Episodio 1: Vida de plebeya.
Lizzie.
Llegué de uno de mis tres trabajos y me tiré a la
cama, estaba tan agotada que no tenía energía
ni para quitarme la ropa.
Sin embargo, por muy agotada que estuviera, no
era capaz de dormirme, sobre todo, porque las
deudas eran un demonio que tenía
persiguiéndome.
La vida no había sido muy justa para nosotros.
Habíamos llegado a Dublín escapando del
marido abusivo de mi madre, el imbécil la
golpeaba hasta casi matarla, fueron años donde
me aterraba dormir. Xia, mi hermana mayor, se
encargaba de las heridas de mi madre, mientras
Yordi, mi otro hermano me calmaba.
La paz vino a nosotros cuando un día, mi madre
solo nos subió a un taxi y llegamos al
aeropuerto.
Venir a este país había sido nuestra salvación.
Años después mi madre conoció a Remi, eran
compañeros de trabajo y parecía un buen
hombre. Mudarnos a su casa nos pareció algo
apresurado, pero él había hecho de todo para
ofrecernos un hogar seguro.
Tener un hogar estable y funcional, había sido
una nueva y gratificante experiencia.
Nuestro problema fue que, pensamos que los
malos tiempos eran cosas del pasado.
No obstante, la muerte de mi madre nos devolvió
a la realidad. Remi nos amaba genuinamente, así
que, se encargó de nosotros. Sin embargo, las
desgracias no vienen sola y solo a unos meses
de la partida de mi madre, nos dimos cuenta de
que Remi no estaba bien.
Así que, tuvimos que llevarlo a una clínica
especial, donde le diagnosticaron Alzaimer, una
enfermedad que lo iría deteriorando
constantemente y solo se podía tratar, más no
curar.
Hasta la fecha no sabía si mi madre sabía del
estado de Remi o él lo supo ocultar, hasta que, le
fue imposible hacerlo.
Siendo muy jóvenes hicimos lo que creímos
convenientes, pero no era suficiente.
Xia y yo estábamos conscientes de que le
debíamos mucho a Remi, principalmente, por
todo lo que nos apoyó cuando mi madre se
había ido. Así que, estábamos decididas a
encargarnos de él; Yordi, por otro lado, no estaba
segura de qué pasaba por su cabeza, él solo se
había dedicado a jugar, beber y jodernos la
paciencia.
Aunque, sin importar qué, mi hermana y yo
seguíamos esforzándonos al máximo.
Un año después contaba con tres trabajos y uno
de ellos era bailar para borrachos en un strip
club.
Era la vida que me había tocado y no me
quejaba; no porque no quisiera, sino porque no
tenía tiempo, ni energía para hacerlo.
Cerré los ojos dejando que el agotamiento me
fuera arrastrando a la oscuridad.
Muevo mis brazos con fuerza, trato de
alcanzarla… Falta poco… Casi…
La corriente me arrastra y quedo completamente
sumergida debajo del agua…
Abrí los ojos sintiendo que me ahogaba. Me
senté en la cama y traté de calmar mi
respiración.
—Estás bien, a salvo —susurré abrazando mis
piernas y meciendo un poco mi cuerpo.
Pegué un brinco y caí de la cama, cuando el
teléfono comenzó a sonar.
Estiré la mano y tomé la llamada en el suelo.
»Dime —gruñí al ver que el remitente era Angus,
el jefe de mi primer empleo.
—Lamento despertarte a esa hora, hay un cliente
que requiere de una limpieza con urgencia.
—Mi turno comienza en un par de horas —
manifesté apartando mi celular de la ojera para
confirmar la hora.
—La paga será doble.
Ese era un excelente motivo para hacerme salir
de la cama, no era que fuera a dormir, pero era
bueno malgastar horas pensando en como salir
de este agujero en el que estábamos metidos.
—Vale, pásame la dirección.
—Ya envié a Kim a buscarte, también te llevará a
tu destino.
—De acuerdo, nos vemos después.
—¿Te parece si almorzamos?
Suspiré, Angus no era un mal jefe, de hecho, era
bastante agradable, honesto, trabajador y muy
guapo. Pero, tenía un enorme defecto… Era
casado.
—Lo siento, no creo que, sea prudente que
salgamos a comer —declaré poniéndome de pie.
—¿Por qué no?
—Angus, sabes bien porque me mantengo al
margen contigo, no quiero que tu esposa me
haga otra escena en ningún lado. ¿Tienes idea
de lo humillante que es, que te acusen de algo
que no eres? —Cerré los ojos recordando cómo
esa mujer se había presentado en mi segundo
trabajo y en el vestíbulo del hotel me llamó de
todo, porque creía o sigue pensando que tengo
una aventura con su esposo.
—Tienes razón, nos vemos después.
—Adiós, Angus.
—Hasta pronto, Lizzie.
Colgué la llamada y me apresuré a arreglarme
para comenzar otro agotador día de trabajo.
Entré al baño y me di una ducha rápida.
Salí y me coloqué un pantalón oscuro, una franela
de botones, manga corta. Me calcé unas
zapatillas y me puse un cárdigan.
Me hice una cola alta, acomodé mi flequillo con
las manos, tomé mi bolso y salí de mi habitación.
Pasé por la habitación de mi hermana y la vi
durmiendo, sonreí y seguí a la sala. Allí en el sofá
estaba Yordi, tirado, roncando como un animal.
Suspiré y me fui sin hacer mucho ruido.
Bajé las escaleras del cutre edificio donde
estábamos viviendo, las luces parpadeaban y
podía escuchar las ratas correr a esconderse.
Nos habían embargado la casa de Remi y con el
poco dinero que teníamos nos habíamos mudado
a este horrible lugar, era lo mejor que podíamos
pagar.
En la entrada estaba Kim, esperándome con el
motor encendido.
Subí al auto y le sonreí.
—Buen día —me saludó Kim.
—Buenas madrugadas —susurré cerrando la
puerta—. ¿A dónde iremos?
—No muy lejos. —Kim puso el auto en marcha y
suspiré acomodándome en la ventana.
Kim no se equivocaba, el viaje fue corto.
Por suerte, me dio tiempo de leer la información
que Angus me había proporcionado.
Después de varios minutos, Kim detuvo el auto
frente al portón de una mansión, pero Angus no
me había enviado ningún código de acceso.
Suspiré confundida:
—¿Qué se supone que haga saltar la reja?
—No es mi problema —respondió Kim.
No era que él fuera grosero, era que, Kim era seco
y eso podía confundir a las personas.
—Vaya, no estoy acostumbrada a tanta
amabilidad. —Bajé del auto y escuché que abrió el
maletero.
Cerré la puerta y fui a buscar el equipo de trabajo,
no era mucho, solo una pequeña maleta con
productos de limpieza, además un par de
accesorios, como escoba, paños y esponjas.
Caminé al portón, pero antes de poder tocar el
timbre, la reja se abrió ante mí.
—Maravilloso.
Debía admitir que, lo que más me gustaba de
limpiar casas, era caminar por la entrada, pues,
fingía que regresaba de algún viaje de negocios y
que tenía un ejército de personas esperando mi
regreso para mimarme.
Sonreí ante tal estupidez.
Me acerqué a la entrada y aquí también ocurrió la
magia.
Las puertas se abrieron y me tomó un par de
segundos admirar el lugar.
Todo era muy hermoso y delicado, aunque, lo que
más me llamó la atención fue ver que todo
parecía estar en orden y muy limpio.
Saqué mi teléfono y revisé la hora.
4:30 am.
—Vaya pérdida de tiempo, he venido a ser nada. —
De pronto, recordé que, muchas personas con
dinero contrataban un servicio de limpieza luego
de que alguna receta saliera mal.
Me dirigí a esa parte de la casa con la esperanza
de no haberme levantado por nada.
Llevaba tanto tiempo en este trabajo como para
descifrar con rapidez a dónde debía dirigirme.
Sin embargo, al llegar, solo encontré una taza
sobre una isla de mármol.
Era sorprendente como una simple taza podía
generar tal caos.
—En definitiva, me hubiera quedado durmiendo. —
Dejé la maleta en la entrada de la cocina. Agarré
la taza y fui al lavatrastos—. Aunque, era la
primera vez que ganaba tanto dinero por lavar una
taza.
—No solo por una taza. —Una voz masculina me
sorprendió y la taza solo resbaló de mis manos.
Episodio 2: Rey del sigilo.
Lizzie.
«Mierda», pensé conociendo el carácter
temperamental de los millonarios.
Con velocidad adquirida por el trabajo, me
arrodillé y comencé a recoger los fragmentos de
porcelana. Mis dedos temblaban tanto, que
terminé cortándome un poco la mano.
Podía sentir la mirada del hombre quemándome
la nuca, pero seguí trabajando rogando que no se
diera cuenta de que mi sangre estaba manchando
su lujoso piso.
—¿Te lastimaste? —indagó quien supuse que era
el señor West.
—Lamento su taza, se la repondré —comenté sin
levantar la mirada.
De pronto, él solo se arrodilló ante mí, sujetó mis
manos entre las gigantescas manos de él y los
pedazos de porcelana cayeron nuevamente al
suelo.
Levanté la mirada y atravesé al desconocido con
ella, aunque, mi pequeña hazaña duro poco.
Bajé la mirada, parecía estúpido que con todas las
cosas que sucedían en mi vida, yo me sintiera
acomplejada por mi apariencia física, supongo
que, a pesar de las deudas y preocupaciones, yo
seguía siendo humana.
Mis hermanos eran perfectos, un par de rubios,
con los ojos verdes, de piel pálida, sobre sus
hombros reposaban algunas pecas; eso lo habían
heredado de mi madre. En cambio, yo… era de piel
trigueña, el cabello oscuro y ondulado, pero lo que
más me acomplejaba eran mis ojos.
Nací con heterocromía, un fenómeno en los ojos,
no se curaba, tampoco se trataba, solo estaban
allí a la vista de todos. Causando preguntas o
burlas, dependiendo de la persona que tuviera en
frente.
El 75% de mi ojo derecho era verde, el otro 25%
era de color avellana. Mi ojo izquierdo, era un 58%
verde y el resto ámbar. A eso debía sumarle que
las partes avellanas, tendían a oscurecerse un
poco, pero nunca lo hacían al mismo tiempo,
entonces, a veces, una parte estaba muy oscura,
mientras la otra seguía clara.
Alguna vez leí que los ojos eran la ventana del
alma, pero los míos solo estaban defectuosos y
todas las burlas que recibí me habían hecho sentir
más insegura de todos.
—Te pregunté si te habías lastimado. —La mano
libre del señor West me sujetó la cara y me hizo
verlo.
Aunque, no lo hice,
—Eso es evidente, aunque, no es nada que me
vaya a provocar la muerte —aseguré rompiendo el
contacto entre nosotros.
Noté como una diminuta sonrisa se formó en sus
labios efímeramente, seguro no estaba
acostumbrado a que le hablaran así.
Me puse de pie, optando por una forma diferente
de limpiar la taza rota.
—¿Cómo me dijo que se llamaba? —indagó el
señor West levantándose del suelo.
—No se lo dije —respondí y sentí cómo mi
garganta se secaba al quedar frente al señor
West.
Sin poder evitarlo, levanté la cara para ver lo alto
que era y me topé de lleno con su mirada. La cual
era tan intensa que me hizo retroceder un paso,
sus templados ojos azules venían acompañados
de un cabello castaño, en algunas partes era
bastante claro y en otras oscuras.
Mandíbula fuerte, así que, debía tener un carácter
de mierda. Su postura lo confirmaba, seguro era,
una persona importante.
Bajé la mirada por su cuerpo deleitándome con
sus musculosos brazos. Incluso debajo de su
camisa se podía percibir los chocolaticos que se
gastaba ese espécimen de macho primitivo. Me
dieron ganas de pasar la mano por su abdomen y
comprobar su dureza. Después cometí el grave
error de bajar la mirada, allí me percaté de que el
pantalón le quedaba ajustado en la entrepierna.
Regresé la vista a su cara y detallé la cicatriz que
en ella había, iba desde el inicio de la ceja
derecha, cruzaba entre sus ojos, sobre el puente
de su nariz y terminaba un poco más arriba de su
aleta izquierda.
Sin duda, debía haber una interesante historia
detrás de ella. Pero, extrañamente, no le quedaba
mal, de hecho, resaltaba su personalidad fría y
misteriosa.
—¿Terminaste de admirar mi cuerpo? —preguntó,
pero lejos de sonar molesto, parecía disfrutar ser
visto.
«Señor, escúpeme en la cama de este macho
arrogante», pensé con lujuria y fui tan idiota que
me sonrojé.
—¿Se le ofrece algo más, señor West? —indagué
ignorando su pregunta.
Él me miró, se quitó la camisa y se acercó de
forma salvaje a mí.
Mi corazón se detuvo al tiempo que mi ropa
interior se humedecía.
Creí que, sería follada en esa cocina, siendo
honesta, no pondría resistencia. Claro, la
decepción se apoderó de mí, cuando noté que el
señor West ponía su camisa en mi mano herida.
Tragué saliva y no solo fue por su cercanía, sino
que debajo de la camisa, tenía una franelilla, sin
manga.
«Vaya, con lo que me gustan los hombres que usan
franelilla bajo las camisas», pensé viendo cómo la
costosa camisa se manchaba de sangre. «Por los
clavos de Cristo, seguro esa camisa vale más que
3 meses del salario de todos mis empleos»
—Una camisa tan cara no debiera ser
desperdiciada por un corte tan pequeño —
murmuré alzando la mirada.
—Para mí, es más importante su bienestar.
Rodé los ojos, qué forma más ridícula de hablar.
—Gracias, debo… —Miré la cocina—. Limpiar.
Me dispuse a continuar con mis labores, pero el
señor West me tomó del brazo, fue algo tan
inesperado que, choqué con su pecho.
—Señorita, no la traje a esta hora por la limpieza
—habló desde su altura.
—¿Entonces? —susurré viendo sus labios.
—Aunque, limpiar es uno de los servicios que
contraté, me interesa más que cocine.
—¿Vine a cocinar? —pregunté divertida.
Sonreí, supongo que, si aceptaría comer con mi
jefe, pero solo para golpearlo en donde más le
duele, por idiota.
—Sí, también para limpiar —recalcó West
serio. «Quizás demasiado»
—¿Por qué?
Mi pregunta pareció incomodarlo, incluso
molestarlo, pues, se separó de mí y expresó de
manera mordaz.
—No te debo explicaciones, solo cocina el
desayuno para dos personas, nada exagerado, ni
que lleve huevo, tiene que ser algo ligero y rápido.
—West me observó fijamente—. Después debes
limpiar y cuanto termines el almuerzo, te podrás
ir. ¿Tienes alguna duda?
—No.
Me giré evitando que algo imprudente saliera de
mi boca.
Por desgracia, cerrar la boca también era un
hábito adquirido por el trabajo.
Me quedé quieta esperando que el señor West se
marchase, pero al no escuchar ningún paso, miré
sobre mi hombro y me percaté de que ya no
estaba.
Vaya, sí que era sigiloso.
Negué con la cabeza y me puse a revisar las
gavetas.
Esto era algo que también me gustaba hacer, no
por chismosa, sino que, era divertido ver que
tenían los ricos en su alacena.
Me sorprendió encontrar harina de maíz.
Sonreí con algo de nostalgia, ya sabía qué iba a
cocinar, no sería ligero, pero sí quedaría delicioso.
Alisté todo y comencé a cocinar.
Episodio 3: Un desayuno de
reyes.
Lizzie.
Me tomó unos 20 minutos tener el desayuno
preparado y listo para comenzar a servir.
De pronto, un hombre, alto, guapo y desconocido,
entró a la cocina.
«Vaya, aquí solo hay hombres guapos», analicé en
mi cabeza.
—¿Cuánto falta para servir el desayuno?
—Buen día. —Saludé con educación. A menudo, a
las personas con dinero se les olvidaba que
contratan un servicio, no compraban un esclavo—
. En 3 minutos podrá sentarse a comer.
El desconocido me observó y dio un paso hacia
mí. Rompí el contacto visual y retrocedí un paso.
—¿Cuál es tu nombre?
—Puede decirme, señorita Carter.
—¿No puedo llamarte por tu nombre de pila? —
cuestionó el caballero.
—No —sentencié levantando la mirada.
—Bien, en cambio, usted, tiene mi permiso para
tutearme. —El hombre estiró la mano—. Soy
Emilio, el mejor amigo y asistente de…
—No vinimos a socializar —lo interrumpió el señor
West—. Señorita Carter, haga el favor de servir la
comida.
—Sí, señor.
Me di la vuelta y sonreí, parece que, alguien había
obtenido un poco de información sobre mí.
Tomé un par de platos llanos y los coloqué en la
mesa donde ya los caballeros habían tomado
asiento. Realicé varios viajes poniendo algunas
cosillas más y de último dejé a las protagonistas
de la mañana.
—¿Qué es eso? —preguntó el señor West.
—Arepa —dijimos Emilio y yo al mismo tiempo.
Nos miramos con complicidad.
—Ah, ¿de dónde es? —indagó, nuevamente, el
señor West.
—Venezuela —informé al mismo tiempo que
Emilio decía:
—Colombia. —Ambos volvimos a mirar y
sonreímos divertidos—. ¿Eres venezolana?
—Sí, colombiano, supongo.
—Medellín.
—Caracas.
El señor West golpeó la mesa:
—No me importa de dónde sea, solo sírvala.
—Vaya humor se gasta en las mañanas —
refunfuñé con irritación.
—De hecho, ese es su humor más tolerable —dijo
Emilio.
—No te pago para revelar mi información personal
—comentó el señor West y me pareció que su
acompañante se tensaba.
Tomé una arepa, la abrí y la coloqué sobre su
plato.
—No se requiere ser muy listo para rellenarla. —
Conté hasta tres y repuse—. Buen provecho.
Salí de la cocina, pues, sabía que a esas personas
así, no les gustaba comer con el personal.
—¿A dónde va? —El señor West me había
alcanzado en el pasillo.
—A ninguna parte, solo me iba a quedar aquí,
hasta que, ustedes terminen de comer —expliqué
con paciencia.
—No le di permiso de retirarse.
—Claro. —Levanté la cara y lo miré fijamente—.
¿Puedo retirarme?
—Ya lo hizo.
—¿Entonces, para qué tanto alboroto? —cuestioné
cruzándome de brazos.
—No tolero la vagancia.
—Yo no…
—Y pararse aquí sin hacer nada, es perder el
tiempo y estoy pagando bien por su tiempo. —
Bajé la cara y me fijé en sus carnosos labios.
—¿Qué necesita que haga?
—Sube las escaleras, primera puerta a la
izquierda. Allí está mi oficina. —El señor West
avanzó lentamente hacia mí—. Tengo algo de
tiempo sin venir y la quiero dejar limpia antes de
irme.
—¿Cuándo se va? —Fue una pregunta amable,
pero, al señor misterioso no le gustó—. Ok,
¿puedo retirarme?
—Puede.
Suspiré y fui por mi equipo de limpieza.
Seguí las indicaciones que me dieron y llegué a
una polvorienta oficina.
—Válgame Dios, por aquí pasó una tormenta de
arena.
Abrí mi maleta y saqué lo que creí que iba a
necesitar.
Escoba, pañitos húmedos, una bolsa de basura y
un frasco con un químico especial para poder
sacudir sin levantar polvo o dañar los libros.
Me acerqué a la biblioteca, rocié el producto
sobre los libros y los comencé a sacar.
Los fui apilando en el suelo y empecé a limpiar la
estantería.
Cuando estuvo completamente, limpia, me
dediqué a organizarlos por orden alfabético, de
los tres trabajos que tenía, este era el empleo que
más me agradaba, porque no había tiempo límite
para realizar una tarea, tampoco debía lidiar con
ebrios o con los preservativos usados por otras
personas.
Miré la primera fila orgullosa y me dispuse a bajar
las escaleras.
De la nada, uno de los escalones de madera se
rompió bajo mi peso, caí hacia atrás, pero la
suerte estaba de mi lado y unos fuertes brazos
me sujetaron.
Mi corazón enviaba sangre deprisa por todo mi
cuerpo, mis ojos se toparon con la mirada azul del
señor West.
Su fría mirada me puso nerviosa y mi cuerpo
tembló. Mis mejillas ardieron de vergüenza y me
llevé las manos a ellas tratando en vano de
disimular mi estado.
—¿Siempre eres así de torpe? —indagó él
poniéndome en el suelo.
Sonreí con timidez.
—No, pero no es mi culpa que la escalera
estuviera en mal estado.
Este hombre era odiosamente guapo y frío;
todavía no lograba descifrar si me caía mal o bien.
—Solo una loca se sube a una escalera de madera
vieja.
Mal, me cae terriblemente, mal.
—¿Se le ofrece algo, señor West? —Traté de sonar
normal, pero mi tono retador hizo acto de
presencia.
—Venía a informarle que, ya acabamos con el
desayuno.
—Oh, perfecto. —Sacudí la cabeza esbozando una
sonrisa—. Terminaré con la biblioteca e iré a la
cocina. ¿Alguna otra cosa?
—No, bueno, me quedaré aquí por si comete otra
torpeza.
—Vaya, gracias, pero es innecesario.
—¿Lo es? —indagó el señor West dando un paso
hacia mí.
Tomé una bocanada de aire y la dejé salir.
—Es su casa, puede hacer lo que deseé. —Aparté
un mechón de cabello de mi cara y seguí en mis
labores.
Por fortuna, para los siguientes tramos de la
biblioteca, no era necesario emplear la escalera.
El señor West no dijo nada, solo tomó un pañito,
limpió una silla y se quedó allí, mientras yo
limpiaba. Ignoré su presencia, todo lo que pude,
aunque, era casi imposible hacerlo.
Varias veces volteé a verlo, hasta que, me obligué
a no hacerlo.
Suspiré apartando un mechón de cabello de mi
cara, retrocedí un poco y admiré mi trabajo.
—Terminé. —Me di la vuelta y contemplé al señor
West—. Al menos, con la biblioteca, iré a la cocina
y volveré aquí.
El señor West vio la hora en su reloj y se levantó
de la silla.
—Vaya bajando, yo revisaré unas cosas aquí.
Asentí y salí de la oficina.
Bajé las escaleras y fui a la cocina.
Todavía era muy temprano para hacer el
almuerzo, así que, solo debía limpiar los platos
del desayuno y volver al despacho a terminar de
limpiarlo.
Me parecía un poco extraño que, la casa estuviera
completamente, organizada, excepto por la
oficina, era como si no se pudiera entrar a ese
sitio.
Sequé las manos de mi delantal y subí de nuevo
las escaleras.
Estaba por llegar cuando escuché a Emilio
hablando con el señor West.
—Y es por eso que necesitas relajarte.
—¿Una fiesta? ¿Cómo una puta fiesta me va a
relajar o a solucionar mis problemas? —le
preguntó el señor West y el tono que usó me dio
escalofrío.
—Allí no debes pensar, solo bebes un par de
tragos y fluyes. —Me asomé un poco para ver—.
Además, los caminos de Dios son misteriosos.
Emilio le dio una palmada en el hombro al señor
West y caminó a la salida.
»Señorita Carter.
Asentí y entré a la oficina.
El señor West se giró y clavó su mirada en mí,
sacudí mi cabeza y bajé la vista.
—Termine aquí y se retira.
—¿No haré el almuerzo? —indagué atenta a su
respuesta.
—No, ya no es necesario. —El señor West no
añadió nada más, solo se marchó.
Me acerqué a la puerta y lo vi en el pasillo, le
comentó algo a Emilio en voz baja y siguió
avanzando.
Me encogí de hombros, me hubiera gustado
saber qué le dijo, pero debía apresurarme. Pensé
que llegaría tarde al hotel, pero tal vez pueda
llegar a tiempo.
Episodio 4: Doncella.
Lizzie.
Terminé de limpiar la oficina y me apresuré a ver
la hora.
Sonreí viendo que sí llegaría a tiempo para mi otro
empleo. Comencé a recoger las cosas con calma,
pensando: ¿Por qué el señor West no quiso que
cocinara el almuerzo? Tampoco esperaba una
explicación de su parte, pero creí que, lo volvería
a ver y no fue así.
Quizás, antes de irme venga a despedirse.
¿A cuenta de qué? Solo soy una empleada
endeudada hasta los dientes y él… Una persona
que aparentemente tiene mucho dinero. Seguro
también novia o esposa.
Tomé mi maleta y salí del despacho, cerré la
puerta según lo indicado y bajé las escaleras.
—Señorita, Carter. —Emilio se acercó al pie de la
escalera—. Dominic ha quedado conforme con su
servicio.
«Dominic», repetí en mi cabeza. Me gustaba el
nombre, casi tanto como el portador del mismo.
Aunque, fuera algo altanero, gruñón y arrogante;
claro que, no esperaba que semejante potro fuera
amable o servicial.
—Hubiese sido bueno escucharlo de su boca.
—No creo que, eso llegue a pasar nunca. Él es un
hombre complicado, además, la vida le ha
enseñado a ser desconfiado. —Emilio sonrió—.
Sin embargo, en tu cuenta verás una generosa
propina de su parte.
—Entonces, me alegra que sea reservado con sus
palabras y no con su dinero —manifesté
sonriendo—. Debo irme o llegaré tarde.
—¿A dónde debes ir? —indagó el señor West
haciendo acto de presencia.
—A mi segundo empleo.
—¿Tienes dos trabajos?
—No, tengo 3. —Le guiñé un ojo y seguí mi
camino.
La puerta una vez más se abrió ante mí y salí
esperando ver el taxi que había pedido, pues,
dudo que por aquí pase transporte público.
Avancé por el caminito de salida que daba al
portón, cuando una mano me tomó con fuerza del
brazo y detuvo mi andar.
Fue tan imprevisto, que la maleta cayó al suelo.
—¿Qué le pasa? —le pregunté al señor West.
—¿Para qué tener tantos empleos?
—Ah, es eso. —Me solté o traté de soltarme de su
agarre, pero él solo me sujetó con más fuerza—.
Me hace daño.
—Responde.
—Porque tengo el fetiche de comer, dormir y
pagar deudas. —Su mano se aflojó y me alejé de
él y tomé mi equipaje.
—¿Por qué 3?
Suspiré y me di la vuelta para verlo de nuevo.
—No todos tenemos el privilegio de nacer en cuna
de oro. —Me giré y continué con mi camino.
—No es mi culpa tener estos privilegios. —El señor
West se colocó a mi lado y avanzó conmigo.
—No lo culpo, ni siquiera lo estoy juzgando.
—¿Entonces? —cuestionó West deteniéndose
frente a mí con los brazos cruzados.
—Solo es una realidad y ya. —Llevé la mano a mi
cabello y desaté la cola, masajeé mi cuero
cabelludo y le pregunté—. ¿Por qué hace tantas
preguntas?
—Me gusta entender los pensamientos de las
personas. —Alcé una ceja sin creerle una
palabra—. Pronto, tomaré un empleo donde debo
saber los problemas de la mayoría para ofrecerles
una solución.
—Su trabajo de investigación está mal enfocado,
no es a mí a quien debe hacerle preguntas, sino a
esas personas que se verán afectadas con su
ascenso.
—Tienes razón, pero no sé cómo llegarle a esas
personas. —West avanzó un paso hacia mí—.
¿Qué haría usted?
Sonreí.
—¿Quiere que le dé una solución a sus
problemas? —Solté una pequeña risa, pero al ver
lo serio que él estaba me calmé y dije—.
Conocería sus necesidades desde dentro. Por
ejemplo: Si da un paseo por donde vivo se dará
cuenta de que la mala iluminación en las calles
hace que los crímenes aumenten. Eso se lo
pueden decir en un informe, pero caminar por allí
a oscuras, le hace entender el terror que sienten
los transeúntes, cada noche de su vida cuando
regresan a casa después de trabajar duro. —West
me observó fijamente y bajé la mirada—. Mi taxi
llegó, debo irme.
West no se despidió, solo se hizo a un lado.
«¿Qué le costaba dar gracias?», refunfuñé en mi
cabeza.
Subí al taxi y le di la dirección de Angus, debía
dejar la maleta en recepción y correr a mi
segundo empleo.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Bajé del bus en la parada de mi casa.
Sorbí por mi nariz y limpié la lágrima que se había
escapado de mis ojos.
No tenía idea de que hoy harían un recorte de
personal y me informarían después de terminar
mi turno que ese sería mi último día de trabajo.
Quería no sentirme preocupada, pero perder un
trabajo en mis condiciones no era positivo.
Comencé a subir la calle para llegar a mi
departamento.
Abracé el bolso donde estaban mis cosas y
caminé apretando el paso. De repente, me detuve
al ver a un par de chicas caminando y riendo.
Fue cuando me di cuenta de que la calle estaba
iluminada, aflojé mi bolso y sonreí. Tal vez las
muchas quejas de los vecinos habían rendido
frutos o un gruñón sexy y misterioso había metido
su mano para ayudar a la comunidad.
Entré a mi edificio y las luces de allí también
funcionaban correctamente.
Era un completo alivio que no fuera a verlo jamás,
sobre todo, después de ver dónde vivía.
Metí la llave en la puerta y giré el pomo.
Entré y suspiré derrotada.
Caminé hasta el mueble y me dejé caer allí. Pasé
las manos por mi cabello, intentaba
desesperadamente, dar con una forma de pagar
la clínica donde estaba Remi, era lo más cercano
a un padre que había tenido y si no pagaba, lo
echarían a la calle.
Lo que, por mucho; era peor.
—¿Por qué lloras? —preguntó Yordi sentándose a
mi lado.
No respondí, estaba tan molesta con él.
»¿Tienes el periodo?
—Cállate.
—Sip, es el periodo.
—No, imbécil, no es el puto periodo, me acaban de
echar de uno de mis empleos.
—¿Y eso qué?
—Claro, para ti es fácil solo sales cada noche y te
emborrachas, no debes preocuparte por comer o
pagar nada, ¡porque eres un maldito vago! —
estallé.
—Por favor, te estresas porque quieres, ese
hombre no es nada mío. ¿Por qué debo
preocuparme por él?
—Largo.
—Bien, me iré. —Mi hermano se puso de pie.
—No, no has entendido, vete de la casa.
—No puedes…
—¡Sí, si puedo! ¿Sabes por qué? Porque pago la
renta.
—Xia también aporta.
—Exacto, ella se puede quedar, pero como no das
nada, vete. —Me puse de pie y lo empujé por el
pecho—. Vete con tus amigotes, esos que solo te
dan alcohol y drogas…
—No sabes lo que dices. —Yordi me empujó,
claramente, él era más fuerte, así que, caí al
mueble.
—Estoy segura de que cualquiera de ellos te
recibirá en su casa —seguí discutiendo con
Yordi—. Que se preocuparán por ti, como ese
hombre que está en la clínica lo hizo.
—¡Por su culpa, mamá murió! —gritó mi hermano
y me quedé en silencio.
—Sabes que, eso no es verdad —murmuré.
—¿Qué pasa? —Xia entró a la casa, dejó sus llaves
en la mesa y nos miró esperando una respuesta.
—Yordi debe elegir entre seguir siendo un vago o
empezar a aportar a los gastos —dije viendo a mi
hermano.
Él sabía que, ese tema me generaba culpa y
resentimiento, pero decidió sacarlo.
—Ok, nadie se irá a ningún lado —determinó Xia.
—Me echaron del hotel —le dije solo para que
tomara en cuenta de que todo se iba a poner más
duro.
Mi hermana suspiró y se dejó caer al mueble.
—Sabes que para él, Remi era muy importante y
no sabe como lidiar con todo esto —murmuró mi
hermana cansada.
—Sí, pero no entiende o no quiere ver todo lo que
estamos sacrificando.
—Hola, ¿saben que las oigo? —Yordi se agachó
entre nosotras.
—¿Sabías que, trabajo en un strip club? —le
pregunté molesta.
—No. ¿Desde cuándo? —indagó mordaz.
—Desde hace un mes —le respondió Xia.
—¿Lo sabías y solo dejaste a nuestra hermanita
bailar para borrachos?
—Eso pagó la renta de este piso —expresó Xia en
ese tono que no permitía preguntas o críticas—.
Todas estamos haciendo lo que podemos.
Yordi se sentó en el suelo.
—Lo siento, he sido muy egoísta y ustedes… —La
voz de mi hermano se quebró—. No quiero ser un
adulto.
—Pero, nos toca —le recordé—. Incluso si no
tuviéramos que pagar la clínica de Remi,
tendríamos que pagar piso, comprar comida y
productos de higiene.
—Ropa, uni, etcétera —terminó Xia.
—Entiendo, voy a buscar un empleo —manifestó
Yordi y sentí un poco de alivio.
—Bien, aclarado ese tema, salgamos a celebrar
que somos adultos —propuso Xia poniéndose de
pie.
—¡Esa es mi hermana! —exclamó Yordi—. Aunque,
no tengo dinero ni para una cerveza.
Sonreí.
—Tampoco tengo dinero, pero sé dónde habrá
una fiesta y seguro no se darán cuenta de que nos
colamos —comenté levantándome del sofá.
—Eso es maravilloso —celebró Xia—. Iré a
cambiarme de ropa.
—Yo me daré un baño —declaré camino a mi
habitación.
Era una completa locura, pero confiaba en que
Emilio hubiera invitado a muchas personas que
hicieran irritar al papacito de Dominic, haciendo
que él se fuera a su habitación en busca de
soledad y silencio.
De todos modos, me pondría mi máscara de
conejita.
Episodio 5: Princesa incógnita.
Lizzie.
Una hora y media después, estábamos bajando
del taxi frente a la casa del papacito Dominic.
—¡Genial, hay un portón! —refunfuñó Yordi de
mala gana.
—Calma, solo camina —le dije acomodándome la
falda.
Había elegido ponerme un body blanco, la parte
de adelante era normal, la magia sucedía atrás,
pues, solo un par de tiras eran todo lo que tenía,
lo acompañé con una falda corta y ajustada de
cuero negra. Ya que, eso iba acorde con mi
máscara de conejita y por supuesto, unas botas
de tacón fino hasta las rodillas.
Xia había elegido un corto vestido, este se ceñía
a su cuerpo, excepto por la falda, esta era más
holgada y con un par de aberturas a cada lado de
la cadera.
Yordi… Él, bueno, él es hombre y con suerte se
bañó.
Avanzamos y cuando estuvimos cerca de la reja,
esta solo se abrió suavemente.
Sabía que, cuando el dueño de la casa le daba
acceso temporal a un empleado, ese pase duraba
24 horas. Si este no había sido el caso, quizás, al
esperar invitados, las puertas tendrían un sensor
de movimiento y solo se abrirían.
Después de todo, los ricos no temen a que un
delincuente entre a su casa. Para eso viven en
zonas exclusivas.
A medida que nos acercamos a la casa, fuimos
escuchando la música y fue un completo alivio
comprobar que era una fiesta normal.
Entramos a la casa y enseguida una chica nos
ofreció un vaso con alcohol.
—Sean bienvenidos.
Pasé la mirada por el lugar y sonreí. Había tantas
personas que, seguro, el señor amargado estaba
en su habitación tomando pastillas para caer en
un sueño profundo.
—Ese es Emilio. —Le señalé a mis hermanos.
—Vale, nos mantendremos alejados de él —
aseguró Xia.
—Bueno, ya estamos aquí, así que a beber —
expresó Yordi y fue directo a la barra improvisada
de licores.
—Para él es divertido, el 70% de los invitados son
chicas —se quejó Xia tomando el contenido de su
vaso de un solo trago.
—Sí, aunque, yo solo vine a beberme hasta el agua
de los floreros —le recordé a mi hermana.
—Pues, sí.
Tomé una botella y me fui al medio de la sala
donde las personas bailaban.
Meneé mis caderas al ritmo de la música,
mientras me aseguraba de darle largos tragos a
la botella.
Jamás en toda mi vida había ligado bebidas, pero
después de trabajar en el strip club, había
aprendido que, no importaba hacerlo, siempre y
cuando tuviera el control.
Pero, esta noche no quería el control, de hecho,
buscaba el efecto opuesto.
Mi hermana se acercó con un par de botellas y
bailamos.
Deseaba beber hasta olvidar que mi madre había
muerto por mi culpa, que Remi, estaba en una
clínica con Alzaimer y que había perdido un
empleo.
Quería olvidar que deseaba enamorarme
perdidamente de otra persona y vivir un romance
normal, pero que, en mis condiciones, eso era
imposible, nunca había sido normal y nunca lo
sería.
Supongo que, debía conformarme con ser tía.
Yordi con lo irresponsable que era, seguro, dejaría
a alguna mujer embarazada.
Sonreí viendo a mi hermana.
Ella seguro tenía una relación o le gustaba alguien
de su trabajo, pues, hace unas semanas comenzó
a ponerle más empeño a su forma de vestir,
peinarse y maquillarse para ir al trabajo.
Xia era secretaria en una clínica, había aprendido
algunas cosas y luego tomó un curso de
enfermería, eso era lo que más dinero le dejaba,
cubrir las guardias de otras colegas. Sobre todo,
las nocturnas.
Levanté mi botella de vodka y me di cuenta de que
no le quedaba nada.
Estaba comenzando a sentirme mareada, estiré
la mano y le quité una de las botellas a mi
hermana, alcé la cara y le di un largo trago.
Sentí el ardor del licor, quemar mi garganta y me
tambaleé percatándome de que la botella que
ahora tenía en mis manos era de tequila.
No existe mejor manera de emborracharse que
con tequila.
—Iré por sal y limón —le dije a mi hermana
arrastrando las palabras.
—No tardes.
Me moví entre las mujeres que bailaban, mi
intención era llegar a la cocina, en lugar de ello,
terminé del otro lado de la estancia.
Me topé de lleno con la mirada fría de Dominic y
sonreí.
Estaba sentado en el sofá con expresión de
fastidio.
Le di un largo, largo trago a mi botella y la dejé en
el suelo. Estaba en máscara, seguro no me
reconocería, ese hombre necesitaba una razón
para sonreír y da la casualidad que había
aprendido un par de bailes en el strip club.
Pasé las manos por mi cabello y me aseguré de
tener las orejitas de conejito en donde debía.
Caminé hasta él de manera sensual.
Su mirada no se despegó de mí ni un solo
segundo, lo que me excitaba a niveles
escandalosos.
Mis rodillas chocaron con algo y me di cuenta de
que entre él y yo había una mesa.
Mordí mi labio y subí a gatas a ella.
Ronroneé como una gatita y llegué a él.
—¿Qué haces aquí? —indagó con ese tono tan
varonil que tenía.
—M-me han enviado a darte un regalo. —Me senté
en la mesa y abrí las piernas frente a él.
Me deleité cuando su mirada se cargó de deseo.
Cerré las piernas y comencé a bailar sobre la
mesa. Dejé mi espalda caer lentamente hacia
atrás, subí mis pechos y los dejé caer.
Acariciaba mis piernas con mis manos dándole
una experiencia sensual.
De pronto, Dominic se acomodó entre mis
piernas, colocó cada mano al lado de mi cabeza y
me clavó su mirada.
Sentí el peso de su cuerpo, cubrir el mío y temblé
de anhelo.
—¿Cómo te llamas?
—Me llamaré como tú quieras. —Solté una risita
divertida. Estaba convencida de que no me
reconocería con este disfraz.
—Elizabeth.
—¿Qué? —La sonrisa se me borró del rostro.
—Es un hermoso nombre, digno de una reina.
Solté una risita.
—Sí, aunque, no imagino una reina sin dinero,
títulos o joyas.
Una de las manos de Dominic bajó por mi cuerpo,
llegó a mis piernas y subió por el interior de mi
falda.
Mi respiración se aceleró cuando sus dedos
llegaron a esa zona de mi cuerpo que me ardía.
Sujeté el cuello de su camisa y esperé su
contacto.
Estaba temblando de expectación, pero Dominic,
solo me miraba fijamente, como si torturarme, era
parte de un plan macabro de su parte.
De repente, esbozó una sonrisa, acercó su cara a
la mía y susurró:
—Eso tiene arreglo. —Sus labios rozaron los míos
y casi gemí ante nuestro contacto.
Episodio 6: De cenicienta a
reina.
Lizzie.
Desperté con la horrible claridad que entraba a la
habitación.
«¿Claridad?»
Me senté en la cama y con pavor descubrí que no
estaba en mi cuarto.
Las sienes me latían con tanta fuerza que no era
capaz de pensar con precisión. Cerré mis ojos y
levanté la manta que cubría mi cuerpo, abrí un
poco y comprobé que estaba, completamente,
desnuda.
Pasé las manos por mi cara y sentí un pesado
anillo en mi dedo anular.
—No, no, no, no, no. —Me fui a levantar de la cama,
pero una de las puertas de la habitación se abrió
y el hombre que era un completo desconocido,
hasta ayer, entró con una toalla alrededor de su
cadera y con otra secaba su cabello.
Su torso estaba mojado y algunas gotas
resbalaban por su cuerpo, otras solo estaban
atrapadas en el vello de su pecho. Sus brazos se
flexionaban a la par que debajo de su toalla, un
poderoso bulto se movía con cada paso que
daba.
Tragué saliva, realmente, no me molestaba haber
pasado la noche con ese potro.
—Buenos días, esposa mía. —Dominic se acercó
a mí y depositó un beso en mi frente—. Empaca,
viajaremos a Inglaterra.
El corazón se detuvo en mi pecho y tuve que
golpearlo para que volviera a andar.
—¿Esposa? —indagué, asustada, nerviosa, casi a
punto de un colapso.
—¿No lo recuerdas? —Negué con la cabeza
enérgicamente. Dominic se sentó en la cama y
me regaló una sonrisa—. Bueno, digamos que
anoche, eras solo tú y ahora eres la reina de
Inglaterra.
Solté una carcajada.
—Claro, debí suponer que todo era una broma. —
Me levanté de la cama asegurándome de tapar mi
desnudez con la manta. Retuve el aliento cuando
un dolor peculiar me impidió caminar
correctamente—. Casi, casi me lo creo. Vaya, no
vuelto a beber así.
—Elizabeth, no estoy bromeando —alegó Dominic
poniéndose de pie.
—Debe serlo, porque no recuerdo haber accedido
a casarme contigo. —Miré la habitación buscando
mi ropa.
—Tengo 10 testigos y un video donde salimos
casándonos de lo más enamorados.
—¡Deja el maldito juego! —chillé molesta y fui
incapaz de moverme de donde estaba.
Dominic encendió la televisión y un video de
nosotros casándonos comenzó a reproducirse.
—¡Sí, sí acepto casarme con este macho poderoso!
—gritaba en el video. Me tapé la cara sintiendo la
vergüenza cubrir mi rostro.
—No miento, tú eres mi esposa.
—¿Por qué me has hecho esto? —Quité las manos
de mi cara y lo fulminé con la mirada—. ¿Acaso
eres de los tipos que cree que por follar con una
mujer ya deben casarse? No, no, no, claramente,
no tienes pinta de eso.
Dominic dio un paso hacia mí, pero retrocedí dos
apretando los dientes por lo sensible que estaba
mi entrepierna.
—Anoche cuando bailaban sobre la mesa no
parecía molestarte estar conmigo.
—No me jodas, quería pasar una excitante noche.
—Expulsé todo el aire de mis pulmones—. Quería
que la consecuencia más grave, fuera no poder
caminar por un par de horas. ¡¿Pero, casarme?!
No, eso no estaba en mis planes.
—En los míos sí —mencionó resuelto.
—¿Cómo es posible que nos hayamos casado tan
rápido? ¿Qué, no se necesitan permisos y
licencias para hacerlo? —cuestioné con la
esperanza de que todo fuera una mentira.
—Con dinero, todo se puede.
—Quiero anular el matrimonio —exigí.
—No se puede, ya lo consumamos.
—¿Qué? —Apreté las mantas a mi cuerpo—.
¿Cómo puedo creerte?
—Cariño, de eso… —Dominic se acercó, pero al
retroceder mi espalda chocó con la pared—.
También tengo video.
—Desgraciado. —Levanté la mano y lo abofeteé—
. No me digas cariño y… ¡Quiero el divorcio!
—¿Sabes cuánto cuesta divorciarse?
—No, pero tú tienes dinero.
—Sí, pero no me quiero divorciar.
Bufé, desesperada.
—Sé que no me amas, sé que no te agrado y sé
que ocultas algo.
—Es verdad, no es del todo cierto, en definitiva,
tienes razón.
—No eran preguntas —le aclaré—. Vale, no tengo
dinero para divorciarme, lo que significa que,
estoy metida en esto, pero, al menos, merezco
saber la verdad. ¡Me lo debes!
—De acuerdo, soy el legítimo heredero del trono
de Inglaterra, pero mi madrastra ve mi ascenso al
trono, como una ofensa para su hijo, ha
convencido a mi padre que el heredero al reino
debe ser el hijo con más estabilidad familiar. —
Dominic se sentó en la cama y me pareció que
había bajado un poco sus defensas—. He pasado
2 años en una misión militar que me encomendó
mi padre, así que, no tengo ninguna relación
estable…
—Entonces decidiste casarte por la primera tonta
que cruzó tu camino —concluí con rabia.
—No fuiste la primera tonta —aclaró él y deseé
asfixiarlo con mis manos—. Ve esto como un
trabajo. —Dominic se puso de pie, buscó algo en
una de las gavetas de su habitación y me tendió
una carpeta—. Porque, eso es exactamente, lo
que es. Un empleo temporal.
—Todo está mal, no puedes contratar a una
persona sin su permiso para un trabajo que no
desea.
—Elizabeth, eres una mujer hermosa y segura de
sí misma. No te escogí al azar.
—¿Cómo sabías que iba a venir anoche a tu casa?
—No lo sabía, fue una grata casualidad. —Dominic
guardó silencio por un segundo antes de
concluir—. Todo saldrá bien.
Empecé a leer el documento, me parecía muy
desesperado o raro de su parte no hacer un
acuerdo prenupcial, todo el mundo sabe que los
ricos aman proteger su dinero.
Negué con la cabeza alegando:
—Por favor, es claro que, no somos compatibles.
—Lo somos. —Alcé la mirada de los papeles—. Tú
eres buena actriz y yo tengo mucho dinero.
—¿Dinero? —repetí viéndolo fijamente.
—Sí, te pagaré muy bien para que, finjas amarme.
Quizás si le decía todo lo que iba a costarle ser mi
esposo, él se arrepintiera de sus acciones.
—Bien, te costará mucho, tengo años siendo
pobre y estoy cansada de serlo.
—Ya no lo eres.
—Me compraré un McLaren, porque estoy harta
de andar en bus. No, mejor me compraré un
Ferrari.
—La escudería completa si quieres.
«Mierda»
—Magnífico, también quiero tener dinero en mi
cuenta —manifesté arrogante.
—Después de la boda, te hice una pequeña
transferencia. —Dominic tomó mi teléfono de la
mesa de noche y me lo dio.
Lo tomé y revisé mi cuenta.
Me dio un ataque de tos, jamás había tenido
tantos ceros positivos en ella.
—Vale, no soy una prostituta, así que, esto… —
Señalé nuestros cuerpos—. No volverá a pasar.
—No tenía pensado follarte de nuevo.
«Espera. ¿Por qué?», protestó mi cabeza.
»Al menos, que así lo desees. —Dominic me
acorraló en la pared—. Es una pena que, no
recuerdes nada de lo que te hice anoche.
Sí, estaba de acuerdo con eso, era una pena.
—Tranquilo, si me da curiosidad… —Acerqué mis
labios a los suyos—. Puedo ver el video.
—Puedes, pero el dolor que sientes en tu divino
coño, no es por ver videos, es porque ahora eres
la mujer de Dominic West. —Su mano encontró
una abertura en la manta y fue a uno de mis
pechos, mientras su pene erecto presionaba en
mi vientre—. Me pongo duro, solo de recordar
cómo gemías. Mi boca se hace agua de
imaginarte abierta de piernas para que te coma el
coño.
Sus dedos presionaron mi pezón y todo mi ser se
tambaleó de excitación.
Mordí mi labio evitando que un gemido saliera de
mi boca.
De pronto, su mano dejó mi pecho y fue a mi
vagina.
Reuní la poca fuerza que tenía y dije:
—Para. —Todos sus movimientos se detuvieron.
Cerré los ojos y me tomé un par de segundos para
aclarar mi mente, lo que había hecho borracha no
debía contar para nada, pero ya estaba aquí y
debía seguir adelante.
Abrí los ojos:
»Ahora, solo nos une un contrato.
—Vale, pero si deseas masturbarte, avísame,
quiero verlo todo en primera fila. —Su cuerpo se
alejó del mío.
Me quedé allí, tratando de calmar mi corazón y mi
ardiente sexo, deseaba sentirlo dentro, pero no
así, no bajo sus malditas condiciones.
¿Qué tan difícil es fingir amar a una persona?
Episodio 7: Pequeño heredero.
Lizzie.
Me senté en la cama, todavía procesando toda la
información.
Aparentemente, ayer salí con mis hermanos a
beber, por no tener dinero se me ocurrió venir a la
casa del macho misterioso, y de alguna forma
terminé casada con el futuro rey de Inglaterra.
Esto no pasaba ni en los libros que leía.
Mi teléfono comenzó a sonar y suspiré leyendo el
remitente, genial. Mi jefe… ¿O debo decir ex jefe?
Bueno, Angus me estaba llamando, seguro tenía
alguna casa que limpiar.
Atendí la llamada, justo cuando Dominic salía del
armario.
Iba vestido y me quedé sin aliento.
Llevaba un traje tan oscuro como su alma,
completamente liso, sin líneas o alguna textura,
su camisa era de un tono azulado, muy parecido
a sus ojos. Era elegante, imponente y sí,
jodidamente guapo.
—¿Lizzie me escuchas? —La voz de Angus me
devolvió al presente.
—Lo siento, no puedo hablar ahora. —Colgué la
llamada.
—¿Haces eso muy seguido? —indagó Dominic
acercándose a la cómoda.
—No sé de qué me hablas. —Me levanté de la
cama y caminé a la puerta que creí era el baño. De
pronto, una pregunta llegó a mi cabeza. Me
detuve y miré a Dominic que se terminaba de
poner un reloj—. ¿Al menos, usaste protección?
West se dio la vuelta y me atravesó con su
mirada.
—¿Para qué? Se espera que, la esposa del rey le
dé herederos.
—Eso no pasará —aseguré rompiendo el efímero
contacto visual.
—¿Por qué no? Muchas mujeres quedan
embarazadas con menos de lo que te hice
anoche.
Mis mejillas ardieron, pero no respondí nada, solo
entré al baño.
Cerré la puerta y mis manos temblaron con
fuerza.
No creo que, él busque tener un hijo con una
mujer que es pasajera en su vida. Sin embargo,
me había dicho que, su padre le heredaría el trono
al hijo que tuviera una familia formada.
¿Era así o me lo inventé?
Dejé caer las mantas al suelo y entré a la ducha.
Abrí la llave y el agua tibia cayó sobre mi cuerpo.
—Ahhh —suspiré, era lo más reconfortante que
me había sucedido hasta ahora.
Me metí por completo y disfruté el líquido.
Como no tenía nada aquí, usé el shampo y el
acondicionador de su majestad.
Tomé una toalla del armario y salí con energía
renovada.
Me quedé petrificada al ver, que la cama estaba
tendida, la ropa con la que vine a la fiesta no
estaba, en su lugar estaba un hermoso vestido
sobre la cama con zapatos a juego.
Me acerqué a la cama, pero en eso, mi teléfono
comenzó a sonar de nuevo, esta vez, era mi
hermana.
Me preparé para su regaño y atendí.
—Estoy bien —dije a modo de saludo.
—No por mucho tiempo —gruñó Xia y podía notar
la preocupación en su voz—. Estábamos en la
fiesta y de pronto, ese tal Emilio nos sacó a todos
de la casa, no te encontraba y supuse que te
regresaste por tu cuenta, pero al llegar aquí, no
estabas y no llegaste en toda la jodida noche. ¡¿Por
qué no avisaste que no venías?! Estuve tan
preocupada que casi me muero…
La línea se quedó en silencio y la escuché sorber
por la nariz.
Me rompió el corazón saber que, había estado
llorando.
Podía entender cómo se sentía, en la vida que nos
había tocado nos habíamos vuelto propensos a
suponer lo peor y esperar solo fatalidades.
Era raro cuando algo salía bien e incluso cuando
pasaba, se sentía extraño.
Y sabía, mejor dicho, tenía muy presente que
después de la muerte de mi madre y la
enfermedad de Remi, solo nos teníamos a
nosotros tres.
—Estoy bien, viva y con un excelente empleo —
hablé pausado para que entendiera lo que iba a
decirle.
Me quedé en silencio dándome cuenta de que, no
tenía qué decirle.
Odiaba decirle mentiras a mi hermana, así que,
diría verdades a medias a ver qué tan lejos llegaba
así.
»Anoche me fui antes, porque me hicieron una
oferta de trabajo
—¿Qué oferta?
—Una muy buena, incluso me dieron un adelanto.
—¿Adelanto de dinero?
—Sí, ahora podemos pagar la deuda de la clínica,
arreglar la filtración del depa y comprar comida.
—No lo sé, suena muy bueno para ser real.
—Lo sé, pero es un trabajo legal y sencillo de
realizar, aunque… —Tomé algo de aire antes de
revelar la última parte—: estaré fuera de casa un
tiempo.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Dónde y con quién estarás?
—Hermana, respira. No puedo decirte mucho. —
«Porque todavía ni yo entiendo del todo»—. Pero,
podemos pagar tu colegio y podrás ser
licenciada.
—No, Elizabeth, no me vas a convencer con regalos
y promesas. ¿En qué te metiste?
«Lo mismo quiero saber», pensé frustrada.
—Puedes relajarte. ¿Cuándo he hecho las cosas
mal?
—Conseguiste trabajo en un strip club —me
recordó con crueldad.
—Bueno, no fue mi mejor momento, pero esto es
diferente. Lo juro. —Una lágrima rodó por mi
mejilla, a pesar de todo, iba a extrañar a mis
hermanos—. No seas blanda con Yordi, que se
ponga las pilas.
—Prométeme que me llamarás —sollozó mi
hermana.
—Lo prometo, pero deberás estar pendiente de
Remi, cualquier cosa me avisas. —La puerta se
abrió y Dominic entró—. Debo colgar.
—Lizzie, por favor, cuídate.
Me di la vuelta y susurré:
—Te quiero. —Colgué la llamada y me tomé un par
de segundos para recuperar la compostura.
—¿Vas a seguir colgando las llamadas, apenas
me veas? —indagó Dominic.
Me giré y me topé con su pecho.
—Te pondré un cascabel —dije retrocediendo un
paso.
—No respondiste.
—Sí, lo seguiré haciendo.
Dominic me tomó de los hombros y me observó
fijamente. Quise sostenerle la mirada, pero, no
pude.
—¿Acaso no confías en tu esposo? —preguntó en
voz baja.
Levanté la cara e inquirí con descaro:
—¿Se le ofrece algo, señor West?
—Sí. —Pegó su cuerpo al mío.
Tragué saliva y mi estúpido corazón se alteró
dentro de mi pecho.
Dominic se inclinó y sus labios quedaron cerca de
los míos, abrí un poco la boca, esperando que me
besara.
»Vístete, que debemos irnos.
Expulsé todo el aire de mis pulmones.
No estaba segura de cómo me sentía: ¿frustrada
por no revivir deliciosos recuerdos o aliviada por
no caer en la tentación?
—Justo, era lo que iba a hacer, antes de que el
señor decidiera entrar a la habitación.
—Mientes, cuando entré estabas hablando por
teléfono… —Dominic alzó la mano y acunó mi
cara—. ¿Con quién estabas hablando?
—¿Te vas? —Aparté su mano con un golpe.
—¿Para qué? —Dominic sonrió.
—Para vestirme —mencioné señalando mi cuerpo
en toalla.
—Mi reina, su cuerpo desnudo es lo único que
ocupa mi mente.
Me alejé de él y fui a la cama donde estaba el
vestido y… Tomé la prenda, pero solo estaba el
vestido y los zapatos.
—¿Y la ropa interior? —indagué cruzándome de
brazos.
—No la vamos a necesitar —sentenció Dominic
pasando la mirada por mi cuerpo.
Madre mía, este hombre no tiene filtro, a este
paso terminaré saltándole encima.
Episodio 8: Princesa.
Lizzie.
Me quedé viendo a Dominic, pero él no parecía ser
una persona que daba su brazo a torcer.
—De acuerdo, señor West. —Tomé una bocanada
de aire—. Usted gana.
—Siempre lo hago —mencionó con descaro. Me
tomó de la cadera y me pegó a su cuerpo—. Lo
quieres lento y aburrido, o salvaje y…
Puse la mano en su pecho y lo separé de mí.
—Me refería a que, si usted no se va, lo haré yo. —
Agarré el vestido de la cama y entré al baño.
Cerré la puerta y expulsé todo el aire de mis
pulmones.
Mis manos temblaban y cada vez más me
preocupaba no saber dónde me había metido por
andar de borracha.
Me coloqué el vestido.
Era una prenda sencilla, aunque, se veía que era
de la mejor calidad.
Era blanco, con unas delicadas líneas doradas
que parecían bordadas sobre la tela. Era manga
corta, su cuello era en forma redonda y la falda
terminaba por debajo de las rodillas.
Siendo completamente, sincera.
Me sentía una mujer de la alta sociedad, no una
princesa.
La parte de arriba era algo ajustada, pero de la
cadera para abajo, la falda se tornaba suelta y sin
ropa interior, hacía sentir bastante frío.
Mi cabello, entendiendo que no necesitaba otro
problema con el que lidiar, se portaba bien, así
que, solo lo dejé caer sobre mis hombros.
No podía hacer nada con las ojeras o mis ojos.
Abrí la puerta del baño y vi una pequeña bolsa al
pie de esta.
Me agaché y la tomé.
Dentro había una braguita y una nota.
“No te acostumbres a ella, igual te las quitaré. W”.
Sonreí y me puse el calzón.
Suspiré aliviada, no era mucho, pero era mejor
que enfrentar un viaje sin nada, y con un Rey
lujurioso que adoraba ponerme en situaciones
complicadas.
Pasé la mirada por la habitación, pero al no tener
un equipaje, lo único que debía hacer era,
ponerme los zapatos, tomar mi teléfono y mi
cartera. La cual no vi en el dormitorio.
Salí al pasillo y me quedé de pie en la entrada,
pues, no recordaba a dónde debía ir.
Me encogí de hombros y fui a la derecha.
Encontré casi de inmediato la escalera, lo cual no
era suerte, sino orientación divina que viene con
el trabajo de limpieza de casas.
Tomé el pasamanos y comencé a descender con
calma.
Llegué a la sala y me quedé petrificada viendo el
suelo cubierto de pétalos de rosas, en el medio
estaba una mesa redonda con solo dos lugares.
Velas, champaña y todas las tonterías que se
ponen en una cena romántica.
Negué con la cabeza, esto parecía una escena
sacada de una película.
—¿Te gusta? —indagó Dominic saliendo de la
cocina y acercándose a mí.
—¿Qué es todo esto?
—Quiero hacer un par de fotos —comenzó a decir
Dominic.
—De tu pedida de mano —terminó Emilio
uniéndose a nosotros con una cámara en la
mano.
—Es un poco tarde para eso. ¿No cree? —
cuestioné cruzándome de brazos.
—Lo mismo le dije, pero él no escucha a nadie —
se quejó Emilio.
—Solo serán un par de fotos. —Dominic tomó mi
mano y me quitó el anillo.
—Yo creo que, es solo una excusa para tener una
cita conmigo —bromeé y Emilio se tocó la nariz,
apoyando mi comentario.
Dominic me llevó hasta la silla y me sentó en mi
lugar.
Emilio quitó la tapa de la comida frente a nosotros
y se marchó, supuse que, a la cocina.
—Eso parece algo falso y exagerado —manifesté
poniéndome la servilleta en las piernas.
—Es porque lo es —afirmó Dominic—. Come, no
tenemos tiempo que perder.
—Sí, señor —murmuré.
Tomé un cubierto y moví la comida de un lado a
otro.
—¿No te gusta lo que elegí para ti? —Dominic me
miró y negué con la cabeza—. ¿Eres alérgica a
algo de lo servido?
—No.
—¿Entonces, por qué no comes?
—Creo que, debemos terminar. —Apreté mis
labios en una fina línea, evitando a toda costa
reírme—. No eres tú, soy yo.
La mandíbula de Dominic se tensó y sus ojos me
contemplaban fijamente.
—¿Te diviertes?
—Sí, un poco. —Llevé un bocado de comida a mi
boca y sonreí.
—Espero que tu buen humor siga cuando
lleguemos a Inglaterra —manifestó Dominic
continuando con su plato.
—¿Cuándo nos vamos?
—Después de las fotos.
Asentí y seguí comiendo sin mucho ánimo.
A decir verdad, solo moví los alimentos de un lado
a otro, tenía tantas dudas de todo. ¿Qué pasaría
cuando llegásemos allá?
¿Cómo debía actuar con Dominic?
Por Dios, sabía que, debíamos parecer una pareja
felizmente casada, pero: ¿Qué tanta intimidad o
compenetración debíamos mostrar? ¿Qué se
supone que les diré a las personas cuando
pregunten cómo nos enamoramos?
¿Cuál sería mi papel en el palacio? ¿Dónde
íbamos a vivir?
No sabía, ni conocía los protocolos de la realeza.
En realidad, no sabía nada.
Ni siquiera, el segundo nombre de Dominic.
Eso me ponía nerviosa, tensa y me quitaba las
ganas de todo.
Estaba tan metida en mis pensamientos, que me
sorprendió cuando Emilio retiró mi plato.
De pronto…
Dominic se arrodilló ante mí y me mostró un
anillo, sabía que, era para la foto, pero no pude
evitar sentir un vuelco en el corazón.
Se veía tan perfecto, tan seguro de sí mismo,
además, el traje le quedaba espectacular.
—¿Te casas conmigo? —preguntó Dom y su
amigo tomó la foto.
—No —respondí y me puse de pie.
—Lástima, ya no tienes opción —alegó Dominic,
se irguió y me tomó de la cintura.
Pegó mi cuerpo al suyo y me observó con tal
intensidad, que me quedé sin palabras.
Mi corazón latía con tanta fuerza que temí que
Dominic sintiera el golpeteo de mis latidos en su
pecho. Bajé la mirada cuando sentí mis mejillas
sonrojarse.
Por favor, habría que ser un robot para no sentir
nada en este momento, por muy falso que fuese.
Su mano libre la llevó a mi rostro y su pulgar
acarició mi labio inferior.
Dejé a un lado mi complejo y alcé la mirada.
Dominic me admiró y acercó sus labios a los
míos.
Cerré los ojos y me permití ceder a la tentación y
entregarme a este efímero momento.
Abrí mi boca y dejé que la lengua de Dominic me
invadiera por completo.
Su mano me apretó más a su cuerpo, mientras las
mías acariciaban la parte trasera de su cabeza.
Al principio, fue un beso dulce, incluso tierno, algo
planificado para una foto y ya, pero ninguno le
puso fin y rápidamente escaló de intensidad.
Mi respiración se volvió irregular, pero no quería
dejar de besarlo.
Estaba perdida en el planeta de la lujuria y de
pronto, Dominic se alejó de mi boca.
Pegó su frente a la mía, estaba tan afectado como
yo, pero de sus labios solo salió una pregunta fría
y carente de sentimientos:
—¿Tienes la foto?
Cerré los ojos, aunque, no lo admitiera en voz alta,
su manera fría de actuar me lastimó.
—La tengo —replicó Emilio.
Sentí cómo el calor de Dominic abandonaba mi
piel y me tomó un par de segundos recuperarme
de tal encuentro.
Estaba completamente jodida si debía besarlo de
nuevo, para probar nuestra relación.
—Necesito pasar por mi casa y buscar ropa —
afirmé caminando a la salida con Dominic y su
asistente.
—No creo que, tu ropa normal esté a la altura de
la corona —comentó Emilio.
—¿Qué vestiré? —Sonreí y agregué con
sarcasmo—. No me digas que, al convertirme en
princesa, desarrollé la habilidad de hablar con
animales, tengo un hada madrina que al agitar su
varita me crear vestidos de la nada.
Dominic se detuvo y se giró:
—Aquí está tu hada madrina. —Sacó de su bolsillo
una tarjeta de crédito, pero no cualquier tarjeta de
crédito, era una American Express Centurión,
que hasta donde sabía, era una de las tarjetas
más exclusivas del mundo—. Cuando lleguemos,
diremos que tu equipaje desapareció y Emilio te
llevará de compras. ¿Feliz?
—Sí, pero tú no lo estarás cuando termine de usar
esta belleza.
Dominic se inclinó sobre mí y susurró en mi oído:
—Tú disfruta las compras, yo disfrutaré arrancar
cada prenda de tu cuerpo.
Episodio 9: Vibrando en la
misma sintonía.
Lizzie.
Me quedé completamente, quieta, con los
pensamientos, el corazón y la entrepierna,
agitados por las palabras de Dominic.
Bendito, la vida no me había dado la oportunidad
de explorar este lado de ser mujer.
Levanté la cara y miré fijamente a Dominic, traté
de no pensar en lo cerca que estaban nuestros
labios o el calor de su aliento.
Siendo, incluso, más osada que él, me levanté un
poco más y le susurré:
—Antes de llegar a Inglaterra, deberíamos marcar
algunos límites.
—¿Todavía no lo entiendes? —indagó él y sus
pupilas cubrieron sus iris—. Elizabeth, tú me
perteneces.
Abrí la boca para decirle sus cuatro verdades,
pero colocó uno de sus dedos sobre mis labios.
»Debemos irnos. —Se dio la vuelta y se marchó.
Miré a Emilio que había sido testigo de la escena
y sonrió.
—Parece que, será un largo viaje —murmuró y
emprendió la marcha.
Pero, antes de que saliera de la casa, le llamé:
—Espera. —Emilio se detuvo y me observó—.
¿Sabes dónde está mi cartera?
—Sí, ya la metí en el vehículo. —Dio un paso y me
miró—. ¿Se le ofrece algo más?
—No tengo mi pasaporte encima…
—No se preocupe por eso, al ser la esposa de
Dominic tienes inmunidad diplomática. —Emilio
me sonrió—. Además, será un vuelo privado.
—Vale, gracias.
El asistente de mi esposo se acercó y tomó mis
manos.
—No tienes nada de que preocuparte, nosotros te
cuidaremos.
Sonreí aparentando calma.
—Gracias —susurré.
—No hay de qué. —Emilio rodeó mi cuerpo con
sus brazos y suspiré sintiendo su calidez.
—Suéltala —gruñó Dominic, me tensé, pero me
separé del cuerpo de Emilio—. Tú más que nadie
sabes que, no puedes tocar a la esposa del
heredero.
—Lo lamento, no volverá a suceder.
—Claro que no pasará de nuevo —sentenció
Dominic, se acercó a mí, tomó mi mano y me sacó
fuera de la casa—. No puedes andar abrazando a
todo el mundo.
—Solo fue un abrazo amistoso —argumenté con
calma.
Dominic me atravesó con su mirada y pegó su
cuerpo al mío. Su mano me tomó de la barbilla y
me obligó a verlo.
—No me interesa qué tipo de abrazo fue, no debes
hacerlo; jamás.
—¿Por? —cuestioné.
—Alguien te puede ver y comprometes nuestro
matrimonio.
—Ah, entonces, si no me ven…
—Puedes hacer lo que desees —terminó Dominic
por mí tensando la mandíbula.
Abrió la puerta de la camioneta de forma algo
violenta y subí a la parte trasera donde estaba mi
cartera.
Quizás, la idea de tener un amante no le agradaba
a mi señor esposo; tal vez, solo me estaba
imaginando la molestia y el rechazo que él
reflejaba ante esa idea, aunque, existía una alta
probabilidad de que no estuviera pasando nada y
yo solo estaba malinterpretando su actitud y él
fuera un gruñón, arrogante todo el tiempo.
—¿Te haces a un lado? —Volteé la cara y vi que
Dominic esperaba por mí para subir a la
camioneta.
—Lo siento, no sabías qué subirías a la parte
trasera conmigo. —Me acomodé en el asiento del
medio y la presencia de Dominic llenó el vehículo.
—No es prudente viajar al frente o lejos de tu
esposa.
Rodeé los ojos con fastidio.
De pronto, Dominic estiró la mano y cerró la
ventanilla que nos separaba de los asientos
delanteros. En ese momento, los cristales de las
ventanas se oscurecieron, dificultando la
posibilidad de ver hacia afuera.
Fue cuando me percaté de que este, no era un
vehículo normal.
¡Claro que no era normal! ¡Dentro viajaba el
príncipe heredero al trono!
