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Historia y Cultura de Las Guayanas

Las Guayanas se componen de tres territorios - Guayana Francesa, Guayana y Surinam - ubicados en América del Sur entre Venezuela y Brasil. A pesar de su cercanía geográfica, estas regiones poseen historias coloniales y culturas muy distintas, siendo colonizadas por Francia, Reino Unido y Holanda. Actualmente albergan una gran diversidad étnica y cultural, pero enfrentan desafíos como la inestabilidad política e inversión extranjera limitada.

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Historia y Cultura de Las Guayanas

Las Guayanas se componen de tres territorios - Guayana Francesa, Guayana y Surinam - ubicados en América del Sur entre Venezuela y Brasil. A pesar de su cercanía geográfica, estas regiones poseen historias coloniales y culturas muy distintas, siendo colonizadas por Francia, Reino Unido y Holanda. Actualmente albergan una gran diversidad étnica y cultural, pero enfrentan desafíos como la inestabilidad política e inversión extranjera limitada.

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Las Guayanas se encuentran

ubicadas en Suramerica entre la


República Bolivariana de
Venezuela y el gigante territorial
Brasil, por su parte corresponden
a otra clase de hechos historicos
sobre algunos aspectos
expesificos como: los procesos
de desarrollo, la
imprenetrabilidad de sus
territorios, los nuevos
colonizadores no vistos
anteriormente en esta zona del
continente, motivo de
colonización distintos con el
resto de América del Sur,
colonización tardía al igual que
sus respectivas independencias,
que han contribuido a legar un
gran desinterés y olvido político
sobre ellas.

Las Guayanas, su nombre se


origina en la lengua amerindia
arawak que significa ‘tierra de mil
ríos’, haciendo
referencia a su enorme reserva
sumbterránea de agua potable y
al clima ecuatorial, que favorece
la extrema humedad de sus
selvas.

Fueron los reinos de Reino


Unido, Holanda y Francia, los
cuales ya habían comenzado su
andadura por diversas islas del
Caribe, los que aprovecharon la
brecha abierta dejada por los
españoles y postugueses. Aun
así, la fiereza de las tribus
amerindias y las numerosas
enfermedades tropicales
diezmaron sistemáticamente las
huestes occidentales durante
años. No sería hasta el siglo XVII
cuando se establecerían los
primeros puestos fijos en tierra
firme.

Las Guayanas se dividen en


tres: Guayana Francesa,
Guayana y Surinan las cuales,
aún hoy constituyen uno de los
más importantes enigmas para la
mayor parte
de América del Sur y del mundo.
Guyana, es colonizada por Reino
Unido, Surinam y la Guayana
Francesa, antiguas colonias de
Holanda y Francia, son los
territorios más diferentes en
cuanto a cultura, grastronomía y
sociedad del continente, ademas
de poseer grandes extensiones
de selva virgen con un sin fin de
minerales muy pocos
explotados, que les permite
contar con una gran riqueza
natural y cultural. Más, sin
embargo existen dos grandes
razones que no permiten a estas
obtener importancia y relevancia
en el mundo de la política
internacional o en la región,
estas razones son
inecuanicamente la inestabilidad
política interna y el aislamiento
heredado con relación al
continente, las cuales ocacionan
que estén en un constante riesgo
su desarrollo social, económico y
político.
Podemos definir a las Guayana
como un crisol de culturas, que
resguarda entre sus fronteras el
mestizaje entre Europa, África y
las etnias amerindias, las cuales
son conocidas por su fuerte
carácter reivindicativo en cuanto
a sus derechos sobre el
territorio. Sin embargo, sus
tardías independencias, en el
caso de Guyana y Surinam, y la
dependencia total de Francia en
el caso de Guayana Francesa
han creado climas políticos
inestables y economías basadas
en la exportación de materias
primas. Los altos índices de
criminalidad y corrupción y sus
carencias en materia de
derechos —la homosexualidad,
por ejemplo, es ilegal en Guyana
— ahuyentan una posible
inversión extranjera estable
sobre la región
Las Guayanas se construyeron,
en un principio, como destino
penitenciario para presos
condenados a cadena perpetua
o a trabajos forzados. Más tarde
evolucionaron como una
segunda oportunidad para todos
aquellos metropolitanos que
quisieran probar suerte y
comenzar una nueva vida en un
destino exótico.

