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Filosofía de Immanuel Kant: Conocimiento y Razón

Immanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo alemán que permaneció en su ciudad natal de Könisberg. Influenciado por el empirismo de Hume, desarrolló su propia teoría del conocimiento conocida como idealismo trascendental. Kant argumentó que el conocimiento se produce a través de la interacción entre la experiencia sensible y las estructuras innatas de la mente humana. Su obra Crítica de la Razón Pura examinó los límites y el alcance legítimo del conocimiento humano.
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Filosofía de Immanuel Kant: Conocimiento y Razón

Immanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo alemán que permaneció en su ciudad natal de Könisberg. Influenciado por el empirismo de Hume, desarrolló su propia teoría del conocimiento conocida como idealismo trascendental. Kant argumentó que el conocimiento se produce a través de la interacción entre la experiencia sensible y las estructuras innatas de la mente humana. Su obra Crítica de la Razón Pura examinó los límites y el alcance legítimo del conocimiento humano.
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Immanuel Kant

Introducción:
Immanuel Kant (1724-1804) nació en Könisberg (en aquel momento Prusia
Oriental, hoy Polonia). Permaneció toda su vida en su ciudad natal, dedicándose al
estudio y a la enseñanza. Aunque recibió una formación filosófica racionalista, fue
influido por la lectura de las obras del empirista inglés David Hume (del que decía que
le despertó del “sueño dogmático”, es decir, del racionalismo); de ahí que su
pensamiento, el Idealismo Trascendental, constituya una síntesis rigurosa y fértil de
Racionalismo y Empirismo.
Kant es un ejemplo modélico de filósofo ilustrado, de pensador que vive y se
expresa en plena consonancia con los ideales de la Ilustración (siglo XVIII). Así, bajo
la inspiración del lema Sapere Aude (¡Atrévete a saber, a pensar!), Kant confía en la
Razón como base del conocimiento, de la moral, de la reflexión política, en un ejercicio
de elevación hacia la madurez (la “mayoría de edad”), hacia la autonomía, del ser
humano. De ahí que toda la filosofía deba ser una Crítica (en el sentido de análisis,
revisión, establecimiento de los límites…) de los diferentes ámbitos en que se mueve la
razón: conocimiento, moral, arte, concepción de la historia, religión. Sus principales
obras son: Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica, Crítica del Juicio, La
religión dentro de los límites de la razón, La paz perpetua…

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I. Teoría del Conocimiento (Gnoseología, Epistemología)

Kant propone que el gran proyecto filosófico ilustrado debe cristalizar en el


análisis y respuesta de la gran pregunta antropológica: ¿Qué es el hombre? Pero
consideraba que esa pregunta, a su vez, se concreta en otras que ya apuntan hacia las
diversas parcelas de acción del ser humano: ¿Qué puedo conocer? (Teoría del
Conocimiento) ¿Qué debo hacer? (Ética) ¿Qué me cabe esperar? (Filosofía de la
Historia y de la Religión).

Así pues, el primer reto de su Filosofía es responder al interrogante: ¿Qué puedo


conocer? Como es preceptivo en toda la filosofía moderna, dicha pregunta, y la teoría
del conocimiento resultante, es el primer paso de todo sistema de pensamiento, de ahí
que Kant la aborde antes que los temas éticos y de otro tipo.
Ahora bien, a la hora de afrontar el problema del conocimiento, Kant se
encuentra con una tradición anterior, con diversas corrientes filosóficas previas
(racionalismo-empirismo), y con la necesidad de revisar los apoyos y críticas que venía
recibiendo la Metafísica. Así pues, son varios los frentes a tratar y todos ellos deben
quedar clarificados en su teoría del conocimiento.

El ideal ilustrado de una ordenación racional de la vida humana supone, para


Kant, la necesidad de un acuerdo universal sobre el concepto de razón; un acuerdo que
señale cuál su naturaleza, sus características, sus límites. Y, al contrario de lo que
ocurría en el ámbito de la ciencia experimental, ese acuerdo no se ha dado, ni a lo largo
de la historia, ni en la época del propio Kant. Es, por ello, que Kant considera que ha
llegado el momento de someter a juicio a la razón, de una forma rigurosa, con el
objetivo de establecer, de una vez para siempre, el fundamento y los límites de lo que
puede afirmarse con legitimidad desde la razón (puedes observar una vez más que la
influencia de los cambios producidos en la revolución científica de los siglos XVI y
XVII sigue aquí presente de algún modo). La razón debe ser examinada, criticada (en
el sentido amplio que la noción de “crítica” tiene en el pensamiento ilustrado y
kantiano); debe ser sometida a un tribunal, el de la propia razón, el de la razón pura,
para que dilucide:
- Cuáles son los elementos del conocimiento.
- Cuándo el conocimiento se eleva a la categoría de ciencia.
- Si la metafísica (es decir, el saber acerca de Dios, el mundo y el alma) puede gozar del
estatuto de saber científico.

A juicio de Kant, el racionalismo y el empirismo tienen luces y sombras, y su


planteamiento vendrá a ser una especie de síntesis de sus aciertos.

El racionalismo es elogiable en tanto que mantiene la posibilidad de un


conocimiento de gran rango, científico, es decir, un conocimiento universal y necesario,
reconociendo el papel importantísimo que la razón juega a la hora de alcanzar ese grado
superior de conocimiento. Sin embargo, el racionalismo comete graves errores. Por un
lado, olvida la importancia de la experiencia sensible, como base, materia prima, del
conocimiento. Ese olvido conduce al solipsismo y para salir de él echa mano de la
existencia de Dios. Así pues, todo el edificio racionalista depende de la legitimidad de
las demostraciones racionales de la existencia de Dios; en el racionalismo se produce lo
que se ha denominado una teologización de la verdad, ya que todas las afirmaciones
ulteriores al cogito se sostienen sobre la base de la existencia de Dios. Como quiera que

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para Kant esas demostraciones no son legítimas, el racionalismo no puede completar un
sistema filosófico mínimamente aceptable.

El empirismo es elogiable por cuanto descubre una verdad incontrovertible, a


saber, el conocimiento tiene su origen y fundamento en la experiencia sensible. Sin la
información que proporcionan los sentidos el pensamiento quedaría vacío. Sin
embargo, el empirismo comete también graves errores, no lleva a cabo un análisis
adecuado de la labor del pensamiento, de la razón, como ordenadora y clarificadora del
material dado por los sentidos. Al olvidar el papel de la razón, al reducirla a mero
receptáculo pasivo de sensaciones, el empirismo queda abocado a una posición en la
que la ciencia no parece posible y todo se resuelve recurriendo al hábito y la costumbre.
El empirismo cae en un fenomenismo y escepticismo. Kant no podrá admitir esta
posición derrotista con respecto a las posibilidades del conocimiento humano.

