El Escondite IAN RANKIN
El Escondite IAN RANKIN
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Ian Rankin
El escondite
Inspector Rebus - 2
ePub r2.1
Titivillus 02.03.2019
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Título original: Hide and Seek
Ian Rankin, 1991
Traducción: Pablo Manzano
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Índice de contenido
Cita
Prólogo
Lunes
Martes
Miércoles
Jueves
Viernes
Sábado
Sobre el autor
Notas
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A Michael Saw, ya era hora
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Mi demonio había estado encerrado mucho tiempo en la jaula y
escapó rugiendo.
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—¡Escóndete!
Ahora gritaba, desesperado, su rostro completamente pálido. Ella estaba en lo alto
de la escalera, y él se abalanzó y la cogió por los brazos obligándola a bajar con una
fuerza tan desenfrenada que ella temió que ambos se cayeran.
—¡Ronnie! —gritó—. ¿De quién debo esconderme?
—¡Escóndete! —insistió él—. ¡Escóndete! ¡Que vienen! ¡Que vienen!
Se la llevó de un empujón hasta la puerta principal. Ella le había visto
desquiciado muchas veces, pero nunca como ahora. Sabía que un chute le ayudaría. Y
también sabía que arriba, en su habitación, tenía todo lo necesario. El sudor le
goteaba por su cabeza fría rapada con cola de rata. Hacía solo dos minutos la decisión
más importante que ella debía tomar en su vida era si emprendía o no un viaje hasta
el lavabo de la casa ocupada. Pero ahora…
—Vienen hacia aquí —repitió él, esta vez susurrando—. Escóndete.
—Ronnie —dijo ella—, me estás asustando.
Él la miró fijamente, casi como si la reconociera. Y luego volvió a apartar la
mirada, hacia un abismo que era solo suyo. Sus palabras sonaban como el siseo de
una serpiente.
—Escóndete —dijo.
Y abrió la puerta de golpe. Afuera estaba lloviendo, y ella dudó. Hasta que, presa
del miedo, decidió cruzar el umbral. Entonces él la agarró del brazo y volvió a
meterla en la casa. Y la abrazó. El sudor salado, el cuerpo tembloroso. Tenía la boca
cerca de su oreja; la respiración, caliente.
—Me han matado —dijo.
Acto seguido, y con una furia repentina, volvió a empujarla. La puerta se cerró de
un portazo, ella se quedó afuera y él dentro, solo. Solo consigo mismo. Ella se quedó
plantada en el sendero del jardín contemplando la puerta, tratando de decidir si llamar
o no.
Daba exactamente lo mismo. Ella lo sabía. Así que se echó a llorar. Bajó la
cabeza en una muestra poco frecuente de autocompasión, y lloró durante un minuto
entero. Luego respiró tres veces, se dio la vuelta y echó a andar deprisa por el sendero
del jardín (o lo que fuera). Alguien la acogería. Alguien la consolaría y le quitaría el
miedo del cuerpo y secaría su ropa.
Siempre había alguien.
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John Rebus miraba fijamente el plato que tenía delante, sin prestar atención a la
conversación, ni a la música de fondo, ni a las velas parpadeantes. No le importaba el
precio de las casas en Barnton, ni cuál era el último delicatessen inaugurado en el
Grassmarket. No tenía ganas de hablar con los otros invitados —una profesora de la
universidad a su derecha, un librero a su izquierda— sobre… en fin, sobre lo que
fuera que ellos estuvieran hablando. Así que era la cena de grupo perfecta: la
conversación era tan ácida como los primeros platos, y se alegraba de que Rian lo
hubiese invitado. Claro que sí. Pero cuanto más se fijaba en la media langosta de su
plato, mayor era la vaga desesperación que crecía en su interior. ¿Qué tenía en común
con esa gente? ¿Acaso se reirían si les contara la historia del policía alsaciano y la
cabeza cercenada? No, no se reirían. Sonreirían por cortesía, luego inclinarían las
cabezas hacia sus platos, aceptando que él es… en fin, diferente.
—¿Verduras, John?
Era la voz de Rian, advirtiéndole que no estaba participando, que no estaba
conversando, ni siquiera mostrando interés. Él aceptó la fuente ovalada con una
sonrisa, pero evitó mirarla a los ojos.
Era una chica bonita. Estaba bastante buena a su manera. Tenía el pelo rojo y
brillante y lo llevaba corto, a lo paje. Ojos profundos, verde deslumbrante. Labios
finos pero prometedores. Vaya si le gustaba. De otro modo no hubiera aceptado la
invitación. Buscó en la fuente un trozo de brócoli que no se rompiera en mil pedazos
mientras intentaba servírselo.
—Una comida deliciosa, Rian —dijo el librero, y Rian sonrió, aceptando el
cumplido y ruborizándose un poco. Con eso hubiera bastado, John. Era todo lo que
tenías que decir para hacer feliz a la chica. Pero sabía que, viniendo de él, habría
sonado sarcástico. Su tono de voz no era algo de lo que pudiera deshacerse tan
fácilmente, como una prenda de vestir. Era una parte de él, educada a lo largo de los
años. Así que cuando la profesora se mostró de acuerdo con el librero, todo lo que
John Rebus hizo fue sonreír y asentir con la cabeza; la sonrisa demasiado rígida y el
asentimiento uno o dos segundos demasiado largo. Lo justo para que todos le miraran
de nuevo. El trozo de brócoli salió proyectado en dos mitades perfectas por encima de
su plato y salpicó el mantel.
—¡Mierda! —dijo, sabiendo, mientras la palabra se escapaba de sus labios, que
no era del todo apropiada, del todo correcta para la ocasión. Pero bueno, ¿qué era él?
¿Un hombre? ¿Acaso un diccionario de sinónimos?
—Lo siento —dijo.
—Era inevitable —dijo Rian.
Dios mío, qué voz tan fría, pensó John.
Era el final perfecto para el fin de semana perfecto. Se había ido de compras el
sábado, aparentemente en busca de un traje que llevar a la cena. Pero se había
resistido a los precios, y en lugar de eso compró algunos libros, incluyendo el que iba
a regalarle a Rian: Doctor Zhivago. Pero luego decidió que quería leerlo él primero,
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así que finalmente le había llevado flores y chocolate, olvidándose de su aversión a
los lirios (¿lo había sabido de antemano?) y de la dieta que ella acababa de empezar.
Maldita sea. Y para colmo aquella mañana había probado una iglesia nueva, otra de
las Iglesias de Escocia, que quedaba cerca de su casa. La última que había probado le
pareció insoportablemente fría, una promesa de pecado y arrepentimiento. Sin
embargo, esta última era su asfixiante reverso: todo amor y alegría como si no
hubiese nada que perdonar. De modo que cantó las oraciones y los himnos y se largó,
no sin antes estrechar la mano del pastor en la puerta con la promesa de asistir en el
futuro.
—¿Más vino, John?
Este era el librero, ofreciendo la botella que él mismo había traído. No era un
vinito de mala muerte, a decir verdad, pero el librero había hablado de él con un
orgullo tan persistente que Rebus se vio obligado a rechazar el ofrecimiento. El
librero frunció el ceño, pero enseguida se alegró al comprobar que con esta negativa
quedaba más vino para él. Se rellenó la copa con vigor.
—Salud —dijo.
La conversación versaba ahora sobre lo poblada que parecía Edimburgo esos días.
Eso era algo con lo que Rebus podía estar de acuerdo. Siendo finales de mayo,
estaban casi en plena temporada turística. Pero había algo más. Si alguien le hubiese
dicho hace cinco años que en 1989 la gente iba a emigrar desde el sur hacia el norte,
desde Inglaterra hasta la región de Lothian, se habría echado a reír a carcajadas.
Ahora era un hecho, y un tema adecuado para la mesa.
Más tarde, mucho más tarde, cuando la pareja ya se había ido, Rebus ayudaba a
Rian con los platos.
—¿A ti qué te pasa? —le preguntó ella, pero él solo podía pensar en el pastor
estrechándole la mano, ese apretón de confianza que contenía la garantía de un más
allá.
—Nada —respondió—. ¿Qué tal si dejamos esto para mañana?
Rian miró la cocina, contando las ollas usadas, las carcasas de langosta a medio
comer y las copas sucias.
—Vale —dijo—. ¿Qué tenías en mente?
Él levantó las cejas despacio, y las dejó reposar encima de sus ojos. Sus labios se
arquearon hasta consumar una sonrisa lasciva. Ella se puso coqueta.
—¿Qué ha sido eso, inspector? —dijo—. ¿Alguna clase de pista?
—Aquí tienes otra —respondió él abalanzándose sobre ella, achuchándola, su
cara enterrada en su cuello.
Ella soltó un chillido, apretó los puños y le golpeó la espalda.
—¡Violencia policial! —exclamó—. ¡Socorro! ¡Policía, socorro!
—¿Qué ocurre, madame? —preguntó él, y tomándola por la cintura se la llevó de
la cocina hacia las penumbras donde aguardaba la habitación, y donde acabaría el fin
de semana.
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Cae la noche en una zona en obras de las afueras de Edimburgo. El contrato
estipulaba la construcción de un bloque de oficinas. Una valla de seis metros de alto
separaba las obras de la carretera principal. La carretera también era reciente: había
sido construida para descongestionar el tráfico de la ciudad. Para que la gente de la
periferia pudiera desplazarse fácilmente desde sus casas de campo hasta sus trabajos
en el centro.
Aquella noche no circulaban coches. El único sonido provenía del lento traqueteo
de una hormigonera en la obra. Un hombre la estaba alimentando con paladas de
arena gris, mientras recordaba los lejanos días en que había trabajado en una obra.
Era un curro duro, pero honesto.
Otros dos hombres estaban de pie junto a una fosa profunda, escrutando su
interior.
—Acabemos con esto —dijo uno.
—Sí —coincidió el otro. Regresaron al coche, un Mercedes viejo de color
púrpura.
—Debe de ser influyente. Quiero decir, que para conseguir las llaves de este sitio,
y organizar todo esto, alguna influencia tiene que tener.
—Lo nuestro no es hacer preguntas, eso ya lo sabes.
El hombre que habló era el más viejo de los tres, y el único calvinista. Abrió el
maletero del coche. Adentro yacía el cuerpo encogido de un adolescente esmirriado,
evidentemente muerto. Su piel tenía color de sombreador de ojos, más oscura allí
donde había moretones.
—Qué desperdicio —dijo el calvinista.
—Pues sí —admitió el otro. Sacaron el cuerpo del maletero entre los dos y lo
llevaron con cuidado hasta el agujero. Cayó suavemente hasta el fondo, una pierna
sobresaliendo de los pegajosos márgenes de la arcilla, la pierna de un pantalón
arremangado que descubre un tobillo desnudo.
—Todo listo —dijo el calvinista al tipo de la hormigonera—. Tápalo y
larguémonos de aquí. Me muero de hambre.
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Lunes
Durante casi una generación nadie parecía haber ahuyentado a aquellos visitantes fortuitos, ni
reparado sus destrozos.
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que conducía hasta la puerta abierta estaba agrietado y cubierto de hierbajos, y,
aunque estuvo a punto de resbalar y caer, alcanzó intacto el umbral. Allí se sacudió el
agua y esperó a su comité de bienvenida.
Un agente de policía asomó la cabeza a la puerta, frunciendo el ceño.
—Inspector Rebus —dijo Rebus presentándose.
—Por aquí, señor.
—Iré en un minuto.
La cabeza del agente desapareció, y Rebus echó un vistazo al recibidor. Los
jirones de empapelado eran los únicos recuerdos de lo que alguna vez había sido un
hogar. Había un olor penetrante a yeso húmedo y madera podrida. Y detrás de los
efluvios, la sensación de que aquello era más una cueva que una casa, un refugio
remoto, provisional, malquerido.
A medida que se adentraba en la casa, pasando por el hueco vacío de la escalera,
la oscuridad lo envolvía. En todos los marcos de las ventanas había maderas
atornilladas que no dejaban entrar la luz. La intención, suponía él, había sido no dejar
entrar a los intrusos, pero el ejército de personas sin hogar de Edimburgo era
demasiado grande y demasiado sabio. Se escurrieron por las paredes del edificio
hasta el interior. Lo convirtieron en su guarida. Y uno de ellos había muerto allí.
La sala en la que entró era enorme, aunque tenía el techo bajo. Dos agentes
iluminaban la escena con gruesas linternas, proyectando sombras movedizas sobre las
paredes de pladur. El efecto era el de un cuadro de Caravaggio, un centro de luz
rodeado de una variedad de tonos oscuros. Sobre las tablas del suelo había dos velas
que se habían consumido hasta adoptar la forma de dos huevos fritos, y en medio de
ellas yacía el cadáver, con las piernas juntas y los brazos extendidos. Una crucifixión
sin clavos, el cuerpo desnudo de cintura para arriba. Junto al cuerpo había una jarra
de cristal que alguna vez había servido de recipiente para algo tan inocente como el
café instantáneo, pero que ahora contenía un surtido de jeringuillas desechables. Ya
hemos encontrado los clavos, pensó Rebus con una sonrisa culposa.
El forense de la policía, una criatura flaca y desdichada, estaba de rodillas junto al
cuerpo como si estuviera llevando a cabo las últimas exequias. Había un fotógrafo de
pie junto a la pared del fondo, intentando leer el fotómetro. Rebus se acercó al
cadáver, quedándose de pie junto al forense.
—Déjame una linterna —ordenó extendiendo la mano hacia uno de los agentes, el
que estaba más cerca. Con ella alumbró el cadáver, empezando por los pies descalzos,
las piernas enfundadas en unos vaqueros, el torso enjuto, la caja torácica
sobresaliendo de la piel pálida. Luego siguió por el cuello y la cara. La boca abierta,
los ojos cerrados. El sudor parecía haberse secado en la frente y el pelo. Pero un
momento… ¿acaso esa humedad no estaba alrededor de la boca, en los labios? De
repente una gota de agua salió de la nada y cayó dentro de la boca abierta. Rebus,
sobresaltado, esperó a que el hombre tragara, a que se relamiera sus labios secos y
regresara a la vida. Pero no lo hizo.
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—Hay una gotera en el tejado —explicó el forense sin mirar hacia arriba. Rebus
iluminó el techo y vio la mancha de humedad de la que venía el goteo. Aun así le
pareció inquietante.
—Lamento haber tardado tanto —dijo tratando de no alterar la voz—. Pues bien,
¿cuál es el veredicto?
—Sobredosis —respondió distraídamente el forense—. Heroína. —Agitó un
sobrecito de polietileno—. El contenido de esta bolsa, si no me equivoco. Tiene otra
llena en la mano derecha. —Rebus alumbró con la linterna una mano exánime que
sujetaba sin demasiada fuerza una bolsita de polvo blanco.
—Incontestable —dijo—. Creía que hoy en día todo el mundo inhalaba en lugar
de inyectarse.
El forense finalmente levantó la vista.
—Es una suposición muy ingenua, inspector. Vaya y pregunte en el Hospital
Royal. Le dirán cuántos drogadictos intravenosos hay en Edimburgo. Es probable que
asciendan a varios cientos. Por eso somos la capital del sida en Gran Bretaña.
—Sí, estamos orgullosos de nuestros logros, ¿no es así? Enfermedades cardíacas,
dientes postizos y ahora el sida.
El forense sonrió.
—Hay algo que quizá le interese —dijo—. El cuerpo tiene contusiones. Con esta
luz no llegan a verse, pero las hay.
Rebus se agachó y volvió a alumbrar el torso con la linterna. Sí, efectivamente
había contusiones. Muchas.
—Sobre todo en las costillas —continuó el forense—. Pero también en el rostro.
—Puede que se cayera —sugirió Rebus.
—Puede ser —dijo el forense.
—¿Señor? —Era uno de los agentes, la voz y la mirada de un entusiasta. Rebus se
volvió hacia él.
—Dime, hijo.
—Venga a ver esto.
Rebus se alegró de tener una excusa para apartarse del forense y su paciente. El
agente lo llevó hasta la pared del fondo, iluminándola con la linterna a medida que se
acercaba. De repente Rebus comprendió por qué.
En la pared había un dibujo. Una estrella de cinco puntas, rodeada por dos
círculos concéntricos, el más grande de un metro y medio de diámetro
aproximadamente. Todo el conjunto estaba bien dibujado, las líneas de la estrella
rectas, los círculos casi perfectos. En el resto de la pared no había nada.
—¿Qué le parece, señor? —preguntó el agente.
—Bueno, no es un grafiti al uso, eso está claro.
—¿Brujería?
—Tal vez astrología. Muchos drogadictos se interesan por toda clase de
misticismos y supersticiones. Encaja en el contexto.
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—Las velas…
—No saquemos conclusiones apresuradas, hijo. Así nunca llegarás a inspector.
Dime una cosa, ¿por qué estamos todos con linternas?
—Porque la electricidad está cortada.
—Correcto. Eso explica lo de las velas.
—Si usted lo dice, señor.
—Lo digo yo, hijo. ¿Quién encontró el cuerpo?
—Yo, señor. Hubo una llamada anónima, una mujer, probablemente uno del resto
de okupas. Parece que se han largado todos con prisas.
—O sea que cuando llegaste no había nadie.
—No, señor.
—¿Alguna idea de quién puede ser? —Rebus señaló al cadáver con la linterna.
—No, señor. Y el resto son todo casas okupadas así que dudo que podamos
sacarles algo.
—Todo lo contrario. Si alguien conoce la identidad del fallecido es esa gente.
Coge a tu amigo y ve a golpear algunas puertas. Pero sé informal, que no se piensen
que venís a desalojarlos o algo parecido.
—Sí, señor. —El agente parecía dudar de la misión entera. Por un lado sabía que
iba a meterse en problemas. Por el otro, seguía lloviendo a cántaros.
—En marcha —lo regañó Rebus, aunque amablemente. El agente desapareció, y
recogió a su compañero en el camino.
Rebus se acercó al fotógrafo.
—Estás sacando un montón de fotos —le dijo.
—Con esta luz es necesario, para asegurarme al menos de que algunas salgan
bien.
—Fuiste el primero en llegar, ¿no es así?
—Órdenes del comisario Watson. Quiere fotografías de cualquier incidente
relacionado con drogas. Es parte de su campaña.
—Eso es un poco macabro, ¿no?
Rebus conocía al nuevo comisario, se había reunido con él. Mucha conciencia
social y participación comunitaria. Muchas buenas ideas y escasos recursos para
ponerlas en práctica. Rebus tenía una idea.
—Oye, mientras estás aquí haz una o dos de la pared, ¿vale?
—No hay problema.
—Gracias. —Rebus regresó con el forense—. ¿Cuándo sabremos qué hay en la
bolsa llena?
—A última hora de hoy, mañana por la mañana como muy tarde.
Rebus asintió. ¿Qué era lo que le interesaba? Quizá fuera lo deprimente del día, o
el ambiente de esa casa, acaso la posición del cuerpo. Todo lo que sabía es que había
sentido algo. Y si lo que sentía no era más que un dolor de huesos causado por la
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humedad, en fin, pues qué se le iba a hacer. Salió de la habitación e hizo un recorrido
por el resto de la casa.
El verdadero horror estaba en el cuarto de baño.
El retrete debía de llevar semanas atascado. Había un desatascador en el suelo, de
modo que alguien había intentado desatascarlo, pero en vano. A falta de lavabo la
pequeña y salpicada pica se había convertido en urinario, mientras que la bañera era
un vertedero de sólidos, por el que se arrastraban una docena de moscardones negros.
La bañera también se había usado como contenedor de basura, llena de bolsas de
residuos, trozos de madera… Rebus no se quedó más tiempo, y cerró la puerta con
fuerza. No le daban ninguna envidia los trabajadores del ayuntamiento que algún día
tendrían que venir y enfrentarse en un duro combate con toda esta decadencia.
Uno de los dormitorios estaba completamente vacío, pero en el otro había un saco
de dormir humedecido por las gotas que caían del techo. Las fotografías clavadas en
las paredes daban a la habitación un sello de identidad. De cerca, Rebus advirtió que
se trataba de fotografías originales, y que componían algo así como una serie. Sin
duda estaban bien hechas, incluso para su ojo inexperto. Algunas eran del castillo de
Edimburgo en días de lluvia y niebla. Parecía especialmente lúgubre. En otras se veía
el castillo bajo la poderosa luz del sol. Seguía pareciendo lúgubre. En un par de ellas
salía una chica, de edad indefinida. Estaba posando, pero con una sonrisa de oreja a
oreja, sin tomárselo demasiado en serio.
Junto al saco de dormir había una bolsa de basura con ropa hasta la mitad, y al
lado una pequeña pila de ediciones rústicas muy manoseadas: Harlan Ellison, Clive
Barker, Ramsey Campbell. Ciencia ficción y terror. Rebus dejó los libros donde
estaban y regresó abajo.
—Ya he acabado —dijo el fotógrafo—. Mañana tendré tus fotos.
—Gracias.
—Por cierto, también hago retratos. ¿Una bonita foto de familia para los abuelos?
¿Hijos e hijas? Toma, te dejo mi tarjeta.
Rebus pilló la tarjeta y volvió a ponerse la gabardina, enfilando rumbo al coche.
No le gustaban las fotografías, menos aún si salía él. No es que saliera mal en las
fotos. No, había algo más.
La secreta sospecha de que las fotografías realmente podían robarte el alma.
De regreso a la estación, mientras conducía por el lento tráfico del mediodía, Rebus
pensó en cómo sería una foto de familia de su mujer, su hija y él. Pero no, no podía
visualizarla. Se habían distanciado mucho desde que Rhona se llevara a Samantha a
vivir a Londres. Sammy todavía le escribía, pero Rebus tardaba en responderle, y ella
parecía resentida: le escribía cada vez menos. En la última carta le había deseado que
Gill y él fueran felices.
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No tenía valor para contarle que Gill Templer le había dejado hacía algunos
meses. Contárselo a Samantha habría estado bien: lo que no quería era que Rhona se
enterara. Otra mancha negra en su historial de relaciones fallidas. Gill se había
juntado con un locutor de una emisora de radio local, un hombre cuya voz animada le
parecía oír cada vez que entraba en una tienda o en una gasolinera, o al pasar por la
ventana abierta de un piso.
Seguía viendo a Gill una o dos veces a la semana, en reuniones y en la comisaría,
y también en las escenas de los crímenes. Sobre todo ahora que le habían ascendido
al mismo rango que ella.
Inspector de Policía John Rebus.
Bueno, le había llevado mucho tiempo conseguirlo, ¿no es así? Y el caso que le
valió el ascenso había sido largo, duro y lleno de sufrimiento. De eso podía estar
seguro.
También estaba seguro de que no volvería a ver a Rian. No después de la cena de
anoche, después del encuentro amatorio poco menos que infructuoso. Otro más.
Tumbado al lado de Rian había tenido la impresión de que su mirada expresaba casi
lo mismo que la de la inspectora Gill Templer. ¿Un sustituto? Sin duda él ya no tenía
edad para eso.
—Te estás haciendo viejo, John —se dijo a sí mismo.
Lo cierto era que le estaba entrando hambre, y había un pub nada más cruzar el
siguiente semáforo. Qué diablos, tenía todo el derecho a hacer una pausa para comer.
El Sutherland era un lugar tranquilo, y los lunes a la hora del almuerzo era cuando
menos gente había. Todo el dinero gastado y nada que esperar. Y por supuesto, tal
como le recordara el barman a Rebus nada más entrar, en el Sutherland no ofrecían
nada parecido a un servicio de comida.
—Ni platos calientes, ni sándwiches —dijo.
—Pues entonces un pastel —suplicó Rebus—. Lo que sea. Algo para acompañar
la cerveza.
—Si lo que quieres es comer tienes un montón de cafés por aquí. Este pub en
particular solo vende cervezas y licores. No somos un Fish and chips.
—¿Y unas patatas de bolsa?
El barman lo observó por un instante.
—¿De qué sabor?
—¿Queso y cebolla?
—Se nos han acabado.
—Pues entonces de las saladas.
—No, tampoco me quedan. —El barman había vuelto a alegrarse.
—Vale —dijo Rebus con creciente frustración—. Por el amor de Dios, ¿de cuáles
te quedan?
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—Dos sabores. Curry, o huevo, beicon y tomate.
—¿Huevo? —Rebus suspiró—. Venga, ponme un paquete de cada una.
El barman se agachó debajo de la barra para encontrar las bolsas más pequeñas,
caducadas a ser posible.
—¿Unas almendras? —Fue el último intento desesperado. El barman levantó la
vista.
—Barbacoa, sal y vinagre, o chili —dijo.
—Una de cada una —dijo Rebus, resignado a una muerte prematura—. Y otra
media de Eighty-Shillings.
Se estaba acabando la segunda cerveza cuando la puerta del bar se abrió de golpe
y apareció un hombre al que reconoció enseguida, que imploraba con la mano un
refresco. Vio a Rebus, sonrió y se acercó para sentarse a su lado en uno de los
taburetes.
—Hola, John.
—Buenas tardes, Tony.
El inspector Anthony McCall intentó encajar su enorme masa corporal sobre la
diminuta circunferencia del taburete. Se lo pensó mejor, y se quedó de pie, con un
zapato apoyado en la barra inferior y ambos codos sobre la barra recién limpiada.
Miró a Rebus con una expresión hambrienta.
—Dame unas patatas.
Con el paquete al alcance de su mano sacó un puñado y se lo metió a la boca.
—¿Dónde estabas esta mañana? —le preguntó Rebus—. Tuve que coger una de
tus llamadas.
—¿La de Pilmuir? Ah, lo siento, John. Tuve una noche dura. Esta mañana tenía
un poco de resaca. —Le sirvieron una pinta de cerveza turbia—. Otra copa de lo
mismo y se te cura —dijo, y bebió cuatro tragos lentos, hasta dejar un cuarto en el
vaso.
—Bueno, en cualquier caso no tenía nada mejor que hacer —dijo Rebus, y dio un
sorbo a su cerveza—. Joder, ese barrio de allá abajo está hecho un desastre.
McCall asintió pensativo.
—No siempre fue así, John. Yo nací allí.
—¿En serio?
—Bueno, para ser exactos, nací en la urbanización anterior. Dicen que estaba tan
mal que la demolieron y construyeron Pilmuir en su lugar. Ahora es un maldito
infierno.
—Es curioso eso que dices —comentó Rebus—. Uno de los chicos de uniforme
creía que podría haber una vinculación con cierta clase de ocultismo. —McCall
levantó la vista del vaso—. Había una pintura de magia negra en la pared —explicó
Rebus—. Y velas en el suelo.
—¿Como en un sacrificio? —sugirió McCall riendo entre dientes—. A mi mujer
le encantan todas esas películas de terror. Las saca de la videoteca. Creo que se pasa
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el día viéndolas cuando no estoy.
—Supongo que eso existe, el satanismo, la brujería. No puede salir todo de la
imaginación de los editores de los periódicos dominicales.
—Yo sé dónde podrías averiguarlo.
—¿Dónde?
—En la universidad —dijo McCall. Rebus, escéptico, frunció el entrecejo—. De
verdad. Tienen una especie de departamento que investiga sobre espíritus y esa clase
de cosas. Creado con el dinero de un escritor muerto. —McCall sacudió la cabeza—.
Es increíble lo que la gente puede llegar a hacer.
Rebus asintió.
—He leído sobre eso, ahora que lo mencionas. Con el dinero de Arthur Koestler,
¿verdad?
McCall se encogió de hombros.
—Arthur Daley es más de mi estilo —dijo, y vació el vaso.
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—¿Qué fue lo que te dijo, Tracy?
—Me dijo que le matarían.
De pronto Rebus tuvo la sensación de que todo lo que le rodeaba desaparecía.
Solo quedaban una voz quebradiza, el teléfono, y él.
—¿Eso te dijo, Tracy?
—Sí. —Ahora estaba llorando, sorbiendo sus lágrimas invisibles por la nariz.
Rebus se imaginó a una niña aterrorizada, recién salida del instituto, de pie en una
cabina remota—. Tengo que esconderme —dijo finalmente—. Ronnie no paraba de
decirme que me escondiera.
—¿Quieres que vaya a buscarte en mi coche? Dime dónde estás.
—¡No!
—Entonces dime cómo mataron a Ronnie. ¿Sabes cómo lo encontramos?
—Tendido en el suelo al lado de la ventana. Allí estaba.
—No exactamente.
—Claro que sí, estaba allí. Al lado de la ventana. Tendido en el suelo hecho un
ovillo. Creía que estaba durmiendo. Pero cuando lo toqué estaba frío… Fui a buscar a
Charlie, pero se había ido. Y entonces me entró el pánico.
—¿Dices que Ronnie estaba tendido en el suelo hecho un ovillo? —Rebus había
empezado a dibujar círculos en el dorso del archivo.
—Sí.
—¿En la sala?
Ella parecía confundida.
—¿Qué? No, en la sala no. Estaba arriba, en su habitación.
—Comprendo. —Rebus seguía dibujando círculos sin esmerarse. Trataba de
imaginarse a Ronnie en el instante previo a su muerte, arrastrándose por las escaleras
en busca de Tracy, que ya se había marchado, para acabar muriendo en la sala de
abajo. Eso podía explicar las contusiones. Pero… ¿y lo de las velas? Su cuerpo estaba
perfectamente posicionado entre ambas—. ¿Y eso a qué hora fue?
—Anoche, tarde. No sé exactamente a qué hora. Estaba aterrorizada. Una vez me
calmé, llamé a la policía.
—¿Qué hora era cuando llamó?
Ella hizo una pausa para pensar.
—Llamé esta mañana, a eso de las siete.
—Tracy, ¿te importaría contarle esto a alguien más?
—¿Para qué?
—Te lo diré cuando te recoja. Solo tienes que decirme dónde estás.
Hubo otra pausa, mientras ella se lo pensaba.
—He vuelto a Pilmuir —dijo finalmente—. Me he ido a otra casa okupada.
—Bien —dijo Rebus—. Entonces preferirás que no te recoja por allí, ¿verdad?
Pero debes de estar muy cerca de Shore Road. ¿Qué te parece si nos encontramos
allí?
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—Bueno…
—Hay un pub, el Dock Leaf —prosiguió Rebus sin darle tiempo a dudar—. ¿Lo
conoces?
—Me han echado varias veces.
—A mí también. Pues bien, nos encontraremos en la puerta dentro de una hora.
¿De acuerdo?
—¿De acuerdo? —No parecía demasiado convencida, y Rebus se preguntó si
acudiría a la cita. Bueno, ¿y eso qué importa? Parecía lo bastante directa, aunque
también podría ser otra víctima que se lo estaba inventando todo para llamar la
atención, para que su vida pareciera más interesante de lo que era.
Pero había tenido un presentimiento, ¿o no?
—De acuerdo —repitió ella, y la comunicación se cortó.
Shore Road era una vía rápida que rodeaba la costa norte. Sus puntos de referencia
eran las fábricas, los almacenes, las grandes superficies de muebles para el hogar y
bricolaje; más allá yacía el fiordo de Forth, gris y tranquilo. La mayoría de los días la
costa de Fife podía verse a lo lejos, pero hoy no, pues una niebla fría pendía baja
sobre el agua. Al otro lado de la carretera, enfrente de los almacenes, estaban los
bloques de pisos, los edificios de cuatro plantas que precedieron a las torres de
hormigón. Había un puñado de tiendas en las esquinas, donde los vecinos se
encontraban y se pasaban información, y algunos pequeños y primitivos pubs, donde
los desconocidos no pasaban inadvertidos durante mucho tiempo.
El Dock Leaf se había deshecho de toda una generación de bebedores de baja
estofa, y había encontrado otra. Sus inquilinos actuales eran jóvenes, desempleados y
vivían de seis en seis en pisos alquilados de tres habitaciones a lo largo de Shore
Road. Aunque los delitos menores no eran un problema: nadie arrojaba piedras sobre
su tejado. Los antiguos valores comunitarios seguían vigentes.
