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Melchor Gaspar

Este documento discute las conexiones entre lenguaje y derecho. Explica que el derecho se manifiesta a través del lenguaje y se construye con él. También describe las diferentes concepciones sobre el lenguaje, incluyendo las visiones racional-formal y realista. Finalmente, argumenta que el lenguaje jurídico tradicional presenta características como la oscuridad y falta de claridad que ponen en riesgo los derechos que intenta proteger.

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Melchor Gaspar

Este documento discute las conexiones entre lenguaje y derecho. Explica que el derecho se manifiesta a través del lenguaje y se construye con él. También describe las diferentes concepciones sobre el lenguaje, incluyendo las visiones racional-formal y realista. Finalmente, argumenta que el lenguaje jurídico tradicional presenta características como la oscuridad y falta de claridad que ponen en riesgo los derechos que intenta proteger.

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CAPÍTULO 1

LENGUAJE Y DERECHO

Resulta necesario hacer un recorrido transversal que muestre la cohesión


inescindible que existe entre lenguaje y derecho y de qué manera la concepción
pragmática del lenguaje contribuye al tan preciado cambio de paradigma en el lenguaje
jurídico tradicional. El objetivo central de este trabajo es, precisamente, poner en
evidencia que el derecho debe abandonar el camino tradicional sobre el lenguaje para
estar en condiciones de elaborar discursos claros.
La dimesión social del hombre se manifiesta de diferentes modos. Uno de ellos es
la comunicación por medio del lenguaje10. Con acierto se ha dicho que “el lenguaje es la
más rica y compleja herramienta de comunicación entre los hombres”11.
Desde un punto de vista descriptivo, “el lenguaje es el uso (elección y
combinación) de los signos intersubjetivos que hacen posible la comunicación”12. A
través de sus funciones: apelativa (dirige el obrar de las personas, logra que los otros
hagan algo); literaria (crea mundos, entretiene, emociona, seduce); fáctica (mantiene la
comunicación); emotiva o expresiva (comunica sentimientos o estados de ánimo,
despierta compasión, admiración, ira); informativa o referencial (comunica y explica
datos y conceptos, fenómenos o estados de cosas)13, el lenguaje es un instrumento de
comunicación y aparece dondequiera que existe un grupo humano viviendo en
sociedad14. Cassirer define al hombre como animal simbólico15, en lugar de
caracterizarlo como animal racional porque entre él y el mundo se extiende la red
simbólica del lenguaje. El hombre tiene una relación con el mundo mediatizada por el
lenguaje, incluso en fenómenos absolutamente nuevos como la posibilidad de estar

10
Cfr. Roberto MARAFIOTI, “La argumentación: lo mismo y lo nuevo”, Temas de Argumentación, Buenos
Aires, Editorial Biblos, 1996, p. 11.
11
Genaro R. CARRIÓ, Notas sobre derecho y lenguaje, 4.ta edición, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1994,
p. 13.
12
Amós A. GRAJALES y Nicolás NEGRI, Argumentación jurídica, Editorial Astrea, Buenos Aires, 2014, p.
127.
13
Cfr. Marta MARÍN, Conceptos claves. Gramática, lingüística y literatura, Copyright Aique Grupo
Editor SA, Buenos Aires, 1995, p. 197 y CARRIÓ, 16.
14
Cfr. GRAJALES y NEGRI, 122.
15
Cfr. Ernst CASSIRER, Antropología Filosófica, México, FCE, 1945.

14
informado sobre situaciones de extrema complejidad de modo simultáneo desde
cualquier parte del planeta16.
El derecho, por su parte, como sistema de normas –en sentido material– se
produce a través del lenguaje. Aparece siempre bajo la forma de una formulación
lingüística (escrita, oral o simbólica).
María Elena Vigliani de la Rosa afirma “el discurso del derecho es eminentemente
dialógico. Es diálogo de hombres con el mundo, con los hechos, con las normas y las
doctrinas, y diálogo entre hombres”17.
Kalinowski comienza su libro titulado Introducción a la lógica jurídica
explicando: “El derecho positivo humano (derecho: conjunto de reglas de conducta),
para hablar sólo de él, es un sistema de normas escritas o consuetudinarias, por lo tanto,
de proposiciones. Desde este punto de vista el derecho nos remite a un lenguaje, al
lenguaje en el que las normas son enunciadas, al lenguaje del derecho. En efecto, este
lenguaje existe, tiene su vocabulario, su gramática, sus reglas sintácticas propias e
incluso su estilística […]”18. Explica que junto al lenguaje del derecho, existe el
lenguaje de los juristas, lenguaje del que se sirven para hablar tanto de las reglas
jurídicas como de los sujetos u objetos del derecho19.
A su juicio, si se quiere que los enunciados que forman el sistema del derecho
sean precisos, claros, unívocos y que el sistema del derecho sea coherente, es necesario,
entre otras cosas, tomar conciencia de la estructura, de los elementos y de las reglas del
lenguaje del derecho. Es indispensable conocer el lenguaje de los juristas, su
vocabuario, su sintaxis, su estilo. Concluye que ambos lenguajes contienen elementos
tomados del lenguaje natural porque en él se han originado y de él se desprendieron
para transformarse en lenguajes técnicos, cuasi-artificales20.
Haft explicaba cómo el jurista, a lo largo de toda su vida profesional, tiene que
vérselas con el lenguaje, “con palabras, oraciones y textos” 21. El lenguaje mismo es un
objeto central de su trabajo: el jurista comprende leyes, describe hechos, subsume casos
en normas, en suma, se enfrenta con determinados productos linguísticos, (leyes,
enunciados dogmáticos) y busca la correspondencia con otros textos (supuestos de

16
Cfr. MARAFIOTI, 12.
17
María Elena VIGLIANI DE LA ROSA, “El emisor y el receptor en el lenguaje jurídico”, Revista del Idioma
Español, Fundación Instituto Superior de Estudios Lingüísticos y Literarios LITTERAE, Años XII-XIII,
números 29-30, (diciembre de 2003-2004), p 1.
18
Georges KALINOWSKI, Introducción a la lógica jurídica, Eudeba, Buenos Aires, 1973, p. XIV.
19
Ídem, XIV.
20
Ídem, XIV - XV.
21
GRAJALES y NEGRI, 122.

15
hechos, casos)”22. El derecho tiende puentes entre el objeto y el lenguaje y, ante todo,
establece la relación entre diferentes textos abstractos (enunciados de deber) y concretos
(exposiciones descriptivas de estados de cosas, de casos y supuestos de hecho)23.
Enrique del Carril vincula derecho y lenguaje desde la perspectiva jurisdiccional,
en vista de que la sentencia es un relato que requiere como condición previa un lenguaje
común, una comunidad lingüística entre los actores del proceso judicial24.
Las teorías de la argumentación, por su parte, describen las complejidades del
lenguaje y su efecto concreto en las decisiones judiciales y, por ende, en toda la
comunidad25.
Como se ve, el derecho se construye con el lenguaje, se manifiesta a través de él y
erige realidades gracias a su mediación. Con acierto Diego Valadez sostiene que “el
derecho es la suma de palabras a las que, históricamente, la humanidad ha atribuido la
función de regular su vida individual y colectiva. El significado de esas palabras ha
movido a los hombres de todas las épocas porque de sus enunciados dependen la vida,
la libertad, la seguridad y la propiedad, y a ellas se apela para alcanzar la justicia y la
equidad en la vida de las personas y en las relaciones sociales”26.
Ha quedado planteado que el derecho tiene un lenguaje específico: el lenguaje del
derecho, el lenguaje jurídico. Kalinowski se pregunta “¿Qué es el lenguaje del derecho?
Es el lenguaje en el cual el legislador, cualquiera sea, enuncia la regla jurídica”27. En
épocas del Estado Legal, de esplendor de la codificación, el lenguaje del derecho se
identificaba con las palabras del legislador, con la ley. En épocas del Estado
Constitucional de Derecho, el lenguaje del derecho abandona el dominio reservado a la
ley e involucra a todas las expresiones y prescripciones normativas (sean de fuente
legal, jurisprudencial, consuetudinaria)28.
Entre sus características se mencionan la abstracción, la objetividad, la precisión,
la uniformidad, la coherencia. Al respecto, a partir de su visión dialógica del discurso
del derecho, María Elena Vigliani de la Rosa advierte: “Si entendemos el diálogo como
el hablar de dos o más en procura de un significado compartido, debemos estar alertas
respecto de los rasgos del texto jurídico que afectan la intelección: lo oscuro, la falta de

