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Impacto económico y juicios en dictaduras

El documento describe el modelo económico de las dictaduras militares en Latinoamérica en las décadas de 1960 y 1970, y los juicios posteriores contra los responsables de violaciones a los derechos humanos. Las dictaduras adoptaron políticas neoliberales que desestabilizaron la economía y empobrecieron a la población. La Argentina fue el único país que juzgó a los máximos responsables, aunque hubo intentos posteriores de otorgar impunidad. Actualmente continúan los juicios contra represores en varios países de la región.

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Impacto económico y juicios en dictaduras

El documento describe el modelo económico de las dictaduras militares en Latinoamérica en las décadas de 1960 y 1970, y los juicios posteriores contra los responsables de violaciones a los derechos humanos. Las dictaduras adoptaron políticas neoliberales que desestabilizaron la economía y empobrecieron a la población. La Argentina fue el único país que juzgó a los máximos responsables, aunque hubo intentos posteriores de otorgar impunidad. Actualmente continúan los juicios contra represores en varios países de la región.

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El modelo económico de las dictaduras:

Las dictaduras militares latinoamericanas que se desarrollaron a partir de la década de 1960 buscaron
transformar económica y políticamente las sociedades en las cuales se produjeron. Países como la
Argentina y Brasil, que desde la década de 1940 habían tenido un desarrollo productivo enmarcado en
el modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI), se vieron afectadas por la
apertura indiscriminada de la importación.
En mayor o menor medida según las etapas, la economía había venido avanzando y mostraba tasas de
crecimiento sostenidas, acompañadas por una diversificación productiva y un notorio desarrollo
científico tecnológico aplicado a las actividades productivas. Esto permitió una importante participación
de las exportaciones no solo de productos primarios sino también de manufacturas con valor agregado
en el total de las ventas al extranjero.
Desde el punto de vista social, la aplicación de la legislación social y laboral, el pleno empleo y el nivel de
salarios promovieron la redistribución de la riqueza y permitieron que quedara en manos de la clase
trabajadora el 45% del PBI (a comienzos de la década de 1970). Estas características, sumadas a un
sistema de salud y educación de calidad, permitían una movilidad social generalizada y ascendente.
Este modelo económico y social beneficiaba en mayor medida a las empresas vinculadas con el mercado
interno y, en cambio, no era tan conveniente para los sectores que tradicionalmente habían tenido el
poder económico en la Argentina (sector agroexportador, financiero y algunas empresas de capital
extranjero). Además, la sociedad estaba muy movilizada: agrupaciones sindicales, estudiantiles e
intelectuales reclamaban cambios más radicales y la participación política plena. Esta movilización era
vista como motivo de inestabilidad.
Cuando e ministro de Economía de la última dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, anunció el 2 de
abril de 1976 las bases del plan económico, denominado “Programa de recuperación, saneamiento y
expansión de la economía argentina”, un drástico cambio de paradigma económico se hizo público. Los
puntos centrales eran:
 Elevar la eficiencia del sistema productivo por medio de la competencia y el libre comercio;
 Restringir la injerencia del Estado en la economía;
 Frenar la inflación;
 Incentivar la inversión extranjera.
En la práctica, la baja de las tasas arancelarias para la importación hizo que ingresaran muchos
productos a bajo precio y compitieran en desigualdad de condiciones con la producción local. La
consecuencia fue que las empresas que no pudieron competir con la alta tecnología o con los bajos
costos, cerraron sus fábricas. Así, cerraron sus plantas un gran número de pequeñas y medianas
empresas y también algunas grandes, entre ellas General Motors, Peugeot, Citroën y Siam.
Además, se permitió congelar el salario de los trabajadores, se prohibió ejercer el derecho de huelga y
se intervinieron militarmente los sindicatos. El Estado se hizo cargo de deudas que algunas granes
