Pataki 125
Pataki 125
Pataki de Olofi
Olofi es tan poderoso que hacer el mundo le pareció algo fácil; pero una cosa es hacer
algo y otra que funcione.
Cuando distribuyó los cargos entre sus hijos, se encontró con que los hombres siempre
estaban peleando y tuvo que hacer de Ayágguna el orisha de las pendencias. Pero Olofi
es la paz, porque es completo, y no podía comprender por qué Ayágguna siempre estaba
atizando las peleas. Así que un día dijo: "¡Por favor, hijo mío!" Pero Ayágguna le
respondió: "Si no hay discordia no hay progreso, porque haciendo que quieran dos,
quieren cuatro y triunfa el que sea más capaz, y el mundo avanza". "Bien – dijo Olofi –
si es así, durará el mundo hasta el día en que le des la espalda a la guerra y te tumbes a
descansar".
Ese día no ha llegado todavía y Olofi comprendió que su creación dejaba mucho que
desear. Se desilusionó y, desde entonces, ya no interviene directamente en las cosas del
mundo.
Pataki de Elegguá-Echu
Elegguá era hijo de Okuboro, rey de Añagui. Un día, siendo un muchachón, andaba con
su séquito y vio una luz brillante con tres ojos que estaba en el suelo. Al acercarse vio
que era un coco seco. Elegguá se lo llevó al palacio, le contó a sus padres lo que había
visto y tiró el obi detrás de una puerta. Poco después todos se quedaron asombrados al
ver la luz que salía del obi. Tres dias más tarde, Elegguá murió. Todo el mundo le cogió
mucho respeto al obi, que seguia brillando, pero con el tiempo, la gente se olvidó de él.
Asi fue como el pueblo llegó a verse en una situación desesperada y cuando se
reunieron los arubbó, llegaron a la conclusión de que la causa estaba en el abandono
del obi. Este, en efecto, se hallaba vacio y comido por los bichos. Los viejos acordaron
hacer algo sólido y perdurable y pensaron en colocar una piedra de santo (otá) en el
lugar del obi, detrás de la puerta. Fue el origen del nacimiento de Elegguá como orisha.
Por eso se dice: "Ikú lobi ocha. El muerto parió al santo".
Pataki de Oggún
Oggún, el dueño del hierro, es un montuno irascible y solitario. Cuando
los orishas bajaron a la tierra fue él quien se encargó, con su machete infatigable, de
cortar los troncos y las malezas para abrirles paso. Vivía entonces en casa de sus padres,
Obatalá y Yemú y junto a sus hermanos Ochosi y Elegguá. Oggún estaba enamorado de
su madre y varias veces quiso violarla, lo que no consiguió gracias a la vigilancia de
Elegguá. Oggún se las arregló para conseguir su propósito pero, para su desgracia
Obatalá lo sorprendió. Antes de que éste pudiera decir nada, Oggún gritó: "Yo mismo
me voy a maldecir. Mientras el mundo sea mundo lo único que voy a hacer es trabajar
para la Ocha". Entonces se fue para el monte sin más compañia que sus perros, se
escondió de los hombres y ningún orisha que no fuera Ochosi, su hermano el cazador,
consiguió verlo. Trabajaba sin descanso, pero estaba muy amargado. Además de
producir hierros, se dedicó a regar ofoché por todas partes y el arayé comenzó a
dominar el mundo. Fue entonces cuando Ochún se metió en el monte, lo atrajo con su
canto y le hizo probar la miel de la vida.
Oggún siguió trabajando, pero perdió la amargura, no volvió a hacer ofoché y el mundo
se tranquilizó. Hay quienes dicen que cuando salió del monte, Ochún lo llevó hasta
Olorun, quien lo amarró con una cadena enorme, pero esto es un cuento. ¿Qué cadena
podía ser más fuerte que la miel de Ochún?
Pataki de Ochosi
Ochosi era el mejor de los cazadores y sus flechas no fallan nunca. Sin embargo, en una
época nunca podía llegar hasta sus presas porque la espesura del monte se lo impedía.
Desesperado fue a ver a Orula, quien lo aconsejó que hiciera ebbó. Ochosi y Oggún
eran enemigos porque Echu había sembrado cizaña entre ellos, pero Oggún tenía un
problema similar. Aunque nadie era capaz de hacer trillos en el monte con más rapidez
que él, nunca conseguía matar a sus piezas y se le escapaban. También fue a ver a Orula
y recebió instrucciones de haber ebbó. Fue así que ambos rivales fueron al monte a
cumplir con lo suyo. Sin darse cuenta, Ochosi dejó caer su ebbó arriba de Oggún, que
estaba recostado en un tronco. Tuvieron una discusión fuerte, pero Ochosi se disculpó y
se sentaron a conversar y a contarse sus problemas. Mientras hablaban, a lo lejos pasó
un venado. Rápido como un rayo, Ochosi se incorporó y le tiró una flecha que le
atravesó al cuello dejándolo muerto. "Ya ves", suspiró Ochosi, "yo no lo puedo coger".
