Caja Negra
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El patíbulo
Se fue al mazo enojado, arrojando las cartas furioso contra la mesa y
levantándose bruscamente de la silla. Llevaba casi ocho horas en ese
garito, tenía hambre y la suerte le había sido esquiva como pocas
veces en la vida. Para colmo no lo dejaban fumar adentro así que cada
media hora se iba a dar algunas pitadas incómodo a los fondos del
lugar donde, a través de una larga serie de pasillos, se accedía a un
pulmón de manzana en el cual se abría un patio chiquito con olor a
cloacas rebalsadas y a tabaco rancio. Si quería ir a la vereda tenía que
pasar un par de controles que incluían cacheos vergonzantes y además
corría el riesgo de que no lo volvieran a dejar entrar o de que
cualquiera lo reconociera en la entrada del antro fumando con cara de
haber perdido demasiado, así que prefería fumar en el patio del fondo.
A ese sitio lejano del mundo real pero cercado por concretas paredes
altísimas, los jugadores de naipes en lugar de llamarlo patio le decían
cariñosamente patíbulo. Ahí se encontraban los perdedores, entre el
humo, con las caras cansadas de mirar cartas malas, los bolsillos
vacíos y las excusas del manual de los presos. Las historias que se
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solían escuchar ahí eran tan oscuras como ingenuas. Una mezcla de lo
que eran ellos mismos.
Esa noche un hombre gordo y transpirado con la camisa abierta hasta
el penúltimo botón encendía un cigarrillo con el otro mientras les
narraba a los presentes un plan maestro para hacerse de una fortuna
sin tomar riesgos. Lo particular del asunto era que como no confiaba
demasiado en sus compañeros de patíbulo se los contaba sin despejar
las incógnitas. Por lo tanto a medida que hablaba iba dejando huecos
importantes en la historia como por ejemplo dónde sería el robo, a
quién y de qué manera.
Fue durante ese parloteo inconducente cuando de pronto se
escucharon disparos, gritos y golpes. Primero como si se tratase de
una lejana discusión, pero enseguida como lo que era, un
allanamiento.
El gordo trabó la puerta del patíbulo para que los policías no pudieran
ingresar a ese recinto horrendo que de pronto se había convertido en
el único sitio seguro para ese puñado de sobrevivientes y con un
golpe hizo estallar la única lamparita que alumbraba ese infierno.
-La oscuridad siempre favorece al que conoce el terreno -explicó en
su susurro-. Siempre que entren ladrones a sus casas corten la luz.
Desde adentro se continuaban oyendo exclamaciones violentas,
sirenas de patrulleros y pasos que se acercaban. El primer golpe
contra la puerta del patíbulo retumbó dentro de esa penumbra como
un trueno en los dientes. La estaban queriendo derribar a las patadas y
aunque la puerta resistía porque abría para adentro era evidente que se
iba a quebrar en cualquier momento.
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Fue entonces que iluminando con los encendedores reconocieron en
el suelo, entre las plantas, una particular figura metálica y antigua a la
cual nunca le habían prestado demasiada atención porque siempre
habían creído que se trataba de un adorno abandonado de la época de
los aljibes. Sin embargo ahora que necesitaban escapar si o sí, la
percepción se había agudizado y de repente se revelaba como la tapa
de una olla enorme enterrada o como la pequeña cúpula de una
construcción subterránea. Con gran esfuerzo la corrieron lo suficiente
como para introducirse dentro del hueco que dejaba en el piso y sin
pensarlo se fueron arrojando hasta ir cayendo sobre una superficie
húmeda y viscosa.
Se quedaron parados ahí abajo sin prender los encendedores porque el
gordo les dijo que los gases de las cloacas eran inflamables.
Arriba los policías ya habían roto la puerta y recorrían el patíbulo
descubriendo la antigua cúpula desplazada en el suelo. Los
sobrevivientes presurosos corrieron varios metros por la tiniebla,
alejándose de aquella abertura para no ser descubiertos mientras los
uniformados apenas asomaron la cabeza con alguna linterna que no
alumbró más allá de unos pocos metros. Enseguida desistieron de la
búsqueda y volvieron a sellar la cúpula dejándolos, ahora sí, en la
verdadera oscuridad. Luego los agentes abandonaron el patíbulo para
continuar llevándose detenidos a todos los que estaban en la
superficie y clausuraron el garito indefinidamente.
Quedaron solos, enterrados y abandonados en la peor noche de cartas
de sus vidas.
Los primeros dos días gritaron tanto desde el subsuelo que se
quedaron sin voz y también sin fuerzas al tratar inútilmente de
alcanzar la cúpula trabada.
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El gordo fue el primero que en la desesperación bebió el líquido
nauseabundo que tenían a la altura de los tobillos y perdió el
conocimiento. Su plan ya nunca se llevaría a cabo.
Al tercer día ya no les importaba nada y decidieron tomar el riesgo de
iluminar aquella caverna con los encendedores por más que los gases
hicieran combustión y los quemara vivos. Pero no, pasó algo peor.
A los pocos segundos de alumbrar la oscuridad, cuando los ojos de
ese puñado de perdedores se acostumbraron a distinguir figuras en la
penumbra, pudieron observar consternados la redondez traslúcida del
techo y de las paredes azuladas, verdosas o amarillentas según les
diera el reflejo del fuego. En las alturas, a un costado de la cúpula,
reconocieron entonces un enorme número 1 oxidado por los años y
gastado por los paños y las manos sucias. Por tratarse de jugadores
empedernidos no tardaron mucho en darse cuenta de que estaban
dentro del as de copas.
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El desenterrador
El intendente abrió la conferencia de prensa con una sonrisa enorme
indisimulable y fuera de contexto como si tuviera entre manos una
sorpresiva noticia escondida esperando la ocasión. Y así era. Mientras
tanto respondía una tras otra las preguntas sin salirse de su libreto
leído, estudiado y ensayado a la perfección. Parecía que no quería
dejar nunca esos micrófonos, se notaba que necesitaba que le
siguieran preguntando cosas de toda índole hasta que por fin algún
periodista diera en el clavo y desatara el moño del explosivo regalo
que les tenía preparado. Pero el asunto se extendía y empezaba a
impacientarse. Los enviados de los canales, los diarios, las radios y
las agencias de noticias comenzaron a notar que el intendente estaba
aguardando una pregunta puntual y se miraban entre ellos sin saber de
qué podría tratarse la cuestión.
Pasó casi una hora de conferencia y ya se habían agotado los temas de
siempre, sin embargo el hombre permanecía parado con los dos
brazos apoyados a los costados del atril, con el cuerpo levemente
inclinado hacia adelante, con las cejas cada vez más arriba y la mueca
de expectativa. Daba la sensación de que les estaba transmitiendo la
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pregunta por telepatía. Es más, una periodista militante de las
energías ocultas que la ciencia desconoce le clavó la mirada en la
frente y achinó los ojos con fuerza para ver si era capaz de darse
cuenta de lo que estaba pasando, se concentró todo lo que pudo hasta
que le bajó la presión y la tuvieron que abanicar en el suelo.
Mientras algunos cronistas abandonaban el recinto porque la cosa no
daba para más, el intendente se cansó de la espera y decidió darles
una ayudita con tono superado y desafiante
-¿Y sobre los subtes no me van a preguntar nada?
Los reporteros volvieron sobre sus pasos ante el sugestivo guante que
les había arrojado y supusieron que por fin haría el esperado anuncio
sobre la construcción de nuevas estaciones de subterráneo que tanto
necesitaba la ciudad. Lo único que les parecía raro era que no lo
hubiese anunciado con bombos y platillos al comienzo de la
interminable y anodina conferencia de prensa. Fue entonces que para
cumplir el protocolo uno de los periodistas levantó la mano como en
la escuela para pedir la palabra. El intendente lo miró con la sonrisa
más marcada que nunca y lo señaló con condescendencia
ofreciéndole la posibilidad de preguntar.
-¿Tiene usted algún anuncio para hacer sobre el subte?
El mandatario se frotó las manos y habló sin rodeos luego de tomar
agua y aclararse la garganta para que la noticia no se viera opacada
por su voz aflautada y su pronunciación gangosa y apurada. A su
juego lo habían llamado. O más bien se había llamado solo. Se sintió
de pronto en el living de su casa en el country un domingo a la tarde
explicándole a su mucama en negro los valores que debía inculcarle a
sus hijos por más que fueran de distintos padres o paraguayos.
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-Anoche tuve un sueño, señores -arrancó como Martin Luther King-.
Me acosté preocupado por la movilidad de los habitantes de esta
ciudad que me toca gobernar y me desperté en mitad de la noche con
una idea sensacional. Salté de la cama y llamé a mi asistente para que
me organizara esta conferencia de prensa en la cual estoy a punto de
hacer el anuncio más importante de los últimos años… -hizo una
pausa sin timing esperando que alguien le diera el pie.
La obsecuente periodista militante de las energías ocultas que había
vuelto a ponerse de pie le arrebató el micrófono a un colega y
preguntó en un grito.
-¿Cuál es el anuncio, señor intendente?
-Señoras y señores: ¡Vamos a desenterrar el subte!
Ojalá hubiera sido una metáfora. Un murmullo de desconcierto ganó
la sala.
-¿Qué dijo este pelotudo? -le preguntó bajito un periodista a otro pero
se escuchó en todo el recinto. El intendente hizo como que no lo
había oído y continuó con su alocución.
-La idea es sacar a la superficie a los subtes que tenemos, vamos a
expropiar las casas y a cerrar las calles que se encuentren por sobre el
recorrido actual de todas las líneas. Vamos también a subir las
estaciones. Imagínense, esas estaciones que llevan tantos años en la
profundidad ahora verán la luz, esos vagones a los que tratamos como
gusanos se convertirán en mariposas y toda la ciudadanía podrá
disfrutar de verlos correr por la faz de la tierra como siempre debió
ser. Basta de esconder las obras debajo de la alfombra. Basta de bajar
y subir escaleras. Esto además generará muchísimas fuentes de
trabajo porque hay que demoler, hacer pozos, levantar vías, andenes,
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locomotoras, vagones, estaciones y luego rellenar con tierra todos
esos túneles oscuros.
La periodista se emocionó con el anuncio e intentó aplaudir sin soltar
el micrófono generando un fuerte “toc toc toc” en los parlantes.
-Sé que les va a costar asimilar esta idea -continuó el intendente-
porque ustedes están acostumbrados a la vieja política, pero sepan
que a partir de ahora vivirán en una ciudad moderna y revolucionaria
a la altura de las más avanzadas del mundo. Por último y sin pecar de
falsa modestia quisiera que a partir de hoy me recuerden como “El
desenterrador”, se lo comenté a mi esposa y me dijo que es el mejor
apodo que me han puesto en la vida. Gracias a todos y vayamos a
buscar las palas porque el futuro está en camino.
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El desierto
Se nos ocurrió durante las vacaciones, aburridos y con los pies en el
arroyo mientras hablábamos del Rusito, ese pibe engreído y pedante
que nos refregaba que tenía plata, que estudiaba violín, que su perro
era de raza, que le habían comprado la camiseta oficial de la
Selección y que le gustaba Carolina.
Tal vez eso último firmó su sentencia.
Al Marrón y a mí también nos gustaba, pero nosotros éramos amigos
y nos gustaban las mismas cosas.
Ahora a la distancia no recuerdo ni la cara de Carolina, ni la voz del
Rusito, ni la mirada del Marrón.
Habíamos elegido el zaguán oscuro de una casa abandonada en el
camino por donde el Rusito pasaba a la nochecita cuando salía de las
clases de violín. Nos escondimos ahí con las máscaras de papel, el
bolso, el termo, la bufanda, las sogas y el palo con el clavo.
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Cuando el Rusito pasó por ahí el Marrón le saltó por la espalda, le
tapó la boca y lo metió en el zaguán sin decirle ni una palabra.
Mientras yo lo ataba el pibe se sacudía como un pescado afuera del
agua. En cuanto quedó inmovilizado, el Marrón le llenó de arena con
piedras la boca y se la selló con varias vueltas de bufanda, después le
puso la horca en el cuello enganchada del techo y yo tiré hasta
levantarlo del piso. Ahí el Marrón le molió las costillas a golpes de
violín hasta destrozar el instrumento y luego le bajó un palazo con el
clavo en la cara. Cuando le tiramos el agua hirviendo en las manos ya
estaba desmayado.
Limpiamos todo sin hablar, lo descolgamos y nos fuimos uno para
cada lado.
El mundo se volvió un caos.
La madre habló llorando en la televisión y así supimos que el padre
del Rusito había dejado algunas deudas pendientes al morir y eso
desvió las sospechas. De todos modos al día siguiente varios
uniformados aparecieron por la escuela queriendo averiguar cosas.
Nosotros no estábamos seguros de si el Rusito nos había reconocido
pero por las dudas con el Marrón no nos hablábamos y apenas nos
saludábamos al llegar al colegio.
Los otros compañeros preguntaban qué había pasado, pero nadie, ni
los policías, ni las maestras, ni los periodistas sabían exactamente la
verdad. Los chicos inventaban cosas: Que al Rusito le habían bajado
los pantalones en el teatro, que se le habían caído los dientes, que se
había querido suicidar. El Marrón y yo escuchábamos en silencio.
Por un arbitrario orden alfabético que salteaba a algunos niños me
llamaron a mí para declarar informalmente. Me levanté sin mirarlo al
Marrón y acompañé al policía y a la asistente social hasta la
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biblioteca. Ahí me esperaba la directora junto a un hombre gordo
vestido de traje que fumaba pipa y tenía una pistola asomada en la
cintura. Daba miedo.
A poco de escuchar sus preguntas supe que ni siquiera estaba
rumbeado. Quería saber si yo había visto a alguien raro en la puerta
de la escuela y le dije que sí, que siempre hay autos afuera con
hombres que no esperan a ningún chico y señoras que llevan carritos
de bebés vacíos. Luego firmé una carta de apoyo que había escrito la
directora para el Rusito y volví al grado.
Al Marrón no lo llamaron nunca.
Durante dos semanas hubo un patrullero, periodistas y padres en la
vereda de la escuela. Un mes después volvió el Rusito con un parche
en la cara, cuello ortopédico y guantes. Todos querían verle la herida
pero él no hablaba con nadie, decían que le había quedado una voz
rara y por eso no emitía ninguna palabra sobre su dinero, ni sobre sus
clases de violín, ni sobre su perro, ni sobre su camiseta, ni sobre
Carolina, que además ahora le tenía miedo.
Fue entonces cuando el Marrón y yo empezamos a vernos de nuevo.
Primero a escondidas como si nos estuvieran siguiendo. Nos
encontrábamos en un parque que quedaba lejos al que llamábamos
“El Desierto”, le tirábamos piedras a una estatua que había ahí y nos
íbamos enseguida. Otras veces nos encontrábamos en la lavandería de
un hotel donde trabajaba su tía y jugábamos a probarnos ropa sucia.
