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Lucy - Jamaica Kincaid

Este documento resume la historia de Lucy, una joven que viaja a Estados Unidos para trabajar como au pair. Al llegar, se da cuenta que la realidad no coincide con sus fantasías y sueña con volver a su país natal. Se siente sola y añora su hogar, la comida de su abuela y las personas que dejó atrás. Se aloja en la pequeña habitación de servicio y trata de adaptarse a su nueva rutina cuidando niños.
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Lucy - Jamaica Kincaid

Este documento resume la historia de Lucy, una joven que viaja a Estados Unidos para trabajar como au pair. Al llegar, se da cuenta que la realidad no coincide con sus fantasías y sueña con volver a su país natal. Se siente sola y añora su hogar, la comida de su abuela y las personas que dejó atrás. Se aloja en la pequeña habitación de servicio y trata de adaptarse a su nueva rutina cuidando niños.
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La llegada de la joven Lucy a los Estados Unidos para trabajar como au pair

de una familia acomodada supone para ella alcanzar un sueño largamente


acariciado: materializar la clausura de un mundo —el familiar— para acceder
a un lugar en el cual construir un futuro sin nostalgias por aquello que se dejó
atrás, representado en la figura odiosa de su propia madre.
Con un lenguaje descarnado que confunde autobiografía y ficción, Jamaica
Kincaid nos habla de la inevitabilidad del desarraigo. Es un relato que da
cuenta del modo en que la protagonista intenta desprenderse de la carga de
una historia previa, cuyas figuras se han vuelto una galería de seres
fantasmales que acuden a su mente una y otra vez y que, como en el caso de
su madre, solo pueden ser evocadas con rabia y resentimiento. Comprender la
soledad y un cierto tinte gris de la existencia será en Lucy una forma de vivir
una primera adultez que se extiende como un hermoso «cuaderno de páginas
en blanco».

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Jamaica Kincaid

Lucy
ePub r1.0
Titivillus 04-12-2022

Página 3
Título original: Lucy
Jamaica Kincaid, 1990
Traducción: Maria Eugenia Ciocchini Suárez

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

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LA POBRE INVITADA

Era mi primer día. Había llegado la noche anterior, una noche oscura y fría —
tal como correspondía a mediados de enero, aunque entonces yo no lo sabía—
y no pude ver nada con claridad en el camino desde el aeropuerto, a pesar de
que había luces por todas partes. Mientras viajábamos, alguien me señalaba
un edificio famoso, una calle importante, un parque o un puente que se
construyó con la idea de crear algo espectacular. Cuando soñaba despierta con
aquellos lugares, los imaginaba como sitios felices, como botes salvavidas de
mi pequeña alma que se ahogaba. Fantaseaba que entraba y salía de ellos y
justamente eso —entrar y salir de allí una y otra vez— me ayudaba a escapar
de una sensación desagradable que no podía definir. Sabía que era una especie
de tristeza, pero mucho más intensa. Ahora que los tenía ante mí, parecían
sitios corrientes, sucios, desgastados por la multitud de personas que entraban
y salían de ellos en la vida real; y comprendí que no podía ser la única
persona en el mundo que los visitaba reiteradamente en sus fantasías. No era
mi primer choque con la decepcionante realidad y tampoco sería el último.
Llevaba ropa interior nueva, comprada para el viaje, y sentada en el coche,
mientras me giraba hacia un lado y otro para apreciar mejor las vistas, recordé
lo incómodas que pueden resultar las prendas nuevas.
Por primera vez en mi vida entré en un ascensor y pronto me encontré en
un piso, sentada a la mesa, saboreando comida que acababan de sacar de una
nevera. En el sitio del cual venía, siempre había vivido en una casa y nunca
había tenido nevera. To das aquellas experiencias —subir en ascensor, estar
en un piso, comer comida del día anterior sacada de una nevera— eran tan
agradables que supe que pronto me acostumbraría a ellas, aunque al principio
me resultaba todo tan nuevo que sonreía con las comisuras de los labios hacia
abajo. Aquella noche dormí profundamente, pero no porque estuviera cómoda
y feliz, sino, por el contrario, porque no podía asimilar nada más.
La mañana de mi primer día, la que siguió a mi primera noche, era una
mañana soleada. No era el brillante sol amarillo al que estaba acostumbrada,
ese que hace que las cosas se ondulen en los bordes, casi asustadas, sino un

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sol amarillo pálido, como si se hubiera debilitado por el duro esfuerzo de
brillar. A pesar de todo, era un día soleado y eso hacía que no echara tanto de
menos mi país. Así, al ver el sol, me levanté y me puse un vestido de madras,
el mismo que habría usado si hubiera estado en casa y me preparara para
pasar un día en el campo. Me equivoqué; era un día soleado, pero el aire era
frío.
Después de todo, estábamos a mediados de enero. Sin embargo, yo no
sabía que aunque brillará el sol el aire podía estar frío; nadie me lo había
dicho. ¡Qué sensación tan extraña! ¿Cómo podría explicarla?
Algo que siempre había sabido, como sabía que mi piel era del color
marrón de un fruto seco pulido repetidamente con un paño suave, o como
conocía mi propio nombre, algo que siempre había dado por sentado, «brilla
el sol, el aire está caliente» no era verdad. Ya no estaba en una región tropical
y esta certeza llegó a mi vida como un torrente de agua que surcaba lo que
antes había sido tierra seca y firme, creando dos orillas: a un lado estaba mi
pasado —tan familiar y predecible que ahora al pensar en él incluso mi
infelicidad me hacía feliz—, y al otro mi futuro, un vacío gris, un encapotado
paisaje marino asolado por la lluvia y sin barcos a la vista. Ya no estaba en
una región tropical y sentía frío por dentro y por fuera. Era la primera vez que
experimentaba aquella sensación.

En algunos libros que había leído, a veces, cuando el argumento así lo


requería, alguien añoraba su hogar. Una persona abandonaba una situación no
demasiado agradable y se iba a otro sitio, un sitio mucho mejor, pero luego
deseaba volver. ¡Qué impaciencia solían_ despertar en mí aquellos
personajes!, pues yo era consciente de que no estaba en una buena situación y
deseaba con todas mis fuerzas irme a otro lugar. Sin embargo, ahora yo
también deseaba volver al sitio de donde había venido. Lo comprendía, allí
sabía a qué atenerme. Si entonces me hubieran pedido que expresara en un
dibujo mi visión del futuro, habría pintado una gran mancha gris con un
contorno negro, rodeado de un negro cada vez más oscuro.
Me sorprendían mis deseos de volver al sitio de donde venía, de dormir en
una cama que me había quedado pequeña, de estar con gente cuyos gestos
más nimios y naturales solían despertar en mí tal furia que ansiaba verlos
muertos a mis pies. Había imaginado que con el simple acto de salir de mi
país y mudarme a un sitio nuevo podía dejar atrás mis pensamientos y
sentimientos tristes, mi descontento general con la vida tal como se
presentaba ante mis ojos, como si se tratara de una prenda vieja que nunca
volvería a usar. En el pasado la idea de encontrarme en mi situación actual

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habría sido un consuelo; pero ahora ni siquiera tenía aquella esperanza, de
modo que me quedé echada en la cama y soñé que comía un bol de salmonete
e higos verdes rehogados en leche de coco y cocinados por mi abuela; por eso
me gustaba tanto aquel sabor: ella era la persona que yo más quería en el
mundo, y esos eran los manjares que más me gustaban.
El cuarto donde me alojaron era pequeño y estaba junto a la cocina; era la
habitación de servicio. Yo estaba acostumbrada a dormir en un sitio pequeño,
pero este era distinto. El techo era muy alto y las paredes se alzaban hasta
arriba como si la habitación fuera una caja, el tipo de caja donde se fletaba un
cargamento para un país lejano. Pero yo no era un cargamento, sino una joven
desdichada que vivía en la habitación de la criada y ni siquiera era criada. Era
la chica que cuida a los niños y estudia por las noches. Sin embargo, ¡qué bien
se portaban todos conmigo! Me decían que me considerara parte de la familia
y que me sintiera como en mi propia casa. Sabía que eran sinceros, pues no es
el tipo de cosas que uno le diría a un miembro de su propia familia. Después
de todo, ¿no es la familia la que se convierte en la muela de molino en el
cuello de la vida? El último día que pasé en casa, mi prima, una joven que
había conocido desde pequeña y una persona desagradable incluso antes de
que sus padres la obligaran a convertirse a la Iglesia Adventista del Séptimo
Día, me dio su propia Biblia como regalo de despedida y pronunció un
pequeño discurso sobre Dios, la bondad y las bendiciones. Ahora estaba
frente a mí, sobre un tocador, y recordé que cuando éramos pequeñas nos
asustábamos y torturábamos mutuamente leyendo en voz alta pasajes del
Libro de las Revelaciones. Entonces me pregunté si llegaría el día en que la
gente que había quedado atrás dejaría de aparecer ante mí de una forma u
otra.
Sobre el tocador también había una pequeña radio y la encendí. En aquel
momento se oyó una canción cuya letra parecía resumir mis sentimientos:
«Ponte en mi lugar, aunque solo sea por un día, mira si puedes soportar este
horrible vacío en el alma». Tarareé aquellas palabras para mí una y otra vez,
como si fueran una canción de cuna, y me volví a dormir. Soñé que tenía
entre las manos un viejo camisón de franela con dibujos de niños jugando con
hermosos adornos para el árbol de Navidad. Las es cenas del camisón eran tan
reales que hasta podía oír las risas de los niños. Entonces sentía la imperiosa
necesidad de saber de dónde venía aquel camisón y comenzaba a examinarlo
de forma frenética, buscando la etiqueta. Por fin la encontraba en el sitio
donde suelen estar todas las etiquetas, en la parte posterior, y decía: «Made in
Australia». Me despertó la verdadera criada, una mujer que en cuanto me

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conoció me hizo saber que yo no le gustaba, según ella por mi forma de
hablar. Yo tenía la impresión de que su antipatía se debía a otra cosa, pero no
sabía a cuál. Cuando abrí los ojos, la palabra «Australia» se interpuso entre
nuestras caras y recordé que Australia se había colonizado como prisión para
la gente mala, tan mala que no podía quedarse en las cárceles de sus propios
países.

Mi vida pronto se encauzó en una rutina. Acompañaba a cuatro niñas al


colegio y cuando regresaban al mediodía les daba de comer sopa de lata y
bocadillos. Por las tardes les leía cuentos y jugaba con ellas. Cuando no
estaban en casa, estudiaba y por las noches iba al colegio. Me sentía
desdichada. Miraba el mapa. Un océano me separaba del sitio de donde venía,
¿pero habría sido distinto si se hubiera tratado de una simple taza de agua? No
podía volver.
Afuera siempre hacía frío y todo el mundo decía que era el invierno más
frío que recordaban; pero por su forma de decirlo tenía la impresión de que
decían lo mismo cada vez que llegaba el invierno. No podía culparlos por
olvidar lo desagradable y hostil que había sido el invierno anterior. Los
árboles, con sus ramas desnudas y quietas, parecían muertos, como si alguien
acabara de dejarlos allí y pensara pasar a recogerlos más tarde. Todas las
ventanas de las casas estaban herméticamente cerradas, de la forma en que
suelen cerrarse las casas cuando van a estar desocupadas durante una larga
temporada, y la gente caminaba por las calles a toda prisa, como si estuvieran
haciendo algo a espaldas de alguien y no quisieran llamar la atención o como
si corrieran el riesgo de desintegrarse por permanecer demasiado tiempo en el
frío. Cómo deseaba ver a alguien quieto en una esquina, alguien que intentara
darme conversación o que se quejara para sí, en una voz lo bastante alta para
que yo pudiera oírla, dé un Dios que prodigaba amor y compasión tanto a los
justos como a los injustos.
Escribí una carta a casa diciendo que todo era maravilloso y utilicé frases
y palabras rimbombantes, como si estuviera viviendo la vida de una tarjeta de
felicitación, una de esas que tienen lazos de raso, corazones y rosas en relieve,
y que se supone que serán tan valiosas para el destinatario que los fabricantes
las protegen con una funda de celofán. Todos los que recibieron noticias mías,
contestaron diciendo que se alegraban de que me fuera tan bien, que me
echaban mucho de menos y que estaban ansiosos por verme de vuelta allí.

Un día, la criada que me había dicho que no le gustaba por mi forma de


hablar dijo que estaba convencida de que yo no sabía bailar. Afirmó que

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hablaba y caminaba como una monja y que mi aspecto era tan piadoso que le
producía náuseas y pena a la vez. Luego, tal vez para demostrar ese último
sentimiento, añadió que deberíamos bailar, aunque estaba segura de que yo no
sabría hacerlo. En mi habitación había un pequeño tocadiscos portátil, de esos
que cuando están cerrados parecen un neceser de señora, y ella puso un disco
que había comprado ese mismo día. Era una canción muy popular en Aquella
época: tres chicas de mi edad cantando en armonía, de una forma artificial y
poco sincera, sobre el amor y cosas por el estilo. Sin embargo la canción era
hermosa, sobre todo por lo poco sincera y artificial. La criada disfrutaba de la
canción, cantaba a voz en cuello y era una magnífica bailarina; su forma de
moverse era sorprendente. Yo no pude seguirla y le expliqué por qué: la
música de la canción era demasiado trivial y la letra no tenía ningún
significado para mí. Por la expresión de su cara descubrí que en realidad solo
despertaba un sentimiento en ella: náuseas. Entonces le dije que yo también
conocía canciones y me puse a cantar una balada sobre una chica que se
escapó de Puerto España, Trinidad, le fue muy bien y nunca se arrepintió de
haberse ido.

La familia estaba compuesta por el marido, la mujer y cuatro hijas. La


esposa y el esposo se parecían entre sí y las cuatro niñas se parecían a ambos.
En las fotografías familiares que había en todos los rincones de la casa, sus
seis cabezas rubias de distintos tamaños aparecían muy juntas, como si fueran
un ramo de flores y estuvieran atadas entre sí por un hilo invisible. Sonreían
al mundo, dando la impresión de que lo encontraban abrumadoramente
hermoso. Las sonrisas no eran falsas. De todos los sitios que habían visitado,
y parecían haber viajado por todo el mundo, habían traído un pequeño
recuerdo y todos ellos podían recitar su historia desde el principio. Incluso
cuando caía una pequeña llovizna, admiraban la forma en que el agua veteaba
el aire limpio.
A la hora de cenar, cuando nos sentábamos a la mesa sin dar las gracias a
Dios (era un alivio que creyeran en un Dios al que no había que agradecerle
algo a cada paso) se decían cosas bonitas los unos a los otros. Las niñas
parecían muy felices; dejaban caer la comida del plato, no comían nada o
hacían rimas sobre los alimentos que acababan con las palabras «huele mal».
¡Cómo me hacían reír! Me preguntaba qué tipo de padres había tenido yo que
solo por pensar aquellas palabras en su presencia habría recibido una severa
regañina. Entonces me hice el firme propósito de que, si alguna vez tenía
hijos, las primeras palabras que saldrían de sus bocas serían palabrotas.

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Una noche cuando estábamos cenando, pocos días después de mi llegada,
comenzaron a llamarme la «invitada». Dijeron que no parecía formar parte de
la casa, como si no viviera con ellos, como si no fueran una familia para mí,
como si estuviera de paso y solo dijera un largo «hola» que pronto acabaría
con un breve «adiós, hasta pronto, lo he pasado muy bien». Pues, ¡vaya forma
de mirarlos comer!, decía Lewis. ¿Acaso nunca había vista a nadie llevarse
una cucharada de judías verdes a la boca? Aquel comentario hizo reír a
Mariah, aunque prácticamente cualquier cosa que dijera Lewis hacía reír a
Mariah. Yo, sin embargo, no reí y Lewis me miró con preocupación.
—Pobre invitada —dijo— pobre, pobre invitada.
Lo repitió una y otra vez, con tono compasivo y luego me contó una
historia sobre un tío suyo que se había ido a Canadá a criar monos. Después
de un tiempo de vivir rodeado de monos, el tío les había tomado tanto cariño
y se había acostumbrado tanto a ellos, que le resultaba difícil entenderse con
los seres humanos. Ya me había contado aquella historia antes, y mientras lo
hacía esta vez, yo recordaba un sueño que había tenido: Lewis me perseguía
por toda la casa y yo estaba desnuda. El suelo era amarillo, como si lo
hubieran pavimentado con harina de maíz. Lewis me perseguía por todas
partes pero, a pesar de que llegaba muy cerca, nunca lograba alcanzarme.
Mariah estaba al otro lado de una ventana abierta y decía: «Cógela, Lewis,
cógela». Por fin me caía en un pozo en cuyo fondo había serpientes azules y
plateadas.
Cuando Lewis terminó de contarme su historia, yo le relaté mi sueño. Los
dos se quedaron mudos. Luego me miraron y Mariah carraspeó, aunque era
obvio por su forma de hacerlo que no lo necesitaba en absoluto. Sus dos
cabezas amarillas se volvieron launa hacia la otra y luego se movieron de
arriba a abajo al mismo tiempo. Lewis dejó escapar una risita y luego dijo:
—Pobre invitada, pobre, pobre invitada.
—El doctor Freud de invitado —añadió Mariah.
Me pregunté qué habría querido decir, pues no sabía quién era el doctor
Freud. Luego rieron suave y amablemente. Yo les había contado mi sueño
para hacerles ver que solo la gente muy importante para mí aparece en ellos,
pero no sé si lo entendieron.

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MARIAH

Una mañana de principios de marzo, Mariah me dijo:


—Nunca has visto la primavera, ¿verdad?
Y no tuvo que esperar la respuesta, porque ya la sabía. Pronunció la
palabra «primavera» como si se tratara de una amiga íntima, una amiga que
había estado ausente mucho tiempo y con quien pronto protagonizaría un
apasionado reencuentro.
—¿Has visto alguna vez los narcisos intentando abrirse paso y
asomándose sobre la tierra? Cuando están en flor, apiñados, sopla el viento y
los obliga a hacer una reverencia al césped que se extiende a sus pies. ¿Has
visto alguna vez algo así? Cuando yo lo veo, ¡me siento tan feliz de estar
viva!
Y yo pensé: «De modo que Mariah se siente feliz porque unas flores se
doblan al viento. ¿Cómo puede alguien llegar a ser así?».
Recordé un antiguo poema que me habían obligado a memorizar cuando
era alumna de la Escuela Femenina Reina Victoria. Me habían hecho
aprenderlo, verso a verso, para recitarlo ante un público de padres, profesores
y compañeros. Cuando acabé, todo el mundo se puso de pie y aplaudió con un
entusiasmo que me sorprendió. Más tarde me felicitaron por lo bien que había
pronunciado cada palabra, por cómo había puesto el énfasis preciso en los
sitios donde correspondía y me aseguraron que si el poeta, muerto desde hacía
tiempo, hubiera podido oírme, se habría sentido muy orgulloso. Entonces yo
me encontraba en el apogeo de mi duplicidad: o sea, por fuera parecía una
cosa y en el fondo era otra; por fuera, falsa; por dentro, verdadera. De modo
que hice pequeñas exclamaciones de agrado que demostraban al mismo
tiempo modestia y aprecio; pero por dentro juré borrar de mi mente cada
verso, cada palabra de aquel poema. La noche después de recitarlo, soñé una
y otra vez que los narcisos que había prometido olvidar me perseguían por
una estrecha calle adoquinada y que cuando por fin caía, agotada, se
amontonaban sobre mí hasta que quedaba enterrada debajo de ellos y nadie
volvía a verme nunca más. Yo había logrado olvidar aquel incidente hasta que

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Mariah volvió a mencionar los narcisos. Entonces se lo conté con una furia
que nos sorprendió a las dos. Estábamos de pie bastante cerca, pero en cuanto
terminé de hablar, sin un segundo de vacilación, ambas retrocedimos. Fue
apenas un paso atrás, pero yo sentí como si acabara de comprobar algo de lo
que no había sido consciente hasta ese momento.
—Vaya historia que tienes —dijo Mariah mientras extendía la mano para
acariciarme la mejilla.
—Se la regalo, si la quiere —dije yo, creyendo notar cierto dejo de
envidia en su voz.
A partir de aquel día, Mariah comenzó a decir «En cuanto llegue la
primavera…» y la frase seguía con tantos planes que yo no podía creer que
todo eso fuera a suceder en una sola y pequeña primavera. Dijo que nos
marcharíamos de la ciudad e iríamos a uno de los Grandes Lagos, a la casa
donde ella solía veranear cuando era pequeña. Visitaríamos algunos jardines
fantásticos y el zoo, algo muy bonito para hacer en primavera, y las niñas
estarían encantadas. Haríamos una excursión al parque en cuanto llegara el
primer día de calor imprevisto. Estaba ansiosa porque la acompañara a dar un
paseo al atardecer para mostrarme la magia de un cielo de primavera. Sin
embargo, el mismo día en que debía llegar la primavera, hubo una gran
nevada y cayó más nieve en ese día que en el resto del invierno. Mariah me
miró y se encogió de hombros.
—¡Típico! —dijo con la expresión de alguien que acaba de sufrir una
traición personal.
Yo me reí de ella, pero en el fondo me preguntaba: «¿Cómo se puede ser
desdichado porque el tiempo ha cambiado de opinión, porque el tiempo no ha
cumplido nuestras expectativas? ¿Cómo se llega a ser de esa manera?».
Mientras el tiempo acababa de decidirse por diversos grados de frío, yo
iba de un sitio a otro con cartas de mi familia y mis amigos arañando mis
pechos. Guardaba las cartas en el sujetador y las llevaba a todas partes
conmigo, pero no como símbolo de amor y añoranza, sino todo lo contrario,
por un sentimiento de odio. No era tan extraño, ¿acaso no hay un paso del
amor al odio? Cada una de aquellas cartas eran de una persona a la que había
amado sin reservas en algún momento de mi vida. Poco tiempo antes, por
simple cortesía, yo le había escrito una carta muy bonita a mi madre
hablándole de mi primer viaje en metro. Ella me contestó y después de leer su
carta, me entró miedo hasta de asomar la cabeza por la puerta. La carta estaba
llena de detalles sobre cosas horribles y perversas que según ella habían
tenido lugar en aquellos mismos trenes de metro donde yo viajaba. Pocos días

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antes —me escribía—, había leído una noticia sobre una joven inmigrante, de
mi misma edad, a quien habían degollado mientras viajaba, quizás en el
mismo tren que yo.
Pero, por supuesto, yo ya sabía lo que era el miedo real. Había conocido a
una niña, una compañera de colegio, cuyo padre tenía tratos con el diablo. En
una ocasión, por simple curiosidad, la niña había entrado en la habitación
donde trabajaba su padre, había mirado cosas que no debía y el demonio la
había poseído. La niña enfermó, y cuando mis compañeras y yo salíamos del
colegio, nos deteníamos frente a su casa y oíamos sus gritos, mientras aquello
que la poseía la azotaba. Al final, tuvo que cruzar el mar, donde el demonio
no podía seguirla porque es incapaz de caminar sobre el agua.
Mientras los bordes de las cartas me arañaban la piel encima del corazón,
yo pensaba en aquella experiencia. Pensaba que por un lado había una chica
golpeada por un ser a quien no podía ver y por el otro, una chica degollada
por un hombre a quien tampoco podía ver. En este enorme mundo, ¿por qué
mi vida debía verse reducida a cualquiera de aquellas dos posibilidades?
La nieve caía en espesos y pesados copos que colgaban de los árboles
como adornos encargados para una ocasión especial, una celebración de la
que nadie había oído hablar, pues todo el mundo se quejaba. Durante todos
los meses en que había vivido en ese lugar, las tormentas de nieve habían ido
y venido sin que yo les prestara atención, excepto para pensar que la nieve era
un estorbo cuando tenía que cruzar las montañas que se formaban en la acera.
Todas las Nochebuenas, mis padres solían ir al cine a ver una película en que
Bing Crosby cantaba a voz en cuello enterrado en la nieve hasta la cintura. Mi
madre una vez me contó que en una de sus primeras citas con mi padre habían
ido a ver esa misma película, y cuando me lo dijo, yo sentí que ya ni siquiera
me gustaba su forma de hablar.
—Debe de haber sido una experiencia casi mística —le dije sin intentar
disimular el tono de burla.
Luego me fui de allí deprisa, porque, aunque no había podido contenerme,
mi corazón de trece años no podía soportar verle la cara cuando le causaba
dolor.
Sin embargo, hasta yo sentía algo especial al ver caer la nieve. Tenía
cierta belleza; no la clase de belleza que uno desearía para todos los días de su
vida, sino aquello que uno puede apreciar solo cuando vive rodeado por un
exceso de cosas hermosas. Los días eran más largos, el sol se ponía más tarde,
el cielo del atardecer parecía más bajo de lo normal y la nieve tenía el color y
la textura de una clara de huevo a medio cocer, haciendo que el mundo

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pareciera suave, maravilloso e —inesperadamente para mí— nutritivo. Que el
mundo pudiera ser suave, maravilloso y nutritivo era más de lo que yo podía
soportar, de modo que me detuve allí y sollocé, pues no quería amar ninguna
cosa más en mi vida, no quería que existiera algo capaz de romper mi corazón
en millones de fragmentos a mis pies. Pero el sentimiento estaba allí y yo no
podía hacer nada para evitarlo, pues en el fondo sabía que era demasiado
joven para sentir verdadera amargura, verdadero arrepentimiento, verdadera
insensibilidad.
Las tormentas de nieve comenzaban y terminaban más deprisa de lo
habitual. Mariah decía que la forma en que la nieve desaparecía, como si un
ser hambriento e invisible se la tragara, era bastante normal para aquella
época del año. Todo lo que había parecido rígido durante el frío invierno —
aceras, edificios, árboles, la misma gente— daba la impresión de ablandarse y
volverse flácido. Ahora podía ver el invierno como si fuera historia. Era, por
así decirlo, mi primer pasado verdadero; un pasado propio sobre el cual tenía
la última palabra. Acababa de vivir una temporada triste y fría, y no me
refiero al tiempo. Había sobrevivido al invierno, y aunque el clima cambiaba
del frío al calor, yo no me dejaba arrastrar por él. Algo se instaló en mi
interior, algo pesado y duro, algo inmóvil, y no había un solo pensamiento
que lo hiciera desaparecer. Pensé: «Así que esto es la vida, este debe de ser el
comienzo de esa época a la que más tarde la gente se refiere como “hace años,
cuando era joven”».
Mi madre tenía cierta amistad con una mujer… una amistad de la que no
se jactaba, pues aquella mujer había estado en la cárcel. Se llamaba Sylvie y
tenía una cicatriz en la mejilla derecha producida por un mordisco humano.
Era como si su mejilla fuera una fruta a la que alguien hubiera hincado los
dientes, dispuesto a comérsela, pero luego se hubiera arrepentido al darse
cuenta de que no estaba madura del todo. Sylvie se había enfrentado en una
gran pelea con otra mujer, para decidir quién viviría con el hombre que ambas
amaban. Por lo visto Sylvie dijo algo imperdonable, la otra mujer se enfureció
y la abrazó, no en un abrazo de amor sino de odio, dejando a Sylvie con la
mejilla marcada. Ambas mujeres fueron enviadas a prisión por escándalo
público, y su paso por la cárcel era una circunstancia que nadie les permitiría
olvidar mientras vivieran. Por esa razón a mí no se me permitía hablar con
Sylvie, ella no podía visitarnos cuando mi padre estaba en casa y su amistad
con mi madre era un secreto. Yo solía observar a Sylvie; y notaba que cada
vez que dejaba de hablar, incluso en las conversaciones más breves, se
llevaba la mano a la cara y acariciaba su pequeña rosa (antes de conocer la

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verdad, yo creía que aquella señal era una rosa que se había hecho tallar a
propósito, porque amaba tanto la belleza de las rosas que quería lucir una en
la cara). Era como si la cicatriz de su cara la uniera a algo mucho más
profundo que su realidad, algo que no podía expresar en palabras. Un día,
cuando mi madre no estaba presente, Sylvie admiró la forma en que mis
ensortijados tirabuzones caían a ambos lados de mi cuello y luego dijo algo
que no alcancé a oír, que comenzó con: «Hace muchos años, cuando yo era
joven…». Entonces se pellizcó la mejilla de la cicatriz con los dedos y la
retorció de tal modo que pensé que iba a caerse como una ciruela oscura,
púrpura, en su palma rosada, y su voz se volvió triste e intensa, a pesar de que
mientras hablaba no dejaba de reírse. Así fue como empecé a pensar que los
comienzos de la vida, de la vida real, eran tristes y duros; y aunque tal vez
nunca llegaría a tener una señal en la mejilla, no me cabía duda de que algún
día la tendría en algún sitio.

