me inclino y lo beso en la cabeza.
Extiende una mano temblorosa hacia mi muñeca.
Suspiro. Esta no es una conversación que valga la pena tener ahora.
Garabatea más palabras.
No quiero ser tu trabajo. Una carga.
—Ya comencé a buscar a alguien que te lleve a tus citas durante el día. Y
he pedido nuevas tarjetas de presentación. Voy a hacer visitas a domicilio. ¿Qué
piensas de eso?
¿Lo amas?
—No voy a dejarte. Eso significaría ponerte en un centro de atención. Y allí
no mejorarás. Ahí es donde van a morir los ancianos. Ni siquiera tienes sesenta. — 239
Vuelve a levantar la pizarra.
Suspiro.
—¿Lo amo? Sí. Y te amo a ti, a mis bebés rata y al chocolate. Tengo mucho
amor para dar. ¿Sabes qué más amo? Los tacos. Así que, voy a hacer tacos para la
cena.
—El… len…
Me detengo a medio camino de la cocina. Aún le frustra muchísimo intentar
hablar. La terapia del habla es su parte del día que menos le gusta, así que cuando
intenta hablar, sé que es algo muy importante para él.
Dándome la vuelta, me arrodillo junto a su silla, prestándole toda mi
atención mientras su mano garabatea y garabatea.
Dile que te espere. Voy a mejorar por TI. Si lo amas, no dejes que escape.
No puedo pedirle a Flint que me espere indefinidamente. No le daré falsas
esperanzas.
—Sé que vas a mejorar. Me he asegurado de que los mejores terapeutas te
ayuden. Pero no mejorarás si te abandono. Si estoy destinada a estar con Flint
entonces… —Me encojo de hombros.
Entonces, ¿qué?
—Además, ¿cuándo te hiciste fan de Flint? Pensé que aún estabas
aferrándote a tu descabellado sueño de que Alex y yo nos reconciliáramos.
Borra su escritura y quita la tapa de su marcador.
Ron dijo que Alex te trató mal.
Nunca le dije a mi padre lo mal que me trató Alex. Era mi necesidad de
proteger a Alex a pesar de todo lo que me dijo, y también quería proteger a papá.
Él y Ron, el padre de Alex, han sido amigos durante muchos años.
Le doy a papá una sonrisa dolorosa. Limpia la pizarra y vuelve a escribir.
No me mientas.
—Sí. Alex dijo muchas cosas que no estuvieron bien. Sabía que era el dolor
y la ira lo que hablaba, pero… no veía un final a la vista, y él quería que me fuera.
Quería el divorcio.
Te mereces algo mejor.
Asiento.
—Lo sé. 240
No dejes ir «lo mejor».
Me rio.
—Cuando te deshagas de la pizarra de borrado en seco y subas las escaleras
sin ayuda y sin caer, hablaremos de mi vida amorosa. Soy joven e increíblemente
atractiva como lo era mi madre. —Le guiño un ojo y él sonríe—. Así que, no es
necesario que etiquete a un hombre como un árbol de Navidad. Si él está ahí
cuando esté lista, entonces estaremos destinados a estar juntos. Si no, buscaré otro.
Otro ceño fruncido de mi padre, pero estoy bien con sus ceños fruncidos.
Se necesitan más músculos faciales para fruncir el ceño que para sonreír, así que
si lo molesto, es un buen ejercicio para algunos de esos nervios lesionados.
Dibuja un árbol de Navidad en forma de Z.
Hay más árboles buenos que hombres buenos.
Me rio.
—Cierto. No discutiré contigo allí.
241
—¡Ratas! —Harrison saca el moño rojo y la manta blanca de la jaula.
—¿Qué en el nombre de Dios…? —Sandy, la madre de Heidi, se tapa la
boca con la mano.
—Abuela, son ratas. Igual que las de Ellen.
—¿Quién es Ellen?
—Te dije que me dio la guitarra y se lanzó en paracaídas. También tuvo
relaciones sexuales con papá y hornea las mejores galletas con chispas de
chocolate.
Mis padres se estremecen cuando Harrison arroja datos al azar sobre Ellen
como si fuera su currículum. Sandy no parece muy feliz. Tengo la sensación de
242
que Harrison probablemente mencionó la guitarra y tal vez el paracaidismo, pero
el sexo es una novedad para ella, y no una buena noticia.
—¿Son machos o hembras? —pregunta Harrison.
—Flint, ¿unas palabras? —Sandy se pone de pie.
—Ven, amiguito. —Mi padre se sienta al suelo junto al árbol con Harrison
para darle la información sobre las ratas.
Sigo a Sandy a mi oficina.
—La única razón por la que te di la custodia de Harrison fue porque pensé
que estabas listo para ser un padre maduro, pero…
—¡Guau! ¿Me diste la custodia? La razón por la que terminé de obtener mi
título de abogado fue para traerlo de vuelta sin que tú ventiles mis trapos sucios a
todo el maldito mundo. Luché por él. Tú no me diste nada a mí.
Se acerca, levantando su dedo.
—Te hice luchar por él para demostrar que tenías lo que hacía falta.
Necesitaba saber que estabas en esto a largo plazo. Necesitaba saber que no ibas a
renunciar a tu hijo, que no solo necesita un padre, sino a alguien que pueda
ayudarlo con sus necesidades especiales, como lo hubiera hecho su madre.
El mayor arrepentimiento de Sandy siempre ha sido mi salvación, incluso
si es así de jodido. Animó a Heidi a confiar en mi juicio esa noche. No debería
haberlo hecho. Es su culpa lo que me mantuvo fuera de prisión. Ella podría haber
insistido en que revisaran mi nivel de alcohol en sangre inmediatamente después
del accidente, pero no lo hizo. La conmoción, el dolor y la culpa le impidieron
decirle algo a nadie. Mientras tanto, el alcohol despejó mi sistema a medida que
los paramédicos se concentraban en mi hijo y mi esposa.
El accidente me dejó ileso por fuera, pero muerto por dentro.
Solicitó la custodia después de que enterráramos a Heidi. Era demasiado
tarde para demostrar que mi alcoholismo causó el accidente, pero no era demasiado
tarde para salvar a su nieto de más dolor.
Ni siquiera luché contra ella; dejé que se lo llevara porque estaba jodido de
todas las formas posibles.
—Harrison dice todo fuera de contexto. Tú lo sabes.
—Entonces, ¿no tuviste sexo con esta persona Ellen?
—Mi vida sexual no es asunto tuyo.
—Quizás no, pero mi nieto hablando como si viviera en un burdel es sin
duda mi asunto.
243
—¿Un burdel? ¿En serio? —Intento no reírme.
—¿Le dijiste que tuviste sexo con esta mujer o te vio teniendo sexo con
ella?
Suspiro, frotándome la nuca.
—Su nombre es Ellen, no «esta mujer», y no voy a discutir esto contigo. Es
mi hijo. Mi responsabilidad. Lo criaré como mejor me parezca.
—¿Estás bebiendo otra vez?
—Por Dios, Sandy…
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en una reunión?
—¿Qué importa?
—Mi hija está muerta. Te guste o no, soy su voz. Así que, puedes responder
a mi pregunta o puedo conseguir un abogado.
—Entonces, consigue un abogado.
—Tú la mataste. —Su voz se quiebra.
Me estremezco. Nunca discutiré ese hecho.
—No puedes simplemente reemplazarla en su vida.
—No la estoy reemplazando.
—Seis años. Espera hasta que sea adulto. ¿Puedes hacer eso? ¿Puedes
mostrar un poco de gratitud y hacer esto por él? ¿Puedes dejar que él sea tu
prioridad? ¿Puedes renunciar a tus necesidades físicas y simplemente ser papá?
Sus palabras son mis palabras. Han sido mis pensamientos de autodesprecio
desde que murió Heidi. Ellen cambió eso, pero eso tampoco importa ahora. Ya no
está en la imagen.
—Sí.
Sandy exhala un suspiro lento.
—Gracias. —Se da vuelta y se aleja.
Es difícil resentir que Ellen me haya dejado cuando, de haberse quedado,
podría haber causado algunos problemas reales entre Sandy y yo. Aun así, la
extraño todos los malditos días.
—¡Ellen, mira mis ratas!
Sandy me mira fijamente a medida que Harrison habla por video con Ellen,
como si tuviera algún control sobre eso. Me encojo de hombros y me dirijo a la
cocina para evitar todo lo relacionado con Sandy y Ellen. 244
—Lo hiciste bien, hijo. —Papá me da una palmada en el hombro.
—¿Cómo? —Pongo los platos del desayuno en el lavavajillas.
—Las ratas.
—No estés demasiado orgulloso demasiado rápido. Después de hoy,
descubrirá que las mantendrá en su habitación y estarán totalmente prohibidas en
todas las demás habitaciones de la casa o desaparecerán.
—Es justo. —Papá se inclina y susurra—: Son jodidamente espeluznantes.
Me rio.
—Te lo dije.
—¿Todo bien con Sandy?
—Síp.
—No dejes que te haga sentir culpable por tener una vida más allá de
Harrison.
—Papá, hago eso muy bien por mi cuenta.
—¿Saludaste a Ellen? Hoy se ve impresionante.
Se ve impresionante todos los días.
—Nop.
—Deberías empacar las cosas del niño e ir a buscar a la chica.
Gruño una risa.
—Gran idea. Empacar las cosas del niño que me hizo prometerle que no nos
mudaríamos. Y buscar a la chica después de que le prometí a Sandy que viviría
una vida célibe durante los próximos seis años. Papá, quiero ser como tú cuando
sea mayor. No piensas. Solo actúas. Vives en un mundo «fantástico».
—Pensar es lo que hace la gente cuando no está siguiendo sus sueños.
—Dejaré de pensar y empezaré a soñar en seis años.
—Estará casada y tendrá dos hijos para entonces. —Papá llena el fregadero
con agua caliente y jabón. Mi mamá le ha enseñado bien.
—Por suerte para mí, no es la última mujer en la faz del planeta.
—Tu madre y yo podemos hablar con Sandy.
Cierro la puerta del lavavajillas.
—Papá, déjalo así. La verdad es que, su partida fue lo mejor. Por mucho 245
que pensé por un momento breve que podría encajar en nuestras vidas, la verdad
es que hubiera sido extremadamente difícil, y me temo que hubiera terminado en
un desastre.
—¿Quieres decirle Feliz Navidad a Ellen?
Papá y yo miramos el iPad que tiene Harrison. Mierda. Nos escuchó. Puedo
decirlo por la expresión de su rostro.
—Feliz Navidad, Ellen. —Papá le sonríe. No tiene idea de lo bien que capta
el sonido esa cosa, pero yo sí.
Ella fuerza una sonrisa que empuja un cuchillo directamente a través de mi
corazón.
—Gracias, Gene.
—Feliz Navidad —digo.
Apenas asiente antes de desviar su mirada hacia algo más en la habitación
a su alrededor. La tecnología apesta. Y soy un idiota.
Harrison sale corriendo otra vez.
Lavo los platos con papá, recojo el desastre del papel de regalo en la sala de
estar, y escapo a mi oficina para tener algo de privacidad mientras Harrison juega
con sus ratas y otros regalos de Navidad. Mis padres y Sandy toman siestas a media
mañana.
Después de debatir lo bueno que puede resultar de llamar a Ellen para
disculparme, y decidir que no puede salir nada bueno de eso, de todos modos la
llamo porque todo lo que escucho en mi cabeza es su voz.
—Voy a amarte tanto, el tiempo no importará… la distancia no importará…
todo lo que sentirás cuando respires… es mi amor.
—Hola —responde.
—Hola. Yo… eh… quería disculparme por lo que escuchaste.
—¿Qué te hace pensar que escuché algo?
—Ellen…
—No importa. Sé que esas palabras no fueron para mí. Lo entiendo.
—No quise decir…
Ella ríe. Suena doloroso.
—Lo dijiste en serio.
246
—Solo quise decir… no quise decir nada cruel. Solo estaba explicando…
—La vida —susurra—. Lo sé.
—No me arrepiento de nada.
—Bueno… —se ríe—, ya veremos.
—No lo haré. —Me mata que no me crea.
—Haré que te arrepientas de haberme conocido con solo dos palabras.
—Elle, nunca me arrepentiré…
—Estoy embarazada.
¿Qué?
Inclinándome hacia atrás en mi silla, paso una mano por mi cabello,
empuñándolos con fuerza para asegurarme de que estoy despierto y sin soñar ni
tener alucinaciones. Ella no dijo eso. No. Esto no puede ser….
—Usamos…
—No todo el tiempo.
Me froto las sienes, cerrando los ojos. No usamos condones todo el tiempo.
Hubo algunas ocasiones en mi casa, en mi cama, en las que simplemente me
desperté y necesité estar dentro de ella. Parpadeó sus cansados ojos hasta abrirlos
y me besó. Ni una sola vez cuestionó la falta de condón, simplemente movió su
cuerpo lentamente con el mío.
—No todo el tiempo… —susurro.
—No iba a compartir esto hoy, pero me llamaste, y luego intentaste
convencerme de que no te arrepientes de nada y… bueno… era demasiado para
soportar. No dejes que te arruine el día. Quiero decir, he estado vomitando durante
las últimas cuarenta y ocho horas, pero en serio, simplemente disfruta de las fiestas
con tu familia y después lo discutiremos.
Me estremezco. Mi cerebro se siente extremadamente lento. De hecho, es
difícil procesar esto. Ellen está embarazada, de mi hijo.
—Arreglaré esto.
—¿Arreglarás esto? ¿En serio?
Niego con la cabeza.
—Quiero decir, lo resolveré.
—¡Ja! Vaya… entonces, está bien. Aquí está el problema con esa
mentalidad, no estoy rota ni soy un rompecabezas que debes resolver. Estoy
embarazada. Punto. 247
Me siento erguido, apoyando los codos en el escritorio.
—Volverás aquí.
—No voy a dejar a mi papá. Tú múdate aquí.
—No puedo. Tengo mi oficina y no hay forma de que Harrison se mude.
Muda a tu papá aquí.
—Entonces, porque fuimos irresponsables, tengo que empacar las cosas de
mi padre en su condición de deterioro y alejarlo de su casa, sus padres, sus médicos
y terapeutas, ¿su vida? Claro, eso suena justo… ah… no… no otra vez… —
murmura.
—¿Ellen?
Escucho sus náuseas, arcadas, tos y luego el inodoro.
—Mierda —susurro.
El agua corre, probablemente del lavabo.
—Tengo que acostarme.
—Ellen…
—Feliz Navidad, Flint. —Termina la llamada.
—Pensé que estabas muerto —responde Cage, mi «único» amigo, al
teléfono.
—Bien podría estarlo.
—¿Estás bebiendo de nuevo?
—No. Pero es tentador. Feliz Navidad.
Cage se ríe.
—Gracias. Igualmente.
—¿Podemos tener después la cosa de ponernos al día y cómo está la
familia? Estoy en una situación difícil.
248
—Esto es nuevo, tú acudiendo a mí. Debe ser realmente malo.
—Se me escapó un espermatozoide.
Se ríe.
—Oh, mierda. ¿Un bebé?
—Sí, embaracé a una mujer, pero no me estoy golpeando el pecho por eso.
—Se ríe—. Hombre, no es gracioso.
—No. Estoy seguro de que no lo es para ti. Solo iba a darte la bienvenida a
mi mundo.
—Tomaría tu mundo sobre el mío cualquier día de la semana y dos veces
el domingo.
—Harrison es un gran niño.
Asiento.
—Lo es. Deberías escucharlo tocar la guitarra. Si no se sintiera tan
incómodo socialmente, llenaría los estadios.
—Sí, bueno… tocar para grandes multitudes está sobrevalorado.
—Eso es una mierda y lo sabes.
—Entonces, la mamá del bebé, ¿fue una aventura de una noche?
—No.
—Entonces, ¿cuál es el problema? Ponle un anillo en el dedo y siéntate y
disfruta del viaje.
—No somos una coincidencia geográfica. Las circunstancias la tienen en la
Costa Este, donde no puede irse, y yo tengo toda mi vida aquí. Harrison me hizo
prometer que no nos mudaríamos.
—Lo estás mimando. Mi papá nunca me mimó. Lo desaconsejo.
—No lo estoy mimando. Simplemente no se adapta como otros niños.
—¿Le gusta esta mujer?
—Ellen. Su nombre es Ellen.
—Aw… te gusta. Te importa una mierda que tenga un nombre.
—Cállate… hijo de puta. Y sí, le gusta. Pero como su amiga. No como mía.
Toca la guitarra con él. Pero estoy bastante seguro de que no le gustará que le salga
un bebé de su barriga que sea su medio hermano o hermana.
—De nuevo, lo estás mimando. Lo entiendo. Es autista. Reacciona y se 249
adapta de manera diferente, pero tienes que dejar que lidie con la vida. No puedes
protegerlo de la realidad. Y la realidad es que… tú y Ellen van a tener un bebé.
—Gracias por el consejo. Creo. Dale abrazos a tu gran clan Monaghan.
—Lo haré. ¿Y Flint?
—¿Sí?
—Felicidades.
Niego con la cabeza y desconecto la llamada.
Después de vomitar seis veces en un día, comienzo a perder la cabeza. No
puedo hacer esto. Las hormonas del embarazo son el diablo. Estoy embarazada de
seis semanas como máximo. No puedo hacer esto. Mi garganta está en carne viva.
Cada músculo de mi estómago me duele como si he estado haciendo abdominales
sin parar. Y estoy cansada. Muy. Cansada.
—Nos quedaremos un poco más hasta que te sientas mejor, cariño —dice
mi abuela, entregándome una taza de té de jengibre.
—Gracias. —Me acurruco en el sofá con mi té.
Papá me estudia, pero no intenta decir nada ni levantar su pizarra. Sin
embargo, tiene esa mirada. Es la misma mirada que solía darme cuando hacía algo
mal cuando era niña. Rara vez tenía que decir algo; sabía que si me miraba el
250
tiempo suficiente, me desmoronaría en una confesión desesperada de todas mis
malas acciones.
—Papá, ¿también quieres té? —Niega con la cabeza.
Ojalá dejara de estudiarme.
—Mañana por la noche es la víspera de Año Nuevo. Deberías salir. Ser
joven. Divertirte. —Mi abuela sonríe.
Estoy verde, con el cabello grasiento. También podría haber algo de vómito
en mi cabello. Hay más de veinte centímetros de nieve en el suelo, y no he vivido
aquí durante años. Pero… Dios bendiga su corazón por pensar que podría tener
grandes planes para la víspera de Año Nuevo.
—Creo que guardaré lo joven y lo divertido para el próximo año. Pero
gracias, abuela. —Bebo un sorbo de té, rezando para que permanezca abajo.
—Tu abuelo vio ayer a Ron. Alex está en casa para las fiestas. Es posible
que pasen por aquí más tarde hoy.
Mi padre hace un ruido como si estuviera intentando hablar, pero en su lugar
le da un ataque de tos. Después de pasarlo, garabatea en su pizarra.
Te debe una disculpa.
No quiero verlo, con o sin disculpas. Así no.
—No sé si hoy es un buen día para visitas. No me siento bien. Odiaría que
alguien más se enfermara.
—Estoy segura de que no se quedarán mucho tiempo, querida. Si no te
sientes bien, quédate en tu habitación. Pero Alex era tu marido. No puedo imaginar
que no quiera verte. Seguro que te ha visto antes enferma.
¿Enferma? Sí. ¿Embarazada? No.
Cuando una ola nueva de náuseas golpea, dejo mi té y corro hacia el baño
de arriba. Un poco de té mezclado con bilis es todo lo que surge. Encantador.
Después de un enjuague rápido de mi boca, me dirijo a la habitación y me
desplomo en la cama. Agarro mi teléfono y escribo un texto de hormonas puras y
furiosas.
Yo: Te odio a ti y a este demonio que pusiste dentro de mí.
Unos segundos más tarde, suena mi teléfono.
Flint: ¿Cómo estás?
Yo: Vete a la mierda.
Flint: ¿Qué necesitas?
Me rio. ¿Qué necesito? ¿En serio? 251
Yo: No estar embarazada y enferma.
Flint: ¿Lo dices en serio?
Las lágrimas escuecen en mis ojos. Sí y no. Así no era cómo imaginé mi
primer embarazo. No debería haberle enviado un mensaje de texto. Sentirse mal
hace que sea difícil pensar con claridad. Saco a colación mi lista de reproducción
clásica favorita y cierro los ojos, rezando por la paz, rezando por dormir.
—Hola…
Vuelvo la cabeza. Es un sueño bueno. No estoy enferma.
—Oye… Elle… —La voz es distante, pero familiar. No la he escuchado en
mis sueños por un tiempo. El agotamiento no ha abandonado mi cuerpo, pero abro
los ojos de todos modos.
Parpadeo. Parpadeo. Parpadeo.
—Escuché que no te sentías bien.
Me deslizo a una posición sentada.
—Alex… —Mis ojos van directamente a sus manos de aspecto robótico
unidas a sus antebrazos y tres dedos restantes.
—Bastante genial, ¿eh? —Las sostiene en alto y mueve los dedos robóticos.
