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Simenon - El Hombre en La Calle

El documento narra la reconstrucción de un crimen por parte del comisario Maigret, en la que detiene a un sospechoso llamado P'tit Louis. Luego sigue a un hombre polaco por varios días en París, mientras intenta descubrir su identidad.

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Simenon - El Hombre en La Calle

El documento narra la reconstrucción de un crimen por parte del comisario Maigret, en la que detiene a un sospechoso llamado P'tit Louis. Luego sigue a un hombre polaco por varios días en París, mientras intenta descubrir su identidad.

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El hombre en la calle

(“L’homme dans la rue”,1940)

Georges Simenon
(1903 - 1989)

Los cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París


helaba. A las siete y media de la mañana la ciudad estaba
lívida, el viento hacía correr a ras de suelo un polvillo de hielo.

El más delgado de los cuatro, en un asiento abatible, tenía


un cigarrillo pegado al labio inferior e iba esposado. El más
importante, de mandíbula fuerte, envuelto en un recio abrigo
y con un sombrero hongo en la cabeza, fumaba en pipa viendo
desfilar ante sus ojos la verja del Bois de Boulogne.

—¿Le hago el número de la pataleta? —propuso


amablemente P’tit Louis, el hombre de las esposas—. ¿Con
contorsiones, espumarajos, insultos y todo eso?

Maigret gruñó, quitándole el cigarrillo de los labios y


abriendo la portezuela, porque ya habían llegado a la Porte de
Bagatelle:

—No quieras pasarte de listo.

Los caminos del Bois estaban desiertos, blancos y duros


como el mármol. Unas diez personas pateaban la nieve para
combatir el frío al lado de un sendero para jinetes, y un
fotógrafo quiso retratar al grupo que se acercaba. Pero P’tit
Louis, tal como le habían recomendado, levantó los brazos
para taparse la cara.

Maigret, con aire malhumorado, giraba la cabeza como un


oso, observándolo todo: los edificios nuevos del Boulevard
Richard Wallace, todavía con los postigos cerrados, unos
obreros en bicicleta que venían de Puteaux, un tranvía
iluminado, dos porteras que caminaban con las manos
violáceas de frío.

—¿Todo a punto? —preguntó.

La víspera, había permitido a los periódicos que


publicaran la información siguiente:

EL CRIMEN DE BAGATELLE

En esta ocasión la policía no ha tardado mucho en aclarar un


asunto que parecía ofrecer dificultades insuperables.
Como es sabido, el lunes por la mañana un guarda del
Bois de Boulogne descubrió en uno de los senderos, a
unos cien metros de la Porte de Bagatelle, el cadáver de
un hombre que pudo ser identificado inmediatamente.
Se trata de Ernest Borms, médico vienés muy
conocido que vivía en Neuilly desde hacía varios años.
Borms vestía esmoquin. Alguien debió de atacarle en la
noche del domingo al lunes cuando volvía a su piso, en
el Boulevard Richard-Wallace.
Una bala disparada a quemarropa con un revólver
de pequeño calibre lo alcanzó en el corazón.
Borms, que aún era joven, de buena apariencia,
muy elegante, llevaba una intensa vida social.
Apenas cuarenta y ocho horas después de este
crimen, la Policía Judicial acaba de proceder a una
detención. Mañana por la mañana, entre las siete y las
ocho, se procederá a la reconstrucción del crimen en el
lugar de los hechos.

Posteriormente, en el Quai des Orfevres se habló de este


asunto, y se comentaba que en él Maigret había utilizado tal
vez el más característico de sus procedimientos; pero cuando
lo mencionaban en su presencia, reaccionaba de un modo
extraño, volviendo la cabeza y emitiendo un gruñido.

¡Vamos allá! Todo el mundo estaba en su sitio. Muy pocos


mirones, tal como había previsto. Por algo había elegido
aquella hora matinal. Y además, entre las diez o quince
personas que daban patadas en el suelo podía reconocerse a
varios inspectores que adoptaban un aire lo más inocente
posible, y uno de ellos, Torrence, a quien le encantaba
disfrazarse, se había vestido de repartidor de leche, lo cual
hizo que su jefe se encogiera de hombros.

