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Sistema Sexo-Género y Roles de Género

Este documento presenta una introducción a los conceptos básicos de sexo y género. Explica que el sexo se refiere a las características biológicas de una persona, mientras que el género son las construcciones sociales y culturales sobre lo que significa ser hombre o mujer. También describe el sistema sexo-género y cómo organiza las sociedades las diferencias entre hombres y mujeres de manera desigual. Finalmente, señala la importancia de considerar perspectivas interseccionales e interculturales para realizar análisis de g
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Sistema Sexo-Género y Roles de Género

Este documento presenta una introducción a los conceptos básicos de sexo y género. Explica que el sexo se refiere a las características biológicas de una persona, mientras que el género son las construcciones sociales y culturales sobre lo que significa ser hombre o mujer. También describe el sistema sexo-género y cómo organiza las sociedades las diferencias entre hombres y mujeres de manera desigual. Finalmente, señala la importancia de considerar perspectivas interseccionales e interculturales para realizar análisis de g
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NIVEL BÁSICO

Curso 1 Bases conceptuales: comprendiendo el género

Autora: Patricia Varela Pino


Editora: Carolina Muñoz Rojas

UNIDAD 1: CONCEPTOS DE SEXO Y GÉNERO .............................................................. 2


1. ¿Qué es el Género? ............................................................................................... 2
2. El sistema sexo-género .......................................................................................... 3
3. Otros enfoques complementarios al género: la interseccionalidad y la
interculturalidad ........................................................................................................... 4

UNIDAD 2: ¿CÓMO SE CONSTRUYE EL GÉNERO? ....................................................... 7


1. Socialización de género, roles y estereotipos ....................................................... 7
2. Modelos de masculinidad y feminidad hegemónicas ........................................... 7
3. Distinciones conceptuales entre identidad de género, expresión de género y
orientación sexual ....................................................................................................... 13

UNIDAD 3: LAS ESFERAS PÚBLICA Y PRIVADA .......................................................... 14


1. División sexual del trabajo ................................................................................... 15
2. Consecuencias de la división sexual del trabajo.................................................. 16
3. Desigualdades de genero .................................................................................... 20

BIBLIOGRAFÍA ........................................................................................................ 27

1
UNIDAD 1: CONCEPTOS DE SEXO Y GÉNERO

1. ¿Qué es el Género?

El surgimiento del concepto género se remonta a las décadas de 1950 y 1960 con los
estudios de los investigadores John Money y Robert Stoller. Quien primero utiliza el
término es John Money en 1955 en el marco de sus estudios sobre disfunciones
sexuales, señalando que la identidad de género de una persona dependía más de cómo
había sido educado de niño o niña, y que podía resultar distinto del sexo biológico.
Luego, Robert Stoller en 1968 recoge los planteamientos de Money señalando que el
vocablo género no tiene un significado biológico, sino psicológico y cultural, así los
términos que mejor corresponden al sexo son macho y hembra, mientras que los que
mejor califican al género son masculino y femenino, y éstos pueden llegar a ser
independientes del sexo biológico. Posteriormente, el concepto se introduce en otros
ámbitos de estudio para referirse al sistema de jerarquías sociales basado en las
diferencias sexuales en el marco de los estudios de la mujer desarrollados dentro de las
ciencias sociales.

El concepto clásico de género ha dado importancia a las construcciones y significados


culturales, relacionándolas y distinguiéndolas de las diferencias biológicas entre mujeres
y hombres. Así, habitualmente se define género como la “construcción social y cultural
de las diferencias sexuales o biológicas”. De acuerdo con ello, ser hembra o macho,
mujer u hombre, es un hecho biológico, inmodificable y determinado genéticamente.
En tanto las características que atribuimos a mujeres y hombres (es decir, lo que
entendemos como femenino o masculino), corresponden a un hecho social, están
determinadas culturalmente y por lo tanto pueden ser modificadas.

SEXO GÉNERO
Diferencias y características biológicas, Conjunto de ideas, creencias y atribuciones
anatómicas, fisiológicas y cromosómicas de los sociales, construidas en cada cultura y
seres humanos que los definen como hombres momento histórico, tomando como base la
o mujeres. diferencia sexual; a partir de ello se construyen
los conceptos de “masculinidad” y “feminidad”,
los cuales determinan el comportamiento, las
funciones, oportunidades, valoración y las
relaciones entre hombres y mujeres.
Características biológicas presentes en un ser Red de rasgos de personalidad, actitudes,
vivo que determinan su función en la sentimientos, valores, conductas y actividades
reproducción de la especie, en base a la cual se que, a través de un proceso de construcción
le define como macho o hembra. En los seres social, diferencia a los hombres de las mujeres.
humanos, el macho es denominado hombre, y
la hembra, mujer.
Se nace con esas características, son Son construcciones socioculturales que pueden
universales e inmodificables. modificarse, dado que han sido aprendidas.
Fuente: INAMU México (2007) y Guerrero et al (2004)

Desde la perspectiva del sexo, si bien habitualmente se distingue entre hombres y


mujeres, existen también las personas intersexuales o intersex. Se ha definido la

2
intersexualidad como “todas aquellas situaciones en las que el cuerpo sexuado de un
individuo varía respecto al standard de corporalidad femenina o masculina
culturalmente vigente” (CIDH, 2012). La intersexualidad puede presentarse en
diferentes grados, siendo por ejemplo una cantidad menor o mayor a la esperada de
las hormonas sexuales correspondiente al sexo asignado al nacer, hasta la presencia
de órganos sexuales de ambos sexos.

De acuerdo a un artículo publicado en la Revista Nature,


entre un 1 a 2% de la población es intersexual. (DSD, Nature, 2015)

Es importante mencionar que las definiciones de sexo y de género están en constante


revisión y que son también un espacio de disputa desde la teoría y la acción política,
existiendo importantes críticas a la lógica binaria de hombre/mujer y
femenino/masculino, así como diversos planteamientos respecto a que el sexo es
también una construcción social. Así como también, los avances de la ciencia y la
tecnología cuestionan cada vez más el carácter de “inmodificable” que tradicionalmente
se le atribuye al sexo.

Pero más allá de las diferentes corrientes y definiciones en torno al sexo y al género, lo
cierto es que las sociedades, incluida la nuestra, han construido diferencias sociales y
culturales a partir de las diferencias biológicas, y que estas diferencias han devenido
como desigualdades.

De este modo, el problema no está en las diferencias biológicas que existen entre
hombres y mujeres, el problema está en que estas diferencias han sido organizadas
social y culturalmente de forma injusta y desigual, dando una mayor valoración a lo
que se asocia con lo masculino y una menor valoración a lo que se asocia con lo
femenino.

2. El sistema sexo-género

La forma en que una sociedad o cultura representa y organiza lo femenino y lo


masculino, se denomina “sistema sexo-género”. En otras palabras, el sistema sexo-
género es el conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores
sociales que las sociedades elaboran a partir de las diferencias sexuales.

Respecto al sistema sexo-género, podemos decir que:


✓ Es histórico y está situado geográficamente, se nutre de elementos que por ser
mutables en el tiempo y en el espacio son también susceptibles de modificar.
Así, no es lo mismo ser mujer en el año 2017 en Chile que serlo en Holanda o en
Irán, así como tampoco es lo mismo ser un hombre en Chile en el 2017, que
haberlo sido en 1820.
✓ Es ubicuo en el sentido de que permea lo micro y lo macro de la sociedad, y que
está presente en todas las esferas de la vida. De este modo, el sistema sexo
género tiene manifestaciones en el mercado de trabajo remunerado, en la
educación, en las relaciones de pareja, en la política, en los medios de
comunicación, etc.

3
✓ Es interseccional, es decir está atravesado por otras variables sociales tales como
la clase social, el pertenecer o no a un pueblo originario, el estar o no en situación
de discapacidad, etc.
✓ Es jerárquico porque la diferencia que establece entre hombres y mujeres ni es
neutra, implica valoraciones que atribuyen mayor importancia y valía a las
características y actividades asociadas con el hombre.