Bastante genial. Mira mis dedos nuevos. Déjame hipnotizarte con ellos
para que no pienses en todas las cosas terribles que te dije y todos los nombres
horribles que te puse.
—Alex… —Ni siquiera sé qué decir.
Me mira como lo hacía antes de perder las manos. Es como si esos dos años
de infierno nunca hubieran sucedido. El rencor que guardo es tangible. Es una parte
de quien soy viva y que respira. Y sé que esta ira solo sobrevive porque aún lo
amo. Los recuerdos que tengo del chico del que me enamoré hace quince años no
se han desvanecido ni un poco. Recuerdo el amor. Fue real. Fuimos reales. El amor.
La vida apasionante. 252
El desamor.
La tragedia.
—Lo siento —dice, apoyando su mano en mi pierna. Es la primera vez que
me toca desde que perdió las manos.
Hizo lo imperdonable y dijo lo impensable. Me rompió de adentro hacia
afuera y me dejó para recoger los pedazos por mi cuenta. Ni siquiera estoy segura
de haber conseguido todas las piezas. Desde ese día, me he sentido destrozada
emocionalmente con heridas sin limpiar y pasadores de seguridad para mantener
unido mi corazón destrozado.
¿Se puede perdonar todo eso con un simple «lo siento»?
—Voy a vomitar… —Salto de la cama y corro al baño.
No hay nada más que un hilo de bilis quemando el interior de mi garganta,
solo arcadas secas atormentando mi estómago. Incluso me duelen las costillas. Me
estremezco al sentir algo en mi cabello. Son las manos de Alex apartándome el
cabello de la cara. Siento como si hubiera esperado toda una vida por su toque. El
día que perdió parte de sus manos, supe que lo amaría sin importar nada. Supe que
daría la bienvenida a lo nuevo y apreciaría para siempre lo que quedó de lo viejo.
Pero nunca me dio esa oportunidad.
—¿Gripe estomacal o intoxicación alimentaria? —pregunta, sentándose en
el suelo detrás de mí, colocándome en su regazo. Es tan tierno. Este no es el hombre
que me llamó zorra necesitada y arrojó mis pertenencias al patio. Este no es el
hombre que me dijo que morimos cuando lo perdió todo. Es curioso… pensé que
era su todo. La perspectiva es una perra astuta.
Suspiro, inclinándome hacia las curvas conocidas de su cuerpo.
—¿Puedes guardar un secreto?
Alex se ríe un poco. Solía preguntarme eso antes de darme alguna
información interesante sobre su próxima gran aventura o nuestra próxima gran
aventura. Ambos sabíamos que no podía guardar un secreto.
—Sí, creo que soy el único de nosotros que puede guardar un secreto.
Esto no es venganza, o resarcimiento, ni siquiera Karma. Solo es mi
incapacidad para mentirle a este hombre. Incluso cuando debería haber mentido
para protegerme, no lo hice, no pude. Aún no puedo.
—Estoy embarazada.
Su agarre sobre mí se endurece.
—Jesús… 253
—Sí. —Me aparto, me pongo de pie y me enjuago la boca.
Alex se pone de pie detrás de mí. Miro su reflejo en el espejo del baño. Aún
se ve atractivo, tal vez incluso más que la última vez que lo vi. Ese cabello rubio
de surfista siempre le ha sentado bien. Piel bronceada. Ojos de zafiro profundo. Es
hermoso.
—¿El padre?
Me encojo de hombros.
—Es complicado.
—Ese es el código para decir que él no está en la imagen.
Niego con la cabeza, pasando junto a él hacia las escaleras.
—No. No es un código para nada. Es simplemente complicado.
Me agarra del brazo.
Me doy la vuelta y entrecierro los ojos ante su agarre sobre mí.
—Suéltame —susurro con un borde en mi tono.
Me suelta.
—Ahora no puedes tocarme. Nunca más.
Alex levanta sus manos nuevas.
—Antes no podía tocarte. Lo habría hecho, pero no podía.
—No perdiste todas tus manos. No perdiste tus brazos, tus piernas, tus
labios… tu pene. Estoy jodidamente segura de que podrías haberme tocado si
hubieras querido tocarme. Pero no quisiste. Y eso está bien. Intenté ponerme en
tus zapatos. Intenté entender cómo podrías sentirte menos hombre. Pero ni siquiera
me dejaste tocarte. ¿Y la peor parte? Para alguien sin usar sus manos, seguro que
me usaste como un saco de boxeo. Golpe tras golpe hasta que terminé inconsciente
en el patio delantero.
Se estremece.
—No estaba en un buen lugar entonces, pero ahora estoy mejor. Intenté
llamarte. Pensé que podríamos hablar.
Me rio.
—Bien por ti. Espero que este «lugar mejor» te sienta bien, pero no tenemos
nada de qué hablar. —Me doy la vuelta, bajando las escaleras.
—Ellen. —Ron me abraza—. Lamento oír que no te sientes bien.
—Gracias. —Me aparto y lucho por una sonrisa que no sea al cien por ciento 254
como me siento por dentro.
Ron mira a Alex.
—¿Ya se hablan?
Alex asiente, dándome una mirada de preocupación. Solía decirme: «No te
preocupes, Elle, te cubro la espalda».
Creo que está intentando encontrar una manera de respaldarme. Pero ya no
es el hombre que quiero que me respalde. Mi mirada se queda pegada en sus labios,
aquellos que he besado tantas veces, pero ahora todo en lo que puedo pensar es en
el veneno que arrojó de ellos. Soy una persona buena, como mi mamá siempre fue
una persona buena.
En los días buenos, me convenzo de que he perdonado a Alex, pero no lo
olvidaré nunca, por mucho que quiera que cada momento terrible desaparezca de
mi memoria. Están allí, dolorosamente grabados, una marca permanente.
—¿Un poco de jengibre? —Mi abuela me entrega un vaso pequeño.
—Gracias. —Lo tomo y me siento en la silla junto al sillón reclinable de mi
padre.
Su inspección sobre mí se intensifica. Sonrío para hacerle saber que todo
está bien. Incluso si no es así. Tengo que creer que lo será.
—Alex volverá a escalar —dice Ron.
Papá frunce el ceño. Me acerco y aprieto su mano. Me mira. Me encanta lo
protector que es conmigo. Es la misma razón por la que estoy aquí, protegiéndolo,
asegurándome de que lo cuiden y lo amen. Eso es lo que debería hacer la familia.
—¿En serio? —Las cejas pobladas de mi abuelo saltan por su frente—. ¿Es
posible con ese tipo de manos?
Alex asiente.
—Sí. De hecho, si estuviera compitiendo, algunos dirían que me da una
ventaja injusta. Pero no estoy compitiendo. Solo lo hago porque es lo que amo. —
Su atención se vuelve hacia mí por un momento breve.
Sonrío. Él no lo hace. Esa mirada de dolor alineada en su frente permanece.
Puede lamentarlo y ahogarse en arrepentimiento y yo puedo perdonarlo, pero
estaremos rotos para siempre.
—Tiene algunos patrocinadores, así que pagará su viaje y su equipo —
agrega Ron.
Tal vez sea una bendición en este momento que papá no pueda decir
demasiado. Siento su conflicto. Ron es su amigo, pero no puede mirar más allá de 255
lo que ahora sabe sobre Alex. Eso me entristece.
Espero no tener que lidiar nunca con la pérdida física que tuvo Alex. Pero
si alguna vez lo hago, espero poder sortearlo con un poco más de amor y
comprensión de las personas que me rodean. Esa incertidumbre es lo que me
impide odiarlo de verdad. La destrucción de la autoestima envenena a todos los
que te rodean. Le pasó a Alex, y creo que le pasó a Flint hasta cierto punto. Así
que, incluso si aún no puedo decir las palabras en voz alta, quiero perdonar a Alex.
A última hora de la mañana siguiente me despierto sintiéndome muerta,
estoy tan débil. Ni siquiera puedo sacar mi trasero de la cama. Temo que estoy
deshidratada. Si siento la necesidad de vomitar, aterrizará en el suelo. Quizás sea
el momento de decirles la verdad a mi padre y a mis abuelos. Se supone que debo
ser la cuidadora, pero no puedo llevar a mi papá a sus citas, y no puedo pedirles a
mis abuelos que lo lleven, especialmente en este clima nevado.
Café. ¡Qué asco! Están haciendo café abajo. El aroma de la mañana que he
amado durante tanto tiempo es ahora el olor que me revuelve el estómago. El
timbre suena.
—Genial… —Me acurruco sobre mi costado, abrazando mi estómago.
Alex dijo que hoy vendría a verme. No quiero que me vea así. No quiero su
ayuda. Pero creo que la necesito. Lo próximo que me ahogue será mi orgullo, pero
me lo tragaré porque ya no soy un espectáculo de una sola mujer. También soy
responsable del bebé demonio dentro de mí.
Incluso la charla es nauseabunda. Mi abuela se ríe de algo y mi abuelo dice
la palabra «arriba». Se acercan unos pasos. Me cubro la cabeza con las mantas.
Han pasado dos días desde que me di una ducha y dejé de cepillarme los dientes.
Soy un desastre. No hay otra forma de decirlo.
Pero Alex necesitó ayuda para bañarse y limpiarse el culo. Supongo que
esto es justo.
—Huelo peor de lo que me siento. Y me siento como la muerte —digo
cuando escucho los pasos deteniéndose en mi puerta.
Continúan y la cama se hunde. Esto es muy vergonzoso. Quiero permanecer 256
escondida bajo estas mantas para siempre.
—Doctor, si necesita algo, un termómetro, agua, compresas frías, háganoslo
saber —dice mi abuela desde abajo.
Frunzo el ceño. ¿Doctor? Bajando las mantas lentamente como si tuviera
miedo del hombre del saco, miro para ver al doctor.
—Oh, Dios mío… —susurro.
—Dios, doctor, lo que sea que necesites que sea para ti —sonríe Flint.
Extiendo una mano temblorosa, como si tuviera que asegurarme de que es
real. Me rodea la espalda con un brazo y me ayuda a sentarme. Envuelvo mis
brazos alrededor de él. Si no estuviera tan deshidratada, habría algunas lágrimas
gruesas.
—¿Estás cuidando bien a mi bebé y a su mami?
Toso un sollozo pequeño, abrazándolo con más fuerza.
—No. —Es la verdad. Claramente puede ver que las cosas no van bien.
«Mi bebé y su mami». Mi corazón puede explotar.
—Eso es lo que temía. —Se echa hacia atrás para mirarme.
Ugh. La vista no es buena. Puedo sentirlo.
—¿Por qué estás aquí?
Sonríe, apartando mi asqueroso cabello enmarañado de mi cara.
—Elle… —se inclina, presionando un beso en mi frente mientras su mano
toma mi nuca—, sabes por qué estoy aquí.
—Apesto.
Se ríe, con sus labios aún presionados en mi frente.
—Quizás.
—Necesito una ducha, pero estoy demasiado débil.
—Es por eso que el doctor Hopkins está aquí. —Se pone de pie, quitándose
la chaqueta del traje.
—¿Llevas traje?
Se afloja la corbata.
—Tuve que lucir el papel.
Tan mal como me siento, no puedo evitar sonreír. ¡Maldita sea! Mis dientes
están sucios. Qué asco. 257
—Dame un segundo… —Cruza el pasillo hacia el baño y abre el agua.
Paso las piernas por encima del borde de la cama, haciendo una mueca ante
la mezcla de náuseas y aturdimiento que se apodera de mi cuerpo.
—¿Adónde crees que vas? —Se arrodilla en el suelo frente a mí y abre la
cremallera de una bolsa que se parece a una vieja bolsa de cuero de médico.
—No muy lejos —murmuro.
—Abre. —Sostiene un gotero.
Niego con la cabeza.
—Abre —dice con un poco más de autoridad.
—Te lo vomitaré encima.
—Voy a arriesgarme. Ahora abre. —Abro con medio encogimiento.
¡Qué asco!
—¡Asqueroso!
Sonríe. Volviendo a tapar la botella nuevamente.
—Sí. Ahora bebe. —Me entrega una botella de algún tipo de líquido.
Mi nariz se arruga de nuevo.
Él suspira.
—Solo haz lo que te digo, ¿de acuerdo?
Aún no estoy vomitando, así que bebo el líquido. Es como agua saborizada.
No es terrible.
Flint se sube la manga de la camisa y mira su reloj.
—Otro gotero lleno en veinte minutos. —Se pone de pie y se desabotona la
camisa blanca.
Miro su torso desnudo.
Él sonríe.
—Ves, ya te sientes mejor.
Mi mirada se dispara hacia la suya. Me guiña un ojo. Bastardo arrogante.
Pone su camisa cuidadosamente sobre la cama y se desabrocha los
pantalones.
Mi mirada va de la suya a la puerta.
—¿Qué estás haciendo? 258
—Desvestirme. No voy a bañarte con un traje de lana.
—La puerta está abierta, ¿qué estás…?
—No me preocupan demasiado los dos ancianos de abajo que tardaron
quince minutos en llegar a la puerta, o tu padre en su estado de discapacidad física.
Por cierto, es un buen tipo. Ya felicitó mi traje.
—¿Escribió un «bonito traje» en su pizarra?
—No. —También se quita los calzoncillos.
Bueno, maldita sea…
—Dijo, «bonito traje». Fue un poco entrecortado, pero eso es lo que dijo.
—Flint agarra el dobladillo de mi camisa y me la quita—. Pon los brazos alrededor
de mi cuello, nena.
¿Nena?
Me inclino hacia adelante y envuelvo mis brazos alrededor de su cuello.
Levanta mi trasero lo suficiente para quitarme la parte inferior del pijama y las
bragas. Con un movimiento sencillo, me levanta y me lleva al baño, cerrando la
puerta de una patada detrás de nosotros.
—¿Inodoro?
Niego con la cabeza.
Me ayuda a ponerme de pie y frunce el ceño.
—Estás demasiado deshidratada. —Asiento.
Flint cierra el grifo y entra en la bañera. Luego me ayuda a entrar antes de
sentarme y guiarme hasta sentarme entre sus piernas con mi espalda contra su
pecho. No pierde tiempo antes de lavarme el cabello. Sus dedos masajeando mi
cuero cabelludo se sienten increíbles. Estoy bastante segura de que tarareo una
sinfonía completa.
Después de lavarme gentil y plenamente de la cabeza a los pies, se inclinó
hacia atrás y me sostuvo en sus brazos con su mano derecha extendida sobre mi
barriga. Cubre todo mi abdomen ahora mismo.
—Te quiero. —Besa mi cabeza.
Parpadeo y abro los ojos, pero no respondo.
—Y quiero este bebé. —Vuelve a besarme la cabeza.
Deslizo mi mano sobre la suya y entrelazo nuestros dedos. No sé cómo
funcionará esto sin grandes sacrificios, pero me niego a preocuparme por eso en
este momento, un momento que se siente tan perfecto hasta que se abre la puerta 259
del baño.
—¿Ellen? ¡Oh! —Mi abuela salta, su mano cubriendo su corazón.
Espero que siga latiendo.
—Doctor Hopkins… bueno, yo… yo solo quería ver cómo iban las cosas.
Me estremezco, mordiéndome el labio inferior, pero Flint ni siquiera se
inmuta, ni un solo músculo suyo se flexiona un centímetro.
—Estamos terminando una ronda de hidroterapia. Saldremos en unos
minutos. Si no le importa, a Ellen le vendría bien un poco de caldo, si tienen.
—Hidroterapia… —Asiente lentamente—. Sopa de caldo… sí, puedo hacer
eso.
—Gracias.
Cierra la puerta.
Dejo ir su mano y deslizo todo mi cuerpo bajo el agua porque… Que.
Alguien. Me. Mate. Ahora. Agarra mis brazos y me levanta nuevamente,
entregándome una toalla para limpiarme la cara.
—El momento más embarazoso de mi vida.
Flint se ríe.
—Creo que ha ido bastante bien.
260
—Creo que cepillarse los dientes tres veces es suficiente.
Apoyado contra la puerta del baño, veo a Ellen escupir un poco de espuma,
con arcadas cada vez. Algo me dice que las mamadas estarán fuera de escena
durante mucho tiempo. Es patético que mi mente incluso vaya allí, pero lo hace.
—Nunca subestimes el poder de los dientes limpios. —Deja su cepillo de
dientes junto al lavabo y se vuelve hacia mí—. Estoy débil, pero no tengo ganas
de vomitar. Eso es bueno, ¿verdad?
Sonrío, acercándola a mi pecho.
—Nunca subestimes el poder de las hierbas. Pero tenemos que alimentarte.
Empezaremos por el caldo.
261
Agarra mi corbata cuando empiezo a caminar hacia el pasillo. He echado de
menos sus manos sobre mí así.
—¿Dónde está Harrison?
—En Nueva York con mis padres. Van a ver caer la pelota esta noche.
Se ilumina, aún pálida como un maldito fantasma, pero sus ojos tienen algo
de brillo.
—¿Ellos lo saben?
Niego con la cabeza, chupando mi labio inferior entre mis dientes.
—Aún no he resuelto la logística de esto. Aún estoy intentando resolver
cómo traer otro hijo a mi vida sin sacrificar la relación que tengo con el que ya
tengo.
Frunce el ceño como si fuera su culpa que esté embarazada.
—Y estás intentando resolver cómo cerrar la brecha de dos mil
cuatrocientos kilómetros entre tus dos hijos.
Enmarco su rostro y rozo mis labios sobre los de ella, inhalando su aliento
mentolado.
—Estoy intentando resolver cómo cerrar la brecha de dos mil cuatrocientos
kilómetros entre nosotros.
—Hablando de nosotros. ¿Cómo va a ir esto? —Asiente hacia las escaleras.
—Les agrado. A todos. Tu abuelo dijo que es muy raro encontrar médicos
que hagan visitas a domicilio en estos días, y tu papá sonrió. Creo que está
impresionado no solo con mi traje, sino también con mi trato con los pacientes.
—¿Trato con los pacientes? —Arquea una ceja—. Me enviaste una botella
de lubricante personal. Papá cree que era un reloj. ¡Estaba enojado porque no lo
grabaste!
Me rio. Dios, amo a esta mujer. Y ahí está, la verdad. La amo y duele
jodidamente no saber cómo estar con ella. Sonrío para ocultar mi preocupación.
—Una compra tan desperdiciada de mi parte. Para cuando exploramos ese
territorio, ya estabas muy lubricada por tu cuenta. —Su mandíbula cae en picado
al suelo.
Le pellizco las mejillas.
—Ahí está mi chica. Finalmente, un poco de color en tu cara. ¿Vamos a
comer?
Como era de esperar, la abuela me mira con sospecha. El estado de ánimo 262
aquí ha cambiado. Ya no me siento como el médico héroe que hace visitas a
domicilio. Me siento como el maestro que acaba de ser atrapado con la mano
subiendo la falda de una estudiante.
—¿Qué tal estuvo tu hidroterapia, cariño? —La abuela de Ellen pone un
cuenco de caldo en la mesa y se sienta en la silla junto a ella.
Ellen sonríe, dándome una mirada rápida.
—Abuela, el doctor Hopkins no es realmente un médico. Su nombre es
Flint. Te hablé de él y de su hijo Harry. ¿Recuerdas?
La abuela me mira. Le doy un guiño, sentándome frente a Ellen.
—Ah, ¿por qué dijiste que eras doctor?
—No lo hice. Dije que estaba aquí para cuidar de Ellen. Infirió que soy
doctor de eso. Y no discutí.
Ellen sorbe su sopa y se limpia la boca con una servilleta.
—Flint es abogado. Es bueno con la manipulación de palabras. —Sonríe
antes de tomar otro sorbo de sopa.
—Samuel, no es médico —llama la abuela como si quisiera que los vecinos
también la escuchen.
—La hidroterapia no es algo real. Solo es una perversión.
—¿Una qué? —Samuel no tiene buen oído o necesita bajar el volumen del
televisor. Está bastante alto.
—El-len… —El padre de Ellen llama a su nombre.
Ella se levanta de la mesa y se sienta en el brazo de su sillón reclinable.
—¿Fl-int?
—Sí. Es el hombre del que te hablé.
—Lo… amas…
Mis ojos azules favoritos se mueven para encontrar mi mirada, y asiente,
devolviendo su atención a su padre.
—Sí. Lo amo.
Quiero golpearme el pecho. La última vez que me sentí así fue el día en que
Harrison vino a este mundo.
Su padre toma una pizarra de la mesa auxiliar y escribe en ella. Ella lo lee,
dándome otra sonrisa.
—Sus padres están en Nueva York con Harrison. Flint vino a pasar la 263
Nochevieja conmigo.
Supongo que aún no compartiremos las noticias del bebé. Es un alivio, ya
que no estoy seguro de lo que estoy haciendo aquí, excepto cuidar de una mujer
enferma y un hijo por nacer. Aún no sé cómo le voy a explicar esto a Harrison sin
hacer estallar su mundo.
A Harrison no le gusta cuando cambio sus sábanas o reorganizo los muebles
en la sala de estar. Un bebé y una posible reubicación lo abrumarán por completo.