De a poco las cosas volvieron a ser como antes y regresamos a la
placita de siempre y al arroyo. Recién la alarma volvió a encenderse
cuando nos invitaron al cumpleaños del Rusito y no podíamos faltar
porque hubiera resultado muy sospechoso; así que fuimos, pero cada
uno por su lado.
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Entre los presentes estaba el gordo que me había interrogado en la
biblioteca aunque sin la pistola en la cintura. Conversaba con la
madre y con el tío del Rusito mientras nos miraban jugar. En un
momento lo perdí de vista cuando giré para verlo de nuevo y sólo
encontré a la madre y al tío clavándome la mirada. Fue en ese
momento que me tocaron el hombro y sentí un golpe por dentro en el
estómago que me cortó la respiración, era el Marrón: “Vamos a casa
que hoy el novio de mi hermana va a llevar una araña en un frasco y
le va a dar de comer un pajarito vivo.”
Agarramos las camperas, saludamos al Rusito que probaba su nuevo
violín y cuando estábamos saliendo nos cortó el paso el gordo de
traje. El Marrón no lo conocía y yo ya no tenía tiempo para avisarle
que ese era el tipo que me había interrogado en la biblioteca.
-¿A dónde van tan apurados, chicos? -nos preguntó con las manos
juntas como si estuviera por usarlas.
-A hacer los deberes. -contestó fríamente el Marrón esquivándolo sin
mirarlo, y nos fuimos.
Su mirada nos pesaba en la espalda pero caminábamos sin darnos
vuelta.
Recién cuando ya estábamos demasiado lejos, me dijo: “Ese gordo
hijo de puta es policía, los reconozco por los zapatos.”
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El ascensor
Las únicas condiciones absolutamente obligatorias que me exigieron
para darme el trabajo fue que no utilizara el ascensor bajo ninguna
circunstancia y que no hablara con nadie acerca de este requisito. En
ese momento yo estaba tan ansioso por ser parte de la empresa que no
reparé en lo absurdo de la cláusula y firmé el contrato de inmediato
con la desbordante alegría que sentía por volver al mercado laboral
tras tantos meses de recorrer infructuosamente los avisos clasificados,
las colas de desempleados y los cartelitos en las vidrieras de los
locales del centro. De todas maneras mi flamante oficina se
encontraba en el segundo piso por lo tanto era más natural subir o
bajar por las escaleras que perder tiempo esperando el ascensor y
además me tomaba la prohibición como un ejercicio diario que al
cabo de un tiempo comencé a disfrutar por tener más aire y más
fortaleza en los músculos de las piernas.
El movimiento habitual de los empleados era absolutamente normal.
Fichaban temprano, tomaban mate, encendían sus computadoras,
archivaban papeles, atendían el teléfono, se tomaban media hora para
almorzar, regresaban con algo que contar, miraban el reloj, asistían a
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alguna reunión con el encargado y a las cuatro de la tarde volvían a
fichar y se retiraban utilizando el ascensor como todo el mundo.
Yo hacía exactamente las mismas cosas pero por las escaleras.
Sinceramente no podía quejarme. Estaba en blanco, tenía vacaciones,
contaba con una buena obra social, me pagaban el último día hábil de
cada mes sin excepción y hasta me suministraban unos vales para
hacer compras que eran como un regalo ya que no los contaba como
parte del sueldo. Es más, al cabo del primer año empecé a pagar las
cuotas de un plan para adquirir el auto que siempre había querido.
Mi vida se había ordenado de repente y por primera vez en mucho
tiempo era realmente feliz. Tal vez mi única cuenta pendiente era que
no utilizaba jamás el ascensor, sin embargo ese estúpido detalle
pasaba desapercibido para todo el mundo porque la mayoría de los
empleados llevábamos constantemente expedientes al piso de abajo o
al de arriba y a nadie le sorprendía que cualquiera abordase las
escaleras sistemáticamente.
En algún momento de aburrimiento me puse a pensar que tal vez a
cada uno de mis compañeros también les habían exigido que
cumplieran con alguna extravagante exigencia como una forma de
mantenernos atentos o de demostrarnos que nos estaban vigilando.
Desde entonces me puse a prestarle atención a las costumbres
extrañas de los demás y descubrí algunas cosas muy particulares. Por
ejemplo: Domínguez jamás se servía café de la cafetera que
gratuitamente se exponía en el pasillo, la señora Rodríguez nunca
bajaba las persianas de su oficina por más que muchas veces el sol le
daba de lleno en el monitor, el doctor Moreira no tenía paraguas y
cuando llovía aparecía siempre absolutamente empapado, el
supervisor Ordoñez lloraba los lunes al llegar a su oficina y el cadete
Martínez no comía. Otros parecían no ir nunca al baño, otros no
hablaban de su familia, otros faltaban los viernes, otros tarareaban
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solamente melodías desconocidas y otros no colgaban sus abrigos en
el perchero. De todas maneras como no podía distinguir si estas
conductas obedecían a un mandato superior o simplemente se trataba
de cuestiones arbitrarias decidí poner a prueba mi teoría. Lo esperé a
Domínguez junto a la cafetera y cuando pasó le extendí la mano con
un vasito de plástico lleno de café. El hombre detuvo su paso veloz y
me miró a los ojos como si quisiera decirme muchas verdades,
aunque solo dijo: “No, gracias, me provoca acidez” y siguió
caminando.
A nadie parecía importarle las cláusulas prohibitivas de los demás,
por lo tanto el pequeño ecosistema funcionaba perfectamente, más o
menos como en la vida real.
Un día de diciembre en el cual casi todos se habían retirado temprano
y nadie le prestaba demasiada atención a nadie, supe que era mi
oportunidad. Me acerqué lentamente a la puerta del ascensor y tras
juguetear unos segundos con el dedo alrededor del botón como si
estuviera distraído pensando en otra cosa, lo presioné. El ruido de su
motor al arrancar me pegó en el centro del pecho como un llamado de
libertad y al cabo de unos pocos segundos lo tuve delante de mí por
primera vez. Giré la cabeza hacia los costados para ver si alguien me
observaba y al darme cuenta de mi absoluta soledad, abrí la puerta,
me introduje dentro del habitáculo y apreté nervioso Planta Baja. El
ascensor comenzó a descender como lo hacía siempre sin importarle
quién lo tripulara. Fueron dos pisos interminables donde mi rostro en
el espejo se veía tenso y expectante pero con una sonrisa
indisimulable. Cuando llegué a destino salí despacio tratando de no
hacer ruido al cerrar la puerta. No había nadie esperando. Caminé
algunos pasos en silencio por el hall central con la mayor naturalidad
posible y me retiré del edificio sin llamar la atención. Recién en ese
momento sentí por fin que tenía el control completo de mi vida.
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A la mañana siguiente apenas llegué al trabajo la secretaria del
encargado me entregó el sobre con la cifra que me correspondía por la
indemnización del despido.
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El laberinto
Durante los primeros meses posteriores al accidente de mi marido
alguien hacía sonar el teléfono de casa cuando no había nadie y solo
dejaba dicho en el contestador: “Mis respetos a la viuda nueva”.
Cuando yo era la primera en llegar a casa borraba de inmediato el
mensaje pero cuando mis hijos lo escuchaban antes todos nos
sentíamos un poco más desamparados.
Nunca supe quién era el que llamaba.
Aquellos tiempos fueron los peores. De pronto la realidad se nos
había dado vuelta por completo y no veíamos en el horizonte ninguna
manera de seguir adelante con nuestras vidas.
Mi hija dormía conmigo en la cama matrimonial desde que
regresamos del velorio. “Nos quedamos solas”, me decía y me
contaba que lo veía a mi marido parado al pie de la cama. “Ahí está…
¿De verdad no lo podés ver?” y señalaba la cortina.
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Yo, que había pasado mi vida viendo muertos, no veía ni la cortina.
Mi hijo mayor no lloró en ningún momento, parecía estar bloqueado
por la pena. Recién a las tres semanas del accidente empezó a revisar
de a poco las cosas de su padre: fotos, libros, papeles, planos y
dibujos. Finalmente después de mucho analizarlo se animó a atravesar
el patio para ir al taller del fondo de casa donde mi marido hasta el
día anterior a su muerte había estado construyendo un laberinto de
ladrillos y cemento. Un recorrido absurdo de paredes que iban y
venían enroscándose sobre sí mismas formando pasillos cada vez más
angostos bajo el techo de una habitación no muy grande.
El pobre chico pasaba cada vez más tiempo en ese cuarto sin revocar
observando el laberinto a medio edificar y tratando de comprender la
obra desde afuera porque todavía no se animaba a entrar en ella.
Finalmente una noche nos reunió a su hermana y a mí y nos dijo que
había decidido terminar el incomprensible laberinto que había
empezado su padre y nos pidió que por favor no fuéramos más hasta
el fondo y que no le hiciéramos ninguna pregunta al respecto de su
trabajo. Ambas le dijimos que sí de inmediato con tal de volver a
verlo entusiasmado con algo.
Desde entonces comenzó a internarse día tras día en aquellos pasillos
angostos cargando el balde de cemento y los ladrillos. Por la noche
nos contaba que en algunos rincones la carretilla no doblaba, que
había que seguir a mano, que se perdía o que le costaba volver y que
por eso no nos preocupásemos si a veces prefería quedarse durmiendo
adentro en algún rincón de la construcción.
Por ese entonces el contestador dejó de repetir “Mis respetos a la
viuda nueva” y al mismo tiempo mi hija regresó a dormir a su cuarto
sin volver a ver a su padre muerto en la cortina. Nunca supimos si lo
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que estaba haciendo mi hijo en el fondo del terreno tenía relación con
estas mejoras en nuestra vida diaria pero en algún punto de nuestros
corazones elegíamos creer que sí.
Cuando se cumplió el primer aniversario los tres fuimos al lugar del
accidente y dejamos flores.
Enseguida se volaron por el viento. Era como si estuvieran barriendo.
Durante aquella primavera mi hijo abandonó el colegio y solo salía de
casa para recibir al camión que le traía las compras para la
construcción: cemento, cal, ladrillos, cables, baldes, mangueras y
herramientas. Las adquisiciones eran cada vez más seguidas y todos
los ahorros que su padre le había dejado él los invertía en esos
insólitos pedidos con absoluta convicción. Luego cargaba las cosas en
la carretilla, atravesaba el patio en silencio y se metía en su mundo
nuevamente.
Yo no entendía cómo encontraba lugar ahí adentro para seguir
levantado paredes pero había prometido no molestarlo por lo tanto no
le decía nada y solamente le dejaba la comida preparada en la
heladera para que él comiera cuando quisiera.
Con mi hija apenas lo veíamos. A veces el pobre regresaba
desahuciado como si no hubiese comido durante días, pálido por la
penumbra y huraño como un sobreviviente de la guerra. Entonces se
bañaba, cenaba en silencio delante de nosotras y ante nuestra mínima
insinuación o pregunta acerca del inexplicable objetivo de su tarea
sólo nos respondía que todo era cuestión de recordar el camino y que
a veces tenía miedo de mirar.
Rompiendo un poco mi palabra alguna vez me ofrecí a acompañarlo
para que me mostrara lo que estaba haciendo ahí adentro y hasta lo
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advertí sobre los peligros de un posible derrumbe, pero él se negó y
solamente me repitió que no corría ningún peligro porque estaba
continuando con la obra de su padre, nada más.
Se estaba volviendo loco de tristeza.
Una tarde apareció desde el fondo temblando pero con el paso firme
tras varios días de ausencia. Traía algo en sus manos. Se acercó a
donde yo estaba con su hermana y me lo entregó con mucho cuidado
como si fuese una ofrenda. El objeto estaba sucio y maltratado por el
tiempo pero lo reconocí de inmediato, era la brújula que mi marido
había perdido durante una expedición que habíamos hecho a las
montañas cuando éramos novios mucho antes de que nacieran
nuestros hijos. No era una brújula parecida, era aquella misma
brújula.
Me puse a llorar.
-Allá está todo lo demás, mamita… van a hacer falta muchos más
ladrillos -me dijo con una sonrisa en el rostro después de tanto
tiempo.
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El tío
El tío Beltrán estaba preso desde siempre. Cuando yo nací él ya
estaba preso.
Apenas lo conocía de cara por algunas fotografías muy viejas que
había en casa guardadas prolijamente en un cajón. En una se lo veía al
lado de mi mamá (que era su hermana) sonriendo cuando eran chicos
en una pileta, en otra ya estaban un poco más grandes y se los podía
reconocer frente a una torta de cumpleaños rodeados de otros niños,
finalmente en la tercera imagen ya aparecía con casi veinte años, con
barba y traje de solapa ancha, fumando mientras hacía un gesto
gracioso a la cámara. No había más. Sólo esas tres. Supongo que en
algún momento alguien se encargó de perderlas porque había muchas
de mi mamá y no podía ser que el hermano mayor apareciera sólo en
esas tres.
Durante los primeros años de mi infancia mi mamá era la única de la
familia que lo iba a visitar a la cárcel y a mí nunca me quiso llevar.
En algunas oportunidades insistí mucho para acompañarla porque
fantaseaba con conocer esas prisiones que veía en las películas, sin
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embargo ella me decía que la cárcel no era como yo la imaginaba ni
un sitio para chicos.
En la familia casi no se hablaba del tío Beltrán. Mi abuela materna
lloraba en cuanto salía el tema en alguna reunión así que todos los
mayores cambiaban rápidamente de conversación, y mi abuelo
materno había muerto cuando yo era un bebé así que nunca supe si
también se ponía a llorar cuando alguien nombraba al tío.
Alguna vez recuerdo haberle preguntado a mi mamá por qué estaba
preso su hermano y ella me respondió que eran cosas de grandes y
que ya lo iba a entender cuando creciera. Esa evasiva respuesta en
aquel momento me parecía suficiente porque tal vez mi mente infantil
intuía que era mejor no conocer la verdad.
En aquellos tiempos la historia del tío Beltrán estaba cerrada. Nadie
preguntaba cuánto le faltaba para salir porque todos sabían que no iba
a salir nunca.
Mi papá jamás lo nombraba pese a que se conocían desde muy
jóvenes. Yo no lo tenía muy claro en aquel entonces, pero por lo que
había podido desentrañar escuchando ciertas conversaciones
familiares era que mi papá había sido amigo del tío Beltrán mucho
antes de conocer a mamá.
De vez en cuando la casa se alborotaba de madrugada cuando sonaba
el teléfono para avisar que había un motín en la cárcel, entonces mi
mamá saltaba de la cama y se iba desesperada hasta las puertas del
penal y yo me quedaba en casa con mi viejo y con mi hermanita
desvelados escuchando las noticias de la radio hasta que nos
dormíamos y faltábamos a la escuela. Esto pasó por lo menos tres
veces y después de la última vez ya mi mamá no fue más a visitar al
tío. Nunca supe por qué.