Agudicé mi visión, vi a Emilio pasar por mi
ventana, luego escuché la puerta del conductor, lo
que me hizo suponer que, estábamos por irnos.
Unos minutos después, la camioneta se puso en
marcha.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y suspiré.
Sentí a Dominic moverse, giré la cara y lo encontré
cerca de mí, con su abrigo en las manos.
—¿Qué haces?
—Cuidarte. —Colocó la prenda sobre mis
hombros y fijó su mirada en mis labios.
Traté de no ser tan obvia, cuando inhalaba
profundo, era inevitable, el aroma masculino y
sensual de Dominic estaba en su abrigo.
—Gracias —suspiré tratando de mantener la
calma, sensatez o compostura.
—Deberías relajarte, será un viaje agotador.
—Es fácil decirlo, pero me dirijo a un reino que
desconozco, siendo la esposa del heredero, de la
que nadie sabe nada…
—Shhh —siseó Dominic, mientras acercaba sus
labios a los míos. Cerré mis ojos clamando
fuerzas—. Déjame ayudarte.
—No creo que… —Mi cuerpo se impulsó hacia
delante y mis ojos se abrieron a la par que lo hacía
mi boca, cuando una maravillosa sensación
recorrió todo mi ser—. ¿Qué haces?
—Recuéstate y disfruta —murmuró Dominic, su
mano me llevó a reposar en el asiento, mientras
sus ojos no se despegaban de mí.
Mi cabeza daba vueltas, pero lograba comprender
que, él no me estaba tocando, eso lo sentía, lo que
no entendía era cómo… Los dedos de mis pies se
encogieron y mis ojos se cerraron al sentir de
nuevo esa deliciosa vibración.
Fue cuando entendí lo que pasaba.
Quería poner resistencia, pero mi vagina estaba
muy complacida con los masajes que recibía de
mis calzones y todo mi cuerpo se rebeló ante mis
deseos.
—Maldito seas, Dominic. —Sujeté su camisa con
fuerza, mientras mi cuerpo se deleitaba con las
atenciones recibidas.
—Sí, maldita sea mi necesidad de escucharte,
gemir mi nombre; otra vez. —Su nariz fue a mi
cuello y aspiró mi aroma.
Joder, este hombre tenía experiencia, sabía lo que
debía hacer para enloquecerme. En cambio, yo
solo era una inocente joven desprotegida de sus
encantos.
Mi respiración se volvió pesada y trabajosa,
aunque, eso no impidió que Dominic tomara
posesión de mis labios.
—Puedo notar que, te gusta el sexo, tanto como a
mí —susurró mordiendo mi labio inferior—. Pero,
sé que hace mucho no te entregabas a nadie.
—West… —gemí, aunque, no decir su nombre, fue
mi acto de rebeldía.
—Lo sé, preciosa. —El nivel de vibración se hizo
más fuerte y perdí por completo la cabeza.
—Por favor —supliqué.
Los labios de Dominic se posaron sobre los míos
y se movieron en perfecta sincronía, como si
lleváramos muchos años besándonos.
Cerré los ojos disfrutando de todo, su boca, su
olor; esas pequeñas frases excitantes que decía
entre beso y beso. La sensación entre mis
piernas…
De pronto, sentí que algo golpeaba mi mano; abrí
los ojos y admiré a mi señor esposo.
Dominic había sacado su pene y se estaba dando
placer, mientras me besaba, veía y olía.
—No puedo más —confesé contemplando la
excitante escena que ese hombre me ofrecía.
—Córrete, hazlo viéndome a los ojos —ordenó
Dominic con firmeza.
En otro momento, me hubiera negado, pero
estaba tan excitada, que no pensé en más nada
que en verlo y disfrutar mi orgasmo.
Dominic movió su mano con fuerza por todo…
Todo su tamaño, mientras me observaba con
esos ojos que ahora eran más oscuros que
azules.
West se inclinó un poco y pegó su frente a la mía,
sentía su aliento sobre mis mejillas, entre tanto,
compartíamos la misma necesidad de alcanzar el
placer.
Mi cadera se movía a la par que la mano de
Dominic, nuestros gemidos y gruñidos era todo lo
que se escuchaba, su aroma y su actitud tan viril…
Todo fue un poderoso cóctel que terminó
empujándome desde la cima de la torre más alta.
Abrí los brazos y salté a la caída libre al placer.
Gemí el nombre del rey, justo antes de morder su
labio.
Él gruñó corriéndose y me preparé para sentir sus
tibios fluidos caer sobre mí, pero al no suceder,
bajé la mirada para ver que, el heredero, colocó su
mano para evitar ensuciarme.
Fui a buscar una toalla en mi cartera, pero,
Dominic miró y dijo en voz baja:
—Espera un segundo, por favor. —Pegó de nuevo
su frente a la mía y se quedó allí, con los ojos
cerrados y la respiración alterada.
No entendía su actitud, pero tampoco me
quejaría.
Me gustaba, pero eso no cambiaba el hecho de
que todo esto era solo una farsa, un contrato con
fecha de vencimiento.
—Dom, esto no se volverá a repetir —susurré
cuando mi respiración había vuelto a la
normalidad.
—¿No te gustó? —indagó él.
«¿Gustarme? Me ha encantado», pensé, pero
nunca, jamás lo diría en voz alta.
Tomé una toalla húmeda de mi cartera y limpié su
mano.
—No tiene nada que ver con eso, solo nos une un
contrato y…
—Entiendo —me cortó mordaz, su actitud había
cambiado, el momento de intimidad había llegado
a su fin y sí, me arrepentí, pero era mejor cortar
por lo sano——. No tienes por qué explicarme
nada más.
Dominic abrió la puerta y descendió del vehículo.
Al principio me había asustado, pues creí que,
seguíamos en movimiento; luego entendí que,
habíamos llegado al aeropuerto.
Episodio 10: Rey lastimado.
Dominic.
Bajé del vehículo molesto. ¿Acaso no le había
gustado?
No, pareció disfrutarlo tanto como yo.
Entonces, ¿por qué demonios se alejaba?
Apreté mi mano tan fuerte que, el dolor fue un
viejo amigo.
Maldita mujer, nunca en mi vida, me había
masturbado, nunca había tenido la necesidad.
Siempre había tenido la mujer que deseaba,
pero… Allí dentro de esa camioneta, viéndola a
ella gemir, no pude controlarme.
Ese no era el plan, pero había pasado, lo había
disfrutado y ahora, me dice que, ¿no sucederá
jamás?
Subí a mi avión y tomé asiento.
Daba igual, llegaríamos a Inglaterra y estaba
seguro de que, su presencia desataría una guerra
y solo debía concentrarme en la verdadera razón
por la que Elizabeth había sido elegida.
Ella era una mujer intuitiva, inteligente y una
guerrera.
Los deseos carnales eran algo que podía
controlar.
Aunque, no tenía idea de cómo iba a olvidar esa
noche con ella, como Elizabeth clavaba sus uñas
en mi espalda, mientras pedía que le diera más
duro. Tenía tatuado el recuerdo de ella gimiendo
mi nombre.
Tenía su nombre enredado en mi ser.
Lo que más me enfurecía, era que, me molestaba
que no me molestase tener esos recuerdos o la
necesidad de follarla y hacerla gritar mi nombre.
Vi a Elizabeth abordar la nave hablando con
Emilio.
Y me encolericé.
¿Qué maldita parte de no estar cerca el uno del
otro, no habían entendido? No deseaba verlos
juntos, eso se extendía a conversaciones,
caminatas o lo que sea.
—Emilio —bramé y vi a mi falsa esposa dar un
brinco.
Mi asistente caminó hacia mí y se sentó a mi lado.
—¿Necesitas algo?
—¿Qué diablos haces hablando con mi esposa? —
Seguí a Elizabeth con la mirada y la vi tomar
asiento del lado contrario, al que, me encontraba
yo.
—Dominic, ella está nerviosa, asustada y no es
para menos, tu egoísmo la metió en un mundo
que, no conoce y la comerán viva.
—Ella propuso casarse conmigo —le recordé sin
despegar la mirada de Elizabeth.
—La manipulaste para que dijera lo que querías
escuchar —me corrigió Emilio.
—Da igual cómo sucedieron las cosas…
—No entiendo qué, diablos te sucede —me
interrumpió Emilio—. Solo deja que tenga una
cara familiar en qué apoyarse.
—Para eso estoy yo, su esposo. ¿Lo olvidas? —
Apreté los dientes, impaciente.
—Yo no. ¿Y tú?
—No me digas que, debo ser amable y
condescendiente con ella —me burlé soltando
una pequeña carcajada.
—Sí, es exacto lo que deberías hacer.
—Pues, no soy ese tipo de hombre —determiné—.
Además, no tengo tiempo, no conocemos los
planes de Logan y la maldita bruja de su madre,
debemos concentrarnos en lo que realmente nos
interesa.
—Sí, en eso también tienes razón —convino
Emilio—. Estamos a punto de entrar a un camino
pastoso y necesitarás a todos los aliados que
puedas. Deberías comenzar con tu esposa.
Emilio se puso de pie y se fue a la cabina.
Su honestidad en todo momento, era lo que me
había agradado de él, era una cualidad algo
fastidiosa, pero importante.
Crecer juntos nos había hecho conocernos bien,
aunque, yo siempre fui el heredero y él, mi mejor
amigo, el niño enviado a hacerme compañía. Al
principio, me preguntaba si su amistad era real.
A veces, todavía me lo pregunto.
Ser el heredero era una enorme responsabilidad,
una que venía con grandes dosis de desconfianza
y mucha soledad.
Sin embargo, en algo se estaba equivocando.
Yo sí había intentado acercarme a Elizabeth, pero
ella me había rechazado, al menos, estando
sobria.
Necesitaba un plan, uno muy bueno para contar
con ella en el reino y poder ascender al trono, si
por alguna razón Logan se hacía con la corona, mi
hogar sufriría mucho.
El avión comenzó a moverse e instintivamente,
volteé a ver a Elizabeth, todas las mujeres tenían
miedo a volar.
Sin embargo, ella no parecía tensa.
Me levanté de mi asiento y me senté a su lado.
Ella volteó a mirarme.
Su mirada era algo que, me había encantado de
ella, era diferente; única. Probablemente, ella
debía saber qué era ser visto por los demás como
un fenómeno.
Elizabeth desvió la mirada, robándome el
privilegio de perderme en sus ojos.
—¿No te da miedo volar? —indagué. Ella se
encogió de hombros y negó con la cabeza—.
¿Necesitas algo?
Ella volteó a verme, suspiró y bajó de nuevo la
vista.
—Necesito poder confiar en ti.
—Puedes hacerlo —aseguré, quise tomar sus
manos, pero ella las apartó de mí.
La rabia corrió por mis venas y se mezcló con la
impotencia.
—Necesito creer que, vas a respetar mis
decisiones. —Estiró su mano y la vi un par de
segundos sin entender lo que quería, así que,
puse mi mano sobre ella, pero Elizabeth negó con
la cabeza—. Dame el control de mis pantys.
—Ah, eso. —Sonreí—. No se puede.
—Bien —gruñó y comenzó a removerse en su
asiento. No entendía qué estaba haciendo, hasta
que, se inclinó, tomó algo del suelo y me dio su
braguita.
Negué con la cabeza y evité a toda costa sonreír.
—No te puedo dar el control, porque es una app
que instalé en mi teléfono. —Tomé la prenda
interior, la olí y la guardé en el bolsillo de mi
pantalón—. Gracias, será un buen recuerdo.
Elizabeth no dijo nada, solo me acomodó en su
asiento y cerró los ojos.
Me debatí entre regresar a mi silla o quedarme
allí.
Daba igual, era un viaje corto y debía revisar unas
cosas.
Saqué mi teléfono y me sumergí en trabajo.
Había pasado varios minutos, quizás unos 10
cuando noté que la respiración de Elizabeth se
hizo pausada y regular.
Se había quedado dormida.
Su cabeza se caía hacia adelante y regresaba a su
postura.
Expulsé todo el aire de mis pulmones, me quité el
abrigo y acomodé su cabeza, evitando que se
fuese a desnucar antes de llegar al Inglaterra.
Seguí en lo mío, ignorando a la mujer que tenía a
mi lado.
De pronto, su cabeza, cayó sobre mi hombro.
Giré la cara y sonreí.
Varios mechones de sus cabellos, cubrían su
cara. Llevé mi mano a su rostro y los aparté
descubriendo que, sobre el puente de su nariz,
había un pequeño grupo de lunares. Eran
diminutos, pero si estabas lo suficientemente
cerca, podías verlos y contarlos.
—Su alteza. —La voz de Emilio me sorprendió y
alejé mi mano de la cara de Elizabeth.
—Habla.
—En unos minutos llegaremos.
—Perfecto, alguien sabe de mi llegada.
—No, yo era el único que sabía de su regreso, y no
lo he comentado con nadie —me informó Emilio
con seguridad.
—Bien, al llegar necesitaremos encontrarle una
doncella a Elizabeth, debe ser alguien de tu entera
confianza, no podemos dejar su vida en manos de
cualquiera. —Guardé mi teléfono.
—Ya tengo cubierto eso, le pedí a una de mis
primas que se presentase hoy después de la cena,
para que usted diera su visto bueno.
—Ok, puedes retirarte.
Emilio asintió y se marchó.
Iba a regresar la cabeza de Elizabeth a su lugar,
cuando ella soltó un grito ahogado y abrió los
ojos.
Movió la cabeza de lado a lado, tratando de
reconocer dónde estaba, mientras sus manos se
aferraban al reposabrazos.
Parecía asustada, su frente estaba mojada de
sudor y su respiración era pesada.
Murmuraba unas palabras, pero no logré entender
qué decía.
—¿Estás bien? —indagué preocupado.
Elizabeth me miró y asintió, pero no le creí nada.
»¿Qué te sucede? —inquirí evaluando su estado.
—Nada. —Se levantó y corrió al baño.
Fui tras ella y la escuché vomitar.
Regresé a mi asiento, queriendo saber qué fue
eso que logró alterarla tanto, mientras dormía.
A los minutos la vi regresar, pero se sentó en otro
lado, lejos de mí.
El descenso comenzó y me preparé para lo que
estaba por venir.
Emilio llegó a mi lado y suspiró.
—Se filtró la información de tu llegada —
comunicó.
—¿Cómo?
—Los periodistas siempre están al acecho, es del
conocimiento público que la salud del rey no es
muy buena y saben que, tu llegada, era algo que,
sucedería más temprano que tarde.
—¿Me dices que la prensa lleva días aquí en el
aeropuerto?
—Te sorprendería saber que, son capaces de
asesinar por una exclusiva. —Emilio puso su
mano en mi hombro—. Tienes pocos minutos
para convertirte en el hombre más detallista y
enamorado que puedas.
Aparté su mano, me había olvidado de ella.
—Todo saldrá bien.
Entramos a la pista y vi por la ventana.
Logré ver el auto que nos llevaría al palacio, pero
también me percaté de la cantidad de personas
que esperaban mi llegada, con sus cámaras
listas.
El avión dejó de moverse y fui con Elizabeth.
Parecía estar mejor, aunque, se había atado una
cola y sus mejillas estaban sonrojadas.
—¿Lista para dar la mejor actuación de nuestras
vidas? —le pregunté tomando su mano y
ayudándola a levantarse.
—No lo sé, creo que, se darán cuenta de que…
—¿Somos esposos? —Me incliné un poco y
busqué su mirada—. Te envié el video de nuestro
encuentro.
—¿El de la boda? —indagó ella.
—No, en donde te follo hasta dejarte inconsciente.
—Llevé la mano a su cabeza y solté su cola, su
cabello cayó sobre sus hombros—. Eres hermosa,
valiente y mi esposa.
Me acerqué a su boca y deposité un beso sobre
sus labios.
»Vamos, debemos asegurarnos de dar una buena
impresión. —Tomé su mano y la llevé a la puerta
de desembarque.
Emilio ya la había abierto.
Nos acercamos y la ráfaga de fotos comenzaron.
Episodio 11: Reina de qué
Lizzie.
Me sentía extraña al ser el blanco de las fotos.
Evidentemente, Dominic era el protagonista, pero
la mujer que iba a su lado había sido una sorpresa
para la prensa, y al parecer, le había robado el
protagonismo.
Dominic, caminó con calma hacia la limusina,
para él esto era rutinario, pero yo… Estaba
aterrada, temblando por dentro.
Llegamos al vehículo y mi señor esposo, me abrió
la puerta con delicadeza, puso su mano en mi
cabeza y me ayudó a entrar.
—Vaya, puedo acostumbrarme a este tipo de
tratos —murmuré entrando al interior de la
limusina.
—Pues, no lo hagas —gruñó Dominic.
Sonreí con una mezcla de amabilidad y
vergüenza.
—Es un decir —le aclaré cruzando los brazos.
—Comprobarás con el tiempo que, no soy el tipo
de hombre que demuestra afecto ante las
personas, de hecho, no me gusta que me toquen
de no ser estrictamente necesario.
—¿Vaya, eso fue antes o después de casarse? —
indagué en tono de burla.
—Fue desde que, una granada explotó dentro del
tanque de guerra donde yo iba.
—Oh, no lo sabía —susurré sintiendo cómo mis
mejillas comenzaban a arder.
—No tenías por qué, hasta hace unas horas, no
tenías idea de quién era yo.
Fruncí el ceño.
Era poco observadora, pero me daba cuenta de
que Dominic estaba tenso, quizás se debía a que
habíamos llegado a su reino, pero… ¿No se
supone que, al llegar a tu hogar, deberías sentir
paz?
Suspiré acomodándome en mi asiento.
Emilio subió al vehículo con nosotros y evitó
mirarme.
—La prensa estaba eufórica, verte llegar con una
mujer no estaba en sus planes —comentó el
recién llegado, pero la cabeza de Dominic parecía
estar en otro lado.
—Quiero preparar el terreno para la llegada de
Elizabeth, así que, me dejas en el palacio y te vas
con ella —ordenó Dominic, su tono de voz era
seria y misteriosa.
—¿A dónde se supone que iré? No conozco nada
aquí —le recordé poniéndome nerviosa.
—Su alteza, la llevaré al centro comercial, allí
podrá comprar un guarda ropa nuevo. —Miré a
Emilio, él también parecía tenso.
Cerré los ojos, algo estaba pasando y ellos no me
lo habían dicho.
Sabía que, las familias podían ser disfuncionales,
pero esto parecía más bien una guerra.
No dije nada, solo me quedé en silencio,
observando, tratando de entender dónde me
había metido.
Como lo había ordenado Dominic, la limusina lo
dejó en la entrada del palacio y siguió su rumbo.
—¿Me puedes explicar qué sucede? —le pedí a
Emilio.
—Hace años que el príncipe no pisaba el palacio y
eso lo tiene tenso, además, su padre está
enfermo y ellos dos son muy unidos —explicó con
calma.
—¿Dónde está su madre? —pregunté interesada
en la vida de mi esposo.
—Elizabeth. —Emilio sujetó mis manos—. Me
gustaría poder contarte toda la historia, pero…
Primero, estoy moralmente comprometido, pues,
Dominic es mi amigo. Segundo, no es mi historia,
por lo tanto, no puedo andar contándola.
—Comprendo. —Bajé la cabeza, tal vez podía
investigar un poco al llegar al palacio—. Ahora que
la prensa tiene fotos mías, ¿es seguro que
vayamos al centro comercial?
Emilio me miró y sonrió:
—Es que, no iremos a cualquier centro comercial.
—¿No?
—Iremos a un exclusivo lugar donde solo la élite
compra.
Asentí impresionada, la verdad, siempre creí que,
los famosos compraban en los mismos centros
comerciales que nosotros, los plebeyos, pero
ahora comprendía que, si visitaban un sitio como
esos, era para causar revuelo.
Quise preguntar cómo el chofer sabía a donde
debíamos dirigirnos, pero no quería sonar
campurusa.
Pasado unos minutos, el vehículo se detuvo.
—Llegamos. —Emilio se bajó y estiró la mano para
ayudarme a bajar.
Sin embargo, rechacé su acto de amabilidad.
No fue por ser grosera, sino que, Dominic se había
alterado mucho ante nuestra cercanía, así que,
temía dar una impresión equivocada y causarle
problemas.
Bajé del auto y cerré los ojos esperando los
flashes de las cámaras, pero, al no escuchar
nada, abrí un poco los ojos.
—Aquí no tiene que preocuparse de la prensa —
me aseguró Emilio.
El alivio corrió por mi cuerpo, pasé las manos por
mi cara tratando de relajarme.
Entonces, fue cuando vi dónde estaba.
Se parecía al Coliseo de Roma, solo que, en lugar
de gradas, arena e hipogeos, había tiendas de
ropas, lencería, hogar…
Bueno, de todo.
Caminamos por el piso de mármol y empezamos
a ver las tiendas.
Emilio me llevó a un local, donde vincularon la
tarjeta de crédito a un escáner portátil.
Así solo entrabas a la tienda y lo que te gustase,
lo escaneabas y el sistema lo cargaba a tu cuenta.
En resumen, solo elegía la ropa, me lo probaba y
al escanearlo ya era mío.
Honestamente, esa era la mayor ventaja, no
tenías que andar con bolsas, pues, tu pedido
llegaba a casa unas horas después de la compra.
Me sorprendió que la ropa no tuviera precio o
etiquetas, solo un delicado código de barra.
Supongo que, las personas que visitaban un lugar
como este sabían que, debían traer mucho dinero.
Era la primera vez, en toda mi vida, que compraba
sin tener en cuenta cuánto iba a gastar o cuánto
dinero tenía para saber qué comprarme.
Nos detuvimos frente a la tienda de ropa interior.
—Creo que, entraré sola —comenté viendo a
Emilio.
—Claro, iré por algo de comer —propuso él,
dándose la vuelta y desapareciendo por los
pasillos.
Había cosas muy lindas, tenían un departamento
con conjuntos bastante sensuales, otra de
disfraces sexis y hasta un departamento de
dominación. Este último me daba curiosidad,
aunque, decidí pasarlo por alto y llenarme de
cosas más normales.
En serio, allí no escatimé nada, incluso metí varios
pijamas.
Debía ser muy precavida, sobre todo, con los
calzones.
Al salir de allí, creí conveniente adquirir otro
teléfono con línea nueva incluida. Más que nada,
para tener mis dos vidas separadas.
Para cuando había caído la noche, solo había
logrado recorrer una parte muy pequeña del
centro comercial.
—Basta, no puedo seguir caminando. —Me detuve
en seco.
—Muy bien, regresemos al palacio —convino
Emilio sonriendo amablemente.
El recorrido de vuelta fue silencioso, por más que
intenté hablar, las palabras no salieron de mi
boca.
No me di cuenta de que mis manos temblaban,
hasta que, Emilio las sujetó entre las suyas.
—No te preocupes, todo va a estar bien.
—Sí, eso llevas diciendo todo el día. —Expulsé
todo el aire de mis pulmones—. Sería más fácil
saber qué papel juego yo en el palacio.
—Eso es lo más sencillo. —Emilio abrió la puerta y
bajó de la limusina—. No tienes que hacer nada.
—¿Nada? —repetí incrédula.
—Nada —aseguró él y me pareció la mentira más
absurda que había escuchado jamás.
Sonreí.
Avanzamos por el jardín principal, hasta la
entrada, donde un par de guardias estaban allí
parados.
Emilio ignoró su presencia y entró al palacio, pero
yo, solo me quedé allí, parada en la entrada, con
los nervios de punta.
Cerré los ojos e hice un par de respiraciones.
Mis estupideces me habían traído hasta aquí,
ahora, debía dar lo mejor de mí.
Di un paso al interior de la morada y casi esperé
que un vendaval me pasase por encima.
Sonreí por ser tan tonta y abrí los ojos y mi sonrisa
se borró de mis labios.
Una mujer elegante y distinguida de unos
cincuenta y tantos, quizás sesenta y pocos venía
caminando hacia mí. Su espalda estaba tan recta
que, me dolía con solo verla.
—Así que, eres la supuesta esposa de Dominic —
habló con autoridad, aunque, de forma
despectiva.
—Su majestad. —Emilio hizo una reverencia, pero
yo me quedé de pie frente a ella—. Ella es
Elizabeth Carter de West.
Evité sentir mariposas en la barriga al escuchar
mi nombre con el apellido de Dominic, era tonto,
pero hasta ahora, me daba cuenta de ese detalle.
—¿Acaso no sabes hablar? —se burló ella dando
un paso más hacia mí—. Admito que, es una gran
jugada de parte de ese malcriado.
Emilio me miró esperando que yo dijese algo,
pero solo guardé silencio.
—Su majestad, ella, si entiende lo que le dice —
explicó Emilio, no fue en tono sumiso, sino
respetuoso, rayando en lo descortés.
—¿Entonces por qué no hablas? —espetó la doña
de manera prepotente.
—Lamento si mi silencio le sentó mal, pero mi
madre me enseño que, si no tengo nada bueno
que decir, mantuviera la boca cerrada.
—Eres una maleducada, no esperaba menos de
Dominic —bramó la anciana alzando la voz. Estiró
su mano y me tomó del rostro—. No creo eso de
que sean esposos, Dominic, jamás me habló de ti.
—Estamos en igualdad de condiciones, aunque,
admito que comprendo por qué su alteza no me
conversó de usted.
—Será divertido ver cuánto tiempo me lleva
doblegarte —me amenazó la señora en un tono
frío y tétrico.
Tragué saliva, sintiendo un escalofrío, recorrer
todo mi cuerpo.
—Mathilde, no deberías hablarle así a mi esposa y
futura reina —intervino Dominic.
La mano de la señora dejó mi cara y se alejó un
poco.
Nunca en todo este rato había sentido tanto
placer de escuchar la voz de mi señor esposo.
»Mi amor. —Dominic me tomó de la cintura y me
dio un beso en los labios. Se separó, pero no soltó
mi mano—. Hablas de educación, pero mi mujer
no tiene ni un segundo aquí y ya estás como
buitre rondando alrededor de ella.
—Veo qué clase de mujer has metido al palacio.
—¿Qué tu trabajo no es cuidar del Rey? —
cuestionó Dominic y la señora retrocedió un paso.
—Esto apenas comienza —amenazó la anciana.
—Eso es lo que espero —la retó Dominic.
La anciana pasó las manos por su falda y se
retiró.
Esperé que estuviera lejos y sonreí.
—Gracias por…
—Ahora no —me interrumpió Dominic de manera
mordaz—. Llévala a su dormitorio y asegúrate de
que no salga.
Dominic ni me miró, solo tomó el mismo camino
que la reina y desapareció.
Miré a Emilio y cuestioné:
—Nada, mi trabajo era hacer nada.
Le lancé una mirada asesina y emprendí la
marcha.
—Es por aquí —me orientó Emilio y juro que lo vi
reprimir una sonrisa.
Episodio 12: Princesa consorte.
Lizzie.
Caminé de un lado a otro como un animal rabioso,
encerrado en una jaula.
Era algo estúpido, traerme para encerrarme en
una habitación.
Caminé hasta la ventana y observé a través de
ella, pero resulta que, no había mucho que ver, ya
que, ella solo daba a un jardín que limitaba con un
bosque.
Decidida a no perder mi tiempo, me senté en la
cama y me puse a investigar un poco sobre mi
señor esposo.
Dominic, príncipe de Gales, era el primer hijo de
Arthur del Reino Unido, con su esposa fallecida
Carlota, princesa de Gales, además tenía dos
hermanos productos del rey y su amante, Logan,
Duque de Cornualles y France, Duquesa de
Chester.
Fruncí el ceño cuando leí que la madre de Dominic
había fallecido poco después de haber dado a luz.
No era capaz de comprender cómo era posible
que un Rey tuviera a su esposa y a su amante
viviendo bajo el mismo techo, siempre creí que,
eran estrictos con el tema de las relaciones.
Dos toques en la puerta captaron mi atención y
pegué un brinco, como si hubiera sido atrapada
en una travesura.
Pensé quién podía ser, aunque, llegué a la
conclusión de que era la ropa que había
comprado.
Abrí la puerta y retuve el aliento al ver al hombre
parado frente a mí.
Sabía que no era Dominic, pero su parecido era
abrumador. Sus ojos eran del mismo tono de azul
que mi señor esposo, su cabello un poco más
oscuro, aunque, la forma de su cara, incluso lo
poblado de sus cejas, eran como las de Dominic.
Claro, no era tan alto como su hermano, en eso
Dominic le sacaba, al menos, unos 5 centímetros.
—Supongo que, eres el hermano de Dominic —lo
abordé con cautela.
Conocía su nombre y título, pero no me había
dado tiempo de buscar su foto.
—Supones bien. —El hombre en mi puerta me
sonrió amablemente y le devolví el gesto—.
¿Puedo pasar?
Mordí mi labio y miré a ambos lados del corredor,
la verdad, no le veía el problema a que entrara al
cuarto.
Suspiré.
—Seguro. —Me quité de la entrada dejándolo
acceder a mi dormitorio.
Él entró y cerró la puerta.
Sus ojos evaluaron el lugar y no entendí su
interés.
—Quiero pedirte disculpas por la actitud de mi
madre. —Se acercó a mí y sujetó mis manos—.
Ella es muy territorial, pero una vez logras
conocerla… Descubrirás que solo es protectora
con sus hijos.
Solté sus manos.
—Entiendo. —Dominic no era su hijo, por eso, me
había tratado así—. Por suerte, tenemos bastante
tiempo para irnos conociendo.
—No sé. ¿Lo tenemos?
Tragué saliva.
Los engranajes de mi cabeza estaban
funcionando a todo motor, no quería decir algo
incorrecto o que me hiciera parecer una tonta;
tampoco era mi intención quedar como una
miedosa.
—Creo que, no habrá prisa después de la
coronación, así que, puedes quedarte un poco
más.
—La coronación. —Logan se llevó las manos a la
espalda y sonrió—. Das por sentado que ya eres
la reina. ¿Acaso mi hermano no te comentó sobre
las nuevas leyes?
—No —mentí descaradamente—. ¿Cuáles son?
Logan sonrió, se acercó a mí y tomó mi cara con
más fuerza de la necesaria.
La levantó buscando mi mirada, pero no le di el
gusto. Entonces, susurró:
—Pronto sabrás cuáles son. —Me soltó el rostro,
pero no se apartó de mí—. Solo te advierto, las
mentiras no son toleradas en este reino.
La puerta se abrió de golpe y entró Dominic.
—Aléjate de mi esposa. —El tono de voz de
Dominic me dio escalofríos.
Bajé la cara avergonzada, había metido la pata; de
nuevo.
—Solo vine a conocer a mi cuñada y a decirle que,
tiene una cita mañana con el rey —comentó
Logan con calma.
Dominic se colocó a mi lado, pero no me tocó.
—Ya lo dijiste, ahora, vete o te saco —le advirtió
Dominic acercándose a Logan.
—Bien, me iré, pero esperaré ansioso nuestro
próximo encuentro. —Logan me sonrió y ya no me
pareció tan amable.
Dominic fue detrás de él y cerró la puerta con
fuerza.
—Lo único que te pedí era que te quedaras aquí —
gruñó Dominic emanando ira de todo su ser.
—Eso fue lo que hice, pero…
—¿Por qué le abriste la maldita puerta? —Dio dos
zancadas y llegó hasta mí, me tomó por los
hombros y me sacudió—. ¿Acaso no entiendes
que me deshonras al meter un hombre a mi
habitación?
La impotencia se apoderó de mí.
Atravesé a mi señor esposo con la mirada y solté:
—Jódete, Dominic. —Me solté de su agarre y lo
empujé con energía—. Nada de esto hubiera
pasado si te hubieras tomado el maldito tiempo
de explicarme todo, pero andas con tus jodidos
misterios, con tus putas persecuciones
imaginarias y me dejas sola en un lugar
desconocido para mí. Alguien llamó a mi puerta y
creí que, era Emilio…
—Eso no mejora la situación —me interrumpió
Dominic apretando la mandíbula—. No te quiero
cerca o hablando con otro hombre que no sea yo.
—Sí, su majestad —respondí con sarcasmo—. Si
eso era todo, se puede ir, le prometo que no
saldré, tampoco abriré la puerta, de hecho, me
quedaré en silencio, fingiendo que no existo.
Me alejé de él y me senté en la cama.
Ahora era capaz de comprender que para
Dominic debió ser agotador vivir aquí.
Expulsé todo el aire de mis pulmones y pasé las
manos por mi cabello.
Estaba tan frustrada, no entendía ni papa de lo
que estaba pasando, tampoco lograba
adaptarme a la nueva actitud de Dominic, incluso
echaba de menos a ese hombre seductor de
Dublín.
—Elizabeth…
—Vete, quiero estar sola —lo corté molesta.
—Tu doncella viene en camino; ella y Emilio traen
las cosas que compraste. Date un baño y vete a
la cama, mañana a primera hora debes ir a la
habitación del Rey y conocerlo. —Evité ver a
Dominic mientras me daba las órdenes—. Yo
regresaré en un par de horas.
Fruncí el ceño.
—¿Dormirás aquí? —indagué poniéndome de pie.
—Es lo que hacen los esposos.
—Ok, pero, solo hay una cama —recalqué
señalando la misma.
—Elizabeth, no es la primera vez que
compartimos cama, tampoco será la última. —
Dominic se acercó a mí y acarició mi cara con su
pulgar—. Pero, si lo deseas, puedes dormir en el
suelo.
Levanté la mirada.
Por un segundo, pensé que era chiste, pero al ver
lo serio que estaba supe que, no estaba
bromeando.
Dominic se inclinó un poco y depositó un suave
beso en mis labios.
—Hasta pronto, princesa consorte de Gales —
susurró antes de irse dejándome estupefacta.
Era estúpido emocionarse tanto por un título, pero
no todos los días eres una verdadera princesa.
Episodio 13: Dinastía.
Dominic.
Me hubiera encantado tomar la mano de
Elizabeth y llevarla yo mismo a nuestra
habitación. Incluso la hubiera tomado en mis
brazos para cruzar la puerta.
En cambio, tuve que irme detrás de Mathilde y
tratar de averiguar un poco más sobre sus
malvados planes.
Había enviado a Elizabeth con Emilio al centro
comercial con la esperanza de palpar el terreno
en el palacio. Sin embargo, no esperaba que la
bruja y sus hijos le hubieran puesto precio a la
cabeza de mi esposa.
Por desgracia, Elizabeth había regresado antes de
lo esperado y tuve que cambiar drásticamente
mis planes, en lugar de hacer turismo, debía
encerrarla en su habitación, mientras compraba
lealtades.
Parecía estúpido que un heredero tuviera que,
recurrir a eso para estar informado, pero entre los
deberes reales, mi llegada y la futura coronación,
no tenía tiempo para ir escuchando detrás de las
paredes.
Pero, sabía perfectamente, quiénes se enteraban
de todo y por una buena suma, eran capaces de
poner más atención a los rumores y mantenerme
informado.
Aunque, había una mujer. Coco, era parte de la
cocina y sabía que, en ella, podía confiar. No
estaba seguro de por qué ella me transmitía esa
sensación de confianza, pero había aprendido a
hacerle caso a mis instintos.
Entré a la habitación de mi padre y vi a Mathilde
sentada a su lado.
—Vete, tu padre está descansando —comentó
mordaz, tomando la mano de mi padre.
Maldita mujer, la odiaba tanto o más de lo que ella
me odiaba.
Sin embargo, entendía a la perfección su rechazo,
mi llegada a este mundo le había arrebatado la
corona de la cabeza de sus hijos.
—Retírate, la conversación que tendré con mi
padre no es de tu incumbencia —repliqué con
acidez.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —Mathilde se
puso de pie y se cruzó de brazos al percatarse de
que por mucho era más alto que ella y que hacía
muchos años ya no lograba intimidarme.
—Lo hago porque puedo, ahora largo —ordené
con autoridad.
Mathilde dudó un poco, pero pasó las manos por
su vestido y se marchó.
—Creí que, el ejército te ayudaría a dominar ese
carácter West que tenemos —habló mi padre con
la voz ronca.
—Padre. —Puse una rodilla en el suelo e incliné mi
cabeza.
—Mi heredero no debe hincarse ante mí —dijo mi
padre—. Ven muchacho, dale un abrazo a este
viejo.
Me levanté y abracé a mi padre.
Su aroma me transportó a esos años donde fui su
aprendiz.
Sin duda, los mejores años de mi vida.
Me senté a un lado de la cama y tomé sus manos,
verlo allí postrado en una cama, me dolía tanto.
—Padre, en todo este tiempo te he tenido
presente y tus lecciones me han salvado la vida
más de una vez.
—Puedo ver cuánto has crecido. —Mi padre tomó
el control de la cama y la ajustó para quedar
sentado—. Me han dicho que, te casaste y debo
confesar que no lo creí posible.
—Sí, fue más un arrebato de pasión.
—¿Dónde está la afortunada?
—En nuestros aposentos, reposando del viaje.
En ese momento me llegó un mensaje de Emilio y
leí por la barra de notificaciones, que la ropa de
Elizabeth había llegado.
“Busca a la doncella y lleven sus cosas a la
habitación”
—Háblame de ella —pidió mi padre y tomé una
bocanada de aire.
Pensé que, sería fácil verlo a los ojos y mentirle,
pero no, yo no solo amaba a mi padre, lo admiraba
y le guardaba mucho respeto.
Dejé salir el aire de mis pulmones y decidí que, no
le mentiría, al menos, no del todo.
—Elizabeth es una mujer muy inteligente, tiene
una vena rebelde que me hace enloquecer, es una
guerrera y muy hermosa.
Mi padre colocó su mano sobre la mía.
—Quiero conocerla.
—¿Ahora?
—No, en unos minutos debe llegar la prometida de
tu hermano…
—Padre, ¿en serio estás considerando darle el
trono a Logan? —cuestioné levantándome de la
cama.
—Tiene tanto derecho como tú de ascender al
trono.
—Por favor, papá.
—Logan ha madurado estos años, se ha
esforzado por cambiar su reputación. —Mi padre
estiró la mano—. No puedo pedir que seas
condescendiente con él, no después de todo lo
que te hizo…
—Bien sabes que, su madre lo ayudó —lo
interrumpí recordándole que en esa familia todos
eran unas víboras.
—Dominic, no podemos vivir con rencores del
pasado. —Mi padre tosió y me acerqué a él, pero
me dejó saber que se encontraba bien—. Su
cambio de actitud ha sido genuino y merece ser
visto, al final del día; sin importar cuánto se odien,
ambos son mis hijos.
—Papá. —Unos golpes me interrumpieron.
—Es la hora de mi cita con Ivy. —Mi padre pasó las
manos por su atuendo, respiró lentamente y me
observó con una media sonrisa, esa que usaba
cuando estaba a punto de decir, algo que, de
seguro, no me iba a gustar—. Solo dale una
oportunidad a tu hermano, pienso que se lo
debemos.
—No, papá, yo no le debo nada a ellos. —Me
incliné y deposité un beso en su frente—. No dejes
que el estar en cama nuble tu buen juicio.
Hice una reverencia y caminé a la salida.
Abrí la puerta y me encontré a una mujer. Debía
admitir que, era hermosa, pero no era idiota, podía
ver el monstruoso ser que se escondía debajo de
esa cara tierna y actitud tímida.
—Vaya, en serio, te pareces muchísimo a Logan —
habló como si nos conociéramos o tuviéramos
confianza.
Clavé la mirada en ella por un par de segundos y
me fui.
No iba a perder mi tiempo hablando con ella.
Avancé por el pasillo meditando la situación en la
que me encontraba.
Mi padre estaba enfermo, lo más probable era
que, no se recuperase y como todo hombre que
ve de frente a la muerte, deseaba arreglar
apresuradamente, lo que no pudo realizar cuando
tenía mejor salud.
Así que, de seguro, Logan usaría el deseo de
unidad mi padre para engatusarlo y ascender al
trono y con su madre al lado de mi padre,
susurrándole sus malévolos planes.
¿Debía fingir para coronarme o mantener mi
postura firme?
—Príncipe —murmuró Coco apareciendo delante
de mí.
Parpadeé un par de veces, juro que no la vi venir.
—¿Sucedió algo?
—Vi a su hermano entrar en su habitación.
Las palabras no habían terminado de salir de sus
labios cuando mis pies ya estaban corriendo.
Episodio 12: Nobleza plateada.
Dominic.
Corría pensando en todo lo que podía pasar.
¿Por qué demonios Elizabeth lo dejó pasar?
Logan era tan cruel y despiadado como su madre,
lo sabía, yo mismo fui el blanco de muchas de sus
maldades, pero no permitiría que le tocase un
cabello a Elizabeth.
Abrí la puerta y los encontré tan cerca el uno del
otro, que deseé saltarle encima y golpearlo, pero
sabía que, era justo lo que buscaba el imbécil,
llegarle con el chisme a mi padre.
—Aléjate de mi esposa. —El tono de mi voz se
volvió siniestro.
—Solo vine a conocer a mi cuñada y a decirle que,
tiene una cita mañana con el rey —comentó
Logan manteniendo a raya sus emociones.
Me coloqué al lado de mi mujer, pero fui incapaz
de tocarla.
—Ya lo dijiste, ahora, vete o te saco. —Di un paso
hacia él, pero el cobarde retrocedió.
Desvió la mirada a Elizabeth y tuvo la maldita
osadía de despedirse.
—Bien, me iré, pero esperaré ansioso nuestro
próximo encuentro.
Fui detrás de él y cerré la puerta con más fuerza
de la requerida.
La ira corría por mi interior, odiaba que Logan
estuviera en mi habitación, hablando con mi
esposa, solo de imaginar lo que le pudo haber
hecho o dicho.
Cerré mi mano en un puño y gruñí:
—Lo único que te pedí era que te quedaras aquí.
—Eso fue lo que hice, pero…
—¿Por qué le abriste la maldita puerta? —Me di la
vuelta, crucé la habitación y tomé a Elizabeth por
los hombros—. ¿Acaso no entiendes que me
deshonras al meter un hombre a mi habitación?
Elizabeth, que hasta ahora parecía avergonzada,
levantó la cara y espetó:
—Jódete, Dominic. —Se soltó de mi agarre y me
empujó varias veces con energía—. Nada de esto
hubiera pasado si te hubieras tomado el maldito
tiempo de explicarme todo, pero andas con tus
jodidos misterios, con tus putas persecuciones
imaginarias y me dejas sola en un lugar
desconocido para mí. Alguien llamó a mi puerta y
creí que, era Emilio…
—Eso no mejora la situación —la interrumpí
furioso, apreté la mandíbula tratando de controlar
las ganas de tomar a esa mujer y follarla hasta
hacerla entrar en razón—. No te quiero cerca o
hablando con otro hombre que no sea yo.
—Sí, su majestad —respondió con sarcasmo—. Si
eso era todo, se puede ir, le prometo que no
saldré, tampoco abriré la puerta, de hecho, me
quedaré en silencio, fingiendo que no existo.
Elizabeth se alejó de mí con ese aire irreverente
que tenía, se sentó en la cama, suspiró, mientras
se tocaba el cabello.
Deseaba explicarle qué estaba pasando, pero
temía asustarla. Sin embargo, tenía derecho de
saber a qué se enfrentaba, tal vez, era el momento
para contarle todo.
—Elizabeth…
—Vete, quiero estar sola —me silenció molesta.
Bendito, esa mujer me volverá loco.
—Tu doncella viene en camino; ella y Emilio traen
las cosas que compraste. Date un baño y vete a
la cama, mañana a primera hora debes ir a la
habitación del Rey y conocerlo. —La miré
fijamente esperando poder encontrarme con su
mirada, pero ella solo evitó hacerlo—. Yo
regresaré en un par de horas.
Eso captó su atención, se puso de pie y me
preguntó:
—¿Dormirás aquí?
—Es lo que hacen los esposos. —Evité sonreír
imaginando todo lo que le haría a esa pequeña
rebelde.
—Ok, pero, solo hay una cama —recalcó
apuntando a la misma.
—Elizabeth, no es la primera vez que
compartimos cama, tampoco será la última. —Sin
poder controlarme más, acorté la distancia entre
nosotros y acaricié su mejilla con mis dedos—.
Pero, si lo deseas, puedes dormir en el suelo.
Ella levantó la cara y me contempló fijamente.
En definitiva, no se esperaba mi comentario, pero
no era el caballero dorado que las personas solían
creer que era.
Me incliné y besé suavemente sus labios.
Pensé que, sería capaz de controlar mis ganas de
estar con ella, pero creo que, solo era una
estúpida mentira que me dije a mí mismo.
Sin embargo, todavía quedaba algo más que
decirle antes de irme a investigar:
—Hasta pronto, princesa consorte de Gales.
Al salir me topé con Emilio y Jena, ambos venían
cargados de bolsas.
Mi mirada se posó en mi asistente.
—¿Faltan cosas? —indagué viendo a Emilio.
—Un par de bolsas.
—Deja eso en la entrada, que Jena se encargue
del resto.
—Sí, su majestad. —Dejó las cosas en la entrada y
se marchó a buscar el resto.
Negué con la cabeza y le dije a mi asistente:
—Te espero en mi despacho.
Emilio negó con la cabeza.
—Tienes años sin estar aquí, de seguro está lleno
de polvo.
En ese momento, Elizabeth abrió la puerta:
—¿Qué está lleno de polvo? —indagó con genuino
interés.
Sonreí, quizás, eso la mantendría ocupada.
Aunque, una princesa no debería hacer esos
trabajos.
Rasqué mi incipiente barba tratando de llegar a
una conclusión cuando Emilio le dio una
respuesta.
—La oficina de Dominic.
—Ah. —Me sorprendió su desinterés—. ¿Quieres
que te ayude a limpiarla?
Miré a Emilio y expulsé el aire de mis pulmones.
—Gracias, es un placer contar con tu ayuda.
—Bien, me cambiaré de ropa e iré —respondió
Elizabeth resuelta.
—¿Piensas ir ahora?
—Bueno, tú estarás fuera y yo no tengo sueño, así
que, puedo aprovechar el tiempo.
—De acuerdo, cámbiate. —Me acerqué a ella, pero
Elizabeth retrocedió—. Vendré por ti en 5 minutos.
En eso llegó Jena con las cosas que faltaban.
»Por cierto, ella es Jena, tu doncella.
—Un gusto. —Elizabeth estiró la mano y le regaló
una sonrisa a su ayudante.
En cambio, Jena se inclinó haciendo una perfecta
reverencia.
Elizabeth me observó y sus mejillas se pusieron
rojas.
Sonreí al darme cuenta de que su nariz también
se sonrojaba a la par que sus orejas.
—Dejaremos que se conozcan —mencionó Emilio.
Le guiñé un ojo a mi esposa y me fui con mi
asistente.
Esperé pacientemente que estuviéramos lejos de
la habitación para detenerme y ver a Emilio.
—¿Sabías que, en tu ausencia, Logan vino a la
habitación? No solo eso, entró y estuvo a solas
con Elizabeth. —El tono de mi voz se volvió frío y
mordaz.
—La verdad, no creí que, fuera tan valiente de ir
hasta tu dormitorio.
—¡Maldita sea, Emilio! ¿Acaso debo explicarte con
dibujos con quién tratamos? —gruñí furioso.
—N-no, claro que no.
—Entonces… —Lo tomé del cuello de su camisa—
. ¿Debo asumir que, ahora, eres leal a la reina
consorte?
—Sabes bien que, eso jamás sucederá.
—No sé qué demonios te sucede hoy, pero no has
dejado de cagarla. —Solté su camisa—. Vuelves a
poner la vida de Elizabeth en riesgo, yo mismo te
cortaré el cuello.
Episodio 14: Regente.
Lizzie.
Me quedé en silencio esperando que Dominic y
Emilio desaparecieran por el pasillo para voltear y
ver a Jena.
—No es necesario que te quedes, yo solo me daré
un baño e iré al despacho de mi esposo —
comenté saboreando la palabra esposo, era tan
extraño.
Jena sonrió con amabilidad, tomó más bolsas del
suelo y dijo:
—Mientras usted se ducha, yo iré acomodando
sus cosas en el closet.
Parpadeé varias veces.
Me incomodaba ver a una persona trabajando y
yo, ignorar todo para seguir con mis banalidades,
pero también comprendía que, una princesa tenía
otras obligaciones, al menos, eso esperaba.
Me retiré de la puerta dejando que Jena entrara a
mis aposentos.
»En el baño hay toallas y una cesta donde colocar
la ropa —me indicó ella y caminé con calma al
cuarto de baño.
Cerré la puerta y expulsé todo el aire de mis
pulmones.
Todo esto era tan incómodo.
Desnudé mi cuerpo y miré mi reflejo.
Llevé mis dedos a mi hombro y tracé con ellos las
pequeñas, pero oscuras marcas de los chupones
que suponía Dominic me había hecho.
Me parecía que, había pasado una vida entera
desde…
Entré a la ducha y dejé que el agua fría se llevase
esos malditos recuerdos que, me atormentaban.
Tomé la esponja y tallé mi cuerpo. Alcé las cejas
viendo que, entre mis piernas, tenía marcados
mordiscos y más chupetones.
Inhalé profundamente, cada vez, sentía más
curiosidad de ver ese video de mi noche de
bodas.
Salí de la ducha y regresé a la habitación.
Pasé la mirada y noté que todas las bolsas de las
compras ya no estaban, tampoco parecía haber
señales de Jena.
Avancé a la cama y pegué un brinco cuando la
puerta del armario se abrió y Jena salió con un
cambio de ropa.
—Lo lamento, no fue mi intención impresionarla —
comentó mi doncella acercándose a la cama—.
Elegí un atuendo cómodo y elegante para ir al
despacho de su esposo.
—Gracias. —Tragué saliva, había estado tan
metida en mi cabeza que, no se me ocurrió revisar
la habitación—. Por cierto, muy acertada tu
elección.
Tomé el vestido vaporoso de color azul claro y lo
dejé en la cama,
Esta prenda en particular me había gustado
porque no solo era elegante, era cómodo; sus
mangas largas y abullonadas me habían
fascinado desde que lo vi. Además, por estúpido
que sonara, me hacía sentir como una princesa.
Me di la vuelta y me coloqué la ropa interior sin
quitarme la toalla del cuerpo. Ya que, no era
fanática de andar mostrando mis atributos a todo
el mundo, por doncella que fuera.
Deslicé el vestido por mi cabeza y miré a Jena,
quien venía caminando hacia mí con un par de
cepillos y peines.
—Por favor, tome asiento, le haré un peinado
sencillo.
—¿Es necesario? —cuestioné sentándome en la
cama.
—Señora, la ropa, el peinado y el maquillaje, es
una máscara que toda la corte usa. Debería
aprender a usarla. —Sus manos fueron a mi
cabello—. Además, mientras más se parezca a
ellos, más rápida será tratada como su igual.
Me dejé peinar en silencio, pues, suponía que,
unas de las tareas como la falsa esposa era
mezclarme.
Pocos minutos después, mi cabello ondulado no
solo estaba delicadamente peinado, sino que, un
par de peinetas con perlas lo adornaban.
—Bueno, es hora de ir al despacho de mi esposo
—anuncié poniéndome de pie.
—El príncipe dijo que vendría a buscarla.
—Pues, no llegó y estoy aburrida. —Abrí la puerta
y me encontré a Dominic parado frente a mí, su
mirada viajó por mi cuerpo y asintió como
aprobando mi vestuario.
Dominic se inclinó un poco y me susurró:
—Estoy ansioso por descubrir qué hay debajo de
ese vestido.
Ignoré la deliciosa corriente de excitación que
viajó por mi cuerpo y mojó mi panty, puse las
manos en su pecho, «grave error», y lo empujé un
poco para alejarlo de mí.
—Vaya, has llegado justo a tiempo. —Cambié de
tema, miré detrás de él—. ¿Vienes solo?
—¿Esperabas que viniera con alguien más? —
preguntó y noté cómo su mano se cerró en un
puño.
—Mejor vamos a tu despacho.
Eché andar, pero la mano de Dominic me tomó del
brazo.
—Cariño, espera a tu doncella.
Jena salió y Dominic cerró la puerta.
La mano de mi señor esposo bajó por mi brazo y
terminó sujetando mi mano.
Bajamos las escaleras, caminamos por un largo,
largo pasillo adornado por pinturas de… Bueno,
supongo que, de otros reyes.
Se podía notar que, los cuadros eran de alta
calidad, seguro de realizados por algún famoso
pintor de cada época. No sabía mucho de
pinturas, pero era capaz de notar como las
técnicas iban cambiando de cuadro a cuadro,
además, la forma de mezclar los colores.
Disimuladamente, traté de buscar alguna firma
que me indicara el auto de las obras, pero no
encontré ninguna.
Caminamos en silencio y con el paso algo
apresurado; Jena iba unos metros detrás de
nosotros, podía sentir su mirada en mi nuca.
—Esto parece un laberinto —murmuré viendo las
pinturas.
—Te acostumbrarás.
—Tal vez, voy a necesitar un mapa —comenté a
modo de broma.
Dominic se detuvo y me observó, su mano me
sujetó por la cintura y me atrajo a su cuerpo.
—Princesa, me tienes a mí, así que, no vas a
necesitar un mapa.
—Qué tierno, pero debo suponer que, tú estarás en
tus cosas y yo…
—Siempre a mi lado —concluyó Dominic rozando
mis labios con los suyos—. Hemos llegamos.
Me separé de él y me di la vuelta, descubriendo
que, no había una puerta.
—¿Llegamos a dónde? —pregunté viendo la
pared.
—A mi oficina. —Dominic se acercó y tocó una
parte de la enorme pintura frente a mí.
La pintura desapareció y una puerta se
materializó sorprendiéndome.
—Vaya, eso fue…
—Mágico, lo sé. —Dominic me guiñó un ojo y abrió
la puerta—. Pasa, aunque, te advierto, hace mucho
tiempo nadie viene por estos lados.
—Estoy acostumbrada a lidiar con sitios así. —Me
giré y vi a Jena, me acerqué a ella y le pedí una
corta lista de materiales que usaría para limpiar
este sitio.
—Ya mismo se lo traigo —contestó mi doncella y
se marchó.
Entré a la oficina y me sorprendí, no por lo
polvoriento, sino por la similitud que tenía con la
oficina que tenía en Dublín.
—Es muy parecida a la que tienes en Dublín —
comenté acercándome a la biblioteca—. Aunque,
debo suponer que, esa la has visitado más que
esta.
—¿Qué te hace pensar eso? —indagó Dominic
poniéndose a mi lado.
—Pues, los libros, me parece que, allá, tienes más
y mejores textos.
Dominic me observó y sonrió.
Episodio 15: Reina peligrosa.
Lizzie.
Dejé de ver a mi señor esposo y me concentré en
la biblioteca.
Los libros en este sitio eran buenos, pero parecían
pertenecer a un joven Dominic. Así como parecía
que, él había pasado años fuera de este sitio. ¿Se
habrá ido por voluntad propia o fue una estrategia
de su padre para alejarlo de los malos recuerdos?
—Eres muy lista —mencionó mi señor esposo,
como si estuviera orgulloso de mí o de su
elección, todavía no lo descifraba bien.
—No lo creo, después de todo, terminé aquí
contigo —bromeé.
Aunque, mi señor esposo no notó mi broma, pues,
me tomó por los hombros y me hizo verlo.
—Quizás no lo parezca, pero estoy genuinamente
agradecido por tenerte aquí conmigo.
—Tiene razón, no lo parece —hablé en voz baja,
percatándome de que Dominic se había inclinado
sobre mí.
—¿Qué debo hacer para que notes mi
agradecimiento?
Alcé mis ojos y me quedé perdida en su mirada.
Un poderoso sentimiento de besarlo se apoderó
de mí y apreté mi mano deseando no sentirme así,
pero no era que pudiera evitarlo, Dominic era un
hombre bastante atractivo, incluso con su cicatriz
en la cara, era muy sensual, además, sus
continuas provocaciones me lo complicaban
más.
Mi respiración se volvió trabajosa, aunque, eso no
impidió que me acercase más a sus labios.
Levanté mi mano y por primera vez, en todo este
efímero tiempo compartiendo con él, acaricié su
rostro.
—Elizabeth —gruñó Dominic.
Rápidamente, alejé mi mano de su rostro,
recordando que, él me había dicho que, no le
gustaba ser tocado, pero Dominic volvió a
tomarla y la colocó de nuevo en su cara:
»Por favor, no dejes de tocarme —pidió y fue
cuando entendí que, no se había molestado, sino
que, estaba disfrutando de mis caricias.
—Bésam… —Un ruido seco interrumpió mi frase.
Giré la cara y vi a Jena.
—Lo siento, no quise molestar.
—Pero lo hiciste —bramó Dominic.
—L-lo siento, señor. —Jena se arrodilló en el suelo
y la simple escena me pareció espantosa.
Bajé la mano y retrocedí un paso. Claro, había
olvidado que, mi señor esposo, no era un
caballero, sino un gruñón.
Dominic volteó a verme, como si mi acción lo
lastimase.
—June, levántate del suelo —ordené.
—Debo irme —comentó atravesándome con su
mirada.
—Creí que, te quedarías a mi lado. —Corté el
contacto visual y maldije por no tener la seguridad
que se requería en momentos así.
Dominic me tomó de la cara y me hizo verlo.
—Volveré. —Me dio un casto, pero salvaje beso en
los labios y se marchó.
Exhalé todo el aire de mis pulmones.
Todo había sido tan intenso, vaya que hombre tan
imponente.
—Bien, vamos a limpiar. —Tomé el sacudidor de
polvo, lo humedecí un poco y me puse manos a la
obra—. Yo me encargaré de la biblioteca y…
—Yo del resto —me interrumpió ella con una
sonrisa triste en la cara.
Quería decirle algo a Jena, pero, no conocía sus
costumbres, ni cómo funcionaba las cosas en el
palacio. Me daba miedo meter la pata, pues,
todos mis errores recaían en Dominic.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Había sido una buena forma de distraerme, por
desgracia, ya casi acabábamos.
Terminé de recoger la basura y me disponía a
tomar la barredora, cuando veo que Jena hizo una
reverencia.
Me di la vuelta y me encontré con la troll mayor.
—Su majestad. —Repetí la acción de mi doncella.
—Elizabeth, querida. —La reina entró al despacho
de Dominic y me tensé.
—No creo que, a mi esposo le guste su presencia
aquí —comenté con todo el respeto que podía.
—Es lo más probable —convino ella con cierto aire
de descaro. Fue hasta el escritorio y pasó su dedo
por encima—. Vaya que, si eres eficiente.
—Señora, no quiero ser grosera, pero, ¿a qué vino?
—indagué interceptando su camino.
—Vine a invitarte una taza de café. —Arrugó la
cara, como si eso le diera asco y prosiguió—. Lo
normal es tomar té, pero me informaron que tú
prefieres café, así que, como ofrenda de paz, te
mandé a preparar un poco.
Miré a Jena y ella negó sutilmente con la cabeza.
¿Qué más podía hacer? Era ir con ella o que se
quedara aquí y por desgracia ya había visto la
reacción de Dominic ante una invasión a su
privacidad.
—Bien, en un momento iré con usted —aseguré.
—Querida, haremos el mismo camino, pero es
mejor hacerlo en compañía.
Pasé las manos por mi vestido sacudiendo
cualquier partícula de polvo que estuviese en la
prenda.
—Jena, termina aquí, vuelvo en un rato.
—Princesa… —Sus palabras fueron cortadas por
la mirada silenciosa de la reina. Mi doncella bajó
la cara y asintió—. Regrese pronto.
Salí al pasillo con la reina y caminé a la cocina.
El viaje fue silencioso y gracias a Dios, corto.
Cuando entramos a la cocina, había un elegante
juego de tomar té, esperaba por nosotras.
Me cuestioné un poco por qué la reina tomaría
café conmigo en la cocina, pero, era incapaz de
descifrar los pensamientos de un troll.
—Me han dicho que eres de Dublín —comentó la
reina sentándose frente a mí.
—¿Me trajo para interrogarme? —le pregunté con
cautela.
—Eres la esposa de mi hijastro, tengo derecho a
preocuparme por él.
Sonreí y miré a ambos lados, comprobando que
estábamos solas:
—Señora, por favor, no hay nadie aquí, no tiene por
qué mentirme, eso nos ahorraría tiempo.
—Tienes razón. —La reina tomó la tetera y me
sirvió una taza de café—. Iré directo al grano, no
creo que, tu casamiento con Dominic sea real.
—Bueno, le puedo enviar una copia del acta de
matrimonio —manifesté con serenidad.
—No, esa ya la tengo. —Mathilde colocó la taza
frente a mí—. Quiero saber: ¿Cuánto te pago? —
Me quedé en silencio—. Te pago el doble para que
acabes con esta farsa.
—Estoy en el deber de aclararle que, toda esa loca
teoría solo existe en su cabeza. —Miré la taza
humeante frente a mí—. Entiendo que, para usted,
sea difícil de creer, pero amo a mi esposo, tanto o
más de lo que él me ama.
De pronto, una mujer joven nos interrumpió.
—Alteza. —Hizo una reverencia—. El rey solicita su
presencia.
—Muy bien. —La reina me miró—. El deber llama,
pero puedes terminar tu café sin mí.
Salió de la cocina y me dejó sola con mi taza de
café.
Tomé la taza entre mis manos y la llevé a mi nariz.
El rico aroma de café invadió mis sentidos y gemí
de placer. También me llegó un olor a almendra y
me pareció curioso. ¿Café con esencia de
almendra?
Seguro, debía probarlo, llevé la taza a mis labios
y…
Episodio 16: Heredero afligido.
Lizzie.
Me tomé un par de segundos para aspirar el
maravilloso aroma del café, cuando Dominic,
alias: mi señor esposo, entró a la cocina como un
vendaval y se me quedó observando con esos
ojos fríos que tiene.
—¿Qué haces? —bramó furioso.
—Me dispongo a beber café —respondí resuelta.
—¿Dónde está tu doncella?
—La dejé terminando de limpiar tu despacho. —
Acerqué la taza a mis labios…
De pronto, Dominic le dio un manotazo a la taza,
la pobre cayó al suelo haciéndose añicos.
—¿Qué te pasa? —cuestioné poniéndome de pie.
Él no respondió, solo me tomó del brazo con
fuerza y me sacó de la cocina.
Me llevó por el pasillo, lejos del lugar, encontró un
sitio donde esconderse y me pegó a la pared con
rudeza.
Su cuerpo presionó el mío y su mano libre acarició
mi piel.
—Así como eres de hermosa… —Tragué saliva
esperando que terminara su halago—. Eres de
idiota.
—Eso no lo vi venir —espeté con sarcasmo.
—Eres la futura reina de Inglaterra, no puedes
beber, comer o tocar nada, hasta que, tu doncella
lo haga por ti.
—Sabía que, eras un bruto, pero no que toda la
población siguiera el ejemplo de su futuro rey. —
Puse mis manos en su duro pecho y empujé con
fuerza. Pero, quedé en ridículo porque no logré
moverlo—. A diferencia de ti, yo sí, puedo hacer
las cosas por mí misma.
Dominic sonrió y su mano subió a mi cuello e hizo
presión. Me observó fijamente, para luego
acercar su nariz a mi piel y aspirar mi aroma, se
quedó unos segundos allí y después susurró con
voz tenebrosa:
—Por ingenua, debería dejar que te asesinen, pero
no sé actuar como un esposo afligido.
Tosí y su mano se aflojó.
—¿A-asesinarme? —balbuceé como tonta.
—Sí, pequeña tonta, son gajes del oficio.
—Maldita seas. —Golpeé su pecho, furiosa—.
Dominic, me trajiste aquí para ser asesinada.
—Elizabeth, te traje para que finjas amarme. De
hecho, que te quieran asesinar significa que estás
haciendo un gran trabajo.
Dejé caer mis hombros, sus palabras habían
salido como si nada. Quizás, para él fuera normal
tener una sentencia de muerte colgando en tu
cabeza, pero para mí… todo era
desagradablemente nuevo.
—Gracias. ¿Algún aspecto que deba mejorar?
—Podrías chupármela de vez en cuando —declaró
acortando la distancia entre nuestros labios.
—Era sarcasmo.
—Pues, yo hablaba muy en serio. —Dominic me
alzó del suelo, mis piernas rodearon su cadera,
aunque, fue más por acto reflejo.
Sus grandes manos apretaron mi trasero,
mientras las mías se aferraban a su cuello.
Sus labios se posaron sobre los míos y nos
fundimos en un salvaje beso.
No tuve la fuerza de voluntad para separarme de
él, al contrario, moví la cadera deseando tenerlo
dentro de mí.
Sentí su poderosa erección presionar mi clítoris y
un gemido escapó de mis labios. Dominic
presionó su cuerpo contra mí y clavé las uñas en
su espalda.
El aire en mis pulmones comenzó a faltar y tuve
que separarme de la boca de Dominic.
Mi señor esposo pegó su frente a la mía con la
respiración agitada.
—No debiste besarme —le reproché haciéndome
la víctima.
—Tú lo pediste.
—¿Estás demente? —Me removí en sus brazos.
—Cuando estábamos en mi oficina. —Dominic me
colocó en el suelo.
—Por favor, ese fue un momento de debilidad —
me excusé sintiendo vergüenza de tan patético
argumento.
—¿Ahora también fue un momento de debilidad?
—cuestionó clavando sus ojos sobre mí.
—Eso fue la adrenalina de enfrentar la muerte. —
Sentí mis mejillas arder—. Debes decirme qué
está pasando, ¿a qué me enfrento?
Dominic tomó mi cara entre sus enormes manos:
—Lo haré, te lo prometo.
—¿Cuándo?
—Más tarde, por ahora, debes entender que, no
puedes confiar en nadie más que en mí. —Su
mirada había cambiado, ya no había rastros de
deseo, ahora, solo podía ver la preocupación en el
azul de sus ojos.
Abrí la boca para agregar algo, pero una persona
aclarándose la garganta me interrumpió.
Dominic se giró y vio a su asistente parado detrás
de nosotros.
—En el patio trasero.
Miré a mi esposo tratando de entender lo que
pasaba. Él se giró y acarició mi cara regalándome
una sonrisa.
—Debo irme, busca a tu doncella y por favor, no
mueras.
—Trataré de no hacerlo —murmuré sonriendo con
tristeza.
—Espero con ansias otro momento tuyo de
debilidad. —Rodeé los ojos con fastidio. Dominic
miró sobre su hombro y ordenó—. Llévala a su
habitación, no te mueves de su puerta hasta que
yo llegue.
—Sí, su majestad. —Emilio se inclinó y me señaló
el camino—. Princesa.
Caminé contraria a la dirección a la que iba
Dominic, esto de estar en la ignorancia realmente
me estaba perturbando.
Pasamos por la cocina y vimos a una empleada
recogiendo el desorden que habíamos dejado
Dominic y yo, mientras la reina supervisaba todo,
ella levantó la mirada, sonrió y alzó la taza.
Sentí que, solo había sido un estúpido juego y yo
había caído como una tonta.
Sin embargo, si algo había aprendido en esta vida
era, a aprender de las caídas, mientras unos veían
fracasos, yo veía nuevas formas de aprender.
Ese fugaz encuentro con la reina me había
enseñado que, debía ser realmente lista para
poder sobrevivir el tiempo que estuviese bajo su
mismo techo.
—¿Sabes qué sucedió en la cocina? —indagó
Emilio deteniéndose frente a la puerta de mi
habitación.
—Sí, hubo una declaración de guerra.
—Lizzie, no creo que, sepas dónde te estás
metiendo —comentó Emilio en voz baja.
—Es probable, pero… —Guardé silencio, Dominic
me había dicho que no podía confiar en nadie y
Emilio era el asistente de mi falso esposo, no era
nada mío, por ende, no debía confiar en él—.
Tienes razón, iré a descansar.
—Es lo mejor, tu doncella vendrá a ayudarte en la
mañana, recuerda que, tienes la cita con el rey.
—Lo tengo presente, gracias. —Entré a mi
habitación y cerré la puerta.
Pasé las manos por mi cabello, fui hasta el
armario y me puse un pijama fresco, pues, la
noche era calurosa.
Después, me tiré en la cama y con mi teléfono
personal, empecé a investigar más sobre el reino.
No era tan ingenua como parecía, aunque, debía
admitir que, era lenta para algunas cosas. Sin
embargo, había leído demasiados libros, como
para saber de conspiraciones.
Estaba investigando cuando una llamada de mi
hermana me interrumpió.
—Hola —contesté mirando a la puerta de la
habitación.
—Hola —la voz de mi hermana sonó apagada y
supe que, algo no estaba bien.
—¿Pasó algo?
—Remi fue ingresado en el hospital.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —indagué alterada.
—Al parecer, tuvo un ataque psicótico, decía que,
tenía que ir a algún lado y cuando no lo dejaron
salir, enloqueció, golpeó a un enfermero, rompió
una mesa y en el proceso se lastimó la mano.