Una mañana estaba de pie frente al fregadero de la cocina, con mis


pensamientos centrados en mí misma, como es natural, cuando entró Mariah,
bailando mientras cantaba una canción que había sido popular cuando su
madre era joven. Era una canción que obviamente había despreciado en su
juventud y por eso la cantaba con exagerada emoción, como para demostrar
que seguía pareciéndole ridícula. Dio unas cuántas vueltas impetuosas por la
cocina y se detuvo de forma súbita sin tropezarse con nada, a pesar de que
había un montón de cosas en su camino.
«Siempre quise tener cuatro hijos, cuatro niñas. Adoro a mis hijas» —dijo
con claridad y franqueza, sin dudas, pero también sin jactancia. Mariah estaba
más allá de las dudas o la jactancia. Pensé: «Las cosas siempre le deben de
haber salido como quería, no solo a ella, sino a todas las personas que ha
conocido en su vida; nunca ha tenido dudas, por lo tanto nunca ha necesitado
jactarse de nada; siempre le ocurre lo apropiado, siempre le ocurre lo que
quiere»—. Te quiero —añadió y otra vez lo dijo con claridad y franqueza, sin
dudas ni jactancia.
Yo le creí, pues si alguien podía llegar a querer a una chica que había
venido desde el otro extremo del mundo para ayudarle a cuidar a sus hijas, esa
era Mariah. Se la veía tan hermosa, allí, en medio de la cocina. La luz
amarilla del sol se filtraba por la ventana y caía sobre las baldosas de linóleo
amarillo claro del suelo y sobre las paredes de la cocina, que estaban pintadas
de otro tono de amarillo. Mariah, con su piel amarillo pálida y su pelo
amarillo, bajo aquella luz casi celestial, parecía una imagen bendita,
inmaculada, sin mancha o cicatriz de ningún tipo en la mejilla ni en ningún

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otro sitio, como si nunca hubiera peleado con nadie por un hombre ni por
ninguna otra cosa y jamás fuera a necesitar luchar por nada en absoluto, como
si nunca hubiera hecho nada malo ni hubiera estado en la cárcel, como si
jamás hubiera tenido que dejar a nadie por otra razón que el dictado de sus
propios sentimientos. Aquella mañana se había lavado el pelo y desde donde
yo estaba podía oler el perfume de su champú. Sin embargo, debajo de aquel
aroma, podía percibir el olor de la propia Mariah. Era un olor agradable; solo
eso, agradable, y pensé: «Ese es el problema con Mariah, que tiene un olor
agradable». Entonces supe que yo quería tener un olor potente y que no me
importaría que a los demás les molestara.

El día en que se hizo evidente que no habría marcha atrás en el clima, que
el invierno había pasado y que su regreso era un hecho muy improbable,
Mariah dijo que debíamos prepararnos para pasar una temporada en la casa
que tenía a orillas de uno de los Grandes Lagos. Lewis no nos acompañaría,
sino que se quedaría en la ciudad y aprovecharía nuestra ausencia para hacer
cosas que ni a ella ni a las niñas les gustaba hacer. Yo no podía imaginar a
qué cosas se refería. Mariah dijo que tomaríamos un tren, pues quería que
viviera la experiencia de pasar la noche viajando y luego desayunar mientras
avanzábamos a través de campos recién arados. Hizo tantos preparativos…
Yo no imaginaba que dejar la casa por un tiempo tan corto pudiera llegar a ser
tan complicado.
Como aquella tarde las niñas, mi responsabilidad, no volverían del colegio
hasta las tres, Mariah me llevó a un jardín, que describió como uno de sus
lugares favoritos en el mundo. Me tapó los ojos con un pañuelo, me cogió de
la mano y me condujo hacia un claro. Luego me quitó el pañuelo y dijo:
—Ahora mira.
Yo miré. Estábamos en una zona llena de árboles altos, con gruesos
troncos, que crecían a lo largo de senderos serpenteantes. En los caminos,
bajo los árboles, había muchas, muchísimas flores amarillas del tamaño y la
forma de tazas de té de juguete o faldas de hadas. Parecían simultáneamente
prendas de vestir y productos comestibles; tenían un aspecto hermoso, simple,
como si hubieran sido creadas para borrar de la existencia una idea
complicada e innecesaria. Yo no sabía qué tipo de flores eran, así que mi
súbito deseo de destruirlas era un misterio incluso para mí. En efecto, deseaba
destruirlas. Ansiaba tener una enorme guadaña, avanzar por el camino,
arrastrándola a mi lado, y cortar las flores al ras del suelo.
—Son narcisos —dijo Mariah—. Lamento lo del poema y espero que a
pesar de todo te parezcan hermosos.

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Su voz sonaba tan alegre, tan musical… ¿Cómo podía explicarle los
sentimientos que despertaban en mí aquellos narcisos? ¿Cómo podía
explicarle que no importaba que fueran narcisos, que hubiera sentido lo
mismo ante cualquier otro tipo de flores? ¿Por dónde empezar?, ¿aquí o allí?
En cualquier sitio habría sido lo mismo; pero mi corazón y mis pensamientos
estaban desbocados, así que cada vez que intentaba hablar, tartamudeaba y me
mordía la lengua accidentalmente.
Mariah, que confundió mis sentimientos con la emoción de ver los
narcisos por primera vez, intentó abrazarme, pero yo me aparté, y al hacerlo,
recuperé la voz.
—Mariah —dije—, ¿se da cuenta de que a los diez años tuve que
aprender de memoria un poema sobre unas flores que no vería en la vida real
hasta cumplir diecinueve?
En cuanto pronuncié aquellas palabras, sentí pena por haber colocado a
sus amados narcisos bajo una perspectiva que ella nunca había considerado,
una perspectiva de conquistadores y conquistados, una perspectiva de brutos
que se hacían pasar por ángeles y ángeles retratados como brutos. Esa mujer
apenas me conocía, pero me amaba, y pretendía que yo amara aquello —un
bosquecillo repleto de narcisos en flor— que ella también amaba. Los ojos se
le hundieron de nuevo en la cara, como si intentaran protegerse a sí mismos o
se tomaran un descanso después de una tarea agotadora e inesperada. No era
culpa de ella ni mía; pero nada podía cambiar el hecho de que allí donde ella
veía flores hermosas, yo solo veía pena y amargura. Las mismas cosas podían
provocar nuestras lágrimas; pero esas lágrimas no tendrían nunca el mismo
sabor. Caminamos hacia la casa en silencio. Me alegraba de haber visto por
fin qué aspecto tenían los malditos narcisos.

Cuando llegó el día de marcharnos hacia la casa del Gran Lago, yo estaba
segura de que no quería ir, pero a media mañana recibí una carta de mi madre
poniéndome al día sobre cosas que pensaba que echaría de menos y de las que
creía que me gustaría saber algo.
«Aún no ha llovido desde que te fuiste», escribía. «¡Qué fascinante!», me
dije a mí misma con amargura. En todo el año anterior a mi partida no había
llovido ni una sola vez, pero eso había dejado de interesarme. Ahora el
objetivo de mi vida era poner la mayor distancia posible entre mí misma y los
hechos mencionados en esa carta. Sentía que si podía alejarme los kilómetros
necesarios del lugar de donde venía aquella carta, si podía poner suficientes
sucesos entre mi persona y los sucesos mencionados en la carta, sería capaz

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de tomar las cosas como vinieran y no ver cientos de años en cada gesto, en
cada palabra hablada, en cada rostro.
En el tren nos acomodamos con las niñas en nuestros compartimientos,
dos niñas con Mariah y dos conmigo. En una de las pocas películas que había
visto hasta entonces en mi vida, la gente hacía justamente aquello:
acomodarse en sus compartimientos. Supongo que debí haberme emocionado
por hacer algo que no había hecho nunca antes y que solo había visto en el
cine; pero casi todo lo que hacía entonces era nuevo y lo nuevo ya no me
entusiasmaba a no ser que me hiciera recordar el pasado. Fuimos a cenar al
vagón-restaurante. Nosotras nos sentamos en una mesa y las niñas solas en
otra. Ellas lo habían querido así y habían prometido que se portarían bien;
aunque todos sabíamos que siempre lo hacían. Las demás personas sentadas
en el comedor parecían parientes de Mariah, mientras que las que servían las
mesas eran iguales a mis parientes. Los que parecían parientes míos eran
todos hombres mayores y tenían un aspecto digno, como si acabaran de salir
de la misa dominical. Sin embargo, mirándolos mejor, no eran como mis
parientes, solo se parecían a ellos, pues mis parientes siempre replicaban.
Mariah no parecía haber notado lo que tenía en común con los demás
comensales, ni lo que yo tenía en común con los camareros. Actuaba en la
forma habitual, presuponiendo que el mundo era redondo y que todos
estábamos de acuerdo en eso, cuando en realidad yo sabía que el mundo era
plano y que si me acercaba demasiado al borde me caería.
La noche en el tren fue aterradora. Cada vez que intentaba dormirme,
justo cuando parecía que lo había logrado, me despertaba convencida de que
me perseguían miles de personas, montadas a caballo, con machetes en las
manos, dispuestas acortarme en trozos. Por supuesto, yo era consciente de que
aquella pesadilla estaba inspirada en el ruido de las ruedas del tren sobre los
raíles, pero la explicación racional de lo que ocurría no cambiaba las cosas.
Por la mañana temprano, Mariah dejó su compartimiento y vino a decirme
que estábamos pasando por uno de esos campos recién arados que tanto le
gustaban. Alzó la cortina y cuando vi kilómetro tras kilómetro de tierra
removida, dije con tono cruel:
—Bueno, gracias a Dios que no he tenido que hacerlo yo.
No sé si ella habrá alcanzado a comprender el sentido de mis palabras,
porque en aquella única frase quise decir muchas cosas diferentes.

Cuando llegamos a nuestro destino, nos esperaba un hombre que Mariah


había conocido toda su vida, un sueco que siempre había trabajado para su
familia. Su nombre era Gus y Mariah hablaba de él como de una propiedad

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entrañable, como de un recuerdo. Por supuesto, él era parte de su pasado, de
su niñez. Había estado presente cuando ella dio sus primeros pasos y ella
había pescado su primer pez en un bote junto a él; les había pillado una
tormenta en medio del lago y había sido un milagro que sobrevivieran,
etcétera, etcétera. Sin embargo, él era una persona real, y pensé que Mariah
debería haber separado al hombre llamado Gus que estaba frente a ella en el
presente, de todas las cosas que había significado para ella en el pasado.
Sentía deseos de decirle: «¿No odia la forma en que ella pronuncia su
nombre, como si usted le perteneciera?». Pero luego medité sobre ello y
comprendí que una persona que viene de Suecia es alguien completamente
distinto a mí.
Atravesamos kilómetros y kilómetros de campo, kilómetros y kilómetros
de la nada. Me alegraba de no vivir en un sitio como aquel. La tierra no decía:
«Bienvenidos, es un placer recibirlos», sino más bien: «Los desafío a que se
queden aquí». Por fin llegamos a un pequeño pueblo. Mientras recorríamos
sus calles, Mariah se emocionó; su voz se volvió ronca, como si solo ella
necesitara oír lo que decía. A medida que las cosas se cruzaban ante su vista,
reaccionaba con exclamaciones de alegría o tristeza. En los seis meses
transcurridos desde su última visita, algunas cosas habían cambiado, había
otras nuevas y otras más habían desaparecido para siempre. A su paso por la
ciudad, parecía olvidar que era la esposa de Lewis y la madre de cuatro hijas.
Cuando dejamos atrás el pequeño pueblo, un silencio cayó sobre todos
nosotros y me invadió una extraña sensación de tristeza. Sentía pena por
Mariah; sabía lo que había experimentado al ver pasar el pasado rápidamente
ante sus ojos. Es algo horrible, como sí de repente alguien tirara de la tierra
que uno pisa y debajo no hubiera nada, solo un agujero en el que uno no
termina de caer nunca.
Enseguida me di cuenta de que la casa en que había crecido Mariah era
hermosa. Era grande, amplia, como si le hubieran agregado habitaciones a
medida que las iban necesitando, aunque siempre en el mismo estilo. La
construcción estaba inspirada en la casa de campo donde había crecido el
abuelo de Mariah, en algún lugar de Escandinavia. Tenía una bonita galería
en la parte delantera, un lugar perfecto para ver caer la lluvia. Toda la casa
estaba pintada de un apacible color amarillo con detalles en blanco, que desde
lejos la hacían parecer cálida y acogedora. Desde mi habitación podía ver el
lago. Yo había leído sobre los orígenes y la historia de aquel lago en libros de
geografía y ahora me resultaba extraño tenerlo tan cerca. Parecía vulgar, gris,

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sucio y hostil; un lago incapaz de inspirar una canción. Mariah entró en la
habitación, y al verme mirando el agua me rodeó con sus brazos y dijo:
—¿No es maravilloso?
Pero yo no pensaba lo mismo.
Dormí tranquila, sin que me molestara ninguna angustiosa pesadilla;
como si el solo hecho de saber que había agua junto a mi ventana, aunque no
se tratara del enorme océano azul al que estaba acostumbrada, me hubiera
tranquilizado.
Mariah pretendía que todos, tanto las niñas como yo, viéramos las cosas
del mismo modo que ella. Quería que disfrutáramos de la casa con todos sus
rincones y sus grietas, con sus olores dulzones y sus encantos, tal como ella
había hecho cuando era pequeña. Las niñas aceptaban complacidas ver las
cosas a su manera; tendrían que haber sido cuatro pequeñas versiones de sí
misma para no besar el suelo que ella pisaba. Pero yo ya tenía una madre que
me amaba y había llegado a sentir ese amor como una carga, había
contemplado con horror la expresión satisfecha de mi madre cuando alguien
hablaba del gran aprecio que me prodigaba. Yo había llegado a sentir que el
amor de mi madre estaba destinado exclusivamente a convertirme en un eco
de sí misma; y aunque no sabía por qué, prefería estar muerta antes que
convertirme en el eco de alguien. No era una simple metáfora. Aquellas
reflexiones habrían sido una verdadera sorpresa para mi madre, pues a lo
largo de su vida se había convencido de que su forma de ser era la mejor y no
hubiera podido creer que alguien que había engendrado en su propio vientre
quisiera ser distinta a ella. Yo misma no tenía una explicación para aquello,
pero así era. Gracias a pensamientos como aquel, ahora estaba sentada en la
orilla de uno de los Grandes Lagos, con una mujer que quería enseñarme el
mundo y que además esperaba que a mí me gustara.
A veces no hay escapatoria, pero a menudo el esfuerzo de intentar huir
nos basta durante un tiempo.
Un día estaba sentada en la galería, enfrascada en estos pensamientos,
cuando vi a Mariah subir por el sendero con seis peces grisáceos en la mano.
—¡Ta-chap! —exclamó—. ¡Truchas! —E hizo un amplio ademán con las
manos, mientras alzaba los peces a la luz y los colores del arcoíris se
reflejaban en sus escamas— «Os convertiré en pescadores de hombres» —
cantó, y luego bailó a mi alrededor. Después se detuvo y dijo—: ¿No son
preciosas? Gus y yo salimos en mi viejo bote y las pescamos. Mis peces. Esta
es la cena. Vamos a alimentar a los subordinados.

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Es probable que en realidad dijera «vamos a alimentar a millones». No
había duda de que lo había dicho en broma; pero mientras cocinábamos el
pescado, yo pensaba en los «subordinados». Una palabra como aquella podía
obsesionar a alguien como yo, pues el lugar de donde venía estaba bajo el
dominio de otro país. Me obsesioné tanto con la palabra «dominio» que le
conté a Mariah la siguiente historia: Cuando yo tenía unos cinco años, oí por
primera vez la anécdota en que Jesucristo alimenta a la multitud con siete
hogazas de pan y unos pocos peces.
—¿Pero cómo sirvió los peces Jesucristo? —le pregunté a mi madre
cuando terminó de leer—. ¿Guisados o fritos?
Mi madre me miró estupefacta y sacudió la cabeza. Luego le contó a todo
el mundo lo que yo había dicho y la gente también sacudía la cabeza y decía:
«¡Qué niña!». En realidad, no era una pregunta tan descabellada. En el lugar
donde yo me crie, mucha gente se gana la vida pescando. A menudo, después
de que un pescador vuelve del mar y distribuye los peces entre la gente que lo
ha contratado, aparta algunos ejemplares, los limpia y los sazona, los cocina
con la ayuda de su esposa en una hoguera junto a la orilla y los pone a la
venta. Era agradable sentarse en la arena bajo un árbol, refugiándose del sol
ardiente, y comer un pescado perfectamente frito disfrutando de la vista del
maravilloso mar azul, el antiguo hogar del ser que uno estaba saboreando. Al
preguntar sobre la forma en que Jesucristo había servido los peces con el pan,
yo había pensado que la multitud no solo se alegraría de tener algo que comer,
que no solo se maravillaría ante el milagro de que tan poca cosa se convirtiera
en tanto, sino que también apreciaría la forma en que el pescado estaba
cocinado. Sé que a mí me habría importado. En casa, todos preferíamos el
pescado guisado. Es una pena que la gente que relató su vida junto a Cristo
nunca mencionara ese pequeño detalle, un detalle que habría significado
mucho para mí.
Cuando acabé de contarle aquello a Mariah, ella me miró y sus ojos azules
(que me habrían parecido hermosos incluso si no hubiera leído miles de libros
donde los ojos azules siempre iban acompañados de la palabra «hermosos»)
se volvieron opacos mientras ella cerraba lentamente los párpados y luego
brillantes mientras los abría más y más grandes.
Se hizo un silencio, un profundo silencio, aunque no demasiado denso ni
negro. A través de él, podíamos oír el tintineo de los utensilios de cocina
mientras cocinábamos el pescado con el método de Mariah —bajo las llamas
del horno, de una forma que a mí no me gustaba— y los gritos de las niñas a
lo lejos… gritos de dolor o de alegría, no podía asegurarlo.

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Mariah y yo nos dimos las buenas noches de la forma usual, con un
abrazo y un beso, pero esta vez ambas actuamos como si nos arrepintiéramos
de haber adquirido esa costumbre. Cuando estaba casi fuera de la habitación,
ella se volvió y dijo:
—Estaba ansiosa por decirte que tengo sangre india, que por eso soy tan
buena pescando, cazando pájaros o asando maíz; pero ahora, no sé por qué,
siento que no debería decírtelo. Tengo la impresión de que lo interpretarías
mal.
Aquello realmente me sorprendió. ¿Cómo debería interpretarlo? ¿Mal?
¿Bien? ¿Qué querría decir? Cualquiera que la mirara no encontraría nada de
india en ella. ¿Por qué decir algo así? Yo misma tengo sangre india. Mi
abuela era una india caribeña y eso hace que yo sea india caribeña en un
veinticinco por ciento; sin embargo, no voy por ahí diciendo que tengo sangre
india. Los indios del Caribe eran buenos marineros, pero a mí no me gusta
viajar por mar, solo me gusta mirarlo. Para mí, mi abuela es mi abuela, no una
india. Mi abuela está viva, los indios de los que desciende están todos
muertos. Si alguien pudiera hacerlo, estoy segura de que pondrían a mi abuela
en un museo como ejemplo de uno de los pocos supervivientes de una raza
extinta. De hecho, uno de los museos donde Mariah me había llevado tenía
una sección entera dedicada agente, toda muerta, más o menos emparentada
con mi abuela.
Mariah decía «yo tengo sangre india» como si en el fondo alardeara de un
trofeo.
¿Cómo es posible ser un vencedor y al mismo tiempo poder afirmar que
uno ha sido aniquilado?
—Bien —oí que decía Mariah, mientras dejaba escapar un largo suspiro
lleno de tristeza, resignación, incluso terror.
Me miró con expresión de súplica, como si pidiera consuelo, y yo sostuve
la mirada, con la cara y los ojos inconmovibles; de ningún modo iba a darme
por vencida.
—Todo este tiempo —dije— he estado preguntándome cómo alguien
como usted ha llegado a ser como es, cómo ha llegado a ser así.
Ella no pudo resistirse y se acercó, con los brazos abiertos, a darme uno
de sus grandes abrazos, pero yo me aparté de su camino de prisa, y ella se
quedó con las manos vacías.
—¿Cómo ha llegado a ser así? —repetí.
La angustia de su cara me rompió el corazón, pero no me dejaría
conmover. Mi triunfo era vano, lo sabía, pero de todos modos me aferré a él.

