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Pataki 125

El documento contiene varios patakís o historias sagradas de los orishas de la religión Yoruba como Elegguá, Oggún, Ochosi y Obatalá. Los patakís explican el origen y naturaleza de cada orisha.

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El documento contiene varios patakís o historias sagradas de los orishas de la religión Yoruba como Elegguá, Oggún, Ochosi y Obatalá. Los patakís explican el origen y naturaleza de cada orisha.

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Pataki (1)

Natalia Bolívar Aróstegui — Valentina Porras Potts

Patakí de Irete Yero: Eggun Obiní en forma de Afefé


Pataki de Olofi
Pataki de Eleggua en Osatura
Pataki de Elegguá-Echu
Pataki de Oggún
Pataki de Ochosi
Pataki de Osun
Pataki de Obatalá y los tres pretendientes
Pataki de Obatalá
Pataki de Yemayá Ayaba Ti Gbe Ibu Omi
Pataki de Changó: Rey de Reyes
Pataki de Changó
Pataki de Ochún y Orula
Pataki de Ochún
Pataki de Oyá
Pataki de 0yá Yansá
Pataki de los Ibeyis

Patakí de Irete Yero: Eggun Obiní en forma de Afefé


En una tierra muy lejana, llamada Ogbani, vivía lfá Dele, quien representaba a las
tierras del mundo. Era amado por todas, salvo por la de Yerube, donde vivía un
gran obá, mayombero, llamado Oggún, quien quería dominar las demás tierras con sus
poderes mágicos.
lfá Dele acostumbraba a hacer una ceremonia con eyelé, eyá tutu, oñí y ekú en honor
de Orun, el sol. De todas las tierras venían gentes para cantar durante la ofrenda.
Un día, en medio del ritual, apareció un eggun obiní y les dijo: "Cada vez que me
necesiten, entonen esta canción que les voy a enseñar". Elevó entonces su melodiosa
voz, de infinitos matices. lfá Dele bailaba alrededor de ella, dándole; pero cuando trató
de abrazarla, ella se volvió afefé con un sonido tan fuerte, que hizo que lfá Dele girara
sin parar. El eggun obiní puso su mano sobre lfá Dele y le dijo: "Siempre estaré contigo
y, para contentarte, buscaremos a los de la tierra Yerube y les quitaré sus fuerzas". Le
ordenó hacer sacrificio de akukó y aunko a Elegguá, para que la acompañara y
entretuviera al obá Oggún.
Cuando llegaron, el éggun, llamado Eyá Orun, se convirtió en un fuerte afefé que
regó otí, epó y oñí. Las gentes fueron tras Eyá Orun, quien primero comió con
ellas eyá y eyelé, y después les hizo paraldo con osadié dun dun.
lfá Dele gobernó el mundo, pero obá Oggún, muerto de envidia y de celos, juró acabar
con lfá Dele y con Orula. Cogió un huevo de pavo real, a cuya cría se dedicaba, pues le
daba suerte, y lo preparó con los secretos de los mayomberos. Amarró el huevo debajo
de las alas de una tiñosa y durante siete días hizo diversas ceremonias.
Pero lfá Dele hizo osodde, y le vino el oddun Irete Yero, el cual le mandó a cubrir todas
sus tierras y los techos de las casas con algodón. lfá Dele preparó los ilú de Eggun, y
cuando gunku llegó a Ogbani y soltó su carga, los tambores empezaron a tocar. El
huevo preparado por Oggún no se rompió y gunku no pudo volver a levantar el vuelo.
Las gentes la golpearon e hicieron huir sin haber podido obtener el secreto de lfá Dele.
El obá Oggún veía pasar los días sin que le llegara respuesta de su obra y, entonces,
decidió otukarse, y así reconocer el gran poder de Ifá.

Pataki de Olofi
Olofi es tan poderoso que hacer el mundo le pareció algo fácil; pero una cosa es hacer
algo y otra que funcione.
Cuando distribuyó los cargos entre sus hijos, se encontró con que los hombres siempre
estaban peleando y tuvo que hacer de Ayágguna el orisha de las pendencias. Pero Olofi
es la paz, porque es completo, y no podía comprender por qué Ayágguna siempre estaba
atizando las peleas. Así que un día dijo: "¡Por favor, hijo mío!" Pero Ayágguna le
respondió: "Si no hay discordia no hay progreso, porque haciendo que quieran dos,
quieren cuatro y triunfa el que sea más capaz, y el mundo avanza". "Bien – dijo Olofi –
si es así, durará el mundo hasta el día en que le des la espalda a la guerra y te tumbes a
descansar".
Ese día no ha llegado todavía y Olofi comprendió que su creación dejaba mucho que
desear. Se desilusionó y, desde entonces, ya no interviene directamente en las cosas del
mundo.