(Recuerda el papel que David Hume tiene en la culminación del


empirismo como filosofía radicalmente escéptica y antimetafísica. A
juicio del empirista inglés no podemos afirmar con validez ninguna
realidad que esté más allá de nuestras sensaciones, todo lo más que
podemos encontrar es una serie de experiencias regulares, que generan
hábitos en los que basamos nuestro conocimiento, creencia, acerca de los
fenómenos del mundo que nos rodea).

Así pues, podemos esbozar ahora las líneas maestras de la posición kantiana.
Kant parte de la existencia real, de hecho, del conocimiento científico. Los hombres
somos capaces de hacer ciencia y la prueba más representativa de ella es la obra de
Isaac Newton. Ahí podemos encontrar afirmaciones acerca de los fenómenos de la
naturaleza, de los movimientos de los cuerpos físicos; afirmaciones que gozan del
estatuto de conocimiento universal y necesario. Esas afirmaciones son aplicables
(universalidad) a todos los fenómenos a las que se refieren, sin excepción. Y, además,
expresan una ley (necesidad), es decir, se refieren a algo que es así y no puede ser de
otra manera, a algo que no depende del azar, de la casualidad. Dicho de otro modo, en
la obra científica de Newton, Kant cree encontrar un planteamiento que demuestra la
posibilidad de que las leyes de la naturaleza, de los cuerpos, de los objetos, del
movimiento, de la gravitación, puedan ser traducidas a un lenguaje matemático, de
fórmulas exactas.

Convencido, por tanto, de la existencia de la ciencia, Kant elaborará una


filosofía que sea síntesis de racionalismo y empirismo. Del empirismo tomará la
afirmación de la experiencia sensible como fundamento y límite del conocimiento. Y
el racionalismo le inspirará a la hora de señalar el papel que tienen los principios, las
estructuras de la razón, para ordenar y dar inteligibilidad al material ofrecido por la
sensibilidad; así la razón hace que lo dado por los sentidos pueda ser conocido de modo
universal y necesario. Tal empresa la llevará a cabo la filosofía trascendental.

A la hora de establecer su metodología filosófica, Kant recuerda lo que llama el


giro copernicano, es decir, el cambio de orientación que sufrió la astronomía en el siglo
XVI con la figura de Nicolás Copérnico. El astrónomo polaco, para corregir los
fenómenos observados que ponían en entredicho el modelo ptolomeico, se planteó la
posibilidad de que la Tierra no fuera un punto inmóvil, fijo, sino más bien un planeta en

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movimiento. Es decir, Copérnico tuvo en cuenta la posición del sujeto observador a la
hora de analizar el conocimiento, tuvo en cuenta las condiciones y características de esa
posición; en el caso astronómico, claro está, eso suponía asumir el movimiento de la
Tierra desde la que el sujeto de conocimiento percibe el resto del universo.

La forma en que Kant traslada ese espíritu a la teoría del conocimiento se


establece en la filosofía trascendental, según la cual, el filósofo debe analizar las
condiciones de posibilidad del conocimiento, de las diversas ciencias, y esas
condiciones de posibilidad remiten al análisis del sujeto de conocimiento, dado que es
precisamente él quien impone sus características, sus estructuras, en la configuración
del objeto conocido. El término “trascendental” hace referencia, precisamente, a esas
condiciones de posibilidad del conocimiento que tienen su origen en la acción del
sujeto. Kant quiere manifestar su originalidad histórica al subrayar el papel activo que
el sujeto tiene en la configuración del conocimiento, distinguiéndose así de otros
análisis idealistas previos.

Así, en el proceso de conocimiento no sólo hay que tener en cuenta las


condiciones materiales del conocimiento, externas, que provienen de la experiencia (a
posteriori), sino también las condiciones internas, las características formales del
sujeto (a priori). Vemos otra vez el esquema del modelo kantiano: por un lado, está lo
dado en el conocimiento (sensaciones, experiencia sensible); por otro, lo puesto por el
sujeto (estructuras, principios a priori). El resultado del conocimiento es la suma de
ambos, y el giro copernicano estriba en la importancia otorgada a ese análisis de las
características del sujeto, que es activo y constituye el objeto de conocimiento.

Ya hemos dicho que Kant parte de la certeza de que la ciencia existe, Newton.
Ahora bien, ¿qué características tiene que tener un conocimiento para ser científico?,
¿qué hace que el conocimiento científico sea distinto, superior, a otro tipo de
conocimientos? Para responder a estas preguntas, Kant establecerá una clasificación de
los diferentes tipos de conocimiento, pero no lo hará en abstracto, sino señalando los
diferentes tipos de juicios, de proposiciones, de afirmaciones; al fin y al cabo, cuando
una ley científica queda expresada, lo hace en un juicio (por ej. “El calor dilata los
cuerpos”), es decir, algo se dice de algo. En un juicio siempre hay un sujeto del que se
habla, y de ese sujeto se hacen una serie de afirmaciones o negaciones. Esto ocurre en
la ciencia y en cualquier otro ámbito del conocimiento.

Los juicios pueden dividirse en dos grandes grupos: analíticos y sintéticos.


- Los juicios analíticos son aquellos en los que el predicado del juicio está
contenido en el concepto del sujeto. Ya que todo juicio se puede expresar así “S es P”,
analizando mentalmente el concepto de S, encontramos P. (Ej. “El triángulo tiene tres
ángulos”, “Todos los cuerpos son extensos”…).
- Los juicios sintéticos son aquellos en los que el concepto del predicado no está
contenido en el concepto del sujeto, de tal forma que por mucho que analicemos el
concepto del sujeto no encontraremos nunca dentro de él el concepto del predicado. (Ej.
“El calor dilata los cuerpos”, “La mesa es de madera”…).

Si observamos esta primera clasificación, nos daremos cuenta de que, de


entrada, los juicios analíticos son verdaderos, ya que están basados en el principio de
identidad, el predicado no hace más que repetir lo que ya está en el sujeto; por tanto,
sólo podemos atribuirles un valor explicativo, pero no amplían realmente nuestro

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conocimiento. En cambio, los juicios sintéticos encuentran su fundamento, la fuente de
su legitimidad, en la experiencia, ya que de un análisis previo del sujeto no es posible
extraer el predicado.

