Bésame ya, imbécil
(Tierra Dulce #2)
Gavi Figueroa
Todos los derechos de la obra pertenecen a su autora.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier
parte de la obra, su distribución o transmisión pública ya
sea por medios electrónicos, mecánicos, fotocopias u otros
medios, sin el permiso del titular de los derechos.
Primera edición: Marzo 2022 © Gabriela Figueroa
Diseño de Personajes e ilustración: Tuna Cake
Lettering y diseño de portada: Nunchi Lettering
Diseño y Maquetación: Antonio Arango
Ilustraciones interiores: Itami art, Serendipia Anata, Shirok
Serminoff.
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Esta novela está recomendada para mayores de 18 años.
Peligrosa poción
El largo camino de piedra
Primer mensaje
Desesperante
Un poco de veneno no mata a nadie
Mi dignidad es primero
Rompiste el cristal en mí
Desde que tú llegaste, mi vida es un desmadre
Nunca tendré tu amor
Retorciendo lo no dicho
Tú ni me ves
Mi primer acosador
Coqueteo nivel experto
No te daría mi corazón ni por error
¡Jamás!
Flores en ramilletes
Rosa Pastel
Ya te dolió bastante
Tengo el corazón herido
Tensión
Errores
Por lados separados
Todo era mentira
Las penas
Al menos hay que intentarlo
Mi corazón es delicado
Poetisa Enamorada está desconectada.
Te tiembla la vida, Sergi
Hipnotízame
Siente el fuego en mi interior
Un desboque juvenil
Premio para los creídos
Atrapando mariposas
Eres
Bendito Jueves
Hoy tengo miedo
Cambia estos sueños muertos
Un buen perdedor
Sergi Castillo se ha conectado
Cómplices
Es por ti
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
A todos esos fanfics que me acompañaron de madrugada
y me inspiraron a seguir escribiendo.
.
«Siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta
que te encontré a ti y te lo di enteramente».
Juan Rulfo
Peligrosa poción
Narra la leyenda que los dos peores enemigos estaban
enamorados y nadie en el pueblo lo notó hasta que fue
demasiado tarde.
Tierra Dulce era un poblado pequeño donde todos
conocían a todos y todos creían saberlo todo. Sin embargo,
el equilibrio natural de este lugarcito metido en el medio de
las montañas se vio profanado la última semana del curso
escolar.
La preparatoria La Perpetuísima Santidad Ensangrentada
de Jesucristo fue testigo de un acto atroz, salvaje y
pecaminoso. Ni Dios tendría palabras para describir el
horror que sus ocupantes tuvieron que soportar durante ese
día. Fue el último miércoles antes del fin de curso, al que a
partir de ahora denominaremos en lo subsecuente como
Fatídico Miércoles; los alumnos estaban en el receso de diez
minutos que existía entre clase y clase, cuando ocurrió la
tragedia: ahí estaba Sergio Castillo, el alumno modelo, el
favorito de todos. Hijo del presidente municipal, de
calificaciones perfectas y el sueño húmedo de hombres y
mujeres en todos los rangos de edad.
Se contaba que, ni bien llegó al pueblo, salvó a todo
Tierra Dulce de ser hundido por un terremoto. Las malas
( ¿O buenas?) lenguas decían que tenía medallas en su
cuarto por rescatar animalitos en peligro.
Luego mirabas a Yareth Flores, el chico problema;
conocido también como el nieto loco de la bruja loca del
pueblo. Siempre de mal humor, siempre buscando peleas.
Era sabido por todos que provocó un terremoto allá en 1999
que casi acaba con el pueblo.
Uno era el salvador y el otro el peligro. Uno perfección y
orden. El otro, palabras altisonantes y caos. Llevaban ocho
años como enemigos naturales, repeliéndose como el agua
al aceite, como dos imanes en el mismo lado. Nadie
esperaba que las cosas cambiaran, ese era el equilibro
natural hasta que el cataclismo sucedió a las siete con
cincuenta y dos minutos, justo en el cambio de módulo.
Como si hubiera sido planeado, como si Dios lo hiciera a
propósito para romper la mayor cantidad de corazones en el
menor tiempo posible.
Sergio estaba intentando besar a Yareth Flores mientras
lo llenaba de palabras cursis como «mi florecilla», «tus
preciosos ojos verdes» o «quiero follarte en el baño del
colegio».
Los alumnos cuchichearon; las monjas cuchichearon; las
aves cuchichearon antes de caer tiesas de sus ramas.
Algunos aseguraron que el pueblo se sacudió con un
temblor. Todos llegaron a un veredicto unánime que los
ayudó a mantenerse cuerdos durante las horas que
siguieron al shockeante suceso: Yareth hechizó a Sergio.
Una pócima.
Una maldición.
Algo. No había otra explicación.
Tengo que decírtelo, ellos no estaban errados. De hecho,
tenían razón.
El largo camino de piedra
Para no saltarnos las reglas prototípicas de los romances
juveniles, hemos de empezar esta historia con el primer día
del nuevo semestre:
Mayo de 2007, clima templado y cielo despejado.
Sergio Castillo dejó la mochila en la banca que estaba al
entrar a la escuela, se colocó correctamente la corbata y se
plantó en la puerta. Este era su último semestre en el
colegio de La Perpetuísima Santidad Ensangrentada de
Jesucristo. Sergio ya olía la libertad, de no ser por una
emergencia familiar que lo hizo perder un año entero, ya
estaría en la capital preparándose para ser un político como
su padre.
Vio a los primeros alumnos a la lejanía y, en cuanto los
jóvenes lo notaron, sus rostros se iluminaron, Sergio fingió
una sonrisa. En ese pueblo sobrenatural él era
sobrenaturalmente popular; las chicas se desmayaban a sus
pies, a veces de maneras tan bruscas que Sergio tenía que
hacer maromas para evitar pisarlas. Odiaba cómo crujían
los accesorios bajo sus zapatos. Mientras que los chicos
eran los que más se declaraban de esa forma abierta con la
que Sergio tuvo que aprender el arte de rechazar gente a
diestra y siniestra, sin ser considerado una horrible persona.
Arte de político, como le decía su padre.
Las monjas del colegio no pudieron hacer nada para
evitarlo. Cada vez que intentaban suprimir a un gay o un
bisexual con la palabra de Dios, brotaba otro de entre las
piedras. ¡Florecían como margaritas! Se pensó que la
solución era ponerle a Sergio Castillo un costal en la cara. El
problema es que las hermanas estaban más cerca de
Satanás que de Dios y también querían refrescar sus
reprimidas vidas hormonales mirando a Castillo.
En el cumpleaños número diecisiete de Sergio, muchas
monjas dejaron la orden con el corazón roto por haber
sucumbido a pensamientos pecaminosos, fue por esto que
la directora general decidió una tregua silenciosa. En cuanto
a Sergio, podías verlo, admirarlo, pero nunca tocarlo y, en
cuanto a los romances antibíblicos, el colegio no
intervendría con los problemas amorosos de los alumnos
mientras ellos no irrumpieran en los suyos.
Para fortuna de todos, aunque Sergio jamás participó en
estos acuerdos y ni siquiera le pidieron su opinión, el joven
convino que era el camino más adecuado. Era tal su
entendimiento de las normas sociales que, cuando se
reincorporó a clases el semestre pasado, lo nombraron
prefecto escolar. Fue un puesto de poder que él no se negó
a tomar, quien lo viera bien sabía que disfrutaba su papel:
era intolerante con las faltas al reglamento, llevaba consigo
una regla graduada, que nadie sabía dónde guardaba, para
revisar que las faldas llegaran debajo de las rodillas, que los
chicos no llevaran el cabello más largo de lo permitido y que
ninguno estuviera bajo los efectos de un hechizo o trajera
consigo algún artilugio mágico prohibido.
Sus ojos eran el panóptico estudiantil.
—Parece que lo hacen a propósito —masculló enfadado
luego de un rato anotando los nombres de los infractores en
su lista.
—Se saltan las reglas solo para llamar tu atención —dijo
Víctor Revilla, su amigo y compañero de clases.
Sergio levantó una ceja.
—Qué improductivo.
Las chicas a las que quitó sus accesorios cuchicheaban
entre ellas. «¿Segura que está soltero?» «¡Lo está! ¿No
revisaste el metroflog? Cada mañana actualizan su estatus.
Si hace algo, lo sabremos».
Sí, había una página web llamada Metroflog creada para
subir una foto de Sergio al amanecer y remarcar su estatus
de soltero. Las fotos se llenaban siempre de la misma
pregunta: ¿Por qué Sergio Castillo no tiene pareja? ¿Es
acaso que nadie llega a sus estándares? ¿Cómo podríamos
hacer que nos mire?
A Sergio le parecían las preguntas más anodinas de su
existencia, había cosas mucho más importantes en qué
pensar. El futuro, por ejemplo.
Las citas y relaciones eran, según su experiencia, una
pérdida de tiempo. ¿Las hormonas?, ¿la pubertad? Sergio lo
tenía todo bajo control. No era un animal que perdía los
estribos por sexo loco; ya era demasiado malo que su
actitud fría causara el efecto contrario a lo que quería y
terminó alentando a chicos y chicas a ganarse su corazón
como si fuera un trofeo.
—Encontré algo que no te va a gustar —dijo Víctor
refiriéndose a la revista que llevaba hecha un tubo en la
mano, le dio dos golpes con ella en el hombro—. ¿Ya la
leíste? Al parecer durante las vacaciones publicaron tres
números.
Sergio la tomó, en letras grandes rezaba: Masticamelox,
la revista que la gente joven necesita.
Torció la boca, una publicación de baja categoría, sin
duda. En una esquina, remarcado con colores rosas
chillones decía: Libreta Erótica con un nuevo relato de
Poetisa Anónima.
Sergio frunció el ceño, qué nombres de mal gusto, pensó.
Destensó los hombros y abrió en la página indicada, Víctor
se asomó por encima de su hombro, leyó en diagonal «Lamí
sus pezones erectos, Sergio se arqueó con el calor de mi
saliva y yo deslicé mi mano por su miembro duro y húmedo.
Sus ojos oscuros brillaban como si hubieran esperado por
este momento tanto tiempo como yo». No continuó, el
relato era explícito, pasional y muy obvio que su persona
era el protagonista.
—Tiene que ser una broma.
Su amigo se encogió de hombros y Sergio continuó
leyendo, la sangre hirvió por todo su torrente. Arrancó la
hoja y la apretó en su puño cerrado, haciendo que Víctor
chiflara.
—Tu cara da miedo.
—Esto no se puede quedar así —tajó.
Tan cerca de terminar la preparatoria con una reputación
intachable, Sergio no permitiría que esa tal Poetisa Anónima
continuara sus actividades. No podía ir ensuciando su
imagen de esa forma y sin consecuencias. También merecía
un castigo.
Asumió que Poetisa Anónima en realidad se trataba de un
chico porque, por lo que Víctor le dijo, todos los relatos eran
entre dos hombres, debía tener su edad, un poco más o un
poco menos porque carecía de profesionalidad y de una
retórica abundante.
Sonó la campana a la distancia.
—Ve a clases, o también tendré que sancionarte y es
primer día —intentó bromear con Víctor.
Su amigo le devolvió la sonrisa.
—También me alegra verte, hombre. Oye, para celebrar el
inicio del semestre ¿Qué dices de ir por un trago?
Sergio lo miró con una ceja levantada.
—Eres menor de edad, Víctor.
El chico se encogió de hombros, un poco rojo de todas
formas.
—¿Una peli y palomitas?
—Lo siento, tengo tutorías en casa. Será otro día.
Víctor asintió con desgana y se alejó por el sendero de
piedra. El chico era el hijo del doctor más respetado del
pueblo, ambos conocían de primera mano la presión de
tener padres exigentes y con ese «estatus» que querían
perpetuar a través de ellos.
Llevarse con él cuando tuvo que repetir 5to semestre fue
una de las cosas que lo ayudó a no dejarse ir en
pensamientos de fracaso constante. Ser un repetidor era
uno de sus peores fallos. Incluso con su madre enferma
debió encontrar la manera de salvar el semestre. Y es que
Sergio Castillo se tomaba en serio sus estudios, para él
significaba ser reconocido y alguien en la vida. Sus metas
escolares en vez de catalogarlo como un alumno estirado y
pretencioso o un ratón de biblioteca, le dieron dado cierto
halo de sofisticación.
«Será rico algún día».
«Lo veo dirigiendo una compañía enorme» rezaban
algunas fantasías.
«Tan frío y sensual como Edward Cullen», decían las
voraces lectoras de la nueva saga de libros que estaba
revolucionando sus hormonas.
«¡Eres idiota! Es más un Jacob», peleaban otros.
El aroma de las flores de primavera permeó el ambiente y
lo sacó de sus cavilaciones. Sergio frunció la nariz en lo que
todos consideraban una mueca de desagrado. Esa mezcla
floral con un toque dulzón era característico del chico más
impuntual, desobligado y grano en el culo personal de
Sergio: Yareth Flores de 4to. A. Otro asunto que esperaba
zanjar antes de acabar la prepa.
Lo divisó a la lejanía, con la mochila media abierta
balanceándose de un lado a otro por la carrera.
Algunos curiosos retrasaron sus pasos para mirar el
espectáculo mañanero, el despliegue de poderes y el
resultado del bien contra el mal. Sergio sonrió, una mueca
helada que decía «Quédate y tendrás un reporte» por lo que
todo el mundo, resignado, se perdió en sus respectivos
salones.
Sergio se apresuró a cerrar el portón. Los ojos verdes del
chico impuntual cruzaron con los suyos y Yareth tomó su
acción como un reto. Extendió sus alas de mariposa, aleteó
por encima del portón y cayó dentro del colegio, fuera de
hora.
Cínico como era, soltó un «Taraaaán» con sus brazos
extendidos.
Sergio odiaba a los impuntuales y un poco más a los
presumidos.
—No puedes entrar así, Flores.
Yareth se sacudió el uniforme y retrajo las alas. Llevaba
los primeros botones de la camisa sueltos, la corbata
arrugada y desparramada.
—Yo me veo dentro, Castillo —dijo mientras echaba su
cabello largo e irreglamentario hacia atrás.
El prefecto ladeó el rostro, lo examinó con los brazos en
jarras y luego sonrió.
—No por mucho, me temo.
—Inténtalo —contestó y corrió hacia el fondo de la
escuela, dejando detrás de él esa estela tan malditamente
memorable.
Yareth Flores era experto en buscar confrontaciones y
romper las reglas. Manchó el historial perfecto de control
escolar de Sergio en varias ocasiones. Sin embargo, era un
nuevo semestre y Sergio estaba decidido a no dejar que
Yareth se saliera con la suya, iba a reportarlo las veces que
fuera necesario hasta que aprendiera.
Las cadenas mágicas de Sergio salieron de su espalda,
con su brillo azul centelleante. El chico brincó para
esquivarlas, sus bonitas alas volvieron a extenderse y le
mostró el dedo medio mientras volaba.
—Esto debería considerarse un abuso de poder.
—No cuenta si nadie lo ve —contestó Sergio retrayendo
las cadenas.
—Corrupto, del tipo que me gusta. —Yareth se sacudió
como si quisiera quitarse algo de encima y se pasó la
lengua por los labios. Sergio detestaba que lo hiciera—.
Lástima que no compenses con tus otros atributos.
—El sentimiento es mutuo, Flores.
Sergio era mayor que él por dos años, merecía respeto,
así tuviera que conseguirlo de formas no ortodoxas.
—Deja de tocarme los huevos ¿quieres? —se quejó Yareth.
El problema también era que el chico solía presionar los
botones correctos para que Sergio sacara a relucir las ganas
de meterse con él. Yareth voló cerca, dispuesto a molestarlo
más; pero Sergio estiró la mano, tomándolo por la corbata y
jaló.
Sus narices colisionaron.
—¿Qué si te los toco? ¿Eh? —dijo en desafío. Yareth aleteó
errático sin poderse zafar. Sergio torció el gesto cuando sus
ojos descendieron al cuello mal puesto y con la mano libre
lo abotonó—. Por lo menos vístete bien.
La cara de Yareth se coloreó de rojo. En realidad, era un
tono muy particular, porque su piel era de un moreno
aceitunado que se teñía de rosa.
Sergio lo acercó más al notar un brillo entre su cabello,
apartó un mechón y lo acomodó detrás de su oreja, luego
tomó entre sus dedos el lóbulo. La sensación era la misma
que la de tocar la piel de un durazno; sin embargo, dejó sus
pensamientos de lado y desprendió el broche de mariposa
para retirar el fino metal fuera del orificio.
—Los aretes están prohibidos.
Yareth lo miró confuso, parpadeó con sus espesas
pestañas que aleteaban como mariposas y fue ahí cuando
Sergio lo envolvió con sus cadenas. El rostro del chico era
un poema.
—¡Eres un cabrón, Castillo!
Pataleaba intentando liberarse de esa magia, pero solo
consiguió que los eslabones se comprimieran con más
fuerza.
—Lo soy, Flores. Ahora, sé tan amable de acompañarme a
dirección.
Sergio caminó llevando consigo las cadenas que
mantenían flotando al chico como si fuera un bonito globo
del zócalo.
Yareth no dejó de lanzar maldiciones.
El policía escolar se guardó el arete en el bolsillo y esperó
que su sonrisa triunfal no se notara demasiado. No quería
explicar que en el fondo era un tipo sádico que disfrutaba
castigando a los problemáticos.
Y Dios sabía que no había otro peor que Yareth.
Lo que era decir mucho porque jardín de niños, primaria,
secundaria y preparatoria estaban bajo las órdenes de la
Congregación de Hermanas del Socorro y la Concupiscencia.
La escuela estaba ubicada a los pies de una montaña
boscosa y un portón negro recibía a cada niño del pueblo,
desde los cuatro años hasta los diecisiete cuando egresaban
de preparatoria.
Sergio conocía el camino de memoria, podía dibujarlo a
ojos cerrados. Al pasar los portones estaba el terreno
descampado, a la altura de los ojos y desde la puerta se
veía al otro extremo la pared de ladrillos que cercaban la
institución. Como alumno de preparatoria darías pasos por
el sendero de piedra grisácea que serpenteaba ligeramente
en el suelo de tierra, las bicicletas y los niños corriendo
fuera del sendero levantaban el polvo que solía colarse por
la nariz y los ojos.
A la derecha el camino bordeaba con las canchas de
deportes, el campo de entrenamiento y la cafetería al aire
libre rodeada de árboles; por el lado izquierdo el terreno se
hundía, como si se tratase de un piso inferior, de un nivel en
el subsuelo. Siguiendo el tap tap de los pasos, dejaba atrás
una rampa que deslizaba al jardín de infantes, había que
pasar el puente de metal que conectaba el camino con el
edificio principal de la primaria.
Seguir hasta las escaleras que bajaban a la zona de
secundaría y, aun entonces, no había que detenerse. Tras
varios metros más, la vista sería tapizada de copas de
árboles, entre las ramas se veía un pequeño patio, el
laboratorio de ciencias dando la espalda, la dirección y un
poco más allá, el edificio de la prepa con sus tres pisos de
salones y balcones.
La preparatoria era el único de los niveles académicos
que, además de la reja, estaba bordeado por un muro de
cantera ligeramente verde, ligeramente gris. A Sergio le
gustaba sentarse en la orilla del muro, mirar hacia el
agujero, hacia el espacio que quedaba atrapado entre el
laboratorio y la cantera, donde los árboles formaban un
cerco y un camino de hojas. Se veía tan calmado, tan oscuro
y sosegado que parecía el lugar perfecto para un beso.
Y si había un beso, él estaría ahí para atrapar a los
infractores.
Pero ahora no lidiaba con parejas besuqueándose, estaba
firmando el reporte de ese alumno problemático. Sor
Ramona lo invitó a sentarse con esa sonrisa afable que solo
las monjas sabían poner, esa que no llegaba a los ojos y
más parecía un tic facial.
—El presidente Joaquín se pasó por aquí hace unos días.
Hasta preguntó por tu carta de conducta.
Sergio puso su sonrisa entrenada, cómo odiaba que su
padre lo tuviera así de vigilado. La carta de conducta tenía
peso para la gente mágica como él, si había un tachón en
ella referente al uso inadecuado de sus poderes, la libertad
para usarlos profesionalmente en el futuro se podía
extinguir.
Yareth se dejó caer en la silla de al lado como si quisiera
partirla, aunque su complexión delgada y suave se lo
impedía. Se cruzó de brazos en lo que la subdirectora
terminaba de firmar su falta. Sergio por su parte, apoyó el
codo en el escritorio y recargó el mentón en la palma de su
mano, mirando hacia otro lado.
—Nos habló a la Madre Ada y a mí de los planes ahora
que cumples dieciocho —dijo Sor Ramona—. Está tan
emocionado por tu futuro como nosotras. Le dije que no
tenía de qué preocuparse, cuando te marches de Tierra
Dulce serás recordado como el joven más ejemplar del
pueblo.
—Eso espero —contestó Sergio mirando de reojo la
papeleta, primer día de clases y Yareth ya se había ganado
un reporte, eso era un buen presagio—. Estudiar en la
capital es empezar de nuevo y quiero irme dejando una
buena impresión.
No podía decir que el plan de su padre era que luego de
su formación universitaria Sergio entrara al partido político
para iniciar su carrera en un puesto público dentro de Tierra
Dulce.
—Te extrañaremos —suspiró Sor Ramona—. ¿Cuándo te
marchas?
—Terminando el semestre, de inmediato. Por eso mi padre
quiere hacer una despedida pública el día del Grito. —
Intentó que su voz saliese tranquila y no con la urgencia que
sentía de cambiar de tema—. Aún espero hacerlo cambiar
de opinión.
Eso no era una mentira. Joaquín Castillo estaba
demasiado decidido a dejar una huella memorable para que
tuviera el futuro resuelto. ¿Qué mejor momento que el 15
de septiembre, fiesta nacional?
—¿Cómo que te vas del pueblo? —preguntó Yareth y
Sergio creyó escuchar cierto pánico en su voz.
—No hay nada que me interese aquí —soltó demasiado
brusco y un amargo sabor de bilis subió por su garganta.
Ambos giraron el rostro y sus miradas se encontraron,
mientras que Sor Ramona sintió un ambiente eléctrico, un
toque le dio en el brazo cual presagio. Los rumores debían
ser ciertos, entre esos dos saltaban chispas de enemistad.
—Mira pues y quieres irte con tu reputación inmaculada y
virginal —se burló el menor con esa sonrisa malvada.
—¿Algún problema, Flores? ¿Te incomoda que yo sí vaya a
recibir carta de buena conducta cuando la tuya seguro será
carboncillo para cuando salgas de la prepa?
—Oh, no me preocupan esas nimiedades como a ti —dijo
recargándose en la silla, esta se quedó suspendida en solo
las patas traseras—. Sería una lástima que alguien fuera a
arruinar tu despedida pública, nunca cantes victoria, te
quedan cuatro largos meses para que metas la pata y
arruines tu reputación.
—No intentes amenazarme.
Yareth le mandó un beso, tomó su reporte y se marchó,
dejando a Sergio con un nudo en el estómago.
Primer mensaje
Para: A quien corresponda
<
[email protected]>
Enviado: 20 de mayo de 2007
Asunto: Reputación Manchada
Buenas tardes. Mi nombre legal es Sergi Castillo, sin O,
preferiría que me llamaran «Sergio».
Este es un asunto que no puedo posponer ni dejar pasar por
alto, he encontrado que, en su revista, su exquisita y
sofisticada revista, se publica una sección llamada Libreta
Erótica de la que no me considero fan, pero de la que
desafortunadamente he leído un par de relatos.
¿Quién ha autorizado usar mi nombre, físico y personalidad
para tremendo arte?
No intente negarlo.
He revisado minuciosamente cada descripción: el cabello
negro; está bien, pudo ser cualquiera; la complexión, color
de ojos, lo pasaré. Incluso el nombre.
No soy el único Sergio del pueblo.
Pero, ¿las cadenas y el lunar en el ojo? No es que sean muy
discretos.
De la manera más amable le pido que dejen de publicar
estos relatos o por lo menos de usarme como material; de
otra forma, me veré obligado a tomar medidas legales.
Cordialmente, Sergio Castillo.
De: Gerardo Soto <
[email protected]>
Para: Sergio Castillo <
[email protected]>
Enviado: 20 de mayo de 2007
Estimado Sergio Castillo, nosotros somos una revista que respeta la libertad de
expresión. Lo que nuestros escritores relatan no representa ni identifica la
postura de la revista.
Si quiere puede arreglarse con el autor de dicha sección. Proporcionamos su
email:
[email protected]Sírvase no volvernos a escribir.
Att. Masticamelox. Una revista sofisticada.
Yareth está escuchando �� Ha Ash – Amor a medias no es
amor.
Gerardo Soto:
¡Adivina quién me ha contactado! La musa de tus relatos
nos ha escrito un email bastante directo. Quiere que
dejemos de publicar cualquier historia que incluya su
nombre. ¡Parece un viejo amargado! ¿Seguro que tiene 18?
Yareth Hijo del demonio:
Es un viejo amargado. No estarás pensando en hacerle
caso, ¿verdad?
<zumbido>
<zumbido>
Gerardo Soto:
No quiero problemas para la revista, chico. Le pasé tu correo
de escritor. Arréglalo con él, ¿ok? Haz lo que tengas que
hacer, coquetéale si es necesario, evítanos problemas.
Yareth Hijo del demonio:
¡Llamas del Mictlán! ¡Debes estar de broma! No tengo
correo de escritor, este es mi correo para todo.
Yareth está escuchando �� Miranda – Traición
contactos
| Aceptar | Rechazar |
Yareth Hijo del demonio estudiante #666 ha cambiado su
nombre de usuario a “ Mátenme porque me muero ”
Mátenme porque me muero ha cambiado su nombre de
usuario a “ Idiota rechazado ”
Idiota rechazado ha cambiado su nombre de usuario a
“ Poetisa Anónima ”
| Aceptar |
Sergio Castillo estudiante #626:
Así que tienes Messenger, escritor anónimo. Me dieron tu
email en la revista, supongo que sabes por qué.
Poetisa Anónima:
Me parece más interesante preguntar ¿Por qué tienes el
estúpido número de tu registro estudiantil en el usuario?
Poetisa Anónima está escuchando �� Ha Ash – Odio
amarte
Sergio Castillo estudiante #626:
Porque es más fácil para hacer trabajos en grupo. Usa la
lógica. Además, a diferencia de ti, no me escondo tras un
anónimo para escribir cosas de tan mal gusto.
Poetisa Anónima:
Vaya, un reprimido.
Sergio Castillo estudiante #626:
¿Disculpa? ¿Yo?
Poetisa Anónima:
¿Quién más? Eres joven y te parece que hablar de sexo es
de mal gusto.
Sergio Castillo estudiante #626:
Me parece que ser usado como personaje en los relatos
pornográficos de un tipo al que no conozco es desagradable
(E ilegal). Si a esas nos vamos, el reprimido eres tú que
tienes que sacar tus frustraciones sexuales conmigo y
encima, publicarlas.
Por tu correo asumo que incluso eres menor que yo. ¿Tus
padres saben lo que haces? ¿La escuela sabe? Claro que no,
porque eres consciente de que está mal.
Poetisa Anónima está escuchando �� Aleks Syntek - Tú
necesitas
Poetisa Anónima:
La literatura y los relatos eróticos despiertan la sensibilidad
de los seres humanos. Estimular las fantasías ayuda a ser
más feliz con uno mismo, claramente a ti te hace falta
explorar un poco.
Sergio Castillo estudiante #626:
Bonitas palabras para jalártela, no me la vendes. Esta es
una advertencia. Deja de usarme.
Poetisa Anónima está escribiendo...
Sergi Castillo estudiante #626 se ha desconectado.
Poetisa Anónima está escuchando �� Fey - Media Naranja
Desesperante
—¿Y te contestó? —preguntó Víctor con dificultad ya que
terminaba una serie de lagartijas.
—Con descaro —respondió Sergio, que continuó con la
siguiente serie de levantamientos.
Sergio no era fanático de los deportes ni del ejercicio, sin
embargo, el plan de estudios contemplaba la materia: Uso,
alcance y límite de fuerzas mágicas VI. En esta materia, las
personas como él, tenían que aprender a usar sus
habilidades en combate y, equivalía a una importante
calificación; estaban terminando el primer mes de clases y
los exámenes se acercaban, así que Sergio se ejercitaba a
diario.
El campo de entrenamiento estaba cercado por todos sus
compañeros, formando una especie de arena romana.
Gritos, ovaciones y el profesor intentando calificar entre el
bullicio.
Aunque Tierra Dulce era el primer pueblo dentro del
programa del Gobierno Mexicano para aislar a las personas
con poderes sobrenaturales, la magia chamánica aún no era
del todo entendida y la integración de personas como ellos
a la sociedad contemporánea resultaba un reto para los
políticos.
Algo curioso, porque la magia existía desde antes de la
colonización, fue enterrada durante el proceso, como si la
misma tierra hubiera guardado sus poderes para el
momento adecuado y luego resurgió paulatinamente.
Sergio no estaba seguro del lugar que ellos ocupaban en
el mundo y nunca le pintó bien que hubiera una materia de
combate; podría haber sido peor.
—Revilla, Castillo, su turno.
Lucas, el profesor, seguía apuntando en su libreta. Sus
compañeros salieron del círculo de la cancha y Sergio se
adentró al campo con su amigo.
Víctor lo barrió con la mirada, destensó los hombros y
transformó su cabello castaño rojizo en uno negro ébano;
sus ojos cafés pasaron a ser oscuros, su masa muscular
aumentó y creció unos cinco centímetros. Ahora Sergio
parecía mirarse en el espejo.
Cada uno se alejó al otro extremo del campo y el profesor
chasqueó los dedos para comenzar la clase.
—¿Y qué vas a hacer para que deje de usarte como
material porno?
Las cadenas de Víctor golpearon a sus pies. Eran azules
también y se movían siguiendo un patrón que Sergio no
tardó en reconocer y que era fácil de esquivar.
—Averiguaré quién es y lo obligaré a escribir una disculpa
pública.
Una de las cadenas intentó enroscarse en su torso, Sergio
dio un par de pasos hacia atrás y tomando las cadenas
ajenas, jaló de ellas. Víctor puso resistencia, fue en vano, la
fuerza lo hizo caer de cara al suelo y fue arrastrado, aunque
pataleó intentando retirarlas.
La principal desventaja de su magia de copia era que no
conseguía dominar una habilidad especial y, por tanto,
todas sus réplicas no vencerían al original.
Víctor desapareció las cadenas, regresó a ser él e intentó
escapar. Sergio no lo dejó, en su lugar, usó las suyas como
látigo. Sergio no tenía poderes impresionantes, su magia
era promedio. Sin embargo, practicaba tanto como era
posible para perfeccionar sus escasas habilidades.
Sus cadenas no solo eran simples inmovilizadores, eran
capaces de dar azotes como si fuera un látigo, separar los
eslabones para usarlos de forma individual y estaba
trabajando en neutralizar magia ajena con solo tocar a su
oponente.
—¡Ay, para! ¡Para, güey!
Sergio lo soltó y Víctor se levantó haciendo un puchero.
—Por cómo vas, Castillo, estarás en el cuadro de honor al
finalizar la semana —dijo el profesor anotando su
calificación.
Sergio sonrió y Víctor le pegó en el hombro con ese toque
juguetón al que Sergio apenas se estaba acostumbrando.
—¿Por qué eres tan duro conmigo? —se quejó Víctor.
—Soy duro porque me importas y creo que puedes
mejorar.
Si Sergio prestase más atención, hubiera visto el rubor
que corrió por el puente de la nariz de su amigo. Víctor no le
dio mucho tiempo para percatarse y desvió la mirada.
—Ugh, coqueteando a media clase. ¿Eso está permitido
en las reglas, prefecto?
Yareth Flores estaba frente a ellos, brazos cruzados y
ceño fruncido. El grupo de 4to. A eran los siguientes en usar
el campo, los alumnos se iban acumulando y mezclando
para ver el resto de la práctica de los de 6to. A.
—Ya no estamos a media clase —dijo Sergio pasando a su
lado—. Interrumpir un módulo sí que es contra las reglas.
—Estricto con los otros, pero laxo con los tuyos.
—Estricto con los otros, pero laxo con los tuyos. Qué feo
que solo puedas llamar la atención de Sergio molestando —
dijo Víctor con voz chillona mientras imitaba el físico de
Yareth. Sergio notó la precisión de la copia de Víctor, incluso
el orificio en su oreja derecha.
No le gustó.
—Pero a quién tenemos aquí, a un Ditto bien pendejito —
contestó Yareth colocando las manos en la cadera y
haciendo referencia a un pokemón—. Lástima que mis
habilidades no las puedes copiar.
Víctor sonrió y lo encaró, le dio un golpecito en la nariz.
—¿Por qué querría imitar tu magia monstruosa, Yareth?
Sergio soltó el aire con hartazgo, una de las razones más
fuertes por las que el pueblo no quería a Yareth era por su
potencial destructivo. No en el sentido figurado de la
palabra, sino en el literal; la magia del chico era caótica,
desastrosa y extraña para los mismos habitantes que aún
no lograban descifrar sus particularidades. En 1999, Yareth
provocó un terremoto que no salía de la memoria de nadie.
Era solo un niño de ocho años que no sabía usar su magia
y la gente lo marcó como peligro. Convirtieron el miedo en
un desprecio alimentado por la situación política del pueblo
y Sergio no podía más que admirar la resiliencia con la que
Yareth enfrentaba día a día ese descrédito.
—Basta.
Sergio apartó a Víctor, lo tomó de la cara y se acercó
bastante para verlo a los ojos, el chico parpadeó un par de
veces y Sergio usó su otra habilidad, el destello azul
neutralizó la magia y en un momento el cabello miel volvió
a ser castaño rojizo.
Víctor se quedó de piedra; Yareth tembló.
—Mgm ¿Vas a pelear o le sacas, Ditto defectuoso?
Sergio soltó a Víctor y este miró a Yareth con el semblante
rojo.
—No, la verdad que no me interesa ponerme a tu nivel.
El suelo se cimbró, Yareth ladeó el rostro con altanería y
Sergio se preparó para que todo se saliera de control.
—Yareth, cálmate —dijo Andrés García, el amigo de Yareth
que lo tomó por el hombro.
—¡Chicos de cuarto! Va a empezar la clase; los de sexto,
despejen.
Yareth les alzó el dedo medio y se metió al campo,
parecía que Víctor iba a regresar a discutir cuando los
alumnos de cuarto comenzaron su alboroto.
—¡Toma, Sergio, es agua del manantial! La extraje con
mis propias manos.
—¡No necesita eso! Yo traje esta bebida energética con
cuarzos incrustados.
—¡Yo hice una pócima en el taller de herbolaria! ¡Te dará
más fuerza!
—¡Tú quieres hechizarlo!
—Lo dices porque tú quieres hacerlo, arpía oportunista.
Sergio respondía con amabilidad, aunque había días que
no tenía la paciencia para lidiar con eso de ser agradable.
Como su padre decía:
«A nadie le gustas, solo gustan de lo que proyectas que
eres».
—¿Por qué Yareth nos está mirando? —preguntó con
fastidio una de las chicas que quería limpiarle el sudor con
una toalla.
Sergio tensó el cuello; ahí, en su nuca, sentía la mirada
gélida de Flores. Aunque sus ojos eran verdes, el tono que
resplandecía debajo de ellos era cristal filoso, capaz de
cortarte y hacerte sangrar.
—No pierdas tu tiempo con ese… delincuente —dijo una
de las chicas.
—¿A quién llamas delincuente? —gritó Yareth desde el
campo y el profesor le pegó en la cabeza con el rollo de
papeles.
Sus compañeros no dejaban a Sergio marchar hasta que,
como las aguas frente a Moisés, la multitud de gente se
abrió y Melissa Mestas caminó con pasos finos y ligeros,
como una musa entre la espuma del mar. Cuando ella miró
a Sergio, rompió el caminar y echó a correr hasta colgarse
de su cuello.
La chica perfecta, decían todos. La pareja de oro,
murmuraban algunos.
—¿Quién ganó? —preguntó ella.
Sergio la apartó con suavidad, era incómodo por el sudor
de su reciente combate.
—¿Quién crees? —bromeó Víctor, revolviéndole el suave
cabello. Ella le pegó en el dorso de la mano y se lo volvió a
acomodar, todo sin quitar la sonrisa.
Melissa no tomaba esa clase con ellos pues su magia era
del tipo Nahual y no era ofensiva o defensiva, sino
empática.
Las personas que empezaron a nacer con magia eran
aquellas que podían combinar las dos energías ancestrales:
el Tonal y el Nahual.
Un balance, la dualidad del Universo.
El tonal era la energía del plano consciente. Se
manifestaban de manera física y mental; solían ser más
estables y sus poderes podían tener actitudes prácticas que
el gobierno quería aprender a usar.
El nahual estaba en el mundo inconsciente, algunos
afortunados — o desafortunados desde donde se mirase — ,
usaban la energía del Mictlán, de los sueños o de las
deidades prehispánicas. Magia inestable, caótica para la
que el país aún no encontraba usos.
Si el usuario bebía más de una fuente o de la otra,
dependía qué nombre se le daba. Sergio, por supuesto, era
un Tonal.
Los diez minutos entre módulo y módulo se estaban
terminando, así bajaron las escaleras para dirigirse a la
siguiente clase; Sergio no resistió mirar hacia atrás.
Un poco de veneno no mata
a nadie
Sergio Castillo estudiante #626:
«Cógeme en el cubículo del baño» ¿En serio? ¿Me dices que
esto despierta el erotismo juvenil?
Poetisa Anónima:
¡Ulalá! Leíste el último relato. Creo que en vez de un
detractor lo que tengo es un admirador encubierto.
Sergio Castillo estudiante #626:
Pensé que quedó claro que no quería volverme a ver en tus
relatos de baja calidad.
Poetisa Anónima está escuchando �� PXNDX – Disculpa
los malos pensamientos.
Poetisa Anónima:
Tú asumiste, me temo. Solo por curiosidad profesional ¿Lo
que te irrita es la calidad o el contenido?
Sergio Castillo estudiante #626:
Eres un cínico. Me irrita todo, incluso tu falta de seriedad,
solo para que lo sepas: tener sexo en baños públicos
además de ser tremendamente antihigiénico puede derivar
en una multa.
Poetisa Anónima:
Solo para que lo sepas, por algo es ficción. ¡Hombre! ¡Qué
te falta imaginación!
Pss… te imaginé buscando en Google «¿Me pueden arrestar
por coger en un baño público? ¿Se me puede pegar algo?»
Jajaja, eres divertido cuando quieres.
Sergio Castillo estudiante #626:
Imbécil.
Sergio Castillo estudiante #626 se ha desconectado.
Mi dignidad es primero
—Te va a salir el tiro por la culata —dijo Andrea mientras
tomaba ruidosamente de su refresco de piña en bolsita.
Yareth se ajustó el suéter a la cadera . E l partido de fútbol
alado contra los de 6to. A ya iba a iniciar.
—Tengo todo perfectamente calculado, hablaré con él
solo un poco para evitar que me busque en la vida real.
Además, es divertido sacarlo de sus casillas.
—No es como si no lo desquiciaras en la vida real —dijo
Andrea.
—¿Por qué no le dices la verdad? —preguntó Ángel Leal.
Yareth sacó su botella de agua y dio un largo trago, era el
receso y él prefería no comer antes de un partido.
—Claro, claro, me acercaré, batiré mis pestañas como
hace la mosca muerta de Melissa y le diré:
»Oh, Sergio, aunque has dejado claro que no me tocarías
ni con una vara de tres metros, porque te produzco asco y
que preferirías no tener que ver mi rostro nunca más, soy el
autor de los relatos porno que llevan tu nombre y no puedo
dejar de escribirte porque necesito el dinero para la
operación de mi abuela, espero seas comprensivo y me
dejes lucrarme con tu cuerpo.
Andrea puso los ojos en blanco y Ángel se golpeó la
frente.
Además, pensó Yareth, no podía decir que sus sueños
húmedos y, por consiguiente, sus relatos en los que sacaba
sus fantasías reprimidas, llevaban el nombre de Sergio
Castillo bordado en cada costura de su piel.
—Déjate de mamadas. La neta es que estás feliz por
hablar con él así sea anónimamente y eso te va a traer
problemas. Ya lo estoy viendo, te vas a volver a clavar con
Sergio.
Andrea cambió el semblante a esa forma de preocupación
que a Yareth le revolvía el estómago. Aunque su amiga era
una cabrona de primera categoría, la prefería molestando
que picando en las heridas.
—Mgm, ya te dije mil veces. Nunca me voy a volver a
hacer falsas expectativas con ese imbécil.
—Yareth, aprende de mí —dijo Ángel con una sonrisa casi
cegadora—. ¡Yo solo tenía que ser honesto para vivir mi
historia de amor!
Yareth rodó los ojos.
—No te pongas de ejemplo —dijo mientras lo señalaba—.
El chico llevaba la vida enamorado de ti. ¡Así no cuenta!
Al recordar lo del año pasado los tres sonrieron, Andrea
con un tonito de burla.
Yareth se sentía afortunado de tenerlos. Eran lo que
quedaba del Grupo de los Marginados luego de que sus dos
primos, Ikal y Qadira Zavala, fallecieron en un accidente de
auto.
Ángel Leal de 4to. B era el hijo del Comisario jefe del
pueblo, a diferencia de su padre con su porte orgulloso y
fiero, Ángel era un cachorro. Ojos azules vibrantes, una
sonrisa demasiado amplia y esa aura empalagosa que casi
sacaba estrellitas cuando se le veía del brazo de Ikal. Era un
chico que daba vibras de venir de capital y de una de esas
zonas fresas como La Condesa.
Ellos eran amigos desde que tenían siete años y aunque
atravesaron un bache el año pasado cuando Ángel empezó
a salir con Samuel Carrasco, ahora lo habían resuelto. De
maneras poco ortodoxas, ¿para qué vamos a mentir? Una
buena tarde del mes de octubre del año pasado, Ikal salió
de su tumba dispuesto arreglar las cosas con Ángel. Pero
esa era otra historia, una que a Yareth le producía un
poquito de envidia.
Porque mientras Ángel se enamoró de un chico que,
literalmente, salió del infierno por él. Yareth se enamoró de
un pedazo de idiota.
—Sabemos que Sergio te rechazó —dijo Andrea cruzando
una pierna sobre la otra—. Pero tampoco es para que le
guardes tanto rencor. Digo, yo te hacía bullying en la
secundaria y Ángel le rompió el corazón a tu primo y a los
dos nos perdonaste.
Ángel se encogió de hombros. Yareth miró al otro lado del
campo, los chicos de sexto se estaban reuniendo con su
capitán y él tenía que hacer lo mismo.
—Esto es cosa de dignidad —juzgó para sí mismo—. No
puedo simplemente fingir que no me duele que pisen mis
sentimientos cuando yo se los entregué de verdad.
Sergio pretendía ser amable, pero era un hipócrita de
primera categoría, no se tentaría el corazón si descubría
que era Poetisa Anónima. Lo reportaría y, conociéndolo,
presionaría para que lo expulsaran. Yareth le prometió a su
abuela que por lo menos terminaría la preparatoria. Ser
expulsado estaba fuera de discusión.
Arrojó su morral[1] de manta a las gradas, se agarró el
cabello y se hizo una media coleta.
—No necesitarías amarrarte el cabello si lo trajeras como
marca el reglamento —dijo Sergio, Yareth pegó un brinco.
—¡Por los trece infiernos, llama primero!
¿Quién era Sergio? ¿Un ninja silencioso? Yareth sintió que
el corazón se le iba a salir.
—Claro, disculpa, no vi la puerta, Yareth —contestó el
prefecto con sorna haciendo como un mimo frente a un
muro—. Ahora, ¿quieres otro reporte por traer el cabello
largo?
Yareth puso los ojos en blanco. Cuando era pequeño, su
madre le prohibía dejárselo crecer; ahora que ya no tenía
ese obstáculo, ¿quién se creía Sergio para obligarlo?
—¿Podemos sentarnos aquí, Andrés, Ángel? —preguntó
Melissa, Andrea hizo espacio.
—Prefiero que me digan Andrea.
Melissa hizo una O con la boca y asintió.
—Vale, Andrea.
—¿Por qué no van con los de sexto? —espetó Yareth
cruzándose de brazos.
—Es que Víctor se entusiasma demasiado en los partidos,
yo prefiero algo más tranquilo.
Yareth le dedicó una sonrisa hipócrita a Melissa:
«tranquilo» ahora sustituía a «nadie se sienta con ustedes,
apestados». Sacó las alas haciendo a todos brincar en
sorpresa y se retiró volando al centro del campo de juego.
—¡Rómpete una pierna! —gritó Ángel alegre.
Ángel era un imán de mala suerte, seguía vivo de puro
milagro y Yareth tuvo un sentimiento de mal agüero.
Él era el capitán de los de 4to. A y no podía distraerse
porque, ojito, estos partidos de pelota no tenían una red a
ras del suelo sino un agujero flotante que se movía de un
lado a otro de la cancha y que pesaba la vida porque estaba
hecho de cantera rosa.
Meter un gol con un balón de cuero macizo ya era
complicado y encima es que estos partidos no eran de
balón-pie sino de balón-cadera. A lo sumo se permitían los
cabezazos, que nadie usaba porque tampoco eran tan
idiotas, aún con eso, cada año uno o dos terminaban en el
hospital por no medir sus limitaciones ni lo delicados que
son los cráneos.
El partido comenzó y los dos equipos de cinco personas
cada uno intentaban pasar el balón por el agujero.
Sus compañeros vitoreaban. El capitán de los de 6to. A
tenía alas de búho, que Yareth envidiaba mucho. Un animal
totémico era una manifestación del mundo inconsciente de
cada uno.
Un búho, era un depredador genial. Una mariposa, era
frágil y vulnerable.
Iban empatados. El búho lo estaba marcando, era
persistente; sin embargo, Yareth retrajo las alas y se dejó
caer un momento. El chico búho se desconcertó y lo siguió.
Confiado en que cayó en la finta, Yareth volvió a abrir las
alas, esquivó al capitán rival y pidió el pase. Su compañero
golpeó el balón hacia él, Yareth lo recibió con la cadera y
anotó.
Las ovaciones lo dejaron sordo, miró a sus amigos para
celebrar y se distrajo al encontrarse con los ojos de Sergio:
tan negros y serenos acompañados de esa sonrisa de
victoria que le ponía el estómago sensible. ¿Sí se daba
cuenta que su equipo iba perdiendo? ¿Por qué sonreía?
Yareth apartó el rostro. Su cuerpo que era traicionero y no
se olvidaba de las viejas costumbres, hizo sus rodillas
gelatina y aceleró su pulso. Sergio era su kriptonita, el talón
de Aquiles, la cicuta de su existencia desde la primera vez
que se conocieron. ¿Cómo iba a olvidarlo?
Fue en la primavera de 1999, el último año antes del
nuevo milenio. Aquel día, Soledad, su madre, llegó al límite
de su paciencia. En un arranque de ira, le cortó los largos
cabellos.
«Si quieres ser un niño, sé un niño» le soltó, mientras le
daba tijerazos sin cuidado.
Su abuela no estaba en casa y Yareth terminó escapando
de su madre entre lágrimas y fiebre. Tuvo un colapso en el
medio de la calle, su inestabilidad produjo aquel temblor
incontrolable que le hizo ganar el miedo y rechazo de Tierra
Dulce.
Yareth era dramático y sentimental desde mocoso,
recordaba aquel episodio como si hubiese sido ayer y no
hacía ocho años.
Los mechones de cabello estaban salpicados en el pasto,
como retazos de trapo viejo. Había sangre, poca, como
puntos suspensivos en sus manos, cuando un niño se acercó
a él con ojos preocupados:
«Mírame» pidió con el semblante preocupado y acunó su
rostro y limpió las lágrimas con las yemas de sus dedos
fríos.
Yareth estaba en un mundo donde todo era ruido; no
obstante, los ojos de Sergio fueron silencio y tranquilidad.
El temblor cesó, el miedo y la ira de la gente venían en
oleadas, zumbaban en sus oídos. Sergio recogió los
mechones de cabello y se quedó con él, sosteniéndolo entre
sus brazos hasta que Consuelo llegó.
Lo que experimentó en ese momento fue tan fuerte que
Yareth creyó que imaginó todo, porque estaba ardiendo de
fiebre.
No lo fue. Aquel chico misterioso fue tan amable que ¿qué
otra cosa pudo haber hecho sino enamorarse como un
idiota? ¿Qué opción tenía si no caer en la tragedia del
primer amor y entregarse al sentimiento avasallador que
cabía en todo el extenso cuerpecito de un niño de ocho
años?
—¡Yareth! —gritó Ángel.
—¿Qué?
Cuando el capitán de un equipo alado con balones de
cuero macizo pregunta: ¿Qué? Son malas noticias. El balón
le dio justo en la cabeza, aleteó errático y planeó como
papalote herido en picada.
No supo qué dolió más, si su cabeza, los arañazos que se
dio al caer contra las ramas de los árboles o el madrazo
[2]
que le sacó el aire cuando se estampó con el suelo de
tierra.
Rompiste el cristal en mí
—¿Cuántos dedos ves?
—¿Debemos llamar a la directora? —preguntó alguien en
un eco que estaba por el lado izquierdo de su cabeza—. ¿Por
qué esta escuela no tiene enfermería como se debe?
Yareth, entre la bruma del golpe, escuchaba la guitarra de
Lolo como aquellas tardes en las que se iba un par de horas
al ciber más cercano a escribir relatos, ver vídeos y
escuchar música dramática y emo que le hacía creer que
entendía algo del amor.
Alerta de spoiler: no tenía ni idea.
En ese instante te aseguro que alguna señal te di, pero no
me escuchaste, tal vez sin intención de tu parte. Yareth
juraba que estaba tarareando cuando por fin pudo enfocar
la cara de Ángel Leal y la de Sergio Castillo.
—Flores, ¿sabes quién soy?
Yareth no veía dedos, veía sus ojos negros que se hicieron
uno por la proximidad ¿Qué tan cerca estaría? ¿Muy cerca?
Si se movía un poco, ¿se tocarían?
—¿Quién eres? ¿Cómo no voy a saber quién eres? Eres mi
deseo sensual…
—¿Qué? —Sergio parpadeó.
—¿Qué? —repitió Yareth.
—Se ha dado duro —dijo Ángel.
—Ya quisiera que me dieran duro —se quejó Yareth.
Sergio frunció el ceño, Yareth quiso hacer una broma de
su propio doble sentido.
—No hay de otra.
Sergio bufó y lo levantó cuál princesa. Yareth se tragó un
gritito de gusto.
La relación de este par no funcionaba porque eran piezas
de dominó revueltas que, en vez de causar una reacción en
cadena, se movían a tropezones, caían en baches y luego
saltaban en topes muy altos. Una analogía sería una combi
en México D.F en la hora pico, con el pie en el acelerador
sobre una calle mal pavimentada.
Encima, Yareth tenía la suerte de una mantis macho y
Sergio, la perspicacia de una paloma ciega.
Yareth no pudo evitar recordar la primavera del 2001,
cuando ya se estaba resignando a nunca volver a ver a su
misterioso salvador.
El pueblo no era tan grande como para no encontrarse,
todos iban a la misma escuela y nadie le daba razones del
chico que evitó que el pueblo se hundiera. Hasta aquella
mañana de marzo, cuando Tierra Dulce se había convertido
en una sábana de oro por el florecimiento de los árboles de
guayacán. Yareth bajaba la empinada calle desde el
mercado, jugueteaba con las tiritas de la servilleta que
empuntó su abuela, y mientras él creía que nadie lo veía,
empezó a declamar:
—Oh, chico misterioso. ¿Acaso tendré que guardar este
anhelo en mi corazón por la eternidad? ¿Soy Dante y tú la
musa Beatriz? Este es el precio a pagar por un amor intenso
pero fugaz, ese el primer amor que nunca desaparece,
ese…
Un chirrido.
—¡Quítate! ¡Quítate!
Yareth se volteó muy tarde, dos chicos traqueteaban
sobre una bicicleta, cuesta abajo.
—¡Vas a matarlo, Ángel!
—¡No! ¡No quiero ir a prisión por asesinato! ¡Soy muy
joven!
Unas cadenas salieron de lo que Yareth pensó que era la
misma bicicleta, intentaron clavarse en el suelo, aunque
solo aminoraron la velocidad.
Yareth tenía alas, también era menso y cuando intentó
levantar el vuelo era tarde. La bicicleta colisionó con él.
Los tres chicos rodaron varios metros por la bajada,
cuando Yareth abrió los ojos pensó que había muerto porque
un chico de ojos negros encantadores lo miraba con
preocupación. Él extendió los brazos:
—Oh, mi musa, ¿estoy en los Campos Elíseos? ¿No
debería estar por cruzar el río Itzcuintlan?