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LA LENGUA

A los catorce años descubrí que la lengua no tiene ningún sabor en especial.
Estaba chupando la lengua de un chico llamado Tanner porque me habían
gustado sus dedos sobre las teclas del piano mientras tocaba, el aspecto que
tenía de espaldas al caminar entre la hierba y el olor de sus orejas cuando me
acercaba.
Aquellas tres cosas me habían conducido a la habitación de su hermana
(ella era mi mejor amiga) donde estaba chupándole la lengua con la espalda
apoyada sobre la puerta cerrada. Alguien debería haberme dicho que había
que buscar otras cosas en una lengua además de su sabor, entonces no habría
estado allí, chupando la pobre lengua de Tanner como si fuera un helado viejo
sin sabor, al que solo le quedaba el hielo. Mientras chupaba, pensaba: «No es
el sabor lo que hay que buscar en una lengua, sino la forma en que lo hace
sentir… eso es». Me gustaba comer lengua de vaca hervida, acompañada con
una salsa de limón, cebolla, pepino y pimientos. Pero la lengua de vaca
tampoco tiene verdadero sabor, es la salsa la que la hace tan deliciosa.
Mientras pensaba en la lengua de Tanner, estaba sentada ante la mesa del
comedor con Miriam, la más pequeña de las niñas de Lewis y Mariah,
dándole un bol de compota de ciruelas y yogur, especialmente preparada para
ella por su madre. La compota no le, gustaba y para convencerla de que
comiera le dije que en realidad se trataba de un alimento especial procedente
de las flores silvestres, muy codiciado por las hadas. Le dije que si comía
suficiente, llegaría a ver cosas que otra gente no podía ver. Era el tipo de
historia que mi madre solía contarme cuando no quería comer, y tal como yo
no creía a mi madre, Miriam tampoco me creía a mí. Por fin comía, pero fue
un proceso largo y pesado, similar al proceso largo y pesado de mi madre
intentando darme de comer. Había sido en aquella época, en que mi madre me
daba de comer, cuando yo había empezado a reparar en ella de verdad, como
si fuera un espécimen expuesto ante mí. Yo no era la madre de Miriam y
siempre que le daba de comer y le contaba aquellas historias como una
especie de soborno para conseguir que hiciera lo que yo quería, lo hacía en

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voz baja para que Mariah no me escuchara. Ella creía que el sistema que
mejor funcionaba con los niños era la sinceridad y la honestidad, la verdad lo
más cruda posible. Pensaba que los cuentos de hadas no eran recomendables,
sobre todo aquellos protagonizados por princesas que despertaban de un largo
sueño gracias al beso de un príncipe. Por lo visto eran historias que darían a
las niñas una idea equivocada de lo que debían esperar del mundo cuando
crecieran. Su discurso sobre los cuentos de hadas me divertía, porque yo tenía
una larga lista de cosas que habían contribuido a crearme falsas expectativas
del mundo, y sin embargo los cuentos de hadas no estaban entre ellas.
Comenzaba el verano y estábamos en la casa del Gran Lago, la casa
donde Maria había pasado los veranos cuando era pequeña y donde ahora, con
su esposo y sus hijas, pasaba los veranos de su edad adulta. Habíamos llegado
allí en cuanto comenzaron las vacaciones de las niñas. Desde donde Miriam y
yo estábamos sentadas, podíamos ver a Mariah de pie ante el fregadero de la
cocina. El comedor y la cocina formaban parte de una misma habitación
enorme y estábamos lo suficientemente lejos de Mariah como para que, si
hablábamos en voz baja, solo pudiera oír nuestras voces apagadas. Mariah
observaba con atención unas hierbas que había plantado en macetas en la
ventana. El sol entraba por la ventana, pero solo alumbraba los grifos, de
modo que Mariah estaba en una semipenumbra, mirando las plantas a la luz
del sol. Es probable que Miriam haya visto a su hermosa y radiante madre
prodigando amor sobre las plantas que crecían; pero lo que yo vi fue una vieja
hueca, con la cara mortalmente pálida, la nariz huesuda más huesuda que
nunca y la boca caída como si le hubieran extirpado todos los músculos, como
si nunca fuera a sonreír otra vez. Mariah tenía cuarenta años; no dejaba de
repetirlo —«Tengo cuarenta años»— con una mezcla de sorpresa y fatalidad.
Yo no podía entender por qué se sentía así por su edad, vieja y despreciada;
pero me invadió una tristeza abrumadora y casi rompí a llorar… ¡Había
llegado a quererla tanto!
Entonces Lewis entró en la habitación. Lewis era abogado y supongo que
por esa razón siempre estaba leyendo algo cuidadosamente. Aquel día llevaba
en la mano un gran periódico, abierto en la sección económica y, o bien
acababa de hablar por teléfono con su corredor de bolsa o pronto lo haría.
Saludó a Miriam con un gruñido burlón de animal, agitando el periódico y
luego caminó hacia Mariah, la abrazó por detrás y le lamió el cuello con la
lengua. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y la apoyó sobre el hombro de
Lewis (era un poco más baja que él, y eso parecía inapropiado; siempre es
mejor que la mujer sea un poco más alta que su marido), suspiró y tembló de

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placer. La escena tenía cierto aire irreal, como si en el fondo no quisieran
hacer lo que estaban haciendo. Era una farsa que no dedicaban a nadie en
especial, sino a ellos mismos, el uno al otro. ¿Y cómo lo sabía yo?
Simplemente sabía que era una farsa y que no se podía creer en ella.
No creía conocer bien a Lewis y tampoco me interesaba hacerlo. Me caía
bien, pues me contaba chistes y le gustaba hacerme reír. Creo que sentía pena
por mí porque estaba sola y tan lejos de casa. Siempre que me oía hablar de
mi familia con amargura, decía que hablaba de ellos de ese modo porque en
realidad los echaba de menos. Él hablaba con su madre todos los días, pero yo
no hubiera podido asegurar si la amaba de verdad. A veces me trataba como si
fuera otra de sus hijas, me contaba historias fantásticas para observar cómo la
credulidad de mi cara se trucaba en incredulidad. Si yo decía algo que le
parecía interesante, me hacía todo tipo de preguntas y más tarde me traía
libros, libros que yo ni siquiera sabía que existían. Era bastante más guapo de
lo normal y los rasgos de su perfil parecían dignos de una moneda o un sello.
Lo bonito dé Lewis era que no alardeaba de su belleza, no intentaba llamar la
atención sobre ninguna característica de sí mismo. Esa era una buena cualidad
en un hombre y yo reparé en ella desde el principio, aunque no estaba
enamorada ni me sentía atraída por él. Mi lealtad estaba con Mariah. Mi
madre me había enseñado que jamás debía tomar partido por un hombre
frente a su esposa y con eso había querido decirme que nunca debía sentirme
posesiva con el marido de otra mujer. Ella hablaba por experiencia propia, por
las mujeres que habían amado a mi padre sin que él correspondiera a su amor
y que habían intentado matarla después de desplumarlo a él.
Después de que Lewis le lamiera el cuello a Mariah, de que ella se
recostara sobre él, suspirara y temblara al mismo tiempo, los dos se quedaron
allí juntos, como si estuvieran pegados el uno al otro. Era una de esas
ocasiones en que uno sabe que los acontecimientos de toda tina vida están
pasando por la mente de una persona. Es probable que estuvieran pensando en
las mismas cosas y es posible que al pensar sobre las mismas cosas incluso
llegaran a las mismas conclusiones, pero al mirarlos, parecía que aunque
hubieran estado en planetas diferentes no podían haber estado más lejos el
uno del otro.
La habitación no estaba exactamente silenciosa; yo todavía seguía dándole
de comer a Miriam y acababa de decirle que la compota era en realidad un
«potaje». La palabra le gustó tanto como a mí cuando la vi por primera vez
escrita en una lata de Marmite, a los cinco años. Sin embargo, cuando sonó el
teléfono todos nos sobresaltamos, porque el sonido que llenó la habitación

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parecía una alarma, una advertencia para que abandonáramos la casa
enseguida. Era la mejor amiga de Mariah, Dinah, y llamaba para recordarle
que asistiera a una comida campestre organizada para protestar por la
amenaza de desaparición de unos pantanos. Tal vez fuera mi edad, pero yo no
veía la razón de mostrarse tan preocupada por unos pantanos.
Hacía tiempo que sabía que un suspiro y un temblor eran la respuesta
adecuada a una lengua lamiéndote el cuello. Aunque no pude encontrar nada
de especial en la lengua de Tanner, noté que sus manos sobre mis pechos,
primero presionando con delicadeza y luego muy fuerte, me producían una
sensación excitante. No recuerdo cómo supe lo que debía hacer, pero le apreté
la cabeza contra mi pecho y él lamió y chupó mis pechos, mientras yo
deseaba que aquello no acabara nunca. En esa época, mis pechos tenían el
tamaño de unos droppers, las pequeñas croquetas que mi madre ponía en la
sopa de calabaza, pero los sentía como si ocuparan mi cuerpo entero. Pensaba
que solo Tanner era capaz de hacerme experimentar aquella sensación y tenía
que tener cuidado al recordar sus labios sobre mis pechos, porque aquella
simple idea me hacía olvidar todo lo que estaba haciendo. Ya podía estar
sentada ante mi pupitre en el colegio, acostada en la cama por las noches o
caminando por la calle, que volvía una y otra vez al momento en que la boca
de Tanner recorría mi pecho con sus labios de un extremo al otro. Luego
comencé a pensar no solo en la boca de Tanner sobre mis pechos, sino
también en las de otros chicos. Un sábado por la tarde estaba sentada en la
biblioteca, detrás de un archivo metálico, revisando unos periódicos viejos
que debía leer para una clase de botánica, cuando vi a un chico que conocía
algo —su madre y la mía estaban en el mismo grupo en la iglesia— sentado
en una mesa cercana. De repente se levantó, se acercó a mí y apretó sus labios
contra los míos con fuerza, con tanta fuerza que me hizo daño, como si
pretendiera dejarme una señal. Yo tuve dos reacciones a la vez: me gustó y no
me gustó; pero cuando él apartó la cabeza, yo le devolví el beso, aunque esta
vez metiéndole la lengua dentro de la boca. Aquello era más de lo que él
esperaba, y cuando se fue, tuvo que esconder la parte delantera de sus
pantalones con la cartera del colegio. Tuvimos varios encuentros como aquel
en otras tardes de sábados, pero terminé con él porque se peinaba con un
copete sobre la frente, imitando a un cantante popular de la época que a mí no
me gustaba, y el olor de la gomina que usaba para mantener el pelo en su sitio
me resultaba desagradable. Todo acabó tal como había comenzado, sin
palabras. Dejé de ir a la biblioteca los sábados por la tarde, y en ninguna de
las ocasiones en que lo encontré por la calle, él se detuvo a preguntar por qué.

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El día que llegamos al lago hacía mucho calor, un fenómeno inusual para
aquella época del año, según decía todo el mundo, y yo me sentí feliz por
primera vez desde que había salido de casa. Ya hacía seis meses que había
llegado y sabía que no quería volver a vivir nunca en aquel lugar, pero si por
alguna razón me veía obligada a regresar, jamás aceptaría las críticas severas
de gente que se sentía con derecho a juzgarme solo porque me conocía desde
el momento de mi nacimiento. También había aprendido a amar las
estaciones: invierno, primavera, verano, otoño. Qué nombres tan hermosos y,
al menos para mí, apropiados. El calor del verano era distinto al que yo estaba
acostumbrada. Aquel calor alargaba las sombras de todo, lo que encontraba a
su paso; el sol estaba siempre arriba, como si uno pudiera estirarse y tocarlo.
Era un calor que causa sobre uno, primero como una advertencia, luego como
un castigo por pecados demasiado numerosos para contarlos. Pero aquel calor
nuevo parecía bendito; era un agradable tema de conversación, un contraste
con los seis meses pasados. ¡Y los días eran tan largos! Yo no estaba
acostumbrada a ver el sol ponerse después de las ocho y el crepúsculo durar
todavía una hora más. Era como si la tierra fuera un personaje con un montón
de personalidades distintas.
Cada día, después del desayuno, a eso de las diez de la mañana, me iba al
lago con las niñas: Louisa, May, Jane y Miriam, Preparaba un almuerzo de
sándwiches y nos dirigíamos hacia allí en traje de baño y camisa; una larga
caminata a través de un bosque tupido. El suelo era irregular, a veces bajaba,
otras subía; y siempre teníamos que atravesar una nube de insectos. Las niñas
estaban acostumbradas, pero yo no, así que me quejaba de principio a fin, a la
ida y a la vuelta. Podíamos haber ido al lago en auto, pero yo no sabía
conducir. Mariah había especificado que quería una chica que supiera nadar y
conducir, pero en la correspondencia que sirvió para conocernos yo le había
caído tan bien que creyó que podríamos obviar ese asunto.
Llevaba a Miriam sobre los hombros. La pequeña odiaba caminar y
después de andar un poco tenía un aspecto tan triste que yo acababa por
llevarla a cuestas. Empecé a querer a Miriam desde el mismo momento en
que la vi. Era la primera persona que amaba en mucho tiempo y no sabía bien
por qué. Adoraba su olor y solía sentarla en mi regazo, con la cara sobre ella
para aspirar su fragancia. Debía recordarme a mí misma cuando tenía esa
edad, porque la trataba de la misma forma en que mi madre me trataba a mí.
Cuando la oía llorar por las noches, no me importaba en absoluto levantarme
a consolarla, y si no quería estar sola, la llevaba conmigo a mi cama. Eso
siempre parecía tranquilizarla y se volvía a dormir con sus pequeños bracitos

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alrededor de mi cuello. Cuando por algún motivo me encontraba lejos de
ellos, era la persona que más echaba de menos y no podía dejar de pensar en
ella. No era capaz de entenderlo, pero amaba a aquella pequeña, de modo que
no me importaba llevar sus veinte kilos a cuestas por el bosque durante quince
minutos.
Odiaba caminar por el bosque. Era sombrío y húmedo, pues el sol apenas
alcanzaba a filtrarse a través de las copas de los árboles. No podía evitar
pensar que había alguien o algo donde no había nada. Me recordaba a mi país,
donde no existía nada que fuera «real», porque a menudo algo que parecía
una cosa resultaba ser otra completamente distinta. Cuando tenía una edad en
que aún podía tocar a mi madre sin problemas, me gustaba sentarme en su
regazo y acariciar una gran cicatriz que tenía en la parte derecha de la cara, en
el sitio donde se unían la sien y el pelo. Cuando ella era pequeña y vivía en el
campo, tenía que recorrer una gran distancia para ir al colegio, atravesar parte
de un bosque tropical y cruzar dos pequeños ríos. Un día, al volver a casa, vio
un mono sentado en un árbol del bosque tropical. No le gustó la forma en que
el mono la miraba, de modo que cogió una piedra y se la arrojó. Mi madre
erró el tiro, porque el mono esquivó la piedra. Esto siguió así durante varios
días: ella pasaba junto al mono y sentía que no le gustaba la forma en que la
miraba, le arrojaba una piedra, el mono la esquivaba y nunca lograba darle.
Un día, cuando ella le arrojó la piedra, el mono la cogió y la lanzó de vuelta
hacia ella. Cuando la piedra golpeó a mi madre, la sangre manó de su cabeza
como si no fuera un ser humano, sino una copa sin fondo. Todo el mundo
pensó que seguiría así hasta morir, y luego que fue un milagro que
sobreviviera, aunque todo el mérito había sido de su propia madre que sabía
cómo actuar en casos como aquel.
Esa era solo una de las muchas historias que conocía sobre caminatas en
los lugares donde viven los árboles y ninguna de ellas tenía consecuencias
felices. De modo que en cuanto comenzábamos a andar entre los árboles, yo
iniciaba una conversación con las niñas, o, si ellas no estaban interesadas,
conmigo misma. Por fin me acostumbré tanto a tener miedo de caminar entre
los árboles, que comencé a hacerlo sola y descubrí que había algo hermoso en
ello, añadiendo una experiencia más al mundo que se ensanchaba a mi
alrededor.
En cuanto las niñas y yo llegábamos al lago, corríamos al agua a
refrescarnos. Luego explorábamos distintas partes de la orilla, almorzábamos,
jugábamos en el agua o les leía cuentos. Un día poco después de comenzar
nuestra rutina diaria de visitar el lago, nos sentamos a la sombra de un arbusto

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cuyo nombre desconozco, a mirar pasar a la gente. A medida que pasaban,
Louisa y May inventaban historias sobre ellos. Las historias especulaban
sobre cómo sería la vida del transeúnte si perteneciera a cierta raza de perro.
Eran cuentos tan imaginativos y graciosos que yo reía hasta que me dolían las
mandíbulas. De repente, vimos aúna mujer que venía hacia nosotras; el pelo
largo y negro le caía constantemente sobre la cara y ella se lo echaba hacia
atrás con las dos manos. Las niñas decidieron que era un labrador y
comenzaron a hablar sobre «Labi». Cuando la mujer se acercó, descubrimos
que era la mejor amiga de su madre, Dinah. Todos comenzamos a reír por el
error y Dinah creyó que nuestras risas se debían al placer de verla. Era ese
tipo de personas, alguien que cree que su presencia llena de gozo a la gente.
Yo había conocido a Dinah la noche siguiente a nuestra llegada y no me
había caído bien, pues lo primero que dijo cuando Mariah nos presentó fue:
—¿Así que eres de las islas?
No sé por qué, pero la forma en que pronunció aquellas palabras me llenó
de furia. Yo había estado a punto de responderle: «¿A qué islas se refiere?, ¿a
las Hawai?, ¿a las que forman Indonesia, o a cuáles?», y pensaba decirlo en
un tono que la hiciera sentirse como un ser insignificante, que era lo que ella
me había hecho sentir a mí. Pero Mariah, que ya me conocía muy bien,
comenzó a carraspear con fuerza, como si tuviera un gallo en la garganta del
tamaño de la luna. Más tarde, cuando Mariah y yo teníamos nuestra habitual
conversación de antes de irnos a la cama, ella expresó su deseo de que Dinah
me cayera bien. Dijo que era una persona maravillosa, generosa, llena de
amor.
—Lo que más me gusta de Dinah —dijo— es la forma en que abraza la
vida.
Entonces estuve a punto de responder: «Sí, te refieres a tu vida. Ella
abraza tu vida». Pero me contuve, porque si Mariah me hubiera preguntado a
qué me refería, no habría sido capaz de contestarle. Dinah me recordaba a un
tipo de mujer que no me gustaba. Era demasiado hermosa y le daba excesiva
importancia a su belleza. Entre mis firmes creencias sobre el mundo estaba la
de que una mujer no debe dar importancia a su belleza, porque es una de las
cosas que desaparecen; la belleza se va y nada puede hacerla volver. Era
evidente que Dinah se sentía prendada de su propia belleza: se alisaba el pelo
constantemente, desde lo alto de la cabeza hacia abajo, se llevaba las manos a
la boca, no como gesto de modestia sino para llamar la atención sobre sus
labios que tenían una forma perfecta, el tipo de labios que aparecen en los
anuncios de lápiz labial. A mí no me gustaba ese tipo de mujer, pero el hecho

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de que Mariah la viera como una amiga llena de bondad y amor en lugar de
como alguien que la envidiaba demostraba que Mariah era una persona
extraordinaria.
Dinah repartió muestras de afecto entre las niñas, les desordenó el pelo y
les pellizcó las mejillas. Luego cogió a Miriam de mi regazo, ignorándome.
Para la gente como Dinah, alguien como yo es «la chica», «la chica que cuida
a los niños». Nunca pensó que yo la había clasificado de inmediato, que la
veía como un cliché, como un ejemplo que no debe seguirse, una persona a la
cual superar; algo con lo que yo estaba muy familiarizada: una mujer
enamorada de la vida de otra, no de la forma que inspira imitación, sino de la
forma que inspira envidia. Me hacía gracia. Ella tenía su propio marido, sus
propios hijos (dos niños y dos niñas), su propia casa en la ciudad y en el lago.
Tenía las mismas cosas que Mariah; sin embargo las de Mariah le gustaban
más. ¿Cómo se entiende eso?

Cuando amaba a Mariah era porque me recordaba a mi propia madre;


cuando no la amaba, también era porque me recordaba a mi propia madre.
Estaba de pie, rodeada de flores rosadas y blancas, ante la mesa de la cocina,
una mesa que había encontrado en una antigua casa de campo en Finlandia
cuando había acompañado a Lewis en un viaje de negocios a Escandinavia.
La mesa le había gustado tanto que la había enviado por barco a su casa
(cuando me lo contó, yo no podía creer que a alguien pudiera gustarle tanto
un mueble de cocina viejo como para tomarse todo tipo de molestias para
tenerlo siempre en su poder). Yo hubiera debido estar arriba bañando a las
niñas, pero al ver a Mariah tan hermosa no podía separarme de ella. ¿Cuántas
veces había vista a mi madre rodeada de plantas de uno u otro tipo,
arreglándolas en un orden determinado, preparándolas para que crecieran de
cierta forma? Eran las únicas ocasiones en que recordaba haber visto a mi
madre serena, inmóvil, pues aunque estuviera quieta, siempre daba la
impresión de que se estaba moviendo. Mariah me recordaba más y más a esas
partes de mi madre que yo amaba. Sus manos eran iguales a las de mi madre,
grandes, con dedos largos y uñas cuadradas. Parecían instrumentos capaces de
dar a las cosas un aspecto maravilloso. A veces, cuando querían dejar algo
claro, sostenían las manos en el aire y de repente se convertían en vasijas
hechas para llevar algo especial; en otros momentos, sus manos te hacían
pensar que serían perfectas para tocar un instrumento musical, aunque en
realidad las dos eran muy torpes para la música. Mariah, que ahora confundía
mi intenso y escrupuloso estudio de sus manos por curiosidad sobre las flores,
alzó el jarrón de cristal.

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—Peonías —dijo—. ¿No son preciosas?
Asentí y dije que no entendía cómo en un clima como aquel las plantas
podían florecer de ese modo, con semejante abandono, como si no existiera
un mañana. Mariah puso las flores ante mí y me pidió que las oliera. Lo hice
y le dije que ese olor me hacía desear estar tendida desnuda, cubierta por
pétalos, para oler de ese modo para siempre. Cuando oyó aquello, Mariah
abrió mucho los ojos, contuvo el aliento con un gesto burlón de maestra de
escuela, y luego se rio con tanta fuerza que tuyo que dejar el jarrón en la mesa
para no romperlo. Era uno de esos momentos que me hubiera gustado
compartir con mi madre, aunque, por una razón inexplicable para mí, no me
estaba permitido hacerlo.

Antes de venir al lago, a Mariah le preocupaba que me sintiera sola,


aislada, o que echara de menos a mi amiga Peggy. Peggy no le gustaba.
Fumaba, hablaba enjerga, usaba tejanos muy ceñidos, no se cepillaba el pelo
debidamente ni muy a menudo, llevaba botas brillantes de piel de serpiente
falsa y tenía un aire misterioso que solía poner nerviosos a todos los que no la
conocían bien. Yo la había conocido en el parque un día en que había sacado
a pasear a Miriam. Peggy estaba con su prima, también au pair, una chica
irlandesa. En realidad, ella odiaba a su prima y solo la veía porque los lazos
familiares la obligaban a hacerlo. Eran polos opuestos; su prima creía que una
buena apariencia externa y la conducta adecuada ayudaban a triunfar en la
vida. Yo la había visto unas cuántas veces con los niños que cuidaba;
inmediatamente nos habíamos reconocido como extranjeras: y habíamos
intentado hacer amistad, pero no había funcionado. Solo después de que
Peggy me la describiera pude ver por qué. Lo gracioso era que Peggy y yo
tampoco nos parecíamos en nada, aunque eso era lo que nos gustaba, ambas
aprobábamos en la otra las cosas que no teníamos en común. Peggy odiaba
leer, incluso el periódico; odiaba la luz del sol y usaba gafas oscuras
permanentemente, incluso por la noche o dentro de casa. Detestaba a los
niños y los únicos recuerdos que guardaba de su propia infancia estaban
llenos de desprecio y rencor. Odiaba el silencio y quedarse quieta, con la vista
fija en el vacío. Vivía en casa con sus padres y me dijo que no podía
presentármelos porque eran extremadamente estúpidos y despreciaban a
cualquiera que no viniera de Irlanda o de algún lugar cercano. Llevaba en la
cartera una fotografía de sus tres hermanas que cantaban en un grupo musical.
Yo noté que ella deseaba parecerse a ellas: siempre con una mueca en la boca,
intentando dar la impresión de una mujer dura y difícil de complacer. Sin
embargo, Peggy no cantaba y no era dura ni difícil de complacer. Trabajaba

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para el Gobierno, en el departamento de matriculación de automóviles,
poniendo sellos de aprobación o desaprobación en los documentos que
llegaban a sus manos. Vivía lejos de la ciudad donde yo vivía con Mariah y
Lewis y donde ella trabajaba, de modo que tenía que viajar en tren todos los
días. Cuando la vi por primera vez, estaba a un lado, lejos de todo el mundo,
con los hombros levantados y encorvados mientras aspiraba con ansiedad el
humo de un cigarrillo Lucky Strilce. Yo reconocí los cigarrillos al instante,
pues eran los que fumaba mi padre. Nunca había visto a una mujer fumar esos
cigarrillos, pero como era algo que siempre había querido hacer, yo también
lo intenté, aunque no sabía tragar el humo y pronto deseché la idea. Cuando
su prima nos presentó, Peggy deslizó las gafas de sol sobre su nariz y me miró
por encima de ellas.
—Hola —dijo y su voz sonó extraña, como si su caja de resonancia
estuviera llena de telarañas. Luego comenzó a hablarme sobre un largo viaje
que acababa de hacer y de repente se detuvo y me preguntó—: Tú no eres
irlandesa, ¿verdad? Tienes una forma muy curiosa de hablar.
Yo reí y reí, porque era la cosa más graciosa que había oído en mucho
tiempo. Después de todo, yo no tenía mucho aspecto de irlandesa.
Intercambiamos números de teléfono y después de aquel encuentro
comenzamos a llamarnos por lo menos una vez al día, a veces más. Nos
veíamos todos los fines de semana, o a veces incluso durante la semana, y nos
lo contábamos todo, aunque ambas sabíamos que la otra no siempre nos
entendía.
Aquella nueva amistad mía enfurecía a Mariah. No podía decirme
exactamente lo que tenía que hacer, porque no era mi madre, pero me
sermoneaba sobre la influencia nociva que podía ejercer sobre mí una persona
como Peggy. Dejó claro que Peggy no debía entrar nunca en la casa ni
acercarse a las niñas. Sin embargo, un sábado por la noche, Peggy y yo
salimos de juerga al centro de la ciudad; fuimos al cine, recorrimos tiendas de
discos, compramos marihuana y la fumamos solas porque, todos los chicos
que vimos nos parecieron demasiado peligrosos para que nos acompañaran a
casa. Aquel día Peggy perdió el último tren de la noche y tuvo que dormir en
mi cuarto. Podría haberle pedido que se fuera temprano por la mañana, antes
de que Mariah descubriera que estaba allí, pero no lo hice, sino que le conté a
Mariah que Peggy había perdido el tren.
—Supongo que quieres mucho a Peggy —dijo Mariah—, y la verdad es
que necesitas una amiga.

