Esta traducción fue realizada sin fines de lucro por lo cual no tiene
costo. Si el libro llega a tu país, te animamos a adquirirlo.
No olvides que también puedes apoyar a la autora siguiéndola en sus
redes sociales, recomendándola a tus amigos, promocionando sus libros
e incluso haciendo una reseña en tu blog o foro.
¡No subas la historia a Wattpad ni pantallazos del libro a las redes
sociales! Los autores y editoriales también están allí. No solo nos
veremos afectados nosotros, sino también tu usuario.
Sinopsis .................................... 6 17 .......................................... 303
Lista de Reproducción Shannon 8 18 .......................................... 354
Lista de Reproducción Johnny 10 19 .......................................... 370
1 ............................................. 13 20 .......................................... 399
2 ............................................. 31 21 .......................................... 412
3 ............................................. 43 22 .......................................... 422
4 ............................................. 62 23 .......................................... 430
5 ............................................. 89 24 .......................................... 447
6 ........................................... 135 25 .......................................... 457
7 ........................................... 158 26 .......................................... 464
8 ........................................... 186 27 .......................................... 480
9 ........................................... 201 28 .......................................... 493
10 ......................................... 219 29 .......................................... 497
11 ......................................... 244 30 .......................................... 507
12 ......................................... 252 31 .......................................... 518
13 ......................................... 261 32 .......................................... 560
14 ......................................... 269 33 .......................................... 576
15 ......................................... 279 34 .......................................... 585
16 ......................................... 295 35 .......................................... 605
36 ......................................... 613 54 .......................................... 913
37 ......................................... 628 55 .......................................... 927
38 ......................................... 646 56 .......................................... 937
39 ......................................... 652 57 .......................................... 944
40 ......................................... 658 58 .......................................... 965
41 ......................................... 679 59 .......................................... 968
42 ......................................... 683 60 ........................................ 1029
43 ......................................... 739 61 ........................................ 1032
44 ......................................... 744 62 ........................................ 1037
45 ......................................... 762 63 ........................................ 1041
46 ......................................... 779 64 ........................................ 1071
47 ......................................... 798 65 ........................................ 1079
48 ......................................... 805 66 ........................................ 1090
49 ......................................... 827 67 ........................................ 1105
50 ......................................... 834 68 ........................................ 1123
51 ......................................... 865 Canciones según el
momento…………………..1135
52 ......................................... 893
Sobre la Autora ................... 1137
53 ......................................... 902
Próximo Libro ..................... 1138
Me gustaría dedicar Binding 13 a cualquiera que
alguna vez haya tenido un sueño que se atrevió a
perseguir con incansable ansia e impulso.
Esta historia es para ti.
Chloe. xox
Su primer y último amor verdadero siempre ha sido el rugby. Hasta
ahora.
Él quiere salvarla.
Ella quiere esconderse.
Ella está dañada.
Él está decidido.
El destino los unió.
El amor los ata.
Johnny Kavanagh lo tiene todo a su favor. En el campo de rugby,
es una fuerza a tener en cuenta. Preparado para el estrellato, se dirige
directamente a la cima. Nada puede interponerse en su camino, ¿verdad?
Ni siquiera la tímida chica nueva del Colegio Tommen. La de ojos
tristes y moretones ocultos. La que lo distrae como nadie lo ha hecho
nunca.
Plagado por una lesión oculta y desesperado por impresionar a los
cazadores de talentos que vigilan cada uno de sus movimientos, Johnny
ha sido colocado en un pedestal tan alto que no tiene espacio para
cometer errores.
Esforzándose por mantener el equilibrio, y en la cresta de la
Campaña Internacional de Verano, Johnny necesita mantener la cabeza
en el juego. Tiene que mantenerse centrado y no puede darse el lujo de
dejar que las distracciones se interpongan en su camino.
Pero, ¿qué ocurre cuando una chica solitaria de ojos tristes se
convierte en la única imagen?
La vida nunca ha sido fácil para Shannon Lynch. Acosada y
torturada, llega al Colegio Tommen a mitad del ciclo escolar rezando por
un nuevo comienzo y desesperada por sacudirse los demonios que la
acosan.
En su primer día en la prestigiosa escuela privada, entra en contacto
con el notorio Johnny Kavanagh.
Al girar en espiral por sus sentimientos hacia él, y desesperada por
mantener un perfil bajo, Shannon se encuentra de nuevo en el punto de
mira de los maltratadores mientras forma una frágil alianza con la
estrella emergente del rugby.
Entablando una complicada amistad y lidiando con su innegable
química, Johnny y Shannon deben enfrentar obstáculos que amenazan
su relación.
Dos adolescentes de lados opuestos de las vías colisionan.
La amistad, el primer amor, la fama ascendente, los secretos
espeluznantes y el dolor, todo ello se fusiona en Binding 13.
Los corazones se unen y las vidas se entrelazan en Binding 13.
Adele – River Lea
Boy & Bear – Fall at Your Feet
Joshua Radin – Here Comes the Sun
Astroline – Close My Eyes
Adele – One and Only
Sia – Breathe Me
Raign – Knocking On Heaven's Door
Natalie Merchant – My Skin
Carly Rae Jepson – I Really Like You
Nora Jones – Come Away With Me
The Fray – You Found Me
Imelda May – Johnny Got a Boom Boom
Jessica Simpson – With You
Robyn – Dancing On My Own.
Natasha Bedingfield – Wild Horses
Hayley Williams – Airplanes
Paramore – The Only Exception
Lady Gaga – Paparazzi
Pink – Family Portrait
Madonna – Crazy For You
The Corrs – Runaway
Miley Cyrus – Malibu
Hunter Hayes – Invisible
Camilla Cabello – Consequences
Taylor Swift – Love Story
Anne-Marie – 2002
Celine Dion – A New Day Has Come
The Chainsmokers – Don’t Let Me Down
Kate Nash – Nicest Thing
Haley Reinhart – Can't Help Falling In Love
Rachel Platten – Stand by You
Anne-Marie – Alarm
Paramore – Still into You
Katrina and the Waves – Walking on Sunshine
Anna Nalick – Breathe (2am)
The Coronas –Give Me A Minute
Picture This – 95
Lewis Capaldi – Bruises
Kid Rock – First Kiss
Picture This – Jane
Troye Sivan – YOUTH (Acoustic)
John Mayer – Daughters
Eminem – Superman (Remix)
Gym Class Heroes – Cupid's Chokehold
Eagle-Eye Cherry – Save Tonight
Bend Sinister – Shannon
Gym Class Heroes – Stereo Hearts
MAX – I'll Come Back for You
Ed Sheeran – Give me Love
You Me At Six – Take On The World
Chuck Berry – Johnny B. Goode
Richie Valens – We Belong Together
Reckless Kelly – Wicked Twisted Road
Nelly & Tim McGraw – Over and Over Again
Jamie Lawson – Ahead of Myself
Jason Derulo – Trumpets
Jamie Lawson – A Little Mercy
A1 – Same Old Brand New You
Jamie Lawson – Can't See Straight
Making April – Paparazzi
Jamie Lawson – Don’t Let me Let you Go
Jamie Lawson – In Our Own Worlds
Jamie Lawson – I'm Gonna Love You
Westlife – Bop Bop Baby
David Gray – This Year's Love
New Hollow – She Ain't You
Nelly Furtado – Try (Douglas George cover)
Imagine Dragons – Thunder
Scouting for Girls – Heartbeat
Picture This – You & I
Scouting for Girls – Marry Me
Placebo – Every You Every Me
Boyzone – Love me for a Reason
The Script – Nothing
Every Avenue – Only Place I Call Home
Justin Timberlake – Mirrors
Blake Shelton – Sangria
New Hollow – She Ain't You
Grandes Esperanzas
Shannon
Era el 10 de enero de 2005.
Un año completamente nuevo, y el primer día de regreso a la escuela
después de las vacaciones de Navidad.
Y estaba nerviosa, tan nerviosa, de hecho, que había vomitado no
menos de tres veces esta mañana.
Mi pulso latía a un ritmo preocupante; mi ansiedad era la culpable de
los latidos erráticos de mi corazón, sin mencionar la causa de que mi
reflejo de vómito me abandone.
Alisando mi nuevo uniforme escolar, miré mi reflejo en el espejo del
baño y apenas me reconocí.
Blazer azul marino con el escudo del Colegio Tommen en el pecho
con blusa blanca y corbata roja. Falda gris que terminaba en la rodilla,
revelando dos piernas flacas y poco desarrolladas, y terminaba con
medias color canela, calcetines azul marino y zapatos de salón negros de
cinco centímetros.
Parecía un implante.
También me sentía como uno.
Mi único consuelo era que los zapatos que me compró mamá me
hicieron subir al metro cincuenta y cinco. Yo era ridículamente pequeña
para mi edad en todos los sentidos.
Estaba extremadamente delgada, subdesarrollada con huevos fritos
por pechos, claramente intacta por el boom de la pubertad que había
golpeado a todas las chicas de mi edad.
Mi largo cabello castaño estaba suelto y fluía por la mitad de mi
espalda, apartado de mi rostro con una cinta para el cabello de color rojo
liso. Mi cara estaba libre de maquillaje, haciéndome lucir tan joven y
pequeña como me sentía. Mis ojos eran demasiado grandes para mi
rostro y de un impactante tono azul.
Traté de entrecerrar los ojos, para ver si eso hacía que mis ojos
parecieran más humanos, e hice un esfuerzo consciente para adelgazar
mis labios carnosos metiéndolos en mi boca.
No.
Entrecerrar los ojos sólo me hacía parecer discapacitada y un poco
estreñida.
Exhalando un suspiro de frustración, me toqué las mejillas con la
punta de los dedos y exhalé un suspiro entrecortado.
Lo que me faltaba en los departamentos de altura y pecho, me
gustaba pensar que lo compensaba con madurez. Era sensata y un alma
vieja.
Nana Murphy siempre decía que nací con una cabeza vieja sobre mis
hombros.
Era cierto hasta cierto punto.
Nunca había sido alguien que se desconcertara por los chicos o las
modas pasajeras.
Simplemente no estaba en mí.
Una vez leí en alguna parte que maduramos con el daño, no con la
edad.
Si ese es el caso, yo era una jubilada de la vejez en las apuestas
emocionales.
Muchas veces me preocupaba no funcionar como otras chicas. No
tenía los mismos impulsos o interés en el sexo opuesto. No tenía interés
en nadie; chicos, chicas, actores famosos, modelos atractivos, payasos,
cachorros… Bueno, está bien, me interesaban los cachorros lindos y los
perros grandes y esponjosos, pero el resto lo podía dar o recibir.
No tenía ningún interés en besar, tocar o acariciar de ningún tipo. No
podía soportar la idea de ello. Supongo que ver cómo se desmoronaba la
tormenta de mierda que fue la relación de mis padres me había desviado
de la posibilidad de unirme a otro ser humano de por vida. Si la relación
de mis padres era una representación del amor, entonces no quería ser
parte de ella.
Preferiría estar sola.
Sacudiendo la cabeza para despejar mis estruendosos pensamientos
antes de que se oscurecieran hasta el punto de no retorno, miré mi reflejo
en el espejo y me obligué a practicar algo que rara vez hacía en estos días:
sonreír.
Respiraciones profundas, me dije. Este es tu nuevo comienzo.
Abrí el grifo, me lavé las manos y me eché un poco de agua en mi
rostro, desesperada por calmar la ardiente ansiedad que ardía dentro de
mi cuerpo, la perspectiva de mi primer día en una nueva escuela era una
idea desalentadora.
Cualquier escuela tenía que ser mejor que la que estaba dejando atrás. El
pensamiento entró en mi mente y me estremecí de vergüenza. Escuelas,
pensé abatida, en plural.
Sufrí acoso incesante tanto en la escuela primaria como en la
secundaria.
Por alguna cruel y desconocida razón, me había convertido en el
blanco de las frustraciones de todos los niños desde la tierna edad de
cuatro años.
La mayoría de las niñas de mi clase decidieron desde el primer día
que no les agradaba y que no debían asociarse conmigo. Y los chicos,
aunque no eran tan sádicos en sus ataques, no eran mucho mejores.
No tenía sentido porque me llevaba bien con los otros niños de
nuestra calle y nunca tuve altercados con nadie en la propiedad en la que
vivíamos.
Pero ¿la escuela?
La escuela fue como el séptimo círculo del infierno para mí, los
nueve, en lugar de los ocho años habituales de primaria, habían sido una
tortura.
El jardín de infantes fue tan angustioso para mí que tanto mi madre
como mi maestra decidieron que sería mejor detenerme para que pudiera
repetir el año con una nueva generación. A pesar de que fui igual de
miserable en mi nueva clase, hice un par de amigas cercanas, Claire y
Lizzie, cuya amistad me había hecho soportable la escuela.
Cuando llegó el momento de elegir una escuela secundaria y
preparatoria en nuestro último año de primaria, me di cuenta de que era
muy diferente a mis amigas.
Claire y Lizzie asistirían al Colegio Tommen el siguiente septiembre;
una espléndida escuela privada de élite, con fondos masivos e
instalaciones de primer nivel, provenientes de los sobres marrones de
padres adinerados que estaban empeñados en asegurarse de que sus hijos
recibieran la mejor educación que el dinero podía comprar.
Mientras tanto, me habían matriculado en la escuela pública local,
superpoblada, en el centro de la ciudad.
Todavía recordaba la horrible sensación de ser separada de mis
amigas.
Estaba tan desesperada por alejarme de los matones que incluso le
rogué a mamá que me enviara a Beara a vivir con su hermana, la tía Alice
y su familia, para poder terminar mis estudios.
No había palabras para describir el sentimiento de devastación que
se apoderó de mí cuando mi padre puso su pie en la tierra sobre mudarme
con la tía Alice.
Mamá me amaba, pero era débil y estaba cansada así que no opuso
resistencia cuando papá insistió en que asistiera a la Escuela
Comunitaria Ballylaggin.
Después de eso, empeoró.
Más vicioso.
Más violento.
Más físico.
Durante el primer mes del primer año, varios grupos de niños me
acosaron y me exigieron cosas que no estaba dispuesta a darles.
Después de eso, me etiquetaron como frígida porque no me llevaría
bien con los mismos chicos que habían hecho de mi vida un infierno
durante años.
Los más malos me etiquetaron como transexual, sugiriendo que la
razón por la que era tan frígida era porque tenía partes de niño debajo de
la falda.
No importa cuán crueles fueran los niños, las niñas eran mucho más
inventivas.
Y mucho peores.
Difundieron rumores maliciosos sobre mí, sugiriendo que tenía
anorexia y tiraba mi almuerzo en los baños después del almuerzo todos
los días.
No era anoréxica, ni bulímica, para el caso.
Estaba petrificada cuando estaba en la escuela y no podía soportar
comer nada porque cuando vomitaba, y era un evento frecuente, era una
respuesta directa al peso insoportable del estrés en el que estaba.
También era pequeña para mi edad; baja, sin desarrollar y delgada, lo
que no ayudó a mi causa a desviar los rumores.
Cuando cumplí quince años y todavía no había tenido mi primer
período, mi madre hizo una cita con nuestro médico de cabecera local.
Después de varios análisis de sangre y exámenes, nuestro médico de
cabecera nos había asegurado tanto a mi madre como a mí que yo estaba
saludable y que era común que algunas niñas se desarrollaran más tarde
que otras.
Había pasado casi un año desde entonces y, aparte de un ciclo
irregular en el verano que había durado menos de medio día, todavía no
tenía un período adecuado.
Para ser honesta, había renunciado a que mi cuerpo funcionara como
una chica normal cuando claramente, yo no lo era.
Mi doctor también alentó a mi madre a evaluar mi cambio escolar,
sugiriendo que el estrés que sufría en la escuela podría ser un factor
contribuyente a mi evidente retraso físico en el desarrollo.
Después de una acalorada discusión entre mis padres en la que mamá
había defendido mi caso, me enviaron de regreso a la escuela, donde fui
sometida a un tormento implacable.
Su crueldad variaba desde los insultos y la difusión de rumores hasta
pegarme toallas sanitarias en la espalda y luego agredirme físicamente.
Una vez, en la clase de Economía Doméstica, algunas de las chicas
en el asiento detrás de mí cortaron un trozo de mi cola de caballo con
unas tijeras de cocina y luego lo agitaron como un trofeo.
Todos se habían reído y creo que en ese momento había odiado más
a los que se reían de mi dolor que a los que lo causaban.
En otra ocasión, durante Educación Física, las mismas chicas me
tomaron una foto en ropa interior con uno de sus teléfonos con cámara
y se la enviaron a todos en nuestro año. El director tomó medidas
enérgicas rápidamente y suspendió a quién era la propietaria del
teléfono, pero no antes de que la mitad de la escuela se riera a costa mía.
Recordaba haber llorado tanto ese día, no frente a ellas por supuesto,
sino en los baños. Me había encerrado en un cubículo y contemplado
terminar con todo. Sólo tomar un montón de pastillas y terminar con
todo el maldito asunto.
La vida, para mí, era una amarga decepción y, en ese momento, no
quería participar más en ella.
No lo hice porque era demasiado cobarde.
Tenía demasiado miedo de que no funcionara y me despertara y
tuviera que enfrentar las consecuencias.
Yo era un maldito desastre.
Mi hermano, Joey, dijo que me atacaban porque era guapa y llamó
perras celosas a mis torturadoras. Me dijo que yo era hermosa y me
instruyó a elevarme por encima de eso.
Era más fácil decirlo que hacerlo, y tampoco estaba tan segura de esa
hermosa declaración.
Muchas de las chicas que me atacaban eran las mismas que me
habían estado acosando desde el preescolar.
Dudaba que las apariencias tuvieran algo que ver con eso en ese
entonces.
Yo simplemente era desagradable.
Además, por mucho que intentaba estar ahí para mí y defender mi
honor, Joey no entendía cómo era la vida escolar para mí.
Mi hermano mayor era el polo opuesto a mí en todas las formas de
la palabra.
Donde yo era baja, él era alto. Yo tenía ojos azules, él verdes. Mi
cabello era oscuro, el de él era rubio. Su piel era dorada por el sol, yo era
pálida. Él era franco y ruidoso, mientras que yo era callada y reservada.
El mayor contraste entre nosotros era que mi hermano era adorado
por todos en la Escuela Comunitaria Ballylaggin, también conocida
como ECB, la escuela secundaria y preparatoria pública local a la que
ambos asistíamos.
Por supuesto, obtener un lugar en el equipo de hurling menor de
Cork ayudó al estado de popularidad de Joey en el camino, pero
incluso sin deportes, era un gran tipo.
Y siendo el gran tipo que era, Joey trató de protegerme de todo, pero
era una tarea imposible para un solo hombre.
Joey y yo teníamos un hermano mayor, Darren, y tres hermanos
menores: Tadhg, Ollie y Sean, pero ninguno de nosotros había hablado
con Darren desde que se fue de la casa cinco años antes, luego de otra
infame pelea con nuestro padre. Tadhg y Ollie, que tenían once y nueve
años, sólo estaban en la escuela primaria, y Sean, que tenía tres años,
apenas había dejado los pañales, por lo que no estaba exactamente lleno
de protectores a los que recurrir.
Fue en días como este que extrañaba a mi hermano mayor.
A los veintitrés, Darren era siete años mayor que yo. Grande e
intrépido, era el hermano mayor definitivo para todas las niñas que
crecían.
Desde niño, había adorado el suelo que pisaba; siguiéndolo a él y a
sus amigos, acompañándolo a donde quiera que fuera. Siempre me
protegió, asumiendo la culpa en casa cuando hacía algo mal.
No fue fácil para él, y siendo yo mucho más joven que él, no había
entendido el alcance total de su lucha. Mamá y papá sólo se habían
estado viendo un par de meses cuando ella quedó embarazada de Darren
a los quince años.
Etiquetado como un bebé bastardo porque nació fuera del
matrimonio en la Irlanda Católica de 1980, la vida siempre había sido un
desafío para mi hermano. Después de cumplir once años, todo empeoró
mucho para él.
Al igual que Joey, Darren era un jugador de hurling fenomenal y, al
igual que a mí, nuestro padre lo despreciaba. Siempre encontraba
algo malo en Darren, ya fuera su cabello o su letra, su desempeño en
el campo o su elección de pareja.
Darren era gay y nuestro padre no podía soportarlo.
Él culpó de la orientación sexual de mi hermano a un incidente del
pasado, y nada de lo que alguien dijo pudo hacerle entender a nuestro
padre que ser gay no era una elección.
Darren nació gay, de la misma manera que Joey nació heterosexual
y yo nací vacía.
Él era quien era y me rompió el corazón que no fuera aceptado en su
propia casa.
Vivir con un padre homofóbico fue una tortura para mi hermano.
Odiaba a papá por eso, más de lo que lo odiaba por todas las otras
cosas terribles que había hecho a lo largo de los años.
La intolerancia de mi padre y su flagrante comportamiento
discriminatorio hacia su propio hijo fue, con mucho, el más vil de sus
rasgos.
Cuando Darren se tomó un año fuera del hurling para concentrarse
en su certificado de salida, nuestro padre había enloquecido. Meses de
discusiones acaloradas y altercados físicos dieron como resultado una
gran pelea en la que Darren hizo las maletas, salió por la puerta y nunca
regresó.
Habían pasado cinco años desde esa noche, y aparte de la tarjeta de
Navidad anual en el correo, ninguno de nosotros había visto ni sabido
nada de él.
Ni siquiera teníamos un número de teléfono o dirección para él.
Prácticamente desapareció.
Después de eso, toda la presión que nuestro padre había ejercido
sobre Darren se trasladó a los niños más pequeños, que eran, a los ojos
de nuestro padre, sus hijos normales.
Cuando no estaba en el pub o en las casas de apuestas, nuestro padre
arrastraba a los niños al entrenamiento y partidos.
Enfocó toda su atención en ellos.
Yo no le servía de nada, por ser una chica y todo eso.
No era buena en los deportes, ni sobresalía en la escuela ni en
ninguna actividad del club.
A los ojos de mi padre, yo era sólo una boca que alimentar hasta los
dieciocho años.
Eso tampoco era algo que se me hubiera ocurrido. Papá me dijo esto
en innumerables ocasiones.
Después de la quinta o sexta vez, me volví inmune a las palabras.
No tenía ningún interés en mí, y yo no tenía ningún interés en tratar
de estar a la altura de alguna expectativa irracional suya. Nunca sería un
niño, y no tenía sentido tratar de complacer a un hombre cuya mente
estaba en los años cincuenta.
Hacía tiempo que me cansé de suplicar amor a un hombre que, en
sus propias palabras, nunca me quiso.
Sin embargo, la presión que ejercía sobre Joey me preocupaba, y esa
era la razón por la que me sentía tan culpable cada vez que tenía que
acudir en mi ayuda.
Estaba en sexto año, su último año de preparatoria, y tenía sus
propias cosas en marcha: con la Liga de Fútbol GAA, su trabajo de
medio tiempo en la gasolinera, el certificado de egreso y su novia, Aoife.
Sabía que cuando yo sufría, Joey también lo hacía. No quería ser una
carga alrededor de su cuello, alguien de quien tuviera que cuidar
constantemente, pero había sido así desde que tengo memoria.
Para ser honesta, no podía soportar ver la decepción en los ojos de
mi hermano ni un minuto más en esa escuela. Pasándolo por los pasillos,
sabiendo que cuando me miraba, su expresión se hundía.
Para ser justos, los maestros de ECB habían tratado de protegerme
de la mafia de linchamiento, y la maestra de orientación de ECB, la Sra.
Falvy, incluso organizó sesiones quincenales de asesoramiento con un
psicólogo escolar durante el segundo año hasta que se cortaron los
fondos.
Mamá se las había arreglado para juntar el dinero para que yo viera
a un consejero privado, pero a €80 por sesión, y teniendo que censurar
mis pensamientos a pedido de mi madre, sólo la había visto cinco veces
antes de mentirle a mi madre y decirle que me sentía mejor.
No me sentí mejor.
Nunca me sentí mejor.
Simplemente no podía soportar ver a mi madre luchar.
Odiaba ser una carga financiera para ella, así que aguanté, sonreí y
seguí caminando hacia el infierno todos los días.
Pero el acoso nunca se detuvo.
Nada se detuvo.
Hasta que un día lo hizo.
La semana anterior a las vacaciones de Navidad del mes pasado, sólo
tres semanas después de un incidente similar con el mismo grupo de
chicas, llegué a casa llorando a mares, con el jersey del colegio
desgarrado por delante y la nariz tapada con un pañuelo desechable para
detener la hemorragia de la paliza que había recibido a manos de un
grupo de chicas de quinto año, quienes con vehemencia sugirieron que
había tratado de salir con el novio de una de ellas.
Era una mentira descarada, considerando que nunca vi al chico del
que me acusaron de tratar de seducir, y otra más en una larga lista de
patéticas excusas para golpearme.
Ese fue el día que paré.
Dejé de mentir.
Dejé de fingir.
Simplemente me detuve.
Ese día no fue sólo mi punto de quiebre, también fue el de Joey. Me
había seguido dentro de la casa con una semana de suspensión en su
haber por golpear a Ciara Maloney, el hermano de mi torturadora
principal.
Nuestra madre me había echado un vistazo y me había sacado de la
escuela.
En contra de los deseos de mi padre, quien pensó que necesitaba
endurecerme, mamá fue a la cooperativa de ahorro y crédito local y pidió
un préstamo para pagar las cuotas de admisión al Colegio Tommen, la
escuela secundaria privada de pago ubicada a veinticinco kilómetros al
norte de Ballylaggin.
Mientras me preocupaba por mi madre, sabía que si tenía que cruzar
las puertas de esa escuela una vez más, no volvería a salir.
Había llegado a mi límite.
La perspectiva de una vida mejor, una vida más feliz, colgaba frente
a mi cara y la había agarrado con ambas manos.
Y a pesar de que temía la reacción violenta de los niños de mi
propiedad social por asistir a una escuela privada, sabía que no podía ser
peor que la mierda que había soportado en la escuela que estaba dejando
atrás.
Además, Claire Biggs y Lizzie Young, las dos chicas que habían sido
mis amigas en la escuela primaria, estarían en mi clase en el Colegio
Tommen; el director, el Sr. Twomey, me lo aseguró cuando mi madre y
yo nos encontramos con él durante las vacaciones de Navidad para
matricularme.
Tanto mamá como Joey me alentaron con un apoyo incansable, con
mamá haciendo turnos adicionales de limpieza en el hospital para pagar
mis libros y el uniforme nuevo que incluía un blazer.
Antes del Colegio Tommen, los únicos blazers que había visto eran
los que usaban los hombres en misa los domingos, nunca los
adolescentes, y ahora sería parte de mi guardarropa diario.
Dejar la escuela secundaria local a la mitad de mi primer año de
certificación, un importante año de exámenes, había causado una gran
ruptura en nuestra familia, con mi padre furioso por gastar miles de euros
en una educación que era gratuita en la escuela pública cerca de la casa.
Cuando traté de explicarle a mi padre que la escuela no fue tan fácil
para mí como lo fue para su precioso hijo estrella de GAA, me hizo
callar, se negó a escucharme y me hizo saber en términos inequívocos
que no me apoyaría asistiendo a una escuela fina de rugby glorificada
con un montón de payasos privilegiados y engreídos.
Todavía podía recordar las palabras «Bájate de tu caballo, niña» y «Te
criaron lejos del rugby y las escuelas finas», sin mencionar mi favorito, «Nunca
encajarás con esos cabrones», saliendo de la boca de mi padre.
Quería gritarle «¡no vas a pagar por eso!» ya que papá no había trabajado
un día desde que yo tenía siete años, el mantener a la familia recaía en
mi madre, pero yo valoraba demasiado mi capacidad para caminar.
Mi padre no lo entendió, pero, de nuevo, tuve la sensación de que el
hombre nunca había sido objeto de intimidación ni un solo día en toda
su vida. Si había que maltratar, Teddy Lynch era quien lo hacía.
Dios sabe que maltrató a mamá lo suficiente.
Debido a la indignación de mi padre por mi educación, pasé la mayor
parte de mis vacaciones de invierno encerrada en mi habitación y
tratando de mantenerme fuera de su camino.
Siendo la única chica en una familia con cinco hermanos, tenía mi
propia habitación. Joey también tenía su propia habitación, aunque la
suya era mucho más grande que la mía, ya que la había compartido con
Darren hasta que se mudó. Tadhg y Ollie compartían otro dormitorio
más grande, Sean y mis padres residían en el dormitorio más grande.
A pesar de que era sólo el trastero en la parte delantera de la casa, sin
apenas espacio para columpiar a un gato, aprecié la privacidad que me
brindaba la puerta de mi propio dormitorio, con cerradura.
A diferencia de los cuatro dormitorios de arriba, nuestra casa era
diminuta, con una sala de estar, una cocina y un baño para toda la
familia. Era una casa adosada, y estaba situada en el borde de Elk’s
Terrace, la propiedad de protección oficial más grande de Ballylaggin.
El área era áspera y plagada de crimen y lo evité todo escondiéndome
en mi habitación.
Mi diminuta habitación era mi santuario en una casa, y una calle,
llena de bullicio y locura, pero sabía que no duraría para siempre.
Mi privacidad estaba en tiempo prestado porque mamá estaba
embarazada de nuevo.
Si tenía una niña, perdería mi santuario.
—¡Shan! —Los golpes estallaron al otro lado de la puerta del baño,
sacándome de mis pensamientos impenetrables—. ¡Date prisa, quieres!
Quiero mear.
—Dos minutos, Joey —respondí, luego continué mi evaluación de
mi apariencia.
»Puedes hacer esto —me susurré a mí misma—. Absolutamente
puedes hacer esto, Shannon.
Los golpes se reanudaron, así que rápidamente me sequé las manos
en la toalla que colgaba del perchero y abrí la puerta, los ojos se posaron
en mi hermano, que estaba parado en nada más que un par de bóxers
negros, rascándose el pecho.
Sus ojos se agrandaron cuando notó mi apariencia, la expresión
somnolienta en su rostro se tornó alerta y sorprendida. Lucía un ojo
morado tostado por el partido de lanzamiento en el que había jugado el
fin de semana, pero no parecía preocuparle ni un cabello de su hermosa
cabeza.
—Te ves… —La voz de mi hermano se apagó cuando me dio esa
evaluación fraternal. Me preparé para las bromas que inevitablemente
haría a mi costa, pero nunca llegaron—. Encantadora —dijo en su lugar,
ojos verde pálido, cálidos y llenos de preocupación no expresada—. El
uniforme te queda bien, Shan.
—¿Crees que estará bien? —Mantuve mi voz baja para no despertar
al resto de nuestra familia.
Mamá había trabajado dos turnos ayer y ella y papá estaban
durmiendo. Podía oír los fuertes ronquidos de mi padre detrás de la
puerta cerrada de su dormitorio, y los niños más pequeños tendrían que
ser sacados de sus colchones más tarde para ir a la escuela.
Como de costumbre, sólo éramos Joey y yo.
Los dos amigos.
—¿Crees que encajaré, Joey? —pregunté, expresando mis
preocupaciones en voz alta.
Podía hacer eso con Joey. Era el único de nuestra familia con el que
sentía que podía hablar y confiar. Miré mi uniforme y me encogí de
hombros con impotencia.
Sus ojos ardían con una emoción tácita mientras me miraba, y sabía
que se había levantado tan temprano no porque estuviera desesperado
por usar el baño, sino porque quería despedirse de mí en mi primer día.
Eran las 6:15 de la mañana.
Al igual que el Colegio Tommen, ECB no comenzaba hasta las 9:05
am, pero tenía que tomar un autobús y el único que pasaba por el área
salía a las 6:45 am.
Era el primer autobús del día que salía de Ballylaggin, pero era el
único que pasaba la escuela a tiempo. Mamá trabajaba casi todas las
mañanas y papá todavía se negaba a llevarme.
Cuando le pregunté a papá acerca de llevarme a la escuela anoche,
me dijo que si me bajaba de mi caballo y regresaba a la Escuela
Comunitaria Ballylaggin como Joey y todos los demás niños de nuestra
calle, no necesitaría un aventón a la escuela.
—Estoy jodidamente orgulloso de ti, Shan —dijo Joey con una voz
cargada de emoción—. Ni siquiera te das cuenta de lo valiente que eres.
—Aclarándose la garganta un par de veces, agregó—: Espera, tengo algo
para ti. —Con eso, cruzó el estrecho rellano y entró en su dormitorio,
regresando menos de un minuto después—. Toma —murmuró,
poniendo un par de billetes de €5 en mi mano.
—¡Joey, no! —Inmediatamente rechacé la idea de tomar su dinero
ganado con tanto esfuerzo. Para empezar, no ganaba mucho en la
gasolinera, y el dinero era difícil de conseguir en nuestra familia, por lo
que aceptar diez euros de mi hermano era inimaginable—. No puedo…
—Toma el dinero, Shannon. Son sólo diez —me indicó, dándome
una expresión sensata—. Sé que la abuela te dio el dinero del autobús,
pero ten algo en tu bolsillo. No sé cómo funciona esa mierda en ese lugar,
pero no quiero que entres allí sin unas cuantas libras.
Tragué el nudo de emoción que se abría paso hasta mi garganta y
logré sacar:
—¿Estás seguro?
Joey asintió, luego tiró de mí para abrazarme.
—Vas a estar grandiosa —susurró en mi oído, abrazándome tan
fuerte que no estaba segura de a quién estaba tratando de convencer o
consolar—. Si alguien te da la más mínima pizca de mierda, entonces
envíame un mensaje de texto e iré allí y quemaré esa maldita escuela
hasta los cimientos y a todos los tipos ricos y pequeños cabrones de rugby
que hay en ella.
Ese fue un pensamiento aleccionador.
—Va a estar bien —dije, esta vez poniendo un poco de fuerza en mi
voz, necesitando creer las palabras—. Pero llegaré tarde si no me pongo
en marcha y eso no es lo que necesito en mi primer día.
Le di a mi hermano un último abrazo, me puse el abrigo y agarré mi
mochila escolar, colocándola en mi espalda, antes de dirigirme a las
escaleras.
—Me envías un mensaje de texto —gritó Joey cuando estaba a la
mitad de los escalones—. Lo digo en serio, una olfateada de mierda de
cualquiera e iré a resolverlo por ti.
—Puedo hacer esto, Joey —susurré, lanzando una mirada rápida
hacia donde estaba apoyado contra la barandilla, mirándome con ojos
preocupados—. Puedo.
—Sé que puedes. —Su voz era baja y adolorida—. Yo sólo… estoy
aquí para ti, ¿de acuerdo? —terminó con una fuerte exhalación—.
Siempre aquí para lo que necesites.
Esto fue difícil para mi hermano, me di cuenta, mientras lo veía
indicarme que fuera a la escuela como un padre ansioso lo haría con su
primogénito. Siempre estaba peleando mis batallas, siempre saltando
para defenderme y llevarme a un lugar seguro.
Quería que estuviera orgulloso de mí, que me viera como algo más
que una niña que necesitaba su protección constante.
Necesitaba eso para mí.
Con renovada determinación, le di una brillante sonrisa y luego salí
corriendo de la casa para tomar mi autobús.
Todo Cambió
Shannon
Cuando bajé de mi autobús, me sentí aliviada al descubrir que las
puertas del Colegio Tommen se abrían a los estudiantes a las 7 de la
mañana, obviamente para acomodar los diferentes horarios de los
internos y los caminantes de día.
Me apresuré en el edificio para salir del clima.
Estaba lloviendo a cántaros afuera, y en cualquier otra circunstancia
podría considerarlo un mal augurio, pero esto era Irlanda, donde llovía
un promedio de 150 a 225 días al año.
También era principios de enero, típica temporada de lluvias.
Descubrí que no era el único pájaro madrugador que llegaba antes
del horario escolar, noté que varios estudiantes ya deambulaban por los
pasillos y descansaban en el comedor y las áreas comunes.
Sí, áreas comunes.
El Colegio Tommen tenía lo que sólo podría describir como amplias
salas de estar para cada año.
Para mi inmensa sorpresa, descubrí que no era el objetivo inmediato
de los acosadores como lo había sido en las escuelas anteriores a las que
había asistido.
Los estudiantes pasaban zumbando a mi lado, desinteresados en mi
presencia, claramente atrapados en sus propias vidas.
Esperé, con el corazón en la boca, a que llegara un comentario o un
empujón cruel.
No lo hizo.
Transferida a mitad de año escolar de la escuela pública vecina,
esperaba una diatriba de nuevas burlas y nuevos enemigos.
Pero nada pasó.
Aparte de un par de miradas curiosas, nadie se me acercó.
Los estudiantes de Tommen no sabían quién era yo o no les
importaba.
De cualquier manera, estaba claramente fuera del radar en esta
escuela y me encantaba.
Consolada por el repentino manto de invisibilidad que me rodeaba,
y sintiéndome más positiva que en meses, me tomé el tiempo para mirar
alrededor del área común de tercer año.
Era una habitación grande y luminosa con ventanas del piso al techo
en un lado que daba a un patio de edificios. Placas y fotografías de
alumnos anteriores adornaban las paredes pintadas de color lima. Sofás
esponjosos y sillas cómodas llenaban el gran espacio, junto con algunas
mesas redondas y sillas de roble a juego. Había una pequeña zona de
cocina en la esquina con tetera, tostadora y microondas.
Santo cielo.
Entonces, así era como vivía el otro lado.
Era como un mundo diferente en el Colegio Tommen.
Un universo alterno del que yo venía.
Guau.
Podría traer algunas rebanadas de pan y tomar té y pan tostado en la
escuela.
Sintiéndome intimidada, salí y deambulé por todos los pasillos y
corredores tratando de orientarme.
Estudiando mi horario, memoricé dónde estaba cada edificio y ala en
la que tendría una clase.
Me sentía bastante segura cuando sonó la campana a las 8:50, lo que
indicaba quince minutos antes del comienzo de la jornada escolar, y
cuando me saludó una voz familiar, estuve a punto de llorar de puro
alivio.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —chilló ruidosamente una rubia
alta y curvilínea con una sonrisa del tamaño de un campo de fútbol,
atrayendo mi atención y la de todos los demás, mientras atravesaba
varios grupos de estudiantes en su intento de alcanzarme.
No estaba ni cerca de estar preparada para el monstruoso abrazo que
me envolvió cuando me alcanzó, aunque no debería haber esperado
menos de Claire Biggs.
Ser recibida por rostros amistosos y sonrientes reales en lugar de lo
que estaba acostumbrada fue abrumador para mí.
—Shannon Lynch. —Claire medio se rio, medio se atragantó,
apretándome con fuerza—. ¡Realmente estás aquí!
—Estoy aquí —concordé con una pequeña risa, dándole palmaditas
en la espalda mientras intentaba y fallaba en liberarme de su abrazo
aplastante—. Pero no lo estaré por mucho más tiempo si no dejas de
apretar.
—Oh, mierda. Lo siento. —Claire se rio, inmediatamente dando un
paso atrás y liberándome de su agarre mortal—. Olvidé que no has
crecido desde cuarto año. —Dio otro paso atrás y me miró—. Más bien
desde tercero. —Se rio, los ojos bailando con picardía.
Esto no fue un ataque; era una observación y un hecho.
Yo era excepcionalmente pequeña para mi edad, eclipsada aún más
por el tamaño de mi amiga de un metro setenta.
Era alta, de complexión atlética y excepcionalmente hermosa.
Tampoco era una forma recatada de belleza.
No, salía disparada de su rostro como rayos de sol.
Claire era simplemente deslumbrante con grandes ojos marrones de
cachorrito y rizos rubios claros. Tenía una disposición alegre y una
sonrisa que podía calentar los corazones más fríos.
Incluso a los cuatro años, sabía que esta niña era diferente.
Podía sentir la amabilidad que irradiaba de ella. La había sentido
cuando estuvo en mi esquina durante ocho largos años, defendiéndome
en detrimento suyo.
Sabía la diferencia entre el bien y el mal y estaba preparada para
intervenir por cualquiera más débil que ella.
Era una guardiana.
Nos habíamos distanciado ya que fuimos a escuelas separadas, pero
una mirada a ella y supe que seguía siendo la misma Claire de siempre.
—No todos podemos ser larguiruchos —respondí con buen humor,
sabiendo que sus palabras no tenían la intención de lastimarme.
—Dios, estoy tan contenta de que estés aquí. —Negó con la cabeza
y me sonrió. Hizo este adorable baile feliz y luego me abrazó una vez
más—. No puedo creer que tus padres finalmente hayan hecho lo
correcto por ti.
—Sí —respondí, incómoda de nuevo—. Finalmente.
—Shan, no será así aquí. —El tono de Claire ahora era serio, los ojos
llenos de emoción no expresada—. ¿Toda esa mierda que has sufrido?
Está en el pasado.
Suspiró de nuevo y supe que se estaba mordiendo la lengua, evitando
decir todo lo que quería.
Claire lo sabía.
Estuvo allí en la escuela primaria.
Fue testigo de cómo era para mí en ese entonces.
Por alguna razón desconocida, me alegré de que no hubiera visto
cuánto había empeorado.
Era una humillación que no quería sentir más.
—Estoy aquí para ti —continuó diciendo—, y Lizzie también, si
alguna vez decide sacar su trasero de la cama y venir a la escuela.
Sonriendo brillantemente, desterré mis demonios al fondo de mi
mente y dije:
—Aquí está un nuevo comienzo.
—¡Sí, chica! —dijo Claire con gran entusiasmo, chocando su puño
con el mío en el proceso—. Un nuevo comienzo con el lado soleado
arriba.
La primera mitad del día fue mejor de lo que podría haber anticipado.
Claire me presentó a sus amigos y, aunque no podía recordar los
nombres de la mayoría de las personas que había conocido, estaba
increíblemente agradecida de que me incluyeran y, me atrevo a decir, me
aceptaran.
La inclusión no era algo a lo que estaba acostumbrada, y me encontré
trabajando duro para mantenerme al día con el flujo constante de
conversaciones y preguntas amistosas dirigidas a mí.
Pasar tanto tiempo en mi propia compañía me dificultó volver a
integrarme en la sociedad adolescente normal. Tener otras personas
además de Joey y sus amigos que estaban dispuestos a sentarse conmigo,
hablarme y caminar conmigo en la escuela fue una experiencia
alucinante.
Cuando mi otra amiga de la escuela primaria, Lizzie Young,
finalmente apareció en la escuela a la mitad de la tercera clase de la
mañana, culpando, por su ausencia, a una cita con el dentista,
inmediatamente volvimos a la amistad familiar que siempre tuvimos.
Lizzie entró rodando a la escuela con pantalones y tenis de niño, sin
importarle lo que los demás tuvieran que decir sobre su apariencia. Con
honestidad, no parecía importarle lo que pensara la gente. Se vestía de
acuerdo a su estado de ánimo y proyectaba vibras de la misma manera.
Podría aparecer mañana en una falda y con el rostro lleno de maquillaje.
Hacía lo que quería hacer cuando quería hacerlo, sin darse cuenta y sin
importarle la opinión de los demás.
Ella rezumaba una especie de confianza perezosa con su larga cola
de caballo rubia oscura y su rostro sin maquillaje, enfatizando esos
grandes ojos azules suyos.
También noté a lo largo de nuestras clases que Lizzie recibía mucha
atención masculina a pesar de los pantalones holgados y el cabello
desordenado que lucía, lo que demostraba que no es necesario
desnudarse y maquillarse para atraer al sexo opuesto.
Una sonrisa genuina y una personalidad agradable te llevaban lejos.
Lizzie se parecía mucho a Claire en muchos aspectos, pero
radicalmente diferente en otros.
Al igual que Claire, Lizzie era rubia y de piernas largas.
Ambas eran altas para su edad y enfermizamente hermosas.
Pero donde Claire era extrovertida y, a veces, un poco demasiado
emocionada, Lizzie era relajada y un poco introvertida.
Claire casi no tenía filtro y Lizzie se tomaba su tiempo para tomar
una decisión sobre algo.
Claire estaba impecable en todo momento con el rostro lleno de
maquillaje y un atuendo perfectamente coordinado para cualquier
ocasión, mientras que el estilo de Lizzie era impredecible.
Mientras tanto, yo era la pequeña morena que se juntaba con las
chicas más guapas de la clase.
Suspiré…
—¿Estás bien, Shan? —preguntó Lizzie después del gran receso.
Caminábamos hacia nuestra próxima clase, Inglés en el ala sur,
cuando me detuve a mitad de camino, provocando una acumulación de
estudiantes.
—Oh, mierda —murmuré, de repente me di cuenta de mi error—.
Dejé mi teléfono en el baño.
Claire, que estaba a mi izquierda, se volvió y frunció el ceño.
—Ve a buscarlo, te esperaremos.
—El baño en el edificio de ciencias —respondí con un gemido.
Tommen era ridículamente grande, con varias clases en diferentes
edificios alrededor de la vasta propiedad—. Tengo que recuperarlo —
agregué, sintiéndome ansiosa ante la idea de que alguien encontrara mi
teléfono e invadiera mi privacidad. El teléfono en sí no valía nada, era
uno de los prepagos más baratos del mercado y ni siquiera tenía cámara,
pero era mío. Estaba lleno de mensajes de texto privados y lo necesitaba
de vuelta—. Maldición.
—No entres en pánico —intervino Lizzie—. Te acompañaremos.
—No. —Levanté una mano y negué con la cabeza—. No quiero que
ambas lleguen tarde a clase también. Iré a buscarlo.
Yo era nueva. Era mi primer día. Dudaba que la maestra fuera dura
conmigo por llegar tarde a clase. Claire y Lizzie, por otro lado, no eran
nuevas y no tenían ninguna excusa para no estar en sus asientos a
tiempo.
Podía hacer esto.
No necesitaba, o al menos no debería necesitar, una niñera que me
acompañara a través de la escuela.
Claire frunció el ceño, su incertidumbre evidente.
—¿Estás segura?
—Sí. —Asentí—. Recuerdo el camino.
—No lo sé, Shan. —Lizzie se mordió su labio inferior—. Tal vez una
de nosotras debería ir contigo. —Encogiéndose de hombros, agregó—:
Ya sabes, por si acaso…
La segunda campana sonó con fuerza, señalando el comienzo de la
clase.
—Continúen —insté, despidiéndolas para que se fueran—. Estaré
bien.
Girando sobre mis talones, me apresuré por el pasillo hasta la entrada
y luego eché a correr cuando llegué al patio. Llevó nueve minutos
corriendo a toda velocidad bajo la lluvia torrencial por un camino que
rodeaba varias canchas de entrenamiento deportivo para llegar al edificio
de ciencias, lo cual no es una hazaña fácil con tacones.
Cuando llegué al baño de chicas, estaba sin aliento y sudando.
Por fortuna, mi teléfono estaba exactamente donde lo había dejado:
en el lavabo junto al dispensador de jabón.
Desfalleciendo de alivio, lo saqué del lavabo, revisé rápidamente la
pantalla, volví a hundirme cuando vi la pantalla bloqueada
imperturbable y luego la guardé de manera segura en el bolsillo delantero
de mi mochila escolar.
Si esto hubiera sucedido en mi antigua escuela, un teléfono
desatendido en un baño no habría sobrevivido quince segundos, y mucho
menos quince minutos.