¡Con tal de que P’tit Louis no exagerara! Era un «cliente»


suyo, un delincuente muy conocido, a quien habían detenido
el día anterior mientras practicaba su oficio de carterista en el
metro.

«Mañana por la mañana nos echarás una mano, y ya


procuraremos que esta vez no salgas muy mal librado…».
Le habían sacado de la prisión.

—¡Adelante! —Gruñó Maigret—. Cuando oíste pasos


estabas escondido en este rincón, ¿verdad?

—Fue exactamente así, señor comisario. Yo tenía hambre,


¿me comprende? Y no me quedaba ni un céntimo. Entonces
me dije que un tipo que volvía a su casa de esmoquin, seguro
que llevaba la cartera repleta… «¡La bolsa o la vida!», le dije
acercándome a él. Y le juro que no fue culpa mía si se me
disparó. Supongo que fue el frío lo que hizo que el dedo
apretara el gatillo…

Las once de la mañana. Maigret recorría su despacho del


Quai des Orfevres a grandes zancadas, fumaba una pipa tras
otra, no cesaba de atender al teléfono.

—¡Oiga! ¿Es usted, jefe? Soy Lucas. He seguido al viejo


que parecía interesarse por la reconstrucción. Una pista falsa:
es un maniático que todas las mañanas da un paseíto por el
Bois.

—De acuerdo, puedes volver.

Once y cuarto.

—Oiga, ¿es el jefe? Soy Torrence. He seguido al joven que


usted me indicó mirándome de reojo. Participa en todos los
concursos de detectives. Trabaja de dependiente en una
tienda de los Campos Elíseos. ¿Puedo regresar?

Hasta las doce menos cinco no recibió una llamada de


Janvier.

Tengo que ser breve, jefe, no sea que el pájaro eche a


volar. Lo vigilo por el espejito incrustado en la puerta de la
cabina. Estoy en el bar del Nain Jaune, en el Boulevard
Rochechouart… Sí, me ha visto. No tiene la conciencia
tranquila. Al cruzar el Sena ha tirado algo al río. Además, ha
intentado despistarme diez veces. ¿Lo espero aquí?

Así empezó una cacería que iba a prolongarse durante


cinco días y cinco noches, por entre transeúntes apresurados,
en un París indiferente, de bar en bar, de taberna en taberna;
por un lado un hombre solo, por otro Maigret y sus
inspectores, que se turnaban en la persecución y que, a fin de
cuentas, acabaron tan exhaustos como su perseguido.
Maigret bajó del taxi delante del Nain Jaune, a la hora del
aperitivo, y encontró a Janvier acodado en el mostrador. No
se tomó la molestia de adoptar un aire inocente. ¡Al contrario!

—¿Quién es?

Con la barbilla, el inspector le indicó un hombre sentado


en un rincón, delante de un velador. El hombre los miraba
con sus pupilas claras, de un azul grisáceo, que daban a su
fisonomía el aspecto de ser extranjero. ¿Nórdico? ¿Eslavo?
Más bien eslavo. Llevaba un abrigo gris, un traje de buenas
hechuras, un sombrero flexible.

Debía de tener unos treinta y cinco años. Estaba pálido,


recién afeitado.

—¿Qué quiere tomar, jefe?, ¿un Picon caliente?

—De acuerdo, un Picon caliente. ¿Qué bebe él?

—Aguardiente. Se ha tomado cinco esta mañana. Y no le


extrañe si me trabuco un poco al hablar: siguiéndolo he tenido
que entrar en todas las tabernas. Tiene mucho aguante, ¿sabe
usted?… Además, fíjese, lleva toda la mañana así. Este no se
da por vencido fácilmente.

Era verdad. Y parecía raro. Aquello no podía llamarse


arrogancia ni desafío. El hombre sencillamente los miraba. Si
estaba inquieto, no dejaba que nada trasluciese. Su rostro
expresaba más bien tristeza, pero una tristeza tranquila,
meditabunda.