—¿Cómo está ahora? —Me senté en la cama y
deseé poder estar con mi hermana.
—Bien, un residente evaluó su estado, le curó y
cosió la herida. La doctora de guardia dijo que lo
dejarán en evaluación esta noche y en la mañana
lo darán de alta.
—¿Cómo estás tú?
—Pues, mal, ver a Remi en ese estado me dejó
preocupada. —Xia comenzó a llorar—. Sé que su
enfermedad es degenerativa, pero… presenciar su
ira fue algo nuevo e impactante para mí.
—Lo sé, lo sé, pero todos tenemos un lado amable
y un lado feroz. —Esperé que, ella llorase todo lo
que necesitaba drenar. Después de todo, Remi
era el único hombre que nos había regalado una
estabilidad, tiempos felices—. ¿Cómo está Yordi?
Mi hermana sorbió por la nariz y la imaginé
limpiándose la cara, retomando la compostura.
—Él consiguió un empleo, la verdad, parece que, su
cambio era de verdad.
En eso la puerta se abrió y Dominic entró a la
habitación, no pude evitar tensarme.
Me llevé la mano a la boca y le susurré a mi
hermana:
—Debo dejarte, pero prometo llamarte en cuanto
pueda. —Los ojos de mi señor esposo me
atravesaron con ferocidad.
—¿Segura que estás bien?
—Sí, te quiero. —Colgué la llamada y dejé mi
teléfono en la mesa de noche.
Me sentía una hipócrita, exigiéndole a Dominic la
verdad, cuando yo le mentía a mi familia.
Mi señor esposo avanzó hacia la cama, mientras
se desabotonaba la camisa, sin despegar sus
ojos de mí.
—¿Con quién hablabas? —indagó deteniéndose
frente a la cama.
—Eso no es de tu incumbencia —le recordé
sosteniendo su mirada.
—Te equivocas, eres mi esposa, por ende, todo lo
que tenga que ver contigo, me interesa —aseguró
y se desabrochó el pantalón.
Tragué saliva y observé su torso por la abertura
de la camisa.
—Nadie nos ve, puedes dejar de fingir —susurré
apartando la mirada de su cuerpo.
—¿Te importa si solo me meto a la cama? —
Cambió de tema.
Negué con la cabeza.
Me dispuse a levantarme, pero Dominic me lo
impidió.
»Elizabeth, ambos somos adultos, creo que,
podemos compartir la cama.
—No creo que, sea conveniente —murmuré
evitando ver su cuerpo.
—¿A qué le temes? —indagó Dominic.
Bajé la cara, tal vez era mejor ser sincera a ver si
este cabezota me entendía.
—A ti, a tus provocaciones. —Expulsé el aire de
mis pulmones—. Somos un par de desconocidos,
para ti esto es un juego, pero esto es mi vida. ¿Qué
pasará cuando ya no te sea útil?
—Nos divorciaremos —respondió resuelto
Dominic.
—Exacto, saldré de tu vida tan rápido como entré,
y mi plan es salir emocionalmente completa de
toda esta situación.
Dominic asintió, aunque, no pareció gustarle mi
explicación.
—Descansa, mañana tienes una cita con mi
padre.
—¿A dónde vas?
—A despejar mi mente —dijo arreglándose la ropa.
—Espera. —Tomé su mano y lo confronté—. Pensé
que hablaríamos.
—Sí, pero eres una mujer jodidamente atractiva,
además ese pijama me descontrola. Y yo, soy un
hombre con ganas de follarte. —Dominic me tomó
por la cintura y me pegó a su cuerpo, sentí su
erección presionar mi vientre—. Puedo quedarme
y hablamos mientras te cojo o me retiro y
hablamos mañana. Elige, princesa.
Episodio 17: Esposos reales.
Lizzie.
Miré fijamente a Dominic y sonreí:
—Obviamente, prefiero que te vayas. —Me costó
un poco reunir todo mi autocontrol, aunque, fue
casi un milagro, pues, en este punto, yo estaba de
rodillas sobre la cama y él, parado frente a mí—.
Si dejo que te quedes, solo estaría premiando tu
arrogancia y malos tratos.
—Me deseas —afirmó Dominic con la voz y la
mirada cargadas de deseo.
Tomé el cuello de su camisa y atraje su boca a la
mía, me di el lujo de besarlo, aunque, no de la
manera sucia y salvaje en la que quería hacerlo.
—Descansa, esposo mío. —Me acosté
sintiéndome la ganadora de este encuentro—.
¿Tienes preferencia por algún lado de la cama?
—Eres, el demonio —refunfuñó él llevando su
mano a su entrepierna.
Miré cómo acomodaba su erección dentro del
pantalón y el arrepentimiento llegó hasta mí, pero
debía ser fuerte y mantener la cabeza serena.
—Fue la esposa que literalmente escogiste. —
Sonreí eligiendo el lado que estaba más lejos de
Dominic.
—¿Por qué tienes que complicar todo? —Dominic
se dejó caer a mi lado.
Me incorporé sobre mis codos y le pregunté:
—¿No tenías prisa por irte? —cuestioné viendo
cómo su mano dominante apretaba su verga
sobre el pantalón.
—Cambié de opinión.
Tragué saliva.
«Dios, mantenme alejada de la tentación y líbrame
del mal, amén»
Me acosté de lado, viendo a Dominic, no me fiaba
de él como para darle la espalda.
Cerré mis ojos, llené mis pulmones de aire y lo
dejé salir lentamente.
Había sido un día largo, quizás muy largo.
Poco a poco fui arrastrada a la inconsciencia y caí
profundamente dormida.
Abrí los ojos y mi cuerpo se tensó al reconocer
dónde estábamos; mi dormitorio de la universidad.
Miré al frente y comencé a temblar
descontroladamente, al ver a los 3 hombres frente
a mi cama. Sabía con exactitud qué sucedería.
—Aléjense de mí —grité desesperada
levantándome de la cama—. No dejaré que esto
pase de nuevo.
Corrí a la ventana y salté, pero en lugar de aterrizar
en el pasto, caí en agua.
Miré a mí alrededor y vi a mi madre saltar al agua.
—No, mami, no, no, noooo —chillé aterrorizada.
—Elizabeth. —La voz de Dominic me despertó.
Me senté en la cama llorando desconsolada, me
abracé a mí misma y repetí mi mantra:
—Estás bien, a salvo.
Las lágrimas mojaban mis mejillas, estaba
destinada a revivir una y otra vez esos malditos
recuerdos. Como si vivirlos una vez no fuera
suficiente tortura.
—¿Qué fue todo eso? —indagó Dominic en voz
baja.
—Nada —contesté mordaz.
—No mientas, eso no fue nada —insistió él, sentí
su mano sobre mi hombro y la aparté.
No quería la lástima de nadie, mucho menos de
alguien tan pasajero en mi vida.
—¿Para qué mierda quieres saber? —espeté
levantándome de la cama—. Mi paso por tu vida
es efímero, no malgastes tiempo en mí.
Dominic se levantó, me tomó de la mano, me
atrajo hacia él y me abrazó.
Su acción me descolocó por completo, era el
comportamiento más humano que había
presenciado de su parte.
—No deberías cargar con eso tú sola —me
consoló pasando su mano por mi espalda.
Me separé de él y lo miré:
—¿Sabes por qué en las perreras no les ponen
nombre a los perritos? —No esperé su
respuesta—. Para no tomarles cariño. Sé que me
llamas Elizabeth para no crear un vínculo
conmigo y no me importa, al final, esto es un
acuerdo y no espero nada a cambio.
Caminé al baño, allí pasaría lo que quedara de la
noche.
Puse la mano en la perilla, pero me detuve al
escuchar a Dominic decirme algo.
—Te equivocas, te llamo Elizabeth porque me
gusta tu nombre.
No dije nada, solo entré y cerré la puerta.
Me dejé caer hasta el suelo y seguí llorando.
Por unas horas había sido capaz de olvidar el
infierno que vivía en mis sueños. Ahora, Dominic
sabía de mis pesadillas.
Eso me puso más triste, ya era bastante
defectuosa ante sus ojos, ahora lo era aún más.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Fui hasta el baño y levanté mi mano, dispuesto a
llamar a la puerta, cuando la escuché llorar.
¿Contra qué demonios luchaba ella?
Me senté cerca de la puerta y quedé allí,
acompañándola en silencio.
Los minutos se convirtieron en horas. Ya no la
escuchaba llorar y eso de algún modo me
tranquilizó.
—¿Quieres regresar a la cama? —le pregunté en
voz baja.
Creí que, no iba a responder cuando escuché su
vocecilla.
—No servirá de nada.
—Lo sé, pero, al menos, es un lugar más suave
donde ver el amanecer. —No tuve respuesta—. No
te preocupes por mí, yo me iré a trabajar…
La puerta se abrió y esos ojos que tanto me
llenaban de curiosidad se asomaron.
—Por favor, no te vayas.
Me levanté del suelo y estiré mi mano. Elizabeth
la sujetó con algo de duda, seguía temblando, así
que, la tomé en mis brazos y la llevé de regreso a
la cama.
Me acosté a su lado y acomodé su cabeza en mi
pecho, mientras rodeaba su cuerpo con mis
brazos.
—Trata de dormir, prometo cuidar tus sueños. —
Este tipo de actitud eran bastante nuevos para mí,
supongo que, estaba comprometido con el
contrato.
—No hace falta que finjas —murmuró ella y
sonaba cansada, completamente, derrotada.
—Por favor, no por ser un par de desconocidos
cumpliendo un contrato, quiere decir que, no
podamos ser amigos.
Elizabeth levantó la cara y me observó:
—¿Quieres que seamos amigos?
«No lo sé. ¿Quiero?»
—Sí —concluí asombrado por no dudar de mi
respuesta.
Me quedé viendo a esa chiquilla que me
observaba con incredulidad. Le creía, esto nunca
me había sucedido.
Tampoco era que le hubiese permitido este tipo
de acercamiento a muchas mujeres, pero
Elizabeth era diferente, era la única que parecía no
querer tenerme a su lado y eso lastimaba mi
orgullo, quizás por eso, la había elegido a ella.
Era como a especie de reto personal.
Elizabeth regresó a su posición sobre mi pecho y
susurró:
—¿No le molesta que le toque?
«No»
—Tranquila, es tolerable. —Deposité un beso en
su cabeza y comencé a tararear una canción de
cuna.
—¿Qué cantas? —preguntó Elizabeth con un hilo
de voz.
—Es una vieja canción de cuna de la nación —le
expliqué.
—¿De qué trata? —Elizabeth alzó la cara y por un
segundo me perdí en su mirada.
«¿Qué te está pasando?», me pregunté
mentalmente. «Solo me gusta su peculiar color de
ojos», concluí.
Elizabeth se acomodó de nuevo en mi pecho y
comencé a hablar:
—Cuenta la historia de una pareja que se amaba,
ellos querían tener un hijo producto de su
ferviente amor, pero después de varios años
intentando, simplemente no lograban. Ella,
amando a su esposo y sabiendo que, él debía
tener un heredero, busca una mujer para que
cumpla el sueño de su esposo. Él se había
reusado, pero al ser presionado, lo intenta con
ella. Semanas después la esposa se entera de
que estaba embarazada, él estaba dispuesto a
deshacerse de la otra mujer, cuando se entera de
que ella también estaba embarazada. —Empecé a
acariciar el cabello de Elizabeth, era tan sedoso
como lo había imaginado—. Ambas dieron a luz el
mismo día, pero hubo complicaciones con su
esposa y a las pocas horas de tener a su pequeño,
murió. Él tuvo que seguir con sus
responsabilidades, pero jamás dejó de llorar a la
mujer que amaba.
Guardé silencio esperando que Elizabeth no
lograse entender de quién era la historia.
—Debió ser horrible perder a la mujer que amaba,
encima tener que casarse con una persona que
no amaba —murmuró ella y sonreí.
Claro que iba a entender, ella era muy lista.
—No imagino hacer el sacrificio que él hizo.
Elizabeth me miró:
—Pero, es exactamente lo que estás haciendo —
me recordó.
—Lo de nosotros es diferente, yo no estoy
enamorado de nadie —le aclaré, levanté la mano
y acaricié su mejilla.
Había dejado de llorar, pero su nariz seguía roja y
sus ojos reflejaban esa tristeza y dolor que había
sentido.
—Cierto, además, podemos divorciarnos en
cualquier momento —agregó ella alejándose un
poco de mí, pero la tomé y llevé su cabeza a mi
pecho—. Ya estoy más tranquila.
—Vale, solo quédate un poco más —pedí, mejor
dicho, supliqué.
Seguí tarareando la canción que solía cantarme
mi padre, entre tanto, acariciaba el cabello de
Elizabeth.
Repetí la canción, hasta que, el cielo comenzó a
aclarar.
Bajé la cara y noté que, la respiración de mi
esposo se había vuelto regular y calmada.
Una sensación gratificante se instaló en mi
pecho, había logrado que Elizabeth descansara
un poco más, había logrado mantener alejadas
las pesadillas.
Con cuidado de no despertarla, la coloqué en la
cama y me preparé para otro día poniéndome al
día con la corte, aunque, mi principal intención era
averiguar un poco más sobre su pasado.
Deposité un beso en la frente de Elizabeth y salí
de la habitación.
Episodio 18: Cita con el Rey.
Lizzie.
Gruñí, sintiendo que alguien me removía con
suavidad.
—Princesa, princesa —escuché una voz femenina.
Me costó un poco entender que, me estaba
llamando a mí.
Abrí los ojos y vi a Jena sentada en la cama.
—Debe arreglarse, el Rey espera por usted.
Me incorporé en la cama y vi que tenía tiempo de
haber amanecido. Froté mis ojos tratando de
recordar cuándo fue la última vez que había
dormido tanto.
—Ya desperté —aseguré levantándome de la
cama.
—No se preocupe, tenemos algo de tiempo. —
Jena comenzó a arreglar la cama—. ¿Tuvo una
buena noche?
—Eso creo. —Sentí mis mejillas arder al
comprender lo que Jena insinuaba—. ¿Sabes
dónde está mi esposo?
—Escuché que se iba a reunir con el parlamento o
algo así. —Observé a mi doncella y asentí.
Eso quería decir que, estaría ocupado por mucho
tiempo.
—Tomaré una ducha rápida. Por favor, no vayas a
elegir un vestido.
—Entendido.
Entré al baño, desnudé mi cuerpo y me metí bajo
el agua.
Cerré los ojos y dejé que el frío líquido me
ayudase a olvidar los últimos eventos de la noche.
Estaba avergonzada, pero agradecida, tenía
mucho, mucho tiempo sin dormir más de un par
de horas seguidas.
El problema, era que, no deseaba encariñarme
con Dominic, ya era bastante complicado lidiar
con su juego de seducción, como para
enamorarme de un imbécil que no dudaría en
deshacerse de mí.
Terminé de bañarme y llegué a la conclusión de
que lo mejor era concentrarme en hacer el trabajo
para el que me habían contratado.
Tomé una toalla y salí del baño.
Me quedé de pie en la puerta viendo que Jena ya
había organizado la alcoba y la ropa que me
pondría. Incluso, me estaba esperando con el
secador de cabello preparado para peinarme.
—¿Hice algo mal? —indagó al verme inmóvil.
—No, todo está correcto. —Avancé a la cama, me
di la vuelta y me coloqué la ropa interior sin
quitarme la toalla—. No estoy acostumbrada a
vestirme delante de extraños.
—Ah, era eso. —Jena solo se dio la vuelta—. Es
normal, pero créame, al final, se termina
acostumbrando.
Quise sonreír, pero no pude, estaba demasiado
incómoda como para poder hacerlo.
Me retiré la toalla y me coloqué el pantalón de
gabardina, la camisa blanca de botones y me
calcé unos zapatos de tacón bajo.
—Ya te puedes voltear —murmuré poniéndome la
chaqueta.
—¡Qué linda se ve! —exclamó Jena—. Bien, te
peinaré y podrás irte a tu cita con el rey.
Me senté y esperé con calma a que mi doncella
me peinara.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Jena no solo me había secado el cabello, me
había hecho una coleta baja, elegante y muy
pulcro.
Me observé en el espejo, evitando, mi propia
mirada.
—Bien, llévame con el Rey. —Atravesé la
habitación y salí.
Avancé por el pasillo con paso firme, hasta que,
me di cuenta de que no tenía idea de a donde me
dirigía.
—Debemos bajar —comentó Jena a mi espalda—.
Debemos ir hasta el ala oeste, después de
atravesar el jardín.
Descendí con calma, así como lo veía en las
películas.
Me daba pena preguntarle dónde exactamente
quedaba el jardín, pero había estado en casas
lujosas, no eran como un castillo, aunque, eran
lujosas. ¿Qué tan difícil podía ser encontrar el
dichoso jardín?
Tomé el primer pasillo a la derecha y caminé con
confianza.
Después de varios minutos caminando por los
pasillos del castillo, me detuve frustrada.
—¿Dime qué tan lejos estoy de encontrar el ala
oeste? —pregunté llevando las manos a mi
cadera.
—De hecho, estamos más cerca del lado este que
del oeste. —Jena bajó la cara evitando que la viera
sonreír.
—¿Te parece chistoso que me pierda?
—No, claro que no —se apresuró en aclarar Jena.
—Sí, sí lo es. —Solté una carcajada y me di la
vuelta.
Esta vez dejé que Jena me guiara por el castillo,
era evidente que, esa parte del castillo era la más
transitada.
Varios empleados se nos quedaron viendo, otros
saludaron a Jena al pasar, pero todos,
absolutamente todos, se me habían quedado
mirando.
—No se preocupen, pronto sucederá algo nuevo y
usted dejará de ser la novedad —murmuró Jena
deteniéndose frente a una puerta—. Hemos
llegado princesa.
—Gracias por guiarme, puedes retirarte. —Pasé
las manos por mi ropa.
—Le prometí al príncipe que…
—No te preocupes, no beberé, ni comeré nada. —
Levanté mi mano y di un par de golpes en la
puerta—. Además, no me dijiste que estaba en
una reunión.
La puerta se abrió y la reina consorte apareció
con su sonrisa falsa y su asqueroso perfume.
—Al fin llegas. —Se hizo a un lado y entré con
cautela—. Mi esposo lleva media hora
esperándote.
—Lo siento, me perdí en el castillo —me excusé
soportando el olor a guardado que tenía la
habitación. Me acerqué a la cama y le hice una
reverencia al Rey—. Lamento haberlo hecho
esperar.
—Disculparse no hará retroceder el tiempo —
comentó Mathilde de forma ponzoñosa.
—Mathilde, por favor, déjanos solos —ordenó el
rey desde su cama.
La señora me lanzó una mirada fría y salió de la
habitación.
—¿Nos quedaremos aquí o saldremos al jardín? —
le pregunté al Rey.
—Me encantaría dar un paseo, pero no he salido
de aquí desde hace algún tiempo —comentó él
viéndome con esos ojos tan azules como los de
sus hijos.
Parece que, la manzana no cae lejos del árbol.
»Soy Arthur, mi hijo me habló maravillas de ti.
—Me encantaría saber qué le dijo —bromeé. Vi
una silla de ruedas al fondo de la habitación y fui
por ella—. ¿Le parece si damos un paseo?
—Soy un viejo enfermo, no tengo fuerzas para
andar por allí.
—Usted deje todo en mis fuertes manos. —Lo
ayudé a sentarse en la cama, luego lo sujeté con
fuerza y lo coloqué con cuidado en la silla—.
¿Quiere que vayamos a un lugar en particular?
—Al jardín, puedo verlo desde la ventana, pero no
puedo oler las flores y he querido hacerlo desde
hace algunos días.
—Pues vayamos. —Empujé la silla hasta la salida,
abrí la puerta y saqué a mi falso suegro de su
habitación.
Lo llevé por el pasillo, hasta que, llegamos a uno
de los jardines.
Lo conduje con cuidado hasta uno de los rosales
que estaban en el lugar.
—Sin duda, eres una mujer peculiar, noto varias
cualidades que mi hijo me comentó sobre ti, pero
quiero escuchar de tu boca. ¿Quién eres Elizabeth
Carter?
Tomé una rosa, le quité las espinas y se la di al
rey.
—Soy una mujer trabajadora, honesta y leal —
contesté poniéndome nerviosa.
—Como dije: eso puedo verlo, pero quiero ver más
allá de lo que todos podemos ver.
—No creo que, una persona sea capaz de
conocerse a sí misma del todo. —Organicé mis
ideas, no deseaba ser evasiva, pero, no pienso
que decir que era una simple plebeya que se
ganaba la vida bailando y limpiando, fuera de su
agrado—. Los humanos tenemos la capacidad de
adaptarnos a casi todo, puedo ser una persona
hoy y dependiendo de las circunstancias en la que
esté viviendo, podría adaptarme y ser otra.
—Sí, pero debe quedar la esencia más pura de ti
—declaró el rey.
—Supongo que, sí. —Quedé frente al Rey y
proseguí—. Sin embargo, puedo responder por la
persona quien creo ser ahora, una mujer honesta,
leal y trabajadora. Aunque, no sé quién seré en el
futuro.
Mentí, yo sí sabía quien sería en el futuro. Una
mujer que pronto regresaría a su vida de plebeya.
El rey sujetó mis manos entre las suyas.
—Dominic es mi más grande tesoro, es el fruto de
un amor puro. Perdió a su madre y traté de
protegerlo, traté de darle todo el cariño que ella
hubiera querido darle.
—Hizo un gran trabajo.
—Lo sé, pero basado en lo que te dije, debes
comprender que, no dejaría que, cualquier mujer
se quede a su lado. ¿Qué te hace especial a ti?
—No lo sé, señor. —Alcé la mirada—. Yo no me
considero nada especial.
Arthur me sonrió, aunque, fue una sonrisa algo
triste.
—Elizabeth, ¿amas a mi hijo?
Tragué saliva, no deseaba mentirle a un hombre
enfermo, pero… Bajé la mirada y respondí:
—Sí.
—¿Qué te gustó de él?
Sonreí.
—Me gusta que sea un hombre con
determinación, inteligente…
—Estoy muriendo —me cortó el Rey—, no sé
cuanto tiempo me queda de vida y quiero saber si
tú cuidarás de mi hijo.
—Lo haré, aun cuando su testarudo hijo no desee
que lo haga —prometí.
—Entonces, responde con honestidad: ¿Qué fue lo
que te enamoró de mi hijo?
Cerré los ojos y me preparé para ser lo más
honesta que podía de acuerdo a la situación en la
que estábamos.
—Cuando su hijo me mira, mi corazón late con
más fuerza, mis manos tiemblan y mi mente se
nubla. Me gusta cómo poco a poco vamos
descubriéndonos y dejando caer las murallas que
nos rodean, me encanta que, sea servicial, que se
preocupe por usted y su pueblo. —Abrí los ojos—.
De un mundo lleno de personas, siento que él, es
la persona que más me comprende y que más me
complementa.
Me sentí orgullosa de haber sido sincera, al
menos, esto quedaría entre mi suegro y yo.
—Veo que, elegiste bien a tu esposa —comentó el
Rey viendo a alguien a mi espalda.
Episodio 19: El peso de la
corona.
Lizzie.
Me tensé y lancé varias maldiciones mentales.
Sabía que, él había escuchado todo, qué mal
momento para ser honesta.
Sentí la mano de Dominic posarse en mi cintura,
con firmeza me pegó a su cuerpo y me susurró:
—Si te hago sentir todo eso sin tocarte, imagina si
te follo.
Tosí alejándome un poco de mi esposo.
—Amor, pensé que, estabas en una reunión —
comenté arrugando la nariz.
—Y lo estaba, pero quería saber cómo iban las
cosas entre ustedes. —Dominic se acercó a su
padre y se agachó quedando casi a su altura—.
Tenía entendido que, no podías salir de tu
habitación.
—Es descortés rechazar la invitación a dar un
paseo, principalmente, si la dama es hermosa
como una tarde de otoño —respondió el Rey
buscando mi mano. Me acerqué y se la di—.
Ahora, cuéntenme: ¿Cómo se conocieron?
Mi corazón comenzó a latir de prisa y muy fuerte.
Miré a Dominic, pero él estaba calmado y listo
para hablar.
Tomé una respiración y cerré los ojos, no
habíamos coordinado ese pequeño detalle, a
pesar de mis insistencias.
—Fue en el campo de batalla —reveló y abrí los
ojos—. Estaba en la enfermería después de… —
Dominic se tocó la cicatriz que tenía en la cara—.
Bueno, allí estaba ella, con su sonrisa amable y
sus cuidados.
—Ah, eres enfermera —manifestó el Rey,
viéndome—. Eso explica la seguridad al sacarme
de la habitación.
—B-bueno… Yo no diría enfermera, era más una
practicante, pero una muy mala y torpe, por eso
solo limpiaba heridas —balbuceé atravesando
con la mirada a Dominic, no tenía idea de a dónde
iba con esta maldita historia y debía actuar como
si supiera.
—Lo importante fue que la atracción fue
instantánea, a medida que me recuperaba más se
fortalecía nuestra relación. —Sonreí como se
supone que lo haría una esposa enamorada y
tomé su mano, aunque, al sentir cómo se tensaba,
pensé que, había cometido un error. Sin embargo,
mi señor esposo se volteó a verme y agregó—. Al
verla, supe que, ella era la mujer de mi vida.
—Entiendo, hiciste bien al no dejarla escapar —
expresó el Rey.
—Fue muy listo —comenté con sarcasmo.
Debía admitir que, estaba realmente sorprendida
con la hábil respuesta de Dominic. Si supiera que,
me gustó la historia que inventó.
Dominic tomó la silla de su padre y comenzó a
realizar el camino de regreso.
Después de unos minutos en silencio, llegamos a
la habitación del rey.
Fui testigo de cómo la tristeza se apoderaba de
mi falso suegro y entristecí con él.
Siendo honesta, la habitación era terriblemente
negativa. ¿Cortinas negras? ¿Es un chiste?
Además, el cuarto guardaba un olor poco
agradable.
¿Acaso esperaban la muerte natural del rey o
causarla?
Dominic ayudó a su padre a instalarse en la cama
y sonreí genuinamente.
Ese hombre sería un completo imbécil, pero era
capaz de sentir todo el amor que le tenía a su
padre.
—Elizabeth, hazme un favor —comentó el Rey
cuando ya estaba instalado en su cama.
—Dígame, su majestad. —Bajé la cara en señal de
respeto.
—En privado, puedes decirme Arthur —manifestó
mi falso suegro y volteé a ver a Dominic, pero él
solo observaba a su padre—. Ve a mi armario,
detrás del espejo hay una bóveda, ábrela y tráeme
la caja que está dentro.
—¿La bóveda tiene código? —indagué con una
sonrisa.
—Sí, la fecha de nacimiento de tu esposo. ¿Te la
sabes verdad?
—Por supuesto. —Miré a Dominic—. Ya vuelvo.
Entré al dichoso armario y con manos
temblorosas saqué mi teléfono.
Busqué la fecha de nacimiento de Dominic y
suspiré cuando la información apareció en la
pantalla de mi teléfono. Con prisa moví el espejo
y metí el código en el panel numérico.
La caja se abrió y suspiré aliviada, tomé su
contenido y regresé con mi señor esposo y su
padre.
—Aquí tiene. —Puse la caja en las manos del Rey.
—Desde que te tuve en mis brazos supe que, tú,
serías mi sucesor. —Arthur abrió la caja—. Estas
son las coronas que tu madre y yo usamos en
nuestra juventud.
Bajé la cara avergonzada de que mis mentiras me
hubiera llevado a poseer una corona, temporal,
pero corona al fin.
»Hijo. —Dominic se acercó a su padre y se inclinó
dejando que este pusiera sobre su cabeza esa
joya que combinaba con sus ojos—. Sé que
eduqué a un gran hombre, espero que, en tus
manos, el reino florezca.
—Lo juro.
—Elizabeth —me llamó y me quedé congelada
donde estaba—. Por favor, acércate.
—Señor… —Dominic tomó mi mano y me llevó
delante de su padre.
—Las personas piensan que, el trabajo duro lo
tiene el rey, pero en realidad, la reina se lleva la
peor parte. —Me incliné delante de Arthur—. Solo
te pido que, no olvides tu promesa.
Sentí el peso de la corona recaer en mi cabeza y
tuve ganas de huir lejos de allí. No por la corona,
sino por la promesa que sabía no podría cumplir.
—No lo haré —aseguré levantando la cabeza.
—Les aseguro que, no será un camino fácil, pero
con amor, todo es posible —declaró el Rey.
—No te defraudaré —manifestó Dominic.
—Lo sé, no te dejaré hacerlo —murmuró Arthur—.
Ahora, llévate a tu esposa a la habitación, antes
de morir quiero cargar a mis nietos.
Sentí mis mejillas arder, pero el imbécil de
Dominic me tomó la mano y la besó:
—Espérame aquí, iré por la enfermera de mi
padre. —Salió de la habitación.
Me acerqué al Rey y tomé sus manos.
—Su alteza…
—Dime Arthur.
—Cierto. —Sonreí avergonzada—. Acabo de llegar
y me interesa conocer más de la historia de este
hermoso lugar. ¿Le importa si vengo a visitarlo?
—Muchacha, puedes venir las veces que desees.
—Gracias. —Bajé la cara, temiendo no meter la
pata—. También quería pedirle permiso para
renovar un poco su habitación.
—Tienes mi completa autorización —afirmó el
Rey.
Tenía pensando hacerle un par de cambios a este
lugar, comenzaría con quitar esas horribles
cortinas negras.
»Elizabeth, debes saber que…
Dominic entró seguido por una mujer que, apenas
me miró, sus ojos fueron a mi cabeza.
—Señor, ¿iba a decir algo? —inquirí viendo a mi
falso suegro.
—Lo haré la próxima vez que nos veamos —
prometió Arthur.
—Mi amor. —Dominic estiró su mano—. Dejemos
a mi padre descansar.
—Por supuesto. —Me acerqué a él y tomé su
mano.
Salimos de la habitación y caminamos un par de
metros, esperé con paciente a estar lejos de la
habitación del Rey y pregunté en voz baja:
—¿Por qué dijiste que era enfermera?
—Porque eres muy torpe para ser militar.
—¿Te das cuenta de que tu padre está enfermo y
que si me piden ayuda no podré hacerlo? —Estaba
irritada—. La historia fue linda, pero, ¿no pudiste
ponerme como la que limpiaba y cambiaba las
sábanas?
—Por mi padre no te preocupes, tiene al mejor
equipo médico a su disposición.
—Gracias a Dios, estaría perdido si su salud
queda en mis manos. —Expulsé el aire de mis
pulmones—. Por cierto, vendré a visitarlo mañana
y deseo cambiar el ambiente de esa horrible
habitación.
Dominic se detuvo y me atravesó con su mirada.
—¿Hice algo mal? —indagué nerviosa.
—Al contrario. —Dominic me abrazó.
No mentiré, su cambio de actitud me había
tomado por sorpresa y una agradable.
»Has logrado salvar a mi reino —murmuró mi
señor esposo en mi oído.
—Bueno. —Puse distancia entre nosotros—. Hasta
que no se realice la coronación todo puede
cambiar.
—Tiene razón, le pediré a Emilio que, organicé un
baile.
—¿Baile?, ¿para qué?
—Es hora de que el reino sepa quien será su futura
reina —comunicó Dominic separándose de mí y
viéndome fijamente.
Arrugué la frente y negué con la cabeza:
—Nunca he ido a un baile.
—Pues que, honor ser el primero que te lleve a
uno. —Dominic me sonrió y juro que, si no sintiera
el peso de la corona en mi cabeza, juraría que
estaba soñando.
—Dominic. —Emilio se acercó y estiró su mano—.
Me alegra verte con esa corona en la cabeza.
—Gracias, pero mi esposa me ha recordado que,
todavía nos queda camino por recorrer. —Dominic
se alejó un poco de mí, le comentó algo a su
asistente en voz baja y me miró de nuevo—.
Puedes conocer el castillo si lo deseas, en un rato
iremos a comprar el vestido para el baile.
—De acuerdo —vacilé viendo a Emilio.
—Jena está en la cocina —comentó el asistente
de mi esposo.
—Ve por ella, nosotros te esperamos en mi
despacho.
Emilio asintió y se marchó.
Dominic tomó mi mano y besó su dorso:
—¿Me permite caminar a su lado? —Sonreí ante
su manera de expresarse.
—Sí, solo si promete controlarse.
—No puedo prometerle nada, ya que, deseo
poseer su cuerpo y llenar su boca de… —Dominic
guardó silencio cuando vimos a Mathilde caminar
hacia nosotros.
Los zapatos de la doña rechinaban en el suelo, su
expresión era furiosa, aunque, perdió el color de
su cara al ver las coronas sobre nuestras
cabezas.
—Sabía que, tu padre no le daría una oportunidad
a Logan.
—Lo lamento, el rey tomó una sabía decisión —
habló Dominic.
—Supongo que, debo felicitarlos.
—¿Por la boda o por la pronta coronación? —
inquirió Dominic en tono de burla.
—Por la primera. —Mathilde se acercó a mi
esposo y él me colocó detrás de él, fue un gesto
sutil, pero no pasó por desapercibido—. Ya que, no
se pueden contar los pollitos antes de nacer.
—Quieras o no, pronto seré tu rey —la confrontó
mi esposo.
—Eso, está por verse. —Mathilde clavó su mirada
en mí por unos segundos y continuó con su
camino.
Dominic tiró de mi mano y avanzó por el pasillo
con dirección a la cocina.
—Esa mujer me da escalofríos —comenté,
mientras trataba de seguirle el paso a Dominic—.
Espera un poco, tengo piernas cortas.
—Debo ir a una reunión, pero. —Dominic me sujetó
la cara—. Almorzaremos por fuera.
—¿Me explicarás qué sucede?
—Lo haré. —Dominic depositó un casto beso en
mis labios y se marchó.
Episodio 20: A merced de la
reina.
Lizzie.
Vi a mi señor esposo desaparecer y me dispuse a
entrar a la cocina, pero me topé con Jena
saliendo.
—Justo iba a buscarla —comentó serena, pero
cuando notó la corona en mi cabeza. Hizo una
reverencia—. Felicidades, su alteza.
Me quedé viendo a Jena sin saber qué decirle.
Después de unos segundos de meditación, solo
pronuncié en voz baja:
—Gracias, supongo.
—Emilio me comentó que: usted deseaba conocer
el castillo. ¿Es correcto?
—Sí, no es agradable no tener idea dónde queda
nada. ¿Hay alguna biblioteca?
—5 de hecho. —Jena sonrió—. 2 amplias galerías,
1 gigantesco salón de baile, 2 comedores, puedo
seguir, pero mejor los vamos descubriendo.
—Maravilloso. —Respiré tratando de calmarme—.
Empecemos por la cocina.
Di varios pasos, pero Jena me tomó del brazo con
sutileza.
—Lo siento, su alteza, pero deberíamos comenzar
por otro lado —sugirió en voz baja.
—¿Qué hay en la cocina que no quieres que vea?
—inquirí. Sabía que, no era la reina, esa ya había
vomitado su veneno. Ante el silencio de mi
doncella, le ordené con firmeza—. Dilo de una vez.
Jena me llevó varios pasos lejos de la entrada de
la cocina y comentó:
—La Duquesa Ivy es una mujer muy cruel…
—¿Quién es Ivy? —indagué cansada de no saber
nada.
—La prometida de su cuñado —reveló Jena
nerviosa.
Fruncí el ceño, luego lo relajé, se me había
olvidado que, Dominic tenían un medio hermano
muy parecido a él.
—Me da igual quién sea, además, yo soy quien
lleva la corona en la cabeza. —Le guiñé un ojo a
Jena y fui a la cocina.
Dios era testigo de que no me gustaba buscar
pelea, pero tampoco me escondía como si
debiera algo.
Entré y vi a dos mujeres del servicio arrodilladas
en el piso, delante de otra mujer; debo decir que
muy bonita. Otras de sus compañeras estaban de
pie con la cabeza baja.
La sangre me hirvió y por primera vez en toda mi
vida tenía ganas de tirar del cabello de esa mujer.
—¿Qué está pasando? —pregunté dirigiéndome a
las mujeres en el suelo.
—Te doy la oportunidad que te retires, si no vas a
acompañar a esas dos desgraciadas en el suelo
—contentó la mujer sin tomarse el tiempo de
verme.
—Levántense del suelo —ordené a las mujeres y
sus compañeras que ya habían visto la corona en
mi cabeza, les ayudaron.
—¿Qué creen que hacen? —vociferó Ivy volteando
a verme. Su rostro perdió el color y sus manos
temblaron, aunque, algo me decía que, no por
miedo, sino por furia.
—¿Cuál fue el delito cometido por esas mujeres?
—indagué asegurándome de tener la espalda
recta.
—Una de ellas le echó azúcar a mi té.
—Por favor —bufé esbozando una sonrisa—. Creí
que, era algo más grave.
Pensé que, una de ellas la había intentado
apuñalar con una lata oxidada, pero, ¿azúcar en el
té? Vaya estupidez.
—Es algo grave —comentó Ivy.
—¿Eres diabética?
—No.
—¿Entonces?
—Estoy haciendo una dieta y…
—¿Dieta? ¿Todo este show es por una dieta? —Me
acerqué a ella—. A diferencia de ti, que
aparentemente, no tienes nada que hacer más
que fastidiar a los empleados del castillo. Esas
mujeres deben hacer la comida, limpiar y
organizar.
—Sí, pero…
—Vete de la cocina, no te quiero por aquí —declaré
evaluando a las empleadas.
Suena patético, pero me había vuelto una experta
en evadir las miradas fijas.
—¿Te crees mucho por llevar esa corona en la
cabeza?
—No, cualquier persona con un corazón dentro de
su pecho se hubiera dado cuenta de que todo
esto es ridículo. —Fui hasta las empleadas y les
ordené amablemente—. Por favor, vuelvan a sus
labores.
Ver a esas mujeres en el suelo, realmente, me
había hecho sentir mal, quizás, porque, lo sentía
como un ataque personal.
Las mujeres se movieron de prisa y en pocos
segundos la cocina había quedado
completamente vacía.
Miré a Jena que, seguía en la entrada con la
cabeza baja.
Avancé un paso hacia mi doncella, pero la mano
de Ivy se cerró en mi brazo.
—Disfruta de ese poder, mientras lo tengas,
porque te aseguro que, no lo vas a conservar por
mucho tiempo.
—¿Es idea mía o estás cuestionando la decisión
del Rey? —indagué soltándome de su agarre.
—N-no, por supuesto que, no —balbuceó Ivy
retrocediendo un paso—. Solo digo que, no eres
de este reino, el pueblo se volverá en tu contra y
te sacarán de aquí, tal vez te dejen conservar la
cabeza sobre tus hombros.
Sonreí ante su amenaza.
—Hay que estar realmente desesperado para
amenazar a tu futura reina, dentro de la casa del
propio Rey. —Levanté la mirada y la vi directo a los
ojos—. Pero, te comprendo, si Arthur ya tomó su
decisión, dejas de serle útil a tu prometido
—No es cierto, Logan me ama.
—¿Te ama? —Arrugué la cara y abrí las manos—.
¿O solo te necesitaba?
—A diferencia de ti, yo sí poseo mis propios
títulos. —Ivy enderezó su espalda—. Yo soy la
duquesa de…
—Cariño, hasta yo sé qué reinado mata ducado. —
Me incliné un poco hacia ella y dije en voz baja—.
Ha sido divertido hablar contigo, pero si fuera tú,
iría a ver si sigo siendo la prometida del rey de
nada.
Deposité un beso en su mejilla y salí de la cocina.
Ok, debía admitir que, ser la persona con más
poder en una habitación era divertido.
Mi doncella me siguió por el pasillo, como
siempre, a un par de pasos detrás de mí.
Fui hasta las escaleras y subí con dirección a mi
dormitorio.
En el camino nos encontramos a varios
empleados del castillo, supongo que, en un sitio
como este, era imposible no toparse con alguien.
Me detuve en la entrada de mi habitación y miré
sobre mi hombro:
—Espérame aquí.
Jena asintió y crucé el lumbral del cuarto.
Fui hasta mi mesa de noche, allí había guardado
mi teléfono nuevo, lo saqué y activé la línea.
No estaba segura de por qué había comprado un
celular nuevo, tampoco sentía que, tenía nada que
ocultar, pero había una fina línea entre mi vida
pasada y mi presente.
No quería causarle más problemas a mi familia.
Puse mi teléfono personal en silencio y lo guardé
en la cinturilla de mi pantalón, el otro lo guardé en
el bolsillo.
Fui hasta el espejo y revisé mi atuendo.
Tenía ganas de conocer el castillo, pero sentía
que, era frívolo de mi parte, recorrer el lugar,
creyéndome la dueña y señora, cuando sentía que
había cosas más importantes.
Así que, me sentaría en el despacho de mi señor
esposo y me pondría a investigar cómo darle un
aspecto más agradable a la habitación de Arthur.
Regresé al pasillo y me encontré a Jena frente a
la reina.
—Su majestad. —Hice una reverencia—. ¿Se le
ofrece algo?
—Princesa, ayer, cuando le pedí a mi doncella
guardar el juego de té que saqué para nuestro
encuentro, me comentó que, una de las tazas se
había caído al suelo rompiéndose en mil pedazos.
—Trague saliva—. Asumo que, sabes lo que le
sucedió.
—Soy muy torpe, fui a ponerle azúcar y ella solo
resbaló de mis manos.
—Se resbaló… —repitió lentamente. Supe que, ella
sabía que, estaba mintiendo—. Pues, quiero mi
juego completo.
Fruncí el ceño.
—¿Quiere que le compre uno? —cuestioné sin
entender qué se proponía.
—No, no tienes el dinero para pagar un juego
como ese.
—¿Entonces…?
—Acabo de comprar uno, pero no puedo ir a la
ciudad a retirarlo y dentro de unas horas vendrán
los padres de Ivy de Rothesay.
—Su alteza, me temo que, no entiendo lo que me
solicita.
—Elizabeth, quiero que, vayas a la ciudad y
busques el nuevo juego de té, mientras yo me
preparo para atender a los padres de mi futura
nuera.
Miré a Jena.
Un mal presagio se instaló en mi interior.
—Yo iré con la princesa —comentó Jena.
—Niña, tú haz lo que quieras —expresó Mathilde
de forma despectiva—. Mandaré a mis mejores
guardias contigo. Te esperarán en 5 minutos en
la entrada del castillo.
—¿Por qué debo ir yo? Según me parece, cuenta
con los mejores guardias del castillo.
—Porque, ellos no rompieron mi taza. —La doña
me miró—. 5 minutos.
—En este momento no puedo ir —dije con firmeza.
—Veo que, todavía no lo entiendes. —Mathilde
avanzó un paso hacia mí y fue bastante
amenazante—. Puedes que, tengas esa corona en
la cabeza, pero la reina sigo siendo yo. —Golpeó
mi hombro con su dedo—. Si digo que, vas a
buscar mi juego de té. Tu deber es cumplir mi
orden.
Abrí la boca para decirle sus verdades, pero Jena
negó enérgicamente con la cabeza.
—Parece que, no tengo opción —murmuré
bajando la mirada.
—No, no la tienes. —Mathilde se dio la vuelta y se
marchó tarareando una canción.
Me quedé en silencio viendo cómo la bruja
desaparecía.
—Debería ir con su esposo y decirle lo que acaba
de pasar —murmuró Jena.
—No, él ya tiene bastante con que lidiar.
—Igual no debería ir —murmuró Jena.
—Lo sé, pero debo hacerlo, no viste lo que dijo.
—Puedo ir yo en su lugar.
Negué con la cabeza, parece estúpido, pero algo
me decía que, no solo iba a la ciudad por un
maldito juego de té, aunque, era más ridículo
jugar un juego sin saber las reglas.
Sin embargo…
—Espérame en la entrada, yo debo hacer algo
antes de marcharme.
Me eché a caminar escaleras abajo.
Sabía que, algo así, pasaría, aunque, esperaba de
corazón que, solo fuera una estrategia de parte de
la reina para intimidarme y no algo peor.
Episodio 21: Reino de mentiras.
Lizzie.
Llegué a la entrada del castillo usando una capa
con capucha.
Jena me miró y se extrañó de mi apariencia, pero
no dijo nada, solo me abrió la puerta del vehículo
y subí a bordo.
—Muévete, no tengo tiempo que perder —le
ordené al chofer.
—¿Sucede algo? —indagó Jena en voz baja.
—Sí, pero te lo diré en su momento.
Al final, nerviosa y con las manos temblorosas,
había ido a buscar a Dominic, pero después de
unos segundos me di cuenta de que no sabía en
dónde estaba metido, así que, tuve que
improvisar.
El vehículo se puso en marcha y me quedé
mirando la ventana.
Estaba tan tensa que ni siquiera pude disfrutar del
paisaje, solo me concentré en tratar de
aprenderme el camino.
«Recto 4 cuadras, giro a la derecha, avanzamos
dos calles, izquierda…», narraba en mi cabeza.
Me enfoqué en respirar y no quitar los ojos del
camino.
El viaje había sido corto, quizás, unos 15 o 20
minutos, a lo mucho, pero después de varios
giros, había logrado comprender que, estábamos
metidos en un laberinto.
Mis niveles de estrés fueron en aumento y llegué
a la conclusión de que, salir del castillo fue un
error. Claro, pero era tan soberbia que, pensé
poder con este asunto, sin ayuda.
—Su alteza llegamos —comentó el chofer de
manera estoica.
—¿Quién te crees? Mejor dicho. ¿Quién piensas
que soy? —Miré al frente—. Bájate y ábreme la
puerta.
—Como ordene su majestad —respondió el
empleado de la reina en tono de burla.
—¿Sabes donde estamos? —le pregunté a Jena y
ella asintió, y por la cara que puso, entendí que no
era un lugar muy seguro.
Apenas cerró la puerta de su lado, me quité la
capa y se la di a mi doncella.
»Póntelo —le ordené a Jena—. Mantén la cabeza
baja, camina con firmeza y asegúrate de decirle
que, te lleve hasta la tienda.
—¿Tú qué harás?
—Regresar al castillo.
—¿No se darán cuenta de que no soy tú?
—Es lo más seguro, de hecho, cuento con eso. —
La puerta se abrió y dije en voz alta—. Espérame
en el auto.
Jena se acomodó la capucha y salió del vehículo.
—No te quedes allí parado, llévame a la tienda. —
Jena cerró la puerta y me sorprendí de su
actuación.
Mientras esperaba que se alejasen, solté mi
cabello y lo alboroté un poco, asegurándome de
que una parte me tapase la cara y abrí el GPS de
mi teléfono, pero no llegaba la suficiente señal
para que me diera los datos correctos.
Era eso o simplemente estaba en una zona que
no aparecía en el mapa.
Esperé un poco y bajé del auto.
Sin la capa, me sentía expuesta, aunque, evité
salir corriendo, solo caminé con calma y con un
paso medianamente apresurado.
Después de todo lo que me pasó, me convencí de
que, era fuerte y podía enfrentar cualquier
situación. Ahora, me daba cuenta de que solo fui
una persona tonta e ingenua.
Sentí que me seguían y miré sobre mi hombro,
pero no logré ver a nadie.
Revisé de nuevo el GPS y todavía no me decía en
dónde estaba metida.
Había pocas personas pululando en la calle,
aunque, no me generaban la confianza suficiente
para pedirles alguna dirección.
Vi un par de negocios abiertos y seguí de largo,
sabía que, cuando estabas en una zona peligrosa,
parecer que no conoces dónde estabas, era el
llamado para que las personas malas te hicieran
daño.
No sé cuantas veces giré o cuantas llegué a la
misma calle, pero en algún momento, llegué a
otro lugar y me asusté al no ver personas allí.
Comprobé la señal de mi teléfono y seguía siendo
una porquería.
De pronto, escuché un ruido y miré sobre mi
hombro; no vi a nadie, pero logré ver la sombra
que, se reflejaba en el suelo.
Vi la hora y maldije, pasaban por mucho del
mediodía. ¿Cuánto tiempo había estado
caminando?
Me avergonzaba admitirlo, pero estaba perdida.
Seguí caminando fingiendo que no había visto
nada. Avancé varias calles, seguía sintiendo que
me seguían, así que, tomé mi teléfono y le levanté
un poco para usarlo de espejo retrovisor.
Solté una pequeña risita, al percatarme de que
estaba sola y probablemente, estaba
enloqueciendo.
Pero, la sonrisa se me borró de la cara cuando vi
que, en efecto, dos hombres caminaban unos
metros detrás de mí, avanzaban un par de pasos
y se ocultaban.
«Coño e’ su madre», maldije en mi cabeza.
No me quedaba otra opción que, llamar a mi
señor esposo.
Marqué su número y después de varios tonos, él
colgó la llamada.
«Mierda, mierda, mierdaaaaa», grité en mi cabeza.
Normalmente, no lo hubiera llamado más, pero
estaba en un asunto de vida o muerte; supongo.
Así que, me concentré en seguir llamando y
caminando.
Giré por una calle y corrí un poco para llegar
pronto y dar la vuelta, pero antes de llegar a la
siguiente esquina, escuché los pasos de los
sujetos.
Ahora sabían que, yo sabía de ellos.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Escuchaba con atención el último informe
trimestral de mis tierras.
Tenía una ligera idea de cómo estaban las cosas,
pues, a pesar de no estar presente en mi nación,
siempre estuve a cargo y muy pendiente de mis
responsabilidades.
Obvio, todo hubiera sido más complicado, si no
hubiera tenido la gran ayuda de Emilio.
—La propiedad de… —Una llamada interrumpió a
mi contador.
Era Elizabeth desde su nuevo teléfono. ¿Por qué
había comprado un nuevo celular?
Negué con la cabeza y rechacé la llamada.
—Me disculpo. —Otra llamada entrante, la cual
rechacé de nuevo—. Por favor prosiga.
—Ha crecido un…
Rechacé de nuevo la llamada.
—Es mi esposa, le dije que la llevaría a comer,
pero llevo varias horas de retraso. —Los hombres
de la sala rieron.
—Mujeres, no tienen idea de las obligaciones de
los hombres —comentó uno de mis
administradores.
—La mía no es buena en matemática, pero sabe
cuál es mi tarifa de trabajo. —Más risas.
Otra llamada nos interrumpió.
—Su alteza, si no quiere enfurecerla más, es mejor
que atienda esa llamada —sugirió Pussett mi
contador.
—No, después le llevo flores —manifesté
rechazando de nuevo la llamada.
8 veces seguida me había llamado esta mujer.
—Como iba diciendo… —Mi celular comenzó a
sonar de nuevo.
Expulsé el aire lentamente, mientras atendía la
llamada.
—Elizabeth…
—Dominic, me persiguen —sollozó ella.
—¿De qué me hablas? —indagué sintiendo mi
corazón empezar a latir con más fuerza.
—Salí del castillo, salí y llevo horas caminando en
círculos, no tengo idea de dónde estoy y dos
hombres me han estado persiguiendo. —La
escuché llorar.
—Voy por ti, no cuelgues la llamada —hablé
bajando la voz y poniendo la mano sobre mi boca,
la preocupación inundó mi pecho y supe que, si
alguien le tocaba un solo cabello a mi esposa,
alimentaría los cerdos con sus cadáveres—. Solo
sigue hablando.
Me levanté de la silla de un salto y miré a mi
asistente y a los presentes en la reunión.
»La reunión ha llegado a su fin, Emilio, corre y
prepara mi moto.
Emilio no chistó, solo se marchó a cumplir mi
orden.
Salí de la habitación caminando a paso
acelerado.
—Dominic, lo lamento, no debí salir. —Elizabeth no
paraba de llorar.
—Eso lo hablaremos luego —gruñí furioso—.
¿Dónde estás?
—¡No lo sé! ¿Qué parte del que estoy perdida no
entendiste? —respondió en voz baja.
—Dime que ves a tu alrededor —indagué
clamando paciencia.
—Una calle vacía, varios negocios cerrados.
Llegué a la entrada de mi casa, vi a Emilio
acelerando mi moto.
—Escucha necesito nombres, los malditos
nombres de los locales —vociferé perdiendo la
calma.
—¿Qué está pasando? —indagó Emilio.
—Elizabeth está en problemas. —Subí a la moto.
—Déjame ir por ti —manifestó queriendo subir.
—No, quédate y trata de averiguar por qué salió
del castillo.
Salí a toda prisa.
—Veo una tienda, pero es muy vieja y no leo el
nombre —hablaba Elizabeth y podía escuchar lo
asustada que estaba.
La culpa de que ella estuviera en toda esa
situación, era mía. Por no hablar con ella, no
advertirle que, este no era un puto cuento de
hadas.
—Dime, cuál es.
—No logro verlo bien, la fachada está muy
deteriorada.
—Bien, solo sigue caminando —le ordené.
—Espera, creo que, dice… —Aceleré—. Capti onis,
no sé, tal vez son dos palabras.
Me quedé pensando.
—¿Puede ser Captivum passionis?
—Sí, aunque, no estoy segura.
—Ya sé dónde estás, solo…
—Oh, no. —Retuve el aliento—. Dominic, quedé
atrapada en un callejón sin salida.
Episodio 22: Caballero dorado.
Lizzie.
Era una estúpida, una tonta, una imbécil. ¿Cómo
se me había ocurrido seguirle el maldito juego a
la reina?
¿Cómo se me había ocurrido doblar en esa
esquina en lugar de seguir de largo?
—Dominic, ya saben que estoy aquí —susurré
escondida detrás de un container de basura.
Sí, en el efímero momento que tuve, había
revisado si el edificio tenía escaleras de incendio,
pero había descubierto que, no había salida.
Solo era cuestión de tiempo para ser encontrada
por esos tipos.
—Ya sé dónde estás, yo estoy… —La llamada se
colgó y mi corazón se detuvo.
Verifiqué y efectivamente, me había quedado sin
señal.
«Eres una idiota, estúpida, soberbia y
tonta», sollocé en mi cabeza. Mi cuerpo temblaba
sin control alguno y mi cabeza solo podía pensar
en mi familia, en todos los problemas que les
causaría.
Las lágrimas seguían corriendo libremente por mi
mejilla.
Con cuidado de no ser vista, me asomé un poco y
vi un auto detenerse en la entrada del callejón, un
hombre bajó y lo rodeó, mientras su compañero
se había quedado vigilando. El que se había
quedado dijo algo y ambos miraron en mi
dirección.
Ambos hombres comenzaron a caminar hacia mí
y supe que, no había salida.
Cerré mis ojos y como siempre esperé lo peor.
—Aquí estás. —Sentí un hombre tomarme del
cuello de mi camisa y levantarme de manera
salvaje del suelo. Sentí cómo me arrebataron el
celular de la mano y lo hicieron pedazos contra el
pavimento.
El sujeto me colocó en el piso, me sostuve de pie,
aunque, casi pierdo el equilibrio.
—Abre los malditos ojos —gritó otro hombre y me
tomó con fuerza la cara.
—¿Qué es lo que quieren? —indagué sin abrir los
ojos.
—Que abras los ojos —respondió uno.
—No. —El otro levantó su mano y me abofeteó, el
golpe fue tan fuerte que caí al suelo.
Llevé mi mano a la cara y sin poder posponerlo
más abrí los ojos.
Frente a mí estaban dos hombres, altos, robustos
y realmente parecían ser despiadados.
—¿Qué tal princesa? —Ambos hicieron una
estúpida reverencia—. Navaja y Verde para
servirle.
—¿Qué quieren? —Traté de sonar con autoridad,
pero mi voz salió rota y temerosa.
—Nos han enviado para darte un paseo exclusivo
por la ciudad —comentó Navaja y su colega soltó
una risa.
—N-no q-quiero —balbuceé temblando.
—No tienes opción. —Verde, era más bajo que su
compañero, pero por mucho más aterrador. Dio
varios pasos hacia mí y bajé la mirada.
Sin poder evitarlo, mi mente fue a aquella maldita
noche donde me congelé al ver a esos tipos en mi
habitación, pero lo que más me torturaba era que
después del primero, solo me petrifiqué, dejé de
luchar creyendo que, sería mejor; no lo fue.
Pero, me había prometido que, no me rendiría
jamás.
Mi respiración se volvió trabajosa, pero estaba
decidida a pelear.
Me apoyé sobre mis manos y empecé a patalear.
—Zorra —vociferó Verde cuando le pegué en la
cara con mi pie.
—Dejarás que una mujer te gane —se burló Navaja
logrando enfurecer más a su compañero.
—Claro que, no. —Puso su pie sobre mis piernas,
dejándome inmovilizada por unos segundos e
hizo presión logrando hacerme daño—. Te tengo.
—¿Seguro? —Tomé su cara y clavé las uñas con
fuerza.
—Desgraciada. —Verde me pegó una patada que
me sacó el aire.
—Basta, me harté. —Navaja intervino cansado de
la pelea, acortó la distancia, me tomó del cabello
y empezó a arrastrarme al auto.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —grité retorciéndome.
—Eso no sirve de mucho por aquí. —Verde se
quedó parado viendo la escena con la mirada
cargada de sadismo.
Tomé su pierna y el hombre cayó al suelo, me
levanté de prisa y le pegué en las bolas.
Salí corriendo, pero su compañero se lanzó sobre
mí y caímos al suelo.
—Te arrepentirás. —Me dio la vuelta, se subió
sobre mí, asegurándose de inmovilizar mis
brazos con sus piernas.
—Asesinarte. —Su mano se cerró sobre mi cuello
y apretó sonriendo aterradoramente—. No estaba
en los planes, pero…
Un arma en su cabeza silenció sus palabras.
—Quita tus manos de mi esposa. —Dominic
apareció en mi campo de visión, su mano libre fue
a mis ojos y los cubrió.
Escuché un ruido seco y el peso del tipo
desapareció.
Dominic retiró su mano, pero no abrí los ojos.
Agudicé mi oído y oí varios pasos alejándose del
lugar, algo siendo arrastrado y después, pasos
regresando hacia mí.
—No abras los ojos, te llevaré a casa —murmuró
Dominic.
Me tomó en sus brazos y se echó a caminar.
Ninguno habló, pero tampoco tenía ganas de
hacerlo.
Llegamos a alguna parte, Dominic me puso con
cuidado en el suelo y se alejó.
—¿Dominic? —indagué estirando las manos.
—Aquí estoy. —Su brazo cruzó mi vientre, me hizo
retroceder varios pasos y me subió a algo—.
Vamos, tenemos muchas cosas que hablar.
—¿Puedo abrir los ojos? —pregunté nerviosa.
—No lo sé. ¿Quieres hacerlo? —Negué con la
cabeza—. Bien, agárrate fuerte.
Sus manos guiaron a las mías y sentí la calidez de
su cuerpo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y
Dominic me cubrió con su chaqueta.
Nos comenzamos a mover y después de unos
minutos abrí los ojos.
Íbamos en una moto, yo sentada entre las piernas
de Dominic, de tanto en tanto, su brazo me
sujetaba como si temiera que me fuera a caer.
Levanté la cara y observé a mi señor esposo
desde mi posición.
Su mandíbula estaba bien definida, su manzana
de Adán sobresalía, sus labios estaban
ligeramente abiertos, su mirada fija en el camino
y su cabello se movía con la brisa.
«Joder. ¿Acaso este hombre podía ser más
guapo?»
Me acomodé en su pecho y mi nariz quedó entre
su hombro y cuello.
«Además, huele ilegalmente bien»
—Para por favor —pedí con la cabeza dándome
vueltas.
Dominic se detuvo, me bajé de la moto y corrí
lejos, me incliné y expulsé todo el contenido de mi
estómago.
Mi señor esposo llegó hasta donde estaba yo, me
sujetó el cabello y me dio palmaditas en la
espalda.
—Estás bien, a salvo —susurró de manera
consoladora.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y lo
miré:
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que, dejes de hacer estupideces.
—¿Quieres repartir culpa? Bien. —Me alejé de él—
. Sí, fui una maldita idiota al suponer que, podía
controlar toda la situación, pero tú… Eres un
imbécil por no prevenirme de esta locura.
Las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos
descontroladamente.
—¿Quiero que me digas qué mierda hacías fuera
del castillo? —Dominic me tomó del rostro y me
hizo verlo.
Me separé de él y miré a mi alrededor tratando de
orientarme de algún modo.
—¿Dónde estamos? —le pregunté temblando.
Dominic se quitó su abrigo y me lo dio:
—¿Cómo llegaste a ese lugar tan peligroso? —
preguntó de nuevo y bajé la cara avergonzada.
—Soy una tonta, eso fue lo que pasó.
—Elizabeth —su tono de advertencia me dio
escalofríos.
—La reina me buscó, dijo que: debía reponer la
taza que le había roto. Así que, me envió a buscar
otro juego de té —sollocé—. Pero, tenían un plan.
—¿Cuál: perderte, exponerte y ser asesinada? —El
sarcasmo en su voz me hizo sentir más estúpida.
—Lo lamento. ¿Ok? —Pasé las manos por mi cara,
pero noté que estaban llenas de raspones—. Ya te
lo dije: pensé que, podía con todo esto, pero es
evidente que no puedo.
—Ven aquí. —Dominic estiró su mano y me atrajo
hasta él—. Estoy realmente molesto por tu forma
tan idiota e impulsiva de actuar, pero me alivia
saber que, llegué a tiempo.
—Dominic, ellos no me querían asesinar, creo que,
querían secuestrarme para chantajearte.
—Vaya, al parecer, si sabes pensar. —Golpeé su
pecho—. Por otro lado, no les hubiera funcionado.
—¿Me hubieras dejado abandonada? —indagué
retrocediendo un paso.
—¿Es en serio? ¿No viste que salí de una reunión
y te salvé de dos asesinos?
—Gracias. —Cambié de tema separándome de él.
—Vamos, quiero darte una ducha y follarte. —
Dominic sujetó mi mano, pero me solté de su
agarre.
—¿Sigues con eso?
—¿Qué hay de malo en exigir que me pagues con
sexo? ¡Te salvé la vida!
—Por favor, no pedí ser tu esposa —chillé
cruzándome de brazos.
—Sí, sobre eso…
—¿Qué? —le interrogué.
—Temo decirte que, la idea de casarnos fue tuya.
—No digas bobadas —bufé.
—Es verdad, primero cogimos, luego nos
casamos y después, volvimos a coger.
—Vamos, la adrenalina se te subió a la cabeza.
Dominic subió a la moto y estiró su mano para
ayudarme a subir con él.
Pero, no parecía tener intenciones de que fuera en
la parte trasera, sino entre sus piernas.
Me quedé helada admirando a semejante
espécimen.
Definitivamente, el superpoder de Dominic era ser
jodidamente sensual.
Tomé su mano y como lo suponía, él me
acomodó entre sus piernas y puso la moto en
movimiento.
Episodio 23: Princesa de fuego.
Lizzie.
Pensé que, nos dirigíamos al castillo, pero al ver
que nos alejábamos de allá sentí alivio.
La verdad, no deseaba acercarme por allá.
Después de varios minutos, Dominic detuvo la
moto en el estacionamiento de un viejo edificio.
—¿Qué hacemos aquí? —indagué bajando del
vehículo.
—Pasaremos la noche aquí —me comunicó mi
señor esposo.
—Vale, gracias.
—Aquí podremos hablar y darnos una ducha. —
Dominic pasó la mirada por mi cuerpo—.
Cambiarte de ropa y curar tus heridas.
—De mis heridas me encargo yo. No olvides que,
soy enfermera.
—Elizabeth, deja de comportarte como una
maldita cría —vociferó Dominic sujetándome por
los hombros—. Tu estupidez pudo costarte la
vida.
—Lo sé —afirmé levantando la voz, miré a mi
esposo a los ojos y murmuré—. Lo sé.
—Me aterra pensar qué pudo pasar si no llego a
tiempo. —Sus manos fueron a mi cara—.
Prométeme que, no vas a exponerte de nuevo así.
No había nada de amable en esa petición, sin
embargo, podía percibir que realmente estaba
preocupado.
Yo también estaba preocupada, alterada y sobre
todo confundida. ¿Dónde me metí? ¿Con qué tipo
de personas estoy tratando?
—Dijiste que, teníamos que hablar. —Mi voz salió
baja y triste.
—Sí, subamos. —Dominic me sujetó la mano, pero
me encogí por el dolor.
Aunque, eso no pareció importarle a él, pues, solo
tiró de mi mano y me condujo al interior del
edificio.
A pesar de haber un elevador, Dominic tomó las
escaleras y subimos 12 pisos. No entendí la
necesidad de desperdiciar tiempo y energía.
—¿Quién vive aquí? —indagué.
—Nadie. —Dominic se acercó a la puerta y
descubrió un panel numérico. Metió un código y
la puerta se abrió ante nosotros.
Mi señor esposo me condujo dentro del
departamento, cerró la puerta y me pegó a la
pared.
Sus ojos se posaron sobre los míos.
Allí me di cuenta de que no me molestaba que
Dominic me viera a los ojos, quizás, de todo el
mundo, él comprendía qué era tener tus defectos
a la vista de todos.
Su mirada bajó a mis labios y regresó a mis ojos.
—Hazme olvidar —pedí en un susurro—. Hazme
sentir que estoy viva.
Era una idiota por pensar en coger después de
todo lo que había pasado, pero era sexo con mi
esposo o… No, lo otro no valdría la pena.
Dominic me levantó del suelo y tomó posesión de
mis labios.
Sus brazos me apretaron a su cuerpo, mientras
mis manos subían por su cabello.
Mi esposo hizo pedazos mi camisa dejando que
los trozos de tela cayeran en el suelo. Gemí sobre
su boca, estaba realmente excitada y no me
importaba usar a Dominic para olvidar.
De pronto, escuchamos cómo alguien marcaba
los códigos de la cerradura.
—Maldita sea —gruñó Dominic.
—Soy yo —informó Emilio.
Dominic observó cómo estaba vestida y sin
ponerme en el suelo me llevó a la habitación.
—Date una ducha, regreso en un momento —
ordenó y cerró la puerta.
Espero que, todas esas interrupciones fueran una
señal.
Suspiré sentándome en la cama.
Dominic tenía toda la razón del mundo, había sido
una estúpida.
Cerré los ojos y me dejé caer en la cama.
Hubo una época no muy lejana donde había
abrazado la muerte, pero ahora… Le debía a mi
madre vivir.
Sentí una pequeña vibración en mi cadera y fue
cuando recordé que, allí, había guardado mi
antiguo teléfono.
Lo saqué y vi un mensaje de mi hermana.
“Remi fue dado de alta”
Dejé que la sensación de alivio recorriera mi
cuerpo, entre tanto caos, las buenas noticias
debían disfrutarse.
Revisé mis notificaciones y me encontré un
correo de Dominic.
Por pura curiosidad lo abrí y me quedé helada
viendo el video de nuestra noche de bodas.
Parecía ser yo, pero en definitiva no lo era.
Esa seguridad que, esa mujer mostraba, esa
libertad.
Una ola de excitación recorrió mi cuerpo, giré la
cara y…
—¡Santo padre! —exclamé viendo las cosas que
me estaba haciendo Dominic.
Cerré el video.
Estaba agotada de sentir miedo; cansada de vivir
temerosa; harta de fingir que todo estaba bien,
que yo estaba bien. Extenuada de reprimirme,
esconderme y callar.
Necesitaba tomar el control de mi vida.
Deseaba volver a ser la chica del video, esa
descarada y segura mujer.
Solté una pequeña risita y me levanté de la cama.
Estaba viviendo una maldita mentira, literalmente,
podía fingir ser la persona que, quisiese, pero
justo ahora, era la oportunidad perfecta para ser
libre y dejar que mi verdadera yo, brillara ante el
mundo.
Entré al baño, desnudé mi cuerpo y entré a la
ducha.
El agua comenzó a correr por mi piel llevándose
toda la suciedad. A mis pies veía cómo el agua se
teñía de rojo por aquellos raspones que, me hice
al caer. Metí la cabeza y el barro que, se había
secado, comenzó a ceder y caer al suelo.
Me sorprendió un poco ver productos de limpieza,
no eran nuevos, de hecho, parecía llevar algún
tiempo aquí.
Le resté importancia y terminé de lavar todo mi
cuerpo.
Agarré una toalla y regresé a la habitación,
caminé a la cómoda y me puse la primera playera
que pillé.
Pasé las manos por mi cabello y regresé a la sala.
Dominic estaba inclinado sobre la isla de la
cocina y fue el primero en notar mi presencia, al
ver lo que tenía puesto se irguió y pasó su
lujuriosa mirada por mi cuerpo y me estremecí.
Mis piernas temblaron y mi vagina se contrajo en
excitación.
Emilio se giró y me observó, casi de la misma
forma que lo hizo Dominic y me sentí extraña.