Cage tiene razón, lo mimo. Pero matar a su madre le compra más que la cantidad
promedio de mimos. Matar a su madre significa que le debo una vida que no
implica poner su mundo patas arriba.
—Papá, me siento mejor. Flint no es médico, pero sabe mucho de hierbas.
De hecho, después de tu derrame, usó hierbas para subirme a un avión. Cuando no
está siendo completamente desagradable, es bastante fantástico.
La miro con los ojos entrecerrados. Fantástico.
—Bueno… —Me acuesto en la cama que Flint acaba de desnudar para lavar
mis sábanas. Sus habilidades domésticas son bastante impresionantes—. Creo que
le gustas a papá, aunque no seas médico. —Sonrío—. Pero estoy bastante segura
de que mi abuelo aún cree que eres médico. —Flint yace a mi lado, sosteniendo
mi mano—. Pero mi abuela… cien dólares dice que está en su iPad en este
momento haciendo una búsqueda en Internet sobre hidroterapias.
Se vuelve hacia mí, apoyando la cabeza en su mano.
—¿Y cómo te sientes?
—Como una mujer nueva. Aún estoy destruida y no he hecho nada, pero no
siento náuseas. Tú y tus hierbas de contrabando son mis unicornios mágicos. —
Bostezo—. Pero necesito una siesta. ¿Por qué no dejas que mis bebés salgan de su
jaula para que puedan acurrucarse con nosotros para una siesta?
Flint gira la cabeza, dándole a mis bebés un vistazo. Dudo que sea una
mirada favorable.
—Quizás mejor esperamos hasta mañana o hasta el día siguiente cuando me 264
vaya.
Cuando se vaya. Por supuesto que se va. Mi cerebro lo sabe, pero mi
corazón no bajará de la altura increíble sobre él estando aquí y confesando que nos
quiere a mí y a este bebé.
—Flint, ¿cuál es el plan? Te conozco lo suficiente como para saber que
tienes un plan. Incluso si no estás seguro de cómo lo vas a ejecutar… tienes un
plan. No habrías venido aquí sin un plan.
Su frente se arruga con líneas profundas de pensamiento mientras se acerca
y riza mi cabello detrás de mi oreja.
—¿Y si te digo que no tengo un plan? ¿Y si te digo que reservé este viaje al
último minuto después de que me enviaras un mensaje de texto ayer diciendo que
no querías estar embarazada?
—Flint, no quise decir…
Niega con la cabeza.
—Sé que no lo dijiste en serio, al menos, ahora lo hago. Todo lo que sabía
en ese momento era que te sentías mal y no tenías a nadie que te cuidara. Así que,
simplemente reaccioné. No hay un gran plan.
No hay un gran plan. Me permití asimilar eso por unos momentos.
—Es temprano. Podría abortar. Simplemente nunca…
—Por Dios, Elle… —Hace una mueca.
Descanso mi mano sobre su pecho.
—No quiero, solo estoy siendo realista. Podría abortar. Nunca he estado
embarazada. No sé cómo irá esto. Pero conozco a muchas mujeres que han tenido
múltiples abortos espontáneos. Todo lo que digo es que, no quiero que te estreses
por esto ahora mismo. Podrías ir a casa y decírselo a Harry, y si no reacciona bien,
habrás puesto a prueba esa relación por algo que puede que quizás nunca suceda.
—¿Algo que quizás nunca suceda?
Asiento.
Se sienta, encorvado sobre el borde de la cama, agarrándose el cabello con
un puño.
—Necesito un poco de aire. Regreso más tarde.
—¿Aire? —Me incorporo a medida que se aleja—. Hace frío y nieva afuera.
Continúa fuera del dormitorio y baja las escaleras sin responder. Me dejo
caer en la cama y trato de dormir un poco, pero después de unos minutos largos de
pensamientos incesantes, me siento. Me pongo algunas botas y ropa más abrigada, 265
bajo de puntillas y trato de no anunciar mi partida mientras escapo por la puerta
trasera.
—¡Maldición! Hace frío. —Me bajo el sombrero hasta las orejas y me
aprieto más la bufanda. Hay un auto de alquiler en el camino de entrada, así que
no fue muy lejos. Sigo las huellas en la nieve hasta el muelle donde Flint está de
espaldas a mí.
—Hace frío. Vuelve adentro —dice sin volverse.
—Estás molesto. ¿Por qué estás molesto? —Me quedo unos metros atrás
para darle algo de espacio.
—No estoy molesto. Solo intento resolverlo todo.
—¿No estabas escuchando? Te dije que es demasiado pronto para estresarse
y resolver algo de esto.
Se gira. Sus mejillas rosadas por el aire helado. Su mandíbula rígida como
si estuviera congelada en su lugar.
—Tu abortas. ¿Y entonces qué? —Sus hombros se elevan hacia sus orejas.
—Entonces… —Niego con la cabeza—. Nada.
—Nada —repite con una risa cínica—. ¿Vuelvo a mi vida y tú vuelves a la
tuya?
Me estremezco, volviendo mi cuerpo para proteger mi rostro del viento. No
sé qué es más escalofriante, el viento helado o sus palabras.
—No… no lo sé. Tal vez.
—Tal vez. —Asiente lentamente con una expresión imperceptible—. ¿Y si
no tienes un aborto espontáneo?
—Entonces, lo resolvemos.
El aire caliente condensándose por sus exhalaciones flota sobre su hombro,
prueba de que está aquí. Aún no puedo creerlo.
Qué ridículo de mi parte pensar eso, incluso por un segundo. Por supuesto
que está aquí. Cuando me rompo, él me levanta.
—Vayamos adentro. No te quiero más aquí en el frío. —Envuelve su brazo
alrededor de mis hombros y me guía hacia la casa.
—Oh, mierda. —Me detengo, miro hacia la puerta trasera y al hombre
abriéndola para entrar como si viviera aquí.
—¿Quién es ese?
—Alex.
266
—¿Tu ex?
—Sí. Está aquí visitando a sus padres durante las fiestas.
—¿Y cómo lo sabes?
Continúo hacia la puerta.
—Ayer pasaron a saludar.
—Ya veo.
—Ahí está ella. ¿Adónde fuiste? —pregunta mi abuela cuando entramos del
frío helado.
—Solo fuimos a tomar unos minutos de aire fresco. —Sonrío, desplazando
mi mirada hacia Alex, pero él no me mira.
—¿Quién es tu amigo? —pregunta como si aún estuviéramos juntos y siente
curiosidad por este hombre detrás de mí.
—Alex, este es Flint. Flint, este es Alex.
Alex no ofrece su mano, pero tal vez sería extraño ya que las suyas son algo
robóticas. No sé cuál es el protocolo al respecto.
—¿Cómo conoces a mi Ellen?
¿Mi Ellen? ¿Desde cuándo? Entrecierro los ojos a Alex, pero aún no me
mira.
—No sabía que había sido fichada y registrada con un propietario
específico, como un perro. —Resoplo ante la respuesta de Flint.
—Lo siento. —Alex me da una mirada breve—. Es hábito. Siento que
hemos estado juntos desde siempre.
Excepto por los dos años que me trataste como una mierda y el año desde
nuestro divorcio. Pero quién cuenta.
Alex da un paso hacia mí, dándome esa mirada de adoración que solía
darme, mientras levanta su brazo, tocando mi mejilla con sus fríos dedos
protésicos.
Me pongo rígida cuando la mano de Flint envuelve el antebrazo de Alex,
alejándolo de mi cara.
—Pero para ser claros… si algún hombre fuera a poner algo dentro de Ellen
y reclamarla… sería yo.
Para ser claros… me acabo de enamorar otra vez de Flint Hopkins.
Mi papá y mis abuelos miran desde la mesa de la cocina con confusión a 267
medida que el rostro de Alex se ilumina al comprenderlo todo mientras tira su
brazo del agarre de Flint. Flint se interpone entre Alex y yo como si estuviera
protegiéndome. Ya no necesita protegerme de Alex. Pero en serio, amo a este
hombre con tantas jodidas fuerza en este momento.
Alex da un paso atrás. Es atlético, ágil pero fuerte, como la mayoría de los
buenos surfistas y escaladores. Pero el papi de mi bebé ex jugador de fútbol
probablemente golpea mucho más fuerte.
—Así que tú eres el responsable que la puso en esta situación. Qué amable
de tu parte —dice Alex.
—¿Qué situación? —pregunta la abuela.
Me muevo alrededor de Flint, dándole mi mejor mirada a Alex de vete a la
mierda.
—No hay ninguna situación, abuela. Estoy bien, Alex. Gracias por pasar a
ver cómo estoy.
Alex mira a Flint. Tengo miedo de darme la vuelta para ver la expresión de
su rostro.
—Llámame si me necesitas. —Una sonrisa de suficiencia asoma por el
rostro de Alex. Lo único que ama más que saber mi secreto es saber que Flint sabe
que él sabe—. Si las cosas se complican demasiado.
—No anticipo eso. —Le doy una sonrisa tensa.
Alex asiente lentamente.
—Que tengan un feliz año nuevo. —Se vuelve y les da un gesto cortés a mi
papá y a mis abuelos.
Lo observo todo el camino hasta la puerta. Me vuelvo hacia Flint cuando se
cierra detrás de él. Lleva su expresión especial ilegible, pero la vibra que estoy
captando es que está molesto. ¿Con Alex? ¿Conmigo? No lo sé.
—¿El-len?
—¿Sí, papá? —Le sonrío.
Me lanza una mirada que es mucho más fácil de descifrar. Es la mirada que
me hará confesar si no salgo pronto de aquí. Todos estos años después, e incluso
después de sufrir un derrame cerebral, aún tiene esa mirada.
—¿Necesitas algo? Si no, me prepararé para llevarte a tus citas.
Papá sigue mirándome. No. No voy a dejar que me rompa. No ahora.
—Está bien, dame veinte minutos. —Subo las escaleras, sin mirar atrás a
Flint, pero siento el calor de su cuerpo justo detrás de mí. Quizás no sea su cuerpo, 268
quizás sea su ira—. Estás enojado, pero no estoy segura de por qué. —Doy la
vuelta al segundo en que pongo un pie en mi habitación.
Se eleva sobre mí en nuestra postura habitual de pies a cabeza.
—¿Tu padre no sabe lo del bebé? —Niego con la cabeza—. ¿Tus abuelos
no saben del bebé? —Otro movimiento de cabeza—. ¿Pero tu maldito exesposo
sabe del bebé?
Mi barbilla cae, miro al suelo.
—Estaba aquí. Vomité. Simplemente… —Niego con la cabeza—. No lo sé.
Salió. Me sentía jodidamente mal. Estaba enojada contigo y enojada con el mundo
porque sentirte así te hace odiar un poco la vida.
—¿Por qué estabas enojada conmigo?
Levanto la vista.
—Porque eres en parte culpable de este embarazo, y cuando estaba
inclinada sobre el inodoro vomitando la bilis hasta que quemó cada uno de mis
músculos, no fueron tus manos las que me apartaron el cabello de la cara, sino las
suyas. Y eso me cabreó. Me cabreó que no estuvieras aquí. Me cabreó que él estaba
aquí. Y yo… —suspiro—. Necesitaba contárselo a alguien.
—Odio que te haya tocado. Odio que fueran sus putas manos las que te
apartaron el cabello hacia atrás. Odio no haber estado aquí.
Asiento.
—Lo sé.
El dolor se intensifica en su rostro. Duele imaginar lo que está pasando por
su mente.
—Mi papá tiene sus citas de terapia. ¿Vienes con nosotros?
Me empuja hacia su pecho.
—Sí.
Flint nos conduce por las carreteras cubiertas de nieve hasta las citas de mi 269
padre. Flint prepara la cena para mi familia. Flint nos deslumbra a todos con su
conocimiento de… todo. Flint ayuda a mi padre a prepararse para la cama de modo
que yo pueda descansar.
Me recuerda por qué me enamoré tan fácilmente de él, mucho antes de
admitírselo. Mucho antes de admitírmelo.
Este hombre no vino aquí solo para cuidarme, vino aquí para cuidar lo que
más significa para mí. Aquellos que más te aman, apreciarán lo que tú amas.
Nutrirán lo que te hace ser tú.
Agarro un vaso de agua y apago las luces antes de subir a la cama. Flint está
haciendo mi cama como si hubiera una inspección militar. No creo que planchara
las sábanas, pero no puedo asegurarlo. No veo ni una sola arruga en la cama
perfectamente tendida. Hablando de perfección… el hombre esculpido metiendo
las almohadas en sus fundas y usando solo pantalones parcialmente desabrochados
me hace sentir algo en mi estómago además de náuseas.
—No voy a dejar que te vayas.
Flint alisa las sábanas una vez más.
—Ah, ¿sí? —Toma mi vaso de agua y lo deja sobre la mesita de noche.
—Sí. —Presiono mis manos contra su pecho, dejando que mis dedos tracen
cada músculo—. Si es un niño… —susurro—, espero que se parezca a ti.
Sus dedos encuentran su camino a través de mi cabello, hasta que sostiene
mi cabeza, echándola hacia atrás hasta que mi mirada encuentra la suya.
—¿Y si es una niña?
Sonrío.
—Espero que te ponga de rodillas todos los días.
—¿Como su mamá?
Mamá. No hay palabras para describir cómo me hace sentir eso. Mi vida
comenzó de nuevo después del divorcio. Mis sueños se desvanecieron. He estado
esperando que la vida me muestre dónde encajo nuevamente. Mamá.
Quiero esta vida.
—¿Te pongo de rodillas?
Flint me lleva a la cama y me guía para que me siente en el borde. Se
arrodilla en el suelo entre mis piernas, envolviendo sus brazos alrededor de mi
cintura a medida que su mejilla descansa sobre mi pecho junto a mi corazón.
—Más que cualquiera. 270
Mis dedos trazan las líneas duras de su espalda desnuda mientras pienso en
la madre de Harry.
—Seguramente no más que cualquiera.
Mueve la cabeza para que sus labios se presionen contra mi esternón.
—Cualquiera —susurra.
Deslizando mis manos en su cabeza, aprieto su cabello lentamente y dejo
caer mi barbilla hasta que mis labios presionan su cabeza.
Quiero esta vida.
Quiero a este hombre.
¿Quiero lo imposible?
Me despierto sin aliento con esta mujer en mis brazos, y con mi hijo. Gotas
de sudor a lo largo de mi frente de una pesadilla.
Estábamos en la sala de partos y Heidi estaba en la puerta sacudiendo la
cabeza. Articuló «penitencia» justo antes de desvanecerse como un fantasma. Ellen
dio un empujón más fuerte. El médico anunció que era una niña. La besé hasta que
sus labios cayeron flácidos contra los míos. Las máquinas empezaron a pitar.
Todo el mundo se revolvió.
—La estamos perdiendo —dijo el médico.
En un abrir y cerrar de ojos, estaba de pie sobre la tumba de Ellen
sosteniendo a nuestro bebé.
271
—Mmm… —tararea, su trasero presionado a mi erección matutina—. Me
gusta dónde está tu mano —murmura a medida que su mano cubre la mía sobre su
vientre—. Feliz año nuevo.
—Feliz año nuevo. ¿Cómo te sientes?
—Más o menos. Con un poco de náuseas.
—Traeré comida y más hierbas de contrabando para ti. —Me incorporo y
alcanzo su agua y la botella de tintura de vidrio.
Se ríe.
—¿Es marihuana? ¿Me estás dando marihuana?
—El nombre correcto es cannabis. Abre.
Se sienta, mirándome letalmente.
—Entonces, ¿eso es un sí?
—Abre. —Sostengo el gotero.
—Flint…
—Elle, abre.
—No hasta que me lo digas.
—No es un sí.
—¿Entonces es un no?
—Abre.
—¡Dime!
—Hago mis propias tinturas. La marihuana es ilegal para cultivar en
Minnesota. —Abre la boca con un obstinado suspiro. Pongo un gotero lleno.
—¡Qué asco!
Le doy el agua.
—Bebe. Y te traeré algo de comida.
—Estás evadiendo mi pregunta. Necesito escuchar: «Ellen, no le estoy
dando tintura de marihuana a tu bebé».
Me pongo mis pantalones deportivos y una camiseta.
—Nuestro bebé.
—Nuestro bebé. Tienes que contarme cómo llegaste a cultivar todo eso, a
hacer tus propias tinturas. No encaja con el jugador de fútbol, el agente deportivo, 272
el abogado.
Me encojo de hombros.
—Siempre me ha gustado la botánica. Me atrapó durante la escuela. Sé que
le hago pasar un mal rato a Harrison por su obsesión por la ciencia o la música,
pero era el niño obsesionado con recolectar semillas y cultivar todo lo que pudiera
donde pudiera encontrar el espacio. Solo espera… en algún momento mis padres
te contarán la historia de las zanahorias creciendo en medio de nuestro jardín.
Ellen sonríe.
—Pero, eres abogado.
—Sí, bueno, la gente rara vez hace lo que ama. Hacemos lo que parece
inteligente en ese momento. También amaba el fútbol, pero cuando eso no
funcionó, hice lo que pareció inteligente.
—Me encanta escuchar del joven Flint. —Sonríe y se estira, arqueando la
espalda. Me concentro en sus pezones pegados a su camisón.
—¿Qué estás mirando? —Mi mirada se fija en la de ella.
Atrapado.
—Te prepararé tu té de jengibre. ¿Quieres una tostada y huevos o avena?
—Me pongo los pantalones de chándal y me bajo la camisa lo más bajo que puedo.
—Shhh… ¿escuchas eso? —Presiona su dedo contra sus labios.
Escucho y niego con la cabeza.
—No escucho nada.
—Exactamente. —Se sienta de rodillas y se quita la camisa de dormir.
—Elle…
—Shhh… —Niega con la cabeza—. ¿Sabes qué más puede aliviar las
náuseas? —Camina de rodillas hacia el borde de la cama—. Las endorfinas.
¿Quieres ayudar a liberar algunas endorfinas en mi cuerpo?
—Ellen. No vamos a… maldita sea… —Respiro profundamente cuando su
mano se sumerge en la parte delantera de mis pantalones.
Me frota.
—Tomaré esto como un sí.
—Necesitas comida. —Hago una mueca cuando aprieta su agarre y desliza
su pulgar sobre la cabeza de mi polla.
—Entonces, será mejor que veas lo rápido que puedes darme una ráfaga de
esas endorfinas anti-náuseas. —Agarrando el cuello de mi camisa, me atrae hacia 273
ella hasta que me inclino cerca de su cara. Sus labios rozan mi oreja—. ¿Qué tan
rápido puedes hacer que me corra, señor Hopkins?
—Estoy intentando ser un caballero contigo. Estoy aquí para cuidar de ti.
—Agarro su muñeca, pero no puedo obligarla a detenerse.
—Tómate un descanso de cinco minutos de ser un caballero. —Sus dientes
se hunden en el lóbulo de mi oreja mientras pasa mis pantalones de chándal y
calzoncillos más allá de mis caderas.
—Tus ratas están mirando.
Sonríe, acariciando su mano por mi longitud un par de veces.
—Solo Gaga.
—¿Cinco minutos?
Ellen asiente. Amo su cabello rojo desordenado, esos ojos… las pecas. Es
el puto paquete de todos los paquetes.
La beso con fuerza hasta que gime, haciendo largas caricias con mi lengua.
Tira de mi camisa. Me aparto y la saco antes de inmovilizarla contra la cama.
—Mueve tus bragas a un lado —le susurro al oído.
—¡Sííííí! —Desliza la entrepierna de sus bragas hacia un lado, cierra los
ojos y me deja darle todas las endorfinas posibles.
Me recuerdo que ella quiere esto.
No soy un hombre desconsiderado que simplemente tiene sexo a la primera
oportunidad.
Sus ratas no me están mirando, juzgándome. Excepto Gaga. La más fea del
grupo.
—Justo allí… —La pelvis de Ellen se levanta de la cama, buscando más.
La beso y deslizo mi mano entre nosotros. Gime en mi boca y luego mueve
la cabeza hacia un lado.
—Voy a…
Bien por ella. Quiero hacerlo. En serio lo hago, pero no puedo alcanzar un
orgasmo con imágenes en mi mente de una rata sin pelo mirando mi culo desnudo.
Ahora es simplemente incómodo. No llevo condón. Sabrá si simplemente
renuncio y no tengo un orgasmo. Pero temo que podría romper su pelvis si sigo
bombeando en ella mientras intento concentrarme en sus tetas sexy o lo caliente y
apretada que se siente a mi alrededor en lugar de imágenes de Gaga con sus
extrañas patitas agarrando la jaula a medida que solo mira fijamente con sus
diminutos ojos negros como perlas y su hocico puntiagudo. 274
Mis cinco minutos están por terminar. Ellen clava sus uñas en los músculos
de mi trasero, animándome.
¡Malditas ratas!
Paro. No tiene sentido continuar.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta, un poco sin aliento.
Salgo y ruedo sobre mi espalda, deslizando mis calzoncillos y pantalones
de chándal.
—Me ganaste al final. —Miro al techo con mi mano extendida sobre mi
pecho—. Necesitabas las endorfinas, y ahora necesitas algo de comida ya que te
di esas hierbas.