Aquí podemos introducir otra clasificación que nos sirva para aclarar la anterior.
Así podemos establecer otra distinción de juicios: a priori y a posteriori.
- Los juicios a priori son aquellos cuya validez es independiente de la
experiencia, de ahí la expresión “a priori” (antes de, en este caso, la experiencia). Son
los juicios universales y necesarios. Universales, ya que son válidos en todo tiempo y
lugar. Necesarios, porque no pueden ser de otro modo.
- Los juicios a posteriori son precisamente los que dependen de la experiencia,
su validez depende de una verificación en un momento determinado, en un lugar
determinado. De ahí que no podemos decir que sean verdaderos más allá de ese tiempo
y lugar donde se verifican. Por ejemplo, si yo digo que “la mesa es de madera”, eso
sólo puede ser válido frente a una mesa de esas características, pero claro está hay
mesas de muchos otros materiales. Así, el juicio a posteriori es particular, sólo válido
en determinadas circunstancias; y contingente, podía ser de otro modo.

Llegados a este punto, es fácil señalar que los juicios analíticos son a priori y los
juicios sintéticos a posteriori, ya que los primeros están basados en el principio de
identidad y los segundos necesitan la comprobación en la experiencia. El problema
surge cuando Kant se plantea cuál de estos dos tipos de juicios merecen el nombre de
ciencia, teniendo como modelo de ciencia el saber físico-matemático de Newton. Kant
tiene que descartar los juicios analíticos porque no aumentan el conocimiento; los
juicios analíticos son puras tautologías, simplemente explican el sujeto, por tanto no
añaden nada a nuestro saber, no nos sirven para descubrir nada de la realidad. El
problema se agrava con los juicios sintéticos, que sí añaden conocimiento; pero la
ciencia, o expresa un saber universal o necesario, o no es ciencia. Si la ciencia
estuviese constituida por juicios analíticos sería la repetición constante de lo mismo, y si
estuviese constituida por juicios sintéticos, quedaría reducida a la probabilidad ya
señalada por Hume.

Pero, ya decíamos que Kant está convencido de que la ciencia existe, la física de
Newton lo expresa, y lo que nos transmite es un saber universal y necesario, además de
no ser una pura tautología. Newton nos dice cosas muy interesantes de la naturaleza y
sus juicios no son particulares y contingentes. ¿Qué hacer? Aquí Kant, en esa síntesis
particular de racionalismo y empirismo tan característica de su filosofía, señalará que
los juicios de la ciencia tienen que ser unos juicios muy especiales: los juicios
sintéticos a priori. En la ciencia tiene que haber unos juicios que sean “a priori”, es
decir, universales y necesarios, independientes de la experiencia; y, al mismo tiempo,
tienen que ser sintéticos, que aumenten nuestro conocimiento, que nos digan algo del
mundo real.
(Entendamos bien este paso, quizás un juicio puede ser “descubierto” en la
experiencia, pero no tienen porqué depender de la experiencia. Por ejemplo, el juicio
“el calor dilata los cuerpos” puede aparecer ante nosotros en la experiencia, lo
percibimos y comprobamos; pero también podemos darnos cuenta de que hemos
descubierto algo muy especial, puesto que esa ley física trasciende la experiencia
particular: siempre y en cualquier lugar se va a producir, es algo necesario, y por tanto
independiente, ya que es válido para todas las experiencias posibles, pasadas, presentes
y futuras).

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Así, el proyecto filosófico de Kant consistirá en mostrar cómo son posibles los
juicios sintéticos a priori, y esto lo hará desarrollando su filosofía trascendental,
analizando las condiciones de posibilidad del conocimiento y de la ciencia. En su gran
obra Crítica de la Razón Pura, Kant irá respondiendo a todos los retos que se ha
planteado, por ello está dividida en tres partes (en el esquema adelantamos ya las
respuestas):

Estética Trascendental:
¿Cuáles son las condiciones de posibilidad (trascendentales) de la facultad de la
sensibilidad (conocimiento sensible)? Espacio y Tiempo (formas a priori de la
sensibilidad).
¿Son posibles los juicios sintéticos a priori en la Matemática? Sí, pues la Matemática
(geometría y aritmética) se basa en el Espacio y Tiempo.

Analítica Trascendental:
¿Cuáles son las condiciones de posibilidad (trascendentales) de la facultad del
entendimiento (conocimiento intelectual)? Las Categorías o Conceptos puros.
¿Son posibles los juicios sintéticos a priori en la Física? Sí, son esas Categorías las que
hacen posible que la física sea ciencia.

Dialéctica Trascendental:
¿Cómo actúa la facultad de la razón? Elaborando las Ideas de Yo, Mundo y Dios.
¿Es la Metafísica una ciencia? No, porque las realidades a las que se refieren esas
ideas están más allá de la experiencia sensible.

Estética Trascendental: En el ámbito de la sensibilidad, nos encontramos ante la


recepción que se produce en el sujeto de todo un conjunto variado y caótico de
sensaciones. Justamente, la labor del sujeto parece que consiste en poner claridad y
orden en ese océano de sensaciones, de tal modo que hagamos posible la percepción del
objeto. Kant señala que las formas con las que organizamos las sensaciones son el
espacio y el tiempo, y el resultado del conocimiento sensible es la intuición. Veamos
qué significa esto.
Kant considera que el espacio y el tiempo no son realidades físicas, empíricas, ni
metafísicas, sino más bien la manera, el encuadre, la forma, en que el sujeto percibe la
realidad. Dicho de otro modo, no podemos conocer sensiblemente nada que no esté
situado espacio-temporalmente; espacio-tiempo son algo así como unas “gafas” que nos
tenemos que poner para “ver” la realidad. Así como percibimos siempre objetos en un
espacio, nunca percibimos el espacio sin objetos, el espacio mismo no es objeto de
nuestro conocimiento, más bien aparece como receptáculo de lo que conocemos; lo
mismo cabría decir del tiempo. De ahí que espacio y tiempo sean condiciones
“trascendentales” que pone el sujeto y que nos permiten percibir la realidad como
fenómeno. Son las formas a priori de la sensibilidad. Formas, porque como decimos
no son objetos sino condiciones del conocimiento; a priori, porque son anteriores a toda
percepción, son constituyentes de la percepción; de la sensibilidad, porque están en la
base de todo conocimiento sensible.
(Kant señalará concretamente que el espacio es la forma de mi experiencia
externa; mientras que el tiempo es la forma de mi experiencia tanto externa como