Estás caminando hombro con hombro con los ricos ahora, Shannon, pensé
para mí. No quieren tu teléfono de mierda.
Echándome un poco de agua en el rostro, me puse la mochila al
hombro, usando ambas correas como la nerd que era. Todavía no había
ido a mi casillero y estaba cargando lo que parecían cuatro piedras allí.
Ambas correas eran totalmente necesarias en esta situación.
Cuando salí del edificio de ciencias y miré el largo y poco atractivo
camino de regreso al edificio principal donde estaba mi clase, contuve un
gemido.
No iba a correr de nuevo.
Físicamente no podía.
Había perdido toda mi energía.
Desesperada, mi mirada vaciló entre el callejón cuesta arriba poco
atractivo y los campos de entrenamiento.
Había tres campos de entrenamiento en total en este lado de la
escuela.
Dos campos más pequeños, cuidadosamente cuidados, que estaban
vacíos, y un campo más grande que en ese momento estaba siendo
ocupado por una treintena de chicos y un maestro que les gritaba
órdenes.
Desgarrada, debatí mis opciones.
Si atajo los campos de entrenamiento, me quitaría varios minutos de
caminata.
Ni siquiera me notarían.
Yo era pequeña y rápida.
También estaba cansada y ansiosa.
Atravesar los campos era lo lógico.
Claro, había un terraplén empinado y cubierto de hierba al otro lado
de la cancha que separaba los campos del patio, pero podía subirlo sin
ningún problema.
Miré mi reloj, una oleada de consternación surgió dentro de mí
cuando vi que ya me había perdido quince minutos de la clase de
cuarenta minutos.
Tomada la decisión, salté la cerca baja de madera que separaba los
campos de entrenamiento de la acera y caminé a paso rápido hacia mi
destino.
Con la cabeza gacha y el corazón latiendo de forma violenta contra
mi caja torácica, me apresuré por los campos vacíos, vacilando sólo
cuando llegué al campo de entrenamiento más grande, el que estaba lleno
de chicos.
Muchachos enormes.
Chicos sucios.
Chicos de aspecto enojado.
Que me estaban fulminando con la mirada.
Oh, mierda.
—¿Qué estás haciendo?
—¡Fuera de la puta cancha!
—¡Jesucristo!
—Malditas chicas.
—¡Muévete, quieres!
Presa del pánico, ignoré los gritos y las burlas mientras pasaba
corriendo junto a ellos, obviamente perturbando su entrenamiento.
La mortificación se filtró a través de mi cuerpo mientras aceleraba mi
ritmo, rompiendo en un trote torpe.
El suelo estaba mojado y embarrado por la lluvia, así que no podía
moverme tan rápido, como a mí, o a esos chicos, nos hubiera gustado.
Cuando llegué al borde del campo, sentí ganas de llorar de alivio
mientras subía cojeando por la empinada orilla. Sin embargo, mi alivio
fue sólo una sensación momentánea y fugaz que rápido fue reemplazada
por un dolor punzante cuando algo muy duro y muy pesado se estrelló
en la parte posterior de mi cabeza, quitándome el aire de los pulmones y
los pies debajo de mí.
Momentos después, me desplomé en caída libre hacia atrás, cayendo
por la orilla embarrada, el dolor rebotaba en mi cabeza y me impedía
pensar con claridad o detener mi propia caída.
Mi último pensamiento coherente antes de golpear el suelo con un
ruido sordo, y una espesa nube de oscuridad me cubriera, fue esto: nada
cambia.
Aunque me equivocaba.
Todo cambió después de ese día.
Todo.
Balones Voladores
Chico Maravilla cautiva al cuerpo técnico de la Academia:
El joven Johnny Kavanagh, de 17 años, nativo de Blackrock,
Dublín, que actualmente reside en el condado de Ballylaggin,
Cork, superó su evaluación médica para asegurar su puesto en
la prestigiosa academia de rugby de Cork. Con una lesión
crónica en la ingle desde el comienzo de la temporada pasada,
el joven recibió el visto bueno de los médicos del equipo. El
estudiante del Colegio Tommen está listo para ganar su
decimoquinto cap para La Academia este fin de semana, después
de haber sido nombrado como 13 inicial para el estimado equipo
juvenil. El centro natural ha llamado la atención de los
entrenadores a nivel internacional, incluidos los clubes del
Reino Unido y el hemisferio sur. Cuando se le pidió que
comentara sobre el ascenso acelerado del niño de la escuela
en las filas, el entrenador en jefe de los sub20 de Irlanda,
Liam Delaney, dijo lo siguiente: «Estamos entusiasmados con
el nivel de calibre de los jugadores emergentes en todo el
país. El futuro parece brillante para el rugby irlandés».
Cuando se le preguntó específicamente sobre el chico de la
escuela de Cork, Delaney dijo: «Hemos estado al tanto de
Kavanagh desde sus días de jugador en Dublín y hemos estado
en conversaciones cercanas con sus entrenadores durante los
últimos dieciocho meses. Los entrenadores de sub18 están
impresionados. Estamos manteniendo un ojo atento a su
progresión y están impresionados con el nivel de inteligencia
y madurez que naturalmente exuda en el campo. Sin duda, es
alguien a tener en cuenta cuando sea mayor de edad».
Johnny
Estaba agotado.
En serio, estaba tan cansado que me costaba mantener los ojos
abiertos y concentrarme en el punto. Mi día del infierno se estaba
convirtiendo en la semana del infierno, y eso era una hazaña especial
considerando que era lunes.
Regresar directamente a la escuela, sin mencionar el entrenamiento
y el gimnasio seis noches a la semana, provocaba eso en un chico.
Para ser honesto, había estado sin energía desde el verano pasado,
después de haber regresado de una campaña internacional con los sub18,
donde estuve jugando junto a los mejores de Europa, sólo para dirigirme
directamente a un intenso campo de acondicionamiento de seis semanas
en Dublín.
Después de eso, tuve un descanso de diez días antes de regresar a la
escuela y retomar mis compromisos con mi club y La Academia.
También tenía hambre, lo que no presagiaba nada bueno para mi
temperamento.
No me iba bien con largos intervalos entre comidas.
Mi estilo de vida y mi intenso régimen de entrenamiento requerían
que comiera en períodos de tiempo regulares y asignados.
Cada dos horas era ideal para mi cuerpo cuando consumía una dieta
de 4,500 calorías diarias.
Dejar a mi estómago esperando más de cuatro horas, y me convertía
en una perra malhumorada y enojada.
No era como si estuviera particularmente ansioso por la montaña de
pescado y verduras al vapor esperándome en mi lonchera, pero estaba en
una rutina, maldita sea.
Joder con mi régimen era una forma segura de despertar a la bestia
hambrienta dentro de mí.
Llevábamos menos de media hora en el campo y ya había eliminado
a tres de mis compañeros y había recibido una paliza de nuestro
entrenador en el proceso.
En mi defensa, cada tacleada que les hice fue perfectamente legal, si
no un poco despiadada.
Pero ese era mi punto, maldita sea.
Estaba demasiado irritado para retroceder un poco con los chicos que
no estaban ni cerca de mi nivel de juego.
Niños era la palabra apropiada en este caso.
Estos eran niños.
Yo jugaba con los hombres.
A menudo me preguntaba cuál era el sentido de jugar en el equipo de
la escuela.
No me aportaba una mierda.
El nivel del club era lo suficientemente básico, pero el rugby escolar
era una maldita pérdida de tiempo.
Especialmente en esta escuela.
Hoy era el primer día de regreso después de las vacaciones de
Navidad, pero el equipo de la escuela había estado entrenando desde
septiembre.
Cuatro meses.
Cuatro jodidos meses y parecíamos más desorganizados que nunca.
Por millonésima vez en los últimos seis años, me encontré resentido
por la mudanza de mis padres.
Si nos hubiéramos quedado en Dublín, estaría jugando en un equipo
de calidad con jugadores de calidad y progresando de verdad.
Pero no, en lugar de eso, estaba aquí, en medio de la nada, tomando
el relevo de un entrenador menos que experto y rompiendo mis bolas
para mantener a nuestro lado en la mira de los clasificatorios.
Ganamos la copa de la liga el año pasado porque teníamos un equipo
sólido con la capacidad de jugar un puto rugby decente.
Con la ausencia de varios jugadores del equipo del año pasado, que
ahora se habían ido a la universidad, mi agitación y preocupación por
nuestras posibilidades este año crecía por minutos.
Tampoco era el único que se sentía así.
Quedaban seis o siete jugadores excepcionales en esta escuela que
eran lo suficientemente buenos para la división en la que jugábamos, y
ese era el problema.
Necesitábamos un banco de veintitrés jugadores decentes para
sobresalir en esta liga.
No media docena.
Mi mejor amigo, por ejemplo, Gerard Gibson, o Gibsie para
abreviar, era un excelente ejemplo de excepcionalidad.
Era, sin lugar a dudas, el mejor ala con el que había jugado o contra
el que había jugado en este nivel de rugby y podía ascender fácilmente
en la clasificación con un poco de compromiso y esfuerzo.
Sin embargo, a diferencia de mí, el rugby no era la vida de Gibsie.
Renunciar a fiestas y novias durante unos años era un pequeño precio
a pagar por una carrera profesional en el deporte. Si él dejara la bebida y
los cigarrillos, sería fenomenal.
Sin embargo, Gibs no estaba tan convencido, elegía pasar tiempo de
entrenamiento de calidad abriéndose paso entre la población femenina
de Ballylaggin con deleite, y bebiendo hasta que su hígado y páncreas
protestaban.
Pensé que era un desperdicio terrible.
Otro pase derribado de Patrick Feely, nuestro nuevo número 12 y mi
compañero en el centro del campo, hizo que perdiera mi siempre
amorosa mierda allí mismo, en el medio del campo.
Sacándome el protector bucal, se lo lancé y le di un puñetazo en la
mandíbula.
—¿Ves eso? —rugí—. Se llama dar en el puto objetivo.
—Lo siento, Cap —murmuró el pívot, con la cara roja, dirigiéndose
a mí por el apodo que me había ganado en la cancha desde que me
convertí en capitán del equipo de la escuela en cuarto año y obtuve mi
primer campeonato internacional ese mismo año—. Lo haré mejor.
Lamenté mis acciones inmediatamente.
Patrick era un muchacho decente y muy buen amigo mío.
Aparte de Gibsie, Hughie Biggs y Patrick eran mis mejores amigos.
Gibs, Feely y Hughie ya habían estado en un círculo cerrado en Scoil
Eoin, una escuela primaria sólo para niños, cuando me introdujeron en
su clase para el último año de primaria.
Vinculados por nuestro amor compartido por el rugby, todos
seguimos siendo buenos amigos durante la escuela secundaria, aunque
nos habíamos emparejado en el sentido de mejores amigos: Hughie se
alineó con Patrick y yo con el mismo imbécil.
Patrick era un muchacho tranquilo. No merecía mi ira, y el pobre
definitivamente no merecía que le lanzara mi protector bucal lleno de
saliva a la cabeza.
Bajé la cabeza, corrí hacia él y le di una palmada en el hombro,
murmurando mis disculpas.
Mira, esto era exactamente por lo que necesitaba ser alimentado.
Y tal vez que me dieran una bolsa de hielo para mi pene.
Lléname con suficiente carne y verduras y sería una persona
diferente.
Una persona tolerante.
Incluso educado.
Pero mi único objetivo actualmente era no desmayarme por el
hambre y el dolor, por lo tanto, no tenía tiempo para sutilezas.
Teníamos un partido clasificatorio para la copa más adelante esta
semana y, a diferencia de mí, estos muchachos habían pasado su tiempo
libre siendo, bueno, adolescentes.
Las vacaciones de Navidad eran un buen ejemplo.
Había pasado mi tiempo trabajando como un maníaco para volver a
la cancha, después de haber estado lesionado, mientras que estos chicos
habían pasado su descanso comiendo y bebiendo lo que se les cruzaba.
No tenía ningún problema en perder un partido si éramos realmente
el lado más pobre.
Lo que no podía aceptar era perder por falta de preparación y poca
disciplina.
Liga de escolares o no.
Eso no era lo suficientemente bueno en mi libro.
Estaba perturbado más allá de toda racionalidad cuando una chica
caminó por el campo, ella jodidamente caminó por los campos de
entrenamiento.
Irritado, la miré furioso, sintiendo una rabia dentro de mí que
bordeaba la manía.
Así de jodidamente malo era este equipo.
A los otros estudiantes ni siquiera les importaba que estuviéramos
entrenando.
Varios de los muchachos le gritaron, pero eso sólo pareció irritarme
aún más.
No entendía por qué le gritaban.
Esto era la culpa de ellos.
Los tontos que despotricaban y gritaban eran los que necesitaban
mejorar su juego o acabar con sus sueños de rugby.
En lugar de concentrarse en el juego, se estaban enfocando en la
chica.
Idiotas de mierda.
—Gran demostración de capitanía, Kavanagh —se burló Ronan
McGarry, otro de nuestros últimos reclutas, y una pobre excusa para un
medio melé, mientras corría hacia atrás pasando a mi lado—. ¿Muy
sobrevalorado? —se burló el chico más joven.
—Sigue corriendo —le advertí mientras debatía en cuántos
problemas me metería si le rompía las piernas. Realmente no me gustaba
ese tipo.
—Tal vez deberías seguir tu propio consejo —se burló Ronan—.
Escoria de Dublín.
Decidiendo que no me importaban los castigos, recuperé el balón y
se lo lancé a la cabeza.
Precisa y justo, el balón golpeó a McGarry en la región deseada: la
nariz.
—¡Cálmate, pez gordo! —ladró el entrenador, corriendo para ver
cómo estaba Ronan, que estaba acariciando su rostro.
Resoplé ante la vista.
Lo golpeé con un balón, no con mi puño.
Marica.
—Este es un deporte de equipo —dijo el entrenador furioso,
mirándome—. No es el programa de Johnny.
—Oh, ¿lo es? —le respondí, gruñendo, incapaz de evitar morder el
anzuelo.
Al Sr. Mulcahy, el entrenador senior de rugby de la escuela, no le
agradaba mucho y el sentimiento era completamente mutuo.
—Sí —bramó el entrenador—. Malditamente bien lo es.
Corriendo hacia donde había aterrizado el balón, lo levanté y me
acerqué a él y McGarry, sin querer dejarlo ir.
—Entonces quizás quieras recordárselo a estos hijos de puta —gruñí,
señalando a mis compañeros de equipo—, ¡porque parece que soy el
único imbécil que se presentó al entrenamiento de hoy!
—Estás patinando sobre hielo delgado, muchacho —dijo furioso—.
No presiones.
Incapaz de contenerme de empujarlo, siseé:
—Este equipo es una jodida broma.
—Ve a las duchas, Kavanagh —ordenó el entrenador, su rostro se
volvió de un peligroso tono púrpura, mientras golpeaba un dedo en mi
pecho—. ¡Estás fuera!
—¿Estoy fuera? —repliqué, burlándome de él—. ¿De qué
exactamente?
No estaba fuera de la mierda.
El entrenador no podía sacarme.
Podía prohibirme entrenar.
Me podía suspenderme.
Darme detención.
No hacía una mierda ciega de diferencia porque el día del partido,
estaría en ese campo.
—No harás nada —me burlé, dejando que mi temperamento sacara
lo mejor de mí.
—No me presiones, Johnny —advirtió el entrenador—. Una llamada
a tus pequeños y elegantes entrenadores por el país y estarás en más
mierda de la que puedes salir.
Ronan, que estaba de pie junto al entrenador, sonrió sombríamente,
encantado, estaba claro, ante la perspectiva de que me metiera en
problemas.
Furioso por la amenaza, pero sabiendo que estaba derrotado,
arranqué el balón de mis manos, lo pateé con una furia insaciable
zumbando por mis venas y sin preocuparme por la dirección.
En el momento en que el balón rebotó en el pie de mi bota, la ira
dentro de mí se disipó rápidamente, saliendo de mi cuerpo en señal de
derrota.
Maldita sea.
Estaba siendo difícil.
Sabía que no debía comportarme así.
El hecho de que el entrenador me amenazara con La Academia fue
un golpe bajo, pero sabía que me lo merecía.
Estaba perdiendo mi mierda en su campo, con su equipo, demasiado
emocional y con exceso de trabajo para recuperarme.
Ni en un millón de años sentiría ni una pizca de remordimiento por
golpear a McGarry con el balón, ese hijo de puta se merecía algo peor,
pero Feely y el resto de los muchachos eran un asunto completamente
diferente.
Se suponía que yo era el capitán de este equipo y estaba actuando
como un imbécil.
No era lo suficientemente bueno, y estaba decepcionado conmigo
mismo por mi arrebato.
Sabía lo que estaba mal conmigo.
Me había extendido demasiado en los últimos meses y había
regresado demasiado pronto de una lesión.
Mis médicos me habían dado el visto bueno para volver a entrenar
esta semana, pero un hombre ciego se daría cuenta de que estaba fuera
de mi juego y me estaba enfadando muchísimo.
La perspectiva de hacer malabarismos con la escuela, el
entrenamiento, los compromisos del club y la Academia mientras me
recuperaba de una lesión era una tensión tanto para mi mente como para
mi cuerpo, y estaba luchando por encontrar la disciplina prístina que
solía mostrar.
De cualquier manera, no era una excusa.
Me disculparía con Patrick después de haber comido, y también con
el resto de los chicos.
El entrenador, notando el cambio en mi temperamento, asintió
rígidamente.
—Bien —dijo en un tono más tranquilo que antes—. Ahora, ve a
limpiarte y, por el amor de Dios, descansa por un maldito día. Sólo eres
un niño, Kavanagh, y te ves como una mierda.
El hombre no me quería mucho y chocábamos a diario como un
matrimonio de ancianos, pero nunca dudé de sus intenciones.
Se preocupaba por sus jugadores y no sólo por nuestra habilidad para
jugar al rugby. Nos animaba a tener éxito en todos los aspectos de la vida
escolar y cantaba constantemente sobre la importancia de los años de
exámenes.
Probablemente también tenía razón acerca de que me veía como una
mierda; ciertamente me sentía así.
—Es un año importante para ti —me recordó—. El quinto año es
más crucial para tu certificado de egreso que el sexto año y necesito que
mantengas tus notas altas… ¡oh, mierda!
—¿Qué? —exigí, sobresaltado.
Siguiendo la mirada horrorizada del entrenador, me di la vuelta y
miré fijamente el balón abandonado en el borde de la cancha.
—Oh, mierda —murmuré cuando mi mente tuvo sentido de lo que
estaba viendo.
La chica.
La maldita chica que había estado haciendo cabriolas alrededor del
campo estaba tendida de espaldas sobre el césped.
Un balón yacía en el césped a su lado.
No cualquier balón.
¡Mi puto balón!
Horrorizado, mis pies se movieron antes de que mi cerebro pudiera
ponerse al día. Corrí hacia ella, el corazón golpeando contra mi caja
torácica a cada paso del camino.
—Oye, ¿estás bien? —grité, cerrando el espacio entre nosotros.
Un suave gemido femenino salió de sus labios mientras intentaba
ponerse de pie.
Ella estaba tratando de ponerse de pie y fallando miserablemente, y
era claro que estaba asustada.
Inseguro de qué hacer, me agaché para ayudarla a levantarse, pero
rápidamente me apartó las manos.
—No me toques —gritó, con el tono un poco arrastrado, y la
sacudida la hizo caer de rodillas.
—¡De acuerdo! —Automáticamente di un paso atrás y levanté mis
manos—. Lo siento mucho.
Con una lentitud dolorosa, se puso de pie, balanceándose de un lado
a otro, la confusión grabada en su rostro, sus ojos desenfocados.
Agarrando el costado de su falda embarrada con una mano y
balanceando el balón de rugby con la otra, miró a su alrededor con ojos
desorbitados.
Su atención aterrizó en el balón en sus manos y luego volvió a mi
cara.
Una especie de furia vidriosa brilló en sus ojos mientras medio se
tambaleaba, medio acechaba hacia mí.
Su cabello era un completo desastre, cayendo suelto por sus pequeños
hombros, con pedazos de barro y hierba adheridos a los mechones.
Cuando me alcanzó, golpeó el balón contra mi pecho y siseó:
—¿Este es tu balón?
Estaba tan impresionado por la vista de esta pequeña chica cubierta
de barro que sólo asentí como un jodido imbécil.
Jesucristo, ¿quién era esta chica?
Aclarándome la garganta, tomé el balón de ella y dije:
—Uh, sí. Es mi balón.
Era diminuta, en serio jodidamente pequeña, apenas alcanzando mi
pecho en altura.
—Me debes una falda —gruñó, todavía agarrando la tela por su
cadera—. Y un par de medias —agregó, mirando hacia abajo el enorme
desgarre en sus medias color piel.
Su mirada recorrió su cuerpo y luego aterrizó en mi rostro, con los
ojos entrecerrados.
—Está bien —respondí asintiendo, porque con toda honestidad, ¿qué
más se suponía que debía decir?
—Y una disculpa —agregó la chica antes de desplomarse en el suelo.
Aterrizó pesadamente sobre su trasero y soltó un pequeño grito por
el contacto.
—Oh, mierda —murmuré. Lanzando el balón lejos, me moví para
ayudarla—. No fue mi intención…
—¡Detente! —Una vez más, apartó mis manos—. Auch —gimió,
encogiéndose cuando habló. Levantándose, se agarró la cara con ambas
manos y respiró con dificultad—. Mi cabeza.
—¿Estás bien? —exigí, sin saber qué carajo hacer.
¿Debería cargarla en contra de sus deseos?
No parecía una buena idea.
Pero no podía dejarla exactamente aquí.
—¡Johnny! —bramaba el entrenador—. ¿Está bien? ¿La lastimaste?
—Ella está genial —respondí, haciendo una mueca cuando un sonido
de hipo salió de su pecho—. Estás genial, ¿no?
Esta chica me iba a meter en problemas.
Estaba en suficientes problemas tal y como estaban las cosas.
Yo estaba mal con el entrenador.
Casi decapitar a la chica no se vería bien para mí.
—¿Por qué hiciste eso? —susurró, agarrando su pequeño rostro con
sus manos aún más pequeñas—. Me lastimaste.
—Lo siento —repetí. Me sentía extrañamente impotente y era un
sentimiento que no me gustaba—. No fue mi intención.
Entonces sollozó, sus ojos azules lagrimearon, y algo dentro de mí se
rompió.
Oh, mierda.
Horrorizado, levanté las manos y solté:
—Lo siento mucho. —Antes de agacharme y levantarla del césped—
. Cristo —murmuré, impotente, mientras la ponía de pie—. No llores.
—Es mi primer día —sollozó, balanceándose sobre sus pies—. Mi
nuevo comienzo y estoy cubierto de mierda.
Estaba cubierta de mierda.
—Mi papá me va a matar —continuó con voz ahogada, agarrando
su falda rota—. Mi uniforme está arruinado.
Un silbido doloroso salió de su garganta y la mano que estaba usando
para sostener su falda se disparó hacia su sien, causando que el trozo de
tela se desprendiera de su cuerpo.
Mis ojos se agrandaron por sí solos, una reacción desafortunada de
ver la ropa interior de una mujer.
Silbidos y vítores brotaron de los muchachos.
—Oh, Dios —gritó, luchando torpemente para recuperar su falda.
—¡Adelante, hermosa!
—¡Gira para nosotros!
—¡Váyanse a la mierda, pendejos! —rugí a mis compañeros de
equipo, parándome frente a la chica para bloquear su vista.
Podía escuchar a los chicos riéndose a carcajadas detrás de mí, riendo
y hablando mierda, pero no podía concentrarme en una palabra de lo
que decían porque el sonido de mi corazón golpeando en mi pecho me
estaba ensordeciendo.
—Toma —alcanzando el dobladillo de mi jersey, me lo saqué por la
cabeza y ordené—: Ponte esto.
—Está asqueroso —sollozó, pero no me detuvo cuando se lo bajé por
la cabeza.
Metió las manos en las mangas y sentí un inmenso alivio cuando el
dobladillo cayó hasta sus rodillas, cubriéndola.
Cristo, ella realmente era una cosita diminuta.
¿Tenía la edad suficiente para asistir a esta escuela?
No lo parecía.
En este momento, se veía muy, muy joven y… ¿triste?
—Kavanagh, ¿la chica está bien? —exigió el entrenador.
—¡Ella está genial! —repetí, mis palabras un ladrido áspero.
—Llévala a la oficina —instruyó—. Asegúrate de que Majella la
revise.
Majella era la primera en responder de la escuela. Trabajaba en el
comedor y era la mujer a la que acudir cuando un estudiante sufría una
lesión.
—Correcto, señor —respondí, nervioso, y me abalancé rápidamente
para agarrar su falda y su mochila.
Me acerqué y ella se apartó de mí.
—Sólo estoy tratando de ayudarte —dije en el tono más amable que
pude, levantando las manos, como para mostrarle que no tenía intención
de hacerle daño—. Te llevaré a la oficina.
Parecía un poco aturdida y me preocupaba que podría haberle dado
una conmoción cerebral.
Conociendo mi suerte, eso es exactamente lo que había hecho.
Maldito infierno.
Lancé la mochila sobre mi hombro, metí su falda en la cinturilla de
mis pantalones cortos, puse una mano en su espalda y traté de
persuadirla para que subiera por la colina que separaba la cancha de los
terrenos de la escuela.
Se tambaleó sobre sus pies como un potro bebé, y tuve que resistir el
impulso repentino que tuve de pasar mi brazo alrededor de sus hombros.
Un par de minutos más tarde, eso era exactamente lo que tenía que
hacer porque ella seguía perdiendo el equilibrio.
El pánico se apoderó de mí.
Rompí a la maldita chica.
Le rompí la cabeza.
Iba a recibir una suspensión por perder los estribos y una orden de
arresto.
Yo era un imbécil.
—Lo siento —continué diciéndole, lanzando dagas con la mirada a
cada bastardo entrometido que decidió detenerse y mirarnos
boquiabiertos mientras caminábamos a paso de tortuga.
Llevaba mi jersey y le caía como un vestido.
Me estaba congelando las tetas a su lado con nada más que un par de
pantalones cortos de entrenamiento, calcetines y botines de fútbol.
Ah, y la maldita mochila rosa colgada en mi espalda.
Podían ver todo lo que quisieran; mi única preocupación era que le
revisaran la cabeza a esta chica.
—En serio lo siento, joder.
—Deja de decir que lo sientes —gimió, agarrándose la cabeza.
—Claro, lo siento —murmuré, sintiendo que apoyaba su peso sobre
mí—. Pero lo siento. Sólo para que quede claro.
—Nada está claro —dijo con voz ronca, poniéndose rígida contra mi
toque—. El suelo da vueltas.
—Ah, Cristo, no digas eso —dije con voz estrangulada, apretando mi
brazo alrededor de su cuerpo rígido—. Por favor, no digas eso.
—¿Por qué hiciste eso? —gimió, tan frágil, pequeña y cubierta de
mierda.
—Soy un imbécil —le informé, volviendo a ponerme la mochila
escolar rosa en mi espalda mientras la acercaba más—. Arruino muchas
cosas.
—¿Lo hiciste a propósito?
—¿Qué? —Sus palabras me sorprendieron lo suficiente como para
hacer que me detuviera—. No. —Torciendo mi cuerpo para poder
mirarla a la cara, fruncí el ceño y dije—: Nunca te haría eso.
—¿Lo prometes?
—Sí —gruñí, acercando mi brazo a ella y fundiendo su cuerpo a mi
lado—. Lo prometo.
Era enero.
Estaba mojado.
Hacía frío.
Y por alguna extraña y desconcertante razón, me estaba quemando
por dentro.
Mis palabras, por alguna razón, parecieron aliviar la tensión dentro
de esta chica porque soltó un gran suspiro, relajó su cuerpo rígido y me
permitió cargar con todo su peso.
Cayendo de Cara
Johnny
Con mucho esfuerzo y una sorprendente muestra de autocontrol que
de otro modo estaría ausente, logré respetar sus deseos y acompañarla a
la oficina, cuando todo lo que quería hacer era levantarla en mis brazos
y correr en busca de ayuda.
Estaba aterrorizado y preocupado, y cada vez que ella gemía o se
hundía contra mí, mayor era mi ansiedad.
Sin embargo, después de haber pasado los últimos diez minutos fuera
de la oficina del director, escuchando al Sr. Twomey despotricar y
delirar, se me acabó esa preciosa paciencia.
¿Por qué no me la quitaba?
¿Por qué diablos seguía parado afuera de su oficina sosteniendo a una
chica medio en coma?
Él era el adulto aquí.
—Su madre está en camino —anunció el Sr. Twomey con un suspiro
de exasperación, deslizando su teléfono en el bolsillo—. ¿Cómo pudo
pasar esto, Johnny?
—Ya se lo dije. Fue un accidente —siseé mientras seguía sosteniendo
a la chica, manteniendo su pequeño cuerpo pegado a mi costado—.
Necesitas que Majella la revise —repetí por quincuagésima vez—, creo
que tiene una conmoción cerebral.
—Majella está de baja por maternidad hasta el viernes —ladró el Sr.
Twomey—. ¿Qué se supone que debo hacer con ella? No tengo
entrenamiento en primeros auxilios.
—Entonces será mejor que llame a un médico —le respondí
acaloradamente, todavía sujetando a la chica—, porque le rompí la
maldita cabeza.
—Cuida tu lenguaje, Kavanagh —espetó el Sr. Twomey.
Salí con el estándar:
—Sí, señor. —Sin importarme realmente una mierda y sin sentirme
particularmente arrepentido tampoco por ese asunto.
Mi papel en la academia de rugby significaba que me daban mucha
libertad en esta escuela, mucho trato preferencial que otros estudiantes
no recibían, pero no iba a forzarlo en mi primer día de regreso.
No cuando había agotado mi cuota mutilando a la chica nueva.
—¿Está bien, Srita. Lynch? —preguntó el Sr. Twomey, empujándola
como si fuera un pavo crudo del que no quería contagiarse de salmonella.
—Duele —gimió, hundiéndose en mi costado.
—Lo sé —la tranquilicé, acercándola más—. Lo siento mucho.
—Jesús, Johnny, esto es lo último que necesito —siseó el Sr.
Twomey, pasándose una mano por su cabello canoso—. Es su primer
día. Que sus padres vengan aquí destrozando la escuela es lo último que
necesito.
—Fue un accidente —dije con dientes apretados, enojado ahora. Ella
gimió e hice un esfuerzo consciente por bajar la voz cuando dije—:
Difícilmente quise lastimar a la chica.
—Sí, bueno, díselo a su madre cuando llegue —resopló el Sr.
Twomey—. Ya la sacaron de la Escuela Comunitaria Ballylaggin por
haber sido atacada verbal y físicamente. ¿Y qué sucede en su primer día
en Tommen? ¡Esto!
—No la ataqué —escupí—. Lancé mal una patada.
Acomodándola bajo mi brazo, miré a la llamada figura de autoridad.
—Espera —espeté, registrando sus palabras anteriores—. ¿Qué
quiere decir con que fue atacada?
Miré a la diminuta mujer debajo de mi brazo.
¿Quién podría atacarla?
Era tan pequeña.
Y frágil.
—¿Qué le ocurrió? —Me escuché preguntar, devolviendo la atención
al director.
—Creo que me voy a caer —dijo ella con voz ronca, distrayéndome
de mis pensamientos. Estirándose, agarró mi antebrazo con su pequeña
mano y suspiró—. Todo da vueltas.
—No dejaré que caigas —respondí automáticamente en un tono
tranquilizador—. Está bien. —La sentí resbalar y la levanté, aferrándome
a la pequeña cosa con todas mis fuerzas—. Te tengo —la tranquilicé,
apretando mi brazo alrededor de ella—. Estás bien.
—Mira, siéntate con ella —ordenó el Sr. Twomey, señalando el
banco que se alineaba en la pared exterior de su oficina—. Iré a buscar
una compresa o algo así.
—¿Me va a dejar con ella? —exigí, con la boca abierta—. ¿Solo?
El director no me respondió.
Por supuesto que no, el maldito cobarde, porque ya estaba a
kilómetros de distancia, desesperado por alejarse del tipo de
responsabilidad por la que le pagaban para supervisar.
—Idiota cobarde —gruñí por lo bajo.
Frustrado, nos dirigí hasta el banco de madera.
Dejando caer su mochila en el suelo, bajé con cuidado nuestros
cuerpos sobre el banco hasta que estuvimos sentados uno al lado del otro.
Mantuve mi brazo envuelto alrededor de sus pequeños hombros
huesudos, sin atreverme a apartarme de su lado por miedo a que se
cayera.
—Esto es simplemente genial —chasqueé la lengua, de mal humor—
. Jodidamente maravilloso.
—Te sientes tan cálido —susurró y sentí su mejilla rozar mi pecho
desnudo—. Como una bolsa de agua caliente.
—Está bien, realmente necesitas mantener los ojos abiertos —le dije,
aterrorizado por sus palabras.
Con las rodillas rebotando nerviosamente, la giré en mis brazos y
agarré su rostro entre mis manos.
—Oye —la insté, dándole a su rostro una pequeña sacudida con
ambas manos—. Oye… ¿chica? —agregué sin convicción porque ni
siquiera sabía su nombre. Casi había matado a la chica y no sabía su puto
nombre—. Abre los ojos.
No lo hizo.
—¡Oye, oye! —dije más fuerte ahora—. Mírame. —Sacudí su
cabeza—. Mira mi cara.
Esta vez lo hizo.
Abrió los ojos y jódeme, sin querer respiré fuerte.
Jesús, esta chica era hermosa.
Lo había notado antes, por supuesto, tenía un aspecto sorprendente,
pero ahora, al verla de cerca así y poder contar las pecas en su rostro,
once, por cierto, me di cuenta de lo impresionante que era.
Sus ojos azules eran grandes, redondos y jodidamente hermosos, con
pequeños matices de amarillo salpicados a través de ellos, bordeados por
largas y espesas pestañas.
Ni siquiera estaba seguro de haber visto ese tono de azul antes.
Ciertamente no sacudió nada en el banco de memoria.
Sin duda alguna, poseía el par de ojos más hermosos que había visto
en mi vida.
Tenía el cabello castaño oscuro, largo hasta los codos, espeso y rizado
en las puntas.
Y escondido detrás de la montaña de cabello había un pequeño rostro
en forma de corazón, piel suave y clara, y un pequeño hoyuelo en su
barbilla.
Cejas oscuras de forma perfecta que se arqueaban sobre esos ojos
asesinos suyos. Una diminuta nariz respingada, pómulos altos y estos
labios hinchados y rellenos.
Labios que eran de un color rojo rosado natural y parecía como si
hubiera estado chupando un helado o algo así, lo cual sabía que no era
así porque había pasado la última media hora tratando de mantenerla
despierta.
—Hola —dijo sin aliento.
Dejé escapar un suspiro de alivio.
—Hola.
—¿Ese es realmente tu rostro? —preguntó, con los ojos caídos,
mientras me estudiaba con una expresión vacía—. Es tan lindo.
—Eh, ¿gracias? —ofrecí incómodamente, todavía acunando sus
mejillas en mis manos—. Es el único que tengo.
—Me gusta —susurró—, es un buen rostro. —Justo antes de cerrar
los ojos nuevamente, hundiéndose hacia adelante.
—No, no, no —la insté, sacudiéndola bruscamente—. ¡Quédate
conmigo!
Gimiendo, parpadeó para despertarse de nuevo.
—Buen trabajo —elogié con una fuerte exhalación—. Ahora
mantente despierta.
—¿Quién eres? —graznó, dependiendo completamente de mis
manos para mantener su cabeza erguida.
—Soy Johnny —le dije, reprimiendo una sonrisa—. ¿Quién eres tú?
—Shannon —susurró. Sus párpados cayeron un poco, pero se
abrieron rápidamente cuando le di un golpecito en las mejillas—. Como
el río —agregó con un pequeño suspiro.
Me reí por su respuesta.
—Bueno, Shannon como el río —dije alegremente, desesperado por
mantenerla concentrada y hablando—. Tus padres están en camino.
Probablemente te llevarán al hospital para una revisión.
—Johnny —gimió y luego hizo una mueca—. Johnny. Johnny.
Johnny. Esto es malo…
—¿Qué? —insté—. ¿Qué es malo?
—Mi papá —susurró.
Fruncí el ceño.
—¿Tu papá?
—¿Puedes salvarme?
Fruncí el ceño.
—¿Necesitas que te salve?
—Mmm-hmm —murmuró adormilada—. Frota mi cabello.
Me sorprendí de su pedido.
—¿Quieres que te frote el cabello?
Asintió y se inclinó hacia adelante.
—Duele.
Acercándome más, ajusté su cuerpo para que su cabeza descansara
contra mi hombro, y mientras tomaba su rostro con una mano, usé la
otra para acariciar su cabello. Era una posición incómoda, pero lo logré.
Jesús, ¿qué diablos estaba haciendo?
Sacudí la cabeza para mí mismo, sintiéndome como un imbécil, pero
continué haciendo lo que me pidió de todos modos.
Iba bien, justo hasta que su rostro se plantó en mi entrepierna.
Sacudido por el contacto increíblemente íntimo, sin mencionar la
repentina sacudida de conciencia en mi pene y el dolor abrasador en mi
ingle, intenté apartar su rostro de mi entrepierna, pero ella gimió con
fuerza resistiéndose.
Y luego subió las piernas al banco y se acomodó para una buena
siesta en mi pene.
A la mierda mi vida.
Manteniendo mis manos en el aire y lejos de su cuerpo, porque
necesitaba una acusación de acoso sexual como necesitaba un agujero en
la cabeza, busqué a alguien que me ayudara, pero nadie vino.
Los pasillos estaban convenientemente vacíos de adultos.
A la mierda esta escuela.
Pensé en huir, pero difícilmente podía sacármela de encima.
Sí, porque romperle la cabeza no era suficientemente malo.
Entonces, simplemente me senté allí con su cabeza en mi regazo y su
mejilla acariciando mi pene y oré a Dios para que me diera la fuerza para
ignorar las sensaciones que crecían dentro de mí y no tener una erección.
Aparte de la razón obvia del horrendo momento, mi pene estaba roto.
Bueno, no era tanto mi pene roto como el área circundante, pero
ponerme duro podría hacer que me desmayara junto a ella.
Pero luego gimió y el sonido devolvió la preocupación y la
aprehensión, el desastre evitado.
Como si tuviera una mente propia, mi mano se movió a su cara.
—Estás bien —la tranquilicé, luchando contra mi ansiedad, el
impulso de cuidar a esta chica era un sentimiento nuevo e igualmente
aterrador para mí—. Shh, estás bien.
Retirándole el cabello de su mejilla, metí los mechones castaños
detrás de su oreja y luego seguí acariciando su dolorida cabeza.
Se le estaba formando un bulto impresionante en el cuero cabelludo
donde el balón hizo contacto, así que acaricié el área con las yemas de
los dedos, con un toque ligero como una pluma.
—¿Está bien así?
—Mmm. —Suspiró—. Está… bien.
—Bien —murmuré, aliviado, y continué con las caricias.
Una leve cicatriz me llamó la atención donde su sien se encontraba
con la línea del cabello.
Sin pensar en lo que estaba haciendo, pasé un dedo por la hendidura
de piel de un par de centímetros de largo y pregunté:
—¿Qué pasó aquí?
—¿Mmm?
—Aquí. —Pasé mi dedo sobre la vieja marca—. ¿De qué es esto?
—Mi papá —respondió ella, exhalando un profundo suspiro.
Mi mano se detuvo cuando mi cerebro registró su perturbadora
respuesta.
—¿Dilo de nuevo?
Cuando no respondió, usé mi otra mano para sacudir suavemente su
hombro.
—¿Shannon?
—¿Mmm?
Toqué la vieja cicatriz con la punta de mi dedo y dije:
—¿Me estás diciendo que tu papá te hizo esto? —Intenté mantener
mi tono calmado, pero fue un desafío con el impulso repentino de mutilar
y matar, burbujeando en mi interior.
—No, no, no —susurró.
—Entonces, ¿tu papá no hizo esto? —pedí confirmación—.
¿Definitivamente no lo hizo?
—Por supuesto que no —murmuró.
Gracias a Dios por eso.
Solté el aliento que no me había dado cuenta que había estado
conteniendo.
—¿Jimmy?
—Es Johnny.
—Oh, ¿Johnny?
—¿Sí?
—¿Estás enojado conmigo?
—¿Qué? —La pregunta, pronunciada en voz tan baja, me
desconcertó y la miré fijamente, sintiendo una punzada de protección en
el estómago—. No. No estoy enojado contigo —le dije, haciendo una
pausa por un largo momento, con los dedos detenidos, antes de
preguntar—: ¿Estás enojada conmigo?
—Creo que sí —susurró, volviendo a frotarse.
Mis ojos rodaron hacia atrás y contuve un gemido.
¡Ah, joder!
—No puedes hacer eso —le dije entre dientes, manteniendo su
cabeza quieta.
—¿Hacer qué? —Suspiró contenta, luego frotó su mejilla contra mi
muslo—. ¿Estar enojada?
—No —dije con voz ahogada, manteniendo su cabeza quieta una vez
más—. Enójate todo lo que quieras, sólo deja de frotar tu cabeza en mi
regazo.
—Me gusta tu regazo —dijo sin aliento, con los ojos cerrados—. Es
como una almohada.
—Sí, eh, bueno, eso es bueno y todo… —Hice una pausa para
detener su rostro con mis manos una vez más—. Pero estoy adolorido,
así que necesito que no hagas eso.
—¿Hacer qué?
—Frotarme —dije con voz ronca—. Ahí.
—¿Por qué estás dolorido? —Ella suspiró profundamente y
preguntó—: ¿Tú también estás roto?
—Probablemente —admití, moviendo su rostro hacia mi muslo
bueno, bueno, siendo el bueno el que dolía menos—. Quédate ahí, ¿de
acuerdo? —Era más una súplica que una orden—. No te muevas.
Obedeciendo, no volvió a mover la cabeza.
Usando mi mano libre para presionar contra la tensión que se
formaba en mi sien, pensé en toda la mierda en la que me iba a meter.
Estaba faltando a clase.
Tenía hambre.
Tenía entrenamiento del club esta noche.
Tenía una sesión de gimnasio organizada inmediatamente después
de la escuela con Gibsie.
Fisioterapia con Janice mañana después de la escuela.
Tenía un partido escolar el viernes.
Otra sesión de entrenamiento con los jóvenes el fin de semana.
Tenía una agenda condenadamente ocupada y no necesitaba este
drama.
Pasaron varios minutos en un doloroso silencio antes de que ella se
moviera de nuevo, y en ese tiempo, debatí todas las formas en que el Sr.
Twomey era un director incompetente.
Tenía una lista tan larga como mi brazo cuando trató de sentarse de
nuevo.
—Ten cuidado —le advertí, cerniéndome sobre ella como una madre
gallina.
La ayudé a ponerse en posición vertical y logré deslizarme del banco
en el proceso.
Cada músculo al sur de mi ombligo gritó en protesta, pero no me
alejé.
En lugar de eso, seguí agachándome frente a ella, manteniendo mis
manos a ambos lados de su cintura, esperando atraparla.
—¿Estás bien, Shannon?
Su largo cabello castaño caía hacia adelante, cubriendo su rostro
como una manta.
Asintió lentamente, con el ceño profundamente fruncido.
—Yo… eso creo.
Me derrumbé, mi alivio palpable.
—Bueno.
Entonces se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en los muslos,
con los ojos abiertos y mirándome fijamente, y de repente estaba
demasiado cerca para mi comodidad, y eso ya era decir algo
considerando que hacía no menos de dos minutos tenía su rostro en mi
regazo.
Estábamos demasiado cerca.
De repente, me sentí muy expuesto.
Mis manos se movieron de su cintura a sus muslos, una reacción
automática al hecho de que una mujer inclinara su rostro hacia el mío.
Rápidamente me controlé, retirando mis manos para descansar en el
banco.
Aclarándome la garganta, forcé una pequeña sonrisa.
—Estas viva.
—Apenas —susurró con una mueca de dolor, sus ojos azules me
quemaron, estudiándome con más claridad ahora—. Tienes una puntería
terrible.
Me reí de sus palabras.
Estaban tan lejos de la verdad que no pude evitarlo.
—Bueno, eso es algo nuevo —reflexioné—. No estoy acostumbrado
a que me critiquen por mi habilidad para patear un balón.
No era un diez natural, pero tenía una puntería decente y la
capacidad de patear desde larga distancia cuando era necesario.
—Sí —gruñó ella—. Bueno, tu habilidad para patear un balón casi
me mata.
—Punto justo —reconocí, haciendo una mueca.
Sin pensar dos veces en lo que estaba haciendo, estiré la mano y le
acomodé el cabello detrás de las orejas.
La sentí temblar por el contacto y rápidamente me regañé por el
movimiento.
No la toques, imbécil.
Mantén tus manos alejadas.
—Tu voz es extraña —anunció entonces, sus ojos azules fijos en los
míos.
Fruncí el ceño.
—¿Mi voz?
Asintió lentamente, luego gimió y tomó su rostro entre sus manos
una vez más.
—Tu acento —aclaró, respirando con dificultad—. No es un acento
de Cork.
Seguía agarrándose la cabeza, pero ahora estaba más alerta.
—Eso es porque no soy de Cork —respondí, incapaz de detenerme
de estirar la mano y alisar un mechón rebelde de su cabello—. Nací y me
crie en Dublín. —Me escuché explicar, colocando el mechón rebelde
detrás de su oreja—. Me mudé a Cork con mis padres cuando tenía once
años.
—Entonces, eres un Dub —afirmó, claramente divertida por la
información—. Un Jackeen.
Me burlé del término y le devolví uno de los míos.
—Y tú eres un Culchie.
—Mis primos viven en Dublín —me dijo.
—Oh, ¿sí? ¿Por dónde?
—Clondalkin, creo —respondió ella—. ¿Y tú?
—Blackrock.
—¿El lado sur? —Su sonrisa se ensanchó, los ojos más alertas
ahora—. Eres un chico elegante.
Arqueé una ceja.
—¿Te parezco elegante?
Se encogió de hombros.
—No te conozco lo suficiente como para decirlo.
No, no lo hacía.
—Bueno, no lo soy —agregué, incómodo ante la idea de que ella
hiciera un juicio preventivo sobre mí.
No debería importarme.
Demonios, normalmente nunca me importaba.
Entonces, ¿por qué estaba de mal humor ahora?
—Te creo. —Su pequeña voz interrumpió mis pensamientos—.
Nunca podrías ser elegante.
—¿Y por qué es eso?
—Porque maldices como un marinero.
Me reí de su razonamiento.
—Sí, probablemente tengas razón en eso.
Se rio junto a mí, pero rápidamente se detuvo y gimió, agarrándose
las sienes.
El arrepentimiento se disparó dentro de mí.
—Lo siento —le dije, ahora con un tono áspero y grueso.
—¿Por qué? —susurró, pareciendo inclinarse más cerca mientras se
mordía el labio inferior.
—Por lastimarte —respondí honestamente.
Cristo, mi voz ni siquiera sonaba como si me perteneciera. Estaba
tenso… crudo.
