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La Edad Moderna Ribot

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Ilustración de cubierta: detalles de Celebración de la Paz de Münster, 18 de junio

de 1648, en la sede de la Guardia Cívica de Ballesteros (Guardia de San Jorge),


Ámsterdam, de Bartholomeus van del Helst, 1648.

Primera edición, septiembre de 2016.


Primera reimpresión, enero de 2017.
Segunda edición, septiembre de 2017.
Primera reimpresión, marzo de 2018.
Tercera edición, septiembre de 2018.

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del «Co-
pyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción toral o parcial de esta
obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamien to
informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo púbücos.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación
de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excep-
ción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Espafiol de Derechos Reprográficos,
www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

© Luis Ribot
© Marcial Pons, Ediciones de Historia, S. A.
San Sotero, 6 - 28037 Madrid
w 91 304 33 03
[email protected]
ISBN: 978-84-16662-63-0
Depósito legal: M. 24 .745-2018
Diseño de la cubierta: Manuel Estrada. Diseño Gráfico
Fotocomposición y mapas: Francisco Javier Rodríguez Albite
Impresión: Artes Gráficas Huertas, S. L.
Madrid, 2018
A mis nietos,
Luis, In és, Isabel, H enar y Alicia
ÍNDICE

Pág.

Agradecimientos. ............................ ......... ..... .......... .... .... ...... .. ............. 19

Introducción. ¿Qué entendemos por Edad Moderna?............... .... 21


Los rasgos distintivos de la modernidad...... ................. ..... ............. 21
Periodización interna........... ..................... ................... ....... ............ 24
Alta y Baja Edad Moderna............ .... ... .............. .......... ........ ........ ... 28
Cambios y permanencias en la Historia.......... .... ........... .. ............... 29

PRIMERA PARTE
EL UNIVERSO ESTÁTICO

Capítulo l. El régimen demográfico antiguo.. .. ............................... 35


E! problema de !as fuentes..... ..... .. ................. .................... ............. 35
Características......................... .... ..................... .... .............. ............. 37
Las epidemias. ..... .... .............. .. .. .... .. ............................. ................... 40
Una vida corta y dtfíci!....... ..... ..... .. ..... ......... .... ............................... 42
Las ciudades. ..... ........................ ....................... ... ....... ..... ................ 45

Capítulo 2. La economía de subsistencia...... ............ .................... ... 47


Producción, explotación e intercambios.. .............. ............ ...... ....... . 50
El artesanado y !os gremios...................... ....................................... 53
La productividad ................................. ........................ .............. ...... 54
Manufacturas preindustriales..... .......... ................ ... .......... .......... .... 57
La moneda......... .................. ...... .. ........ ......... ............................ .. .... 58
Comercio y finanzaS"":.. ................ .. ............................. ...................... 60

Capítulo 3. La sociedad estamental.. ............................................... 63


Las noblezas ........... ........... ....... ........ ... ......... .................... ............... 64
10 Índice

Pág.

El clero................ ...... ....... .... ............................................. .............. 71


Los burgueses............ .. .. ...................... .. ..... ............................. .. ...... 73
El campesinado .. . .. .. .. ... .. .. .. .. ... .. .. .. . .. . .. .. .. ... ... ... .. .... .. ... .. .. .. .. .. .. .. ... .. . 74
Pueblo urbano y marginados............. .. .. .. ..... ..... ... .. ......... .......... ...... 78
Las mujeres.. ....... .. ........ .. ......... ... .. ... ................. .. ... .. .... .......... ........ . 80
Revueltas y rebeliones............. ..... .. .. .. .... ... ... ....... ...... ........ ............. . 84

Capítulo 4. El poder........ ..... .. .. .......... .. ........ .. .... ..... .... .. .. ............ .. ... 89
¿Existía el Estado? ...... ............... ... ...... .. ............ ..... ... ............... ...... 89
El peso de lo colectivo. Los poderes inmediatos .... .. ... .... .. ....... .. ...... 90
Familia y otras comunidades de vida .......... .... ....... .. .. ... .. .. .... .. .. .. ... . 92
La parroquia .......... .............. .... .... .. .......... ... ... .......... ..... ... ... .. ...... ..... 94
La comunidad local...... .. .. ..... ...... .... ..... ..... ..... ... ...... ... .... ..... ..... .. ... .. 95
Los señores.. ......... ........ .. ... ... ... ..... ... ...... ... ............ ....... ..... ... .. .... .... .. 98

Capítulo 5. Religión y cultura..... .. ......... ... ............. ... ............ .. ... .. .... 101
Una existencia sacralizada...... ... ........................ ..... .......... ... ......... .. 101
La religiosidad popular ... ... . .. ... .. .. .. .. ... .. . .. ... .. .. .. .. .. .. ... .. .. .. ... .. .. ... .. .. . 103
Prácticas relz'giosas de las minorías cultas..................... .. .. .. ............ 107
Las dos culturas.. ...... ..... .. ....... ... .. .. ........ ...... ........ .. ... ... .... ....... .. ....... 109
Características de la cultura popular.................... ............. .. ... .. ....... 110
La cultura libresca. La educación .. .. .. .. .. .. .. ... ... ... .. .. ... . .. .. .. .. .. . .. .. .. ... . 112

SEGUNDA PARTE
CAMBIOS Y TRANSFORMACIONES

l. LAS BASES DE LA MODERNIDAD

Capítulo 6. Los descubrimientos geográficos....... .. ......... ................ 121


Capacidades técnicas y motivaciones................... .. ................. ... .. .... 121
Cañones y velas......... .. ......... ........................................... ............... . 126
Las primeras expediciones. El protagonismo de Portugal ......... .. .... 127
La fortuna de Castilla. Colón y Vasco de Gama.......................... .. .. 133
Consecuencias de los descubrimientos........... ...... ... ........................ 136
El Nuevo Mundo a la llegada de los españoles..................... .. ........ 13 7
La catástrofe demográfica... .. ..... ......... ....... ............... .......... ........ .. ... 139

Capítulo 7. Expansión demográfica y dinamismo social...... .. ..... .. .. 141


Fuentes y czfras ........................ .. ....... ...... .. ... .... ......................... ...... 141
Las ciudades................. ......... .. ... ............ .. ......... ... .... ... ..... .. .... .. .. .. ... 145
Causas del crecimiento........................... .. .. ... ............ ........... .. ......... 147
Primeros síntomas de la crisis................ .. ... .... ..... .. ..... ....... .. .. .. ....... 151
Índice 11

Pág.

La sociedad estamental y los grupos emergentes ...... ....................... 152


Sectores populares y conflictos sociales.. ............................. ............. 156

Capítulo 8. Las transformaciones económicas de un mundo am-


pliado .................. .... .................... ..... .............................................. 161
Expansión agrícola y ganadera.... .... ....... ........... .. ............................ 161
El incremento de las manufacturas..... ....... ..... ............ .......... .... .. .... 167
Comercio y finanzas .. .. .. .. .. ... .. .. .. .. .. . .. .. .. .. .. .. ... .. .. ... .. ... .. .. .. ... .. .. .. .. ... . 17 4
La revolución de los precios.. .. .............................. .... ........ .. .. ... ....... 181
Las dificultades de fin de siglo .... .... .......................... ...... ........ ......... 184

Capítulo 9. Las nuevas monarquías del Renacimiento ... ....... ..... ..... 187
La crisis de los poderes universales........ ......................... .... ............ 188
Objetivos de las nuevas monarquías . .. .. .. .. .. .. .. .. .. ... .. .. . .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. 190
Los instrumentos del poder real..... ..... .......... .. ... ............. .. ......... ..... 193
El rey y los otros poderes del reino.................................. ....... ...... ... 199
Éxitos y fracasos .. .......... ........... ... ..... ...... ................... ... ........ ... ........ 206
El pensamiento político en la primera Edad Moderna.................... 208

Capítulo 10. El Renacimiento..................................................... ..... 215


Los conceptos de «R enacimiento» y «Humanismo» ......... .... .. ........ 215
Características y /actores de difusión...... ...... .............. ... .................. 216
El protagonismo de Italia.. .................. .. ...... .................................... 219
Otros países europeos..... ....... .... ... .. ... .. .. ... ........... ... .. .. ..... ..... ... .. .. .... 222
La crisis del Renacimiento .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . .. ... .. .. .. .. .. . .. .. .. .. .. .. ... .. 227
Ciencia y técnica en los siglos xv y XV!............................................ 228

Capítulo 11. La ruptura de la cristiandad......... ...................... .. .. ... .. 231


Crisis de la religiosidad medieval y primeras tentativas reformistas... 231
Lutero. .... .. ...................... ....... .......... .................... ........... .. ..... ...... ... 236
Zwinglio............... ...................................... ............... ...... ...... ..... ..... 244
Rebeliones y reformas radicales ................... .......................... ......... 246
La segunda generación de reformadores. Ca/vino .......... ................. 250
El Concilio de Tren to y la Contrarreforma .. ........ ............... ......... ... 253
Una nueva geografía religiosa. La Europa confesional.. ................ . 257

Il. P ODERES Y CONFLICTOS


(SEGUNDA MlTAD DEL SIGLO XV Y SIGLO XVI)

Capítulo 12. Expansión turca y guerras de Italia...... .......... ............ 263


Formación y crecimiento del poder otomano.................................. 263
12 Índice

Pág.

El Imperio turco. Organización y características..... .. ... .... ... ..... ... .... 268
El atractivo de Italia...... .. .. ................ .. ......... ........ .... ................. ..... . 271
Primera Jase de las guerras de Italia (1494-1516) .... ....................... 278
Las transformaciones militares en los comienzos de la modernidad. 284

Capítulo 13 . La hegemonía española y el orden europeo ... ... .. ..... .. 289


Los R eyes Católicos y los inicios de la Monarquía de España......... 289
El Imperio de Carlos V......... .. ..... ... ... ......... ................... .... .. .. .... .... . 293
Enemigos y guerras. Francia, turcos y protestantes........ ... ..... ...... ... 299
La Monarquía de España bajo Felipe JI........ ......... ......................... 307
Nuevos enemigos y conflictos. La rebelión de los Países Bajos .. ..... 310
El agotamiento de Castilla.................. .. .... .. .. .................... ... ... ........ 318

Capítulo 14. La Monarquía francesa. Las guerras de religión... ..... 321


Francia a comienzos de la Edad Moderna. La consolidación del po-
der real.... ...... .... ..... .......... ......... .. .. ....... ...... ...... ......... ....... ... ... ... 321
El avance del protestantismo. Causas y características de las gue-
rras de religión ..... .. ... ....... ....... .. ..... .. ... ..... ............................. .. .. 329
Las guerras durante los reinados de los últimos Valois (1562-
1580) .. .... ...... ............................................ ...................... ...... ..... 331
La crisis sucesoria y la última guerra. El edicto de Nantes (1598). ... 336

Capítulo 15. Inglaterra. Centralización política y ruptura con Roma. 341


Los reyes Tudor. Gobierno e instituciones...................................... 341
El cisma de Enrique VIII .. ............... ........ .... .... .. ............................. 345
Vaivenes religiosos de dos breves reinados: Eduardo VI y María
Tudor .................... ............ ...... ...... .. .... .. ..... ......... .. .. .. ...... ... .. ...... 350
Isabel I y el triunfo del anglicanismo.. .............. .................... ... ....... 352
Economía y sociedad... .. ............... ......... ..................... ... .................. 356

Capítulo 16. El Imperio y otros poderes europeos....... .................. 359


El Imperio ...... ................................................. ........................... ..... 359
Los territorios italianos en tiempos de Felipe II.. ............. .. ...... ....... 364
Portugal.. .................... .. ... ...... .. ... .. ........ ......... .... ... ... .... ....... .... ...... .. 3 72
El fin de la Unión de Kalmar. Dinamarca y Suecia.. ......... .. ...... ... .. . 374
Polonia-Lituania y Rusia................... .. ... ..... .... ... ........ .... ................ 376
Los conflictos en el Báltico .. ................ ........ .. ...... ..... .. ........ .. ..... ...... 382

Capítulo 17. El mundo fuera de Europa......................................... 387


Las colonizaciones española y portuguesa................................. ..... . 387
Monopolio territorial y mercantil............................ .. .. .......... .... ..... 392
La intromisión de otros países....... .. .... ..................... ... .. ... .............. 395
Índice 13

Pág.

Los grandes imperios de Asia.......................................................... 401


Japón, China y los territorios de su entorno.................................... 402
La India y Persza ... ........... ............... ...... .. .. ........ .... .. ........................ 406
África en los comienzos de la Edad Moderna europea.................... 412

III. EL SlGLO XV lI
R ECESIÓN Y CONTRASTES

Capítulo 18. La crisis y sus manifestaciones. El auge económico de


las Provincias Unidas e Inglaterra ....... ................................. ......... 417
Características y alcance de la crisis............................................. .... 417
La evolución demográfica............ ....................... .... ........ ................. 420
Agricultura y ganadería.... ... .. ............ ......................... ..................... 428
Manufacturas, comercio y finanzas...... ............................................ 431
El mercantilismo............................................................................. 439
Cambios y tensiones sociales........................................................... 443

Capítulo 19. La Revolución científica .. .. .... .................. ... ................. 447


Los conocimientos heredados ........ ......................... .. ...... ................. 448
Protagonistas y centros de la renovación científica.... .. ............... ..... 451
Los inicios del empirismo. Galileo y Bacon ...... .. .. ........... .... ... .... .. .. 454
Descartes y el racionalismo ............................................................. 458
Newton y la consolidación de La nueva ciencia ............................... 462
Avances en distintos campos del saber............................................ 465

Capítulo 20. El Barroco. Cultura y religión...... ...... ... ...................... 469


Barroco y Clasicismo..... ................................ ................. .......... ....... 469
La aplicación de Las reformas religiosas........................................... 475
Divisiones en el protestantismo .................. ..... ............................... 482
Regalismo y galicanismo...... .................................. ..... .................... 485
EL problema de La Gracia ... .. .. .. .. .. .. ... ... .. ... .. .. ... ... .. .. .. .. .. ... .. .. .. ... .. .. .. 487
La mútica .......... ...... ........................................ ................................ 493
Las misiones. ....................... ............................................................ 495
Los comienzos de La descristianización ............................................ 497

IV. GUERRA, ABSOLUTISMO Y REBELIÓN

Capítulo 21. Las relaciones internacionales (1598-1659) ................ 501


EL pacifismo tenso de comienzos de la centuria............................... 501
Primer periodo de La Guerra de los Treinta Años (161 8-1629).. ..... 506
Internacionalización definitiva del conflicto (1630-1648)... ............ 516
De nuevo La guerra en los Países Bajos............................................ 524
14 Índice

Pág.

La Paz de Westfalia .... .......... ..... .................. .. ......... ..... .................... 526
Los últimos años del enfrentamiento franco-español.... .................. 531

Capítulo 22 . El auge del absolutismo. La construcción de la hege-


monía francesa.... ......... ............................. ............................... ...... 535
Las doctrinas políticas en el siglo XVII........ ..................................... 535
El absolutismo .. .......... ... ...... .. .. .. ... ......... .. ..... .. .. .. .. .. ....... .... .... .. .. .. ... 541
Enrique IV y la recuperación de Francia.................. ................ .. ..... 543
Luis XIII. La regencia y la obra de Rz'chelieu... .. ............................. 545
La minoría de edad de Luis X IV Mazarino y la Fronda............ ..... 552
El reinado personal de Luis XIV................... ... ................. .. ...... ...... 558

Capítulo 23. Las revoluciones inglesas ........... ...... .. .. ...... ........... .... .. 565
Interpretaciones de la Revolución. Inglaterra a comienzos del si-
glo XVII ................ .......... ............ .. .......................... ..................... 565
Tendencias absolutistas de los primeros Estuardo y conflictos con el
Parlamento.... ......... ............. ................................. ..................... 567
La Guerra Civil ................ ........................ ..... ...................... ...... ...... 576
La R epública y el Protectorado de Cronwell (1649-1660) .............. 579
Restauración de los Estuardo (1660-1688) ..................................... 583
La R evolución Gloriosa de 1688.. ....... ............................................ 588

Capítulo 24. La Monarquía de España en el siglo xvn.................... 593


La paz armada en tiempos de Felipe III.. ........ ...... .. .. .. ................. ... 593
Felipe IV y el conde duque de Olivares...... .... ....... ............. ............. 596
Las revueltas de Cataluña y Portugal.... ....... ........ ........................... 598
Revueltas en Sicilia y Nápoles........ ...................................... ........... 606
La segunda parte del reinado de Felipe IV.... ... .... ................... ...... .. 613
Carlos JI, epílogo de la dinastía ....................................................... 615

Capítulo 25 . Guerra y política en la Europa de Luis XIV.............. 621


La política agresiva del R ey Sol........................................ .......... ..... 621
Las primeras guerras (1667-1678) ......... .. ............... ................... ..... 624
El cenit de la hegemonía francesa. Las reuniones (1680- 1684) ...... 630
Europa contra Luis XIV La Guerra de los Nueve Años (1688-1697). 632
Los tratados de reparto de la Monarquía de España.... ................... 635
Transformaciones militares del siglo XVll .. . .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . 641

Capítulo 26. Otros países europeos.......... ....................................... 649


Las Provincias Unidas ..................................................................... 649
Los países bálticos. Suecia y Dinamarca...... .. .................................. 652
Polonia-Lituania y la Rusia de los primeros Romanov .................. . 655
Índice 15

Pág.

Los restos del Imperio. Austria y Brandeburgo .......... ...... .. ......... .. .. 659
Las relaciones internacionales del Báltico a los Balcanes. .. ...... .. ... .. 662
Italia y Portugal................ ............. ........ .................... ..................... 671

Capítulo 27 América, Asia y África en el siglo XVII. ...... ............ .... .. 675
Nuevas exploraciones, descubrimientos y conquistas.. .... ... ......... .... 675
Comercio y colonización europea en Oriente y América del Norte. 676
De las Indias ibéricas a la América atlántica. ....... .... ... .... ... .. .......... . 685
Los imperios musulmanes ... ............ ................................................ 694
China, Japón y el Extremo Oriente... ..... ........... ... ........ .. ................. 697
El continente africano. ................... ..... ......................... ................. .. 702

V. EL SIGLO xvrn
Los INDICIOS DE UN CAMBIO DE ERA

Capítulo 28. Hacia una nueva demografía. La sociedad................. 709


El auge demográfico del Setecientos..... ...... .... ......... ........................ 709
Causas del crecimiento de la población .......... ................................. 716
Los privilegiados: nobleza y clero ..... ............... .................. .. ............ 721
La consolidación de la burguesía...... .................... .... ......... ............. . 725
Campesinos y trabajadores de las ciudades .. .. ... .. ..... ..... .... .... ......... . 728
Pobreza y marginación. La conflictividad social.. ......... ...... ............ . 732

Capítulo 29. Expansión y transformaciones en la economía..... .. ... 739


El pensamiento económico. ........ .. .................... .......... ...... .............. 739
La coyuntura. Moneda y precios. .. ..... .................. .. ....... ............ ... .. . 743
Agricultura y ganadería.... ...... ........ .. ........................ ..... ... .. ............. 744
El auge del comercio.... ......... ...... ....... ................... .................. ........ 749
Las finanzas ....... ....................... ..... ..... .... .... ............ ................ .. ....... 755
Manuf acturas e industria. Los comienzos de la Revolución indus-
trial........ .. ... ....... ..... ................. .......................... ..... ....... .......... .. 759

Capítulo 30. El Siglo de las Luces. .. ..... .... ........... ........... .... .............. 769
La Ilustración: concepto y características.. ..... ................ ............. .... 769
Gran Bretaña y Francia ............. .... .............. ........ ............. ........... .... 775
Alemania y otros países.. .... .......... ........................... ............. ....... .. .. 783
Ciencia y cultura en el siglo XVIII.. .......... .... ........ ........... ....... ....... .... 787
El catolicismo y las otras confesion es cristianas .............................. 790
Deísmo, masonería y descristianización .......................................... 795
16 Índice

VI. LA EUROPA DE LOS PRfNCIPES


DEL ESPLENDOR AL COMIENZO DE LA CRISIS

Capítulo 31. Las relaciones internacionales .. .................................. 801


La Guerra de Sucesión de España.... ......... .......................... ............ 802
El sistema de Utrecht ................ ................... .......... ......................... 806
Gran Bretaña y Francia como garantes de la paz...... .... .................. 809
Las guerras de sucesión de Polonia y Austria........ .... .................. .... 813
La Guerra de los Siete Años y los conflictos posteriores.................. 820
Transformaciones militares y navales............ .................................. 827

Capítulo 32. Francia, Gran Bretaña y Jos Estados Unidos.............. 833


Francia después de Luis XIV La Regencia .. ... .. .. .. .. .. .. ..... . .. ... . .. ... ... 83 3
El reinado personal de Luis XV (1723-1774) ............... ....... ........ ... 835
Luis XVI y el planteamiento de la crisis ... ....... ... .... .. ...................... 842
Consolidación del parlamentarismo británico................................. 845
El reinado de Jorge III ...................................................... ....... ...... . 853
La independencia de las colonias de América del Norte..... ..... .. .. ... 856

Capítulo 33 . La Europa del centro y el sur...................................... 863


El absolutismo ilustrado .. .. .. .... .... .. .. .. .. .. ..... .. .......... ....... .. .. .. .. .. .. .. ... 863
Las Provincias Unidas... ............... ................. ............. ........ ... .......... 866
El auge de Prusia ... .. .. .... .. .. .. .. .. ... ......... ....... .... .. .. .. ..... .. ............ ... .. .. 869
Austria y la Monarquía de los Habsburgo... ...... ................... .. ......... 874
Los territorios italianos .......... .. ....................................................... 880
La España de los Barbones .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . .. . .. ... .. .. .. .. .. . .. .. .... ... .... .. ... . 889
Portugal..... ............. ................................................. .............. .... ..... 894

Capítulo 34. El Báltico y el este europeo. ........................ .... ............ 899


Conflictos en el Báltico y el noreste. Los repartos de Polonia ..... .... 899
El retroceso internacional de Turquía ... .. . .. .. . .. .. .. ... .. .. .. .. ..... .... .. ... .. . 905
Dinamarca y el reformismo...... ................ ......... ........ ...................... 908
Suecia, entre el parlamentarismo y el absolutismo............. ............. 911
El fortalecimiento de Rusia. ....................... .......... ..... ...................... 915
El final de Polonia .... ...... .. .... . .. .... .. .. .... ....... ..... ..... .... .. .. .... .. .. .. .... .... 923

Capítulo 35. Los otros continentes ... .. ... .. ... .. .. .. .. ... .. ..... .. ...... ........... 927
Descubrimientos y expediciones científicas.................... ............. .. .. 928
La América española y portuguesa............ ............................. ......... 93 3
El enfrentamiento colonial anglo-francés ... .. ......... ... .. .. .. .. .. .. .. .... .... 942
Índice 17

Decadencia de Turquía y desintegración de los imperios en Persia y


la India. .. .. .. ................ .. .............. .... ................... ....... .. ........ .. ..... 947
Los Países de Extremo Oriente...... .......................... .. ... ............ ...... 951
La destrucción de África........................................... .... ................... 957

Bibliografía... .................... ....... ........................ ......... .... .. .................... . 961


Índice de mapas................ .......... ......... ... ...... ............ ..... ...... ..... ........... 967

Índice de personas...... .................... .......... ...... ................... ..... .. .......... . 971


Índice de lugares................ ..... .... ... .. .. .......................... ........... ............ . 993

Índice de obras, tratados, guerras y paces.......................... ................ 1015


AGRADECIMIENTOS

Este libro debe mucho a numerosas personas con las que he te-
nido la oportunidad de comentar cuestiones relacionadas con él du-
rante los últimos años. Entre ellas, los miembros de la Real Academia
de la Historia, de los que siempre aprendo, especialmente Luis Mi-
guel Enciso Recio, maestro y amigo, pero también Vicente Pérez Mo-
reda, quien ha revisado mis textos sobre demografía; el embajador
Miguel Ángel Ochoa Brun, que ha resuelto mis dudas en cuestiones
relacionadas con la diplomacia; Carlos Martínez Shaw -con quien
comparto además departamento universitario-; Javier Puerto Sar-
miento, y Luis Agustín García Moreno. De gran importancia ha sido
la ayuda de mis compañeros del Departamento de Historia Moderna
de la UNED, particularmente Antonio José Rodríguez Hernández,
que ha revisado las páginas relativas a cuestiones militares (formas de
hacer la guerra, cuantía de los ejércitos, etc.); David Martín Marcos,
actualmente en la Universidade Nova de Lisboa, y Rocío Martínez
López, quien me ha proporcionado informaciones de interés acerca
del mundo germánico, del que se ocupa en su tesis. Iván Lázaro Ur-
diales, también doctorando, me ha asesorado y leído mis textos sobre
Rusia, cuya lengua e historia conoce de forma admirable. En relación
con el Imperio, he de agradecer asimismo la ayuda de Ludolf Peli-
zaeus, profesor en la Universidad de PicardíaJules Veme (Amiens),
que ha tenido la gentileza de responder a todas mis consultas. Miguel
Angel de Bunes me ha proporcionado información sobre el Imperio
turco. Algunas cuestiones relativas al reino de Nápoles he podido co-
mentarlas con Carlos José Hernando, profesor de la Universidad de
Valladolid, y en materias de religión he resuelto varias dudas gracias
a Maximiliano Barrio. En los aspectos lingüísticos, me he valido del
siempre generoso asesoramiento de Germán Vega García-Luengos,
de la Universidad de Valladolid.
20 Luis Ribot

Mi mayor deuda es, sin embargo, con José María Iñurritegui y


Adolfo Carrasco, profesores respectivamente de la UNED y la Uni-
versidad de Valladolid, los cuales leyeron detenidamente mi texto,
al que han aportado sugerencias, correcciones e ideas que he pro-
curado tener en cuenta. El primero, constante impulsor de mi tra-
bajo a lo largo de estos años, ha querido implicarse incluso en la
revisión del texto final, que ha realizado con la precisión y minucio-
sidad que le caracterizan.
Como en todo cuanto he escrito, debo una enorme gratitud a
Lourdes, mi mujer, lectora atenta y correctora eficaz de mis origina-
les, aunque mi deuda con ella va mucho más allá de tal colaboración.

P. D. Los índices de la tercera edición han sido realizados por


Rocío Martínez López, a quien deseo agradecer también su deta-
llada revisión de las ediciones anteriores en busca de erratas.
INTRODUCCIÓN

¿QUÉ ENTENDEMOS
POR EDAD MODERNA?

Los rasgos distintivos de la modernidad

Más allá de la discusión, interminable, sobre la periodización en


la Historia, la realidad científica y académica reconoce, en el desa-
rrollo histórico del mundo occidental, la existencia de una etapa que
conocemos con el nombre de Edad Moderna.
Se trata de un periodo de límites más o menos dilatados, si bien
también aquí existen divergencias, como muestran, por ejemplo,
respecto al término final, las distintas tradiciones historiográficas
inglesa, francesa, alemana o italiana. Menos dudas caben, sin em-
bargo, sobre las características comunes que definen la modernidad.
Desde el punto de vista del pensamiento y la cultura, tal periodo se
distingue del Medievo por un hecho tan decisivo como fue la apa-
rición de la imprenta a mediados del siglo XV. El Renacimiento y el
Humanismo serían las primeras manifestaciones culturales -habla-
mos, por supuesto, de la cultura de las elites- de una época en que
la mente humana iba a ir alcanzando progresivos desarrollos que ha-
brían de llevarla a la crítica de lo heredado, a la Revolución cientí-
fica y, finalmente, a la Ilustración dieciochesca, base ideológica del
mundo contemporáneo.
Por lo que a la economía se refiere, la Edad Moderna aparece
marcada por el lento pero progresivo desarrollo del capitalismo, cu-
yos orígenes más remotos pueden rastrearse hasta los siglos XII y XIII.
La expansión de Europa y la paulatina incorporación económica de
los nuevos mundos, al tiempo que suponen un fuerte impulso para
la naciente forma de organización económica, significan un cambio
tan radical con el pasado que por sí solo podría justificar la distin-
ción de dos edades.
22 Luis Ribot

Vinculada al capitalismo va a ir desarrollándose una nueva figura


social, el burgués, poseedor de una mentalidad nueva y artífice prin-
cipal de la expansión capitalista. Pese a su resistencia, las viejas es-
tructuras de la sociedad estamental sufrirán un lento y dilatado pro-
ceso de reajuste en el que a los antiguos valores se contraponen otros
como el mérito o la riqueza. La reacción de los privilegiados llevará,
en el límite con la Edad Contemporánea, a la subversión del orden
social por medio de las revoluciones. Burgueses enriquecidos, cam-
pesinos y trabajadores de las ciudades formarán los distintos frentes
de oposición que terminarán arrumbando la sociedad de las desigual-
dades legales. La Edad Moderna, en este sentido, contempla una am-
plia y variada serie de luchas y enfrentamientos que muestran la crisis
de la sociedad estamental heredada de la Edad Medía.
Desde un punto de vista político, el periodo se caracteriza por la
progresiva imposición de poderes centralizados y soberanos-habi-
tualmente monárquicos- en los diversos reinos y territorios. Tal fe-
nómeno -que hasta hace unos años era definido como la aparición
y el desarrollo del Estado Moderno- implicó una fuerte dosis de
concentración del poder y de la capacidad de acción en manos del
príncipe. Los teóricos del absolutismo justificarán doctrinalmente
tal predominio que, sin embargo, no se hará efectivo en la misma
medida en todos los territorios europeos . La Edad Contemporánea
empieza cuando el pensamiento liberal, hijo de la Ilustración, mar-
gine las teorías absolutistas en favor de la división de poderes y el
constitucionalismo.
La emergencia de poderes soberanos y centralizados es un vasto
fenómeno que lleva consigo toda una serie de transformaciones ca-
racterísticas, tales como el desarrollo de la burocracia, el monopolio
del poder militar por parte del rey, el enorme crecimiento de las fi-
nanzas de él dependientes -lo que hoy llamaríamos Hacienda pú -
blica-, la aparición y generalización de la diplomacia ... Las relacio-
nes entre los príncipes soberanos comienzan a estructurarse sobre
bases nuevas, una vez desaparecida la vieja idea medieval del Im-
perio cristiano -que tendrá, de alguna forma, continuación con la
Monarquía de España-. Lentamente, tales relaciones irán ajustán-
dose en el marco de una serie de normas que darán origen al Dere-
cho internacional.
En el ámbito religioso, la Edad Moderna aparece marcada por la
ruptura de la unidad cristiana con Lutero y la Reforma. En otro or-
den de cosas, a partir del siglo XVII y como consecuencia de la aper-
tura mental que supusieron el racionalismo y la Revolución cien-
tífica, se iniciaron fenómenos como la crítica hacia las religiones
¿Qué entendemos por Edad Moderna? 23

reveladas y la incredulidad, ampliamente agudizados en el siglo si-


guiente por la Ilustración.
Son bastantes, pues, los aspectos que nos permiten distinguir la
época moderna de la Edad Media. Sin embargo, es mucho más lo
que permanece que lo que cambia. Los hombres y las sociedades,
pese al auge de la ciudad, siguieron viviendo en un mundo abruma-
doramente rural y continuaron sometidos a una demografía natural
y terrible, y la gran mayoría fue víctima de la incultura y la supersti-
ción. Las estructuras y las relaciones sociales y de poder de los siglos
anteriores apenas sufrieron modificación. Pese al desarrollo del ca-
pitalismo, la mayor parte de la población europea continuó inmersa
en una economía de subsistencia, de escaso radio de acción, en la
que la moneda y los intercambios mercantiles tenían una importan-
cia mucho menor que la que nosotros hemos conocido; una econo-
mía, en suma, básicamente idéntica a la medieval.
Algo parecido ocurriría más adelante. El mundo contemporá-
neo, en sus aspectos sociales y económicos, continúa fuertemente li-
gado a la época precedente hasta avanzado el siglo XIX, y en algunos
países, como es el caso de España, incluso en el XX. El fin de la de-
mografía natural, la industrialización, la revolución agrícola, el pre-
dominio de la ciudad sobre el campo, el auge de las comunicacio-
nes, el establecimiento de mercados nacionales, los progresos de la
medicina y de la ciencia -y la técnica- han sido fenómenos relati-
vamente recientes.
De ahí la gran duda sobre los límites de la Edad Moderna, que ha
propiciado tantas discusiones. Por mi parte, considero que los mo-
dernistas hemos de estudiar, como mínimo, desde la segunda mitad
del siglo XV -en que se inicia la recuperación demográfica, econó-
mica y política; se consolida la expansión geográfica del mundo occi-
dental, y se difunde el Renacimiento italiano- hasta los años finales
del siglo XVIII y primeros del XIX -en los que el fenómeno revolu-
cionario y el pensamiento liberal acaban formalmente con toda una
serie de instituciones del Antiguo Régimen, término acuñado en la
Francia i;evolucionaria para definir el orden político-social anterior
a la Revolución- .
Tal concepción de la Edad Moderna es en sí misma europeocén-
trica, y ello no se debe a ningún menosprecio hacia otros ámbitos o
civilizaciones, sino al hecho de que los procesos que hemos consi-
derado característicos de dicho periodo se dieron únicamente en el
seno de la cristiandad occidental, y fueron trasplantados a América
con mayor o menor precisión, pero la gran mayoría del mundo ex-
traeuropeo continuó viviendo sus propios ritmos históricos, sin que
24 Luis Ribot

los cambios de Occidente lo afectasen para nada. Unas veces se tra-


taba de civilizaciones avanzadas, como las orientales o el mundo do-
minado por los turcos; en otros casos, y singularmente en el África
Negra y Oceanía, los siglos modernos contemplaron niveles de desa-
rrollo similares a los de la prehistoria europea, por lo que es dudoso
adscribirlos a la modernidad. El propio concepto de modernidad,
surgido en el Renacimiento y basado en la división tripartita -pos-
teriormente cuatripartita- de la Historia, procede del pensamiento
histórico occidental y difícilmente podría incorporarse a otras civi-
lizaciones que, en universos escasamente permeables cuando no ce-
rrados, tienen sus propios tiempos y periodos. La misma mentalidad
histórica es un producto de la cultura occidental.
Durante la Edad Moderna, los espacios no europeos fueron, en
buena parte, territorio para la expansión económica, militar, política
y cultural de Occidente. En la medida en que esto ocurre, desem-
peñan un cierto papel subsidiario en relación con este, lo cual no
merma la originalidad y el interés de sus propias civilizaciones.

Periodización interna

El problema de la periodización no afecta solamente al conjunto


de la Edad Moderna en cuanto a sus límites con la Edad Media o
la Contemporánea, sino que se extiende también al propio espacio
cronológico de la modernidad, época histórica que puede subdivi-
dirse en una serie de periodos o fases. Ciertamente, y como ha po-
dido desprenderse de cuanto llevamos dicho, toda división en el
seno de la Historia es por fuerza artificiosa y convencional. Al día si-
guiente de la caída de Constantinopla, la invención de la imprenta,
el descubrimiento de América o el inicio de la Revolución francesa,
las cosas no habían cambiado tanto como para pensar que comen-
zaba un periodo distinto. Los hitos históricos son obviamente un
convencionalismo. Con todo, el establecimiento de etapas o fases es
algo necesario, imprescindible incluso, por su utilidad para la expli-
cación del discurso histórico que, como afirmara Pierre Chaunu, ne-
cesita puntos de referencia; bien entendido, sin embargo, que las di-
visiones cronológicas han de aplicarse siempre de forma .flexible, sin
fechas fijas ni monolitos inmóviles, indicadores del cambio de una a
otra época o de uno a otro periodo.
La mayor parte de la historiografía modernista divide la Edad
Moderna en tres grandes periodos, coincidentes a grandes rasgos
con los siglos XVI, xvrr y XVIII. Tal división procede originariamente
¿Qué entendemos por Edad Moderna? 25

de la historia de la cultura (Renacimiento, Barroco e Ilustración),


y ha sido refrendada en buena medida por la historia económica,
a partir de la constatación de la existencia de dos épocas de creci-
miento, separadas por una de crisis. Se trata, sin duda, de una parce-
lación excesivamente cómoda y un tanto artificial; sin embargo, no
solo es la más extendida, sino que, con las precisiones oportunas, se
ajusta bastante bien a la realidad, en cuanto que existe un largo si-
glo xvr, que comienza antes de 1500, un periodo de crisis y reajus-
tes, y un siglo XVIII, iniciado asimismo en algunos aspectos antes de
1700, en el que se produce un nuevo crecimiento que abocará a las
revoluciones y a la crisis del Antiguo Régimen. Hay, por tanto, una
cierta coincidencia entre los tres siglos cronológicos y los tres gran-
des periodos de la historia moderna europea, lo que me lleva a man-
tener en el esquema temático la división clásica, con las precisiones
y matizaciones que veremos a continuación.
La primera etapa, que podemos denominar «el nacimiento de los
tiempos modernos o el largo siglo XVI», abarca cronológicamente el
periodo entre mediados del siglo XV y las últimas décadas del XVI. La
fecha inicial es imposible de fijar con mayor precisión; en cualquier
caso, en la segunda mitad del Cuatrocientos se dan una serie de pro-
cesos característicos de los nuevos tiempos, tales como el inicio de la
recuperación demográfica y económica, el auge del Renacimiento, la
fase decisiva de los descubrimientos geográficos, los primeros plan-
teamientos reformistas en el seno de la Iglesia o la potenciación de
las principales monarquías occidentales (Francia, Castilla-España e
Inglaterra) tras una serie de guerras civiles.
La fase final de este largo siglo xvr se caracteriza por la disminu-
ción del ritmo, e incluso, en algunos casos, la detención del creci-
miento demográfico, que va acompañada en el terreno económico
por las primeras muestras de agotamiento de la tendencia expansiva.
Desde los años setenta-ochenta del siglo XVI comienza a manifestarse
una crisis económica que alcanzará su maximum en las décadas cen-
trales del siglo xvn y que afectará de formas diversas a los distintos
espacios europeos. Desde un punto de vista religioso, concluido el
periodo clásico de la Reforma y tras la muerte de Calvino (1564) y el
final del Concilio de Tren to (1563 ), se inicia una etapa, de aproxima-
damente un siglo de duración, caracterizada por los enfrentamientos
entre las diferentes ortodoxias, que darán lugar a una serie de gran-
des guerras religiosas y a los momentos más ásperos de la Contra-
rreforma, tanto en el campo católico como en el protestante. En el
ámbito de la cultura, superada la fase más esplendorosa del Renaci-
miento, Europa se encamina lentamente hacia nuevas manifestado-
26 Luis Ribot

nes de la sensibilidad y formas de expresión distintas, que cuajarán


definitivamente en la cultura barroca del siglo XVII. En lo que a lapo-
lítica y a las relaciones internacionales respecta, y pese a la continui-
dad básica entre la época de Carlos V y el periodo dominado por la
España de Felipe 11, el fortalecimiento de Inglaterra con Isabel I, la
revuelta de los Países Bajos y, más adelante, la subida al trono fran-
cés de Enrique IV -junto con la persistencia de las luchas religiosas
en el seno del Imperio- iniciarán en las últimas décadas del siglo
un periodo de conflictos generalizados, cuya característica funda-
mental será el enfrentamiento entre las nuevas potencias atlánticas y
nórdicas y los Habsburgo de Madrid y Viena. En cualquier caso, la
muerte de Felipe 11 (1598), prácticamente en el límite cronológico
del siglo, y la pacificación general que se realiza en estos años, antes
de la gran oleada bélica del siglo XVII, autorizan a retrasar hasta este
momento la conclusión del periodo en lo relativo a la política y a las
relaciones internacionales.
La segunda gran etapa de la Edad Moderna se extiende, grosso
m odo, entre 1570/ 1580 y 1660/ 1680. Su característica fundamen-
tal son las dificultades demográficas y económicas, si bien estas no
afectan de la misma manera a las diferentes áreas geográficas . De-
jando a un lado las múltiples variaciones regionales existentes, la
crisis conduce a una pérdida de protagonismo de las antaño pu-
jantes economías del Mediterráneo, en beneficio de las Provincias
Unidas y, más adelante, de Inglaterra. El centro de gravedad de la
economía europea se desplaza definitivamente hacia el Atlántico
noroccidental. Desde el punto de vista religioso, la época contem-
pla una radicalización de los enfrentamientos, cuyos máximos ex-
ponentes serán la larga Guerra de los Países Bajos (1566-1648) , ini-
ciada al final del periodo anterior, y la Guerra de los Treinta Años
(1618-1648/1659). La crisis económica provoca una mayor rigi-
dez social y un incremento de la presión de los señores y podero-
sos frente a los sectores populares, que coincide además , en Francia
o en la Monarquía de España, con los momentos de mayor presión
fiscal y reclutadora. Todo ello generará un sinnúmero de tensiones
y rebeliones interiores que agudizan la crisis en el terreno social y
político. Por lo que a la cultura se refiere, el tímido espíritu crítico
del Renacimiento deja paso a una auténtica revolución en las cien-
cias de la naturaleza, que pone las bases de los conocimientos físico -
matemáticos y de la ciencia moderna hasta el siglo xx.
El fin de este periodo dramático puede situarse en una fecha
imprecisa de la segunda mitad del siglo XVII. Pocos historiadores
dudan hoy que la crisis demográfica y económica empieza a supe-
¿Qué entendemos por Edad Moderna? 27

rarse en aquellos años, particularmente en ciertas áreas del Medi-


terráneo, las más tempranamente afectadas por la recesión en el si-
glo XVI. En la agotada Castilla, los años sesenta-ochenta parecen
marcar el inicio, aún tímido, de una recuperación que preludia los
mejores momentos del siglo XVIII. Sin embargo, tal recuperación no
es general y no lo será hasta bien entrado el siglo XVIII. En el ámbito
cultural y religioso, las últimas décadas del siglo XVII contemplan el
fenómeno que Paul Hazard llamó la crisis de la conciencia europea,
base, junto al racionalismo y la nueva ciencia -que se consolida a
finales del Seiscientos- del pensamiento crítico que cuajará en la
Ilustración dieciochesca. El cambio, en el terreno político, es, sin
embargo, más difícil de fijar. Ciertamente, las paces de Westfalia
(1648) y los Pirineos (1659) ponen fin a los grandes conflictos de la
primera mitad del siglo e inauguran la hegemonía francesa y el auge
del modelo absolutista representado por Luis XIV; no obstante, en
ciertos aspectos la consolidación del sistema internacional diseñado
a mediados del siglo XVII no se produce hasta la época de la Paz de
Utrecht (1713 ). En otro sentido, a finales de los años ochenta se cie-
rra el ciclo revolucionario británico y se configura el modelo parla-
mentario vigente en el futuro.
La tercera etapa abarca genéricamente desde las últimas déca-
das del siglo xvu -o primeras del xvm en la política internacional-
hasta el inicio de las crisis revolucionarias, que podemos situar sim-
bólicamente en el año 1789. Este último periodo de la modernidad
se caracteriza en un primer momento por una fase de lenta e inde-
cisa recuperación demográfica y económica -en algunos casos con-
tinúa el estancamiento- que se prolonga prácticamente hasta los
años treinta o cincuenta del siglo XVIII. Tras ella, los años centrales
y la segunda mitad de la centuria son una época de clara expansión,
que lleva a Inglaterra al inicio de la Revolución industrial y que, aun-
que en menor grado, afecta también al continente. El auge de la eco-
nomía se ve acompañado por un nuevo crecimiento demográfico,
determinado esencialmente por el retroceso de la mortalidad. En
el ámbito de la política, la consolidación en la segunda mitad del si-
glo XVII de dos modelos, el absolutista y la Monarquía parlamenta-
ria inglesa, servirá de base para las experiencias y realizaciones del
siglo xvm, cuya manifestación más interesante será el absolutismo
ilustrado, coincidente con el auge de la Ilustración. El movimiento
-o, mejor, la actitud ilustrada- es la fase culminante en el desarro-
llo mental y cultural que se inicia en el Renacimiento. El ilustrado
dispone del filtro universal de la razón y con él puede someter a crí-
tica todo lo heredado. La Ilustración aporta así las bases ideológicas
28 Luis Ribot

para la liquidación del orden vigente; por ello, no es extraño que el


periodo concluya con el inicio de los procesos revolucionarios (in-
dependencia de las colonias británicas de Norteamérica y Revolu-
ción francesa), que son el resultado del choque de las nuevas ideas y
de las clases sociales emergentes contra las viejas estructuras socia-
les y políticas. La Revolución francesa inicia la crisis del Antiguo Ré-
gimen, complejo de estructuras e instituciones sociales, económicas
y políticas que, a partir del ejemplo francés, irán desapareciendo en
Europa, lentamente, durante el siglo XIX.

Alta y Baja Edad Moderna

Una de las varias periodizaciones internas de la Edad Moderna


es la que distingue dos grandes fases, denominadas respectivamente
Alta y Baja Edad Moderna. Tal división se basa en buena medida en
las que se aplican a las edades Media y Contemporánea. En el pri-
mero de ambos casos parece evidente la necesidad de distinguir, al
menos, dos grandes etapas en un espacio cronológico de diez siglos,
excesivamente extenso. No tanto en la Edad Contemporánea, que
incluye poco más de dos centurias. Si nos fijamos en ambas divisio-
nes, el elemento esencial que las determina es la mayor o menor cer-
canía-y semejanza- con los periodos anterior o, en su caso, poste-
rior. Así, por ejemplo, uno de los elementos característicos de la Baja
Edad Media es el inicio de la reconstrucción de los poderes reales y
la justificación progresiva de su preeminencia, que nos habla de un
tiempo con una relación de precedencia respecto a las monarquías
del Renacimiento y muy alejado en cambio de los reinos altomedie-
vales, bastante ligados aún a prácticas heredadas de las tradiciones
romana o germánica. En el caso de la Edad Contemporánea -cuyo
límite inicial no es compartido por las diversas tradiciones histo-
riográficas y a la que se aplican otras divisiones internas, como, por
ejemplo, la que distingue en su seno la historia del Mundo Actual-
existen diferencias claras -por seguir con el ejemplo político- en-
tre el liberalismo y el nacionalismo decimonónicos y el siglo XX, ca-
racterizado por movimientos totalitarios como el comunismo o los
fascismos, las grandes guerras mundiales -que acabaron con la
preeminencia europea iniciada a comienzos de la Edad Moderna-,
las democracias y otra serie de elementos. Con todo, como ya se ha
señalado anteriormente, las divisiones tienen siempre un alto grado
de artificiosidad, por lo que igual que existen razones que las justifi-
can, bien pudieran encontrarse otras en su contra.
¿Qué entendemos por Edad Moderna? 29

¿Y en el periodo objeto de nuestro estudio? ¿Tiene sentido la di-


visión entre una Alta y una Baja Edad Moderna? Sin duda, la mayor
o menor cercanía al mundo anterior o posterior puede esgrimirse
también en este caso. Volviendo al ejemplo político, podríamos se-
parar ambos periodos por el triunfo de un sistema -el británico-
en el que el Parlamento logró poner freno al avance del absolutismo.
Ciertamente, la mayoría de los territorios europeos siguieron some-
tidos durante el siglo XVIII a sistemas absolutistas, lo que explica que
la salida final fuera de carácter revolucionario, pero el modelo britá-
nico habría de ser el inspirador más lejano de los regímenes liberales
del siglo XIX. Otras rupturas importantes fueron la Revolución cien-
tífica, la superación de las guerras de religión, el tímido inicio del es-
píritu crítico y la descristianización, o los comienzos del Derecho in-
ternacional. El hecho de que tales cambios se dieran esencialmente
en el siglo XVII nos permitiría trazar dentro de él la línea divisoria en-
tre ambos periodos. Pero las cronologías de los distintos aspectos ci-
tados no coinciden, y ni siquiera pueden fijarse con precisión en la
mayoría de los casos.
En conclusión, la distinción de dos grandes fases dentro de la
Edad Moderna cuenta con argumentos a favor, pero también en
contra. Al cabo, tal vez la principal razón que la justifica es de carác-
ter práctico, por la necesidad de adaptar la materia que la compone
a los planes de estudio universitarios. Pero ello no evita que la sepa-
ración de las diversas cuestiones en dos partes distintas -y equili-
bradas- tenga un alto contenido de artificiosidad. Aunque a estas
alturas ya no hace falta, confieso mi preferencia por la vieja división
por siglos de la Edad Moderna. No obstante, ninguna periodización
interna puede olvidar que la realidad y unidad de la Edad Moderna
es mucho más fuerte que cualquiera de sus posibles divisiones. Más
que en los diversos cambios que se producen en el curso de los tres
siglos largos que la componen, ello se ve en las permanencias, a las
que se dedica la primera parte de este libro -capítulos 1 al 5-, que
valen para toda la Edad Moderna, pues analizan aspectos que no ha-
brían de cambiar hasta después de concluida esta.