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interna, ya que es el modo de experimentar no sólo los objetos espaciales, sino también
vivencias internas, sentimientos, recuerdos…).
Las matemáticas constituyen un saber, un conocimiento que trata de las formas
universales posibles de todos los objetos, en un sentido puro, formal. Curiosamente, los
dos ámbitos de las matemáticas son la Geometría (que estudia las propiedades de la
intuición pura del espacio) y la Aritmética (que estudia la sucesión de los números
naturales, que no es otra cosa que la sucesión pura del tiempo). Ambas disciplinas, por
tanto, se fundamentan en formas a priori, puesto que el espacio es la condición de los
juicios sintéticos a priori de la geometría, y el tiempo la condición de los juicios
sintéticos a priori de la aritmética. Así la matemática es ciencia, en ella hay muchos
ejemplos de juicios sintéticos a priori (ej. en geometría “la recta es la distancia más
corta entre dos puntos”). Además, de este modo se explica esa relación misteriosa de
las matemáticas con la realidad, que hace que los análisis que se hacen en el ámbito
puramente racional (como la geometría), después sean aplicables en la práctica, a los
cuerpos y objetos que percibimos por los sentidos. Tal relación precisamente viene
dada por el espacio-tiempo que, por un lado constituyen el objeto de estudio de las
matemáticas, y por el otro, son la forma a priori a través de la cual percibimos la
realidad a través de la sensibilidad.
Ya observamos a este nivel de la sensibilidad que lo conocido no es la realidad
en sí misma, sino el fenómeno, el fruto del encuentro entre el material dado a los
sentidos y la forma, puesta por el sujeto, para que el conocimiento sea posible.
Volveremos a este punto, con más detenimiento, al terminar la explicación de la
analítica trascendental.

Analítica Trascendental: Hemos explicado cómo percibimos, pero tenemos que darnos
cuenta que el conocimiento humano es algo más que la mera percepción. El ser
humano conoce en la medida en que entiende lo que percibe, y entender consiste en
atribuir un significado a lo percibido, para clasificarlo, relacionarlo y, en suma, darle
inteligibilidad. En esto consiste la facultad humana de referir conceptos a las
percepciones. Así vamos poniendo orden en nuestras percepciones y decimos que tal
conjunto de sensaciones es un hombre, tal otro un caballo, otro más una mesa… La
cuestión en Kant se plantea nuevamente desde el punto de vista trascendental, es decir,
desde el a priori del conocimiento intelectual, del conocimiento a través del
entendimiento. Si la sensibilidad me ofrece sólo impresiones, sensaciones, recogidas en
un espacio-tiempo, ¿de dónde proviene esa inteligibilidad, ese significado, que en mi
conocimiento propiamente dicho han recibido esas impresiones, hasta el punto de
expresar afirmaciones como: “si se cae el vaso que tienes entre tus manos, es posible
que se rompa”? A una percepción de una situación como la señalada, se han atribuido
una serie de conceptos y juicios, que determinan el significado de lo que el sujeto
percibe y de lo que imagina que puede ocurrir. Pues bien, según Kant, todo ese trabajo
de clarificación, de orden, de donación de inteligibilidad, corresponde al sujeto,
concretamente, a la facultad del entendimiento.
El entendimiento posee una serie de estructuras, llamadas categorías o conceptos
puros, que tienen la virtud de dar unidad, inteligibilidad, claridad, sentido… a las
impresiones sensibles. Son como la base de todo los tipos posibles de conceptos,
relaciones, juicios que pueda elaborar el pensamiento. Es algo así como una especie
de programa de ordenamiento y clasificación que posee, de forma innata, mi
entendimiento. Bien entendido de que no se trata de ideas innatas en el sentido de
Descartes, sino de principios formales que sin las sensaciones, sin la información a
ordenar, estarían vacíos y serían inoperantes. Porque aquí Kant se separa totalmente

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de Hume, no admitiría que las categorías procedan de la costumbre y del hábito, sino
que son plenamente objetivas, y hacen posible el conocimiento objetivo. Es nuestro
propio entendimiento, quien gracias a esas categorías, es capaz de constituir
activamente nuestra noción de las cosas y del mundo. Así, el material de las
sensaciones, inicialmente caótico, diverso, múltiple, va siendo moldeado, primero por el
espacio-tiempo (sensibilidad) y ahora por las categorías (entendimiento). El resultado
es el conocimiento humano capaz de señalar leyes objetivas del universo como “el calor
dilata los cuerpos”.
(Observa que en esta última frase, términos como “calor”, “dilatación”,
“cuerpos” no son categorías, serían conceptos empíricos, pero dependen de las
categorías de “sustancia”, “causa-efecto”… ya que estamos afirmando la realidad de
unos entes (calor, cuerpos) y una relación causal entre ellos (dilatación por el calor)).
Con Kant, algunos de los términos clásicos de la historia de la filosofía, como
Sustancia, Causalidad…, ya no son realidades metafísicas (Aristóteles y otros), tampoco
meros nombres sin justificación que han sido otorgados a la repetición de las
experiencias, a la costumbre (Hume), sino que son categorías del entendimiento, con las
que el ser humano se eleva por encima del simple conocimiento sensible y configura un
conocimiento pleno, objetivo y, en algunos ámbitos, científico.
Ahora no es difícil establecer la posibilidad de juicios sintéticos a priori en la
Física. Todas las leyes de la física expresan relaciones causales; volvamos al ejemplo
de “el calor dilata los cuerpos”, el elemento a priori central de esa afirmación es la
relación causal, que hace que la conexión entre fenómenos expresada sea universal y
necesaria. Como quiera que la causalidad es una categoría a priori del entendimiento,
la Física como ciencia es posible. La física formula leyes de carácter universal y
necesario mediante los principios puros del entendimiento, basados en la aplicación de
las categorías, y todo ello se verifica en la experiencia, aunque no dependa de ella.

