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La Envidia

Con autorización de editorial Venablo y del escritor Renato Sales Heredia, presentamos un adelanto de su libro 'Ensayos y artículos'

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La envidia*

1. El espejo cóncavo

“En este recinto se castiga la culpa de la envidia, pero son movi-


das por el amor las cuerdas del látigo”. En esta frase, de muchas
formas enigmática, Dante revela una de las características más
peculiares de la emoción que conocemos como envidia: su ex-
traño parentesco con el amor, la emoción más extraña, quizás
la más compleja.
Y es que el amor implica, por cierto, reconocimiento del otro.
La envidia parte también de esa situación especular. Es un reco-
nocer envenenado. Percibir en otro lo que no tenemos, perca-
tarse de que otra persona tiene algo que íntimamente deseamos
y de lo que carecemos, algo que nos mengua y que nos hace de-
sear que quien lo tiene lo pierda, así “eso” se pierda para siem-
pre, pues es el confrontarnos, el mirarnos en ese espejo cóncavo
del envidiado, el reconocernos caricaturizados, minimizados
en el otro, lo que nos hiere profundamente. Esa herida nos hace
odiar, escupir en el espejo.
Pero ¿por qué envidiamos? ¿Qué emoción es ésta que lejos
de impulsarnos a actuar nos ensimisma? ¿A quién envidiamos?
Antes de intentar responder a estas cuestiones, trataré de es-
tablecer una distinción que se impone prudente: Suele hablarse
de dos envidias. No falta quien afirma convencido : “ Me das
envidia de la buena” Dudo que alguien reconozca en el mismo
tono a “la envidia de la mala “. El lenguaje coloquial ha creado
parentela entre lo que llamamos emulación, competencia, re-
sentimiento, y, la prima verde: “la mala”.
Efectivamente, quien compite, quien emula y quien resiente,
reconoce en el otro no la caricatura de sí, sino una meta.

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Dice Alberoni:

“Algunos distinguen una envidia buena de una envidia


mala. La envidia buena sería el deseo doloroso, lacerante,
que experimentamos cuando vemos que alguien tiene éxito
en lo que nosotros quisiéramos tenerlo, pero sin sentir odio,
por él, sin querer quitarle lo que tiene. El otro en sustancia,
evoca nuestra necesidad, pero luego desaparece del campo
psíquico y no nos molesta más.”1

¿Qué es la envidia, entonces?


Para Aristóteles “es un dolor causado por la buena suerte de
alguien que se nos asemeja”. Para Spinoza “Es el odio en cuanto
afecta al hombre de tal manera que se entristece con la felicidad
de otro, y, por el contrario, se goza en el mal de otro”. Para Kant
“Es la tendencia a ver con dolor el bien de los demás aun cuan-
do este no acarre ningún daño para nuestro bien”.
Juan ama profundamente la música, desde pequeño ha estu-
diado piano horas y horas, le ha dedicado su vida al instrumen-
to. Tiene cerca de treinta años. No es un mal pianista pero ya
intuye que nunca será un Rubenstein. De pronto, Pedro, amigo
de la infancia, compañero de estudios en el conservatorio, par
de Juan, es invitado a dar conciertos en Europa. Triunfa, es
reconocido por una forma de interpretar que no se encuentra
al alcance de Juan. Juan, de pronto, envidia, desea que Pedro se
quede manco, ve sus manos en aceite. Empieza a odiar.
Son Salieri y Mozart.

2. El otro

Only princess and starlets envy kings and movie stars


Jon Elster

Es el reconocimiento de otro el que motiva la envidia, pero


ese otro no puede ser cualquiera. Para envidiar tengo que reco-
nocerme en el espejo, a pesar de su concavidad. Aristóteles dijo
1 Francesco Alberoni. Los envidiosos. Ed. Gedisa. Barcelona, 1991.
pág. 39.

