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La Soberbia

La soberbia es el vicio más grave según la tradición cristiana porque implica rechazar a Dios y desear ser como Dios. La soberbia puede manifestarse de varias formas, como creerse autosuficiente, despreciar a los demás, o jactarse de habilidades que no se poseen. Es particularmente peligrosa para aquellos en posiciones de poder o prestigio. Si no se mantiene humildad y conciencia de los propios límites, el éxito puede llevar a caer en la soberbia.

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La soberbia es el vicio más grave según la tradición cristiana porque implica rechazar a Dios y desear ser como Dios. La soberbia puede manifestarse de varias formas, como creerse autosuficiente, despreciar a los demás, o jactarse de habilidades que no se poseen. Es particularmente peligrosa para aquellos en posiciones de poder o prestigio. Si no se mantiene humildad y conciencia de los propios límites, el éxito puede llevar a caer en la soberbia.

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La soberbia

ILUSIÓN DE SER DIOS


Giovanni Cucci

¿Qué es la soberbia?

La soberbia es un vicio claramente reconocido en su gravedad por la reflexión bíblica, que ve


en ella la raíz de la mala acción: «Porque el orgullo acarrea la ruina y un gran desorden» (Tb
4,13); «Antes de la catástrofe está el orgullo, y antes de la caída, el espíritu altanero. Más vale
ser humilde entre los pobres que repartir el botín con los orgullosos» (Prv 16,18s). El que cae
en la soberbia es en realidad un iluso que ha olvidado su origen de Dios: «¿De qué se
ensoberbece el que es polvo y ceniza, si aún en vida sus entrañas están llenas de
podredumbre? […]. El orgullo comienza cuando el hombre se aparta del Señor y su corazón se
aleja de aquel que lo creó. Porque el comienzo del orgullo es el pecado y el que persiste en él,
hace llover la abominación» (Eclo 10,9.12-13).

Esta raíz perversa, típica de la soberbia, fue reconocida desde el principio por los Padres de la
Iglesia: «Si uno cede a veces a un vicio, no se encuentra del todo privado de las demás virtudes,
sino sólo de aquella que ha fracasado por la oposición del vicio directamente opuesto a ella, y
así ha logrado conservar las otras, al menos en parte. La soberbia, por el contrario, una vez que
ha logrado ocupar la mente de algún desgraciado, como un tirano extremadamente cruel,
habiendo invadido la más alta fortaleza de las virtudes, derriba toda la ciudad desde los
cimientos y la destruye»[1].

La soberbia es el vicio de los «perfectos» o, mejor dicho, de los que se creen tales y presumen
de autosuficiencia, cerrándose así a la salvación. Como observa San Ignacio de Loyola, la táctica
del enemigo de la naturaleza humana es muy parecida a la que vemos en la manifestación de
este vicio, porque halaga al alma poniéndole delante sus «puntos fuertes», haciéndole sentirse
importante y superior a los demás, apartando así su corazón y su mente de su Creador y Señor.
No es casualidad que la tradición espiritual invite a vigilar especialmente los propios puntos
fuertes (reales o presuntos), advirtiendo contra el peligro de sentirse demasiado confiado: sólo
conociendo los propios límites es posible mantener despierto el espíritu, cultivando esa actitud
de conciencia interior que el Evangelio llama «vigilancia». Sin esto, el cargo recibido y la
posición de prestigio pueden ser fácilmente visitados por la soberbia, convirtiéndose en causa
de mal y de ruina para el alma: «La soberbia, reina de los vicios, tan pronto como ha
conquistado el corazón, lo entrega inmediatamente a la devastación como a sus dependientes,
a los siete pecados capitales, de los que se deriva toda la multitud de los vicios»[2].

Por eso, este vicio encuentra un ambiente particularmente favorable en quienes ejercen una
posición de prestigio y de gobierno. La relación entre el ejercicio del poder y la soberbia está
claramente subrayada en la Escritura, que advierte a quienes ocupan puestos de
responsabilidad contra el grave peligro de creerse el centro del mundo por el mero hecho de
haber sido designados para tal cargo: «¡Presten atención, los que dominan multitudes y están
orgullosos de esa muchedumbre de naciones! Porque el Señor les ha dado el dominio, y el
poder lo han recibo del Altísimo: él examinará las obras de ustedes y juzgará sus designios […].
Al pequeño, por piedad, se le perdona, pero los poderosos serán examinados con rigor. Porque
el Señor de todos no retrocede ante nadie, ni lo intimida la grandeza: él hizo al pequeño y al
grande, y cuida de todos por igual. Pero los poderosos serán severamente examinados» (Sab
6,2-3.6-8).