Llegados a este punto podemos comprender mejor el llamado idealismo


trascendental de Kant. En la medida en que el conocimiento es el fruto de dos
elementos, lo dado y lo puesto, la realidad conocida es distinta de la realidad en sí.
Veamos en resumen todo el proceso. El objeto de conocimiento es una síntesis de
experiencia sensible que es, a su vez, construida y configurada en dos momentos: por
medio de las formas puras de espacio-tiempo primero, y por medio de las categorías del
entendimiento después. Así el objeto de conocimiento es dado y construido, es
fenómeno (lo que se nos ofrece, lo que se nos muestra); y no cosa en sí, noúmeno (la
realidad en sí misma que queda más allá de mi conocimiento, que es una incógnita, que
es incognoscible). Esto es lo que señalará un seguidor de Kant, Arthur Schopenhauer,
con la famosa frase: “El mundo es mi representación”. Lo conocido no es la realidad
tal cual, sino la realidad para mí, tal como se ha reflejado en el espejo de mis facultades
de conocimiento, las cuales son activas y como tal filtran, traducen, configuran, esa
realidad para hacerla susceptible de ser conocida.

Ahora bien, aquí dejará claro Kant que todo el constructo del conocimiento no
se puede hacer sin la experiencia sensible; sin ella las categorías no tienen contenido,
sin las intuiciones sensibles están vacías. Es decir, no son ideas innatas en el sentido
racionalista, por tanto las categorías no pueden aplicarse más allá del ámbito de la
experiencia sensible, más allá de los fenómenos. Justamente ése es el problema de la
metafísica.

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Dialéctica Trascendental: Si hemos estado atentos, nos habremos dado cuenta de que
conocer, en el fondo, consiste en unificar lo múltiple, en sintetizar lo diverso. Eso es
lo que hacen los conceptos con respecto a la diversidad de sensaciones y, a su vez, los
conceptos son englobados en juicios cada vez más generales. Es un proceso dialéctico
que quiere alcanzar concepciones cada vez más globales de las cosas. Ése justamente
es el papel de la razón, que no se conforma con simples conceptos o simples juicios de
parcelas de la realidad, sino que busca entenderlo todo, alcanzar un conocimiento
absoluto; ésa es la naturaleza de la razón, dice Kant, que se eleva desde lo particular
hacia lo más universal, hacia los principios que incluso están más allá de toda
experiencia posible. Así es como surgen las ideas de la razón, que constituyen los
grandes temas de la metafísica que, a su vez, pretende ser el saber último y más
completo de la realidad, el saber que quiere ir hacia las raíces primeras de la realidad.
Son tres las Ideas de la razón:
- Idea de Alma (Yo): que pretende ser la síntesis incondicionada de todos los
conocimientos fenoménicos de nuestra experiencia interna. Dicho de otro modo, en lo
que respecta a todos los conocimientos que tengo de mí mismo, el principio máximo
que los unifica y les da sentido sería la existencia de un yo permanente, idéntico, que es
sujeto de todas esas experiencias.
- Idea de Mundo: síntesis de todos los conocimientos fenoménicos de nuestra
experiencia externa. Mundo como totalidad, no como mera suma de diversas
experiencias, sino como idea que se refiere a todo lo que no soy yo, a todo lo que es
realidad extramental. Una cosa es conocer leyes físicas concretas, de un tipo de
fenómenos, y otra referirse a la totalidad del mundo externo.
- Idea de Dios: que es la síntesis de todas las síntesis, de lo externo y lo interno, el Ser
que da sentido a todo lo que existe, incluido el Yo y el Mundo.
Pues bien, justamente por tratar de esas tres “presuntas” realidades que mi razón
alcanza como ideas, por tratarse de algo que está más allá del ámbito de la experiencia,
la metafísica no es ciencia, ya que el conocimiento científico no es posible cuando las
condiciones trascendentales del conocimiento (a priori) se aplican a algo de lo que no
tenemos experiencia sensible. Es por esto que la metafísica desde tiempos
inmemoriales ha ido dando tumbos, no ha avanzado en sus conclusiones, y los filósofos
han expresado puntos de vista tan dispares. Justamente, lo contrario de lo que ha
ocurrido en las otras ciencias (matemáticas y física), que han progresado y que han dado
lugar a un consenso básico entre sus representantes. La metafísica siempre está dando
vueltas a los mismos temas sin llegar a ninguna conclusión clara. Prueba de ello son
las contradicciones en las que incurre por hacer uso ilegítimo de las ideas de la razón:
así ocurre cuando tratamos de averiguar si el mundo es eterno o tiene un principio en el
tiempo, o si existe Dios…

Así pues, Kant señala aquí los límites de la razón, del conocimiento. Desde un
sentido ilustrado del conocimiento, muestra cómo en estos grandes temas la razón deja
siempre abiertas una serie de incógnitas que no podrán ser resueltas nunca. La
metafísica no tiene el estatuto privilegiado de las ciencias empíricas. Ahora bien, tras
este análisis, Kant no quiere despreciar la práctica metafísica, filosófica, ya que señala
que el intentar conocer y saber algo acerca de estos temas, del yo, el mundo y Dios,
forma parte de la inclinación natural de la razón y, por tanto, del ser humano. Mientras
haya hombres, habrá metafísica, por más que ésta no pueda alcanzar nunca el rango de
ciencia. De esta manera, el error consiste en tomar las ideas de la razón y darles un uso
constitutivo, como si representasen realidades, y eso es un error, una ilusión metafísica.
Sin embargo, se puede hacer un uso regulativo de estas ideas, para que nos sirvan como

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guías orientadoras de la razón, como horizontes que impulsen el pensamiento. Es la
llamada filosofía del “como si…”; pensamos y concebimos la realidad como si tales
ideas tuviesen un referente ontológico que da sentido, unidad, finalidad a todas las
conclusiones parciales de nuestro conocimiento. De este modo, Kant no afirma la
existencia de estas realidades, pero tampoco la niega, y deja una puerta abierta para su
tratamiento no cognoscitivo en su estudio de la moral, del uso práctico de la razón.