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Pasaron los almanaques, los gobiernos, los mundiales y los veranos
en Santa Teresita hasta que llegó el día de la fiesta de quince de mi
hermana.
Aquel sábado toda la familia corría de acá para allá. Mi mamá
discutía por teléfono con los encargados del salón porque no le
querían dar temprano la llave del lugar para llevar las bebidas y
todavía le faltaba pelearse con los del catering e ir a la peluquería. Mi
papá había salido temprano a hacer compras, a alquilar más mesas y
sillas porque a última hora habían confirmado que vendrían unos
parientes que habían dicho que no venían y a llevar a lavar el auto
para que estuviera impecable a la hora de llegar al salón. Yo tenía que
buscar en la guía otro fotógrafo porque el que estaba contratado se
había enfermado. Mi hermana lloraba porque el chico que le gustaba
no iba a ir al cumpleaños y hasta llegó a decir que quería suspender la
fiesta y por eso una amiga de ella la estaba consolando y
convenciendo en su habitación. Mi abuela le estaba terminando de
hacer unos arreglos en el vestido porque le quedaba un poco suelto y
mi hermanita decía que la hacía ver más gorda. Al cabo de algunas
horas conseguimos las mesas, las sillas, el fotógrafo, la sonrisa de mi
hermana, la llave del salón y todo estuvo más o menos listo. A las
siete de la tarde se fueron a hacer las típicas fotos previas con mi
hermana en la fuente donde posaban todas las quinceañeras antes de
ir al salón y yo me quedé solo en casa esperando a que trajeran la
torta que era lo último que faltaba.
-Apenas llegue la torta, te pedís un taxi y la llevás para allá, nos
vemos en el salón -me dijo mi mamá y cerró la puerta.
Ese tiempo de espera lo ocupé delante del espejo tratando de no
verme muy ridículo adentro de ese traje alquilado e intentando
hacerme el imposible nudo de la corbata
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Cuando sonó el timbre miré la hora y me alegré de que ya trajeran la
torta así llegaba al salón antes que los invitados, sin embargo cuando
abrí la puerta me encontré con un hombre grande y pálido que me
miraba serenamente en silencio. Me quedé petrificado. Era tan obvio
que tardé mucho en reconocer ese rostro igual al de mi mamá.
-Vine a ayudarte con el nudo de la corbata -me dijo sonriendo y con
una voz tan familiar que espantó mis miedos en un segundo.
Nos dimos un abrazo como si nos conociéramos desde siempre. Lo
hice pasar y conversamos hasta que trajeron la torta, luego pedimos
un taxi y finalmente entramos al salón cuando ya habían llegado
todos los invitados.
Las fotos de aquel día son las mejores fotos que tenemos.
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El domingo
Aquel domingo me había despertado temprano y con la cabeza
todavía dándome vueltas por la cantidad de champagne ingerido en la
fiesta de la empresa la noche anterior. Me levanté de la cama con
esfuerzo y apoyé los dos pies en el suelo buscando el piso frío para
despabilarme, sin embargo una cálida alfombra que no esperaba
encontrar ahí me dio una inesperada sensación de confortabilidad.
Salí de la habitación para buscar el diario debajo de la puerta del
departamento y me sorprendió que a esa hora de la mañana todavía no
hubiese pasado el canillita que jamás se retrasaba. Supuse que la
lluvia de la madrugada le había complicado el reparto. O que se había
muerto, porque no había llovido tanto.
Todavía un poco dormido puse la pava en el fuego y antes de
encender la radio fui hasta el cuarto para cerrarle la puerta a mi mujer
que todavía dormía profundamente. Recién entonces al verla en la
penumbra del dormitorio me di cuenta de que se había cambiado el
color de pelo. ¡Estaba rubia! La verdad es que no recordaba haberlo
notado la noche anterior al acostarme y me maldije porque
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seguramente ahora ella se molestaría conmigo debido a que no le
presto atención a sus cambios de imagen. Tengo que admitir que
hasta me había parecido también algo más delgada pero supuse que
debía tratarse de un efecto que lograba su nuevo color de cabello o tal
vez ese acolchado extraño que había comprado para renovar la
habitación y que según parece había decidido estrenar justo una noche
en la que yo llegué tarde y borracho. Le cerré la puerta pensativo y
regresé a la cocina.
La pava nueva ya estaba humeando. La retiré del fuego y me puse a
buscar el mate, no estaba. Debía estar en la primera parte de la
alacena pero no estaba. Tampoco lo encontré en la de al lado, ni en la
otra, ni sobre la mesada. El mate no estaba. Pensé en despertar a mi
esposa para preguntarle qué había hecho con el mate pero dejé esa
idea de lado inmediatamente. Apagué la hornalla y con el agua
caliente me preparé un té. También tardé mucho en encontrar la cajita
con los saquitos y el azúcar. A las tazas y a las cucharitas tampoco las
vi por ahí así que me serví el té en un vaso y lo revolví con el mango
de un tenedor.
Mientras intentaba distraerme con algo durante la espera del diariero
(que ya se había retrasado considerablemente) me di cuenta con
horror de que faltaban todos los cuadros que teníamos en el living. No
solo faltaban todos los cuadros del living sino que alguien durante la
noche los había reemplazado por otros.
Entré en pánico mirando asustado hacia todos lados.
Razonando con calma comprendí que mi mujer me estaba dando una
lección porque se había cambiado el color de cabello hacía por lo
menos una semana y en represalia porque yo no lo había notado se
había propuesto realizar cambios cada vez más notorios en el
departamento para comprobar hasta dónde llegaba mi poder de
distracción y de estupidez.
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Además esos cuadros los había comprado yo y en verdad a ella nunca
le habían gustado demasiado así que seguramente aprovechaba la
lección que pretendía darme para redecorar a su gusto.
No sabía en ese momento si estar enojado con mi esposa o si debía
pedirle perdón por no haberle prestado atención. Las dos opciones
eran malas.
Iba rumbo al baño cuando noté que los sillones tampoco eran los
mismos de siempre, es más, las cortinas que daban al balcón eran
otras y la mesa del living además de ser más chica que la nuestra,
estaba colocada en otra dirección. Esa mujer no tenía paz. También
estaba cambiado el empapelado y los adornos de las repisas, bueno,
de las pocas repisas que habían quedado ya que la mayoría habían
sido reemplazadas por estantes con libros.
Corrí hasta el cuarto de los chicos y mi espanto fue completo al
advertir que allí no estaban mis hijos, ni sus camas, ni sus juguetes y
que todo había sido reemplazado por una sala de estudio completa
con computadora, escritorio, biblioteca, mapamundi y una lámpara de
pie.
Desconcertado regresé al dormitorio para pedirle explicaciones a mi
señora, pero al encender la luz descubrí que la mujer que estaba ahí
no era mi esposa. Era otra.
La intrusa se despertó consternada y gritando al verme parado en la
puerta de su habitación.
La fiesta de anoche empezaba a terminar en mi cabeza.
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No tardé mucho en reconocerla, era la hermosa vecina del piso de
arriba que me cruzaba habitualmente en el ascensor y con la cual nos
solíamos saludar.
¿Qué hacía esa persona en mi departamento?
Ella preguntó lo mismo.
El desenlace de la historia llegó entre insultos y pedidos de disculpas
al darme cuenta de que la anoche anterior, al llegar borracho de la
fiesta de la empresa. simplemente me había equivocado de piso al
bajar del ascensor.
Nunca supe cómo logré entrar a su departamento. Muchas veces
fantaseé con que quizás ella misma me abrió la puerta, aunque lo más
seguro era que simplemente mi llave abría su cerradura. Nunca me
animé a regresar para comprobarlo.
Lo gracioso de esta anécdota (o lo más triste) es que durante un
segundo de aquellos interminables momentos de vergüenza,
desconcierto y pedidos de disculpas, se me ocurrió que tal vez ésa era
mi vida. Al lado de esa mujer. Y que mi esposa, mis hijos y mi
departamento eran en realidad la confusión que no podía explicar.
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El chef
“No le hagan ningún comentario específico sobre la comida porque
lo puede tomar a mal, solamente díganle que querían felicitarlo y por
favor no lo miren a los ojos porque se ofende“, nos advirtió el
encargado mientras avanzábamos en grupo por los recovecos de la
enorme cocina rumbo a la oficina del prestigioso chef.
Los cocineros y los demás empleados nos veían pasar con cierta pena
como quien ve transitar el último pasillo al condenando.
Yo estaba acostumbrado a las parrillas de Buenos Aires donde cada
uno saluda al parrillero cuando se va, levantando la mano de lejos y
nada más. Pero acá el asunto era absolutamente diferente. Por más
que había intentado negarme a conocer al responsable de la carta, los
demás comensales me explicaron que en ese sitio se consideraba una
insolencia que alguien no quisiera ir a felicitar al chef luego de la
cena, por lo tanto antes del postre nos levantamos de nuestras sillas y
el puntilloso encargado del salón nos condujo a través de una puerta
esquivando mozos que pasaban apurados con bandejas en las manos.
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El trayecto era largo y complicado. Tardamos mucho en llegar. Había
que pasar junto a prolongadas mesadas llenas de carne, pescado, pollo
y verduras, luego doblar por donde se divisaban las interminables
planchas y los amplísimos hornos, enseguida detenerse frente a las
bachas, las estanterías y las ruidosas heladeras para finalmente
ascender por una minúscula escalera hasta la oficina del chef.
El encargado estaba a punto de tocar la puerta cuando se dio cuenta
de que faltaba alguien.
Salimos seis personas y llegamos cinco.
“Alguien se perdió, la reputísima madre“, dijo en un susurro dejando
de lado los buenos modales que traía hasta ese momento.
Inmediatamente nos contamos con la mirada y efectivamente
comprobamos que faltaba un pelirrojo bajito con traje negro que
había sido uno de los más entusiasmados con la idea de conocer al
chef.
-¿Falta el colorado no? -preguntó nervioso como si se estuviera
jugando el trabajo y el prestigio- no puedo perder un tipo en la cocina
y menos un colorado…
-Si, yo la última vez que lo vi estaba asomado a una máquina que
pelaba papas… -le avisó uno de los que me acompañaban y eso puso
todavía más alterado al encargado que de inmediato sacó un handy y
se comunicó con un subalterno.
-Vicente… Vicente… -del otro lado no le respondía nadie y la tensión
iba en aumento- Vicente, atendé que tenemos un comensal
extraviado…
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Nada. Vicente no respondía y el encargado ya estaba demasiado
perturbado.
-¡Vicente perdimos un cliente por las papas, carajo!
-Ok, copiado -respondió por fin una voz metálica.
Todos nos quedamos en silencio junto a la puerta del chef esperando
que estuviéramos todos para que nos atienda. Los minutos eran
interminables.
-Yo lo vi llorando frente a una fuente de ostras -le dije de pronto para
molestarlo
-¿Llorando? -se asustó el encargado
-Sí, me pareció que lloraba, pero podía ser por la cebolla, qué sé yo.
-Ahí no pelan cebolla -me corrigió fastidiado
-Entonces lloraba de angustia -le dije triste-. De todos modos no sé si
era pelirrojo porque le daba la luz blanca de la cocina y me pareció
más bien canoso.
El encargado me miró con odio y dudó de mi dato pero tomó el handy
e intentó una nueva comunicación.
-Vicente, buscalo también por las ostras, repito… buscalo por las
ostras y puede ser canoso.
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-Ok, copiado
El encargado volvió a guardar el handy y nos pidió por favor que una
vez que estuviera solucionado el inconveniente no le dijéramos nada
al chef porque podría llegar a ser una catástrofe para el restaurante si
se divulgase que un cliente se perdió en su cocina. Esta advertencia
yo sentí que me la decía a mí.
-Seguramente habrá una atención para que nos olvidemos de este
asunto, ¿no? -le dije guiñándole un ojo con complicidad.
-Claro que sí, señor -me respondió mirándome fijo-. Con certeza un
champagne de cortesía llegará a su mesa en cuanto todo esto esté
solucionado.
Me pareció poco.
-¿Ustedes pierden un tipo en la cocina y nos querés coimear con un
champagne de mierda? Esto lo tiene que saber la prensa y el chef -le
respondí disgustado amagando a manotear el picaporte de la oficina.
El encargado casi se rompe la columna al interponerse entre la puerta
y yo.
-¡Shh! Está bien, está bien. Olvídense de la cuenta de hoy, todo corre
como invitación de la casa
-Ok. Y el champagne de mierda también lo quiero– le aclaré.
El encargado asintió con la cabeza y volvió a tomar el handy.
-¿Vicente, lo encontraste?
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-Acá hay algo -respondió la voz metálica. No parecían buenas
noticias.
-¿Algo? -preguntó confundido el encargado
-¡Vuelvan para acá, repito, vuelvan rápido para acá!
Dimos la vuelta corriendo. Bajamos las escaleras y al llegar al sector
donde se encontraba la máquina de pelar papas vimos a todos los
empleados amontonados alrededor del artefacto.
-¿Qué pasó? -preguntó el encargado
-Pelaron a un tipo -respondió la cocinera con resignación.
-¡Pero cómo mierda pelaron un tipo! ¡Son una manga de inútiles!
Nadie podía creer lo que había pasado.
Nos llevaron a todos a declarar y clausuraron el restaurant.
Fue un escándalo nacional.
Por suerte esa noche mientras estábamos en la comisaría lo pude
saludar al chef, obviamente sin mirarlo a los ojos, no vaya a ser cosa
que se ofenda.
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El presentimiento
De alguna manera el universo trataba de avisarme de que esa noche
no tenía que casarme.
Durante todo el día tuve esa extraña sensación de angustia en el pecho
que aparece en algunas oportunidades y que el cerebro entiende como
el preanuncio de alguna mala noticia. No hay nada que uno pueda
hacer al respecto.
Un auto estacionado a la salida de mi garaje, un repentino dolor en el
hombro, una canción en la radio que hacía mucho tiempo que no
escuchaba, un vaso que se cae sin romperse, un velador que no
enciende, un papel viejísimo en el bolsillo de la campera que uso
siempre, una nube rosa, un bebé que me mira, una bandada de
palomas que se asustan por nada, etc. Cada cosa que iba sucediendo
en las horas previas al comienzo de la fiesta de casamiento me parecía
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una señal inequívoca que intentaba alertarme sobra una inminente
fatalidad.
La secuencias de avisos había comenzado muy temprano cuando los
perros me despertaron en mitad de la madrugada ladrando como locos
durante varios minutos hasta que salí al patio y pude escuchar sobre el
paredón el típico ruido que hacen los gatos al escapar entre las ramas.
Volví a meterme en la cama pero ya no pude dormir. Di vueltas entre
las sábanas durante casi una hora hasta que finalmente decidí
levantarme y arrancar el día de mi casamiento antes de que saliera el
sol. Todavía no sabía lo larga que sería aquella jornada.