—En Bagatelle, cuando se dio cuenta de que usted no lo


perdía de vista, se fue en seguida, y yo tras él. Aún no había
andado cien metros cuando ya había girado la cabeza.
Entonces, en vez de salir del Bois, como parecía su intención,
echó a andar a grandes zancadas por el primer sendero que
encontró. Volvió la cabeza otra vez. Me reconoció. Se sentó en
un banco a pesar del frío, y yo me paré a mi vez. Varias veces
tuve la impresión de que quería dirigirme la palabra, pero
acabó por alejarse encogiéndose de hombros.

»En la Porte Dauphine estuve a punto de perderlo, porque


tomó un taxi, pero tuve la suerte de encontrar otro casi al
momento. Bajó en la Place de l’Opéra, y se metió
precipitadamente en el metro. Yo iba siguiéndolo, cambiamos
cinco veces de línea, hasta que empezó a comprender que de
esta manera no podría despistarme.

»Volvimos a subir a la superficie. Estábamos en la Place


Clichy. Desde entonces no hemos dejado de ir de bar en bar.
Yo esperaba que entrara en un buen lugar, con una cabina
telefónica desde donde pudiera vigilarlo. Cuando me ha visto
telefonear, ha hecho una mueca irónica y triste. Luego, yo
hubiese jurado que lo estaba esperando a usted.

—Telefonea a «casa». Que Lucas y Torrence se preparen


para venir corriendo al primer aviso. Y que venga también un
fotógrafo de Identidad Judicial, con una cámara muy
pequeña.

—¡Camarero! —llamó el desconocido—. ¿Qué le debo?

—Tres cincuenta.

—Apostaría a que es polaco —murmuró Maigret a Janvier


—. En marcha.
No fueron muy lejos. En la Place Blanche el hombre entró
en un pequeño restaurante; ellos lo siguieron y se sentaron a
una mesa que estaba junto a la suya. Era un restaurante
italiano, y comieron pasta.

A las tres, Lucas fue a relevar a Janvier, cuando este se


hallaba con Maigret en una cervecería frente a la Gare du
Nord.

—¿Y el fotógrafo? —preguntó Maigret.

—Espera en la calle para sorprenderlo cuando salga.

Y, en efecto, cuando el polaco salió, después de haber


leído los periódicos, un inspector se acercó rápidamente a él.
A menos de un metro le hizo una foto. El hombre se llevó en
seguida la mano a la cara, pero ya era demasiado tarde, y
entonces, demostrando que comprendía, dirigió a Maigret
una mirada de reproche.

—Amigo mío —monologaba el comisario—, tienes muy


buenas razones para no llevarnos a tu domicilio. Pero si tú
tienes paciencia, yo tengo tanta como tú…

Al oscurecer, había copos de nieve revoloteando por las


calles, mientas el desconocido andaba, con las manos en los
bolsillos, esperando la hora de acostarse.

—¿Lo relevo durante la noche, jefe? —propuso Lucas.

—No. Prefiero que te ocupes de la fotografía. En primer


lugar, consulta el fichero. Luego investiga en los ambientes
extranjeros. Este tipo conoce París. Seguro que hace tiempo
que vive aquí. Alguien ha de conocerlo.
—¿Y si publicásemos su foto en los periódicos?

Maigret miró a su subordinado con desdén. ¿O sea con él


desde hada tantos años, no comprendía? ¿Acaso la policía
tenía un indicio? ¡Nada! ¡Ni un testimonio! Matan a un
hombre de noche en el Bois de Boulogne. No se encuentra el
arma. Ni una huella. El doctor Borms vive solo, y su único
sirviente adónde fue víspera.

—¡Haz lo que te digo! Largo…

A las doce de la noche por fin el hombre se decidió a


cruzar el umbral de un hotel. Maigret le seguía los pasos. Era
un hotel de segunda o incluso de tercera categoría.

—Quisiera una habitación.

—¿Me rellena esta ficha, por favor?

La rellena entre titubeos, con los dedos entumecidos por


el frío. Mira a Maigret de arriba abajo, como diciéndole: «¡Si
cree que me importa que me esté mirando! Escribiré lo que
me dé la gana».