22
Fritjof HAFT, Derecho y Lenguaje, en KAUFMANN-HASSEMER, “El pensamiento jurídico
contemporáneo”, p. 221, en GRAJALES y NEGRI, 122-123.
23
Cfr. GRAJALES y NEGRI, 123.
24
Cfr. Enrique H. DEL CARRIL, “La sentencia como conjunción de relatos”, El lenguaje de los jueces, Ad
Hoc, Buenos Aires, 2007, p. 65.
25
Cfr. GRAJALES y NEGRI, 121
26
Diego VALADEZ, La lengua del derecho y el derecho de la lengua, México, D.F. UNAM, Instituto de
Investigaciones Jurídicas: Academia mexicana de la lengua, 2005, p. 123, en
http://biblioteca.juridicas.unam (acceso 13-8-2019).
27
KALINOWSKI, 48
28
Ídem, 47-48.

16
naturalidad, el abuso de tecnicismos legales, el léxico críptico, el formalismo, la sintaxis
complicada inductora de anacolutos, los latinismos, arcaísmos, redundancias”29.
Precisamente, este estudio mostrará que el lenguaje del derecho tiene una serie de
rasgos léxicos y gramaticales que atentan gravemente contra la comunicación e
interpretabilidad de los textos30. De este modo, el lenguaje jurídico tradicional pone en
riesgo a los derechos que intenta proteger y no se condice con los paradigmas del
Estado Constitucional de Derecho.
Por ende, resulta provechoso conocer cuáles son las discrepancias de pensamiento
planteadas en torno al lenguaje y de qué manera, a través de ellas, es posible lograr que
el lenguaje jurídico pueda adecuarse al nuevo escenario, sin necesidad de prescindir de
su rigor técnico, ni de su precisión.

1.1. Concepciones sobre el lenguaje

El derecho, la filosofía y la lingüística, entre otros, se ocuparon del tema del


lenguaje, según dos grandes direcciones en la investigación: la racional–formal, llevada
a cabo por la jurisprudencia de conceptos y, ante su fracaso, el movimiento contrario,
representado por la jurisprudencia de intereses. La posición formalista es exigente,
activa y absoluta. En ella predomina la razón, la lógica, lo exacto y lo especializado de
tal forma que los conceptos se vuelven inmodificables e incuestionables; en el derecho
no hay enigmas, no hay vacíos (lagunas), todo está regulado; el legislador solo se basa
en los conceptos. La posición realista, en cambio, pone de manifiesto la naturaleza
limitada de nuestro pensamiento y de la capacidad lingüística. La interpretación del
derecho se basa primordialmente en la consideración de los intereses en conflicto en el
caso planteado31.
En el campo de la filosofía, durante las primeras décadas del siglo XX, se aspiraba
a conseguir un lenguaje que tuviera la cualidad o propiedad de ser unívoco, esto es de
poseer un sólo significado o de ser utilizado siempre con un sólo y único significado, en
el que solo se conocía y transmitía lo racional. Sus representantes fueron Wittgenstein –
en su Tractatus logico-philosophicus–, y Rudolf Carnap. Tal objetivo no pudo lograrse
ya que el lenguaje no puede separarse de la complejidad del mundo real en el queda

29
VIGLIANI DE LA ROSA, “El emisor y el receptor …”, 1.
30
Cfr. Mariana CUCATTO, “El lenguaje jurídico y su ‘desconexión’ con el lector especialista. El caso de
‘a mayor abundamiento’”, Pontificia Universidade Católica do Rio Grande do Sul, letras de hoje, 48, 1,
(3-2013), p.129, en http://hdl.handle.net/11336/4951 (acceso 18-9-2019).
31
Cfr. Fritjof HAFT, Derecho y Lenguaje, en KAUFAMANN-HASSEMER, “El pensamiento jurídico
contemporáneo”, p. 227, en GRAJALES y NEGRI, 131.

17
irremediablemente atrapado, conforme lo advirtió el propio Ludwig Wittgenstein, quien
pasó de una concepción semántica a una pragmática del lenguaje y postuló que no hay
un lenguaje universal, sino múltiples juegos de lenguaje con sus diferentes reglas. Así el
lenguaje jurídico constituye, desde este punto de vista, un juego de lenguaje con sus
diversas reglas que cambian epocalmente.
Hablamos del giro lingüístico de la filosofía, específicamente, para señalar la
tendencia a tratar los problemas filosóficos a partir de la manera en que aparecen en el
lenguaje. Este giro lingüístico se produjo por la confluencia de dos corrientes. Por un
lado, el positivismo lógico, que difundió la idea de un lenguaje perfecto para expresar
las estructuras de las matemáticas; y por otro, la tradición analítica, que entendía que
para emprender los problemas filosóficos era necesario dar primacía a los juicios de
sentido común y a las prácticas ordinarias habituales en otros campos de la actividad
humana. Ambas corrientes se diferenciaban por su preferencia respecto de la ciencia, la
lógica o las matemáticas (positivismo lógico), o por el lenguaje ordinario32.
En el campo del derecho ocurrió algo similar en torno a la investigación del
lenguaje. Para la corriente formalista los términos son nominalistas. El derecho es un
sistema cerrado, dotado de plenitud hermenéutica, del que pueden deducirse todas las
soluciones. Los científicos del derecho, a partir del material bruto de las normas
positivas, arriban a conceptos jurídicos que sirven de base para las sucesivas
abstracciones. El resultado es un conjunto sistemático y coherente de proposiciones,
construidas exclusivamente a partir del material positivo dado. El juez o el intérprete en
su tarea sólo descubre la regla general para el caso concreto. El material está dado
únicamente por el orden jurídico, sin que sea legítimo echar mano a elementos de otro
origen33.
Para ellos, los juristas han elaborado desde antaño un lenguaje especializado,
compuesto de palabras técnicas, susceptibles de definición precisa, que no forman parte
del lenguaje natural34.
La corriente hermenéutica contraria se centra en el realismo. Juzgan que la
propuesta analítica no se concreta en la práctica de la administración de justicia, a la vez
que es inconveniente como modelo de lo que deben hacer los jueces o funcionarios al
decidir un caso concreto35. Propugnan el realismo conceptual, “El lenguaje es un
proceso en el que se utilizan signos para reflejar, almacenar y procesar la realidad (…)