Rebus, que había llegado temprano a la cita, tuvo tiempo de beberse media pinta
en el garito. La cerveza era barata pero sosa, y quizá la concurrencia no supiera su
nombre, pero sí sabían a qué se dedicaba. Sus voces se convirtieron en murmullos, las
miradas esquivas. Cuando a las tres y media salió a la calle la súbita luz del día le
hizo entornar los ojos.
—¿Tú eres el policía?
—Así es, Tracy.
Ella había estado esperando apoyada en la pared exterior del pub. Él se protegió
los ojos del sol, tratando de verle la cara, y se sorprendió al encontrarse con una
mujer de entre veinte y veinticinco años. La edad se le notaba en el rostro, aunque su
estilo la señalaba como una eterna rebelde: pelo corto oxigenado, dos pendientes con
tachuela en la oreja izquierda (pero ninguno en la derecha), camiseta psicodélica,
ajustada, vaqueros gastados y bambas rojas de baloncesto. Era alta, de la estatura de
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Rebus. A medida que su vista se acostumbraba a la luz, él distinguió el rastro de las
lágrimas en ambas mejillas y las viejas cicatrices del acné. Pero también tenía patas
de gallo, evidencia de una vida acostumbrada a las risas. Sin embargo, no quedaba
rastro de la risa en sus ojos verde oliva. En algún punto la vida de Tracy había dado
un giro equivocado, y Rebus tuvo la impresión de que seguía intentando retroceder
hasta el desvío en cuestión.
La última vez que la había visto ella sonreía abiertamente. Sonreía mientras su
retrato se despegaba de la pared del cuarto de Ronnie. Era la chica de sus fotografías.
—¿Tracy es tu verdadero nombre?
—Algo así. —Habían empezado a caminar. Ella cruzó la calle por el paso de
cebra, sin molestarse en mirar si venían coches, y Rebus la siguió hasta un muro,
donde ella se detuvo, mirando fijamente hacia el otro lado del Forth. Se envolvió con
los brazos, escudriñando la niebla que ascendía—. Es mi segundo nombre —dijo.
Rebus apoyó el antebrazo en el muro.
—¿Hace cuánto que conoces a Ronnie?
—Tres meses. Es el tiempo que llevo en Pilmuir.
—¿Quién más vivía en esa casa?
Ella se encogió de hombros.
—Venían y se iban. Solo estuvimos allí unas semanas. A veces bajaba por la
mañana y había media docena de desconocidos durmiendo en el suelo. A nadie le
importaba. Era como una gran familia.
—¿Qué te hace pensar que alguien mató a Ronnie?
Se volvió hacia él con ira, pero tenía los ojos vidriosos.
—¡Te lo dije por teléfono! Eso fue lo que él me dijo. Había estado fuera y volvió
con algo de droga. No se le veía bien. Normalmente, cuando pillaba un poco de
heroína era como un niño en Navidad. Pero esta vez no. Estaba asustado, actuaba
como un robot o algo parecido. No paraba de decirme que me escondiera, que venían
a por él.
—¿Quiénes venían a por él?
—No lo sé.
—¿Esto fue después de que se metiera algo?
—No, eso es lo más loco, que fue antes. Tenía la bolsa en la mano. Me echó a
empujones.
—¿No estabas allí cuando se chutó?
—Dios, no. Yo odiaba eso. —Taladró a Rebus con la mirada—. No soy una
yonqui, ¿sabes? Es decir, fumo un poco, pero nunca… Ya sabes.
—¿Algo más que hayas notado en él?
—¿Como qué?
—Bueno, el estado en que se encontraba.
—¿Te refieres a los moratones?
—Sí.
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—A menudo regresaba así. Nunca hablaba de eso.
—Se metía en muchas peleas, supongo. ¿Era irritable?
—Conmigo no.
Rebus se metió las manos en los bolsillos. Un viento frío soplaba con fuerza
desde el agua y Rebus se preguntaba si ella estaba lo bastante abrigada. No pudo
evitar fijarse en sus pezones que se le marcaban claramente a través de la camiseta.
—¿Quieres mi chaqueta? —le preguntó.
—Solo si viene con tu cartera —respondió ella con una sonrisita.
Él le devolvió la sonrisa, y le ofreció un cigarrillo a cambio, que ella aceptó. Él se
abstuvo. Solo le quedaban tres para completar su dosis diaria, y tenía una larga tarde
por delante.
—¿Sabes quién era el camello de Ronnie? —le preguntó informalmente,
ayudándola a encender el cigarrillo. Ella buscó refugio en el interior de su chaqueta, y
mientras el mechero temblaba en su mano negó con la cabeza. Finalmente la barrera
contra el viento funcionó, y ella chupó el filtro con fuerza.
—Nunca estuve del todo segura —dijo—. Era otra cosa de la que no hablaba.
—¿Y de qué hablaba?
Ella se quedó pensando, y volvió a sonreír.
—No hablaba mucho, ahora que lo dices. Eso era lo que me gustaba de él.
Siempre tenías la sensación de que callaba más de lo que decía.
—¿Qué era lo que callaba?
Ella se encogió de hombros.
—Puede que alguna cosa, puede que nada.
Esto se ponía más difícil de lo que Rebus había previsto, y vaya si se estaba
congelando. Era el momento de acelerar.
—¿Estaba en la habitación cuando lo encontraste?
—Sí.
—¿Y a esa hora no había nadie más en la casa?
—No. Más temprano sí que había gente, pero ya se habían ido todos. Uno de ellos
estuvo arriba, en la habitación de Ronnie, pero no le conocía. Y también estaba
Charlie.
—Le mencionaste por teléfono.
—Bueno, sí, fui a buscarlo cuando encontré a Ronnie. Siempre anda por ahí, en
alguna de las otras casas o mendigando por el centro. Dios, es… es raro.
—¿En qué sentido?
—¿No viste lo que había en la pared de la sala?
—¿Te refieres a la estrella?
—Sí. Él la pintó.
—¿Entonces le va el rollo ocultista?
—Le chifla.
—¿Y a Ronnie?
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—¿A Ronnie? Hostias, no. Si ni siquiera aguantaba las películas de terror. Le
daban miedo.
—Pero tenía todos esos libros de terror en su habitación.
—Ese era Charlie, que buscaba que Ronnie se interesara. Pero lo único que le
provocaban esos libros era pesadillas. Y eso le llevaba a meterse más heroína.
—¿Cómo se financiaba su hábito? —Rebus vio un barco pequeño fondeando a
través de la niebla. Algo cayó al agua, pero no supo qué.
—Yo no era su contable.
—¿Y quién lo era? —El barco estaba dando la vuelta, trazando un arco,
desplazándose más hacia el oeste, en dirección a Queensferry.
—Nadie quiere saber de dónde sale el dinero, esa es la verdad. Te convierte en
cómplice, ¿no?
—Eso depende. —Rebus tiritaba.
—Bueno, yo no quería saberlo. Si intentaba hablarme de eso yo me tapaba los
oídos.
—¿Entonces nunca tuvo un trabajo?
—No lo sé. Hablaba de ser fotógrafo. Es lo que quería ser cuando acabó el
colegio. Era la única cosa que nunca empeñaría, ni siquiera para pagarse el vicio.
Rebus se había perdido.
—¿Qué cosa?
—Su cámara. Le costó una pequeña fortuna, hasta el último penique que ahorraba
de lo que sacaba de la Seguridad Social.
Seguridad Social: eso ya era una pista. Pero Rebus estaba seguro de que no había
ninguna cámara en la habitación de Ronnie. Con lo que añadió un robo a la lista.
—Tracy, necesito que declares.
Ella sospechó de inmediato.
—¿Para qué?
—Solo para dejar constancia, y para poder hacer algo con respecto a la muerte de
Ronnie. ¿Me ayudarás con esto?
Transcurrió una pausa larga antes de que ella asintiera. El barco había
desaparecido. No había nada flotando en el agua, nada quedaba en su estela. Rebus
apoyó una mano en el hombro de Tracy, pero con cuidado.
—Gracias —dijo—. El coche está por allí.
Después de que declarara, Rebus insistió en llevarla a casa. La dejó a varias calles
más allá, pero ahora sabía su dirección.
—No te puedo prometer que vaya a estar aquí los próximos diez años —le había
dicho ella. Daba igual. Él le había dado los números telefónicos de su casa y del
trabajo. Estaba seguro de que ella se mantendría en contacto.
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—Por último —dijo él cuando ella estaba a punto de cerrar la puerta del coche.
Tracy se asomó desde la acera—. Ronnie gritó «Vienen hacia aquí». ¿A quiénes crees
que se refería?
Ella se encogió de hombros. Luego se quedó inmóvil, recordando la escena.
—Estaba colocado. Igual se refería a las serpientes y las arañas.
Claro, pensó Rebus al arrancar el coche después de que ella cerrara la puerta. Y
luego pensó que quizá se refiriera a las serpientes y las arañas que le habían
abastecido.
Al regresar a la comisaría de Great London Road tenía un mensaje: el comisario
Watson quería verle. Rebus llamó al despacho de su superior.
—Iré ahora mismo, si es posible.
La secretaria lo consultó, y le confirmó que estaba bien.
Rebus se había reunido con Watson en muchas ocasiones después de que lo
trasladaran desde el lejano norte de Edimburgo. Parecía un hombre razonable, si
acaso algo campesino para algunos gustos. En comisaría circulaban muchos chistes
sobre Aberdeen, la ciudad de la que venía, y se había ganado el secreto mote de
Granjero Watson.
—Pasa, John, pasa.
El comisario se había levantado con la parsimonia suficiente como para señalarle
la vaga dirección de su silla. Rebus observó que el escritorio estaba meticulosamente
ordenado, los archivos bien apilados en dos bandejas, nada delante de Watson salvo
una carpeta gruesa bastante nueva y dos lápices afilados. A un lado de la carpeta
había una fotografía de dos niños.
—Son los míos —explicó Watson—. Ahora están un poco más mayores, pero
siguen siendo traviesos.
Watson era un hombre corpulento, de una circunferencia que confirmaba la
expresión «pecho de barril». Tenía la cara colorada, y pelo fino y canoso en las
sienes. Sí, Rebus se lo imaginaba con botas de goma y sombrero de pescar truchas,
irrumpiendo en cualquier páramo con un pastor escocés obediente a su lado. ¿Pero
qué quería de Rebus? ¿Acaso buscaba un pastor humano?
—Esta mañana estuviste en la escena de la muerte por sobredosis. —No era una
pregunta, así que Rebus no se molestó en responder—. Debería haber ido el inspector
McCall, donde fuera que estuviera.
—Es un buen policía, señor.
Watson lo miró fijamente, luego sonrió.
—Las cualidades del inspector McCall no están en duda. No te he llamado para
hablar de eso. Pero tu presencia en el lugar del crimen me ha dado una idea. Como
probablemente sabes, me interesa el problema de las drogas en esta ciudad.
Sinceramente, las estadísticas me horrorizan. Es algo a lo que no me había enfrentado
en Aberdeen, con la excepción de algunos trabajadores del petróleo. Pero aquello era
cosa de los ejecutivos, los que vinieron de Estados Unidos. Ellos trajeron sus propios
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hábitos, valga el eufemismo. Pero esto… —Abrió la carpeta y empezó a seleccionar
algunas hojas—. Esto es el Averno, inspector. Simple y llanamente.
—Sí, señor.
—¿Tú eres de los que van a misa?
—¿Perdone, señor? —Rebus se removió incómodo en la silla.
—Es solo una pregunta, ¿verdad? ¿Vas a la iglesia?
—No regularmente, señor. Pero a veces voy, sí. —Como ayer, pensó Rebus. Y
volvió a sentirse como un prófugo.
—Alguien dijo que lo haces. En ese caso deberías saber a qué me refiero cuando
digo que esta ciudad se está convirtiendo en el Averno. —La cara de Watson se puso
más roja que nunca—. En el hospital han tratado a adictos muy jóvenes, incluso de
once y doce años. Tú mismo tienes un hermano que está cumpliendo condena por
tráfico de drogas. —Watson volvió a levantar la vista, acaso esperando que Rebus se
mostrara avergonzado. Pero los ojos de Rebus brillaban ferozmente, y sus mejillas no
se habían enrojecido precisamente de vergüenza.
—Con todo respeto, señor —dijo, la voz serena pero tan tensa como un alambre
—, ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?
—Muy simple. —Watson cerró la carpeta y se reclinó en su silla—. Estoy
poniendo en marcha una nueva campaña antidrogas. De concienciación pública y
todo eso, con fondos para obtener información confidencial. Tengo el apoyo, y lo que
es más, tengo el dinero. Un grupo de empresarios de la ciudad están dispuestos a
aportar cincuenta mil libras para la campaña.
—Eso demuestra un gran compromiso social, señor.
El rostro de Watson se oscureció. Se inclinó hacia delante, abarcando todo el
campo de visión de Rebus.
—Más vale que me creas, maldita sea —dijo.
—Sigo sin entender qué pinto yo…
—John. —Su voz se volvió anodina—. Tú tienes… experiencia. Experiencia
personal. Me gustaría que me ayudaras a encabezar nuestra parte de la campaña.
—No, señor, en realidad…
—Bien. Entonces trato hecho. —Watson ya se había levantado. Rebus también lo
intentó, pero sus piernas habían perdido toda la fuerza. Se dio impulso en los
apoyabrazos y consiguió levantarse. ¿Era este el precio que le estaban exigiendo? ¿La
expiación pública por tener un hermano podrido? Watson abrió la puerta—.
Volveremos a hablar, para entrar en detalles. Pero de momento intenta cerrar
cualquier caso en el que estés trabajando, ponte al día con el papeleo y demás. Si no
puedes acabar con algo dímelo y encontraremos a alguien que lo termine por ti.
—Sí, señor. —Rebus estrechó la mano tendida. Era como el acero: fría, seca y
aplastante—. Adiós, señor —dijo Rebus, ahora de pie, en el pasillo, frente a la puerta
que ya acababa de cerrarse en sus narices.
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Esa noche, todavía atontado, se aburrió de ver la televisión y salió a la calle con la
intención de conducir un rato, sin un destino preciso en mente. Marchmont estaba
tranquilo, como siempre. Su coche estaba aparcado imperturbable sobre la calle
adoquinada a la que daba su casa. Lo arrancó y se dirigió al centro de la ciudad,
cruzando la Ciudad Nueva. Se detuvo en un área de servicio en Canonmills, llenó el
depósito y compró una linterna, pilas y varias chocolatinas para uso personal. Pagó
con tarjeta de crédito.
Comía chocolate mientras conducía, tratando de no pensar en la ración de tabaco
del día siguiente, y escuchaba la radio del coche. Calum McCallum, el amante de Gill
Templer, empezaba su programa a las ocho y media, y lo escuchó algunos minutos.
Suficiente. Su voz falsa e impostada, los chistes tan malos que daban ganas de llorar,
la previsible selección de discos antiguos y las charlas telefónicas… Rebus movió el
dial hasta que encontró Radio 3. Reconoció la música de Mozart y subió el volumen.
Por supuesto que sabía desde un principio que acabaría aquí. Condujo a través de
calles tortuosas y débilmente iluminadas, adentrándose cada vez más en el laberinto.
Habían puesto un candado nuevo en la puerta de la casa, pero Rebus tenía una copia
de la llave en el bolsillo. Encendió la linterna y se metió silenciosamente en el salón.
No había nada en el suelo. Ningún indicio de que allí hubiera yacido un cadáver hacía
apenas diez horas. También se habían llevado la jarra con las jeringuillas, y los
candeleros. Sin fijarse en la pared del fondo, Rebus salió de la sala y se dirigió al piso
de arriba. Empujó la puerta de la habitación de Ronnie y entró, acercándose a la
ventana. Allí era donde Tracy decía que había encontrado el cuerpo. Rebus se agachó,
apoyándose sobre los dedos de los pies, y alumbró el suelo con la linterna
meticulosamente. No había ni rastro de la cámara. Nada. El caso no iba a ser fácil.
Suponiendo que lo hubiera.
Después de todo solo contaba con el testimonio de Tracy.
Volvió sobre sus pasos, salió de la habitación y se dirigió a la escalera. Algo brilló
contra el peldaño más alto, justo en la esquina de la escalera. Rebus lo recogió y lo
examinó. Era una pieza de metal, como el cierre de un broche barato. Se la guardó en
el bolsillo y echó otra ojeada a la escalera, tratando de imaginar a Ronnie recobrando
el conocimiento y recorriendo el camino hasta la planta baja.
Era probable. Solo probable. ¿Pero acabar en la posición en la que estaba? Mucho
menos factible.
¿Y por qué traería de arriba la jarra con las jeringuillas? Rebus asintió, seguro de
que estaba recorriendo el laberinto en algo parecido a la dirección adecuada. Volvió a
bajar las escaleras y regresó a la sala. Olía como el moho en un tarro viejo de
mermelada, terroso y dulce a la vez. La tierra, estéril; su dulzura, enferma. Fue hasta
la pared del fondo y la iluminó con la linterna.
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Entonces surgieron las palpitaciones. Los círculos seguían allí, y la estrella de
cinco puntas en el interior. Pero había nuevas incorporaciones, signos del zodiaco y
otros símbolos entre ambos círculos, pintados en rojo. Tocó la pintura. Estaba fresca.
Retiró los dedos y alumbró con la linterna la parte superior de la pared, donde leyó un
mensaje que chorreaba.
HOLA RONNIE
Supersticioso hasta la médula, Rebus se giró sobre sus talones y huyó, sin
molestarse en volver a colocar el candado al salir. Mientras caminaba rápidamente
hacia su coche, lanzando miradas atrás en dirección a la casa, se tropezó con alguien,
y trastabilló. El otro cayó en mala postura, y tardó en levantarse. Rebus encendió la
linterna y vio enfrente a un adolescente, los ojos chispeantes, la cara magullada y
cortada.
—Jesús, hijo —susurró Rebus—, ¿qué te ha pasado?
—Me han dado una paliza —dijo el muchacho, y se alejó arrastrando una pierna
dolorida.
Rebus consiguió llegar al coche, los nervios de punta. Una vez dentro trabó las
puertas y se reclinó, cerrando los ojos y respirando con dificultad. Cálmate, John, se
dijo a sí mismo. Cálmate. Al instante ya podía reírse de este lapsus pasajero de
valentía. Regresaría mañana. De día.
Por hoy ya había visto bastante.
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Martes
Pero ahora pienso que la causa hay que buscarla mucho más profundamente en la naturaleza del
hombre, y en algo más noble que en el simple principio del odio.
No fue fácil conciliar el sueño, pero finalmente, hundido en su sillón favorito y con
un libro abierto sobre el regazo, debió de quedarse profundamente dormido, porque
hizo falta una llamada a las nueve de la mañana para que se despertara.
Mientras revolvía el suelo buscando su nuevo teléfono inalámbrico, sentía todo su
cuerpo agarrotado y dolorido.
—¿Sí?
—Inspector Rebus, le llamo del laboratorio, temprano como pidió.
—¿Qué es lo que tienes?
Rebus volvió a hundirse en el sillón, frotándose los ojos con su mano libre,
tratando de acoplarse a este mundo nuevo y recién despierto. Lanzó una ojeada a su
reloj y se dio cuenta de lo mucho que había dormido.
—Bueno, no es la heroína más pura del mercado.
Asintió, seguro de que casi no hacía falta formular la siguiente pregunta.
—¿Mataría a cualquiera que se la inyectara?
La respuesta lo sobresaltó. Se incorporó.
—En absoluto. De hecho es muy limpia, considerándolo todo. Un poco diluida
respecto a su pureza original, pero eso no es nada inusual. Es más bien la norma.
—¿Pero se podía consumir?
—Supongo que estaba en muy buenas condiciones de ser consumida.
—Comprendo. En fin, gracias. —Rebus colgó. Lo había tenido tan claro. Tan
claro… Hurgó en su bolsillo, encontró el número que necesitaba y marcó
rápidamente los siete dígitos, antes de empezar a agobiarse pensando en el café de la
mañana.
—Con el doctor Einfield, habla el inspector Rebus. —Esperó—. ¿Doctor? Bien,
gracias. ¿Cómo está usted? Me alegro. Oiga, ese cuerpo que encontraron ayer, el del
drogadicto de Pilmuir, ¿tiene alguna novedad? —Escuchó—. De acuerdo, esperaré.
Pilmuir. ¿Qué había dicho Tony McCall? Que antes era un lugar bonito, inocente,
o algo así. Pero el pasado siempre fue mejor, ¿no es así? La memoria suaviza las
aristas, como Rebus bien sabía.
—¿Hola? —dijo al teléfono—. Sí, está bien. —Se escuchó el crujido de un papel
de fondo. Y la voz desapasionada de Einfield.
—Contusiones en el cuerpo. Considerables. Resultado de una mala caída o de
alguna clase de enfrentamiento físico. El estómago estaba casi completamente vacío.
VIH negativo, lo que ya es algo. En cuanto a la causa de la muerte, en fin…
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—¿La heroína? —apuntó Rebus.
—Hummm… Noventa y nueve por ciento impura.
—¿En serio? —Rebus se animó—. ¿Con qué la habían diluido?
—Todavía estamos trabajando en ello, inspector. Pero una deducción razonable
indica que podría haber sido con cualquier cosa, desde aspirina triturada hasta
raticida, haciendo estricto hincapié en el control de roedores.
—¿Está diciendo que era letal?
—Oh, desde luego que sí. El que la haya vendido estaba suministrando eutanasia.
Si hay más de eso por ahí… en fin, no quiero ni pensarlo.
¿Más de eso por ahí? A Rebus le escoció el cuero cabelludo de solo pensarlo. ¿Y
si alguien iba por ahí envenenando a los yonquis? ¿Pero qué explicación tenía el
contenido de la otra bolsa en perfecto estado? Una bolsa de droga pura, y otra en el
peor estado posible. No tenía ningún sentido.
—Gracias, doctor Einfield.
Dejó el teléfono sobre el brazo del sillón. Tracy al menos tenía razón en algo.
Ellos habían matado a Ronnie. Quienesquiera que fuesen «ellos». Y Ronnie lo supo,
lo supo nada más inyectarse esa sustancia… No, espera… ¿Acaso ya lo sabía antes de
inyectarse? ¿Cómo era posible? Rebus tenía que encontrar al camello. Tenía que
averiguar por qué Ronnie había sido elegido para morir. Elegido, en realidad, para un
sacrificio…
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Así que allí estaba en Pilmuir, sin ninguna misión en concreto, simplemente
paseando. Tomando un poco de aire. Desde su urbanización ultramoderna de chalets
como cajas de zapatos y Volvos en la puerta, tenía que cruzar algunos descampados,
evitar el tráfico imposible de la carretera principal, pasar por la pista de deportes de
un colegio y maniobrar entre las fábricas hasta llegar a Pilmuir. Pero el esfuerzo
merecía la pena. Conocía el lugar; conocía a las mentes que lo infectaban.
Después de todo era uno de ellos.
—Hola, Tony.
Se dio la vuelta, sin reconocer la voz, listo para un altercado. Allí estaba John
Rebus, con las manos en los bolsillos y una sonrisa.
—¡John! Joder, qué susto me has dado.
—Lo siento. Qué suerte encontrarte por aquí. —Rebus echó un vistazo alrededor,
como buscando a alguien—. Intenté llamarte, pero me dijeron que tenías el día libre.
—Sí, así es.
—¿Y qué andas haciendo por aquí?
—Solo estoy de paseo. Vivimos al otro lado. —Señaló con la cabeza hacia el
sudoeste—. No muy lejos. Además, este es mi territorio. No lo olvides. Tengo que
mantener vigilados a los chicos y a las chicas.
—Justamente de eso quería hablarte.
—¿Ah, sí?
Rebus había empezado a caminar por la acera, y McCall, todavía desconcertado
por la súbita aparición, lo siguió.
—Sí —dijo Rebus—. Quería preguntarte si conoces a alguien, a un amigo del
fallecido. Se llama Charlie.
—¿Eso es todo? ¿Charlie a secas? —Rebus se encogió de hombros—. ¿Qué
aspecto tiene?
Rebus volvió a encogerse de hombros.
—Ni idea, Tony. Fue Tracy, la novia de Ronnie, la que me habló de él.
—¿Ronnie? ¿Tracy? —McCall frunció el ceño—. ¿Quiénes diablos son?
—Ronnie es el muerto. El yonqui que encontramos en el barrio.
De repente todo se aclaró en la mente de McCall. Asintió lentamente con la
cabeza.
—Trabajas deprisa —dijo.
—Voy lo más rápido que puedo. La novia de Ronnie me contó una historia
interesante.
—¿Ah, sí?
—Me dijo que a Ronnie lo mataron.
Rebus siguió andando, pero McCall se detuvo.
—¡Espera un momento! —Alcanzó a Rebus—. ¿Que lo mataron? Venga, John, tú
viste al tipo.
—Es la verdad. Con una dosis de matarratas en las venas.
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McCall silbó suavemente.
—Joder.
—Ya —dijo Rebus—. Y ahora necesito hablar con ese Charlie. Es joven, puede
que esté un poco asustado, y que tenga interés en el ocultismo.
McCall revisó mentalmente su información.
—Supongo que hay uno o dos sitios donde podríamos preguntar —dijo
finalmente—. Pero será difícil. El concepto de colaboración ciudadana todavía no
está tan difundido.
—¿Quieres decir que no seremos bienvenidos?
—Algo así.
—Vale, solo dame la dirección e indícame por dónde ir. Al fin y al cabo es tu día
libre.
McCall se mostró ofendido.
—Te olvidas, John, de que es mi territorio. Por derecho, este debería ser mi caso,
si es que tenemos un caso.
—Sería tu caso si no fuera por aquella resaca. —Ambos sonrieron, pero Rebus se
preguntó si en manos de Tony McCall este caso estaría siendo investigado. ¿Acaso
Tony lo dejaría pasar? ¿Era eso lo que Rebus debía hacer, dejarlo pasar?
—En cualquier caso —intervino McCall en el momento justo—, seguro que
tienes algo mejor que hacer.
Rebus negó con la cabeza.
—Nada. Me han quitado toda la faena de encima por orden del granjero.
—¿Te refieres al comisario Watson?
—Quiere ponerme a trabajar en su campaña contra las drogas. Justo a mí, joder.
—Eso puede ser un poco embarazoso.
—Lo sé. Pero el idiota cree que tengo «experiencia personal».
—Tiene sus motivos, supongo. —Rebus iba a discutir, pero McCall se anticipó—.
¿Entonces no tienes nada que hacer?
—No hasta que me llame el Granjero Watson.
—Qué suerte tienes, cabrón. En fin, eso cambia las cosas un poco, aunque no
demasiado, lamento decir. Aquí eres mi invitado, y tendrás que aguantarme. Hasta
que me aburra, es lo que hay.
Rebus sonrió.
—Gracias, Tony. —Miró alrededor—. Bueno, ¿por dónde empezamos?
McCall señaló con la cabeza hacia atrás. Se dieron la vuelta y echaron a andar por
donde habían venido.
—Dime una cosa —dijo Rebus—. ¿Tan mal lo pasas en tu casa que se te ocurre
venir aquí en tu día libre?
McCall se echó a reír.
—¿Tan obvio es?
—Solo para alguien que ha estado en la misma situación.
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—Bah, yo qué sé, John. Es como si tuviera todo lo que nunca quise.
—Nunca se está satisfecho. —Era una simple declaración de intenciones.
—A ver, Sheila es una madre estupenda y todo eso, y los chicos nunca se meten
en líos, pero…
—La hierba siempre crece más verde en el huerto ajeno —dijo Rebus, pensando
en el fracaso de su propio matrimonio, en lo frío que estaba su piso cuando volvía a
casa, en el sonido hueco que emitía la puerta cuando la cerraba.
—Ahora bien, Tommy, mi hermano, yo creía que lo había conseguido. Un
montón de pasta, casa con jacuzzi, garaje con puerta automática… —McCall advirtió
la sonrisa de Rebus, y también sonrió.
—Persianas eléctricas —continuó Rebus—, matrícula personalizada, teléfono
para el coche…
—Multipropiedad en Málaga —dijo McCall, a punto de reírse—, módulos de
cocina con revestimiento en mármol.
Era demasiado ridículo. Se reían a carcajadas mientras caminaban, ampliando
cada vez más el catálogo. Pero de pronto Rebus cayó en la cuenta de dónde estaban y
paró de reírse, paró de caminar. Estaban donde se había dirigido desde un primer
momento. Se palpó el bolsillo buscando la linterna.
—Acompáñame, Tony —dijo discretamente—. Quiero enseñarte algo.
—Lo encontraron aquí —dijo Rebus iluminando con la linterna las tablas del suelo
—. Las piernas juntas, acostado de espaldas, los brazos extendidos. No creo que se
quedara en esa posición por casualidad, ¿no te parece?
McCall analizó la escena. Ahora eran dos profesionales, actuando casi como
extraños.
—¿Y la novia dice que lo encontró arriba?
—Así es.
—¿Tú la crees?
—¿Por qué iba a mentir?
—Hay un montón de razones, John. ¿La conozco?
—No lleva mucho tiempo en Pilmuir. Es un poco más mayor de lo que te
imaginas, de unos veinticinco, quizá más.
—Así que Ronnie estaba muerto, lo trajeron hasta abajo y lo colocaron aquí con
las velas y todo.
—Eso es.
—Empiezo a entender por qué necesitas encontrar al amigo interesado en el
ocultismo.
—Correcto. Ahora ven y mira esto.
Rebus llevó a McCall hasta la pared del fondo y alumbró la estrella de cinco
puntas, y luego la parte superior del muro.
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—Hola Ronnie —leyó McCall en voz alta.
—Ayer no estaba.
—¿En serio? —McCall parecía sorprendido—. Fueron los niños, John, no le des
más vueltas.
—Los niños no dibujan estrellas de cinco puntas.
—No, es cierto.
—Charlie dibujó la estrella.
—Sí. —McCall se metió las manos en el bolsillo y se puso recto—. Me has
convencido, inspector. Vamos a cazar okupas.
Pero los pocos que encontraron no parecían saber nada, ni siquiera parecía
importarles. Como dijo McCall, no era la mejor hora. Los okupas estaban en el
centro, robando monederos, mendigando, robando en tiendas, trapicheando. Rebus
aceptó a regañadientes que estaban perdiendo el tiempo.
Como McCall quería escuchar la cinta que Rebus había grabado de su entrevista
con Tracy, se dirigieron a comisaría. McCall creía que en la grabación podría haber
alguna pista que los conduciría hasta Charlie, algo que le ayudaría a encontrar al
chaval, algo que a Rebus se le hubiera pasado por alto.
Rebus iba uno o dos peldaños por delante de McCall mientras subían cansados las
escaleras que conducían a la robusta puerta de madera de la comisaría. Un oficial
fresco arrancaba su turno tras el escritorio, luchando todavía con el cuello de su
camisa y el clip de la corbata. Simple pero inteligente, pensó Rebus. Una solución
simple pero inteligente. Todos los uniformados llevaban corbatas de clip, de modo
que si en una lucha cuerpo a cuerpo el agresor tiraba del cuello del agente solo se
quedaría con la corbata en las manos. Asimismo, las gafas del oficial sentado en su
escritorio tenían unas lentes especiales, que al recibir un golpe se salían del marco sin
romperse en pedazos. Simple pero inteligente. Rebus esperaba que el caso del yonqui
crucificado fuera un caso simple.
Él no se sentía muy inteligente.
—Hola, Arthur —dijo al pasar por el escritorio—. ¿Algún mensaje para mí?
—Dame un momento, John. Acabo de llegar.
—Está bien.
Rebus se detuvo y se metió las manos en los bolsillos, y los dedos de su mano
derecha tocaron algo extraño, metálico. Sacó el cierre del broche y lo examinó. Y se
quedó petrificado.
McCall lo miraba perplejo.
—Ve subiendo —le dijo Rebus—. Yo iré enseguida.
—Como quieras, John.
Rebus regresó hasta el escritorio y le tendió la mano derecha al oficial.
—Hazme un favor, Arthur. Déjame tu corbata.
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—¿Qué?
—Ya me has oído.