Pataki de Eleggua en Osatura


En este camino, Obatalá tenia un hijo desobediente y descreído llamado Nifa Funke,
que le daba muchos dolores de cabeza. Desde su escondite en las malezas, Elegguá veia
como Nifa maltrataba a su padre de palabra y de obra, y decidió darle un escarmiento.
Un día en que Nifa Funke había corrido una distancia larga y estaba muy sudado, se
arrimó a un árbol para refrescarse con su sombra. Elegguá sacudió el árbol, del que
cayeron muchas hojas y polvo, enfermando a Nifa. Obatalá, desesperado, comenzó a
llamar en su ayuda a Elegguá.
Oggún, que venía por el camino llevando tres cuchillos, al ver a Obatalá desesperado, le
rindió Moforibale y le preguntó qué pasaba. Al enterarse, Oggún enseguida llevó a Nifa
al río, lo bañó con yerbas y lo restregó con el achó fun fun de su padre. Pero no obstante
haberle hecho ebbó, le dijo que debía ir a consultar con Orula. Elegguá, que seguía
escondido escuchando, decidió cerrarle todos los caminos. Oggún, Obatalá y su hijo se
desconcertaron al no encontrar el camino.
Oggún encontró tres pollones y muy astutamente, fingió comerlos. Elegguá, glotón al
fin, saltó sobre Oggún, le quitó las aves y se las comió. En ese momento, llegó Obatalá
y Elegguá, al verlo, se inclinó a sus pies y le rindió Moforibale, diciéndole: "Yo voy a
salvar a tu hijo, Babá".
Mandó a regresar al atribulado padre y salió rumbo al Ilé de Orula. Cuando llegó, se
escondió y Nifa Funke se pudo consultar por fin con Orula. Este, al tirarle el ékuele, le
ordenó limpiarse con tres pollones y yerbas y entregárselos a Elegguá, pues éste lo
salvaría de todas sus malas situaciones; respetar al padre y contentar siempre a Elegguá,
quien abre y cierra los caminos de los destinos de hombres y orishas y por eso come
antes que todos y debe dársele la sangre de los pollones.

Pataki de Elegguá-Echu
Elegguá era hijo de Okuboro, rey de Añagui. Un día, siendo un muchachón, andaba con
su séquito y vio una luz brillante con tres ojos que estaba en el suelo. Al acercarse vio
que era un coco seco. Elegguá se lo llevó al palacio, le contó a sus padres lo que había
visto y tiró el obi detrás de una puerta. Poco después todos se quedaron asombrados al
ver la luz que salía del obi. Tres dias más tarde, Elegguá murió. Todo el mundo le cogió
mucho respeto al obi, que seguia brillando, pero con el tiempo, la gente se olvidó de él.
Asi fue como el pueblo llegó a verse en una situación desesperada y cuando se
reunieron los arubbó, llegaron a la conclusión de que la causa estaba en el abandono
del obi. Este, en efecto, se hallaba vacio y comido por los bichos. Los viejos acordaron
hacer algo sólido y perdurable y pensaron en colocar una piedra de santo (otá) en el
lugar del obi, detrás de la puerta. Fue el origen del nacimiento de Elegguá como orisha.
Por eso se dice: "Ikú lobi ocha. El muerto parió al santo".