Entonces Oggún cogió su machete y en menos de lo que canta un gallo abrió un trillo
hasta el venado. Muy contentos, llegaron hasta el animal y lo compartieron. Desde ese
momento convinieron en que eran necesarios el uno para el otro y que separados no
eran nadie, por lo que hicieron un pacto en casa de Orula. Es por eso que Ochosi, el
cazador, siempre anda con Oggún, el dueño de los hierros.
Pataki de Osun
Osun era vigilante de Obatalá. Obatalá vivía con su mujer, Yemú, y sus hijos Oggún,
Ochosi y Elegguá. Oggún era preferido y sus hermanos tenían que obedecerlo. Oggún
estaba enamorado de su madre y varias veces estuvo a punto de violarla, pero Elegguá
siempre le avisaba a Osun, quien venia y regañaba a Oggún. Entonces Oggún echó a la
calle a Elegguá y le dio montones de maiz a Osun para que no lo delatara. Osun comia y
luego dormía y Oggún podía disfrutar de su madre. Elegguá le fue con el cuento a
Obatalá, que no lo quería creer, pero al otro día volvió más temprano. Obatalá vio a
Osun acostado y a Oggún abusando de su madre, y llegó a su casa furioso. Fue cuando
Oggún se maldijo a si mismo y Obatalá le dijo a Osun: "Confiaba en tí y te vendiste por
maíz". Y nombró a Elegguá su vigilante. Desde entonces Osun perdió el cargo.
Pataki de Obatalá
En el principio de las cosas, cuando Oloddumare bajó al mundo, se hizo acompañar de
su hijo Obatalá. Debajo del cielo sólo había agua. Entonces Oloddumare le entregó a
Obatalá un puñado de tierra metido en el carapacho de una babosa y una gallina.
Obatalá echó la tierra formando un montículo en medio del mar. La gallina se puso a
escarbar la tierra esparciéndola y formando el mundo que conocemos. Olofi también
encargó a Obatalá que formara el cuerpo del hombre. Así lo hizo y culminó su faena
afincándole la cabeza sobre los hombros. Es por eso que Obatalá es el dueño de las
cabezas.
En cierta ocasión los hombres estaban preparando grandes fiestas en honor de los
orishas, pero por un descuido inexplicable se olvidaron de Yemayá. Furiosa, conjuró al
mar que empezó a tragarse la tierra. Daba miedo verla cabalgar, lívida, sobre la más alta
de las olas, con su abanico de plata en la mano. Los hombres, espantados, no sabían qué
hacer y le imploraron a Obatalá. Cuando la rugiente inmensidad de Yemayá se
precipitaba sobre lo que quedaba del mundo, Obatalá se interpuso, levantó su opaoyé y
le ordenó a Yemayá que se detuviera. Por respeto, la dueña del mar atajó las aguas y
prometió desistir de su cólera. Y es que ¿si Obatalá hizo a los hombres, cómo va a
permitir que nadie acabe con ellos?
Pataki de Changó
Aggayú, el dueño del río, tuvo amores con Yemayá y de ellos nació Changó. Pero
Yemayá no lo quiso y Obatalá lo recogió y lo crió. Al reconocerlo como hijo, le puso un
collar blanco y punzó. Dijo que seria rey del mundo y le fabricó un castillo, Changó
bajó al Congo y se hizo un muchachón tan revoltoso que Madre de Agua Kalunga lo
tuvo que expulsar de allí. Entonces tomó su tablero, su castillo y su pilón, con los que
había bajado del cielo, y emprendió el camino del destierro. Andando y andando, se
encontró con Orula, a quien le dio el tablero porque sabía que era hombre de respeto y
lo iba a cuidar.
Changó se quedó adivinando con caracoles y coco, cantando, fiestando y buscando
broncas. Se casó con Obba, pero también vivía fijo con Oyá y Ochún. Oyá, como se
sabe, era la mujer de Oggún, pero se enamoró de Changó y se dejó robar por él. Este
rapto dio origen a una guerra tremenda entre Changó y Oggún. En cierta ocasión
Changó tuvo que esconderse de sus enemigos, que querían cortarle la cabeza, y se metió
en casa de Oyá. Oyá se cortó sus trenzas y se las puso, lo vistió con su ropa y lo adornó
con sus prendas. Cuando Changó salió de la casa, sus enemigos, muy respetuosos,
creyeron que era la santa, le abrieron paso y lo dejaron escapar.
Cuentan que como Changó peleaba y no tenía armas, Osain, que era su padrino, le
preparó el secreto (ingredientes) del güiro. Cuando lo tocaba con el dedo y se lo llevaba
a la boca, podía echar candela por ella. Con eso vencía a sus enemigos. Cuando se oye
tronar, se dice que es porque Changó anda de rumbantela con sus mujeres o que cabalga
por el cielo.