Y, en efecto, escribe el primer nombre y apellido que le


viene a la cabeza: Nikolas Slaatkovich, domiciliado en
Cracovia, que había llegado a París el día anterior.

Todo falso, evidentemente. Maigret telefonea a la Policía


Judicial. Se revisan los expedientes de los pisos amueblados,
los registros de extranjeros, llaman a los puestos fronterizos.
No existe ningún Nikolas Slaatkovich.
—¿Usted también desea una habitación? —pregunta el
dueño con una mueca, porque ya se huele que está ante un
policía.

—No, gracias. Pasaré la noche en la escalera.

Es más seguro. Se sienta en un peldaño, delante de la


puerta la habitación número 7. Por dos veces esta puerta se
abre. El hombre escudriña la oscuridad con la mirada, ve la
silueta de Maigret, y termina por acostarse. Por la mañana, la
barba le ha crecido, tiene las mejillas rasposas. No ha podido
cambiarse de ropa. Ni siquiera tenía peine, y lleva el pelo
alborotado.

Lucas acaba de llegar.

—¿Lo relevo, jefe?

Maigret no se resigna a dejar a su desconocido. Lo ha visto


pagar la habitación. Lo ha visto palidecer. Adivina lo que pasa.

En efecto, poco después, en un bar en el que toman, por


así decirlo, codo con codo, un café con leche y unos
croissants, el hombre, sin ocultarse lo más mínimo, cuenta el
dinero que le queda. Un billete de cien francos, dos monedas
de veinte, una de diez y calderilla. Sus labios se estiran en una
mueca de contrariedad.

¡Bueno! Con eso no irá muy lejos. Cuando llegó al Bois de


Boulogne, acababa de salir de su casa, porque iba recién
afeitado, sin una mota de polvo, sin una arruga en el traje.
¿Tenía intención de volver al cabo de poco? Ni siquiera se
preocupó por el dinero que llevaba encima.
Maigret adivina lo que tiró al Sena: los documentos de
identidad, tal vez tarjetas de visita.

Quiere evitar a toda costa que se descubra dónde vive.

Y el callejeo típico de los que no tienen techo vuelve a


empezar, con paradas delante de las tiendas, de los puestos de
vendedores ambulantes, o en los bares, en los que tiene que
entrar de vez en cuando, aunque solo sea para sentarse, sobre
todo porque en la calle hace frío, o para leer los periódicos.

¡Ciento cincuenta francos! Al mediodía, nada de


restaurantes. El hombre se conforma con huevos duros, que
come de pie ante un mostrador, y una cerveza, mientras
Maigret engulle unos bocadillos.

El otro duda mucho antes de entrar en un cine. Dentro del


bolsillo su mano juega con las monedas. Hay que resistir todo
el tiempo posible. El hombre anda y anda…

¡Por cierto! Hay un detalle que llama la atención de


Maigret, En su agotadora caminata, el hombre recorre
siempre determinados barrios: de la Trinité a la Place Clichy;
de la Place Clichy a Barbès, pasando por la Rue Caulaincourt;
de Barbès a la Gare du Nord y a la Rue La Fayette…

¿Tiene también miedo a que le reconozcan? Seguramente


elige los barrios más alejados de su casa o de su hotel, los que
suele frecuentar.

¿Vive en Montparnasse, como tantos extranjeros? ¿En los


alrededores del Panteón?

La ropa que usa indica una posición media. Son prendas


cómodas, sobrias, de buena hechura. Sin duda, una profesión
liberal. ¡Lleva alianza! O sea que ¡está casado!

Maigret ha tenido que resignarse a ceder su lugar a


Torrence. Pasa rápidamente por su casa. Madame Maigret
está contrariada: su hermana ha venido de Orléans, ha
preparado una cena muy especial, y su marido, después de
haberse afeitado y cambiado de ropa, vuelve a irse
anunciando que no sabe cuándo regresará.

El comisario se precipita hacia el Quai des Orfevres.

—¿No hay nada de Lucas para mí?

