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Tema 4

Este documento explica las similitudes entre el cambio lingüístico y la evolución biológica. Compara las lenguas (lengua-i) con los organismos y las especies lingüísticas con las especies biológicas. Explica que el cambio lingüístico ocurre a través de la sucesión de lenguas discretas a lo largo del tiempo, no por la transformación de una sola lengua, al igual que la evolución biológica ocurre a través de la sucesión de organismos discretos, no por la transform
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Tema 4

Este documento explica las similitudes entre el cambio lingüístico y la evolución biológica. Compara las lenguas (lengua-i) con los organismos y las especies lingüísticas con las especies biológicas. Explica que el cambio lingüístico ocurre a través de la sucesión de lenguas discretas a lo largo del tiempo, no por la transformación de una sola lengua, al igual que la evolución biológica ocurre a través de la sucesión de organismos discretos, no por la transform
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TEMA 4. EL CAMBIO LINGÜÍSTICO.

1. Los términos de la comparación.


La expresión cambio lingüístico se refiere habitualmente a los procesos que sufren
las lenguas a lo largo del tiempo y que hacen que una lengua termine siendo diferente. El
cambio lingüístico convierte, pues, una lengua en otra. En ocasiones seguimos
estableciendo entre ella cierta identidad, de manera que decimos que el castellano actual
procede del castellano medieval, dando a entender que se trata de dos estados diferentes
de la misma lengua, mientras que también afirmamos que el castellano medieval procede
del latín, dando a entender que se trata de lenguas distintas. Sin embargo, el proceso es
en los dos casos el mismo: una sucesión de eventos de transmisión de la lengua de
generación en generación que va acumulando diferencias cuando lo contemplamos en
retrospectiva.

El cambio lingüístico no se puede representar como una roca rodando por una
pendiente, de manera que la misma roca pasa de estar en la cima a estar en el valle. Esa
es la impresión que tenemos cuando vemos dos textos: que la lengua española se ha
modificado a lo largo de los siglos. Pero en realidad la descripción más realista del
proceso subyacente sería la de un operario que se encargara, cada veinte años, de situar
justo al lado de una roca colocada en la cima de una ladera otra roca lo más parecida
posible y retirar la original. Imaginemos que el operario no puede ni medir, ni analizar,
ni fotografiar la roca, sino simplemente basarse en su impresión visual para crear una roca
semejante y colocarla al lado. Cada veinte años otro operario realiza la misma tarea, de
manera que pasados unos cuatrocientos años tendríamos una roca con cierta semejanza
con la original a los pies de la ladera. Es claro que la roca original nunca rodó ladera abajo
y que entonces hay muchas rocas diferentes (pero similares) y no una sola roca. Y eso es
lo que sucede entre el latín y el español. No se puede decir que el español procede de una
serie de transformaciones del latín, salvo en un sentido metafórico. Lo que tenemos en
realidad es una secuencia de lenguas creadas por cada generación a lo largo de los siglos
usando como modelo la anterior.

Para comprender mejor las causas de los cambios lingüísticos tendremos que optar
por mirar a la dimensión natural del lenguaje y no a la dimensión social y cultural, esto
es, miraremos a la estructura de las lenguas y no a la arena del uso de las mismas para la
interacción y la comunicación, pues los aspectos sociales y comunicativos del lenguaje
son en realidad factores externos que no tienen capacidad alguna de provocar o causar
cambios lingüísticos.

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Hay que señalar, además, que el proceso evolutivo tiene la misma estructura en el
ámbito de las lenguas y en el de las especies: para entender cómo y por qué cambian las
lenguas, debemos establecer previamente los términos de la comparación. Así, pues, la
propuesta de correlación que se puede establecer sería la que sigue:

Ámbito biológico Ámbito lingüístico


Vida Lenguaje
Organismo Lengua-i
Especie Población de lenguas-i
Reproducción fértil Mutua inteligibilidad
Mutación Reanálisis
Desarrollo Adquisición
ADN GU
Gen Parámetro
Selección Natural Prestigio social

Desde el punto de vista naturalista, el lenguaje es una propiedad de nuestra especie y


la lengua que habla una persona (la lengua-i) es su órgano del lenguaje. Por ello, como
ha sugerido durante años Chomsky, la lingüística, esto es, el estudio del órgano del
lenguaje de las personas, debe concebirse como un tipo muy abstracto de biología.
Siguiendo a Jenkins, podríamos denominar la lingüística así entendida como
biolingüística.

El objeto de estudio de la biología es, por supuesto, la vida. El objeto de estudio de


la biolingüística es, por supuesto, el lenguaje. Este será el primer escalón de nuestra
aproximación a la comparación entre lenguas y especies, entre lingüística y biología: el
equivalente de la vida es el lenguaje. Los dos son fenómenos emergentes que tienen sus
propios niveles de complejidad. La vida no se presenta en sí misma, sino en forma de
organismos vivos (animales, plantas, hongos, bacterias, etc.) y lo mismo sucede con el
lenguaje: no se nos presenta en sí mismo, sino como lenguas-i.

Desde esta perspectiva podemos afirmar entonces que la teoría de la evolución y la


lingüística histórica son versiones –con diferentes grados de abstracción– de la misma
ciencia, la historia natural.

Las lenguas-i son el equivalente de los organismos y los grupos de lenguas-i


semejantes son el equivalente de las especies naturales. El punto de partida esencial de la
comparación que aquí se propone es que tanto las especies como las lenguas son
agrupaciones de individuos semejantes. Así, una especie natural está formada por
individuos (por ejemplo animales) lo suficientemente semejantes como para procrear
otros individuos capaces, a su vez, de reproducirse.

Por su parte, una especie lingüística, una lengua, está formada por individuos
(gramáticas mentales, no personas) lo suficientemente similares como para permitir a sus
poseedores comunicarse fluidamente.

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El individuo, el equivalente lingüístico del organismo natural, es el órgano del
lenguaje de cada persona, esto es, aquel estado o propiedad de su cerebro que le permite
hablar con otras personas. Por tanto, el equivalente lingüístico de la especie natural es la
agrupación de órganos lingüísticos de ese tipo basada en la mutua inteligibilidad, esto es,
la lengua en el uso habitual de la palabra.

En biología no suele haber confusión entre el organismo y la especie, pero en


lingüística la terminología es más confusa, así como las ideas al respecto. Parece que la
palabra lengua sirve tanto para el equivalente del individuo como para el equivalente de
la especie, lo que ha sido –y sigue siendo– fuente de controversia y de graves equívocos
en nuestra disciplina.

Una estrategia para resolver ese problema es la de proponer convenciones


terminológicas para evitar la confusión. Así, aquello que el lector tiene en la cabeza y que
le permite entender lo que ahora está leyendo se puede denominar, siguiendo a Chomsky,
lengua interna (lengua-i). La lengua-i es el órgano del lenguaje de una persona, su
facultad del lenguaje.

Así pues, podemos afirmar que al menos hay tantas lenguas-i como personas, puesto
que cada persona (casos patológicos al margen) tiene al menos una lengua-i en su cerebro.
Dado que lo más habitual es que las personas hablen más de una lengua, puede decirse
con total seguridad que hay muchas más lenguas-i que personas.

Lo único real como parte del mundo natural son esos miles de millones de lenguas-
i. Todo lo demás (variedades, dialectos, lenguas, familias, etc.) no son sino (muy útiles)
agrupaciones abstractas de lenguas-i que hacemos en función de su semejanza o de su
origen histórico. Nótese que lo mismo sucede en el ámbito biológico: lo que existe
realmente son los estados emergentes de la materia que denominamos formas de vida, los
organismos, mientras que las variedades, especies, familias, reinos, etc. son (muy útiles)
agrupaciones que hacemos basándonos en la semejanza y en el origen histórico.

Una lengua-i, en tanto en cuanto es un estado o propiedad del cerebro de una persona,
es un objeto natural históricamente modificado. Y eso es lo que son los organismos
naturales que se agrupan para formar especies naturales: objetos naturales históricamente
modificados.

Al igual que no hay dos personajes iguales, tampoco hay dos lenguas-i iguales. Por
supuesto, si vemos dos personas y un tigre, enseguida decidimos que, comparadas con el
tigre, las dos personas son iguales, haciendo abstracción de sus obvias diferencias.

Del mismo modo, si oímos hablar a dos rusos y a una japonesa, enseguida
decidiremos –aunque no hablemos esas lenguas– que los rusos hablan lo mismo, y que la
japonesa no. Lo que estamos afirmando entonces es que los dos rusos hablan la misma
lengua. Pero aquí ya no estamos hablando de la lengua-i (que es propia de cada persona),
sino de un tipo de lengua externa (o lengua-e).