—¿De qué hablas? —Su musa se hizo un cíclope pues se
agachó a mirarlo—. Creo que lo rompimos, Ángel.
—¡Jesucristo! —Ángel lo tomó de las solapas de su
playera y lo agitó—. ¡Resiste! ¡Resiste! ¡Ikal va a matarme si
te mueres!
Yareth regresó a la vida y vio a su amigo Ángel Leal, así
que no podía ser el paraíso. Se enderezó con ayuda de los
dos. Todo el cuerpo le dolía. «Es el dolor del amor», pensó.
Luego de que Ángel agradeciera porque seguía entero, se
fue a mirar su bicicleta, dejándolos solos. Yareth estaba
hecho un hervidero de inconexiones sinápticas.
—¿No te hiciste mucho daño? —preguntó el chico de ojos
negros entregándole la servilleta.
Yareth miró las tortillas regadas por el camino. Su abuela
no iba a estar feliz.
—Que desastre… Oye, lo sentimos.
Sergio se inclinó para sacudir el polvo que se pegó al
pantalón de Yareth, estaba seguro que tendría algún agujero
por ahí. La acción lo estremeció.
—¡Yo solo quería jugar con tu gamecube! —lloriqueó
Ángel. Yareth y Ángel iban a tener una larga conversación
más tarde ¿Cómo fue capaz de esconder a ese chico de él?
—. Si la bicicleta está bien deberíamos intentarlo otra vez,
¿quieres subirte? —preguntó mirando en dirección a Yareth.
Sergio negó por los dos, Yareth estaba intentando
reponerse de la impresión.
—Ten. —Sergio se acercó a él y tomó su mano. Yareth
pensó que si se moría en ese momento todo estaba bien
porque el toque ajeno lo hizo sentir mariposas en el
estómago—. O te van a regañar.
Yareth miró en su mano una moneda de cinco pesos, era
para reponer las tortillas. Sintió algo caliente en la nuca
cuando Sergio se fue en dirección a Ángel.
—¿Cómo? ¡Co-co-cómo! ¡Tu nombre! Dame tu nombre.
Él volteó por encima de su hombro, frunció el ceño y dudó
un segundo.
—Ser…
«¿Ser? ¿Ser o no ser? ¿Ser aquí o allá? ¿O un ser que no
es de este mundo? ¿SER QUÉ?»
—Dime Sergi. Tú eres el niño de aquella vez, ¿no? ¿Cómo
te llamas?
¡Lo recordaba! El chico que habitaba sus sueños lo
recordaba, sintió que sus alas se iban a salir sin control. Se
acababa de dar cuenta que ver el rostro de Sergio y hablar
con naturalidad era uno de los nuevos retos desbloqueados
en su vida.
—¡Qué te importa! —dijo y se giró para que no viera su
rostro en llamas y partió carrera arriba.
Luego miró la moneda de cinco y recordó que el kilo
estaba a seis. Se tropezó y rodó hacia abajo otra vez. Ese
fue el inicio de su declive a la locura.
Cuando por fin regresó a la realidad, estaba medio
recostado en la banca fuera de dirección, Sergio lo tenía
agarrado por la espalda y presionaba un algodón con agua
oxigenada sobre el raspón de su mejilla, ardía. Sus ojos
escocieron, se le aguaron por el dolor, claro.
Apretó los puños, el dolor del cuerpo ya se le estaba
pasando, dejaba espacio en su cabeza para los demás
sentimientos. La ira, la principal. Cómo odiaba a este
hombre.
Odiaba su falsa amabilidad con la que lo enamoró, odiaba
su insistencia en ser el chico perfecto y bueno. Yareth
prefería mil veces que fuera el pedazo de cabrón que en
realidad era.
«Si ya me rechazaste, deja de comportarte como si te
importara».
Las falsas esperanzas dolían, no estaba preparado para
otro corazón roto.
Desde que tú llegaste, mi
vida es un desmadre
Sergio se consideraba una persona con alta tolerancia a
las imbecilidades ajenas. No le gustaba empezar problemas
si no era estrictamente necesario, pero Yareth era capaz de
volarle la tapa del cráneo.
Lo asustó de muerte cuando el balón le dio de lleno.
Ahora su cara tenía arañazos por las ramas y un raspón
grande en la frente que era un semáforo al rojo vivo. Sor
Ramona no estaba en la dirección y la Madre Ada, directora
de la prepa, no respondía los toques a la puerta, así que
Sergio tomó el botiquín y recostó a Yareth en la banca.
Pero luego el chico despertó y era… Ugh, él.
—Por la diosa, ¿qué crees que estás haciendo? —refutó y
le quitó el algodón.
—Gracias, Sergio, por no dejarme tirado en el campo —
ironizó.
—No recuerdo haber pedido tu ayuda.
Sergio cerró los ojos un segundo e imploró por paciencia
divina.
—Como quieras —dijo y lo soltó, Yareth golpeó de nuevo
contra la banca con un auch de por medio que al prefecto le
dibujó una sonrisa—. La próxima vez espero que Ángel te
cargue y te tire por las escaleras.
—Prefiero rodar por las escaleras antes que recibir tu
ayuda, Don Samaritano. ¿No tienes otra alma en apuros a la
que ayudar?
Yareth se recompuso y se enderezó hasta quedar
sentado, con la espalda recargada en la pared. Se miró en el
reflejo de la ventana y siguió presionando la herida. Sergio
se tensó, ese chico era violento e imbécil. Nada se le
quitaba con dar las gracias.
«Pero es culpa mía», pensó, «ya me ha dicho que me
metiera en mis asuntos».
Y es que hacía muchos años, Sergio intentó defenderlo en
una de las muchas peleas que el menor tenía con los bullys
del pueblo, pero a Yareth no le sentó bien, era como si
quisiera demostrarle al mundo que podía contra todos él
solo.
Sergio podía intentar entenderlo, eso no quitaba que le
exasperaba su actitud.
—Para mi buena suerte, no todos son tan obtusos como
para ser golpeados por el balón a medio juego. ¿Cómo dices
que te hiciste capitán, Flores?
—Tú no durarías ni un minuto en la cancha, Castillo.
Yareth se levantó, arrojó el algodón a la basura y luego le
sacó la lengua a Sergio.
—Madura, Flores.
—No soy fruta. Las flores, florecemos —contestó, echando
su cabello hacia atrás como diva.
A Sergio se le escapó una risa que intentó reprimir para
no hacerla muy obvia, un sonido chistoso salió de entre sus
labios. Yareth se rio de su mueca estúpida y le mostró el
dedo medio.
Por un segundo se sonrieron, tan fugaz que cualquiera
diría que eso no sucedió.
—¿Estás bien? —La voz de Samuel Carrasco los asustó a
ambos.
La manera en que Yareth frunció el ceño agitó a Castillo.
Todos sabían que Yareth detestaba a Samuel, el exnovio
de Ángel Leal. Esa historia sucedió el año pasado, Sergio
supo algunos detalles. Lo que sí sabía bien es que Samuel
gustaba de molestar al Grupo de los Marginados cuando
eran más jóvenes.
—¿De cuándo aquí te importa, Samuel? —respondió
Yareth con la voz ácida.
Samuel se acercó un poco, Yareth lo encaró con una
mirada tan agresiva que Sergio no sabía si sentirse aliviado
porque la hostilidad no parecía ser solo para él.
El pensamiento no fue precisamente tranquilizador.
—Solo estoy preocupado —dijo Samuel cruzándose de
brazos.
—Un poco tarde para eso —siguió Yareth poniéndose en
pie con las manos en la cadera.
—Mejor que regreses a clases, Carrasco. No quiero
ponerte un reporte porque te estás saltando tu módulo.
Yareth hizo un «mgm» y rodó los ojos.
—¿Cómo podemos llamar a esto? ¿Abuso de fuerza
policial? ¿Tú que haces fuera de tu aula, Castillo?
«Todavía que intento ser amable y sacarte de esta
situación incómoda… Vete al diablo», pensó Sergio y se
limitó a rechinar los dientes.
—Como capitán de los de 6to, solo quería saber si
estabas bien.
—Pues ya me viste. —Yareth giró sobre su eje ondeando
el suéter de su cintura—. Ahora, continúa circulando.
Samuel se mordió los labios y se encogió de hombros
antes de alejarse.
—Solo estaba preocupado por ti. ¿Tienes que portarte así
de agresivo? —dijo Sergio antes de poder arrepentirse.
Yareth tembló, como si le hubiera echado encima un
balde de agua fría, cuando sus ojos lo acribillaron Sergio
tuvo que cuadrarse de hombros para fingir que no sintió un
escalofrío.
—¿Disculpa? No tengo que portarme amable con un
imbécil que me ha lastimado.
Yareth dio dos pasos en su dirección y Sergio se quedó
estoico. El comentario fue como uno de esos trozos de vidrio
encarnándose donde yacía una antigua herida.
—Pues agradece que la gente perdona, porque, de otra
forma, nadie te soportaría.
Yareth se quedó tieso, con las manos como puños y
Sergio escuchó el rechinar de sus dientes. Estuvo por retirar
lo dicho, eso fue excesivo; sin embargo, Yareth cortó la
distancia y le dio un ligero empujón por el hombro.
—¡Noticia de última hora, prefecto! Nadie me soporta, ni
cuando soy la Madre Teresa de Calcuta.
Tenía el rostro rojo y vibraba como un gatito.
—Pues si vas con esa actitud, dan ganas de…
Sergio ya tenía la sangre hirviendo, ¿cómo podía existir
alguien tan exasperante?
—¿De qué? ¡Suéltalo!
Un empujón desconectó sus miradas.
—¡Hijo del pecado, Flores! Pero Dios te lleve al fuego
eterno —exclamó la hermana levantando su Cristo
crucificado mientras los separaba.
Sor Ramona regresaba de ir por una torta cuando
encontró a su alumno ejemplar y al más problemático, casi
a punto de irse a los golpes. ¡No podía dejar las cosas así!
Lástima que la Sor no se dio cuenta que el Cristo estaba de
cabeza. Y no sé tú, pero así no se puede hacer un exorcismo
funcional.
—Sor Ramona, ¿no somos todos hijos del pecado? Ya
sabe, de dos personas que le dieron contra el muro. ¿O
necesita que le explique con las abejitas y las flores?
La hermana tomó el atomizador de agua bendita que
llevaba como si fuera una pistola enfundada y roció al chico
mientras rezaba un Ave María a la velocidad de la luz.
—¡No, no! El pelo se me esponja y eso no se ve sexy.
—Flores, no puedes estar peleando con tus compañeros.
Tu abuela estaría muy triste.
Yareth abrió la boca, incrédulo.
—¿De qué va esto? Ya de una vez tomémonos las manos
y cantemos. ¿Cómo iba? Ah sí, Cordero de Dios que quitas el
pecado del mundo ¡Perdónanos!
—Estás exagerando, corderito —picó Sergio con burla.
—¡Mgm!
El menor alzó los brazos para replicar, en su lugar,
volaron margaritas, como si fueran serpentinas. Sergio alzó
las cejas, francamente impresionado, mientras Yareth
tartamudeó sacudiéndose las flores, haciendo que una de
ellas cayera en la cabeza de Sergio.
Además de temblores y alas, la magia de Yareth era hacer
plantas, las flores, su especialidad.
Rojo hasta las orejas, con ese nerviosismo que lo hacía
ver adorable, seguía intentando parar las margaritas…
Sergio intentó no pensar en lo tierno que se veía, aunque
era inevitable. Yareth era como un gato erizado que no
quiere que lo toquen y eso mismo solo incrementaba las
ganas de querer molestarlo.
Sergio detuvo el tren de pensamientos. Una vez
interpretó mal esas señales y no estaba dispuesto a
cometer ese error de nuevo. No soportaba a este chico y así
se quedarían las cosas por su propio bien.
—El profesor ya no llegó —escuchó decir a Víctor. El chico
había caminado desde el edificio y tomó la margarita que
estaba en la cabeza de Sergio y se la colocó en el pelo—.
Creo que me va. ¿Qué opinas?
—Diría que no es lo tuyo —dijo el prefecto y se giró para
mirarlo, Víctor tenía rasgos más duros y atrevidos; su
cabello castaño rojizo le concedía un aire transgresor. Era un
chico guapo también, aun así, las flores no le iban. Pasó los
dedos detrás de su oreja y le retiró la margarita—. Me quedo
con esto.
Víctor inhaló con fuerza, sus ojos brillaron un momento y
luego alguien hizo sonidos de asco.
—Creo que vomitaré —dramatizó Yareth.
—Pues yo te veo muy compuesto —le refutó Víctor
saliendo del trance—. Creo que ya puedes ir a tu salón, ¿no?
—¡Infiernos! ¿Es que este no es un país libre? La próxima
vez dale el recado a tu amigo —recalcó Yareth hacia Revilla
—. No soy una princesita. Que deje su complejo de héroe
para quien se lo quiera comprar.
Yareth se soltó el cabello, se llevó la liga a los dientes y se
marchó enfurruñado.
—Su expediente de reportes va creciendo. A este paso, sí
que pierde la carta de buena conducta —soltó Sor Ramona
mientras tomaba asiento en su escritorio, Sergio la siguió—.
¿No habrá forma de que lo hagas entrar en razón? Me
preocupa cuando pase a 5to.
—Supongo que ha escuchado los rumores —dijo Sergio
rellenando el reporte de la falta del profesor y el
consiguiente módulo libre—. Sería la última persona que
podría influirle o hacerle entrar en razón.
—¿Son… son verdaderos? —preguntó la monja—. ¿Incluso
ese que dice que fue culpa de Flores cuando te rompiste la
pierna? Ya sabes, el rumor de hace dos años.
Sergio torció la sonrisa sin mirarla.
—Oh, la pierna no fue lo único que me rompió ese día.
El recuerdo aún le amargaba el paladar.
—¡Cristo crucificado! ¿Qué pasó?
Un silencio tenso creció y Sor Ramona se removió en su
asiento.
—Por cierto, Sergio, ¿Conseguiste que Poetisa Anónima te
dejara en paz? —preguntó Víctor para cortar el ambiente.
Sor Ramona levantó las cejas.
—¡Qué desagradable sujeto! Sus relatos son horribles,
Castillo. No te mereces que alguien te haga eso. Espero que
no sea uno de nuestros alumnos, lo expulsaríamos de
inmediato.
—¿Lee Masticamelox? —preguntó. La monja se ruborizó,
sus ojos se desorbitaron—. ¿Ve, Sor? Hay cosas que son
mejor no saber.
Nunca tendré tu amor
Poetisa Anónima:
¿Dónde está mi crítico literario favorito?
Poetisa Anónima está escuchando �� Aventura- Obsesión
Sergio Castillo estudiante #626:
Por tu desempeño estoy seguro que soy tu único crítico
literario. Aunque pensé que era tu muso sexual.
Poetisa Anónima:
No es para tanto, los relatos que llevan tu nombre se
venden mejor.
Sergio Castillo estudiante #626:
Así que soy eso, un recurso mercantil.
Poetisa Anónima:
¿Qué esperabas? ¿Ser el amor de mi vida?
Sergio Castillo estudiante #626:
¡Jamás aspiraría tan alto!
Poetisa Anónima:
Bien ¿tienes para mí una crítica de Dame de tu lechita
caliente antes de dormir? Sería un honor, debes entender
que, en mi calidad de escritor anónimo, no suelo recibir
opiniones de mis asiduos lectores.
Sergio Castillo estudiante #626:
¿Cómo eliges los nombres? ¿Sacas un diccionario de palabra
de mal gusto, lo abres en una página cualquiera y tomas la
peor combinación posible?
Poetisa Anónima:
¡Es una gran idea! Aunque es inviable porque no he
encontrado en la biblioteca un diccionario como ese.
Sergio Castillo estudiante #626:
Qué sorpresa.
Poetisa Anónima:
¿Entonces? ¿Qué opinas?
Sergio Castillo estudiante #626:
Exagerado y desproporcional, nadie puede venirse con tanto
líquido. Quedarías seco. Además del desastre en la
habitación.
Poetisa Anónima:
Cuando me hablas (escribes) con tanto realismo, siento que
has pensado seriamente cómo coger en tu habitación sin
manchar la alfombra. No te culpo, este pueblo no tiene
moteles después de todo.
Sergio Castillo estudiante #626:
La fantasía está bien, pero también se tiene que ser
práctico. No puedes ir por ahí improvisando todo.
Poetisa Anónima:
A mí me encantaría improvisar contigo.
Sergio Castillo estudiante #626:
Ya has improvisado suficiente en tus relatos, gracias.
Poetisa Anónima:
¡No lo suficiente! Pero ya, la neta, no pareces el tipo
demasiado interesado en sexo loco y así.
Sergio Castillo estudiante #626:
¿Qué te hace creer que no tengo interés en eso?
Poetisa Anónima:
Además de tu actitud escandalizada y mojigata por unos
simples cuentos… Pueblo chico, infierno grande,
¿recuerdas? Si se te hubiera visto con alguna chica o chico
por ahí, en ese humor, estarías en boca de medio mundo.
A estas alturas todos en la prepa han tenido un chisme
picante por ahí, desde los que se metieron mano en el
parque, hasta a los que cacharon dándose no precisamente
consejos detrás de la iglesia.
(¿Soy yo o es sexy tener sexo en una iglesia?)
Sergio Castillo estudiante #626:
Precisamente no me apetece estar en boca de todo el
mundo con esa imagen. Si ya es complicado quitarme de
encima a esos «admiradores», no quiero pensar en cómo
sería si pensaran que me acuesto con cualquiera.
Lo que no quiere decir que no tenga fantasías o interés en
estar con alguien.
(Eres tú. El sexo público no es sexy)
Poetisa Anónima:
Ah. Así que hay alguien en específico.
(Hasta que no pruebes… nunca digas nunca)
Sergio Castillo estudiante #626:
Muy específico. ¿Algún problema?
(Presiento que un día van a detenerte por indecencia
pública)
Poetisa Anónima está escuchando �� Coti – Nunca tendré
tu amor.
Poetisa Anónima:
Deduzco, porque has usado «estar» en vez de «estoy», que
Melissa no es. ¿Quién es? ¡Si le gustas a toda la prepa! ¿Qué
te detiene?
(Algún día te convenceré de volverte indecente en público y
en privado)
Sergio Castillo estudiante #626:
Cálmate, detective, tienes un error de novato: Presuponer
que le gusto a todo el mundo.
(Sigue soñando)
Poetisa Anónima:
Pero es que… ¿Estás seguro que no le gustas? ¿Seguro,
segurísimo?
(Soñar es gratis y luego escribo lo que sueño y me pagan)
Sergio Castillo estudiante #626:
Tan seguro como que se lo dije de frente y me envió al
infierno.
(Lo peor es que no te da vergüenza decirlo)
Poetisa Anónima:
Difícil de creer. Quién hubiera dicho que el chico más
solicitado sería rechazado por alguien.
Las ironías de la vida.
(Todo trabajo es digno, dicen)
Sergio Castillo estudiante #626:
Por lo menos finge que no te alegra.
(Dicen)
Poetisa Anónima:
Me intriga, también me divierte, es como… ¿Karma? La lista
de confesiones que te han hecho da para papiro egipcio o
lista de regalos de Santa. Y la única persona que te gusta,
no te pela.
¿O eres de los que precisamente, porque no les hacen caso,
se sienten más atraídos? Igual debo hacerme el difícil.
Sergio Castillo estudiante #626:
Piensa lo que quieras.
Poetisa Anónima:
¿Y no has intentado sacártela del sistema con otra persona?
Dicen que funciona, yo me ofrezco en sacrificio. ¿No te
despierta cierto morbo saber que hay un desconocido que
escribe relatos tan pasionales donde eres tú el
protagonista?
Vamos, seguro que hago mejor papel que tu amor platónico.
Poetisa Anónima:
¿Sergio?
Poetisa Anónima:
Era broma. ¡Era broma, Sergio!
<zumbido>
<zumbido>
Poetisa Anónima:
¡Sigues conectado!
Sergio Castillo estudiante #626 se ha desconectado.
Poetisa Anónima:
Ya no, pero sé que sigues ahí.
<zumbido>
<zumbido>
Retorciendo lo no dicho
¿Cómo sobrevivir a tu enamoramiento por el chico
inalcanzable al que le entregaste tu alma como un palurdo?
Una guía básica de Yareth Flores:
A) Nunca, jamás, le externes lo que sientes y muere con
tus sentimientos enterrados. Colocas en tu epitafio «Muy
pendejo y cobarde como para declararse en condiciones».
B) La mejor y por tanto imposible: no ser tan idiota como
para enamorarte en primer lugar.
C) Si nada funciona, ámalo tanto hasta que te odie. O
hasta quedar tan comprometido emocionalmente que
tengas el corazón hecho cachitos.
Yareth no se consideraba masoquista.
¿Un poco? Bueno, en el amor, todos somos un cachito
masoquista.
Él no ideó un plan maquiavélico para engañar a Sergio
Castillo. Si tenía culpa de algo, había sido continuar el
jueguito, ¿cómo resistirse?
Sergio fue su primer amor, de esos que te golpean
cuando menos lo esperas y se te meten tan en los huesos
que los años no menguan el anhelo de una mirada.
Intentó arrancárselo, deslavarlo año tras año desde el
primer rechazo. Buscó otros ojos, convino encuentros y
entabló conversaciones que no despertaron ni un atisbo de
lo que la sonrisa de Sergio le hacía sentir. Así, Sergio se
convirtió en su segundo amor y con la tragedia que siempre
marca al primero, tampoco fue correspondido.
El segundo rechazo fue el que más dolió, ahí se prometió
que no importaba qué sucediera en el futuro, Yareth no iba a
albergar esperanzas de nuevo. Si no podía quitarlo de su
cabeza y de su corazón, por lo menos guardaría apariencias
y protegería lo que le quedaba de amor.
Pero era tonto, joven y pasional.
Parado frente al calendario de su habitación, marcó el día
del fin de curso en septiembre. Solo tenía que sobrevivir a
su propia incoherencia interna hasta ese día. Sergio se iría y
podría poner punto final a ocho años de amor unilateral.
¿A qué estaba jugando al mensajearse con él? ¿Qué era
realmente lo que quería conseguir?
No lo sabía. Pero descubrir que Sergio ya estaba
enamorado de alguien, seguro que no era una de esas
cosas.
Con todo eso, cuando la notificación del prefecto brincaba
en la pantalla de su sesión la sonrisa estúpida se le pintaba
en el rostro, las puntas de sus dedos cosquilleaban y el
estómago se le llenaba de duendes sobre un trampolín.
Pero cuando regresaba a casa, su autodesprecio ganaba
la batalla en su cabeza y le reprochaba su falta de orgullo.
La idea de que estaba mendigando cariño se le pegaba
como el horrible sudor del verano, no importaba donde se
escondiera.
El teléfono fijo sonó y Yareth corrió a la pequeña sala. Si
hubiera tenido un localizador de llamadas, el chico no
hubiera contestado, pero no podía saber que al otro lado
estaba su madre. Cuando escuchó el clásico «¿Bueno?», un
espasmo endureció su cuerpo, su voz no logró encontrar
salida.
—¿Mamá? —preguntó Soledad al otro lado de la línea.
—La abuela no está —respondió él con la voz pastosa.
Su madre hizo un sonido extraño, incómodo. El corazón
violento en su pecho era algo tan audible que Yareth tuvo
miedo de que sonara incluso por el teléfono.
—Bien, hablaré después.
Cuando Yareth estaba por colgar, el auricular le fue
arrebatado, maldijo bajo porque precisamente eso era lo
que quería evitar.
—¡Chole! —gritó su abuela y una pausa larga le indicó a
Yareth que su madre seguía ahí—. No se trata del dinero y lo
sabes. No está bien lo que estás haciendo. —Consuelo miró
a Yareth con preocupación y él solo se encogió de hombros
—. Es tu hijo, Soledad. Los dos te necesitamos aquí.
—Yo no la necesito —soltó Yareth con los ojos rojos. El
pecho le dolía y tenía el cuello tan tenso que le costaba
moverse—. Estamos mejor sin ella, amá[3].
El semblante herido de su abuela le partió el alma. Yareth
sabía que no era justo que la mujer tuviera que elegir entre
su hija y su nieto. Aún con eso el chico no estaba dispuesto
a decir mentiras en este asunto.
—Está bien, él está bien. Aunque deberías verlo por ti
misma. Sí, m’hija[4]. Cuídate.
Consuelo colgó. Yareth ladeó el rostro porque las lágrimas
arañaban su garganta; Úrsula se frotó contra su mejilla y él
acarició su cabecita.
Su abuela lo abrazó.
—Estoy bien —susurró.
—Mi niño, no tienes que hacerte el fuerte todo el rato,
¿sabes?
Consuelo lo apapachó contra su pecho y él se dejó, pero
no estuvo de acuerdo. Tenía que ser fuerte todo el rato, de
eso se trataba vivir. ¿Cómo habría pasado su infancia si no
fingía ser fuerte? ¿Cómo habría hecho frente a su madre, a
los médicos o los imbéciles compañeros que lo molestaban?
—Me ahogas, amá.
Consuelo se separó y le arregló el pelo con ternura,
cuando su mirada bajó un poco y el semblante de su dulce
abuela se convirtió en el de madrastra maligna.
—¿Por qué traes el uniforme así, Yareth Flores? ¿Estás
metiéndote en peleas otra vez?
No lo estaba. Por lo menos no como en su infancia, los
adolescentes van encontrando formas más sofisticadas — y
crueles — de golpear donde duele.
—El partido… me fui contra un árbol.
Su abuela se carcajeó. Yareth terminó contándole su
aventura de esa tarde.
—¡Anda, tráeme el costurero!
Yareth obedeció. En un momento estaban en la cocina y
su abuela se ajustaba torpemente los lentes que ya no le
servían muy bien, porque las cataratas estaban ganando
terreno en sus castaños ojos. Él ensartó la aguja y
desenredó el canuto negro porque el blanco siempre lo
usaban para las pócimas y los productos de su tiendita.
—Así que el hijo de Joaquín te cargó hasta dirección…
—No empiece, amá, ya no me gusta Castillo.
—El único acto de cobardía es mentirse a sí mismo. ¿Qué?
¿Crees que vengo de bajar chivos a cuescos? Cuando tú
apenas vas, yo ya vengo, escuincle. Léele tus libretas rosas,
apuesto mi viejo e inútil ojo a que también le gustas.
Yareth azotó la cara en la mesa. El recuerdo de ese
noviembre, de las risas, el balde de agua residual y las
crueles palabras de Sergio bailaron en su cabeza para
recordarle que no, eso no era posible.
—Eso solo pasaría en mis sueños y ni caso tiene soñar. En
unos meses estará lejísimos de aquí y… —Yareth procesó
bien las palabras de su abuela—. ¡Mamá! ¡No puede ir
leyendo mis cosas privadas!
—En mis tiempos no existía la privacidad.
—Ay, amá, en sus tiempos no existía ni la electricidad.
¡No, la chancla [5]no! ¡Ay!
Úrsula aplaudió con cuatro patas.
Yareth se consideraba un chico que no se dejaba vencer,
se defendía siempre e iba a contracorriente de las
habladurías de Tierra Dulce, pero con Sergio era un
pusilánime. Porque, como toda persona a la que se le
quiere, esta tiene el poder de hacerte pedacitos con una
sola palabra.
La voz de su orgullo le gritaba que lo olvidara, que se
alejara tanto como fuera posible. Pero la otra, la de su
corazón con retraso mental, proporcionalmente relacionado
a sus hormonas juveniles, decía otra cosa. Yareth Flores no
podía acercarse a Sergio, no de forma honesta. Pero
¿Poetisa Anónima?
Tal vez era una oportunidad. Tal vez ni Sergio, ni ningún
otro chico, ya que estaba en ese modo de pensar, hacerlo lo
más fatalista posible era la opción correcta, podía
enamorarse de él siendo él: el nieto de la loca del pueblo, el
rarito «hermafrodita», el Chico Problema que una vez casi
acaba con el lugar. Si quitaba todas esas descripciones que
no le pertenecían, todas esas etiquetas malgastadas… Si
solo se conocían sin esa armadura…, entonces, tal vez,
sentirían un poquito lo mismo.
—Sol de mi vida… —cantó su abuela. Sus ojos arrugados
y de párpado caído, con las manchas de la edad haciendo
constelaciones en sus manos.
—Luz de mis ojos…—continuó Yareth.
Y tararearon hasta que el agujero en la camisa se
convirtió en una fila de puntitos negros, como cicatriz.
Tú ni me ves
Sergio Castillo estudiante #626 ha cambiado su nombre a
“ Sergio ”
Poetisa Anónima está escribiendo…
Poetisa Anónima está escribiendo…
Sergio:
¿Qué te está tomando tanto tiempo?
Poetisa Anónima:
¡Por la diosa Coatlicue! Casi me matas del susto ¿Estás
espiando mi chat o qué?
Poetisa Anónima está escuchando �� Nikki Clan - Mírame
Sergio:
Te gustaría.
Poetisa Anónima:
Pues sí. La esperanza es lo último que muere… Oye, he
estado borrando el texto porque soy un poco (muy,
muchísimo, muy) malo para disculparme. Lo pensé después,
si un tipo anónimo con actitud de viejo verde me dijera
cosas por Messenger y se metiese en lo que no le importa,
lo bloquearía en el acto.
Sergio:
Cambiar eso es fácil, me dices quién eres y listo.
Poetisa Anónima:
Ajá y luego tú me reportas y me quedo sin salario.
Sergio:
O expulsado de la escuela porque, obviamente, estás en la
escuela.
Poetisa Anónima:
Para nada, soy un viejo verde.
Sergio:
¿Eso significa que eres un cuarentón?
Poetisa Anónima:
Lo preocupante es que creas que un «viejo verde» tiene
cuarenta años.
Lo único cuarentón aquí es tu actitud. Aun así, me gusta
hablar contigo.
Sergio:
Yo me pregunto por qué sigo haciéndolo. Es extraño.
Poetisa Anónima:
En mi defensa, no hemos hecho nada incómodo. En la vida
real, quiero decir.
Además, tú me escribiste primero.
Sergio:
Te contacté para apelar a tu buen juicio y que dejaras de
publicar sobre mí. Como es notorio, no he tenido éxito.
¿Por qué no dejas de hacerlo? Me molesta y lo digo en serio.
Poetisa Anónima:
¿Tienes fobia al ridículo?
Sergio:
No más que tu ausencia de decencia social.
Poetisa Anónima:
¡Uy, no toques ese tema! Vale, vale. Lo siento.
(¿Hoy es mi día de disculparme por todo?)
Es verdad que cuando empecé a escribir no fue por… no lo
hice para molestarte o afectarte.
Nunca lo he hecho con esa intención. Escribir es mi manera
de expresar cosas. Bueno, fantasías, como puedes leer.
Lo hago en un cyber, las escribo rápido. (Supongo que parte
del motivo de que sean tan malos, según tú). Un día alguien
me leyó y me invitó a su revista. No lo pensé mucho porque
necesito el dinero.
Poetisa Anónima está escuchando �� Nikki Clan - No Me
Digas Que No
Sergio:
¿Y no lo puedes hacer con otros personajes?
Poetisa Anónima:
Es divertido hacerlo contigo.
Sergio:
Eres un cabrón, no es agradable que me uses para ganar
dinero. No te diviertas mucho a mi costa, no me conoces
enojado y no quieres hacerlo.
Poetisa Anónima:
¿Lo haces a propósito?
Sergio:
¿El qué?
Poetisa Anónima:
¡Alimentar mis fantasías! Sergio enojado, gruñendo jajaja,
juro que me lo reservaré y no lo usaré para una historia,
pero no puedes decir que no es sexy.
Sergio:
¿Eres masoquista?
Poetisa Anónima:
Si es contigo, me lo puedo plantear.
Sergio:
Oh dios, deja de ser tan idiota, mejor ayúdame ¿Cómo
demonios pones la música que escuchas en tu estado?
Poetisa Anónima:
Debajo de tu nombre, en la flechita “Turn of What I am
Listening Now” ¿No se supone que eres gamer?
Sergio:
¡Mierda qué miedo! ¿Cómo sabes eso?
Poetisa Anónima:
Tienes un club de fans que publican todo en su metroflog.
¿No te has fijado? ¿Quieres el link?
Sergio:
No. Quiero poder dormir tranquilo, no estar pendiente de
que alguien salga debajo de mi cama para tomarme fotos.
¿Qué carajos pasa con esta gente?
Poetisa Anónima:
Quién lo diría, siempre tan correcto y aquí no paras de
maldecir.
Sergio:
Es que solo tú me haces maldecir.
Sergio está escuchando �� Héroes del Silencio – La chispa
adecuada
Poetisa Anónima:
Ay, Sergio, me halagas.
Sergio:
Lo haré más seguido, seguro.
Mi primer acosador
Antes del Fatídico Miércoles, si detenías a cualquier
persona por la calle y le preguntabas de dónde sacaban la
certeza del odio mutuo entre Flores y Castillo, la opinión se
dividía en dos situaciones muy concretas.
Un alto porcentaje te diría que con el show que armó
Yareth en el concurso de Señorita Santidad & Castidad, el
otro porcentaje pondría la gota que derramó el vaso para
hacer a ese par los peores enemigos en la Exposición
Psicomágica de Tierra Dulce.
Ninguno de los dos grupos estaba equivocado; tampoco
podemos decir que acertaron. Los dos eventos fueron
importantes para el pueblo y vinieron a remarcar las
diferencias entre estos dos chicos.
Era un hecho universal que las monjas necesitaban dinero
para mantener sus misiones de monjas y cosas que dicen
que hacen y son necesarias para el bien común.
Común de quién, no lo sabemos.
Pues Señorita Santidad & Castidad era una actividad de
esas, un concurso de belleza que se negaba a ser llamado
de tal forma y que se realizaba en julio. Participaban solo las
chicas preparatorianas. Primero, se armaba un discurso que
no tenía ni pies ni cabeza donde la candidata decía todas
las cosas que pensaba que mejorarían la escuela; luego,
había un baile semicoreografiado y, al final, la que recibiera
más flores en el evento, ganaba.
Las monjas decían que cada flor era una bendición de
buena voluntad que significaba que era querida por el
pueblo. Nada que ver con el hecho de que ellas eran
quienes vendían las flores, eso solo eran coincidencias,
procesos escolares, solo eso.
¿Qué tienen que ver Sergio y Yareth en este asunto?
Bueno, este fue más un conflicto de lealtades; Sergio
regresó a clases luego de una ausencia prolongada que le
hizo perder el año: su madre había enfermado de gravedad
y él fue su soporte en la odisea del diagnóstico. Cuando
regresó a clases tuvo que repetir 5to. semestre. El salón en
el que estuvo toda la vida y los compañeros con los que
creció, ya no estaban. Se graduaron antes que él.
Entró a un nuevo grupo, con chicos menores que lo veían
con esos ojos extraños de admiración que le hacían sentir
incómodo. No merecía admiración, fracasó. Ahora no tenía
el control y el control siempre le dio seguridad.
Melissa Mestas fue la única chica que no lo trató como si
fuera una celebridad. La maestra de Empatía & Habilidades
Psíquicas II los colocó juntos. Probablemente porque Sergio
era deficiente en el área que tenía que ver con sentimientos
y emociones ajenas, mientras que Melissa era una empática
muy capaz, la razón por la que sabía decir y hacer lo que la
gente esperaba de ella. Detectaba pequeñas mentiras y
también deseos emocionales, de esa forma dulce y
manipuladora que fue muy obvia para Sergio desde el inicio
y que, sin embargo, tampoco era malvada en sí.
Una chica de diecisiete años como cualquier otra,
intentando encontrar su espacio en esa selva de concreto.
¿Cuántas veces no hemos visto esa historia de amor?
Chico popular que se enamora de la única chica que es
inmune a sus encantos. La excepción a la regla. Un clásico.
Todos los demás pensaron lo mismo porque la presencia
de Melissa repelía en gran proporción los acercamientos
incisivos de sus compañeros. Dejó a Sergio tener, en la
medida de su popularidad, un salón normal de clases.
Se decía que era porque Melissa era perfecta y él
perfecto, no cabía nadie en el medio de ellos.
—Si tú me ayudas será pan comido —le dijo Melissa esa
tarde mirando el póster de la convocatoria.
Ya estaban a mitades del semestre; julio llegó con sus
vientos fuertes y extrañas lluvias que solo subían el
bochorno caluroso de los suelos. Las tardes eran húmedas,
el pueblo se llenaba del sonido de las gotas al evaporarse
contra la piedra caliente.
—¿Piensas participar en esto?
A Sergio le costaba entender que alguien gastara
recursos en actividades no escolares, Melissa no se inmutó,
en vez de eso, sonrió con malicia.
—Eres una arpía inteligente —dijo Víctor, que se guardaba
el póster en la mochila—. Si apoyas su candidatura, si te
paseas por todos lados como si ella fuera un tesoro
preciado, vas a subirle muchos puntos.
Sergio levantó una ceja, Víctor le guiñó el ojo. Compartían
la vena competitiva y eso les ayudaba a crear metas
conjuntas, aunque no disfrutaba los eventos superficiales
como un concurso de belleza, la palabra concurso ya
encendía la sangre por sus venas.
—Querido —dijo Melisa colgándose del brazo—, hay dos
tipos de reacciones en estas cosas: celos y envidia o
admiración y cariño. Los detractores pueden despotricar y
odiarme, pero quienes me quieran me comprarán flores y
en eso hay que centrarnos. Solo diviértete y yo me encargo.
Sergio la miró tan confiada en su plan y si algo sabía es
que hay que tener más de un plan.
—No. Si me involucro es para verte ganar, tómatelo en
serio. No pido menos.
Melissa hizo un puchero, luego de valorarlo, sellaron el
acuerdo con un apretón de manos.
—Ahora somos un equipo electoral —bromeó Víctor
echándoles el brazo a ambos.
La chica estaba destinada a ganar esa edición.
Luego de inscribir a Melissa, Sergio empezó a organizar
toda la campaña de votos, fue en una de esas ocasiones
cuando sintió que lo observaban a la distancia.
Era usual, estaba bastante acostumbrado a que sus
compañeros siguieran cada uno de sus movimientos, a que
cuchichearan por lo bajo sobre su vida o directamente que
lo siguieran a la distancia.
Su método usual era fingir que no se percataba,
ignorarlos de forma amable. Sin embargo, esa dulce
sensación bajando por su columna se debía a que los ojos
que lo perseguían eran los de su primer acosador.
Acordarse de eso era agridulce.
Recién se había mudado a Tierra Dulce en 2001, tenía
doce años y su magia estaba ramificándose para definir
cuáles serían sus habilidades y encima ahora estaba en un
lugar lleno de gente como él. Adaptarse no era
precisamente fácil.
Su padre intentó que se relacionara con Ángel Leal. No es
que a su padre le gustase que Sergio perdiera el tiempo
haciendo amigos, es que creía que el hijo de uno de los
miembros más respetados del pueblo sería bueno para él.
El problema era que Ángel y él no tenían cosas en común.
Sergio ni siquiera quería hacer amigos; quería ser como
su padre y entregarse al trabajo.
Esa pudo ser su historia, la de un chico que desde
pequeño se convirtió en alguien autoexigente y
perfeccionista hasta un adulto workahólico trabajando
desde que salía el sol hasta que la luna se colaba por la
oficina.
Llegaría a un departamento frío y vacío, se mentiría a sí
mismo diciendo que tenía la vida que quería y, de vez en
cuando, se preguntaría si de haber tomado distintas
elecciones en su pasado, la vida sería diferente; solo para
aprender que los hubiera no existen. Pero bueno, esa no es
esta historia porque un día Sergio se dio cuenta quién lo
seguía.
Al principio pensó que era su imaginación, porque no veía
a nadie, aun así tenía la permanente sensación de una
presencia detrás de él.
Eran vacaciones de verano; en Tierra Dulce, el plan
escolar era distinto al del resto del país, los dos ciclos eran
de mayo a septiembre y de mediados de octubre a marzo.
Sergio no se había integrado a su nueva escuela, no conocía
a nadie y por tanto fue una sorpresa cuando por fin lo vio:
estaba oculto detrás de la esquina entre Constitución e
Hidalgo. En un pueblo como ese, lleno de callejones, tenía
escondites de sobra.
Lo notó porque en una de las empinadas se giró rápido y
el chico no tuvo tiempo de escapar, sus miradas se
encontraron y cuando intentó huir, se golpeó contra uno de
los árboles del camino. Aunque se levantó y corrió lejos, era
muy tarde para él. Sergio lo reconoció de inmediato: cabello
al mentón, rebelde y desgarbado. Lo recordaba claramente
de sus dos encuentros previos, a nadie se le podría olvidar
un terremoto de esa magnitud y una caída por pendiente.
No se hacía una idea de por qué, si quería acercarse a él,
no lo hacía de una forma normal. A veces lo encontraba
mirando desde la esquina de la calle contraria, esperando a
que él saliese. En otras lo cachó espiando por las ventanas
del balcón.
Sergio presintió que, si no hacía algo al respecto, un día lo
iba a encontrar debajo de la cama. Tomó acción cuando lo
vio agazapado en la rama del árbol que daba al balcón de
su cuarto. Cuando el niño se distrajo, Sergio abrió las
ventanas, se acercó lo más que pudo y lo llamó.
—Hey, Yareth.
Las alas del chico salieron como si fueran pan volando
fuera de la tostadora. Sergio tuvo una sensación parecida
en su lengua al pronunciar el nombre por primera vez.
Yareth volteó, miró a todos lados excepto a él.
—¡Yo! ¡Tú! ¡Eh! ¿Qué estás mirando? ¿Nunca has visto
alas de mariposa o qué?
—No. Son bonitas.
Sergio estiró la mano y acarició la orilla del ala, era fino
terciopelo de colores vibrantes. Yareth tartamudeó e intentó
apartarse.
—¡No lo son!
Tropezó y cayó de la rama, Sergio lo atrapó con las
cadenas y casi se matan porque aún tenía doce años y no
contaba con la suficiente fuerza para subirlo a salvo.
—¡Son bonitas pero inútiles! —cortó Sergio agarrándose
al barandal para no irse de boca.
Yareth voló por fin saliendo de la sorpresa y cayó dentro
del balcón.
—¡Me asustaste! —recriminó, guardándolas; Sergio se dio
cuenta que el niño era malo para recibir cumplidos o él era
malo para darlos.
—Me has estado siguiendo todo el verano —juzgó
mientras guardaba sus cadenas.
—¿Qué? Mgm, no. No… Bueno, no.
El niño se frotó el brazo donde descansaba una tira de
listón rojo.
—¿Quieres jugar Smash? —preguntó Sergio pensando que
Ángel corrió la voz del gamecube.
—¿Samash?
—Smash. ¿No es por eso que me estabas siguiendo? ¿O
es por otra cosa?
Yareth alzó ambas cejas.
—¿Estás insinuando que guardo motivos ocultos? ¡Claro
que no! Solo vine por eso que dijiste, esa cosa llamada
samash.
Sergio no tenía en sus planes hacer amigos, pero Yareth
siempre sería eso: el caos de cualquiera de sus planes. Se
apartó de la puerta y lo dejó pasar.
La fascinación en los rasgos de Yareth a todo lo que había
en la instancia le otorgó un poder que hasta ese momento
le era ajeno: el del saber. Sergio sabía cosas que Yareth no.
Desde qué era un videojuego hasta cómo se tomaba un
mando. Desde cuál era el mejor personaje y por qué
siempre escoger a Kirby era la mejor opción, aun cuando
Yareth insistía en tomar a Camus.
Nunca acordaron seguirse viendo, fue algo que solo pasó.
Yareth tocaría la ventana, Sergio la dejaría abierta para él y
luego se quedarían la tarde jugando o recostados en la
alfombra mientras Yareth le leería, con su torpeza de diez
años, los libros de la escuela.
Alguna vez tapizó el cuarto de flores mientras leía un
cuento llamado Amistad por Carta, Cristina llenó dos
jarrones con ellas. Fue un buen verano. Pudieron ser
amigos, pudieron ser algo más. Pero de haberlo sido, esta
historia habría acabado mucho antes.
Dos bisagras de malos entendidos desmoronaron lo que
se construyó en ese verano.
Sergio entró a secundaria y Yareth pasó a quinto de
primaria.
Desde el primer día Sergio escuchó los rumores sobre la
«Loca Consuelo» y el «Chico problema». Aún con esa
información, tenía doce años y no comprendía cuál era el
punto de la crítica, cómo le afectaba o qué tenía que hacer
con esa información.
Pero lo averiguó, junto con la primera bisagra que salió
volando que fue la simpleza de un crush infantil.
—¡Ángel me besó! Estúpido, estúpido, estúpido.
Sergio miró a Yareth rodar frustrado por toda la alfombra,
pataleaba y ahogaba grititos. Entró por la ventana como un
tifón, uno pequeño y delgado pero devastador.
—Cálmate, no es para tanto.
—¿No es para tanto? Mgm. —Yareth se enderezó, se
portaba como si le acabara de decir que la magia no existía
—. ¡Era mi primer beso!
—No pudo ser tan horrible.
—Deja que Ángel te bese y luego lo hablamos.
—Es diferente, estás siendo escandaloso cuando fue un
accidente entre amigos.
—¡Ese no es el punto!
—¡Es solo un beso, niño!
El pequeño tifón entró en fase cuatro: boqueó, levantó los
brazos como pidiendo ayuda divina y luego de unos
segundos de drama innecesario, se giró hacia él que seguía
sosteniendo el control del Gamecube.
—¿Qué?
Yareth hizo un puchero y luego se lanzó sobre él. Sergio
comprobaría seis años más tarde, que el niño solo sabía dar
besos así. Lanzados y torpes.
Aunque el beso era un eufemismo, fue un roce de labios y
un golpe de frentes.
—¿Sigue sin ser para tanto? —preguntó sobándose la
marca roja de su frente.
Sergio abrió y cerró los ojos un par de veces, aún con
incredulidad antes de echarse a reír. Yareth era caótico y al
mismo tiempo tierno. Pescó su nariz y la zarandeó.
—Mmm por eso no me gusta tener amigos tan mocosos
—soltó al borde de las lágrimas.
—¿Amigos? —Yareth se alejó con el ceño fruncido—. ¡Yo
nunca quise ser tu amigo!
Sergio dejó de reír en el acto. ¿Qué se suponía que
estaban haciendo entonces? Obviamente Sergio no pensó
que el niño estaba indispuesto a caer en la friendzone.
Aún con diez años, Yareth era un soñador despierto. Él ya
tenía amigos, no quería otro. A diferencia suya, Sergio no
tenía ninguno.
Antes de que Sergio pudiera preguntar cuál era la
naturaleza de su relación, la voz de su padre cortó el
ambiente.
—¿Está en su cuarto? ¡Va a ver en este momento!
Sergio empujó a Yareth debajo de la cama, el niño
obedeció a regañadientes, luego comprendió el motivo
cuando la puerta del cuarto se abrió de forma violenta.
—¿Reprobaste?
Joaquín ondeó la boleta de calificaciones. Sergio negó.
—Fue un ocho.
—Eso es lo mismo que reprobar. Necesito calificaciones
perfectas, Sergio. Es tu única obligación, ¿entiendes?
—Pedí un trabajo extra para compensar.
Joaquín resopló, terminó asintiendo como si aprobara el
esfuerzo del niño. Luego de unos segundos en silencio, el
bigote espeso del hombre se retorció como si hubiera
probado algo amargo.
—Me dijeron que te vieron con el nieto de la loca del
pueblo. —El niño negó otra vez, su cuerpo temblaba,
aunque intentaba evitarlo—. Esa gente tiene mala
reputación, no te quiero ver con ellos. Así que dime
¿estuviste con el rarito ese? ¿Fue por eso que descuidaste
las calificaciones?
—Solo… solo jugamos un poco.
Su padre arrugó el semblante, se acercó con pasos duros
e implacables y Sergio se echó hacia atrás, miedo y rabia
subían por su garganta.
—Así que viene por esto. —Joaquín tomó el videojuego, la
magia de electricidad quemó el aparato por dentro hasta
que el humo impregnó la habitación. El olor a plástico
quemado se quedó en la memoria de Sergio como la mirada
amenazadora de papá—. Solo es un interesado, Sergio. No
le des lugar.
Los segundos siguientes al portazo del hombre fueron
tensos, silenciosos.
Yareth salió de debajo de la cama, se veía pálido, con los
labios resecos. El viento entró por la ventana y era caliente,
como el verano. Caliente y sofocante.
—Yo… Será mejor que no vengas más —dijo Sergio—. No
me deben ver contigo.
Aunque fue una frase de la que se arrepintió de
inmediato, no pudo deshacerla. Las palabras no pueden ser
retiradas, como tampoco las heridas que causan.
El niño no dijo nada, salió por la ventana y Sergio se
quedó con un sentimiento de rabia que se obligó a suprimir.
Así eran las cosas, no podía cambiarlas.
Años habían pasado, detuvo sus pasos y giró sobre su
hombro para mirar hacia el segundo piso, Yareth se echó
para atrás, aunque ya había sido descubierto, se aferró al
barandal y su piel empezó a ganar ese tono que subía por
su cuello como un camino de polvo rojizo.
—¿Tengo algo en la cara o qué me ves?
Sergio puso los ojos en blanco.
—Solo lo insoportable que eres.
Yareth le mostró el dedo medio.
Coqueteo nivel experto
Poetisa Anónima:
<Zumbido>
<Zumbido>
Sergio:
No te voy a mandar un zumbido.
Poetisa Anónima:
<Zumbido>
<Zumbido>
Poetisa Anónima está escuchando �� Ricchi e Poveri–
Será porque te amo
Sergio:
<Zumbido>
Poetisa Anónima está escuchando �� Calo - Formas de
amor
Poetisa Anónima:
Já, sí lo hiciste.
Sergio se ha desconectado.
Poetisa Anónima:
;w; ay
No te daría mi corazón ni por
error
Yareth no tenía ninguna razón para verse interesado en
ese horrible concurso, hasta que Andrea lo hizo y él era
capaz de mover montañas por sus amigos. Literalmente.
—Si quieres eliminar a tu némesis debes saber cómo
piensa y actúa. Debes mirarlo, seguirlo, pasar tiempo con
él… —decía Yareth mientras arrastraba a su mejor amiga
arriba de un árbol para espiar mejor cómo Sergio planeaba
meticulosamente la recaudación de flores para Melissa.
—Enamorarte de tu némesis, cogérte a tu némesis… —
Andrea dramatizaba el momento haciendo sonidos
obscenos que solo conseguían que Yareth se pusiera rojo y
la amenazara de muerte—. Pensé que ya superamos esta
parte de nuestra relación. Esa en la que niegas lo obvio y yo
me hago la idiota para no incomodarte.
—¿Negar qué?
—Que ya te volviste a clavar con Sergio. Eres bien
facilote, amigo mío.
—¿Quieres que te ayude o no?
Andrea se recargó en el tronco y suspiró.
—No quiero ganar, solo… —Andrea se llevó las manos a la
cara y ahogó un suspiro de frustración, su refresco en
bolsita casi se derramó—. Es estúpido, ya lo sé.
—No lo es —refutó Yareth para detenerla de sus
pensamientos que tenían voz propia y rumiaban como las
vacas—. Si tú quieres participar, te haré participar.
Andrea acababa de salir de un pozo de mierda emocional
para reconocerse como chica y Yareth no iba a permitir que
un concurso estúpido la hiciera sentir mal.
Cuando se conocieron, se llamaba Andrés y era uno de los
chicos que le hacían bullying a Yareth por ser
«Hermafrodita». A Yareth le encantaba corregirlo porque el
nombre correcto era intersexual. Se molieron a golpes un
par de veces.
A Andrea no le gustaba recordarlo porque en cuanto a
golpes perdió en todas las ocasiones.
Una tarde Yareth encontró a Andrés siendo golpeado por
sus supuestos amigos. Y a él le enseñaron que lo mejor era
defenderse que esperar otro golpe y se metió en una pelea
que no estaba siendo justa.
Así fue como Yareth descubrió que Andrés estaba
pasando por una fuerte crisis de identidad. Al inicio, Andrés
creyó que solo le gustaban otros niños. Conforme avanzó el
tiempo descubrió que no era eso, no en esencia. Andrés no
gustaba de ser Andrés, quería ser Andrea.
Yareth pasó por una experiencia complicada con su propia
identidad, ser intersexual y encima un nahual caótico lo
forzó a entenderse más rápido que al resto y conocía de
primera mano el pozo de confusión y soledad.
Aunque Andrés fue su bullying, Andrea se hizo su amiga.