Es muy fácil caer presa de este vicio y, para aumentar la propia reputación, llegar a los más
terribles excesos: «Cuando la tendencia a acentuar el mal del prójimo se combina con nuestra
tendencia opuesta a dar mayor peso a lo bueno que hay en nosotros, y al mismo tiempo a
ignorar nuestro propio mal, tenemos una fórmula para el vicio de la soberbia»[3]. Como en los
demás vicios, en el caso de la soberbia, lo propiamente malo no es tanto el objeto material
hacia el que se dirige, sino la pérdida de medida que se sigue de tal acción y que conduce a la
ruina. La soberbia es el riesgo típico de quienes han alcanzado metas victoriosas, es el riesgo,
más en general, de cuando las cosas parecen ir a las mil maravillas, cuando los éxitos y el
reconocimiento llegan por todas partes. La Biblia llama a vigilar atentamente cuando todo
parece ir bien, porque se hace más difícil reconocer la trampa oculta: «Cuando la gente afirme
que hay paz y seguridad, la destrucción caerá sobre ellos repentinamente, como los dolores de
parto sobre una mujer embarazada, y nadie podrá escapar (1 Tes 5,3)». En efecto, el éxito
puede marear, haciendo perder el sano contacto con la propia «tierra», con la verdad de uno
mismo, expresada por esa actitud fundamental que es la humildad (de humus, tierra): «Cuando
te hayas elevado a la cima de la virtud, entonces necesitarás mucha seguridad. El que cae
desde abajo se eleva rápidamente, pero el que cae desde arriba corre el riesgo de morir»[4].

Esta mirada distorsionada, que lleva a perder de vista la verdad de uno mismo en pos de algo
evanescente, es típica del orgullo. Dante, en el Purgatorio, impone a los orgullosos enormes
peñascos que los aplastan, obligándoles finalmente a mirar hacia abajo, asumiendo una
postura de forzada humildad, algo que nunca han sabido hacer a lo largo de su vida. Reconoce
entre ellos rostros conocidos, artistas famosos arruinados por el éxito, colocados ahora en una
actitud antinatural respecto a cuando estaban vivos. La búsqueda desesperada de la fama, a la
que habían dedicado todas sus energías, incluso una vez alcanzada, fue un breve destello,
inmediatamente disuelto; ante la eternidad se muestra toda la locura del honor y la gloria:

¡Oh, gloria vana, de la humana cosa!

¡En tu cima cuan poco el verde dura

si el tiempo no la arraiga vigorosa!

Gloriose Cimabué, de la pintura

el campo mantener: Giotto ha venido

y su fama se ha vuelto sombra oscura.

Así arrebata el uno al otro Guido,

la gloria de la lengua: y quizá breve

nazca quien a los dos eche del nido.

Es el rumor mundano soplo leve

que viene y va cual pasajero viento,

y nombre cambia al lado que se mueve[5].


¿Por qué la soberbia es el vicio más grave?

La gravedad de la soberbia, como «madre de todos los vicios», radica, para Santo Tomás, en el
bien que rechaza; aunque el objeto que persigue (el mundanal ruido, como diría Dante) no sea,
materialmente hablando, más grave que otros actos, llega a serlo cuando se trata de oponerse
al bien supremo, Dios: «La soberbia posee la máxima gravedad, porque en otros pecados el
hombre se aparta de Dios por ignorancia, por flaqueza o por el deseo de otro bien, pero en la
soberbia se aparta de Dios porque no quiere someterse a Él o a su norma […]. Por tanto,
apartarse de Dios y de sus mandamientos, que es como un corolario en otros pecados, es
esencial en la soberbia, cuyo acto es el desprecio de Dios. Y como lo que es esencial tiene
siempre prioridad sobre lo que es accidental o indirecto, es evidente que la soberbia es por su
género el más grave de los pecados: pues tiene prioridad en la aversión, que es el constitutivo
formal de la culpa»[6].