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Esta distinción terminológica nos permite ser más precisos. A la pregunta de cuántas
lenguas hay en el mundo, deberíamos responder que depende: si nos preguntan por
lenguas-i, tenderíamos que responder que hay miles de millones; si nos preguntas por
lenguas-e, tendríamos que decir que quizá unos pocos miles (entre cinco y siete mil será
la respuesta que hallemos en los manuales y catálogos). A la pregunta de qué es una
lengua, también tendremos que responder con un depende: si hablamos de lengua-i,
entonces tendremos que responder que una lengua-i es un sistema de conocimiento de
una persona, un órgano mental, un estado de su cerebro; si hablamos de lengua-e,
entonces tendremos que responder que es un conjunto o población de lenguas-i lo
suficientemente semejantes entre sí.

En el caso del cambio lingüístico, como en el caso de la evolución natural, lo que


encontramos es en realidad una sucesión de objetos discretos distintos que se suceden en
una línea evolutiva, pero no ante objetos que cambien con el tiempo, realmente. Así, en
sentido estricto, las lenguas no cambian, como no evolucionan los organismos ni las
especies (unas y otras se limitan a desarrollarse, existir y morir). Cuando decimos que
una lengua cambia (o que una especie evoluciona) en realidad estamos estableciendo una
identidad histórica (o evolutiva) secuencial entre objetos distintos. Cuando aprendemos
la lengua de nuestros padres en realidad no estamos copiando su lengua ni nos la están
transmitiendo realmente (recordemos que las lenguas no existen fuera del cerebro), sino
que construimos nuestra propia lengua-i a partir de los estímulos lingüísticos del entorno.
Lo normal será que la lengua-i que construimos se parezca mucho a la lengua-i de
nuestros modelos, esto es, que sea de la misma especie, pero será una lengua-i distinta y
no una modificación de la misma lengua-i de nuestros padres.

Para designar el objeto de estudio que necesitamos desde el punto de vista del estudio
de los cambios lingüísticos requeriremos otro término que incluya no solo a las lenguas-
i semejantes (esto es, las que convencionalmente consideramos muestras de la misma
lengua), sino que también incluya las lenguas-i relacionadas históricamente en distintas
generaciones de hablantes. Denominaremos lengua histórica a ese constructo, pero
siempre teniendo en cuenta que no es un objeto real (ni biológica ni socialmente), sino un
constructo teórico útil para referirnos conjuntamente a las lenguas-i modificadas
históricamente a partir de otras lenguas-i. Así, cuando decimos del español que se habla
en Madrid y en Buenos Aires, que tuvo su apogeo literario en el Siglo de Oro y que ha
sufrido tales o cuales cambios desde el siglo XV estamos hablando de la lengua histórica,
no de un sistema de conocimiento o lengua-i.

La especie lingüística, como la especie natural, es una población, una agrupación de


individuos lo suficientemente semejantes. El grado de suficiencia en la semejanza lo
determina la reproducción viable en el caso de las especies y la mutua inteligibilidad en
el caso de las lenguas. Y en ambos casos se trata de una frontera difusa y en cierto modo
arbitraria.

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Una mutación genética es el equivalente natural de un reanálisis estructural, de un
cambio de significado o simplemente de la adopción de un término o de una categoría
gramatical. En ambos casos, se genera variación. En la evolución natural una mutación
genética pude ser irrelevante desde el punto de vista evolutivo o, dependiendo de
circunstancias externas, puede ser crucial. Una mutación que afecte el tono de la piel
puede limitarse a generar animales de diferentes tonalidades y ser irrelevante en el futuro,
o puede dar lugar a una nueva especie. En el ámbito lingüístico sucede igual, de manera
que un cambio fonético puede apenas afectar a la fisonomía general de una lengua,
mientras que el mismo cambio, si, por ejemplo, elimina marcas de caso, puede dar lugar
a una transformación vertiginosa que produzca una nueva lengua-i. En nuestra analogía,
la lengua-i de un niño normalmente tendrá algunas “mutaciones” y será ligeramente
distinta de la de sus padres, pero será de la misma especie, mientras que en fases ulteriores
obtendremos una lengua-i distinta (aunque, por supuesto, muy similar y cercana
filogenéticamente).

El órgano del lenguaje de una persona se replica cuando se emplea para producir el
input que forjará otros órganos del lenguaje. Así, una variación como pronunciar un
diptongo de una manera o de otra puede extinguirse con quien la inició o puede
propagarse rápidamente por un grupo, y en condiciones muy darwinianas de insularidad,
dar lugar a un dialecto diferente en unos pocos años. Lo relevante es que, al igual que
sucede en evolución natural, la razón por la que se produce una mutación es independiente
de la razón por la que dicha mutación se propaga.

Si la lengua-i es el equivalente del organismo, entonces podría decirse que la GU


(definida como el conjunto de condicionamientos naturales que regulan el desarrollo de
las lenguas-i) sería el equivalente del ADN, el código químico que todos los organismos
vivos comparten y que limita severamente su estructura.

La GU se podría definir como una parte del estado inicial de la Facultad del Lenguaje
(FL), esto es, como el conjunto de principios que determinan la arquitectura de las lenguas
humanas y limitan sus márgenes de variación. Podemos encontrar dos momentos en la
historia de la concepción de la GU: un primer momento geneticista y un segundo
momento Evo-Devo, que desarrollaremos a continuación.

Dada la apariencia ordenada y estructurada de los seres vivos, y dada la necesidad de


eliminar la acción de un creador con su explicación última, se pensó que la fuente de ese
orden era la adaptación al entorno por medio de la selección natural. Esta brillante
propuesta, la de Darwin, unida al desarrollo posterior de la genética, vino a conformar el
modelo geneticista del desarrollo de los organismos, un modelo en el que el entorno
mismo es secundario durante el proceso de desarrollo del organismo, que estará guiado
fundamentalmente por el programa genético. Este era el modelo estándar de la biología
del desarrollo en los años cincuenta y sesenta del siglo XX.

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El desarrollo geneticista del desarrollo fue especialmente atractivo para la
aproximación internista y naturalista al lenguaje de Chomsky, dado que esta se enfrentaba
a un problema similar: cómo explicar la robustez y la consistencia del desarrollo del
lenguaje en los seres humanos partiendo de un entorno lingüístico inestable, confuso y
que proporciona una información muy pobre sobre la estructura subyacente de los
sistemas de conocimiento (lenguas-i) desarrollados. Consecuentemente, los modelos
iniciales de la gramática generativa propusieron como una solución al llamado “problema
de Platón” (esto es, “cómo sabemos tanto con la poca información que proporciona el
entorno”) una concepción innatista de la FL en la que esta se concebía como un
componente humano ricamente estructurado y específicamente lingüístico. Por supuesto,
la lingüística chomskiana no se dedicaba al estudio de los posibles genes del lenguaje,
sino que se oponía a la visión contraria (típica en la aproximación funcionalista y común
en la época) según la cual el desarrollo del lenguaje se explicaba como un proceso basado
en la imitación, la inducción y en la generalización llevado a cabo por sistemas de
aprendizaje generales; una visión empiricista en la que la estructura del lenguaje no
procede del organismo en el que se desarrolla, sino de fuera del mismo, por lo que debe
ser “extraída” de los datos del entorno.

La tesis central de la gramática generativa no es que haya una GU genéticamente


especificada, sino que el lenguaje es un atributo natural de la especie, una parte de la
biología humana, y no un producto puramente cultural. Si la biología era geneticista, la
gramática generativa también lo fue por simple herencia.

Pero aunque el geneticismo sigue siendo prevalente en la biología actual, las cosas
están cambiando mucho en los últimos decenios. La llamada Evo-Devo (por evolución y
desarrollo) ha transformado la biología del desarrollo actual en un campo mucho más
pluralista. En términos simples, la nueva biología del desarrollo ha mostrado que la
clásica dicotomía neodarwinista “o Dios o la selección natural” es demasiado restrictiva,
en el sentido de que ni un creador ni la selección natural parecen suficientes para explicar
la estructura y la evolución de la vida.

La nueva biología del desarrollo sugiere romper la identificación entre la forma y la


codificación genética y rechaza la concepción del genoma como la única fuente de la
gorma orgánica o como el único (o incluso el principal) agente causal del desarrollo. Los
genes son vistos así como un factor más entre los que regulan el proceso del desarrollo.

De manera consecuente, en los últimos dos decenios la gramática generativa ha ido


adoptando una visión más minimalista de la GU, admitiendo que, aparte de posibles
mutaciones genéticas que debieron de ser cruciales en el desarrollo evolutivo de la FL en
la especie humana, hay, como en el resto del mundo natural, otros factores y principios
que serán responsables de la estructura última de la propia FL.

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En este sentido, el llamado modelo minimalista no implica una visión menos
restrictiva del margen de variación de las lenguas, sino simplemente un modelo más
explícito sobre cuál puede ser la naturaleza última de los factores restrictivos.