La ayudó con todas sus fuerzas, pasaron tanto juntos que
fue inevitable que Andrea se uniera al Grupo de los
Marginados. Si bien no fue un camino de rosas, su amiga
por fin veía la luz y autonombrarse como chica le daba una
sensación de felicidad que quería reafirmar en el concurso.
En los papeles, en el uniforme, Andrea seguiría siendo
Andrés hasta que creciera y ella misma pudiera hacer algo
legal al respecto.
Yareth sabía la importancia de ser reconocido con amor
por los demás, así que se tomó el concurso como algo
personal.
—Dicen que ya están saliendo —dijo Andrea mirando por
encima del hombro de Yareth, señaló a Melissa.
—No estoy seguro.
—¿Por qué otra razón la estaría ayudando a ganar?
Yareth alzó los hombros.
—¿Amistad? ¿Simpatía? ¿Reconocimiento? Sergio es un
estirado, si es algo que lo hace quedar bien, lo hará.
—Apuesto por la palabra con n.
—Sergio es un Tonal no un Nahual, Andrea. Pensé que lo
sabías.
Su amiga rodó los ojos.
—La otra palabra con N.
—¿Necio?, ¿narcisista? ¿ñoño?
—¡Novio! Fíjate bien cómo la mira, yo digo que ya están
cogiendo.
Vale, Andrea no dejaba de ser su bully.
—Tipa insípida, maldita mosca muerta. Es la hora en que
no me explico qué la hace popular. ¿Qué tiene ella que no
tenga yo?
Aunque Yareth estaba seguro que la chica no sería el
«Alguien» de Sergio, no dejaba de pensar que, si hubiera
que elegir, él no sería la primera opción. Se sentía como
perder sin siquiera haber jugado.
—No te preocupes, tengo una lista: cabello largo y
sedoso.
—Yo también lo tengo largo.
—Se te esponja. —Yareth bufó y Andrea siguió—. Sonrisa
de dientes perfectos, ojos castaños preciosos. Es amable,
adorable, delgada; tiene buenas calificaciones, delicada, se
lleva bien con Sergio, tienen química. Son la pareja
perfecta.
—¿De qué lado estás, hermana?
—Del de la verdad.
Yareth le alzó el dedo medio. Se quedaron callados un
momento, el cielo amenazaba con llover, después de todo
era ese mes de aires calientes y lluvias que levantaban el
bochorno.
—¿Y Ángel?
—Su novio salió de la tierra y están teniendo una cita
fuera de la escuela. Ikal lo sacó a escondidas.
Yareth resopló. Si él le proponía a Sergio fugarse de la
escuela para una cita romántica, el chico solo iba a
reportarlo. Suerte que tenían algunos y aunque la envidia a
veces de verdad lo corroía, no podía ser más grande que la
felicidad de ver a dos personas que amaba tan felices
juntas.
Ángel podía ser demasiado alegre para su gusto e Ikal
demasiado emo, no se hubieran llevado bien de estar solos.
Para ser honestos, al inicio Yareth no quería convivir con los
Zavala. La familia paterna nunca es la más agradable ni
cercana, menos cuando el padre te abandonó. Beltrán, su
padre, los dejó cuando él tenía cuatro años.
«Te abandonó a ti, no a mí», le dijo su madre una vez.
Curioso fue que, unos años después, el hermano de
Beltrán llegase a Tierra Dulce con su familia, los Zavala.
«Ese pudo ser mi apellido» murmuró Yareth cuando conoció
a su tío, quien le garantizó que, aunque Beltrán se
desentendió, él no pensaba hacer lo mismo como familia
paterna.
Yareth no quería jugar a la casita con su pseudofamilia
perfecta. Ni Ikal ni Qadira le interesaban, una profunda
envidia y aversión hervía en su corazón y le costaba
aplacarla por lo que prefería poner distancia hasta que
Ángel Leal apareció.
Ángel era sonriente, ingenuo y empalagoso. Tanto como
para pegarlos y hacerlos un grupo unido. Sacaba lo mejor
de cada uno con su torpeza y mala suerte natural.
—Pensemos cómo hacerte Señorita Santidad y Castidad.
Insisto, no me molestan los concursos de belleza, pero ¿era
necesario lo de castidad? Eso es degradante para una vida
sexual activa.
—Has ido a demasiadas charlas de sexualidad —se burló
Andrea y él se vio obligado a sacarle el dedo medio otra
vez.
—Intersexualidad, todas en línea y te he obligado a
traducirlas porque mi inglés es un asco.
Andrea sonrió.
—Algún día habrá más información sobre nosotros, ya
verás.
—Algún día —convino Yareth pegándole en el hombro.
—Pero mientras ese día llega, ¿cómo piensas meterme en
el concurso? Las monjas ya se negaron.
Yareth miraba a Melissa y a Sergio revisando papeles, casi
parecían profesionales planeando una victoria aplastante.
Entonces Víctor llegó corriendo a la mesa, golpeó el hombro
de Sergio y susurró algo a su oído. Demasiado íntimo. Las
ramas crujieron como si el pobre árbol se fuera a partir en
cualquier momento.
—No lo sé, ya encontraré la manera.
—¿Sabes a quién no le niegan nada? —preguntó Andrea
con una sonrisa maliciosa—. A Sergio.
—Ay no. No. No. —Yareth iba a replicar cuando algo
estaba sucediendo en la mesa de Sergio, era Víctor
inclinándose de más—. ¿Eso fue un beso en la mejilla?
¡Árbitro! ¡Falta! ¡Tarjeta roja!
Se puso de pie sobre la rama, la tierra comenzó a vibrar.
Una grieta se abrió con la figura de un rayo hasta la mesa
de Sergio, todos brincaron en el acto.
—¡Flores!
Sergio miró en dirección al árbol sin titubeos.
—Creo que ya sabía dónde estabas.
—¿Tú crees?
Yareth esquivó las cadenas, tenía práctica detectando el
patrón de movimientos de Sergio y ese simple pensamiento
lo puso rojo. Voló fuera del árbol y pasó por donde estaban
Melissa, Víctor y el resto del séquito de fans de Castillo.
Sonrió con sorna cuando Sergio volvió a intentar cogerlo y
no pudo.
—Ven aquí, Yareth. Y no seré tan estricto.
—Considerando que no puedes atraparme, creo que no
estás en posición de amenazarme.
—No tientes a la suerte.
Eso fue un reto, los ojos como dagas del prefecto
auguraban que se estaba divirtiendo y eso hizo cosquillas
en todo el cuerpo del menor. Retrajo las alas.
—Creo que te estás oxidando, me siento capaz de
escapar de ti incluso sin volar.
Yareth partió a correr, todos a su espalda se quedaron de
piedra no creyendo que eso estaba pasando. «¿No es eso
muy infantil?» «¿Flores acabó perdiendo un tornillo?»
comentaron.
—Verás.
Sergio se fue detrás de él, Yareth brincó hacia el agujero
que era la preparatoria y cayó detrás del laboratorio, en esa
zona tapiada de árboles y cantera. Sergio le pisaba los
talones, la cadena golpeó sus pies, haciéndolo trastabillar,
con dar dos pasos en falso, se recompuso.
Los murmullos y gritos se quedaron atrás, por un
momento eran solo ellos dos.
Yareth ya se olía los problemas, sin embargo, sabía que
Andrea tenía razón. El poder de influencia de ese maldito
prefecto era más del que cualquiera en la escuela podría
tener. Él no iba a convencer a las monjas con palabras
bonitas, pero Sergio podría.
Se giró, manteniendo el trote de espaldas. Sergio se veía
implacable, como si fuera un miembro de la policía detrás
de un criminal con cartel de SE BUSCA, en vez de un
prefecto demasiado estirado.
¡Y qué guapo se veía! Yareth no admitiría en voz alta que
esa forma tan estoica del hombre le producía un escalofrío
delicioso y un fuego en las entrañas. Las rodillas le
temblaron y se forzó a ignorar la sensación.
—¡Quiero hablar contigo! —gritó cuando otro eslabón
golpeó el suelo y levantó el polvo.
—¿A qué se debe el honor? —preguntó el pelinegro al
detenerse, guardando las cadenas detrás de su espalda y se
cruzó de brazos.
Yareth se quedó agarrotado, con los ojos muy negros de
Sergio escudriñándolo, hacía dos años que no hablaban sin
intentar sacarse los ojos. No es como si hiciera falta,
después de todo, Sergio dejó muy en claro sus sentimientos
hacia él antes de que su madre enfermara y tuvieran que
irse una temporada al D.F. Al inicio para Yareth fue un alivio
no tener que verlo en la escuela luego de que le rompieran
el corazón.
Eso no evitó que una angustia perenne se instalara en el
fondo de su conciencia, una preocupación por la señora
Cristina y por el mismo Sergio. ¿Estarían bien? ¿Alguien
estaría cuidando de ambos? Yareth descubrió que ser
rechazado no significaba dejar de querer.
Para cuando Sergio regresó, Yareth se sintió aliviado y en
pánico al mismo tiempo. Ahora tendría que volver a lidiar
con Castillo y decidió que la única alternativa para poder
seguir haciéndole frente con su dignidad intacta, era fingir
que no le dolió ni una pizca.
Así que ahora pedir un favor era…
—¿Sabes si hay una manera en la que Andrea pueda…?
—No.
—Mgm, sé que no puede ganar solo queremos que
participe en la pasarela. Puedes estar seguro que tu
princesita tiene seguro el primer lugar.
Yareth intentó esconder el veneno de su voz, su cuerpo
no le obedecía.
—Yo no organizo el evento. Las reglas dicen que solo
chicas pueden participar.
—Podrías interferir, no finjas ser una palomita blanca
conmigo. No te va.
Estaban separados por solo un par de pasos, Sergio ladeó
el rostro y una sonrisa de superioridad se pintó en sus
labios.
—Podría. Pero dame una buena razón para hacerlo. ¿Qué
recibo a cambio?
Yareth era pésimo negociando. Siempre iba a la guerra sin
fusil y a los intercambios sin nada que ofrecer.
—¿La sensación de ser un buen samaritano?
—Ya lo dijiste, no soy una blanca palomita y la última vez
que te ayudé solo me llevé un par de insultos. No veo para
qué esforzarme.
Yareth tartamudeó buscando algo en su cabeza, su
orgullo le gritaba que debía dar media vuelta y mandarlo a
la mierda, pero el recuerdo de Andrea tan ilusionada cuando
él le aseguró ayudarla, no se lo permitió.
—¿Por favor, Sergi?
Apenas lo dijo se mordió la lengua. «¿Por qué acabo de
sonar como si estuviera batiendo mis pestañas como
Melissa?».
Sergio parpadeó con cierta incredulidad, su manzana de
adán tembló ligeramente y terminó dando pequeñas
negaciones que habrían tenido sentido para Yareth de no
ser por la tensión que notaba en su mandíbula.
«¿Qué le pasa?»
—¿Acabas de llamarme «Sergi»?
Yareth entonces cayó en cuenta que sí lo hizo. Nadie en la
escuela lo llamaba así, ni siquiera cuando se pasaba lista.
Yareth sintió la sangre subir por su cuello y empezó a contar
ovejas rosas saltando la cuerda para que el bochorno se
esfumara.
No funcionaba, el cerebro de Yareth tomaba caminos
misteriosos demasiadas veces. Su cerebro andaba en
ovejas, sus ojos en cómo los músculos tensos de Sergio se
marcaban bajo el uniforme, tan planchado y pulcro que
daban ganas de sacudirlo hasta hacerlo romper el silencio.
—¡Sergio! ¿Estás bien? —Víctor llegó detrás, le lanzó una
mirada exasperante a Yareth, quien se la devolvió con igual
intensidad. ¿Qué Víctor era su sombra o qué?
—Hacer eso es jugar sucio —susurró Sergio tan bajo que
Yareth no estuvo seguro de escuchar bien.
Luego enroscó sus muñecas con las cadenas y lo arrastró
a dirección. Yareth se juró, por cuarta o quinta vez en la
vida, odiar a Sergio Castillo hasta que lo enterraran tres
metros bajo tierra. Ese perfeccionista creído, no iba a
cambiar.
¡Jamás!
Sergio:
¡Me estás tomando el pelo! ¿Sexo en la iglesia?
Poetisa Anónima:
Sexy, eh.
Sergio:
Más vale que empieces a poner un letrero enorme que diga:
ESTO ES FICCIÓN, SERGIO CASTILLO NUNCA COGERÍA EN
UNA IGLESIA. AMÉN.
Poetisa Anónima:
¡Eso arruinaría el punto mismo de la ficción! Mejor usaré:
BASADO EN HECHOS REALES.
Sergio:
Te mato.
Poetisa Anónima:
Escala de valores de Sergio Castillo: sexo en una iglesia =
malo.
Asesinato pasional = aprobado.
Sergio:
Si te entregas ya, seré benevolente. No soy rencoroso por
naturaleza.
Poetisa Anónima:
Has de decirlo porque no te han hecho algo realmente feo.
Sergio:
Es posible, aún con eso no veo utilidad en envenenarme de
más.
Poetisa Anónima:
¿Y qué tal si ese alguien de quien estás enamorado te dijera
cosas crueles?, ¿eh? ¿No te dolería?
Sergio:
¿Qué no te lo dije? El chico al que me confesé tiene
experiencia diciendo cosas hirientes.
Sergio está escuchando �� Fobia - No Soy un Buen
Perdedor
Poetisa Anónima:
Suena a que tienes malos gustos.
Poetisa Anónima está escuchando �� Fobia – Veneno Vil
Sergio:
Seguro no son peores que los tuyos.
Poetisa Anónima:
Touché.
Flores en ramilletes
Yareth estaba dormido sobre la mesa del laboratorio,
escondido por la espalda de su compañero más alto, Andrea
intentaba llamar su atención. Primero probó con un simple
pss, luego con una bolita de papel y como no reaccionaba,
terminó lanzándole una lapicera que le pegó justo en la
sien.
Yareth iba a reclamar cuando recordó que estaba con el
profesor de Química Mágica y el tipo tenía poca tolerancia a
las interrupciones. Era por su divorcio, todos sabían que su
esposa lo abandonó para irse con el profesor de defensa
mágica que era más cool.
—Me encontré a Sergio en la entrada —dijo su amiga con
la cara pegada a la fría plancha—. Me dijo que logró
meterme a la pasarela, ¿captas?
—¿Qué…? ¿Qué te…? ¿Cómo? ¿Por qué?
—Voy a necesitar que me hagas una pócima para que me
crezca el pelo —chilló emocionada mirándose en el reflejo
que le daba la mesa laminada.
—¿Crees que si pudiera hacer una así de eficaz tendría
este pelo rebelde?
—¡Oh, vamos! esfuérzate por tu mejor amiga. Además,
vas a tener que darle las gracias. Obviamente esto lo ha
hecho por ti. Si no tienes lana, págalo con tu cuerpo.
—¿Por qué mierda lo haría por mí?
El chico se levantó azorado, insultado. El banco se fue
para atrás y no pudo evitar sentir los ojos de su profesor
atravesarlo.
—¡Flores!, ¡García! ¿Algo que compartir con la clase? —
Yareth negó—. Ya que tiene tantas ganas de hablar, venga a
darnos una demostración, Flores.
El profesor Omar tenía un oído mágico prodigioso, tan
prodigioso que así se enteró que su mujer lo engañaba.
Omar pasó a Yareth al frente, la mesa de exposiciones tenía
una pecera de cristal especial para contener ciertos niveles
de magia.
—Hoy vamos a revisar límites y contención, Yareth inspira
magia, la exacta para llenar el recipiente sin desbordarlo. —
El profesor movió la cabeza para que ilustrara sus palabras.
Yareth hacía florecer todos los días: en casa, en el colegio;
era tan sencillo como respirar, pero esa prueba era su
némesis—. Las emociones son un factor muy importante en
nuestras habilidades y lo es más una mente calmada y en
armonía. Su compañero siempre tiene emociones tan
fluctuantes que nunca pasa la prueba.
—Sabe profesor… estoy aquí.
El maestro lo ignoró y Yareth decidió hacer lo mismo y su
mente sin querer viajó a las palabras de Andrea. ¿Cómo
infiernos iba a darle las gracias a Sergio? Cuando tenía que
decir algo amable la lengua se le enredaba.
¡Iba a ser imposible! No tenía el valor.
No era difícil, era una palabra. Gra-cias. Dos sílabas.
No era decir: Te -Odio. Te -Amo. Me- Gus-tas. Ca-sé-mo-
nos.
Su corazón bailó con solo pensar esas vergonzosas
declaraciones. Dar las gracias no debía ser tan desastroso.
Solo debía mirar sus ojos negros, tan negros y bonitos y
recordarse que lo odiaba con el alma y escupirlo. Ya, asunto
zanjado.
Pero luego estaba lo otro ¿Por qué Sergio decidió
ayudarlo?
Me quiere.
No me quiere.
Me quiere.
No me quiere. ¿Y por qué me debería importar?, pensó.
Me importa.
No me importa.
Me importa…
—¡Se está saliendo de control! —gritó el profesor—.
¡Detenlo, Flores!
Yareth miró la pecera, brotaban camelias brillantes y
rosas, haciendo espirales. El chico se hizo hacia atrás y la
pecera reventó; las flores brotaron y brotaron.
—¡No puedo! ¡Por los trece infiernos!
Los compañeros empezaron a evacuar, el profesor intentó
llegar al extintor de magia, pero las camelias ya tapaban las
mesas y bloqueaban el paso.
—¡Llama a Castillo del sexto A!
—¡No, no! A cualquiera menos a él, yo lo arreglo, yo lo…
—gritó Yareth y como si las plantas se burlaran de él
acabaron por hacer kabom en el salón. Una explosión de
pétalos pequeños del color del helado de fresa.
Luego de minutos de desastre, las flores se detuvieron a
solo cinco centímetros de tocar el techo.
—Oyes… —sonrió Andrea saliendo de la piscina de
pétalos, apenas respirando y recostándose en la cama de
camelias, con la nariz rozando la pintura del techo—.
Podríamos vendérselas a las monjas para el evento. A
menos que quieras dárselas a Castillo. ¿Me repites el
significado de las camelias?
Yareth escondió su cara hirviendo.
—Cállate, por favor.
***
Cuando por fin el evento se realizó, Yareth decidió que,
aunque no podían ganar, harían todo lo posible por dar su
mejor espectáculo. Era como si la vocecita de Castillo
diciéndole que se rindió muy fácil no lo dejara en paz.
Y esa era la única razón por la que el chico aparecía en su
mente, solo esa.
—Si lloro se me va a correr el maquillaje —hipaba Andrea.
—No por favor —imploró Ángel mientras intentaba
pegarle las pestañas postizas, Andrea tenía ojos negros que
ahora brillaban con las sombras azules—, porque lloro yo
también.
Yareth soltó el aire mientras continuaba ajustando el
vestido que perteneció a su abuela y que necesitó pocos
arreglos. La familia de Andrea no la apoyaba mucho con sus
actividades de chica.
—¿Trajiste la poción?
Él se la extendió, llevaba dos en el bolsillo. La de cabello
largo , un experimento y una poción de valentía , un
experimento también. Su amiga confiando en él le dio el
trago.
Los tres se miraron con nervios, mientras los gritos
eufóricos de la pasarela se mezclaban con la música. Las
candidatas estaban por terminar su recorrido, se coreaba el
nombre de Melissa Mestas. Ellos estaban detrás del
escenario acondicionado en las canchas de la escuela. Las
monjas contrataron música para amenizar y, gracias a
Sergio, no se trató del coro estudiantil.
Andrea ahogó un chillido de emoción cuando su cabello
brotó, así, ¡zaz!, de la nada ahora llegaba a media cintura,
era negro intenso y muy ondulado. Yareth se sintió
profundamente orgulloso del resultado, miró la melena
esponjada y maldijo al rebuscar en la mochila y descubrir
que no llevaban un peine.
—¿Y el cepillo, Ángel?
Ángel hipó. Yareth debió suponer que pasaría.
—Ten. —La voz de Sergio hizo que brincara. Le extendía
un peine—. Debo decir que se lucieron.
El prefecto barrió con los ojos el precioso vestido verde
agua que estaba adornado con rosas blancas, cortesía de
Yareth.
—Que amable —dijo Ángel.
Yareth intentó articular algo decente, no salió nada.
—No es inteligente ayudar a la competencia —se escuchó
decir.
A veces quería matarse. Sergio bufó, aun así, no retiró el
peine y Yareth lo tomó, debía haber estática en ese
momento porque un toque eléctrico los sacudió. Ambos se
miraron una fracción segundo antes de girarse.
—Eres patético cuando tienes esa actitud derrotista —
clamó el mayor—. Dañas mi vista.
—Vete a la chingada[6] —escupió en respuesta y Sergio le
sonrió con superioridad antes de marcharse.
—No mames —le reprimió la candidata y Yareth gimió
algo sin sentido—. Ahora no solo merece las gracias, sino
una disculpa.
—Mgmm, él empezó —masculló pasando el peine entre
los cabellos. Luego se aguantó un grito cuando se quedó
con un mechón de pelo. Ángel abrió la boca y Yareth tuvo
que tapársela para que no gritara. «Efectos secundarios con
los que lidiará mi yo del futuro», pensó—. Ganes o no, eres
la más bonita del evento, hermana.
—No me cambies la conversación. ¿Cómo vas a
disculparte?
Yareth escondió el mechón en el bolso de Ángel que
empezó a dar vueltas sin saber qué hacer.
—Preparé un discurso que eleva mis palabras, refleja lo
profundo de mi alma y hará justicia por mis errores
anteriores. —Yareth mostró el disco de Belinda—. Pondré la
canción de «Lo siento», me acercaré a él y mientras suena
al fondo le diré «Gracias, dice Andrea y digo yo», ¿contenta?
La chica puso los ojos como platos.
—Asustada. ¿Por qué no eres una persona normal? ¡Hazlo
simple!
—Eso sería aburrido. Además, Ángel quería que pusiera
una de Hércules. Agradece que no fue esa.
—¡No diré que es amor, te va perfecta! Solo que le temes
al éxito —dijo Ángel cruzándose de brazos.
Andrea iba a sacudirlos hasta hacerlos entrar en razón
cuando la llamaron a la pasarela. Yareth vio sus ojos brillar
cuando la conductora dijo: «Andrea García». Era la primera
vez que alguien que no fuera él y sus cercanos lo hacían.
Yareth usó su magia e hizo un camino de flores como
Sergio le enseñó tiempo atrás. «Por favor cerebro, deja de
pensar en él».
Andrea avanzó, hubo murmullos, algunos chiflaron
despectivamente, su amiga no quitó la sonrisa. Yareth sabía
que nadie le compró una flor; no importaba, él podía hacer
muchas para ella. Un imbécil la insultó, una chica gritó que
era trampa que participara. Melissa Mestas arrojó la primera
flor y gritó:
—¡Me encanta tu vestido!
Luego Sergio lanzó un ramillete con el envoltorio de la
escuela, haciendo legítimo el conteo. Andrea tenía los ojos
intentando aguantarse las lágrimas, él nunca la vio así de
feliz.
—Ya estoy llorando —hipó Ángel.
—Que blandengue —refutó Yareth, que se tuvo que pasar
el dorso de la mano para esconder las propias.
Yareth se mordió la mejilla porque dioses, él también
estaba feliz y molestaba tanto que Sergio tuviese que ver.
Molestaba tanto que echara por tierra el concepto de odio
que intentaba mantener a flote para no volver a poner su
corazón en bandeja de plata, listo para ser pisoteado.
Molestaba porque sabía que tenía que darle las gracias y
disculparse adecuadamente.
Cuando la euforia pasó y la conductora anunció a Melissa
como la ganadora, nadie se sorprendió. Andrea estaba
contenta y eso, en teoría, debería haber sido suficiente para
Yareth. Andrea les mostró las seis flores que ganó como si
fueran un trofeo. Ángel la abrazó tan efusivamente que casi
le rompe algo.
—No lo voy a repetir, pero, amigo mío: Te quiero —dijo
Andrea honesta cuando se soltó de Ángel. Desprendió una
de las flores del ramillete de Sergio y se lo puso en la oreja
a su mejor amigo—. Ahora ve a agradecerle al caballero.
—Caballero, mis nalgas. —Yareth arremedó a su amiga
que luego le pegó con el codo en el abdomen—. Muy bien,
ya voy.
—Yo creo que sería mejor que lo pensaras más —insistió
Ángel—. Digo, luego de los efectos secundarios de la otra.
—¿Qué efectos secundarios? —chilló Andrea y Ángel
desvió la mirada y ella se pasó la mano por los cabellos y se
quedó en shock—. ¿QUÉ ES ESTO?
Yareth no quería sufrir la rabia de su amiga, así que sacó
el frasquito y se tomó la pócima, iba a necesitar más
valentía de la que tenía en el cuerpo para decir: «Lo siento y
gracias», a su némesis.
Y Yareth lo seguirá diciendo hasta el fin de sus días, si
Sergio no hubiera subido al estrado con Melissa ni le hubiera
dado un beso en la mejilla, él habría actuado como tenía
planeado. En su lugar, la emoción de agradecimiento y
culpa se desvaneció con una bruma de celos que ya no
deberían estar ahí.
¡Ay las pócimas de valentía!
Sergio y Melissa ya habían vuelto a la explanada con la
atención de todos los asistentes sobre ellos cuando Yareth
empujó al pobre diablo del sonido que apenas y se quejó
antes de caerse por el estrado, metió su disco de Belinda y
entró en estado de ebriedad a la tarima; la conductora
brincó de sorpresa.
—¡Dame eso, hermana!
El micrófono hizo un piii… agudo que desconcertó a
todos, pero no más que cuando el chico desafinado empezó
a cantar: Es feaaa como avestruuuz.
Sergio no tenía forma de saber que Yareth estaba
borracho de celos de manera real y metafórica. Lo único que
registró en su cabeza fue cómo todo el mundo lo estaba
mirando con sonrisas maliciosas y nada disimuladas. La ira
hizo temblar su cuerpo.
Eso le pasaba por ayudar a un problema con patas. ¿No
aprendía?
—Mal perdedor —masculló.
Sergio sacó sus cadenas y atrapó al chico que ni sujeto
dejó de cantar, antes de saber qué hacer con él, Víctor
apareció a su lado con el rostro pálido.
—Creo que no te miran por lo de Yareth, sino por esto. La
están vendiendo por allá.
Sergio apretó la mandíbula cuando tomó la revista,
estaba abierta en un nuevo relato:
Mi culo roto por el prefecto escolar.
Escuchó los murmullos. ¿En verdad la gente se pensaba
que ese relato no era una ficción sino un hecho?
La impresión hizo que Sergio solo jalara a Yareth fuera de
la plataforma y lo soltara haciéndolo girar como pirinola.
¡Entre Yareth y Poetisa Anónima iba a enloquecer!
—Curioso —dijo Melissa entre risas mientras tarareaba
Boba Niña Nice y se acomodaba la corona—. Tu
archienemigo está en el grupo de los celos.
Con el comentario de un polígrafo humano como ella, lo
mínimo que harías sería espabilar, Sergio no la escuchó
porque además de la voz desafinada de Yareth que parecía
no tener botón de apagado, el prefecto se quedó leyendo
como lo ponían en poses que desafiaban las leyes de la
física.
Rosa Pastel
Poetisa Anónima:
¿Puedo preguntarte algo?
Sergio:
Por favor que no sea una opinión del relato en el que te
rompo el culo.
Poetisa Anónima:
¿Te gustó? (guiño, guiño)
Sergio:
No me hagas decirlo. Si no era eso ¿Qué?
Poetisa Anónima:
El otro día dijiste que no eras rencoroso, ¿recuerdas? ¿Cómo
haces para no sentirte enojado con esas personas? ¿Cómo
haces para que incluso si te lastimaron, no portarte mal con
ellos?
Sergio:
No soy un santo. Tampoco me beatifiques. Pero tengo
niveles, un imbécil cruel se puede ir al infierno si quiere, ese
tipo de gente no merece cortesía. Pero hay personas que
nos dañan sin querer, como que el que te guste te diga que
no. No puedes obligarlo a corresponderte y tampoco tiene
caso enojarte por eso.
Poetisa Anónima:
A eso le llamo yo una perla de sabiduría. Pero hay formas y
formas de rechazo. Una cosa es decir «No gracias, no me
vas» y otra, ser un completo ojete y humillar a alguien que
te quiere.
Sergio:
De acuerdo contigo. Ese es un imbécil.
Poetisa Anónima:
La ironía. Y cuando es un desliz, ¿qué? ¿Te disculpas?
Sergio:
No siempre… debería, para mí es difícil. ¿Tú?
Poetisa Anónima:
Casi nunca. A veces siento que, si no digo algo feo primero,
la otra persona me lo dirá a mí. Que verá una abertura y la
usará en mi contra.
Sergio:
No es mala onda, pero es como si estuvieras con miedo
permanente de que alguien te fuera a lastimar solo porque
sí.
Poetisa Anónima:
Lo han hecho. Solo porque es bonito desquitarse conmigo.
Sergio:
Entonces no es que seas mala persona solo es tu forma de
defenderte, conozco a alguien así e intento entenderlo,
aunque a veces cuesta. ¿Qué te pasó para que me lanzaras
esta pregunta?
Poetisa Anónima:
Esta mañana llamó mi madre, estaba seguro que diría que
no podría venir para fin de año, así que me adelanté y le
solté que no era necesaria su presencia.
Sergio:
No creo que pueda ser imparcial, mi madre está enferma y
no me imagino decirle algo así y no volverla a ver. De
hecho, me molesta que tú, que la tienes, no seas más
considerado.
Poetisa Anónima:
Tenemos diferentes madres, Sergio. La mía es una bruja sin
corazón y estoy cansado de sentirme culpable porque no la
quiero. Estamos mejor con ella lejos. El problema es que mi
abuela no piensa como yo y la extraña.
Sergio:
Tal vez tu abuela solo quiere que hagan una tregua, no que
se vuelvan la familia perfecta. Aunque soy una persona que
prefiere no fallar nunca, la verdad es que todos cometemos
errores. Si te equivocas, corriges. Si lastimas, pides
disculpas.
Poetisa Anónima:
Ese es el problema, mi madre cree que está en lo correcto,
que tiene razón. Nunca se dio el tiempo para ver más allá
de su propio ombligo.
Sergio:
¿Y tú lo has hecho? No te digo que seas un santo y le
perdones lo que te hizo solo pienso que igual entenderla te
ayuda a sobrellevar sus visitas y hacer feliz a tu abuela un
rato. No lo haces por tu madre. Yo ya no tengo abuelos así
que te lo digo con un poco de envidia.
Poetisa Anónima:
Por los infiernos… ¿Cómo es que eres tan señorito perfecto
y al mismo tiempo tan cabrón?
Sergio:
Hablando de ser imbéciles.
***
Poetisa Anónima:
¿Estás muy ocupado?
Gerardo Soto:
Para ti siempre tengo tiempo. ¿Qué hay?
Poetisa Anónima:
Esto es solo una pregunta, ¿habrá manera de usar otros
personajes para los relatos? Me gusta escribirlos y no es que
me esté quejando de la paga o algo, solo me gustaría
cambiar a Sergio. Ya sabes por los problemas que podría
generarnos y eso.
Gerardo Soto:
Mira, me gusta mucho lo que haces, ya te lo he dicho, ¿no?
Pero a la gente no es que le importa cómo escribas, te lee
porque usas a Sergio. No podemos perder esas ventas,
bajaría tu ingreso también, ¿entiendes?
Poetisa Anónima:
Sí, entiendo.
Ya te dolió bastante
¿Pero quiénes eran estos muchachos? ¿Por qué el pueblo
se volverá loco en el Fatídico Miércoles por un drama
adolescente que a nadie debería interesar?
¿No tenían televisión por cable? ¿No preferían mirar las
nuevas novelas románticas de Canal 5? ¿Qué la novela
adolescente RBD ya no estaba de moda?
Está bien, es algo injusto juzgar en qué se interesa un
pequeño pueblo. Todos somos un poco cotillas, más en esto
de los sentimientos y el romance, de no ser así, ni tú ni yo
estaríamos encontrándonos aquí. Va, te cuento:
Tierra Dulce era un pueblito tranquilo lleno de magia
natural hasta inicios de los 2000, cuando el gobierno decidió
que las personas psicomágicas tenían que estar en un
mismo sitio.
Era más seguro, más regulable. Lo que sea que
significaba eso para el gobierno.
Había más de un pueblo con estas características, pero
Tierra Dulce fue el primero. ¿Imaginas el choque de los
habitantes originarios con el de los nuevos residentes que
venían de todas partes de un país tan grande como México?
Nadie estaba contento, las cosas que conocían se
volvieron inestables, desde el sistema de gobierno, hasta el
simple acto de ir de compras al mercado. Opiniones
diversas, diferencia de clases, malos entendidos, repartición
de zonas en un territorio tan pequeño. Una bomba a la que
las personas no podían darle tiempo para explotar.
Se levantaron dos figuras importantes en el panorama
social del lugar: el primero fue Joaquín Castillo,
representando los valores de la gente desplazada. Les daba
estructura y seguridad con sus reformas políticas. La
segunda fue Consuelo Flores, la chamana más respetada de
los pobladores que conservaba el conocimiento ancestral.
Nadie esperaba que los hijos de ambos se quisieran
arrancar la ropa, solo concebían que, como sus mayores,
desearan pelearse indefinidamente para mantener los
bandos separados. Y como eran tan distintos, tan agua y
aceite, la gente asumió que las cosas simplemente estaban
destinadas a ser así.
Esto solo se terminó de poner en evidencia con la
demostración de Psicomagia que organizó el padre de
Sergio.
¿Qué pasó en la Demostración Psicomágica Regional
Agosto 2007?
Yareth te dirá que un accidente.
Sergio replicará que un sabotaje.
Un poco de ambos, en cualquier caso.
Joaquín Castillo quiso presumir las habilidades de Sergio,
exponerlo un poco no era tan horrible ¿no?, hay padres que
si su hijo tuviera superpoderes ya lo habrían vendido al
Gobierno norteamericano y, ¿qué mejor que hacerlo en su
cumpleaños número diecinueve?
Convocó a que se hiciera una demostración regional de
psicomagia. Se anunció como un atractivo turístico, ya que
el plan de ese sexenio era que los pueblos mágicos se
consideraran patrimonio cultural y también lugares
vacacionales para mover la economía.
Hubo resistencia de parte de los pobladores, a muchos no
les agradaba la idea de convertir su vida en un circo para
extranjeros. ¿Pero cuando los gobiernos se han detenido por
algo como el bienestar de sus gobernados?
Se aprobó el proyecto y fue así que Agua Bella y Tierra
Dulce se juntaron para iniciar con la demostración. Sergio
quedó a cargo de gran parte de la logística.
¿Qué manía tenía Sergio de inmiscuirse en todos los
eventos del pueblo? El chico necesitaba amigos, eso más
que seguro. Nadie lo criticaba ni se quejaba porque, ¿qué
mejor que alguien más hiciera el trabajo pesado?
Los tonales tenían magia muy vistosa, y los nahuales
eran complicados: Mediumnidad, empáticos, clarividencia y
un largo etcétera. ¿Cómo crear un espacio en el que cada
uno pudiera lucirse? Nadie sabía hasta que Sergio encontró
la forma y Yareth berreó por ello.
Haber, cuando tu némesis resultaba ser realmente bueno
en lo que hacía y no un simple fantoche, se volvía más
complicado encontrar maneras de insultarlo y de resistirse a
sus encantos.
No es que Sergio tuviera muchos. ¿Quién insinuó eso?
—Señorito perfección, ¿por qué todo le sale bien?
—Que la envidia no te amargue demasiado, escuincle —
dijo su abuela que escribía una pancarta flotante.
Luego se quejó de la espalda, la magia ya le cobraba
ciertas facturas. Dejó la pancarta sobre la mesa y Yareth
terminó la frase a mano con plumón negro:
«No somos un circo. Fuera el turismo político».
—Mgm…
—Bueno, al menos te gusta un chico inteligente.
—¿De qué le sirve si lo usa para algo tan feo?
Yareth dibujó margaritas alrededor de la frase, Úrsula bajó
de su hombro hasta su muñeca.
—Él no está mirando los efectos, está mirando lo que su
padre cree que es correcto, tal y como tú estás haciendo
conmigo. —Su abuela enterneció la voz, se sentó para
descansar un momento—. Sabes que no tienes que ir si no
quieres.
Consuelo le dirigió esa mirada maternal con ojos castaños
y seniles, Yareth quedó prendado del velo escarchado de su
ojo derecho.
—La verdad, amá, creo que me ayudaría más que
accediera a ir al doctor. No debería ir a una protesta medio
ciega.
—Medio ciego tienes el ojo de payaso porque no lo usas.
Yo aún veo lo suficiente.
—¡Amá! Hablo en serio.
—¿Pa’ qué vamos a ver al matasanos? Ya sabes qué van a
decir y no tenemos dinero para eso.
Yareth se quedó callado. Odiaba no encontrar qué
contestar; su abuela tenía razón. Llevaba casi medio año
escribiendo esos relatos eróticos con el afán de juntar lo
suficiente para la operación de cataratas, no era suficiente y
el tiempo estaba en su contra.
Intentó dejar la escuela y ponerse a trabajar, pero
Consuelo era una abuela maravillosa en muchos aspectos,
como terca y reticente en otros.
Si Yareth iba a terminar la preparatoria era para darle
gusto, ya mucho hacía por él sin estar obligada. Consuelo se
ganaba la vida como tizatera en uno de los mercados de
Tierra Dulce; vendía productos herbolarios, tés, de ahí el
nombre y los fines de semana, él la ayudaba con jabones
naturales, champús y derivados florales.
El esfuerzo de tenerlo estudiando era algo que Yareth le
pagaría algún día, ojalá esa fecha no estuviera tan lejos.
—¿Irás encuerado? —preguntó Consuelo parándose frente
al pequeño espejo detrás del ropero.
—¿Cómo iba a ir a una protesta nudista si no es desnudo?
Yareth cogió el peine y destrenzó el largo pelo de la mujer
que consideraba su madre. En el reflejo encontró
preocupación en el semblante cubierto de motas cafés que
hacían constelaciones.
Le costó años tomar esa decisión. Luego de ver a Andrea
en Señorita Santidad y Castidad se dio cuenta que
necesitaba esto. Su amiga estuvo tan deslumbrante y feliz
cuando se arriesgó a mostrarse tal cual era, que lo contagió
de su valentía.
El pueblo llevaba años hablando a su espalda sobre su
«cuerpo deforme» y Yareth solo sabía responder con
violencia y, aunque no sentía que había sido un error, tal
vez debía cambiar el enfoque.
Necesitaba demostrarles a todos que no se avergonzaba
de quien era, también era una forma de decírselo a sí
mismo. No iba a darle más poder a las habladurías y
desprecios de la gente que no eran capaces de entender lo
diferente. Sergio tenía razón, estaba aterrado y solo iba a
alimentar el miedo escondiéndose más tiempo.
—No se preocupe, amá. Ya lo sabe todo el pueblo, esto es
solo… decirles que soy yo, que no me voy a esconder más.
Las facciones de la anciana se relajaron, incluso sonrió
mostrando las ventanas de su dentadura.
—M’hijo, si tú estás cómodo. Adelante. Igual te echas
novio por fin.
—Luego de verme en mi esplendor, dudo que eso pase.
—Siempre hay un roto para un descosido.
Yareth intentó hacerse el ofendido pero las risas le
ganaron, mientras tuviera a esa anciana enojona en su vida,
él podría con el mundo. Sin ella, Yareth no se imaginaba qué
sería de su vida. Tuvo una madre violenta que nunca lo
aceptó y un padre que ni siquiera le dio su apellido.
La forma en la que Yareth actuaba era como si estuviese
permanentemente a la defensiva, con miedo de ser
lastimado y no era algo fortuito. Soledad fue la primera en
enseñarle que las personas que se suponía que más te
querían eran las que más fácil te harían daño.
Cuando era un niño, Soledad lo golpeaba
constantemente. Lo culpó del abandono de su padre y de
que su vida fuese miserable. Primero pensó que se debió a
su condición, como se referían los médicos, a su
intersexualidad. Su madre le decía «enfermedad» y, aunque
el niño nunca se sintió enfermo como cuando tenía gripe o
dolor de estómago, sí que se sentía inadecuado.
Nacer en un pequeño pueblo tenía sus ventajas y
desventajas. La desventaja fue que su situación se hizo
reguero de pólvora por la boca poco prudente de una
enfermera.
«Un niño deforme»
«No es ni niño ni niña, es un hermafrodita»
«¡Qué adefesio!, pobre de su madre»
Lo decían los adultos, lo repetían los niños que la pasaban
de maravilla burlándose y agrediéndole. La ventaja fue que,
como dicen: Dios aprieta, pero no ahorca. Yareth se
enteraría años más tarde que los médicos solían sugerir una
operación a personas como él.
Quitarles lo que «sobraba», arreglarlos de alguna manera
para que fueran normales. Aunque su intersexualidad no
ponía en peligro su salud, era una operación solo para
hacerlo encajar con los demás, para que sus padres no
sintieran que tuvieron un error.
Soledad quería operarlo, pero los médicos de Tierra Dulce
no tenían experiencia y tendrían que trasladarlo al Distrito
Federal. No tenían dinero y en eso Beltrán marchó y Soledad
era demasiado orgullosa incluso para pedirle la pensión
alimenticia.
Yareth no podía creer la ironía de la vida, si no lo
mutilaron fue solo por esa serie de eventos, no porque lo
aceptaran como era.
Si hubieran realizado los estudios endocrinológicos,
habrían descubierto que genéticamente Yareth no era ni
hombre ni mujer. No era XX ni XY. Tenía ambos pares de
cromosomas. Lo que demostraba que la biología era más
diversa de la dicotomía blanco y negro del femenino y el
masculino.
Yareth era una de las más de cuarenta variaciones dentro
de la intersexualidad. Y eso no definía ni quién era ni de
quién gustaba.
¿Pero él qué iba a saber de todo esto? En su mentecita
solo registraba que su madre y el resto de los niños que
conocía, lo trataban como si fuera a contagiarlos de algo
horrible. Ese dolor opacaba el resto de pensamientos y
emociones.
Consuelo hacía lo posible por mediar la situación, in
embargo, no estaba todo el tiempo en casa y la violencia de
Soledad tenía picos muy altos.
Cuando cumplió ocho años, el niño descubrió que su
magia natural era caótica y peligrosa. Lo hizo de la peor
forma, con un terremoto que casi hunde al pueblo y que
quedó marcado en la memoria del lugar. Eso fue lo que
colmó el vaso. Soledad tomó sus cosas un día muy
temprano mientras Yareth estaba en el colegio y se fue, dejó
una nota y aseguró enviar dinero cada mes.
En cuanto el primer cyber del pueblo se instaló, Yareth
usó internet para informarse más de su condición. Al igual
que con el mundo de la magia, lo que había sobre
intersexualidad en internet no era muy esclarecedor, solo
algo estaba claro: no estaba enfermo.
No tenía ningún problema que requiriese ser mutilado,
encontró incluso artículos y grupos activistas contra las
prácticas abusivas de los médicos sobre los cuerpos
intersexuales.
Descubrió un blog de un chico intersexual en Canadá que
contaba su experiencia en primera persona, aunque de
forma anónima. Eso le dio valor y lo ayudó a entenderse.
Tampoco podía mentir, cuando se miraba al espejo
muchas veces el pensamiento de querer ser «normal» lo
golpeaba con tanta crudeza que le sacaba lágrimas. Era un
ejercicio constante en el que se recordaba que lo que lo hizo
sentir inadecuado no fue su cuerpo, fueron los comentarios
ajenos.
Fueron los juicios externos. Si quería callarlos tenía que
iniciar por su propia cabeza.
Soledad lo hubiera abandonado por una u otra razón.
Hubiese dado igual que fuera físicamente normal o que su
magia nunca hubiera estado a punto de tirar al pueblo.
Con esa verdad por delante, se dedicó a portarse más a la
defensiva con su madre hasta que Sergio le lanzó una
pregunta que dolió con ganas. Yareth nunca intentó
comprender a su madre.
Cuando su abuela le contó lo complicado que fue para
Soledad quedar embarazada, escapar con Beltrán que
jamás quiso casarse con ella, luego tener un hijo que los
médicos tacharon de enfermo y ver la precariedad de su
economía, Yareth sintió solo un poco de lástima por ella.
Su madre debía tener una depresión posparto sin tratar,
agravada por el abandono de su padre. Eso también lo leyó
en internet y con dificultad estaba aceptando que ambos
fueron víctimas de la poca información a la que tenía acceso
en un pueblito de México.
Los separó la ignorancia. Algún día tal vez la aceptación y
el perdón los volvería a unir. Yareth aún tendría que trabajar
en eso, un paso a la vez.
—Me veo guapa, ¿o qué? —inquirió Consuelo alisándose
las trenzas canosas que Yareth acababa de terminar—.
Vámonos a esa protesta.
Su abuela tomó la pancarta, Yareth la detuvo por la
muñeca.
—Si mi mamá vuelve a llamar, le diré que puede venir.
La forma en que el semblante de su abuela se bañó de
ternura y alivio, hizo que Yareth pensara que tomó la
decisión correcta.
Tengo el corazón herido
Toda la explanada del palacio municipal estaba llena de
periodistas, turistas e incluso algunos militares con los que
Sergio no sabía cómo sentirse. Esos no fueron cosa suya.
Sin embargo, eran un constante recordatorio de que este
evento estaba en el foco de atención del gobierno.
Cuando su padre sugirió «celebrar su mayoría de edad»,
esperó una pequeña fiesta en casa, desestimando visitar un
restaurante o hacer un viaje porque su madre no podía
moverse sin ayuda.
Incluso vio posible que su madre los animara a salir a
tomar unas primeras cervezas entre padre e hijo. Cristina
era esa eterna mediadora que creía que charlando las cosas
se arreglaban. Hasta ese momento Sergio solo encontró un
tema en común con su progenitor y ninguno tenía relación
con el mundo sentimental.
Era más como una conversación sobre negocios. En
ocasiones, los desayunos solitarios con Joaquín, esas
mañanas en que Cristina despertaba con un dolor intenso
que la mantenía en cama el resto del día, se asemejaban
más a una entrevista de trabajo.
«Espero resultados de excelencia» en vez de «Alcánzame
la sal, por favor. ¡Estos chilaquiles están deliciosos!».
Sergio sabía que no debía albergar esperanzas, al final
acababa de cumplir los diecinueve años y las ilusiones eran
esas cosas que mueren con la edad.
Así que cuando Joaquín le anunció que harían una
demostración de psicomagia donde él sería el protagonista,
el sueño se le hizo añicos y fue reemplazado por una
presión tremenda. Las expectativas de su padre eran
altísimas y, por lo tanto, las suyas no podían ser menos
increíbles.
Aunque Víctor le ofreció su ayuda, Sergio se negó. Tenía
una filosofía sobre el trabajo: si quieres algo bien hecho,
tienes que hacerlo tú mismo. Pero Víctor insistió tanto que
al final lo envió a llenar los formularios de las personas del
colegio que participarían.
Un mes entero se dedicó a entender la magia caótica de
las personas que se apuntaron a la demostración y, aunque
su propósito inicial solo fue complacer a su padre, conforme
las semanas pasaron, Sergio descubrió que había una razón
más para dejarse la piel ahí: la ilusión de la gente.
Mientras que para Sergio esta era una oportunidad única
para que para nahuales y tonales pudieran mostrarse ante
el país y reconocerse mejor a ellos mismos, para un tercio
de la población de Tierra Dulce era una ofensa a sus
tradiciones. Tanto así que comenzaron con protestas
durante las últimas semanas.
Sergio no conseguía entender el porqué de su hostilidad,
la magia era algo que no se elegía, las personas nacían con
o sin la habilidad. ¿Por qué no usarla para su propio
beneficio? ¿Por qué no presumirla, si era suya?
Recordó a Yareth, tan frustrado aquel otoño en que no se
creía capaz de hacer un camino de flores y también recordó
la ilusión en sus ojos verdes cuando vio el resultado de su
esfuerzo, cuando supo que podía hacer a la gente feliz con
algo que le era tan natural y auténtico como hacer florecer.
Desde que se unió al proyecto vio a más de una persona
descubrir algo nuevo de su propia magia y la felicidad de
sus rostros tenía que significar algo bueno. Era una lástima
que Yareth no estuviera dispuesto a participar, Sergio pensó
en más de una forma de hacerlo lucir ese día. Pero Víctor le
dijo que Yareth se negó enérgicamente.
Sergio no podía criticarlo, su abuela era uno de los pilares
de la resistencia y si encima examinaba su propio actuar la
última vez que trabajaron juntos, era de esperarse.
No tuvo tiempo para disculparse con Flores porque fue
precisamente luego de ese desastre, cuando descubrieron
el tumor reincidente de Cristina. Todo fue tan abrupto, que
por la mañana estaban recibiendo la noticia y dos horas
después, viajando para la capital.
Durante medio año Sergio estuvo yendo de doctor en
doctor, de hospital en hospital. No dejaron de pedir
segundas opiniones, Cristina fue intervenida en quirófano
dos veces: una en un momento de emergencia y la segunda
porque la primera operación fue un desastre.
Las largas noches en la fría sala de espera, cuando Sergio
tenía un espacio en su mente, este huequito se llenaba de
flores. Estaba agotado. Nunca tuvo tanta presión, tanta
angustia como durante esos días. Su padre no estuvo al
tanto de la enfermedad, tenía poco en el cargo de
presidente municipal y los dejó solos. Durante ese periodo
de tiempo, la ansiedad subía por su pecho y arañaba cada
vez que un médico aparecía al final del pasillo y caminaba
en su dirección. Sergio en automático buscaba pistas en su
semblante: ¿qué iba a decirle? ¿Para qué tipo de noticia se
preparaba mentalmente? ¿Sería buena, sería mala?
No importaba lo que el médico dijera, daba igual si
arrojaba un poco de esperanza o sus palabras lo hacían
bajar a un pozo oscuro, cuando Sergio entraba en el cuarto
de su madre se limpiaba las lágrimas y fingía una sonrisa.
Ella lo necesitaba fuerte, seguro, él era su pilar para
apoyarse.
Aunque en el fondo, esa parte irracional de su cabeza le
susurraba como demonio tentando a un célibe que sería tan
bueno poder llorar en el hombro de alguien y no tener que
fingir que podía con todo.
Claro, a su cabeza le gustaba joderlo con un nombre
específico que ya le dejó en claro que no sentía lo mismo.
Cuando regresó a Tierra Dulce, aquella disculpa se quedó
atrapada en su garganta, sus encuentros con Flores se
volvieron hostiles y no había conversación que no terminara
con ellos lanzándose palabras como dagas.
Sergio se molestó con esa hostilidad. ¿Qué hizo mal? Su
orgullo le dijo que Yareth no merecía una disculpa.
Ya había zanjado el asunto hasta que Poetisa Anónima
sacó el tema de pedir disculpas y Sergio se vio confrontado
a una auténtica verdad: cometió un error aquella noche, tal
vez dos, si contaba caerse de un árbol y partirse la pierna.
¿El chico estaba siendo injusto con él? Sí. Eso no eximía a
Sergio de sentirse culpable.
Esbozó una sonrisa, quién diría que platicar con Poetisa
Anónima iba a resultar en algo tan agradable. De alguna
manera hablar con él era fácil y no se sentía en la necesidad
de ofrecer una imagen impecable o de llenar ciertas
expectativas como con el resto del mundo.
—¡Deja de estar en las nubes! —Una mano firme lo movió
del hombro; la profunda voz de su padre, siempre contenida
pero firme, lo sacó abrupto de su ensueño—. Tienes
obligaciones aquí en la tierra.
Su padre tenía razón, el trabajo era lo importante. Sergio
ya no estaba para distraerse con temas como el romance.
—Perdón, papá.
—Tu cabeza no puede estar en otro lado, esto tiene que
salir perfecto.
Joaquín se dio la vuelta y regresó al palacio, los regidores
del municipio lo esperaban para aclarar algunos puntos de
lo que este evento iba a significar para el pueblo.
—¿Dónde van a colocarse las luces? —preguntó uno de
los tramoyistas que al parecer llevaba rato queriendo captar
su atención.
Sergio enrojeció de vergüenza y procedió a indicarle el
lugar, se sacudió sus sentimientos y volvió al trabajo.
Llevaba en la explanada desde las seis de la mañana
supervisando que no hubiera ni un pelo fuera de lugar. Esa
presentación tenía que ser impecable.
Tensión
El evento ya había comenzado para cuando la protesta
nudista llegó a la explanada del palacio municipal.
Caminaron por varias de las calles y para Yareth fue genial
saber que más personas estaban de su lado, incluso gente
que no era originaria de Tierra Dulce. Pensó con esa
ingenuidad de la juventud, que igual el tiempo iba curando
las diferencias de las personas y poco a poco dejarían de
estar divididos entre viejos y nuevos habitantes.
