Tema 4
Tema 4
El cambio lingüístico no se puede representar como una roca rodando por una
pendiente, de manera que la misma roca pasa de estar en la cima a estar en el valle. Esa
es la impresión que tenemos cuando vemos dos textos: que la lengua española se ha
modificado a lo largo de los siglos. Pero en realidad la descripción más realista del
proceso subyacente sería la de un operario que se encargara, cada veinte años, de situar
justo al lado de una roca colocada en la cima de una ladera otra roca lo más parecida
posible y retirar la original. Imaginemos que el operario no puede ni medir, ni analizar,
ni fotografiar la roca, sino simplemente basarse en su impresión visual para crear una roca
semejante y colocarla al lado. Cada veinte años otro operario realiza la misma tarea, de
manera que pasados unos cuatrocientos años tendríamos una roca con cierta semejanza
con la original a los pies de la ladera. Es claro que la roca original nunca rodó ladera abajo
y que entonces hay muchas rocas diferentes (pero similares) y no una sola roca. Y eso es
lo que sucede entre el latín y el español. No se puede decir que el español procede de una
serie de transformaciones del latín, salvo en un sentido metafórico. Lo que tenemos en
realidad es una secuencia de lenguas creadas por cada generación a lo largo de los siglos
usando como modelo la anterior.
Para comprender mejor las causas de los cambios lingüísticos tendremos que optar
por mirar a la dimensión natural del lenguaje y no a la dimensión social y cultural, esto
es, miraremos a la estructura de las lenguas y no a la arena del uso de las mismas para la
interacción y la comunicación, pues los aspectos sociales y comunicativos del lenguaje
son en realidad factores externos que no tienen capacidad alguna de provocar o causar
cambios lingüísticos.
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Hay que señalar, además, que el proceso evolutivo tiene la misma estructura en el
ámbito de las lenguas y en el de las especies: para entender cómo y por qué cambian las
lenguas, debemos establecer previamente los términos de la comparación. Así, pues, la
propuesta de correlación que se puede establecer sería la que sigue:
Por su parte, una especie lingüística, una lengua, está formada por individuos
(gramáticas mentales, no personas) lo suficientemente similares como para permitir a sus
poseedores comunicarse fluidamente.
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El individuo, el equivalente lingüístico del organismo natural, es el órgano del
lenguaje de cada persona, esto es, aquel estado o propiedad de su cerebro que le permite
hablar con otras personas. Por tanto, el equivalente lingüístico de la especie natural es la
agrupación de órganos lingüísticos de ese tipo basada en la mutua inteligibilidad, esto es,
la lengua en el uso habitual de la palabra.
Así pues, podemos afirmar que al menos hay tantas lenguas-i como personas, puesto
que cada persona (casos patológicos al margen) tiene al menos una lengua-i en su cerebro.
Dado que lo más habitual es que las personas hablen más de una lengua, puede decirse
con total seguridad que hay muchas más lenguas-i que personas.
Lo único real como parte del mundo natural son esos miles de millones de lenguas-
i. Todo lo demás (variedades, dialectos, lenguas, familias, etc.) no son sino (muy útiles)
agrupaciones abstractas de lenguas-i que hacemos en función de su semejanza o de su
origen histórico. Nótese que lo mismo sucede en el ámbito biológico: lo que existe
realmente son los estados emergentes de la materia que denominamos formas de vida, los
organismos, mientras que las variedades, especies, familias, reinos, etc. son (muy útiles)
agrupaciones que hacemos basándonos en la semejanza y en el origen histórico.
Una lengua-i, en tanto en cuanto es un estado o propiedad del cerebro de una persona,
es un objeto natural históricamente modificado. Y eso es lo que son los organismos
naturales que se agrupan para formar especies naturales: objetos naturales históricamente
modificados.
Al igual que no hay dos personajes iguales, tampoco hay dos lenguas-i iguales. Por
supuesto, si vemos dos personas y un tigre, enseguida decidimos que, comparadas con el
tigre, las dos personas son iguales, haciendo abstracción de sus obvias diferencias.
Del mismo modo, si oímos hablar a dos rusos y a una japonesa, enseguida
decidiremos –aunque no hablemos esas lenguas– que los rusos hablan lo mismo, y que la
japonesa no. Lo que estamos afirmando entonces es que los dos rusos hablan la misma
lengua. Pero aquí ya no estamos hablando de la lengua-i (que es propia de cada persona),
sino de un tipo de lengua externa (o lengua-e).