Pataki de Oggún
Oggún, el dueño del hierro, es un montuno irascible y solitario. Cuando
los orishas bajaron a la tierra fue él quien se encargó, con su machete infatigable, de
cortar los troncos y las malezas para abrirles paso. Vivía entonces en casa de sus padres,
Obatalá y Yemú y junto a sus hermanos Ochosi y Elegguá. Oggún estaba enamorado de
su madre y varias veces quiso violarla, lo que no consiguió gracias a la vigilancia de
Elegguá. Oggún se las arregló para conseguir su propósito pero, para su desgracia
Obatalá lo sorprendió. Antes de que éste pudiera decir nada, Oggún gritó: "Yo mismo
me voy a maldecir. Mientras el mundo sea mundo lo único que voy a hacer es trabajar
para la Ocha". Entonces se fue para el monte sin más compañia que sus perros, se
escondió de los hombres y ningún orisha que no fuera Ochosi, su hermano el cazador,
consiguió verlo. Trabajaba sin descanso, pero estaba muy amargado. Además de
producir hierros, se dedicó a regar ofoché por todas partes y el arayé comenzó a
dominar el mundo. Fue entonces cuando Ochún se metió en el monte, lo atrajo con su
canto y le hizo probar la miel de la vida.
Oggún siguió trabajando, pero perdió la amargura, no volvió a hacer ofoché y el mundo
se tranquilizó. Hay quienes dicen que cuando salió del monte, Ochún lo llevó hasta
Olorun, quien lo amarró con una cadena enorme, pero esto es un cuento. ¿Qué cadena
podía ser más fuerte que la miel de Ochún?

Pataki de Ochosi
Ochosi era el mejor de los cazadores y sus flechas no fallan nunca. Sin embargo, en una
época nunca podía llegar hasta sus presas porque la espesura del monte se lo impedía.
Desesperado fue a ver a Orula, quien lo aconsejó que hiciera ebbó. Ochosi y Oggún
eran enemigos porque Echu había sembrado cizaña entre ellos, pero Oggún tenía un
problema similar. Aunque nadie era capaz de hacer trillos en el monte con más rapidez
que él, nunca conseguía matar a sus piezas y se le escapaban. También fue a ver a Orula
y recebió instrucciones de haber ebbó. Fue así que ambos rivales fueron al monte a
cumplir con lo suyo. Sin darse cuenta, Ochosi dejó caer su ebbó arriba de Oggún, que
estaba recostado en un tronco. Tuvieron una discusión fuerte, pero Ochosi se disculpó y
se sentaron a conversar y a contarse sus problemas. Mientras hablaban, a lo lejos pasó
un venado. Rápido como un rayo, Ochosi se incorporó y le tiró una flecha que le
atravesó al cuello dejándolo muerto. "Ya ves", suspiró Ochosi, "yo no lo puedo coger".
Entonces Oggún cogió su machete y en menos de lo que canta un gallo abrió un trillo
hasta el venado. Muy contentos, llegaron hasta el animal y lo compartieron. Desde ese
momento convinieron en que eran necesarios el uno para el otro y que separados no
eran nadie, por lo que hicieron un pacto en casa de Orula. Es por eso que Ochosi, el
cazador, siempre anda con Oggún, el dueño de los hierros.

Pataki de Osun
Osun era vigilante de Obatalá. Obatalá vivía con su mujer, Yemú, y sus hijos Oggún,
Ochosi y Elegguá. Oggún era preferido y sus hermanos tenían que obedecerlo. Oggún
estaba enamorado de su madre y varias veces estuvo a punto de violarla, pero Elegguá
siempre le avisaba a Osun, quien venia y regañaba a Oggún. Entonces Oggún echó a la
calle a Elegguá y le dio montones de maiz a Osun para que no lo delatara. Osun comia y
luego dormía y Oggún podía disfrutar de su madre. Elegguá le fue con el cuento a
Obatalá, que no lo quería creer, pero al otro día volvió más temprano. Obatalá vio a
Osun acostado y a Oggún abusando de su madre, y llegó a su casa furioso. Fue cuando
Oggún se maldijo a si mismo y Obatalá le dijo a Osun: "Confiaba en tí y te vendiste por
maíz". Y nombró a Elegguá su vigilante. Desde entonces Osun perdió el cargo.