32
Cfr. GRAJALES y NEGRI, 125.
33
Cfr. CARRIÓ, 52-53.
34
Ídem, 37-38.
35
Ídem, 54-55.

18
Los conceptos jurídicos no se han de concebir sobre la base de un pensamiento en
términos de ‘sí o no’, sino de un pensamiento tipológico de ‘más o menos’”36.
En nuestro país, ambas corrientes de la relación de derecho-lenguaje fueron
representadas por las posturas opuestas de Sebastián Soler y Genaro Carrió.
Con respecto a la naturaleza del lenguaje jurídico, Soler representó la dimensión
racional-formalista en aras de garantizar el principio de legalidad y, consecuentemente,
la seguridad jurídica.
En su obra Fe en el Derecho, Soler asimila el lenguaje del derecho con el lenguaje
formalizado que se emplea en las ciencias exactas. Dice: “El comportamiento del
derecho guarda relación con las matemáticas en los dos sentidos: por la forma en que se
constituyen los conceptos jurídicos que integran las normas y por la manera en que
recíprocamente juegan […]. El contenido del concepto jurídico es, pues, exactamente el
que el legislador le ha acordado, y en esto la semejanza entre esta clase de conceptos y
los conceptos matemáticos es profunda. Entre el concepto de hipoteca y el de triángulo
existe la coincidencia de que ambos están constituidos por un número limitado de
elementos puestos”37.
Agrega que, “la relación que efectivamente guardan los conceptos jurídicos con
los conceptos matemáticos, especialmente con las figuras de la geometría consiste en
que ambos son conceptos dados o puestos por hipótesis, integrados, además por un
número determinado de elementos necesarios”38 y propone el siguiente ejemplo: “Si hay
un acuerdo para transferir el dominio de una cosa mediante un precio, hay compraventa;
si suprimimos el precio, hay donación; si en vez de la cosa suponemos un crédito, hay
cesión […] De aquella definición no podemos tocar nada, según se ve, sin que la figura
se desmorone, como cuando a un triángulo le quitamos un lado”39.
Para Carrió, en cambio, el lenguaje del derecho es el lenguaje natural. Admite que
los juristas han creado un lenguaje en cierto modo artificial, de contornos más precisos
y mayor rigor expositivo. No obstante, entiende que existen diferencias fundamentales
entre el lenguaje de los juristas y un lenguaje formalizado. “El primero es una forma
menos espontánea y menos imprecisa de lenguaje natural, que muchos juristas usan con
la pretensión, consciente o no, de estar usando un lenguaje absolutamente riguroso”40.

36
Fritjof HAFT, Derecho y Lenguaje, en KAUFAMANN-HASSEMER, “El pensamiento jurídico
contemporáneo”, p. 230 y 231, en GRAJALES y NEGRI, 131
37
Sebastián SOLER, Fe en el Derecho y otros ensayos (T.E.A), Buenos Aires, 1956, pp. 159 y 162, en
CARRIÓ, 38.
38
Sebatián SOLER, La interpretación de la ley, Ed. Ariel, Barcelona, 1962, p. 42, en CARRIÓ, 39.
39
Ídem.
40
CARRIÓ, 40.

19
Continúa y explica que los conceptos y términos jurídicos están rodeados por
zonas de penumbra que hacen vacilar a los juristas. La realidad desborda las
clasificaciones tradicionales. Cita los casos en los que hay dudas acerca de institutos
jurídicos que poseen rasgos comunes, por ejemplo entre una compraventa y una
locación de cosas; entre una locación y un depósito; entre la locación de obras, de
servicios y el mandato, entre muchos otros casos, y afirma que esto no ocurre en la
geometría41.
El autor advierte que es conveniente resguardarse de la falsa seguridad de los
tecnicismos del lenguaje jurídico. “La diaria experiencia de los tribunales y, en general,
el contacto profesional con el derecho, nos enseñan que esa seguridad es quimérica”42.
De esta forma, concluye que el lenguaje jurídico tiene básicamente las mismas
características que los lenguajes naturales43.
Para comprobar su hipótesis Carrió explica que las características del lenguaje
natural son la ambigüedad, la vaguedad o zonas de penumbra y la textura abierta. Estas
características aparecen, en mayor o menor medida, en las normas jurídicas e influyen
sobre la situación del juez que debe decidir. El juez tiene ante sí hechos o situaciones
variados, a los cuales debe encuadrar en los supuestos de hecho elaborados de antemano
por las reglas generales. Cuando el caso concreto quede comprendido en el núcleo de
significado central de las reglas, la solución no ofrecerá problemas; pero en los casos en
que queden ubicados en la zona de penumbra, las reglas no dictan la solución y para
evitar la arbitrariedad deberá fundarse en consideraciones no contempladas por el
insuficiente lenguaje de las reglas44.
Para Carrió el derecho es una técnica de control social, cuyas “normas jurídicas,
en cuanto autorizan, prohíben o hacen obligatorias ciertas acciones humanas, y en
cuanto suministran a los súbditos y a las autoridades pautas de comportamiento, están
compuestas por palabras que tienen las características propias de los lenguajes naturales
o son definibles en términos de ellas”45. En consecuencia, la función social del derecho
se vería seriamente comprometida si las normas jurídicas estuvieran formuladas de
manera tal que sólo un grupo pudiese comprenderlas46. Por eso, “es legítimo decir que
las normas jurídicas no sólo se valen del lenguaje natural sino que, en cierto sentido,
tienen que hacerlo”47.

41
Ídem, 41.
42
Ídem, 43.
43
Ídem, 44.
44
Cfr. GRAJALES y NEGRI, 133.
45
Ídem, 37.
46
Ídem.
47
Ídem.

20
La tesis que propongo es que no es posible concebir el lenguaje –y dentro de este,
el lenguaje del derecho– con una vocación de univocidad. El lenguaje tiene procedencia
y vocación social. Por ende, dado que los modelos de conducta no son abstractos ni
estáticos, sino reales y dinámicos, el lenguaje no puede ser unívoco sino equívoco, ya
que es justamente dicha equivocidad la que le otorga flexibilidad y dinamismo, riqueza
de matices; vitalidad e historicidad48. Carrió lo define como “un sistema o conjunto de
símbolos convencionales”49, lo que implica que no hay una relación estática entre las
palabras y los objetos, circunstancias o acontecimientos. El significado de una palabra o
expresión depende de una convención.
En las Investigaciones Filosóficas50, Wittgenstein usa tres metáforas para referirse
al juego de lenguaje, que ilustran lo sostenido. La primera comparaba al lenguaje con
una caja de herramientas que contenía tenazas, martillos, cola, clavos y que cada una de
ellas tenía funciones distintas, pero que compartían aires de familia. La segunda
comparaba al juego de lenguaje con los manubrios de una locomotora: uno frena, el otro
acelera, otro es una bomba o una válvula, cuyas funciones son diferentes una de otra,
pero que comparten aires de familia. Por último, la tercera dice así: “Nuestro lenguaje
puede verse como una vieja ciudad: una maraña de callejas y plazas, de viejas y nuevas
casas con anexos de diversos períodos; y está rodeada de un conjunto de barrios nuevos
con calles rectas y regulares y con casas uniformes”51. De este modo, el lenguaje está
constituido por diversos géneros de oraciones y en él surgen nuevas palabras y aparecen
nuevos juegos de lenguaje.
De ningún modo la equivocidad del lenguaje significa negar que el lenguaje del
derecho sea –efectiva y necesariamente– un lenguaje técnico, caracterizado por un alto
grado de abstracción, una gran proporción de términos especiales y una sintaxis
estrictamente controlada52, que debe tender a la máxima exactitud y precisión; pero
comparto que el lenguaje jurídico es lenguaje, se forma y se nutre de sus voces y
normas gramaticales. “En él pesa más lo compartido con el fondo común de la lengua
que lo que es específico”53. En ese contexto, el lenguaje jurídico, en tanto lenguaje,
posee la misma permeabilidad y no puede concebirse en forma lineal, sobre la base de
un pensamiento en términos disyuntivos.

48
Cfr. KAUFMANN, Filosofía del derecho, pp. 235-236, en GRAJALES y NEGRI, 135.
49
CARRIÓ, 63.
50
Cfr. L. WITTGENSTEIN, Investigaciones filosóficas, Editorial Crítica, As. As., 1989, p.25.
51
WITTGENSTEIN, 31.
52
Cfr. Carles DUARTE y Anna MARTÍNEZ, El lenguaje jurídico, AZ Editorial, Buenos Aires, 1995.
53
Cfr. PRIETO DE PEDRO, 118.