—Lizzie. ¡Qué gusto ver que estás bien! —Se
acercó y besó mi mano—. Le comentaba a
Dominic…
—Su esposo —lo interrumpió Dominic
colocándose a mi lado y poniendo su mano en mi
cadera.
—Que no logramos encontrar la corona en el
callejón —terminó de decir Emilio ignorando la
posesividad de Dominic.
Arrugué la frente:
—Eso es obvio.
Dominic me giró y me hizo verlo.
—¿Sabes dónde está la corona?
—¿Recuerdas el plan que te dije que tenía? —Me
alejé de mi esposo, rodeé la isla, pasé las manos
por mi cara y vi a ambos hombres—. Creí que, la
reina solo quería robar la corona, así que, la
escondí.
—No creí que diría esto, pero buen trabajo. —
Atravesé a Dominic con la mirada.
—Eres un completo idiota —comenté rompiendo
el contacto visual y vi a su asistente—. ¿Alguna
otra cosa que desees decirnos?
—Vine a curarte las heridas —manifestó Emilio y
lo noté divertido.
—Tranquilo, de eso se ocupará mi esposo, puedes
retirarte. —Tomé una bocanada de aire—. ¿Sabes
algo de Jena?
—Sí, llegó al castillo mucho antes de tu llamada.
—Oh. —Me quedé pensando por unos segundos—
. Bien, pídele que deje la capa y el maldito juego
de té en mi cama.
—Bien, le pediré algo de ropa y se la traeré
mañana.
—No, no saldré hoy, ni mañana de aquí —informé
viendo a Dominic—. Comunica que, el heredero al
trono, también estará indispuesto.
—¿Lo estaré? —cuestionó Dominic.
—Sí, me temo que sí. —Caminé hasta detenerme
frente a él, levanté la mirada y sonreí de forma
pícara—. ¿Vienes o debo comenzar sola?
—¿Qué voy a hacer contigo? Eres tan imprudente,
molesta, ingenua y soberbia… —Puse una mano
en su boca silenciando sus palabras
Me puse de puntitas y le susurré en la oreja:
—Puedes follarme o ver como me masturbo.
Me fui a la habitación y me senté en la cama.
Mi corazón latía en mi pecho tan fuerte que sentía
que saldría por mi boca.
Llevaba muchos años reprimiendo mis instintos,
cargando con mis traumas, viviendo escondida,
espero poder encontrar el equilibrio y disfrutar
estos meses con Dominic.
Sonreí al escuchar cómo Dominic corría a su
asistente.
—Largo, ahora.
En pocos segundos mi señor esposo entró a la
habitación con la mirada cargada de deseo.
»¿Qué planeas hacer?
—Tengo muchas preguntas y pocas prendas de
ropa, así que, te pagaré por adelantado la
información y después de quedar muy satisfecha,
quiero que me digas en dónde carajos me has
metido.
—Me parece un trato justo. —Dominic estiró su
mano y la tomé sin dudar.
Me levanté de la cama y salté a los brazos de mi
esposo, no me importaba que parte de la mentira
fuera coger hasta caer desmayada.
Episodio 24: Desgarradora
pasión.
Lizzie.
Salté a los brazos de mi esposo, dispuesta a
pasar la noche follando.
Dominic me sujetó con fuerza, sus manos fueron
a mi trasero, sus ojos me observaron fijamente y
una media sonrisa seductora se posó en sus
labios.
—Te eché de menos, Elizabeth. —Su boca tomó
posesión de la mía, antes de poder analizar sus
palabras.
Mis labios se separaron permitiendo que, su
lengua se internase en mi interior y lo explorase a
su antojo.
Se me había olvidado lo bien que besaba este
hombre.
«Mentira», susurró una voz en mi cabeza.
Rodeé su cuerpo con mis piernas, la playera se
subió por mi piel y los dedos de Dominic llegaron
al borde de la prenda, solo para descubrir que,
debajo, no había más que mi excitada vagina.
—Dominic —gemí sobre sus labios, al sentir cómo
sus dedos traviesos irrumpían en mi interior.
—Estás mojada —murmuró Dom rozándome su
erección en mi vagina.
—Estoy excitada —recalqué con la respiración
agitada.
Dominic no dijo nada, solo me besó con más
exigencia.
Sin dejar mi boca, me llevó hasta la cama y me
depositó con cuidado en la orilla.
Sus manos fueron a mis piernas y las abrieron por
completo, dejando mi sexo expuesto ante él.
Sus pupilas se dilataron y gruñó con su voz ronca
cargada de deseo:
—Elizabeth. —Su boca regresó a la mía, mientras
sus dedos presionaron mi clítoris y trazaron
pequeños círculos.
—Dominic —jadeé sobre sus labios, enloquecida
por sus caricias.
—Me has hecho esperar por ti, por este momento
—susurró mordiendo mi labio inferior.
—Entonces, disfrútame —pedí en tono de súplica.
Sus dedos se deslizaron en mi interior, en el
momento en que él afirmaba:
—Eso, planeo hacer, princesa. —Sus manos
tomaron el cuello de la playera y tiraron de ella
hasta romperla a la mitad.
La boca de Dominic dejó mi boca y descendió por
mi cuerpo, se detuvo en uno de mis pechos.
Su lengua rodeó la aureola, para luego cerrar su
boca sobre mi pezón. Succionó con fuerza,
mientras sus dedos seguían entrando y saliendo
de mi vagina.
Un estruendoso gemido se escapó de mi boca,
entre tanto, mi esposo volcaba sus atenciones a
mi otro pecho.
No podía dejar de ver a Dominic disfrutar de mi
cuerpo, tampoco podía dejar de tocarlo. Mis
manos fueron a su camisa y la quise arrancar de
su piel, para tocarlo a mi antojo, pero Dominic
levantó la mirada y no parecía cómodo con eso.
—Quiero tocarte —exigí contemplando su rostro.
Dominic no me dio respuesta, solo se arrodilló
ante mí y cambio sus dedos por su boca.
Cerré los ojos y gemí frunciendo un poco el ceño.
—Casi olvido lo deliciosa que eres. —Su lengua se
abrió paso entre mis pliegues, dejándome a
merced de la lujuria.
Su boca terminó atrapando mi clítoris y
succionando con energía.
Mi espalda se arqueó deleitándose con las
atenciones recibidas por mi señor esposo.
Sin poder sostenerme más sobre mis brazos, me
dejé caer en el colchón.
—Carajo —expresé en español, mientras me
retorcía de placer.
Dominic se detuvo un segundo, pero llevé mi
mano a su cabeza y moví mi cadera excitada.
»No pares —pedí.
Él no lo hizo, al contrario, aumento el ritmo en sus
dedos, llevándome derechito a una placentera
espiral de sensaciones.
Gemí, gemí con fuerza y me retorcí, mientras un
imponente orgasmo atravesaba mi cuerpo sin
piedad.
Mi mente se nubló por completo, dejándome a la
deriva en medio de la cama.
Abrí los ojos y vi a Dominic en su posición,
observándome encantando.
—¿Te diviertes? —indagué con la respiración
agitada.
—Sí. —Dominic se puso de pie y me observó
desde su altura.
Dominic no habló, solo me miró fijamente,
mientras sus manos iban a su camisa y se
deshacían de la prenda.
Al principio, no vi nada extraño, más que su
cuerpo fornido y su tez blanca.
El príncipe avanzó un paso hacia mí y noté que,
sobre su hombro izquierdo, la piel era diferente.
Me levanté de la cama y me acerqué a él.
—No me gusta que me toquen de no ser
estrictamente necesario.
—¿Vaya, eso fue antes o después de casarse?
—Fue desde que, una granada explotó dentro del
tanque de guerra donde yo iba.
Una sensación de dolor cruzó mi ser, supuse que,
esa cicatriz era compañera de la que tenía en la
cara.
Con cuidado de no lastimarlo, me puse de
puntillas y deposité un beso en su hombro
lastimado.
Dominic me sujetó del rostro y me atravesó con
su mirada.
—¿No te da asco? —indagó y por primera vez lo
noté vulnerable.
—No, siempre me han atraído los hombres con
cicatrices.
Dominic me besó y sentí cómo la tensión se iba
de sus hombros.
Sus manos me empujaron al colchón, para luego
dejar caer sus pantalones al suelo.
Me llevé una mano a la boca al ver el grueso de
su ganso.
Con una mano, Dominic se acarició y acortó la
distancia entre nuestros cuerpos.
Se acomodó en mi entrepierna y me contempló
fascinado.
Apoyó su codo derecho, a un lado de mi cuerpo y
con la mano libre posicionó su pene en la entrada
de mi vagina.
La expectación me tenía acalorada y con el
corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Casi se
sincronizaba con los pálpitos de mi vagina.
Dominic acarició mi cuerpo y con la yema de sus
dedos trazó el contorno de mis pechos.
—Me gusta la suavidad de tu piel —murmuró
Dominic rompiendo el silencio de la habitación.
No estaba segura de cuándo o cómo pasó, pero
el ambiente en el cuarto era diferente, era más
íntimo, como si ahora fuera algo más que solo
sexo.
»Me gusta poder follarte sin que estés ebria. —
Sus palabras vinieron acompañadas de una
fuerte penetración.
Abrí la boca y chillé:
—Dominic.
—Tu esposo —concluyó él por mí.
Acerqué mis manos a su cuerpo, pero las cerré y
las alejé, tenía miedo de hacerle daño o arruinar
el momento.
—¿Qué haces? —indagó Dominic viéndome
fijamente.
—No quiero lastimarte —susurré.
—Elizabeth, tienes mi permiso para hacer lo que
desees conmigo —reveló y empujó más profundo
dentro de mí.
Sentí como fue desgarrándome hasta estar por
completo dentro de mí.
Esperó unos segundos a que mi cuerpo se
adaptase a su intrusión y empezó a embestirme
con fuerza.
Me aferré a sus fornidos brazos, mientras él
arremetía contra mí sin piedad.
Dominic se inclinó sobre mi cuerpo y me besó con
pasión, mientras marcaba un delirante ritmo en
mi lujuriosa vagina.
Sus manos tocaban mi cuerpo y de tanto en tanto
quitaban el cabello de mi cara.
—Dominic —gemí sintiendo cómo mi ser se
preparaba para alcanzar el clímax nuevamente.
—Todavía no, princesa.
Dominic aumentó el ritmo de sus penetraciones.
Levanté mi mano y acaricié su cara, pasé las
manos por sus labios y llegué a su hombro.
Cerré los ojos y apreté mis labios.
Estaba realmente perdida entre las caricias de
Dominic.
Yo tampoco deseaba que todo terminase, pero
con cada penetración, más me acercaba al
momento cumbre de la noche.
Mi señor esposo apretó un poco mis pezones
catapultándome lejos de esa dimensión.
—Córrete, Elizabeth, córrete alrededor de mi polla.
Sus gruñidos y peticiones desataron un torbellino
en mi interior.
Dominic se quedó dentro de mí, hasta que, todos
los espasmos de mi vagina se calmaron, luego se
dejó caer a mi lado.
Me di la vuelta y lo observé:
—Quiero saber cómo fue.
—Fue bueno, realmente bueno. ¿Te gustó?
Negué con la cabeza y llevé mi mano a su
hombro.
—¿Cómo fue?
Dominic suspiró y se sentó en la cama, pegando
su espalda a la cabecera de la cama.
—Habíamos ido a una misión de rescate, con un
tanque de guerra, por precaución; se suponía que,
íbamos por un grupo de soldados, se había
separado de su equipo, luego de ser atacados. —
Dominic se quedó en silencio como recordando—
. Iba con parte de mi unidad, era una misión fácil,
entrada y salida, pero al llegar al sitio, no estaban
los soldados, no había nada. Uno de mis hombres
abrió la escotilla y de la nada, una granada cayó
dentro del tanque.
»Todo pasó muy rápido, uno de ellos
gritó: “Granada” —Dominic llenó sus pulmones de
aire y cerró los ojos—. Salimos lo más veloz que
pudimos, pero antes de poder abandonar por
completo el vehículo, la granada explotó. —el
príncipe abrió los ojos y me observó—. Desperté
en la unidad de emergencia con quemaduras
graves y una cortada en la cara.
Estaba agradecida y avergonzada por haberle
preguntado.
Me acerqué a él y subí a su regazo.
—Te ayudaré a olvidar —susurré antes de besar
sus labios.
Episodio 25: Coronas y dramas.
Lizzie.
El sol ya había salido cuando caí rendida en la
cama, con la respiración tan agitada que me era
imposible hablar o pensar.
Dominic no estaba mejor que yo, el sudor recorría
su cuerpo y su cabello estaba tan revuelto como
el mío.
—¿Te queda energía para hablar o descansamos
un poco? —indagué sonriendo.
—Puedes preguntar todo lo que desees, siempre
y cuando haya sexo de consolación. —Dominic
me atrajo a su pecho y me miró con una hermosa
sonrisa en la boca.
—No quiero saber más nada de tu pasado, sino de
nuestro presente. —La sonrisa se borró de la cara
de mi esposo y noté cómo se tensó. Fruncí el
ceño entendiendo por qué su cambio de actitud y
me apresuré a aclararle—. Me refiero a la corona
y todo el drama que la rodea.
—Parece que, estás decidida a remover mi
pasado —bromeó Dominic, se levantó de la
cama—. Vamos, te cuento mientras preparo el
desayuno.
Mi esposo se giró y pude ver con claridad las
cicatrices que adornaban gran parte de su
espalda.
Me levanté y con una manta, cubrí mi cuerpo, pero
Dominic se acercó, retiró la manta y la lanzó al
suelo.
—¿Qué haces? —indagué divertida.
—Quiero poder verte la mayor parte del tiempo
desnuda.
—¿Y si viene tu asistente?
Dominic me atravesó con su fría mirada, se
acercó y me tomó del cuello:
—Le sacaré los ojos antes de poder si quiera
pestañar.
Lo contemplé detenidamente. ¿Estaba celoso?
No, seguro solo era un macho territorial.
—A veces eres algo aterrador —murmuré
soltándome de su agarre.
—¿Solo a veces?
No estaba segura si lo dijo en broma, pero le resté
importancia y salí de la habitación.
Caminé por el pasillo completamente desnuda,
era tan extraño, pero emocionante andar sin ropa
y con un macho sediento de sexo. Principalmente,
cuando dicho hombre estaba detrás de ti,
observándote como un cazador ve a su presa.
Dominic rodeó la isla, fue a la nevera y comenzó
a revisarla.
—Espera. ¿Sabes cocinar? —pregunté.
Mi señor esposo se giró y me contempló con un
envase de leche descremada.
—Pues, los platos de cereales son mi
especialidad —confesó y me regaló una
seductora sonrisa—. ¿Por qué la pregunta?
—Es que, nos conocimos porque deseabas que
cocinara para ti —le recordé.
«Si sabías cocinar, mi ida a esa casa fue por algo
más», concluí en mi cabeza.
—Elizabeth, estuve en el ejército, es claro que,
cocino algunas cosas. De hecho, Emilio también
cocina, pero estábamos ocupados y requerimos
de tus servicios.
—Pero, ¿los platos de cereales son tu
especialidad? —cuestioné.
—No dije que cocinara bien —declaró Dominic
poniendo un tazón frente a mí.
Negué con la cabeza, quizás me estaba pasando
de paranoica.
—Vale, ahora háblame de la corona —pedí
sonriendo.
—¿Recuerdas la canción de cuna? —indagó
Dominic terminando de servirme el cereal.
—Sí, habla de tus padres. ¿No?
—Ajá. Es una versión bonita de lo que sucedió. —
Dominic se sentó a mi lado y noté que él no tenía
tazón.
—¿Tu comida?
Dominic se estiró, tomó mi silla y la rodó hasta
quedar pegada a la de él.
—Compartiremos. —Depositó un beso en mis
labios.
—Aclarado ese tema, continúa.
—Mi madre trató por años de quedar embarazada,
pero no podía, así que, tomó la terrible decisión de
buscar a otra mujer que pudiera darle un heredero
al trono.
—Supongo que, era lo que eventualmente pasaría
—comenté llevándome una cucharada de cereal a
la boca.
—Sí, ella solo se adelantó a los acontecimientos
—prosiguió Dominic—. Mi madre eligió a una de
sus mejores amigas, pues confiaba en ella. ¿Por
qué no hacerlo? Pero, el poder tiende a corromper
a las personas y Mathilde no fue la excepción. Mi
madre supo que, se había equivocado, pero ya no
podía hacer nada, ambas estaban embarazadas.
—Dios, que mujer tan cruel —murmuré con
genuina molestia.
—Lo peor estaba por venir, la corona recae en el
primogénito del rey y con dos hijos en camino
comenzó una sucia carrera por parte de Mathilde,
para ser ella la que primero diera a luz. —Dominic
tomó la cuchara y comenzó a darme la comida—.
Pero, mi madre había estado teniendo
complicaciones y entró en labor de parto antes de
la fecha que debía hacerlo.
—¿Qué hizo la vieja bruja?
—Llamó a su doctor y programó una cesaría.
—¿Tenían el mismo tiempo de gestación? —
pregunté viendo a mi señor esposo.
—No, resultó que, mi madre tenía 8 meses cuando
dio a luz y ella 7 cuando nacieron los gemelos.
—Siempre fuiste el primero —afirmé sonriendo.
—Sí, pero la probabilidad de sobrevivir cuando
solo tienes 8 meses de gestación es muy baja, a
diferencia de cuando se nace en meses impares.
—Pero, sobreviviste.
—Mi madre no. —Pude notar el dolor que eso le
causaba a Dominic y acaricié su cara.
—No debió ser fácil vivir bajo el mismo techo que
esa mala persona.
—No lo fue, pero siempre tuve a mi padre y él
siempre me tuvo a mí. Hasta que, un día me envió
al ejército, no dudé en irme, fue una salida
cobarde, pero la tomé y ahora me arrepiento de
todo. —Dominic realmente había bajado sus
defensas y se presentaba ante mí como era en
realidad, un ser humano como todos—. Cuando
mi padre cayó enfermo, la reina lo convenció de
que ambos hijos merecían el trono.
—¿Ambos? —Dominic asintió—. Dijiste que, la
bruja tuvo gemelos.
—Sí, pero France se casó hace años y no ostenta
el título a reina. —Mi señor esposo tomó mis
manos—. Estuve lejos mucho tiempo y gran parte
fue en el ejército, Mathilde pensó que, podía usar
eso en mi contra y le pidió a mi padre que, el hijo
que merecía el trono era el que estuviera más
cerca de formar una familia.
—Por eso se sorprendió cuando apareciste
conmigo —mencioné analizando toda la
situación.
—Estoy convencido de que esa mujer solo desea
tener el poder que no ha podido obtener siendo la
esposa de reemplazo de mi padre.
Solté las manos de Dominic y golpeé la isla:
—¿Cómo que no tiene ningún poder?
—Es una persona de importancia, pero no tiene
más poder que tú —reveló mi señor esposo.
Negué con la cabeza.
—Ahora, sí me siento una imbécil.
—¿Qué provocó semejante revelación?
—Pues, tú. —Le di un manotazo en el brazo—. Si
me hubieras dicho todo esto desde el principio, no
estuviéramos aquí.
—Me gusta donde estamos. —Dominic se acercó
a mí y depositó un beso en mi hombro.
—No estoy jugando. —Le mostré mis manos,
seguían lastimadas—. Creí que, era poderosa y
podía lastimarme.
—Elizabeth, no subestimes a Mathilde, esa mujer
no tendrá poder como reina, pero es una mujer
mala, cruel y sin escrúpulos. —El príncipe tomó
mis manos entre las suyas y besó cada raspón
que tenía—. Yo te cuidaré.
—Es un lindo gesto, pero no quiero ser una carga.
—No lo eres. —Dominic sonrió—. Bueno, no todo
el tiempo. —Su mano fue a mi cara y la acunó—.
Tuviste un difícil aterrizaje, pero seguro el viaje
será mejor.
—El sexo lo es —manifesté dándole un beso en los
labios.
—Tendrás más de ese buen sexo, justo ahora. —
Dominic me sujetó de la cintura y me sentó en su
regazo.
Episodio 26: Lord celoso.
Lizzie.
Abrí los ojos y me encontré en medio de una
habitación en penumbra.
El agua me llegaba a la cadera y estaba tan helada
que, mis dientes titiritaban. Froté mis manos en
mis brazos en un vano intento de entrar en calor.
Observé a mi alrededor y reconocí el sitio donde
estaba.
El corazón se me aceleró cuando tres hombres
aparecieron, viéndome fijamente y caminando
hacia mí.
Traté de correr, pero mis pies estaban pegados al
suelo.
Las paredes se volvieron enormes rocas y de ellas
comenzó a descender agua.
Los hombres seguían avanzando y solo podía
llorar; llorar porque sabía qué era lo que sucedería.
—Aléjense —ordené entre el llanto—. Déjenme en
paz.
El agua llenaba la habitación casi a la misma
velocidad en las que los hombres se acercaban a
mí.
De pronto, mi madre apareció en la cima de una de
esas rocas.
»Por favor —supliqué llorando, sabía lo que iba a
pasar y nada, no podía hacer nada para evitarlo—.
Por favor.
Uno de ellos me alcanzó y sus manos fueron a mi
cuello, me hundió bajo el agua y no me dejaba salir.
Me removí, al menos, traté, pues, nada de lo que
deseaba hacer resultaba.
En eso, el desconocido me sacó del agua y
comenzó a quitarme la ropa.
—No, no —gritaba desesperada, viendo a mi madre
saltar al agua, sintiendo como era atacada—. No,
por favor, no, no, nooo…
Desperté gritando.
Me senté en la cama, abracé mis piernas y me
mecí mientras repetía.
—Estás bien, a salvo. —La puerta del cuarto se
abrió y Dominic entró corriendo.
No dijo nada, no preguntó nada.
Solo me tomó en sus brazos y me acomodó entre
sus piernas. Su mano tomó la manta y me cubrió
con ella.
Mi cuerpo temblaba y no podía parar de llorar.
Desearía poder encontrar una forma de parar
estas pesadillas.
Dominic se quedó allí conmigo, en silencio,
pasando sus manos por mi cabello.
Los minutos fueron pasando y fui capaz de
recuperar el control de mí misma.
—¿Me dirás qué sucede? —indagó Dominic
rompiendo el silencio de la habitación.
—No puedo —susurré con la voz ronca.
—Por favor, déjame ayudarte.
—Nadie puede —murmuré y me levanté de su
regazo.
—Como digas —farfulló Dominic poniéndose de
pie—. Vístete, debemos ir al castillo.
—¿Al castillo? Pensé que, nos quedaríamos un
poco más. —Miré a Dominic sin entender los
cambios de planes.
—Al parecer, ambos nos equivocamos. —No dijo
más, solo salió de la habitación, pero antes
encendió la luz.
Me encogí de hombros y miré alrededor, aunque,
no vi nada que ponerme.
Avancé a la puerta y la abrí, pero me topé con el
torso de Dominic.
—¿A dónde vas? —preguntó viéndome desde su
altura.
—No tengo nada que ponerme y estoy segura de
que no quiero llegar al castillo con una sábana
alrededor de mi cuerpo —espeté con irritación—.
¿Qué haces en la puerta?
—Nada, ya me iba.
Escuché unas voces y traté de ver quienes
estaban en la casa, pero Dominic se interpuso.
—¿Quiénes son? —pregunté contemplando a mi
señor esposo.
—Nadie.
—¿Sabes que puedo escuchar las voces? —inquirí
comenzando a molestarme.
—Elizabeth, solo ponte algo de ropa…
Pasé por debajo del brazo de Dominic y llegué a
la sala.
Allí estaba Emilio, Jena, Coco y otro par de
hombres que no conocía.
—Lizzie —comentó Emilio poniéndose de pie.
Dominic me sujetó con fuerza por el brazo y me
regresó a la habitación.
—¿Por qué nunca me haces caso? —gruñó
cerrando la puerta.
—¿Qué hacen ellos aquí? —Dominic me observó
con frialdad.
—Me vas a volver loco —murmuró cerca de mis
labios.
—Al menos, compartimos eso —refunfuñé.
—No, princesa, también compartimos los viajes a
lo más primitivo del ser humano, donde la pasión
y la lujuria se apodera de cada una de nuestras
células, para luego subir hasta lo más alto del
deseo y caer derrotados ante placer. —Su pulgar
acarició mi labio inferior y todo mi ser vibró—.
Compartimos la energía que corre por nosotros
cuando nos tocamos y los demonios que
atormentan nuestras noches…
Dos toques en la puerta nos interrumpieron.
Dominic se alejó como si no hubiera dicho nada,
en cambio, yo estaba completamente mojada.
Mi señor esposo abrió y nos encontramos con
Emilio.
—Pensé que, necesitarías esto. —Me tendió una
pequeña valija.
Avancé unos pasos, pero Dominic le quitó mi
equipaje de las manos a su asistente. Lo atravesó
con la mirada y luego me miró a mí.
Abrí la boca para dar las gracias, pero mi teléfono
comenzó a vibrar.
—Lo siento, debo atender. —Agarré el celular de la
mesa de noche y me metí en el baño—. Hola.
—Escucha, no me vas a creer esto —dijo mi
hermana a modo de saludo—. Estaba saliendo de
una larga guardia y comenzó a llover, un colega me
dio un periódico para cubrirme y cuando llego al
transporte y me siento, veo a mi hermana en la
página principal.
—Escucha yo…
—Viene la mejor parte —me interrumpe ella—
. Dicen que, es la nueva esposa del príncipe
heredero y que en una semana la corona ofrecerá
un baile para presentar a la futura reina al pueblo.
¡Reina! ¿Me explicas que carajos está pasando?
Me rasqué la cabeza tratando de pensar en una
buena mentira, pero, no la había.
—Solo te puedo decir que, todo es real.
—¿De qué me hablas? —Mi teléfono pito dos veces
y vi que mi hermana había cambiado a
videollamada. Cerré los ojos y acepté—. ¿Por qué
te casaste?
—Por amor.
—No digas pendejadas. —Mi hermana movió las
manos en el aire.
—Te digo la verdad, lo conocí cuando fui a limpiar
su casa y nos enamoramos.
—Lizzie, no me trates como estúpida. —Mi
hermana se pasó las manos por el cabello—. Sé
que algo te pasó en la universidad. Sé que fue algo
grave y es la verdadera razón por la que no volviste.
Mi corazón se detuvo una fracción de segundo, al
oír a mi hermana hablando.
—Estoy bien —afirmé aparentando serenidad.
Demonios, pensé que, había sido cuidadosa, pero
era evidente que no.
—Sé que tienes pesadillas —continuó mi
hermana—. Pasaste meses brincando cada vez
que te tocábamos, incluso te encogías cuando nos
acercábamos a ti…
—¿A dónde quieres llegar? —pregunté molesta.
—Eres mi hermanita, te veo, pero finjo no hacerlo
porque creí que, era lo que necesitabas.
—Xia, estoy bien.
—No lo estás. —Mi hermana me miró a través de
la pantalla—. Te casaste con un extraño y no le
dijiste nada a tu familia.
—Me gusta. ¿Ok? —admití en voz baja—. Me hace
sentir protegida y cuando duermo con él no tengo
pesadillas.
—¿Si él te ama por qué nunca se presentó con
nosotros? —cuestionó mi muy inteligente
hermana.
—No necesito que te preocupes por mí, sé lo que
hago.
—Lizzie, sé que te consideras muy adulta, pero solo
tienes 19 años, eres una bebé. —Volteé los ojos—
. Nos ha tocado vivir cosas desagradables, sin
embargo, eso no nos hace mayores.
—Llamaste para saber si era verdad lo del
periódico. Lo es, nos amamos y por el momento
somos felices. ¿Puedes ser feliz por mí?
—Puedo, pero sigo preocupada por ti.
—No deberías, seré una nena, pero siempre he
sido muy responsable.
—Sí, te concedo eso —convino Xia sonriendo—
. Solo… llama más seguido, aquí estaré para
cuando me necesites y te prometo que no te
juzgaré.
—Lo sé, gracias. —Escuché pasos en la
habitación—. Debo colgar.
—Ok. —Acerqué mi dedo a la pantalla—. Me alegra
que, seas feliz.
—A mí también, trata de hacer lo mismo —le
aconsejé con una sonrisa.
—No sé si pueda —susurró mi hermana y fruncí el
ceño.
—¿Por? —pregunté.
—Me da miedo. —Xia se limpió una lágrima de la
cara—. Siento que, de alguna forma, estamos
malditos, que cuando la felicidad nos alcanza, pasa
algo y nos recuerda que, debemos ser infelices.
—Estamos realmente dañados —bromeé
limpiando mis propias lágrimas—. Pero, me
pasaba lo mismo.
—¿Y qué hiciste?
—Estoy aprendiendo a tomar el control de mi
destino.
—¿Por eso te casaste?
Aparté los ojos de la pantalla.
«Mal ejemplo»
—Sí, fue exactamente, por eso que me casé.
—Elizabeth. —La voz de Dominic no se escuchaba
contenta.
—Debo irme, prometo llamarte en cuanto pueda.
—Me agrada que te llame por tu nombre.
—Sí, a mí igual. —Colgué la llamada y abrí la
puerta—. ¿Dime?
—¿Otra vez con las llamadas secretas?
—¿Acaso debo pedirte permiso para…?
Dominic cortó la distancia entre nosotros y me
pegó a la pared.
—¿Cuántas veces debo follarte para que
entiendas que eres mi esposa? —Su mano subió
por mi entrepierna y llegó al punto más sensible
de mi cuerpo, mientras su nariz me olfateaba con
deseo.
Abrí la boca varias veces para decir algo, pero la
cerré casi de inmediato.
—¿Qué quieres decir con eso? —indagué al borde
de la cordura.
Dominic me atravesó con la mirada:
—Quiero que acabes con eso, no me importa qué
sea. Ponle punto final. —Su mano fue a mi cuello
y lo apretó—. O lo terminaré yo con mis propias
manos. ¿Entiendes?
Sonreí divertida.
Entonces tuve una epifanía.
Mi señor esposo, estaba realmente convencido
de que mis llamadas eran porque estaba teniendo
una aventura. Tal vez una relación paralela,
quizás, sexo por teléfono.
Las posibilidades eran infinitas y pude haberle
dicho que, hablaba con mi hermana, pero resulta
que, verlo celoso era… gratificante.
»Elizabeth. ¿Lo comprendes?
—¿El qué? —le provoqué y casi me arrepiento,
pues, su mano apretó más mi cuello.
—Que eres exclusivamente mía. —Su voz salió
ronca y excitante.
—Hasta que, concluya el contrato —le recordé
casi sin aire.
La mano libre de Dominic golpeó la pared,
molesto. Luego me soltó y se alejó lo más que
pudo de mí.
—Vístete, debemos irnos —ordenó viéndome por
encima del hombro.
Mi esposo abandonó la habitación azotando con
fuerza la puerta.
Vaya, este macho sí que era indescifrable.
En unos momentos parecía ser empático y
cuando creías que podía ser humano, te salía con
su maldita indiferencia.
Aunque, algo sí era cierto:
Podía entregarle a este hombre mi cuerpo, las
veces que quiera, sin restricciones, pero jamás mi
corazón.
Episodio 27: Dueño de ella.
Dominic.
Salí de la habitación y apoyé mi cabeza en la
puerta.
Estaba furioso, realmente irritado.
¿Qué demonios me estaba pasando?
No lograba razonar con esa mujer, sus secretos
me estaban volviendo loco y la impotencia por
quedar fuera de su vida me estaba consumiendo
lentamente.
¿Acaso esa maldita mujer se daba cuenta del
hombre en el que me estaba convirtiendo?
Sin embargo, por mucho que me doliera,
Elizabeth, tenía razón, solo estábamos juntos,
hasta que, el contrato llegara a su fin.
«¿Y si no quieres que acabe?», murmuró mi
consciencia.
Escuché unos pasos y ladeé la cara viendo a
Emilio en la entrada del pasillo.
—¿Lizzie está bien? —Su pregunta me enfureció y
una ira indescriptible se apoderó de todo mi ser.
Avancé hasta él, lo tomé del cuello de la camisa y
lo pegué a la pared.
—¿Qué demonios te pasa con mi mujer?
—¿Su mujer? —indagó Emilio como si mis
palabras lo confundieran.
Lo separé de la pared y lo pegué con más fuerza.
—Sí, mi mujer.
Los ojos de Emilio se abrieron sorprendidos por
mi afirmación.
—Su majestad. —Tragó saliva—: No me sucede
nada, solo trataba de cuidar a mi lady.
—¿Me crees idiota?
—No, por supuesto que no —balbuceó mi
asistente—. Pero, sé que se siente sentirse solo y
perdido, solo deseaba hacer que su estadía fuera
más amena.
Lo tomé del cuello con fuerza, atravesé el
departamento y lo saqué por el balcón.
Coco y Jena me vieron, pero poco me importó.
—¿Cómo mierda pretendes cuidar a mi esposa? —
pregunté apoyando su espalda en la baranda y
empujando su cuerpo hacia el precipicio.
—Dominic, estás fuera de ti, no está pasando
nada entre Lizzie y yo.
Apreté su cuello con fuerza.
—Ella no es tu Lizzie, ni siquiera, es Elizabeth, para
ti ella es: su majestad, su alteza. —Emilio se puso
rojo—. No te equivoques, me conoces, sabes muy
bien de todo lo que soy capaz.
Lo metí al interior del balcón y lo solté.
Emilio cayó de rodillas y se puso a toser
violentamente.
—Lo s-siento, n-no ocurrirá de nuevo —balbuceó
tratando de recuperar la compostura.
—Da gracias que no te mato ahorita mismo…
—Basta —bramó Elizabeth.
Me di la vuelta y vi a mi mujer contemplando la
escena.
Su rostro había perdido el color y sus ojos me
miraban con una mezcla de desagrado y terror.
—No te metas —le advertí atravesándola con la
mirada.
No quería que ella me temiera, pero no dejaría que
un maldito lacayo coqueteara con mi mujer
delante de mí.
—¿Si no qué? —me retó Elizabeth y fue con
Emilio—. ¿Estás bien?
Emilio bajó la cara y se alejó de ella.
—Lo estoy —contestó a secas.
—Coco trae la corona —le ordené a mi cocinera de
confianza.
—Como ordene su majestad. —Coco se retiró y
Jena fue detrás de ella, ambas parecían nerviosas
y alterada.
Clavé la mirada en Emilio y este también nos dejó
solos.
Elizabeth se puso de espaldas a mí y miró el
paisaje delante de ella, pero para mí… Ella era lo
más hermoso que mis ojos habían visto.
—¿Es así como desear gobernar a tu pueblo? —
preguntó Elizabeth en voz baja.
Me acerqué a ella, pero no fui capaz de tocarla.
—No me disculparé por defender tu honor.
Elizabeth se giró y me observó, su nariz estaba
roja, como si reprimiera las ganas de llorar.
—Mi padre era un hombre muy violento. Él decía
que, no podía controlarse porque así era su
carácter. —Una sonrisa triste se formó en su
cara—. Su carácter casi hace abortar a mi madre.
Nunca se disculpó, pero un día, me pegó, no
recuerdo por qué lo hizo, solo se quitó el cinturón
y no paró de golpearme hasta que mi madre se
puso en medio. Poco después, mi madre huyó del
país que la vio nacer con sus tres hijos.
Tomé su rostro y la hice verme:
—Yo nunca…
—¿Cómo me puedes asegurar eso? En la vida real,
lejos de toda esta farsa, estoy más cerca de
Emilio que de ti. —De sus ojos escapó una
lágrima.
Rápidamente, la atrapé con mi pulgar.
Si antes deseaba follarla hasta dejarla
inconsciente, ahora tenía la maldita necesidad de
protegerla, de cuidarla.
—En la vida real, eres mi esposa, la futura reina de
Inglaterra —declaré con toda la honestidad que
tenía en mi ser.
Ahora, lo entendía, no era solo sexo, con Elizabeth
lo quería todo.
Acerqué mis labios a los suyos y la besé con
pasión.
Su boca se abrió ante mí y su lengua salió a
encontrarse con la mía. Ella era tan deliciosa,
delicada y adictiva.
Ella, era mía.
Elizabeth se separó de mis labios con la
respiración agitada.
—Hablaba con mi hermana mayor, Xia. —Sonrió y
no pude evitar sonreír con ella—. Nuestro
padrastro está enfermo y ella solo me pone al día
con las noticias de casa.
—¿Cómo puedo ayudarlo? —pregunté interesado
en aliviar su carga.
—No se puede, él tiene Alzaimer, así que, está en
un lugar donde le pueden dar los cuidados que
requiere en su condición.
Atraje a Elizabeth a mis brazos y rodeé su
menudo cuerpo con el mío.
—Su alteza. —Nos interrumpió Coco.
Elizabeth se separó de mí y fue hasta la cocinera.
—Gracias, por ayudarme. —Se inclinó y dejó que la
mujer de servicio le pusiera la corona.
—Creo que, no fui de mucha ayuda —contestó
ella.
—No te quites méritos. —Elizabeth le regaló una
sonrisa y se giró a verme—. ¿Nos vamos?
Asentí idiotizado con su belleza y amabilidad.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Nuestro camino de regreso al castillo fue
bastante silencioso.
Como lo había planificado:
Coco y Jena se fueron en un taxi; Emilio nos
seguiría de cerca con mi moto, mientras Elizabeth
y yo íbamos en mi auto blindado.
Elizabeth miraba por la ventana, pero de tanto en
tanto llenaba sus pulmones de aire y lo dejaba
salir todo de golpe.
No estaba seguro de si era algún ejercicio de
relajación o si era un tic nervioso, pero me
gustaba saber cualquier cosa de ella y esto
parecía ser importante.
Detuve el auto en mi lugar de estacionamiento y
me acomodé en mi asiento para poder ver bien a
Elizabeth.
Apagué el motor y sujeté sus manos.
—¿Pasa algo? —indagó ella y sus ojos estaban
completamente claros, como si se hubieran
puesto de acuerdo en la tonalidad.
—No quiero bajar de este auto, peleados o
disgustados —comenté, acariciando su mejilla.
Elizabeth cerró los ojos, podría jurar que la sentí
ronronear. Los abrió y quiso saber:
—¿Por qué lo preguntas?
Estaba realmente avergonzado, pero, siempre
había tratado de ser lo más honesto que el
momento requiriera.
—Soy un maldito egoísta por pedirte que te
quedes. —Me acerqué y le di un beso en los
labios—. Debes saber que, no te necesito a mi
lado para todo lo que viene, pero… —Sonreí viendo
sus ojos—. Te quiero a mi lado.
—Quién iba a decir que, el viejo tenía sentimientos
—bromeó ella haciéndome reír—. Casi había
perdido la fe y me sales con eso.
—¿Qué edad crees que tengo? —indagué
detallando a esa mujer que me hacía ser un
hombre decente.
—No lo sé, pero deberías tener cuidado al bajarte
del auto, no sea que te rompas la cadera. —
Elizabeth bajó y rodeó el vehículo, me abrió la
puerta y me tendió la mano—. Su majestad, lo
ayudo a bajar.
Tomé su mano y tiré de ella, hasta que, Elizabeth,
quedó sobre mi regazo.
—Sí, soy un poco mayor que tú.
—De eso me doy cuenta —afirmó ella acariciando
mi cabello.
—Excelente, porque siendo el mayor, soy
responsable de ti y en este momento, usted
queda castigada.
—¿Cuál será mi castigo? —preguntó Elizabeth
juguetona.
Tomé su mano y la llevé a mi polla.
—Castigo o premio, todavía no lo decido —susurré
en su oído.
—Me temo que será después —murmuró mi
esposa.
—¿Por?
—Bueno, hemos estado teniendo relaciones y no
me estoy cuidando, así que, hasta no comprar mis
píldoras, no habrá más sexo.
La sonrisa desapareció de mi cara.
—¿Quieres tomar anticonceptivos?
—Sí, es lo más responsable. —Ella se levantó de
mis piernas—. No olvidemos que, todo esto es…
Dejó la frase en el aire, supongo que, fue astuto
de su parte.
—Tienes razón. —Descendí del vehículo—.
Subamos a la habitación.
—Es en serio, no habrá más sexo —manifestó
Elizabeth entrelazando su mano con la mía.
Fue un pequeño e insignificante gesto, pero uno
que no le había permitido a ninguna otra mujer
hacer.
Miré nuestras manos unidas y una sensación de
satisfacción llenó mi ser.
Caminé gustoso tomado de la mano de mi mujer,
esa chica rebelde e imprudente que, se estaba
metiendo de poquito en poquito dentro de mi ser.
Varios trabajadores del castillo nos vieron, todos
nos saludaron e hicieron reverencias al vernos
pasar.
Abrí la puerta de mi habitación y cargué a
Elizabeth en mis brazos.
—¿Qué haces? —preguntó riendo.
—Pues, lo que, un esposo debe hacer. —Crucé la
puerta y la besé.
—¿Es otra tradición de aquí? —Sus mejillas
estaban algo sonrojadas y un rulo de su cabello
se había escapado de su melena.
—Todo el mundo lo hace. —La coloqué en el
suelo—. Sobre la cama hay un regalo para ti.
Elizabeth se giró y vio la caja sobre el colchón.
—¿Qué es? —Se acercó con cautela y abrió el
paquete. Sacó una de las playeras y se volteó a
verme confundida—. ¿Playeras?
—No son cualquier playera, son las mismas
playeras que usaste anoche.
Mi esposa frunció el ceño y detalló más la prenda.
—Ahora lo veo, pero, ¿qué haré con esto?
—Esa será tu nueva pijama —le informé
avanzando hacia ella.
—¿Debo asumir que te gustó cómo me quedaba
la playera? —Elizabeth sonrió y llevó su mano a mi
pecho.
—No, pero me fascinó arrancarla de tu cuerpo —
hablé en voz baja.
Me llevé una mano a mi entrepierna y me
acomodé mi polla.
Tomé a mi mujer de la cadera y la pegué a mi
cuerpo.
—Dom, te dije que: debo comenzar con mis
píldoras.
—A partir de mañana lo haces, ahora, te cogeré y
te llenaré de leche por todos lados.
Episodio 28: Arrodillado ante
ella.
Dominic.
Observé fijamente a Elizabeth, estaba realmente
maravillado con esa mujer, no solo era por su
peculiar belleza, sino por su rebeldía, por esa
forma tan única de ser.
Alcé la mano y acaricié su mejilla.
Podía ser un poco ingenua, torpe y fingir que era
una mujer adulta y sabía, pero pese a sus
esfuerzos, era una pequeña chica dentro de un
cascarón, temerosa de conocer el mundo
exterior.
Fruncí el ceño y me acerqué a sus labios.
¿Qué le habrá pasado para que tenga pesadillas?
Los labios de Elizabeth se abrieron suavemente,
permitiéndome explorar su boca a mi gusto.
Mis manos fueron abriéndose paso en su cuerpo,
eliminando cada pequeña barrera que se alzaba
entre nosotros.
Blusa, pantalón y corona cayeron al suelo de
cualquier forma.
Observé a Elizabeth por una fracción de segundo,
la tomé en mis brazos y la llevé a la cama.
La acomodé en el medio, me puse entre sus
piernas y me quité la corbata. Me incliné sobre
ella y até sus manos a la cabecera.
—¿Qué haces? —preguntó con los ojos oscuros
llenos de deseo.
—Juego con mi comida. —Me levanté de la cama
y me quité la camisa.
Fui hasta mi cómoda, abrí un compartimiento
secreto y agarré una fusta. Regresé con Elizabeth,
mientras probaba la flexibilidad de mi
herramienta.
»Normalmente, te hubiera vendado los ojos, pero
me gusta que me veas —confesé acercando la
fusta a su piel.
La subí con lentitud por la parte interna de su
pierna, hasta llegar a su vagina. Allí me detuve,
contemplé a Elizabeth y di un pequeño golpecillo
sobre su clítoris.
Mi mujer gimió y su respiración se volvió irregular.
—¿Quieres que me detenga? —indagué con
serenidad. Ella negó con la cabeza—. Debes
decirlo con palabras.
—No.
Volví a golpear su punto más sensible:
—¿No qué?
Elizabeth me atravesó con la mirada.
—No quiero que pares —declaró con firmeza.
Sonreí complacido por su actitud.
Subí con calma la fusta pasándola por su vientre,
realicé un círculo y ascendí por su cuerpo,
llegando a sus pechos.
Una perfecta obra.
Era como si la hubieran tallado por ángeles
caídos, era hermosa y pecaminosa.
Con mi mano tomé la prenda y tiré de ella hasta
romperla.
—Así está mejor —manifesté viendo sus pezones,
ponerse duros.
Seguí acariciándola con la fusta y disfrutando la
reacción de mi mujer.
Su espalda se arqueaba desesperada de más
roce, sus piernas se movían en la cama.
—¿Dominic? —indagó ella perdiendo la calma.
—Dime.
Su mirada buscó la mía.
—Estoy muy excitada —confesó y sus mejillas se
sonrojaron.
—Lo sé. —Coloqué la fusta sobre su vagina y di
varios golpecillos.
—¡Carajo! —gimió ella retorciéndose.
La miré sin entender lo que dijo.
En un veloz movimiento llevé la fusta hasta su
barbilla y la hice verme.
—Si debes gritar, gemir o jadear, que sea mi
nombre.
Dejé la fusta a un lado y me incliné sobre el cuerpo
de Elizabeth y atrapé uno de sus pechos con mi
boca, mientras mi mano se internaba dentro de su
ropa íntima.
Succioné con vigor cuando sentí la humedad de
la vagina de mi esposa.
Sin pensarlo dos veces, deslicé dos dedos en su
lindo coño y marqué un ritmo calmado.
—Dom… —jadeó ella y mordió su labio inferior.
Volqué mi atención al otro pecho y seguí
penetrándola con mis dedos, con el pulgar
comencé trazar círculos en su clítoris.
Eso la enloqueció por completo y sentí cómo su
vagina se contraía alrededor de mis dedos.
—No puedes correrte —ordené con firmeza y
detuve todos mis movimientos.
Elizabeth abrió la boca para hablar, pero terminó
asintiendo.
Me puse de pie, fui hasta la cómoda y busqué un
dilatador anal.
»Pudiera colocar un poco de analgésico en tu
lindo trasero, pero, te perderías una gran parte de
la experiencia. —Subí a la cama, tiré de su ropa
interior hasta romperla, me coloqué entre las
piernas de mi princesa, y las abrí dejando todo su
sexo expuesto a mi disfrute—. Estás
completamente mojada.
Me acerqué a su vagina y con mi lengua me abrí
paso entre sus pliegues, las piernas de mi reina
temblaron y supe que, estaba haciendo un buen
trabajo.
Ascendí por sus labios y succioné con energía su
punto más sensible.
Elizabeth gritó de placer.
Con mi lengua lamí toda su vagina y trasero, hasta
que, sentí nuevamente a mi mujer a punto de
correrse.
Tomé el dilatador y presioné un poco en su
orificio.
Elizabeth se aferró a mi corbata y se tensó.
—Debes relajarte —mencioné deslizando otro
poco el dilatador.
—Me volveré loca —jadeó Elizabeth removiéndose
en la cama.
—Todavía no comenzamos, princesa. —Terminé
de meterle el dilatador y lo encendí.
—¡Ahhh! —suspiró Elizabeth.
Me levanté de la cama, me quité el pantalón y
acaricié mi verga.
Subí de nuevo, pero cerca de la cabeza de mi
mujer, me arrodillé ante ella y acerqué mi polla a
su boca.
Ella excitada, sacó su lengua y la pasó por todo el
borde de mi glande.
Gruñí apretando los dientes, la tomé del cabello y
deslicé mi pene dentro de su boca, presioné hasta
que, mi princesa, tuvo arcadas.
Cerré los ojos y volví a meter mi pene en su boca,
aunque, esta vez, no presioné tanto, solo un poco.
—Qué boca tienes, Elizabeth —gruñí deseando
poder meter más mi verga.
Saqué mi polla, tomé sus mejillas y la besé con
pasión.
—Dominic —suplicó ella.
—¿Dime, princesa?
—Te necesito dentro de mí.
—Seguro que sí. —Subí a su cuerpo, puse mi polla
en su entrada y penetré con fuerza su lindo coño.
Un estruendoso gemido salió de la boca de
Elizabeth y esperé con calma a que su cerradita
vagina se acostumbrara a mi irrupción.
Los ojos de mi princesa se posaron en mí y sus
pupilas se dilataron.
Tomé su cintura y empecé a embestirla con
fuerza.
Sus pechos se movían al ritmo de mis
arremetidas y estaba completamente hechizado
por esa mujer.
Mi esposa movía sus manos deseando tocarme,
pero por ahora, me encantaba tenerla prisionera a
mis deseos.
Sabía que, no iba a durar mucho, pues, había
pasado un buen rato provocándola.
Llevé mis manos a sus pechos y los estrujé con
vigor.
—Te quiero tocar —pidió Elizabeth mirándome
fijamente.
—No. —Me incliné y lamí sus pezones, uno a la vez
aumentando el ritmo de mis penetraciones.
Apoyé uno de mis codos, al lado de la cabeza de
mi princesa y besé sus labios de manera
exigente.
Con mi mano libre estimulé su clítoris, mientras
seguía embistiéndola con más fuerza y
profundidad.
—Dom, Dom, Dom —gimió Elizabeth cerrando sus
manos sobre la corbata.
Mi princesa se tensó y cerró los ojos.
—Quiero que te corras, viéndome —ordené sin
detenerme.
—Por favor —rogó.
—Elizabeth. —Mi reina me miró y abrió la boca
para decir algo, pero…
Un grito salió de ella, al mismo tiempo que su
vagina expulsaba un líquido.
Su espalda se arqueó y los ricos espasmos de su
sexo me llevaron al borde de la locura.
Apreté mis dientes y gruñí corriéndome, sintiendo
cómo su vagina se apretaba alrededor de mi
verga.
Todo fue tan jodidamente excitante.
Retiré el dilatador, desaté las manos de mi mujer
y pegué mi frente a la de ella.
—Lo siento —susurró tapándose los ojos.
—¿Qué sientes?
—Es que… —La escuché sollozar—. Me hice pipi.
Solté una enorme carcajada, me acomodé a su
lado y la abracé:
—Preciosa, has tenido un squirting.
Elizabeth quitó sus manos de la cara y me
observó asombrada.
—Había leído algo sobre eso, pero jamás había
tenido uno —confesó y sonreí.
—Princesa, ahora tienes un marido que sabe
coger y te llevará al límite en cada follada. —
Deposité un beso en su frente.
—¿Nos damos una ducha? —propuso ella y asentí.
—Adelántate.
Elizabeth se levantó de la cama y fue a tapar su
desnudez, pero le quité la sábana.
»No tienes nada que ocultarme.
—De acuerdo. —Mi esposa caminó al baño y en la
entrada de la puerta me miró sobre su hombro y
meneó el trasero—. No tardes.
Tomé mi teléfono y escribí a Emilio:
“Envía a Jena con sábanas nuevas. Que cierre la
puerta al salir y las sábanas que quitó las queme”
“Enseguida, majestad”
Entré al baño y vi el cuerpo desnudo de Elizabeth
y toda mi excitación volvió a mí.
Me encantaba todo de ella, desde sus cabellos
rulos hasta la punta de sus pies.
Acaricié mi verga y abrí la mampara luciendo una
nueva erección.
Debía apresurarme, pues, los bebés no se hacen
solos.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
No tenía registro en mi memoria de cuándo me
quedé dormida, pero allí estaba con el sol
brillando por la ventana, las sábanas revueltas y
mi esposo abrazándome.
Esto sí era darse buena vida.
Alcé un poco la cara y me topé con la de Dominic,
sonreí y estiré una mano.
Acaricié su mejilla, su barba comenzaba a salirse
de control y no se veía nada mal.
—Buenos días, princesa —susurró Dom
depositando un beso en mi frente.
—Estaba pensando.
Dominic se incorporó en la cama y me observó
detenidamente.
—¿Pensando en qué?
—Cuidado, puedo creer que, temes que meta la
pata —comenté de mala gana—. Quiero hacerle
un par de cambios a la habitación de tu padre.
—¿Él lo autorizó?
—Obvio. —Dominic sonrió—. Necesito un lugar
donde plasmar mis ideas y no pretendo
quedarme en la habitación todo el día, además,
necesito una computadora para trabajar y…
Dominic puso un dedo sobre mis labios
silenciando mis palabras.
—Princesa, te di una tarjeta que no tiene límite. —
Dominic se inclinó y me besó en los labios—.
Puedes acomodarte en mi oficina o buscar con
Jena un lugar donde te sientas cómoda. No
olvides que, eres mi esposa y la futura reina.
Sonreí embobada por sus palabras.
—Quizás me dé una vuelta por allí y revisaré mis
opciones.
—Bien, yo debo volver a mis deberes reales, pero,
te buscaré para comer juntos. —Dom se levantó
de la cama completamente desnudo; me quedé
viendo su redondo y duro trasero hasta que, entró
al baño.
Dos toques en la puerta captaron mi atención.
Me levanté de la cama, enrollé una sábana en mi
cuerpo y abrí la puerta.
—Princesa. —Jena hizo una reverencia—. Tengo
algo que informarle.
—Te diría que entres, pero mi marido está en la
ducha.
Jena bajó la cara y noté cómo se había sonrojado.
—El rey le ha ordenado a la reina que, organice el
baile con usted.
Me quedé pensando por un par de segundos.
—Necesito una oficina para mí. ¿Sabes dónde
puedo instalarme?
—Creo que, hay un sitio que puede usar.
—Perfecto, asegúrate de que ese espacio sea mío
y venme a buscar. —Iba a cerrar la puerta, pero
agregué—. ¿Dónde quedó el juego de té de la
reina?
—Lo dejé en su armario junto a la capa.
—Maravilloso.
—¿Qué tiene pensado hacer?
—Le invitaré a la reina una taza de su propio té. —
Sonreí y cerré la puerta.
Episodio 29: Una lección para la
Reina.
Lizzie.
Resultó que, ser la esposa del príncipe heredero
tenía sus ventajas.
Había encontrado un sitio donde instalarme, tenía
un elegante escritorio, una cómoda silla, una
biblioteca por llenar y lista para recibir mi
computadora portátil, junto a otros materiales de
oficina.
Y todo lo hice, mientras Coco preparaba el té y
Jena le avisaba a la reina que, yo necesitaba verla.
Era un sitio pequeño y acogedor.
Sonreí cuando mi señor esposo apareció por la
puerta.
—Me agrada tenerte de vecina —comentó
entrando a mi despacho, rodeó mi mesa y se
apoyó de ella.
—Sí, aunque, no creo que, nos veamos mucho
tiempo.
—Lo sé, pero no necesito mucho tiempo para
cogerte. —Bajé la cara, sonrojándome—. ¿Dónde
están las cosas?
—Vienen en camino.
Dominic tomó mi lista de libros y la revisó:
—Son muy buenos textos. ¿Cuándo llegan?
—No vendrán.
—¿Por?
Rodé los ojos.
—Primero: son muy caros. Segundo: no voy a
durar mucho tiempo viviendo aquí. Tercero… —Me
quedé pensando—. Vale, no hay un tercero.
—Elizabeth, ya no tienes que preocuparte por el
dinero.
—¿Se te olvida que, todo esto es temporal? No
sirve de nada acostumbrarme a vivir de una
determinada forma, si en algún momento debo
volver a mi realidad. —Dominic sujetó mis manos
y me observó—. Aunque, te agradezco todo lo que
haces por mí.
Mi señor esposo me contempló y susurró:
—¿Y si no quiero que sea temporal?
—¿Qué? —cuestioné sin poder entender lo que
dijo.
En realidad, sí había escuchado, pero quería que
lo repitiera, pues, temía haber escuchado mal.
—Princesa, el té está listo y la reina viene en
camino —me informó Jena entrando al despacho
con una bandeja de plata y el juego de té.
—¿La reina viene para acá? —preguntó Dominic y
su mirada se volvió fría.
—Es cosa de tu padre, desea que, ambas,
organicemos el baile —le conté ocultando una
sonrisa—. Tranquilo, no saldré del castillo ni te
meteré en problemas.
Dominic se pasó las manos por la cara.
—Desearía quedarme y ver qué planeas hacer,
pero debo irme. —Mi esposo se inclinó y me dio
un beso en la frente—. Solo, cuídate.
—Haré lo que pueda por mantenerme viva.
—Sí, al menos, hasta la coronación —bromeó
Dominic y salió del despacho.
Esperé un poco y miré a Jena.
—Coloca la bandeja en la mesa y retírate.
Jena acató mi orden e hizo una reverencia antes
de marcharse.
Acomodé la mesa a mi gusto y me detuve en la
puerta, lista para recibir a la reina.
En pocos minutos, la anciana apareció con todo
su ridículo esplendor; joyas, ropa fina y tacones
altos para intimidarme.
—Su alteza. —Hice una perfecta reverencia y me
erguí.
—Por tu culpa tuve que atender a los padres de la
duquesa con otro juego de té —comentó la
desgraciada.
—Por eso, a modo de disculpa, le invito a tomar un
té conmigo. —Sonreí—. Sabe que, prefiero el café,
pero por usted, haré una excepción.
Estiré la mano indicándole el camino.
La reina se aclaró la garganta y avanzó con algo
de duda.
Ajusté su silla y fui a mi lugar.
—¿Leche?
—No.
—¿Miel?
—Un poco.
—Esta mañana me he enterado de que su
majestad, el Rey desea que, juntas, llevemos a
cabo el baile. —Removí con una cuchara de plata
la bebida de la reina y la coloqué frente a ella.
—Sí, aunque, no entiendo por qué ha tomado esa
decisión —comentó la vieja con desagrado.
—Supongo que, el rey desea darle una versión
fresca y moderna al baile. —Serví otra taza de té,
pero solo la dejé frente a mí.
—Tú, ni siquiera perteneces a la realeza.
—No pertenecía, ahora soy la esposa del príncipe
heredero —le recordé con una amplia sonrisa—.
Pero, no nos desviemos del tema, comprendo si
su edad no le permite entregarse por completo a
un evento tan importante, créame, yo puedo
hacerlo sola.
—¿Me crees una inútil? —vociferó la reina
iracunda.
—Alteza, no ponga palabras en mi boca, solo digo
que, no debe sentir vergüenza por no tener la
fuerza y juventud de antes.
—No seas ridícula niña, tengo la fuerza y los
conocimientos para realizar un baile por mi
cuenta —refutó la vieja indignada.
—¿Solo para organizar bailes?
—¿Qué quieres decir? —preguntó y miró mi taza
de té.
—Pues, quedé asombrada con la logística del
paseo para ir a buscar su juego de té. —Me
levanté de la silla y acerqué la taza a mis labios—
. Pero, pese a sus intentos de dañarme, estoy aquí
con la corona en mi cabeza.
—Así veo. —La reina alejó su taza de ella y se puso
de pie—. Pero, olvidas que, tú eres una recién
llegada y yo…
—Una mujer —la interrumpí—, que olvidó pedirle a
su doncella probar su té.
—¡Tú! —La anciana lanzó la taza al suelo y
comenzó a toser—. ¿Crees que, me vas a asustar
con trucos baratos?
—Podemos seguir conversando, pero si fuera
usted, iría a la enfermería. —Sonreí y proseguí—.
Recuerde, mientras más se altera, el corazón
bombea más sangre y…
—No serías capaz de hacerme algo dentro del
castillo.
—Aquí es donde se da cuenta de que ambas
tenemos el poder de comenzar una guerra y solo
la muerte de una de nosotras le pondrá fin.
Aunque, usted lleva más tiempo en el castillo y
estoy segura de que tiene muchos enemigos
esperando a la persona correcta para aliarse en
su contra.
La reina estaba roja de furia.
—No cantes victoria, solo has ganado una batalla.
—Tres, si contamos con los duelos anteriores. —
Me senté de nuevo en mi silla y entrelacé mis
manos—. Ahora, le pido que se retire, todavía
tiene un baile que organizar.
—No puedes hablarme así.
—Nadie nos ve Mathilde, no tenemos que fingir
que nos agradamos o nos soportamos, usted
desea mi muerte. Anhela arrebatarle el derecho
de nacimiento a Dominic, pero se jodió, no dejaré
que le haga daño a mi esposo.
—¿Estás dispuesta a morir por él?
—La muerte y yo, somos viejas amigas. —La
contemplé fijamente—. En cambio, puedo notar
que usted se esconde debajo de sus mantas
temiendo que cualquier día venga a reclamarla.
La reina no dijo más, solo se dio la vuelta y se
marchó resonando sus tacones.
Expulsé todo el aire de mis pulmones y me tapé la
cara.
Vale, no había salido como esperaba, pero me
gustaba el resultado.
Sonreí imaginando a la reina corriendo al baño,
ojalá le diera tiempo de llegar.
Me puse de pie, tomé la pequeña barredora y la
pala, para desechar la única prueba de que la
bebida de la reina contenía algo más que té y miel.
Boté el contenido en una bolsa de plástico y la
dejé en el suelo, lista para que Coco se deshiciera
de ella.
Dominic entró a mi despecho y me observó con
sus fríos ojos azules.
—Me alegra saber que, no me equivoqué contigo.
—No tengo idea de qué me hablas —alegué con
falsa inocencia.
Mi señor esposo alzó una ceja:
—Escuché toda la conversación. —Dominic me
agarró de la cadera y me sentó sobre la mesa.
Abrí los ojos.
—¿Cómo?
—Las paredes son finas.
—Mentira —lo acusé y lo empujé lejos de mí.
Me puse de pie y comencé a evaluar las paredes.
Pero, aparte de tener un papel tapiz viejo y feo, no
encontré nada fuera de lo habitual, hasta que, me
fijé en la biblioteca sin libros.
Me acerqué para revisarla mejor, pero mi esposo,
me acorraló por la espalda, puso mis manos
sobre una de las repisas y pasó su erección por
mi trasero.
—¿Quieres un poco de té? —le pregunté
sonriendo.
—Pensé que, estabas de mi lado —murmuró
Dominic besándome por el cuello.
—Y lo estoy.
Dominic me dio la vuelta y me tomó en sus
brazos.
Sus labios fueron a los míos, pero aparté la cara
de él.
—Debo ir al médico —le aclaré segura de que no
deseaba quedar embarazada.
—Claro, vamos, yo mismo te llevaré.
—¿En serio? —cuestioné.
—Sí, eres mi esposa y yo debo cuidar de ti.
—Magnífico, también debo ir al centro comercial.
—¿Quieres que vaya contigo a ese sitio?
—Si te portas bien, podemos entrar a la tienda de
lencería y elegir un par de conjuntos. —Moví las
cejas y mordí mi labio inferior.
—Vale, avisaré que, estaré fuera un par de horas.
—¿Solo un par de horas? —cuestioné sonriendo.
—Bien, todo el día.
—Gracias. —Me puse de puntillas y deposité un
beso en su mejilla—. Iré por la capa y nos vamos.
Episodio 30: intuición y tregua.
Lizzie.
Varios días después…
No estaba segura si la reina había entendido la
lección, o simplemente, esa vieja bruja estaba
planeando su contraataque.
Aunque, deseaba creer que, un par de horas de
meditación en el baño le darían una nueva
perspectiva de la vida.
No me malinterpreten, estos días de aparente
calma, habían sido agradable, me dieron la
oportunidad de ocuparme de la renovación de la
habitación del rey y compartir más con mi suegro.
Sin embargo, tanta tranquilidad, me estaba
sacando de quicio.
Estaba en alerta permanentemente, como si
esperara que esa vieja cacatúa estuviera al girar
en una esquina con un arma lista para volarme la
cabeza.
Claramente, trataba de que mis temores no me
afectaran, pero igual estaba tensa. Además, cada
día que pasaba, sentía menos confianza en Jena.
Era algo que, no podía explicar, ella parecía una
buena chica y era bastante trabajadora, incluso
atenta y amable, pero, desde que Emilio había
revelado que ese día de mi ataque, Jena había
llegado al castillo mucho antes de que yo llamara
a Dom, me había dejado un mal sabor de boca y
ahora era imposible confiar plenamente en ella.
Mi madre solía decir: Hija, nunca ignores tus
instintos, la mayoría de veces, te salvaran de
situaciones peligrosas y te alejaran de malas
personas.
Justamente eran ellos los que me gritaban que
me mantuviera alejada de Jena. Y
desgraciadamente, una vez decidí ignorar mi
intuición y mi vida se fue por el drenaje.
Así que, había tomado la decisión de rodearme de
personas que me inspiraran algo de confianza y
una de esas personas era Coco, era una señora
bastante entrada en años, pero cuando ella
estaba cerca me sentía protegida.
Claro que, no iba a decirle a Jena que desconfiaba
de ella, no podía ir quemando mis barcos en este
castillo lleno de mentiras y personas falsas.
Entonces, le había dicho que, ella seguía siendo
mi doncella principal y Coco era como una
especie de apoyo.
Si le molestó, no lo dijo.
Y debía decir que, ambas hacían un excelente
trabajo. Coco se encargaba de mi ropa y joyas.
Jena de mis peinados y maquillaje.
Eran el equilibrio perfecto.
—Estás lista —anunció Jena terminando de
peinarme—. Ahora el maquillaje.
—No. —Me levanté de la silla—. Debo ir con el rey.
—¿Hoy terminan de remodelar la habitación? —
preguntó Coco y parecía realmente interesada.
—Sí, pero necesito pedirte un favor. —Mi nueva
doncella se me quedó mirando atenta—. Paséate
por el castillo y averigua si las empleadas me
odian.
—¿Por qué la odiarían? —indagó Jena extrañada.
—Porque, he pedido que antes de regresar al rey
a su habitación deben tener todo limpio y sin una
mota de polvo. Y estos últimos días, han tenido
bastante trabajo.
—Ah, no creo que, por eso se gane el odio de las
empleadas —aseguró Coco—. No después de
cómo ayudó a mis compañeras en la cocina.
—¡Sí! Todos en el castillo saben que, usted fue la
salvadora de las cocineras —confirmó Jena
terminando de acomodar las cosas en la
peinadora.
—Eso es un alivio. —Me senté en la cama y saqué
todo el contenido de mi cartera sobre el colchón—
. ¡Demonios!
—¿Pasó algo princesa? —indagó Coco
acercándose.
—Volví a perder mis píldoras —bufé, estaba
cansada de ser tan descuidada—. Ya no sé ni
dónde tengo la cabeza.
—Es normal, anda muy tensa por la remodelación
y el baile —expresó Jena.
—¿El baile? Yo no estoy aportando nada para su
realización. —Volví a meter mis cosas en la
cartera.
—Emilio está haciendo un gran trabajo —
mencionó Coco—. Todos en el castillo lo adoran y
lo están ayudando.
—Eso también me tiene alterada —comenté
recordando que, dentro de dos días, se llevaría a
cabo dicho baile y no sabía qué iba a usar o cómo
debía actuar.
—Todo saldrá bien. —Coco me regaló una de esas
miradas tiernas y se inclinó—. Debo marcharme,
pronto la veo y le digo de lo que me entere.
—Gracias. —Me levanté de la cama y mi doncella
salió de mi habitación—. Yo iré con el rey.
—Debería llevarse algún abrigo —sugirió Jena.
Miré mi vestido floreado, luego la ventana y
asentí.
Sí, últimamente estaba haciendo más frío de lo
normal.
—Búscame la capa de Coco. —Sentí la vergüenza,
cubrir mis mejillas—. Siempre que digo que se la
devolveré, la termino usando.
—Pienso que, ella se siente honrada de que usted
le guste esa prenda.
Con la capa sobre mis hombros y mis rulos
cayendo sobre mi espalda, salí de mi habitación
lista para otra mañana con Arthur.
Bajé las escaleras y me topé con Logan.
Me tomó un par de segundos asimilar que era él.
La verdad, era algo perturbador su parecido con
mi esposo.
—¿Disfrutas tu estancia en mi castillo? —indagó
interponiéndose en mi camino de manera hostil.
—¿Tu castillo? —cuestioné tratando de rodearlo.
—Estoy realmente cansado de verte pululando por
allí como si fueras la dueña y señora de la casa.
Miré a ambos lados y me percaté de que
estábamos convenientemente solos.
—Nada te impide que te vayas —expresé
fingiendo que revisaba mis uñas.
Sus manos me tomaron por los hombros y me
pegaron a la pared de forma violenta.
—¿De verdad, crees que, mereces estar aquí? —
Podía notar su odio.
—Suéltame, ahora —le ordené tragándome el
dolor que sentía.
—¿Cuánto dinero quieres para que te vayas?
Sonreí.
—¿En realidad eres tan ingenuo para creer que, mi
partida colocaría la corona en tu cabeza o solo
eres idiota?
—Eso es fácil de averiguar. —Logan me observó
con sus ojos llenos de maldad y me retó—.