Me aclaré la garganta y agregué:
—No volverá a suceder.
—¿Lo prometes?
Ahí iba ella con las promesas de nuevo.
—Sí —dije, ahora con un tono denso—. Lo prometo.
—Dios —gimió, haciendo una mueca ahora—. Todos se van a reír
de mí.
Esas palabras, esa pequeña frase de mierda, trajo a la vida una
extraña emoción de mierda que no había experimentado antes.
—Estoy tan avergonzada —continuó murmurando, con los ojos
bajos—. Seré la burla de la escuela.
—Mírame.
No lo hizo.
—Oye… —Hice una pausa y le levanté la barbilla con el pulgar y el
índice. Una vez que estuve satisfecho de haber vuelto a tener su atención,
continué—: Nadie va a decir una palabra sobre ti.
—Pero todos me vieron…
—Nadie va a abrir la boca al respecto. —Al darme cuenta de que mi
tono estaba rozando el enfado, lo bajé un poco y lo intenté de nuevo—.
Ni el equipo, ni el entrenador, ni nadie más. No se los permitiré.
Parpadeó confundida.
—¿No se los permitirás?
—Así es —confirmé con un asentimiento—. No los dejaré.
—¿Lo prometes? —susurró, una pequeña sonrisa tiró de sus labios
hinchados.
—Sí —respondí bruscamente, sintiendo que haría todas las malditas
promesas del mundo sólo para hacer que esta chica se sintiera mejor—.
Tengo tu espalda.
—No, tienes mi cabeza —dijo con voz ronca. Miró su cuerpo y
suspiró—. En realidad, creo que arruinaste todo de mí.
Joder, gracias por eso, porque me arruinaste todo en este momento, pensé
para mis adentros.
Jesús, ¿de dónde diablos salió eso?
Parpadeando ante el pensamiento, me decidí por un comentario más
seguro:
—Haré que mi gente llame a tu gente para resolver la cuenta —
comenté en su lugar.
Eso le arrancó una sonrisa, una sonrisa adecuada, no tímida ni
pequeña.
Era una sonrisa auténtica a plena fuerza.
Era tan jodidamente bonita.
Odiaba esa palabra, bonita era una palabra cobarde que usaban las
mujeres y los ancianos, pero eso era ella.
Maldición, tenía la sensación de que su bonito rostro estaría grabado
en mi mente durante mucho tiempo.
Pero fueron esos ojos salvajes los que realmente me llamaron la
atención y tuve la loca necesidad de buscar en Google las tablas de
colores de ojos sólo para poder descubrir el maldito color azul en sus
ojos.
Lo haría más tarde, decidí.
Espeluznante o no, necesitaba saberlo.
—Entonces —presioné mi suerte preguntando—, ¿es tu primer día?
Asintió de nuevo, la sonrisa vacilando muy poco.
—¿Cómo te va?
Una pequeña sonrisa inclinó sus labios hacia arriba.
—Iba muy bien.
—Correcto. —Me encogí—. Lo siento de nuevo.
—Está bien —susurró, estudiando mi rostro con esos grandes ojos—
. Y puedes dejar de pedir perdón ahora. Te creo.
—¿Me crees?
—Sí. —Asintió y luego exhaló un fuerte suspiro—. Te creo cuando
dices que fue un accidente —exclamó—. No creo que hayas lastimado
intencionalmente a nadie.
—Bueno, eso es bueno. —No tenía idea de por qué pensaría lo
contrario, pero no iba a cuestionar a la chica. No cuando la había medio
atacado—. Porque yo no lo haría.
Volvió a quedarse callada, alejándose de mí, y me descubrí
devanándome los sesos buscando algo que decir.
No tenía ninguna explicación de por qué quería que siguiera
hablándome. Supongo que podría reducirlo a la necesidad de mantenerla
consciente.
Pero en el fondo sabía que esa no era la razón.
Luchando en mi cerebro por encontrar algo que decir, solté:
—¿Tienes frío?
Ella me miró con una expresión somnolienta.
—¿Eh?
—Frío —repetí, resistiendo el impulso de pasar mis manos arriba y
abajo de sus brazos—. ¿Estás lo suficientemente cálida? ¿Debería traerte
una manta o algo así?
—Estoy… —Hizo una pausa y se miró las rodillas. Soltando un
pequeño suspiro, volvió a mirarme a la cara y dijo—: En realidad, estoy
caliente.
—Una evaluación completa y jodidamente precisa.
La respuesta altamente inapropiada salió de mi boca antes de que
tuviera la oportunidad de detenerme.
Rápidamente lo seguí tocando su frente, mi patético intento de
controlar su temperatura y luego asintiendo solemnemente.
—Definitivamente estás caliente.
—Te lo dije. —Sus grandes ojos estaban muy abiertos y fijos en los
míos—. Estoy muy, muy caliente.
Dios.
Maldición.
—Entonces —lancé casualmente, tratando de distraerme de mis
pensamientos díscolos—. ¿En qué año estas?
Por favor, di que en quinto año.
Por favor.
Por favor.
Por favor, Dios, haz que diga quinto año.
—Tercer año.
Sí, y eso fue todo.
Ella estaba en tercer año.
Y así, como por arte de magia, vi cómo mi sueño de cinco minutos
se desvanecía por la ventana.
Joder. Mi. Vida.
—¿Y tú? —preguntó entonces, con voz suave y dulce.
—Estoy en quinto año —le dije, distraído por la repentina y
prominente punzada de decepción que se arremolinaba dentro de mí—.
Tengo diecisiete y dos tercios.
—Y dos tercios. —Se rio—. ¿Los tercios son importantes para ti o
algo así?
—Lo son ahora —murmuré por lo bajo. Con un suspiro de
resignación, la miré y le expliqué—: Debería estar en sexto año, pero
repetí sexto cuando me mudé a Cork. Cumpliré dieciocho en mayo.
—Oye, ¡yo también!
—¿Tú también qué? —pregunté con cautela, tratando de no hacerme
ilusiones, pero era algo difícil de hacer con ella sentada tan cerca.
—Repetí una clase en la escuela primaria.
—¿Sí? —Me enderecé, un rayo de esperanza brilló dentro de mí—.
Entonces, ¿cuántos años tienes?
Por favor, ten diecisiete.
Por favor, tírame un hueso y dime que tienes diecisiete años.
—Tengo quince.
A la mierda mi suerte.
—No puedo pensar cuáles son las fracciones para cumplir dieciséis
en marzo. —Frunció el ceño por un momento antes de agregar—: Soy
mala en matemáticas y me duele la cabeza.
—Diez doceavos —dije sombríamente.
Ugh.
Sólo jodidamente ugh.
Yo cumpliría dieciocho en mayo y ella todavía tendría dieciséis por
otros diez meses.
No.
No hay manera en el infierno.
Ni de casualidad.
Maldito mal plan, Johnny.
—¿Tienes novio?
Ahora, ¿por qué diablos tenía que preguntar eso?
¡Eres casi dos años mayor que esta chica, imbécil!
Ella es demasiado joven para ti.
Sabes las reglas.
Baja de una puta vez.
—No —respondió lentamente, sus mejillas se sonrojaron—. ¿Tú?
—No, Shannon. —Sonreí—. No tengo novio.
—No quise decir… —Haciendo una pausa, exhaló un suspiro y se
mordió el labio inferior, claramente nerviosa—. Me refería…
—Sé lo que quisiste decir —llené, incapaz de evitar que mi sonrisa se
extendiera, mientras volvía a acomodar ese rizo errante detrás de su
oreja—. Sólo estaba jugando contigo.
—Oh.
—Sí —bromeé—. Oh.
—¿Y? —presionó, con voz pequeña. Bajó la mirada a su regazo antes
de volver su atención a mi rostro—. ¿Tú…
—¡Shannon! —gritó una voz femenina con pánico, distrayéndonos a
ambos—. ¡Shannon!
Dirigí mi mirada hacia la mujer alta y de cabello oscuro que corría
por el pasillo hacia nosotros, luciendo un pequeño bulto de embarazo.
—¡Shannon! —exigió, acercándose a nosotros—. ¿Qué sucedió?
—Mamá —dijo Shannon con voz ronca, volviendo su atención a su
madre—. Estoy bien.
Muy incómodo al ver el estómago protuberante de su madre, tomé
esto como mi momento para alejarme de su hija menor.
Las mujeres embarazadas me ponían nervioso, pero no tanto como
Shannon como el río.
Me puse de pie e hice ademán de alejarme, sólo para ser acorralado
por lo que solamente podría describir como una madre osa trastornada.
—¿Qué le hiciste a mi hija? —demandó, pinchando mi hombro con
su dedo—. ¿Y bien? ¿Pensaste que era divertido? ¿Por qué, en el nombre
de Dios, los niños son tan jodidamente crueles?
—¿Qué…? ¡No! —respondí, con las manos en alto en retirada—. Fue
un accidente. No quise lastimarla.
—Sra. Lynch —la tranquilizó el director, interponiéndose entre la
mujer y yo—. Estoy seguro de que si todos nos sentamos y hablamos de
esto…
—No —ladró la Sra. Lynch, con la voz cargada de emoción—. ¡Me
aseguraste que este tipo de cosas no pasarían en esta escuela y mira lo
que pasó en su primer día! —Se volvió para mirar a Shannon y su
expresión se hundió en el dolor—. Shannon, ya no sé qué hacer contigo.
—La mujer sollozó—. Realmente no, cariño. Pensé que este lugar sería
diferente para ti.
—Mamá, él no tuvo la intención de lastimarme —dijo Shannon,
defendiendo mi caso. Sus ojos azules se posaron en mí por un breve
momento antes de volver a su madre—. Realmente fue un accidente.
—¿Y cuántas veces me has dicho eso? —preguntó su madre con
cansancio—. No necesitas cubrirlo, Shannon. Si este chico te está
haciendo pasar un mal rato, entonces dilo.
—No lo estoy —protesté al mismo tiempo que Shannon gritaba—:
No lo está.
—Cállate, tú —siseó su madre, empujándome con fuerza en el
pecho—. Mi hija puede hablar por sí misma.
Apretando los dientes, de hecho, me callé.
No iba a ganar ninguna disputa verbal con su madre.
—Fue un completo accidente —repitió Shannon, con la barbilla
sobresaliendo desafiante, todavía sosteniendo su cabeza con su pequeña
mano—. ¿Crees que estaría aquí ayudándome si fuera a propósito?
Eso le dio a la mujer una pausa para pensar.
—No —admitió finalmente—. No, supongo que no lo haría. ¿Qué
diablos estás usando?
Shannon se miró a sí misma y se puso escarlata.
—Me rasgué la falda cuando me caí por el lodo —dijo con un trago
profundo—. Johnny… uh, me dio su jersey para que nadie viera mis…
mis… bueno, mis bragas.
—Uh, sí, aquí tienes —murmuré mientras sacaba el trozo de tela gris
de la cintura de mis pantalones cortos y se lo tendía a su madre—. Yo,
eh, rompí eso también.
Su madre me arrebató la falda y di un paso seguro hacia atrás.
—Déjame aclarar esto —exigió su madre, su mirada parpadeando
entre Shannon y yo. El reconocimiento brilló en sus ojos azul pálido, de
qué no tenía ni puta idea porque me sentía despistado en este momento—
. ¿Te golpeó, te arrancó la ropa y luego te puso su jersey?
Murmuré una serie de maldiciones y pasé una mano por mi cabello.
Sonaba tan jodidamente mal cuando lo dijo así.
—Yo no…
—Él me ayudó, mamá —interrumpió Shannon.
Se movió para ponerse de pie, y como el imbécil que era, me moví
para ayudarla, captando una mirada cada vez más estrecha de su madre.
Fui a ella de todos modos.
Que se jodan todos.
Había visto a esta chica medio inconsciente hace una hora.
No iba a arriesgarme con ella.
—Mamá. —Shannon suspiró—. Él estaba entrenando fútbol y el
balón me golpeó.
—Rugby —intervino el Sr. Twomey con orgullo—. Nuestro Johnny
es el mejor jugador de rugby que el Colegio Tommen ha visto en
cincuenta años.
Puse mis ojos en blanco.
Este no era el momento de estar alabándome, o de la empresa.
—Fue un error honesto —agregué con un encogimiento de hombros
impotente—. Y pagaré por su uniforme.
—¿Y qué se supone que significa eso? —exigió su madre.
Fruncí el ceño.
—Significa que voy a pagar por su uniforme —repetí lentamente—.
Su falda…
—Y medias —intervino Shannon.
—Y sus medias. —Le dediqué una sonrisa indulgente y rápidamente
me puse serio cuando me encontré con una mirada mortal de su madre—
. Reemplazaré todo.
—¿Porque no tenemos dinero? —ladró la Sra. Lynch—. ¿Porque no
puedo permitirme vestir a mi propia hija?
—No —dije lentamente, confundido como el infierno por la
incubadora humana que me declaraba una guerra silenciosa—. Porque
es mi culpa que estén arruinados.
—Bueno, no, gracias, Johnny —resopló ella—. Mi hija no es un caso
de caridad.
Cristo.
Esta mujer era otra cosa.
Lo intenté de nuevo:
—Nunca dije que lo fuera, Sra. Lynch…
—Detente, mamá —gimió Shannon, con las mejillas rojas—. Él sólo
está tratando de ser amable.
—Lo amable hubiera sido no agredirte en tu primer día —resopló la
Sra. Lynch.
Ahogué un gemido.
No iba a ganar ningún concurso de popularidad con esta mujer, eso
seguro.
—Lo siento —solté la palabra por centésima maldita vez.
—Johnny —dijo el Sr. Twomey, aclarándose la garganta—. ¿Por qué
no regresas y te cambias a tu uniforme y vas a tu próxima clase?
Me derrumbé aliviado, encantado ante la perspectiva de alejarme de
esta mujer loca.
Di unos pasos en dirección a la entrada principal, luego me detuve,
vacilando.
¿Debería dejarla?
¿Debería quedarme?
Alejarse no se sentía como lo correcto.
Inseguro, me moví para dar la vuelta, pero fui derribado con una
orden de ladridos.
—¡Sigue caminando, Johnny! —ordenó su madre, señalándome con
un dedo.
Así que lo hice.
Estableciendo Leyes y Rompiéndolas
Johnny
Cuando regresé al vestuario, después de un desvío al comedor para
hablar con la subdirectora, la Sra. Lane, el equipo había terminado con
la práctica y la mayoría de los chicos habían terminado de ducharse.
Ignorando los comentarios ahogados y las miradas cuando entré, fui
directamente a Patrick Feely, me disculpé por haber sido un imbécil con
él antes, lo zanjamos y luego me dirigí al banco.
Hundiéndome junto a mi bolsa de equipo, estiré las piernas, apoyé
mi cabeza contra la pared fría y losa detrás de mí, y exhalé un profundo
suspiro mientras mi cerebro funcionaba a toda marcha, obsesionado con
cada detalle de los eventos del día.
Que puto día.
Acosador.
Yo no era un matón.
Nunca antes había visto a la chica en mi vida.
Al parecer, esa pequeña joya de información se perdió en nuestra
subdirectora, quien había sido llamada por el Sr. Twomey para ayudar a
disipar el drama.
Después de un regaño de diez minutos con la mano derecha de
Twomey, me habían dado instrucciones estrictas de mantenerme alejado
de la chica Lynch.
Su madre pensó que la estaba acosando y no quería que me acercara
a su hija.
Si volvía a acercarme a ella, me enfrentaría a una suspensión
inmediata.
Era una completa y absoluta tontería y esperaba que Shannon tuviera
la decencia de aclararlo y defenderme.
A la mierda.
Lo que sea.
Me mantendría alejado.
No necesitaba la molestia.
Las chicas eran una maldita complicación que no necesitaba; incluso
las pequeñas con salvajes ojos azules.
Maldita sea, ahora estaba pensando en sus ojos otra vez.
Todavía tiene tu jersey, noté mentalmente, lo que me entristeció por
una razón completamente diferente.
Era nueva y sólo la había usado esta maldita vez.
Sin embargo, se veía mejor en ella, reconocí a regañadientes.
Ella podría quedársela.
Sólo esperaba que no la tirara.
Tendría que pagar ochenta libras para reemplazar la maldita cosa.
—¿Estás bien, chico Johnny? —preguntó Gibsie, interrumpiendo mis
pensamientos, mientras se dejaba caer en el banco a mi lado. Estaba
recién duchado y vestido con su bóxer—. ¿Cómo está la chica? —añadió,
inclinándose para hurgar en su bolsa de equipo.
Sacudiendo la cabeza, me giré para mirarlo.
—¿Eh?
—La joven —explicó, recuperando una lata de desodorante—.
¿Quién es ella?
—Shannon —murmuré—. Es nueva. Va en tercer año. Hoy es su
primer día.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, rociando cada axila con Lynx
antes de arrojar la lata de regreso a su bolso y alcanzar sus pantalones
escolares grises—. Parecía fuera de sí.
—A la mierda si lo sé, hombre. Creo que realmente le afecté el
cerebro —murmuré con un encogimiento de hombros impotente—. Su
madre la llevará al hospital para que la revisen.
Gibsie hizo una pausa, frunciendo el ceño.
—Mierda.
—Sí —estuve de acuerdo sombríamente—. Mierda.
—Jesús, eso debe haber sido mortificante para ella. —Deslizando sus
pies en sus pantalones, se puso de pie y los subió hasta sus caderas—.
Exhibir tu trasero para el equipo de rugby en tu primer día.
—Sí —respondí, porque ¿qué más podía decir?
Fue humillante para ella y yo fui responsable de eso.
Dejé escapar un suspiro de frustración.
—¿Se dijo algo sobre ella? —Miré a mis compañeros de equipo y
luego a mi mejor amigo con una sola cosa en mente. Control de daños—.
¿Hablaron de ella?
Gibsie levantó las cejas ante mi pregunta.
En realidad, creo que las cejas levantadas y la expresión de sorpresa
tenían más que ver con el tono de mi voz.
—Bueno —comenzó lentamente—. Tuvo su vagina y culo en
exhibición, Cap, un culo muy bonito que combina con el resto muy
bonito de ella, así que sí, muchacho. Se ha hablado.
—¿Qué tipo de conversación? —dije con los dientes apretados,
sintiendo una oleada irracional de ira hervir dentro de mí.
No tenía ni puta idea de dónde venía la agitación, pero estaba ahí,
era fuerte y me estaba haciendo sentir medio demente.
—Interés, muchacho —explicó Gibs con calma, mucho más
tranquilo que yo—. Mucho interés. —Metiendo la mano en su bolso,
sacó su camisa blanca de la escuela y se la puso—. En caso de que se te
haya escapado, y por tu reacción sé que no fue así, esa chica está
buenísima.
Se abotonó la camisa con manos firmes.
Mientras tanto, estaba temblando con una energía que necesitaba ser
expulsada de mi cuerpo y rápidamente.
—Ella es hermosa, es nueva y los muchachos sienten… curiosidad —
agregó, eligiendo sus palabras con cuidado—. Lo nuevo siempre es
divertido… —hizo una pausa, sonriendo, antes de agregar—: hermoso
es mejor.
—Se acabó —gruñí, molesto por la idea de mis compañeros de
equipo hablando de ella.
Vi esa mirada en sus ojos.
Lo escuché en su voz.
Esa vulnerabilidad.
Ella no era como las demás.
Esta chica era diferente.
Apenas la conocía, pero me di cuenta de que esta necesitaba
cuidados.
Algo le había pasado a Shannon Lynch, algo lo suficientemente malo
como para que cambiara de escuela.
No me sentó bien.
—Sí. —Se rio entre dientes mientras terminaba con su camisa y se
colgaba la corbata roja—. Buena suerte con eso, hombre.
—Tiene quince años —advertí, tensándome.
Dieciséis en marzo, pero aun así.
Durante los siguientes dos meses, todavía tenía quince años.
—Es demasiado joven.
Gibsie resopló.
—Dice el idiota que ha estado metiendo el pene en cualquier cosa
con pulso desde el primer año.
Gibsie dio en el clavo con esa declaración.
Por el amor de Dios, perdí mi virginidad en primer año con Loretta
Crowley, que era tres años mayor que yo, y tenía mucha más experiencia
que yo, detrás de los cobertizos de la escuela después de la escuela.
Sí, eso fue un desastre.
Estaba todo nervioso y con movimientos torpes, muy consciente de
que era demasiado joven para meter mi pene en otra cosa que no fuera
mi mano, pero debo haber hecho algo bien porque Loretta felizmente se
unió a mí detrás de los cobertizos la mayoría de los días después de la
escuela durante varios meses antes de que yo estuviera demasiado
ocupado con el entrenamiento y pusiera fin a nuestras reuniones.
Si tuviera que decir qué tipo de mujer me interesa, no serían rubias o
morenas, con curvas o flacas.
Mi tipo era mayor: cada chica con la que había estado tenía al menos
un par de años más que yo.
A veces muchos más.
No era un fetiche ni nada.
Simplemente disfrutaba el aura libre de drama que las chicas mayores
aportaban a la mesa.
Las disfrutaba cuando estaba con ellas y luego lo disfrutaba aún más
cuando no lo estaba.
Eso no quiere decir que no me gustara mucho la chica con la que
estaba cuando estaba con ella.
Lo hizo.
Y también era leal.
Yo no andaba por ahí.
Si una chica quería exclusividad, sin ataduras, entonces estaba más
que feliz de complacerla. No disfrutaba la caza o la persecución que
atraía a la mayoría de los muchachos. Si una chica esperaba que la
persiguiera, estaba buscando al chico equivocado. No estaba en posición
de ser material de novio en este momento. No era que no quisiera una
novia; simplemente no tenía tiempo para una. No tenía tiempo para citas
consistentes ni ninguna de esas demandas.
Estaba muy ocupado.
Era otra razón por la que prefería a las chicas mayores.
No esperaban milagros de mí.
En este momento, por ejemplo, estaba tonteando con Bella
Wilkinson desde sexto año y lo había estado desde abril del año pasado.
Al principio, me gustaba Bella porque no me asfixiaba. A los
diecinueve años, me llevaba un par de años, no me impuso un estándar
invisible que no podía o no quería cumplir, y después, podía irme y
concentrarme en el rugby, mientras ella me dejaba a mis anchas.
Pero después de unos meses, rápidamente me di cuenta de que Bella
no estaba interesada en mí.
Era la mierda que venía con estar conmigo.
Todo era cuestión de estatus con Bella, y cuando me di cuenta, estaba
demasiado cómodo y demasiado perezoso para hacer algo al respecto.
Ella quería mi pene.
Eso era todo.
Bueno, mi pene y mi estatus.
Ahora, me quedé porque ella me resultaba familiar y yo era perezoso.
Bella tenía una expectativa de mí, un requisito que, hasta hace un par
de meses, yo era más que capaz de cumplir.
No había estado haciendo mucho con Bella desde antes de mi cirugía,
no había puesto un dedo sobre la chica desde principios de noviembre,
cuando se volvió demasiado doloroso para siquiera contemplarlo, pero
mi punto era que cuando sucedía, era sólo sexo para mí.
Una liberación constante.
En algún lugar en el fondo de mi mente, reconocí que esta era una
actitud poco saludable hacia la vida y las relaciones con el sexo opuesto,
y que probablemente estaba profundamente hastiado, pero era difícil
seguir siendo un niño cuando vivía en un mundo de hombres.
Tampoco ayudaba que estaba jugando al rugby a un nivel en el que
estaba rodeado de hombres mucho mayores que yo.
Conversaciones que estaban destinadas a personas mucho mayores
que yo.
Mujeres que estaban destinadas a hombres mucho mayores que yo.
No chicas, sino mujeres.
Jesús, si mi madre conociera a la mitad de las mujeres que se me
ofrecieron, mujeres adultas, me sacaría de La Academia y me encerraría
en mi habitación hasta que cumpliera veintiún años.
En cierto modo, me robaron la infancia por mi habilidad para jugar
al rugby.
Crecí muy rápido, asumiendo el papel de un hombre cuando era poco
más que un niño; entrenado y empujado, presionado y defendido.
No tuve una vida social ni infancia.
En cambio, tenía expectativas y una carrera.
El sexo era la recompensa que me permitía por ser, bien, bueno.
Por controlar todo lo demás en mi vida.
Por equilibrar mi escuela y mi deporte con un control prístino y una
voluntad de hierro.
Yo no era el único así.
Aparte de un par de muchachos con novias desde hace mucho
tiempo, el resto de los muchachos de La Academia eran tan malos como
yo.
En realidad, eran peores.
Yo era discreto.
Ellos no.
—No estamos hablando de mí —le dije a Gibsie, arrastrando mi
atención de vuelta al presente, mi ira creciendo por segundos—. Ella es
una maldita niña, demasiado joven para todos ustedes, pequeños
imbéciles cachondos, y todos los imbéciles en esta sala deben respetar
eso.
—¿Quince es una niña? —respondió Gibsie, luciendo confundido—.
¿De qué mierda estás hablando, Johnny?
—Quince años es joven —ladré, frustrado—. E ilegal.
—Vaya. —Gibsie sonrió a sabiendas—. Ya veo.
—No ves una mierda, Gibs —le respondí.
—¿Desde cuándo te empezó a importar una mierda lo que cualquiera
de nosotros haga?
—No me importa. Haz lo que sea y con quien diablos quieras —
respondí acaloradamente—. Simplemente no ella.
Su sonrisa creció, claramente incitándome, cuando bromeó:
—Sigue hablando así y voy a empezar a pensar que te estás
ablandando por la chica.
—No estoy bromeando —respondí, mordiendo el anzuelo.
—Relájate, Johnny —dijo Gibsie con un suspiro—. No tengo
intención de acercarme a la chica.
—Bien.
Solté un suspiro que no me había dado cuenta que había estado
conteniendo.
—Sin embargo, no puedo responder por el resto de ellos —agregó,
señalando con el pulgar detrás de él.
Asintiendo rígidamente, dirigí mi atención al vestidor ocupado y me
puse de pie, crispado por la agitación.
—Escuchen —ladré, atrayendo la atención de todos hacia mí—. ¿Esa
chica que estuvo en la cancha antes?
Esperé hasta tener la atención de mis compañeros de equipo y luego
esperé a que la comprensión cruzara sus rostros antes de empezar una
diatriba.
—¿Lo que le pasó a ella hoy? Sería vergonzoso para cualquiera y
especialmente para una chica. Entonces, no quiero escuchar una palabra
de eso repetida en la escuela o en la ciudad. —Mi voz adquirió un tono
amenazante cuando dije—: Si llega a mis oídos que alguno de ustedes ha
estado hablando de ella… bueno, no tengo que explicar lo que sucederá.
Alguien se rio y volteé mi mirada hacia el culpable.
—Tienes dos hermanas, Pierce —espeté, mirando con furia al
prostituto de cara roja—. ¿Cómo te sentirías si eso le pasara a Marybeth
o a Cadence? ¿Te gustaría que los muchachos hablaran de ella así?
—No, no me gustaría. —Pierce enrojeció aún más—. Lo siento, Cap
—murmuró—. No lo escucharás de mí de nuevo.
—Buen hombre —respondí, asintiendo antes de mirar al equipo—.
No le cuenten a nadie lo que pasó con su ropa, ni a sus compañeras de
almohada ni a sus amigos. Ya pasó. Se borró. Nunca sucedió… y
mientras estamos en el tema, no hablen con ella —agregué, ahora en un
discurso, mis órdenes esta vez por razones completamente egoístas en las
que no me atrevía a pensar demasiado—. No se hagan ninguna idea
sobre ella. De hecho, no la miren en absoluto.
Para ser justos con ellos, la mayoría de los jugadores veteranos del
equipo simplemente asintieron y volvieron a lo que habían estado
haciendo antes de mi arrebato, haciéndome saber que estaba siendo
irracional al respecto.
Pero luego estaba el jodido Ronan McGarry y su maldita boca con la
que lidiar.
No me gustaba este chico, no podía soportarlo si era honesto.
Era un gritón de tercer año que se pavoneaba por la escuela como si
fuera el rey de la colina.
Su actitud arrogante sólo se había magnificado en molestia este año
cuando lo incorporaron al equipo de último año de la escuela después de
que una lesión en el ligamento cruzado anterior terminara la temporada
de Bobby Reilly antes de tiempo.
McGarry era un jugador de rugby mediocre en el mejor de los casos,
jugando medio scrum para la escuela esta temporada, y un maldito dolor
en mi trasero para cubrir en el campo.
Sólo estaba en el equipo en primer lugar porque su madre era la
hermana del entrenador. Ciertamente no era por su talento.
Me daba un gran placer bajarle los humos uno o diez peldaños en
cualquier oportunidad que tuviera.
—¿Por qué? —se burló desde la seguridad del extremo opuesto del
vestidor—. ¿Estás reclamándola? —El pequeño hijo de puta rubio,
alentado por un par de sus amigos calentadores de banco, continuó—:
¿Es tuya ahora o algo así, Kavanagh?
—Bueno, ciertamente no es tuya, cara de imbécil —respondí sin
dudarlo—. No es que te incluyera a ti en esa declaración. —Resoplando,
lo miré de arriba abajo lentamente con fingido disgusto antes de
agregar—: Sí, no eres un problema para mí.
Varios de los muchachos estallaron en carcajadas a expensas de
McGarry.
—Vete a la mierda —escupió.
—Auch. —Fingí estar herido y luego le sonreí a través de la
habitación—. Eso dolió mucho.
—Ella está en mi clase —dijo.
—Bien por ti. —Aplaudí, sin gustarme un poco esta nueva
información, pero ocultando mi molestia con una gran dosis de
sarcasmo—. ¿Quieres una medalla o un trofeo por eso?
Volviendo mi atención a mi equipo, agregué:
—Ella es joven, muchachos, demasiado joven para cualquiera de
ustedes. Así que aléjense.
—No para mí —dijo el pequeño imbécil—. Ella tiene la misma edad
que yo.
—No. No es una cuestión de edad para ti —respondí de manera
uniforme—. Ella es demasiado buena para ti.
Más risas a su costa.
—Todo el mundo puede actuar como si fueras una especie de dios en
esta escuela —gruñó—, pero ella es un juego limpio en lo que a mí
respecta. —Inflando su pecho como un gorila rebelde, me sonrió—. Si la
quiero, la tendré.
—¿Juego limpio? —Solté una carcajada—. ¿Si la quieres, la tendrás?
Cristo, chico, ¿en qué mundo estás viviendo?
Las mejillas de Ronan se sonrojaron.
—Vivo en el mundo real —escupió—. Aquel en el que la gente tiene
que trabajar por lo que obtiene y que no se lo entreguen porque están en
la Academia.
—¿Tú crees? —Arqueé una ceja, inclinando mi cabeza hacia un lado
para examinarlo—. Al parecer no cuando estás lo suficientemente
engañado como para pensar que me han dado todo en mi vida, y
especialmente cuando te refieres a las chicas como un juego justo. —
Sacudiendo la cabeza, agregué—: Son chicas, McGarry, no cartas de
Pokémon.
—Dios, te crees tan genial, ¿no? —espetó, con la mandíbula
apretada—. ¡Crees que eres jodidamente increíble! Bueno, no lo eres.
Aburriéndome de sus payasadas, negué con la cabeza y le dije:
—Lanza tu anzuelo, niño. No voy a jugar este juego contigo hoy.
—¿Por qué no nos haces un favor a todos y lanzas tu anzuelo,
Johnny? Desearía que te fueras a la mierda con las juveniles y terminaras
con esto —rugió, con el rostro tornándose de un feo tono púrpura—.
Para eso estás en La Academia, ¿verdad? —demandó, con un tono
furioso—. ¿Para ser condicionado? ¿Para subir de rango y obtener un
contrato? —Resoplando, gruñó—: Entonces, muévete. Deja Tommen.
Vuelve a Dublín. ¡Toma tus contratos y vete a la mierda!
—La educación es muy importante, Ronan. —Sonreí, disfrutando de
su odio hacia mí—. La Academia nos enseña eso.
—Apuesto a que ni siquiera los dirigentes irlandeses te quieren —
respondió enojado—. Toda esta charla sobre que te unirás a la sub20 en
el verano es una mierda que tú mismo te inventaste.
—Niño, tienes que alejarte ahora —intervino Hughie Biggs, nuestro
número diez y buen amigo mío, con un suspiro—. Suenas como un
maldito payaso.
—¿Yo? —ladró Ronan, mirando a través de la habitación a Hughie—
. Él es el imbécil que camina por esta ciudad como si fuera su dueño,
recibe un trato especial de los maestros y les da órdenes a todos. ¡Y
simplemente lo aceptan!
—Y estás apestando la habitación con tus celos —respondió Hughie
con un tono perezoso—. Déjalo, niño —agregó, pasando una mano por
su cabello rubio, mientras se paraba a mi lado y de Gibs—. Te estás
comportando como un verdadero idiota.
—¡Deja de llamarme niño! —rugió Ronan, con la voz entrecortada,
mientras cargaba hacia nosotros—. ¡No soy un maldito niño!
Ni Gibsie, ni Hughie ni yo nos movimos ni un centímetro, todos muy
entretenidos con su rabieta.
Ronan había sido un problema para el equipo desde septiembre;
desafiando órdenes, rompiendo filas, haciendo piruetas en la cancha que
casi nos cuestan varios partidos.
Este pequeño arrebato suyo no era el primero.
Era sólo otro en una larga lista de muchos berrinches.
Era ridículo y necesitaba controlarse.
Si su tío no estaba preparado para hacerlo, entonces yo lo estaba.
—Él es tu capitán —intervino Patrick Feely, para mi sorpresa,
cuando él y varios miembros del equipo se acercaron y se pararon frente
a mí, bloqueando el patético intento de McGarry de exaltar poder y
mostrándome su apoyo—. Muestra un poco de respeto, McGarry.
Bueno, mierda.
Me sentía terrible ahora.
Miré a Feely, con los ojos llenos de remordimiento por mis payasadas
anteriores en el campo.
La mirada que me dio me aseguró que, para él, fue olvidado hace
mucho tiempo.
Aun así, no me sentaba bien.
McGarry tenía razón en una cosa; recibía un trato preferencial en la
ciudad.
Trabajaba como un perro en la cancha y era recompensado
fabulosamente fuera de ella.
Usaría esa influencia para invitar a Feely una pinta en Biddies el fin
de semana, a Gibs y a Hughie también.
—Corre a casa con mamá, Ronan —ordenó Gibsie, empujándolo
hacia la salida de los vestidores—. Tal vez ella sacará tus Legos. —
Abriendo la puerta con una mano, Gibsie lo empujó con la otra—. No
estás listo para jugar con los grandes.
—Apuesto a que tu Shannon no dirá eso —gruñó Ronan,
obligándose a regresar a la habitación—. O debería decir, ella no será
capaz de hacerlo. —Sonrió sombríamente, con los ojos fijos en mi
rostro—, cuando mi pene esté enterrado en su garganta.
—Sigue hablando de ella así —gruñí, con los puños apretándose a
mis costados—. Me encantaría tener una razón para arrancarte la
maldita cabeza.
—Me senté detrás de ella esta mañana en Francés, ya sabes —se
burló, sonriendo ampliamente ahora—. Si hubiera sabido lo que
escondía debajo de esa falda, habría sido más amable. —Guiñando un
ojo, añadió—: Siempre hay un mañana.
—Y así, amigos, es como firman su propio certificado de defunción
—murmuró Hughie, levantando las manos en señal de resignación—.
Estúpido, pequeño imbécil.
Ni una sola persona trató de detenerme cuando corrí hacia Ronan.
Nadie se atrevió.
Había alcanzado mi cuota de pendejadas del día y los muchachos lo
sabían.
—Ahora escúchame, pequeño hijo de puta —siseé, con la mano
envuelta alrededor de su garganta, mientras lo arrastraba de regreso a la
habitación, cerrando la puerta para que no hubiera testigos con mi mano
libre—. Y escucha bien, porque esto sólo te lo voy a decir una vez más.
Golpeando a Ronan contra la pared de concreto, me puse frente a él,
elevándome por encima de él por unos buenos veinte centímetros.
—No te agrado. Lo entiendo. Tampoco tú a mí. —Apreté su garganta
lo suficientemente fuerte como para dificultarle la respiración, pero no lo
suficiente como para cortar la circulación y matarlo. Estaba tratando de
hacer un punto, no cometer un crimen—. No tengo que agradarte, pero
como tu capitán, seguro que respetarás mi autoridad en el campo.
Con un metro setenta y ocho y dieciséis años, Ronan no era pequeño
de ninguna manera, pero con diecisiete, un metro noventa y creciendo,
yo era un gran bastardo.
Fuera de la cancha, rara vez usaba mi tamaño para intimidar a
alguien, pero lo usaría ahora.
Estaba harto de este niño y su boca. No tenía ningún maldito respeto,
y diablos, tal vez podría lidiar con su actitud de mierda y su agresión
hacia mí.
Pero no ella.
No me gustaba, no podía hacerle frente y no toleraría que él hablara
de ella de esa manera.
Esa inquietante mirada de vulnerabilidad en sus ojos me empujó
hacia adelante, haciéndome perder el poco control que tenía sobre mi
temperamento.
—Cuando le digo algo a mi equipo —agregué, gruñendo ahora, el
recuerdo de sus solitarios ojos azules nublando mi juicio—. Cuando te
advierto que dejes en paz a una chica vulnerable, espero que prestes
atención a mi maldita advertencia. Espero tu sumisión. Lo que no espero
es tu respuesta y tu desafío. —Un leve sonido ahogado salió de la
garganta de Ronan y aflojé mi agarre, pero mantuve mi mano allí—.
¿Estamos claros?
—Vete a la mierda —dijo Ronan con voz estrangulada, farfullando y
jadeando—. No puedes decirme qué hacer —dijo con voz áspera, sin
aliento—. ¡No eres mi padre!
Este hijo de puta.
Estaba decidido a desafiarme incluso cuando no podía ganar.
—Soy tu papi en el campo, perra. —Sonreí sombríamente y apreté,
cortando su suministro de aire—. No lo ves porque eres un presuntuoso,
narcisista y una molestia. —Apreté más fuerte—. Pero ellos sí lo ven. —
Agité una mano detrás de nosotros, haciendo un gesto al equipo que
estaba parado, ninguno de ellos interviniendo—. Cada uno de ellos.
Todos lo entienden. Todos saben que soy tu dueño —agregué con
calma—. Sigue presionándome, niño, y no importará con quién estés
relacionado, estarás fuera de este equipo. Pero acércate a esa chica y ni
Dios mismo podrá salvarte.
Decidiendo que había aterrorizado al joven lo suficiente como para
hacerle entender mi punto, solté su garganta y di un paso atrás.
—Ahora —Cruzando los brazos sobre mi pecho, lo miré y
pregunté—, ¿esta vez, estamos claros?
—Sí —gruñó Ronan, todavía fulminándome con la mirada.
No me importó.
Podía fulminarme con la mirada todo lo que quisiera.
Podía clavar agujas en una versión vudú de mí y seguir odiándome
por el resto de su vida por lo que a mí me importaba.
Todo lo que necesitaba de él era su sumisión.
—Estamos claros —espetó.
—Buen chico. —Golpeé sus mejillas con mis manos y sonreí—.
Ahora vete a la mierda.
Ronan continuó murmurando sus dudas, pero como lo estaba
haciendo en voz baja, le di la espalda y me dirigí directamente a las
duchas ahora vacías, eligiendo escaldar el temperamento de mi cuerpo
con agua.
—Johnny, ¿podemos hablar? —preguntó Cormac Ryan, nuestro
extremo número 11, mientras me seguía al área de la ducha.
Me di la vuelta y lo miré, mis dedos se deslizaron lejos de la cintura
de mis pantalones cortos.
—¿Puede esperar? —pregunté, con un tono tenso, la mandíbula
apretada, mientras mi mirada lo recorría.
La molestia cobró vida al verlo, y supe muy bien de qué quería
hablarme, o debería decir de quién quería hablar.
Bella.
El momento de hablar fue hace meses.
En este momento, con el estado de ánimo en el que estaba, las
posibilidades de que sólo habláramos eran escasas.
Cormac pareció darse cuenta de eso porque asintió y se retiró de la
puerta.
—Sí, no te molestes —respondió, tragando profundamente, mientras
retrocedía—. Yo, eh, te alcanzaré en otro momento.
—Sí —dije inexpresivamente, viéndolo irse—. Lo harás.
Sacudiendo la cabeza, me desnudé y entré en la ducha.
Girando la boquilla cromada, me metí bajo el chorro constante de
agua helada y esperé a que se calentara.
Presionando una palma contra la pared de azulejos, dejé caer la
cabeza y exhalé un suspiro de frustración.
No necesitaba otra pelea en mi haber.
Mantenerme fuera de problemas esta temporada era primordial,
incluso en la liga escolar de mierda.
Sería mala publicidad darle una paliza a mis propios compañeros.
Incluso cuando mis dedos se crisparon con la urgencia de hacer
precisamente eso.
Los chicos ya habían regresado a sus clases asignadas cuando terminé
de ducharme, dejándome solo en el vestuario.
No me molesté en volver corriendo a clase, priorizando mi tiempo
con mi almuerzo y un licuado de proteína prefabricado.
No fue hasta que terminé de comer que me di cuenta de la bolsa de
hielo azul en la parte superior de mi bolsa de equipo. Había una pequeña
nota colgada en la parte superior que decía: «Ponte hielo en las bolas, Cap».
Maldito Gibsie.
Con una sacudida de cabeza, me hundí en el banco y agarré la bolsa
de hielo.
Envolviéndola con una camiseta vieja, liberé mi toalla e hice
exactamente lo que me indicaba la nota.
Cuando terminé de ponerme hielo en las bolas, me tomé todo el
tiempo del mundo para evaluar algunas de mis lesiones a largo plazo, la
más preocupante era la cicatriz de aspecto enojado en mi ingle interna.
La piel estaba caliente, hinchada, picaba y se veía jodidamente
asquerosa.
Jugar con una lesión era una dolencia común para un tipo en mi
situación, pero después de dieciocho meses de sufrir una lesión crónica
en la ingle, tiré la toalla y acepté la cirugía en diciembre.
Pasar cuatro días boca abajo en el hospital retorciéndome de dolor
por haber contraído una infección ya era bastante malo, pero las últimas
tres semanas de rehabilitación posterior a la cirugía habían sido pura
tortura.
Según mi médico de cabecera, mi cuerpo se estaba curando muy bien
y me había dejado jugar, principalmente porque había mentido entre
dientes, pero los moretones y la decoloración en mis muslos y alrededor
de mi área eran dignos de verse.
Yo también estaba muy adolorido ahí abajo.
Pene, testículos, ingles, muslos.
Me dolía cada parte de mí.
Todo el maldito tiempo.
No estaba seguro de si me dolían más las bolas por la lesión o por la
necesidad de liberarlas.
Aparte de mis padres y entrenadores, Gibsie era el único que conocía
los detalles de mi cirugía, de ahí la bolsa de hielo.
Había sido mi mejor amigo desde que me mudé a Cork. A pesar de
que era un imbécil demasiado grande, rubio, con una predilección por
los malditos administradores de la escuela y la capacidad de volverme
loco con su actitud displicente, sabía que podía confiar en él para que me
cubriera las espaldas.
Saber que podía guardarse cosas para sí mismo fue la única razón por
la que se lo dije.
Normalmente, me guardaba ese tipo de mierda para mí.
Compartir los detalles de una lesión era un movimiento peligroso y
una forma segura de hacer que esa lesión sea el objetivo de los equipos
rivales.
Además, era vergonzoso.
Yo era una persona segura de sí misma por naturaleza, pero caminar
con un pene fuera de servicio, sin un final a la vista, significaba que mi
autoestima había recibido una paliza.
Había tenido más gente hurgando y pinchando mis bolas en el último
mes de lo que me gustaría recordar, y no de una manera divertida,
tampoco.
Levantarlo después de la operación no fue un problema para mí; era
el dolor horrible y punzante que venía con tener una erección con el que
tenía un problema.
Esa información en particular la había aprendido de la manera más
difícil después de ver un maratón porno de mierda un sábado que resultó
en un viaje vergonzoso a la sala de urgencias.
Era la noche de San Esteban, diez días después de la cirugía, y había
estado revolcándome en la autocompasión todo el día, después de haber
recibido innumerables mensajes de texto de los muchachos
preguntándome si saldría al pub, así que cuando me acosté esa noche,
me puse un bluey para animarme.
En el momento en que las tetas de la actriz salieron, mi pene se alzó.
Sintiendo una pequeña cantidad de incomodidad que fue eclipsada
por la comprensión de que todavía poseía un pene que funcionaba, me
acaricié, con cuidado de evitar los puntos en mi ingle.
Dos minutos después de mi fiesta de masturbación, me di cuenta del
terrible error que había cometido.
El problema surgió cuando estaba cerca de venirme.
Mis bolas se tensaron, como siempre lo hacían cuando la sangre se
precipitaba hacia la cabeza de mi pene, pero los músculos de mis muslos
e ingles comenzaron a contraerse y tener espasmos, y no en el buen
sentido.
El dolor abrasador que se disparó a través de mi cuerpo fue tan severo
que grité de dolor antes de vomitar sin contemplaciones sobre mis
sábanas.
El dolor no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
La única forma en que podía describirlo era diciendo que era como
si me patearan los huevos repetidamente mientras alguien me clavaba
una picana al rojo vivo en el pene.
Desafortunadamente, la imagen de la mujer de pechos de plástico
siendo penetrada en la pantalla y el audio fuerte de sus gritos sexys como
el infierno «fóllame más duro» hizo que fuera virtualmente imposible para
mí bajarla.
Dejándome caer al suelo, me había arrastrado sobre mis manos y
rodillas hasta la televisión con la intención de atravesar la pantalla con
el puño.
Ese fue el momento exacto en que mi madre irrumpió en mi
habitación.
Terminó teniendo que ayudarme a vestirme, con la erección furiosa
y todo, y luego me apresuró al hospital, donde el médico de guardia me
regañó por interferir conmigo mismo.
No te jodo, usó esas mismas palabras antes de adentrarse en una
diatriba profundamente inquietante sobre los peligros de masturbarme
tan pronto después de la cirugía que tuve y las ramificaciones a largo
plazo que podría tener para mi pene, con mi madre sentada a mi lado.
Siete horas, una ronda de análisis de sangre, una inyección de
morfina y un examen testicular más tarde, me enviaron a casa con una
receta para una nueva ronda de antibióticos e instrucciones estrictas de
no tocar mi pene.
Eso fue hace dos semanas y todavía no me había tocado el pene.
Estaba traumatizado.
Era un hombre roto.
Sabía que debería estar agradecido de no tener ningún daño nervioso
a largo plazo en el área, y lo estaría una vez que todo sanara y funcionara
de nuevo, pero por ahora, era un chico de casi dieciocho años enojado
con un pene roto y un ego desinflado.
Maldito Ronan McGarry pensó que yo tenía todo.
Si se diera cuenta de los sacrificios que hice y los límites a los que
empujé mi cuerpo, dudo que se sintiera de la misma manera.
Por otra parte, tal vez lo haría.
Tenía tal problema conmigo que pensé que nada podría disuadirlo de
su campaña de odio a Johnny.
No es que me importara un carajo.
Me quedaban menos de dos años en esta escuela y posiblemente un
año más en La Academia.