El llamado modelo minimalista puesto en marcha por Chomsky a principios de los


años noventa del siglo pasado tiene como objetivo intentar clarificar qué aspectos de la
FL son consecuencia de la dotación biológica de la especie (que podrían entonces haber
evolucionado adaptativamente y hasta estar codificados genéticamente) y cuáles se deben
a principios generales de simplicidad, de elegancia computacional o a procesos de
desarrollo del cerebro, factores que no serían entonces el resultado de una evolución
adaptativa, sino consecuencia de la propia evolución del cerebro o el resultado de
principios formales más profundos que rigen los sistemas de cierta complejidad.

Analizando la arquitectura interna de la FL también estaremos en mejor disposición


de comprender qué es lo que cambia cuando decimos que las lenguas cambian. Una
consecuencia directa del programa minimalista es la aceptación de la necesidad de
descomponer el objeto de estudio (la FL) e intentar determinar cuáles de sus componentes
son específicamente humanos y cuáles no lo son, cuáles son específicamente lingüísticas
y cuáles no lo son. Este es el objetivo principal de la influyente formulación de Hauser,
Chomsky y Fitch, en la que se establece una distinción entre la facultad del lenguaje en
sentido estricto (FLE) y la facultad del lenguaje en sentido amplio (FLA). Lo que Hauser,
Chomsky y Fitch postulan es que la FLA incluye todos los diferentes mecanismos
implicados en el conocimiento y uso del lenguaje, independientemente de su
solapamiento con otros dominios cognitivos o incluso con otras especies (aunque se
excluyen de la FLA aquellos sistemas que, aunque necesarios para el lenguaje, no son
suficientes, tales como la respiración, la memoria o la circulación sanguínea).

Más específicamente, proponen que la FLA comprende un sistema sensorio-motor


(SM), un sistema conceptual-intencional (CI), otros posibles sistemas, y la propia FLE.
A su vez postulan que la FLE está constituida únicamente por el mecanismo
computacional (la sintaxis en sentido estricto o sintaxis interna) que permite concatenar
unidades recursivamente, así como los interfaces de conexión de los sistemas CI y SM.

En este modelo, pues, el sistema computacional genera expresiones y estas se ponen


en conexión con los dos sistemas externos (aunque internos a la FLA): el sistema SM
responsable de la percepción y de la externalización del lenguaje (la articulación en
sonidos o en señas en las lenguas señaladas) y el sistema CI responsable de la
interpretación semántica de las expresiones.

Dado que el lenguaje como un todo es específico de los seres humanos, es plausible
que un subconjunto de la FLA sea específicamente humano y específicamente lingüístico.
A este subconjunto es precisamente a lo que estos tres autores llaman FLE: «la FLE está
formada de aquellos componentes de la facultad general del lenguaje (FLA) que son
exclusivos de los humanos y específicos o claramente especializados para el lenguaje».

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El círculo mayor representa lo que los autores denominan la FLA, que excluye otros sistemas que
son necesarios pero no suficientes para el lenguaje, como la memoria o la respiración. Dentro de la FLA
se representa con el círculo interior la FLE, que sería –por hipótesis– lo único específicamente humano y
específicamente lingüístico y que, según presupuestos minimalistas, incluiría únicamente un sistema
computacional responsable de la sintaxis y la recursividad.

Por supuesto, estos autores observan que los contenidos de la FLE deben ser
determinados empíricamente y que hasta podría ser un conjunto vacío. En tal caso (esto
es, si se probara que ningún componente de la FLE es exclusivamente humano y
específicamente lingüístico) deberíamos concluir que lo único específicamente humano
es la configuración particular de esos componentes en nuestra especie.

La principal ventaja de este modelo de la FL es que es compatible con la hipótesis


razonable de que la FLA es una adaptación de la especie que comparte muchos aspectos
con los sistemas de conocimiento y de comunicación de otras especies mientras que,
simultáneamente, los mecanismos que subyacen a la FLE son específicamente humanos
y específicamente lingüísticos.

Cuando proponemos que el equivalente de los genes son los parámetros debe
entenderse que nos referimos a los parámetros como propiedades gramaticales de las
lenguas que, en mayor o menor medida, tienen efecto sobre otras propiedades
gramaticales. Al igual que hay genes reguladores que determinan la activación de otros
muchos genes, igualmente hay aspectos de la morfología de las lenguas que tienen
repercusión en muchas otras propiedades gramaticales, tales como el orden básico de
palabras o la marcación argumental.

Sabemos que un logro esencial de la teoría de la evolución formulada por Darwin fue
el acertar a distinguir entre, de un lado, las causas de las mutaciones que generan variación
entre los individuos de una población y, de otro lado, las causas de por qué ciertas
variantes fenotípicas se seleccionan frente a otras, dando lugar a cambios evolutivos.

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Darwin no llegó a conocer las causas de las variaciones, al no ser bien conocido en
su momento el mecanismo bioquímico de la herencia y de la mutación genética, pero sí
se pronunció enérgicamente sobre las causas de la selección de ciertas variaciones frente
a otras.

Un logro similar de la lingüística histórica moderna, muy deudora en este caso de la


aportación seminal de Labov, es el haber acertado a determinar que, sea cual sea la causa
de las variaciones lingüísticas, la causa de la selección de unas frente a otras no es otra
que el prestigio social. El prestigio social es pues el equivalente lingüístico de la selección
natural.

Reincidiendo en ese paralelismo entre la selección natural y la selección social, hay


que recalcar el papel tan importante que tuvo la isla de Martha’s Vineyard (situada en la
costa este de los EEUU, concretamente en el estado de Massachusetts) en cuanto a la
comprensión de las causas de los cambios lingüísticos.

William Labov empleó una población aislada del resto de hablantes del inglés
americano continental para realizar su estudio empírico seminal sobre las motivaciones
sociales del cambio lingüístico. En 1964 Labov publicó un influyente artículo en el que
analizaba un cambio lingüístico reciente. Basándose en materiales recopilados en un atlas
lingüístico de 1933, trazó la evolución hasta 1961 de lo que él denomina la
“centralización” de la vocal en los diptongos [ai] (right) y [aw] (out), que en el inglés de
la isla se pronuncian más como [ei] y [ew].

Labov analiza con detalle cómo sucedió que un uso residual (procedente de las
mutaciones vocálicas del inglés en el pasado) de un pequeño grupo rural de hablantes
(pescadores tradicionales) en 1933 pasara a ser un rasgo característico y saliente del habla
de la población nativa de la isla en 1961. Esta peculiaridad fonética se convierte en un
signo de identidad de una comunidad cohesionada y deseosa de mantener su identidad
frente a los habitantes del Massachusetts continental y de otros grupos étnicos y sociales
de la isla.

Al ser el uso lingüístico de esa comunidad de ciertas familias de pescadores el modelo


prestigioso entre los hablantes tradicionales de la isla, el rasgo fonético se difunde
(inconsciente o involuntariamente) por el habla de cada vez un mayor número de
hablantes, hasta terminar extendiéndose a la mayoría de la población de ese grupo social.

Lo que concluye el estudio seminal de Labov es que la motivación esencial para el


cambio fonético (y para el cambio lingüístico en general) es social y no puramente
lingüística. Según este punto de vista la estructura general de un proceso de cambio
lingüístico sería la siguiente:

1. Diversos factores (externos o internos) generan variación en la realización


lingüística (normalmente a través del proceso de reanálisis).

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2. En un momento determinado, por razones independientes de las que producen las
variaciones, alguna variante adquiere significación social.
3. A partir de ese momento la variante se extiende a más formas y a más hablantes,
lo que con el paso del tiempo constituiría un cambio lingüístico.

Las variantes lingüísticas que resultan triunfadoras en el tiempo y sustituyen a sus


“rivales” no deben, pues, su elección a su valor intrínseco, a su mayor funcionalidad o
eficacia, ni a cualquier otra ventaja cognitiva o comunicativa que puedan reportar, sino
que reúnen como único mérito el haber sido las correspondientes a hablantes a los cuales
otros hablantes imitan, por cualesquiera razones que lo hagan.

2. El locus del cambio lingüístico.


La gramática generativa reciente sostiene la hipótesis bastante radical de que el único
ámbito de variación entre las lenguas es el de la llamada externalización, esto es, el
proceso de conexión entre las representaciones sintácticas formadas por el sistema
computacional (la sintaxis en sentido estricto) y el componente sensorio-motor (SM).

Esto implicaría, expresado de manera informal, que todas las lenguas tendrían la
misma sintaxis (en sentido estricto) y el mismo componente conceptual-intencional (por
así decirlo, la misma semántica), de manera que los cambios lingüísticos estarían
restringidos al ámbito (aún por definir mejor) de lo que tradicionalmente se considera
como fonología y como morfología (lo cual se conoce como la conjetura Borer-
Chomsky).

La hipótesis minimalista de que la GU es biológicamente simple y mínima no debería


interpretarse como la afirmación de que la capacidad del lenguaje o las propias lenguas
humanas son simples, lo que, obviamente, no es cierto.