La sensación de tragedia inminente es un problema que aqueja a
miles de personas que viven angustiados todo el día creyendo que en
cualquier momento va a ocurrir algo malo. Obviamente en la mayoría
de los casos la mala noticia nunca llega y entonces esa percepción
acaba por ir disolviéndose de a poco hasta convertirse en apenas un
punto perdido en el firmamento del pensamiento.
En mi caso, muy por el contrario, a medida que pasaban las horas la
angustia era mayor.
Lo conversé con algunos amigos por teléfono y todos coincidieron en
que se debía a los nervios que me provocaba dar un paso tan
importante en la vida. Dejar atrás la soltería y poner los dos pies en la
senda obvia que conduce a formar una familia y mirar el mundo de
otra manera. Pero no. Yo sabía que no era eso aunque les decía que sí
para que no se sintieran mal.
Entre todas las ideas oscuras que se me cruzaron por la cabeza las que
me parecían más factibles eran que me accidentaría con el coche de
camino a la fiesta, que me fallaría el corazón sin previo aviso, que me
resbalaría en la bañera quedándome paralítico, que se incendiaría el
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salón con todos los invitados adentro o que un huracán azotaría
inesperadamente la ciudad.
Hablé también con mi futura esposa varias veces durante el día para
ver si a ella le ocurría lo mismo pero en todo momento se mostró tan
ansiosa y feliz por nuestra boda que opté por no comentarle nada
acerca de la horrenda sensación que estaba padeciendo ya que
evidentemente era un asunto solo mío.
En algún instante de la tarde comencé a pensar directamente como un
hombre ya muerto y eso me alivió bastante. Los muertos no pagan,
los muertos no tienen miedo, es una técnica dura pero infalible. De
esa manera pude soportar la angustia, ponerme el traje, ultimar
detalles, darles de comer a los perros, sacar el auto, pasar a buscar a
mis padres y hasta mirar televisión con la cabeza en blanco durante
casi una hora.
Llegó entonces el momento de la fiesta.
El salón era una maravilla. Desde los cortinados hasta los manteles,
desde las lujosas arañas en los techos hasta los uniformes planchados
de los mozos, desde los pomposos arreglos florales hasta la torta
imponente con los muñequitos encima, desde las heladas botellas de
champagne hasta el triste cotillón apilado esperando su ritmo. Me
detuve por un instante delante de semejante espectáculo quieto con la
resignada certeza de que todo podía fallar.
Ingresaron los invitados, sonó nuestra canción, entramos los novios, y
desde ese instante todo salió como estaba previsto. Cada cosa que
habíamos preparado se concretó aún mejor de lo esperado. Nadie se
desmayó. Nadie se emborrachó violentamente. Nadie se atragantó con
un carozo. Nadie murió en la pista. La comida estuvo riquísima, el
vals fue emocionante, la mesa dulce dio que hablar, los regalos fueron
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magníficos, todo el mundo la pasó bien y la celebración acabó siendo
perfecta. Al final de la noche cruzamos felices con mi flamante
esposa la puerta de salida del salón, nos despedimos entre aplausos de
todos los invitados, subimos al auto con las latas colgando y llegamos
al hotel donde pasaríamos la primera noche de casados antes de
emprender al día siguiente el viaje hacia nuestra luna de miel.
Fue en el preciso momento en que ingresamos al hotel cuando
inesperadamente comprendí a qué se debía la extraña sensación que
me había arrinconado durante todo el día: una joven recepcionista nos
recibió con una enorme sonrisa para tomarnos los datos de la reserva.
Me quedé petrificado frente a ella sin poder decir una sola palabra.
Era la mujer más hermosa que había visto en toda mi vida.
La angustia desapareció en ese instante.
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El barrio
La casualidad me llevó a adentrarme en el barrio donde había vivido
hasta los seis años. No tenía un buen recuerdo de aquel tiempo, ni de
la casa, ni de la cuadra, ni de los amigos fugaces que dejé para
siempre, ni de los amigos para siempre que dejé de pronto. Sin
embargo una suerte de necesaria curiosidad me fue empujando por las
avenidas del pasado en busca de aquella casa que habitamos con mi
familia y que jamás había vuelto a ver. Me intrigaba saber cómo
había tratado el paso de tantos inviernos a aquellas manzanas perdidas
en la memoria de un vecindario idealizado por el que no había vuelto
a pasar desde entonces.
El día que nos mudamos lo hicimos apurados. Demasiado apurados.
Cada mueble era subido rápido al camión por los hombres del taxiflet
como si no pesaran nada. Las bolsas negras de residuos llenas de ropa
y los diversos bolsos repletos de papeles, adornos y juguetes iban
siendo apilados en la vereda a la espera de ser cargados al camión
frente a las miradas invasivas de todos los vecinos. Había en el aire
cierta vergüenza por mostrar nuestras cosas a todo el mundo, supongo
que por eso era el apuro. Era como si estuviéramos asistiendo a una
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fiesta de gala con el pullover más viejo y roto que conservábamos, era
como si proyectaran en una pantalla gigante nuestros sueños más
pudorosos para que nos ruboricemos, era como si estuviéramos
sentados en el inodoro con la puerta abierta leyendo los obituarios.
Fue tanta la premura y el caos de aquella mudanza que terminamos
extraviando el pequeño bolsito con mis juguetes. Imagino que apenas
contendría algunos autitos, unos pocos muñecos, dibujos y otras cosas
insignificantes, pero en aquel momento sentí que había perdido
definitivamente todo lo que tenía.
Ahora el barrio de la infancia estaba diferente. El paisaje se había
modernizado al punto de que no coincidía nada de lo que yo
recordaba con lo que estaba viendo. Caminé un largo rato buscando
mi casa convencido de que la localizaría enseguida pese a que me
había olvidado la dirección exacta después de tanto tiempo. Bueno, a
decir verdad posiblemente jamás la había sabido de memoria por ser
demasiado chico cuando dejamos aquel hogar, sin embargo la brújula
en mi cabeza me guiaba con paso seguro. Cada vez más adentro, cada
vez más profundo.
Iba atardeciendo a medida que me internaba en aquellos caminos
desconocidos. Todo había cambiado y yo también. Donde había casas
viejas ahora se levantaban edificios de varias plantas, donde las calles
eran de tierra ahora había florecido el asfalto y donde crecía un niño
que sabía perfectamente lo que quería ahora deambulaba un hombre
perdido.
Todo me resultaba ajeno. Algunas personas me miraban con cierta
hostilidad al verme pasar como si supieran que yo no era de ahí, otros
con la indiferencia de los gatos.
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Me puse a silbar una canción de aquellos tiempos, una melodía de
patio y recreo. Era como una invocación, como un pedido, como una
forma de estar en sintonía con lo que estaba buscando y pasar por alto
tantos almanaques pisoteados. Fue recién entonces que tras caminar
en zigzag durante horas por aquellas manzanas podridas empecé a
reconocer algunas edificaciones.
Primero me resultó familiar un antiguo y enorme paredón de ladrillos
arruinados que solía cruzar cuando iba de la mano de mi mamá rumbo
al jardín de infantes. Era casi una rareza que después de tantos años
todavía continuara en pie, pero ahí estaba, erguido y sosteniendo sus
pintadas imborrables. Lo segundo que reconocí fue la casa de los
Martínez porque ellos eran millonarios y tenían la única mansión del
barrio. La fachada se conservaba exactamente igual desde sus altas
tejas rojas sobre las ventanas de madera verde hasta el jardín
arreglado que mantenían adelante. Los Martínez siempre habían sido
muy cuidadosos con su pertenencias a tal punto que sorprendía ver
como todavía conservaban intacto el mismo auto con el que salían a
pasear los domingos a la tarde. Estaba como si lo hubieran comprado
ayer. Increíble. Continué caminando y mi sorpresa fue mayúscula al
encontrar el terreno donde jugábamos a la pelota todavía con aquellos
arcos que usábamos nosotros. Era impensado que no le hubiesen
construido nada encima después de tanto tiempo, pero seguramente
debía tener algún problema de escritura porque de otra forma no
hubiera podido sobrevivir.
Algunos metros más adelante ya por fin me resultó todo
absolutamente propio. Era mi cuadra con sus árboles de entonces, su
buzón de cartas en la esquina y la fila de casas tal cual la recordaba.
Nada había cambiado. Hasta lo vi parado en su umbral al viejo
Gómez. Estaba igual. Me llamó muchísimo la atención que todavía
estuviera vivo, debía tener seguramente más de cien años. Lo quise
saludar pero supe que no me iba a reconocer así que apenas le sonreí
sin decirle nada y él ni me miró.
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Ya estaba a pocos metros de mi casa cuando observé las bolsas en la
vereda junto al camión de la mudanza. Varias personas estaban
mirando la situación en silencio como si fuera un espectáculo gratis.
Me acerqué despacio y alcancé a divisar el bolsito descolorido que
había caído entre el cordón de la vereda y las ruedas del camión. Lo
alcé con cuidado y se lo di en la mano al nene que me miraba con
desconfianza llorando porque se mudaba por primera vez en su vida.
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El detalle
Algunos lo ven y otros no lo ven.
Se trataba de un departamento con algunos años de antigüedad que
estaba en buenas condiciones generales pero que se encontraba
absolutamente fuera de precio. Mas o menos a la mitad de lo que
debería valer.
Era un típico tres ambientes. Contaba con un living-comedor amplio,
dos dormitorios recién pintados, un baño completo con azulejos verde
oscuro que delataban cierta tendencia de los años ochenta, una cocina
cómoda con una gran alacena y mesada de mármol al costado de la
bacha, un pequeño lavadero, placares, paredes sin rastros de
humedad, pisos de parquet lustrado, puertas de madera, calefactores y
dos ventanas al frente con balcón francés desde donde se podía
divisar la calle tranquila y las terrazas vecinas sin mayor novedad.
La chica de la inmobiliaria no hacía la típica recorrida por cada
ambiente junto al potencial cliente sino que más bien se quedaba
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cerca de la puerta de salida y desde una carpeta me iba leyendo las
medidas, las comodidades y las condiciones del contrato. Es más,
tuve yo mismo que levantar las persianas, encender las luces y abrir
las canillas entre otras pequeñas cosas de las que se suelen encargar
las personas que muestran los inmuebles.
Tras recorrer la vivienda varias veces y no encontrar absolutamente
nada sospechoso pensé que tal vez había entendido mal el precio del
alquiler así que le pregunté nuevamente a la mujer si ese era el valor
correcto o si había alguna cosa escondida que yo debía saber. Ante
esta pregunta ella dudó un poco pero tras cerrar la carpeta y dar un
imperceptible paso hacia afuera del inmueble como si ya quisiera
retirarse del lugar me dijo que el precio era el correcto, que las
expensas eran muy bajas y que el departamento estaba fuera de precio
porque tenía un detalle que muchos no notaban.
Obviamente le pregunté cuál era ese detalle y ella me respondió que
si yo no lo había observado entonces no debía preocuparme y debería
olvidarme del asunto.
Su respuesta me dejó descolocado y por un momento no supe si me
estaba tomando el pelo o si me estaba hablando en serio.
-A ver si entiendo bien. ¿Vos me estás diciendo que el alquiler de este
departamento vale la mitad de lo que debería valer porque tiene un
detalle, pero que si no me doy cuenta de cuál es el detalle entonces no
tiene ningún detalle?
-Exactamente señor -respondió ella ya casi desde afuera.
La situación era absurda pero estaba ocurriendo. Por contrato se
aclaraba que el inmueble no tenía inconvenientes estructurales de
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ningún tipo, que contaba con todos los servicios y que no tenía
ningún impedimento legal así que la cosa estaba en otro lado.
De inmediato supuse que seguramente ahí había ocurrido algún
crimen horrendo y que por lo tanto nadie quería alquilarlo pero ella
me dijo que no.
Ya un poco fuera de la realidad le pregunté si había fantasmas y ella
me miró como si mirara a un estúpido.
-¿Usted cree en fantasmas? -me respondió casi con una mueca
condescendiente por mi pregunta infantil.
-Claro que no -le contesté apurado tratando de mostrarme un hombre
sensato- pero hay mucha gente que sí cree en fantasmas y tal vez
habían visto alguno por acá.
Ella miró hacia los costados con cierto hastío.
-Pues no, jamás hemos tenido una queja acerca de ningún asunto
paranormal en este departamento, señor.
Me sentí un idiota. Volví a dar una vuelta por esos ambientes tratando
de hallar el maldito detalle que hacía que esa morada costara la mitad
de su valor pero no encontré nada. Apoyé la oreja en las paredes
tratando de escuchar algún sonido molesto, volví a cerciorarme de
que anduvieran bien las canillas, los calefactores, la cocina, las luces,
etc. Todo funcionaba perfectamente. Me rendí.
-No encuentro la trampa -le confesé a la chica de la inmobiliaria
tratando de conmoverla para que me dijera la verdad
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-Es que no hay trampa señor, solo un detalle. Algunos lo ven y otros
no lo ven.
Ella era hermosa. “Tal vez con algún detalle”, pensé, pero hermosa.
Cerramos todo y nos fuimos. Al llegar a planta baja me encontré con
el portero y decidí preguntarle acerca de todo este asunto. Me dijo
que no tenía conocimiento de nada raro en ese departamento, que los
vecinos eran muy buenos, que el consorcio era de primer nivel y que
antes ahí vivía una pareja muy amable que cuando tuvieron a su
segundo hijo les quedó chico el hogar y que por eso decidieron
mudarse. No me dijo nada más, ni tampoco me pareció que estuviera
escondiendo algo. Volví a preguntarle si no le parecía sospechoso que
costara la mitad de lo valían todos los alquileres de un tres ambientes.
-Lo único que sé es que no lo están pudiendo alquilar y por eso lo
bajan de precio, nada más.
Nos quedamos los tres en silencio durante algunos segundos y supe
que yo era el que tenía menos información. Dudé durante algunos
instantes sobre qué decisión tomar, pero decidí dejar atrás todo este
absurdo asunto.
Me despedí de ambos y le dije a la chica de la inmobiliaria que no lo
iba a alquilar.
-¿Por el detalle? -me preguntó ella
-Si, por el detalle -le respondí.
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El Candidato
El Candidato estaba dando su última conferencia de prensa antes de
las elecciones. A su derecha se encontraba su Asesor y a su izquierda
la postulante a Miss Mundo. La primera pregunta lo dejó
descolocado.
-¿Por qué viene usted con su Asesor a dar la conferencia de prensa?
El Candidato abrió los ojos como esos perros chiquitos que parece
que viven asombrados y automáticamente se dirigió a su Asesor para
decirle algo al oído. El Asesor le respondió también en voz baja y
entonces el Candidato sonrió y respondió la pregunta.
-Porque queremos una Argentina mejor.
