Módulo Vii
Módulo Vii
a) Universal. Todos los bienes presentes y futuros de cada cónyuge se hacen comunes; es decir,
también todos aquellos bienes que cada uno de los cónyuges aporta al matrimonio o aquellos
de los que eran propietarios antes de contraer matrimonio; más allá de que pudiera existir
algún bien que quedara afuera de esta masa como por ejemplo, los bienes adquiridos por uno
de los cónyuges a título gratuito, cuando el donante o el testador hubiera dispuesto que el bien
quedara fuera de dicha masa o los objetos personales de cada uno de los cónyuges.
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b) Restringida de muebles y ganancias. La comunidad se restringe a los muebles sin tenerse en
cuenta su origen (a título gratuito u oneroso) y a las ganancias y adquisiciones de cualquiera de
los cónyuges después de la celebración del matrimonio. Según este tipo de régimen de
comunidad, se deben distinguir los bienes propios de cada uno de los cónyuges: los inmuebles
adquiridos antes del matrimonio o los adquiridos después a título gratuito (herencia, legado o
donación), y los bienes comunes y gananciales: los muebles que cada uno de los cónyuges
aporta o lleva al matrimonio y todas las adquisiciones que la ley no repute propias del cónyuge
que las adquiere.
c) Restringida de ganancias. La comunidad se integra con lo adquirido a título oneroso por los
cónyuges desde la celebración del matrimonio y durante toda la vida matrimonial. Aquí se
deben distinguir los bienes propios: los que conserva cada uno de los cónyuges y que son todos
los que llevan al matrimonio (sean muebles o inmuebles) y los bienes gananciales: los
adquiridos durante el matrimonio, excepto los que reciben los cónyuges a título gratuito
(herencia, legado o donación).Éste es el régimen más difundido y el único que ha regido en el
derecho argentino hasta el Código Civil y Comercial que, como veremos en breve, por
aplicación del principio de autonomía y libertad extiende la posibilidad de optar por otro
régimen como lo es la separación de bienes, estableciéndose como régimen legal supletorio el
de comunidad en las ganancias.
b) De administración separada cada cónyuge administra y dispone los bienes que adquiere
durante la vida matrimonial con algunas excepciones fundadas en razones de solidaridad
familiar como lo es la necesidad de contar con el asentimiento del cónyuge no titular para la
disposición de determinados bienes (gananciales o incluso propios si se trata de la vivienda
familiar, tema que se abordará en detalle más adelante).
c) De administración conjunta. Bajo este régimen ningún cónyuge puede administrar o disponer
sin la conformidad del otro.
- E) Régimen de separación. Es el otro régimen legal que adopta el Código Civil y Comercial y
también el que regía, durante la vigencia del código anterior, como consecuencia de la sentencia de
separación judicial de bienes. este régimen no confiere ningún derecho en expectativa que se
efectivice al momento de disolverse el vínculo matrimonial. En otras palabras, el matrimonio no
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incide en el régimen de adquisición y administración de los bienes que cada cónyuge tenga antes ni
tampoco después de la celebración del matrimonio.
- F) Régimen de participación. Se lo conoce también como régimen mixto ya que opera como el
régimen de separación de bienes durante la vida matrimonial pero reconoce derechos de
participación entre cónyuges tras la disolución del matrimonio. Aquí no se configura o conforma una
masa común y partible sino que la participación consiste en un crédito que tiene un cónyuge en
contra del otro para equiparar las ganancias que se han generado durante el matrimonio y que
benefició a uno de los cónyuges. El beneficiado debe participar al otro de tales ganancias para que
éste no se vea perjudicado.
Con la celebración del matrimonio comienza un ´régimen patrimonial´ por el cual determinados
bienes que se adquieran por cualquiera de los cónyuges son calificados como 'gananciales' y al
concluir el régimen, si se conservan, integrarán una masa partible entre ambos
En el Código Civil originario, la autoridad marital era la regla; es decir, el marido era el
administrador legal de todos los bienes del matrimonio, incluso los propios de la mujer y los
adquiridos por ella fruto de su trabajo personal porque la mujer casada era incapaz de hecho relativa
por lo cual, se encontraba muy limitado su poder de actuación en la faz patrimonial.