Cuando se afirma que la GU es biológicamente mínima, lo que se está afirmando es


que las diferencias biológicas, especialmente las genéticas, entre los estadios evolutivos
inmediatamente anterior y posterior a su emergencia evolutiva en nuestra especie
debieron de ser mínimas, lo que también implicaría que este proceso evolutivo debió de
ser breve y relativamente repentino y no gradual y dilatado en el tiempo. Este escenario
es coherente con dos hechos fundamentales: la discontinuidad del lenguaje humano con
respecto a las capacidades lingüísticas de especies filogenéticamente cercanas y la
inexistencia de seres humanos en los que no ha evolucionado la facultad del lenguaje,
esto es, que hablen lenguas primitivas.

Una manera de hacer coherentes la naturaleza biológicamente mínima de la GU y la


complejidad del “fenotipo” resultante (las lenguas-i) es la descomposición de la FL en
varios componentes que pueden tener una historia evolutiva independiente y una
naturaleza diversa.

116
Así, la clave de la discontinuidad que parece existir entre el lenguaje humano y los
sistemas de conocimiento y de comunicación de otras especies no sería la improbable
evolución biológica repentina de un órgano complejo, que no habría tenido tiempo de
evolucionar, sino más bien un evento biológicamente mínimo que dotó a los sistemas
preexistentes de un “ingrediente extra”, dando lugar a nuevas e inesperadas propiedades.

Podría suponerse que los diversos sistemas que forman parte de la FLA podrían estar
presentes en otras especies, pero que la emergencia evolutiva de la FLE, exclusiva de
nuestra especie (o conectada con los otros sistemas de manera específica en nuestro
linaje), daría al complejo potencialidades inexistentes anteriormente, explicando de
manera coherente ese vacío evolutivo aparente.

Chomsky ha formulado explícitamente la hipótesis de que lo que hizo emerger el


lenguaje en nuestra especie bien pudo ser un pequeño cambio evolutivo asociado al
ingrediente principal de la FLE: la operación de ensamble ilimitado: «Como mínimo,
cierto recableado del cerebro, presumiblemente una mutación menor o un efecto colateral
de otro cambio, proporcionó la operación de Ensamble y el Rasgo Liminar no eliminable,
proporcionando un rango infinito de expresiones formadas por Ítems Léxicos (quizá ya
disponibles en parte al menos como átomos conceptuales de los sistemas CI) y
permitiendo el crecimiento explosivo de las capacidades del pensamiento, previamente
restringidas a esquemas elementales, pero ahora abiertos a una elaboración sin límites».

El ensamble ilimitado al que se refiere es la operación básica de concatenación


binaria y endocéntrica de unidades característica del lenguaje humano (de manera que
casa se une a azul formando casa azul y casa azul se une a la formando la casa azul y la
casa azul se une a resplandece formando la casa azul resplandece y la casa azul
resplandece se une a que formando que la casa azul resplandece y que la casa azul
resplandece se une a apreciamos formando apreciamos que la casa azul resplandece y
así hasta, en teoría, el infinito).

Los llamados “rasgos liminares” se refieren esencialmente a la categorización


sintáctica de las entidades conceptuales que, en el modelo esbozado, es la que haría que
los conceptos “prelingüísticos” fueran combinables entre sí de manera automática por el
sistema computacional, a través de posibles módulos cognitivos distintos y previamente
aislados.

Chomsky está proponiendo entonces que esa “máquina sintáctica” proporcionada por
el ensamble ilimitado de unidades léxicas ensamblables es esencialmente un lenguaje del
pensamiento, esto es, una capacidad de unir entre sí conceptos de una manera nueva e
ilimitada.

117
Este escenario sugiere que el sistema computacional que es la FLE fue en origen, y
seguiría siéndolo, un lenguaje del pensamiento independiente de la comunicación y de
los sistemas de externalización: «el más temprano estado del lenguaje habría sido
precisamente eso, un lenguaje del pensamiento usado internamente». Ello implica de
manera crucial que la relación entre la FLE y los sistemas CI y SM es asimétrica. Hay
indicaciones claras de que el diseño de la FLE está optimizado para su conexión e
interacción con el sistema CI, y no para su conexión con el sistema SM. Esta asimetría
explicaría por qué es precisamente en el proceso de “externalización” y “materialización”
de la sintaxis interna donde aparece la posibilidad de la variación y del cambio lingüístico.

El sistema computacional habría evolucionado ajustándose a los requisitos del


sistema CI, dando lugar a un lenguaje puramente interno a la mente (un lenguaje del
pensamiento común a la especie) que, en un paso evolutivo posterior, se habría
“externalizado”, esto es, se habría conectado de la mejor manera posible al sistema SM,
teniendo como un efecto colateral la posibilidad de cambio y variación en las lenguas-i
resultantes.

De acuerdo con este modelo, la sintaxis interna sería universal (común a todas las
lenguas) e invariable (insensible al cambio histórico). Si esto fuera así, las diferencias
entre la sintaxis de las lenguas y los cambios sintácticos deberían entenderse como
consecuencia de la variación en el ámbito de la externalización del sistema
computacional, esto es, como consecuencia de la variabilidad en las lenguas de los
sistemas de conexión entre el sistema computacional y el sistema SM.

La externalización del sistema computacional, que es supuestamente invariable y


universal en su estructura y en su conexión con el sistema CI, da lugar, sin embargo, a
diferentes lenguas-i (que agrupamos en clases como el ruso, el chino, etc.)

Cuando hablamos de la externalización del SC no hablamos de la externalización de


la lengua-i (esto es, del uso de cualquier lengua), sino de la conexión del SC con el
componente SM que permite a las computaciones sintácticas materializarse en sonidos (o
señas) y almacenarse en la memoria a largo plazo.

Dado que, por definición, el SC es universal, debemos concluir que es el interfaz


entre SC y SM lo que singulariza cada lengua-i. Ese interfaz de conexión entre el SC y el
sistema SM (también universal por definición) debe contener, como mínimo, un léxico o
repertorio de formas lingüísticas que permitan vincular las computaciones sintácticas con
un sistema fonológico que produzca las cadenas de sonidos articulados (o, en su caso, las
señas visuales). Dado que ese léxico forma parte de la lengua-i, lo denominaremos léxico-
i.

118
El léxico-i es, por expresarlo simplificadamente, un conjunto de exponentes
morfológicos (esencialmente palabras) que vinculan en la memoria a largo plazo y de
manera estable tres tipos de elementos: un fragmento con estructura sintáctica, una
representación semántica (el significado concreto de esa expresión estructurada) y una
representación fonológica conectada directamente al sistema sensorio-motor (que será
vocal-auditivo en el caso de las lenguas orales y manual/facial-visual en el caso de las
lenguas signadas).

Esquematización de la relación asimétrica entre los componentes de la FL. El sistema conceptual


incluye conceptos léxicos (C) y categorías funcionales (F) que son empleados por el sistema
computacional (sintaxis interna) para generar derivaciones sintácticas. Ambos forman el lenguaje interno
del pensamiento (representado por las flechas verticales que los unen). A la derecha se representa el
interfaz entre este lenguaje interno y el sistema sensorio-motor, representado como un léxico-i
(interiorizado e interno). El léxico-i almacena los formantes (palabras) que finalmente sirven para
linealizar las derivaciones sintácticas y hacerlas legibles al sistema sensorio-motor que las externaliza.

El desarrollo del lenguaje en un individuo (esto es, el proceso de adquisición de la


lengua del entorno) consistirá, por tanto, en el desarrollo en el cerebro del individuo de
un léxico-i. La creación del léxico-i será sensible entonces a posibles fluctuaciones en el
uso del lenguaje de ciertas comunidades y podrá dar lugar a diferencias entre el léxico-i
de los individuos, esto es, al cambio lingüístico.

El asunto central, entonces, es qué naturaleza tienen las unidades que forman ese
léxico-i y en qué pueden diferir en distintos individuos, incluso dentro de la misma
comunidad. El estudio del cambio lingüístico puede ser precisamente una contribución
notable en esa empresa de amplio alcance, dado que la adecuada comprensión de qué
cambia en las unidades léxicas de las lenguas-i puede ser una fuente importante de
información sobre su estructura y naturaleza.

119
Volviendo ahora a la comparación del apartado 4.1., podríamos decir entonces que
los sistemas de interfaz (los léxicos-i) son los auténticos genomas de las lenguas. Las
razones por las que los léxicos-i de las lenguas son diversos tiene que ver esencialmente,
quizá exclusivamente, con los procesos de cambio histórico. Esto significa que los
parámetros son en realidad acumulaciones históricas de hechos pasados, y eso es en
realidad lo que son los genes: acumulaciones históricas de hechos pasados.

3. El concepto de reanálisis.
A pesar de la aparente diversidad que presentan entre sí los cambios fonéticos,
morfológicos, sintácticos y léxicos, todos ellos se basan en un único e idéntico
mecanismo: el reanálisis.