Después de eso, dejaría atrás a Ballylaggin y a todos los Ronan
McGarry reticentes.
Estirando las piernas, froté suavemente el área con mi gel
antiinflamatorio recetado, mordiéndome el labio para evitar gritar de
dolor.
Cerrando los ojos con fuerza, obligué a mis manos a moverse sobre
mis muslos, realizando el ejercicio que mi fisio me había indicado que
hiciera después de cada sesión de entrenamiento.
Una vez que se completó, y estaba seguro de que no me desmayaría
por el dolor, trabajé en mis hombros, codos y tobillos, vendando y
vendando cada viejo dolor y lesión como el aprendiz obediente que era.
Lo creas o no, mi cuerpo estaba en excelentes condiciones.
Las lesiones que había sufrido por jugar al rugby durante los últimos
once años, incluido un apéndice reventado y un millón de huesos rotos,
eran minúsculas en comparación con las lesiones que tenían algunos de
los muchachos de la Academia.
Fue algo bueno para mí considerando que estaba en la cúspide de un
contrato lucrativo y una carrera en el rugby profesional.
Para lograr eso, necesitaba estar lo más cerca posible de la perfección
en todos los aspectos de mi vida.
Eso significaba actuar en la cancha, mantener una salud óptima tanto
física como mentalmente, y mantener mi nariz y mi pene limpios.
La protección era algo imposible de olvidar con La Academia
respirándonos en la nuca, disertando sobre cómo este era un momento
crucial en nuestras carreras y cómo, bajo ninguna circunstancia,
permitiríamos que una chica llamara nuestra atención o nos ensillara con
un bebé.
Como joder.
Prefiero cortarme el pene que funciona mal antes de dejarme caer en
esa trampa.
Los condones y el control de la natalidad eran una necesidad
absoluta.
Siempre llevaba uno, siempre usaba uno, y si la chica con la que estaba
no estaba tomando la píldora o la barra, o si no confiaba en que estaba
siendo honesta conmigo, siempre me retiraba.
Sin riesgos.
Sin excepciones.
No es que importe ahora, pensé para mis adentros, mientras miraba mis
bolas mallugadas.
Además de permanecer sin ser padre y libre de ETS, tenía que
mantener mis notas altas.
Todo se trataba de percepción para los exploradores y clubes
potenciales, y querían lo que se percibía como perfección.
Querían a los mejores jugadores de las mejores escuelas y las mejores
universidades del país.
Querían méritos y trofeos, tanto en el terreno de juego como en lo
académico.
Era un trabajo agotador, pero lo hacía lo mejor que podía.
Por suerte, yo era bueno en la escuela.
No me gustaba mucho ir, pero se me daba bien.
Mis clases eran todas materias de honores y siempre había tenido un
promedio de A+ a A- en todas ellas con la excepción de Ciencias, donde
era un estudiante C reacio.
Odiaba esa maldita materia.
Hombre, me daba escalofríos sólo pensar en las tablas periódicas.
No me importaba, y era la única clase en la que siempre me había
quedado dormido.
No fue una sorpresa para mis padres que cuando llegó el momento
de elegir mis asignaturas de certificación para este trimestre, había
evitado las tres asignaturas de ciencias como la peste.
No, podrían quedarse con la biología, la química y la física para los
intelectuales más duros.
Yo me quedaría con los negocios y la contabilidad.
Una pasión poco probable para un cabeza de rugby, pero estaba justo
en mi calle.
Obtendría un título estándar en Negocios, jugaría hasta bien entrada
la treintena, me retiraría antes de que mi cuerpo se rindiera por completo
y luego perseguiría mi maestría.
¿Ves?, lo tenía todo planeado.
No hay lugar para el cambio.
No hay lugar para novias.
Y no hay maldito lugar para lesiones.
Mis elecciones de vida y mi estricta rutina enfadaban a mi madre en
proporciones épicas.
Sabía que a mamá no le gustaba mi estilo de vida y siempre me estaba
regañando.
Me dijo que yo estaba limitado.
Que me estaba perdiendo tanto de la vida.
Me rogó que fuera un niño.
El problema era que no había sido un niño desde que tenía diez años.
Cuando el rugby despegó para mí, dejé esa mierda atrás, mis sueños
de la infancia de jugar al rugby se transformaron en una obsesión
enfocada, hambrienta y motivada.
Había pasado los últimos siete años en modo bestia las 24 horas del
día, los 7 días de la semana, y tenía la forma y el tamaño del cuerpo físico
para demostrarlo.
Mi padre fue más comprensivo conmigo.
Calmó a mi madre y la convenció de que dejara de preocuparse tanto,
diciéndole que podría ser peor. Podría salir a drogarme hasta la médula
después de la escuela o pasar el tiempo con el resto de mis amigos en el
pub.
En lugar de hacer nada de eso, entrenaba.
Pasé mis días estudiando, mis tardes en la cancha, mis noches en el
gimnasio y mis fines de semana rotando entre los tres.
Jesús, no podía recordar la última vez que dejé el gimnasio para salir
por la noche con los muchachos o comí un cono de helado sin
preocuparme por el desperdicio de calorías y los macronutrientes
desequilibrados.
Comía sano, entrenaba duro y seguía todas las órdenes, sugerencias
y demandas que me daban mis coaches y entrenadores.
No era un estilo de vida fácil de mantener, pero era el que había
elegido para mí.
Confiaba en mi instinto y perseguía mis sueños con un impulso
implacable, consolándome con el hecho de que casi había llegado.
Hasta que lo lograra, y lo lograría, continuaría haciendo los sacrificios
y permanecería enfocado, dedicado y sin distracciones del drama
adolescente de mierda.
Fue precisamente por esas razones por las que me sentía tan nervioso.
Una chica, una maldita mujer que conocía desde hacía no más de dos
horas, había logrado hacer lo que nadie más había hecho jamás; sacarme
de control.
Shannon como el río estaba en mi mente, y no me gustaba.
No me gustaba que ella estuviera ocupando un tiempo valioso en mi
cabeza.
Tiempo que no tenía para gastar ni para dar a nada, ni a nadie, más
que al rugby.
«Ya la sacaron de la Escuela Comunitaria Ballylaggin por haber sido atacada
verbal y físicamente. ¿Y qué sucede en su primer día en Tommen? ¡Esto!».
«¡Me aseguraste que este tipo de cosas no pasarían en esta escuela y mira lo
que pasó en su primer día!».
«Shannon, ya no sé qué hacer contigo. Realmente no, cariño. Pensé que este
lugar sería diferente para ti».
¿Qué demonios está pasando?
¿Qué le ocurrió a ella?
¿Y por qué diablos estaba obsesionado con ella de esta manera?
Apenas conocía a la chica.
No debería importarme.
Jesús, necesitaba conseguir una vida.
Empezar a ver algún programa de telerrealidad de choque de trenes
o algo así, cualquier cosa para bloquear los eventos de hoy y esos ojos
azules solitarios.
Obligándome a bloquearla, me concentré en atender mis heridas,
mientras pensaba en la estrategia y las tácticas potenciales para el partido
del viernes.
Cuando estuve remendado y me puse mi uniforme escolar, revisé la
hora en mi teléfono y me di cuenta de que si me apuraba, llegaría a mi
última clase.
Revisé un par de nuevos mensajes de texto de Bella, preguntándome
si estaba mejor y quería reunirse.
Le lancé una respuesta rápida diciendo todavía fuera de acción y
esperé su respuesta.
Llegó casi de inmediato, seguido de varios textos más.
Bella: Me estoy cansando de esta mierda, Johnny.
Bella: No me gusta que me ignoren.
Bella: Todo el mundo habla de ti, lo sabes.
Bella: Dicen que tu actuación en el campo es una mierda.
Bella: Llegó a los periódicos.
Bella: Están diciendo que estás perdiendo tu toque.
Bella: Estoy de acuerdo.
Bella: Estás siendo un idiota inútil y tienes un pene inútil.
Bella: Sé que no te pasa nada.
Bella: Sólo estás tratando de librarte de llevarme a la gala de premios a fin
de mes.
Bella: ¿Por qué nunca me llevas a esas cosas?
Bella: Nunca te pido NADA.
Bella: Si no empiezas a apreciarme, conozco a muchos muchachos que lo
harán…
Respiré hondo y rápidamente leí cada mensaje.
Sí, esto se estaba saliendo de control.
Podía sentir la soga apretándose alrededor de mi cuello.
Escribí una respuesta rápida diciendo «Haz lo que quieras. No soy tu
guardián», antes de apagar mi teléfono y regresar a la escuela,
deteniéndome en la oficina.
—¡Johnny! —me susurró Dee, la secretaria de la escuela, cuando
entré por la puerta—. ¿Ya regresaste? —preguntó, tomando una
evaluación lenta de mi cuerpo—. El Sr. Twomey no ha enviado por ti,
cariño.
La secretaria de nuestra escuela era una mujer de baja estatura con
casi treinta años, con cabello rubio por peróxido, predilección por los
adolescentes y una gran debilidad por los jugadores de rugby.
Sus ojos azules estaban delineados con demasiado delineador negro
y un rímel espeso y suave que se mezclaba bien con la montaña de base
de maquillaje apelmazada en su rostro y sus labios rojo sangre.
No era una mujer poco atractiva.
Tenía una forma agradable y un culo fantástico.
Pero ella era un caso de carnero disfrazado de cordero.
A pesar de sus intentos de robacunas y su flagrante inadecuación,
extrañamente le tenía cariño a la mujer. Ella me ayudó en más de una
ocasión a lo largo de los años, sacándome de clases, cubriendo mi
ausentismo, enterrando faltas menores y todo tipo de mierda
incriminatoria que se reflejaría mal en mí.
En tercer año, cuando llegué a casa del campamento de
entrenamiento, le dejé caer una camiseta de Irlanda con la mayoría de
las firmas del equipo.
Fue una muestra de agradecimiento de última hora de mi parte,
sabiendo que ella se había tomado muchas molestias para lograr que la
Junta de Educación rechazara un examen de certificación oral
obligatorio para jóvenes que había perdido mientras estaba fuera.
Tenía la camiseta en mi bolsa de equipo y se la di, sintiendo que
necesitaba compensar a la mujer por sus esfuerzos.
Después de eso, se convirtió en mi mayor defensora, haciéndome
innumerables favores, y a menudo, moralmente cuestionables.
Y yo, a su vez, le conseguía entradas para los juegos cada vez que
podía.
Teníamos un buen arreglo.
—Estoy aquí para verte, Dee —le respondí con un guiño coqueto.
Luchando contra el impulso de correr hacia las colinas lejos de la
robacunas de la escuela, me acerqué al mostrador que separaba su oficina
del resto de la recepción y sonreí—. Esperaba que pudieras ayudarme
con algo.
—Siempre estoy dispuesta a ayudar a mi estrella favorita —
ronroneó—. Con cualquier cosa.
—Te lo agradezco —respondí, reprimiendo el impulso de
estremecerme cuando se inclinó sobre el mostrador y acarició mis
nudillos con sus uñas rojas llameantes de un par de centímetros de
largo—. ¿Tienes un sobre?
—¿Un sobre? —Sus cejas dibujadas se dispararon con sorpresa—. Oh
—murmuró, luciendo un poco triste.
Buscando detrás del escritorio, rebuscó antes de dejar un sobre
marrón en el mostrador.
Saqué mi billetera, tomé dos billetes de 50 € y los metí dentro.
—¿Tienes un bolígrafo? —pregunté.
Con un pequeño resoplido, me entregó uno.
—Eres un salvavidas —murmuré mientras rápidamente garabateaba
una nota en el sobre antes de colocar el bolígrafo en el mostrador.
—¿Eso es todo?
—En realidad, no, no lo es.
Apoyando mis codos en el mostrador, toqué el sobre entre mis manos
y le sonreí.
Aquí va…
—Estoy buscando información sobre una estudiante.
Dee frunció el ceño.
—¿Información sobre una estudiante?
—Sí. —Asentí, ampliando mi sonrisa—. Shannon Lynch.
¿A quién había estado engañando al distraerme con programas de
telerrealidad?
Yo era un bastardo obsesivo por naturaleza, con una mente de una
sola pista que actual, y únicamente, estaba programada en ella.
Tenía que saber más.
Necesitaba más.
No era lo suficientemente tonto como para pensar que esto no
importaba.
O que mi reacción ante McGarry en los vestuarios antes no
importaba.
Importaba que ella fuera capaz de hacerme esto.
Importaba que, horas más tarde, todavía estaba pensando en ella,
preguntándome por ella e, inevitablemente, preocupándome por ella.
Importaba que ella importara cuando nadie me había importado antes.
Maldición, ahora estaba confundido acerca de todo lo que
importaba.
—Ay, Johnny. —Dee frunció los labios, frunciendo el ceño cada vez
más, mientras me devolvía al presente—. No estoy segura. El Sr.
Twomey dejó en claro que no debes tener contacto con la chica Lynch…
—Su voz se quebró y buscó su libreta—. ¿Ves? —Golpeó con el dedo el
bloc garabateado—. Está escrito y todo. Su madre exigió que te
suspendieran por el incidente en el campo de hoy. Lo llama agresión. Se
necesitó mucha persuasión por parte del Sr. Twomey para evitar que
llamara a la policía…
—Vamos, Dee —ronroneé, sofocando mi indignación con lo que
esperaba que fuera encanto—. Tú me conoces. Nunca lastimaría
intencionalmente a una chica.
—Por supuesto que no lo harías —susurró, parpadeando hacia mí—
. Eres un buen chico.
—Y tú eres muy buena conmigo. —Me incliné más cerca, cubrí su
mano con la mía y susurré—: Entonces, todo lo que necesito que hagas
es decirme lo que sabes sobre ella, o mejor aún, déjame ver su archivo.
—De ninguna manera, Johnny. —Se mordió el labio inferior—. Si
alguien se enterara, mi trabajo estaría en juego.
—¿Crees que te metería en problemas, Dee? —la engatusé con un
pequeño movimiento de cabeza—. Puede ser nuestro pequeño secreto.
—Dios, era un completo idiota, jugando con las emociones de esta pobre
mujer.
Pero yo quería ese archivo, maldita sea.
Tenía una gran curiosidad por saber acerca de Shannon, más
específicamente lo que le sucedió en su antigua escuela.
Las palabras del Sr. Twomey habían plantado la semilla dentro de mi
cabeza y me moría por averiguarlo.
—Lo siento, cariño, pero no puedo ayudarte esta vez —respondió
Dee, con los labios fruncidos—. Necesito este trabajo.
Frustrado, negué con la cabeza y luché contra mi temperamento
antes de intentarlo de nuevo.
—¿Puedes al menos darme el número de su casillero?
Los ojos de Dee se entrecerraron.
—¿Por qué necesitas eso?
—Simplemente lo necesito —respondí, en tono un poco más duro
ahora.
Estaba enfadado.
No estaba acostumbrado a que me dijeran que no.
Cuando pedía algo, por lo general lo conseguía.
Era una forma de mierda de ser, pero así era la vida para mí.
—Ya te lo dije —replicó ella—. El Sr. Twomey dijo que se supone
que no debes acercarte a ella…
—Es el número de su casillero, Dee, no la puta dirección de su casa
—espeté, con la irritación creciendo—. Jurarías que soy un maldito
asesino o algo así, por la forma en que estás actuando.
Con un profundo suspiro, Dee asintió con desaliento y se acercó al
archivero.
—Bien.
—Gracias —respondí, con un tono cargado de sarcasmo.
—Pero no me sacaste esto—se quejó, rebuscando en cada cajón hasta
que encontró la carpeta deseada.
—Bien.
—Hablo en serio, Johnny. No necesito la molestia.
—Yo tampoco.
Abriendo la carpeta, rápidamente escaneó la primera página antes de
cerrarla.
—Casillero 461. En el ala de tercer año.
—Genial, gracias por esto. —Agarré el bolígrafo y garabateé el
número en el dorso de mi mano, antes de dirigirme a la puerta.
Deteniéndome en la entrada, me di la vuelta y pregunté—: ¿Puedes al
menos decirme cómo está?
Dee suspiró.
—Lo último que supe fue que su madre la estaba llevando a
Urgencias para un escaneo.
—¿Un escaneo? —Fruncí el ceño, la ansiedad me carcomía el
estómago—. Sin embargo, ella está bien, ¿no? ¿Cuándo se fue? ¿Estaba
caminando y esas cosas? Quiero decir, estará genial, ¿verdad?
—Sí, Johnny, estoy segura de que está bien. —Agarró el bolígrafo del
mostrador y le puso la tapa—. Es sólo una medida de precaución.
—¿De verdad?
—Ajá.
Inseguro, solté:
—¿Crees que debería ir al hospital? Quiero decir… —Encogiéndome
de hombros, agregué—: ¿Debería visitarla? Es mi culpa que ella esté en
el hospital. Soy responsable.
—¡Definitivamente no! —espetó Dee, su tono adquiriendo un toque
de autoridad—. Si sabes lo que es bueno para ti, Johnny Kavanagh, te
mantendrás alejado de la chica. —Dejó escapar un fuerte resoplido antes
de agregar en un tono de voz mucho más bajo—: Entre tú y yo, su madre
quiere tu sangre. Harías bien en evitar todo contacto con ella. Y si soy
honesta, la chica simplemente no parece… —Hizo una pausa,
mordiéndose el labio inferior por un momento antes de terminar—,
bueno, estable.
Mis cejas se fruncieron.
—¿Qué quieres decir con que no es estable?
Dee masticó su pluma, luciendo incómoda.
—¿Dee? —presioné—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Tal vez estable no es la palabra apropiada —admitió en voz baja—
. Pero hay algo… extraño en ella.
—¿Extraño?
—Conflictuada —aclaró Dee y luego se corrigió diciendo—:
Problemática. Parece problemática.
Bueno, mierda.
Confía en mí para fijarme en los locos.
—Correcto —murmuré, girándome hacia la puerta de nuevo—.
Gracias por el aviso.
—Mantén la distancia, Johnny —me gritó—. Y aléjate del hospital.
Sumido en mis pensamientos, salí de la oficina con el sobre en la
mano.
Deambulé por el ala izquierda del edificio principal, deteniéndome
en una fila de casilleros azules recién pintados fuera del área común de
tercer año.
Escaneé las filas en busca del casillero número 461.
Cuando encontré el que estaba buscando, empujé el sobre a través del
pequeño espacio en la parte superior de la puerta de metal.
No me importaba si su madre no quería el dinero, podía quemarlo
por lo que a mí me importaba, pero tenía que dárselo, a ella.
Recolocando mi mochila escolar en mi hombro, deslicé mi mano en
mi bolsillo y recuperé las llaves de mi auto, con la decisión tomada de
pasar fuera el resto del día y esperar a Gibsie en el auto.
Además, no tenía sentido ir a clase en este momento.
No podría concentrarme en la clase de negocios, aunque lo intentara.
Mi cabeza estaba demasiado nublada con palabras de advertencia e
imágenes de ojos tristes y azules.
Caminando hacia el estacionamiento de estudiantes, abrí mi auto y
dejé caer mis cosas en el asiento trasero antes de colapsar dentro.
Agotado y dolorido, eché el asiento hacia atrás y ajusté el asiento
reclinable para poder estirar las piernas.
La idea de conducir con el dolor que me subía por los muslos era un
pensamiento desagradable, pero no era mi principal preocupación en este
momento.
Tuvimos muchos internos en Tommen, estudiantes que venían de
todo el país y de algunas partes de Europa para estudiar.
Vivía a media hora de la escuela, así que era uno de los caminantes
de día.
La mayoría de mis amigos lo eran.
Sabía que Shannon también era de Ballylaggin, pero nunca la había
visto antes de ese día.
No era un área enorme, pero era lo suficientemente grande como
para que nuestros caminos nunca se hubieran cruzado antes de hoy, o tal
vez lo habían hecho y simplemente no la recordaba.
No era bueno con las caras. No miraba uno lo suficiente como para
memorizarlo. No me importaba. Tenía suficientes nombres y rostros que
necesitaba recordar tal como estaban. Agregar nombres innecesarios de
extraños a esa lista parecía una hazaña sin sentido.
Hasta ahora.
Problemática.
Así la llamó Dee.
¿Pero no estaban todos los adolescentes un poco jodidos y eran
problemáticos a veces?
Estaba tan absorto en mis propios pensamientos que no me di cuenta
de que sonaba la última campana, cuarenta y cinco minutos después, ni
de la avalancha de estudiantes que subían a los autos a mi alrededor. Fue
sólo cuando la puerta del pasajero de mi auto se abrió de golpe que volví
al presente.
—Oye —reconoció Gibsie, dejándose caer en el asiento del pasajero
a mi lado—. Veo que tu corazón todavía está puesto en lucir el aspecto
«semi indigente» aquí —agregó, pateando un montón de basura lejos de
sus pies. Estirándose, arrojó su mochila en el asiento trasero—. Aquí
huele mal, hombre.
—Siempre puedes tomar mucho aire fresco caminando —gruñí,
frotándome los ojos para quitarme el sueño. Sí, estaba jodidamente
cansado.
—Relájate —respondió Gibsie y luego se rio cuando agregó—: no
hay necesidad de ponerse tan irritable.
—Muy divertido, imbécil —le dije inexpresivamente, mi mano se
movió inmediatamente a mi pene—. Ahora realmente puedes salir y
caminar.
—Toma —hizo una pausa para tirar una carpeta color vainilla en mi
regazo—, no puedes hacerme caminar después de conseguirte esto.
Miré la carpeta.
—¿Qué es esto?
—Un regalo —respondió Gibsie, ajustando la visera.
—¿Tareas para llevar a casa? —dije inexpresivo—. Guau. Muchas
gracias.
—Es el expediente de Shannon —corrigió, bajando las mangas de su
suéter—. Sin duda, tu trasero obsesivo lo estaba buscando.
Bueno, mierda.
Una inquietante oleada de emoción me recorrió mientras miraba la
carpeta en mis manos.
Mi mejor amigo me conocía demasiado bien.
—Cuando no volviste a clase después del entrenamiento, supuse que
estabas aquí enfurruñado por ella, o suspirando. —Se encogió de
hombros antes de agregar—: O como diablos llames a lo que hiciste antes
en el vestuario.
—No me enfurruñé.
Resopló.
—No me pongo de mal humor, imbécil —respondí—. O suspiro. No
estaba haciendo nada de esa mierda. Sólo estaba…
—¿Perdiendo la cabeza? —completó Gibsie con una sonrisa
arrogante—. No te preocupes por eso. Nos pasa a los mejores.
—¿Por qué estaría perdiendo la cabeza? —exigí y luego respondí
rápidamente—: ¡No estaba perdiendo nada!
—Mi error. —Gibsie levantó las manos, pero su tono me aseguró que
estaba lejos de arrepentirse—. Debo haberlo leído mal. Dame su archivo
y lo devolveré.
Agarró la carpeta y yo se la arrebaté.
—¿Qué? ¡No!
Gibsie se rio, pero no dijo nada más.
La sonrisa de complicidad que me dio fue suficiente respuesta.
—¿Cómo te las arreglaste para convencer a Dee de que te lo
entregara? —pregunté, cambiando de tema.
—¿Cómo piensas?
Reprimí un escalofrío.
—Jesús.
—No todo es malo. —Gibsie sonrió—. La mujer succiona como una
aspiradora, y la emoción de que te atrapen siempre genera momentos
divertidos.
Levanté una mano.
—No necesitaba saber eso.
Él resopló.
—Ya lo sabías.
—Sí. —Suspiré pesadamente—. Bueno, no necesitaba que me lo
recordaran.
—Jesús —murmuró, tirando del cuello de su camisa de la escuela
para poder ver bien su cuello en el pequeño espejo rectangular—.
Siempre el cuello.
Insatisfecho con esa vista, giró el espejo retrovisor para mirarlo de
frente y gimió.
Volviéndose para mirarme, Gibsie dijo:
—¿Ves los sacrificios que hago por ti?
Mis ojos se posaron en el moretón que se formaba en su cuello.
—Será mejor que haya algo que valga la pena leer allí —se quejó.
Volviendo mi atención a la carpeta, la abrí en la primera página y
luego me tensé, mis ojos se movieron hacia los suyos.
—¿Lo leíste?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque sí —respondió, hurgando en su bolsillo—. No es mi
problema. —Sacó un paquete de cigarrillos y un encendedor—. Voy a
salir para fumar. —Abrió la puerta de un empujón y salió, deteniéndose
para inclinarse y anunciar—: Los orgasmos me dan antojo de nicotina.
—Antes de cerrar la puerta y encenderlo.
Sacudiendo la cabeza, dirigí mi atención al archivo que tenía en las
manos, fijo en cada detalle de la información que revelaba el archivo
confidencial de Shannon Lynch.
Páginas y páginas de incidentes e informes, todos perfectamente
mecanografiados en papel blanco, detallando cada terrible experiencia
que la niña había sufrido en su antigua escuela, y había habido muchas.
Catorce páginas A4 de incidentes.
Por ambos lados.
Unas pocas páginas más tarde y me enteré de que Shannon había
pasado de ser una estudiante de C sólida al comienzo del primer año a
raspar D y E al final del segundo.
Junto a sus resultados menos que estelares en los exámenes había
notas de sus antiguos maestros, elogiando su naturaleza amable y su ética
de trabajo diligente y concienzuda.
No necesitaba una nota para explicar el constante declive en sus
calificaciones, lo descubrí en la primera página.
Era víctima de acoso.
Le cortaron la cola de caballo cuando estaba en primer año. Cuando
ella tenía trece años. El castigo para ellas por tal crimen fue la suspensión
de una semana. En serio. Una semana sin ir a la escuela por cortarle el
puto cabello a una chica.
Chicas.
Eran tan malditamente enfermas y retorcidas.
Cómo alguien podía esperar que la chica se concentrara en un salón
de clases tan volátil como ese estaba más allá de mí.
En serio, ¿qué diablos le pasaba a la gente?
¿Qué pasaba con esa escuela y esos maestros?
¿Qué diablos estaban pensando sus padres en dejarla allí durante dos
años?
Cuanto más leía, más enfermo me sentía en el estómago…
Incidente en Educación Física que resultó en una hemorragia nasal.
Incidente de vómitos en el baño.
Incidente en Carpintería con pistola de pegamento.
Problema después de la escuela con niñas de tercer año.
Otro incidente de vómitos en el baño.
Problema antes de la escuela con niñas de cuarto año.
Negarse a participar en el retiro nocturno de vinculación escolar. ¿Estaban
jodidamente bromeando?
Muchos, muchos más incidentes de vómitos.
Derivación a psicólogo educativo.
Hermano mayor presenta cuarta denuncia por acoso. El hermano mayor
debería haber encontrado algunas amigas mayores y hacer que patearan
a estas chicas malas.
Grafiti en paredes de baños.
Asalto en el patio de la escuela, hermano mayor suspendido. El hermano
mayor debe haberlo solucionado él mismo.
Aislamiento denunciado por varios docentes.
Agresión física grave por parte de tres estudiantes mayores, se llamó a la
policía. No jodas, Sherlock.
Hermano mayor suspendido de nuevo por intervenir.
Retiro de la escuela a petición de la madre. Ya era hora, maldición.
Registros escolares solicitados por el director del Colegio Tommen.
Horrorizado por no poder describir mis sentimientos cuando terminé
de leer.
Enfadado tampoco encajaba del todo.
Asqueado, perturbado y totalmente enfadado parecía una evaluación
más precisa de mis sentimientos.
Jesús, era como leer un maldito informe policial de una víctima de
violencia doméstica.
No es de extrañar que la madre de Shannon se volviera loca conmigo
hoy.
Si yo estuviera en su lugar, lo habría hecho mucho peor.
Cristo, ahora estaba aún más enojado conmigo mismo por lastimarla
que antes.
¿Quién diablos hizo esto?
En serio, ¿qué tipo de criaturas estaban criando en esa escuela?
—¿Bien? —La voz de Gibsie irrumpió en mis pensamientos cuando
volvió a subir al auto, oliendo a cenicero—. ¿Averiguaste lo que
necesitas?
—Sí —murmuré, devolviéndole la carpeta antes de arrancar el
motor—. Lo hice.
Me miró expectante.
—¿Y?
Volví mi atención a la calle.
—¿Y qué?
—Pareces enojado.
—Estoy bien.
Necesitaba hacer algo, acelerar, ir a la sala de pesas, cualquier cosa
para expulsar la tensión que se acumulaba dentro de mi cuerpo.
—¿Estás seguro, hombre?
—Sí. —Saliendo de mi lugar de estacionamiento, cambié a segunda,
y luego a tercera, ignorando las señales de Precaución para el Cruce de
Niños en mi intento por llegar a la calle principal.
A veces hacíamos ejercicio en el garaje convertido en mi casa, pero
en este momento, pensé que el viaje de treinta minutos al gimnasio en la
ciudad podría hacerme bien.
Sabía que me había pasado de la raya al violar su privacidad de esta
manera, pero no me arrepentí.
Maldita sea, sabía que era vulnerable.
¿Ese sentimiento que tuve hoy?
El dolor que estaba tan seguro de haber visto en sus ojos.
Era real, estaba allí, lo reconocí y ahora podía hacer algo al respecto.
Podría evitar que algo así volviera a suceder.
No volvería a pasar.
No mientras yo estuviera cerca.
Hormonas Despiertas
Shannon
Tuve una conmoción cerebral moderada que resultó en una estadía
de una noche en el hospital para observación seguida por el resto de la
semana sin ir a la escuela.
Para ser honesta, hubiera preferido quedarme en el hospital todo el
tiempo o regresar a la escuela de inmediato porque el concepto de pasar
la semana en casa con mi padre respirándome en el cuello era una forma
especial de tortura que nadie se merecía.
Milagrosamente, logré sobrevivir la semana encerrándome en mi
habitación todo el día, todos los días y, en general, evitando a mi padre
y sus tumultuosos cambios de humor como la peste.
Cuando regresé a la escuela la semana siguiente, esperaba incurrir en
una lluvia de burlas y provocaciones.
La vergüenza era un sentimiento problemático para mí y, a veces, me
dificultaba funcionar.
Pasé todo el día en un desastre sudoroso y lleno de pánico en alerta
máxima, esperando que sucediera algo malo.
Algo que nunca llegó.
Aparte de algunas miradas curiosas y sonrisas cómplices del equipo
de rugby, como si supieran cómo me veía en ropa interior, en general,
me habían dejado ilesa.
No podía comprender cómo un evento humillante como ese podía
pasar desapercibido.
No tenía sentido para mí.
Nadie mencionó el incidente en el campo ese día.
Era como si nunca hubiera sucedido.
Con honestidad, si no fuera por el persistente dolor de cabeza, habría
dudado que hubiera sucedido.
Los días se convirtieron en semanas, pero el silencio permaneció.
Nunca se me dijo nada.
Nunca más se volvió a mencionar.
Yo no era un objetivo.
Y tuve paz.
Había pasado casi un mes desde el incidente en el campo y me
encontré cayendo en una rutina constante con Claire y Lizzie a mi lado.
Me encontré comenzando a desear ir a la escuela.
Fue el giro más extraño de mi vida, considerando que durante la
mayor parte de mi vida había odiado la escuela, pero Tommen se había
convertido casi en un lugar seguro para estar.
En lugar de la sensación habitual de pavor cuando bajaba del
autobús, todo lo que sentía era un inmenso alivio.
Alivio por alejarme de mi casa.
Alivio de estar fuera del radar de intimidación.
Alivio de alejarme de mi padre.
Alivio de poder respirar durante siete horas del día.
Estaba acostumbrada a enfrentarme sola, a estar sola, a sentarme
sola, a comer sola… me entiendes.
Siempre estaba sola, por lo que mi última situación o, debería decir,
el último desarrollo en mi estado social, fue inesperado.
Dicen que hay solidaridad en los números, y yo era una firme
creyente en esto.
Me sentía mejor cuando estaba con mis amigas.
Tal vez fue una inseguridad adolescente, o tal vez fue el resultado de
mi pasado, pero me gustaba que ya no tenía que caminar sola a clase y
que siempre tenía a alguien con quien sentarme o decirme si tenía algo
en mis dientes.
Su amistad significó más para mí de lo que nunca sabrían,
brindándome un sistema de apoyo que necesitaba desesperadamente y
un amortiguador en momentos de incertidumbre y pánico.
En mi antigua escuela, estaba tan estresada y ansiosa durante mis
lecciones que me atrasaba mucho en clase y tenía que trabajar hasta tarde
la mayoría de las noches para ponerme al día.
Sin la constante amenaza del ataque de mis compañeros, me
mantuve al día en mis clases sin problemas, inhalando mis lecciones
como crack.
Incluso logré aprobar la mayoría de mis exámenes de certificación de
pregrado, con la excepción de Matemáticas y Ciencias de Negocios.
Ninguna cantidad de estudio parecía ayudar con esos temas.
Pero había obtenido mi primera A desde el primer año en Ciencias,
así que eso me consoló.
Durante el almuerzo, tenía chicas con las cuales sentarme, no un
asiento de lástima con mi hermano y sus amigos, sino un grupo real de
personas.
Nunca antes había tenido este nivel de normalidad.
Nunca me había sentido a salvo.
Pero estaba empezando a hacerlo.
Y tenía la sensación de que él tenía algo que ver con eso.
Johnny Kavanagh.
Quiero decir, tenía que hacerlo, ¿verdad?
Yo no tenía ese tipo de poder, así que eso lo dejaba a él.
No fue una coincidencia que todo el evento hubiera sido borrado de
la mente de todos.
Lo había visto muchas veces desde ese día, habiéndolo cruzado
innumerables veces en los pasillos entre clases y en el comedor durante
el descanso, y aunque nunca se acercó a mí, siempre me sonreía al pasar.
Para ser honesta, me sorprendió que me sonriera considerando la
reacción de mi madre hacia él afuera de la oficina del director ese día.
No sabía si disculparme o no por el comportamiento de ella hacia él
o no.
Mamá había reaccionado de forma exagerada hasta el punto de estar
al borde de amenazarlo, pero, por otro lado, las acciones de Johnny
habían resultado en que yo pasara una noche en el hospital y una semana
más en casa con mi padre, así que decidí no disculparme. Además, había
dejado pasar demasiado tiempo.
Acercarme a él ahora, después de que habían pasado casi cuatro
semanas, sería extraño.
A través de mis amigas, y los susurros y rumores de las chicas en el
baño, había aprendido todo tipo de detalles e información sobre Johnny
Kavanagh.
Estaba en quinto año, algo que ya sabía.
Era originario de Dublín; de nuevo, sin sorpresas allí.
Era increíblemente popular, está bien, no lo sabía, pero no hacía falta
ser un genio para darse cuenta de eso, con él rodeado de estudiantes todo
el tiempo.
Tenía un gran éxito entre el alumnado femenino; de nuevo, hasta un
ciego podría darse cuenta.
Y al contrario de su terrible imprecisión con el balón y su flagrante
mutilación de mí, se suponía que era muy bueno en el rugby.
Era el capitán del equipo de rugby de la escuela, y con ese estatus
llegó la popularidad, las chicas y una atracción feroz tanto con los
administrativos como con los estudiantes.
No tenía ni idea de los entresijos del rugby, nuestra familia giraba en
torno a GAA, y me importaban aún menos los rangos de popularidad en
la escuela considerando que generalmente me dejaban en el fondo, pero
la forma en que las chicas de la escuela hablaban de Johnny Kavanagh
no sonaba nada como la persona que conocí ese día.
Según las chicas, era agresivo, intenso y un completo snob, con un
cuerpo para morirse y una actitud horrible.
Lo hicieron pasar por un cabeza de rugby arrogante y rico que estaba
obsesionado con los deportes, jugaba duro en el campo y follaba más
duro fuera de él; evidentemente, lo suyo eran las chicas mucho mayores.
De acuerdo, entonces era muy posible que de hecho hiciera todas
estas cosas, pero era difícil juntar esa información con la persona que
había conocido.
Mis recuerdos de ese día aún estaban nublados, los eventos que
condujeron a mi accidente aún eran confusos, y los que siguieron eran
un revoltijo, pero lo recordaba a él.
Recordé la forma en que me había cuidado.
Cómo se había quedado conmigo hasta que llegó mi madre.
La forma en que me había tocado con manos grandes, sucias y
amables.
Cómo me habló como si quisiera escuchar lo que tenía que decir.
Y luego escuchó mis divagaciones como si fueran importantes para él.
También recordaba las partes embarazosas; las partes que me
mantuvieron despierta hasta altas horas de la noche con las mejillas
encendidas y una mente llena de imágenes desconcertantes y palabras
torpes.
Las partes que no me atrevía a reconocer.
Sin embargo, guardé el sobre, el que había encontrado en mi casillero
la semana que regresé a la escuela, donde estaba garabateado
apresuradamente, «De mi gente para tu gente» en el frente.
Los dos billetes de €50 que le había dado a mamá cuando llegué a
casa de la escuela, pero había metido el sobre en la funda de mi almohada
para guardarlo.
No tenía una explicación de por qué no lo tiré, de la misma manera
que no podía explicar por qué mi cuerpo empezó a sudar frío, mis manos
se pusieron sudorosas, mi corazón latía rápidamente y mi estómago se
retorcía y se hacía nudos cada vez que lo veía.
Bueno, eso no era técnicamente cierto.
Había una razón obvia y perfectamente lógica para mi reacción hacia
él.
Él era hermoso.
Cada vez que lo veía en los pasillos, era como si todos los impulsos,
sentimientos y hormonas retrasados que habían estado dormidos dentro
de mi cuerpo durante los últimos quince años volvieran a la vida.
Era dolorosamente consciente de él; mi cuerpo se ponía en máxima
alerta cada vez que nuestros brazos se rozaban en los atestados pasillos
entre clases.
Pero no fue su apariencia o su enorme y musculosa constitución lo
que había sacado a mis testarudas hormonas de la hibernación.
Fue la forma en que había sido ese día.
Durante un pequeño descanso la semana pasada, cuando Lizzie me
atrapó con las manos en la masa mirando a Johnny Kavanagh, decidió
compartir toda la información que tenía.
Según Lizzy, Johnny Kavanagh nunca estuvo atado a ninguna chica
en particular ni fue calificado como el novio de nadie, aunque hubo que
lidiar con Bella Wilkinson.
La pareja había estado dando vueltas juntos durante mucho tiempo.
Bella era un par de años mayor que él, más experimentada, y por lo
que me había dicho Lizzie, informada por los chicos, chupaba penes
como una Dyson.
Así que sí, era una apuesta segura decir que Johnny había recibido
una gran cantidad de mamadas y Dios sabe qué más de ella.
Estaba agradecida de que tuviéramos una aspiradora Henry en casa y
no una elegante Dyson, así que no tenía arcadas cada vez que limpiaba
mi habitación con esa imagen en particular.
Aunque no me sorprendió nada de eso.
Johnny tenía casi dieciocho años.
Tenía dos hermanos mayores, así que estaba bastante al tanto de lo
que los niños de esa edad en particular hacían detrás de las puertas
cerradas de la habitación.
La información era deprimente, pero la fría dosis de realidad que
necesitaba para fortalecer mi determinación y apagar mis esperanzas.
Fue terriblemente desafortunado desarrollar mi primer
enamoramiento por una persona como él, considerando que sólo
habíamos hablado una vez y él estaba involucrado con una estudiante de
sexto año con boca de succión.
No es que él estuviera ni remotamente interesado en mí si no lo
estuviera.
Me gustaba seguro.
En mi mundo, la invisibilidad equivalía a la seguridad.
Estaba feliz de ser papel tapiz y mezclarme.
Y Johnny Kavanagh era lo más opuesto a invisible que podía
imaginar.
Antes de él, nunca me había interesado el sexo opuesto. Nunca me
había interesado nadie. ¿Pero él?
Me encontré buscándolo en la escuela sólo para poder mirar.
Fue espeluznante y acosador de mi parte, pero honestamente no pude
evitarlo.
Me consolé sabiendo que no tenía intenciones de actuar según mis
sentimientos o perseguir a mi primer y único enamoramiento.
De cualquier manera, estaba perfectamente contenta con mirar desde
la distancia, conformándome con echarle un vistazo furtivo y verlo cada
vez que podía.
Justifiqué mi comportamiento acosador recordándome que no era la
única chica en la escuela que deseaba al delicioso Johnny Kavanagh.
No, sólo era una en una larga lista de muchas, muchas chicas.
Pero era tan interesante de observar.
No actuaba como el resto de los muchachos en la escuela. ¿Parecía
por encima de ellos de una manera extraña? ¿Como si fuera mayor de la
edad que tiene? ¿O aburrido por la forma mundana de la vida escolar?
Era difícil de describir.
Parecía tocar la batería a su propio ritmo. Rezumaba confianza y
tenía una actitud de «no importa una mierda» que era ridículamente
adictiva.
Forjó su propio camino en la escuela y, como la mayoría de los
líderes natos, todos los demás simplemente lo siguieron.
Supongo que esa fue la clave de la popularidad; necesitabas no
quererlo, o que no te importara que lo tuvieras.
El hecho de que fuera hermoso con un cuerpo marcado a la
perfección tampoco perjudicó su causa.
Me puso un poco celosa si era honesta.
No me importaba ser popular. Fue el hecho de que era tan fácil para
algunas personas mientras que para otros, incluida yo misma en el último
grupo, sufrieron terriblemente.
Daba una vibra de «Soy el mejor. Estás jodiendo con los mejores aquí. No
vas a encontrar a nadie mejor que yo. Mala suerte para ti» y caminaba con una
expresión constante de «vete a la mierda» en su rostro.
Era el típico comportamiento de macho alfa de golpearse los puños
en el pecho, lo que supuse que tenía mucho que ver con el motivo por el
cual todas las chicas en un radio de quince kilómetros parecían gravitar
hacia él.
La cuestión era que, cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos,
nunca vi nada de ese machismo inventado o su notorio ceño fruncido.
Era difícil describir la mirada que recibí porque, por lo general,
cuando nuestros ojos se cruzaban, era porque Johnny me había
sorprendido mirándolo, ya sea en el comedor o fuera de las aulas, y yo
siempre me alejaba rápidamente, mortificada.
Sin embargo, en las raras ocasiones en que logré armarme de valor y
mirarlo a los ojos, fui recompensada con una curiosa inclinación de
cabeza y una pequeña sonrisa nerviosa.
No estaba realmente segura de qué hacer con eso, o cómo sentirme.
De una manera extraña, me sentía como uno de esos patitos que se
imprimen y apegan a la primera persona que ven al nacer.
Había visto una película sobre esto cuando era niña.
¿Tal vez eso era lo que estaba pasando aquí?
Tal vez me apegué a Johnny porque no sólo fue la primera persona
que vi cuando volví en mí, sino que fue la primera persona que me
mostró una amabilidad genuina.
Me pregunté si eso era algo real que les podía pasar a los humanos
después de sufrir conmociones cerebrales moderadas, pero luego
descarté rápidamente la loca idea.
Pensamientos como ese no eran normales y de ningún beneficio en
absoluto.
Además, yo no estaba apegada a él.
Simplemente disfrutaba admirándolo.
Desde una distancia segura.
Cuando él no estaba mirando.
Sí, eso no era nada saludable.
—¿Quieres venir hoy después de la escuela? —me preguntó Claire
durante el gran descanso del miércoles.
Estábamos sentadas al final de una de las mesas gigantescas en el
lujoso comedor que todavía estaba tratando de aceptar.
En ECB, teníamos una pequeña cantina donde la gente se turnaba
para sentarse en las pequeñas mesas redondas.
Aquí en Tommen, era un salón de banquetes glorificado con mesas
de ocho metros, comidas calientes ofreciéndose y suficiente espacio para
acomodar a toda la escuela.
El comedor estaba a reventar con otros estudiantes gritando y
hablando tan fuerte que tuve que inclinarme sobre la mesa para
responder.
—¿A tu casa?
Claire asintió.
—¿Podemos pasar el rato y ver algunas películas o algo así?
—¿No vas a ir a la ciudad con Lizzie para ver a Pierce? —pregunté.
Al menos, eso es lo que pensé que iban a hacer hoy después de la
escuela.
Eso es todo de lo que Lizzie había estado hablando toda la mañana.
Al parecer, estaba saliendo con un chico de quinto año llamado
Pierce, y habían estado juntos intermitentemente durante meses.
Por lo que había reunido, actualmente estaban juntos de vuelta.
Para ser justos, Lizzie me había invitado a ir con ellos después de la
escuela, pero rechacé porque la ciudad era el último lugar en el que
quería estar.
Mi antigua escuela estaba ubicada en el centro de la ciudad y tendía
a evitar todas las áreas circundantes como si fuera una plaga.
Había demasiadas caras no deseadas que rondaban por allí.
—No, Lizzie está de mal humor —explicó Claire, clavando la
cuchara en su bote de yogur—. Entonces, supongo que tuvieron otra
pelea hoy.
Eso explicaba la notoria ausencia de Lizzie en el almuerzo.
Ella era difícil de entender.
Se contenía mucho y nunca supe realmente lo que estaba pensando
o sintiendo, a diferencia de Claire, que era un libro abierto.
Supongo que por eso siempre había sido más cercana de Claire
mientras crecía.
Amaba a Lizzie, por supuesto, y la consideraba una buena amiga,
pero si tuviera que tener una mejor amiga, sería Claire.
—Además, no me gusta ser la tercera rueda con esos dos —agregó
Claire, poniendo su cuchara en su lonchera—. Entonces, ¿qué dices?
Mamá nos recogerá y te dejará en casa cuando te quieras ir. —Se reclinó
en su silla y me dedicó una sonrisa de megavatios—. ¿O siempre puedes
quedarte a dormir?
Mi estómago dio un pequeño vuelco.
—¿Estás segura de que a tu mamá no le importará?
—Shannon, por supuesto que no le importará —respondió Claire,
dándome una mirada extraña—. Mis padres te aman. —Sonriendo,
agregó—: Mamá está constantemente detrás de mí preguntándome
cuándo volverás.
Una cálida sensación me inundó.
La Sra. Biggs era enfermera en la unidad de cuidados intensivos del
hospital de la ciudad de Cork y era una de las mujeres más agradables
que había conocido.
Claire se parecía mucho a su madre con una naturaleza dulce y un
corazón bondadoso.
Cuando éramos pequeñas y Claire y Lizzie tenían una fiesta de
cumpleaños o una cita para jugar, la Sra. Biggs siempre se ocupaba de
venir a buscarme.
Incluso me invitaron a las fiestas de cumpleaños del hermano mayor
de Claire y, aunque nunca asistí a las fiestas de Hughie, agradecí la
invitación.
Eran las únicas invitaciones que recibí mientras crecía.
—Me encantaría, pero tendré que consultar con mis papás —le dije
y luego saqué mi teléfono y le envié un mensaje de texto a mi hermano
para ver el estado de ánimo en casa.
—Será genial —animó felizmente—. Tengo un bote de helado Ben
and Jerry’s en el congelador y tengo la nueva película de Piratas del Caribe
en DVD. —Moviendo las cejas, agregó—: Johnny y Orlando, ¿qué chica
puede decir que no a eso?
—Tú no. —Me reí.
Claire estaba obsesionada con Johnny Depp.
Él era su fondo de pantalla en su teléfono y su rostro estaba pegado
en todas las paredes de su dormitorio.