Todo era cuestión de tiempo y de aprender a adaptarse.
Aunque algunos dijeron cosas horribles al verlo, la verdad
es que todo el pueblo lo sabía y esto fue como una
cachetada para ellos al ver cómo Yareth sonreía a sus burlas
y los demás integrantes de la protesta contestaban por él.
¡Fue un alivio tremendo! Se le salieron algunas lagrimitas
de gusto.
Ahora tenían el problema de que la explanada del
municipio estaba cercada, el escenario quedaba lejos y la
atención de los periodistas que vinieron incluso de la capital
estaba también en el evento y no en ellos.
—Cuélate por ahí, busca otra forma de que podamos
entrar. El punto es llegar al frente para mostrar las
pancartas —indicó su abuela.
Mientras la gente se empujaba contra las vallas de
contención y los policías se mantenían estoicos en sus
sitios, Yareth echó un vistazo más allá. Se escabulló por el
lateral y no tuvo problemas para caminar hasta detrás de la
tarima y el escenario.
La organización era impecable, Yareth se topó con la fila
de nahuales del pueblo y muchos chicos que no reconocía,
que seguro eran de Agua Bella. Todos los que conocía eran
cambiaformas, se sonrió con algunos y otros lo miraron con
asco. A él no le importó, le parecía genial la atmósfera.
El ambiente estaba cargado de electricidad, nervios,
emoción contenida… Ahí estaba Estefanía, una nahual
coyote; Agustín que se transformaba en búho y Samuel que
cambiaba a quetzal.
Yareth rio para sus adentros, al parecer no era el único
que ese día se atrevió a mostrarse al mundo como era.
—¿No participarás? —preguntó Samuel cuando Yareth
pasó a su lado—. Pregunta estúpida. Por cómo vienes, estás
totalmente en contra de esto.
Él alzó los hombros.
—Además, soy una mariposita, Samuel. Ni siquiera me
vería en el escenario.
Samuel sonrió y se rascó la esquina de la ceja como
buscando algo más que decir, el chico estaba rojo y Yareth
no tenía interés en hablar con él, así que siguió caminando.
Samuel lo molestó durante años y luego de terminar con
Ángel empezó a coquetearle.
—Pero tienes unas alas preciosas —soltó Samuel de forma
violenta.
Infiernos. ¿En qué mundo paralelo Samuel pensó que eso
iba a funcionar? No tenía tan poco orgullo como para salir
con él. Lo miró por encima del hombro y le guiñó un ojo.
—Lo sé —contestó y se fue.
Bordeó el palacio, como era de esperarse no vio ningún
hueco. Se fue detrás del escenario para volver por el otro
lado cuando escuchó un jadeo ahogado a su espalda.
—¡Flores! ¿Por qué estás desnudo? —gritó Sergio, presa
del pánico.
—La protesta nudista, Sergio. Entérate.
Yareth se giró, Sergio nunca entraba en pánico y su
rostro, en ese instante, no podía ser descrito de otra forma:
las fosas nasales se expandían como si respirar le costara
trabajo y, cuando el mayor desvió el rostro, él se quedó
boquiabierto.
Una de las cosas que lo volvían loco de Sergio, para lo
bueno y para lo malo, era que el mayor siempre daba la
cara. Ahora no era capaz de sostener una mirada.
—Dios, Yareth… solo… tápate.
La sensación de pudor que acribilló a Yareth fue tan
intensa, que todo el cuerpo se le tiñó de rosa. Yareth sintió
el golpe de la vergüenza. Una cosa era decirles a
desconocidos de tu pueblo «Vete a la mierda, este soy yo» y
otra muy distinta, mostrarse así al protagonista de sus
sueños húmedos. ¿Le daría asco cuando lo viera? ¿Lo quería
lejos? ¿Alguna vez se atrevería a tocarlo? ¿Quería ser visto o
prefería esconderse?
—¿Por qué estás aquí? Víctor me dijo que no querías
participar.
Sergio retuvo el aire y volteó a verlo, los ojos no se fueron
a su rostro, sino que bajaron. Yareth sacó las alas sin querer,
el público ovacionó pensando que era parte del espectáculo,
incluso se inclinaron en sus sillas para mirar mejor lo que
estaba pasando en la lateral del escenario.
—¿Por qué será? Después de todo, la última vez te dio
igual si participé o no. Te llevaste todo el crédito.
Sergio apretó los puños, boqueó y aunque intentaba
encararlo, sus ojos inevitablemente se desviaban.
—¡Mis ojos están aquí arriba, Castillo!
Sergio se sacó la playera. Alguien chifló. Yareth se negó a
mirar mejor porque se le iba a apagar el cerebro.
—¡Póntela!
—¡Es una protesta nudista! El punto es estar desnudo,
incomodar a…
—¡Póntela!
—¡No!, ¿por qué?
—¡Me distraes!
Sergio lo envolvió con las cadenas en la cintura estrecha
de Yareth, las alas se retrajeron y la audiencia volvió a
ovacionar. Yareth se removió molesto y Sergio logró
encajarle la playera, fue entonces que una corriente de
energía vibró en las pieles de ambos.
Sergio gruñó y gran parte del ruido se ahogó violento y
tosco en su garganta. Yareth por su parte se estremeció;
ronroneó como un gatito y se tuvo que morder los labios
para evitar hacer más sonidos.
Las cadenas de Sergio siempre se cernían con la ropa de
por medio, nunca hicieron contacto directo con la piel
desnuda de Yareth. La energía tonal de su magia hizo corto
circuito con las alas del menor, la magia los sacudió en
escalofríos de placer por todo su cuerpo.
—¿Qué hiciste? —jadeó Yareth.
—¿Qué hiciste tú? —preguntó Sergio, que se inclinó hacia
delante. Su mente era un caos, estaba desordenada, la
corriente de energía era vibrante, caliente. Muy caliente.
Su cabeza estaba dando vueltas, los ojos le pesaban y no
podía prestar atención a otra cosa que no fueran los labios
de Yareth.
Yareth podía retroceder; no lo hizo, las cadenas de Sergio
eran pura electricidad, frías y duras. La magia tonal era
distinta a la nahual de Yareth, si la suya era como ir en
espiral, la de Sergio era una flecha, directa, certera y en ese
momento la sentía corriendo por su torrente, elevando el
pulso y su respiración.
—Perdón —dijo Sergio, su voz rasposa y grave sobre sus
labios, tan cerca, tan lejos, el aliento lo acariciaba—. Por lo
que pasó hace dos años.
Yareth dejó de respirar, el aire no podía encontrar el
camino a sus pulmones. ¿Estaba escuchando bien?
—¿Exactamente por qué te disculpas? —preguntó.
Necesitaba una respuesta, pero su cuerpo no parecía
responder a sus pensamientos porque su nariz rozó la de
Sergio, una caricia que pedía más. Las cadenas se sentían
deliciosas, la magia ajena abriendo sus vasos sanguíneos,
hinchando su pecho de energía extraña que no se sentía
intrusiva o incómoda, solo correcta. Bien, más que bien,
más que agradable… deliciosa.
—No debí decir lo que dije ese día.
Yareth asintió, cerrando los ojos.
Bésame.
—¡Cuidado!
Una de las luces se vino abajo y Sergio empujó con las
cadenas a Yareth fuera de la plataforma, mientras Víctor
logró tomar a Sergio de la camisa y lo jaló hacia atrás.
«¿Qué es esto? ¿Candy Candy?» pensó Yareth, viendo a
Sergio en los brazos de Víctor.
—¡No somos objetos!; ¡somos libres! ¡No podrán
vendernos! —irrumpió un grito.
—¡Señora, por favor, vístase! —imploró uno de los
organizadores.
—¿Estás bien? —preguntó Sergio y Yareth asintió,
terminado de meter los brazos en las mangas—. ¿Tú, Víctor?
Víctor miraba hacia arriba, en dirección hacia la luz que
cayó. Un técnico se disculpaba, Sergio se levantó frustrado.
Eso pudo pasar durante una de las presentaciones y habría
sido su culpa por descuidarse.
Yareth se puso en pie y se miraron un momento. Ninguno
sabía qué decir cuando uno de los chicos del grupo de la
protesta llegó corriendo.
—¿Encontraste por dónde colarnos? ¡Sino, creo que ya sé
por dónde!
Yareth quiso pegarse contra algo. Sergio inhaló tan fuerte
que ambos lo escucharon.
—Así que eso hacías, buscabas cómo sabotear el evento
—dijo Víctor con una mueca de desaprobación.
—Protesta pacífica —respondió con poca paciencia Yareth.
—¿Estabas distrayendo a Sergio para eso?
Yareth no estaba dispuesto a responder el interrogatorio
de Revilla.
—¿Vas a hacer algo al estilo Señorita Santidad? —inquirió
Sergio, tenso como una cuerda, sin moverse.
—¡Ya me disculpé por esa!
—No es verdad.
Yareth cerró la boca y frunció el ceño, miró hacia arriba
como intentando recordar. Lo cual no era más que una
fantochada porque lo que sucedió en Señorita Santidad no
se le podría olvidar a nadie.
—¿Upsi? —bromeó y levantó los hombros.
A Sergio no le hizo mucha gracia. A él le costó, aunque no
parecía, le costó pedir disculpas y Yareth solo iba… Y era
tan… ¡Él!
—Regresa a tu protesta y mantente al margen, Flores.
Sergio revisó la lámpara, necesitando concentrarse en lo
que importaba. Yareth pensó que por ahora era lo mejor,
darse la vuelta y ya, cuando Víctor siguió:
—Vuelve con tu abuela loca y exhibicionista.
Yareth sintió como la ira envolvió su cuerpo. Con él podían
meterse todo lo que quisieran; con Consuelo, no.
—Ven Revilla, creo que ya te soporté lo suficiente. Si
tienes algo contra mí, suéltalo para que pueda romperte la
cara con gusto.
—Basta, los dos. —Sergio se puso en pie. Necesitaba
arreglar las lámparas, modificar el itinerario porque esa
tonta pelea estaba atrasando las cosas, la audiencia los
miraba y era su responsabilidad que las cosas siguieran
perfectas—. Yareth, este evento es importante y tu abuela
está intentando sabotearlo. Disculpa si no somos
precisamente comprensivos.
Yareth ladeó el rostro y se cruzó de brazos.
—Mi abuela tiene motivos para hacer esto, la propuesta
de tu padre de hacernos un circo es horrible, pero estás
muy cegado por las lucecitas de la fama como para verlo.
Sergio apretó los puños.
—¿Crees que de eso va todo? ¿De ponernos como
animales en jaulas y saltar aros de fuego para extranjeros?
—Yareth frunció el ceño. Sus ojos se volvieron dagas y
Sergio no quería más problemas—. Mira, me da igual si
piensas eso. No es así, esta gente odia estar recluida en un
pueblo como este, solo porque nacieron con magia.
—¡Es un pueblo precioso! Sentirse orgulloso de quién eres
no tiene nada que ver con cámaras y turismo.
—Es una cárcel, Yareth. Nos recluyeron aquí porque nos
ven como fenómenos. Tenemos que demostrar que no lo
somos.
Sergio vio cómo se humedecieron los ojos verdes y
estuvo por retractarse, no lo hizo. Era lo que realmente
pensaba.
—Vuelve con tu abuela, Flores —prosiguió Víctor
ayudando a Sergio a levantar la luz—. No eres de mucha
ayuda.
Yareth les mostró el dedo medio. Víctor era ideal para
Sergio, ambos imbéciles estirados. Regresó con su abuela,
quien al verlo con la cara roja y los ojos acuosos evitó hacer
comentarios.
Con el paso de los minutos y las siguientes exposiciones
mágicas, una de las chicas de la protesta consiguió la
atención de los reporteros, y estos en vez de buscar la
verdad, comenzaron a lanzar preguntas indiscretas y pullas
a los viejos habitantes. Las cosas solo parecían ir directo al
desastre.
Yareth estaba seguro de que eran periodistas pagados por
el gobierno.
Sergio miraba de lejos con una preocupación latente. No
tenía ningún plan para contenerlos o contentarlos. No creía
que la fuerza policial fuera la solución; como político, su
padre debía encontrar una alternativa.
—¿Por qué no abres una mesa de diálogo? —sugirió
Sergio en voz baja a su padre.
—No. Hay cosas que no son negociables, si se ponen
violentos, vamos a tener que detenerlos —dijo su padre al
líder de la cuadrilla policial.
—¿Qué? Eso será pésimo con todos los turistas aquí. —
Sergio omitió que en realidad le preocupaba la abuela de
Yareth. La señora era una bruja, pero un hueso roto, era un
hueso roto a su edad—. ¿Por qué no lo hablas con el
comisario Leal?
A pesar de todo, Francisco Leal respetaba a la gente del
pueblo, nunca usaría la violencia así.
—No pedí tu opinión, Sergio. Regresa para allá y lúcete,
que para eso se armó todo esto. No lo eches a perder.
Sergio se quedó a media palabra, miró el programa y era
cierto, era su turno. Dejó las hojas en la mesa antes de subir
al escenario.
Yareth, por su parte, intentaba no separarse de Consuelo,
la intensidad de los reclamos iba en aumento y eso le
parecía que iba a dejar de ser una protesta pacífica, lo que
se llevaría por el trasto la intención original.
Fue cuando lo vio: un policía con una mirada desorbitada,
golpeó con su porra en el hombro a uno de los jóvenes del
frente, uno de los más apasionados. El chico reclamó y un
anciano se metió a defenderlo. Todo se fue al carajo.
Tumbaron las bardas, alguien congeló a los primeros
policías, los de atrás intentaron repelerlos, todos se fueron
en tropel sobre la explanada. Yareth se separó de Consuelo
que llevaba la pancarta levitando al frente.
Sergio estaba a media demostración contra una chica de
Agua Bella que ni se inmutó con el alboroto como si
estuviese acostumbrada; Sergio no pudo continuar.
Los turistas estaban en pánico, los organizadores no
sabían cómo responder y su padre llamó a los militares.
Sergio temió que esto empeorara, cuando vio a la abuela de
Yareth empujar a uno de los oficiales con su magia.
Yareth se quedó atrapado entre la marabunta, la gente se
tropezaba y golpeaba entre ella intentando avanzar, los
gritos de la protesta se mezclaban con los de pánico;
cuando por fin ubicó a su abuela, la sangre se evaporó de su
cuerpo. Un policía estaba por golpearla con la porra
eléctrica y esos segundos se volvieron eternos, la mente de
Yareth iba a cien.
Consuelo tenía una magia sensible, capaz de mover
objetos, pero ya no veía bien y no dejaba de ser una
anciana terca y atrabancada que parecía no reconocer que
ya no tenía veinte años. ¿Qué podía hacer para evitar que la
dañaran?
—¡Amá! ¡Amá!
Yareth quería que todo se detuviera, que cesaran los
ruidos, que el policía se petrificara como cuando gritas
«Estatua», nadie prestaba atención. Vio a cámara lenta la
electricidad recorrer la porra, a su abuela girando el rostro
apenas por reflejo.
El temblor comenzó, potente, sin reparos: Unas cadenas
detuvieron el arma eléctrica. Las lágrimas de alivio lo
sobrepasaron y cuando quiso detenerse se dio cuenta que
no podía.
Escuchó las cosas caer, los gritos subieron de nivel.
Yareth de verdad quería parar.
Sergio jaló de sus cadenas, el arma cayó a sus pies y
entonces se percató de que todo se estremecía: el
escenario se sacudió, una lámpara reventó contra el suelo y
Sergio tomó a la chica de Agua Bella y la salvó de uno de los
transversales.
—¿Pero qué diablos es eso?
—Magia fuera de control —respondió Sergio que soltó a la
chica de su agarre.
—¡Nunca vi algo tan fuerte! Esto es monstruoso.
Sergio ubicó entre la multitud a Yareth hecho una bolita
en el suelo. La gente corría sin dirección. Un árbol se vino
abajo, jaló cables que chisporrotearon en el aire.
—¡Esa vieja bruja mandó a su demonio! —gritó su padre
—. ¡Páralo, Sergio!
Sergio corrió a largas zancadas, se levantó del suelo con
las cadenas y escuchó a la gente lanzar gritos de rescate
con su nombre por delante. Se agachó dónde estaba Yareth,
tenía las pupilas dilatadas en total falta de autocontrol; se le
oprimió el pecho, eso siempre le pasaba con las lágrimas
del demonio.
—¡Yareth! Mírame. —Acunó su rostro y lo obligó a
encararlo—. Tu abuela está bien. Cálmate.
Sergio conectó miradas, usó su magia para neutralizar la
del menor, entre el espacio de sus dos rostros, la luz azul
centelleó.
El terremoto incrementó por una fracción de segundo,
luego aminoró como si viniera en picada. La tierra dejó de
moverse, pero la confusión de la gente persistía. Sergio no
apartó sus ojos de Yareth, hasta estar seguro que estuviera
bien, le pasó la mano por el cabello en un intento de
calmarlo. No es que se le diera bien.
—Volviste a neutralizarla —gimió Yareth ofuscado,
abrazándose—. Odio esto. Yo… No pensé que fuera a ser tan
fuerte.
—Solo te asustaste, ya todo está bien —dijo y no evitó la
sonrisa.
—Gra… gracias.
Yareth hizo un puchero.
Unos pasos duros aceleraron el pulso de Sergio. Alzó la
mirada para encontrar la decepción y la ira en el rostro de
su padre. Incluso vergüenza, la comisura de su labio
temblaba y el cuello lo tenía rojo.
—No sé para qué me molesto contigo, Sergio. Una
decepción tras otra —dijo entre dientes y pasó golpeándolo
con la pierna—. Felicidades, Flores. Ya estarás contento.
Un nudo se apretó en la garganta de Sergio cuando alzó
la vista y vio el desastre. Tanto trabajo a la basura: la gente
herida, triste, la decepción y el enojo que sentía lo estaban
abrumando. Aun así, escuchó con claridad los aplausos.
—¡Gracias, Sergio! —dijo una señora ayudándolo a
levantarse—. Sin ti, esto hubiera sido peor.
—¡Es la segunda vez que nos salvas de este desastre! —
dijo una chica señalando a Yareth.
Pronto, estaba toda la explanada rodeándolo y
felicitándolo, como si fuera un héroe. Yareth se levantó
bruscamente, no lo miró. Corrió a los brazos de su abuela y
se marcharon sin mirar atrás.
Estar con Yareth siempre terminaba en caos, ninguno de
sus planes se concretaba. Sergio apretó los puños, él no
necesitaba más distracciones. Sería un desastre continuar
cerca de él.
El policía que inició el problema, miraba desde la
distancia con una sonrisa de pura satisfacción. «Es tan fácil
provocar a Yareth», pensó y luego se mezcló entre la gente
para regresar a ser Víctor.
Errores
Poetisa Anónima:
Hola… ¿Cómo estás? Me enteré de lo del evento.
Sergio:
¿Quién no? El desastre se transmitió por cadena nacional.
No pudo ser peor.
Poetisa Anónima:
Al menos nadie salió muy herido.
Sergio:
Al menos, no podría cargar con eso. Era mi responsabilidad.
Poetisa Anónima:
No fue tu culpa, fue de ese chico. Si no perdiera el control
de esa forma, si no echara a perder todo… escuché que su
Carta de Conducta fue tachada con restricciones a su magia
para el futuro profesional, ¿supiste?
Sergio:
Hoy no tengo ánimos, Poetisa. Otro día.
Sergio se desconectó.
Por lados separados
Poetisa Anónima se ha conectado.
Sergio se ha conectado.
Sergio está escribiendo…
Sergio está escribiendo…
Poetisa Anónima está escuchando �� Julieta Venegas -
Algo está cambiando
Poetisa Anónima:
¿Quién es ahora el que se está tardando para escribirme?
Sergio:
Ajá, ¿quién está mirando la pantalla esperando mi mensaje?
Poetisa Anónima:
¿Ves esto </3? Es mi corazón herido. No tienes
sentimientos.
Sergio:
La forma abstracta y poética que tienes para externar tus
sentimientos, me cautiva.
Poetisa Anónima:
Por algo soy escritor (guiño, guiño) ¿Cómo sigues con lo
de… ya sabes, el evento?
Sergio:
¿Además de sentirme como un fracasado?
Poetisa Anónima:
Al menos te arriesgaste, nadie se quería echar el
compromiso encima y tú lo hiciste. No te rías… bueno,
aunque si te ríes, no puedo verte. Vale, ríete, pero no
pongas “jajaja”, te lo prohíbo. Yo prefiero no arriesgarme a
fallar, me da vértigo intentarlo.
Sergio:
Escribes relatos eróticos en una revista de baja categoría.
¿Cómo eso no te dio vértigo? ¿Cómo decidiste que querías
hacer algo específico por el resto de tu vida? Honestamente,
pensaba que eras muy valiente por seguir tu vocación. Así
eso fuera porno literario. Pareces ir por la tangente con
todo.
Poetisa Anónima:
Lo tomaré como que me dices que soy especial.
Poetisa Anónima está escuchando �� La oreja de van
Gogh - Deseos de cosas imposibles
Sergio:
No le veo sentido a fingir que no me pareces interesante.
Poetisa Anónima:
Vale, haré como que me lo creo. Y como muestra de
confianza, (sarcasmo, por favor, sigo siendo un anónimo en
el chat), te voy a aclarar algo: cuando era pequeño, tenía
muchos problemas en casa acerca de las cosas que me
gustaban.
Mi madre era… tosca y me prohibía casi todo. Así que nunca
me dejé ir por “metas profesionales”, empecé a pensar que
con que pudiera hacer lo que me gusta en el momento en
que quiero hacerlo, está bien.
Libertad por encima de obligación.
Hay tantas cosas que quiero hacer, que forzarme a elegir
una sola ahora mismo, me parece hasta criminal.
¿A quién se le ocurrió que los dieciocho era la edad para
eso?
Sergio:
¿Al sistema educativo de la mayoría de países
desarrollados?
Poetisa Anónima:
Ah.
Sergio:
Así que no vas a ir a la universidad.
Poetisa Anónima:
Nop. ¿Decepcionado?
Sergio:
Impresionado. Tener claro a dónde voy, me ha dado
seguridad, no sé cómo haría de otra forma. No saber qué
hacer me resulta insoportable.
Poetisa Anónima:
El mundo es un caos, la seguridad es solo un salvavidas en
un tsunami. A todo esto, ¿cuál es tu plan perfecto? Ya todos
en Tierra Dulce sabemos que vas para político, tu papá lo ha
dejado claro más de una vez.
Sergio:
Pues eso. Víctor y yo aplicamos en algunas universidades
para Derecho. Acabando el semestre, nos vamos para el D.F
y rentaremos un apartamento. Luego me uniré al partido de
mi padre. Pero no tengo muy claro que sea eso lo que
quiero.
Poetisa Anónima está escribiendo…
Poetisa Anónima está escuchando �� Kenny y los
eléctricos – Tengo roto el corazón.
Poetisa Anónima:
No me sorprende, porque eso de vivir con Revilla a mí me
suena a penitencia. ¿Por qué no te detienes si no te gusta?
Sergio está escuchando �� Duncan Dhu- En Algún Lugar.
Sergio:
Nunca me lo cuestioné hasta ahora que el reloj va corriendo
hacia atrás y no me encuentro emocionado, algo me dice
que no es por ahí.
Poetisa Anónima:
Hay cosas que igual nunca tenemos claras.
No sé qué tanto lo tomes en cuenta porque soy un “escritor
de baja categoría”, pero desde que nací he escuchado lo
enfermo, equivocado e incorrecto que era. Escuché una y
otra vez que necesitaban “arreglarme”.
Mis primeros años fueron un constante intento de encajar,
de hacer que los demás dejaran de verme como un
artefacto descompuesto. ¿Qué logré? Odiarme, Sergio. Eso.
Nunca los complacía, siempre encontraban otra cosa para
criticarme. No quería dejar que la gente decidiera quién o
cómo era. Porque acabas siendo una amalgama de
etiquetas y autodesprecio.
Poetisa Anónima está escuchando �� Silvio Rodríguez –
La Maza
Sergio:
Vaya, eso fue muy…
Poetisa Anónima:
¿Dramático? Supongo.
Muchas veces solo soy yo luchando con darles la razón, que
sí que estoy defectuoso.
Otros días me motivo. Me encanta la magia ancestral y la
herbolaria, me veo haciendo esto toda mi vida, aunque de
distintas formas.
Poner una tienda en el D.F, hacer infusiones, escribir un
libro de recetas de mi abuela, (ella me mataría, pero como
lo escribiré post mortem, solo vendrá en Muertos y me
jalará las patas), tendré un patio lleno de flores y una gata
negra llamada Chata, que se peleará con Úrsula, mi
tarántula.
Luego me iré de mochilero para aprender sobre hongos o lo
haré antes, el orden de los factores no altera el producto.
Tal vez Chata se coma a Úrsula. ¡Quién sabe!
Sergio:
O sea que lo de escribir no es tu gran sueño.
Poetisa Anónima:
Te lo dije, lo hago para pagar algunas cosas.
¿Y tú qué? ¿Qué harías?
Sergio:
Esto es solo hipotético, ¿bien?
¿Conoces a Ángel Leal? Supongo que sí, todos de alguna
manera nos conocemos. Como sea, mi padre me hacía
pasar mucho tiempo con él y su familia.
Ángel y yo nunca congeniamos. Pero el trabajo de su padre
siempre me pareció interesante. Policía. Comisario. Más
ahora, con el Instituto de Regulaciones de magia que está
en creación.
Me gustaría hacer valer la ley, no hacer política. No digo que
las leyes no importen, pero siempre habrá gente terrible
que encontrará la forma de ignorarlas.
Poetisa Anónima:
Sonará (Se leerá) como adulación vacía, creo que harías un
trabajo genial. Si ya como prefecto eres insoportable, como
policía o detective seguro serías implacable.
¿Se lo has dicho a tu padre alguna vez?
Sergio está escuchando �� Los amantes de Lola – Beber
de tu sangre
Sergio:
Sí, nada bueno salió de esa conversación. Pero si de verdad
quisiera, encontraría la forma. Cuando algo te paraliza es
que solo falta determinación.
Poetisa Anónima:
Algo tengo segurísimo.
Sergio:
¿Qué?
Poetisa Anónima:
Si usas uniforme se te va a ver de fantasía.
Sergio:
¿Estás coqueteando?
Poetisa Anónima:
Madre mía, ¡Sherlock Holmes!
Poetisa Anónima está escuchando �� Julieta Venegas -
Eres para Mí
Sergio:
Preferiría ser Hércules Poirot.
Poetisa Anónima:
¿Con bigotito y sombrero? Descuida, me seguirás gustando.
Sergio:
Lo acabas de googlear, ¿verdad?
Poetisa Anónima:
¡Estás hecho todo un detective!
Todo era mentira
Poetisa Anónima:
Estoy en modo emo.
Poetisa Anónima está escuchando �� Amanda Miguel – Él
me mintió
Sergio:
Tu selección musical más que emo, suena despechada y
vieja.
Poetisa Anónima:
Bueno, eso. Oye, Sergio, ¿cómo superaste a tu platónico?
Sergio:
¿Por qué siempre hablamos de mi vida amorosa?
Poetisa Anónima:
Si nos ponemos exigentes con el uso de la lengua, es tu
vida no-amorosa porque te batearon x.x. Aunque la mía es
peor, así que por eso hablamos de la tuya.
Sergio:
¿Exigente el que escribe sus emociones con una
abstracción: equis punto equis? No, no hablamos de mi vida
amorosa.
Poetisa Anónima:
¿Quién te robó la juventud, Sergio Castillo?
Las penas
Sergio:
¿Qué haces cuando tienes un mal día?
Poetisa Anónima:
Depende del día. ¿Día malo nivel, el chico que amo me está
ignorando o nivel malo, mi vida es un desastre y no veo la
luz?
Sergio:
Nivel mi madre se está muriendo y no hay nada que pueda
hacer.
Poetisa Anónima está escribiendo…
Poetisa Anónima está escribiendo…
Sergio:
Lo siento, eso fue incómodo. No tienes que contestar.
Sergio está escuchando �� Insite - Cielos Que Lloran
Poetisa Anónima:
¡No, no fue incómodo! Me tomó por sorpresa… es todo. La
verdad es que no pude pensar en algo para decir.
Son situaciones en las que todo suena vacío, sin sentido o
artificial. No encuentro palabras para consolarte. Perdón.
Poetisa Anónima está escuchando �� Flans – Las mil y
una noches
Sergio:
No te disculpes, fui un imbécil por sacar mi frustración
contigo.
Hace un tiempo me sentí un increíble idiota en una situación
parecida y pensé que tal vez tú tendrías palabras
adecuadas.
Pero es como dices, toda frase que pensé me pareció...
vacía. Quería consolar a alguien, temía ser insensible y que
me odiara más. Al final, me quedé mirando su espalda
mientras lloraba, tan cobarde e impotente.
Poetisa Anónima:
¿La persona que te gusta?
Sergio está escribiendo…
Sergio está escribiendo…
Poetisa Anónima:
Ya, era obvio.
Poetisa Anónima está escuchando �� Aventura - El
Perdedor
Poetisa Anónima:
Pienso que no necesitabas decir nada. Las acciones pueden
reemplazar lo que no podemos expresar. Un abrazo, un
hombro para llorar…, que la persona sepa que estás ahí.
Sergio:
Todo el pueblo sabe lo de mi madre. A veces, algunas
personas se me acercan con intención de consolarme,
nunca los siento sinceros. Me causa irritación que me vean
con lástima.
Poetisa Anónima:
A ver, es que la empatía no es lástima, Sergio. Sentir
compasión por el dolor ajeno solo implica que estamos vivos
y nos importa la otra persona.
No sé si es un consejo universal, mi abuela dice que las
penas se trenzan y, cuando se trenzan, duelen menos.
Sergio está escuchando �� Soda Stereo – Trátame
suavemente
Sergio:
Tu abuela debe saber mucho.
Poetisa Anónima:
Cuando quieras, puedo enseñarte a peinar las penas.
Sergio:
Es contra las reglas tener el cabello largo; de otra forma, me
habría encantado.
Poetisa Anónima ha cambiado su nombre a Poetisa
Enamorada.
Poetisa Enamorada:
Lo que importan son las manos de quien trenza así que
elige bien.
Poetisa Enamorada está escuchando �� La Oreja de Van
Gogh - Puedes Contar Conmigo
Sergio:
Lo haré.
Al menos hay que intentarlo
Poetisa Enamorada:
He estado pensando…
Sergio:
¡Un milagro!
Poetisa Enamorada:
.|. já, já.
Sergio:
Estoy aprendiendo de tu humor.
Poetisa Enamorada:
¡Eres horrible!
Sergio:
Es bueno que lo tengas presente. ¿Qué pasó?
Poetisa Enamorada:
Llevamos varios meses conversando.
Sergio:
¿Quieres que paremos?
Poetisa Enamorada está escuchando �� Lu - Si Tú Me
Quisieras
Poetisa Enamorada:
No. Bueno… No. Ya se está acabando el semestre.
Sergio:
Últimas semanas y sigo sin hacer que dejes de escribirme.
Poetisa Enamorada:
Esto es solo hipotético. Muy hipotético, casi que ni te lo
estoy diciendo… ¿Qué pasaría si me gustases?
Sergio está escribiendo…
Poetisa Enamorada:
¡Hipotético! Tal vez, un poco más que «gustar» y un poco
menos que «arrojarme a un volcán en llamas por ti».
Sergio está escuchando �� Volován - Monitor
Sergio está escribiendo…
Poetisa Enamorada:
Aunque no es como si los relatos que escribo fueran mis
fantasías contigo o mis sueños húmedos jajaja tampoco, no.
No. Claro que no. Un poco.
Sergio está escribiendo…
Poetisa Enamorada:
¡Infiernos! Di algo, escríbeme, mándame un emoji. ¡Algo!
Sergio:
Hipotéticamente hablando, sería complicado por dos
razones: no sé quién eres, aunque hemos compartido
muchas cosas y tal vez, de haber tenido más tiempo o ser
otro el contexto podríamos… no sé. Algo. Pero ahí está la
otra razón: me marcho, ¿recuerdas?
Poetisa Anónima está escuchando �� Erik Rubín - Cuando
Mueres por Alguien
Poetisa Enamorada:
Hipotético, si no te marcharas, si tuviéramos tiempo... ¿Al
menos lo intentarías? ¿Conocernos? Te he visto rechazar
gente, finges ser amable, pero en realidad eres directo y
tajante, ni siquiera dejas un poquito de esperanza. Así que
solo dime directo y ya.
Sergio:
He recibido confesiones vacías de gente que nunca me ha
conocido más allá de lo que dejo que todo el mundo
perciba. Tú no eres igual. No quiero lastimarte siendo
ambiguo. Tampoco es que no me agrades, solo que…
Poetisa Enamorada:
Es por ese alguien tuyo.
Sergio:
Perdón.
Sergio está escribiendo…
Poetisa Enamorada:
Tampoco es que esté perdidamente enamorado de ti o
alguna estupidez así.
Sergio:
Solo era hipotético, ¿no?
Poetisa Enamorada:
Pff, claro.
Poetisa Enamorada está escuchando �� Son By Four - A
Puro Dolor
Sergio:
¿Está todo bien entre nosotros entonces?
Poetisa Enamorada:
Claro. Bien.
Sergio:
Bien.
Poetisa Enamorada:
Bien.
Sergio:
Bien.
Poetisa Enamorada:
Por cierto… Soy Yareth.
Poetisa Enamorada se ha desconectado.
Sergio:
¿Qué?
<zumbido>
<zumbido>
Sergio:
¡No puedes ser tan cabrón! ¿Hablas en serio?
<zumbido>
<zumbido>
Mi corazón es delicado
¿Alguna vez has visto un ataque de locura en un cyber
estrecho con computadoras en fila y apenas espacio para
pasar entre el pasillo y el mostrador?
Nadie en el cibercafé de la calle Porfirio Díaz había visto
algo como esto. Don Raúl, dueño del cyber, se preguntó en
qué momento se le ocurrió que era buena idea rentar
computadoras a chicos hormonales y estúpidos de diecisiete
años.
—¡Tiene que haber una forma de borrarlo! —le imploró el
chico con ojos rojos.
—No se borra, chico. Lo hecho, hecho está —respondió él.
—ENTONCES DÍGAME: ¿CÓMO ME BORRO DE LA FAZ DE
LA TIERRA? ¡ESTO NO ME PUEDE ESTAR PASANDO!
Y con eso Don Raúl, luego de correr al chico, quedó
planteándose un giro de negocio.
Yareth se reconfortó con la idea de que, al menos, no
provocó otro temblor. Ya muy mal trago le dejó el anterior y
que apareciera el chico que lo acababa de rechazar no iba a
mejorar la situación.
Sentado en la orilla de su cama, mirando el calendario
pegado al buró, se lamentó su falta de control, su falta de
sentido común y dignidad, de paso. A ver, el plan no era
taaan malo, según él.
Solo quería tantear el terreno, solo quería ver si Sergio
podía sentir un poquito lo que él. Si esas conversaciones
podrían significar algo, que abrieron sus corazones, que
eliminaron un tantito sus prejuicios, más que conocer su
nombre, más que ser el chico popular y el chico problema…
Ser solo ellos y quererse tantito. Y darse un chance, por más
pequeñito que fuera.
«Solo tenías que resistir tres semanas. ¡Tres semanas!
Quedarte callado y listo, Sergio iba a desaparecer de tu vida
e ibas a ponerle punto final a años de amor unilateral».
Fue un desliz.
Una idiotez.
Es que ya todo iba mal, en picada. Fórmula para el
desastre. ¿Cómo pudo ser tan ingenuo? Desde el día del
incidente de la explanada, Yareth no sabía bien dónde
estaba su cabeza y dónde su corazón. Sergio lo lanzaba al
cielo y luego lo hundía. Lo del evento de psicomagia fue un
desastre, uno que rayó sus papeles de forma irreparable.
Los examinadores de magia que iban año con año a
Tierra Dulce ahora encontrarían en los papeles de registro
de Yareth una indicación de peligro colocada por la policía
del pueblo y firmada por el padre de Ángel.
Esta mancha en su historial implicaría que jamás podría
usar su magia de temblores de forma profesional y que, una
vez saliese del pueblo, tendría que ser regulado por
cualquier inconveniente.
El gobierno estaba implementando un Instituto de
Regulaciones Psicomágicas Mexicano que tal vez entraría en
vigor para cuando él cumpliese los dieciocho.
Pasó días disculpándose con su abuela, que nunca lo
culpó y solo acariciaba su cabeza con ese gesto materno
que lo hacía sentir más miserable.
Para colmar el vaso, como si no fuera suficiente, esa
sensación de ser inadecuado para todo y todos. Sergio
decidió ignorarlo. Ya no lo confrontaba a la entrada, no le
ponía reportes, ni respondía a sus evidentes pullas.
Semanas donde Yareth aprendió que dolía más la
indiferencia, que su actitud pedante y arrogante.
Esa abstinencia severa del prefecto, lo acabó por volver
loco.
Porque la disculpa de Sergio lo hizo sentir… cosas. De
esas inexplicables, que se pelean con la lógica, cosas que
recuerdan a mariposas aleteando, a la brisa de la primavera
con los capullos en flor temblando en emoción por mostrar
sus colores.
Ese cóctel de emociones mandaba a volar su orgullo.
Sergio fue un imbécil con él hacía dos años. Pero ahora se
disculpó y él ya se había portado odioso todos esos meses
para protegerse. ¿Y si Sergio había cambiado? Sus
conversaciones parecían auténticas y no dejaba de ser un
estirado, mamón, también era tan… imperfecto. Tan él.
Y le gustaba de todas esas maneras en que podía
gustarte alguien a los diecisiete. Lo admiraba, lo envidiaba
un poquito; le gustaba su amabilidad, se divertía con él, le
hacía reír su extraño humor. Todos esos momentos
hinchaban su pecho que iba a explotar en estrellitas de
ilusión. Declararse sin exponer su identidad era inofensivo,
sí, le podían romper el corazón otra vez, aunque ahora el
criminal no se iba a enterar.
Orgullo salvado.
Dignidad intacta.
El problema, como casi todos sus problemas, vino de sus
emociones. Cuando Sergio rechazó a Poetisa, a él, que se
mostró vulnerable y real, más real que su nombre, el primer
sentimiento fue dolor. De ese sordo que se clava despacio,
que parece disfrutar como el filo se hunde y te abre desde
dentro.
Pero cuando se mencionó a ese otro chico… fue como una
cachetada de realidad, fue como: ¿quién es él?, ¿por qué no
puedo ser yo?, ¿por qué me sigo ilusionando? Y en un
momento, la ira le ganó. «¡Soy Yareth!» Recházame otra
vez, rómpeme el corazón en tantos pedacitos que no los
pueda ni encontrar para volverlos a pegar. ¡Vamos, hazlo!
¿Dramático? No, señor.
Joven.
Primer amor.
A este chico se le estaba cayendo el mundo. Porque todo
cae por su propio peso, como la idiotez pasional. Porque
apenas presionó el botón de enter, miró su nombre que casi
que destellaba en la pantalla y comprendió que acababa de
hacer algo irreversible.
Él mismo tardó en procesarlo.
—¡Yareth! —gritó su abuela desde la cocina.
—¿Qué?
—¡Se dice «mande»!
—¡Mandeee!
—Que vengas, escuincle[7]. Ya vamos a comer.
Doña Consuelo flotaba en el medio de la cocina con los
ojos cerrados y las hierbas levitando a su alrededor. Las
plantas bailaban como en una película de Disney, en la
radio en vez de pasar una pegajosa letra de princesas,
sonaba:
«Mi corazón es delicado… porque una vez fue
traicionado»
Oh Dios. Sergio lo iba a destrozar, otra vez.
—¿Soy tan feo que me tienen que rechazar dos veces
para que entienda?
—Tienes mis genes, así que feo no eres.
—Lo otro no va a negarlo, ¿verdad?
—No soy de las que mienten.
El aroma del caldo de guías impregnaba toda la cocina y
Yareth esperó a que lo caliente del líquido le diera ánimos o
le recordase que podría estar peor. El caldo de su abuela
parecía ser puesto a hervor en el mismísimo infierno.
Sí, de ahí venían las lágrimas, se las limpió sin que
Consuelo las viera. No le gustaba llorar y menos que lo
vieran.
Su abuela bajó a tierra, colocó los frasquitos en la mesa
de la cocina.
—Ni los toques —amenazó.
Yareth miró las pócimas con envidia, su abuela era una
maestra en el área.
—¿Algún día lo va a olvidar, amá?
Consuelo lo miró con ojos entornados. Úrsula caminó por
la mesa hasta subirse al canasto con pan.
—El señor Rogelio te encargó un antiinflamatorio, hiciste
que tuviera una erección por tres días.
—¿Y? Al final terminó viniendo por más.
—¿Se te olvidó que tenía 85 años? Eso lo mató al pobre.
—Lo mató su lujuria y murió feliz. No por nada se petateó
[8]
en nuestra puerta.
Su abuela soltó un mjmm que en el lenguaje de las
madres significaba «me vale madres».
—Hice un preparado herbal para los hijos de los Gómez,
metiste tus manitas de estómago y los hijos acabaron
cambiando cuerpos.
—¡Fue divertido!
—La señora Gómez no pensó lo mismo cuando no podía
distinguir quién era quién.
—Oh, mamá, la señora tiene doce hijos, de por sí no sabía
quién era quién.
—¿Qué me dices de la vez que te tomaste un suero de la
verdad y le cantaste a ese chico Castillo?
—¿Y cómo ha estado la señora Gómez? ¿Cómo siguen
Lupita, Manuela, Pancracio, Primitivo, Augusto, Petronila…?
—dijo, intentando que no se le notara el quiebre en la voz.
—¿Ahora qué hiciste con el hijo de Joaquín?
La cuchara se fue por su garganta, tosió y creyó que le
había llegado la hora de una muerte prematura. Úrsula se
acercó y alzó sus patas.
La última cosa que iba a ver era a su tarántula en pánico.
Tal vez era lo mejor, o era morir o era escapar del país y no
tenía dinero. ¿Cómo iba a ver a Sergio mañana? ¿Y si faltaba
tres semanas a clases?
Su abuela le golpeó la espalda tan duro, que si lo que
comió la semana pasada no salió, también fue puro milagro.
—¿Quién? ¡No tengo idea quién es ese! —tosió intentando
recomponerse.
—A ver, es que, si lo pienso, en ocho años no has hablado
de otro que no fuera el hijo de Joaquín.
Yareth quiso dar un grito de terror. Odiaba recordar que
llevaba ocho… ¡Ocho! años enamorado del mismo sujeto.
Que lo cuelguen, patético hasta la médula.
—Mgm… ¿Metí la pata?
—¿Y cuándo eso ha sido una novedad?
—Cielo santo, tiene razón.
Consuelo recogió los platos. Tenía que ir al centro por
unos ingredientes para los preparativos del Comité del Día
de Independencia.
—No toques las pócimas —dijo saliendo de casa.
Yareth miró las botellitas. ¿Y sí…?
Tuvo una idea.
Como todo en esta historia, era una mala idea.
Poetisa Enamorada está
desconectada.
Sergio:
¿Estás conectado y solo no me quieres contestar?
Sergio cambió su nombre a Sergi Castillo.
Sergi Castillo:
Necesitamos hablar, Yareth. Estoy realmente confundido.
¡¿Por qué no empezaste diciendo que eras tú?!
Sergi Castillo está escuchando �� Fobia - Hoy Tengo
Miedo
Sergi Castillo:
Me has dicho muchas veces que me odias, creo que capté el
mensaje siempre, pero por otros momentos, solo me
confundes. No sé cómo actuar contigo, no sé cómo quieres
que actúe contigo.
Sergi Castillo está escuchando �� Prisioneros – Estrechez
de Corazón.
Sergi Castillo:
Bien, no estoy enojado porque seas Poetisa Anónima. ¿Vale?
Así que mañana no te escondas de mí. ¿Hablabas de ese
“alguien” sabiendo que hablábamos de ti? ¿O solo es una
forma de ser cruel conmigo?
Sergi Castillo se ha desconectado.
Te tiembla la vida, Sergi
¡Oh sorpresa! Vaya giro de los acontecimientos ¿Quién
podría haber predicho tamaña revelación? Bueno, cuando
estás en el caos incluso lo más obvio puede pasar
desapercibido.
Ese era el caso de Sergio.
Había intercambiado mensajes por chat desde mayo con
Poetisa Enamorada, quien no era otro que el mismo Flores.
Sergio estaba tan convencido de que lo único que Yareth
sentía por él era desprecio y odio que, si alguna vez su
mente quiso jugarle la broma de pensar en él cuando
intercambiaban mensajes, se obligó a desestimar la idea, a
separar deseos de hechos.
Tal vez debía replantearse lo de ser detective. Pero antes,
ya interpretó mal las señales y le rompieron el corazón.
¿Qué tal si volvían a jugar con él?
El Fatídico Miércoles, cincuenta y dos minutos antes de
que su vida fuera a tomar un volantazo, Sergio estaba
recargado en el portón intentando cumplir sus obligaciones
de prefecto. Pero su cabeza no estaba ahí, ni de chiste.
Lo de ayer fue una bomba. Aunque no menos
impresionante que el momento exacto cuando se dio cuenta
que estaba irremediablemente atraído hacia ese chico. No
podía decir que lo suyo fue amor a primera vista; conoció a
Yareth cuando el niño tenía solo ocho años y estaban en
medio de un temblor que tumbó casas y árboles.
Conocerlo fue hacer que le temblara la vida.
Yareth era sensible y Sergio tajante. Luego de aquellas
hirientes palabras dichas en su habitación, el niño no volvió
a dirigirle la palabra. No tenían motivos para encontrarse,
Yareth era un alumno de primaria y él de secundaria. No
tenían nada en común, ni amigos, ni clases.
Separados por las rejas y el horario, no tenían espacios
para toparse casualmente y, en las raras ocasiones que los
eventos de la escuela los reunían, Sergio se descubría
buscándolo con disimulo y luego se obligaba a apartar la
mirada cuando Yareth lo notaba.
Ninguno de los dos volvió a acercarse: Yareth tenía el
orgullo herido y Sergio estaba convencido de que su padre
tenía motivos para prohibirle acercarse al niño. Joaquín no
podía estar equivocado.
Sergio se concentró en sus estudios, en ser ese alumno
modelo que su padre esperaba que fuera, ese del que su
madre se pudiera sentir orgullosa. Entonces Yareth entró a
secundaria en 2004 y al final pasó lo inevitable: sus mundos
volvieron a colisionar.
La secundaria estaba dividida en grupitos y Sergio
pertenecía a su propio círculo. No era de los deportistas, ni
de los nerds, tampoco necesitaba encasillarse. Allá donde él
estuviera, las personas se arremolinaban a su alrededor.
Sentado en la orilla del muro de cantera jugaban «verdad
o reto», la botella giró entorpecida por los relieves de la
piedra y se detuvo apuntándole.
—Verdad —dijo Sergio.
Su compañera dio un grito ahogado como el de un ratón
cuando le es prensada la cola y Sergio se contuvo de rodar
los ojos, en vez de eso, sonrió.
—¿Quién te gusta? —preguntó la chica con un fuerte
sonrojo cruzando su cara.
—Nadie.
—¡Eso no es divertido! Siempre contestas lo mismo —se
quejó uno de los chicos con un puchero y batió sus pestañas
en su dirección, Sergio lo ignoró.
—Entonces deberían hacer otras preguntas.
—Debe gustarte alguien… No es justo —dijo la chica
también haciendo un puchero.
Sergio sonrió, estaba harto de esa pregunta. No le
gustaba nadie, no estaba mintiendo.
La botella volvió a girar.
¿Qué tan mala suerte tenía que tener?, el chico que giró
la botella torció la boca cuando esta volvió a apuntarlo a él.
—No sería justo que eligieras la verdad de nuevo, ¿no? —
retó su compañero.
—Castigo —dijo firme.
—Besa al chico de allá. En el cuello.
Señaló hacia el pasillo tapiado de árboles. Sentados en el
pasto estaba el Grupo de los Marginados.
Todos inadaptados que, por una u otra razón, no eran
queridos por el resto del colegio. Las escuelas siempre
tienen un grupo de estos, como si fuera un requisito para
ser llamado colegio.
En la mente de chicos de secundaria, besar a un
marginado equivalía a un castigo, aún más, para el creador
del reto esto servía para poner celosas a las compañeras
que esperaban ser las afortunadas.
—¡Ugh! No se vale —dijo la primera chica.
—¡Eso solo sería un premio para ese rarito! —soltó otro
chico.
Sergio pudo cambiar el castigo, salirse por la tangente.
Pudo hacer mil cosas; miró en dirección a Yareth.
El chico los escuchó, lo delataba su piel que siempre era
del color del café con leche y ahora tenía salpicaduras de
fino polvo de grana cochinilla, subiendo por todo el cuello,
pintándolo de rojo.
Sergio experimentó la epifanía, una atracción irresistible
que tiraba de él desde el vientre, como si Yareth tuviera su
propia fuerza de gravedad.
—Es probable que él no quiera —dijo con la voz espesa.
—¿Vas a correr, chico? —gritó su compañero.
Yareth ladeó el rostro y destensó los hombros.
—¿Me ves cara de cobarde? Mgm, hazlo y terminemos
con esta tontería, Castillo.
—Pero… —inició Ángel.
Yareth le dirigió una mirada hostil y Ángel guardó silencio.
Sergio sintió que todo ocurrió en cámara lenta: Se puso de
pie, usó sus cadenas en el árbol para caer al pasillo.
Atravesó los escasos metros que los separaban y los nervios
descendieron desde su nuca hasta la cadera.
El sofoco imprevisto lo forzó a soltar el primer botón de su
camisa, se ahogaba. Cada paso parecía ser hecho sobre la
espesa arena del mar, mientras las olas lo forzaban a ir más
adentro, más allá de lo conocido. Sergio pensó que debía
detenerse, los ojos de Yareth temblaban humedecidos y
elevaron su ritmo cardíaco. Sin control, el calor envolvió su
columna y le nubló el pensamiento racional.
Entró en el círculo y Yareth se cruzó de brazos, ladeando
su cabeza, exponiendo su cuello, piel enrojecida, párpados
apretados y pestañas temblando. Los ojos negros navegaron
en el suave perfil, en la delicadeza del puente de su nariz,
en los labios ligeramente abiertos.
Sergio se inclinó.
El vaho de su aliento erizó los vellos en la piel ajena, cerró
los ojos y besó las pequeñas montañitas que brotaron en su
cuello. La punta de su nariz rozó el lóbulo y su recompensa
fue recibir la más delicada de las caricias, sumergirse en el
olor a jazmín y al dulce con canela.
—¡Bien que quería! —gritó una de las chicas.
El momento se hizo pedazos, Yareth se destensó con un
empujón, se puso de pie y se marchó sin mirar atrás.
—Castigo fue dejarse besar por ti, que idiota —recriminó
Qadira, la prima de Yareth.
—Eso fue cruel —murmuró bajito Ángel sin atreverse a
mirarlo.
Sergio se dio cuenta que tomó la oportunidad sin pensar
en las implicaciones. No pensó que, después de ese beso, el
aroma haría camino por sus sentidos y lo apresaría como un
hechizo.
Ahora, parado en el marco de la puerta mirando la subida
de la escuela, esa calle empedrada de cantera, tenía un
incontrolable cosquilleo en sus manos, no sabía qué iba a
decirle a Yareth cuando apareciera. El que fuese Poetisa
Anónima no lo hacía más sencillo.
Por un lado, estaba enojado por ser engañado así, por
otro, tenía la absoluta certeza de que esto elevó sus
sentimientos por el chico y en otra parte estaba la
vergüenza de que confesó cosas que a nadie más.
Cualquiera en este punto preguntaría: si te gustaba desde
hace tanto... ¿Por qué no hiciste algo?
Oh, vaya. Es que lo hizo. Lo intentó y el resultado no fue
agradable.
En el Festival de Muertos del 2005, Yareth había sido
encargado de adornarlo y Sergio se ofreció voluntario para
ayudar a su padre con el programa. Era un plan redondo, un
pretexto perfecto para acercarse al esquivo de Yareth. Era el
primer festival con su padre como presidente municipal,
nadie encontró motivos ocultos en que el hijo de Joaquín
quisiera organizarlo.
Durante esos pocos días, Sergio descubrió que entre
Yareth y él existía algo más que solo una vieja herida
infantil. Tenían ideas diametralmente distintas de cómo
debían hacerse las cosas. Nunca pensaban lo mismo. Si
Sergio decía derecha, Yareth votaba por izquierda.
Se reunieron en el camposanto, estaban uno al lado del
otro sin saber precisamente qué decir. Desde el beso en el
cuello no volvieron a hablar, no porque Sergio no quisiera,
sino porque Yareth lo evitaba como la plaga.