3.1. Reanálisis como proceso abductivo.


Si echamos la vista atrás, recordaremos que se hacía equivaler el concepto de
reanálisis al concepto biológico de mutación biológica.

Antes de centrarnos en el concepto de reanálisis, es preciso observar que no estamos


haciendo un uso preciso y técnico del concepto de mutación genética. Lo único que nos
interesa del complejo proceso biológico de mutación genética es que es uno de los
mecanismos esenciales por los que se crea variación fenotípica heredable en los
organismos naturales. Una alteración accidental en el proceso de duplicación del ADN
puede dar lugar a ciertas diferencias en el fenotipo concreto de un individuo con respecto
a otros, produciendo variación en la forma de un individuo con respecto al resto en una
población determinada. Dichos rasgos diferenciales de un individuo pueden ser nocivos,
pueden ser irrelevantes o pueden conferir a tal individuo una mayor tasa de supervivencia
en un determinado medio ambiente, lo que podría implicar que ese gen accidentalmente
mutado, innovado, se extendiera en la población a costa de los genes no mutados o
“antiguos”.

Si el individuo portador de ese gen mutado tiene una mayor tasa de supervivencia en
comparación con los organismos no mutados, tendrá mayores posibilidades de
reproducirse y transmitir dicho gen a sus descendientes que, a su vez, tendrán mayores
posibilidades de reproducción, haciendo progresivamente que la población no mutada sea
más escasa y llegue incluso a desaparecer, dando lugar a una modificación, a un cambio,
en la fisionomía global de la población resultante, esto es, produciendo un cambio
evolutivo.

La analogía que proponemos entre la mutación genética y el reanálisis se basa en que


el reanálisis consiste en una alteración de la relación entre una expresión lingüística y su
estructura subyacente. De manera simplificada, se podría decir que para el hablante H1 la
expresión E tiene una estructura X, mientras que para el hablante H2 la misma expresión
E tiene la estructura Y, esto es, el hablante H2 “reanaliza” la expresión E, le confiere una
estructura subyacente diferente (Y) a la del hablante H1 (X).

120
En cierto sentido, pues, la lengua-i del hablante H2 tiene una mutación, en el sentido
de que la relación entre los elementos de la expresión E y los elementos de su estructura
subyacente es diferente a la que se produce en la lengua-i del hablante H1.

El uso habitual del lenguaje implica la operación interna del sistema computacional
que genera una estructura sintáctica combinando entre sí elementos conceptuales con una
determinada interpretación semántica y, seguidamente (casi de manera simultánea), la
externalización de esa estructura sintáctica interna por medio de los exponentes
adecuados del léxico-i, que la materializan en una onda sonora continua y lineal, esto es,
como un objeto material que no refleja sino muy pobremente la estructura sintáctica y la
representación semántica de dicha expresión. A lo que el oyente tiene acceso inmediato
no es pues a la estructura sintáctica o a la representación semántica que subyacen a una
expresión dada, sino únicamente a la onda sonora que la materializa en un determinado
contexto comunicativo.

Derivación de una estructura sintáctica, externalización de la misma en una cadena lineal de elementos
del léxico-i (X, W, Y) y materialización de estos elementos en una onda sonora.

La tarea del oyente (o la del aprendiente) es la de emplear su lengua-i (incluyendo su


propio léxico-i) para descubrir dicha interpretación, analizando en diversos niveles la
onda sonora recibida (así como además inferir las intenciones comunicativas del
hablante). En el caso ideal, la estructura sintáctico-semántica que el oyente obtiene es
idéntica a la que tenía en mente el hablante. Cuando esto no es así, podemos decir que se
ha producido un reanálisis. Así pues, un reanálisis es básicamente un error de
descodificación (o de adquisición) y cuando ese error (esa “mutación”) se estabiliza en la
lengua-i del oyente y se extiende a otros hablantes, decimos que se ha producido un
cambio lingüístico.

Pongamos un ejemplo para ilustrar este proceso y para terminar de exponer cómo el
fenómeno de reanálisis puede explicar el origen de una variante. Consideremos que la
expresión E de la definición anterior es la frase He comprado una radio. Tal frase tendría
la siguiente estructura en la mente del emisor del mensaje:

121
T

T V

V D

D N

he comprado una radio

Representación sintáctica (simplificada) de He comprado una radio

En este caso concreto la lengua-i determina que el exponente léxico he materializa la


categoría T (compuesta de Tiempo y rasgos de concordancia de primera persona y
singular, que remiten a un sujeto no expreso equivalente a yo), comprado materializa al
núcleo V del sintagma verbal, una materializa al determinante D y radio al nombre
femenino. Cuando esos exponentes léxicos se transfieren al sistema motor se genera una
onda sonora que podríamos representar como una cadena continua como la siguiente:

1. /ekompradounarradio/: Tal objeto, como vemos, no refleja la estructura


jerárquica binaria con constituyentes anidados típica de la sintaxis humana
ni, por supuesto, los rasgos semántico-conceptuales implicados en los
diversos nudos de dicha estructura. Lo único que refleja es una secuencia
lineal continua que el oyente debe procesar. Si el oyente tiene firmemente
asentados en su lengua-i los mismos exponentes que el hablante y no media
ningún otro factor, es esperable que la segmentación de la onda sonora se
produzca como se ilustra en 2.
2. unarradio → una | radio = [[una] [radio]]: Sin embargo, nótese que esa
secuencia se puede segmentar de otras maneras sin excesivo conflicto con el
sistema general de la lengua y con las situaciones comunicativas o contextos
en los que pueda aparecer esa frase. Podemos suponer ahora que la
innovación de la forma léxica inexistente previamente arradio es el resultado
de una segmentación diferente de la onda sonora, lo que implica a su vez una
diferente asignación de exponentes léxicos en la materialización de la
estructura, esto es, un reanálisis de ese material, tal y como se refleja en 3.

122
3. unarradio → un | arradio = [[un] [arradio]]: En este caso, la estructura
recuperada es prácticamente idéntica, así como el significado asociado a la
misma, pero con la diferencia de que al nombre ‘radio’ se le asigna el género
masculino (quizá por efecto de la tendencia general a que los nombres
acabados en -o sean masculinos en español) y se reinterpreta el determinante
como la forma masculina un, en lugar de la forma una original. Todo ello
implicaría la reconstrucción de la estructura subyacente en los siguientes
términos. En este caso la innovación implica únicamente la modificación de
la entrada léxica del nombre radio, que en algunos dialectos pasa a ser
arradio (y cambia de género), pero no implica lo que habitualmente
entendemos por un cambio lingüístico. Si la forma innovada se extendiera por
la mayoría de los hablantes del español desplazando a la forma original, o si
el proceso de reanálisis que hemos descrito se produjera de forma masiva por
nuevas generaciones de hablantes en proceso de adquisición de su lengua,
entonces estaríamos delante de un cambio lingüístico, aunque modesto.

T V

V D

D N

he comprado un arradio

Estructura reanalizada de la secuencia He comprado un arradio

El oyente que efectúa el reanálisis (frente al que no lo produce) no debería tener muy
firmemente establecida en su mente la entrada léxica de la palabra ‘radio’. Es fácil aceptar
que la probabilidad de que se produzca un reanálisis aumenta en función del grado de
inseguridad del oyente con respecto a las propiedades léxicas de los ítems almacenados
en su léxico-i.

123
Por ello, los reanálisis son especialmente frecuentes en hablantes maduros que
intentan dominar un registro lingüístico o un dialecto que no les es habitual, en los niños
que están en proceso de adquisición de la lengua materna (L1) o incluso en los niños o
adultos que están en proceso de aprendizaje de una lengua como segunda lengua (L2).
No cabe duda entonces de que los individuos más expuestos a la inseguridad o
indeterminación de las propiedades concretas de los ítems léxicos de su lengua-i son, por
definición, los hablantes que están precisamente en proceso de adquisición y desarrollo
de su propia lengua-i.

El único nexo directo que existe entre la lengua-i de un hablante H (asumiendo que
H es el ‘progenitor’) y la lengua-i de un oyente O (asumiendo que O es el ‘descendiente’)
son las expresiones lingüísticas producidas por H (y, por supuesto, por el resto de
hablantes de la comunidad) cuando materializa su lengua-i.

En términos simplificados, podría decirse que la tarea de O es la de reconstruir en su


cerebro el léxico-i de H. Una vez que O tiene un fragmento suficiente del léxico-i en su
cerebro, tal léxico-i hace de interfaz entre sus propios sistemas internos (el
computacional/sintáctico y el conceptual/semántico) y su sistema sensorio-motor,
permitiendo a O exteriorizar la misma lengua-i (en realidad, una muy semejante) que H.
En términos más simples: O tiene que aprender a externalizar el lenguaje interno de la
misma manera en que lo hacen los miembros de su comunidad.