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Esta distinción terminológica nos permite ser más precisos. A la pregunta de cuántas
lenguas hay en el mundo, deberíamos responder que depende: si nos preguntan por
lenguas-i, tenderíamos que responder que hay miles de millones; si nos preguntas por
lenguas-e, tendríamos que decir que quizá unos pocos miles (entre cinco y siete mil será
la respuesta que hallemos en los manuales y catálogos). A la pregunta de qué es una
lengua, también tendremos que responder con un depende: si hablamos de lengua-i,
entonces tendremos que responder que una lengua-i es un sistema de conocimiento de
una persona, un órgano mental, un estado de su cerebro; si hablamos de lengua-e,
entonces tendremos que responder que es un conjunto o población de lenguas-i lo
suficientemente semejantes entre sí.
Para designar el objeto de estudio que necesitamos desde el punto de vista del estudio
de los cambios lingüísticos requeriremos otro término que incluya no solo a las lenguas-
i semejantes (esto es, las que convencionalmente consideramos muestras de la misma
lengua), sino que también incluya las lenguas-i relacionadas históricamente en distintas
generaciones de hablantes. Denominaremos lengua histórica a ese constructo, pero
siempre teniendo en cuenta que no es un objeto real (ni biológica ni socialmente), sino un
constructo teórico útil para referirnos conjuntamente a las lenguas-i modificadas
históricamente a partir de otras lenguas-i. Así, cuando decimos del español que se habla
en Madrid y en Buenos Aires, que tuvo su apogeo literario en el Siglo de Oro y que ha
sufrido tales o cuales cambios desde el siglo XV estamos hablando de la lengua histórica,
no de un sistema de conocimiento o lengua-i.
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Una mutación genética es el equivalente natural de un reanálisis estructural, de un
cambio de significado o simplemente de la adopción de un término o de una categoría
gramatical. En ambos casos, se genera variación. En la evolución natural una mutación
genética pude ser irrelevante desde el punto de vista evolutivo o, dependiendo de
circunstancias externas, puede ser crucial. Una mutación que afecte el tono de la piel
puede limitarse a generar animales de diferentes tonalidades y ser irrelevante en el futuro,
o puede dar lugar a una nueva especie. En el ámbito lingüístico sucede igual, de manera
que un cambio fonético puede apenas afectar a la fisonomía general de una lengua,
mientras que el mismo cambio, si, por ejemplo, elimina marcas de caso, puede dar lugar
a una transformación vertiginosa que produzca una nueva lengua-i. En nuestra analogía,
la lengua-i de un niño normalmente tendrá algunas “mutaciones” y será ligeramente
distinta de la de sus padres, pero será de la misma especie, mientras que en fases ulteriores
obtendremos una lengua-i distinta (aunque, por supuesto, muy similar y cercana
filogenéticamente).
El órgano del lenguaje de una persona se replica cuando se emplea para producir el
input que forjará otros órganos del lenguaje. Así, una variación como pronunciar un
diptongo de una manera o de otra puede extinguirse con quien la inició o puede
propagarse rápidamente por un grupo, y en condiciones muy darwinianas de insularidad,
dar lugar a un dialecto diferente en unos pocos años. Lo relevante es que, al igual que
sucede en evolución natural, la razón por la que se produce una mutación es independiente
de la razón por la que dicha mutación se propaga.
La GU se podría definir como una parte del estado inicial de la Facultad del Lenguaje
(FL), esto es, como el conjunto de principios que determinan la arquitectura de las lenguas
humanas y limitan sus márgenes de variación. Podemos encontrar dos momentos en la
historia de la concepción de la GU: un primer momento geneticista y un segundo
momento Evo-Devo, que desarrollaremos a continuación.
111
El desarrollo geneticista del desarrollo fue especialmente atractivo para la
aproximación internista y naturalista al lenguaje de Chomsky, dado que esta se enfrentaba
a un problema similar: cómo explicar la robustez y la consistencia del desarrollo del
lenguaje en los seres humanos partiendo de un entorno lingüístico inestable, confuso y
que proporciona una información muy pobre sobre la estructura subyacente de los
sistemas de conocimiento (lenguas-i) desarrollados. Consecuentemente, los modelos
iniciales de la gramática generativa propusieron como una solución al llamado “problema
de Platón” (esto es, “cómo sabemos tanto con la poca información que proporciona el
entorno”) una concepción innatista de la FL en la que esta se concebía como un
componente humano ricamente estructurado y específicamente lingüístico. Por supuesto,
la lingüística chomskiana no se dedicaba al estudio de los posibles genes del lenguaje,
sino que se oponía a la visión contraria (típica en la aproximación funcionalista y común
en la época) según la cual el desarrollo del lenguaje se explicaba como un proceso basado
en la imitación, la inducción y en la generalización llevado a cabo por sistemas de
aprendizaje generales; una visión empiricista en la que la estructura del lenguaje no
procede del organismo en el que se desarrolla, sino de fuera del mismo, por lo que debe
ser “extraída” de los datos del entorno.