Lárgate de mi casa y veamos que sucede con el
trono.
Sus dedos se clavaron con más fuerza en mi
cuerpo causándome más dolor.
—Si me voy, Dominic seguirá siendo el elegido de
tu padre. Dime: ¿Qué se siente ser la segunda
opción? —Puse mis manos en el pecho de Logan
y lo empujé, pero claramente, él era más grande y
fuerte que yo, así que, solo hice el ridículo.
Logan me presionó con más fuerza en la pared e
hice una mueca de dolor.
—Tal vez tu esposo te permita que le hables de
ese modo, pero no soy él.
—En eso estamos de acuerdo. —Alcé la mirada y
la clavé en Logan—. Solo eres un imbécil que
desea algo que jamás podrá obtener…
En un rápido movimiento, la mano de Logan se
cerró en mi cuello.
—Valora cada aliento que te queda. —Estaba
completamente atrapada entre su mano y la
pared, la fuerza con la que apretaba era tal que
pronto sentí que, me asfixiaba—. Pronto estarás
bajo tierra haciéndole compañía a tu madre.
Me removí, pero Logan estaba disfrutando de
hacerme daño, la vista empezó a nublarse e
incluso así, no dejé de verlo, aunque, antes de
perder la consciencia, el idiota frente a mí, me
liberó.
Tosí y me llevé mis propias manos a mi cuello
como tratando de protegerlo de Logan.
—No le tengo miedo a la muerte —susurré
tratando de recuperar el aliento.
—Es bueno saberlo. —Logan se alejó y sonreí
sintiéndome victoriosa—. Pero, verás, disfruto
causar dolor.
«Ya veo», gruñí en mi cabeza.
—No te tengo miedo —le aseguré sin dejar de
verlo.
Una sonrisa siniestra cubrió el rostro de Logan y
sentí miedo.
—Lo tendrás, después que termine contigo,
suplicaras estar muerta.
—Sigue soñando maldito imbécil. —Me crucé de
brazos y alcé la barbilla con orgullo.
—Me pregunto si tu hermana será igual de
valiente que tú.
Allí se me borró la sonrisa, se detuvo mi corazón
y mi tenacidad se esfumó.
»¿Sabes el precio de mentirle a la corona? —
Logan se acercó a mí y pasó su dedo por mi
garganta—. Pronto, lo averiguarás.
Se marchó silbando y no fui capaz de moverme.
Solo me quedé allí pensando en lo lejos que
estaba llegando esa maldita mentira.
Varias lágrimas comenzaron a caer por mis
mejillas y me apresuré a limpiarlas.
No, no sería la causante de más dolor en mi
familia.
Tomé la falda de mi vestido y subí a mi habitación
corriendo.
Entré a mi cuarto y Jena se giró a verme.
—Vete —le ordené.
Mi doncella no dijo nada, solo se marchó toda
confundida.
Corrí a mi armario, tomé una maleta y comencé a
llenarla de ropa, mientras las lágrimas
manchaban mis mejillas.
La puerta se abrió y Dominic entró convertido en
un vendaval.
—¿Qué mierda crees que haces?
—Me voy —espeté buscando mi pasaporte.
—¿De qué demonios me estás hablando? —
Dominic alzó la voz—. No puedes irte, tienes un
contrato que cumplir.
—Lo lamento. —Puse las manos en mi cuello y
reprimí un escalofrío—. Pero en el contrato no
decía nada sobre el riesgo de terminar como Ana
Bolena.
—¿Qué tiene que ver Ana Bolena en todo esto?
—Ella fue acusada de muchas cosas, pero una de
ellas fue alta traición a la corona, eso la llevó a su
decapitación.
Dominic negó con la cabeza.
—Aquí nadie será decapitado —aseguró
manteniendo la calma.
—Quizás tú no, ya que eres el puto heredero, pero
yo. —Solté una carcajada histérica—. Soy una
plebeya que, comete fraude.
—¿Te quieres ir? —Dominic acunó mi rostro y sus
dedos limpiaron mis lágrimas.
«No», pensé viendo sus increíbles ojos azules.
Era la verdad, no deseaba hacerlo, no por la
corona, el dinero o los lujos, ni siquiera era por el
buen sexo. Era porque, de verdad, no quería
alejarme de Dominic, pero…
—Debo hacerlo. —Me alejé todo lo que pude de él.
—¿Qué pasó? ¿Qué cambió? —exigió saber, podía
notarlo molesto, incluso preocupado.
Sin poder mantenerme en pie, me dejé caer en la
cama y seguí llorando.
»Habla conmigo, por favor, no me dejes fuera de
las cosas que te suceden —suplicó cayendo de
rodillas ante mí.
—Me cansé de mentir y lo creas o no, me gustaría
conservar mi cabeza sobre mis hombros.
—No me mientas. —Desvié la mirada, pero
Dominic me sujetó por la barbilla y me hizo verlo.
Estaba jodida, este hombre me importaba. ¿Qué
tanto? No lo sabía, pero era suficiente como para
ser honesta con él.
—No me importa si amenazan mi vida, no tengo
mucho por qué vivir, y desde hace un tiempo
espero que la muerte me reclame, pero mi familia
ha sufrido mucho por mi culpa y no puedo dejar
que sigan sufriendo.
—¿Quién te amenazó? —indagó Dominic y sus
orejas se pusieron rojas.
—Logan me hizo entender que, le haría daño a mi
hermana si no me alejaba de ti. —Varias brotaron
de mis ojos, dejando un camino de dolor por mis
mejillas.
—Elizabeth, las reinas no lloran. —Sus dedos
limpiaron las lágrimas de mi cara—. Las reinas
buscan a sus esposos y dejan que ellos pongan a
sus pies la cabeza de sus enemigos.
—Ambos sabemos que no soy una reina y Logan
no es tu enemigo, es tu hermano —determiné.
Levanté mi mano y acaricié el cabello de mi señor
esposo.
—Todo aquel que deseé hacerte daño es mi
enemigo.
—No siempre estarás a mi lado, así que, debo
aprender a cuidarme sola. —Dominic me atravesó
con su mirada.
—Yo me encargaré de mantener a tu hermana a
salvo. —Fruncí el ceño, ante tal desesperación de
Dom por hacer que me quedara.
Suspiré, incluso en los peores empleos debías
trabajar un preaviso después de renunciar.
—Escucha, el baile es en unos días, puedo
quedarme hasta entonces y luego…
—Luego de esa noche serás la reina y tendrás el
poder de hacer lo que desees.
—¿Poder? Creí que, las reinas consortes no tenían
ningún poder.
—No, princesa. —Dominic se acercó y me dio un
beso en los labios—. Dije que Mathilde no tiene
más poder que tú, pero es porque así lo decidió
mi padre, eso es lo que la hace tan infeliz. —Mi
señor esposo se sentó en la cama y me sentó en
sus piernas—. Pero, tú serás una reina diferente
porque yo te haré poderosa.
—Dominic, no creo… —Su dedo silencio mis
palabras.
—Ahora dime: ¿Cómo es eso que esperas a que la
muerte venga por ti?
Maldije mentalmente por no tener control con las
cosas que salen de mi boca.
—Es algo personal y privado.
La mano de Dominic sujetó mi cara con firmeza.
—¿Todavía no entiendes que entre nosotros no
existe nada personal o privado? Tú y yo somos
uno solo, así que, ve hablando.
Me rasqué la cabeza confundida por sus
palabras.
—Lo siento, no puedo…
—Elizabeth, soy tu esposo.
—¿Dijiste que después del baile serás el rey? —
Cambié el tema.
—Sí, mi padre todavía no lo hace oficial, pero
antes del baile hará la ceremonia de coronación.
Será, algo íntimo y rápido por su estado de salud.
—Vaya, en dos días seremos coronados —
murmuré sin poder creerlo del todo.
—No, la fecha del baile se movió —reveló Dominic.
—¿Qué? ¿Cuándo será…?
—Mañana —me interrumpió mi señor esposo—,
cuando se oculte el sol seremos los reyes de la
nación.
Episodio 31: Hijo favorito.
Lizzie.
Me quedé completamente muda viendo a
Dominic.
—¿Es una broma? —indagué evaluando su rostro.
—¿Te parece que es un chiste? —Negué con la
cabeza—. Elizabeth, mañana a esta hora serás la
reina de toda Inglaterra y nada cambiará eso.
Traté de levantarme de sus piernas, pero mi
esposo me sujetó con fuerza.
»Háblame, dime que sucede.
—Estoy aterrada —confesé, levanté una mano y
acaricié su cara—. Al principio, fue una mentira
divertida, pero esto está lejos de ser la aventura
que prometiste.
—Yo no estoy mintiendo, eres mi esposa.
«Pero, no me amas», cuestioné en mi cabeza.
»Follo contigo cada día; amanezco abrazado a tu
cintura y…
—Pronto nos divorciaremos, lo sé, me sé el
repertorio —lo interrumpí y esta vez, sí, pude
ponerme de pie—. Debo irme, tu padre espera por
mí.
—Vale, yo iré a hacer unas llamadas. —Dominic se
puso de pie y no parecía estar muy feliz.
Yo tampoco lo estaba, pero así eran las cosas, él
mismo había elegido ponernos en esta situación.
Mi señor esposo se acercó a mí y se agachó lo
suficiente para quedar frente a mí. Sus manos
fueron a mi cara y sus dedos limpiaron mis
mejillas.
Su mirada no era amable, todo lo contrario, era
fría:
—Deja de llorar y date cuenta de lo que realmente
pasa a tu alrededor. —Dominic se giró y se
dispuso a irse del cuarto.
Arrugué la frente sin entender lo que decía.
Estaba concentrada en lo que estaba pasando a
mi alrededor. Estaba viviendo bajo el mismo
techo que dos psicópatas que deseaban
asesinarme.
—Hay algo que no entiendo —murmuré tomando
la mano de Dominic y evitando que se fuera.
—¿El qué?
—¿Por qué deshacerse de mí? Incluso conmigo
fuera de la ecuación, tú sigues siendo el Rey.
Dominic se giró por completo y me observó desde
su altura.
—Porque ya fueron detrás de mí, pero no pudieron
matarme. —Señaló su cicatriz y la ira se apoderó
de mí—. Van detrás de ti, porque lastimándote, es
la única forma de dañarme.
Una mano de mi esposo fue a mi cara y me sujetó
por las mejillas, se inclinó y me besó
salvajemente:
»Pero, el que te toque un cabello tuyo, firma su
sentencia de muerte. —Dominic se marchó antes
de que mi cabeza pudiera procesar esa
información.
Expulsé todo el aire de mis pulmones.
¿Hablaba en serio o solo era parte del teatro de
ser esposos falsos?
Sentía que, había caído por un agujero y que, por
mucho que lo intentase, no era capaz de
comprender qué sucedía y tampoco de encontrar
una salida.
En definitiva, Dominic fue el conejo blanco que me
llevó a un mundo completamente trastornado.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Esa maldita mujer me traía de cabeza, ¿y no se
daba cuenta de cuánto me gustaba?
A estas alturas no sabía si Elizabeth estaba
jugando, a no darse cuenta de lo que sentía por
ella o simplemente era muy despistada.
Sin embargo, eso poco importaba, ella era mía y
nada podía cambiar ese hecho.
Bajé las escaleras y fui al único lugar donde sabía
que estaba la escoria de Logan.
Crucé el jardín y fui hasta la parte más lejana del
castillo.
Desde siempre el imbécil había sido un cobarde,
cuando no podía con la carga que le representaba
su madre, solía correr y esconderse.
Entré al bosque y avancé en línea recta.
—Veo que tu mujercita fue corriendo con el
chisme —comentó Logan apareciendo unos
metros frente a mí.
—Realmente, me sorprende que no estés bajo la
falda de tu madre —declaré acortando la
distancia entre nosotros.
—Al menos, yo tengo una madre.
—¿En serio? —Solté una carcajada—. En el pasado
esa misma frase nunca te funcionó. ¿Qué te hace
pensar que ahora me lastimará?
—No pierdo nada con intentarlo.
Me detuve frente al idiota que tenía por hermano
y lo tomé del cuello.
—Cometiste el terrible error de meterte con mi
mujer —declaré con los dientes apretados.
—¿Crees que te sigo teniendo miedo? —Logan me
miró y pude notar que, sí, todavía era un cobarde.
—¿Qué harás llamar a tu mami? —me burlé,
presionando su asqueroso cuerpo contra el árbol.
—Siempre atacando a traición, al menos, dame la
oportunidad de enfrentarte como un hombre.
—No. —Levanté mi mano dispuesto a sacarle
todos los dientes, pero me quedé allí con mi puño
alzado analizando la situación.
—¿Qué pasó hermanito, ya no eres tan valiente? —
me provocó Logan.
Entonces lo entendí.
Era una trampa.
—¿De verdad, pensaste que, no sería capaz de
tocarte? —Estrellé mi puño en su cara.
Golpeé una, dos, tres veces antes de que cayera
al suelo.
—Has cavado tu propia tumba —se glorificó
Logan.
Pisé su cuello y sonreí.
—Es una lástima que, decidas a última hora, no
asistir a mi coronación. —Apreté un poco más—.
Pero, la buena noticia es que solo desaparecerás
por 24 horas, aunque, si nadie reclama tu cuerpo,
existe la posibilidad de que las ratas se coman tus
huesos.
—No, todavía no serás coronado.
—¿Papá no te dijo? —Chaqueé los dientes—.
Tranquilo, ambos sabíamos que no eras el hijo
favorito.
Apreté más y más, hasta que, Logan quedó
inconsciente.
Tomé una bocanada de aire y me preparé para
llevar a mi querido hermano a un lugar donde no
fuese buscado.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Llegué a la habitación de Arthur, pero los
trabajadores ya se encontraban allí, así que, me
apresuré para llegar al jardín.
Jena empujaba la silla del Rey, mientras él olía las
flores.
—Lamento la demora —comenté quedando en su
campo de visión.
Arthur sonrió, pero al verme, la sonrisa se borró
de su rostro.
—Retírate —le ordenó a Jena de forma mordaz.
—Alteza. —La muchacha se arrodilló ante el Rey—
. Lamento si hice algo que…
—¡Largo! —bramó Arthur.
Jena pegó un brinco y salió corriendo.
—¿Pasa algo? —le pregunté a Arthur
agachándome.
—¿De dónde sacaste esa capa? —inquirió
alterado.
—Me la dieron —respondí con veracidad.
—¿Quién? —El rey tomó mi mano.
—Lo siento, su alteza. ¿Por qué una capa lo altera
tanto? —indagué poniéndome nerviosa.
—No es solo una capa. —Arthur sonó triste—. La
conozco, sé quién la hizo y no era solo una, sino
un par.
—¿Un par? —repetí sin poder creerlo.
—Una está en mi armario, dentro de la misma caja
en donde estaba la corona de mi esposa.
—¿Y la otra? —pregunté con genuino interés.
—Fue enterrada con mi esposa. —Dejé caer los
hombros—. Por eso, es importante que me digas
quién te la dio.
—Es que, no lo sé —mentí. Al parecer, se me
estaba haciendo costumbre saltar de mentira en
mentira—. Alguien la dejó frente a la puerta de mi
habitación.
—Elizabeth, llevo 34 años esperando morir, para
reunirme con la mujer que amo. —Una lágrima
rodó por la mejilla del Rey—. ¿Piensas que, esto
es una señal de mi amada para venirme a buscar?
—¿Qué fue lo último que le dijo su esposa?
—Que cuidara de nuestro hijo.
—Entonces, es una señal de que su momento no
ha llegado, pues debe cuidar de su hijo.
—Dominic es un hombre, con una hermosa
familia.
—Señor, no importa la edad que tengamos,
siempre vamos a necesitar a nuestros padres.
Arthur sonrió un poco más calmado.
—Tienes razón, pero a partir de mañana Dominic
deberá encargarse de sí mismo y de la nación. —
El Rey palmeó el dorso de mi mano—. Vamos
muchacha, quiero ver mi nueva habitación.
Asentí.
Pero, ahora no me preocupaba ser coronada
como reina, sino de dónde Coco había sacado la
dichosa capa.
Episodio 32: El misterio detrás
de la capa.
Lizzie.
Llegamos a la habitación de Arthur y el cambio
había quedado estupendo.
Las señoras de la limpieza estaban terminando
de organizar todo y en una esquina llorando
estaba Jena.
—Creo que, debería disculparse con ella —le
sugerí al Rey.
—No debo disculparme con nadie —declaró
Arthur orgulloso.
—Pues, pienso que, gritarle, fue grosero de su
parte —insistí.
Arthur expulsó el aire de sus pulmones, puso el
codo en el reposabrazos de la silla y apoyó su
cabeza en su mano.
—¡Tú, muchacha! —Jena se giró y su labio inferior
empezó a temblar de nuevo, pero corrió a los pies
del Rey—. Deja de llorar, que no has hecho nada
malo.
—¿No me despedirá?
—No, por ahora. —Arthur me miró como diciendo:
Es lo más que haré—. Por favor, márchate lejos de
mi vista, no sé lidiar con las lágrimas de nadie.
—Sí, su majestad. —Jena se secó las lágrimas y
se fue más animada.
—Lo que intentas hacer es… admirable, pero
debes saber que no se llega a Rey siendo amable
con las personas, debes tener en todo momento
mano dura, para que los actos de misericordia
sean celebrados. —Arthur buscó mi mano y se la
di—. Yo también quise ser un buen Rey, pero las
experiencias y traiciones me llevaron a ser
despiadado.
—Dominic…
—Mi hijo es muy parecido a mí, de eso estoy
orgulloso. —El Rey sonrió—. Lo envié al ejército
para darle las herramientas que necesitaba para
poner a sus enemigos a sus pies.
—Tiene razón, trabajaré en mi carácter. —Decidí
que lo mejor era cambiar de tema, después de
todo, mis días como reina estaban contados—.
¿Qué le parece su habitación?
—Me agrada, pero un cuarto más limpio, con
cortinas nuevas y sin polvo, no me van a sanar —
mencionó Arthur y señaló su cama—. Vamos
muchacha, este viejo quiere dormir un poco para
poder tener energía para el día de mañana.
—Sí. —Empujé la silla y lo ayudé a subirse a la
cama.
—Supongo que, Dominic ya habló contigo.
—Así es, aunque, tenía entendido que, solo se
coronaba cuando el rey fallecía.
—¿Ya quieres que muera muchacha?
—No, no, por supuesto que no, solo que…
—Estoy bromeando, esa es la costumbre, pero he
decidido cambiar un poco la cosa.
—¿Puedo saber por qué?
—Quiero ver en vida, cómo mi heredero gobierna,
si lo hace bien, podré morir en paz.
—¿Y si lo hace mal?
—Pues, moriré de rabia.
Sonreí.
»Ahora, vete y deja a este viejo descansar.
Asentí y salí de la habitación.
Estaba cerrando la puerta cuando la enfermera
del Rey iba llegando.
—¿Por qué el Rey no había sido llevado a tomar
sol? —indagué con genuino interés.
—Se lo sugerí a su majestad la reina. —Noté rastro
de amargura en su tono de voz—. Ella fue
específica, mantenerlo calmado y en la
habitación.
—Bien, yo autorizo los paseos matutinos y menos
sedantes. —Tomé las manos de la enfermera—. Si
nota algo raro, lo que sea. ¿Me avisa?
—Lo haré —aseguró la enfermera.
—Gracias. —Le regalé una sonrisa y seguí con mi
camino.
No estaba segura de dónde podía estar Coco,
pero la había enviado a investigar, así que, tenía
una idea de su paradero.
Estos últimos días había descubierto que Coco
tenía la habilidad de pasar por desapercibida;
además, era querida y respetada entre sus
compañeros, lo que le daba un bonus extra a la
hora de enterarse de algo.
Aceleré el paso y llegué a la cocina.
Era increíble cómo poco a poco me había
acostumbrado, no solo a las dimensiones del
castillo, sino que, había aprendido algunos atajos
para acortar el camino.
Entré en la cocina y todas las empleadas dejaron
de trabajar para hacer una reverencia ante mí.
Por extraño que suene, también me había
acostumbrado a eso.
—Por favor, vuelvan al trabajo —pedí con
amabilidad—. ¿Saben dónde está Coco?
—Afuera, con las verduras —contestó una de las
empleadas más jóvenes.
—Gracias.
Atravesé la cocina y salí por la puerta trasera.
Pude visualizar a Coco con una olla llena de
verduras.
Sonreí y caminé hasta ella.
—¿Necesitas ayuda? —indagué sentándome a su
lado.
—Princesa. —Coco se fue a levantar, pero la
detuve.
—Por favor, no aquí, nadie nos ve y…
—Siempre hay alguien que ve. —Coco se levantó e
hizo la reverencia.
—Necesito conversar contigo, más bien hacerte
una pregunta.
—Usted dirá su majestad. —Coco volvió a su lugar
y retomó su tarea.
—¿De dónde sacaste esta capa?
La mujer levantó la mirada, como si no creyera lo
que le acababa de preguntar.
—¿Puedo saber por qué el repentino interés?
—Vengo de ver al Rey —le informé y su rostro
perdió todo el color.
Coco dejó el cuchillo en la olla y tragó saliva.
—¿Alguien más te vio con la capa? —Se acercó y
trató de quitármela.
—No, al menos, más nadie la reconoció —aclaré.
—Esto no debió pasar así, Arthur no debió verte
con esa capa—sollozó Coco—. ¿Qué le dijiste de
la capa?
—Que la habían dejado en mi puerta. —Tomé sus
manos y la obligué a sentarse.
—Debes guardarla —pidió la mujer alterada.
Me quité la capa, la doblé y se la di.
—Sé que nos conocemos de hace poco, pero
puedes confiar en mí. —Coco rechazó la prenda,
pero se le quedó mirando—. Estoy segura de que
algo pasa, pero no quiero presionarte.
—Es mía —susurró tan bajito que creí haberlo
imaginado.
—¿Tuya? —repetí acercando mi cara a ella. Coco
asintió—. ¿Dónde la encontraste?
—Había pasado los últimos dos meses de mi
embarazo enferma, no tenía fuerzas ni para
levantarme. Así que, me puse mi capa, la misma
que tenía a juego con mi esposo. —Fue mi turno
de perder el color de la cara, miré para todos
lados temiendo que alguien nos escuchase—.
Tuve dos hermosos hijos, pero antes de poder
besarlos caí en la oscuridad.
«¿Dos? ¿Dijo dos hijos?», cuestioné en mi cabeza,
pero por miedo a asustarla me quedé en silencio.
—Desperté, no sé cuanto tiempo después,
ingresada en un hospital psiquiátrico, lejos, muy
lejos de aquí. En otro país, de hecho. Las noticias
decían que, había muerto. —Me llevé las manos a
la boca estaba realmente, impactada con todo—.
Estuve un par de meses allí antes de entender
que, si seguía diciendo que era la reina Carlota no
saldría de allí, así que, fui Coco, lo fui por unos
largos 4 años. No hubo un día en que no pensara
en mis hijos.
Cerré los ojos cuando escuché que de nuevo
hablaba en plural.
—¿Cómo llegaste aquí?
—Escapé, tuve que hacerlo, ellos no me dejarían
salir y yo necesitaba verlos, pero no podía llegar
siendo Carlota, no, ella debía morir. Contacté a un
amigo, me ayudó con algunos cambios estéticos,
algo aquí, otra cosa por allá y no había rastros de
la reina que fui. —Las lágrimas comenzaron a
caer de los ojos de Coco—. Regresé al castillo 7
años después, pero uno de mis hijos ahora era
hijo de esa maldita mujer; el otro, era golpeado y
humillado a manos de esa desgraciada.
Me quedé en shock, analizando todo lo que me
estaba contando Coco o debía decir: Carlota.
—Espera, un segundo. —Expulsé el aire de mis
pulmones—. ¿Por qué no dijiste que eras tú?
—Porque ser yo, significaba que, esa mujer
volviera a atentar contra mi vida o peor, contra la
de mis hijos. En cambio, Coco era una
insignificante mujer que en sus ratos libres podía
acercarse a sus hijos. —Coco se limpió la cara—.
Logan me rechazó de inmediato, pero Dominic, mi
pobre hijo, sufría a diario, así que, trataba de hacer
sus días mejor.
—Así que, regresaste al castillo, para cuidar de tus
hijos —concluí y llevé mis manos a la cara,
entonces, me di cuenta de que también estaba
llorando.
—Ella logró quitarme todo, pero jamás pudo
sacarme del corazón de Arthur, él, jamás la volvió
a tocar y eso la marchitó aún más.
—¿Cómo es posible que nadie supiera que tu
embarazo era de dos y el de ella uno?
—Ella venía de una familia adinerada y con
contactos influyentes, supongo que, le pagó a los
médicos para cambiar los estudios, aunque,
recuerda que, pasé los últimos meses en cama.
—Eso explica por qué Logan y Dominic se parecen
tanto. ¿Cómo no notaron eso?
—Pues, la genética de Arthur es fuerte, incluso
Frances se parece a sus hermanos, pero la pobre
recibió el rechazo de su madre, cuando ella la
encontraba jugando con Dominic le propinaba
unas golpizas inhumanas, es por eso que desde
que se casó no regresó más al castillo.
—Lamento mucho todo lo que has tenido que vivir
—murmuré abrazándola.
—Es importante que, no se lo cuentes a nadie. —
Coco me miró y se veía asustada por revelarme
su secreto—. Prométeme que no se lo dirás a
nadie.
—No lo haré, pero deseo creer que, esperas el
momento correcto para decirle la verdad. —
Observé a Coco fijamente.
—La verdad, me gustaría que jamás se supiera
nada.
—Coco, tus hijos están grandes, esa vieja bruja no
puede lastimarte. —Tomé sus manos—. No dejaré
que te lastime.
—Princesa, soy feliz siendo Coco.
—Te robaron la oportunidad de criar a tus hijos.
¿No quieres hacer justicia? —La duda cruzó el
rostro de Coco—. No digo que salgas corriendo a
gritarlo al mundo, pero no puedes seguir siendo
una espectadora y tienes la oportunidad de darle
a esa bruja su lección. Úsala.
—Es que… —Coco bajó la cara—. Nunca he sido
fuerte, ni valiente, Arthur lo sabía y me amaba así.
—Ya lo eres, al regresar al castillo solo para cuidar
de tus hijos, te hace una mujer fuerte y valiente.
Pienso que, por tu esposo y por tus hijos, debes
alzar la voz —le aconsejé. Me puse de pie y estiré
la mano—. Ahora, vamos, una reina no debería
pelar verduras.
—Princesa…
—No, para ti soy Elizabeth. —Tomé mi falda e hice
una reverencia, mientras sorbía por la nariz.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la reina
Coco bajó la cara y no habló.
Me di la vuelta y me puse delante de Coco:
—Le pedí a mi doncella que me ayudase con mis
reverencias.
—Ahora entiendo por qué te va tan mal en la vida
—se burló Mathilde.
—¿Llegó a esa conclusión en el baño? —
contraataqué con una sonrisa falsa.
Mathilde apretó los dientes, pero retrocedió un
paso.
—No tengo tiempo para eso, estoy buscando a
Logan. ¿Lo han visto?
—No, su majestad —contestó Coco.
—Si lo ven, me avisan —ordenó la reina.
—¿Acaso piensa que, somos niñeras de usted? —
le pregunté furiosa.
—Como quieras, pero la cocinera está obligada
a…
—A nada —la corté—, ella es mi doncella, está bajo
mi cargo y solo me responde a mí.
—Insolente —vociferó Mathilde, pero me quedé en
mi lugar—. Deberías saber tu lugar.
—Yo sé cuál es el mío. ¿Y usted? —Mathilde
levantó la mano y sonreí—. Asegúrese de
golpearme tan fuerte que me deje inconsciente en
el suelo, porque si no, arrancaré cada cabello de
su cabeza y se los haré comer.
A Coco se le escapó una risita, pero rápidamente
se tapó la boca.
—¿Qué te da risa? —La reina intentó volcar su
rabia en Coco.
Aunque, para poder tocarla debía pasar sobre mí.
—¿Risa? Sé que la vejez no la deja diferenciar los
sonidos, pero mi doncella no se rio, ella
estornudó.
—Esa mujer está muy vieja para ser una doncella
—me reprochó Mathilde.
—Pues, esa mujer es más joven que usted y no se
inyecta bótox. —Sonreí y agregué—. Ahora, no
tengo ganas de seguir conversando con usted.
Vamos, quiero darme una ducha y descansar un
poco.
Coco asintió y me siguió en mi recorrido de
regreso al castillo, aunque, no entramos por la
cocina, sino que seguimos por el jardín buscando
otra entrada.
—Eso estuvo cerca —murmuró Coco.
—Es por eso que no puedes seguir callando, esa
mujer te hizo daño, no merece ningún respeto de
tu parte.
—Tú, ganas, pero no estoy lista.
—Bien, avísame cuando lo estés.
Estábamos a punto de entrar al castillo cuando
vimos a Dominic salir del bosque.
—Elizabeth, llevo rato buscándote.
—No tenías ganas de encontrarme si me fuiste a
buscar por allá —bromeé viendo sus botas llenas
de barro.
—Coco hay que llevar a mi esposa a la prueba del
vestido —comentó Dominic abrazándome por la
espalda y depositando un beso en mi nuca.
Miré a Coco:
—¿Sabías que la coronación es mañana?
—Claro que lo sabía, Coco es de mi entera
confianza.
Coco sonrió ampliamente y bajó la cara.
—Ya mismo la llevo.
—¿Tú no vienes? —le pregunté a Dominic.
—No, debo hacer algo. —Se acercó y me susurró
en el oído—. Además, no prometo poder aguantar
las ganas de follarte.
—Sí, hablando de eso. —Me alejé un poco de él—.
Volví a perder mis pastillas.
—¿Entonces?
—Pues, creo que… —Me quedé pensando—. Iré
con mi ginecólogo y le pediré que me inyecte el
anticonceptivo.
—¿Deberás inyectarte a diario? —indagó Dominic
y pareció sustado.
—No, es lo mejor de todo, una sola inyección dura
hasta 3 meses, creo. —Rodeé su cuello con mis
brazos y deposité un beso en su mejilla.
—¿Cuándo irás?
Expulsé el aire de mis pulmones y retrocedí un
paso.
—Supongo que, pasado mañana, cuando ya haya
pasado el baile y lo otro.
—Bien, yo iré contigo.
—¿Estás seguro de eso? —indagué arrugando la
frente.
—Sí, eres mi esposa y quiero acompañarte.
—Ok, supongo.
—Coco, cambio de planes, ve por el vestido, yo
acompañaré a mi esposa a la habitación. —Le
pegué un manotazo a Dominic en el pecho—.
¿Qué? Solo me preocupo por tu bienestar.
—Eres una bestia insaciable —alegué en voz baja.
Coco sonrió y se marchó.
—Soy adicto a follarte y eso es lo que haré. —Mi
señor esposo me tomó en sus brazos y echó a
andar conmigo.
Episodio 33: Coronación.
Lizzie.
Jena y Coco se pusieron delante de mí, ambas
con una enorme sonrisa.
—Princesa, está lista —anunció Jena estirando la
mano para ayudarme a ponerme de pie.
Mis manos temblaban, mientras caminaba al
espejo, y retuve el aliento al ver mi reflejo.
—Has quedado hermosa —murmuró Coco a mi
lado.
El vestido que había elegido Dominic para mí, era
elegante y sofisticado.
Su color champán realzaba mi tono de piel.
Su falda era larga y suelta, con una tela tan fresca
que, sentía estar en una nube.
Uno de los detalles que me gustaba era que, de la
cadera a los pechos, la tela era transparente y
ceñida a mi cuerpo; con delicados tirantes que
resaltaban mis hombros y proporcionaban un
ajuste cómodo.
Mi desnudez era cubierta por diamantes de
diferentes tamaños, dando la impresión de que
las joyas colgaban de mi piel.
Era una sensualidad delicada.
Los tirantes salían una hermosa y elegante capa
que se extendía hasta el suelo, creando un efecto
de fluidez y fascinante movimiento al caminar.
Supongo que, Dominic no deseaba que yo pasara
por desapercibida.
Jena me había recogido el cabello sin alisar mis
rulos, de hecho, los había usado para resaltar las
joyas que había colocado.
Sin embargo, bajo toda esa elegante belleza, no
podía dejar de sentirme una farsante.
Dos toques en la puerta nos indicaron que, era
hora de marcharnos.
En este punto no estaba segura de cuántas
personas asistirían a la coronación, ni siquiera
había pensado si iba a estar la prensa, solo tenía
miedo de ser descubierta y que Dominic saliera
perjudicado de toda esta mentira.
Coco tomó mi mano y me condujo a la puerta,
mientras Jena la abría con cuidado.
Creí que, vería a Dominic, pero en su lugar me
topé con Emilio.
Verlo me pareció tan extraño, pues, tenía varios
días sin tenerlo de frente.
—Eliza… —Se inclinó cortando su frase—. Su
majestad.
—Emilio —lo saludé informal.
—Su esposo la espera. —Emilio estiró el brazo y
se lo tomé sin dudar.
Avanzamos por el pasillo hasta llegar a la cima de
la escalera. Comenzamos el descenso
lentamente.
—¿Cuántas personas hay en el salón? —pregunté
en voz baja.
—Pocas, solo los miembros del clero, algunos
miembros de la nobleza que tienen asignado un
papel en la coronación y oficiales del gobierno.
Me detuve, era incapaz de avanzar un paso.
—No puedo —susurré sintiendo cómo el corazón
latía con fuerza en mi pecho.
—Tranquila, la ceremonia será corta y después de
la coronación…
—No puedo —repetí entrando en pánico.
—Lizzie, no tienes de qué preocuparte, no eres la
primera, ni la última que miente para ascender a
la corona.
Fruncí el ceño:
—Yo no mentí. —Apreté los dientes molesta—. A
mí me metieron en todo esto.
—Perdón, lo hice sonar frívolo. —Emilio se giró y
se colocó frente a mí, estaba por un escalón
debajo de mí, pero aun así, podía verlo sin bajar
mucho la cara—. Ambos sabemos que, tu lugar no
es detrás de la corona, pero Dominic te necesita,
después de ser coronada y del baile, puedes
desaparecer, comenzar de cero.
Desaparecer. ¿Cómo desapareces después de
ser coronada como la reina de una nación?
Sin embargo, Emilio tenía razón, mi destino no era
ser la reina, solo debía fingir y por eso me están
pagando muy bien.
Volví a deslizar la máscara de la reina y medio
sonreí.
—Bien, vayamos a ayudar a mi señor esposo —
murmuré viendo a Emilio.
—Así se habla. —Emilio se dio la vuelta y continuó
ayudándome a descender por las escaleras.
A penas llegamos al pie de estas y un par de
hombres a los que no conocía nos interceptaron.
»No te preocupes, ellos están de nuestro lado —
comentó Emilio en voz baja—. Dominic contrató
su propio equipo de seguridad.
—¿Me acompañarán toda la noche? —indagué y
los hombres asintieron sutilmente. Bajé la mirada
y pregunté—. ¿Incluso en el baile?
—No, allí estarás con Dominic y no existe mejor
protector que él —alegó uno.
—Entonces andando.
Echamos a andar para llegar al gran salón.
Coco me había contado que, normalmente, había
una planificación de meses, incluso hasta ensayo
antes del día de la coronación. Pero, después de
muchos años, siguiendo un mismo criterio ante la
coronación, esta vez, sería completamente
diferente.
Supongo que, todo se debe por un tema de
contingencia.
Las manos me sudaban y las piernas me
temblaban, mientras seguía a Emilio.
De pronto, en las puertas del gran salón estaba
Dominic con su traje del ejército real.
Su pantalón oscuro y su guerrera roja, le
quedaban como guante; y la tira azul que cruzada
su pecho combinaba a la perfección con el color
de sus ojos. Una faja carmesí sostenía su espada
de oro.
Colgados en su guerrera, se podía apreciar su
rango y varias medallas ganadas en su servicio.
También se podía ver un par de alas y me
asombró un poco, pues, no tenía idea de que
pilotaba.
Sin duda, estaba realmente guapo.
—¡Qué hermosa estás, mi Elizabeth! —exclamó mi
señor esposo boquiabierto.
Me extendió sus manos y enseguida se las tomé.
—Estoy muy nerviosa —confesé en voz baja.
—Es entendible, pero ya estás con tu esposo. —
Dominic se inclinó y me dio un casto beso en los
labios—. Las cosas han cambiado bastante para
llevar esta ceremonia a cabo.
—Eso me han explicado —murmuré viéndolo a los
ojos.
—¿Quién? —La mirada de Dominic se desvió a mi
espalda y cerré los ojos sabiendo que el blanco
de su furia era Emilio.
—Las empleadas del castillo. —Miré a mi señor
esposo y alcé una ceja—. Ellas saben muchas
cosas.
La puerta se abrió un poco y un joven vestido con
el uniforme de la guardia real se asomó.
—Su majestad, es hora.
Dominic asintió y tomó mi mano.
Nos colocamos frente a la puerta y estas se
abrieron ante nosotros.
Me quedé clavada en mi lugar cuando vi el sitio
repleto de personas que, se voltearon a vernos.
Dominic inició la marcha, caminando orgulloso de
todo lo que estaba por suceder.
Los murmullos nos siguieron en toda muestra
caminata y fue algo incómodo, pero seguí
caminando.
Aunque, en varias, oportunidades, mi esposo tuvo
que sostenerme del brazo para evitar que, me
cayera como una idiota.
Al final del pasillo estaban dos sillas que veían en
dirección a donde estaba el rey y su esposa. La
cual no paraba de mirarme.
Fue allí cuando agradecí que las miradas no
pudieran matar.
Dominic me ayudó a sentarme y luego se sentó a
mi lado.
Un arzobispo salió a la tarima y comenzó la
ceremonia religiosa.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Habría preferido pasar directamente a la
colocación de las coronas, pero entre tantos
cambios que hubo de último momento, no podía
evitar la ceremonia con el arzobispo.
Aunque, mi mente estaba lejos de ese lugar.
Bueno, no tan lejos, de hecho, estaba en la mujer
que tenía a mi lado.
Realmente, parecía estar muy asustada, como si
esperase que, el arzobispo la señalara y le dijera
que, era una impostora.
Sin embargo, estábamos lejos de ser un par de
farsantes.
Era mi esposa, mi mujer y con suerte la futura
madre de mis hijos.
Elizabeth se puso de pie y volteó a verme.
Fue entonces cuando entendí que, el arzobispo
había terminado de hablar y mi padre venía hacia
nosotros en su silla eléctrica.
—Es la primera vez que el rey tiene la oportunidad
de ver a su sucesor a los ojos y pedirle que recite
el juramento. —Mi padre me sonrió—. No sé por
qué no se hizo antes, pero mi corazón se llena de
orgullo al ver a mi hijo y su esposa frente a mí,
listos para tomar el control de la nación en sus
manos.
Me hinqué de rodillas ante mi padre y con voz
firme, recité mi juramento.
Mi padre se quitó su corona y la puso en mi
cabeza. El arzobispo se acercó a mí y puso en mi
mano derecha un cetro con una cruz en la punta.
Eso significaba el poder temporal.
—Recibe la vara de la equidad y la misericordia.
Sé misericordioso, sin ser negligente. Castiga al
malvado, protege y aprecia a los justos, y guía a
tu pueblo por el camino que deben transitar.
Me puse de pie y mi padre me entregó el cetro de
la paloma, ese representaba el poder espiritual.
—Un gran rey, siempre tiene detrás a una gran
reina. —Mi padre se dirigió a Elizabeth y ella se
arrodilló ante él—. Darte esto es muy especial
para mí, fue la misma corona que, por años,
adornó la cabeza de mi amada Carlota.
Mi padre colocó la corona que perteneció a mi
madre en la cabeza de Elizabeth, luego pidió que
le trajeran otra joya.
—Una reina siempre debe ser poderosa. —Le dio
un cetro, uno diferente, uno que jamás había
visto. Mi padre tomó la mano de Elizabeth y
deslizó un anillo en el mismo dedo donde estaba
nuestro anillo de bodas—. Protege a tu nación
como proteges a tu rey, ama a tu pueblo como
amas al rey.
El cetro estaba cubierto de diamantes, era
espectacular.
Mi padre le indicó a Elizabeth ponerse de pie, nos
colocamos a su lado y miramos al público
presente.
—¡Viva el rey y la reina! —Todos lo repitieron—.
¡Larga vida al rey y la reina!
Miré sobre mi hombro y vi cómo Mathilde
observaba a Elizabeth, mi padre la había vuelto a
humillar, le había dado a mi esposa lo que ella
siempre había deseado.
»Quiero nietos pronto —agregó mi padre en voz
baja.
Todos los presentes se levantaron de sus
asientos y aplaudieron.
Como siempre, todos fueron acercándose y
felicitándonos. Deseosos de estrechar nuestras
manos y ganarse nuestro aprecio.
Elizabeth me mantenía en calma, sonreía con
amabilidad, aunque, no miraba a nadie a los ojos.
Más tarde, que pronto, terminamos en el salón de
fiesta, listos para dar inicio al baile de
presentación.
Eso pareció relajar un poco a mi esposa, lo cual,
me pareció lo más tierno del universo.
—Ya vuelvo. —Me levanté de mi trono y dejé a mi
esposa con mi padre.
Salí del salón y me dirigí al calabozo, dispuesto a
dar la señal de liberar al inútil de Logan.
Entonces, Mathilde se interpuso en mi camino.
—Sé que sabes dónde está Logan —me confrontó
la vieja.
—¿Ya buscó debajo de sus faldas? —me burlé.
—Desgraciado. —Mathilde levantó su mano
dispuesta a golpearme, pero se la sujeté en el
aire.
—No dejaré que vuelvas a golpearme. —Solté su
mano con fuerza—. Además, ¿por qué tengo que
saber el paradero de su hijo?
—No te hagas el inocente, él me avisó que se vería
contigo en el bosque.
—Pues, te mintió. —Fruncí el ceño—. No sería la
primera vez.
—Dominic, exijo…
—Cállate —ordené molesto—. No eres nadie para
pedirme nada, sal de mi vista y no vuelvas a
menos que te lo ordene.
—No durarás mucho con esa corona en la cabeza.
—Pues, antes de perder mi corona, tú perderás la
cabeza —sentencié.
Mathilde me observó, pero no dijo más, ella sabía
que, otra amenaza era causa para detenerla por
traición al rey.
Seguí mi camino y teniendo precaución de no ser
visto, me dirigí a las mazmorras.
—Majestad. —Lennox hizo una exagerada
reverencia.
—Deja la estupidez y ponte de pie —le reprendí—.
¿Ya está listo?
El ejército me había quitado muchas cosas, pero
también había logrado crear un vínculo
inquebrantable con un puñado de hombres a los
que les confiaría mi vida.
Teníamos una leal relación, en ellos podía confiar
con los ojos cerrados. Era por eso que, los había
traído al palacio. Si debía comenzar con mi
reinado, sería rodeado de personas en las que
podía confiar y que tenía la certeza de que no
serían corrompidos por el poder o el dinero.
—Casi, pero él no quiere cooperar con la bebida —
contestó Lennox vigilando el pasillo.
—Bueno, existe otra forma de embriagar a una
persona de forma rápida y eficaz —sugerí viendo
mi reloj.
—Entonces, será de forma rectal —concluyó el
jefe de mi tropa.
—Apresúrense, necesito que, Logan, haga su gran
entrada pronto —ordené.
—Vale, en unos minutos, lo dejaremos en la
entrada del salón tan ebrio que podrás oler el
alcohol desde tu asiento.
—Bien.
Me di la vuelta y regresé al baile.
Era necesario que, Logan, se presentara ebrio en
el salón, no solo le creaba una cuartada para el
tiempo que estuvo desaparecido, sino que me
daría la satisfacción de mandarlo a encerrar por
presentarse ebrio.
Claro que, contaba con que me insultase.
Mi esposa ya no estaba conversando con mi
padre, en su lugar, estaba rodeada de nobles que
deseaban ponerla de su lado.
Caminé entre la multitud y volví a notar cómo
Elizabeth sonreía amablemente, pero no hacía
contacto visual.
¿Qué demonios le estaba pasando?
Me detuve frente a ella y estiré la mano.
—Caballeros, les robaré un par de minutos a mi
esposa. —Los que estaban con ella rieron y se
retiraron.
—Gracias, me sentía agobiada. —Elizabeth tomó
mi mano y la llevé a un lugar apartado—. ¿A dónde
vamos?
La llevé a la pequeña sala que estaba detrás del
podio donde colocaron los tronos, cerré la puerta
y pegué su cuerpo a la pared.
—¿Por qué no miras a nadie a la cara? —indagué
confundido.
Elizabeth bajó la cara avergonzada y musitó:
—Mis ojos…
—¿Qué tienen? —cuestioné.
—Son raros… Están dañados. —La voz de mi reina
se quebró y la ternura me invadió por completo.
Lo que ella veía como un defecto, para mí era algo
sublime y digno de ser apreciado. ¿Cómo le
explicaba que lo que más amaba de ella, era lo
que a ella le daba mayor inseguridad?
Me incliné buscando su mirada, tomé su rostro
entre mis manos y la observé con amor.
—Son hermosos, dignos de una reina. —Sellé mis
palabras con un beso.
La boca de Elizabeth se abrió ante mí y sus manos
temblorosas me tomaron de mi guerrera.
Deseaba poder tomarla aquí mismo, pero no solo
teníamos un montón de capas entre nuestros
sexos, yo estaba esperando un invitado especial.
Me separé de la boca de mi mujer y la miré
fijamente.
Siempre había sido consciente de lo pequeña que
era Elizabeth, no solo por tener 19 años, sino por
ser tan bajita, pero por alguna razón, hoy la veía
más chiquita, como si se encogiera en sí misma.
—Me siento una farsante —susurró mi pequeña
reina.
—No lo eres. —Me puse de rodillas ante ella y la
miré—. Eres mi reina y la reina de Inglaterra, no
temas al futuro, yo cuidaré de ti y de los tuyos.
Eres poderosa, porque he decidido poner el
mundo a tus pies.
—Levántate, por favor —pidió Elizabeth y una
lágrima rodó por su mejilla.
Seguí la orden de mi pequeña reina, la miré y
tomando su rostro afirmé:
—Es tiempo de que veas el poder que tienes en
tus manos.
—Pero, es temporal. ¿Cierto? —Elizabeth se veía
asustada, quizás preocupada y eso no me
gustaba.
Deseaba informarle que no, que ese maldito
acuerdo había llegado a su fin. Qué era mi esposa
y no la dejaría irse de mi lado, pero no creí que,
fuera el mejor momento para soltarle esa
información.
Tal vez, después o cuando quedase embarazada.
—Tú y yo, somos uno. —Deposité un beso en su
frente—. Vamos, tenemos que recibir a un
invitado.
Salimos de la sala y regresamos a nuestros
tronos.
Vi a Lennox y supe lo que estaba por suceder.
Tomé mi copa y me preparé para el show.
Episodio 34: Todo un
espectáculo.
Lizzie.
Estaba completamente abrumada con las
declaraciones de Dominic.
¿Realmente sentía esas cosas o solo era parte de
su personaje?
Sin embargo, por mucho que lo deseara, no podía
quedarme analizando su comportamiento.
Al menos no, cuando llevaba sobre mi cabeza 2
kilos de joyas.
Fue un alivio enterarme de que, llevar la corona
adornando mi cabeza para el resto de mi vida, era
algo simbólico.
Juro que, me había asustado la idea de llevar este
peso cada día, por suerte, Arthur me había
explicado que la corona y el cetro serían
guardados en la bóveda real.
Para el uso diario llevaría una corona más
sencilla, supongo que, la que venía usando.
Aunque, era inevitable sentirme agobiada con
todo el asunto, además, hoy los nobles no se
habían cansado de elogiarme, creyendo que,
conseguirían algo de mí.
Me encantaría ver sus caras cuando sepan que,
su zalamería de hoy, no sirvió de nada.
Un hombre de mediana edad, se acercó a donde
estaba dispuesto el trono, subió los dos
escalones y se inclinó ante Dominic, pero fue a mí
a quien se dirigió.
—Su Alteza. —Coco me había explicado que, en
esos casos, debía estirar la mano como
otorgándole mi gracia, así que, eso hice. El
hombre tomó mi mano y besó el anillo que me
había dado Arthur—. Es un honor poder conocerla.
—Retírate —ordenó Dominic viendo la escena a mi
lado.
—Majestad, solo deseaba mostrarle mi respeto
a…
—Por menos de eso puedo cortarte la cabeza —lo
interrumpió Dominic—. Mi esposa, solo puede ser
tocada por su rey. ¿Eres su rey?
—N-no —balbuceó el pobre hombre y se marchó
asustado.
Me gustaría decir que solo bajó del trono, pero la
verdad, se fue hasta del salón y asumo que, del
castillo.
—¿Puedes controlarte? —le pregunté a Dominic
molesta.
—Hija, los West, somos posesivos —intervino
Arthur, que estaba a mi lado derecho—. Recuerdo
que, una vez, castigué a un muchacho con 20
latigazos por darle flores a mi mujer.
—¡Qué horror! —exclamé completamente
asombrada.
—Sí, eso me causó una gran discusión con mi
esposa, pues, fue ella quien había solicitado las
flores.
—¿Cómo se resolvió la situación? —indagué.
Arthur fue a responderme, pero un ruido captó
nuestra atención.
La música se detuvo y un furioso Logan se abrió
paso entre la multitud.
—Apártate, quiero ver al Rey —vociferó, pero era
evidente que había bebido de más.
Logan empujó a un hombre y este cayó al suelo.
Pero no le dio importancia, siguió avanzando al
trono.
Volteé a ver a Dom, pero él estaba muy cómodo
en su silla contemplando la escena.
—¿Crees que, esta es la forma de presentarte en
mi coronación? —preguntó mi esposo.
Una hermosa mujer apareció en la sala, su cabello
era claro y sus ojos tan azules como los de sus
hermanos.
Avanzó con su espalda recta y un andar bastante
elegante. En su cabeza estaba una hermosa
corona, parecía ser sencilla, si no fuera por los
diamantes y rubíes que en ella se presumían.
—Pediría clemencia por mi hermano, pero. —
Frances pasó por al lado de Logan y lo miró con
desprecio—. Seguro se merece el peor castigo
que demande la ley.
—Hermanita, tan rencorosa como siempre.
—Dejé de ser tu hermana después de que me
lanzaste a ese pozo y me dejaste allí toda la
noche.
—Hubiera sido toda la vida, si Dominic no te
hubiera sacado.
Esto era horrible, hermanos odiándose.
Me puse de pie y miré a los presentes con los ojos
borrosos por las lágrimas que no dejaba escapar
de ellos.
—Gracias a todos por su asistencia, el baile ha
llegado a su final. —Busqué entre los asistentes a
los hombres que me habían escoltado a la sala de
tronos, pero no los encontré—. Guardias,
asegúrense de ayudar a todos a encontrar sus
vehículos.
Dominic se puso de pie y me tomó del brazo:
—¿Qué crees que haces?
—Evitarte un escándalo —afirmé, pero la mano de
Dom presionó mi brazo con más fuerza.
—¿Quién te dio permiso para actuar así? —
cuestionó Dominic.
—¿Ahora debo pedirte permiso? —indagué y una
lágrima rodó por mi mejilla.
—Pelean como si fueran esposos de verdad —se
burló Logan, pero nadie le prestó atención.
—Dominic, esta vez, Elizabeth, tiene razón, no
necesitas un escándalo el día de tu coronación —
alegó Arthur.
Dominic me soltó, pero pude ver que, estábamos
lejos de llegar al final de esa conversación.
—Papito. —France se acercó a Arthur y depositó
un beso en su canosa cabeza.
—No lo entiendes, él quería un escándalo —
vociferó Logan.
—No te presentas a mi coronación y llegas al baile
borracho, hablando pestes de tu Rey.
—¡No eres mi Rey! —gritó Logan y saltó hacia
Dominic, pero en su estado solo tropezó con los
escalones y cayó al suelo.
Lejos de quejarse del dolor, Logan solo soltó una
carcajada como un auténtico loco.
—Piensa lo que desees, pero no toleraré esta falta
de respeto —sentenció Dominic bajando las
escaleras.
Miré a Arthur:
—¿No puedes intervenir?
—No, ya no soy el rey, además, Dominic está en lo
cierto —manifestó Arthur, pero lo vi apartar la
mirada cuando su hijo mayor, puso su pie sobre
el cuello de Logan.
Lo que estaba presenciando, era, completamente,
infame.
—Por favor, basta —le rogué a mi esposo. Corrí
hasta él y lo sujeté de la mano—. Por favor.
—¿Se te olvida que él amenazó tu vida?
—No, pero se supone que, debemos mostrar que
somos mejores —traté de negociar.
En este maldito lugar, era la única que, sabía la
verdad entre ellos y por mucho que Mathilde
hubiera dañado a Logan, él merecía una
oportunidad para redimirse.
La puerta se abrió y Emilio ingresó a la sala con
otros hombres, solo fui capaz de reconocer a dos
de ellos.
Dominic soltó mi mano y me observó molesto:
—Jamás en tu vida, vuelvas a cuestionar mi
autoridad. —Su mirada me atravesó y sentí
miedo.
De él…
De todo este mundo.
—Entonces no soy una reina poderosa, solo soy la
sombra de un hombre egoísta. —Me di la vuelta y
avancé a la salida.
En el camino no pude evitar ver a Emilio, ahora,
comprendía que, debía marcharme lo más pronto
posible.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Estaba furioso con Elizabeth.
Sabía que, no era capaz de comprender lo que
estaba pasando, pero no tuvo que haber
intervenido, menos abogar por la vida del
desgraciado que, tenía debajo de mi zapato.
Volteé a ver a Frances y ella me sonrió:
—Tranquilo, yo iré con ella.
Asentí agradeciendo en silencio su acción.
—Si vas a matarme, hazlo de una maldita vez —
me provocó Logan.
Como se notaba que, no me conocía.
Asesinar a una persona de manera rápida, solo
era una forma de tenerle piedad. No, para mí, lo
mejor era tomarse el tiempo y hacerle pagar sus
pecados en vida, me encantaba que me
suplicasen morir.
—No, ante todo eres mi hermano y tendré piedad
contigo —mentí deseoso de comenzar su
verdadero castigo.
La puerta se abrió y por ella entró Mathilde.
Vio a su hijo en el suelo, luego a mi padre y por
último a mí.
—Arthur. ¿Dejarás que este monstruo asesine a
nuestro hijo? —preguntó la vieja loca a mi padre.
—Vete, nada de lo que sucede es de tu interés —
declaré con irritación.
—Logan fue irrespetuoso, conoces las leyes tanto
como yo, Mathilde.
—¡Desgraciado! Logan también es tu hijo —gritó
ella y uno de los guardias la sujetó evitando
acercarse al trono—. ¡Suéltame! ¡Quita tus
asquerosas manos de mí!
—Llévenla a su habitación y no le permitan salir —
ordenó mi padre.
—Dime, si Dominic hubiera sido mujer. ¿Quién
hubiera sido tu heredero? —preguntó Mathilde
llorando.
Mi padre se levantó de su silla.
Todos nos quedamos en completo silencio, hace
mucho tiempo, no tenía la fuerza para hacerlo.
—Si el rey hubiera nacido niña, unicornio, dragón
o mosquito, igual hubiera sido coronado rey,
porque es fruto del verdadero amor entre Carlota
y yo —decretó mi padre y sentí cómo mi corazón
se llenaba de felicidad.
—Entonces, jamás tuve oportunidad de ser
coronado —comentó Logan desde el piso.
—Amo a mis hijos, pero no soy imbécil, sé qué
clase de personas son y no dejaría a mi pueblo en
manos de un ser tan egocéntrico como tú.
—¿Qué hay de Frances? —indagó Mathilde.
—Ella es una gran mujer, sí, ella hubiera podido ser
la reina —mencionó mi padre.
—Todo lo que tocas lo pudres —declaró Frances
que estaba en la entrada del salón.
—Dijiste que no regresarías jamás al castillo —se
burló Mathilde.
La rabia corrió por mis venas, mi hermana
siempre había sido el blanco del odio de esa
malvada mujer, como si la odiase por haber
nacido niña. Pero, justo, esos maltratos fueron los
que nos hizo unirnos a Frances y a mí.
—No, dije que no pondría un pie aquí, mientras tú
fueras la reina, pero. —Frances sonrió
ampliamente—. Ya no lo eres, quizás esa es la
verdadera razón de la abdicación de mi padre,
porque sabía que era una aberración tenerte de
reina.
El odio de Frances era tan real, ella, más que
nadie, tenía razones para despreciar a su madre,
a esa mujer que la golpeaba y la humillada,
incluso, la castigaba cuando la veía hablando
conmigo.
—Siempre fuiste tan…
—Llévensela —ordené interrumpiendo sus
palabras. Antes no había podido defenderla, pero
ahora, no dejaría que esa loca, lastimase a mi
hermana.
—Te di todo lo mejor de mí, pero nunca me viste,
nunca quisiste verme —expresó Logan desde el
suelo.
—Logan, Duque de Cornualles, quedarás en
prisión, hasta que, hagas el juramento hacia tu
rey.
—Eso jamás ocurrirá.
—Entonces, no verás la luz del día, perderás tus
títulos y tus privilegios en la corte. —Miré a mi
padre, luego a mi hermana—. Sin embargo, por
estar en estado de ebriedad, te lo preguntaré de
nuevo cuando estés en tus cabales.
Frances se acercó a mí y me abrazó:
—Qué aburrido ver a un rey tener misericordia.
—Sí. —Deposité un beso en su cabeza y susurré—
. Aunque, prefiero decapitarlo cuando esté sobrio,
así podré ver el terror en su cara.
—Sigue siendo piadoso —bromeó Frances.
—¿Mi esposa?
—La perdí, pero encontré sus zapatos. —Mi
hermana sonrió con aquella felicidad que
desbordaba y que me encantaba que su esposo
fuera capaz de brindarle.
Pasé la mirada por la sala y la ira estalló en mis
venas cuando no encontré a Emilio entre los
presentes.
—Iré a buscar a mi esposa —comenté apretando
los dientes.
—Anda, yo me ocuparé de llevar a mi padre a su
habitación. —Frances se separó de mí y arregló mi
guerrera—. Por cierto, te luce esa corona.
Sonreí y salí a buscar a mi mujer.
Episodio 35: Mía, mía y solo mía.
Lizzie.
Salí de allí devastada.
¿Cómo es posible que una familia estuviese tan
fracturada?
Me quité los zapatos, recogí la falda de mi vestido
y eché a correr sin rumbo alguno.
Paré cuando sentí la grama bajo mis pies.
Miré a mi alrededor y noté que había llegado a uno
de los jardines del castillo. ¿A cuál? Eso, en este
momento, era irrelevante.
Caminé hacía a las flores sintiendo cómo
comenzaba a hiperventilarme.
Me dejé caer al suelo, no me importaba el vestido,
la corona o el cetro hecho de oro y cubierto de
joyas.
El terrible peso de mis mentiras cayó sobre mí en
forma de lágrimas.
No podía parar de llorar.
Todo me superaba, ser la falsa esposa del Rey;
saber que, Carlota estaba viva, que Dominic y
Logan eran hermanos, hermanos; y como cereza
del pastel, darme cuenta de que cometí el error de
enamorarme de mi falso esposo.
¿Qué iba a hacer cuando tuviera que alejarme de
él?
¿Cuándo todo saliera a la luz?
¿Qué iba a pasar con Logan?
Me quité la corona y me solté el cabello tratando
de aligerar mi carga.
—No debería llorar —comentó Emilio sentándose
a mi lado.
—Tú no deberías estar aquí —rebatí sin parar de
llorar.
—Lo sé, pero no podía dejarte sola. —Emilio puso
en mis manos un par de rosas—. Que no te afecte
lo que pasa aquí, hoy son ellos, pero antes fueron
otros reyes, otros hermanos peleándose por el
poder.
—Es que, no entiendo cómo pueden odiarse tanto
—murmuré comenzando a deshojar las flores.
—Bueno, Logan es el único que, no tiene buena
relación con sus hermanos, Frances y Dominic se
llevan muy bien, irónicamente, las golpizas que
recibían fueron las que crearon un vínculo entre
ellos.
—¿Nadie hizo nada? —indagué con el corazón
roto.
—No había mucho por hacer, era como un secreto
a voces. El Monarca estaba ocupado y gran parte
de su tiempo se encontraba en viajes, Frances y
Dominic, nunca dijeron nada.
—Hasta ahora.
—Exacto, pero existieron varias empleadas que,
estuvieron para ellos.
—Como Coco.
—Sí.
—Debe ser difícil no poder confiar en tus
hermanos. —Suspiré tomando otra rosa—. Mi vida
no ha sido fácil, pero ahora me siento afortunada
de haber contado con el apoyo de mis hermanos.
—Lizzie. —Emilio puso dos dedos debajo de mi
barbilla y me hizo mirarlo—. Me duele, verte así.
—Solo son lágrimas, es bueno drenar un poco las
emociones —comenté restándole importancia.
—Aun así, no deberías andar llorando. —Su pulgar
limpió mi mejilla—. Conozco perfectamente como
te sientes, porque yo también lo pasé…
No estoy muy segura de cómo pasó, pero Emilio
fue derribado por Dominic:
—Qué extraño, no recuerdo que fueses la esposa
del Rey —comentó Dominic presionando la cara
de Emilio contra la grama—. Te advertí que te
alejaras de mi esposa.
Dominic literalmente estaba sobre el cuerpo de
Emilio, con una mano tenía sujeta las de su
asistente, y con el antebrazo apretaba la nuca.
—Por favor. —Comencé a llorar de nuevo—.
Déjalo.
—¿Te duele verlo así? —gruñó Dominic
atravesándome con su mirada.
—Me aterra ver el monstruo que puedes ser
cuando te molestas —confesé abrazando mi
propio cuerpo.
Dominic frunció el ceño, pero se bajó del cuerpo
de Emilio.
—Lennox —mencionó el Rey sin apartar la vista de
mí.
Se puso de pie y otro hombre tomó a Emilio.
—Parece que, el duque tendrá algo de compañía
—se burló el guardia llevándose a Emilio.
Contemplé la escena con impotencia.
—¿Por qué? —le pregunté a Dominic.
—Nadie toca a mi esposa, le he tolerado muchos
acercamientos, pero no más.
—No puedo más —susurré. Me puse de pie,
negando con la cabeza—. Deberías ser más
racional con tu poder, si no serás igual o peor que
Mathilde.
Me di la vuelta dispuesta a irme, lejos de todo,
aunque, por supuesto, Dominic se interpuso en mi
camino.
—¿A dónde crees que vas?
—Lejos de ti —afirmé molesta.
—No, preciosa, tenemos demasiadas cosas de
qué hablar. —El cavernícola del rey me tomó en
sus brazos y cual macho primitivo me subió sobre
su hombro y se echó a caminar.
—Dominic, las joyas —chillé preocupada por la
corona y el cetro.
—Tranquila, no se perderán.
Decir que, golpeé su espalda, tiré de su cabello e
incluso le mordí el hombro, era quedarse corto,
pero nada, absolutamente, nada, detuvo a
Dominic.
—¡Carajo! —grité en español—. Bájame de una
puta vez.
—Esa boca —comentó en español su hermana
Frances que iba bajando las escaleras.
—Culpa de tu hermano —repliqué furiosa.
Frances sonrió divertida.
Desgraciada. ¿Cómo se va a reír de la actitud de
su hermano?
Llegamos a la habitación, pero el idiota de
Dominic no me puso en el suelo, cerró la puerta
con seguro y me llevó a la cama.
Me colocó en el suelo y se inclinó para quedar
frente a mí.
—Por favor, no castigues a Emilio —pedí con una
lágrima rodando por mi mejilla—. Él te admira, te
respeta y se preocupa por ti.
—Elizabeth, yo veo como él te observa, y no lo
hace como amigos.
—Te juro que, entre nosotros, no pasa nada.
—¿Quieres saber qué hubiese pasado si no los
interrumpo hace un rato? —indagó Dominic
molesto.
—Hubieras visto cómo tu asistente animaba a tu
esposa falsa para no renunciar y salir corriendo
como una loca —expliqué con tristeza.
—Me enferma, verte tan amigable con Emilio. —Su
mano subió por mi cuerpo y me tomó de la cara—
. ¿Acaso deseas ser la causante de la muerte de
Rey?
—¿De qué me hablas? —pregunté levantando la
voz.
Llevé mis manos a dónde estaban las de Dominic
y las aparté de mi cara.
»Esto es algo serio, estamos hablando de tu
hermano y de tu asistente.
—¿Ahora hablaremos de Logan? —gruñó Dominic
alejándose un par de pasos de mí—. El mismo que
amenazó con asesinar a tu hermana. ¿Se te
olvidó?
—No, pero el fuego no se combate con fuego —
chillé realmente alterada—. Ellos no dejan de ser
parte de ti, solo porque los envías a la cárcel o les
cortes las cabezas.
—Logan es un malnacido, que merece morir.
—¡Es tu hermano! —le grité frustrada.
—Has descubierto el agua tibia —comentó
Dominic con sarcasmo—. No me importa si
compartimos la misma sangre, es hijo de esa
bruja y él es peor que ella.
—Las personas pueden ser manipuladas, pero
cuando son capaces de ver la realidad, cambian.
—Me acerqué un poco a mi señor esposo—.
Logan, al igual que todos, merece una segunda
oportunidad.
—Sé que no eres capaz de entenderlo porque no
conoces mucho de mi mundo, pero no puedo
gobernar teniendo enemigos dentro de mi casa.
Retrocedí un paso.
—Entonces, matarás a todo el que te genere
desconfianza.
—Sí, algo así.
Asentí.
Comprendía todo lo que estaba pasando, pero no
por entenderlo me quedaría a verlo.
Fui a mi armario, tomé mi maleta y empecé a
meter mi ropa.
—¿Qué haces? —Dominic me tomó de las manos.
—Me largo, ya eres el puto rey, no me necesitas.
—Traté de soltarme de su agarre, pero
claramente, no pude.
—No te puedes ir. —Dominic soltó mis manos y
me tomó de la cintura pegando mi cuerpo al suyo.
—¡¿Por qué?! —me quejé golpeando su pecho.
Estaba furiosa, así que, seguí gritando—. Una
persona normal no mata a su asistente, solo lo
despide…
Dominic me levantó del suelo y me lanzó sobre la
cama.
Sin despegar la mirada de mí, subió la falda de mi
vestido.
Mi cuerpo se estremeció sabiendo que, iba a
suceder.
«Traidor», pensé con la excitación corriendo por
mis venas.
Mi señor esposo se arrodilló ante mí y arrancó mi
ropa interior.
Sus manos me sujetaron las piernas y las
abrieron exponiendo mi sexo a él. Sus pupilas se
dilataron y lo vi relamerse los labios.
—Ahora sí, grita todo lo que quieras —ordenó
Dominic antes de internarse entre mi vagina.
Su boca fue directo a mi clítoris y succionó con
ímpetu.
—Ahhhh —jadeé olvidando todo lo que debía
molestarme, preocuparme o entristecerme.
En este efímero momento, solo era Dominic
comiéndose mi coño y yo disfrutando, perdida en
el placer.
Los dedos de Dominic irrumpieron en mi vagina.
—Dominic —gemí, arqueando la espalda.
Mi señor esposo no tuvo compasión de mí, sus
dedos se movían dentro y fuera, mientras su
lengua golpeaba mi clítoris.
Mis piernas temblaban y de mi boca solo salían
gritos, súplicas y jadeos.
Mi cabeza daba vueltas, entre tanto, sentía cómo
mi vagina se contraía más y más, preparándose
para el desenlace.
—Dominic —chillé suplicando que me hiciera
correr.
El ritmo en sus dedos y lengua fueron en
aumento, lo que me hicieron enloquecer más.
Mi respiración se volvió pesada y el sudor corría
por mi frente.
Levanté mis caderas y las moví.
La lengua de Dominic me empujaba cada vez más
a esa deliciosa y tan esperada sensación final.
Cerré mis ojos y los apreté con fuerza, mientras
mi cuerpo colisionaba con un arrollador orgasmo.
Mi espíritu se elevó un par de segundos fuera de
mi cuerpo y vi desde otra perspectiva toda mi
vida.
Unos delicados besos en mi vagina, me
regresaron a la realidad.
Dominic subió por mi cuerpo, era capaz de sentir
la dureza de su pene, pero a él no parecía
importarle su estado.
—Ahora que estás relajada, terminemos la
conversación como personas racionales que
somos.
Sus ojos me observaron fijamente y varias
lágrimas escaparon de mis ojos.
Las manos de mi señor esposo fueron con
rapidez a limpiarme la cara.
—Es hora de irme —susurré sabiendo que, iba a
dolerme, pero era mejor ahora y no cuando
estuviera más comprometida sentimentalmente.