—Lo amo —anunció con un suspiro soñador—. Lo hago. Es amor
real y duro, y un día vendrá a Irlanda, me verá e instantáneamente
corresponderá a mis sentimientos. Y luego nos escaparemos juntos y
crearemos adorables bebés piratas híbridos.
—Eso suena como un plan. —Me reí—. Aunque te das cuenta de que
no es un pirata real, ¿no?
—¡Shh! —Claire se rio entre dientes—. No me quites eso. Déjame
disfrutar del visual.
Mi teléfono vibró en mi mano y luego con un mensaje de texto de
Joey.
Joey: Mala idea, Shan. Está en pie de guerra.
Abatida, volví a meter mi teléfono en mi bolsillo y solté un profundo
suspiro.
—No puedo ir.
—¿Tu papá? —preguntó con tristeza.
Asentí.
Claire parecía tan decepcionada como yo, pero no insistió.
En el fondo, creo que ella lo sabía.
Nunca lo verbalicé y ella nunca presionó.
Por eso la amaba.
—Entonces, en otro momento.
Claire me ofreció una gran sonrisa que casi enmascaró la
preocupación en sus ojos marrones.
Casi.
—Lo planearemos mejor la próxima vez, te avisaremos —continuó
rápidamente, acomodando su largo cabello rubio detrás de sus orejas—.
¡Pero nuestra sesión de Johnny y Orlando definitivamente va a suceder!
—¿Cómo te va, Claire-Bear? —preguntó una profunda voz
masculina, distrayéndonos a ambas.
—Oh, hola, Gerard —reconoció Claire en un tono indiferente,
mientras miraba al enorme chico rubio parado al final de nuestra mesa—
. ¿Cómo estás?
—Mejor ahora que estoy hablando contigo —ronroneó mientras se
acercaba y apoyaba su trasero en la mesa, manteniendo su enorme
espalda hacia mí y su atención fija en mi amiga—. Te ves tan hermosa
como siempre.
La mirada de Claire pasó de su rostro al mío y me dio una mirada de
«¿qué mierda?» antes de serenarse rápidamente y decir:
—¿No te escuché decir lo mismo a Megan Crean el miércoles?
Me tragué una risa mientras veía a mi amiga jugar la carta de la
indiferencia como una profesional, a pesar de que estaba claramente
afectada por este chico.
Era alto y bronceado, con el cabello rubio trigueño y despeinado, y
claramente tenía algunos músculos debajo de su uniforme escolar.
No la culpé por verse afectada por un chico que se veía así.
La mayoría de las chicas lo harían.
Simplemente no esta chica.
—¿Estás celosa? —bromeó Gerard, en tono muy coqueto—. Sabes
que eres mi número uno.
—Perdón. —Claire fingió querer vomitar.
—¿Escuché que vienes a Donegal con el equipo? —le preguntó—. Tu
clase obtuvo el visto bueno, ¿no es así?
—Sí, nuestra clase fue elegida para ir —respondió Claire
alegremente—. Sin embargo, mamá no ha firmado la hoja de permiso
para que yo vaya.
La mía tampoco.
El Colegio Tommen tenía un partido fuera de casa contra una escuela
preparatoria de rugby en Donegal el próximo mes después de las
vacaciones de Semana Santa.
Era un partido importante para el equipo, una final de alguna copa
de liga u otra, y mi clase, junto con otra clase de sexto año, habían sido
seleccionadas al azar para asistir.
Debido a que el partido se llevaría a cabo el primer viernes en el que
debíamos regresar a la escuela después de las vacaciones de Pascua, el
autobús escolar salía de Tommen a las 10:45 p.m. el jueves en la noche
para evadir el tráfico y permitir una parada de descanso ya que el norte
de Donegal estaba a ocho horas de viaje desde Cork en autobús.
Según Lizzie, la junta de padres de Tommen era un montón de
tacaños y sólo había asignado fondos para el alojamiento de una noche
para el viaje.
Dormiríamos en el autobús el jueves por la noche, nos quedaríamos
en un hotel el viernes por la noche y luego viajaríamos de regreso a Cork
el sábado.
Lizzie estaba completamente disgustada con la idea de tener que
dormir en el autobús porque los directores de la escuela estaban siendo
tacaños y no iban a soltar los fondos para una noche extra en un hotel.
En lo personal, no le encontré el problema.
Era un viaje con todos los gastos pagados financiado por la escuela y
un día libre aprobado.
Aparte del viaje en autobús de ocho horas con la mayoría de los
pasajeros adolescentes llenos de testosterona, era un ganar-ganar.
Por supuesto, esa parte me aterrorizó hasta la médula, pero estaba
empezando a aprender a manejar mi ansiedad, negándome a permitir
que mis experiencias pasadas arruinaran una oportunidad en un descanso
muy necesario.
Me estaba esforzando mucho por dar un paso atrás, tomarme un
momento y leer situaciones y escenarios con pensamientos claros y
racionales en lugar de la paranoia inducida por el terror que parecía
controlarme.
Independientemente de mi entusiasmo ante la perspectiva de
alejarme de Ballylaggin por un par de noches, no tenía muchas
esperanzas de ir.
Debido a que era un viaje de una noche, la escuela requería que
nuestros padres firmaran formularios de permiso.
Le había dado a mamá los formularios que necesitaban ser firmados
para poder asistir la semana pasada.
Al partir, esta mañana, todavía seguían sin firmar encima de la
panera en casa.
—Ah, tu mami te dejará ir —bromeó el dios rubio, alborotando el
cabello de Claire—. Seguro que el hermano mayor estará allí para
vigilarte, y yo mismo, por supuesto. —Se inclinó más cerca y colocó un
mechón de cabello detrás de su oreja—. Siempre juego mejor cuando sé
que estás mirando.
Ahora me reí de la pura ridiculez de la cursi línea de conversación.
Sabía mucho sobre deportes y aún tenía que conocer a un chico que
jugara mejor gracias a una chica.
Sin embargo, cuando traté de sofocar mi risa, terminó saliendo como
un resoplido.
Golpeando una mano sobre mi boca, miré la expresión horrorizada
de Claire y articulé lo siento detrás de mis dedos.
Como si recién se hubiera dado cuenta de que estaba presente, el
chico rubio se dio la vuelta, probablemente para buscar al culpable que
resoplaba.
Su mirada se posó en mi rostro y el reconocimiento inmediato
parpadeó en sus llamativos ojos plateados/grises.
—¡Hola! Pequeña Shannon —reconoció, sonriendo cálidamente—.
¿Cómo te va?
—Uh, bien —dije con voz estrangulada, mientras lo miraba y me
preguntaba cómo diablos sabía mi nombre.
Miré a Claire, quien se encogió de hombros y me dio una mirada que
me decía que estaba tan confundida como yo.
—No sabía que eras amiga de Shannon —dijo, volviendo su atención
a Claire—. Esa habría sido información útil.
—Eh, ¿no sabía que tú eras amigo de Shannon? —ofreció Claire sin
comprender—. ¿Y útil para qué?
—No lo soy. —Sacudió la cabeza—. Y no importa.
Se volvió hacia mí y sonrió de nuevo.
—Soy Gerard Gibson —se presentó—. Pero todos me llaman Gibsie.
—Yo no —dijo Claire airadamente.
Gibsie se rio entre dientes.
—Está bien, todos menos ella, me llaman Gibsie. —Señaló con el
pulgar a mi amiga, mostrándole una sonrisa indulgente, antes de volver
su atención a mí—. A ella le gusta ser extraña.
—No, Gerard, me gusta dirigirme a las personas por su nombre de
pila —corrigió Claire, mirándolo mal. Volvió su atención hacia mí y
comenzó a explicar—. Gerard es amigo de mi hermano Hugh.
Recuerdas a Hughie, ¿verdad, Shan?
Asentí, recordando claramente al guapo hermano mayor de Claire.
Con cabello rubio claro y ojos marrones, Hugh Biggs era el
equivalente masculino de su hermana, excepto por sus abdominales,
rasgos masculinos y las obvias partes de un niño. Hugh no asistió a la
misma escuela primaria que nosotras, pero siempre había sido amable
conmigo cuando iba a su casa. Él era uno de los pocos chicos aparte de
Joey con los que no me sentía nerviosa. Hughie siempre me dejaba en
paz y lo apreciaba.
—Bueno, han estado en la misma clase desde jardín de infantes, y
este monstruo aquí… —Hizo una pausa para darle un pequeño empujón
a Gibsie antes de continuar—: ha sido un elemento permanente en mi
cocina durante la mayor parte de mi vida. Él vive al otro lado de la calle
de nosotros —agregó—: Desafortunadamente.
—Vamos, Claire-Bear —bromeó—. ¿Es esa alguna forma de hablar
sobre el chico que te dio tu primer beso?
—Ese fue el resultado de un desafortunado juego de hacer girar la
botella —respondió ella, con las mejillas sonrojadas, mientras lo miraba
fijamente—. Y te he dicho un millón de veces que dejes de llamarme así.
—Todo es un espectáculo —me informó Gibsie con una gran
sonrisa—. Ella me ama de verdad.
—Realmente no —replicó Claire, ahora nerviosa—. Lo tolero porque
trae galletas a mi casa. —Se volvió hacia mí y dijo—: La madre de
Gerard tiene una panadería en la ciudad. Sus pasteles son increíblemente
deliciosos.
—¡Gibs! Vamos, muchacho. ¡El equipo te está esperando! —le gritó
alguien desde el otro lado del comedor, haciendo que los tres nos
diésemos la vuelta.
Mi corazón se detuvo por un breve momento antes de dar un salto
mortal en mi pecho cuando mis ojos se posaron en Johnny Kavanagh
parado en el arco del comedor, con su mano gesticulando salvajemente
en el aire y una expresión atronadora grabada en su rostro.
—Cinco minutos —respondió Gibsie.
—El entrenador nos quiere ahora —ladró Johnny con ese fuerte
acento de Dublín que me había acostumbrado a escuchar—. No en cinco
malditos minutos —agregó, sin importarle quién lo estaba escuchando.
Estaba bastante claro que no le importaba si la gente lo miraba o no.
Ignorándolo, Gibsie levantó dos dedos y volvió su atención a Claire.
Empezó a hablarle en voz baja y susurrante, pero no entendí nada.
Toda mi atención estaba en el par de ojos azules que me devolvían la
mirada.
Por lo general, cuando me atrapaba mirándolo, apartaba la mirada o
agachaba el rostro, pero esta vez no pude.
Me sentí atrapada.
Completa y absolutamente atrapada en su mirada.
Johnny inclinó la cabeza hacia un lado, mirándome con una
expresión curiosa, la irritación anterior en sus ojos fue reemplazada por
algo que no pude descifrar.
Mi corazón martilleaba violentamente contra mi caja torácica.
Y luego sacudió la cabeza y miró hacia otro lado, su atención se
movió hacia el reloj en su muñeca izquierda, rompiendo la mirada
extraña, como de trance.
Soltando un suspiro tembloroso, me alejé de él, me incliné hacia
adelante y dejé que mi cabello cayera hacia adelante para ocultar mis
mejillas ardientes.
—Espero ver pompones y las palabras «Amo a Gibsie» en letras de
neón en tus tetas la próxima semana en la final de School Boy Shield. —
Fue todo lo que logré escuchar decir a Gibsie antes de que se despidiera
y se marchara trotando.
—Lo siento por él —dijo Claire, la mirada parpadeando de mi cara a
detrás de mí. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos brillaban. Tiró de
una pelusa imaginaria de su jersey escolar antes de agregar—: Es un poco
extraño.
—Él está muy interesado en ti —dije, agradecida por la distracción
de mis pensamientos.
—A Gerard le gustan todos —respondió ella con un profundo
suspiro—. Bueno, todos los que tienen una vagina.
—No lo sé, Claire. Parecía que le gustabas mucho —comencé a decir,
pero rápidamente me interrumpió.
—Bueno, lo sé, Shan —dijo, con las mejillas aún sonrojadas—. Es
un jugador. Un puto y completo mujeriego. Monta cualquier cosa con
una falda —agregó—. Todos ellos lo hacen.
—¿Ellos?
—Los muchachos del equipo de rugby —explicó—. Con la excepción
de Hugh, y posiblemente Patrick.
Arrugué la nariz.
—Oh.
—Sí, oh —respondió Claire, haciendo una mueca—. Y la única
razón por la que Gerard es así conmigo es porque soy la hermana menor
de Hughie y él sabe que no puede tenerme. —Suspirando, agregó—: Es
un juego inofensivo de coqueteo para él que no servirá de nada.
—¿Y qué hay de ti? —pregunté, tono suave—. ¿Qué es para ti?
Claire se mordió el labio inferior durante varios segundos antes de
susurrar:
—Tormento.
Esa fue toda la aclaración que necesitaba para confirmar mis
sospechas.
A Claire le gustaba Gerard o Gibsie, o como se llame.
En ese momento, dada la reciente oleada de hormonas golpeando mi
sistema reproductivo, provocada por la inyección de Johnny Kavanagh
en mi vida, pude relacionarme con mi amiga de la manera más
fundamental.
—Los chicos con ojos bonitos y músculos grandes arruinan todo para
las chicas —resopló Claire.
—Sí —concordé débilmente—. Ciertamente lo hacen.
—¿Cómo somos? —Claire se rio a medias—. A ambas nos gusta lo
peor posible para nosotras.
—¿Yo? —Negué con la cabeza y salté al modo de negación—. No
me gusta nadie.
—Sí, claro —se burló Claire—. Ni siquiera intentes fingir, pequeña
señorita ruborizada. Veo la forma en que lo miras.
—Claire. —Negué con la cabeza y suspiré—. Te estás imaginando
cosas.
—Oh, mira —jadeó, señalando detrás de mí—. Johnny viene hacia
aquí.
—¿Q-qué?
Sorprendida, me giré para descubrir que estaba mintiendo.
—Ja. —Claire se rio—. Lo sabía.
—No tiene gracia —murmuré, acariciando mis mejillas ardientes.
—No te preocupes, Shan —respondió, sonriendo con complicidad—
. Tu secreto está a salvo conmigo.
Azul Medianoche
Johnny
Shannon Lynch tenía ojos de color azul medianoche que no se me
iban a quitar de la cabeza.
Al menos esa es la comparación más cercana que pude encontrar en
las innumerables búsquedas en Internet que había realizado.
Las búsquedas de tablas de colores en Internet eran confusas, pero no
tan desconcertantes como mi jodido cerebro que, como un disco rayado,
parecía estar atascado en repetición.
La pista de elección de mi cerebro: Shannon como el río, con los
hermosos ojos azules, rostro de un ángel y el pasado problemático.
Después de leer su archivo, me tomó varios días absorber el
contenido, y varios más antes de encontrar la moderación que necesitaba
para no conducir hasta ECB y golpear a sus acosadores.
Toda esa primera semana después de las vacaciones de Navidad, me
preocupé por la chica, esperando a ver si mañana sería el día en que
regresaría a la escuela.
Mis niveles de ansiedad estaban por las nubes cuando llegó el viernes
y ella no había regresado.
Me había molestado tanto que pasé por la oficina del Sr. Twomey
para revisarlo.
Fue allí donde supe que, de hecho, le había dado a la chica una
conmoción cerebral despiadada y que ella estaba en casa en reposo en
cama por el resto de la semana.
Cuando Shannon regresó a la escuela el lunes siguiente, me llamaron
directamente a la oficina, donde me recibieron el Sr. Twomey, la Srta.
Nyhan, la directora de tercer año, el Sr. Crowley, el director de mi año,
y la incubadora humana que era la Sra. Lynch.
Allí me explicaron, que si bien, sabían que mis acciones en la cancha
fueron accidentales, lo mejor sería que me mantuviera alejado de ella
para evitar futuros incidentes.
También me fue entregada una bolsa de plástico de su madre con mi
jersey dentro, junto con una disculpa entre dientes por haberme
empujado en el pasillo ese día, obviamente tratando de cubrir su trasero
por haber puesto sus manos sobre un estudiante, y otra severa
advertencia para que me mantuviera alejado de su hija.
Furioso por haber sido acorralado en una jodida e innecesaria
intervención, sin mencionar que me trataron como un villano por un
error honesto, respondí con un agudo «Sin ningún maldito problema», antes
de tomar mi jersey y regresar a clase con toda la intención de hacer
precisamente eso.
No necesitaba ese tipo de problemas en mi vida.
No necesitaba la amenaza de suspensión colgando sobre mi cabeza.
Estropeaba mis planes, y no había ninguna chica por la que valiera la
pena poner mi futuro en peligro.
Siguiendo las reglas, más por mi propio bien que por el de ella, me
mantuve alejado.
No le hablé, y no me acerqué cuando la vi entre clases o en el
comedor durante el descanso.
Me mantuve alejado de esa chica y de las complicaciones que
parecían seguirla.
Pero a pesar de lo enojado que estaba, todavía estaba pendiente de
ella en los pasillos.
Llámalo ser demasiado protector con una chica vulnerable o llámalo
de otra manera, pero mantuve mis oídos abiertos cuando se trataba de
Shannon Lynch y cerré cualquier mierda que pudiera ser un problema,
asegurándome de que tuviera una transición sin problemas a Tommen.
Sin embargo, después de un par de días, rápidamente quedó claro que
no necesitaba la ayuda de nadie.
A Shannon le gustaba Tommen.
A los profesores les gustaba.
A los estudiantes les gustaba.
A mí me gustaba ella.
Ese era el problema.
Además, tenía sus propios pequeños guardaespaldas en forma de dos
rubias que siempre parecían estar flanqueándola dondequiera que fuera.
Reconocí a la más protectora de las dos chicas como la hermana de
Hughie Biggs, el medio apertura de nuestro equipo, y uno de mis amigos
más cercanos.
La otra rubia era la novia intermitente de Pierce Ó Neill, otro
compañero mío.
No podía recordar el nombre de la novia de Pierce, sólo que
recordaba lo jodidamente viciosa que podía ser con su lengua y que
cualquier muchacho en su sano juicio debería mantenerse alejado.
Lanzándome a mi rutina, traté de ignorar y olvidarme de Shannon,
eligiendo concentrarme en el juego e ignorar todas las distracciones a mi
alrededor, siendo el sexo el tipo de distracción más peligroso.
Realmente lo intenté.
Pero entonces uno de los muchachos la mencionaba en una
conversación, o ella me pasaba en el pasillo de la escuela, y yo estaba de
vuelta en el punto de partida.
No podía entenderlo y traté de no pensar demasiado en ello.
Pero eso no impidió que ella apareciera en todas las conversaciones
en las que había estado involucrado desde su llegada a Tommen.
Los muchachos eran unos cabrones y la edad no significaba nada
para la mayoría de ellos.
Demasiados malditos imbéciles de mi año hablaban de ella,
pensaban en ella y conspiraban sobre ella, y me volvía loco.
La semana pasada, por ejemplo, en realidad expresé mis
frustraciones, diciéndole a una mesa de compañeros de clase
sorprendidos que se jodieran, que ella sólo tenía quince años.
No les importaba que sólo estuviera en tercer año, y a mí me
molestaba que me importara cuando en realidad no debería.
Un montón de tercer año anotó con personas de cuarto, quinto y
hasta sexto año.
Yo no.
Nunca yo.
A diferencia del resto de los muchachos que no tenían problemas
para joder con chicas más jóvenes, yo era plenamente consciente de las
implicaciones que podían surgir.
Había recibido más que mi parte justa de sermones de entrenadores
y ex profesionales sobre las repercusiones catastróficas que venían de
follar con la chica equivocada.
Y aunque no estaba particularmente orgulloso de mi
comportamiento hacia las chicas a lo largo de los años, tracé la línea con
cualquiera más joven que yo.
Sabía que eso me convertía en un hipócrita considerando que estaba
más que dispuesto a ir con chicas mayores que yo, pero tenía que estar a
salvo, maldita sea. Tenía un sueño y una visión clara de lo que necesitaba
hacer para lograrlo. Jugar con chicas más jóvenes era peligroso.
Es por eso que esta chica en particular me estaba molestando tanto.
En el momento en que puse los ojos en ella, algo me había golpeado
con fuerza en el pecho.
Algo desconocido y desconcertante.
Había pasado más de un mes y todavía estaba tambaleándome.
Estábamos en febrero y todavía estaba silenciosamente obsesionado
con Shannon como el río.
No me gustaba y ella me gustaba menos por ser la única causa de mi
incertidumbre.
No tenía sentido.
Era una chiquilla diminuta, todo miembros y huesos. No había
curvas en ella, y dudaba que incluso usara sostén si era honesto conmigo
mismo.
¿Ves?
Muy joven.
Demasiado jodidamente joven.
Pero eso no me impidió buscarla entre la multitud.
Y no me impidió observarla cuando la encontraba.
Cuanto más trataba de bloquearla, más la buscaba.
Hasta que la estaba buscando entre cada puta clase.
A veces, la encontraba mirándome de vuelta.
Siempre me daba esta mirada deslumbrada por los faros antes de
agachar la cara.
No estaba seguro de qué hacer con nada de eso.
Reconocí plenamente que estaba teniendo una reacción irracional
hacia la chica.
No era normal.
El problema era que no podía controlarme.
No podía apagar mi cerebro.
Bella era otro problema para mí.
Estaba harta de lo que ella llamaba, «ser irrespetada» y me había
enviado un mensaje de texto hace un par de semanas para llamar la
atención sobre nuestras no folladas.
Sabía que debería haber sentido algo al respecto, había estado
durmiendo con la chica durante casi ocho meses, pero todo lo que sentía
era vacío.
Allí no había conexión y estaba cansado de sentirme utilizado.
No fue como si nos encontráramos para charlar o ir al cine o algo por
el estilo.
Ella no quería eso de mí.
Ni siquiera cuando me ofrecí.
Claro, no había sentimientos involucrados, y nunca había estado
interesado en tener una relación con ella, pero después de pasar seis de
los ocho meses con mi pene dentro de ella, no me opuse a invitar a la
chica a cenar o llevarla a ver una maldita película.
Le había ofrecido en muchas ocasiones y ella había declinado hasta
la última.
Porque eso no era lo suficientemente público.
Porque Bella sólo me quería cuando estaba a la vista en el pub o en
la escuela, donde podía presumirme con todos sus amigos como si fuera
un maldito toro preciado.
Bella me había informado a través de un mensaje de texto que ahora
estaba con Cormac Ryan de sexto año.
Había medio sospechado que algo estaba pasando entre los dos desde
hace un tiempo porque él había estado actuando como una mierda
cuando estaba conmigo.
Cormac había recibido una llamada de La Academia durante el
verano. Había estado en algunas sesiones con los jóvenes y compitió en
varios combates de prueba.
Hasta ahora, Cormac no había tenido éxito en ganar un contrato de
colocación permanente y no estaba conteniendo la respiración por el
tipo.
Ese no era yo siendo un idiota rencoroso.
Era yo declarando hechos.
Era un extremo decente, pero necesitaba sacar algo de magia seria de
la bolsa si quería llegar a la cartelera principal con el club.
Si lo lograba, bien por él.
Si no lo hacía, me importaba una mierda.
Cormac estaba en el año por encima de mí, por lo que nunca
habíamos sido amigos, per se, pero habiendo jugado en el mismo equipo
durante los últimos cinco años, esperaba un poco más de lealtad.
Y si Bella estaba buscando provocarme una reacción al acostarse con
mi compañero de equipo, estaría muy decepcionada porque nunca le
daría la satisfacción.
¿Dolió?
Sí.
¿Me sentí traicionado?
Por supuesto.
¿Significaba eso que la quería de vuelta?
Maldita sea, no.
Porque no podía soportar a los mentirosos, y eso es lo que ella era.
Tampoco lidiaba bien con los juegos mentales, que era exactamente
lo que ella estaba tratando de hacer conmigo.
Romper conmigo, irse con mi compañero de equipo y luego darse la
vuelta e inundar mi bandeja de entrada y decirme que me quería de
regreso fue un excelente ejemplo de los juegos que a esta chica le gustaba
jugar conmigo.
Lo que no entendió fue que no importaba cuántos juegos intentara
jugar o cuántas mamadas prometió darme.
No había vuelta atrás allí.
No para mí.
Tal vez estaba muerto por dentro como Bella había sugerido en el
millón de mensajes de texto que me envió después de que rechacé sus
ofertas de arreglar las cosas.
No lo creía.
Tenía sentimientos.
Me importaban las cosas.
Simplemente no los mentirosos.
—Tengo una confesión que hacer —anunció Gibsie durante el
entrenamiento del miércoles.
Estábamos en nuestra vigésima novena de las treinta vueltas
ordenadas al campo y estaba empezando a desanimarse.
En realidad, yo estaba en mi vigésima novena vuelta.
El resto del equipo estaba en su decimocuarta.
Gibsie estaba en su octava vuelta y el desánimo comenzó en la cuarta.
Ahora, parecía un muchacho que se cae de un club nocturno a las
tres de la mañana con el estómago lleno de cócteles bombas Jager.
Él, junto con el resto de ellos, necesitaban estar juntos porque
teníamos el School Boys Shield para jugar la próxima semana y no tenía
intención de estrellarme contra el suelo si el resto del equipo no estaba
comprometido con la causa.
Estos cabrones tenían diez días para aclararse las ideas.
—¿Estas escuchando? —gruñó Gibsie en un tono sin aliento,
agarrándose de mi hombro con la esperanza de que pudiera tirar de su
trasero perezoso—. Porque esto es serio.
—Estoy escuchando —le dije, aspirando una bocanada de aire y
expulsándola lentamente—. Confiesa.
—Tengo unas ganas locas de patearte en las bolas… —resopló Gibsie
entrecortadamente antes de que terminara con—: Y romper lo que quede
ahí abajo.
—¿Qué diablos? —Sacudiendo su mano fornida de mi hombro por
centésima vez, cambié de posición, trotando hacia atrás para poder mirar
al bastardo—. ¿Por qué?
—Porque eres un fenómeno de la naturaleza, Kav —jadeó,
arrastrándose detrás de mí—. No hay maldita manera de que un tipo en
tu posición… —Me señaló con un dedo y luego se inclinó hacia adelante,
presionando sus manos en la parte posterior de su cabeza—, con un pene
roto pudiera correr tanto tiempo sin caer muerto. —Gimiendo, agregó—
: ¡Mi pene está en perfecto estado de funcionamiento y está llorando por
el esfuerzo, Johnny! ¡Llorando! Y mis bolas han hibernado de regreso a
su posición anterior a la pubertad.
—Mi pene no está roto, imbécil —gruñí, mirando alrededor para ver
si alguien nos escuchaba.
Afortunadamente, el resto del equipo estaba al otro lado del campo.
—Quiero una foto de eso —resolló—. Así puedo mostrárselo al
entrenador y fingir que es mío. Nunca me hará correr de nuevo.
—Sigue hablando de eso y no necesitarás una foto para mostrársela
al entrenador —dije entre dientes—. Te lo cortaré y en su lugar, puedes
dárselo.
Gibsie hizo una mueca.
—¿Todavía es demasiado pronto para hacer bromas?
Asentí rígidamente y luego me di la vuelta, recuperando mi ritmo
anterior, mientras me acercaba a la línea de meta.
—Lo siento, muchacho —jadeó, volviendo a correr cojeando junto a
mí—. Simplemente no es natural moverse con ese tipo de velocidad
cuando estás lesionado.
—¿De verdad crees que esto es fácil para mí? —dije con dientes
apretados.
Si lo creía, entonces estaba jodidamente loco.
Tenía «velocidad» porque pasé la mayor parte de mi infancia y toda
mi adolescencia trabajando en mi cuerpo.
Mientras Gibsie y los muchachos jugaban a golpear, correr y girar la
maldita botella, yo estaba en un entrenamiento.
Cuando perseguían chicas, yo perseguía ganancias.
El rugby era mi vida.
Esto era todo lo que tenía.
Pero el ritmo laborioso que estaba manteniendo hoy estaba tan lejos
de mi estándar habitual que era patético.
Estaba lento y la única razón por la que no se notaba era porque
estaba al nivel de la escuela.
Si arrastrara mi trasero así a La Academia, donde jugué junto a los
mejores jugadores del país, inmediatamente me lo harían notar por eso.
Mi cuerpo estaba en llamas y me movía por pura voluntad.
Todo me dolía hasta el punto en que tuve que respirar por la nariz
para evitar vomitar. Pagaría el esfuerzo con una noche de insomnio
retorciéndome de dolor, media docena de analgésicos y un baño
hirviendo con sales de Epsom.
Pero no podía parar.
Maldita sea, me negaba a ceder.
Si le daba al entrenador Mulcahy un sólo indicio de que no estaba a
la altura, llamaría a los jefes de La Academia.
Y si llamaba a La Academia, estaba jodido.
Disminuí mi ritmo cuando llegué a la zona de anotación, caminando
hacia afuera, manteniendo mis músculos relajados y en movimiento.
Si me detenía en seco, iba a agarrotarme, y tenía la intención de
hacerlo en la privacidad de mi propio automóvil.
Tomé una botella de agua del suelo y caminé por la línea de banda
como un loco durante varios minutos, tratando desesperadamente de
alejarme del dolor.
No me atrevía a realizar un estiramiento posterior a la carrera.
Yo no era tan masoquista.
Cuando mi ritmo cardíaco volvió a la normalidad, esperé a que el
entrenador me diera el visto bueno para salir temprano, luego regresé a
los vestuarios, mi trabajo del día había terminado.
No me había dado cuenta de que Gibsie me había seguido por el
camino hasta que lo escuché dejar escapar un silbido de lobo
ensordecedor.
—¡Te ves bien, Claire-Bear!
Curioso, seguí su línea de visión sólo para encontrar a dos rubias
familiares acurrucadas bajo el toldo fuera del edificio de ciencias.
Una de dichas chicas nos estaba frunciendo el ceño con el dedo
medio dirigido hacia mi mejor amigo.
—¿Mirándome entrenar de nuevo? —gritó Gibsie a través del patio—
. Sabes que me encanta cuando haces eso.
Me tomó unos segundos reconocer a la rubia de piernas largas como
la hermana menor de Hughie Biggs.
—¿Qué fue eso? —le gritó Claire en respuesta, ahuecando su oído
con la mano—. No puedo oírte.
—¡Sal conmigo!
—¡Vete al diablo, Gerard!
—Sabes que quieres. —Gibsie se rio, moviendo los dedos hacia ella
a modo de saludo—. Mi pequeña niña de ojos marrones.
—¡No lo hagas, Gerard! —El rostro de Claire se puso rojo brillante—
. No te atrevas a cantar eso…
Gibs la interrumpió con un verso de Van Morrison.
—¡Te odio, Gerard Gibson! —siseó Claire cuando él terminó de darle
una serenata como un cuervo demente.
—Y yo también te amo. —Se rio, antes de volver su atención hacia
mí y ahogar un gemido—. Jesucristo —gimió para que sólo yo pudiera
escucharlo—. Te lo juro por Dios, muchacho, esa chica me vuelve loco.
—Ya estás loco —le recordé—. No necesitas la ayuda de nadie con
eso.
—Mírala, Johnny —gimió, ignorando mi comentario—. Mira lo
hermosa que es esa chica. Dios, puede que sea ese cabello de sol, pero te
juro que brilla.
—Ni siquiera lo pienses —fueron las palabras que salieron de mi
boca.
—No lo haré, por ahora —respondió Gibs, con los ojos encendidos
con picardía—. Pero tengo la sensación de que me voy a casar con ella.
Su comentario me detuvo en seco.
—¿Qué?
Era demasiado raro.
Incluso para él.
—Siempre y cuando ambos salgamos de nuestra juventud sin ningún
bebé accidental —agregó pensativamente—. Y por supuesto, su hermano
no me corte el pene primero.
—Claire está en tercer año —dije inexpresivamente—. Y es la
hermana menor de tu compañero de equipo. ¿Qué mierda te pasa, Gibs?
—¿Dije que me iba a casar con ella hoy? —respondió Gibsie—. No,
hijo de puta, no lo hice, así que límpiate los oídos. Me refiero a cuando
sea jodidamente viejo y haya terminado de vivir mi vida.
—¿Jodidamente viejo? —Lo miré boquiabierto—. ¿Terminado de
vivir tu vida?
—Sí. —Se encogió de hombros—. Ya sabes, como treinta o algo así.
Puse los ojos en blanco.
—Sí, bueno, una palabra para el sabio, Gibs: disfruta tu vida salvaje,
pero ponte condón. Y mantenla alejada de chicas como esa.
—Oye, no me pongas esos ojos juzgadores —se burló Gibsie—.
Siempre me pongo condón. Y no hay nada de malo en que me guste. Tú
eres el que tiene fobia a las chicas de tu edad, muchacho, no yo.
Consciente de que estábamos teniendo esta conversación
extremadamente jodida en medio del patio, busqué alrededor para ver si
alguien estaba escuchando a escondidas.
Gibsie no era el crayón más brillante de la caja, pero me sentiría
jodidamente desconsolado si Hughie lo escuchara hablar de su
hermanita así y lo asesinara.
Fue en ese momento exacto en que mi mirada se posó en la pequeña
morena, cargada con un montón de libros, saltó los escalones del edificio
de ciencias y se apresuró hacia las rubias.
Una oleada repentina de algo llenó mi pecho cuando reconocí a la
morena como Shannon.
Maldita sea, ¿por qué tenía que verse así?
¿Por qué me atraía cada detalle de esa maldita chica?
No era justo.
En realidad, si era honesto, era francamente cruel.
No tenía ningún sentido para mí encontrarla atractiva.
No se parecía en nada a las chicas con las que solía follar.
Me gustaban las curvas.
Me encantaban las tetas.
Y yo era un fanático de un gran culo.
Ella no tenía nada de lo anterior.
Pero tenía piernas.
Y cabello.
Y una sonrisa.
Y esos jodidos ojos azul medianoche, que no pensé que fuera una
palabra lo suficientemente buena para describir el color.
Deberían haber sido llamados «azul alma» porque eran
condenadamente profundos y absorbían a una persona directamente...
Y luego fue y dejó caer sus libros.
Se esparcieron por el suelo y Shannon se inclinó para recogerlos, lo
que provocó que su falda se levantara demasiado.
Dos muslos suaves y pálidos llenaron mi visión, enviando una oleada
de banderas rojas disparadas en mi cerebro y una ola de calor
atravesando mi cuerpo.
—Ah, mierda —murmuré por lo bajo, tomado por sorpresa tanto por
verla como por la reacción explosiva de mi cuerpo al verla.
Dejando caer mi mirada, inhalé algunas respiraciones
estabilizadoras, tratando desesperadamente de recuperar el control de mi
problemático pene.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gibsie, mirando a nuestro alrededor en
busca de la fuente de mi evidente incomodidad.
—Nada —murmuré, irritado pasando una mano por mi cabello—.
Vamos.
Gibsie, al darse cuenta de mi problema obvio, echó la cabeza hacia
atrás ante mi reacción y aulló de risa.
—¿Tienes una… ¡santo cielos, la tienes! —se atragantó con ataques
de risa—. ¡Y te estás sonrojando! —Me dio una palmada en el hombro y
resopló ruidosamente—. Ah, muchacho, me encanta.
—No es mi culpa —gruñí mientras me apresuraba en dirección a los
vestuarios, caminando como el jodido vaquero de diamantes de
imitación—. No puedo controlarlo en estos días.
Me metí en los vestuarios, me quité la ropa y fui directamente a las
duchas con la intención de quemar el dolor y la incomodidad de mi
sistema.
No funcionó.
Mi cuerpo todavía tenía un dolor insoportable y todavía lucía tres
cuartos erecto.
Bajando la cabeza, miré la mitad inferior de mi cuerpo y debatí mis
opciones.
Pero no podía hacerlo.
No podía tocar mi propio maldito pene.
Estaba demasiado asustado.
Los recuerdos vívidos de ese horrible viaje a la sala de emergencias y
las terribles advertencias que los médicos me habían dado en Navidad
me habían jodido oficialmente la cabeza.
Jesús, era un maldito desastre.
Apoyando mi frente contra la pared de azulejos, dejé que el agua
hirviendo me bañara mientras esperaba lo que pareció una eternidad
para que mi problema se resolviera, mordiéndome los nudillos para
enterrar mis gemidos de dolor.
Bueno, si antes no estaba claro que necesitaba mantener la distancia,
ciertamente lo estaba ahora.
Tenía que mantenerme alejado de esa chica.
Cristo…
—¿Te sientes mejor? —Gibsie se rio cuando finalmente regresé al
vestidor, con una toalla alrededor de la cintura.
Todavía estábamos solos aquí, gracias a Dios, ya que el resto del
equipo se estaba poniendo al día con las vueltas.
Ignorando la broma, le di la espalda y dejé caer mi toalla.
Antes de la cirugía, no lo habría pensado dos veces antes de andar
desnudo delante de cualquiera.
Ahora, no tanto.
Porque además de tener que mantener mi problema en secreto, estaba
cohibido.
Era otro sentimiento nuevo e inoportuno.
Siempre había estado orgulloso de mi cuerpo. Fui bendecido con
retención muscular natural y fuerza física, y pagué cada abdomen en mi
estómago con un régimen de entrenamiento extenuante.
Trabajé muy duro para mantenerme en óptimas condiciones físicas,
pero las bolas moradas, el saco hinchado y la cicatriz que supuraba no
era algo que quisiera que nadie viera.
Ni siquiera yo mismo.
Por eso no miré hacia abajo cuando me puse un par de calzoncillos
limpios.
En mi actual estado de pánico frenético, la negación era un río en
Egipto y si seguía enchufando, mejoraría, porque la alternativa no era
una opción.
Ceder no era una opción.
Más tiempo libre no era una opción.
Perderse la campaña de verano con la sub20 no era una opción.
Perder mi puesto en el equipo titular por debilidad no era una maldita
opción.
Jugar y matar era mi única opción porque me negaba a estrellarme y
quemarme a los diecisiete años.
—¿Estás bien, Johnny? —preguntó Gibsie, rompiendo el silencio
acumulado.
Su tono, por una vez, era serio, razón por la cual respondí con un
movimiento de cabeza cortado.
—¿Ya estás listo para hablar de eso?
—¿Hablar acerca de qué?
—Sea lo que sea lo que te ha estado volviendo loco desde que
regresamos de las vacaciones de Navidad.
—Nada me molesta —respondí, subiendo mis pantalones escolares
por mis muslos. Me abroché el cinturón y alcancé mi camisa.
—Tonterías —respondió.
—Estoy grandioso —agregué, rápidamente ajustando mis botones en
su lugar.
—Has sido como un oso con dolor de cabeza desde que regresaste a
la escuela después de Navidad —se quejó—. Y no me digas que es por
tu cirugía porque sé que hay algo más…
Mi teléfono comenzó a sonar entonces, distrayéndonos a ambos.
Metí la mano en mi bolsillo, lo saqué, revisé la pantalla y luego resistí
el impulso de arrojarlo a la pared.
—Maldita Bella —me quejé, cancelando la llamada y tirando mi
teléfono de nuevo en mi bolsillo.
Gibsie hizo una mueca.
—¿Qué está pasando ahí?
—Nada —respondí—. Se acabó.
—¿Bella sabe eso?
—Debería —respondí rotundamente—. Ella es la que terminó.
—¿Sí?
—Sí. —Pellizcándome el puente de la nariz, exhalé un suspiro
tranquilizador antes de agregar—: Está follando con Cormac Ryan
ahora.
—¿Y estás bien al respecto?
—Me importa un carajo si te soy honesto, muchacho —respondí
rotundamente—. Estoy más aliviado que nada.
Gibsie negó con la cabeza.
—¿Estás seguro? Estuviste jodiendo con ella durante mucho tiempo.
—Terminé hace mucho tiempo, Gibs —admití—. Confía en mí,
muchacho, todo lo que quiero que haga es que me deje en paz.
—Bueno, si eso es cierto, entonces es la mejor noticia que he
escuchado en todo el año —declaró Gibsie—. Porque, sinceramente, no
puedo soportar a esa chica. Es una maldita mujer peligrosa. Tenía miedo
de que terminaras dejándola embarazada y nos quedaríamos atrapados
con ella de por vida.
—No hay posibilidad de que eso suceda —le dije mientras reprimía
un escalofrío—. Siempre envuelvo mi mierda.
—Ella es del tipo de perforar un condón, muchacho —respondió
Gibsie—. Y tú eres un faro de luz brillante para esas chicas, con un
enorme letrero de neón de euro colgando sobre tu cabeza.
—Me retiro —respondí—. Siempre.
—¿Cada vez?
—¿Por qué me preguntas sobre mi salud sexual? —digo inexpresivo.
Gibsie hizo una mueca.
—Porque ella es sucia.
—Gibs, no dices una mierda así de una chica —le advertí—. No es
correcto.
—No estoy diciendo eso de cualquier chica. —Se encogió de
hombros y agregó—: Lo digo por esa chica.
—Bueno, estoy bien —dije con dientes apretados—. Me hice las
pruebas el mes pasado y estoy limpio como una patena.
—Gracias a Dios. —Suspiró, luciendo aliviado—. Porque ella…
—¿Podemos no hablar más de ella? —lo interrumpí, completamente
asqueado al pensar en ella—. Estoy cansado de oír hablar de ella, Gibs.
—Está bien, pero déjame hacerte una pregunta más —respondió—.
Sólo una y dejaré el tema por la paz.
Suspiré con cansancio y esperé a que hablara, sabiendo que no
importaba si estaba de acuerdo o no.
Aclarándose la garganta, preguntó:
—¿Estás aliviado de que Bella haya terminado como sea que
llamaran a lo que ustedes dos estaban haciendo porque estabas cansado
de Bella? —Estudió mi rostro por unos momentos antes de agregar—: ¿O
porque te gusta la chica?
Su pregunta me hizo hacer una pausa a mitad de un botón.
—¿La chica?
—Sí, la chica.
—¿Qué chica? —pregunté, fingiendo ignorancia.
—La maldita chica, Johnny —gruñó Gibsie, levantando las manos—
. La que noqueaste. Por la que acepté estar con Dee para poder obtener
su archivo. La que pasas tus días intercambiando ojos pegajosos en la
escuela.
—¿Ojos pegajosos? —Me puse la camiseta sobre el estómago y me
puse los zapatos—. ¿Qué diablos son los ojos pegajosos?
—Ojos desmayados —espetó Gibsie, ahora exasperado—. Miradas
ardientes. Miradas de fóllame. Las señales de «quiero comerme tu
vagina». —Sacudió la cabeza y sacó una lata de desodorante de su bolsa
de equipo—. Como quieras llamarlos.
—Estás loco, Gibs —anuncié, decidiendo desviarme—. En serio,
hombre, a veces realmente me preocupo por lo que está pasando en esa
cabeza tuya.
—No hay nada malo en mi cabeza, Kavs. Tú eres el que tiene el
jodido tic en el ojo cada vez que esa chica anda por el lugar. —Me tiró el
desodorante y lo atrapé en el aire—. No creas que no he entendido lo que
está pasando allí.
—No sé de lo que estás hablando, muchacho. —Pasé debajo de mi
camisa y rocié mis axilas—. Mis ojos están en perfecto estado de
funcionamiento.
—Tu pene también está en perfecto estado de funcionamiento —
respondió él. Se quitó el jersey del colegio por la cabeza y continuó—:
Cuando esa chica anda por ahí.
Me tomé mi tiempo para responderle por dos razones.
La primera es que no quería reaccionar por instinto y hacer un
espectáculo.
La segunda es que no tenía ni puta idea de qué decir.
Permaneciendo en silencio, me concentré en atarme los cordones de
los zapatos.
—¿No vas a responderme? —sondeó Gibsie, sonriendo.
—No hay nada que decir —dije con dientes apretados,
concentrándome demasiado en hacer el nudo perfecto—. No voy a
hablar de ella.
—¿Por qué no? —presionó.
—Porque jodidamente no lo haré, Gibs.
—Porque te gusta ella —dijo Gibsie.
—Porque ella no está en debate —espeté.
—Porque realmente te gusta —corrigió—. Porque la deseas.
Le lancé una mirada sucia y luego volví a mirar mis zapatos.
—Ojalá lo admitieras, muchacho —murmuró Gibsie.
—Y desearía que te metieras en tus propios putos asuntos —ofrecí
sarcásticamente—. Se está haciendo viejo, muchacho. No me escuchas
regañando tu vida amorosa.
En el momento en que las palabras salieron de mi boca y vi que sus
ojos se iluminaban, me arrepentí.
—Ah, ¿así que estás pensando en salir con ella? —exigió Gibsie
emocionado, los ojos bailando con puro deleite—. Joder, lo sabía.
—No —corregí—. No lo estoy.
—¿Por qué no?
—Porque sí.
—¿Porque sí? —presionó.
—Porque no voy a hacerlo, ¿de acuerdo? —ladré—. Ahora déjalo.
—Eres ridículo —anunció Gibsie, tirando toda su mierda de vuelta a
su bolsa de equipo—. Piensas demasiado todo, hombre. Hablas de que
mi cabeza está hecha un lío, pero la tuya debe ser un maldito lugar
horrible para estar, con todo ese análisis excesivo que haces.
—Déjalo, Gibs.
—Simplemente no entiendo cuál es el problema —argumentó—. He
visto la forma en que la miras. Está claro que te gusta Sharon.
—Su nombre no es Sharon. —Le lancé una mirada sucia y luego volví
a empacar mi bolsa—. Es Shannon, y no me gusta.
—Esa fue una pregunta capciosa. —Sonrió—. Y pasaste con gran
éxito.
Gruñí mi respuesta.
Su sonrisa se amplió aún más cuando dijo:
—Y sí, te gusta.
—No, maldición, no me gusta.
—Bueno, creo que deberías invitar a salir a esta chica Shannon —
agregó Gibsie, cargando su bolsa sobre su hombro—. ¿Qué es lo peor
que puede pasar?
—Me podrían arrestar —le ofrecí sarcásticamente—. Tiene quince
años.
—No, no podrías ser arrestado —se burló, rodando los ojos—.
¡Tienes diecisiete, idiota, no setenta!
—Durante tres meses más. —Me puse la chaqueta y me puse de pie—
. Y además, esta conversación es irrelevante. —Recogiendo mi bolsa de
equipo, la arrojé sobre mi hombro antes de agregar—: No invito a salir a
las chicas. —Me acerqué a la puerta del vestidor y la abrí de un tirón—.
No tengo tiempo para esa mierda.
—La novia de Hughie, Katie, está en el año por debajo de él —ofreció
Gibsie, saliendo del vestidor—. Y Pierce O’Neill está en nuestro año y
ha estado jugando con la amiga perra de Claire durante mucho tiempo,
que por cierto está en tercer año.
—Hughie no tiene a La Academia respirándole en el cuello —
respondí rotundamente mientras lo seguía afuera—. Y Pierce O’Neill
puede jugar con quien carajo quiera.
—Relájate. —Gibsie levantó las manos—. Todo lo que digo es que
no sería gran cosa si te gustara.
—No vayas allí.
—Es natural sentirse atraído por una chica hermosa…
—Para.
—A nadie le importaría si la invitas a salir.
—En serio. Dale un descanso.
—Ella también te mira, ya sabes.
—Cállate, Gibsie.
—La he visto hacerlo.
—Cállate, Gibsie.