empresas habían contraído en el extranjero y tomó nuevos préstamos de los organismos internacionales
de crédito. De ese modo, la deuda externa pasó de casi 8 mil millones de dólares en 1975 a 45 mil
millones de dólares en 1983.
El resultado de esta reforma económica fue el inicio de un proceso de desindustrialización con aumento
de pobreza y desocupación y de concentración progresiva de la riqueza; la mayoría de la población fue
perdiendo el nivel de vida que había alcanzado a mediados del siglo XX.
Los juicios contra los represores:
La Argentina fue el único país latinoamericano que llevó a un juicio civil, y no a la justicia militar, a los
máximos responsables de una dictadura. En 1985, el presidente Raúl Alfonsín ordenó realizar el juicio a
las juntas, primero para recopilar información y conocer qué había sucedido en esos años y, segundo,
para que se castigue a los responsables.
Antes, con el fin de recolectar información en apoyo a la investigación sobre violaciones de derechos
humanos durante la dictadura, se había creado la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas
(Conadep). El 20 de septiembre de 1984 la Conadep hizo público un informe publicado con el nombre de
Nunca Más y los datos recopilados se utilizaron en el juicio a las juntas.
Las presiones de sectores militares hicieron que en 1986 el Congreso sancionara la Ley de Punto Final
(Nº 23492) y, al año siguiente, la Ley de Obediencia Debida (Nº 23521), con el fin de que cesara la
investigación y no se culpara a oficiales jefes, oficiales subalternos, suboficiales y personal de tropa de
las Fuerzas Armadas, de seguridad, policiales y penitenciarias porque, según el argumento utilizado,
habían seguido órdenes y no había nacido de ellos la violación de la Constitución.
Una de las primeras medidas que tomó Carlos Menem en su primera presidencia (1989 – 1995) fueron
diez decretos que indultaron a civiles y militares que habían sido condenados por cometer delitos
durante la dictadura, incluyendo a quienes ocupaban los más altos cargos públicos. Tanto las Leyes de
Obediencia Debida y Punto Final como los decretos de indultos son conocidos como las “leyes de
impunidad”.
En 2003, bajo la presidencia de Néstor Kirchner, se promulgó la ley Nº 25779, que derogó las leyes de
Obediencia Debida y Punto Final, y de este modo la justicia quedó habilitada para enjuiciar a los
acusados de delitos de lesa humanidad.
La jueza Cristina Garzón fue la primera en retornar a los juicios imputando y condenando a prisión
perpetua a Luciano Benjamín Menéndez, acusado de coautor de secuestro, tortura, homicidio y
desaparición de cuatro personas.
En 2007, la Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró “constitucionalmente intolerables” los
indultos, tras lo cual fueron anulados: las cúpulas de las Fuerzas Armadas de aquellos años quedaron
nuevamente en manos de la justicia civil.
Actualmente hay 779 ex militares y civiles acusados de represores según la Unidad Fiscal de
Coordinación y Seguimiento de las Causas por Violaciones a los Derechos Humanos, dependiente de la
Procuración General de la Nación. Hasta julio de 2010 fueron enjuiciadas 123 personas, de las cuales
110 resultaron condenadas y 13 fueron absueltas.
Los demás países latinoamericanos fueron más condescendientes con sus dictaduras. En el caso chileno,
recién el 12 de enero de 1998 abogados de derechos humanos presentaron la primera de más de 70
demandas contra el general Pinochet. Sin embargo, nunca estuvo preso. Lo máximo que logró fue que la
Corte Suprema de ese país le quitara los fueros parlamentarios, ya que al retirarse del Poder Ejecutivo
fue nombrado senador vitalicio para evitar que se lo juzgara. Falleció en diciembre de 2006 sin enfrentar
a la justicia.
En Brasil existe, desde hace más de treinta años, una ley de amnistía que protege de juicio a militares y
represores del régimen militar que duró de 1964 a 1985. En abril de 2010 la Corte Suprema de ese país
decidió mantenerla, pese a que el gremio nacional de abogados había solicitado su anulación.
A fines de julio de 2010, el presidente uruguayo José Mujica impulsaba un proyecto para derogar la ley
que amnistió a los represores de la dictadura, conocida como Ley de Caducidad.

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