Cambios y permanencias en la H istoria

Tal vez por influencia de los Anales -las relaciones de cosas


notables ocurridas durante un año en una determinada comuni-
dad- que surgen en el mundo antiguo en los orígenes del pensa-
miento historiográfico, la Historia ha tendido a identificarse con
30 Luis Ribot

los cambios o novedades. La expresión hecho histórico, que aplica-


mos habitualmente a buen número de acontecimientos, es la me-
jor prueba de hasta qué punto entendemos por tal lo que se sale de
lo ordinario o habitual, lo que supone una novedad destacada, en
definitiva, un cambio. Si griegos o romanos recogían en sus Ana-
les los hechos o personajes notables, nuestros periódicos de finales
de diciembre hacen una relación detallada de los principales acon-
tecimientos y protagonistas del año a punto de concluir. La Histo-
ria, tradicionalmente, ha estado muy ligada a dicha visión pero, por
fortuna, la gran renovación epistemológica y metodológica experi-
mentada por ella en el siglo XX, que puso los cimientos de su con-
sideración científica, ha cambiado las cosas. La Historia no es ya la
relación de los personajes, hechos distinguidos y cambios ocurridos
en el pasado. Es el estudio de las sociedades humanas a lo largo del
tiempo en todos sus aspectos y manifestaciones, lo que incluye, por
supuesto, los acontecimientos, los cambios y los personajes destaca-
dos, pero también el sustrato profundo y apenas variable -o varia-
ble a muy largo plazo- de tales sociedades. Dicho de otra forma,
todos los hechos del pasado -y no solo los importantes- son he-
chos históricos, de la misma forma que son personajes históricos
todas las personas -y no solo los personajes destacados-. El ma-
terial que interesa al historiador es cualquier hecho, proceso o rea-
lidad del pasado, por lo que tan importante es conocer la política de
Felipe II como las condiciones materiales de vida de un campesino
asalariado contemporáneo suyo. Importa mucho, por poner otro
ejemplo, conocer las aportaciones al pensamiento de un personaje
como Erasmo de Rotterdam, pero también saber la forma en que
entendían la religión los innumerables cristianos incultos de aque-
llos años en que se extendía la Reforma.
Así concebida, la Historia no se limita a los cambios, noveda-
des y hechos destacados, sino que tiene en cuenta también las lar-
gas permanencias, el universo estable en el que vivieron los europeos
durante milenios, sin cambios esenciales desde el Neolítico -con la
gran transformación que supuso la aparición y extensión de la agri-
cultura- hasta la Revolución industrial, iniciada tímidamente en
Inglaterra en las décadas finales del siglo XVIII, difundida después en
parte del mundo occidental en el XIX, y a veces más tarde, como en el
caso de España, donde no tendría lugar propiamente hasta los años
sesenta del siglo XX. A partir de la Revolución industrial el mundo
que hemos vivido se ha caracterizado por el notable predominio de
la ciudad sobre el campo, los progresos de la ciencia y la técnica, el
crecimiento incontrolado de la población mundial, la revolución de
¿Qué entendemos por Edad Moderna? 31

los transportes y comunicaciones, la difusión de los medios de co-


municación de masas, el constitucionalismo y la igualdad teórica de
todos ante la ley (al menos en el mundo occidental). En definitiva, el
mundo que conocemos cuantos hemos vivido las décadas finales del
siglo XX y los comienzos del XXl, y que probablemente no tendrá una
permanencia tan dilatada como el que precedió a la Revolución in-
dustrial, pues parece estar cambiando radicalmente hacia algo aún
difícil de definir, determinado por fenómenos tan importantes como
la globalización, internet y las nuevas tecnologías, la desaparición
de la sociedad de clases y otra serie de elementos que no nos corres-
ponde analizar aquí.
La Edad Moderna se sitúa en la fase final de ese periodo mile-
nario en el que muchas cosas permanecieron básicamente iguales.
Aunque a finales del siglo xvm y en reducidos espacios europeos
pudieran percibirse ya algunos cambios, las condiciones materiales
de la vida de la gran mayoría de la población apenas se habían mo-
dificado, lo que no excluye innovaciones y avances. La demografía y
la economía dependían enormemente de las circunstancias natura-
les. La esperanza de vida de las poblaciones no había aumentado de
forma significativa, los saldos demográficos positivos producidos
por una natalidad y una mortalidad elevadas se veían corregidos
con frecuencia por mortandades catastróficas, sin que la medicina
-que no alcanzaría un importante desarrollo hasta el siglo xrx-
tuviera una incidencia digna de mención en tales procesos. La eco-
nomía, que afectaba a la gran mayoría de la población, no era muy
distinta de la del mundo medieval o el antiguo. La tierra, que era el
principal medio de producción, se cultivaba con técnicas similares
y -salvo en áreas muy concretas- ofrecía una productividad es-
casa. Su propiedad pertenecía en amplias proporciones a los privi-
legiados, que en muchos casos eran titulares de poderes feudales o
señoriales sobre extensos territorios. La manufactura (no puede ha-
blarse propiamente de industria) y el comercio se orientaban esen-
cialmente a la satisfacción de las necesidades básicas, y la precisión
de ocuparse de la propia subsistencia -en un mundo en que el co-
mercio a distancia encarecía mucho los productos, por lo que pocos
de estos podían soportarlo- obligaba a las comunidades humanas
de un pequeño espacio geográfico a producir cuanto necesitaban.
La economía se estructuraba así en una infinidad de pequeñas cé-
lulas que eran autosuficientes en una elevada proporción. Las so-
ciedades, como en el mundo antiguo, seguían organizadas sobre la
base de la desigualdad de sus diversos individuos y grupos ante la
ley. Los territorios políticos eran esencialmente un patrimonio de
32 Luis Rtbot

sus príncipes, que habían heredado de sus mayores y transmitían


a sus descendientes. Pero tales príncipes no dejaban de ser perso-
najes lejanos y poco accesibles, mientras que para la mayoría de las
gentes la realidad del poder eran los poderes inmediatos, a los que
se sometían diariamente a lo largo de su existencia. La educación
y la cultura afectaban a capas reducidas de la población, mientras
que el analfabetismo -en realidad un concepto contemporáneo,
que tenía entonces escaso sentido- alcanzaba altísimas proporcio-
nes. La religión lo invadía todo, en un mundo fuertemente sacrali-
zado, y la superstición y la mentalidad mágica -no exclusiva de los
iletrados- servían para llenar las carencias de comprensión de una
realidad básicamente ininteligible, cuando no hostil.
PRIMERA PARTE
~

EL UNIVERSO ESTATICO
CAPÍTULO 1

EL RÉGIMEN DEMOGRÁFICO ANTIGUO

El problema de las fuentes

Una de las grandes permanencias es la que se refiere a las ca-


racterísticas de la demografía del Antiguo Régimen o de la Europa
preindustrial, muy distintas a las del mundo posterior. La primera
de ellas es la ausencia -al menos hasta el siglo XVIII- de una men-
talidad estadística y la inexistencia de la noción individual de ha-
bitante. En consecuencia, no existen fuentes demográficas, por lo
que el acercamiento a las dimensiones y características de aquellas
poblaciones ha de hacerse por fuentes indirectas como los censos o
recuentos y los registros parroquiales. Los recuentos de población
podían afectar a todo un reino o territorio político o a un espacio
más reducido, generalmente una localidad. Se efectuaban habitual-
mente con una finalidad fiscal o militar, por lo que ofrecen datos
del número de fuegos (hogares) o vecinos (cabezas de familia), lo
que -dejando a un lado los defectos con que en ocasiones se rea-
lizaron- nos obliga a introducir un coeficiente multiplicador para
aproximamos a la cifra de habitantes.
Una excepción son los riveli di beni ed anime del reino de Sici-
lia, que se realizaban periódicamente (en once ocasiones entre 1570 y
1748) y que al número de fuegos de cada localidad añaden el de habi-
tantes, el reparto por sexos y, en el caso de los varones, distinguen los
menores de dieciocho años de los mayores, además de otros datos de
interés económico. Sí proporcionan datos individuales los registros
parroquiales de bautismos, matrimonios y defunciones; los dos pri-
meros comienzan a aparecer a finales de la Edad Media y se generali-
zarán en el mundo católico a partir de la obligación de llevar registro
de nacimientos y matrimonios, establecida en el Concilio de Trento,
mientras el de defunciones será obligatorio desde 1614.
36 Luis Ribot

También en el mundo protestante se llevaron registros parro-


quiales, a veces incluso con más efectividad que en los territorios
bajo la obediencia de la Iglesia de Roma. En Inglaterra, el hecho de
que la Corona se convirtiera en la cabeza visible de la Iglesia permi-
tió que, desde 1538, se realizaran de forma generalizada. En Suiza,
el temprano éxito de la Reforma hizo que algunos registros parro-
quiales comenzaran ya en 1520. En otros países protestantes, sin em-
bargo, comienzan bastante más tarde.
Pese a las lagunas, olvidos y omisiones (fallecidos antes del bau-
tismo, defunciones infantiles o de párvulos -que solo se anotan con
regularidad desde bien entrado el siglo XVJII o más tarde-, muer-
tes en épocas de crisis ... ), los registros son la mejor fuente para re-
construir la demografía a pequeña escala, la cual nos indica las ten-
dencias demográficas en un determinado lugar y momento. Con las
fuentes parroquiales a escala local han podido estudiarse las edades
de acceso al matrimonio, los índices de natalidad y mortalidad, la es-
peranza de vida y otra serie de cuestiones. Ellas son pues, cuando
se han conservado, la base esencial para los estudios de la demogra-
fía en el Antiguo Régimen. La dificultad surge cuando tratamos de
calcular la población de espacios amplios. En el mejor de los casos
contamos con recuentos, no siempre igualmente fiables pero que, al
menos, pueden acercarnos a la realidad. En otras ocasiones, las va-
loraciones son puramente estimativas, es decir, estimaciones cuanti-
tativas carentes de rigor.
El problema es que, ante la falta de fuentes directas fiables, en
muchas ocasiones son casi las únicas de las que disponemos. Viaje-
ros que llegan a una ciudad y dan una cifra de sus habitantes, cro-
nistas que relatan los muertos en una batalla, testigos o contempo-
ráneos que nos dan una cifra de los fallecidos en una localidad con
ocasión de un determinado contagio .. . Todo este tipo de informacio-
nes, en la mayor parte de los casos altamente subjetivas, no suelen
servir más que como mera indicación del efecto que un determinado
fenómeno produjo en quienes nos lo transmitieron. En los casos en
los que se realizan estudios posteriores sobre fuentes fiables se com-
prueba habitualmente su alto grado de error, casi siempre por exa-
geración. Un caso peculiar es el de los muertos por una determinada
epidemia, en los que, dejando a un lado el hecho de que las cifras
que dan los testigos tienden a superar la realidad, resulta imposible
distinguir los muertos de quienes huyeron a otras zonas, a pesar de
los controles sanitarios que trataban de impedirlo.
El régimen demográfico antiguo 37

Características

Si en el mundo actual nos enfrentamos al problema, cada vez


más urgente, de un crecimiento desbordado de la población, du-
rante milenios el mundo ha estado escasamente poblado, con gran-
des espacios prácticamente vacíos. Resultaba muy difícil conseguir
saldos demográficos positivos o, dicho de otra forma, incrementar
la población, la cual se hallaba limitada esencialmente por lo que
Massimo Livi Bacci ha definido como síndrome de atraso, una com-
binación de pobreza de bienes materiales con escasez de conoci-
mientos. Dos de las características básicas del llamado régimen de-
mográfico antiguo eran la alta tasa de natalidad (proporción de los
nacidos en un año por cada mil habitantes), que se situaba como
media entre el 35 y el 45 por 1.000 (en 2010 en la Comunidad Eu-
ropea, 10,7 por 1.000), y la elevada mortalidad ordinaria, o sea, la
de los años sin acontecimientos calamitosos, entre 30 y 40 por 1.000
(9,5 por 1.000 en la Europa actual). Las razones de una mortalidad
tan elevada estaban en hechos como las debilidades de una produc-
ción agraria muy dependiente de la climatología, la existencia de
amplios grupos mal alimentados como consecuencia de la mala dis-
tribución de la riqueza, la precariedad de la higiene, la escasa ca-
pacidad de la medicina o la alta tasa de violencia de aquellas socie-
dades, en las que la vida humana no tenía excesivo valor (duelos,
venganzas, violaciones, ajusticiamientos ...). Con todo, el saldo re-
su ltante tendía al crecimiento, aunque fuera débil, pero ahí entraba
la tercera característica fundamental: la frecuencia de mortandades
catastróficas o extraordinarias, debidas a causas como la guerra, el
hambre o la epidemia, citadas por orden de menor a mayor impor-
tancia - aunque frecuentemente venían juntas-, que drenaban los
saldos positivos dejando sobre las poblaciones afectadas una huella
que iba más allá de las numerosas víctimas.
En realidad, difícilmente podemos considerar extraordinarias
a unas catástrofes que solían incidir cada cierto tiempo, en olea-
das que aumentaban su importancia cuanto mayor fuera el territo-
rio afectado, extendiéndose en ocasiones a grandes espacios. Cual-
quiera que fuera la causa, o causas, pues tendían a sobreponerse, el
resultado era una crisis demográfica, que se definía por un aumento
del número de fallecimien tos dos o tres veces superior, como mí-
nimo, al número normal de muertes. Pocos de nuestros antepasados
morían de enfermedades degenerativas (cáncer, cardiopatías ... ), que
figuran actualmente entre las principales responsables de la mortali-
38 Luis Ribot

dad ordinaria. La mayoría fueron víctimas de virus, bacterias y otros


microbios, que constituyeron el gran elemento constrictor de la de-
mografía del Antiguo Régimen. A ello contribuían las malas condi-
ciones higiénicas en que vivían amplias capas de la población, es-
pecialmente graves en las zonas con mayor densidad demográfica
como las ciudades. El agua de los pozos no siempre era potable.
Todo tipo de animales domésticos convivían con las personas, ade-
más de ratones, ratas, chinches y otros parásitos. Las calles y los pa-
tios estaban llenos de inmundicias. La gente apenas se lavaba. La
ropa era vieja y sucia y la higiene prácticamente inexistente. Los via-
jeros -y en mayor medida los ejércitos- se convertían con frecuen-
cia en transmisores de contagios.
Afortunadamente, la capacidad del género humano de reaccionar
frente a las catástrofes hacía que después de cada una de estas aumen-
tara la nupcialidad, los jóvenes tendieran a adelantar la edad del ma-
trimonio, y se produjera un incremento de la natalidad que buscaba
rellenar los vacíos producidos. Al propio tiempo, y en localidades en
las que el crecimiento anterior de la población había provocado una
fuerte presión sobre los recursos alimenticios, la mortalidad extraor-
dinaria suponía un cierto reequilibrio que aliviaba tales tensiones.
Otra de las características del régimen demográfico antiguo era
la fuerte dependencia de la demografía con respecto a la naturaleza.
Si el clima era propicio, menudeaban las buenas cosechas, los or-
ganismos estaban mejor alimentados y eran, en consecuencia, más
resistentes a la morbilidad. En coyunturas favorables, sin contagios
importantes ni guerras que afectaran a un determinado territorio,
las poblaciones tendían al crecimiento por causas naturales. Por el
contrario, cuando el clima se deterioraba (inviernos fríos y largos,
veranos lluviosos ... ) abundaban las malas cosechas y se producían
elevadas mortandades a causa del hambre y la enfermedad, a veces
por la ingestión de productos en mal estado. Esta fuerte dependen-
cia de la naturaleza quedaba patente en hechos como la escasa ca-
pacidad de la medicina frente a la enfermedad, o la dificultad de
incrementar la productividad de la tierra en la mayor parte de la su-
perficie cultivada.
El saldo vegetativo era el resultado final, medido en un periodo
concreto -habitualmente un año-, de los dos factores ya citados
que influyen en el movimiento demográfico, natalidad menos mor-
talidad. Si tal saldo era positivo hablaríamos de crecimiento vege-
tativo y si negativo, de decrecimiento vegetativo. En el compor-
tamiento de la natalidad basada en una fecundidad natural, o no
controlada, esto es, sin limitación voluntaria del tamaño de la fami-
El régimen demográfico antiguo 39

lia por parte de los progenitores, y con muy escasa aportación de


fecundidad ilegítima o fuera del matrimonio, influía un tercer fac-
tor, la nupcialidad, que tendía a adelantarse en periodos optimis-
tas -de prosperidad y buenas perspectivas económicas- y a re-
trasarse en los contrarios. Pero el saldo vegetativo no era igual al
demográfico. Para obtener este, junto a nupcialidad, natalidad y
mortalidad hemos de introducir un cuarto factor, las migraciones
o movimientos de población, que beneficiaban con la aportación
de savia nueva a los lugares de destino en la misma medida en que
perjudicaban a los de origen, a no ser que estos tuvieran más po-
blación de la que podían alimentar.
Las migraciones han acompañado siempre a la humanidad. No
obstante, suelen dejar una escasa huella documental, lo que hace
muy difícil el cuantificarlas. Una vez más, los registros parroquiales
son el mejor testimonio cuando recogen datos sobre la proceden-
cia de las personas de fuera de la parroquia. Algunas migraciones
eran temporales, movimientos estacionales en busca de trabajo,
pero que movían periódicamente a centenares de miles de perso-
nas en toda Europa. Entre ellas estaban las que realizaban los pas-
tores y encargados del ganado en las ganaderías trashumantes tan
habituales en el Mediterráneo, o las de los segadores o vendimia-
dores que acudían desde otras regiones a ganarse la vida en las zo-
nas cerealistas o vitícolas, aprovechando la oferta de trabajo en los
momentos de la siega o la vendimia. Las más importantes, sin em-
bargo, eran las migraciones definitivas. Tal vez la principal de to-
das en la Edad Moderna, por su continuidad, hasta el punto de
poder considerarla una migración estructural, fue la que llevó a
cientos de miles de europeos desde el mundo rural a las ciudades;
de hecho, el crecimiento demográfico de estas se debía al aflujo
desde el mundo rural, pues el saldo vegetativo de las ciudades era
habitualmente negativo - el llamado urban penalty- , por la alta
mortalidad de los sectores más pobres, entre los que se contaba la
mayoría de los inmigrantes. Similares, aunque de menor importan-
cia cuantitativa, fueron las migraciones que trasladaron a gentes de
las montañas hacia las zonas llanas, en las que la supervivencia re-
sultaba más fácil. La Edad Moderna, con todo, iba a caracterizarse
por la intensificación de un tipo de migración permanente ya co-
nocida, la motivada por causas religiosas, fuertemente estimulada
ahora a raíz de la Reforma, así como por la aparición de dos migra-
ciones nuevas: la de europeos hacia otros continentes, sobre todo
en dirección al Nuevo Mundo, y la forzada y vergonzosa de los es-
clavos negros hacia América.
40 Luis Ribot

Las epidemias

La Edad Moderna contempló una especial actividad epidémica,


con algunas enfermedades nuevas o que se manifestaban ahora de
formas distintas, en una Europa que se veía atacada por microbios
procedentes en general de Oriente y el mundo turco. La principal de
todas ellas era la peste -protagonista a mediados del siglo XIV del
gran ataque conocido como la peste negra-, que permanece en Eu-
ropa durante buena parte de la Edad Moderna, pues no comenzaría
a retirarse hasta la segunda mitad del siglo XVII. Provocada por un
bacilo muy virulento, la peste bubónica vivía en estado endémico en
ratas y otros roedores y era transmitida mediante la picadura de una
pulga específica. Los afectados sufrían una dolorosa inflamación de
las glándulas linfáticas (bubones), acompañada de fiebre alta y otras
manifestaciones; otras veces daba lugar a una forma neumónica o
pulmonar, que se contagiaba por las vías respiratorias. En uno u otro
caso moría un elevado porcentaje de los afectados, que se ha calcu-
lado grosso modo entre dos tercios y cuatro quintos.
El tifus, aunque ya era conocido, se manifestó también de una
forma nueva y mucho más agresiva desde finales del siglo XV, per-
maneciendo en Europa hasta las guerras napoleónicas. Su aparición
tuvo lugar, al parecer, en el sitio de Granada, contagiado por solda-
dos procedentes de Chipre, donde era una enfermedad endémica.
Se trataba del tifus exantemático o petequial, causado por un micro-
bio transmitido por un piojo parásito del hombre. A diferencia de la
peste, cuya difusión era independiente de que hubiera o no una si-
tuación previa de dificultades alimenticias, el tifus se veía favorecido
por la malnutrición, la miseria, la suciedad o el hacinamiento, hecho
que lo vinculaba a carestías y guerras y explica su incidencia en los
lugares en que se acumulaba gente con escasas condiciones higiéni-
cas (ejércitos, cárceles, hospicios, hospitales .. .). Provocaba la muerte
aproximadamente en el 20 por 100 de los casos. Otras enfermedades
que dieron lugar a epidemias en la Edad Moderna fueron la viruela,
la sífilis, el sarampión, la difteria (conocida en España como garroti-
llo), la gripe o el paludismo (tercianas).
La mortalidad catastrófica hacía desaparecer altos porcentajes de
la población, llegando en algún caso a la cuarta parte de esta, un ter-
cio e incluso más, pues junto a las víctimas habría que contar a quie-
nes huían temporal o definitivamente. Aunque algunos especialistas,
extrapolando resultados locales o regionales, defienden porcentajes
aún mayores, se considera que la terrible epidemia de peste iniciada
El régimen demográfico antiguo 41

en 1348 eliminó, en menos de tres años, unos 25 millones de perso-


nas sobre una población europea que apenas superaba los 80, y aún
rebrotaría en diversas zonas durante los años siguientes. Tales desas-
tres provocaban asimismo la desorganización del sistema produc-
tivo (campos abandonados o destruidos, cosechas perdidas), con las
consiguientes consecuencias a corto y medio plazo, causando una
muesca característica sobre la pirámide de edades, al incidir espe-
cialmente sobre lactantes, niños y adolescentes, por lo que su huella
negativa permanecía durante décadas.
Afame, peste et bello, libera nos Domine, rezaba una jaculatoria
de origen medieval, y ciertamente era así, con la particularidad de
que esos tres jinetes del Apocalipsis solían cabalgar juntos, unidos
a un cuarto inseparable, la muerte. La repetición de las malas cose-
chas debilitaba unos organismos que, en muchas ocasiones -sobre
todo entre los sectores populares mayoritarios- solían estar mal ali-
mentados, haciéndolos más propicios a la enfermedad y el contagio.
De forma inversa, la difusión de una epidemia reducía la capacidad
de una población para el trabajo, lo que incrementaba las posibili-
dades de que la cosecha fuera peor de lo que hubiera podido espe-
rarse. Obviamente, además de la mortalidad y los daños que provo-
caba a las personas, la guerra -una actividad habitual, mucho más
frecuente que los escasos periodos de paz- tenía un efecto demo-
ledor para la actividad económica de las zonas a las que afectaba de
forma más inmediata: reducción del número de brazos por los re-
clutamientos, paso y alojamientos de los ejércitos, interrupción del
cultivo, destrucción de los campos cultivados, requisas ... Al propio
tiempo, su Íl1cidencia negativa sobre la higiene -y en algunos casos
también sobre la alimentación- facilitaba la aparición y difusión de
enfermedades contagiosas.
La reacción frente a los contagios, y especialmente contra la
peste, se repetía de forma sistemática, sobre todo en las ciudades
donde sus efectos eran mayores. La 'm edicina carecía de remedios
y algunos de los que se proponían no solo eran ineficaces sino, en
ocasiones, nocivos. Entre ellos estaban la triaca magna , que admi-
tía diversas fórmulas en las que entraban componentes tan extraños
como mirra o carne de víbora hembra, y cuya elaboración formaba
parte de rituales esotéricos. Otras pócimas del estilo eran el llamado
vinagre de los cuatro ladrones o la piedra bezoar. La mejor defensa ..
era huir, cosa que pocos lograban, pues pronto se establecían rígi-
dos cordones sanitarios. Las ventanas y puertas de las casas de los
afectados se clausuraban, condenando a veces a la911uerte a perso-
nas sanas que se hallaban en su interior. En ocasiones desaparecían
42 Luis Ribot

familias enteras. Se hacían hogueras para quemar a los muertos y


sus ropas, junto a otras para quemar productos que se pensaba que
purificarían el aire, al tiempo que se incrementaba la advocación a
los santos protectores, como san Roque o san Sebastián, y se exci-
taba el odio contra minorías y extranjeros, a quienes se solía acusar
de envenenar el agua o el aire. En esa confusa mezcla de medidas
preventivas, supersticiones, xenofobia o antisemitismo, la idea del
aislamiento era la única acertada y eficaz, dado el carácter infecto-
contagioso de tales enfermedades, y en particular la peste. Gracias
al aislamiento se logró al menos frenar su expansión. Pronto se em-
pezó a exigir a los navíos patentes de sanidad que certificasen que
procedían de puertos no sospechosos, medida que se extendería
también al tráfico terrestre.

Una vida corta y difícil

El corolario de todo lo dicho hasta aquí era la escasa esperanza de


vida, que podía situarse al nacimiento entre 25 y 35 años, con una li-
gera ventaja de las mujeres sobre los hombres (en 2014 en España se
situaba en 86,2 y 80,4, respectivamente). En dicha media influía, ob-
viamente, la altísima mortalidad infantil (en el primer año de vida) ,
que afectaba a una cuarta parte de los nacidos. También la de los pár-
vulos, otra cuarta parte que moría antes de alcanzar los diez años.
Solo uno de cada cuatro nacidos llegaba a una edad avanzada (cua-
renta o cincuenta años) , considerándose anciano a alguien de sesenta,
lo que no quiere decir que no hubiera personas con edades aún más
elevadas, aunque fueran porcentualmente poco significativas.

Mortalidad infantil
(periodo anterior a 1750)
Número de localidades Muertes por cada
País
estudiadas 1.000 nacidos
Alemania 8 154
Escandinavia 2 224
España 2 281
F rancia 33 252
Inglaterra 18 187
Suiza 2 283
Fuente: Michael W. FLJN N, El sistema demográfico europeo, 1500-1820, Bar-
celon a, C rítica, 1989, p. 3 1.
El régimen demográfico antiguo 43

De esta forma, se puede observar que las pirámides de edades del


Antiguo Régimen son triángulos puntiagudos de base muy ancha, en
los que se perciben las huellas de la frecuente mortalidad catastró-
fica sobre determinadas cohortes de edades. Prácticamente la mitad
de la población tenía menos de veinticinco años. La tasa de depen-
dencia de aquellas poblaciones -es decir, la ratio entre individuos
inactivos y activos, siendo los primeros los menores de quince años o
mayores de sesenta y cuatro, y los segundos las personas en edad de
trabajar, entre quince y sesenta y cuatro años- era similar a la actual
(en 2013 en la Unión Europea era de51,32 por 100), pero en ella los
menores de quince años suponían casi el 90 por 100 -actualmente
entre el 65 y el 70 por 100- mientras que los mayores de sesenta y
cuatro años tenían un peso mucho menor que en la actualidad. El
problema, como señala Carlo Cipolla, era que la baja productividad
hacía difícilmente soportables tasas de dependencia del 50 o 60 por
100, lo que llevaba con frecuencia al trabajo de niños, ancianos, mu-
jeres embarazadas, etc.
Los niños eran especialmente sensibles a infecciones digestivas
en el verano y a enfermedades contagiosas en el invierno (saram-
pión, tosferina) y eran también más susceptibles al contagio de la vi-
ruela. La mortalidad infantil era muy elevada entre los niños expó-
sitos internados en hospicios, donde llegaron a alcanzarse cifras del
80 o 90 por 100 de fallecidos antes de los seis años. La mortalidad
era asimismo frecuente entre las mujeres en edad fértil, un porcen-
taje importante de las cuales moría en el parto o como consecuen-
cia de él. Como decía un refrán francés: Femme grosse a un pied dans
la/osse (mujer embarazada tiene un pie en la fosa). La frecuencia de
viudos y viudas hacía que fueran numerosas las segundas nupcias y
también que solo dos tercios de las familias que se formaban llegaran
a ser familias completas, término que utilizan los demógrafos para re-
ferirse a aquellas en las que ambos cónyuges permanecen vivos du-
rante todo el periodo fértil de la mujer.
En contra de lo que muchas veces se ha creído, la media del nú-
mero de hijos no era excesiva. Influían en ello la reducción de la
edad fértil como consecuencia de la mala alimentación y el enve-
jecimiento prematuro, así como la pérdida, a los efectos de la pro-
creación, de los años previos al matrimonio o los posteriores a la
muerte temprana del marido en los casos en los que la viuda no
contraía nuevas nupcias. La edad del primer matrimonio era rela-
tivamente tardía: veinticinco o veintiséis años las mujeres y entre
veintiocho y treinta los hombres entre mediados del siglo XVII y me-
diados del XVIII, pero se trata obviamente de medias. La realidad va-
44 Luis Ribot

riaba en cada territorio, dependiendo sobre todo de las circunstan-


cias de acceso a la herencia y la propiedad familiar. En la España
del siglo XVIII, por ejemplo, variaba mucho entre el norte -más ele-
vada- y el sur, pero la media de acceso al primer matrimonio era
claramente inferior a la que hemos dado para Europa: veintitrés
años para las mujeres y veinticinco para los varones. Según Pierre
Chaunu, la tardía edad del matrimonio de las mujeres en la Europa
Occidental -si se la compara con el resto del mundo en que solía
realizarse apenas superada la pubertad- era la respuesta iniciada en
el siglo XIII a un mundo lleno, una forma de prevenir el crecimiento
de la población por encima de los recursos disponibles. El periodo
de fecundidad efectiva de la mujer (aproximadamente hasta los cua-
renta años) no duraba así más de quince años, y la media de hijos
por familia completa se situaba en torno a siete. Teniendo en cuenta
las familias que se deshacían antes, la media de hijos por mujer ca-
sada descendía a cinco.
Entre el 10 y el 20 por 100 de las mujeres permanecían célibes,
bien fuera de forma voluntaria o forzosa, lo que supone una tasa re-
lativamente alta. Como señalara Cario Cipolla, a diferencia de las so-
ciedades orientales, que lo condenaban, Europa apreciaba amplia-
mente el celibato tanto masculino como femenino. Por otra parte, no
puede desecharse la existencia de controles de la natalidad en el seno
de algunos matrin1onios, sobre todo entre sectores de la burguesía
urbana. En sociedades orientales como China o Japón, el aborto o el
infanticidio se utilizaban habitualmente como formas de hacer frente
a las dificultades económicas, pero también existían en Europa. Aun-
que no se puede afirmar que dicha práctica alcanzara nunca en las
poblaciones europeas la dimensión que llegó a tener en las orienta-
les, los hospitales de expósitos o inclusas -propios del mundo cató-
lico-, y concretamente el torno, que favorecía el abandono anónimo
de los hijos, se instauraron precisamente con la intención de prevenir
o disminuir los casos de infanticidio, que en el siglo xvn era el delito
capital más común juzgado por el Parlamento de París.
Otra de las ideas erróneas afecta a los hijos habidos fuera del ma-
trimonio, o ilegítimos, cuya proporción era en realidad bastante re-
ducida, con tasas entre el 1 y el 5 por 100, algo más altas en las ciu-
dades. No obstante, hay que hacer dos matizaciones. Por un lado,
eran frecuentes los hijos antiápados, concebidos antes del matrimo-
nio pero legitimados pronto ante la presión del entorno y de la Igle-
sia, que obligaba a casarse a la embarazada con el presunto padre.
Por otro, muchos de los recluidos en los hospicios no eran ilegíti-
mos, sino abandonados por padres que no podían mantenerlos.
Et régimen demográfico antiguo 45

Las ciudades

Otra de las características de la población europea en los tiem-


pos modernos es el auge de la ciudad, llegando a constituir en ciertas
áreas una red urbana cuya existencia suponía un requisito impres-
cindible para el desarrollo del capitalismo. Las ciudades son el ele-
mento motor de los procesos de crecimiento económico y social. En
ellas actúan los agentes económicos que controlan tanto las manu-
facturas como el comercio a gran escala. Son también los principa-
les centros del consumo que estimula la demanda, los lugares en que
confluyen capitales y rentas y la sede de las principales instituciones.
La vida urbana tenía algunas ventajas para los más necesitados, y en-
tre ellas la mayor libertad, el menor peso en general de la fiscalidad
directa o la mejor organización de la asistencia y la caridad, pero im-
plicaba también riesgos, el principal de los cuales era que la con-
centración de personas en las precarias condiciones higiénicas de la
época las convertía en focos naturales de enfermedades infecciosas,
lo que elevaba la mortalidad.
Ahora bien, ¿qué entendemos por ciudad?, ¿cuál es el umbral
o cifra mínima de habitantes que nos permite conferir a una deter-
minada localidad la categoría urbana? La cuestión es compleja y los
usos terminológicos de la época no nos aclaran demasiado. El nom-
bre de ciudad se concedía en muchos casos como una categoría o
distinción. Valladolid lo recibió de Felipe II, que había nacido en
ella, en una fecha tan tardía como 1595, tiempo después de sus me-
jores años en los que había sido la sede más frecuente de la corte
hasta el traslado de esta a Toledo (1559) y dos años después a Ma-
drid. La concesión, en este caso, era una especie de compensación,
y resulta curioso que Madrid, pese a su capitalidad, que la llevaría a
convertirse ya desde finales del siglo XV1 en la ciudad más poblada
de España, no fuera elevada nunca a dicha condición, siendo toda-
vía hoy una villa. Otro caso parecido es el de La Haya, sede del go-
bierno neerlandés, que no recibiría oficialmente el título de ciudad
hasta el siglo XIX. Bastante más frecuente era la situación contraria,
pues muchas localidades en toda Europa eran conocidas como ciu-
dades pese a su escaso tamaño e importancia. El nombre pues, no
nos dice demasiado.
La clave de lo urbano está más bien en las actividades que se rea-
lizan. Jan de Vries señala cuatro criterios básicos para distinguir una
ciudad: población, densidad demográfica, proporción de las activi-
dades no agrícolas y diversificación de la estructura productiva. Para
46 Luis Ribot

ser considerada ciudad, una localidad tiene que alcanzar una posi-
ción elevada en cada uno de los cuatro criterios. Así, un gran asen-
tamiento minero cumpliría con los tres primeros, pero no con el
cuarto, lo que obligaría a excluirlo. El problema, sin embargo, ra-
dica en el punto en el que se establece la frontera con el mundo ru-
ral, y para ello, en un análisis comparativo del conjunto de Europa,
el mejor indicador del que disponemos es, pese a su imprecisión fre-
cuente, el de las cifras de población absoluta. ¿Cuál sería la pobla-
ción mínima? ¿ 12.000? ¿ 10.000? ¿5 .000 o incluso un número menor
de habitantes? La cuestión es compleja, aunque resulta evidente que
el carácter urbano es más claro a medida que aumentamos el um-
bral pues, como advierte Massimo Livi Bacci, el riesgo de rebajarlo
demasiado es incluir poblaciones con un alto grado de ruralidad y
una menor especialización funcional, con la consecuencia de diluir
el concepto de ciudad o de población urbana. Por otra parte, la idea
de red urbana implica la existencia, junto a los centros más pobla-
dos, de una serie de poblaciones menores, la mayoría de las cuales
se situarían en umbrales bajos, pero que desarrollaban actividades
como la comercialización y distribución de productos agrícolas, di-
versos tipos de producción manufacturera, así como funciones ad-
ministrativas, religiosas o educativas.
CAPÍTULO 2
LA ECONOMÍA DE SUBSISTENCIA

En un sistema económico en el que las predominantes estruc-


turas medievales conviven con los avances del naciente capitalismo
-hecho que ha llevado a la historiografía marxista a hablar de tar-
dofeudalismo o feudalismo tardío-, la población europea -con
la excepción de un grupo porcentualmente reducido- no podía
plantearse otras aspiraciones económicas que las de la mera subsis-
tencia. La alimentación básica era el objetivo prioritario de la acti-
vidad productiva en unas sociedades predominantemente agrarias,
en las que el principal medio de producción, la tierra, estaba abru-
madoramente en manos de los grupos dominantes. Aparte de co-
mer, la subsistencia implicaba otras dos precisiones elementales,
impuestas ambas por las características climáticas del espacio eu-
ropeo: vestirse y tener una vivienda. Estas tres necesidades deter-
minaban las funciones esenciales de la actividad económica: la pro-
ducción agrícola y ganadera de los artículos que componían la dieta
imprescindible: cereales, vid y algún ganado doméstico que propor-
cionara huevos, leche y carne; una artesanía textil basada en lama-
teria prima disponible (fundamentalmente lana), y una serie de ofi-
cios dedicados a la construcción, que trabajaban materiales como
la madera, la arcilla, la paja o la piedra. Si observamos el catálogo
de actividades económicas de cualquier localidad campesina, en-
contraremos siempre una mayoría de gentes dedicadas al cultivo o
a la cría de ganado, oficios textiles (hiladores, tejedores, sastres ... ),
carpinteros y albañiles. La actividad económica más elemental exi-
gía también la existencia de gentes que trabajaran los metales, par-
ticularmente el hierro (herreros) que se utilizaba para los aperos de
labranza, el herrado de las caballerías, la construcción, y usos di-
versos; de otros que trataran las pieles de los animales, que servían
tanto para el vestido como para otras muchas cosas; de expertos ca-
48 Luis Ribot

paces de hacer cuerdas, serones y otros enseres con fibras textiles


como el cáñamo o el esparto, etc.
La subsistencia no requería mucho más, lo que no implica que no
hubiera, aquí y allá, otras actividades orientadas hacia un consumo
menos forzoso, tal vez incluso de cierto lujo, aunque estas -cuando
se daban- solían requerir un mercado más dilatado que el mera-
mente local. Por lo demás, la producción específica tanto de la agri-
cultura como de la ganadería se adaptaba a las características de los
suelos, la altitud o el clima, lo que daba lugar a la existencia de cul-
tivos o crías ganaderas específicas. Existía una variada tipología de
cereales, de mayor o menor capacidad alimenticia pero impuestos
por las condiciones naturales, pues no todas las regiones eran pro-
picias para el trigo y era necesario asimismo cultivar cereales para la
alimentación del ganado. En el entorno del Mediterráneo era impor-
tante el olivo y, aunque en zonas más restringidas, productos arbó-
reos como los frutos secos o la morera. En los climas más húmedos
y fríos del norte era frecuente el cultivo del lúpulo para la obten-
ción de la cerveza. También plantas destinadas a la elaboración tex-
til como el lino y el cáñamo (en el noroeste europeo, los Países Bajos
o el Báltico). Los ganados variaban igualmente, distinguiéndose en
general las zonas de vacuno, dominante en el norte y en tierras altas
y húmedas, de las de ganado ovino, propio de climas más cálidos y
áridos. En fin, la lista de variedades pudiera ser mucho más amplia,
pero lo que nos interesa señalar es cómo la orientación esencial hacia
la subsistencia se adaptaba a las condiciones de cada espacio geográ-
fico pues, al igual que la demografía, la actividad económica depen-
día de forma muy estrecha de la naturaleza.
Existían así, en todas las localidades rurales, una actividad prima-
ria (agrícola o ganadera, frecuentemente mezcladas ambas) y una ac-
tividad artesanal claramente preindustrial. Pero, ¿qué ocurría con los
intercambios? El reducido papel del comercio responde también a
las características de una economía de subsistencia. Hay que tener en
cuenta que el transporte y la comunicación eran sumamente difíciles,
lo que ampliaba enormemente las distancias. Apenas había caminos
construidos, en cuya técnica no se había avanzado nada desde las cal-
zadas romanas, algunas de las cuales -o partes de las mismas- se-
guían utilizándose. El transporte terrestre era sumamente dificultoso,
y se encarecía por los peajes, pontazgos y otros derechos de paso. El
coste de los productos comercializados se incrementaba en razón di-
recta de la distancia a la que hubieran de llevarse. Más rápido -me-
nos costoso, por tanto- era el transporte fluvial, por ríos y, en me-
nor medida, canales construidos. Pero la palma de la rapidez, hasta
La economía de subsistencia 49

la llegada del ferrocarril en el siglo XIX, se la llevaba el transporte ma-


rítimo. La mayoría de los artículos comercializados a larga distancia,
incluidos en su última etapa los procedentes de las rutas de carava-
nas terrestres de Asia y África que abocaban a los puertos del Medi-
terráneo, viajaban por vía marítima, lo que nos explica la in1portan-
cia de los puertos no solo de cara al abastecimiento en momentos de
dificultades alimenticias, sino también por el estímulo que supusie-
ron los más importantes de ellos para el desarrollo urbano y las con-
secuencias culturales que tuvo el hecho de que fueran los lugares me-
jor conectados. No deja de ser curioso, por ejemplo, que Cádiz, la
ciudad más meridional de España y la más cercana a África, fuera en
el siglo XVIII la mejor conectada con Europa y la primera que recibe
las novedades provenientes de ella.
Según la teoría de los círculos de comunt'cación propuesta por
Pierre Chaunu, con la excepción de las ciudades, dotadas de un
consumo más diversificado, más del 90 por 100 de lo que consumía
la mayor parte de los campesinos procedía de un círculo de cinco
kilómetros en torno, que Bartolomé Bennassar amplía a dos o tres
leguas, lo que supone aproximadamente el doble de lo calculado
por Chaunu. Tal vez el porcentaje sea algo elevado, pero sirve para
darnos una idea del enorme peso del autoabastecimiento. Dicho
círculo era la propia comunidad o parroquia en que vivía el cam-
pesino, y de la que procedía también su cónyuge. Algunos produc-
tos, generalmente secundarios en orden a la subsistencia, llegaban
de más lejos, de un ámbito económico de dimensiones variables que
puede corresponder grosso modo con la comarca, la región, la bai-
lía o la senescalía en Francia, o el condado en Inglaterra. De este se-
gundo círculo, el campesino obtenía un 9 por 100 de su consumo,
proveniente del mercado, la feria comarcal o la ciudad cercana, en
un radio de entre veinte y cuarenta kilómetros en el que el trans-
porte apenas encarecía el precio de los artículos. Solo el 1 por 100
restante -destinado generalmente a gentes con mayor capacidad
de consumo- correspondería a un comercio de más larga distan -
cia, reservado a productos lo suficientemente valorados como para
resistir en su precio el fuerte incremento derivado del transporte.
Tales porcentajes relativos al consumo podrían servir también para
la producción, pero en cualquier caso es necesario aplicar con pru-
dencia tales magnitudes. La progresiva especialización productiva
de algunas regiones, tanto en cereales, seda y otros bienes, como en
ganado, paños, manufacturas de hierro u otros productos artesana-
les, hubo de ampliar necesariamente la proporción del mercado a
media o larga distancia. Por otra parte, la coyuntura también modi-
50 Luis Ribot

ficaba las cosas, pues en momentos de dificultades alimenticias era


necesario traer cereales desde lejos, frecuentemente subvenciona-
dos por las autoridades locales para evitar una excesiva repercusión
en su precio de tales costos.