¡Sí! Hay una nota del brigada. Este ha enseñado la


fotografía en numerosos círculos polacos y rusos. Nadie lo
conoce. Tampoco nada en los grupos políticos. En último
extremo, ha sacado numerosas copias de la famosa fotografía.
En todos los barrios de París hay agentes que van de puerta en
puerta, de portería en portería, mostrando la foto a los dueños
de los bares y a los camareros.

—¡Oiga! ¿El comisario Maigret? Soy una acomodadora del


Ciné-Actualités, en el Boulevard de Strasbourg… Hay aquí un
señor, Monsieur Torrence, que me ha dicho que lo telefonee a
usted para decirle que está aquí, pero que no se atreve a salir
de la sala.

¡No es tonto el hombre! Ha escogido el mejor lugar para


pasar algunas horas: con calefacción y por poco precio, solo
dos francos de entrada… ¡y con derecho a varias sesiones!

Se ha establecido una curiosa intimidad entre perseguidor


y perseguido, entre el hombre cuya barba crece, cuyas ropas
se arrugan, y Maigret, que no lo pierde de vista ni un instante.
Incluso hay un detalle divertido. Los dos se han resfriado.
Tienen la nariz enrojecida. Casi al mismo tiempo sacan el
pañuelo del bolsillo, y en una ocasión el hombre no ha podido
evitar una vaga sonrisa al ver cómo Maigret suelta una serie
de estornudos.

Un hotel sucio, en el Boulevard de la Chapelle, después de


cinco sesiones continuas de documentales. En el registro, el
mismo nombre. Y de nuevo Maigret se instala en un peldaño
de la escalera. Pero como es una casa de citas, cada diez
minutos tiene que apartarse para dejar pasar a parejas que lo
miran con extrañeza, y las mujeres se quedan intranquilas.

Cuando se le acaben los recursos, cuando los nervios ya no


resistan más, ¿se decidirá a volver a su casa? En una
cervecería en la que el otro se queda bastante rato y se quita
gris, Maigret no vacila en tomar y mirar interior del cuello. El
abrigo se compró en Old England, en el Boulevard des
Italiens. Es de confección, y casa debió de vender docenas
abrigos Sin embargo, hay un indicio. Es del invierno anterior.
Así pues, el desconocido lleva en París por lo menos un año. Y
en el curso de un año seguro que ha tenido que recalar en un
algún lugar…

Maigret se dedica a tomar ponches para matar el


resfriado. El otro va soltando el dinero con cuentagotas. Toma
cafés, pero sin añadirles licor. Se alimenta de croissants y de
huevos duros.

Las noticias de «casa» son siempre las mismas: ¡nada


nuevo! Nadie reconoce la fotografía del polaco. No se ha
denunciado ninguna desaparición.
Por lo que respecta al muerto, tampoco nada. Tenía un
consultorio importante. Se ganaba muy bien la vida, no se
metía en política, salía mucho y, como se ocupaba sobre todo
de enfermedades nerviosas, entre sus pacientes abundaban
las mujeres.

Era una experiencia que Maigret aún no había tenido


ocasión de llevar hasta el final: ¿en cuánto tiempo un hombre
bien educado, aseado, bien vestido, pierde su barniz exterior
cuando tiene que vagabundear por la calle?

¡Cuatro días! Ahora lo sabía. Primero la barba. La primera


mañana, el hombre parecía un abogado o un médico, un
arquitecto, un industrial: uno se lo imagina saliendo de un
confortable piso. Una barba de cuatro días lo ha transformado
hasta el punto de que, si hubiesen publicado su retrato en los
periódicos evocando el caso del Bois de Boulogne, la gente
hubiera dicho: «¡Se ve a la legua tiene cara de asesino!».

Por el frío y el dormir mal, se le había enrojecido el borde


de los párpados, y resfriado le ponía un toque de fiebre en los
pómulos. Los zapatos, que habían dejado de estar lustrosos,
comenzaban a deformarse. El abrigo empezaba a ajarse y sus
pantalones tenían rodilleras.

Incluso se le notaba en la manera de andar. Ya no andaba


de la misma forma: iba pegado a las paredes, bajaba la vista
cuando los transeúntes lo miraban… Un detalle más: volvía la
cabeza al pasar ante un restaurante donde había clientes
instalados a las mesas ante copiosos platos.