—En los pasillos y el…
—¡Cállate la boca, Gibsie!
—Bien —resopló, frunciendo el ceño—. No hablaré.
Conté mentalmente en mi cabeza, preguntándome cuánto tiempo
Gibsie podría mantener la boca cerrada, pero sólo llegué a siete cuando
comenzó de nuevo con su mierda verbal.
—¿Cómo te las arreglas con la eyaculación?
Giré mi cabeza hacia él.
—¿Perdón?
—Eyaculando —aclaró Gibsie, con el rostro serio—. Pareces lleno
de frustración reprimida. Me pregunto si está relacionado con el pene.
Te estás masturbando, ¿verdad? Sé que estuviste fuera de combate un
tiempo cuando te serrucharon el saco de bolas, pero eres capaz de volver
a excitarte de nuevo, ¿no es así?
—¿Qué diablos? —Lo miré boquiabierto—. ¿Estas palabras
realmente salen de tu boca?
Me devolvió la mirada con una expresión expectante.
Dulce Jesús, hablaba en serio.
Y él estaba esperando que le respondiera.
Cuando Gibsie se dio cuenta de que no iba a responderle, siguió
divagando.
—Oh, muchacho, fue antes de tu cirugía, ¿no? —Me dirigió una
mirada comprensiva—. No te has corrido en meses. No es de extrañar
que estés tan enojado todo el tiempo —murmuró Gibsie con el ceño
fruncido de preocupación—. Es por eso que te pusiste duro cuando tu
Shannon se inclinó y te dio un poco de acción de culo desnudo. Tu pobre
pene debe haber pensado que era Navidad. —Estremeciéndose,
añadió—: Pobre, pobre bastardo.
—No voy a hablar de esto contigo —le dije mientras entraba al
edificio principal—. Hay algunas cosas en la vida que no compartimos,
Gibs.
—Bueno, demándame por estar preocupado por mi mejor amigo —
respondió, volviendo a ponerse a mi lado—. Vamos, Johnny, lo he visto.
—Refiriéndose a mis partes reproductivas destrozadas—. Puedes hablar
conmigo.
—No quiero hablar contigo —ladré—. Y nunca sobre esto.
—¿Sabes lo perjudicial que puede ser para tus bolas no liberarlas? —
exclamó Gibsie, decidiendo torturarme un poco más—. Es realmente
malo, Johnny. Vi este video en Internet. Fue más que inquietante. Las
bolas del tipo se hincharon hasta el punto de explotar…
—¡Detente! —dije con voz estrangulada—. ¡Por favor, sólo detente!
—Bien. Sólo respóndeme una pregunta y lo dejaré. —Deteniéndome,
Gibsie colocó sus manos sobre mis hombros, me miró fijamente a los
ojos y preguntó—: ¿Te estás masturbando?
Mirándolo, empujé su pecho y siseé:
—¡Jódete!
—¡Lo hago! —siseó Gibsie, con los ojos muy abiertos—. Tres veces
al día. ¿Tú puedes?
—Sí, no voy a escuchar esto —anuncié, tratando desesperadamente
de enmascarar mi pánico mientras imágenes de sacos de testículos
explotando bailaban en mi mente.
Dándome la vuelta, caminé de regreso por el pasillo hacia la entrada.
Maldición, me iba a casa.
Para alejarme del caso de locura mental que era mi mejor amigo.
Y para comprobar mis bolas.
—¡Mejor fuera que dentro, muchacho! —me gritó Gibsie—. La
práctica hace al maestro. Déjame saber cómo te va.
Diarrea Explosiva
Shannon
El sábado era mi día favorito de la semana por muchas razones.
Primero: era el primer día del fin de semana y el más alejado del
lunes.
Segundo: no había escuela.
Tercero y más importante: era el día de GAA.
Joey, Ollie y Tadhg siempre estaban fuera de casa la mayor parte del
sábado con entrenamientos y partidos.
Afortunadamente, eso significaba que mi padre también estaba fuera,
participando en actividades no relacionadas con el consumo de alcohol.
Lo que hizo que este sábado en particular fuera mejor que la mayoría
fue el hecho de que mi padre no sólo estuvo fuera de la casa todo el día
con los niños, sino que se dirigía a la despedida de soltero de su amigo
en Waterford esta noche.
Con este conocimiento, y el permiso de mamá, accedí a ir a la casa
de Claire el sábado por la tarde para pasar el rato con ella y Lizzie.
Tenía todas mis tareas terminadas a las tres en punto, que consistían
en limpiar la casa de arriba a abajo, poner media docena de cargas de
ropa y preparar la cena.
Y aunque casi me da un ataque al corazón cuando su hermano
Hughie apareció frente a mi casa con su novia para recogerme, logré
recomponerme lo suficiente como para subirme a la parte trasera de su
auto y aceptar que me llevara a su casa.
Toda la noche nos habíamos llenado la cara con comida chatarra,
visto repeticiones de One Tree Hill y chismeando sobre tonterías
absolutas.
Fue el mejor sábado que había tenido en años.
A las siete en punto, estaba llena y tirada en la cama de Claire,
sufriendo una sobrecarga de azúcar y escuchando a Lizzie parloteando
sobre cuánto despreciaba a Pierce.
—No sé lo que vi en él —se quejó por centésima vez—. Pero sea lo
que sea, no valió la pena darle mi tarjeta-V.
—¡No puedes estar hablando en serio! —chilló Claire, saltando de su
posición sobre mis piernas para mirar boquiabierta a Lizzie—. ¿Tuviste
sexo con Pierce?
—¿No eres virgen, Lizzie? —Mi boca se abrió—. Pero sólo tienes
dieciséis años.
—No me mires tan juiciosa —se quejó—. Sólo porque nunca has
visto un pene.
—No lo he hecho —ofreció Claire, levantando la mano—. Ni
siquiera la punta.
—Yo tampoco —admití completamente, sacudiendo la cabeza—. Ni
siquiera he besado a un chico.
—Eso es triste, Shan —replicó Lizzie.
Me puse roja remolacha.
—No seas una perra —bromeó Claire—. Cuéntanos sobre eso.
Lizzie se encogió de hombros.
—¿Qué hay que contar?
—¿Cuándo sucedió? —pregunté.
—El jueves.
—¿Y no pensaste en decírnoslo? —chilló Claire—. ¡Dios mío, Liz,
estuvimos en la escuela contigo todo el viernes y nunca mencionaste
nada!
Lizzie se encogió de hombros, pero no respondió.
Claire y yo nos miramos a los ojos antes de que Claire preguntara:
—¿Dónde sucedió?
—En su coche.
—Uf —gemimos las dos con simpatía.
Ninguna chica quería que su primera vez sucediera en el asiento
trasero de un automóvil.
—¿Dónde?
—Los terrenos de la GAA.
—Uf —coreamos de nuevo.
—Sí —dijo Lizzie inexpresiva—. Y un consejo para las sabias, chicas,
no se rindan. —Recostándose en una almohada, Lizzie apoyó la espalda
contra la cabecera y tomó su revista antes de agregar—: Duele, es
decepcionante, hay sangre y el chico se convierte en un imbécil después.
—¿Él rompió contigo? —jadeé.
—Le patearé el trasero —siseó Claire.
—No —respondió Lizzie—. Pero ha estado actuando de manera
distante desde entonces.
—Qué hijo de puta —gruñó Claire.
—Sí —concordó Lizzie.
—¿Te dolió mucho? —pregunté, curiosa.
—Como si te clavaran un atizador caliente en la vagina —respondió.
Claire y yo hicimos una mueca de simpatía.
—¿Estás bien? —pregunté, sintiendo una profunda oleada de
simpatía por mi amiga.
Lizzie era dura como un clavo y rara vez mostraba una pizca de
emoción, pero esto era un gran problema para cualquier chica.
—Siempre estoy bien, Shan —fue su breve respuesta.
—Mira, es exactamente por eso que nada va a meterse dentro de mi
área —declaró Claire con un escalofrío, dejándose caer y apoyando la
cabeza en mis piernas—. Creo que moriría si viera un pene viniendo
hacia mí.
—Claire. —Me reí entre dientes—. Detente.
—Habla en serio —me informó Lizzie—. Le tiene miedo al P.
—Es verdad —dijo Claire sin una pizca de vergüenza—. Sólo he
besado a un chico: Jamie Kelleher. Estuvimos saliendo durante seis
semanas en segundo año, y cuando trató de empujar mi mano por la
parte delantera de sus jeans en la discoteca de la escuela, le grité.
—No lo hiciste —jadeé.
—Oh, lo hizo —respondió Lizzie—. A todo pulmón. Causó toda una
escena en la discoteca.
—Entré en pánico —se defendió Claire, sonriendo tímidamente—.
No quería tocar su pene.
—¿Qué sucedió?
—Me llamó maldita perra y rompió conmigo allí mismo en la pista
de baile frente a toda la escuela —respondió.
—Qué maldito —espeté.
—Está bien —intervino Lizzie—. Claire se vengó de él, ¿no es así?
—No intencionalmente —objetó.
—Oh, déjalo. —Lizzie puso los ojos en blanco—. Sabías
exactamente lo que haría cuando fueras a llorar con él.
—¿Quién? —pregunté—. ¿Qué hiciste?
Lizzie sonrió.
—Fue corriendo hacia su sombra.
Arqueé una ceja.
—¿Quién?
—Gibsie —completó Lizzie.
—Oh, Dios mío. —Mis ojos se iluminaron—. ¿Qué hizo?
—¿Qué crees que hizo? —replicó Lizzie—. Saltó para defender su
honor.
—¡Él no lo hizo!
—Lo hizo —dijo Claire alegremente.
—Le rompió la nariz a Jamie —agregó Lizzie.
Claire suspiró feliz.
—Fue épico.
—Podrías haber venido a mí —dijo Lizzie—. Con mucho gusto le
habría dado un rodillazo a ese idiota en las bolas en tu nombre…
Entonces, la puerta del dormitorio de Claire se abrió,
sobresaltándonos a las tres.
—Oh, Dios mío —gritó Claire, arrojando una almohada al chico alto
y rubio que había invadido su privacidad.
—¡Tengo un problema! —anunció Gibsie, atrapando la almohada en
el aire.
—¡Gerard! —siseó Claire, mirándolo con furia—. ¿Alguna vez has
oído hablar de tocar?
—No hay tiempo —respondió—. Necesito tu ayuda, nena.
—No soy tu nena —se quejó Claire y le arrojó otra almohada—. ¿Y
si hubiera estado desnuda aquí?
—Entonces moriría como un hombre feliz —replicó cuando la
segunda almohada golpeó contra su pecho—. Es el gato.
Ella frunció.
—¿Brian?
—¿Llamaste Brian a tu gato?
Me reí.
—Él no es mi gato —respondió Gibsie—. Ni siquiera me gustan los
gatos.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿de quién es?
—De mi mamá —respondió Gibsie—. Él es su orgullo y alegría. —
Se volvió hacia Claire y dijo—: Ha tenido un episodio.
—¿Otro? —Saltando de la cama, se ajustó los pantalones cortos del
pijama y caminó hacia él—. ¿Dónde?
—Uh…
Encogiéndose de hombros tímidamente, Gibsie hizo un gesto hacia
la puerta.
—¿Está en mi casa? —chilló Claire.
—¿Por qué está tu gato en su casa? —Lizzie hizo la pregunta en la
mente de todos.
—No se sentía bien —respondió Gibsie—. Lo llevé a dar un paseo.
—¿Llevaste a pasear a tu gato? —Lizzie negó con la cabeza—. El
chico necesita institucionalización.
—No es tan extraño —resopló a la defensiva—. Vivo cruzando la
calle.
—¿Le pusiste una correa?
—Obviamente. —Gibsie la miró como si fuera la cosa más tonta que
había escuchado—. ¿De qué otra manera se suponía que lo acompañaría
hasta aquí?
Lizzie negó con la cabeza.
—Entonces mantengo mi declaración anterior.
—Guau, eres un barril de risas, ¿no? —respondió Gibsie
sarcásticamente—. Pierce es un muchacho afortunado.
Lizzie respondió haciéndole una mueca.
—Concéntrate —espetó Claire, chasqueando los dedos en la cara de
Gibsie—. ¿Dónde está ahora?
—Está en tu baño. —Haciendo una mueca, agregó—: Ha tenido un
accidente.
—¿Qué tipo de accidente? —gruñó Claire.
Se encogió de hombros tímidamente.
—¿Del tipo de diarrea explosiva?
—¡Gerard! —gritó Claire, golpeando su enorme bíceps—. Te dije que
no lo trajeras aquí después de la última vez.
—Estaba preocupado —gimió, frotándose el brazo—. Lo siento.
Pero tienes que ayudarme.
—Pídele a Hughie que te ayude —gruñó, plantando las manos en sus
caderas—. Estoy cansada de rescatarte.
—No puedo —gimió—. Dejará a Katie en casa y recogerá a los
muchachos antes de que salgamos.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí? —bromeó Lizzie, mientras
hojeaba una revista.
—Oye —la amonesté en voz baja, pinchando su costilla—. No seas
mala.
—¡Ugh! —gruñó Claire mientras salía de la habitación con Gibsie
pisándole los talones.
—Ese chico es un idiota —murmuró Lizzie, sin levantar la vista de
su página—. Nuestra amiga está enamorada de un idiota de clase A.
—Él no es tan malo —respondí y luego retrocedí rápidamente—.
Espera, ¿crees que Claire está enamorada de Gibsie?
Ahora Lizzie me miró.
—¿No es obvio? —preguntó—. ¿Qué chica en su sano juicio soporta
años de coqueteo y tormento si no tiene sentimientos serios por él?
—¡Gerard! —gritó Claire a todo pulmón, distrayéndonos a ambas—
. ¡Tu gato está cagando en mi bañera!
—Lo sé —gimió Gibsie en voz alta—. Huele tan mal, y no se detendrá.
—Tengo que ver esto. —Me reí, saltando de la cama—. ¿Vienes?
Lizzie negó con la cabeza.
—Nop. He visto más que suficientes de sus payasadas para durarme
toda la vida, muchas gracias.
Sacudiendo la cabeza, salí corriendo de la habitación y crucé el
rellano, llegando a la puerta del baño para ver un enorme, y quiero decir
realmente enorme, gato persa blanco como la nieve balanceándose en el
borde de la bañera de la familia Biggs.
De pie en la puerta, observé su extraña interacción con mi mano
sobre mi boca, en parte por el olor, pero sobre todo porque era muy
divertido.
—¡Brian! —Gibsie estaba rugiendo—. ¿Qué demonios te pasa? —
Abrió el agua y agarró el cabezal de la ducha—. Dios, eso es lo peor que
he olido en mi vida.
—Sí, lo sé, Gerard —siseó Claire, tapándose la nariz y la boca con la
mano mientras usaba la otra para verter lejía en la tina—. Yo también
puedo olerlo, ¿sabes?
—Hizo esto a propósito —le dijo, en tono acusador—. Porque lo eché
de mi habitación anoche. Me está castigando.
—Él te está fulminando con la mirada —le dijo ella.
—Lo sé. —Gibsie se estremeció—. Sólo recógelo y ponlo en el cuarto
de servicio.
—Me está fulminando con la mirada ahora —chilló Claire,
alejándose del gato.
—Está tratando de intimidarte, nena —engatusó Gibsie—. No lo
mires a los ojos.
—Cristo, da más miedo que el Sr. Mulcahy —gimió Claire,
encogiéndose detrás del enorme cuerpo de Gibsie.
—Sólo acércate por detrás y levántalo —instruyó mientras sostenía
la manguera de la ducha frente a ellos como un arma—. Mantén sus
patas lejos de ti, aléjalo de tu cuerpo y corre.
—No voy a recogerlo, Gerard —siseó Claire, con los ojos muy
abiertos—. Parece que está a dos segundos de asesinarme.
—Te protegeré —prometió valientemente.
—¡Le tienes miedo!
—Bien, sostén esto —refunfuñó, pasándole la manguera a mi
amiga—. Voy a sacar al hijo de puta.
—¿Crees que deberíamos lavarlo con la manguera? —preguntó
Claire—. Tiene caca por todo el pelaje.
—Joder, no —exclamó Gibsie—. La última vez que traté de limpiarle
el culo, me mutiló.
Me reí en voz alta.
—No es jodidamente divertido, Shannon —se quejó Gibsie,
sorprendiéndome al recordar mi nombre—. Tuve que vacunarme contra
el tétanos por su culpa.
—Lo siento. —Me reí, poniendo una mano sobre mi boca—. No me
estoy riendo de ti, lo prometo. —Me reí entre dientes—. Más de la
situación. —Estudiando al felino peludo, agregué—: Se parece al gato
del Inspector Gadget.
—Sí, bueno, ciertamente es lo suficientemente malvado —respondió
Gibsie—. Algunas noches me despierto y él está en mi cama, parado a
mi lado con esos ojitos malvados. —Sacudió la cabeza—. Nunca
debieron haberlo castrado. Ha estado con un humor homicida desde
entonces. Habría sido una vida más fácil dejar que el pobre bastardo se
quedara con las bolas.
—Continúa, Gerard —animó Claire, empujando a Gibsie hacia la
bañera—. Puedes hacer esto. Tengo toda la fe en ti.
—¡Ah, joder, está bien! ¡Está bien! —Con los brazos extendidos,
Gibsie merodeó hacia el gato—. Aquí, gatito, gatito —engatusó,
estirando la mano sobre la bañera para sacarlo—. Buen gatito... así es...
amo los gatitos... lo hago... no te haré daño… ¡ahhhhh!
Brian siseó y golpeó con una pata a Gibsie, quien, a su vez, gritó
como una niña y se lanzó detrás de Claire.
—Maldito gato —dijo con los dientes apretados, arrastrando a Claire
lejos del gato que se agitaba, siseaba y escupía a ambos—. ¿Él me arañó?
—exigió, poniendo su mano en su rostro—. Siento que me arañó.
—No lo sé —chilló Claire, empujándolos a ambos hacia la esquina
del baño—. Pero realmente odio a tu gato —exclamó, acurrucándose
bajo su brazo.
—Déjame ayudar —le ofrecí, entrando en la zona de peligro.
Sofocando mi risa, tomé una toalla del pasamanos y me acerqué con
precaución.
—No lo hagas, Shannon —advirtió Gibsie mientras él y Claire se
aferraban el uno al otro, escondiéndose del gato—. Es un bastardo con
tendencias violentas.
—Eso no es cierto —engatusé, agachándome frente a la bañera, con
los ojos fijos en el impresionante, aunque letal, gato—. No eres un
bastardo, ¿verdad, Brian? —pregunté mientras extendía la mano y
acariciaba la cabeza de Brian.
Sorprendentemente, me dejó acariciarlo sin problemas.
—Miau —maulló, con el pelaje erizado.
—Está bien —lo tranquilicé, acariciándolo en un patrón suave—.
Estás bien.
—Jesucristo —dijo Gibsie sin aliento—. Tu chica aquí es como la
encantadora de gatos.
—Shannon —chilló Claire—. Por favor, ten cuidado. Es malvado.
Puede volverse contra ti en un instante.
—Sí, Shannon —coincidió Gibsie—. Ten mucho cuidado. Sólo
permite que mi madre y Kav lo sostengan. Es muy peligroso.
—Shh, chicos, no griten —advertí cuando a Brian se le erizó el
pelaje—. Ustedes dos lo están poniendo nervioso —les expliqué—.
Puede sentir su ansiedad y lo está haciendo arremeter.
Me senté allí durante varios minutos más simplemente acariciando y
acariciando su rostro y orejas hasta que me acerqué y lo levanté.
—Buen chico —susurré cariñosamente, sosteniéndolo contra mi
pecho.
Afortunadamente, fui recompensada con un ronroneo profundo.
Dirigiendo mi mirada a Gibsie, le pregunté:
—¿Qué tan lejos está tu casa?
—Justo al otro lado de la calle —respondió Gibsie.
—De acuerdo. —Seguí acariciando a Brian—. ¿Quieres que te lo
lleve a tu casa?
Él asintió agradecido.
Incliné la cabeza hacia la puerta y dije:
—Guía el camino.
Gibsie se alejó nerviosamente, manteniéndose a una distancia amplia
de mí.
Con cuidado de no molestar al gato en mis brazos, lo seguí fuera de
la lujosa casa de los Bigg y crucé la calle hasta otra impresionante
propiedad de tres pisos.
—Eres una salvavidas, Pequeña Shannon —anunció Gibsie cuando
Brian estuvo a salvo en su casa—. En serio.
—De nada —respondí, sintiéndome tímida ahora que mi misión
estaba completa y estaba sola con un extraño virtual—. No fue gran cosa.
—Lo fue para mí. —Gibsie se rio mientras cerraba la puerta principal
y metía la llave en el bolsillo de sus jeans—. Saldré esta noche para tomar
unas copas de cumpleaños y acabas de salvar mi trasero de aparecer
cubierto de rasguños.
—¿Es tu cumpleaños? —pregunté, poniéndome a su lado mientras
cruzábamos la tranquila calle sin salida de regreso a la casa de Claire—.
¿Hoy?
—Ciertamente así es. —Gibsie sonrió—. El grande uno-siete.
—Oh, bueno, feliz decimoséptimo cumpleaños —respondí—. Espero
que tengas una gran noche.
—Ah, sólo me dirijo a algunos tranquilos con los muchachos —
explicó mientras caminaba por el sendero del jardín—. Las grandes
celebraciones ocurrirán a fines de mayo.
—¿Qué hay en mayo?
—El decimoctavo de mi mejor amigo —me dijo. Sonriendo a
sabiendas, agregó—: Lo conoces, ¿verdad? ¿Johnny Kavanagh?
—Oh. —Mi cara se puso de un brillante tono rojo ante la mención
del nombre de Johnny—. Sí, nos conocimos.
—Ya habrá recibido la llamada para entonces —agregó Gibsie con
orgullo—. Será una celebración doble y una sesión y media esa noche.
¿La llamada?
¿Qué llamada?
Quería preguntarle al respecto, pero me mordí la lengua, sabiendo
que no me haría ningún bien.
No necesitaba agregar más pensamientos obsesionados con Johnny
en mi mente ya llena de Johnny.
—Saldrá con nosotros esta noche —siguió divagando Gibsie, ajeno a
mi sonrojo—. Lo cual es un jodido milagro en sí mismo considerando
que nunca más sale con nosotros. —Abrió la puerta principal de la casa
de los Bigg y me hizo un gesto para que entrara primero—. En realidad,
Hughie está recogiendo a Kav y Feely después de dejar a Katie en casa.
—Mirando el reloj colgado en la cocina, agregó—: Estarán aquí en unos
minutos. Deberías esperar por aquí y saludarlo. —Guiñando un ojo,
añadió—: Apuesto a que le encantaría verte.
¿Estaba bromeando conmigo?
No lo creía.
Pero definitivamente se estaba moviendo.
Simplemente no estaba segura de si era para mi beneficio o no.
De cualquier manera, no me quedaría abajo para saludar a nadie.
—No, está bien —murmuré, sintiendo cada onza de sangre correr por
mi rostro—. Las chicas me están esperando.
—Como quieras, Pequeña Shannon.
Gibsie se rio.
—Feliz cumpleaños. —Ofreciéndole un débil saludo con la mano,
me giré para subir corriendo la escalera—. Que tengas una buena noche.
—Lo haré —gritó.
No tuve que darme la vuelta para ver que estaba sonriendo; podía
oírlo en su voz.
Cumpleaños de Banshes y Vasos
Rotos
Johnny
Los pubs y los bares era una tentación de la cual intentaba
mantenerme alejado tanto como fuera posible.
Con mi horario de entrenamiento, no podía darme el lujo de joder
por ahí como mis amigos lo hacían.
El alcohol no estaba en mi dieta y siempre era más lento los días
después de una sesión.
De cualquier modo, esta noche era el cumpleaños diecisiete de
Gibsie, así que después de las incesantes llamadas y mensajes de texto,
me rendí y estuve de acuerdo en salir a celebrar con él y con algunos del
equipo en Biddies.
Biddies era nuestro local en la ciudad y, al contrario de lo que indica
su nombre, era bastante moderno, con un mínimo de escoria en la barra.
Durante el día, Biddies servía la mejor comida de la ciudad, y por la
noche se convertía en el centro de la generación más joven de la ciudad.
Yo comía mucho allí cuando mis padres no estaban en casa. El
copropietario y jefe de cocina, Liam, era un tipo realmente decente que
no tenía ningún problema en atender mis necesidades dietéticas. Era el
único lugar de la ciudad al que sabía que podía ir y en el que me
garantizaban una comida limpia.
En cuanto a las salidas nocturnas, no bebía allí muy a menudo, eso
era más bien cosa de Gibsie, pero cuando lo hacía, estaba garantizado
que nos servían y nos emborrachábamos.
Era una mala idea teniendo en cuenta que ambos teníamos un
partido en el club mañana por la mañana, pero Gibsie había justificado
nuestra imprudencia repitiendo el sentimiento de que un chico sólo
cumple diecisiete años una vez.
Eso era cierto.
El problema era que no era tan fácil para mí.
Los chicos podían soltarse en una noche de fiesta y volverse locos si
querían.
Nadie, excepto sus madres, los juzgaría por la mañana.
En cambio, si yo metía la pata, mi nombre sería arrastrado
públicamente por el fango, las cabezas del rugby estarían sobre mi caso
y mi puesto en la Academia estaría en peligro.
Lo que hizo que esta noche fuera peor por varias razones.
La primera es que tenía diecisiete años y había cedido a la implacable
presión de Gibsie bebiendo hasta caer en un estado semiparalítico junto
con él.
Y segundo, Bella estaba aquí.
Ambas cosas eran muy malas con un posible final desastroso.
A los pocos minutos de mi llegada al bar Biddies, quedó bastante
claro que Cormac no era la principal prioridad de Bella; en cuanto me
senté en la mesa con los chicos, se dirigió a mi regazo y no se ha ido
desde entonces.
Pasé la mayor parte de la noche tratando de evitar el contacto visual
con la corta falda que llevaba y la visión de ese trozo de encaje negro
entre sus muslos cada vez que se inclinaba sobre la mesa para susurrar
algo al oído de uno de sus amigos.
Me dolía físicamente.
No porque tuviera una reacción cargada de emoción hacia ella ni
nada por el estilo, sino porque me dolían las bolas.
No era que Bella no fuera una chica atractiva.
Para darle crédito, era probablemente la chica más atractiva del bar.
Con el cabello negro peinado en un corte recto, un cuerpo alto y
curvilíneo, y un par de tetas enormes, era una chica muy atractiva.
La cuestión era que yo había terminado.
Había superado lo que fuera que hubiera entre nosotros, y lo había
hecho durante mucho tiempo.
Y no estaba interesado en volver a subir al ring para otra ronda.
A la chica no parecía importarle lo más mínimo porque era como un
perro con un hueso.
Yo era el hueso.
Había perdido la cuenta del número de veces que había ido a la barra
por otra ronda solamente para poder recolocarme en un asiento lejos de
ella.
No funcionaba.
Su culo siempre encontraba el camino de vuelta a mi regazo, y yo
acababa emborrachándome más rápido.
Ninguna cantidad de no o no esta noche o nunca más parecía hacer la
diferencia.
Ella no me dejaba en paz.
Sin embargo, no quería avergonzar o herir a la chica.
No era un completo imbécil.
Por eso estaba tolerando esta mierda.
A la una y media, mi cabeza nadaba; el alcohol en mis venas,
mezclado con la fuerte medicación que aún tomaba, me hacía torpe y
descoordinado.
Como nota positiva, ya no me dolía nada.
No sentía nada.
Súper.
—¿Quieres ir a algún otro lugar? —ronroneó Bella, inclinándose más
cerca de mi oído. Deslizando su mano dentro de la abertura de mi
camisa, frotó sus dedos sobre mi clavícula—. ¿Algún lugar un poco más
privado?
—No. —Sacudí mi cabeza, alejando su mano, la que estaba tocando
mi brazo, y me estiré para alcanzar mi vodka y red bull al que había
cambiado después de ocho pintas.
Mis movimientos eran torpes, provocando que la bebida salpicara
sobre el borde del vaso y en la rodilla de mis jeans.
Toda la puta noche había estado intentando besarme y acariciarme,
y toda la noche, había estado volteando la cabeza y alejando sus manos
errantes.
Yo no era un tipo de demostraciones públicas de cariño y ella lo
sabía.
Sentarse así en mi regazo no sería algo que toleraría en una noche
normal cuando estábamos en buenos términos, y la única razón por la
que no la había echado de mi regazo para este momento era porque
estaba muy borracho y no quería accidentalmente dejarla caer al suelo y
causar algún daño.
Sin embargo, esto no me gustó.
Borracho o no, no apreciaba esta mierda sensiblera.
—Vamos, sexy. —Sin inmutarse por mis acciones, Bella volvió a
agarrar el cuello de mi camisa—. ¿Siempre podemos salir al coche? —
sugirió, abriendo otro botón.
Tenía que ser el cuarto puto botón que conseguía desabrochar.
—No, Bella —refunfuñé, con las palabras arrastradas—. Deja de
hacer eso. —Agarrando su mano, la retiré de mi camisa y la volví a poner
en su regazo—. No estoy de humor.
—Puedo ponerte de humor —bromeó, llevando la mano a la hebilla
de mi cinturón.
—Detente. —Tomé su mano y la puse firmemente en su regazo. De
nuevo—. Todavía me estoy recuperando, y nosotros terminamos.
—¿Oh, de verdad? —Ella deslizó su mano dentro de mi camisa,
ignorando la parte de terminamos—. Puedo cambiar eso también.
—No. —Aparté su otra mano de mi entrepierna, gruñendo de dolor
cuando me tocó bruscamente el pene—. Bella, detente… —Hice una
pausa para sacudirme la mano que me rodeaba la nuca—. Por favor,
detente.
Por Dios, si yo seguía tocándola después de que me dijera que parara,
habría guerra.
Doble moral, carajo.
—¿Detenerme? —chasqueó Bella, mirándome fijamente.
—Sí. —Dejando su mano en su muslo, me moví de debajo de ella—
. Estoy cansado.
—¡Siempre estás cansado, Johnny! —me dijo—. Y ya nunca estás de
humor.
Me pregunto por qué, pensé, pero no hice ningún movimiento para
responderle.
Tenía cuidado con mis palabras con las chicas.
Podían y serían malinterpretadas en su beneficio.
Por muy borracho que estuviera, recordaba exactamente lo que me
habían enseñado en La Academia, y esta chica no iba a conseguir que se
me subiera a la cabeza.
Esta noche no, Satanás.
Encogiéndome de hombros, eché una mirada sombría alrededor de
nuestra mesa.
Nuestros amigos estaban mirando.
Sin sorpresas.
Mi mirada se posó en Gibsie y le lancé mi mejor mirada de «eres un
maldito bastardo».
Su mueca fue de disculpa.
—No me ignores cuando te hablo —exigió Bella, con la voz alta y
aguda, haciéndome saber, incluso en mi estado de embriaguez, que
estaba en peores condiciones.
—No te estoy ignorando —respondí, tratando de mantener la calma
a través de la niebla.
—Sí —siseó, subiendo la voz—. ¡Lo estás haciendo!
—No, Bella. —Solté un suspiro de cansancio—. No lo hago.
—Bien. —Agarrando mi rostro con ambas manos, Bella arrastró mi
cara hacia la suya, presionando su boca contra la mía—. Entonces,
demuéstralo —gruñó antes de aplastar sus labios contra los míos.
Debido al alcohol que corría por mis venas, tardé unos segundos más
en darme cuenta de lo que estaba pasando.
La sensación de su lengua deslizándose por mis labios fue como un
chorro de agua.
Aparté la cabeza de un tirón, pero ella me agarró por el cabello y
mantuvo mis labios sobre los suyos.
Con el temperamento en alza, me levanté bruscamente, golpeando la
mesa en el proceso, y afortunadamente me liberé de su agarre.
Las bebidas cayeron al suelo y los vasos se rompieron a nuestro
alrededor, atrayendo la atención de toda la sala hacia nuestra mesa.
—¡Qué mierda, Johnny! —gritó Bella, mirándome desde su
asiento—. ¿Cuál es tu problema?
—Cuando te digo que no —gruñí, limpiando mi boca con el dorso de
mi mano mientras la fulminaba con la mirada—. ¡Jodidamente quiero
decir que no!
—Sólo quería que me besaras —gritó—. ¿Es mucho pedir?
—¡No quiero besarte, maldición! —le respondí con un rugido,
perdiendo el control de mi temperamento—. No quiero tu boca en la
mía. No quiero tus manos en mi cuerpo. Porque no te quiero, joder.
Me arrepentí inmediatamente de mis palabras.
Pero era demasiado tarde.
Bella rompió a llorar, y por supuesto, fui el bastardo que la hizo
llorar.
Las miradas desagradables de media docena de chicas de la mesa se
dirigieron todas a mí y yo estaba acabado por la noche.
Soltando un gruñido bajo, me pasé la mano por el cabello y me aparté
del camino de la camarera, que me empujó con un recogedor y un
cepillo.
Salí a la calle, saqué el teléfono del bolsillo de mis jeans y pedí un
taxi, aliviado cuando la voz del otro lado dijo que en cinco minutos.
Necesitaba salir de aquí y alejarme de mis malas decisiones.
La más pobre de ellas era la peligrosa y jodida chica con la que me
había enredado.
En este momento, me alegré de que mi cuerpo estuviera roto.
Me alegraba de no haber podido tener sexo desde Halloween.
¿Tal vez era el destino?
Sin mi pene cegando mi habilidad de tomar buenas decisiones en
lugar de una vagina, yo era capaz de ver a través de la fachada de Bella.
Y no era linda.
Saber que preferiría arrancarme la piel antes de volver a tocarla me
reconfortó un poco.
Nunca de nuevo, Johnny.
Jodidamente nunca de nuevo, muchacho.
Apoyado en la pared del bar, dejé que mis pensamientos volvieran a
esos ojos solitarios.
Quería ver esos ojos.
Y a la chica a la que pertenecían.
El alcohol que corría por mis venas me proporcionaba un bloqueo en
la conciencia, lo que me facilitaba obsesionarme con Shannon Lynch sin
sentirme como un pedazo de mierda.
Mañana, cuando me despertara con la cabeza despejada, sin duda
sentiría cada pizca de las implicaciones de mis pensamientos
caprichosos, pero por ahora, mientras estaba temporalmente vacío de
brújula moral, imaginaba todas las terribles fantasías con gran y colorido
detalle.
Era agradable.
Era agradable pensar en ella.
Era jodidamente hermosa.
Su voz.
Su cabello.
Su olor.
La forma en que hablaba.
Cada parte de ella.
Estaba sumido en mis pensamientos, contemplando lo diferente que
habría sido si hubiera sido Shannon quien pusiera su boca sobre mí,
cuando el sonido del bocinazo del taxi me distrajo.
—Johnny, muchacho —me llamó el taxista en tono alegre, cuyo
nombre parecía no poder recordar nunca—. ¿Cómo te va? —Para ser
justos, en la rara ocasión en que nuestros caminos se habían cruzado, yo
había estado borracho hasta las orejas—. ¿Tu amigo no está contigo esta
noche?
Por amigo, se refería a Gibsie.
Porque Gibsie solía ser el responsable de decisiones terribles como la
que tomé esta noche.
—Todavía está dentro —expliqué, usando cada gramo de
concentración para no tambalearme mientras me empujaba de la
pared—. Gracias por venir tan rápido, hombre.
—Como si te fuera a dejar aquí, chico. —Se rio—. No te olvides de
tu viejo amigo Paddy cuando estés en la gran ciudad con los grandes.
Ahora no podía recordar a mi viejo amigo Paddy, pero no iba a
decírselo.
—¡Johnny, espera, muchacho! —gritó Hughie Biggs, mientras salía
a trompicones del pub hacia mí. Agarrándome del brazo, me detuvo—.
Tendrás que llevarnos contigo.
—¿A quiénes? —respondí lentamente—. Si te refieres a esa maldita
chica loca, entonces olvídalo, Hughie. Ella no es mi responsabilidad, y
prefiero cortarme el pene que volver a entrar y lidiar con ella.
—¿Quién… Bella? —Hughie frunció el ceño y sacudió la cabeza—.
No, hombre. Que se vaya a la mierda. Ella ya ha vuelto con Cormac.
Estuvo escondido en el salón toda la noche. No salió hasta que te fuiste,
el muy cobarde. —Me arrastró hasta la ventana y señaló el interior—.
No puedes dejarlos aquí.
Mi mirada pasó de Hughie a Gibsie, que en ese momento estaba boca
abajo sobre la mesa, roncando sin parar, a Patrick Feely, que estaba
siendo molestado por una de las amigas de Bella, a Bella, que se estaba
frotando sobre Cormac Ryan, y luego de nuevo a Hughie.
—¿Por qué yo? —gemí.
—Porque somos tus bebés —anunció Hughie, apoyando su peso en
mí.
—¿Mis bebés? —balbuceé—. ¿Cómo diablos ustedes tres son los
bebés de alguien?
—Tú eres nuestro capitán —dijo Hughie—. Somos algo así como tu
responsabilidad.
—En el terreno de juego, cabrón.
—Vamos, Cap, tú eres el que tiene la casa vacía. Sabes que la madre
de Feely perderá la cabeza si vuelve a casa en estas condiciones, y mi
madre no nos dejará pasar por delante. Y Gibs... —Hizo un gesto con el
pulgar hacia la ventana—. Es prácticamente como tu hermano,
muchacho.
Todas las verdades desafortunadas.
—Son una banda de malditos imbéciles, eso es lo que son —
refunfuñé antes de ceder—. Bien. —Me pasé una mano por el cabello y
suspiré—. Ve por ellos. Ya me voy.
—Eres una auténtica leyenda, Kavanagh —elogió Hughie mientras
volvía tambaleándose al pub a por los chicos.
En cualquier otra ocasión, me habría ofrecido a ayudarle. Gibs era
todo un caso después de la bebida, pero prefería caminar sobre las brasas
que volver a entrar y enfrentarme a Bella.
—Perdona por esto, Paddy —murmuré, acercándome para
apoyarme en el taxi mientras esperaba que los tres malditos chiflados
salieran del bar—. Pensé que estaría solo.
—No te preocupes, muchacho —respondió el hombrecillo
regordete—. Cualquier amigo de Johnny Kavanagh es amigo mío.
—¿Sí? Bueno, mis amigos son unos imbéciles —admití
encogiéndome de hombros.
Y partidarios de vomitar.
En los taxis…
—Paddy… —Rascándome la nuca, me giré para mirarlo, con la
mente puesta en un posible control de daños—. Recuérdame que te deje
un par de entradas para uno de nuestros partidos locales en verano, si te
interesa.
—Jesús, Johnny, ¿hablas en serio? —Los ojos del taxista se
iluminaron—. Estaré encantado, chico. Emocionado. Veo todos tus
partidos. Incluso hago que mi hija transmita en directo los que no se
emiten por la tele. Siempre le digo a mi mujer que el joven Kavanagh es
el mejor que he visto vistiendo la 13 verde.
Me encogí de hombros ante sus palabras, sabiendo que a los diecisiete
años debería sentirme agitado al escuchar a un hombre que me triplica
en edad darme un elogio tan grande, pero había escuchado esas mismas
palabras tantas veces que el cumplido se me escapaba como si fuera
impermeable.
—Te agradezco el apoyo, hombre —respondí—. Tienes mi número
en tu lista de llamadas. Sólo envíame un mensaje para recordármelo
porque ahora mismo estoy completamente borracho y no recordaré ni
una palabra de esto por la mañana.
—Lo haré —respondió Paddy—. Y no es por pasarme de la raya,
pero te has librado bien de esa chica.
Fruncí el ceño y me devané los sesos en busca de algún momento de
la historia en el que hubiera sido lo suficientemente tonto como para
llevarla a casa. Sólo así lo sabría el taxista.
En la niebla de mi mente, recordé vagamente una noche de fiesta
durante las vacaciones de Halloween del año pasado en la que Bella
había montado una enorme rabieta a la salida del pub porque me negué
a llevarla en el taxi a mi casa.
Fue una de las últimas veces que estuve con ella.
—De la que hablaba tu amigo —explicó—. Es una mala noticia para
un chico como tú. —Golpeando su sien, añadió—: Confía en el viejo
Paddy, muchacho. Las chicas como esa son unas aprovechadas.
Tenía razón.
Maldita sea.
Hughie y Feely salieron tambaleándose del bar llevando a Gibsie, que
estaba cantando su propia interpretación de Trust Me I'm A Doctor de The
Blizzard a todo pulmón.
Sacudí la cabeza al verlo.
—Nadie —balbuceé mientras me acercaba y le quitaba el peso a los
chicos—. Y quiero decir nadie, confiaría en que eres médico, Gibs.
—Tu futura esposa me ha salvado hoy de un puto gato —balbuceó—
. Cómprale un anillo, muchacho. —Pasando un brazo por encima de mi
hombro, añadió—: La encantadora de gatos es una para mantener.
Frunciendo el ceño, miré a Hughie, que me devolvió la mirada
confundido.
—¿Cuánto has bebido, muchacho? —le pregunté a Gibsie mientras
luchaba por mantenerlo en su sitio.
Tenía la costumbre de divagar cuando estaba borracho.
—Suficiente —balbuceó Gibsie antes de volver a estallar con el
estribillo de la canción, dando un pisotón en el sendero para enfatizar.
—Sí, sí, cabrón —le dije mientras lo llevaba a medias al taxi—. Eres
un doctor.
—Sin estándares. —Levantó un dedo y declaró antes de caer en el
asiento trasero del coche.
—Nunca pensé que lo tuvieras —coincidí, subiendo a su lado para
abrochar el cinturón de seguridad.
—¿Cómo estás, Paddy? —Gibsie hizo una pausa a mitad de la
canción para agradecer—. A la mansión Kavanagh —añadió antes de
volver a cantar.
Maldito Gibsie.
—¿Cuál es la historia contigo y Bella? —preguntó Hughie.
Estábamos sentados en el porche delantero de la casa, acabando la
noche con una botella de Jameson.
El whisky era una terrible idea para terminar la noche, pero muy
necesaria habiendo pasado las últimas tres horas tomando turnos para
cuidar a Gibsie y su reflujo.
El cabrón había vomitado como un proyectil sobre toda la habitación
de invitados y en este momento estaba en la tina del baño de abajo con
media docena de toallas sobre él.
Afortunadamente, su estómago se había vaciado finalmente y estaba
roncando ruidosamente.
Hughie y yo éramos los únicos que seguíamos despiertos ya que
Patrick se había quedado dormido en el sofá de la sala en el minuto en
que entramos en la casa.
—No hay historia, muchacho —dije, rodando mi vaso medio vacío
entre mis manos.
—Presumo que ¿has escuchado el rumor? —preguntó, su tono
cauteloso y ligeramente arrastrado.
Exhalé pesadamente.
—¿Cuál?
—¿Sobre ella y Cormac?
—No necesito escuchar rumores para saber qué está sucediendo ahí,
muchacho —gruñí—. Lo vi con mis propios ojos esta noche.
—No —dijo Hughie lentamente—. El que habla de que ella se fue a
casa con Cormac la noche de San Stephen. —Hizo una mueca y
agregó—: Y cada fin de semana desde entonces.
—No —dije inexpresivamente—. No sabía.
—Habría dicho algo, pero acababas de salir del hospital. —Suspiró
pesadamente—. No quería joder con tu recuperación.
—No te preocupes por eso, muchacho. —Giré mi whisky alrededor
de mi vaso, mirando fijamente al líquido ámbar y admití la verdad—: Ya
tenía mis sospechas mucho antes de ese momento.
—¿Sí? —Arqueó una ceja—. ¿Por qué no dijiste algo?
—¿Porque quería una vida tranquila? —ofrecí débilmente—. Soy un
puto idiota, muchacho.
—Ryan es un idiota —corrigió Hughie—. Jodiendo a su compañero
de equipo por una chica.
Demasiado borracho para frenar mi impasividad o enmascarar mis
emociones, dejé caer mi cabeza y dejé salir un suspiro pesado.
—Cometí un error con esa chica, Hugh. —Alzando el vaso a mis
labios, bebí el restante líquido ámbar antes de agregar—: Un error de
ocho meses.
—Al menos saliste ileso de eso, Cap. —Alcanzando entre nosotros,
agarró la media botella de whisky y rellenó su vaso—. Podría haber sido
un error de nueve meses —agregó, sosteniendo la botella hacia mí—.
Con un costo de dieciocho años.
—Puedes decirlo de nuevo —murmuré estando de acuerdo, tomando
la botella—. ¿Puedes imaginar lo que Dennehy u Ó Brien me habrían
hecho si llegara a entrenar con un bebé?
—Que se jodan los entrenadores de la Academia —respondió
Hughie—. Imagina lo que tu madre te habría hecho.
—Mierda, muchacho, no conviene pensar en ello. —Llené mi vaso,
colocando la botella abajo y sacudiendo mi cabeza—. Ugh.
—Muchacho, puedes imaginar lo que mi madre diría si camino por
la puerta con Katie y le digo que la embaracé —dijo Hughie con voz
arrastrada—. Ella cortaría mis huevos justo ahí mismo en ese momento.
—Detente, muchacho. —Me estremecí violentamente—. Ni siquiera
hables de ello.
Ambos tocamos la madera del porche para alejar de nosotros la mala
suerte.
Varios minutos pasaron por un silencio en compañía antes de que
Hughie volviera a hablar.
—¿Has hablado con Shannon Lynch después del día del golpe?
Giré mi mirada empañada a él, demasiado borracho para enmascarar
mi curiosidad.
—¿Mi Shannon?
Hughie se rio.
—¿Ahora ella es tu Shannon?
Me encogí de hombros, demasiado borracho para defenderme o
negarlo.
—Tengo que decirlo, muchacho, estaba aliviado cuando llamaste al
equipo sobre el incidente del golpe y los calmaste —dijo Hughie con un
suspiro pesado—. Si no lo hubieras hecho, yo lo habría hecho. La pobre
chica merece un descanso.
Fruncí el ceño.
—¿La conoces?
—Es amiga de mi hermana desde que eran pequeñas.
—Claire —completé, buscando en mi mente la información que
necesité—. La rubia de tercer año.
—Sí, muchacho. —Hughie tomó otro trago de su vaso antes de
decir—: En realidad, ella estaba hoy en la casa.
—¿Qué? —Lo miré—. Nunca lo mencionaste.
Se encogió de hombros.
—¿Por qué lo haría?
Buen punto.
—Encantadora chica —agregó pensativamente—. Familia horrible.
—¿Qué quieres decir?
Hughie negó con la cabeza, pero no respondió.
Eso me molestó por razones completamente diferentes.
No me gustó que él supiera cosas de ella que yo no.
—Voy a ir a revisar a nuestro precioso en el baño —anunció cuando
terminó su vaso—. Y luego voy a descansar por la noche.
—Toma cualquier habitación que prefieras —murmuré, sumido en
mis pensamientos.
Hughie colocó una mano sobre mi hombro.
—Mantén tu mirada en ella, Cap —dijo, apretando mi hombro—.
Dios sabe que alguien necesita hacerlo.
Y luego se había ido.