Producción, explotación e intercambios

La economía de subsistencia impedía la especialización agrícola,


en la medida en que, con un comercio tan reducido y costoso, nin-
gún núcleo podía prescindir de cultivar cualquiera de los artículos
básicos, o de criar las especies ganaderas indispensables. Cada nú-
cleo económico -de extensión variable, dependiendo también de la
geografía: una o varias localidades, una pequeña comarca ... - tenía
que producir prácticamente cuanto necesitaba para subsistir. Aun-
que los terrazgos (terrenos agrícolas) de muchos de ellos no fueran
propicios para el cereal, no tenían más remedio que dedicar a él una
parte importante de los mismos. El trigo -sobre todo sus mejores
variedades- solo se daba bien en determinadas regiones, pero como
las otras no podían prescindir del cereal, recurrían a calidades infe-
riores o a cereales de menor valor nutritivo, algunos de los cuales se
destinaban habitualmente a la alimentación del ganado: cebada, cen-
teno, mijo, avena, escanda, alforfón ... En muchos casos se panifica-
ban mezclas diversas o se molían leguminosas para obtener harina.
Algo parecido ocurría con el vino -o la cerveza-, cuyas calorías re-
sultaban también imprescindibles. Se ha señalado la diferencia entre
la Europa mediterránea, que dispone de trigo candeal y de vino, y la
del norte, de pan negro, pero en la que la dieta incluía una mayor can-
tidad de productos animales gracias a la extensión de la pradera. En
las zonas que podían irrigarse, junto a ríos y cursos de agua, era posi-
ble una agricultura intensiva, en la que hortalizas y frutales suminis-
traban un importante complemento en la nutrición.
La dieta alimenticia, las precisiones de la subsistencia, el trabajo
agrícola y el transporte exigían a las comunidades locales contar
con un ganado doméstico cuyas especies variaban de acuerdo con
las condiciones naturales. Por una parte aves (gallinas, patos, palo-
mas o pavos), que aportaban huevos y carne, así como conejos y, con
frecuencia, otros animales como las abejas, que no entran en las ca-
tegorías ni de ganado ni de doméstico, pero que aportaban un ali-
mento tan importante como la miel. También algún cerdo para la
matanza, y sobre todo el ganado que proporcionaba los imprescin -
dibles productos lácteos: ovejas y cabras, especialmente en el espa-
La economía de subsistencia 51

cío mediterráneo y en las mesetas, y vacas, que abundaban sobre


todo en las zonas más húmedas del Atlántico. Los cerdos, muy ex-
tendidos, aportaban, además de su carne, otras muchas cosas, entre
ellas la manteca, especialmente necesaria en territorios donde no se
disponía de aceites vegetales como el de oliva. A la ganadería cuya
finalidad era exclusivamente alimenticia había que unir los animales
necesarios para el trabajo y el transporte: caballos, asnos o híbridos
(mulas), aunque en algunas zonas -sobre todo las de predominio
del vacuno-- tales funciones las hicieran los bueyes. La presencia de
una u otra especie venía marcada sobre todo por el clima y las posi-
bilidades de alimentarla. Así como el ganado bovino requería prade-
ras, el ovino se adaptaba mejor a la utilización de barbechos y rastro-
jos, y los caballos se alimentaban de paja y algunos cereales menores
como la cebada o la avena.
Dejando a un lado la trashumancia, a la que nos referiremos más
adelante, la mayoría del ganado no salía del ámbito local y, al igual
que las personas, tenía que alimentarse con los recursos del propio
lugar. Ello hizo que, en toda Europa, además del empleo para pas-
tos de zonas de utilización comunal, las normas jurídicas que regu-
laban el uso de la tierra limitaran fuertemente la propiedad privada,
por medio de instituciones como la derrota de mieses castellana o el
ramoneo de las cepas, que obligaban a los propietarios a permitir el
paso del ganado a sus tierras agrícolas una vez levantada la cosecha.
Ello no dejó, sin embargo, de provocar tensiones. Al igual que los hu-
manos, la alimentación del ganado era precaria, lo que incidía negati-
vamente tanto en la calidad de su carne y otros productos como en la
de su fuerza de trabajo; por otra parte, se veía también sometido a en-
fermedades y epidemias, que en ocasiones provocaban grandes mor-
tandades, con la consiguiente pérdida para sus dueños.
El aprovechamiento de los montes comunales permitía a los ha-
bitantes de cada lugar proveerse de otros alimentos y bienes -se-
tas, hierbas, leña-, así como las posibilidades que pudieran ofre-
cer, en su caso, la caza y la pesca fluvial. Especial importancia
tuvieron en ciertas zonas las castañas, que llegaron en ocasiones a
sustituir al cereal. La explotación esencialmente parasitaria del bos-
que, característica del Antiguo Régimen, hizo que su existencia se
viera seriamente comprometida cuando la población crecía. Lama-
dera no era solo el principal combustible, sino la materia prima
esencial de viviendas, barcos, muebles y otros muchos enseres, lo
que llevó en la mayor parte de los casos a talas indiscriminadas. En
Italia, buena parte del bosque desapareció ya entre los siglos XI y
XIII, por lo que las casas hubieron de hacerse con ladrillos, piedra y
52 Luis Ribot

otros materiales. En Francia, entre 1500 y 1650 se redujo del 35 al


25 por 100 del territorio, y en Inglaterra desapareció prácticamente
en los siglos XVI y XVII.
En las comunidades marítimas la pesca suponía un importante
complemento alimenticio, además de permitir la comercialización
de una parte de las capturas. Cuando esta se hacía a cierta distan-
cia, era necesario tratar previamente el pescado por procedimien-
tos como la conservación en sal o la deshidratación. En el mundo
católico, la prohibición de comer carne en los periodos de vigilia
hacía que el pescado llegara prácticamente a todas las comunida-
des campesinas.
En el artesanado ocurría algo similar. Los artículos más directa-
mente relacionados con la subsistencia habían de trabajarse por do-
quier, pues si su disponibilidad dependiera del comercio exterior no
solo costarían más, sino que podrían darse peligrosas situaciones de
desabastecimiento. Para el intercambio o la compra de productos
existía el mercado local, que solía celebrarse un día concreto de la se-
mana, de acuerdo con tradiciones que, en muchos casos, han llegado
hasta nosotros. Había también mercados regionales y otros de ma-
yor alcance, hasta llegar a los grandes mercados o ferias de localida-
des como Lyon, Besanc;on o Medina del Campo, que se celebraban
en fechas precisas, una o dos veces al año, con la participación de co-
merciantes de diversos países. Ya desde la Baja Edad Media se habían
convertido en uno de los principales focos de la actividad mercantil
europea, propiciando el desarrollo de instrumentos capitalistas como
la letra de cambio, los bancos o los seguros. Pero el brillo e importan-
cia de tales novedades no debe ocultarnos la realidad de que la gran
mayoría de las gentes vivía al margen, en el seno de una economía de
subsistencia, prácticamente idéntica a la de sus antepasados durante
muchas generaciones y a la que vivirían sus descendientes.
Especial interés tenía la cría de ganado trashumante. En las
abundantes tierras incultas o pobres del entorno del Mediterráneo
había diversos ejemplos, como la Mesta castellana o las existentes
en el sur de Italia, que efectuaban largos desplazamientos estaciona-
les en busca de pasto para las ovejas. Pero la trashumancia afectaba
también al ganado vacuno en amplias zonas del este y el norte de
Europa, como Hungría, Rusia o Lituania. Todos los años los pasto-
res llevaban los bueyes a lo largo de las dilatadas rutas terrestres que
unían estos territorios de cría con los pastos de engorde. Había tam-
bién grandes tráficos de ganado vacuno destinado al mercado, es-
pecialmente importantes durante los siglos XVI y XVII en Dinamarca,
donde la cría de dicho ganado se convirtió en un privilegio de la no-
La economía de subsistencia 53

bleza. El promedio anual era de entre 30.000 y 50.000 cabezas, si


bien dicha cuantía aumentó en la primera mitad del siglo XVII. Según
datos de Jan de Vries, hacia la tercera década del Seiscientos, en su
ruta hacia las Provincias Unidas y Renania, pagaban peaje en Rends-
burg (Schleswig) 60.000 cabezas de ganado danés.

El artesanado y los gremios

El concepto de artesanado es más correcto para el Antiguo Ré-


gimen que el de industria, pues este hace referencia a una actividad
transformadora de las materias primas dotada de cierta compleji-
dad organizativa y tecnológica, así como de un respaldo financiero
de alguna consideración. Antes de la Revolución industrial, sin em-
bargo, la mayor parte de las actividades se desarrollaba de forma ma-
nual, artesanal, con la ayuda de herramientas muy diversas y especia-
lizadas, pero sin la presencia apenas de máquinas, que, en cualquier
caso, no eran demasiado sofisticadas. La energía utilizada era el agua
o el viento, que complementaban los esfuerzos de hombres y anima-
les. La abrumadora mayoría de las unidades productivas eran talle-
res formados por un número reducido de personas.
En el ámbito urbano la plasmación más evidente de la economía
de subsistencia eran los gremios, instituciones de carácter local pro-
cedentes de la Edad Media y cuya finalidad era el control del trabajo
de los diversos talleres dedicados a una determinada actividad arte-
sanal. La mayoría de los ilustrados del siglo XVIII los criticarán fuer-
temente por la rígida reglamentación que establecían, opuesta a la li-
beralización del trabajo y la producción. No entendían, sin embargo,
que, a cambio de tales rigideces, el sistema gremial o guild system
protegía a sus miembros y a los consumidores. Solía haber un gremio
por cada oficio, encabezado por unas autoridades que se elegían pe-
riódicamente entre los agremiados. Cada gremio poseía sus estatutos,
en virtud de los cuales era potestad suya el establecer las condiciones
para el acceso y la progresión en el oficio, de acuerdo con los tres ni-
veles clásicos de aprendiz, oficial y maestro. Solo estos últimos, tras
superar la prueba que les acreditaba como tales-la obra maestra-,
podían abrir un taller propio, en el que contarían con dos o tres ofi-
ciales y varios aprendices. El gremio fijaba también la cantidad anual
de cada producto y las calidades del mismo, y repartía entre los diver-
sos talleres los cupos respectivos. Por último, establecía los precios
de los diversos artículos. Cada gremio contaba con veedores encar-
gados de vigilar el cumplimiento de cuanto se acordaba. El objetivo
54 Luis Ribot

de todo ello era unificar las calidades y evitar la competencia, garanti-


zando al tiempo el trabajo a todos los talleres y protegiendo al consu-
midor, al que aseguraba la disponibilidad de los productos, el mante-
nimiento de sus calidades respectivas y el control de los precios. En
el mundo rural no había gremios, pues el control del trabajo solo era
necesario allí donde coincidían varios talleres dedicados a una misma
actividad. En las ciudades existían también en ocasiones algunas acti-
vidades no agremiadas, aunque no era la norma. A veces eran oficios
minoritarios, cuyo escaso número de practicantes no había dado lu-
gar a la constitución de un gremio.
El sistema gremial era lo más opuesto al naciente sistema capita-
lista, por lo que quienes aspiraban a obtener mayores beneficios tra-
taban de saltarse sus prohibiciones recurriendo, como hicieron algu-
nos fabricantes de paños, a llevar el trabajo al mundo rural, al que
no llegaban los gremios. Algunos de ellos, como sabemos para Sego-
via ya en el siglo XVI, eran trabajadores agremiados en la ciudad. Se
trata del llamado verlagssystem, putting-out-system o sistema domés-
tico, en el que un mercader-empresario -uno de los primeros agen-
tes del incipiente capitalismo-- reparte entre campesinos del entorno
la materia prima (frecuentemente lana) y a veces las herramientas, y
se encarga después de controlar la producción, pagar al campesino
cuando se la entregaba y comercializar el producto final. El sistema
no tenía otros límites que la capacidad de acción del promotor y el
riesgo que fuera capaz de asumir. A diferencia de los gremios, nadie
le imponía ni los salarios que había de pagar, ni las cantidades quepo-
día manufacturar, ni la calidad de los productos, ni los precios fina-
les. Era el nuevo mundo capitalista, sin restricciones a la iniciativa in-
dividual movida por el afán de lucro. El verlagssystem procede de la
Baja Edad Media y se incrementa en el siglo XVI, aunque su época de
esplendor fueron los siglos XVII y XVIII. No solo ofrecía ventajas para
el mercader-empresario, sino también para el campesino, a cuya eco-
nomía aportaba un complemento salarial. Los muchos periodos de
descanso existentes en las faenas agrícolas le facilitaban la dedicación
a tal actividad, pero en muchos casos eran las mujeres quienes reali-
zaban la tarea artesanal, particularmente en trabajos como el hilado.

La productividad

En la Europa moderna no se conocían los conceptos actuales


de oferta y demanda, lo cual no quiere decir que la economía no se
comportara de acuerdo con ellas. Las variables que nos permiten va-
La economía de subsistencia 55

lorar ambos elementos no se modificaron sustancialmente. Los in-


crementos de la población crearon problemas coyunturales pero no
aumentaron la demanda de forma permanente. El nivel de ingre-
sos tampoco lo hizo, por culpa en buena parte de la concentración
de la riqueza en pocas manos. La misma estabilidad básica afectó a
los factores de producción (trabajo, capital y recursos naturales) y
a la productividad. La consecuencia, como señalara Carlo Cipolla,
es que los límites estructurales de la oferta y la demanda -dejando
a un lado las variaciones coyunturales- no se ampliaron sensible-
mente desde la Edad Media hasta la Revolución industrial. En el te-
rreno económico hubo también unas permanencias estructurales o
de larga duración.
Tanto la agricultura como la actividad artesanal tenían una pro-
ductividad escasa. En el primer caso influían en ello la fuerte depen-
dencia de la naturaleza, la pervivencia de instrumentos y técnicas de
cultivo arcaicas, la escasez de abonos, las estructuras de la propie-
dad y exacción del producto campesino, la escasa o nula capitaliza-
ción o la propia orientación a la subsistencia. En el sector secundario,
y salvo algunas excepciones que pudiéramos considerar protoindus-
triales, influían también algunos de los elementos citados para la agri-
cultura, especialmente los dos últimos, pues el taller familiar, con ins-
trumentos de trabajo manuales en cuyo uso era decisiva la habilidad
del operario, apenas requería inversión en capital, al tiempo que el
sistema gremial frenaba los posibles cambios. Como señalara Pie-
rre Léon, tanto en la agricultura como en la manufactura, la natura-
leza había conservado las cadencias. Las operaciones eran largas y los
procedimientos, empíricos y rutinarios, implicaban elevados consu-
mos de material, mano de obra y tiempo. El desempleo estacional era
habitual como consecuencia de la falta de aprovisionamientos, la se-
quía o el propio ritmo de trabajo de los campos. Los rendimientos
eran débiles y la calidad de los productos desigual.
Especialmente significativa era la baja productividad de la tierra
de secano, que, a falta de la aportación artificial de agua -como en
los escasos regadíos, en los que se practicaba un cultivo intensivo-
y de abonos que pudieran proporcionarle las sustancias que perdía
con su explotación, solo podía recuperarse permaneciendo sin culti-
var durante uno o más años. Esta necesidad había llevado a las tierras
agrícolas de toda Europa a introducir el sistema de barbecho, por el
que el terreno cultivable se dividía en dos hojas (lo que en Castilla se
llamaba sistema de año y vez) -o en más si la baja calidad de la tie-
rra así lo exigía- de forma que solo en una de ellas se plantaba, per-
maneciendo la otra -u otras- inculta, tal vez arada pero sin cultivo,
56 Luis Ribot

si bien su pasto servía para la alimentación del ganado, lo cual con-


tribuía de paso a abonar las tierras. En la Europa del sur o en las zo-
nas más frías del norte predominaba la rotación bienal (cereal, bar-
becho), frente a la trienal frecuente en las llanuras del norte y centro
del continente, en que se plantaba cereal de invierno en una tercera
hoja. En lugares particularmente aislados, como Cerdeña, o periféri-
cos, como los bosques de Finlandia, Rusia y algunas zonas de Polo-
nia, se practicaban técnicas aún más arcaicas como la incineración de
un determinado espacio para cultivarlo durante unos años.
El barbecho reducía el espacio cultivable a más de la mitad del
que se destinaba a la agricultura, a lo que habría que añadir que no
todas las tierras resultaban aptas para el cultivo. Buena parte de
ellas era pedregosa o de tan poca calidad que no tenía demasiado
sentido introducir en ellas el arado . Estaban además las zonas de
monte bajo, o los bosques -cuando los había-, que proporciona-
ban aprovechamientos distintos y complementarios a los de la agri-
cultura, y entre ellos pasto para el ganado. Medida por unidad de
superficie o por unidad de semilla, la productividad era escasa, aun-
que ofrecía diferencias regionales importantes, debidas en parte al
cuidado que se ponía en su cultivo. Slicher van Bath, que recoge una
amplia tabla de rendimientos, señala las cifras superiores de Inglate-
rra y los Países Bajos, que en ocasiones consiguen entre 8 y 13 gra-
nos de trigo por cada uno sembrado -aunque también menos- en
relación con las de Alemania, Francia y países escandinavos, que ob-
tienen de 3,5 a 8. Pero algunas zonas de Polonia o Hungría-y algu-
nos casos estudiados en Europa occidental- indican rendimientos
inferiores. En tales condiciones, la producción (oferta alimenti-
cia) limitaba fuertemente las posibilidades de crecimiento de la de-
manda (población), lo que imponía unos límites maltusianos al in-
cremento demográfico y nos explica algunas de las crisis periódicas
de abastecimiento.
Ante la imposibilidad de incrementar el rendimiento del cereal,
la única opción existente cuando la población crecía era aumen-
tar la superficie cultivada; es decir, como la tierras que se usaban
de manera habitual eran obviamente las mejores, era necesario cul-
tivar tierras marginales, de peor calidad, que en los primeros años
podían contribuir a satisfacer la demanda en aumento, pero a la
larga se veían afectadas por la ley de los rendimientos decrecientes,
provocando las citadas crisis de abastecimiento. En este sentido, los
periodos de recesión y disminución de la población -también los
posteriores a una fuerte crisis demográfica- permitían un reajuste
que, de alguna forma, lograba un nuevo equilibrio entre población
La economía de subsistencia 57

y recursos. Las tierras peores se abandonaban y la producción no se


veía ya presionada por la demografía. Si todo iba bien, la comuni-
dad campesina podría subsistir, aunque nada la garantizaba que no
hubiera una mala cosecha causada sobre todo por la climatología,
pero también por la difusión de un contagio o -en otros casos-
los efectos de la guerra.
En cuanto a los animales utilizados para el trabajo agrícola, ha-
bía zonas que usaban bueyes y otras que empleaban caballos o mu-
los. Dependía sobre todo de las características de cada espacio,
pues los bueyes precisaban pastos verdes para alimentarse, mien-
tras que los caballos lo hacían con parte de la producción cerea-
lista. Cada uno de ellos ofrecía ventajas e inconvenientes, si bien la
tendencia fue hacia la sustitución de los bueyes por equinos en los
momentos de auge demográfico -como lo fueron los siglos XVI y
xvm- en los que se hacía necesario arar más tierras. No obstante,
tales cambios fueron en muchos casos polémicos, con una abun-
dante producción escrita en pro y en contra.

Manufacturas preindustriales

Pero la economía de subsistencia no agotaba toda la realidad.


Además del verlagssystem, había actividades manufactureras de ca-
rácter protoindustrial, en cuanto que suponían un primer paso hacia
las que habrían de ser las características de las actividades de trans-
formación de materias primas a partir de la Revolución industrial:
separación de capital y trabajo, concentración de los trabajadores en
grandes talleres, incremento del capital, progresiva tecnificación y
mecanización de los utensilios de trabajo ... La energía, sin embargo,
seguía siendo la misma de los siglos anteriores, la más simple: hu-
mana y animal, y las más sofisticadas: acuática y eólica. El vapor no
llegaría hasta los preliminares de la industrialización, en la que ha-
bría de desempeñar un papel esencial.
En unos casos eran las propias actividades las que exigían una
forma distinta de organización del trabajo. Ocurría así en las mi-
nas, aunque hubiera también una minería dispersa, de muy peque-
ñas explotaciones, como por ejemplo la del mineral del hierro en las
provincias vascas. La fundición de cañones o la construcción naval,
cuando se trataba de buques de envergadura, necesitaban también
de grandes instalaciones, costosas y con muchos trabajadores, aun-
que existía también una construcción naval artesana, de pequeña
escala y propia de la economía de subsistencia en los puertos pes-
58 Luis Ribot

queros. Otras veces era la demanda la que marcaba la concentra-


ción de ciertas actividades y la tendencia hacia la especialización de
una determinada zona. La producción de armas para el ejército o
el abastecimiento de madera para los grandes barcos pueden servir
de ejemplo. Los principales agentes de la demanda eran los estados,
bien fuera para abastecer al ejército y la marina, o para impulsar la
economía, como ocurriría a partir del siglo XVII con las manufac-
turas reales. Pero el naciente capitalismo -la búsqueda del bene-
ficio- tenía también una notable capacidad transformadora, que
implicaba cambios en la organización de trabajo. El caso más claro
es el de los mercaderes-empresarios que durante toda la Edad Mo-
derna propiciaron de forma creciente en el mundo rural el llamado
verlagssystem, huyendo de las restricciones impuestas por los gre-
mios en las ciudades.

La moneda

En relación con el reducido papel del comercio estaba la esca-


sez y limitada circulación de la moneda. Me refiero, obviamente, a
la economía de subsistencia, pues la capitalista habría de estimular
ampliamente su circulación, al tiempo que ideaba instrumentos fi-
duciarios, como la letra de cambio, que suplieran sus limitaciones.
La característica principal de la moneda en el Antiguo Régimen era
la existencia de un doble sistema, basado en dos tipos de monedas
metálicas: las de metal precioso (oro o plata), que tenían valor en sí
mismas (valor intrínseco), y las de escaso valor metálico (cobre con
aleación de plata e incluso sin ella) . Las primeras eran las monedas
fuertes o monedas-mercancía, que recibían diferentes valores de
curso legal, pues eran acuñadas en especies distintas en las que varia-
ban la cantidad y la ley (pureza) del oro o la plata. Para evitar proble-
mas era necesario que hubiera un equilibrio entre el valor real (el de
la mercancía constituida por tales monedas) y el de curso legal, pues
si el segundo fuera menor que el primero nadie querría cambiarlas,
con lo que tales monedas se atesorarían, saliendo del circuito mone-
tario. Si fuera mayor, en cambio, la moneda se depreciaría, dado que
no iba a resultar fácil cambiarla a un precio superior a lo que valía en
sí misma. El asunto se complicaba aún más por la existencia de mo-
nedas diferentes en cada reino o país. La moneda de oro o plata que
tuviera un valor intrínseco superior al de curso legal o cambio tende-
ría también a escaparse del espacio para el que había sido acuñada,
ante el atractivo que suponía para los países vecinos cambiarla por
La economía de subsistencia 59

las suyas, equivalentes pero con menor valor intrínseco. La clave de


todo el asunto residía en que la moneda de metal precioso era una
mercancía y, como tal, tenía un valor legal (de curso) y otro real, no
siempre acordes. Las monedas mercancía gozaban además de liber-
tad de acuñación. Cualquiera que tuviera oro o plata podía llevarlo
a una casa de moneda (ceca) y hacer que se lo convirtieran en piezas
de moneda circulantes.
En este sentido, el otro grupo de monedas, las de escaso valor
metálico, eran más modernas, al ser esencialmente fiduciarias. Se
basaban en la confianza que se depositaba en su valor de cambio, lo
mismo que ocurría con las letras y, más adelante, con el papel mo-
neda. En cada reino o territorio existía un sistema monetario par-
ticular, con monedas de ambos tipos, que establecía un cambio le-
gal entre ellas. Naturalmente, las inferiores -llamadas de vellón en
Castilla- se limitaban a los valores menores y se usaban sobre todo
para las pequeñas transacciones, la conocida ya entonces como cal-
derilla, lo que hacía que fueran prácticamente las únicas de que dis-
ponían los sectores populares (siempre dentro de una economía
escasamente monetarizada). La pertenencia a un mismo sistema mo-
netario implicaba, por un lado, que existiera un cambio entre las
monedas de oro, plata y vellón, aunque para obtener una de las dos
primeras fuera necesario dar una buena cantidad de las últimas. Por
otro, que en las compras y pagos entre sistemas monetarios distintos
- las transacciones internacionales- solo fueran admisibles las mo-
nedas de oro o plata.
La multiplicidad de monedas existente -solo en la Francia del
siglo xvu hubo a veces ochenta según Pierre Vilar- y sus valores di-
versos hicieron que, junto a tales monedas reales de oro, plata o ve-
llón, surgieran las llamadas monedas de cuenta o monedas nomina-
les, que no correspondían a ninguna moneda efectiva pero eran una
medida de valor que servía para poner en relación todo el sistema y
también, por tanto, para calcular o contar. Se usaron así diversas re-
ferencias, que solían basarse en monedas ya desaparecidas, como en
Castilla el maravedí y más adelante el ducado (350 maravedíes) para
cantidades más elevadas. Todas las monedas castellanas valían una
determinada cantidad de maravedís y las contabilidades generales
se expresaban en ellos o en ducados. En buena parte de Europa se
usaba un sistema de cuenta de origen carolingio basado en la libra, el
sueldo y el dinero. La primera constaba de doce sueldos y el sueldo
de veinte dineros. En la Edad Moderna habrá diversos intentos no
muy afortunados de crear un papel moneda, que en realidad existía
ya desde el invento bajomedieval de la letra de cambio.
60 Luis Ribot

Comercio y finanzas

El elemento más auténticamente capitalista era sin duda el co-


mercio a gran escala, que requería una inversión de capital e impli-
caba unos riesgos evidentes, a cambio, naturalmente, de la promesa
de grandes ganancias . Pocos productos se prestaban al mismo,
pues su demanda debía ser tal que soportara el incremento de pre-
cio derivado de los altos costes de un transporte lejano. Y era pre-
cisamente esa capacidad de la demanda para afrontar el precio la
que determinaba la distancia, mayor o menor, desde la que podían
traerse los productos. El precio del oro o la plata, por ejemplo, so-
portaba desplazamientos transoceánicos, como también las espe-
cias, la seda, el marfil y otros bienes que ya desde la Edad Media
se traían de Oriente y África. Las necesidades alimenticias hicie-
ron que un bien de consumo tan elemental como el trigo hubiera
de traerse también desde lejos, provocando al tiempo, en el ámbito
agrícola, una especialización similar a la que se daba en ciertas ac-
tividades artesanales, pues la demanda provocó la conversión de
grandes espacios del nordeste de Europa en un formidable granero
destinado a satisfacer las carencias de la Europa occidental. Pero
el comercio a larga distancia de productos agrícolas afectaba sobre
todo a artículos destinados a un elevado nivel de consumo, como el
vino de Burdeos o, ya en el siglo xvm, el de Jerez, lo que indujo asi-
mismo a la especialización vitícola de tales zonas.
El comercio a gran escala era consecuencia de la iniciativa indi-
vidual, pero con frecuencia, a partir de cierto nivel, requería una or-
ganización más compleja. Surgen así asociaciones, que adoptan la
forma de sociedades de distinto tipo. En unos casos, son meras agru-
paciones de comerciantes con sus respectivos capitales. Otras, más
complejas, son sociedades comanditarias, en las que diversas perso-
nas confían a los comerciantes su capital a cambio de una participa-
ción en los beneficios. Muchas de las grandes firmas son de carácter
familiar e intervienen en las principales ferias y centros de intercam-
bio. Desde la Baja Edad Media, las dificultades de utilización de la
moneda metálica (peso, lentitud de circulación ... ) habían hecho sur-
gir instrumentos de cambio basados en el crédito, como la cédula,
obligación o pagaré, que no es sino un reconocimiento de deuda con
compromiso de pago, y, sobre todo, la letra de cambio, una opera-
ción que permitía pagar en plazas y en monedas distintas sin enviar
piezas monetarias, así como operaciones más complicadas que se de-
sarrollarán con el tiempo.
La economía de subsistencia 61

Una de las mejores ilustraciones del mecanismo básico de la le-


tra de cambio es la del dominico Romualdo Coli, autor de un Tra-
tado sobre los cambios publicado en Florencia en 1623. La opera-
ción consistía en que el florentino Pietro (deudor), que tenía que
pagar a Andrea (acreedor o beneficiario) una determinada canti-
dad en la feria de Piacenza, buscaba para ello a Giovanni, un hom-
bre de negocios, al que entregaba el dinero en moneda florentina,
para que este (librador) diera orden por medio de la letra de cam-
bio a otro negociante que se encontraba en dicha feria (librado),
el cual habría de pagar a Andrea en la moneda local. Intervenían ,
pues, cuatro personas y había un pago entre dos localidades distin-
tas sin transferencia de dinero, aunque el conjunto de las operacio-
nes entre los dos operadores, el librador y el librado, habría de ser
objeto de una posterior compensación monetaria. Al utilizarse dos
monedas -lo cual no era un requisito necesario- la letra había de
indicar la medida del cambio entre ellas, que serviría de base para
el mismo y que, como señala Luigi de Rosa, variaba según fueran las
oscilaciones en los costes del transporte o la aseguración, el tiempo
necesario para transferir la suma o el plazo en que se debía pagar.
Por último, tenía que señalar si el pago era inmediato o aplazado y,
en este caso, el plazo previsto.
El comercio y la moneda contaban con un instrumento básico: el
cambio o banco -cuyo nombre proviene del lugar en el que se sen-
taba el cambista en ferias y mercados- y que originariamente defi-
nía a las gentes que realizaban el cambio manual de monedas, admi-
tían y gestionaban depósitos de dinero, hacían pagos por encargo,
traficaban con letras de cambio o realizaban préstamos más o menos
explícitos. Era una más de las actividades de los hombres de nego-
cios, que en tales operaciones percibían y pagaban intereses, aunque
en el mundo católico recurrieran a fórmulas que escondían tales ré-
ditos, ante la necesidad de salvar la prohibición eclesiástica de que
el dinero produjera dinero. A lo largo de la época moderna surgen
distintos tipos de bancos, cuyo campo de actuación se amplia y evo-
luciona, de la misma forma en que lo hacen otras instituciones mer-
cantiles y financieras de carácter capitalista.
CAPÍTULO 3
LA SOCIEDAD ESTAMENTAL

Una cuestión previa para el estudio del orden social del Anti-
guo Régimen es la diferencia de posturas existente entre los historia-
dores sobre la posibilidad de analizar dicho orden sirviéndonos del
concepto de clase creado por la sociología. Aunque su uso está ex-
tendido, lo cierto es que las fuentes históricas de la Edad Moderna
lo desconocen y se expresan en términos distintos a los de las pos-
teriores a la Revolución industrial. No se trata de una mera cuestión
terminológica, dado que las sociedades que analizamos se estructu-
raban a partir de principios diferentes a los de la fortuna y la apro-
piación de bienes materiales que organizan las clases en las socieda-
des contemporáneas. Es evidente que los grupos dominantes solían
ser también los mejor situados de acuerdo con tales criterios, pero
la cuestión no es sencilla, pues, como afirma Ernst Hinrichs, el esta-
mento no es algo aparente que solo oculta las verdaderas relaciones
de clase, sino una unidad real de identificación social en una comu-
nidad definida por la jerarquía, el honor y el prestigio.
La característica esencial de la sociedad del Antiguo Régimen era
su división horizontal en estamentos o estratos superpuestos, proce-
dentes de la vieja división medieval a partir de las tres funciones bá-
sicas entre oratores (clero), bellatores (nobleza) y laboratores (el co-
mún). Los dos primeros grupos, encargados respectivamente del
culto divino y la defensa de la comunidad, habían de ser sustentados
por el tercero, mucho más numeroso, que ocupaba en consecuencia
el estamento o estrato inferior. Si las sociedades contemporáneas se
basan en la igualdad -al menos teórica- de todos ante la ley, en las
sociedades del Antiguo Régimen ocurría exactamente lo contrario.
La ley reconocía y se basaba sobre el principio de la desigualdad de
grupos e individuos. Los dos primeros estamentos, clero y nobleza,
poseían leyes privadas (privata lex), de donde procede el término
64 Luis Ribot

privilegio. Eran los privilegiados. El resto, conocido en Francia


como el tercer estado y en Castilla como el estado llano o el común,
estaba sometido a la ley general, aunque no sería del todo correcto
decir que carecían de privilegios. Aquellas sociedades se estructu-
raban a partir de grupos o colectivos, de forma que la pertenencia
a una u otra colectividad confería situaciones legales distintas. Pese
a no ser privilegiados, los habitantes de un determinado municipio
que gozara de ciertas exenciones (fiscales, de aposentamientos, ho-
noríficas, etc.) tenían derecho a ellas, lo que les hacía disfrutar del
privilegio inherente a su ciudadanía. Lo mismo ocurría con los inte-
grantes de un gremio o una corporación (universidad, consulado ... )
que tuviera reconocido por sus ordenanzas algún tipo de peculiari-
dad o privilegio. Era la consecuencia lógica de ese carácter colectivo
o corporativo propio de las sociedades del Antiguo Régimen, en las
que el individuo carecía de reconocin1iento.
Quienes más se acercaban a una consideración individual eran
los privilegiados, o al menos algunos de ellos. El propio término cas-
tellano de hidalgo o, en su versión más arcaica, hijodalgo (es decir,
de alguien) indicaba el reconocimiento de un individuo: aquel que
se había destacado por algún mérito específico que había llevado al
rey a distinguirle del común. Lo mismo ocurría con los titulados,
cuyo primer antepasado en poseer dicho título lo había recibido del
rey como reconocimiento a un servicio individual distinguido. Algo
parecido podría decirse del alto clero, que ocupaba los principales
puestos eclesiásticos de cada país (obispos, abades ... ). Con todo, no
conviene exagerar la consideración individual de todos ellos, pues
más allá de quién fuera en cada momento el poseedor de un deter-
minado títqlo, la casa o el linaje tenían una importancia superior y
eran el elemento colectivo que compensaba los leves matices de in-
dividualidad a los que nos hemos referido. Lo mismo ocurría con los
altos cargos eclesiásticos, simples eslabones de una larga cadena que
habría de continuar y en la que lo importante era la dignidad en sí
misma, no quién fuera en un momento concreto su titular. Hasta los
mismos reyes quedaban también concernidos por este dominio de
lo colectivo. Su casa o dinastía tenía sobre ellos un peso muy grande
y les imponía numerosas obligaciones.

Las noblezas

Desde un punto de vista jerárquico o formal, el clero era el pri-


mero de los estamentos. Sin embargo, como tal estamento privi-
La sociedad estamental 65

legiado no constituía en sí mismo un modelo, sino que repetía de


forma mimética el de la nobleza, motivo por el cual analizaremos
primero este. En el conjunto de Europa, sus miembros no pasarían
tal vez de un 1 o 2 por 100, aunque había espacios (Hungría, Polo-
nia, regiones españolas del Cantábrico) donde llegaba o superaba el
10 por 100. En realidad, más que de nobleza habría que hablar de
noblezas, pues a pesar de que en teoría se trataba de un estamento
único, las diferencias en su seno eran muchas y en toda Europa era
abismal la distancia entre un miembro de la más alta nobleza y un
simple hidalgo de pueblo. Las cifras respectivas eran muy distintas,
como lo muestra el caso extremo de Polonia, donde en el siglo :xvm
solo unas treinta familias pertenecían a la alta nobleza, frente a sec-
tores inferiores que, para esa misma época, contabilizaban entre
800.000 y un millón de personas. En principio, los privilegios unifi-
caban a todas las noblezas, aunque no la riqueza, ni la capacidad po-
lítica o el estilo de vida.
Los privilegios eran de muy distinto tipo. Los había honoríficos y
simbólicos, que variaban según los distintos niveles. Todos tenían de-
rechos como el de portar armas, situarse en determinados lugares en
la iglesia o recibir un tratamiento acorde con su dignidad. Pero los
que ocupaban un lugar más elevado disfrutaban también de otros, es-
pecialmente en la corte, como el de los grandes de España de perma-
necer cubiertos en presencia del rey. Además de los variados de ca-
rácter honorífico, todos los nobles tenían el privilegio fiscal que les
excluía del pago de impuestos. Aunque se trataba exclusivamente de
impuestos directos, en muchas ocasiones -al igual que los eclesiásti-
cos-lograron hacerlo extensivo a los indirectos, si bien la tendencia
en la Edad Moderna fue hacia una progresiva implicación fiscal de la
nobleza. Existían también los privilegios jurídicos, que establecían la
obligatoriedad de ser juzgados por tribunales específicos, o los pena-
les, en virtud de los cuales no podían sufrir penas infamantes, ni ser
azotados o apresados por deudas, y la pena capital que les estaba re-
servada era la decapitación en lugar de la horca.
Ya hemos aludido a las diferencias existentes en el seno del esta-
mento nobiliario. Había una alta nobleza, formada por los quepo-
seían títulos (duque -en algunos territorios también el superior
de príncipe-, marqués, conde, vizconde, barón). Todos ellos so-
lían ser titulares de extensos feudos o señoríos, que eran la base de
su prosperidad económica y su poder territorial. Como tales ejer-
cían en ellos funciones de gobierno, administración y justicia por
las que percibían impuestos. Además, en los casos en que eran tam-
bién propietarios de las tierras -de todas o parte de las mismas-,
66 Luú Ribot

cobraban las rentas derivadas de dicha propiedad, bien fuera en


dinero o en especie. En algunos lugares tenían también derecho
a prestaciones diversas por parte de los campesinos, que se cono-
cen de forma general por el nombre que recibían en Francia de cor-
vées (corveas), y procedían -como los propios dominios de los no-
bles- del sistema feudal.
La alta nobleza tenía, así, un importante poder territorial, pero
en la Edad Moderna, y en los países en que se desarrollaron las nue-
vas formas políticas basadas en el reforzamiento del poder real, los
nobles titulares de feudos o señoríos se convirtieron esencialmente,
con escasas excepciones, en colaboradores de los reyes en la admi-
nistración territorial, lejos, por tanto, de la vieja indisciplina feudal.
Más aún, el incremento del poder de reyes y soberanos implicó una
progresiva cortesanización, que llevó a la principal nobleza a resi-
dir la mayor parte del año en las cortes reales y principescas. La su-
misión al monarca fue para muchos de los nobles una fuente in1por-
tante de cargos, rentas, honores y recompensas, si bien es cierto que
no todos triunfaron en la misma medida, pues las cortes se convir-
tieron pronto en núcleo de las pugnas entre facciones y grupos que
competían por el poder y los favores. Por otra parte, el estilo de vida
noble, de lujo y dispendio, se vio reforzado en la corte, llevando a
una espiral de emulación y gastos que en muchos casos comprome-
tió seriamente la economía de la nobleza cortesana. Los cargos pú-
blicos que recibían del rey eran una fuente de enriquecimiento, en
ocasiones muy importante, sobre todo en casos como el de España,
en que podían ir de virreyes a México, Perú, Nápoles, Palermo .. ., o
de gobernadores a Flandes o a Milán, pero hay que tener en cuenta
también que, en bastantes ocasiones, tardaban en ser pagados y hu-
bieron de tirar de sus propios recursos para subsistir, con la obliga-
ción además de mantener el estilo de vida de lujo y dispendio que
exigía su condición.
La base económica esencial de la alta nobleza eran sus tierras,
en ocasiones muy abundantes, extensas y repartidas por diversos te-
rritorios, lo que le garantizaba un elevado nivel de vida. Según da-
tos de William Doyle, en torno a 1790 los nobles -incluida la gen-
try- poseían entre el 70 y el 85 por 100 de la tierra en Inglaterra, el
85 por 100 en Dinamarca (1780) , en torno al 50 por 100 en España
(1800) o en Venecia (1740) y entre un cuarto y un tercio en Francia
(1789). En este sentido, dentro del feudalismo moderno, que entre
otras cosas se diferencia del medieval por su sometimiento y colabo-
ración con el poder real, Aurelio Musí ha señalado la progresiva di-
ferencia entre una Europa en que dicho sistema puede considerarse
La sociedad estamental 67

agotado, con una alta nobleza que avanza claramente hacia la trans-
formación en una clase de terratenientes privados (Inglaterra, Países
Bajos y países del norte); una segunda en que es una supervivencia
en vías de extinción, como es el caso del Mediterráneo, con mode-
los regionales distintos como la señoría rural francesa, el señorío es-
pañol o la enorme variedad italiana, en la que destaca la fuerte pervi-
vencia del feudalismo meridional e insular; y una tercera, la Europa
centro-oriental, en que el feudalismo adquiere una nueva importan-
cia hasta convertirse en un elemento estructural.
El modo de vida noble no solo implicaba habitualmente impor-
tantes ingresos, sino también grandes gastos derivados de su extensa
servidumbre, sus numerosas posesiones, la ostentación exigida por
la importancia de su casa o los numerosos pleitos en que se veían en-
vueltos con frecuencia los diversos parientes en la disputa por heren-
cias y títulos. En la Edad Moderna se fueron extendiendo hacia el
norte instituciones similares al mayorazgo castellano, procedente del
Derecho romano y en virtud de la cual el título y el patrimonio pa-
saban exclusivamente al primogénito varón. Allí donde existían, se
trataba de garantizar la potencia y riqueza del linaje, aunque habi-
tualmente la necesidad de buscar salida a los segundones y a las hi-
jas obligaba a importantes gastos compensatorios, dotes, etc. Para los
hijos menores, las principales salidas estuvieron en el ejército, la Igle-
sia o la universidad (que permitía el acceso a la burocracia). Natural-
mente, sus posibilidades eran mayores que las de quienes procedían
de sectores sociales inferiores y la mayoría de los principales puestos
les estaban reservados. El mayorazgo suponía, asimismo, la amortiza-
ción de las propiedades, las cuales quedaban vinculadas al patrimo-
nio de la casa nobiliaria, por lo que salían del libre comercio y no po-
dían ser vendidas sin permiso del rey. Era, en realidad, otro privilegio
que, en momentos de apuro, cuando las deudas se acumulaban sobre
la casa -como ocurrió frecuentemente en el siglo xvrr- les garanti-
zaba la intervención real. En tales casos, se nombraba un administra-
dor del patrimonio amenazado cuya finalidad era sanearlo. Para ello,
por un lado, pagaba a los acreedores y, por otro, asignaba al noble una
cantidad suficiente para su mantenimiento digno, en concepto de ali-
mentos. De esta forma, el mayorazgo o vínculo servía para proteger los
patrimonios nobiliarios tanto de ambiciones ajenas como de la mala
gestión de sus titulares, pero también, con el tiempo, la endogamia de
las grandes familias tuvo en muchos territorios el efecto de concentrar
en pocas manos los patrimonios y los títulos nobiliarios.
En la cúspide de la alta nobleza se situaban los grandes de España,
creados por Carlos V, los príncipes de la sangre franceses - miembros
68 Luis Ribot

de linajes descendientes de san Luis, aptos para heredar el trono- y


los pares de Francia o Inglaterra, categorías de las que formaban parte
las principales casas nobiliarias, emparentadas en algunas ocasiones
con el propio rey. En 1775 había en Francia cuarenta y siete duques y
pares. Algunos de los príncipes de la sangre eran soberanos de peque-
ños estados, como los Orléans-Longueville, que lo fueron del princi-
pado de Neucharel, en Suiza, desde 1458 hasta 1707; también algu-
nas familias nobles, como los La Tour d'Auvergne, soberanos hasta
mediados del siglo XVII del pequeño principado de Sedan, en las Ar-
denas francesas. En Inglaterra, la alta nobleza era reducida; sin con-
tar los escoceses, en 1704 había 161 pares temporales (no eclesiásti-
cos) y 182 en 1780, todos los cuales tenían asiento en la Cámara de los
Lores. Muchos de los miembros de la alta nobleza ocupaban las jerar-
quías superiores de las órdenes militares de origen medieval, o de las
distintas órdenes cortesanas que se fueron creando en las cortes so-
bre el modelo de aquellas: la Jarretera en Inglaterra, el Toisón de Oro
en Borgoña -que pasaría a España con Carlos V-, el Espíritu Santo
en Francia y tantas otras que podían citarse en los diversos reinos y
principados. El puesto más alto en todas ellas le correspondía no obs-
tante al soberano. Dentro de las grandes familias conviene distinguir
entre el linaje, la casa y la familia, que establecían tres formas distintas
-aunque relacionadas- de comunidad de vida, que iban de lo ge-
nérico a lo más concreto y reducido. Tomando el ejemplo de una de
las principales familias castellanas, el linaje sería Mendoza; la casa, los
duques del Infantado, y la familia, la de cada uno de los titulares su-
cesivos de dicho ducado.
Con cierta frecuencia -y alguna ligereza, cuando no prejuicios
ideológicos- se ha tachado a la nobleza de inculta y ociosa, dedi-
cada a gastar sin tasa y al mero goce de la existencia. Ciertamente
hubo casos que responden a tal modelo, pero no conviene olvidar
que, como sector social o clase dirigente que era, buena parte de
sus miembros se preparaban de forma concienzuda para dicha mi-
sión. Su educación, frecuentemente a cargo de preceptores, se ba-
saba en la cultura clásica, el latín y la historia, además de los ejerci-
cios propiamente nobles como la equitación, el manejo de la espada
o la caza. Muchos conocían idiomas y existen no pocos casos de no-
bles cultos, poseedores de importantes bibliotecas, mecenas y co-
leccionistas artísticos. Al igual que ocurría con los príncipes, se es-
cribieron muchos tratados dedicados a la educación de la nobleza,
cuya finalidad principal era infundirle los valores propios del papel
que le estaba reservado. También hubo manuales orientados a la for-
mación para la vida de la corte, el más conocido de los cuales fue El
La sociedad estamental 69

Cortesano (1528), escrito por el mantuano Baltasar Castiglione y que


habría de tener amplia difusión. No conviene olvidar que, en las so-
ciedades del Antiguo Régimen y hasta que no comenzaron a consoli-
darse -tardíamente- unos valores burgueses, el único modelo so-
cial existente era el de la nobleza, lo cual, junto con las ventajas que
implicaba su pertenencia a ella, explica el deseo de ennoblecimiento
de cuantos ascendían en la escala social gracias a la riqueza, la for-
mación, la actividad desempeñada u otros medios. La sociedad en su
conjunto tendía a asimilar valores nobles, empezando por el del ho-
nor, que era un importante elemento cultural de la nobleza.
Los nobles que ocupaban importantes puestos de gobierno desa-
rrollaron con frecuencia notables carreras, lo que les hizo gozar en
su madurez de una destacada experiencia política de la que los mo-
narcas podían aprovecharse incluyéndolos en sus consejos de go-
bierno. El caso español del Consejo de Estado es un buen ejemplo
de ello. La mayoría de sus miembros, especialmente en el siglo xv1r,
atesoraban una dilatada experiencia política, diplomática o militar.
En la Edad Moderna, la nobleza se fue alejando de su anterior vin-
culación con la actividad guerrera, al tiempo que la actividad militar
recaía esencialmente sobre los plebeyos. Sin embargo, los nobles se
reservaron casi siempre los principales puestos de mando de los ejér-
citos. Asimismo, eran los depositarios naturales de algunas funcio-
nes de gobierno, como ocurría en Inglaterra, en que actuaban como
jueces de paz impartiendo justicia en los niveles inferiores.
La gradación de la nobleza era muy variada. La corte no estaba
reservada exclusivamente a la más alta. Al contrario, al ser el epi-
centro de las oportunidades de medrar política y socialmente, atraía
a buen número de nobles de menor importancia, deseosos de cam-
biar su destino. Pero había también una nobleza media no corte-
sana, que vivía en sus tierras y que solía tener una presencia - y a
menudo influencia- en las ciudades más cercanas a sus dominios.
El nivel de Ja nobleza lo marcaba la jerarquía de los títulos, pero
también y sobre todo la riqueza y el poder. Descendiendo en tales
escalas se llegaba hasta las situaciones inferiores de la pequeña no-
bleza, como los caballeros o los hidalgos en Castilla, los ritter ale-
manes, los hobereaux franceses o los gentlemen en Inglaterra, aun-
que este último - la gentry- era un sector peculiar, mezcla de
pequeña nobleza y clase media rural y urbana, que se diferenciaba
sobre todo por el reconocimiento social de que era objeto en su co-
munidad. Todos ellos carecían de títulos, aunque sí poseían escu-
dos de armas y, en muchos casos, pequeños señoríos. Su nivel eco-
nómico era muy variable, desde posiciones muy desahogadas hasta
70 Luis Rtbot

casos de penuria, si bien estos últimos han sido quizás exagerados


por la literatura (el Lazarillo, el Quijote ... ).
Tal vez el mayor contrapunto a la estructuración estamental de
la sociedad era la existencia de poderosas redes clientelares, que re-
corrían verticalmente los distintos estamentos. En este sentido, mu-
chos de los nobles menores, igual que eclesiásticos y gentes no per-
tenecientes a la nobleza, integraban la clientela de uno u otro alto
señor, con quien les unían pactos tácitos de protección y auxilio,
tras los que no resultaba difícil ver la huella del feudalismo. Buena
parte de la sociedad ofrecía, así, un vasto tejido de redes clientela-
res que iban desde la corte a los diversos territorios y que, en ciertos
casos, como ocurrió con algunas de las revueltas nobiliarias france-
sas de la primera mitad del siglo XVII, eran capaces de movilizar co-
marcas y provincias enteras en ayuda de personajes como el prín-
cipe de Condé.
Los estamentos eran en principio cerrados, propios de un orden
social estático como su propio nombre indica, pero no tanto como
pudiera serlo el sistema de castas de la India, pues en Europa exis-
tía una cierta movilidad social. Aunque resultaba difícil ascender
-o descender- del estado llano a la nobleza y viceversa, todo era
cuestión de tiempo, dos o tres generaciones como máximo. Una de
las vías para ello era la imitación de los modos de vida noble, la cual
podía llevar, con el tiempo, al reconocimiento social como tal, con
el consiguiente disfrute de privilegios y exenciones. A veces, como
ocurría en Castilla, la resistencia de las localidades al aumento de
los que no pagaban impuestos llevó a pleitos en los que se discutía
la condición noble de un determinado personaje. En tales casos era
decisiva la declaración de testigos, que frecuentemente se compra-
ban, lo que facilitaba el acceso a la nobleza a quienes tenían medios.
El rey, por su parte, podía ennoblecer a quien quisiera, aunque esta
prerrogativa, vinculada originariamente a los servicios destacados
en la guerra, se iría pervirtiendo hacia el ennoblecimiento a cam-
bio de dinero.
Asimismo, a medida que se desarrollaron las estructuras adminis-
trativas de las nuevas monarquías, fueron cada vez más abundantes
los magistrados, letrados, asentistas y arrendadores de impuestos, es
decir, burgueses enriquecidos o que habían prosperado gracias a los
oficios públicos o los negocios, que se integraron en la nobleza, fre-
cuentemente mediante la compra de títulos o de oficios que implica-
ban la consideración nobiliaria. El caso más característico es el de la
nueva nobleza francesa de magistrados, que se desarrolla sobre todo
en el siglo xvn y que fue denominada noblesse de robe (por la vestí-
La sociedad estamental 71

menta de los magistrados), para distinguirla de la noblesse d' epée (de


espada). El equivalente en España sería la nobleza de oficio frente a
la tradicional, de sangre. Otros ejemplos significativos serían los de
Dinamarca y Suecia, donde en distintos periodos del siglo XVII la Co-
rona promovió nuevas noblezas basadas en el servicio al rey, de las
que formaban parte numerosos extranjeros.
En el siglo XVIII surgieron también noblezas de servicio en paí-
ses como Austria o España, a partir de un concepto del honor ba-
sado más en los méritos que en la sangre. A pesar del desprecio con
que la vieja nobleza francesa o española veía a la nueva -térmi-
nos ambos con los que también se las conocía-, a los intentos que
hizo para evitarlo (publicación de libros al respecto, creación de co-
fradías o academias nobiliarias ... ), y a la sátira de los advenedizos,
como la de Le Bourgeozs gentzlhomme de Moliere (1670), ambas ten -
dían a integrarse y era frecuente que lo hicieran algunas generacio-
nes después, una vez olvidados los orígenes de los más recientes. En
muchos casos, para una nobleza de sangre endeudada o con dificul-
tades económicas, el matrimonio con los ricos burgueses ennobleci-
dos o sus herederos era una ocasión magnífica para , como se decía,
redorar sus blasones.