Se oyeron aplausos desde el fondo del salón. Eran aplausos de un
robot con cara de idiota y galera al que habían disfrazado con las
ropas del partido del Candidato. Se encontraba detrás de la fila de
periodistas. El Candidato le levantó el pulgar con una sonrisa y el
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robot respondió excitado duplicando la velocidad del aplauso y
emitiendo un sonido agudo muy molesto.
Siguiente pregunta.
-¿Qué nos puede decir acerca de la denuncia donde se lo acusa de
haber firmado un pre-acuerdo con los controvertidos laboratorios
estadounidenses “Poor Cutting” para venderles los órganos de todos
los niños que no consigan vacantes en las escuelas?
El Candidato bajó la cabeza conmovido, juntó las manos y se puso a
rezar. De inmediato la postulante a Miss Mundo lo acompañó en el
ruego. Fueron nueve Avemarías, cinco Padrenuestros y tres Diablo
decime qué se siente.
La conferencia continuó.
-¿Usted está a favor de los hospitales públicos?
-No. Tenemos un plan de salud de primer mundo, pago y efectivo que
se llamará: Salud Cero. La idea es erradicar enfermedades como la
rubeola, la polio, la homosexualidad y el paco.
La postulante a Miss Mundo vomitó de emoción.
-¿Qué hay de cierto en el rumor de que si usted es elegido presidente
va a cambiar el color de la bandera?
-Es absolutamente cierto. La idea es modernizar el diseño y los
colores. Ya basta del cuento de la independencia y todas esas cosas
que nos dividen como sociedad en celestes y blancos. El otro día una
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viejita me suplicó “Yo no quiero ser blanca, señor… ” me conmovió
hasta la geopolítica, pero no lloré, no lloré porque hice el maravilloso
Curso para Emperdedores de la Insensibilidad que si yo soy
presidente lo vamos a dictar a precio de costo para las empresas.
-¿Cuál es su plan económico?
-La idea es vender dos o tres provincias que no usamos…
Se oyó un ruido espantoso y todos se dieron vuelta. Alguien había
volcado una gaseosa sobre el robot partidario y el pobre había caído
al suelo dando vueltas sobre sí mismo y llorando. Uno de los
guardaespaldas del Candidato se acercó con un revólver y le bajó un
cargador en la cabeza hasta que se quedó quieto.
-Bueno… ya no les voy a poder hablar sobre la idea de invadir las
villas con robots -lamentó en voz alta el Candidato.
-¿Que nos puede decir de la droga?
-Que la vamos a combatir con las Fuerzas Armadas
-¿Y si las Fuerzas Armadas se sublevan?
-Las vamos a combatir con ayuda de ejércitos extranjeros
-¿Y si los ejércitos extranjeros aprovechan para invadirnos?
-Vamos a armar a la población civil para que luchen
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-¿Y si matan a toda nuestra población?
-Lo que sucede conviene. Dios sabrá por qué hace las cosas que
hace…
Un escalofrío recorrió la espalda de todos los presentes.
-¿Es verdad que mira dibujitos animados con sus hijos al llegar a su
casa para desenchufarse de la política? -preguntó una periodista
amiga del Candidato para cortar el silencio.
-Bueno, mi ex mujer no me deja ver a mis hijos… tengo una orden de
restricción de 500 metros -respondió compungido pero el Asesor lo
tomó del cuello violentamente y le dijo algo al oído durante largos
segundos hasta que el Candidato volvió a tomar el micrófono. -Sí,
miro dibujitos con mis hijos para desenchufarme de la política porque
soy un hombre de familia.
-¿Qué opina del aborto?
-Que hay que sacarse ese problema de encima, je je je. ¿Estuve
gracioso? -le preguntó en voz baja al Asesor y éste negó con la
cabeza. -Bueno… quiero pedir disculpas por la broma de recién… a
veces en el fragor de la lucha política estamos con las pulsaciones a
mil y no nos damos cuenta de que podemos herir a una persona o a un
paraguayo o a un negro… -un murmullo se oyó en el recinto y el
Asesor casi se desmaya -Bueno… quiero pedir nuevamente disculpas,
a veces uno no mide las palabras en el afán de querer un país mejor,
sin inseguridad, sin pobres, sin judíos… -otro murmullo aún mayor se
escuchó en todo el lugar mientras el Asesor lo pateaba por abajo del
escritorio haciendo gritar al Candidato. -Bueno… quiero pedir
disculpas a la comunidad Judía, a la comunidad Boliguaya… -un
grito de horror brotó de la multitud y el Asesor sufrió un paro
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cardíaco. -Bueno… quiero pedir disculpas en general a todo los que
se ofendan… si alguien se sintió ofendido le podemos extender un
cheque para que no haga la denuncia pública y esto quede entre
nosotros… mejor un cheque que un tiro ¿No? je je je ¿Estuve
gracioso? ¿No? Bueno… quiero pedir disculpas, todo el tiempo uno
está aprendiendo de todos y de los errores se puede mejorar por eso si
soy presidente voy a indultar a los que se equivocaron en el pasado
secuestrando, torturando, matando… ¿Qué dije? ¿Eh? Ok, bueno,
quiero pedir disculpas y decirles que soy el hombre que este país
necesita. No más preguntas, muchas gracias
50
El cambio
La primera vez que nos vimos ella llevaba puesto un vestido rojo
ajustado. Era flaca y alta. Caminaba con una sensualidad arrolladora y
era imposible no prestarle atención. Sus ojos claros parecían estar
iluminados y todo a su alrededor giraba en sintonía con sus
movimientos. Conversamos con total entendimiento durante casi una
hora en aquel bar, bebiendo café y riéndonos de todo, con el
nerviosismo y la ansiedad que provoca intuir que se está ante la
persona que siempre buscamos.
El apuro del reloj y las obligaciones previamente contraídas nos
obligó a despedirnos en lo mejor de la velada pero por supuesto
quedamos en vernos al día siguiente en el mismo lugar.
Veinticuatro horas más tarde tuvimos nuestro segundo encuentro.
Esta vez se retrasó algunos minutos y llegó contrariada. Se había
oscurecido el cabello y escondía sus enormes ojos claros detrás de
unos anteojos negros que no se quitó durante toda la cita. En lugar de
aquel espléndido vestido rojo que tantos suspiros había despertado en
los clientes la jornada anterior ahora lucía unos pantalones negros y
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una camisa blanca similar a los uniformes que utilizan ciertas
empleadas del microcentro. Supuse que salía de trabajar pero me dijo
que no y enseguida cambió de tema. En esa oportunidad en vez de
beber café prefirió una cerveza y yo la acompañé en el pedido. Su voz
parecía cansada y su sonrisa no asomaba tan seguido como la primera
vez. De todos modos hablamos bastante animadamente sobre cine,
música y literatura. Me asombró que sus gustos no fueran tan
parecidos a los míos como había intuido en la primera cita pero se lo
adjudiqué al deslumbramiento que me había provocado conocerla y
que seguramente por eso mi cerebro veía únicamente coincidencias.
En un intervalo de la conversación le propuse salir a caminar un rato
pero miró la hora apenada y pidiéndome disculpas me explicó que se
tenía que ir pero que de todos modos podíamos encontrarnos una
semana después.
A mí una semana me pareció una eternidad pero no pude hacer nada
para cambiar la fecha del encuentro ya que me expresó que tenía por
delante unos días absolutamente complicados.
Me dio un beso en la mejilla y se marchó antes que yo.
Cumplida esa semana volvimos a vernos en el mismo sitio. Ella llegó
casi una hora tarde. Estaba totalmente morocha, con un vestuario
punk y parecía haber bebido alcohol. Entró fumando y se peleó a los
gritos con el mozo cuando éste le pidió que apagara el cigarrillo. Me
saludó extendiéndome burlonamente la mano para que se la bese
como a una reina y antes de sentarse me preguntó si me gustaba el
vodka. Me quedé un poco extrañado y dudé en qué responderle por lo
tanto antes de que yo le dijera que sí o que no ordenó dos vodkas en
voz alta. Apenas se sentó encendió otro cigarrillo y lo apagó cuando
el mozo trajo el pedido. Esta vez hablé poco. Casi toda la cita estuvo
monopolizada por sus historias. Me contó de su familia, de su trabajo
y de su idealista posición acerca de la política nacional e internacional
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con una alarmante mezcla de ingenuidad y estupidez. Seguía siendo
bella.
-¿Te cambiaste el color de ojos también? -le pregunté en un instante
en el cual me dejó hablar.
-¿Por qué? -me respondió como si no hubiera entendido la pregunta.
Al cuarto vodka casi no se le entendía lo que decía. En un momento
manifestó que se sentía mal, se levantó y partió sin dejarme que la
acompañara, sin embargo antes de irse quedamos en volver a
encontrarnos a los tres días en ese bar.
La vi traspasar la puerta de salida con el paso tambaleante sin saber si
caminar hacia la derecha o hacia la izquierda. Finalmente se subió a
un taxi.
Tres días después tuvimos nuestra cuarta cita. Esta vez cuando entré
ella ya estaba en la mesa bebiendo un té. Tenía un nuevo corte de
pelo casi al ras y en tono rojizo. Me sonrió con discreción al verme y
bajó la mirada como si admitiera la culpa por lo que había sucedido la
última vez. Se puso de pie para saludarme y entonces pude ver su
embarazo de por lo menos cinco meses. Estaba radiante. Me subrayó
que todavía no había decidido el nombre del bebé pero que no le
importaba porque se hallaba en el momento más feliz de su vida. Le
conté de algunos proyectos míos pero todo lo que le relataba me
parecía menos importante que su maternidad así que continuamente le
volvía a ceder la palabra para que se explayara sobre su absoluta
plenitud. Al cabo de una hora me explicó que debía marcharse porque
tenía turno con el obstetra pero que quería volver a verme pronto así
que quedamos en juntarnos ahí una semana más tarde. Se despidió
con un abrazo muy emotivo y se fue saludando al mozo con una
sonrisa.
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Una semana después volvimos a encontrarnos. Llegamos casi juntos.
Ella estaba nuevamente rubia con el cabello largo y había recuperado
su figura. Pidió un agua mineral sin gas y nunca dejó de revisar el
celular como si estuviera esperando algo. Me contó que tenía pensado
hacer un viaje por todo el mundo porque sentía que estaba en la etapa
justa de su vida para hacerlo. Cuando le llegó al celular el mensaje
que estaba aguardando me manifestó que se tenía que ir pero que le
encantaría volver encontrarse conmigo al día siguiente. Le dije que
no.
Es que yo ya no era el mismo.
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El Reclamo
-Buen día, mi nombre es Claudia ¿En qué puedo ayudarlo?
-Hola Claudia, mirá estoy llamando porque me acaba de llegar la
factura nueva y me figura que no pagué la anterior y eso no es así
porque yo la aboné el mes pasado, acá tengo el recibo por lo tanto
debe haber un error en su archivos…
-¿Número de cliente?
-¿Eh? Uh, no lo tengo a mano pero te puedo dar mi nombre, mi DNI
y mi dirección
-¿Número de cliente?
-No lo tengo acá, pero como te decía recién te puedo dar mi nombre
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-(Tuc…)
-¿Claudia? ¿Hola?
-…
-Buen día mi nombre es Hernán ¿En qué puedo ayudarlo?
-Hola Hernán, yo llamé recién, me atendió Claudia, no sé si la
conocés, le estaba explicando que me figura una deuda del mes
pasado y eso está mal porque yo pagué la factura…
-¿Número de cliente?
-Ah sí, acá lo tengo porque antes me lo pidieron y no lo tenía a mano,
es el 451670980
-¿4516…?
– 451670980
-¿451670…?
-980
-¿980?
-Si, es la parte final del número
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-Por favor, páseme el número completo de cliente.
-451670980
-Ok. Por favor responda un par de preguntas para comprobar su
identidad.
-¿Cómo?
-Para evitar el robo de datos hacemos una serie de preguntas para
comprobar la identidad de los usuarios.
-Bueno, me parece bien.
-¿Tiene usted una extensión de su tarjeta de crédito?
-No tengo tarjeta de crédito.
-La pregunta era si tiene extensión de su tarjeta de crédito, no si tiene
o no tiene tarjeta. Gracias por llamar. (Tuc…)
-Hola, hola… ¿Hernán? ¡Hernán!
-…
-Buen día, mi nombre es Marcela ¿En qué puedo ayudarlo?
-Mirá Marcela, pasame con Hernán que recién me colgó como un
maleducado
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-¿Número de cliente?
-451670980
-¿45?
-451670980
-¿451670?
-451670980
-Ok. Por favor responda un par de preguntas para comprobar su
identidad.
-Claro, lo mismo me hizo hacer el maleducado de Hernán
-¿Tiene usted una extensión de su tarjeta de crédito?
-No
-Correcto.
-¡Bien! Me alegro de ser yo.
-Falta una pregunta más, le dije que eran un par de preguntas.
-Creí que era una forma de decir…
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-¿Su celular usa tecnología satelital o mixta?
-No tengo la menor idea…
-Arriesgue
-¿Satelital?
– Lo siento. (Tuc…)
-¿Marcela? Marcela, la puta madre…
-…
-Buen día, mi nombre es Claudia ¿En qué puedo ayudarlo?
-¡Ah Claudia! Con vos hablé hace un rato y me cortaste
-¿Número de cliente?
-451670980 45-16-70 -980… repito 45 – 16 – 70 – 980
-Ok.
-Ahora vienen las preguntas para comprobar mi identidad. ¿No?
-Si. ¿Quiere una pregunta difícil o tres fáciles?
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-¿Cómo? ¿Me estás cargando?
-…
-Ok… Elijo tres fáciles.
-Va la primera. ¿Qué pesa más: un kilo de plumas o un kilo de
repollitos de Bruselas?
-Pesan lo mismo, Claudia.
-¡Muy bien!
-Es una pavada esto.
-Se va la segunda… Si tengo 3 bananas y me como una ¿Cuántas me
quedan?
-2
-No. (Tuc…)
-Tres menos uno es dos, Claudia, no seas tramposa… ¡Claudia! Pero
la reputa madre que lo parió…
-…
-Buen día, mi nombre es Hernán ¿En qué puedo ayudarlo?
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-¿Hernán? ¡Ah con vos quería hablar! Antes me cortaste como un
maleducado y además tus amiguitas se están cagando de risa conmigo
-¿Número de cliente?
-Pasame con Claudia que quiero que me explique el problema de las
bananas de recién… que no se haga la boluda porque sé que está por
ahí.
-¿Número de cliente?
-Basta Hernán, pasame con Claudia que ya había pasado varios
niveles y no quiero arrancar de nuevo
-Si no me dice el número de cliente voy a cortar la comunicación
-Uff… 451670980 45-16-70 -980… repito 45 – 16 – 70 – 980
¿Pudiste anotar?
-Ok. Por favor responda un par de preguntas para comprobar su
identidad.