El oficial se quitó la corbata sabiendo que esa noche tendría algo que contar en el
bar. El clip emitió un chasquido al desprenderse de la camisa. Simple pero ingenioso,
pensó Rebus, sosteniendo la corbata entre los dedos.
—Gracias, Arthur —dijo.
—A disponer, John —dijo el oficial, siguiendo con la mirada a Rebus mientras se
dirigía hacia la escaleras—. Lo que haga falta.
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—Claro, en mi boda, tal vez en un entierro o en un bautizo…
—Me refiero a una de estas, una corbata de clip. Recuerdo que cuando era niño a
mi padre se le ocurrió que me quedaría bien una falda escocesa. Me compró el traje
completo, que incluía una pequeña corbata a cuadros. Era de clip.
—Yo también he llevado una —dijo McCall—. Como todo el mundo. Todos
hemos empezado desde abajo, ¿no es eso?
—No —dijo Rebus—. Ahora sal de mi maldita silla.
McCall se levantó para buscar otra silla, y la arrastró desde la pared hasta el
escritorio. Mientras tanto Rebus tomó asiento, la corbata en su mano.
—Forman parte del uniforme.
—¿Qué cosa?
—Las corbatas de clip —dijo Rebus—. ¿Quién más las lleva?
—Hostias, John, yo qué sé.
Rebus le lanzó el clip a McCall, que no reaccionó a tiempo. La pieza cayó al
suelo, y McCall la recogió.
—Es un clip de broche —dijo.
—Lo encontré en la casa de Ronnie —dijo Rebus—. En lo alto de la escalera.
—¿Y?
—Que a alguien se le rompió la corbata. Quizá ocurrió cuando estaban
arrastrando a Ronnie escaleras abajo. Quizá sea de un agente.
—¿Crees que uno de los nuestros…?
—Es solo una suposición —dijo Rebus—. Desde luego, podría pertenecer a
cualquiera de los chicos que encontraron el cadáver. —Extendió la mano y McCall le
devolvió el clip—. Hablaré con ellos.
—John, qué demonios… —McCall prorrumpió en un sonido ahogado, incapaz de
encontrar las palabras para preguntar lo que quería.
—Bébete un whisky —dijo Rebus atentamente—. Luego puedes escuchar la cinta
y decidir si crees que Tracy dice la verdad.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé. —Se guardó la corbata del oficial en el bolsillo—. Quizá consiga atar
algunos cabos sueltos.
McCall se estaba sirviendo el whisky cuando Rebus salió del despacho, pero la
frase final, pronunciada desde la escalera, fue lo bastante alta y clara como para que
él la oyera.
—O quizá lo mande todo al diablo.
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de absoluta certeza. Rebus jugaba con el sobre vacío y miraba por la ventana del
despacho. Hacía un día soleado, y algunos estudiantes estaban tumbados en los
jardines de la Universidad George Square, compartiendo botellas de vino, los libros
de texto completamente olvidados.
Rebus se sintió incómodo. Los centros de enseñanza superior, desde la
universidad más básica hasta los actuales confines de la Universidad de Edimburgo,
hacían que se sintiera estúpido. Sentía que cada movimiento, cada declaración, estaba
siendo juzgada e interpretada, delatándole como a un hombre inteligente que, de
haber tenido la oportunidad, podría haber sido más inteligente.
—Cuando regresé a la casa —dijo— alguien había dibujado símbolos entre los
dos círculos. Signos del zodiaco, esa clase de cosas.
Rebus observaba al psicólogo, que fue hasta la estantería de los libros para echar
una ojeada. Había sido fácil dar con este hombre. Sacar partido de él iba a ser más
difícil.
—Puede que fueran los arcanos mayores —dijo el doctor Poole, encontrando
finalmente la página que buscaba y llevando el libro a la mesa para enseñárselo a
Rebus—. ¿Era algo así?
—Sí, eso mismo. —Rebus observó la ilustración detenidamente. La estrella no
era idéntica a la que había visto, pero las diferencias eran mínimas—. Dígame, ¿hay
mucha gente interesada en el ocultismo?
—¿En Edimburgo? —Poole volvió a tomar asiento, acomodándose las gafas
sobre su nariz—. Ya lo creo. Muchísima. Solo tiene que ver los taquillazos que
consiguen todas las películas de demonios.
Rebus sonrió.
—Sí, a mí también solían gustarme las películas de terror. Pero me refiero a si hay
un interés activo.
El profesor sonrió.
—Sé a lo que se refiere. Estaba siendo irónico. Mucha gente cree que el
ocultismo se trata de eso, de resucitar a Lucifer. Y hay mucho más que eso, créame,
inspector. O mucho menos, dependiendo de su punto de vista.
Rebus trataba de entender el significado de todo lo que escuchaba.
—¿Conoce usted a ocultistas? —preguntó mientras tanto.
—Más bien sé de ocultistas que practican aquelarres de magia blanca y negra.
—¿Aquí? ¿En Edimburgo?
Poole volvió a sonreír.
—Oh, sí. Aquí mismo. Hay cinco asambleas de brujos en Edimburgo y
alrededores. —Hizo una pausa, y Rebus casi pudo verlo haciendo un recuento mental
—. Siete, quizá. Afortunadamente la mayoría son prácticas de magia blanca.
—Eso sería utilizar el ocultismo con un fin supuestamente benéfico, ¿verdad?
—Correcto.
—¿Y… la magia negra?
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El profesor suspiró. De pronto se interesó por la escena que se contemplaba desde
su ventana. Un día de verano. Rebus estaba recordando algo. Hacía mucho tiempo
había comprado un libro de pinturas de H. R. Giger, en el que aparecía Satán
flanqueado por putas vírgenes… No sabía por qué lo había comprado, pero lo cierto
es que debía de tenerlo en alguna parte. Se acordó de cuando lo escondió de Rhona…
—Hay un aquelarre en Edimburgo —dijo Poole—. Uno de magia negra.
—Y dígame, ¿hacen… hacen sacrificios?
El doctor Poole se encogió de hombros.
—Todos hacemos sacrificios. —Pero al ver que Rebus no se reía con su chiste se
enderezó en la silla, adoptando una expresión más seria—. Probablemente los hacen.
Una rata, un ratón, un pollo. No creo siquiera que lleguen a tanto. Puede que usen
algo simbólico, la verdad es que no lo sé.
Rebus tamborileaba los dedos sobre una de las fotografías desparramadas sobre el
escritorio.
—En la casa donde encontramos esta estrella, también encontramos el cuerpo. Un
cadáver, por si no le ha quedado claro. —A continuación sacó otras fotografías. El
doctor Poole frunció el entrecejo mientras las contemplaba—. Muerto por sobredosis
de heroína. Estaba tendido en el suelo con las piernas juntas y los brazos separados.
El cuerpo entre dos velas consumidas. ¿Significa algo para usted?
Poole parecía horrorizado.
—No —respondió—. Pero usted cree que los satánicos…
—Yo no creo nada, señor. Solo estoy intentando unir las piezas, estudiar todas las
posibilidades.
Poole se quedó pensando un instante.
—Uno de nuestros alumnos podría serle de más utilidad que yo. No tenía idea de
que estábamos hablando de una muerte…
—¿Un estudiante?
—Sí. Apenas lo conozco. Parece muy interesado en el ocultismo. Este trimestre
escribió un ensayo bastante largo y documentado sobre el tema. Quiere hacer un
trabajo sobre el satanismo. Es un estudiante de segundo año. Tienen que presentar un
proyecto al final del verano. Sí, tal vez él pueda ayudarle más que yo.
—¿Y se llama…?
—Bueno, no recuerdo su apellido en este momento. Por lo general se presenta por
su nombre de pila. Charles.
—¿Charles?
—O quizá Charlie. Sí, Charlie, eso es.
El nombre del amigo de Ronnie. A Rebus se le erizaron los pelos de la nuca.
—Sí, Charlie —repitió Poole afirmándose—. Algo excéntrico. Puede que lo
encuentre en uno de los centros estudiantiles. Creo que es adicto a esas máquinas de
videojuegos…
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No, máquinas de videojuegos no. Máquinas de pinball. Esas con las bolas extras y
todos los truquillos y las recompensas que justificaban el juego. Charlie las adoraba.
Era una adoración mucho más intensa por tardía. Después de todo tenía diecinueve
años, la vida se pasaba volando, y él quería aferrarse a algo. El pinball no había
formado parte de su adolescencia. Entonces se había dedicado a los libros y la
música. Además, no había máquinas de pinball en su internado.
Ahora, liberado en la universidad, quería vivir. Y jugar al pinball. Y hacer todas
las cosas que se había perdido durante los años absorbidos por los estudios, la
escritura de ensayos llenos de sensibilidad y la introspección. Charlie quería correr
más rápido de lo que nadie jamás había corrido, vivir no solo una vida sino dos o tres
o cuatro. Cuando la bola plateada tocó la paleta izquierda, la envió hacia la parte
superior del tablero con auténtica furia. Hubo una pausa mientras la bola se metía en
uno de los cráteres para obtener puntos extras, lo que le permitió sumar mil más.
Cogió su cerveza rubia, dio un trago y volvió a colocar los dedos sobre los botones.
En diez minutos habría conseguido la puntuación más alta del día.
—¿Charlie?
Se dio la vuelta al oír su nombre. Error, un error de lo más ingenuo. Siguió
jugando, pero ya era demasiado tarde. El hombre se dirigía hacia él caminando a
grandes pasos. Un hombre serio. Un hombre que no sonreía.
—Me gustaría que intercambiáramos dos palabras, Charlie.
—Vale, ¿qué le parece carbohidrato? Siempre fue una de mis favoritas.
La sonrisa de Rebus duró menos de un segundo.
—Muy listo —dijo—. Es lo que nosotros llamamos una respuesta rápida.
—¿Nosotros?
—Departamento de Investigación Criminal. Inspector Rebus.
—Encantado.
—Lo mismo digo, Charlie.
—No, se equivoca. Yo no soy Charlie. Aunque él suele venir por aquí. Le diré
que lo anda buscando.
Charlie estaba a punto de batir el récord, cinco minutos antes de lo previsto,
cuando Rebus lo agarró del hombro y le dio la vuelta. No había más estudiantes en la
sala de juegos, así que no dejó de apretarle el hombro mientras le hablaba.
—Eres casi tan gracioso como un sándwich de gusanos, Charlie, y la paciencia no
es una de mis virtudes. Así que me disculparás si me vuelvo irritable, colérico y esas
cosas.
—No me toque. —El rostro de Charlie había adquirido un nuevo brillo, pero no
expresaba miedo.
—Ronnie —dijo Rebus, ahora con calma, soltando el hombro del chico.
Charlie se puso pálido.
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—¿Qué pasa con él?
—Está muerto.
—Ya. —Su voz se volvió suave, los ojos desencajados—. Lo sé.
Rebus asintió.
—Tracy intentó encontrarte.
—Tracy. —Pronunció el nombre con odio—. Ella no tiene idea, no sabe nada.
¿Ha estado con ella? —Rebus asintió—. Menuda perdedora. Nunca entendió a
Ronnie. Ni siquiera lo intentó.
Charlie hablaba y Rebus le descifraba. Tenía un acento escocés de colegio
privado, lo que fue la primera sorpresa. Rebus no sabía con qué se iba a encontrar.
Solo sabía que no se esperaba esto. Además, Charlie era un chico fornido, un
producto de los entrenamientos de rugby. Tenía el pelo castaño y rizado, no
demasiado largo, y vestía la tradicional indumentaria de verano de todo estudiante:
zapatillas de deporte, vaqueros y una camiseta. La camiseta era negra, con las mangas
desgarradas.
—Así que Ronnie se llevó el gordo, ¿eh? —dijo Charlie—. En fin, es una buena
edad para morir. Vive rápido, muere joven.
—¿Tú quieres morir joven, Charlie?
—¿Yo? —Charlie se rio, un chillido agudo como el de un animal pequeño—. Ni
hablar, yo quiero vivir hasta los cien años. No quiero morir nunca. —Miró a Rebus
con un brillo en sus ojos—. ¿Y usted?
Rebus meditó la pregunta, pero no iba a responder. Estaba allí por trabajo, no para
hablar del instinto suicida. El profesor, el doctor Poole, le había hablado de ello.
—Quiero que me digas todo lo que sabes acerca de Ronnie.
—¿Eso significa que va a llevarme para interrogarme?
—Como tú quieras. Podemos hablar aquí si lo prefieres…
—No, no. Quiero ir a la comisaría. Venga, lléveme allí. —Un súbito entusiasmo
hizo que Charlie pareciera mucho más joven de lo que era. ¿Quién demonios quería
que lo llevaran a la comisaría para ser interrogado?
De camino al aparcamiento Charlie se empeñó en caminar delante de Rebus, con
las manos en la espalda y la cabeza gacha. Rebus se dio cuenta de que Charlie fingía
que iba esposado. La imitación era buena y consiguió atraer todas las miradas.
Alguien incluso llegó a gritarle «¡Cabrón!» a Rebus. Pero la palabra había perdido su
sentido a lo largo de los años. Le habría molestado más que le desearan un viaje
agradable.
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—No —respondió Rebus encendiendo un cigarrillo. No se molestó en ofrecerle
uno a Charlie—. Vamos a ver, ¿por qué pintaste eso?
—Porque es precioso. —Charlie seguía estudiando las fotografías—. ¿No le
parece? Está lleno de significado.
—¿Hace cuánto que conocías a Ronnie?
Charlie se encogió de hombros. Por primera vez miró en dirección a la grabadora.
Rebus le había preguntado si le importaba que lo grabara. Él se había encogido de
hombros. Ahora parecía un poco dubitativo.
—Un año, tal vez —contestó—. Sí, un año. Lo conocí en la época de exámenes
de primero. Fue entonces cuando empecé a interesarme por la Edimburgo más
auténtica.
—¿La Edimburgo más auténtica?
—Sí. No la de los gaiteros en el castillo o la del Royal Miles, o la del monumento
a Scott. —Rebus recordó las fotografías del castillo que había hecho Ronnie.
—Vi algunas fotos en la pared de la habitación de Ronnie. —Charlie arrugó la
nariz.
—Dios, esas. Tenía la idea de convertirse en un fotógrafo profesional. Haciendo
esas estúpidas fotos para postales. Aquello no duró mucho. Como la mayoría de los
proyectos de Ronnie.
—Pero tenía una buena cámara.
—¿Qué? Ah, sí, su cámara. Sí, era su orgullo y su alegría.
Charlie se cruzó de piernas. Rebus le sostuvo la mirada, pero Charlie estaba
ocupado observando las fotografías de la estrella de cinco puntas.
—¿Qué me estabas contando sobre la Edimburgo más auténtica?
—Deacon Brodie —continuó Charlie recuperando de pronto el interés—, Burke y
Hare, pecadores justificados. Pero todo eso lo han convertido en una atracción
turística, ya ve usted. Yo sabía que los bajos fondos todavía existían. Fue entonces
cuando empecé a recorrer las urbanizaciones, Wester Hailes, Oxgangs, Craigmillar,
Pilmuir. Y sin duda todo sigue estando allí, el pasado repitiéndose en el presente.
—¿Así que empezaste a merodear por Pilmuir?
—Sí.
—En otras palabras, te convertiste en un turista. —Rebus ya había conocido a
gente de la especie de Charlie, aunque en una versión más vieja: el próspero hombre
de negocios que se autodegrada por pura diversión, visitando lugares sórdidos en
busca de una tos seca que le dé placer. No le gustaba la especie.
—¡Yo no era un turista! —La ira de Charlie asomó a la superficie, como una
trucha que muerde el anzuelo—. Yo estaba allí porque quería estar allí, y allí me
querían. —Su voz empezaba a sonar malhumorada—. Ese es mi lugar.
—No, hijo, no lo es, tu lugar está en una casa grande y lujosa con padres
interesados en que vayas a la universidad.
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—Chorradas. —Charlie empujó su silla hacia atrás y caminó hasta la pared,
donde apoyó la cabeza. Por un instante Rebus pensó que podría estar a punto de
golpearse para quedar inconsciente y luego demandarlo por brutalidad policial. Pero
al parecer solo necesitaba una sensación fría sobre su rostro.
La sala de interrogatorio era sofocante. Rebus se había quitado la chaqueta. Se
arremangó antes de apagar el cigarrillo.
—Muy bien, Charlie. —El chico ahora se mostraba más blando y flexible—. La
noche de la sobredosis estuviste en la casa con Ronnie, ¿verdad?
—Sí. Estuve un rato.
—¿Quién más estaba allí?
—Tracy. Estaba allí cuando me fui.
—¿Alguien más?
—Un tipo vino a verlo por la tarde, más temprano. No se quedó mucho tiempo.
Ya lo había visto antes con Ronnie un par de veces. Siempre que estaban juntos iban
a su rollo.
—¿Crees que era su camello?
—No. Ronnie siempre se las apañaba para pillar. Bueno, hasta hace poco. En las
últimas dos semanas lo tuvo difícil. Pero seguían estando juntos. Muy juntos, no sé si
me entiende.
—Continúa.
—Rollo enamorados. Rollo gay.
—Pero… ¿y Tracy?
—Ya, ya, ¿pero eso qué demuestra, eh? Usted sabe de dónde sacan el dinero la
mayoría de los adictos.
—¿De dónde? ¿De los robos?
—Sí, de los robos, los atracos, todo eso… Y de algún que otro negocio en Calton
Hill.
Calton Hill, extensa, en rápido crecimiento, al este de Princes Street. Sí, Rebus
sabía todo sobre Calton Hill y los coches aparcados casi toda la noche al pie de la
colina, a lo largo de Regent Road. También sabía del cementerio Calton y lo que
ocurría allí…
—¿Dices que Ronnie era chapero?
La frase sonaba ridícula dicha en voz alta. Como un rumor de tabloide.
—Digo que a veces merodeaba por allí con muchos otros chicos, y digo que
siempre tenía dinero al acabar la noche. —Charlie se atragantó—. Dinero y algunos
cardenales.
—Dios mío. —Rebus añadió esta información a lo que se estaba convirtiendo en
un pequeño informe mugriento en su cabeza. ¿Cuán bajo se podía caer por un chute?
La respuesta era: hasta el final. Y más allá. Encendió otro cigarrillo.
—¿Lo sabes de verdad?
—No.
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—Por cierto, ¿Ronnie era de Edimburgo?
—De Stirling.
—¿Y cuál era su apellido?
—McGrath, creo.
—Y este tío del que era muy amigo, ¿sabes su nombre?
—Se llama Neil. Ronnie lo llamaba Neilly.
—¿Neilly? ¿Crees que se conocían desde hace tiempo?
—Sí, desde hace bastante. Un mote como ese es una señal de afecto, ¿no? —De
repente Rebus observó a Charlie admirado—. No estudio psicología por casualidad,
inspector.
—Ya. —Rebus comprobó que al casete todavía le quedara cinta—. Descríbeme
físicamente a ese Neil, ¿te animas?
—Alto, flaco, de pelo corto castaño. Un tipo limpio con bastantes granos en la
cara. Normalmente vestía tejanos y cazadora vaquera. Y llevaba una mochila negra.
—¿Alguna idea de lo que podía llevar dentro?
—Creo que solo ropa.
—Vale.
—¿Algo más?
—Hablemos de la estrella. Alguien ha regresado a la casa y ha seguido pintando
después de que se hicieran estas fotografías.
Charlie no dijo nada, aunque tampoco se mostró sorprendido.
—Fuiste tú, ¿no es así?
Charlie asintió.
—¿Cómo entraste?
—Por la ventana de abajo. Esas tablillas de madera no dejarían fuera ni a un
elefante. Es como una puerta extra. Mucha gente solía entrar en la casa por ahí.
—¿Por qué regresaste?
—No estaba acabado, ¿verdad? Quería añadir los símbolos.
—Y el mensaje.
Charlie sonrió para sí mismo.
—Sí, el mensaje.
—Hola Ronnie —citó Rebus—. ¿Qué querías decir con eso?
—Simplemente eso. Su espíritu permanece en la casa, su alma sigue allí. Solo
quería saludarlo. Me había sobrado un poco de pintura. Además, pensé que podría
darle un susto a alguien.
Rebus recordó el susto que se había llevado al ver la pintada. Sintió que las
mejillas se le enrojecían, pero lo disimuló con otra pregunta.
—¿Te acuerdas de las velas?
Charlie asintió, aunque empezaba a impacientarse. Ayudar a la policía en sus
investigaciones no era tan divertido como se había imaginado.
—¿Qué hay de tu proyecto? —preguntó Rebus, cambiando de tercio.
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—¿Qué hay?
—Es sobre satanismo, ¿no es así?
—Puede que sí. Todavía no lo he decidido.
—¿Qué aspecto del satanismo?
—No lo sé. Tal vez la mitología popular. Cómo los antiguos miedos se convierten
en nuevos miedos, algo por el estilo.
—¿Sabes algo de los aquelarres de Edimburgo?
—Conozco gente que dice haber estado en alguno.
—Pero nunca has estado en ninguno.
—No, no he tenido la suerte. —De pronto Charlie pareció reanimarse—. Oiga,
¿qué es todo esto? Ronnie murió de sobredosis. Ya es historia. ¿Por qué todas estas
preguntas?
—¿Qué puedes decirme de las velas?
Charlie estalló.
—¿Qué quiere saber de las velas?
Rebus era todo calma. Exhaló el humo antes de responder.
—Había velas en la sala.
Estaba a punto de decirle a Charlie algo que Charlie no parecía saber. Durante
todo el interrogatorio había estado trazando círculos concéntricos que confluían en
ese momento.
—Sí, así es. Unas velas grandes. Ronnie las compró en una tienda especializada
en velas. Le encantaban las velas. Le daban a la casa cierto ambiente.
—Tracy encontró a Ronnie en su habitación. Ella cree que ya estaba muerto. —
La voz de Rebus se tornó más silenciosa, y casi tan plana como el escritorio—. Pero
mientras nos telefoneaba y un agente llegaba a la casa, alguien llevó el cuerpo de
Ronnie abajo. Estaba tendido entre dos velas que se habían consumido por completo.
—En cualquier caso, cuando yo me fui ya no quedaba mucho de esas velas.
—¿A qué hora te fuiste?
—Justo antes de medianoche. Se decía que había una fiesta en el barrio. Pensé
que sería bien recibido.
—¿Cuánto tiempo le quedarían a esas velas para consumirse?
—Una o dos horas. No tengo ni idea.
—¿Cuánta heroína le quedaba a Ronnie?
—Hostias, no lo sé.
—Vale, ¿cuánto utilizaba normalmente en una dosis?
—De verdad que no lo sé. Yo no consumo, ¿sabe? Odio esa mierda. Tenía dos
amigos en el instituto. Ambos están en clínicas de rehabilitación.
—Eso les hará bien.
—Como ya le dije, Ronnie no había podido pillar nada durante días. Estaba un
poco desquiciado, casi al límite. Y aquel día regresó con algo. Fin de la historia.
—¿Es que no hay bastante heroína por ahí?
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—Por lo que yo sé, hay mucha. Pero no se moleste en pedirme nombres.
—Si había tanta, ¿por qué le fue tan difícil conseguir algo a Ronnie?
—No tengo ni idea. Ni siquiera él lo sabía. Era como si de pronto hubiera
empezado a tener mala suerte. Luego volvió la buena suerte, y consiguió aquella
bolsa.
Llegó el momento. Rebus cogió un hilo invisible de su camisa.
—Lo mataron —dijo—. O eso parece.
Charlie se quedó boquiabierto. El color desapareció de su cara, como si se hubiera
ido por un desagüe.
—¿Qué?
—Lo mataron. Su cuerpo estaba lleno de veneno para ratas. Se lo inyectó él, pero
probablemente se lo proporcionó alguien que sabía que era letal. Luego se tomaron el
enorme trabajo de colocar el cuerpo en una especie de posición ritual en la sala.
Donde estaba pintada tu estrella de cinco puntas.
—A ver, un momento…
—¿Cuántos aquelarres hay en Edimburgo, Charlie?
—¿Qué? Seis, siete, no lo sé. A ver…
—¿Conoces a los que se reúnen? ¿A alguno de ellos? Personalmente, quiero
decir.
—¡Joder, inspector, no puede culparme por esto!
—¿Por qué no? —Rebus apagó el cigarrillo.
—Porque es una locura.
—A mí me parece que todo encaja, Charlie. —Aprieta un poco más, pensaba
Rebus. Ya está a punto de quebrarse—. A menos que me convenzas de lo contrario.
Charlie caminó hacia la puerta con determinación, pero se detuvo.
—No te detengas —dijo Rebus levantando la voz—. Está abierto. Vete si quieres.
Entonces por fin sabré que tienes algo que ver con todo esto.
Charlie se volvió. Tenía los ojos llorosos bajo la luz confusa. Un rayo de sol
penetró el cristal esmerilado de la ventana enrejada, atrapó a las motas de polvo y
convirtió su movimiento en un baile a cámara lenta. Charlie regresó al escritorio.
—Yo no tuve nada que ver, de verdad.
—Siéntate —dijo Rebus, ahora como un tío cariñoso—. Hablemos un poco más.
Pero a Charlie no le gustaban los tíos. Nunca había tenido uno. Colocó las manos
sobre el escritorio y se inclinó hacia delante, acercándose a Rebus. Algo se había
endurecido dentro de él. El brillo del odio asomó en sus dientes al hablar:
—Váyase al infierno, Rebus. Lo veo venir, y ni sueñe que voy a seguirle el juego.
Deténgame si quiere, pero no me insulte con trucos baratos. Me los conozco desde
que empecé el colegio.
Entonces caminó hasta la puerta, y esta vez la cruzó y la dejó abierta al salir.
Rebus se levantó del escritorio, apagó la grabadora, sacó la cinta, se la guardó en el
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bolsillo y lo siguió. Al llegar al vestíbulo, vio que Charlie ya se había marchado. Se
acercó al escritorio. El oficial de servicio levantó la vista de sus papeles.
—Lo has perdido —dijo.
Rebus asintió.
—No importa.
—No parecía muy feliz.
—¿Estaría haciendo bien mi trabajo si salieran de aquí a carcajadas?
El oficial sonrió.
—Supongo que no. En fin, ¿hay algo que pueda hacer por ti?
—La sobredosis en Pilmuir. Ya tengo el nombre del cadáver. Ronnie McGrath.
Originario de Stirling. Mira a ver si puedes dar con sus padres, ¿de acuerdo?
El oficial escribió el nombre en un cuaderno.
—Seguro que estarán encantados de saber cómo le va a su hijo en la gran ciudad.
—Sí —dijo Rebus con la mirada clavada en la puerta principal—. Seguro.
El piso de John Rebus era su castillo. Nada más cruzar la puerta subía el puente
levadizo y dejaba la mente en blanco, procuraba desconectar el mayor tiempo
posible. Se servía una copa, ponía la cinta de algún saxofonista y cogía un libro.
Hacía algunas semanas, en un demencial estado de rectitud, había montado unos
estantes a lo largo de una de las paredes de la sala, con el propósito de que su
creciente colección de libros descansara allí. Pero de algún modo los libros
conseguían arrastrarse por el suelo, meterse debajo de sus pies, así que los usaba
como pasaderas sobre las que apoyarse en su camino del pasillo a la habitación.
Pasó por encima de ellos y se dirigió a la ventana salediza, y corrió las
polvorientas cortinas venecianas. Dejó abiertos los porticones para que los destellos
aframbuesados del crepúsculo se derramaran. Le recordó a la sala de interrogatorio…
No, no, no, eso no podía ser. Ya estaba siendo absorbido otra vez por el trabajo.
Tenía que despejar la mente, encontrar un libro que lo atrapara en su propio universo,
lejos de las miradas y los olores de Edimburgo. Pisó con firmeza los de Chéjov,
Heller, Rimbaud y Kerouac mientras se dirigía a la cocina en busca de una botella de
vino.
Debajo de la encimera había dos cajas de cartón, ocupando el espacio que una vez
había ocupado la lavadora. Rhona se la había llevado, todo bien. Al espacio que había
quedado lo llamaba su bodega, y de vez en cuando encargaba una caja de distintas
botellas de la tienda de la esquina. Metió la mano en una de las cajas y sacó un
Château Potensac. Sí, ya lo había probado. Estaba bien.
Se sirvió un tercio de la botella en una copa grande y regresó a la sala, recogiendo
un libro del suelo a su paso. Se sentó en el sillón y miró la portada: El almuerzo
desnudo. No, mala elección. Arrojó el libro y buscó otro a tientas. El extraño caso del
Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Buena elección, hacía tiempo que quería releerlo, y era
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bastante corto. Bebió un sorbo de vino, lo retuvo en la boca antes de tragarlo y abrió
el libro.
De pronto alguien llamó a la puerta con una precisión dramática. Rebus profirió
un sonido a medio camino entre un suspiro y un rugido. Dejó el libro abierto en
equilibrio sobre el brazo del sillón, y se puso de pie. Probablemente fuera la señora
Cochrane, la vecina de abajo, que venía a decirle que era su turno de limpiar la
escalera comunitaria. Seguro que venía con la orden escrita en un cartón grande: ES
SU TURNO DE LIMPIAR LA ESCALERA. ¿Por qué no podía simplemente colgarlo en la
puerta como hacían los demás?
Intentó componer una sonrisa de buen vecino mientras abría la puerta, pero el
actor que llevaba dentro tenía la tarde libre. De modo que sus labios se ondularon en
una expresión dolorosa mientras miraba fijamente a la visita que estaba de pie sobre
su felpudo.
Era Tracy.
Tenía la cara roja y lágrimas en los ojos, pero no estaba roja por llorar. Parecía
agotada, el pelo impregnado de sudor.
—¿Puedo pasar?
Había un esfuerzo demasiado evidente en su voz. Rebus no tuvo valor para
decirle que no. Abrió la puerta de par en par y ella pasó a su lado tambaleante, y se
dirigió a la sala como si ya hubiera estado allí cientos de veces. Rebus comprobó que
no hubiera ningún vecino curioso en el rellano, y cerró la puerta. Sentía un
hormigueo, no era una sensación agradable: no le gustaba que la gente lo visitara allí.
Sobre todo no le gustaba que el trabajo lo siguiera a casa.
Para cuando regresó a la sala Tracy ya había vaciado la copa de vino y respiraba
con alivio, su sed apagada. Rebus sentía que el malestar crecía dentro de él hasta
volverse insoportable.
—¿Cómo demonios has llegado hasta aquí? —preguntó desde la puerta, como
esperando a que ella se marchara.
—No fue fácil —dijo Tracy con una voz un poco más serena—. Me dijiste que
vivías en Marchmont, así que anduve dando vueltas buscando tu coche. Hasta que
encontré tu nombre en el interfono.
Tenía que admitirlo, se había convertido en una buena detective. Trabajo de
piernas era todo lo que hacía falta.
—Alguien me estaba siguiendo —dijo Tracy—. Tenía miedo.
—¿Te estaban siguiendo? —Rebus entró en el living, relajándose ante la
usurpación de su territorio.
—Sí, dos hombres. Creo que eran dos. Me han estado siguiendo toda la tarde. He
caminado por Princes Street, y me han seguido todo el rato, a una distancia corta.
Seguro que se dieron cuenta de que los vi.
—¿Y qué pasó?
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—Los perdí. Entré en Marks and Spencer y salí corriendo por la salida de Rose
Street, y luego me metí en el lavabo de señoras en un pub. Me quedé una hora dentro.
Parece que funcionó. Después vine hacia aquí.
—¿Por qué no me llamaste?
—No tengo dinero. Esa es la razón por la que estaba en Princes Street.
Ella se había instalado en su sillón, los brazos colgando a los lados. Él señaló con
la cabeza la copa vacía.
—¿Quieres otra?
—No, gracias. En realidad no me gusta el vino peleón, pero tenía una sed
infernal. Aunque te aceptaría una taza de té.
—Té, claro.
¡Le había llamado peleón! Se dio la vuelta y fue a la cocina, la mitad de su mente
pensando en el té y la otra mitad en la historia que le había contado. Encontró una
caja de tés por abrir en uno de los despoblados armarios de la cocina. No tenía leche
fresca, pero encontró una vieja lata con una o dos cucharadas de leche en polvo.