En esa prodigiosa tarea O está asistido por su propia naturaleza (en el sentido de que
es muy probable que el sistema computacional y el sistema conceptual-intencional estén
en buena medida determinados biológicamente, como lo está el sistema sensorio-motor),
pero aún debe emplear los estímulos del entorno (de dentro y de fuera del organismo)
para madurar y precisar esos atributos innatos y, sobre todo, tiene que interiorizar el
léxico-i a partir de nuestras materializaciones acústicas de tal léxico-i (muestras que son
fragmentarias y muy empobrecidas en su estructura). Siguiendo un uso estándar,
llamemos corpus al conjunto de expresiones lingüísticas a las que está expuesto O para
interiorizar el léxico-i necesario.

En nuestro interés por comprender el mecanismo del reanálisis lingüístico cobra


especial importancia el concepto de aprendizaje abductivo. Fue el filósofo Charles S.
Peirce quien introdujo el concepto de abducción como complemento a los conceptos
clásicos de deducción e inducción, mientras que Andersen aplicó por primera vez ese
concepto a la explicación del cambio lingüístico. Así, podemos explicar estos tres
términos mediante las siguientes fórmulas:

1. La deducción procede de una ley y un caso dado a un resultado. Por ejemplo,


si la ley es ‘Todos los seres humanos son mortales’ y el caso es ‘Sócrates es
humano’, se sigue necesariamente el resultado: ‘Sócrates es mortal’.

124
2. La inducción procede de los casos y los resultados a la ley. Así, si un dios del
Olimpo observa que los seres humanos (casos) siempre se mueren
(resultados), formula la ley ‘Los seres humanos son mortales’.
3. La abducción procede de una ley y un resultado a un caso, lo que hace que la
abducción sea considerablemente más débil lógicamente que la inducción y
que la deducción, en el sentido de que el caso no se sigue necesariamente,
dado que la conexión que se establece entre el caso y el resultado esperado
según la ley, podría ser accidental. Así, del resultado ‘x es mortal’ y de la ley
‘Los seres humanos son mortales’ no se sigue necesariamente que ‘x es un
ser humano’ (el caso). Nótese que x podría ser un ser mortal pero no humano,
como un caballo.

Es precisamente el carácter lógicamente fallido o débil de la abducción lo que la


convierte en un proceso cognitivo interesante para comprender el proceso de reanálisis
durante la adquisición del lenguaje. Siguiendo a Andersen y a Roberts podemos
representar un reanálisis lingüístico como parte de un proceso abductivo de la siguiente
manera:

Proceso abductivo. La generación 2 abduce la gramática 2 (G2) a partir del corpus 1 generado por la
gramática 1 (G1).

La expresión corpus se refiere, como hemos visto, al conjunto de expresiones


lingüísticas producidas por una determinada gramática (G). Así, la generación 1 (‘los
procreadores’) tiene la gramática G1 y produce el corpus C1. Por su parte, la generación
2 (‘los descendientes’) produce, a partir del corpus C1 al que está expuesto, la gramática
G2. En este punto es donde se produce la abducción. Nótese que en principio la
generación 2 podría producir la gramática G1 a partir del corpus C1 (de hecho, sería lo
esperable), pero, por así decirlo, comete un error de abducción y produce la gramática
G2, que a su vez generará un corpus distinto, C2. Es comparando las diferencias entre C1
y C2 cuando constatamos que ha habido un cambio lingüístico. Se trata de un error
abductivo porque en cierto modo la generación 2 está usando el corpus C1 como el
resultado y su propia dotación biológica (la parte invariable de la FL, llamada GU), como
la ley, y está abduciendo el caso, la gramática G. Hay un error abductivo porque la
generación 2 está tomando un caso incorrecto (G2) como si fuera el caso correcto (G1).
Tanto la G1 como la G2 siguen la ley (la GU) y son coherentes con el corpus 1 (el
resultado), del mismo modo que tanto la afirmación ‘x es un ser humano’ como la
afirmación ‘x es un caballo’ son coherentes con el resultado (‘x es mortal’) y con la ley
(‘Los seres humanos son mortales’), aunque solo una puede ser adecuada a la naturaleza
de x.

125
Si volvemos a nuestro ejemplo concreto, tanto el análisis una radio como el análisis
un arradio (casos) son coherentes con la cadena /unarradio/ (el resultado) y los dos siguen
la ley (la gramática del español en este caso), aunque solo uno era el pretendido por el
hablante.

La hipótesis de que todos los cambios lingüísticos son instancias de procesos de


reanálisis tiene como desafío principal mostrar hasta qué punto pueden explicarse todos
los cambios lingüísticos como procesos de reanálisis abductivos.

3.2. Gramaticalización como reanálisis.


La gramaticalización ha sido considerada tradicionalmente como uno de los más
relevantes y estudiados mecanismos de cambio lingüístico. Podemos definir
gramaticalización como el proceso histórico mediante el cual palabras léxicas mayores,
como nombres, verbos o adjetivos se convierten o se reinterpretan en morfemas
gramaticales, bien sean libres (tales como preposiciones, conjunciones, adverbios o
auxiliares), bien sean ligados (tales como marcas sufijales de caso, morfemas de
concordancia o marcas de flexión temporal).

Tal es el caso, por ejemplo, del nombre latino mente (forma del hablativo singular de
mens, mentis ‘mente’), que pasó de analizarse como un nombre en construcciones
absolutas latinas con la estructura alegre mente ‘con el ánimo alegre’ a reanalizarse en
muchas lenguas romances como un sufijo que convierte el adjetivo en un adverbio:
alegremente ‘con alegría, de manera alegre’.

Asumimos que el proceso de gramaticalización es un caso más de reanálisis porque


lo que hace es proporcionar nuevos exponentes a categorías gramaticales que damos por
preexistentes. Ahora bien, desde un punto de vista funcional entenderíamos la
gramaticalización como el mecanismo creativo y direccional que da lugar a la gramática
de las lenguas.

La teoría de la gramaticalización postula que una lengua es “menos gramatical” antes


que después del proceso o, en otros términos, postula que la gramática de las lenguas se
crea ex nihilo en el proceso de gramaticalización de las unidades puramente léxicas.

Puesto que observamos que históricamente las lenguas se están gramaticalizando,


podemos postular que las lenguas más antiguas serían menos gramaticales y, dado un
tiempo suficiente, encontraríamos lenguas sin gramática de ningún tipo (las lenguas
primitivas, quizá). El mayor problema para esta visión es que no hay evidencia empírica
alguna de que realmente las lenguas actuales sean más gramaticales que las lenguas más
antiguas, es decir, no tenemos razones para pensar que las lenguas se gramaticalicen en
el tiempo.

Además, la teoría de la gramaticalización hace predicciones como las siguientes, que


en modo alguno se confirman empíricamente:

126
1. Las lenguas más recientes deberían tener categorías gramaticales inexistentes
en las lenguas antiguas (en las que no habría habido tiempo suficiente para su
evolución).
2. Las lenguas antiguas deberían tener menor número y un tipo menos variado
de categorías gramaticales.
3. Las lenguas criollas no deberían desarrollar categorías gramaticales en tan
poco tiempo, dado que tienen una historia muy reciente.
4. No deberían existir tipos comunes de categorías gramaticales
interlingüísticamente, sino que cada lengua o familia debería tener tipos
peculiares.

El otro problema que podemos encontrar es que la explicación de cómo surge un


formante para una determinada categoría gramatical (funcional) no explica
necesariamente cómo surge esa categoría en la mente de las personas, ni explica las
propiedades semánticas y formales que tiene. Ilustraremos este punto con la discusión de
la evolución del artículo en español.

La función del artículo es la de indicar que el referente de una expresión nominal es


accesible al oyente a través de los datos del contexto o del conocimiento compartido, lo
que permite restringir el conjunto de posibles referentes de dicha expresión (así, cuando
decimos He visto al profesor asumimos que todo el mundo sabe a qué profesor nos
referimos, asunción que no haremos necesariamente ante He visto a un profesor).

La lengua latina carecía de artículo, lo que no significa que no pudiera construir


expresiones definidas de este tipo. De hecho, otras unidades gramaticales pueden
desempeñar eventualmente el papel de determinantes, aunque tienen esencialmente otras
funciones. Así, tanto los demostrativos (que señalan y sitúan en el contexto espacial o
comunicativo los referentes) como los posesivos pueden dar lugar a expresiones
definidas. Lo especial del artículo sería entonces que tendría la función de determinación
como tarea primordial y exclusiva. Pero en tal caso, si en latín clásico y en otras muchas
lenguas, antiguas y modernas, en las que no hay artículos también se pueden obtener
expresiones definidas, cabe sospechar que la categoría de ‘definitud’ (D) también existe
en la mente de los hablantes de esas lenguas, aunque no tenga un exponente específico.
De hecho, el estado natural de una categoría funcional es el de no tener ningún exponente
fonológico.