21
De lo que se trata es de equilibrar, moderar, armonizar, clarificar la precisión
técnica, a través de los recursos semánticos, sintácticos y pragmáticos del lenguaje que
están a nuestro alcance.
En este sentido, resultan propicias las palabras de María Elena Vigliani de la
Rosa: “El profesional del derecho es el ‘letrado’ (el que tiene la letra) o el ‘magistrado’,
el magíster, maestro y ese gran generador del derecho que es el legislador. En cualquier
caso es responsable de una función didáctica y orientadora mediante la palabra y debe
preparase para, con ella, explorar hechos y seres y, con ella, edificar la ley, la justicia, la
intersubjetividad, el bien común. Esta obligación de claridad es tanto más imperiosa si
se advierte, por una ficción legal, que el derecho se considera conocidos por todos
[…]”54.

54
VIGLIANI DE LA ROSA, “El emisor y el receptor …”, 1.

22
CAPÍTULO 2

EL LENGUAJE JURÍDICO

2.1. Características del lenguaje jurídico

El lenguaje jurídico posee los siguientes rasgos55:

1. En general, es escrito porque aun cuando la gran mayoría de las


actuaciones que se desarrollan en un proceso judicial son orales (audiencias: de
mediación, de prueba, de declaraciones: de partes y de testigos, alegatos, acuerdo de los
jueces integrantes de tribunales colegiados), terminan siendo versiones escritas.
2. Posee una terminología rica en matices. Se usan expresiones que tienen
un significado jurídico diferente (por ejemplo: costas, repetir, autos, fallo, proveer) y
denominaciones técnicas diferentes que tienen un mismo objetivo (por ejemplo: acción,
demanda, querella).
3. Incluye modismos fijados de antemano, a través de fórmulas o frases no
habituales para el lenguaje corriente (por ejemplo: “los autos son llamados para
resolver”, “medida para mejor proveer”).
4. Emplea abundantes arcaísmos (por ejemplo: “otrosí digo”, “proveído lo
anterior”, “por ante mí el Secretario”), muchos de los cuales constituyen tecnicismos
(Por ejemplo: “fehaciente diligencia”, “decaer en su derecho”, “elevar un expediente”,
“incoar un expediente”, “librar un mandamiento”).
5. Es un lenguaje formal en el que abundan los eufemismos para suavizar o
matizar la carga emotiva de ciertas palabras (por ejemplo: “reducción de personal” por
“despido”). Una buena cantidad de eufemismos están vinculados con cuestiones
raciales, sociales, etarias y aún con discapacidades físicas (por ejemplo: “tercera edad”
por “vejez”, “persona con capacidades diferentes” por “discapacitado”, “no vidente” por
“ciego”, “establecimiento penitenciario” por “cárcel”, “interrupción voluntaria del
embarazo” por “aborto”).

55
La enumeración sigue de un modo particular a: Elena DE MIGUEL, “El texto jurídico-
administrativo…”; Cristina CARRETERO GONZÁLEZ, “La claridad y el orden en la narración del discurso
jurídico”, Revista de Llengua i Dret, n.º 64, (2015), en www.bd.austral.edu.ar (acceso 11-7-2019);
VIGLIANI DE LA ROSA, “El emisor y el receptor …”; CUCATTO, art. cit..

23
6. Se vale de un tono solemne y de cortesía y usa los títulos y los
tratamientos adecuados (por ejemplo: “dígnese V.S proveer de conformidad, por ser
justicia”, “Dios guarde a su Excelencia”).
7. Prefiere la construcción nominal que se manifiesta en el uso abundante
de sustantivos y adjetivos en relación con el número de verbos utilizados (“La conducta
antijurídica e ilegíma”, “El arma, pesada de gran tamaño”); y en el uso de un verbo
vacío o desposeído de significado y un sustantivo que porta mayor carga semántica
(“presentar recurso” por “recurrir” o “incurrir en delito” por “delinquir”).
8. Emplea formas no personales del verbo: infinitivos, participios –
presentes (“el demandante”) y pasados (“el demandado”), muchos en construcción
absoluta (“transcurrido el plazo”, “probados los hechos”)–, gerundios (“siendo oído el
testimonio”, “habiendo analizado la totalidad de la prueba”), muchos de ellos
incorrectos (como los que desempeñan función adjetiva: “decreto disponiendo”,
“sentencia condenando”).
9. Usa un modo verbal que expresa una acción, un proceso o un estado
como hipotético, dudoso, posible o imperioso (“si hubiere lugar”; “cuando estimare
oportuno”, “notifíquese”, “intímese”, “hágase saber”, “dispongo”).
10. Usa proposiciones subordinadas o encastradas unas dentro de otras, con
extensos períodos oracionales, cargados de incisos (complementos).
11. Usa construcciones pasivas que ocultan el agente y despersonalizan al
texto (Por ejemplo: “El homicidio fue perpetrado por el imputado”, “La trampa fue
colocada por los partícipes necesarios”). También el cambio de la persona gramatical
suele desacreditar la identidad del emisor.
12. Abusa de construcciones perifrásticas (Por ejemplo: “condeno y debo
condenar”, “se tienen por reproducidas”).
13. Usa habitualmente colectivos que ocultan las individualidades tras el
nombre de entidades, organismos, instituciones y leyes (“Notifíquese al Registro
Civil”). Emplea mucho la tercera persona, en especial en los interrogatorios y en las
actas judiciales (por ejemplo: “El testigo sotiene”, “El deponente contesta”).
14. Acumula locuciones prepositivas (“por ante”, “en el supuesto de”, “de
conformidad con”, “en contra de”, “a efectos de”, “a instancias de”, “según lo dispuesto
en”).
15. Abusa de los adverbios terminados en mente (por ejemplo: “rápidamente
huyó de la escena”, “inútilmente ocultó los indicios”, “atacó feroz y hábilmente”).
16. Acumula adjetivos (por ejemplo: “juicio oral y público”, “vacación anual
ordinaria”, “decisión arbitral obligatoria”, “resolución arbitraria e ilegítima”).

24
17. Usa parejas y tríos de nombres, verbos y adjetivos de significado muy
próximo (Por ejemplo: “se apersonen en forma y comparezcan”, “serán nulos, de
nulidad absoluta y no surtirán efectos”, “daños y perjuicios”, “se cita, llama y emplaza”.
“debo condenar y condeno”, “así lo pronuncio, mando y firmo”).
18. Usa pronombres en posición anafórica o catafórica para no tener que
repetir palabras innecesariamente (Por ejemplo: “dicho”, “mencionado”, “citado”,
“expresado”, “indicado”, “referido”, “aludido”, “este”, “ese” y “aquel”). Cuando ellas
se refieren a sujeto: “el antedicho”, “el citado”, “el que suscribe”, hacen de él “el
difuminado hombre del expediente, el hombre del anaquel”56.
19. Usa abundantes siglas y abreviaturas. Aunque son muy útiles, por el
ahorro de tiempo y de espacio que suponen entorpecen la legibilidad del texto.
20. Usa circunloquios y neologismos: “alcance desarrollativo”, en lugar de
“el desarrollo”; “obrados causídicos”, en lugar de “causas”; “dotar de impulsividad útil”
por “impulsar”. Expresiones rebuscadas: “cartáceos lucientes” por “cheques”; “sobre el
estribo del reconocimiento expreso de firma obrante”, en lugar de “reconociendo la
firma”.
21. Contiene errores semánticos: “prealudidos” por “nombrados”; “artículos
conmilitones” por “artículos análogos”.
22. Contiene faltas de ortografía.
Debido a que el lenguaje jurídico opera como una variedad funcional del lenguaje
natural, es necesario considerar que, además de los rasgos apuntados, adolece de los
mismos problemas que aquejan al lenguaje ordinario.
Existe coincidencia57 en que los principales problemas del lenguaje son la
ambigüedad; la vaguedad, imprecisión o textura abierta; y la carga emotiva.
La ambigüedad se produce cuando una oración puede expresar más de una
proposición o más de un sentido. Esto puede ocurrir porque alguna de las palabras que
integran la oración tiene más de un significado, o porque la oración tiene una
equivocidad sintáctica58.
Nino59 brinda algunos casos de ambigüedades: de producto-proceso que se da
cuando uno de los significados de la palabra se refiere a una actividad o proceso y el
otro al producto o resultado de esa actividad o proceso (por ejemplo: las palabras

