Cuántas veces, amor, te amé...
(soneto XXII)
Cuántas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin
recuerdo,
sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura,
en regiones contrarias, en un mediodía
quemante:
eras sólo el aroma de los cereales que amo.
Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una
copa
en Angola, a la luz de la luna de Junio,
o eras tú la cintura de aquella guitarra
que toqué en las tinieblas y sonó como el mar
desmedido.
Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu
memoria.
En las casas vacías entré con linterna a robar tu
retrato.
Pero yo ya sabía cómo era. De pronto
mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi
vida:
frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas.
Como hoguera en los bosques el fuego es tu
reino.
LAS ABANDONADAS
¡Cómo me dan pena las abandonadas
que amaron creyendo ser también amadas;
y, van por la vida llorando un cariño,
recordando un hombre y arrastrando un niño!
¡Cómo hay quien derribe del árbol la hoja
y al verla en el suelo ya no la recoja;
y hay quien a pedradas tire el fruto verde
y lo eche rodando después que lo muerde!
¡Las abandonadas son fruta caída
del árbol frondoso y alto de la vida;
son, más que caída, fruta derribada
por un beso artero como una pedrada!
Por las calles ruedan esas tristes frutas
como maceradas manzanas enjutas;
y en sus pobres cuerpos, antaño turgentes,
llevan la indeleble marca de unos dientes.
Tienen dos caminos que escoger: el quicio
de una puerta honrada, o el harem del vicio.
¡Y, en medio de tantos, de tantos, de tantos rigores,
aún hay quien a hablarles se atreve de amores!
Aquellos magnates que ampararlas pueden
más las precipitan para que más rueden;
¡Y hasta hay quien se vuelva su postrer verdugo
queriendo exprimirlas si aún les queda jugo!
Las abandonadas son como el bagazo
que alambica el beso y exprime el abrazo;
Si aún les queda zumo, lo chupa el dolor;
¡Son triste bagazo… bagazo de amor!
Cuando las encuentro, me llenan de angustias
sus senos marchitos y sus caras mustias,
y pienso que arrastra su arrepentimiento
un niño que es hijo del remordimiento.
¡El remordimiento lo arrastra algún hombre
oculto, que al niño niega techo y nombre!
Al ver esos niños de blondos cabellos
yo quisiera amarlos y ser padre de ellos.
Las abandonadas me dan estas penas
porque casi todas son mujeres buenas;
son manzanas secas, son fruta caída
del árbol frondoso y alto de la vida.
No hay quien las ampare, no hay quien las recoja,
más que el mismo viento que arrastra la hoja.
¡Marchan con los ojos fijos en el suelo,
cansadas, en vano, de mirar al cielo!
De sus hondas cuitas, nadie se apiada,
porque de estas cosas...¡hoy se sabe nada!
Y así van las pobres, llorando un cariño,
recordando un hombre y arrastrando un niño.
MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...
CANTO CORAL A TÚPAC AMARU
Lo harán volar con dinamita.
En masa, lo cargarán, lo arrastrarán.
A golpes le llenarán de pólvora la boca,
lo volarán: ¡Y no podrán matarlo!
Le pondrán de cabeza.
Arrancarán sus deseos, sus dientes y sus gritos.
Lo patearán a toda furia.
Luego lo sangrarán.
¡Y no podrán matarlo!
Coronarán con sangre su cabeza;
sus pómulos, con golpes.
Y con clavos, sus costillas.
Le harán morder el polvo.
Lo golpearán:
¡Y no podrán matarlo!
Le sacarán los sueños y los ojos.
Querrán descuartizarlo grito a grito.
Lo escupirán.
Y a golpe de matanza lo clavarán:
¡y no podrán matarlo!
Lo pondrán en el centro de la plaza,
boca arriba, mirando al infinito.
Le amarrarán los miembros.
A la mala tirarán:
¡Y no podrán matarlo!
Querrán volarlo y no podrán volarlo.
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Querrán descuartizarlo, triturarlo,
mancharlo, pisotearlo, desalmarlo.
Querrán volarlo y no podrán volarlo.
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Al tercer día de los sufrimientos
cuando se crea todo consumado,
gritando ¡LIBERTAD! sobre la tierra,
ha de volver.
¡Y no podrán matarlo!