Nótese, por ejemplo, que los nombres propios son expresiones definidas por
antonomasia. En español y en otras muchas lenguas los nombres propios se interpretan
como definidos y no requieren artículo. Comparemos las representaciones siguientes para
las expresiones definidas el profesor y Elisa:

127
D D

D N D N

el profesor Elisa Elisa

La parte izquierda de la figura representa un SD (sintagma determinante) según el


uso estándar de la gramática generativa. En ella vemos que el determinante toma como
complemento un SN cuyo núcleo es materializado por profesor. Por su parte, D es
materializado por el. En la parte derecha observamos que Elisa, el nombre propio,
materializa tanto a N como a D. (En algunos modelos teóricos de la gramática generativa
se asume que N se mueve a D y en otros que el nombre propio materializa toda la
secuencia. La más extendida y conocida es la de que N, si es un nombre propio, se ve
atraído a D, tal y como representa la flecha; también empleamos la convención de
representar tachado el término desplazado para facilitar la lectura).

Por tanto, estamos en disposición de considerar que en latín clásico, a pesar de no


haber determinantes del tipo de los artículos definidos, sí podía existir la categoría D, lo
que precisamente explicaría que expresiones latinas como Arma virumque cano se
interpretaban como ‘canto a las armas y al hombre’ y así se traducen al español, con
artículos definidos y no con nombres desnudos.

La pérdida de los casos morfológicos del latín dio lugar a la sustitución de estos por
preposiciones para introducir los argumentos verbales. Es muy plausible que fueran los
morfemas de caso latinos los que materializaran (junto con otras) la categoría D en esta
lengua. De hecho, no son pocas las lenguas en las que el caso solo se muestra en los
determinantes y no en los nombres, o en las que solo los nombres definidos llevan caso
marcado y no los indefinidos, o lenguas en las que el caso de un determinado
complemento varía en función del grado de especificidad de este. Si las marcas de caso
sufijadas en los nombres latinos materializaban los rasgos de D, es esperable que la
pérdida de los casos morfológicos abriera un camino para el reanálisis de otros elementos
(por ejemplo demostrativos) como instancias de D.

De hecho, al igual que hemos asumido que una expresión como el profesor es un SD,
también deberíamos asumir que por encima de la posición de D hay una posición para el
caso, que en esta ocasión es en español donde no tiene expresión morfológica,
especialmente en el sujeto, dominio del antiguo nominativo. La representación de la
figura siguiente muestra que un argumento de un verbo es, normalmente, un SK, donde
K representa la categoría funcional de caso. La idea básica es que el caso es un concepto
universal que tiene expresión morfológica en algunas lenguas y en otras no.

128
SK

K SD

homini

para D N

homini homini

el hombre

Según esta representación, en latín clásico se podría estipular que la morfología de


caso (-ni) realiza simultáneamente a K y a D, mientras que la raíz representa a N. Una
vez que el caso desaparece (y eventualmente es reemplazado por un marcador
preposicional) la categoría D quedaría sin exponente, lo que podría facilitar el reanálisis
de otros tipos de elementos adnominales, como los demostrativos, como exponentes de
D y, perdido su valor deíctico, quedar como exponentes ‘puros’ de D. Nótese que se abre
un camino para mostrar que la creación de un nuevo formante gramatical (el artículo
definido a partir de un demostrativo) no implica necesariamente la creación de una nueva
categoría gramatical, a no ser, claro está, que definamos categoría gramatical como
“exponente morfológico de una categoría funcional”.

Podemos concluir, por tanto, que la gramaticalización no crea gramática (una lengua
no es menos gramatical antes que después del proceso) sino que proporciona nuevos
exponentes para categorías gramaticales preexistentes.

Es importante tener en cuenta que en el modelo gramática generativista que estamos


empleando las categorías gramaticales tradicionales (que reciben el nombre de categorías
funcionales) son entidades formales abstractas manipuladas por la sintaxis y que
determinan la interpretación semántica. La sintaxis o sistema computacional
(básicamente un sistema recursivo de combinación binaria y endocéntrica de unidades)
emplea esas categorías funcionales, junto con el resto de conceptos humanos, para
construir denominaciones, eventos, situaciones y proposiciones. Dichas categorías (cuyo
elenco y jerarquía es, por supuesto, objeto de investigación y controversia) se suponen
universales y comunes a todos los seres humanos, ya que formarían parte de la FL
invariable en tiempo histórico, en el sentido de que emergerían de la conexión entre el
sistema computacional y el sistema conceptual. Así, entidades formales (pero
interpretables) como ‘singular’, ‘contable’, ‘dirección’, ‘procedencia’, ‘presente’,
‘pasado’, ‘futuro’, ‘negativo’, ‘conocido’, ‘desconocido’, ‘vivo’, ‘muerto’, ‘humano’,
etc., se asumen consustanciales al pensamiento humano y deberían ser invariables y
uniformes en la especie.

129
En resumen, las categorías gramaticales/funcionales se conciben como entidades
formales abstractas: manipulables por la sintaxis; que determinan la interpretación
semántica; y universales: forman parte de la FL invariable en tiempo histórico en el
sentido de que emergerían de la conexión entre el sistema computacional y el sistema
conceptual.

Las diferencias entre las categorías gramaticales que hallamos en las lenguas, que
ciertamente son notorias, dependerían entonces no de la existencia o inexistencia de tales
categorías funcionales, sino de cómo estas se externalizan en unidades léxicas del léxico-
i (si es que lo hacen).

4. Reconsiderando la noción de ‘parámetro’.


La teoría paramétrica clásica se formuló como un modelo en el que los patrones de
variación lingüística estructural (los tipos lingüísticos estructurales) dependen de
opciones de realización de los principios fijos de la Gramática Universal. Pero es evidente
que si, gracias al impulso minimalista, la GU se vacía de principios específicos más allá
de aspectos muy abstractos de diseño, la posibilidad de explicar los tipos lingüísticos
como opciones paramétricas sobre principios sintácticos específicos se diluye.

Por ello, buena parte de los desarrollos modernos de la teoría paramétrica han optado
por eliminar paulatinamente la noción estándar de parámetro y la han sustituido por la
hipótesis (la llamada conjetura Borer-Chomsky) de que los principios de variación se
sustentan en propiedades del léxico (del léxico-i en nuestra formulación). Ahora bien,
sería un error concluir que la teoría paramétrica debería descartarse, pues tiene el atractivo
de que relaciona la adquisición del lenguaje y la variación o tipología sintáctica.

La noción matemática de parámetro tiene que ver, básicamente, con la de un valor


que determinar el comportamiento de un sistema. Ese es el uso original en la formulación
de Chomsky y el que debería conservarse. Un parámetro no es una opción entre las
diversas ya previstas para cada principio, sino que debe interpretarse simplemente como
una diferencia gramatical entre dos lenguas que tiene repercusión en otras diferencias
gramaticales.

La única manera de convertir la noción de parámetro en prescindible es la de


demostrar que en realidad no existen correlaciones entre las propiedades gramaticales,
pero entonces también toda la tipología clásica y la funcionalista actual estarían en
entredicho. La misión de la teoría paramétrica es, entonces, la de intentar explicar
diferencias aparentemente independientes por medio de opciones más simples, una tarea
a todas luces acorde con la práctica científica habitual y que es relativamente
independiente de las convicciones que se puedan tener respecto de la GU y la FL.

130
Podemos asumir que la GU guía la construcción de una lengua-i y la fuerza a una
determinada arquitectura, que debe satisfacerse. Es lícito suponer que esa arquitectura
puede satisfacerse de diversas maneras, esto es, que el sistema de interfaz entre las partes
invariables de la FL puede encontrar diversas soluciones al problema planteado, dados os
datos disponibles. Lo que sugiere la lógica profunda de la teoría paramétrica es que las
agrupaciones paramétricas son una consecuencia de que también hay ciertas restricciones
a cómo se pueden satisfacer esas condiciones, por ejemplo, como efecto de que ciertas
opciones sobre cómo se satisface un requisito ya condicionarán cómo se desarrolla el
resto del sistema, o ciertas partes del mismo, lo que hará emerger los tipos, esto es, las
agrupaciones paramétricas de alto nivel.

El desarrollo más completo y ambicioso de esta concepción del parámetro se debe a


Mark Baker. Su jerarquía de parámetros (JP) es una propuesta empíricamente basada de
cómo se correlacionan entre sí los parámetros: los parámetros no son una lista inordenada
de la que cada lengua escoge unas determinadas opciones de manera independiente (como
vendría a sugerir el modelo clásico), sino que los propios parámetros están ordenados
jerárquicamente, de manera que en función de qué opciones tome una lengua, habrá
propiedades que ya no le serán aplicables (o lo que es lo mismo, habrá propiedades que
ya no serán accesibles), mientras que podrá variar (tendrá que variar, de hecho) con
respecto a los parámetros inferiores en la jerarquía.