Ahora, azúcar… De pronto una música llegó desde la sala, una reproducción a todo
volumen del White Album, de los Beatles. Dios, había olvidado que tenía esa vieja
cinta. Abrió el cajón de los cubiertos sin buscar otra cosa que una cucharilla, y
encontró varios sobres de azúcar que había robado alguna vez del bar. Feliz
casualidad. El agua ya estaba hirviendo.
—¡Este piso es enorme!
Él se sobresaltó al oírla, no estaba acostumbrado a oír otras voces en el piso. Se
dio la vuelta y la vio apoyada en el marco de la puerta, la cabeza ladeada.
—¿Tú crees? —preguntó enjuagando una taza grande.
—Joder, y tanto. ¡Mira qué altos son los techos! En casa de Ronnie casi podía
tocar el techo.
Se puso de puntillas y estiró los brazos hacia arriba, agitando las manos. Rebus se
temió que hubiese consumido algo, ya fuera en pastillas o en polvo, mientras
preparaba el té. Ella pareció darse cuenta de lo que pensaba, y le sonrió.
—Solo estoy relajada —le aclaró—. Un poco exaltada por la carrera que me he
pegado. Y por el miedo, supongo. Pero ahora me siento segura.
—¿Cómo eran los hombres?
—No lo sé. Supongo que se te parecían un poco. —Volvió a sonreír—. Uno
llevaba bigotes. Un poco gordo, más delgado de arriba, pero no era viejo. Del otro no
me acuerdo. Supongo que no era un tipo memorable.
Rebus echó agua en la taza y añadió la bolsita de té.
—¿Leche?
—No, solo azúcar, si tienes.
Agitó uno de los sobres.
—Genial.
De vuelta a la sala Rebus se acercó al equipo y bajó el volumen.
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—Perdona —dijo ella, otra vez en el sillón, bebiendo el té a sorbos, con las
piernas replegadas debajo de su cuerpo.
—Sigo intentando averiguar si los vecinos oyen el equipo o no —dijo Rebus,
como justificándose—. Las paredes son gruesas, pero el techo no.
Ella asintió y sopló sobre la superficie del té; el vapor le cubría el rostro como un
velo.
—Bueno —dijo Rebus mientras sacaba su silla plegable de director de cine de
debajo de la mesa y se sentaba—. ¿Qué vamos a hacer con esos hombres que han
estado siguiéndote?
—No lo sé. Tú eres el policía.
—A mí me suena todo un poco peliculero. Quiero decir, ¿por qué iban a seguirte?
—¿Para asustarme? —sugirió ella.
—¿Y por qué querrían asustarte?
Ella lo pensó, y luego se encogió de hombros.
—Por cierto, hoy vi a Charlie —dijo él.
—¿Ah, sí?
—¿Te gusta?
—¿Charlie? —Lanzó una risa chillona—. Es mala persona. Siempre rondando,
cuando es obvio que nadie lo quiere cerca. Le odia todo el mundo.
—¿Todo el mundo?
—Sí.
—¿Ronnie lo odiaba?
Ella tardó en responder.
—No —dijo finalmente—. Pero Ronnie no tenía mucha intuición en ese sentido.
—¿Y qué hay del otro amigo de Ronnie? Neil, o Neilly. ¿Qué puedes contarme de
él?
—¿Es el chico que estuvo allí la última noche?
—Sí.
Ella se encogió de hombros.
—No le había visto antes.
De pronto pareció interesarse por el libro que estaba sobre el brazo del sillón. Lo
cogió y empezó a hojearlo, como si leyera.
—¿Y Ronnie nunca te mencionó a un tal Neil o Neilly?
—No. —Señaló a Rebus agitando el libro—. Pero sí me habló de alguien llamado
Edward. Parecía enfadado con él por algo. Gritaba su nombre cuando estaba solo en
la habitación, después de chutarse.
Rebus asintió lentamente con la cabeza.
—Edward. ¿Su camello, quizá?
—No lo sé. Quizá. A veces Ronnie enloquecía después de chutarse. Era otra
persona. Pero otras veces era muy dulce, muy tierno… —La voz de Tracy se apagó,
le brillaban los ojos.
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Rebus miró su reloj.
—Vale, ¿qué tal si ahora te llevo a casa? Nos aseguraremos de que no haya nadie
observando.
—No sé…
El miedo retornó a su rostro, quitándole años, convirtiéndola otra vez en una niña
temerosa de la oscuridad y los fantasmas.
—Yo estaré contigo —añadió Rebus.
—Bueno… ¿Puedo hacer algo antes?
—¿Qué?
Ella tiró de su ropa húmeda.
—Tomar un baño —dijo, y luego sonrió—. Sé que es un poco descarado, pero de
verdad que necesito un baño, y en la casa no hay ni una gota de agua.
Rebus también sonrió, asintiendo lentamente.
—Mi bañera está a tu disposición —dijo.
Mientras ella estaba en la bañera, tendió su ropa sobre el radiador de la sala. El piso
se convirtió en una sauna con la calefacción puesta, y Rebus se ufanaba sin éxito por
abrir las ventanas de guillotina. Preparó más té, esta vez en una tetera, y acababa de
llevarlo a la sala cuando oyó que ella lo llamaba desde el cuarto de baño. Al llegar al
pasillo la vio asomando la cabeza por la puerta, el vapor salía en nubes. Su pelo, su
cara y su cuello relucían.
—No hay toallas —explicó.
—Lo siento —dijo Rebus.
Encontró algunas en el armario de su habitación y se las llevó, entregándoselas
por la abertura de la puerta, sin poder evitar sentirse incómodo.
—Gracias —dijo ella desde el otro lado.
Había cambiado el White Album por algo de jazz —apenas audible— y estaba
sentado con el té cuando ella regresó a la sala. Llevaba una toalla grande roja atada
con pericia alrededor de su cuerpo, y otra en la cabeza. Más de una vez él se había
preguntado cómo se les podía dar tan bien a las mujeres eso de envolverse en una
toalla… Tracy tenía los brazos y las piernas pálidos y delgados, pero su figura era
muy atractiva, y el brillo del baño le daba una especie de aura flotante. Recordó las
fotografías en la habitación de Ronnie. Y entonces se acordó de la cámara
desaparecida.
—¿Ronnie seguía interesado por la fotografía? Quiero decir, últimamente.
Por puro descuido la elección de palabras había sido poco sutil, e hizo una mueca
de arrepentimiento. Tracy no se percató.
—Supongo que sí. Era muy bueno, ¿sabes? Tenía buen ojo. Pero no tuvo las
oportunidades.
—¿Cuánto se esforzó?
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—Muchísimo. —Había cierto resentimiento en su voz. Tal vez Rebus se había
permitido un exceso de escepticismo profesional al preguntarlo.
—Sí, ya lo creo. Me imagino que no debe de ser fácil hacerse un hueco en esa
profesión.
—Muy cierto. Y algunos sabían lo bueno que era Ronnie. Y no querían
competencia. Así que ponían obstáculos en su camino siempre que podían.
—¿Te refieres a otros fotógrafos?
—Así es. Cuando Ronnie estaba en su etapa entusiasta, antes de que empezara el
desencanto, no tenía ni idea de cómo abrirse camino. Así que fue a un par de estudios
y enseñó algunos de sus trabajos a los tipos que trabajan allí. Tenía unas fotos muy
inspiradas. Ya sabes, las cosas típicas vistas desde ángulos raros. El castillo, el
monumento de Waverley, el de Calton Hill.
—¿El de Calton Hill?
—Sí, el chisme ese.
—¿El desatino arquitectónico?
—Ese mismo. —La toalla empezaba a soltarse alrededor de sus hombros, y
cuando Tracy se sentó con las piernas plegadas debajo de su cuerpo, bebiendo el té, la
toalla se deslizó hacia arriba dejando ver más muslo del necesario. Rebus trataba de
mirarla a los ojos. No era fácil—. En fin —continuó ella—, que le robaron algunas
ideas. Vio una foto en un periódico local cutre, y tenía exactamente el mismo ángulo
que él había usado, la misma luz, el mismo filtro. Esos cabrones le habían copiado
sus ideas. Leyó sus nombres en los pies de foto, eran los mismos tipos a los que les
había enseñado su porfolio.
—¿Cómo se llamaban?
—Ahora no me acuerdo. —Volvió a ajustarse la toalla, como si actuara a la
defensiva. ¿Tan difícil era recordar un nombre? Se rio nerviosa—. Intentó que posara
para él.
—Ya vi los resultados.
—No, esas fotos no. Ya sabes, desnudos. Decía que podía venderlas a ciertas
revistas por una fortuna. Pero no acepté. Es decir, el dinero me habría venido bien,
pero esas revistas pasan de mano en mano, ¿no es así? Es decir, nadie las tira. Estaría
siempre preguntándome si alguien podría reconocerme por la calle. —Esperó a ver la
reacción de Rebus, y cuando este exhibió un gesto entre pensativo y confuso ella
soltó una risotada—. Así que no es cierto eso que dicen. Sí que puedes abochornar a
un poli.
—A veces. —A Rebus le ardían las mejillas. Tímidamente apoyó una mano sobre
una de ellas. Tenía que hacer algo al respecto—. Entonces —continuó—, ¿la cámara
de Ronnie valía mucho?
Se quedó insatisfecha por el giro de la conversación, y se ajustó aún más la toalla.
—Depende. Quiero decir, valor y coste no son lo mismo, ¿verdad?
—¿Ah, no?
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—Bueno, puede que la cámara le haya salido por diez libras, pero eso no significa
que para él solo costara diez libras. ¿Me entiendes?
—¿O sea que pagó diez libras por la cámara?
—No, no, no. —Sacudió la cabeza, consiguiendo que la toalla se desplazara—.
Creía que se tenía que ser listo para trabajar en Investigación Criminal. Lo que quiero
decir es que… —Levantó la vista hacia el techo y la toalla se le aflojó, dejando que
sus mechones se desparramaran a lo ancho de la frente—. No, no es eso. La cámara
costó unas ciento cincuenta libras, ¿vale?
—Vale.
—¿A ti te interesa la fotografía?
—Solo desde hace poco. ¿Más té?
Le sirvió de la tetera y le añadió un sobrecito de azúcar. A ella le gustaba con
mucho azúcar.
—Gracias —dijo ella sosteniendo la taza con cuidado—. Oye… —Ahora bañaba
su rostro en el vapor del té—. ¿Puedo pedirte un favor?
Me lo veo venir, pensó Rebus: dinero. Ya había pensado en comprobar que no
faltara nada del piso antes de dejarla ir.
—¿Qué?
Ella lo miró a los ojos.
—¿Puedo quedarme a dormir? —Sus palabras salieron a borbotones—: Dormiré
en el sofá, en el suelo. No me importa. No quiero regresar a la casa. Esta noche no.
Últimamente se ha vuelto un manicomio, y esos hombres que me seguían…
Ella estaba temblando, y Rebus pensó que si se trataba de una actuación, era una
estudiante de arte dramático en plena forma. Se encogió de hombros, iba a decir algo
pero en cambio se levantó y se acercó a la ventana, aplazando la decisión.
Las farolas anaranjadas de la calle estaban encendidas, proyectando un brillo de
plató hollywoodense sobre la acera. Había un coche aparcado justo enfrente del
apartamento. Desde el segundo piso Rebus no alcanzaba a ver el interior, pero la
ventanilla del conductor estaba bajada y salía humo.
—¿Y bien? —dijo la voz detrás de él. Ahora había perdido toda confianza.
—¿Qué? —replicó Rebus distraídamente.
—¿Puedo? —Él se dio la vuelta—. ¿Puedo quedarme? —repitió ella.
—Claro —dijo Rebus dirigiéndose hacia la puerta—. Quédate el tiempo que
quieras.
Estaba bajando las escaleras cuando se dio cuenta de que no llevaba zapatos. Se paró
y lo pensó. No, al diablo. Su madre siempre le había advertido sobre el peligro de
pillar sabañones, y él nunca los había tenido. Era el momento de averiguar si seguía
teniendo la misma suerte respecto a la salud.
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Al pasar por delante de una puerta del primer piso, esta se abrió y la señora
Cochrane salió al rellano interponiéndose en su camino.
—Señora Cochrane —dijo Rebus tras superar el sobresalto.
—Aquí tiene. —Ella le extendió algo y él no tuvo más remedio que cogerlo. Era
un trozo de cartón de veinticinco por dieciocho. Rebus leyó: ES SU TURNO DE LIMPIAR
LA ESCALERA. Al levantar la vista la señora Cochrane ya estaba cerrando la puerta.
Pudo oír como las zapatillas se arrastraban camino de la sala del televisor y de su
gato. Un vejestorio maloliente.
Rebus bajó las escaleras con el cartón en la mano, los peldaños fríos que
penetraban las suelas de sus calcetines. El gato tampoco huele demasiado bien, pensó
con malicia.
La puerta principal no tenía echado el pestillo. La abrió con cuidado, procurando
que el mecanismo antiquísimo hiciera el menor ruido posible. Cuando salió el coche
seguía allí, justo enfrente de él. Pero el conductor ya le había visto. Una colilla de
cigarrillo salió disparada hacia la calle, y el motor se puso en marcha. Rebus avanzó
de puntillas. Los faros se encendieron, unas luces con la potencia de un reflector.
Rebus se detuvo con los ojos entornados, y el coche arrancó hacia delante, y tras un
brusco viraje hacia la izquierda se alejó a toda velocidad hasta el final de la calle.
Rebus lo siguió con la mirada, tratando de quedarse con la matrícula, pero tenía la
vista empañada por una borrosidad blanca. Era un Ford Escort. De eso estaba seguro.
Sin apartar la mirada de la calle, se dio cuenta de que el coche se había detenido
en el cruce con la carretera principal, a la espera de incorporarse al tráfico. Eran
menos de cien metros. Rebus se decidió. De joven había sido un buen velocista, muy
útil para el equipo del colegio cuando les faltaba un hombre. Ahora corría con una
euforia de borracho, y se acordó de la botella que había abierto. Sintió una acidez en
el estómago de solo pensarlo, y aflojó la carrera. Justo entonces se resbaló, patinando
sobre algo que había en la acera, y, después del frenazo en seco, vio como el coche
atravesaba el cruce y se alejaba rugiendo.
No importaba. Le había bastado con ese vistazo fugaz nada más abrir la puerta del
edificio. Había visto el uniforme de policía. No la cara del conductor, pero sí el
uniforme. Era un policía, un agente, conduciendo un Escort. Dos chicas jóvenes se
acercaban por la acera. Se rieron al pasar por delante de Rebus, y él cayó en la cuenta
de que estaba allí de pie, jadeando, sin zapatos, con una cartel en la mano que le
ordenaba LIMPIAR LA ESCALERA. Al bajar la vista vio aquello sobre lo que había
patinado.
Maldijo en voz baja, se quitó los calcetines, los arrojó por la alcantarilla y regresó
descalzo al piso.
El agente Brian Holmes estaba tomando té. Lo había convertido en un ritual: sostenía
la taza cerca de la cara, soplaba el vapor y luego sorbía. Soplar y sorber. Y tragar. Y
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liberar un soplo de aire vaporoso. Aquella noche tenía tanto frío como cualquier
vagabundo que estuviera durmiendo en el banco de un parque. Ni siquiera tenía un
periódico, y el té sabía asqueroso. Había salido de los restos de todos los termos,
estaba hirviendo y olía a plástico. La leche no era fresca, pero al menos el brebaje le
calentaba. Aunque no tanto como para alcanzar los dedos de sus pies, en el caso de
que todavía los tuviera.
—¿Ves algo? —le preguntó siseando al funcionario de la Sociedad Protectora de
Animales, que sostenía los prismáticos pegados a los ojos, como si quisiera ocultar su
vergüenza.
—Nada —susurró el funcionario.
Había recibido un soplo anónimo. El tercero en lo que iba del mes, y, a decir
verdad, el primero que olía mal. Las peleas de perros estaban otra vez de moda. En
los últimos tres meses se habían encontrado varios ruedos, pequeñas fosas sucias
cercadas por láminas de hojalata. Las chatarrerías parecían estar detrás de todos los
ruedos descubiertos, lo que daba un significado añadido al término «chatarrería».
Ahora, sin embargo, contemplaban un descampado. Los trenes de mercancías
pasaban cerca, camino del centro de la ciudad, pero aparte de eso y del zumbido del
tráfico distante, el lugar estaba muerto. Sí es cierto que había una fosa improvisada.
Le habían echado un vistazo durante el día, fingiendo pasear a sus propios pastores
alemanes, que, en realidad, eran perros policías. Pit bulls: tales eran los perros que
combatían en las ruedos. Brian Holmes había visto a dos de ellos: tenían los ojos
desquiciados de miedo y dolor. No se había quedado a ver la inyección letal
suministrada por el veterinario.
—Espera.
Dos hombres recorrían el terreno desolado con las manos en los bolsillos,
avanzando con cuidado sobre la superficie irregular, atentos a los cráteres que surgían
de la nada. Parecía que sabían adónde iban: directos a la parte poco profunda de la
fosa. Una vez allí, miraron por última vez a su alrededor. Brian Holmes los observaba
fijamente, sabiendo que no podían verle. Al igual que el funcionario de la SPA,
estaba agazapado detrás de un helecho frondoso; a sus espaldas, el muro restante de
lo que había sido alguna clase de edificio. Si bien había algo de luz en la zona de la
fosa, apenas quedaba nada donde estaban. Gracias a un espejo polarizado, podía ver
sin ser visto.
—Os he pillado —dijo el hombre de la SPA cuando los dos hombres saltaron al
interior de la fosa.
—Espera… —dijo Holmes, con una súbita sensación de extrañeza. Los dos
hombres estaban abrazados, y se hundían hacia el suelo fundidos en un beso lento y
persistente.
—¡Hostias! —exclamó el hombre de la SPA.
Holmes suspiró, clavando la vista en el suelo húmedo y rocoso que tenía bajo las
rodillas.
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—Creo que los pit bulls no entran en juego —dijo—. Y si así fuera, la acusación
sería por bestialismo más que por brutalidad policial.
El funcionario de la SPA seguía con los prismáticos pegados a los ojos,
horrorizado y fascinado.
—A uno le cuentan cosas —dijo—, pero nunca crees… en fin… ya me entiendes.
—¿Que las verás? —sugirió Holmes, y consiguió ponerse de pie, lenta y
dolorosamente.
Estaba hablando con el oficial de servicios del turno de noche cuando recibió el
mensaje. El inspector Rebus quería hablar con él.
—¿Rebus? ¿Qué es lo que quiere? —Brian Holmes miró su reloj. Eran las dos y
cuarto de la mañana. Rebus estaba en su casa, y le había pedido que le llamara.
Holmes utilizó el teléfono del oficial de servicios.
—¿Hola? —Conocía a John Rebus, por supuesto. Habían trabajado en un puñado
de casos. Aun así, las llamadas en mitad de la noche eran algo completamente
distinto.
—¿Eres tú, Brian?
—Sí, señor.
—¿Tienes un papel a mano? Toma nota. —Mientras buscaba a tientas un bloc y
un bolígrafo, Holmes pensaba en la música que sonaba de fondo. Era algo que le
resultaba familiar. El White Album de los Beatles—. ¿Estás listo?
—Sí, señor.
—Bien. Ayer, o hace un par de días para ser exactos, encontraron a un yonqui
muerto en Pilmuir. Sobredosis. Averigua quiénes fueron los agentes que lo
encontraron. Que se presenten en mi despacho a las diez en punto. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Perfecto. Cuando encuentres la dirección de donde hallaron el cuerpo, pide las
llaves a quienquiera que las tenga y ve para allá. Arriba, en una de las habitaciones,
verás unas fotografías clavadas en la pared. Algunas son del castillo de Edimburgo.
Cógelas y vete a la redacción del periódico local. Tienen archivos con un montón de
fotografías. Si tienes suerte puede que haya un viejecillo trabajando que tiene una
memoria de elefante. Quiero que busques todas las fotografías que se hayan
publicado recientemente y que te fijes si han sido tomadas desde los mismos ángulos
que las de la habitación. ¿Lo has entendido?
—Sí, señor —dijo Holmes, garabateando a toda prisa.
—Bien. Quiero saber quién tomó las fotografías del periódico. Debería haber una
etiqueta al dorso de cada copia con el nombre y la dirección del fotógrafo.
—¿Algo más, señor? —Lo preguntó con sarcasmo, intencionado o no.
—Sí. —La voz de Rebus bajó un decibelio—. En la habitación también
encontrarás algunas fotos de una chica joven. Me gustaría saber más sobre ella. Dice
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que su segundo nombre es Tracy. Así es como se hace llamar. Pregunta por ahí,
enseña la foto a cualquiera que creas que pueda tener una idea.
—De acuerdo, señor. Una pregunta.
—Dime.
—¿Por qué a mí? ¿Por qué a esta hora? ¿A qué viene todo esto?
—Eso son tres preguntas. Te responderé tantas como pueda cuando te vea mañana
por la tarde. Pásate por mi despacho a las tres.
Y así terminó la llamada para Brian Holmes. Se quedó mirando fijamente las
líneas torcidas en su bloc, su propia taquigrafía de la tarea que equivalía a una
semana de trabajo y que le había sido asignada en cuestión de minutos. El oficial de
servicios estaba leyendo por encima de su hombro.
—Mejor que te haya tocado a ti y no a mí —le dijo con total sinceridad.
John Rebus había escogido a Holmes por un montón de razones, pero sobre todo
porque Holmes no sabía mucho acerca de él. Quería a alguien que trabajara de un
modo eficaz, metódico, sin protestar demasiado. Alguien que no le conociera lo
bastante como para quejarse de estar desinformado, de ser usado como una
locomotora desviada. Un recadero y un sabueso y un burro de carga. Rebus sabía que
Holmes se estaba ganando una buena reputación por su eficiencia y por no ser un
quejumbroso. Con eso era suficiente para continuar.
Llevó el teléfono del recibidor a la sala, lo dejó en el estante de los libros y se
dirigió al equipo de música para apagar el casete primero, y luego el amplificador. Se
acercó a la ventana y miró a la calle vacía, la luz de las farolas era color queso
cheddar. La imagen le hizo recordar el tentempié de medianoche que se había
prometido un par de horas atrás, y se fue a la cocina a preparárselo. Tracy no querría
comer nada. De eso estaba seguro. La observó tumbada en el sofá, la cabeza ladeada
hacia el suelo, una mano sobre el estómago y la otra colgando hasta tocar la alfombra
de lana. Sus ojos eran ranuras de ciego, y su boca abierta descubría el hueco que
separaba sus incisivos. Se durmió profundamente tan pronto la cubrió con una manta,
y seguía durmiendo, su respiración regular. Algo le inquietaba y no sabía qué era.
Hambre, quizá. Esperaba que la nevera le reservara una agradable sorpresa. Pero
antes fue hasta la ventana y volvió a mirar hacia afuera. La calle estaba
completamente muerta, que era ni más ni menos como Rebus se sentía: muerto pero
activo. Recogió del suelo El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y se lo llevó a la
cocina.
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Miércoles
Cuanto más raro me parece el caso, menos preguntas hago.
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cuenta después de dárselo. Era un vínculo entre ellos, una clase de vínculo que no
debería establecer. Se quedó depositado en la palma de su mano, y sintió la tentación
de arrebatárselo. Pero entonces ella salió del coche y echó a andar, su cuerpo frágil
como la porcelana, su paso firme, enérgico. Unas veces le recordaba a su hija Sammy,
otras… a Gill Templer, su examante.
—¡Adelante! —volvió a rugir.
Esta vez la puerta se abrió dos centímetros, primero; unos veintitantos después.
Una cabeza se asomó.
—Nadie ha llamado, señor —dijo la cabeza con nerviosismo.
—¿Ah, no? —dijo Rebus con su voz más histriónica—. Bueno, en ese caso no me
quedará más remedio que hablar con vosotros dos. Así que… ¡adelante!
Al momento entraron en el despacho arrastrando los pies, ahora con menos
arrogancia. Rebus señaló las dos sillas al otro lado del escritorio. Uno de ellos se
sentó de inmediato, el otro permaneció firme.
—Prefiero estar de pie, señor —dijo.
De repente el otro se mostró aprensivo, temeroso de haber infringido alguna
norma del protocolo.
—Esto no es el ejército, maldita sea —le dijo Rebus al que estaba de pie, justo
cuando el otro se estaba levantando—. ¡Así que sentaos!
Los dos tomaron asiento. Rebus se frotó la frente, simulando un dolor de cabeza.
Lo cierto es que ya casi había olvidado quiénes eran los agentes y por qué estaban
allí.
—Muy bien —dijo—. ¿Por qué creéis que os he llamado? —Trillado pero
efectivo.
—¿Tiene que ver con brujas, señor?
—¿Brujas? —Rebus miró al agente que había hablado, y recordó al joven
entusiasta que le había enseñado la estrella de cinco puntas—. Correcto, brujería. Y
sobredosis.
Ambos le miraron pestañeando. Rebus buscaba desesperadamente una vía para
arrancar el interrogatorio, si es que se trataba de un interrogatorio. Tendría que
haberlo pensado antes de llegar.
Al menos tendría que haber recordado que los había citado. Ahora recordaba un
billete de diez libras, una sonrisa, el olor de una tostada… Miró la corbata del agente
que le había enseñado la estrella.
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Todd, señor.
—¿Todd? En alemán significa muerte, ¿lo sabías, Todd?
—Sí, señor. Estudié alemán en el instituto y también durante mis estudios
superiores.
Rebus asintió, fingiendo estar impresionado. Maldita sea, por supuesto que lo
estaba. Parecía que ahora todos tenían estudios superiores, todos esos agentes con un
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aspecto extraordinariamente joven. Algunos iban más allá: escuelas, universidades.
Tenía la impresión de que Holmes había ido a la universidad. Y esperaba no haber
reclutado a un sabelotodo.
Rebus le señaló la corbata.
—Parece un poco torcida, Todd.
Todd bajó la vista de inmediato hacia su corbata, la cabeza inclinada en un ángulo
tan forzado que Rebus temió que se rompiera el cuello.
—¿Perdone, señor?
—Esa corbata, ¿es la que llevas siempre?
—Sí, señor.
—¿Así que no se te ha roto últimamente?
—¿Si se me ha roto la corbata, señor?
—Si se te ha roto el clip —explicó Rebus.
—No, señor.
—¿Y tú cómo te llamas, hijo? —preguntó deprisa, girándose hacia el otro agente,
que parecía completamente aturdido por el desarrollo de la reunión.
—O’Rourke, señor.
—Un apellido irlandés —comentó Rebus.
—Así es, señor.
—¿Qué hay de tu corbata, O’Rourke? ¿Es nueva la que llevas?
—No, señor. Tengo cerca de media docena de corbatas repartidas por todas
partes.
Rebus asintió. Cogió un lápiz, lo examinó, volvió a dejarlo. Estaba perdiendo el
tiempo.
—Me gustaría ver los informes que hicisteis sobre el hallazgo del cuerpo.
—Sí, señor —respondieron.
—¿No había nada raro en la casa? Quiero decir, cuando llegasteis. ¿Nada fuera de
lo normal?
—Solo el cadáver, señor —contestó O’Rourke.
—Y la pintura en la pared —añadió Todd.
—¿Alguno de vosotros se tomó la molestia de echar un vistazo arriba?
—No, señor.
—¿Dónde estaba el cuerpo cuando vosotros llegasteis?
—En la sala de abajo, señor.
—¿Y ninguno de los dos subió?
Todd miró a O’Rourke.
—Creo que gritamos para ver si había alguien arriba. Pero no, no subimos.
«¿Y cómo llegó arriba el clip de la corbata?». Rebus exhaló, aclarándose la
garganta.
—¿Qué coche tienes, Todd?
—¿Se refiere al coche de policía, señor?
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—¡No, joder! —Rebus dio una manotada sobre el lápiz—. Me refiero a tu coche
particular.
Todd parecía más confundido que nunca.
—Un Metro, señor.
—¿Color?
—Blanco.
Rebus miró a O’Rourke.
—No tengo coche, señor —confesó O’Rourke—. Me gustan las motos. Ahora
tengo una Honda 750.
Rebus asintió. Ningún Ford Escort. Nadie saliendo como un rayo por su calle a
medianoche.
—Bueno, entonces todo bien, ¿no? —Y con una sonrisa los despachó, y luego
volvió a coger el lápiz, examinó la punta y la rompió deliberadamente contra el canto
del escritorio.
Rebus iba pensando en Charlie mientras detenía su coche frente a la minúscula tienda
de ropa antigua para hombres de George Street. Estaba pensando en Charlie mientras
elegía una corbata y también al pagarla. De vuelta al coche pensó en Charlie mientras
se anudaba la corbata, arrancaba el motor y se largaba. Mientras se dirigía a almorzar
con algunos de los hombres más ricos de la ciudad, lo único en lo que Rebus podía
pensar era en Charlie, y en cómo Charlie todavía estaba a tiempo de convertirse un
día en uno de esos hombres de negocios. Dejaría la universidad, usaría los contactos
de su familia para conseguir un buen trabajo, y ascendería sin contratiempos a un alto
cargo directivo en el plazo de un año o dos. Se olvidaría por completo de su
encaprichamiento con la decadencia, y se volvería decadente, como solo los ricos y
los triunfadores pueden serlo… Decadencia auténtica, y no todo ese rollo prestado de
la brujería y el satanismo, las drogas y la violencia. Todas esas contusiones en el
cuerpo de Ronnie, ¿podían haber sido realmente un brutal intercambio homosexual?
¿Un juego sadomasoquista que se torció? ¿Un juego jugado, quizá, con el misterioso
Edward cuyo nombre Ronnie había gritado?
¿O acaso era un ritual llevado demasiado lejos?
¿Habría descartado el satanismo a la ligera? ¿No se supone que un policía debe
ser abierto de miras? Tal vez, pero la verdad es que el satanismo lo encontró con las
miras selladas a cal y canto. Era un cristiano, al fin y al cabo. Puede que no acudiera a
la iglesia a menudo, que detestara los himnos y sus desfasados sermones, pero eso no
significaba que no creyera en ese Dios pequeño, oscuro y privado. Todo el mundo
llevaba un Dios consigo. Y el Dios de los escoceses era siniestro como el que más.
Al mediodía Edimburgo parecía más oscura que nunca, acaso un reflejo de su
ánimo. El castillo proyectaba su sombra sobre la Ciudad Nueva, aunque no alcanzaba
a elevarse tan alto como el Eyrie. El Eyrie era el restaurante más caro de la ciudad, y
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también el más exclusivo. Se rumoreaba que para comer allí había que reservar con
doce meses de antelación, mientras que una cena suponía una breve espera de entre
ocho y diez semanas. El restaurante ocupaba la última planta de un hotel georgiano
situado en el corazón de la Ciudad Nueva, lejos del ajetreo humano del centro.
No es que las calles fueran precisamente tranquilas, pues el tráfico constante era
suficiente para convertir el aparcamiento en un problema. Pero no para un detective.
Rebus detuvo el coche sobre una señal de prohibido estacionar que quedaba justo
delante de la entrada. Pese a las advertencias del portero sobre multas y vigilancia, lo
dejó allí y entró en el hotel. Metió barriga mientras subía los cuatro pisos en ascensor,
y se alegró de tener hambre. Estos hombres de negocios tenían que ser terriblemente
aburridos, y la idea de pasar dos horas con el Granjero Watson le parecía
insoportable, pero comería bien. Sí, comería como un rey.
Y, si tuviera rienda suelta con la carta de vinos, llevaría a esos mamones a la
ruina.
Brian Holmes salió de la cafetería con una taza de poliestireno relleno de té negro, y
lo observó, tratando de recordar cuándo había sido la última vez que había tomado un
té decente, un té de verdad, un té preparado por él mismo. Su vida parecía girar en
torno a vasos de poliestireno y termos, a sándwiches insípidos y galletas de chocolate.
Soplar, sorber. Soplar, sorber. Tragar.
¿Para esto había renunciado a una carrera académica?