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La ley 11.357 del año 1926 introdujo algunas modificaciones de carácter patrimonial al Código
Civil, al disponer el principio de irresponsabilidad de cada uno de los cónyuges con respecto a las
deudas asumidas por el otro (art. 5°) excepto que se tratara de obligaciones contraídas para: 1)
atender las necesidades del hogar, 2) la educación de los hijos y 3) conservación de los bienes
comunes, entendidos como bienes gananciales (art. 6°). En materia de administración, se habilitaba
en principio, a que cada cónyuge administrara sus bienes propios y gananciales por él adquiridos, sin
embargo se establecía un mandato tácito a favor del marido para los bienes que correspondían a la
mujer, cuestión que fue modificada recién en 1968 con la ley 17.711. El primero y de mayor
relevancia en materia de régimen patrimonial del matrimonio es el principio de gestión separada e
indistinta de los bienes de los cónyuges; o sea, que cada uno administra y dispone de sus bienes
propios y gananciales con la limitación que también introduce la misma ley 17.711 de la necesidad de
contar con el asentimiento del cónyuge no titular (o venia judicial supletoria si esta voluntad era
negada) cuando el cónyuge titular pretendiera enajenar o gravar bienes gananciales de su
administración; asentimiento que se extiende al hogar familiar, sea éste de carácter propio o
ganancial. Esta limitación se funda en el interés de aquél —el cónyuge no titular— dado su derecho
en expectativa sobre los bienes gananciales al disolverse el matrimonio por la causal que sea.
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menos, una segunda modalidad de regular las relaciones de orden patrimonial surgidas entre
los esposos a partir de la celebración del matrimonio, desterrando el régimen único, forzoso e
inmutable, para abrir paso a la posibilidad de elegir entre la comunidad de ganancias y la
separación de bienes.
Con la redacción actual del Código, el derecho argentino abandona el sistema legal único y
forzoso que gobernara las relaciones económicas conyugales, y que se mantuvo prácticamente
incólume hasta el siglo XXI, y se abre paso al reconocimiento de la autonomía personal de los
consortes como bastión indiscutible, adscribiendo al sistema de mutabilidad de régimen patrimonial
imperante en la región
Son contrato que celebran los cónyuges o los futuros contrayentes, con el fin de regular
cuestiones inherentes a sus relaciones económicas, conforme las disposiciones del derecho positivo
vigente.
El CC las admitía, aunque con un objeto muy reducido: las donaciones que se efectuaran los
futuros esposos y el inventario de los bienes que cada uno llevara al consorcio matrimonial.
ARTÍCULO 446.- Objeto. Antes de la celebración del matrimonio los futuros cónyuges pueden
hacer convenciones que tengan únicamente los objetos siguientes:
d. la opción que hagan por alguno de los regímenes patrimoniales previstos en este Código.
ARTÍCULO 448.- Forma. Las convenciones matrimoniales deben ser hechas por escritura pública
antes de la celebración del matrimonio, y sólo producen efectos a partir de esa celebración y en tanto
el matrimonio no sea anulado. Pueden ser modificadas antes del matrimonio, mediante un acto
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otorgado también por escritura pública. Para que la opción del artículo 446 inciso d), produzca efectos
respecto de terceros, debe anotarse marginalmente en el acta de matrimonio.
En primer lugar, debe tratarse de una decisión conjunta, asumida por ambos cónyuges mayores
de edad. La imposición de este recaudo deviene de toda lógica, por cuanto no existen razones para
imponer a uno de los consortes el deseo del otro de mutar de régimen económico.
Luego, se establece un recaudo temporal: que haya transcurrido un año en el que se haya
mantenido un régimen. Este plazo debe computarse desde formalizada la escritura, no desde su
inscripción marginal, pues es al momento de suscribir aquella que los cónyuges han expresado su
voluntad de modificación. El tercer requisito alude a la inscripción en el acta matrimonial para que el
cambio surta efectos ante terceros. No se limita la cantidad de cambios de régimen, aunque resulta
poco probable que anualmente los matrimonios modifiquen las reglas que gobiernan sus cuestiones
patrimoniales.