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bien, ese otro tiene que ser alguien que se nos asemeje, alguien
cercano en tiempo, en lugar y en reputación. Envidiamos al ve-
cino, al colega, al compañero que sin ningún mérito en especial
nos sobrepasa. Nace pues la envidia de una constatación, del
reconocimiento de una igualdad irrescatable: “El otro era igual
que yo, ahora él tiene y yo no y eso no lo tolero, me hace menos”.
Alguien con quien podemos identificarnos, pero que ha tenido
éxito en lo que nosotros hemos fracasado, o en aquello a lo que
habíamos renunciado. Alguien que, siendo al principio como
nosotros, se transformó en lo que nosotros hubiéramos querido
ser, pudo obtener lo que nosotros hubiéramos querido tener”2.
Identificación e indicación son para Alberoni fundamentales
en este reconocer. Identificarse es ponerse en los zapatos del
otro, aprender a mirar en el espejo. Indicación es evaluar, juzgar
que algo vale.
Quien envidia se compara, se reconoce menos ante otro, eva-
lúa sus posibilidades y se descubre impotente. En el ejemplo
que mencionamos Juan advierte que a su edad ya no podrá,
jamás, ejecutar como Pedro y es esa apreciación la que más hie-
re, el reconocimiento de un valor que se aleja merced a una
injusticia esencial, merced a lo que los griegos llamaban Moira,
ese destino que pesa ineluctable y que nada permite salvo so-
brellevarlo con dignidad. Clave de la tragedia griega es, por ello,
el enfrentamiento entre libertad y destino.
El otro era igual que yo y sin embargo el otro tiene y yo no.
¿Por qué? Es una injusticia esencial pero es una injusticia que
no impulsa a actuar porque no versa sobre lo posible, no es la ira
legítima de quien se sabe desposeído por las fuerzas del merca-
do o el coraje de los celos que impulsa a golpear o a matar. No,
la envidia ensimisma porque es el reconocer de la impotencia.
“Porque la envidia es pasión del otro, pasión de la identidad
de otro, pasión de la libertad de otro, en la vacilante unidad y
libertad de uno mismo.
La envidia, la más ensimismada de las pasiones, que transcu-
rre por debajo del pesar y las pasiones y toma en ellas su pretex-

2 Francesco Alberoni. op, cit. p.78.

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to... que nace en el anhelo de ser individuo, de ser único, ante la
distinción suprema de ser realmente individuo. El semejante es
entonces el otro, y su semejanza se convierte en el desmentido
máximo de su pretensión”3
De ahí que la envidia sólo pueda acontecer en el reino de lo
profano, donde el yo determina. En la fiesta, en el ritual, no
puede haber envidia. En la fiesta el yo se pierde, se confunde.
El otro es el rival; o lo absoluto otro: Dios.

3.- Envidiar es juzgar

Entonces, envidiar es juzgar, evaluar, realizar un súbito balan-


ce de lo que el otro tiene junto a nuestras carencias. La envidia
es así un sistema de juicios que se enlazan sobre lo que quere-
mos ser, sobre lo que creemos que somos, sobre lo que sabe-
mos que no vamos a ser. Envidiar es poner en juego creencias,
deseos, razones. Envidiar es enjuiciar en el sentido en el que
habla Robert C. Solomon: “... Nuestras emociones cambian con
nuestras opiniones, y argumentamos que éste no era un asunto
casual y no era una coincidencia sino una consecuencia de la
tesis de que las emociones son juicios ellas mismas”4
Una emoción, señala Solomon, es un sistema de juicios:
“Amor no es sólo la admiración por las virtudes de otros sino
un sistema de juicios sobre identidades e intereses en común,
apariencia personal, encanto, status, preocupaciones comparti-
das así como una infinidad de mitos y metáforas absurdos que
se han infiltrado en ese sistema de juicios que llamamos amor.
Y la diferencia entre la envidia y los celos no es sólo un par de
juicios, es también una diferencia sistemática sobre las formas
de ver el mundo que puede ser iluminada sin que esta ilumina-
ción signifique una descripción ortodoxa de dos juicios”5

3 María Zambrano. “La envidia” Revista Informe Bibliográfico, no-


viembre-diciembre de 1987, pág. 56.
4 Cheshire Calhoun y Robert C. Solomon. ¿Qué es una emoción?
F.C.E. México, 1992, pág.331.
5 Robert C. Solomon. “On emotions as judgments” American Philo-