Pero aunque el geneticismo sigue siendo prevalente en la biología actual, las cosas
están cambiando mucho en los últimos decenios. La llamada Evo-Devo (por evolución y
desarrollo) ha transformado la biología del desarrollo actual en un campo mucho más
pluralista. En términos simples, la nueva biología del desarrollo ha mostrado que la
clásica dicotomía neodarwinista “o Dios o la selección natural” es demasiado restrictiva,
en el sentido de que ni un creador ni la selección natural parecen suficientes para explicar
la estructura y la evolución de la vida.
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En este sentido, el llamado modelo minimalista no implica una visión menos
restrictiva del margen de variación de las lenguas, sino simplemente un modelo más
explícito sobre cuál puede ser la naturaleza última de los factores restrictivos.
Dado que el lenguaje como un todo es específico de los seres humanos, es plausible
que un subconjunto de la FLA sea específicamente humano y específicamente lingüístico.
A este subconjunto es precisamente a lo que estos tres autores llaman FLE: «la FLE está
formada de aquellos componentes de la facultad general del lenguaje (FLA) que son
exclusivos de los humanos y específicos o claramente especializados para el lenguaje».
113
El círculo mayor representa lo que los autores denominan la FLA, que excluye otros sistemas que
son necesarios pero no suficientes para el lenguaje, como la memoria o la respiración. Dentro de la FLA
se representa con el círculo interior la FLE, que sería –por hipótesis– lo único específicamente humano y
específicamente lingüístico y que, según presupuestos minimalistas, incluiría únicamente un sistema
computacional responsable de la sintaxis y la recursividad.
Por supuesto, estos autores observan que los contenidos de la FLE deben ser
determinados empíricamente y que hasta podría ser un conjunto vacío. En tal caso (esto
es, si se probara que ningún componente de la FLE es exclusivamente humano y
específicamente lingüístico) deberíamos concluir que lo único específicamente humano
es la configuración particular de esos componentes en nuestra especie.
Cuando proponemos que el equivalente de los genes son los parámetros debe
entenderse que nos referimos a los parámetros como propiedades gramaticales de las
lenguas que, en mayor o menor medida, tienen efecto sobre otras propiedades
gramaticales. Al igual que hay genes reguladores que determinan la activación de otros
muchos genes, igualmente hay aspectos de la morfología de las lenguas que tienen
repercusión en muchas otras propiedades gramaticales, tales como el orden básico de
palabras o la marcación argumental.
Sabemos que un logro esencial de la teoría de la evolución formulada por Darwin fue
el acertar a distinguir entre, de un lado, las causas de las mutaciones que generan variación
entre los individuos de una población y, de otro lado, las causas de por qué ciertas
variantes fenotípicas se seleccionan frente a otras, dando lugar a cambios evolutivos.
114
Darwin no llegó a conocer las causas de las variaciones, al no ser bien conocido en
su momento el mecanismo bioquímico de la herencia y de la mutación genética, pero sí
se pronunció enérgicamente sobre las causas de la selección de ciertas variaciones frente
a otras.
William Labov empleó una población aislada del resto de hablantes del inglés
americano continental para realizar su estudio empírico seminal sobre las motivaciones
sociales del cambio lingüístico. En 1964 Labov publicó un influyente artículo en el que
analizaba un cambio lingüístico reciente. Basándose en materiales recopilados en un atlas
lingüístico de 1933, trazó la evolución hasta 1961 de lo que él denomina la
“centralización” de la vocal en los diptongos [ai] (right) y [aw] (out), que en el inglés de
la isla se pronuncian más como [ei] y [ew].
Labov analiza con detalle cómo sucedió que un uso residual (procedente de las
mutaciones vocálicas del inglés en el pasado) de un pequeño grupo rural de hablantes
(pescadores tradicionales) en 1933 pasara a ser un rasgo característico y saliente del habla
de la población nativa de la isla en 1961. Esta peculiaridad fonética se convierte en un
signo de identidad de una comunidad cohesionada y deseosa de mantener su identidad
frente a los habitantes del Massachusetts continental y de otros grupos étnicos y sociales
de la isla.