Pataki de Obatalá y los tres pretendientes


Obatalá tenía una hija muy bella, dulce y sencilla, que era la felicidad del padre. Esta
hija tenia tres enamorados: lkú, Aro y Ofo. Como es de suponer, Obatalá estaba ante un
espinoso dilema, pues si daba la mano de su hija a uno de ellos, los otros dos se
vengarían. Por ello, su elección, cualquiera que fuese, ponía en peligro la vida de su
hija, tan querida para él.
Obatalá se convirtió en paloma y se posó en un árbol frondoso de flores multicolores
que representaban todas las virtudes de que gozaba su reinado, y se sintió muy
desgraciado. Así pensando, quedó sumido en un profundo sueño. Cuando despertó, le
vino a la mente todo lo soñado y se apresuró a emitir un bando para todo su reino, el
cual decía: "Quien me traiga un abani, se casará con mi hija".
En esos tiempos, los abani eran muy escasos y difíciles de cazar. En el mismo bosque
intrincado que rodeaba al palacio, vivía un sitiero quien adoraba en silencio a la hija de
Obatalá y habla decidido llevarle el abani solicitado, pero consultó antes su decisión
con Orula. La consulta resultó en este lfá, que le mandaba a hacer ebbó con babosas,
cascarilla, merengue, achó fun fun y un palo de su tamaño, y le recomendó que después
fuera al monte a cantar.
Así lo hizo el sitiero y su canto era tan dulce y melodioso que sus ecos parecían suaves
voces venidas de otro mundo. lkú, quien venía por el sendero, se paró a oir, pues
también había leído el bando y traía en un saco el tan ansiado abani. Extasiado, dejó
caer el saco y quedó como petrificado. El sitiero aprovechó su trance, recogió el saco, y
se lo llevó de inmediato a Obatalá, quien le concedió a su hija en matrimonio. Esto le
sucedió al buen hombre por los consejos siempre sabios de Orula. Y por mandato de
Obatalá, Orula, Echu y Oggún, quedaron atrapados lkú, Aro y Ofo sin poder hacer
daño. Maferefun Obatalá, Maferefun los orishas.

Pataki de Obatalá
En el principio de las cosas, cuando Oloddumare bajó al mundo, se hizo acompañar de
su hijo Obatalá. Debajo del cielo sólo había agua. Entonces Oloddumare le entregó a
Obatalá un puñado de tierra metido en el carapacho de una babosa y una gallina.
Obatalá echó la tierra formando un montículo en medio del mar. La gallina se puso a
escarbar la tierra esparciéndola y formando el mundo que conocemos. Olofi también
encargó a Obatalá que formara el cuerpo del hombre. Así lo hizo y culminó su faena
afincándole la cabeza sobre los hombros. Es por eso que Obatalá es el dueño de las
cabezas.
En cierta ocasión los hombres estaban preparando grandes fiestas en honor de los
orishas, pero por un descuido inexplicable se olvidaron de Yemayá. Furiosa, conjuró al
mar que empezó a tragarse la tierra. Daba miedo verla cabalgar, lívida, sobre la más alta
de las olas, con su abanico de plata en la mano. Los hombres, espantados, no sabían qué
hacer y le imploraron a Obatalá. Cuando la rugiente inmensidad de Yemayá se
precipitaba sobre lo que quedaba del mundo, Obatalá se interpuso, levantó su opaoyé y
le ordenó a Yemayá que se detuviera. Por respeto, la dueña del mar atajó las aguas y
prometió desistir de su cólera. Y es que ¿si Obatalá hizo a los hombres, cómo va a
permitir que nadie acabe con ellos?

Pataki de Yemayá Ayaba Ti Gbe Ibu Omi


(reina madre de los orishas)
Yemayá descansaba en el fondo del mar, jugando con las conchas y pececillos
multicolores. Sentía una gran nostalgia por la vida en la tierra y soñaba con sus hijos a
los que hacía tiempo no veía. De pronto, entre el susurro de las olas, oyó el tam tam de
los tambores. Decidió engalanarse con sus corales y madreperlas, con sus sayas de
azules claros o intensos como las espumas de su querido mar. Montada en su coche
tirado por delfines, se dirigió a tierra para ir al encuentro de la fiesta que estaba en su
apogeo en la orilla. Al llegar Yemayá, grande entre las grandes, mujer de extraordinaria
belleza, se hizo un silencio para saludar como se merecía a esta orisha a quien todos
respetaban y amaban. Pero Changó, altanero, que había sido separado de su madre
cuando niño, sin reconocerla, decidió romper el fuego y la invitó a bailar al sonido de
los sacros tambores. Embriagado por la belleza de la mujer, por la bebida y por su éxito
como bailador y como orisha-hombre, la invita y la enamora. Yemayá se siente
ofendida y decide darle una lección. Con sus encantos,fue llevando a Changó hasta el
mar y lo invitó a ir hasta su ilé. Changó le confesó que no sabía nadar. Y ella, riéndose,
le aseguró que nada le pasaría. Adentró su bote en el mar; Changó, extasiado, desplegó
todos sus encantos, pero ella se lanza al mar y lo convierte en remolinos, en olas
gigantescas. Tal es el oleaje, que vira el bote. Changó llama a Yemayá
desesperadamente y ella, alzándose entre las encrespadas aguas, le dice: "Yo soy tu
madre, respétame". Changó le pidió perdón y madre e hijo se abrazaron mientras las
aguas volvieron a su nivel. Omi-o-Yemayá, Yalodde.