Por tanto, puede prosperar en el deseo de perfección (al fin y al cabo, el orgullo es la búsqueda
de la perfección) de quienes han alcanzado metas importantes, como conocimientos, títulos,
prestigio, incluso buenas obras. En todos estos ámbitos, de hecho, uno se ve tentado, como
diría San Ignacio, a «acabar en sí mismo»[7], a hacerse el centro de todo. Por eso la soberbia se
considera el vicio más grave, que debe colocarse en primer lugar, como raíz de toda posible
acción mala: «Puesto que la soberbia implica una ruptura del orden de la creación y un choque
frontal con Dios, ella expresa la esencia misma de la culpa y, en cierto modo, subyace a todos
los pecados. La soberbia está en la raíz de la avaricia, ya que el deseo de acumular está
animado por la voluntad de afirmar la propia excelencia; la soberbia genera – en el caso de
Lucifer – la envidia; y el ejemplo de Adán y Eva muestra cómo la gula fluye directamente de la
soberbia y la lujuria indirectamente. Pero más allá de los pecados individuales, la soberbia
representa el tipo supremo al que todos pueden remontarse, ya que no son sino diversas
formas de desprecio a Dios»[8].

Esta tendencia intrínseca a rechazar a Dios hace que la soberbia esté presente en todos los
demás vicios, aunque no sea un acto materialmente más grave que otros, como, por ejemplo,
la violencia, el robo o el asesinato: «Hablar de la “raíz” de los vicios equivale ciertamente a
afirmar que la soberbia está en la base de todo el árbol del mal, pero significa también […] que
la soberbia es un vicio que no puede verse sino a través de sus filiaciones; anida en el interior
del alma, pero termina por hincharla hasta el punto de que ya no puede contenerse en ella y se
desborda hacia el exterior en una ostentación vacía e inútil. Así nace del seno de la soberbia la
primera de sus hijas: la vanagloria»[9].

Según San Gregorio Magno, hay cuatro formas de soberbia: 1) están los que creen que son la
única razón de todo logro y habilidad; 2) están los que, aun creyendo en Dios, presumen de
que todo lo que son y tienen se debe, después de todo, únicamente a su propio mérito; 3)
están los que se jactan de tener y manifestar habilidades que no tienen; 4) y, finalmente, están
los que desprecian a los que no poseen las habilidades y logros que ellos poseen[10]. Para
destacar las características peculiares de este vicio, San Gregorio introdujo imágenes que más
tarde se hicieron clásicas: «raíz», «principio», «reina», «comandante supremo» que dirige el
asalto de los vicios contra el alma. Con la soberbia se entra en una batalla que parece no dejar
escapatoria, porque el enemigo se disfraza de amigo, penetra en las buenas acciones,
contamina los discursos más ascéticos y espirituales, influye en las empresas más bellas y
santas. Es como un gas, tanto más peligroso cuanto que es invisible e inodoro; el orgullo parece
inexpugnable porque siempre puede aportar justificaciones excelentes y persuasivas.

El crecimiento en la virtud por sí mismo no mantiene inmune del grave riesgo de la soberbia, ya
que la consideración de estos bienes lleva al sujeto a replegarse sobre sí mismo, a contemplar
su propia grandeza, olvidando que es Dios la fuente de todo bien posible. Incluso las acciones
caritativas pueden verse influidas por el veneno del orgullo y la vanagloria, ya que pueden
realizarse para glorificarse a uno mismo y sentirse importante[11]. Por tanto, todos los caminos
pueden conducir al orgullo, es más, es capaz de abarcar todos los opuestos, como señala
Casiano: «Si la vanidad no puede insinuarse a través de una túnica bien usada y limpia, lo
intenta a través de ropas sucias, toscas y desaliñadas: quien no ha sido vencido por la gloria, es
abatido por la humildad; quien no se ha elevado por la profundidad del conocimiento o la
habilidad de la palabra, es vencido por la capacidad de guardar silencio. Si un monje ayuna
abiertamente es tentado por la vanagloria; si lo oculta para escapar de la gloria que le llegaría,
cae igualmente en la vanagloria»[12].

¿En qué se reconoce la soberbia?

Esta es la gran trampa de la soberbia. Se presenta como un excelente consejero para conseguir
grandes cosas, pero no con vistas a la caridad, es decir, a la unión con Dios y con los hermanos,
sino para subir al podio de la vida espiritual más alto que los demás.

¿Cómo es posible, pues, reconocer este vicio, si también se encuentra en la raíz de las buenas
obras? La soberbia y la humildad no pueden distinguirse por su propensión (la una hacia arriba
y la otra hacia abajo); lo que marca la diferencia es el equilibrio y el cuidado de no sacrificar
aspectos esenciales de la bondad: las acciones inspiradas por la soberbia, aunque relevantes,
siempre tienen algo que desentona, que está mal, en lo que se manifiesta, como diría San
Ignacio de Loyola, «la cola de serpiente». Los padres de la Iglesia habían reconocido
claramente los puntos críticos capaces de desenmascarar este vicio, más allá de su apariencia
de bondad.