56
VIGLIANI DE LA ROSA, “El emisor y el receptor …”, 2.
57
Cfr. Juan Antonio GARCÍA AMADO, Razonamiento jurídico y Argumentación. Nociones introductorias,
2da edición, Zela Grupo Editorial E.R.R.L, Perú, 2019, pp. 31-37; Carlos S. NINO, Introducción al
análisis del derecho, 2da edición, Astrea, Buenos Aires, 2017, pp. 259-269; Astrid GÓMEZ y Olga María
BRUERA, Análisis del Lenguaje Jurídico, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, pp. 65-77; CARRIÓ, 24-35.
58
Cfr. GARCÍA AMADO, 31-32.
59
Cfr. NINO, 260-264.

25
trabajo y pintura. Si alguien dice “Me encanta la pintura”, puede dudarse si le gusta
pintar o contemplar cuadros), uso de una expresión que tiene un signficado vulgar
relacionado con su uso científico pero diferente de él (Por ejemplo: los términos sal y
alcohol que son usados por la gente común con una denotación más restringida que
aquella en que los usan los químicos), uso metafórico de una palabra pero que con el
tiempo va creando un significado independiente del original (Por ejemplo: el término
arteria, aplicado a las calles de una ciudad).
La vaguedad, imprecisión o textura abierta del lenguaje ocurre cuando no está del
todo claro a qué se refiere el término empleado o qué cosas son aludidas por él60.
Nino61 ofrece algunos ejemplos de vaguedad: uso de palabras que hacen
referencia a una propiedad que se da en la realidad en grados diferentes, sin que el
significado del término incluya un límite cuantitativo para la aplicación de él (Por
ejemplo: alto, bajo, pesado, inteligente, lejos; vaguedad potencial o textura abierta;
tambien la carga emotiva de las expresiones linguísticas perjudican su significado
cognoscitivo y favorecen su vaguedad). En el caso del lenguaje del derecho, hablamos
corrientemente de plazo razonable, error sustancial, culpa o injuria grave, peligro
inminente, velocidad precautoria62.
Astrid Gómez y Olga María Bruera apuntan que esta propiedad genera ventajas en
el lenguaje jurídico puesto que le otroga permeabilidad y permite que las normas
jurídicas perduren a través del tiempo sin necesidad de modificar sus términos cada vez
que surgen nuevos hechos que pueden subsumirse en la designación de las expresiones
normativas o cambian algunos objetos a los que las normas se refieren63.
La carga emotiva del lenguaje se origina con el uso de palabras que hacen
referencia a objetos o hechos y que expresan ciertas actitudes emocionales que
provocan en quien se vale de ellas. Se trata de un problema que afecta el significado
cognoscitivo, favoreciendo la vaguedad puesto que si una palabra es empleada como
una felicitación o como una injuria, las personas manipulan arbitrariamente su
significado para aplicarlos a fenómenos que aceptan o repudian. Por ejemplo, el caso de
malas palabras que tienen una mayor carga emotiva que otros términos con idéntico
significado descriptivo pero que se usan en contextos emotivamente neutros. También
tienen un fuerte significado emotivo, además del congnoscitivo, palabras como
democracia, derecho, idiota, justicia, etcétera64.

60
Cfr. GARCÍA AMADO, 31.
61
Cfr. NINO, 260-264.
62
Cfr. CARRIÓ, 30.
63
Cfr. GÓMEZ y BRUERA, 76-77.
64
Cfr. NINO, 269.

26
Los problemas del lenguaje pueden morigerarse si analizamos el contexto
lingüístico en el que la oración o el texto aparecen (las frases que se dicen antes o
después) y la situación fáctica en que se formulan (el lugar, el momento, etcétera)65, y si
tomamos la precaución de precisar, en todos los casos de posible duda, el sentido con
que hemos empleado tal o cual palabra o expresión66, es decir si estipulamos cuál de los
diversos significados que la palabra tiene, es el que va a emplearse en el caso
concreto67. En algunos casos será preferible optar por excluir el uso del término
problemático o su reemplazo por otra palabra68.
Vigliani de la Rosa aconseja acudir al significado que los vocablos adoptan en el
uso normal e insertar los términos apropiadamente en el contexto. Pone como ejemplo
que se puede definir la palabra “mesa” aisladamente, pero también se puede considerar
los diversos contextos y decir “mesa de diálogo” o “mesa directiva”. En todos los casos
el locutor deberá considerar la eliminación de imprecisiones semánticas o de la
vaguedad. Al declarar que un sujeto es “peligroso”, deberá aclarar si es “violento”,
“poco fiable para guardar secretos”, o si es un “criminal”. Finalmente, la autora cita a
Gómez y Bruera, quienes destacan la importancia de la definición para precisar las
designaciones y denotaciones entre emisor y receptor, y proponen acudir a definiciones
informativas, estipulativas y persuasivas69.
En este sentido, conviene precisar que las palabras pueden definirse mediante la
designación o la denotación. En el primer caso damos el conjunto de características que
debe poseer un objeto para que le apliquemos dicha palabra. La definición puede ser
informativa, informa acerca del significado que la palabra tiene en el uso común;
estipulativa, propone un signficado para una palabra nueva o para cambiar el significado
que una palabra tiene en el uso común; persuasiva, se emplea en palabras como
“democracia”, “justicia”, etcétera, en las cuales la carga emotiva es muy grande. En la
definición por denotación definimos “por ejemplos”, cuando damos a una palabra una
lista de ejemplos de aquellos objetos que la palabra denota; o definimos nombrando la
palabra e indicando el objeto que denota70.
Resulta apropiada la explicación de Genaro Carrió cuando apunta que “el
signficado de las palabras está en función del contexto lingüístico en que aparecen y de

65
Cfr. GARCÍA AMADO, 31.
66
Cfr. CARRIÓ, 28.
67
Cfr. GÓMEZ y BRUERA, 68.
68
Ídem, 74.
69
VIGLIANI DE LA ROSA, “El emisor y el receptor …”, 6.
70
Cfr. GÓMEZ y BRUERA, 42-48.

27
la situación humana dentro de la que son usadas. Claro está que el contexto y la
situación, en la generalidad de los casos, disipan toda posibilidad de confusión”71.

2.2. Consecuencias del uso del lenguaje jurídico tradicional

2.2.1. Sobre el discurso


Los efectos más comunes son los siguientes72:
1. Prosas despersonalizadas, abstractas e intemporales, lentas y reiterativas,
imprecisas y ambiguas, atrasadas.
2. Párrafos extensos, de lectura compleja y, a veces, ininteligible.
3. Pérdida del hilo argumental que provoca incorrecciones de construcción y
dificulta la comprensión.
4. Tono autoritativo-subordinativo que da lugar al distanciamiento entre la
administración de justicia y los ciudadanos73.