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En este aspecto, Mariah era mejor que mi madre, porque mi madre era
incapaz de pensar que mis necesidades podían ser más importantes que sus
deseos.
Ahora echaba de menos a Peggy, sobre todo por las tardes hasta la hora en
que me iba a la cama. Intentábamos hablar todos los días —ella llamaba
desde la oficina, con el teléfono del Estado—, pero no era lo mismo. Mariah
sabía cómo me sentía y pensó que me vendría bien conocer gente: sus amigos
y los hijos de sus amigos que eran de mi edad. Ella y Lewis dieron una fiesta.
Uno de mis pasatiempos en casa, mi antigua casa, era sentarme a mirar un
catálogo a través del cual todos los años mi padre encargaba un sombrero de
fieltro nuevo y un par de zapatos de vestir. En el catálogo había fotografías de
la ropa sobre maniquíes, pero los maniquíes no tenían ni cabeza ni
extremidades, solo torsos. Yo solía preguntarme qué cara encajaría en el torso
que estaba mirando, qué aspecto tendría aquella cara al sonreír, cómo me
miraría si de repente alguien nos presentara. Ahora lo sabía, porque aquellas
personas que me rodeaban, con sus copas en las manos, me recordaban a ese
catálogo; sus ropas, sus rasgos, la forma en que se comportaban, eran un
ejemplo que todo el mundo debía copiar. Tenían nombres como Peters,
Smith, Jones y Richards, nombres fáciles de pronunciar, nombres que hacían
girar el mundo. Por lo visto todos habían estado en las islas —de ese modo se
referían al sitio de donde procedo— y se lo habían pasado bien allí. Decidí
que no me gustaran solo por ese motivo; una vez más deseé venir de un lugar
al que nadie quisiera ir, un sitio lleno de lava y volcanes con erupciones
inesperadas, o donde el visitante se convirtiera en un guijarro en cuanto
pusiera un pie allí. Por alguna razón, me sentía avergonzada de pertenecer a
un país del que lo único que tenían que decir era: «Cuando estuve allí me
divertí mucho». Dinah vino con su esposo y su hermano, al que Mariah quería
presentarme. Me había dicho que era tres años mayor que yo, que acababa de
regresar de un viaje de un año por Asia y África y que era muy listo y
cosmopolita. No dijo que fuera guapo y cuando lo vi por primera vez, yo
tampoco supe si lo era; pero cuando me lo presentaron, lo primero que dijo
fue:
—¿De qué parte de las Antillas eres?
Así es como comenzó a gustarme de verdad.
Su nombre era Hugh. Me gustaba el sonido de su voz, no porque me
recordara nada en particular; simplemente me gustaba. También me gustaban
sus ojos, de un vulgar color marrón. Me gustaba su boca y me la imaginaba
besándome por todas partes, aunque era una boca corriente. Me gustaban sus

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manos y las imaginaba acariciándome por todos lados, pero no tenían nada de
particular. El pelo le caía sobre la cabeza de forma desordenada, como trozos
de algodón mercerizado cortado en tiras de distintos largos, y tenía el color de
un cálido abrigo marrón. Era unos diez centímetros más bajo que yo y eso me
parecía muy apropiado. Olía a madera de sándalo; yo conocía aquel aroma
porque los domingos mi padre usaba una crema de afeitar con esa fragancia.
Desde el momento en que nos presentaron, solo hablamos entre nosotros,
aunque sin decir nada que dejara una impresión perdurable. Por fin, acabamos
sentados en la hierba detrás de un enorme seto de rosas silvestres, lejos de
todo el mundo. Estuvimos callados durante un largo rato y, de repente, Hugh
dijo:
—¿No es maravilloso estar lejos de todo lo que has conocido, tan lejos
que ya no te conoces a ti mismo y no estás seguro de querer volver a las cosas
de las que formas parte?
Sabía tan bien lo que quería decir que suspiré y me apreté a él como si
fuera la última cosa en el mundo. Él me besó en la cara, las orejas, el cuello y
la boca. Disfruté más de lo que había disfrutado nunca, no sé si porque hacía
tiempo que nadie me tocaba de aquella manera o porque estaba tan lejos de
casa. No estaba enamorada.
Seguíamos tendidos en la hierba. Estábamos desnudos. Había oscurecido,
pero todavía hacía mucho calor. Las rosas silvestres perfumaban el aire con
un aroma empalagoso pero encantador. Yo sentía que todo en mí era bueno,
cuando de repente me di cuenta de que no había usado nada para protegerme,
algo que Mariah me había aconsejado una y otra vez. Me había llevado a su
propio médico, y cada vez que salía de paseo con Peggy, me recordaba que
usara las cosas que él me había recetado. La regla me tenía que venir dos
semanas después y la sola idea de que no apareciera me dejó helada. Sentí
deseos de correr, correr durante las dos semanas, al final de las cuales me
vendría la regla o moriría de agotamiento. Temblé con tanta fuerza que Hugh
lo notó.
—¿Qué pasa? —preguntó y me atrajo de nuevo hacia él.
Enterró la cabeza en el pelo de mis axilas, cogió un pecho y luego otro
con su boca, como si intentara tragarlos enteros. Quería volver a crear el
clima de un momento antes, pero yo solo recordaba mi pasado, llena de
confusión y terror.
Cuando tenía unos doce años, alguien me regaló tres metros de tela. Era
una tela fea; tenía un dibujo de cajas marrones cruzadas con la palabra
«Pandora» y una bestia de pelaje negro que se asomaba por la tapa abierta.

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Con el permiso de mi madre, me mandé hacer un vestido no apropiado para
asistir a la iglesia pero sí para ir a una fiesta, sin mangas y con cuello en
forma de corazón. Un día, cuando me estaba poniendo aquel vestido con los
brazos alzados sobre la cabeza, vi algo extraordinario: un manojillo de pelos
marrones creciendo en cada una de mis axilas. Me quedé perpleja ante aquel
signo de algo que no creí que pudiera sucederme nunca, una señal de que no
podría ocultarle más ciertas partes de mi vida a mi madre o a la gente en
general; cualquiera que me mirara sabría cosas sobre mí. Cogí un estropajo y
me froté con fuerza debajo de los brazos, pero el pelo siguió allí, no
desapareció. Yo sabía que sería así, pero no había podido evitar intentarlo.
Luego pensé que si me estaba creciendo, pelo en un sitio, también me crecería
en otro y me llevé las manos a las bragas. Mis peores temores se hicieron
realidad; allí también me estaba creciendo pelo, un mechón de rizos cortos y
ondulados como el pelo de un bebé. A veces, cuando me encontraba en una
situación que me preocupaba mucho, me decía a mí misma: «Ahora me
despertaré» y despertaba. Pero aquello no era un sueño, sino la vida real.
Estaba experimentando un cambio y no podía hacer nada para evitarlo. Pocos
días después, me dispuse a tomar un baño antes de ir al colegio. Aquella
mañana, me había sentido rara al hacer mis tareas y le había dicho a mi madre
que me dolía la barriga y tenía escalofríos. Entonces me desnudé para
bañarme y descubrí que tenía las bragas manchadas de color rojizo, aunque no
asocié ese color con el de la sangre. De todos modos me asusté y llamé a mi
madre para que viniera a ayudarme. Cuando ella vio cuál era el motivo de mi
preocupación rio y rio. Era una risa cálida y reconfortante. Luego me dijo que
llegaría el día en que rezaría de rodillas para encontrar sangre en mis bragas.
No me pasé las dos semanas siguientes preocupada por la regla. Si no me
venía, no tenía dudas de que buscaría la forma de hacerla bajar. Sé cómo
hacerlo. Sin referirse a la razón específica que podría hacerme perder un ciclo
menstrual, mi madre me había indicado las hierbas que tenía que hervir y la
hora del día en que debía tomar la infusión preparada con ellas para conseguir
que llegara un periodo reacio. Ella me lo había presentado como un método
para fortalecer el útero, pero en el fondo ambas sabíamos que un útero débil
no era el motivo de una falta. Ella sabía que yo sabía, pero ambas hicimos una
farsa de inocencia y amabilidad, e incluso llegamos al punto de hacer un
pequeño saludo reverencial cuando terminamos de hablar. El único problema
era que si llegaba a necesitar aquellas hierbas, no las encontraría y tendría que
escribir a mi madre para pedírselas. Eso no sería fácil, pues con solo
pedírselas, delataría lo que había estado haciendo y siempre había pensado

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que preferiría morirme antes que permitir que ella me viera en una posición
tan vulnerable: soltera y con un hijo.
Por primera vez en mucho tiempo, comencé a aguardar el futuro con
expectación, no porque creyera que cada nuevo día me traería placeres
ilimitados o sorpresas afortunadas, sino simplemente porque había brotado un
sentimiento maravilloso en mi interior. Si alguien me lo hubiera preguntado,
tendría que haber respondido: «Sí, después de todo, la vida no es tan triste».
Mariah me encontró silbando y me preguntó si el motivo de aquella alegría
era Hugh, pero cuando le dije que no, supe que no acabaría de creerme. Según
ella, si alguien se encontraba bien con alguien de aquel modo, tenía que estar
enamorada, pero yo no estaba enamorada de Hugh.
Sabía que en aquel momento enamorarme solo complicaría las cosas. Solo
llevaba seis meses libre de unos lazos casi indestructibles y no tenía planeado
crear otros nuevos. Era capaz de tomar aquel asunto con ligereza. El simple
recuerdo de sus manos y su boca me hacía sentir como un trozo de seda
lujosa; pero si me hubieran dicho que él tenía que marcharse de improviso y
que no volvería durante mucho tiempo, yo habría dicho «qué pena» porque
aún no me había cansado de él, pero luego me habría limitado a encogerme de
hombros y a aceptar los hechos. Ya podía imaginar el 15 de septiembre, el día
en que doblaría un poco las rodillas para besar la mejilla de Hugh, me subiría
al coche y lo saludaría con la mano hasta que desapareciera de mi vista.
Aferrarme a aquel chico —hombre, supongo— que amaba la forma en que el
pelo rizado de mi cabeza y de otras partes de mi cuerpo se enredaba entre sus
dedos, no era lo apropiado para alguien de mi edad y, por supuesto, no lo era
para mí.

Mariah, Dinah y otros amigos de ambas estaban preocupados por lo que


consideraban la destrucción de la campiña. Se habían construido muchas
casas en terrenos previamente dedicados a granjas. Mariah me enseñó un
lugar que había sido un prado, un sitio que solía visitar cuando era pequeña
para buscar huevos de petirrojos y recoger flores silvestres. Se quejaba de la
desaparición de aquel mundo idílico con tanta pasión que Louisa, que estaba
en la edad en que las niñas se rebelan contra sus madres, preguntó:
—¿Y qué había aquí antes de que construyeran la casa donde vivimos?
Era una pregunta que hubiera querido hacer yo, aunque no habría podido
soportar la expresión de dolor que produciría en la cara de Mariah.
Mariah decidió escribir e ilustrar un libro sobre aquellas cosas que estaban
desapareciendo y donarlos beneficios a una organización que luchara por
salvarlas. Todos los miembros de aquella organización tenían tan buena

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posición como ella, pero ninguno parecía establecer ninguna relación entre su
confort y la decadencia del mundo que los rodeaba. Yo podría haberles dicho
un par de cosas al respecto, podría haber comentado qué agradable era verlos
tragar un sorbo de su propia medicina amarga. A menudo, Mariah se pasaba
el día entero, desde la mañana temprano hasta la tarde, dibujando
especímenes de todo tipo en sus diversos hábitats. Daba la impresión de que
todo estaba en las últimas y de que en cualquier momento podía desaparecer
de la faz de la tierra. Mariah era la persona más buena que yo había conocido
y su preocupación por aquellas cosas era algo digno de ella. Tal vez podría
decirse que su bondad era resultado de las circunstancias favorables en que
vivía, pero la mayoría de la gente en su posición no era tan bondadosa y
considerada como ella. Por ese motivo yo no me atrevía a decirle que si
lograba cambiar todas las cosas que quería cambiar en el mundo, podría llegar
a encontrarse en circunstancias desfavorables; no me animaba a decirle que
escuchara atentamente las conversaciones que Lewis tenía con su corredor de
bolsa todos los días y viera si tenían alguna relación con las cosas que
desaparecían ante sus ojos. En circunstancias normales, era el tipo de cosas
que me hubiera complacido hacer, pero había llegado a querer demasiado a
Mariah.

Mariah y Lewis habían estado discutiendo sobre la identidad del animal


que se comía los brotes de una verdura nueva, sembrada en una pequeña
extensión de tierra que él había removido y acondicionado para cultivar
hortalizas. En realidad, Lewis no tenía nada que hacer cuando estaba allí. Leía
documentos que enviaba a buscar a la oficina y todo tipo de libros, pero
descansar en una casa frente al lago no era lo suyo. Nunca tuve la impresión,
como la tenía con Mariah, de que aquel fuera el único lugar del mundo donde
quisiera estar de mediados de junio a mediados de septiembre. De modo que,
para divertirse, se había hecho una pequeña huerta donde sembraba judías,
espinacas, lechugas y plantas de tomate que daban frutos del tamaño de uvas.
Había estado haciéndolo durante años y siempre había disfrutado de los frutos
de su trabajo, por así decirlo. Sin embargo esta vez, en cuanto un brote
asomaba sobre la tierra, un animal se lo comía por la noche. Lewis construyó
una valla alrededor del jardín, pero el animal pasó por debajo y se comió todo
lo que encontró. Lewis estaba seguro de que se trataba de una familia de
conejos con los que Mariah y las niñas se habían encariñado y a quienes
permitían entrar en la casa.
Estábamos todos sentados a la mesa, terminando un delicioso pastel de
moras que había hecho Mariah, cuando Lewis volvió a hablar de la

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destrucción de sus verduras. Mariah, intentando desviar la conversación del
tema de los conejos, dijo que cierto tipo de insecto podía cortar los brotes
jóvenes, pero que, por supuesto, Lewis debía evitar el uso de pesticidas y
encontrar un antídoto natural, un enemigo de aquel bicho. Pasaron un par de
minutos, en que todos olvidamos el asunto de las verduras, y entonces Mariah
mencionó, con júbilo en la voz, que había descubierto otra familia de conejos
cerca de la entrada de la casa. Dijo que eran asombrosos, increíbles, que se
habían acercado a apenas unos centímetros de ella y la habían mirado a los
ojos como si quisieran decirle algo, contarle los secretos de su existencia.
—¡Dios santo! —exclamó Lewis—. ¡Los malditos conejos!
Luego cerró las manos, las alzó en el aire y golpeó los puños sobre la
mesa con tal fuerza que todo lo que había sobre la mesa —cubiertos, platos,
tazas y la fuente vacía del pastel— tembló y se sacudió como si hubiera
habido un terremoto. Un vaso se tumbó, rodó por la mesa y cayó al suelo. En
el largo silencio que siguió a aquella escena, todos miramos a Lewis, pues eso
era todo lo que parecíamos capaces de hacer, mirarlo. En medio de aquel
silencio, debe de haber aparecido un mundo entero de revelaciones; aunque
las niñas eran demasiado pequeñas para llegar al fondo del asunto y yo no
estaba acostumbrada a situaciones como aquella. Entonces pensé que en la
historia de la civilización se registra todo, incluso el vaso de agua que se hace
añicos contra el suelo —algo se dice al respecto—, pero no se menciona una
sola palabra sobre la angustia que podemos llegar a sentir sentados alrededor
de una mesa. Todos nos quedamos detenidos en aquel momento que, sin duda
alguna, significó algo distinto para cada uno de nosotros, en ningún caso
bueno. Miriam rompió el hechizo con su llanto. Lloró y lloró de la forma en
que suelen hacerlo los niños cuando saben que algo va mal, aunque no sepan
muy bien qué es. Yo la cogí en brazos para consolarla y le besé la cabecita,
pero era como si estuviera intentando reconfortarme a mí misma, pues sentía
que estaba a punto de perder algo que acababa de encontrar. Llevé a las niñas
arriba, a mi habitación, y jugamos con los naipes.
Un día, Mariah convenció a Lewis de que la acompañara a los pantanos.
Aquel día yo recibí la décima carta de mi madre que no contestaría, pues tal
como había hecho con las nueve anteriores, ni siquiera abrí el sobre. Creo que
los oí marcharse en el coche, que oí el ruido de las ruedas del coche sobre el
camino de tierra, aunque no podría asegurarlo; es probable que solo lo diera
por sentado. Más tarde me pregunté si la forma en que se cerró la puerta del
coche o el sonido de las ruedas sobre el camino de tierra debió haberme
servido de advertencia. Las niñas y yo estábamos preparándonos para ir al

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lago cuando oímos un grito y corrimos hacia la ventana desde donde venía la
voz. Entonces vimos a Mariah que corría hacia la casa, llorando y agitando las
manos como si estuviera dirigiendo un coro. Corrió al interior de la casa, y
cuando íbamos a bajar a ver qué ocurría, Lewis apareció ante nuestra vista.
Caminaba despacio y llevaba en la mano el cuerpo inerte de un animal
pequeño, un conejo. Tenía una expresión extraña en la cara; parecía un niño
protagonista de una película que, tras esconder una rata debajo de la taza de
su madre y obtener el resultado deseado, finge no entender la razón de tanto
alboroto. Mientras caminaba de ese modo, algo lo indujo a mirar hacia arriba
y vio nuestras cinco caras enmarcadas en la gran ventana de paneles. Se
detuvo un momento. No sé lo que vería en la cara de las niñas, pero de
repente sentí pena por él. Parecía perdido, desdichado, como si más tarde
fuera a recordar aquel momento como el más triste de su vida. Enterraron el
conejo en una ceremonia a la que me negué a asistir. La ceremonia era una
farsa más de las que yo empezaba a considerar normales en la vida de una
madre, un padre y varios niños. Antes de aquello, yo solía pensar que las
farsas de la vida familiar nos pertenecían exclusivamente a mí y a mi familia
y que las cartas sin abrir de mi madre eran una prueba evidente de ello.
Mariah y Lewis les dijeron a las niñas que el coche había atropellado
accidentalmente al conejo. Lo explicaron de tal modo que parecía que el
coche se hubiera conducido solo; pero cuando las niñas salieron de la
habitación, Mariah acusó a Lewis de atropellar al conejo apropósito y Lewis
dijo que había sido un accidente, que el conejo había corrido justamente en la
dirección que él había tomado para esquivarlo.
—Pero no lamentas haberlo hecho, ¿verdad? —decía Mariah.
—No, no lo lamento —respondió él.
La diferencia era significativa, aunque ¿cómo esperar que Mariah lo
entendiera?

Todo continúa igual y sin embargo no es lo mismo. Hace muchos años,


cuando tuve esta revelación, se lo comuniqué a mi madre, y cuando vi cuán
familiarizada estaba ella con la idea me quedé atónita. Un día, después de leer
una carta de una compañera de colegio, Louisa me dijo:
—Mi mamá y mi papá se quieren mucho.
Lo dijo con tanto énfasis que la miré con atención, porque creí que su
expresión revelaría algo. ¿Qué la había inducido a decir aquello, algo en la
carta o algo en el aire? Un par de horas antes, yo había entrado en la sala y
había oído decir a Mariah:
—¿Qué nos está pasando?

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Luego, había llegado su amiga Dinah, que estaba dando su paseo diario y
había entrado a saludar. Antes de su llegada, Mariah y Lewis habían estado
allí de pie, como dos individuos de distintos planetas que buscan pruebas de
una historia común y no encuentran ninguna. Era horrible. En cuanto Dinah
entró, el humor de Lewis cambió. Ya no estaba en la misma habitación que
Mariah, sino en la misma habitación que Dinah. Lewis y Dinah comenzaron a
reírse de las mismas cosas; sus risas flotaban en el aire y se enredaban entre sí
como hilos de caramelo. Mariah no estaba consciente de nada e intentaba
unirse a la conversación, pero cada vez que comenzaba una frase, ellos
empezaban otra sobre un tema completamente diferente. Todo ocurrió muy
deprisa y es probable que si Dinah no me hubiera disgustado tanto yo no me
habría dado cuenta. Sin embargo, reparé en ello y me pareció importante,
como una pequeña parte de un mapa, aislada y ampliada con la esperanza de
que develara una pista. Mariah y yo salimos juntas de la habitación, pero yo
olvidé lo que había ido a buscar allí y volví. Entonces vi a Lewis de pie detrás
de Dinah, con los brazos sobre sus hombros, lamiéndole el cuello una y otra
vez. Ella disfrutaba; esta vez no era una farsa, sino algo real, y yo pensé en
Mariah y todos sus álbumes de fotografías que comenzaban con el día en que
se habían conocido. Había fotos de los dos juntos a la sombra de la Torre
Eiffel, en Londres bajo el Big Ben o en algún otro lugar estúpido. En aquella
época Mariah llevaba el pelo rubio largo y despeinado, no se afeitaba las
piernas ni las axilas como símbolo de algo y no era virgen ni lo había sido
desde mucho tiempo antes. También había fotografías de ambos casándose
sin el consentimiento de sus padres, a espaldas de sus padres; de sus hijas
recién nacidas en hospitales, de fiestas de cumpleaños y viajes a cañones,
desiertos y montañas, de todo tipo de acontecimientos. Sin embargo, allí
había una escena que nadie retrataría nunca, una escena que, aunque fuera
muy significativa, nunca llegaría a uno de esos álbumes.
Las mujeres como Dinah y los hombres como Lewis no me resultaban
extraños. En mi país todos sabían que para ciertas cuestiones no se debe
confiar en algunas mujeres ni, en general, en ningún hombre. Mi padre tendría
unos treinta hijos; ni él mismo estaba seguro. A veces intentaba hacer un
recuerdo pero después de un rato abandonaba la idea. Una mujer con la que
tuvo hijos intentó asesinarlo cuando yo estaba en el vientre de mi madre.
Antes había fracasado al intentar matar a mi madre. Mi padre había vivido
con otra mujer durante años y era la madre de sus tres hijos. Todos los
viernes, mi madre iba a ver a una hechicera obia para protegerse de aquellos
ataques. Cuando mis padres se casaron, él era viejo y ella, joven, lo cual les

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convenía a ambos, pues ella tendría alguien que la dejara en paz sin perder
prestigio ante las demás mujeres y él tendría alguien que lo cuidara en la
vejez. No era una situación que yo deseara tomar como ejemplo, pero estaba
consciente de que, al casarse con mi padre, mi madre se había preocupado
más por su tranquilidad que por su felicidad.
Mariah no sabía que Lewis ya no la amaba; no era el tipo de cosas que
pudiera imaginar. Ella era capaz de imaginar la extinción de los pájaros del
cielo, de los peces del agua, de la mismísima raza humana, pero nunca que el
único hombre que había amado en su vida pudiera dejar de quererla. Se
quejaba del tiempo, de todo tipo de cosas que en circunstancias normales no
hubiera notado, o criticaba mi conducta y luego se criticaba a sí misma por
criticarme a mí.

Le dije adiós a todo un mes antes de marcharme. No echaría de menos el


lago; de todos modos apestaba y los peces que vivían en su interior se estaban
muriendo por vivir allí. No echaría de menos los largos días de calor, los
bosques de sombra fresca, los pájaros extraños ni los animales que salían a
buscar comida al anochecer. No echaría de menos nada, porque hacía tiempo
que había decidido no hacerlo. Cantaba canciones que hablaban de que no
había un tesoro al final del arco iris, de que no habría recompensa para las
buenas obras, de amor no correspondido. Tarareaba las melodías en voz alta y
me guardaba las letras para mí.
Le dije adiós a Hugh, aunque él no se enteró. Fue una noche, muy tarde,
cuando estábamos tendidos desnudos a la orilla del lago. Una gran luna
brillaba sobre nuestras cabezas; una luna cubierta por un velo, lo que
presagiaba lluvia para el día siguiente. Mientras besaba a Hugh y mi lengua se
alzaba para acariciar su paladar, pensé en todas las lenguas que había tenido
así en mi boca. Solo tenía diecinueve años, de modo que la lista aún no era
muy larga. Estaba Tanner, el primer chico con quien había hecho todo lo que
se puede hacer con un chico. La primera vez que hicimos lo que quisimos, él
tendió una toalla en el suelo de la habitación porque los muelles viejos de su
cama hacían demasiado ruido.
Era una toalla blanca, y cuando me levanté, estaba manchada de sangre.
Cuando él vio la mancha, primero se quedó paralizado de miedo, pero luego
sonrió.
—¡Oh! —dijo con un dejo de triunfo en la voz.
Entonces, no sé cómo tuve la suficiente presencia de ánimo para
responder:
—Es que me ha llegado la regla.

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No me importaba ser virgen y hacía tiempo que esperaba el momento de
dejar de serlo, pero cuando vi la importancia que tenía para él descubrir que
era el primer chico con quien me había acostado, no pude concederle esa
prerrogativa sobre mí. Antes de aquella experiencia, yo solía besar a una
compañera de colegio, pero solo nos usábamos la una a la otra para adquirir
práctica. También estaba el chico que había besado en la biblioteca y que
había continuado besando mucho después de que dejara de interesarme, solo
para ver cómo lo excitaba con mis besos.
Una noche, en uno de nuestros paseos por la ciudad, mi amiga Peggy y yo
conocimos a un chico que nos interesó por su parecido con un cantante que
ambas admirábamos. Lo invitamos a tomar un café y él aceptó, pero mientras
lo hacíamos solo habló de fútbol. Peggy odiaba todos los deportes porque le
recordaban a su padre, mientras que a mí solo me gustaba el críquet, el
deporte que practicaba el mío. Nos quedamos tan decepcionadas que
volvimos a mi habitación y empezamos a besarnos hasta que nos cansamos y
nos dormimos. Su lengua era estrecha, puntiaguda y suave.
Así fue como le dije adiós a Hugh, mientras lo estrechaba con los brazos y
las piernas, con la lengua dentro de su boca, pensando en toda la gente que
había tenido de aquel modo.