Ninguno sabía cómo romper el hielo, miraban hacia los
lados como si el cementerio fuera recién construido. Yareth
se limpió la garganta:
—Pensaba llenar los pasillos con cempasúchil, terciopelo
y nube, lo imagino como un enorme altar.
Aunque Yareth parecía desinteresado, Sergio reconoció en
su semblante una ilusión tremenda.
—Tenemos que ser prácticos —respondió fijándose en las
condiciones de la explanada—. Llenar el lugar de flores es
inviable.
El cementerio era el lugar más sincrético de Tierra Dulce,
una verja alta de lámina negra se abría de par en par justo
frente a los varios metros de explanada, luego se dividía en
corredores anchos bordeados por tumbas, capillas y figuras
religiosas. Desde los ángeles extendiendo sus alas hasta los
cráneos en representación del mundo de los muertos.
—Eso es porque tú no puedes hacer florecer. Este festival
es el más bonito del pueblo, más allá de lo práctico, tienes
que pensar cómo se sienten las personas. Están recibiendo
a sus seres queridos.
—Ajá y cuando no puedan llegar a sus sepulcros, ¿cómo
crees que se van a sentir?
Yareth hizo sonidos de molestia, se encogió de hombros y
no aceptó estar equivocado. Sergio tampoco solía dar pasos
para atrás.
—Podríamos hacer algo… en el medio —dijo con cierta
resistencia y el chico lo miró de reojo.
Sergio le propuso que el escenario de ese año simulara
un altar, colocando tarimas en tres niveles, un arco de caña
y todo revestido de flores. Luego harían el camino y en vez
de llenar los pasillos, crearían un cerco ligeramente alto.
Yareth lo escuchaba mientras jugaba con el listón.
—¿Cuál es el problema? ¿No te gusta la idea?
—No soy… No soy bueno delimitando mi magia.
—¿Cómo funciona?
—Es de naturaleza caótica según los examinadores, si no
soy capaz de imaginarlo de manera exacta, se sale de
control. Si mis emociones son muy fuertes, se sale de
control… Básicamente soy un caos y hacer una línea de
flores recta me es imposible.
Sergio lo meditó un momento, él podía arreglarlo con solo
acomodar manualmente las flores; una idea brotó y fue tan
irresistible que la tomó.
—Confía en mí, yo me encargo.
Aunque Yareth levantó una ceja con escepticismo aceptó
el plan de Sergio. Durante dos días trazaron la ruta de
flores, investigaron sobre los mausoleos abandonados cuyos
familiares tenían años sin visitarlos para poder adornarnos
también y Yareth le pidió a su primo Ikal que dibujara el
escenario con su idea de altar. «Es para imaginarlo mejor»
le dijo.
Las flores debían estar frescas, así que el plan de Sergio
fue puesto en práctica la misma mañana del evento. Yareth
miraba la ruta con recelo, tenía los puños apretados.
—¿Vamos?
—Quien nace para maceta no pasa del corredor. No va a
salir bien, Castillo.
—Con esa actitud, seguro no. —Sergio tragó con
nerviosismo, se acercó hasta tomar las manos de Yareth
quien torció el gesto—. Ve creando las flores, no sé si antes
te lo dije: tengo la habilidad de neutralizar magia si te miro
a los ojos, así que no apartes el rostro. ¿Entendido?
—¿Eso hiciste aquella vez del temblor?
Sergio asintió y caminó hacia atrás, jalando del chico que
trastabilló hacia adelante con torpeza, parpadeó en lo que
su mente terminaba de procesar. Hizo florecer y la energía
de su cuerpo salió a raudales, llenando el camino como un
tapete.
Sergio soltó una mano y la usó para afianzar por la
delgada cintura al chico que respingó nervioso.
—Mí-ra-me.
—¡Esto es como acoso sexual, Sergio!
—Dramático a morir. Concéntrate. —Podían hacer esto sin
estar tan cerca, sin tener que tocarse. Pero entre lo que
había que hacer y lo que quería hacer, Sergio eligió la
segunda opción—. Antes me llamabas por mi nombre. ¿Por
qué no lo intentas?
Yareth miró hacia otro lado.
—Mgm… No.
—Anda.
—No.
Sergio buscó sus ojos.
—Te suelto.
—¿Qué clase de exigencia es esta?
—Una mía.
A regañadientes, Yareth le devolvió el regalo de poderlo
ver tan de cerca. Seguían caminando hacia atrás, como si el
pasillo fuera eterno.
—¿Y qué te digo?
—Improvisa.
—¿Sabías que las flores de cempasúchil se clasifican en
machos y hembras? —Sergio negó—. En realidad, es solo
una jerga de los cultivadores, las hembras son las que se
venden porque son más grandes y esponjosas. Los machos
son las que se usan de fertilizante porque son escuálidas.
Peeero, cada flor tiene ambos pistilos. ¿Qué necesidad
tendrán los cultivadores de clasificarlas así, Sergi?
Sergio no tenía ni idea. Todo se le hacía mezcla en la
cabeza, más allá de su nombre en el cantarín y delgado
tono de voz de Yareth.
—La naturaleza es muy variada —siguió el chico—. Las
personas somos las que no podemos verla porque nos
negamos a entenderla.
—Es porque se nos escapan los detalles —convino Sergio
—. Somos aburridos hasta que miramos de cerca. Ahí se
revelan verdades y luego no puedes quitar la vista.
Yareth asintió, con una sonrisa que Sergio quería besar,
pero no estaba seguro de si era el momento, de si el otro
quería. De pronto lo invadió la inseguridad, se limpió la
garganta:
—¿Sabías tú que acabas de hacer una línea recta de
flores?
Yareth miró por encima de su hombro el pasillo.
—No mames… ¡Lo hice! —gritó con los brazos al aire y las
flores volaron como serpentinas e hicieron que se pusiera
rojo.
Sergio se rio, sin burla, sin malicia. Estaba enternecido.
—Lo hiciste.
Alzó la mano y Yareth terminó contagiado y chocó los
cinco con él. Lo normal habría sido separarse de inmediato,
Sergio se atrevió a entrelazar sus dedos. El chico no se
movió. Se miraron, ninguno supo quién dio los siguientes
pasos, quién caminó hacia el frente, quién hizo que sus
narices se rozaran. No importaba a quién pertenecía el
cálido aliento, ni quién cerró los ojos primero.
—¡Les quedó cabrón! —gritó Qadira golpeando el hombro
de Sergio.
—Gracias —contestó Sergio con falsa amabilidad.
—¡Se siente como el amor! ¿Verdad, Yareth? —preguntó
Ángel con los ojos bien abiertos y sin pizca de maldad.
Yareth hizo su mohín, soltó las manos de Sergio y puso
distancia.
—No entiendo el placer de andar entre flores destinadas a
la muerte —comentó Ikal cruzándose de brazos.
—Tú no entiendes placer alguno de la vida —refutó Yareth
mostrándole la lengua.
¿De dónde salieron?
Sergio tuvo el presentimiento de que Qadira esperó el
momento justo para molestarlo, probablemente aún
enojada por lo del castigo de aquel beso. Sergio se tragó la
frustración de terminar de adornar el lugar en compañía del
Grupo de los Marginados.
No había convivido mucho con ellos, eran un grupo tan…
extravagante y escandaloso que comprendía esa reticencia
del resto de habitantes a incluirlos en sus actividades.
En honor a la verdad, en ese instante, tampoco le caían
tan bien. Estuvo tan cerca…
Cuando llegó la noche, la familia Castillo arribó al
panteón, su madre nació en Tierra Dulce y sus parientes
más cercanos estaban enterrados en ese camposanto.
—El chico de las flores es tan creativo —sonrió su mamá.
Aún no tenían diagnóstico ni miedos, ni fragilidad. Aún era
su madre llena de vida.
Avanzaron entre el gentío hasta la tarima principal, esa
que Yareth hizo lucir como un altar gigante. Sergio sonrió al
ver el resultado, ahora, con las veladoras encendidas y
algunas levitando por todo el camposanto gracias a uno de
los miembros del comité de Consuelo.
—Lo iba a arruinar, de no ser por Sergio esto sería un
desastre —dijo su padre con un tono de desprecio.
—¿Entonces por qué le encargaste esto? —contraatacó su
madre.
—No fue mi decisión —siseó Joaquín—. La alborotadora de
Consuelo dijo que el gobierno no iba a quitarles la
autonomía del evento. Ya sabes que se queja por todo. Así
que tuve que involucrarlos como un comité y ella decidió lo
del chico ese.
—No me lo dijiste —cuestionó Sergio en voz baja.
Su padre lo miró por el rabillo del ojo.
—No y me siento orgulloso de que supieras que tenías
que controlar al problema ese.
Joaquín se fijó en su reloj, se acomodó la corbata y su
madre le arregló un poco el cabello. Subió a la tarima, no sin
antes empujar a Sergio por la espalda para hacerlo subir
con él. Le sonrió en un gesto de aprobación que casi nunca
recibía. Por un momento se sintió un pavorreal moviendo las
plumas.
El presidente inició el discurso inaugural; otras figuras
políticas del municipio estaban sentados en una hilera a su
derecha, aplaudiendo como robots. Sergio se sintió
reconocido y la sensación lo llenó de adrenalina corriendo
por sus venas.
—Este año mi hijo se ha encargado de la organización, un
aplauso por favor —dijo Joaquín estrechando su mano frente
a todo el pueblo—. Has hecho un gran trabajo controlando
que nada se saliera de lugar.
Sergio se sentía en el cielo, por años estuvo buscando esa
mirada de orgullo en su progenitor, alcanzar sus
expectativas… ser el hijo que esperaba que fuera y ahí, en
ese instante, un escalofrío bajó por su espalda, en el público
estaba Yareth. Sus ojos cruzaron con los suyos y el chico se
retrajo.
La conciencia le dijo que tenía que llevarlo al frente, que
ese logro no era solo suyo. Su padre le dio el micrófono y
Sergio tragó espeso. Dijo algo, su cabeza le pedía
mencionar al chico que hizo eso posible; pero los ojos de su
padre le pedían llevarse el crédito completamente. Los
aplausos lo distrajeron lo suficiente.
Cuando volteó la cara, Yareth ya no estaba.
Al bajar del escenario Sergio tenía el estómago revuelto,
pero se decidió a ignorar el origen del malestar, no quería
pensar en ello porque podría averiguar algo que, a los
dieciséis, no se sentía listo para afrontar.
—Ha quedado genial el evento —dijo uno de los
compañeros de su padre.
Los miembros de la tarima ahora lo estaban rodeando,
Sergio buscaba a Yareth sin resultados, demasiada gente,
estiró el cuello intentando localizar a alguno de los chicos
del Grupo de los Marginados.
—Debió ser difícil trabajar con ese chico —dijo un regidor
gordo negando con la cabeza y tapando su visión.
—N-no… no, real…
Sergio mantuvo la postura, no quería mostrarse grosero o
impaciente, aunque su cabeza era un manojo de nervios. Su
atención necesitaba ver la cabellera miel.
—Tu papá nos dijo de tus intenciones de unirte al partido
—continuó otro.
—Bueno, es el plan…
—Un gran plan, te estaremos esperando —acertó otro con
una sonrisa extraña.
Entonces lo vio, era Yareth rebotando entre las familias.
—Disculpen, tengo que irme.
Yareth levantó el vuelo hasta lo alto de un árbol, donde
las sombras escondieron su silueta. Sergio llegó a los pies
del árbol y usó los eslabones a modo de escalera, subió
hasta la rama donde Yareth estaba encogido. Tenía el pelo
mojado, no lo miró.
Los acordes de una guitarra viajaron por el viento desde
la explanada y la voz de una mujer interpretando Llorona
llenó sus oídos.
El que no sabe de amores, Llorona
No sabe lo que es martirio
—La gente lo está disfrutando, tal como querías —dijo
Sergio, recargándose en el árbol—. Hicimos un buen
trabajo.
Ahí estaba otra vez la punzada de malestar.
Yareth hizo uno de sus sonidos inteligibles; el viento frío
que solo soplaba en esas fechas pasó a través de sus largos
cabellos y este no hizo el amago de cubrirse, aunque
temblaba.
No sé qué tienen las flores, Llorona
Las flores de un campo santo
Que cuando las mueve el viento, Llorona
Parece que están llorando
A la media noche las velas estaban bailando rojas y
naranjas y fue un acto de estúpida valentía o de completa
ignorancia, Sergio extendió una flor amarilla, una borla
esponjosa y perfecta, cada poro de su piel embriagado en
expectación. Esperaba una sonrisa, una mueca de
sorpresa…
—No sé qué tan obvio estoy siendo, al menos di algo.
—Eres un imbécil —respondió con la voz quebrada.
Ay, de mi Llorona, Llorona, Llorona de azul celeste.
Aunque la vida me cueste Llorona, no dejaré de quererte.
—¿Qué?
Yareth se enderezó con brusquedad y alcanzó la flor, sus
helados dedos rozaron los suyos y los colores amarillos se
transformaron en un café cenizo. Se marchitó entre sus
manos.
—¿Te parece divertido? No lo es, Sergio.
—No, no lo es.
Yareth abrió las alas y se fue, el acto empujó a Sergio que
no estaba preparado para reaccionar. Cayó del árbol más
alto del pueblo.
El golpe dolió como los mil demonios y la sorpresa lo dejó
perplejo en el suelo cuando la gente se acercó para
ayudarlo.
La pena y lo que no es pena, llorona, Todo es pena para mí;
Ayer lloraba por verte, Ay llorona, Y hoy lloro porque te vi
Alguien mencionó una pierna rota. El dolor encontró
sentido, las lágrimas que se tragó debían ser culpa de ese
hueso. Él prefirió que toda la atención se desviara a la
pierna rota en vez de a su imbécil corazón.
—¿Listo para el discurso del viernes? —preguntó Víctor en
el presente, haciéndolo saltar.
—Está listo —respondió inseguro.
—Mi papá ya checó unos departamentos con un agente —
dijo Víctor echando el brazo sobre su hombro.
Sergio tuvo un dolor que le punzó en las sienes, era el
futuro proyectando su sombra, recordando que ya no
quedaba tiempo. Que su camino ya había sido trazado y
estaba sobre él, en marcha, sin detenerse.
—Genial. ¿Encontró algo?
Víctor le sonrió, temerario, siempre tan lleno de vida y
siguió hablando, él no despegaba la mirada del camino.
—¿Qué opinas? —dijo su amigo al cabo de un rato.
—Perdón, no estoy muy… No estoy concentrado.
Víctor ladeó el rostro, lo escrutó con sus ojos que, de
pronto, se oscurecieron y la mano en su hombro se tensó.
—¿Quieres hablar conmigo? Sergio… sé que esto de irnos
al D.F y todo fue decidido por nuestros padres. Pero yo lo
hago porque quiero, ¿vale? —Víctor tragó espeso y un rubor
le pintó las orejas y Sergio no estuvo seguro de qué estaba
pasando—. Creo que seremos un gran equipo… tal vez algo
más que un equipo, ¿entiendes?
—¿Qué quieres decir?
—Es lo que piensas —dijo Víctor, ahora rojo como su
cabello. Puso un par de pasos de distancia, no lo miró a la
cara—. Solo… Procésalo, ¿va? No es algo superficial, lo digo
muy en serio.
Su amigo se dio la vuelta y se marchó a clases. Sergio
estaba tenso, confundido por no haber visto las señales.
Pensó que había hecho su primer amigo y no quería
lastimarlo.
Se apretó el puente de la nariz, él tenía razón, las
relaciones siempre eran un conflicto y una fuga de energía.
Aún con ello Sergio, esperó lo más que pudo.
Yareth no apareció.
Hipnotízame
Hay relaciones que funcionan como un reloj suizo
fabricado en China: lo tocas y ya se le está cayendo una
manecilla.
Yareth y Sergio eran ese tipo… ¡Catacrack!
—La opción más viable es esperar a hablar con él —dijo
Andrea mientras subían la pendiente hacia el colegio—.
¿Qué tal si solo requiere favores sexuales para perdonarte?
Él gana, tú ganas. Yo puedo dejar de escucharte. ¡Todos
ganamos!
—Somos dos amantes condenados a los malos
entendidos y…
—No son amantes —contestó Ángel, jalando su bicicleta
sobre la que iba sentado Yareth.
—Detalles —susurró apoyando la mejilla en la campanita
de la bici.
—¿Te das cuenta que solo vas a hacer más grande el
problema? Es que, en serio, ¿una pócima de olvido? —se
quejó Andrea.
—No es permanente. Solo va a olvidar las últimas
veinticuatro horas, es decir, mi patética confesión —se
justificó.
—Bien, dicen que solo el imbécil tropieza con la misma
piedra una y otra vez. Te recuerdo que le escribiste un
mensaje por chat, eso no se va a borrar con magia.
—¿Y si achicharras su computadora? —preguntó haciendo
un puchero y batiendo pestañas. Andrea le dio un zape, su
magia de electricidad no iba a usarse así.
—¿Por qué no dices algo, Ángel? ¡Está por hacer una
tontería!
Ángel continuó empujando la bicicleta.
—La última vez que tuve una idea que involucraba magia,
casi me muero. Además yo también tendría miedo —
respondió, mirando el suelo luego de un rato—. Tú no
estuviste la última vez que Sergio lo rechazó. Todo fue muy
cruel.
—¡Y ahí voy yo y me vuelvo a declarar! —chilló Yareth—.
Lo que pasa es que no tengo ni pizca de orgullo.
Si su abuela no le hubiera confiscado el espejo de
obsidiana igual podía pensar en otro plan, pero Consuelo lo
tenía bien escondido.
—Yo siempre te he considerado valiente —dijo Ángel
sonriendo. Yareth se preguntaba por qué su amigo en vez de
ver fantasmas no nació con alas de ángel.
—Yo no —resolvió Andrea dándole un toque—. Espabila,
ya vamos a llegar.
—Dijo que ya le gustaba alguien. No tengo ni chances,
Andrea.
—¿Has pensado que podrías ser tú, pedazo de idiota? —
reprochó—. Si no fueras tan complicado igual y le medio
llegabas a gustar.
—Una vez lo pensé —confesó Yareth—. Y salió muy mal.
Mgm… a ver, es que creo que no ha quedado muy claro.
Ustedes me quieren. Eso está bien, esto no. No quiero
«medio gustarle», quiero que me desee de forma loca, que
necesite tocarme como yo a él y metérmela hasta el…
—¡Entiendo! No quiero la imagen de mi hermano
cogiendo, gracias.
—¿Cómo le vas a dar a tomar eso?
Ángel señaló la botellita. A simple vista parecía solo un
poco de chocolate de agua. A detalle… A detalle también
parecía eso.
—Improvisaré.
Mientras se iban acercando al portón, la presión crecía.
Estaría ahí como cada mañana, solo que esta vez, en vez de
lanzarse insultos mutuos, Sergio diría algo como: «así que
sigues enamorado de mí ¿No es eso patético?»
Bien, no, la verdad que no sabía qué iba a decir el
prefecto.
«¿Es contra las reglas enamorarse de mí, Flores?»
«¿No captas el rechazo?»
Ja. No.
Podía mejor fingir que lo que dijo por chat fue mentira,
que escribía de él solo para molestar. Luego lo miraría a los
ojos y esos ojos negros lo desarmarían y acabaría diciendo
estupideces de las que se iba a arrepentir y ahora
necesitaba aire y una aspirina.
—No entraré al primer módulo —declaró y corrió lejos de
sus amigos.
Rodeó la escuela, hasta uno de los muros más alejados de
la entrada, subió por la pared y pasó al otro lado con ayuda
de una rama que creció gracias a su magia. Se quedó
recostado en ella.
Cerró los ojos, lo que iba a hacer era una medida estúpida
y desesperada. Jugó con la botellita. Andrea tenía razón, no
iba a funcionar. Solo estaba muy asustado, no quería revivir
lo de aquel día de muertos, su corazón de pollo no iba a
aguantar.
Su abuela pertenecía al comité del pueblo y le
encomendó colaborar con el municipio para la festividad.
Yareth aceptó a regañadientes, todo cobró importancia
cuando Sergio se encargó de coordinar el evento.
Fueron días trabajando codo a codo y Yareth fue tonto e
ingenuo, tenía catorce años y el cuerpo lleno de ilusión, de
deseo por ser querido, de esa ansía extraña que vibra
debajo de la piel y hace cosquillas en los labios que mueren
por ser besados.
Creyó que Sergio parecía sentir lo mismo, por lo menos,
que entre ellos había algo no dicho pero palpable, que sus
ojos negros brillaban de una manera especial cuando lo
veían a él, que su sonrisa era sincera cuando bromeaban…
Así que lo hizo.
El cementerio bailaba con luces flotantes del color del
atardecer, velas y flores llenaban el camposanto y la música
del mariachi retumbaba entre las paredes de cantera verde.
El olor de los cerillos al hacer combustión viajaba por la
brisa y a los pies de uno de los árboles más grandes del
camposanto, Yareth detuvo a Sergio por la orilla de su
chamarra.
Llevaba un rato esperando por él. No se atrevió a levantar
la cara de inmediato, miró sus manos y dejó que las
palabras se fueran atropelladas, en tropel.
—Te quiero… te quiero desde el día que me miraste por
primera vez a los ojos. Te quiero un poquito más con cada
día que pasa. Quiero pensar que tú… Que tal vez…
Sergio soltó una carcajada, una risa cruel que le atravesó
el corazón. Yareth levantó la cara.
—Por favor, Flores. No pensé que fueras de esos a los que
uno le muestra un poco de lástima y la confunden con amor.
—Sergio lo apartó con un ademán seco, lo miraba por el
rabillo del ojo con esa emoción que Yareth conocía a la
perfección: desprecio—. Perdón si en algún momento te hice
sentir que alguien como yo se fijaría en alguien como tú. Lo
malinterpretaste. Haré como si no hubiera escuchado nada;
Te recomiendo que hagas lo mismo por tu bien.
Yareth escuchó todo con un nudo en la garganta, buscó la
broma de mal gusto en el semblante estoico del mayor, no
encontró nada. La curva de su boca decía lo mismo que sus
hirientes palabras.
Sergio le dio dos palmadas en el hombro, como si
estuviera consolándolo por un pequeño error, como si
quisiera ser simpático. Yareth no se quedó ni un minuto
más. Se marchó sin voltear, en la distancia aún retumbaba
en sus oídos una risita suave y burlona.
El shock, los miedos volviéndose tan tangibles que
parecían lija dentro de su pecho, lo dejaron plantado en el
mismo sitio hasta que el agua helada lo sacudió
violentamente. Lo primero que enfocó fue a Samuel
Carrasco y su grupito de amigos riéndose.
El agua que escurría por su pelo tenía un horrible olor y
las burlas eran peores. «¡Solo a ti se te ocurre creer que
Castillo iba a corresponderte!», le soltó Samuel en el oído.
Javier, otro de sus amigos le dio un puntapié.
«Un maldito fenómeno con sentimientos», escupió Felipe
amenazando con incendiarle el cabello con su magia de
fuego. Yareth se aguantó las lágrimas, cerró el puño y lo
clavó en la mandíbula de Felipe. Esa pelea no le quitó ni un
poco la humillación y el corazón roto.
Durante un tiempo, se preguntó por qué Samuel nunca
dijo nada de lo que escuchó esa noche y aunque era una
estupidez, Yareth se sintió agradecido de que el chisme no
se hubiera esparcido mucho. Después descubrió que
Samuel actuó por celos y eso le parecía incluso peor.
Como si eso no fuera suficiente, como si rechazarlo
cruelmente no fuera ya bastante, Sergio apareció en lo alto
del árbol donde Yareth se refugiaba. Podía, si se esforzaba,
aceptar el rechazo. Sergio no tenía que quererlo.
Pero humillarlo así era lo último que esperaba de él.
Sergio le extendió una flor, que, justo en esa celebración
significaba una declaración de amor. ¿Cómo podía ser tan
cabrón e hipócrita?
En el presente se sacudió el recuerdo, bajó del árbol y se
refugió en la cafetería. Aún faltaban diez minutos para el
cambio de módulo. La señora en la cafetería le alzó una ceja
cuando pidió que le calentara su pócima.
Claro que no dijo: «Es un brebaje de olvido para mi primer
amor. Si se fija bien en todo, creo que yo debería tomármela
en vez de hacer que se la tome él. Si lo olvido todo, será
más sencillo, ya que soy uno de esos idiotas que, aunque
los rechacen, vuelven a caer por el mismo chico. Pero no
soy un desgraciado así que, ¿puede calentarlo para que se
lo tome tibiecito? El chocolate debe estar siempre
calientito».
Con el paso de los años, Yareth descubrió que, en su caso,
odiar a alguien tampoco equivalía a dejar de amarlo.
—¿Qué estás haciendo?
Yareth sintió que su corazón se paró de tajo.
—¿Yo? ¿Qué mierda haces tú aquí, señor prefecto?
Sergio alzó una ceja y se fue acercando. Yareth se echó
hacia atrás hasta que la misma caseta de la cafetería le
impidió escapar. El corazón golpeaba tan fuerte que Yareth
temió que le perforara el pecho para escapar de lo que
venía.
—Me dijeron que un alumno estaba fuera de clases,
supuse que serías tú.
Yareth se cruzó de brazos.
—Por las llamas del infierno, solo di que estabas
esperándome.
—¿Ahora vamos a empezar a sincerarnos? Porque si es
así, tú tienes más que decir que yo.
El cuerpo de Yareth estaba sufriendo un colapso, tenía
frío, mucho frío.
—Su chocolate —dijo la señora extendiendo una taza de
porcelana.
Mirando con atención el líquido, Sergio se inclinó más.
—¿Ya no reconoces una bebida tradicional? ¿Eres
mexicano o no?
—Aquí no venden esto. ¿De dónde salió?
Yareth contuvo el aliento y miró la taza. Aún no estaba
seguro de lo que iba a hacer.
—La hice yo.
—Bien, no nos desviemos. Vamos a hablar y quiero la
verdad.
Los implacables ojos de Sergio lo asustaron. Así que
improvisó y se echó un trago. El líquido caliente ardió en su
boca.
Y ante la sorpresa de Sergio, Yareth reunió todo el coraje
que tenía y se empujó con las manos apoyadas en la
cafetería y estampó sus labios contra Castillo.
«Si me va a olvidar de todas formas, aunque sea quiero
llevarme esto».
Apenas sintió sus labios, le sobrevino un mareo y el
mundo giró y giró, se aferró a la camisa de su némesis para
no caer. Sergio tenía los ojos bien abiertos, sincronizaron
dos parpadeos confusos y Yareth esperaba el empujón, las
palabras de desprecio, cualquier cosa; pero el prefecto
respondió con desesperación.
Lo tomó de la cintura, inclinó la cabeza y Yareth descubrió
que besarlo se sentía como flores brotando en el centro de
su estómago que se incendiaban sin quemarse.
Abrió la boca y la lengua de Sergio entró con un jadeo y
Yareth empujó la pócima, el líquido quemó ambas lenguas
que se encontraron como dos extrañas. Sergio tragó, el
movimiento de su boca contrajo la cavidad y la lengua de
Yareth se deslizó más profundo, húmeda y ardiente.
El caliente beso arrasó con la cordura de ambos. La
lengua de Sergio acarició el paladar superior y Yareth
ronroneó. El líquido se escurrió por las comisuras y Yareth
aprovecho y enroscó los brazos detrás del cuello de su
némesis, entonces recordó lo que estaba haciendo y lo
empujó.
Sergio trastabilló, un dolor le pegó en el lado derecho y se
cayó de un sentón.
—¿Qué carajo fue eso?
—Ah, un, una un… ¿Nunca te han besado o qué? ¡Porque
besas horrible!
Tan horrible que las piernas le temblaban.
—Eres el único con el que me he besado, así que, si soy
malo, es tu culpa.
—¿Qué? ¡No puedes culparme por eso!
—¡Lo estoy haciendo!
Yareth iba a decir algo cuando vio los ojos de Sergio
desenfocarse, se llevó la mano a las sienes y gruñó.
—Yareth… ¿Qué mierda me diste?
—Una pócima —confesó.
Y tal vez fue solo su impresión: los ojos de Sergio se
llenaron con algo parecido a la decepción y la rabia. Yareth
apretó los labios, cerró los ojos y se preparó para ser
olvidado.
Solo esperaba no arrepentirse después.
Siente el fuego en mi interior
Todo alumno de la escuela de La Perpetuísima Santidad
Ensangrentada de Jesucristo sufrió ese miércoles el inicio
del apocalipsis.
Como si los astros se juntaran uno debajo del otro e
iniciara un evento cataclísmico.
De una forma parecida se sentía Yareth después de besar
a Sergio y darle de beber la Pócima de Olvido. Se sentía en
el cielo y en el infierno porque cuando Sergio lo miró de esa
forma acusadora que reza: «¿por qué has hecho esto?»,
Yareth se quedó petrificado.
La campana sonó y los pasos en tropel se acercaron. El
cambio de módulo era sinónimo de viajes sin sentido a la
cafetería y al baño. El lugar se fue llenando de murmullos
que iban creciendo.
—¿Estás bien? —preguntó Víctor, que le tendió la mano a
Sergio y lo ayudó a ponerse en pie.
Yareth temblaba como una hoja, con los ojos de Sergio
fijos, clavándose en él como si fueran la primera vez que lo
estuvieran viendo. Tal vez era así, tal vez la pócima logró
funcionar y ahora no tenía vuelta atrás.
—Dame otro beso, mi florecilla.
Yareth creyó que no escuchó bien.
—¿Qué dijiste? —preguntó Víctor en su lugar.
Sergio empujó a Víctor, atrincheró a Yareth contra la
caseta y entornó el rostro con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Te he dicho que tienes unos preciosos ojos verdes?
Cada vez que los miro me dan ganas de cogerte.
El aliento del prefecto cosquilleó en su mentón; ahora los
ojos del chico de sus sueños miraban sus labios, con esa
intensidad que lo empalmaba en sus fantasías.
—¿De qué infiernos hablas? —Yareth no podía hilar ni un
pensamiento coherente.
Sergio lo tomó del mentón y delineó la línea de su
mandíbula.
—Tengo tantas ganas de cogerte. Podríamos recrear todos
tus relatos, solo necesito un sí, florecita.
Y no parecía bromear, aunque no es como si Sergio
tuviera un entendible sentido del humor.
—¿Qué hiciste? —escupió Víctor.
Ese toque de posesividad siempre enfermaba a Yareth.
—¡Miren! Una monja voladora… sobre una escoba, en
llamas.
Sergio no se inmutó, sonrió con un toque sádico que
pulsó en la entrepierna de Yareth. Se estaba poniendo duro.
Así que recurrió al juego sucio, le dio un rodillazo en la ingle.
El cerco de alumnos coreó un grito y Sergio se dobló un
momento que permitió a Yareth correr por el camino de
piedra para buscar dónde esconderse.
Sí, debió volar. Podía volar.
Pero a Yareth se le facilitaba olvidar ese detalle cuando
los nervios se lo comían, bajó las escaleras a tropezones y
justo en ese momento, la campana de regreso a clases
sonó. Miró a los lados, escuchaba la multitud a su espalda y
vio la puerta del baño de niños, se metió lo más rápido que
pudo y cuando se giró para cerrar, un pie se lo impidió.
La puerta de metal hizo clanc en el cerrado espacio, vibró
entre los dedos de Yareth que se aferró a ella. Sergio
empujó, con una fuerza pasional y, trastabillando hacia
atrás, Yareth se golpeó con el lavabo.
—¿Por qué estás escapando? Estoy bastante harto de
perseguirte… Bueno, mentira. Creo que me gusta este
juego del gato y el ratón.
Yareth no reconocía a ese hombre, Sergio siempre parecía
controlado. Pero sus palabras, sus gestos, el chico frente a
él tenían una mirada descolocada y el pelo revuelto.
Jodidamente sexy.
Ese no era el pensamiento que debía tener en esa
situación, ¿quién tiene pensamientos coherentes cuando
estás aterradoramente caliente o calientemente aterrado?
Yareth se tensó cuando le vio cerrar la puerta y echar uso
de sus cadenas para asegurarse de que nadie entrara. Soltó
un eslabón y lo encajó en la cerradura. Chispeó con luz azul.
Él intentó encerrarse en un cubículo, Sergio no le dio
chance. En vez de eso bloqueó cada puerta que azotó con
sus cadenas, forzándolas a cerrarse.
—¿Cuál era el objetivo, amor mío? —preguntó,
acercándose cada vez más, Yareth quedó atrapado en el
pasillo—. ¿Quieres recrear tu relato «Cógeme en el cubículo
del baño»?
Yareth boqueó, las malas palabras en boca del prefecto
hacían temblar sus piernas. Sergio lo empujó contra las
baldosas. Había tenido muchas veces al chico cerca, pero
nunca en ese contexto, nunca así. Las manos de Sergio eran
más grandes que las suyas y no desaprovechó para
apoyarlas en sus caderas, haciéndolo sentir su piel caliente
a través de la tela, conmocionándolo, alborotando su
sangre.
—¿Sabes? Desde que lo leí, te imaginé. Te imaginé aquí,
temblando contra mí.
Sergio se inclinó y Yareth no podía ni siquiera pasar
saliva. Los fríos labios de Sergio presionaron contra su
cuello, quedándose quietos un momento, las respiraciones
de ambos llenaban el pequeño espacio. Latidos, tan fuertes
y graves que Yareth no podía reconocer a quién
pertenecían.
Los labios se entreabrieron y algo húmedo tocó la piel
expuesta. Yareth ahogó un gemido breve.
—Tengo años queriendo hacerlo otra vez. —Las palabras
vibraron erizando cada vello—. Nunca fue un castigo.
Yareth se hundió en el pánico, esto no estaba bien. Los
dedos de Sergio bajaron por su estómago hasta llegar al
pantalón y luego fueron soltando la hebilla.
—No estás… No estás en tus sentidos, señorito perfección
—intentó decir con convicción, la voz se le quebró—. Es la
pócima, algo falló… debí… No sé, Sergio, vas a arrepentirte
después. Cuando pase el efecto vas a arrepentirte.
Sergio deslizó la mano entre la piel de su vientre y la tela
del uniforme, haciendo que Yareth aspirara, reteniendo el
aire. Sergio rozó los delgados y suaves vellos púbicos y el
pene de Yareth se endureció más; la sola situación lo tenía
hirviendo.
Se apoyó en la pared, Sergio presionó su cuerpo contra el
suyo. Una dureza se frotó contra su entrepierna.
El pantalón de Yareth se deslizó hasta sus muslos y,
aunque quiso apartarse, Sergio lo tomó de la muñeca. Lo
hizo bajar hasta su erección. Yareth jadeó, era abultada,
gruesa y palpitaba. La sinapsis de lo que era correcto se
diluyó ahí. Yareth salivó, como si fuera un perro a la espera
de un pedazo de carne.
Sergio besó su mejilla, sus labios hicieron un camino
hasta su lóbulo. Mordió tan suave, lamió. Yareth apretó los
dientes porque sentía la necesidad de jadear. Su cuerpo
reaccionó a Sergio de tal manera, que no se extrañaría de
arder en combustión espontánea en cualquier segundo.
—¿Tú vas a arrepentirte?
Dos polos tiraban hacia extremos contrarios.
«No es él quien quiere, es la estúpida pócima. ¿Qué
diablos pusiste en esa madre?»
«We, we… te está tocando, está duro… tú estás duro.
¡Carajo! Deja de oírme y déjate ir… o venir, lo que sea».
«¿Y cuando regrese en sí? Va a odiarte más de lo que ya
te odia. Tú vas a odiarte más de lo que haces. ¿Sexo por
lástima, envenenamiento, drogas? ¿Quieres eso?»
«¿Y? Si estuviera en sus cinco sentidos, no nos tocaría.
Tendría asco y lo sabes, él lo sabe también. No eres
normal».
Las lágrimas se anegaron en su garganta, el hilo de
pensamientos se cortó cuando Sergio tomó su erección; la
mente de Yareth se hizo gelatina, tambaleó como una hoja
frágil a punto de desgarrarse y luego miró, a cámara lenta,
como Sergio sacaba su punzante verga. Eso lo perder el
piso.
No había nada, era estar parado en una cuerda floja y no
confiar en sus pasos. La carne caliente de Sergio se colocó
simétricamente a la suya.
Yareth era más pequeño, mucho más pequeño. Su
apariencia andrógina era resultado de su condición; Sergio
lo sabía, aunque saber no es lo mismo que entender. Ni
tampoco que desear.
—Dime que quieres, dime que puedo —instó Sergio y
volvió a chupar su cuello y su mano, grande como era,
acarició la parte de su anatomía que más complejo le causó,
la intersección de sus testículos que tenían las
protuberancias de labios vaginales y lo hizo con tanto deseo
que Yareth sintió vértigo.
Gimió un débil «sí», quería tanto ser tocado. Pensó tantas
noches que no habría nadie que quisiera hacerlo, que
moriría sin pasar de un beso, de una caricia por encima de
la ropa. Ahora alguien le rogaba por fundir su piel, por
entregarse y él lo habría hecho mil veces.
Repitió en su mente: «sí, sí, tócame».
—No te escuché, Flores.
—¡Que me toques, Castillo! Te lo pongo por escrito... ¿O
qué?
Sergio juntó ambos ejes y Yareth no quiso mirar, solo se
dejó sentir, bombeó. Él hipó, su glande era extremadamente
sensible, la verga de Sergio era terriblemente caliente y
algo viscoso volvía la fricción deliciosa.
Las piernas no lo sostuvieron, Sergio lo pegó más a la
pared, las cadenas envolvieron la pelvis de Yareth y lo
empotraron, lo elevaron y fue instinto puro cuando Yareth
enroscó las piernas en el torso de su némesis.
Ahí estaba la descarga de energía, de magia abriendo
todo a su paso, alborotando todo el sistema nervioso de
ambos.
—Oh dios, eres tan desesperante, mmm, tan irritante. —
Sergio gruñó contra el hueco de su hombro y mordisqueó el
cuello del uniforme—. Me vuelves loco todo el maldito
tiempo.
Las dos erecciones hacían sonidos acuosos, los jadeos de
Yareth morían en la oreja de Sergio, el tintineo de la hebilla
del cinturón en el suelo era lo más sexy que Yareth hubiera
escuchado jamás, tenían el ritmo de las manos de Sergio.
—Cargamos la misma cruz entonces —jadeó Yareth.
Los dedos de sus pies se curvaron dentro de los tenis del
uniforme que ahora se mecían suspendidos en el aire, sus
brazos se enredaron detrás del cuello del prefecto, este lo
empujó, la cabeza de Yareth se inclinó hacia atrás hasta
pegar con la pared, perdido en sensaciones que nunca creyó
tener.
Masturbarse solo en casa, a escondidas, nunca lo hacía
sentir tan vivo, tan incandescente, tan en el cielo.
—No, no, no, imbécil, me voy… yo, yo… —Yareth se
estremeció, su boca dijo lo que quiso antes de proferir un
gemido agudo cuando se derramó.
—Tan desastroso —escuchó a Sergio decir con esa voz
que no era molestia sino una cruda satisfacción; continuó el
movimiento, tan fuerte y golpeado, que Yareth se contrajo y
un par de segundos después, el líquido espeso y abundante
de Sergio se regó en sus pieles.
El mayor lo sostuvo entre sus brazos, apoyando la mejilla
en el pecho del pequeño. La respiración de ambos iba
agitada y la capa de sudor revelaba satisfacción: era correr
y anotar un gol, euforia, éxtasis. La puerta sonó con golpes
secos y Sergio no hizo ademán de abrir. ¿A dónde se fue su
siempre correcto chico?
Sergio tomó papel, limpió sin quitar la sonrisa pícara.
—Deberíamos resolver nuestras diferencias así más
seguido.
Yareth seguía en una nube, su conciencia estaba flotando
fuera de su cuerpo hasta que los golpes se hicieron más
duros.
Sergio maldijo.
La bisagra se quemó, la puerta tambaleó, azotó contra la
pared y, en el marco, se quedó la imagen de un chico de
6to. B: Felipe, que en el shock regresó a ser Victor, de
piedra, como si estuviese mirando la escena de un crimen
pasional.
Yareth se ajustó los pantalones, sus manos no podían
abrochar el último botón, estaban torpes y temblorosas.
Víctor miró la erección de Sergio con los ojos desencajados.
—¿Qué están…? —gimió, como si le hubieran dado un
golpe en el estómago.
—¿Qué te parece, Víctor? ¿Qué estamos rezando un Padre
Nuestro? —contestó Sergio con la voz tajante, tiró de la
prestilla del pantalón de Yareth y abotonó—. Acabas de
interrumpir. Largo.
Yareth no podía creer lo que pasaba. ¿Quién era este
hombre y por qué lo estaba volviendo loco?
Un desboque juvenil
—No sé qué has hecho, Flores. Pero tu permanencia en la
escuela depende de que puedas revertirlo —dijo la Madre
Ada con severidad.
La escuela era un caos, hubo que contener a Sergio y,
Lucas, el profesor de defensa mágica, fue quien lo arrastró a
su salón para esperar a que viniese el profe de química a
buscar una solución a lo que pasaba.
Yareth casi fue linchado en el baño de niños por el séquito
de Sergio, estaba ido, como si sus neuronas no consiguieran
agarrarse de sus manitas; mientras tanto, los demás
alumnos se comportaban como si hubiera roto un pacto
sagrado. Andrea se encargó de abrir el camino.
—Un paso más y los frío —amenazó a todo el séquito que
los rodeaba.
Así llegaron al salón de los de 4to. A que, para buena
suerte, estaba vacío porque era el módulo de laboratorio.
—¿Le diste una pócima de amor? —preguntó Andrea una
vez que sentó a Yareth en la mesa del pupitre.
La pregunta debió molestarle porque por fin su rostro
cambió, se torció en una mueca disconforme.
—¿Sabes qué es peor de tener un amor unilateral? —
Yareth se agachó en su pupitre y sacó una libreta. Eran los
apuntes de su abuela—. Un amor correspondido por lástima,
coacción o magia. No es amor real.
Ángel tocó la puerta del salón, venía sudado y con la voz
ansiosa.
—¿Llamamos a Ikal? —preguntó apenas le abrieron.
Yareth asintió, odiaba admitirlo, necesitaba ayuda. Ángel
bajó los escalones apresurado, una curiosidad de la relación
a distancia de Ángel y su primo es que estos se
comunicaban a gritos.
Como si fueran señales de humo, pero por tierra. Ángel
pegaba la cara al suelo y gritaba su nombre. Ikal vivía en el
Mundo de los Muertos después de todo. Cuando emergía de
las profundidades del infierno Azteca, a veces le fallaba un
poco y terminaba saliendo de la tierra algunos edificios más
lejos.
—¡Tenía que querer olvidarme! No querer cogerme —dijo
bajito, rebuscando en los apuntes—. Estoy seguro que tomé
la pócima de olvido, mi abuela no hace pócimas de amor.
—Pues mal no te ha ido —picó Andrea.
Yareth le dirigió una mirada de reproche.
—La pregunta es qué pócima tomé ¿Y si la pruebo?
Checaré el sabor y haré una antipócima.
Andrea parpadeó, su amigo tenía las peores ideas.
—No te la vayas a tomar, ¿eh? —advirtió.
—No soy idiota. Pero así sabré los ingredientes y revertiré
el efecto como la que te hice para tu cabello.
—Horribles recuerdos.
Yareth se echó el poco líquido a la boca y lo movió como
si fuera enjuague bucal, entonces algo retachó en las
ventanas del salón como si fuera una paloma contra el
parabrisas. Ambos gritaron.
—¡Perdón! Estoy bien —dijo Ángel con su sonrisa enorme,
Andrea rodó los ojos—. Ikal ya viene.
Yareth soltó el aire con molestia, luego se quedó en
shock.
—Ay, no.
—¿Qué pasó? —preguntó Ángel desde afuera.
—¡Me la tragué!
Yareth miró a Ángel, Ángel miró a Andrea y Andrea miró a
Yareth.
—En otras circunstancias te diría «bien hecho» pero ahora
mismo… Es que estás bien menso.
Yareth sintió un golpe en el costado derecho y tambaleó.
—Oh infiernos.
—¿Qué sientes?, ¿te duele? —preguntó Andrea palpando
su pecho.
—Amor... ugh. No, no… amor cursi… quiero… quiero…
—¡Florecilla!
Un canto melodioso, armónico. Un querubín en el cielo.
Los tres se giraron, los chicos del segundo piso de la
preparatoria miraron atónitos como Sergio Castillo, el
terrible prefecto, se lanzaba del tercer piso.
Hubo chillidos, luego Sergio quedó colgando boca abajo
sostenido de sus cadenas al barandal superior con los
músculos tensos pegando el uniforme que lo hacían ver
ridículamente guapo. Ángel, de inmediato, se acordó de la
película de Spiderman, cuando Mary Jane lo besa bajo la
lluvia.
—¡Qué sexy te ves, Romeo! —soltó Yareth levantándose
de su asiento y pateó la puerta que se abrió de un portazo
rebotando contra Ángel.
—Llámame Sergi, Florecilla.
Yareth se acercó al barandal y Sergio estiró su mano.
Andrea entró en pánico al darse cuenta de que esto no tenía
precio. Siempre llevaba una cámara digital Cannon en la
mochila para, precisamente, estas situaciones.
La prendió con premura para capturar el momento exacto
en que Sergio tenía la sonrisa más estúpida que le había
visto nunca. El chico sonreía con amabilidad siempre, una
sonrisa muy entrenada que no dejaba de ser falsa, esta vez,
Andrea se dio cuenta que era auténtica, una sonrisa
tontorrona que haría sentir vergüenza ajena a cualquiera,
excepto a Yareth Flores que se veía incluso más idiota que
en días normales.
—Te llamaré, Sergi, amor mío.
Sergio soltó las cadenas hasta que su nariz tocó la del
menor y este puso ambas manos acunando el rostro de su
némesis, se inclinó más en el barandal y jaló a Sergio,
cerraron los ojos y durante un eterno segundo donde todos
contuvieron la respiración, los polos opuestos se besaron.
—¡Santo Cielo! —soltó Melissa con un grito, la chica bajó
a toda velocidad desde el piso superior—. ¡Con todo y
lengua!
—¡Permiso! —reclamó Andrea porque la chica se le puso
enfrente—. Necesito una foto para la posteridad.
Melissa miró la cámara.
—¡Ay pues tómala bien y me la pasas!
—No, no, las fotos se las revenderé a Sergio.
Melisa miró a Andrea con una ceja levantada y una
sonrisa pícara, movió el cuaderno que sostenía y Andrea
quedó sorprendida. La hoja estaba llena de pequeños
bocetos a carboncillo de Yareth y Sergio en distintas
situaciones desde las más fieles a la realidad hasta otras
que pusieron colorada a Andrea.
Melissa cerró el cuaderno. La parejita idiota dejó de
besarse y Sergio retrayendo las cadenas, cayó en el
segundo piso, Yareth le tomó la mano y se fueron corriendo
por el pasillo dando saltitos.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Ángel, a quien le
sangraba la nariz.
—Creo que acabamos de presenciar una comedia
romántica. De las de bajo presupuesto, claro —dijo Andrea
mirando la secuencia de fotos que acababa de tomar, no
pudo evitar la sonrisa—. Por fin pasó, caray.
—Oye… ¿y si te cambio algunos de mis fanarts por tus
fotos? Tengo una vívida imaginación —preguntó Melisa
inclinada mirando las fotografías.
Andrea la analizó un minuto.
—¿Puedo revenderlas?
Melissa la observó un minuto.
—¿Micha y micha?
—Trato. Tengo un álbum entero en mi casa. ¿Los veo a la
salida?
—Llevaré mis fanfics.
—¿Fanfics? —preguntó Andrea.
—¡Te hubieras llevado fenomenal con Qadira! —dijo
Ángel, que necesitaba un tapón en la nariz y una camisa
nueva. Ikal no iba a estar contento cuando lo viera así.
***
Sor Ramona vació el rociador dos veces sobre su alumno
consentido sin resultado: no pudo hacerlo volver de ese
lugar macabro donde el demonio Flores se lo había llevado.
Luego, Sergio tumbó la puerta de la dirección con sus
cadenas y escapó proclamando que debía reunirse con su
apasionado amor.
La madre Ada fue por el rosario más grande que tenían
en el Cuarto De Rezos; cuando regresó, encontró que sus
dos alumnos antagónicos estaban planeando a gritos su
escape.
—¿En serio te saltarías las clases por mí? —preguntó
Yareth, tomando las dos manos de Sergio y mirándolo con
ojos brillantes.
—¡Haría todo por ti!
—¡Alto, los dos! —gritó moviendo el rosario, ojalá tuviera
magia y pudiera atraparlos, pero la madre Ada no nació con
esa habilidad.
Sergio cargó a Yareth como una princesa fugitiva, se lo
echó al hombro y subió la pared de cantera usando las
cadenas como apoyo. Escuchó a los chicos de primaria
gritar porque estaban en el receso y, muy por encima de la
barda, apenas como mirar por una rendija, la madre Ada vio
al alumno más ejemplar que hubiera tenido el colegio,
escaparse cruzando el muro de ladrillo rojo.
Sergio nunca se opuso a las reglas, nunca levantó la voz o
dudó de las decisiones del colegio o de su padre. Hacía lo
que tenía que hacer y era un experto diciendo «sí, señora».
Marcaría en el calendario esta fecha para recordarla.
¿Cómo Flores y Castillo acabaron así?, un breve repaso de
ciertas coincidencias, pequeños rumores, detalles de
miradas que solían pasar desapercibidos… Una idea, como
epifanía, como canto de los ángeles, como la voz de
Metatrón, la iluminó fugazmente.
Víctor apareció a su lado con la respiración agitada, como
si hubiera estado en una maratón y la monja recordó que el
chico estaba con el profesor Pedro buscando un remedio.
—Puedo ir detrás de ellos si me deja, madre.
Su voz sonaba desesperada, la monja abrazó el rosario y
negó con el semblante derrotado.
—Mateo dieciocho, versículo diez: «¿Qué hombre de
vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no
deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se
perdió, hasta encontrarla?»
—¡Gracias! Ahora vuelvo.
La monja lo pescó con el rosario como si fuera un lazo y
Víctor una vaca.
—Pero nosotros no somos Jesús, así que vuelve a clases.
Algo le decía que su oveja preferida se salió del camino
para siempre. Notó, no sin desconcierto, que se alegraba
por él.
***
Lo que los habitantes de Tierra Dulce experimentaron fue
un corto circuito. Esa sensación de sorpresa de un cable
pelado revoloteando en el aire, el miedo, la fascinación, la
extrañeza de algo en lo que no se tiene control.
Porque ¿qué es un romance juvenil sino exactamente un
cable pelado entrando en contacto con el agua?
Doña Gómez tenía doce hijos y podía jactarse de haberlo
visto todo en la vida. No por nada contaba con ocho
hombres y cuatro mujeres. Su casa era el peor campo de
batalla que jamás se hubiese concebido, más ahora que se
sumaban nueras y nietos a la ecuación y, aun así, a ella le
costó creer que en su puesto de memelas tuviera a dos
chicos que se miraban como si el mundo se fuera a acabar
mañana y esta fuera su última oportunidad para amarse.
El mercado era un constante de sonidos desordenados,
difusos, era el olor a naranja recién exprimida y carbón que
se adhería a la piel cuando el carnicero del local 72 usaba
su magia para asar la carne.
El primer pasillo, entrando por la puerta principal, era la
zona de los puestos de tamales, las panaderas y las
comideras como ella.
Todo eso contrastando con la música que la chica nueva
que puso en la esquina una tienda de ropa, hacía sonar
todos los días para atraer a los jóvenes y que doña Gómez
francamente encontraba desagradable. Se escuchaba por
todo el primer pasillo: Oh-uh-oh. Imagínate a las sirenas en
la luna.
—Di ¡aah! —ronroneó Yareth Flores.
Sergio Castillo lo tenía sobre el regazo y obedeció. Abrió
la boca, sacó la lengua, solo un poco y luego hizo un sonido
que la señora Gómez solo escuchaba en boca de los actores
de la novela de las nueve. Ni su marido era así de
apasionado y de unos años a la fecha… ni contemos.
¿Estaba haciendo más calor?
La punta de la tortilla doblada con frijol entró en la boca
de Sergio y el chico mordió y luego hizo otro de esos
sonidos raros. Yareth estaba colorado, nunca lo había visto
así.
Encendido como las brasas al carbón y al mismo tiempo
sonriente como si estuviera en una nube de algodón.
—¿No es el hijo de Consuelo? —preguntó María, la chica
de los jugos del puesto de al lado. Le había hecho un jugo
de naranja con zanahoria a Sergio porque Yareth insistió que
era lo mejor para su vista cansada de «matadito» y él se
pidió un chocomilk porque era «tan dulce como él».