115
2. En un momento determinado, por razones independientes de las que producen las
variaciones, alguna variante adquiere significación social.
3. A partir de ese momento la variante se extiende a más formas y a más hablantes,
lo que con el paso del tiempo constituiría un cambio lingüístico.
Esto implicaría, expresado de manera informal, que todas las lenguas tendrían la
misma sintaxis (en sentido estricto) y el mismo componente conceptual-intencional (por
así decirlo, la misma semántica), de manera que los cambios lingüísticos estarían
restringidos al ámbito (aún por definir mejor) de lo que tradicionalmente se considera
como fonología y como morfología (lo cual se conoce como la conjetura Borer-
Chomsky).
116
Así, la clave de la discontinuidad que parece existir entre el lenguaje humano y los
sistemas de conocimiento y de comunicación de otras especies no sería la improbable
evolución biológica repentina de un órgano complejo, que no habría tenido tiempo de
evolucionar, sino más bien un evento biológicamente mínimo que dotó a los sistemas
preexistentes de un “ingrediente extra”, dando lugar a nuevas e inesperadas propiedades.
Podría suponerse que los diversos sistemas que forman parte de la FLA podrían estar
presentes en otras especies, pero que la emergencia evolutiva de la FLE, exclusiva de
nuestra especie (o conectada con los otros sistemas de manera específica en nuestro
linaje), daría al complejo potencialidades inexistentes anteriormente, explicando de
manera coherente ese vacío evolutivo aparente.
Chomsky está proponiendo entonces que esa “máquina sintáctica” proporcionada por
el ensamble ilimitado de unidades léxicas ensamblables es esencialmente un lenguaje del
pensamiento, esto es, una capacidad de unir entre sí conceptos de una manera nueva e
ilimitada.
117
Este escenario sugiere que el sistema computacional que es la FLE fue en origen, y
seguiría siéndolo, un lenguaje del pensamiento independiente de la comunicación y de
los sistemas de externalización: «el más temprano estado del lenguaje habría sido
precisamente eso, un lenguaje del pensamiento usado internamente». Ello implica de
manera crucial que la relación entre la FLE y los sistemas CI y SM es asimétrica. Hay
indicaciones claras de que el diseño de la FLE está optimizado para su conexión e
interacción con el sistema CI, y no para su conexión con el sistema SM. Esta asimetría
explicaría por qué es precisamente en el proceso de “externalización” y “materialización”
de la sintaxis interna donde aparece la posibilidad de la variación y del cambio lingüístico.
De acuerdo con este modelo, la sintaxis interna sería universal (común a todas las
lenguas) e invariable (insensible al cambio histórico). Si esto fuera así, las diferencias
entre la sintaxis de las lenguas y los cambios sintácticos deberían entenderse como
consecuencia de la variación en el ámbito de la externalización del sistema
computacional, esto es, como consecuencia de la variabilidad en las lenguas de los
sistemas de conexión entre el sistema computacional y el sistema SM.
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El léxico-i es, por expresarlo simplificadamente, un conjunto de exponentes
morfológicos (esencialmente palabras) que vinculan en la memoria a largo plazo y de
manera estable tres tipos de elementos: un fragmento con estructura sintáctica, una
representación semántica (el significado concreto de esa expresión estructurada) y una
representación fonológica conectada directamente al sistema sensorio-motor (que será
vocal-auditivo en el caso de las lenguas orales y manual/facial-visual en el caso de las
lenguas signadas).
El asunto central, entonces, es qué naturaleza tienen las unidades que forman ese
léxico-i y en qué pueden diferir en distintos individuos, incluso dentro de la misma
comunidad. El estudio del cambio lingüístico puede ser precisamente una contribución
notable en esa empresa de amplio alcance, dado que la adecuada comprensión de qué
cambia en las unidades léxicas de las lenguas-i puede ser una fuente importante de
información sobre su estructura y naturaleza.
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Volviendo ahora a la comparación del apartado 4.1., podríamos decir entonces que
los sistemas de interfaz (los léxicos-i) son los auténticos genomas de las lenguas. Las
razones por las que los léxicos-i de las lenguas son diversos tiene que ver esencialmente,
quizá exclusivamente, con los procesos de cambio histórico. Esto significa que los
parámetros son en realidad acumulaciones históricas de hechos pasados, y eso es en
realidad lo que son los genes: acumulaciones históricas de hechos pasados.