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CORAZÓN FRÍO

Todas las ventanas del piso de Mariah y Lewis tenían rejas de hierro,
torneadas de forma decorativa en curvas y espirales, de modo que si alguna
vez los niños se subían al antepecho no pudieran caerse desde el décimo piso
y aterrizar en la acera. Era lógico que intentaran proteger la vida de sus hijos,
pero de todos modos me sentía perpleja: ¿Acaso las personas en su posición
—ricos, con todos los medios económicos y lo mejor del mundo a su alcance
— no podían estar seguros de que nunca sufrirían ningún daño, ni siquiera el
más mínimo rasguño?
Estaba ante una de esas ventanas de la sala, mirando a la calle. Era un día
frío de octubre y el viento levantaba pequeñas partículas de polvo. En el
colegio me habían explicado cómo la Tierra se inclinaba, alejándose del sol, y
provocaba las distintas estaciones. Aunque entonces era bastante pequeña,
había notado que toda la gente próspera (y, por cierto, feliz) habitaba las
zonas del planeta donde los trescientos sesenta y cinco días del año estaban
divididos en cuatro estaciones distintas. Yo nací y crecí en un lugar que no
parecía influenciado en absoluto por la inclinación de la Tierra y tenía una
sola estación: soleada, castigada por la sequía. ¿Y qué consecuencias había
tenido en mí el hecho de crecer en un sitio así? Yo no tenía un ánimo soleado,
aunque en lo referente a la felicidad había padecido una larga sequía.
Desde mi sitio junto a la ventana podía ver el piso de enfrente. Allí vivían
un hombre, una mujer y varios niños. Los había observado en distintas
ocasiones; los había visto en bata, en ropas de vestir y en ropas de diario.
Jamás los había visto hacer nada interesante, como intercambiar un beso o
tener algo parecido a una pelea. Simplemente pasaban por aquella habitación,
como si fuera una estación en el camino. Ahora la estancia estaba vacía.
Alcanzaba a ver un sofá, dos sillas y una estantería llena de libros hasta el
techo. «¡Qué lujo —pensé— tener una habitación vacía en casa, una
habitación que nadie necesite!». ¿Y acaso no debería tenerla todo el mundo?,
¿una habitación más de las estrictamente necesarias? No era una pregunta que
pudiera hacerle a Mariah, porque ella pensaba exactamente lo contrario. Tenía

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demasiado de todo y quería menos, pues estaba convencida de que si tenía
menos cosas conseguiría ser feliz. Para mí era gracioso y reconfortante
descubrir la infelicidad que puede provocar el hecho de tener demasiado,
después de haber observado durante tanto tiempo las consecuencias de tener
demasiado poco. Esto me recordó que últimamente había tenido el mismo
sueño una y otra vez: había un regalo para mí envuelto en uno de los
hermosos pañuelos de madrás de mi madre. Yo no sabía de qué se trataba,
pero estaba segura de que era algo que me haría increíblemente feliz. El único
problema era que el regalo estaba en el fondo de un pozo profundo y oscuro y
por más agua que quitara, siempre despertaba antes de llegar al fondo.
Era domingo y yo estaba sola en el piso. Mariah y Lewis habían llevado a
las niñas a recoger manzanas al campo. Por el aspecto que tenían al
marcharse, si yo no hubiera conocido la situación, habría dicho «¡Qué familia
tan feliz!». Las niñas estaban bien vestidas, con el estómago lleno de un
delicioso desayuno de panecillos hechos por Mariah con ingredientes
especialmente preparados para tal fin y tocino con huevos procedentes de
cerdos y gallinas selectos. Mientras esperaban el ascensor estaban jugando.
Ese día Lewis interpretaba el papel de padre divertido y adorable; se había
puesto una máscara de león y hacía y decía cosas insólitas en un león. En
respuesta, las niñas se reían a gritos, arrojándose las unas sobre las otras con
alegría. Cuando llegó el ascensor, hubiera sido imposible que entraran dentro
con calma, así que Mariah cogió los abrigos y los guantes y les chistó,
imitando el gesto de una granjera que llama a una camada de pollitos. Todos
ellos, la madre, el padre y las cuatro niñas, parecían fuertes y saludables, su
mundo parecía firme y auténtico; pero estaba contemplando unas ruinas y lo
supe en ese mismo momento. Esperaba no estar allí para presenciar el
desmoronamiento final de aquella Roma, pero si no podía huir a tiempo,
planeaba desviar la mirada.
Estaba esperando una llamada de Peggy. Como era domingo, ella había
ido a la iglesia con su madre y luego a visitar a un pariente viejo que insistía
en vivir solo. Peggy tenía que llamar para decirme a qué hora nos
encontraríamos en el parque. Los domingos solíamos ir a dar un paseo al
parque y allí elegíamos a los chicos apropiados para llevarnos a la cama. Les
estudiábamos con atención los traseros, las piernas, los hombros y las caras,
en especial la boca. Sin embargo, cada vez que un chico aprobaba este
examen, Peggy ponía fin a nuestros avances. Lo miraba con atención y decía
que aunque todo lo demás parecía aceptable, sus manos eran demasiado
pequeñas. Ella me había explicado —con tal convicción que parecía que lo

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había aprendido en clase de catecismo— que si un hombre tiene manos
pequeñas, también tiene un pene pequeño. La primera vez que me lo dijo, me
quede atónita, pues nunca se me había ocurrido pensar que los penes vinieran
en más de una talla. Cuando le pregunté qué efecto podía causar en mí un
pene pequeño, ella alzó las cejas y se limitó a decir: —Desencanto.
Pronto comprobamos que yo era un desastre a la hora de juzgar el tamaño
de las manos de un hombre, así que esa tarea quedó para Peggy. Siempre que
íbamos al parque volvíamos a casa las dos solas.
No me gustaban los domingos y aquel no era una excepción. No podía
creer que aquel sentimiento sobre los domingos me hubiera seguido hasta el
otro extremo del mundo; no me lo explicaba. ¿Qué significaba el domingo?
Siempre que llegaba aquel día me invadía tal desesperación que me habría
sentido feliz de convertirme en algo tan útil como un estropajo de cocina.
Cuando vivía en casa de mis padres, solía hacer una lista de las cosas que
pensaba que no me seguirían si lograba cruzar el enorme océano que se
extendía ante mí. Creía que un simple cambio geográfico podía hacer
desaparecer para siempre de mi vida las cosas que más odiaba. Pero no sería
así. Al final de cada día, descubría que todo seguía igual. Podía ver al
presente tomando forma, la forma de mi pasado.
Mi pasado era mi madre. Podía oír su voz, aunque no me hablaba en
inglés, ni en el francés dialectal que empleaba a veces, ni en ningún otro
idioma que necesitara ayuda de la lengua; me hablaba en un lenguaje que
cualquier mujer puede entender. Era innegable que yo era eso, una mujer. Oh,
tenía gracia, me había pasado tanto tiempo diciendo que no quería ser como
mi madre que había perdido de vista lo fundamental: yo no era como mi
madre… era mi madre. Y ahora comprendía su respuesta a mis débiles
intentos por trazar una línea divisoria entre ambas:
—Tú podrás irte, pero nunca escaparás al hecho de que soy tu madre. Mi
sangre corre en tus venas porque te tuve nueve meses en mi vientre.
¿De qué otro modo podía entender aquella frase, más que como una
condena a cadena perpetua en una prisión cuyas rejas eran más fuertes que
cualquier tipo de hierro imaginable? En aquel momento tenía en mi
habitación una colección de diecinueve cartas sin abrir, una por cada año de
mi vida. Había pensado en abrirlas solo para quemarles los cuatro vértices y
enviárselas de nuevo, sin leer, pues había leído en alguna parte que aquel era
un símbolo para rechazar a un amante. Sin embargo, no me atrevía a
acercarme a ellas. Sabía que si leía cualquiera de aquellas cartas, me moriría
de añoranza por mi madre.

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Peggy no me llamó por teléfono, sino que apareció directamente en el
piso. Dijo que no veía la hora de deshacerse de su familia, que eran una
absoluta nulidad. ¡Cómo envidiaba el desprecio de su voz, pues demostraba
que su familia no tenía ningún poder mágico sobre ella! Fuimos al parque y,
como siempre, no logramos encontrar ningún hombre con manos grandes.
Luego nos separamos, aunque antes quedamos de telefonearnos al día
siguiente. Yo volví a mi habitación en el piso de Mariah y Lewis y me senté
en la cama. Pensé en el verano que acababa de pasar. Había logrado encontrar
similitudes en cosas que parecían muy distintas, había experimentado
momentos de enorme felicidad y deseos de fantasear sobre mi propio futuro,
pero al mismo tiempo me había llevado una gran desilusión. Sin embargo,
¿no era así como debía ser la vida, una serie de altibajos, en lugar de una
bastante y peligrosa contracorriente, capaz de arrastrarnos para siempre?
Poco después de nuestro regreso de las vacaciones en el lago, decidí que
no volvería a ir al colegio por las noches y que no estudiaría para convertirme
en enfermera. La enfermería no ocuparía un lugar en mi futuro. Me pregunté
qué habrían visto todos en mí para considerarme apta para un puesto de
enfermera. No me gustaba recibir órdenes de nadie ni servir a los demás. ¿Por
qué nadie había pensado que podía llegar a ser un buen médico, un buen juez
o alguien competente capaz de estar al mando en alguna actividad? Cuando
era pequeña siempre me decían que era muy lista, y aunque yo nunca acabé
de creerlo, aquella apreciación me permitió ocupar un lugar destacado entre
mis: compañeros. A mis ojos, una enfermera era una persona mal pagada,
obligada a venerar a alguien por encima de ella (un médico); una persona con
manos ásperas y frías, que vivía sola y comía cosas mal guisadas porque no
podía pagarse una cocinera; una persona que, en el proceso de aliviar
sufrimientos, podía causar más dolor (en el caso de una inyección mal
aplicada). Yo conocía a una persona así.
Era amiga de mi madre y me había traído al mundo a mí. Era alguien a
quien mi madre demostraba respeto en la cara, pero criticaba por detrás con
comentarios como: nunca encontraría un hombre, pues ningún hombre querría
estar con ella; se movía como una caja fuerte que, por la expresión de su cara,
ningún hombre sentiría deseos de abrir; había vivido sola durante tanto
tiempo que le resultaría imposible empezar una relación con un hombre. Sin
embargo, una de las últimas cosas que me había dicho mi madre, poco antes
de partir, había sido:
—¡Oh, ya te veo con el uniforme de enfermera! Estaré muy orgullosa de
ti.

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No supe a qué uniforme se refería, si al confeccionado con tela o al de las
circunstancias.
Sentada en la cama, víctima de la tristeza de un domingo en todo su
esplendor, pensé: «Estoy sola en el mundo y siempre lo estaré… sola en el
mundo».
Había comenzado a sufrir fuertes dolores de cabeza, exactamente iguales
a los de mi madre. Me atacaban de improviso, como si un rayo cayera de
repente sobre mí; duraban un rato y luego desaparecían. Aquellos dolores me
asustaban porque no sabía cuándo iban a aparecer y porque me recordaban a
mi madre.
—Ojalá te murieras —le dije un día, en medio de una discusión en la que
yo había intentado afirmar mi voluntad, pero había sido vencida una vez más.
Lo había dicho con tal énfasis que estaba segura de que, si se hubiese
tratado de cualquier otra persona, mi deseo se habría convertido en realidad.
Por supuesto, yo nunca le habría dicho eso a ninguna otra persona, porque
nadie significaba tanto para mí. El deseo de mi madre de agradarme era más
grande que mi propio deseo de eliminarla, pero la idea de que yo quisiera que
le ocurriera algo semejante le produjo un fuerte dolor de cabeza que la obligó
a permanecer en cama durante varios días. Por las noches, yo oía ruidos en la
casa y estaba convencida de que mi madre había muerto y el enterrador venía
a buscarla. Por las mañanas, cuando volvía a verle la cara, temblaba
interiormente de dicha. Por eso luego, cada vez que me atacaban esos dolores
de cabeza que no podía calmar ninguna medicina, veía su cara otra vez, una
cara como la de un dios, porque parecía conocer sus propios orígenes y todas
las cosas de las que estaba hecha.

Mi amistad con Peggy estaba alcanzando un previsible punto muerto. Las


pequeñas diferencias entre nosotras empezaban a salir a la luz y a veces se
convertían en lo único importante, como un grano de arena en un ojo. No le
gustaba leer ninguna clase de libros ni ir a museos. Las visitas a los museos se
habían convertido en una verdadera pasión para mí. En el sitio donde yo había
crecido no había nada parecido, pero una vez que los descubrí, eran los únicos
lugares que me gustaba visitar. La primera vez que Mariah me había llevado
allí, lo había hecho para que viera los cuadros de un pintor francés que se
había ido a un lugar muy lejano y había pintado cuadros dela gente que vivía
allí. Había sido un banquero que llevaba una vida confortable con su mujer y
sus hijos, pero no se sentía feliz. Por fin los había abandonado y se había ido a
vivir al otro extremo del mundo, donde logró ser feliz. No sé si Mariah me lo
había contado con esa intención, pero yo me identifiqué de inmediato con los

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anhelos de aquel hombre. Entendía que alguien sintiera su lugar de
nacimiento como una prisión insoportable y que aspirara a algo
completamente distinto a aquello que le era familiar, un sitio que le sirviera
de refugio. Me pregunté por los motivos de su desesperanza, porque creí que
saberlo podría resultar reconfortante para mí. Por supuesto, sería fácil
encontrar su vida en las páginas de un libro; acababa de aprender que las
vidas de los hombres siempre estaban escritas en algún lado. Lo describían
como un hombre que se rebeló contra el orden establecido que consideraba
corrupto, y aunque estaba condenado al fracaso —pues murió joven—, tenía
el aura de un héroe. Yo no era un hombre, sino una mujer joven que venía de
los confines del mundo, y cuando salí de casa, ya llevaba sobre los hombros
el manto de un sirviente.
Estaba pensando algo así, cuando de repente Mariah se acercó a mí. La
expresión de mi cara debió de haberla impresionado porque dijo con una voz
llena de alarma y pena:
—Eres una persona muy irascible, ¿verdad? Quizás debí haber respondido
con una frase tranquilizadora o debí haberlo negado, pero no lo hice.
—Claro que sí —dije— ¿Qué esperabas?

Peggy me llevó a una fiesta en un barrio que yo no conocía. Las calles


tenían menos farolas de lo normal, las casas estaban muy descuidadas, había
basura por todas partes y no se veía prácticamente a nadie andando por allí.
Nada de eso me asustaba; por el contrario, me parecía bastante emocionante.
Entramos en un edificio, subimos unas escaleras de cemento y de repente nos
encontramos en una gran habitación iluminada por velas y llena de plantas
que yo sabía que crecían en los bosques tropicales porque las había visto allí.
La estancia olía a mirra y marihuana. Peggy conocía al que daba la fiesta de la
oficina; era el hombre que solía venderle la marihuana que fumábamos. No sé
lo que hacía él en la oficina, pero era obvio que no pensaba dedicarse a eso el
resto de su vida. Era un pintor y algunos de sus cuadros estaban colgados en
las paredes. Eran retratos de personas, algunas de ellas mujeres, unos estaban
desnudos y otros eran simplemente caras. Ninguno de los cuadros era claro;
por el contrario, las imágenes parecían el reflejo de la gente en un estanque
cuya superficie había sido revuelta. Los colores eran extraños, no los
habituales en una persona normal, y daba la impresión de que había mezclado
todas las tonalidades oscuras de una paleta, aunque de un modo que les
permitía mantener su nitidez. Peggy me había hablado de él y me había dicho
que era un pervertido. Yo no sabía exactamente qué había querido decir y ella
no me explicó qué había dicho o hecho para inducirla a pensar algo así. Es

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probable que hubiera intentado besarla. Peggy odiaba que los hombres la
besaran a no ser que sus bocas supieran a tabaco. Cuando nos presentaron, él
me dio la mano y me besó en la mejilla. Era su forma de saludar a las
mujeres. Se llamaba Paul.
—¿Cómo estás? —dije yo en voz baja y formal, la voz de la chica que mi
madre hubiera querido que fuera: limpia, virginal, irreprochable.
Sin embargo, yo me sentía la antítesis de todo aquello, pues cuando Paul
me dio la mano y me besó en la mejilla tuve una sensación deliciosamente
extraña: sentí deseos de estar con él, desnuda, en la cama. Quería ver cómo
era en realidad, no su reflejo en un estanque cuya superficie había sido
revuelta.
En la fiesta había diez invitados, incluidas Peggy y yo. Peggy conocía a
los demás de un modo u otro, pero yo no los había visto nunca. Esta era una
parte de su vida que yo no conocía, y enseguida descubrí por qué. Era gente
muy charlatana, algo que a Peggy no le gustaba. Hablaban del mundo o de sí
mismos de una forma que parecía dar por sentado que todo lo que decían era
importante. Eran artistas. Yo había oído hablar de este tipo de gente, aunque
nunca había conocido a nadie similar en mi país. Noté que casi todos eran
hombres. Por lo visto, aquella actividad permitía la irresponsabilidad, de
modo que era mucho más adecuada para los hombres, como aquel cuyos
cuadros se exponían en el museo que me gustaba visitar. Sí, había oído hablar
de esa gente: se morían locos y pobres y no los quería nadie, excepto otra
gente parecida a ellos. Pensé en todas las personas que había conocido que se
volvieron locas y murieron, que bebieron demasiado ron y murieron, que eran
pobres y murieron. Me pregunté si entre ellos habría algún artista. ¿Quién
sabe? Pensé: «Yo no soy una artista, pero siempre me sentiré a gusto con la
gente que se distingue de los demás». Empezaba anotar que aquellos que
conocían la forma correcta de coger una taza de café, los que sabían cómo
pinchar la comida con un tenedor y llevársela a la boca sin ensuciarse la ropa
eran los responsables de la mayor parte de la miseria, los que menos
probabilidades tenían de acabar sus días locos o pobres.
Había fumado bastante marihuana, de modo que me sentía feliz y
despreocupada. Miraba unas plantas que había junto a la ventana, plantas que
conocía por el nombre de «cassia» y «daga». Yo solía comer la primera,
mezclada con setas y pescado salado. Se decía que era una verdura para
limpiar los intestinos. Solíamos machacar la «daga» con un mortero hasta que
se convertía en hilos que luego entretejíamos como si se tratara de una larga
trenza de cabello. En Navidad, usábamos esa trenza para disfrazarnos de

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payasos, y si la agitábamos en el aire producía un sonido que asustaba a los
niños. Aquellas dos plantas crecían con tal profusión en mi país que a veces
eran consideradas molestas, como malezas, y mucha gente las arrancaba para
arrojarlas a la basura. Sin embargo, ahora estaban allí, como un tesoro, en un
lugar preferente dentro de una hermosa habitación, bañadas por una luz azul
especial. Y allí estaba yo, también una especie de maleza, mientras otra
brillante luz azul, la de los ojos de Paul, me enfocaba desde el otro extremo de
la habitación. Sus ojos me recordaban a una canica que tenía de pequeña, mi
canica de la suerte, con la que siempre ganaba.
Este suele ser el momento en que la gente se enamora, pero yo no me
enamoré. No tenía ninguna intención de encontrarme en ese estado, aunque, a
decir verdad, conocía tan poco el mundo que apenas sabía reconocer lo que
sentía. De todos modos, mientras miraba a aquel hombre cuyos ojos me
recordaban a mi canica de la suerte, no tenía ningún interés en dilucidar si
estaba enamorada o no; lo único que deseaba era estar desnuda con él en una
habitación. Él se acercó y se sentó a mi lado. Me preguntó de dónde era, y
cuando me tocó el pelo, supe que su textura era algo nuevo para él. Entonces
reí con una risa que no sabía que pudiera salir de mí, una risa gutural, llena de
placer y falsedad, la risa de una mujer que poco antes hubiera merecido todo
mi desprecio. Estaba claro que cuando todo el mundo se marchara yo no me
iría con ellos.
En ese momento alcé la vista y vi a Peggy con sus ojos azules fijos en mí.
También estaban brillando, pero de furia. Me hizo un gesto para que la
siguiera al cuarto de baño.
—Ya te dije que es un tipo detestable, un pervertido —me dijo cuando
llegamos allí.
—Pero a mí me gusta —respondí yo. Un enorme silencio cayó entre las
dos, el tipo de silencio que resulta peligroso entre amigos, pues en su
transcurso uno sopesa el pasado compartido e intenta imaginar un futuro
juntos, mientras odia el presente que nunca es feliz. Peggy encendió un
cigarrillo. Un mechón de pelo le caía sobre la frente y lo echó hacia atrás,
pero volvió a caer hacia adelante. Apretó los dientes y sopló una bocanada de
humo hacia mí. Esto nunca había sucedido antes, jamás habíamos reñido. Yo
nunca había preferido la compañía de un hombre a la de ella, no había habido
nadie antes que ella.
—¿No te das cuenta por sus manos que debe de tener una picha pequeña?
Tuve la tentación de decir: «Bueno, así me cabrá mejor en la boca», pero
no podía permitir que aquella fuera la última frase entre nosotras y estoy

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segura de que lo habría sido. Enseguida nos imaginé a ambas por separado
recordando la historia de nuestra amistad y vislumbré el súbito final de todo el
afecto y los momentos maravillosos. No respondí.
Creo que salimos del baño con una sensación de alivio por no haber
provocado una ruptura definitiva entre nosotras, aunque al mismo tiempo
estábamos conscientes de que, tarde o temprano, solo nos recordaríamos la
una a la otra con un vago «Ah, sí…». Multitud de risas retumbaban en la
habitación y toda la atención se centraba en Paul, que había sumergido las
manos en una pecera para recuperar un pendiente de piedras falsas en forma
de estrella de mar. Curiosamente, el pendiente parecía estar en el ambiente
adecuado, pues todas las demás cosas que había en la pecera —el coral, la
vegetación, la arena e incluso los peces— tenían un aspecto artificial. Las
manos de Paul, moviéndose dentro de la pecera, también se veían extrañas; la
carne parecía haberse convertido en hueso, como si hubiera sido introducida
en una solución que le había disuelto toda la vida. Entonces recordé una
anécdota:
Yo conocía a una niña llamada Myrna, cuya madre era tan cruel como una
madrastra perversa. Quizá como consecuencia de esta situación, ninguna parte
de Myrna había llegado a adquirir un tamaño normal: su cuerpo, sus ojos, su
nariz, su boca, incluso su pelo se negaban a crecer más allá del largo de una
uña y a menudo la describían como «la niña de los pelos de punta». A pesar
de ser vecinas, no éramos amigas, pero nuestras familias compartían los
mismos pescadores, el señor Thomas y el señor Mathew, y a menudo ambas
esperábamos juntas debajo de un árbol, protegiéndonos del sol ardiente, que
volvieran con la pesca del día. Una vez, el señor Mathew volvió solo en el
bote, sin el señor Thomas y sin peces. En el mar se había desatado un viento
muy fuerte y el señor Thomas había sido arrastrado al agua mientras intentaba
recoger unos cubos con peces. El señor Mathew contaba la historia como si él
mismo no pudiera creerla, como si esperara que alguien le dijera que todo
había sido un error, que lo había imaginado todo. Estaba tan triste que mirarlo
me rompía el corazón. El señor Mathew había quedado huérfano de pequeño,
cuando su padre y su madre habían muerto atrapados en un incendio en un
campo de caña de azúcar, y ahora era como si se quedara huérfano otra vez,
pues él y el señor Thomas habían sido como padres entre sí, como cabía
esperar en dos personas que dependían tanto el uno del otro. Luego empezó a
llorar con un llanto tan lastimero como nunca habría creído que podía sonar el
llanto de un hombre. Yo quería decirle algo, algo que lo consolara y al mismo

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tiempo distrajera su atención del dolor que sentía, pero lo único que atiné a
decir fue:
—Pobre señor Thomas, pobre señor Thomas, le habría gustado, tanto
hacerse viejo junto a usted… Los dos sentados aquí, reparando las redes.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, estaba consciente de que tendrían
el efecto contrario al que yo deseaba, pero no fui capaz de contenerme. Me di
vuelta, cogí el brazo de Myma y ambas empezamos a caminar en dirección a
casa.
Después de andar un rato, me di cuenta de que Myrna estaba: llorando con
fuerza y eso me hizo pensar en mi escaso conocimiento de la gente, pues
hasta entonces yo habría dicho que Myrna era incapaz de sentir un gran dolor
por la muerte del señor Thomas o por cualquier otro motivo. Así que le rodeé
los hombros con un brazo, la estreché contra mí y le dije un montón de
tonterías en las que no creía, tonterías como que el señor Thomas se había ido
a un lugar mejor o que aquel accidente respondía a un propósito grande y
sabio. Myma me contestó con un brusco empujón y los ojos llenos de furia y
desprecio. Entonces me explicó algunas cosas. Me dijo que no lloraba por el
señor Thomas, sino por sí misma. Me contó que solía encontrarse con
Thomas (esta vez no lo llamó «señor») debajo de un árbol del pan que había
cerca de su retrete en el callejón contiguo a su casa, que ella lo aguardaba en
la oscuridad, vestida pero sin bragas y que él le metía el dedo corazón
adentro. Nunca tardaban mucho, pues sabían que si ella se demoraba
demasiado en volver a casa, su madre sospecharía algo. Myrna y el señor
Thomas nunca hablaban de lo que ocurría. A menudo, ella iba a buscarlo y él
no acudía a la cita, pero nunca le daba explicaciones. Cuando le sacaba el
dedo de la vagina, él le daba un chelín, seis peniques o a veces incluso menos.
Ella guardaba el dinero en una vieja lata de Ovaltine, escondida debajo de una
piedra en el centro de la pila de piedras de su madre. Myrna dijo que no sabía
exactamente qué iba a hacer con el dinero, pero que fuera lo que fuese, aún no
tenía suficiente.
Yo, por supuesto, reaccioné a aquella historia increíble con muchos
sentimientos encontrados —todos los previsibles—, pero una sensación
destacó sobre las demás: me sentí invadida por una envidia intolerable, ¿Por
qué una cosa tan extraordinaria le había ocurrido a ella y no a mí? ¿Por qué el
señor Thomas había elegido a Myrna para meterle el dedo en la vagina en
citas secretas? ¿Por qué no a mí? Myrna contaba los hechos con tono
monótono e indiferente, como si el señor Thomas y ella solo hubieran
compartido un vaso de agua de lluvia. Para mí, aquella habría sido la gran

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experiencia de mi vida, la que ensombrecería todas las demás. ¡Qué
desperdicio! Para Myrna no significaba nada; ella solo hablaba del dinero y ni
siquiera tenía idea de lo que iba a hacer con él. Yo no le hubiese dado ninguna
importancia al dinero. Estoy segura de que lo hubiese regalado, incluso estoy
convencida de que con tal de ocupar el lugar de Myrna, me las habría
ingeniado para robar uno o dos chelines y dárselos al señor Thomas. ¡Qué
injusticia! ¿Qué palabras habría usado el señor Thomas para llegar a aquel
acuerdo con ella y por qué no me habría considerado digna de oírlas?
Recordé que tenía una boca ancha, labios grandes y una enorme lengua
rosada, que mostraba con claridad cuando reía con sus estruendosas
carcajadas. Sus ojos inyectados en sangre delataban su afición por el ron y
fumaba tanto que a veces, cuando venía a traernos el pescado, olía más a
tabaco que al mar. Me llamaba «pequeña señorita». En una ocasión, mi madre
me envió a su casa —la casa que compartía con el señor Mathew— con el
dinero del pescado de la última semana. Cuando salió a recibirme a la puerta,
exclamó:
—¡Oh, cielos!
Y volvió adentro, porque no llevaba camisa, solo unos calzoncillos
demasiado grandes hechos con el mismo cambray azul de los de mi padre.
Cuando volvió, tenía puesta una camisa vieja de madras con varios remiendos
y escondía el cigarrillo en la espalda, pues como no era mi padre ni ningún
pariente cercano, fumar en mi presencia habría sido una falta de respeto. Me
dio las gracias por el dinero, y cuando me estaba volviendo para marcharme
me preguntó:
—¿Y cómo le van las cosas, pequeña señorita? ¿Qué tal el colegio?
—Tan bien como cabe esperar, señor —respondí yo—. Tan bien como
cabe esperar.
Sabía que aquella respuesta me convertiría en una réplica exacta de mi
madre. Él también se dio cuenta, porque se echó a reír a carcajadas y me
permitió echar un buen vistazo a su lengua grande, sus encías y sus dientes.
Me sentí tan avergonzada de haberlo hecho reír con tal entusiasmo y
desenfreno mientras estábamos solos que me marché precipitadamente sin
decirle adiós.
—Dios la bendiga, pequeña señorita —gritó él a mi espalda, como para
dejar claro que ninguno de los dos nos habíamos ofendido.
Aquel era el señor Thomas que yo había conocido, un hombre agradable
que salía a la mar y me traía mis peces preferidos, aquellos que mi madre
cocinaría luego con salsa de lima, mantequilla, cebollas y pimiento verde.