¿Cuáles son las


Guayanas?
Unidas por su peculiar situación
geográfica y su excepcional
pasado colonial, las Guayanas
se erigen como tres entidades
políticas tan distintas como
desconocidas respecto al resto
de América del Sur. Por un lado,
encontramos Guyana y Surinam,
también conocidas como las
Guayanas Británica y
Holandesa, los dos únicos
Estados de Sudamérica cuyo
pasado como colonia europea se
debe a países no latinos. Por
otro, la Guayana Francesa
continúa ejerciendo sus
derechos como un departamento
de ultramar de Francia y, por
tanto, la única región
ultraperiférica de la Unión
Europea y del país galo en el
subcontinente. También es el
hogar desde 2011 del Centro
Espacial Guayanés, construido
por el Centro Nacional de
Estudios Espaciales de Francia,
pero aprovechado en su mayor
parte por la Agencia Espacial
Europea.

Históricamente aisladas del resto


del territorio sudamericano tanto
por diferencias lingüísticas como
culturales,
las tres zonas han formado un
fuerte lazo de unión con el
conjunto de las islas caribeñas
parte del mismo imperio colonial
británico, holandés y francés.
Pese a estar situadas en el
océano Atlántico y compartir
fronteras con Venezuela y Brasil,
las Guayanas poseen una
identidad de pueblo caribeño
basada en costumbres y
tradiciones que abarcan desde la
gastronomía hasta las
vestimentas o los dialectos
criollos. De hecho, tanto Guyana
como Surinam son miembros de
pleno derecho de la Comunidad
del Caribe (Caricom), así como
de la Asociación de Estados del
Caribe, mientras que la Guayana
Francesa participa como
asociada. También participan en
la Confederación de
Norteamérica, Centroamérica y
el Caribe de Fútbol
(Concacaf) en lugar de en la
sudamericana, Conmebol.
Aun así, una mala fama las
persigue desde su origen
como colonia penitenciaria y
destino de esclavistas para la
explotación agropecuaria. Pese
a la abundancia de recursos
naturales y mineros y la
excepcional biodiversidad que
guardan sus diferentes paisajes
—una de las más importantes
del planeta—, eran consideradas
como un lugar casi infernal en la
época poscolonial. Esta visión se
ha perpetuado en el imaginario
colectivo, lo que ha dificultado su
desarrollo turístico y ha
retrasado la inversión extranjera,
algo que mantiene a las tres
regiones a la sombra de sus
vecinas caribeñas. Los tardíos
procesos de independencia de
Guyana y Surinam y su
consiguiente inestabilidad
política, así como la
dependencia total de Guayana
Francesa respecto a la Francia
metropolitana
del “Hexágono”, han contribuido
aún más, si cabe, a su
aislamiento.

