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Los verdezuelos
Autor : Hans Christian Andersen
Habia un rosal en la ventana. Hasta hace poco estaba verde y
lozano, mas ahora tenia un aspecto enfermizo; algo debia ocurrirle.
Lo que le pasaba es que habian llegado soldados y tenia que
alojarlos. Los recién llegados se lo comian vivo, a pesar de tratarse
de una tropa muy respetable, en uniforme verde.
Hablé con uno de los alojados, que aunque sdlo contaba tres dias de
edad, era ya bisabuelo. éSabes lo que me dijo? Pues me contd
muchas cosas de él y de toda la tropa.
-Somos el regimiento mas notable entre todas las criaturas de la
Tierra. Cuando hace calor damos a luz hijos vivos, pues entonces el
tiempo se presta a ello; nos casamos enseguida y celebramos la
boda. Cuando hace frio ponemos huevos; asi los pequefios estan
calientes. El mas sabio de todos los animales, la hormiga, a la que
respetamos sobremanera, nos estudia y aprecia. No se nos come,
sino que coge nuestros huevos, los pone entre los suyos y en el piso
inferior de su casa, los coloca por orden numérico en hileras y en
capas, de manera que cada dia pueda salir uno del huevo, Entonces
nos llevan al establo y, sujetandonos las patas posteriores, nos
ordefian hasta que morimos: es una sensacidn agradabilisima. Nos
dan el nombre mas hermoso imaginable: «dulce vaquita lechera>.
Este es el nombre que nos dan los animales inteligentes como las
hormigas; slo los hombres no lo hacen, lo cual es una ofensa capaz
1de hacernos perder la ecuanimidad. éNo podria escribir nada para
arreglar esta embarazoso situacién y poner las cosas en su punto?
Nos miran estupidamente, y, ademas, con ojos coléricos, total
porque nos comemos unos pétalos de rosa, cuando ellos devoran
todos los seres vivos, todo lo que verdea y florece. Nos dan el
nombre més despectivo y mas odioso que quepa imaginar; no me
atrevo a decirlo, ipuh! Me mareo sdlo al pensarlo. No puedo
repetirlo, al menos cuando voy de uniforme; y como nunca me lo
quito...
Naci en la hoja del rosal. Yo y todo el regimiento vivimos de él, pero
gracias a nosotros subsisten otros muchos seres mas elevados en la
escala de la Creacién. Los hombres no nos toleran; vienen a
matarnos con agua jabonosa, que es una bebida horrible. Me parece
que la estoy oliendo. Es abominable eso de ser lavado cuando uno
nacié para no serlo.
iHombre! Td que me miras con enfurrufiados ojos de agua jabonosa,
piensa en nuestra misi6n en la Naturaleza, en nuestra sabia funcién
de poner huevos y dar hijos vivos. También a nosotros nos alcanza
aquel mandato: «Creced y multiplicaos». Nacemos en rosas, y en
rosas morimos; nuestra vida entera es poesia. No nos ofendas con el
nombre mas repugnante y abyecto que encontraste, con el nombre
de -ipero no, no lo diré, no lo repetiré!-. Llamanos «vaquita lechera
de las hormigas», regimiento del rosal o verdezuelos.
Y yo, el hombre, permanecia alli contemplando el rosal y los
verdezuelos, cuyo verdadero nombre no quiero pronunciar para no
ofender a un habitante de la rosa, a una gran familia con huevos e
hijos vivos. El agua jabonosa con que me disponia a lavarlos -pues
habia venido con ella y con muy malas intenciones- la batiré hasta
que saque espuma, soplaré con ella burbujas de jabon y contemplaré
su belleza; acaso encuentre un cuento en cada una.La ampolla se hizo muy voluminosa y brillé con todos los colores,
mientras en su centro parecia flotar una perla de plata. Oscilé, se
desprendié, emprendio el vuelo hacia la puerta y se estrellé contra
ella; pero se abrid la puerta y se presenté el hada de los cuentos en
persona.
-iQué bien! Ahora ella os contara, pues va a hacerlo mejor que yo, el
cuento de los... -ino digo el nombre!- de los verdezuelos.
-El de los pulgones -me corrigié el hada de los cuentos-. Hay que
llamar a todas las cosas por su verdadero nombre, y si a veces no
conviene, al menos en los cuentos debe hacerse.
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