El clero

La mayor diferencia del clero con respecto a los otros dos esta-
mentos era su carácter abierto. Para disfrutarlo, el único requisito
era integrarse en alguna de las muchas instituciones religiosas exis-
tentes, pues como quiera que el privilegio del clero -o los eclesiás-
ticos- era esencialmente colectivo, bastaba con formar parte del
mismo, en el escalón que fuera . Aunque la Reforma católica atacó
frontalmente dicho fenómeno, en los primeros tiempos modernos
hubo una elevada cantidad de tonsurados, varones marcados por un
afeitado circular (tonsura) en la coronilla, que les otorgaba la cate-
goría genérica de eclesiásticos, previa a la recepción de las órdenes
menores . Lo mismo ocurría en los conventos y monasterios masculi-
nos y femeninos con sus muchos dependientes y servidores. Los pri-
vilegios del clero eran similares a los de la nobleza, pero también en
este caso las diferencias entre los miembros del estamento eran muy
grandes. El alto clero (cardenales, obispos y abades sobre todo) no
solo compartía con frecuencia el estilo de vida de la nobleza, sino
que en la mayor parte de los casos sus miembros eran segundones
de familias nobles que, al no poder heredar el título, optaban por
72 Luis Ribot

una carrera eclesiástica en la que tenían reservados la mayoría de


los principales puestos. En Alemania, por ejemplo, en 1520, diecio-
cho obispos eran hermanos, hijos o sobrinos de electores, duques,
margraves o condes, y había casos aún más llamativos como el de
Francia, en la que, en vísperas de la Revolución de 1789, todos los
obispos eran nobles y muchos de ellos pertenecían a las principales
familias del reino. En la Europa Moderna solo algunos, pocos, de los
altos eclesiásticos tenían un origen humilde. Y lo mismo ocurría en
los monasterios femeninos.
El clero masculino se dividía -y se divide- en dos grandes gru-
pos: secular y regular. El primero incluía al clero diocesano, del que
formaban parte cuantos recibían ordenes menores y mayores bajo la
dependencia directa del obispo. Al regular pertenecían los que acep-
taban vivir bajo una regla específica, la que regía las diferentes órde-
nes monásticas o conventuales. Los prin1eros eran los monjes, cuyo
nombre procede de la obligatoriedad de vivir en un monasterio a las
órdenes de un abad, mientras que los segundos reciben el nombre
de frailes. Los monasterios se ubicaban preferentemente en el ám -
bito rural y, aunque las reglas variasen, habitualmente compagina-
ban la oración con el trabajo intelectual o el cultivo de la tierra. En
cambio, los frailes (defrater, hermano) vivían preferentemente en las
ciudades y no estaban sometidos a clausura. Al contrario, aunque tu -
vieran rezos comunitarios en el coro, la mayoría de ellos, los miem-
bros de las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, carmeli-
tas, agustinos ... ), tenía como obligación específica la de procurarse
el sustento por medio de la limosna, que salían a pedir.
En cuanto a las órdenes femeninas, muchas de ellas paralelas a las
formadas por varones, a partir del Concilio de Trento fueron some-
tidas a la clausura, lo que las convirtió en monjas o habitantes de un
monasterio femenino . Entre ellas, al igual que sucedía con los hom-
bres, había grandes diferencias que reproducían de forma bastante
precisa las de su respectivo origen social. Las categorías y puestos
principales estaban reservados para aquellas que aportaban dotes
sustanciosas. Las otras eran destinadas habitualmente a tareas subsi-
diarias y de servicio. Algunas fundaciones de conventos se hicieron
exclusivamente para mujeres de la familia real o la más alta nobleza ,
como ocurrió en Madrid con las Descalzas Reales, fundada por la in-
fanta Juana de Austria, hermana de Felipe II.
Pero el clero no era una realidad exclusiva el mundo católico, a
pesar de que fuera en este donde alcanzó una mayor relevancia y po-
der. Existía también entre los protestantes, aunque con peculiarida-
des dependientes de las distintas confesiones. Había asimismo tres
La sociedad estamental 73

diferencias fundamentales con la Iglesia católica. La principal era la


inexistencia de regulares y las otras dos, derivadas de ella, la ausen-
cia de monjas (mujeres religiosas) y la menor riqueza territorial de
la Iglesia, pues la Reforma suprimió los bienes territoriales de mo-
nasterios, abadías y conventos. La posibilidad de los clérigos pro-
testantes de acceder al matrimonio contribuía a difuminar sus dife-
rencias con el resto de la sociedad, pero en general eran también un
estamento dotado de privilegios. En Inglaterra, los obispos anglica-
nos formaban parte de la Cámara de los Lores, y tanto en Dinamarca
como en Suecia existía un brazo del clero en el seno de los respecti-
vos parlamentos [Staendermode (Estados Generales) en Dinamarca
y Riksdag (Dieta) en Suecia].

Los burgueses

Por debajo de los dos sectores privilegiados se hallaba el amplio


estamento del común o pueblo llano. Pero, al igual que ocurría con
los privilegiados, había en su seno grandes diferencias. La princi-
pal de todas la marcaban las posibilidades económicas, pues quie-
nes se habían enriquecido con el comercio o las .finanzas, tal vez con
la agricultura, y los que desempeñaban algún importante oficio des-
pués de una carrera universitaria, o de comprarlo o heredarlo, veían
cercana la posibilidad de convertirse en nobles, con todas las venta-
jas que ello implicaba. Ambos grupos formaban la naciente burgue-
sía, término que si en puridad solo debería aplicarse a los que pros-
peraban gracias a una actividad económica vinculada al capitalismo,
se suele usar también en relación con los magistrados, letrados, gen-
tes que ocupaban puestos destacados en la administración, aboga-
dos, etc., todos los cuales formaban la que algunos autores conocen
como burguesía de los oficios, para distinguirla de la anterior, proce-
dente de los negocios. Se trataba, en ambos casos, de un grupo pre-
dominantemente urbano -lo que no excluye la existencia de cam-
pesinos ricos- y sin duda alguna dinámico, pues aunque no era
nuevo -procedía, como el capitalismo, de la Baja Edad Media-
introducía un elemento de novedad que, al cabo, contribuiría al fin
del Antiguo Régimen.
Por el momento, muchos de los burgueses participaban en el
gobierno de las ciudades, integrados en esa categoría ambigua que
los historiadores llamamos patriciado urbano y que incluía también
algunos miembros de la nobleza local. Lo característico de dicho
grupo era un elevado nivel de vida, que les llevaba a compararse con
74 Luis Ribot

los patricios romanos para distinguirse de la plebe. También en las


ciudades existían los bandos y clientelas, integrados a veces en re-
des más amplias, lo que daba lugar a frecuentes tensiones y luchas
por el poder. Por lo demás, en la medida en que sus posibilidades
económicas se lo permitían, los integrantes de esta naciente burgue-
sía imitaban el estilo de vida de la nobleza. No solo era el deseo de
emularla e identificarse con ella, mezclarse incluso si les era posible
y acceder a tal condición.
Se trataba, en realidad -recordémoslo- de que no existía nin-
gún otro modelo social, pues el burgués, basado en una conciencia
y unos ideales de vida propios, no se constituiría plenamente, al me-
nos, hasta avanzado el siglo XVIII. El único ideal social era el de inte-
grarse en la nobleza, cuyos valores y estilo de vida eran el paradigma
para todos. Por tal motivo, a mediados del siglo XX, Fernand Brau-
del habló de la traición de la burguesía, concepto aplicable explíci-
tamente a la de los negocios y alusivo al comportamiento de aque-
llas gentes que, después de haber emergido del estado llano gracias
a sus actividades económicas, traicionaban su presumible mentali-
dad burguesa para imitar el estilo de vida de la nobleza, integrarse en
ella y abandonar sus negocios, tratando de vivir de la tierra como la
nobleza tradicional. En realidad, la naciente burguesía no había de-
sarrollado aún una conciencia de grupo. Por ello habría que hablar
propiamente de burgueses, pues eran elementos aislados, más que
integrantes de un conjunto carente aún de muchas de las caracterís-
ticas que permitirían definirlo como tal.
La figura más característica de la naciente burguesía de los ne-
gocios era el mercader o comerciante, un personaje que solía ac-
tuar también como empresario manufacturero, banquero, cambista
o asegurador, pues habitualmente no existía especialización en di-
chas tareas, como tampoco en las mercancías con las que trabajaba
(tejidos, especias, cereales, metales ...). La única diferencia - señala
Carla Cipolla- estaba entre los comerciantes que operaban a escala
internacional, moviendo capitales notables, y los que lo hacían a es-
cala local, con medios y horizontes muy limitados.

El campesinado

El resto del estado llano estaba formado por los campesinos y los
habitantes de las ciudades. Los campesinos -ampliamente mayori-
tarios en unas sociedades abrumadoramente agrícolas- suponían
en torno al 80 o 90 por 100 de la población. También entre ellos ha-
La sociedad estamental 75

bía una multiplicidad de situaciones, que dependían, por una parte,


de su situación jurídica y, por otra, de su relación de propiedad con
la tierra. En el primer aspecto, la diferencia inicial es la que separa
a los campesinos que trabajan en tierras feudales o señoriales de los
que se encontraban en zonas de realengo, dependientes directa-
mente de la administración y la justicia del rey. La mayor parte del
campesinado de ambos grupos era libre, pero en ciertas zonas de
Europa seguía habiendo campesinos siervos, es decir, ligados a la tie-
rra y con su libertad restringida en mayor o menor grado por la de-
pendencia de un señor.
En la Europa occidental, ya desde el inicio de la Edad Moderna,
la tendencia fue hacia la desaparición de la servidumbre, de la que
quedaron restos no obstante durante toda la Edad Moderna en te-
rritorios como Saboya, algunos cantones suizos, Baden, Hannover o
la propia Francia. Por el contrarío en Europa oriental (este del río
Elba, noreste de Alemania, Prusia, Polonia, Rusia, Bohemia, Silesia,
Hungría ... ) la escasez demográfica, junto con el incremento de la de-
manda cerealista por parte de la Europa más poblada del oeste, el
centro y el sur, introdujeron la segunda servidumbre -así llamada
para distinguirla de la original del medievo-, fijando al campesino
a la tierra y exigién dole fuertes prestaciones, que iban desde tribu-
tos en dinero o en especie a corveaJ~ prestaciones personales en vir-
tud de las cuales había de trabajar varios días a la semana en la re-
serva señorial -tres parece que eran habituales en el siglo XV III, y a
veces más, sobre todo en períodos de faenas intensivas como la co-
secha-. En algunos casos, la distancia a recorrer hasta las tierras del
señor era grande, lo que añadía un esfuerzo y un tiempo suplemen-
tario. A ello se unían derechos de los señores que restringían la li-
bertad de sus siervos de formas diversas, que variaron en los distin -
tos territorios y periodos. Con frecuencia, los campesinos no podían
casarse fuera de los dominios del señor.
En cuanto a la relación de propiedad con la tierra, existían tam-
bién grandes diferencias entre unas zonas y otras. Los más benefi-
ciados eran los campesinos dueños de la tierra que trabajaban, aun-
que su fuerza e importancia dependían, obviamente, de la extensión
de esta. Pocos de ellos eran campesinos ricos, con propiedades su-
ficientemente grandes como para permitirles tal situación. Eran los
llamados labradores acomodados o villanos ricos en Castilla, gros la-
boureurs en Francia o yeomen (grandes y medianos propietarios y
arrendatarios) en Inglaterra, sí bien el concepto de gran propiedad
era variable, dependiendo del tipo de tierras. No es lo mismo que
fueran de secano y cerealistas o que se tratara de cultivos más orien-
76 Luis Ribot

tados al mercado, como las viñas de ciertas regiones. Los campesi-


nos con tierras abundantes contrataban trabajadores para cultivarlas
y, en muchos casos, daban en arriendo parte de las mismas. Algunos
arrendatarios tenían a su cargo también grandes extensiones, lo que
les obligaba asimismo a emplear trabajadores asalariados. Aunque
hay que tener en cuenta que los principales propietarios de la tie-
rra no eran campesinos, sino nobles, eclesiásticos o monasterios, los
campesinos ricos y los arrendatarios importantes eran los elementos
emergentes del mundo agrario, grupo en el que podríamos incluir
también a buen número de los delegados y administradores de no-
bles y señores propietarios. Muchos de ellos, sobre todo en las zonas
más prósperas, podrían ser considerados como burgueses proceden-
tes del mundo rural. De hecho, basándose en su prosperidad econó-
mica, pudieron protagonizar los lentos procesos ya descritos de as-
censo social hacia la nobleza.
En cualquier caso, se trataba de los menos. La mayoría de los
campesinos se hallaba en condiciones bastante peores. Había pro-
pietarios medios y, sobre todo, pequeños propietarios. El tamaño
de la tierra marcaba, obviamente, su capacidad económica, así
como las posibilidades que tenían de resistir las frecuentes crisis. Si
no tenían reservas, cuando venían mal las cosas se veían obligados
a endeudarse, pidiendo créditos (en Castilla censos) e incluso prés-
tamos a interés, o anticipos sobre la cosecha venidera. Cuando eran
incapaces de resistir el endeudamiento, se veían forzados a ceder la
propiedad, en lo que constituyó un importante mecanismo de apro-
piación territorial por parte de burgueses y ahorradores de las ciu-
dades. Para gentes con dinero y deseosas de ascender en la escala
social, la posesión de tierras y el vivir de rentas era el mayor signo
de prestigio.
Una situación no muy diferente era la de los medianos y peque-
ños arrendatarios, con la única diferencia de que su capacidad de en-
deudamiento era menor, al no tener la garantía de la propiedad. La
diferencia entre ellos la marcaban los tipos de arrendamientos y las
formas diversas de pago de las rentas (en especie o en dinero). Los
que se hallaban en mejor situación eran quienes se beneficiaban de
los censos enfitéuticos, en los que el propietario -habitualmente el
señor- se había reservado el dominio eminente y cedido al campe-
sino, por plazos indefinidos o muy largos, a veces durante genera-
ciones, el domino útil de la tierra, a cambio de un canon (censo, lau-
demio, luismo), generalmente no muy gravoso, lo que permitió que
algunos enfiteutas pudieran incluirse entre el pequeño porcentaje de
los campesinos ricos. Una situación parecida era la del tenant inglés,
La sociedad estamental 77

que gozaba de arrendamientos a largo plazo similares a los sistemas


enfitéuticos del continente, lo que hacía de él casi un propietario.
Se trataba, sin embargo, de un tipo de contratos propio de épo-
cas de baja presión demográfica sobre la tierra, en las que lo que in-
teresaba al propietario era hacerla producir. Pero en los momentos
de expansión demográfica, como fueron en general los siglos XVI y
XVIII, los dueños de la tierra trataban de convertir los censos y arren-
damientos largos en arrendamientos simples, a poder ser a plazos
cortos, para beneficiarse también del incremento de los precios. En
cuanto al pago del canon, podía estar estipulado en dinero o en es-
pecie. En los períodos expansivos citados, de auge demográfico e in-
cremento de los precios, lo que más le interesaba al propietario -y
menos al campesino- era que el pago fuera en especie, pues su pre-
cio subía con los años, en lugar de percibir una cantidad monetaria
fija cuyo poder adquisitivo iba menguando.
Otro tipo de contrato era el de aparcería o reparto de frutos,
frecuente en el ámbito mediterráneo y que ofrecía diversas formas
y proporciones, aunque era frecuente la división en dos mitades,
como indican los propios nombres: mezzadria en Italia, metairie
en Francia y halbpacht en Alemania. Por último, existía también el
arrendamiento simple, generalmente por plazos no demasiado lar-
gos, que era el más interesante para el propietario en los periodos
de prosperidad.
El último escalón dentro del campesinado eran los jornaleros y
trabajadores sin tierra, que se ganaban la vida en las propiedades de
otros a cambio generalmente de un salario. En ciertas zonas, como
el sur de Italia o de España, eran especialmente abundantes, como
consecuencia del predominio de la gran propiedad feudo-señorial.
Tanto ellos como los pequeños -y en algunos casos, medianos-
propietarios o arrendatarios formaban la gran mayoría de la pobla-
ción rural. Cuando las cosas iban mal y se acumulaban varios años
de malas cosechas, masas de campesinos procedentes de tales secto-
res abandonaban el campo e iban a las ciudades en busca de trabajo
-o de caridad- que les permitiera subsistir.
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que frecuentemente las
diversas categorías que hemos analizado no se daban en estado
puro. Un campesino podía ser propietario de una pequeña exten-
sión de tierra y arrendatario de otras superficies, algunos peque-
ños propietarios o arrendatarios trabajaban para otros más poten-
tes, etc. Los propietarios o cultivadores directos, además de otros
tributos y, en el caso de los segundos, también rentas, estaban obli-
gados a pagar el diezmo, una carga destinada inicialmente al sosteni-
78 Luis Ribot

miento de la iglesia local, que gravaba exclusivamente la producción


agropecuaria, en una cantidad aproximada de un 10 por 100. Su im-
portancia y tradición eran tales que en los países protestantes se si-
guieron pagando diezmos, bien fuera a la Iglesia o a los nobles que
se habían apoderado de sus tierras. La gran diferencia existente en el
seno del campesinado era la relativa al nivel de vida. Un 60 o 70 por
100 de ellos, con independencia de su condición, no era capaz de ha-
cer frente a las situaciones difíciles . Su situación era por ello precaria
y se fue deteriorando aún más durante la Edad Moderna, a medida
que avanzaba la propiedad individual -con frecuencia de burgue-
ses y habitantes de las ciudades- a costa en muchos casos de los bie-
nes comunales y de uso colectivo.

Pueblo urbano y marginados

El último gran sector del pueblo llano eran los habitantes no pri-
vilegiados de las ciudades. Si quitamos de ellos a los burgueses y gen-
tes con medios suficientes para mantener un nivel de vida por encima
de la mayoría, nos quedamos con los trabajadores de las ciudades
y con los pobres y mendigos. Buena parte de los primeros estaban
agrupados en los numerosos gremios, cada uno de los cuales regla-
mentaba una actividad productiva concreta, hasta llegar en muchos
casos a una auténtica especialización, lo que hacía que hubiera dece-
nas de gremios, y en algunas ciudades superasen el centenar. Pero el
gremio no era exclusivamente una organización productiva, sino que
tenía también funciones religiosas y de solidaridad para con aquellos
de sus miembros que la necesitasen (viudas, huérfanos, ancianos, en-
fermos o impedidos), para lo que se organizaban en hermandades o
cofradías. En algunas ciudades, y entre ellas Londres o París, tuvie-
ron alguna participación en el gobierno municipal, la recaudación de
impuestos o el reclutamiento y la defensa. No obstante, su posición
era siempre secundaria respecto a los miembros del patriciado ur-
bano. Al cabo, eran eficaces instituciones de control social, por lo que
en los momentos de dificultades las autoridades trataban de atraér-
selos -sobre todo a los más importantes-, sabedoras de su notable
influjo en los sectores populares de la ciudad. Como reflejo de la so-
ciedad de la que surgían, los gremios participaban de las discrimina-
ciones existentes en ella. En general no admitían a hijos ilegítimos,
además por supuesto de las discriminaciones religiosas y raciales.
Pero los gremios no agotaban toda la realidad del pueblo llano
de las ciudades. Dejando a un lado el hecho de que su existencia no
La sociedad estamental 79

era universal, había también trabajadores de sectores que no habían


llegado a organizarse en gremios, aunque seguramente ello probaba
la escasa importancia de su actividad. Más numerosos eran los cria-
dos y criadas, muy abundantes en el Antiguo Régimen y que forma-
ban parte, en principio, de las familias en cuya casa trabajaban y vi-
vían, aunque no por ello dejasen de pertenecer al estamento popular
urbano. En la Francia del siglo XVIII, los criados de ambos sexos, fre-
cuentemente solteros, suponían el 8 por 100 de la población activa.
También los trabajadores eventuales, atentos a contratarse en diver-
sas tareas con las que procurarse el mantenimiento y que formaban
un sector más inestable por la escasez en que solían moverse. Muchos
de los emigrantes procedentes del campo se contarían entre ellos, así
como también en el sector de los pobres y vagabundos.
Aunque los pobres no eran privativos de la ciudad, el mundo
urbano les atraía especialmente por las mayores posibilidades que
ofrecía. Su número era muy elevado, superando habitualmente el
10 por 100 de la población, pero podían aumentar muy fácilmente,
pues en una economía tan precaria las malas cosechas, el aumento
de precios, las epidemias, la muerte del padre de familia y tantos
otros acontecimientos a la orden del día eran capaces de sumir en
la pobreza a un elevado porcentaje de las gentes. Una parte impor-
tante de los pobres estaba plenamente insertada en la sociedad, que
subvenía a sus necesidades a través de la caridad privada, las igle-
sias y las organizaciones públicas que fueron surgiendo (asilos, laza-
retos .. .), acordes con la idea que habría de desarrollarse en la Edad
Moderna de que los municipios se hicieran cargo de la asistencia so-
cial, desarrollada hasta entonces sobre todo por las instituciones re-
ligiosas. Obras corno la del humanista valenciano Luis Vives De
subventione pauperum, publicada en Brujas en 1526, expresaban
claramente esta nueva política social. En Inglaterra, las leyes de po-
bres crearon un impuesto para la asistencia social que se cobraba en
las parroquias. El buen pobre tenía un indudable carácter evangé-
lico, y resultaba imprescindible para que el resto de la sociedad pu-
diera ejercer la virtud teologal de la caridad.
Sin embargo, la Edad Moderna contemplaría una evolución
desde tales planteamientos a la consideración del pobre como un
elemento potencialmente peligroso, que convenía recoger y con-
trolar en los numerosos albergues o instituciones similares que se
crearon al efecto. En el siglo xvru y desde el pragmatismo ilustrado,
avanzará la consideración del pobre como individuo improductivo,
al que hay que obligar a trabajar. El problema, más que en los po-
bres reconocidos o de solemnidad, estaba en los vagabundos y men-
80 Luis Ribot

digos incontrolados, que aumentaban en los periodos de dificulta-


des y eran más inclinados a delinquir. Ya a finales del siglo XVI, el
médico español Cristóbal Pérez de Herrera, en su obra Discursos
del amparo de los legítimos pobres (1598), distinguía entre pobres
verdaderos y pobres fingidos, que habían de ser controlados y so-
metidos a trabajos obligatorios.
También habría que tener en cuenta los grupos marginados, en su
mayor parte por motivos religiosos. Tal vez los más numerosos fueran
los judíos, presentes en numerosos países y objeto generalmente de
discriminación. Las cosas mejoraron algo para ellos en el siglo xvrn,
aunque continuaron teniendo problemas. Hasta mediados de dicha
centuria hubieron de pagar en Francia un impuesto de capitación, y
en Inglaterra, el esfuerzo realizado en 1753 para nacionalizarlos hubo
de abandonarse ante la resistencia popular. Solo en la Prusia del si-
glo XVIII disfrutaron de una cierta igualdad de hecho con los cristia-
nos, aunque la legal no la consiguieron hasta 1811-1812.
Un sector, no propiamente marginado sino convertido en pro-
piedad de otros, eran los esclavos, que se mantenían sobre todo en
el servicio doméstico. En general tendían a desaparecer, si bien en
lugares como Rusia eran abundantes. Los existentes en la Europa
occidental eran mayoritariamente de raza negra , pero existían tam-
bién otros, como los musulmanes apresados por los cristianos que
participaban en el corso mediterráneo, los llamados en España es-
clavos del rey, que trabajaban en algunas minas y labores de espe-
cial dureza .

Las mujeres

La emergencia de la mujer desde el ámbito privado al público,


unida a un proceso de igualación de derechos con respecto al hom-
bre, es un fenómeno reciente y todavía incompleto, limitado ade-
más al mundo occidental, es decir, a Europa y las sociedades de ma-
triz europea establecidas en otros continentes. La mujer como sexo
o género -término este que se ha impuesto como consecuencia de
una mala traducción del inglés gender para designar los estudios his-
tóricos sobre las mujeres- forma parte del amplio sector de gentes
sin historia, personas olvidadas de las que los historiadores solo nos
hemos ocupado de forma genérica, en cuanto integrantes de los di-
versos grupos humanos y sociales. Ello ha llevado a algunos especia-
listas, con evidente exageración, a incluir a las mujeres entre los mar-
ginados de la sociedad, lo que no parece correcto, pues no se puede
La sociedad estamental 81

meter en un mismo saco a todas ellas sin tener en consideración los


muy diferentes estatus sociales, económicos, políticos o culturales a
los que pertenecían. Difícilmente puede considerarse marginadas,
por ejemplo, a personas como las dos reinas Isabel I, de Castilla y de
Inglaterra, o, ya en el siglo XVII, la emperatriz María Teresa de Aus-
tria o la zarina Catalina II de Rusia.
No obstante, tanto ellas como otras mujeres eminentes sí com-
partieron con sus congéneres de cualquier clase, condición y ámbito
geográfico, una evidente postergación con respecto a los varones de
su misma familia o grupo social, un hecho que, con las diferencias
derivadas de los distintos estatus, afectaba a su educación o a la ca-
pacidad de actuar libremente en sus opciones personales. Las reinas
como ellas lo fueron por la ausencia de un varón en su misma línea y
grado, y en los países en que tenía validez la ley sálica ni siquiera en
este caso podían acceder al trono, pues todas las mujeres quedaban
excluidas del mismo. Cuando se las permitía reinar, era frecuente
que transmitieran o comunicaran el trono, de hecho, a sus maridos.
Muchas de las reinas importantes de la Edad Moderna lo fueron en
virtud de su temprana viudez, al convertirse en regentes de sus hijos
menores de edad . Recordemos, por ejemplo, el caso de las dos rei-
nas de Francia procedentes de la familia Medici, Catalina y María,
esposas y luego viudas, respectivamente, de Enrique II y Enrique IV,
o posteriormente la española Ana de Austria, activa regente durante
la minoridad de Luis XIV
La alusión a las reinas no debe hacernos olvidar que, pese a su al-
tísima condición, reinas y princesas vivían una vida que expresaba
con enorme claridad el sometimiento femenino. Ciertamente, en el
Antiguo Régimen lo colectivo -dinastías, linajes, familias, intereses
políticos- se imponía absolutamente al individuo, pero tal norma
afectaba de forma mucho más intensa a las mujeres en unas socieda-
des cuyo discurso moral -como ha escrito Isabel Morant- «con-
ceclia mayor poder a los hombres, a los moralistas y en general a los
padres y esposos, los únicos autorizados a pensar la norma y apli-
carla, aun coactivamente, a las mujeres». Las hijas y familiares de los
soberanos eran objeto de cambio en el mercado de la política entre
las diversas casas reinantes de Europa. Casadas sin tener en cuenta
su voluntad, a menudo cuando apenas habían abandonado la niñez,
se las enviaba de por vida a un país extranjero, lejos de su familia de
origen, a la que difícilmente volverían a ver, con la misión esencial
de proporcionar un heredero del trono. Muchas de ellas murieron
antes de cumplir los treinta años, agotadas por embarazos y partos.
«Apenas sería exagerado afirmar -escribe Bartolomé Bennassar-
82 Luis Ribot

que, entre las mujeres del pasado, fueron muchas veces las reinas y
princesas las víctimas más dignas de piedad».
En unos sistemas legales que establecían sobre la mujer la cons-
tante protección de un adulto de sexo masculino, la viudez era la
gran oportunidad para la intervención pública de las mujeres, no
solo en las casas reales. En el momento, bastante frecuente, en que
la familia -cualquier familia- perdía al padre, especialmente du-
rante la menor edad de los hijos o en ausencia de estos, la viuda se
convertía en cabeza de familia. En muchos casos volvía a contraer
matrimonio pero, en tanto que no lo hiciera, quedaba a cargo de los
intereses familiares. Con frecuencia se hallaba tutelada o mediati-
zada por los parientes más próximos de su fallecido esposo, pero
ello no puede hacernos olvidar la intervención activa de muchas viu-
das en la gestión de patrimonios familiares de distinta índole e im-
portancia. Ellas son en realidad las únicas responsables de los bienes
que administran, pues las casadas y las hijas solteras dependían res-
pectivamente de sus esposos y padres. Claro que, para la gestión de
un patrimonio había que tenerlo, por lo que en los sectores sociales
menos favorecidos la falta del varón obligaba a la viuda a sostener a
sus hijos con su trabajo manual, y en muchos casos precipitaba a la
familia a la miseria.
La dependencia incluía también la incapacidad para decidir su
propio futuro. No es que los varones tuvieran una capacidad plena,
pues con frecuencia se veían sometidos también a estrategias fami-
liares o a las decisiones del cabeza de familia, aparte de las numero-
sas limitaciones determinadas por el nivel social al que pertenecie-
ran. Pero la dependencia de las mujeres era siempre mayor, ya fuera
para elegir esposo o incluso para optar por la vida religiosa, que era
la otra gran opción, pues la soltería -en todo caso dependiendo
siempre del cabeza de familia- no solía contemplarse, dado que la
consideración moral peyorativa de la mujer y la idea de su debilidad
frente al pecado exigían controlarlas para garantizar su honra -y el
honor masculino del linaje-, papel que cumplían solo el matrimo-
nio y el convento. La razón de la clausura impuesta desde Trento a
todas las congregaciones femeninas no era otra que la de salvaguar-
dar públicamente la castidad , prenda «demasiado valiosa para la so-
ciedad -escribe José Luis Sánchez Lora- como para dejarla bajo
la responsabilidad de "esa cosa tan frágil y deleznable que llamamos
mujer ", que diría Fray Luis [de León]», uno más de los muchos au-
tores representativos de la misoginia imperante, no solo entre los
eclesiásticos. Pese a tantas limitaciones, hubo mujeres que, a base de
esfuerzo personal, encontraron espacios de libertad, en el claustro o
La sociedad estamental 83

fuera de él, en la cultura, la creación artística o literaria y otros ám-


bitos, sobreponiéndose a las dificultades a las que las condenaban
aquellas sociedades masculinas.
La abrumadora mayoría de las mujeres vivió, en consecuencia, en
el ámbito privado de las familias o en la reclusión de los conventos.
No obstante, constituyen una parte esencial de la historia de las muje-
res, que no sería justo reducir a las personalidades destacadas, un nú-
mero mucho menor obviamente que el de los hombres significados.
Su contribución no se limitó, por otra parte, a los papeles de espo-
sas, madres, educadoras de los hijos en los primeros años y elemen-
tos esenciales del hogar. Su participación en la actividad económica
era decisiva, especialmente en el propio hogar, con numerosas acti-
vidades que variaban en función del estatus socioeconómico al que
pertenecieran; conviene tener en cuenta además, como escribe Carlo
Cipolla, que las mujeres producían en el ámbito doméstico muchos
bienes que nosotros compramos en el mercado (pasta, pan, prendas
de punto, medias, vestidos ... ). Especialmente importante era su com-
plementariedad en la actividad económica de la familia, con trabajos
auxiliares en el campo, como preparar y llevar la comida a sus fami-
liares, colaborar en las faenas agrícolas en tiempos de especial nece-
sidad de trabajo y otras, sin ahorrarles en ocasiones los trabajos más
duros, no solo en el campo sino en actividades como la minería, el
transporte de cargas, etc. Entre otros muchos ejemplos que podrían
citarse, el médico italiano Bernardino Ramazzini (1633 -1714) señala
que en algunas zonas se encargaban en otoño de la maceración del
cáñamo en estanques, lo que exigía meterse en el agua hasta la cintura
para sacar los haces y lavarlos, por lo que no pocas enfermaban e in-
cluso morían. En ciertas zonas en que los hombres de la familia desa-
rrollaban otras actividades -como por ejemplo, en la costa, los pes-
cadores- , ellas se ocupaban de innumerables tareas de apoyo, como
la reparación de redes o la venta de pescado y otras, y lo mismo ocu-
rría con actividades como la compra de provisiones en los mercados
o la venta en ellos de productos domésticos.
En muchos casos tuvieron también una intervención importante
en la actividad económica más allá del ámbito familiar, tanto en el
campo como en la ciudad. El servicio doméstico, por ejemplo, es-
tuvo en una parte muy importante a cargo de mujeres: nodrizas,
amas, criadas, doncellas, cocineras, lavanderas, planchadoras, costu-
reras, etc. En Florencia, el 62 por 100 de los tejedores de lana eran
mujeres en 1604, proporción que subió al 83 por 100 en 1627. Si an-
tes nos hemos referido al papel de las viudas como cab za de familia,
es ineludible tener en cuenta también que muchas de llas, especial-
84 Luis Ribot

mente en los grupos sociales con menos recursos, hubieron de traba-


jar a cambio de un salario para sacar adelante a sus hijos. En las fases
en que escaseaban los hombres -por movilización militar, bajas en
la guerra, periodos de trashumancia u otras causas- habían de en-
cargarse de trabajos imprescindibles habitualmente desempeñados
por ellos. En el sistema doméstico de las manufacturas (putting-out-
system) y con los inicios de la Revolución industrial, el trabajo de las
mujeres -y de los niños- se hizo muy abundante, no solo en tareas
en las que siempre habían intervenido de forma mayoritaria, como el
hilado, tejido u otras labores textiles, sino también en numerosas ac-
tividades de las nuevas fábricas. Una de las ventajas para el patrón era
que se las pagaba menos que a los hombres, lo mismo ocurría con los
niños. No obstante, el trabajo de mujeres y niños -a veces trabajo
duro- había sido también una realidad preindustrial.

Revueltas y rebeliones

Las revueltas y alteraciones del orden eran una de las principales


preocupaciones de gobernantes y grupos dirigentes de la sociedad.
Tales alteraciones podían ser de muy distintos tipos, de acuerdo con
una gradación, de menor a mayor complejidad, que iría desde una
simple algarada o motín local, pasando por una revuelta más seria,
hasta una revolución. Pero lo más importante son las diferencias bá-
sicas que existen entre los movimientos violentos del Antiguo Régi-
men y los del mundo contemporáneo. Si estos se basan mayoritaria-
mente en el intento de crear un futuro mejor y en la idea de progreso
-que no aparece hasta la Ilustración-, los del Antiguo Régimen se
caracterizaban, ante todo, por la apelación al pasado, la defensa de
la tradición o el deseo de volver a una edad de oro imaginaria, alte-
rada por el estado de las cosas que se pretendía cambiar de forma
violenta. Otra característica importante era la frecuente sacraliza-
ción, propia de un mundo en el que lo sagrado penetraba buena
parte de la realidad.
La diferencia entre los levantamientos sociales -y políticos-
de ambos periodos históricos ha llevado incluso a los historiadores
a preguntarse por la existencia o no de revoluciones en la Edad Mo-
derna, debate en el que existen posturas variadas. Dicho término,
que comienza a utilizarse para definir algunas de las grandes convul-
siones del siglo XVII, procede de la astronomía -recuérdese el título
de la obra de Copérnico, De revolutionibus orbium coelestium- y
tiene el sentido de un giro o vuelta completa de las cosas, al igual que
La sociedad estamental 85

hacen los planetas en sus órbitas. Las grandes revoluciones posterio-


res -la francesa de finales del siglo XVIII, la soviética de comienzos
del XX o la china de los años treinta y cuarenta de dicha centuria-
han llevado a muchos autores a restringir el concepto de «revolu-
ción» a tales cambios en profundidad que afectaron a casi todo el
orden de las cosas.
Aunque no tan radicales, en el seno de muchos de los levanta-
mientos políticos o sociales de la Edad Moderna se propusieron -y
en algunos casos se lograron- cambios muy importantes, como la
obtención de la independencia nacional o el paso del absolutismo a
un sistema parlamentario. Asimismo, y a pesar de su alcance limi-
tado y su fracaso, no podemos desconocer que hubo proyectos y re-
beliones en los que se plantearon cambios profundos del orden so-
cial, que afectaban obviamente a la base económica sobre la que este
se sustentaba, que hubieran generado auténticas revoluciones en
caso de no haber sido sofocados. Esta es, en mi opinión, una de las
cuestiones centrales. Al igual que algunas enfermedades pueden de-
generar y malignizarse si no se cortan, hubo levantamientos que al-
bergaban gérmenes potencialmente revolucionarios, si bien en mu-
chos casos fueron sojuzgados antes de que pudieran evolucionar. La
mayoría, sin embargo, fueron simples revueltas, es decir, estallidos
de malestar de distinta índole, que implicaban una sublevación con-
tra determinadas autoridades, pero carecían de -o no llegaron a
desarrollar- un programa claro de cambio en profundidad del sis-
tema político o las estructuras económicas y sociales.
Los levantamientos y revueltas de la Edad Moderna ofrecen una
variada tipología, propia además de un mundo en el que la violencia
tenía una presencia notable. En el ámbito rural, con ocasión de las
frecuentes crisis productivas, eran habituales los llamados motines
de subsistencia, que se manifestaban de formas diversas, pero cuyo
aspecto fundamental era la reacción contra las autoridades locales, a
las que se culpaba de la escasez, y contra los comerciantes de grano
y los ricos, a los que se acusaba de esconder el cereal para especular.
Tales levantamientos raramente iban más allá del ámbito de la locali-
dad o la pequeña comarca. Una de sus manifestaciones era la oposi-
ción a que se sacaran cereales con los que auxiliar a localidades más
o menos cercanas.
Otro tipo de conflicto característico eran las revueltas antiseño-
riales, que eran estallidos de protesta contra los abusos del señor o
sus representantes. Su ámbito preferente era el rural, aunque a veces
afectaban también a localidades más amplias o pequeñas ciudades
señoriales. La oposición a la fiscalidad señorial se manifestaba tam-
86 Luis Ribot

bién en pleitos de las comunidades campesinas para evitar el pago


de determinados derechos a su señor. Sin llegar al motín abierto,
existía también una resistencia habitual contra el impuesto, incluido
el diezmo eclesiástico.
En algunas ocasiones se dieron revueltas campesinas más am-
plias, las llamadas;acqueries por la historiografía francesa, en las que
solía confluir el malestar creado por las malas cosechas con reivin-
dicaciones antiseñoriales y otros elementos. A veces lograron exten-
derse a vastas regiones. En ciertos casos, como ocurrió en Alemania
a comienzos de la Reforma de Lutero, el malestar del mundo rural se
mezcló con motivaciones religiosas y políticas más complejas, dando
lugar a la llamada Guerra de los Campesinos (1524-1525). Más ade-
lante, los campesinos protestaron también por la fiscalidad real y los
abusos cometidos por el paso de las tropas, como ocurrió en Cata-
luña en varias ocasiones durante el siglo XVII.
Una forma sorda, larvada, de protesta en el mundo rural era el
bandolerismo, que afectaba a amplias regiones, generalmente mon-
tañosas, sobre todo en el entorno del Mediterráneo. En algunas zo-
nas, como la propia Cataluña en los siglos XVI y XVIJ, Nápoles o Si-
cilia, llegó a ser casi endémico, al mezclarse el malestar popular y el
desarraigo con los hábitos de violencia y mala vida de miembros de
la pequeña nobleza rural. En la Alemania de comienzos de la Edad
Moderna fue frecuente entre los caballeros, empobrecidos por la
devaluación de sus rentas y marginados por los cambios en las for-
mas de hacer la guerra. En Italia estuvieron in1plicados incluso al-
gunos nobles de mayor importancia, como el caso de Alfonso Pic-
colomini, duque de Montemarciano, que actuó en los Estados
Pontificios y más adelante en Toscana, siendo finalmente ejecutado
en Florencia en 1591.
La ciudad ofrecía también algunos tipos característicos de con-
flictividad . Los pobres no controlados y vagabundos eran siempre
motivo de preocupación, pues no tenían nada que perder. En oca-
siones, los criados domésticos participaban también de las alga-
radas. Las autoridades veían en cambio en los gremios un eficaz
instrumento de control popular. Pero en el seno de estos había asi-
mismo conflictos, y entre ellos los generados por las dificultades de
acceder a la condición de maestro y la reserva de esta, en muchos
casos, a los hijos de quienes lo eran. Muchos oficiales descontentos
se organizaban así en agrupaciones un tanto clandestinas y poten-
cialmente rebeldes, los compagnonages, por el término que se utili-
zaba en Francia para el oficial (compagnon). Pero el principal con-
flicto urbano era la tensión existente con frecuencia entre quienes
La sociedad estamental 87

ocupaban el poder municipal -un grupo del patriciado que ten -


día a cerrarse- y los grupos emergentes, entre los que se encontra-
ban sectores del patriciado excluidos, burgueses nuevos y elemen-
tos destacados del pueblo. Las tensiones entre ellos están detrás de
multitud de conflictos, un ejemplo de los cuales es la revuelta de las
Comunidades de Castilla (1520-1521). Dicha pugna por el poder
municipal se manifestaba habitualmente a través de la lucha entre
bandos y facciones opuestas.
CAPÍTULO 4
EL PODER

En toda organización social se desarrollan automáticamente rela-


ciones de poder, que sitúan a parte de sus miembros debajo de otros,
los cuales les someten en mayor o menor medida. E l poder es por
ello un fenómeno social ineludible, un hecho incluso de carácter an-
tropológico, dada su omnipresencia, por mínima y elemental que sea
la formación social. En la Edad Moderna aparece en muy diversas
formas, desde la familia y las comunidades de vida hasta los poderes
superiores o supremos.

¿Existía el Estado?

En el mundo actual-y pese a la importancia cada vez mayor de


entidades supranacionales-, el poder es esencialmente el del Es-
tado y la relación de poder básica es la que se establece entre este y
el individuo. El Estado nos identifica a cada uno de nosotros y nos
reconoce - y garantiza- unos derechos, de la misma forma que nos
exige unas obligaciones (respeto a la ley, pago de impuestos, etc.) .
Por debajo del Estado existen otros poderes, pero todos ellos en-
cuentran su justificación en el acuerdo básico de carácter estatal que
se plasma en los textos constitucionales -las Constituciones- de
cada país. Todos los poderes remiten, por tanto, al Estado.
En el Antiguo Régimen, el Estado era una entidad discutible, cuya
realidad es negada por destacados historiadores. Existían, por su-
puesto, poderes supremos que gobernaban amplios territorios y que
se caracterizaban -como los Estados actuales- por el hecho de no
depender de ningún poder superior, más allá de la cada vez más ficti-
cia soberanía del papa y el emperador. Eran los reino , la escasas re-
90 Luis Ribot

públicas y algunos territorios principescos independientes (ducados,


marquesados, etc., esencialmente en Italia y también -aunque su in-
dependencia, más práctica que teórica, no se afirmara hasta media-
dos del siglo XVII- en Alemania). Pero en todos ellos lo que existía
realmente no era un ente objetivo fruto del acuerdo fundacional de
los ciudadanos -como el Estado actual-, sino un poder de carácter
patrimonial y hereditario, vinculado a una familia que lo transmitía
generacionalmente a sus miembros por la vía dinástica.
El caso de las repúblicas no era muy distinto, pues, al igual que
las monarquías o principados, se basaban en sociedades estamenta-
les con desigualdad de derechos y obligaciones entre sus miembros .
La única diferencia con los principados era que no había llegado a
constituirse una dinastía, por lo que el poder supremo alternaba en-
tre distintos miembros de los grupos dominantes y lo importante,
más que la persona que lo ostentara en cada momento, era el órgano
colegiado que le designaba y dirigía el gobierno del territorio.
En todos los casos, lo importante era el poder supremo en sí. En
las monarquías, el del rey o príncipe, basado en derechos, tradicio-
nes y ordenamientos legales, y respaldado en última instancia por la
apelación a la voluntad divina. El rey era la base del ordenamiento
legal y los derechos eran la consecuencia de una concesión regia a
alguien concreto -una persona o, sobre todo, un grupo o comuni-
dad-, por lo que se constituían en privilegios (leyes privadas) . En
tales condiciones, resulta difícil hablar de Estado. Sin embargo, los
Estados que se crean a partir del constitucionalismo liberal de fina-
les del siglo XVIII y comienzos del XIX no son creaciones totalmente
ex novo. En los siglos anteriores, y especialmente en la Edad Mo-
derna, comienzan a desarrollarse algunos elementos que nos hacen
pensar en la existencia de algo más que la propia realidad de la per-
sona y el poder real. Es lo que Giovanni Muto ha llamado «fragmen-
tos de estatalidad», que permitirían hablar en algún sentido de Es-
tado, si no fuera por el riesgo de deformar la realidad, como tantas
veces ha hecho la historiografía a la hora de explicar los siglos mo-
dernos desde una óptica estatalista.

