El conflicto armado interno vivido por el Perú entre los años 1980 y 2000 ha sido el de mayor duración, el de impacto
más extenso
sobre el territorio nacional y el de más elevados costos humanos y económicos de toda nuestra historia republicana. El número de
muertes que ocasionó este enfrentamiento supera ampliamente las cifras de pérdidas humanas sufridas en la guerra de la
independencia y la guerra con Chile, los mayores conflictos en los que ha estado involucrada la Nación.
Si bien la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) recibió informes de 23,969 peruanos muertos o desaparecidos, el nivel de
documentación (uno de los síntomas de la ausencia del Estado en vastas regiones del territorio nacional) y otros factores hicieron
necesaria la elaboración de una proyección con base en una Estimación de Múltiples Sistemas, metodología de cálculo y estimación
estadística que permite afirmar que la cifra total de víctimas fatales del conflicto sería 2.9 veces esa cantidad: 69,280 personas.
La causa inmediata y fundamental del desencadenamiento del conflicto armado interno fue la decisión del Partido Comunista del
Perú Sendero Luminoso (PCP-SL) de iniciar una "guerra popular" contra el Estado peruano, utilizando de manera sistemática y masiva
métodos de extrema violencia y terror sin respetar las normas básicas de la guerra y los derechos humanos. Dicha violencia
subversiva estuvo dirigida contra los representantes y partidarios de lo que el PCP-SL denominaba el "antiguo orden" en las áreas
iniciales del conflicto armado (Ayacucho y Apurímac), por lo que la mayor parte de víctimas de las acciones fueron civiles inocentes.
En el transcurso del conflicto, las confrontaciones entre el PCP-SL y el MRTA se intensificaron, involucrando principalmente a
campesinos y pequeñas autoridades locales. En este proceso, el PCP-SL asume la responsabilidad del 53.68% de las muertes y
desapariciones reportadas a la CVR, consolidándose como el principal perpetrador de violaciones a los derechos humanos.
Por otro lado, al ingresar a la lucha armada en 1984, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) buscó diferenciarse del
PCP-SL al organizar un "ejército guerrillero" bajo el modelo convencional de la guerrilla latinoamericana. Esto implicó la
formación de columnas de combatientes con armamento militar, uniformes y concentración en campamentos fuera de las zonas
pobladas. A pesar de intentar regirse por las Convenciones de Ginebra en sus acciones armadas y trato a los prisioneros, el MRTA
terminó adoptando algunas modalidades de lucha del PCP-SL, como asesinatos ejemplarizadores, y participando en actividades
propias de la delincuencia común, como secuestros sistemáticos.
En términos de violaciones a los derechos humanos, el MRTA fue responsable del 1.8% de dichos actos durante las dos décadas
de violencia en Perú.
La reacción del Estado frente a la guerra desatada por el PCP-SL y el MRTA involucró la militarización del conflicto. Los
gobernantes, buscando una respuesta rápida al avance de la subversión armada, aceptaron la participación activa de las Fuerzas
Armadas (FFAA), abandonando sus roles y prerrogativas civiles sin tomar las precauciones necesarias para evitar abusos contra la
vida y la dignidad de la población.
La abdicación de la autoridad civil en la conducción de la respuesta estatal se agravó por la falta de atención a las denuncias de
violaciones de derechos humanos, facilitando la impunidad de los responsables de dichos actos. Según los informes de la CVR,
los agentes del Estado (FFAA y Policía), los comités de autodefensa y los grupos paramilitares son responsables del 37.26% de las
muertes y desapariciones. De estos, únicamente los miembros de las Fuerzas Armadas son responsables del 28.73% de las
muertes y desapariciones reportadas a la CVR.
Los gobernantes :aceptaron la militarización del conflicto, renunciando a sus roles y prerrogativas civiles para dejar la conducción
de la lucha contra subversiva en manos de las FFAA, sin tomar medidas preventivas para evitar atropellos a los derechos
fundamentales de la población.
PERIODOS DEL CONFLICTO ARMADO INTERNO
Si bien cualquier intento de organizar temporalmente los eventos implica cierta arbitrariedad en la selección de los criterios para
definir las etapas, la CVR ha optado por construir una periodización que refleje lo ocurrido como parte de un proceso nacional y
recupere la secuencia de acontecimientos basados en sus propios hallazgos e investigaciones.
De esta manera, se han establecido los siguientes periodos:
Inicio de la violencia armada (mayo de 1980 - diciembre de 1982): Comprende desde el primer acto de violencia cometido por el
Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso en Chuschi, Cangallo, el 17 de mayo de 1980, hasta la disposición presidencial del
29 de diciembre de 1982 que establece el ingreso de las Fuerzas Armadas en la lucha contrasubversiva en Ayacucho.
Militarización del conflicto (enero de 1983 - junio de 1986): Abarca desde la instalación, el 1 de enero de 1983, del Comando
Político-Militar de Ayacucho a cargo del general Roberto Clemente Noel Moral, hasta la masacre de los penales del 18-19 de
junio de 1986.
Despliegue nacional de la violencia (junio de 1986 - marzo de 1989): Se desarrolla desde la mencionada masacre de los penales
de junio de 1986 hasta el 27 de marzo de 1989, fecha del ataque senderista, con el apoyo de narcotraficantes, al puesto policial
de Uchiza en el departamento de San Martín.
Crisis extrema: ofensiva subversiva y contraofensiva estatal (marzo de 1989 - septiembre de 1992): Se inicia inmediatamente
después del asalto senderista al puesto de Uchiza y concluye el 12 de septiembre de 1992 con la captura en Lima de Abimael
Guzmán Reynoso y algunos de los principales dirigentes de su organización por parte del GEIN.