Dominic pegó su frente a la mía
—Por favor, no puedes irte —suplicó en voz baja.
—Debo… —mordí mi labio inferior. El nudo en mi
garganta me dificultaba hablar—. Debo hacerlo.
—No, no lo acepto.
—Ya eres rey, ya no me necesitas.
—Lo siento, no te dejaré marchar.
—¿Por qué?
Dominic tomó mi cara en sus manos y me
observó:
—¿Acaso no vez cuánto me gustas?
Mi corazón se detuvo.
«¿Le gustó? ¿En serio le gusto al Rey?», pensé
abrumada por todo lo que Dominic acababa de
decirme.
»Te necesito a mi lado como la tierra a sol y el mar
a la luna. Le das sentido a mi vida, como las letras
se lo dan a los libros.
Escuchaba lo que salía de la boca de Dominic,
pero no era capaz de asimilarlo.
Él también me gustaba, no, yo lo amaba. Aunque,
no lo admitiera en voz alta.
Dominic se acomodó en la cama y me atrajo a sus
brazos.
Quizás esperaba que dijera algo, pero había
perdido la capacidad de hablar, solo podía llorar,
porque seguro nada de esto era real.
Lo más probable era que, me encontraba en un
coma y todo esto era un sueño.
Alcé la cara y observé a Dominic.
—No sé qué decir —confesé en voz baja.
—No es necesario decir nada. —Mi esposo me
sujetó por la cintura y me subió a su regazo—.
Solo no te vayas.
Realmente, parecía preocuparle que me fuera.
—¿Eso quiere decir que ya no es un trabajo
temporal?
Dominic sonrió y rompió el vestido en dos.
—Nunca lo fue…
Su boca tomó posesión de la mía sin dejar que mi
cabeza procesara esa información.
Episodio 36: Alma en pedazos.
Lizzie.
Desperté gritando, con el cuerpo completamente
mojado y sin poder respirar.
Me senté en la cama y me percaté de que estaba
completamente sola en esa habitación en
Penumbra.
—¿Dominic? —llamé a mi esposo.
La puerta se abrió, pero no apareció mi Rey, sino
tres hombres
Negué con la cabeza y comencé a llorar, esto no
podía ser real. Traté de levantarme, pero mis pies
estaban atados al hierro forjado de la cama.
»Por favor, váyanse —supliqué llorando—. Déjenme
en paz.
—Lizzie, la linda e inalcanzable Lizzie —habló uno
de los hombres.
—Siempre tan inteligente y estudiosa —dijo el
segundo.
—¿Por qué te sientes tan superior a nosotros? —
indagó el tercero.
—No es así —afirmé comenzando a tener miedo.
—Yo creo que, nos tiene asco —expresó uno de
ellos.
—Hoy te enseñaremos que, nadie nos hace
desplantes.
Se fueron acercando más y más hasta que,
estuvieron sobre mí.
—¡AHHH! —grité y me sacudí desesperada.
—Elizabeth. —Sentí unas manos sobre mis
hombros.
—No me toquen —chillé saltando de la cama.
—Soy yo —susurró Dominic, rodeándome con sus
brazos—. Soy yo.
Me removí llorando, hasta que, mi cabeza fue
capaz de separar la pesadilla de la realidad y me
aferré a los brazos de Dominic.
—Lo siento, no quise despertarte.
—No lo hiciste, solo te dejé un segundo y… —
Dominic tomó mi cara y me hizo verlo—. ¿Qué te
hicieron?
Me sentí tan dañada que bajé la cara con
vergüenza. ¿Le seguiré gustando si conoce mi
pasado?
Sin poder hablar terminé negando con la cabeza.
»Déjame ayudarte.
—No puedes, nadie puede… —Mi cuerpo temblaba
sin parar, yo podía decirle a mi cabeza que
estábamos bien, que solo fue un mal sueño, pero
el miedo que sentía era muy real y con eso no
podía hacer nada—. Estoy destinada a revivir esa
pesadilla una y otra vez.
—Entonces, comparte tu carga conmigo —pidió
Dominic.
Sus ojos estaban llenos de preocupación y me
sentí mal por lastimarlo de esa forma.
Dominic se levantó del suelo conmigo en brazos
y se acomodó en la cama, conmigo entre sus
piernas.
Nunca me soltó y nunca dejó de darme besos en
la cabeza o susurrar palabras de aliento.
Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos
concentrada solo en el latido de su corazón.
Nos quedamos allí, Dios sabrá por cuánto tiempo.
—Acababa de entrar a la universidad —murmuré
rompiendo el silencio—. Estaba completamente
eufórica, pues, mi familia estaba haciendo un
enorme sacrificio para enviarnos a estudiar.
Pasaba los días estudiando, ya que, sentía que, la
mejor forma de agradecerles era sacando las
mejores notas. La uni quedaba a tres horas de mi
casa, así que, pensamos que lo mejor era rentar
una habitación en el campus y lo fue hasta ese
último día de clases antes de irnos de vacaciones
navideñas.
Entré a la habitación con mi pijama y mi bolsito
para el baño.
Mi compañera de cuarto estaba terminando de
empacar y volteó a verme por un segundo.
—¿No vas a guardar tus cosas? —indagó luchando
para meter sus cosas en la maleta.
—Sip, pero lo haré en la mañana. —Salté a mi cama
dispuesta a pasar la noche tomando un merecido
descanso—. ¿Cómo te fue en los exámenes?
—Horrible, pero de eso me preocuparé en año
nuevo. —Mi compañera terminó de cerrar la
maleta—. Por ahora, solo me daré un baño y me
prepararé para irme con mis padres.
—¿Cómo que te vas hoy? Pensé que, te ibas
mañana.
—Ese era el plan, pero ya sabes cómo son los
padres, cambian todo a última hora. —Das se
encogió de hombros—. La verdad, yo solo quiero
comenzar las vacaciones.
—Bien, si vuelves y ya me dormí, felices fiestas. —
Giré en la cama y me dispuse a descansar.
Escuché un ruido seco y abrí los ojos, me senté en
la cama, tratando de descifrar qué estaba
sucediendo.
Otro golpe seco y la cerradura de mi habitación
cayó al suelo.
Mi corazón latía con fuerza sobre mi pecho, pero
se detuvo cuando la puerta se abrió y la luz del
pasillo reveló la sombra de tres hombres.
—No pueden estar aquí —declaré tratando de ver
sus caras.
—Lizzie, la linda e inalcanzable Lizzie —habló uno
de los hombres.
—Siempre tan inteligente y estudiosa —dijo el
segundo.
—¿Por qué te sientes tan superior a nosotros? —
indagó el tercero.
—No es así —afirmé comenzando a sentir miedo.
—Yo creo que, nos tiene asco —expresó uno de
ellos.
—Hoy te enseñaremos que, nadie nos hace
desplantes.
Se fueron acercando a la cama, entonces, no solo
vi sus rostros, vi la maldad en sus ojos.
Sus sonrisas se ensancharon cuando el primero
puso su mano sobre mí.
La noche fue larga, muy larga, mis gritos fueron
silenciados con cinta adhesiva.
No hubo parte de mí que esa noche no se hiciera
añicos.
Fui golpeada, mordisqueada y usada por los tres
hombres, hasta que, quedé inconsciente en mi
cama.
Para cuando desperté, ellos no estaban, la
cerradura estaba en su lugar y mis sábanas habían
sido cambiadas.
Ellos sabían a la perfección qué iba a hacer y se
habían encargado de no dejar evidencia en su
contra.
No era idiota, sabía que, nadie me creería lo
sucedido y las marcas en mi cuerpo solo indicaba
que tuve sexo salvaje y como casi todas las
muchachas que se emborrachaban decían el
mismo discurso, toda mi experiencia perdía
credibilidad.
Me duché, me puse mil capas de ropa y me fui de
esa habitación para nunca más volver.
Los días fueron pasando y no era capaz de salir de
la habitación, simplemente, me aterraba el mundo
exterior, en las noches no dormía por las pesadillas
y no paraba de llorar, sintiéndome asquerosa.
Mi mamá siempre me llevaba comida, me
preguntaba si estaba bien, pero fingía estarlo,
incluso le sonreía.
Un día, Remi entró a mi habitación y se sentó en mi
cama.
—Estamos preocupados por ti.
—No tienen por qué hacerlo, estoy bien. —Recogí
mis piernas evitando ser tocada por mi padrastro.
—He organizado un paseo, irá la familia, por favor
ven.
—No quiero salir.
—Lizzie, mamá, está preocupada, no puedes
hacerle esto —me reclamó Yordi entrando a mi
cuarto.
—Solo sal un rato —insistió Xia acompañando a mi
hermano.
Mi madre había superado cosas fuertes en el
pasado, seguro yo también podía…
—Hazlo por Lyn —mencionó Remi molesto y salió
de la habitación.
—Eres superegoísta —me acusó Yordi—. ¿Quieres
llamar la atención? Pues, lo has hecho y mamá,
está mal por tu culpa.
—Yordi. —Xia le señaló la salida—. ¿Te sucede
algo?
—Estoy bien.
—Lizzie, te conozco…
—Estoy bien.
—De acuerdo, vístete y sal con nosotros. —Xia se
cruzó de brazos y asentí.
Me levanté, me di la octava ducha de ese día.
Me puse una licra, un chándal, una franelilla, una
camisa y una sudadera.
Salí y la primera en recibirme fue mi madre.
Me fue a abrazar, pero involuntariamente retrocedí.
—Me alegra verte fuera de tu cuarto, vamos de
excursión —comentó animada.
El viaje en la camioneta de Remi fue tolerable, pero
largo, pesadamente largo.
Al llegar a una montaña solo recuerdo haber subido
sin deseos de hacerlo, la familia no se esforzó en
ocultar que, solo deseaban sacarme de la
habitación. Hacían comentarios tipo:
—El aire te sienta mejor.
—Me agrada como se te sonrojan las mejillas.
—Te ves más animada.
Pero, solo quería morirme y acabar con esta pena.
Íbamos de regreso al vehículo y Remi tomó una
ruta diferente, una que pasaba sobre un río.
La corriente del agua era tan fuerte que, arrastraba
pedazos de troncos.
Era una zona rocosa, los accidentes suceden, esa
podía ser la forma en la que todo acabara, yo iba
de última, nadie se daría cuenta, hasta que, mi
cuerpo estuviera flotando.
No lo pensé bien, no miré a los lados; solo salté.
Me precipité al agua a una velocidad
impresionante, el frío atravesó mi cuerpo y estaba
lista para irme de este mundo, hasta que, vi a mi
madre saltar detrás de mí.
Nadé a la superficie y traté de buscarla.
—¡Mamá! ¡No, no, no, por favor!
Nadé, grité su nombre, pero no fui capaz de
encontrarla. Un tronco golpeó mi cabeza y me dejó
inconsciente.
—Desperté días después en un hospital y mi
madre todavía no había sido encontrada —
terminé el relato.
Claramente, estaba deshecha, no solo por
recordar el pasado, sino por hacerlo en voz alta.
Supongo que, contarlo era algo terapéutico,
aunque, también hacía real todo lo que habías
vivido, pues, te obligaba a recordar cómo
sucedieron los hechos y terminabas con el alma
en pedazos.
Siempre había sido un secreto mío, algo que, me
causaba vergüenza, pero, sobre todo, culpa.
Dominic no dijo nada, pero, agradecí que no lo
hiciera, porque, a veces, las personas pensaban
que, podían reparar un dolor con palabras.
»Ese día tuve que haber muerto, en cambio, fue mi
madre quien lo hizo. —Bajé la cara avergonzada—
. Ella amaba la vida, a pesar de todas las cosas
feas que vivió, ella sonreía y disfrutaba estar viva.
Le encantaba ver los amaneceres porque le
recordaban que tenía un día más de vida. —Sorbí
por la nariz—. Por eso y solo por ella, decidí seguir
viviendo, pero no sentía que, algo bueno, saliera
de seguir respirando… No, hasta que, llegaste tú
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Escuché a mi reina con absoluta atención, en
cada parte mi furia se había ido acumulando y
para cuando terminó apretaba con fuerza mis
puños.
Deseaba poder borrar todos esos malos
recuerdos. Ahora, entendía por qué le pesaba
tanto su pasado.
—No puedo cambiar el pasado, pero sí prometerte
un mejor futuro. —«Los asesinaría, los cortaría en
trozos pequeños y se los daría de comer a los
cerdos»—. Dormiré a tu lado cada noche y
despertaré cada mañana, para recordarte que, sin
importar tu pasado, te amo.
Episodio 37: Sin piedad.
Dominic.
Elizabeth me observó sin saber qué decir, su
cuerpo todavía temblaba. Su nariz estaba roja, al
igual que sus ojos, y no podía estar más hermosa.
Acerqué mis labios a los de ella y la besé.
No me importaba su pasado, deseaba estar en su
presente y su futuro.
La acosté sobre la cama y subí a su cuerpo.
Mis manos recorrieron la piel desnuda de
Elizabeth, mientras mi lengua exploraba su boca,
sus besos sabían salados, pero yo me encargaría
de endulzar su vida.
Me acomodé entre sus piernas y sin delicadeza
me deslicé en su interior, sus uñas se clavaron en
mis hombros y disfruté la sensación de dolor
mezclarse con la de placer.
—Dominic —jadeó excitada cuando presioné en lo
más profundo de su cavidad.
—Eres mía, mía y solo mía —dije viendo esos ojos
que me tenían hechizados.
Elizabeth acarició mi cara, eso fue más que
suficiente para saber que, mi amor era
correspondido.
La embestí con fuerza logrando que, gritase mi
nombre.
La amaba.
¿Cuándo había pasado?
No lo sabía y no me importaba, ella, era lo más
importante de mi vida y no renunciaría a su amor.
Seguí arremetiendo con fuerza, sin dejar de verla;
sin dejar de tocarla.
Mis labios descendieron por su cuerpo hasta
llegar a uno de sus pechos, donde mi boca tomó
posesión de uno de sus pezones, la dureza en él,
me excitaba más y joder como disfrutaba del
calor de su piel.
Pasé al otro y le di las mismas atenciones, los
gemidos de mi reina, me confirmaban que mis
acciones eran bien recibidas.
Me enderecé por completo y sujeté las piernas de
Elizabeth, sobre mi pecho. En esa posición
lograba entrar un poco más, así que, con fuerza,
entré y salí de ella.
—Eres adictiva —gruñí agarrando una de sus tetas
y presionando su pezón.
—Dom, Dom —jadeó y sonreí.
Bajé sus piernas, tomé su cadera y le di la vuelta
dejando su culo levantado.
—Qué ganas de follarte el culo tengo. —Regresé a
su cálida vagina y llevé mi pulgar a su tentador
asterisco y empujé un poco.
—¿Qué haces? —preguntó mi diosa con la voz
ronca.
—Gozarte. —Metí el dedo en su culo y cerré los
ojos, sintiendo lo apretado que estaba.
Llevé una mano a su cadera y seguí
embistiéndola sin piedad.
El ruido de nuestros cuerpos chocando llenó la
habitación y se mezcló con los gemidos de mi
diosa.
Elizabeth gritó algo en español y deseé saber qué
había dicho.
—Quiero verte —pidió mi diosa y detuve todos mis
movimientos.
Me senté en la cama y recibí a Elizabeth en mi
regazo.
Su mano acomodó mi pene en su vagina y se
deslizó por todo mi tamaño, lo que me hizo
enloquecer.
—Joder, mi diosa —gruñí cuando ella subió su
cadera y la dejó caer de nuevo con fuerza.
—Deberías ceder más el control —susurró ella
mordiendo mi oreja.
—Tú tienes el control de mi vida —aseguré
acariciando sus tetas que rebotaban al ritmo en
que ella se movía.
Elizabeth sonrió y aumentó el ritmo de sus
caderas.
Apreté su cuerpo perdido completamente, en las
sensaciones y el deseo.
Anclé mis talones a la cama y comencé a
penetrarla con vigor.
—Dominic —gritó Elizabeth aferrándose a mis
hombros.
—Lo sé, mi diosa. —La embestí con más energía.
Sentía cómo su vagina se iba contrayendo, lista
para liberarse.
Empujé más, atrapé su boca devorando todos sus
gemidos.
Mordí su labio, mientras ordenaba.
—Córrete, mi diosa, déjame sentir tus
contracciones alrededor de mi polla.
Elizabeth arqueó la espalda, mientras de su boca
salía un fuerte gemido de placer. Sus espasmos
llegaron enseguida, seguí arremetiendo con
fuerza derramando mi leche en su interior.
Besé su piel, estaba caliente y sudada, con su
aroma concentrado.
Mi diosa cayó sobre mi pecho con la respiración
agitada.
—Estoy cansada —susurró—, pero no quiero
dormir.
—No tengo planeado salir de la cama y tampoco
dejarte dormir —murmuré besando su boca.
Elizabeth se separó de mis labios y me pareció
una ofensa.
—¿Qué pasará con los detenidos?
Sonreí.
—Le preguntaré a Logan si jurará lealtad al rey.
—¿Y tu asistente?
—Ya no trabajará conmigo, pero podrá irse por
sus propios pies. —Aunque, deseaba sacarle las
vísceras y hacérselas comer; comprendía que, mi
reina necesitaba estabilidad y yo se la daría.
Si algo le pasaba a Emilio, ella pensaría que, fue
su culpa y ya tenía bastante carga sobre sus
delicados hombros.
—¿Se quedará sin empleo?
—Elizabeth, él es un hombre muy capaz y estoy
seguro de que tiene una fila de personas
deseando trabajar con él —le expliqué retirando el
cabello de su frente.
—Pero, él sabe muchas cosas de ti. ¿No te
preocupa eso?
—Me preocupa que no pareces querer dejarlo ir —
rebatí celoso.
Una sonrisa se formó en los labios de mi diosa,
entrecerró los ojos y dijo:
—¿Celoso?
—Sí, muero de celos cuando te preocupas por otro
hombre.
—Bien, solo piensa. —Mi mujer se levantó de la
cama completamente desnuda y se me olvidó
pensar, hablar o respirar. Ella chasqueó los dedos
captando mi atención—. Deberás buscar un
nuevo asistente. ¿Seguro que puedes confiar en
cualquier extraño?
—¿Puedo confiar en un hombre que desea
follarse a mi mujer? —cuestioné poniéndome de
pie.
—Lo importante, es que tu mujer solo desea ser
follada por ti. —Sonrió de nuevo y se metió al
baño.
Escuché la ducha y quise ir, pero, sentí un peso
tan grande, que me senté en la cama y cerré los
ojos tratando de procesar todo lo que mi reina me
había contado.
No tendría piedad sobre esos tipos, les haría
pagar en vida todo lo que le hicieron a Elizabeth.
Sentí un líquido tibio en mi mejilla, llevé mi mano
a la cara y la toqué.
Miré mis dedos y noté que ese líquido eran
lágrimas que caían de mis ojos.
Sí, ellos también iban a llorar, pero sangre, por
atreverse a hacerle daño a mi diosa.
Nunca había llorado, tampoco había sentido este
dolor en mi interior, ese que te quiebra y te llena
de odio.
Me limpié la cara y me puse de pie.
Sabía lo que debía hacer y cómo debía hacerlo.
Miré por la ventana y noté que el cielo comenzaba
a aclarar, era buen momento para tomar
acciones.
Abrí la puerta del baño y encontré a mi esposa
bajo el agua.
Rodé la mampara y entré con ella a la ducha.
—Te has tardado —murmuró coqueta restregando
su trasero en mí.
—Pero, he llegado.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Después de una larga y satisfactoria ducha, había
llevado a mi reina a la cama.
Me había acostado a su lado y le había tarareado
la única canción de cuna que me sabía, al menos,
unas 3 veces, antes de que mi diosa se durmiera.
Con cuidado de no despertarla, me levanté y me
fui a vestir.
Tenía los pantalones abiertos y me estaba
abotonando la camisa, cuando la puerta se abrió
con cuidado.
Jena entró a la habitación y se quedó de pie al
verme, su mirada viajó por mi cuerpo y regresó a
mis ojos.
—Su majestad. —Bajó la cara e hizo una
reverencia—. ¿Necesita ayuda?
—Vete, no quiero que nadie moleste a mi mujer —
ordené ignorando su pregunta.
¿Estaba loca o creía que, era de esos reyes con
necesidad de coger a todo el mundo?
—Como ordene, su Alteza Real. —Jena se marchó
y cerró la puerta detrás a su salida.
Terminé de arreglarme y me fui.
Bajé las escaleras y continué directamente al
calabozo.
Este castillo había sido construido con pasajes
secretos por si debían evacuar al rey u ocultarlo,
pero sin la necesidad de ser usado, con el tiempo
se fueron olvidando.
Yo me había topado con uno por casualidad y
había sido reconfortante ir descubriendo a dónde
iban o qué habitaciones secretas ocultaban.
Tomé el pasillo y descendí un poco más hasta las
profundidades de este sitio.
—¿Tan temprano por aquí? —indagó Lennox
viendo su reloj.
—Dije a Avery que se quedara con mi esposa.
—¿Ella será la nueva sombra? —preguntó Harper
uniéndose a nosotros.
—Sí, no quiero que, ande por el castillo sin
seguridad y no quiero a ningún otro hombre cerca
de ella, así que, Avery es la mejor para el trabajo.
—Pues, viendo a Emilio, no creo que, ninguno de
nosotros deseé tomar su lugar —expresó Lennox
con ese tono burlista tan característico de su
personalidad.
—No me jodas, Emilio estuvo fuera de lugar por
completo —terció Harper.
—¿Ya fueron por Avery? —Miré a ambos hombres
y seguí a la celda de Emilio.
Elizabeth, tenía razón, Emilio, no era cualquier
asistente.
Él había estado toda la vida a mi lado, era mi
amigo, por eso, su actitud me trastornaba tanto.
Abrí la puerta y Emilio se sentó en la cama.
—¿Viene con el desayuno? —cuestionó Emilio.
—Supongo que, quieres una disculpa —lo
interrogué.
—No, ambos sabemos que, no eres ese tipo de
hombres. —Emilio se puso de pie—. Esperaría que,
me cortases la cabeza, pero tampoco eres de
esos.
—Ese es mi problema contigo, que con el tiempo
he aprendido a tenerte cariño —comenté
cruzándome de brazos.
—Claro, como un niño quiere a su mascota.
—Exacto, solo que, una mascota sabe su lugar y
no anda deseando a la mujer de su amo.
—Yo la vi primero…
—¡Es mi mujer! ¡Mía y solamente mía! —gruñí
tomando a Emilio por el cuello de su camisa—. Si
no eres capaz de entenderlo, eres un imbécil.
Lo solté y me alejé de él, no quería complicarme
la vida con mi reina.
—¿Ella ya te eligió? ¿Ya te dijo que te ama? ¿O solo
la obligas a quedarse a tu lado porque eres un
maldito egoísta?
—Anoche estaba dispuesta a irse, pero ha
decidido quedarse a mi lado. Eso debe dejarte las
cosas claras.
—A eso has venido, a presumir que la mujer que
me gusta; te eligió.
Volteé a verlo y apreté mis manos en un puño.
—¿En serio pensaste que tenías oportunidad con
ella? —cuestioné sonriendo.
—¿A qué has venido? —Emilio bajó la cabeza,
resignado por su destino.
—Necesito a mi fiel perro de caza.
Mi asistente me observó:
—Has venido a darme de vuelta mi empleo.
—Sí, algo así.
—¿Por qué?
—Porque a pesar de todo, eres un buen cazador y
un leal compañero de batallas.
—¿No te preocupa que la reina y yo estemos bajo
el mismo techo? —preguntó Emilio con cautela.
—¿Quién dijo que van a estar bajo el mismo
techo? —Sonreí—. Saldrás a Dublín hoy mismo,
quiero que averigües quién era la compañera de
cuarto de Lizzie en la universidad. Lo quiero saber
todo, nombre, dirección y rutina diaria.
—Como ordene su majestad. —Emilio pasó por mi
lado y avanzó a la salida.
—Debes saber que, Avery es la nueva
guardaespaldas de Elizabeth y tiene orden de
meterte una bala en la cabeza si te acercas a su
mirilla. —Miré sobre mi hombro—. Ambos
sabemos lo buen francotirador que es y el odio
que te tiene.
—Siempre me esforcé por ser un buen sirviente,
pero me dediqué más en ser tu amigo. ¿Por qué
me haces esto?
—Por esos años de lealtad, es que te doy una
segunda oportunidad. —Giré y quedé frente a
Emilio—. Si no tu noche no hubiese sido tan
pacífica.
—Gracias por tanta clemencia, mi Alteza. —Emilio
se paró firme—. Juro que, le seré leal hasta la
muerte.
Se dio la vuelta y se marchó.
Expulsé el aire de mis pulmones y me preparé
para enfrentarme a Logan.
Salí y me detuve en la celda contigua.
—No esperaba este tipo de atenciones tan
temprano —comentó Logan desde su cama.
—Ya sabes la pregunta, solo dame la maldita
respuesta.
—Quiero langosta de almuerzo.
En serio, deseaba darle una oportunidad, por
Elizabeth, pero…
Entré a la celda, crucé la habitación y tomé a
Logan del cuello.
—¿Crees que, un animal rastrero como tú merece
siquiera respirar? —Apreté su garganta hasta que
su cara se puso roja—. Eres una maldita escoria.
Lo solté; Logan cayó al suelo de rodillas y tosió
con violencia.
—Mátame, hazlo, sé cuánto lo deseas —pidió con
la respiración agitada.
—Si de verdad me conocieras, supieras que, odio
las muertes rápidas. —Tomé su cabello y lo hice
verme—. Soy como una orca, me gusta jugar con
mi presa hasta que, la vida escapa lentamente de
su cuerpo. Si tuvieras una pizca de inteligencia,
hubieras usado esas sábanas para acabar con tu
vida.
—Tal vez quiero ser asesinado por mi hermano.
—No, solo eres un maldito cobarde. —Me puse de
pie—. Pero, no te preocupes, no pienso tolerar por
mucho tu patético acto de rebeldía.
Salí de la celda y me reuní con Lennox.
»Retira cada manta de esa habitación, también
saca la cama y por Dios, alguien que le dé un baño
a ese prisionero.
Lennox asintió gustoso.
Éramos perros de caza; adorábamos beber la
sangre de nuestras presas.
Episodio 38: Reina en fuga.
Lizzie.
Desperté con el sonido de mi teléfono.
Gruñí y rodé en la cama tratando de silenciar ese
molesto ruido.
Miré la pantalla y leí el nombre de mi hermano.
Eso me hizo espabilar un poco.
—¿Dime? —bramé con la voz ronca.
—Es raro, le pregunté a Xia por ti y me dijo que
estabas trabajando —habló mi hermano y era
evidente que estaba alterado—. Resulta que, hoy,
me entero de que la nueva reina de Inglaterra es mi
hermanita.
Me senté en la cama y miré a mi alrededor, casi
esperando verlo.
—¿Dónde estás?
—En Inglaterra, en un café a diez minutos del
castillo. ¿Dónde estás tú?
—Saliendo a reunirme contigo. —Colgué la
llamada.
En pocos segundos me había llegado un mensaje
de mi hermano con su ubicación.
Expulsé el aire de mis pulmones.
No me preocupaba que supiera de mi relación
con Dominic, al menos, ya no debía mentir sobre
eso. Sin embargo, Yordi tenía un par de años
perdido y en su oscuridad, solo nos había
causado problemas a Xia y a mí, así que, debía
evitar que, su presencia en Inglaterra fuera una
complicación para mi esposo.
Salté de la cama, corrí a mi armario y lo evalué.
Debía vestir con algo que, no fuera a llamar la
atención, pues, si mi cara salió en los medios de
comunicación, debía llegar al café de incógnito.
Tomé un jean oscuro; una camisa suelta; unos
zapatos deportivos y una chaqueta de cuero.
Me hice una coleta alta, tomé una gorra, unos
lentes y los metí en mi bolso.
Abrí la puerta y choqué con la espalda de una
mujer.
Caímos al suelo y gruñí de dolor cuando mi culo
tocó el piso.
—¿A dónde vas con tanta prisa, mi Alteza? —La
mujer se puso de pie y estiró su mano para
ayudarme a levantarme.
Me tomé unos segundos para evaluarla, cabello
corto, muy corto, ropa militar y ojos cafés.
—¿Quién eres? —Rechacé su ayuda y me levanté
por mis propios medios.
—Soy la capitana Avery, el Rey me envió a
cuidarle.
—Entiendo. —Eso podía suponer un problema.
—¿A dónde se dirigía con tanta prisa? —preguntó
de nuevo la capitana problema.
—Necesito salir y no quiero que mi esposo lo
sepa.
—¿Se va a ver con otro hombre? —cuestionó la
mujer y alcé las cejas.
—Sí, pero no en el contexto que supones.
—No me pagan para suponer. —Avery se cruzó de
brazos y me miró de manera fría—. Le puedo
asegurar que, no saldrá de este castillo sin mí.
—El tacto no es tu fuerte —le dije mordaz—. Debo
reunirme con una persona y no me importa si me
sigues o te quedas a llorar, solo no quiero que mi
esposo se entere. ¿Entiendes o debo explicártelo
con caramelos?
Una sonrisa se formó en los labios de Avery y
asintió:
—Bien, pero no mentiré por ti, tampoco soy tu
amiga y mucho menos tu confidente.
—Perfecto, detesto a los niñeros que, quieren
crear lazos inútiles. —Me di la vuelta y sonreí.
Sí, la capitana era ruda, pero yo no había crecido
en una burbuja de flores.
Bajamos las escaleras, caminé por el salón y
llegué a la puerta.
—¿A dónde vas? —escuché la voz de mi esposo y
me quedé de piedra con la mano en la perilla de
la puerta.
Me di la vuelta lentamente, pensando en una
mentira.
—Debo ir a la farmacia. —Miré a Avery y luego a
Dominic.
—¿No puedes enviar a alguien? —cuestionó mi
perspicaz esposo.
—Puedo, pero lo que necesito comprar, debo
hacerlo yo, yo y solo yo —le aclaré bajando la
voz—. Ya sabes, es algo de chicas.
—¿No quieres que te acompañe?
—No es necesario. —Sonreí y me acerqué a
Avery—. Además, llevaré a mi fiel
guardaespaldas.
Dominic frunció el ceño y sonrió ampliamente.
—Entiendo, debes comprar algo en la farmacia. —
Dominic me abrazó y parecía extrañamente feliz—
. Ve, aquí te espero, pero quiero ser el primero en
saberlo.
Arrugué la frente sin comprender qué quiso decir,
pero tampoco importaba por ahora.
—Vale, nos vemos en un rato. —Me puse de
puntitas y lo besé.
—Te amo —susurró en mis labios.
Miré sus ojos y quise decirle que yo también, pero
las palabras no salían de mi boca.
Así que, solo sonreí y bajé la cara.
Salí por la puerta y me di cuenta de que tenía otro
obstáculo.
—¿No tienes un auto? —se burló Avery.
—No y dudo que un taxi llegue hasta aquí.
—Vamos, podemos usar el mío.
Seguí a mi guardaespaldas hasta su auto y en
unos minutos ya estábamos de camino a
encontrarme con Yordi.
»¿A dónde vamos?
—Al café… —Leí la dirección—. Le Signore.
—Sé cuál es. —Avery cambió de velocidad y
aceleró.
En efecto, ella sabía a la perfección en dónde
estaba la dichosa cafetería, pues, en un
santiamén, ya estaba estacionándose frente a la
entrada.
—Por favor, mantén distancia entre nosotras, no
quiero llamar la atención. —Saqué la gorra, los
lentes y me los puse.
Avery solo me miró sin expresión alguna, estuve
tentada a preguntarle si comprendió lo que le dije,
pero comprendí que, ella no era de muchas
palabras.
Descendí del auto y caminé al interior del local.
La verdad no fue difícil encontrar a mi hermano,
pues, era el único que, miraba a todos lados como
auténtico turista.
Sorteé las mesas y llegué con él.
—Aquí estás —comentó casi sin poder creerlo.
—Te dije que vendría. —Arrimé la silla y me senté
frente a él—. ¿Qué haces en Inglaterra?
—Encontré un empleo, es algo nuevo y debo viajar
mucho.
—¿De qué trabajas? —indagué cruzándome de
brazos.
—Estoy de mantenimiento en una empresa de
arquitectura, al parecer, es muy famosa y viajo
para limpiar después de cada trabajo —explicó
con calma.
—¿Es en serio? —cuestioné incrédula—. ¿Cuándo
fue la última vez que hablaste con Xia?
—Hace bastante, al menos, así lo siento.
—¿Qué hiciste?
—Nada, solo que… —Yordi bajó la cara—. No le
gustó la idea de que estuviera lejos de casa. —Mi
hermano estiró sus manos y se las tomé—. Sé que
ustedes están comprometidas con la salud de
Remi, pero no puedo, no puedo perder a alguien
más.
—No lo has perdido —le recordé.
—¿Desde cuándo no vas a verlo?
Expulsé el aire de mis pulmones.
—No lo recuerdo, es que, no tenía mucho tiempo
libre.
—Antes de irme lo fui a ver, pero Remi está lejos
de ser el hombre que conocimos.
—Claro, tiene una enfermedad degenerativa. —
Los ojos se me pusieron brillosos y reprimí las
ganas de llorar—. La última vez que Xia me llamó,
me dijo que, Remi estuvo internado en el hospital,
ella estaba nerviosa.
—Yo la entiendo, desde siempre ha sido la
hermana mayor, la que nos cuida y ver que
hacemos nuestras vidas, la hace sentir sola.
Ahora, Remi está más delicado de salud…
—Así que, ibas a la farmacia. —Dominic apareció
en la cafetería, tomó una silla y se sentó a mi
lado—. Si deseas conservar tus manos, suelta a
mi esposa.
Yordi me miró y soltó una risa.
—Vaya loco, te has conseguido.
—Ahora —sentenció Dominic.
Mi hermano me soltó y levantó las manos con
diversión, pero para mí, no era graciosa la actitud
de Dominic, principalmente, porque había visto de
qué era capaz.
»¿Ya fuiste a la farmacia? —preguntó mi posesivo
esposo con bastante sarcasmo.
—Te mentí, necesitaba verme con…
—Eso lo sé, puedo verlo.
—¿Qué clase de esposo te conseguiste? —
preguntó Yordi en tono de burla.
Dominic lo tomó por el cuello de la camisa.
—Soy la clase de esposo que asesina a los
hombres que se ven en secreto con mi mujer.
—Dominic, suelta a Yordi —pedí sujetando su
brazo.
—¿Con cuántos hombres te ves en secreto? —
preguntó mi hermano en español.
—Idiota —le respondí en el mismo idioma.
—¿Qué le dijiste? —le preguntó Dominic perdiendo
la cabeza.
Yordi volteó a ver a Dominic y la sonrisa
desapareció.
—Le dije que, debe conseguirse otro esposo,
porque no me agradas.
—¿Quién mierda eres tú para opinar sobre la vida
de mi esposa?
—¡Mi hermano, es mi hermano! —chillé molesta—
. ¿Puedes soltarlo?
Dominic me miró y vio a Yordi.
—¿Hermanos? Pues, no lo parecen —alegó mi
esposo dejando a mi hermano en paz.
—No eres el primero que lo dice, pero te alegrará
saber que, tampoco se parece a Xia. —Yordi se
arregló la camisa—. Supongo que, porque somos
de padres diferentes.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté a Dominic.
—Descubrir que, eres una buena mentirosa.
—He tenido práctica —repliqué clavando la
mirada en mi esposo, pero luego recordé a la
única persona que le pudo haber dicho dónde
estaba—. Entiendo, ella no es mi guardaespaldas,
es mi niñera.
—Avery no me dijo nada.
—¿Entonces?
—Te seguí.
—Guao, eso es ser inseguro —acotó Yordi
cruzándose de brazos.
—¿Te diviertes? —le pregunté.
—Sí, y mucho.
—¿Por qué me seguías?
—Me dijiste que ibas a la farmacia y pensé que…
—Dominic me miró y se quedó en silencio.
—¿Qué pensaste? —le interrogué.
—Nada, ese fue el problema que no pensé
correctamente.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
—Bien, ya sabes que, estoy casada, sí, soy la reina.
¿Algo más?
Yordi estiró la mano y me sonrió.
—Sí, me alegra, verte feliz. ¿Te puedo abrazar?
Su pregunta me tomó por sorpresa, pero asentí y
me puse de pie.
—Qué petición más extraña —manifesté abriendo
los brazos.
—Tengo varios años sin siquiera poder tocarte —
declaró mi hermano rodeándome con sus brazos.
Sus palabras me afectaron un poco, pensé que,
tenía dominado mis problemas, vaya, qué
equivocada estaba.
Nos quedamos así un par de segundos, sí,
segundos, porque mi señor esposo comenzó a
aclararse la garganta con el fin de separarnos.
—Debo irme, pero no me llames de nuevo —le pedí
a Yordi.
—Vale, la próxima vez, solo te escribiré. —Mi
hermano sonrió y también parecía estar en paz
consigo mismo.
—Espero que, todo siga marchando bien.
Dominic se levantó y estiró su mano.
—Un gusto conocerte.
—No mientas, creíste que, era el amante de tu
esposa. —Mi hermano soltó una carcajada y le
estrechó la mano a mi esposo—. Pero, me
tranquiliza saber que, mi hermanita, tiene a un
hombre dispuesto a todo por ella, solo no la
cagues, Lizzie no es de perdonar.
—No lo haré. —Dominic me observó—. Ella es
importante en mi vida.
Sonreí y sentí cómo mis mejillas se sonrojaban.
—En fin, fue bueno verte, pero debo irme —
manifesté levantando la mano y despidiéndome
de mi hermano.
—Yo debo quedarme un poco más aquí, pero
aprovecharé para llamar a Xia.
—No vas a poder localizarla —comentó Dominic y
volteamos a verlo—. Ella se ganó un crucero y
donde se encuentra no tiene recepción.
—¿Cómo sabes eso?
—Yo sé todo de Elizabeth.
—No sabías de mí.
—Pero, ahora sí.
—Basta, yo debo irme, ustedes se pueden quedar
a medir quién tiene más testosterona. —Le lancé
un beso a mi hermano y pasé por detrás de la silla
de Dominic.
Claramente, ese hombre, no me iba a dejar así sin
más.
Su mano se cerró sobre mi muñeca.
—¿A dónde crees que vas sin tu esposo?
—Pues, ya que, estoy fuera del castillo, iré al
doctor. —Me solté de su agarre y seguí
caminando con la frente en alto.
Miré de reojo a Avery que comenzó a caminar
paralelo a mí.
—¿Le dijiste dónde estaba?
—No.
Asentí y seguí caminando a la salida.
No era que la conociera plenamente, pero me
parecía que, era una persona honesta.
Llegamos a su auto y fui a subir, pero Dominic me
lo impidió.
—Yo iré contigo.
—¿Para qué decirme? Me gusta cuando solo me
sigues y apareces de sorpresa —le reproché.
—Lo lamento, solo te extrañaba. —Dominic me
sujetó de la cara y se inclinó para quedar a la par
de mi mirada—. Luego te vi sentada, tomada de
las manos con un hombre al que no conozco y
perdí la cabeza.
—¿Cuántas veces te debo decir que no tengo
nada con nadie? Me gustas tú y solo tú.
—¿Solo te gusto?
Mordí el labio y negué con la cabeza.
—¿Vienes o te quedas? —indagué cambiando de
tema.
—Voy. —Dominic volteó a ver a Avery y le lanzó las
llaves de su moto—. Cambiaremos de vehículo,
síguenos de cerca.
—Entendido.
Dominic me abrió la puerta de copiloto y entré
molesta.
Él rodeó el auto y subió casi a la carrera.
—¿Qué no tienes cosas de rey que hacer? —
cuestioné cruzándome de brazos.
—No hay cosa más importante para un rey que
saber dónde y con quién está su reina. —Dominic
encendió el auto, metió la velocidad y acarició mi
pierna—. Me gusta verte en jean.
Tomó mi mano y la llevó a su entrepierna.
»Supongo que, podemos tener un viaje
placentero.
—No tienes reparo —dije apretando la cabeza de
su pene—. Pero, no te premiaré por seguirme y
pensar que, estaba con otro tipo.
—Me lo merezco —admitió mi señor esposo
haciéndome sonreír—. ¿Dónde queda el
consultorio de tu doctor?
Me enderecé en el asiento y me quedé pensando.
La verdad, no tenía idea de dónde debía ir, las
pastillas anticonceptivas eran fáciles de tomar y
no requerían una receta médica, pero con una
inyección era diferente.
Suspiré.
—La verdad, no lo sé. —Me encogí de hombros—.
Es que, aquí, no conozco a ningún ginecólogo.
—Deja todo en manos de tu eficiente esposo. —
Dominic sujetó mi mano y sonreí.
—¿Qué harás? —indagué viendo que, cambiaba de
rumbo.
—Te llevaré de regreso al castillo y buscaré al
mejor doctor para que te atienda.
—Gracias. —Sonreí sintiéndome genuinamente
cuidada y protegida por mi esposo.
Episodio 39: Cuidando de
Arthur.
Lizzie.
Entré al castillo sujetando la mano de mi esposo
y seguida por mi guardaespaldas.
A penas entramos, uno de los hombres de
Dominic se acercó a la carrera a él y le susurró
algo que hizo tensar a mi esposo.
—¿Pasa algo? —indagué en voz baja.
Dominic se giró un poco y tomó mi cara entre sus
manos.
—Todo está bien. —Besó mi frente—. Debo hacer
algo, pero, en un rato, te veo.
—De acuerdo —murmuré sabiendo que, algo, me
estaba ocultando.
Dominic le lanzó una mirada a Avery y se marchó
con el hombre pisando sus talones.
Suspiré y rasqué mi cabeza.
Ahora entendía por qué mi hermana no me había
respondido mis mensajes.
Mal momento para estar incomunicada.
Mordí mi labio sin tener idea de qué hacer, ella era
la que sabía de medicinas, yo solo era una loca
que jugaba con la vida de Arthur.
Emprendí la marcha a la habitación de mi suegro,
necesitaba revisar su estado antes de entrar en
pánico.
De pronto, mi teléfono comenzó a sonar.
Lo saqué de mi cartera y abrí los ojos al leer el
remitente de la llamada.
—¿Pensé que no podías comunicarte? —dije a
modo de saludo y hablando en español.
Miré a todos lados y aceleré mis pasos en busca
de un lugar privado.
—Así es, pero acabamos de llegar a un puerto —
explicó Xia.
—¿Y? ¿Qué opinas?
—Bueno, es difícil llegar a una conclusión con solo
ver unas fotos…
—¡Ay, no! —susurré asustada.
—Sin embargo, hay medicamentos que no deben
mezclarse, pues, pueden anular su efecto o todo lo
contrario pueden causar bastante daño e incluso la
muerte —expuso mi hermana y me detuve en
seco.
—¡Lo sabía! —expresé en voz alta, me tapé la boca
al darme cuenta de mi imprudencia. Miré a mi
alrededor fijándome en quién estaba cerca. Me
topé con la mirada de Avery, seguí revisando y
encontré a un par de empleados. Bajé la voz y
hablé—. Esa vieja bruja es mala.
—Espera un poco, no puedes dar nada por
sentado —manifestó mi hermana—. Recuerda que,
no soy médico y no puedo decirte mucho si no sé
qué es lo que tiene tu suegro.
—Te necesito aquí —le susurré a Xia—. Toma el
primer vuelo y ven a Inglaterra.
—Lizzie, estoy en un puerto en algún lado del
mundo, así que, puedo tardar un poco.
—¿Pero, vendrás?
—Sí, estaré allá lo más pronto que pueda. Mientras,
me asesoraré con un doctor de confianza. —Mi
hermana suspiró en la línea—. Trata de averiguar
cuál es el padecimiento de tu suegro, si puedes
tomarle fotos a algún informe mejor.
—Vale, aunque, no prometo nada. —Pensé en la
enfermera que me venía ayudando, quizás ella
supiera dónde el doctor guardaba esa
información—. Te veo pronto, por cierto, evitemos
decir que somos hermanas.
—De acuerdo. —Fui a colgar, pero mi hermana
habló—. Lizzie, por favor, cuídate, si esa señora es
capaz de asesinar a su esposo, no sabemos qué te
puede hacer a ti.
—Tranquila, mi esposo me puso un
guardaespaldas.
—Bien, nos vemos pronto.
—Adiós. —Colgué la llamada y apreté el teléfono
en mi pecho.
Me estaba arriesgando mucho al traerla, pero era
la vida de Arthur, él no podía rendirse, sobre todo,
ahora, cuando el amor de su vida está tan cerca.
—¿En qué andas metidas? —indagó Avery
poniéndose a mi lado.
—Pensé que, solo te limitarías a cuidarme.
—Ese era el plan, pero me doy cuenta de que eres
de esas personas que se exponen
innecesariamente al peligro.
—En ese caso, solo iremos a ver a mi suegro.
Emprendí la marcha por el pasillo.
Íbamos caminando y los murmullos comenzaron
a hacerse más y más fuertes, me detuve y vi a
todos los empleados hablando entre ellos.
—¿Qué está pasando? —indagué en voz alta.
—Es Logan, su majestad —dijo una empleada
inclinando la cabeza.
—¿Qué pasa con él? —pregunté y el miedo caló
mis huesos.
—Ha decidido jurarle lealtad al Rey —afirmó otra
emocionada.
Deseaba sentir alivio, pero Mathilde había hecho
un buen trabajo jodiendo a Logan, así que, solo
deseé que sus acciones fueran auténticas y no un
malévolo plan para dañar a mi esposo.
—Gracias. —Retomé la marcha, aunque, aceleré
mis pasos y le pedí a Avery—. Explícame las
funciones de tu trabajo.
—Cuidarte, asesinar al que te quiera lastimar —
respondió ella con seguridad.
—¿Eso incluye investigar, vigilar y seguir órdenes?
Avery apretó el puente de su nariz y respiró
hondo.
—Sí, creo que, sí —concluyó al final.
—Bien, es bueno saber eso. —Me detuve frente a
la habitación del Rey y toqué un par de veces.
La puerta se abrió y la enfermera me miró.
—Adentro está el doctor —susurró y se hizo a un
lado.
—Espero no interrumpir —dije esperando estar
haciendo todo lo contrario.
Arthur estaba en la cama, con los ojos cerrados,
parecía estar dormido o sedado.
—Su majestad. —El doctor hizo una reverencia,
pero era evidente que, no era bienvenida—. Estaba
por ordenar otro estudio al paciente.
—¿Puede esperar?
—Seguro, puedo venir más tarde —contestó el
hombre.
—Mejor hágalo mañana, hoy tendré un día
ocupado con Arthur. ¿Eso representa un
problema?
—No, no, yo regresaré mañana con el equipo
necesario para el estudio que se requiere —
comentó el doctor, recogió su maletín y salió de
la habitación.
Giré la cara y le susurré a Avery:
—Síguelo, necesito saber si antes de irse hace
alguna parada.
Mi guardaespaldas asintió y se marchó.
»¿Está…?
—Descansando —respondió ella, se acercó y me
explicó en voz baja—. Es por eso que el doctor
quiere hacerle estudios.
—¿Ha mejorado? —indagué alzando las cejas.
—Sí, ha tenido un progreso favorable. —La
enfermera me sonrió y tomó mi mano—. Mi reina
hizo bien en suspenderle esos medicamentos.
—Debemos atrasar esos estudios todo lo que
podamos.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta tener pruebas de que en lugar de sanarlo,
ese hombre lo estaba matando. —Miré a la
enfermera y ella asintió—. También debemos
saber quién pagó ese tratamiento.
—Mi reina, ambas sabemos quién está detrás de
todo esto.
—Sí, pero no tenemos pruebas. —Arrimé una silla
y me senté cerca de la cama de Arthur.
La enfermera bajó la cabeza y se retiró de la
habitación otorgándome privacidad.
—Nunca me ha gustado cuando las personas
murmuran en mi presencia —habló Arthur sin
abrir los ojos.
—Le decía a su enfermera que, me quedaré un
rato.
—Muchacha, no necesito a otra persona,
viéndome, mejor busca a mi hijo. Quiero cargar a
mis nietos antes de morir —exigió Arthur y abrió
los ojos.
—No digas eso, estás lejos de morirte.
—Estoy cansado de esta vida, quiero cerrar los
ojos y reunirme con el amor de mi vida —confesó
Arthur y tuve que, recurrir a todo mi autocontrol
para no llorar o decirle todo lo que sabía.
Sujeté las manos de mi suegro.
—Tenía esperanza de que estuvieras mejorando.
—Sí, estos últimos días me he sentido con más
energía, pero anhelo poder reunirme con mi
Carlota, pero no puedo acabar con mi vida, pues,
entonces, no me reuniría con ella, así que, espero
que la muerte venga por mí.
Me quedé observando a Arthur.
Me tapé la boca asombrada por lo que acaba de
descubrir.
—Lo sabías —susurré.
—Estoy viejo, no idiota, claro que, lo sabía.
Siempre he sabido qué clase de monstruo es la
mujer con la que me casé.
Una lágrima corrió por mi mejilla.
—Entonces, solo se rendirá.
—Hice todo lo que mi pueblo esperaba que
hiciera. —Arthur tosió—. Tienen un buen rey y a
una reina maravillosa.
—No, Arthur, no me llenes de halagos, cuando
también estás dejando a una loca sin pagar por
sus crímenes.
—Dios se encargará de ella.
Sonreí con desagrado.
—¿Qué pasa si ella fue la culpable de todo lo que
le pasó a Carlota? —le pregunté.
Arthur frunció el ceño y apretó su mano en un
puño.
—Calla, no sabes de lo que hablas —me regañó.
—Al contrario, soy la única que sabe muchas
cosas, pero no sirve de nada. ¿Verdad? Usted
espera la muerte. —Me levanté de la cama—. Solo
le diré que, sin importar la forma en la que muera,
del otro lado no verá a su amada esposa.
—¡¿Qué dices?! ¡¿Qué cosas sabes?! —exigió
Arthur levantando la voz.
—Le diría lo que sé, pero esa información no le
sirve a un hombre moribundo.
Estaba cruzando una línea muy delgada, pero él
necesitaba la motivación necesaria para no
rendirse y en su momento, me encantaría ver a
Carlota reunida con el hombre que ama.
Arthur me atravesó con la mirada, pero lejos de
estar molesto, solo pude ver dolor y pena.
—Veo que, te subestimé. —Se limpió las lágrimas
y levantó la cara—. Tú ganas. ¿Qué quieres
obtener por esa información?
Su pregunta me hubiera ofendido, pero sabía que,
era un hombre que, tenía años llorando la partida
de su esposa.
—Quiero que no se dé por vencido. —Tomé las
manos de Arthur—. Aunque, necesito que, finjas
estar enfermo. A diferencia de usted, yo sí deseo
hacer justicia, por usted y Co… Carlota.
—Elizabeth, nunca me ha importado lo que
Mathilde me hiciera a mí, pero si tocó un solo
cabello de mi Carlota, la asesinaré con mis
propias manos. —Más lágrimas cayeron de sus
ojos.
—Piense en eso y cuando sea el momento, acabe
con ella, sin que le tiemble el pulso.
La puerta se abrió y Dominic entró por ella.
Su mirada se posó en mí, luego en su padre. Si
notó que estaba pasando algo, no emitió
comentario alguno.
—Padre, me robaré un segundo a mi esposa.
—Llévatela, pero la quiero de vuelta, hoy deseo
pasear por el jardín. —Arthur apretó mi mano y
asentí.
—Regresaré —prometí.
Dominic me sujetó por la cadera y me sacó de la
habitación.
—Me gusta ver cómo cuidas de mi padre —
comentó Dom mientras caminábamos.
—Es que, él me agrada. —Sonreí—. ¿A dónde
vamos?
—A nuestra habitación.
—¿Me sacaste del cuarto de tu padre para follar?
—Solté una risita.
—Para cogerte y para que te coloquen la inyección
—me informó Dominic—. ¿Dónde está Avery?
—Le pedí un favor. ¿Inyección? —indagué
desorientada.
—Sí, con el doctor. ¿Fue eso lo que me pediste?
—Es cierto, pero, tan rápido, encontraste al doctor.
—Sí, una de las ventajas de ser el Rey. —Dominic
tomó mi mano y me llevó escaleras arriba.
Episodio 40: Se acabó.
Lizzie.
Días después…
Sentía que, estaba caminando sobre hielo.
Había logrado atrasar el estudio que el doctor le
quería hacer a Arthur, pero no estaba segura de
cuánto tiempo más iba a poder detenerlo.
Mathilde rondaba la habitación como un maldito
buitre esperando la muerte para comer de la
carne putrefacta.
Por desgracia, el que, Avery hubiera visto al
doctor hablar en privado con esa vieja, no
probaba nada de lo que estaban haciendo.
—Su majestad. —Coco apareció en la puerta de mi
despacho e hizo una reverencia.
Detestaba que, hiciera eso, pero comprendía que,
era parte de su disfraz de plebeya.
—¿Dónde está? —pregunté levantándome de mi
silla.
—La llevé a mi habitación.
—Bien, andando.
Salí de mi oficina y caminé con dirección a las
habitaciones de los empleados domésticos del
castillo.
No era de sorprenderse que, los empleados
vivieran dentro del castillo, lo que, jamás, me
imaginé era que, estuvieran ocultos, supongo que,
los dejaban quedarse en el palacio por tema de
comodidad, pero deseaban dejar bien marcadas
las clases sociales.
Entré a la habitación de Coco y una menuda rubia
saltó a mis brazos.
—Lo siento —susurró con lágrimas cayendo de
sus ojos. Se separó de mí y me miró como si
hubiera hecho algo malo.
Abrí los brazos y rodeé el cuerpo de mi hermana.
—Está bien.
Xia volvió a abrazarme, aunque, esta vez, lo hizo
con más fuerza.
—No sé qué cambió, pero me gusta —sollozó mi
hermana.
Después de un par de segundos, le puse fin al
abrazo. Todavía era incómodo que me tocasen
por mucho tiempo.
Coco se acercó:
—Debo hacer algo, pero aquí es un lugar seguro y
nadie las molestará.
—Gracias. —Incliné un poco la cabeza y esperé
que, mi doncella, se fuera para seguir hablando—
. Estos días me parecieron infinitos.
—Sí, pasé una odisea para llegar, pero aquí estoy.
Llevé a mi hermana a la cama y nos sentamos en
la orilla.
—Por ahora, serás la nueva enfermera y con tus
conocimientos deberás ayudarme. —Cerré los
ojos—. La salud de Arthur queda en tus manos.
—Lizzie, tampoco es que hago milagros.
—Lo sé, pero Josefa, la enfermera actual, me dijo
que, le sorprendió cuando el doctor la contrató, ya
que, ella se acababa de graduar y no tenía
experiencia en nada —le conté de manera
pausada—. Estos últimos días, ella se ha vuelto un
fastidio, pregunta de más y a todo le pide una
explicación.
—El doctor quiere cambiar de enfermera.
—Sí, pero no la ha despedido, aunque, mi
guardaespaldas me informó que, las visitas con
la reina han aumentado.
—Lizzie, te quiero ayudar, pero no soy una espía,
solo soy una enfermera.
—Por eso era la indicada. —Tomé las manos de
mi hermana—. Solo debes estar allí, cuidar de
Arthur, cuando le toquen las medicinas, no se las
das, ves qué estudios desea realizar el doctor y
trata de sabotearlo.
—Es que. —Xia negó con la cabeza—. No sé si
puedo hacerlo.
—Tranquila, Arthur está al tanto de todo y te
ayudará —la consolé.
—Lizzie, no quiero tener problemas.
—Sabes bien que, no te hubiera llamado si no te
necesitara.
—De acuerdo. —Xia dejó caer los hombros—.
¿Cuándo empiezo?
—Ya mismo, Coco debió ir a buscar a Josefa, así
que, solo te llevaré a la habitación de mi suegro,
cuando el doctor Paint te pregunte solo le dirás
que vienes de la agencia, pero debe ser un error
porque te acabas de graduar y no tienes
experiencia suficiente para atender a un paciente
—le terminé de explicar y me puse de pie—. No
hagas preguntas, no hables y cuando él te ordene
algo, solo asiente.
—Todo es tan estresante. —Xia se levantó de la
cama—, pero haré todo lo que pueda para ayudar
a ese hombre.
—Recuerda, nadie puede saber que somos
hermanas.
—Bien.
—Tu habitación será justo al lado de la de Arthur,
pero no lleves nada personal para allá, eso
puedes dármelo a mí.
—Estaba en un crucero, no tengo nada personal
que me relacione contigo.
—Vamos, te llevaré.
Avanzamos por el pasillo con calma.
De pronto, Coco y Jena caminaban hacia
nosotras.
—Ellas son mis doncellas, a Coco la conoces, la
otra es Jena, no confío mucho en ella —le informé
a mi hermana en voz baja.
—Entiendo.
Jena y Coco quedaron frente a nosotras.
—¿Sucede algo? —indagué viendo a Coco.
—El Rey solicitó su presencia —contestó Jena.
Miré a Coco y ella asintió comprendiendo mis
palabras.
—Bueno, llévame con él —le pedí a Jena dejando
a mi hermana con Coco.
Mi doncella bajó la cabeza y regresó sobre sus
pasos guiando mi camino.
No volteé a ver a mi hermana, pero me tomé un
segundo para lanzar una plegaria al cielo:
«Dios, mantén a mi hermana a salvo»
Jena tomó el pasillo que llevaba a mi despacho y
arrugué la frente sin comprender nada.
Doblamos en la siguiente esquina y encontré a mi
esposo afuera de mi oficina esperando por mí.
Colocó sus brazos detrás de su espalda.
Su mirada me seguía y sentí el calor apoderarse
de mí.
—Jena, puedes retirarte —le ordené a mi doncella
sin cortar el contacto visual con mi esposo.
Seguí avanzando hasta llegar a él.
—Te tengo una sorpresa —susurró Dominic
tomándome por la cintura.
—¿Otra follada veloz? —indagué poniéndome de
puntitas para estar más cerca de sus labios.
—Tentador, pero es otra cosa. —Dominic me dio
un beso apasionado en la boca, por desgracia, el
beso fue corto.
Mi esposo se separó de mi boca, se colocó detrás
de mí y tapó mis ojos con su mano.
Me sabía el camino de memoria, así que, supe en
qué momento habíamos entrado a mi despacho.
Mi corazón latía con fuerza, sin saber que, iba a
encontrarme.
Dominic retiró su mano de mis ojos y me quedé
sin hablas.
—No debiste —dije llevándome las manos a la
boca.
Caminé a la biblioteca que antes estaba vacía,
ahora estaba repleta de libros y no cualquieras.
Eran los libros que yo había puesto en la lista de
mis lecturas favoritas y las que deseaba leer.
—Claro que debí, eres mi esposa y estando a mi
lado nunca te faltará nada. —Dominic me abrazó
por la espalda y me besó por el cuello.
Tomé uno de los libros y mis manos temblaron al
darme cuenta de que era una primera edición.
—Dominic —jadeé completamente, asombrada.
—Solo le daré lo mejor a mi esposa —aseguró
Dominic.
—Pero, es mucho —insistí en shock.
—Tu felicidad no tiene precio. —Dominic me dio
un beso en la cabeza y me regaló una hermosa
sonrisa—. Te dejaré con tus libros, pero, solo por
un rato, tengo pensado llevarte a cenar.
—Gracias —susurré abriendo el libro.
Dominic salió de mi despacho.
Estaba completamente alucinada con los libros.
Me senté y me sumergí completamente, en mi
lectura.
Era fascinante sentir la textura del papel, el olor,
el relieve del texto y de los dibujos.
Me olvidé del mundo exterior y perdí la noción del
tiempo.
Un par de toques me sacaron de mi lectura,
levanté la mirada y me encontré a una hermosa
mujer observándome fijamente.
—¿Eres Elizabeth? —preguntó sin poner un pie
dentro de mi oficina.
—¿En qué te puedo ayudar? —indagué
evaluándola detalladamente.
—¿Puedo pasar?
—Claro, pero no sé quién eres.
—Mi nombre es Thais —comentó ella y se sentó
frente a mí—. Tenía pocos días trabajando en el
hospital de campo, cuando llegó Dominic con
heridas graves de quemaduras en su cuerpo. Me
dediqué a cuidarlo y con el tiempo nos
enamoramos. Los días fueron pasando y Dom
sanaba con rapidez, pensé que, pasaríamos el
resto de nuestras vidas juntos. Sin embargo, el
hospital fue atacado. No supe más nada de él,
hasta, ahora.
No podía creer lo que estaba escuchando.
Thais hablaba y yo solo podía recordar la historia
que había inventado Dominic, aquella primera vez
que conocí a su padre.
Yo, como una tonta, creí que, él se había
inventado esa historia, pero ahora veo que, solo
había contado cómo la había conocido a ella.
—Entiendo todo lo que me dices, pero, ¿por qué
buscarme a mí? —indagué tratando de calmar mi
creciente furia.
—Yo he venido a recuperar al hombre que amo —
reveló ella, una sonrisa se formó en sus labios,
mientras sus ojos cafés me miraban con
atención—. Dominic, es el amor de mi vida y sé
que, si se casó contigo, es porque me creyó
muerta.
Me quedé observándola con ganas de arrancar
cada cabello de su cabeza.
No era tonta, sabía que, solo había sido una
opción en los planes de Dominic, que el
matrimonio sería algo temporal, pero él me había
dicho que me amaba.
¿La llegada de su novia sería un problema para
nuestra relación?
Sin embargo, algo sí era evidente, Thais debió ser
especial para él, si no no hubiera contado su
historia, ese día.
Me crucé de brazos y sonreí:
—Tienes que ser muy descarada, para venir a mi
castillo, buscarme y decirme todo esto. ¿Qué
esperas? ¿Que me haga a un lado o me ponga a
llorar por lo que te pasó? —Thais fue a
responderme, pero levanté un dedo silenciando
sus palabras—. Has llegado tarde, soy la esposa
de Dominic y no me interesa tu historia. ¡Avery!
—Nosotros nos amamos —gruñó Thais
levantándose de su silla.
—Eres parte de su pasado, pero su presente y
futuro soy yo —declaré justo cuando mi
guardaespaldas entraba a mi despacho—. Por
favor, saca a esta mujer del castillo y deja dicho
que tiene la entrada prohibida. Si desea hablar
con mi esposo, que lo haga por los canales
regulares.
Avery asintió y evitó sonreír.
Nadie, absolutamente nadie, llegaba al Rey por
los canales regulares.
—No importa cuando tiempo me lleve, Dom me
ama y contra eso no puedes hacer nada —gritó
Thais, mientras Avery la escoltaba fuera de mi
despacho.
No podía parar de pensar y analizar la situación.
¿Por qué esa mujer había aparecido justo ahora?
¿Cómo era que había llegado hasta mi despacho?
¿Sería un truco de la maldita vieja porque sabía
que la estaba vigilando?
Mi mayor temor era que, Dominic realmente,
estuviera enamorado de Thais y quisiera regresar
con ella, ahora que, sabía que ella estaba con
vida.
El hombre que había logrado enamorarme entró a
mi oficina.
—¿Todo está bien? —Dominic se acercó a mi
mesa, la rodeó y se arrodilló ante mí.
—¿Por qué lo preguntas? —cuestioné sorbiendo
por la nariz.
—Es que, escuché unos gritos —su voz adoptó un
tono de preocupación.
Acuné su cara y contemplé su rostro fijamente:
—¿Quién es Thais?
En ese momento me arrepentí de haber
preguntado, pues, Dominic se levantó y puso
distancia entre nosotros.
—¿Quién te habló de ella? —preguntó y su voz
salió fría.
—Estuvo aquí —revelé evaluando cada una de sus
expresiones.
Dominic se giró y clavó su mirada en mí.
—Eso es imposible, ella…
—Está viva —lo corté. Una lágrima rodó por mi
mejilla cuando le pregunté—. ¿Todavía la amas?
Dominic no apartó la mirada de mí y parecía estar
realmente molesto. Dejó caer los hombros y
murmuró:
—Elizabeth.
Lo entendía, no era esa clase de mujeres que se
aferraban a lo imposible.
—Tú y yo, siempre supimos que, todo esto era
pasajero. —Me crucé de brazos—. Por mí no te
preocupes, yo lo entiendo y no te impediré ser
feliz.
—¿Qué mierda quieres decir con eso?
Las manos me temblaban y mi corazón latía
lentamente, como si supiera que, estaba a punto
de ser mortalmente lastimada, pero era mejor
quitar la bandita de un solo golpe.
—Quiero el divorcio.
Episodio 41: Mi mujer y punto.
Lizzie.
Dominic me observó completamente mudo, sus
ojos se entrecerraron y me dio la espalda.
Pensé que, se iba a ir, pero en lugar de eso cerró
la puerta con seguro.
Se giró y dejó caer su chaqueta.
—¿Qué haces? —cuestioné observando cómo se
desabotonaba el pantalón.
—Como parece que, no entiendes con palabras…
—Se quitó la camisa—. Te follaré hasta que, ya no
exista duda de mi amor por ti.
Se detuvo frente a mí y tomó mi mano, la deslizó
dentro de su pantalón y apretó su dura erección.
»Te amo, Elizabeth West, reina de Inglaterra y de
mi corazón. —Dominic me tomó de la parte de
atrás de mi cabeza y me acercó a su boca—. Te
amo, como nunca amé y jamás amaré a nadie.
Nuestros labios se unieron y mi corazón latió con
fuerza, mientras mi vagina palpitaba excitada.
Sus manos fueron a mi cadera y me apretaron
con vigor a su pecho, mientras la mía se deslizaba
por todo el grosor de su pene.
—Dominic —jadeé con la respiración agitada.
Mi esposo se separó de mí y me observó con
detenimiento, sus manos tomaron mi vestido y
tiraron con energía.
—Eres mi mujer y punto. —El vestido cayó al suelo
hecho trizas.
Mis pechos quedaron desnudos ante la
masculina mirada de mi marido; quien no perdió
tiempo.
Se inclinó y atrapó uno de ellos con su boca.
Arqueé la espalda, mientras un gemido salía de
mi boca.
Sus traviesas manos bajaron por mi cuerpo y
llegaron a mi ropa interior, Dominic tiró de la
pobre prenda, hasta que, se hizo añicos sobre mi
piel.
Tomé su pantalón y lo bajé hasta sus talones
asegurándome de traerme su ropa interior. Quedé
de rodillas frente a su poderosa erección y sin
dudarlo me lo llevé a la boca.
—Carajo —gruñó en español y levanté la mirada—
. Lo siento, nena, es lo único que sé decir.
Sonreí con malicia.
Tomé uno de los marcadores de mi mesa y sobre
su corazón escribí en español: Te amo.
—Ahora, deberás aprender otra palabra. —
Deposité un beso y me arrodillé de nuevo.
Antes de que Dominic pudiera hablar, deslicé mi
mano por su polla y lamí su esponjoso glande.
Abrí todo lo que pude mi mandíbula, pero no pude
meter más que la cabeza de su pene y un par de
centímetros más.
Dominic recogió mi cabello y empujó su polla con
vigor hasta lo más profundo de mi boca, lo retuvo
un par de segundos allí y lo sacó.
Se inclinó y me besó con pasión.
Me tomó de la cadera y me apoyó en mi escritorio.
—Me gusta tu boca, pero tu coño, me enloquece.
—Me penetró con tanta fuerza que tuve que,
agarrarme a la mesa—. Soy tuyo, únicamente
tuyo.
Su mano cruzó las mías por mi espalda y me
obligó a recostarme en el escritorio, sin dejar de
embestirme como un cavernícola.
Jadeé, gemí y hasta chillé, perdida
completamente, en la lujuria del momento.
—Dominic, quiero… —balbuceé tratando de
organizar mis pensamientos—. Quiero
cabalgarte.
Mi esposo detuvo todos sus movimientos.
Me soltó y se sentó en mi silla.
Su mirada me devoraba e incluso me intimidaba
un poco, estaba cargada de deseo y pasión, pero
deseaba verlo, tocarlo y hablarle.
Me acomodé a horcajadas sobre él, mi cuerpo se
desplegó con sensualidad sobre su regazo,
mientras mis manos se aferraban con suavidad
en su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su
corazón.
Comencé a mover mi pelvis con cadencia lenta y
sensual, buscaba una conexión más profunda
entre nuestros cuerpos, explorando cada
centímetro de placer y entregándome a las olas
de éxtasis que recorrían todo mi ser.
Los dedos de Dominic recorrían mi piel dejando
un ardiente camino tatuado en mi cuerpo.
Nuestros labios se fundieron en un apasionado
beso, entre tanto, mi esposo se ajustó a mi ritmo,
logrando que sus embestidas fueran acordé a
mis movimientos.