«¡Tus últimos veinte francos, amigo mío!», calculaba


Maigret. «¿Y después?».
Lucas, Torrence y Janvier lo relevaban de vez en cuando,
pero él les cedía su lugar con la menor frecuencia posible.
Entraba en el Quai des Orfevres como un huracán, veía al jefe.

—Sería mejor que descansara, Maigret.

Un Maigret huraño, susceptible, como si estuviera


dominado por sentimientos contradictorios, contestaba:

—Mi deber es descubrir al asesino, ¿no?

—Evidentemente…

—¡Pues en marcha! —suspiraba con una especie de rencor


en la voz—. Me pregunto dónde dormirá esta noche.

¡Los últimos veinte francos! ¡Menos aún! Cuando se


reunió con Torrence, este le dijo que el hombre había comido
tres huevos duros y tomado dos cafés con licor en un bar de la
esquina de la Rue Montmartre.

—Ocho francos con cincuenta… Le quedan once francos


con cincuenta.

Lo admiraba. El otro no solo no se escondía, sino que


andaba a su misma altura, a veces a su lado, y tenía que
contenerse para no dirigirle la palabra.

«¡Vamos a ver, hombre! ¿No crees que ya sería hora de


que empezases a cantar? En algún lugar te espera una casa
con calefacción, una cama, unas zapatillas, una navaja de
afeitar, ¿verdad? Y una buena cena…».

¡Pero no! El hombre vagó bajo las luces eléctricas de Les


Halles, como los que ya no saben adónde ir, entre los
montones de coles y de zanahorias, apartándose al oír el
silbato del tren, al paso de los camiones de los hortelanos.

«¡Ya no puedes pagarte una habitación!».

Aquella noche Servicio Meteorológico registró ocho


grados bajo cero. El hombre se compró unas salchichas
calientes que una vendedora preparaba al aire libre.
¡Apestaría a ajo y a grasa toda la noche!

En cierto momento intentó introducirse en un pabellón y


echarse en un rinconcito. Un agente, al que Maigret no tuvo
tiempo de dar instrucciones, lo echó de allí. Ahora cojeaba.
Los muelles. El Pont des Arts. ¡Con tal de que no se le
ocurriera tirarse al Sena! Maigret no se sentía con ánimos
para saltar tras él al agua negra, que empezaba a arrastrar
pedazos de hielo.

Iba por el muelle de la sirga. Unos vagabundos


refunfuñaban. Bajo los puentes, los buenos lugares ya estaban
ocupados.

En una calleja, cerca de la Place Maubert, a través de los


cristales de una extraña taberna se veían a unos viejos que
dormían con la cabeza apoyada sobre la mesa. ¡Por veinte
céntimos, incluyendo un vaso de vino tinto! El hombre miró a
Maigret por entre la oscuridad. Esbozó un ademán fatalista y
empujó la puerta. En el tiempo en que esta se abrió y volvió a
cerrarse, Maigret recibió una repugnante tufarada en el
rostro. Prefirió quedarse en la calle. Llamó a un agente, lo
dejó vigilando en la acera y fue a telefonear a Lucas, que esa
noche estaba de guardia.
—Hace una hora que estamos buscándolo, jefe. ¡Lo hemos
identificado! Ha sido gracias a una portera. El tipo se llama
Stephan Strevzki, treinta y cuatro años, en Varsovia, instalado
en Francia desde hace tres años. Trabaja con un decorador del
Faubourg Saint-Honoré. Está casado con una húngara, una
mujer guapísima que se llama Dora. Vive en Passy, Rue de la
Pompe, en un piso por el que paga doce mil francos de
alquiler. Nada de política… La portera nunca vio a la víctima.
Stephan salió de su casa el lunes por mañana más temprano
de lo que solía. Ella se sorprendió al ver que no regresaba,
pero dejó de preocuparse al ver que…

—¿Qué hora es?

—Las tres y media. Aquí estoy solo. Me he hecho subir


cerveza pero está muy fría…

—Óyeme bien, Lucas. Irás… ¡Sí! ¡Ya lo sé! Es demasiado


tarde para los de la mañana, pero en los de la tarde… ¿Lo has
entendido?