-Basta Hernán, pasame con Claudia…
-Para evitar el robo de datos hacemos una serie de preguntas para
comprobar la identidad de los usuarios.
-Bueno, elijo una sola difícil.
-Le tocó el comodín. ¡Felicitaciones!
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-¿El comodín?
-Si, muy bien. ¿Cómo desea utilizarlo?
-Mhhh, ¿para qué me sirve?
-¿Usted me está preguntando para qué sirve un comodín, señor
451670980?
-No, no, Hernán… ehhh… bueno…
-Le quedan solamente 4 segundos para utilizarlo… 3… 2…
-¿Cuatro segundos? No, no, es muy poco… eh… es que en algunos
juegos el comodín sirve para reemplazar a otra carta…
-(Tuc…)
-¿Hola? ¿Me cortaste, hijo de puta? ¡Tengo el comodín, no me podés
cortar, Hernán!
-…
-Buen día, mi nombre es Octavio ¿En qué puedo ayudarlo?
-¿Octavio? ¿Y a vos quién te conoce? Pasame con Hernán.
-¿Número de cliente?
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-Tengo el comodín, hijo de puta, pasame con Hernán.
-(Tuc…)
-La concha bien de tu madre Octavio
-…
-Buen día, mi nombre es Claudia ¿En qué puedo ayudarlo?
-¡Ah! ¡Te agarré, Claudita! Me vas a decir cuál es la respuesta de las
bananas…
-¿Número de cliente?
-Si tengo tres bananas y me como una me quedan dos ¡Acá y en la
China, Claudia!
-Si no me dice el número de cliente voy a cortar la comunicación
-451670980
-¿45?
-Hija de puta
-(Tuc…)
-…
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-Buen día, mi nombre es Octavio ¿En qué puedo ayudarlo?
-Otra vez sopa…
-¿Número de cliente?
-No soy cliente, llamo por un asunto personal muy delicado y
necesito hablar con Claudia
-Ok, a ver.. fiuuuuu fiuuuuuu fiuuuu…. Hoooola soy Claudiaaa
-¿Octavio?
-Noooo, soy Claudiaaaa
-Estás fingiendo la voz, Octavio… esto es una locura…
-(Tuc…)
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El comediante
El comediante se tropezó al subir al escenario pero dio la sensación
de que había fingido el tropiezo por lo tanto nadie le creyó. Luego
tomó el micrófono en absoluto silencio y comenzó a mirar fijamente
al público con cara de loco para tratar de generar alguna cosa en los
espectadores. No generaba nada. Pasaban los segundos y el hombre
continuaba sin decir una palabra. Al notar la indiferencia fue
cambiando de gestos para obtener otros climas. Primero pretendió
simular terror abriendo al máximo la boca como si gritara y
llevándose una de las palmas a la frente; creyeron que le había pasado
algo. Luego quiso aparentar alegría exhibiendo una sonrisa de par en
par y cruzando las manos sobre su pecho; dio lástima. Luego pareció
pedir piedad extendiendo los brazos en señal de defensa y frunciendo
la cara mientras arqueaba su cuerpo hacia atrás; dio bronca. Por
último quiso dar pena agachando la cabeza y cerrando los ojos en un
suspiro profundo; ahí sí consiguió dar pena. Todo era muy incómodo.
Al ver que el espectáculo no estaba funcionando como pretendía
decidió saludar y preguntar si la estaban pasando bien. No obtuvo
respuesta por lo tanto buscó romper el hielo con un chiste corto
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relacionado a que su profesión le permitía no madrugar al día
siguiente mientras que a los demás no. Dos personas se levantaron y
se fueron.
A partir de ese momento relató una historia que procuraba ser
graciosa donde enumeraba las dificultades que le provocaba tener
barba y sobrepeso. A nadie le dio risa sino más bien una vergüenza
ajena que con el correr de los minutos se fue tornando insoportable.
Viendo el fracaso de su monólogo resolvió pasar directamente a la
temática sexual que nunca falla. Lo primero que hizo fue dejar
entrever que tenía el miembro viril corto. Sonó sincero. Luego contó
los inconvenientes que había tenido durante su adolescencia para
conseguir novia y hasta confesó que había tenido que pagar para que
ella se la chupara. El asco invadió el lugar. Viendo que no conseguía
ni una mínima carcajada se dispuso a intentarlo con las malas
palabras. En menos de un minuto cambió su modo de hablar
convirtiéndose en una máquina de emitir groserías, sin embargo
parecía que las estaba pronunciando por primera vez en su vida. Le
quedaban forzadas en su voz y hasta él mismo se sonrojaba al decir
algunas mientras bajaba el tono de voz inconscientemente como si su
madre todavía pudiera castigarlo.
El público era una heladera desenchufada y con la puerta abierta que
dejaba ver derretirse a la manteca.
Decidió apartarse de su libreto y mientras extraía un mazo de cartas le
contó a los espectadores que también sabía hacer magia. Se escuchó
un resoplido general. Automáticamente mezcló los naipes con
dificultad y tras abrirlos en un desprolijo abanico le pidió a una mujer
de la primera fila que eligiera una carta. La dama se lo quedó mirando
a los ojos con la boca cerrada. Esto duró mucho. Rápido de reflejos
hizo una broma acerca de la sordera pero sufrió una reprobación en
forma de murmullos. De todos modos continuó con su truco
solicitándole a otra persona que nombrara un naipe. Como tampoco
66
obtuvo respuesta decidió elegir él mismo: el as de corazones. Volvió
a mezclar las cartas y se le cayeron algunas. Mientras las juntaba se
alcanzó a ver que tenía un mazo idéntico escondido en la palma de la
otra mano. Tuvo que improvisar. Mostró entonces el mazo aparecido
e hizo un chiste referido a que solía trabajar con un público infantil
que no se daba cuenta de nada. Este comentario en lugar de hacer
sonreír a los presentes los remitió a la pedofilia. El clima se puso
espeso. Se olvidó del as de corazones y guardó los dos mazos para
siempre.
Sin aviso empezó a conversar con su propia mano como si fuera un
títere descubierto. Se le movían los labios cuando interpretaba la voz
de su mano. No se desanimó y se dispuso a imitar personajes
famosos. Tuvo que explicar en todos los casos a quién estaba
imitando. En un arrebato se puso a cantar. Primero un tango del que
se olvidó la letra y luego una canción que buscaba ser divertida. Le
chistaron y se tuvo que callar así que de improviso se puso a bailar
mal como Michael Jackson hasta que casi se cae del escenario.
Inesperadamente volvió a cambiar el tono. Pidió que bajaran las luces
pero el iluminador no le hizo caso. Se puso melancólico e intentó
conmover a todos contando que había tenido un padre ausente y que
le había costado mucho ingresar al mundo del espectáculo. Trató de
emocionar relatando algunas anécdotas tristes de su infancia pero no
logró provocar ni la más mínima inquietud. No solamente nadie lloró
sino que hasta algunos olvidaron lo que era llorar. Fue entonces que
explicó que había hecho varios cursos de actuación y la emprendió
con un vergonzoso discurso referido a que el actor debía mostrar su
corazón en cada obra y que para eso tenía que desnudarse y enseñar el
alma.
Se comenzó a quitar la ropa.
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Primero las zapatillas con mucho esfuerzo, luego el pullover y
enseguida la remera hasta quedar con el torso descubierto. Cuando se
disponía a bajarse los pantalones alguien del público lo detuvo con un
comentario que provocó la única risa de toda la noche:
-Vestite gordo que recién comí.
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El embarazo
Cuando la hermanita del Burdo quedó embarazada empezó la cacería.
El Burdo quería matar a alguien sí o sí.
El rumor de que el padre de la criatura era alguien del barrio andaba
dando vueltas por los oídos de todos los vecinos y esto lo había
transformado en una bestia peluda y sanguinaria que recorría las
cuadras con una cuchilla enorme en la cintura, un revólver cargado en
la sobaquera debajo de la axila y un palo astillado en las manos con
un clavo oxidado en la punta. Para colmo la piba no quería decir
quién podía ser el padre del bebé porque sabía que automáticamente
lo condenaba a convertirse en hombre muerto. Esto mantenía la
situación en un suspenso estresante.
Como todos éramos sospechosos elegíamos mostrarnos tranquilos
para alejar cualquier tipo de desconfianza. Por este motivo salíamos a
la vereda a fumar como siempre, nos juntábamos en la esquina a
tomar unas cervezas con los muchachos, lavábamos el auto en la calle
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de manera obsesiva con la radio a todo volumen mientras lo veíamos
pasar al Burdo con sus ropas militares y su paso sigiloso de sicario en
paritarias. Daban ganas de tirarle un churrasco para que lo atrapara en
el aire con los dientes afilados. Pero no. Muy por el contrario todos
nos acercábamos a él para saludarlo y conversar un poco sobre
pavadas tratando de alejar la evidente necesidad de sangre que
manifestaba el animal.
Al Burdo lo conocíamos de toda la vida. Era uno más de la barra. De
chico ya estaba un poco loco pero nada muy significativo. Sabíamos
que coleccionaba armas, insignias, cascos y medallas de la Primera y
de la Segunda Guerra Mundial, que le gustaban demasiado los
documentales acerca de batallas históricas y que sabía mucho sobre
aviones de combate; sin embargo todo eso nunca interfirió en nuestra
amistad. Alguna vez también se dijo que lo habían violado dos
skinheads durante un rito de iniciación y que por eso estuvo
internado, pero luego la versión cambió por completo y se explicó
que fue al revés y que por eso el Burdo estuvo detenido tres días hasta
que lo dejaron salir porque las víctimas no se animaron a denunciarlo
por vergüenza aria.
Obviamente estábamos al corriente de los celos que el Burdo poseía
por su hermanita menor, la cual con el correr de los años se había
convertido en una preciosa bomba sexual que enloquecía a todo el
universo con sus curvas infernales, su sugestivo andar bamboleante y
su eficaz mirada incendiara.
Casi todos nos habíamos acostado con ella. Sobre todo en los últimos
tiempos. Esa era la principal razón por la cual la paranoia ganaba
terreno entre los muchachos del barrio como un reguero de pólvora
que llegaba a la puerta de cada una de nuestras casas porque más o
menos a todos nos daban los números como para creer que podíamos
llegar a ser el posible responsable de la criatura.
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La confirmación de la paternidad significaba la muerte. La muerte
lisa y llana a golpes de puños con manopla, a fuerza de una balacera o
a base de profundas puñaladas en el cuello y en la boca del estómago.
Además el Burdo se jactaba de haber aprendido a desaparecer
cadáveres cosa que según dijo había comprobado con perros y zorros.
Encima desde que falleció su padre él se hizo un poco cargo de la
casa y este asunto del embarazo le pegaba directamente en el
imaginario del honor familiar ya que consideraba la situación como
una deshonra a la memoria de su difunto progenitor y por eso quería
vengarlo. No existía manera de hacerle entender que a lo mejor en el
cielo el viejo estaba muy feliz de ser abuelo. Era imposible, el Burdo
quería hacer justicia en nombre de una presumida moralidad
hogareña.
Fueron los nueve meses más largos de la historia. Los relojes
transpiraban.
El más preocupado era Kin, el chino.
Al igual que todos nosotros él también se había acostado con la chica,
pero visiblemente corría con la gigantesca desventaja de poseer
rasgos orientales. Si el pequeño nacía con los ojos rasgados el Burdo
lo castraba con un taladro eléctrico.
Durante esos días el chino lloraba mucho. Para colmo en extrañas
circunstancias alguien le robó el pasaporte con los documentos y eso
lo dejó más vulnerable.
Todos los demás éramos más o menos parecidos entre nosotros,
algunos tenían ojos claros, otros la piel un poco más oscura y alguno
era rubio; pero el chino estaba complicado.
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Todo lo que ocurría en el barrio y sus alrededores parecía estar
relacionado con la creciente panza de la muchacha. Hasta cuando
cerró la carnicería de la esquina se dijo que el carnicero había metido
la achura. Un chiste tonto que duró una tarde pero ilustraba la
paranoia reinante.
Llegó la semana previa al nacimiento del bebé sin que el Burdo
pudiera descubrir la verdad. Poco a poco la idea de que el secreto
jamás sería revelado fue ganando la calle hasta convertirse en un
pacto de silencio perpetuo.
En ese tiempo el Burdo ya no andaba armado y parecía haber entrado
en razón porque se mostraba feliz con el inminente nuevo integrante
de la familia. Es más, hasta fue a la casa de cada uno de los
sospechosos a brindar por su futuro sobrino como una manera de
pedir disculpas por el terror generado en esos últimos meses. Nadie
hizo demasiadas preguntas y todos brindamos y bebimos con él.
Cuando terminaba de brindar, el Burdo nos pedía el vaso en el cual
habíamos bebido, lo guardaba meticulosamente en una bolsa y se lo
llevaba.
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El Doctor
Nunca se supo cuál fue la verdadera causa de la ruptura amorosa,
pero lo más probable es que tantos años en pareja hayan aflojado la
vieja polea del entendimiento.
El día de la separación, el Doctor en lugar de lidiar con abogados o
hacer escándalos, sólo tomó el cubrecama matrimonial, un pulóver
gris, se despidió de todos y se fue.
¿A dónde? A la calle. A la vereda de su propio edificio, bajo el alero
de un balcón y sobre unas cajas sucias.
La primera en verlo fue su hija a la mañana siguiente cuando iba
rumbo al colegio.
-¡Papá! ¿Qué hacés acá?
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El Doctor, que recién se estaba acostumbrando a dormir sobre las
baldosas, tardó bastante en incorporarse.
-Decidí quedarme en el barrio -le respondió tranquilamente y agregó-
Tenés un poco torcida la corbata del uniforme, mi vida.
La muchacha de inmediato subió para avisarle a su madre.
-¡Mamá! ¡Papá está abajo como un linyera!
Tras una corta serie de malentendidos Greta bajó a ver a su ex marido
quien se encontraba recostado tomando mate con el portero.
-¿Me querés decir que estás haciendo?
-Tomando mate -le contestó el Doctor que ya parecía barbudo y
ojeroso-. Recién arreglé con don Felipe para que no me moje las cajas
cuando baldea.
El portero hizo un gesto afirmativo y le extendió un mate a Greta
quien se negó de mal modo.
-No sé qué es lo que buscás con esto pero no te va a dar resultado.
En ese momento pasaron en auto los Pérez Marques que llevaban a
sus hijos a la escuela.
-Adiós Doc -le gritaron.
– Adiós, amigos -respondió desde el piso alzando la mano.
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-¿No te das cuenta de que es un papelón lo que estás haciendo? -le
recriminó su ex esposa.
-Vos decís eso porque tomás muchas pastillas… -y lanzó una
carcajada a la cual se sumó la del portero.
La mujer se fue insultando.