Nada obsta a que los integrantes de matrimonios celebrados con anterioridad a la entrada en
vigencia del CCyC, sometidos al régimen de comunidad por tener aquel carácter de único, legal y
forzoso, puedan hacer uso del derecho a mutar de régimen, suscribiendo una convención en la que
acuerden someterse al régimen de separación de bienes, siempre que satisfagan los recaudos
aludidos (antigüedad temporal y mediante escritura pública). El cambio de régimen no requiere
homologación ni autorización judicial alguna.
En el caso de que los cónyuges opten por abandonar el régimen de comunidad de gananciales
para sujetarse al régimen de separación de bienes, se producirá la extinción de aquel (art. 475, inc. e,
CCyC), que deberá liquidarse y partirse (conf. art. 496 CCyC y ss.). Y, reconociendo el Código, durante
el periodo de indivisión postcomunitaria, la autonomía personal de los cónyuges, estos podrán
acordar, además de la opción por el régimen de separación, las reglas de administración y disposición
de los bienes gananciales e, incluso, prever su adjudicación sin necesidad de homologación alguna.
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Cuando la situación sea a la inversa —es decir, se pase del sistema de separación de bienes al
de comunidad—, los acuerdos complementarios no serán necesarios, pues la separación de bienes
no habrá generado comunidad de bienes, y los bienes personales que cada cónyuge tenga se
considerarán propios a partir de la entrada en vigencia del régimen de comunidad de ganancias por
el que optaron.
La opción por cualquier régimen siempre se sujetará a las disposiciones del denominado
”régimen primario” (arts. 454 a 462 CCyC: régimen de deudas y obligaciones solidarias de los
cónyuges, restricciones al poder dispositivo respecto de la vivienda familiar y los enseres que la
componen, etc.).
ARTÍCULO 450.- Personas menores de edad. Las personas menores de edad autorizadas
judicialmente para casarse no pueden hacer donaciones en la convención matrimonial ni ejercer la
opción prevista en el artículo 446 inciso d).
La donación es un típico contrato gratuito en el que un bien sale del patrimonio de una
persona, provocando su empobrecimiento con base en una decisión altruista, de modo que no tiene
contraprestación.
ARTÍCULO 451.- Normas aplicables. Las donaciones hechas en las convenciones matrimoniales
se rigen por las disposiciones relativas al contrato de donación. Sólo tienen efecto si el matrimonio se
celebra.
Las donaciones efectuadas mediante convención matrimonial solo tendrán efecto si aquel se
celebra, por tratarse de una donación sujeta a condición resolutoria; caso contrario, podrá solicitarse
la restitución de los bienes o erogaciones realizadas.
ARTÍCULO 452.- Condición implícita. Las donaciones hechas por terceros a uno de los novios, o a
ambos, o por uno de los novios al otro, en consideración al matrimonio futuro, llevan implícita la
condición de que se celebre matrimonio válido.
Las donaciones efectuadas en razón del matrimonio una condición resolutoria: su celebración
válida, sin distinguir quién fuere el donante —un tercero o los futuros cónyuges—, de modo que si el
matrimonio no se celebra, las donaciones deben ser restituidas.
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En cambio, si el matrimonio se celebra pero luego se declara su nulidad, variarán las soluciones
dependiendo de la buena o mala fe de los cónyuges conforme las previsiones del art. 424 CCyC y ss.
Si ambos cónyuges son de buena fe, el matrimonio producirá todos los efectos de un
matrimonio válido hasta el día en que se declare su nulidad (art. 428 CCyC), de modo que las
donaciones no deberán ser restituidas.
En el caso de que ambos cónyuges fueren de mala fe, el matrimonio no produce efecto alguno
(art. 430 CCyC), como consecuencia de ello las donaciones que los futuros cónyuges o terceros
hubiesen realizado quedan sin efecto, y sus objetos deben restituirse. Si solo uno de los consortes
tuvo buena fe, podrá revocar las donaciones realizadas al cónyuge de mala fe (art. 429, inc. b, CCyC),
consolidándose las donaciones efectuadas por terceros al cónyuge de buena fe.
ARTÍCULO 453.- Oferta de donación. La oferta de donación hecha por terceros a uno de los
novios, o a ambos queda sin efecto si el matrimonio no se contrae en el plazo de un año. Se presume
aceptada desde que el matrimonio se celebra, si antes no ha sido revocada.