A decir verdad, Holmes había hecho carrera académica durante apenas ocho
meses, mientras estudiaba Historia en la universidad de Londres. El primer mes lo
había pasado intimidado por la ciudad, tratando de asimilar su tamaño, de vivir, viajar
y sobrevivir con dignidad. Durante el segundo y el tercer mes había intentado
adaptarse a la vida universitaria, a sus nuevos amigos, y a las constantes discusiones
y polémicas, que determinaban la inclusión en un grupo u otro. En cada ocasión
probaba la temperatura del agua antes de mojarse, todos estaban nerviosos como
niños aprendiendo a nadar. Entre el cuarto y el quinto mes ya se había convertido en
un londinense, viajando a la universidad diariamente desde su cuarto alquilado en
Battersea. De repente su vida estaba regida por números, por los horarios de los
trenes y los autobuses y los enlaces del metro, y también por los horarios del
transporte público nocturno, que lo arrancaban de las tertulias políticas en bares para
devolverlo de nuevo a la ruidosa soledad de su cuarto. Perder un trasbordo se
convirtió en una agonía, y el sufrimiento de la hora punta se parecía a una temporada
en el infierno. El sexto y el séptimo mes los pasó aislado en Battersea, estudiando en
su habitación, casi sin asistir a clase. Y al octavo mes, en mayo, con el sol
calentándole la espalda, dejó Londres y regresó al norte, con sus viejos amigos y un
vacío en su vida que solo el trabajo podía rellenar.
¿Pero por qué demonios había elegido ser policía?
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Arrugó el vaso de poliestireno y lo arrojó a una papelera cercana. Falló. Y qué,
pensó entonces. Pero luego se regañó a sí mismo, caminó hasta donde estaba el vaso,
se agachó, lo recogió y lo depositó en la papelera. Ya no estás en Londres, Brian, se
dijo a sí mismo. Una anciana le sonrió.
Así reluce una buena acción en un mundo perverso.
Vaya si lo era. Rebus le había metido en una sopa de humanidad diluida. Pilmuir,
la Hiroshima del alma; no podría escapar tan fácilmente. Miedo a la radiación.
Holmes había trascrito en una pequeña libreta los garabatos que había apuntado al
teléfono la noche anterior. Sacó la lista de un bolsillo para estudiarla. Le había sido
fácil localizar a los agentes. Seguramente Rebus ya los había visto. Después había ido
a la casa en Pilmuir. Tenía las fotografías en el bolsillo interno. El castillo de
Edimburgo. Buenas fotos, además. Ángulos poco comunes. Y la chica. Bastante
guapa, pensó. Era difícil saber su edad, y su cara parecía endurecida por una vida
complicada, pero daba el pego para un aquí te pillo, aquí te mato. No tenía la menor
idea de cómo hacer averiguaciones acerca de ella. Todo lo que tenía para seguir
adelante era ese nombre, Tracy. Es cierto, había gente a la que le podía preguntar.
Edimburgo era su casa, y eso era una enorme ventaja para una ocupación como esa.
Tenía buenos contactos, viejos amigos, amigos de amigos. Había recuperado el
contacto después del fiasco londinense. Todos le habían aconsejado que no se fuera.
Todos se habían alegrado de volver a verle al poco tiempo de advertirle, encantados
con alardear de su visión de futuro. De eso hacía solo cinco años… Parecía que
hubiera pasado más tiempo.
¿Pero por qué se había unido al cuerpo? Primero había querido ser periodista. Eso
fue hace siglos, en el colegio. Bueno, los sueños de infancia podrían hacerse realidad,
al menos por un rato. La siguiente parada fue la redacción del periódico local. Para
ver si encontraba más ángulos poco comunes del castillo. Con suerte también le
servirían una taza de té decente.
Antes de continuar su marcha alcanzó a ver el escaparate de una agencia
inmobiliaria al otro lado de la calle. Siempre había supuesto que esa agencia en
particular, debido a su nombre, tenía que ser cara. Pero qué demonios: él era un
hombre desesperado. Cruzó a través de la cola del tráfico parado y se plantó delante
del escaparate de Bowyer Carew. Pasó un minuto y, con la espalda más encorvada
que antes, se dio media vuelta y siguió andando hacia los puentes.
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a un masón. El apretón en sí lo revelaba todo. Era más largo de lo normal, justo el
tiempo que necesitaba quien te estrechaba la mano para averiguar si pertenecías o no
a la hermandad.
—Puede que al señor Andrews lo conozcas. Tiene una casa de juego en Duke
Terrace. ¿Cómo era que se llamaba? —Watson se estaba esforzando demasiado: para
hacer de anfitrión, para llevarse bien con esa gente, para que todo el mundo se
sintiera cómodo.
—Se llama Finlay’s, a secas —accedió a responder Finlay Andrews, y soltó la
mano de Rebus.
—Tommy McCall —dijo el último invitado, presentándose él mismo y
estrechando la mano de Rebus en un saludo frío y breve. Rebus sonrió, y tomó
asiento en la mesa, agradecido de estar sentado finalmente.
—¿Hermano de Tony McCall? —preguntó en tono familiar.
—Así es. —McCall sonrió—. ¿Conoces a Tony?
—Bastante —dijo Rebus. Watson miraba confundido—. El inspector McCall —le
aclaró Rebus. Watson asintió enérgicamente.
—Bien —dijo Carew removiéndose en su silla—. ¿Qué le apetece beber,
inspector Rebus?
—No bebo mientras estoy de servicio, señor —dijo Rebus desplegando su
servilleta ricamente decorada. Miró a Carew a la cara y sonrió—. Era una broma.
Tomaré un gin-tonic, por favor.
Todos sonrieron. Un policía con sentido del humor: por lo general eso sorprendía
a la gente. Más les habría sorprendido saber con qué frecuencia Rebus hacía bromas.
Pero allí sentía la necesidad de amoldarse, de «mezclarse», por usar una expresión
desafortunada.
Había un camarero detrás de él.
—Otro gin-tonic, Ronald —dijo Carew al camarero, que hizo una reverencia y se
marchó. Se acercó otro camarero, y empezó a repartir los enormes menús
encuadernados. Rebus sentía el peso de la gruesa servilleta en su regazo.
—¿Dónde vive, inspector? —La pregunta la hizo Carew. Su sonrisa parecía más
que una sonrisa, y Rebus fue prudente.
—En Marchmont —respondió.
—Oh —dijo Carew entusiasmado—, esa siempre ha sido una buena zona.
Antiguamente era una zona de agricultores, ¿sabe?
—¿Ah, sí?
—Así es. Un barrio precioso.
—Lo que James quiere decir —interrumpió Tommy McCall— es que las casas
tienen que valer un buen pico.
—Y lo valen —replicó Carew indignado—. Está a un paso del centro, cerca de
los Meadows y de la universidad…
—James —le advirtió Finlay Andrews—. Estás hablando de negocios.
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—¿De verdad? —Carew parecía realmente sorprendido—. Perdonen.
—Recomiendo el solomillo —dijo Andrews. Cuando el camarero regresó para
tomarles el pedido, Rebus se desmarcó y pidió lenguado.
Trataba de actuar con naturalidad, de no mirar a los otros comensales, de no
fijarse en las imperfecciones del mantel, en los utensilios desconocidos para él, el
lavafrutas, la cubertería de plata. Pero algo así sucedía una vez en la vida, ¿verdad
que sí? ¿Así que por qué no mirar? Lo hizo, y vio a una cincuentena de rostros bien
alimentados y felices, masculinos en su mayoría, con el ocasional adorno femenino
para garantizar el decoro y la elegancia. Filete de primera. Eso era lo que todos los
demás parecían estar tomando. Y vino.
—¿Quién quiere elegir el vino? —preguntó McCall con la carta en la mano.
Carew parecía ansioso por arrebatársela, y Rebus se contuvo. No estaba bien,
¿verdad? Lo de pillar la carta y decir yo, yo, yo. Lo de mirar los precios con ojos
sedientos, deseando…
—Si me permiten —dijo Finlay Andrews tomando la carta de manos de McCall.
Rebus se fijó en el sello de su tenedor.
—De modo —dijo McCall mirando a Rebus— que el comisario Watson te ha
liado en nuestra pequeña misión, ¿eh?
—No es que me haya liado —dijo Rebus—. Estaré encantado de colaborar.
—Estoy seguro de que tu experiencia nos servirá de mucho —le dijo Watson a
Rebus radiante. Rebus lo correspondió con la misma expresión, aunque sin decir
nada.
Por suerte Andrews parecía entender de vinos, y pidió un burdeos decente del
ochenta y dos y un chablis seco. Rebus se animó un poco mientras Andrews pedía.
¿Cómo se llamaba la casa de juegos? ¿Andrews? ¿Finlay’s? Sí, eso es. Finlay’s.
Había oído hablar de ella, un casino pequeño y tranquilo. Rebus nunca había tenido
motivos para ir allí, ni por trabajo ni por placer. ¿Qué placer había en perder dinero?
—Dime, Finlay, ¿todavía andáis bajo el influjo de aquel chino? —preguntó
McCall mientras dos camareros servían una fina capa de sopa en los amplios platos
hondos victorianos.
—No puede volver a entrar. La casa se reserva el derecho de admisión, etcétera.
McCall se rio entre dientes y se volvió hacia Rebus.
—Finlay pasó una mala racha. A los chinos les pierde el juego, ya sabes. En fin,
este chino le estaba tomando el pelo.
—Tenía un crupier sin experiencia —explicó Andrews—. Alguien con un ojo
experto, y quiero decir «experto», podía adivinar dónde iba a caer la bola en la ruleta
con solo observar cómo la arrojaba.
—Sorprendente —dijo Watson antes de soplar la sopa en su cuchara.
—En realidad no —dijo Andrews—. Los he visto muchas veces. Se trata de
detectar a los jugadores antes de que hagan una apuesta realmente grande. Pero aquí
tienes que estar a las duras y a las maduras. Hasta ahora este ha sido un buen año, ha
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entrado un montón de dinero, y aquí, en el norte, no hay mucho en lo que gastarlo,
¿así que por qué no apostarlo?
—¿Ha entrado un montón de dinero? —se interesó Rebus.
—Mira la gente, los empleos. Ejecutivos de Londres con salarios de Londres y
costumbres de Londres. ¿No lo has notado?
—No puedo decir que lo haya notado —confesó Rebus—. No al menos en
Pilmuir.
El comentario hizo que todos sonrieran.
—Mi agencia inmobiliaria sí que lo ha notado —dijo Carew—. Las propiedades
grandes tienen mucha demanda. Compradores corporativos en algunos casos.
Empresas que se desplazan hacia el norte para abrir oficinas. Saben reconocer algo
bueno en cuanto lo ven, y Edimburgo es algo bueno. Los precios de las casas están
por las nubes, y no veo motivos para que dejen de subir. —Advirtió la mirada de
Rebus—. Hasta están construyendo nuevas viviendas en Pilmuir.
—Finlay —interrumpió McCall—, cuéntale al inspector dónde guardan el dinero
los jugadores chinos.
—No mientras estemos comiendo, por favor —solicitó Watson, y cuando McCall,
riendo entre dientes, bajó la vista hacia su plato de sopa, Rebus vio que Andrews le
lanzaba una mirada llena de odio.
El vino había llegado, frío y color miel. Rebus dio un sorbo. Carew le estaba
preguntando a Andrews sobre el permiso de obra para una ampliación del casino.
—Parece que no hay problema —contestó Andrews, intentando no parecer
engreído. Tommy McCall se rio.
—¡Hombre, claro! —dijo—. ¿Crees que a tus vecinos les sería tan fácil incrustar
una maldita extensión en la parte trasera de sus oficinas?
Andrews le dedicó una sonrisa tan fría como el chablis.
—Hasta donde yo sé, Tommy, cada caso es considerado por separado y de forma
minuciosa. Igual tú estás más informado.
—No, qué va. —McCall había vaciado su primera copa de vino, y se estaba
sirviendo la segunda—. Estoy seguro de que es todo legal, Finlay. —Lanzó a Rebus
una mirada cómplice—. Espero que no vayas contando historias por ahí, John.
—No. —Rebus miró a Andrews, que se estaba acabando la sopa—. Mis oídos se
cierran con las comidas.
Watson asintió conforme.
—Hola, Finlay.
Un hombre corpulento, robusto pero de marcada musculatura, estaba de pie junto
a la mesa. Llevaba el traje más caro que Rebus hubiera visto nunca. De un brillo
sedoso azul con hilos plateados. El pelo del hombre también era plateado, aunque por
su cara no parecía tener más de cuarenta años. A su lado, inclinada hacia él, había una
mujer oriental de rasgos delicados, más niña que mujer. Era de una belleza exquisita,
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y toda la mesa se levantó casi sobrecogida. El hombre agitó elegantemente la mano,
solicitándoles que se sentaran. La mujer ocultaba su satisfacción bajo las pestañas.
—Hola, Malcolm —le dijo Finlay Andrews—. Este es Malcolm Lanyon, el
abogado. —Las últimas dos palabras eran innecesarias. Todo el mundo conocía a
Malcolm Lanyon, el amigo de la sección de cotilleos. Su vida pública provocaba
tanto odio como envidia. Representaba lo más despreciable de la profesión de
abogado, y al mismo tiempo vivía como un personaje de miniseries de televisión. Su
estilo de vida escandalizaba tanto al pudiente, como colmaba las necesidades de los
consumidores de tabloides dominicales. Además, a juicio de Rebus, era un excelente
abogado. Tenía que serlo, de lo contrario el resto de su imagen habría sido pura
fachada de papel, nada más. Pero era más bien una mezcla de ladrillo y mortero.
—Estos —dijo Andrews señalando a los ocupantes de la mesa— son los
miembros del comité de trabajo del que te hablé.
—Ah —asintió Lanyon—. La campaña contra las drogas. Una idea excelente,
comisario.
Watson casi se ruborizó con el cumplido: el cumplido era que Lanyon sabía quién
era Watson.
—Finlay —continuó Lanyon—, ¿no has olvidado lo de mañana por la noche?
—Lo tengo bien apuntado en mi agenda, Malcolm.
—Excelente. —Lanyon miró a los demás—. De hecho me gustaría que vinieran
todos ustedes. Es solo una pequeña reunión en mi casa. Sin ningún motivo especial.
Tenía ganas de dar una fiesta. A las ocho. Totalmente informal. —Ya se estaba
marchando, con un brazo alrededor de la cintura de porcelana de su acompañante,
cuando Rebus pensó en sus últimas palabras: Heriot Row. Era de las calles más
exclusivas de la Ciudad Nueva. Otro mundo. Si bien no estaba seguro de que la
invitación fuera en serio, Rebus estaba tentado de aceptarla. Una vez en la vida, y
todo el rollo.
A continuación la conversación se centró en la campaña antidrogas, y el camarero
se acercó para traer más pan.
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distraía. Pero no había tardado en aburrirse, y ahora era solo rutina. Es más, le dolían
los brazos de tanto pasar páginas.
—Mayo —explicó el joven—. Estas son las ediciones de mayo.
—Vale, gracias.
—¿Has acabado con junio?
—Sí, gracias.
El joven asintió. Ciñó el archivo anudando dos tiras de cuero por el lado abierto
de la carpeta, lo levantó en brazos y salió de la habitación arrastrando los pies.
Sigamos, pensó Holmes, deshaciendo los nudos de esta última pila de noticias viejas
y pasatiempos.
Rebus se había equivocado. No había ningún viejo que retuviera datos como un
ordenador; de hecho, ni siquiera había un ordenador. Así que tocaba currar hasta
reventar, pasar páginas a mano, buscando fotografías de lugares conocidos, que
destacaban por sus ángulos insólitos. ¿Para qué? Ni siquiera lo sabía, y eso lo
frustraba. Tenía la esperanza de averiguarlo por la tarde, cuando se encontrara con
Rebus. Volvieron a oírse los pasos del joven que entraba arrastrando los pies, ahora
con los brazos colgando y la cara larga.
—¿Y por qué no haces lo mismo que tus amigos? —dijo Holmes en un tono
familiar.
—¿Meterme a trabajar en un banco? —El joven arrugó la nariz—. Yo quería algo
distinto. Estoy estudiando periodismo. Por algo se empieza, ¿no crees?
Y tanto, pensó Holmes pasando otra página. Por algo se empieza.
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que les había cobrado de más. El maître aceptó la reclamación de Andrews e hizo
correcciones en la cuenta con un punta fina, disculpándose encarecidamente.
El restaurante empezaba a vaciarse. La agradable hora del almuerzo había llegado
a su fin para todos los comensales. Rebus se sintió, de repente, abrumado por la
culpa. Se había comido y bebido su parte proporcional de las doscientas libras.
Cuarenta pavos, en otras palabras. Algunos habían comido mejor, y salían del
restaurante armando alboroto y riendo. Viejas historias, puros, caras rojas. McCall,
inoportuno, rodeó los hombros de Rebus con el brazo, señalando con la cabeza a la
gente que se despedía.
—Si solo quedaran cincuenta votantes conservadores en toda Escocia, John,
estarían todos en este restaurante.
—Ya lo creo —dijo Rebus.
Andrews, que volvía de hablar con el maître, los había oído.
—Yo creía que cincuenta conservadores era todo lo que quedaba —dijo.
Allí estaban esas sonrisas silenciosas y seguras, observó Rebus. Me han dado
cenizas por pan, pensó. Cenizas por pan. A su alrededor la ceniza de los puros ardía al
rojo vivo, y, por un instante, pensó que iba a vomitar. Pero entonces McCall tropezó y
Rebus tuvo que sujetarlo hasta que recobró el equilibrio.
—¿Has bebido demasiado, Tommy? —preguntó Carew.
—Solo necesito un poco de aire —dijo McCall—. John me ayudará, ¿verdad,
John?
—Claro —dijo Rebus, encantado de tener una excusa que le sacara de ahí.
McCall se volvió hacia Carew.
—¿Has venido en tu coche nuevo?
Carew negó con la cabeza.
—Lo he dejado en el garaje.
McCall, asintiendo, se volvió hacia Rebus.
—Este gilipollas fardón acaba de comprarse un Jaguar V12 —le explicó—. Unos
cuarenta mil, y no estoy hablando del cuentakilómetros.
Uno de los camareros estaba de pie junto al ascensor.
—Me alegro de volver a verles, caballeros —dijo con una voz tan automática
como las puertas del ascensor, que se cerraron una vez Rebus y McCall estaban
dentro.
—Tendría que haberle detenido —dijo Rebus—, porque nunca antes había estado
aquí, así que no puede alegrarse de volver a verme.
—Este sitio no vale nada —dijo McCall torciendo la cara—. Nada. Si quieres
diversión deberías pasarte una noche por el casino. Di que eres amigo de Finlay. Te
dejarán entrar. Un sitio estupendo.
—Puede que vaya —dijo Rebus mientras las puertas del ascensor se abrían—. En
cuanto me envíen la faja de la tintorería.
McCall no paró de reírse hasta salir del edificio.
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Al salir del edificio por la puerta de acceso del personal, Holmes estaba agarrotado.
El joven, tras acompañarlo por el laberinto de pasillos, ya había regresado dentro, con
las manos en los bolsillos y silbando. Holmes se preguntó si realmente terminaría la
carrera de periodismo. Cosas más raras se habían visto.
Había encontrado las fotografías que buscaba, habían sido publicadas durante tres
miércoles consecutivos en las respectivas ediciones matutinas. Gracias a ellas había
sido posible localizar las copias originales, al dorso de cada una de las cuales había
una etiqueta dorada rectangular que declaraba que eran propiedad de Jimmy Hutton
Estudios Fotográficos. Las etiquetas, benditas sean, venían con una dirección y un
número de teléfono, así que Holmes se permitió el lujo de estirarse, haciendo crujir su
espalda. Pensó en concederse una pinta, pero después de dos horas encorvado sobre
el mostrador del archivo lo último que quería era estar encorvado en la barra de un
bar. Además, ya eran las tres y cuarto. Gracias a un archivo ingenioso pero lento
estaba llegando tarde a la reunión (la primera) con el inspector Rebus. Ignoraba si
Rebus era puntual; temía que fuera muy severo. En fin, si el trabajo hecho hasta ahora
no le alegraba, es que no era humano.
Pero al fin y al cabo era eso lo que se rumoreaba de él.
No es que Holmes creyera en los rumores. Bueno, no siempre.
Resultó que Rebus fue el último en llegar, aunque había llamado con antelación para
avisar y disculparse, lo que ya era algo. Holmes estaba sentado delante de su
escritorio cuando Rebus apareció, quitándose una corbata chillona y arrojándola
dentro de un cajón. Solo entonces se volvió hacia Holmes, le miró fijamente, sonrió y
le estrechó la mano. Holmes le correspondió.
Bueno, eso ya es algo, pensó Rebus: él tampoco es masón.
—Tu nombre de pila es Brian, ¿es así? —dijo Rebus tomando asiento.
—Correcto, señor.
—Bien. Te llamaré Brian, y tú puedes seguir llamándome señor. ¿Te parece bien?
Holmes sonrió.
—Muy bien, señor.
—Vale. ¿Algún progreso?
Holmes empezó por el principio. Mientras hablaba advirtió que, aunque Rebus
hiciera lo imposible por prestarle atención, estaba adormilado. Su poderoso aliento le
llegaba desde el otro lado de la mesa. Cualquier cosa que hubiera bebido durante la
comida le había sentado demasiado bien. Holmes terminó el informe, y esperó a que
Rebus hablara.
Rebus se limitó a asentir con la cabeza, y se quedó en silencio por un rato. ¿Se
estaba recomponiendo? Holmes sintió la necesidad de llenar el vacío.
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—Perdone la pregunta, señor, pero ¿cuál es el problema?
—Haces bien en preguntar —dijo Rebus finalmente. Pero no añadió nada más.
—¿Y bien, señor?
—No lo sé, Brian. Esa es la verdad. Vale, te diré lo que yo sé, y hago hincapié en
«lo que yo sé», porque otra cosa es lo que yo creo, que es mucho pero no es lo mismo
en este caso.
—¿Entonces hay caso?
—Ya me lo dirás tú después de escucharme.
Y este fue el giro de Rebus para exponer su informe, si es que se le podía llamar
informe, recomponiéndolo en su cabeza mientras contaba la historia. Pero lo que
contaba era muy fragmentado y especulativo. Podía ver cómo Holmes se esforzaba en
unir las piezas, tratando de ver el cuadro completo. ¿Acaso había un cuadro que ver?
—Como puedes ver —concluyó Rebus—, tenemos a un yonqui llenito de veneno
autoinfligido y a alguien que se lo proporcionó. Contusiones en el cuerpo, y un
indicio de brujería. Tenemos una cámara desaparecida, un clip de corbata, algunas
fotografías y una novia a la que persiguen. ¿Comprendes cuál es mi problema?
—No hay mucho en lo que basarse.
—Exacto.
—¿Y qué haremos ahora?
Ese «haremos» le llamó la atención. Acababa de darse cuenta de que ya no estaba
solo en esto, fuera lo que fuera «esto». Eso le animó un poco, aunque la resaca ya
estaba haciendo efecto, el sueño aplastándole lentamente las sienes.
—Voy a ver a un tipo que frecuenta un aquelarre —dijo, ahora seguro de cuáles
serían los pasos siguientes—. Y tú visitarás los estudios Hutton.
—Parece razonable —dijo Holmes.
—Ya lo creo, joder —dijo Rebus—. Aquí yo soy el que piensa, Brian. Y tú el
recadero. Llámame luego y dime cómo te fue. Ahora piérdete.
Rebus no quería ser desagradable. Pero había detectado en el joven un tono de
excesiva confianza y complicidad hacia el final de la conversación, y sintió la
necesidad de poner las cosas en su sitio. El error había sido suyo, lo supo en cuanto
Holmes cerró la puerta al salir. El error había sido suyo por hablar demasiado, por
contárselo todo, por ser confidente y por llamar a Holmes por su nombre. Ese
estúpido almuerzo tenía la culpa. Llámame Finlay, llámame James, llámame
Tommy… No tenía importancia, ya se arreglaría. Habían empezado bien, y habían
seguido no tan bien. Las cosas solo podían empeorar, y eso para Rebus era perfecto.
Disfrutaba de los forcejeos y las hostilidades. En esta profesión, eso era una clara
ventaja.
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Brian Holmes salió de la comisaría con las manos en los bolsillos. Los puños
apretados, los nudillos rojos. «Y tú el recadero». Ese había sido un golpe demoledor,
justo cuando había pensado que empezaban a llevarse bien. Casi como personas antes
que como policías. Debiste verlo venir, Brian. En cuanto a la razón oculta detrás de
este caso… En fin, pensar en ello era casi insoportable. Era todo tan inconsistente, tan
personal para Rebus. No se parecía en nada a un trabajo policial. Era un inspector sin
nada que hacer, tratando de rellenar el tiempo jugando a ser Philip Marlowe. Por
Dios, los dos tenían cosas mejores que hacer. Bueno, al menos Holmes. Él no iba a
encabezar una campaña antidrogas regalada. ¡Cómo podían haber elegido a Rebus!
Con su hermano enchironado en Peterhead, esperando para volver a las calles. Había
sido el camello más grande de Fife. Eso debería haber jodido la carrera de Rebus para
siempre, pero en cambio le había procurado un ascenso. Un mundo perverso, sin
duda.
Tenía que visitar al fotógrafo. Quizá de paso podía hacerse unas fotos para el
pasaporte. Hacer las maletas y volar a Canadá, Australia, Estados Unidos. A la
mierda lo de buscar piso. A la mierda la policía. A la mierda el inspector Rebus y su
caza de brujas.
Ya está, hecho.
Rebus había encontrado algunas aspirinas en uno de los cajones revueltos, y las
masticó convirtiéndolas en un polvo amargo mientras bajaba las escaleras. Cagada: ni
siquiera sería capaz de tragar aunque le removieran hasta la última gota de la boca. El
oficial de servicios estaba bebiendo un té en un vaso de poliestireno. Rebus se lo
arrebató y se tragó el líquido tibio. Luego se retorció.
—¿Cuánto azúcar le has puesto, Jack?
—Si hubiera sabido que venías a por té, John, lo habría preparado como a ti te
gusta.
El oficial de servicios siempre tenía una respuesta inteligente, y a Rebus nunca se
le ocurría una réplica a la altura. Devolvió el vaso y se marchó, empalagado de
azúcar.
No volveré a beber una gota, pensaba mientras arrancaba el coche. Lo juro por
Dios, solo una copa de vino de vez en cuando. Eso me lo permito. Se acabó la
indulgencia, se acabó lo de mezclar vino y licores, ¿de acuerdo? Así que dame un
respiro, Señor, libérame de esta resaca. Solo bebí la copa de coñac, tal vez dos copas
de burdeos, una del chablis. Un gin-tonic. No ha sido para tanto, no era como para
meterse en una clínica de desintoxicación.
Las calles estaban muy tranquilas, lo que ya era un respiro. Insuficiente, pero un
respiro al fin y al cabo. Así que no tardó en llegar a Pilmuir, y entonces recordó que
no sabía dónde vivía el jovencito Charlie, la persona con la que tenía que hablar si
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quería localizar un aquelarre. Uno de magia blanca. Quería corroborar la historia de
la brujería. Y la de Charlie. Pero no quería que Charlie se enterara.
Lo de la brujería lo inquietaba. Rebus creía en el bien y el mal, y creía que los
ignorantes podían ser presas fáciles de lo segundo. Entendía bastante de religiones
paganas, había leído por su cuenta libros gruesos y densos que hablaban de ellas. No
le importaba que la gente le rindiera culto a la tierra o lo que fuera. Al final todo
venía a ser lo mismo. Lo que sí le preocupaba era la adoración del mal como una
fuerza, y como algo más que una fuerza: como una entidad. Le disgustaba
especialmente que la gente lo hiciera solo por diversión, sin preocuparse por saber en
qué estaban metidos.
Gente como Charlie. Volvió a acordarse del libro de pinturas de Giger. Satán,
sereno entre dos básculas, con una mujer desnuda a cada lado. Ambas penetradas por
sendos enormes taladros. Satán lleva una cabeza de cabra como máscara…
¿Dónde estaría Charlie? Lo encontraría. Parando a la gente y preguntando.
Llamando a las puertas. Insinuando que habría una represalia en caso de que se le
ocultara información. Haría de gran policía malo si era necesario.
Pero sucedió que no tuvo que hacer nada. Se encontró con dos agentes que
estaban holgazaneando en la puerta de una de las casas con ventanas tapiadas, no
muy lejos de la casa donde había muerto Ronnie. Uno de los agentes estaba hablando
por radio. El otro escribía en una libreta. Rebus paró el coche y se bajó. Entonces
recordó algo, se asomó al interior del coche y sacó las llaves del contacto. Todo
cuidado era poco en ese barrio. De hecho, al instante también cerró la puerta del
copiloto.
Conocía a uno de los agentes. Era Harry Todd, uno de los hombres que había
encontrado a Ronnie. Todd se enderezó al ver a Rebus, pero Rebus le hizo un gesto
para que siguiera con lo suyo, así que Todd siguió hablando por radio. Rebus se fijó
en el otro agente.
—¿Qué pasa aquí?
El agente levantó la vista de la libreta y le lanzó a Rebus una de esas miradas
suspicaces, casi hostiles, que solo gastan los agentes de policía.
—Inspector Rebus —se presentó Rebus. Se preguntó dónde estaba O’Rourke, el
secuaz irlandés de Todd.
—Ah —dijo el agente—. Bueno… —Se dispuso a guardar el bolígrafo—.
Recibimos una llamada por violencia doméstica, señor. En esta casa. Una pelea con
gritos. Pero cuando llegamos el hombre había volado. La mujer todavía está dentro.
Tiene un ojo morado, nada más. En realidad este no es su territorio, señor.
—¿Ah, no? —dijo Rebus—. Bueno, gracias por recordármelo, hijito. Está bien
que me digan cuál es mi territorio y cuál no. Muchas gracias. Por cierto, ¿me darías
permiso para entrar en la casa?
El agente se sonrojó furiosamente, las mejillas de un colorado todopoderoso que
contrastaba con la palidez de su rostro y su cuello. No: ahora hasta su cuello se había
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enrojecido. Rebus lo disfrutaba. Ni siquiera le molestó que detrás del agente y
enfrente de sus narices, Todd contemplara la escena con una sonrisita.
—¿Y bien?
—Lo siento, señor —se disculpó el agente.
—Vale —dijo Rebus y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de que la alcanzara,
alguien la abrió desde dentro: era Tracy. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto, uno
de ellos morado. No parecía sorprendida de ver a Rebus; parecía aliviada, y se arrojó
sobre él, abrazándolo; la cabeza contra su pecho, las lágrimas, brotando de nuevo.
Rebus, sobresaltado e incómodo, le devolvió el abrazo con unas palmaditas en la
espalda: el paternal «No te preocupes, no pasa nada» con que se consuela a una niña
asustada. Giró la cabeza hacia los agentes, que fingieron no darse cuenta de nada.
Entonces un coche se detuvo al lado del suyo, y vio a Tony McCall echar el freno de
mano, abrir la puerta y bajarse, viéndoles a ambos.
Rebus tomó a Tracy por los brazos y la separó un poco, aunque manteniendo
siempre el contacto. Las manos de él sobre los brazos de ella. Ella le miró, luchando
por reprimir el llanto. Finalmente retiró un brazo para secarse las lágrimas. El otro
brazo se relajó y la mano de Rebus cayó, hasta suprimir el contacto. Al menos, de
momento.
—¿John? —Era McCall, que estaba detrás de él.
—¿Sí, Tony?
—¿Por qué de repente mi territorio se ha convertido en tu territorio?
—Solo pasaba por aquí —contestó Rebus.
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—¿De Ronnie? —McCall escuchó la pregunta y observó a Rebus, quien le estaba
incluyendo al tiempo que interrogaba a Tracy. Ella asintió.
—Quizá fue una estupidez, pero necesitaba hablar con alguien.
—¿Y?