Sus fronteras también son objeto


de controversia. Salvo el límite
con Brasil, Surinam disputa
todas sus fronteras: al este, en
torno al río Maroni, con la
Guayana Francesa; al oeste, por
el Triángulo del Río Nuevo,
administrado por Guyana, y
también con Guyana por el río
Corentyne y una porción de mar,
que le fueron concedidos en
2007 por un tribunal de arbitraje.
Asimismo, desde su declaración
de independencia en
1811, Venezuela reclama a
Guyana la zona antes conocida
como la Guayana Esequiba o
Española, un territorio con
petróleo y otros recursos
naturales comprendido desde el
oeste del río Esequibo hasta el
monte Roraima, al sureste de
Venezuela. Tras las peticiones
de mediación a la ONU por parte
del presidente Nicolás Maduro y
un año de supervisión de la
organización, Guyana presentó
el caso ante la Corte
Internacional de Justicia. Guyana
confía en que La Haya se
postule a su favor, puesto
que considera que nunca hubo
soberanía española en la zona y,
por tanto, que ningún lazo
cultural o histórico une la
Guayana Esequiba a Venezuela.
Esta última, sin embargo,
todavía mantiene en sus mapas
el territorio —cuya extensión
representa cerca de dos tercios
de Guyana— como “zona en
reclamación” y sigue ejerciendo
presión militar en la frontera. El
proceso se alargará durante
2019 hasta que Venezuela
presente su contramemoria y la
corte alcance su decisión.

Un pequeño gran
mosaico
cultural
Pese a sus reducidas
dimensiones, Guyana, Surinam
—el país más pequeño de toda
América del Sur— y la Guayana
Francesa conservan entre sus
fronteras una de las sociedades
más multiculturales de todo el
subcontinente sudamericano.
Paramaribo, capital de Surinam,
ofrece una estampa irrepetible
en cuanto a convivencia
religiosa. En la avenida
Keizerstraat, parte del centro
neurálgico de la ciudad, es
posible observar cómo una
monumental mezquita comparte
acera con una imponente
sinagoga a tres manzanas de
una colorida iglesia protestante
de estilo holandés. El ambiente
caribeño anglosajón se fusiona
con una fuerte presencia
indostaní en Guyana, mientras
que la Guayana
Francesa conserva siete etnias
amerindias mayoritarias y una
gran influencia brasileña,
peruana y dominicana.

Las etnias amerindias, que en


total pueden llegar a sumar más
de veinte tribus distintas,
provienen desde los aledaños
del río Esequibo, al norte de
Guyana, hasta los estados
brasileños de Roraima, Pará o
Amapá. Fueron los primeros
pobladores de la región y se han
encontrado vestigios de su
existencia desde antes del año
1300 en forma de pinturas en las
rocas o herramientas como
flechas y lanzas. Las más
numerosas son los palikures,
arawaks, wayanas, wayapis,
tekos y kalinyas, distribuidos de
manera heterogénea entre las
tres Guayanas. De hecho, la
mayoría no reconocen las
fronteras políticas ni se
identifican con la nacionalidad
del lugar donde han nacido,
sino que poseen una identidad
étnica propia y conservan su
idioma y sus tradiciones. Habitan
en aldeas similares a las
reservas nativas americanas,
dirigidas por los jefes
comunitarios, y practican la caza
y la pesca en terrenos cedidos
por los Gobiernos para la
agricultura —los abatis—. Pese
a su carácter reservado y su
desconfianza innata hacia todo
forastero, son reputados por la
calidad de sus artesanías, como
grabados en calabazas o joyería,
su principal fuente de ingresos.
Más tarde, entre 1620 y 1650,
los holandeses realizaron las
primeras importaciones de
esclavos africanos para trabajar
en las plantaciones de caña de
azúcar en la zona hoy conocida
como Guyana. Esequibo se
convirtió en el punto de comercio
de la Compañía Holandesa de
las Indias Orientales y, por
tanto, en el primer asentamiento
occidental en la zona. De forma
similar comenzó la Historia de
Surinam, aunque varias décadas
más tarde debido a la
fuerte resistencia de los
pobladores amerindios. Tras
diversos intentos fallidos de
españoles, franceses y
holandeses, solo los británicos
fueron capaces de establecerse
en la actual Paramaribo. Un
comienzo paradójico, pues
también fueron los holandeses
quienes primero tomaron
posesión de la Guayana
Británica; de hecho, la ciudad de
Nueva York —entonces Nueva
Ámsterdam— fue cedida por
Holanda a Reino Unido a cambio
de Paramaribo —más valiosa
gracias a sus plantaciones— tras
la segunda guerra anglo-
holandesa.