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Supongo que del mismo modo él podría haber dicho de mí que era una
adolescente de conducta tan irreprochable que si alguien le hacía una pregunta
contestaba con la voz cuarentona de su madre… no exactamente la persona
más indicada para una aventura clandestina.
Cuando Myrna acabó de contarme su historia, caminamos hacia casa en
silencio. Tenía tantas cosas que decir, tantas preguntas que hacerle; pero no
sabía cómo empezar. Temía que cualquier cosa que dijera revelara mis
sentimientos y demostrara mi familiaridad con situaciones como la que
acababa de describir ella. Por ejemplo, no podía preguntar «¿Te gustaba
mucho?», que era una de las cosas que más me interesaba saber. Si lo hacía,
delataría el grito que resonaba en mi interior: «¡Esto debería haberme pasado
a mí! ¡Yo debería haber sido la elegida!». Podría haber asumido una actitud
falsa y pronunciado todas las críticas adecuadas, pero estaba consciente de
que ella estaba más allá de cualquier juicio.
—¿Te dolió? —le pregunté por fin cuando nos aproximábamos a nuestras
casas, con falsa compasión en la voz y en la cara.
Me respondió con semejante mirada… que fui yo la que me sentí sucia.
Aquella noche, tendida en la cama y por supuesto incapaz de dormir,
pensé en los sucesos de aquel día, deteniéndome más en los encuentros de
Myrna y el señor Thomas en el callejón contiguo a la letrina, bajo el árbol de
pan, que en el accidente del pescador. La imaginé al final de un largo día,
después de cocinar la cena de la familia, lavarles la ropa, coger agua de las
cañerías que pasaban bastante lejos de su casa y atenderlos asiduamente de
muchas otras formas. Por fin, después de cenar, saldría a esperar al señor
Thomas en la oscuridad, tal vez con la excusa de ir al retrete. Myrna no había
hablado de besos en el pelo, de una lengua ardiente en las orejas o en la boca,
de besos en el cuello ni de unas manos acariciándole los pechos. Solo sus
manos entre las piernas de ella, con un solo dedo penetrando en su interior.
Me detuve en ese punto. ¿Qué aspecto tenían las manos del señor Thomas?
No lo sabía. En ese momento, pensé que aquella idea me obsesionaría hasta el
día de mi muerte. Nunca había reparado en sus manos. Recordaba muchas
cosas de él: su boca, sus dientes, sus encías, incluso sus pies. Tenía pies
grandes con grietas en los talones y nunca llevaba zapatos. En una ocasión, lo
había visto caminando en el barro. El barro estaba blando y se le colaba entre
los dedos de los pies, dejando cuatro pequeñas virutas en el suelo. Sin
embargo, ¿qué aspecto tenían sus manos? No lo sabía y no lo sabría nunca.
Así fue como unas manos que llegaría a conocer muy bien —las manos de

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Paul, moviéndose en la pecera— me recordaron otras manos perdidas para
siempre en un mar cálido.

Como era de esperar, ahora que mi relación con Peggy comenzaba a


deteriorarse, nos pusimos a buscar un apartamento donde vivir juntas. Es una
vieja historia, dos personas están enamoradas, y justo en el momento en que
dejan de quererse, deciden casarse. Pensábamos lo siguiente: ¿no sería bonito
que Peggy no tuviera que tomar el tren todos los días para volver a la casa en
que vivía con sus padres, cuyas opiniones sobre todo encontraba
abominables? ¿No sería bonito que yo no tuviera que vivir más en el piso de
Lewis y Mariah y cuidar de las niñas, que pudiera tener una vida propia y
entrar y salir de la casa cuando me diera la gana? Mi vida con Mariah y Lewis
no tenía nada de malo, pero no podía imaginarme pasando el resto de mi vida
vigilando a sus hijas en una u otra situación. Y las niñas no seguirían siendo
niñas para siempre. Comenzaba a sentirme como un perro encadenado, con
una correa muy larga, pero correa al fin. Mariah era como una madre para mí,
una buena madre. Cada vez que entraba a una tienda a comprarse algo, se
acordaba de mí y me traía un regalo o a veces me pagaba más dinero del que
habíamos convenido. Cuando le conté cuánto me gustaba ir al museo, solicitó
una tarjeta de socia para mí. Siempre se preocupaba por mi bienestar. Yo me
daba cuenta, una y otra vez, de la suerte que había tenido al encontrarla y
trabajar para ella en lugar de hacerlo, por ejemplo, para algunas de sus
amigas. Sin embargo, no tenía sentido fingir: yo no era el tipo de persona que
agradecía los golpes de fortuna, sino alguien para quien los golpes de fortuna
nunca eran suficientes. Sin embargo, había algo más.
Cuando yo tenía unos trece años, mi madre me había hablado de una chica
—su ahijada— que acababa de cumplir diecinueve años. Me había dicho que
era una joven maravillosa, que había dado a sus padres muchos motivos para
estar orgullosos de ella y que era un ejemplo que las chicas más jóvenes
deberíamos seguir. Yo conocía a aquella joven bastante bien y había llegado a
una conclusión muy distinta sobre ella. Mi madre me había dejado a su
cuidado en varias ocasiones, supongo que con la esperanza de que su buen
ejemplo hiciera mella en mí. Si yo hacía algo malo, ella me amenazaba con
darme té de sena, un purgante que provocaba fuertes retortijones de estómago,
o me decía que me metería en un barril, cerraría bien la tapa y se olvidaría de
mí. Cuando me portaba bien, me bañaba, me peinaba, me vestía con sus
vestidos viejos e insistía en que me durmiera en un cesto de la ropa cubierto
de trapos limpios. Yo era demasiado grande para el cesto, pero ella me
obligaba a acurrucarme allí hasta que consideraba que había pasado el tiempo

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adecuado. Era difícil ver la diferencia entre sus castigos y sus recompensas.
La joven se llamaba Maude, Maude Quick. Su padre era el jefe de las cárceles
—las prisiones de Su Majestad— y yo solía pensar en ella como mi carcelera
particular. Hacía mucho tiempo que la despreciaba, de modo que cuando mi
madre terminó de cantar sus salmos a Maude, yo estallé:
—Ni muerta estaré en casa cuando cumpla los diecinueve.
Aquellas palabras hundieron a mi madre en el silencio —más bien en la
tristeza—, pues no supo cómo reaccionar. Así fue como comencé a expresar
odio, hostilidad, furia contra mis padres, a veces con palabras, otras veces con
hechos. Ahora que tenía diecinueve años, mis palabras se habían cumplido,
aunque eso no bastaba para complacerme: no había muerto ni vivía en la casa
donde había crecido, pero vivía en una casa que no era la mía.

Una calma extraña reinaba en el piso de Mariah y Lewis. Reñían


constantemente, aunque nunca en mi presencia. Un día volví de hacer un
recado con la tropilla de niñas y percibí la tensión en el aire. Se había dicho
algo serio. Tal vez fuera: «Ya no te amo». Lewis podría haberlo dicho, pues
era verdad, ya no amaba a Mariah. Lo habría dicho con suavidad, porque es
fácil ser suave cuando uno está en su posición, la posición de triunfador. Los
ojos de Mariah siempre estaban en uno de los diversos estadios del llanto. Era
evidente que Mariah no era mi madre, pues mi madre habría tomado medidas
para eliminar a cualquiera que la hubiera hecho llorar tanto.
Un día, Mariah y yo estábamos sentadas a la mesa de la cocina. Allí
solíamos encontrarnos siempre que teníamos algo que hablar. Me había hecho
una taza de café cargado con mucha leche caliente y humeante y me lo había
servido en una taza grande, del tamaño de un bol pequeño. Había aprendido a
hacer el café de aquel modo en Francia, donde había vivido cuando tenía, mi
edad. Empecé a contarle cosas de mi vida con Paul, que se desarrollaba casi
por entero en la cama. Le hablé de lo que hacíamos, con todos los pequeños
detalles que a una persona con más experiencia de la vida podrían haberle
pasado desapercibidos. Había mucho de qué hablar, pues, a excepción del
momento de la comida, todo el tiempo que pasábamos juntos estábamos
entregados al sexo. Le hablé de cómo reaccionaba ante cada cosa, de lo
sorprendida que estaba de que me excitara la violencia (pues a veces era
violento), de cómo esa parte de mi vida se había convertido en una aventura y
de la ansiedad con que esperaba esos momentos, ya que nunca había creído
que aquel placer pudiera existir y mucho menos que yo pudiera llegar a
disfrutar de él.

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De repente, cuando llevaba un rato hablando de ese modo, Mariah me
interrumpió.
—Nuestra vida sexual es tan mala —dijo.
Aquellas palabras me dejaron helada, ya que nunca se me había ocurrido
pensar en eso. Una vida sexual mala. Me pregunté qué habría querido decir
exactamente. Por la actitud de mi madre, adivinaba que era una experiencia
que podría dejarla a una indiferente, que mientras ocurría se podía hacer la
lista de la compra, elegir un modelo de cortinas o memorizar un insulto sutil
pero original para la gente que se creía superior a una. Sin embargo, nunca
había imaginado que la palabra «mala» pudiera aplicarse a la vida sexual,
aunque en cuanto lo dijo supe a qué se refería: era como desear una chirimoya
y obtener una podrida; luego comerla sin poder olvidar en ningún momento el
sabor de una fruta en buenas condiciones. Entonces Mariah me contó que
cuando ella tenía mi edad se había ido a pasar el verano con unos amigos de
sus padres y había tenido una aventura desastrosa con el marido.
—Cada vez que intentaba penetrarme —dijo Mariah—, perdía la erección.
Ella se había culpado a sí misma, como solo Mariah podía hacer; pensó
que algo fallaba en ella o que estaba haciendo mal las cosas. Más tarde
comprendió que aquel hombre era viejo e impotente y que le había resultado
más fácil culpar a una jovencita de su problema que aceptar que ya estaba
acabado en ese terreno. Aquel incidente había dejado marcada a Mariah, y
siempre, que tenía un nuevo amante, le resultaba difícil desinhibirse por
completo. Yo no dije nada, pero pensé: «Por supuesto, lo que tú necesitas
ahora mismo es olvidarte por completo de ti misma».

Un día llegó una carta para mí, con la palabra Urgente escrita a lo largo
del sobre con la hermosa caligrafía de mi madre. Por mí, la carta, podría haber
tenido escrita por todos lados la frase: «No abrir hasta el día del juicio final»
porque la agregué al montón de cartas sin abrir que había recibido de casa.
Aquel día decidí comprarme una cámara fotográfica. Mariah me había
regalado un libro de fotografía porque en el museo había fotografías que me
gustaban. Eran fotografías de gente corriente haciendo cosas corrientes en el
campo, pero por alguna razón para mí inexplicable, aquellas personas y las
cosas que hacían me habían parecido extraordinarias… como si no hubieran
existido antes. Cuando le hablé a Mariah del placer que sentía al contemplar
esas fotografías, ella me compró un libro, y cada vez que tenía un momento
libre, me sentaba en mi habitación a mirarlo. La gente de las fotografías me
recordaba a gente que yo había conocido… sobre todo el retrato de un niño:
llevaba pantalones cortos, caminaba con despreocupación y sostenía dos

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grandes botellas en las manos. Me recordaba a un chico que se llamaba
Cuthbert. Era primo lejano mío y vivía en otra isla, de modo que nunca pasé
el tiempo suficiente con él como para cansarme de su compañía. Su aliento
siempre olía como si acabara de levantarse de la cama: rancio y
descompuesto. A mí me gustaba tanto aquel olor que siempre que hablaba con
él me colocaba de forma que su aliento me diera en la cara. Mientras miraba
aquel libro de fotografía, decidí que quería comprarme una cámara.
Entonces sucedió algo que no había previsto: pasé el resto del día en la
cama con el hombre que me vendió la cámara. Cuando me estaba enseñando
una que se plegaba como un muñeco de resorte en una caja, supe que
acabaríamos en la cama.
—Te pareces a mi padre —le dije, mirándolo a la cara.
—En ese caso deberías besarme —respondió él.
La respuesta era una broma, pero confirmaba mi corazonada. Esperé dos
horas en la puerta de la tienda a que terminara de trabajar y luego fuimos a su
apartamento. En el camino intercambiamos la información habitual: nuestros
nombres, nacionalidad, las cosas que nos gustaban y las que no nos gustaban.
Se llamaba Roland, y aunque había nacido en Panamá, sus padres eran de la
Martinica; le gustaba el sonido de la lluvia al caer sobre las hojas de los
árboles, pues tenía un efecto sedante sobre él. No le gustaba la nieve. El
objeto de aquella información era pasar el rato, atenuar lo embarazoso del
momento, ya que se trataba de datos intrascendentes y ambos los sabíamos.
No nos dimos nuestros números de teléfono.
Dejé la cama de Roland solo porque le había dicho a Paul que lo vería
aquella noche a última hora. Él ya estaba acostumbrado a aquello: Peggy no
podía soportar estar con ambos, de modo que yo salía con ella temprano y
luego pasaba el resto de la noche con Paul. Peggy y yo siempre discutíamos
antes de separarnos, pero ambas sabíamos que al día siguiente nos
llamaríamos o nos veríamos. La noche estaba fría y no había viento. Roland
vivía en el otro extremo de la ciudad, de modo que tomé un taxi. Tenía media
hora de viaje, el tiempo suficiente para enterrar un secreto. En la puerta, le di
un beso en la boca a Paul con una pasión incontrolable que de verdad sentía;
un beso traicionero, pues aún podía sentir el sabor del otro hombre en mi
boca. El viento frío me había dejado los labios con la textura de una tostada
vieja, pero él me devoró como si fuera un pastel recién horneado.
Estaba feliz de verme.
—Te quiero —me dijo.

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Yo pensé: «De modo que así suena eso cuando alguien lo siente de
verdad». Lo besé con el doble de fuerza y de inmediato supe que había
cometido un error, pues él malinterpretó mi entusiasmo como una muestra de
amor correspondido. Por la mañana, me dijo que Peggy había llamado la
noche anterior para saber si estaba con él. Su voz no demostraba
desconfianza.
—¡Es tan pesada! —respondí yo y comencé a criticar su carácter, como si
ese fuera el tema en cuestión.
Él mismo no sabía que lo que deseaba era una respuesta a otra pregunta:
¿Dónde me encontraba si no había estado en casa ni con Peggy?

Las niñas y yo habíamos ido a dar un paseo al parque y regresamos con


las típicas exclamaciones de tristeza y placer. Lewis y Mariah estaban
sentados en la sala y las niñas corrieron a saludarlos. Yo los seguí con mi
cámara, que en los últimos tiempos llevaba a todas partes, y cuando los vi,
distantes aunque muy juntos, Mariah con los ojos rojos del llanto y una
sonrisa falsa en los labios como un niño que intenta mantener la compostura,
supe que el final había llegado, que estaba frente a unas ruinas. Por alguna
razón que nunca comprenderé, dije:
—Decid «Luis» —y tomé una fotografía.
—¡Dios santo! —exclamó Lewis y salió de la habitación, enfadado.
Mariah extendió los brazos y abrazó a las cuatro niñas a la vez.
—Lo siento —me dijo.
Yo pensé: «¿Por qué disculparse por un cerdo?» y luego me pregunté
cuándo había empezado a pensar que Lewis era un cerdo: siempre me había
gustado; siempre se había portado bien conmigo. Entonces comprendí: había
hecho llorar a Mariah y yo me había puesto de su parte; siempre lo haría.
También podía ver la forma en que Lewis la abandonaba. Era él quien se iba,
pero nunca lo admitiría abiertamente. Era de esa clase de personas —por lo
general hombres cultos— que no pueden decir lo que sienten, no porque le
hubieran enseñado que no lo hiciera, sino simplemente porque un hombre en
su posición siempre sabe exactamente lo que quiere y consigue que lo hagan
todo por él. A veces jugaba conmigo a las damas. Es un juego que se me da
bastante bien, pero nunca pude ganarle. Su estrategia consistía en atacar de
forma solapada hasta que, de un modo u otro, yo acababa actuando con
torpeza y le facilitaba el triunfo. Después, él siempre tenía la amabilidad de
explicarme dónde me había equivocado.
—Lo siento —decía—, la próxima vez…

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Pero la vez siguiente ocurría exactamente lo mismo. Aquel hombre era
demasiado listo y estaba demasiado acostumbrado a hacer lo que quería.
Ahora dejaría a Mariah, pero le haría creer que era ella quien lo abandonaba a
él. Las niñas ya no estaban en la sala y Mariah abrió la boca. Yo supe lo que
iba a decir antes de que lo hiciera.
—Voy a pedirle a Lewis que se vaya —dijo con cara de preocupación
mientras extendía una mano, ofreciéndome apoyo.
Pero yo estaba bien. Nunca me hubiera casado con un tipo como Lewis.
Una noche, mientras las niñas dormían y la casa estaba silenciosa, cubrí la
lámpara de mi mesa de noche con un pañuelo de seda artificial, creando en la
habitación la ilusión de una madrugada mezclada con una lejana puesta de
sol. De repente, aquella luz me recordó a mi casa y me asaltó una sensación
extraña, una combinación de dicha, expectación y temor. Las paredes estaban
llenas de fotografías en blanco y negro que yo misma había tomado, de las
niñas con Mariah, de Mariah sola y de algunas de las cosas que me había
comprado después de salir de casa. No había fotos mías ni de Lewis. Había
intentado imitar el estilo de las fotografías del libro que Mariah me había
regalado, y aunque en ese sentido había fracasado por completo, estaba
contenta. Había fotos de las niñas comiendo golosinas o mostrando el trasero
a la cámara —su forma de demostrar lo cansadas que estaban de mis
solicitudes de sonrisas—; una de Mariah en medio de la complicada
preparación de un pollo con verduras cocido lentamente en vino tinto; otra de
mi cómoda, con medias sucias y lápiz labial, una compresa sin usar y una
billetera abierta, una foto de un collar hecho con semillas raras que había
comprado en un puesto callejero, y otra más de un jarrón que había comprado
en el museo, reproducción de otro encontrado en el sitio donde había existido
una civilización perdida. ¿Cómo es posible que la fotografía de un objeto real
sea más emocionante que el propio objeto? Todavía no encontraba una
respuesta a aquella pregunta. Estaba echada allí, en un estado de inopia, casi
dopada, sin sentir nada ni pensar en nada. Es malo estar así, pues el espíritu
advierte el vacío y convoca algo, por lo general malo.
Alguien golpeó la puerta y la abrió. Era Mariah para avisarme de que
tenía una visita. Por la forma en que lo dijo, supe que era alguien que ella no
conocía y que traía malas noticias. Seguí a Mariah a la sala y allí, sentada en
una silla con demasiado relleno, vi a alguien con una cara familiar, la cara de
Maude Quick, aunque convertida en una mujer. Seguía siendo una
pendenciera, podía verse en su cuerpo demasiado relleno, a juego con el sillón
donde se sentaba. Cuando me vio, se puso de pie y su figura creció hacia

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arriba y hacia los lados. Pronunció mi nombre y yo sentí como si la gravedad
de la tierra se hubiera reunido en un punto y se centrara sobre mí; quedé
reducida a un fragmento minúsculo que pesaba tanto como el mundo.
Maude dijo que había estado unas semanas en su casa y que había
regresado el día anterior.
—Toma —me dijo y me entregó un sobre azul que tenía un sello de «Vía
Aérea» y mi nombre y dirección escritos con letra de mi madre—. Tu madre
me pidió que te diera esto. Tu padre murió hace un mes —añadió— Ocurrió
de repente. Su corazón dejó de funcionar. Ya sabes, siempre había tenido
problemas de corazón.
Yo no respondí y seguí callada durante un buen rato. Estaba pensando:
«Mira qué satisfecha de sí misma se siente. Todo lo que ha hecho en su vida
le ha producido satisfacción: comer —sobre todo comer—, dormir, decir
cosas como la que acaba de decirme».
—Tu madre está muy triste porque no has contestado a sus cartas —dijo
—. Tal vez no las hayas recibido.
Mariah no había salido de la habitación, aunque se había quedado a una
distancia considerable de donde estábamos nosotras. Entonces se acercó a mí,
me rodeó los hombros con un brazo y con el otro me cogió las dos manos,
atrayéndome hacia ella. Debió de adivinar que estaba a punto de romperme en
trozos e intentaba mantenerme en una pieza, como esas bandas elásticas que
sostienen las cajas de mercancías que van a enviar al extranjero. Yo seguía en
silencio. Me dolían la cabeza y los ojos, tenía la boca seca, pero no podía
tragar, me ardía la garganta y en mis oídos retumbaba el sonido de olas que
querían salir pero solo lograban golpearse contra un muro de rocas. No podía
llorar. No podía hablar. Solo deseaba obligar a los músculos de mi cara a
hacer lo que yo quería, intentaba recuperar el control sobre mí misma.
Maude rio. Fue una risa breve, la risa de alguien que ni siquiera tiene que
hacer un esfuerzo para comportarse con corrección.
—Me recuerdas a la señorita Annie; de verdad, me recuerdas a tu madre.
Me estaba muriendo y ella me salvó la vida, siempre le estaré agradecida
por eso. Nunca sabría que con aquella frase despreocupada había dicho lo
único que podía mantenerme viva.
—No soy como mi madre —respondí— Ella y yo no nos parecemos en
nada. Ella nunca debió casarse con mi padre ni tener hijos. No debería haber
desperdiciado su inteligencia ni haber prestado tan poca atención a la mía.
Debería haber ignorado a alguien como tú. Yo no soy en absoluto como ella.