—Y el hijo del presidente —contestó ella.
—No sabía que eran pareja.
Nadie sabía. Ni los involucrados sabían.
Las mujeres necesitaban hablar de esto, sacar teorías,
preguntarse desde cuándo, si sus padres estaban
enterados, si la abuela lo sabía, si Dios lo sabía.
Miró a María por el rabillo del ojo. Era mucho más joven y
era obvio que su boquita hervía por decir algo. Tenían una
buena relación de negocios porque mientras doña Gómez
vendía memelas, sus comensales no tenían ni que moverse
para conseguir algo líquido y fresco para pasarse el
desayuno.
Ninguna dijo nada. Como miembro honorario del Consejo
de Información Verídica y No Verídica Pero Interesante, doña
Gómez tenía que discutir eso con el resto de miembros.
Averiguar por qué, desde cuándo y qué implicaba esto para
el pueblo.
Más que nada... ¿por qué Consuelo Flores no les informó?
Nunca nadie debía dudar del poder de señoras unidas por
el amor a la información. Eran capaces de cambiar la
opinión pública si lo deseaban. Pero con ese par, mejor ir
de puntillas. Gracias al show, la clientela estaba
aumentando así que, aunque quería mirar más, debía
regresar al anafre.
Si generalizamos, los comerciantes del Mercado Zonal de
Tierra Dulce estaban del lado de Consuelo en esa guerra de
intereses y es que ella evitó que el gobierno dejara entrar
una cadena de «malls» que iba a devorar los dos únicos
mercados del lugar.
Doña Gómez y muchos de los habitantes originarios del
pueblo le debían un montón a Consuelo, que desde lo del
'99, era la que más se movía para no ser tragados por los
habitantes nuevos y el gobierno, que les quitó la autonomía
que tuvieron regidos por Usos y Costumbres.
Todos sabían que era una forma de compensar lo que
Yareth tumbó en aquel temblor, como la casa de doña
Gómez.
Por supuesto que a ella el chiquillo no le caía bien,
aunque tampoco era abiertamente hostil. No se vería bien
ser hosca con un niño de ocho años que no entendía lo que
pasaba, evitó convivir con él hasta que Consuelo le sugirió
que el chico le hiciera un remedio para una varicela que
dejó a sus doce hijos enfermos al mismo tiempo.
Reunirse para ver el partido de la final de México contra
Estados Unidos cuando Angelina estaba enfermita no fue
una buena idea, encima, México perdió.
El nieto de Consuelo les curó la varicela, pero los cambió
de cuerpo.
La imagen de su nuera cuando descubrió que el cuerpo
de su esposo ahora pertenecía a Angelina, la hija más
pequeña, seguía pareciéndole divertida. Yareth era caos y lo
llevaba a donde fuera. También sonreía mucho, la ayudó con
los quehaceres de la casa una semana a modo de
compensación. Por supuesto también le hizo una antipócima
que los regresó a su lugar, ahí descubrió que el chico era
mejor componiendo lo roto que haciendo bien las cosas
desde el principio.
Se volvió cliente regular y doña Gómez admitió que le
caía más o menos bien. Se giró tantito, para ver por el
rabillo del ojo:
—Son riquísimas —exclamó Sergio mientras besaba a
Yareth en el cuello. Este último era un manojo de sonrisas
tontas que hicieron a la señora sentirse joven de nuevo.
Se sacudió la horrible sensación de estupidez que parecía
venir implícita con la palabra.
—Te dije, esto no lo vas a encontrar fuera —contestó el
otro entre jadeos—. Son las mejores y tienes que probar las
de chicharrón prensado.
Doña Gómez se enorgullecía mucho de su receta de
chicharrón prensado y estaba de acuerdo en que el chico de
melena larga tenía buen gusto.
—Mejor prénsame esta —dijo Castillo con un guiño de
ojo.
Yareth soltó un gritillo inteligible. María torció el gesto.
Doña Gómez no sabía por qué Yareth se reía tan fuerte, se
mecía hacia adelante y atrás en una acción sin sentido,
parecía que iba a regañar a Sergio por eso que dijo, también
parecía querer besarlo y cuando Sergio se acercaba, volvía
a retirarse.
«¡Que se besen ya, carajo!» pensó, atizando el carbón.
—¡Estoy lleno! Tendrás que sacarme de aquí cargando —
se quejó el chico de melena miel.
Sergio, cuyo engreído padre no dejaba de presumir su
carácter afable y su serio y maduro comportamiento, tomó
al nieto de Consuelo de la cintura y lo echó sobre la mesa,
alterando a la señora Gómez, que temió por la fragilidad de
su mesa de plástico.
—Te aseguro que puedo llenarte más —contestó Sergio.
María escupió el jugo, Doña Gómez sacudió las chispas
que volaron del carbón y tronaron en el aire.
—¡Aquí no! —chilló Yareth.
—¿No deberían buscarse un hotel? —preguntó María en
un susurro.
—¿No deberían estar en clase? —cuestionó Doña Gómez.
—¿Ya se habrá enterado Doña Consuelo?
Marisa estiró el cuello hacia el pasillo de las verduras,
buscando a la anciana que tenía su puesto de tizatera en el
otro extremo.
—No. La tendríamos ya aquí, amenazando al nieto —
declaró Doña Gómez.
Sergio pagó con un billete que era ocho veces el costo de
las memelas y se fue campante con Yareth enroscado en su
torso. ¡Era una pluma!
Las cosas que se veían hoy en día.
La desfachatez. El cinismo de los jóvenes.
—Los valores se están perdiendo —dijo y María asintió.
Por alguna razón la mujer recordó la primera vez que se
fue de pinta con el señor Gómez. Tendrían dieciséis años. En
ese tiempo había que ir a la ciudad que estaba a dos horas
para cursar un oficio. Ella estaba de mecanógrafa y él de
hojalatero. Ahora tenían sesenta y tres, doce hijos y cinco
nietos.
Sonrió y se guardó el billete, ya les daría el cambio en su
siguiente cita.
***
Noel Revilla estaba dando la consulta de las diez de la
mañana. Era médico internista y la cabeza del hospital del
pueblo.
El señor Demetrio tenía la boca abierta mientras él
examinaba hasta el fondo de su garganta buscando una
infección evidente, cuando su secretaría pegó un grito y
luego la puerta fue abierta por unas cadenas que
reconocería donde fuera.
Sergio Castillo hizo una inclinación a modo de saludo.
—Esto es una emergencia, de otra forma no
irrumpiríamos así.
—¡Emergencia! —enfatizó Yareth levantando los brazos y
soltando margaritas en el escritorio.
—Qué… ¿qué les pasa? —preguntó el médico que alternó
su vista de chico en chico.
—¡Ay, doctor! —suspiró Yareth—. ¡Estoy enfermo de
amor!
—Estamos —soltó Sergio.
Noel Revilla no se escandalizaba por estos desvaríos
juveniles. Conocía al pueblo como la palma de su mano,
más en lo que a enfermedades y condones se refería. Era el
primero en enterarse sobre los nuevos amoríos
adolescentes.
Sí, era el dueño de la farmacia principal del pueblo y de
los medicamentos que mandaba el gobierno.
Había dado ya algunas charlas para los chicos de
secundaria sobre ese tipo de asuntos, aún con la reticencia
de las monjas que cada vez que lo veían llegar, escondían
las cabezas como avestruces. A él no le importaba, era un
médico que priorizaba la salud por sobre la moral mojigata
de esas damas. Pero tener a Yareth Flores y a Sergio Castillo
ahí, de esa forma y a esa hora, sí que le estaba rayando el
disco.
Yareth siempre le causó curiosidad profesional, más por
un aspecto médico que personal. Le hubiera gustado saber
más de hermafrodismo usándolo de ejemplo, pero la loca de
su abuela casi lo maldijo el día que lo sugirió.
Era, por muchas razones como esa, el peor partido para
alguien con tan buen futuro como Sergio.
—¿Qué pasó? —preguntó con la mano tensa en la
garganta de Don Demetrio.
—Estamos actuando raro —exclamó Sergio que señaló
con los ojos la mano posesiva que tenía alrededor de la
cintura de Yareth.
—¡Fue mi culpa! —soltó Yareth en pánico—. Una pócima.
Noel rodó los ojos. Tenía que haberlo imaginado, la bruja
de Consuelo era eso, una señora que se metía a dar
remedios caseros cuando lo que debía hacer era mandar a
los pacientes con él. Siempre la detestó por intrusiva en su
profesión y encima, bruja de pócimas.
—¿Malestares físicos?, ¿dolor? —preguntó y los dos chicos
negaron—. ¿Qué les pasa entonces?
—No tenemos el control de lo que hacemos, es como si
hubiera un pequeño impulso y todo se desboca.
—¡Yo no puedo callarme! —gimió Yareth tapándose la
boca.
—¿Como si no pudieran mentir? —preguntó el médico y
los dos chicos asintieron.
Noel Revilla era un padre exigente, compartía eso con su
mejor amigo Joaquín Castillo; sin embargo, a diferencia del
presidente municipal, Noel no quería que su hijo hiciera algo
que no quisiera hacer.
Cuando ambos padres pensaron mandarlos a estudiar a la
capital juntos para que la tuvieran más fácil, Noel fue muy
franco con Víctor.
«Quiero lo mejor para ti. ¿Estás de acuerdo con esto de
irte al D.F? ¿Con irte con el hijo de Joaquín?».
Víctor le confesó estar interesado en Sergio y Noel no
tuvo más que darle su apoyo, era un buen partido y si su
hijo era feliz, él también iba a serlo. Cuando Sergio y Víctor
terminaron en el mismo salón y empezaron a ir a todos
lados juntos, Noel no hizo más que alegrarse.
Nunca vio a Víctor tan feliz, le contaba que las cosas con
Sergio iban marchando bien, que se entendían, que
compartían metas futuras y se complementaban. El médico
estaba seguro: su hijo estaba enamorado y parecía
correspondido.
—Sergio, ¿estás saliendo con Víctor? —preguntó el
médico. Yareth se erizó, vibró como un gato. En Sergio notó
una tensión en su cuello cuando negó—. ¿Te gusta por lo
menos?
Nuevamente la tensión.
—No. Lo siento.
Noel asintió. No había nada qué hacer.
—¡No le crea! —dijo Yareth—. La pócima es de amor,
ahorita mismo está loco. Solo loco.
—¡Ni siquiera sabes qué cosa me diste a tomar! —refutó
Sergio.
—¿Por qué no van con tu abuela? —sugirió Noel.
—¿Usted iría con el diablo luego de fallarle? No. Nadie
busca su muerte así.
Noel se estaba exasperando, Don Demetrio se estaba
ahogando y aunque llevaba rato palmeando las manos del
médico, este estaba demasiado ido como para hacerle
caso.
—Sergio, querías decirle algo al doctor —recordó Yareth
golpeando con el codo al prefecto.
—Si no puede decirlo él, puedes hacerlo tú —pidió el
médico, que ya solo quería que ambos salieran de ahí.
—¡No! Sergio es un chico fuerte e independiente que
puede decir lo que quiere él solito, ¿verdad?
—Lo que él dice —aseguró Sergio.
Noel no estaba entendiendo nada. ¿Qué clase de brebaje
extraño se tomaron? Sergio se acercó a él, con ese porte
decidido que no era común en un chico tan joven, le puso la
mano en el hombro. Noel estaba agarrotado.
—Nunca se lo digo, aunque parece que odio que no pueda
salvarla, en realidad sé que, hace todo lo posible y gracias.
Gracias.
Noel asintió con un nudo en la garganta.
—Gracias por salvar a mi futura suegra, mis hijos se lo
agradecerán —dijo Yareth, abrazando al médico que soltó la
lengüeta que tenía en la garganta ajena. Don Demetrio
sintió que el palito se le iba a atascar y tosió con fuerza.
—Lo harán —aseguró Sergio antes de salir tomado de la
mano de Yareth mientras miraba a este con dulzura.
Noel Revilla estaba seguro, segurísimo, que la última vez
que verificó, dos chicos no podían tener hijos. Luego miró su
escritorio, ¿y los condones que estaban ahí?
***
El padre Juancho pensó que era un miércoles como
cualquier otro. No un miércoles de ceniza ni un miércoles de
navidad. Solo un día más que daría misa, confesaría a sus
feligreses y pasaría las horas libres tejiendo punto en la
mercería de Mercedes.
Sentado en el confesionario, dormitó, esperando a su
primera víctima, digo, cliente, digo… pecador redimido. No
supo cuánto tiempo cabeceó.
—Sin dientes —escuchó una voz gruesa, bañada en
pecado que lo despertó.
—Ten consideración, no pensé que la tuvieras tan gruesa.
El padre Juancho llevaba quince años siendo el sacerdote
principal de Tierra Dulce. Había escuchado toda clase de
pecados y a toda clase de pecadores; sin embargo, ese par,
le pareció especialmente descarado.
Aunque lo que ocurría era evidente, el shock inicial lo
dejó quieto dentro del pequeño confesionario, el olor a
barniz de pronto fue muy fuerte y solo por eso se asomó por
las rejillas.
—¿No que nunca ibas a tener sexo en una iglesia? —
preguntó una voz más delgada que no reconoció.
—Cállate y continúa —jadeó su interlocutor.
Estiró el cuello: recargado en el confesionario vio una
espalda ancha con uniforme escolar, lo que solo escandalizó
más al padre Juancho; todo se volvió difuso cuando miró
hacia abajo y encontró a Yareth Flores hincado, con un pene
rozando su nariz.
El chico nunca se pasaba por la iglesia; aun así, el padre
Juancho lo conocía de vistas y oídas. No pensó que su
primer encuentro «de frente» sería en una situación así.
Yareth observaba con ojos vidriosos la verga ajena como
si esta fuera un caramelo, desconectado del mundo y del
pecado que cometía.
Eran ojos llenos de deseo, demasiado atrevido y sensual y
Yareth se pasó la lengua por los labios antes de lamer el
glande; el chico al que no podía verle la cara, gimió una
blasfemia. El padre Juancho recordó hechos de su pasado
que se esforzó muchos años en borrar de su mente y
cuerpo.
La mano del chico misterioso afianzó de los cabellos a
Yareth y atrajo más su cabeza y escuchó el vulgar sonido de
una garganta al tragar. Era casi salvaje, sin cuidado, Yareth
parecía ahogarse, pero lo hacía con gusto.
El padre Juancho debía salir de ahí; no podía. Sus piernas
no le obedecían. En más de una ocasión atrapó a alguna
parejita intentando ocultarse al cobijo de la oscuridad propia
de la iglesia, apenas iluminada por los ventanales
decorados de santos, buscando el peligro de ser
descubiertos, el morbo de hacerlo en una iglesia que suele
aumentar la libido en algunos.
Pero el padre Juancho se conocía todas las mañas y, antes
de que cualesquiera de esos sacrílegos profanaran su
iglesia, los corría a patadas.
En el fondo, el padre Juancho sabía que no era por el
respeto a la iglesia, era por su propio bien, no quería ser un
hombre sin dientes al que se le arroja un trozo de deliciosa
carne. Era una tentación a la que renunció por motivos que
no venían al caso recordar ahora. Pero ese par de chicos
emanaba un calor impropio, esa chispa de juventud y
pecado. Una electricidad que, incluso a un clérigo que se
resistía con fuerza a ceder a las tentaciones, era palpable
como si llevase mucho tiempo esperando por ese desfogue.
Como energía que necesita encontrar un alivio, rápido y
duro.
—Mierda, Yareth…
Más sonidos húmedos, otra vez esa garganta que parece
profunda como la caverna de Platón. La mano del chico se
aferró a la malla que separa al confesor del pecador y el
padre Juancho, asustado, se echó para atrás y tapó su boca.
«¿Por qué me oculto como si yo fuera el criminal?» No lo
era. Se quedó mirando por no saber responder a la
impresión, solo eso.
Aquella rendija era lo que lo separaba al padre Juancho de
caer en la locura de Sodoma y Gomorra, era la advertencia
del Ángel y él no sería la esposa de Lot y miraría más allá,
condenándose.
El gruñido que siguió a su pensamiento fue el de un chico
que ha dejado de ser un niño, un chico al que la voz se le ha
engrosado en los últimos años, un chico que ha conocido el
placer de la carne y que difícilmente podrá abandonarlo a
partir de ahora.
¿Quién es? La curiosidad pudo con él y se asomó con el
riesgo de ser visto y descubrió a Sergio Castillo con el rostro
desencajado de placer.
¡De no creer! El clérigo imaginó a cualquier otro joven del
pueblo, cualquiera menos ese. Si Sergio, desde niño,
siempre era correctísimo. ¿Qué clase de magia oscura utilizó
Yareth Flores?
—Pero ¿qué hacen? —chilló el padre Juancho saliendo del
confesionario que, para esas alturas, parecía una sauna.
—¡Queremos casarnos, padre! —contestó Sergio como
por inercia.
Yareth no se inmutó, esa no era la actitud de dos
personas atrapadas cometiendo un crimen sino más bien la
conducta de un par de amantes pidiendo la cuenta en un
restaurante.
—Ah.
—¡Mgmelo mgmero! —gimió Yareth en algo que supuso
que quería decir “Pídemelo primero”.
—No hables con la boca llena, Florecilla.
Yareth se sacó el pene que latigueó en su cara y
limpiándose con la manga del suéter que llevaba en la
cintura, ladeó el rostro para mirar al padre con los ojos
verdes acuosos resultado de hacer una excelente felación.
Sonrió invocando al demonio de la lujuria.
—¿Entonces, nos casa, padre?
Ese día, el padre Juancho no dio misas en todo el día,
cerró la puerta de la iglesia a piedra y lodo. Tenía mucho
qué reflexionar.
Premio para los creídos
Víctor Revilla tuvo varios días malos en sus diecisiete
años de vida. Pero el Miércoles Fatídico se llevaba las
palmas.
Forzar esa puerta del baño para ver lo innombrable, le
dejaría secuelas a su orgulloso corazón.
Recordó que un par de días atrás, viendo la novela de las
nueve con su madre, una mujer descubrió a su esposo en la
cama con otra. La escena le pareció mal actuada; sin
embargo, cuando la misma situación se le presentó a él y se
quedó pasmado, Víctor hubiera preferido reaccionar de
cualquier otra manera.
Sergio no era su novio, ni siquiera un amigo con derechos
o algo que justificara el hervir de su sangre. Por eso prefirió
no hacer un drama.
Sentado en el consultorio de su padre escuchando lo que
pasó un par de horas antes como en segundo plano, Víctor
empezó a repasar qué hizo mal.
Su magia despertó a temprana edad y le gustaba
gastarles bromas a sus compañeros imitándolos. Esto le
ganó un poco de antipatía que a él no le importaba
demasiado porque sabía que solo estaban celosos de sus
habilidades.
Lo que sí le molestó fue cuando descubrieron que su
padre no vivía con él. Empezaron a tratarlo como a uno de
esos niños abandonados por el padre que se fue por
cigarrillos. No importaba qué tanto explicara que su padre
estaba ausente por estudiar una especialización en el
distrito federal. Lo ponían al mismo nivel que a Yareth
Flores, otro de los niños sin papá. Cómo lo irritaba esa
comparación. Era algo visceral. Yareth sí que fue
abandonado por su padre, pero no él. No eran iguales. No lo
eran.
¿Cómo podían ponerlo al mismo nivel que a un
fenómeno?
Pero sus compañeros eran tan insistentes que incluso
Víctor llegó a pensar que era verdad y una vez se peleó con
su madre porque «le estaba escondiendo que su padre los
abandonó» y su madre le metió una regañina para que se le
quitara lo idiota y le dejó en claro que no debía escuchar a
sus compañeros.
Estamos seguros que la intención de su madre no era, ni
cerca, lo que consiguió: hizo que Víctor encontrase poco
deseable pasar tiempo con sus compañeros porque no
estaban a su altura. «Te tienen envidia» le decía su madre.
Cuando su padre volvió de la capital y se instaló como el
médico principal del pueblo, Víctor se dio aún más la razón,
miró a sus iguales con una mueca que decía «¿ves? No solo
tengo papá, sino que es mejor que el tuyo».
Víctor se consideraba más inteligente que el resto, más
fuerte en cuanto a magia y su papá era más reconocido que
otros y era un privilegiado en cuanto a dinero. Lo que Víctor
pedía, lo tenía.
La culpa de su padre por la ausencia se transformaba en
complacencia.
No tenía amigos porque estos solo podían ser iguales a él.
Entonces su padre le habló del hijo de uno de los políticos
más prometedores del pueblo. Al inicio a Víctor no le hacía
gracia escuchar las proezas de un niño que ni conocía y que
seguro era igual de idiota que el resto.
Alababan su diligencia, su carisma, su magia. Todo. Víctor
ya tenía celos del fulanito ese, aunque se los guardaba muy
bien. Se decía que no era para tanto, que pronto
comprobaría que era solo un lamebotas de los adultos.
Hasta que supo quién era en la ceremonia de clausura de
la secundaria: Sergio Castillo era un año mayor, estaba
dando el discurso de despedida y Víctor quedó encandilado.
La forma en la que hablaba, lo endemoniadamente guapo
que era y esa amable sonrisa que, cuando sus ojos se
cruzaron, aceleró su corazón.
Los adultos tenían razón. ¡Era él! ¡Tenía que serlo! Por fin
Víctor conoció a alguien interesante, a un igual.
Por fin dejaría de estar solo. Sergio y él se entenderían,
estaba seguro de eso. Ambos tenían padres referentes en el
pueblo, estaban en el mismo círculo social y casi de la
misma edad. Solo necesitaban un momento a solas y Sergio
también lo notaría. O eso pensó, porque pasó el tiempo y
Sergio no lo hizo. No importaba qué tantas conversaciones
intentó iniciar, qué tantas veces se sentaron uno al lado del
otro en eventos del pueblo o las pocas ocasiones en que
Víctor fue de visita junto a su padre a la casa de los Castillo.
Sergio era amable, pero tenía un cerco infranqueable a su
alrededor.
Víctor esperó y observó para encontrar una fisura. El día
que por fin vio una, no le gustó.
Era una sonrisa que no se parecía en nada a las que solía
dar. Era una sonrisa atrevida, la comisura derecha de sus
labios tironeaba con sorna y travesura. La primera vez
pensó que fue solo coincidencia, hasta que pasó una tercera
y una cuarta. El único común denominador era ese chico.
Víctor no podía entenderlo. ¿Por qué, de todos, tenía que
ser ese perdedor? No podía aceptarlo. Tuvo que intervenir y
fue tan fácil engañar a Yareth que el único arrepentimiento
fue no haberlo hecho antes.
Cada uno tenía que aprender su lugar y Sergio se daría
cuenta, con el tiempo, que le había hecho un favor.
Cuando el silencio de su padre le indicó que había
terminado de hablar, Víctor se levantó.
—¿Estás seguro? —preguntó otra vez.
Noel asintió.
—Los dos estaban fuera de sí, pero parecían sinceros.
Víctor se sacudió el cabello.
—No tenías derecho —remató—. No tenías que
preguntarle y exponerme así.
—Si no me hubieras mentido… —dijo Noel tamborileando
la pluma en el escritorio.
—Era cuestión de tiempo. No debiste dejar que se fuera
con ese…
Víctor apretó los puños, fue paciente. Esperó hasta
colarse en la vida de Sergio, hasta volverse su amigo. No
quería un romance juvenil, no quería que esto fuera
efímero. Quería permanencia. Por eso esperó y ahora esa
espera le estaba costando un corazón roto. Eso y la plaga
de Yareth Flores, no importaba cuanto lo fumigaran, era
como una cucaracha.
Tocaron la puerta, la enfermera se asomó para avisar del
paciente que seguía. Al momento, Gerardo Soto se asomó al
interior y el olor a bebida llenó el cuarto.
—Gracias, Laura. Pasa. —El chico se dejó caer en la silla
que, momentos antes, Víctor usaba; llevaba el cabello
despeinado y el delineador de ojos un poco corrido—. Víctor,
vete a casa, mañana seguro Sergio te explica toda esa
locura con Yareth.
—¿También los vieron? —preguntó Gerardo con sorpresa,
cruzando una pierna sobre la otra—. Pasé por el mercado y
todos hablaban de ellos. Me hubiera gustado verlos.
Víctor bufó.
—¿Y qué? No es el evento del siglo. ¿Pensabas escribir un
reportaje para tu revista sobre cómo Yareth hechizó a Sergio
con una pócima?
Gerardo era el dueño de la revista Masticamelox, su
reputación era igual de prestigiosa que el acertado nombre
de su publicación.
—¿Fue una pócima? —El hombre abrió la boca en
sorpresa, se estaba divirtiendo—. ¡Ese chico! Sí que se tomó
en serio eso de enamorarlo —rio más fuerte, se pegó en la
pierna con la palma abierta—. Poetisa Anónima es todo un
personaje.
Un calambre recorrió el cuello de Víctor. Su padre insistió
con la mirada que se fuera, Víctor se sentó al lado del
hombre.
—Cuéntame más.
Atrapando mariposas
Para cuando Sergio recobró la conciencia, algo caminaba
por su brazo, peludo y múltiple. Se convulsionó por inercia
al mirar una enorme tarántula que parecía saludarlo. Se fue
hacia atrás, la silla de madera golpeó contra el suelo y la
tarántula saltó a su cara.
El bicho tenía los ocho ojos puestos en él, se miraron un
segundo como midiéndose y a Sergio se le estaba cortando
la respiración cuando la araña fue levantada como una
pluma por la señora Consuelo.
Sergio se enderezó, sintiendo la cabeza licuada.
—Creo que empiezas a volver en ti, m’hijo.
Sus ojos parecían cansados, pues la luz del día era como
palpitaciones detrás de su cabeza. Vislumbró el mantel de
plástico con catarinas, un vaso con agua de naranja, el olor
a tierra mojada y a algo frito, el aroma subió y despertó su
apetito. ¿Cuánto llevaba sin comer?
Levantó la silla por inercia y se volvió a sentar.
—Perdón… no sé cómo llegué aquí. ¿Ha visto a mi
Florecilla?
«Flo… ¿Qué?»
Una carcajada lo hizo alzar la vista. La abuela de Yareth
se encogía sobre sí.
—Esta vez sí que mi niño ha hecho una de las suyas a lo
grande.
Sergio estaba seguro de eso. La tarántula lo seguía
mirando desde el frutero en el centro de la mesa, algo le
decía al prefecto que lo estaba juzgando.
—Dijo que era una pócima y lo último que recuerdo es de
hace unas horas —respondió Sergio al ver el reloj colgado
en la pared de adobe—. Pero él no se ha ido de mi cabeza.
«¿Por qué estoy diciendo esto? ¿Qué fue? ¿Una pócima de
amor?»
—Tan menso —soltó con cariño Consuelo—. No es una
pócima de amor si es lo que estás pensando, lo que te dio
fue un suero de valentía.
Le dedicó una de esas sonrisas pícaras que dicen
«Atrapado» y Sergio tardó un minuto en comprender la
implicación, giró el rostro porque lo sentía arder. Las
pócimas de valentía desinhibían al bebedor de cualquier
norma social y afloraban sus verdaderos sentimientos.
—¿Dónde está?
—Lo encerré en el cuarto, anduvieron haciendo puras
visiones por el pueblo.
¿Visiones? Era esa una forma de referirse a shows que
producían pena ajena. Sergio perdió el suelo, lo drogaron,
estaba seguro de ello. Sin embargo, la anciana usó el plural.
—¿También bebió la pócima?
—¡École! Buscando una cura, se tomó el resto de la
botella. Es que no es más tonto porque no puede. —
Consuelo se acercó a su anafre, sacó las quesadillas que
olían delicioso y luego se las puso en un plato—. El chamaco
se robó uno de mis brebajes, pero no te preocupes, les
estoy haciendo un antídoto.
—¿Sabe por qué lo hizo? —preguntó Sergio dándole un
mordisco a la quesadilla. Estaba buenísima.
—¿Por qué sería? —dijo la abuela con ironía, tomó asiento
y luego volvió a mirarlo con ojos entornados—. Escuché que
le propusiste matrimonio en la iglesia. ¡Quién diría que
serías tan apasionado!
Consuelo volvió a destornillarse y las lágrimas se
acumularon en sus comisuras que limpió con la orilla de su
mandil de flores. Sergio se quedó pasmado, poco a poco las
imágenes fueron apareciendo en su conciencia. Con la
pócima, su parte racional estuvo yendo y viniendo por
lapsos; en esa espesa neblina de placer, de luces y sentidos
disparados.
Nunca, jamás, habría tenido sexo en una iglesia hasta que
Yareth dijo, como quien comenta que el cielo está nublado
«siempre he querido probar tu pene» y él ¿qué cosa pudo
haber respondido? ¿Quién habría dicho algo elocuente o
lógico ante tremenda descarga de información? Un chico de
diecinueve años en apogeo hormonal… ¡Seguro no!
Antes de darse cuenta, ya estaba dentro de la iglesia,
apoyado contra la pequeña estructura de madera barnizada
y el chico de ojos verdes se hincó y le desabrochaba el
cinturón.
Quería preguntar mil cosas ahora: ¿mi padre lo sabe?
¿Qué otras cosas hice? ¿Es reversible? ¿Cuánta gente me
vio?
Solo salió una:
—¿Y qué dijo? —El corazón martillaba en sus oídos y la
voz le temblaba—. Sobre casarnos… ¿Qué dijo?
—¿Qué iba a decir? Por supuesto que aceptó. Ya me lo
decía mi intuición, que te gustaba mi muchacho, solo eras
muy cobarde para admitirlo.
Sergio tuvo ganas de reír, con ese tipo de risa nerviosa
entre el no creerlo y la ilusión de hacerlo, se reprimió.
—No tiene sentido, si es una pócima de valentía y no de
amor…
La abuela detuvo su risa, las arrugas marcadas en el
medio de sus cejas se profundizaron. Negó para sí misma.
—Dios los hace y ellos se juntan.
Se levantó y abrió la puerta del cuarto. Yareth rodaba
sobre la cama sosteniendo una libreta rosa, cuando notó
que lo sacaban de su encierro se puso de pie y fue dando
piruetas hasta la cocina.
—¡Te extrañé, Sergi! La vieja bruja nos quiere separar.
¡Pero no lo va a lograr! ¡Ay, señora!
Consuelo le dio un coscorrón y lo sentó en su lugar. Yareth
no se dejó y terminó subiendo al regazo de Sergio, el
prefecto se quedó de piedra, no sabía dónde poner las
manos.
—Escuincle igualado.
—¡Sergi cúbreme!
Su némesis enterró el rostro en su cuello y Sergio tuvo
cosquillas andando por la espalda.
—¿Valentía? ¿Segura? —insistió, pasó la mano por la
cintura de Flores, era tan delgado y fino, hizo presión, el
chico tembló con su toque.
—Segura, debe aprender que no puede ir hechizando a
gente a diestra y siniestra. Lo bueno es que le correspondes
o se habría puesto feo.
—¡Si el que no me corresponde es él! —exclamó Sergio
con las sienes punzando, buscó el rostro del chico que
seguía apretujándose contra su hombro—. Me rechazaste,
Yareth… no entiendo.
Yareth se separó y lo miró con algo violento escondido en
sus verdes ojos.
—¡Yo nunca te he rechazado! —juró, mientras se aferraba
a la camisa de Sergio y lo zarandeaba al ritmo de su
declamación—. ¿Por qué lo haría? Si te amooo, te he escrito
poemas y poemas y relatos pornográficos que no te gustan
y, aunque intento dejar de quererte, no puedo. ¿Por qué no
puedo? ¿Cómo me reclamas lo que nunca he hecho? ¿Cómo
os atrevéis a retorcer mis palabras, plebeyo?
—Oh no, ya se va a poner sentimental. Cómelas antes de
que se enfríen —dijo Consuelo y señaló las quesadillas.
Sergio ya no tenía apetito.
—Lo hiciste, por Dios. Otoño del 2005, me rompiste una
pierna, de paso.
—¿Además de imbécil, sordo? Tú me dijiste que no
deberían verte conmigo.
—Tenía doce, Yareth. Pensé que lo…
—¡Luego dijiste que besarme era un castigo!
—Nunca dije eso —soltó Sergio, ofendido.
—Ese día escribí —Yareth se levantó, se limpió la
garganta y abrió la libreta rosa—: ¡Oh cruel destino! Soy un
paria al que se le niega el calor de tu boca a menos que
este venga como un acto de inoportuna condena. El beso de
Judas habría dolido menos. ¿Es acaso mejor consuelo el
recibir un beso al mismo tiempo que el puñal, que nunca
haber sentido sus labios?
Consuelo lo miró de soslayo, apagando el agua hirviendo
que ya olía a magia.
—¡No sé cuál otro leerte! —dijo Yareth pasando las hojas
—. He escrito como… ¡Muchos! Mis bellas palabras
dedicadas al idiota que me rechazó. Mira este, se llama:
Veinticinco cosas que amo de ti, treinta y seis que odio y
cuarenta y dos que amodio, ¿te las leo?
Sergio abrió los ojos con sorpresa y el corazón se le
aceleró.
—Ya tómate esto y cállate, hijo —sugirió la abuela
colocando una taza humeante en la mesa, luego miró a
Sergio con seriedad—. Tengo que ir al centro por cosas para
el grito. Haz que se la tome, si se entera que te ha dicho
todo eso igual termina huyendo del país.
La abuela se metió a su cuarto y Yareth tomó la taza y
vertió el líquido de regreso en la olla, Sergio no se lo
impidió. Él tampoco quería el antídoto.
Señores, no lo quería. El viernes sería 15 de septiembre,
el día del grito y de su discurso de despedida del pueblo, el
recordatorio lo sumió en una terrible desazón. El tiempo
era… escaso.
La neblina regresó.
—No voy a tomarla —declaró el chico con los hombros
tensos—. Si la bebo… ya no seré capaz de decirte nada.
—Pensamos igual —dijo Sergio que se puso de pie y tomó
la mochila, el ruido de Consuelo en el cuarto cesó.
—¡Corre! —Yareth empujó a Sergio al patio, quien
trastabilló con las escaleritas de la salida y retachó contra el
adobe de la casa—. ¡Usa tus cadenas! ¡Haz algo! —susurró
en pánico.
—¿Para qué son las alas entonces? —refutó Sergio que
escuchó a doña Consuelo regresar a la cocina.
—¡No te voy a aguantar! ¿Te has visto las nalgas?
—No estoy gordo, Florecilla.
—¡Yareth Flores!, ¡Sergio Casillo! ¡Vengan aquí, ahora! —
Consuelo tenía el ceño fruncido y levantaba amenazante
una chancla pero Sergio, por puro instinto de supervivencia,
sacó las cadenas, envolvió a Yareth y los sacó de la casa
antes de que el proyectil materno golpeara la pared.
—Si ya le caía mal a tu abuela, esto no va a ayudar.
—¡Tú corre más rápido!
Eres
Cuando Yareth tuvo su momento de regreso a la
conciencia, no usaremos la palabra «cordura» porque es
probable que este chico no conozca lo que es eso, estaba
parado sobre la cama de Sergio, declamando.
—Razón veintisiete: amodio cuando te pones terco con
una regla, amo tu seguridad, pero detesto tu mamonería…
Aunque su voz interior gritaba porque se detuviera, su
voz exterior no obedecía. Era verse en una de esas
pesadillas donde estás en el escenario cantando sin tono y
desnudo.
Recordó cómo, aunque Sergio tenía las llaves de su casa
en el bolsillo decidió que entrarían por el balcón; como en
las películas de atracos, ninguno era bueno con eso de abrir
cerraduras. Forcejearon la puerta sin necesidad alguna
hasta que esta cedió más por sus empujones que por sus
habilidades, cayeron dentro del cuarto entre risas que
intentaron contener.
El cielo estaba pintado de rosa para cuando rodaron por
la alfombra. Yareth encontró demasiada nostalgia atorada
en el pecho, como si esos años de lejanía hubieran abonado
la tierra de su corazón.
—Revancha —indicó Yareth tomando el mando del viejo
Nintendo que permanecía en uno de los estantes bajos de
su librero—. ¿O no te atreves?
—Me atrevo —respondió el mayor al tomar el mando.
Jugaron durante horas, se rieron como si nunca lo
hubieran hecho. Cuando Yareth volvió a perder, frustrado,
tomó la libreta y en el calor del momento terminó ahí arriba,
declamando amor como Julieta por el balcón.
Su voz se hizo un hilo, tan fino que fue desapareciendo
cuando la marea se alejó.
—¿Y si…? ¿Y si volvemos a jugar?
El pelinegro agarró su tobillo, tiró de él y Yareth cayó de
espaldas sobre el colchón. En un segundo tenía las muñecas
sujetas por su prefecto, con su cara otra vez tan cerca. Sus
cuerpos haciendo presión contra el colchón, el peso de
Sergio era nuevo y agradable. Le gustaba sentirlo.
—¿De verdad pensaste que después de todas esas
declamaciones pasionales solo vamos a jugar? —Sergio
deslizó la mano debajo de la camisa del uniforme y Yareth
respingó con fuerza, ahogando un gemido—. Porque no está
en mis planes.
Yareth se removió, temiendo que le quitara la ropa.
Sergio suspiró sin quitar la sonrisa y se levantó hacia su
escritorio. Yareth se quedó quieto, su corazón ya corría por
ambos, de esa forma violenta con el miedo como mala
hierba creciendo entre las grietas del suelo.
Tenía el vago recuerdo de su abuela diciendo algo de
pócima de valentía y el reclamo de Sergio por un rechazo
que nunca existió. ¿Era entonces esta una oportunidad, una
puerta, una burbuja?
La luz de la ventana se fue; vinieron las sombras de la
noche, el viento colándose por debajo y los ladridos de los
perros a la distancia, también vino la marea. Se tapó la
cara. Quería más de esa calidez, quería tocar con intimidad,
quería conocer a Sergio así, conocerse a sí mismo también.
Descubrir facetas juntos…
—¿Estás seguro? Es decir… yo… solo pienso que estamos
muy empocimados para esto. Que luego me dirás que te…
que te…
Sergio puso las bocinas de la computadora y la música de
Fobia vibró por las paredes.
—¿Qué me qué? —Sergio regresó a la cama, su rodilla
presionó el colchón y le dio una mirada envenenada en
deseo, una maldita mirada que desarmó al menor—. ¿Que
me muero por tocarte más? ¿Que llevo años deseando
tenerte así?
Bien, Yareth pensó que la pócima era realmente buena y
su abuela debería patentarla. Saldrían de la pobreza en un
chasqueo de dedos. Sergio cortó el pensamiento con un
beso intrusivo, de esos que retuercen las tripas, que las
llenan de calor y anhelo. Lo sujetó de la cadera, tentando
pausadamente su vientre debajo de la tela con sus dedos
gruesos y largos.
—Yo quiero… yo quiero, solo… —jadeó entre su boca y la
ajena, los botones del uniforme cedían uno a uno contras
las manos de Sergio, bajó mordiendo con suavidad la piel
expuesta de su cuello—. No quiero que me mires y no te
guste.
Sergio fue retirando con paciencia, como si el tiempo les
perteneciera, toda la ropa. Y cada capa, cada sonido,
requería de Yareth un poco de valentía. Cuando los dedos
del mayor tocaron su extensión, Yareth jadeó.
—¿Qué no va a gustarme? Si tienes dudas no haremos
nada. Pero no aludas a que soy yo el que no quiere… estoy
ahogándome con tanto que te deseo. Sé que me he portado
como un idiota varias veces. Y aunque llega un poco tarde,
de verdad, lo digo en serio, te quiero. De esta y de todas las
maneras.
Sergio rozó su entrepierna contra la pelvis de Yareth,
haciendo al chico gemir. La verga de Sergio palpitaba en el
medio de ambos. Los ojos se le humedecieron
irremediablemente. Tantos años teniendo tanto miedo,
tantas dudas, odiando su cuerpo y pensando que esa sería
la barrera que nadie querría cruzar.
Y ahí estaba el chico del que llevaba la vida enamorado,
pidiéndole con los ojos, con la temperatura de su piel, con
todo el cuerpo, que lo dejara seguir.
—¿Seguro?
—Cuando me dijiste que era un mojigato, te dije que
había alguien a quien quería hacerle cosas. —Sergio besó su
mejilla, estaba húmeda por unas lágrimas traicioneras. El
prefecto siguió por la línea de su cuello, la respiración hacía
estragos en su oído—. Eres tú, siempre eres tú. Ya deja de
torturarme así.
Sergio volvió a estirarse y del cajón del buró sacó unas
hojas y un botecito que Yareth tuvo que ver bien para
procesarlo, era un lubricante y las hojas eran…
—¡Por los trece infiernos! ¿Te masturbabas con mis
relatos? —chilló.
—¡Esto nos los vamos a tener que llevar a la tumba! —
bromeó—. Saca las alas.
—¿Por qué?
—Porque quiero tocarlas.
No lo hizo a propósito, su corazón y sus alas hicieron pop,
resplandeciendo sobre la cama. Los ojos de Sergio eran dos
piedras ónix a la luz de la luna, sus manos acariciaron el filo
de sus alas y Yareth sintió una corriente por toda su
extensión, temblando como una hoja contra el viento.
Sergio se inclinó y repartió besos por su vientre. Retiró lo
que quedaba de ropa, dejando una caricia húmeda, un
rastro con la lengua desde el hueso de su cadera hasta el
hueco que se formaba en su muslo debido a la delgadez de
su cuerpo. Yareth cerró los ojos y embriagado, escuchó el
líquido salir del tubito de lubricante y luego su mente se
hizo trizas de vidrio al fuego cuando los dedos se deslizaron
por su glande. Yareth estiró los brazos, a tientas en la
oscuridad de sus ojos cerrados y logró enroscarse en el
cuello ajeno, lo besó atrapando el siguiente gemido entre
sus bocas.
—Levanta las piernas.
—Mgm…
Yareth lo hizo, se dejó consumir por la marea, de otra
forma moriría de vergüenza.
—Diablos, que buena vista.
Sergio tenía algo en su voz, algo que hasta antes de ese
miércoles les era desconocido a ambos; un grueso tono
gutural que solo inclinaba a sentir deseo. Las rodillas de
Yareth estaban a la altura de su pecho, con una flexibilidad
recién descubierta, tan expuesto… Los dedos de Sergio
hicieron círculos en la carne rosa de su ano, un dedo entró
con tanta facilidad que él no estaba seguro cómo lo
lograron. Entonces Sergio presionó con más fuerza la orilla
de una de sus alas, logrando que la corriente de placer
hiciera a su agujero palpitar.
Sergio parecía tan seguro, sus manos no temblaron en
ninguna caricia, era como si hubiera estado esperando
tanto que vacilar no estaba en sus planes. Dos dedos
dentro, Yareth asimilaba a los intrusos frotándose dentro de
él. No era suficiente.
—Sergi… —dijo con la voz ronca, en su punto de
ebullición.
—¿Mmm?
Sergio sacó sus dedos, haciendo que el menor se quejara,
pero se quedó con el reclamo en la garganta cuando Sergio
se retiró la corbata. Nunca algo tan inofensivo como el
sonido de la fricción de dos telas le pareció tan seductor.
Yareth se estiró para desabotonar la camisa, los dedos le
temblaban, Sergio besó la coronilla de su frente y después
de eso las muestras de ternura se desbocaron con la bruma
que convirtió todo en calor.
Sergio lanzó el resto de ropa al suelo con desesperación,
las cadenas salieron de su espalda y una sonrisa traviesa
acompañó la acción. Yareth imaginó muchas veces cómo
sería ver el cuerpo desnudo de su némesis, sinceramente,
su imaginación se había quedado corta.
Las cadenas se enroscaron en sus piernas y subieron
hasta su torso como los brazos de un amante inquieto y ahí
estaba la descarga de magia otra vez, tan electrizante, tan
cruda y violenta que cuando Sergio acarició su pene, Yareth
llegó al orgasmo en un sonido ahogado entre espasmos de
placer.
Los ojos se le aguaron, la intensidad del orgasmo arqueó
su espalda.
—Esto se va a volver vicio —gruñó Sergio, se acarició su
propia erección a la que lubricó antes de tomar las piernas
de Yareth y, apoyando los talones del chico sobre su
hombro, apretó sus piernas, donde los muslos de Yareth
colindaban el pene de Sergio entró con un sonido delicioso
—. Carajo, oh… Yareth. Esto es tan bueno.
—Mgm… más… más…
Yareth se aferró a las cadenas y un escalofrío vibró en
ellas hasta la columna de Sergio que jadeó con más fuerza y
aumentó el ritmo, cerró los ojos y Yareth admiró sus
pestañas temblando en una mueca de éxtasis.
—Mierda, si sigo así… me voy a venir.
—Lo quiero dentro —pidió. Rogó.
—Esto se tiene que acostumbrar —dijo Sergio y se separó
un poco, los dedos volvieron a su interior y Yareth resolló de
gusto, movió las caderas para sentirlos mejor—. Y hay
muchas maneras de obtener placer, no todo es penetrativo.
Yareth enrojeció, desde donde estaba solo veía la punta
roja e hinchada del miembro de Sergio entrar y salir de
entre sus piernas, rozando su propio pene que empezaba a
hincharse otra vez. Los dedos iban al ritmo de sus embistes,
los sonidos de su garganta también.
—Entonces quiero estar arriba —demandó.
Sergio obedeció con una lujuria en los ojos que llevaban a
la locura, soltó sus piernas y lo obligó a sujetarse de su
cuello, con la fuerza de su cuerpo los levantó a ambos y
luego se tendió en la cama, apoyó la espalda en la cabecera
y lo llevó con él hasta tenerlo a horcajadas sobre su pelvis.
—Todo tuyo —retó.
Las cadenas no lo soltaron, en su lugar apretaron más,
tan duras y firmes.
—Todo mío —masculló.
Yareth se apoyó en los hombros de Sergio, pegando su
cuerpo lo más que pudo, que en cada tramo de su piel pudo
sentir el firme cuerpo del pelinegro. Ambas pieles se rozaron
con la cadencia del movimiento rítmico de sus caderas que
terminaron de sumir su cabeza en la erupción de un volcán.
Sergio le cogió con ímpetu de las nalgas y acompasó el
choque de sus pelvis, jadeando contra su pecho. Fricción,
encuentro, sentimientos hirvientes. El orgasmo fue la marea
rompiendo contra las olas, el terremoto de su primer
encuentro haciendo grietas desde dentro hacia afuera,
destrozándolos en placer.
Cada vez que, en el futuro, evoquen el recuerdo de esa
primera vez, ambos tendrán el sabor de ese beso húmedo
en el que jadearon el nombre del otro durante un tiempo
indefinido, donde solo sus pechos subiendo y bajando se
decían todo lo que tenía que decirse.
Yareth tenía la cabeza demasiado mezclada como para
esforzarse en comprender que Sergio lo limpiaba con un
trapo húmedo, su cuerpo estaba lívido en el colchón, con
cada músculo en un extraño dolor satisfactorio.
Sergio se metió a la cama y la música volvió a ser
entendible en la mente abarrotada de sensaciones de
Yareth.
—¿La música se queda así?
La lista de reproducción de la computadora ahora tenía
corriendo Eres de Café Tacvba. Y es un hecho
mexicanamente reconocido y registrado, que no existía
mejor himno al romance juvenil que aquella melodía en la
década de los 2000.
—Duermo con la música hasta que la computadora
hiberna. Pero no tiene contraseña por si quieres apagarla.
Yareth negó.
—Lujos de niño rico —burló.
Sergio asintió y se acomodó.
—¿Sigues drogado? —preguntó con la voz espesa.
—Bastante, ¿tú?
—Ya no sé —rio—. Esto de venirme en ti se siente como
estar drogado.
—Te vas a llevar el premio al romántico del año, Sergi.
Sergio tiró de la sábana y los cubrió. Dejó el brazo
estirado para que Yareth lo usara de almohada.
—Mañana seguro no podremos decirnos nada de esto. Por
los infiernos, hoy es una burbuja, una ilusión. —Yareth se
giró para exponer sus miedos… Sergio sucumbió al sueño—.
¡Carajo, Sergio! ¡Eres un imbécil!
Sergio tenía el semblante sereno y Yareth no
desaprovechó la oportunidad y acarició su mejilla, sus dedos
subieron lentamente delineando sus pómulos hasta sus
largas pestañas. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? Yareth
envidió su seguridad.
—Ey… Mañana ninguna burbuja va a reventar, ¿bien? —
balbuceó Sergio más dormido que despierto.
Yareth asintió, Sergio tomó su mano y tiró de él hasta que
el delgado cuerpo de Yareth encontró el hueco perfecto y se
acurrucó en el pecho de Sergio. Su calidez y aroma le
supieron a refugio y antes de darse cuenta se quedó
dormido también.
Bendito Jueves
Ese jueves catorce de septiembre, Yareth descubrió que la
segunda resaca de pócimas incontrolables era cien veces
peor que la primera.
Cantar una rola de Belinda frente a todo el mundo no se
comparaba, ni de cerca, a andar paseando con Sergio por
todo el pueblo. Bendita sea la mala memoria de los
borrachos y bebedores de pócimas sin calibrar, no
recordaba más que fragmentos inconexos.
Elevó una plegaria a los cuatro tetzcatlipoca porque
Sergio tampoco recordara mucho.
Aunque no recordar era una cosa y tener que mirar el
cuerpo del delito, era otra muy distinta. Los uniformes
estaban regados por la habitación. Brincó de la cama,
escuchó el quejido a su lado y su sangre se evaporó.
—Qué dolor de cabeza —soltó Sergio cubriendo sus ojos
de la luz suave que delataba el amanecer y lo tarde que
era.
—¡Mgm! Ay mi madre, Sergio, la pócima… Lo siento. Fue
un error.
Intentó salir por el balcón, las cadenas de Sergio la
bloquearon como bóveda de máxima seguridad.
—El error va a ser que salgas de este cuarto.
—¡No me hagas esto! —gritó Yareth.
—Lo primero es no entrar en pánico —suspiró, mientras
se enderezaba—. Y no salir del cuarto desnudo, por dios.
Yareth se miró y soltó un alarido intentando cubrirse con
la sábana que, al jalarla desnudó a Sergio.
—¡Infiernos! ¿Todo eso me comí ayer?
Sergio enrojeció poniéndose la almohada en las piernas
por puro reflejo. Yareth de pronto entendió sus propias
palabras y la caldera de su cabeza hizo bum bum.
—¿Es un mal momento para huir del país? —preguntó ya
rindiéndose—. ¿Recuerdas todo? ¿La iglesia?
Sergio asintió.
—¿Recuerdas ir a tu casa? —preguntó Sergio.
Yareth dudó.
—¿El mercado?
—No. El mercado no y quién sabe qué más se nos escape
a ambos.
Sergio se puso de pie y empezó a recoger las cosas del
suelo. Inhaló fuerte por los dos porque Yareth ya no sabía
cómo se respiraba.
—¿La neblina volverá? —cuestionó el mayor.
—¿Neblina? Oh, te refieres al efecto. Es probable, por lo
menos hoy… sí.
Ambos se quedaron de pie en el medio de la habitación
en silencio, el sonido del reloj en el escritorio hacía que los
segundos se sintieran como horas. Ninguno podía mirarse a
los ojos.
—¿Qué tal si vuelve mientras estamos en la escuela?
Deberíamos encerrarnos en casa hasta que esto pase por
completo… o mudarnos de país.
—Ya pensaremos en algo. Ahora deja el dramatismo,
tenemos clases. Y necesitamos un regaderazo. —Sergio lo
empujó hacia el baño y Yareth intentó poner resistencia—.
Entra o me meteré contigo.
—¡Ya estoy en la regadera! ¡Qué rica está el agua!
Yareth pasó el umbral y cerró a sus espaldas. El baño era
muy distinto al de su casa. No estaba acostumbrado ni a las
regaderas ni a los champús de supermercado.
¿Cómo se iba a bañar así? Berreó, esta situación no tenía
sentido. ¿Qué estaba haciendo? ¿Una ducha en la casa de
su antítesis? «Cogiste cual conejo con tu antítesis ¿Ya qué
más da?»
No tenía tiempo para ponerse a meditar, entre más
rápido hiciese esto, más rápido podría escapar.
Movió la única llave que abría la regadera y…
—¡Quema! —Movió al lado contrario—. ¡Helada! ¡Arde!
Un portazo lo hizo brincar.
—Quítate.
Sergio se metió a la regadera y Yareth se atrincheró
contra la pared. El mayor midió el agua hasta que estuvo
tibia y deliciosa, él no era bueno juzgando la temperatura
porque ahí mismo su cuerpo consideraba que el baño
estaba muy caliente.
—¿Ya está bien?
Yareth asintió, con los ojos de Sergio sobre él, que luego
recorrieron camino por su pelo mojado, descendiendo por la
línea de su mandíbula hasta los labios.