El peso de lo colectivo. Los poderes inmediatos

Si resulta difícil hablar de Estado, lo es también, como ya sabe-


mos, hablar de individuo. Solo los miembros de la alta nobleza y en
menor medida las elevadas dignidades eclesiásticas eran personas
con una consideración legal individual o particular, que poco tenía
El poder 91

que ver, en cualquier caso, con el concepto de individuo propio del


mundo contemporáneo. La inmensa mayoría de la población adqui-
ría su estatus por la pertenencia a un grupo, comunidad o colectivi-
dad, fuera del cual se convertía en un aventurero o un desarraigado.
Sus derechos y obligaciones eran los que se derivaban del grupo (o
grupos) al que perteneciera. Un habitante de una localidad con-
creta, dedicado a un oficio determinado, perteneciente a una familia
e integrado en una parroquia o comunidad religiosa recibía el esta-
tus peculiar de cada una de ellas. Si la localidad gozaba, por ejemplo
-siempre por un privilegio real-, de exención de reclutamientos,
nuestro personaje, aunque no perteneciera a los privilegiados, dis-
frutaría de tal exención. Si formaba parte de un gremio, tendría los
derechos y obligaciones del mismo. En caso de que tal gremio tu-
viese una cofradía, habría de contribuir al culto y sostenin1iento de
la misma, con la ventaja de que, si algún día lo necesitaba, acabaría
beneficiándose del socorro que esta le pudiera proporcionar. La fa-
milia y la parroquia -o cualquier otra colectividad: universidades,
consulados, monasterios, comunidades religiosas, etc.- le propor-
cionarían también un conjunto -no necesariamente equilibrado-
de derechos y obligaciones. Lo colectivo se imponía pues de forma
decidida, hasta el punto de constituir una de las principales caracte-
rísticas del Antiguo Régimen.
Pero para entender de forma más precisa este hecho, hay que te-
ner también en cuenta el peso de lo local. En un mundo en el que
las distancias relativas eran infinitamente superiores a las actuales
como consecuencia de las dificultades de comunicación, amplias
masas de la población desarrollaban toda su existencia dentro de
espacios muy reducidos. Para ellos, como para casi todos, el poder
del rey era algo muy lejano. No solo porque por muy absoluto que
pudiera ser en la teoría, sus medios de acción en la práctica eran in-
finitamente menores de los de cualquier Estado de la actualidad,
sino también porque la vida de todos los días se desarrollaba en ám-
bitos colectivos cerrados y limitados: la casa familiar, el taller, lapa-
rroquia, la localidad ... En tales condiciones, los poderes más sensi-
bles para la gran mayoría de la población eran los inmediatos: el del
padre, marido o jefe de la familia, el del señor en los territorios que
de él dependían, el del párroco o confesor, las autoridades gremia-
les, los gobernantes del municipio, el abad o superior del convento,
la madre priora ...
92 Luis Ribot

Familia y otras comunidades de vida

En la época preindustrial, la familia cumplía más funciones que


en el mundo actual. Además de ser la institución esencial de la repro-
ducción biológica y la vía ordinaria de integración del individuo en la
sociedad, era habitualmente el lugar principal de la producción y or-
ganización del trabajo, hasta el punto de que, en una economía de bie-
nes escasos como aquella, solo la disposición de unos medios de sub-
sistencia propios permitía habitualmente la formación de una nueva
familia. En otro sentido, la pertenencia a la familia no se derivaba de
la relación de parentesco, sino de la función que desempeñaba cada
miembro del hogar en la organización del trabajo. Un siervo o un
criado pertenecían a la familia del señor, pero no un hermano menor
de este que al no haber heredado hubiera tenido que buscarse la vida
por su cuenta. Como indica Ernst Hinrichs, antes de que se desarro-
llara el concepto contemporáneo de familia vinculado al parentesco
y al modelo de familia sencilla burguesa, formaban parte de ella to-
das las personas que habitaban en una misma casa con la finalidad de
desempeñar una tarea de producción agrícola o artesanal bajo la au-
toridad del pater familias. Los papeles de cada uno de sus miembros
estaban determinados principalmente por tal objetivo y no por las re-
laciones de parentesco, lo cual no implica que las relaciones de paren-
tesco, dentro y fuera de la casa, no tuvieran in1portancia. Así se explica
la idea de vecino o fuego, base de los recuentos de población, y que
expresa unidades familiares en lugar de individuos.
Así concebidas, las familias podían ser de tres tipos. La nuclear,
formada por los padres con los hijos y criados, y a veces alguno de
los abuelos supervivientes, era la predominante. La troncal, en la
que una pareja conyugal y su descendencia convivían con los padres
y tal vez alguno de los hermanos solteros, de forma que en la casa po-
día haber varias generaciones, aunque únicamente una pareja casada
de cada una de ellas. Y finalmente la compleja, caracterizada por la
convivencia en la casa -dada la unidad entre familia y hogar- de
varias generaciones con diversos núcleos conyugales de una misma
generación y la descendencia de cada uno de ellos; una variable de la
misma eran las hermandades, constituidas por múltiples ampliacio-
nes horizontales de la familia nuclear (un hogar con dos o más her-
manos con sus familias, que vivían bajo el mismo techo y administra-
ban una finca no dividida).
La familia compleja, dotada de una importante fuerza de tra-
bajo, tendía a predominar allí donde la relación de la familia con la
El poder 93

tierra -de la que no era propietaria- estaba vinculada a su capaci-


dad para hacer producir amplias extensiones de terreno, como en la
Europa Oriental sometida a la segunda servidumbre, o en zonas de
Francia e Italia en que la cesión de la tierra en régimen de aparce-
ría o reparto de frutos había llevado a constituir fincas extensas. La
familia troncal predominaba en áreas de economía pastoril, gene-
ralmente de montaña. Su objeto esencial era la perduración de una
casa o explotación vinculada a un linaje, lo que obligaba a transmi-
tirla íntegra a un único heredero. Como señalaran Peter Laslett o
Guy Fourquin, la tendencia desde la Edad Media era el predomi-
nio progresivo de la familia nuclear. De hecho, habría de ser la base
de la futura familia burguesa a la que se ha aludido. Respecto al nú-
mero de personas, en la nobleza o las gentes más acomodadas había
familias de veinte o cuarenta individuos, y a veces cifras mucho más
altas. Pero había también casas de w1a sola persona y familias con-
yugales puras, bastante más raras. La mayoría de los hogares, tanto
campesinos como urbanos, eran de una gran variedad de tamaños y
tipos, si bien el tamaño medio en el campo, en la Europa central y
occidental -habida cuenta de la elevada mortalidad-, era de cua-
tro a seis personas, y algo inferior en los hogares de las ciudades.
Para muchas personas, la familia regulaba los aspectos esencia-
les de la existencia, desde la formación -no todos asistían a escue-
las- hasta la elección del trabajo y del cónyuge. El matrimonio de
los hijos era el elemento esencial en la estrategia de reproducción
social de la familia, por lo que difícilmente podía dejarse a la libre
elección de los interesados. La autoridad del cabeza de la familia
era especialmente sensible para las mujeres, que se veían forzadas a
aceptar las elecciones de aquel en todos los ámbitos de la existencia,
ya se las destinara al matrimonio o a un convento en el que perma-
necerían encerradas de por vida. Solo las mujeres casadas cuando
quedaban viudas -cosa que solía ocurrir con frecuencia- adqui -
rían un estatus de independencia al constituirse en cabezas de la fa-
milia, capaces de intervenir en la gestión de la propiedad que pu-
dieran tener. Claro que para que tal libertad fuera efectiva había de
tratarse de familias con posibilidades económicas. Pero la depen-
dencia de la voluntad del pater fam ilias afectaba también a los va-
rones. Entre los nobles era frecuente que el orden del nacimiento
marcara la actividad a realizar. El hijo mayor quedaba reservado
para heredar el título y las posesiones vinculadas a él, mientras que
los menores eran destinados a la Iglesia -generalmente sin tener
en cuenta tampoco su voluntad-, al ejército o a la universidad
para convertirse en letrados. La alta mortalidad de la época alte-
94 Luis Ribot

raba con frecuencia tales previsiones, ante la desaparición prema-


tura de los primogénitos.
Dada la importancia que tenía en la vida de las gentes, la fami-
lia era una fuente importante de tensiones, que con alguna frecuen-
cia llevaban a desenlaces violentos. Las más conflictivas eran la tron-
cal y la compleja. En aquella, la principal fuente de conflictos era la
designación del heredero en los casos en que no lo era automática-
mente el primogénito. En las complejas ocurría lo mismo cuando se
planteaba el relevo del cabeza de familia. Otros conflictos nacían en
ellas de la siempre difícil convivencia entre diversas parejas y los hi-
jos de cada una de ellas.
Junto a la familia había otras comunidades de vida, como eran
aquellas en las que se desarrollaba la existencia de los hombres y
mujeres que habitaban en un monasterio o convento. En este caso,
el poder del abad, prior o superior era aún mayor que el del padre
de familia, pues la vida religiosa se adoptaba de forma teóricamente
irrevocable y afectaba a todos los aspectos de la existencia. En los
monasterios masculinos, y en todos los claustros femeninos a raíz de
Trento, existía la clausura, con la peculiaridad de que la vida de en-
cerramiento reducía aún más el ámbito físico de la existencia e incre-
mentaba consecuentemente el poder del superior o superiora, res-
paldados además por las atribuciones espirituales que se derivaban
de su condición. Ellos eran probablemente los poderes inmediatos
más evidentes del Antiguo Régimen.

La parroquia

La parroquia era otra de las comunidades esenciales y el lu-


gar más inmediato en el que se hacía patente el enorme poder de la
Iglesia en un mundo hondamente sacralizado. El párroco, especial-
mente en el mundo rural y en pequeñas localidades en las que era
el único representante de la jerarquía eclesiástica, reunía así en sus
manos todo el poder de la institución encargada de mediar entre
los hombres y Dios, llevando a aquellos al camino de la salvación.
Toda la vida de las gentes, desde la cuna a la sepultura, estaba pau-
tada por la Iglesia a través de los sacramentos. Para la gran mayo-
ría de las gentes, que no sabía leer ni escribir, los sacerdotes no eran
únicamente los encargados de instruirlos en la fe y administrarles los
sacramentos, sino quienes les transmitían lo esencial de su cultura y
formaban su conciencia y sus opiniones a través de medíos tan im-
portantes en la época como el sermón y el confesonario.
El poder 95

La Iglesia era así la gran formadora-controladora de la opinión, y


este papel, que en las ciudades se repartía entre diferentes clérigos y
predicadores, en las localidades más pequeñas tendía a concentrarse
mucho más en la figura del párroco. A partir del Concilio de Trento,
la parroquia asumió también una importante función de control de
la práctica religiosa de sus feligreses, lo mismo que ocurriría con ins-
tituciones similares en las iglesias reformadas, especialmente entre los
calvinistas. Pero la parroquia desarrollaba otras fwKiones. No solo se
encargaba de la enseñanza de las primeras letras y de la ayuda mutua
o la beneficencia, muchas veces, por medio de cofradías, también es-
timulaba la vida comunitaria mediante la constitución de asociacio-
nes para hacer frente, en caso necesario, a la construcción y repara-
ción de la iglesia o a los gastos del culto. Surgieron así las asociaciones
conocidas como fábricas de tal o cual iglesia, cuya misión esencial era
recaudar y administrar los fondos destinados a dicho fin .

La comunidad local

La comunidad local, el municipio, constituía otro de los poderes


inmediatos. Su autoridad se basaba en concesiones o privilegios otor-
gados por el príncipe en la Edad Media, a raíz de su reconocimiento
jurídico. Su misión fundamental, que ejercía habitualmente por me-
dio de una serie de cargos de gobierno emanados de un consejo que
reunía a todos -en los casos de localidades muy pequeñas- o a una
selección de los vecinos, era el reglamentar la actividad productiva en
interés de la generalidad. Para ello era necesario regular el aprovecha-
miento de la agricultura y la ganadería, estableciendo, entre otros as-
pectos, los periodos en que los campos de cultivo, una vez levantada
la cosecha, podían ser pastados por los ganados de la comunidad, o las
fechas de las diversas labores agrícolas (siembra, siega y vendimia) . En
los campos abiertos de la Europa del noroeste, en que predominaba
la rotación trienal, también fijaba a veces el cultivo de cada una de las
hojas. Otra función esencial era la regulación del aprovechamiento de
las zonas de propiedad comunitaria: monte, bosques, pastos, así como
el uso de lugares de utilización común, como las eras. Para todo ello
contaba con la capacidad judicial que le permitía castigar, en una pri-
mera instancia, las infracciones que pudieran cometerse.
Al municipio rural -y también, aunque en mayor escala, al ur-
bano- le competía asimismo el cuidado de que la localidad es-
tuviera suficientemente abastecida, lo cual exigía, de una parte,
medidas de previsión, como el préstamo de granos a campesinos ne-
96 Luis Ribot

cesitados o la construcción de silos para guardar las reservas, y de


otro la supervisión del mercado, esencialmente el de cereales, pro-
hibiendo una salida de granos que pudiera provocar la escasez o
encargándose de comprarlos fuera en momentos de penuria. Solía
ocuparse también -aunque en este tema es difícil generalizar- de
algunas obras públicas de la localidad, como el cuidado de los cami-
nos y puentes. Obligación suya era igualmente el cuidado de la igle-
sia local, la sanidad, especialmente en los frecuentes momentos de
crisis, y el orden público, y en algunos casos colaboraba en la ense-
ñanza elemental o en la asistencia a los pobres.
Más allá de la familia, la comunidad campesina era así el poder
civil más inmediato y genuino, pues era el que regulaba el ámbito
de la vida diaria para una gran mayoría de los europeos y el que per-
mitía a sus miembros una participación más directa en la gestión de
los intereses comunes, mayor cuanto más reducida fuera la comu-
nidad. En el curso de la Edad Moderna, no obstante, la comunidad
campesina perdió claramente posiciones frente al deseo de contro-
larla que manifestaron otros poderes como los del señor, la Iglesia
o el príncipe. Tal declive de la comunidad aldeana responde a tres
causas principales: el empobrecimiento, las divisiones internas y la
pérdida de su autonomía.
La primera de ellas es consecuencia de los gastos crecientes a los
que ha de hacer frente por diferentes motivos: la provisión de ce-
real en ocasión de una o varias malas cosechas, los gastos a causa de
una epidemia, los efectos de la guerra, las obras públicas, etc., sin
olvidar el peso de la fiscalidad, no solo del rey, sino también de la
Iglesia y, en su caso, el señor. La respuesta a todo ello será el endeu-
damiento, la hipoteca de los bienes colectivos y después, con fre-
cuencia, la pérdida de estos.
Las divisiones internas de la comunidad colaborarán a este pro-
ceso, bastante generalizado en Europa, pues resulta evidente que no
todos los vecinos comparten los mismos intereses. En el seno de la
colectividad se producen divisiones sociales, derivadas de las dife-
rencias en la posesión de bienes y rentas, con el inevitable proceso
de oligarquización. Los más favorecidos acaban dominando el po-
der municipal, en el que tienden a perpetuarse. No solo procura-
rán quedar excluidos -cuando no beneficiarse- del reparto de
impuestos, reclutamientos, alojamientos de soldados y otras presta-
ciones, sino que tratarán de hacerse con la propiedad de bienes mu-
nicipales y de uso comunal.
El tercer elemento es la pérdida de autonomía ante las ansias ex-
pansivas de instancias superiores de poder, como el rey, la Iglesia o
El poder 97

el señor. El resultado será generalmente negativo para la comuni-


dad rural y sus bienes y derechos colectivos. Sus acreedores, entre
los que se encuentran con frecuencia gentes de las clases medias ur-
banas y miembros de la naciente burguesía deseosos de comprar tie-
rras como vía para el ennoblecimiento, se apoderarán de buena parte
de sus bienes, lo mismo que harán, cuando puedan, el señor o el rey.
En Castilla, este último invocará para ello derechos arcaicos como la
propiedad de los terrenos baldíos -así llamados por no haber sido
concedidos formalmente en el pasado-- que habían sido utilizados
por las comunidades locales. En Inglaterra, el acceso al campo de los
nuevos propietarios se complementaría con el cercamiento de sus tie-
rras, en virtud del fenómeno de los enclosures, para dedicarlas a un
uso generalmente ganadero, pero procesos parecidos de privatiza-
ción se dieron en otras muchas zonas de Europa.
Buena parte de cuanto se ha dicho sobre la comunidad rural
puede extenderse a las ciudades. La gran diferencia entre ambas no
era solo cuantitativa (número de habitantes), sino también y esen-
cialmente cualitativa, pues era la índole de las actividades que en ella
se realizaban lo que definía a una ciudad, comenzando por la mayor
dependencia del mercado para el propio abastecimiento. Frente al
predominio del sector primario en el mundo rural, el urbano se ca-
racterizaba por la abundancia de manufacturas y su organización
en gremios, la importancia de los intercambios y los servicios admi-
nistrativos y, como consecuencia de ello, la presencia de abogados y
profesionales diversos. El número de eclesiásticos, especialmente re-
gulares (hombres y mujeres) era también elevado.
La mayor cuantía y la diversificación de la actividad de sus habi-
tantes, junto al fenómeno de los gremios, hacían que los diferentes ofi-
cios se distribuyeran por calles y barrios, dotando a la ciudad de una
fisonomía variopinta. En ella, las diferencias sociales se agudizaban, lo
que tenía también su repercusión en el paisaje urbano y en el reparto
del poder municipal. Los grupos dominantes, integrados por elemen-
tos distintos (nobles, gentes enriquecidas por la actividad económica,
letrados, abogados ... ), pero con tendencia a fundirse a medio plazo,
constituían los llamados patriciados urbanos, término impreciso que
se adecúa perfectamente a la propia indefinición del grupo. Son las
que Felipe Ruiz Martín llamó en Castilla oligarquías urbanas, particu-
larmente poderosas en este caso, pero que existen con características
parecidas en toda la Europa central y occidental.
Tales grupos acabarán monopolizando el poder en la mayor parte
de las ciudades, lo que no dejó de generar tensiones -en algunos ca-
sos revueltas violentas- con los sectores excluidos, no solo el pueblo
98 Luis Ribot

y los desarraigados, sino también grupos emergentes pero alejados


del poder municipal. Si para los miembros del patriciado urbano la
pertenencia a una familia, un grupo, clan o clientela era importante,
lo era también para los sectores populares, pues el sistema clientelar
o faccional recorría las estructuras sociales en sentido vertical, afec-
tando también al mundo rural. Además de las relaciones informa-
les que se derivaban del mismo, resultaba también esencial, como en
los pueblos y aldeas, la integración en comunidades como la familia
o la parroquia, que se veían incrementadas en el ámbito urbano por
la presencia de los gremios y sus cofradías -suprimidas en el mundo
protestante-, a las que había que unir las cofradías vecinales.

Los señores

En el orden civil eran también muy importantes los poderes de


los señores y sus delegados en los territorios de jurisdicción feudo-
señorial. Aunque originariamente -y en las zonas en que la per-
vivencia feudal era más fuerte- propiedad y jurisdicción solían ir
unidas, en el mundo señorial existían dos tipos de situaciones, de-
pendiendo de si el señor era dueño o no de la tierra. En el primer
caso hablaríamos de señoríos territoriales y en el segundo de juris-
diccionales. Lo característico del señorío no era tanto la propiedad
-que, por otro lado, podía ser solo parcial- cuanto la jurisdicción,
procedente de la época feudal en que los señores ejercían una im-
portante labor militar de protección del territorio y defensa de sus
habitantes frente al exterior.
A comienzos de la Edad Moderna, sin embargo, la nobleza
pierde definitivamente su vieja función guerrera, al tiempo que, con
el reforzamiento de las monarquías, los reyes trataron de subordinar
efectivamente a los señores, empeño en el que obtuvieron un éxito
desigual según los distintos reinos y territorios. En líneas generales,
feudos y señoríos se convirtieron en poderes territoriales dependien-
tes y colaboradores del monarca, sumamente útiles en un sistema
político en el que el rey difícilmente conseguía hacer llegar su poder
a los diversos rincones del reino. Ello reforzó a la principal nobleza,
cuya subordinación al poder real la convirtió en nobleza cortesana,
que abandonó la residencia en sus estados para ir a vivir junto almo-
narca o a desempeñar altos cargos gubernativos, diplomáticos o mi-
litares. El resultado fue el absentismo señorial durante largos perio-
dos, con el consiguiente incremento del poder de sus representantes
y autoridades delegadas.
El poder 99

Fuera o no dueño de la tierra, el señor ejercía una serie de po-


deres recibidos teóricamente del rey -una subrogación de juris-
dicción, como señaló Alfonso Guilarte-, aunque muchos de tales
poderes hubieran sido usurpados tiempo atrás. Los titulares de los
señoríos eran originariamente nobles y eclesiásticos (obispados, ca-
bildos catedralicios, monasterios), a los que se fueron sumando con
el tiempo concejos, universidades y otras entidades, así como par-
ticulares que trataban de ennoblecerse viviendo de rentas. Sus po-
deres eran muy variados, dependiendo de su grado de propiedad
y control de la tierra, las atribuciones jurisdiccionales que tuvieran
-que en algunos casos incluían el mero mixto imperio o justicia ci-
vil y criminal- o los tributos que recibían de los vasallos. Muchos
señores poseían toda una serie de privilegios, como el de vender su
propia cosecha antes que los campesinos, el monopolio de instala-
ciones necesarias como molinos, hornos, prensas, lagares y almaza-
ras o el derecho exclusivo a la caza, que propiciaba el furtivismo de
los campesinos, sometidos a duras sanciones si eran descubiertos,
lo que dejó huella por ejemplo en las game laws o leyes de caza in-
glesas -incluso en el siglo xvm- pese a su marcada evolución ha-
cia un sistema moderno de propiedad privada.
En épocas de baja presión demográfica, muchos de los seño-
res propietarios habían cedido en enfiteusis a los campesinos buena
parte de las tierras. Ello ocurrió especialmente en los territorios de
la corona de Aragón, gran parte de Francia y el norte de Italia. Con
el incremento de la población y los precios agrarios, los señores in-
tentarán en algunos casos recuperar tales censos para convertirlos en
contratos de arrendamiento simples, a corto plazo y con mayor be-
neficio para ellos. En el norte de Francia y el sur de España e Italia,
en cambio, predominarán las grandes explotaciones señoriales, mu-
chas de ellas cedidas a importantes arrendatarios y basadas en una
mano de obra subarrendataria o asalariada. En Inglaterra, por úl-
timo, es frecuente que los señores agranden sus posesiones a costa
de los campesinos, por medios como la restricción del dominio útil
en el caso de la enfiteusis, la compra, el apoderamiento de comuna-
les o la mera usurpación. Posteriormente, en muchos casos, las tie-
rras serán explotadas con espíritu capitalista de cara al mercado, ge-
neralmente por medio de arrendatarios. Muchas veces y aunque viva
habitualmente en Londres, el señor mantiene su mansión y se en-
carga de gestionar sus propiedades a través de intermediarios.
En el caso de los señoríos eclesiásticos -aquell s cuyo titular
era un miembro de la jerarquía de la Iglesia: un obispo, un cabildo
o el abad de un monasterio-, sus atribuciones podían v rse refor-
100 Luis Ribot

zadas por la utilización de las llamadas armas espirituales, en virtud


de las cuales el señor excomulgaba o imponía alguna otra sanción
eclesiástica a los vasallos desobedientes o que no pagaran a tiempo
los tributos. En Europa occidental quedaban escasos restos de la
vieja servidumbre de la gleba o fijación del campesino a la tierra,
pero en la Europa oriental, al este del Elba, se desarrolló durante
la Edad Moderna la conocida como segunda servidumbre, que res-
ponde al tiempo a la fuerza de la nobleza y a la demanda de grano
por parte de Occidente.
El poder de los señores -laicos o eclesiásticos- podía ser muy
agobiante y era, desde luego, bastante más visible, permanente e in-
mediato que el lejano del monarca. La literatura exaltadora de la rea-
leza se encargaría de ensalzar la acción justiciera del rey contra los
abusos de los señores -por ejemplo, en España, las obras de Lope
de Vega, Fuenteovejuna y El mejor alcalde el rey- pero tales inter-
venciones no eran frecuentes. Los abusos de los señores dieron lugar
a un tipo específico de rebelión, la revuelta antiseñorial, si bien en
muchos de los casos las tensiones desembocaban en largos pleitos de
los vasallos contra los señores, aunque ello implicaba una capacidad
económica para hacer frente a sus costos que no todos tenían.
CAPÍTULO 5

RELIGIÓN Y CULTURA

Una existencia sacralizada

Una de las principales diferencias entre el Antiguo Régimen y el


mundo actual se halla en la visión de la vida y la existencia. En la ac-
tualidad, y con indiferencia de las posibles creencias de cada uno, la
vida es el valor máximo y el principal objetivo la búsqueda de la fe-
licidad individual y el goce de la existencia. Salvo casos excepciona-
les, cualquier referencia a una vida posterior ha de hacerse compa-
tible con una realización plena en esta. Somos hijos, en este sentido,
de la Ilustración, la descristianización o laicización de la existencia y
la valoración del hombre, el mundo y la naturaleza que se iniciaron
con ella. Pero en los siglos anteriores las cosas eran muy diferentes.
En las mentalidades colectivas, la vida era vista como la antesala de
una vida futura, un valle, casi siempre de lágrimas, en el que solía pa-
sarse poco tiempo -recordemos la omnipresencia de la muerte y la
limitada esperanza de vida-y en el que el objetivo esencial era con-
seguir la salvación, vivir para salvarse. Por sacralización de la exis-
tencia entendemos precisamente eso: la subordinación de la vida te-
rrena a la considerada como eterna, la inexistencia de barreras entre
lo natural y lo sobrenatural y la aceptación de una escala de valores
en consonancia con ello.
Toda Europa -cuando aún no se utilizaba dicho término sino el
de «cristiandad»-- vivía inmersa en una cultura fuertemente sacrali-
zada. La propia referencia cronológica -y esto ha llegado hasta no-
sotros- estaba vinculada a las creencias. Desde el siglo V1 había co-
menzado a generalizarse el uso de la «era cristiana», iniciada en el
año del nacimiento de Jesucristo, si bien el calendario seguía siendo
el juliano, procedente de la reforma del que usaban. hasta enton-
ces los romanos decretada por Julio César el año 47 antes de Cristo.
102 Luis Ribot

Con el tiempo, sin embargo, los astrónomos se dieron cuenta de que


dicho calendario recortaba el año en once minutos y nueve segun-
dos, menos de un segundo por día. En 1582 el papa Gregario XIII
estableció una ligera corrección en el cálculo de los años bisiestos,
dando origen al calendario gregoriano todavía en vigor. Para adap-
tarlo a las estaciones y eliminar el desajuste que había venido acu-
mulándose a lo largo de los siglos con el calendario juliano, aquel
año se suprimieron diez días, pasándose del jueves 4 al viernes 15 de
octubre (esa noche, curiosamente, murió santa Teresa). Pero tales
disposiciones del papa no fueron aceptadas más que por el mundo
católico, lo que creó durante bastantes años un desajuste entre su ca-
lendario y el de los países protestantes, que acabarían aceptándolo,
como lo hizo Gran Bretaña en 1752.
La nomenclatura de los meses, también de origen romano, te-
nía y tiene una clara reminiscencia clásica, si bien la sucesión anual
de la actividad estaba hondamente marcada por los periodos litúr-
gicos: Adviento, Navidad, Cuaresma ... Los intentos racionalistas y
un tanto ingenuos de los jacobinos franceses por introducir un ca-
lendario basado en el ritmo anual de la naturaleza, con los bellos
nombres de Brumario, Vendimiario, Fructidor, etc., tuvieron una
existencia efímera. Todas las festividades del calendario eran de ca -
rácter religioso y las fiestas -incrementadas por las canonizacio-
nes de la Contrarreforma como reacción a la supresión del culto a
los santos por los protestantes- eran tantas en el mundo católico
que, a mediados del siglo XVIII, y para evitar que los jornaleros deja-
sen de trabajar y percibir su salario en tantas ocasiones , el papa Be-
nedicto XIV comenzó un proceso de reducción que los ilustrados
-obsesionados por el trabajo, la utilidad y la racionalización- tra-
taron de continuar.
Aun así, en el área de París, después de la abolición en 17 66 de
diecisiete festividades religiosas, aún quedaban veinticuatro al año,
cantidad ampliamente superada, según William Doyle, en España o
Italia. El santo del día servía para fechar las cartas, al tiempo que los
contratos civiles y mercantiles, las escrituras de censo, etc., introdu-
cían plazos cuyo término hacía referencia a diversas festividades de
la Virgen o los santos. En los días festivos, la diversión en el mundo
católico se basaba en sermones, procesiones y otras manifestaciones
de dicho carácter. En la Europa protestante, las festividades religio-
sas eran menores, aunque no es seguro que se trabajara más días. El
caso de Inglaterra es significativo: las fiestas religiosas eran solo tres,
pero los trabajadores londinenses descansaban los ocho días al año
en que había ahorcamientos públicos y una tradición fuertemente
Religión y cultura 103

arraigada permitía a los trabajadores ingleses alargar al lunes la fes-


tividad del domingo.
Tanto la existencia humana como la vida diaria estaban pautadas
por lo religioso. Desde el nacimiento a la muerte, era la Iglesia, a tra-
vés de los sacramentos o de las prácticas piadosas, la que regulaba los
diversos momentos y circunstancias: la entrada en la comunidad, los
diferentes ritos de paso, la despedida y el entierro, además, natural-
mente, de la práctica sacramental ordinaria (penitencia, eucaristía) .
Las disposiciones tridentinas establecieron un riguroso control de
los fieles, que tenía su correlato en diversas Iglesias protestantes. Lo
esencial no era solo el llevar razón de ellos -gracias a lo cual dispo-
nemos hoy de una fuente demográfica tan importante como los libros
parroquiales-, sino vigilar que cumplieran con las prácticas religio-
sas y, en ocasiones, reconvenirlos cuando no lo hacían. Todo ello re-
dundó en un enorme poder del clero, pues la sacralización de la exis-
tencia había generado una sociedad fuertemente clericalizada.
El ritmo de la vida diaria no se medía, como en la actualidad, por
los relojes, solo a disposición de unos pocos, sino por las campanas
de las iglesias con sus múltiples y diversos toques, que anunciaban
también cualquier acontecimiento: desde algo tan habitual y ordi-
nario como la muerte de algún feligrés, hasta una alarma, incendio
o situación extraordinaria mediante el toque a rebato. Así se explica
la familiaridad de los vecinos con las campanas de sus iglesias, cu-
yos nombres y sonidos conocían, y la fiesta con que recibían el es-
treno de una nueva o la decepción cuando alguna se rajaba. El año
litúrgico, con sus diversos ritos y celebraciones, marcaba también
en las iglesias el ritmo estacional, al tiempo que el arte de fachadas,
retablos, esculturas, pinturas, tapices, orfebrería y otros elementos
servía como ilustración de las predicaciones y enseñanzas de los sa-
cerdotes, especialmente cuando hablaban a la gran mayoría iletrada
de la población.

La religiosidad popular

En realidad, habría que distinguir cultura y mentalidades y seña-


lar la existencia de diversas culturas, que pueden simplificarse en dos
básicas: la de las masas iletradas y la de las elites formadas, con mayor
capacidad crítica y amplio acceso a la cultura escrita. Ambas culturas
se plasmaban en mentalidades colectivas distintas, como lo eran tam-
bién las religiosidades o modos de entender, vivir y practicar la reli-
gión. La más extendida, sin duda, en cuanto que afectaba a un aplas-
104 Luis Ribot

tante porcentaje de la población, era la mentalidad colectiva popular.


Existían, lógicamente, diferencias entre unas zonas u otras, pero los
rasgos generales eran básicamente los mismos, sin que la pertenencia
al mundo católico o al reformado influyera demasiado.
La brevedad de la vida, el carácter transitorio de la existencia y
el objetivo esencial de la misma, centrado en la salvación, llevaban a
una valoración de la muerte muy distinta a la de los tiempos actua-
les. No quiere ello decir que no hubiera miedos. Al contrario. Pero
la frecuencia de la muerte la despojaba del carácter excepcional que
tiene para nosotros. La muerte de un niño -algo tan habitual- se
veía más como la consecución de un valedor más de la familia en
el otro mundo, y de ahí la expresión de «angelitos al cielo». Lo im-
portante era que estuviese bautizado, es decir, que se salvase. Por
ello, a las comadronas se las instruía para que supieran administrar
correctamente dicho sacramento a los recién nacidos en peligro de
muerte (agua de socorro), lo cual importaba más que la buena prác-
tica profesional de aquellas mujeres. En centroeuropa existían san-
tuarios a los que los padres llevaban a sus neonatos muertos, pues
creían que en ellos se realizaba el milagro de que resucitaran un ins-
tante, el preciso para recibir el bautismo.
Toda la existencia y la actividad humana se dotaban de proteccio-
nes y seguridades, destinadas a evitar cualquier resquicio en la conse-
cución del objetivo de la salvación eterna. La primera de ellas era el
nombre, que suponía la elección de un protector y a la vez un ejem-
plo a imitar. Los judíos elegían nombres del Antiguo Testamento
(David, Abraham, Isaac, Samuel, Esther, Sara... ), que comenzaron
a utilizarse también en el mundo reformado a causa de la oposición
de los protestantes al culto a los santos. Los católicos, en cambio, op-
taban por los del Nuevo, con una fuerte presencia en casi toda Eu-
ropa de los nombres de los apóstoles. El reducido número de estos y
la preferencia por los de los más destacados obligaban con frecuen-
cia al uso de motes para distinguir a las numerosas personas que com-
partían el mismo nombre. Los más frecuentes eran Juan, Pedro o,
entre las mujeres, los de la Virgen y su familia: María, Ana o Isabel.
Se repetían también los de algunos santos especialmente venerados
-Antonio, Martín, Alonso (en España, por san Ildefonso), Santiago
o Diego- o los de los principales fundadores de órdenes religiosas
- Jerónin10, Bernardo, Francisco o Catalina-. Con las nuevas ca-
nonizaciones, en el siglo XVII se sumaron otros como Teresa, Ignacio
o Francisco Javier, y, sobre todo, José -muy raro hasta entonces-,
al tiempo que se difundía el culto al esposo de la Virgen. Lógica-
mente había ciertas diferenciaciones regionales, tampoco excesivas.
Religión y cultura 105

En cualquier caso, se estaba muy lejos del predominio contemporá-


neo de la moda en la elección de nombres.
Pero había otras muchas protecciones: las de los santos patronos
de ciudades, oficios y corporaciones diversas, los de cada una de
las cofradías, los titulares de las diversas iglesias, los santos de cada
día .. ., lo cual no evitaba las frecuentes pugnas y pleitos por conse-
guir el monopolio de un determinado patrón celestial, como los ha-
bía también por otras muchas cuestiones, y entre ellas las disputas
por la precedencia en las procesiones. La obsesión por las protec-
ciones respondía a los miedos, pues la omnipresencia de lo divino
llevaba aparejada la de las fuerzas del Mal. El demonio, con su co-
horte de malignos, luchaba por las almas frente a Dios y sus fuerzas
celestiales de arcángeles y ángeles, de forma que la existencia en -
tera era el tiempo de tan terrible combate cuyo premio era la salva-
ción, pero cuyo castigo consistía en la condenación eterna. Las imá-
genes de los condenados y los terribles e interminables tormentos
a que eran sometidos no solo abundan en bajorrelieves y pinturas,
sino que eran convenientemente ilustradas en los sermones y en el
confesonario. La muerte era el momento decisivo, y la preparación
para bien morir fue un tema frecuente en libros de amplia difusión,
acompañados habitualmente de iconografía y pertenecientes al gé-
nero del Ars moriendi. Pero, según la doctrina de la Iglesia, no to-
dos alcanzaban la salvación en el momento de la muerte. Buena
parte de los creyentes tenía que expiar sus pecados durante un
tiempo, más o menos largo, en el purgatorio.
La teología católica distingue entre una Iglesia militante (en la
tierra, durante la vida humana), una Iglesia triunfante (los justos o
santos en el cielo) y, entre ambas, una Iglesia purgante, compuesta
por aquellos ya fallecidos que expían sus pecados antes de entrar
en el cielo. La Iglesia católica interviene en la Iglesia triunfante me-
diante el reconocimiento de la santidad en sus diversos grados (pro-
cesos de beatificación y canonización), o por medio del culto a los
santos, hechos ambos que, en el mundo hondamente sacralizado
-y clericalizado- del Antiguo Régimen, supusieron un enorme
respaldo a su poder y riqueza. Pero para la jerarquía eclesiástica era
aún más importante la existencia de la Iglesia purgante, que permi-
tía prolongar al más allá la mediación clerical, bien fuera a través de
la concesión de indulgencias -reducciones de tiempo en el purga-
torio-, que tanto contribuyeron a la reforma de Lutero, o de las
numerosas misas y sufragios por las almas de los difuntos, que mo-
tivaron en aquellas sociedades un caudaloso río de mandas y dona-
ciones testamentarias.
106 Luis Ribot

El espacio geográfico estaba también lleno de referencias religio-


sas, desde las cruces y las ermitas a las iglesias locales y al nombre de
las calles, ante la necesidad de cristianizar todo el entorno vital de
las gentes. En las ciudades era también muy frecuente -aplastante
incluso- la presencia de iglesias y conventos, con las amplias huer-
tas y espacios de estos, que convertían a muchas urbes en auténticas
ciudades levíticas, dotadas además de numerosos espacios de fuero
eclesiástico a los que no tenía acceso la justicia ordinaria. Solo las
desamortizaciones, a partir del siglo XVIII y sobre todo en el XIX, cam-
biaron la imagen urbana, permitiendo en muchos casos importantes
expansiones y transformaciones urbanísticas.
Las referencias religiosas invadían también el espacio privado
de las gentes, en el que abundaban las cruces, imágenes, estampas
y otras representaciones religiosas, hasta los propios objetos de uso
personal (escapularios, medallas, higas para ahuyentar a los demo-
nios ... ). La fuerte creencia en las fuerzas del maligno y su cohorte
diabólica llevaba también a protegerse por medio de invocaciones y
aspersión de agua bendita, así como a la identificación de individuos
poseídos por Satanás. Todos los sacerdotes tenían la condición de
exorcistas, aunque hubiera algunos especializados. Para la descrip-
ción de las formas del actuación del maligno se habían escrito trata-
dos como el célebre Malleus maleficarum (Martillo de brujas), del si-
glo XV, que conocerá numerosas reediciones.
El campesino inculto, sometido a la dependencia del clima y los
fenómenos naturales, tendía a ver en las desgracias que afectaban a
las cosechas la influencia perversa del demonio, cuando no la ira di-
vina. Ambas eran capaces de proporcionar una explicación sencilla
y propiciaban remedios de todo tipo, rogativas, prácticas piadosas,
toques de campanas, etc., bien fuera para alejar las fuerzas del mal
o para impetrar el perdón y la protección divina, todo lo cual habría
de provocar en el siglo XVIII la indignación de los ilustrados, conven-
cidos de que las vicisitudes climatológicas y las buenas o malas cose-
chas obedecían exclusivamente a causas naturales.
La Ilustración clamó también contra la creencia en las brujas y las
frecuentes quemas de las pobres desgraciadas acusadas de tratos con
Satanás. Es curioso que en España no existiera este problema, gracias
esencialmente a la Inquisición, con lo que se evitaron las matanzas
colectivas tan frecuentes en otros países y en la América del Norte,
con especial incidencia en el mundo protestante. Como observa Teó-
fanes Egida, la Reforma, empeñada en deshacerse de todas las me-
diaciones celestiales (santos), arraigó en cambio las infernales e incre-
mentó la obsesión y la consiguiente persecución de las brujas.
Religión y cultura 107

En el mundo católico, la protección de los santos -todos los


cuales contaban en su haber con victoriosos enfrentamientos con el
demonio- no se limitaba a la lucha por la salvación eterna, sino que
se extendía a la vida diaria. En una época en que la medicina y la ci-
rugía tenían una capacidad muy limitada para curar, no es de extra-
ñar que una sociedad que apenas establecía diferencias entre lo na-
tural y lo sobrenatural recurriera también a los santos en busca de la
salud, llegándose a establecer una nómina de auténticos especialis-
tas en los diversos males como si se tratara de un prestigioso cuadro
médico de la actualidad, a los que se unían centros de peregrinación
también especializados en diferentes padecimientos. Especial valor
para la multiforme mediación celestial tenía la posesión de reliquias,
que se convirtió en algunos casos en una auténtica obsesión, con co-
leccionistas destacados como el duque-elector Federico de Sajonia,
protector de Lutero, en la iglesia de su castillo de Wittenberg o, más
adelante, Felipe II en el monasterio de El Escorial. El duque con-
taba con agentes encargados de conseguirle tan macabros objetos, y
una de las joyas de su colección era un dedo de santa Ana, madre de
la Virgen , adquirido en Rodas.
Muchas iglesias y lugares de culto llegaron a tener asimismo im -
portantes relicarios, que daban trabajo a orfebres y plateros en la
fabricación de las piezas que permitían custodiar y exhibir tan va-
riada tipología de restos humanos y materiales. Lógicamente, ha-
bía centros en los que se vendían reliquias, a veces con certificados
de autenticidad, destacando entre todos ellos Roma o, en España,
Oviedo. Las más valoradas eran las relacionadas con la cruz de
Cristo, la corona de espinas, la Virgen o los Reyes Magos. La obse-
sión por las reliquias -no exclusiva como hemos visto de la religio-
sidad popular- estaba fuertemente vinculada a la convicción de la
excepcionalidad de la santidad, que alteraba fenómenos físicos ha-
bituales como la podredumbre vinculada a la muerte y la descompo-
sición de los cadáveres. Frente a ello se exaltaba lo contrario, el olor
maravilloso que desprendían los santos al morir, la muerte «en olor
de santidad», o la conservación posterior del cuerpo incorrupto.

Prácticas religiosas de las minorías cultas

La religiosidad popular estaba cuajada de prácticas externas, te-


ñidas de superstición y enraizadas a veces en creencias paganas ante-
riores al cristianismo. Reliquias, peregrinaciones, invocaciones, ob-
jetos domésticos y personales, mediaciones, creencia en un mundo
108 Luis Ribot

fuertemente invadido por lo sobrenatural y preñado de milagrería


eran algunas de las características más destacadas de la religiosidad
de las masas, a la que se contraponía -muchas veces con despre-
cio- la de las elites culturales e intelectuales. No conviene olvi-
dar, sin embargo, que también ellos se veían afectados por la mar-
cada sacralización de la existencia, de forma que difícilmente podían
escapar a ella. Así se explica que muchos de los considerados cul-
tos aceptaran sin demasiada crítica la intervención constante de lo
sobrenatural, o fueran -como en los casos de los personajes que
se han citado y otros muchos- ávidos coleccionistas de reliquias;
o también que alguien con una mente tan prodigiosa como Isaac
Newton, el principal exponente de la Revolución científica que ha-
bría de cambiar la forma de entender el mundo, dedicara buena
parte de su tiempo a la alquimia, la interpretación de textos bíbli-
cos y proféticos, así como a cálculos herméticos, en su deseo de com-
prender la estructura real del cosmos desde la mente del creador, tal
como habían pretendido los magos del Renacimiento, lo que llevó al
economista John Maynard Keynes a considerarle «el último de los
magos caldeos».
Las gentes cultas, que abundaban entre los privilegiados, criti-
caban habitualmente las manifestaciones de la religiosidad popular.
Así ocurriría desde el Renacimiento a la Ilustración, aunque la dis-
tancia entre ambos tipos de religiosidad se atenuara en el Barroco,
coincidente con la Contrarreforma y caracterizado entre otras cosas
por la ampulosidad y el artificio, que tan bien casan con la exhibi-
ción y las manifestaciones externas (peregrinaciones, romerías, pro-
cesiones, penitencias públicas, tráfico de indulgencias .. .). Frente a
ellas, proclamaban una religiosidad más íntima y personal, sin tan-
tas mediaciones y centrada en la figura de Cristo. Así lo hicieron los
reformadores de los siglos XV y XVI, tanto los que rompieron con la
Iglesia de Roma como quienes permanecieron en el seno de ella. Así
lo haría también buena parte de los movimientos surgidos a lo largo
de los tiempos modernos en el seno tanto de la Iglesia católica como
de las Iglesias protestantes e inspirados por el deseo de conseguir
una religiosidad más auténtica y personal, a veces incluso restrin-
gida a unos pocos elegidos. El humanismo cristiano, el erasmismo o
las diversas corrientes místicas participan plenamente de tales plan-
teamientos, como también -aunque no se dieran únicamente entre
las minorías cultas- el jansenismo o el pietismo protestante alemán,
surgidos ambos en el siglo XVII.
Pero la fractura entre la religiosidad popular y la de las gentes con
mayor formación llegó al máximo con la Ilustración, al tiempo que
Religión y cultura 109

se abrían camino -aun tímidamente- el laicismo y la seculariza-


ción de la existencia, dotada de sentido propio sin necesidad de re-
ferirla constantemente a una vida ultraterrena cuya realidad algunos
comenzaban a cuestionar. La actitud crítica de los ilustrados, perfec-
tamente compatible en la mayor parte de los casos con las creencias
religiosas y compartida por sectores de laicos y de la jerarquía ecle-
siástica, difícilmente podía aceptar supersticiones y prácticas que no
se ajustaran a la razón, lo que les atrajo la inquina de muchos clérigos
y escritores reaccionarios, que propagaron el mito de la Ilustración
como filosofía atea y anticristiana. Pero era evidente, pese a las reac-
ciones en contra, que la civilización europea había comenzado a cam-
biar, aunque lo hiciera de forma muy lenta, con resistencias que en al-
gunos casos han llegado hasta nosotros. Una de las manifestaciones
de la llamada crisis del Antiguo Régimen era que la sociedad sacrali-
zada empezaba a ser sustituida por otra secularizada, en la que la re-
ligión tiene su propio espacio, sin invadirlo todo.