La cama vibra con sus risitas.
—¿Te gané al final? ¿Desde cuándo el sexo es una carrera con ganadores y
perdedores?
—Desde que terminaste embarazada y ahora tus necesidades superan a las
mías.
—¡Oh Dios mío! —Se sienta, sosteniendo su camisón contra su pecho—.
Has tenido relaciones sexuales desde… —Su cabeza se sacude como si necesitara
pronunciar las palabras en lugar de decirlas—. Desde que estuvimos juntos antes
de Acción de Gracias. Has… has tenido compañía de adultos, ¿no?
—¿Qué? —Me incorporo lo suficiente para apoyarme en los codos—. ¿De
qué estás hablando?
—Es la única explicación para el sexo por lástima.
—¿Sexo por lástima? —Intento no reírme, pero esto es lo más loco que he
escuchado.
—Sí. Sexo por lástima. —Se arrastra fuera de la cama y se vuelve a poner
el camisón por la cabeza como si también estuviera enojada con eso—. Es lo que
le das a alguien que consideras desesperado después de que te has saciado.
—¿Saciado de qué?
—¡Sexo! ¿No estás escuchando?
Jodidamente. Demasiado. Eso es lo mucho que amo a esta mujercita feroz
pisoteando y empuñando las manos.
—¿Crees que he estado «saciándome» de sexo desde que te mudaste aquí?
—Me rio. 275
Me apuñala con un dedo.
—No te atrevas a reírte de mí.
—No me estoy riendo. Estoy…
—Te estás riendo. —Sale de la habitación, cerrando la puerta del baño
detrás de ella bruscamente. De acuerdo, me estoy riendo un poco. Llamo a la
puerta—. Vete.
Giro la manija. No está bloqueado.
—Gaga… —Entro y cierro la puerta detrás de mí.
Sus ojos entrecerrados miran mi reflejo en el espejo.
—¿Qué?
—No pude dejar de pensar en Lady Gaga observándonos. Por eso no
terminé.
—No me jodas.
—Date la vuelta.
Niega con la cabeza.
—Date. La. Vuelta.
Se vuelve con un suspiro, apoyándose en el tocador.
—¿Qué estás haciendo?
—Tomándome cinco minutos más para demostrar un punto. —Me agacho
frente a ella, empujando sus bragas.
—Flint…
Sostengo un dedo sobre mis labios a modo de silenciarla un segundo antes
de empujar mis pantalones de chándal y calzoncillos por mis piernas. Su mirada
se desplaza hacia mi erección porque es prácticamente una constante cuando estoy
con ella.
—No he estado con nadie más que contigo desde el día en que entraste en
mi vida. —La levanto sobre el tocador.
—Flint…
—Shhh… —La beso mientras me acomodo entre sus piernas.
Toma una respiración rápida cuando empujo en ella. Mi mano encuentra su
pecho a medida que encuentro un ritmo.
—¿Una carrera hasta el final? —le susurro al oído. 276
Los labios de Elle se presionan contra mi cuello, formando una sonrisa. Le
muestro lo mucho que la amo. Lo mucho que la he echado de menos. Lo mucho
que anhelo cada centímetro de ella. Y luego la gano al final, arrastrándola a través
de la línea justo detrás de mí.
Se derrumba en mi pecho, con sus brazos sobre mis hombros. Y porque esta
es mi vida con Ellen Rodgers, la puerta sin llave detrás de mí se abre mientras aún
estoy hundido hasta las bolas.
—¡Abuela! —chilla Ellen.
—Oh, querida. —Se aclara la garganta.
Miro su reflejo en el espejo, pero ella está mirando mi trasero desnudo como
la maldita Lady Gaga.
—Tu abuelo está usando un baño en la planta baja y tu papá está en el otro.
De hecho, necesito aliviar mi vejiga vieja. —Continúa enfocándose en mi trasero.
—Treinta segundos, abuela. Solo cierra la puerta. ¿De acuerdo? —Ellen
entierra su cara en mi cuello.
—Oh… está bien. —Retrocede y cierra la puerta.
—Oh, Dios mío —susurra Ellen.
Me rio entre dientes, saliendo y poniéndola de pie.
—Date la vuelta.
Arqueo una ceja a medida que levanta la tapa del inodoro.
—Solo hazlo —dice exasperada.
Me subo los pantalones y le doy la espalda mientras ella orina… y tararea.
Se vuelve a poner las bragas y se lava las manos. Ambos miramos la puerta durante
unos segundos, preparándonos para la abuela del otro lado.
Ellen respira hondo y abre la puerta. La abuela sonríe cuando pasamos junto
a ella.
—¿Qué tipo de terapia fue esa, doctor Hopkins?
Ella es buena.
Sonrío.
—Solo una buena terapia sexual.
La abuela frunce los labios para evitar sonreír y sacude la cabeza antes de
cerrar la puerta.
—Me siento muy unido a tu abuela. 277
Ellen se pone la bata, aún roja de la nariz a los pies.
—Le vas a dar un infarto.
—Voy a empezar a cerrar la puerta del baño. Simplemente no parece que
las escaleras sean lo suyo. —Me apoyo en el marco de la puerta—. Aunque, parece
manejarlas bien cuando siente que estamos desnudos en el baño.
Ellen pone los ojos en blanco y aprieta mi camisa mientras golpea
suavemente su frente contra mi pecho.
—Es algo con la familia de papá. Un sexto sentido. No le conté a papá de
mi situación, pero tengo el presentimiento de que él lo sabe.
—Deberías decírselo. ¿Quieres que se lo diga?
Levanta la vista.
—No. ¿Quieres que se lo diga a Harry?
—Sí.
—Por supuesto. —Una risa se escapa al final de la última palabra.
No sonrío. No parpadeo.
—Estás bromeando. —Niego con la cabeza—. ¿Quieres que le diga a Harry
que me dejaste… —baja la voz—… embarazada?
—No. Quiero que lo digas más así: «Harry, me dejé llevar un poco y ahora
estoy embarazada y tu papá también es el papá de mi bebé. Por favor, no lo culpes».
Abre la boca para hablar, justo cuando la nueva admiradora de mi culo sale
del baño.
—Niños traviesos, ¿qué les puedo preparar para el desayuno?
—Abuela, no te preocupes por eso. Bajaré en un minuto para hacer algo.
—De acuerdo.
Ellen pierde la sonrisa mientras vuelve su atención hacia mí.
—¿Quieres que me arroje debajo del autobús para salvarte?
—A sus ojos, caminas sobre el agua. No estoy seguro de que sea realmente
capaz de enfadarse contigo, especialmente si haces galletas.
Sus labios se fruncen hacia un lado. No estoy seguro de si debería cubrir mi
verga o correr. Se encoge de hombros.
—Bien.
—¿Bien? 278
—Se lo diré.
—¿Lo harás?
—Sí. Pero no en un par de meses más. Si tengo un aborto espontáneo, todo
será en vano.
Después de la muerte de Heidi, juré que nunca dejaría que otra mujer me
arrancara el corazón. Sin embargo, aquí estoy, dejando que esta mujer haga
exactamente eso.
—Vamos a comer. —Me doy la vuelta antes de que pueda ver lo mucho que
me matan sus palabras.
Lo veo empacar su bolso. ¿Por qué tiene que irse? Sé la respuesta, pero mi
corazón aún hace la pregunta.
—Espero que a Harry le encante la ciudad de Nueva York.
—Papá me envió un mensaje de texto con una foto de él en Times Square.
—Sostiene su teléfono para que lo vea.
—Esa es una gran sonrisa.
—Sí. —Flint mira la foto durante unos segundos más.
—Lo extrañas.
—Sí, lo hago. Algunos días no puedo esperar para distanciarme de él, pero
después de un tiempo, extraño sus quejas constantes y sus conversaciones 279
incesantes sobre cosas al azar.
Y por eso tiene que irse. Puede que sienta esta necesidad de que se quede,
pero solo uno de sus hijos realmente lo necesita en este momento, y no es el que
está en mi útero.
—Entonces, es extraño que nunca discutimos en realidad un plan.
¿Tenemos uno?
Cierra la cremallera de su bolso y se pone su abrigo de invierno.
—Estoy siguiendo tu ejemplo en esto, que parece ser un esperar y ver. Así
que, supongo que esperaremos unos meses para ver si aún estás embarazada.
Me estremezco.
—Eso es un poco abrasivo.
—No más que tus comentarios.
—¿Qué comentarios?
—Los recordatorios constantes de que podrías sufrir un aborto espontáneo.
El comentario de «todo por nada». Tengo la impresión de que dependemos al cien
por ciento de que este niño venga al mundo.
—Bueno… —digo lentamente—. ¿No es así? Me fui. Nunca me contactaste
hasta que Harry y yo estuvimos charlando por video en Navidad; más de un mes
después de que me fui de Minneapolis. Luego me llamaste porque te sentiste
culpable por algo que le dijiste a tu padre. Y solo apareciste aquí porque pensaste
que no quería este bebé. ¿Qué ha cambiado?
—¡Todo! —Se muerde los labios, sus manos en las caderas a medida que
mira hacia el techo—. ¿No lo entiendes? No voy a mover el cielo y la tierra para
que esto funcione y luego desecharlo todo si abortas a nuestro hijo. Para mí, esto
ya no se trata del bebé. —Todo dentro de mí se estremece de emoción.
Quiero esta vida.
—¿Vas a mover el cielo y la tierra por mí?
Suelta una risa cínica.
—¿Es tan difícil de creer?
Sí. Los hombres me aman cuando les conviene. Cuando la vida es buena.
Cuando tienen dos manos buenas. No hay nada conveniente en nosotros. Cuando
Harry se entere, es posible que la vida no se sienta muy bien. Y Flint no perdió las
manos, perdió algo, alguien, mucho más importante.
Aun así, aquí está por mí. 280
—Hazlo —susurro—. Mueve el cielo y la tierra.
Una sonrisa dolorosa tira de su boca. Lo abrazo, luchando contra las
emociones que vienen con las despedidas, luchando contra las emociones que
vienen con amar a alguien tan plenamente.
—El cielo y la tierra —dice, besando la parte superior de mi cabeza.
Flint agradece a mi familia, dándole un abrazo extralargo a mi abuela. No
estoy segura, pero creo que ella le da una palmadita suave en el trasero, sin
embargo, lo capto justo cuando él la suelta, así que no puedo decirlo con certeza.
—No es necesario que me acompañes. Quédate adentro donde hace calor.
Me pongo la chaqueta y el sombrero.
—No va a pasar. Agradece si no me ves persiguiendo tu auto de alquiler
como un perro.
—Obstinada. —Sacude la cabeza y me abre la puerta.
Nos detenemos junto a la puerta de su auto.
—Voy a llorar mis lágrimas normales, multiplicadas por mil porque…
ahora están las hormonas del embarazo.
—No es necesario que llores… ah, Elle. —Me atrae para un abrazo cuando
parpadeo la primera ronda de lágrimas y sollozo al mismo tiempo.
Sabía que me golpearía fuerte cuando llegara el momento de decir las
palabras.
—Hay m-muchas c-cosas que q-quiero d-decir.
Me abraza con fuerza, besando mi frente.
—Entonces, dilo.
Niego con la cabeza, luchando por contener más sollozos.
—Es e-estúpido. 281
—No es estúpido. Solo dilo.
Me tomo unos segundos para sentir el estallido de emociones para poder
pronunciar todas las palabras antes de desmoronarme de nuevo.
—Te amo, así que no mueras en un accidente aéreo. No cambies de opinión.
No te acuestes con otra mujer. No pienses en mí engordando o teniendo estrías. No
arruines tu relación con Harry por estar conmigo. Pero quédate conmigo. ¡Gah! Sé
que suena imposible. Pero…
Me besa. Y me besa. Y me besa hasta que podría desmayarme.
—El cielo y la tierra —susurra sobre mi rostro manchado de lágrimas.
Asiento y sollozo.
—Dios… seguro que sabes lucir el papel, Flint Hopkins. —Agarro la parte
superior de su chaqueta porque no tiene solapas para sostener.
Él sonríe.
—¿Qué papel es ese?
—El de Mi Hombre, por supuesto.
—Me gusta ese papel. —Besa solo la punta de mi nariz fría y abre la puerta.
—Te amo.
Se desliza en el asiento y enciende el auto.
—También te amo. Cuida de mi bebita y de su mami.
Levanto los hombros para esconderme del viento.
—¿Bebita?
Sus labios se fruncen mientras asiente.
—Solo un presentimiento.
—Adiós —susurro justo antes de cerrar la puerta. Lo veo alejarse, pero no
lo persigo. Harry lo necesita. Y amo a Harry. Eso es lo que me mantendrá en
movimiento mientras Flint, dios de mi mundo, mueve universos para estar
conmigo.
282
El zumbido silencioso del avión mezclado con las decisiones imposibles en
mi conciencia me pesa en los párpados. No hay nada más agotador que lo
irresoluble.
—No has dicho mucho sobre Ellen. —Papá me da un empujón en el brazo—
. ¿Resolvieron su mierda? —Gruño, negando con la cabeza—. ¿Cómo está su
papá?
—Mejor. Pero lejos de estar sano.
—¿Y Ellen? ¿Cómo está?
Miro al otro lado del pasillo a mi mamá leyendo un libro y Harrison, al otro
lado de ella, apoyado contra la ventana del avión, durmiendo.
—Embarazada —digo con una voz apenas por encima de un susurro.
—¿Qué?
Le doy una larga mirada de reojo. Me escuchó.
Exhala lentamente después de unos segundos.
—¿Es tuyo?
—Papá…
Levanta las manos.
—Tenía que preguntar.
Lo entiendo. Es la misma pregunta que le haría a cualquier otra persona en
mi lugar.
—¿Debería preocuparme que estés en un avión que va en la dirección
opuesta a donde ella está?
—No puede dejar a su padre. No puedo dejar mi vida en Minneapolis. Las
probabilidades de que esto funcione están en nuestra contra, pero voy a hacer que
suceda. —Voy a mover el cielo y la tierra—. No estoy seguro de cuál será el mayor
obstáculo, su padre o Harrison.
—No compliques esto. Lleva su trasero a casa, contigo, lo antes posible.
Me rio.
—Lo haces sonar tan simple.
—Funciona así… «Harrison, Ellen está embarazada de mi bebé. Vas a ser
un hermano mayor. Ella va a mudarse y también su padre. Utilizará mi oficina
como dormitorio hasta que le construyamos una adición en la parte trasera de la
casa». 283
—Eso es una locura.
—¿Qué parte?
Niego con la cabeza.
—Todo ello.
—Saca tu cabeza de tu culo obstinado y haz lo que sea necesario.
—No puedo simplemente pedirle a su padre que se mude.
—¿Sabe lo del bebé?
Me encojo de hombros.
—No lo creo… tal vez. Ellen cree que sospecha algo.
—Se mudará por ella. Se mudará por el bebé. Puedes conseguirle médicos
y terapeutas nuevos en Minneapolis.
Frotando mi barbilla, miro por la ventana hacia la noche oscura sin estrellas.
Debemos estar cerca de aterrizar, puedo ver algunas luces debajo.
—Quería contarle a Harrison del accidente antes de traer a alguien más a
nuestras vidas.
—Entonces, díselo.
—Me odiará. No quiero ese ambiente para Ellen o su padre.
—Entonces, no se lo digas.
—No es así de fácil.
—¿Necesitas decírselo por tu bien o por él? Porque en realidad no veo cómo
esto lo beneficia. Simplemente parece que necesitaras limpiar tu conciencia.
¿Podía ser tan simple? ¿Puedo no decírselo? ¿Puedo mudar a Ellen y su
padre aquí? ¿Puedo tener una segunda oportunidad ya sea que me la merezca o no?
—Estás en casa —contesta Ellen al teléfono.
—¿Te desperté? —Me siento en el borde de la cama, cansado por el día 284
largo de viaje.
—No. Solo jugando con mis bebés.
—¿Puedes empezar a referirte a ellos como ratas, ya que ahora tienes un
bebé real?
—No lo haré, pero gracias por la sugerencia.
—¿Estás tomando las hierbas que te dejé?
—¿La marihuana líquida? Sí.
—No es marihuana.
—Lo siento. Cannabis. —Me rio—. ¿Cómo está Harry?
—Bien. Creo que Nueva York fue un poco abrumadora para él. Estaba muy
emocionado de volver con sus ratas. Creo que tú y Harrison han convencido
oficialmente a Amanda con las ratas como mascotas.
—Son las mejores.
—No lo son.
—Acordemos que no estamos de acuerdo.
Sonrío. Estoy seguro de que las tiene corriendo por toda su cama ahora
mismo.
—¿Le has contado a tu papá del bebé?
—No. Hoy lo esquivé tanto como pude. Sé que sospecha algo.
—Dile.
—¿Qué?
—O le diré si quieres que lo haga.
—No. Harry puede tomar mejor la noticia de mí, pero te garantizo que mi
papá no la tomará mejor de ti.
—Entonces, díselo mañana. No puedo tenerte a dos mil cuatrocientos
kilómetros de mí.
—¿Esto significa que tienes un plan?
—Sí. Tú y tu padre se mudan aquí. Puede usar mi oficina como dormitorio
hasta que le construya una adición en la parte de atrás.
—¿Nos estás pidiendo a mi padre y a mí que nos mudemos contigo y con
Harry?
—¿Pidiendo? En realidad, no. Solo te estoy contando mi plan. 285
Ella ríe.
—Se está recuperando de un derrame cerebral. Sus médicos y terapeutas
están aquí.
—Aquí encontrará unos nuevos.
—Este es su hogar.
—Tú eres su hogar.
—Sus padres…
Suspiro.
—Sus padres. Su barco. Sus amigos. Su café favorito. Su colección de
revistas para chicas desnudas… lo entiendo. Todo está ahí. Pero vas a tener a mi
hijo, y te necesito aquí, lo que significa que él también necesita estar aquí. Dile
que estás embarazada y deja que él tome la decisión. No subestimes su
compromiso con tu felicidad.
—¿Crees que deberíamos esperar un mes o dos?
—No.
—Podría…
—Podrías abortar. También lo entiendo. No te estoy pidiendo que te mudes
aquí para tener un bebé conmigo. Te quiero aquí… punto. Mete eso en tu cabeza
obstinada. —Susurra algo—. ¿Qué dijiste?
—Nada.
—No. Dime.
—Dije que quiero esta vida.
Dejo que sus palabras cuelguen en el espacio entre nosotros durante unos
segundos.
—¿Esta vida? ¿Conmigo?
—Sí —susurra.
—Entonces, tómala. Te la estoy dando. Estoy moviendo el cielo y la tierra.
Solo tómala. Dile a tu padre. Prepara una maleta y enviaré a una empresa de
mudanzas para que haga el resto. Organizaré el transporte. Encontraré a tu padre
los mejores médicos y terapeutas por aquí. —Froto mi nuca. Está tensa por la culpa
y la preocupación. Culpa de no merecer esto. Preocupación de que las leyes del
universo lo descubra y me quiten lo que no he ganado para que todo pueda volver 286
a estar bien, justo y equilibrado.
—Dame un mes.
Niego con la cabeza a pesar de que no puede verme.
—Te doy una semana.
—¿Una semana? No puedo estar lista para irme en una semana.
—Entonces, no tienes a las personas correctas.
—¿Las personas correctas?
—Sí. Las personas exitosas se rodean de las personas correctas.
—¿Como tu mensajero de lubricantes?
Sonrío.
—Exactamente. Te prestaré mi gente. Una semana. Ahora duerme un poco
y comparte las buenas noticias con tu padre por la mañana.
Después de unos segundos de silencio, miro mi teléfono para ver si ha
colgado.
—¿Elle?
—Sí —responde ahogada.
—¿Estás llorando?
—No.
—Lo haces. ¿Por qué estás llorando?
—Gah… nada. Las hormonas. Y dijiste que le comparta a mi padre «las
buenas noticias», lo que significa que piensas…
—Pienso que este bebé es una noticia jodidamente buena.
—Te amo —murmura.
No vi venir esto. En poco más de tres meses, mi vida se ha transformado en
esta existencia que nunca imaginé. En mi camino hacia la sobriedad, hubo muchos
días en los que pensé en acabar con todo. Pensé que Harrison estaría mejor sin mí.
Sandy podía criarlo. Pagaría mis deudas con esta vida.
Y no habría sido un padre para Harrison.
No habría conocido a Ellen Rodgers.
Y no tendría una segunda oportunidad de traer un niño a este mundo y
hacerlo bien. Maldita sea. Voy. A. Hacerlo. Bien.
287
Quince minutos podría ser mucho tiempo para estar parada en la parte
superior de la escalera, mordiéndose las uñas. Esto me trajo recuerdos de mi
infancia. Me escondía en mi habitación después de hacer algo malo y le daba
vueltas en lo alto de las escaleras hasta que finalmente tenía el coraje para hacer el
camino de la vergüenza hasta la sala de estar para confesar mis pecados.
Soy una adulta.
No hice nada «malo».
Estoy embarazada… sin marido… y sin trabajo. ¿Y qué?