2.2.2. Sobre los derechos: El derecho a comprender

El lenguaje del derecho no se limita a ser el lenguaje de leyes y sentencias. Regula


todas las formas de convivencia dentro de una comunidad, todas las relaciones
personales y profesionales: entre médicos y pacientes o entre abogados y clientes,
dentro de los clubes o en los consorcios, en organismos gubernamentales y no
gubernamentales, en los ámbitos de otras disciplinas74. Contrariamente a lo que ocurre
con otros lenguajes de especialidad, el lenguaje jurídico tiene una especial vocación
social, pues su destinatario directo es el ciudadano.
Las sentencias judiciales, específicamente, son documentos de incuestionable
repercusión social. A través de ellas, el juez decide solicitudes (personales, parentales,
patrimoniales, delictivas, etcétera) de personas que se involucran en un proceso judicial.
Su decisión tendrá la capacidad de modificar la realidad de esas personas y actuará
como una guía o instrucción para el resto de la sociedad. Esta función social de la

71
CARRIÓ, 26.
72
Aclaración: las consecuencias del uso del lenguaje jurídico tradicional sobre el discurso serán
desarrolladas en extenso y ejemplificadas en forma particular en el análisis casuístico de la sentencia “T.
Fabian Gerardo” en el capítulo 4 de esta investigación.
73
Cfr. DE MIGUEL, “El texto jurídico-administrativo…”.
74
Cfr. Carmen de CUCCO ALCONADA, “Hacia un lenguaje jurídico claro”, publicado en www.saij.gob.ar,
Editorial: Sistema Argentino de Información Jurídica (acceso 1-7-2019).

28
sentencia tiene vinculación directa con la comunicabilidad del derecho. La sentencia
debe ser clara y comprendida por sus destinatarios y por la comunidad en general. La
comprensión es tal cuando resulta comunicable: es decir, cuando el destinatario es capaz
de comunicar lo leído porque lo ha comprenido.
Paradójicamente, los rasgos tradicionales del lenguaje jurídico generan una
comunicación asimétrica con el receptor del mensaje que dificulta, y en muchos casos
impide, su comprensión. Como consecuencia, entre otros efectos indeseados, afecta los
derechos que se intentan proteger.
En ese contexto, se abre paso la expresión derecho a comprender, identificada por
algunos como una parte –a veces olvidada– del debido proceso, derecho que es
protegido por la Constitución Nacional en su artículo 18 y por normas internacionales
como el artículo 8 de la CADH, constituciones provinciales y ordenamientos procesales.
Quienes se identifican con esta posición sostienen que el derecho a comprender “no es
una meta ética o deontológica, ni una posibilidad. Es un derecho que tienen los
ciudadanos destinatarios de las leyes, decretos y sentencias, para que se garantice el
respeto de sus derechos fundamentales”75.
El Manual Judicial de Lenguaje Claro y Accesible a los Ciudadanos del Poder
Judicial de Perú avala esta significación del derecho a comprender como una parte
esencial del debido proceso, e incluye en él dos aspectos: 1. una buena argumentación
jurídica y 2. el uso de un lenguaje jurídico, escrito y oral, que sea comprendido por el
usuario76.
En una línea similar, Guillermo González Zurro sostiene: “La misma Constitución
Nacional en su art. 18 al consagrar el ‘debido proceso’ dispone: ‘es inviolable la defensa
en juicio de la persona y de los derechos’. Mal podría hablarse entonces del acceso a la
justicia como derecho fundamental, si la persona involucrada desconoce cuáles son sus
derechos y obligaciones, cómo obtener su ‘tutela efectiva’, qué puede esperar de la
tramitación de un juicio. El acceso a la justicia comprende el derecho a la información
en lenguaje claro”77.
Para Claudia Poblete y Pablo Fuenzalida González, el derecho a comprender es,
precisamente, el derecho a recibir información y es una de las aristas del derecho al

75
Cfr. Milton Hernán KEES, “El derecho a comprender. Hablando ‘en difícil’ ”. Revista digital
Pensamiento Civil, en https://www.pensamientocivil.com.ar/2677-derecho-comprender-hablando-dificil
(acceso 1-7-2019).
76
PODER JUDICIAL DEL PERÚ, Manual Judicial de Lenguaje Claro y Accesible a los Ciudadanos, Fondo
Editorial del Poder Judicial, Lima, Perú, 2014, pp. 14-
16https://www.pj.gob.pe/wps/wcm/connect/7b17ec0047a0dbf6ba8abfd87f5ca43e/MANUAL+JUDICIAL
+DE+LENGUAJE+CLARO+Y+ACCESIBLE.pdf?MOD=AJPERES.
77
Cfr. Guillermo D. GONZÁLEZ ZURRO, “Sentencias en lenguaje claro”, La Ley, 26-12-2.018. Cita
Online: AR/DOC/2608/2018.

29
acceso a la información pública y a la justicia, pues promueve el conocimiento de la
actividad pública en sus facetas ejecutivas, administrativas, legislativas, normativas,
judiciales y jurisdiccionales78. Desde esta perspectiva, el derecho a recibir información
adquiere una nueva dimensión que se manifiesta como el derecho a comprender,
derecho transversal, que no agota su objetivo con publicar información, comunicar
actos, mostrar datos, sino que requiere, además, que estos sean comprendidos por las
personas.
Por lo tanto, todo Estado que desee consolidar su justicia y su democracia, no solo
tiene la obligación de difundir, comunicar, publicar; sino, además, debe clarificar lo que
difunde, comunica y publica. No solo debe sustentarse en la presunción del
conocimiento de la ley por parte de sus ciudadanos, sino que debe difundir sus normas
para que sean comprendidas, deteniéndose en la expresión que utilizan sus órganos y
poniendo la vista en su destinatario directo. En este sentido, igualdad ante la ley incluye
igualdad ante el conocimiento de la ley. En la medida en que la ciudadanía conozca y
entienda las leyes, los valores que hay detrás de ellas, tiene la posibilidad de entenderlas
y acatarlas no por la vía de la sanción, sino por la vía de la convicción y adhesión a los
valores que contienen 79.
El Manual SAIJ de Lenguaje Claro emplea la expresión derecho a entender y
explica: “Todos tenemos derecho a entender. Es un derecho que además permite el
ejercicio de otros derechos: el derecho a la educación, a la cultura, al acceso a la
justicia, entre otros” 80.
Suscribo el uso de la expresión derecho a comprender y creo en la posibilidad de
ensayar un concepto a través de la descomposición de sus términos y sus definiciones
lexicográficas desde el Diccionario de la Real Academia Española. En consecuencia, si
derecho es “la facultad de hacer o exigir todo aquello que la ley o la autoridad establece
en nuestro favor”81; y comprender es “entender, alcanzar o penetrar algo”82; el derecho
a comprender puede conceptualizarse como “la facultad de entender, alcanzar o
penetrar aquello que la ley o la autoridad establece en nuestro favor”.

78
POBLETE y FUENZALIDA GONZÁLEZ, 121.
79
Cfr. CARRETERO GONZÁLEZ, “La claridad y el orden en la narración del discurso jurídico”, 68.
80
PRESIDENCIA DE LA NACIÓN ARGENTINA. Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Manual SAIJ de
lenguaje claro, p. 3 en http://www.derechofacil.gob.ar/wp-content/uploads/2019/05/guia-saij-de-
lenguaje-claro.pdf (acceso el 19-8-2019).
81
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23ª ed., [versión 23.2 en línea], en
https://dle.rae.es, décima acepción.
82
Diccionario de la lengua española, tercera acepción.