La esclavitud fue finalmente


abolida en los tres territorios a
mediados del siglo XIX, lo
que propició un cambio
estructural en la sociedad
guayanesa. Los ciudadanos
libres de ascendencia africana
quedaron divididos entre
aquellos que prefirieron
establecerse en la costa y los
que decidieron huir de sus
antiguos amos para empezar
una nueva vida en la selva. Así
se crearon dos identidades
contrapuestas: por una parte, los
criollos, que prosperaron
económica y políticamente al
asentarse en la costa y
representan en la actualidad la
cúspide de la jerarquía social;
sus compatriotas son los negros
cimarrones —aunque prefieren
el apelativo
de bushinengués, ‘negros del
bosque’, proveniente del sranan
tongo, el idioma criollo cooficial
de Surinam—, quienes
conservaron gran parte de su
cultura africana y viven en
aldeas parcialmente aisladas en
el interior del país.
Sin embargo, las potencias
occidentales
no solo importaron esclavos del
África subsahariana; tras la
liberación de estos,
importaron numerosos
trabajadores de India e
Indonesia —en concreto, de la
isla de Java—, donde tenían
otros enclaves coloniales. Las
nuevas oleadas de empleados
tomaron el relevo en los campos
de caña de azúcar, café y arroz,
algo que conllevó la creación de
un nuevo estrato social
concentrado en las zonas
rurales. A ellos se sumaron, a
finales del siglo XIX y principios
del XX, inmigrantes chinos de
etnia han, libaneses y judíos
sefardíes. Los ciudadanos
blancos occidentales son los
menos representados.
En el caso particular de la
Guayana Francesa, se
encuentra una reducida
comunidad de vietnamitas de
etnia hmong. Acogidos por el
Gobierno francés entre 1970 y
1980 por su ayuda en
la II Guerra Mundial, ayudaron a
repoblar algunas zonas aisladas
de la región. Las aldeas
de Cacao y Javouhey fueron
fundadas y acomodadas para
unos 2.000 hmong, que han
mantenido sus tradiciones y su
cultura vietnamita intactas.

Unidad racial contra


la inestabilidad
política
Esta misma diversidad cultural
ha creado distinciones en el
ámbito político. Los partidos
tradicionales de Guyana,
Surinam y la Guayana Francesa
han quedado segmentados por
las etnias que los componen.
Así, el bipartidismo en los dos
primeros países se otorga a los
criollos, representantes de la
población costeña de clase
media-alta, y a los indios, de
carácter rural y dependientes de
la agricultura. En el
caso de la Guayana Francesa, el
dominio de los cargos políticos
recae en los criollos o en los
enviados del Gobierno central de
París.

Pero las tornas han cambiado en


los últimos años. En 2015 la
formación de etnia india Partido
Progresista del Pueblo perdió la
presidencia de Guyana tras 23
años en el poder. Fue el
excomandante de las Fuerzas de
Defensa de Guyana David
Granger quien obtuvo el primer
puesto en las votaciones por un
escaso margen junto con su
grupo, formado por la Coalición
por la Unidad Nacional y la
Alianza para el Cambio. Su
discurso a favor de la unidad
racial y su promesa de terminar
con los conflictos entre las
diferentes comunidades
guyanesas le ganaron el apoyo
de la sociedad.
Aun así, la presidencia de
Granger no queda exenta de
numerosos problemas a los que
hacer frente. Pese a su
abundancia de recursos
naturales, como oro, bauxita o
madera, Guyana es
considerado el país más pobre
de América del Sur y su índice
de corrupción es uno de los más
altos del mundo, al igual que
la cantidad de suicidios por
año. La homosexualidad es
ilegal en el país y puede acarrear
penas de cárcel de hasta tres
años, al igual que vestirse con
ropa del género opuesto
Surinam también afronta duros
tiempos en política. Bajo el
mandato de Desiré Bouterse, el
país se ha visto encaminado
por una senda de extrema
austeridad en la que las
protestas y las manifestaciones
se han decretado ilegales.
Bouterse, quien ya dirigió el
violento golpe de Estado de
1980 e instauró un régimen
militar hasta 1991,
fue reelegido en 2015 con un
discurso que prometía empleo,
menos impuestos y un aumento
del salario mínimo. Ha sido
acusado por la justicia holandesa
de conspirar para el asesinato de
15 personas en las revueltas
contra su mandato de diciembre
de 1982 y por el tráfico de 400
kilos de cocaína; sin embargo,
fue indultado de todos los cargos
por el Parlamento Nacional.