3. El concepto de reanálisis.
A pesar de la aparente diversidad que presentan entre sí los cambios fonéticos,
morfológicos, sintácticos y léxicos, todos ellos se basan en un único e idéntico
mecanismo: el reanálisis.
Si el individuo portador de ese gen mutado tiene una mayor tasa de supervivencia en
comparación con los organismos no mutados, tendrá mayores posibilidades de
reproducirse y transmitir dicho gen a sus descendientes que, a su vez, tendrán mayores
posibilidades de reproducción, haciendo progresivamente que la población no mutada sea
más escasa y llegue incluso a desaparecer, dando lugar a una modificación, a un cambio,
en la fisionomía global de la población resultante, esto es, produciendo un cambio
evolutivo.
120
En cierto sentido, pues, la lengua-i del hablante H2 tiene una mutación, en el sentido
de que la relación entre los elementos de la expresión E y los elementos de su estructura
subyacente es diferente a la que se produce en la lengua-i del hablante H1.
El uso habitual del lenguaje implica la operación interna del sistema computacional
que genera una estructura sintáctica combinando entre sí elementos conceptuales con una
determinada interpretación semántica y, seguidamente (casi de manera simultánea), la
externalización de esa estructura sintáctica interna por medio de los exponentes
adecuados del léxico-i, que la materializan en una onda sonora continua y lineal, esto es,
como un objeto material que no refleja sino muy pobremente la estructura sintáctica y la
representación semántica de dicha expresión. A lo que el oyente tiene acceso inmediato
no es pues a la estructura sintáctica o a la representación semántica que subyacen a una
expresión dada, sino únicamente a la onda sonora que la materializa en un determinado
contexto comunicativo.
Derivación de una estructura sintáctica, externalización de la misma en una cadena lineal de elementos
del léxico-i (X, W, Y) y materialización de estos elementos en una onda sonora.
Pongamos un ejemplo para ilustrar este proceso y para terminar de exponer cómo el
fenómeno de reanálisis puede explicar el origen de una variante. Consideremos que la
expresión E de la definición anterior es la frase He comprado una radio. Tal frase tendría
la siguiente estructura en la mente del emisor del mensaje:
121
T
T V
V D
D N
122
3. unarradio → un | arradio = [[un] [arradio]]: En este caso, la estructura
recuperada es prácticamente idéntica, así como el significado asociado a la
misma, pero con la diferencia de que al nombre ‘radio’ se le asigna el género
masculino (quizá por efecto de la tendencia general a que los nombres
acabados en -o sean masculinos en español) y se reinterpreta el determinante
como la forma masculina un, en lugar de la forma una original. Todo ello
implicaría la reconstrucción de la estructura subyacente en los siguientes
términos. En este caso la innovación implica únicamente la modificación de
la entrada léxica del nombre radio, que en algunos dialectos pasa a ser
arradio (y cambia de género), pero no implica lo que habitualmente
entendemos por un cambio lingüístico. Si la forma innovada se extendiera por
la mayoría de los hablantes del español desplazando a la forma original, o si
el proceso de reanálisis que hemos descrito se produjera de forma masiva por
nuevas generaciones de hablantes en proceso de adquisición de su lengua,
entonces estaríamos delante de un cambio lingüístico, aunque modesto.
T V
V D
D N
he comprado un arradio
El oyente que efectúa el reanálisis (frente al que no lo produce) no debería tener muy
firmemente establecida en su mente la entrada léxica de la palabra ‘radio’. Es fácil aceptar
que la probabilidad de que se produzca un reanálisis aumenta en función del grado de
inseguridad del oyente con respecto a las propiedades léxicas de los ítems almacenados
en su léxico-i.
123
Por ello, los reanálisis son especialmente frecuentes en hablantes maduros que
intentan dominar un registro lingüístico o un dialecto que no les es habitual, en los niños
que están en proceso de adquisición de la lengua materna (L1) o incluso en los niños o
adultos que están en proceso de aprendizaje de una lengua como segunda lengua (L2).
No cabe duda entonces de que los individuos más expuestos a la inseguridad o
indeterminación de las propiedades concretas de los ítems léxicos de su lengua-i son, por
definición, los hablantes que están precisamente en proceso de adquisición y desarrollo
de su propia lengua-i.
El único nexo directo que existe entre la lengua-i de un hablante H (asumiendo que
H es el ‘progenitor’) y la lengua-i de un oyente O (asumiendo que O es el ‘descendiente’)
son las expresiones lingüísticas producidas por H (y, por supuesto, por el resto de
hablantes de la comunidad) cuando materializa su lengua-i.