—Y empezamos una discusión. Él la empezó. Me dijo que yo era la causa de la
muerte de Ronnie. —Les miró; no era un gesto suplicante, solo intentaba mostrar que
era sincera—. Eso no es cierto. Pero Charlie dijo que yo debería haber cuidado de
Ronnie, conseguir que dejara de drogarse, sacarlo de Pilmuir. ¿Cómo iba a hacerlo?
Él no me habría hecho caso. Yo creía que él sabía lo que estaba haciendo. Nadie
podía convencerle de lo contrario.
—¿Fue eso lo que le dijiste a Charlie?
Ella sonrió.
—No. Es lo que pienso ahora. Siempre pasa lo mismo, ¿no? La respuesta
inteligente se te ocurre cuando la discusión ya ha terminado.
—Sé de lo que hablas, cariño —dijo McCall.
—Así que empezaste una discusión violenta…
—¡Yo no empecé ninguna discusión violenta! —dijo ella a gritos.
—Vale —dijo Rebus tranquilamente—. Charlie empezó a gritarte y tú le
respondiste, luego él te pegó. ¿Fue así?
—Sí. —Ella pareció apagarse.
—¿Y es posible —sugirió Rebus— que tú también le pegaras?
—Yo le di tanto como recibí.
—Esa es mi chica —dijo McCall.
Estaba recorriendo la sala, volviendo los cojines de los sofás, abriendo revistas
viejas, agachándose para tantear cada saco de dormir.
—A mí no me trates con condescendencia, cabronazo —respondió Tracy.
McCall se detuvo y levantó la vista, sorprendido. Luego sonrió y continuó con el
siguiente saco de dormir.
—Ajá —dijo levantando el saco y sacudiéndolo. Del interior cayó una bolsita de
plástico. La recogió, satisfecho—. Un poco de maría convierte una casa en un hogar,
¿no es así?
—Yo no sé nada de eso —dijo Tracy mirando la bolsa.
—Te creemos —dijo Rebus—. Entonces Charlie se largó.
—Sí. Seguro que los vecinos llamaron a la pasma… A la policía. —Evitó
mirarlos a la cara.
—Nos han llamado cosas peores —dijo McCall—. ¿No es así, John?
—Mucho peores. Así que llegaron los agentes y Charlie salió por otra puerta,
¿correcto?
—Sí, por la puerta de atrás.
—Bueno —dijo Rebus—, ya que estamos aquí podríamos echar un vistazo a su
habitación, si es que existe.
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—Buena idea —dijo McCall guardándose la bolsita—. No hay humo sin fuego.
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—Estuvimos en el Eyrie. —McCall silbó—. Por lo de la campaña antidrogas de
Watson.
—Así que Tommy va a aflojar un buen pellizco, ¿no es cierto? Oh, no debería ser
tan duro con él. Me hizo algunos favores en su día.
—A él le hicieron unos cuantos.
McCall se rio amablemente.
—Entonces no ha cambiado en nada. Todavía se lo puede permitir. Su empresa de
transportes camina sola. Solía pasarse allí las veinticuatro horas del día, las cincuenta
y dos semanas del año. Ahora puede tomarse el tiempo libre que quiera. Su contable
le dijo una vez que se tomara un año sabático. Cuestión de impuestos. ¿Te lo
imaginas? Ojalá tú y yo tuviéramos esos problemas, ¿eh, John?
—Ahí llevas razón, Tony. —Rebus seguía sosteniendo la bolsa de supermercado.
McCall la señaló con la cabeza.
—¿Nos servirá?
—Aclara un poco las cosas —dijo Rebus—. Podría pedir que revisaran las
huellas.
—Te diré lo que encontrarán —dijo McCall—. Las del fallecido y las de ese
chico, Charlie.
—Te olvidas de alguien.
—¿De quién?
—De ti, Tony. Cogiste la cámara, ¿recuerdas?
—Ah, lo siento. No lo pensé.
—No pasa nada.
—En cualquier caso ya es algo, ¿no? Algo para celebrar, quiero decir. No sé tú,
pero yo me muero de hambre.
Cuando salieron de la habitación, una columna de libros se desplomó por el suelo
como un dominó abatido. Rebus volvió a abrir la puerta para echar un último vistazo.
—Fantasmas —dijo McCall—. Eso es todo. Solo fantasmas.
No había mucho que ver. No lo que él había esperado. Vale, había un tiesto con una
planta en una esquina, y persianas negras enrollables sobre las ventanas, y hasta un
ordenador acumulando polvo sobre un escritorio de plástico bastante nuevo. Pero con
todo seguía siendo la segunda planta de un bloque de pisos, un espacio diseñado para
vivir y jamás pensado para ser utilizado como despacho, estudio o lugar de trabajo.
Holmes recorría la sala —la llamada «oficina de atención al público»— mientras la
pequeña y bonita secretaria iba a buscar a «Su Alteza». Así le había llamado. Si tu
personal no te tenía en elevada consideración, o si, al menos, no te profesaba un
miedo reverencial, es que en algo te equivocabas. Sin duda alguna, cuando la puerta
se abrió y entró Su Alteza, Holmes tuvo claro que Jimmy Hutton no era trigo limpio.
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Para empezar, ya estaba en la segunda mitad de la cincuentena, y, sin embargo,
todavía le quedaban algunos delgados helechos de pelo que le cubrían la frente casi
hasta los ojos. También llevaba tejanos: un error habitual entre quienes aspiran a
perpetuar su juventud. Y era bajo. Metro cincuenta y ocho, metro sesenta. Holmes
descifró la fina ironía de la secretaria. Su alteza.
El hombre tenía una mirada perturbada, y había dejado la cámara en el dormitorio
del fondo, en el trastero o en cualquiera de los habitáculos de su pequeño piso que
pudiera hacer las veces de estudio. Tendió una mano y Holmes se la estrechó.
—Agente Holmes —se presentó.
Hutton asintió, cogió un cigarrillo del paquete que estaba sobre la mesa de su
secretaria y lo encendió. Ella frunció el ceño, se sentó y se alisó los pliegues de
debajo de su falda ajustada. Hutton todavía no había mirado a Holmes. Sus ojos
reflejaban cierta distracción. Fue hasta la ventana, miró afuera, arqueó el cuello para
liberar un hilo de humo hacia el techo alto y oscuro, y dejó caer la cabeza,
apoyándola contra la pared.
—Tráeme un café, Christine. —Su mirada y la de Holmes se cruzaron
brevemente—. ¿Quiere uno? —Holmes negó con la cabeza.
—¿Está seguro? —preguntó Christine amablemente, volviéndose a levantar de la
silla.
—De acuerdo, sí. Gracias.
Ella salió de la recepción con una sonrisa, camino de la cocina o del cuarto oscuro
para poner a hervir el agua.
—Pues bien —dijo Hutton—. ¿Qué puedo hacer por usted?
Tal era otro rasgo pintoresco del tipo. Tenía una voz aguda, ni chillona ni
afeminada, simplemente aguda. Un poco áspera, como si se hubiera dañado las
cuerdas vocales en su juventud y nunca se le hubieran curado.
—¿El señor Hutton? —Holmes necesitaba estar seguro. Hutton asintió.
—Jimmy Hutton, fotógrafo profesional, a su servicio. ¿Va a casarse y quiere que
le haga un descuento?
—No, no es eso.
—Entonces es por un retrato. ¿Una foto de la novia, tal vez? ¿De mamá y papá?
—No, me temo que es por trabajo. Por mi trabajo, en realidad.
—Pero nada nuevo para mí, ¿verdad? —Hutton sonrió, intercambió otra mirada
con Holmes, volvió a llevarse el cigarrillo a la boca—. Podría hacerle un retrato,
¿sabe? Tiene una barbilla marcada y bonita, unos pómulos decentes. Con la
iluminación apropiada…
—No, se lo agradezco. Odio que me saquen fotos.
—No estoy hablando de fotos. —Hutton se desplazó, rodeando la mesa—. Estoy
hablando de arte.
—Justamente por eso he venido.
—¿Cómo dice?
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—Por el arte. Estaba impresionado con algunas fotografías suyas que vi en un
periódico. Me preguntaba si usted podría ayudarme.
—Veamos.
—Se trata de una persona desaparecida. —Holmes no era un gran mentiroso. Le
zumbaban las orejas cada vez que contaba un embuste. No era un gran mentiroso,
pero sí uno bueno—. Un joven llamado Ronnie McGrath.
—El nombre no me suena.
—Quería ser fotógrafo, por eso me preguntaba…
—¿Qué se preguntaba?
—Si alguna vez vino a verlo. Ya sabe, para pedirle consejo y ese tipo de cosas. Al
fin y al cabo usted tiene un nombre. —Demasiado obvio. Holmes podía presentirlo:
Hutton estaba a punto de darse cuenta de cuál era el juego. Pero al final venció la
vanidad.
—Bueno —dijo el fotógrafo, apoyándose en la mesa y cruzándose de brazos y de
piernas, seguro de sí mismo—. ¿Qué aspecto tenía ese Ronnie?
—Más bien alto, pelo corto castaño. Le gustaba explorar espacios. Ya sabe, esa
clase de cosas, el castillo, Calton Hill…
—¿Usted también es fotógrafo, inspector?
—Solo soy un agente. —Holmes sonrió, complacido por el error. Luego cayó en
la cuenta: ¿y si Hutton le estaba tendiendo la trampa de la vanidad?—. Y la verdad es
que no, nunca me he dedicado a la fotografía. Solo fotos en vacaciones, esa clase de
cosas.
—¿Azúcar? —Christine asomó la cabeza a la puerta, dedicando otra sonrisa a
Holmes.
—No, gracias —dijo él—. Solo leche.
—En el mío pon una gota de whisky —dijo Hutton—. Es un amor. —Guiñó un
ojo en dirección a la puerta mientras se cerraba—. La verdad es que me suena, tengo
que admitirlo. Ronnie… Fotografías del castillo. Sí, sí. Recuerdo a un muchacho que
venía por aquí, vaya pelmazo. Yo llevaba tiempo armando mi portafolio. Necesitaba
estar totalmente concentrado en el trabajo. Y él siempre aparecía y preguntaba por
mí, quería enseñarme su trabajo. —Hutton levantó las manos, como excusándose—.
Todos fuimos jóvenes alguna vez. Ojalá hubiera podido ayudarle. Pero no tenía
tiempo, no en aquel momento.
—¿No le prestó ninguna atención a su trabajo?
—No, no tenía tiempo, como le digo. Después de unas semanas, dejó de venir.
—¿Cuánto hace?
—Hace algunos meses. Tres o cuatro.
La secretaria apareció con los cafés. Holmes pudo percibir el olor a whisky que
flotaba sobre la taza de Hutton, y sintió celos y rechazo a partes iguales. Sin embargo
la entrevista iba bien encaminada. Era el momento de tomar un desvío.
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—Gracias, Christine —dijo, y ella se mostró complacida con el trato familiar.
Acto seguido se sentó y encendió un cigarrillo. Holmes estuvo tentado de darle fuego,
pero se contuvo.
—Mire —dijo Hutton—. Me gustaría ayudarle, pero…
—Es un hombre ocupado. —Holmes asintió en un gesto de comprensión—. De
verdad le agradezco que me esté concediendo parte de su tiempo. En cualquier caso,
ya estaba terminando. —Tomó un sorbo del café, que estaba hirviendo, y no se
atrevió a escupirlo en la taza, de modo que se lo tragó con gran esfuerzo.
—Muy bien —dijo Hutton retirando su peso del borde de la mesa.
—Ah —se anticipó Holmes—. Una cosa más. Simple curiosidad. ¿Hay alguna
posibilidad de que le eche un vistazo a su estudio? Nunca antes he estado en un
estudio de verdad.
Hutton miró a Christine, que encubrió su sonrisa con los dedos, mientras fingía
darle una calada a su cigarrillo.
—Claro —dijo él, también sonriente—. ¿Por qué no? Adelante.
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—Soy artista, como puede ver, y también retratista.
—Está bien —dijo Holmes, volviendo a asentir.
—No es ilegal, ¿verdad?
—No lo creo. —Se acercó a la ventana totalmente cubierta y echó un vistazo
afuera a través de una pequeña abertura—. A menos que moleste a los vecinos.
—Los vecinos hacen cola —dijo Hutton acercándose a la ventana y mirando
afuera—. Por eso tuve que poner estas cortinas. Porque eran unos jodidos guarros.
Mujeres y hombres se amontonaban delante de esa ventana. —Señaló la ventana del
último piso del edificio de enfrente—. Un día los pillé y les hice un par de fotos con
la cámara a motor. No les gustó.
Se apartó de la ventana. Holmes estaba curioseando en las fotografías de las
paredes, señalaba una u otra y dirigía sus cumplidos a un Hutton encantado, que
caminaba a su lado para aclararle detalles y trucos.
—Esa es buena —dijo Holmes, señalando una foto del castillo de Edimburgo
sumergido en la neblina. Era casi idéntica a la que había visto en el periódico, la
hermana gemela de la que colgaba en la habitación de Ronnie. Hutton se encogió de
hombros.
—Esa no vale nada —dijo apoyando una mano en el hombro de Holmes—. Por
aquí, échele una ojeada a algunos de mis desnudos.
En una esquina de la habitación, clavadas en una pared, había un grupo numeroso
de fotografías en blanco y negro de veinticinco por dieciocho. Hombres y mujeres, no
todos jóvenes o guapos. Pero bien retratados. De un modo incluso artístico, supuso
Holmes.
—Estas son las mejores —dijo Hutton.
—¿Las mejores o las de mejor gusto?
Holmes intentó que el comentario no sonara muy crítico, pero aun así el buen
humor de Hutton se desvaneció. Fue hasta una cómoda grande y abrió el cajón
superior, de donde sacó un montón de fotografías que arrojó al suelo.
—Mírelas. No son pornográficas. No encontrará nada sucio, asqueroso ni
obsceno. Son solo cuerpos. Cuerpos posando.
Holmes miraba las fotografías sin prestarles demasiada atención.
—Lo siento si le ha parecido que yo…
—Olvídelo. —Hutton se dio la vuelta, colocándose de cara al modelo masculino.
Se frotó los ojos, los hombros caídos—. Es solo que estoy cansado. No era mi
intención contestarle así. Solo estoy cansado.
Holmes miró a Arnold por encima del hombro de Hutton, y en ese momento,
como no había manera de hacerlo disimuladamente, se agachó, recogió una fotografía
del montón y se la guardó en el bolsillo de su chaqueta mientras volvía a
incorporarse. Arnold lo vio, por supuesto, y Holmes apenas tuvo tiempo de guiñarle
un ojo con complicidad antes de que Hutton se volviera hacia él.
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—La gente cree que es fácil, esto de pasarse el día haciendo fotos —dijo Hutton.
Holmes se arriesgó a mirar por encima del hombro del fotógrafo y vio a Arnold que
lo apuntó agitando el dedo. Pero el joven le sonreía con malicia. No iba a decir nada
—. La verdad es que no paras de pensar —continuó Hutton—. Cada minuto del día,
cada vez que observas algo, cada vez que usas tu mirada. Todo es material,
¿entiende?
Holmes ya estaba junto a la puerta, dispuesto a no demorarse más.
—Sí, en fin, será mejor que le deje seguir trabajando —dijo.
—Oh —dijo Hutton, como despertando de un sueño—. Sí, vale.
—Gracias por su colaboración.
—De nada.
—Adiós, Arnold —dijo Holmes levantando la voz, y cerró la puerta para largarse.
—Sigamos —dijo Hutton. Miró las fotografías en el suelo—. Échame una mano
con esto, Arnold.
—Tú mandas.
Mientras volvían a guardar las fotografías en el cajón, Hutton comentó:
—Majo para ser poli.
—Sí —dijo Arnold, desnudo y con las manos llenas de papeles—. No se parecía
en nada a esos cerdos de gabardina.
Y aunque Hutton le preguntó a qué se refería, Arnold simplemente se encogió de
hombros. Después de todo no era asunto suyo. Aunque era una lástima que el policía
fuera heterosexual. Qué desperdicio.
Holmes se quedó un rato de pie en la calle. Por algún motivo estaba temblando, como
si le hubiesen incrustado un pequeño motor en algún lugar de su interior. Apoyó una
mano sobre su pecho. Un ligero soplo en el corazón, nada más. Todo el mundo tiene
soplos, ¿no es cierto? Sentía que acababa de cometer una falta; que, en realidad, es lo
que acababa de hacer. Se había apropiado de algo sin el conocimiento ni el
consentimiento de su dueño. ¿Era eso un robo? De pequeño había robado en tiendas,
y luego se deshacía de todos sus botines. Bah, todos los niños lo hacían, ¿no es
cierto?… ¿No es cierto?
Sacó del bolsillo su último hurto. La fotografía estaba arrugada, pero la alisó entre
sus manos. Pasó una mujer empujando un cochecito de bebé, vio la fotografía y le
dedicó una mirada de indignación. No pasa nada, señora, soy policía. Sonrió al
pensarlo, y volvió a mirar la foto. Era un poco picante, nada más. Se veía a una mujer
joven, tumbada sobre algo que parecía ser seda o satén. Fotografiada desde arriba
mientras estaba despatarrada sobre la tela. La boca abierta de niña enfadada, los ojos
entrecerrados en una mueca impostada de éxtasis. Estaba muy visto. Aunque lo más
interesante era la identidad de la modelo.
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Para Holmes no cabía duda de que era Tracy, la chica que aparecía en las fotos
que había encontrado en la casa ocupada. La misma cuyos antecedentes estaba
tratando de averiguar. La novia del fallecido. Posando sin ropa, en una actitud
descarada, disfrutándolo.
¿Qué era lo que lo hacía regresar una y otra vez a esa casa? Rebus no lo sabía.
Iluminó una vez más la pintura de Charlie con su linterna, tratando de descifrar la
mente de su creador. ¿Pero por qué trataba de entender a un despojo como Charlie?
Tal vez por la sensación en aumento de que estaba absolutamente involucrado en el
caso.
—¿Qué caso?
Finalmente lo había dicho en voz alta. ¿Qué caso? No había caso, no en el sentido
en que cualquier juzgado de lo penal lo entendería. Había implicados, delitos,
preguntas sin respuesta. Incluso ilegalidades. Pero no había caso. Eso era lo
frustrante. Si tan solo hubiera un caso, algo lo bastante estructurado y tangible a lo
que aferrarse, algunas pruebas que pudiera presentar y decir: «Mirad, ahí lo tenéis».
Pero no había nada de eso. Era todo tan insustancial como la cera de una vela. Pero, a
fin de cuentas, la cera también dejaba rastro, ¿verdad que sí? Nada había
desaparecido nunca sin dejar rastro… Al contrario, las cosas cambiaban de forma, de
fondo, de significado. Una estrella de cinco puntas en el interior de dos círculos
concéntricos no era nada en sí misma. Para Rebus representaba tan poco como la
estrella de sheriff que había tenido de niño. La chapa del representante de un estado
de latón, con un revólver de plástico enfundado en su pistolera.
Para otros representaba el mal.
Le dio la espalda a la estrella de cinco puntas, se acordó del orgullo con que había
llevado su chapa de latón, y subió las escaleras. Pasó por el sitio donde había
encontrado el clip de corbata, entró en la habitación de Ronnie, se acercó a la ventana
y miró hacia afuera a través de una hendidura en las tablas que cubrían el cristal. El
coche se había detenido no muy lejos del suyo. El mismo coche que lo había seguido
desde la comisaría. El mismo Ford Escort que lo había esperado al salir de su casa, el
que había salido estridentemente. Ahora estaba allí, aparcado junto al Cortina
carbonizado. El coche estaba allí, y también su conductor. Aunque no dentro del
coche.
Le bastó con oír el crepitar del suelo de madera para saber que tenía a su
perseguidor detrás.
—Tienes que conocer muy bien este sitio —dijo—. Has conseguido no pisar las
más ruidosas.
Se dio la vuelta y alumbró con la linterna la cara de un hombre joven de pelo
corto y oscuro. El hombre se protegió los ojos del resplandor, y Rebus iluminó la
parte inferior de su cuerpo.
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Vestía el uniforme de oficial de policía.
—Tú debes de ser Neil —dijo Rebus—. ¿O te gusta más Neilly?
Dejó la linterna en el suelo. Había suficiente luz para ver y ser visto. El joven
asintió.
—Neil está bien. Solo mis amigos me llaman Neilly.
—Y yo no soy tu amigo —dijo Rebus asintiendo—. Pero Ronnie sí lo era,
¿verdad?
—Él era más que eso, inspector Rebus —dijo el agente entrando en la habitación
—. Él era mi hermano.
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piso, así podría demostrarles algo a los viejos. Después dejó de escribirme. Yo acabé
el instituto y me alisté en la policía.
—Y viniste a Edimburgo.
—No enseguida, pero sí luego.
—¿Para encontrarlo?
Neil sonrió.
—Qué va. Yo también me había olvidado de él. Tenía que pensar en mí.
—¿Y qué pasó?
—Lo pillé una noche, mientras patrullaba.
—¿Por dónde?
—Tengo mi base en Musselburgh.
—¿Musselburgh? Eso no está precisamente a un paso de aquí, ¿verdad? ¿Qué
quieres decir con que le pillaste?
—Bueno, no le pillé, no estaba haciendo nada. Pero iba muy colocado, y le
acababan de meter una paliza.
—¿Te dijo qué había estado haciendo?
—No, pero podía imaginármelo.
—¿Qué?
—Hacía de chapero en Calton Hill, así que recibía.
—Es curioso, alguien ya me lo mencionó.
—Eso pasa. Dinero rápido para gente a la que nada le importa una mierda.
—¿Así que a Ronnie nada le importaba una mierda?
—A veces no. Otras veces… No lo sé, quizá no le conocía tanto como pensaba.
—Así que empezaste a visitarlo.
—Aquella noche tuve que llevarlo a casa. Regresé al día siguiente. Se sorprendió
al verme, ni siquiera recordaba que le había llevado la noche anterior.
—¿Intentaste alejarlo de las drogas?
Neil se quedó en silencio. La puerta chirrió.
—Al principio sí —dijo finalmente—. Pero parecía tenerlo controlado. Suena
estúpido, lo sé, después de haber dicho cómo lo encontré la primera noche, pero eso
era una decisión suya, al fin y al cabo, como él siempre se encargó de recordarme.
—¿Qué pensaba de tener un hermano policía?
—Le parecía raro. Eso sí, nunca venía por aquí con el uniforme.
—Hasta esta noche.
—Así es. En cualquier caso, sí, le visité algunas veces. Casi siempre nos
quedábamos aquí. Él no quería que nadie me viera. Tenía miedo de que descubrieran
mi olor a cerdo.
Rebus sonrió.
—¿No serás tú el que anda siguiendo a Tracy, verdad?
—¿Quién es Tracy?
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—La novia de Ronnie. Anoche apareció en mi piso. Unos tipos la habían estado
siguiendo.
Neil negó con la cabeza.
—Yo no.
—Pero estabas anoche en la puerta de mi casa.
—Sí.
—Y estuviste aquí la noche en que murió Ronnie. —Demasiado directo, pero a la
vez necesario. Neil paró de jugar con el picaporte, y esta vez se quedó en silencio
durante veinte o treinta segundos, hasta respirar hondo.
—Estuve un rato, sí.
—Te dejaste esto. —Rebus le enseñó el clip brillante de la corbata, pero Neil no
alcanzaba a verlo a la luz de la linterna. No es que tuviera que verlo para saber qué
era.
—¿El clip de mi corbata? Me preguntaba dónde estaba. Aquel día mi corbata se
rompió, la llevaba en el bolsillo.
Rebus no hizo ademán de entregarle el clip. Al contrario, se lo volvió a meter en
el bolsillo. Neil asintió, comprendiendo.
—¿Por qué me seguías?
—Quería hablar con usted. Solo que no conseguía armarme del valor necesario.
—¿No querías que tus padres se enteraran de que Ronnie había muerto?
—Así es. Pensaba que quizá no conseguirías averiguar su identidad, pero lo
hiciste. No sé cómo les afectará a mis padres. Creo que en el peor de los casos se
quedarán tranquilos, sabrán que llevaban razón desde el principio, que hicieron bien
en no pensárselo dos veces.
—¿Y en el mejor de los casos?
—¿El mejor de los casos? —Neil miró a través de la penumbra, buscando los ojos
de Rebus—. Aquí no hay mejor caso.
—Supongo que no —dijo Rebus—. Pero todavía hay que avisarles.
—Lo sé. Lo sabía desde el principio.
—¿Entonces por qué me has estado siguiendo?
—Porque ahora usted está más cerca de Ronnie que yo. No sé por qué está tan
interesado en él, pero es obvio que lo está. Y eso me interesa. Quiero que encuentre al
que le vendió el veneno.
—Esa es mi intención, no te preocupes.
—Y quiero ayudar.
—Esa es la primera estupidez que dices, lo que no está mal para un agente. La
verdad, Neil, es que serías el coñazo más grande que podría tocarme. De momento
tengo toda la ayuda que necesito.
—Demasiados cocineros, ¿es eso?
—Algo así. —Rebus decidió que la confesión se había acabado, que ya casi todo
estaba dicho. Se apartó de la ventana caminando hacia la puerta, y se detuvo delante
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de Neil—. Ya me has dado bastante la lata. No hueles a cerdo, hueles a pescado. A
arenque, para ser preciso. Y adivina de qué color es el arenque.
—Dígamelo.
—Rojo, chaval, rojo.
Se oyó un ruido abajo, la presión sobre las tablas del suelo, un sistema más eficaz
que cualquier alarma de infrarrojo. Rebus apagó la linterna.
—Quédate aquí —susurró. Luego fue hasta lo alto de la escalera—. ¿Quién anda
ahí? —Una sombra apareció debajo de él. Encendió la linterna y vio los ojos
entrecerrados de Tony McCall.
—Joder, Tony. —Rebus empezó a bajar las escaleras—. Vaya susto me has dado.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo McCall—. Lo sabía.
Tenía la voz nasal, y Rebus pensó que desde que se habían separado hacía unas
tres horas McCall había estado bebiendo sin parar. Rebus hizo un alto en mitad de la
escalera, se dio la vuelta y volvió a subir.
—¿Y ahora adónde vas? —preguntó McCall.
—A cerrar la puerta —dijo Rebus. Cerró la puerta de la habitación, dejando a
Neil dentro—. No queremos que los fantasmas se resfríen, ¿verdad?
McCall se reía mientras Rebus volvía a bajar las escaleras.
—Pensaba que podríamos tomarnos una copita —dijo—. Y nada de esa mierda
sin alcohol que estabas bebiendo antes.
—Me parece bien —dijo Rebus, conduciendo hábilmente a McCall hacia la
puerta principal—. Vamos. —Y cerró la puerta con llave, suponiendo que el hermano
de Ronnie conocería cualquiera de las fáciles maneras de entrar y salir de la casa. Al
fin y al cabo todo el mundo parecía conocerlas.
Todo el mundo.
—¿Dónde vamos? —preguntó Rebus—. No habrás venido conduciendo hasta
aquí, Tony.
—Me ha traído un coche patrulla.
—Vale. Cogeremos mi coche.
—Podemos ir a Leith.
—No, prefiero algo más céntrico. En Regent Road hay algunos pubs que están
bien.
—¿Por Calton Hill? —McCall se quedó sorprendido—. Hostias, John, se me
ocurren sitios mejores adonde ir.
—A mí no —dijo Rebus—. Venga.
Nell Stapleton era la novia de Holmes. A Holmes siempre le habían seducido las
mujeres altas, una fijación cuyo origen era su madre, que medía metro setenta y ocho.
Nell era casi dos centímetros más alta que su madre, pero aun así él la quería.
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Nell era más inteligente que Holmes. O, como a él le gustaba pensar, cada uno lo
era más que el otro dependiendo del campo. Nell podía resolver el crucigrama del
Guardian en menos de un cuarto de hora si tenía un buen día. Sin embargo tenía
problemas con la aritmética y para recordar nombres: los puntos fuertes de Holmes.
La gente decía que hacían buena pareja, que se les veía bien juntos, lo que
probablemente era cierto. Además, se sentían bien viviendo de acuerdo con algunas
sencillas normas: no hablar de matrimonio, no pensar en niños, no proponer irse a
vivir juntos, y, por supuesto, nada de infidelidades.
Nell trabajaba de bibliotecaria en la Universidad de Edimburgo, una vocación que
a Holmes le venía muy bien. Hoy, por ejemplo, le había pedido que le buscara
algunos libros sobre ocultismo. No solo se los consiguió, sino que además le facilitó
un par de tesis que él podía leer en la biblioteca. También había conseguido una
bibliografía impresa de publicaciones relevantes, que le había entregado en el pub
donde se encontraron por la tarde.
La zona del puente de los suspiros estaba siempre concurrida a mitad de semana y
a media tarde, ya que allí se encontraban la mayoría de los bares del centro. La
brigada de oficinistas que se tomaban una cerveza después del trabajo ya había
cogido sus abrigos para marcharse, mientras que la multitud que iba a reemplazarles
de noche todavía tenía que coger los autobuses desde la periferia hasta el centro de la
ciudad. Nell y Holmes estaban sentados en una mesa apartada, lejos de los
videojuegos, aunque demasiado cerca de uno de los altavoces. Holmes pidió otra
media pinta para él, un zumo de naranja y una botella de Perrier para Nell, y preguntó
en la barra si podían bajar el volumen.
—Lo siento, no puedo. A los clientes les gusta.
—Nosotros también somos clientes —insistió Holmes.
—Tendrás que hablar con el encargado.
—Vale.
—Todavía no ha llegado.
Holmes le lanzó una mirada de desprecio a la camarera antes de regresar a la
mesa. Una vez allí, se quedó petrificado. Nell le había abierto la cartera y
contemplaba la fotografía de Tracy.
—¿Quién es? —preguntó cerrando la cartera mientras él dejaba su bebida sobre la
mesa.
—Es parte de un caso en el que estoy trabajando —respondió fríamente,
volviendo a sentarse—. ¿Quién te ha dicho que puedes abrir mi cartera?
—Regla número siete, Brian. Nada de secretos.
—De todas formas…
—Es guapa, ¿no?
—¿Qué? En realidad no…
—La he visto en la universidad.
Aquí se interesó.
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—¿La has visto?
—Ajá. En la cafetería de la biblioteca. La recuerdo porque parecía un poco mayor
que los estudiantes con los que estaba.
—¿Entonces estudia allí?
—No necesariamente. Cualquiera puede entrar en la cafetería. En la biblioteca
solo los estudiantes, pero no recuerdo haberla visto allí. Solo en la cafetería. ¿Y qué
ha hecho?
—Nada, al menos que yo sepa.
—¿Entonces por qué llevas una foto de ella desnuda en tu cartera?
—Es parte del trabajo que estoy haciendo para el inspector Rebus.
—Así que coleccionas fotos guarras para él.
Ella finalmente sonrió, y él también. La sonrisa se esfumó cuando Rebus y
McCall entraron en el pub, riéndose de algún chiste mientras se dirigían a la barra.
Holmes no quería que Rebus y Nell se conocieran. Se esforzaba por olvidar su vida
de policía cuando se encontraba con ella en el pub por las tardes (a pesar de algunos
favores, como la bibliografía sobre ocultismo). Además estaba pensando en mantener
a Nell como un as en la manga, y disponer de una lista de libros para pasarle a Rebus
si fuera necesario.
Ahora era como si Rebus fuera a estropearlo todo. Y había algo más, otra razón
por la que no quería que Rebus se acercara a su mesa. Tenía miedo de que le llamara
«recadero».
Clavó los ojos en la mesa cuando Rebus paseó su mirada por el bar con un solo
movimiento de cabeza, y se sintió aliviado al ver que los dos superiores, después de
que les sirvieran sus bebidas, se alejaban en dirección a la remota mesa de billar,
donde iniciaron una nueva discusión sobre quién tenía que poner las monedas para la
partida.
—¿Qué ocurre?
Nell lo estaba mirando fijamente. Para eso había tenido que descender a su nivel y
apoyar la cabeza sobre la mesa.
—Nada. —Se volvió para mirarla, ofreciendo al resto del bar un perfil rígido—.
¿Tienes hambre?
—Pues sí, un poco.