Aquella mañana el hombre llevaba pegado a su ropa un


sordo olor a miseria. Los ojos más hundidos. La mirada que
dirigió a Maigret, en la pálida mañana, contenía el más
patético de los reproches.

¿No lo habían conducido, poco a poco, pero a una


velocidad que no dejaba de ser vertiginosa, hasta lo más bajo
del escalafón? Se levantó el cuello del abrigo. No salió del
barrio. Con mal sabor de boca, se metió en una taberna que
acababa de abrir y se bebió, una tras otra, cuatro copas, como
para arrancarse el espantoso regusto que aquella noche le
había dejado en la garganta y en el pecho.
¡Qué más daba! ¡Ahora ya no le quedaba nada! Solo podía
echar a andar recorriendo calles que el hielo había vuelto
resbaladizas. Debía de tener agujetas. Cojeaba de la pierna
izquierda. De vez en cuando se detenía y miraba a su
alrededor con desesperación.

Como ya no entraba en ningún café donde hubiera


teléfono, a Maigret le era imposible hacer que lo relevaran.
¡Otra vez los muelles! ¡Y ese gesto maquinal del hombre que
revuelve entre los libros de lance, pasando las páginas, a veces
asegurándose de la autenticidad de un grabado o de una
estampa! Un viento helado barría el Sena. El agua tintineaba
en la proa de las chalanas en movimiento, porque los
pedacitos de hielo entrechocaban como si fueran lentejuelas.

Desde lejos, Maigret vio el edificio de la Policía Judicial, la


ventana de su despacho. Su cuñada ya había regresado a
Orléans. Con tal de que Lucas…

No sabía aún que aquella atroz investigación se


convertiría en clásica, y que generaciones de inspectores
repetirían sus detalles a los novatos. Era una tontería, pero,
por encima de todo, lo conmovía un detalle ridículo: el
hombre tenía un grano en la frente, un grano que, fijándose
bien, seguramente era un forúnculo, de un color que iba
pasando de rojo a morado.

Con tal de que Lucas…

A las doce, el hombre, que decididamente conocía muy


bien París, se dirigió hacia donde sopa popular, al final del
Boulevard Saint-Germain, Y se puso en la fila de andrajosos.
Un viejo le dirigió la palabra, pero él fingió no entenderlo.
Entonces otro, con cara picada viruela, le habló en ruso.
Maigret cruzó a acera de enfrente, vaciló, se vio obligado a
comer unos bocadillos en una taberna, y volvió la espalda a
medias para que el otro, a través de los cristales, no le viera
comer.

Aquellos pobres diablos avanzaban lentamente, entraban


en grupos de cuatro o de seis en la sala donde les servían
escudillas de sopa caliente. La cola se alargaba. De vez en
cuando, los de atrás empujaban, y algunos dejaban oír
protestas.

La una. Un chiquillo apareció en el extremo de la calle.


Corría, adelantando el cuerpo.

—L’Intran… L’Intran…

Tampoco él quería perder tiempo. Sabía desde lejos qué


transeúntes comprarían el periódico. No hizo el menor caso
de la hilera de mendigos.

—L’Intran…

Humildemente, el hombre alzó la mano y dijo:

—¡Eh, eh!

Los demás lo miraron. ¿O sea que aún tenía algunos


céntimos para comprarse un periódico?

Maigret también llamó al vendedor, desplegó la hoja y,


aliviado, encontró en primera página lo que buscaba, la
fotografía de una mujer joven, bella, sonriente.
INQUIETANTE DESAPARICIÓN

Se nos comunica que desde hace cuatro días ha desaparecido


una joven polaca, Madame Dora Strevzki, que no ha
vuelto a su domicilio en Passy, Rue de la Pompe,
número 17.
A ello se añade el significativo hecho de que el
marido de la desaparecida, Monsieur Stephan Strevzki,
también desapareció de su domicilio la víspera, es
decir, el lunes, y la portera, que ha avisado a la policía,
declara….