Los ojos negros de Sergio lo hipnotizaron, la sonrisa de
gusto del hombre fue acercándose hasta que eran dos
sonrisas encontradas y en un parpadeo la lengua del
pelinegro estaba enredándose con la suya, con el agua
intrusa que se filtraba entre labios y dientes, ahogando sus
respiraciones.
—¿Las clases? —jadeó.
—Siempre llegas tarde, no te hagas el mmm, puntual
ahora.
—Tienes examen con Lucas —acotó entre besos.
Sergio se separó con un gruñido de por medio.
—Salvado por la campana.
—Diría más bien que por tu ñoñez.
Sergio soltó una carcajada y negó con un par de
movimientos de cabeza, luego tomó el bote de la repisa. El
pecho del mayor chocó con el suyo, Yareth tenía que hacer
un esfuerzo consciente para ignorar el hecho de que
estaban desnudos.
Los dedos toscos de Sergio se deslizaron por su cuero
cabelludo y Yareth mandó al diablo eso de la consciencia. El
aroma del champú era el de Sergio. El chico masajeó y
todos los músculos de Yareth se relajaron; cerró los ojos,
ronroneó y se frotó contra el pecho ajeno.
—Estoy recibiendo mensajes contradictorios.
Sergio enjuagó y Yareth se tragó la petición de que
siguiera haciéndole piojito. Sintió el cuerpo de Sergio
moverse rápido, el ruido del jabón y del estropajo contra la
piel.
Abrió los ojos.
«Madre mía»
—¿Sabías que los champús de mercado contienen
siliconas y que es mejor cambiarlo por champú sólido
natural? Mi amá y yo hacemos algunos, supongo que sabías.
«¿Por qué digo pura estupidez?»
—Ahora lo sé, serán para la próxima vez.
—¿Qué próxima vez? —cuestionó sacudiendo la cabeza.
—Te lo dije, ninguna burbuja va a reventar.
Sergio terminó de bañarse y tras darle un beso en el
frente, salió de la regadera dejando a Yareth con el corazón
hecho gelatina.
—Puse ropa sobre la cama para que te cambies —gritó
Sergio al otro lado de la puerta.
Yareth se terminó de duchar a la velocidad de la luz; por
supuesto, más mal que bien. Cuando regresó al cuarto y
miró el uniforme, algo le pasó por la columna como un
carrito de Hot Wheels a alta velocidad.
—¿Se ha vuelto loco? —preguntó para sí.
Sin respuesta, no le quedó de otra que montarse el
uniforme. Yareth ahora sí que olía como Sergio y la forma en
que eso le fascinaba no debía ser natural.
Después de vestirse se asomó al exterior. El corazón le
latía como un loco, pues no sabía qué se suponía que tenía
que hacer ahora. Escuchó voces al final del pasillo y del
cuarto salió Sergio con Cristina en brazos, cual princesa.
La mujer lo venía regañando, con ese semblante pálido
que le decía a Yareth que había sido una mala noche. Sergio
asentía con su típica cara de póker solo delatada por las
orejas rojas que comprometían a Yareth también.
Bajaron escaleras, así que por eso siempre encontraba a
la mujer recostada en ese bonito sillón largo junto a la
ventana.
Sergio era un hijo cariñoso, eso era algo que Yareth ya
sabía. Sergio regresó subiendo las escaleras, lo examinó a la
distancia y él se cruzó de brazos.
—¿Qué me ves?
—Aunque es de cuando estaba en primero, te queda
grande —dijo y acto seguido dio largas zancadas, le tomó
de la manga para enrollarla y ponerla como Yareth solía
llevar el uniforme—. Me gusta cómo te ves con mis camisas.
«¿Me quieres matar de un fallo cardiaco?»
—Voy abajo.
—Me di cuenta anoche.
—¡Me refería a que voy a bajar!
No esperó respuesta y saltó de dos en dos los escalones
hasta el salón de la casa de los Castillo.
—¡Yare! Buenos días.
La voz de Cristina lo dejó a medio camino entre el salón y
la puerta, se giró como si esta fuera una película de terror.
—Buenos, bue… ay, esta vez no traje nada, señora
Cristina, yo…
Recostada en el sillón, su bata de chifón hacía una
cascada hasta el suelo y su sonrisa lánguida le daba un
aspecto etéreo, el viento iba a llevársela en cualquier
instante y sería una brisa suave y cálida. Sergio heredó sus
pestañas tupidas y negras como el carbón.
—No te preocupes, los escuché anoche.
Ella le hizo el ademán para que se acercara y Yareth
obedeció, jugando con el listón de su brazo.
—Señora… si es usted un ángel benevolente me matará
aquí mismo.
Cristina ladeó el rostro ligeramente antes de reírse, tan
suave y agudo cual pajarillo en primavera. Lo tomó de la
muñeca, su mano estaba más delgada y fría que la última
vez que la tocó.
—¿Por qué, corazón? Siempre he creído que es mejor
saber a dónde van a meterse los jóvenes que perderlos de
vista y ya era hora de que mi hijo supiera lo nuestro.
—Mgm…
—¿Saber qué?
Yareth se petrificó, Sergio llevaba la mochila al hombro,
se acercó a los botecitos junto a la cabecera del sillón, iba
echando píldora a píldora en su mano.
—Oh, Yareth me pidió que no te dijera, pero viendo la
evolución de su relación no creo que haya problema. —
Yareth negó repetidas veces, la madre de Sergio entendió
que no, que no había problemas cuando era justo lo
contrario—. Viene todos los días cuando ya te has ido a la
escuela, me trae algunos remedios de su abuela.
Sergio abrió los ojos, lo vio con esa sorpresa de gusto y
Yareth tuvo que huir de sus ojos. El mayor le dio las pastillas
a su madre, luego pasó el vaso de agua y una vez que
Cristina se pasó de un trago todos los medicamentos, el
chico le dio un beso en la frente.
—Ey, Sergi Castillo —dijo su madre que no soltaba a
Yareth y extendió la otra mano a su hijo y Sergio se la tomó
—. No creas que estoy contenta de enterarme así de lo de
ustedes. Agradece que tu padre se haya quedado en el
ayuntamiento toda la noche o con el ruido que hicieron los
habría corrido a los dos. Así que debo preguntar ¿Es de esas
cosas de jóvenes o esto lo están haciendo correctamente?
No vas a convertir mi casa en un hotel.
A Yareth se le salieron las alas, estaba ardiendo de
vergüenza.
«Ay mi madre, ¿cómo le explico señora que
accidentalmente drogué a su hijo de amor? ¿Hotel? ¿Pues a
quién más ha traído este hombre a su casa? ¡Promiscuo,
infiel!»
Los ojos de Cristina estaban enternecidos mirando a
Yareth, contrario al tono de su voz que era duro. Él desvió
los ojos a Sergio y este le dedicó una media sonrisa, luego
extendió la mano libre y le acomodó el cabello detrás de la
oreja haciendo que todo el recorrido del roce de sus dedos
se incendiase.
—Lo voy a hacer correctamente esta vez.
—¡Por fin! —exclamó ella y enfatizó con un aplauso—. Ya
lidiaremos con tu padre, váyanse que es tarde. Y Yareth, la
próxima vez, avísale a Consuelo, me llamó preocupada
anoche.
«Bueno, este es el día más feliz de mi vida y también el
último», se lamentó.
Salieron de la casa en un tenso silencio que estaba
matando al chico y apenas la puerta se cerró detrás de
ellos, Yareth colapsó.
—¿Qué fue eso? ¡Infiernos! Te juro que, si tu madre dice
más, me hubiera enterrado tres metros bajo tierra y sabes
que puedo hacerlo, Sergi.
Yareth levantó el vuelo dispuesto a irse lejos, bien lejos, la
cadena se enroscó en su tobillo frenándolo.
—¿A dónde, Floreci…flore…flor? Cuando el efecto pase
este apodo se va.
—¡Pues claro que se va! Suéltame, Sergio. Debo ir a casa
si no quiero morir y no podemos llegar juntos. Van a hablar
más de lo que ya…
Sergio se apretó el puente de la nariz.
—Después de lo de ayer, obviamente que van a hablar.
¿Me vas a decir que ahora te preocupa?
—¡A ti es a quien siempre le ha importado!
El corazón de Yareth latía en su garganta, todo el cuerpo
lo tenía agarrotado esperando porque Sergio dijera que todo
esto era culpa suya, que debían aludir lo de anoche a
puramente culpa de la pócima.
En su lugar, Sergio tensó la mandíbula.
—Es verdad, pero de alguna forma, esta relación tiene
que funcionar.
—¡Te estás saltando cuatro pueblos, Sergio! ¿Cuál
relación?
—La nuestra, idiota. Pensé que estaba siendo claro.
Yareth parpadeó, Sergio sostuvo su mirada, aunque se le
notaba el rubor ardiendo en sus orejas.
—¿A quién le dices idiota? —refutó por pura costumbre y
que un rayo lo atravesara, extrañaba esto. ¿Estaba
escuchando bien? ¡Una relación! Por las deidades
prehispánicas.
—¡Sergio! —La voz de Víctor lo cruzó como una flecha,
directa y cortante—. ¿Qué mierda, Yareth? ¿Lo perseguiste
hasta su casa?
Víctor se acercó con largas zancadas tomando a Sergio
del brazo sin dejar de darle ese semblante hostil al castaño.
Los celos, conocidos amigos de Yareth, revolotearon en su
esófago.
«Aleja tus manos… quítalas».
—¿Qué haces aquí? —preguntó Sergio.
—¡Todos estamos preocupados por ti! ¿Ya se te pasó el
efecto? Mi padre te vio ayer, dijo que no eras tú. Está
haciéndote un antídoto.
Sergio soltó un bufido de hartazgo, últimamente parecía
menos paciente que en otros momentos y eso era mucho
porque Yareth tenía experiencia sacándolo de quicio.
—No estoy… —apretó la mandíbula—. No lo quiero.
—Lo necesitas, si solo supieras todo lo que hiciste ayer —
siguió Víctor enroscando su brazo en el de Sergio y jalándolo
para caminar juntos—. Voy a cuidarte en lo que pasa el
efecto.
Los sentidos de Yareth se alborotaron en ira. Por
supuesto, Víctor cuidando la integridad de su amigo pues no
podría concebir que Sergio estuviera interesado en él de
forma genuina.
—No lo perseguí a su casa, Revilla —respondió Yareth por
primera vez en su vida al imbécil ese—. Pasé la noche con
él.
—¡Demasiada información, Flores!
Víctor arrugó el ceño; abrió la boca y la cerró, entonces
miró a Sergio con los ojos rojos, todo en una fracción de
segundo.
—No puede ser, los dos siguen drogados —exclamó
ofuscado.
—No lo estamos —respondieron al unísono.
Yareth inhaló, vale, no era momento de huir. Su madre lo
iba a matar cuando llegara esa tarde a casa; ahora la guerra
demandaba su presencia.
—Como sea, nos vamos, Sergi.
Yareth voló bajo para tomar la mano de Sergio que hizo
que le temblara hasta el alma, con las alas empujó a Víctor
que se quedó pasmado con el atrevimiento.
—Nos vemos en clase, Víctor —respondió Sergio con una
sonrisa que era complicada de ignorar, haciendo que el
corazón de Víctor temblara.
Yareth lo miró por encima del hombro y le sacó la lengua.
Víctor no concebía que ese chico infantil se estuviera
burlando de él.
Hoy tengo miedo
El viaje a la escuela resultó un terreno minado.
Las mañanas en este pueblito eran esa hora en que los
chicos se encontraban en el largo trayecto de subida hacia
el portón, conversando entre cuchicheos, mientras los
mayores barrían las escaleras y calles aledañas a sus
hogares, con el canto de los gallos allá en el alba.
Con la llegada de septiembre, las banderas tricolores
ondeaban en algunos balcones y el gobierno mandó a
colocar hileras de luces de un lado a otro de la calle, que
solo cobraban relevancia cuando caía el sol. Se respiraba el
mes patrio.
Yareth intentaba mantener la compostura; pero, por un
lado, tenía los ojos penetrantes de Víctor en la nuca y, por
otro, se sentía rodeado de palabras. No es como si él no
estuviera acostumbrado a esos comentarios mal
intencionados que son murmullos lejanos, pero esta era la
primera vez que los sentía tan de cerca, tan oscuros.
«¿Por qué están juntos? Sí, yo también escuché que lo
hechizó».
«Es normal, conociendo a la bruja de su abuela».
«¿Sabrá Sergio que es un, ya sabes, rarito?».
«¡Pero si no se ven nada bien!».
«No tienen química. Sergio debería buscar algo mejor».
El momento más incómodo fue cuando una señora, con el
descaro del mundo, los interceptó para soltar:
—Sergio, si estás en peligro, parpadea dos veces y
llamaremos a tu padre».
Sergio tomó más fuerte su mano, sonrió falsamente y la
ignoró.
—Pero ¿qué le importa? —dijo Yareth entre dientes.
Ninguno de estos dos chicos pensó que su actuación del
día anterior fuera a ser tan de dominio público.
Yareth tenía la garganta seca cuando soltó a Sergio en la
puerta de su salón.
—Ya nos adaptaremos —dijo el prefecto antes de
revolverle el cabello y luego subir las escaleras hacia su
propio salón.
Antes de poder decir cualquier cosa, Andrea lo tomó de
los hombros y lo arrastró al pupitre. Tenía los ojos llenos de
brilli brilli, ese que solo se crea cuando el chisme huele en el
ambiente.
—¿Vi bien?, ¿todos vimos bien? ¿Es efecto de la pócima?
—Claro que lo es —soltó uno de sus compañeros,
secundado por otro más al fondo.
Yareth negó, luego alzó el dedo medio al metiche. La
profesora Tamara, de ética mágica, entró con cara de pocos
amigos y todos se aplacaron porque no era una mujer a la
que fuera bueno hacer enojar.
Cuando la clase estaba avanzada, Andrea le arrojó un
pedacito de goma a Yareth desde la fila paralela. Era una
fortuna que sus lugares no estuvieran hasta el frente y que
solo los dividiera un estrecho pasillo.
—¿Entonces qué? ¡Cuenta! —susurró pegando la cara al
pupitre para esconderse detrás de la espalda de otro
compañero.
—Es que es tan… —Yareth se llevó las manos a la cara,
ahogando un grito—. ¿Surreal? ¡Vinimos tomados de la
mano! Es que solo en mis sueños, ¿captas?
—¡Tenías que pedirle que te cogiera, no que te tomara la
mano!
Yareth se puso rojo, rojo. Un semáforo palidecería a su
lado.
Los ojos de Andrea desorbitaron y se pegó más al pupitre.
—¡Hijo de…! Sí lo hicieron.
La campana sonó al compás del asentimiento de cabeza
de Yareth. La profesora marchó, todos los alumnos cuando
suena una campana se accionan por un mecanismo de
resortes que los hace saltar de sus lugares.
Una de las chicas pasó a su lado golpeando su hombro,
luego lo miró de arriba abajo con una mueca de desprecio.
Yareth la ignoró.
—¡Que vivan los novios! —gritó Ángel desde la puerta,
luego entró corriendo a abrazarlo—. Felicidades.
—Entonces… ¿Te pidió que fueran novios? —preguntó
Andrea intentando quitar la lapa de Ángel Leal.
—Bueno, no, no precisamente.
—¡Lo sabía! —gritó Andrea—. Me debes un Morelos,
Ángel.
Ángel sacó su billetera con un puchero de por medio.
—¡Cabrones! ¿Apostaron a que Sergio me rechazaba o
qué?
Ángel entregó el billete de cincuenta pesos a Andrea,
cuando escucharon eso soltaron una carcajada.
—Claro que no —dijo Ángel—. Apostamos si Sergio usaba
la palabra «novio» contigo.
—Ya te dije —siguió Andrea—. Sergio no lo diría así.
—Me parece romántico decirlo —refutó Ángel—. Tu
corazón brinca tan alto que parece que va a salir de tu
cuerpo. Ay recuerdo que para Ikal y para mí era una palabra
especial… Suena bonito el ¿quieres ser mi novio?, solo que
tú eres una cínica a la que nunca se lo han dicho.
—No empieces. Los noviazgos me dan flojera. Yo quiero ir
por la libre, coger sin compromiso y ¡zas!, al siguiente.
Yareth no estaba escuchando muy bien. Era verdad que
Sergio no le preguntó algo como eso… No es que hiciera
falta, se dijeron cosas demasiado cursis para ser repetidas
en esta vida.
—Andrea, sé honesta. ¿Crees que Sergio va a soportar
esto o terminará escapando? —preguntó Yareth que sentía
una multitud de ojos clavados como dagas en la garganta.
Su amiga enarcó una ceja, guardando el billete en el
bolsillo de su pantalón para darle un zape con ganas.
—La duda es: ¿por qué a ti te cuesta tanto creer que te
pueden querer?
Yareth se quedó pasmado, con el corazón latiendo muy
rápido. Ni siquiera los gritos de sus compañeros lo hicieron
voltear, no fue hasta el codazo de Andrea que se giró para
encontrar a Sergio colgando del tercer piso con las cadenas
para caer en el pasillo de los de segundo.
Al parecer le encontró sabor a saltarse una que otra regla.
Cuando Sergio puso un pie en el aula, todos los chicos del
4to. A se quedaron callados, la tensión se podía cortar con
una cuchara. No era normal que los de 6to. bajaran a ese
piso y pocos privilegiados de grados inferiores podían subir
a las aulas de los mayores.
Sergio hizo el intento de que no se notara su
incomodidad, para Yareth era obvio que se sentía como un
animal metido en una jaula de experimentación. Sergio
cuadró los hombros y se limpió la garganta cuando se paró
a su lado.
—¿Puedo? —preguntó hacia Ángel que estaba en el lugar
de enfrente, el chico boqueó.
Andrea lo jaló con una sonrisa encantadora.
—Llevo esperando meses por ver esto, adelante.
Muévete, Leal.
—Yo llevo años —refutó Ángel.
Antes de que Sergio hiciera un solo movimiento más,
Ángel lo tomó de las manos y con los ojos brillosos empezó:
—Solo quería decir que estoy muy feliz por los dos y que
seré su padrino cuando se casen y que…
—Qué oportuno eres, Ángel. Bueno nosotros nos vamos —
dijo Andrea que jaló a Ángel fuera del aula.
Sergio se sentó, inclinó la silla hacia el pupitre de Yareth,
luego puso una pluma y una libreta en él. Yareth levantó
una ceja invitándolo a hablar.
—Sigo sin creer que ese sea el novio de tu primo.
Yareth soltó una carcajada.
—Creo que quien nos ve, pensará lo mismo.
Sergio parpadeó un par de veces, luego asintió poco
convencido.
—Dependerá de quién mire.
—Entonces, ¿qué te trae por las aulas de cuarto?
—Viniste sin tu mochila. No puedes estar sin apuntes;
además, quiero revisar las materias en las que vas mal. Me
dijo Sor Ramona que realmente tu problema es tu conducta
y no tus calificaciones, pero nunca está de más.
Yareth negó acompañado de risas sinceras, esperando
que Sergio lo hiciera también pero el prefecto seguía serio.
—Ay, cabrón… ¿Hablas en serio?
—¿Cuándo no? Aprovechemos tu hora libre
—¿Por qué sabes mi horario? Espera, eso no es lo
importante. ¿Te vas a saltar las clases otra vez?
—Detecto un juicio en tu tonecito de voz ¿Sí te das cuenta
de que el menos indicado para reprocharme algo así eres
tú? Y también tengo libre esta clase, Pedro no vino.
—Incluso hechizado eres un ñoño.
—Así te gusto, Flores.
—Me empiezo a arrepentir un poco, Castillo.
Sergio tomó la pluma y le pegó suavemente en la punta
de la nariz, se miraron un momento antes de sonreír. Luego
de verdad, de veritas, Sergio demostró ser un matadito de
primera porque la hora que siguió, Yareth tuvo que enfrentar
mostrar sus imperfectos apuntes y tareas desastrosas.
Una de las admiradoras de Sergio se desmayó con la
escena y un chico del equipo alado tuvo dolor estomacal
luego de lo cursi que era todo.
***
Casi a medio día, antes de que terminaran los diez
minutos entre clase y clase, Yareth fue al baño, le divirtió
encontrar la puerta principal chamuscada y sobrepuesta
junto a un letrero: «prohibido actividades ajenas al uso
correcto de un baño», sabía que en algún momento del día
lo iban a llamar a dirección por el tema.
Afortunadamente con Sergio de su lado, no tenía que
preocuparse. Pensarlo por primera vez así, sentir que tenían
un mismo lado, lo hizo sentir cálido por dentro.
Cuando estaba lavándose las manos alguien se recargó
en el pilar principal, cruzado de brazos.
—Nunca he pensado bien de ti, Yareth, hasta yo creí que
tenías límites. ¿Qué se siente que Sergio solo te haga caso
gracias a una pócima?
—Tus celos me resbalan, Revilla.
Yareth se sacudió las manos, se alisó el pelo mientras
miraba la mueca de triunfo de Víctor por el reflejo del
espejo.
—¿De veras te resbalan? Lo has engañado y parece que
te has engañado a ti mismo también. Sabes perfectamente
que cuando pase el efecto va a volver conmigo. Espero que
estos dos días lo hayas disfrutado lo suficiente. No se va a
repetir.
Yareth se agarró el cabello en una coleta intentando
disimular que le temblaban las manos.
—Genial, le preguntaré a Sergio dónde guardó la placa y
la correa que crees que le pusiste.
Víctor bufó y recorrió con sus ojos de arriba abajo, luego
sonrió como si estuviera absolutamente seguro del poder de
sus palabras.
—Sé que eres Poetisa Anónima. —Víctor notó la sorpresa
en los ojos de Yareth, entornó la mirada—. Él me lo dijo.
Entre nosotros no hay secretos. Me pregunto cómo
reaccionará cuando se entere que tu jefe te encargó
enamorarlo con tal de que no pusieran en peligro la revista.
¿Qué harán las monjas cuando se enteren? Luego de lo de
ayer estás en la cuerda para que te expulsen, ¿no es así?
La palabra «expulsión» le bajó el azúcar. Consuelo estaría
no solo triste, sino decepcionada, Yareth no podía fallarle de
esa manera, era lo mínimo que prometió hacer. Encima con
el manchón que ya dejó el accidente del temblor en la
exposición mágica en sus papeles, no se podía permitir otro
problema. Apretó los puños, se giró para tomar a Víctor de
las solapas de la camisa.
—Vete a la mierda, esto es cosa mía.
—¿Qué hará Joaquín cuando sepa que su hijo fue
calumniado por el mismo chico que le hizo brujería? Quiero
ver eso. Sergio va a terminar abriendo los ojos cuando hable
con su padre, no le convienes y nunca lo vas a hacer,
fenómeno.
Yareth no pudo evitar recordar la tarde en que Sergio lo
corrió de su habitación. Eran unos niños, él lo sabía, lo
racionalizaba; aun así, ese sentimiento de rechazo se le
atoró en la boca del estómago.
—Si no te has dado cuenta, estás haciendo mal tercio,
Víctor.
Yareth lo soltó e hizo el intento de irse, Víctor lo empujó
con fuerza. Yareth retachó contra la pared, el ardor de las
lágrimas iba subiendo y su respiración intentaba servir de
dique a esa presa llena de miedos.
—No. Capta la imagen completa, Flores. Si de verdad te
importara Sergio te alejarías. Haces que valga madre todo
su esfuerzo y nuestros planes. ¿O se te olvida lo del evento
del mes pasado? Eres un imbécil que rompe todo lo que
toca, que solo trae problemas. Estar cerca tuyo es un error.
Toda la reputación que Sergio ha construido en años, va a
valer madres por tu culpa.
—Eso no es… Yo no…
—Tú eres el mal tercio, Yareth. ¿Cuánto va a durar tu
fantasía?, ¿dos semanas más? Él y yo tenemos planes, nos
iremos juntos al acabar el semestre. No hagas más
complicado esto, lo digo por tu bien. Sergio ya te rechazó
antes y lo volverá a hacer cuando recobre la cordura. Deja
de ponerte en ridículo y aprende tu lugar.
Víctor le dio un par de palmaditas en el hombro antes de
marcharse.
Yareth caminó cabizbajo de regreso a las aulas. No quería
escuchar más, apenas estaba entendiendo que las cosas
cambiaron de un día para otro, a momentos a él también
todo le parecía una ilusión. Al pasar por el laboratorio sintió
las cadenas alrededor de su cuerpo y luego el fuerte tirón.
Al siguiente parpadeó estaba detrás del laboratorio, su
espalda pegada a la pared y las manos de Sergio
impidiendo otro movimiento.
—Hay algo que quiero hacer y no sé si mañana que toda
la neblina se vaya seré capaz.
Claro, pensó Yareth, era la neblina.
Sergio le pidió cerrar los ojos, en otras circunstancias
habrían discutido porque Yareth no quería obedecerlo, pero
en ese momento en el que estaba más fuera de su cuerpo
que dentro, Yareth lo hizo.
Solo estaban los sonidos del viento pasando entre los
árboles, arrastrando las hojas secas y el corazón latiendo
tan fuerte que zumbaba en sus oídos.
Un frío recorrió la piel detrás de su oreja, los dedos de
Sergio acariciaron el contorno y colocaron algo, el fino metal
de un arete se introdujo en el orificio de su lóbulo. Abrió los
ojos y Sergio levantó sus cejas invitándolo a mirar mejor.
Yareth fue consciente del peso en el lado derecho, ladeó el
rostro y tardó en procesar.
—¡Es mi primer arete! Me lo quitaste…
—Cuando estabas en tercer semestre, te acababas de
hacer la perforación. —Sergio pasó un mechón de cabello
detrás de su oreja—. Los tengo todos en mi habitación. Te
iré devolviendo uno a uno.
—Bien, estoy confundido. ¿Qué intentas…?
La pregunta se quedó a la mitad de su garganta cuando
Sergio lo pegó a la pared y se acercó con esos ojos de
depredador mirando su boca.
—Hay una sola razón por la que reporté a cada parejita
que encontré a punto de besarse aquí —dijo sobre sus
labios—. Y nada tenía que ver con el reglamento.
—¿Por qué aquí? ¿Pensabas esconderme o algo?
Sergio se retiró como si le hubiera caído un cubo de agua
fría. «Conozco la sensación», pensó Yareth emulando un
recuerdo.
—Muy bien. ¿Qué diablos pasa?
Yareth colocó ambas manos en el pecho de Sergio,
intentando apartarlo.
—Supongamos que te creo, que intentas decirme con
este arete que lo que me dijiste ayer es verdad, que… que
me quieres desde antes. ¿Qué sigue?, ¿jugamos a querernos
y besarnos a escondidas hasta que tu padre te recuerde que
debes estar lejos de mí?, ¿hasta que te marches con Víctor
en un par de semanas?
Sergio se cruzó de brazos y alzó el mentón. Yareth apartó
el rostro, no podía verlo a los ojos, quería callarse, quería
llorar, al voltear vio venir a Sor Ramona con Víctor. El
imbécil ese señaló en su dirección.
—Entiendo, todo esto fue sorpresivo para mí también…
—Ay, Sergio. —Yareth volvió la vista, tenía un nudo en la
garganta—. Nunca has ido en contra de tu padre y no me
quieres tanto como para empezar a hacerlo ahora.
Sergio tensó la mandíbula, sus ojos se enrojecieron y
apartó la mirada.
—Otra vez tus espinas. Te quiero, pero odio que creas que
eres el único que puede salir herido.
Yareth retiró las manos de su pecho, se pasó el dorso de
la mano por los ojos, los sentía húmedos. Sabía que tenía
razón, estaba actuando por inercia. Cuando te acostumbras
a ser herido, te acostumbras a protegerte a toda costa.
—Todavía estás a tiempo de decir que todo esto es culpa
de la pócima. De todas formas. nadie va a creer una historia
en que llevas años enamorado de este chico problema —
dijo con un intento de sonar bromista, la voz se le quebró a
medio camino.
El pelinegro inhaló y retuvo el aire, luego lo miró con una
enorme decepción ahogada en esos ojos rojos.
—Pon en orden tu cabeza, Yareth. Yo no me enamoré de
un cobarde. Y tú tampoco.
Sergio se apartó, cuando giró sobre sus talones Víctor y
Sor Ramona estaban en la boca del pasillo. El chico traía el
semblante descompuesto.
—Sergio… llamaron a la dirección. Es sobre tu mamá —
dijo Sor Ramona preocupada.
El semblante de Sergio palideció.
—¿Dónde está?
—En el hospital —contestó Víctor—. Mi padre ya está con
ella.
—Será mejor que vayas —indicó Sor Ramona.
Sergio asintió. Cuando pasó al lado de Víctor este le
detuvo del brazo.
—Te acompaño.
—No —cortó y lo apartó con educación.
—Sergio, déjame apoyarte… —siguió Víctor.
Yareth dio un par de vacilantes pasos y Sergio miró por
encima de su hombro.
—Prefiero estar solo. —Luego volvió los ojos a Víctor—.
Pero gracias por querer estar ahí.
El prefecto dio largas zancadas, Melissa bajaba corriendo
con su mochila, ambos desaparecieron a la distancia, Sor
Ramona regresó su atención a Yareth.
—Flores, a la dirección —indicó con una voz seria que
nadie le había escuchado antes.
Yareth se tensó y Víctor se inclinó hacia su oído.
—Puede que cierta información, se me haya escapado.
¡Una lástima!
Cambia estos sueños
muertos
—¿Y Joaquín? —preguntó Noel Revilla.
El chico se encogió de hombros. Ambos sabían que su
padre estaba atareado con la celebración de independencia.
Cada año, el presidente salía al balcón de su palacio para
ondear la bandera, soltar un discurso y así celebrar un año
más del inicio de la guerra que independizó a México de
España.
Las calles se llenaban de algarabía, puestos ambulantes
de comida, juegos pirotécnicos y borracheras memorables.
Nada de eso le parecía relevante en ese momento a Sergio
Castillo.
—No vendrá —sentenció con seguridad—. Así que
dígamelo a mí.
Noel puso esa mirada de condescendencia y empezó a
explicar que Cristina presentó un dolor insoportable a media
mañana y Lita, la señora que ayudaba en casa, fue quien
llamó al hospital.
—Le suministramos medicamento para el dolor, es todo lo
que podemos hacer. Aunque ya está fuera de peligro, lo
mejor es tenerla en observación un par de días.
El semblante de Noel era de derrota total. Sergio miró por
encima el expediente, no había nada escrito en esas hojas
que no supiera ya. Sin embargo, durante meses, se negó a
hacer una pregunta; ahora con la neblina espesa, miró a
Noel Revilla.
—¿Cuánto —la voz se le quebró, así que carraspeó—… le
queda?
El médico dudó y empezó a negar con la cabeza cuando
Sergio lo tomó de la muñeca. Ya no era un niño, prefería
saber a ir caminando en un cuarto a oscuras, tomando
decisiones abrumado por el miedo.
—Si su cuerpo continúa reaccionando así al tratamiento,
seis u ocho meses. No es seguro, son solo estimaciones.
Escuchó la cifra con atención, una vida se reducía al
tiempo, a un tiempo que siempre se termina y ahora Sergio
tenía un número que solo iba a ir marcha regresiva hasta
desaparecer y llevarse a su madre.
—Lo entiendo. Gracias.
El médico marchó por el pasillo hacia la central de
enfermeras, dejando al chico quieto, como una estatua de
sal. Durante los meses que estuvo solo en la capital,
escuchando diagnósticos, evaluando semblantes decaídos y
preocupados cuando entraba a quirófano por emergencia,
soportando los rumores de las enfermeras y sus miradas
llenas de secretismo… siempre escuchó verdades a medias.
Mes a mes, Sergio conoció a doctores que proponían
tratamientos que aseguraban resultados, para luego verlos
hacerse pequeños en sus sillas diciendo que hicieron todo lo
posible, que estaría mejor con el tiempo.
Primero fue la extirpación de un tumor benigno, luego
una segunda operación porque la maldita cosa reapareció.
Esa intervención neuroquirúrgica dejó muchas secuelas, una
paraplejia e infecciones recurrentes de la vejiga.
Ninguno de los médicos fue tajante, todos querían dar
esperanzas que en el fondo solo servían para no decir que
fallaron, que estaban equivocados, para huir de la
frontalidad con la que la muerte acariciaba a Cristina.
Pasó al cuarto de su madre luego de horas angustiosas en
la sala de espera. No hubo lágrimas en ese momento, era
posible que esas veces en que lloró en las esquinas, con la
cara pegada a la pared escondiendo sus miedos, lo habían
secado por fin.
Cristina sonrió y él se sentó en la silla a su lado,
tomándole la mano. Se quedaron en silencio durante un
tiempo indefinido, su madre iba y venía entre el sueño y a
Sergio se lo comía una ira sin objetivo, una ira que se
presenta como aire sin dirección, porque es la ira que nace
de aquello que consideramos una injusticia de la vida
misma.
Como si su madre pudiese ver sus pensamientos, con los
ojos cerrados y la respiración tranquila, apretó más fuerte
su mano.
—Estoy tan feliz de haber llegado a tu cumpleaños
diecinueve —esbozó una sonrisa—. Te voy a dejar como un
pequeño adulto. Estoy muy orgullosa de ti.
Sergio se tragó el nudo de su garganta, no se sentía
capaz de hablar sin que la voz se empañara de tristeza, lo
intentó.
—Aún no logro nada, mamá. Aún no soy nadie, deberías
quedarte más tiempo para…
Ella abrió sus ojos, pestañas negras que batieron la noche
y ojos cafés cansados que solo mostraban ternura. Negó.
—¿Quién ha dicho que no eres nadie? —Sergio bajó la
cabeza, miró sus manos entrelazadas, la de ella tan delgada
y pálida—. No, Sergi. Tu vida laboral no eres tú.
Sergio ya escuchó ese consejo cuando confesó a su
madre no sentirse inclinado por los planes políticos de
Joaquín. Sin embargo, en ese momento, sintió que no tenía
razones de peso para oponerse a él y su dictamen.
Esa mañana, cuando Yareth le retó con la voz llena de
miedos, Sergio se dio cuenta que su indecisión, a lo largo de
los años, no solo lo hirieron a él, sino al chico del que estaba
enamorado. Con amargura, tuvo que reconocer que Yareth
tenía razones para dudar de su resolución, de tener miedo.
Él también debía admitir que estaba asustado de todo eso
que era la vida y que ya estaba tan cerca de sí que parecía
un camino dentro de un bosque oscuro.
—Antes pensabas como papá. Cuando era un niño, me
decías que tenía que estudiar duro para ser como él… para
no ser como tú; que dejaste tus sueños por el embarazo.
¿Recuerdas?
—Papá es un poco tonto y yo también —sonrió mamá—.
Los tengo a los dos, esa felicidad es todo lo que necesitaba
y tardé en darme cuenta.
—Querías rehacer tu carrera y no veo nada reprochable
en eso. Querías que yo fuera alguien…
—Es verdad. Ahora, mirando hacia atrás, hubiera
cambiado esas frustraciones laborales por verte crecer. Me
perdí tus primeros años y ahora entiendo que es el tiempo y
la gente que amamos, la que no vuelve. La muerte da
distintas perspectivas, cariño. ¿Qué quieres tú?
Sergio apretó sus manos, la idea ya había cruzado su
cabeza cientos de veces, incluso intentó externarlas a su
padre que tajó cualquier comentario al respecto.
—Quiero quedarme, mamá. Pero sin los planes de papá…
me siento a la deriva. ¿Qué pasa si me arrepiento?
Cristina se giró sobre su hombro, le acarició el cabello.
—Amé mucho, hijo. Nadie se arrepiente de eso. Ve por
ahí.
La enfermera entró para poner el nuevo medicamento y
cambiar la bolsa de diálisis, le pidió que se retirara. Sergio
salió arrastrando los pies hacia la sala de espera. La
permanente angustia a la pérdida se alojó en cada parte de
su tejido y no saldría nunca, ni con los años.
El pasillo del hospital se extendía revestido de luces
titilantes, con solo el sonido de los monitores en ese
constante pip… pip, aquél latido que parecía tatuarse en la
piel de quienes esperaban por una noticia que sabe a pena.
Llegó a la sala de espera y, sentado en una de las últimas
filas, una silueta esbelta, un poco encorvada, mecía los pies
que no llegaban al suelo. Él avanzó a prisa hacia la figura,
no esperaba verlo ahí.
Yareth alzó la mirada, luego la desvió con un sonrojo que
sacudió el corazón de Sergio.
—Me robé una torta del comité —dijo mostrando la
evidencia del delito—. No has comido nada, ¿no?
—Robar está mal —susurró sentándose a su lado y
tomando el pan—. Por lo menos no seas tan descarado.
Sergio apoyó los codos en sus rodillas, se frotó las palmas
de las manos en su rostro. Le había dicho que no quería que
fuera per Yareth nunca le hacía caso y, por la virgen, como
le gustaba que no lo hiciera. Los dedos tibios del chico
rozaron su mano y Sergio alzó la vista. Yareth tenía sus ojos
temblorosos, tomó bien su mano y la dejó en su regazo.
—¿Ella está…?
Sergio negó. Se quedaron ahí, mirando la nada con las
manos entrelazadas y los nervios bailando en sus pieles.
—Perdón —susurró el chico a su lado—. Aún… yo, hace
rato… no debí decirte eso.
—No estoy enojado porque tengas miedo. Yo también lo
tengo —indicó. La respiración de Yareth se cortó, Sergio
también estaba sorprendido de su propia confesión—. Así
que nos toca hacer mejor equipo. Y queda prohibido
hacernos daño a propósito, ¿bien?
Yareth hizo un ruidito de confirmación. Sergio tomó la
iniciativa, se giró y acarició el cabello que caía a los lados de
su rostro. El pelo de Yareth era precioso, las ondulaciones
hacían un mar de espuma de capuchino.
—¿Puedo?
El chico asintió, se pasó el cabello hacia adelante y guio
las manos de Sergio para separar tres mechones.
—Te enseñaré a trenzarlo —dijo.
Esa noche Sergio no aprendió a trenzar, los senderos que
se forman al hilar el cabello ayudaron a las lágrimas a por
fin encontrar un camino, subieron hasta que los ojos de
Sergio ardieron y éste las dejó pasar. Se recargó en los
delgados hombros, enterró su rostro en el abundante
cabello y la noche tuvo el aroma del dulce y la canela.
Un buen perdedor
Después del Fatídico Miércoles, los pobladores no
esperaban más sustos cardiacos ni sorpresas que
involucrasen a chicos locos y calientes.
Mala suerte para ellos, porque aún les faltaba el
acontecimiento del 15 de septiembre.
¿Qué sucedió durante la celebración de la independencia
de esta tierra tricolor?
Yareth dirá que la cosa más vergonzosa de su vida. Sergio
estará de acuerdo con él, por primera vez en lo que va de
esta historia.
Las autoridades del municipio te dirán que algo ilegal y
sin exagerar.
Para llegar ahí, al acto ilegal, hemos de pasar por un día
caótico. Que desde el miércoles la cosa no había hecho más
que dar tumbos. Yareth tuvo que esquivar un par de
chanclas voladoras y un arrastrón de magia esa mañana de
viernes cuando volvió a casa luego de dos noches fuera.
—¡No te mandas solo! —le dijo Consuelo con muy malas
pulgas—. La próxima, mejor quédate a vivir con los Castillo.
El coraje de su abuela bajó un par de rayitas cuando se
enteró de la hospitalización de la señora Cristina. Pero solo
un par de rayitas. Como castigo, todo ese viernes Yareth se
vio arrastrado por el comité que lideraba su abuela. Mala la
hora en que en el calendario escolar ese día se tomaba
como libre.
Doña Consuelo armó un grupo de personas originarias del
pueblo que, evento a evento de Tierra Dulce, se
involucraban en su organización y ponían esmero en hacerlo
memorable.
Para este Grito de Independencia, decidieron colocar una
kermés en la explanada fuera del Palacio Municipal. El
Comité estaba encargado de los cuetes, la comida y la
música. Mientras que el gobierno ya se encargaba del resto
de logística, seguridad y el cansino momento icónico donde
el presidente da sus palabras.
Aunque Tierra Dulce seguía dividido entre pobladores
viejos y nuevos, ambas partes estaban unidas por el
sentimiento de pertenencia a su patria. Así que pocas
familias se iban a quedar en casa a ver al presidente
Calderón dar su discurso por cadena nacional, la mayoría
preferían despejarse en la fiesta fuera del balcón municipal.
Para sorpresa de Consuelo, Yareth se mostró muy dócil
aceptando ir de un lado a otro con cada mandado. Y no era
tonta, sabía que su nieto traía algo entre manos, pero
estaba muy ocupada para ponerse a atar cabos. Ya bastante
hizo dándole el antídoto a Andrea para que se lo llevara a
Sergio.
Sentía un poco de compasión por el hijo de Joaquín. Mira
que ir y enamorarse de su nieto…
Consuelo no estaba equivocada, Yareth era un manojo de
nervios y escondía dos turbios secretos.
Por un lado, necesitaba que su abuela no lo molestara
más tarde porque Sergio y él iban a tener su primera cita en
la kérmes antes de que empezara el Grito y es que Sergio
tenía que estar en el balcón presidencial a las once con su
padre. Y él necesitaba volver a casa y arreglarse porque no
iba a ir con el sudor del día haciendo recados.
Por otro y aún más importante: no tenía idea cómo o
cuándo iba a decirle a Consuelo que el día de ayer, las
monjas le avisaron de una inminente expulsión. Así que
intentaba menguar el impacto siendo un dulce y bien
portado nieto.
La que se iba a armar en casa cuando Consuelo lo
supiera.
Yareth ya había colocado un poco de copal en su cuarto y
elevado una plegaria a los dioses del México antiguo y como
tampoco estaba muy seguro, puso a un San Antonio de
cabeza y eso que ni católico era.
Para situaciones desesperadas, remedios desesperados.
Cuando cayó la tarde, la última tarea de Yareth consistía
en imprimir la lista de precios de los diferentes puestos en
hojas blancas. Así que, con toda su cara de vergüenza, tuvo
que ir al local de Don Raúl que lo miró receloso cuando le
asignó computadora.
Aún le costaba creer que apenas tres días atrás escribió
«Soy Yareth Flores» y su vida dio un vuelco que pasó de un
amor unilateral a uno correspondido y de una identidad
anónima como escritor a que todo el pueblo estuviese a
horas de saberlo.
Ah, y a ser expulsado.
Las monjas se portaron curiosamente comprensivas y
reacias al mismo tiempo. Como señoras entregadas a la
decencia y la moral católica, era impensable que
permitieran que uno de sus alumnos escribiera tremendas
obras artísticas.
Como eran comprensivas, inserte comillas, las monjas le
dijeron que le darían el chance de terminar cuarto, pero que
deliberarían si lo dejaban volverse a inscribir para 5to.
semestre.
¿Y a dónde iba a ir? La educación para nahuales y tonales
solo se daba en estos pueblitos mágicos. La educación
pública no existía para ellos fuera de las congregaciones
religiosas. ¡Y no iba a viajar dos horas diarias para ir a Agua
Bella!
Estaba jodido y todo gracias a la bocota de Gerardo, que
ya se había ahogado en disculpas por email, como al imbécil
de Revilla.
Víctor estaba siendo bastante informativo y rencoroso.
Nunca le cayó bien, ahora Yareth estaba seguro que lo
detestaba hasta la médula. El cabrón sabía dar donde dolía,
como si pudiera ver a través de él.
Como si en verdad supiera sus secretos y estuviese
dispuesto a usarlos todos para hacerlo puré. Yareth se
sentía un pendejo por haber dejado que sus venenosas
palabras hicieran grietas en su coraza. Luego de que la
noticia de que era Poetisa Anónima se regara como la
pólvora por toda la preparatoria y sus compañeros se
pusieran incluso más hoscos con él, Yareth escapó a las
escaleras que daban para la azotea de la escuela.
Se sentía una mierda por haber lastimado a Sergio de esa
forma. El prefecto tenía razón y Yareth era consciente de
que tenía que cambiar la forma en que se protegía. Eso si es
que Sergio no tiraba la toalla con él y ahora sí lo mandaba
trece infiernos lejos.
—Basta —le dijo Andrea después de que Sergio se
marchó al hospital, parada frente a él con las manos en la
cadera—. Fingir desinterés es para la raza más débil, Yareth.
Yareth bufó. No todas las personas son capaces de dar un
paso hacia el abismo si en esa oscuridad existe la
posibilidad de salir lastimado.
—Tengo más defectos que cualidades —soltó, jugando
con el listón de su muñeca—. ¿Qué si Víctor tiene razón? No
soy un buen partido.
—Estás siendo… estás siendo… ¡Imbécil! —gritó Ángel
con las manos hechas puños y los ojos húmedos—. Basta
con este autodesprecio. Nada de lo que dices es verdad.
Andrea abrió grandes los ojos, Yareth también alzó la
vista: Ángel nunca decía groserías.
Si hasta Ángel Leal lo estaba insultando, era porque había
perdido toda pizca de respeto.
—No es justo para él —continuó Ángel—. Deberías estar a
su lado y no ahogándote en tu con… consmi… consimer…
En tu baja autoestima.
—¿Estoy ahogándome en mi conmiseración?
Ángel asintió y no conforme, lo remató:
—¡Eso! Pobre Sergio, solito en el hospital porque el chico
del que está enamorado no puede ver más allá de su
conmis… consime… ¡Tú entiendes!
Yareth notó el tono de reproche, ya había estado ahí
cuando los Zavala murieron, incapaz de ver que su mejor
amigo estaba sufriendo como él y cubriendo su tristeza con
una máscara de ira. Lo mismo hizo cuando Sergio volvió.
No se sintió bien estar en el punto de retorno, esos dos
tenían razón. ¡Hombre! Que fue capaz de lidiar con más
cosas. Víctor se podía ir a la mierda y él y sus miedos
también.
—En realidad, descubrí algo.
Andrea alzó una ceja, cruzándose de brazos.
—Si tiene que ver con pócimas, paso.
—Oh no, nada de eso.
Ángel se inclinó para escuchar las noticias recientes.
Luego de contarles su hallazgo, Yareth los abrazó
confiando en ambos y se escapó de clases, que sin prefecto
para vigilar era la cosa más fácil del mundo. Pasó por casa
para cambiarse y hablar con su abuela; algo que no logró,
porque Consuelo estaba metida en el tema del comité y
tuvo que buscarla en casa de doña Gómez, lugar donde
usurpó la telera hecha torta y de ahí, Yareth se fue al
hospital.
Aún no tenía las palabras precisas para Sergio, pero eso
no era lo que importaba. Ya encontrarían la forma, un
problema a la vez.
En el momento actual, Don Raúl le entregó las hojas con
los precios y Yareth contó sus monedas para hacer el pago
por la renta y las impresiones cuando una ventana del
Messenger saltó con la notificación de un mensaje de
Sergio. Entonces tuvo un mal presentimiento.
Sergi Castillo se ha
conectado
Sergi Castillo:
Te dije que ayer quería estar solo. No debiste ir al hospital.
Poetisa Enamorada:
Me estás mandando mensajes contradictorios.
Sergi Castillo:
Tenías razón, ayer aún estaba fuera de mí, no estaba siendo
yo. Hasta hoy perdió el efecto la pócima.
Poetisa Enamorada:
Así que usarás esa carta… ¿Qué procede? Ya que estás en
tus sentidos. Y no quiero largas, escúpelo.
Sergi Castillo:
Creo que es mejor que lo diga en persona. Te veo a las diez
en el árbol de esa confesión que no debiste hacerme.
Poetisa Enamorada cambió su nombre a Yareth Flores.
Yareth Flores:
Así que por fin muestras tus colores.
Sergi Castillo:
¿Irás o no?
Yareth Flores:
Bien, terminemos con esto. Ahí estaré.
Cómplices
Yareth se arregló para su cita con un nudo en el
estómago, angustia que se incrementó cuando Consuelo
escuchó el rumor en el comité de su expulsión. Sería
acertado decir que el chico tuvo que escapar de su anciana
madre aprovechando que estaban rodeados por el comité y
que Consuelo no iba a lanzar improperios en público.
Aunque estaba bastante seguro de que su cita ya iba
encaminada al desastre con los mensajes que recibió en el
chat antes de dejar el local de Don Raúl, Yareth no iba a
desperdiciar el conjunto que preparó las navidades pasadas
por si un día se le hacía el milagro de tener una cita.
El chico no hacía las tareas ni tenía idea de qué seguía en
su vida, pero si se trataba de soñar con besos, citas y
ridiculeces parecidas, entonces se convertía en un
planificador experto: un suéter blanco de cuello alto con la
barriga al descubierto, sumando su clásico listón rojo y un
arete que pertenecía a su abuela, de aquellos años en que
el abuelo se dedicó a su oficio de joyero.
Era un precioso arete dorado, con un moño hecho de
filigrana y decorado en el centro con una piedra roja. A su
abuela se le cerró el agujerito en su oreja izquierda y fue por
eso que Yareth se realizó una sola perforación, para
compensar.
Así de ataviado y perfumado llegó al árbol del que Sergio
cayó, la zona estaba poco concurrida, apenas adornada por
las hileras de luces y las farolas públicas, la atención de la
gente estaba metros más allá, por la explanada.
Voló hasta sentarse en la alta rama y esperó. Primera vez
puntual para esto.
Los cuetes empezaron a eso de las diez y media,
reventando en el cielo y formando reflejos como cristales de
colores sobre el suelo. Dejaban en el ambiente el olor de la
pólvora que el viento mezcló con el aroma de la kermés.
El estómago de Yareth hizo ruiditos, podría estar por la
explanada comiendo un chicharrón preparado o degustando
un elote con mayonesa y chile en polvo, pero no, estaba en
un oscuro lugar esperando por un cretino.
—¿Yareth?
La voz no era de Sergio. Incluso esperó a que repitiese su
nombre, sin duda su aparición lo tomó por sorpresa, era
Samuel Carrasco.
—¿Qué? —preguntó con un grito, el chico volteó.
Samuel fue uno de los amores locos de Ángel, no en
vano. Ángel podía ser un obtuso ingenuo y enamoradizo,
había que reconocer que tenía buen gusto. Samuel llevaba
el cabello acomodado de tal forma que lo hacía ver mayor
de lo que era.
Sacó sus propias alas de quetzal y voló hasta su lado,
Yareth se retrajo por inercia. Este, sin duda, era un
desarrollo que no previó.
—No esperé que fueras a buscarme —confesó Samuel
jugando con la punta de sus alas, desprendió una pluma—.
Menos después de lo que pasó con Sergio. Es decir… me
has estado enviando señales contradictorias todo el tiempo.
Yareth parpadeó varias veces seguidas. Samuel le
extendió la pluma verde cual jade. Dentro de los nahuales
era una especie de regalo, Yareth lo escuchó tiempo atrás
cuando descubrió la tradición, aunque él no podía hacerlo
porque sus alas no tenían plumas.
—No te he enviado ninguna señal contradictoria. Te
detesto, Samuel. Ya lo sabes.
—Lo haces tan difícil —dijo Samuel con un aire
melancólico, a la vez que intentaba tomar la mano de
Yareth. Pero él no se dejó—. Esperé casi un año. Ángel ya es
feliz con tu primo y dijiste que me darías una oportunidad.
¿Por qué ahora lo estás negando? ¿Es por qué crees que
Sergio te está correspondiendo? Todos sabemos que es por
la pócima que le diste.
Yareth apartó la pluma. Atando cabos y reprimiendo las
ganas de reírse de Samuel y de él mismo.
—Ya entiendo. Ay, Samuel. Nunca va a pasar nada entre
nosotros. Nunca. Hiciste miserable mi infancia y luego te
hiciste el novio de mi mejor amigo. Yo jamás te daría
esperanzas ni por equivocación.
El chico soltó una sonrisa amarga, negando un par de
veces.
—Entonces mis sospechas eran correctas; ven, te contaré
un secreto.
Samuel se inclinó sobre el hombro de Yareth y susurró
algo a su oído, algo que hizo a Yareth crisparse desde la
base del estómago hasta el corazón. Brincó de la rama,
cayendo con gracia y los sentidos alterados en rabia.
Samuel lo siguió y lo tomó por la cintura.
—La información tiene un costo —dijo con una media
sonrisa.
Jaló de él, Yareth pensó que iban a irse a los golpes por
eso no reaccionó hasta que tuvo los labios de Samuel
Carrasco en los suyos. Húmedos, solitarios y desesperados.
Un deje de lástima cruzó el corazón de Yareth. Al parecer,
Samuel estaba siendo honesto, tal vez de verdad había
cambiado y era una lástima porque eso era todo lo que iba
a tener de él. Samuel ya encontraría a alguien que lo
quisiera bien.
—Ya veo.
Una voz grave, dura, la presencia erizó todos los vellos de
la nuca de Yareth, que apartó de un empujón a Samuel.