Las dos culturas

Aparte de la religión, la existencia de dos culturas básicas, la de


las masas iletradas y la de las elites formadas, se manifestaba tam-
bién, obviamente, en el terreno más propiamente cultural, pese a la
vaguedad y amplitud del concepto de cultura. El límite entre ellas
resulta bastante claro para nosotros, aunque sea muy difícil de esta-
blecer. La mayor parte de los historiadores especializados se han fi-
jado en la alfabetización, cuyas huellas documentales son evidente-
mente escritas, por lo que han tenido que rastrear la capacidad o no
de escribir, aunque tal criterio plantea numerosos problemas tanto
teóricos como prácticos. Entre los primeros, el de la diferencia entre
la capacidad de escribir y la de leer, al parecer más difundida, o el de
que la cultura de buena parte de los que sabían escribir (y/ o leer) no
llegaría seguramente mucho más allá, siendo lo que actualmente co-
nocemos como analfabetos funcionales. El principal de los proble-
mas prácticos está en la necesidad de basarnos en las escasas huellas
documentales que nos ha dejado la gran mayoría de la gente.
Así las cosas, los cálculos sobre el porcentaje de alfabetizados se
han basado en habilidades como el saber firmar, poco significativas
no solo por cuanto se ha dicho, sino también por el hecho de que la
firma tampoco presuponía la capacidad de escribir. Pese a todo ello,
tales estimaciones sirven al menos para darnos una idea aproximada
si nos fijamos en la evolución o en la diferencia entr unas zonas u
110 Luis Ribot

otras. Los cálculos de Bartolomé Bennassar y sus colaboradores, ba-


sados en la comparecencia ante los inquisidores en Castilla la Nueva,
nos hablan, por ejemplo, de que en el siglo XVI sabía firmar el 49 por
100, el 54 por 100 en el siglo XVII y el 76 por 100 en el XVIII, lo que
manifiesta sobre todo el avance propiciado por los esfuerzos alfabeti-
zadores de los ilustrados. En algún otro caso, como el de Turín, se ha
diferenciado entre hombres (83 por 100 en 1790) y mujeres (63 por
100), mientras que en el ámbito rural de dicha ciudad italiana los por-
centajes descienden (al 65 y al 30 por 100, respectivamente).
En el mundo protestante, el acercamiento personal a la Biblia
hubo de ampliar la capacidad de lectura. En la Ginebra de Calvino,
por ejemplo, la enseñanza elemental se hizo obligatoria para to-
dos, lo que excluía el analfabetismo, aunque el fuerte control men-
tal ejercido por la Iglesia ginebrina dejara poco espacio a las capa-
cidades creativas de la cultura. Parece, sin embargo, que la difusión
de la lectura entre los fieles no se produjo tanto en la primera época
del luteranismo o del calvinismo, en que predominó la que realiza-
ban públicamente los pastores, cuanto con el puritanismo y los pie-
tismos posteriores, que divulgaron la lectura doméstica de la Biblia,
en grupo e individualmente, e incluso en silencio. Aunque harían
falta otros datos que permitieran llegar a conclusiones más seguras,
resulta significativo el caso de Suecia en el siglo XVIII, donde, gra-
cias a la alfabetización impulsada por la Iglesia luterana, que ame-
nazaba con excomulgar a quienes se resistieran, el 80 por 100 de la
población sabía leer.
Pese a todas las dificultades señaladas, parece evidente que la
gran mayoría de la población se hallaba inmersa en la cultura po-
pular, con independencia en muchos casos de su alfabetización. Un
caso peculiar es el del clero o el de ciertas profesiones que presupo-
nían un cierto nivel de lectura y escritura. Aun así, seguramente mu-
chos de sus miembros - con baja instrucción y escasa o nula afición
intelectual- participaran más de la cultura y las mentalidades po-
pulares que de las de las elites. Todas estas consideraciones no ha-
cen sino insistir en la escasa fiabilidad de los cálculos, por lo que nos
parece más interesante analizar las características generales de cada
una de ambas culturas.

Características de la cultura popular

Al igual que en otros muchos aspectos, como las prácticas agrí-


colas o la religiosidad -basada ambas en la cultura ancestral-
R eligión y cultura 111

el elemento más característico de la cultura popular eran las per-


manencias; los saberes, ideas, convicciones, seguridades y temores
transmitidos de generación en generación y escasamente sensibles a
los cambios. La base esencial de los mismos era la observación cen-
tenaria -milenaria incluso- de la naturaleza y sus ciclos, la huella
aún poderosa de la mentalidad mágica, las viejas leyendas y mitos, así
como la instrucción y los conocimientos religiosos. Para la gran ma-
yoría, el único vehículo de transmisión de la cultura era el oral, bien
fuera en las conversaciones al fuego del hogar, en el trabajo, la ta-
berna o la iglesia. La charla familiar era mucho más frecuente, dete-
nida e importante que en la actualidad, en que prácticamente todos
tenemos acceso a la lectura pero carecemos de tiempo y nos vemos
abrumados ante la profusión de medios y soportes, así como la om-
nipresencia e inmediatez de la comunicación. Lo mismo ocurría en
el trabajo, cuyas técnicas se aprendían con las enseñanzas recibidas
día tras día de los mayores, tanto en las labores agrícolas y ganaderas
como en el mundo artesanal. La iglesia local, por último, era el lugar
más populoso al que acudía ordinariamente la mayoría de las gentes
a escuchar mensajes y a recibir instrucción, criterios morales y nor-
mas de conducta. Porque la Iglesia no era únicamente la encargada
de transmitir una formación religiosa e imponer una serie de prácti-
cas piadosas. Toda religión implica o está basada en una cultura, mu-
cho más amplia y arraigada que las propias creencias, que constituía,
al igual que estas, el medio más importante de control social.
Las gentes conocían romances, cuentos, leyendas e historias di-
versas. Muchos de los conocimientos orales se habían ido codifi-
cando en dichos y refranes, cortos y fáciles de memorizar, que reco-
gían la sabiduría ancestral sobre infinidad de cuestiones prácticas
y de la vida diaria. Como en tantas otras manifestaciones, las elites
culturales los despreciaban, como hizo don Quijote cuando, harto
de los refranes que decía Sancho uno tras otro, le dijo: « ¡Válame
Dios, y qué de necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo
que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que
calles». Otras formas orales de transmisión cultural eran la lectura
en voz alta, las coplas de ciego y pliegos de cordel o los almanaques.
Algunos de ellos se adornaban con imágenes, lo que facilitaba la asi-
milación cultural.
El mundo de las imágenes, tan importante en las iglesias, en las
que arquitectura, escultura, pintura y otras artes se concitaban para
transmitir mensajes que la gente sabía interpretar, era de suma im-
portancia, si bien no se limitaba a la religión. Los poderes terrena-
les, especialmente los reyes, las utilizaban también sabiamente como
112 Luis Rzbot

eficaz respaldo. Nada igualaba, sin embargo, a la enorme capaci-


dad de las iglesias, tanto católicas como protestantes, en el dominio
del mensaje oral, a través de dos elementos fundamentales: el púl-
pito (sermones) y el confesonario, a los que se unía en muchos casos
la enseñanza del catecismo y la doctrina cristiana, además de las lla-
madas primeras letras. Todo ello se completaba -para quienes te-
nían acceso a la lectura- con los misales y libros de devoción, de
uso común en la práctica religiosa, y las vidas de santos, leídas tam-
bién como biografías y libros de aventuras.

La cultura libresca. La educación

Si es cierto, como hemos dicho, que resulta muy difícil trazar una
línea divisoria entre la cultura popular y la de las elites, el elemento
esencial que permite diferenciarlas no es tanto la capacidad de lec-
tura -y también de escritura, aunque el desarrollo de esta fuera
más tardío-, sino el uso habitual de libros y textos escritos, aunque
también en este caso se trata de algo muy difícil de medir. Tal vez
por ello, uno de los procedimientos más empleados para el acerca-
miento a la cultura de los grupos dominantes hayan sido las biblio-
tecas, a pesar de los problemas que su estudio plantea, y entre ellos
el de la diferencia entre la mera posesión de libros y la lectura de los
mismos. El uso habitual de libros sería frecuente entre ciertas pro-
fesiones: abogados, médicos, catedráticos y estudiantes universita-
rios. El paso por la universidad presuponía un nivel de lectura y uti-
lización de textos que muchos de ellos mantendrían durante toda su
vida. Muchos de los clérigos cursaban estudios universitarios, pero
incluso para los que no lo hacían el Concilio de Trento impuso una
cuidada formación religiosa en los seminarios en la que los libros
desempeñaban un papel esencial.
Como norma general, y como se deduce de su propio nombre,
la cultura de elites tendía a coincidir con los sectores dominantes de
la sociedad, hasta el punto de que cualquier proceso de ascenso so-
cial se manifestaba también en el ámbito de la cultura. Lógicamente,
muchos de los personajes más cultos, con mejores bibliotecas y una
afición notable por el coleccionismo artístico, pertenecían a la no-
bleza. Los estudios cada vez más frecuentes de diversos personajes
y familias nos muestran a partir del Renacimiento una fuerte difu-
sión de la cultura clásica y del conocimiento del latín y el griego, así
como notables bibliotecas y colecciones de cuadros, esculturas y ob-
jetos artísticos, cuyos dos referentes principales eran la mitología y la
Religión y cultura 113

historia sagrada. Limitándonos a España, recordemos, por ejemplo,


la magnífica biblioteca, de unos 15.000 volúmenes, que el conde de
Gondomar reunió a comienzos del siglo XVII en su palacio de Valla-
dolid, o que la Biblioteca Real, creada por Felipe V a comienzos del
siglo XV111 y antecedente de la Biblioteca Nacional, contó entre sus
fondos iniciales con las importantes bibliotecas incautadas a nobles
que habían apoyado al archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión,
como el marqués de Mondéjar o el duque de Uceda, a las que poste-
riormente se incorporarían otros fondos nobiliarios, algunos de ellos
de gran importancia. Ricas bibliotecas estaban también en manos de
altos eclesiásticos, monasterios, conventos e instituciones como uni-
versidades y colegios mayores, especialmente en las ciudades, donde
la presencia de libros es bastante más abundante que en mundo ru-
ral. Muchos de tales fondos acabarían en bibliotecas públicas a raíz
de las desamortizaciones, que provocaron, no obstante, una enorme
pérdida de libros y objetos artísticos.
La Edad Moderna se caracteriza, entre otras cosas, por la apari-
ción y difusión de la imprenta, que supuso una importante revolu-
ción en el ámbito cultural, permitiendo pasar del manuscrito al li-
bro, aunque sería injusto pensar que terminó completamente con
la época de los textos copiados a mano, que siguieron difundién-
dose bastante más de lo que hasta hace unos años se creía. Pero la
imprenta era imbatible por la gran cantidad de copias de un origi-
nal que podía poner en circulación. Solo gracias a ella fue posible
la enorme difusión de la Reforma protestante, con la edición de mi-
les de ejemplares de la Biblia, o la aparición de un hecho nuevo, los
grandes éxitos editoriales de algunos libros destacados. La difusión
del libro se veía frenada no solo porque el acceso a ellos estaba limi-
tado a quienes sabían leer -pese a la gran importancia de la lectura
colectiva o indirecta, que ampliaba su audiencia a muchos iletra-
dos- , sino también por su elevado precio o por el control que ejer-
cían sobre ellos los poderes tanto civiles como eclesiásticos, siempre
temerosos de sus contenidos.
Otro límite a la difusión del libro estaba en el uso frecuente del
latín, idioma culto e internacional, que seguía utilizándose en las
universidades pese al avance lento aunque inexorable de las lenguas
vernáculas. Era además el idioma de la Iglesia, y ha seguido presente
en buena parte de la liturgia - incluida la misa- hasta el Conci-
lio Vaticano II. Por ello formaba parte esencial de la enseñanza. En
cuanto a esta, y pese a su carácter socialmente restrictivo, dependía
en gran medida del nivel social. Los monarcas, la principal nobleza
y quienes podían permitírselo recurrían a ayos y pr c ptores priva-
114 Luis Ribot

dos para la educación de sus hijos. La actividad de tales personajes


se desarrollaba dentro del hogar, en el que vivían junto a sus pupilos,
a los que iniciaban en la virtud y buenas costumbres, además de las
enseñanzas de gramática latina, lenguas modernas, matemáticas, his-
toria y otros conocimientos. No faltaban en la educación del noble
las habilidades propias de un caballero: montar a caballo, manejar la
espada y las armas, cazar, así como el adiestramiento en la cortesía,
elocuencia, poesía, danza, música .. ., de acuerdo con el modelo fijado
por Baltasar de Castiglione en El Cortesano (1528). Para los nobles y
gentes de buena posición que no quisieran o no pudieran permitirse
un preceptor, existían también escuelas y colegios.
Para el resto de los que estudiaban -cuyo porcentaje no pode-
mos calcular aunque eran en cualquier caso una parte reducida de la
sociedad-, la enseñanza comenzaba por las escuelas municipales,
eclesiásticas o privadas, a cargo de clérigos o maestros que con fre-
cuencia recibían a los alumnos en sus propias casas. Había escuelas
de primeras letras, que enseñaban a leer y escribir, así como a reali-
zar cálculos aritméticos sencillos, el catecismo y algunas oraciones.
Un segundo nivel, aún más restringido, estaba formado por las es-
cuelas de latinidad o de gramática, en algunos casos subvenciona-
das por los municipios, en las que se enseñaban la gramática y la li-
teratura latinas, además de otras materias como doctrina cristiana,
geografía, historia, matemáticas, filosofía y retórica. Existían tam -
bién los colegios, destinados preferentemente a los hijos de la no-
bleza y de gentes acomodadas, lo que no quita para que algunos de
ellos poseyeran becas o fueran gratuitos para buen número de alum -
nos. Especial relevancia tenían los colegios de jesuitas, imitados des-
pués por otras órdenes en su dedicación a la enseñanza. En los nive-
les previos a la universidad, los gobiernos centrales no comenzarían
a organizar y dirigir la enseñanza hasta finales del siglo xvm, como
consecuencia de los programas ilustrados y su marcada preocupa-
ción por la educación.
Para las niñas, la educación -distinta en general a la de los chi-
cos- se hacía en casa o en un convento, lo que no evitaba que sus ni-
veles de analfabetismo fueran bastante superiores a los de los hom-
bres. Salvo excepciones, la formación se limitaba a los rudimentos
de la lectura y escritura, además de conocimientos básicos de la re-
ligión, y las que se consideraban «tareas propias de su sexo», como
coser, bordar, etc.
El nivel más alto lo constituían las universidades , que experi-
mentaron un gran crecimiento a comienzos de la Edad Moderna
como consecuencia no solo de las necesidades eclesiásticas en el
Religión y cultura 115

tiempo de la Reforma, sino también de la fuerte demanda de juris-


tas por parte de las nuevas monarquías del Renacimiento, que pre-
cisaban de letrados o togados para las crecientes tareas adminis-
trativas y judiciales. Tanto es así que, a excepción de los médicos,
la universidad estaba prácticamente reservada a juristas y clérigos.
La Facultad de Artes o Filosofía era una facultad menor por su ca-
rácter propedéutico o preparatorio, previa y en algunos casos im-
prescindible para continuar los estudios en las facultades mayores
de Teología, Medicina, Cánones y Leyes. Los títulos que se impar-
tían eran los de bachiller, licenciado y doctor. Las universidades, sin
embargo, eran instituciones muy vinculadas a la escolástica medie-
val y poco abiertas a los cambios que tuvieron lugar en la ciencia y
el conocimiento a lo largo de la Edad Moderna. Por ello, y salvo ex-
cepciones, muchas de las aportaciones humanísticas y los avances
científicos tuvieron lugar fuera de ellas, en centros como las Aca-
demias que surgen por doquier en los primeros siglos de la Edad
Moderna, por iniciativa privada o pública, y que culminarán en las
Reales Academias creadas en Francia en el siglo xvu, que luego imi-
tarán otros países, entre ellos España en el siglo xvm . En Inglate-
rra, se creó en el siglo xvu la Royal Society, fuertemente desligada
del poder y que tuvo un gran protagonismo en los avances científi-
cos iniciados en dicha centuria.
La obsesión de los ilustrados por la educación y la promoción
de la actividad económica daría lugar a la creación de nuevas socie-
dades, como las españolas de Amigos del País o las esc uelas desti-
nadas a la difusión entre el pueblo de los conocimientos útiles. Al
propio tiempo, el desarrollo de la vida social hizo de las tertulias un
eficaz medio de intercambio y difusión cultural. La evolución de
la prensa en el siglo ilustrado, cuyos orígenes se sitúan en las gace-
tas del siglo XVII, contribuiría también a la propagación de conoci-
mientos e ideas.
SEGUNDA PARTE

CAMBIOS Y TRANSFORMACIONES
I
LAS BASES DE LA MODERNIDAD
CAPÍTULO 6
LOS DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS

El descubrimiento y la conquista de América, así como la llegada


y el establecimiento de los portugueses en la India constituyen los
hechos más destacados de un fenómeno más amplio de proyección
de Europa fuera de sí misma, una aventura extraordinaria que cam-
bió la historia, el désenclavement planétaire, en expresión afortunada
del historiador francés Pierre Chaunu. Los europeos salen del ám-
bito geográfico del viejo continente y tropiezan con un mundo mu-
cho más vasto de lo que la cosmografía y la ciencia imaginaban. Se
inicia así una continuada ampliación del espacio geográfico que no
habría de concluir hasta tiempos recientes. En los siglos xv y xv1 co-
mienza una historia mundial y universal por encima de las historias
locales y particulares. Es obvio, por tanto, que la apertura de Europa
hacia los nuevos mundos y su dominio progresivo de estos sean dos
de los rasgos que distinguen la modernidad del periodo histórico an-
terior. Hemos de preguntarnos el porqué de unos hechos tan excep-
cionales, las razones por las cuales se produjeron en aquella época,
o las causas a las que se debió el que, de entre todas las tierras del
orbe, fuera una pequeña zona al suroeste de Europa la que «salió de
sí misma», en lugar de hacerlo por ejemplo China, cuya civilización
estaba en muchos aspectos más avanzada que la europea; en defini-
tiva, las raíces de los descubrimientos.

Capacidades técnicas y motivaciones

La expansión fue a la vez el resultado de unas posibilidades téc-


nicas y del dinamismo de la economía europea del siglo XV. A finales
de dicha centuria, una serie de adelantos que habían venido acumu-
122 Luis Rlbot

lándose en las técnicas de la navegación oceánica hizo posible la ex-


pansión. La brújula fija que había aparecido en el siglo XIII permitía
orientarse combinada con la rosa de los vientos; para calcular la de-
clinación magnética, astrónomos y marineros habían ido perfeccio-
nando las cartas de navegación. Un instrumento de origen griego, el
astrolabio, localizaba la latitud gracias a las estrellas, actuaba a modo
de reloj y permitía el cálculo de las distancias por triangulación, todo
lo cual facilitaba la navegación en el sentido de las líneas de los me-
ridianos, como la de los portugueses hacia el sur siguiendo la costa
africana. La mayor dificultad consistía en determinar la longitud,
que no se conseguiría de forma segura hasta 17 63 con la invención
del cronómetro. Otro problema era fijar la posición de un barco en
alta mar, lo que obligaba a navegar a la estima, calculando la veloci-
dad y el rumbo; hasta 1570 no se inventó la proyección de Mercator
que facilitaría el traslado de las observaciones a un mapa salvando el
inconveniente de la esfericidad terrestre.
La gran innovación, con todo, en el Portugal de mediados del si-
glo xv, fue la carabela, dentro del modelo de los barcos redondos
del Atlántico, de 120 a 150 toneladas , más pequeño y ligero que los
pesados navíos de alto bordo empleados en la navegación continen-
tal atlántica. Alargado y con una proa afilada, combinaba las velas
cuadradas motrices con otras latinas (triangulares) que le aportaban
agilidad y maniobrabilidad . Utilizaba además, igual que los navíos
perfeccionados en Vizcaya o Bretaña, el gobernalle de codaste intro-
ducido en el siglo XlII y que facilitaba la dirección. Otra ventaja es
que requería una tripulación escasa y, también, que tenía buena ca-
pacidad de carga, lo que le permitía llevar las provisiones suficientes
para adentrarse en el océano. En la segunda mitad del siglo xv surgi-
ría también la nao -como la Santa María de Colón- más potente y
con el doble de capacidad de carga que la carabela.
Junto a la posibilidad era necesaria la voluntad suficiente para
afrontar los riesgos, y esta no faltó en Occidente. No la movían solo
el espíritu de acción y la curiosidad del hombre renacentista, sino
también estímulos como los procedentes de las descripciones de
Marco Polo y otros viajeros bajomedievales sobre los reinos y rique-
zas de Asia oriental, o de relatos fantásticos como el de Los viajes de
sir ]ohn Mandeville, o de los mitos y leyendas acerca de tierras, is-
las desconocidas y viajeros como san Borondón. A ello habría que
unir incitaciones como el ímpetu misional y el deseo de entrar en
contacto con territorios cristianos perdidos en la India y en África,
como el reino del preste Juan; o la búsqueda de oro africano y de es-
pecias, sedas, perfumes y otros productos de Oriente y las Indias,
Los descubrimientos geográficos 123

necesarios para vivificar la economía. El Descubrimiento es tam-


bién, en buena medida, una consecuencia del auge económico del
siglo XV. Europa necesitaba nuevas relaciones comerciales capaces
de dar salida a su producción manufacturada, atraer las especias del
Extremo Oriente y hacerse con los metales preciosos indispensables
para continuar la expansión económica.
El avance de los turcos, con sus efectos restrictivos sobre el tradi-
cional comercio de las especias a través del Próximo Oriente, no fue,
como se ha dicho muchas veces, la causa inmediata de la expansión,
aunque probablemente la aceleró. Como escribiera Carla Cipolla,
«un medio de inquirir sobre la búsqueda europea de rutas directas
a las islas de las Especias y costas de África occidental, es conside-
rar estos fenómenos como un aspecto de la tensión entre la expan-
sión económica de Europa y el bloqueo militar y político a que se ha-
llaba sometida».
La civilización china, antes incluso que la europea, disponía
de los medios técnicos imprescindibles para la aventura oceánica.
Desde el siglo XI conocía la brújula. En el XIV los grandes juncos de
cuatro puentes, con cuatro o seis mástiles, capaces de llevar doce
grandes velas y más de un millar de hombres a bordo, no tenían
competidores en Europa. En opinión de Jacques Gernet, China fue
la principal potencia marítima durante buena parte de la Baja Edad
Media europea. Entre 1405 y 1433, el eunuco Tscheng Hwo llevó
a cabo una serie de asombrosos viajes que le condujeron a Insulin -
dia, Ceilán, Sumatra, la India, Arabia, la costa abisinia y Ormuz. En
1420, según apreciaciones de Pierre Chaunu, China se hallaba en la
etapa portuguesa de 1480. Sin embargo, las expediciones se inte-
rrumpieron. China, cuyas incursiones oceánicas habían precedido
ampliamente a las europeas, abandonó pronto tales aventuras.
Se han buscado múltiples explicaciones a este hecho. Tal vez la
precocidad china se debiera, en buena parte, a la facilidad para na-
vegar en el ámbito de los monzones, aprovechando el monzón de in-
vierno del noreste y el monzón de verano del suroeste. Con las expe-
diciones de Tscheng Hwo, China alcanzó los límites naturales de su
espacio marítimo, el regido por los monzones; más allá comenzaban
las dificultades. Otra probable causa de aquella sorprendente inte-
rrupción fue el inicio de la conquista interior del inmenso territorio
chino y sus enfrentamientos con los mongoles, pero tal vez, como in-
dica el propio Chaunu, lo decisivo no fueron ni los problemas técni-
cos ni las nuevas circunstancias, sino la falta de motivos y de grupos
sociales y personas interesados. La exploración marítima había sido
exclusivamente un asunto de estado. En el momento culminante de
124 Luis Ribot

la expansión, la red de comercio china no cubría más que una cuarta


parte del espacio recorrido por las grandes expediciones. Bartolomé
Bennassar ha insistido en la ausencia de motivaciones. Nada parece
indicar que la China del siglo XV sienta la necesidad de ir más allá de
Malaca, ni de aprovisionarse de una mercancía rara, como es el caso
de las especias para los europeos. Tampoco sufre la avidez de dinero
que experimentará un siglo después.
El argumento clave esgrimido por Chaunu consiste en la su-
perior madurez de la civilización europea, debida seguramente a
la mayor antigüedad de sus raíces (las civilizaciones aparecidas en la
cuenca del Mediterráneo hacia los años 3500-3000 antes de Cristo).
Dicha madurez se manifestaba en una serie de aspectos difíciles de
mensurar. Más que de medios materiales u objetos se trata de «la
posesión de saberes, de una mentalidad, de palabras para manejar
ideas, de habilidades, de destreza manual y de aspiraciones». Un
elemento importante era la acumulación de mensajes y su transmi-
sión en el espacio y el tiempo. En este como en otros tantos aspec-
tos, la civilización cristiana europea llevaba ventaja gracias a su do-
minio de antiguo de la escritura alfabética (un estadio superior al de
los signos ideográficos) y a la invención y auge de la imprenta. A fi-
nales del siglo xv, la sociedad occidental era, sin duda, la más pene-
trada por la escritura, lo cual sería tanto como decir la más innova-
dora de las sociedades humanas. «La intercomunicación no podía
venir más que de ese mundo lleno (Europa) . Para eso tiene el más
largo pasado, la más densa red de comunicaciones y, gracias al es-
crito, la mejor memoria».
Junto a esta sugestiva hipótesis, Chaunu, basándose en los estu-
dios de Fernand Braudel, analiza otras dos razones de fondo de la su-
perioridad de Europa sobre China, a pesar del brillo, deslumbrante
en muchos aspectos, y la precocidad de algunos de los avances téc-
nicos de dicha civilización oriental. El europeo del siglo XV, gracias
a una alimentación más rica en carne, gozaba de un mayor aporte
de proteínas animales. Además, a mediados de ese siglo, Europa es-
taba mucho mejor provista de motores, debido en buena parte a la
utilización masiva de la capacidad energética del músculo animal y
de la madera. Calculando la energía disponible por cada europeo
(músculo animal, madera, ruedas hidráulicas, molinos, fuerza eólica,
velas ...), estima que el hombre europeo poseía, a grandes rasgos, un
motor cinco veces más potente que el del hombre chino. Estas ven-
tajas tenían, sin embargo, sus contrapartidas. El elevado consumo de
carne (particularmente alto en el siglo xv) y la amplia utilización del
motor muscular animal eran posibles en Europa gracias a un escaso
Los descubrimientos geográficos 125

aprovechamiento del espacio a la hora de producir alimentos para el


hombre. La necesidad de sostener a los animales domésticos y el uso
abundante de la madera limitaban la superficie disponible para la
alimentación humana. Además, en el arte de producir alimentos las
técnicas occidentales estaban muy lejos de las posibilidades del arro-
zal inundado, generalizado en China entre los siglos XI y XIII. Una
hectárea de arroz producía muchos más quintales que una de trigo.
También muchas más calorías. En resumidas cuentas, era capaz de
alimentar a un número muy superior de personas.
China y Europa presentan así dos opciones distintas. China,
con una utilización escasa del motor animal y de la madera, basaba
buena parte de su energía en el motor humano. El arrozal hacía po-
sible una enorme concentración de la población. Desde su gene-
ralización, China fue un inmenso espacio con una gran capacidad
para incrementar el número de sus habitantes. En China hacían
falta hombres. En Europa, al contrario, faltaba espacio. Los siste-
mas de cultivo y la abundante ganadería imponían severos topes al
crecimiento demográfico. Europa, a diferencia de China, se vio ante
el desafío de un espacio cerrado que la impulsó a la expansión. El
mundo lleno facilitó la intercomunicación.
Estas rápidas explicaciones no agotan, sin embargo, el análisis de
las causas por las que se interrumpieron las tempranas expediciones
oceánicas de China. Otros autores han aportado nuevas hipótesis
para la comprensión de tal hecho. Joseph Needham señaló que los
viajes oceánicos tropezaron siempre con la oposición de la burocra-
cia oficial de los mandarines confucianos. William Willetts, junto a
dicha causa, se fija en el crecido coste que las expediciones tuvieron
para el tesoro chino, algo difícilmente explicable habida cuenta de
que tales costes habrían de contrapesarse con el rendimiento de di-
chos viajes. Charles Boxer hizo notar la incidencia de la amenaza de
los wako, bandas de piratas japoneses que se dedicaban al pillaje en
las costas de China. Inmanuel Wallerstein, por último, señala el las-
tre que para la expansión ultramarina y el desarrollo del capitaLsmo
supuso el hecho de que China, al igual que el mundo turco-musul-
mán, fuese un vasto imperio, responsable de la administración y de-
fensa de una enorme masa de territorio y población; tal obstáculo no
existía, en cambio, en una economía-mundo naciente como era Eu-
ropa en esta época.
Un simple ejemplo nos ilustra sobre uno de los aspectos de
dicha diferencia, que jugó a favor de Occidente: «En principio
los wako -escribe Wallerstein- fueron menos problema para la
China que los turcos para Europa. Pero cuando los turcos avanza-
126 Luis Ribot

ron en el este no había ningún emperador europeo que pudiera ha-


cer volver a las expediciones portuguesas. Portugal no se vio apar-
tada de sus aventuras ultramarinas para defender Viena, porque
Portugal no tenía ninguna obligación política de hacerlo, y no ha-
bía ningún mecanismo por medio del cual hubiera podido ser indu-
cida a hacerlo, ni ningún grupo social de dimensiones europeas cu-
yos intereses estuvieran de acuerdo con ello».
Los musulmanes poseían también unas técnicas marítimas bas-
tante avanzadas. Como señala Braudel, «sus viajes en línea recta por
el océano Indico, fáciles sin duda con la alternancia de los monzo-
nes, implican, sin embargo, grandes conocimientos, la utilización
del astrolabio, del bastón de Jacob; además eran barcos de buena ca-
lidad». Sin embargo, la navegación árabe al sur de Zanzíbar y Mada-
gascar se detuvo en la llamada corriente de Mozambique, que lleva
fuertemente hacia el sur. Fallaron también las motivaciones. El oro,
el marfil, los esclavos, los obtenían sus mercaderes en la costa de
Zanzíbar y, a través del Sabara, en el recodo del Níger. No necesita-
ban llegar al África occidental. «El mérito de Occidente -se pre-
gunta Braudel- ¿fue en realidad haber necesitado el mundo, haber
necesitado salir de sí mismo?».

Cañones y velas

A comienzos del siglo xv, la marina china estaba a la cabeza. A


finales de dicha centuria la situación había cambiado totalmente. La
Europa occidental, a diferencia de China o del mundo árabe, tuvo
unos motivos para la expansión, y la voluntad necesaria para llevar
a cabo tal aventura , pero la respuesta al por qué Europa ha de bus-
carse en gran medida en aquella formidable revolución técnica que
convirtió a los barcos de la Europa atlántica en fortalezas artilleras
movidas por el viento. Cañones y velas -parafraseando el título
del bellísimo estudio de Carlo Cipolla- fueron los responsables de
la que dicho autor llama primera fase de la expansión europea, en -
tre 1400 y 1700.
La expansión marítima de los europeos fue posible y estuvo
acompañada de una auténtica revolución en las técnicas de la na-
vegación y del combate naval. En el siglo XV, las fuerzas navales at-
lánticas se orientaron hacia los navíos de vela e hicieron de ellos la
base de sus flotas de combate, a diferencia de los países mediterrá-
neos, basados aún en la galera (fuerza motriz humana, combate al
abordaje, escasa presencia de la artillería). «Sustituir remeros por
Los descubrimientos geográficos 127

velas y guerreros por cañones significaba, en resumen, el trueque de


energía humana por fuerza inanimada». A partir de este momento,
los barcos atlánticos pudieron imponer su fuerza en todos los ma-
res del globo.
Los españoles en América se enfrentaron con culturas primitivas
de un escaso desarrollo náutico. Los portugueses, sin embargo, en
el Índico y en las costas chinas, se impusieron a musulmanes y chi-
nos, poseedores de una nada desdeñable potencia naval. Las suce-
sivas derrotas de las flotas musulmanas por los navíos portugueses
en el Índico a lo largo del siglo XVI son la demostración patente de
la aplastante superioridad combativa, en el océano, de los navíos so-
bre las galeras. Los chinos, por su parte, a comienzos del siglo xv te-
nían unos cañones iguales o mejores que los de los europeos; pero a
lo largo de dicha centuria la tecnología occidental progresó más de-
prisa. En 1498, el armamento de los navíos portugueses les daba una
indudable superioridad. En la India, en China o en Japón la poten-
cia artillera de los barcos portugueses habría de causar temor y sor-
presa. Las naves europeas tenían más capacidad de maniobra que
los juncos chinos, pero, además, el junco nunca fue un buen buque
de guerra. Al igual que las galeras mediterráneas, era más apto para
el abordaje y la embestida, sistemas de lucha arcaicos frente a las for-
talezas flotantes de los occidentales.
«El barco armado de cañones impulsado por la Europa atlán-
tica en el curso de los siglos XIV y xv -concluye Cipolla- fue el
instrumento que hizo posible la saga europea. Se trataba de un lo-
grado invento que permitía a una tripulación relativamente redu-
cida gobernar masas de energía inanimada para el movimiento y la
destrucción». Las carabelas, carracas y, poco después, los galeones
fueron la pieza clave del dominio europeo de los mares. En 1513, el
virrey Alfonso de Albuquerque escribía orgulloso desde la India al
rey de Portugal: «ante el rumor de nuestra llegada, los barcos desa-
parecen sin dejar rastro e incluso los pájaros dejan de revolotear so-
bre las aguas».

Las primeras expediciones. El protagonismo de Portugal

La expansión fue, en origen, un hecho mediterráneo; más pro-


piamente de la parte occidental del Mare Nostrum. Génova, Cata-
luña y Mallorca protagonizaron las primeras salidas al Mar Océano,
posibilitadas por la reapertura del estrecho de Gibraltar tras la re-
conquista cristiana a finales del siglo XIlI y coincidente on la larga
128 Luis Ribot

fase expansiva de la economía entre 1200 y 1350. Son los años de las
expediciones de los hermanos Vivaldi, de Génova, en 1291; la del
también genovés, Lancellotto Malocello, redescubridor de las Cana-
rias en 1312; el descubrimiento de las islas Madeira en 1341; el viaje
fracasado de Jaume Ferrer por las costas de África (1346) ... El ba-
lance del período no es demasiado favorable. No obstante, en el ho-
rizonte de 1350 existían ya buena parte de los medios técnicos ne-
cesarios para el éxito de la aventura expansiva. La causa esencial del
fracaso de las iniciativas «mediterráneas» del gran siglo xm se de-
bió, como ha señalado Braudel, a la inadaptabilidad de los barcos
del mar interior a la mucho más compleja y arriesgada navegación
del océano. «Puesto que el material y la gente de mar mediterráneos
eran ineptos -escribe Chaunu- era mejor, decididamente, partir
del Atlántico más próximo al Mediterráneo, receptáculo de la cien-
cia, de los pensamientos y de los medios». La zona clave fue, así, el
punto geográfico de unión entre el Mediterráneo y el Océano.
Curiosamente, la fase regresiva de la economía fue más fructífera.
Después de 1350 y, más aún, desde finales de dicha centuria tras la
crisis política portuguesa de 1382-1383 se dieron los pasos decisivos
en la exploración de las islas atlánticas y en el avance portugués por
las costas occidentales de África. El centro de gravedad había pa-
sado del Mediterráneo occidental «al Atlántico mediterráneo italia-
nizado y catalanizado de la península Ibérica». Pero las repúblicas
norditalianas -Génova especialmente- no se quedaron al margen
de la aventura. Colonias de mercaderes italianos se instalaron en los
principales puertos atlánticos de la península Ibérica, actuando en
muchos casos de soportes de los viajes de exploración.
El análisis de las causas de la expansión europea no explica total-
mente los hechos. Por otra parte, el protagonismo portugués resulta
a prin1era vista sorprendente considerando que se trataba de un país
pequeño, habitado a mediados del siglo xv por unas 800.000 perso-
nas. No obstante, como escribiera Braudel, Portugal fue el detona-
dor que provocó la explosión geográfica.
Tradicionalmente, la dedicación de Portugal a las expediciones
atlánticas se ha explicado por una serie de razones convergentes: su
ubicación en el extremo suroccidental de Europa; la temprana con-
clusión de su reconquista (1253); el espíritu de cruzada contra el is-
lam tras el rápido avance de los turcos en los Balcanes en la segunda
mitad del siglo XIV; la personalidad de Enrique el Navegante (1394-
1460); el mito de la escuela náutica creada por él en Sagres, en la que
habría reunido a navegantes, geógrafos y astrónomos; los avances
en las técnicas de la navegación oceánica, etc. Sin embargo, los co-
Los descubrimientos geográficos 129

mienzos de la aventura portuguesa a principios del siglo xv no obe-


decieron a causas políticas o técnicas. El avance turco amenazaba
los intereses de las ciudades italianas que comerciaban con el Le-
vante mediterráneo, pero es difícil pensar que ello afectara a Portu-
gal. Además, el inicio de la expansión portuguesa coincidió con el
comienzo del medio siglo de retroceso de los turcos, atacados por
Tamerlán en 1402. Desde un punto de vista técnico, las primeras ex-
pediciones contaron con barcos y medios no demasiado adecuados.
Fue a mediados de siglo cuando los barcos y los métodos de nave-
gación experimentaron un avance decisivo, cuyo hito esencial fue la
aparición de la carabela. Por entonces, los portugueses ya se habían
aventurado más allá de la costa sahariana.
A las explicaciones tradicionales se ha sumado otra serie de ellas,
aportadas en buena parte por historiadores portugueses entre los
que destaca Vitorino Magalháes Godinho. A finales del siglo XIV y
durante el xv, Portugal no era un país secundario y atrasado, ence-
rrado en sí mismo. No era grande, pero tampoco lo había sido Ve-
necia, ni lo serían Amberes y Ámsterdam, inmediatos centros de la
economía-mundo europea. Su contacto secular con estados musul-
manes (Granada y estados norteafricanos) había favorecido el incre-
mento de los intercambios, unido a un considerable desarrollo de la
economía monetaria, superior sin duda al de otros estados con fa-
chada atlántica como Francia o Inglaterra. Su agricultura progresa
y se especializa, y el fenómeno urbano adquiere un auge no despre-
ciable, particularmente en el litoral. De otra parte, Portugal contaba
desde antiguo con una fuerte experiencia marinera; sus barcos pes-
queros o mercantes navegaban desde las costas de África y las Cana-
rias hasta Irlanda y Flandes. La importancia del comercio de expor-
tación de aceite, corcho, fruta, cera y miel hacia el norte de Europa,
y la necesidad desde mediados del siglo XIV de importar cereales fa-
vorecieron el crecimiento de la construcción naval.
La crisis política que entronizó a la dinastía Avis en 1385 reforzó
el papel de la los burgueses (mercaderes y armadores) a costa de la
nobleza terrateniente. Desde finales del siglo xrn, con la conexión
marítima entre el Mediterráneo y el mar del Norte, importantes co-
lonias de comerciantes italianos (florentinos y sobre todo genoveses)
y flamencos se instalaron en Lisboa y en los puertos portugueses.
Ellos y los burgueses autóctonos sirvieron de apoyo a las expedicio-
nes marítimas, particularmente cuando estas y las ocupaciones terri-
toriales comenzaron a reportar beneficios económicos (marfil, mala-
gueta -un tipo de pimienta- polvo de oro, esclavos, etc.). Tras el
avance turco de mediados del siglo xv, los comerciantes y financie-
130 Luis Ribot

ros genoveses, cuyos negocios en Oriente se vieron interrumpidos,


incrementaron su presencia en el Mediterráneo occidental y en Por-
tugal, participando activamente en la explotación económica de las
islas atlánticas y el litoral africano.
El ansia de lucro de los mercaderes se vio acompañado por el in-
terés de la nobleza en lograr el dominio de nuevas tierras y recursos.
Marian Malowist y, a partir de sus tesis, Inmanuel Wallerstein han
explicado la participación decidida de la nobleza portuguesa en las
expediciones marítimas. La expansión era, probablemente, uno de
los únicos medios de que disponía dicho grupo para intentar recu-
perar el nivel de ingresos perdido como consecuencia de la crisis del
feudalismo europeo (siglo XIV y primera mitad del xv) . En otros paí-
ses los señores podían ampliar sus tierras de forma más fácil, pero los
nobles portugueses, debido a la geografía, no tuvieron otra opción
que la expansión ultramarina para tratar de hacer frente a la dismi-
nución de sus beneficios señoriales. En los primeros momentos de la
aventura, los intereses de la nobleza pesaron más que los de los co-
merciantes. La expansión, en cierta medida, estuvo motivada por la
depresión de la economía rural y el descenso de las rentas de la no-
bleza en los siglos XIV y XV.
Ciertamente, las motivaciones que impulsaron los viajes de explo-
ración eran comunes a todos los europeos. Los primeros navegan-
tes buscaban oro y especias, pero, en opinión de Wallerstein, «los ar-
tículos de primera necesidad justifican a largo plazo los empujes del
hombre en mucha mayor medida que los lujos». En este sentido, la
expansión atlántica estuvo también motivada por la búsqueda de ali-
mentos y de todos aquellos artículos básicos cuya producción en Eu-
ropa resultaba insuficiente. Magalháes Godinho y, luego,Joel Serráo
consideraron que la agricultura fue la razón prin.cipal de la coloniza-
ción portuguesa de las islas atlánticas (trigo, azúcar, vino, etc.). Otro
de los móviles fue la expansión de las áreas de pesca.
Pero el análisis de las motivaciones no explica totalmente por
qué Portugal. Wallerstein señala la necesidad de plantearse la pre-
gunta en el terreno de las capacidades. Por razones geográficas, Por-
tugal era la nación europea más cercana a las islas atlánticas y a la
costa occidental de África; por otra parte, dadas las corrientes ma-
rítimas, la costa entre Lisboa y Gibraltar era el espacio idóneo para
los viajes de exploración atlántica.
Pierre Chaunu ha explicado el protagonismo ibérico a partir de
lo que él llama «el privilegio de Portugal y Castilla», como conse-
cuencia de factores tales como el impresionante progreso de la Re-
conquista en la primera mitad del siglo XIII, la temprana presencia de
Los descubrimientos geográficos 131

comerciantes italianos en Lisboa o en los puertos andaluces, la expe-


riencia marítima atlántica de los hombres del Cantábrico o el precoz
desarrollo de la marina portuguesa. No obstante, el elemento deci-
sivo era el factor geográfico. En las condiciones técnicas de los si-
glos xv y XVI, la navegación dependía estrechamente de corrientes y
vientos. Las tres voLtas o rutas de ida y retorno en los viajes a África,
que encerraban la clave de la navegación atlántica, tenían su punto
de partida y de llegada en una pequeña porción de la costa atlántica
europea, el Atlántico portugués y andaluz: «las condiciones geográ-
ficas y técnicas del momento fijaron el punto de partida: Lisboa, Sa-
gres o un puerto del Algarve, el complejo de Niebla, Cádiz, Sevilla ...
Un determinismo geográfico apremiante presidió los destinos ma-
rítimos de los siglos xv y XVI antes de que se introdujeran las mejo-
ras en el velamen y una mayor certidumbre en el cálculo del punto,
grosso modo, hasta principios del siglo xvrn , que permitió el relevo
en masa de las Españas atlánticas por la Europa del Norte».
Las expediciones oceánicas de vascos, franceses e ingleses a fina-
les del siglo x v se centran en la apertura de las bases de Terranova,
de tanta importancia para la historia alimenticia. Fuera de esto, la
intervención de la Europa no ibérica en la empresa exploradora no
pasa de ser anecdótica y ocasional. Las razones de este hecho son las
mismas que explican el por qué Portugal. El Atlántico al norte del
paralelo 40 es un mar encrespado y difícil, aún no bien dominado en
aquella época. Por otra parte, la economía de los países ribereños es-
taba más desarticulada que la de los del sur y los respectivos estados
no tuvieron demasiado interés en apoyar los proyectos expediciona-
rios. La serie de circunstancias que en Portugal-o en Castilla- sir-
vieron de acicate no se dieron en ellos.
Desarrollo comercial, presencia de capital extranjero, nivel de
monetarización, experiencia marítima, privilegiada situación geo-
gráfica .. ., todo ello creaba las condiciones ideales para el nacimiento
de las aventuras marítimas. Pero Portugal contaba también con un
estado fuerte, unido, que durante el siglo XV no se vio desangrado
por las luchas civiles de Inglaterra, Francia, Castilla o los estados ita-
lianos. «¿Por qué Portugal? -concluye Wallerstein- porque solo
ella maximizaba la voluntad y la posibilidad ... Parecía haber ventajas
en el "negocio de los descubrimientos" para muchos grupos: para el
estado, para la nobleza, para la burguesía comercial (indígena o fo-
ránea), incluso para el semi proletariado de las ciudades».
La exploración del Atlántico siguiendo la costa africana, que
abarcaría toda la centuria, se inició simbólicamente con la con-
quista de Ceuta en 1415. El avance hacia el sur y el e tablecimiento
132 Luis Ribot

de posiciones en la costa del actual Marruecos prosiguió en los años


siguientes con la instalación en las islas de Madeira y las Azores o
el éxito de la navegación más allá del cabo Bajador (1434), aunque
también con algunos fracasos como el sufrido en 1437 en el intento
de conquistar Tánger. Toda esta primera fase, consistente en el es-
tablecimiento de posiciones portuguesas en la costa del actual Ma-
rruecos y el litoral al sur del cabo Bajador, fue dirigida -cuando
no protagonizada, como la conquista de Ceuta- por el infante don
Enrique, quien mantendría su control sobre las expediciones hasta
su muerte en 1460. Desde los años cuarenta, al tiempo que se iba
definiendo el proyecto africano y se capturaban los primeros escla-
vos, el diseño de la carabela facilitaba las largas navegaciones en el
Atlántico, permitiendo a los barcos alejarse de la costa en la bús-
queda de corrientes y vientos favorables. En 1460, el límite meri-
dional alcanzado era la zona de Sierra Leona. Por entonces se des-
cubrieron también las islas de Cabo Verde. La exploración del golfo
de Guinea facilitaría la llegada de marfil, malagueta, oro y escla-
vos negros. Las regiones que se iban localizando pasaban a deno-
minarse con el nombre del producto que predominaba en cada una
de ellas: costa de la Malagueta, costa de Marfil, costa del Oro, costa
de los Esclavos.
Otra fecha clave fue 1475, en que los portugueses descubrieron
la que llamarían volta da Mina, es decir, la ruta de regreso a la Pe-
nínsula desde el golfo de Guinea . Hasta entonces solo podían ha-
cerlo navegando contra corriente cerca de la costa. La nueva volta
les obligaba a navegar hacia el sur, adentrándose en el océano, hasta
encontrar los alisios del sureste y la corriente ecuatorial, con los que
podían regresar a la conocida latitud de las Azores, aunque ambos
elementos empujaban fuertemente hacia poniente. Como indica
Guillermo Céspedes, por razones geográficas tal hallazgo hacía ine-
vitable a corto o medio plazo el descubrimiento de América.
El reinado de Juan II constituiría otro periodo decisivo, pues en-
tre 1481 y 1495 se realizaron grandes avances en las expediciones
más allá del Ecuador, lo que permitió conocer cada vez mejor la na-
vegación del Atlántico sur. Por orden del monarca se construyó el
castillo de San Jorge de la Mina (1482), que se convertiría en la gran
factoría o lugar de concentración del comercio de la zona, así como
el principal punto de apoyo para proseguir las exploraciones, en las
que había de destacar el protagonismo de Diogo Cao. El gran éxito
que aceleró la marcha hacia Asia fue el descubrimiento del límite
meridional de África, el cabo de Buena Esperanza o de las Tormen -
tas, al que llegó Bartolomeu Dia en 1488.
Los descubrimientos geográficos 133