Pataki de Changó: Rey de Reyes


Changó, rey de reyes, tenía un esclavo fiel que le seguía a todas partes: el chivo. Pero
éste comenzó a envidiar a su dueño, al punto de aliarse al ounko y al auré. En el silencio
de la noche, y con la complicidad de la luna, las estrellas, y los sonidos ritmicos del
buho, los compinches idearon un plan para acabar con Changó. Tal plan consistía en
esconderle todas sus armas: su hacha bipene, sus machetes, sus picos y sus azadones.
Changó, bravo entre los bravos, respondió al reto de su esclavo y fue inmediatamente a
buscar sus armas. Y cuál seria su asombro al encontrar su armería vacía, donde sólo
quedaba un bate de ácana. Preocupado, decidió registrarse con Orula, quien
inmediatamente le mandó un ebbó, entre cuyos múltiples ingredientes estaban
un akukó para Elegguá y un bate de ácana. Después de hacer lo indicado por Orula,
Changó se presentó al campo de batalla.
De inmediato el abbo se puso unos tarros embrujados y arremetió contra su rival,
dejándolo maltrecho. Pero Changó, siempre fuerte, se levantó y contratacó; le cercenó
los tarros, aunque para este trance, el abbo tenía repuestos.
En amplia carrera, se dirigió hacia el escondite donde estaba el ounko para ponerse los
otros tarros. Entonces lo vio Elegguá, siempre vigilante, cuyo agradecimiento por
Changó hizo que le cerrara los caminos al abbo para que no llegara. Así, los bosques
entrelazaron sus ramas y las enredaderas tupieron los senderos. Elegguá fue corriendo a
ver a Changó y le dijo: "Te traicionaron el abbo, el auré y el ounko. Cómetelos, pues te
servirán de depurativo". Al encontrar a los tres completados juntos, Changó los atacó y
les cortó las cabezas, bebiendo de sus sangre vivificadora, tras lo cual dijo: "Mientras el
mundo sea mundo, mis hijos y yo seguiremos comiendo abbo, pero en caso necesario
también comeremos ounko, que es mi medicina, pero como a Babá le gusta el auré, éste
será respetado".

Pataki de Changó
Aggayú, el dueño del río, tuvo amores con Yemayá y de ellos nació Changó. Pero
Yemayá no lo quiso y Obatalá lo recogió y lo crió. Al reconocerlo como hijo, le puso un
collar blanco y punzó. Dijo que seria rey del mundo y le fabricó un castillo, Changó
bajó al Congo y se hizo un muchachón tan revoltoso que Madre de Agua Kalunga lo
tuvo que expulsar de allí. Entonces tomó su tablero, su castillo y su pilón, con los que
había bajado del cielo, y emprendió el camino del destierro. Andando y andando, se
encontró con Orula, a quien le dio el tablero porque sabía que era hombre de respeto y
lo iba a cuidar.
Changó se quedó adivinando con caracoles y coco, cantando, fiestando y buscando
broncas. Se casó con Obba, pero también vivía fijo con Oyá y Ochún. Oyá, como se
sabe, era la mujer de Oggún, pero se enamoró de Changó y se dejó robar por él. Este
rapto dio origen a una guerra tremenda entre Changó y Oggún. En cierta ocasión
Changó tuvo que esconderse de sus enemigos, que querían cortarle la cabeza, y se metió
en casa de Oyá. Oyá se cortó sus trenzas y se las puso, lo vistió con su ropa y lo adornó
con sus prendas. Cuando Changó salió de la casa, sus enemigos, muy respetuosos,
creyeron que era la santa, le abrieron paso y lo dejaron escapar.
Cuentan que como Changó peleaba y no tenía armas, Osain, que era su padrino, le
preparó el secreto (ingredientes) del güiro. Cuando lo tocaba con el dedo y se lo llevaba
a la boca, podía echar candela por ella. Con eso vencía a sus enemigos. Cuando se oye
tronar, se dice que es porque Changó anda de rumbantela con sus mujeres o que cabalga
por el cielo.