30
2.2.3. Sobre el Poder Judicial

Las respuestas de los ciudadanos que transitan por los pasillos de los tribunales de
la provincia de Tucumán arrojan un resultado concluyente: el lenguaje jurídico no se
comprende y, en muchos, genera temor, angustia, ansiedad. El Poder Judicial, “la
Justicia” o “los tribunales”83 son percibidos como algo lejano y ajeno; como algo de
muy fidicil acceso. Resulta adecuada la metáfora que describe a la justicia como “una
gran puerta que necesita cerrojos especializados, custodios con llaveros y diplomas en la
mano”84.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, el lenguaje jurídico tradicional
impacta pues sobre el derecho de acceso a la justicia, específicamente, sobre el derecho
de acceso a la información judicial; y desde allí expande sus efectos transversalmente
hacia los derechos individuales, afectando, en defintiva, los derechos que intenta
proteger.
Nos encontramos frente a la paradoja de un lenguaje opaco cuando lo que el
ciudadano busca es claridad; una comunicación asimétrica, desigual, cuando lo que las
personas necesitan es simetría e igualdad.
El Poder Judicial de la Provincia de Tucumán ha visibilizado esta problemática y
la necesidad de clarificar su lenguaje en pos de ser reconocido por la ciudadanía como
un poder del Estado garante de la independencia, cercano y confiable.
Entre las acciones concretas figura la creación de la “Oficina para atención al
ciudadano - Mesa de Información”85 como un espacio de información, orientación y
derivación de los ciudadanos que concurren a los edificios de justicia. La iniciativa
parte de una realidad: la percepción del Poder Judicial como un ámbito reservado, con
procedimientos complejos y un lenguaje específico, por lo general alejado de la
comprensión de la mayoría de los ciudadanos. Aprobó además el “Primer Plan
Estratégico de la Corte Suprema de Justicia”86, en consonancia con la Agenda 2030 para
el Desarrollo Sostenible87 de la Asamblea General de la Naciones Unidas y con el
programa Justicia 2020. Entre las debilidades detectadas y que deben ser atendidas, el

83
Aclaración: las expresiones “la justicia” y “los tribunales” se emplean en sentido coloquial.
84
Ernesto E., DOMENECH, “De sentencias y sentimientos. Ideas para la construcción de sentencias¨, en
Revista anales de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. UNLP. Año 13/n.º46 (2016), p. 362
85
Acordada n.º 1045/12 del 20 de septiembre de 2012, en www.justucuman.gov.ar.
86
Acordada n.º 492/18 del 10 de mayo de 2018, en www.justucuman.gov.ar.
87
https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/2015/09/la-asamblea-general-adopta-la-agenda-2030-
para-el-desarrollo-sostenible/

31
programa enumera la “[…] inexistencia de una oficina que traduzca la opacidad del
lenguaje jurídico de manera accesible a la ciudadanía”.

32
CAPÍTULO 3

EL LENGUAJE JURÍDICO CLARO

3.1. El uso de un lenguaje jurídico claro ¿es un valor88, un deber o una necesidad?

El apartado propone una disyuntiva. Su objetivo es profundizar nuestra reflexión


acerca del verdadero peso de las palabras: resignificar la semántica y la denotación
como fuente primaria de aprehensión; tener presente al destinatario del mensaje; dar
valor a la función pragmática del lenguaje.
Para avanzar hacia una respuesta recurrimos nuevamente a una definición
lexicográfica de los vocablos en torno a los cuales gira la opción: valor, deber o
necesidad.
Para el Diccionario de la Real Academia Española, el vocablo valor significa:
“grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar
bienestar o deleite”89.
Para la misma fuente, la expresión deber significa “estar obligado a algo por la ley
divina, natural o positiva”; “tener obligación de corresponder a alguien en lo moral”;
“cumplir obligaciones nacidas de respeto, gratitud u otros motivos”90.
Finalmente, la palabra necesidad, significa: “aquello a lo cual es imposible
sustraerse, faltar o resistir”91.
Con los argumentos que siguen, quedará demostrado que el uso de un lenguaje
jurídico claro trasciende el mero valor; va más allá del cumplimento indiferente de un
frívolo y efímero deber. La claridad en el lenguaje del derecho es una necesidad, es
“aquello a lo cual es imposible sustraerse en un Estado Democrático y Constitucional
de Derecho” si lo que pretendemos es volver la mirada hacia el hombre (sujeto de
derecho) apreciado como un ser complejo, con urgentes necesidades sociales y
económicas, pero también espirituales y culturales que reclaman una atención
contextualizada, comunitaria e integral.

88
Para plantear la disyuntiva tomo el vocablo empleado en la propuesta metodológica de trabajo y
abordaje del caso “T. Fabián Gerardo que requería fundamentar el “valor” de la claridad lingüística de un
texto jurídico.
89
Diccionario de la lengua española, primera acepción.
90
Diccionario de la lengua española, primera, segunda y tercera acapción.
91
Diccionario de la lengua española, segunda acepción.

33
3.1.1. Vigencia del Estado Constitucional de Derecho92

Las estructuras del Estado Legal ceden y dan paso a un nuevo arquetipo de Estado
que atraviesa en forma transversal al derecho, y a través de él, al hombre en toda su
dimensión.
Las tesis centrales93 de la nueva ideología son, por un lado, el quiebre de la
sinonimia entre derecho y ley y, por el otro, la conexión necesaria entre derecho y
moral, de modo que si lo que se pretende crear como derecho infringe o traspasa el
límite moral, el resultado no será alcanzado. A partir de lo expuesto, la voluntad
legislativa deja de ser infalible y el derecho deja de ser un sistema compuesto sólo por
reglas, completo, jerárquico y coherente. Para los iusnaturalistas (Aristóteles, Santo
Tomás de Aquino, Michel Villey, George Kallinowski, John Finnis) habrá una doble
juridicidad: la que existe y la que se pone. Cuando haya contradicción entre ambas
prevalecerá la juridicidad que existe. El derecho puesto debe ratificar y no infringir la
juridicidad que existe porque ésta es natural, en tanto puede leerse en la naturaleza del
hombre o en cierto orden natural de las cosas. Para los neoconstitucionalistas (Robert
Alexy, Ronald Dworkin, Carlos Nino, Manuel Atienza), el derecho se identificará con
los derechos humanos, cuyo fundamento es la dignidad humana.
El derecho se constitucionaliza puesto que nada del derecho vigente queda al
margen de la Constitución. La Constitución deja de ser un programa político dirigido al
legislador y pasa a ser una norma jurídica operativa que impregna todo el derecho. Esta
norma es la fuente de las fuentes del derecho y, al mismo tiempo, la más importante de
ellas en tanto las define, les pone límites y las orienta.
El concepto de soberanía estatal es superado por la globalización. Crece el
derecho internacional o comunitario, con sus respectivos órganos supranaciones de
interpretación y aplicación, con acceso para los ciudadanos que demandan a un Estado y
con decisiones obligatorias para éstos.
Se desbordan las fuentes del derecho. No es posible establecer una jerarquía
detallada y firme, dado que ella varía según los casos que deben resolverse. Las fuentes

92
Los momentos históricos que permiten contextualizar esta transformación son: la finalización de la
Segunda Guerra Mundial; los juicios de Núremberg que juzgaron y sentenciaron a los comandantes nazis
por haber cumplido la ley y violado el derecho; y el nacimiento de los primeros tribunales
constitucionales en Europa continental y en el mundo anglosajón, que volcaron todo el interés por el
derecho a partir de su interpretación en la Constitución.
93
Cfr. Rodolfo L. VIGO, “Del Estado de Derecho Legal al Estado de Derecho Constitucional”,
Suplemento La Ley-Constitucional, Bs.As., 11- 2-2010, 1-La Ley 2010-A, 1165.