Un primer aspecto problemático es el ámbito de las relaciones. El orgulloso, aunque se


relacione con personas (¡sobre todo con personas importantes!), vive en constante
competencia con quienes considera superiores a él, y es alérgico a cualquier discurso del que
no sea objeto. Sin embargo, esta falsedad básica es bien reconocida por sus interlocutores,
porque despierta una fuerte irritación, debido a su tono «meloso y al mismo tiempo
venenoso», combinado con su gran necesidad de ser reconocido y aprobado. Y, en efecto, si
esto no ocurre o si el oyente se atreve a insinuar alguna crítica o desaprobación, el escenario
cambia inmediatamente: el tono se vuelve agrio, resentido, aunque se exprese con una sutil
sonrisa en los labios, con una mirada de lástima o, a lo sumo, con una broma.

Sin embargo, la relación con el otro sigue siendo de juicio y desprecio; un relato de la tradición
islámica es muy instructivo a este respecto. El sufí Sadi de Shiraz cuenta haber caído en esta
tentación durante su viaje espiritual: «Cuando era niño, era un niño piadoso, ferviente en la
oración y la devoción. Una noche estaba velando con mi padre, con el sagrado Corán en mi
regazo. Todos los demás en la habitación empezaron a dormitar y pronto se quedaron
profundamente dormidos, así que le dije a mi padre: “Ninguno de estos dormilones abre los
ojos ni levanta la cabeza para rezar sus oraciones. Se diría que están todos muertos”. Mi padre
respondió: “Mi querido hijo, preferiría que estuvieras dormido como ellos a que estuvieras
murmurando”»[13].

Este episodio denuncia el riesgo de presunción, al que está particularmente expuesto el


hombre religioso. No es casualidad que el Evangelio advierta a menudo al discípulo contra el
fariseísmo, visto como un intento de autosalvación, que se alcanza simplemente en base a las
obras realizadas[14]. Y el momento de la prueba, es decir, el momento en que no llega el
esperado reconocimiento por el bien realizado, se convierte en una prueba de la verdad del
propio corazón (cfr. Dt 8,2) que revela, a menudo para sorpresa de la propia persona, la
verdadera motivación por la que luchaba.

La aspiración a realizar grandes cosas no es ciertamente mala, también puede ser considerada
como magnanimidad[15], por eso Santo Tomás se preocupa de precisar la distinción con
referencia al primer principio: «Si el deseo tiende a la excelencia según la regla de la razón
divinamente informada, será un deseo recto perteneciente a la magnanimidad […]. Si alguien
se aparta de esta regla por defecto, incurre en el vicio de la pusilanimidad; si, por el contrario,
se excede, se dará el vicio de la soberbia, como su propio nombre indica; pues exagerar no es
otra cosa que exceder la medida en el deseo de excelencia»[16]. Esta «justa medida», unida a
la libertad de espíritu respecto a lo que se hace, se convierte en el elemento discriminante, que
permite reconocer el vicio y la virtud. La soberbia, aunque tiende materialmente a hazañas
semejantes a las del santo, carece de la humildad, las reverencias y las humillaciones propias
de la cruz de Cristo.

El fin último de la soberbia es, de hecho, la vanagloria, la tendencia a hacer el bien para
manifestar la propia excelencia, que es el verdadero fin por el que actúa. Santo Tomás lo
reconocía con su habitual agudeza: «Aunque muchos hacen actos de virtud por causa de la
gloria, no por eso el desordenado apetito de gloria está exento de vicio, porque los actos de
virtud no deben hacerse por causa de la gloria, sino más bien por causa de la virtud, o mejor
dicho, por Dios»[17]. En otras palabras, se denuncia el peligro de reducir a Dios a un
instrumento de poder, y la religión a una ideología, a un canal publicitario del propio supuesto
valor: es una manera de forzar a Dios a ponerse al servicio de las pretensiones humanas, que
no por casualidad es también una de las tentaciones que Satanás plantea a Jesús.