El sudor cubrió mi cuerpo y se deslizaba por mi
piel.
Dominic me contemplaba con sus pupilas
completamente dilatadas, sus manos fueron a mi
cara y me apartaron el cabello de mi frente.
Mi respiración se aceleró y las penetraciones de
Dominic se hicieron más constantes, mis
músculos se tensaron y cada célula de mi cuerpo
pareció vibrar al unísono.
Clavé las uñas en los hombros de Dominic
preparándome para lo que estaba por venir.
El placer se acumulaba cada vez más en mi
interior, hasta que, fue imposible detenerla.
Una ola cálida y embriagadora recorrió cada parte
de mi ser desatando una explosión de
sensaciones en mi interior.
Mi cuerpo se estremeció en un delicioso
torbellino que daba paso a una oleada de gozo y
satisfacción indescriptible donde la pasión se
mezclaba con el éxtasis del clímax y nublaban por
completo mi mente.
Por unos segundos, fui transportada a un plano
de deleite supremo.
Mi cuerpo cayó sobre el pecho de mi esposo y una
sonrisa se posó en mis labios.
—Eres una diosa —susurró Dominic luego de unos
minutos en silencio. Su mano fue a mi barbilla y
me hizo verlo—. Amo todo de ti, tus ojos, tus
cabellos, los sonidos que haces cuando te cojo.
Te amo, Elizabeth, no me da avergüenza decir
que, estoy perdidamente, enamorado de ti.
Me levanté y lo admiré.
Odiaba tener miedo al futuro; odiaba no poder
confiar del todo en mis emociones.
Pero…
¿Qué era lo peor que podía pasar?
Dominic me amaba y yo lo amaba, era hora de
dejar de temer y aferrarme al amor que sentía por
el hombre que me había sacado de la oscuridad.
Tomé su rostro entre mis manos y viendo sus
increíbles ojos azules, musité:
—Te amo, Dominic West. —Mi esposo me fue a
besar, pero puse un par de dedos entre nuestros
labios—. Sin embargo, quiero saber toda tu
historia con la tipa esa.
—La verdad, no hay mucho que decir. —Dominic
me acomodó en sus piernas y besó mi nariz—.
Estaba muy herido cuando llegué al hospital de
campo, tenía gran parte de mi espalda quemada,
una metralla me había cortado la cara. Thais fue
una de las enfermeras encargadas de cambiar mi
vendaje, de darme de comer.
—¿Te enamoraste de ella? —le pregunté
incómoda.
—No, hubo una buena química entre nosotros…
—¿Tuvieron sexo? —indagué tragando el nudo
que se formó en mi garganta.
—Sí.
—¿Existe la posibilidad de que ella tenga un hijo
tuyo? —No quería hacer esa pregunta, pero era
mejor estar bien claro en dónde se estaba parado.
—No, siempre me cuidé.
Suspiré aliviada.
Al menos, la loca esa no iba a venir con el cuento
de un hijo.
—Ella me dijo que se amaban. ¿Por qué cree eso?
—Amor, soy un hombre bastante guapo, es claro
que, se iba a enamorar, pero jamás le dije que le
correspondía —contestó Dominic con toda la
arrogancia del mundo—. Por favor, olvidémonos
de ella y concentrémonos en nosotros.
—Espera. —Me levanté de su regazo y crucé los
brazos sobre mis pechos—. ¿Por qué contaste la
historia, de cómo la conociste a ella, en lugar de
inventar una historia?
—No, no conté cómo la conocí, solo usé un
suceso que, mi padre, conocía y te puse de
protagonista.
—Por favor —bufé de mala gana—. Literal, dijiste
que, nos conocimos en la enfermería con mi
amable sonrisa y mis cuidados te enamoré. Es
evidente que, hablabas de ella.
Dominic se puso de pie, tomó su camisa y me la
puso sobre los hombros.
—Te juro que, nunca pensé en ella, siempre fuiste
tú. —Sus manos acunaron mi cara—. Me sentí
bastante culpable cuando creí que, murió por mi
culpa. Puesto que, ese hospital de campo, fue
bombardeado por mí, pero solo sentí gratitud por
ella.
Asentí tragándome mis lágrimas.
—Me cuesta confiar en las personas, pero confío
en ti, porque soy capaz de sentir tu amor. —
Guardé silencio evitando echarme a llorar—.
Quiero apostarle a nuestro amor.
Dominic bajó la cara y miró lo que le había escrito
encima de su corazón.
—¿Me dirás que significa?
—Te amo.
Mi esposo sonrió y me besó.
—Yo también te amo.
Reí suavemente y le aclaré:
—Dice: te amo, en español.
Dominic tomó el marcador y me lo dio.
—Remárcalo, el sudor lo borró un poco.
Alcé una ceja.
—Es marcador, se volverá a borrar. —Dominic me
observó fijamente—. De acuerdo.
Tomé un algodón con un poco de alcohol, limpié
bien la zona y lo volví a escribir.
»Listo.
—Gracias, ahora debemos subir a la habitación y
darnos una ducha.
Pasé la mirada por mi oficina y expulsé el aire de
mis pulmones.
—¿Piensas que, podemos llegar al cuarto sin que
me vean así vestida? —pregunté apuntando a mi
ropa hecha trizas en el suelo.
—Si usamos el camino correcto, nadie notará
nada.
Dominic tomó mi mano y me llevó a la biblioteca.
Pasó la mano por uno de sus bordes y después
de un clic, el estante se movió revelando una
puerta secreta.
—Pero… —Me llevé las manos a la boca.
—Pocas personas saben de los pasajes entre los
muros del castillo. —Dominic sujetó mi mano y
entró por la pared—. No recuerdo muy bien el
camino, pero siempre podemos follar si nos
aburrimos.
Sonreí y negué con la cabeza.
—¿Cómo se…?
Dominic presionó un ladrillo al lado de la puerta y
esta se volvió a sellar.
Tomé mi celular y encendí la linterna.
—¿Qué seriamos sin la tecnología? —comentó
avanzando por los polvorientos pasillos.
—¿No hay un mapa?
—No, eso sería muy sencillo. —Dominic tomó mi
mano—. Aunque, no es tan difícil una vez
entiendes cómo funcionan.
Caminamos en silencio, esquivando telarañas. En
el suelo se podía apreciar los esqueletos de
algunos animales que, eran muy grandes para ser
de ratas.
—Deberíamos enviar a alguien a limpiar —bromeé
viendo una araña mirarme fijamente.
—No es mala idea.
Seguimos avanzando, hasta que, Dominic se
detuvo frente a una pared y comenzó a tocarla por
todos lados.
»Era por aquí —dijo golpeando todos los
ladrillos—. ¡Eureka!
Presionó uno y una puerta se abrió.
Alcé las cejas, al reconocer en dónde habíamos
salido.
—¡Es nuestro armario! —exclamé divertida. La
sonrisa se me borró cuando vi una maleta—. ¿De
quién es ese equipaje?
—Mío. —Dominic se volteó y me observó con
calidez—. Debo hacer un viaje, será corto, lo
prometo.
—¿A dónde irás?
—Dublín, tengo que, reunirme con unos antiguos
colegas —explicó con calma.
—¿Cuándo te vas?
—Después de darme una ducha.
Suspiré poniéndome nerviosa, no me sentía lista
para quedarme sola en el castillo, además, estaba
todo el tema de Arthur.
Comencé a hiperventilarme, salí del armario y
caminé por la habitación.
—No creo poder quedarme sola en toda esta
maraña de víboras —declaré nerviosa.
—Elizabeth, eres una mujer fuerte y la más
poderosa del reino. Debes aprender a ejercer tu
dominio —manifestó Dominic tomando mis
manos.
—Para ejercer algo debes tener aliados,
poderosos y peligrosos —le aclaré—. Y no tengo
nada.
—Me tienes a mí —sentenció Dominic.
—Tienes razón, pero estarás lejos.
—Estaré en contacto contigo, si pasa algo, me
tendrás aquí. —Dominic me abrazó—. Todo estará
bien, Avery se queda contigo, créeme, ella es
peligrosa. Frances también está de tu lado, mi
padre, Coco y Harper, tienes a muchos aliados,
aunque, no olvides que, la más poderosa eres tú.
Levanté la cara y asentí.
Episodio 42: Deuda pendiente.
Dominic.
Odié dejar a Elizabeth así, pero había cosas que,
no podía posponer.
Principalmente, ahora que, Emilio había dado con
la compañera de habitación de mi esposa y según
en el informe que me envió, en el registro de la
universidad, Dalisia o Das, nunca avisó que,
saldría de vacaciones.
De hecho, ella pasó todas esas vacaciones
haciendo uso de la habitación.
Eso había sido suficiente para captar mi atención.
Debía admitir que, al principio, creí que, la partida
de Dalisia en realidad había sido casualidad, pero
ahora, quería una clara explicación para su
comportamiento.
Ya que, Elizabeth, me había dicho que, su
compañera de habitación le había dicho que, se
iba con sus padres, pero mi mujer nunca supo
que, Dalisia, no tenía padres.
Sin embargo, esa noche se había marchado y
había dejado a Elizabeth sola.
Para mí, eso la hace culpable.
Vi la hora en mi reloj y me preparé para recibir a
mi invitada.
La puerta del pequeño dormitorio se abrió; una
mujer de tez blanca y cabello corto entró.
Dejó las llaves en la mesa al lado de la entrada;
dejó su abrigo en el perchero y se sacó los
zapatos.
Continuó su rutina sin notar mi presencia; llevó su
mano al interruptor de la luz, pero claramente no
encendió.
—Mierda, mierda, mierda. —Avanzó a la lámpara
sobre la mesa y se percató de que esa luz
tampoco funcionaba—. ¿Pero, qué mierda?
—Siéntate —ordené en medio de la oscuridad.
Dalisia dio un brinco, luego se tensó y comenzó a
mirar para todos lados, tal vez, deseando haberse
imaginado mi voz.
»No lo repetiré —le advertí de manera mordaz.
—¿Q-quién eres?
—Un hombre que busca un par de respuestas.
—Señor, se equivoca de persona. —Las manos de
la mujer temblaban incontrolablemente, mientras
seguía retrocediendo hacia la puerta.
Sonreí de manera siniestra:
—¿Crees que, he venido por error? —Avancé hacia
ella—. No, Dalisia, sé perfectamente quién eres.
Así como sé que si sales por esa puerta uno de
mis hombres disparará a matar, pero entonces,
venir hasta tu casa hubiera sido una pérdida de
tiempo y no me gusta perder el tiempo.
Me detuve frente a ella.
—N-no sé. —Su labio inferior tembló y de sus ojos
cayeron varias lágrimas—. No te conozco.
—Pero lo harás. Ahora, si es por las buenas o por
las malas… —La tomé del cuello y la pegué a la
pared—. Lo decides tú.
—Por las buenas —sollozó ella—. Quiero que sea
por las buenas.
—Perfecto. —Solté su cuello y chasqueé los dedos
dos veces.
La luz se hizo en ese pequeño dormitorio y mostró
que, en este diminuto lugar, no estábamos solos,
Lennox, mi mano derecha se acercó a nosotros
con una silla.
Estiró la mano hacia Dalisia y ella la tomó
temerosa, Lennox la sentó y se hizo a un lado.
—¿Recuerdas a Lizzie? —pregunté clavando la
mirada en la mujer.
—No —mintió Dalisia.
La ira corrió por mis venas, levanté la mano y la
abofeteé.
—Empezamos mal.
Miré a Lennox y él siguió mi orden silenciosa.
Fue a la cama, después de un par de segundos, se
acercó empujando una mesa con varios
instrumentos de tortura bien organizados.
—¡Oh, Dios! —Dalisia comenzó a llorar.
—Cállate, ni siquiera hemos comenzado —
comentó Lennox y tomó el corta dedos—. ¿Cuál
de tus dedos usas menos?
Dalisia gritó aterrorizada y Lennox soltó una
carcajada:
»Supongo que, debo amordazarte primero.
—Bien, bien. —Dalisia levantó sus temblorosas
manos rindiéndose—. La conocía, toda la
universidad conocía la maravillosa e inteligente
Lizzie, no había ningún profesor que no la amara
o la pusiera de ejemplo. Todos los chicos
babeaban por ella y sus malditos ojos de
fenómeno. —La mujer se limpió las lágrimas con
rabia—. Pero, la más afortunada era yo, ¿verdad?
Tenía el privilegio de ser la compañera de cuarto
de la engreída esa.
Tomé a Dalisia por el cabello y la hice verme:
—No me interesa escuchar tu historia de envidia,
solo quiero saber. ¿Quiénes fueron a su
habitación esa maldita noche?
—No lo sé —respondió desafiante.
La solté y bufé divertido.
—¿En serio, crees que, me ando con juegos? —
Agarré el mazo y golpeé su mano. El sonido de
sus huesos quebrandose fue el augurio de una
corta noche.
Dalisia abrió la boca, pero Lennox ya estaba al
lado de ella, apuntándole con un arma en la
cabeza.
—Gritas y mueres —le advirtió Lennox.
Dalisia apretó su mandíbula y su cuerpo se
estremeció tratando de soportar la agonía a la
que estaba siendo expuesto. Con el ceño fruncido
miraba su mano e intentaba moverla, pero al no
lograr hacerlo y más lágrimas caían de sus ojos.
—Quiero los nombres de esos malnacidos —exigí
levantando el mazo de nuevo.
—Te juro que no lo sé —soltó ella llorando
desesperada—. Un chico se me acercó y me
ofreció dinero, dijo que, le haría una broma al
cerebrito de la universidad.
—No te creo. —Le pegué en la otra mano—. Quiero
los malditos nombres.
—Tengo un amigo en una prisión —manifestó
Lennox—. Lleva días pidiéndome una mujer para
compartir con sus amigos. ¿Cuánto crees que
puedas aguantar? ¿5, 10, tal vez 20 hombres
deseosos de coger?
—No, por favor, no —gritó removiéndose.
—¡Dame los malditos nombres! —bramé iracundo.
—Mi hermano fue con dos amigos, pero no sé sus
nombres —reveló la desgraciada.
—Mientes, sabemos que, no tienes hermanos, así
como no tienes padres u otros familiares —
declaró Lennox.
—No es mi hermano de sangre, pero en la última
casa de acogida Ezra estaba allí y cuidó de mí,
eso nos volvió cercanos.
—¿Cercanos como para lastimar a la chica que te
cae mal? —indagué sintiendo la furia correr por
mis venas.
—No, no, lo juro, eso no fue así. —Dalisia me
miró—. Ezra me pagó para dejar el cuarto por una
noche, pero no sé más.
—¿No te preguntaste que iba mal cuando Lizzie
no volvió? —la interrogué.
—No, los compañeros de cuarto van y vienen
como el viento. —Siguió llorando—. Por favor,
déjame ir...
—Dejaste que tu “hermano” y sus amigos le
hicieran daño a mi esposa. —Dalisia perdió el
color de su rostro al escuchar que llamé a
Elizabeth, esposa, pero poco me importó y seguí
hablando—, eso te hace tan culpable como ellos.
—Silbé y Emilio entró seguido de Harper—. Para tu
mala suerte, yo seré tu juez y verdugo. —Me dirigí
a Emilio—. ¿Escuchaste?
—Sí, el hombre de la casa hogar. —Emilio sacó su
teléfono, después de un par de minutos levantó la
mirada—. Sé dónde está.
—Bien. —Tiré a la mujer a los pies de Harper—. Ya
sabes qué hacer con ella.
—Sí, será rápido.
—¿A dónde me llevas? No, no —gritó Dalisia
cuando Harper la sujetó y la empezó a llevar fuera
de la habitación—. Te dije todo lo que sé. ¡Te lo
dije…!
Harper la tomó del cuello de su camisa y clavó la
mirada en Dalisia.
La razón por la que había dejado a Harper afuera
era porque, de todos, él era el menos paciente y el
más agresivo.
»Solo quiero irme, ya dije todo —continuó Dalisia
quejándose.
Harper solo la golpeó una sola vez y ella cayó al
suelo completamente, inconsciente. Tomó uno
de sus tobillos y la arrastró fuera de ese lugar.
—La habitación de Ezra no queda lejos —nos
informó Emilio—. Si quieres, puedo encargarme
yo.
—No hace falta. —Miré a Lennox—. Recoge todo
este desastre y reúnete con nosotros.
Salí con Emilio de la habitación y atravesamos el
campus, viendo cómo los estudiantes pululaban
por doquier. Algunos iban con sus audífonos,
otros se encontraban bebiendo y fumando en
grupo; pocos estaban estudiando, pero la mayoría
se encontraba en su propio mundo.
Ni siquiera tuvimos que escondernos o
camuflarnos; solo avanzamos al edificio de Enza.
Emilio no emitió palabra alguna, hasta que,
llegamos al edificio.
—Es aquí. —Señaló las escaleras—.
Convenientemente, en el último piso.
—Subamos.
Emilio emprendió la marcha y lo seguí de cerca,
evaluando posibles salidas y testigos. No quería
hacer un escándalo, ya que, atraería mucho la
atención y yo me quería tomar mi tiempo.
Subimos los 3 pisos que tenía el edificio y
recorrimos el pasillo hasta la mitad, donde se
encontraba la habitación de Ezra.
Levanté la mano para tocar la puerta, pero esta se
abrió antes de poder hacerlo.
—¿Enza? —indagué viendo al hombre que abrió la
puerta.
—¿Quién pregunta?
Se podía notar que, ese registro de estudiantes no
se había actualizado hacía mucho. El tipo frente a
mí estaba lejos de ser el chico que aparecía en la
foto del registro. Su cara estaba demacrada, sus
brazos cubiertos de tatuajes mal hechos, su
cabello era un completo desastre.
Sus venas habían tenido mejores momentos y su
actitud no era la de un chico malo, era la de un
maldito perdedor, una escoria de la sociedad.
—Sí o no. —Lo miré fijamente.
El tipo soltó una carcajada.
—Sé que mi fama me precede, pero no fornico con
hombres.
Sin mediar palabras, lancé un certero golpe a su
cara. Mi mano impactó en su boca con tanta
fuerza que derribó a Ezra.
Subí sobre él, tomé el cuello de su camisa, levanté
un poco su cuerpo y lo dejé caer con fuerza en el
suelo. Lo levanté de nuevo y estrellé mi puño en
su cara, una y otra vez cegado completamente,
por la ira.
—¡¿Qué mierda te sucede?! —preguntó el tipo
tratando de defenderse, pero era una batalla
perdida.
Paré de golpearlo y lo miré:
—¿Quién fue contigo a la habitación de Lizzie?
—¿Esto es por la zorra esa? —La basura soltó una
carcajada—. Ella lo disfrutó.
Me levanté del suelo; tomé al cretino por uno de
sus tobillos y lo arrastré hasta la ventana.
Agarré al imbécil y saqué parte de su cuerpo por
la ventana.
—Nombre, quiero los nombres —exigí perdiendo
la paciencia.
—No serías capaz de lanzarme —me retó el idiota.
—El problema aquí, es que piensas que tu
asquerosa vida vale algo. —Llevé mi mano a mi
espalda y saqué mi arma, se la coloqué en la
cabeza y sonreí—. Quiero esos nombres, ahora.
—De acuerdo. —Ezra me observó a los ojos—.
Pero, debes saber que, no fue mi idea, ellos me
buscaron y… —Presioné el arma en su frente.
—No me interesa tu estúpida historia, quiero los
malditos nombres.
—Adam y Jhony, ellos estuvieron conmigo esa
noche.
—¿Los tienes? —le pregunté a Emilio.
Él se acercó y le mostró su teléfono a Ezra.
—Son ellos —indagó Emilio, pero no hizo falta una
respuesta, en su cara se notó que, los conocía.
El tipo me miró y preguntó nervioso:
—Si te lo digo. ¿Quién me garantiza que no me
matarás?
Guardé el arma en mi espalda y lo tomé del
cinturón de su pantalón.
—Nunca dije que vivirías. —Lo lancé por la
ventana y vi sus ojos en el efímero momento en el
que caía.
El sonido seco de su cuerpo, estrellándose contra
el suelo, solo incrementó mi deseo de venganza.
»Vamos, debemos ir por los otros dos.
—Debemos ser rápidos, ellos no viven lejos de
este edificio y pronto descubrirán el cuerpo de
Ezra.
Bajamos las escaleras con cautela, pero los
estudiantes estaban tan perdidos en sus mundos
que, no escucharon el cuerpo de Ezra caer al
suelo.
Saqué mi teléfono y vi si mi esposa había
respondido el mensaje que le envié, pero ni
siquiera le había llegado.
Lennox apareció caminando entre los
estudiantes.
—¿No estaba en su habitación? —indagó en voz
baja.
—Llegamos tarde, la culpa por sus actos lo llevó a
cometer suicidio —manifesté guardando mi
teléfono. Algo no estaba bien en mi reino—. Los
planes han cambiado, busquemos a los chicos y
regresemos.
Emilio y Lennox asintieron.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Había pasado la tarde en mi oficina.
Traté de leer, pero me fue imposible.
No entendía por qué había aparecido justo ahora.
También me incomodaba mucho que, con su
llegada, mi esposo tuviera que salir de viaje.
Solo esperaba que, los dos eventos no estuvieran
relacionados.
Deseaba confiar en Dominic, pero nuestra
relación no había comenzado de la forma
tradicional y pienso que, jamás lo será.
Suspiré y masajeé mi cuero cabelludo.
—¿Sucede algo? —indagó Avery desde la puerta
de mi despacho.
—No lo sé, pero tengo un mal presentimiento. —
Me levanté de la silla, comprendiendo que, no
seguiría perdiendo mi tiempo sentada aquí.
—Toc, toc. —Frances apareció en mi puerta—.
Espero no interrumpir nada importante.
—En realidad, estaba por irme —revelé con una
sonrisa.
—Genial, así puedes acompañarme a dar un
paseo por el castillo.
—De acuerdo, supongo que, estirar las piernas es
un buen ejercicio.
Frances sonrió, se acercó a mí y me tomó del
brazo.
Me tensé y miré a mi guardaespaldas buscando
ayuda, pero nadie conocía mi desagrado por ser
tocada.
—Tranquila, no planeo asesinarte —murmuró
Frances emprendiendo la marcha.
—Es que, no me gusta que me toquen —confesé
bajando la cara.
—Mmm… —Frances me soltó y me evaluó—. Eso
explica por qué tú y mi hermano son tan
compatibles. Bien, no te tocaré.
—Lo siento, no sabía… —Levanté la mano
interrumpiendo las palabras de Avery.
—No tenías por qué saberlo, llevas poco tiempo a
mi lado. —Seguí caminando como me había
enseñado Coco. Me dirigí a Frances y le pregunté
con el tono más político que tenía—. ¿A qué debo
el placer de tu visita?
—No iba a venir, juré no hacerlo, hasta que, esa
mujer perdiera el poco poder que tenía. —La
actitud de Frances se volvió reservada—. Luego
papá me dijo que, serías coronada y sentí alivio de
que Logan no fuera el próximo rey. Entonces, me
di cuenta de que no te conocía.
—No hay mucho que saber de mí —manifesté
poniéndome nerviosa.
—Lo siento, no me supe explicar. —Frances se
detuvo y me observó—. Mi mayor miedo era que,
Dominic no supiera elegir a su esposa y por salvar
el reino terminara con una mala mujer o peor, con
una esposa que no lo amara. Pero, fui testigo del
amor que se tienen y sentí alivio.
Varias lágrimas cayeron de los ojos de Frances,
ella se limpió y prosiguió:
»Cuando me casé lo hice por la necesidad de
escapar de aquí, pero… Tuve la suerte de
encontrar un hombre que, daría su vida por mí y
fue su amor lo que me salvó del abismo. —
Frances sorbió por la nariz—. Dominic jamás lo
admitiría, pero puedo ver que tú eres la mujer que
lo sacó de su oscuridad, le diste un propósito y
eso me hace feliz.
—Ambos nos salvamos —afirmé conmovida por
sus palabras.
Avery nos tendió un par de pañuelos de papel y
sonreí.
»Y dicen que, las reinas no lloran —bromeé
limpiándome la cara.
—Pues, no nos han visto a nosotras. —Frances
sonrió—. Mañana regresaré a mi reino, con mi
esposo y soy feliz de haberte conocido.
—Lo mismo digo.
Seguimos caminando, pero no tocamos temas
sensibles, sino más triviales.
Al final, había sido un gran paseo.
Subí a mi habitación y me di una relajante ducha.
Me coloqué un pijama y revisé mi teléfono, pero
no tenía mensajes de Dominic.
Suspiré y me dejé caer en la cama.
—¿Se le ofrece algo más? —indagó Jena.
—No, vayan y descansen. —Me apoyé de mis
codos y vi a mis doncellas—. Es una orden.
—Sí, su majestad —respondieron las dos
haciendo una reverencia.
Miré el techo percatándome de que esta sería la
primera noche que pasaría lejos de Dominic, la
cama se hacía enorme. Además, me acababa de
dar cuenta de que dormir con mi esposo alejaba
las pesadillas.
Expulsé el aire de mis pulmones y cerré los ojos
deseando ponerle fin a este día.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Abrí los ojos cuando escuché mi puerta, cerrarse
con fuerza.
—¿Qué pasa? —pregunté viendo a Avery con un
arma en la mano.
—Párate, estamos bajo ataque y debo sacarte de
aquí —ordenó corriendo a mi armario.
—¿Qué pasará con Arthur? —indagué,
poniéndome un jean y calzándome de prisa unos
botines.
Avery me tomó de los hombros y me miró:
—¿Acaso no lo entiendes? —Negué con la
cabeza—. Logan y Mathilde están dando un golpe
de estado, por así decirlo. Y lo único que se
interpone entre ellos y la corona eres tú…
Las palabras de Avery fueron interrumpidas por
unos violentos golpes en la puerta de mi
habitación.
»Lizzie, ellos vienen a asesinarte.
Debí suponer que, Logan haría algo así, me confíe
y ahora el reino está en peligro.
Episodio 43: Verdad pospuesta.
Lizzie.
Avery corrió a la puerta y rodó una cómoda,
poniéndola de obstáculo en la entrada.
La habitación estaba llena de ruidos, pero solo era
capaz de escuchar los latidos de mi corazón.
Fui a la cama y tomé de la mesa de noche mi
teléfono.
La cabeza me daba vueltas, pero me obligué a
mantener la calma, pues, eso era lo que hacían las
reinas, ¿no?
Avancé hasta Avery que apuntada con su arma a
la puerta esperando el inevitable momento de que
fuera derribada.
—Sé por dónde podemos salir —comenté
recordando que, hoy, había conocido una entrada
diferente a la habitación.
—Entonces, vete, yo cubro tus espaldas.
—Vendrás conmigo, es una orden.
Sujeté su brazo y tiré de ella hasta llegar a mi
armario, allí corrí al fondo y empecé a tocar la
pared por todos lados.
—Estoy segura de que van a revisar el armario —
protestó Avery colocándose en la entrada del
armario y alzando de nuevo su mano, supongo
que, apuntando a la puerta de mi habitación—.
Debimos salir por la ventana.
—Eso solo nos expondría más.
—Cariño, aquí somo presa fácil.
—Lo sé, solo no encuentro… —Seguí tocando la
pared, hasta que, una puerta secreta apreció ante
mí—. ¡La encontré!
—¿Qué encontraste? —indagó Avery volteando a
verme. Al ver la puerta frente a nosotros sonrió—.
Andando.
Avery me empujó dentro del pasadizo para luego
entrar corriendo ella.
La entrada se selló dejándonos completamente a
oscuras. Avery encendió una linterna y me
observó esperando que avanzara.
—Solo me sé el camino a mi oficina —le aclaré—.
Seguro hay más lugares a los que podemos salir,
pero no tenemos tiempo de explorar. Lo mejor es
avisarle a Dominic lo que está sucediendo…
—Lizzie, bloquearon la señal de los teléfonos.
—¿Qué se hace en estos casos? —indagué
tratando de no entrar en pánico.
—No tengo idea, es la primera vez que sirvo de
guardaespaldas de una reina.
—Bien, salgamos y busquemos a Coco —indiqué
tomando la linterna y emprendiendo la marcha.
—¿Quieres ir por tu doncella? —cuestionó Avery
en tono de burla.
—Ella es más que solo una doncella.
—Como digas, pero no saldré por los pasillos a
exponer tu vida, para buscar a una doncella. Mi
deber es ponerte a salvo.
Decidí ignorarla, discutir con ella no valía ni mi
tiempo, ni mi saliva.
Seguí el camino que habían dejado nuestras
huellas en el suelo repleto de polvo. De tanto en
tanto, encontraba las marcas de mis dedos
recorriendo la asquerosa pared. La falta de
telarañas también sirvió de guía.
En unos cuantos minutos, ya estábamos paradas
en la entrada secreta de mi oficina.
—¿Sabes abrirla? —indagó Avery al verme de pie
sin hacer nada.
—No lo recuerdo, supongo que, debe existir una
forma de abrirla. —Suspiré evaluando la pared de
ladrillos alrededor de la puerta—. Toca cada
baldosa, alguna debe activar la entrada.
—No tenemos tiempo para jugar —refunfuñó mi
guardaespaldas comenzando a tocar cada
tabique.
Así estuvimos un rato, más del que me gustaría
admitir.
»Esto es una pérdida de valioso tiempo —se quejó
Avery, de nuevo.
Me acerqué a la puerta para tocar las tablillas de
arriba, cuando mi pie, tocó una baldosa en el
suelo, aunque, era más como rocas y esta se
hundió abriéndonos la puerta.
—¡Genial! —celebré saliendo del pasadizo.
—Lizzie, nos has hecho perder…
—Ya salimos y es todo lo que importa —la
interrumpí—. Ahora vayamos con Coco.
Avancé a la puerta, pero, Avery me tomó del
brazo.
—No, no iremos. Lo que haremos es ponerte a
salvo.
—No me esconderé mientras el reino cae.
—El reino caerá si tú mueres.
—No lo entiendes, pero, no soy la única reina del
castillo.
—¿Otra reina? Esto debe ser la mejor mentira que
me han inventado.
—No te estoy pidiendo permiso para ir, solo te
informo que me vale mierda si vienes o no. Yo voy
por Coco.
—¿Crees que, puedes sobrevivir allá afuera? —
cuestionó Avery en tono de burla.
—Tengo experiencia esquivando balas. —Le guiñé
un ojo y abrí un poco la puerta.
Todo estaba, completamente, solo.
»Pensé que, habría un ejército corriendo de un
lado a otro disparando por doquier —susurré
abriendo más la puerta.
—No es la guerra, solo un maldito golpe de estado
—aclaró Avery caminando detrás de mí.
—Sí, pero al no encontrarme en mi habitación,
tuve la loca idea que revisarían el castillo —
manifesté.
—Con suerte, habrán creído que, lograste
escapar. No tienen idea de que eres una necia…
—Alguien viene —dije y corrí a esconderme detrás
de una columna.
Escuché los pasos y sonaban tan inseguros.
Entonces, me asomé.
—¿Qué haces? —Avery estaba molesta, pero no la
culpaba.
—Creo que, sé quién viene —murmuré agudizando
mi visión.
—¿Te hice algo para que te empeñes en causar
nuestra muerte?
—Quizás sea karma —me burlé cuando reconocí
ese andar. Salí de detrás de la columna y vi a la
mujer que estaba buscando—. Coco.
—Mi niña. —Coco me abrazó, estaba llorando y
temí que, la hubieran lastimado.
—¿Qué tienes? ¿Te hicieron daño?
—No, pero Mathilde se llevó a Arthur y a tu
hermana a la sala de tronos —reveló Coco y sentí
mi corazón detenerse.
—¿Por qué se llevaron a Xia?
—Ella no quiso separarse de Arthur.
—Ser imprudente viene de familia —refunfuñó
Avery.
—¿Qué puedo hacer?
—Debes convocar al consejo —sollozó Coco.
—No hay teléfonos —le informé.
—En la oficina de Arthur, hay una línea directa con
la guardia real, ellos pueden avisar al consejo.
—Ve, yo debo ganar tiempo…
—No puede ser —expresó Avery desesperada—.
Debo mantenerte a salvo.
—Entonces, dame un arma, porque voy a buscar a
mi hermana y a mi suegro. —Miré a Coco—. Es
hora de decir la verdad.
—Haz lo que debas hacer, pero salva a Arthur.
—No puedo creerlo. ¿Si saben que no son espías?
Son solo una reina y una doncella.
—Somos dos reinas —le aclaré a Avery.
—Claro —se burló mi guardaespaldas.
—No lo entiendes, yo soy la reina Carlota, fui
enfermada en mi embarazo. Al dar a luz me
robaron a un hijo, luego declararon mi muerte y
me llevaron a un psiquiátrico. Al escapar trabajé
como sirvienta para estar cerca de mis hijos.
—Dios mío. —Avery se tapó la boca.
—Luego procesas todo. Andando. —Le di un beso
a Carlota en la frente—. Ve con cuidado.
—Ustedes también.
Salimos en direcciones opuestas, esta vez, mis
pasos eran veloces.
No podía permitir perder a otro familiar por culpa
de mis malas decisiones. Xia no debía estar aquí.
No tuve que, haberle pedido que viniera.
—Parece que, te rodean las causas perdidas —
comentó Avery colocándose a mi lado, detrás de
una pared.
—Lo que estoy a punto de hacer, es peligroso. Así
que, puedes irte.
—¿Y dejarte toda la diversión? —Avery alzó una
ceja y sonrió. Sacó de unos de sus bolsillos un
silenciador, se lo colocó a su arma y observó a los
guardias que custodiaban la puerta de la sala de
tronos—. Ve y aprende.
No sé como demonios lo hizo, pero fueron dos
tiros certeros, con diferencias de milésimas de
segundos. Pero, ambos dieron en las cabezas de
los guardias.
Aparté la mirada.
No era tonta, comprendía por qué Avery los había
asesinado.
Y no, no era porque su instinto asesino estuviera
torcidamente desarrollado. Si no porque en el
caso de solo neutralizarlos, sus gritos alertarían a
todos, además, que, su presencia seguía
representando un peligro para nosotras. Después
de todo, solo necesitas un disparo para acabar
con la vida de alguien.
—Andando.
—Avery, necesito entrar sola —murmuré
deteniendo a mi guardaespaldas.
—Ahora, sí, has perdido la cabeza —se quejó
Avery apretando los dientes.
—No, y la verdad, creo que, comienzo a dudar de
que hayas ido a la guerra —cuestioné
cruzándome de brazos—. Entrar contigo solo me
deja en esa maldita sala sola. En cambio, contigo
afuera…
—Tienes un respaldo —terminó de decir Avery;
comprendiendo mi línea de pensamientos—. Bien,
solo te pido que, me des 2 minutos.
—¿Para qué? —indagué viendo sus ojos cargados
de preocupación.
—Para prepararme. La oficina de Dominic no está
lejos, sé que él tiene armas y…
—Dame tu arma de respaldo y vete.
—Olvídalo, es peligroso que vayas armada —
mencionó Avery negando con la cabeza.
Sonreí estirando la mano:
—Mírame. —Pasé las manos por todo mi cuerpo—
. ¿De verdad, piensas que, ellos me tomarán como
una amenaza?
Avery dejó caer los hombros y me dio el arma que
guardaba en su tobillera.
—No sé qué mierda pasa por tu cabeza, pero si te
pasa algo, Dominic me matará y yo bajaré al
infierno a matarte; de nuevo.
—Nos vemos en el infierno. —Observé fijamente a
Avery.
—Es en serio, Lizzie.
—No dejaré a mi hermana, a mi suegro y a mi
reino, en manos de ese par de locos. —Guardé el
arma en la parte de atrás de mi pantalón,
acomodé mi camisa y me encaminé a la sala de
tronos. Miré sobre mi hombro y añadí—.
Apresúrate, cuento contigo para cubrir mi
espalda.
Mientras caminaba a la entrada de la sala de
tronos, sequé mis manos de mi pantalón.
Claro que, estaba nerviosa, pero mi familia me
infundía valor. Además, yo contaba con algo que,
Mathilde no sabía.
Tomé a uno de los hombres por los tobillos y lo
empujé hasta dejarlo detrás de un enorme matero
que estaba en la entrada como decoración. Hice
lo mismo con su compañero, no tenía nada en su
contra, pero dejarlos a la vista me quitaba el velo
de ser una persona inofensiva.
Me detuve frente a la entrada de la sala de tronos
y tomé una bocanada de aire, antes de abrir la
puerta de par en par.
Quizás fue una entrada exagerada, pero,
necesitaba que quedasen abiertas.
Entré como si estuviera en mi casa; pisando con
firmeza, con la espalda recta y la barbilla en alto.
Pasé la mirada rápidamente por el lugar y sentí
escalofríos.
Logan, el maldito de Logan, estaba sentado en la
silla de Dominic, la cual era la única arriba del
trono.
Frente a él estaba una pequeña mesa redonda,
Arthur estaba parado allí siendo obligado por
Mathilde para hacer algo, aunque, no lograba
entender qué.
Tirada al pie de la escalera estaba mi hermana,
giró la cara para verme y un hematoma
comenzaba a cubrir su pómulo derecho.
Tuve que, hacer un esfuerzo para no correr hasta
ella y protegerla.
La cereza del pastel, eran un par de guardias
reales cuidando de Logan.
—Vaya, mira, quién decidió unirse a la fiesta —
vociferó Logan en tono alegre.
—Me dijeron que, un cobarde trataba de robar lo
que me pertenece —rebatí con elegancia.
Mathilde se giró y me apuntó con su arma.
—Eres tan idiota, cualquiera en tu posición
hubiera huido —declaró la vieja sonriendo—. Pero,
ya no puedes hacer nada, has perdido.
—Me parece descarado de tu parte que te sientas
con derecho sobre un hijo que robaste. —Fue mi
turno en sonreír.
Mathilde palideció un poco, pero se recompuso
rápidamente.
—¿Piensas que, con mentiras, nos vas a dividir? —
La vieja bruja soltó una carcajada.
Busqué la mirada de Arthur, estaba encorvado
como si estuviera muriendo.
—Considero que, es hora de que la verdad salga a
la luz —manifesté evaluando el estado de mi
hermana. Ella asintió indicándome que estaba
bien y eso me alivió bastante.
Aunque, no del todo.
—¿Nunca sabes cuando parar de hablar? —indagó
Logan en tono de burla.
—Quisiera odiarte, pero solo me generas lástima.
—Di un par de pasos acercándome al trono—. El
niño que fue robado de los brazos de su madre,
separado de su gemelo al nacer. Obligado a
soportar a una maldita bruja ambiciosa. Aunque,
debo decirlo, bruta como para dejar viva a la reina
Carlota.
Logan se levantó de la silla como si le quemara y
volteó a ver a Mathilde.
—No seas imbécil, ¿le vas a creer a una
mentirosa? —gritó la vieja acercándose a Logan.
Arthur era un espectador escuchando cada una
de mis palabras. Podía verlo sufrir, incluso ver
cómo unas cuantas lágrimas escapaban de sus
ojos.
—Una mujer que, al escapar del psiquiátrico a
donde fue encarcelada, regresó al castillo y cuidó
a sus hijos a la distancia. —Metí un mechón de
cabello detrás de mi oreja, eso no se lo conté a
ellos, sino a Arthur—. Sé que en las noches no
puedes dormir temiendo que la reina reclame su
derecho, pero… —Me tapé la boca—. Si la reina
nunca murió, su matrimonio jamás fue legal.
Como dije: una mujer bruta.
—¡Maldita seas mujer! —bramó Arthur con dolor—
. Te atreviste a dañar a mi Carlota.
—Tienes razón, pero contigo no cometeré ese
mismo error. —Mathilde me apuntó con su arma
y jaló del gatillo.
Cerré los ojos esperando sentir la bala, pero el
gritó de Logan me hizo abrir los ojos.
—¡No!
Al abrirlos vi a mi Dominic caer al suelo
lentamente.
Él había salido de la nada y había recibido la bala
que iba destinada para mí.
Episodio 44: Amor
incondicional.
Lizzie.
Un grito de dolor llenó la sala, caí de rodillas al
suelo, sintiendo que, todo mi mundo se
fragmentaba.
Las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos.
—¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué hiciste maldita bruja?!
—grité desesperada viendo la sangre de Dominic
manchar su camisa. Llevé mi mano a la espalda y
saqué mi arma—. ¡Vas a morir!
Apunté mi arma a Mathilde, pero mis manos no
dejaban de temblar.
—¿Tu acabarás con mi vida? —se burló la vieja—.
La bala no era para él, pero no me molesta que
sea él quien manche el piso de mi sala.
—Ese no era el plan —discutió Logan y avanzó
varios pasos, aunque, se detuvo cuando Mathilde
lo apuntó con el arma.
—¿Vas a tener remordimientos ahora? —Miré a
Arthur esperando que dijera algo, pero él solo veía
a su hijo en el suelo—. Ya estás hundido hasta el
cuello, solo te queda seguir avanzando a mi lado.
—No es verdad, puedes parar esta locura —grité—
. Esa mujer solo te usó, ni siquiera es tu verdadera
madre. —Bajé la cara y observé a mi esposo, su
mano hacía presión en su herida, mientras
apretaba sus ojos con fuerza, como si luchara
con su dolor—. Ella te robó todo y ahora solo
quiere algo que, nunca tuvo y jamás tendrá.
—¡Cállate! No sabes de qué hablas. ¿Crees que,
fue fácil ser la esposa rechazada?
—Mathilde, baja el arma —ordenó Arthur.
—Tú, deberías estar muerto. —La vieja puso su
arma en la frente de Arthur y casi me ahogo en
desesperación—. Firma la anulación de sucesión
de la corona. ¡FIRMA!
Así que, era eso lo que deseaba de Arthur.
De pronto, los hombres de Dominic entraron con
sus armas y sometieron a los hombres de
Mathilde.
Logan alzó las manos y no puso resistencia a su
arresto.
Avery puso su mano en mi arma y me la quitó.
—Se acabó, Lizzie.
Levanté la cara y la miré:
—Esto no termina, hasta que, ese par de escoria
pague por su traición. —Dominic comenzó a toser
y me apresuré en revisarlo—. Mi amor.
Acaricié su rostro.
—Perdón por dejarte sola —murmuró Dominic.
—¿Por qué has hecho tal estupidez? —indagué
llorando como una idiota.
—Porque eres la persona que le da sentido a mi
vida. —Dominic levantó su mano y acarició mi
cara—. Nunca permitiría que algo te sucediera a
ti.
Xia cayó a mi lado y comenzó a revisar la herida
de Dominic, mientras yo solo podía verla
esperando que me dijera algo que me devolviera
la vida.
—La bala sigue dentro, hay que llevarlo al hospital
—me informó mi hermana, tomó mi mano—. Pero,
no morirá.
—Eres un idiota —le dije a Dominic—. Casi me
matas del susto.
—No puedes morir mi reina, cuento contigo para
cuidar de nuestro reino —comentó Dominic y
sonrió, pero la tos arrebató su sonrisa.
Levanté la mirada para ver a Arthur, él estaba en
su propia batalla.
—Has cometido tu último error —proclamó Arthur
empujando a Mathilde del trono—. Por años,
toleré tu presencia, pero me has dado una razón
para separar tu cabeza de tu cuerpo.
Arthur se enderezó y de su pierna sacó una daga.
Bajó las escaleras, tomó a Mathilde por el cabello
y puso la daga en su cuello.
—¿Dónde está Carlota? —preguntó en un tono
bastante frío.
—Piedad, piedad —sollozó la vieja bruja.
—¿Acaso tuviste piedad al atacar a tu reina? —
cuestionó Arthur apretando más la daga.
—Esa zorra miente —gimió Mathilde y clavó sus
ojos en mí—. Tú mismo viste su cadáver frío, la
enterraste.
Dominic gruñó y comenzó a moverse.
—Ayúdame a levantarme —ordenó.
—Estás herido —recalqué con firmeza.
—Créeme, he estado peor. —Miré sus ojos y
asentí.
Me puse de pie y con cuidado lo ayudé a
levantarse.
Dominic apretó la mandíbula y se apoyó de mí una
vez estuvo levantado.
»Elizabeth. —Sus ojos azules se posaron en los
míos, sus manos sujetaron mi cara y con un hilo
de voz preguntó—. ¿De dónde escuchaste esa
historia?
—¿No me crees? —cuestioné alzando una ceja.
—Ese es el problema, deseo con toda mi alma
creerte. —Una lágrima rodó por la mejilla de mi
esposo y se la limpié.
—Tu madre sacrificó todo lo que tenía para poder
estar a tu lado. —Puse una mano en su pecho y
sentí cómo sus latidos se volvían más fuertes y
veloces—. Ambos sabemos que, así, lo sentiste
en tu corazón.
Dominic pegó su frente a la mía, estaba tan
vulnerable.
—No, no puede ser verdad —dijo Logan alzando la
voz.
Me separé un poco de mi esposo y vi que Coco
entraba a la sala con Frances y la guardia real.
—Me gustaría contarles toda la historia, pero es
mejor que, la escuchen de su protagonista. —Le
estiré la mano a Carlota. Ella tragó saliva y se
acercó, tímidamente, a mí.
—¿Coco? —susurró Dominic.
—No, Carlota, tu madre. —Carlota miró a Logan y
estiró la mano hacia su otro hijo—. Su madre.
Arthur frunció el ceño.
—Guardias, llévense a esta usurpadora y que
espere en las mazmorras hasta su juicio —ordenó
mi suegro con voz firme. Se volteó a ver a Logan—
. Eso también va con él.
—No, Arthur, por favor —suplicó Carlota.
—Tranquila, debo pagar por las cosas que hice —
comentó Logan bajando del trono.
Carlota se acercó a su hijo y lo abrazó.
Aunque, su momento no duró mucho, pues, los
guardias se llevaron a Logan.
—Siempre supe que, eras una desgraciada —
manifestó Frances—. Ahora todos saben la clase
de mierda que eres.
Ella estaba igual de afectada que sus hermanos,
cada uno sufría por los actos cometidos por
Mathilde, pero podía acompañar en su dolor a
Frances, ella fue rechazada por su madre,
maltratada y humillada, solo por nacer niña.
—¿No estoy soñando? ¿Realmente eres tú? —
preguntó Arthur, acercándose lentamente a su
amada.
—Arthur, mi cielo. Perdóname por no decirte que
estaba viva. —Carlota se acercó a su esposo con
lágrimas en los ojos—. Fui una cobarde.
—Querida, perdóname tú por abandonarte. —
Arthur tomó la cara de Carlota, si notó los
cambios que ella se hizo, no lo dijo, solo la abrazó.
Xia se acercó a mí y me empujó suavemente con
el codo.
—Debemos llevar a tu marido con un doctor.
—Sí. —Evalué la herida en el hombro y vi que la
sangre goteaba de su mano—. ¡Avery!
Mi guardaespaldas llegó a mi lado.
»Ayúdame, debemos llevar al Rey a un hospital.
—Enseguida.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Perdí por completo la noción del tiempo, mientras
esperaba que, el doctor, atendiera a Dominic.
—¿Café? —Emilio me tendió una taza y se sentó a
mi lado—. ¿Estás bien?
—Eso creo. —Tomé la taza y la bebí un poco—.
Todo fue una locura.
—Gracia a Dios, no te pasó nada.
—Querrás decir que no pasó a mayores —le
aclaré.
—Lo único que me importa, es que mi reina salió
ilesa de ese levantamiento. —Emilio tomó mi
mano y besó su dorso.
Avery entró a la sala de espera y clavó la mirada
en mi acompañante.
»Debo retirarme, espero vernos pronto.
—Seguro. —Vi como Emilio salió casi corriendo de
la sala, sin hacer contacto visual con Avery—.
¿Qué pasa entre ustedes?
—Es una larga historia y no tiene final feliz. —
Avery se sentó en el lugar que ocupaba Emilio y
suspiró—. Te juro que, por un segundo, temí lo
peor.
—¿Dónde estabas? —le pregunté—. Cuando esa
maldita vieja me apuntó con su arma. ¿Dónde
estabas tú?
—Lo siento, tuve que, haber recibido esa bala y no
Dominic, pero él me dio una orden y yo la estaba
cumpliendo.
—Me dejaste sola, cuando te pedí que cuidarás de
mi espalda.
—No te dejé sola, fui por refuerzos.
—¡Mi esposo recibió una bala! —bramé alzando la
voz—. ¿Qué hubiera pasado si le hubiera dado en
el corazón? Cuestiónate de ahora en adelante,
que, por tu culpa, casi asesinan al Rey.
—Serás la esposa de Dominic, pero no tienes idea
de las cosas que ha pasado.
—Ah, bueno, entonces, encenderé fuego sobre él
y bailaré celebrando que, ha pasado por cosas
peores. —Me levanté de la silla tratando de evitar
que, me viera llorar—. Es mi esposo, me duele
verlo herido. Esto no debe volver a suceder.
—Si no quieres que pase de nuevo, debes seguir
las órdenes.
—No huiré como una cobarde.
—Lizzie, tienes un buen corazón, pero no llegarás
lejos si solo te lanzas al peligro.
Asentí, limpiándome las lágrimas.
—No podía dejar a mi hermana y a mi suegro allí,
solo… —Me encogí de hombros—. No podía.
—Lo sé. —Avery me abrazó—. Por suerte, tienes
muchos días por delante para lanzarte al peligro.
La miré y sonreí con tristeza.
»Te enseñaré defensa personal y a disparar, no
podemos tener otro episodio de manos
temblorosas —dijo a modo de motivación.
—Acepto las clases de buena gana. —Mi cuerpo
comenzó a temblar, mis piernas no fueron
capaces de sostenerme. Avery me sostuvo con
fuerza.
—Nada de lo que pasó fue tu culpa —me consoló
ella y rompí en llanto.
—Esperé demasiado para revelar la verdad —
sollocé sintiendo cómo la adrenalina abandonaba
mi cuerpo—, ¿viste la cara de Logan? Si hubiera
sabido la verdad, no hubiera atacado el reino.
—Nada puede asegurarnos eso —terció Avery
separándose de mí—. Ese tipo es un malnacido,
su intención siempre fue joder a Dominic.
—No sé, pienso que, todo esto se pudo evitar.
—Lo que pasa es que no ves la perspectiva
completa. —Avery se abrazó a sí misma, para
luego frotar sus manos en sus brazos—. Él y su
rastrera madre, orquestaron el ataque en el
tanque que, casi termina con la vida de tu esposo
y tiempo después bombardearon el hospital de
campaña en el que Dominic era atendido.
—Lo entiendo, pero sigo insistiendo que, todo se
pudo evitar desde hace años. Mathilde invirtió
mucho tiempo haciendo que todos los hermanos
se odien. Incluso Frances fue el blanco de los
ataques malvados de Logan y la vieja bruja —
conté apretando mis manos en un puño.
—Sí, lo pones así, es probable que, sí, las cosas
hubieran sido diferentes para toda la familia.
—Por ahora… —Suspiré—. Debemos
concentrarnos en las cosas buenas. Carlota ya no
debe ocultarse, Arthur no debe seguir fingiendo
estar enfermo y ambos pudieron reunirse de
nuevo.
—Me parecen muy tiernos ambos, él nunca le fue
infiel con la viejuca esa y ella, a pesar de amarlo,
prefirió cuidar de sus hijos. Aunque, tal vez, solo
tal vez, si ella hubiera revelado su identidad,
Mathilde no hubiera podido joder tanto a los
West.
—No es fácil afrontar tus miedos y Carlota ya
había vivido en carne propia lo que esa maldita
mujer le podía hacer.
Carlota y Arthur aparecieron frente a nosotras y
rogué que no hubieran escuchado nuestra
conversación.
Episodio 45: La peor parte.
Lizzie.
Me quedé observando a los recién llegados.
Por la forma en la que nos miraba Arthur, habían
escuchado gran parte de nuestra conversación.
—Lo siento —manifestó Avery bajando la cabeza.
—No, ustedes tienen razón. —Carlota se sentó y
suspiró—. Nunca me voy a perdonar ser tan
cobarde. Yo dejé que Logan se perdiera.
—Amor mío, no digas eso, por favor —la consoló
su esposo—. Todo pasó como debía pasar, eso
hizo que, nuestro hijo, conociera a la mujer que lo
hace feliz.
«Mierda», pensé en mi cabeza entrando en
pánico.
—Es cierto, pero… —Carlota se tapó la boca—,
¿qué sucederá con Logan?
Aparté la cara de mis suegros, sí, el futuro de
Logan también me dolía.
—Lizzie. —Xia me envolvió en sus brazos y sentí
que, su abrazo no me dejaba respirar, fue
extrañamente, agradable.
Mi hermana estaba llorando sobre mi hombro y la
forma en la que lo hacía me alarmó un poco.
—¿Pasa algo?
—Él no quería que todo esto ocurriera, pero
estaba siendo obligado —explicó Xia entre
lágrimas.
—¿Lo sabías? —preguntó Avery acercándose a
nosotras de manera violenta.
—Espera un poco —le ordené—. ¿Sabías lo que
pasaría?
Xia negó con la cabeza:
—Él solo me dijo que, estaba siendo obligado a
hacer algo que no quería.
—Mathilde —gruñó Arthur poniéndose de pie.
—No lo sé, la persona que lo amenazaba sabía de
nuestra relación —murmuró Xia y me volteé a
verla.
—¿Relación? ¿Qué tipo de relación? —pregunté
alzando la voz.
—Lizzie es complicado…
—¿Complicado? —Solté una carcajada histérica.
No me entraba en la cabeza cómo mi hermana
terminó enrollada con Logan.
—No diría que complicado, más bien, irónico. —La
voz de Dominic me devolvió a la vida, me giré y lo
vi detrás de mí, con una franelilla, con el hombro
vendado y recibiendo tratamiento—. Logan
amenazó a tu hermana con hacerte daño si ella
no me dejaba. Por eso, te ganaste ese crucero.
Los ojos de mi esposo se posaron en mí y una
sonrisa se observó en sus labios.
»Mi reina de fuego —susurró mientras se
acercaba a mí.
—Deberíamos dejarlos solos —sugirió Avery.
Bajé la cara, sonrojándome por completo.
—Te veo en el castillo —se despidió mi hermana.
Pero, ya yo no tenía ojos para nadie más que, para
el hombre que tenía enfrente de mí.
Esperé que, estuviéramos solos y me limpié las
lágrimas.
—Te odio —afirmé alzando la mano y acariciando
su cara—. No debiste…
Sus labios silenciaron mis palabras.
Rodeé su cuerpo con mis manos y me entregué a
su exigente beso.
Su lengua exploró mi boca y se encontró con la
mía, danzaron al ritmo de la pasión. Mi
entrepierna ardió y sabía que, no era momento de
pensar en sexo, pero había extrañado a mi
esposo.
Dominic se separó de mi boca con la respiración
y el ritmo cardiaco acelerado.
—Te prometo que nunca más te dejaré sola.
Sonreí y besé sus labios.
—¿Por qué, me extrañaste mucho? —indagué
pícara.
—No, porque, eres un auténtico peligro —bromeó
Dom y le pegué en el pecho—. ¡Auch!
—Lo siento, no quise hacerte daño —murmuré
sobando el lugar donde lo golpeé, luego me di
cuenta de que no estaba cerca de la herida de
bala—. Tonto, creí que, te había lastimado.
Dominic se levantó la camisa y me mostró su
pectoral.
Me tapé la boca al ver que, sobre su corazón, se
había tatuado el “Te amo” que le había escrito.
—¿Te gusta? —preguntó Dominic y parecía
nervioso.
—¿Para eso fuiste a Dublín? —indagué detallando
el delicado tatuaje.
—Entre otras cosas, sí.
—¿Ir tan lejos por un simple tatuaje?
—Nada de simple, la mujer que cambió mi vida,
me escribió te amo. Es un recuerdo que, vale la
pena conservar.
Sonreí sintiendo cómo mis mejillas se sonrojaban
por las palabras de mi esposo.
—Su majestad, debe regresar a su habitación —lo
regañó una enfermera.
—Ya voy, ya voy —contestó Dominic tomando mi
mano.
Me condujo por los pasillos, hasta que, llegamos
a su cuarto.
Lo ayudé a acostarse en la cama y suspiré.
—Ya suéltalo —me instó.
—Es que, llegaste en el momento justo —murmuré
y comencé a mover nerviosa mis pulgares—. Si no
hubieras llegado…
—¿Quieres escuchar algo gracioso? —Asentí
viéndolo a los ojos—. No estaba en mis planes
regresar a casa.
—¿Cómo? —pregunté tratando de unir los puntos.
—Estaba resolviendo unos temas, cuando revisé
mi teléfono para ver si me habías respondido el
mensaje y noté que, ni siquiera, te había llegado.
Eso encendió mis alarmas. —Dominic tomó mi
mano—. Supe que, algo pasaba cuando llegué y
no vi a los guardias vigilando la entrada, luego vi
a Avery corriendo y casi muero al ver que esa
mujer te apuntaba.
—Así que, solo corriste y recibiste una bala.
—Mejor no pensemos en eso —pedí.
Alguien tocó la puerta y vimos a Frances.
Tenía los ojos rojos e hinchados.
—Vengo a despedirme —habló con un hilo de
voz—. Pensé que, era buena idea regresar, pero…
No puedo, Dom, es mucha carga emocional.
—Hermana, nadie te culpa por poner distancia y
sanar —comentó Dominic y estiró la mano—.
¿Tienes como irte?
—Sí, mi esposo viene en camino a recogerme. —
Frances rompió en llanto y la abracé—. ¿Cómo
pudo hacernos todo esto? ¿No se supone, que las
madres deben de cuidar de sus hijos?
—El poder corrompe almas, principalmente,
cuando se le da a alguien que nunca tuvo nada —
manifestó Dominic.
—No quiero odiarla, pero la odio con cada aliento
que doy. —Frances se separó de mí y se limpió la
cara—. Ahora, considero que, la peor, parte se la
llevó Logan. Tuvo que, soportar las exigencias de
una loca, fue secuestrado y nunca nos dimos
cuenta de que estaba en cautiverio. Siento culpa
de celebrar cuando algo le salía mal, culpa de
darle la espalda…
Frances se derrumbó otra vez y lloré con ella.
Siempre me había quejado de mi vida, pero, ahora,
pensaba que, cada uno viene al mundo con sus
propios demonios e infierno.
En todo el tiempo que, llevaba conociendo a
Dominic, nunca lo había visto así de afectado y
también sentía culpa por no decir nada.
Nos quedamos allí, Dominic consolándonos,
hasta que, el esposo de Frances llegó y ella corrió
a sus brazos.
—No debí dejarte venir —gruñó molesto. Aunque,
su furia no era hacia su esposa, sino a todo lo que
la había lastimado.
—Me duele, pero era importante que, viviera todo
esto aquí. Ahora que, se han revelado todas las
verdades, siento que, puedo cerrar un ciclo de
dolor en mi vida —explicó Frances.
—Dominic, me alegra ver que no te sucedió nada
grave. —El rey de España se acercó con su actitud
humilde y estrechó la mano de mi esposo—.
Debemos estar orgullosos, tenemos unas
esposas valientes.
—Que forma tan elegante de decirles tontas —
declaró Dominic haciéndolo reír—. Ve, llévate a mi
hermana, ella necesita descansar y sanar.
—Estoy bien —aseguró Frances y lo que dijo
después me partió el corazón—. Ya nadie puede
volvernos a lastimar.
—Un gusto, Lizzie, espero poder vernos pronto y
compartir vivencias agradables. —El Rey se
acercó y me dio un beso en la mejilla, me observó
y me dijo en español—. Le agradas a mi esposa,
así que, me agradas también. En mi hogar eres
bienvenida.
—Gracias, cuento con su visita, un día no muy
lejano.
—Pronto pasará la tormenta, saldrá el sol y
volveremos —profesó Frances, dándome un beso
en la mejilla—. Adiós, hermano.
Levanté la mano y los despedí.
Sí, ella también me había caído de maravilla. En
mi corazón sentía que, en cierto modo, Frances y
yo seríamos grandes amigas.
—¿Me puedes traducir lo que dijeron? —pidió
Dominic y solté una carcajada.
—Deberás aprender, hablar mi idioma porque
viajaremos a España.
—Ven. —Dominic me hizo un espacio en la cama
y me subí a ella.
Él acomodó su cabeza en mi pecho y en pocos
minutos, se había quedado dormido.
Había sido una noche larga, solo esperaba que,
fuera la tormenta antes de que saliera el sol.
Con honestidad, no estaba lista para más mierda.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Varios días después…
Regresar a casa parecía ser correcto y positivo,
pero una parte de mí no quería volver a ese
castillo que, parecía estar maldito.
—Se me ocurre una idea radical —comenté
terminando de acomodar la maleta de mi esposo.
Dominic entrecerró los ojos y sonrió divertido.
—¿Es otra idea de cómo destruir el castillo? —
preguntó divertido.
Expulsé el aire de mis pulmones.
—Se me ocurre que, podemos convertirlo en un
museo. —Cerré la maleta y me acerqué a él
sonriendo alegremente, tratando de venderle mi
idea de irnos de ese feo lugar—. Los habitantes
podrán ir y conocer cómo vivían sus reyes.
Además, eso atraerá turistas y…
—Elizabeth —pronunció mi esposo en ese tono
que tanto me excitaba—. No haremos nada de
eso, bueno o malo, allí fue donde me críe y donde
quiero que mis hijos crezcan.
«¿Menciono la palabra con h?», pensó mi cabeza
teniendo un ataque de pánico.
—¿Hijos? —repetí con el cerebro completamente
congelado—. ¿Por qué mencionas la palabra con
h? Nunca la habías dicho y ahora… ¿Es porque
estuviste al borde de la muerte? ¡Porque no fue
así! La bala no hizo gran daño.
Dominic se acercó y puso su mano en mi boca.
—Solo fue un decir. ¿Vale? No pierdas la cabeza.
Asentí e incluso sonreí.
Pero, no era tonta, sabía que, cuando una persona
mencionaba la palabra con h, era porque estaba
pensando en ese tema.
Por suerte, para mí; yo estaba al día con mis
anticonceptivos.
Episodio 46: Hermanos.
Dominic.
Días después…
Mi hombro iba sanando bien, pero no era esa
herida la que me preocupaba, sino aquellas que
no eran visibles para el ojo humano.
Mi padre había sido remitido a un hospital y
estaban desintoxicándolo de todas las mierdas
que le metió Mathilde.
Emilio, Lennox, Harper y Avery, se habían
encargado de contener los rumores de lo
sucedido aquella noche en eso; simples chismes
de pasillo. La noticia no se había filtrado a la
prensa y eso era una enorme victoria.
Jena había sido encontrada sin vida en su
habitación, al parecer, solo fue un triste daño
colateral.
Desde mi llegada había evitado ir a ver a Logan,
todo era tan trágico que, necesitaba prepararme
para verlo.
Me daba curiosidad descubrir con qué actitud me
recibiría.
Mi hermosa mujer salió del baño y me miró
sonriendo.
—¿Alguna vez han hecho un mapa del pasadizo?
—indagó con los ojos cargados de emoción.
—No, que yo recuerde.
—¿Quién más sabe de los pasajes secretos? —
Elizabeth entró a su armario.
—Emilio, Frances y Co… Carlota, de hecho, ella fue
la que nos enseñó los pasajes. —Me quedé en
silencio digiriendo que, esa mujer a la que corría
para llorar en sus brazos, era mi madre.
Elizabeth salió del armario, fue a la cama y me
miró:
—¿Has hablado con ella?
—No y no estoy seguro de querer hacerlo —admití,
negué con la cabeza y corregí mis palabras—.
Quiero hacerlo, pero me da miedo acercarme a
ella. Toda mi vida, creí que, estaba muerta y
resulta que, no era así. Teníamos un vínculo
especial, más de una vez deseé que, ella fuera mi
madre…
—Pero, ya sabes que siempre lo fue.
—Siento que, me traicionó —confesé con total
honestidad—. Entiendo que, guardara su secreto
por determinado tiempo, pero debió decírmelo
cuando regresé o cuando fuimos coronados.
Me levanté de la cama.
Tenía un torbellino de emociones dando vuelta en
mi interior. No estaba seguro de que saldría de
todo esto, pero me preocupaba no tener el control
de los sentimientos que estaba experimentando.
Entré al baño con la esperanza de que una buena
ducha me ayudase a aclarar mis pensamientos.
—Es entendible que te sientas así —comentó
Elizabeth sentándose sobre el lavamanos—. Y no
estás obligado a conversar con ella, solo ten en
cuenta que, Carlota, soportó muchas cosas para
estar contigo y servirte de apoyo.
—Eso no cambia que me mintió —rebatí
sumergiendo mi cuerpo bajo el agua.
—No, pero… —Elizabeth se puso de pie y me
observó con esos fascinantes ojos que tenía—.
¿Tú jamás le has dicho una mentira a un ser
amado?
Aparté la mirada.
Sí, justamente, le estaba mintiendo a la mujer que
amaba con la verdadera razón de mi viaje a
Dublín, pero era una mentira que, no la lastimaría
y de la que jamás se enteraría.
—Necesito tiempo para organizar mis ideas —
concluí poniendo en pausa ese tema que tanto
me trastornaba—. ¿Qué planes tienes para hoy?
—Avery me llevará a un polígono —dijo mi linda
esposa atándose una coleta alta—. ¿Por qué,
tienes algún plan mejor?
—Me encantaría pasar el día contigo y yo mismo
llevarte a disparar, pero debo encargarme de
otras cosas.
—¿De Logan? —se aventuró a preguntar mi
intuitiva esposa.
—Puede ser.
—Deberías ir a verlo, habla con él… —Elizabeth se
mordió el labio—. Parecía estar realmente
afectado esa noche.
—Ya veremos qué sucede.
—Debo irme, pero nos vemos en la noche.
—¿Te vas solo así? —Abrí la mampara—. Ven y
dame un beso.
—¿Solo será un beso? —cuestionó mi pequeña
conociendo mis sucias intenciones.
—No pondré objeciones si deseas chuparme la
polla. —Estiré la mano y atrapé a Elizabeth por la
cadera.
La atraje a mi cuerpo y tomé posesión de sus
labios.
Las manos de mi mujer acariciaron mi cuerpo,
pero yo se la tomé y la llevé a mi verga.
—Puedo pasar mi vida entera follándote y nunca
estaré saciado de ti —gruñí en su boca.
—Parece que, ambos llegaremos tarde a nuestros
compromisos. —Su mano apretó la punta de mi
glande y gemí en sus labios.
Sí, ambos éramos un par de insaciables.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
Mi esposa fue la primera en salir corriendo del
cuarto con la primera ropa seca que encontró.
Yo me terminé de arreglar con calma y salí.
Había logrado organizar un poco mis ideas y mi
mujer tenía razón, debía comenzar hablando con
Logan.
Desde que, habíamos llegado del hospital lo había
querido hacer, pero yo mismo me autosaboteaba
para no ir a verlo. Sin embargo, hoy debía hacerle
frente a ese tema.
Llegué a la entrada del calabozo donde mis dos
mejores hombres estaban custodiando a
nuestros distinguidos invitados de honor.
No solo hablaba de Logan y la bruja de Mathilde,
sino de un par de amigos que recibirían un trato
especial y largo.
Su condena era vivir un infierno en vida.
—¿Dónde lo pusieron? —le pregunté a Harper y no
fue necesario decir su nombre, él sabía a quién
me refería.
—Pasillo principal, la última celda. Allí se pudrirá
—comentó con desprecio y escupió el suelo—. Al
fin, recibirá su merecido.
Lo observé un par de segundos.
Claro, mi equipo había llegado después de mí y se
había retirado con los guardias que me
traicionaron.
—Iré a verlo. —Comencé a caminar, pero Lennox y
Harper me siguieron, miré sobre mi hombro y
aclaré—. Solo.
—¿Seguro de querer ir solo? —cuestionó Lennox—
. Es Logan.
—Sí, hasta donde sé, soy tu jefe y el Rey. ¿Piensas
que, daré un paso en falso? —indagué viéndolo.
—La última vez creíste en él.
Le di un golpe a la pared.
—La última vez… no sabía que habíamos
compartido el vientre —concluí—. Iré a verlo y lo
haré solo.
—Bien, pero no me pidas que observe desde lejos
cómo ese traidor arranca la cabeza de tu cuerpo
—terció Lennox y sabía que, su compañero,
pensaba lo mismo.
—Gracias, muchachos, pero esto debo hacerlo
solo.
Me obligué a poner un pie delante del otro, hasta
que, bajé las escaleras que daban a las
mazmorras y caminé por el pasillo hasta la última
celda.
Y vi al hombre que, hasta hace unos días, pensaba
que solo era mi medio hermano.
—Aquí estás —comentó Logan sin levantarse de
su camastro.