El punto de partida de una jerarquía de parámetros es, obviamente, una lista de


parámetros, esto es, una lista de opciones estructurales en las lenguas que se correlacionan
con otras construcciones. Veremos brevemente cómo define Baker cada parámetro:

1. Parámetro polisintético: Los verbos deben incluir una expresión de todos los
participantes principales en el evento descrito por el verbo, o no.
Con este parámetro, Baker caracteriza a aquellas lenguas en las que todos los
participantes tienen marcas de concordancia con el verbo (o se incorporan en
él) de manera que los SSNN plenos se comportan como adjuntos y en las que,
por tanto, el orden de palabras se puede caracterizar como libre (se asume que
en estas lenguas los elementos pronominales incluidos en el verbo son los
auténticos argumentos sintácticos de los verbos). Las lenguas que tienen la
opción “no” en el parámetro son aquellas en las que algún argumento, al
menos, no tiene por qué estar morfológicamente expresado en el verbo.
2. Parámetro de la polisíntesis opcional: El verbo puede concordar o no con el
objeto.
3. Parámetro de la direccionalidad del núcleo: El núcleo precede al
complemento (núcleo a la izquierda) o el núcleo sigue al complemento
(núcleo a la derecha). En términos más informales, determina si las palabras
se añaden a las frases a la izquierda o la derecha de las mismas.

131
Las opciones posibles son dos (núcleo a la izquierda o a la derecha), según se
aprecia en el cuadro, en el que se muestran esas correlaciones en lenguas
relativamente homogéneas como el inglés o el japonés.
Elemento A Elemento B Inglés Japonés
Verbo Objeto directo A precede a B A sigue a B
Verbo SP A precede a B A sigue a B
Verbo O. Subordinada A precede a B A sigue a B
Pre-/posposición SN A precede a B A sigue a B
Nombre SP A precede a B A sigue a B
Complementante O. Subordinada A precede a B A sigue a B
Auxiliar Verbo ppal. A precede a B A sigue a B
Así, de los seis órdenes posibles de elementos principales de las oraciones (S,
V y O), la opción de núcleo a la izquierda generaría, en principio, los órdenes
SVO, VSO y VOS, mientras que la opción de núcleo a la derecha generaría
los órdenes SOV, OVS y OSV.
4. Parámetro del orden del sujeto: El sujeto va al principio o al final de la
oración. En principio, la elección de este parámetro nos permitiría agrupar,
de un lado lenguas SVO y SOV, y de otro, las lenguas VOS y OVS. Las
lenguas con núcleo a la derecha tienen sujeto inicial obligatorio.
5. Parámetro del movimiento del verbo: O bien T atrae a v/V o bien v/V expresa
los rasgos de T. Esta propiedad suele correlacionarse con la riqueza de la
morfología verbal. Serviría para diferencias las lenguas en las que el verbo
parece quedarse en su posición original dentro del Sv frente a las lenguas en
las que el verbo se mueve a una posición superior.
6. Parámetro de la altura del sujeto: El sujeto de una oración se adjunta al SV
o se adjunta al ST. El orden VSO típico de las lenguas célticas es el resultado
de la combinación de tres parámetros concretos: (a) el núcleo a la izquierda
(SVO); (b) el sujeto permanece en SV; y (c) V se mueve a T (VSO).
7. Parámetro del verbo serial: Se plantea aquí si sólo puede haber un verbo o
más de uno en el SV.
Según Baker, la opción de tener verbos seriales (esto es, varios verbos léxicos
que comparten el mismo sujeto más un auxiliar que lleva los rasgos de la
flexión) solo estará disponible en las lenguas que no haya atracción del verbo
a T (y en consecuencia lo sitúa en la opción no de parámetro del movimiento
del verbo).
Así, tenemos datos del wichí, según los cuales se pueden dar secuencias como
Mujer cortar CARNE tener hijo (La mujer corta carne para su hijo) y
HOMBRE afilar cuchillo usar piedra (El hombre afila el cuchillo con una
piedra).
8. Parámetro del sujeto nulo: En algunas lenguas toda oración flexiva debe
tener un sujeto explícito y en otras no.

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9. Parámetro de la ergatividad: Existencia de caso ergativo (el caso marcado de
los sujetos de oraciones transitivas).
10. Parámetro del tópico prominente: Existencia de tópicos distintos de los
argumentos del verbo en oraciones no marcadas.
11. Parámetro de la neutralización del adjetivo: Inexistencia de adjetivos
independientes. Los contenidos expresados por adjetivos se manifiestan bien
mediante la categoría V, bien mediante la categoría N.

5. La evolución de las lenguas y la evolución del lenguaje.


La confusión entre el proceso de evolución de las lenguas (el cambio lingüístico) y
el proceso de evolución de la Facultad del Lenguaje (como capacidad humana inexistente
en otros organismos) es natural en aquellas aproximaciones externalistas que conciben
las lenguas como objetos sociales y culturales. Desde esta perspectiva la evolución del
lenguaje humano (en contraste con el lenguaje de nuestros antecesores evolutivos) sería,
en realidad, un efecto o consecuencia del cambio lingüístico, esto es, de los cambios
históricos sucedidos en las lenguas.

Frente a esta visión, la concepción de las lenguas como externalizaciones de un


sistema de conocimiento uniforme en la especie implica que los cambios lingüísticos se
restringen a esos patrones de externalización y, por tanto, no pueden tener ningún efecto
en los aspectos biológicamente determinados de la Facultad del Lenguaje y, como
consecuencia, la evolución del lenguaje, comoquiera que sucediera, es independiente del
cambio lingüístico.

El siguiente esquema pretende mostrar la diferencia entre estas dos grandes maneras
de abordar la relación entre la evolución del lenguaje y la evolución de las lenguas:

Representación esquemática de la vinculación evolutiva entre dos Facultades del Lenguaje y de la


vinculación histórica entre las lenguas producidas por sendas Facultades del Lenguaje.

En el esquema se representa en la línea superior la evolución biológica entre dos


facultades del lenguaje FLx y FLy. Asumanos, por ejemplo, que FLx representa la
capacidad del lenguaje análoga a la de la especie Homo erectus y que FLy representa la
capacidad del lenguaje del Homo sapiens (asumiendo simplificadamente que el primero
es un ancestro del segundo). Se representan igualmente las “lenguas” concretas que
emergerían de cada una de las Facultades del Lenguaje y la evolución histórica entre ellas.

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Así, en el esquema se da a entender que la FLx daría lugar a la lengua Lx1 (entre otras
muchas posibles) que, debido al cambio histórico, podría producir otras lenguas
descendientes, como Lx2 y Lx3, y así sucesivamente a lo largo de decenas de miles de
años. Se asume en el esquema que todas las lenguas del tipo Lx, independientemente de
su antigüedad en el tiempo, serían coherentes con la FLx y, a la vez, estarían confinadas
a ese “tipo biológico” de lenguas.

Una vez que ciertos cambios evolutivos, presumiblemente en la organización o en la


arquitectura del cerebro, dieran lugar a una nueva FLy, todas las lenguas resultantes de
esa nueva capacidad tendrán propiedades comunes diferentes de las anteriores y, de
nuevo, asumimos que los cambios históricos que den lugar a sucesivos linajes de lenguas
no pueden alterar la propia FLy.

Desde este punto de vista, la cuestión de hasta qué punto hay continuidad histórica
entre las lenguas Lx y las lenguas Ly (indicada por la flecha discontinua y el interrogante
en el esquema), aun siendo fascinante, es hasta cierto punto irrelevante, puesto que lo que
explicaría la idiosincrasia de ese nuevo “tipo biológico” de lenguas no sería esa posible
conexión histórica, sino la innovación evolutiva subyacente.

Por otra parte, rastrear esa conexión histórica se torna en realidad imposible, dado
que las lenguas no fosilizan y que estaríamos hablando de unos sucesos de cambio
lingüístico acaecidos hace unos 100.000 años (la fecha aproximada de aparición del Homo
sapiens anatómicamente moderno). Algunos autores (por ejemplo Bickerton) han
sugerido que esa posible transición habría sido, en parte, similar a lo que sucede cuando
las llamadas lenguas pidgin se criollizan, esto es, cuando se “naturalizan” al ser adquiridas
por niños como lenguas primeras. Si este escenario especulativo tuviera alguna
plausibilidad, observaríamos, en todo caso, que en el curso de una generación las nuevas
lenguas tipo Ly, acuñadas históricamente sobre las procedentes de la FL precedente (FLx)
adquirirían propiedades nuevas obtenidas, por así decirlo, de “dentro del organismo” (de
la FLy) y no de cambios históricos direccionales. En ese momento habría sido posible,
quizá, observar estados de lengua con “bajo grado de gramaticalización”, asumiendo que
las categorías gramaticales son exponentes de realización de categorías funcionales
históricamente configurados.

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