En esa prodigiosa tarea O está asistido por su propia naturaleza (en el sentido de que
es muy probable que el sistema computacional y el sistema conceptual-intencional estén
en buena medida determinados biológicamente, como lo está el sistema sensorio-motor),
pero aún debe emplear los estímulos del entorno (de dentro y de fuera del organismo)
para madurar y precisar esos atributos innatos y, sobre todo, tiene que interiorizar el
léxico-i a partir de nuestras materializaciones acústicas de tal léxico-i (muestras que son
fragmentarias y muy empobrecidas en su estructura). Siguiendo un uso estándar,
llamemos corpus al conjunto de expresiones lingüísticas a las que está expuesto O para
interiorizar el léxico-i necesario.
124
2. La inducción procede de los casos y los resultados a la ley. Así, si un dios del
Olimpo observa que los seres humanos (casos) siempre se mueren
(resultados), formula la ley ‘Los seres humanos son mortales’.
3. La abducción procede de una ley y un resultado a un caso, lo que hace que la
abducción sea considerablemente más débil lógicamente que la inducción y
que la deducción, en el sentido de que el caso no se sigue necesariamente,
dado que la conexión que se establece entre el caso y el resultado esperado
según la ley, podría ser accidental. Así, del resultado ‘x es mortal’ y de la ley
‘Los seres humanos son mortales’ no se sigue necesariamente que ‘x es un
ser humano’ (el caso). Nótese que x podría ser un ser mortal pero no humano,
como un caballo.
Proceso abductivo. La generación 2 abduce la gramática 2 (G2) a partir del corpus 1 generado por la
gramática 1 (G1).
125
Si volvemos a nuestro ejemplo concreto, tanto el análisis una radio como el análisis
un arradio (casos) son coherentes con la cadena /unarradio/ (el resultado) y los dos siguen
la ley (la gramática del español en este caso), aunque solo uno era el pretendido por el
hablante.
Tal es el caso, por ejemplo, del nombre latino mente (forma del hablativo singular de
mens, mentis ‘mente’), que pasó de analizarse como un nombre en construcciones
absolutas latinas con la estructura alegre mente ‘con el ánimo alegre’ a reanalizarse en
muchas lenguas romances como un sufijo que convierte el adjetivo en un adverbio:
alegremente ‘con alegría, de manera alegre’.
126
1. Las lenguas más recientes deberían tener categorías gramaticales inexistentes
en las lenguas antiguas (en las que no habría habido tiempo suficiente para su
evolución).
2. Las lenguas antiguas deberían tener menor número y un tipo menos variado
de categorías gramaticales.
3. Las lenguas criollas no deberían desarrollar categorías gramaticales en tan
poco tiempo, dado que tienen una historia muy reciente.
4. No deberían existir tipos comunes de categorías gramaticales
interlingüísticamente, sino que cada lengua o familia debería tener tipos
peculiares.
Nótese, por ejemplo, que los nombres propios son expresiones definidas por
antonomasia. En español y en otras muchas lenguas los nombres propios se interpretan
como definidos y no requieren artículo. Comparemos las representaciones siguientes para
las expresiones definidas el profesor y Elisa:
127
D D
D N D N
La pérdida de los casos morfológicos del latín dio lugar a la sustitución de estos por
preposiciones para introducir los argumentos verbales. Es muy plausible que fueran los
morfemas de caso latinos los que materializaran (junto con otras) la categoría D en esta
lengua. De hecho, no son pocas las lenguas en las que el caso solo se muestra en los
determinantes y no en los nombres, o en las que solo los nombres definidos llevan caso
marcado y no los indefinidos, o lenguas en las que el caso de un determinado
complemento varía en función del grado de especificidad de este. Si las marcas de caso
sufijadas en los nombres latinos materializaban los rasgos de D, es esperable que la
pérdida de los casos morfológicos abriera un camino para el reanálisis de otros elementos
(por ejemplo demostrativos) como instancias de D.
De hecho, al igual que hemos asumido que una expresión como el profesor es un SD,
también deberíamos asumir que por encima de la posición de D hay una posición para el
caso, que en esta ocasión es en español donde no tiene expresión morfológica,
especialmente en el sujeto, dominio del antiguo nominativo. La representación de la
figura siguiente muestra que un argumento de un verbo es, normalmente, un SK, donde
K representa la categoría funcional de caso. La idea básica es que el caso es un concepto
universal que tiene expresión morfológica en algunas lenguas y en otras no.