La fortuna de Castilla. Colón y Vasco de Gama

A finales del siglo XV, en los comienzos de una nueva fase econó-
mica expansiva, el Atlántico dejó de ser una frontera. Poco después,
los portugueses llegarían a Oriente por la ruta del sur, bordeando
África. Ambos éxitos culminaron, de forma casi instantánea, el largo
período de iniciativas, exploraciones y tanteos . Colón y Vasco de
Gama fueron los dos grandes protagonistas. Castilla y Portugal los
empresarios y, también, los beneficiarios inmediatos.
Resulta sorprendente que, pese al evidente protagonismo de Por-
tugal, el descubrimiento de América no fuera un hecho portugués,
sino castellano. Como escribe Ralph Davis, «casi fue accidental que,
en el apogeo de la exploración portuguesa, el más c.rucial de los des-
cubrimientos fuera hecho por un genovés al servicio de España».
Castilla no tenía a sus espaldas la experiencia atlántica de Portugal.
Algunas naves aparejadas en los puertos andaluces del litoral atlán-
tico habían participado, a mediados del siglo xv, en expediciones a
lo largo de la costa occidental de África; sin embargo, tras la guerra
castellano-portuguesa de 1475-1479, el tratado de Alcac;ovas-Toledo
reconoció a Portugal la exclusividad de la exploración africana más
allá del paralelo al sur de las islas Canarias. La búsqueda de una vía
occidental hacia las Indias solo fue posible gracias a los métodos y a
la experiencia portuguesa en la navegación oceánica, aprendidos por
Colón durante su larga estancia en aquel país. Lógicamente, Colón
expuso su proyecto en Portugal antes que en ningún otro sitio.
Sin embargo, Portugal no tuvo suerte. Sus conocimientos geo-
gráficos y los recientes éxitos en la navegación a lo largo de la costa
africana le inclinaron en contra de una empresa tan aleatoria: «los
expertos portugueses -escribe Ralph Davis- demostraron que
los planes de Colón se basaban en disparatadas nociones geográfi -
cas que subestimaban enormemente la distancia entre Europa y el
Japón, que era el destino que se proponía. Invitado a Lisboa para
presentar su proyecto por segunda vez, en 1488, solo llegó a tiempo
para ver llegar al Tajo a Bartolomé Díaz con la noticia de que la ruta
a la India por el Cabo estaba abierta. El rey de Portugal, asiéndose
a este premio seguro, mandó a Colón a buscar apoyo para su espe-
culativo proyecto en otra parte». Como señalara atinadamente Fer-
nand Braudel, el esfuerzo de los portugueses en dirección al Índico
les costó América.
Lo que para Portugal era una aventura dudosa no dejaba de ser
atractivo para Castilla, que vivía el clima de exaltación del final de
134 Luis Ribot

la Reconquista. Castilla era un territorio rico y expansivo. Contaba


además con la marina onubense, en la Andalucía atlántica, formada
en el conocimiento del océano tras las huellas de la marina portu-
guesa. Castilla no perdía demasiado con intentarlo. La propia rivali-
dad con Portugal era un elemento a favor de la aventura.
Pocos personajes de la Historia han suscitado tanto interés
como Cristóbal Colón, lo cual se explica no solo por la trascenden -
cia de su descubrimiento, sino también por los vacíos e incógnitas
de su biografía. Dos cuestiones esencialmente han dado lugar a las
construcciones e interpretaciones más peregrinas: su lugar de na-
cimiento y el llamado secreto que presumiblemente habría guiado
sus pasos hasta el Nuevo Mundo. Como señala Felipe Fernández
Armesto, si se «ofreciera un premio a la teoría más estúpida so-
bre Colón, el concurso sería muy reñido». Cristóbal Colón era un
navegante genovés con amplia experiencia en la navegación tanto
mediterránea como atlántica, esta última desarrollada preferente-
mente en Portugal, donde llegó en 1476. Allí, en contacto con cos-
mógrafos y navegantes, fue tomando cuerpo su proyecto, en el que,
aparte de las experiencias propias y las que pudiera haber oído a
otros, tuvieron gran importancia los trabajos de un cosmógrafo flo-
rentino, Paolo dal Pozzo Toscanelli, en los que basaría su convic-
ción de una Tierra más pequeña que la real y un continente euroa-
siático más extenso, creencias ambas que le llevaban a imaginar una
ruta relativamente corta, por el oeste, entre Europa y Asia, que per-
mitiría una comunicación entre ambos continentes mucho más rá-
pida que la lenta circunnavegación africana.
Aparte de ello, ¿sabía algo más Colón? Lo cierto es que, dejando
de lado las numerosas teorías absurdas, el secreto de Colón cuenta
con defensores tan prestigiosos como Guillermo Céspedes, quien
señala que existen suficientes pruebas indirectas de que en los años
1477-1478 un buque andaluz o portugués, que regresaba del golfo
de Guinea por la volta da Mina, se vio empujado sin querer a las tie-
rras desconocidas, y regresó, llegando a oídos de Colón la informa-
ción sobre la aventura y las rutas seguidas.
Sus contactos con la corte castellana de los Reyes Católicos co-
menzaron en 1486, y aunque en un principio los sabios y expertos le
pusieron dificultades similares a las que había encontrado en Portu -
gal, la reina Isabel se decidió finalmente a respaldarle en el clima de
exaltación y optimismo inmediatamente posterior a la conquista de
Granada. En las capitulaciones firmadas en la localidad de Santa Fe,
y pese a su origen plebeyo, se le concedieron elevados títulos y gene-
rosos beneficios sobre las tierras por descubrir: almirante de la mar
Los descubrimientos geográficos 135

Océana, virrey, gobernador, además de un 10 por 100 de las rique-


zas que pudiera encontrar. La expedición, que se preparó en Palos
de la Frontera, en el atlántico onubense, con la colaboración de gen-
tes como el armador Martín Alonso Pinzón, partió el 3 de agosto. La
formaban dos carabelas de 70 toneladas y una nao de 100, tripula-
das por un centenar de hombres.
Tras una escala en las islas Canarias, se internaron en el mar des-
conocido el 9 de septiembre. Según sus cálculos, habrían debido lle-
gar hacia el 23, lo que hizo cundir la desesperanza. Después de no
pocas tensiones, el 12 de octubre descubrieron la isla de Guanahani,
en las pequeñas Antillas, que fue bautizada como El Salvador y se
convertiría en la primera tierra descubierta del nuevo continente.
Colón estaba convencido de haber llegado al Cipango (Japón), aun-
que tras dos meses de navegación por la zona, en que descubrieron
La Española (Santo Domingo) yJuana (Cuba), regresó sin haber ha-
llado las fabulosas riquezas que esperaba encontrar. Aún realizaría
Colón otros tres viajes, en uno de los cuales puso el pie en el con -
tinente (1498), en la costa de la actual Venezuela. Después se esta-
bleció en Santo Domingo, cuyo gobernador le mandaría preso a Es-
paña en 1500. A su muerte (1506) desconocía que había descubierto
un continente ignorado hasta entonces, un Nuevo Mundo que ni si-
quiera habría de llevar su nombre. Otros navegantes se habían in-
corporado pronto a la aventura, y entre ellos un italiano, Américo
Vespucci, quien tuvo la fortuna de que en 1507 el geógrafo alemán
Martín Waldseemüller vinculara a él las nuevas tierras.
Tras la impresión causada por el viaje de Colón, quedaba pen -
diente la confirmación de la ruta portuguesa hacia la India, viaje para
el que eran adecuados barcos de velas cuadradas y de mayor tonelaje
que las carabelas. Los conocimientos portugueses se enriquecieron
estos años con las informaciones enviadas por Pedro de Covilha, que
había viajado a la India por tierra a través de la ruta de Etiopía (1487-
1490). Fue el nuevo rey don Manuel quien decidió enviar a Vasco de
Gama, al frente de una expedición formada por cuatro naos de unas
100 toneladas de media y 150 hombres. En Navidad alcanzaron el te-
rritorio sudafricano, en un enclave que aún se llama Natal. Tras al-
canzar la isla de Mozambique, Zanzíbar, Mombasa y Melinde (Ma-
lindi) -ya conocidas por el comercio musulmán del Índico- y con
la ayuda de pilotos contratados en la última de ellas, llegó a Calcuta
el 20 de mayo de 1498, donde estableció contactos con los príncipes
indios pese a la hostilidad de los árabes. En agosto de 1499 solo dos
navíos y 80 hombres regresaron a Lisboa cargados de especias. Se ha-
bía iniciado la historia de la presencia occidental en la India.
136 Luis Rtbot

No acabaron aquí, sin embargo, los éxitos portugueses. Como si


fuera una compensación por el descubrimiento perdido, consiguie-
ron poner pie en el extremo oriental del subcontinente americano.
Los viajes por el Atlántico sur les habían suministrado valiosas in-
formaciones sobre corrientes y vientos, entre ellas la de que para do-
blar el cabo de Buena Esperanza era conveniente adentrarse en el
océano hacia Occidente. En uno de tales viajes parece ser que Pedro
Alvares Cabral tocó la costa brasileña en 1500. La cuestión es la si-
guiente: ¿sabían ya algo de ella cuando unos años antes, en el tratado
de Tordesillas, pusieron las bases legales para afianzar su derecho a
la misma, al conseguir desplazar hacia Occidente la línea de demar-
cación acordada con los castellanos?

Consecuencias de los descubrimientos

No en vano, aunque exageradamente, Adam Smith consideró


que el descubrimiento de América y el paso hacia las Indias orienta-
les a través del cabo de Buena Esperanza habían sido los dos aconte-
cimientos más grandes e importantes de la historia de la humanidad.
América, en mayor medida que el resto del mundo exterior, tuvo una
enorme importancia en la historia moderna de Europa, hasta el punto
de que resulta imposible separar la historia de ambos continentes. El
descubrimiento tuvo efectos intelectuales, al poner en cuestión mu-
chos de los viejos conocimientos de los europeos, que tardarían, no
obstante, bastante tiempo en aceptar las discrepancias entre la ima-
gen que se habían formado -cultura clásica, mitos, etc.- y la reali-
dad. La influencia del Nuevo Mundo fue creciendo con el curso de
los años y acabaría afectando a todos los terrenos de la actividad hu-
mana, desde el ámbito mental a la vida material. Sus efectos econó-
micos fueron importantísimos, no solo por los productos y materias
que proporcionaría a Europa, sino también por las posibilidades ex-
pansivas que ofreció a su economía y el efecto que tuvieron sobre
ella los metales preciosos americanos. El Imperio de Carlos V segu-
ramente no hubiera sido posible sin los recursos del Nuevo Mundo.
Asimismo, América -igual que las zonas de Asia con presencia eu-
ropea- incidió fuertemente en la política, por el deseo de los diver-
sos países europeos de asentarse en ella.
El análisis de las relaciones entre el Viejo Mundo y el Nuevo in1-
plicó para este consecuencias incomparablemente mayores que las
que tuvo América sobre Europa. Evidentemente, la relación entre
ellas no fue una relación entre iguales. Sus grandes imperios, sus
Los descubrimientos geográficos 137

creencias y civilizaciones desaparecieron ante la imposición de los


conquistadores, cuya llegada tuvo también un devastador efecto de-
mográfico. Si Europa incorporó un Nuevo Mundo, para los ameri-
canos la conquista supuso el final de aquel en el que habían vivido
durante milenios.

El Nuevo Mundo a la llegada de los españoles

América fue el continente más tardíamente poblado, pues los res-


tos localizados no se remontan más allá de 35 .000 años. En él se había
desarrollado un mosaico cada vez más complejo de razas, lenguas y
culturas que, a la llegada de los españoles, contaba con una población
total prácticamente imposible de calcular, lo que ha llevado a estima-
ciones muy variadas. Algunos autores, influidos, según Ramón Se-
rrera, por una lectura poco crítica de las crónicas de la conquista, ele-
van la población hasta cien millones, cantidad que otros reducen en
proporciones diversas, hasta llegar a cifras más verosímiles, incluso
por debajo de los diez millones (8.400.000) . Massimo Livi Bacci, por
su parte, considera plausible una población entre treinta y cuarenta
millones. Una parte importante de ellos, tal vez un 70 por 100, se con -
centraba en las altiplanicies que se extienden de México al Perú, sede
de las principales culturas y los dos grandes imperios conquistados
por los españoles. Tales culturas ofrecían no obstante, como señala
Bartolomé Bennassar, una curiosa mezcla de arcaísmo y desarrollo.
Por una parte, desconocían el hierro, la rueda, el arado o la escritura
(a excepción de los mayas), utilizaban ampliamente instrumentos de
piedra tallada y apenas se beneficiaban del trabajo de los animales
domésticos. Pero, por otra, algunos de ellos -sobre todo los que-
chuas- eran hábiles agricultores, habían desarrollado sistemas de
regadío y conocían muy bien la metalurgia del oro, la plata o el cobre.
Todos presentaban formas complejas de organización social, econó-
mica o política y ofrecían avances sorprendentes en cuestiones como
el calendario (en particular los mayas).
El Imperio azteca, en las llanuras de México central, era rela-
tivamente reciente, lo que aumentaba su fragilidad, al haberse su -
perpuesto desde el siglo X IV a una serie de pueblos (totonecas, mix-
tecas, zapotecas, toltecas ... ). Su economía se basaba en el maíz y la
mandioca, que daban muy altos rendimientos con poco trabajo.
Desde 1502 reinaba el emperador Moctezuma, cabeza de una so-
ciedad fuertemente jerarquizada, a cuyo frente se situaban los sa-
cerdotes y los guerreros. La religión , que había tomado numerosos
138 Luis Ribot

elementos de otros pueblos dominados, singularmente los mayas,


exigía sacrificios humanos para los dioses. Los principales centros
ceremoniales y edificios se hallaban en la capital, Tenochtitlán, po-
blada por 150.000 habitantes según David Brading. La gran fragi-
lidad del Imperio radicaba, no obstante, en el resentimiento de los
pueblos sometidos, en el que supo apoyarse hábilmente Hernán
Cortés para su conquista.
Al sur del Imperio azteca, sobre la península del Yucatán, se ha-
bía desarrollado la civilización maya, ya extinguida antes de que
ningún europeo tuviera siquiera noticia de ella, pero que había al-
canzado un desarrollo notable, pues conocía la escritura y había
logrado altas cotas en astronomía y matemáticas, así como en sus
construcciones arquitectónicas, compatibles con un instrumental
propio de la Edad de Piedra -desconocían los metales- y una
agricultura elemental.
El otro gran imperio era el quechua, que desde las altiplanicies
peruanas (zona de Cuzco) había extendido su dominio por el litoral y
los valles andinos, entre Quito y la actual Bolivia. El poder estaba en
manos de la casta sacerdotal, los incas, hijos del dios Sol, que habían
impuesto una fuerte centralización, con una importante red viaria y
notables construcciones. Menos frágil que el de los aztecas, la caída
del Imperio fue más compleja, aunque facilitada por los años deriva-
lidad entre los dos hijos de Huayna Capac (1493-1525).
En el resto de América, particularmente en el norte, el predo-
minio de economías basadas en la caza con armas paleolíticas fre -
naba el incremento demográfico, obligaba al nomadismo y a la
dispersión en tribus no muy grandes, e impedía el desarrollo de
construcciones socio-políticas complejas. Las tribus y pueblos in-
dígenas eran muy diversos, con sociedades muy poco evoluciona-
das basadas en la familia. La gran diferencia era la existente entre
los pueblos que conocían la agricultura y los que vivían de la caza.
Los que habitaban el litoral noroccidental del subcontinente norte
desconocían la agricultura y la ganadería, por lo que eran nómadas
que vivían de la caza o la pesca. En la costa este, en cambio, pue-
blos como los iroqueses cultivaban la tierra -lo que les permitía
tener asentamientos fijos, mayores densidades de población y so-
ciedades más complejas-y trabajaban el cobre. Los indios del in-
terior, divididos en tribus muy diversas (sioux, comanches, ara-
pahoes, cheyennes, etc.) vivían básicamente de la caza del bisonte
que habitaba las praderas .
Los descubrimientos geográficos 139

La catástrofe demográfica

Tras la llegada de los españoles se planteó en el Nuevo Mundo un


auténtico desastre demográfico, el cual afectó especialmente a las tie-
rras bajas tropicales y las zonas insulares (Caribe), que fue el espacio
más duramente afectado. Pese a que la incertidumbre de las cifras ha
llevado a cálculos diversos, el hecho cierto es que la población des-
cendió brutalmente durante bastantes años, no deteniéndose las pér-
didas hasta muy avanzada la Edad Moderna, con cronologías diver-
sas según las zonas. En las grandes islas de las Antillas, epicentro de
la catástrofe, se produjo en pocas décadas un exterminio de la po-
blación aborigen. En La Española, por ejemplo, el poblamiento au -
tóctono desapareció en apenas dos generaciones. De acuerdo con las
cifras que admite Ramón Serrera, pasó del millón de indígenas que
debía de tener a la llegada de los españoles, a 60.000 en 1508, 30.000
en 1554 y unos 500 en 1570. En muchas otras islas hubo también una
auténúca extinción , aunque en algunas de las Pequeñas Antillas el fe -
nómeno fue posterior y a consecuencia de colonizaciones de otros
europeos. En México central, la zona de poder azteca donde se lo-
calizaba el núcleo de población más numeroso de todos los territo-
rios conquistados por los españoles -entre dieciséis y veinte millo-
nes de habitantes según los datos que da por válidos Céspedes del
Castillo- no había más de 2.600.000 en 1568 y 1.069.295 en 1608.
Otras cifras más moderadas, corno las de Ángel Rosenblat, parten de
una población bastante menor: 4.500.000 en 1491, que se reduciría
a 3 .500.000 en 1570 y 3 .400.400 en 1650. En el caso del Perú, aun -
que la principal caída se produciría lógicamente en los años poste-
riores a la conquista, la población indígena -según datos de Noble
D. Cook- se redujo a menos de la mitad en el medio siglo transcu -
rrido entre 1570 (1.264.530) y 1620 (589.033) .
La tradición de la Leyenda Negra culpa de la catástrofe demo-
gráfica a las matanzas de indígenas realizadas por los españoles.
Ciertamente las hubo en el curso de la conquista, pero, como re-
cuerda Bennassar, la crueldad era la ley de la época y en ella los es-
pañoles no se diferenciaban de otros europeos, y entre ellos los fran-
ceses de las guerras de religión, por no hablar de otras conquistas,
como la posterior de los ingleses en Norteamérica. Los propios in-
dígenas proporcionan también ejemplos de crueldad y canibalismo.
Céspedes, no obstante, excluye la guerra como causa, pues la con-
quista duró poco tiempo y fue seguida de un periodo pacífico. En
cuanto a las violencias de los conquistadores, formaban parte de
140 Luis Ribot

la cultura europea y se realizaron también y durante mucho más


tiempo en el viejo continente, sin unos efectos similares.
Influyeron sin duda las transferencias de población, voluntarias
o forzosas, causadas por la presencia de los españoles, los malos tra-
tos, las exigencias fiscales, así como los abusos en la utilización del
trabajo indígena derivados de la encomienda, que asignaba cupos
de indios obligados a trabajar para los conquistadores, o posterior-
mente de la mita minera, que organizaba el trabajo indígena en mi-
nas como la de Potosí. No obstante, con la excepción de las Antillas,
las pesadas obligaciones de trabajo fueron más la consecuencia que
la causa de la caída de la población, aunque contribuyeran a alimen-
tar el círculo vicioso.
Hubo también otras causas. Una interna, que Serrera define
como «la fractura cultural y existencial que experimentó el mundo
indígena»: desorganización de la producción tradicional, cambios
ecológicos (nuevos animales), impacto psicológico de la conquista;
en definitiva, la brusca desaparición del mundo anterior y su susti-
tución por uno nuevo impuesto desde fuera, lo que, entre otras con-
secuencias funestas, provocó depresiones, suicidios, descenso de la
natalidad, abortos o infanticidios.
Pero la gran culpable de la catástrofe demográfica fue una causa
exógena: las enfermedades infecto-contagiosas que llevaron los eu-
ropeos y que se cebaron en unas poblaciones que habían permane-
cido aisladas del resto del mundo, sin haber desarrollado por tanto
defensas frente a ellas. Viruela, sarampión, tifus, gripe, malaria, fie-
bre amarilla, tracoma, etc., causaron enormes mortandades y se con-
virtieron en endémicas, permaneciendo algunas de ellas hasta tiem-
pos muy recientes. «Es un pobre consuelo -concluye Guillermo
Céspedes- saber que, en Australia y en muchas islas del Pacífico,
circunstancias similares ofrecieron consecuencias demográficas casi
idénticas, con el agravante de que esto ocurrió cuando ya se . co-
nocían los mecanismos de transmisión de varias enfermedades in-
fecciosas e incluso se habían inventado algunas vacunas». Desde
comienzos del siglo XV1 fue necesario repoblar los espacios más afec-
tados, para lo que se recurrió a la importación de mano de obra es-
clava procedente de África, que cambiaría para siempre la población
de zonas como el Caribe.
CAPÍTULO 7
EXPANSIÓN DEMOGRÁFICA
Y DINAMISMO SOCIAL

Una de las principales características de la primera Edad Mo-


derna, o del llamado largo siglo XVI, es la expansión demográfica. En
realidad, se trató de la vuelta a una fase de crecimiento tras la pro-
funda crisis iniciada en 1347 con la llegada de la peste negra y que
duraría unos cien años. Hacia 1450 comienza a invertirse la tenden-
cia, más claramente desde los años setenta, dando paso a un siglo
largo de incremento de la población. Naturalmente, existen impor-
tantes diferencias regionales tanto en la cronología como en la in-
tensidad, y también en el límite final de dicha fase expansiva, que en
algunas zonas se percibe ya hacia los años setenta del siglo XVI y en
otras no llegará hasta las primeras décadas del XVI I.

Fuentes y cifras

Si no resulta fácil generalizar, mucho menos lo es dar unas cifras


aproximadas, siempre inciertas en una época en la que no existían
los conceptos actuales de demografía y estadística. Todo lo que te-
nemos son estimaciones; a veces censos o recuentos generales reali-
zados con finalidad fiscal o militar y habitualmente defectuosos en
su ejecución. Más precisas suelen ser las fuentes de menor radío de
acción y, sobre todo, los registros parroquiales, con el inconveniente
obvio de que sus valoraciones se limitan a un ámbito espacial redu-
cido. Extrapolando los datos de la información parroquial que ha
llegado hasta nosotros, los historiadores de la población analizan
tendencias y llegan, con la ayuda de los recuentos y otras fuentes, a
aventurar cifras. No es de extrañar por ello la dificultad de fijar estas
de manera precisa y, consecuentemente, las variaciones a veces nota-
142 Luis Ribot

bles que se perciben en los cálculos de diferentes autores. Vaya por


delante, por tanto, la idea de que se trata de unas cifras aproximadas
e inseguras, aunque eso sí orientativas, que nos permiten la compa-
ración entre periodos, zonas y lugares.
Si es difícil calcular la población de un país, mucho más lo es ha-
cerlo para el conjunto de Europa. No solo porque habría que deter-
minar los límites geográficos de esta, sino también por la falta de da-
tos -o de datos fiables- en muchos lugares de la misma. Parece
bastante claro que hacia 13 00-1340 Europa había alcanzado una po-
blación elevada, llegando al límite en el crecimiento demográfico
de la Edad Media, ese mundo lleno que estimuló iniciativas como
la búsqueda oceánica de otros espacios. Mucho más complicado es
aventurarse a dar unas cifras, como también cuantificar la caída de-
mográfica drástica provocada por la crisis posterior, a la que se le ha
atribuido un retroceso de más de un tercio de la población europea,
con algunos picos del 60 por 100 en países del norte. El cambio de
tendencia en la segunda mitad del siglo XV hizo que el conjunto de
Europa contara hacia 1500 con 84 millones de habitantes, según las
estimaciones de Massimo Livi Bacci. A mediados del siglo XVI habría
un total de 97 y 111en1600 (un aumento del 14,43 por 100).
Parece bastante seguro que, en el curso del largo siglo XVI, el
continente recuperó los niveles de población que tenía en el oeste
antes de la peste negra, y los superó en el este. En algunas zonas,
el crecimiento comenzó a frenarse en las últimas décadas del siglo,
como consecuencia de las primeras manifestaciones de un cambio
de coyuntura. En el último decenio abundaron las malas cosechas,
haciendo aumentar el precio de los cereales, que constituían entre
el 40 y el 60 por 100 del presupuesto de una familia pobre. Se han
aducido causas climáticas, pero también hubo de influir la tensión
que comenzaba a manifestarse en muchas zonas entre población y
recursos alimenticios, en un sistema productivo como el del Anti-
guo Régimen, que limitaba el crecimiento demográfico. La intensi-
ficación de las guerras y, sobre todo, los brotes epidémicos de fina-
les de siglo, especialmente en los países mediterráneos, hicieron el
resto. De todos modos, la tendencia general alcista de la población
europea no se interrumpió, llegando en muchos lugares hasta las
primeras décadas del siglo XVII.
Si las cifras europeas son inseguras, no digamos las de otros con-
tinentes. Aun así, historiadores de la demografía como Jean-Noel
Biraben se han atrevido a hacer estimaciones sobre el conjunto de
la población mundial en el siglo XVI , las cuales nos ofrecen al menos
una idea del orden respectivo de magnitudes:
Expansión demográfica y dinamismo social 143

Población en 1500 Población en 1600 Crecimiento


Continente
Millones Porcentaje Millones Porcentaje por mil
África 87 18,9 113 19,6 + 2,62
América 42 9,1 13 2,2 -11,66
Asia 245 53 ,1 338 58,5 + 3,22
Europa 84 18,2 111 19,2 + 2,79
Oceanía 3 0,7 3 0,5 o
TOTAL 461 100,0 578 100,0 + 2,26
Fuente: J.-N. BIRAllEN , «Essa i sur J'évolution du nombre des hom mes», Population,
XXXIV-! (1979), p. 16, tabl a reprodu cida en Massimo LTVl B ACC I, Historia mínima de lapo-
blación mundial, Ba rcelona, Ariel, 1990, p. 37.

La mejor prueba de la dificultad de tales cálculos es gue ni si-


quiera en Europa son dignas de confianza las cifras de muchos de los
países. En opinión de Livi Bacci, en 1550 solo eran fiables las de In-
glaterra, Holanda, Francia, Italia y España, gue entonces representa-
ban aproximadamente el 52 por 100 de la población europea sin con-
tar Rusia. El país más poblado de ellos era Francia, con 19,5 millones.
Seguía Italia -que no era, como sabemos, un territorio político
único- con 11,5 (9 en 1500). España tenía 5,3; Inglaterra, 3, y Ho-
landa, 1,3 (1 en 1500). La evolución de sus poblaciones en la segunda
mitad del siglo ofrece datos contrastados. Francia prácticamente no
creció (19,6 millones en 1600), como consecuencia de la grave crisis
que supusieron las guerras de religión, atmque el problema podría es-
tar en las cifras de Livi Bacci, puesJacques Dupaquier señala 15 mi-
llones en 1550 y 18,5 en 1600. Italia, en cambio, pasó a 13 ,5 millones,
lo que supone un crecimiento del 17 ,39 por 100, menor en cualquier
caso que el de España: 26,41por100 (6,7 millones a finales de lacen-
turia), a pesar de que en el interior castellano la tendencia al alza se
había detenido ya en las últimas décadas. Mayor aún, un 36,66 por
100 (4,1 millones en 1600), fue el aumento de población de Inglate-
rra en el medio siglo que coincidió grosso modo con el reinado de Isa-
bel l. El crecimiento más modesto (15 ,38 por 100) fue el de Holanda,
con 1,5 millones de habitantes en 1600. Sin duda alguna influyó en
ello la guerra en los Países Bajos a partir de su levantamiento contra
España en 1566, pero no conviene olvidar que su capacidad de creci-
miento era menor que la de territorios menos poblados, como Ingla-
terra o España, lo que nos lleva a la necesidad de considerar no solo
las cifras de población absoluta, sino también las de población rela-
tiva, la densidad de población expresada en el número de habitantes
por kilómetro cuadrado, pese a la dificultad de calcularla por la esca-
sez e imprecisión de los datos.
144 Luis Ribot

Ya en 1500 Holanda superaría los 60 habitantes por kilómetro


cuadrado, mientras que Flandes llegaba a los 70, siendo 40 la media
del conjunto de los Países Bajos. Tanto Holanda como Flandes esta-
ban, evidentemente, entre los territorios más densamente poblados
de Europa, si bien, e igual que con las cifras absolutas, hay que tener
en cuenta que las densidades ofrecen variaciones importantes den-
tro de un mismo país. En Italia, por ejemplo, con una densidad me-
dia de 44 habitantes por kilómetro cuadrado -según datos de Ro-
ger Mols, que Massimo Livi Bacci reduce a 35-, la diferencia en la
población relativa entre dos regiones podía ser de 10 a l. Una región
densamente poblada como Lombardía tenía 100-120 habitantes por
kilómetro cuadrado en 1600, lo que constituía el máximo europeo,
mientras que el resto del centro norte italiano estaría entre los 50-80,
y Córcega o Cerdeña tenían menos de 15. Tales diferencias se daban
también en otros países, hecho que nos hace considerar la mentira
-y también la verdad- relativa que supone toda media o generali-
zación. La densidad media de Francia estaría en torno a los 35 habi-
tantes por kilómetro cuadrado, situándose asimismo entre las áreas
más densamente ocupadas de Europa. Bastante menor era la de Es-
paña: entre 15 y 17 habitantes, aunque de nuevo aquí habría que te-
ner en cuenta la diferencia entre zonas más pobladas, como la me-
seta norte con 20 habitantes por kilómetro cuadrado -y aún más en
la zona central del valle del Duero- y el semidesértico Aragón con
8 de media. Las zonas de mayor población de Europa eran el norte
de Italia y los Países Bajos (del norte y del sur), además de las cuen-
cas de Londres y de París, partes de los valles del Rin y del Danubio,
y las tierras en torno a las ciudades de Nápoles y Roma.
En el otro extremo se hallaban los despoblados, espacios vacíos o
semivacíos, bien por causa de las condiciones naturales (zonas pan-
tanosas, montañas, etc.), o porque fueron abandonados cuando re-
trocedió la población en la crisis bajomedieval. Como era habitual
en los periodos expansivos, el crecimiento de la población en el si-
glo XVI llevó a la recuperación de terrenos baldíos y a la realización
de saneamientos en marismas y zonas .pantanosas. Especial impor-
tancia tuvo la conquista de tierras al mar y el desecamiento de lagos
interiores en los Países Bajos, un fenómeno plurisecular que no se li-
mita a esta fase de incremento demográfico, aunque adquirió ahora
una mayor intensidad. Entre 1550 y 1650 se recuperaron cerca de
162.000 hectáreas de tierras cultivables, al tiempo que se producía
un incremento demográfico de unas 600.000 personas. Hubo tam-
bién saneamientos en Inglaterra, Francia e Italia, en esta última so-
bre todo en el valle de Po.
Expansión demográfica y dinamismo social 145

Las ciudades

De toda la Edad Moderna, la segunda mitad del siglo XVI fue el pe-
riodo en el que se dieron los mayores incrementos en el porcentaje de
población urbana. Tomando el umbral de 10.000 habitantes para dis-
tinguir una ciudad de un núcleo prevalentemente rural, en el conjunto
de Europa, según datos de Jan de Vries, la población urbana habría
aumentado a lo largo del siglo desde un 5 ,6 por 100 en 1500, al 6,3
en 1550 y el 7 ,6 en 1600, pero tal vez el principal efecto del auge ciu-
dadano del siglo XVI fuera la articulación de una red urbana, impres-
cindible para el desarrollo de la economía capitalista. Las zonas con
mayor índice de urbanización del continente coinciden con las más
densamente pobladas. Los porcentajes más altos se encuentran tam-
bién en los Países Bajos y el norte de Italia. En aquellos las provincias
del norte, con 15 ,8 por 100 en 1500 y 24,3 en 1600, se situarían a la ca-
beza, seguidas por el territorio de la actual Bélgica, si bien el peso ur-
bano de esta descendió en la segunda mitad del siglo desde el 22,7 por
100 en 1550 al 18,8 en 1600. Los porcentajes del norte de Italia eran
respectivamente el 15,1yel16,6. En conjunto, la zona más urbanizada
era aún el área mediterránea, que solo sería superada por la Europa
nordoccidental en el siglo XVII. En 1600, los porcentajes de población
urbana de Portugal y España se situaban respectivamente en el 14,1
y el 11,4, mientras que la población urbana de Inglaterra y Gales su-
ponía el 5,8 por 100, y menos aún las de Alemania, Escocia, Austria-
Bohemia, Suiza, los países escandinavos o Polonia. Francia, al tiempo
mediterránea y nórdica, alcanzaba también un bajo porcentaje (5,9) .
En 1500, las dos principales ciudades, con una población cada
una en torno a los 200.000 habitantes, eran París (225 .000) y Nápo-
les, aunque también superaba dicha cifra Estambul, que no era pro-
piamente una ciudad europea. Las tres crecieron con fuerza en el
siglo XVI. En 1600, la capital francesa era la primera, con 300.000 ha-
bitantes, seguida por Nápoles, que contaba 281.000 almas, con la
particularidad de hallarse situada en un espacio de baja densidad
demográfica y poco urbanizado, lo que constituía una excepción.
Más complicadas son las cifras de Estambul, aunque algunos la ele-
van hasta los 700.000 habitantes -e incluso 800.000- a finales del
siglo XVII. A finales del siglo, Londres se acercaba a París y Nápoles,
pues su evolución -que habría de continuar en los siglos siguientes
hasta hacer de ella la primera ciudad europea- fue formidable a lo
largo de la centuria. Según datos de Roger Finlay, en 1500 contaba
con 50.000 almas, 70.000 en 1550 y 200.000 en 1600.
146 Luis Ribot

El caso de Londres es enormemente significativo, por cuanto


ejemplifica el tipo de ciudad en expansión durante el siglo XVI.
Frente a muchas de las localidades importantes a comienzos del si-
glo xv, que destacaban por su actividad artesanal y mercantil (Pisa,
Siena, Gante, Ypres, Brujas ... ), las que más se benefician ahora del
auge urbano son, por una parte, las capitales políticas, lo cual re-
sulta lógico ante el fortalecimiento de los poderes monárquicos y el
auge de las nuevas cortes, y, por otra, los puertos marítimos, espe-
cialmente los más directamente vinculados a las nuevas rutas oceá-
nicas del comercio internacional. Londres era al tiempo capital polí-
tica, como también París y Nápoles, e importante puerto marítimo,
y ambos hechos explican su fortuna en la Edad Moderna. Algo simi-
lar, aunque en menor escala, ocurre con Lisboa, que superaba cla-
ramente los 100.000 habitantes a finales del siglo, lo mismo que el
otro gran centro del comercio intercontinental, Sevilla, que pasaría
de 45.000 a 130.000, o que otros dos puertos: Amberes, centro prin-
cipal de la naciente economía capitalista durante buena parte del si-
glo XVI, y Ámsterdam, que la sustituiría en tal papel.
Todas ellas habían crecido con fuerza y se situaban en ese segundo
grupo de ciudades que alcanzaban o superaban las 100.000 almas ,
al que pertenecían también Milán, Venecia, Roma o Madrid. Las
dos primeras ya tenían una crecida población en 1500, pero las
otras debían su éxito a la capitalidad política, y especialmente Ma-
drid, que en 1561, en vísperas del asentamiento en ella de la corte,
tenía entre 9.000 y 13 .000 habitantes, para situarse en torno a los
100.000 a finales de siglo, convirtiéndose en un claro paradigma
del crecimiento desbocado de una capital política. En torno a las
100.000 almas tenían también las dos principales ciudades sicilia-
nas, Palermo y Mesina, que habían experimentado un fuerte cre-
cimiento a lo largo del siglo. Ambas competían por la capitalidad
política, con ventaja habitualmente para Palermo, y eran asimismo
puertos importantes en un reino de Sicilia que constituía uno de los
espacios más urbanizados de Europa.
En un tercer escalón estaban las ciudades por encima de los
60.000 habitantes. Según Livi Bacci, las que superaban los 50.000
no pasaban en toda Europa de 25 en 1500, aunque serían muchas
más un siglo después. Entre ellas estaban Génova, Bolonia, Floren-
cia, Viena, Valencia, Lyon o Rouen . Bastantes dudas plantea Moscú,
que bien podría llegar o pasar de los 100.000. El número de ciuda-
des con una población entre los 30 y los 60.000 habitantes era lógi-
camente bastante mayor, contando entre otras con Bruselas, Gante,
Leiden, Haarlem, Hamburgo, Núremberg, Danzig, Augsburgo,
Expansión demográfica y dinamismo social 147

Colonia, Praga, Cremona, Verana, Toulouse, Burdeos, Marsella,


Toledo (49.000) Barcelona (c. 40.000), Valladolid (36.500), Gra-
nada o Córdoba.

Causas del crecimiento

La evolución positiva de la población europea obedeció en úl-


tima instancia a la existencia de una coyuntura favorable. Fueron
los elementos que determinan los diferentes ciclos económicos (el
clima, las cosechas, la frecuencia e intensidad de las epidemias, el
trabajo, la producción, los salarios, las relaciones sociales ... ) los que
marcaron la evolución de la población europea. Ello implica una
explicación poco consistente desde el punto de vista estrictamente
demográfico. Ninguno de los factores que determinan el saldo de-
mográfico cambió sustancialmente, pero el resultado fue positivo.
Como escribe prudentemente el demógrafo Roger Mols, «parece
como si los matrimonios y nacimientos fueran un poco más fre -
cuentes y las muertes un poco menos». Hubo un ligero adelanto de
la edad del matrimonio, así como un aumento de la natalidad, pro-
pios ambos de los buenos tiempos, que generaban mayor optimismo
ante la vida. No hemos de echar en saco roto ese concepto, el del op-
timismo, pues lo que había en el fondo era la respuesta psicológica
ante las nuevas oportunidades, una especie de mecanismo de regu-
lación demográfica después del anterior periodo de crisis. El incre-
mento de la esperanza de vida, en fase de ascenso hasta el primer
cuarto del siglo xvn, hubo de contribuir también a una leve prolon-
gación del periodo de fecundidad. El celibato religioso perdió parte
del prestigio del que había gozado tradicionalmente, siendo objeto
de algunos ataques. Su desaparición en los países protestantes no
dejaría de tener también efectos favorables sobre la natalidad.
También se redujo la mortalidad, tanto ordinaria como extraor-
dinaria. En cuanto a la primera, el crecimiento de la población es-
tuvo respaldado por las posibilidades que ofrecía la tierra. En toda
Europa se extendieron las roturaciones, que incorporaban al cul-
tivo tierras anteriormente incultas, muchas de ellas abandonadas en
el curso de la crisis iniciada a mediados del siglo XlV. La mejora en
la alimentación estuvo favorecida también por ciertos avances en los
transportes, sobre todo marítimos, los cuales permitieron que, en
momentos de crisis, los cereales llegaran con más facilidad que an-
tes a los territorios en dificultades. Un buen ejemplo es el llamado
trigo del Báltico, que desde los años setenta comenzó a compensar
148 Luis Ribot

con cierta regularidad las carencias de los países occidentales. Al-


guna influencia hubieron de tener también los esfuerzos de las auto-
ridades civiles por ocuparse de la asistencia pública. Los países pro-
testantes fueron los primeros en los que la atención a los necesitados
se convirtió en un asunto civil, pero también en los católicos, en los
que continuó la actividad asistencial de la Iglesia y las organizacio-
nes religiosas, hubo avances en este sentido.
En cuanto a la mortalidad extraordinaria, las crisis fueron en
general menos duraderas y menos desastrosas. No solo hubo una
disminución de las grandes carestías provocadas por las malas co-
sechas y el consiguiente desabastecimiento, sino que las epidemias
de peste tuvieron una incidencia menor que en otros periodos, lo
que no quiere decir que desaparecieran. La mayor parte fueron de
peste bubónica, si bien en muchos casos no resulta fácil distinguir
la etiología de un contagio por la imprecisión de las fuentes. Pero
las enfermedades contagiosas siguieron causando elevadas mor-
tandades, especialmente en las grandes ciudades, donde su inci-
dencia era mayor por la concentración humana. En el conjunto
del continente hubo tres periodos de gran difusión, que fueron los
años 1520-1530, 1575-1588y1597-1604. Además de la peste, tam-
bién fueron importantes el tifus, cuya agresividad aumentó a par-
tir del siglo XVI, en que se estudia por vez primera dicha enferme-
dad; la malaria, que se daba sobre todo en llanuras húmedas, en
muchas de las cuales era endémica; la viruela, que afectaba prefe-
rentemente a los niños y que comenzó a provocar graves crisis a fi-
nales del siglo XVI; el sarampión infantil, o la tosferina, que atacó
Roma y París en 1580.
Una enfermedad nueva, que se difundió por Europa desde fi-
nales del siglo xv, era la sífilis, la cual alcanzó su máxima virulen-
cia en el siglo XVI, manteniéndose después bajo cierto control. Es
probable que tuviera una procedencia americana, si bien algunos
especialistas consideran que ya se había padecido anteriormente
aunque no de forma epidémica. Su primera aparición fue entre los
soldados del rey de Francia, Carlos VIII, en las campañas de Ná-
poles. Sus efectos, con frecuencia mortales, y la connotación moral
negativa que implicaba su transmisión sexual, así como el protago-
nismo de los ejércitos en su padecimiento y propagación, hicieron
de ella una enfermedad con denominaciones xenófobas, mal fran-
cés, mal español, etc., culpando de su contagio al detestado vecino.
Más extraña aún que ella, y de naturaleza difícil de determinar fue
otra enfermedad del siglo XVI, el llamado «sudor inglés» (sweating
sickness), debido al parecer a un virus que provocaba la muerte en
Expansión demográfica y dinamismo social 149

cuestión de horas. Protagonizó varias epidemias en Inglaterra en-


tre 1485 y 1551, extendiéndose en 1528 por buena parte de la Eu-
ropa del norte y del centro hasta Rusia. Solo se libraron Francia y
los territorios al sur de los Alpes y los Pirineos. Después de 1551
desapareció tan misteriosamente como había surgido, sin dejar ras-
tro alguno.
Las migraciones de los microbios seguían la ruta Oriente-Occi-
dente. Europa era su punto de llegada hasta la expansión oceánica.
Después comenzaron a pasar al Nuevo Mundo. Desde la Baja Edad
Media, la intensificación de los contactos entre civilizaciones dio lu-
gar a un lento proceso de unificación microbiana a escala. La en-
trada en contacto de mundos que habían permanecido separados
hasta entonces, que constituye uno de los elementos más novedosos
de este siglo, tuvo efectos demográficos desastrosos. Los agentes pa-
tógenos llevados por los europeos al Nuevo Mundo provocaron en
los indígenas, que no habían desarrollado defensas biológicas frente
a ellos, mortandades catastróficas muy superiores a las de las pestes
conocidas hasta entonces en el viejo continente.
Las guerras siguieron siendo casi constantes y generaron buen
número de víctimas. Además de ellas, hay que tener en cuenta las
malas condiciones higiénicas que acompañaban a los ejércitos de
la época, con sus evidentes consecuencias sobre la salud de sus in -
tegrantes y de los territorios en que se encontraban. El avance de-
mográfico del siglo XVl fue también el resultado de unas situaciones
que, aunque no fueran buenas, no eran al menos tan malas como en
otros momentos, lo que nos remite nuevamente a esa coyuntura fa -
vorable a la que hemos achacado la principal responsabilidad en el
crecimiento demográfico.
Es evidente que el aumento de la población no siempre respon -
día a un saldo vegetativo favorable. En muchos casos, la llegada de
gentes de fuera tuvo una responsabilidad importantísima. Tal vez la
migración más constante, hasta el punto de habérsele atribuido un
carácter estructural, fuera la que llevaba gentes del campo a la ciu-
dad. Solo así puede entenderse el aumento formidable de muchas
de estas, teniendo en cuenta además l carácter habituahnente nega-
tivo del saldo entre natalidad y mortalidad en las ciudades del Anti-
guo Régimen. La causa esencial era la búsqueda de mejores condi-
ciones de vida, la misma que llevaba hacia otros territorios a gentes
de regiones pobres con más población de la que podían soportar. Un
buen ejemplo es el de las regiones montañosas francesas de los Piri-
neos o el Macizo Central, que generaron un importantísimo movi-
miento migratorio hacia Cataluña y, en menor medida, hacia Aragón
150 Luis Ribot

y Valencia desde finales del siglo XV hasta las primeras décadas del
XVII. Entre 1570 y 1620 del 10 al 20 por 100 de los varones adultos
de Cataluña era de origen francés.
Otro tipo de migración bastante frecuente e importante era la
motivada por causas religiosas, cuando no raciales. Una de las pri-
meras fue la de los judíos que no aceptaron convertirse al cristia-
nismo, expulsados de España en 1492, que movilizó entre 80.000 y
100.000 personas hacia diversos territorios, especialmente del Me-
diterráneo, con grupos numerosos llegados a zonas bajo el dominio
turco como Salónica o Estambul. Mayor envergadura tuvieron pos-
teriormente los movimientos de gentes de distinto credo causadas
por la Reforma. El territorio en que hubieron de ser más frecuen-
tes fue Alemania, sobre todo tras la imposición en la Paz de Augs-
burgo del principio cuius regio eius religio, que obligaba a los súb-
ditos a profesar la fe del príncipe o soberano territorial de cada uno
de los numerosos estados germanos. También se produjeron en
otros lugares en los que se difundieron las nuevas doctrinas, como
Francia, Suiza, los Países Bajos, Bohemia, Inglaterra, Escocia, Dina-
marca o Suecia. En 1587, por ejemplo, la ciudad suiza de Ginebra
ya había acogido 12.000 calvinistas franceses. Los Países Bajos, por
su parte, sufrieron cuantiosas transferencias de gentes, expulsadas
o que huían para encontrarse con sus correligionarios. Los anabap-
tistas, perseguidos en diversos territorios protestantes, se dirigieron
hacia Alemania, Inglaterra, Polonia o Rusia.
Otras dos migraciones importantes y absolutamente nuevas fue-
ron las que se produjeron en dirección a América o al Imperio colo-
nial portugués. La primera afectó sobre todo a españoles -casi ex-
clusivamente de la corona de Castilla- y se ha calculado que en el
siglo XVI llevó al Nuevo Mundo unas 250.000 personas, cifra muy
elevada que mermó el crecimiento de la población española, habida
cuenta además de que la mayor parte eran varones solteros y jóve-
nes. La emigración portuguesa -muy difícil de cuantificar- hubo
de afectar también a su evolución demográfica. El Nuevo Mundo,
por último, determinó otra migración nueva, aunque en este caso no
afectara demográficamente a Europa, por lo que se analizará en el
capítulo correspondiente, el tráfico de esclavos negros organizado
por los europeos desde el golfo de Guinea hacia América.
Por culpa de la marcha de gentes hacia otros continentes, el
saldo demográfico de las migraciones fue negativo para Europa, es-
pecialmente para España y Portugal, los únicos países que poseían
territorios ultramarinos, pues las intentonas francesas o inglesas de
establecerse en el Nuevo Mundo no pasaron de eso. A Europa en
Expansión demográfica y dinamismo social 151

cambio, sobre todo a la zona occidental que es la que conocemos


mejor, apenas vinieron gentes de fuera de ella. Una excepción difí-
cil de cuantificar era la llegada, también forzada y cada vez más re-
sidual, de esclavos negros que venían tradicionalmente en las ca-
ravanas que llegaban a los puertos africanos del Mediterráneo, los
cuales constituían un elemento del lujo doméstico. Otra eran los
musulmanes apresados en los enfrentamientos endémicos del corso
en el Mediterráneo, que solían ser utilizados como remeros escla-
vos en las galeras o en trabajos en minas, arsenales, etc. Cierto es
que el aporte que suponían se veía compensado por los europeos
que caían en manos de las embarcaciones musulmanas y eran con-
ducidos, también como esclavos, a puertos norteafricanos. El valor
demográfico de ambos era escaso, no así el laboral, pues no solían
reproducirse y en muchos casos eran rescatados o acababan vol-
viendo a sus lugares de origen.