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Fue como si hubiera hablado en griego antiguo, porque Maude se limitó a
mirarme y sonreír. Mariah salió de la habitación, según dijo, para hacernos té.
Entonces me senté.
—Tienes muy buen aspecto —dije, esta vez en inglés.
—Sí —respondió ella—, siempre sigo el consejo que me dio mi madre.
Antes de irme de casa, mi madre me dijo: «Maude, toma las comidas siempre
a la misma hora. No lo olvides nunca».
Entonces, ante semejante estupidez, ni siquiera pude seguir rumiando mi
rencor en silencio.
Por supuesto, sugirió que debería volver a casa de inmediato, pero yo no
le contesté, de hecho no contesté a nada de todo lo que me dijo. Se fue
después de concederme el favor de uno de sus abrazos. Aparte de todo lo
demás, dejó tras de sí un aroma a clavo de olor, lima y aceite de rosas que casi
me hizo morir de añoranza. Mi madre solía bañarme en el agua donde había
hervido las hojas y flores de aquellas plantas para protegerme de los malos
espíritus que me enviaban las mujeres que habían amado a mi padre y cuyo
amor él no había correspondido.
¿Cómo había comenzado aquel asunto del amor no correspondido de otras
mujeres hacia mi padre? Mi abuela paterna le había pedido a su esposo que
criara al niño y se había marchado a Inglaterra. Mi padre había tenido noticias
de ella por última vez a los doce años, cuando ella le había enviado un par de
zapatos para Navidad. Eran unos zapatos negros con un dibujo hecho con
pequeños agujeritos. En el momento de recibirlos eran demasiado grandes
para él y cuando había vuelto a probárselos ya le quedaban pequeños. Mi
padre guardaba aquellos zapatos en una caja de seguridad, junto con el dinero
y otros objetos privados, y de vez en cuando me los mostraba. Nunca me
había descrito a su madre, pero siempre decía que era una mujer hermosa.
También decía que era una buena mujer, pero incluso entonces yo sabía que
creía hablar con una niña pequeña y que no podía decirme la verdad o
expresar sus verdaderos sentimientos, pues ¿cómo podía decir que su madre
era una buena mujer cuando había dejado a su hijo de cinco años para subirse
en un barco y marcharse de allí para siempre? Nunca había vuelto a verla, y
en la época en que me hablaba de ella, ni siquiera sabía si estaba viva o
muerta. Cuando tenía siete años, su padre lo había dejado con su abuela y se
había ido a trabajar en la construcción del Canal de Panamá. Mi padre
tampoco había vuelto a verlo. De pequeño solía dormir en la misma cama que
su abuela, aunque ella se levantaba un poco antes para hacerle el desayuno, la
misma rutina que seguía mi madre y que debe de haber seguido hasta que él

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murió. Una mañana, la abuela de mi padre no se levantó y cuando él despertó
advirtió que había estado durmiendo junto a una muerta.
—Debe de haber muerto en mitad de la noche, sin que yo me diera cuenta
—me decía.
Nunca dijo que su abuela fuera hermosa o buena, pero yo podía ver que
había vivido consagrada a él Mi madre también había vivido consagrada a él,
consagrada a sus tareas: una casa limpia, comida deliciosa, un patio limpio,
un pequeño jardín con hierbas y verduras, el lavado y planchado de nuestra
ropa. Mi padre debe de haber amado a mi madre, pues ella fue la única mujer
con quien se casó. Hace tiempo, yo creía que se había casado con ella por su
fuerza y su juventud, así como otras personas se casan por dinero. ¡Era un
hombre tan listo!
Yo había tomado con tanta fuerza la carta que me había traído Maude que
era como si se hubiera convertido en parte de mi cuerpo y ya no la notaba.
Cuando por fin reparé en ella, rogué con toda mi alma poder permanecer
indiferente a lo que dijera. La abrí. La carta repetía lo que yo ya sabía: mi
padre había muerto hacía un mes; aunque había sufrido del corazón durante
mucho tiempo, su muerte había sido inesperada; debía volver a casa de
inmediato. Sin embargo, había algo más: mi padre había muerto dejando a mi
madre en la miseria. En la caja fuerte, donde guardaba los zapatos que le
había enviado su madre y otras cosas valiosas para él, no había dinero. Mi
madre había ido al banco y había descubierto que allí tampoco había dinero.
Su cuenta en el club de caballeros estaba vacía, y había solicitado tantos
préstamos sobre su póliza de seguros, que era probable que incluso les debiera
dinero y ahora mi madre era responsable por ello. Mi madre había tenido que
pedir dinero prestado para pagarle el entierro y gracias a que era una buena
feligresa, la iglesia había oficiado el funeral gratuitamente.
Yo le envié todo el dinero que había ahorrado para el apartamento que
quería alquilar con Peggy. Cuando Mariah se enteró de la situación, me dio el
doble de lo que yo tenía y también se lo envié. Le escribí una carta a mi
madre, una carta fría, tan fría como mi corazón. La carta me sorprendió
incluso a mí, pero de todos modos la envié. En ella le preguntaba cómo podía
haberse casado con un hombre que solo le dejaría deudas y que no había
podido pagarse ni siquiera su propio funeral. Le señalé todas las formas en
que se había traicionado a sí misma. Le dije que creía que también me había
traicionado a mí, que aunque no podía darle ningún ejemplo concreto, sabía
que había sido así. Añadí que había actuado como una santa, pero que como
yo había vivido en el mundo real, solo quería una madre. Le recordé que toda

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mi educación había estado consagrada a evitar que me convirtiera en una
puta, luego pasé a hacer una breve descripción de mi vida personal,
ofreciendo cada detalle como prueba de que sus; planes habían fracasado y de
que vivir como una puta era bastante divertido, muchas gracias. También le
decía que no pensaba volver a casa ni entonces ni nunca.
A todo esto la santa respondió que ella siempre me amaría, que siempre
sería mi madre, que mi único hogar estaría allí donde estuviera ella. Quemé
esa carta, junto con todas las demás que descansaban sobre mi cómoda en un
pequeño paquete, en la chimenea de Lewis y Mariah.

Una noche, muy tarde, estaba sentada junto a Mariah en la cocina. Ella
parecía joven y ligera; yo, vieja y pesada. Las dos reconocíamos que nuestro
estado de ánimo respondía a nuestras respectivas circunstancias: ella acababa
de perder a su esposo, yo a mi padre. Era como si hubiéramos estado leyendo
las últimas frases de un párrafo muy largo y de pronto la página se quedara en
blanco. Lewis la había dejado, pero ella creía que le había pedido que se
fuera. Dijo que se iban a divorciar, que las niñas estaban muy confusas y que
le preocupaba su bienestar. También dijo que se sentía libre. Yo hubiera
querido decirle que no se fiara de ese sentimiento de «libertad», que
desaparecería de repente como por arte de magia; pero en su lugar le hablé de
un paseo en auto que había hecho con Paul aquella tarde. Paul quería
enseñarme una mansión en ruinas que había pertenecido a un hombre que
había ganado mucho dinero en la industria azucarera en mi país. Yo no
conocía a aquel hombre, pero si no hubiera estado muerto, le habría deseado
la muerte. Mientras conducía, Paul me habló de los exploradores que habían
cruzado los grandes mares, según él no solo en busca de riquezas, sino
también para sentirse libres, y añadió que la búsqueda de la libertad forma
parte de la naturaleza humana. Hasta aquel momento, yo no me había dado
cuenta de que él tenía esa afición… la libertad. A ambos lados de la carretera
había animales muertos —ciervos, mapaches, tejones, ardillas— que habían
sido atropellados por los veloces coches cuando intentaban cruzar al otro
lado. Le señalé los animales muertos.
—En su camino hacia la libertad, algunos encuentran riquezas y otros
encuentran la muerte —dije intentando dar un tono despreocupado a mi voz,
aunque no lo logré.
Cuando terminé de contarle aquello a Mariah, ella se quedó callada un
momento y luego dijo:
—¿Por qué no perdonas a tu madre por lo que crees que te ha hecho? ¿Por
qué no vuelves a casa y le dices que la has perdonado?

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Mientras hablaba, pronunciaba cada palabra como si fuera un ente
independiente, tallado en algo sólido, algo amargo y sólido. Sus palabras me
recordaron cómo había llegado a odiar a mi madre y junto con el recuerdo
vinieron un montón de lágrimas que sabían al jugo exprimido del árbol de
aloe. Yo no era hija única, aunque parecía que me avergonzaba de ello,
porque nunca se lo contaba a nadie, ni siquiera a Mariah. Yo había sido hija
única hasta los nueve años y luego, en el espacio de cinco años, mi madre
había tenido tres hijos varones. Cada vez que nacía un nuevo hijo, mi padre y
mi madre se decían el uno al otro con gran solemnidad que iría a la
universidad en Inglaterra para convertirse en médico, abogado o alguna otra
profesión que le permitiera ocupar un lugar importante e influyente en la
sociedad. A mí no me molestaba que mi padre dijera esas cosas de sus hijos,
sus congéneres, y me dejara de lado. Mi padre no me conocía en absoluto y
yo no esperaba que imaginara para mí una vida llena de emoción y triunfos;
pero mi madre me conocía bien, tan bien como se conocía a sí misma. En
aquella época, yo incluso pensaba que éramos idénticas y cada vez que veía
cómo sus ojos se llenaban de lágrimas al pensar en el triunfo de sus hijos,
sentía que una espada me atravesaba el corazón, porque a mí, su única hija
idéntica, jamás me imaginaba en un escenario parecido ni en una situación
remotamente similar. Entonces comencé a llamarla para mis adentros «la
señora Judas» y a hacer planes para una separación que sabía que nunca sería
completa.
Mientras le contaba todo aquello a Mariah, evoqué todo tipo de pequeños
detalles de mi vida en la isla donde crecí: el color del cielo de las seis de la
tarde el día en que fui a llamar a la partera para que atendiera el parto de mi
primer hermano varón; el blanco del camisón que mi madre bordó para el
nacimiento de mi segundo hermano; el rojo de las hormigas rojas que
atacaron a mi tercer hermano en la cama de mi madre, un día después de su
nacimiento; el azul del traje de marinero que mi primer hermano usó cuando
mi madre lo llevó a un partido de críquet; la ausencia de carmín en los labios
de mi madre después del nacimiento de todos ellos, y el día en que los
hombres de la prisión, vestidos con sus uniformes negros y blancos, vinieron
a cortar un ciruelo del patio de mi casa, porque uno de mis hermanos había
estado a punto de ahogarse al tragar una ciruela entera que había recogido del
suelo.
De repente tuve que dejar de hablar, tenía la boca vacía y la lengua se me
había disuelto en la garganta. Sentí que en ese preciso instante iba a
convertirme en piedra. Mariah intentó rescatarme y me habló de la mujer en

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la sociedad, la mujer en la historia, la mujer en la cultura, la mujer en todas
partes. Yo no podía hablar, así que no pude decirle que mi madre era mi
madre y que la sociedad, la historia, la cultura y las demás mujeres eran una
cuestión totalmente distinta.
Mariah salió de la habitación, volvió con un libro grande y lo abrió en el
primer capítulo. Luego me lo pasó y yo leí la primera frase: «¿La mujer? Muy
simple, dicen los amantes de las fórmulas fáciles: es un útero, un ovario; es
una hembra y esa palabra basta para definirla». Tuve que detenerme. Aquel
libro gordo que me hacía doler las manos por el esfuerzo de mantenerlo
abierto no podía explicar mi vida. Mi vida era a la vez algo más simple y más
complicado que aquello: durante diez de mis veinte años, la mitad de mi vida,
yo había estado llorando el final de una historia de amor, quizás el único amor
verdadero que llegaría a conocer.

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LUCY

Otra vez estábamos en enero; otra vez el mundo era insustancial, pálido y
frío; otra vez tenía que comenzar de nuevo.
Yo era una chica de la que se esperaban ciertas cosas, ninguna de ellas
demasiado mala: una carrera de enfermera, por ejemplo, un sentido de la
responsabilidad hacia mis padres, obediencia a la ley y reverencia a las
convenciones. Sin embargo, un año después de haberme marchado de casa,
aquella chica había dejado de existir.
Yo no conocía demasiado bien a la persona en que me había convertido.
Oh, en lo externo, todos sus rasgos me resultaban familiares. Mi pelo seguía
siendo el mismo, aunque ahora lo llevaba muy corto, lo que hacía que mi cara
pareciera perfectamente redonda. Por primera vez consideré la idea de que
podría ser realmente hermosa, aunque sabía que si alguna vez me convencía
de que era hermosa, no le daría excesiva importancia. Mis ojos eran los
mismos, mis orejas eran las mismas, todas las demás cosas importantes de mi
cuerpo seguían igual.
Sin embargo, las partes de mi persona que yo no podía ver, aquellas que
no podía tocar, habían cambiado y yo todavía no las conocía bien. Sabía que
estaba inventándome a mí misma y que mi forma de hacerlo se parecía más a
la de un pintor que a la de un científico. No podía valerme de precisión o
cálculos, solo podía contar con mi intuición. No tenía nada claro en mente,
pero cuando el retrato estuviera completo lo sabría. No tenía una buena
posición ni posibilidades de conseguir dinero, solo tenía memoria, furia y
desesperación.
Nací en una isla, una isla muy pequeña, de dieciocho kilómetros de largo
y doce de ancho, y sin embargo, cuando me fui de allí a los diecinueve años,
solo conocía una cuarta parte de ella. Hace poco tiempo me presentaron a
alguien que nació en el otro extremo del mundo, pero que ha visitado la isla
en que mi familia vivió durante generaciones.
—¡Qué lugar tan hermoso! —me dijo esa persona, una mujer.

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Luego nombró un pueblecito de la costa y describió una vista desconocida
para mí. En aquel momento, yo me sentí muy avergonzada de no poder
responder, pues había llegado a creer que la gente en mi posición en el mundo
debería saberlo todo sobre el lugar de donde procede. Yo solo sé esto: la isla
fue descubierta en 1493 por Cristóbal Colón, que aunque no llegó a
desembarcar allí, le puso el nombre de una iglesia española. Entonces no
sabía que tendría que bautizar tantos lugares y supongo que tuvo que
devanarse los sesos cuando se quedó sin nombres para honrar a sus
benefactores, sus santos preferidos o sucesos importantes para él. Una tarea
como esa habría acabado con cualquier persona sensata, pero él tuvo una
larga vida.
Yo sabía que el origen de mi presencia en la isla, mi historia ancestral, era
el resultado de un acto deshonroso, pero eso no fue lo que me hizo ponerme
de pie en la clase de coro a los catorce años en el colegio para decir que no
quería cantar «Rige Bretaña, rige las olas, los británicos nunca, nunca serán
esclavos», porque yo no era británica y hasta no hacía mucho tiempo habría
sido esclava. Mi actitud no produjo un escándalo, por el contrario, mi
profesora de música se limitó a preguntarse si todos sus esfuerzos por
civilizarme durante aquellos años habrían sido en vano. En aquel momento
mis razones eran claras: detestaba a los descendientes de los británicos porque
eran feos, no cocinaban bien, usaban ropas horribles, no les gustaba el baile ni
la buena música. ¡Si al menos nos hubiesen conquistado los franceses! Eran
más guapos y parecían más felices, el tipo de personas con quienes me
hubiese gustado convivir. En un tiempo mantenía una amistad por
correspondencia con una chica de una isla vecina, colonia francesa, y a pesar
de que desde mi isla se veía la suya, antes de llegar a destino, las cartas tenían
que pasar por el país soberano, a miles de kilómetros de distancia. Los sellos
de sus cartas siempre venían cruzados por las palabras francesas de «libertad,
igualdad y fraternidad»; mientras que en las mías no había palabras
semejantes, solo la imagen de una mujer de expresión inconmovible y boca de
amargura. Ahora comprendo mejor la situación, sé que, a pesar de aquellas
palabras, mi amiga y yo estábamos en la misma situación, aunque todavía
creo que esas palabras causaban mejor impresión que la imagen de una mujer
de expresión inconmovible y boca de amargura.
Un día era una niña y al otro ya no lo era. Todo el mundo me lo decía:
«Ya no eres una niña». Comencé a menstruar, me crecieron los pechos y
aparecieron mechones de pelo debajo de mis brazos y entre mis piernas. Crecí
de forma súbita y fue difícil asimilar tanta altura nueva de repente. Un día

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vivía silenciosamente en un infierno personal, sin nadie a quien contarle mis
sentimientos, sin siquiera saber que era posible tener aquellos sentimientos, y
al siguiente dejé de vivir así. Comencé a ver el pasado de la siguiente forma:
uno mismo u otra persona dibuja una línea; de cualquiera de las dos formas,
queda señalado el pasado, la colección de personas que uno solía ser y de
cosas que uno solía hacer. El pasado es la persona que uno ha dejado de ser y
las situaciones en que uno ya no está.

Tenía diecinueve años, vivía en la casa de Lewis y Mariah y era la chica


encargada de cuidar a sus cuatro hijas. Me paraba en la esquina junto a las
niñas, cuatro mujeres, esperando que la luz del semáforo cambiara de color;
me sentaba con ellas a la orilla del lago; me sentaba en la cocina junto a
Mariah, con la inevitable luz entrando a raudales por la ventana; bebía el café
que ella había aprendido a hacer en Francia e intentaba explicarme a mí
misma, hablándole a Mariah, cómo había llegado a sentir de la forma en que
siento incluso ahora. Antes veía la felicidad como parte esencial de la
existencia cotidiana de Mariah y luego, cuando el mundo perfecto que había
conocido se esfumó sin previo aviso, vi cómo la alegría era reemplazada por
tristeza. Me tendía desnuda en la oscuridad con un chico llamado Hugh. No
sabía quién era Lewis, hasta que un día se reveló a sí mismo como otro
hombre, un hombre corriente cuando lo vi enamorado de la mejor amiga de su
mujer. Yo solía ser esa persona y estar en esas situaciones. Así había pasado
el último año de mi vida.
Un día vivía en el piso grande de Lewis y Mariah (sin Lewis, por
supuesto, que se había ido a vivir solo, esperando que pasara un período de
tiempo razonable antes de darle a Mariah la sorpresa de su vida: que había
dejado de quererla porque se había enamorado de su mejor amiga, Dinah) y al
día siguiente ya no estaba allí.
Mi partida comenzó el día en que me enteré de la muerte de mi padre.
Cuando dejé a mis padres, me dije a mí misma que no quería volver a verlos
nunca. Eran las palabras de un niño, pues un niño puede querer ver muerto a
alguien, puede incluso querer matarlo él mismo, pero luego deseará que la
persona muerta se levante y siga actuando como siempre, solo sin esa
característica que lo había inducido a desearle la muerte en primer lugar. Yo
había deseado no volver a ver a mi padre y mi deseo se había convertido en
realidad: jamás volvería a verlo. Me preguntaba qué aspecto tendría en el
ataúd, quién habría hecho el ataúd y si sería de pino o caoba; me preguntaba
si lo habrían enterrado con su traje de sarga azul, aquel que guardaba para una
ocasión especial que nunca parecía llegar… quizá mi madre hubiera pensado

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que su muerte era esa ocasión especial. Nunca había imaginado la muerte de
mi padre; nunca había imaginado la muerte de mis padres. Se lo conté a
Mariah y ella dijo que nadie piensa que sus padres van a morir. Entonces tuve
que contener mi rabia una vez más porque me hablaba de todo el mundo
cuando yo le hablaba de mí misma. Mariah dijo que me sentía culpable.
¡Culpable! Siempre había sabido que los demás nos juzgaban, pero era una
novedad para mí pensar que, uno podía juzgarse a sí mismo. ¡Culpable! Sin
embargo, yo no me sentía como una asesina; me sentía como Lucifer,
condenada a cometer un agravio tras otro.
Hacía meses que no abría las cartas que me enviaba mi madre. En ellas,
mi madre hacía una descripción detallada de la rapidez con que se había ido
deteriorando su vida desde que yo me había ido. Sin embargo, yo solo lo supe
más tarde, después de enterarme de la muerte de mi padre, cuando le escribí,
le envié dinero y abrí la carta que envió en contestación. Si hubiese visto
aquellas cartas antes, me habría muerto, tanto si no hubiese hecho nada como
si hubiera hecho algo. Entonces escribí mi última carta, aunque entonces ella
ignoraba que no volvería a tener noticias mías. Le dije que volvería a casa
pronto y cuánto sentía todo lo que le había ocurrido. No le dije que la quería,
me sentía incapaz de decir algo así. Luego le dije que la familia con que vivía
(Lewis y Mariah) se mudaba a otra parte de la ciudad y le di una dirección
falsa. En cuanto lo hice, supe que mi vida con Lewis y Mariah pronto
pertenecería al pasado.
Después de aquello, los días pasaron demasiado despacio y demasiado
rápido: no veía la hora de dejar atrás aquella etapa de mi vida y cada
momento que pasaba me resultaba pesado como una bola de plomo, pero al
mismo tiempo deseaba entender todo lo que me ocurría y los días volaban
como minutos. Dentro de la casa había un ambiente lóbrego y afuera también.
—Se acercan las vacaciones —dijo Mariah.
«Se acercan las vacaciones». Debería haber estado contenta, pero por la
forma en que lo dijo, daba la impresión de que estaba esperando un funeral.
El cielo era gris e inclemente, la lluvia caía como clavos pequeños y duros; el
sol brillaba a veces, pero débilmente, como si nos guardara rencor. Reparé en
lo dura, fría y compacta que estaba la tierra, y lo noté porque a menudo me
sentía tan mal que deseaba que se abriera y me tragara. Si me caía muerta de
desesperación mientras cruzaba una calle, tendría que quedarme allí, en el
frío. La tierra me rechazaría. Yo no podría soportar morir en un lugar frío,
quería morir en un sitio cálido y el único que conocía era mi país. Sin
embargo, yo no podía volver a casa, de modo que todavía no podía morirme.

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Cuando le dije a Mariah que me iba, ella me respondió:
—Aún no llevas un año con nosotros. Se suponía que debías quedarte aquí
por lo menos un año.
Su voz estaba llena de rabia, pero yo la ignoré. Las cosas siempre son más
difíciles para la persona que se queda. Incluso mientras las pronunciaba
Mariah debió de darse cuenta de lo ridículas que sonaban sus palabras, pues
apenas faltaban unas pocas semanas para que se cumpliera un año de mi
llegada. Ella no alcanzaba a comprender su verdadera situación: era una
mujer traicionada por su esposo. Hubiera querido decirle: «Tu situación es de
lo más vulgar. Los hombres se comportan así todo el tiempo, y los que no lo
hacen son las excepciones que confirman la regla». Sin embargo, ya conocía
la respuesta. Ella habría dicho: «¡Vaya tópico!, ¿Qué sabes tú de estas
cosas?». Y habría tenido razón, era un tópico y yo no tenía experiencia en este
tipo de cosas. Sin embargo, en el sitio de donde yo venía; todas las mujeres
conocían aquel tópico y un hombre como Lewis no hubiera sorprendido a
nadie, su conducta no habría oscurecido la vida de ninguna mujer, pues era
previsible. Todo el mundo sabe que los hombres no tienen moral, que no
saben cómo comportarse ni cómo tratar a los demás; por eso les gustan tanto
las leyes, tuvieron que inventarlas para usarlas como guía. Cuando no están
seguros de lo que deben hacer, consultan esa guía y si la guía les, da un
consejo que no les gusta, la cambian. Si yo sabía esto, ¿por qué no podía
saberlo Mariah? Si se lo decía, ella me traería un libro que diría todo lo
contrario, un libro seguramente escrito por una mujer que no entendía nada de
nada.
Llegaron las vacaciones, y como habían muerto tantas cosas, parecían un
funeral. Mariah y Lewis decidieron disimular por el bien de las niñas. Él iba y
venía, haciendo todas las cosas que habría hecho si hubiera seguido allí. Trajo
el abeto de Navidad, les compró a las niñas los regalos que querían y a
Mariah un abrigo hecho con la piel de un animal apestoso que vivía bajo
tierra. Ella por supuesto, lo encontró horrible, pero se guardó su opinión para
mantener las apariencias. Él debía de haber olvidado que ella no era el tipo de
persona que se abriga con la piel de un ser vivo, o tal vez con las prisas le
había entregado a su viejo amor el obsequio de su nuevo amor. Mariah me
regaló un collar con hermosas cuentas de porcelana y pequeñas bolitas de
madera pulida. Dijo que era una artesanía africana. Fue el regalo más
hermoso que he recibido en mi vida.
Comenzaba otro año y yo me iba otra vez a un sitio nuevo. Empaqué mis
cosas; tenía muchas más que cuando había llegado.

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Tenía ropa nueva, más adecuada al clima del lugar donde vivía, teñía una
cámara y las fotografías que había tomado con ella, mis propias fotografías,
pero sobre todo, tenía libros, muchos libros, y eran todos míos. Nunca me
desharía de ellos. Siempre había soñado con tener muchos libros, con no tener
que separarme de ellos después de leerlos. Y allí estaban, apilados
ordenadamente en pequeñas cajas, mis propios libros, los libros que había
leído. En aquellos días Mariah me hablaba de mal modo todo el tiempo,
comenzó a poner normas e insistía en que las cumpliera. Yo la complacía,
¿qué otra cosa podía hacer? Aquel era su último recurso: dejar claro que ella
era el ama y yo la criada. Antes solía pedirme que fuéramos amigas, pero
como yo me iba, ahora pensaba que no había funcionado. El papel de ama no
le sentaba nada bien y me entristecía verla así. Sin embargo, me hacía
recordar lo que mi madre me había repetido tantas veces: que durante toda mi
vida debía asegurarme de que el techo sobre mi cabeza fuera mío; eso era
muy importante, sobre todo para una mujer.
El día en que por fin me fui no había sol, el cielo lo había encerrado
herméticamente. Era sábado y Lewis se había llevado a las niñas a comer
caracoles a un restaurante francés. A todas les gustaban ese tipo de cosas y era
una verdadera suerte, pues formaban parte del tipo de vida que tendrían que
llevar algún día. Mariah me ayudó a cargar mis cosas en un taxi y luego se
despidió de mí con frialdad. Su voz y la expresión de su cara eran
inconmovibles y no me abrazó, pero yo no lo tomé como una ofensa; estaba
convencida de que algún día volveríamos a ser amigas. Me sentía atontada,
aunque solo porque no sabía lo que me depararía mi nueva vida.