Al hombre solo le faltaban por recorrer cinco o seis metros, en


la fila que lo arrastraba, para tener derecho a su escudilla de
sopa humeante. En ese momento salió de la cola, cruzó la
calzada, donde estuvo a punto de que lo atropellara un
autobús, y llegó a la otra acera, para encontrarse justo ante
Maigret.

—¡Estoy a su disposición! —se limitó a decir el hombre—.


Lo acompaño adonde usted quiera. Contestaré todas sus
preguntas…

Estaban todos en el pasillo de la Policía Judicial: Lucas,


Janvier, Torrence, además de otros que no habían intervenido
en el caso pero que estaban al corriente. Al pasar, Lucas le
hizo una señal a Maigret que quería decir: «¡Asunto
resuelto!».

Una puerta que se abre y que vuelve a cerrarse. Cerveza y


bocadillos encima de la mesa.

—Antes que nada, coma un poco.


Se siente incómodo. No consigue tragar. Por fin el hombre
habla.

—Ya que ella se ha ido y está a salvo…

Maigret pareció sentir la necesidad de atizar la estufa.

—Cuando leí en los periódicos lo del crimen, ya hacía


tiempo que sospechaba que Dora me engañaba con aquel
hombre. También sabía que no era su única amante. Yo
conocía bien a Dora, su carácter impetuoso, ¿me
comprenden? Sin duda él intentó librarse de ella, y yo sabía
que Dora era capaz de… Ella siempre llevaba en el bolso un
revólver con adornos de nácar. Cuando los periódicos
anunciaron la detención del asesino y la reconstrucción del
crimen, quise ver…

Maigret hubiera querido poder decir, como los policías


ingleses: «Le advierto que todo lo que declare podrá utilizarse
en su contra».

No se había quitado el abrigo. Seguía llevando el


sombrero puesto.

—Ahora que ella ya está en lugar seguro… Porque


supongo… —Miró a su alrededor con angustia. Una sospecha
cruzó por su mente—. Debió de comprender lo que pasaba al
ver que yo no volvía. Yo sabía que eso acabaría así, que Borms
no era un hombre para ella, que Dora nunca iba a aceptar
servirle de pasatiempo, y que entonces volvería a mí. El
domingo por la tarde salió sola, como solía hacer en estos
últimos tiempos. Seguramente lo mató cuando…
Maigret se sonó. Se sonó durante largo rato. Un rayo de
sol, de ese sol puntiagudo de invierno que acompaña a los
grandes fríos, entraba por la ventana. El grano, el forúnculo,
brillaba en la frente de aquel a quien no podía llamar más que
«el hombre».

—Su esposa lo mató, sí, cuando comprendió que se había


burlado de ella. Y usted comprendió que ella lo había matado.
Y entonces quiso… —Se acercó bruscamente al polaco—. Le
pido perdón, amigo —masculló como si hablase con un
antiguo compañero—. Me habían encargado que descubriese
la verdad ¿no? Mi deber era… —Abrió la puerta—. Que entre
Madame Dora Strevzki. Lucas, sigue tú, yo…

Y en la Policía Judicial nadie volvió a verlo durante dos


días. El jefe lo telefoneó a su casa.

—Bueno, Maigret. Ya debe de saber que ella lo ha


confesado todo y que… A propósito, ¿cómo va su resfriado?
Me han dicho…

—No es nada, estoy muy bien. Dentro de veinticuatro


horas… ¿Y él?

—¿Cómo dice? ¿Quién?

—¡Él!

—¡Ah, ya comprendo! Ha contratado al mejor abogado de


París. Confía en que… Ya sabe, los crímenes pasionales…

Maigret volvió a acostarse y quedó atontado a fuerza de


ponches y de aspirinas.
Posteriormente, cuando alguien quería hablarle de aquella
investigación, Maigret gruñía: «¿Qué investigación?», para
desanimar a los preguntones.

Y el hombre iba a verlo una o dos veces por semana, y lo


tenía al corriente de las esperanzas del abogado.

No fue una absolución completa: un año de libertad


vigilada.

Y fue ese hombre quien enseñó a Maigret a jugar al


ajedrez.

Nieul-sur-Mer, 1939

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