Pataki de Ochún
Ochún, la bella entre las bellas, gustaba de pasearse por el monte. Cantaba y jugaba con
los animales porque ella amansa a las fieras y ni el alacrán la pica. Un día Oggún, el
herrero infatigable que vive en la manigua, la vio pasar y sintió que se le traspasaba el
corazón. Impetuoso y brutal, corrió detrás de la que soliviantaba su deseo, decidido a
poseerla. Ochún, que estaba enamorada de Changó, huyó asustada. Agil como el
venado, en su loca carrera, atravesó los verdes campos de berro de Orisha-Oko, el que
asegura la fecundidad de la tierra. Pero Oggún, enardecido y violento, estaba por darle
alcance. Fue entonces que Ochún, desesperada, se lanzó al río. Arrastrada por el
torbellino de la corriente, llegó hasta la desembocadura donde se tropezó con la
poderosa Yemayá, madre de todos los orishas. Compadecida, Yemayá la tomó bajo su
protección, y le regaló el río para que viviera. Para alegrarla, la cubrió de joyas, corales
e infinitas riquezas. Por eso es que Ochún vive en el río y quiere tanto a Yemayá.
Pataki de Oyá
En una época muy remota, vivían en una tribu tres hermanas: Yemayá, Ochún y Oyá,
quienes, aunque muy pobres, eran felices. La mayor, Yemayá, se adentraba en el mar y
pescaba para sostener a las otras dos hermanas; como Ochún cuidaba de la más
pequeña, iba al río, cogía peces y piedras y los vendia. Las tres hermanas se adoraban y
vivían una para otra. Un buen día, enemigos de la tribu invadieron su territorio y
arrasaron con todo. Como Ochún acostumbraba a amarrar a Oyá para que no se perdiese
o hiciera alguna travesura mientras ella nadaba y se sumergia en el río, no sintió los
gritos de Oyá, ni tampoco Yemayá, quien estaba muy lejos, en la costa. Así, los
enemigos se llevaron a Oyá como rehén.
Las dos hermanas se impresionaron tanto con la captura de la pequeña que Ochún,
enferma de melancolía se consumió lentamente. Pero había logrado conocer cuánto le
costaría liberar a su hermana Oyá, y fue guardando poco a poco monedas de cobre. Por
fin llegó el momento de cerrar la transacción de rescate con el jefe de la tribu enemiga.
Este, quien sabia que Ochún era muy pobre, aceptó el dinero, pero le dijo que duplicaba
el precio de la niña. Ochún cayó de rodillas, suplicó y lloró, pero el jefe, perdidamente
enamorado de ella, le pidió su virginidad a cambio de la libertad de su hermana.
Por el amor que profesaba a Oyá, Ochún accedió. Ya ambas, de regreso a la casa, le
contaron todo a Yemayá, y ella, en reconocimiento al gesto generoso de Ochún y para
que Oyá nunca olvidara el sacrificio de su hermana, adornó la cabeza y los brazos de la
pequeña con monedas de cobre.
Mientras Oyá estaba cautiva, Olofi había repartido los bienes terrenales entre los
habitantes de su tribu: a Yemayá la hizo dueña absoluta de los mares; a Ochún, de los
ríos; a Oggún, de los metales, y así sucesivamente. Pero como Oyá no estaba presente,
no le tocó nada. Ochún imploró a su padre que no la omitiera de su representación
terrenal. Olofi, que quedó pensativo al percatarse de la justeza de la petición, recordó
que sólo quedaba un lugar sin dueño: el cementerio. Oyá aceptó gustosa, y así se
convirtió en ama y señora del camposanto.
Por eso, Oyá tiene herramientas de cobre para mostrar su eterno agradecimiento al
sacrificio de Ochún, come a la orilla del río, como recuerdo de su niñez. Foribale
Ochún, Foribale Yemayá, Foríbale Oyá.
Pataki de 0yá Yansá
Se sabe que Oyá acompañó a Changó en todas las batallas, peleando a su lado con dos
espadas y aniquilando a los enemigos con su centella. El patakí es así:
Oyá estaba casada con Oggún, pero se enamoró de Changó y él la raptó (de ahí vino la
famosa pelea entre los dos orishas). Un día Changó estaba alborotado en una fiesta
cuando lo prendieron y encerraron en un calabozo con siete vueltas de llave. Changó
había dejado su pilón en casa de Oyá. Pasaron los días y como Changó no venía, Oyá
movio su pilón, miró y vio que estaba preso. Entonces Oyá cantó:
No dijo más que esto y el número siete se formó en el cielo. La centella rompió las rejas
de la prisión y Changó escapó. Entonces vio que Oyá venía por el cielo en un remolino,
y se lo llevó de la tierra. Hasta aquel día Changó no sabía que Oyá tenía centella. Ahí
empezó a respetarla.