Curiosamente, no sonaba arrogante o a la
defensiva. Al contrario, parecía vulnerable.
—¿Puedes creerlo? —indagué entrando a la celda.
—Gemelos —murmuró Logan cuando me senté a
su lado—. Me siento completamente,
desorientado.
—Me pasa lo mismo —confirmé.
—He sido educado para odiarte. —Logan se
levantó furioso—. He deseado tu muerte más de
una vez.
—En una oportunidad casi logras asesinarme —le
pude reprochar después de tantos años,
cargando con ese peso.
Logan se volteó a verme. Parecía sorprendido,
incluso ofendido por mi acusación.
—¿Hablas de aquella bomba en el tanque? —
Asentí—. No tuve nada, que ver.
—No te creo.
—Yo tampoco lo haría, pero no miento. —Logan
regresó a la cama—. Sé que no te importa, pero
cuando ocurrió tu atentado, yo estaba en la sala
de operaciones; apendicitis.
Se levantó la camisa y vi la cicatriz de la
operación.
—¿Mathilde? —indagué.
—Realmente, no lo sé. —Logan se encogió de
hombros—. Yo nunca supe con exactitud tu
ubicación.
—Tampoco era muy difícil.
—Supongo que, no. Sin embargo, yo estaba
sedado y sobre una mesa de operaciones.
—Igual planeaste derrocarme en mi ausencia —lo
acusé.
—Sí, lo hice, pero porque no tuve opción.
Me levanté de la cama irritado con su respuesta:
—Siempre podemos elegir.
—No, la vida de la mujer que me gusta estaba en
riesgo —reveló Logan.
Me giré y lo atravesé con la mirada.
—¿Quién te chantajeaba?
—No lo sé, pero sí sé quién lo sabe y ella jamás te
lo dirá.
—¿Mathilde sabía de tu cercanía con Xia? —
interrogué.
—No, ella y la otra persona planificaron todo. A mí
solo me llegó una nota con unas fotos dentro. —
Logan expulsó el aire de sus pulmones—. Le
pregunté a Mathilde quién era su socio, pero
nunca me lo dijo.
—¿Sabías que ella estaba envenenando a nuestro
padre?
—No, supongo que, no todo me lo contaba. —
Logan bajó la cara—. Pero, su plan era acabar con
su vida en cuando revocara la sucesión de la
corona.
—Sabes tan bien como yo que, eso es imposible.
—Sí, por eso mismo lo sugerí. —Logan se puso de
pie y me miró—. Los planes de ella era asesinar a
Elizabeth y a nuestro padre, incluso deseaba
deshacerse de Frances, pero por mucho que
deseara ser rey, no quería ascender al trono
matando a mi propio padre. Sin embargo, hice
todo lo que pude para sabotear sus planes,
apagué la señal de los teléfonos. Mathilde entró
en pánico cuando no se pudo comunicar con su
socio. Envié a Jena para alertar a tu esposa…
—Jena murió, la encontraron degollada en su
habitación.
Logan se dejó caer en la cama.
—Por eso, Elizabeth fue a la sala.
—Ella fue porque no dejaría que lastimaras a su
hermana o a nuestro padre. —Me senté a su lado
en el camastro.
—Dominic no te pido otra oportunidad, mucho
menos que me creas. —Logan puso su mano en
mi hombro—. Solo te pido perdón por todas las
cosas que te he hecho. Ojalá en un futuro nos
podamos conocer más como hombres y algún
día reparar todas las grietas que nos separaron.
Un nudo se formó en mi garganta, yo también lo
había lastimado en muchas formas.
—Siempre seremos hermanos —afirmé desde el
corazón.
Mathilde nunca nos dio la oportunidad de
conocernos, crear lazos y amarnos. Ella solo
destruyó a cada uno y se encargó de ponernos en
contra.
Me puse de pie y Logan me imitó.
»Debo irme, tengo cosas que pensar y decisiones
que tomar. Las cosas que hiciste no se pueden
borrar, aun si te concedo el perdón real, te
quedará un largo camino que recorrer.
—Hermano, dejo mi futuro en tus manos. —Logan
me observó.
En este momento sentía compasión y odio en
partes iguales, por el hombre que estaba parado
frente a mí, ese con el que compartí el vientre y
que tanto daño nos hicimos.
Caminé a la salida de la celda, una parte de mi
corazón se quedaba con Logan, anhelando poder
creerle y recuperar al hermano que perdí.
—Por cierto. —Me detuve con un pie fuera de la
celda—. Xia no para de preguntar por ti.
—No quiero verla, eso solo… Me terminaría de
destruir.
—A veces, es mejor compartir la carga con las
personas que nos importan. Puedo decir que, a
ella pareces importarle. Aunque, no entiendo por
qué —bromeé.
Logan sonrió.
—Nunca esperé amar a nadie, menos a una mujer
sin títulos, pero apenas vi a esa rubia, mi mundo
se detuvo y avanzó deprisa arrastrándome a un
remolino de experiencias. ¿Entiende lo que digo?
Sonreí y asentí.
—Ese es el efecto de las hermanas Carter.
Salí de la celda con el corazón en calma.
Realmente, veía el arrepentimiento de los ojos de
Logan, en su actitud.
Subí las escaleras y me permití sentir pena de
aquel hombre que le robaron sus opciones. Pude
ser yo y la historia sería diferente.
Caminé pensativo por el castillo, hasta que,
Emilio, me interceptó
—Su majestad. —Hizo una reverencia—. El
consejo lo espera.
—¿Para qué?
—Desean saber qué sucederá con el destino de
Mathilde, Logan y los guardias rebeldes.
—Muy bien, andando.
Sabía lo que tenía que hacer. Logan era una
víctima más en todo este desastre, peor, él era
quien había perdido más.
Aunque, no era tan imbécil, lo tendría vigilado
como un Halcón a su presa.
Episodio 47: Lugar excitante.
Lizzie.
2 meses después…
Resulta que, cenar y pasar la noche follando, no
eran una buena combinación.
Enjuagué mi boca y salí del baño.
—¿Segura que estás bien? —indagó mi esposo
desde la cama.
—Eso creo —farfullé sin mucho ánimo.
—¿Quieres que te lleve al médico?
—No hace falta, pero no vuelvo a follar sin hacer
digestión. —Pasé la mano por mi cara para
apartar el cabello de mi frente.
—En mi legítima defensa, tienes un coño adictivo
—comentó Dominic devorándome con la mirada.
Subí al regazo de mi esposo, me incliné y deposité
un beso en su mejilla.
Dominic tomó mi cara con su enorme mano y me
acercó a su boca:
—NUNCA… —Beso—. JAMÁS. —Beso—. ME. —
Beso—. VUELVAS. —Beso—. A. —Beso—. BESAR.
—Beso—. EN. —Beso—. LA. —Beso—. MEJILLA. —
Beso—. ¿Entendiste?
—Sí, señor. —Llevé una mano a mi frente como si
fuera una orden militar.
Las manos de mi esposo subieron por mis
piernas y llegaron a mis caderas. Me observó
fijamente y me preguntó:
—¿Estás más gorda?
—¡¿Qué?! No, claro que, no —chillé histérica, lo
miré y pregunté alterada—. ¿Por qué estaría más
gorda?
—No sé, solo me pareció que, ganaste unas libras,
pero si no es así, no pasa nada. —Giró en la cama,
dejándome atrapada bajo su cuerpo—. ¿En qué
nos quedamos?
—En que me pondré a dieta —refunfuñé.
—¿Dieta? No necesitas dieta. —Sus labios fueron
a mi cuello y depositaron varios besos
encendiendo de nuevo la llama de la pasión—.
Aunque, no estaría de más, mejorar nuestra
alimentación.
«Madre de Dios, este hombre quiere morir», pensé
enojada.
Fruncí el ceño y lo atravesé con la mirada:
—Estás actuando extraño, ¿debo preocuparme?
Dominic se dejó caer a un lado de la cama.
»¿Pasó algo? —indagué sentándome para verlo
mejor.
—Claro que no, mi amor, solo estoy preocupado
por ti —comentó y se levantó de la cama.
—¿A dónde vas? —lo intercepté abrazándolo.
—No quieres ir al médico, bien. —Dominic me
levantó en sus brazos y me llevó de regreso a la
cama—. Iré a buscarte una sopa y pedirle a tu
hermana que te revise.
—¿Mi hermana? —Me puse a la defensiva—. ¿Vas
a asustar a mi hermana por nada?
—Pasaste 15 minutos vomitando, eso no es nada.
—Puede ser que comí y en seguida me echaste
una cogida trifásica que me revolvió el estómago
y me hizo vomitar —manifesté cruzándome de
brazos.
—Ya lo dije: pasarás el día en cama, te traeré una
sopita y te consentiré.
Dejé caer los brazos y sonreí.
—Bueeee… —Tomé la manta y me acurruqué en la
camita—. Si lo pones así, pero, debes quedarte a
mi lado.
—Eso haré. —Dominic se inclinó y depositó un
beso en mi frente—. Ahora, descansa, me vestiré
y te consentiré todo el día.
Suspiré y me quedé viendo el culo de mi marido,
mientras entraba al armario a ponerse ropa.
Siendo completamente sucia y honesta.
Me había encantado pasar la noche con la verga
de Dominic dentro de mí. Carajo, cuando creí que,
no podía sorprenderme, me volteaba como una
media y me hacía suplicar.
Cerré mis ojos por un segundo para descansar la
vista…
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Gruñí sintiendo unas manos removerme en la
cama.
—Lizzie. Lizzie. —Escuché la voz de mi hermana y
abrí los ojos—. Mija, al fin, despierta.
—No puede ser. —Me incorporé en la cama y vi la
hora pasaba de las 3:30 de la tarde—. ¿Qué haces
aquí?
—Dominic me dijo que te sentías mal —explicó mi
hermana y me puso una bandeja en las piernas—
. Además, te mandó comida.
—Estoy bien, solo… —Suspiré—. Vomité en la
mañana.
—¿Algún otro síntoma?
—No es nada grave, solo se me revolvió el
estómago.
Xia llevó una mano a mi frente.
—No tienes temperatura…
—Estoy bien, Dominic es un exagerado —afirmé
con irritación.
—A mí me parece lindo que, se preocupe por ti.
—Hablando de eso… —Vi de nuevo la hora y
calculé cuánto tiempo había estado fuera—.
Prometió pasar el día conmigo.
—Yo lo vi entrar a una reunión con el consejo.
Sonreí.
—Bien. —Comencé a tomarme la sopa—. ¿Has
hablado con Logan?
—Casi no, ha estado trabajando mucho y sé que,
anímicamente, no está bien.
—Debe trabajar duro para limpiar su nombre —le
recordé.
—Lo sé, pero veo cómo le cuesta adaptarse a ser
nadie dentro de su propia casa.
—Pues, a mí me enorgullece ver que, en serio,
desea demostrar su cambio.
—Él está, completamente, arrepentido —confirmó
mi hermana—. Hace unos días, me dijo que, yo
tenía mucho que ver en su cambio.
—¿De verdad?
—Sí. —Xia se puso roja—. Dice que: lo inspiro a ser
mejor persona y lo que más desea es un futuro
conmigo.
Tomé la mano de mi hermana y la apreté.
—¿Ya te dieron respuesta en la escuela de
medicina? —cambié un poco de tema.
—Sí, fui aceptada en el siguiente curso; tampoco
tomarán en cuenta mis años como enfermera.
Pero, el solo hecho de ser aceptada, me pone
realmente feliz. —Mi hermana sonrió—. Así que,
me quedaré todo este tiempo aquí. Aunque,
planeo visitar a Remi.
—Yo iré contigo —aseguré terminando de
tomarme la sopa—. Bien, es hora de buscar a mi
esposo.
—Él está reunido —me recordó mi hermana.
—Sí, lo sé. —Me levanté de la cama y fui al
armario.
Me puse un pantalón ancho de cuadros que me
hacía ver un culo lindo, me lo combiné con un top
blanco y unas pantuflas de peluche que tenían
forma de patas de oso.
Salí del armario y Xia abrió los ojos.
—Me encanta ese pantalón.
—Verdad, es maravilloso —convine saliendo del
cuarto.
—Definitivamente, quiero un par. —Xia soltó una
carcajada.
Bajamos las escaleras y recorrimos juntas el
laberinto de pasillos, hasta llegar a mi destino.
»Bueno, me encantaría acompañarte allí dentro,
pero esos hombres me asustan —comentó mi
hermana alejándose de la puerta.
—He aprendido a tolerarlos, pero, sobre todo, a no
verlos por más de dos segundos seguidos —
bromeé.
—Pondré en práctica tu consejo —manifestó mi
hermana antes de irse.
Me quedé de pie frente a la entrada un par de
segundos, Xia estaba en lo cierto, no entendía por
qué en el consejo no había mujeres.
Tomé una bocanada de aire y abrí las puertas.
Todos los presentes en la sala voltearon a verme.
Levanté la mano y los saludé poniéndome un
tanto incómoda. Principalmente, por cómo se me
quedaron viendo.
Dominic se levantó de su silla y me atravesó con
la mirada.
—Señores, el mundo no acabará por tomarse una
pausa. —Entré a la sala y caminé entre las dos
filas de mesas donde cada miembro del consejo
estaba ubicado.
Para mi desgracia, el escritorio de Dominic estaba
al final de la sala, pero poco me importó y seguí
caminando.
—El próximo que vea a mi mujer le sacaré los
ojos—gruñó mi señor esposo y saltó de su mesa
para reunirse conmigo en medio de la sala—.
Tienen 1 minuto para dejar la sala.
Los hombres presentes en el lugar salieron casi
corriendo del sitio.
Dominic levantó su mano y acarició mi cara, su
pulgar dibujó el contorno de mis labios.
—Ahora debo matar a cada miembro del consejo
por mirarte como te miraron. —Sus manos me
pegaron a su cuerpo—. ¿No te dije que te quedará
en la habitación?
—Bueno, ya que, mi esposo me dejó sola en la
cama estando enfermita, tuve que, venirlo a
buscar.
—¿En pijama?
—Fue por educación, porque iba a venir desnuda
—le provoqué.
—¿Te parece divertido? —Asentí sonriendo—. Eres
una niña mala.
Dominic me giró y me hizo apoyarme de la mesa
que teníamos en frente.
Me abrazó por la espada y restregó su erección
entre mis nalgas. Sus labios comenzaron a
depositar besos en mi cuello y hombros, mientras
sus manos apretaban mis tetas.
—Será rápido y salvaje —susurró Dominic
bajándome el pantalón del pijama.
—He venido lista para ti —afirmé levantando el
culo.
—Te lo compensaré —declaró mi esposo
penetrándome con fuerza.
—Carajo —gemí aferrándome a la mesa.
—Soy tu dueño. —Embestida—. El único que
puede follarte, pensarte y tocarte.
—¡Sí, sí! —jadeé sintiendo cómo mis piernas
temblaban.
Estaba adolorida de pasar la noche cogiendo,
pero cada penetración era delirantemente,
maravillosa.
Dominic me dio una nalgada y siguió
arremetiendo contra mí.
Sentía cómo me llenaba por completo y gritaba
cuando empujaba con fuerza hasta lo más
profundo de mi ser, desgarrándome con su
tamaño.
De pronto, se salió, me tomó en sus brazos y
siguió follándome como un salvaje.
Mis manos se sujetaron de su cuello y mis labios
fueron a su encuentro.
—Dame tus tetas —exigió mi esposo.
Levanté mi top y acerqué mis pechos a su boca.
Cerré mis ojos disfrutando la calidez de su lengua,
atender mis pezones.
La atmósfera estaba cargada de lujuria, era
excitante, pensar que, estábamos cogiendo en un
lugar público donde cualquiera podía abrir las
puertas y encontrarnos follando.
Apreté mis piernas cuando mi cuerpo se preparó
para lo que estaba por venir.
—Dominic —gemí mordiendo su labio inferior.
—Yo también estoy listo para llenarte de leche —
gruñó aumentando el ritmo de sus arremetidas.
Fruncí el ceño y grité perdiendo el control de mi
cuerpo.
Un torbellino recorrió mi cuerpo dejando
deliciosos espasmos vaginales, sentí los tibios
fluidos de mi Dominic derramarse dentro de mí y
suspiré extasiada.
Mi esposo me besó y me colocó con cuidado en
el suelo.
—Ahora, ve a la cama, yo en un rato subo a
cogerte de nuevo —murmuró mi hombre
arreglándose la ropa.
Yo hice lo mismo y sonreí.
—Me voy, pero la próxima vez, bajaré desnuda —
le advertí. Me di la vuelta para irme, pero Dominic
me sujetó la mano.
—¿A dónde vas?
—Al cuarto.
—No vas a pasar delante de esos hombres
oliendo a sexo —se quejó Dominic.
Alcé una ceja:
—¿Hay una entrada en esta sala?
—En todos lados hay una entrada —reveló mi
esposo llevándome al fondo de la sala.
Nos detuvimos en una pared que parecía,
completamente, normal.
Dominic empujó con fuerza la pared hacia dentro
y esta se abrió.
—Esto es emocionante —manifesté encantada.
—Pensé que, habías recorrido todo el pasadizo.
—Qué va, es muy grande y confuso —respondí
entrando—. Dame tu teléfono para alumbrar el
camino.
Dominic sin dudar me lo dio.
—La clave es nuestro aniversario —dijo y juro que,
lo vi sonrojarse.
Entrecerré los ojos y lo desbloqueé.
—No puedo creerlo —susurré viendo que, su
fondo de pantalla era aquella falsa foto que nos
había tomado Emilio antes de irnos de Dublín—.
Es hermosa.
—Tú eres hermosa. —Dominic me besó, de
repente, sentí algo frío en mi cuello y me separé.
Bajé la cara y vi un hermoso collar justo sobre mis
pechos.
Era pesado, su dije era como un corazón hueco,
pero dentro de él colgaba un hermoso diamante
de color rojo.
—Dominic es…
Mi esposo me tomó por la barbilla y me hizo verlo:
—Prométeme que, nunca te lo quitarás.
Sonreí.
—Te lo prometo.
Cada día que pasaba, más me enamoraba de mi
esposo. ¿Era legal amar tanto a otra persona?
Episodio 48: Una nota, un adiós.
Lizzie.
Semanas después…
Estaba completamente agotada.
Sin importar las horas que durmiera, al despertar
estaba igual o más cansada que antes. La cabeza
me dolía y levantarme a cada 5 minutos para
hacer pipi, no ayudaba a mejorar mi humor.
Además, estaba irritada de que Dominic llegara
tan tarde cada noche y lo primero que hacía era
correr a bañarse.
La puerta de mi oficina se abrió y clavé la mirada
en mi hermana.
—¿Qué quieres? —pregunté de mala gana.
—Vaya, ¿desayunaste cianuro? —Xia se sentó
frente a mí y me observó.
—Lo siento, no estoy teniendo una buena semana.
—¿Pasó algo?
—Siento que, pasan muchas cosas y yo no estoy
enterada.
—¿Cómo así?
—Paso el día con sueño, me duele la cabeza y
creo que, mi esposo, me está siendo infiel —solté
tapándome la cara para evitar que, me viera llorar.
—¿Te has escuchado? —Xia tomó mis manos y
me miró—. Estar día y noche en el castillo te está
afectando. Dominic te adora, literal, besa el piso
por donde pasas.
—Es que…
—Debemos salir —propuso mi hermana.
—¿A dónde?
—A comer, de compras, no sé, cambiemos un
poco el ambiente y verás que te sentirás mejor.
—Bueno, debo ir a mi ginecólogo a ponerme la
siguiente inyección de mis anticonceptivos —
recordé casi de milagro.
—Excelente, vamos y hacemos otras cosas. —Xia
se puso de pie—. Le avisaré a Avery.
—Vale —comenté más animada—. Las espero en
la entrada.
Me levanté dispuesta a ponerle pausa a todo el
trabajo y subirme a cambiar de ropa, ya que, este
pantalón me tenía toda incómoda.
Quién diría que, una reina tendría tantas labores
que realizar. Además, seguía sin encontrar a una
asistente o doncella que me inspiraran confianza.
Me paré al pie de las escaleras y vi la cima como
mi mayor rival.
Hice un pequeño ejercicio de respiración y
comencé a subir, un escalón a la vez. Llegué a la
cima y me hubiera sentido una completa
ganadora de no ser porque me estaba haciendo
pipi; de nuevo.
Entré en mi habitación, fui al baño; luego a mi
armario y me cambié de pantalón.
Elegí uno que no tenía ni botones, ni cierre, era
ancho y la liga no me molestaba, ni apretaba
nada.
También me cambié de camisa y zapatos, para
completar el outfit.
Tomé mi cartera y fui a encontrarme con mi
hermana y mi guardaespaldas.
Bajar las escaleras me daba la misma pereza que
subirlas, pero al menos iba en bajada.
Llegué al final y me sujeté del pasamano, feliz de
haber logrado bajar con éxito.
—Elizabeth. —Carlota se acercó y puso su mano
en mi frente—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, solo ando un poco agotada —expliqué
enderezándome—. ¿Arthur?
—Bien, pronto le dejarán salir del hospital.
—Me alegra escuchar eso, estaba realmente,
preocupada por su estado —manifesté notando
que, Carlota se veía más radiante, pero sus ojos
seguían tristes.
—Gracias a Dios es un hombre testarudo y que tú
actuaste a tiempo, de lo contrario… —Carlota no
pudo continuar hablando.
—¿Has visto a Logan? —Cambié de tema para
evitarle preocupaciones innecesarias.
—Sí —dijo y se le iluminó el rostro—. Le cuesta un
poco adaptarse a su nueva realidad, pero tiene
unas ganas enormes de seguir adelante, de dar lo
mejor de sí mismo.
—Eso es lo importante, él desea cambiar. ¿Crees
que, pueda hacerlo? Digo, fueron muchos años al
lado de esa maldita mujer.
—Siento en mi corazón que, nunca fue malo o
cruel por gusto, él, sencillamente, deseaba que, su
falsa madre se sintiera orgullosa de él. —A Carlota
se le entristeció el semblante—. Dominic sigue
evitándome, creo que, nunca me va a perdonar
por no decirle la verdad.
Tomé las manos de Carlota:
—Él es orgulloso, el tiempo lo ayudará a sanar. Lo
único relevante es que, estuviste a su lado cuando
él más te necesitó, le distes amor y apoyo.
Carlota me abrazó.
—Soy afortunada de que mi hijo te escogiera
como esposa. —Se separó de mí y me observó
fijamente—. Debes descansar, tienes marcadas
las ojeras.
—Es que. —Bajé la cara y me alejé un poco de
ella—. No importa cuánto duerma, al despertar
sigo cansada.
—Ah, entiendo. —Carlota sonrió ampliamente—.
Bueno, iré a buscar algo, nos vemos en la cena.
—Sí, hasta luego.
Suspiré y caminé a la entrada.
Allí esperando por mí estaba Xia y Avery hablando
dentro del auto.
—Al fin —comentó mi hermana cuando subí en la
parte trasera—. ¿Era necesario traer la corona?
Llevé mis manos a la cabeza y noté que, en
efecto, no me había quitado la corona que mi
esposo me había regalado.
—Estoy tan acostumbrada que, no la siento —
expliqué y la metí dentro de mi cartera—. Listo.
—¿A dónde primero? —preguntó Avery poniendo
en marcha el auto.
—Al médico, quiero ponerse esa inyección y
pedirle que me recete vitaminas o algo que me dé
energía.
—Bien. ¿Dónde queda el consultorio de tu doctor?
—Avery vio cómo la pantalla de su teléfono se
iluminaba con un mensaje mío—. Vale, ya me
llegó la ubicación.
—De nada —repliqué encogiéndome de hombros.
—En serio, necesitaba una salida de chicas —
manifestó Xia mirando por la ventana—. Aunque,
hubiera preferido un par de tequilas, pero ir de
compras está bien.
—Yo preferiría el alcohol —declaré un poco más
animada.
—Concuerdo, eso de ir al salón o comprar ropa, no
es lo mío —convino Avery sonriendo.
—Entonces, después de ir con el doc, vayamos a
beber —propuse aplaudiendo feliz.
—¡Sí! —celebró mi hermana.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Suspiré viendo la hora en mi reloj.
Pensé que, mi visita al doctor sería algo rápido,
pero teníamos hora y media esperando los
malditos resultados de la prueba de sangre.
Según el médico, quería comprobar que no
estuviera anímica para colocarme la siguiente
inyección.
—Esto no estaba en mis planes —se quejó Xia.
—Iré por un agua —comentó Avery—. ¿Quieren
algo?
—Una soga —declaré cansada de tanta espera.
—Ir contigo —se apresuró a mencionar Xia
levantándose de la silla—. Si por algún milagro
sales antes de que envejezcamos, nos avisas.
Moví la mano indicándoles que se fueran.
Me acosté en la camilla y miré el techo.
Los ojos se me cerraban lentamente,
entregándose al cansancio crónico que tenía.
Estaba por quedarme dormida cuando la puerta
del consultorio se abrió.
Me senté pensando que, era mi hermana y Avery,
pero me topé con una enfermera.
—Lo siento, el doctor tuvo una emergencia y se
marchó.
—Me lo hubieran dicho hace una hora. —Me bajé
de la camilla furiosa—. Tengo cosas que hacer,
para sentarme a perder el tiempo.
—Su majestad, el doctor me pidió entregarle los
resultados de su prueba. —La mujer me tendió un
sobre—. Nos disculpamos por el tiempo de
espera.
La mujer hizo una reverencia y se marchó.
Tomé el sobre y le di la vuelta.
Estaban mis datos y en una parte que estaba
trasparente, se leía positivo.
—¡¿Es un puto chiste?! —Corrí afuera para ver a la
enfermera, pero ella y todo el personal había
desaparecido—. No, no, no. Es imposible.
¡Imposible!
Me senté de nuevo dentro del consultorio y abrí el
sobre con manos temblorosas.
Elizabeth West, 19.5 años.
Seguí leyendo, hasta que, llegué al gran…
“Positivo”
Más abajo había una nota: Estudio
completamente real, no es falso. Se recomienda
ponerse en control prenatal.
Mi corazón se detuvo.
Embarazada, estoy embarazada. ¿Cómo es
posible?
Bueno, sabía cómo había pasado, pero se supone
que… me estaba cuidando. Claro, ningún método
anticonceptivo es 100% seguro, tienen su margen
de error.
—¿Por qué a mí? —sollocé tapándome la cara.
¿Ahora cómo le decía a Dominic que estaba
embarazada?
Guardé el papel en mi cartera y traté de mantener
la calma. Quizás, deba tener una conversación
casual, tantear un poco el terreno.
—¿Estás lista?
La voz de mi hermana me asustó y terminé
pegando un grito.
—Coño me asustaste —le dije en español.
—¿Ya te vio el doctor? —preguntó volteando los
ojos.
—No, tuvo una emergencia y se fue. —Me levanté
de la silla—. Vendré otro día.
—Bueno, entonces vayamos a beber —expresó
Avery moviendo los hombros al ritmo de alguna
música que sonaba en su cabeza.
—Es raro conocer esta faceta tuya —declaré
moviendo mi mano frente a su cuerpo.
Caminamos al elevador.
—Es su personalidad parrandera saliendo a flote
—exclamó mi hermana divertida y se unió a su
baile.
—Debemos elegir un conductor designado —
mencioné como quien no quiere la cosa entrando
al ascensor.
—Yo no quiero —dijo Xia.
—Puedo ser yo, sabes cómo me pongo cuando
bebo y ahora que, soy la reina, no puedo dar
espectáculos y…
—Manejas tú, solo deja de hablar —me
interrumpió Avery tendiéndome las llaves de su
auto—. Fiesta, fiesta.
Mi cabeza daba vueltas, mi mal humor se había
transformado en pánico.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Mi cabeza estaba por estallar, lo que menos
deseaba era lidiar con un par de borrachas, pero
aquí estaba tratando de sacarlas del antro al que
habíamos ido.
—Basta, debemos irnos —le pedí a mi hermana.
—Buuuuu, aburrida —me abucheó lanzándome un
vaso de plástico.
—Avery, levántate —ordené.
—A no, hoy es mi día libre. —Avery soltó una
carcajada—. Bailemos, todo se pasa cuando
bailas.
Esto era increíble, yo estaba cansada, con dolor
de cabeza y embarazada. Merecía 5 minutos de
paz.
Tomé mi teléfono y le marqué a Dominic, él podía
ayudarme a sacar a este par de locas de aquí.
Gruñí cuando me envió a su buzón. Le marqué un
par de veces más, obteniendo el mismo
resultado.
—Mierda —le chillé al teléfono.
Pensé a quién podía llamar, pero me quedé sin
opciones hasta que, vi el número de Emilio.
Llené mis pulmones de aire y le llamé.
—¿Lizzie? —contestó casi de inmediato—.
¿Sucede algo?
—No, bueno, sí.
—Lizzie, no te escucho.
—¿Me puedes venir a buscar? —grité.
—Claro, envíame la dirección.
—Gracias, gracias. —Colgué y le envié la
dirección.
Tomé mi cartera y fui a la caja a pagar. Regresé a
la mesa y vi a mi hermana brindando con Avery.
—Chicas, debo ir al baño. ¿Me acompañan?
—Claro bebé —dijo mi hermana levantándose
enseguida.
—No quiero ir —replicó Avery.
—Es de mala amiga no apoyarnos cuando vamos
al baño —le reproché.
—Bien, bien. —Avery se levantó de mala gana.
Sonreí, siempre estaba tan seria, que se veía
mayor de lo que realmente era.
Astutamente, en lugar de llevarlas al baño, las
saqué del club.
—Esto no es el baño —protestó mi hermana.
—El baño está lleno, pero iremos a otro —expliqué
viendo a todos lados.
El ruido de una bocina captó mi atención y el alivio
corrió por mi cuerpo.
Emilio se detuvo cerca de nosotras y bajó el auto.
—¿Qué es esto? —preguntó viendo a mis
invitadas.
—No preguntes, solo ayúdame a subirlas —exigí
agarrando a Avery.
—Tú, pedazo de basura —le dijo mi
guardaespaldas a Emilio—. Debí matarte hace
años.
—Puedes hacerlo dentro del auto —murmuré
ayudándola a subir.
—Gracias —refunfuñó Emilio.
—Solo súbelas y ya —gruñí.
Después de lo que pareció una eternidad,
logramos subir a ambas mujeres al auto y
abordar también.
Emilio puso el vehículo en marcha y miraba
constantemente el retrovisor.
—Relájate, no creo que, pueda lastimarte estando
tan ebria. —Suspiré estresada—. ¿Qué le hiciste?
—¿Yo? Nada, ella siempre ha estado loca.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
Avery no era de odiar a otra persona porque sí,
pero tampoco era mi problema si ellos se
llevaban o no, bien.
—¿Ya conseguiste una doncella?
—No, estoy por rendirme en ese asunto. —Aparté
el cabello de mi cara—. Las chicas que han
asistido a las entrevistas no me dan buenas
vibras.
—Puedo recomendarte un par de amigas.
—Gracias, eso sería de mucha ayuda. —Me
acomodé en mi asiento y guardé silencio.
Llegamos al castillo y con ayuda de unas
cocineras, bajamos y llevamos a las chicas a sus
habitaciones.
Por suerte, quedaban una cerca de la otra.
—Entonces, hasta mañana —se despidió Emilio.
—Pasan de la medianoche —bromeé—. Nos
vemos más tarde.
—Es cierto. —Emilio sonrió.
—Espero que, Dominic no se haya dormido. —La
sonrisa abandonó la cara de Emilio—. ¿No está en
la habitación?
—Me temo que no.
—Bien, iré a su despacho… —Emilio sujetó mi
mano.
—Tampoco está allí —susurró él y lo miré a los
ojos temiendo preguntar.
—¿Dónde está mi esposo?
—Lo siento, mi reina, no tengo la autorización para
decírselo.
Me solté de su agarre.
—¿Cómo que no? Soy su esposa y la maldita
reina. —Miré a Emilio y le pregunté—. ¿Dónde está
mi esposo?
—Usted ha estado antes allí —reveló bajando la
voz. Arrugué la frente pensando dónde podía
estar—. Cuando sufrió aquel atentado.
Me tapé la boca recordando el apartamento a
donde me había llevado Dominic.
Sentí un nudo en mi estómago y las lágrimas
amenazaron con caer de mis ojos.
—Vale, iré a hacerle una visita.
—Alteza, no se lo recomiendo —comentó Emilio.
—Llevamos tiempo conociéndonos, sabes que, no
me quedaré ocupando un puesto y poniendo cara
de estúpida.
Caminé rápido, deseando estar equivocada.
—Lizzie, espera. —Me llamó Emilio.
—No intentes detenerme —le pedí.
—Eres mi amiga, yo te llevaré, pero no puedo subir
contigo.
—Ok.
Llegamos al auto y mientras Emilio conducía yo
solo deseaba estar dentro de una pesadilla.
Más pronto de lo que esperaba, el asistente de mi
esposo se detuvo en el edificio.
—Gracias. —Bajé de auto.
Las piernas me temblaban, mis manos sudaban y
no estaba preparada para lo que encontraría en
ese departamento.
Igualmente, subí al elevador, toqué el piso 12 y
esperé haciendo sonar mi pie en el suelo.
Las puertas del cacharro se abrieron y caminé por
el pasillo, me detuve en la puerta y descubrí el
panel para meter el código de acceso.
—¿Cuál puede ser el código? —Miré los números
y marqué el mismo código que, Dominic me dio
para desbloquear su teléfono.
La luz roja cambió a verde y la puerta se abrió.
Entré con cautela, el silencio era casi sepulcral.
Caminé por el sitio viendo las dos copas sobre la
mesa de centro de la sala. Mi zapato tropezó con
algo y vi que era la camisa de Dominic.
Me detuve allí, no quería seguir avanzado. De
hecho, quería hacer todo lo contrario, darme la
vuelta e irme, pero…
Puse un pie delante del otro hasta llegar a la
habitación.
Con manos temblorosas tomé el picaporte, giré y
abrí la puerta con rapidez.
Entonces, deseé no haberlo hecho.
No fui capaz de retener más las lágrimas.
Dominic, mi esposo, estaba plácidamente
dormido en su cama, completamente desnudo y
a su lado dormida en su pecho estaba Thais.
Mi mundo se hizo trizas.
Quería gritarles, golpearles, incluso sacarles los
ojos, pero, de nada, serviría. Dominic había hecho
su elección.
Abrí mi cartera y saqué la corona.
Tomé el primer papel que encontré dentro y con
labial puse.
Adiós.
Supongo que, la nota era más para mí, que para
él.
Llevé la mano a mi cuello dispuesta a quitarme el
collar, pero, era mío y no se lo daría.
Salí del departamento harta de todo este tétrico
cuento. Cansada de tantas mentiras reales y de
dinastías movidas por la ambición.
Llegué a la entrada del edificio y los brazos de
Emilio me recibieron.
—Lo lamento, en serio, lo siento.
—No creo, de haberlo sentido me hubieras dicho
—le reproché.
—Es cierto, pero no quería lastimarte.
—Tú no me has lastimado, lo hizo Dominic —
comenté llorando, desconsolada.
—¿Te llevo al castillo?
—No, no volveré a ese maldito lugar.
—¿A dónde irás?
Pensé un poco, ¿a dónde podía ir? Debía ser un
lugar lejos de toda esta mentira.
—Regresaré a Venezuela.
—Sube, yo te dejaré en el aeropuerto.
Abordé el auto con el corazón roto.
»Deberías apagar el teléfono, cuando Dominic se
despierte…
—Es buena idea. —Tomé mi celular y lo apagué.
Aunque, dudaba que, me fuera a buscar, después
de todo, estaba con la mujer que realmente
amaba.
Episodio 49: Malas noticias.
Dominic.
La cabeza me dolía, estiré la mano buscando el
calor de mi esposa, cuando toqué un cuerpo, uno
muy diferente al de mi diosa.
Abrí los ojos y vi a Thais a mi lado.
Los recuerdos de la noche anterior comenzaron a
llegar a mi cabeza.
Iba a comenzar el tratamiento nocturno de los
malnacidos que lastimaron a mi esposa, cuando
una llamada de un número desconocido entró.
Atendí pensando que, era mi esposa, pero era
Thais, estaba alterada y me pedía ayuda.
—Solo necesito un lugar donde pasar la noche —
me dijo, apenas llegué a su encuentro.
Ella conocía el departamento, había estado allí.
»Es un favor, por los viejos tiempos.
Subí con ella, puesto que, le había cambiado el
código de acceso. Me iba a marchar cuando ella
me tocó la cara.
—¿Qué has hecho? —indagué levantándome de la
cama.
Estaba completamente desnudo, tomé mi ropa y
me empecé a vestir.
—Buenos días —ronroneó ella. Se levantó de la
cama y avanzó hacia mí.
—¡¿Qué mierda has hecho?! —gruñí molesto.
—Hicimos, no te puedes quedar fuera de todo lo
que pasó anoche.
La sujeté por los hombros y lo apreté con fuerza.
—No hicimos nada. —La tiré al suelo y terminé de
vestirme—. Largo de mi casa. ¡Fuera!
—Así me pagas por salvar tu vida —me acusó ella
molesta.
—No te des tanto crédito, si no hubieras sido tú,
seguro otra persona me hubiera atendido. —La
tomé del brazo y la empujé fuera de la habitación.
Llegué a la sala y vi la corona que le había
mandado a hacer Elizabeth y dentro había una
nota. Agarré el papel y lo arrugué con la mano.
Thais soltó una carcajada.
—Ya es tarde, muy tarde —exclamó triunfante.
Metí el papel en mi bolsillo, la tomé del cuello y la
pegué a la pared:
—¿Tarde para qué?
—Nunca más volverás a verla. —Presioné más—.
En lo personal, me gusta más la pareja que ella y
Emilio hacen.
—Pensé que, no serías un problema, ya veo que
me equivoqué. —Sentí su tráquea, ceder a la
presión que hacía—. Antes de morir, debes saber
que, Elizabeth es el amor de mi vida, moveré cielo
y tierra para recuperarla.
—P-por favor —suplicó casi sin aire.
—Siéntete agradecida por esta muestra de
piedad. —Apreté hasta escuchar un ruido seco de
sus huesos, hacerse añicos en mi mano.
El cuerpo de Thais cayó al suelo sin vida, pero
poco podía importarme.
Emilio me había desafiado y lo pagaría con su
vida.
Tomé la corona de mi mujer y fui al castillo.
════∘◦✧◦∘════
Dominic.
En todo el camino al palacio no dejé de marcarle
a Elizabeth, pero siempre entraba directo a su
buzón de voz.
No podía parar de imaginar cómo se sentía
después de encontrarme en la cama con otra
mujer. Pero, solo debía verla y decirle que, todo
fue una trampa, un engaño para separarnos.
Dejé la moto en la entrada del palacio y corrí al
interior del castillo.
Fui directo a mi oficina, tenía esperanza de poder
localizarla si llevaba puesto su collar.
Me senté en mi escritorio y encendí mi portátil.
Logan entró a mi despacho con una actitud
relajada y serena:
—¿Viste que las chicas salieron de fiesta anoche?
—Ahora no.
—¿Pasó algo?
—Emilio me puso una trampa, ahora, Elizabeth
piensa que, me acosté con Thais —resumí
activando el GPS en el dije de mi esposa.
—Lo lamento, no tenía idea de que eso pasaría.
Cuando compartimos celda, él me habló de ella,
me dijo que la amabas y…
—No la amé, no la amo y nunca la amaré. —Vi la
localización y maldije cuando noté que, estaba a
una hora en auto—. Debo irme.
—Déjame ir contigo.
—No hace falta, es solo Emilio.
—En parte es mi culpa que, Thais, regresara a tu
vida.
Levanté la mirada y vi a Logan:
—¿Tú la trajiste al castillo?
—Sí, quería causar conflicto en tu matrimonio, así
no tendrías cabeza para más nada.
—Eres un maldito imbécil.
—Lo era. —Logan se puso de pie—. No creo que,
la lastime.
—Claro que, no lo hará, yo lo mataré antes de que
eso suceda.
Salí de la oficina como un vendaval, dispuesto a
recuperar a mi mujer.
—¿Sabes dónde la tiene? —preguntó Logan.
—Sí. —Le mostré la pantalla de mi teléfono.
De pronto, fuimos interceptados por Avery,
Lennox y Harper.
—¿A dónde vas? —indagó mi mano derecha.
—No es su asunto, vuelvan a sus labores —
ordené.
—No, hemos combatido a tu lado, sabemos que,
no correrías si no fuera urgente —terció Harper.
—Puedo encargarme de este asunto —aseguré
perdiendo la paciencia.
—Emilio tiene a Lizzie —reveló Logan. Lo miré y él
se encogió de hombros—. No sabemos qué vas a
encontrar.
—Debiste dejar que pusiera una bala en su cabeza
—habló Avery apretando su mano en un puño.
—Hagan lo que les salga de las bolas, yo voy por
mi mujer.
Aparté a todos de mi camino y subí a mi moto.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
No sabía cómo había aceptado venir a la casa de
los padres de Emilio, era la peor idea del mundo.
—De verdad, es amable de tu parte, brindarme
ayuda, pero en serio, no quiero buscarte
problemas —comenté levantándome del sofá.
—No es problema, Dominic no conoce este lugar.
—Emilio tomó mis manos y me sentó de nuevo—.
Aquí estarás a salvo.
—Gracias, pero me quiero ir —repetí poniéndome
de pie.
—No entiendo cómo te abriste de piernas con
Dominic y conmigo eres tan seca —soltó
poniéndose de pie—. Bueno, eso no importa,
tenemos tiempo para conocernos mejor.
Fruncí el ceño.
—¿Has perdido la cabeza?
Emilio levantó la mano y me abofeteó.
Caí al sofá y varias lágrimas cayeron de mis ojos.
—No me gusta tratarte mal, pero no permitiré que
cuestiones mi amor por ti. —Emilio se sentó a mi
lado—. Puedes intentar salir, aunque, no creo que,
lo logres.
—Tú planeaste todo —murmuré alejándome todo
lo que podía de él.
—Hice lo necesario para conseguir una
oportunidad contigo. —Emilio se acomodó en el
sofá—. La casa es pequeña, pero acogedora. Mis
padres no eran adinerados como los de Dominic,
aunque, ambos sabemos que, no se necesita
mucho para ser feliz.
—Me quiero ir. —Me acerqué a la ventana y grité—
. ¡Ayuda! ¡Ayuda!
—Preciosa, no hay nadie a cientos de kilómetros.
—No puedes hacerme esto —declaré molesta—.
Quiero irme, ahora.
—¿Para qué? Correr a los brazos del arrogante de
tu esposo. —Emilio se levantó, se acercó a mí y
me tomó del brazo con fuerza—. Yo te vi primero.
Debiste elegirme a mí.
—No sé de qué hablas —bramé empujándolo.
—Por supuesto que no. —Emilio sonrió y acarició
mi cara—. Teníamos un par de días en Dublín,
cuando el príncipe me envió a la tintorería por sus
trajes. Estaba esperando que el semáforo me
diera paso, cuando avancé, una joven no se dio
cuenta y casi la golpeé con mi auto. Ella solo me
miró y se marchó. Quedé completamente
hipnotizado por ella. Regresé varias veces
después, a la misma hora, pero no te vi, hasta que,
un día, fui por un café y te vi sirviendo mesas. Le
pagué a tu jefa para obtener información tuya.
Pero, cometí el error de dejar tu expediente en el
auto y cuando Dominic se subió lo encontró y lo
leyó.
Emilio golpeó la pared al lado de mi cabeza varias
veces.
Cerré los ojos y me encogí temiendo ser
golpeada. Emilio tomó mi cara y me hizo verlo.
»Pensó que, era la mujer que íbamos a contratar
para ser la falsa esposa, pero le dije que solo era
una chica con muchos problemas económicos y
seguro no servirías para esto. Aun así, Dominic
insistió en conocerte y por eso pagamos para
verte al día siguiente.
—¿Ustedes le pidieron a Angus que me llevara a
su casa?
—Hubo mucho dinero de por medio —confirmó
Emilio—. Dime Elizabeth. ¿Si no hubiera estado
Dominic en medio de nosotros me hubieras
amado?
—¿Te das cuenta de que estás traicionando a tu
rey? —indagué con voz temblorosa.
—¡Él me traicionó primero! —vociferó furioso—.
Era obvio que me gustabas, pero no le importó y
se casó contigo, te folló y te alejó de mí. —Emilio
se arrodilló ante mí y abrazó mi cuerpo—. Ahora,
podemos comenzar de cero y ser felices.
—Lo siento, has confundido la amistad que te
ofrecí. —Intenté apartarme de él, pero era
imposible.
—¿La confundí o era una forma desesperada de
pedirme ayuda? —Emilio se levantó y pegó su
cuerpo al mío.
—Yo no…
—Tu forma de mirarme, solo bastó eso para saber
que, necesitabas mi ayuda.
—Estás mal de la cabeza —declaré empujándolo
para apartarlo de mí—. No quiero nada contigo,
nunca lo quise.
—¡Mientes! ¿Por qué niegas lo que sientes? —Su
mano fue a mi cuello y apretó con fuerza—. Si no
eres para mí, tampoco lo serás para él.
Luché para liberarme de su agarre, rasguñé su
cara y pateé, pero las fuerzas comenzaron a
faltarme.
De pronto, se escucharon unos disparos.
Emilio me soltó y caí al suelo tosiendo con fuerza.
—Imposible —gruñó y corrió a asomarse a la
ventada.
—Esto no tiene que terminar mal —dialogué con
Emilio.
—Cállate. —Emilio cerró la ventana, fue conmigo y
me tomó del brazo—. Parece que, debemos irnos.
—Por favor, no compliques las cosas —supliqué
poniendo resistencia.
—Dominic no es de perdonar, tampoco de olvidar
y no pretendo convertirme en su juguete. —Emilio
me tomó del cabello y empezó a arrastrarme por
la casa.
—¡Ayuda! ¡Aquí estoy!
Emilio se colocó detrás de mí y puso un cuchillo
en mi cuello.
—Gritas y mueres.
Emilio me fue llevando hasta una habitación.
»Es gracioso, cuando me llegó la noticia de la
muerte de mi padre, yo no pude llorarlo, porque no
lo recordaba. Solo conocía el castillo y sus
laberintos, Dominic y sus problemas. —Me soltó,
pero sacó un arma y me apuntó—. Cuando recibí
esta porquería de casa, me quería morir, Dominic
heredaría un reino y yo un rancho.
Emilio señaló unas pacas de heno.
»Muévelas. —De su bolsillo sacó un mechero y
probó que estuviera funcional.
Hice lo que me pidió, pero me aseguré de hacerlo
muy lento.
De repente, todos los disparos cesaron.
Emilio se asomó a la puerta y cubriéndose con la
pared, esperó hacer contacto.
—Se acabó Emilio —vociferó Dominic.
—Aún tengo balas y si me muero, me aseguraré
de no irme solo —respondió Emilio.
—¿Elizabeth, estás bien? —preguntó Dominic.
—Sí.
—No por mucho —respondió Emilio y fue
conmigo, me levantó del suelo y puso el cuchillo
en mi cuello—. Acércate y verás cómo tu esposa
muere.
Se escucharon unos pasos y los gemelos
entraron a la habitación.
—Déjala ir —pidió Dominic—. Tu problema es
conmigo.
—Llevo años esperando encontrarte una
debilidad y al fin pude hacerlo.
—No te confundas, Elizabeth no me hace débil,
solo me hace un hombre decente, pero sigo
siendo el mismo monstruo al que le temes cada
vez que vas a la cama —manifestó Dominic y el
tono de su voz se volvió tenebroso.
—Solo eres un payaso jugando a ser Dios —se
burló Emilio tratando de parecer valiente, pero
podía sentir cómo su cuerpo temblaba.
—No, soy el diablo jugando a tener misericordia
de las personas como tú. Ahora, suelta a
Elizabeth y te mataré de forma rápida. —Dominic
no me miraba, solo tenía ojos para Emilio.
—Llevo años conociéndote, sé que adoras que te
supliquen morir. —Emilio presionó la hoja del
cuchillo y sentí un líquido húmedo descender por
mi cuello—. Debiste morir en aquel tanque, pero
ya no te quedan vidas.
—Emilio, solo haces el ridículo —intervino Logan.
—Aquí estás de más. —Emilio levantó su arma y le
disparó a Logan.
Todo pasó muy rápido, el cuerpo de Logan cayó
al suelo, al mismo tiempo que, Emilio y yo
perdíamos el equilibrio.
Dominic salió corriendo y me arrancó de sus
brazos justo antes de caer sobre el heno.
Volteé la cabeza y vi a Avery en la ventana, luego
el cuerpo de Emilio sin vida y más allá Logan
ahogándose en su propia sangre.
—No, no, Dios mío, no —grité y corrí para ayudarlo.
Dominic cayó de rodillas ante su hermano.
—Aguanta, la ayuda viene en camino —hablaba
apretando la herida para detener la hemorragia.
—Ambos sabemos que, estoy muriendo —dijo
Logan con dificultad—. Gracias por darme otra
oportunidad.
—Avery, Lennox —gruñó Dominic—. No puedes
rendirte.
Tomé la mano de Logan.
—La ambulancia ya viene —informó Avery.
—¿Tiempo estimado? —preguntó Dominic.
—5 minutos —respondió Lennox.
—No tenemos ese tiempo —vociferó Dominic.
—Por favor, dile a Xia que la am… —Sus palabras
quedaron a media, mientras su cuerpo entraba en
shock.
—Vamos, vamos. —Dominic le hacía masaje
cardiovascular, pero Logan se había ido.
Avery puso la mano en el hombro de Dominic.
Él asintió, pero no se alejó del cuerpo, ni dejó de
intentar resucitarlo.
—Lo siento, lo siento, lo siento —empecé a recitar
llorando.
—Sácala —ordenó Dominic.
—No me toques —dije cuando Lennox se acercó a
mí.
Avery puso una mano en el pecho de su
compañero.
—Vamos a limpiarte.
Bajé la cara y vi mi cuerpo cubierto de sangre.
Salí de la habitación, pero no quise permanecer
en la casa, así que, salí de ella.
La policía llegó junto a los paramédicos, se
organizaron y fueron recuperando los cuerpos de
los hombres que murieron.
Yo solo me quedé allí en la acera, llorando y
observando todo.
Bendita Avery se quedó a mi lado en silencio.
—Es mi culpa —susurré contando los cadáveres.
—No, no lo es —declaró Dominic detrás de mí.
Me levanté furiosa:
—Tienes razón, es tu culpa por casarte conmigo,
por pagarle a Angus para conocerme, es tu culpa
por involucrarte conmigo.
Dominic tomó mi cara y limpió mis lágrimas.
—Te equivocas, nada de esto pasó por ti, sino
porque no me di cuenta de que Emilio se había
vuelto peligroso. Tuve que, haber sacado
conclusiones y determinar que, fue él quien trató
de asesinarme en varias oportunidades.
—¿Cómo le digo a Xia que el amor de su vida está
muerto? —le pregunté rompiendo a llorar—.
¿Cómo le explicó a Carlota que ha perdido de
nuevo a su hijo?
—Lo haremos juntos —prometió Dominic
besando mis manos.
Episodio 50: El principio de un
todo.
Dominic.
Regresar al castillo con pésimas noticias, no fue
fácil, ni agradable.
Xia cayó desconsolada en los brazos de su
hermana, mientras Carlota, lloraba sobre el
hombro de mi padre y se ponía las manos en su
vientre.
Los días fueron pasando lenta y dolorosamente.
Fuimos al funeral de mi hermano y le dimos
sepultura.
No podía sacarme de la cabeza que, él deseaba
ser mejor persona.
Abrimos una investigación contra Emilio y todas
sus traiciones fueron saliendo a la luz.
Elizabeth, no paraba de evitarme, incluso se había
ido a dormir con su hermana dejándome cada
noche pagando una terrible condena.
Sentía que profanaba su alma, pero era tan
malditamente egoísta que, aun sabiendo lo
dañino que era en su vida, no renunciaría a ella,
pues ella era lo único hermoso que poseía.
Antes de darme cuenta, ya había pasado un mes.
Entré a la habitación y me encontré a Elizabeth
sentada en la cama.
—Tenías días llegando tarde en la noche, ibas al
baño, te duchabas y te acostabas —habló con
tristeza—. Así pasaron días, semanas y pensé
que…
—No te hagas eso —la interrumpí.
—Déjame hablar —exigió limpiándose la cara—.
Creí que, estabas teniendo una aventura. Luego te
llamé para que, me ayudarás con Avery y Xia en el
club, pero no pude ubicarte. Terminé llamando a
Emilio, él me hizo creer que, tenías una aventura.
Me llevó al departamento… Te vi en la cama con
esa mujer y solo quise alejarme de ti.
—Lo sé, vi tu nota. —Metí la mano en mi pantalón
y la saqué.
—¿La has llevado contigo todo este tiempo? —
indagó y parecía asombrada.
—Sí, es mi recordatorio de que, si no hago las
cosas bien, puedo perderte.
—¿Entonces ya lo sabes?
—¿Saber qué?
Elizabeth arrugó su ceño, tomó la hoja de mis
manos y la abrió.
Todo este tiempo y nunca se me ocurrió revisar la
hoja.
»¿Por qué no me lo dijiste? —Mi corazón saltó de
felicidad.
Caí de rodillas ante ella y puse mi oreja sobre su
vientre.
—Al principio, no había digerido la noticia. Luego,
me sentía triste por todo, pero ahora… —Elizabeth
acarició mi cabeza—. Necesito hacer borrón y
cuenta nueva en nuestra relación.
Me levanté del suelo y vi a mi mujer, tomé su cara
entre mis manos:
—No podemos borrar nuestra historia, porque
amo profundamente cada segundo que he
pasado a tu lado. —Deposité un suave beso en
sus labios—. Podemos bajar las barreras cuando
estemos juntos y fortalecer nuestra relación.
—¿Por qué llegabas tarde? —me preguntó
Elizabeth.
Ella debía conocer la verdad, aunque, no estaba
seguro de a dónde nos llevaría eso.
—Rastreé a los hombres que te hicieron daño, uno
murió en Dublín, los otros dos, se fueron hace
poco. —Me quedé evaluando su expresión.
—¿Te dijeron por qué me hicieron eso a mí?
—Envidia.
—Espero que, hayan sufrido —dijo después de
unos segundos.
—Sí, me encargué de eso.
Elizabeth se sentó en la cama y expulsó con
fuerza el aire de sus pulmones, como si se
liberara de una pesada carga.
—¿Cuánto tiempo tienes de embarazo? —
pregunté tocando su vientre.
—Dos, todavía nadie sabe de mi estado, aunque,
ya estoy en control.
—Bendito Dios, seremos padres. —Me incliné
sobre la barriga de mi mujer, levanté su camisa y
la besé—. Soy el hombre más feliz del mundo.
Elizabeth se sonrojó y sonrió.
Sí, todavía nos faltaba un largo camino por
recorrer, como pareja e individualmente, pero
saber que, cada noche dormiría abrazado a su
cuerpo y cada mañana despertaría a su lado, me
motivaba a seguir mejorando por ella, por mi hijo.
—Elizabeth, soy adicto a la forma en la que me
haces amarte —confesé subiendo al cuerpo de mi
mujer.
Episodio 52: Ajustes de cuentas.
Dominic.
Entré al cuarto donde mantenía a Mathilde,
mientras ajustábamos cuentas.
Un olor nauseabundo golpeó mi nariz, pero ya
estaba acostumbrado a la peste que desprendía
la carne en descomposición.
Abrí la carpeta y clavé la mirada en ella.
—No te queda mucho tiempo…
—Ya te dije que, no sé quién era mi aliado —
murmuró Mathilde con la voz ronca, desde la
pared a la que permanecía atada.
—Ya no necesito esa información. —Me coloqué
los guantes y sonreí—. Sé quién trabajaba contigo
de manera anónima. También sé que te sacó
dinero para “financiar” los ataques en mi contra.
—¿Quién era?
—Las preguntas las hago yo. —Tomé el mando y
apreté el botón que tiraba de los grilletes en sus
manos, acortando las cadenas y obligándola a
ponerse de puntas, pero, en determinado
momento, terminó colgando del suelo—. Lo más
curioso de todo, es que, fue tan astuto que, nunca
supiste quién era, para que no lo pudieras delatar
o chantajear.
—Debe ser alguien muy cercano a mí —murmuró
Mathilde luchando por mantener la punta de sus
dedos tocando el piso.
—A los dos, pero no te preocupes, lo que no salió
de la boca de Emilio, lo obtuve revisando sus
pertenencias.
—Dominic, por favor, ten piedad, no quiero morir
en un lugar como este.
—Te daré la misma piedad que tuviste con mis
hermanos, con mis padres y con mi esposa. —
Saqué un arma y la coloqué en la mesa. A su lado,
puse un pequeño frasco con veneno y terminé
con una soga—. Estoy asqueado de verte, no vales
mi tiempo, pero teniendo piedad, te daré la opción
de elegir cómo morir.
—¡No! Maldito hijo de perra, no puedes tratarme
así —vociferó llena de odio.
—En cuánto salga de este lugar, serás liberada de
los grilletes. —Con el mando la elevé más y más
del suelo—. Tendrás 1 minuto para morir.
—¿Qué pasa si no elijo?
—La habitación será rociada con gasolina y
posteriormente, encendida. —Apreté un botón y la
corriente pasó a través de las caderas a los
grilletes e hicieron gritar a la vieja maldita—.
Sabes tan bien como yo, que no podemos dejar
rastro de lo que hacemos.
Metí el mando en mi bolsillo y dejé ese lugar.
Lennox cerró la puerta.
Abrí los grilletes y escuchamos un ruido seco.
—Ya quedó libre —comentó Harper, quien todavía
no se recuperaba del todo, pero estaba en
proceso de estar al 100% de nuevo.
—¿Qué creen que elegirá? —indagó Lennox.
—Veneno —dijo Avery—. Es mujer y siempre
quieren una muerte dramática.
—Yo creo que, se colgará. —Harper sonrió con
malicia—. Después de todo, ya se acostumbró a
estar de puntas.
—Arma, es rápido y preciso —comentó Lennox.
—Pienso que, es tan estúpida como para fingir
una muerte y tratar de escapar —manifesté
sereno.
—Sabremos en 3… 2… 1… —contó Avery.
Se escuchó el sonido de un disparo.
—Arma, gané.
—Ya lo veremos. —Activé el sistema de
cremación.
Los gritos de Mathilde no se hicieron esperar y
miré a Lennox.
—Se los dije.
—Debió revisar que solo quedaba una bala —dijo
Avery—. Bueno, me voy, esto olerá horrible.
—Lo que más me gusta del fuego, es que reduce
todo a cenizas, dientes, huesos, cabello. —Harper
arrimó una silla y se sentó.
—Lo que me gusta es poder hacer justicia con mis
manos. —Me crucé de brazos—. Hacerle pagar
uno a uno todo el daño que hicieron.
—Debemos salir y brindar por las personas a las
que hemos enviado al infierno —propuso Lennox.
Sí, ahora sí era posible relajarme.
Había logrado resolver todo antes de la llegada de
mi heredero.
Epílogo.
Dominic.
1 año y varios meses después…
Entré a la habitación de mi bebé y lo encontré
despierto en su cuna.
Era noctámbulo como su padre.
Me detuve en la baranda de la cuna, mi chiquito
estaba sentado jugando con uno de sus ositos.
—Hola, campeón —murmuré.
Mi pequeño al verme estiró sus manitos y saltó
emocionando:
—Papapa —balbuceaba contento.
—¿Tienes hambre? —Lo tomé en mis brazos, lo
abracé unos segundos y besé su carita.
—Tata. —Mi pequeño acarició mi cara, siempre le
llamaba la atención mi barba.
—Me temo que, debemos cambiarte el pañal. —
Caminé hasta el cambiador y lo acosté con
cuidado—. Tranquilo, he ganado práctica.
Comencé a tararear la canción que me cantaba
mi padre.
Los ojitos azules de mi pequeño me observaban
con auténtica curiosidad.
Con cuidado retiré los broches de la ropita, le
saqué el cocoliso. Abrí el pañal y sonreí evitando
poner cara de susto o de asco.
—Una noche ocupada. —Tomé una toalla húmeda,
luego otra y un par más por si acaso.
Limpié, limpié y me aseguré de dejar todo sin
resto de popo o pipi. Agarré otro pañal, se lo puse,
le apliqué cremita y se lo abroché.
Tomé otro atuendo de ropa y lo vestí con el
mismo cuidado.
—Ahora, sí. —Cargué a mi bebé en mis brazos—.
Estamos listo para una merienda nocturna.
Descendí por las escaleras disfrutando de las
sonrisas de mi pequeño, de cómo ponía su
cabeza en mi hombro y con su manito tocaba mi
barba.
Llegamos a la cocina y lo acomodé en su mini
trono sobre el mesón.
—Papá prepara el mejor tetero del mundo —narré
buscando todo lo que iba a necesitar—. Claro, no
podemos compararlo con las tetas de mami, pero
yo también lo hago con amor.
Mi bebé me miraba y se reía como si entendiera
todo lo que le decía.
Con cuidado de no hacer desastre, preparé el
tetero de mi pequeño.
Amaba ser padre, pero más amaba tener una
familia con Elizabeth.
Siempre que, miraba a mi bebé, me llenaba de
orgullo y asombro por haber creado una hermosa
personita.
Recuerdo que, Elizabeth se echó a llorar cuando
vio que, nuestro retoño era clavadito a mí.
—No es justo, solo fui una incubadora —sollozó en
mi pecho.
—Tranquila, podemos tener más hijos —la consolé,
aunque, me arrepentí de inmediato.
Probé que la temperatura del tetero fuera la
correcta y acosté a mi pequeño en mis brazos.
—Había una vez un príncipe que, estaba tan
perdido que, ni él mismo sabía que estaba
perdido. Hasta que, un día, conoció a una
princesa. En ese momento, el príncipe estaba
ciego y se rehusaba a hacerle caso a su corazón.
Ese que le gritaba hasta quedarse sin voz que, ella
era la mujer que había esperado toda la vida.
Mi bebé hacía caritas, escuchando mi historia y
bebiendo su tetero.
Salí de la cocina y seguí conversando con mi
pequeño. Me había dado cuenta de que a mi bebé
le gustaba pasearse por el pasillo donde estaban
los retratos familiares.
Me detuve frente al más reciente, le había pedido
a un artista que, me pintase un cuadro donde
estuviéramos los hermanos West, todos
sonriendo y compartiendo esa complicidad
robada.
—Siempre te protegeré. Todos los días antes de
dormir te abrazaré y te diré cuánto te amo, en las
mañanas estaré allí para alentarte a encontrar tu
camino. —Besé la cabeza de mi hijo—. Te juro que,
en esta vida, Logan, serás una persona amada y
feliz.
Me quedé en silencio, había pasado poco más de
un año y no dejaba de sentir remordimiento por
cómo terminaron las cosas.
Sin embargo, la llegada de mi bebé a mi vida era
mágica.
Miré a mi chiquito y le pregunté:
»¿Cuántos hermanos quieres tener?
—¿Conspirando a mi espalda? —nos interrumpió
mi mujer.
Me volteé a verla y casi caigo de rodillas antes
ella. El embarazo le había sentado de maravilla,
sus caderas eran un poco más anchas y su cul…
El ritmo de mi corazón se elevó cuando mi vista
se puso en sus tetas.
Estaban más grandes y eran tan jugosas. Su
cuerpo había madurado y yo estaba más
esclavizado a ella.
—¿Acaso nos espías? —murmuré tratando de no
parecer un cavernícola que solo piensa en tomar
a su mujer en todas las posiciones existentes e
inventar unas cuantas más.
—No es necesario, desde hacer 6 meses repites
la misma rutina con Logan —comentó mi mujer
poniendo su mano en mi barbilla y obligándome a
verla a los ojos.
—Es nuestro momento, padre e hijo —alegué y
volteé a ver a mi compañero nocturno, pero sus
ojitos estaban cerrados.
—Me temo que, el momento llegó a su fin. —
Elizabeth tomó a nuestro bebé en sus brazos y
Logan sonrió feliz, como si supiera que, estaba
con su mamita—. No dejo de sorprenderme y
agradecer cada día por la llegada de nuestro
bebé.
—Me pasa lo mismo —declaré y acaricié su rostro.
—Es extraño, pero nunca me imaginé siendo
madre. Ahora, no puedo imaginar una vida sin
Logan.
Nos quedamos en silencio, observando a nuestro
chiquito dormir.
—¿Le damos una hermanita? —propuse.
—Me parece una excelente idea —comentó
Elizabeth—, pero, solo si te embarazas tú.
—Vale, quizás más adelante podamos tener más
hijos. —Sabía cuando no tenía los recursos para
ganar una batalla.
Aunque, siempre podía encargarme de sus
anticonceptivos.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
Tiempo después…
En poco tiempo, el silencioso castillo había sido
envuelto por el alegre sonido de niños corriendo y
jugando en casa.
Dominic se había vuelto a salir con la suya y en
poco tiempo, estaba dando a luz a un par de
gemelas.
Nuestras bebés nacieron prematuras y estuvieron
internadas en el hospital, aunque, después de
unos meses difícil, ambas fueron recibidas en el
castillo como las princesas que eran.
Logan corrió torpemente para conocer a sus
hermanitas. Se acercó a cada una y con cuidado
les dio un beso en la frente.
Alayna y Evana que estaban dormidas, abrieron
sus ojitos al escuchar a su hermano aplaudir feliz
por su llegada.
—Nitas mías —celebraba mi pequeño.
—Sí, mi amor, ahora debemos cuidar de las
mujeres de la familia y no llevarles la contraria —
comentó Dominic tomando a Logan en sus
brazos—. Debemos hacer algo para igualar el
marcador.
—Basta de tus locas inyecciones —le advertí. Casi
lo cuelgo cuando descubrí su truco para
embarazarme.
—Vamos, quiero cargar a mis nietas, antes de que
mi hijo las tome bajo sus posesivas alas —
manifestó Carlota.
Dominic sonrió y abrazó a su madre.
—Soy afortunado, así que, compartiré un poco,
pero solo un poco contigo, madre. —Mi esposo
depositó un beso en la frente de Carlota.
—Dame a mi nieto, lo llevaré a recolectar flores
para sus hermanas. —Arthur estiró la mano y
Logan saltó de los brazos de su padre para ir con
su abuelo—. ¿Cuáles flores crees que les gusten
a tus hermanitas?
—Nitas, fores —comentó mi bebé moviendo sus
manitos.
—Mamá, ¿puedes llevarte a las gemelas? —
preguntó Dominic sin despegar los ojos de mí.
—Por supuesto. —Carlota sonrió, su doncella
tomó los portabebeses y la siguió.
Entrecerré los ojos y retrocedí conociendo a mi
marido.
—Basta, debo guardar reposo —dije en tono de
advertencia.
—¿Te he dicho que, me gusta cómo se te ven las
tetas?
—Cada 5 minutos en los últimos meses.
—Vamos, no debemos perder la práctica de como
hacer bebés. —Dominic me levantó del suelo y me
colocó sobre su hombro. Sin previo aviso, mordió
mi trasero—. A ese también lo atenderé hoy.
════∘◦✧◦∘════
Lizzie.
5 años después…
Me asomé por la ventana para ver a Arthur
jugando feliz con sus nietos.
Había enfermado y se presumía que, era una
secuela por los medicamentos que le administró
Mathilde, pero él trataba de vivir cada día con una
sonrisa en los labios.
Logan tenía 6 hermosos años y era el niño más
inteligente que había conocido. Además, era igual
de celoso que su padre con sus hermanitas.
Él las cuidaba y les tenía una paciencia infinita.
Lo más hermoso era cuando se metía en su
habitación a crear cuentos para ellas. También
seguía reuniéndose con su padre en las
madrugadas y juntos caminaban por el pasillo de
los retratos, ahora, también había uno de ellos.
Dominic era todo lo que había prometido ser.
Un hombre entregado a su reino y su familia, un
esposo amoroso y fiel.
Un amante apasionado y un rey justo.
Aunque, no quería conocer su lado oscuro.
Cada día dábamos lo mejor de nosotros para ser
mejores padres, mejores hijos, mejores hermanos
y mejores amigos.
No conocíamos el futuro, pero estábamos,
completamente, decididos a no repetir los pasos
de nuestros padres, de aprender de sus errores y
mejorar aquellas partes que, fueron lastimadas
cuando éramos vulnerables e indefensos.
Habíamos recorrido un largo y complicado
camino, desde nuestro nacimiento, hasta
encontrarnos; la vida nos había preparado para
ser el complemento perfecto del otro.
Yo era firme cuando Dominic flaqueaba y
viceversa.
Éramos confidentes, amigos y soñadores en
grande.
Final