Muerdo mis uñas un poco más. Este es un hábito completamente nuevo para
mí. Es bastante repugnante, pero no puedo parar.
288
—Tienes esto —me susurro a medida que doy el primer paso hacia la
condenación eterna. Eso puede ser un poco extremo, pero nunca he tenido que dar
el discurso de «querido papá, estoy embarazada». Es aterrador, incluso a los treinta
y dos.
—Solo tú… y yo —dice.
Sonrío mientras miro a papá en su sillón reclinable.
—¿Te acabas de escuchar? Cuatro palabras, sin tartamudear. Apenas una
pausa.
—Sí —dice con un asentimiento decidido y una sonrisa leve robándole la
expresión.
—No voy a mentir. Extrañaré a los abuelos, pero no extrañaré a Bungie.
—¿Extrañas a Fl-int? —Se estremece ante su tropiezo breve.
—Mucho. De eso es de lo que necesito hablarte. —Respiro profundamente
y lo aguanto hasta que no puedo aguantar más. Aquí vamos—. Estoy embarazada.
Dos cejas rebeldes se disparan en la frente de mi padre. Puedo haber estado
equivocada. Tal vez no sospechaba nada más que el presentimiento de que tenía
algo que decirle.
—Ve con… él.
Niego con la cabeza.
—No sin ti.
Niega con la cabeza.
—M-mi casa está aquí.
—No me iré sin ti. El discurso de esta mañana me está volviendo loca, de
verdad. Y tú movilidad es cada día más fuerte. Creo que te recuperarás por
completo. En serio lo hago. Pero hasta entonces, no te dejaré.
—Elle…
—No. —Me encorvo frente a él, apoyando las manos en sus rodillas—.
Papá, es más que tu salud. Soy tu única hija, y me estoy preparando para tener un
bebé. Papá, un bebé. —Sonrío y se siente tan bien no solo querer esta vida, sino
saber que es posible… casi no puedo respirar—. Tu primer nieto… —Le doy una
sonrisa astuta—… excepto por tus cinco bebés ratas grandes.
Niega con la cabeza.
—Quiero que seas parte de esto. No quiero preocuparme por no conseguir 289
la toma para enviarte fotos de primeras sonrisas y primeros pasos. Quiero que estés
ahí. —Aprieto su mano—. Mamá querría que tú también estuvieras allí.
Después de momentos largos de miradas preocupadas y algunos intentos
fallidos de decir algo que sé que solo es otro argumento, me asiente lentamente.
—Un bebé.
Muerdo mi labio inferior a medida que las lágrimas arden en mis ojos.
—Un bebé —susurro.
—Llevaste a Harrison a la ciudad de Nueva York para el Año Nuevo. ¿De
dónde sacaste esa idea brillante? —pregunta Amanda cuando llego a la oficina.
—Técnicamente, mis padres lo llevaron. En cierto modo, planté a todos. —
Cuelgo mi abrigo—. Y creo que mi secretaria bocazas y ocasionalmente útil puede
haberlo sugerido.
—¿Plantaste a todos? —Gira en su silla, mirándome con sospecha mientras
tomo asiento en mi escritorio.
No puedo posponer lo inevitable.
—Voy a decirte algo. Vas a asentir una vez, darte la vuelta y ponerte manos
a la obra. Sin preguntas. Sin sugerencias. Sin definitivamente-te-lo-dije ni nada de
eso. ¿De acuerdo?
Su mandíbula cae a medida que jadea. No es la respuesta que esperaba.
¿Está ofendida?
—¡Oh Dios mío! Estás confesando mi brillantez. Te estás preparando para
reconocer que soy más que un pedazo de culo ardiente protegiendo tu puerta.
Hacerme guardar silencio es simplemente cruel. Es como llevar a un niño a un
parque de diversiones y decirle que no puede montar en las atracciones.
Simplemente… cruel. Así que, antes de comenzar mi voto de silencio, permíteme
decirte lo orgullosa que estoy de ti por hacer lo que sea que hayas hecho. Y estoy
aquí para ti si tienes más preguntas para mí. —Toma una respiración profunda
más antes de continuar con su teatro—. Y por último… definitivamente te lo dije.
—Con un giro de su muñeca en sus labios, indica que sus labios están cerrados. 290
Ya me arrepiento de esto.
—Ellen y su padre se mudarán aquí en una semana.
Amanda asiente lentamente, sus ojos un poco entrecerrados.
—Vivirán en mi casa.
Sus ojos se abren un poco, los labios se tuercen para evitar hablar.
—Ellen está embarazada.
Sus ojos se abren aún más. No estoy seguro, pero creo que está conteniendo
la respiración.
—Con mi hijo.
La mano de Amanda vuela a su boca para amortiguar su grito. Sus ojos son
del tamaño de platillos.
—Harrison aún no lo sabe. Necesito que te des la vuelta y llames al
panadero que hizo su pastel de cumpleaños. Pide seis docenas de galletas para que
las recoja esta tarde. —Está en shock. Creo—. Respira.
Amanda deja escapar un suspiro rápido.
—Ahora… —agito mi mano—… date la vuelta. Esta conversación terminó.
Durante el resto del día, me lanza miradas desesperadas, suplicándome en
silencio que la deje hablar sobre el tema prohibido. La ignoro. Al salir, me agarra
de la muñeca cuando paso junto a su escritorio. Me vuelvo, arqueando una ceja.
—Felicidades. —Me da una sonrisa honesta. Siento toda su sinceridad.
—Gracias.
Me llevo las galletas a casa y pongo las seis docenas en platos esparcidos
por la cocina antes de recoger a Harrison de la casa de su amigo. Cuando entramos
por la puerta trasera, se detiene tan rápido que choco con su espalda.
—¡Guau! ¿Qué es esto?
Doy un paso alrededor de él, quitándome el abrigo. 291
—Galletas.
—Duh. ¿Por qué? —Agarra una y se mete la mitad en la boca.
Me encojo de hombros, tomo una y me meto la mitad en la boca. Me mira
con sospecha.
—Ellen se muda de regreso a Minneapolis.
Harrison se mete el resto de la galleta en la boca mientras su mirada recorre
el mostrador de la cocina lleno de platos de galletas. Hay un cincuenta por ciento
de posibilidades de que reconstruya todo esto. Pero creo que, cuando se encuentra
con mi mirada, lo ha descubierto.
—Quieres tener sexo con ella. —Hace otra inspección del mar de galletas—
. Creo que quieres tener mucho sexo con ella.
Me rio. No está del todo equivocado.
—He invitado a Ellen y su padre a vivir con nosotros.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Tiene que ayudarlo, de modo que no puede dejarlo atrás. Y la quiero aquí
porque… —Hago una pausa para pensar en qué dirección tomar primero esto—.
La amo.
Su cabeza retrocede bruscamente, su ceño fruncido.
—¿La amas?
—Sí. Lo hago.
El shock desaparece después de unos segundos más y su rostro se relaja.
—¿Por cuánto tiempo?
—Bueno, su papá se quedará con nosotros mientras necesite ayuda. No sé
cuánto tiempo será eso.
—¿Y Ellen?
—Ella… —Tengo este niño que toma todo al pie de la letra. Si digo para
siempre y pasa algo, entonces soy un mentiroso—. Ellen está embarazada. Vas a
ser un hermano mayor.
Su cabeza retrocede de nuevo.
—Uh… —Se ríe, tomando otra galleta—. No, gracias. La mamá de Hayes
acaba de tener un bebé. Dijo que apesta. Todo se trata del bebé. Incluso esperan
que les ayude a cambiar pañales. Y dijo que todo lo que hace el bebé es llorar.
Hayes tiene que usar tapones para los oídos y una máquina de ruido para dormir 292
por la noche. El bebé vomita leche por todas partes, y Hayes no puede practicar
con su trombón cuando el bebé está durmiendo.
Los niños comparten demasiado. Lamento animar a Harrison a hacer
amigos.
—Estoy intentando ser considerado con esto. Sé que no te gustan los
cambios. Pero a veces suceden cosas en la vida que no planeamos, y nos vemos
obligados a adaptarnos o aceptarlas. No pensaba criarte solo, pero sucedió. No
planeaba enamorarme de Ellen, pero sucedió. No planeaba que quisieras ratas
como mascota, pero sucedió.
Pongo eso en juego para que recuerde cómo me incliné a aceptar algo que
él quería cuando yo no quería ratas. Es poco probable que lo tome en
consideración, pero tengo que agotar todas las posibilidades para defender mi caso.
—¿Elle planeaba quedar embarazada?
Este niño…
—Estoy seguro de que en algún momento, pero esto es un poco antes de lo
que planeábamos. Pero no es malo. Ella quiere este bebé y yo también. Y
esperamos que eventualmente madures para aceptar a este bebé como tu hermano
o hermana.
—No quiero una hermana.
Me rio.
—Nuevamente… adaptarse. Aceptar. No podemos elegir si es un niño o una
niña. —Apila dos galletas más en la palma de su mano y se dirige hacia las
escaleras—. ¿Harrison?
—Necesito algo de tiempo para pensar en esto antes de decir con seguridad
que sí o no.
Sacudo la cabeza, pellizcando el puente de mi nariz.
293
Necesito gente. Tal vez no un tipo que reparte lubricante los fines de
semana, sino gente que transporte a mujeres embarazadas, supervivientes de
derrames cerebrales, cinco ratas y un gran camión de mudanzas dos mil cuatros
cientos kilómetros sin un bache en la carretera. Quiero a esa gente.
Dejamos atrás la mayoría de las cosas de papá. Cree que llegará el día en
que regresará a Cape Cod y su barco. Por mucho que quiera que esté cerca de mí
y de este bebé, parte de mí espera que encuentre el camino de regreso al lugar que
sé que más ama.
Un día a la vez.
Flint se para en el porche delantero, envuelto en un abrigo de invierno y un
sombrero, cuando llegamos al camino de entrada justo antes de la hora de la cena.
294
Ha sido un viaje largo de tres días, haciendo muchas paradas por mi vejiga pequeña
y la próstata vieja de papá. Los hoteles que Flint nos reservó fueron de primera
categoría, pero nada supera a la vista de nuestro nuevo hogar.
Tengo mi asiento junto a la ventana.
Tengo al hombre.
Tengo al chico que adoro.
Tengo la vida que quiero.
—Bueno, ¿no eres todo un espectáculo para la vista? —Flint me tiende la
mano para ayudarme a salir del auto. El camino de entrada tiene una capa ligera
de nieve de ráfagas recientes.
Me relajo y arrojo mis brazos alrededor de su cuello tan pronto como
encuentro mi equilibrio.
—No puedo creer que estemos haciendo esto —le susurro al oído antes de
que mis labios encuentren los suyos.
Me besa y sonríe.
—Lamentablemente, creo que esas son las palabras que aún pasan por la
mente de Harrison.
El conductor ayuda a mi papá a salir, pero lo hace bastante bien por su
cuenta.
—Vamos, hace frío aquí. —Flint toma mi mano—. Señor Anderson, ¿qué
tal el viaje?
—Me estás abriendo tu casa, creo que Jon está bien. —Papá le da un guiño
a Flint. Sí, se llevarán bien.
—Estás hablando bastante bien.
Papá asiente.
—Fueron días atrapados en el auto con una terapeuta mandona.
Me rio. Las cosas empezaron a encajar, y en cuestión de días su discurso
fragmentado se transformó en frases completas.
—Harrison, ven aquí, por favor —dice Flint mientras tomo el abrigo de mi
padre y lo cuelgo en el perchero.
Derek, el tipo que nos condujo en mi auto, y Greg, el tipo que condujo el
camión de mudanzas, descargan todo, incluyendo mis ratas.
—Jon, esta será tu habitación hasta que se complete la adición. —Flint nos 295
lleva a su oficina.
Mis mejillas se calientan solo por estar aquí. La mirada de Flint recorre
tranquilamente mi cuerpo, haciéndome saber que no soy la única que piensa en lo
que pasó aquí.
—Las escaleras. —Papá asiente.
—Van al dormitorio principal.
La atención de papá se vuelve hacia mí.
—Puedo mantener un… ojo en ustedes dos. —Por favor, no lo hagas.
Sonrío.
—Es un poco tarde para eso.
Flint levanta las cejas, pero no dice nada. Ni la más mínima disculpa a mi
padre por dejar embarazada a su hija.
—Hola.
Mi turno.
—Harry. —Antes de que pueda protestar, lo abrazo—. Te he extrañado.
Lo suelto. Tiene una sonrisa forzada y el conflicto se refleja en su rostro.
Estamos infringiendo su territorio.
—Este es mi papá, Jon. Papá, este es Harrison o Harry.
Flint pone los ojos en blanco. Sonrío, codiciando el hecho de que soy la
única a la que permite llamarlo Harry.
—Un placer conocerte. —Mi papá extiende su brazo.
Harry mira la mano de papá. Flint le da un codazo, y Harry le da la mano a
mi padre.
—Hola.
—Harrison, lleva a Ellen y Jon a la cocina. Ofréceles una bebida o un
bocadillo mientras hablo con los de la mudanza.
—¿Dónde están tus ratas?
Por supuesto, eso es lo primero en su mente.
—Colocaron la jaula junto a la puerta. Está cubierta con una manta. —Harry
asiente y lo seguimos a la cocina. Estamos en casa.
296
Desempacamos todas las cosas de mi papá y él se instaló en su habitación
para pasar la noche. Está muy emocionado con la televisión en la pared opuesta a
su cama. Harrison se ocupa de todas las ratas, insistiendo en que se queden en su
habitación, a lo que Flint no discute ni un poco. Impactante.
—Voy a apagar las luces de abajo. —Flint asiente hacia la escalera mientras
me siento en el suelo con Harry, jugando con las ratas.
—Está bien.
Pasamos una buena noche. La cena fue una dinámica interesante. Para mi
sorpresa, y creo que también la de Flint, Harry se interesó enormemente por el
derrame cerebral de mi padre. Cómo se sintió. Lo que recuerda. ¿Es extraño pensar
que pudo haber muerto? Todas las preguntas. Mi papá respondió a todas y cada
una.
—Visitaré a mi partera cada cuatro semanas y ella controlará al bebé. ¿Te
gustaría venir conmigo alguna vez? Podrías escuchar los latidos del corazón. —Se
encoge de hombros.
Quiero presionarlo. Quiero que se sienta incluido. Quiero que él también
quiera a este bebé. Pero… lo dejo ir por ahora.
—¿Quieres acostarlas? ¿O quieres que lo haga yo?
—Lo haré. —Mantiene su enfoque en ellas. Ha estado un poco más callado
conmigo de lo que era antes de que Flint le hablara del bebé.
Me pongo de pie, inclinándome para besarlo en la cabeza.
—Buenas noches, señor Harrison Hopkins.
Todas las cajas con mi nombre y mi maleta de viaje están en el dormitorio
de invitados. Abro la puerta de la habitación de Flint. Está oscuro excepto por un
haz de luz debajo de la puerta del baño.
—Papá cambió las sábanas de tu habitación. —Harry me asusta. Enciende
la luz del baño del pasillo.
—¿Mi habitación?
Asiente hacia la habitación de invitados con mis cajas apiladas a los pies de
la cama.
297
Sonrío.
—Está bien. Gracias.
Harry cierra la puerta y abre la ducha.
Optando por permanecer en territorio neutral, ya que en las últimas seis
horas no he logrado aceptar su casa como mía, enciendo la luz del dormitorio de
invitados y cierro la puerta. También es una gran habitación: un asiento junto a la
ventana, un vestidor y una cama tamaño Queen. Encuentro la caja con mis pijamas
y me los pongo.
Harry toma la ducha más larga del mundo, así que uso el baño de la planta
baja para cepillarme los dientes y lavarme la cara, aprovechando la oportunidad
para ver a mi padre una vez más, pero él está dormido.
—¡Mierda! —Salto cuando doblo la esquina en lo alto de las escaleras,
encontrándome con el torso desnudo de Flint—. Me asustaste.
Inspecciona mi cepillo de dientes y mi pasta de dientes en una mano y la
botella de lavado facial en la otra.
—Escuché un tarareo. ¿Qué estás haciendo?
Miro su cabello mojado y lo bajo que sus pantalones cortos le cuelgan de
las caderas.
—Lavarme los dientes y lavarme la cara. Harry aún está en la ducha, así
que usé el baño de abajo.
—Harrison descubrió recientemente lo divertido que puede ser su pene, y
mi factura de agua se ha duplicado.
—¡Lo divertido que es su… ah! —Mis ojos se abren del todo—. No.
—Sí. —Sonríe—. Ahora sígueme.
Lo sigo a su habitación y más allá hasta el baño en suite. Enciende la luz.
—Este es nuestro baño. —Toma todo de mis manos y lo coloca sobre la
encimera junto al lavabo—. ¿De acuerdo?
Froto mis labios juntos, asintiendo lentamente.
—Harry dijo que me cambiaste las sábanas de la cama de invitados, y todas
mis cajas están ahí.
Se apoya contra el tocador, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Crees que quiero ser compañero de cuarto contigo?
Es tan jodidamente arrogante. 298
—No hay ninguna razón por la que no lo harías. Soy una compañera de
cuarto maravillosa.
—No lo eres. Eres desordenada, ruidosa y tienes ratas.
Cruzo los brazos sobre mi pecho, igualando su postura.
—Bueno, tú tienes TOC1, un ceño fruncido perpetuo y eres completamente
irresponsable cuando se trata de anticonceptivos.
Flint sonríe solo para demostrar que estoy equivocada en cuanto al ceño
perpetuo.
—Esto es extraño. —Me rio—. Vamos a tener un bebé. Me has visto en mi
peor momento. Mi abuela nos pilló desnudos en la bañera y teniendo sexo en el
tocador. Harry nos atrapó en la cama. Tu papá nos atrapó en el armario. Abigail
vio las secuelas vergonzosas del incidente del invernadero. Ya hemos sobrevivido
1
TOC: trastorno obsesivo compulsivo.
a todas las incomodidades que hay para sobrevivir, pero me siento muy incómoda
y tímida en este momento.
Me señala con un dedo. Borro el metro que nos separa y encuentro mi lugar
favorito envuelta en sus brazos. Solo así, me siento menos incómoda.
—Entiendo. —Besa la parte superior de mi cabeza—. En serio, tenemos
que dejar de escondernos en el armario y empezar a usar cerraduras en las puertas.
Me rio.
—Ese no era exactamente mi punto.
Flint agarra mi trasero, dándole un apretón firme mientras entierra su rostro
en mi cabello, moviendo sus labios más allá de mi oreja hasta mi cuello. Inhala
profundamente y exhala un gruñido bajo como un animal complacido por mi olor.
Amo esta vida.
—Este es tu dormitorio y baño. Abajo está tu cocina y sala de estar. La
puerta de entrada y el armario de entrada son tuyos. El camino de entrada. El
garaje. Los árboles. La hierba debajo de la nieve. Es todo tuyo. —Sus labios y
lengua se burlan de mi cuello—. Soy tuyo.
Sí… definitivamente amo esta vida.
299
Estamos a dos semanas lejos de las vacaciones de verano, cuatro semanas
del inicio oficial del verano, y quince semanas de mi fecha probable de parto.
Amo esta vida.
—¿Elle? —llama Flint.
—Arriba.
—Esa es mi chica —dice a medida que su voz se acerca—. ¿Qué estás
300
haciendo?
Me arrastro hasta el lado de la cama de Harry, alcanzando más cosas que él
ha empujado debajo.
—No lo estoy limpiando. Sé que no le gusta que nadie se meta con sus
cosas, pero tiene demasiada ropa sucia por todas partes. Pensé que le gustaría tener
ropa limpia. Siempre se queja de que le faltan calcetines.
—Déjalo. Tengo menos de una hora antes de tener que volver al trabajo.
¿Tu papá está donde Martin?
—Jugando al golf. —Aún estoy asombrada. Dice que su tiro no es perfecto,
pero el hecho de que mi padre esté jugando al golf menos de seis meses después
de su derrame me deja alucinada.
—Tic-tac, nena.
—Solo un segundo. —Arrugo la nariz, arrojando varias toallas al cesto de
la ropa—. ¿Por qué tiene tantas toallas debajo de la cama? En realidad, no están
mojadas, solo tienen algunas costras en algunas áreas. Diría que las está usando
para soplarse la nariz, pero apestan un poco.
Flint se ríe.
—Definitivamente está soplando algo en ellas, pero no mocos.
Utilizo el costado de la cama para ponerme de pie, frotando un poco mi
espalda baja.
—¿De qué estás hablando?
—Es la misma razón por la que toma duchas largas. Ahora lávate las manos
y mete tu trasero en el dormitorio.
—Duchas largas… lavarme… ¡ew! —Me estremezco, extendiendo mis
manos, mis dedos rígidos—. ¿Semen? ¿Eso en las toallas es semen?
—De ahí el olor. —Sonríe mientras me apresuro a pasar junto a él hacia el
baño, frotando mis manos quirúrgicamente con agua caliente y mucho jabón.
—Los chicos son asquerosos. ¡Eso es asqueroso!
—Cuarenta y siete minutos, Elle. Vamos —me regaña, a medida que se
afloja la corbata y se desabotona la camisa.