3. Otros enfoques complementarios al género: la interseccionalidad y la


interculturalidad

Tal como ya se ha mencionado, el género no es una variable estática e inmutable, sino


que esta mediada e interactúa por una serie de otras dimensiones y variables, y esto la
hace una categoría altamente compleja. Es por ello, que para poder realizar análisis de
género pertinentes y útiles, es necesario incorporar también otros enfoques junto al
enfoque de género, entre ellos, y para el quehacer de Estado y las políticas públicas,
destacan los enfoques de interseccionalidad y de interculturalidad.

a) Enfoque de interseccionalidad

El enfoque de interseccionalidad refiere al reconocimiento que en las personas, o en los


grupos de personas, interactúan diferentes categorías de privilegio o discriminación. Así,
para cada sociedad concreta, las condiciones de vida de una persona se deben
interpretar atendiendo de forma combinada a su sexo/género, clase social,
nacionalidad, raza/etnia/color, sexualidad, religión, situación de discapacidad,
edad/generaciones, etc.

Esta perspectiva sirve de herramienta de análisis para comprender las desigualdades,


sus causas y consecuencias estructurales y dinámicas, que surgen de la interacción de
dos o más de estas categorías o ejes de subordinación. La interseccionalidad trata la
forma por la cual el patriarcado, el racismo, el clasismo y otros sistemas de opresión
crean desigualdades básicas que estructuran las posiciones relativas de las mujeres,
razas, clases y otros (Crenshaw, 1989).

Para Rashida Manjoo, ex Relatora Especial sobre la violencia contra la mujer, sus causas
y consecuencias, este enfoque es importante porque (en Informe de la ONU del 2011):

✓ En el cumplimiento de sus obligaciones jurídicas internacionales, los Estados


deben tener presente que la discriminación afecta a las mujeres de modos
distintos en función de la posición que ocupan en las jerarquías sociales,
económicas y culturales que prohíben o dificultan que ciertas mujeres gocen de
los derechos humanos universales. Este enfoque también pone de manifiesto
aspectos cruciales de la discriminación y la desigualdad dentro del propio
género, que hasta la fecha han permanecido invisibles en las iniciativas que
trataban de manera homogénea a todas las mujeres a la hora de responder a la
violencia.

4
✓ La multiplicidad de formas de violencia contra la mujer, así como el hecho de que
a menudo esta violencia se produce en la intersección de diferentes tipos de
discriminación, hace necesario adoptar una estrategia múltiple.

✓ Si se adopta un enfoque más exhaustivo, surgirá una imagen de las diferentes


maneras en que las formas interrelacionadas y múltiples de la discriminación
actúan en el contexto de la violencia contra las mujeres. Ello refleja el tipo de
enfoque sistemático, exhaustivo, multisectorial y sostenido necesario para
formular estrategias nacionales, programas concretos y actuaciones tendentes a
eliminar todas las formas de violencia contra la mujer.

En el entendimiento de que el género interactúa con otras categorías sociales de


privilegio o discriminación, como la raza, la edad, la sexualidad, etc., no es posible
hablar de un único sujeto mujer. La interseccionalidad pone en evidencia la diversidad
de mujeres existentes, y con ellas su diversidad de experiencias y realidades. Es por
ello que no es correcto hablar de LA MUJER, sino de LAS MUJERES. Esta observación
es también aplicable para los hombres.

b) Enfoque de interculturalidad

Un poco más adelante, se mencionó que el sistema sexo-género era “situado”, situado
geográfica, histórica y culturalmente. La forma en que las mujeres indígenas o
afrodescendientes viven las desigualdades de género son distintas en intensidad y en
forma, por eso los análisis y las intervenciones estatales deben incorporar un enfoque
de género culturalmente situado.

Diversos datos de la región muestran una vinculación determinante entre diversidad


cultural y desigualdad en América Latina. La población indígena y afrodescendiente vive
de manera más grave las consecuencias de una estructura social basada en la
desigualdad de las relaciones inter-étnicas e inter-raciales, pero también genéricas.

La mayor incidencia de la desigualdad vivida por las mujeres pertenecientes a pueblos


indígenas o afrodescendientes, y sus particulares consecuencias, nos alerta de sus
específicas condiciones de vulnerabilidad, así como de la necesidad de abordarla
también de modo particular.

Desigualdad en clave de género, “más derechos vulnerados”:

• En Perú la brecha de género se demuestra en el sueldo de la mujer indígena, que


representa el 31% del sueldo del varón indígena. Al mismo tiempo, al comparar las
remuneraciones de la mujer indígena con su par no indígena, el sueldo de la primera
representa tan sólo el 30% del sueldo de la segunda (Calfio y Velasco, 2005).
• En Guatemala solamente un 9% de las adjudicaciones de tierra (de 1962 a 1996) les
pertenece a las mujeres indígenas (Calfio y Velasco, 2005).
• A inicios de la década del 2000, la maternidad entre las jóvenes afrodescendientes
con rezago escolar era de un 18% en Honduras y de hasta un 30% en el Ecuador,

5
mientras que entre las jóvenes afrodescendientes sin rezago el rango se situaba entre
el 4% y el 11% respectivamente (UNFPA/CEPAL, 2011).
• En Panamá, mientras los niños indígenas con rezago educativo superan en un 12%
a sus pares no indígenas, en el caso de las niñas esta diferencia es casi el doble (20%)
(CEPAL/UNICEF, 2012).
• Para el 2007, la población afrodescendiente representaba el 1% del total de curules
de la región. Las mujeres afrodescendientes, por su parte, alcanzaban apenas el 0,3%.
Ellas ocupaban un 1% de los escaños en la Cámara de Diputados en Brasil y ninguno
en la Cámara de Representantes de Colombia, a pesar de que constituyen el 25% y el
6% de la población total de sus países respectivamente (Htun, 2012).
• En el Estado de Paraná en Brasil se reporta que las madres “pretas” tienen más del
triple de riesgo de morir que las “brancas” (Oyarce y otros, 2010)
• En México, por ejemplo, de los 500 escaños de la Cámara Alta del Congreso de la
Unión, 6 de ellos fueron ocupados por indígenas y de éstos sólo uno era ocupado por
una mujer. En la Cámara baja, por su parte, de los 128 escaños sólo 1 de ellos
correspondía a una mujer indígena (Chunji, 2011).
(PNUD, 2013)

En este escenario, se vuelve imprescindible que cualquier análisis o acción estatal que
esté orientada a mejorar las condiciones de las mujeres y/o a combatir las desigualdades
de género, consideren como un elemento de suma importancia la diversidad cultural, lo
cual es posible a través de la incorporación del enfoque de la interculturalidad.

La mirada intercultural tiene como punto de partida la constatación de una realidad


social, religiosa y culturalmente diversa. Ante esta diversidad, la mirada intercultural
apuesta por su reconocimiento y por su valoración, y favorece las relaciones
interculturales, la igualdad entendida como la igualdad de derechos y la no
discriminación, destacando la heterogeneidad frente a la homogeneización. Es decir, un
respeto profundo a la diversidad cultural.

Interculturalidad. Señala la interacción o encuentro entre dos o más grupos culturales


de un modo horizontal y sinérgico, rompiendo con la idea de superioridad de una
cultura sobre otra. Pone el énfasis en el diálogo, la interacción y la construcción de
relaciones interculturales basadas en el respeto a la diversidad cultural, con el objetivo
de favorecer la integración y la convivencia armónica entre todas las personas. En este
sentido, los conflictos que puedan generarse serán resueltos a través del respeto, el
diálogo y la concertación. Se trata por tanto de una herramienta y un proyecto para
la transformación del Estado y de la Sociedad. En América Latina y el Caribe la
interculturalidad ha estado asociada a la demanda por el reconocimiento cultural y
político de los grupos indígenas y afrodescendientes de la región.
(PNUD, 2013)

El enfoque de interculturalidad implica considerar en los análisis los elementos de


diversidad cultural relacionada con las costumbres, prácticas, normas y procedimientos
de las personas o grupos sociales, y tomarlos en cuenta a la hora de diseñar las políticas
o intervenciones.

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UNIDAD 2: ¿CÓMO SE CONSTRUYE EL GÉNERO?

1. Socialización de género, roles y estereotipos

El sistema sexo-género se aprende e internaliza incluso desde antes de nuestro


nacimiento, a través de un proceso denominado “socialización de género”. El proceso
de socialización de género abarca el aprendizaje de normas de comportamiento,
actitudes, valores, tareas, espacios de circulación, etc., diferenciados para hombres y
mujeres.

Algunos ejemplos clásicos de la socialización de género son frases como:


- “Siéntate como señorita”
- “Los niños no lloran”/”no seas mariquita”/ “es niñita” (como burla o insulto)
- Regalos diferenciados para niños y niñas, etc.

Durante la socialización de género, vamos aprendiendo e internalizando, roles y


estereotipos de género.