La oferta de donación efectuada por un tercero a favor de uno o ambos novios se presume
aceptada desde la celebración del matrimonio, pues cumplida la causa de aquella, se produce la
aceptación tácita de la liberalidad. De otra parte, el CCyC incorpora un término legal para el
sostenimiento de la oferta: que el matrimonio no se efectivice dentro del año de realizada aquella.
Vencido tal plazo sin que las nupcias se hubiesen celebrado, la promesa queda revocada
automáticamente.
Contratos permitidos mandato, constitución de derechos reales (por ejemplo, constituir una
hipoteca a favor del otro cónyuge pero no que el cónyuge acreedor pudiera adquirir la cosa objeto de
garantía en una subasta por la prohibición de compraventa), y el contrato de sociedad siempre que
fuera una sociedad con responsabilidad limitada.
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Contratos dudosos. Existía una cantidad de contratos sobre los cuales las leyes no decían nada
acerca de su permisión o prohibición para ser celebrados entre cónyuges, debiendo la doctrina y/o
jurisprudencia dirimir este conflicto interpretativo como ser: mutuo, fianza, locación, leasing,
fideicomiso y contrato laboral. Sobre los primeros tres, la doctrina era casi unánime a favor de su
permisión. Con respecto al contrato de leasing, afirma Azpiri que "a pesar de no existir una
prohibición expresa de celebrar este contrato y de que la locación de cosas simples, como acto de
administración y no de disposición, puede ser otorgada por los cónyuges, el contrato de leasing, en
tanto implica la posibilidad de transferir el bien locado a favor del locatario, debe considerarse
prohibido entre cónyuges porque se trata, en definitiva, de una situación análoga a la compraventa"
CCyC
Son inderogables por convención de los cónyuges, anterior o posterior al matrimonio, excepto
disposición expresa en contrario.
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El matrimonio supone la existencia de lazos de solidaridad y colaboración entre sus integrantes,
en aras de asegurar una adecuada tutela hacia el grupo de sujetos que se encuentran unidos en
forma directa o indirecta, como fiel realización de los fines que el instituto plantea.
Estas disposiciones también se replican en el régimen para las uniones convivenciales (arts. 520
y 521 CCyC), lo que da acabada muestra de que la protección a la familia, en el CCyC, responde a los
mandatos constitucionales de amparo de las diversas modalidades de vivir en familia y a la
hermenéutica señalada reiteradas veces por la Corte IDH
A fin de dosificar la autonomía personal de los consortes (principio de libertad), junto al respeto
de los derechos de los demás integrantes del grupo (expresados en el principio de solidaridad
responsabilidad familiar), el CCyC establece un límite claro denominado ”régimen primario”, y se
trata de una serie de derechos y prohibiciones que representan un núcleo duro indisponible para los
cónyuges, y que están dirigidos a la protección y plena realización de los derechos humanos de los
integrantes del grupo familiar y terceros ajenos a él. Tales normas son aplicables a cualquiera de los
regímenes reconocidos por el derecho argentino, comunidad o separación de bienes y, por
representar un piso mínimo de protección de la familia, son también aplicables a las uniones
convivenciales (art. 520 CCyC).
El cónyuge que no da cumplimiento a esta obligación puede ser demandado judicialmente por el
otro para que lo haga, debiéndose considerar que el trabajo en el hogar es computable como
contribución a las cargas.
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consagrado explícitamente en el párr. 2 del art. 455 CCyC que comprende la obligación de contribuir
a los gastos que insume el sostenimiento de los hijos menores de edad, con capacidad restringida o
incapaces de uno u otro miembro de la pareja que componen el grupo familiar conviviente. Se
requieren dos condiciones: que convivan con el matrimonio y que sean menores de edad, con
capacidad restringida o incapaces. Los gastos necesarios para el impulso del núcleo familiar
comprenden víveres, vestido, gastos de salud, de vivienda y de servicios, etc., y dependiendo, claro,
del nivel de vida de la familia y de la finalidad de la erogación.