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Aquí un esquema que resume estos tres apartados, poniéndolo en relación con otros de
los principales conceptos en Kant:

Estética trascendental Analítica trascendental Dialéctica trascendental


INTUICIÓN ENTENDIMIENTO RAZÓN

Espacio 12 Categorías Alma


Tiempo -Cantidad (unidad, pluralidad, Dios
totalidad) Mundo
(Intuiciones puras) -Cualidad (realidad, negación,
limitación) (Ideales regulativos de
-Relación (sustancia/accidente, la Razón)
causalidad, reciprocidad)
-Modalidad (posibilidad,
existencia, necesidad/contingencia)

(Conceptos puros)
FENÓMENO NOÚMENO
(experiencia posible, que podemos conocer, explicables (metafísica, nunca
por la ciencia) tendremos una certeza,
fuera de la experiencia)

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II. Ética

Tras contestar a la pregunta, ¿qué puedo conocer? Kant aborda el segundo


interrogante, ¿qué debo hacer? Desde el que establecerá sus reflexiones éticas. Si ya
hemos encontrado los ideales ilustrados en su teoría del conocimiento, todavía más
vamos a encontrar esos ideales en su moral, ya que nos hablará de un ser humano
auténticamente libre, sometido sólo a la autonomía de su voluntad racional.

Del mismo modo que, en su teoría del conocimiento, Kant partía del hecho
indiscutible de la existencia de la ciencia, ahora parte del hecho moral. Así, la
existencia de lo moral no necesita justificación. El ser humano se experimenta a sí
mismo al margen de las leyes de la naturaleza, como un ser libre, consciente de sus
actos, que se plantea constantemente la bondad o maldad de éstos, su conveniencia o
inconveniencia, que se plantea el deber como una exigencia en su comportamiento que,
en realidad, puede ir por otros derroteros distintos a los ideales de la conciencia moral.

En coherencia con su plan de desarrollo de una filosofía trascendental, en su


obra Crítica de la Razón práctica tratará de fundamentar una moral universal y
necesaria, válida para todos los hombres. Es decir, analizará lo que la Razón pone por sí
misma para constituir y guiar nuestro comportamiento moral.

Del mismo modo que Kant establecía, en su teoría del conocimiento, una
clasificación de juicios de conocimiento, distinguirá ahora entre distintos tipos de
imperativos (juicios éticos); pues la moral está compuesta de ellos, ya que el
imperativo es la forma en que se nos presenta aquello que se impone como un ideal o
norma de conducta. Así distingue entre:

🗷 Imperativos hipotéticos: Son aquellos que ordenan algo como medio para conseguir
un fin. Por ejemplo, en la ética de Epicuro se dice que para conseguir la felicidad se
deben dejar a un lado los deseos artificiosos, complicados, como la búsqueda de la
fama o el poder; o en la ética de Santo Tomás se señala el valor sagrado de la vida
como una exigencia moral que se deduce de la ley natural divina y, que además,
debe llevarse a la práctica si quiere alcanzarse la salvación, la visión beatífica. Si
observamos estos u otros consejos morales semejantes, veremos que responden al
esquema lógico: Si… entonces… Se trata, por tanto, de orientaciones morales que
dependen de la búsqueda de la felicidad, de la visión beatífica, y que convierten la
conducta en un medio para alcanzarla; pero no serían válidos para todos aquellos
que rechacen o no se planteen esos deseos.

✔ Imperativo categórico: Es aquel que ordena algo como fin absoluto. En este caso el
mandato moral no está condicionado por determinados deseos u objetivos, no se
plantea como medio para ulteriores fines, sino que vale por sí mismo, dejando a un
lado toda otra circunstancia. Por ejemplo, si nos planteamos una norma moral
como “no debes matar” (sin más consideraciones) se entiende que, categóricamente,
absolutamente, no se debe matar bajo ninguna condición o respecto, a causa de la
fuerza misma de la propia norma, de su entidad moral propia.

Hecha tal clasificación, y teniendo en cuenta las prerrogativas de la filosofía


trascendental, su afán de descubrir las condiciones de posibilidad, a priori, que hacen de

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un mandato moral, algo universal y necesario, válido para todos los hombres, parece
que la opción kantiana por el imperativo categórico será clara y contundente. De todos
modos, antes de desarrollar su posición, Kant critica las éticas materiales, es decir, todas
aquellas que se basan en los imperativos hipotéticos.

Veamos, siguiendo con los ejemplos dados anteriormente, dónde están los
problemas. Las éticas materiales, entre las que se encuentran las de Epicuro y Santo
Tomás, y prácticamente todos los planteamientos de la filosofía práctica anteriores a
Kant, parten del establecimiento de un bien supremo (Felicidad, Dios…) al cual se
supedita toda la reflexión moral. Por eso mismo, Kant las denomina éticas
teleológicas; éticas que se encaminan hacia la consecución de un fin. Y justamente las
considera éticas materiales, porque tienen unos contenidos establecidos que se derivan
de la naturaleza de ese bien supremo y, todos los consejos o mandatos morales, todas las
acciones, buscarán el logro de ese fin (de ahí que sean expresados bajo imperativos
hipotéticos).
A su vez, todas estas éticas se basan en la experiencia, que es la que determina
qué conductas son más o menos adecuadas, y por tanto, los principios morales en que se
basan vienen dados desde fuera del individuo, se trata pues de morales heterónomas. Si,
por ejemplo, seguimos la ética epicúrea, estamos haciendo depender nuestro
comportamiento de la experiencia de lo que nos produce un placer más equilibrado,
sereno y satisfactorio; de tal forma que si queremos alcanzar un estado de serenidad, de
ataraxia, debemos seguir sus consejos. Si seguimos la ética tomista, nos encontramos
sometidos a unas leyes que nos vienen desde fuera y a las que la razón debe asentir
positivamente gobernando nuestra conducta en pos de la salvación sobrenatural.

Para Kant, en estas éticas no se está alcanzando el verdadero sentido de la


experiencia moral, de la razón práctica. En ellas, todo el pensamiento moral está
condicionado, no tiene un valor en sí mismo, categórico, universal y necesario sin
restricciones. Sus mandatos se expresan siempre en juicios hipotéticos, que dependen
de la experiencia y, por consiguiente, están sometidos a los dictados de emociones,
sentimientos, intereses, condiciones, fines… siempre particulares que imposibilitan
desarrollar las cualidades de toda experiencia moral basada en una razón práctica
autónoma. Dicho de otro modo, una ética auténtica, universal, sólo puede ser una ética
formal. Kant pondrá manos a la obra para establecer los fundamentos de su ética
formal que, por contraposición a las éticas materiales, deberá ser a priori, universal y
necesaria, autónoma, y no teleológica. En ella, ya no tendrán sentido los consejos, las
normas concretas, ni el depender de la experiencia, sino el establecimiento de unas
bases, unas estructuras formales universales y necesarias, en las que se determine el
modo para que una acción se convierta en moral; una vez establecidos estos
fundamentos estructurales, es el sujeto el que se convierte en legislador y guía de su
propio comportamiento. El ideal ilustrado de autonomía y libertad del individuo
encuentra su pensamiento filosófico adecuado.