- Los roles de género son el conjunto de normas sociales y comportamentales


generalmente percibidas como apropiadas para los hombres y las mujeres en
una sociedad, y se basan en la construcción social que se tiene de la masculinidad
y la femineidad. El problema, es que estos roles limitan las opciones y las
oportunidades de hombres y mujeres, y niegan la diversidad de formas en que
se puede ser hombre y ser mujer, o incluso, elegir ser ni lo uno ni lo otro.

- Los estereotipos de género son ideas o imágenes exageradas y reduccionistas,


pero que son aceptadas socialmente como un modelo o patrón de cualidades o
de conductas, en este caso relacionadas con el género. Por lo general, las usamos
para encasillar o catalogar a las distintas personas, aun cuando no conozcamos
cómo son o si están de acuerdo con esos estereotipos. Muchas veces, los
estereotipos están basados en prejuicios validados socialmente, pero que no son
ciertos, con lo que se generan discriminaciones.

MUJER HOMBRES
Debe cuidar el hogar e hijas/os Debe proveer al hogar
ROL DE GÉNERO Debe ser sensible y emotiva Debe ser racional
Debe ser delicada Debe ser fuerte
Todas las mujeres son emocionales, Todos los hombres son proveedores,
ESTEREOTIPO DE
débiles y deben estar al cuidado del racionales y fuertes.
GÉNERO
hogar e hijos/as

Esta socialización de género se ve reforzada de manera permanente por diversos


dispositivos sociales, que producen y reproducen roles y estereotipos de género.
Ejemplos de estos dispositivos son la escuela, la propia familia, los medios de
comunicación, etc.

2. Modelos de masculinidad y feminidad hegemónicas

7
El sistema sexo-género vigente impone una determinada manera de ser hombre y de
ser mujer, la cual se ajusta a los roles de género socialmente asignados. A estos modelos
impuestos de cómo ser hombre y cómo ser mujer, se les llama “masculinidad
hegemónica” y “feminidad hegemónica”. Estos modelos hegemónicos son
internalizados por las personas a través de los mandatos de género.

Los mandatos de género son mensajes explícitos e implícitos, respecto a qué se espera
de hombres y mujeres y que significa ser hombre o ser mujer. Estos mandatos van
configurando la identidad de las personas a lo largo de toda la vida, y determinan las
formas de entender y enfrentar el mundo, y a nosotros/as mismos/as.

a) El modelo de masculinidad hegemónica

El modelo de masculinidad hegemónica mandata a los hombres a ser fuertes, activos,


racionales, autónomos, proveedores y poco emocionales. Y su acción se desarrolla en el
espacio público.

El modelo de masculinidad hegemónica tiene las siguientes características:

o Se construye por oposición a lo femenino: la masculinidad se construye como


negación, como diferenciación con lo femenino, en otras palabras, ser hombre
es “no comportarse como una mujer”.Esta negación lleva implícita una
desvalorización de lo femenino. . Un ejemplo de esto es que los principales
insultos masculino se relacionan con atribuir roles o rasgos femeninos o no
heterosexuales (“es niñita”, “son unas madres”, “poco hombre”, etc.)
o La identidad masculina se construye en torno al trabajo, la paternidad y la
heterosexualidad (Olavarría y Parrini, 2000). Mediante el trabajo adquiere y
demuestra prestigio, poder y autoridad, y además, le permite ejercer su rol de
proveedor económico, lo que le otorga poder sobre las mujeres. Asimismo,
mediante su heterosexualidad y paternidad “demuestra” su “no ser mujer”, y
también constituyen espacios de dominación.
o Debe ser permanentemente demostrada, ser hombre en este sistema sexo
género implica tener que realizar demostraciones permanentes de “hombría”,
demostrando no ser femeninos, no ser homosexuales, etc.
o Acepta y valida la agresividad y la violencia, pues en ciertos espacios de
socialización masculina está permitido, y hasta bien visto, ser agresivos y hasta
violentos.

Es importante mencionar que el modelo de masculinidad hegemónica tiene costos


negativos para la sociedad, para las mujeres y para ellos mismos.

Los costos sociales se relacionan en general con prácticas violentas que generan
problemas en la convivencia social, como por ejemplo pandillas que cometen delitos
violentos, riñas, peleas callejeras, etc. Así como también prácticas arriesgadas o
imprudentes, por ejemplo, mientras conducen un vehículo.

8
Los costos para las mujeres y las niñas refieren a la gran prevalencia de las distintas
formas de violencia y discriminación hacia las mujeres, las cuales se revisarán al final de
este módulo.

Y los costos personales, dicen relación con la mayor exposición a ser víctimas de
homicidios y lesiones (al asumir mayores riesgos y por las relaciones agresivas entre
pares), el ser privados de una parte de su sensibilidad, lo que limita su desarrollo
afectivo, la imposición y carga de ser los responsables principales del sustento familiar,
no tener prácticamente derechos laborales asociados al ejercicio de la paternidad, etc.

LA MASCULINIDAD, LA AGRESIVIDAD AL VOLANTE Y SUS COSTOS SOCIALES:


EL CASO DE ARGENTINA

En el año 2011, investigadores/as argentinos publicaron el artículo: “Representaciones sociales de


la masculinidad y agresividad en el tránsito. La ira al conducir en Argentina”. Los resultados de
este artículo muy probablemente son también extrapolables al contexto chileno, y señalan lo
siguiente:

En Argentina un 33% de los accidentes de tránsito son provocados por mujeres en tanto que el
67% restante tiene como protagonistas a varones.

La demostración de la destreza en el manejo del vehículo, la valentía (que se manifiesta en acceder


a correr los riesgos), la demostración de la potencia (del auto), son requerimientos sociales que
históricamente se le han impuesto al varón y que se encarga de demostrar en su rol de conductor.
Estas actitudes parecen ser mucho más frecuentes en las épocas de adolescencia y juventud, y
tienden a moderarse en la medida en que pasan los años, o, por ejemplo, cuando la situación
familiar del conductor cambia (sobre todo si hay presencia de niños en el automóvil). Las actitudes
agresivas al volante parecen intensificarse, sobre todo entre los más jóvenes, si los conductores
varones se encuentran acompañados en el vehículo por otros hombres (MERLINO, 2009), en ese
caso, es mayor la necesidad de demostrar su “valía” masculina.

En argentina se pierden 170.000 años de vida potencial y 87.000 años de vida activa potencial a
causa de las muertes ocasionadas por el tránsito. Esto supone, además, un costo directo anual de
más de 6 millones de dólares y, considerando los años de vida perdidos por discapacidad, un costo
indirecto de más de 175 millones de dólares anuales.

(Aldo Merlino, Alejandra Martínez y Gabriel Escanés, 2011).

9
ALGUNOS DATOS RESPECTO A LOS COSTOS DE LA MASCULINIDAD HEGEMÓNICA
Costos Sociales Costos para las mujeres Costos para los varones
El modelo de masculinidad La principal consecuencia del las prácticas, asociadas al
vigente entiende la violencia modelo de masculinidad modelo de masculinidad
con un elemento constitutivo de hegemónica para las mujeres y hegemónica, conducen a los
la identidad masculina. Esto se las niñas son las diversas formas propios varones a situaciones
expresa en la alta presencia de de violencia a la cual se ven de riesgo social y personal, y en
prácticas violentas en espacios enfrentadas de manera casos extremos empujan a
de socialización masculina permanente y a lo largo de toda determinados “hombres” a la
(como las pandillas), y en que la vida. exclusión.
todos los delitos violentos son La desvalorización y Existen costos individuales para
más cometidos por hombres. menosprecio hacia lo femenino acceder y mantenerse en la
como forma de demostrar y categoría de “hombre de
Cerca de 95% de los homicidas reafirmar la masculinidad, y la verdad”.
a nivel global son hombres, un normalización/legitimación de la
porcentaje más o menos violencia masculina y la A nivel mundial 79% de las
constante de país a país y entre pasividad femenina, víctimas de homicidio son
regiones, independientemente fundamenta, legitima y hombres.
de la tipología de homicidio o el reproduce la Violencia Contra las Hay una tendencia regional y
arma empleada Mujeres (VCM). de género hacia las
(Informe Mundial de víctimas masculinas en
Homicidios, 2013). Se estima que el 35% de las homicidios vinculados a la
mujeres de todo el mundo ha delincuencia organizada y las
sufrido violencia física y/o pandillas.
sexual en algún momento de su (Informe Mundial de
vida Homicidios, 2013).
(ONU Mujeres, 2015).
Se estima que en todo el mundo
el 75% de toda la violencia
contra las mujeres es
perpetrada por su pareja o
ex pareja íntima masculina
(Fleming et al., 2015), que un
38% de los asesinatos de
mujeres es cometido por su
pareja o ex pareja (WHO, 2013).
Fuente: Elaboración propia