128
SK
K SD
homini
para D N
homini homini
el hombre
Podemos concluir, por tanto, que la gramaticalización no crea gramática (una lengua
no es menos gramatical antes que después del proceso) sino que proporciona nuevos
exponentes para categorías gramaticales preexistentes.
129
En resumen, las categorías gramaticales/funcionales se conciben como entidades
formales abstractas: manipulables por la sintaxis; que determinan la interpretación
semántica; y universales: forman parte de la FL invariable en tiempo histórico en el
sentido de que emergerían de la conexión entre el sistema computacional y el sistema
conceptual.
Las diferencias entre las categorías gramaticales que hallamos en las lenguas, que
ciertamente son notorias, dependerían entonces no de la existencia o inexistencia de tales
categorías funcionales, sino de cómo estas se externalizan en unidades léxicas del léxico-
i (si es que lo hacen).
Por ello, buena parte de los desarrollos modernos de la teoría paramétrica han optado
por eliminar paulatinamente la noción estándar de parámetro y la han sustituido por la
hipótesis (la llamada conjetura Borer-Chomsky) de que los principios de variación se
sustentan en propiedades del léxico (del léxico-i en nuestra formulación). Ahora bien,
sería un error concluir que la teoría paramétrica debería descartarse, pues tiene el atractivo
de que relaciona la adquisición del lenguaje y la variación o tipología sintáctica.
130
Podemos asumir que la GU guía la construcción de una lengua-i y la fuerza a una
determinada arquitectura, que debe satisfacerse. Es lícito suponer que esa arquitectura
puede satisfacerse de diversas maneras, esto es, que el sistema de interfaz entre las partes
invariables de la FL puede encontrar diversas soluciones al problema planteado, dados os
datos disponibles. Lo que sugiere la lógica profunda de la teoría paramétrica es que las
agrupaciones paramétricas son una consecuencia de que también hay ciertas restricciones
a cómo se pueden satisfacer esas condiciones, por ejemplo, como efecto de que ciertas
opciones sobre cómo se satisface un requisito ya condicionarán cómo se desarrolla el
resto del sistema, o ciertas partes del mismo, lo que hará emerger los tipos, esto es, las
agrupaciones paramétricas de alto nivel.
1. Parámetro polisintético: Los verbos deben incluir una expresión de todos los
participantes principales en el evento descrito por el verbo, o no.
Con este parámetro, Baker caracteriza a aquellas lenguas en las que todos los
participantes tienen marcas de concordancia con el verbo (o se incorporan en
él) de manera que los SSNN plenos se comportan como adjuntos y en las que,
por tanto, el orden de palabras se puede caracterizar como libre (se asume que
en estas lenguas los elementos pronominales incluidos en el verbo son los
auténticos argumentos sintácticos de los verbos). Las lenguas que tienen la
opción “no” en el parámetro son aquellas en las que algún argumento, al
menos, no tiene por qué estar morfológicamente expresado en el verbo.
2. Parámetro de la polisíntesis opcional: El verbo puede concordar o no con el
objeto.
3. Parámetro de la direccionalidad del núcleo: El núcleo precede al
complemento (núcleo a la izquierda) o el núcleo sigue al complemento
(núcleo a la derecha). En términos más informales, determina si las palabras
se añaden a las frases a la izquierda o la derecha de las mismas.
131
Las opciones posibles son dos (núcleo a la izquierda o a la derecha), según se
aprecia en el cuadro, en el que se muestran esas correlaciones en lenguas
relativamente homogéneas como el inglés o el japonés.
Elemento A Elemento B Inglés Japonés
Verbo Objeto directo A precede a B A sigue a B
Verbo SP A precede a B A sigue a B
Verbo O. Subordinada A precede a B A sigue a B
Pre-/posposición SN A precede a B A sigue a B
Nombre SP A precede a B A sigue a B
Complementante O. Subordinada A precede a B A sigue a B
Auxiliar Verbo ppal. A precede a B A sigue a B
Así, de los seis órdenes posibles de elementos principales de las oraciones (S,
V y O), la opción de núcleo a la izquierda generaría, en principio, los órdenes
SVO, VSO y VOS, mientras que la opción de núcleo a la derecha generaría
los órdenes SOV, OVS y OSV.