El soberbio parece tener la virtud y la voluntad de progresar, pero en realidad desdeña la


disciplina, sobre todo cuando implica sumisión y obediencia a alguien. Consideremos de nuevo
la sabrosa descripción que hace Casiano de la impaciencia del monje soberbio obligado a asistir
a una reunión espiritual: «En lugar de suspiros saludables, carraspea, aunque tiene la garganta
seca; finge emisiones catarrales sin ninguna provocación real; sus dedos juguetean y los mueve
a la manera de quien está escribiendo o pintando; todos sus miembros se sacuden a un lado y
a otro de tal manera que hace pensar que, mientras dura la conferencia espiritual, está sentado
encima de un enjambre de gusanos o sobre un montón de clavos muy afilados […]. Durante
todo el tiempo que dura la conferencia, en la que se examina el tenor de la vida espiritual, él,
completamente absorto en sus suspicaces reflexiones, no trata de captar lo que debe servirle
de provecho, sino que con toda aprensión va investigando las razones por las que se ha dicho
cada palabra, o va conjeturando en su interior, en silencio y con gran agitación de su mente,
todo aquello a lo que podría oponerse […]. Sucede así que la conferencia espiritual no sólo no
le reporta ningún beneficio, sino que, además, le es perjudicial y se convierte para él en causa
de mayor culpa»[18].
Hay, pues, una profunda distorsión en la dinámica del orgullo, que el ojo del espíritu sabe, sin
embargo, reconocer con claridad. Quien realiza obras buenas, incluso notables, para exaltarse
a sí mismo, muestra los signos característicos del vicio: tristeza, insatisfacción, amargura y juicio
malicioso hacia los demás, porque carece de la libertad y de la paz propias de quien actúa para
gloria de Dios, buscando servirle y agradarle sólo a Él. Pero es sobre todo el ámbito de la
gratitud el que falta en el soberbio; se ha convertido en un hombre estructuralmente incapaz
de dar gracias a Dios, de hacer «eucaristía». Ha olvidado el don que ha recibido, que está en el
origen de su misma vida: «No posees nada que no hayas recibido de Dios; ¿por qué, pues,
tienes la mente nublada en lo ajeno, como si fuera tuyo? ¿Por qué te embelleces en la gracia
de Dios, como si fuera tu propia posesión? Reconoce al Dador, y no te exaltes más; eres
criatura de Dios, no rechaces al Creador; has recibido ayuda de Dios, no niegues al
benefactor»[19].

Además, su pretensión ilusoria de ser el centro natural de todo le incapacita para el afecto y la
confianza: por eso se ve constantemente como objeto de posibles persecuciones, ataques,
boicots por parte de quienes no quieren reconocer sus logros. Y por eso es perpetuamente
agrio y agresivo, como reconoce otra vez Casiano: «Víctima ya de tales sugestiones, su voz se
hace más fuerte, su manera de hablar se vuelve áspera, sus respuestas amargas e impulsivas,
su manera de andar sostenida y cambiante a la vez, su lenguaje fácil, su jerga insolente; no es
amigo del silencio, salvo cuando alberga en su alma algún rencor contra algún hermano […],
hasta el punto de que se hace muy difícil distinguir si en él es más censurable su hilaridad
abierta y petulante o su seriedad hosca y venenosa»[20]. Esta curiosa mezcla, en el soberbio,
de una extrema suspicacia unida a una credulidad igualmente fácil, le hace caer en el ridículo:
el soberbio, en efecto, es a menudo ingenuo, en cuanto se le lanza el anzuelo de la vanagloria
«muerde inmediatamente el anzuelo», mostrando interés y atención.

La soberbia muestra así su estrecho parentesco con la hipocresía, precisamente por su


dinámica de fingir lo que no se es, de representar un papel que no corresponde a la propia
profundidad. La misma humildad puede contagiarse de tal vicio, manifestándose, además de
en la hipocresía, en la mentira, la falsedad en general y la dureza de corazón denunciadas por
Jesús a los fariseos (cfr. Mt 6, 1-17; 23, 1-7). San Bernardo propone una descripción semejante
de esta aparente seriedad de vida vacía, representando al orgulloso en su actitud hipócrita
«con el rostro inclinado, la cabeza gacha, deja escapar algunas lágrimas si puede; su voz se
interrumpe con suspiros, sus palabras se entremezclan con gemidos»[21]. La hipocresía es el
deseo de parecer «majestuosamente humilde», una grandiosidad que debe ser visible y
reconocida por todos, y es esta forma de autosatisfacción la que revela la falsa humildad, junto
con la incapacidad de callar, de hacerse a un lado.