Es importante señalar que, si bien a nivel general siguen predominando los rasgos del
modelo de masculinidad hegemónica, en la actualidad existen hombres que, tanto de
manera grupal como individual, apuestan por transformar este modelo avanzando hacia
otro más igualitario. A esta corriente se le ha denominado “Nuevas Masculinidades”,
“Masculinidades Alternativas”, entre otras. Así como también existen grupos o prácticas
individuales vinculadas a una paternidad más activa e involucrada, abriendo espacios
para la demostración de afecto y cuidados por parte de los hombres.

b) El modelo de feminidad hegemónica

El modelo de masculinidad hegemónica dicta que las mujeres deben ser: afectivas,
cariñosas, sensibles, dependientes, cuidar de los/as hijos/as, de la pareja y de los/as
personas dependientes (adultos/as mayores, enfermos/as, personas en situación de
discapacidad), y ser las responsables de los quehaceres del hogar.

10
Los mandatos para el género femenino mandatan a las mujeres a olvidarse de sí mismas,
lo que en el sentido de la autoestima está en directa relación con que la valoración de
las fortalezas, capacidades, habilidades y valor que las mujeres tienen como personas se
definen en función del desarrollo de acciones orientadas hacia el bienestar de los/as
demás en desmedro del propio.

Actitudes y cualidades como ser cariñosas, dóciles, generosas, amables, románticas,


soñadoras, atentas a las necesidades de los/as demás, entre otros, son los típicos
atributos que se naturalizan como parte del ser mujer, y que las definen como personas.
Parte de éstos derivan del rol femenino asociado a la maternidad, que se generalizan a
todos los ámbitos de sus vidas: lo que se ha denominado la maternización de los roles
femeninos. La vocación de servicio que define socialmente a las mujeres está basada en
el dar afecto, lo que lleva implícito que en la medida de tal capacidad está la medida de
su valía como personas.

Para las mujeres, los mandatos de género habitualmente operan como sentimientos
de culpa, uno de los principales guardianes del deber ser femenino definido
socialmente. Y externamente las consecuencias explícitas a su desobediencia al
modelo hegemónico de feminidad operan como sanciones sociales; por ejemplo,
cuando las mujeres no cumplen el deber ser asociado a la maternidad se les asocia
como personas egoístas o desnaturalizadas respecto de su función reproductiva.

De acuerdo a lo anterior, la construcción de la feminidad se caracteriza por:

1. La centralidad de los roles de madre y esposa, o “madresposas”, como lo


denomina Marcela Lagarde. Desde la temprana edad se incentiva y estimula en
las mujeres el deseo maternal y el deseo de “formar una familia”. Socialmente
se identifica el instinto materno como algo esencial de la identidad femenina y
la maternidad como la máxima realización de una mujer. Y serán estos roles de
madres y esposas lo que determinará su forma de relacionarse también con el
resto de las personas y el mundo, sin necesidad de ser madre y esposa
realmente, sino que tiene que ver más bien con formas simbólicas de
relacionarse (desde los cuidados, desde lo afectivo, desde el servilismo).

Las madresposas de Marcela Lagarde:


“Ser madres y ser esposas consiste para las mujeres en vivir de acuerdo con las normas
que expresan su ser para y de otros, realizar actividades de reproducción y tener
relaciones de servidumbre voluntaria, tanto con el poder encarnado en los otros, como
con el poder en sus más variadas manifestaciones”.
(Los cautiverios de mujeres, 1990: 363)

2. El Modelo Mariano. Que refiere a la figura de la virgen como el ideal femenino y


a la vez como marco explicativo de la identidad femenina: la devoción, la entrega
y el sacrificio, simbolizada en la madre por excelencia: la Virgen María.

EL MARIANISMO EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA FEMINIDAD EN LATINOAMÉRICA

11
Para Sonia Montecino, el ícono mariano tiene vital importancia en América Latina para
la reproducción de ciertos valores ligados a lo femenino, el marianismo es un símbolo
cultural universal que adquiere particularidades en el ethos mestizo latinoamericano,
pues su perfil, en este territorio, es sincrético, siendo así un soporte clave del
imaginario mestizo latinoamericano.
La hipótesis de la autora es que la alegoría mariana se ha erigido como relato fundante
de nuestro continente, pues resuelve nuestro problema de origen (ser hijos de una
madre india y de un padre español) y nos entrega una identidad inequívoca en una
madre común. La gestación de la imagen de la Mater Común ha ocurrido paralela a la
negación de nuestro ser mestizo, a la constitución de una identidad aparentemente
no problemática. “El marianismo sería un elemento central para el encubrimiento de
nuestros orígenes históricos, al proponer una génesis trascendente, un nacimiento
colectivo desde el vientre de la diosa-madre” (Montecino S., 1993, p. 31).
Este culto a María ha significado en la práctica que la visión de la Mujer en
Latinoamérica se asocie directamente a la imagen de madre, lo cual la limita al ámbito
de lo privado y de lo doméstico, al cuidado del hogar y de la familia, así como también
le niega su condición de sujeta sexuada, dando a su cuerpo la misión de procrear,
nutrir y cuidar. Además, la mujer-madre es amable, sumisa y siempre dispuesta a
postergarse por el bienestar de los demás, sobre todo si son su familia.

3. La búsqueda del atractivo físico. Finalmente, un tercer elemento constitutivo del


modelo de feminidad hegemónica es la búsqueda permanente del atractivo
físico, el cual es un medio para alcanzar de manera material los roles de madre y
esposa. El mandato social nos dice que las mujeres deben ser sexualmente
atractivas para los varones (pero sexualmente pasivas), y es su responsabilidad
mantener vivo el deseo de la pareja hacia ella.

Todas estas características del modelo de feminidad hegemónico, van dejando a las
mujeres en un lugar de dependencia y de subordinación, circunscrita al espacio privado,
a lo doméstico, donde la maternidad podría traer prestigio, pero no necesariamente
autonomía.

En resumen, los modelos de masculinidad y feminidad hegemónica se podrían resumir


como en la siguiente tabla:

Modelo de masculinidad hegemónica Modelo de feminidad hegemónica


El hombre es fuerte, agresivo y valiente. La mujer es sensible, cariñosa y entregada a
El hombre no es emotivo ni demuestra sus los/as otros/as.
afectos. Es emotiva, demuestra sus afectos.
Es heterosexual y lo demuestra siendo Le interesa ser atractiva y deseable para los
sexualmente activo y teniendo hijos/as. hombres.
El hombre es el “jefe” de la familia. La mujer se realiza siendo madre y esposa.
El hombre es el principal proveedor La mujer es la responsable del trabajo
económico de la familia. doméstico y de cuidado, ella es el “alma” de
la familia.
Fuente:

12
3. Distinciones conceptuales entre identidad de género, expresión de género y
orientación sexual

Los estudios de género han abierto también un espacio para la visibilización e


investigación de las diversidades sexuales, las cuales refieren a las formas en que las
personas podemos vivir, sentir y expresar la sexualidad y afectividad.

A menudo, se confunden una serie de conceptos en relación a estas temáticas, por lo


que es importante poder aclarar algunos conceptos clave, los cuales se presentan a
continuación:

o La Identidad de Género, refiere a “la vivencia interna e individual del género tal
como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no
con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal
del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función
corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que
la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la
vestimenta, el modo de hablar y los modales” (CIDH, 2012). Dentro de la
categoría de identidad de género se incluye la categoría trans.

El término trans, es un término paragua que es utilizado para describir las


diferentes variantes de la identidad de género, cuyo común denominador es la
no conformidad entre el sexo biológico de la persona y la identidad de género
que ha sido tradicionalmente asignada. Una persona trans puede construir su
identidad de género independientemente de intervenciones quirúrgicas o
tratamientos médicos. De este modo, el concepto trans puede abarcar desde
personas que visten ocasionalmente o permanentemente como el género
opuesto al de su sexo asignado al nacer hasta personas que modifican su cuerpo
quirúrgicamente y y/o que realizan un cambio legal de su nombre.

