En el lienzo celeste, un astro de fuego, el Sol, fulgor que el universo navego.
Con su
corona dorada, danza en el cielo, un poema ardiente, eterno destello.
Nace en el horizonte con besos de aurora, pintando de tonos cálidos cada flora.
Sus rayos acarician la piel de la tierra, poema de luz que en su danza encierra.
En su viaje majestuoso, desde el oriente, ilumina el día con su luz creciente. En su
cúspide, reina sobre el firmamento, el Sol, poema ardiente, astro flamante.
Sus caricias matutinas despiertan la vida, flores abren pétalos en su esplendor
arriba. En cada rincón, en cada hoja que se estira, el poema solar, la naturaleza
admira.
En el cenit del día, su luz vertical, ilumina con intensidad, sin igual. Sombras se
acortan bajo su mirada, el poema solar, en su cima aclamada.
Desciende en el ocaso, en colores de fuego, pintando de naranja y rojo el juego. La
despedida dorada del astro rey, poema que susurra: "Hasta otro buey".
En su ocultar detrás del horizonte, deja a la noche su turno, su monte. Pero el Sol,
en sombras, no se apaga, poema en estrellas, su luz desgrana.
En su ciclo eterno, día tras día, el Sol escribe versos en su vía. Poema en llamaradas,
en su danza ardiente, el astro radiante, eterno presente.
Así, en el vasto teatro del cielo, el Sol, poema ardiente, eterno destello, ilumina la
vida con su luz dorada, en cada amanecer, en su danza aclamada.