No tuvimos sexo por las noches hasta que terminó la adición en la parte
trasera de la casa para mi papá. Aparentemente, hago demasiado ruido durante el
sexo, lo que no funcionó con una escalera abierta entre nuestro dormitorio y la
oficina de Flint donde dormía mi papá. Así que, Flint contrató a alguien para que
llevara a mi papá a sus citas de modo que pudiéramos tener sexo durante la pausa
del almuerzo de Flint. Y cuando mi papá ya no requirió los días largos de terapia, 301
Flint le presentó Martin a mi papá, y ahora son amigos que casualmente pasan el
rato durante la mitad del día.
¿Coincidencia? No lo creo.
—Pensé que el sexo al mediodía se detendría cuando la habitación nueva
de mi padre estuviera terminada. —Sigo a Flint al dormitorio.
Ya está desnudo de cintura para arriba.
—Sí, bueno… —Me saca la camiseta por la cabeza y me desabrocha el
sujetador—. Eso fue antes de que descubriera que tienes la boca tan sucia durante
el sexo. Es tan jodidamente caliente. Y la única vez que lo hago sin censura es
durante el mediodía, cuando estamos solos.
—No tengo la boca sucia.
Se agacha, chupando mi pezón hasta que lo siento entre mis piernas. Cada
parte de mi cuerpo está hipersensible y muy receptiva en este punto de mi
embarazo. Me siento bien. Y cachonda. Tan cachonda.
—Fóllame… —Cierro los ojos, pasando mis dedos por su cabello.
Se ríe entre dientes, lamiendo las marcas de mordidas con la lengua.
—Tan sucia.
Amo esta parte. El Señor Tic-Tac Date Prisa cae de rodillas ante mí. Creo
que renunciaría a su propio orgasmo si tuviera que elegir entre eso y este momento.
También es mi momento favorito.
—Hola, bebé —susurra sobre mi vientre justo antes de presionar sus labios
en mi pequeño bulto, con las manos en mis caderas.
Las lágrimas llenan hoy mis ojos, como lo hicieron ayer y anteayer, como
lo han hecho desde la primera vez que hizo esto hace tantos meses.
—Soy yo, tu papá. —Otro beso en mi vientre—. Eres amado. —Otro
beso—. Eres querido. —Otro beso—. Eres lo mejor que me ha pasado en doce
años. —Otro beso antes de que su voz baje aún más. Aquí viene—… sé amable
con tu mami. Es la segunda mejor cosa que me ha pasado en doce años. —Sus ojos
oscuros se encuentran con los míos a medida que sus labios permanecen
presionados contra mi vientre.
Me siento amada. Me siento querida. Siento que alguien movió el cielo y la
tierra por mí.
Desliza mis leggins y bragas. Respiro profundamente cuando un escalofrío 302
recorre todo mi cuerpo desde las puntas de sus dedos rozando fugazmente la parte
posterior de mis piernas desnudas.
Su toque ha tenido este efecto en mí desde la primera vez que su mano tocó
la mía. En ese entonces pensé que era este anhelo por cualquier toque después de
sentirme hambrienta de ese tipo de afecto durante tanto tiempo. Estaba equivocada.
Es Flint.
Es su toque.
Soy yo.
Es cómo reacciona a mi toque. Somos nosotros.
Somos ese momento de luz y susurro de esperanza que brota de la tierra
yerma después del fin del mundo. No es él. No soy yo. Somos nosotros.
Desafiamos las leyes de la existencia. Somos perdón y redención. Lo que tenemos
no es una victoria contra todo pronóstico, es lo inevitable.
Justo cuando su boca se mueve hacia mis piernas, estrecho mi mano y le
hago la misma seña con mi dedo que le gusta darme. Me lanza una mirada
inquisitiva pero obedece y se pone de pie en toda su altura. Lo acompaño a la cama,
trabajando en quitarle los pantalones y calzoncillos.
Sale de ellos y se sienta en la cama.
—Odio cómo llegamos aquí. —Me arrastro hasta su regazo, irguiéndome
sobre mis rodillas, mirándolo.
Su ceño se aprieta a medida que amasa mi trasero. No pretendemos que mi
vida con Alex no sucedió. No pretendemos que Flint no mató a Heidi. El dolor de
nuestro pasado nos mantiene enraizados, enfocados y viviendo en gratitud.
—Pero me alegra haberlo hecho. —Lo beso y me guía hacia él, ambos
soltamos un gemido.
A veces me gustan nuestros rapiditos al mediodía y hablar sucio. Y a veces
me gusta esta posición en la que nos miramos a los ojos y pasamos la hora del
almuerzo enamorándonos de nuevo.
Nos besamos. Su mano amasa mi pecho antes de deslizarse entre nosotros,
su pulgar haciendo círculos en mi clítoris. No puedo ver más allá del bulto pequeño
entre nosotros, pero me encanta, me encanta ver su rostro mientras mira su mano.
Su lengua hace un deslizamiento perezoso a lo largo de su labio inferior, los
párpados pesados por la lujuria como si no supiera qué quiere más: tocarme allí o
saborearme allí.
Me inclino hacia adelante y succiono ese labio inferior suyo, y luego deslizo
mi lengua en su boca. Gime, moviendo ambas manos hacia mis caderas. 303
—Flint… —Curvo mis dedos en su espalda a medida que esto se convierte
en algo más fuerte y errático. Nuestras respiraciones se aceleran.
—Elle… —Su agarre en mis caderas se aprieta, y me embiste contra él
mientras sus caderas se mecen hacia arriba—. Eres tan jodidamente hermosa.
Nuestras bocas chocan nuevamente unos segundos antes de que nos
separemos. Me encanta estar en el mundo de Flint. Es trágico. Es complicado. Está
lleno de obstáculos. Pero… es apasionante.
Es adictivo.
Es el tipo de amor más profundo.
Es todo.
Su frente cae sobre mi hombro y mi cuerpo colapsa contra el suyo.
—Te amo.
Cuando se acerca el tic-tac de la responsabilidad, nos dirigimos al baño y
volvemos a juntarnos. Como todos los días, le abrocho la camisa, le ato la corbata
y lo ayudo a ponerse la chaqueta.
—Bueno, tengo que lavar algunos trapos masturbatorios. —Le doy a su
corbata un último ajuste.
Él se ríe.
—Pañales, trapos masturbatorios, ropa interior cuando tienen un millón de
accidentes cuando aprenden a ir al baño… vómito… —Se encoge de hombros—.
Limpiar fluidos corporales es el noventa por ciento de la crianza.
—¿Y el otro diez por ciento?
—Encontrar diez minutos de tiempo a solas para tener relaciones sexuales
con tu esposo. —Sonríe. Y se desvanece en un instante, al igual que el color de su
rostro.
Mis cejas suben por mi frente a medida que me muerdo el labio inferior y
asiento. Es curioso cómo no hemos abordado este tema. Nunca siento que sea mi
lugar sacarlo a relucir. Incluso mi padre se las ha arreglado para no preguntarle a
Flint si planea convertirme en una mujer honesta.
—Ya veo. Bueno… —tiro de sus solapas—… espero que el padre de mi
bebé no se ponga demasiado celoso cuando me escape durante diez minutos para
tener sexo con mi esposo. —No puedo resistirme a apretarle la corbata un poco
más, como una soga—. Primero tengo que encontrar a este esposo. Quizás Amanda
pueda encontrar una buena pareja para mí. Me gustan los chicos con cabello rojizo
ondulado. Obreros. Amantes de las mascotas. Conductores de recogida. Jugadores 304
de soccer en lugar de fútbol americano.
Compartimos una mirada silenciosa. Ojalá pudiera leer su mente, pero no
me está dando ni una sola pista. Ni una sola palabra.
Al final, sus labios se tuercen y asiente una vez.
—Le daré a Amanda tu lista de deseos.
Le paso la mano por la corbata.
—Haz eso.
Sus manos reclaman mi cabeza justo antes de que me dé un beso en la boca
para no dejarme dudas de quién es mi dueño.
—Usa el ciclo más largo con esas toallas —susurra sobre mis labios antes
de desaparecer por la puerta.
Treinta y cinco semanas
Elle se siente miserable en pleno verano. Harrison muestra ansiedad cuando
convertimos la habitación de invitados en una habitación infantil. Es como si
pensara que estábamos bromeando sobre el bebé hasta que monté la cuna. Incluso
después de ver el ultrasonido 3D, que pensó que era extremadamente genial, no ha
mostrado señales de que esté asimilando la realidad, pero la cuna (el cambio físico
en su entorno) ha provocado un brote en su actitud y ansiedad.
Una sorpresa inesperada para esta nueva vida nuestra ha sido Jon. Casi se
ha recuperado por completo, y le encanta trabajar conmigo en el jardín. 305
—Ellen quiere que me quede, pero estoy mejor. No necesito que me cuide.
Va a tener las manos ocupadas. Necesitan adaptarse a su propia rutina. —Tira de
las malas hierbas que brotaron durante la noche.
—¿Quién me ayudaría en el patio? —Lo miro con una sonrisa.
—Estoy seguro de que te las arreglarás. Tengo muchas ganas de salir en mi
bote, pero no me iré hasta que llegue el bebé.
Niego con la cabeza.
—A ella no va a gustarle.
—¿Y si insinuaras que sería mejor si no estuviera aquí todo el tiempo?
Hace diez semanas la cagué y dije la palabra esposo y no la hemos
mencionado desde entonces, pero veo las miradas que me lanza.
—Está hormonal. Sufre con el calor. Y a veces creo que quiere arrancarme
las bolas. Prefiero no ser yo quien le sugiera que te vayas. Cinco semanas más.
Solo aguanta. Puede que se sienta diferente después de que el bebé esté aquí
exigiendo tanto de su tiempo.
Jon arroja un puñado de malas hierbas al cubo y se limpia la frente con la
manga.
—No debí haberte hecho esos trajes.
—Esos son los trajes que mejor me quedan. ¿Por qué dirías eso?
—Cree que nos unimos por eso.
Me rio, pero es verdad. Adoré a Jonathan después de que me hiciera tres
trajes a mano.
—Ahora nunca creerá que quieres que me vaya. Pensará que necesito
quedarme por ti tanto como por ella.
—Me encantan esos trajes.
—¿Cuál le gusta más a Ellen?
Ni siquiera tengo que pensar en eso.
—El negro clásico con chaleco. Le gustan los trajes de tres piezas.
Jon asiente.
—Tiene buen gusto. Bueno, ese es el que debes usar cuando te cases con
ella. —Aún, plantado sobre mis manos y rodillas, el sudor escurriendo por mi cara
y brazos—. No actúes sorprendido. ¿De verdad pensaste que iba a dejarte traer un 306
hijo a este mundo con mi única hija y no convertirla primero en tu esposa?
Me siento sobre mis talones y agarro mi botella de agua, tomando un trago
largo antes de volver a colocar la tapa y dejándola a un lado.
—¿De qué color deberían ser la camisa y corbata?
Jon sonríe.
Elle tiene una cita tardía. Inmediatamente después de que contraté a alguien
para que llevara a Jon a sus citas de terapia, ella comenzó a ver a los clientes
nuevamente en sus hogares, tal como sugirió su padre. Aún me mira de muerte
cuando me visita en el trabajo y ve el letrero de mi inquilino nuevo, un servicio de
tutoría. No puedo mentir.
Prefiero que haga ruido encima de mí en la cama que encima de mí en el
trabajo.
Este es el momento perfecto para hablar con Harrison a solas. Echo un
vistazo a su habitación, pero no está ahí.
—Harrison, ¿qué demonios? ¡Saca esas ratas de la cuna!
Se encoge de hombros.
—Les gusta estar aquí.
—Mataré a todas y cada una si no las sacas de aquí ahora mismo.
—Elle te matará si matas a sus bebés. —Harrison resopla mientras las deja
en el suelo y dice—: Jaula. —Todas se apresuran a regresar a su habitación y se
meten en su jaula.
No quiero admitir que estoy contando los días ante su expectativa de vida
de tres años, pero ciertamente lo hago.
—Voy a pedirle a Ellen que se case conmigo. ¿Estás bien con eso? —Con
él no hay que andar por las ramas. Descubrí que el enfoque directo es el mejor.
Harrison cierra la puerta de la jaula.
307
—¿Por qué? ¿Cuál es el punto? ¿Eso la convierte en mi mamá?
—No. La convierte en mi esposa. Y supongo que, tu madrastra, pero no
tienes que pensar en ella de manera diferente a como lo haces ahora.
—Entonces, ¿por qué casarse con ella?
—La amo y es lo correcto.
—¿Por qué es lo correcto? Si ibas a casarte, ¿no debiste haberlo hecho antes
de que quedara embarazada? ¿Antes de que se mudara aquí?
—Sí. Debí haberme casado con ella antes de que quedara embarazada. Sí,
debí haberlo hecho antes de pedirle que se mudara con nosotros. Pero para ser
honesto, después de la muerte de tu madre, no pensé que volvería a casarme. No
pensé que tendría más hijos. Ellen y este bebé me han tomado por sorpresa, y aún
estoy luchando por hacer lo correcto.
—La abuela se cabreó cuando se enteró del bebé. No va a gustarle que te
cases.
—Sandy está molesta porque tu mamá murió. No estoy seguro de que
alguna vez deje de llorar por completo su pérdida. Pero si necesita estar enojada
conmigo para lidiar con su dolor, entonces lo aceptaré.
—Es estúpido que esté enojada contigo. No es tu culpa que mamá haya
muerto.
Eso es todo. Aquí mismo. Ahora mismo. Puede que nunca haya una mejor
oportunidad para decirle a Harrison la verdad. Sé que nada bueno puede salir de él
para su vida, pero estoy tan cansado de llevar este secreto a todas partes. La culpa
de que fue culpa mía es suficiente para toda la vida. La culpa de que él no lo sepa
es suficiente para durar más de una vida.
—Quiero hablar de la muerte de tu madre.
Harrison se deja caer en su asiento junto a la ventana.
—¿Qué pasa con eso?
Saco mi teléfono vibrante de mi bolsillo.
—Solo un segundo, amiguito. —Respondo—: Flint Hopkins.
—Señor Hopkins, mi nombre es Laurel. Soy enfermera en el Hospital
Metodista. Su nombre figura como contacto de emergencia de Ellen Rodgers. Ha
tenido un accidente automovilístico.
Y. Todo. Mi. Maldito. Mundo. Termina.
308
Estaba Chopin y un tráfico vespertino intenso. Lo primero hizo soportable
lo segundo. Salí de la carretera principal para tomar un camino más largo, pero
menos congestionado a casa. Vi la curva en la carretera, los faros y luego nada.
Cada día es realmente un milagro. Esquivamos un millón de posibilidades de morir
por una oportunidad de vivir. Las probabilidades no están a nuestro favor.
Mi nombre. Mucha gente y voces repetidas. Luces. Pitidos. Mi nombre de
nuevo. Bebé… alguien dijo bebé. ¿Mi bebé? Es una niña. No pensé que quisiera
saberlo, pero cuando tuvimos el ultrasonido 3D, no pude resistir. Flint tenía razón.
Mi estómago se siente apretado y tengo dolor en la espalda baja. Y me duele
la cabeza. Siento mi pulso en mi cabeza. Está enojado. ¿Por qué mi pulso está
enojado conmigo?
—El padre está aquí. Vamos a prepararla para el quirófano dos.
¿Qué padre? ¿Mi padre? ¿El padre de mi bebé?
—Aquí estoy. —Algo cálido toca mi frente.
Abro los ojos nuevamente. Flint. Lleva una bata azul y una gorra como la
de un médico que va a cirugía. Quirófano dos. No es médico.
—¿Qué estás haciendo? —digo con voz débil. O al menos se siente débil.
Me siento débil… y me duele la espalda, pero no tanto como la cabeza.
—Vas a tener una cesárea. Estaré contigo todo el tiempo.
—No. —Ese no es el plan. Tengo una partera. Vamos a tener un parto
natural. Hicimos la ecografía 3D cuando estuvieron preocupados por el
crecimiento del bebé, pero todo estaba bien.
—Tuviste un accidente. Estás bien. El bebé está bien. Pero tu fuente se
rompió y ella necesita salir ahora. Estará bien.
¿Quién es este hombre? Mi Flint habla con confianza y autoridad. Este
impostor habla con voz temblorosa, como si cualquier otra palabra estuviera rota.
No me gusta esto. ¿Por qué tiene los ojos rojos?
—Tengo miedo —susurro.
Sus cejas se fruncen en una expresión angustiada. 309
—No tengas miedo. —Besa mi frente.
Cesárea. Es demasiado pronto. Sus pulmones pequeños no están listos. Su
sistema inmunológico no está maduro. Cierro los ojos y espero porque no siento
nada. El dolor de mi espalda se ha ido. No la siento.
Pitidos. Voces. Luces. Flint.
—Ellen, saluda a tu hija.
Abro los ojos a medida que una enfermera sostiene a mi pequeña niña junto
a mi cabeza durante dos segundos antes de llevarla en la otra dirección. Es
demasiado pequeña. No está llorando.
—¿Está respirando?
Nadie me responde. Flint gira la cabeza, mirando en dirección a nuestra
bebé.
—¿Flint? —digo más fuerte, dolorida de desesperación.
Vuelve su atención hacia mí bruscamente.
—¿Está respirando?
—La mamá necesita una actualización —llama el médico justo enfrente de
mí.
Y luego está este chillido débil, pero lo escucho y las lágrimas brotan libres.
—Pesa dos kilos y medio, y respira por sí sola —dice la enfermera.
Flint me besa de nuevo, y muero un poco al ver las lágrimas reprimidas en
sus ojos.
—Está bien, Elle.
—Quédate con ella.
—Elle…
—No le quites los ojos de encima. Prométemelo.
No puedo preocuparme por el conflicto en su rostro. Ella es mi prioridad, y
hasta que pueda estar allí con ella, necesito que él sea su defensor.
Él asiente.
310
Aria significa melodía en inglés. También es el nombre de nuestra hija de
quien no he quitado la vista desde que la trasladaron del quirófano a la UCIN2.
Está bien, y no anticipan que esté aquí por mucho tiempo.
Jon y Harrison están con Ellen, y mis padres tomarán un vuelo aquí a
primera hora de la mañana. Llamé a un amigo mío para averiguar todo lo que pueda
sobre el accidente. Mientras tanto, solo somos Aria y yo, las enfermeras
monitoreándola y los otros bebés prematuros en la UCIN.
—Su esposa está fuera de recuperación y en su habitación. En otra hora
intentarán traerla aquí para ver a Aria.
Asiento a la enfermera sin apartar los ojos de mi diminuta hija en la
incubadora. Afortunadamente, no es tan pequeña como algunos de los otros bebés
311
aquí. Y está respirando por su cuenta con solo un poco de oxígeno. Aria ya está
pateando traseros en la UCIN. Puedo decir que será hermosa como su mamá y
sensata como su papá.
La hora desaparece antes de que me dé cuenta, probablemente porque
podría mirarla todo el día. Recuerdo este mismo sentimiento cuando nació
Harrison; me siento drogado por la incredulidad que este humano diminuto vino a
la vida porque una noche me perdí físicamente en el cuerpo de una mujer.
Y ahí está ella… esa mujer. Sonrío.
—Hola —susurra Ellen mientras la enfermera la lleva en una silla a la
UCIN.
Me paro y me acerco a ella, mis dedos encuentran su camino a través de su
cabello para sostener su cabeza a medida que la beso.
2
UCIN: unidad de cuidados intensivos neonatales.
—Es tan perfecta —murmuro sobre sus labios—. Igual que tú. Gracias por
ser tan fuerte e increíble.
Ellen sonríe, pálida y cansada, sus ojos enrojecidos por las lágrimas, una
tirita donde tiene un corte pequeño por el accidente. Afortunadamente sin
conmoción cerebral.
—Dijeron que puedo intentar alimentarla.
Asiento, apartándome para dejar espacio para la silla de ruedas. La
enfermera ayuda a Ellen a ubicar a Aria. Elle hace una mueca pequeña, supongo
que por el dolor que probablemente aún siente por la cesárea. Después de varios
intentos, Aria se prende durante algunas succiones antes de quedarse dormida. La
enfermera le asegura que mejorará, pero Aria probablemente tomará la mayor parte
de su leche de un biberón hasta que pueda permanecer despierta el tiempo
suficiente para amamantar por más tiempo. Elogia a nuestra pequeña por tener ya
el reflejo de chupar-tragar-respirar.
Ellen bombea sus pechos y le da un biberón, el cuerpecito en pañal de Aria
se presiona contra el pecho desnudo de Elle. Va a ser una gran madre, y creo que
lo supe la primera vez que la vi interactuar con Harrison.
Mientras la enfermera ayuda a Ellen y Aria, salgo de la UCIN y enciendo
mi teléfono. Aparece un mensaje de mi amigo en mi pantalla.
Ben: Masculino, 27, DOA3, despedido del auto. BAC4 .17. Espero que Ellen
y el bebé estén bien. Avísame si necesitas algo más.