—Dios, yo también.
—Dijiste que ya habías comido.
—No mucho. Vamos, te invito a un indio.
—Déjame acabar el zumo. —Ella lo hizo en tres tragos, y salieron juntos, la
puerta cerrándose silenciosamente a sus espaldas.
—¿Cara o cruz? —preguntó Rebus lanzando una moneda al aire.
—Cruz.
Rebus miró la moneda.
—Cruz. Tú rompes.
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Mientras McCall colocaba su taco en posición sobre la mesa, cerrando un ojo
para enfocar el triángulo de bolas al otro lado, Rebus tenía la vista clavada en la
puerta del pub. Está bien, pensó. Holmes estaba fuera de servicio, y estaba con una
chica. Suponía que eso le daba derecho a ignorar a su superior. Tal vez no tuviera
nada nuevo, nada de lo que informarle. Aunque lo cierto es que la escena completa
era un desaire. Antes le había soltado una sarta de insultos a Holmes, y ahora Holmes
estaba enfadado.
—Tu turno, John —dijo McCall, que había roto sin meter.
—Lo que tú digas, Tony —reaccionó Rebus poniéndole tiza a la punta de su taco
—. Lo que tú digas.
Mientras Rebus se preparaba para tirar, McCall se puso a su lado.
—Este debe de ser el único pub hetero de toda la calle —le dijo en voz baja.
—¿Conoces el significado de «homofobia», Tony?
—No me malinterpretes, John —dijo McCall enderezándose y viendo cómo la
bola escogida por Rebus no entraba en el agujero—. Cada uno a lo suyo y todo ese
rollo, me parece bien. Pero algunos de esos pubs y discotecas.
—Parece que conoces muchos.
—No, qué va. Es solo lo que se dice por ahí.
—¿Quién lo dice?
McCall metió una rayada, luego otra.
—Venga, John. Conoces Edimburgo tan bien como yo. Todo el mundo conoce el
mundillo gay de aquí.
—Como bien dices, Tony, cada uno a lo suyo. —De repente Rebus oyó una voz
en su cabeza: «Eres el hermano que nunca tuve». No, no, quita. Antes había
frecuentado demasiado esa zona. McCall falló el siguiente tiro y Rebus se acercó a la
mesa.
—¿Cómo consigues —dijo después de que le resbalara el taco— jugar tan bien
después de haber bebido tanto?
McCall lanzó una risita.
—El alcohol cura los tembleques —dijo—. Así que acábate esa pinta que te
pediré otra. Un regalo mío.
James Carew creía que se merecía su regalo. Había vendido una propiedad grande en
las afueras de Edimburgo al director financiero de una compañía nueva en Escocia, y
una pareja de arquitectos —escoceses de nacimiento, pero que se habían trasladado a
Sevenoaks, en Kent— acababa de hacer una oferta bastante más alta de lo previsto
por una finca de siete acres en los Borders. Un buen día. De ninguna manera el mejor,
pero igualmente merecía una celebración.
Carew poseía un pied à terre en una de las calles georgianas más bonitas de la
Ciudad Nueva, y una casa rural con algunos acres de terreno en la Isla de Skye. Eran
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buenos tiempos para él. Londres se estaba trasladando hacia el norte, y un puñado de
inversores que habían hecho mucho dinero con las propiedades vendidas en el
sudeste llegaban ahora con mucho dinero dispuestos a comprar algo más grande y
mejor.
Salió de sus oficinas en George Street a las seis y media, y regresó a su piso.
¿Piso? Parecía un insulto llamarlo así: cinco habitaciones, salón, comedor, dos baños,
una cocina idónea, con armario empotrado del tamaño de un apartamento en
Hammersmith… Carew estaba en el lugar perfecto, en el único lugar, y en la época
adecuada. Era un año al que había que agarrarse, que había que abrazar, distinto a
cualquier otro. Se quitó el traje en su dormitorio, se duchó y se vistió con ropa más
informal, igualmente ostentosa. Si bien había regresado a casa andando, necesitaba el
coche para la noche. Estaba aparcado en un garaje en una callejuela de detrás de su
casa. Las llaves estaban colgadas en la cocina. ¿Era el Jaguar un lujo? Sonrió,
cerrando el piso con llave al salir. Tal vez lo era. Pero su lista de lujos era larga, y
seguiría creciendo.
Rebus se quedó con McCall hasta que llegó el taxi. Rebus le dio al taxista la
dirección de McCall, y vio al taxi alejarse. Maldita sea, él también estaba un poco
mareado. Regresó al pub y fue al lavabo. Ahora en la barra había más gente, y la
máquina de discos sonaba más fuerte. Los camareros habían aumentado de uno a tres,
y trabajaban duro para arreglárselas. El lavabo era un refugio de baldosas, aislado del
humo de los cigarrillos. El desinfectante con olor a pino penetró en las fosas nasales
de Rebus mientras se inclinaba sobre el lavamanos. Alcanzó sus amígdalas con un
par de dedos, hasta que se provocó una arcada y vomitó media pinta de cerveza, y
luego otra media. Respiró hondo, sintiéndose un poco mejor, y se lavó bien la cara
con agua fría. Luego se secó con un puñado de toallitas de papel.
—¿Estás bien? —le preguntó alguien que no parecía realmente solidario. Alguien
que acababa de abrir la puerta y estaba buscando el urinario más próximo.
—Mejor que nunca —respondió Rebus.
—Eso es bueno.
¿Bueno? Eso no lo sabía, pero al menos su mente estaba más despejada, el mundo
mejor enfocado. Tenía dudas sobre si superaría una prueba de alcoholemia, y más le
valía que así fuera, ya que la próxima escala era su coche, que estaba aparcado en una
callecita oscura. Seguía sin entender cómo Tony McCall, tambaleándose después de
media docena de pintas, podía seguir jugando al billar con la mirada fija y el pulso
firme. Ese hombre era un milagro. Le había ganado seis partidas consecutivas. Y
Rebus lo había intentado. Especialmente hacia el final. Después de todo no estaba
bien que un hombre que apenas podía mantenerse en pie fuera capaz de meter una
bola tras otra, ganando limpiamente y celebrando a gritos otra victoria. No estaba
bien. No sentaba bien.
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Eran las once, quizá todavía un poco temprano. Se concedió un cigarrillo en el
coche aparcado, con la ventanilla abierta, captando los sonidos del mundo a su
alrededor. Los verdaderos sonidos de la noche: tráfico, voces estridentes, risas, los
zapatos sobre el adoquín. Un cigarrillo, nada más. Luego arrancó el coche y empezó a
conducir lentamente recorriendo el kilómetro de distancia que le separaba de su
destino. Todavía quedaba un poco de luz en el cielo, típico del verano de Edimburgo.
Sabía que más al norte nunca oscurecía de verdad en esta época del año.
Pero la noche podía ser oscura de otras maneras.
Al primero lo vio de pie en la acera delante del edificio del parlamento escocés.
No había razón para que ese adolescente estuviera allí. Era improbable quedar con
amigos a esa hora de la noche, y la parada más cercana de autobús estaba a un
kilómetro dirección Waterloo Place. Allí estaba el chaval, fumando, con un pie
levantado y apoyado en el muro de piedra que tenía a su espalda. Miró a Rebus
cuando redujo con el coche, y hasta echó la cabeza un poco hacia delante para
escudriñar dentro, para examinarle. A Rebus le pareció distinguir una sonrisa, pero no
estaba seguro. Más adelante giró y dio la vuelta. Otro coche se había parado al lado
del muchacho, y se estaba produciendo una conversación. Rebus siguió de largo. Del
mismo lado del camino había dos chavales conversando frente al edificio del
gobierno escocés. Un poco más allá había una hilera de tres coches estacionados
delante del cementerio de Calton. Rebus dio otra vuelta, aparcó cerca de los coches, y
echó a andar.
La noche era fresca. Sin nubes en el cielo. Soplaba una brisa ligera, nada más. El
chaval que estaba frente al parlamento se había largado en el coche. Ahora no había
nadie allí. Rebus cruzó la calle, se detuvo junto al muro y esperó, aguardando el
momento propicio. Un par de coches pasaron por delante de él lentamente, los
conductores girándose para mirarle. Pero ninguno se detuvo. Trató de memorizar las
matrículas, sin saber muy bien por qué.
—¿Tienes fuego, jefe?
Era joven, dieciocho o diecinueve años como mucho. Vestía tejanos, zapatillas de
deporte, una camiseta amorfa y una chaqueta vaquera. La cabeza rapada, el rostro
bien afeitado pero con cicatrices de acné. Llevaba dos pendientes dorados en la oreja
izquierda.
—Gracias —dijo cuando Rebus le pasó una caja de cerillas. Y luego—: ¿Qué
hay? —lanzando a Rebus una mirada divertida antes de encender el cigarrillo.
—No mucho —dijo Rebus volviendo a coger las cerillas. El joven echó el humo
por la nariz. No parecía que fuera a marcharse. Rebus se preguntó si había algún
código que debería emplear. Su fina camisa se le pegaba a la piel, pese a que tenía la
piel de gallina.
—Bah, por aquí nunca pasa nada. ¿Te apetece una copa?
—¿A esta hora? ¿Dónde?
El joven movió la cabeza señalando vagamente una dirección.
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—En el cementerio Calton. Allí siempre puedes tomarte una copa.
—No, te lo agradezco. —Rebus se horrorizó al percibir el rubor en su cara.
Esperó que la luz de la calle lo ocultara.
—Vale. Nos vemos. —El joven empezó a alejarse.
—Sí —dijo Rebus, aliviado—. Nos vemos.
—Y gracias por el fuego.
Rebus lo miró marcharse, caminando despacio, con aire resuelto, girándose cada
vez que parecía que un coche se acercaba. A unos cien metros cruzó la calle y
regresó, sin prestar atención a Rebus, pensando en otras cosas. A Rebus le pareció
que el chico estaba triste, solo, sin duda no era un embaucador. Pero tampoco una
víctima.
Rebus se quedó mirando fijamente el extenso muro del cementerio Calton,
interrumpido solo por las verjas de metal. Una vez había llevado allí a su hija para
enseñarle las tumbas de los célebres —David Hume, el editor Archibald Constable, el
pintor David Allan— y la estatua de Abraham Lincoln. Ella le había preguntado por
unos hombres que caminaban a paso enérgico por el cementerio, las cabezas
inclinadas. Un hombre adulto y dos muy jóvenes. Rebus también se había preguntado
por ellos. Pero sin darle mucha importancia.
No, no podía hacerlo. No podía entrar allí. No es que le diera miedo. Eso no, ni
hablar, ni siquiera un poco. Era solo que… No tenía ni idea. Pero volvía a sentirse
mareado, inestable. Regresaré al coche, pensó.
Y regresó al coche.
Llevaba un minuto en el asiento del conductor, fumando otro cigarrillo con aire
pensativo, cuando lo vio por el rabillo del ojo. Se giró hacia donde el chico estaba
sentado; no, sentado no, en cuclillas apoyado contra un muro bajo. Rebus apartó la
mirada y siguió fumando. Entonces el chico se puso de pie y caminó hasta el coche.
Golpeó la ventanilla del pasajero. Rebus respiró hondo antes de abrir la puerta. El
chico subió sin decir una palabra y cerró la puerta con fuerza. Se quedó allí sentado,
mirando a través del parabrisas, en silencio. Rebus, incapaz de pensar en algo atinado
que decir, también se quedó en silencio. El chico habló primero.
—Hola.
Era una voz de hombre. Rebus se volvió para observarlo. Debía de tener unos
dieciséis años. Llevaba una cazadora de cuero y una camisa de cuello abierto. Tejanos
rotos.
—Hola —respondió Rebus.
—¿Tienes un cigarrillo?
Rebus le pasó el paquete. El chico cogió uno y le cambió el paquete por la caja de
cerillas. Dio una calada profunda, conteniendo el humo durante un largo rato, para
luego exhalar lo poco que quedaba en el interior del coche. Tomar sin dar, pensó
Rebus. La ley de la calle.
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—¿Y qué andas haciendo esta noche por aquí? —Rebus tenía la pregunta en los
labios, pero el chico se le anticipó.
—Matando el tiempo —contestó Rebus—. No podía dormir.
El chico lanzó una risa áspera.
—Ya, no podías dormir, así que saliste a dar una vuelta. Te cansaste de conducir y
paraste aquí de casualidad. Justo en esta calle. A esta hora de la noche. Luego te
bajaste para estirar las piernas, y regresaste al coche. ¿No es así?
—Veo que me has estado observando —admitió Rebus.
—No necesitaba observarte. Eso ya lo he visto antes.
—¿A menudo?
—Bastante a menudo, James.
Las palabras sonaban duras; su voz, implacable. Rebus no tenía motivos para
dudar del chico. Estaba claro que no se parecía en nada al chaval de antes, tierno
como un queso.
—No me llamo James —dijo.
—Claro que sí. Todo el mundo se llama James. Así es más fácil recordar un
nombre, incluso si no recuerdas la cara.
—Comprendo.
El chico se acabó el cigarrillo en silencio y lo arrojó por la ventanilla.
—¿Entonces qué?
—No lo sé —dijo Rebus sinceramente—. ¿Damos una vuelta?
—A la mierda. —Hizo una pausa, como si fuera a cambiar de opinión—. Vale,
vamos hasta la cima de Calton Hill. A contemplar el agua.
—Vale —dijo Rebus arrancando el coche.
Subieron por la carretera empinada y tortuosa hasta la cima de la colina, donde
estaban el observatorio y la escultura rara con columnas —una réplica del Partenón
de Grecia—, ambos perfilados contra el cielo. Allá arriba no estaban solos. Había
otros coches aparcados en la oscuridad, mirando hacia el otro lado del fiordo de
Forth, en dirección a la tenuemente iluminada costa de Fife. Rebus, con la idea de no
acercarse demasiado a los demás coches, decidió aparcar a una distancia prudente,
pero las ideas del chico eran otras.
—Párate al lado de ese Jaguar —le ordenó—. Menudo cochazo.
Rebus sintió que su coche recibía el insulto con la mayor dignidad posible.
Cuando se detuvo los frenos chirriaron en señal de protesta. Apagó el motor.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Lo que tú quieras —dijo el chico—. En efectivo, por supuesto.
—Por supuesto. ¿Y si solo hablamos?
—Depende del tipo de charla que quieras tener. Cuanto más obscena, más caro te
saldrá.
—Estaba pensando en un chico que conocí aquí una vez. No hace mucho. No he
vuelto a verlo por aquí. Me preguntaba qué había sido de él.
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De repente el muchacho le metió una mano a Rebus en la entrepierna, frotando el
pantalón con fuerza y rapidez. Rebus se quedó mirando fijamente la mano por un
instante, antes de agarrarla, en una acción serena pero firme, y retirarla de allí. El
chico sonrió burlón, reclinándose en su asiento.
—Dime cómo se llama, James.
Rebus intentaba dejar de temblar. El estómago se le estaba llenando de bilis.
—Ronnie —dijo al fin, aclarándose la garganta—. No era demasiado alto. De
pelo oscuro, bastante corto. Solía sacar fotos. Ya sabes, un aficionado a la fotografía.
El chico levantó las cejas.
—Tú eres fotógrafo, ¿verdad? Ya veo que te va el rollo de las fotos.
Rebus asintió despacio. No creía que el muchacho fuera a descubrirle, pero no iba
a revelarle más de lo necesario. Y sí, ese Jaguar era un cochazo. Parecía nuevo. Una
pintura llamativamente metalizada, brillante. Alguien con pasta. ¡Santo cielo, cómo
podía ser que tuviera una erección!
—Creo que conozco al Ronnie del que me hablas —dijo el chico—. No lo he
visto por aquí.
—¿Y qué puedes decirme de él?
El chico estaba mirando otra vez a través del parabrisas.
—Desde aquí la vista es estupenda, ¿no crees? —dijo—. Incluso de noche. Sobre
todo de noche. Impresionante. Casi nunca vengo de día. No parece nada del otro
mundo. Tú eres poli, ¿no?
Rebus se volvió hacia él, pero el chico seguía mirando a través del parabrisas,
sonriendo despreocupadamente.
—Sabía que lo eras —dijo—. Desde el principio.
—¿Entonces por qué subiste al coche?
—Por curiosidad, supongo. Además —ahora él se volvió hacia Rebus—, algunos
de mis mejores clientes son agentes de la ley.
—Bueno, eso no me interesa.
—¿No? Pues debería. Soy menor de edad, ¿sabes?
—Lo suponía.
—Sí, en fin… —El chico se hundió en el asiento, colocando los pies encima del
salpicadero. Por un instante Rebus pensó que iba a hacer algo, y dio un respingo.
Pero el chico solo se echó a reír.
—¿Qué pensabas? ¿Creías que te iba a meter mano otra vez? ¿Eh? Pues no ha
habido suerte, James.
—¿Y qué hay de Ronnie? —Rebus no estaba seguro de si quería darle un
puñetazo en el vientre o llevar a ese niñato desagradable a un cálido y afectuoso
reformatorio. Pero sí sabía, por encima de todo, que quería respuestas.
—Dame otro piti. —Rebus se lo dio—. Gracias otra vez. ¿Por qué estás tan
interesado en él?
—Porque ha muerto.
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—Eso ocurre todo el tiempo.
—De sobredosis.
—Lo dicho.
—La sustancia era letal.
El chico se quedó un momento en silencio.
—Eso sí es una mala noticia.
—¿Te has encontrado con algo de mierda adulterada últimamente?
—No. —Volvió a sonreír—. Solo material de primera. ¿Llevas algo encima? —
Rebus negó con la cabeza, mientras pensaba: un puñetazo en el estómago—. Qué
pena —dijo el chico.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Nada de nombres, James, sin nombres no hay culpables. —Extendió su mano
con la palma hacia arriba—. Necesito dinero.
—Primero necesito respuestas.
—Pues pregunta. Pero antes la voluntad, ¿no? —La mano seguía tendida, a la
espera como cualquier futuro padre. Rebus encontró un billete de diez libras arrugado
en su chaqueta y se lo dio. El chico parecía satisfecho—. Con esto compras las
respuestas a dos preguntas.
La ira de Rebus se encendió.
—Con eso compro todas las respuestas que quiera, o te juro que…
—¿Te pondrás violento? ¿Te van esos juegos?
El chico parecía despreocupado. Quizá ya conocía de qué se trataba. Rebus se
quedó pensativo.
—¿Son frecuentes los intercambios violentos? —preguntó.
—No muy frecuentes. —El chico hizo una pausa—. Pero se llevan bastante.
—Ronnie estaba metido en eso, ¿verdad?
—Esa es tu segunda pregunta —hizo constar el chico—. Y la respuesta es: no lo
sé.
—Si no sabes, no cuenta —dijo Rebus—. Y todavía me quedan un montón de
preguntas.
—Vale, si te vas a poner así… —El chico alargó la mano para coger la manivela
de la puerta, dispuesto a bajarse del coche. Rebus lo cogió por el cuello y le golpeó la
cabeza contra el salpicadero, justo entre los dos pies todavía apoyados.
—¡Joder! —El chico se palpó la frente en busca de sangre. No había. Rebus
estaba satisfecho: máxima conmoción y un daño visible mínimo—. Tú no puedes
hacer…
—Yo puedo hacer lo que quiera, hijo, y eso incluye arrojarte desde el punto más
alto de la ciudad. Ahora háblame de Ronnie.
—No puedo hablarte de Ronnie. —Había lágrimas en sus ojos. Se frotaba la
frente, tratando de borrar el daño—. No sé mucho de él.
—Pues dime lo que sabes.
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—Vale, vale. —Se sorbió la nariz, limpiándosela con la manga de su cazadora—.
Lo único que sé es que algunos amigos míos andan metidos en un rollo violento.
—¿Qué rollo?
—No lo sé. Algo heavy. No quieren hablar, pero lo hacen sus cicatrices.
Cardenales, cortes. Uno de ellos estuvo una semana en el hospital. Dijo que se cayó
por las escaleras. Joder, parecía que se había caído de un rascacielos.
—¿Pero nadie habla de lo que pasó?
—Debe de haber buena pasta de por medio.
—¿Algo más?
—Puede que no sea importante… —El muchacho se había amansado. Rebus
podía notarlo en su voz. Podría seguir hablando hasta el día del juicio final. Bien:
Rebus no tenía muchos confidentes en esta parte de la ciudad. Un par de oídos
nuevos podían cambiar totalmente la cosa.
—Habla —ladró, disfrutando ahora de su papel.
—Unas fotografías. Alguien está haciendo circular el rumor de que hay cierto
interés en fotografías. Extremas…
—¿Fotos porno?
—Supongo. Los rumores son un poco vagos. Suelen serlo cuando no son de
primera mano.
—Disparates —dijo Rebus. Estaba pensando: todo esto se parece al juego de los
disparates, todo llega de lejos, nada es una prueba concluyente.
—¿Qué?
—Nada. ¿Algo más?
El chico negó con la cabeza. Rebus se metió la mano en el bolsillo y, para su
sorpresa, encontró otro billete de diez libras. Entonces recordó que había pasado por
un cajero mientras estaba de juerga con McCall. Le ofreció el dinero.
—Toma. Y además te daré mi nombre y mi número de teléfono. Siempre estoy
abierto para recibir información, aunque sea poca cosa. Y oye, lamento lo del golpe
en tu cabeza.
El chico cogió el dinero.
—No pasa nada. He visto pagas peores. —Sonrió.
—¿Te llevo a algún sitio?
—A los puentes, quizá.
—No hay problema. ¿Cómo te llamas?
—James.
—¿De verdad? —Rebus sonrió.
—Sí, en serio. —El chico también sonrió—. Oye, hay algo más.
—Te escucho, James.
—Es solo un nombre que vengo oyendo. Quizá no signifique nada.
—¿Cuál es?
—Hyde. H - Y - D - E.
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Rebus frunció el entrecejo.
—¿Hyde? ¿Qué pasa con Hyde?
—No lo sé. Como dije, es solo un nombre.
Rebus agarró el volante. ¿Hyde? ¿Hyde? ¿Era eso lo que Ronnie había intentado
decirle a Tracy, que se escondiera de alguien llamado Hyde[1]? Mientras intentaba
pensar se sorprendió mirando nuevamente al Jaguar. O, más bien, al perfil del hombre
sentado en el asiento del conductor. Tenía una mano levantada, apoyada en la nuca de
un acompañante mucho más joven que ocupaba el asiento del pasajero. Lo acariciaba,
mientras no paraba de susurrarle cosas al oído. Caricias y susurros. Todo muy
inocente.
Qué extraño entonces que James Carew, de la agencia inmobiliaria Bowyer
Carew, se sobresaltara tanto cuando, al sentirse observado, giró la cabeza y se
encontró cara a cara con el inspector Rebus.
Rebus estaba asimilándolo, mientras Carew buscaba a tientas la llave del
arranque, aceleraba el nuevo motor V12 y salía marcha atrás del aparcamiento como
si le estuviera persiguiendo la mismísima Inquisición.
—Tiene prisa —dijo James.
—¿Le habías visto antes?
—La verdad es que no he llegado a verle la cara. Pero el coche seguro que no lo
había visto antes.
—No, claro, el coche es nuevo —dijo Rebus mientras arrancaba el suyo con
pereza.
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de la vida de los demás. Su piso ya no le parecía seguro, no como la fortaleza
inexpugnable que era hacía solo uno o dos días. Había sufrido daños, tanto internos
como estructurales: se sentía sucio por dentro, como si la ciudad se hubiese
desprendido de una de sus capas de mugre y le hubiera obligado a tragársela entera.
Al diablo con eso.
Estaba bien pillado. Estaba viviendo en la ciudad más hermosa y civilizada del
norte de Europa, y sin embargo tenía que lidiar a diario con su otra cara, con el asunto
menor de su animosidad. ¿Animosidad? Hacía mucho que no empleaba esa palabra.
Ni siquiera estaba seguro de qué significaba exactamente, pero sonaba bien. Bebió un
sorbo de cerveza, reteniendo la espuma en la boca como un niño que juega con la
pasta de dientes. Todo espuma. Nada de sustancia.
Todo espuma. Ahora se le ocurrió otra idea. Pondría un poco de aceite de baño
espumoso en el agua. Un baño de burbujas. ¿Quién diablos se lo había regalado? Ah,
sí. Gill Templer. De pronto lo recordó. Y también recordó la ocasión. Ella le había
regañado amablemente porque él nunca limpiaba la bañera. Después le había
regalado ese aceite de baño.
—Para que te limpies tú y tu bañera —había dicho ella leyendo la etiqueta de la
botella—. Para que tu baño vuelva a ser divertido.
Él había sugerido que probaran juntos el producto, y… Jesús, John, ya vuelves a
ponerte morboso. Que se hubiese marchado con un locutor cabeza hueca que
respondía al improbable nombre de Calum McCallum no era el fin del mundo. No
estaban cayendo bombas. Ni siquiera había sirenas en el cielo.
No había nada excepto… Ronnie, Tracy, Charlie, James y el resto. Y ahora Hyde.
Recién ahora Rebus empezaba a comprender el significado de la expresión «hecho
polvo». Sumergió sus miembros desnudos en el agua casi hirviendo, y cerró los ojos.
[Link] - Página 98
Jueves
Aquella casa de prisión voluntaria… con su inescrutable recluso.
Hecho polvo: Holmes volvió a bostezar, completamente agotado. Por una vez se
había adelantado a la alarma, así que regresaba a la cama con el café instantáneo
cuando la radio empezó a sonar con estruendo. Vaya manera de despertarse cada día.
Cuando le sobraba media hora volvía a sintonizar el chisme, buscando Radio 3 o algo
parecido. El problema era que Radio 3 lo mandaba de vuelta a la cama, mientras que
la voz de Calum McCallum y los discos cargosos que ponía entre gritos y anuncios y
chistes malos pero entusiastas le despertaban de un sobresalto, los dientes apretados,
preparado para enfrentarse a un nuevo día.
Esta mañana se había adelantado a la vocecilla petulante. Apagó la radio.
—Aquí tienes café —dijo—. Ya es hora de levantarse.
Nell giró la cabeza sobre la almohada, mirándolo con ojos entrecerrados.
—¿Ya son las nueve?
—Todavía no.
Ella volvió a girar la cabeza sobre la almohada, gimiendo suavemente.
—Vale. Despiértame cuando sean las nueve.
—Bébete el café —la regañó tocándole el hombro. El hombro caliente, tentador.
Él sonrió con melancolía, luego se dio la vuelta y salió de la habitación. Dio diez
pasos antes de detenerse, darse la vuelta y regresar. Los brazos de Nell eran largos y
bronceados, y estaban abiertos para recibirlo.
Pese a que él le había llevado el desayuno a su celda, Tracy estaba furiosa con Rebus,
y más aún cuando él le explicó que podía irse cuando quisiera, que no estaba
detenida.
—A esto se le llama protección —le dijo él—. Protección de los hombres que te
perseguían. Protección de Charlie.
—Charlie… —Ella se calmó un poco al oír su nombre, y se tocó su ojo
amoratado—. ¿Pero por qué no has venido a verme antes? —protestó.
Rebus se encogió de hombros.
—Tenía cosas que hacer —dijo.
Ahora él miraba detenidamente su fotografía, mientras Brian Holmes estaba
sentado al otro lado de la mesa, dando sorbos cautelosos de café de una taza
desconchada. Rebus no estaba seguro de si odiaba o amaba a Holmes por haberle
traído eso al despacho, por haberlo dejado sobre la mesa enfrente de él. Sin decir una
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palabra. Sin dar los buenos días, sin un miserable saludo. Solo eso. La fotografía, el
desnudo. De Tracy.
Rebus la miraba mientras Holmes escribía el informe. El día anterior Holmes
había trabajado duro, y había obtenido un resultado. ¿Entonces, por qué le había
desdeñado el saludo en el bar? Si hubiese visto la fotografía la noche anterior, su
mañana no estaría ahora arruinada; ni el recuerdo de un sueño apacible, erosionado.
Rebus se aclaró la garganta.
—¿Averiguaste algo de ella?
—No, señor —dijo Holmes—. Eso es todo lo que conseguí. —Señaló la foto con
la cabeza, sin pestañear: «Te he traído eso, qué más quieres de mí».
—Entiendo —dijo Rebus con voz serena. Dio la vuelta a la foto y leyó la pequeña
etiqueta de detrás. Hutton Studios. Un teléfono de contacto—. Vale. Pues bien, Brian,
me la quedaré. Tendré que pensar.
—De acuerdo —dijo Holmes. «¡Me ha llamado Brian! Hoy no puede pensar con
claridad».
Rebus se reclinó en la silla, bebiendo de su taza. Café con leche, sin azúcar. Se
había sentido decepcionado cuando Holmes pidió el suyo igual. Eso hacía que
tuvieran algo en común. El mismo gusto por el café.
—¿Cómo va lo de buscar piso? —preguntó en un tono familiar.
—No muy bien. ¿Cómo lo…? —Holmes recordó la lista de casas en venta que
llevaba doblada en el bolsillo de su chaqueta. La tocó. Rebus sonrió y asintió.
—Recuerdo cuando compré mi piso —dijo—. Me pasé semanas buscando en
esos periódicos gratuitos antes de encontrar algo que me gustara.
—Algo que me gustara. —Holmes resopló—. Eso ya sería un lujo. Mi problema
es encontrar algo que pueda pagar.
—¿Tan mal está la cosa?
—¿No se ha enterado? —Holmes parecía un poco incrédulo. Estaba tan metido en
el tema que le costaba creer que alguien no lo estuviera—. Los precios están por las
nubes. Sobre todo cerca del centro.
—Ya, recuerdo que alguien me lo comentó. —Rebus se quedó pensando—. Ayer,
en una comida. ¿Sabes que estuve con la gente que pone el dinero para la campaña
antidrogas de Watson? Pues uno de ellos era James Carew.
—¿No tendría algo que ver con Bowyer Carew?
—El jefe. ¿Quieres que hable con él, que le pregunte si puede hacerte un
descuento?
Holmes sonrió. Parte del glaciar que los separaba se derrumbó.
—Sería estupendo —dijo—. Quizá podría arreglar una venta de verano, hay
rebajas en todas las agencias. —Holmes empezó la frase con un entusiasmo que se
apagó deprisa. Rebus no le estaba escuchando. Se había perdido en sus pensamientos.
—Sí —dijo Rebus tranquilamente—. Tengo que hablar con el señor Carew de
todos modos.
A la hora de comer ya casi podía caminar, siempre que lo hiciera con los pies muy
juntos, moviéndose como si se hubiera orinado encima. La gente lo miraba, cómo no,
y él trataba de improvisar una cojera especialmente para su público. Siempre fue un
ídolo de masas.
La idea de subir las escaleras hasta su despacho le parecía demasiado, y conducir
había sido un tormento, imposible accionar los pedales. Así que finalmente había
Aparcó a cierta distancia de la casa, para no espantar a nadie que pudiera estar allí. Se
acercó andando y llamó a la puerta. Mientras esperaba a que le abrieran, recordó
cuando Tracy abrió esa puerta y corrió a sus brazos, con la cara amoratada y los ojos
llenos de lágrimas. No creía que Charlie estuviera allí. No creía que Tracy estuviera
allí. No «quería» que Tracy estuviera allí.
La puerta se abrió. Un muchacho adormilado miró a Rebus entornando la vista. El
pelo lacio, sin cuerpo, le caía sobre los ojos.
—¿Qué pasa?
—¿Está Charlie? Tengo un asunto con él.
—Nah. No lo he visto en todo el día.
—¿Puedo esperarlo un rato?
—Tú mismo.
El chico ya estaba cerrándole la puerta en las narices. Rebus detuvo la puerta con
una mano y se asomó.
—Quiero decir si puedo esperarle dentro.
El chico se encogió de hombros y regresó dentro con aire desgarbado, dejando la
puerta entreabierta. Volvió a meterse en su saco de dormir y se tapó hasta la cabeza.
Solo está de paso, recuperando el sueño perdido. Rebus supuso que no tenía nada que
perder por haberle permitido entrar. Le dejó dormir y, después de cerciorarse
brevemente de que no hubiera nadie más abajo, subió las escaleras.