Para Kant, uno de los errores graves del pensamiento moral de algunas éticas
materiales consiste en la identificación del ideal moral con la felicidad. Nuestro
filósofo cree que son cosas distintas. La felicidad está condicionada por el hecho de que
el hombre es un ser sensible, que experimenta situaciones de placer y dolor, algo que en
último término hará derivar acciones encaminadas a satisfacer unos deseos; mientras
que el ideal moral es una exigencia racional, que tiene por objeto el deber ser, lo cual
supone una elevación del ser humano, del sujeto moral, por encima de todas las

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circunstancias, influencias y condicionamientos. Así pues, Kant considera que el ser
humano puede establecer a partir de su conciencia moral un fundamento universal, a
priori, que haga de su razón autónoma, libre, la legisladora de los principios morales,
separando este fundamento del ámbito de los deseos, las inclinaciones, las influencias,
las circunstancias, a las que se ve sometido el ser humano en la vida cotidiana.

Así, Kant defiende la existencia en el ser humano de la buena voluntad, de la


capacidad de actuar por puro respeto al mandato moral que uno mismo se ha impuesto.
La ética kantiana es, en último término, una ética de la intención, de la buena intención,
ya que lo que otorga naturaleza moral a un acto es el haber podido elevarse por encima
de todas las consideraciones psicológicas, para asumir la bondad pura, sin restricciones,
de una acción. Sólo la buena voluntad tiene ese carácter absoluto de bondad.

Por todo lo dicho, queda clara una de las características básicas de la acción
moral. A la pregunta, ¿cuándo estamos actuando de forma auténticamente moral,
guiados por la buena voluntad? Responde Kant, cuando actuamos por deber. Dado
que el mandato moral lo experimentamos, en muchas ocasiones, desde un conflicto
interno, pues se opone a nuestras inclinaciones o se haya mezclado con diversos
intereses, sólo cuando actuamos por deber podemos estar seguros de que estamos
obrando por buena voluntad.

A Kant le preocupó dejar bien claro en qué consiste este actuar por deber y para
ello estableció una serie de distinciones respecto de los actos humanos.
- Hay actos contrarios al deber. Está claro que aquí se produce una derrota del
sujeto moral, ya que la voluntad se deja llevar por inclinaciones, deseos, hasta el punto
de que el mandato moral no es cumplido en la práctica.
- Hay actos conforme al deber. Son aquellos en los que el sujeto cumple con el
mandato moral, pero sin embargo lo hace llevado por diversas intenciones, teniendo en
cuenta las consecuencias de sus actos… Es decir, se actúa de acuerdo con la norma,
pero sin sometimiento a ésta, sino por otras razones. En el fondo, nos encontramos ante
un imperativo hipotético.
- Hay actos por deber. Estos son los genuinamente morales. Aquí el
sometimiento hacia el mandato moral se hace por puro respeto al mandato, sin otras
consideraciones o, mejor dicho, superando cualquier tipo de consideración psicológica,
práctica, relacionada con las consecuencias… En este acto hay puro respeto a la ley
moral, que aparece con tal fuerza ante el sujeto, que éste acata sin más, desde una
acción plenamente libre, el valor y bondad de ella.

***(Veamos un ejemplo. Un hombre ha sido torturado terriblemente y, en época posterior,


encuentra a su verdugo en una situación de desventaja, merced a su conducta. Si actúa de forma
contraria al deber, lo hará matándolo, aunque sabe que no está cumpliendo la ley moral. Si le ayuda y
no lo mata, puede hacerlo de dos formas. Una, a regañadientes, pues le gustaría matarlo, pero no lo hace
porque tiene miedo a las consecuencias, podría ser perseguido por asesino y encarcelado. Otra, aunque
desea matarlo, no lo hace por respeto a la ley moral; porque no se debe matar a ningún ser humano, sea
cual sea la situación, sea cual sea la vinculación de ese sujeto con él; porque la máxima moral “no debes
matar” se constituye en ley universal. El hecho de que actúe de este modo, incluso contra sus deseos, y
sin buscar ningún tipo de interés en el acto, es lo que convierte a esa acción en puramente moral. Aquí
obra la buena voluntad).

Ya hemos aclarado cuál debe ser el modo, la forma, en que la acción moral deba
ser llevada a cabo, por deber. Falta ahora analizar de dónde surge y en qué forma el
mandato, la máxima, la ley moral, que será puesta en práctica (por deber) en un

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comportamiento ético adecuado. A juicio de Kant, aquí la razón es plenamente
autónoma, y se convierte en legisladora, en fuente de las máximas morales. De todos
modos, Kant creyó conveniente, en su ética formal, establecer una serie de principios
que sirvieran de guía racional para la elaboración de esas máximas morales. Con la
precisión de que esos principios no representan leyes morales en sentido estricto, con un
contenido determinado, sino más bien expresan la manera en la que, de forma a priori,
se plasmen las estructuras básicas de una ética del deber. Son, como decíamos más
arriba, una serie de formulaciones en las que expresa la universalidad de la ley moral.
Kant estableció 3 formulaciones posibles para su imperativo categórico:

1) “Obra de modo que puedas querer que la máxima de tu acción se convierta en


ley universal”.

1: Actuamos moralmente si actuamos, sin encontrar contradicción, de acuerdo a


una máxima de tal modo que fuese válida para todos en cualquier circunstancia o
momento. A raíz de esta primera formulación, el actuar inmoralmente consistiría
en permitir la excepción sobre una LEY moral que en tanto UNIVERSAL
debería de realizar todo el mundo. Las inclinaciones proporcionan un contexto
para intentar legitimar una acción, por lo que el conflicto moral acontece entre el
deber y las inclinaciones. No existen para Kant conflictos de deberes.

2) “Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la


de cualquier otro, siempre como fin y nunca como puro medio”.