Durante las siguientes semanas Greta obligó a sus hijos a que no le
dirigieran la palabra a su padre, sin embargo los chicos lo saludaban
discretamente y le dejaban facturas o sobras de comida. También los
empleados del restaurante de la esquina (al cual tantas veces el
Doctor había ido a comer) le acercaban algún sándwich. Por supuesto
no faltaban las personas que pasaban por ahí y le arrojaban algunas
monedas o patadas.
El portero a la segunda semana le consiguió unas cajas mejores y un
pequeño calentador con una ollita. La policía intentó llevarlo ante
alguna denuncia pero al escuchar su historia le dijeron que si no
molestaba a nadie se podría quedar allí. También por esos días le bajó
la presión a una señora que cargaba varias bolsas desde el
supermercado y el Doctor la atendió delante de todo el barrio. Desde
ese momento se ganó aún más el respeto de los vecinos quienes
comenzaron a realizarle consultas médicas a cambio de comida o
ropa.
Una tarde la hija se le acercó de la mano de un muchacho y le dijo
que le presentaba al novio.
-Papá… él es Marcelo, mi novio.
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-Encantando -contestó el Doctor extendiéndole la mano-. Pasen,
pasen -les dijo mientras les hacía un lugar entre las cajas. -¿Querés
tomar algo? ¿Mate cocido? ¿Sopa?
-Un mate cocido -respondió Marcelo algo confundido.
-Excelente elección. ¿Te importa que compartamos la taza?
-No, claro, no hay ningún problema.
Los tres se sentaron sobre el cubrecama y conversaron durante un
largo rato de música y cine, de la importancia de estudiar y también
acerca del cuidado con el que debían contar a la hora de mantener
relaciones sexuales. Este último tema fue sacado por el Doctor pese a
la cara de fastidio que puso su hija y la incomodidad del novio.
Más tarde llegó Greta descendiendo de un auto que manejaba otro
médico muy amigo de él.
La mujer al ver a su hija y al muchacho sentados en el suelo casi le
agarra un paro cardíaco, sin embargo sacó coraje, regresó hacia el
auto y lo hizo bajar al conductor.
Se acercaron de la mano.
-Te presento a mi amante -anunció Greta alzando la cabeza en forma
desafiante.
-¿Cómo estás Omar? ¿Cómo anda todo en el hospital? -saludó el
Doctor amablemente a su ex compañero de trabajo.
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-Bien -respondió nervioso-. En el hospital las cosas marchan bien…
¿Y vos? -preguntó por cortesía.
-¡Ah! yo estoy bárbaro… vení, sentate que de paso te presento a
Marcelo que es el novio de mi hija.
Omar la miró a Greta desconcertado pero no tuvo tiempo de negarse
porque ya el Doctor le había hecho un lugar. Se sentó.
-¿Querés tomar algo?
-¿Puede ser un whisky?
-Tengo sopa o mate cocido.
-Bueno, un poco de sopa no me va a hacer mal.
Greta estaba a punto de estallar, no sabía qué hacer.
-¿Todos ustedes me están tomando el pelo? -siempre creía que las
cosas malas que le ocurrían eran obra de un complot mundial, como
si una persona sola no alcanzara para joderla.
-Greta, dejá de tomar pastillas y sentate con nosotros a disfrutar de la
vida -le sugirió el Doctor ante la risa de sus invitados pero ella se
metió furiosa en el edificio.
El Doctor continuó hablando.
77
-Lo bueno de esto es que cuando estoy solo hago “Techito” y me
mato de risa.
-¿Cómo es el “Techito”? -preguntó ansioso el nuevo amante de su ex
mujer.
-¿Todos quieren jugar? -preguntó entonces el Doctor en tono
cómplice.
-Si – respondieron algunos.
-¡Más fuerte que no se escucha! -arengó el Doctor.
-¡Sí! -gritaron sus invitados.
-Bueno, entonces tiene que cantar conmigo: ¡Techiiito! ¡Techiiito!
Y mientras todos cantaban el Doctor los cubrió con una frazada y se
quedaron ahí abajo riéndose y contando historias increíbles.
78
El observador
Cuando la noticia sobre la muerte del viejo escritor Ovidio Miraón
apareció en las necrológicas del diario casi nadie tenía un verdadero
conocimiento sobre él y su obra. Esta situación solo significaba un
problema para Elena Del Campo, que como directora de la revista
mensual que publicaba la biblioteca, debía escribir un comentario
sobre cualquier acontecimiento ligado de una u otra forma a lo que
ella considerara literatura de su entorno.
Esta caprichosa publicación contenía un orden interno de índice al
margen derecho que a más de uno perturbaba por su dudosa visión de
las cosas. Se entiende de la siguiente manera: en las primeras hojas,
aprovechando la fresca atención del lector, Elena realizaba un
esperanzado muestreo de los jóvenes talentos siempre con críticas
alentadoras e incluyendo largos párrafos de la obra en tela de juicio.
En mitad del impreso, ya con más distancia, se les daba espacio a los
escritores maduros aunque con letra más pequeña y con cierta
resignación en las consideraciones. Luego aparecía una poesía o un
cuento inédito enviado por algún socio al día de la biblioteca o de ella
misma. Y en el final, sobre fondo celeste, asomaban los autores de
79
reciente fallecimiento junto a una mínima reseña de su paso por la
vida. Cuando no moría ninguno imprimía las hojas celestes como
páginas en blanco.
Elena Del Campo buscó entre los estantes de la biblioteca los libros
de Ovidio Miraón para hacer aquel epílogo, pero lo único que
encontró fue su autobiografía. Mientras descendía fatigada por las
escaleras con el ejemplar en las manos pensó en lo extraño que
resultaba toparse con un autor que solo hubiese escrito su
autobiografía como obra, sin embargo media hora después, desde su
inestable ausencia, Ovidio le respondió de manera contundente.
A poco de haber comenzado a leer Elena sintió un frío aterrador que
le corrió su espina dorsal y le bajó la presión hasta el absurdo. Lo que
sucedía era que en lugar de la vida de Ovidio Miraón lo que allí se
leía era la propia historia de ella. No faltaba ningún capítulo. La
autobiografía comenzaba con su infancia, la muerte de su madre
imprevistamente una Navidad, el colegio religioso donde su padre la
internó, el rostro de alguien que la miraba desde la cara de su gato, el
día que conoció a su marido, un choque que había contemplado desde
la vidriera de un café, el escondite de las pastillas, la despedida de un
amante secreto al que no pudo llorar y el confortable olor a encierro
que sentía al descender al sótano de la biblioteca los lunes por la
mañana.
Uno de los empleados del lugar que se le había acercado cuando la
vio tambalear tomó el libro ante la insistencia de la mujer y leyó
algunas hojas. El absurdo volvió a repetirse. La autobiografía de
Ovidio Miraón también contaba con lujo de detalles la vida de él.
Enseguida la noticia se expandió como un reguero de pólvora de
salva y en pocas horas decenas de visitantes frecuentes de la
biblioteca hojearon la autobiografía comprobando con estupor que
cada página contaba la vida del que lo estuviera leyendo.
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Intentaron romper el hechizo repasando el libro en voz alta delante de
varias personas, pero fue inútil porque en ese caso la autobiografía
solamente narraba la vida de la voz lectora, aunque no faltaron
aquellos que creyeron interpretar entre las palabras parte de su propia
historia o anhelos que en ese momento se daban cuenta que habían
tenido desde siempre. Muchas carreras artísticas se edificaron con
esta buena predisposición por parte del público para entender y
acomodar a su gusto de la mejor manera lo que el autor no está
diciendo.
De inmediato todos se abocaron a investigar la verdadera vida de
Ovidio Miraón y a poco de comenzar supieron que había nacido en el
barrio de la biblioteca y que su abuelo lo llevaba a visitarla desde
muy pequeño. Esto fue contradicho por un antiguo amigo de Ovidio,
quién aclaró también que el escritor solo había concluido dos libros:
su inaudita autobiografía y una novela corta titulada El arte de
esperar. Luego agregó que aunque habían sido amigos en la
adolescencia apenas se vieron dos o tres veces en la vida y que por
eso no guardaba un nítido recuerdo de él.
El arte de esperar fue buscado intensamente pero no apareció. Lo que
sí encontraron fue La espera en el arte pero su autor estaba vivo y se
presentó muy ilusionado antes de que lo llamasen.
Muchos históricos socios de la biblioteca creían recordar haber leído
el libro perdido de Ovidio, aunque a la hora de cotejar los recuerdos
las tramas del mismo diferían profundamente según quien evocara la
obra. Otros sentían haber leído ese argumento que alguien contaba,
pero bajo otro título o en una película.
Cuando recurrieron a los registros más antiguos de la biblioteca se
encontraron con que El arte de esperar de Ovidio Miraón había
estado catalogado pero que sin embargo, y pese a que nadie lo había
llevado sin devolver, en los registros actualizados no existía.
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Tampoco fue sencillo hallar a algún familiar para que echara algo de
luz. Solo un hombre mayor se presentó diciendo que era el tío pero
que su sobrino no se llamaba Ovidio Miraón y que tampoco era
escritor. No era.
Finalmente y tras varias semanas de búsqueda dieron con su viuda.
Una viejita hermosa que ya pasaba los noventa años y que se rió a
carcajadas cuando le contaron lo que estaba ocurriendo con el libro de
su ex marido y solo se limitó a contestar irónicamente.
-Ovidio era un hombre muy observador, no me extraña que haya
escrito la vida de todos ustedes.
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El Diablo
El Diablo entró al bar casi como un mortal más. Esta vez dejó de lado
el humo con olor a azufre y toda la puesta en escena que solía utilizar
cada vez que se hacía presente. No venía a comprar almas, venía a
comprar merca.
Su figura ya no era la misma que la de los años 80, se lo notaba más
bien abandonado y algo excedido de peso. Había perdido un poco el
pelo y también la elegancia de alta moda con la que solía moverse en
las sombras durante los tiempos de su reinado. Hasta el tono burlón
de su voz profunda ahora parecía el lamento de una radio AM mal
sintonizada que se atropellaba las palabras. Su probada locuacidad
había reducido su diccionario a pocos términos elementales que
acompañaba con gestos nerviosos para hacerse entender. Daba pena
como un dálmata viejo en la veterinaria o como una cupé fuego con
vidrios polarizados destartalada en el gallinero.
Todavía conservaba los zapatos caros, rotos pero caros. Sus suelas
gastadas distinguían la cara o ceca de una moneda al pisar.
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“El que no se agacha a juntar una moneda ya consiguió lo que
quería”, dice el dicho, pero en ese bar todos vivían mirando las
baldosas.
El Diablo apenas ingresó al local levantó la cabeza buscando al dealer
mientras fruncía la nariz repetidas veces como si en realidad lo
estuviera olfateando. Todos los presentes se lo quedaron mirando
durante unos pocos segundos como un hipnótico acto reflejo de
antaño que intenta comprobar lo que ya sabe. Luego de verlo con la
mirada embalsamada y las manos temblorosas, volvían a sumergirse
en sus propias tragedias sin el más mínimo temor hacia su desprolija
caricatura.
El Señor de las Tinieblas caminó lento y titubeante hasta la barra.
Allá lejos quedaron aquellos ingresos gloriosos rodeado de hembras
imponentes envueltas en cuero brilloso que echaban fuego por la
boca. Ahora estaba solo y sin entorno. Ya no lo acompañaban los
escurridizos amigos del campeón que exigían a los gritos más
champagne en nombre del infierno, ni los matones de gimnasio
averiguando su masculinidad a fuerza de levantar mancuernas frente
al espejo de los demás, ni su contador astuto, ni su abogado
invencible. Ni siquiera sus víctimas desesperadas rogándole que les
devolviera el alma. Nada de todo eso.
Tampoco sonaba la música estridente que explotaba cuando él
entraba en algún lugar. Ahora el silencio dejaba escuchar su
respiración agitada y los mocos aspirados como un tic que le dejó la
fama al irse para siempre.
Pidió una cerveza y al abrir la boca dejó ver los huecos de los dientes
que le faltaban. El sarro amarillo de las pocas piezas dentarias que le
quedaban se reflejó en las luces violetas del bar y fue lo único que
todavía brillaba en su imagen.
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El barman le acercó con desgano un vaso tibio sin espuma y ni
siquiera esperó para cobrarle. El Diablo giró sobre sí mismo, apoyó la
espalda en la barra, bebió un trago lentamente y se quedó observando
a todos los demás clientes con una sonrisa condescendiente como si
los estuviera perdonando por tanta indiferencia.
Así se mantuvo durante largos minutos. De vez en cuando se reía solo
o decía cosas en voz baja. Parecían conjuros pero eran canciones.
Apenas el dealer ingresó al lugar hizo un gesto de fastidio al verlo
acercársele como un niño al heladero e intentó detenerlo extendiendo
un brazo pero fue imposible. El Diablo sacó unos viejos papeles
doblados y desdoblados hasta el infinito que contenían firmas
desesperadas de hombres que necesitaban ser otros. “Ya te dije
muchas veces que solo acepto efectivo”, le respondió sin dejarlo
hablar, pero el Príncipe del Averno parecía no entrar en razón y
además de aquellas almas comenzó a ofrecerle sus servicios como
asesino. “Puedo matar a la persona que quieras, soy muy bueno y
tengo experiencia”. Sin embargo el vendedor hacía como que no lo
escuchaba mientras se encaminaba hacia una mesa del fondo lejos de
la vidriera. “Puedo ser tu esclavo sexual”, alcanzó a decir en el límite
de la humillación antes de tropezar y dejar caer el vaso con lo que
quedaba de cerveza.
El Diablo quedó tirado en un charco de alcohol entre los vidrios con
la cara mirando el suelo. Nadie se acercó a ayudarlo. Tardó mucho en
levantarse, le dolían las articulaciones y se había lastimado una mano.
Ahora sangraba. Poco a poco se puso de pie y tras tambalearse
durante algunos segundos quedó erguido y desafiante. Todavía
guardaba algún dejo de su imponencia, de su finura, de su estirpe.
Todavía sobrevivía un brillo en su mirada perdida que dejaba entrever
la riqueza que habían visto sus ojos y el poder que había ostentando.
Era el destello del pasado viajando inofensivo a través de los siglos
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como un boomerang lanzado por él mismo cuando aún tenía fuerzas,
cuando el futuro era siempre el presente.
Agachó la cabeza y se encaminó hacia la salida. Alguien se puso a
barrer los vidrios.
Salió a la calle y la ciudad lo recibió con la tristeza de sus luces de
neón. Los autos pasaban tocándole bocina mientras alguien lo
insultaba. Caminó hasta el callejón como si fuera el día final del
mendigo. Cada paso era el último.
Solamente le faltaban pocos metros para llegar cuando divisó una
moneda tirada en la vereda que brillaba en la noche como una luz de
esperanza. Al verla el Diablo se sonrió, supo que su suerte no estaba
terminada, se acomodó el cuello de la camisa, dio media vuelta y no
la levantó.