Me tambaleo hacia atrás hasta que mi espalda golpea la pared. Mis
pulmones no pueden encontrar oxígeno. Se me cae mi teléfono de la mano. 312
—¿Flint?
—¿Papá?
Parpadeo varias veces hasta que Jon y Harrison aparecen.
Harrison levanta mi teléfono.
—«Masculino, 27, DOA, despedido del auto. BAC .17. Espero que Ellen y
el bebé estén bien. Avísame si necesitas algo más». ¿Quién es Ben? ¿Qué es DOA
y BAC?
Jon le quita el teléfono a Harrison. Maldita sea, no puedo moverme. Esto
no puede estar pasando.
—Muerto en el acto. —Jon me lanza una mirada comprensiva, pero no del
tipo que dice que sabe de Heidi; del tipo que dice lo afortunados que son su hija y
3
DOA: muerto en el acto.
4
BAC: nivel de alcohol en sangre.
su nieta de estar vivas—. Ellen fue atropellada por un conductor ebrio. El
conductor murió.
Viví. Heidi murió.
—Si bebía y conducía, entonces merecía morir —dice Harrison.
Jon asiente. Sosteniéndome mi teléfono.
—No sé si merecía morir, pero si alguien tenía que morir esta noche, me
alegro de que fuera él y no mis chicas. ¿Cierto? —Apoya su mano paternal en mi
hombro, justo como haría mi padre.
Asiento.
Viví. Heidi murió. Murió la persona equivocada. Vivió la persona
equivocada.
—¿Cómo está Aria?
Heidi murió. Murió la noche que se suponía que yo iba a darle otro bebé.
—¿Flint?
Niego con la cabeza.
—¿Sí?
Jon entrecierra los ojos.
—¿Estás bien? —Asiento por impulso. Estoy tan jodidamente mal—.
¿Cómo está Aria?
—E-está perfecta. 313
—¿Me necesitas aquí? ¿O prefieres que me lleve a casa a Harrison? Es casi
medianoche.
—Llévame a casa —dice Harrison.
Jon se ríe.
—Está bien, amiguito. Flint, ¿seguro que estás bien? —Asiento de nuevo—
. Llama si algo cambia. Regresaremos por la mañana.
Otro asentimiento.
Me quedo con Aria hasta que ya no puedo mantener los ojos abiertos. La
enfermera me lleva de regreso a mi habitación, pero no puedo encontrar a Flint.
Dijo que se quedaría con nuestra niña. ¿Dónde está? La enfermera promete
enviarle un mensaje para que venga a verme, pero me quedo dormida antes de que
venga a mi habitación.
Despierto varias veces durante la noche cuando vienen a ver cómo estoy.
Flint nunca aparece. Me despierto temprano en la mañana sintiéndome muerta.
Cada parte de mi cuerpo duele, pero nada más que mis brazos que duelen por
sostener a Aria. Después de que revisan mi incisión, mi sangrado y como algo, me
llevan a la UCIN.
Ni rastro de Flint.
¿Por qué dejó a nuestro bebé? ¿Dónde está?
—Buenos días —susurra la enfermera de la UCIN—. ¿Lista para trabajar
un poco más en la lactancia?
Asiento y le sonrío a mi pequeña a pesar del dolor en mi pecho por su padre
desaparecido. Trabajo en alimentarla, bombear y darle un biberón hasta que me
sacan a rastras para volver a mi habitación de modo que el médico haga su examen. 314
Todo se ve bien. Hoy quieren que intente caminar. El solo pensamiento me agota.
—Mientras más sangre fluya a todas las partes de tu cuerpo, más rápido te
recuperarás, y Aria te necesita fuerte y saludable para ella. —La enfermera me da
una sonrisa alentadora.
Suspiro y coloco mis pies en el borde de la cama.
—No juegas limpio. —Sonrío ante sus esfuerzos por usar a Aria para
motivarme.
—No se permiten maratones ni levantar objetos pesados, pero los
movimientos sutiles son buenos para ti.
Camino al baño, orino y camino de regreso sin desmayarme, pero cuando
llego a la cama, estoy exhausta.
—Toc, toc.
—Papá. —Sonrío—. Y el señor Harrison. —Espero, inclinando la cabeza
hacia un lado para ver la puerta—. ¿Dónde está tu papá?
Harry se encoge de hombros.
—Anoche me llevé a Harry a casa. Flint se quedó. Quizás nos cruzamos
esta mañana. Probablemente necesitaba una ducha. —Papá mira su teléfono—. Le
enviaré un mensaje.
—No lo he visto. No creo que estuviera aquí anoche.
—Estaba distraído cuando lo vimos. Era tarde. Día largo. —Papá desliza su
teléfono en su bolsillo y se sienta a mi lado en la cama, apretando mi mano—.
Estoy tan contento de que Aria y tú estén bien.
—El conductor murió —dice Harry.
—¿Qué?
Papá frunce el ceño.
—El tipo que te golpeó. Murió en el lugar.
—Un conductor ebrio. —Harry mira los monitores sobre mi cama.
—¿Qué? —susurro.
—Merecía morir —agrega Harry sin una pizca de emoción. Mi corazón se
siente como si estuviera siendo aplastado hasta la muerte.
—¿Lo sabe Flint? —Papá asiente—. Yo… —Niego con la cabeza—. Tengo
que volver a la UCIN. Necesito que encuentres a Flint por mí lo antes posible.
315
—Quizás esté en el aeropuerto. Sus padres venían en avión esta mañana.
Asiento.
—Quizás. Pero, por favor, sigue intentando buscarlo por mí, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Me estiro y tiro del brazo de Harry. Salta como de costumbre y luego se
instala en mi toque.
—¿Quieres conocer a tu hermanita?
Se encoge de hombros. Tomaré la falta de un no sólido como un sí o al
menos un tal vez. Tomaré cualquier cosa que alguien me dé para no pensar en el
hecho de que Flint no está aquí. Sé que tiene todo que ver con la causa de mi
accidente.
El pasado chocando con el presente. Su hijo sin mostrar empatía, sin
perdonar. Ha sido la pesadilla de la que Flint ha estado huyendo durante más de
diez años.
316
Han pasado cuatro días. Sin Flint, a pesar de que su padre ha estado
buscando por todas partes.
El médico me dio el alta esta mañana, pero no dejaré a Aria. Luego está
Harry… me rompe el corazón. Puedo decir que está empezando a preocuparse por
su padre. ¿Qué hará cuando descubra que Flint huye de él? De la verdad. De diez
años de caminar por las puertas del infierno.
—A ella le gusta eso —susurra la enfermera a medida que tarareo una de
las muchas canciones de cuna que le canté a Aria en el útero.
Asiento con una sonrisa, mientras le doy de comer a Aria. Canto y tarareo
para ella todo el tiempo, mirando los monitores para asegurarme de que nunca esté
sobre estimulada.
317
Después de terminar de alimentarla, dejo que la enfermera la examine
mientras uso el baño. Cuando salgo, otra enfermera me detiene.
—¿Tu esposo se siente mejor? —pregunta la enfermera.
Me muerdo la lengua para evitar decir que no es mi esposo.
—¿Se siente mejor?
—Es desgarrador verlo de noche mirándote a ti y a Aria desde la ventana.
—Asiente hacia la ventana opuesta a donde sostengo a Aria—. Le dije que entrara,
pero dijo que está luchando contra un resfriado.
—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
Se encoge de hombros.
—Anoche. Ha estado aquí todas las noches. Solo… parado allí durante
horas.
Asiento lentamente, mordiéndome los labios. Las lágrimas ardiendo en mis
ojos. Por supuesto que nos está cuidando. Siempre está ahí mirando… protegiendo.
Es mi superhéroe luchando contra su mortalidad.
—Elle.
Me giro.
—Camilla. —Sonrío. Sostiene su teléfono en alto.
Flint: Estoy a salvo. No te preocupes. Dile a Elle que lo siento.
Más lágrimas escuecen en mis ojos.
—¿Dónde está Harry?
—Gene necesitaba café. Estarán aquí pronto.
—Estamos aquí. —Gene levanta su café a medida que avanzan por el
pasillo hacia nosotras.
Parpadeo para contener las lágrimas y encuentro la sonrisa perfecta para
Harry.
—¿Estás listo para ser el musicoterapeuta de Aria?
—No soy musicoterapeuta. Solo me dijiste que trajera mi guitarra. —
Sostiene el estuche.
Asiento hacia la entrada.
—Vamos a tocarle una canción de cuna. Vas a dejar que tus dedos susurren
sobre las cuerdas. 318
Me mira inexpresivo.
—Está… bien.
La acerco a mi pecho, dejando que mi corazón inicie el ritmo de la canción.
—Harry, ¿cuál es tu canción de cuna favorita? —susurro—. Tócala.
Niega con la cabeza.
—No puedo.
—Sí, puedes. Deja que tus dedos traduzcan lo que tienes en la cabeza. —
Puede hacer esto. Es así de talentoso. Y lo maravilloso de todo esto es que aún no
lo ve.
Su frente se tensa; unos segundos después, sus dedos hacen exactamente lo
que les dije que hicieran… susurran sobre las cuerdas. Toca «You Are My
Sunshine».
Es mi turno de salvar a Flint. Voy a reconstruir su mundo. Solo necesita
aguantar un poco. Necesita darme una oportunidad, lo único que Alex nunca hizo.
Después de la siguiente alimentación de Aria, le pido a Camilla que se siente
con ella mientras llevo a Harry a la cafetería a almorzar.
—Caminas muy lento.
Me rio a medida que subimos al ascensor.
—Aún estoy adolorida por el accidente, y tengo una incisión en el abdomen
de la cesárea. Todo me duele un poco cuando me muevo, así que lo hago
lentamente.
—¿Te la sacaron?
—Sí.
—Mamá me expulsó. Papá tiene un video de eso. Una vez me hizo verlo.
Es bastante asqueroso.
Conseguimos algo de comida. Harry decide un plato de fruta. Parece
perdido cuando Flint no está cerca para decirle qué es seguro comer. 319
—Después de la muerte de tu madre, viviste con tu abuela. ¿Alguna vez te
preguntaste por tu papá?
Harry mastica un trozo de melón y se encoge de hombros.
—Estaba enfermo.
—¿Eso es lo que ella te dijo? —Él asiente—. Pero luego terminaste
viviendo de nuevo con tu padre.
—Mejoró.
—¿Alguien te dijo alguna vez qué tipo de enfermedad tenía? —Soplo mi
sopa caliente.
—¿Qué quieres decir?
—Hay muchas enfermedades diferentes: cáncer, enfermedades cardíacas,
diabetes.
—No. Mi abuela solo dijo que estaba enfermo, y tal vez podía verlo si
mejoraba.
Miro mi sopa. Debe haber sido difícil explicarle esto a un niño pequeño.
—Bueno, está es la verdad sobre las afecciones o enfermedades, la mayoría
de ellas se pueden prevenir mediante opciones mejores. Dieta, ejercicio,
abstención del consumo de drogas y alcohol. Pero muchas de estas cosas son
adictivas. Probablemente sabes que el tabaco, como los cigarrillos, es adictivo,
pero también lo son los alimentos no saludables. Demasiada grasa puede provocar
enfermedades cardíacas. Demasiada azúcar puede provocar obesidad y diabetes.
Y cuanto más comemos estos alimentos, más los anhelan nuestros cuerpos. La
comida puede ser tan adictiva y dañina como cualquier droga.
—Papá cree que soy adicto al azúcar. Por eso lo limita.
Sonrío.
—Pero te gusta el azúcar, ¿verdad? —Él asiente—. Cuando hay un plato de
galletas frente a ti, ¿es difícil resistirte a comerlas?
—Sí
—Es porque la sensación que tienes cuando las comes es adictivo. Al igual
que alguien que inhala la nicotina de un cigarrillo, siente esta sensación buena en
su cuerpo. Pero estos sentimientos son temporales, de modo que para mantener
vivo el sentimiento, necesitamos más y más. Más azúcar. Más nicotina. Más grasa.
Más papas fritas saladas.
—Ya no vas a hacer galletas, ¿verdad?
320
Me rio un poco.
—Te haré galletas siempre que puedas controlar cuántas comes. Pero si
empiezas a temblar y a estar malhumorado, o empiezas a ganar una cantidad de
peso poco saludable, tendré que dejar de hornear galletas. —Continúo, tomando
una respiración profunda—. Sabes que tu papá no bebe alcohol, ¿verdad?
—Sí. Dice que no es saludable. Es un fanático de la salud.
—Bueno, muchos fanáticos de la salud son adictos en recuperación. Quizás
casi mueren de un infarto. Quizás contrajeron diabetes después de subir mucho de
peso. Y tuvieron que elegir entre vivir o dejar que su adicción los mate. Y tu padre
hace muchos años fue adicto al alcohol.
—¿Qué?
—¿Esa afección que tenía, la que lo mantuvo alejado de ti cuando vivías
con tu abuela? Se llama alcoholismo. No podía tomarse solo una copa. Perdía el
control con el alcohol.
—No es una enfermedad real.
—Harry, lo es. Y hay mucha gente con esta enfermedad. Hay mucha gente
que muere por esto.
—Pero mi papá no murió. Él lo dejó.
—Cierto. Pero la mayoría de las personas no abandonan su adicción hasta
que mueren o hasta que les sucede algo que les cambia la vida. Por lo general, una
experiencia cercana a la muerte, como alguien que cambia su dieta después de
sobrevivir a un ataque cardíaco que podría haberlo matado. Algunas personas
llaman a esto un momento de acudir a Dios.
—No creo en Dios. No hay pruebas reales.
Sonrío.
—Es un dicho. Es algo malo que sucede y luego todo en tu vida cambia para
siempre. Tu papá tuvo uno de estos momentos, y eso fue lo que lo hizo dejar de
beber.
—No entiendo.
—Tu padre no creía que era alcohólico hasta que sucedió algo malo porque
bebió demasiado.
—¿Qué pasó?
Aquí estoy. Lo he acompañado hasta aquí. Quizás Flint también lo haya
acompañado hasta aquí. Justo hasta el borde. El momento de la verdad. Pero está
atorado en mi garganta, estrangulándome porque sé que si digo las palabras todo
cambiará. No quiero que Harry odie a su padre. No quiero que Flint me odie. Pero 321
esta familia nuestra está rota y vulnerable por este secreto.
Tal vez todo tenga que romperse antes de que en realidad se pueda arreglar.
—Tu padre estaba conduciendo la noche que murió tu madre en el accidente
automovilístico.
—Estaba lloviendo. Los caminos estaban resbalosos. Me han contado antes
esta historia.
No lo sé. Nunca pregunté si de hecho estaba lloviendo. Tal vez lo hacía. No
importa.
—Pero nadie te dijo que tu papá había estado bebiendo esa noche. Nadie te
dijo que estaba ebrio, y eso fue lo que provocó el accidente. Porque es difícil para
un adulto entender y aceptar algo tan trágico, pero es inimaginable esperar que un
niño lo entienda.
—Odio cuando sirven sandía que es básicamente la cáscara. Mira, está
pálida. Sin color. Sin sabor.
Oh, Harry…
—Tu padre no ha estado aquí porque sabe que crees que el tipo que causó
mi accidente merecía morir, porque había estado bebiendo. Te lo digo para que lo
sepas. Él necesita que lo sepas. Pero no creo que espere que lo perdones. No sería
justo pedirte eso.
—El abuelo encontró este lugar de donas que tiene donas sin gluten y sin
lácteos, pero se supone que no debo decírselo a mi papá.
Dejo la sopa a un lado y doblo las manos sobre la mesa.
—¿Recuerdas esa foto que tenía del chico, Alex, saltando de un avión? ¿El
que te dije que subió al monte Everest?
Harry levanta la mirada.
—Sí.
—Quedó atrapado en una avalancha y, cuando lo rescataron, sus manos
estaban severamente congeladas. Tuvieron que quitarle las manos. Alex era mi
esposo. Pero después de perder las manos, me trató mal. Las cosas que me hizo y
me dijo fueron, en muchos sentidos, imperdonables. Nos divorciamos. Pero seguí
diciéndome que lo perdonaba. Pensé que si realmente amas a alguien, nada debería
ser imperdonable. —Parpadeo varias veces para contener las lágrimas—. Pero si
soy honesta, no sé si alguna vez lo perdonaré por completo. Lo amaré por siempre.
Las emociones son nuestras. Son íntimas y personales. Y no deberían estar bien o
mal. Nadie debería decirte qué sentir, a quién amar, o cómo vivir. —Me estiro 322
sobre la mesa y cubro su mano con la mía.
La encierra en un puño, pero no se aparta.
—Tu papá solo necesita que lo sepas. Eso es todo. Y ahora lo haces. —Me
levanto de la silla y agarro mi bandeja.
—Si Aria muriera, ¿perdonarías al conductor que golpeó tu auto? —La
mirada de Harrison se encuentra con la mía.
Maldición, me duele mucho por él ahora mismo. Por supuesto que Flint no
se lo ha dicho. ¿Quién cambia el mundo de su hijo a propósito?
—No —susurro—. Pero ese hombre no era mi padre.
—Eres un hombre difícil de encontrar.
Levanto la vista de la mesa mientras el saxofonista narra mi dolor en una
canción.
—¿Quién te ayudó?
Papá inspecciona el vaso de whisky junto a mi vaso de agua medio vacío.
La preocupación marca su frente ya arrugada.
—Cage. —Asiento.
Toma asiento frente a mí, mirando el vaso.
—¿Jameson?
323
—Monkey Shoulder.
—Qué apropiado. —Se ríe—. Ha pasado una semana. Aria puede irse a casa
en dos días. Está aumentando de peso y manteniendo la temperatura corporal. —
Asiento—. ¿Ya sostuviste a tu hija? —Niego con la cabeza, tragando pesado—.
Yo sí. Es un pequeño milagro.
Mi mandíbula se aprieta. Sé que es un milagro. Sé a qué hora suele
despertarse durante la noche. Sé cuánto tiempo amamanta de Elle y que prefiere el
seno derecho al izquierdo.
—Flint, esta es tu vida. Entra en el juego o renuncia, pero no te sientes en
el banco observando a todos a tu alrededor vivir tu sueño.
Cuando no lo miro ni lo reconozco de ninguna manera, se pone de pie y
apoya el dedo en el borde del vaso de whisky.
—No tengo que preguntarte si has tomado un trago. Sé el hombre que eres
hoy. —Inclina el vaso de lado, haciendo que el líquido dorado se derrame por el
extremo opuesto de la mesa—. Y Harrison sabe lo de Heidi. Ellen le dijo. —Me
entrega un papel doblado—. Ella me pidió que te diera esto.
Lo miro durante unos segundos antes de tomarlo. Papá se da vuelta y sale
por la puerta.
Siempre amé la música. Mi profesora de piano fue mi mentora. Vivía a
dos cuadras de nosotros, una profesora jubilada de Juilliard. Era su única
alumna. Me enseñó porque mi padre le hacía trajes a su esposo. Su nombre
era Ethyl, el nombre que dijiste que NO usaríamos con nuestra hija. (Te
perdono). Fue atropellada por un conductor ebrio durante mi primer año de
secundaria. Pasó tres meses en la UCI. Dijeron que nunca volvería a caminar.
Mi mamá me llevó a visitarla al hospital todas las semanas. Uno de sus
terapeutas era musicoterapeuta. Nunca había oído hablar de una profesión
así. Durante los siguientes dieciocho meses, fui testigo de un milagro. Ethyl
superó todos los objetivos que los médicos dijeron que nunca alcanzaría.
Caminó de nuevo. Habló de nuevo. Y volvió a tocar el piano. Todos los
terapeutas desempeñaron un papel en su recuperación, pero Ethyl dijo que la
música la curó. Fue entonces cuando supe lo que quería hacer con mi vida.
PERO… ¿estás listo para la parte buena? Porque siempre hay una
parte buena. De todo lo que Ethyl logró en su vida, lo más grande y admirable
que hizo fue perdonar al hombre que conducía el automóvil que casi acaba
con su vida.
El cielo y la tierra, Flint…
Voy a amarte tanto que, el tiempo no importará. La distancia no 324
importará. Todo lo que sentirás cuando respires… es mi amor.
Elle
Salgo de mi habitación de hotel y voy al hospital justo antes de la
medianoche. Ellen debería estar alimentando pronto a Aria. No puedo oírla, pero
sé que le está tarareando a nuestra hija. Solo lo sé.
—¿Se siente mejor, señor Hopkins?
Me vuelvo hacia la misma enfermera a la que he visto de vez en cuando
durante la última semana.
—Creo que sí.
—Es bueno escucharlo.
Me quedo en mi lugar durante casi cuarenta y cinco minutos, sin encontrar
el valor para entrar. Y como si supiera, Ellen endereza la espalda y gira su cuerpo
para mirarme por encima del hombro.
Una segunda oportunidad nunca se había visto tan hermosa.
Me lavo las manos y me pongo una bata, sin dejar de mirarla todo el tiempo.
La puerta automática se abre. Ella sonríe a medida que lágrimas corren por su
rostro. Me detengo frente a ella, ansioso por tocarla, ansioso por tocar a mi hija.
—Yo también quiero esta vida —susurro.