Puesto que la identidad de género puede ser o no congruente con el sexo asignado al nacer,
se han acuñado los siguientes conceptos:
- Persona Cisgénero: Su identidad de género es congruente con su sexo asignado
- Persona Transgénero: Su identidad de género es Incongruente con su sexo asignado

Ser trans NO es una patología.


El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) incorpora como
un trastorno la “Disforia de Género”, pero la disforia de género no refiere a que la
transexualidad misma sea un trastorno, sino que refiere al malestar que sufre una
persona debido a la discordancia entre la identidad de género y el sexo asignados al
nacer. Y este malestar o disconformidad de género no constituye enfermedad
mental en sí misma, sino que está asociado al estigma social de no cumplir con los
mandatos de género asociados al sexo asignado.

o La Orientación Sexual de una persona es independiente del sexo biológico o de


la identidad de género. Se ha definido como “la capacidad de cada persona de
sentir una profunda atracción emocional, afectiva y sexual por personas de un
género diferente al suyo, o de su mismo género, o de más de un género, así como

13
a la capacidad mantener relaciones íntimas y sexuales con estas personas” (CIDH,
2012). Cuando hablamos de orientación sexual nos referimos a la
heterosexualidad (atracción por personas de sexo diferente al propio), la
homosexualidad (atracción por personas del mismo sexo) y la bisexualidad
(atracción por personas de ambos sexos).

o Finalmente, la Expresión de Género, ha sido definida como “la manifestación


externa de los rasgos culturales que permiten identificar a una persona como
masculina o femenina conforme a los patrones considerados propios de cada
género por una determinada sociedad en un momento histórico determinado”
(CIDH, 2012)

Habitualmente se ha considerado que la expresión de género se encuentra


subsumida dentro de la categoría identidad de género, sin embargo, se ha
comenzado a establecer la diferencia entre identidad de género y expresión de
género, reconociéndose que la expresión de género supone aspectos específicos
de la manifestación externa y de la percepción social de la identidad de género,
aspectos que habían estado tradicionalmente invisibles. En este sentido, es
importante comprender que la expresión de género constituye una expresión
externa y, aun cuando no se corresponda con la auto-definición de la identidad,
puede ser asociada por terceros con una determinada orientación sexual o
identidad de género (CIDH, 2012).

Es importante tener en cuenta el término de expresión de género, y su diferencia con la de


identidad de género, puesto que el sólo hecho de tener una expresión de género que no
coincide con el modelo de feminidad hegemónica, es muchas veces un motivo de
discriminación y violencia hacia las mujeres. Así, tal como lo afirma la Comisión Internacional
de Juristas, “la noción de aquello que constituyen las normas masculinas o femeninas
correctas ha sido fuente de abusos contra los derechos humanos de las personas que no
encajan o no se ajustan a estos modelos estereotípicos de lo masculino o lo femenino. Las
posturas, la forma de vestir, los gestos, las pautas de lenguaje, el comportamiento y las
interacciones sociales, la independencia económica de las mujeres y la ausencia de una pareja
del sexo opuesto, son todos rasgos que pueden alterar las expectativas de género” (CIDH,
2012).

UNIDAD 3: LAS ESFERAS PÚBLICA Y PRIVADA

La construcción cultural de las identidades de género determina también la


conformación del espacio social, distinguiéndose la división entre la vida pública y la
privada o doméstica, asociadas también a lo masculino y femenino, respectivamente.
Para los autores Plaza y Delgado (2007), en sociedades tradicionales los roles de género
son más rígidos que en sociedades post industriales, pero incluso en estas últimas existe
una tendencia general a que ciertas tareas sean propias de las mujeres, en particular
aquellas relacionadas con la crianza de los hijos e hijas, con el cuidado del hogar y con
la reproducción de la vida, que incluye tanto la reproducción de la especie en sí como el
mantenimiento material y psicológico de niñas o niños, adultos/as, personas mayores,
etc.

14
1. División sexual del trabajo

Esta distinción entre los ámbitos de la vida social que le corresponden a mujeres y
hombres, se expresa en las labores que se espera que desempeñe cada uno/a, lo cual
ha sido denominada División Sexual del Trabajo, distinguiendo entre trabajo
productivo, (mercantil o remunerado) y reproductivo (doméstico o no remunerado).

o El trabajo productivo o mercantil: corresponde a las actividades que realizan las


personas para producir bienes y servicios destinados a la venta y el consumo de otras
personas. Según INAMU (2007) son aquellas actividades que se desarrollan en el ámbito
público y que generan ingresos, reconocimiento, poder, autoridad y estatus. Este
trabajo se realiza en el espacio público, es visible valorado, y se contabiliza en las cuentas
nacionales de los países.

o El trabajo reproductivo o doméstico: corresponde a las actividades dirigidas a generar


las energías requeridas por las personas para su sobrevivencia y para la reproducción de
la especie humana en el amplio sentido, incluyendo la alimentación, la limpieza y
mantenimiento de la vivienda y del vestido, el cuidado de las personas, la producción de
bienes de autoconsumo, etc. Este trabajo se realiza en el espacio privado, es poco
valorado, la mayoría de las veces es invisible, y no se considera en las cuentas nacionales
de los países.

Trabajo Productivo Trabajo Reproductivo


Recibe un pago No recibe un pago
Es reconocido socialmente No es reconocido socialmente
Es visible Es invisibilizado
Se cuantifica y se reconoce su aporte No se cuantifica y no se reconoce su
a la economía nacional aporte a la economía nacional

15
2. Consecuencias de la división sexual del trabajo

a) Segregación en el mercado laboral: segregación vertical y horizontal

Cuando las mujeres entran al sistema laboral tienen que enfrentarse a una estructura
masculina, que privilegia el trabajo productivo y dificulta su compatibilidad con las otras
esferas de la vida como el trabajo reproductivo, el ocio y la participación política. Por su
parte los hombres, encuentran dificultades para vivir una vida no reducida a lo laboral y
participar en condiciones equitativas en el trabajo reproductivo (SURT).

Diversos estudios realizados sobre el tema del empleo muestran que, a pesar de que las
mujeres en los últimos años han aumentado notablemente su presencia en el mundo
laboral, sus recorridos laborales son diferentes a los de sus colegas hombres y la
discriminación que sufren afecta sus carreras laborales, además de condicionar sus
opciones en la vida privada.

La segregación sexual del trabajo implica un acceso diferencial entre hombres y mujeres
a ocupaciones y puestos de trabajo, ramas y categorías ocupacionales. Constituye un
factor determinante de la calidad del empleo femenino y de su evolución, al mismo
tiempo que afecta la relación con el trabajo reproductivo, el ocio y la participación
ciudadana (SURT).

Son variadas las formas de segregación que las mujeres encuentran en su vida laboral,
entre ellas se habla principalmente de la segregación horizontal y segregación vertical.

La segregación horizontal en el trabajo se refiere a las dificultades de las personas en


acceder a determinadas profesiones. Se verifica en la predominancia de las mujeres
hacia los sectores tradicionales feminizados y la dificultad de las mujeres para acceder a
cargos generalmente estipulados como “masculinos”. Aunque sea menos frecuente,
también los hombres encuentran dificultades en el acceso a profesiones, cargos u
ocupaciones considerados como típicamente femeninos, como enfermería, auxiliares
administrativos o ser reconocidos como amos de casa.

La segregación vertical se refiere a las dificultades que tienen especialmente las mujeres
para poder desarrollarse profesionalmente. Son conocidas las desigualdades que limitan
que la mujer ocupe puestos con poder decisorio, o los así como las condiciones laborales
que las afectan: son las que trabajan más a tiempo parcial o en formas laborales de
flexibilidad o jornada continuada y el salario femenino, para el mismo cargo y las mismas
funciones, es frecuentemente más bajo que el salario masculino.

Nos encontramos ante el denominado techo de cristal, expresión que se utiliza desde
hace décadas para explicar las dificultades que tienen las mujeres para acceder a los
puestos de poder y responsabilidad. Cuanto más poder y responsabilidad tenga el
puesto, peor, más dificultades para llegar. Su carácter de invisibilidad viene dado por el
hecho de que no existen leyes ni dispositivos sociales establecidos ni códigos visibles
que impongan a las mujeres semejante limitación, sino que está construido sobre la base

16
de otros rasgos que por su invisibilidad son difíciles de detectar (arraigados en la
cultura).

Las cifras demuestran que el techo de cristal no se ha roto y desmienten esa falsa imagen
de centenares de mujeres copando cargos de responsabilidad.