Sergio los miraba con los ojos más oscuros que nunca y los
puños apretados.
—Así que Víctor tenía razón… —murmuró bajo, pero
Yareth lo escuchó—. ¿Solo querías que alguien, cualquiera,
te hiciera caso?
Negó para sí mismo. Se dio media vuelta.
—No, no, no es lo que parece, Sergio. ¡Espera!
***
Las hileras de luces tricolor ya estaban encendidas
cuando Sergio salió del hospital. Lita lo reemplazó recién a
las nueve y media. El cuerpo entero le dolía por estar
sentado tantas horas en la incómoda silla del cuarto de su
madre.
Afortunadamente, Melissa le hizo una visita rápida horas
antes para llevarle algo de comer. «No puedes ir sin
energías a una primera cita con potencial encuentro sexual
tardío» le dijo con ojos brillantes. Últimamente iba
descubriendo facetas que desconocía de sí mismo y de sus
amigos.
Lamentablemente, unas le gustaban más que otras.
Al llegar a casa notó la luz del salón encendida, entró con
tiento y encontró a su padre de espaldas, hablando por
teléfono. Su progenitor lo miró por encima del hombro, sus
espesas cejas fruncidas en una mueca que Sergio conocía
bien, luego volvió a su conversación.
Sergio subió a su cuarto, le extrañó encontrar la luz
prendida pero la sorpresa creció al ver a Víctor sentado a la
orilla de su cama. No era como si no supiera que el chico
iba a ir a buscarlo, Melissa ya le había advertido.
Pero pensó que lo abordaría fuera del hospital, no en su
propia habitación.
—¿Cómo entraste?
—Tu papá me dejó pasar. ¿Está listo tu discurso de
despedida? Puedo ayudarte con él.
Sergio se retiró el suéter del uniforme, no se cambiaba
desde el día anterior. Exhaló, sintiéndose aplastado aún por
el peso de lo que venía. No había espacio para sutilezas,
tampoco para rodeos. Era mejor arrancarlo como una tirita
sobre la herida.
—Ya no iré al D.F. No hay manera suave de decirlo, te
debo una disculpa y me haré responsable por las cosas que
tu madre haya hecho para ayudarnos con lo del
departamento.
Víctor parpadeó, negando repetidas veces con la cabeza.
—No debes estar hablando enserio.
—Lo hago. Y no quiero repetir lo de ayer, Víctor.
Sergio avanzó a largas zancadas, dejando la puerta
abierta invitándolo a salir. Ayer, antes de su pelea con
Yareth, Víctor insistió en decirle lo que «descubrió» de
Poetisa Anónima. Se veía decidido a convencerlo de que
Yareth lo había seducido bajo las órdenes de Gerardo.
—¿Por qué tiene que ser ese… ese…?
—Di una sola palabra más. Te reto, Víctor.
—¡Ayúdame a entender! ¿Es morbo?, ¿curiosidad?, ¿la
pócima?
Sergio cruzó el cuarto, no tenía tiempo que perder. Abrió
su ropero de un golpe y miró a Revilla de soslayo.
—¡La pócima, la pócima, la pócima! —soltó, moviendo
ganchos con brusquedad—. La misma abuela de Yareth me
envió un remedio. Todo el mundo asumió que era una
pócima de amor y no lo era. Me he pasado la puta vida
dando explicaciones y, créeme, Víctor. Estoy cansado.
—¿Enamorado? ¿Has perdido la cabeza?
Víctor intentó alcanzarlo, tomarle del hombro, Sergio se
giró antes de que lo hiciera.
—Tú sí lo sabías. No quiero enojarme, te lo digo en serio.
Vete ya, tengo que arreglarme para una cita.
Revilla torció la comisura de su boca, en sus ojos cafés
brilló el reconocimiento de una travesura.
—Yareth solo te está engañando, pudiste ser tú o
cualquier otro que le hiciera ojitos. No pensé que fueras tan
ingenuo como para caer en ese juego. Ustedes dos ni se
entienden ni son iguales. En cambio, tú y yo estamos en la
misma frecuencia, Sergio. Y cuando reacciones voy a estar
aquí.
Víctor se arremangó, iba con una chaqueta negra que le
recordó a Sergio una suya, su compañero se acercó al
marco de la puerta, parecía querer agregar algo más. Sergio
llegó al límite y avanzó hasta la puerta.
—Confíe en ti, pensé que podíamos ser amigos y en
cambio tú, todo este tiempo…
—Te quiero, Sergio —confesó con la nariz roja y los ojos
acuosos—. He intentado acercarme a ti de muchas
maneras, solo me dejaste la opción de empezar como tu
amigo. Y no entiendo por qué conmigo no… —Víctor intentó
poner sus manos en la cadera de Sergio, su pecho subía y
bajaba con violencia, las palabras se le estaban enredando
—. Yo soy el único que está pensando en lo mejor para ti
porque te quiero. Gerardo me lo dijo, Yareth está jugando
contigo porque le conviene.
—Basta.
Sergio se tragó el resto de sus palabras, dio el portazo y
ambos chicos se quedaron un momento con la puerta de
barrera, luego Víctor soltó una maldición y Sergio lo escuchó
bajar por la escalera con pasos duros.
Él se metió a bañar.
Mientras se estaba vistiendo con ya unos quince minutos
de retraso y, por primera vez esperando que Yareth hiciera
gala de su impuntualidad, la puerta se abrió con esa
violencia de quien se cree con la razón.
Joaquín le dio una mirada de arriba hacia abajo.
—Es demasiado informal para tu discurso de despedida.
Cámbiate.
—No voy a dar ningún discurso.
Joaquín colocó las manos en las caderas, bloqueando la
puerta con esa imponencia que estaba grabada en la
memoria infantil de Sergio y que ahora, con toda la ira
acumulada, no le parecía tan atemorizante.
—El hijo de Noel me explicó todo. No sé qué estupidez se
te metió en la cabeza. No vas a renunciar a tus objetivos por
esta pendejada juvenil. Menos, por el nieto de esa anciana
loca.
—No. Tienes razón —contestó enfundándose las botas.
—Bien.
—Voy a renunciar a tus objetivos, papá. Alguna vez quise
ser como tú… —Sergio tenía la garganta rasposa, le costaba
reconocer su propia voz—. Pero ahora mismo, es lo que
menos deseo ¿Por qué llegaste tan lejos como para
presionar a las monjas para que expulsaran a Yareth?
La visita de Melissa terminó de destapar todo el coraje
reprimido en los últimos tiempos. Además de entregarle el
antídoto de Consuelo, le explicó lo que sucedió con la
expulsión de Yareth y Sergio no necesitó magia para saber
que su padre influyó.
—Todo el pueblo sabe ya que mi hijo fue calumniado por
ese problema con patas. ¿Cómo podía no hacer nada? No te
conviene de ningún modo y ya estás grande para hacer
berrinches, Sergio. Piensa con la cabeza fría.
El chico tiró de las agujetas para hacer el nudo, se puso
de pie y sacudió el pantalón, aunque no había ni una mota
de polvo.
—¿Cómo tú? No llegaste, papá. Pasó toda la noche, toda
la mañana y no llegaste. Pudo morirse y no la hubieras
visto.
Joaquín echó la cabeza hacia atrás y bufó.
—No puedo desatender mis obligaciones, tomé este
trabajo por tu madre y por ti. Hay responsabilidades, Sergio.
Cuando crezcas las vas a entender. Ahora cámbiate y
vámonos. No voy a repetirlo.
Sergio se miró en el espejo, necesitaba peinarse aún.
—Bien, pues cuando lleguen mis obligaciones, me
preocuparé y tomaré otras decisiones. La de hoy es clara,
me quedo en el pueblo.
Joaquín avanzó hacia él y a Sergio se le cerró la boca del
estómago, los ojos de su padre echaban fuego.
—Pensé que eras más inteligente, pero mírate, tomando
decisiones por una calentura. Cuando pasen los años, vas a
echar la mirada hacia atrás y te vas a arrepentir y esto, que
ahora te parece importante, va a convertirse en una carga.
No quiero que cometas mis errores y termines de político en
un pueblo de mierda como este. Te estoy dejando el camino
pavimentado para una vida mejor… no lo eches a perder.
Sergio apretó los puños, conectar los puntos de la historia
familiar no le gustaba nada.
—¿Eso es mamá para ti? ¿Un error? ¿El embarazo y yo,
una carga?
El dolor se extendió desde la mandíbula hasta la sien, el
golpe de Joaquín fue duro y visceral.
—Piensa mejor la próxima vez que vayas a hablar.
Luego su padre salió del cuarto y electrificó las puertas y
el balcón con su magia.
Lo dejó encerrado.
Sergio maldijo al recibir una descarga al tocar la manija.
Inquieto y buscando una solución, se acercó a su
computadora solo para descubrir el mensaje que Víctor
envió mientras él no estaba.
***
La ceremonia que antecede al grito había iniciado, aún en
la distancia el sonido era claro, la gente estaba llenando la
explanada del municipio, los cohetes fueron tronando cada
vez más seriados, sin pausa ni para respirar.
El barullo de la gente estaba en todos lados, incluso ahí
en el oscuro parque donde Yareth tenía el corazón latiendo
como loco.
—Por favor, hazme caso. ¡No me dejes, Sergio! Me estás
rompiendo el corazón.
Sergio no le escuchó, avanzó hacia la senda, en dirección
a la explanada y Yareth tuvo que tomarlo por la manga de
su chamarra.
—Suéltame —dijo tajante, Yareth tenía los ojos húmedos
—. Por poco dejo todo por alguien que no valía la pena.
Incluso pensé en quedarme en este pueblo de mierda.
—Perdón, viste mal, te juro que no es así. No me hagas
esto, no otra vez —hipó, ahogando las lágrimas—. Me dijiste
cosas horribles aquí, ¿vas a volverlo a hacer? —Quiso llorar
con más fuerza, pero ya no pudo más y soltó una risa.
Sergio se dio la vuelta con el semblante lleno de confusión
—. ¿Es eso lo que esperabas que hiciera, Víctor?
Yareth le dio un par de palmaditas en el hombro, juguetón
y se limpió las lágrimas.
—¿Qué? —preguntó Sergio.
—Por los dioses, llorar es fácil cuando me acuerdo de lo
que me hiciste pasar por dos años pensando que Sergio me
rechazó cuando fuiste tú. Cambia ahora, Revilla.
Sergio sonrió, se destensó los músculos de la espalda y
volvió a ser Víctor.
—¡Ay lo sospechaba! —gritó Samuel.
—Sí, Samuel. Felicidades, nos engañaron a los dos —dijo
Yareth cruzándose de brazos—. Yo nunca te di esperanzas ni
Sergio me rechazó.
Luego vino el silencio, como si a Samuel se lo hubiera
tragado la tierra. Spoiler, sí, se lo tragó.
—Así que sobreestimé tu capacidad para notar mi copia.
—Oh no, tu copia es muy buena. Tengo que reconocerlo,
me engañaste muy fácil —dijo Yareth con las manos a la
cadera.
—Así que... ¿qué me delató? —preguntó Víctor
recargándose en el tronco.
—Además de tus evidentes celos, tu posesividad y esas
ganas que tienes de hacerme pedacitos… —sonrió—. Ayer
en el baño cuando te despediste. Las mismas palmaditas
condescendientes del Sergio que me rechazó. Y aun así me
tardé un poco en creerlo, no fue fácil aceptar que sufrí tanto
por tu culpa, digo, si eso te hace sentir mejor.
—Sí, lo hace. Fue tan fácil engañarte y tan divertido verte
llorar.
La campana del palacio empezó a repiquetear.
«¡Viva la independencia Nacional! ¡Viva México!», gritaba
la voz de Joaquín Castillo.
—Qué lindo, Víctor. ¿Por qué no probaste a imitarme? Así,
aunque sea te hubieras llevado un beso de Sergio. Porque
siendo tú, jamás lo ibas a conseguir.
Yareth le dio un suave empujón en el pecho y lo arrinconó
contra el árbol, aunque era más bajo que Víctor. Pero en
esos momentos tenía la sangre espesa y ganas de tirarle
una rama encima. Víctor apretó los puños, los ojos se le
pusieron rojos, aunque no dio señales de echarse para
atrás.
—Ya no me importa Sergio. Si ha sido engañado por ti, ha
perdido mi interés. Dios, es que es tan fácil engañar a todos
que se vuelve aburrido. Pensé que él era distinto, ni modo.
—Ah y como te hartaste de jugar con tus compañeros de
escuela, ¿te atreviste a engañar a todo el pueblo? Ya sabes,
una lámpara que se cae por puro accidente, un policía que
estaba dos veces en el mismo lugar…
Víctor echó la cabeza para atrás, pegándose un golpe en
la frente que acompañó de una risa cínica.
—¡Esta vez te has superado!
—Tú arruinaste todo el evento de Sergio y casi golpeas a
mi abuela. Samuel vio todo.
—Tu abuela necesita que alguien la ponga en su lugar. —
Víctor tomó a Yareth del mentón y lo atrajo hacia sí—. Pude
golpearla, no lo hice, solo quería alborotar el gallinero que
era toda esa horrible protesta nudista. Con la lámpara nadie
iba a salir lastimado… vale, igual y tú sí. Pero ya vimos que
tienes la capacidad de lastimar a más personas tú solito.
—Lo dices tan quitado de la pena —masculló Yareth,
tomándolo por el cuello de la chamarra, Víctor puso los ojos
en blanco para provocarlo, pero si algo sabía Yareth era que
las personas escondían tras ese cinismo el dolor—. No te
importa hacer daño a otros, haces como que te damos
igual, aunque en realidad te sientes solo.
Víctor lo soltó y empujó en el acto.
—No soy tú, Yareth. Yo no he tenido amigos porque no he
querido.
Yareth dio un par de pasos hacia atrás. El rostro de niño
regañado, en pleno berrinche, de Víctor, se le antojó tan
lastimero, tan parecido a lo que él veía en el espejo en sus
momentos oscuros, que las tripas se le hicieron un nudo.
—Me tenías envidia. Oh, dioses. ¿Por qué, Víctor? —El
chico apretó los puños y apartó la vista. Otro cuete tronó en
el cielo—. No tiene sentido, yo era el problema del pueblo,
el fenómeno… ¿Por qué me envidiarías?
—Cállate.
—Víctor, es que… Soy yo, ¿por qué me detestarías así? —
preguntó Yareth y puso la mano en su hombro, realmente
intrigado.
—¡Qué te calles! ¿Crees que no me lo he preguntado? Tú
no eres nadie más que un apestado y aun así tenías amigos
con los que sonreías; en vez de huir de este pueblo, te
quedaste y parecías tan feliz… ¿Por qué? ¿Por qué Sergio se
fijó en ti, específicamente en ti de todas las personas?
Víctor se removió bruscamente, Yareth inhaló con fuerza.
—¿Y por eso elegiste ser un cabrón de mierda? Infiernos,
qué pena me das…
—¡Qué te calles!
—Bueno, lo haré, aunque eso dependerá. ¿Ya tenemos lo
que necesitamos?
Víctor miró a los lados, porque Yareth pareció hablar con
alguien más, luego brincó cuando la tierra se abrió, como si
fuera una planta floreciendo entre llamas: Ikal Zavala
apareció cargando a Ángel Leal, debajo de él salió Samuel
Carrasco escupiendo tierra y sofocado.
—¡Mgm! ¿Es necesaria la entrada tan presumida? —se
quejó Yareth, que sentía que ese era su momento. Aunque
entendía a Ángel, después de todo Ikal no subía mucho a la
superficie y era normal querer presumirlo.
—Se ve genial. ¿No crees?
Ángel miró al pelinegro con esa ternura desbocada y besó
su mejilla e Ikal estaría rojo si aún tuviera sangre corriendo
por sus venas. El Hijo del Mictlán lo bajó y Ángel le dedicó
una sonrisa traviesa a Víctor.
—Tenemos todo grabado —indicó el primo de Yareth.
—Me encantará llevarle esto a mi papá. —Ángel agitó la
cámara Cannon de Andrea—. Al parecer, tu carta de
conducta ahora tendrá un manchón de la policía por uso
indebido de magia.
Víctor palideció. Boqueó, con un antecedente de violencia
el futuro profesional de un nahual y tonal peligraba. Yareth
lo sabía porque él tenía restricciones en su propia carta.
—No te atreverías, Yareth.
El chico tenía el semblante avinagrado, respiraba con
dificultad y parecía a punto de perder los estribos.
—Debiste pensarlo mejor antes de ser un hijo de puta,
Víctor.
Lo que fuera a seguir en esa conversación fue
interrumpido por un pitido agudo que viajó por el aire, lo
que momentos antes eran ecos de vivas y hurras por
México, de pronto cambiaron a palabras sin sentido, unos
cuantos berridos del presidente municipal y la voz jadeante
de Sergio Castillo.
—¡Auch! con permiso, quítese, gracias. Ejem… Quiero
exponer que mi conducta en los días pasados no fue
resultado de un hechizo ni de un envenenamiento como ha
corrido el rumor. Yareth Flores y yo estamos en una relación
formal y muy seria.
—¡Jesucristo! —gritó Ángel zarandeando a Yareth—. El
tuyo no salió del infierno por ti, pero va a declarar su amor
frente a todo el pueblo. ¡Qué lindo!
Yareth perdió los colores y los volvió a ganar de un
sopetón.
Es por ti
En este viernes había que aclarar algunas cosas, la
primera era que Sergio no tenía en sus planes hacer una
declaración pública. Pero si era justo consigo mismo, todas
las cosas que pasaron desde el miércoles, eran situaciones
en las que jamás se imaginó. Y no puedes hacer planes
cuando te enamoras de un chico tan caótico como Yareth
Flores.
Las noticias bomba de la noche anterior, ahí en la sala de
espera, tardaron en procesarse. Yareth y él hablaron de esa
declaración fallida.
—Me confesé, Sergi. Frontal y directo, infiernos, te dije
que te quería y te reíste de mí —le dijo Yareth sin soltar su
mano, tampoco lo miró a los ojos—. Ahora mismo me cuesta
creer que fueras tú el de esa noche.
—Bastante seguro estoy de que jamás me reiría de una
confesión tuya —dijo Sergio apretando más fuerte su mano
—. La pasé muy mal después de… ya sabes.
—¿Tu pierna rota? —bromeó Yareth.
—Mmm… fue lo de menos.
—No quiero ser el tipo de… no… no…nov…
—Dios, Yareth. Novio. No te va a matar decirlo.
Yareth se encogió de hombros y se giró a mirarlo, luego
se río bajito porque no quería que las enfermeras llegaran a
sacarlo.
—Dices eso, pero estás rojísimo.
Yareth le picó la mejilla y Sergio le tomó el dedo,
juguetón.
—No más que tú.
—Vale, a lo que iba. No quiero parecer un loco obsesivo
celoso de mierda, no todavía por lo menos. Pero creo que
Víctor jugó con nosotros.
—En 2005 aún no éramos amigos… —masculló Sergio
intentando atar cabos—. No veo por qué habría de meterse
en esto.
Yareth frunció las cejas.
—No eres tan ciego, Sergi. Le gustas a casi toda la prepa,
yo no era el único que te miraba a lo lejos. Solo que Víctor
se tomó algunas libertades.
Sergio no estaba contento consigo mismo, se acostumbró
tanto a la atención de sus compañeros que nunca pensó
que alguno de ellos fuera a hacer algo como sabotear una
confesión o parecer villano de las novelas de televisión
abierta. O usar su Messenger para escribirle a Yareth.
Menos, uno que él consideró su amigo.
Encerrado en su casa, con la cabeza revuelta, solo podía
reprocharse el haber sido tan ciego. Era bueno que Yareth,
pese a su profunda falta de confianza en esto de los
sentimientos, fuese más avispado que él.
Una piedrita retachó en la ventana y la electricidad
chisporroteó.
—¡Melissa! —gritó cuando vio a la chica subiendo
torpemente por el árbol que daba a su balcón—. No toques
la puerta, mi padre…
—Sabemos —cortó Andrea que venía detrás con un
vestido que era evidente le prestó Melissa. Por alguna razón
Andrea parecía más del tipo de chica que usaría shorts en
vez de vestidos con volantes—. No sé cómo Yareth se subía
aquí para espiarte a los diez años.
—¡Esa anécdota no me la sé! —dijo Melissa extendiendo
su mano para jalar a Andrea—. ¿Es buena?
—Buenísima. ¿O no, Sergio? —sonrió con burla, luego se
dirigió a Melissa—. Fue la primera vez que le rompió el
corazón a mi amigo.
Sergio suspiró, era ese temido momento en que los
amigos le daban la típica charla de «si lo lastimas, te mato».
—¿Cómo supieron que estaba encerrado? —gritó para que
fuera percibido al otro lado de la ventana.
Las dos chicas se miraron, tartamudearon con excusas y
luego Melissa fue quien tomó la palabra:
—Andrea le prestó su cámara a Ángel así que yo iba a…
emm… queríamos ver su primera cita —dijo sin mirarlo—.
Inspiración, ¿sabes? Vimos salir a Víctor, luego a tu padre y
tú tardabas. No fue difícil.
Sergio levantó una ceja, prefirió no preguntar. Los fuegos
artificiales sonaban como eco en la distancia, ya estaba
empezando el evento.
—Pues si quieren ver esa cita, van a tener que sacarme
de aquí.
Melissa asintió y le pegó con el codo a Andrea. Ella soltó
un suspiro muy fuerte que incluso Sergio dentro de su
cuarto escuchó.
—Me caes bien, Sergio. La verdad que sí, aunque creo
que salir contigo va a ser difícil para Yareth.
—No entiendo por qué.
—Ya lo sabes, eres muy popular —respondió Melissa—.
Siempre tan seguro que pareces inalcanzable. Yo porque soy
tu amiga y sabías que no tenía interés en ti, pero en general
eres muy… distante. Así que no me cuesta mucho ponerme
los zapatos de Yareth. No digo que no te crea, simplemente
que debe ser difícil lidiar con esas inseguridades, más
siendo… él.
—Yareth es un imbécil, también es especial y yo lo quiero
muchísimo —dijo Andrea con los ojos empañados—. Hasta
ahora no has sido precisamente decidido. ¿Cómo sé que no
vas a hacerle más daño?
—No lo sabes —respondió Sergio parándose en toda su
altura lo más cerca del ventanal, con esos ojos decididos—.
Seguro nos pelearemos mucho al inicio y tal vez nos
haremos daño sin querer, nos prometimos que íbamos a
hacer buen equipo. Y tú debes saberlo, Andrea. Yareth no es
ningún endeble.
Melissa batió sus pestañas con ternura y volvió a codear a
Andrea.
—¿Ves? Te dije que era un buen partido.
—Sí, ya lo sabía, solo me gusta ver como se lo toma todo
tan enserio.
Ambas rieron y Sergio se apretó el puente de la nariz,
exasperado. Andrea se acercó hasta la ventana y la
electricidad de Joaquín le corrió por las muñecas.
—Usa tus cadenas para algo no sexual, prefecto y
aguanta —dijo. Sergio bufó, la electricidad de Joaquín
chisporroteó como un corto y la de Andrea se apoderó de la
ventana, todo tronaba. Las cadenas de Sergio pegaron
contra los vidrios haciéndolos pedazos, la electricidad subió
por ellas y electrizó el cuerpo de Sergio que se quemó
superficialmente hasta que pasó el umbral de la ventana y
salió hacia el árbol, echando humo.
—Ahora molestaré a Yareth diciendo que te he puesto
caliente —bromeó Andrea bajando del árbol—. ¿Dónde
quedaron de verse?
—Víctor le envió un mensaje a mi nombre, le cambió el
lugar seguro para ponerle una trampa.
Sergio se sacudió, tenía estática por todo el cabello y la
ropa, volaban chispas.
—¿Y entonces por qué vamos para el palacio municipal?
—Está llenísimo, no vamos a encontrar a Yareth ni
queriendo —se quejó Melissa.
—Ya verás que sí —guiñó Sergio.
Corrieron hasta la explanada del municipio, se fueron
dando tumbos entre la gente y los puestos hasta abrirse
paso. Olía a garnachas, los niños llevaban sus algodones de
azúcar y en el barullo sonaban guitarras y mariachis
mezclados. Las campanadas ya estaban en su apogeo con
Joaquín terminando los vivas.
—¿Ese lugar no está lleno de políticos y ratas de ese tipo?
—preguntó Andrea—. Digo, sin ofender.
Sergio inspiró. Él sabía qué pasaba dentro, había estado
ahí los dos años anteriores. La antesala estaba rodeada de
dos hileras con los políticos y figuras importantes del
pueblo, aplaudiendo cuando el presidente pasaba junto a su
esposa, que claramente iba a faltar esta vez, luego la
escolta militar marchaba hasta entregar la bandera con
solemnidad al presidente.
Este salía al balcón para recitar sus vivas. Ondeaba la
bandera y luego de las campanadas, regresaba la bandera a
la escolta.
Sergio vio a Joaquín en el balcón, su padre dio la vuelta
para dar paso redoblado hacia la escolta.
—Cúbranme —dijo a las chicas.
Sergio sacó sus cadenas, inhaló y retuvo el aire. Toda la
piel le cosquilleaba, no era así como pensó que sería su
primera cita, pero estaba bastante fastidiado con que todos
pensaran que tenía una débil resolución. Como si nadie
pudiera creer en sus sentimientos.
Odió que su padre pensara que, con un poco de tiempo,
él cambiaría de decisión. Estaba harto de que su falta de
contundencia le rompiera el corazón a Yareth.
Luego de sortear entre las personas, Sergio estiró sus
cadenas por la pared en una versión del doctor Octopus en
Spiderman, los eslabones se enterraron en la fachada del
palacio y lo ayudaron a subir hasta el balcón.
— ¡Viva…! ¡Ay! ¿Pero qué demonios?
Joaquín Castillo se echó para atrás por la pura sorpresa.
Sergio lo saludó, porque, ante todo, los modales. Luego usó
las cadenas para separar el balcón de la antesala. Su padre
tenía un gesto colérico que decidió ignorar y tomó el
micrófono. La gente en la explanada estaba patidifusa,
esperando entender que estaba pasando.
Sergio tenía los ojos de todo el pueblo escrutándolo. Bien,
allá iba.
—Quiero exponer que mi conducta en los días pasados no
fue resultado de un hechizo ni de un envenenamiento como
ha corrido el rumor. Yareth Flores y yo estamos en una
relación formal y muy seria —dijo claro y firme, haciendo
que el sonido reverberaba por la sala de políticos que
estaban en shock—. Y que los relatos que se han publicado
en Masticamelox con el nombre de Poetisa Anónima han
tenido mi aprobación y completa participación. Sí, lo de la
iglesia también es cierto.
—¡No es verdad! Sigues bajo el efecto de la pócima,
Sergio. ¡Sal de ahí!
El enojo de Joaquín provocó una descarga de electricidad
que salió disparada por el balcón, Sergio apenas se agachó
para esquivarla. Las chispas hicieron corto con las luces
colgantes y el apagón fue inevitable.
—No. Hoy tenía que dar un estúpido discurso de
despedida y lo único que quiero decir es que me quedo en
el pueblo y que estoy enamorado de ese chico. ¿Me estás
escuchando, Flores? —comprobó que el micrófono siguiese
funcionando—. Desde que te conocí hasta el día de hoy has
puesto mi vida de cabeza. Ni neblina, ni pócima. Solo tú,
tienes que ser tú.
En la explanada se escuchaban sonidos diversos,
murmullos, cuchicheos de sorpresa. La guardia ya estaba
intentando quitar las cadenas para retomar el balcón.
—¡Infiernos! ¡No seas tan cursi en público!
Yareth gritó lo más fuerte que pudo, sobrevolaba la
multitud medio a ciegas, aunque la gente sí que lo estaba
viendo porque era llamativo. No solo por sus bonitas alas,
sino porque era un cerillo encendido entre las luces verdes,
rojas y amarillas de los cuetes.
—¡Ya bésense! —gritó doña Gómez desde la
conglomeración de personas secundada por sus doce hijos y
nietos.
—¡Cásense primero! —Se opuso el padre Juancho.
—¡La próxima pidan los condones! ¡Son gratis! —gritó
Noel Revilla.
Andrea soltó una descarga por los cables y el voltaje
reventó las hileras de los focos haciendo un camino de
pequeñas explosiones. Sergio vio por fin a los ojos verdes
del chico que seguía petrificado en el aire.
—Tú haces que me tiemble la vida, Yareth. A donde
vayamos, iremos juntos. Con o sin planes ¿Aceptas? ¿O
tendré que seguir diciendo cursiladas? Flore… flor… no
olvídalo, eso no.
—¡Corre! ¡Vuela! Lo que sea —gritó Consuelo desde su
puesto de tostadas—. ¡El chico está enamorado de ti!
—¡Ya lo noté, amá! ¡Por todos los trece cielos, Sergio! —
Yareth vibró en vergüenza y voló desesperado sin darse
cuenta que dejaba un camino de flores, se lanzó hacia el
balcón y Sergio lo atrapó entre sus brazos—. Yo también te
quiero, pero ya cállate por favooor. O bésame o…
El micrófono seguía encendido y la multitud clamó un
«¡aww!». Sergio sonrió y jaló de él hasta que sus labios se
unieron, una chispa vibró entre ellos.
—¡Ay, me diste toque!
—Qué delicado, aguántate.
—Mgm…
«¡Viva México! ¡Vivan los novios!», se escuchó de manera
indistinta en ese viernes 15 de septiembre donde los
pobladores viejos y nuevos aprendieron que las pócimas de
valentía igual podían juntar a los peores enemigos de Tierra
Dulce.
E imploraron a las autoridades y los poderes celestiales
que no tuvieran que volver a ver algo así.
***
Para diciembre, Joaquín Castillo entregó el puesto de
presidente municipal. El nuevo funcionario fue electo por un
sistema híbrido de usos y costumbres junto con la
intervención del gobierno federal.
Cuando hizo su anuncio de despedida comentó que se
daría un tiempo lejos de la política para pasar tiempo con su
esposa.
Otra que tuvo que darse un tiempo, fue Consuelo. Algún
día, como predecía Yareth, tal vez ambos bandos lograrían
funcionar.
Para mala suerte del chico, su carta quedó con el historial
marcado por su uso caótico de magia, afortunadamente el
tema de la expulsión del colegio perdió relevancia luego de
que Joaquín se rindió contra Sergio y dejó el tema por la
paz.
Ahora, más allá de las habladurías que nunca faltaban,
Yareth podía seguir escribiendo sus relatos esta vez 100%
basados en hechos reales. O por lo menos eso aseguraba la
revista Masticamelox que seguía vendiéndose muy bien
pues Sergio hacía promoción de la misma en esa página de
Metroflog que continuaba activa y ahora incluso publicaba
fotos de la parejita.
Se dice, se cuenta, que Melissa Mestas y Andrea García
eran ahora las administradoras. Sergio entró a la formación
de policía con el padre de Ángel y las fotos de él entrenando
también se vendían muy bien.
Otra parte del fondo de ahorros que le permitió a Yareth,
a inicios de enero, juntar lo suficiente para la operación de
Consuelo. También tuvo que vender una que otra pócima de
valentía, era tan efectiva que ayudó al profe Pedro a
recuperar a su esposa, no le digan a nadie.
Así que abuela y nieto marcharon a la capital para la
intervención. Pasaron casi dos semanas en el Distrito
Federal, en el apartamento de Soledad. Convivencia que les
hizo bien a los tres.
En el pueblo se respiraba cierta paz, el invierno dejaba
pelones los árboles coloridos y aquellos perennes palidecían
por la falta de sol característica de días fríos.
Fue obvio para todo Tierra Dulce que Yareth regresó.
Estaban a finales de enero y doña Gómez fue la primera en
verlo. Dejó a uno de sus hijos en la parada de la ruta que iba
a la capital cuando se cruzó con el espectáculo. El autobús
traqueteaba por el camino de tierra, pocas cabezas se veían
a contraluz.
El autobús paró levantando el polvo del camino y, a
brincos, bajó el primer pasajero.
Yareth dejó la mochila de viaje en el suelo, ignorando los
reclamos de su abuela y echó a correr desde la estación
hasta el chico de cabello negro que lo esperaba. En el
camino, brotaron gerberas de todos los colores. Sergio
extendió sus brazos y Yareth se lanzó para fundirse con él y
besarlo con esa añoranza de los amantes que se extrañan.
Doña Gómez no tuvo dudas, en cuanto los dos cuerpos
colisionaron, los árboles regresaron a ser verdes y amarillos
y las bugambilias coloraron confundidas. Hasta un pequeño
sacudón telúrico asustó a los habitantes.
La leyenda cuenta que, en ese pueblito dentro de las
montañas, durante los inviernos, florecen primaveras.
Fin.
Epílogo
Diciembre de 2018, supermercado en la ciudad de México.
—Vamos dos horas atrasados —dijo Sergio mirando el
reloj y golpeando con la punta del zapato la rueda del
carrito—. No, Ikal. Deja de meter más cajas. ¡Para eso hice
una lista!
Sergio le mostró, por cuarta vez, el papel donde apuntó la
compra.
—Ángel va a echar a perder las tres cajas de la lista.
Ikal tomó el papel, chasqueó los dedos y una llama
quemó la lista de la compra. Sergio sonrió con sorna, metió
las manos a los bolsillos de su chaqueta y sacó quince listas
más. Ikal no iba a volver a joderle una compra. La tenía
apuntada también en el celular. Y se la sabía de memoria,
por si las dudas.
—Es un error limitarse a la lista, ya verás —amenazó Ikal
sujetándose el cabello.
—Es un error comprar de más, que tú ganes en metal
valioso no hace que todos nos podamos permitir esos
gastos —reprendió un poquito celoso, el Instituto de
Regulaciones Psicomágicas Mexicano no era un trabajo muy
opulento—. Además, la última vez que hicieron el panqué no
quedó… tan mal.
—Quemaron dos.
—¡¿Quemaron dos?! ¿Cómo no me enteré?
Ikal levantó los hombros, Sergio se apretó el puente de la
nariz. Ikal tiró del carrito, echando lo primero que iba
viendo.
—¡Por eso nuestras finanzas están como están! —Sergio
se lamentó pegando la cara a las cajas de la vaquita rica—.
Si te entrego me darían un bonus.
Ikal se detuvo, lo miró por encima del hombro, ocultaba
sus ojos ámbar bajo los lentes negros, pero Sergio sabía que
lo estaba retando.
—Inténtalo —dijo.
—Sabes que si no lo hago no es porque no me atreva.
Y era en parte verdad, los seres sobrenaturales como Ikal,
llamados en el RPM como Hijos del Mictlán, eran de las
entidades más buscadas por su factor de muerte implícita.
Llevar uno podía significar un bonus o hasta un ascenso.
Pero también significaba que se quedaba sin novio, Yareth
no le iba a perdonar meter a su primo a prisión.
—No podrías.
—No quieres comprobarlo.
Ikal sonrió de lado, se ajustó la chamarra y luego, como
quien no quiere la cosa, se pasó los dedos por algo en su
cuello, lo estiró. Un anillo en una cadena, Sergio alzó una
ceja, la última vez que se vieron, hacía dos meses, eso no
estaba ahí. Ikal echó la cabeza para atrás, estiró la cadena
aún más y Sergio supo que el cabrón se lo estaba
presumiendo.
Aunque Ikal y Ángel seguían en una relación a distancia
por su condición de ser sobrenatural, Sergio envidiaba la
estabilidad de ese vínculo. En todos esos años nunca supo
de que la pareja se hubiese separado o dado un tiempo.
Caso contrario a la montaña rusa que fue su relación con
Yareth.
—Por cierto, ¿A dónde se fueron esos dos? —preguntó
Ikal.
Sergio giró sobre su propio eje, por estar discutiendo la
compra había perdido de vista lo importante.
«A los dos hombres peleando en el pasillo de especies
con la señora de sesenta años, les pedimos por favor parar
o los sacará seguridad» se escuchó por el megáfono.
Sergio echó la cabeza para atrás con un bufido de
hartazgo, Ikal siguió mirando las variedades de leches.
—Es tu turno —exclamó Sergio mirando su agenda en el
celular.
—No, es el tuyo —dijo Ikal colocando cinco cajas en el
carrito, Sergio las sacaba una a una. Los dos se miraron.
—Resolvamos esto como adultos funcionales —propuso
Sergio.
—Tch, me parece.
Los ojos ámbar brillaron por encima del filo de los lentes.
—¡Piedra, papel o tijera! —dijeron al unísono.
Ikal sacó piedra, Sergio tijera.
—¡Mierda! Creo que haces trampa —berreó Sergio—. Otra
vez.
Esta vez iba a neutralizar cualquier magia que Ikal
pudiera estar usando.
«Seguridad, por favor presentarse en el pasillo de
cereales y alguien lleve una escalera para desatascar al
joven que se quedó atrapado en el techo».
—Te esperan —se burló Ikal.
—No metas más al carrito. Lo tengo todo calculado —
remató Sergio antes de apuntar sus ojos hacia los del
Zavala a modo de amenaza.
Se fue al pasillo rezando porque el conteo de daños no
fuera demasiado. Cuando vio a su novio con las alas
extendidas, jalando del extremo de una bolsa de arándanos
contra una anciana, mientras que Ángel tenía medio cuerpo
atorado en el fondo hueco del techo, en el espacio que
había entre cada lámpara. Ángel era el tipo de periodista
que veía un fantasma, una pista o tenía un «sexto sentido»
que solo lo metía en más problemas. Sergio no estaba
impresionado. Necesitaban disciplina, sacó las cadenas y la
gente jadeó al verlo, los de seguridad del supermercado se
acercaban.
—¡RPM! Tengo licencia para matar, digo, para usar magia.
—Enseñó la placa porque adoraba mostrarla y que de algo
sirviera trabajar tantas horas extra.
Los de seguridad se detuvieron, la anciana levantó las
manos, Ángel también, aunque estaba atorado en una pose
antinatural y Yareth hizo como si la virgen le hablara, corrió
hacia la bolsa que la señora dejó caer, pero la anciana en un
movimiento extremo para su edad, agarró la bolsa de
nuevo.
—Yo no pienso entregarme hasta que la abuela suelte ese
paquete. Es la última bolsita de arándanos —amenazó
Yareth señalando a la anciana. La mujer ladeó el rostro con
un «jum».
—¿Qué está pasando? —cuestionó Sergio usando su voz
de trabajo.
—¡El gato de la señora se perdió! —dijo Ángel jalándose
sin mucho éxito y Sergio no tuvo ni intenciones de
preguntar cómo terminó ahí—. Es un gato fantasma —
recalcó.
—Y la señora prometió que si lo encontrábamos nos daría
la bolsa de arándanos. Sí señora, no se haga la sorprendida,
todo servicio tiene su costo.
—Yo dije que era un favor —dijo Ángel—. Además, el
gatito está bien, es decir, está muerto, pero ya estaba
muerto, no sé si me explico.
—¡Silencio don samaritano! —retó Yareth—. No se puede
hacer panqué de arándanos sin arándanos. ¡Coopere,
abuela!
Sergio imploró paciencia a las divinidades, extendió las
cadenas y puso orden.
Tuvo que entregar un reporte al supermercado, levantar
un acta de uso de magia y permisos, llenar el formulario de
responsabilidad sobre el chico de alas con tatuaje de
mariposa en el cuello, un tatuaje precioso de mariposas en
el cuello, donde Sergio se podía perder besando por horas y
otra vez estaba divagando.
Si estuvieran casados esto no sería necesario, berreó.
Cuando hizo todo el trabajo de papeleo y salió del lugar,
encontró a los tres individuos con el carrito lleno de
compras que él no autorizó. Se palpó la chamarra para
descubrir que le habían sacado la cartera. Antes de que
pudiera decir algo, Yareth se subió al carrito y Ángel empujó
cuesta abajo por la calle.
—Debiste detenerlo —dijo frustrado hacia Ikal.
—Tú debiste detenerlo. Ah sí, tu cartera —dijo el ser
sobrenatural antes de regresarle su billetera.
Sergio los iba a matar a todos. Envenenaría el pastel de
celebración, hasta que reparó en que su cuñado ya estaba
muerto y lo maldijo por lo bajo. ¡Ser adulto lo estaba
matando!
***
Para cuando el aroma del panqué se coló por toda la
tienda, el atardecer ya pintaba de naranja el local
chamánico: «Magia y Herbolaria Flores», el pequeño
negocio que Yareth abrió con tanto esfuerzo y que ese día
celebraba su segundo año de inauguración.
Su novio terminaba de despachar un ramo de flores a una
pareja que confundió el local con una florería, algo que
pasaba con más frecuencia de la que Yareth gustaba. Sergio
comprendía a los clientes despistados, Yareth se empeñó en
que el interior luciera poco como una tienda esotérica: en
vez de optar por colores oscuros, las paredes eran blancas,
la entrada estaba adornada por un árbol de bugambilia rosa
mexicano y Yareth conseguía que cada vez que alguien
cruzaba la puerta, encontrara algo maravilloso y nuevo.
Jugaba con una mezcla de inciensos, hierbas y flores que
pendían del techo en permanente primavera.
A las cinco de la tarde, la hora en que Sergio volvía del
trabajo, el solo olor del local relajaba sus músculos
agarrotados por el tiempo que pasaba regulando magia en
la ciudad, lo primero que veía al entrar era la luz cálida que
enmarcaba al chamán detrás de su pequeña vitrina. Quien
solía recibirlo con una mordaz broma antes de besarlo.
Era su hora favorita del día.
Su relación, como predijo desde que tenía dieciocho años,
fue turbulenta, una montaña rusa. Aunque estaban
enamorados las cosas no fueron un camino de rosas, valga
la ironía. Cuando Sergio consiguió trabajo en el Instituto de
Regulaciones Piscomágicas Mexicano, fue tanta su
fascinación y sus ansias de subir en la jerarquía que pasaba
mucho tiempo dedicado a él. Yareth estaba interesado en
viajar al sur para aprender otras técnicas de magia y
medicina tradicional. Empezaron a pelear por las cosas más
básicas y antes de que las cosas empeoraran, decidieron
separarse por el bien de ambos.
Fueron un par de años separados. Años que a Sergio le
parecieron una eternidad. Envidiaba mucho la forma en que
Ikal y Ángel se adaptaron a eso de la distancia, para ellos no
había funcionado. En cuanto Yareth volvió a la ciudad,
Sergio lo buscó. Reconquistarlo fue toda otra odisea, pero
había valido el esfuerzo.
Trabajaron juntos para abrir el local y, aunque Sergio
seguía siendo un fanático de la organización, que,
irónicamente, empeoró por la influencia del desastre de
Yareth, las cosas funcionaban. Sergio estaba muy orgulloso
de lo que estaban haciendo juntos, incluso cuando no
estaban de acuerdo en todo.
—¡Cierra, cierra! —gritó Yareth haciéndole ademanes en
cuanto la parejita se marchó, él obedeció, echó el seguro y
bajó la persiana con el letrero de «Cerrado», Yareth se
acercó, le echó los brazos al cuello y se desparramó en sus
brazos—. Ya no quiero trabajar. Mantenme.
Sergio lo tomó de la cintura y lo cargó, el chico se enredó
en su torso.
—¿Seguro? Tendría que pasar más horas en el trabajo, te
vería menos y…
—¡Mgm! No me amenaces, anda, mejor vamos a la
cocina, no confío en las habilidades de mi primo para esto
—bromeó dejando un beso en su mejilla.
Comieron, bebieron y celebraron el resto de la tarde en el
pequeño patio de la casa, aunque Yareth no confiaba en la
capacidad culinaria de Ikal, el panqué había quedado
delicioso. La noche se hizo larga y a las once, mientras
Yareth ya se tambaleaba sobre sus talones por su falta de
resistencia al alcohol, Ángel levantó su copa.
—Además de celebrar por muchos más años de la tienda,
también quiero brindar por lo de nosotros —declaró con una
sonrisa boba en dirección a Ikal que se mecía en las patas
traseras de la silla.
Yareth ladeó el rostro febril, levantó una ceja.
—¿Qué de ustedes?
—¿No se lo dijiste? —preguntó Ángel con la copa aún en
el aire. Ikal desvió la mirada, Ángel negó—. Ikal… prometiste
que lo harías.
El pelinegro suspiró, se bebió el mezcal del caballito de
un solo trago y luego de golpear el vasito contra la mesa,
dirigió sus ojos de serpiente a Sergio.
—Queremos que sean nuestros padrinos.
Sergio parpadeó, Yareth se levantó azorado.
—¡Se casan! ¡Ay por los infiernos! ¡Se casan! —lloró
echándose encima de su primo, este puso los ojos en blanco
y palmeó su hombro.
Sergio dejó la copa con delicadeza, asintió procesando la
información, eso quería decirle cuando le mostró el anillo de
su cuello. Genial, ahora no solo escondía a un Hijo del
Mictlán de los ojos del RPM, sino que iba a ser su padrino de
boda. ¡Excelente!
—Será una boda sencilla en el infierno —sonrió Ángel
haciendo cling cling con su copa chocando con la de Sergio
—. ¿Aceptan? Tenemos pases especiales.
—¡Claro que aceptamos! —dijo Yareth por ambos.
Ángel sonrió con esa mueca que deslumbraba como si
fuera una bombilla en el medio de la noche, luego Yareth se
fue encima de Ángel y lo abrazó y lo zarandeó.
—¿Ya les he contado que Ángel me robó mi primer beso?
—dijo entre balbuceos mientras iba por un siguiente trago
de pulque.
—¡Ya supéralo! —gritaron al unísono Ikal y Sergio para
luego compartir una sonrisa cómplice. Sergio notó en los
ojos ámbar el brillo del cariño y la ilusión, aunque el tipo era
un ente frío como la muerte, Sergio tenía la certeza de que
aquella noticia lo hacía muy feliz.
—Es que no lo entiendieendennn —canturreó Yareth.
La cena siguió hasta que nadie pudo articular una sola
palabra coherente. Ikal se acurrucó con Ángel en el sillón de
la tienda y Sergio cargó con su ebrio novio escaleras arriba,
a la terraza donde tenían su habitación.
Sergio se acomodó en la cama, su novio se volteó en
automático al sentir su cuerpo, se enroscó entre sus
piernas. Balbuceaba cosas sobre vestidos, sobre tener
cuidado con las llamas del infierno y que quería un anillo
pronto. Sergio dejó un beso en el tatuaje de mariposa, la
vida pintaba caótica y problemática, también maravillosa.
Agradecimientos
Esta página siempre es tan bonita, porque no hay nada
más precioso que agradecer, la energía que viene y va
cuando miramos las cosas buenas, me llena el alma.
Primero a mi familia, que ahora hablar de temas Boys
Love, pitos y demás a la hora de la comida se ha vuelto
costumbre y me siento orgullosa diciendo que escribo estas
cosas, sin ocultarlo, sin maquillarlo. Me siento querida y
aceptada, gracias por hacerlo posible a mi hermana y a mi
madre.
A Antonio, quien soporta variaciones y divagaciones como
nadie sobre el rumbo de estas historias. Gracias por
chutarte todas mis dudas y no dejar de ser gran parte de mi
inspiración romántica, no te haces una idea de cuántas
escenas han nacido gracias a ti.
A Stefania Gil que transitaste conmigo desde los primeros
borradores, mis momentos kamikaze y los de mandar todo
al diablo. No sé qué haría sin nuestras conversaciones.
Gracias también a mis lectoras cero: Emphy, Kassandra,
Paw, Undernie y Tama, por mostrarme puntos de mejora y
emocionarse conmigo en el trayecto.
No pueden faltar las personitas que fueron pilares en la
construcción de todo el ecosistema, primero a Tuna Cake
que diseñó a los personajes y me ayudó a verlos desde
otros ángulos, les dio personalidad y eso es impagable.
Yareth e Ikal llevan mucho de tus aportes, gracias infinitas.
A Serendipia Anata, me contagiabas tu emoción con cada
nueva ilustración, ver a los chicos me motivaba con creces.
Y a Mayra, apareciste en un punto de sincronicidad
tremendo, has hecho posible una portada como solo en mis
sueños.
También quiero agradecer a la organización Brújula
Intersexual, cuando me planteé escribir a Yareth me di
cuenta de la poca información que existía sobre la
intersexualidad, o era todo demasiado desde el foco
médico. Yo necesitaba experiencias personales, historias
verdaderas e información confiable, actualizada y ética.
Todo eso y más lo encontré con ellos. Te recomiendo mucho
que los visites en su página web pues promueven los
derechos humanos y la autonomía corporal de las personas
intersexuales en México y Latinoamérica.
Por último, gracias a mis queridas lectoras, ya saben que
sin ustedes el resultado de meses, ahora convertido en este
libro que tienes en las manos, no sería posible.
Sobre la autora
¡Hola! Me llamo Gabriela Figueroa, soy mexicana y una
romántica de hueso colorado. Crecí viendo animes de
romance colegial, soñando con husbandos en 2D y cuando
pasé al mundo de los chicos dándose amor mutuo, nadie
me sacó de ahí.
Tengo la vena cursi, me encantan las parejas disparejas, las
lecturas sencillas y rápidas, pero también rollos más
complicados.
Adoro los romances dulces como los insanos y escribo lo
que me gustaría leer.
Encuentra el resto de mis historias en:
www.Gavifigueroa.com
Mis lectoras también se reúnen en Discord para fangirlear,
si quieres charlar con otras amantes del Boys Love,
chismear más de la novela y eventos: da click aquí.
Si eres de México y quieres la versión impresa con ambas
novelas, cómprala aquí.
[1]
Morral: Término usado para referirse a una pequeña bolsa de asa larga de
bajo presupuesto, comúnmente de tela manta. Usado por tres tipos de
personas: a los que no les alcanza para una mochila decente, a los que no les
importa en qué llevan sus cosas, y los presuntuosos que dicen que son
ecofriendly, hippie o algo parecido. Yareth es las tres.
[2]
Madrazo: Dícese de un golpe que te hace recordar tu mortalidad al acortar la
distancia con la muerte por la fuerza del mismo, es intercambiable por los
términos de “putazo”, “guamazo”, “moquetazo” y algunos otros para exacerbar
la intensidad.
[3]
Amá: Utilícese como una forma cariñosa y respetuosa de dirigirse a la madre
o abuela o ambas, sobre todo en áreas rurales, transmitido de generación en
generación. Para su uso es necesaria una entonación “cantadita”; decirlo sin la
entonación adecuada puede y será interpretada como una falta de respeto por
los mayores al denotar enojo del menor hacia el mayor y por tanto algo
imperdonable en el ámbito de desigualdad de jerarquía familiar.
[4]
M’hija o m’hijo: Al igual que “amá” es necesaria la entonación “cantadita” y
se utiliza como una forma cariñosa de decir “mi hijo” o “mi hija”; en caso de que
la tonalidad sea neutra, es mejor retirarse del lugar pues los mayores están
enojados y la vida peligra.
[5]
Chancla: Arma blanca contundente milenaria utilizada por los mayores para
disciplinar a los jóvenes y guiarlos al buen camino, también es posible ocuparlas
como calzado compuesto de una suela que se sujeta al pie con una tira, los
materiales varían, pero en general son de plástico, lo que les confiere la
elasticidad y aerodinámica necesaria para que los mayores puedan modificar la
trayectoria y golpear en el blanco, aunque este esté en movimiento.
[6]
Vete a la chingada: Expresión mexicana y de países centroamericanos, su
interpretación depende de la tonalidad y contexto, es posible usarse tanto en
situaciones pacíficas y amigables como en agresiones verbales previo a un
“tiro”; para aprender la forma correcta de decirlo es imperioso contar con un
mexicano versado (es decir mal hablado) en el uso de estas frases.
Tiro: Forma de referirse a un duelo de caballeros, en donde no existen reglas,
para el cuál es necesario un ritual previo que consiste en retirarse las prendas
superiores, empujarse con las manos o el pecho y repetir en cuantiosas
ocasiones “¿qué pedo?”, el duelo se decide cuando uno de los dos se retira
(aparentemente contra su voluntad) o es noqueado por un golpe sorpresa del
rival.
[7]
Escuincle/escuincla: Forma de coloquial mexicana de referirse a los bichos,
mocosos, enanos, huercos (sonido de G en la H), infantes, menores, mozos,
pequeños, cabros, carajos, chamos, chavales, chavos, chiquilines, peques o
niños.
[8]
Petatearse: Forma coloquial mexicana y de algunos países latinoamericanos
para indicar que alguien “chupó faros”, “colgó los tenis”, “se lo cargó el
payaso”, “se lo llevó la flaca”, “estiró la pata”, “se adelantó”, “pasó a mejor
vida”, fallecer vaya; hace referencia a la antigua costumbre de utilizar un
“Petate” (tipo de alfombra hecha de palma tejida) para envolver a las personas
fallecidas antes de enterrarlas debido a que no contaban con los recursos para
permitirse un ataúd.