Los libros seguían allí como fichas de dominó derrumbadas, y el contenido de la
bolsa que McCall había vaciado aún estaba amontonado en el suelo. Rebus pasó todo
esto por alto y fue hasta el escritorio, donde se sentó y le echó una ojeada a los folios
que tenía delante. Había encendido la luz del interruptor que estaba junto a la puerta
Quién lo hizo. Eso era lo más difícil de entender. Mientras regresaba por el pasillo
Rebus recordó la cara hinchada de Nell, su dolor cuando intentaba hablar y no podía.
Ella le había hecho señas pidiéndole un trozo de papel. Él había sacado una libreta
del bolsillo, y le había dejado su bolígrafo. Luego ella había escrito furiosamente
durante un minuto entero. Rebus se detuvo en el pasillo y sacó la libreta, releyendo lo
escrito por cuarta o quinta vez aquella tarde.
«Estaba trabajando en la biblioteca. Una mujer intentó entrar en el edificio
empujando al guardia de seguridad. Si quiere verificarlo hable con él. Luego la mujer
me dio un cabezazo en la cara. Yo intentaba ayudar, calmarla. Ella debió de pensar
que me estaba entrometiendo. Pero no. Solo quería ayudar. Era la chica de la
fotografía, la del desnudo que Brian llevaba anoche en la cartera. Usted estaba allí,
¿verdad?, en el mismo pub que nosotros. Difícil no darse cuenta, no había mucha
gente. ¿Dónde está Brian, inspector? ¿Le ha mandado por ahí a buscar más
fotografías obscenas?».
Rebus sonrió, como había sonreído entonces. Tenía agallas la chica. Le gustaba
bastante, con la cara vendada y los ojos morados. Le recordaba mucho a Gill.
En fin, Tracy estaba dejando una estela de caos tan pegajosa como el rastro de un
caracol. Pequeña zorra. ¿Habría perdido la chaveta o tenía realmente un motivo para
ir a la biblioteca? Rebus se apoyó en la pared del pasillo. Dios mío, vaya día. Se
suponía que estaba entre dos casos. Se suponía que tenía que «ordenar las cosas»
antes de meterse de lleno en la campaña contra las drogas. Se suponía, por el amor
del Dios, que iba a tener una racha tranquila. Algún día.
Las puertas de la sala se cerraron, y Brian irrumpió en el pasillo. Parecía no tener
rumbo, hasta que vio a su superior y enfiló el pasillo hacia él a paso enérgico. Rebus
todavía no estaba seguro de si Holmes era incalculable o deficitario. ¿Se podía ser las
dos cosas a la vez?
—¿Se encuentra bien? —le preguntó solícitamente.
Alguien llamaba a la puerta. Lo hacía con autoridad, usando la vieja aldaba de bronce
que nunca limpiaba. Rebus abrió los ojos. La luz del sol entraba a raudales en la
habitación, se oía el crepitar de un vinilo pasado. Otra noche en el sillón, durmiendo
vestido. Más le valía vender el colchón que tenía en la habitación. ¿Alguien
compraría un colchón sin somier?
El toc toc continuaba. Incansable. A la espera de su respuesta. Rebus tenía los
ojos pegajosos, y mientras se dirigía a la puerta se metió la camisa dentro del
pantalón. No se sentía tan mal, teniendo en cuenta dónde había pasado la noche. Ni
contracturas, ni tortícolis. Un lavado de cara y un afeitado y volvería a sentirse como
un ser humano.
Abrió la puerta, justo cuando Holmes se disponía a golpear otra vez.
—Brian. —Rebus pareció alegrarse de verdad.
—Buenos días. ¿Puedo pasar?
—Claro. ¿Cómo está Nell?
—Llamé esta mañana. Me dijeron que había dormido bien.
Fueron hasta la cocina, Rebus caminando delante. Holmes había imaginado un
piso con olor a cigarrillo y cerveza, el típico piso de soltero. Lo cierto es que estaba
más ordenado de lo que esperaba, amueblado con un mínimo de buen gusto. Había un
montón de libros. Nunca había tenido a Rebus por un lector. Eso sí, no parecía que
hubiera leído todos esos libros. Más bien parecía que los hubiera comprado pensando
en un fin de semana inerte y lluvioso. El fin de semana que nunca llega.
Rebus señaló vagamente el hervidor y el armario.
—¿Por qué no preparas un poco de café para los dos? Yo me ducharé en un
momento.
—Vale. —Holmes pensó que sus noticias podían esperar un poco. Al menos hasta
que Rebus estuviera bien despierto. Buscó el café instantáneo en vano, pero
descubrió un paquete de café molido, caducado hacía varios meses, en el armario. Lo
abrió y sacó dos cucharadas para verterlas en la tetera mientras hervía el agua. Del
cuarto de baño llegaba el sonido de la ducha, y más allá se oía lejana una radio.
Voces. Algún programa de entrevistas, pensó Holmes.
Mientras Rebus estaba en la ducha, aprovechó para recorrer el piso. La sala era
enorme, con un techo alto de molduras. Holmes sintió un poco de envidia. Nunca
podría comprar algo así. Estaba buscando por Easter Road y Gorgie, cerca de los
campos de fútbol del Hibernian y el Hearts. Podía permitirse un piso en estas dos
Rebus leyó la nota en la habitación de Carew. Estaba elegantemente escrita con una
estilográfica de calidad, sin embargo en un par de palabras podía detectarse
Sería una noticia bomba, sin duda. Un hecho impepinable. Las emisoras de radio y
los periódicos tendrían dificultades para decidir el titular más contundente: LOCUTOR
DETENIDO EN UNA PELEA DE PERROS o AGENTE INMOBILIARIO LÍDER EN EL SECTOR SE QUITA
LA VIDA. En fin, algo por el estilo. A Jim Stevens le habría encantado, pero por aquel
entonces, Jim Stevens estaba en Londres, casado, según decía todo el mundo, con una
chica que tenía la mitad de su edad.
Rebus admiraba esa clase de jugada peligrosa. No sentía admiración por James
Carew: ninguna. Watson tenía razón, al menos, en una cosa: Carew lo tenía todo a su
favor, y a Rebus le parecía improbable creer que se hubiera suicidado solo porque un
policía le había visto en Calton Hill. No, ese podía ser el detonante, pero tenía que
haber algo más. Tal vez en el piso, tal vez en las oficinas de Bowyer Carew en
George Street.
James Carew tenía un montón de libros. Una inspección rápida bastaba para saber
que la mayoría eran caros, ediciones de lujo por leer, cuyos lomos crujían cuando
Rebus los abría por primera vez. La parte superior derecha de la librería contenía
varios títulos que le interesaban especialmente. Libros de Genet y Alexander Trocchi,
¿Qué era lo que había dicho el viejo Vanderhyde? Algo acerca de enturbiar el agua.
Rebus tenía la molesta sensación de que la solución a todos estos acertijos era
sencilla, transparente como el cristal. El problema eran las ramas que no dejaban ver
el bosque. «¿Me estoy complicando con las metáforas? Está bien, lo admito, me
complico». Lo único que importaba era llegar hasta el fondo, con el agua enturbiada
o no, y desenterrar el pequeño tesoro escondido llamado verdad.
Sabía que además había un problema de ordenación. Tenía que separar los hilos
de las historias entrelazadas, y trabajar a partir de cada una de ellas. De momento era
el culpable de intentar urdirlas todas en una misma figura, una figura que bien podría
Rebus intentó llamar a Gill desde su casa, pero no la encontró. Se mantiene alejada,
sin duda. Anoche, de camino a su casa, no había abierto la boca, y no lo había
invitado a pasar. Está bien, pensó él. No iba a aprovecharse… ¿Y entonces por qué
ahora la llamaba? ¡Por supuesto que se estaba aprovechando! Quería recuperarla.
Ordenó la sala, fregó los platos y llevó una bolsa de basura llena de ropa sucia a
la lavandería. La señora Mackay, que era la encargada, estaba indignada por lo de
Calum McCallum.
—Son famosos y unos… Deberían saber lo que hacen.
Rebus sonrió y estuvo de acuerdo.
Al regresar al piso se sentó y cogió un libro, sabiendo que sería incapaz de
concentrarse en la lectura. No quería que Hyde se saliera con la suya, y eso era
exactamente lo que ocurriría si se mantenía alejado del caso. Sacó la lista de su
bolsillo. No había ningún Jekyll en la región de Lothian, y apenas una docena de
Hydes. De eso podía estar seguro, pero ¿y si el número de Hyde no figuraba en el
listín? Llamaría a Brian Holmes para que lo comprobara.
Cogió el teléfono y mientras marcaba se dio cuenta de que estaba llamando al
despacho de Gill. Siguió marcando el resto del número. Qué más da, si no estará.
—¿Diga?
Era la voz de Gill Templer, tan imperturbable como siempre. Sí, pero ese era un
truco fácil de colar por teléfono. Como todos los viejos trucos.
—Soy John.
—Hola. Gracias por llevarme a casa.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien, la verdad. Solo me siento un poco… no sé, confundida no es la
palabra. Es como si me hubieran estafado. No se me ocurre otra manera de explicarlo.
—¿Irás a verle?
—¿Qué? ¿A Fife? No, creo que no. No es que no pueda enfrentarme a él. Quiero
verle. Es la idea de entrar en la comisaría donde todo el mundo sabe quién soy y qué
hago allí.
—Puedo ir contigo, Gill, si quieres.
—Gracias, John. Quizá en un par de días. Pero ahora no.
—Entiendo.
Cuando llegaron al piso Rebus volvió a cambiar de parecer y salió disparado hacia la
cocina en busca de unas tijeras. Entretanto Holmes se disculpó y fue al cuarto de
baño, donde se arremangó y se lavó bien las manos y la cara. Le picaba el cuero
cabelludo, y le dieron ganas de meterse en la ducha y quedarse allí durante un par de
horas.
Al salir del servicio oyó un sonido en la cocina. Era todo lo contrario a la risa que
había oído antes, una especie de lamento exasperado. Caminó rápido hasta la cocina y
vio a Rebus con la cabeza gacha, las manos extendidas sobre la encimera, como
sosteniéndose. El paquete estaba abierto delante de él.
—¿John? ¿Qué pasa?
Rebus respondió con voz suave, agotado.
—Son solo fotos de un estúpido combate de boxeo. Eso es lo que son. Unas
puñeteras fotos deportivas.
Holmes se acercó despacio, temiendo que el menor ruido o movimiento pudieran
hacer que Rebus se desmoronara por completo.
—Tal vez —sugirió, mirando hacia los hombros caídos de Rebus—, tal vez haya
alguien entre la multitud. En el público. Hyde podría ser uno de los espectadores.
—Los espectadores están desenfocados. Échales un vistazo.
Holmes las miró. Había unas doce fotografías. Dos pesos plumas, que no se
apreciaban demasiado, dándose guantazos. No había nada sutil en el combate, pero
tampoco nada llamativo.
—Tal vez sea el club de boxeo de Hyde.
—Tal vez —dijo Rebus, como si ya no le importara. Se había convencido de que
encontraría esas fotografías, de que serían la última y decisiva pieza del
rompecabezas. ¿Por qué habían sido separadas con tanto cuidado, tan astutamente
escondidas? Y tan bien protegidas. Tenía que haber una razón.
Cuando regresó a la sala con las dos tazas de café, Rebus se estaba paseando de aquí
para allá con el teléfono pegado a la oreja.
—De acuerdo —dijo—. Esperaré. No, no, no volveré a llamar. He dicho que
esperaré. Gracias.
Mientras recibía el café puso los ojos en blanco, expresando su incredulidad ante
la estupidez de la persona que estaba al otro lado del teléfono.
—¿Con quién habla? —preguntó Holmes moviendo los labios.
—Con el ayuntamiento —respondió Rebus en voz alta—. Tengo el nombre y la
extensión de Andrew.
—¿Quién es Andrew?
—Andrew MacBeth, el jefe de la brigada de limpieza. Quiero saber quién
autorizó la limpieza de la casa. Demasiada casualidad, ¿no crees? Que la estuvieran
limpiando justo cuando íbamos a meternos a husmear. —Prestó atención al teléfono
—. ¿Sí? Muy bien. Comprendo. —Miró a Holmes con ojos inexpresivos—. ¿Cómo
pudo haber pasado? —Volvió a concentrarse en el teléfono—. Sí, ya veo. Oh, sí, ya lo
creo que es extraño. Pero estas cosas pasan, ¿verdad? Benditos ordenadores. De todos
modos gracias por su ayuda.
Colgó.
—Puede que hayas captado lo esencial.
—¿No tienen constancia de quién autorizó la limpieza?
—Exactamente, Brian. Toda la documentación está en regla, salvo por el pequeño
detalle de la firma. Dicen que no lo entienden.
—¿No podríamos guiarnos por la letra?
—La autorización que Andrew me enseñó estaba mecanografiada.
—¿Entonces cuál es su conclusión?
—Que al parecer Hyde tiene amigos en todas partes. En el ayuntamiento, en
primer lugar, pero puede que también en la policía. Por no mencionar otras
instituciones menos respetables.
—¿Y ahora qué?
—Esas fotografías. No tenemos nada más en lo que basarnos.
Las estudiaron una por una con atención, tomándose el tiempo necesario para
fijarse en los detalles, intercambiando impresiones. Era una tarea laboriosa. Y en todo
momento Rebus cavilaba sobre las últimas palabras que Ronnie McGrath le había
dicho a Tracy, sobre la clave contenida desde el principio en ese mensaje. Con triple
significado: lárgate, ojo con un tipo llamado Hyde, y he escondido algo. Muy
inteligente. Muy conciso. Casi demasiado inteligente, tratándose de Ronnie. Tal vez
ni siquiera era consciente de lo que estaba trasmitiendo…
No es que le quedara como un guante, las mangas le iban un poco largas, demasiado
estrecha de pecho, pero tampoco estaba mal. Rebus intentaba no darle mucha
La casa era impresionante, no había otra palabra para definirla. Rebus pensó por un
instante en el pobre Brian Holmes, y sonrió. Estamos igual chaval. Los invitados
también impresionaban. Conocía a algunos de vista, a otros de nombre, a otros por su
reputación, y a muchos por los nombres de las empresas que dirigían. Pero no había
ni rastro del anfitrión, pese a que todo el mundo afirmaba haber hablado con él un
rato antes.
Más tarde, cuando Tommy McCall empezó a ponerse borracho y bullicioso,
Rebus, con las piernas más bien flojas, decidió hacer otro recorrido por la casa. Pero
esta vez solo. En la primera planta había una biblioteca, a la que apenas había
prestado atención en el primer recorrido. Pero allí dentro había un escritorio, y a
Rebus le dieron ganas de echar un vistazo más detenidamente. En el descansillo miró
a su alrededor y vio que todo el mundo al parecer estaba abajo. Incluso algunos
invitados se habían puesto bañadores y estaban pasando el rato al lado (o dentro) de
la piscina climatizada del sótano.
Giró el pomo pesado de bronce y entró a hurtadillas en la biblioteca, iluminada
con una luz tenue. Adentro olía a cuero antiguo, un olor que le recordó a décadas
pasadas —a los años veinte, o acaso los treinta—. Sobre el escritorio había una
lámpara iluminando unos papeles. Rebus estaba junto al mueble cuando se dio cuenta
de algo: en la primera visita la lámpara no estaba encendida. Se dio la vuelta y vio a
Lanyon apoyado contra la pared del fondo, de brazos cruzados y sonriente.
—Inspector —dijo, una voz tan lujosa como su traje hecho a medida—.
Interesante chaqueta. Saiko me dijo que había llegado.
Lanyon se acercó lentamente y le tendió la mano, que Rebus estrechó
devolviéndole el firme apretón.
—Espero que no… —empezó diciendo—. Quiero decir que ha sido muy amable
de su…
—Por favor, en absoluto. ¿Vendrá el comisario?
Hacer de niñera no era lo suyo, pero sabía desde el principio que esto iba a acabar así.
Tommy McCall cantaba un himno de rugby en el asiento trasero del coche,
mientras Rebus agitaba la mano despidiéndose de Saiko, que estaba de pie en la
puerta de la casa. Ella incluso le sonrió. No era para menos, después de todo él le
estaba haciendo el favor de llevarse al borrachín bullicioso fuera de la propiedad.
—¿Estoy detenido, John? —chilló McCall interrumpiendo su cántico.
—No. ¡Cállate ya, por el amor de Dios!
Rebus subió al coche y lo arrancó. Miró hacia atrás por última vez y vio a Lanyon
reunirse con Saiko en la puerta de la casa. Parecía que ella le informaba, mientras él
asentía. Era la primera vez que Rebus lo veía después del enfrentamiento en la
biblioteca. Quitó el freno de mano, salió del parking y se largó.
Pues lo cierto es que no soñó nada. Y cuando se despertó ya era fin de semana, el sol
brillaba y su teléfono estaba sonando.
—¿Diga?
—¿John? Soy Gill.
—Ah, hola, Gill. ¿Qué tal estás?
—Estoy bien. ¿Y tú?
—Genial. —No mentía. Hacía semanas que no dormía tan bien, y no sentía el
menor indicio de una resaca.
—Perdona que te llame tan temprano. ¿Sabes algo de las calumnias?
—¿Calumnias?
—Lo que ese chico decía de ti.
—Ah, eso. No, de momento no sé nada. —Estaba pensando en el almuerzo, en un
pícnic, en un paseo por el campo—. ¿Estás en Edimburgo? —preguntó.
—No, en Fife.
—¿En Fife? ¿Qué estás haciendo allí?
—Calum está aquí, ¿recuerdas?
—Claro que lo recuerdo, ¿pero no le estabas esquivando?
—Quería verme. En realidad te llamo por eso.
—Ah. —Rebus frunció el ceño, intrigado.
—Calum quiere hablar contigo.
—¿Conmigo? ¿Y por qué?
—Eso te lo dirá él, supongo. A mí solo me pidió que te llamara.
Rebus lo pensó un instante.
—¿Tú quieres que hable con él?
—A mí me da igual. Le he dicho que te daría el mensaje, y le he dicho que era el
último favor que le hacía. —Su voz era fría y plana, como un tejado de pizarras bajo
la lluvia. Rebus tuvo la sensación de deslizarse por ese tejado, queriendo
complacerla, queriendo ayudar—. Como lo oyes —continuó ella—, y él dijo que si
no te convencía te dijera que tenía que ver con Hyde’s.
—¿Hydes? —Rebus se puso de pie bruscamente.
—H-Y-D-E-apóstrofe-S.
—¿Hyde’s qué?
Ella se echó a reír.
—No lo sé, John. Pero parece que te suena de algo.
Había recorrido los pasillos del hospital durante más de una hora. Era el horario de
visita, así que nadie prestaba mucha atención cuando se metía en una sala o en otra,
pasando por delante de las camas, sonriendo de vez en cuando a los ancianos y
ancianas enfermas que levantaban la vista para mirarla con ojos desolados.
Observaba a las familias decidir quiénes deberían turnarse —y quiénes no— para
estar junto a la cabecera del abuelo, pues solo se permitían dos visitas por turno. Ella
buscaba a una mujer, aunque no estaba segura de poder reconocerla. Solo sabía que la
bibliotecaria tenía la nariz rota.
Tal vez ya no estaba ingresada. Tal vez ya se había ido a casa con su marido o su
novio o lo que fuera. Tal vez Tracy debía marcharse, esperar y regresar a la
biblioteca. Solo que allí estarían al loro, esperándola. El guardia de seguridad la
reconocería. La bibliotecaria la reconocería.
¿Pero podría ella reconocer a la bibliotecaria? Sonó un timbre, anunciando que el
horario de visita estaba llegando a su fin. Se apresuró a entrar en la siguiente sala,
recorriéndola. ¿Y si la bibliotecaria estaba en una habitación privada? ¿O en otro
hospital? O…
¡No! ¡Allí estaba! Tracy se paró en seco, dio media vuelta y enfiló hacia el otro
extremo de la sala. Las visitas estaban diciendo «adiós» y «cuídate» a los pacientes.
Tanto unos como otros parecían aliviados. Ella se perdió entre las visitas que volvían
a apilar las sillas y se ponían los abrigos, las bufandas y los guantes. Entonces ella
volvió a pararse y miró hacia atrás, hacia la cama donde estaba la bibliotecaria. Había
flores a su alrededor, y la única visita, un hombre, se estaba inclinando sobre ella para
besarla en la frente. La bibliotecaria estrechó la mano del hombre y… De pronto a
Tracy le pareció que conocía a ese hombre. Lo había visto antes… ¡En la comisaría!
¡Era algún amigo de Rebus, era un policía! Lo recordó vigilándola mientras ella
estaba detenida.
Brian Holmes estaba iluminado por la llamada de Nell. Aunque su primera reacción
fue de pánico, y regañó a Nell por estar fuera de la cama.
—Estoy en la cama —le aclaró ella; la excitación en su voz hacía que apenas se le
entendiera—. Me han traído el teléfono a la cama. Ahora escucha…
Al cabo de media hora le estaban guiando por un pasillo de la quinta planta de la
biblioteca de la Universidad de Edimburgo. La bibliotecaria verificaba los
complicados números decimales expuestos en cada uno de los estantes, hasta que,
satisfecha, lo llevó hasta un rincón oscuro donde había una hilera de publicaciones
encuadernadas. Al final del pasillo, sentado en una mesa junto a un ventanal, había un
estudiante mordiendo un lápiz que miraba distraídamente hacia donde estaba Holmes.
Tracy no podía decir por qué había visitado a Nell Stapleton, ni por qué le contó lo
que le contó. Sentía una especie de vínculo, y no por lo que había hecho. Había algo
en Nell Stapleton, algo así como sabiduría y ternura, algo que a Tracy le había faltado
siempre. Quizá por eso le estaba costando tanto marcharse del hospital. Había
recorrido los pasillos, bebido dos tazas de café en una cafetería de enfrente del
pabellón principal, entrado y salido de urgencias y de la sala de radiografías, y hasta
visitado el consultorio para diabéticos. Había intentado marcharse, había caminado
hasta la escuela de bellas artes para luego retroceder doscientos pasos hasta el
hospital.
Y estaba entrando por la puerta lateral cuando los hombres la agarraron.
—¡Eh!
—Haga el favor de acompañarnos, señorita.
Era una noche húmeda y calurosa, y las calles estaban tranquilas para ser un sábado.
Rebus tocó el timbre y esperó. Mientras esperaba, miraba a la derecha y a la
izquierda. Una inmaculada doble hilera de casas de estilo georgiano, las fachadas de
piedra ennegrecidas por el paso del tiempo y el humo de los coches. Algunas de las
casas se habían convertido en oficinas de notarios, auditores y pequeñas empresas
financieras poco conocidas. Pero algunas —muy pocas— seguían siendo residencias
confortables y bien amuebladas para ricos y emprendedores. Rebus ya había estado
antes en esa calle, hacía mucho tiempo, durante sus comienzos en el DIC,
investigando la muerte de una joven. Ahora no recordaba mucho de aquel caso.
Estaba demasiado ocupado preparándose para los placeres de la noche.
Se ajustó la pajarita negra. Había alquilado el traje entero, esmoquin, camisa,
pajarita y zapatos de charol, en una tienda de George Street pronto por la mañana. Se
sentía como un idiota, pero tenía que admitir que, al verse en el espejo del cuarto de
baño, lucía muy elegante. No iba a sentirse muy fuera de lugar en un establecimiento
como el Finlay’s de Duke Terrace.
Le abrió la puerta una mujer sonriente, joven, vestida de forma exquisita, que lo
saludó como preguntándose por qué no venía más a menudo.
—Buenas noches —dijo ella—. ¿Le gustaría pasar?
Y tanto, así lo hizo. La antesala era sutil. Color crema, alfombrado de vello denso,
sillas de respaldos altos y aspecto extraordinariamente incómodo que podría haber
Arriba las cosas se habían calmado. Los camareros se ajustaban la ropa con la cabeza
bien alta: se habían defendido bien. Habían echado al grupo de borrachos —Holmes,
McCall, McGrath y Todd—, y ahora Paulette ofrecía bebidas gratis a todo el mundo
para calmar los ánimos. Vio a Rebus salir por la puerta de Hyde’s, y por un momento
se quedó de piedra, y enseguida volvió a ser la azafata perfecta, puede que con la voz
menos cálida y la sonrisa más falsa.
—Eh, John. —Era el comisario Watson, que todavía llevaba su vaso en la mano
—. Menuda pelea. ¿Dónde te habías metido?
—¿Ha visto a Tommy McCall, señor?
Rebus regresó a casa cansado. No era un cansancio físico, más bien debido al
sobreesfuerzo mental. Le costó subir la escalera. Se detuvo en la primera planta,
delante de la puerta de la señora Cochrane, en una pausa que pareció durar algunos
minutos. Intentaba no pensar en Hyde’s, en lo que significaba y en lo que había sido,
las emociones que le había provocado. Pero, aunque no pensara conscientemente en
ello, todavía le revoloteaban algunos fragmentos por la cabeza, pequeños retazos del
horror.
Los gatos de la señora Cochrane querían salir. Podía oírlos al otro lado de la
puerta. Una puertecilla batiente para gatos sería la solución, pero la señora Cochrane
no se fiaba. Sería como dejar la puerta abierta a cualquier desconocido, había dicho
ella. Cualquier gato viejo podría sorprenderla.
Cuánta razón. Rebus sacó fuerzas de flaqueza para subir otro tramo de escaleras.
Abrió la puerta y, una vez dentro, la cerró. Su santuario. Se quedó en la cocina
masticando un panecillo seco mientras esperaba a que el agua hirviera.
Watson había escuchado su historia con creciente desasosiego y sin dar crédito.
Había elucubrado en voz alta sobre cuánta gente importante podía estar implicada.
Pero la respuesta solo la sabían Andrews y Lanyon. Habían encontrado una cinta de
vídeo, además de un escalofriante puñado de fotos. A Watson se le quedó la boca
lívida, aunque a Rebus muchas de las caras no le sonaban de nada. Otras sí. Andrews
estaba en lo cierto cuando se refería a jueces y fiscales. Afortunadamente no aparecía
ningún policía. Excepto uno.
Rebus había querido aclarar un asesinato, y en cambio había tropezado con un
nido de víboras. No estaba seguro de que aquello saliera a la luz. Echaría por tierra
demasiadas reputaciones. La fe de la gente en los principios y su confianza en las
instituciones de la ciudad y del país entero quedarían dinamitados. ¿Cuánto llevaría
recoger los añicos de ese espejo roto? Rebus examinó su muñeca vendada. ¿Cuánto
tiempo pasaría hasta que cerraran las heridas?
Se llevó el té a la sala. Allí lo esperaba Tony McCall sentado en un sillón.
—Hola, Tony —dijo Rebus.
—Hola, John.
—Gracias por echar una mano.
Rebus durmió muy mal, y se despertó temprano. Se duchó, pero esta vez no cantó.
Llamó al hospital y averiguó si Tracy estaba bien, y si Finlay Andrews se había
curado y recuperado de su pequeña pérdida de sangre. Luego partió hacia la
comisaría de Great London Road, donde Malcolm Lanyon estaba detenido a la espera
de ser interrogado.
Rebus seguía siendo oficialmente inexistente, y el interrogatorio había sido
asignado a los detectives Dick y Cooper. Pero Rebus quería estar cerca. Conocía las
respuestas a todas las preguntas, conocía la clase de trucos que Lanyon era capaz de
emplear. No quería que el hijo de puta se saliera con la suya por un tecnicismo.
Primero fue a la cantina, compró un bocadillo de beicon, y, al ver a Dick y
Cooper en una mesa, se sentó con ellos.
—Hola, John —lo saludó Dick, con la mirada clavada en el fondo negro de una
taza de café.
—Sois un par de madrugadores —observó Rebus—. Debéis de estar muy
interesados.
—El Granjero Watson se lo quiere quitar de encima lo más pronto posible,
incluso antes.
—Ya lo creo. Para que lo sepáis, hoy me quedaré por aquí, por cualquier cosa que
necesitéis.
—Gracias, John —contestó Dick, y por su tono parecía decirle a Rebus que su
ofrecimiento era tan útil como unas orejas de burro.
Llegaron a la sala del hospital justo a tiempo para ser testigos de la eficiencia del
personal en un caso de emergencia. Rebus se apresuró, abriéndose paso. Finlay
Andrews, acostado en la cama con el pecho descubierto, estaba recibiendo oxígeno
mientras le colocaban el aparato para reanimar el corazón. Un médico sostenía las
planchas, con las que luego hizo una presión pausada sobre el pecho de Andrews. Al
instante, una descarga sacudió el cuerpo. La lectura en la máquina seguía inalterable.
Más oxígeno, más electricidad… Rebus se dio la vuelta. Había leído el guión, sabía
cómo acabaría la película.
—¿Qué? —dijo Holmes.
—Un infarto —contestó Rebus con voz anodina. Empezó a alejarse—.
Llamémosle así, porque eso es lo que pondrán en el informe médico.
—¿Y ahora qué?
Holmes caminaba a su lado. Él también se sentía engañado. Rebus reflexionó
sobre la pregunta.
—Probablemente las fotos desaparecerán. Al menos las más comprometedoras.
¿Y quién va a declarar? ¿Qué hay para declarar?
—Han pensado en todo.
—Excepto en una cosa, Brian. Yo sé quiénes son.
Holmes se detuvo.
—¿Y eso importa? —dijo en voz alta a su superior. Pero Rebus siguió caminando.
Hubo un escándalo, pero de los pequeños, y pronto quedó olvidado. Las persianas se
levantaron y la luz volvió a resplandecer en las elegantes casas georgianas, la
milagrosa resurrección del espíritu haría que no se quebrara la fe. Se informó sobre
las muertes de Finlay Andrews y Malcolm Lanyon, y los periodistas chapotearon
entre la morralla y la mentira, como era habitual. Sí, Finlay Andrews dirigía un
casino en el que no todas las actividades eran estrictamente legales, y sí, Malcolm
Lanyon se había suicidado cuando las autoridades habían empezado a cercar su
pequeño imperio. No, no daban detalles sobre cuáles podrían haber sido esas
«actividades».
El suicidio del agente inmobiliario James Carew no tenía ninguna relación con el
suicidio del señor Lanyon, si bien es cierto que los dos hombres eran amigos. En
cuanto a la relación del señor Lanyon con Finlay Andrews y su casino, en fin, quizá
nunca lo sabríamos. Que el señor Lanyon hubiera sido nombrado como el albacea del
señor Carew no era más que una triste coincidencia. De todas formas había otros
abogados, ¿verdad?
Por la noche caminó sigiloso hasta la sala y encendió la lámpara del escritorio. Con
una luz tímida, como la linterna de un policía, la lámpara alumbraba el pequeño
archivador que estaba junto al equipo de música. La llave estaba escondida debajo de
una esquina de la alfombra, un escondite tan seguro como el colchón de la abuela.
Abrió el armario y sacó una carpeta delgada y se la llevó al sillón, el sillón que había
sido su cama durante varios meses. Se sentó, sereno, recordando el día que había
estado en el piso de James Carew. Aquella vez había estado tentado de llevarse el
diario privado de Carew y quedárselo. Pero había resistido a la tentación. No así la
noche del Hyde’s. Allí, estando un momento a solas en el despacho de Andrews, le
había birlado la fotografía de Tony McCall. Tony McCall, un amigo y un compañero
con el que ya no tenía nada en común. Excepto, quizá, el sentido de culpa.
Abrió la carpeta y sacó las fotografías. Se las había llevado junto con la de
McCall. Cuatro fotografías, cogidas al azar. Volvió a mirar las caras, como hacía la
mayoría de las noches en que le costaba conciliar el sueño. Caras que reconocía.
Caras con nombres, nombres detrás de voces y de apretones de manos. Gente
importante. Gente influyente. Había pensado mucho en eso. En realidad casi no había
pensado en otra cosa desde aquella noche en el Hyde’s. Sacó la papelera de metal de
debajo del escritorio, dejó caer las fotografías dentro, y encendió una cerilla, como
tantas otras veces.