La muerte del judío errante
Esta noche es diferente: es una noche espesa. Unas densas tinieblas cubren todo mi cuarto: y
de ellas se desprende una sombra oscura. Resulta inexplicable que en medio de toda esta
oscuridad sea capaz de ver ese extraño ser. Él o ella empieza a moverse, se acerca hacía mi
cama. Sin embargo, a pesar de que está a solo pocos pasos de mi cuerpo no me causa temor
alguno. Y es que, aunque cada cierto tiempo regresa, él o ella, no puede llegar a mí. Ni yo
puedo llegar a él o ella.
Mi cuerpo se sacude con fuertes contracciones que hacen que se arquee la espalda. ¡El
dolor resulta insoportable! Siento que cada hueso, cada tendón, cada músculo de mi cuerpo
empieza a desprenderse. Mi respiración es forzosa: abro la boca en un intento desesperado de
llenar de aire mis pulmones. El esfuerzo es inútil. Mis ojos arden como si estuvieran de frente
a un fuego infernal. Mi boca está reseca, mis labios rotos, y los dedos de mis manos empiezan
entumecerse. Trato de mover mis dedos y siento un dolor tan espantoso en mi muñeca
derecha que solo puedo compararlo con alguna fractura de hueso expuesto.
Él o ella se acerca un poco, otro poco, y un poco más: se posa como la mariposa sobre
mi cuerpo. Él o ella alzó su mano y el dolor que antes experimenté ni siquiera se compara con
el sufrimiento por el que estoy atravesando. Él o ella alzó la otra mano e intenta sujetar mi
cuello. Mi boca se abre de forma involuntaria: y por unos instantes todo el dolor, el
sufrimiento, la agonía, cesaron. ¡Ahora lo entiendo! ¡Es la muerte! No siento fuerzas, para ser
honesto, no siento siquiera mi cuerpo: es como estar flotando en el aire, con un sentimiento,
una necesidad, tan desesperada de irse, de dejarse llevar, de entrar a la eterna no existencia.
Y de nunca más regresar a este mundo a llevar una vida sin sentido: llena de violencia e
injusticias, de abusos y tropelías.
- ¡No! - grita la muerte, un grito tan espantoso que aturdió todo mi ser. Y de forma
repentina todo aquel dolor, aquella agonía, aquel sufrimiento viene de golpe: me atrapa, me
envuelve, me estremece como para recordarme que aún estoy vivo. De repente un deseo
desesperado se apodera de mí: ¡quiero morir, necesito morir, debo morir!
- No podrás morir hasta que el Nazareno regrese- dijo la muerte. El sonido de su voz
es parecido al de cientos de aves que gritan sin control.
Ahora, tirado en esta cama, lo recuerdo todo. ¡Ese rabino que se hacía llamar El ben
Elohim me maldijo! ¿es realmente así? O ¿es solo el delirio que cada persona experimenta
antes de morir? ¿Por qué no recuerdo mi nombre? Muero de sed: y la agonía se incrementa a
cada segundo. Una imagen como proyectada de lejos viene a mi mente.
Los pasos del Nazareno son débiles, tambaleantes. El rostro lo tiene totalmente desfigurado;
su nariz rota, sus ojos con enormes hematomas que, indudablemente, le han dejado
parcialmente ciego. Desde donde me encuentro puedo observar que le han quitado la parte
superior de un madero que traía sobre sus hombros.
Viene el Nazareno con su túnica ensangrentada. En la cabeza lleva puesta una corona de
espinas.
- ¡Miserable desgraciado! - pensé, sí lo pensé. Él se merecía semejante tropelía. Él provocó
la humillación de nuestro pueblo. ¡él, el rey de los judíos! Y sucede, entonces, aquello de lo
que me arrepiento: el inicio de mi más triste maldición. El desear morir y no poder hacerlo.
El anhelo desesperado; la sed tortuosa, el dolor insoportable, y el olvidar quien soy. Y para
hacer aún más nefasta esta maldición, solo antes de morir, o, mejor dicho, solo antes de
querer hacerlo se me obliga a revivir el justo instante en que el nazareno me maldijo.
Con una voz jadeante me dijo: - Dame agua-
¿Quién me diera regresar el tiempo? ¿Quién me diere regresar y tomarle de la mano y
aliviarle su agonía? ¿quién me diera regresar y calmar su sed?
-NO- le grité, le grité con tanta rabia, con tanta ira, que deseé abofetearlo.
– antes de darte agua – le dije: prefiero que caiga una maldición sobre mí, y sobre mis
hijos, y los hijos de mis hijos, y que se me niegue la entrada en el reino venidero. –
Malditas palabras que pronuncié. Aún resuenan en mi cabeza como un enorme martillo dando
golpes contra un yunque.
El nazareno me miró: abrió su boca e intento hablar. Luego hizo un esfuerzo por tomar una
bocanada de aire. Vi que de su frente emanaba sangre que recorría su rostro.
-Así sea, serás errante el resto de tus días Yosef hijo de Levi, vagarás por toda la
tierra hasta que yo regrese. La muerte te seguirá todos los días de tu vida y nunca te
alcanzará. Probaras su dolor, la agonía, el sufrimiento, y, no tendrás alivió. Tú la seguirás
todos los días de tu vida, y nunca llegarás a ella. No tendrás descendencia y nadie recordara
tu nombre bajo el cielo. Y cada vez que ella te encuentre te hará recordar tu sentencia, y la
te hará olvidar después. – Me dijo.
Erick Monge Barrantes