Pataki de Ochún y Orula


En mitad de la selva imaginaria de la tierra de los orishas, vivían Ochún, Oggún,
Changó y Orula. Ochún, tan sensual, bella y erótica como liviana, vivía maritalmente
con Changó, pero esto no le impedía flirtear con Oggún y con cualquier caminante que
se perdiera en ese monte lleno de sorpresas.
Por ese entonces, Orula, baldado y en silla de ruedas, decidió registrarse buscando saber
hasta cuándo duraria su desgracia. Se tiró el ékuele y le salió la letra Iroso Sa, que le
recomendaba hacerse ebbó a toda carrera. En este registro se le advertía también que
tuviera mucho cuidado con el fuego, pues Changó se habla percatado de las
infidelidades de su mujer.
Ochún, apenada porque Orula en su lecho de enfermo no podía salir a buscar las cosas
necesarias para hacer el ebbó, inmediatamente se las trajo. Orula le quedó muy
agradecido.
Un día de primavera, mientras Ochún cocinaba una adié, la comida preferida de Orula,
Changó acechaba para lograr su venganza. Seguro de encontrar juntos a Ochún, Oggún
y Orula, formó una gran tormenta y, con sus rayos implacables, le prendió fuego a la
choza de Orula. Oggún salió corriendo. Orula, del susto, volvió a caminar y logró
alcanzar la espesura. Ochún, quien buscaba orégano y albahaca para sazonar la adié, al
ver las llamas pensó en la invalidez del pobre Orula. A riesgo de su vida, penetró en la
casa para salvarlo. Al no encontrarlo allí, desesperada y casi ahogada por el humo, salió
llorando. Cuando vio a Orula, sano y salvo en un clarito del monte, se abrazó a él.
Emocionados, ambos se juraron amistad eterna. Orula le dijo: "Tú, que fuiste la
pecadora, te acordaste de mí en los momentos más dificiles. De ahora en adelante,
comerás conmigo. Haremos juntos nuestra comida predilecta, la adié. Te nombro,
además, mi apetebi. Juntos andaremos los caminos de los oddun y de los
hombres". Iború, Iboya, Ibocheché...

Pataki de Ochún
Ochún, la bella entre las bellas, gustaba de pasearse por el monte. Cantaba y jugaba con
los animales porque ella amansa a las fieras y ni el alacrán la pica. Un día Oggún, el
herrero infatigable que vive en la manigua, la vio pasar y sintió que se le traspasaba el
corazón. Impetuoso y brutal, corrió detrás de la que soliviantaba su deseo, decidido a
poseerla. Ochún, que estaba enamorada de Changó, huyó asustada. Agil como el
venado, en su loca carrera, atravesó los verdes campos de berro de Orisha-Oko, el que
asegura la fecundidad de la tierra. Pero Oggún, enardecido y violento, estaba por darle
alcance. Fue entonces que Ochún, desesperada, se lanzó al río. Arrastrada por el
torbellino de la corriente, llegó hasta la desembocadura donde se tropezó con la
poderosa Yemayá, madre de todos los orishas. Compadecida, Yemayá la tomó bajo su
protección, y le regaló el río para que viviera. Para alegrarla, la cubrió de joyas, corales
e infinitas riquezas. Por eso es que Ochún vive en el río y quiere tanto a Yemayá.