Uno de los indicadores clave en este sentido son los consejos de administración de las
grandes empresas. Sus miembros gozan de poder para definir el curso económico del
mundo. En la mayor parte de los casos, la composición de los consejos de administración
es desproporcionadamente masculina. La razón es simple: la mayoría de los consejeros
provienen de los altos ejecutivos de las grandes empresas y muy pocas mujeres han
alcanzado estos puestos.

De acuerdo con un estudio del año 2015 elaborado por la organización Corporación
Internacional de Mujeres Directivas (CWDI, por su sigla en inglés), las mujeres sólo
ocupan el 6,4% de los consejos de administración de las 100 mayores empresas de
Latinoamérica

A escala mundial, Europa encabeza la lista de porcentaje de mujeres en los consejos de


administración con un 20 %, seguida de Norteamérica (19,2%) y de la región de Asía-
Pacífico (9,4%).

Entre los países latinoamericanos, Colombia lidera con el 13,4% el número de los cargos
de dirección de grandes empresas ocupados por mujeres, una cifra que representa más
del doble de la media de la región. Brasil, con 42 compañías en la lista de las cien
mayores empresas de Latinoamérica, posee una media de 6,3% de presencia femenina,
mientras que Chile tiene un 3,2%, lo que representa el porcentaje más bajo de la región.

Y de acuerdo con el CWDI, investigaciones realizadas en prácticamente todas partes del


mundo han demostrado que las empresas con mayor rentabilidad y éxito financiero son
aquellas con mayor presencia de mujeres en cargos de liderazgo.

Otro buen ejemplo de ese denominado techo de cristal en Chile es la participación de


mujeres en el poder político, específicamente la composición de ministerios y
Parlamento.

b) Uso del tiempo y economía del cuidado

Todas las formas de segregación por género en el mercado laboral están ligadas a
normas sociales y pautas culturales profundamente arraigadas en la sociedad que
relacionan a las mujeres con las tareas históricamente consideradas femeninas. Lo
mismo sucede con la división de tareas al interior de los hogares que conduce a una
sobrecarga de las mujeres, ya que son éstas quienes con mayor frecuencia se ocupan de
las tareas domésticas y de cuidados de terceros, no remuneradas.

Esquivel (2009) señala que el trabajo para el mercado, ya sea en actividades


independientes o dependientes, es una sola parte del trabajo productivo. Existe otro

17
segmento que es el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, que se realiza en
los hogares, para proveer servicios a los miembros de la familia y la comunidad.

La situación de desigualdad persistente, tanto en el mercado de trabajo como en el


interior de los hogares, posee implicancias negativas sobre las mujeres a nivel personal
y también, implicancias sistémicas económicas y sociales. En lo personal, las mujeres
poseen una débil autonomía económica, se subordinan en el proceso de toma de
decisiones intrahogar y tienen mayor intensidad en el uso del tiempo, con lo que sufren
un deterioro en su calidad de vida.

Si bien durante las últimas décadas hubo una gran incorporación de mujeres al mercado
del trabajo y se incrementó considerablemente la tasa de actividad femenina, este
proceso no fue acompañado por una igual inserción masculina en las tareas domésticas
y de cuidado. Como consecuencia, esta situación genera una precaria inserción
femenina en el mercado laboral y la persistencia de la doble jornada de trabajo para las
mujeres.

El uso desigual del tiempo dedicado al Trabajo No Remunerado

En un día tipo, las mujeres destinan en promedio a nivel nacional 5,89 horas al trabajo no
remunerado, mientras que los hombres destinan 2,74 horas. Estas diferencias se presentan
también en los días de semana y fin de semana, donde los hombres a nivel nacional destinan
en un día de semana 2,74 horas en promedio al trabajo no remunerado y las mujeres 6,07
horas en promedio. En día de fin de semana el tiempo destinado al trabajo no remunerado
se incrementa, ya que los hombres destinan 3,50 horas en promedio y las mujeres 6,12
horas.

Fuente: Informe de Resultados, Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) INE, 2016.

Los enfoques económicos tradicionales consideran al hogar sólo como unidad de


consumo y no como productor de insumos y recursos valiosos para el funcionamiento
del sistema económico. Frente a esta postura, la economía feminista se caracteriza por
poner en el centro del análisis la sostenibilidad de la vida, descentrando los mercados.
En consecuencia, el objetivo del funcionamiento económico desde esta mirada no es la
reproducción del capital, sino la reproducción de la vida. La preocupación no está en la
perfecta asignación, sino en la mejor provisión para sostener y reproducir la vida. Por lo
mismo, la economía feminista tiene como una preocupación central la cuestión
distributiva. Y en particular se concentra en reconocer, identificar, analizar y proponer
cómo modificar la desigualdad de género como elemento necesario para lograr la
equidad socioeconómica.

Asimismo, la economía feminista también ha contribuido a los debates sobre la cuestión


de la pobreza desde el punto de vista conceptual y empírico. En el primer caso, ha
insistido en la importancia de considerar las múltiples dimensiones de la pobreza
(alejándose de las concepciones estrictamente monetarias) y, en particular, en la
necesidad de incorporar la dimensión de la pobreza de tiempo. Por otro lado, ha
contribuido en la producción de evidencia empírica que permite constatar la
persistencia de procesos de feminización de la pobreza y los resultados ambiguos que,

18
en términos de autonomía de las mujeres, pueden tener las políticas públicas
implementadas para atender esta cuestión (Rodríguez, 2015).

Los aportes la denominada economía feminista, consisten en introducir la satisfacción


de las necesidades humanas como principio básico de la economía, así como también
el reconocimiento del valor del trabajo no remunerado (tareas domésticas y de
cuidado) como aporte indispensable a la sociedad en su conjunto (Carrasco, 2006).

“A las ocho horas promedio de trabajo remunerado en Chile, se le suman las horas de
trabajo doméstico. La jornada de trabajo de las mujeres duplica a la de los hombres.
Por esta razón, se han introducido una serie de metodologías orientadas a medir el
tiempo total de trabajo así como también los estudios sobre uso del tiempo, que
permiten conocer más a fondo la interrelación entre trabajo remunerado y no
remunerado y los efectos sobre la vida de las mujeres” (Carrasco, 2006).

Uno de los principales aportes de la economía feminista fue la recuperación de un


debate de larga data dentro del feminismo: aquel conocido como “debate del trabajo
doméstico” que, tempranamente argumentó sobre la necesidad de visibilizar el rol del
trabajo doméstico no remunerado y las implicancias en términos de explotación de las
mujeres, tanto por parte de los capitalistas como de “los maridos”.

La revitalización de este debate dentro del campo económico dio lugar a la promoción
del concepto de economía del cuidado (Rodríguez, 2015). Existen diversas definiciones
de la economía del cuidado. Salvador (2007) explica que ésta es el espacio donde la
fuerza de trabajo se reproduce y mantiene, incluyendo todas aquellas actividades que
involucran las tareas de cocina y limpieza, el mantenimiento general del hogar y el
cuidado de los niños y las niñas, enfermos y personas con discapacidad. Considera que
una gran parte de esta economía está a cargo de las familias y, en su interior, de las
mujeres que han sido históricamente quienes se han encargado de desarrollar estas
tareas en forma no remunerada.

Hay que tener presente que el mundo del trabajo (mundo mercantil) sólo puede
funcionar de la manera que lo hace porque descansa, se apoya y depende del trabajo
familiar, fundamentalmente femenino.

La división sexual del trabajo, al igual que el sistema sexo-género no es neutral, y al


circunscribir a las mujeres al espacio privado y al hacerlas responsables del trabajo
reproductivo, les genera situaciones de desventaja y mayor vulnerabilidad en
comparación a los hombres. Ejemplos de esto son:

o Al estar dedicadas gran cantidad de tiempo a un trabajo que no recibe pago,


históricamente han tenido menos acceso al control de recursos y propiedades.
o El ser las principales responsables del cuidado del hogar y de los/as hijos/as las
limita en su desarrollo académico y profesional.

19
o Muchas mujeres buscan trabajos más flexibles, aunque sean más precarios y
peor pagados, para poder compatibilizar el trabajo productivo con el
reproductivo.
o La dependencia económica hace que muchas mujeres se mantengan en
relaciones abusivas y violentas, por no sentirse capaces de sostener
económicamente su hogar.
o Al estar dedicadas al trabajo que se realiza en el espacio privado, las mujeres han
estado históricamente excluidas de las esferas de poder político y social.