El Chico va a Brillar
Shannon
En el último viernes de febrero, el Colegio Tommen estaba jugando
contra sus rivales de la Preparatoria Kilbeg en los terrenos de School
Boys Shield.
Porque era uno de las pocas sedes que restaban donde se podían
llevar a cabo partidos en lo que quedaba de la temporada, y una
prestigiosa copa para ganar, todas las clases fueron invitadas para asistir
y apoyar a su equipo.
De acuerdo con Claire, la School Boys Shield que estaba en juego
hoy no era ni de lejos tan importante o lucrativa como la copa de la liga
que el equipo se jugaría el mes que viene en Donegal, pero seguía siendo
una bonita pieza de plata y a Tommen le encantaba la plata.
No me tomó mucho tiempo de estar en Tommen para darme cuenta
de que lo que mi padre había dicho acerca de que el colegio era una
escuela preparatoria de rugby glorificada era cierto.
Era evidente que todo giraba en torno al deporte.
Personalmente, podría haber pensado en un millón de lugares en los
que hubiera preferido estar que viendo a los chicos de gran tamaño de
Tommen abrirse paso entre los chicos de gran tamaño de Kilbeg, pero la
vida tenía una forma curiosa de fastidiar a una persona.
Envuelta en mi abrigo de invierno y un gorro de lana, me senté entre
Lizzie y Claire quienes llevaban los colores de nuestro colegio,
agradecida por haber conseguido un asiento en las gradas.
Otros cientos de estudiantes tuvieron que situarse a ambos lados del
campo.
Pero a ninguno de ellos parecía importarle estar de pie bajo la lluvia
torrencial.
Estaban demasiado ocupados gritando y animando al equipo de
rugby de nuestra escuela.
A los diez minutos del partido, fui testigo de primera mano de todo
el alboroto por Johnny Kavanagh.
Podía sentir literalmente la electricidad que crepitaba en el aire
cuando el balón estaba en sus manos, y por el sonido de los gritos,
también todos los demás.
Parecía estar completamente a gusto en el campo, y cuando el balón
estaba en sus manos…
Se producía la magia.
Sucedían cosas hermosas.
Era tan alto que no tenía sentido que fuera tan ligero de pies.
Era ancho y fuerte, grueso y musculoso.
Pero también era ligero y ágil.
Era casi como si bailara alrededor de la oposición con un elegante
trabajo de piernas y ágiles movimientos corporales.
Tenía una velocidad de locos y la forma en que podía salir corriendo,
era una locura.
Era increíble verlo.
Podías ver los engranajes de su cerebro en movimiento mientras
analizaba cada jugada, pase y ataque con una precisión experta.
Era un jugador inteligente, con un buen ojo para interceptar el juego
y una autodisciplina que parecía rivalizar con la de un santo.
No parecía importar lo mucho que le golpearan o lo atacaran los
rivales y estaba claro que lo atacaban, pero se las arreglaba para mantener
la calma.
Los golpes que recibía, los ataques físicos a su cuerpo, y él
simplemente se levantaba y seguía adelante.
Estaba asombrada.
La forma en que se movía era extraordinaria.
Me quedé embelesada con la forma en que se movía por el campo.
No me extraña que todo el mundo hable de él, pensé.
Estaba claramente por encima de los chicos con los que jugaba y pensé
que merecía estar en un campo de juego más prestigioso.
Si podía jugar así a los diecisiete años, sólo podía imaginar lo que
unos pocos años harían por su juego.
—¡Sí, Hughie! —animó Claire, distrayéndome de mis pensamientos
cuando su hermano, el número 10 de Tommen, pateó el balón por la
banda. El balón logró tocar los dedos del rival antes de salir del juego—
. ¡Sí! —gritó Claire, lanzando un puño al aire—. ¡Buen trabajo, chicos!
—¿Qué pasa ahora? —pregunté, sin saber por qué estaba animando
cuando su hermano obviamente había pateado el balón—. ¿Esto es
bueno para Tommen?
Estaba claro que ella estaba tan metida en el juego como yo, teniendo
en cuenta que se había pasado los últimos cincuenta minutos rotando
entre explicarme las reglas y gritar blasfemias a pleno pulmón.
Esto atravesó completamente mi cerebro, mis nervios estaban
demasiado agotados como para asimilar algo más que lo básico que ya
conocía por ver el Seis Naciones cada año, pero fingí que lo entendía por
ella.
—Esto no es fútbol, Shan. —Se rio—. Es una jugada excelente. Es
nuestro lateral.
—¿Lateral?
—Mira —me animó y luego empezó a gritar como una loca cuando
el número 2 de Tommen lanzó el balón y Gibsie, que llevaba el número
7, fue empujado por sus compañeros y atrapó el balón en el aire.
—¡Sí! —aclamó Claire, aplaudiendo como una foca demente—.
¡Adelante, Gerard!
Sonaba gracioso oír a Claire llamarle Gerard cuando todos los demás
a nuestro alrededor vitoreaban el nombre de Gibsie.
Literalmente, nadie le llamaba Gerard excepto Claire.
El balón salió zumbando del campo y llegó a las manos de Johnny,
y mi corazón dio un salto.
Mi pulso se aceleró al instante al verlo en movimiento.
—¡Oh, Dios mío! —dije, mi corazón latiendo erráticamente en mi
pecho, cuando el número 4 de Kilbeg tacleó a Johnny contra el suelo,
enterrándolo entre una montaña de músculos y peso muerto—. ¿Tienen
permitido hacer eso?
Las extremidades volaban, los botines de fútbol se clavaban en el
montón arrugado que había debajo del melé. Observé cómo se
desarrollaban las payasadas en el terreno de juego.
—Están intentando asesinarlo —grité, sin poder creer lo que estaba
presenciando—. Mierda. —Agarrando los brazos de ambas chicas,
apreté con fuerza—. ¿Es ilegal?
—No me preguntes por eso —respondió Lizzie encogiéndose de
hombros. Se desprendió de mi mano y volvió a hojear su revista—. Se
me ocurren un millón de cosas mejores que podría hacer con mi tiempo
que estar sentada aquí fingiendo que animo un deporte que no me
importa.
Al menos fue sincera.
Había pensado que sentiría lo mismo, sin embargo, él estaba jugando
y estaba hipnotizada, aunque no lo quisiera.
—Está claro que lo tienen en el punto de mira —gruñí, observando
cómo el árbitro hacía sonar su silbato y se acercaba al montón de chicos.
—Por supuesto que lo tienen en el punto de mira —añadió Claire,
apretando mi mano—. Johnny es el mejor jugador de Tommen. Si lo
eliminan, el juego se hace más fácil para ellos —continuó diciendo—.
Serían tontos si no lo intentaran.
Quise gritar ¡Déjenlo en paz! a todo pulmón, pero en su lugar me
conformé con un:
—Eso es horrible. —Mientras una abrumadora preocupación por él
me llenaba el pecho.
—Eso es rugby —coincidió Claire.
—Odio el rugby —dijo Lizzie.
—A nadie le importa lo que odias, señorita pesimista —replicó
Claire—. Vuelve a tus horóscopos.
Claire y Lizzie discutieron durante unos minutos, antes de que Lizzie
se marchara enfadada, murmurando algo sobre la necesidad de ahorrar
sus neuronas, pero yo no estaba escuchando a ninguna de las dos.
Estaba absorta en las payasadas del campo, donde el médico del
equipo se ocupaba de Johnny, pinchándole la cara con gasas y vendas.
Su camiseta a rayas blancas y negras con el número 13 en la espalda
estaba pegada a su piel, los pantalones cortos blancos que llevaba estaban
manchados de hierba y moteados de sangre.
Sus dos rodillas estaban llenas de barro.
Tenía el cabello revuelto y resbaladizo por el sudor.
Uno de sus ojos se estaba poniendo morado y se hinchaba a gran
velocidad, y tenía un rastro constante de sangre que le bajaba por la ceja,
pero no parecía inmutarse lo más mínimo.
La atención de Johnny no estaba en el médico ni en el árbitro que le
gritaba órdenes al oído.
Estaba demasiado ocupado mirándome.
El corazón me golpeó contra la caja torácica cuando me miró sin
reparo y sin vergüenza: los ojos ardían de calor, la expresión era
palpablemente intensa.
Respirando con dificultad, se levantó el dobladillo de la camiseta y
utilizó la tela para limpiarse la sangre de la frente, desmontando los
intentos de la pobre mujer de ponerle un parche y revelando un estómago
de duros abdominales.
El movimiento fue tan primitivo, tan decididamente masculino, que
me golpeó directamente en el pecho.
Mi rostro empezó a arder y sentí que mis hombros se hundían al
ceder bajo el peso de su intensa mirada.
—¿Qué demonios es eso? —siseó Claire, agarrando mi mano—.
Johnny Kavanagh te está mirando fijamente, Shan. En serio, chica, ¡ese
chico te está mirando fijamente!
—Mierda. —Sin saber qué hacer, pero sabiendo que tenía que hacer
algo, giré mi rostro hacia el cuello de Claire y siseé—: Escóndeme.
—¿Qué? —chilló.
—Sólo dime cuando se haya ido, ¿de acuerdo? —le supliqué,
centrando mi atención en la peca de su cuello—. Haz como si estuvieras
hablando conmigo o algo así.
Menos de un minuto después, Claire dijo:
—Está bien, se ha ido.
Exhalando un suspiro, me volví a tiempo de ver a Johnny corriendo
hacia su posición mientras el árbitro pedía un scrum de Tommen.
—¿Qué pasa con ustedes dos? —preguntó—. Creí que habías dicho
que no habías hablado con él desde aquel día en la oficina.
—No pasa nada entre nosotros —respondí, con las mejillas
encendidas—. Y no he hecho.
Claire me lanzó una mirada incrédula.
—Pues a mí esa mirada que te acaba de echar no me ha parecido
nada.
—No fue nada —le aseguré tanto a ella como a mí misma—. En serio,
Claire, ni siquiera conozco al tipo…
Los gritos y abucheos estallaron a nuestro alrededor y ambas nos
giramos para ver que el número 15 de Kilbeg había marcado.
Su número 10 lo convirtió fácilmente, igualando a los equipos.
—Oh, mierda —murmuré, sintiéndome más ansiosa de lo que
debería—. ¿Cuánto tiempo queda?
—Alrededor de un minuto y medio, y no creas que no vamos a hablar
de esto más tarde —me dijo Claire antes de volver a centrar su atención
en el juego y gritar—: ¡Vamos, Tommen! ¡Woo! ¡Kilbeg eres toda una
mierda!
Kilbeg ganó la reanudación, consiguiendo la posesión del balón y
ganando varios metros.
Todos parecían completamente exhaustos, con la excepción de
Speedy González; alias Johnny Kavanagh, que parecía tener un tanque
ilimitado de energía.
Las palmas de mis manos empezaron a sudar profusamente cuando
el número 10 de Kilbeg se colocó en posición entre los postes, cayendo
en el rango de una patada de drop en la meta.
Estaban en diecinueve fases y el marcador estaba empatado a 20
puntos cada uno, al menos eso es lo que dijo Claire.
—Eso es —seguía gritando Claire—. Eso es. Esto es. Oh, Dios. No
puedo mirar.
Contuve la respiración, incapaz de hacer frente a la anticipación.
Finalmente, el número 9 de Kilbeg se había posicionado en el melé,
la palabra que había aprendido para la gran pila sobre el césped.
Con el balón en sus manos, lo lanzó de vuelta al número 10.
Mi corazón se detuvo.
Los animadores en las gradas alrededor de mí se quedaron en
silencio.
Falla.
Falla.
Mete la pata.
Salte de rango.
Todas mis oraciones fueron contestadas cuando el balón dejó su bota
y fue bloqueado por Johnny, enviando el balón hacia arriba en la
dirección de su línea de gol.
El reloj avanzaba, cayendo en rojo.
—¡Sí! —gritó Claire, saltando sobre sus pies, junto con cualquier otro
animador en los lados—. ¡Avanza, Johnny! ¡Vamos, Kavs!
Incapaz de respirar, observé a tres chicos de Kilbeg darle caza.
Sin embargo, no eran lo suficientemente rápidos.
Como un rayo, Johnny escapó de su intercepción, moviéndose más
rápido de lo que cualquier chico de su tamaño debería ser capaz.
Los gritos y los rugidos de aliento surgieron de la tribuna cuando
Johnny pateó el balón hacia adelante, acercándola a la línea de try
mientras corría a toda velocidad tras ella.
—¡Avanza! —gritó Claire con entusiasmo—. ¡Sí! Ya casi has llegado.
Sigue adelante. ¡Mueve esas sensuales piernas!
El balón rodó sobre la línea.
Milisegundos después, Johnny se abalanzó, superando a los zagueros
de Kilbeg que le pisaban los talones.
Fue una ráfaga de movimientos que dio como resultado que Johnny
pusiera el balón en el suelo.
Todo el mundo a nuestro alrededor se volvió loco.
El número 10 de Tommen se colocó frente a los postes y rápidamente
pateó la conversión, asegurando los dos puntos.
Y eso fue todo.
Se acabó.
Tommen había ganado.
Y yo estaba tambaleándome.
—Tienes que dar algunas explicaciones, señorita —chilló Claire
mientras rebotaba en la celebración—. ¡Woohoo! ¡Vamos, Tommen,
vamos!
—¿Explicación? —le respondí—. ¿Sobre qué?
—Sobre por qué ese chico de ahí abajo te mira como si quisiera
comerte —contestó, y luego señaló con un dedo descaradamente obvio
justo a Johnny… que volvía a mirarme fijamente.
—No lo sé —dije con un nudo en la garganta—. No tengo ni idea de
lo que está pasando aquí.
Todos sus compañeros de equipo corrían como locos, saltando y
celebrando, y Johnny parecía distraído.
Estaba literalmente inundado de gente, desde profesores a
estudiantes, pasando por periodistas locales y camarógrafos con
micrófonos frente a su rostro.
Lo que destacaba era su inmaculada compostura.
Nada de esto lo perturbaba.
Ni un poco.
Parecía la personificación de la frialdad, la calma y la serenidad
mientras respondía a los periodistas y daba las gracias a los seguidores
que le aplaudían, pero cada cierto tiempo su mirada volvía a dirigirse a
mí.
No lo entendía.
Peor aún, tener su atención me emocionaba.
—¿Por qué se le echan encima? —pregunté confundida, sintiéndome
mal por los demás chicos del equipo.
Claire puso los ojos en blanco.
—Ah, porque es Johnny Kavanagh.
—¿Y?
No lo entendí.
—Vamos —chilló, y luego me agarró de la mano, arrastrándome
literalmente a través de las gradas y hacia el campo.
Puede que no pareciéramos fuera de lugar, con la mitad de la escuela
en el campo, pero ciertamente lo sentí mientras me arrastraba
torpemente detrás de ella.
—¡Hughie! —gritó Claire, corriendo para abrazar a su hermano
mayor—. Has estado increíble.
—Salud, hermanita —respondió él, dándole palmaditas en la
espalda, mientras buscaba entre la multitud.
Obviamente encontró lo que buscaba en la forma de una pequeña
pelirroja, Hughie dejó rápidamente a su hermana a un lado y se apresuró
en dirección a ella.
—Yo quiero eso. —Claire suspiró, viendo cómo su hermano
levantaba a su novia y la hacía girar—. Obviamente no con mi hermano.
—Hizo una mueca—. Pero lo que tienen. —Volvió a suspirar—. Quiero
eso algún día.
—¡Claire-Bear! —gritó una voz familiar.
Claire se dio la vuelta y juro que toda su cara se iluminó cuando vio
a Gibsie corriendo hacia nosotras.
—¡Lo lograste! —gritó y se lanzó hacia él.
Él parecía tan emocionado como ella y la atrapó.
Los observé durante varios minutos, balanceándose el uno al otro,
completamente atrapados en su propia burbuja mientras hablaban
animadamente sobre diferentes puntos del juego.
O Claire no tenía ni idea, o Gibsie no tenía ni idea, o ambos estaban
tan ciegos como el otro, porque podía sentir, ver y saborear la química
que desprendían.
Sintiéndome incómoda y fuera de lugar, me metí las manos en los
bolsillos del abrigo y me di la vuelta rápidamente, escabulléndome entre
una masa de seguidores de Tommen.
Estaba familiarizada con los días de partido.
Había asistido a bastantes partidos de Joey.
Pero esto era diferente.
Y me sentía como un implante.
—Oye… —Oí una voz dolorosamente familiar que me distrajo de
mis pensamientos—. ¡Espera!
La naturaleza humana básica me hizo girar para ver quién gritaba y
si se dirigía a mí.
Cuando mis ojos se posaron en Johnny corriendo hacia mí, mi
corazón tronó contra mi caja torácica, martilleando violentamente.
Oh, Dios mío.
¿Qué estaba haciendo?
¿Por qué se acercaba a mí?
¿Qué demonios estaba pasando?
—¿Cómo va todo? —preguntó Johnny, cerrando el espacio entre
nosotros, con la voz comprensiblemente sin aliento por el esfuerzo en el
campo.
—Eh, va, ah, va bien —me tropecé con mis palabras, completamente
desorientada al estar de nuevo tan cerca de Johnny—. ¿Va bien para ti?
—añadí patéticamente, y de inmediato me avergoncé—. Debes sentirte
bien. —Suspirando, reprimí el impulso de gemir y terminé con un
murmullo—: Quiero decir: cómo te va…
—Va bien —respondió Johnny con una sonrisa que se profundizó en
dos diminutos hoyuelos en sus mejillas.
Era la primera vez que veía esos hoyuelos y mi memoria se empapó
de ellos como una esponja.
—Eso es bueno —dije sin aliento, luchando por enfocarme.
A diferencia de la última vez que estuve cerca de él, cuando estaba
viendo estrellas, o en los pasillos cuando él era un borrón de movimiento
demasiado lejos para alcanzar a verlo bien, tuve una vista de su rostro,
clara, sin contusiones y sin obstáculos.
Y era una vista que te quitaba el aliento.
Como si, de verdad, fuera sorprendente, dolorosa y distractoramente
atractivo.
Tenía una estructura ósea notable con pómulos altos y una
mandíbula fuerte, labios hinchados y una mata desordenada de cabello
castaño oscuro que estaba afeitado con estilo a los lados, con un poco
más de longitud en la parte superior.
Su rostro tenía las marcas de un niño que había estado en muchas
peleas.
Sobre su ceja izquierda había una cicatriz recién coagulada, su nariz
claramente se había roto una o dos veces, y su pómulo derecho estaba
enrojecido a un ritmo rápido.
—Recuerdas quién soy, ¿verdad? —preguntó, todavía sonriendo,
aunque ahora parecía un poco nervioso, probablemente porque lo estaba
mirando como una acosadora—. Shannon como el río.
Oh, Dios.
—Sí —expresé con un nudo en la garganta, sintiendo cada onza de
sangre en mi cuerpo corriendo por mis mejillas mientras colocaba un
mechón de cabello suelto detrás de mi oreja—. Te recuerdo. —Sin saber
qué más decir o hacer, estúpidamente levanté la mano y saludé—. Hola,
Johnny.
¿Qué estaba mal conmigo?
¿En serio?
¿Acabo de saludarlo?
¿Mientras estaba hablando con él?
Dios…
La sonrisa que lucía se convirtió en una sonrisa completa,
perfectamente derecha, de un blanco perlado.
—Hola, Shannon.
Oh, rayos…
—Bueno, estoy bien —dije, con un tono un poco tenso—. Y tú estás
bien. Entonces, todo está... bien.
—Eso es bueno —respondió, sus labios temblando.
—Sí, todo está bien —respondí, haciendo una mueca por mi torpeza.
Johnny me sonrió.
—Bien.
Mortificada, levanté la vista hacia su rostro y luego aparté
rápidamente la mirada mientras me esforzaba por no volver a pronunciar
la palabra bien.
—Vi tu partido —espeté en su lugar—. Felicidades.
Oh, sí, Shannon, porque eso es mucho mejor.
¡Deberías haberte quedado con el bien, idiota!
—Lo sé —respondió Johnny con una pequeña sonrisa—. Te vi.
Abrí la boca para decir algo, cualquier cosa para salvarme, pero me
quedé con las manos vacías y me encogí de hombros con impotencia.
—¿Recibiste mi nota? —preguntó Johnny, afortunadamente
salvándome de tratar de formar una oración coherente.
—Sí, y quería agradecerte por el dinero —le dije, en voz baja—.
Simplemente no sabía si debería…
—No te preocupes por eso —interrumpió con una sonrisa—. No
esperaba un gracias.
—Es demasiado, por cierto —agregué rápidamente, acomodando mi
cabello detrás de mi oreja—. Mi madre compró una falda nueva por
treinta euros.
—Espero que te haya conseguido las medias que querías —respondió
con una sonrisa de complicidad.
Oh, Dios mío.
La sonrisa de ese chico era otra cosa...
—Oh, sí. —Me sonrojé escarlata—. Fueron sólo cinco libras. —
Deslizando mis manos en los bolsillos de mi abrigo, miré mis zapatos,
inhalé un suspiro tembloroso y luego lo miré de nuevo—. Puedo
devolverte el resto…
—De ninguna manera —descartó rápidamente Johnny, limpiándose
una mota de barro de la mejilla—. Quédatelo.
—¿Qué me lo quede? —Miré fijamente—. ¿No quieres que te devuelvan
sesenta y cinco euros?
—Te lastimé —respondió, sus intensos ojos azules fijos en los míos—
. Lo jodí. No me vas a devolver nada.
Oh, gracias a Dios porque mis padres nunca me devolverían el dinero.
—¿Estás seguro? —grazné.
Johnny asintió y dijo:
—Sí, por supuesto. —Antes de continuar con—: ¿Cómo está la
cabeza?
Le sonreí.
—Mucho mejor.
—¿Estás segura? —preguntó, sonriendo ahora—. ¿No hay daños
residuales que puedan causarme problemas? No necesito llamar a los
abogados, ¿verdad?
—¿Q-qué? —Me quedé boquiabierta—. No, no. Estoy bien. Nunca
te demandaría…
—Estoy jugando contigo, Shannon. —Johnny se rio. Sacudiendo la
cabeza, agregó—: Estoy muy contento de que estés bien.
—Ah, está bien. —Me sonrojé—. Gracias.
—¡Johnny! —gritó una voz masculina retumbante, distrayéndonos a
ambos.
Giré la cabeza para ver a un hombre corpulento que caminaba hacia
nosotros con una cámara de aspecto impresionante atada a su cuello.
—Danos una foto para el periódico, ¿quieres, hijo?
Estaba bastante segura de haber escuchado a Johnny murmurar las
palabras «vete a la mierda» en voz baja, pero se volvió hacia el fotógrafo y
le hizo un gesto cortés con la cabeza.
—No hay problema.
—Buen hombre —elogió el fotógrafo y apuntó con la cámara a
Johnny, sólo para detenerse y volverse hacia mí—. Apártate del camino,
¿quieres, amor?
—¡Oh, cierto, lo siento! —chillé y me apresuré a salir de la línea de
la lente.
—Estábamos hablando —soltó Johnny. Le lanzó una mirada
mordaz al fotógrafo y luego se acercó a mí—. Sonríe —me instruyó en
voz baja mientras me acercaba a su costado y sujetaba su enorme mano
embarrada en mi cadera.
Aturdida, lo miré fijamente.
—¿Eh?
—Sonríe —repitió Johnny con calma, metiéndome debajo de su
brazo.
Agotada, volví a mirar al fotógrafo e hice exactamente lo que Johnny
me dijo que hiciera.
Sonreí.
El fotógrafo arqueó una ceja y me miró con curiosidad, pero
rápidamente se apresuró a tomar lo que parecían un millón de
instantáneas.
Los destellos de su cámara eran cegadores y cuando se les unieron
muchos más destellos de otros fotógrafos, comencé a temblar de
ansiedad.
¿Qué demonios estaba pasando?
—Está bien, es suficiente —declaró Johnny mientras levantaba una
mano y soltaba mi cadera—. Gracias por venir hoy. Agradezco el apoyo.
—Johnny. ¿Johnny? —gritó una de las mujeres alrededor de
nosotros—. ¿Qué es su relación?
—Privado —le respondió Johnny con frialdad.
—¿Cómo te llamas, cariño? —preguntó el fotógrafo original,
mientras sacaba un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta.
Temblando, sólo me quedé ahí de pie, sintiéndome tonta, sintiendo
un millón de pares de ojos curiosos en mi rostro.
—Shannon Lynch —declaró Johnny con un asentimiento, y luego,
ignorando a la mitad de la docena de fotógrafos observándonos, volvió
su atención hacia mí—. ¿Vas a venir a la fiesta después de la escuela?
—¿Qué están haciendo? —pregunté con incertidumbre, incapaz de
centrarme en lo que acaba de decir, porque estaba demasiado ocupada
viendo como el fotógrafo escribía algo en una libreta en su mano y varios
reporteros más acechaban cerca.
—Ignóralos —dijo Johnny sacudiendo su cabeza—. Se irán.
—Te están observando —susurré—. ¿Y creo que me están
observando?
Dejando salir un gruñido de frustración, Johnny se dio la vuelta.
—Estoy en la escuela —declaró con un tono afilado—. En los terrenos
de la escuela. Con una menor.
Afortunadamente, eso pareció funcionar porque lentamente
desaparecieron.
—Eso fue tan extraño —dije con voz estrangulada cuando Johnny
volvió a mirarme.
Me mira con curiosidad.
—¿No te gustan ese tipo de cosas?
—Eso fue horrible —dije—. Toda esa atención por un juego tonto.
Johnny me dio otra mirada curiosa.
Le devolví la mirada, sintiéndome totalmente confundida.
—Entonces, ¿vendrás? —preguntó Johnny.
Cuando lo seguí viendo sin tener idea, aclaró.
—A la fiesta. Hughies está organizando una fiesta para el equipo en
su casa.
—¿Yo?
—Sí, tú —contestó, dándome una mirada peculiar.
Mi corazón se aceleró a un nivel peligroso mientras miraba hacia
arriba a este hermoso chico que me estaba preguntando si iría a una
fiesta.
Espera, ¿me estaba preguntando, o invitando?
Oh, Dios, no sabía.
Frunciendo el ceño, Johnny agregó:
—Eres amiga de su hermana, Claire, ¿verdad?
—Oh. —Sacudí la cabeza vigorosamente—. Oh, ah, no. Quiero
decir, sí. Soy amiga de Claire, pero no voy a la fiesta.
Arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque no tengo permitido ir a ningún lado… —Me detuve en
breve y rápidamente busqué en mis palabras una dirección más segura—
. Tengo que ayudar a mi mamá en las noches.
—Está embarazada —declaró en tono pensativo.
—Sí —respondí y luego, como era una glotona para hacer que una
situación fuera incómoda, añadí—: Tiene fecha para agosto.
—¿Felicidades? —ofreció Johnny, moviéndose incómodo.
Buen trabajo, Shannon, siseé mentalmente.
—Gracias —respondí, retorciéndome.
—¿Estás segura de que no quieres venir? —preguntó entonces—. No
voy a beber para poder darte un aventón a casa cuando quieras ir…
—Cap —gritó entonces uno de sus compañeros—. Trae tu culo aquí,
muchacho, y levanta esta puta copa.
—Estoy hablando aquí, Pierce —espetó Johnny, dándose la vuelta
para mirar a quien le llamaba—. Dame un maldito minuto.
—Te llaman tus amigos —me apresuré a decir, sabiendo que
necesitaba alejarme de este chico antes de hacer algo increíblemente
estúpido como aceptar su invitación.
Porque quería hacerlo.
Realmente lo deseaba.
Y si me quedaba aquí y seguía mirándolo, sabía que lo haría.
—Será mejor que me vaya —añadí, saludando a Johnny con otro
gesto tonto—. Que lo pases bien.
No esperé a escuchar su respuesta.
En su lugar, giré sobre mis talones y me alejé a toda prisa con el
corazón martilleando en mi pecho.
—¿Segura que no quieres venir durante una hora? —Oí que Johnny
me llamaba.
—Estoy segura —le dije por encima del hombro mientras me alejaba
a toda prisa—. Adiós, Johnny.
—Sí, eh, adiós, Shannon.
El sonido de los chicos riendo y riéndose detrás de mí llenó mis oídos,
pero no me atreví a mirar atrás.
En su lugar, hice lo más sensato y me alejé de la tentación con las
palabras de Claire resonando en mis oídos.
«Los chicos con ojos bonitos y grandes músculos lo estropean todo para las
chicas».
Qué razón tenía.
Era un poco después de las ocho cuando finalmente llegué a casa de
la escuela.
A unos cinco kilómetros de Tommen y el autobús se había averiado.
Durante dos horas, nos vimos obligados a permanecer en el autobús
mientras otro autobús de la ciudad de Cork salía para llevarnos a casa.
Fue ridículo.
Pasé cada minuto de esas dos horas pateándome mentalmente por no
aceptar la oferta de Johnny.
¿Qué diablos estaba mal conmigo?
Me gustaba.
Realmente me gustaba.
Me preguntó si iba a una fiesta, se ofreció a llevarme a casa desde
dicha fiesta, y me di la vuelta y prácticamente me escapé de él.
No, corrige eso por: sí me escapé de él.
En mi defensa, me había sorprendido por completo.
Ni una sola vez en las semanas que habían pasado desde mi accidente
ninguno de nosotros se había acercado al otro.
Rompió la regla imaginaria que se había impuesto entre nosotros.
Me sacó de balance al hablarme y todavía estaba muy sorprendida
ahora.
Durante toda la tarde mi mente siguió dando vueltas y vueltas al
encuentro hasta que mi cara se puso azul de pensar en ello y estaba
completamente disgustada conmigo misma.
Debería haber ido a la fiesta.
Si lo hubiera hecho, no habría pasado dos horas en un autobús helado
en condiciones semiárticas.
Al menos, si hubiera ido a la fiesta, llegar tarde hubiera valido la
pena.
Porque la mirada en el rostro de mi padre cuando entré en la casa me
aseguró que las dos horas que había pasado sentada sola en un autobús
averiado ciertamente no lo hacían.
—¿Dónde estabas? —exigió papá, mirándome como un halcón desde
su lugar en la mesa de la cocina cuando entré por la puerta.
La familiar oleada de pánico se construyó dentro de mí.
Mi padre era un hombre de aspecto poderoso, con una altura de un
metro ochenta, cabello rubio oscuro y una constitución atlética que se
había mantenido desde sus días de jugador de hurling.
Él también había jugado para Cork, pero a diferencia de mis
hermanos, los méritos y logros de mi padre no eran algo de lo que hablara
abiertamente.
Porque no estaba orgullosa del hombre que me devolvía la mirada.
No estaba segura de si lo seguía amando.
O si alguna vez lo hice.
No cuando me aterrorizaba más que cualquiera de los maltratadores de la
escuela…
—¿Bien? —presionó, tono tenso. Estaba reemplazando la
empuñadura de goma en lo que parecía ser el hurley de Ollie y verlo
sosteniendo el hurley de madera hizo que un escalofrío de pánico me
recorriera la espalda—. ¡Llegas tarde!
De repente me sentí muy agradecida de haberme escapado de Johnny
Kavanagh cuando me invitó a la fiesta después de la escuela.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en lo que mi padre podría
hacer si hubiera aceptado su invitación.
—El autobús se descompuso —dije mientras colocaba con cautela mi
mochila contra la pared—. Tuvimos que esperar dos horas a que otro
autobús nos recogiera.
Mi padre me dio una mirada dura.
Permanecí exactamente donde estaba, sin atreverme a respirar.
Finalmente, asintió.
—Malditos autobuses —murmuró mi padre, volviendo su atención a
su tarea.
El aire que había estado reteniendo salió de mis pulmones en un
fuerte jadeo.
Está bien, Shannon, me dije a mí misma, no arrastra las palabras, no huele
a whisky y no hay evidencia de muebles rotos.
Pero no fui lo suficientemente tonta como para tentar a mi suerte
cuando se trataba de mi padre y me moví hacia la panera con la intención
de hacer un sándwich de queso para llevar.
Salir de esta cocina y subir a mi habitación sin confrontación era mi
objetivo durante el siguiente minuto más o menos mientras preparaba
rápidamente un sándwich torcido y me servía un vaso de agua del grifo.
—Buenas noches, papá —susurré cuando tuve mi sándwich y agua
listos.
—No vuelvas a llegar tarde —fue todo lo que respondió, sin apartar
los ojos del hurley en sus manos—. ¿Me escuchas, niña?
—Te escucho —grazné y luego subí las escaleras a la santidad de mi
dormitorio.
Una vez dentro, cerré la cerradura y me hundí contra mi puerta,
tratando desesperadamente de controlar mi ritmo cardíaco.
Hoy era viernes.
El viernes era un día seguro.
Es Preferible un Puñetazo en el Rostro
que un Pastel
Johnny
Mi cabeza estaba destrozada.
Mi cuerpo en trozos.
No podía disfrutar el triunfo o verdaderamente celebrar con el equipo
porque estaba enfurruñado.
Malhumorado por algo que no podía entender.
Rechazando la interminable cantidad de botellas de cerveza
empujadas a mi cara, me senté melancólico en el sofá de la sala de estar
de la casa de Hughie, con el trofeo de «El Hombre del Partido» dejado
junto a mí, mi medalla de ganador alrededor de mi cuello, esperando el
momento que pudiera escaparme, conducir a mi casa y hundirme en un
baño de hielo.
Era mi deber estar con mis compañeros de equipo después de un gran
triunfo como este.
Siendo el capitán, se suponía que encabezaría los festejos.
Música dance estaba sonando del estéreo que se encontraba en el
rincón, I’ll Fly with You de Gigi D’Agostino, y sabía que el estúpido duh,
duh do de duh del coro se me pegaría en la cabeza toda la noche.
La casa estaba llena con el equipo y personas de la escuela, todos
bebiendo, comiendo y bailando alrededor del lugar.
En lugar de unirme a las bromas, me estaba poniendo hielo en el
muslo porque poner el hielo en mis bolas no sería socialmente aceptable,
empujando en mi plato un trozo de filete que me había cocinado la madre
de Hughie, Sinead, y pensando en una chica que no podía alejarse de mí
lo suficientemente rápido.
Eso lo demostraba todo allí.
Todos los demás estaban bebiendo y disfrutando, mientras yo me
abastecía de proteínas y me volvía loco por una chica.
¿Así era como se sentía el rechazo?
Si era así, era una mierda.
Nunca sabré qué me llevó a acercarme a Shannon, pero todo el
mundo estaba gritando a mi alrededor, la multitud estaba en mi cara,
necesitaba un respiro, y la vi allí de pie, con los ojos grandes y solitaria,
y algo se movió dentro de mí.
En ese momento tenía sentido acercarme y hablar con ella.
Porque no quería que estuviera sola.
Porque apenas podía concentrarme durante el partido, sabiendo que
ella me estaba mirando.
Porque cuando se dio la vuelta para irse, mis piernas se movieron por
sí solas, desesperadas por interceptarla.
¿Puedo llevarte a casa cuando tengas que irte?
¿Qué carajo?
También podría haberle gritado a la chica, quiéreme, maldición,
quiéreme.
Me sentí como un maldito imbécil.
¿En qué estaba pensando al invitarla a la fiesta?
Peor aún, ¿en qué estaba pensando al esperar que ella dijera que sí?
Yo era un extraño glorificado para ella.
Jesucristo.
Estaba tan decepcionado conmigo mismo.
Por casi dos meses, me había ido tan bien, tan malditamente bien, en
mis intentos de mantenerme alejado de ella.
No podía sacármela de la cabeza, pero maldita sea, estaba
manteniendo la distancia.
Una victoria llena de adrenalina y lo arruiné.
Peor que arruinarlo, la arrastré a una foto conmigo.
Y ella parecía aterrorizada…
—¿Estás bien, muchacho? —preguntó Feely, hundiéndose en el sofá
a mi lado.
Gruñendo como respuesta, arrastré el cojín de mi espalda y lo puse
sobre mi regazo, cubriendo lo púrpura que se extendía por mi muslo
derecho.
Yo seguía con mi equipo de juego, al igual que la mayoría del equipo.
Todavía llevaban los jerseys porque querían presumir, y con razón.
Haber ganado cinco veces seguidas el School Boys Shield era un
nuevo récord para Tommen y la primera vez que algunos de los chicos
más jóvenes probaban la plata.
Yo seguía con mi equipo porque no tenía la energía para quitármelo
después del partido.
Si no resultaba tan atractivo para los cazatalentos, tiraba la toalla en
el equipo de la escuela y guardaba mi cuerpo para los partidos de la
Academia o del club.
—Sabes, Sinead te echaría un vistazo, si se lo pidieras —interrumpió
Feely mis pensamientos diciendo—. Es enfermera, muchacho.
Me giré para mirarlo.
—¿Qué?
Señaló mi pierna.
—¿Te está dando problemas otra vez?
Esforzándome por contener mi irritación, negué con la cabeza y dije:
—No, estoy bien. Recibí una patada en el melé, eso es todo,
muchacho.
Patrick me miró con aprensión, pero no me presionó.
Me gustaba eso de él.
No insistía en nada.
Si no era de su incumbencia, no pedía saberlo.
—¿No vas a beber esta noche? —le pregunté, desviando el tema de
mis fracasos—. Gran victoria para la escuela, muchacho. Deberías estar
celebrando.
—¿Debería estar celebrando? —Patrick sonrió—. ¿Y el propio Sr.
HP? Si alguien debería estar celebrando, eres tú.
Sonreí ante el término Sr. HP (que significa hombre del partido) y
dije:
—Tengo entrenamiento de la academia los sábados. ¿Cuál es tu
excusa?
—No estoy de ánimos —contestó también.
Como antes, él no presionó por información, correspondí el favor.
—En realidad, estoy pensando en retirarme —agregó, poniéndose de
pie—. ¿Me estaba preguntando si podrías darme un aventón a casa?
Como un perro hambriento al que se le presenta un hueso jugoso,
acepté su oferta de inmediato.
Dejando mi plato y el paquete de hielo en la mesa de café frente a mí,
me levanté e inhalé varias respiraciones a través de mi nariz para
contenerme antes de poner peso en mi pierna.
—Listo cuando tú lo estés.
Patrick sonrió, pero no dijo nada sobre mi gran entusiasmo.
Agachándose, agarró mi trofeo del sofá y me lo entregó, gracias a
Dios, porque si tuviera que inclinarme de nuevo no sería capaz de
levantarme de nuevo.
—Whoa, whoa, whoa —gritó Gibsie sobre la música, notando mi
intento de irme—. Sienta tu culo ahí, Cap —ordenó, abriéndose paso
entre la multitud hacia mí—. No vas a ir a ningún sitio todavía.
Abrí la boca para decirle que se fuera, pero dos de los chicos del
equipo, Luke Casey y Robbie Mac, vinieron corriendo hacia mí,
arrastrándome de nuevo al sofá antes de plantarse a ambos lados de mí.
Miré a Patrick, que se encogió de hombros con resignación.
Ambos sabíamos que no íbamos a salir de aquí pronto, no cuando
Gibsie apagó la música y anunció:
—Tengo que dar un discurso.
—Lo siento, Capitán —dijo Robbie Mac con una risita—. Pero tienes
que escuchar esto.
Resistiendo las ganas de rugir por el dolor que me atravesaba la parte
inferior, sacudí la cabeza y agarré mi bolsa de hielo.
—Por el amor de Dios, Gibs.
Con su medalla de campeón todavía colgando del cuello, Gibsie
arrastró la mesa de café hasta el equipo de música y se subió.
Con su camiseta enrollada en la cabeza como un puto pañuelo,
agarró el control remoto del aparato que tenía detrás y se lo llevó a la
boca como si fuera su micrófono personal.
Los chicos del equipo echaron la cabeza hacia atrás y aullaron de risa
mientras él pulsaba el mando y realizaba una prueba de sonido.
Maldito imbécil…
Con una sonrisa engreída grabada en su cara, Gibsie tocó su
«micrófono» y dijo:
—¿Cómo va esta noche? —Miró la medalla que descansaba en su
pecho y sonrió—. Podríamos acostumbrarnos a esto, ¿verdad,
muchachos?
Un ensordecedor estallido de vítores y rugidos de acuerdo surgió de
la sala.
—Muy bien, chicos, Jesús, no hace falta que me griten —se burló—.
¡Por el amor de Dios, estoy en la misma habitación que ustedes!
Su respuesta juguetona atrajo una respuesta aún más ruidosa del
equipo y de nuestros amigos.
—De todos modos —Rio—, yendo al punto, tengo una pequeña
canción que me gustaría cantar, para la persona especial en mi vida.
«Oohs» y «awwws» vinieron de un grupo de chicas en la puerta.
Puse los ojos en blanco al ver la facilidad con la que el guapo
flanqueador podía encantarlas.
Gibsie se aclaró la garganta para dar más efecto y luego dijo:
—Sin las malditas manos mágicas de esta persona especial, no estaría
aquí hoy con esta magnífica pieza de plata. —Sacudió la cabeza y se llevó
una mano al corazón—. ¡Gracias, cariño!
Por las miradas que estaba recibiendo de los chicos, y las risitas
procedentes de Robbie y Luke, me di cuenta de que la pieza de fiesta de
Gibsie iba a ser a mi costa.
—¡No hagas nada estúpido! —le advertí a Gibsie justo cuando se
acercó y pulsó un botón del equipo de música.
Al instante, mis hombros se bloquearon con tensión cuando el sonido
familiar de Walk of Life de Dire Strait comenzó a sonar en los altavoces.
Inmediatamente, supe lo que se avecinaba.
Ese cabrón…
—Johnny, nene —gritó el imbécil de mi mejor amigo con fingida
pasión en su voz, apuntando con sus dedos encintados en mi dirección—
. Esta es para ti —se burló antes de ponerse a cantar, cantando la letra
que se había convertido en la perdición de mi vida desde que entré en un
campo con esos imbéciles en sexto curso.
Los chicos que me rodeaban se unieron a Gibsie en el coro ruidoso y
burlón.
Se lanzaron sillas hacia atrás mientras todos los chicos celebraban
nuestra victoria.
Robbie y Luke me arrastraron fuera del sofá, donde me lanzaron al
aire y me sostuvieron mis compañeros.
Feely, el traidor, estaba inconsolable mientras se moría de risa a mi
costa.
Oh, sí, ahora podían reírse todo lo que quisieran, pero yo iba a
enterrar a esos cabrones en el entrenamiento del lunes.
Momento de Confesión
Shannon
Estaba terminando mi última tarea la noche del sábado cuando
tocaron a la puerta de mi dormitorio rompiendo mi concentración.
Doblando la copia de mi libro, la deslicé dentro de mi libro de texto
de matemática y grité:
—Adelante.
La puerta de mi habitación se entreabrió y mi hermano asomó la
cabeza a través de esta.
—¿Qué pasa, Joe? —pregunté metiendo mis libros de vuelta en mi
mochila.
—Voy a la tienda —anunció mi hermano, dando una mirada rápida
alrededor de mi habitación antes de que volvieran a mi rostro—.
¿Quieres algo?
—¿Dónde está Aoife?
—En mi habitación.
—¿Se está quedando?
—Síp.
Aoife iba a ECB y estaba en sexto con Joey, así que no era raro que
se quedaran en la casa del otro en días de clases y se fueran juntos a la
escuela.
Tenían la edad donde las pijamadas eran permitidas.
O al menos, nadie dijo nada sobre que Joey trajera a una chica a casa.
Había un enorme caso de dobles estándares en esta casa, una casa
que había estado excepcionalmente tranquila este fin de semana.
Mi padre estaba raro.
Se estaba comportando como humano.
Nos trajo comida china para todos anoche y me pasó el control
remoto en lugar de sólo correrme como normalmente lo hacía.
No era lo suficientemente ingenua para creer que la decisión de mi
padre de no romper la casa este fin de semana se debió a que decidió
darle la vuelta a una nueva página.
No, había sido miembro de esta familia el suficiente tiempo para
reconocer su período tranquilo como la calma antes de la tormenta.
Pronto explotaría.
Siempre lo hacía.
Sólo podía tener la esperanza de no estar de pie en el ojo de la
tormenta cuando sucediera.
—¿Quieres algo de la tienda o no? —preguntó Joey, sonando
impaciente—. Cerrarán pronto.
Miré la pantalla de mi teléfono para revisar la hora. 10:45 p.m.
—¿Por qué vas a la tienda tan tarde? —cuestioné—. ¿Qué necesitas
que es tan importante?
Joey sonrió.
—¿Quieres que conteste con honestidad?
—No —gemí, fingiendo querer vomitar cuando lo entendí—. Vete.
—Buenas noches, Shan.
Se rio, cerrando mi puerta.
—¡Cuídate! —le grité—. ¡Soy muy joven para ser tía!
Mi teléfono vibró contra mi muslo, avisándome de una llamada
entrante de Claire.
—¿Hola? —dije, colocándolo en mi oído.
—Hola, chica —dijo feliz—. ¿Qué estás haciendo el próximo fin de
semana?
Subiendo a mi cama, me apuré hacia mi puerta para ponerle seguro.
—Nada —contesté. Como siempre—. ¿Por qué?
—Porque, mi querido amigo, Gerard Gibson pasó su prueba teórica
el viernes en la mañana y algún idiota demente de la oficina de impuestos
decidió darle una licencia de conducir provisional.
—¿De verdad?
Me reí, pensando en Gibsie detrás del volante de un vehículo.
—Oh, sí. —Claire suspiró—. He pasado la última hora y media
intentando echarlo de mi habitación.
—¿Por qué está en tu habitación?
—Para presumir —explicó—. Sacudiendo la pequeña licencia verde
alrededor como si fuera el rey de la colina.
—¿Qué tiene que ver que Gibsie haya conseguido su licencia de
conducir con lo que tenga que hacer el próximo fin de semana?
—Sus padres le compraron, la semana pasada, un coche por su
cumpleaños —explicó—. Quiere que todos nosotros vayamos a una
vuelta con él.
Mis cejas se alzaron.
—¿A quiénes te refieres con todos nosotros?
—El grupo normal —contestó Claire ligeramente—. Yo, Gerard,
Hughie, Katie, Pierce, Lizzie, Patrick, Johnny y tú, por supuesto.
Mi corazón saltó ante el sonido del nombre de Johnny siendo
mencionado.
Y se disparó incluso más alto ante la idea de pasar tiempo real con
él.
—¿Por qué yo? —logré preguntar.
—Duh, porque eres nuestra amiga —contestó.
Negué con la cabeza.
—No, Claire, soy tú amiga. Tuya y de Lizzie.
—Bueno, Gerard me dijo que te invitara.
—¿Por qué? —logré decir con un nudo en la garganta—. No me
conoce.
—¿Lo ayudaste con Brian?
Negué con la cabeza.
—Eso no nos hace amigos.
—Bueno, él sabe que eres mi mejor amiga —explicó—. Lo que
significa que cualquier invitación que yo reciba automáticamente
también se extiende a ti.
—Bueno, no podemos caber todas esas personas en un coche.
—Entonces, tal vez puedas ir en el coche de Johnny —respondió
Claire con tono burlón—. Por cierto, te vi con él en el juego del viernes,
pequeña coqueta.
—No estaba coqueteando con él —prácticamente escupí—. Él se me
acercó.
—Aún mejor. —Se rio—. Él era el que estaba coqueteando.