ARTÍCULO 456.- Actos que requieren asentimiento. Ninguno de los cónyuges puede, sin el
asentimiento del otro, disponer de los derechos sobre la vivienda familiar, ni de los muebles
indispensables de ésta, ni transportarlos fuera de ella. El que no ha dado su asentimiento puede
demandar la nulidad del acto o la restitución de los muebles dentro del plazo de caducidad de seis
meses de haberlo conocido, pero no más allá de seis meses de la extinción del régimen matrimonial.
La vivienda familiar no puede ser ejecutada por deudas contraídas después de la celebración del
matrimonio, excepto que lo hayan sido por ambos cónyuges conjuntamente o por uno de ellos con el
asentimiento del otro.
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El CCyC trae una gran innovación al abandonar el criterio diferenciador entre actos de
disposición y de administración, y considera necesario el asentimiento para los actos que impliquen
“la disposición de derechos”, término comprensivo de todos los derechos reales y personales: venta,
permuta, donación, constitución de derechos reales de garantía o actos que impliquen
desmembramiento del dominio, y la locación. Incluye la protección legal a ciertos bienes
considerados absolutamente necesarios para lograr la realización personal de la familia
El artículo vigente elimina cualquier tipo de incertidumbre que de ella pudiera surgir
disponiendo, en ese supuesto, la nulidad del acto y la restitución de los muebles. La nulidad podrá ser
demandada por el cónyuge no disponente dentro del plazo de seis meses de haber tomado
conocimiento del acto cuestionado
ARTÍCULO 457.- Requisitos del asentimiento. En todos los casos en que se requiere el
asentimiento del cónyuge para el otorgamiento de un acto jurídico, aquél debe versar sobre el acto en
sí y sus elementos constitutivos.
El cónyuge que da su asentimiento solo brinda su conformidad para la realización del acto, por
tanto no puede ser demandado por su inejecución, ni debe responder por las garantías que del acto
se desprenden. Se trata de una limitación a la capacidad de disponer del cónyuge titular del bien,
respetuosa de la administración separada consagrada (arts. 469 y 470 CCyC), que reconoce como
fundamento la tutela de ciertos bienes considerados esenciales para la existencia del grupo familiar.
El CCyC requiere que el asentimiento verse sobre el acto jurídico en particular y sus elementos
constitutivos (precio, plazo y/o forma de pago, garantías, etc.), por lo que el cónyuge asintiente
deberá ser informado sobre las particularidades del negocio que se pretende concluir. Podrá
efectuarse por instrumento público o privado, verbalmente, o por signos inequívocos
ARTÍCULO 458.- Autorización judicial. Uno de los cónyuges puede ser autorizado judicialmente a
otorgar un acto que requiera el asentimiento del otro, si éste está ausente, es persona incapaz, está
transitoriamente impedido de expresar su voluntad, o si su negativa no está justificada por el interés
de la familia. El acto otorgado con autorización judicial es oponible al cónyuge sin cuyo asentimiento
se lo otorgó, pero de él no deriva ninguna obligación personal a su cargo.
Los supuestos previstos por la norma en los que resulte imposible su otorgamiento, no admiten
ser extendidos a otros diferentes a los explicitados, ni cuando existe negativa injustificada por parte
del cónyuge que debe prestarlo. Frente a esas circunstancias excepcionales, el CCyC faculta al titular
del bien a requerir autorización judicial supletoria, siempre que la causa de tal ausencia no haya sido
la ausencia; incapacidad del consorte no contratante; imposibilidad provisional de este de manifestar
su voluntad; o negativa fundada en el mejor interés del grupo familiar. El negocio jurídico ejecutado
con la venia judicial resultará oponible al consorte que no hubiese proporcionado la aprobación para
su realización, mas no hará nacer obligación de carácter personal en su cabeza.
ARTÍCULO 459.- Mandato entre cónyuges. Uno de los cónyuges puede dar poder al otro para
representarlo en el ejercicio de las facultades que el régimen matrimonial le atribuye, pero no para
darse a sí mismo el asentimiento en los casos en que se aplica el artículo 456. La facultad de revocar
el poder no puede ser objeto de limitaciones.
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Excepto convención en contrario, el apoderado no está obligado a rendir cuentas de los frutos y
rentas percibidos.
La norma reconoce a los cónyuges (sin distinguir el régimen matrimonial que los rige) la gestión
de uno en nombre del otro con las facultades fijadas según el régimen al que estén sometidos.