3. Desigualdades de genero

Como se señaló anteriormente, la división sexual del trabajo, al igual que el sistema
sexo-género no es neutral, y al circunscribir a las mujeres al espacio privado y al hacerlas
responsables del trabajo reproductivo, les genera situaciones de desventaja y mayor
vulnerabilidad en comparación a los hombres. A continuación, se revisarán tres aspectos
en los cuales se expresa esta discriminación estructural.

a. Participación política de las mujeres

En nuestro país, y respecto de los derechos políticos las mujeres ejercen su derecho a
elegir, pero siguen sin poder ejercer en forma plena el derecho a ser electas.
Actualmente, Chile posee uno de los porcentajes más bajos de la región en
representación femenina en el Poder Legislativo, y la situación en el ámbito local no es
mucho mejor (el 15,8% de las parlamentarias son mujeres y solo el 12% de los alcaldes).

En cuanto a la participación política de las mujeres y el resguardo de su derecho a ser


elegida, Chile está lejos de alcanzar los promedios internacionales. De acuerdo a los
datos de la Unión Interparlamentaria (2013), el promedio mundial de participación de
mujeres en el Congreso es 21,3%; en los países de la OSCE es 24,2% y en las Américas es
24,1%, mientras que Chile está por debajo de dichos valores. Y todo ello a pesar de la
alta participación de las mujeres en los partidos políticos.

Mujeres en mesas directivas de partidos políticos


Total 31 partidos declarados en Servel
Sexo (Género) Porcentaje
Hombres 70%
Mujeres 30%

Distribución de cargos
Mujeres en las directivas de los partidos políticos
Cargo Porcentaje
Presidentas 23%
Secretarias generales 19%
Tesoreras 48%
Fuente: Unidad de Igualdad y Diversidad, Universidad de Valparaíso en base a datos de
SERVEL [Link]

20
Cuadro Resumen “Ser Política en Chile”
Cargo Porcentaje
Alcaldesas 11,8% (Elecciones Municipales 2016)
Concejalas 24,6%
Consejeras regionales 19%
Ministras 34%
Subsecretarias 36%
Altos niveles jerárquicos de la administración 20%
pública
Presencia total de mujeres en la 58%
administración pública
Fuente: Unidad de Igualdad y Diversidad, Universidad de Valparaíso, en base a datos
obtenidos de SERVEL en 2016, y el sitio web del Congreso Nacional [Link]

¿Cuáles son las principales barreras para que las mujeres no participen con mayor
presencia en la vida pública en general, y política en particular?

a) las organizaciones políticas, en especial los partidos políticos suelen tener un


modelo de gestión masculino: poco flexible, competitivo, que fomenta la
completa dedicación al trabajo. En general requieren un estilo de conducta y
un ritmo de vida que conviene a quien no ha tenido otra obligación que la
laboral: reuniones inacabables, viajes de representación y consejos de fin de
semana.
b) Valores masculinos, asociados con la agresividad, la competitividad y la
fuerza, son altamente valorados dentro de la “elite política”. En ocasiones
prejuicios de género, expresiones de actitudes machistas de viejo raigambre,
son mecanismos informales de disvalor/exclusión.
c) Inequidades en las estructuras de los partidos políticos: segregación vertical
(acceso a posiciones de decisión) y horizontal (temáticas para hombres y
mujeres)
d) The secret garden of nomination, es decir, la lógica oculta de selección de
candidatos.

¿Cómo superar estas dificultades?

La OSCE1, así como el PNUD y CEPAL, entre otras instituciones, han revisado la
experiencia internacional y han concluido que existe evidencia fundada para mostrar
que la estrategia más efectiva para promover el aumento de mujeres en cargos electos
y en cargos de decisión son las medidas de acción afirmativa como las cuotas electorales
o la paridad.

Las cuotas, ejemplo de medidas de acciones positivas, buscan corregir esta desigualdad
estructural. Es decir, su necesidad se justifica toda vez que contribuye a compensar una
situación de injusticia.

1
Organization for Security and Cooperation in Europe.

21
Desde esta óptica las cuotas electorales, son uno de los medios constitucionalmente
admisibles para revertir la actual situación desmejorada de la mujer en la vida pública y
contribuirá a profundizar la democracia como aquel espacio público de deliberación
verdaderamente representativo (Zúñiga, 2007).

Sin perjuicio de ello, y a fin de abordar el problema de manera estructural, se requieren


soluciones de carácter transversal, tales como “la reforma de los sistemas electorales,
la adopción de políticas laborales y de conciliación más favorable a las mujeres, la
creación de servicios sociales eficientes, la promoción del empoderamiento de las
mujeres y el fortalecimiento de las relaciones entre el feminismo de Estado y el
movimiento feminista (Lombardo, 2007)

“La historia del acceso de las mujeres a los puestos de poder no queda bien descrita
usando categorías en blanco o negro. No se trata de que las mujeres estén
completamente excluidas del ejercicio del poder, ni que las que acceden al él lo
hagan plena y definitivamente. En el acceso a las decisiones las mujeres
experimentan un trayecto largo, difícil y escarpado. Aquello que ha sido llamado el
‘techo de cristal’, es decir, ese límite invisible pero real a su ascenso en el poder, se
parece más bien a un laberinto. Él es perfectamente visible y consciente para
aquellos que participan en los espacios de las elites. El laberinto tiene ideas y vueltas,
desvíos, zonas nebulosas, oscuridades y silencios.

Todo ello oculto tras declaraciones políticamente correctas. Las mujeres deben
sortear permanentemente toda suerte de obstáculos tanto en sus trayectorias
públicas como en sus esferas domésticas, familiares y afectivas para acceder a tomar
las decisiones que las afectan.” (PNUD, 2010)

b. Participación laboral de las mujeres

En relación con los derechos económicos, en Chile las mujeres aún presentan una baja
participación laboral en comparación con los hombres y el resto de los países de la
región. El Instituto Nacional de Estadística (INE) de Chile, en los resultados de la Encuesta
Nacional de Empleo para el año 2016, muestra que la tasa de participación laboral de
las mujeres alcanzó el año 2016 al 48% y se ha mantenido en torno a la misma cifra, con
una disminución de 0,2% en las últimas tres mediciones y además de ello el promedio
de participación laboral para América Latina y el Caribe, de acuerdo con la CEPAL (2016)
se ha estancado durante los últimos años en torno al 53%.

Además, sigue habiendo una brecha significativa en términos de ingreso, pues las
mujeres perciben en promedio remuneraciones un 30% más bajas que sus pares
hombres. Junto con ello, a pesar del aumento en los niveles de escolaridad, las mujeres
acceden escasamente a cargos gerenciales y de decisión dentro de las empresas.

Para asegurar el cumplimiento de los derechos económicos se requiere implementar las


leyes impulsadas. Se ha avanzado en la creación un de marco regulatorio, pero éste no
se cumple a cabalidad. Un ejemplo es la Ley 20.348, de igualdad en las remuneraciones,

22
que fue promulgada el año 2009, pero que a la fecha no ha sido implementada debido
a limitaciones de recursos y capacidades para hacerlo (PNUD, 2014).

Y en relación a la brecha salarial, como se señala en la tabla a continuación,


independiente del tramo de años de escolaridad en que se encuentren mujeres y
hombres, en todos ellos las mujeres perciben un salario más bajo en relación a los
varones.

De acuerdo a los datos analizados por el INE (2015) el trabajo femenino tiende a
concentrarse en determinadas actividades. Además, ellos y ellas acceden a ocupaciones
que se caracterizan por contar con diferentes condiciones laborales. La segregación
horizontal del mercado laboral contribuye a perpetuar los estereotipos de género
relacionados con los roles apropiados para las mujeres: orientadas a los temas sociales,
de cuidado y reproducción. El hecho de que el sector de Trabajo Doméstico esté
ocupado de forma mayoritaria por mujeres ejemplifica de forma más clara cómo la
división sexual del trabajo contribuye a su vez a moldear los espacios laborales. El sector
primario es el tercero en importancia porcentual de la ocupación femenina, tras el
sector terciario (85,3%) y el sector secundario (9,8%). Es importante relevar que la
distribución porcentual de la ocupación masculina es más equitativa que la de las
mujeres: ellos se ubican en los sectores terciario, secundario y primario con un 54,7%,
27,5% y 17,8%, respectivamente.

Es decir, las mujeres tienen una muy baja participación porcentual en los sectores de
extracción de materias primas y en el sector industrial de la economía chilena. La
segmentación laboral y la segregación sexual del mercado, que combina factores de
mercado con atribuciones culturales, reflejan la existencia de sectores económicos
feminizados.