Pataki de Oyá
En una época muy remota, vivían en una tribu tres hermanas: Yemayá, Ochún y Oyá,
quienes, aunque muy pobres, eran felices. La mayor, Yemayá, se adentraba en el mar y
pescaba para sostener a las otras dos hermanas; como Ochún cuidaba de la más
pequeña, iba al río, cogía peces y piedras y los vendia. Las tres hermanas se adoraban y
vivían una para otra. Un buen día, enemigos de la tribu invadieron su territorio y
arrasaron con todo. Como Ochún acostumbraba a amarrar a Oyá para que no se perdiese
o hiciera alguna travesura mientras ella nadaba y se sumergia en el río, no sintió los
gritos de Oyá, ni tampoco Yemayá, quien estaba muy lejos, en la costa. Así, los
enemigos se llevaron a Oyá como rehén.
Las dos hermanas se impresionaron tanto con la captura de la pequeña que Ochún,
enferma de melancolía se consumió lentamente. Pero había logrado conocer cuánto le
costaría liberar a su hermana Oyá, y fue guardando poco a poco monedas de cobre. Por
fin llegó el momento de cerrar la transacción de rescate con el jefe de la tribu enemiga.
Este, quien sabia que Ochún era muy pobre, aceptó el dinero, pero le dijo que duplicaba
el precio de la niña. Ochún cayó de rodillas, suplicó y lloró, pero el jefe, perdidamente
enamorado de ella, le pidió su virginidad a cambio de la libertad de su hermana.
Por el amor que profesaba a Oyá, Ochún accedió. Ya ambas, de regreso a la casa, le
contaron todo a Yemayá, y ella, en reconocimiento al gesto generoso de Ochún y para
que Oyá nunca olvidara el sacrificio de su hermana, adornó la cabeza y los brazos de la
pequeña con monedas de cobre.
Mientras Oyá estaba cautiva, Olofi había repartido los bienes terrenales entre los
habitantes de su tribu: a Yemayá la hizo dueña absoluta de los mares; a Ochún, de los
ríos; a Oggún, de los metales, y así sucesivamente. Pero como Oyá no estaba presente,
no le tocó nada. Ochún imploró a su padre que no la omitiera de su representación
terrenal. Olofi, que quedó pensativo al percatarse de la justeza de la petición, recordó
que sólo quedaba un lugar sin dueño: el cementerio. Oyá aceptó gustosa, y así se
convirtió en ama y señora del camposanto.
Por eso, Oyá tiene herramientas de cobre para mostrar su eterno agradecimiento al
sacrificio de Ochún, come a la orilla del río, como recuerdo de su niñez. Foribale
Ochún, Foribale Yemayá, Foríbale Oyá.
Pataki de 0yá Yansá
Se sabe que Oyá acompañó a Changó en todas las batallas, peleando a su lado con dos
espadas y aniquilando a los enemigos con su centella. El patakí es así:
Oyá estaba casada con Oggún, pero se enamoró de Changó y él la raptó (de ahí vino la
famosa pelea entre los dos orishas). Un día Changó estaba alborotado en una fiesta
cuando lo prendieron y encerraron en un calabozo con siete vueltas de llave. Changó
había dejado su pilón en casa de Oyá. Pasaron los días y como Changó no venía, Oyá
movio su pilón, miró y vio que estaba preso. Entonces Oyá cantó:

Centella que bá bené


Yo sumarela sube,
Centella que bá bené
Yo sube arriba palo.

No dijo más que esto y el número siete se formó en el cielo. La centella rompió las rejas
de la prisión y Changó escapó. Entonces vio que Oyá venía por el cielo en un remolino,
y se lo llevó de la tierra. Hasta aquel día Changó no sabía que Oyá tenía centella. Ahí
empezó a respetarla.

Pataki de los Ibeyis


A los mellizos les gusta estar divirtiéndose siempre. No es por gusto que son hijos de
Changó y Ochún. Durante cierto tiempo les dio por tocar unos tamborcitos mágicos que
les había regalado Yemayá, su madre adoptiva. Por entonces el Diablo puso trampas en
todos los caminos y comenzó a comerse a todos los humanos que caían en ellas. Ni
hombres ni mujeres, ni viejos ni niños, se escapaban de su voracidad. Entonces los
Ibeyis se pusieron de acuerdo y Taewo agarró por uno de aquellos caminos, mientras
Kainde lo seguia oculto en la espesura. Taewo iba tocando su tamborcito con tanto
gusto que el Diablo se quedó embelesado, le advirtió para que no fuera a caer en la
trampa y se puso a bailar. Pero cuando Taewo se cansó, Kainde salió del bosque y
ocupó su lugar. Porque el problema era que aunque el Diablo estaba muy cansado, no
podía dejar de bailar mientras los tamborcitos mágicos estuvieran sonando. Y cuando
estaba agotado, los lbeyis le hicieron jurar que retiraría todas las trampas. Así fue como
los lbeyis salvaron a los hombres y ganaron fama de poderosos, porque ningún
otro orisha ha podido ganarle una pelea al Diablo.

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