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El truco
La última idea que tuvo para regresar al mundo del espectáculo fue
sin dudas la más arriesgada de su corta carrera.
Ricardo Paraná era un artista que había tenido sus quince minutos de
fama al participar en un efímero programa veraniego en la pantalla
chica y nada más. Por eso cuando el final de su trayectoria comenzó a
asomarse prematuramente, decidió gastar sus ahorros en organizar en
su casa fiestas para el mundo de la televisión a las cuales sólo asistían
algunos iluminadores, primos de camarógrafos y representantes sin
representados. Terminaban temprano.
No se desanimaba. Día a día recorría los canales con la misma ropa
de su personaje para que lo reconocieran enseguida. Al principio lo
rechazaban con alguna excusa y le pedían que dejara un número para
llamarlo si surgía algo. Ricardo les dejaba su propio teléfono
(solamente habilitado para recibir llamadas) y se quedaba dando
vueltas por ahí. Con el correr de los intentos los directivos
directamente le prohibieron la entrada.
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Muchas veces los porteros, que por algún motivo lo querían a
Ricardo, le ofrecían unos mates en la casilla de seguridad y le
contaban chismes de la farándula que él disfrutaba como si fueran
parte de su mundo habitual.
Mientras tanto todos los días iba al kiosco de un amigo y revisaba
infructuosamente diarios y revistas para ver si lo nombraban, lo
mismo hacía con los sitios web del espectáculo desde un locutorio.
Pronto tuvo que dejar de organizar fiestas en su casa porque se mudó
de nuevo con sus padres.
Obviamente esto no significaba que en el ambiente artístico hubiese
dejado de haber fiestas, al contrario, había cada vez más debido a la
gran cantidad de nuevos famosos que sólo sostenían su permanencia
pública a fuerza de mostrarse más en celebraciones que escenarios.
Ricardo se enteraba de esas reuniones y se invitaba solo apareciendo
temprano con una botella de cerveza caliente y la sonrisa de los que
piden piedad.
De inmediato saludaba a todos los conocidos y manipulaba las
conversaciones hasta poder contar que se encontraba
momentáneamente sin trabajo pero que analizaba varios proyectos.
También averiguaba quiénes eran productores entre los presentes para
abordarlos (ya entrado en copas) con resultados desoladores. Ya sobre
el final de la fiesta se subía a una mesa y tras pedir silencio a los
gritos actuaba el parlamento que había dicho en su última aparición
televisiva, la cual solía practicar delante del espejo.
Las cosas no mejoraban.
Su padre le consiguió trabajo en una panadería. Ricardo quedó en
contestar.
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Decidió pelearla desde abajo montando un unipersonal. Para eso
restauró una vieja esquina en la que había funcionado una pollería
que pertenecía al abuelo de un amigo.
Pidió ayuda a todo el barrio. Juntó veintidós sillas y doce banquitos.
Estuvo tres meses escribiendo el libreto. Lo corregía todos los días
pero cuando lo ensayaba dejaba de lado su propio texto e improvisaba
con resultados sombríos.
Para el estreno cursó invitaciones a estrellas famosas, productores,
representantes, dueños de medios y gerentes de programación.
No fue nadie.
Solo su madre (el padre faltó porque tomó el trabajo en la panadería),
el quiosquero, el portero de un canal, el hijo tonto de una vecina que
había contratado para seguridad y una chica vestida de rojo que se
asomó, miró todo con asco y se fue en dirección perdida.
La obra salió bastante bien pese a la total improvisación de la segunda
mitad y duró menos de lo previsto debido al insoportable olor a pollos
muertos que todavía se sentía en el lugar. Al día siguiente devolvió la
llave.
Sus últimos intentos por aparecer en cámara fueron lastimosos.
Concurría a los sitios que utilizaban para filmar exteriores y cuando
decían acción pasaba por detrás de los actores como un transeúnte
más. Luego, cuando se veía por televisión, les decía a sus padres:
“Ese de campera azul que pasó rápido por allá atrás, era yo” y
enseguida llamaba a algún directivo de un canal para preguntarle si lo
había visto natural.
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Otras veces concurría a los restaurantes de los famosos y trataba de
intercambiar alguna palabra con cualquier actor. Habitualmente no le
respondían o le avisaban al mozo que los estaban molestando y
entonces alguien le decía a Ricardo que se comportara bien o que
debería abandonar el lugar. Esta excusa la aprovechó en varias
oportunidades, actuando de hombre indignado, para irse sin pagar.
Algo que de todos modos pensaba terminar haciendo con la excusa de
haberse olvidado la billetera y ofreciendo un reloj como garantía.
Así dejó a toda la familia sin relojes.
Su muerte fue anunciada por los medios unos meses después: “El
ambiente artístico está de duelo por el fallecimiento del reconocido
actor Ricardo Paraná, suceso ocurrido al explotar el horno de la
panadería en la cual trabajaba. Que en paz descanse. El show debe
continuar.”
No hubo velorio.
Un año después durante la entrega de los Martín Fierro intentó hacer
su regreso triunfal en la alfombra roja pero los hombres de seguridad
no lo reconocieron y lo sacaron a patadas.
Nunca pudo hacerle entender al mundo del espectáculo que su muerte
se había tratado solamente de un truco publicitario.
Eso a nadie le importa. “Te moriste, te moriste”, le dijo un doble de
riesgo que había quedado lisiado.
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El olvido
Muchos convivimos día a día con esa incómoda sensación de estar
olvidándonos algo importante. Esto se agrava con los viajes o al salir
de casa cuando la dificultad de regresar se empieza a acentuar por la
distancia. En muchas oportunidades es efectivamente verdad y pronto
notamos que nos hemos dejado las llaves del lado de adentro o el
celular enchufado o la hornalla encendida o el perro sin comida o la
billetera sobre la mesa. Sin embargo otras veces nunca llegamos a
descubrir verdaderamente qué es lo que nos falta y entonces esa
sensación nunca termina de irse aunque pasen los días, los meses y
los años.
Durante esa Navidad el desorden en la casa de aquel hombre era
mucho mayor que otras veces. Él siempre había tenido la certeza de
que el caos tenía una directa relación con las características del año.
Cuando los doce meses pasaban tranquilos la casa estaba ordenada,
pero cuando transcurrían con dificultades, la casa era un desastre.
Las cortinas enganchadas de apuro desde junio, los platos de semanas
atrás todavía sin lavar, la ropa tirada, los papeles desbordando los
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cajones y sobre todo las cajas esparcidas por todos lados que ya casi
le impedían caminar con comodidad por las habitaciones.
Ese año era aún peor. Al cansancio y la resaca de estos tiempos, ahora
se les sumaba una soledad cada vez más pronunciada, una vertiginosa
vejez que amenazaba con ser paralizante y la recurrente sensación de
estar siempre olvidando algo transcendental. Últimamente le pasaba
demasiado seguido. Se le borraban de la memoria fechas importantes,
aniversarios de muertos, nombres de pájaros, texturas de cosas que ya
no tocaba, colores originales y sueños que antes revivía durante todo
el día. También sufría otro tipo de lagunas que le producían gracia,
como cuando no recordaba si ya había desayunado y entonces volvía
a colocar la vieja cafetera sobre el fuego y el café se hervía de
inmediato.
Se consolaba pensando que posiblemente a medida que uno va
creciendo todas las fechas parecen cada vez más familiares, como si
en cada una de ellas hubiera sucedido algo significativo o como si
todos los días cumpliera años alguien cercano que olvidamos saludar.
Cada vez que le pasaba esto lamentaba no tener la misma facilidad
para dejar atrás evocaciones tristes que prefería tachar de la memoria.
Ese 24 de diciembre el frío era más despiadado que otros años. Ya la
grapa parecía no ser un buen remedio contra la sensación de partirse
en dos al mover el cuerpo de pronto, no obstante, más allá de ser
eficaz o no, la grapa lo acompañaba como un confidente discreto que
no se espantaba con los implacables inviernos solitarios, ni con los
delirios, ni con la angustia.
Antes era distinto. Antes su casa se llenaba de parientes y de amigos
que lo visitaban para cenar, brindar y abrir regalos, por lo tanto era
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casi imposible olvidar las cosas importantes, simplemente porque lo
importante estaba delante de los ojos.
Ahora sentado solo en su viejo sillón se hamacaba golpeteando los
dedos nerviosos sobre la copa de grapa, faltaban muy pocos minutos
para la Nochebuena.
El tiempo desde siempre le sonreía de un modo extraño. Ya desde
chico se había caracterizado por nunca llegar tarde a ningún sitio.
Podía distraerse con cualquier asunto, podía perder el tren, podía
equivocar el camino, podía quedarse dormido o incluso podía salir
con solo un minuto de ventaja para llegar a dónde sea, y sin embargo,
de todos modos, llegaba a tiempo. Era como si sus horas fueran más
largas que las del resto, era como si su tiempo valiera más que el de
los demás. Tal vez por eso es que contaba con una personalidad
absolutamente cansina y despreocupada.
Esa noche estaba nervioso. Más allá de conocer y controlar la
sensación de estar olvidando algo realmente importante, la situación
le había comenzado a producir una leve taquicardia que hacía
demasiados meses que no sentía.
Quiso distraerse. Se levantó del sillón y caminó con mucho esfuerzo
entre los obstáculos que poblaban el suelo hasta la botella de grapa
que descansaba en el viejo aparador. Tardó mucho en llegar, aunque
posiblemente lo hizo de inmediato.
Llenó la copa hasta el borde, suspiró profundamente, bebió un par de
sorbos y se dispuso a recorrer la casa. Observó con detenimiento los
rincones, las fotos, el techo, el hogar con el fuego encendido, el reloj
parado y la cama vacía ofreciéndose como una opción acogedora.
Nada le llamaba la atención, ni le quitaba esa insoportable sensación
de estar dejando en el tintero algo transcendental.
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Ya estaba a punto de recostarse y abandonar la resolución de su
olvido cuando se acercó a la ventana y se sobresaltó bruscamente con
una fuerte exclamación. Afuera sus renos impacientes lo aguardaban
delante del trineo lleno de regalos bajo la tímida nieve que solo
producía nostalgia.
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El final
Cuando llegaron los perros ya no había nada. Olfateaban el suelo
confundidos y miraban para todos lados buscando una respuesta.
Sabían perfectamente lo que había sucedido pero no podían
explicarlo. Daban vueltas en círculos, aceleraban el paso, iban y
venían desde el borde hacia el centro, se detenían de pronto quedando
en posición de alerta con las orejas en punta como si hubiesen
escuchado algo vital, pero no, todo era una falsa alarma y entonces
lloraban bajito como hacen los esclavos del algodón cuando parece
que cantan.
Atrás de ellos llegaron los primeros hombres agitados esperando
encontrarse con lo peor que habían visto en sus vidas. No sabían lo
que tenían que traer, por lo tanto cada uno hizo lo que pudo en el
escaso tiempo que tuvieron desde lo ocurrido hasta que llegaron al
lugar. Algunos trasladaban agua y botiquines de primeros auxilios,
otros matafuegos vencidos y bengalas, otros comida enlatada y otros
solamente bronca. Obviamente la mayoría portaba sus armas.
Revólveres sucios recién desenterrados, escopetas viejas que
durmieron durante años encima del ropero, pistolones que disparaban
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en dirección del azar, cuchillas brillantes que ya contaban con algún
muerto en su reflejo, cajas de balas mal empezadas, palos y por
supuesto palas. Se quedaron inmóviles de impotencia frente al
panorama. Tardaron bastante en reaccionar. No había nada para
hacer. Ante semejante estupor que sufrían le ladraban a los perros por
no gritarse entre ellos. Los ojos arrugados de aquellos hombres
buscaban detalles y encontraban obviedades, perseguían
consecuencias y hallaban verdades, rastreaban poesía y cosechaban
prosa. Bajaron las armas como si se rindieran ante la evidencia,
apoyaron las palas en la tierra, agacharon la frente, se mordieron los
labios y negaron con la cabeza en una coreografía de resignación
infinita.
El clima parecía acompañar la secuencia como un óleo falso que se
subasta en cientos de millones. El sol se escondía en un color
mortecino como si hubiese amanecido enchufado a 110. No había
manera de descubrir formas conocidas en las pocas nubes inmóviles
que custodiaban el cielo como si fueran centinelas dormidas. El aire
denso se metía en los pulmones como un verano imposible y el olor a
lluvia inminente no podía explicarse sin recordar que el mar estaba
demasiado lejos.
La banda de sonido eran los pájaros huyendo, exactamente al revés de
lo que ocurre con los náufragos en medio de las aguas que al
encontrar un ave comprenden felices que la tierra está próxima: acá
las alas agitadas y los picos apretados se llevaban la esperanza a
donde nadie podía ir.
Recién entonces llegó el grueso de la tropa. Ya había pasado
demasiado tiempo. Los soldados bajaron excitados de los camiones
camuflados para la fiesta a la que siempre habían esperado que los
inviten. Sus superiores les daban absurdas indicaciones con
vehemencia mientras sostenían los enormes intercomunicadores
esperando instrucciones que no llegaban.
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Arriba los helicópteros se mordían la cola, más arriba los satélites se
mareaban a contraórdenes y todavía más arriba Dios se miraba en el
espejo.
Todo era caos en esa calma.
Las cámaras que habían sido encendidas inútilmente desde sus
estuches para no perderse nada ahora viajaban errantes al hombro
cabalgante de sus periodistas agitados desde donde registraban y
archivaban imágenes vacías de un paisaje inocuo. La narración de los
cronistas giraba en torno de una miserable metáfora infantil ante el
estupor de lo que se veía. La primicia en letras de molde pedía de
apuro un corte publicitario para poder tragar saliva. Y pensar en qué
decir.
“¿Qué está pasando?“ preguntaban insistentes desde estudios
centrales ante el silencio de radio. La pregunta rebotaba y rebotaba
mientras perdía peso y se diluía sin gravedad.
Las sirenas de los carros de bomberos poco a poco se iban
silenciando, los grifos se mantenían cerrados y los cascos reposaban
en las manos. Las patrullas que habían frenado cinematográficamente
en medio de la acción ahora mantenían sus motores apagados y sus
balizas dormidas.
Los funcionarios se rascaban la cabeza encogiéndose de hombros y se
negaban a dar declaraciones.
La gente común llegó a la escena. No había ninguna valla que
protegiera el perímetro y tampoco había instrucciones de no dejar
pasar, simplemente porque nadie sabía a dónde no se debía pasar.
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Los vendedores ambulantes montaron sus puestos de comida con
precios altos y poco a poco todos dejaron de buscar lo que buscaban.
Alguien puso música para dejar de escuchar el murmullo de las
conjeturas.
Los niños jugaban despreocupados entre gritos y risas, la gente
cambiaba de canal buscando la novela y los perros de a poco iban
volviendo en sí.
Parecía que no había pasado nada.
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