El principal opositor a Bouterse


es Chan Santokhi, antiguo jefe
de policía y ministro de Justicia.
Presidente desde 2011 del
Partido Reformista Progresista
(PRP), abrió las fronteras de la
formación política, dedicada a la
población indostaní, para incluir
a todo surinamés contrario al
mandato de Bouterse. En una
línea similar a la dirección
encauzada por Guyana, el PRP
espera unir a las diferentes
etnias del
territorio en contra de lo que
consideran un régimen
autoritario.

El nombramiento de Lénaïck
Adam como diputado en la
Asamblea Nacional de Francia
en 2017 también ha comenzado
una época política para la
Guayana Francesa que rompe
con los moldes preestablecidos.
Con 25 años y miembro de La
República en Marcha, el mismo
partido que el presidente
francés, fue el político más joven
de la región y ha pasado a la
Historia como el primer
bushinengué en ostentar el
cargo.
Sin embargo, las numerosas
protestas que paralizaron
Guayana Francesa el año de la
elección de Adam muestran el
gran interrogante en el que
todavía se encuentra el
departamento francés, el
segundo más grande del país.
Con un 23%
de desempleo, un aumento del
12% del coste de vida respecto a
la metrópolis y el mayor índice
de criminalidad de Francia, la
organización de los 500
Hermanos paralizó el territorio
durante los meses de marzo y
abril. Bajo el eslogan “Deja que
la Guayana despegue”, acusaron
al Gobierno de Macron
de invertir todo el dinero público
en la estación espacial mientras
descuida el resto de las
instituciones públicas e
infraestructuras.

Objetivo: estabilidad
interna
La noticia del
reciente descubrimiento de un
yacimiento de petróleo por parte
de ExxonMobil en la costa de
Guyana sitúa en un punto aún
más complicado la estabilidad
del país. La promesa de
convertirse en el nuevo Oriente
Próximo y
llegar a triplicar los ingresos
anuales de capital público podría
terminar en bendición para el
desarrollo de su economía o
como maldición para un poder
político ya peligrosamente
corrupto.

De manera similar, la posible


construcción de la supermina de
oro Montagne d’Or en Guayana
Francesa por parte de dos
empresas ruso-canadienses
pone en jaque más de 1.500
hectáreas de selva virgen,
alrededor de 2.000 especies de
flora y fauna y varias
comunidades amerindias. Pese a
la promesa de Macron de luchar
contra el cambio climático, el
presidente todavía no se ha
pronunciado respecto a la
rotunda respuesta negativa de la
sociedad guayanesa.
La participación de Guyana y
Surinam en la creación de
Unasur, la Unión de Naciones
Suramericanas, demuestra su
deseo de integrarse en la esfera
política y económica del
continente. Sin embargo, las
Guayanas deben hacer frente a
una situación interna
complicada: corrupción,
integración cultural, derechos
humanos, desempleo,
deficiencia de infraestructuras…
Como jóvenes democracias o
como departamento galo, las
tres regiones viven a caballo
entre mantener una identidad
nacional única y alcanzar el nivel
de desarrollo de sus países
vecinos

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