Elle parpadea más lágrimas, su sonrisa llegando a las esquinas de sus ojos.
—Creo que va a ser una muy buena. —Se pone de pie—. Siéntate, papá.
Me siento en la mecedora; está cálida de su cuerpo.
—Conoce a la chica que te hará caer de rodillas. —Sonrío cuando Elle me
entrega a Aria.
Dios… es tan perfecta. Y también nuestra hija.
325
Cuando Ellen despierta un poco antes de las siete de la mañana para
alimentar a Aria otra vez, salgo y me voy a casa para ocuparme de los asuntos
pendientes.
Papá me saluda, pasando de la cafetera a la mesa de la cocina.
—¿Entras al juego?
Cierro la puerta y dejo mi bolso.
—Si el entrenador aún me deja jugar. —Él asiente hacia las escaleras—. El
entrenador está arriba alimentando a sus ratas con el desayuno. —Asiento,
dirigiéndome a las escaleras—. ¿Hijo?
—¿Sí? —Miro de nuevo a papá.
—¿Te das cuenta de que tienes ocho ratas viviendo contigo?
Me rio.
—No las he contado recientemente, pero eso suena bastante acertado. —
Doy un paso a la vez, preparándome para lo inesperado—. Hola… —Entro a la
habitación de Harrison y cierro la puerta detrás de mí, apoyándome en ella con las
manos metidas en los bolsillos delanteros de mis jeans.
—Hola —dice sin mirarme.
—¿Cómo está la manada de ratas?
—Simplemente las llamas así porque no te importa lo suficiente como para
memorizar sus nombres —murmura.
—Wolfgang Amadeus Mozart, Johann Sebastian Bach, Ludwig Van
Beethoven, Frédérick Chopin, Stefani Joanne Angelina Germanotta, también
conocida como Lady Gaga, y sus tres guitarristas: Jimi Hendrix, John Frusciante
y Carlos Santana.
—Solo adivinaste.
Sonrío.
—Probablemente.
—Quieres saber qué puedes hacer para que esté bien con que mataras a
mamá. ¿Cierto?
Me estremezco. Aquí viene el montón de mierdas inesperadas. Me preparo 326
para el impacto, pero primero lo pacifico. Hay algunas cosas que necesita saber.
—Nada puede hacer que todo esté bien. Ni un millón de «lo siento», ni todo
el dinero del mundo, ni todas las galletas de tu panadería favorita.
—Estoy listo para una guitarra eléctrica. Una nueva. La más bonita que se
pueda comprar con dinero.
—Harrison, acabo de decir…
—¿Qué? —pregunta con un borde mientras lleva a las ratas de regreso a su
jaula y cierra la puerta—. ¿Una guitarra nueva es demasiado para darme a cambio
de que te perdone? —Empujando para ponerse de pie, patea una pila de ropa sucia
en el suelo, cruza los brazos sobre el pecho y camina frente a la ventana.
—No te estoy pidiendo perdón. Solo quiero que sepas que lo siento mucho,
y que no pasa un día en el que no quisiera que hubiera sido yo quien muriera en
ese accidente.
—Bien. Excelente. Lo que sea.
—Harrison…
—¡Si no vas a comprarme la maldita guitarra, entonces lárgate de aquí!
—Harrison, es suficiente.
—¿Qué? ¿Puedes matar a alguien, pero no puedo decir maldito? —Aprieta
las manos, sus brazos temblando—. ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!
¡MALDITOOOOO!
Respiro de manera controlada.
—Te daré algo de tiempo a solas.
—Excelente. Más tiempo a solas. Quizás veamos más videos con mamá en
ellos. Quizás me des más fotografías enmarcadas de ella. —Toma la foto que está
junto a su cama, en la que Heidi está cruzando la línea de meta, y me la arroja,
fallándome por unos buenos noventa centímetros. Se rompe contra la pared—. ¿Y
qué? ¡Qué importa todo este maldito tiempo pasado en el maldito pasado como si
estuvieras tan jodidamente preocupado de que vaya a olvidarla! ¡Noticia de última
hora! ¡MALDITA SEA, NO PUEDO RECORDARLA! —Tira de su cabello.
Cuando abre los ojos, están rojos y llenos de lágrimas.
No recuerdo la última vez que vi llorar a Harrison. Y cuando parpadeo,
liberando mis propias emociones, me pregunto si él estará pensando lo mismo de
mí.
Cae de rodillas, aun aferrándose el cabello con los puños mientras su voz se
rompe como el marco de vidrio. 327
—N-no la r-recuerdo —solloza.
Paso por encima del desorden del suelo para llegar al otro lado de la cama.
Agachándome frente a él, lo atraigo hacia mí, cayendo hacia atrás bajo su peso
cuando se rinde. Y durante los siguientes minutos, sostengo a mi hijo, meciéndolo
suavemente, sintiendo su dolor y aportando aún más del mío.
No sabe cómo perdonarme por tomar algo, alguien, que no existe en su
mente. Lo entiendo. Maldita sea, finalmente lo entiendo.
—Las cosas se pusieron un poco ruidosas. —Mi padre se estremece cuando
entro a la cocina.
—Flint. —Mamá me abraza. Es la primera vez que me ve desde que
llegaron la semana pasada—. Me alegra tanto que estés bien.
—Gracias, mamá.
Me trae un café, y me siento a la mesa con ellos.
—Al chico le gusta la palabra maldición. —Mi papá me mira, sorbiendo su
café.
—Y la usa con una precisión sorprendente.
—Ustedes dos son terribles. —Mamá sacude la cabeza.
Froto mi mano por mi cara, exhalando un suspiro largo.
—Tengo que encontrar algo de humor en esta situación antes de que nos
mate a los dos.
—No recuerda a Heidi. —Mamá frunce el ceño.
—No. No lo hace. Siempre lo asumí. Demonios, creo que Sandy siempre lo
asumió.
—Creo que debería hablar con alguien. Quizás un psiquiatra —dice mamá.
Asiento.
—Quizás.
—Quizás tú también deberías. 328
Gruño.
—Probablemente.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Tocando su guitarra. Ya no quiere hablar. Y si Elle estuviera aquí, nos
diría que lo dejemos en paz. Así que…
—Lo dejamos en paz —dicen mis padres al unísono.
—¿Dónde está Jon?
—Desayunando con Martin, y luego iban al hospital —dice papá.
—Necesito volver allí. —Me paro, llevando mi taza de café al fregadero.
Papá se aclara la garganta.
—¿La mujer, la pelirroja luchadora?
Sonrío de espaldas a él.
—¿Qué hay con ella?
—Sé que solo es un siete, pero no te estás volviendo más joven. Tal vez
deberías pensar en preguntarle si le gustaría tomar tu apellido.
Me rio a medida que asiento.
Dos días después
—¿Dónde están mi papá y tus padres? —pregunta Ellen cuando Harrison y
yo entramos en la UCIN con el asiento para el auto de Aria.
Después de su colapso, no dijimos más. Seguí su ejemplo de fingir que
nunca sucedió. Él conoce mi secreto y yo conozco el suyo. No puedo devolverle
la vida a Heidi, y Harrison no puede encontrar sus recuerdos de ella. Así que… la
dejamos descansar en paz.
—Pensaron que deberíamos ser solo nosotros tres llevándola a casa. —Beso
a Ellen y luego a Aria en su cálida cabecita de melocotón.
—A casa. —Elle suspira y sonríe—. Suena asombroso. —Pone a Aria en
su asiento.
—Parece demasiado pequeña para eso. —Harrison frunce el ceño.
329
—Es un cacahuatico —dice Elle con su voz de mami.
Llevo a Aria en su asiento al auto estacionado en la entrada mientras Elle y
Harrison caminan frente a nosotros.
Elle tararea.
Harrison niega con la cabeza.
Ella le da un codazo en el brazo.
Sacude la cabeza un poco más.
Envuelve su brazo alrededor de sus hombros.
No pelea con ella.
Besa una de sus sienes.
Me enamoro aún más profundo de ella.
Le susurra «te amo».
Él murmura «también te amo».
Y por primera vez en una década, sé que estaremos bien.
—Me sentaré atrás con ella —le dice Elle a Harrison después de que
aseguro el asiento de Aria en la base.
—No. Quiero sentarme atrás con ella.
La cabeza de Elle retrocede un poco mientras una sonrisa asciende por su
rostro.
—¿Quieres, eh?
Se encoge de hombros.
—Sí… lo que sea. Está bien.
—De acuerdo.
Cierro la puerta después de que Harrison se acomoda junto a Aria, y le abro
la puerta a Ellen.
—Vamos a casa. —Antes de que entre, la tomo en mis brazos, acunando la
parte posterior de su cabeza a medida que presiono mis labios contra su frente.
—Te amo, Flint Hopkins —susurra.
Asiento, manteniendo mis labios presionados contra su cabeza, demasiado
ahogado por la emoción para decir algo.
Después de abrocharnos el cinturón, me llevo todo mi maldito mundo a
casa. 330
Sobrio.
Las dos manos en el volante.
Conduciendo como una anciana.
—¿Cuándo vas a darle el anillo? —pregunta Harrison.
—¿Darle un anillo a quién? —pregunta Elle.
—A ti —dice Harrison.
—¿Qué anillo? —Ella me mira.
Mantengo ambos ojos en la carretera.
—El diamante que se guardó en el bolsillo antes de salir de casa.
—Pequeña mierda —murmuro.
—Anillo de diamantes, ¿eh? ¿Cuántos quilates? ¿Siete? —La ignoro. Los
ignoro a ambos.
Varios minutos después, el Señor Respuesta Tardía dice:
—¡Ja! Eso fue divertido. Siete. Dijo eso porque le diste un siete. Setenta por
ciento. Le diste a Elle una D. ¿Recuerdas eso?
Elle se tapa la boca para contener la risa.
—Lo recuerdo. Gracias, Harrison.
—Pregúntale.
Ellen apoya su mano detrás de mi cabeza, haciéndome cosquillas en la nuca.
—Solo pregúntame.
—Bien. ¿Quieres casarte conmigo?
—Harry, ¿tú qué piensas? ¿Debería decir que sí?
Pongo los ojos en blanco. Se están burlando de mi propuesta.
—Sí. Creo que gastó mucho dinero en el anillo. Es bastante grande.
Elle se encoge de hombros.
—Está bien. Me casaré contigo.
Intento no sonreír, pero es un intento inútil.
A un par de cuadras de nuestra casa, Harry se inclina más cerca del asiento
de Aria y tararea «You Are My Sunshine». 331
—Le gusta esa canción —susurra Ellen—. ¿Se la solías cantar cuando era
más joven?
Niego con la cabeza. Echando un vistazo rápido en el espejo de revisión,
encontrándome con la mirada de Harrison.
Los ojos de Heidi. La nariz de Heidi. La sonrisa de Heidi.
Recuerda la canción que ella le cantaba. Él la recuerda incluso si no se da
cuenta.
Lo amo más allá de las palabras.
Cinco años, decenas de galletas, un hermanito nuevo, y trece ratas
después
—Debí haber traído a Harrison yo solo. —Suspiro, cargando a mi hija
dormida de cinco años por el campus, con su desordenado cabello rojizo enredado
alrededor de mi cuello como una bufanda. Estoy sudando. Es un peso muerto y
demasiado calor corporal para este clima.
—Esto es un gran asunto. Todos queremos estar aquí. —Elle camina con
332
un saltito exagerado cuando Isaac, de nueve meses, comienza a quejarse.
Quiere salir a gatear. Ha sido un viaje largo. Todos nuestros viajes son
largos ya que conducimos a todas partes. No he perdido la esperanza de subirla a
un avión sin tener que dejarla inconsciente con mis brebajes.
Algún día pronto. Espero.
—No tienen que subir conmigo —dice Harrison cuando nos acercamos a la
entrada.
Por supuesto. Manejamos veintiún horas para caminar hasta aquí en el calor
para un simple «Adiós, nos vemos en Acción de Gracias».
—Llama a menudo. Estudia mucho. Encuentra una chica buena, pero no
hasta tu último año. Y recuerda que estás aquí para aprender, pero en el camino
muchos estudiantes también aprenderán de ti. Se amable. Se cortés. Se feliz. —
Elle abraza a Harrison.
Él le devuelve el abrazo sin dudarlo.
—Adiós, amiguito. —También abraza a Isaac.
—Llama cada dos semanas. Estudia más de lo que crees que necesitas. No
estoy pagando para que fracases. Encuentra una linda chica que te quite la
virginidad para que puedas concentrarte en tus estudios en lugar de tus bolas
azules. Recuerda que estás aquí para tener éxito y otros estudiantes se sentirán
amenazados por ti. Ignóralos. Se fuerte. Se tranquilo. Se responsable y usa condón.
—Abrazo a Harrison mientras pone los ojos en blanco.
—Harry… —Aria se despierta, frotándose los ojos.
—Hola, solecito. —Me la quita.
¡Gracias a Dios!
—Te extrañaré. Pero mantente fuera de mi habitación.
Ella asiente, mirándolo como si fuera su ídolo.
—Adiós. —Frunce los labios.
Él arruga la nariz y va a besarla en la mejilla. Y como siempre, ella
encuentra la manera de posar sus labios fruncidos sobre los de él. Harrison los
limpia.
Ella se ríe.
La deja en el suelo y se carga el bolso y la guitarra al hombro.
—El resto de tus cosas deberían llegar esta tarde —digo—. Y no olvides
llamar a la abuela Sandy. Querrá saber que estás instalado en tu dormitorio.
Él asiente. 333
—Adiós.
Tan pronto como se gira, una señora con una etiqueta con su nombre
colgando de un cordón le sonríe.
—Bienvenido a Juilliard. ¿Puedo ayudarte a encontrar a dónde vas?
Almorzamos y terminamos nuestro viaje de cuatro horas, que nos lleva
cinco, a Cape Cod.
—¡Bote! ¡Abue! Quiero montar en el bote. —Aria salta y corre hacia Jon
mientras este sube la colina desde el muelle.
Abre los brazos, siempre embelesado de su nieta favorita. La única persona
a la que ha envuelto en su dedo meñique con más fuerza que yo es él.
—Dos semanas. —Elle sonríe, deslizando su nariz por el cuello regordete
de Isaac—. Dos semanas enteras en Cape Cod. Mamá va a recibir un masaje y
pedicura. ¡Hurra por mí!
Miro por encima del hombro para asegurarme de que Jon y Aria aún están
fuera del alcance del oído.
—Papá va a echar un buen polvo. Muchos. Mientras abue y su novia mucho
más joven llevan a Aria e Issac a la playa. ¡Hurra por mí! —Ellen me da su mejor
mirada de muerte.
—Hace calor. Vayamos adentro. Cora hizo limonada y té helado.
—¿Cómo está Cora? —pregunta Ellen sin intentar sonar maliciosa.
Cuando contrató a Cora para que ayudara a Jon con un poco del trabajo en
casa después de la muerte de sus padres, no esperaba que Cora también mantuviera
su cama caliente, especialmente porque solo es cinco años mayor que Ellen.
—Oh, está bien. Me mantiene joven.
Ellen me frunce el ceño a medida que lo seguimos al interior de la casa.
—Y dices que frunzo el ceño. Sé feliz por él.
—Hablas como un hombre. 334
Lo hago. Cora es demasiado falsa para mi gusto. Y por falsa, me refiero a
sus alegres tetas doble D. Pero si Jon tiene un ataque al corazón y muere con su
rostro entre ellas, tendremos que creer que murió feliz.
—¡Elle! ¡Flint! —Cora hace rebotar esas grandes tetas en nuestra dirección.
Elle abraza a Isaac para evitar del todo el abrazo de tetas. Luego me lo pasa
rápidamente antes de que Cora me abrace.
Bien jugado, querida.
Elle sonríe.
—Entrégamelo. —Cora me quita a Isaac y le arrebata la bolsa de pañales
del hombro de Elle—. Le daré un cambio de pañal y buscaré un bocadillo saludable
para Aria. Ustedes dos suban las escaleras y acomódense. Disfruten un poco de
tiempo a solas antes de cenar. —Guiña un ojo.
Me agrada Cora. No veo cuál es el problema de Elle con ella.
—No. Van a salir. —Jon le guiña un ojo a Cora.
—¡Ah! Sí. Vamos a cuidar a los niños mientras ustedes dos salen a solas
por la noche.
—¿A solas? —Arqueo una ceja—. ¿Qué es eso?
Elle no puede ocultar su sonrisa. Sabe que es verdad.
—Flint, ven conmigo. —Su padre asiente hacia el dormitorio principal.
—Y tú vienes conmigo. —Cora agarra el brazo de Elle y la arrastra
escaleras arriba.
—¿Qué piensas? —Cora abre la puerta del dormitorio.
Hay un vestido sobre la cama. Era de mi mamá. Un sencillo vestido negro
sin tirantes con una cinta delicada color crema atada a la cintura. Recuerdo
probármelo cuando cumplí dieciocho, pero mamá era más corpulenta que yo.
Siempre ha sido un vestido atemporal. Y no lo he visto en años, pero sigue siendo
mi favorito. 335
—Tu papá revisó algunas de las cosas de tu madre que estaban guardadas
en el ático. Dijo que siempre te gustó este, pero que era demasiado grande. Le dije
que debería modificarlo para ti. No tenía tus medidas, pero creo que ahora podrías
encajar bien. ¿Quieres probártelo?
Paso mis dedos a lo largo de la cinta de seda.
—Sí —murmuro.
—¡Maravilloso! Enchufaré mi rizador y te peinaré y maquillaré.
Tomo a Issac y le doy de comer mientras Cora saca mis maletas del auto.
Luego Aria juega con él en el piso del dormitorio a medida que Cora me hace sentir
como una princesa.
—Eres buena en esto.
Ella sonríe.
—Trabajé en un salón durante diez años. Listo. —Les da a mis rizos una
ligera capa de spray para el cabello—. Vamos a ponerte el vestido.
Me lo pongo y ella cierra la cremallera de la espalda. Abraza perfectamente
mis curvas. Cierro los ojos y recuerdo cómo se veía mi mamá con él, cómo mi
papá la miraba cuando lo usaba.
—Hermoso. —Cora presiona su mano contra su pecho.
—Gracias —digo. Y lo digo sinceramente. Quizás sea exactamente lo que
mi papá necesita en su vida en este momento. Cora no tiene por qué ser mi madre.
No soy Heidi.
—De nada. —Recoge a Isaac.
—Hay una botella en la bolsa de pañales.
Asiente.
—Ya la puse en la nevera.
—Mami hermosa.
Miro a Aria.
—Gracias, dulzura. —Me gusta esta vida. Mucho.
—¿Vienen? —llama papá desde abajo.
Me abro paso por las escaleras con los tacones que Cora me dio, que son
unos centímetros más altos de lo que suelo usar.
La mandíbula de Flint cae al suelo a medida que retrocede unos pasos como 336
si estuviera perdiendo el equilibrio.
—Elle, me dejas sin palabras.
Sonrío. No tuvimos una boda. Ninguno de los dos lo quiso. Ambos hicimos
lo de la boda la primera vez. En cambio, me puse su anillo y tomé su apellido frente
a un juez.
Pero ahora mismo me siento como una novia caminando por el pasillo.
—En una escala del uno al diez, ¿qué tan sin palabras?
Toma mis manos, las lleva a sus hombros y desliza las suyas alrededor de
mi cintura.
—Infinito. Como mi amor por ti.
Doy un paso atrás lo suficiente para admirar su nuevo traje de tres piezas,
muy parecido al que usó cuando nos casamos. Un original de Jonathan Samuel
Anderson. Pero esta vez papá usó un material diferente, tal vez más seda con rayas
finas y una corbata roja sexy.
Tiro de esa corbata varias veces hasta que sonríe tanto que mi corazón
quiere estallar porque… esta vida… es mía.
Después de que considero que el nudo se ve tan perfecto como mi hombre,
agarro sus solapas y lo acerco un poco más.
—Flint Hopkins, seguro que sabes lucir el papel.
Veo a mi papá sonreír por el rabillo del ojo. Es tanta alegría con una pizca
de tristeza.
—¿Qué papel es ese, mi bella esposa?
—El de Mi Esposo, por supuesto.
337
Jewel E. Ann es un espíritu libre adicta al romance con un
peculiar sentido del humor.
Con 10 años de conferencias de hilo dental en su haber, se
retiró de su carrera de higiene dental de forma temprana para
quedarse en casa con sus tres hijos impresionantes y administrar
el negocio familiar. 338
Después de que su mejor amiga por casi 30 años le sugirió
algunos libros del género Romance Contemporáneo, Jewel
quedó enganchada. Devorando dos y tres libros a la semana,
pero aun anhelando más, decidió practicar la lectura sostenible,
también conocida como escribir.
Cuando no está poniéndose su capa y salvando al planeta
un árbol a la vez, disfruta del yoga con sus amigos, de la buena
comida con la familia, escalar rocas con sus hijos, ver las
repeticiones de How I Met Your Mother y por supuesto… con sus
novelas desgarradoras, ardientes y devastadoras novelas.
LizC
LizC y Lyla
339
LizC y Michy
Catt
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