He aquí una de las formulaciones éticas más bellas de toda la historia de la


filosofía. Las personas son seres que tienen un valor, una dignidad, en sí
mismos considerados. Nunca deberíamos mercantilizar a los demás en nuestra
relación con ellos, nunca deberíamos utilizarlos como medios para conseguir
otros fines, sino que debemos considerarlos como seres insustituibles. Actuamos
moralmente si tratamos a la humanidad como FIN EN SÍ MISMA, no como un
medio hacia un fin superior. Por este motivo Kant critica a las éticas
heterónomas, tanto la eudemonista como la teológica, porque son incapaces de
fundamentar las normas morales en sí mismas o fundamentar su
incondicionalidad. Estas éticas usan las normas morales como el medio para
alcanzar la felicidad o realizar la voluntad de Dios respectivamente, por lo que
no son autosuficientes. Ambas coinciden en la pretensión de alcanzar un estado
de cosas óptimo y de tal modo ignoran que la moral sea un motivo en sí y que
sea incondicional. En resumen, sólo ofrecen imperativos hipotéticos (reglas de
acción elaboradas bajo un supuesto, una condición determinada) y por tanto
máximas obligadas a permanecer en el umbral de conforme al deber, y por tanto
nunca por el deber.

3) «Obra como si, por medio de tus máximas, fueras siempre un miembro legislador
en un reino universal de los fines».
Actuamos moralmente sólo cuando seguimos el imperativo categórico, cuando
actuamos conforme a una norma que nos hemos dado nosotros mismos en tanto
somos racionales. La AUTONOMÍA es una piedra angular en la filosofía de
Kant. Toda la ética mantiene esta constante emancipatoria para el individuo.
Fundamentar la moral fuera de nosotros mismos es ilegítimo, incorrecto,

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debemos ser nosotros mismos los que nos atengamos a las exigencias de nuestras
ordenes, ya que así, dichas normas cuentan con nuestro consentimiento racional.
Kant transfiere la autonomía política a la moral, no al revés como hizo no mucho
antes Rousseau, y asemeja la ley jurídica a la ley moral.

Justamente, ante las leyes morales que la razón se da a sí misma y que son
capaces de formularse bajo los principios de universalidad y dignidad de todo lo
humano, la buena voluntad se somete y dirige la acción de forma libre, absoluta, plena.
Con estos principios se nutre la verdadera moralidad, de tal modo que LO QUE ES
MORAL ES LA VOLUNTAD, LA INTENCIÓN CON LA QUE SE HACEN LOS
ACTOS, NO LOS HECHOS COMO TAL.

Si en el ámbito del conocimiento, el hombre se descubría a sí mismo como


protagonista activo en el desarrollo del conocimiento objetivo, científico (gracias a sus
estructuras a priori), y al mismo tiempo, descubría una naturaleza fenoménica regida
por leyes universales y necesarias; ahora, en el ámbito de la moral, el hombre se
descubre a sí mismo como un ser racional, autónomo, libre, capaz de elevarse por
encima de todas las circunstancias imaginables, para ser capaz de someterse libremente
a las exigencias morales dictadas por su conciencia. Quizás encontremos en estas dos
facetas del hombre la clave de la enigmática frase con la que Kant da inicio a uno de sus
libros: “El cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”

ÉTICA FORMAL ÉTICA MATERIAL


− Autónoma (independiente) − Heterónoma (busca razones fuera de
sí)
− Juicios a priori (Universal, − Juicios a posteriori (Hipotéticos,
siempre…) depende…)
− Teleológica (por un fin)
− Deontológica (por el deber)
− Interés, tradición, convención
− Racional, basada en máximas

− PRESCRIPTIVAS (te dicen qué hacer


− IMPERATIVO CATEGÓRICO (te en cada circunstancia)
dice cómo actuar siempre, aplicable a
todo)

Una vez que Kant ha diseñado su ética formal, se observa la distancia, el


antagonismo que se establece con respecto a las conclusiones establecidas en su teoría
del conocimiento. Parece que la existencia del hecho moral (más todavía con las
directrices establecidas en la ética kantiana) necesita para su posibilidad de una serie de
consideraciones finales. ¿Sería posible el comportamiento moral en una realidad
gobernada por la pura necesidad? Sólo sobre la existencia de realidades que están más
allá del ámbito del conocimiento, puede justificarse la posibilidad del comportamiento
moral. Es, por ello, que Kant culminará su reflexión moral recuperando, en el ámbito
del uso práctico de la razón, algunas de las cuestiones que había dejado en suspenso,
decretando la imposibilidad de su conocimiento, en el uso teórico de la razón. Estamos

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hablando, claro está, de la tríada metafísica ahora establecida como Libertad, Alma y
Dios. Ahora son recuperadas como postulados de la razón práctica, es decir, como
condiciones que deben darse para que la moral sea posible.

- Libertad: Sin libertad no hay posibilidad de una acción por deber, por tanto, de
una acción moral. Es una exigencia que el ser humano pueda actuar libremente; por
más que la libertad no haya aparecido por ninguna parte en el ámbito del conocimiento,
se convierte en una condición necesaria en el uso práctico de la razón.

- Inmortalidad del alma: La existencia del alma surge precisamente de la propia


existencia de la libertad, si sólo fuésemos cuerpo estaríamos sometidos a la necesidad
de la naturaleza. Pero, además, esa alma tiene que ser inmortal, pues ésta es la
condición necesaria para la posibilidad de alcanzar el ideal de una vida moral plena. Si
el hombre está sólo sometido a una vida fenoménica, finita, limitada, la realización
perfecta del deber sería imposible, de ahí la necesidad de un proceso infinito de
perfeccionamiento, y de la existencia de otra etapa en la vida del ser humano, en la que
no esté sometido a inclinaciones, deseos…, sino sólo a su propia razón.

- Existencia de Dios: Ha quedado claro que el comportamiento moral no tiene


como resultado la vida feliz, es más, si planteáramos la felicidad como meta
perderíamos la autonomía de nuestro comportamiento. Sometidos como estamos al
mundo fenoménico, a la influencia de nuestros deseos y pasiones, encontramos que la
vida moral virtuosa, el cumplimiento del deber, es muchas veces incompatible con la
felicidad, con la satisfacción de nuestros deseos. Si bien eso ocurre en esta vida, en
este mundo, debe existir otra situación en la que se armonicen la virtud y la felicidad.
Debe existir un ser supremo, autor del mundo físico y del mundo moral, que garantice la
relación de virtud y felicidad; tal unión se alcanza, evidentemente, en un más allá a esta
vida finita.

Libertad, Alma y Dios, que carecían de fundamento y sentido dentro de la


ciencia, aparecen ahora cargadas de realidad y significado en el ámbito de la moral, de
la razón práctica. Si Kant había negado consistencia científica a la metafísica, sí que la
dota de una fundamentación práctica, moral.

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