La segregación vertical del mercado laboral se evidencia en el peso relativo de las


personas en los cargos de jefaturas (“miembros del poder ejecutivo y de los cuerpos
legislativos y personal directivo de la administración pública y de empresas”), según sexo
donde sólo el 24,6% de estos puestos son ocupados por mujeres. A su vez, se puede
comprobar la segregación horizontal del mercado laboral en los altos cargos, pues un
23,9% de las mujeres en estas posiciones trabaja en el sector enseñanza (directoras de
colegio, jefas de UTP o de carrera, entre otras ocupaciones).

Las brechas salariales que existen entre ambos sexos, por su parte, son de gran
relevancia en tanto existen en todos los sectores económicos y ocupaciones, siendo
negativas para las mujeres. Los datos demostraron que las mujeres en Chile presentan
mayor capital humano que los hombres, al menos en lo que se refiere a la educación
formal, pues las encuestas analizadas no permiten conocer de forma directa las
capacitaciones que trabajadores y trabajadoras reciben a lo largo de su desempeño
profesional. Así, aun cuando ellas poseen un capital humano mayor que el de los
hombres, en promedio sus remuneraciones son más bajas, situación producida en parte
porque acceden en menor medida a posiciones de poder dentro de las organizaciones
donde se desempeñan. El enfoque del capital humano es de gran relevancia para ser
utilizado en el análisis de brechas, pues, si bien es evidente que a mayor capital humano

23
mayor remuneración, en el caso de las mujeres a igual o superior capital humano que
sus pares varones, en promedio, reciben salarios menores. Esta situación reflejaría
problemas de subutilización de capital humano y sus consecuencias negativas sobre la
productividad del país (INE, 2015).

c. Violencia de género: violencia contra las mujeres.

Una de las principales muestras de vulneración de los derechos de este grupo de la


población es la violencia que se ejerce contra las mujeres por el solo hecho de ser
mujeres.

De acuerdo a ONU Mujeres, el 35% de las mujeres en el mundo ha sufrido violencia física
o sexual en algún momento de su vida (OMS, 2013). Nos referimos a diversas formas de
violencia, tales como:

a) La mutilación genital femenina: se estima que 200 millones de niñas y mujeres


han sufrido algún tipo de mutilación o ablación genital femenina en 30 países
(Unicef, 2016).
b) Matrimonios forzados: a nivel mundial, más de 700 millones de mujeres se
casaron siendo niñas, esto es con menos de 18 años de edad. De esas mujeres,
más de una de cada tres ―o bien unas 250 millones― se casaron antes de
cumplir los 15 años (Unicef, 2014).
c) La trata: las mujeres adultas representan prácticamente la mitad de las víctimas
de trata de seres humanos detectada a nivel mundial. En conjunto, las mujeres
y las niñas representan cerca del 70%, siendo las niñas dos de cada tres víctimas
infantiles de la trata.
d) La violación: que ha sido usada como una táctica generalizada en las guerras
modernas. Según estimaciones conservadoras, entre 20.000 y 50.000 mujeres
habrían sido violadas durante la guerra de Bosnia y Herzegovina en el período
1992-1995, cifra que se disparó hasta las 250.000-500.000 durante el genocidio
que vivió Ruanda en 1994 (ONU, 2014).
e) Acoso sexual: en los países de la Unión Europea, entre un 40 y un 50% de las
mujeres sufren insinuaciones sexuales no deseadas, contacto físico u otras
formas de acoso sexual en el trabajo (Agencia de los Derechos Fundamentales
de la Unión Europea, 2014).
f) Femicidio / feminicidio: de acuerdo a datos de la Cepal, en la región, al menos 12
mujeres son asesinadas diariamente por el hecho de ser mujeres (2016).
Además, recientes informes dan cuenta de un aumento en el número de los
femicidios en la región (ONU, 2016).

A pesar de esta evidencia, en términos generales, la violencia contra las mujeres se ha


mantenido invisibilizada y naturalizada. Como nos recuerda la Red Chilena contra la
Violencia hacia las Mujeres citando a Rita Laura Segato (2003), “eso muestra claramente
el carácter digerible del fenómeno, percibido y asimilado como parte de la normalidad
o, lo que sería peor, como un fenómeno normativo, es decir, que participaría del
conjunto de las reglas que crean y recrean esa normalidad” (2015).

24
Y hay más. Son diversos los informes que señalan que esta violencia no ha hecho sino
aumentar (Cepal, 2016; ONU, 2016; Femenías y Soza, 2009), de tal modo que la violencia
contra las mujeres se “presentaría en la actualidad como una auténtica pandemia
mundial al compás de la globalización” (Femenías y Soza, 2009: 58).

A nivel nacional, hay datos que se replican. Así, por ejemplo, la última Encuesta Nacional
de Victimización por Violencia Intrafamiliar y Delitos Sexuales, llevada a cabo en 2013
por el Ministerio del Interior y Seguridad Pública, dio cuenta que el 31,9% de las mujeres
ha sido víctima, alguna vez en su vida, de violencia perpetrada por sus familiares, su
pareja o expareja (Proyecto de Ley Boletín 11.077-07, 2016). En relación a la forma más
extrema de violencia contra las mujeres ―el femicidio―, las estadísticas para 2016 del
Sernameg y la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres, registran 34 y 52
femicidios, respectivamente.

REGISTRO ANUAL DE FEMICIDIOS EN CHILE


Femicidios Red Chilena Ministerio de la Mujer
Año 2010 65 49
Año 2011 47 40
Año 2012 45 34
Año 2013 56 40
Año 2014 58 40
Año 2015 58 45
Año 2016 52 34

Fuente: Elaboración propia en base a información obtenida por la Red Chilena contra la Violencia
hacia las Mujeres y el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género

En los últimos años, el número de denuncias de hechos de violencia y de casos en la


justicia ha aumentado sostenidamente. Las denuncias de violencia doméstica llegaron a
137.117 en 2010, a 155.133 en 2011, y a 144.987 en 2012 (Informe de Derechos
Humanos 2013). El aumento de la denuncia no implica necesariamente que estos hechos
sean hoy más frecuentes, sino también un cambio en la conducta de las víctimas y su
entorno que se atreven a denunciar. Lamentablemente, las denuncias constituyen solo
una muestra parcial de la dimensión del problema en el país, pues se sabe que un
porcentaje importante de mujeres aún no se atreve a denunciar la violencia de la que es
víctima en el ámbito privado. Además, estas denuncias se restringen a la violencia
intrafamiliar, que es la que está tipificada en la ley, pero quedan fuera otras formas de
violencia contra las mujeres. No hay estudios nacionales y periódicos sobre prevalencia
de la violencia de género, por lo que todavía no se puede tener claridad respecto de la
dimensión del problema ni hacer un adecuado seguimiento del mismo (PNUD, 2014).

En 1994 se promulgó la primera ley de violencia intrafamiliar, la que fue sustituida diez
años después por la Ley 20.066 del año 2005, con el objeto de mejorar el manejo y
judicialización de los casos de violencia intrafamiliar. También se ha reconocido el
femicidio como una de las manifestaciones más graves de la violencia contra las
mujeres, y se tipificó la muerte violenta de una mujer por el abuso del poder de género
que se produce en el seno de una relación de pareja, actual o pasada, como un delito
distinto a otros tipos de asesinatos (Ley 20.480, sobre femicidio, del año 2010).

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No obstante, el impulso de un marco legal más amplio que considere no solo la violencia
en la familia, sino también otros tipos de violencia contra las mujeres es un desafío
pendiente (PNUD, 2014).

De ahí la importancia de la presentación del proyecto de ley sobre el derecho de las


mujeres a una vida libre de violencia (Bol. 11.077-07, 2016), que manifiesta su intención
de transformar el abordaje institucional del fenómeno: de un paradigma familista
(espacio doméstico) a una política integral que reconoce el problema estructural de la
violencia contra las mujeres y pone sobre la mesa la necesidad de articular y evidenciar
que se trata de una materia que requiere del compromiso de todas las instituciones del
Estado (y de la sociedad en su conjunto). Como señala el Mensaje del Proyecto: “busca
contribuir a la generación de un cambio cultural cuyo horizonte es la igualdad entre
hombres y mujeres y el fin de las relaciones de subordinación que estas padecen, raíz
de la violencia de género” (11.077-07, 2016).

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