34
del derecho pasan a ser los argumentos usados por los jueces para dictar sentencias
válidas y justas.
El sistema de justicia formalista y rígido da paso a la tutela judicial efectiva. No
sólo importa reconocer derechos, sino preocuparse para que se tornen operativos y aquí
el acceso a la justicia es una pieza decisiva.
Se prioriza la equidad. No se trata de ignorar la seguridad, sino de conferirle un
lugar subsidiario o adjetivo en el derecho, en tanto lo decisivo es que éste determine y
procure lo justo, pero fundamentalmente que no transija con una injusticia extrema,
evidente o inequívoca. Por ende, el gran esfuerzo de los operadores judiciales se orienta
a lograr la justicia del caso particular.
Para este cometido el jurista requerido por el Estado de Derecho Constitucional
debe superar la tarea mecánica de la subsunción y abordar el método de la
argumentación para justificar su elección y postularla como la mejor respuesta para el
caso concreto. La atención se traslada a los argumentos en donde es posible encontrar a
los viejos métodos interpretativos (gramatical, lógico o genético, y sistemático) pero
convertidos en argumentos con idoneidad para justificar lo que se afirma o sostiene.
Desde esa perspectiva, el saber científico resulta insuficiente y debe ser
complementado por una pluralidad de saberes. La filosofía del derecho adquiere un
protagonismo notable y entra en juego la razón práctica. Para la solución de los
problemas se requiere de la capacidad de encontrar racionalmente las mejores
respuestas, pero además es necesario persuadir a los destinatarios conforme a una
estructura en la que se respeten las exigencias lógicas y lingüísticas94. Para Rodolfo
Vigo, “[…] hoy los juristas somos conscientes de que frente a la pregunta del usuario,
vamos al derecho vigente (no solo a la ley), y es casi seguro, si estamos ante un
auténtico ‘caso’, que encontraremos más de una respuesta; por eso debemos escoger una
de ellas y luego viene la delicada, específica y central tarea de argumentar a favor de la
que pretendemos que prospere o se consienta […]”95.
El autor citado explica que “la argumentación jurídica supone: 1. Un problema o
pregunta en torno a cuál es la conducta jurídica –prohibida, ordenada, permitida o
habilitada– que corresponde definir o determinar, sobre la cual no existe una respuesta
evidente o indiscutible; 2. Una confrontación dialógica en la que se exponen
discursivamente, por medio del lenguaje, propuestas de respuestas jurídicas para el caso
en cuestión; y 3. La apelación a razones o argumentos a favor de alguna respuesta

94
Cfr. Rodolfo L. VIGO, Interpretación (argumentación) jurídica en el Estado de Derecho Constitucional
– 1ª ed. –, Rubinzal–Culzoni, Santa Fe, 2015, p. 225.
95
Rodolfo L. VIGO, “De la interpretación de la Ley a la Argumentación desde la Constitución”, en VIGO
– GATTINONI DE MUJÍA, Tratado de Derecho Judicial…p. 32.

35
posible jurídicamente y contra-argumentos que intentan restar justificación jurídica a
otras alternativas”96.
Las teorías de la argumentación suscriptas por autores como Aarnio y Alexy
identifican una doble exigencia en la justificación de las decisiones judiciales; por un
lado, la llamada interna reglada por la lógica para la conexión de las premisas o
enunciados que forman parte del razonamiento judicial, y por el otro, la justificación
externa focalizada en los argumentos o razones utilizados para justificar aquellas
premisas o enunciados. Vigo incluye en ese análisis la dimensión retórica o persuasiva
dado que no basta contar con buenos argumentos, sino que es importante acompañarlos
con lo que puede aportar la retórica como ciencia o arte de la persuasión97.
El argumento retórico opera como una técnica que usa el retor para persuadir al
auditorio y de ahí la importancia de su adaptación al mismo, de los sentimientos y la
disposición del auditorio no sólo al comienzo del discurso sino también al momento
final del epílogo o peroración. A tales fines, es propio de la retórica establecer lo que
necesita el retor para inspirar confianza en el auditorio, lograr que éste se mantenga
atento y bien dispuesto, el orden y belleza del discurso98.
El argumento lingüístico resulta central en este esquema puesto que lo
necesitamos para respaldar un enunciado y para ello invocamos el lenguaje en sus
diferentes dimensiones: semántica, sintáctica y pragmática. Enrique del Carril incluye
en una sentencia: 1) El lenguaje natural comprende el que se habla en una sociedad, en
el tiempo en el que el texto, que hace uso de él, se dicta; 2) El lenguaje jurídico
integrado por un lenguaje y su metalenguaje: el de las normas y el discurso sobre las
normas de la jurisprudencia y de la ciencia del derecho; 3) El lenguaje axiológico
refiere a ciertos bienes o valores que aparecen en los discursos de la razón práctica,
cuyo fin es solucionar problemas. 4) El lenguaje científico no jurídico específico de
otras disciplinas científicas que se incluirá cuando la ciencia en cuestión tenga algún
punto de contacto con el mundo del derecho99. Las eventuales dudas o el resultado
interpretativo se justificarán por medio de argumentos tomados del lenguaje o la ciencia
que lo estudia100.
Para que el discurso jurídico cumpla con su vocación comunicativa y social será
necesario un lenguaje común: que sus destinatarios formen parte de la misma

96
Rodolfo L. VIGO, “Argumentación Constitucional”, ponencia presentada en el I Congreso
Internacional sobre Justicia Constitucional y V Encuentro Iberoamericao de Derecho Procesal
Constitucional (Cancún, México, mayo de 2008), Biblioteca Jurídica Virtual del Instituto de
Investigaciones Jurídicas de la UNAM, www.jurídicas.unam.mx, p. 2.
97
Cfr. VIGO, Interpretación (argumentación) jurídica …, 226.
98
Cfr. VIGO, “Argumentación Constitucional…”, 25.
99
Cfr. DEL CARRIL, 68.
100
Cfr. VIGO, Interpretación (argumentación) jurídica …, 230.

36
comunidad lingüística. Dicha comunidad lingüística no se constituye sólo por compartir
un idioma, sino que se requiere de un consenso lingüístico al que Enrique del Carril
denomina “comunión semántica”, que posibilita el diálogo y el encuentro a través de la
concordancia con ciertas notas básicas. Para que la semántica de los términos usados
sea mínimamente aceptada, debe provenir de un acervo que compartan los protagonistas
del litigio y del espacio en el que se emplea la comunicación101.
En el siglo XX asistimos al llamado “giro lingüístico” en la filosofía y ello
obviamente impactará en el derecho. Frente al lenguaje técnico jurídico, se privilegiará
el empleo de términos corrientes, puesto que a menudo los destinatarios del derecho son
los ciudadanos, que desconocen la terminología jurídica. En épocas del Estado de
Derecho Legal, el léxico jurídico era un instrumento eminentemente científico y
profesional. Bajo el esquema del Estado Constitucional de Derecho, en cambio, las
palabras del derecho abandonan ese dominio reservado, irrumpen en la vida cotidiana e
impregnan toda la realidad. El lenguaje no puede poner su foco en lo universal y olvidar
las particularidades de la realidad, cambiante y contingente.
Vigliani de la Rosa expone: “Todos comprendemos la noción de giro lingüístico
según la cual no es la realidad la que sustancia el habla sino, por el contrario, cada acto
de habla, el que articula y rearma la realidad y el hombre”102. “El giro lingüístico hacia
el ciudadano”103 supone pues mensajes que se focalicen en el sujeto destinatario, que
utilicen un estilo sencillo, claro y directo, que se centre en el propósito comunicativo de
lo que se dice o escribe con el fin de simplificar los trámites y, fundamentalmente,
promover un cambio cultural, donde lo complejo e imbricado deje de estar
sobrevalorado104.
En definitiva, las normas –en sentido material– crípticas no pueden,
razonablemente, formar parte del elenco normativo de un Estado Constitucional. En este
tipo de Estado, la inteligibilidad de la norma es una condición necesaria para su validez.

101
Cfr. DEL CARRIL, 63-64.
102
VIGLIANI DE LA ROSA, “El emisor y el receptor …”, 2.
103
Claudia POBLETE y Pablo FUENZALIDA GONZÁLEZ, “Una mirada al uso del lenguaje claro en el ámbito
judicial latinoamericano”, Revista de Llengua i Dret, Journal of Language and Law, núm. 69, (junio
2018), p. 122.
104
Ídem.

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