Prime1·os síntomas de la crisis

A partir de los años setenta u ochenta del siglo XVl -e incluso


antes en zonas de Castilla la Vieja, por ejemplo en tierras de Burgos
desde los años cincuenta- comenzaron a manifestarse en algunos
territorios los primeros indicios de que la expansión demográfica co-
menzaba a detenerse. Una de las causas estuvo en la tensión entre
población y producción alimenticia, pues a medida que la población
iba aumentando crecía su presión sobre la tierra cultivable, que fue
extendiéndose a costa de las áreas de bosque y los aprovechamien-
tos comunales. El precario equilibrio entre población y recursos em-
pezaba a verse amenazado. Una de sus primeras manifestaciones fue
tal vez la subida de precios del cereal, mayor que la de otros artícu-
los, y por supuesto que la de los salarios. Las malas cosechas comen-
zaron a ser más frecuentes que en los años anteriores, sobre todo a
partir de la década de los noventa, tal vez por el inicio de un enfria-
miento climático (inviernos largos y fríos, primaveras y veranos más
lluviosos y con menos calor).
Las epidemias fueron también más frecuentes y generalizadas.
Bartolomé Bennassar señala la existencia al menos de cuatro bro-
tes graves. En 1563-1566 fueron afectados tanto el Atlántico norte
como el Mediterráneo, con informaciones que señalan para Lon-
dres 43.000 muertos en 1563, poco creíbles como todas las basa-
das en simples estimaciones de los contemporáneos, pero que en
cualquier caso nos permiten hacernos una idea de la envergadura
152 Luis Ribot

que hubo de tener esta crisis. Otra epidemia posterior, entre 1575
y 1578, se centró en Italia, Provenza, Marsella y el valle del Rin. En
1589, la peste barre la costa española del Mediterráneo, el Langue-
doc y otras zonas, provocando también grandes mortandades. Solo
en Barcelona hay informaciones que hablan de 10.935 muertos.
Pero lo peor estaba aún por llegar. Fue la llamada gran peste atlán-
tica que se extendió desde 1596 a 1601 y que constituyó el conta-
gio más mortífero y generalizado de todo el siglo, abarcando desde
el Báltico a Marruecos.
Desde los puertos alemanes del norte (Hamburgo y Lübeck) se
fue extendiendo a los Países Bajos, amplias zonas de Francia (Nor-
mandía, Bretaña y la Gironda), Castilla, Galicia, Portugal, provin-
cias vascas, Extremadura, valle del Guadalquivir, huerta valenciana ,
Marruecos, Azores o Canarias. Sus últimos brotes tendrían lugar
en Londres en 1603 (las cifras, siempre muy inexactas, hablan de
30.000 muertos). Solo en España, que fue el territorio más perjudi-
cado, pudo producir entre 500.000 y 600.000 muertos, y probable-
mente un millón en el conjunto de los países a los que atacó. Al re-
vés de lo habitual, que era el que los contagios vinieran de Oriente
-especialmente el mundo turco y Constantinopla-, España se vio
sorprendida por la peste procedente del norte. Sus efectos fueron
especialmente graves en la corona de Castilla, en la que pudo dejar
medio millón de víctimas, que vinieron a agravar el importante des-
gaste generado por su protagonismo en el sostenimiento financiero
y humano de la hegemonía internacional.

La sociedad estamental y los grupos emergentes

El inicio de los tiempos modernos asistió a varios cambios en el


seno de la sociedad estamental. Los más significativos fueron los de-
rivados de las transformaciones políticas. Las nuevas monarquías
del Renacimiento solo pudieron progresar allí donde lograron un
grado suficiente de dominio de la alta nobleza, que pasaba por su
conversión en nobleza cortesana y por su vinculación a las empresas
políticas de las monarquías, fuente para ella de cargos, honores, po-
der y rentas. En España o en Inglaterra, países en los que la Corona
consiguió someter bastante eficazmente a la alta nobleza, se trataba
en buena parte de familias nuevas, tras las guerras sucesorias de fina-
les del siglo XV: la de Sucesión en Castilla (1475-1479) o la de las Dos
Rosas en Inglaterra (1455-1485). Ello facilitó el control monárquico,
aunque este también se vio favor ciclo por la personalidad de los re-
Expansión demográfica y dinamismo social 153

yes, los castigos a los nobles que se oponían a su poder, o las amplias
oportunidades que, en el caso de España, ofrecían la política hege-
mónica y la gran cantidad de territorios que pasarían a depender de
su rey, especialmente a partir de Carlos V. En otros lugares, sin em-
bargo, las cosas fueron más complejas, como lo muestran los ejem-
plos de Francia, cuya gran nobleza no sería controlada por el poder
real hasta la segunda mitad del siglo XVII, con la consiguiente inesta-
bilidad, o el Imperio, en el que buena parte de los príncipes, gran-
des nobles y señores laicos o eclesiásticos tenían un poder territorial
efectivo que se resistían a perder. El caso extremo clásico sería el de
Polonia, en el que la alta nobleza impidió cualquier avance en el re-
forzamiento de la autoridad real.
El desarrollo de la nobleza cortesana -un fenómeno que no se
circunscribe al siglo XVI, pero que avanzó de forma notable en di-
cha centuria- implicó algunas transformaciones decisivas. Una de
ellas fue la transferencia de la residencia familiar a la corte, a me-
dida que estas se hacían estables, convirtiéndose en capitales polí-
ticas. Los nobles cortesanos, que eran también los más cercanos al
poder, se hacían construir hermosas residencias urbanas, abando-
nando así durante largas temporadas los castillos o palacios de sus
territorios patrimoniales, que dejaban en manos de administradores.
La nobleza cortesana reforzó su perfil político al ocupar cargos de
gobierno, virreinatos o embajadas, al tiempo que abandonaba como
grupo la función militar que le había caracterizado -y justificado-
desde sus orígenes. No es que no hubiera nobles en los mandos de
los ejércitos, de hecho la mayor parte de los jefes militares lo eran,
pero la función militar había dejado de ser patrimonio suyo y mu-
chos de sus miembros se alejaban de ella. Tal vez por ello, como se-
ñala Pere Molas , sería mejor definirla como un grupo social terrate-
niente, hereditario, de origen militar.
En cualquier caso, la cortesanización de la alta nobleza no fue
únicamente una fuente de poder y riqueza para ella, sino que tuvo
asimismo efectos negativos. La vida cortesana, la emulación, el gasto
desmedido y despreocupado o la propia depreciación de sus rentas
ante la inflación de los precios la llevaron en muchos casos a un pro-
ceso de endeudamiento y crisis económica, cuyos primeros sin tomas
comenzaban a apreciarse a finales del siglo XV I, aunque llegaría a su
culminación en la centuria siguiente.
El desarrollo del mundo urbano y la importancia política y eco-
nómica de ciertas ciudades -esencialmente las sedes de la corte-
propiciaron en territorios como Italia la distinción entre una nobleza
tradicional, la nobleza feudal muy vinculada a la explotación de sus
154 Luis Ribot

grandes dominios -especialmente importante en el sur-, y una


nobleza o patriciado esencialmente urbano, de corte más moderno,
que en ciudades como Génova o Venecia tenía una participación de-
cisiva en los negocios. Un caso peculiar de diferenciación entre am-
bos grupos es el de Sicilia, en el que la nobleza con grandes feudos se
agrupa esencialmente en torno a Palermo, mientras que el patriciado
vinculado al negocio de la seda se localiza en Mesina.
El escalón superior de la alta nobleza castellana eran los grandes
de España, categoría creada por Carlos V en 1525 y que contaba ini-
cialmente con 25 miembros (32 a finales del siglo), entre los que figu-
raban los duques y algunos otros importantes títulos. Entre sus pri-
vilegios estaban el de permanecer cubiertos en presencia del rey y el
recibir de este el tratamiento de primo. Por debajo de ellos estaban
los títulos de Castilla, que se incrementaron a lo largo de la centu-
ria desde los 35 iniciales a 87. En Inglaterra, la nobleza más elevada
eran los pares del reino, cuyo número pasó de 43 en 1509 a 58 a fina-
les de siglo. Aunque existía la categoría superior de los príncipes de
la sangre, también la alta nobleza francesa estaba constituida por los
pares, que pasaron de 6 a 28 entre 1515 y 1610.
Pero si la alta nobleza sufrió transformaciones, mucho más im-
portantes fueron tal vez las de la nobleza menor, los no titulados,
simples caballeros, hidalgos o infanzones, que vivían en contacto
mucho más directo con el pueblo llano. Sus denominaciones, que
variaban lógicamente en cada territorio, respondían a situaciones
distintas: chevalier, écuyer o gentilhomme en Francia; knight, Squire
o gentleman en Inglaterra, y ritter o schildknappe en Alemania. Tam-
bién tenían un origen militar, que era lo que les distinguía. El pro-
blema era que ahora, con los cambios que se estaban produciendo
en la forma de hacer la guerra y el predominio de la infantería, mu-
chos de ellos estaban perdiendo aceleradamente su razón de ser. La
literatura, fiel reflejo siempre de la realidad de la que surge, nos ha
dejado algunos testimonios imperecederos -por ejemplo, don Qui-
jote- de su pérdida de identidad, agravada en muchos casos por las
dificultades económicas en las que vivían.
Es evidente que las diferencias de rentas y situaciones hubieron
de ser muchas, pero no debió de ser infrecuente el hidalgo pobre
que encontraba serias dificultades para subsistir, más aún si quería
salvaguardar la dignidad de su condición y vivir noblemente, evi-
tando la realización de determinados oficios o actividades. Todo ello
produjo frecuentes tensiones y conflictos. Recordemos, por ejem-
plo, la presencia de miembros d la pequeña nobleza en la revuelta
de las Comunidades de Castilla (1520-1521), la revuelta de los caba-
Expansión demográfica y dinamismo social 155

lleros en ciertas zonas de Alemania, en la onda de las alteraciones so-


ciales estimuladas por la predicación de Lutero, o la intervención de
nobles menores en el bandolerismo, que alcanzaría gran importan-
cia en los países mediterráneos, especialmente en Cataluña. Al igual
que a otros sectores, la Reforma iba a ofrecer a muchos de ellos una
buena oportunidad de recuperar posiciones, lo que explica los di-
versos apoyos sociales que recibió en distintos lugares.
Junto a la pérdida de su papel militar y a sus dificultades econó-
micas, un tercer elemento que explica el desclasamiento de la no-
bleza menor fue la apertura del estamento a muchas gentes con los
suficientes medios de vida como para aspirar a incluirse entre los
privilegiados, deseosas de beneficiarse de sus privilegios y exen-
ciones. Las nuevas monarquías estimulaban dicho proceso, no solo
para incrementar sus ingresos con la venta de ejecutorias, sino con
la finalidad de ampliar la base social en la que se apoyaban. El fenó -
meno, especialmente importante en Castilla, se dio también en otros
lugares. En Inglaterra, la venta de las propiedades eclesiásticas con-
fiscadas favoreció la conformación de un grupo social nuevo, la gen-
try, especie de pequeña nobleza caracterizada en el ámbito rural por
la propiedad y el estatus, pero con orígenes no necesariamente no-
bles y escasamente obsesionada por la sangre, que se convertiría en
uno de los principales elementos de articulación de la sociedad rural
en la época de los Tudor.
En el siglo XVl , con el avance del capitalismo mercantil, el di-
nero comenzaba a revolverlo todo. Así, junto a los sectores que
veían amenazada su preeminencia social, surgían gentes proceden-
tes del común, enriquecidas con la actividad económica y cuyo nivel
de vida empezaba a igualarse, cuando no a superar, al de los privile-
giados. Eran los burgueses, un elemento todavía no suficientemente
consistente como para hablar de grupo social; se trataba más bien de
individuos sueltos aquí y allá. Los más importantes eran los poten-
tes prestamistas, banqueros, recaudadores de rentas o asentistas re-
lacionados con la administración de las monarquías. Entre los más
conocidos y poderosos están los grandes hombres de negocios del
sur de Alemania (Welser, Fugger) y los grandes banqueros genove-
ses (Spinola, Grimaldi, Fieschi) o castellanos (Ruiz, Espinosa) . Algu-
nos de ellos comenzaron a ennoblecerse, aunque en una medida mu -
cho menor de lo que ocurriría en el siglo xvu.
Pero había también otros burgueses, mucho más numerosos, que
actuaban a menor escala. De momento, el principal acceso a la no-
bleza para gentes que destacaban dentro del estado llano era la bu-
rocracia, pues no solo estaba el dinero para alterar el orden esta-
156 Luis Rzhot

mental, sino también el desarrollo de las nuevas monarquías y la


vida cortesana. Los reyes necesitaban cada vez más gente en torno
suyo, y especialmente técnicos, expertos en Derecho, personas capa-
ces de gestionar una administración que extendía progresivamente
sus competencias. Eran los letrados, togados o juristas surgidos de
las universidades, la auténtica gente nueva incorporada al gobierno
y la burocracia, que constituyeron el principal grupo socialmente
emergente del siglo XVI, aunque también en este caso el dinero
desempeñó con frecuencia un papel importante, pues muchos de
los estados europeos se valieron también de la venalidad para asig-
nar empleos, con diversas fórmulas que garantizaban la propiedad y,
en ocasiones, la transmisión de los mismos. De entre los miembros
de la burocracia salió una parte importante de la nueva nobleza de
aquella centuria, un sector social que -fuera de origen burgués o
burocrático- al ascender no buscaba sino integrarse en las filas de
los privilegiados, beneficiarse de las ventajas que tenían quienes per-
tenecían al mismo por nacimiento y fundirse con ellos, pese a la re-
sistencia que frecuentemente mostraban , en sus distintos niveles, los
miembros de la vieja nobleza.

Sectores populares y conflictos sociales

Entre los sectores populares, los can1bios más significativos fue -


ron consecuencia tanto del crecimiento de la población como del
aumento de la demanda y los precios. Todo ello generó una gran
presión sobre el campo, manifiesta por ejemplo en el hecho de que
los precios que experimentaron un mayor incremento fueran los
agrícolas, lo que tuvo repercusiones sobre la propiedad de la tierra y
las formas de arrendamiento y cesión de la misma. En términos ge-
nerales, la situación del campesinado empeoró, tanto más cuanto
menor era su capacidad de defensa. Los señores y propietarios de
la tierra deseaban incrementar sus beneficios en una época de auge.
Los arrendamientos más favorables a los campesinos desaparecie-
ron, llegándose en algw1os casos a establecer plazos para la conclu-
sión de las cesiones a muy largo plazo, como los censos enfitéuticos.
Los nuevos arrendamientos se hacían por plazos cortos y especifica-
ban que la renta había de pagarse en especie, pues el aumento de los
precios devaluaba las establecidas en dinero. Por otra parte, los gru-
pos emergentes de las ciudades trataban de hacerse con propiedades
rústicas como medio de respaldar sus ansias de ennoblecinúento.
Uno de los mecanismos para ello fueron los préstamos a los campe-
Expansión demográfica y dinamismo social 157

sinos en dificultades, enmascarados bajo distintas formas, como los


censos, para huir de la prohibición eclesiástica. Cuando los campe-
sinos eran incapaces de pagar sus deudas, se veían obligados a ce-
derles su propiedad. En cuanto a los asalariados, el hecho de que el
aumento de los salarios fuera por detrás del de los precios deterioró
obviamente su situación. Otra repercusión del auge de la tierra fue-
ron los ataques a las tierras de uso comunal, que desempeñaban un
papel muy importante en la economía de la comunidad campesina.
Las propiedades comunales y los derechos colectivos sufrieron así
un retroceso generalizado ante el acoso de señores, campesinos ri-
cos o burgueses de las ciudades.
Tal vez la mayor repercusión del auge económico y el creci-
miento de la población sobre el mundo campesino fuera el inicio del
proceso de constitución de una nueva o segunda servidumbre en la
Europa oriental al este del río Elba (Prusia, este de Alemania, Polo-
nia, Rusia, Austria, Hungría ... ). La demanda de Occidente estimuló
a los grandes propietarios de tierras (nobles) a garantizarse el rendi-
miento cerealista de las mismas para satisfacer tan provechoso mer-
cado, hacia el que se enviaban los granos a través del Báltico. Dada
la escasez de población de las zonas productoras, el medio más efi-
caz consistió en fijar a los productores a la tierra, convertirlos por
tanto en siervos, con sus derechos limitados y bajo la dependencia
de sus propietarios. En los años noventa del siglo XV se adoptaron
las primeras medidas tendentes a fijar a los campesinos al suelo en
territorios como Polonia, Rusia o Bohemia. En las décadas siguien-
tes, a medida que se revalorizaba internacionalmente el precio de los
cereales, fueron creciendo las obligaciones del campesinado. Si en
1518 la Dieta polaca confirmó la obligación de dedicar al menos un
día a la semana a trabajar en las tierras del señor, hacia 1580 la cor-
vea polaca había subido a tres días. Entretanto, las tierras de los se-
ñores se habían ampliado, con la consiguiente reducción de las par-
celas campesinas. En cualquier caso, la demanda de Occidente no lo
explica todo. La sumisión del campesinado parece haberse iniciado
antes que esta y respondía también a factores como la potencia de
una nobleza cuya ambición no se veía contrarrestada por poderes
urbanos -apenas existían ciudades- ni por la capacidad de resis-
tencia de las comunidades campesinas, ni por instancias superiores
como los príncipes o poderes soberanos.
El empeoramiento de la situación del campesinado en la Eu-
ropa occidental y central explica la importancia que adquirió la emi-
gración del campo a la ciudad. Muchas gentes se veían forzadas a
abandonar sus pueblos y aldeas en busca de una vida mejor. Pero la
158 Luis Ribot

ciudad tampoco ofrecía posibilidades para todos. La inflación dis-


minuía también la capacidad adquisitiva de los trabajadores urba-
nos. No es de extrañar por ello el aumento de los pobres en los mo-
mentos de dificultades, así como las tensiones y la preocupación que
los gobernantes comenzaron a manifestar con respecto a los margi-
nados. Aparecen así hospitales financiados por los municipios, que
combinan la función sanitaria -de escasas posibilidades enton-
ces- con el deseo de recoger y controlar a los pobres. En Inglaterra
llegaron a crearse 460 a lo largo del siglo, amparados por las leyes de
pobres, en un siglo en el que la vieja idea evangélica del pobre como
imagen de Cristo empezaba a verse desplazada en buena parte de
Europa por el temor social hacia desarraigados y ociosos.
En cuanto al trabajo en la ciudad, la afluencia de gentes y la fase
expansiva de la economía incrementaron el número de trabajado-
res y de gremios. Estos entraron en una fase de especialización, a
veces excesiva. En Barcelona, por ejemplo, como ha señalado Pere
Molas, había cinco distintos para la industria de la seda. Al propio
tiempo, la afluencia de trabajadores al mundo gremial amenazaba la
preponderancia que tenían en él los maestros, dueños de cada uno
de los talleres agremiados. Ya desde el siglo XV, por ello, el acceso a
la condición de maestro había comenzado a dificultarse mediante la
realización de un trabajo de especial valor u obra m aestra. En reali-
dad, la criba era sobre todo económica, pues comportaba gastos ele-
vados, y asimismo social, dado que los hijos y herederos de los maes-
tros contaban con numerosas ventajas que trataban de perpetuar su
dominio a través de la familia. En estas circunstancias, aumentaba el
número de oficiales que no lograban superar el examen de maestro.
Su descontento les llevaba a organizar cofradías de mancebos, so-
bre todo en los oficios más numerosos como sastres o zapateros. En
Francia, los compagnonages o asociaciones de compagnons (oficiales)
tuvieron un carácter semiclandestino, constituyendo un elemento de
inestabilidad por el descontento en que se basaban. Pese a la impor-
tancia que mantenían los gremios, en las ciudades había también tra-
bajadores libres, generalmente no cualificados, que trabajaban a jor-
nal, frecuentemente en trabajos eventuales. En muchos casos se les
aplicaban términos despectivos, como ganapanes o peones.
El corolario de las dificultades de los sectores populares fueron
las tensiones sociales, tanto en el campo como en la ciudad, que en
ocasiones se unieron en la protesta. Aunque no alcanzaran la impor-
tancia de los del siglo XVII, hubo buen número de levantamientos
contra el diezmo o contra determinados impuestos, así como huel-
gas urbanas en Francia o Inglat rra. En 1548, unos 10.000 campesi-
Expansión demográfica y dinamismo social 159

nos protagonizaron un levantamiento armado en Guyena (Francia)


contra la introducción de una gabela sobre el consumo de la sal. Al-
gunas de tales revueltas adquirían tintes milenaristas, vinculadas a la
idea del cercano fin del mundo y la segunda venida de Cristo des-
crita en el Apocalipsis de san Juan. Especial importancia tuvo, es-
poleada por el inicio de la Reforma, la guerra de los campesinos
en diversas regiones de Alemania, sobre todo del sur y el sudoeste
(1524-1525) . En la Europa oriental, la implantación de la nueva ser-
vidumbre provocó importantes levantamientos campesinos, princi-
palmente en Austria, Hungría, Polonia o Rusia. En 1597, los vendi-
miadores de la Baja Austria se negaron a trabajar en protesta por los
salarios miserables que recibían, iniciando una sublevación que du-
raría tres años . Otra forma de protesta surgida del mundo rural será
el bandolerismo mediterráneo, que creció sobre todo en la segunda
mitad del siglo. Aunque tuvieran una clara dirección política ajena
a los sectores populares urbanos y campesinos, no hay que olvidar
el papel del descontento popular en el éxito de revueltas como la de
las Comunidades en Castilla (1520-1521) , y más aún en las Germa-
nías de Valencia y Mallorca. La época de mayores conflictos socia-
les fue la década de 1590, caracterizada por una importante carestía
que afectó a muchos espacios europeos.
CAPÍTULO 8
LAS TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS
DE UN MUNDO AMPLIADO

El largo siglo XVI fue una etapa de crecimiento económico, en


consonancia con otros elementos favorables a los que ya se ha hecho
referencia, como la expansión geográfica de los europeos o el in.cre-
mento demográfico. Dicho crecimiento se realizó, sin embargo, den -
tro de los estrechos límites de las economías del Antiguo Régimen,
sin que se produjeran apenas elementos nuevos. El más importante
de estos fue el avance -tímido aún- del capitalismo, cuya presen-
cia puede rastrearse grosso modo desde el siglo Xlll , y que habría de
ser el gran motor del cambio económico a partir de la Revolución in -
dustrial, que se inicia en Inglaterra avanzado ya el siglo xv u1.

Expansión agrícola y ganade1·a

El principal reto de la centuria fue alimentar a una población cre-


ciente. Ambos elementos, población y producción -especialmente
la de artículos de prin1era necesidad- se condicionaban mutua-
mente. Si la población europea recuperó, superando incluso, las ci-
fras que había alcanzado en el mundo lleno de finales del siglo Xlll ,
fue porque ocurrió lo mismo con el espacio cultivado. Las tierras in-
cultas, abandonadas por el arado durante la larga crisis iniciada a
mediados del siglo XIV, volvieron a trabajarse. Solo así, extendiendo
el terrazgo agrícola, era posible mantener a un número creciente de
personas. La relación estrecha entre ambos elementos nos descubre
la gran debilidad de la agric ultura europea del Antiguo Régimen, la
incapacidad para incrementar la producción sin aumentar la super-
ficie cultivada o, lo que es lo mismo, la existencia de unos límites
muy claros a la productividad de la tierra, que eran la consecuencia
162 Luis Ribot

de la penuria técnica en la que se basaba el cultivo. Los rendimien-


tos, medidos en unidad de superficie o en unidad de semilla, no solo
eran generalmente bajos, sino que tenían un tope muy difícil de su-
perar. La única opción era introducir novedades capaces de intensi-
ficar el cultivo -pasarlo de extensivo a intensivo- y obtener así un
mayor rendimiento.
El gran problema eran los barbechos, la necesidad de dejar incul-
tas grandes superficies de tierra para que recuperasen las sustancias
perdidas con la última cosecha. Por ello, las escasas pero prometedo-
ras novedades se centraron en la reducción o eliminación del barbe-
cho por medio de la rotación de cultivos. Tales innovaciones se prac-
ticaban ya desde finales de la Edad Media en los Países Bajos, punto
más avanzado de la agricultura europea, pues, como veremos, cons-
tituía también un ejemplo en la capacidad para lograr terreno agrí-
cola mediante la construcción de diques que permitían ganárselo al
mar. Gracias a la introducción de plantas forrajeras como los nabos
o el trébol, destinadas a la alimentación del ganado, no solo conse-
guían recuperar después de la cosecha las tierras dedicadas al cereal,
sino que lo hacían manteniéndolas en cultivo. Tales innovaciones, ini-
ciadas en un periodo de descenso de la demanda y del precio de los
cereales, permitían además una dedicación intensiva al ganado va-
cuno, que no solo colaboraba con su abono al ciclo regeneratívo del
terrazgo, sino que proporcionaba leche y carne, con la consiguiente
diversificación de la economía y la dieta alimenticia. Lejos de mer-
mar, los rendimientos de los cereales eran allí los más elevados del
continente, entre 7 y 10 granos por cada uno sembrado, y a veces
más. La mejora de la productividad del suelo no se limitó a las plan-
tas forrajeras, la existencia de una presión demográfica menor que en
otras zonas, junto a los cereales que los comerciantes traían del Bál-
tico permitieron reducir la presencia del cereal e introducir cultivos
destinados a la transformación manufacturera como el tabaco, planta
nueva de origen americano, o el lúpulo, con la consiguiente compli-
cación de los sistemas de rotación de cultivos.
Aunque fueran excepcionales, las novedades agrícolas no se li-
mitaban a los Países Bajos. La agricultura intensiva estaba presente
también en Alsacia y otros espacios cercanos al Rin, algunas zonas
de la baja Sajonia y Schleswig-Holstein. Pero sobre todo el norte de
Italia (Lombardía) tenía ya en el siglo xv una agricultura innova-
dora de la que formaban parte la cría intensiva de ganado vacuno,
el arroz, el cultivo de los prados (entre seis y ocho siegas al año) , los
árboles frutales, además de verduras selectas, moreras o plantas co-
lorantes. A mediados del siglo XVI, en su obra Ricardo d'agricoltura,
Las transformaciones económicas de un mundo ampliado 163

el bresciano Camilla Tarello propugnaba la rotación de cultivos, las


plantas forrajeras y la eliminación del barbecho.
Otro lugar en el que se produjeron avances fue Inglaterra, aun-
que en este caso la intensificación en el aprovechamiento de la tie-
rra se realizó inicialmente por otras vías. Fueron los famosos enclo-
sures, cercamientos de campos iniciados en la Baja Edad Media y
que continuarían durante la Moderna. Estimulados por la venta de
tierras eclesiásticas después de la Reforma y por la demanda exis-
tente entre nobles y burgueses, reforzaban la propiedad al impedir
la utilización de la parcela cercada para cualquier tipo de uso comu-
nitario. Inicialmente, en la fase en que los precios de los cereales se
mantenían bajos, muchos de los cercados se dedicaron a la cría de
ganado lanar, que resultaba más rentable. Sin embargo, cuando los
cereales se revalorizaron, buena parte de ellos se reorientaron ha-
cia el cultivo. A finales de siglo comenzaron a introducirse en algu-
nas regiones las rotaciones y los cultivos forrajeros experimentados
en los Países Bajos.
Otro tipo de cultivo intensivo, en este caso tradicional por la
aportación regular de agua, eran las huertas. Las mayores novedades
en ellas fueron las obras de ingeniería para aportar agua a una deter-
minada zona. Una de las más importantes fue la construcción a fina-
les de siglo de la presa de Tibi, en Alicante, que hizo posible el rega-
dío de 3.400 hectáreas.
No obstante, se trataba de casos concretos y excepcionales. El
cultivo dominante en toda Europa era el cereal, seguido por la vid,
que complementaba el aporte calórico y cuya extensión era mucho
mayor que en la actualidad. La necesidad de alimentar a una pobla-
ción creciente y la incapacidad para aumentar la productividad hi-
cieron necesaria, a veces obsesiva, la extensión de la superficie cul-
tivada. También aquí, y aunque no fueran nuevos en este siglo, los
avances más destacados se dieron en los Países Bajos, a pesar de que,
como ya se ha dicho, su producción agraria fuera la más desligada
de la subsistencia de todo el continente. La construcción de diques
(polders) en unas tierras cuya cota se sitúa por debajo del nivel del
mar, combinaba la ingeniería con un enorme trabajo de desecación
y saneamiento de los terrenos ganados para la agricultura, en el que
desempeñaban un papel determinante los característicos molinos
desperdigados por el paisaje de aquellas tierras, sobre todo en las re-
giones del norte, integradas en el siglo xvn en el la República de las
Provincias Unidas.
Durante el siglo XVl se pusieron en cultivo por este sistema un
total de 70.000 hectáreas. En otros lugares de Europa se realizaron
164 Luis Ribot

importantes rareas de saneamiento y recuperación de tierras panta-


nosas. En ellas destacó Italia, con diversos casos como los drenajes
que se realizaron en varias zonas del valle del Po. Al este, en la Te-
rraferma o espacio terrestre perteneciente a la República de Vene-
cia, se construyeron canales ya desde el siglo XV. En Lombardía con-
tinuaron las tareas de saneamiento y canalización de las aguas para
el riego que venían haciéndose desde el siglo XII. En la parte orien-
tal del Piamonte surgieron ahora los primeros arrozales. También
hubo saneamientos importantes en los ducados del centro de Ita-
lia: Parma, Reggio, Mantua o Toscana. En el reino de Nápoles, de-
pendiente del rey de España, el virrey don Pedro de Toledo acome-
tió la desecación de la Terra di Lavara, una zona pantanosa situada al
norte de la capital, entre Nola, Aversa y el mar.
Pero no en todos los sitios era posible recuperar para la agricul-
tura tierras hasta entonces inservibles, que en el caso de las zonas
pantanosas suponían además una importante amenaza para la salud,
dado el carácter endémico en ellas de enfermedades como el palu-
dismo (fiebres tercianas) . En la mayor parte de Europa, una vez re -
cuperadas las tierras de buena calidad abandonadas en el pasado,
la posibilidad de incrementar la superficie cultivada pasaba por re-
ducir la destinada a bosques y prados, con el consiguiente perjuicio
para los aprovechamientos que tales espacios proporcionaban. Las
tierras comunales y los espacios no estrictamente agrarios se vieron
restringidos y el arado se extendió por muchas superficies escasa-
mente dotadas para el cultivo, tierras de mala calidad y baldíos, que
si bien permitieron aplazar el problema se agotaban antes y se recu -
peraban mucho peor que las buenas. Entraba en juego entonces la
ley de los rendimientos decrecientes, que amenazaba seriamente el
incremento demográfico.
Antes, sin embargo, la necesidad cada vez mayor de cereal tuvo
otra serie de consecuencias. Una de ellas, que sirvió de estímulo para
la agricultura, fue el aumento de los precios de los productos agrí-
colas, especialmente los más directamente ligados a la subsistencia,
que se mantuvo todo el siglo, hasta el punto de que fueron los artícu-
los que más se incrementaron dentro de la revolución de los precios,
de la que hablaremos más adelante. Otra fue la presión que sopor-
taba la tierra. Los nobles trataron de modificar sus derechos so-
bre ella (rentas de vasallos y arrendatarios) intentando extender los
arrendamientos a corto plazo y pagados en especie. Los burgueses
y habitantes de la ciudad que disponían de medios se hicieron con
propiedades agrícolas, no solo en bu ca de prestigio social y enno-
blecimiento, sino también por lo b neficios materiales derivados de
Las transformaciones económicas de un mundo ampliado 165

su explotación. Por último, la necesidad alimenticia de la Europa oc-


cidental sirvió de estímulo para la producción masiva de cereales en
la Europa del centro y del este, propiciando la introducción en ella
de la segunda servidumbre. A medida que transcurría el siglo y au-
mentaban las dificultades, crecía la demanda cerealista. Las condi-
ciones del transporte de la época hicieron que los beneficiados fue-
ran sobre todo los territorios más cercanos a los puertos marítimos.
En las últimas décadas el llamado pan del norte comenzó a llegar a
la península Ibérica y al Mediterráneo.
Respondiendo a la demanda, la gran mayoría del terrazgo o su-
perficie cultivada se dedicaba a los cereales tradicionales . Los más
importantes y extendidos eran los cuatro grandes: trigo, centeno,
cebada y avena. Menor presencia tenían otros como el alforfón, el
morcajo (mezcla de trigo y centeno), el mijo y la escanda o espelta.
La distribución de unos y otros respondía esencialmente a las ca-
racterísticas de los suelos y el clima. En Escandinavia dominaba el
centeno; en Inglaterra, Polonia o Rusia, la cebada, más resistente y
adaptable que el trigo; en los Países Bajos, la escanda, y en el Medi-
terráneo, el trigo, en sus numerosas especies y variedades. El sur era
también la tierra de la vid y del olivo, que formaban con aquel la lla-
mada trilogía mediterránea . Por ello y por otras posibilidades vincu-
ladas sobre todo al clima, como los regadíos o los cultivos arbóreos,
los cereales dominaban el terrazgo mediterráneo en menor medida
que en la Europa del norte y del este, aunque había excepciones
como Sicilia o algunas partes de Castilla, que eran auténticos grane-
ros. Según datos de Bartolomé Bennassar, en la Tierra de Campos
castellana se dedicaba al cereal entre el 90 y el 95 por 100 de la su-
perficie cultivada. Dicho autor señala también que el 70 por 100 de
los rendimientos agrícolas de Valladolid o Medina del Campo pro-
cedían del vino, lo que avala la importancia de la vid, que no se res-
tringía al Mediterráneo, pues su papel básico en la economía de sub-
sistencia determinaba su amplia extensión.
La demanda no estimulaba únicamente las producciones bási -
cas. En la medida en que la satisfacción de estas lo permitía, se de-
sarrollaba una cierta especialización de cultivos claramente orienta-
dos hacia el mercado. La expansión de la vid era un buen ejemplo
de ello, con algunas zonas especialmente in1portantes dedicadas al
consumo urbano. El mercado americano propició también su ex-
tensión en Andalucía, junto al olivo. Los requerimientos más sofisti-
cados de las ciudades impulsaban los cultivos hortícolas, que nece-
sitaban de zonas de regadío (huertas). Especial importancia tenían
en Cataluña o Levante, en las que se producían hortalizas, naranjas
166 Luú Ribot

y limones. Relacionado con el agua estaba también un cereal poco


extendido, el arroz, cuya presencia se limitaba a zonas como Lom-
bardía o el Levante español, en las que era posible el cultivo inun-
dado. Las manufacturas artesanales necesitaban de plantas tintó-
reas, como la rubia o granza (rojo) y el glasto o pastel (azul), que se
producían sobre todo en los Países Bajos. El pastel, un cultivo com-
plicado que agotaba los suelos, se desarrolló también en la zona de
Toulouse, Turingia (centro de Alemania), el valle del Po (Alessan-
dria) y Toscana, aunque desde los años sesenta fue desplazado por
el añil mexicano. Otro cultivo destinado a la producción artesana
era el cáñamo, planta bastante difundida que alimentaba un artesa-
nado local, aunque tuviera especial importancia en regiones como
Bretaña. El lúpulo, que en la Edad Media se producía casi exclusi-
vamente en Holanda, se difunde por los Países Bajos y pasa a Ingla-
terra y al valle del Rin. El hecho de que necesitara cultivarse en es-
pacios cerrados y con abundante estiércol favoreció la expansión de
los enclosures o cercamientos.
Contra lo que pueda pensarse tras la incorporación de América,
las principales novedades siguieron viniendo de Oriente. En unos
casos eran plantas desconocidas; otras veces se trataba de cultivos
poco divulgados hasta entonces, que incrementaron su presencia en
un periodo de expansión de la demanda. Italia y España fueron las
vías de introducción. Se trata de alcachofas (que se documentan por
primera vez en Italia y en Valencia en el siglo xv), algunos tipos de le-
chugas, berenjenas, calabazas, calabacines o melones, cada vez más
apreciados en las mesas de cierto nivel. También avanzaron desde el
Mediterráneo hacia el norte árboles frutales como perales, meloco-
toneros, ciruelos o higueras. Otros cultivos de origen oriental que
experimentaron un progreso fueron las habas, la alfalfa, las more-
ras para la cría del gusano de seda (Calabria, Sicilia, Granada, Mur-
cia o Valencia) y, sobre todo, la caña de azúcar. Esta se cultivaba ini-
cialmente en Sicilia, Calabria, Andalucía y el Levante español, pero
pronto pasó a las islas del Atlántico y después a América, decayendo
en sus enclaves europeos. Un último cultivo de procedencia oriental,
que ahora progresa en las zonas más cálidas de las penínsulas e islas
mediterráneas, es el algodón.
Se introdujeron asimismo algunas plantas procedentes de Amé-
rica: judías, tomates o pimientos, aunque su presencia fue aún escasa.
El maíz, que habría de tener tan gran importancia en el siglo xvrn,
apareció también ahora, aunque de forma tímida. Importado de
América por los castellanos, llegó relativamente pronto a Andalu-
cía y Portugal, donde se conoce ya antes de 1525. Su adaptación fue
Las tramformaciones económicas de un mundo ampliado 167

lenta y se destinaba a la alimentación del ganado. Aún no se habían


descubierto sus elevadísimos rendimientos -decenas e incluso más
de un centenar de granos por uno- que llevarían a considerarlo el
cereal milagro. A finales de siglo se extiende ya por los valles coste-
ros y húmedos de Santander, Asturias, Galicia o Portugal, en los que
comienza a utilizarse para la alimentación humana. Tal vez por ello,
aquellas zonas superaron sin especiales dificultades la crisis de fina-
les del siglo. Hacia 1600 se cultiva también en la Terra/erma vene-
ciana (zona de Udine).
Todo lo dicho hasta aquí afecta, sin embargo, de forma casi ex-
clusiva a la Europa centro-occidental. Más allá de la línea del Elba
estaba la otra Europa, de estructuras sociales más arcaicas, escasa-
mente urbanizada y sin presencia apenas de burgueses. Es el territo-
rio en el que se desarrolla desde finales del siglo xv la segunda ser-
vidumbre, un fenómeno inducido en buena parte, como ya se ha
indicado, por la demanda occidental de cereales. Un solo dato nos
da idea de la magnitud de este comercio. La exportación de cerea-
les realizada a través del puerto de Danzig pasó de 10.000 toneladas
anuales a finales del siglo xv a 116.000 en el prin1er tercio del XVH.

El incremento de las manufacturas

Al igual que en la agricultura, en las manufacturas el hecho más


determinante del siglo fue el incremento de la demanda, pese a ser
esta mucho más elástica que la de los productos alimenticios relacio-
nados con la subsistencia. En líneas generales, y descontando las va-
riaciones derivadas de los periodos de escasez y malas cosechas, la
expansión económica del siglo fue positiva para la producción arte-
sanal, que creció considerablemente. Algunas materias primas como
la madera, utilizada por doquier para multitud de usos, se vieron se-
riamente afectadas. La deforestación fue notable, especialmente en
la primera mitad del siglo, como consecuencia también de la expan-
sión de las superficies cultivadas.
Las mayores novedades se dieron en los cambios organizativos,
que afectaron a diversos sectores y supusieron un paso adelante ha-
cia el capitalismo en virtud de un mayor control del capital sobre la
producción. Sus dos principales manifestaciones fueron el desarro-
llo del verlagssystem o sistema doméstico, promovido por la figura del
mercader-empresario, y el incremento de los centros productivos de
cierta envergadura --en este caso podemos hablar ya propiamente
de empresas- en sectores que por la índole de su producción reque-
168 Luis Ribot

rían una mayor organización, capital y concentración de trabajadores,


pese a que, con frecuencia, fueran los estados los protagonistas de la
demanda, cuando no los organizadores de la producción.
El sector más importante era con diferencia el textil, y dentro de
él la producción de paños de lana. La actividad de los mercaderes-
empresarios tuvo especial incidencia en la pañería, donde está docu-
mentada ya desde el siglo XIII en lugares como Italia o los Países Ba-
jos. En el siglo XV, Florencia aparecía como la gran capital pañera,
bajo la dependencia del llamado arte de la lana, un tipo especial y
avanzado de gremio formado por grandes artesanos convertidos en
mercaderes-empresarios, que controlaban todo el proceso produc-
tivo de una actividad de la que vivían más de 30.000 personas en la
ciudad y sus alrededores, lo que implicaba la ruralización de algu-
nas labores. El arte distribuía la materia prima y, además de los tra-
bajos realizados en talleres dispersos, poseía instalaciones propias
para la realización de ciertos trabajos de acabado. Algunos merca-
deres como los Medid, principales dominadores del arte, tenían sus
propios talleres, que, como señala Frédéric Mauro, prefiguraban las
manufacturas de Colbert.
En el siglo XVI, el sistema de los mercaderes-empresarios se ex-
tendió por buena parte de Europa, favorecido por la expansión
económica. En dicha centuria, por otra parte, entraron en crisis
muchos de los viejos centros pañeros del continente, sustituidos
en su protagonismo por otros nuevos, como consecuencia esencial-
mente de cambios productivos favorecidos por el sistema domés-
tico. Es curioso que la decadencia afectara también a Florencia, que
había sido pionera en tales cambios. Las causas hay que buscarlas
en la inestabilidad provocada por las guerras de Italia y las alternati-
vas políticas que vivió la ciudad, o en hechos como el abandono del
sector por parte de los Medid y otros burgueses, que preferirán de-
dicarse al comercio del dinero. La crisis afectó también al resto de
los centros anteriormente muy activos del norte, entre los que des-
tacaba la región de Bolonia. Solo Venecia parece librarse. En Bru-
jas, Gante o Bruselas, las grandes ciudades pañeras de los Países Ba-
jos del sur, la decadencia se derivó sobre todo del conservadurismo
impuesto por la fuerte dependencia de los gremios, que les impidió
transformar la producción. Los gruesos paños flamencos de estam-
bre, de gran calidad, pesados y costosos, competían cada vez peor
con los paños ingleses.
Se hacía necesario un cambio productivo, iniciado ya a finales
del siglo xv y que habría de pr s uir e intensificarse en la centu-
ria siguiente. Consistía en la intr ducción de las new draperies (nue-
Las transformaciones económicas de un mundo ampliado 169

vas pañerías), en las que habían sido pioneros los ingleses, que eran
tejidos de menor calidad (sargas y otros), hechos con lana de pelo
más corto, más ligeros y peor acabados, pero también de menor pre-
cio y destinados a un público más amplio, tanto en Europa como en
los mercados que comenzaban a surgir en los climas más cálidos de
otros continentes. Para ello fue determinante el papel de los merca-
deres-empresarios, que llevaban la materia prima a buen número de
talleres domésticos rurales o a pequeñas localidades en las que esca-
paban al control de los gremios, y recogían después la producción
para comercializarla. Gracias a dicha transformación, los centros pa-
ñeros más dinámicos de los Países Bajos pasaron a regiones como el
Artois, Hainault o Brabante, con su centro más destacado en la loca-
lidad de Hondschoote, cerca de Dunkerque. La capital, no obstante,
era Amberes, cuyos gremios fueron sometidos al control de los mer-
caderes-empresarios. Todo ello se vio comprometido por la rev uelta
de los Países Bajos, que desarticuló muchos de los centros de pro-
ducción y provocó la huida a las provincias del norte o a Inglaterra
de muchos de los principales artesanos. Gracias a sus conocimien-
tos, las nuevas pañerías se difundieron por Holanda, con un centro
principal en Leiden, y volvieron a Inglaterra. Pero dicha innovación
se extendió también por el sur de Alemania, zona tradicionalmente
pañera, y por Francia.
Inglaterra no sufrió la crisis de la pañería flamenca, tal vez por
su disponibilidad de lana de gran calidad, cuya absorción progre-
siva por el propio artesanado influyó también en las dificultades de
los Países Bajos, que la reemplazaron sobre todo con lana de Casti-
lla. En el siglo XVI y ante la competencia flamenca, Inglaterra aban-
donó la pañería corriente (new draperies) y solo conservó la de lujo.
La exportación de paños ingleses se dobló durante la primera mitad
del siglo, con una pequeña crisis en los años centrales, debida proba-
blemente al auge de las nuevas pañerías de los Países Bajos del Sur.
Desde finales de los años sesenta, sin embargo, la llegada de artesa-
nos procedentes de aquellos hizo que Inglaterra volviera a adoptar
las new draperies, que a comienzos del siglo XVII constituían casi la
cuarta parte del valor de todas sus exportaciones de paños y que, en
dicha centuria, se impondrían claramente a las old draperies.
El auge de la producción afectó también a otras ramas del sector
textil que trabajaban materias primas de origen vegetal, como el lino
o el cáñamo. El primero se utilizaba tanto para la ropa interior o el
ajuar doméstico (sábanas, etc.), como para el velamen de los barcos,
o para proporcionar ropa ligera a la nueva demanda surgida en otros
continentes. Lino y cáñamo se producían especialmente en terrenos
170 Luis Ribot

húmedos d la Europa atlántica. Los principales centros manufactu-


reros del lino estaban situados en el norte de Italia, sur de Alemania,
Inglaterra, países bálticos o en los Países Bajos, donde el lino des-
plazó con frecuencia a la decadente pañería tradicional. Era también
importante en diversas regiones de Francia, que destacaba también
en la manufactura del cáñamo, con los principales centros comer-
ciales de ambos tejidos en Normandía y Bretaña. En muchos casos,
los mercaderes-empresarios se introdujeron también en tales secto-
res, sobre todo cuando se trataba de manufacturas rurales no regu-
ladas por los gremios. En cualquier caso, el cáñamo era una planta
muy dispersa y arraigada en el mundo campesino europeo (serones,
sacos, cuerdas .. .).
Una producción particular eran los fustanes , introducidos a fi-
nales de la Edad Media y que se hacían con algodón importado so-
bre una urdimbre de lino. Destacó la producción alemana de Sua-
bia, con su centro principal en la ciudad de Augsburgo, si bien su
prosperidad no duró mucho como consecuencia de las tensiones del
periodo de la Reforma y la competencia del lino. Una última mate-
ria prima, esta vez de origen animal, era la seda, producto origina-
rio también de Asia, pero existente en Europa desde hacía mucho
tiempo. Abastecía un mercado de lujo y sus centros principales esta-
ban en Italia (Florencia, Milán, Venecia y Como) o España (Toledo,
Sevilla, Granada y Valencia). Los reyes de Francia la instalaron en
1470 en Tours y en 1536 en Lyon, donde adquiere un importante de-
sarrollo.