Reconocido este derecho, establece dos prohibiciones de toda lógica: En primer término, queda
expresamente vedado que el objeto del mandato refiera al asentimiento requerido para disponer los
derechos sobre la vivienda familiar y/o sobre los enseres que la componen (art. 456 CCyC), puesto
que ello tornaría abstractas las disposiciones precedentes que reconocen la facultad de control que
se otorga al cónyuge no disponente, constituyendo una prohibición expresa que se anticipa a
cualquier discusión que pudiera llegar a plantearse al respecto.
De otra parte, tampoco pueden acordar la irrevocabilidad del poder y, con ello, cualquier
limitación a la facultad de revocar el mandato oportunamente conferido, ya sea que se dirija a
impedir en forma absoluta dicha libertad, o bien que tienda a disminuir o dificultar su concreción, a
través del establecimiento de un conjunto de condiciones que representen eventuales trabas para
dar por terminado el mandato.
Asimismo y, sobre la base de reconocer la confianza que supone el vínculo marital, el CCyC
exime a los cónyuges de la obligación derivada del contrato de mandato de rendir cuentas de los
frutos y rentas percibidas (art. 1324, inc. f, CCyC), mas admite la facultad del titular del bien de
requerirla de modo expreso. De modo que, si nada dicen los cónyuges, se presume la eximición de tal
obligación.
ARTÍCULO 460.- Ausencia o impedimento. Si uno de los cónyuges está ausente o impedido
transitoriamente de expresar su voluntad, el otro puede ser judicialmente autorizado para
representarlo, sea de modo general o para ciertos actos en particular, en el ejercicio de las facultades
resultantes del régimen matrimonial, en la extensión fijada por el juez.
A falta de mandato expreso o de autorización judicial, a los actos otorgados por uno en
representación del otro se les aplican las normas del mandato tácito o de la gestión de negocios,
según sea el caso.
ARTÍCULO 461.- Responsabilidad solidaria. Los cónyuges responden solidariamente por las
obligaciones contraídas por uno de ellos para solventar las necesidades ordinarias del hogar o el
sostenimiento y la educación de los hijos de conformidad con lo dispuesto en el artículo 455.
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Fuera de esos casos, y excepto disposición en contrario del régimen matrimonial, ninguno de los
cónyuges responde por las obligaciones del otro.
Se mantiene el principio de responsabilidad separada por las deudas contraídas por cada
cónyuge —reiterado en las normas de la comunidad (art. 467 CCyC) y en el régimen de separación
(art. 505 CCyC)—, que encuentra justificación en el tipo de necesidades que atiende. Consecuente
con el deber de contribución establecido en el art. 455 CCyC, esta norma admite como excepción la
responsabilidad solidaria de los cónyuges por las obligaciones contraídas por uno de ellos para
solventar las necesidades ordinarias del hogar o el sostenimiento y educación de los hijos comunes, o
de uno de los consortes que fuere menor o con capacidad restringida y que conviviera con el
matrimonio.
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En tales casos, el otro cónyuge puede demandar la nulidad dentro del plazo de caducidad de
seis meses de haber conocido el acto y no más allá de seis meses de la extinción del régimen
matrimonial.
Como principio general, los actos de administración y disposición llevados a cabo por el
consorte que ejerce individualmente la tenencia de bienes muebles a los que la ley no impone su
registración, celebrados por éste con terceros de buena fe, son válidos.
Para la validez a tales actos se requiere: que el cónyuge contratante ejerza la tenencia (no se
exige la posesión), que se trate de un negocio a título oneroso (quedando excluidas las disposiciones
gratuitas), que intervenga un tercero de buena fe, y que involucre a bienes no registrables.
Las excepciones al principio enunciado descansan sobre la naturaleza de los objetos del
negocio, pues si el negocio concertado por un cónyuge involucra muebles no registrables que
componen los enseres vitales del grupo familiar y/u objetos cuyo destino sea el uso personal,
profesional o laboral del otro cónyuge, aquel podrá demandar la nulidad del acto dentro del plazo de
caducidad de seis meses que debe computarse desde que fuera conocido el negocio, pero que no
podrá extenderse más allá de seis meses de extinguido el régimen patrimonial.
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