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Decir que la envidia es un sistema de juicios implica entre
otras cosas el afirmar que somos libres para envidiar o no.
El problema sobre la emoción y particularmente sobre la en-
vidia radica justamente en este aserto. El problema de la emo-
ción es el problema de la libertad. Decir que las emociones son
juicios que descansan en deseos, en creencias y que se vinculan
con la acción es ir contra el sentido común que afirma que la
emoción se opone a la razón. Revisitando a Pascal, habría que
decir que “el corazón tiene razones (algunas) que la razón sí co-
noce”. Radica la cuestión en que la emoción es un juicio ciego,
es un juicio de premura sobre una situación que surge en for-
ma espontánea y abrupta. Envidiar es juzgar que somos menos,
cuando caemos en la cuenta de un otro que tiene algo de lo que
carecemos. Esa es la punzada de envidia. Pongamos por caso
el ejemplo precitado: Juan analiza con mesura que Pedro es un
gran pianista. Se explica las razones por las cuales es mejor que
él. Se duele quizás, se auto compadece y toma la difícil y noble
decisión de dedicarse a la venta de partituras. No hay envidia,
hay, en último caso, lástima de sí.
Para Solomon, las emociones se distinguen de otros juicios en
el hecho de que, cuando acontecen, no pueden analizarse con
deliberación y cuidado. En este sentido las emociones son real-
mente “ciegas”. Empero, si las emociones son juicios o acciones,
podemos asumir responsabilidad sobre de ellas. No podemos
tener o dejar de tener una emoción, pero podemos abrirnos
al argumento, la persuasión y las pruebas. En la óptica de So-
lomon podemos debilitarlas desde el momento en que somos
capaces de obligarnos a la autorreflexión, de juzgar sus causas y
propósitos y también de hacer el juicio de que no somos súbita-
mente asaltados por ellas; que las elegimos en todo momento.
Surge un problema: Si estamos de acuerdo en que la emoción
es un juicio ciego, juicio que no podemos dejar de tener o no
tener, resulta difícil afirmar que podemos hacernos totalmente
responsables de ellas. No tanto porque no podamos ver o no
ver qué sucede con nosotros sino porque “ no podemos dejar

sophical Quarterly. Volume 25, Number 2, April 1988.

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de tener o no tener “ En la óptica de Solomon no hay control
de las emociones sino reflexiones sobre sus causas. Reflexionar
sobre la causa y objeto de la emoción es, ciertamente, diverso
boleto que controlarla. No está de más decir, sin embargo, que
muchas veces causa y objeto se identifican. En la envidia existen
pocos problemas en ese sentido. Afirmar que causa y objeto de
la emoción son siempre identificables sería tanto como decir
que el inconsciente es inexistente. Así, reflexionar sobre la cau-
sa de la emoción no deviene en control de la misma. Lo ha
visto Cheshire Calhoun al criticar las posturas cognoscitivistas.
Lo ejemplifica con la mujer que sigue temiendo a las arañas,
no obstante saber todo sobre ellas y, antídoto en la mano, cuan
inofensivas son.
No puede decirse “envidio” y ya. El contenido proposicio-
nal que requiere la emoción es claro en la envidia. La referencia
al otro debe ser a “ese otro”, particular e intransferible, en los
términos particulares del emisor de los juicios.
Envidiar constituye, en otra perspectiva, uno de los juicios de
origen del ser humano. Así lo plantea Melanie Klein al señalar
que el primer objeto envidiado es el pecho nutricio, pero ¿ que
clase de creencias y deseos se darían en un niño de pecho ?
Es probable que Klein haya leído a San Agustín cuando afir-
ma “Vi con mis propios ojos y conocí bien a un pequeñuelo
presa de los celos. No hablaba todavía y ya contemplaba, todo
pálido y con una mirada envenenada a su hermano de leche”.
Envidiar es juzgar, sí, pero es el amor, al cabo, el que mueve
las cuerdas del látigo.

*Originalmente publicado en La mirada del centauro, pról. y selecc.


Mary Carmen Sánchez Ambriz, Ediciones Verdehalago, México, 2001.

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