4. Parámetro del orden del sujeto: El sujeto va al principio o al final de la
oración. En principio, la elección de este parámetro nos permitiría agrupar,
de un lado lenguas SVO y SOV, y de otro, las lenguas VOS y OVS. Las
lenguas con núcleo a la derecha tienen sujeto inicial obligatorio.
5. Parámetro del movimiento del verbo: O bien T atrae a v/V o bien v/V expresa
los rasgos de T. Esta propiedad suele correlacionarse con la riqueza de la
morfología verbal. Serviría para diferencias las lenguas en las que el verbo
parece quedarse en su posición original dentro del Sv frente a las lenguas en
las que el verbo se mueve a una posición superior.
6. Parámetro de la altura del sujeto: El sujeto de una oración se adjunta al SV
o se adjunta al ST. El orden VSO típico de las lenguas célticas es el resultado
de la combinación de tres parámetros concretos: (a) el núcleo a la izquierda
(SVO); (b) el sujeto permanece en SV; y (c) V se mueve a T (VSO).
7. Parámetro del verbo serial: Se plantea aquí si sólo puede haber un verbo o
más de uno en el SV.
Según Baker, la opción de tener verbos seriales (esto es, varios verbos léxicos
que comparten el mismo sujeto más un auxiliar que lleva los rasgos de la
flexión) solo estará disponible en las lenguas que no haya atracción del verbo
a T (y en consecuencia lo sitúa en la opción no de parámetro del movimiento
del verbo).
Así, tenemos datos del wichí, según los cuales se pueden dar secuencias como
Mujer cortar CARNE tener hijo (La mujer corta carne para su hijo) y
HOMBRE afilar cuchillo usar piedra (El hombre afila el cuchillo con una
piedra).
8. Parámetro del sujeto nulo: En algunas lenguas toda oración flexiva debe
tener un sujeto explícito y en otras no.
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9. Parámetro de la ergatividad: Existencia de caso ergativo (el caso marcado de
los sujetos de oraciones transitivas).
10. Parámetro del tópico prominente: Existencia de tópicos distintos de los
argumentos del verbo en oraciones no marcadas.
11. Parámetro de la neutralización del adjetivo: Inexistencia de adjetivos
independientes. Los contenidos expresados por adjetivos se manifiestan bien
mediante la categoría V, bien mediante la categoría N.
El siguiente esquema pretende mostrar la diferencia entre estas dos grandes maneras
de abordar la relación entre la evolución del lenguaje y la evolución de las lenguas:
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Así, en el esquema se da a entender que la FLx daría lugar a la lengua Lx1 (entre otras
muchas posibles) que, debido al cambio histórico, podría producir otras lenguas
descendientes, como Lx2 y Lx3, y así sucesivamente a lo largo de decenas de miles de
años. Se asume en el esquema que todas las lenguas del tipo Lx, independientemente de
su antigüedad en el tiempo, serían coherentes con la FLx y, a la vez, estarían confinadas
a ese “tipo biológico” de lenguas.
Desde este punto de vista, la cuestión de hasta qué punto hay continuidad histórica
entre las lenguas Lx y las lenguas Ly (indicada por la flecha discontinua y el interrogante
en el esquema), aun siendo fascinante, es hasta cierto punto irrelevante, puesto que lo que
explicaría la idiosincrasia de ese nuevo “tipo biológico” de lenguas no sería esa posible
conexión histórica, sino la innovación evolutiva subyacente.
Por otra parte, rastrear esa conexión histórica se torna en realidad imposible, dado
que las lenguas no fosilizan y que estaríamos hablando de unos sucesos de cambio
lingüístico acaecidos hace unos 100.000 años (la fecha aproximada de aparición del Homo
sapiens anatómicamente moderno). Algunos autores (por ejemplo Bickerton) han
sugerido que esa posible transición habría sido, en parte, similar a lo que sucede cuando
las llamadas lenguas pidgin se criollizan, esto es, cuando se “naturalizan” al ser adquiridas
por niños como lenguas primeras. Si este escenario especulativo tuviera alguna
plausibilidad, observaríamos, en todo caso, que en el curso de una generación las nuevas
lenguas tipo Ly, acuñadas históricamente sobre las procedentes de la FL precedente (FLx)
adquirirían propiedades nuevas obtenidas, por así decirlo, de “dentro del organismo” (de
la FLy) y no de cambios históricos direccionales. En ese momento habría sido posible,
quizá, observar estados de lengua con “bajo grado de gramaticalización”, asumiendo que
las categorías gramaticales son exponentes de realización de categorías funcionales
históricamente configurados.
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