Declive de la acción subversiva, autoritarismo y corrupción (septiembre de 1992 - noviembre de 2000): Comienza con la captura
de Abimael Guzmán y se extiende hasta el abandono del país de Alberto Fujimori y el final del mandato de la CVR, cuando
Sendero Luminoso era un fenómeno menor.
Los Escenarios
Tanto los grupos terroristas como los agentes del Estado adoptaron estrategias diferenciadas según el escenario en el que
operaban. En las zonas rurales, las Fuerzas Armadas promovieron la formación de comités de autodefensa.
El Conflicto Armado Interno se desarrolló de manera muy diversa en las distintas regiones que conforman el territorio nacional.
La intensidad de la violencia, así como sus formas y la configuración de sus actores, tuvieron expresiones regionales
diferenciadas. Mientras que en algunos lugares su presencia fue restringida y esporádica, en otros arrasó, destruyó
infraestructura, transformó la vida cotidiana de sus pobladores e impuso largos periodos de horror, sufrimiento e incertidumbre.
En términos del despliegue de estrategias y objetivos de los grupos subversivos en las diferentes regiones, se observaron
diferencias vinculadas con las características del territorio y su población. Así, se pueden observar estrategias diferentes en tres
tipos de espacios y poblaciones distintos: la sierra rural, las áreas urbanas y la selva.
La Sierra:
En las áreas rurales pobres de la sierra, caracterizadas por su baja densidad poblacional, asentamiento disperso y malas
comunicaciones, la presencia subversiva buscó dominar territorios, vaciarlos de toda autoridad estatal y construir un nuevo
poder. Se apreció una primera tendencia hacia el diálogo entre militantes del PCP-SL y comunidades campesinas entre 1980 y
1987. Sin embargo, la crueldad de los métodos senderistas y las estrategias del Estado pronto llevaron a una relación conflictiva
entre el PCP-SL y las comunidades campesinas.
Las Ciudades:
En las ciudades, las acciones terroristas tuvieron objetivos y estrategias diferentes. El objetivo principal fue dar mayor
notoriedad a sus acciones, y la estrategia no fue de dominio territorial, sino de asedio, buscando el control a través del terror. La
situación fue diferente en relación con universidades, barrios populares y sindicatos, donde sí se buscó ganar influencia política y
controlar dirigencias.
La Selva:
La selva ofreció ventajas para las organizaciones subversivas, como la posibilidad de financiamiento a través del narcotráfico y la
dificultad para las fuerzas del orden de controlar territorios casi despoblados y selvas densas. Sin embargo, la estrategia fue frágil
frente a la intervención militar contra los reductos principales del narcotráfico. El monte resultó una fortaleza propicia para una
larga resistencia, permitiendo retiradas de los subversivos con comunidades adeptas y resistencias a la erradicación.
En el análisis del examen de los crímenes y violaciones de los derechos humanos durante el periodo 1980-2000, es crucial
indagar sobre las razones que motivaron su realización. Detrás de estas conductas, se encuentran ideologías, voluntades
políticas y estrategias, algunas de las cuales buscaban obtener la aquiescencia de la población civil a cualquier costo. La
comprensión de estas estrategias no justifica moralmente los crímenes cometidos ni constituye un elemento de exención legal
para los responsables.
Durante las etapas iniciales del conflicto, los agentes del Estado concentraron sus acciones en un perfil poblacional específico,
considerando blancos legítimos a ciertos sectores del espectro electoral. La estrategia senderista, por otro lado, negaba los
derechos humanos como construcciones ideológicas funcionales al orden social existente.
El PCP-SL desarrolló una estrategia que incorporaba conscientemente el terror como un instrumento al servicio de sus objetivos
políticos, rechazando explícitamente las reglas del Derecho Internacional. Optó por una política de aniquilamiento selectivo y,
para reprimir cualquier resistencia, aplicó represalias crueles e indiscriminadas.
Los aniquilamientos se convirtieron en una "forma de lucha" indesligable de otras tácticas utilizadas en los conflictos armados
internos. Además, el reclutamiento forzoso, la violencia sexual, la servidumbre y la tortura fueron prácticas comunes que
generaron violaciones colaterales.
Por otro lado, el MR TA, surgido con la intención de ser un "brazo armado" de las organizaciones populares y los partidos de
izquierda, adoptó una estrategia insurreccional comparable a otras experiencias latinoamericanas. Sin embargo, sus acciones
contribuyeron a aumentar los sufrimientos del pueblo peruano y generaron nuevas violaciones de los derechos humanos.
En cuanto a la actuación del Estado, este no estuvo preparado para enfrentar la subversión armada planteada por el PCP-SL. La
estrategia inicial fue reactiva y coordinada a la iniciativa senderista, lo que resultó en una abdicación del poder civil en áreas de
emergencia y un aumento radical del conflicto.
Las Fuerzas Armadas, en las etapas subsiguientes, adoptaron estrategias más directas y focalizadas contra la subversión. Sin
embargo, esto también llevó a violaciones de los derechos humanos, como ejecuciones arbitrarias y desapariciones forzadas.
La violencia armada no afectó uniformemente todos los ámbitos geográficos ni los diferentes estratos sociales del país. Estuvo
concentrada en los márgenes de la sociedad, afectando especialmente a zonas y grupos menos integrados a los centros de poder
económico y político. A pesar de la masividad de las víctimas, los actores del conflicto seleccionaron a sus víctimas dentro de
estratos específicos de las sociedades afectadas.