Al día siguiente me desperté en una cama nueva, mi propia cama, pues la


había comprado con mi dinero. El techo que había sobre mi cabeza era mío…
al menos, mientras pudiera pagar el alquiler. Las cortinas de mi habitación
tenían flores grandes y chillonas. Yo había preferido esa tela al percal que me
había ofrecido la dependienta de la tienda. En este clima parecía vulgar, pero
habría sido perfectamente apropiado para el clima de mi país. A través de las
cortinas pude ver que el día era igual al anterior: gris, con el cielo cerrado
herméticamente y el sol aprisionado en su interior. Sabía que aunque siempre
notaría la ausencia o la presencia del sol, aunque siempre preferiría un día
soleado a un día sin sol, acabaría por acostumbrarme y nunca tomaría una
decisión importante basándome en el tiempo.
Había sido Peggy quien había encontrado el apartamento. Todavía éramos
muy buenas amigas. No teníamos nada en común, pero disfrutábamos de
nuestra mutua compañía. Desde el momento en que nos conocimos, ambas

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reconocimos en la otra la misma inquietud, la misma insatisfacción con
nuestro medio, la misma sensación de incomodidad por tener que vivir en
nuestra propia piel. Eso era todo. Habíamos aprendido a aceptar nuestras
limitaciones y diferencias, pero luego, cuando comenzamos a sentir nuestra
compañía como un yugo, cuando empezamos a notar los primeros síntomas
de lo que podría llegar a ser un odio perdurable, decidimos mudarnos juntas.
Podría haber sido peor. En situaciones como esa las personas se casan y
tienen hijos, viven bajo el mismo techo durante años y años hasta que mueren,
no sin antes pedir que los entierren el uno junto al otro. Nosotras solo pusimos
nuestras firmas al pie de un contrato de alquiler de dos años.
Era domingo y se oía el tañido de las campanas. Hacía más de un año que
no pisaba una iglesia, desde que me había marchado de casa. Supongo que
aún seguía creyendo en Dios, después de todo, ¿qué otra cosa podía hacer?
Sin embargo, ya no podía consultar a Dios sobre mis actos, pues estaba segura
de que su respuesta no me gustaría. Ahora podía hacer lo que se me antojara,
siempre que pudiera pagármelo. «Siempre que pudiera pagármelo», esa frase
pronto se convirtió en mi coletilla preferida, y si hubiera muerto en aquella
época, habría sido mi epitafio.
Peggy, que siempre había vivido con sus padres, decidió dejarlos. Dijo
que estaba harta de ellos. Lo dijo como si sus padres fueran una moda que
había terminado por cansarla. Yo nunca había oído a nadie hablar de sus
padres de esa manera; ni siquiera sabía que uno podía hacerlos parecer
triviales, accesorios, como simples insectos.
No estaba segura de si debía admirarla o sentir pena porque no tenía
padres con personalidades a gran escala, padres de cuya existencia uno se
acuerda cada vez que inspira aire. Alguien le había hablado a Peggy de este
apartamento que quedaba vacante. Tenía dos dormitorios, sala, cocina y
cuarto de baño. Yo me había pasado toda la vida sin conocer el lujo de las
instalaciones sanitarias, grifos de agua caliente y fría, la intimidad de cerrar
una puerta, quitarse la ropa, meterse dentro de una bañera y quedarse allí
tanto tiempo como uno quisiera. Podría haber vivido toda una vida sin
conocer esas cosas, sin que este punto apareciera en mi lista de
insatisfacciones, pero ya no era así. Cuando vi que el apartamento solo tenía
un cuarto de baño, me sentí decepcionada. En la casa de Lewis y Mariah yo
tenía mi propio baño y nadie más conocía mis olores.
Aquí las ventanas de la parte trasera tenían rejas, no rejas decorativas para
evitar que los niños se cayeran, sino barrotes cruzados para que la gente
indeseable no pudiera entrar. Las ventanas de la parte delantera permitían que

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el sol, cuando brillaba, entrara a raudales. Cuando vivía con mis padres, yo
solía echarme en la cama rodeada de todas las cosas que según dicen alegran
la vida —una familia amorosa, una despensa llena de comida, un ambiente
agradable— pero no me sentía satisfecha.
Entonces ansiaba vivir en un sitio como este, con rejas en las ventanas
para evitar que entrara alguien que pudiera hacerme daño, un sitio con un
clima hostil e inseguridad a cada paso. La historia está llena de grandes
acontecimientos, y cuando estos ya se han producido, siempre habrá alguien,
una persona intrascendente, infeliz, insatisfecha, descontenta, incómoda en su
propia piel, preparada para provocar toda una nueva serie de grandes
acontecimientos. Yo no era esa persona, no era capaz de poner en movimiento
una serie de grandes acontecimientos, pero de todos modos entendía el
fenómeno.
Había muchos domingos en que deseaba quedarme en la cama y no
levantarme para nada; sobre todo deseaba no tener que ir a la iglesia. Era
domingo, estaba en la cama y me levantaría solo si me daba la gana. Frente a
mí, en la pared, había una fotografía que había tomado con la cámara de
Hugh: era el lago donde había pasado el verano y en la fotografía no había
nada, ni botes, ni gente, ninguna señal de vida… solo el agua, su superficie
con ondulaciones uniformes, su fondo oscuro, traicionero y hostil. Era muy
distinta al agua que me rodeaba cuando vivía en la isla donde crecí. Aquella
agua tenía tres tonos de azul y era tranquila, acogedora, cálida; durante tanto
tiempo había dado por sentada su presencia allí, que incluso había acabado
por convertirse en una de las cosas que maldecía.
Mariah me había regalado un escritorio con muchos cajones y yo lo había
colocado cerca de mi cama, con una lámpara encima. Abrí el primer cajón y
extraje un pequeño paquete de documentos oficiales: la tarjeta de
inmigración, el permiso de trabajo, la partida de nacimiento y una copia del
contrato de alquiler del apartamento. Aquellos documentos lo decían todo
sobre mí y al mismo tiempo no decían nada. Indicaban el lugar donde había
nacido y también la fecha, 25 de mayo de 1949. Indicaban mi altura y que mis
ojos y mi piel eran del mismo color, marrón, aunque no aclaraban si las
tonalidades eran idénticas. Todos los documentos decían que mi nombre era
Lucy, Lucy Josephine Potter. Yo solía odiar los tres nombres. Me llamaron
Josephine en honor a Joseph, un tío de mi madre, que se había enriquecido
con el negocio del azúcar en Cuba. Sin duda mis padres pensaron que él
recordaría aquel honor y me dejaría algo en su testamento, pero cuando murió
se descubrió que había perdido toda su fortuna y que ni siquiera tenía una

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casa; había estado viviendo en un sepulcro del cementerio de la iglesia
anglicana. El apellido Potter debe venir del propietario inglés de mis
antepasados cuando estos eran esclavos; nadie lo sabía y yo no podía
culparlos por no molestarse en buscar la verdad. Lucy era la única parte de mi
nombre que hubiera querido conservar. Cuando empecé a pensar por primera
vez en el significado de mis tres nombres, el nombre Lucy me desagradó
porque parecía trivial, intrascendente, nada adecuado a la persona que ya
entonces pretendía ser. Yo solía llamarme a mí misma con otros nombres:
Emily, Charlotte, Jane, los nombres de las escritoras cuyos libros admiraba.
Por fin me decidí por el nombre Enid, en honor a la escritora Enid Blyton,
porque me pareció el nombre más original de todos. Un día, convencida de
que quería que todos me conocieran por el nombre de Enid, se lo dije a mi
madre.
—No me gusta el nombre Lucy —dije—, quiero cambiármelo por Enid,
que me gusta más.
En cuanto lo dije, la cara de mi madre se oscureció y adquirió el color de
la sangre ardiente. Se volvió hacia mí y ya no era mi madre, sino una bola de
furia, enorme, como un dios. Entonces me pregunté, por millonésima vez,
cómo era posible que de todas las madres del mundo mi madre no fuera un ser
humano sino un personaje de un libro antiguo. Poco después, gracias a mi
costumbre de escuchar las conversaciones entre mi madre y sus amigas,
descubrí que Enid era el nombre de la mujer con quien mi padre había tenido
un hijo y que había intentado matarnos a mi madre y a mí valiéndose del obia.
Yo nunca había oído hablar de esa tal Enid, pero cuando el misterio de la
reacción de mi madre se aclaró, me sentí avergonzada por el error que había
cometido. Jamás habría querido tener el mismo nombre que una mujer que
había intentado matamos a ambas, ni siquiera para herir a mi madre.
Mucho tiempo después, cuando ya no me importaban sus sentimientos,
volví a sacar el tema de mi nombre. Mi madre estaba inclinada sobre un
cuenco de pescado, limpiándolo y condimentándolo para la cena. Estaba
embarazada del menor de mis hermanos. Era un embarazo no deseado y había
intentado deshacerse del niño en tres ocasiones, pero sus métodos habían
fracasado y seguía encinta. En esa época, una vieja perra marrón y blanca se
había encariñado con ella. No sabíamos de dónde había salido, pero esperaba
siempre afuera y cuando mi madre salía la seguía a todas partes. A ella no le
gustaban los animales, pues en el sitio de donde venía cuando una persona
quería hacer daño a otra le enviaba el mal en forma de animal. Cuando mi
madre descubrió que la perra la seguía a todas partes, creyó que se trataba de

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una mala señal e hizo todo lo posible para librarse de ella, pero no lo
consiguió. Solo dejó de intentarlo el día en que se dio cuenta de que la perra
también estaba embarazada. Era gracioso verlas caminar por las calles, dos
hembras, una perra y un ser humano, ambas preñadas. Iban juntas a todas
partes y acabaron por parecerse: delgadas, consumidas, desnutridas (mi madre
no tenía apetito), nada maternales. Ambas se volvieron malhumoradas y
gruñían ante cualquier cosa que consideraran ofensiva. Mientras mi madre
limpiaba el pescado, la perra estaba cerca, espantándose las moscas que le
molestaban. Formaban un cuadro extraño: los peces muertos, las moscas, la
mujer embarazada, la perra embarazada.
Esa era la escena que tenía delante cuando le pregunté a mi madre por qué
me había llamado Lucy. La primera vez que la interrogué, fingió que no me
había oído y no me contestó, pero yo repetí la pregunta y ella dijo en voz baja:
—Te llamé así en honor al mismo Satán. Lucy, abreviatura de Lucifer.
Creaste problemas desde el momento de tu concepción.
Yo no solo oí claramente lo que dijo, sino que creí escuchar las palabras
antes de que salieran de su boca.
—¿Qué has dicho? —pregunté, sin embargo.
Pero ella no quiso repetirlo.
—¿Por qué me atormentas? —dijo y se negó a seguir hablando.
En el minuto que duró aquella revelación, yo pasé de sentirme agobiada,
vieja y cansada a sentirme ligera, nueva, limpia. Fui del fracaso al triunfo. En
aquel momento supe quién era.
Cuando era pequeña, me enseñaban a leer con la Biblia, El paraíso
perdido y algunas obras de William Shakespeare. Conocía bien el Génesis, y
de vez en cuando me hacían memorizar fragmentos de El paraíso perdido.
Las historias de los ángeles caídos no eran nuevas para mí, pero nunca había
pensado que mi propia historia pudiera estar relacionada ni siquiera
remotamente con ellos. Lucy, la versión femenina del nombre Lucifer. El
hecho de que mi madre me encontrara diabólica no me extrañaba, pues a
menudo yo pensaba en ella como una diosa, ¿y no es verdad que los hijos de
los dioses son diablos? No aprendí a apreciar el nombre de Lucy —hubiera
preferido que me llamaran directamente Lucifer—, pero siempre que veía
escrito mi nombre, le daba un fuerte abrazo con mi imaginación.

Me levanté de la cama y pisé una vieja alfombra que me había regalado


Mariah. Sentía deseos de estirar los brazos, pero la habitación estaba muy fría,
así que me abracé a mí misma. Caminé por el apartamento. Peggy dormía en
su habitación y podía oiría roncar a través de la puerta cerrada. En una época

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solía ir a la iglesia con sus padres todos los domingos por la mañana, pero
ahora había jurado no volverlo a hacer. Cuando llegué al cuarto de baño, me
miré la cara en el espejo. Tenía veinte años, no demasiado tiempo de vida, y
sin embargo en mi rostro no había un ápice de inocencia. Si aún no lo sabía
todo, no tendría miedo de aprenderlo cuando llegara el momento; no me
sorprendería descubrir que la vida podía ser fría y dura.
Me acerqué a la ventana delantera y al mirar abajo, vi gente ajetreada,
aunque no tanta como en un día de trabajo. Podía divisar los tejados de otros
edificios a lo lejos, pero no alcanzaba a ver árboles. Todo lo que veía me
parecía irreal, tenía la impresión de que nunca formaría parte de aquello, de
que nunca penetraría en el interior de ese mundo y nunca sería aceptada en él.
En el otro lado de la calle había un edificio con un reloj. Me quedé mirando el
reloj durante un largo rato, antes de darme cuenta de que estaba roto. Aquello
me hizo aún más consciente de un sentimiento que tenía de forma constante:
mi sentido del tiempo había cambiado y ya no sabía si los días pasaban muy
despacio o muy rápido.
Peggy también se acercó a la ventana. Contemplábamos la misma vista,
pero ¿vería ella las mismas cosas que yo? Tal vez no. En las escasas
veinticuatro horas que llevábamos viviendo bajo el mismo techo, nuestras
diferencias habían aumentado. Ella prefería comida de lata o preparada antes
que tener que cocinar. En general, prefería que alguien hiciera las cosas por
ella; ni siquiera sabía coser un botón. De pie junto a mí ante la ventana, olía a
cigarrillos y a comida rancia; todavía no se había bañado ni lavado los
dientes.
—¿Puedes creerlo? —dijo mientras apoyaba su cabeza en mi hombro—.
¿Puedes creer que lo hemos conseguido?
Su pelo olía a limones, aunque no a los limones verdaderos que yo
conocía tan bien porque crecían en el jardín de casa, sino a limones
artificiales, hechos en un laboratorio. Peggy no conocía el olor de un limón
verdadero. ¿Cómo iba a escapar de aquello?, el pensamiento crecía en mi
interior, pero me apresuré a ponerle una gran roca encima. Peggy encendió un
cigarrillo y yo deseé que no lo hubiera hecho. Ella quería preparar café
instantáneo, pero yo hice café con leche de la forma en que Mariah me había
enseñado a hacerlo. Pasó la tarde. Durante un largo rato me pregunté qué
estaría haciendo mi madre y vi su cara; era la cara que solía poner cuando me
amaba sin reservas.
Al anochecer, Paul vino a conocer el apartamento y a llevarnos a cenar.
Trajo un gran ramo de rosas amarillas y me dio una fotografía que me había

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sacado frente a una olla humeante. Cuando la tomó, yo estaba desnuda de la
cintura para arriba y de la cintura para abajo iba envuelta en un trozo de tela.
Aquel había sido el momento en que él había creído poseerme de alguna
forma y el momento en que yo comencé a cansarme de él. Yo estaba cantando
una canción que decía: «Sueño con tu loco, loco amor». Él supuso que sentía
algo especial y que estaba pensando solo en él, pero yo solo cantaba por
cantar y no quería decir nada en absoluto. Entonces me besó de aquella forma
posesiva, demorándose en mi boca, apretando todo mi cuerpo contra el de él,
y aunque yo sentía cierta emoción, no era tanta como él pensaba. Lo conocía
mejor de lo que él creía. Él amaba las ruinas; amaba el pasado, pero solo si
había acabado con una nota triste, si había tenido un comienzo excelso y
luego había sufrido un declive gradual y devastador; amaba las cosas que
venían de lejos y tenían una historia misteriosa. Podría haberle dicho que lo
entendía, pero que no por eso iba a importarme durante años y años. Nos
llevó a un restaurante donde servían macarrones de distintos tamaños y
formas con todo tipo de salsas. No se llamaban macarrones sino un nombre
extraño para mí, por eso me sentiría falsa al usarlo. Luego volvimos al
apartamento, y cuando crucé el umbral me di cuenta de que no pensaba en él
como mi hogar, sino como el lugar donde vivía. Paul durmió conmigo en mi
cama. Nunca había dormido con un hombre en mi propia cama, pero si alguna
vez había pensado en aquello como en un acontecimiento importante, ahora
no significaba demasiado para mí; solo tomé nota mentalmente de que por fin
había sucedido.

Aquel lunes empecé a trabajar. Cuando le dije a Mariah que me iba, no


sabía qué iba a hacer después. De hecho, no podía hacer casi nada, pues solo
tenía experiencia como estudiante y niñera; pero no estaba asustada, por
alguna razón no estaba asustada. Paul conocía a un hombre que fotografiaba
comida y otros objetos sin vida y luego vendía las fotos a las revistas. Ese
hombre dijo que me pagaría un sueldo por contestar el teléfono, tomar
mensajes, responder correspondencia y hacer recados. Era un salario bajo,
pero de todos modos me sentía agradecida. Peggy me había estado
preparando para el mundo de empleados y empleadores. Me había explicado
cómo debía comportarme al solicitar un empleo, como demostrar suficiente
respeto, sumisión y deseos de complacer, aunque en el fondo yo no sintiera
nada de esto. Me dijo que tan pronto como tuviera el empleo seguro, podría
dejar salir a la superficie mi verdadera personalidad. Yo no tenía nada contra
el engaño, pero habría preferido empezar de otro modo. Aquel lunes por la
mañana fue como tantos que vendrían luego, así como el resto de los días

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también se parecerían a los demás. Peggy y yo nos pusimos tácitamente de
acuerdo sobre el tiempo que pasaríamos en el cuarto de baño, frente al espejo
de cuerpo entero del pasillo y en la cocina preparándonos el desayuno. En la
esquina, Peggy me abrazó, me besó la mejilla y me deseó buena suerte. En
aquel momento, algo enterrado en lo más profundo de mí hizo brotar lágrimas
a mis ojos, pero antes de que llegara a derramarlas nos volvimos y nos fuimos
cada una por su lado. Yo caminé por las calles intentando mantener la cabeza
bien alta y observarlo todo, pues deseaba recordar el aspecto de las cosas y la
impresión que causaban en mí, aunque ya entonces sabía que las cosas que
quedarían grabadas en mi mente no eran las que mis ojos estaban mirando.
Llegué a mi trabajo, saludé a todo el mundo y me senté en mi escritorio.
Aquella era la clase de vida que siempre había deseado; estaba lejos de mi
familia en un sitio donde nadie sabía mucho sobre mí, casi nadie conocía mi
nombre y era relativamente libre para hacer lo que me diera la gana. Sin
embargo, no había rastros de la sensación de dicha, felicidad y realización de
mis deseos que yo esperaba experimentar en esa situación.
El hombre para el cual trabajaba se llamaba Timothy Simón. Yo lo
llamaba señor Simón, no Tim, ni siquiera Timothy como él me rogaba que lo
hiciera, pues de ese modo él no me llamaría «encanto» o «cariño», los dos
adjetivos que solía usar al dirigirse a una mujer. Él argumentaba que era
amigo de mi amigo y que, por consiguiente, también nosotros deberíamos ser
amigos; pero entonces yo no «conocía» demasiado a los hombres y las cosas
que sabía de ellos no eran demasiado buenas. La amistad es algo muy simple,
pero a la vez complicado; la amistad es algo superficial, natural, algo que se
da por sentado, y sin embargo debajo de ella puede haber mundos enteros. No
nos hicimos amigos, pero él me interesaba porque era la primera persona que
conocía que había renunciado abiertamente a sus principios. En realidad, él no
quería trabajar en un estudio tomando fotografías de objetos inertes, sino
recorrer el mundo y fotografiar a gente que había sufrido situaciones horribles
sin haber hecho nada para merecerlo. Sin embargo, la demanda para ese tipo
de fotografías era limitada, mientras que este trabajo le permitía pagar sus
facturas. Después de pronunciar la palabra «facturas», había apretado los
labios en una de esas sonrisas que más que sonrisas eran una forma de evitar
otras preguntas.
Todas las mañanas me levantaba y tomaba un desayuno que cada vez se
volvía más escaso, hasta que por fin se redujo aúna simple taza de té, Peggy y
yo caminábamos juntas hasta la esquina y luego nos separábamos: ella iba
hacia el norte y yo hacia el sur. En el estudio, yo cumplía con mis

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obligaciones, en algunos casos con más eficiencia que en otros. Mi dominio
de la mecanografía, por ejemplo, era nulo, pero todo el mundo estaba de
acuerdo en que contestaba el teléfono mejor que nadie. En aquellos días me
acostumbré a tomar café todo el tiempo, aunque aquel café parecía agua sucia
al lado del que yo estaba habituada a beber. Almorzaba comida fría,
bocadillos o una extraña combinación de gelatina y leche agria. Estaba segura
de que aquellos alimentos no eran buenos para mí y eso me encantaba.
El señor Simón me permitía revelar fotografías en su cuarto oscuro
cuando él no lo usaba y yo lo hacía en mi tiempo libre. Aunque no sabía bien
por qué, continuaba tomando fotos e incluso estaba ahorrando un poco de
dinero para hacer un curso en una universidad cercana, no con la idea de
dedicarme a ello, sino simplemente porque me gustaba hacerlo. A veces me
quedaba trabajando en el cuarto oscuro hasta tarde, intentando hacer una
buena copia de una foto. Las que más me gustaban eran las que hacía a la
gente que pasaba por la calle. No eran retratos de individuos, sino escenas de
gente andando deprisa hacia algún lugar. No los conocía ni me importaba.
Intentaba una y otra vez tomar una fotografía que hiciera más hermoso
aquello que yo creía ver, que me revelara las cosas que no había visto, pero
nunca lo lograba.
Por las noches volvía sola a casa, y sentía el aire un poco más sofocante,
un poco más cálido que cuando había empezado aquella etapa de mi vida,
pues el invierno había quedado atrás. En casa, Peggy ya estaba enfundada en
su bata, con el pelo lavado oliendo a esa falsa fragancia de limón. Se lavaba la
cabeza todas las noches y dormía con el pelo húmedo para lograr el efecto
que deseaba a la mañana siguiente. La primera vez que volví a casa y la vi así,
ella me contó que deseaba ir a una escuela a estudiar peluquería y trucos de
belleza. La idea me parecía bastante conmovedora, pues lo decía como si se
tratara de un servicio público, pero entonces supe que nunca podría discutir
con ella mis dificultades con la fotografía. A veces, cuando volvía a casa,
Paul me aguardaba allí. Me esperaba en la cama, porque Peggy pensaba que
invadía su intimidad. Yo entendía exactamente lo que quería decir; a menudo,
su presencia en mi cama era lo último que deseaba, pero el adiós definitivo
tendría que surgir de él, pues yo ya había sufrido demasiadas despedidas en
los últimos tiempos.

Estaba sola en el mundo, lo cual era todo un logro; llegué a pensar que
moriría antes conseguirlo. No era feliz, pero tal vez eso fuera pedir
demasiado. Había visto a Mariah, pues ella me había invitado a cenar.
Volvíamos a ser amigas y nos decíamos cuánto nos echábamos de menos la

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una a la otra. Ella parecía estar más delgada que nunca, estaba sola y se sentía
sola. Vivía con sus cuatro hijas, pero los niños no sirven como compañía. Me
dijo que se iba muy lejos, a un lugar de increíbles bellezas naturales. Según
decía, todos los habitantes de aquel lugar estaban llenos de amor y fe y se
saludaban entre sí con la palabra «paz». Nos sentamos a comer en el suelo,
rodeadas por los restos de su matrimonio: copas de cristal de vino y de agua,
platos de porcelana decorados con los rebordes de oro, cubiertos de plata.
Mariah iba a regalar todas aquellas cosas, junto con muchos otros recuerdos
de su vida de casada. Me dijo que tomara lo que quisiera, pero yo no quería
nada. No podía imaginarme a mí misma viviendo con aquellos objetos, pues
todas sus posesiones me recordaban, tal como le recordaban a ella, el peso del
mundo. Luego me regaló un cuaderno que había comprado hacía mucho
tiempo en Italia y que había encontrado entre sus cosas viejas. La tapa estaba
forrada en piel de color rojo sangre y las páginas eran suaves y blancas como
la leche. Poco antes de irme de su casa, le había dicho que la vida se extendía
ante mí como un cuaderno con las páginas en blanco. Mientras me entregaba
su regalo, Mariah me recordó aquellas palabras y en esa forma tan típica de
ella, esa forma que yo había llegado a amar, me habló de las mujeres, los
diarios y, por supuesto, la historia. Cuando nos despedimos, yo no sabía si
volvería a verla algún día.
Una noche estaba sola en casa. Peggy había salido sola y Paul también.
Yo había notado que aquella situación se repetía muy a menudo: los dos
estaban ocupados al mismo tiempo y yo sospechaba que estaban juntos. Solo
esperaba que no se enfadaran y me complicaran la vida cuando descubrieran
que no me importaba. Hice un montón de pequeñas tareas: lavé mi ropa
interior, limpié el horno, fregué el suelo del cuarto de baño, me corté las uñas,
ordené la cómoda y comprobé que tenía suficientes compresas. Cuando me
acosté, me quedé tendida en la cama con la luz encendida, sin hacer nada
durante un largo rato. Luego vi el cuaderno que me había regalado Mariah en
la mesa de noche, junto a mi cama. A su lado estaba mi estilográfica, llena de
hermosa tinta azul. Cogí ambas cosas, y escribí mi nombre completo en la
parte superior de la primera página: Lucy Josephine Potter. Cuando vi mi
nombre allí, un montón de pensamientos acudieron precipitadamente a mi
mente, pero solo atiné a escribir esto: «Me gustaría amar tanto a alguien como
para morir de amor». Luego, mientras miraba aquella frase, me invadió una
abrumadora sensación de vergüenza y lloré tanto que las lágrimas cayeron
sobre la página y convirtieron mis palabras en un enorme borrón.

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JAMAICA KINCAID (Elaine Cynthia Potter Richardson) nació el 25 de
mayo de 1949 y creció en Saint Johns, Antigua.
Se fue a Nueva York con 17 años, donde trabajó primero como au pair y
luego para la revista Forbes. Más tarde estudió fotografía en la New School
for Social Research, asistió al Franconia College en New Hampshire y trabajó
para el New Yorker.
Empezó a publicar sus escritos en Rolling Stone, Paris Review y The New
Yorker, a cuya plantilla se incorporó en 1978. Seis años más tarde publicó su
primer libro, At the Bottom of the River, una colección de relatos. En 1985
obtiene grandes elogios con Annie John, acerca de la infancia y juventud de
una niña en las Indias Occidentales, y en 1990 publica Lucy.

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