—Nadie estaba coqueteando —dije con voz ahogada—. Sólo
estábamos…
—¿Sólo estaban qué? —provocó Claire.
—Hablando —completé con un encogimiento de hombros
desanimado.
—¿Sobre qué?
—No lo sé —murmuré—. Solo cosas, ¿supongo?
—Y tomándose fotos juntos —agregó con una carcajada—. También
vi eso.
—Oh, Dios —gemí en derrota y me dejé caer sobre mi almohada—.
Fui tomada con la guardia tan baja —dije—. Deberías haberme
escuchado intentando hablar con él —agregué, mordiendo mi labio—.
No podía hablar y literalmente eché a perder toda la conversación,
Claire. Fue completamente humillante.
—No podías hablar porque te gusta —presionó.
Sin molestarme en negarlo, simplemente suspiré.
—Oh, Dios mío —jadeó, emocionada—. ¿Por fin estás admitiendo
que te gusta?
Asentí y luego me di cuenta que no podía verme.
—No creo que haya caso en que lo niegue —susurré, sintiendo mi
rostro arder ante la idea—. Me gusta, Claire, creo que realmente me
gusta.
—Oh, guau, Shan —contestó Claire amablemente—. Esto es algo
grande para ti.
Ella tenía razón.
Era enorme.
Y daba miedo.
Absolutamente aterrador.
—Es ridículo —murmuré con tristeza—. Ni siquiera lo conozco.
—Sí, lo haces —discutió Claire.
—No bien —contesté con un suspiro.
—Bueno —meditó—. Nunca he conocido a Johnny Depp en persona
y eso no me ha detenido para enamorarme locamente de él.
Puse los ojos en blanco ante su respuesta.
—Sí, porque es lo mismo.
—Tengo su número telefónico, sabes —ofreció Claire entonces—.
Puedo dártelo y le puedes mandar un mensaje de texto.
Mis ojos se agrandaron.
—Absolutamente no.
—¿Estás segura?
—Segurísima —dije con voz ahogada—. No hay forma de que en la
tierra verde de Dios pudiera ser el tipo de chica que hace eso. —
Mordiendo mi labio, pregunté rápidamente—. ¿Cómo es que tienes su
número?
—Gerard siempre está tomando prestado mi teléfono —explicó—.
Siempre está llamando a Johnny cuando lo usa. Johnny prácticamente
es su gemelo siamés. Así que guardé el número de Johnny bajo el nombre
de: «Llamar para Sexo». —Riéndose agregó—: Fue tan gracioso. Gerard
estaba tan enojado conmigo, ordenándome saber con quién me estaba
enganchando y por qué no era él quien estaba bajo ese nombre.
—Claire, no puedes decirle a nadie que me gusta —solté,
sintiéndome entrar en pánico por haber dejado salir el secreto—. Por
favor. Ni siquiera a Lizzie y, en especial, no a Gibsie.
—No lo haré, lo prometo —juró—. Pero si le mandas un mensaje de
texto, creo que estará agradablemente sorprendido —agregó—. Sé que
Lizzie te dijo algunas cosas de él, pero con honestidad, la mayoría sólo
es de chismes fabricados. Johnny no es el tipo que todas las chicas de la
escuela pintan.
—Sí —susurré—, he logrado ver eso.
Él era mejor.
Mucho mejor.
—Entonces, ¿vendrás con nosotros el próximo fin de semana? —
preguntó.
—No me dejarán ir.
—Vamos, Shan, no puedes decir que no —gimoteó Claire—. ¿No sin
preguntar al menos?
—No necesito preguntar, Claire —dije—. Ya sé la respuesta.
—Entonces, no preguntes —dijo rápidamente—. Sólo saca una
excusa o algo y ven a mi casa. Ni siquiera tenemos que ir con los
muchachos.
Suspiré pesadamente.
—Claire…
—Podemos cenar en mi casa —se apuró en decir—. Y sabes, si
Johnny simplemente se detiene por aquí, por un mensaje de texto falso
enviado desde mi celular, entonces tal vez ustedes dos pueden ir a mi
habitación y…
—Detente —le advertí, estremeciéndome ante el pensamiento.
Claire se rio a través de la línea.
—Estoy bromeando.
—Será mejor que lo estés —murmuré—. Porque moriría.
—Entonces, ¿quieres hacer eso? —preguntó, calmando su risa—.
¿Vienes a mi casa para cenar y ver una película? ¿O podemos ir al cine?
¿O salir a comer a algún restaurante? Lo que quieras —me dijo—. Es tu
elección y mi premio.
—Te quiero por ofrecerlo —le dije, mordiendo mi labio para evitar
temblar—. Pero sabes que él nunca lo permitirá.
Claire suspiró pesadamente.
—Shan…
—No lo hagas —rogué en voz baja—. Por favor, no digas nada.
Hubo una larga pausa antes de que susurrara:
—No lo haré.
Me hundí con alivio.
—Gracias.
—Estoy aquí para ti —fue todo lo que contestó Claire en un tono
triste—. Siempre.
Acosador y Celestino
Johnny
Cada día desde que comencé en Tommen, me siento precisamente
en la misma mesa en el comedor durante el descanso.
Estaba cerca de la puerta y consistía en una mesa de banquete de
nueve metros, llena de mis compañeros de equipo y algunas de sus
novias.
Siempre me sentaba al final de la mesa, de espaldas a la pared,
mirando hacia el resto de la sala, donde tenía una visión cristalina de
todo lo que ocurría a mi alrededor.
Me gustaba porque tenía espacio para respirar y no tener a las chicas
metiéndome mano y tocándome la espalda cada quince segundos.
Como siempre, Gibs y Feely se sentaban frente a mí, y Hughie se
sentaba a mi derecha.
La diferencia hoy era que tanto Hughie como Feely estaban
castigados, y Gibsie me miraba con el ceño fruncido.
—¿Podrías dejar de mirarla durante cinco putos minutos y fingir que
me escuchas? —siseó Gibsie—. En serio, muchacho. —Arrojando su
sándwich sobre la mesa del almuerzo, levantó las manos en señal de
frustración—. Se está volviendo espeluznante, y me estás apartando de
mi comida.
—No estoy haciendo nada —refunfuñé mientras me recostaba en mi
silla y hacía rodar distraídamente mi botella de agua entre mis manos.
Shannon estaba sentada en el lado opuesto del comedor con sus dos
amigas, sonriendo y riéndose de algo que decía la hermana menor de
Hughie.
Llevaba el cabello recogido en dos largas trenzas que descansaban
sobre sus pequeños hombros, y cada vez que se enrollaba una de esas
trenzas en el dedo, tenía que reprimir un gemido.
En serio, llevaba veinticinco minutos sentado aquí, sin escuchar una
sola palabra de lo que decía Gibsie, porque estaba demasiado ocupado
mirando a una chica que claramente no quería tener nada que ver
conmigo.
Durante todo el fin de semana, Shannon había estado en el fondo de
mi mente… bueno, en primer plano.
Me había pasado días inspeccionando su reacción ante mí en el
campo el viernes, y cómo se alejó de mí a toda prisa.
Cuando se cruzó conmigo en el pasillo esta mañana después de la
primera clase, me sentí demasiado emocionado al verla.
Por supuesto, sonrió tímidamente antes de bajar la cabeza y pasar a
toda prisa junto a mí, pero estaba aquí.
Estaba en mi espacio.
Lo que significaba que tanto mi atención como mis pensamientos
estaban fijos únicamente en ella.
Y lo odiaba.
Me di cuenta de que la deseaba, y que era totalmente inapropiado y
una horrible mala suerte por mi parte, pero la deseaba.
Deseaba a Shannon Lynch.
Y peor que desearla, me gustaba de verdad.
Tenía ese algo dulce en ella, y me gustaba lo que sentía cuando estaba
cerca de ella.
Me gustaba su aspecto, su forma de hablar, su forma de comportarse.
Me gustaba un montón de cosas sobre ella, y curiosamente, mi gusto
por ella no tenía nada que ver con lo que había debajo de su ropa.
Bueno, eso no era del todo cierto.
Pensaba mucho en lo que encontraría debajo de su ropa y me gustaban
mucho esas imágenes.
Pero era más que eso.
Era todo más cuando se trataba de ella.
Pero no estaba en condiciones de dedicarle tiempo a una chica, y
pasar tiempo con esa en particular podría meterme en un mundo de
problemas.
Sabía cómo funcionaban las cosas; si pasaba demasiado tiempo con
una chica, surgían los sentimientos, y donde surgían los sentimientos,
surgía el sexo.
Era una cornisa peligrosa en la que balancearse.
Una en la que no estaba dispuesto a entrar.
—No, no estás haciendo nada —dijo Gibsie con sarcasmo,
moviéndose en su asiento para bloquear mi perfecta visión de ella—.
Sólo la estás desnudando mentalmente en tu cabeza.
—No es así —gruñí, mirándolo desde el otro lado de la mesa.
Lo estaba haciendo.
Maldición, lo estaba haciendo.
Dios, ¿era tan obvio?
—Sí, eres tan obvio —dijo Gibsie, leyendo claramente mis
pensamientos—. Y te diré quién más es obvio —añadió, señalando con
el pulgar a nuestra derecha—. Esa perra malvada.
No necesitaba mirar para saber que estaba hablando de Bella.
Ella estaba en la orilla opuesta de nuestra mesa con algunos de los
muchachos del equipo de sexto año, donde ella había pasado la mayor
parte del almuerzo intentando llamar mi atención.
No funcionó.
No estaba cayendo.
—Ignórala. —Giré la tapa de mi botella y tomé un gran trago de
agua—. No vale el alboroto.
—Muchacho, sé que me estoy repitiendo, pero lo digo honestamente,
no sé cómo es que alguna vez la tocaste —gimió.
—Tampoco yo —admití, mientras volvía a cerrar mi botella y volvía
a mirar fijamente a Shannon.
Se recargó contra su asiento y arqueó una ceja.
—Deberías ir a hablar con ella.
—¿Con Bella? —Fruncí el ceño—. No putas gracias.
—No ese demonio —respondió Gibsie con una mueca—. Shannon.
Negué con la cabeza.
—No.
—Ella es inexperta, ya sabes —dijo Gibsie con indiferencia—. O al
menos lo era. —Me dirigió una mirada mordaz—. No le habrás metido
la lengua en la garganta, ¿verdad?
—No —siseé.
—Bien entonces —reflexionó—. Sigue siendo una inexperta.
Le fruncí el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
—Escucho con atención.
Se rio, dándose un golpecito en la sien.
—¿Qué?
—Escuché a las chicas hablar de ello en el dormitorio de Claire hace
un tiempo —admitió—. Esa víbora con la que Pierce se está acostando
estaba hablando de lo terrible que es la actitud de él, y salió a relucir que
Shannon nunca ha besado a un chico. —Frunciendo el ceño, añadió—:
A la víbora realmente no le gusto.
—Por Dios —murmuré—, ¿ahora estás escuchando fuera del
dormitorio de la chica?
Cuando no lo negó, negué con la cabeza.
—Tienes un problema, Gibs. Uno grande.
—Sólo es un problema si lo admites —contestó con una sonrisa
cómplice—. ¿No es así como funciona, Johnny?
—Vete a la mierda —gruñí, sabiendo exactamente lo que quería
decir.
—Vamos, Johnny. Ve allí y habla con ella —me animó—. Puedes
hacerlo.
—No, Gibs —le dije—. Déjalo por la paz.
—¿Por qué no? —exigió en tono exasperado.
—Porque no quiero —espeté.
—Mentiroso.
—¿Sabes qué? Para un tipo que se hace llamar mi mejor amigo, estás
haciendo un trabajo de mierda —gruñí—. Te he dicho que no voy a ir
allí con esa chica. Te he dicho que es demasiado joven para mí.
—Tú eres el que no puede dejar de mirarla —ladró.
—Pues dime que deje de hacerlo —le contesté—. No me digas que
vaya allí.
—Sí te he dicho que te detengas —siseó Gibsie, sonando
exasperado—. Hace como dos minutos. Te dije que dejaras de mirarla
como un acosador, y sin embargo aquí estás, todavía follándola con los
ojos, y todavía pareciendo como si alguien se hubiera cagado en tu
cereal. —Levantó las manos—. ¿Qué se supone que debo hacer contigo?
—Se supone que tienes que recordar que soy el imbécil que casi
muere esta mañana siendo tú el conductor designado para tu culo de
aprendiz —refunfuñé—. Así que en lugar de animarme a tomar malas
decisiones, por qué no intentas apoyarme por una vez.
—¡Soy un buen conductor!
Puse los ojos en blanco.
—Eres un lastre.
—Y no soy nada más que un apoyo para ti —resopló
dramáticamente—. Soy tu puto apoyo número uno, Johnny Kavanagh.
—Se inclinó hacia atrás en su asiento, cruzó los brazos sobre su pecho y
me miró con dureza—. Acabas de herir mis sentimientos.
—¿Herí tus sentimientos? —Enarqué una ceja—. ¿Quién es la perra
con vagina ahora?
—Discúlpate —me ordenó.
—Lárgate de aquí, imbécil. —Me reí.
Me devolvió la mirada fulminante.
—Di que lo lamentas.
—¿Por qué?
—Por herir mis sentimientos —resopló—. Ahora discúlpate.
—Lo siento, Gibs —aplaqué, decidiendo que era más fácil darle al
gran imbécil lo que quería.
—Podrías decirlo en serio —discutió.
—Podrías aprender a no tentar a la suerte —advertí.
Nos quedamos mirando durante quince segundos hasta que sonrió y
dijo:
—Acepto tus disculpas.
—Bien —murmuré—. Me alegro por ti.
—Y ya que pareces necesitar tanto apoyo estos días… —Empujando
hacia atrás su silla, Gibsie se levantó y me guiñó un ojo—. Iré a hablar
con ella por ti.
—No te atrevas… —Me detuve para agarrarlo, pero se zafó de mi
agarre y se alejó—. ¡Gibs!
—Relájate, Kav, yo me encargo —me dijo mientras hacía un gran
alarde de ajustarse la corbata del colegio. Moviendo las cejas, añadió—:
Mira cómo se hace.
Y luego se dirigió a la mesa de las chicas y se sentó.
Por el amor de Dios…
Mis pies se movieron antes de que mi sentido común tuviera la
oportunidad de disuadirme de la cornisa a la que estaba a punto de subir.
Licencias Provisionales
Shannon
Podía sentir los ojos de Johnny en mi rostro desde el otro lado del
comedor el lunes.
Como la acosadora que era, sabía exactamente dónde se sentaba para
almorzar cada día: el último asiento al final de la glorificada mesa de
rugby, en la fila interior, junto al arco de salida.
Durante todo el almuerzo, ignoré obedientemente la sensación de
ardor en las mejillas, el mismo ardor que podía sentir hasta los dedos de
los pies, y me concentré en Claire y Lizzie.
Porque sabía lo que pasaría si volvía a mirarlo.
Me delataría, y él no tenía por qué saber lo mucho que me afectaba.
Me confundió el viernes pasado y me estaba confundiendo de nuevo.
¿Por qué me miraba?
¿Por qué me invitó a esa fiesta?
¿Por qué hizo que mi corazón se acelerara tan violentamente?
No entendía lo que estaba pasando y, en la tormenta de mis
emociones turbulentas, necesitaba aferrarme a alguna apariencia de
control.
Sin embargo, no era fácil y ese control me fue arrebatado en el
momento en que Gibsie se acercó a nuestra mesa, todo cabello rubio y
grandes sonrisas.
—Señoritas —reconoció con ese tono coqueto al que me había
acostumbrado mientras se deslizaba en un asiento al otro lado de
Claire—. ¿Qué tal estamos hoy?
—¿Qué quieres, Gerard? —gruñó Claire, zafándose de su agarre
cuando él le rodeó el hombro con su brazo—. Estamos tratando de comer
aquí.
—Tengo algo que enseñarte —le dijo él, moviendo las cejas.
—No voy a mirar tu pene —siseó Claire—. Así que deja de intentar
enseñármelo.
—Eso no —resopló Gibsie y luego procedió a sacar un juego de llaves
de su bolsillo y a colgarlas en la cara de Claire—. Estas.
—Oh, Dios mío —jadeó Claire, arrebatándole las llaves de las
manos—. ¿Tus padres te han regalado el coche antes de tiempo? Creía
que no te iban a dar las llaves hasta el fin de semana.
—Cedieron —le dijo, sonriendo—. Lo que significa…
—¿Han soltado a un maníaco en las carreteras irlandesas? —
intervino Lizzie.
—Jesús —murmuró Gibsie, frunciendo el ceño a través de la mesa
hacia Lizzie—. Eres un barril de risas.
Lizzie se limitó a hacerle un gesto con el dedo medio y volvió a su
almuerzo.
Sacudiendo la cabeza, Gibsie volvió a centrar su atención en Claire.
—Hay más —anunció, prestándole su única atención—. Se fueron a
Tenerife. —Movió las cejas—. Hasta el lunes.
—¿Te dejaron solo? —preguntó Claire—. ¿A ti?
—Y sabes lo que eso significa, ¿no? —Le guiñó un ojo—. Tiempo de
pijamada.
—¿Tus padres te dejaron a cargo de su casa? —repitió ella, con cara
de asombro.
Él sonrió y le quitó la manzana de la mano.
—Lo hicieron.
—¿Durante toda una semana? —Claire negó con la cabeza, con la
boca abierta—. ¿Solo? Sin supervisión.
Su sonrisa se amplió mientras lanzaba la manzana al aire.
—Pareces sorprendida —añadió, atrapando la manzana sin esfuerzo.
Intrigada por su interacción, me apoyé en la mesa y observé con
interés.
—Porque lo estoy —balbuceó Claire, devolviéndole la mirada—. ¿Te
conocen algo?
—Obviamente no —resopló—. Ahora ve a casa y recoge tus cosas.
—Movió las cejas antes de darle un mordisco a la manzana de Claire—.
Porque te vas a registrar en el Hotel Gibson durante la semana —añadió
a medio mordisco—. Tiempo de diversión.
—¿Ah, sí? —Claire se recostó en su silla y sonrió—. ¿Y el Hotel Gibson
viene con buenas críticas?
—Viene con pene, Claire-Bear —anunció Gibsie, y no en voz baja—
. Un suministro ilimitado de pene de cinco estrellas.
—Dilo más alto —siseó ella, dándole una palmada en el hombro—.
Creo que no todos te escucharon.
—¡Viene con pene, Claire! —se burló él, aceptando su reto sin un
ápice de vergüenza—. Mi pene.
—Que te jodan tu pene —gruñó Claire, pareciendo mortificada.
—Claro que puedes. —Asintió él con una sonrisa—. Pero aquí no es
realmente el lugar.
—No sé por qué soy tu amiga —murmuró Claire, con las mejillas
encendidas—. Eres tan inapropiado.
—Eres mi amiga porque me amas —ronroneó—. Porque soy el único
que hace que tus mejillas se vuelvan rosas… —Hizo una pausa y le
acarició la mejilla con el dedo—, en más de un sentido.
—Cuando tenía once años, Gerard —replicó ella—. ¡Y fue un
maldito beso!
—Estoy preparado para repetirlo —le dijo él—. Di la palabra, Claire-
Bear, dime que estás lista para nosotros, y soy todo tuyo…
—¡Puedes dejar de hacer eso! —ladró Lizzie entonces, mirando a
Gibsie.
—¿Hacer qué?
—Jugar con sus sentimientos —resopló—. ¡No es un juego!
—Lizzie, está bien —empezó a decir Claire, pero Lizzie la cortó.
—No está bien —espetó—. Ha estado haciendo esto desde que
teníamos cuatro años. ¡Está mal!
—No estoy jugando con sus sentimientos —replicó Gibsie, con cara
de confusión—. Ella sabe que la amo.
Claire se puso roja como una remolacha, haciendo que Lizzie
gruñera.
—Sí, imbécil —siseó Lizzie—. La amas mucho, ¿verdad? Por eso vas
por ahí tirándote a la mitad de la escuela, ¿no?
—¿Cuál es tu problema? —gruñó Gibsie, mirando ahora con odio.
—Tú —espetó Lizzie—. Tú y tus amigos de mierda pensando que
son el mejor pene. Yendo por ahí jugando con las chicas como si todo
fuera un gran juego. Son todos unos asquerosos. Hasta el último de
ustedes, cabezas de rugby.
Gibsie se quedó boquiabierto, con cara de afrenta.
—¿Qué te hizo Johnny de todos?
—Sí —preguntó una voz conocida—. ¿Qué hice?
El corazón se me disparó en el pecho al oír ese acento dublinés tan
dolorosamente familiar.
Sobresalía de todos los que nos rodeaban, al igual que él sobresalía
de todos los que nos rodeaban.
—Eres tan malo como el resto —siseó Lizzie, sin perder el arrebato,
mientras dirigía su furiosa mirada a Johnny, que para mi desgracia,
estaba apartando la silla de al lado—. Peor aún. Eres su líder.
—Bueno, eso es nuevo para mí —replicó Johnny con calma.
Se sentó a mi lado y sentí que el trozo de pan que estaba masticando
se me clavaba en el paladar.
Al tragarlo, lo miré, con los ojos muy abiertos y confundida.
Me sonrió.
—Hola, Shannon.
—Hola, Johnny —susurré, devolviéndole la mirada, sintiendo que
mi corazón estaba a dos segundos de salirse de mi pecho.
—¿Cómo estás? —preguntó, con una voz profunda y unos ojos azules
que se clavaban en los míos.
—Estoy bien —dije sin aliento—. ¿Cómo estás tú?
Sonrió.
—Estoy bien.
Maldita sea, ahí estaba esa palabra de nuevo…
—¿Tuviste un buen fin de semana?
—Uh, estuvo bien. —Sentí que me sonrojaba—. ¿Y tú?
—Me pasé la mayor parte del tiempo entrenando. —Sonrió—. Lo
mismo de siempre.
Asentí, sin entender realmente nada de lo que estaba pasando.
—¿Cómo estuvo la fiesta?
—No me quedé mucho tiempo. —Johnny apoyó el codo en la mesa,
giró su cuerpo hacia adentro y me prestó toda su atención—. En realidad,
sólo fui a dar la cara.
—¿Cómo es eso? —dije, ardiendo por estar tan cerca de él.
—Compromisos de entrenamiento —explicó, haciendo vibrar sus
largos dedos contra la mesa, con los ojos azules clavados en los míos—.
Trato de evitar las fiestas durante la temporada…
—Jesús, no también tú —gruñó Lizzie—. Ya es bastante malo que
Thor esté haciendo su mierda con Claire sin que tú te metas con
Shannon.
Johnny volvió sus ojos azules hacia Lizzie.
—¿Perdón?
—Ya me escuchaste —replicó ella.
—¿No se me permite hablar con ella? —cuestionó, arqueando una
ceja—. ¿No te gusta compartir a tus amigas?
—Ya sabes lo que hacen —replicó Lizzie desafiante.
—Tienes razón, Gibs —reflexionó Johnny con un pequeño
movimiento de cabeza. Echándose hacia atrás en su silla, añadió—:
Pierce es un maldito santo.
—Respeto total —replicó Gibsie, apoyando el brazo en la silla de
Claire.
—Ugh —se mofó Lizzie, lanzando una mirada de asco tanto a
Johnny como a Gibsie—. Los odio a todos.
—Cuando dices todos, ¿se aplica sólo a nosotros… —Gibsie señaló
de sí mismo a Johnny—, o a todos los hombres?
—A ti más que a nadie, al gran y rubio imbécil, con tu cabeza en
forma de rugby —espetó Lizzie. Empujando su silla hacia atrás, se
levantó y lanzó una mirada a Johnny—. Y tú estás en segundo lugar,
Capitán Fantástico, por no tener un mejor control sobre ese imbécil.
Dicho esto, Lizzie se dio la vuelta y salió a toda prisa del comedor.
—Guau —dijo Gibsie cuando se fue—. Esa chica me odia en serio.
—Odia a todo el mundo —replicó Claire, dándole unas palmaditas
en el brazo para calmarlo—. No te lo tomes como algo personal.
—Es cierto —decidí ofrecer—. Sólo le gustan dos personas.
—Exactamente —coincidió Claire—. De verdad, no es nada
personal. Lizzie sólo nos protege.
—Sí, bueno, yo no tengo una cabeza con forma de rugby —refunfuñó
Gibsie. Miró a Johnny—. ¿La tengo?
—No, Gibs. —Johnny suspiró—. Tu cabeza no tiene forma de balón
de rugby.
—¿De verdad? —Se tocó la cabeza cohibido—. Porque pesé como
seis kilos cuando nací, y mi mamá siempre se queja con sus amigas de
cómo la destrocé con mi gran cabeza.
—Es una cabeza perfectamente normal, Gibs —le dijo Johnny—.
Muy circular.
—¿No es demasiado grande?
—Creciste —le aseguró—. Ahora te queda bien.
Sin poder evitarlo, me reí al ver a Johnny consolando a Gibsie.
—¿Te estás riendo de mi desgracia otra vez, Pequeña Shannon? —
respondió Gibsie con una sonrisa engreída—. Adelante, desahógate.
Me encogí de hombros con impotencia, sin dejar de sonreír.
Era tan inusual y divertido.
—Ahora, volvamos a los negocios —continuó Gibsie, recostándose
en su silla—. ¿Qué quieres ver esta noche?
Claire frunció el ceño.
—¿Esta noche?
—Vamos a ir al cine —afirmó él con una sonrisa diabólica.
—¿Quiénes son nosotros? —dijo Johnny, tensándose a mi lado.
Gibsie hizo un círculo alrededor de nosotros cuatro.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Eh?
—La loba también puede venir —le dijo a Claire—. Si prometes
ponerle un bozal.
—Gibs —dijo Johnny en tono de advertencia, sacudiendo la cabeza.
—Vamos, muchacho —replicó Gibsie—. Puedes perder una sesión
por una noche, necesito un conductor de apoyo hasta que me sienta
cómodo conduciendo solo. —Girándose para mirarme, dijo—: ¿Qué
dices, Pequeña Shannon?
Miré a Claire, que me devolvía la mirada con una confusión
reflejada, y luego a Johnny, que parecía sufrir algún tipo de dolor físico,
antes de decantarme por Gibsie.
Di que sí, Shannon.
Ve con ellos.
Quieres hacerlo.
De verdad, de verdad que quieres.
Pero él te matará.
Eres una chica muerta caminando si lo descubre.
Sacudí la cabeza y balbuceé:
—No puedo.
—¿No puedes? —Gibsie frunció el ceño—. ¿Por qué no?
—Porque yo… no… es… —Sacudiendo la cabeza, exhalé una
respiración entrecortada—. Yo no…
—Ella no puede ir, Gibs —intervino Johnny por fortuna—. Déjalo.
—Pero…
—¡Déjalo!
El timbre sonó entonces, señalando el final del almuerzo, y Johnny
se puso en pie de golpe.
—Vamos, imbécil —gruñó, mirando a Gibsie—. Tenemos cosas que
resolver.
—¿Me pasaré por tu casa sobre las siete? —preguntó Gibsie a
Claire—. ¿Te viene bien?
Claire asintió contenta.
Le dedicó una enorme sonrisa antes de levantarse y alborotarle los
rizos.
—Nos vemos entonces, Claire-Bear.
Mi mirada encontró el camino de vuelta a Johnny, que estaba de pie
en el borde de la mesa con una expresión estruendosa grabada en su
rostro.
—Adiós, Johnny —le dije en voz baja.
Sus rasgos se suavizaron al instante mientras me miraba y sonreía.
—Adiós, Shannon.
—Bueno, eso ha sido lo más extraño que ha pasado en mucho tiempo
—anunció Claire cuando los chicos se fueron.
—Sí —dije—. Muy extraño.
Pausas para el baño y Proposiciones
Shannon
Cuando las personas dicen algo que es demasiado bueno para ser
verdad, generalmente lo es.
Así fue exactamente como me sentí cuando salí del baño el martes por
la tarde después de las clases y choqué con un duro pecho.
Sorprendida de encontrar a alguien de pie fuera del baño cuando el
timbre final hacía tiempo que había desaparecido, dejé escapar un
pequeño chillido.
—¿Cómo te va, Shannon? —preguntó el chico rubio, vagamente
conocido, sonriendo hacia mí.
Los pasillos estaban relativamente vacíos, con sólo unos pocos
estudiantes deambulando por los pasillos, lo que me llevó a creer que
había estado esperándome aquí.
Después de todo, el baño de las chicas era un lugar inusual para que
un chico merodeara fuera de él, en especial uno vestido con un jersey,
pantalones cortos y botines de fútbol.
El pánico, mezclado con una gran dosis de desconfianza, se encendió
en mi interior.
—Ah, bien —respondí, acomodando y volviendo a acomodar mi
cabello detrás de mi oreja, una característica nerviosa—. ¿Cómo estás?
—Mejor ahora que hablo contigo —anunció, confirmando mi peor
pesadilla, mientras se acercaba, con los tacos de sus botas chocando
contra el suelo.
—¿Me estabas esperando aquí fuera? —Me obligué a preguntar,
necesitando la confirmación vocal. No me preguntes por qué, pero
necesitaba aclarar la locura—. En tu… —Señalé su atuendo—, ¿equipo
de educación física?
—Estaba entrenando y me olvidé el protector bucal en mi casillero
—explicó, sin avergonzarse un ápice de nada de esto—. Te vi entrar en
el baño cuando me dirigía a mi casillero, así que pensé en esperar para
hablar contigo. —Encogiéndose de hombros como si su explicación sin
sentido fuera perfectamente aceptable, añadió—: Por cierto, soy Ronan.
Ronan McGarry. Tenemos francés juntos.
Su tono era amistoso, pero sabía que no debía dejarme engañar.
Lo amistoso podía convertirse en maltratador en un nanosegundo.
—Sí. Lo sé. —Dando un paso atrás para recuperar mi espacio
personal, añadí—: Bueno, ha sido un detalle que hayas venido a saludar,
pero tengo que ir a tomar el autobús. Sale pronto y el conductor no quiere
esperar.
—Te vi en el campo ese día, Shannon —ronroneó, con la voz baja y
los ojos encendidos de emoción—. De eso quería hablarte. —Dio otro
paso hacia mí, invadiendo mi espacio una vez más—. ¿En bragas? Esas
piernas asesinas… Te he visto toda.
Mi corazón se hundió.
Cada músculo de mi cuerpo se bloqueó de miedo.
Era esto.
Lo que había estado esperando.
La inevitable burla.
Conocía vagamente a Ronan McGarry, ya que me había sentado
frente a él en la clase de francés las últimas semanas, pero no me había
dado cuenta de que estaba en el equipo de rugby.
No me había fijado en él en el campo la semana pasada, pero
entonces, no me había fijado en nadie más que en Johnny ese día.
Supongo que tenía sentido, con el equipo embarrado que llevaba y el
pómulo magullado.
Pero no tenía nada que decirle, así que me callé y esperé a que
hablara.
Lo haría.
Siempre lo hacían.
—Y tengo que ser sincero, Shannon. —Levantó la mano y tiró de mi
trenza con su mano manchada de barro, no con fuerza, fue más bien en
plan de juego, pero no me gustó la intromisión—. No he podido dejar de
pensar en ti desde entonces.
Finge indiferencia, Shannon.
Finge que no te importa.
Dando un paso hacia un lado para liberar mi cabello de su agarre, me
deshice de sus palabras con un pequeño encogimiento de hombros y
volví a acomodar mi mochila sobre mis hombros.
Me miró fijamente durante un largo rato, con los ojos bailando de
emoción, antes de decir:
—Eres una cosita tímida, ¿verdad?
—No —respondí, con la voz baja, y era la verdad.
No era tímida.
Podía ser tan franca y platicadora como cualquiera cuando estaba
con gente en la que confiaba.
Pero era cautelosa.
Tenía buenas razones para serlo.
Y no me fiaba de él.
—Bueno, tímida o no, eres jodidamente hermosa debajo de esa ropa
—declaró lentamente, mordiendo su labio inferior mientras sus ojos
vagaron sobre mi cuerpo sin vergüenza—. Reamente me encantaría tener
tu teléfono.
Mi boca se abrió.
¿Hablaba en serio?
Me quedé boquiabierta mirando su rostro, tratando de calibrarlo.
Parecía completamente serio.
—Yo, ah, yo, no… —Sacudiendo la cabeza, evité por poco su mano
una vez más cuando intentó tirar de mi trenza de nuevo—. Lo siento,
Ronan, pero no doy mi número a extraños.
Lo último que quería hacer era dar mi número de teléfono a alguien
que no fuera Claire o Lizzie.
Dar mis datos significaba que los acosadores tenían línea directa con
mi psique las 24 horas del día, los 7 días de la semana.
Y aunque ya había cometido ese error una vez en mi antigua escuela,
un nuevo número de teléfono y los restos ardientes de una sabiduría
duramente ganada significaban que no volvería a hacerlo.
Ronan frunció el ceño.
—No soy un extraño.
—Lo eres para mí —respondí, obligándome a mantenerme firme.
—Vamos, Shannon, no muerdo. —Continuó sonriéndome, pero su
sonrisa era más dura, sus ojos un poco más fríos ahora—. Sólo dame tu
número.
—No. —Sacudí la cabeza—. Lo siento, pero no te conozco lo
suficiente como para darte mi número.
—Siempre puedes conocerme —ronroneó, poniendo una mano firme
en mi hombro.
Aunque no podía sentir su tacto a través de mi grueso abrigo de
invierno, retrocedí inmediatamente ante el contacto, pero él no movió la
mano.
—Tengo que tomar un autobús —dije con voz estrangulada,
repitiendo mis palabras anteriores. Mis hombros estaban más rígidos que
el hormigón cuando añadí—: Tengo que irme ahora o lo perderé. —Me
estaba agarrando a un clavo ardiendo, pero quería alejarme de ese
chico—. En serio, el conductor no me esperará.
—Habrá otro autobús —replicó—. No habrá otro yo.
Dios mío, esperaba que no.
—Escucha —insistió Ronan, con un tono coqueto—. Se supone que
estoy en una charla después del entrenamiento con el equipo en el
campo. Al entrenador le gusta reunirnos a todos para hablar de estrategia
después de los entrenamientos.
Me lo dijo como si pensara que me importaba.
No me importaba.
Sólo me importaba que se alejara de mí.
—Pero no tengo que ir. —Su mano pasó de mi hombro a mi codo—
. Podría faltar por ti. —Su mano bajó, recorriendo el dobladillo de mi
falda—. ¿Qué dices? —preguntó, acercándose a mi oído—. ¿Te apetece
volver al baño y conocerme un poco mejor?
—No —espeté, apartándome de su contacto—. No me interesa.
—Vamos, Shannon —exclamó, con un tono acalorado y los ojos
brillando de frustración—. Mira a tu alrededor. —Volvió a ponerme la
mano en el hombro, esta vez sin delicadeza—. Nadie va a vernos…
Ronan no tuvo la oportunidad de terminar esa afirmación cuando fue
sacado, literalmente arrastrado por el cuello, por un chico mucho más
grande, mucho mayor.
—Eres un puto suicida, ¿verdad? —decía el chico en un tono
extrañamente ligero mientras se paseaba por el pasillo con su enorme
mano ahuecando la nuca de Ronan, obligándolo a doblarse y a
contonearse para seguir sus largas zancadas.
Llevaba el mismo atuendo: un jersey de rayas blancas y negras, unos
pantalones cortos blancos y unas botas que hacían ruido contra el suelo
al caminar, con los terrones de tierra y hierba que se desprendían de los
tacos.
El único contraste era un número 9 en la espalda del jersey de Ronan
y un número 7 en la del grandullón.
El reconocimiento inmediato me golpeó.
El número 7.
Gerard «Gibsie» Gibson.
El enamorado de Claire.
El paseador de gatos.
El extraño.
¡Gracias a Dios!
Todos los estudiantes que aún merodeaban por el pasillo dejaron de
hacer lo que estaban haciendo para ver el drama, pero nadie intervino.
Ninguna persona intervino en defensa de Ronan mientras el gigante,
el hombre-niño de cabello rubio le hizo avanzar por el pasillo.
—Quítate de encima, Gibsie —chillaba Ronan, intentando, sin éxito,
liberarse del agarre del monstruo—. Sólo estaba bromeando.
—Sabes que va a matarte, ¿no? —preguntó Gibsie, con un tono de
humor, mientras acompañaba a Ronan hasta la entrada principal y luego
lo arrojaba ceremoniosamente por las puertas dobles de vidrio.
—¡Gibsie! —gritaba Ronan, con el rostro rojo, mientras luchaba con
la perilla de la puerta—. Deja de molestar. Sólo estaba siendo amistoso
con ella.
—Eso no sonó amistoso, chico —se burló Gibsie—. Eso sonó
desesperado y un poco violento.
Ahora mismo, los dos chicos estaban tirando; con Ronan intentando
furiosamente abrir la puerta, y Gibsie cerrándola con razonable facilidad.
—¡Déjame entrar, Gibsie! —rugió Ronan, tirando de la perilla como
un loco. Era un sistema de empujar y tirar y él no conseguía empujarla
hacia dentro—. Necesito mi inhalador.
—No, ni siquiera intentes esa mierda conmigo, McGarry —gritó
Gibsie con una carcajada, sosteniendo la puerta cerrada cuando Ronan
intentó la perilla—. Conocías las reglas y no tienes asma.
—Y, ¿qué? —exigió Ronan, con cara de indignación—.
¿Simplemente vas a dejarme fuera de la escuela porque él ha dicho que
no?
¿Qué?
—Absolutamente.
¿De qué demonios estaban hablando?
—¡No es mi capitán! —gruñó Ronan, presionando su frente contra el
vidrio.
Estaba muy confundida.
—Oh, pero lo es —replicó Gibsie, todavía riendo, y estaba segura de
que la situación le resultaba muy divertida—. Y los perros que no pueden
comportarse con la nueva amiga del Cap se quedan fuera.
—Vas a pagar por esto, Gibs —siseó Ronan—. Te juro por Dios que
si no me dejas entrar, se lo voy a contar a mi tío.
—¿Es así?
—Te echarán del equipo por esto.
—Por la amenaza, me voy a follar a tu madre, McGarry —replicó
Gibsie—. Y luego me voy a correr en todas sus tetas, y a ella le va a
encantar cada minuto. —Con otra risa, dijo—: Ve y cuéntale al tío-
entrenador todo lo que he planeado con su hermana.
—¡Te voy a matar! —gritó Ronan, golpeando sus puños contra el
cristal.
—Chúpame las bolas…
—¿Qué sucede? —retumbó una voz masculina familiar en el aire.
Me di cuenta de inmediato.
Conocía ese acento.
Sin decisión consciente, mis ojos buscaron frenéticamente al dueño
de la voz, y cuando lo encontré, caminando rígidamente fuera del
comedor, sosteniendo una bolsa de hielo en su muslo derecho, mi
corazón martilleó salvajemente contra mi caja torácica.
Al estar a unos seis metros de distancia, estaba en desventaja visual,
pero estaba lo suficientemente cerca como para ver cómo cada
centímetro de la parte superior del cuerpo de Johnny se tensaba contra el
confinamiento de su jersey, desde sus anchos hombros hasta sus bíceps
del tamaño de un tronco de árbol y su largo y delgado torso.
Sus piernas eran largas, sus muslos gruesos y musculosos, todos ellos
cubiertos de hierba y barro. Me fijé en el pequeño desgarro de la manga
de su camiseta, donde su bíceps estaba abultado.
Señor, estaba literalmente reventando la tela.
Iba vestido de forma idéntica a los demás chicos, con el mismo jersey
y los mismos pantalones cortos, pero era incomparablemente diferente
por el gran tamaño de su cuerpo.
Era casi demasiado grande.
Demasiado musculoso.
Demasiado aterrador.
Demasiado guapo.
Demasiado.
Sacudiendo la cabeza para despejar mis pensamientos errantes, me
centré en la acalorada discusión que se producía en el otro extremo del
pasillo.
—¿Qué hizo ahora el pequeño idiota? —ordenó Johnny cuando se
acercó al espacio entre él mismo y Gibsie.
Noté mentalmente que estaba caminando como el mismo ligero
cojeo que había observado en él innumerables ocasiones.
Apenas se notaba, pero si observabas con la suficiente atención,
como constantemente parecía hacerlo yo, era claro que intentaba
mantener su peso fuera de su pierna derecha.
Mi mirada bailó entre los tres; moviéndose de Ronan, que ya no
estaba tirando de la perilla, de hecho, se había alejado algunos pasos de
la puerta, hacia Gibsie quien ahora sonreía como el gato Cheshire, antes
de aterrizar y permanecer en Johnny.
En serio, tan alto como era Gibsie, Johnny lo sobrepasaba.
Había una línea de lodo seco sobre su mejilla que intentó quitar con
el dorso de su mano libre.
Su cabello castaño oscuro estaba levantado en cuarenta direcciones
diferentes.
Probablemente de sudar, noté mentalmente, o de jugar afuera en la
lluvia.
Estaba de pie de tal forma que podía ver su perfil lateral y la forma
en que su ceño se fruncía cuando Gibsie le hablaba en voz baja al oído.
No pude distinguir lo que decían y no quise abandonar el santuario
de mi rincón fuera del baño, sabiendo que siempre podía entrar y
encerrarme en un cubículo del baño y llamar a Joey si esto se ponía feo.
Segundos después, el cuerpo de Johnny se tensó visiblemente.
—¿Qué?
Tirando la bolsa de hielo al suelo, sus manos se cerraron en puños a
los lados mientras se giraba para mirar por el cristal, revelando el número
13 en su espalda.
Dio un paso adelante, deteniéndose justo antes de la puerta cuando
Gibsie le puso una mano en el hombro.
—¡Me estás tomando el pelo! —rugió, reaccionando a lo que su
amigo le susurraba al oído.
La cabeza de Johnny se volvió en dirección a Ronan antes de girar
rápidamente hacia mí.
Sus ojos se posaron en mi cara y, maldita sea, parecía lívido.
Fue sólo una mirada fugaz y rápidamente volvió a centrar su atención
en Ronan.
Esta vez pude escuchar claramente lo que decía.
—Te voy a dar cinco segundos de ventaja, CaradeImbécil —rugió a
través del panel de cristal—. Y luego te voy a cortar el pene y te lo voy a
dar de comer.
—Vete a la mierda, Kavanagh —le gritó Ronan, pero su rostro estaba
mucho más pálido que antes—. No puedes tocarme.
—Uno —ladró Johnny—. Dos, tres, cuatro…
—¿Qué esperas? —gritó Gibsie, agitando las manos en el aire de
forma alentadora—. Corre, Forrest.
¿Realmente iban a pelear?
¿Por mí?
¿Era realmente por mí?
No podía ser.
Ni siquiera me conocían.
De ninguna manera.
No me gustaban los enfrentamientos, no podía soportarlos, y esto
parecía estar a punto de convertirse en una bola de nieve.
Decidí distraerme de la situación, giré sobre mis talones y salí
corriendo hacia el baño, sin detenerme hasta que estuve a salvo en uno
de los baños con la puerta cerrada detrás de mí.
Con manos temblorosas, me quité la mochila de los hombros y lo
dejé caer sobre el suelo de baldosas.
Me dejé caer sobre el retrete cerrado, me incliné hacia delante, apoyé
los codos en mis rodillas y enterré mis manos en mi cabello,
tambaleándome.
¿Qué demonios acababa de pasar?
¿Qué fue eso?
¿Qué habría hecho si Gerard o Gibsie o como se llame no hubiera
venido?
¿Dónde estaría ahora?
Mientras mi adrenalina anterior se desinflaba, las lágrimas goteaban
por mis mejillas, pero no era porque estuviera molesta.
Está bien, sí, estaba molesta, pero mis lágrimas eran de rabia.
En realidad, estaba furiosa.
¿Quién demonios se creía Ronan McGarry?
Es más, ¿quién se creía que era yo?
Invitándome a los baños con él.
Dios, parecía que esperaba que dijera que sí.
Parpadeando, aparté las lágrimas, apreté y luego abrí los puños, con
las rodillas golpeando mientras la ira y la humillación me recorrían.
Odiaba a los humanos.
Eran una gran decepción.
Y pensar que Dios cambió a los dinosaurios por el hombre.
Debía estar furioso.
Me pasé una mano por la cara, me limpié rápidamente las mejillas
húmedas y luché por controlar mis emociones.
Me enfadé conmigo misma por ser el tipo de persona que llora
cuando se enfada.
Quería ser una gritona.
Un gritón era mucho mejor que un llorón.
También estaba disgustada conmigo misma por congelarme.
No tenía derecho a ponerme las manos encima y no hice nada para
impedirlo.
Las palabras no parecían suficientes para ese chico, y en lugar de
darle una patada en su entrepierna o apartar su mano de un manotazo,
me había callado como siempre.
Ya debería haber aprendido que ser una pusilánime no me hacía
ningún favor, y no defenderse tampoco era una opción.
En situaciones como la que acababa de ocurrir, tenía que luchar.
Tenía que dejar de permitir que el miedo se apoderara de mí.
Tenía derecho a defenderme.
No era un problema defenderse a sí misma.
Lo sabía, pero el problema era que, cada vez que me enfrentaba a una
confrontación o a una crisis, mi cuerpo y mi mente reaccionaban siempre
con el mismo instinto roto: congelarme.
La gente hablaba del instinto de lucha o de huida.
Yo no tenía ninguno de los dos.
En lugar de luchar o huir, me congelaba.
Todas las malditas veces.
Respiré con calma unas cuantas veces y exhalé larga y lentamente,
esforzándome por estabilizar mis nervios y los erráticos latidos de mi
corazón.
Me costó tres intentos de sacudir la mano antes de tener la
coordinación necesaria para desabrochar los botones superiores de mi
abrigo y recuperar el teléfono del bolsillo de la camisa bajo el saco.
Temblando, desbloqueé la pantalla sólo para liberar una nueva
oleada de pánico en mi torrente sanguíneo cuando mis ojos se posaron
en el reloj digital de la parte superior de la pantalla.
Eran las 5:47.
Mi autobús salía a las cinco y media en punto.
Lo había perdido.
No habría otro que pasara por la ruta que necesitaba hasta las 9:45
de esta noche.
—Mierda —susurré-lloré, desplazándome rápidamente por mi lista
de contactos para encontrar el nombre de mi hermano.
Al pulsar el botón de llamada, me acerqué el teléfono a la oreja, pero
en lugar del típico sonido de timbre que se produce al realizar una
llamada, me recibió una voz robótica pregrabada que me informaba de
que no tenía suficiente crédito para realizarla.
—¡Maldita sea!
Gimiendo, introduje rápidamente el código que me permitía enviar
un mensaje de texto gratuito de «llámame» a Joey.
Al no obtener una respuesta inmediata, envié otro, y luego envié tres
más por si acaso.
Mamá estaba en el trabajo y no llevaba el teléfono encima, y yo
prefería dormir aquí mismo, en este retrete, que llamar a mi padre para
que viniera a buscarme, aunque ni siquiera vendría si se lo pidiera.
Treinta minutos más tarde, había enviado al menos veinte mensajes
gratuitos más de «llámame» a mi hermano, pero sin éxito.
Evidentemente, o bien no llevaba el teléfono consigo, o bien estaba
en modo silencioso.
Apuesto a que e