La reinterpretación teológica del binomio soberbia/humildad y la detección de su proximidad y


sutil coincidencia llevan así a la conclusión de que la virtud opuesta al orgullo no puede ser
propiamente la humildad. Si, en efecto, la soberbia, en su valencia de rebelión contra Dios,
conserva un lugar preeminente entre los vicios y constituye la raíz de todo pecado, la humildad
no puede ser considerada simplemente como su virtud antitética: puesto que la soberbia es el
vicio más grave, debe ser combatida con la mayor de las virtudes. Pero la mayor virtud no es la
humildad, sino la caridad, ya que la persona verdaderamente humilde sólo puede serlo en
virtud de la caridad. Por eso la caridad y la soberbia son antitéticas entre sí: si el soberbio
amara, dejaría por ello de ser soberbio, porque el amor exige salir de uno mismo y declarar
que uno no puede bastarse a sí mismo, y sobre todo interesarse por el otro más que por uno
mismo. Estamos verdaderamente en las antípodas del orgullo.

Las numerosas hijas de la soberbia

Santo Tomás subraya que quien es presa de este vicio tiende fácilmente a creer lo que no es, a
cerrar los ojos a sus propias limitaciones para magnificar las faltas del prójimo[22]. La soberbia
es una especie de locura lúcida, pues se acaba habitando un mundo irreal en el que se es
esclavo del supuesto juicio y reconocimiento de los demás. Se muestra aquí su característica
eminentemente espiritual, pues concierne ante todo a la imaginación, al deseo desenfrenado
de ser lo que no se es[23], de sobresalir a toda costa, poniendo así de relieve su contradicción,
de aspirar a lo más alto descendiendo al mismo tiempo a niveles morales cada vez más bajos,
hasta el punto de volverse capaz de cualquier maldad.

Como raíz de todo vicio, la soberbia también conoce manifestaciones específicamente


carnales, que la acercan a la lujuria. Al igual que el orgulloso, el lujurioso es estructuralmente
incapaz de conocer al otro, de amarlo, lo considera un objeto para obtener placer mediante la
seducción, la conquista y la humillación[24]. En el seductor hay un gélido y distante
sentimiento de superioridad hacia el seducido, el típico estado de ánimo del soberbio,
exactamente en las antípodas del amante, torpe, tímido, frágil, incómodo. El lujurioso busca el
erotismo, pero no el amor, un instrumento de disfrute, no el deseo de hacer feliz a la otra
persona; si puede infligir sufrimiento, obtiene mayor disfrute de ello. La soberbia y la lujuria
tienen en común la ausencia de sentimientos como la dulzura, la emoción, el afecto.

El típico «hielo afectivo» que caracteriza a los orgullosos advierte también contra un peligro,
esta vez más pertinente para la vida religiosa, el de estar desprovisto de sentimientos,
creyéndose autosuficiente: «Algunos padres, como san Jerónimo, san Agustín y san Bernardo,
llegaron a decir que “más vale ser un humilde incontinente que un virgen orgulloso”»[25]. Los
maestros de la vida espiritual reconocían a un alma casta no tanto porque fuera virgen, sino
porque estaba animada por esa humildad que es fruto de la caridad, del mismo modo que
denunciaban al lujurioso por su actitud altiva.

Esta observación lleva a revisar una asociación demasiado fácil entre castidad y simple
abstinencia. La soberbia, expresión de una posesión irrespetuosa de sí mismo y de los demás,
es también contraria a la castidad: no se quiere depender de nadie porque nunca se ha amado
a nadie. A este riesgo está particularmente expuesto el célibe, y por tanto el religioso, más que
el casado: «Hay una gran afinidad entre la humildad y la castidad, como, por otra parte, entre
la soberbia y la lujuria. La lujuria es el orgullo de la carne, y el orgullo es la lujuria del espíritu.
Los célibes y las vírgenes están particularmente expuestos a la tentación del orgullo. Son los
que nunca se han arrodillado ante una criatura, reconociendo su incompletud y su necesidad
del otro y diciendo: “¡Dame tu ser, que el mío no basta!”. De una comunidad de vírgenes muy
austeras y cultas (creo que era la famosa de Port-Royal), un visitante enviado por la autoridad
eclesiástica decía en su informe: “Estas mujeres son puras como ángeles, pero orgullosas como
demonios”»[26]. Estas características del orgullo también han encontrado confirmación en
investigaciones más recientes en los ámbitos psicológico y sociológico.
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