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Dante Alighieri
----------------Instituto Cultural Quetzalcoatl de Antropologa Psicoanaltica, A.C.
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INFIERNO
CANTO I
A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi rut
a haba extraviado.
Cun dura cosa es decir cul era esta salvaje selva, spera y fuerte que me vuelve el
temor al pensamiento! Es tan amarga casi cual la muerte; mas por tratar del bi
en que all encontr, de otras cosas dir que me ocurrieron.
Yo no s repetir cmo entr en ella pues tan dormido me hallaba en el punto que aban
don la senda verdadera.
Mas cuando hube llegado al pie de un monte, all donde aquel valle terminaba qu
e el corazn habame aterrado, hacia lo alto mir, y vi que su cima ya vestan los rayo
s del planeta que lleva recto por cualquier camino.
Entonces se calm aquel miedo un poco, que en el lago del alma haba entrado la no
che que pas con tanta angustia.
Y como quien con aliento anhelante, ya salido del pilago a la orilla, se vuelve
y mira al agua peligrosa, tal mi nimo, huyendo todava, se volvi por mirar de nuev
o el sitio que a los que viven traspasar no deja.
Repuesto un poco el cuerpo fatigado, segu el camino por la yerma loma, siempre af
irmando el pie de ms abajo.
Y vi, casi al principio de la cuesta, una onza ligera y muy veloz, que de una
piel con pintas se cubra; y de delante no se me apartaba, mas de tal modo me co
rtaba el paso, que muchas veces quise dar la vuelta.
Entonces comenzaba un nuevo da, y el sol se alzaba al par que las estrellas que
junto a l el gran amor divino sus bellezas movi por vez primera; as es que no au
guraba nada malo de aquella fiera de la piel manchada la hora del da y la dulce
estacin; mas no tal que terror no produjese la imagen de un len que luego vi.
Me pareci que contra m vena, con la cabeza erguida y hambre fiera, y hasta temerl
e parecia el aire.
Y una loba que todo el apetito pareca cargar en su flaqueza, que ha hecho vivi
r a muchos en desgracia.
Tantos pesares sta me produjo, con el pavor que verla me causaba que perd la esp
eranza de la cumbre.
Y como aquel que alegre se hace rico y llega luego un tiempo en que se arruina
, y en todo pensamiento sufre y llora: tal la bestia me haca sin dar tregua, pue
s, viniendo hacia m muy lentamente, me empujaba hacia all donde el sol calla.
Mientras que yo bajaba por la cuesta, se me mostr delante de los ojos alguien q
ue, en su silencio, cre mudo.
Cuando vi a aquel en ese gran desierto Apidate de mi -yo le grit-, seas quien sea
s, sombra a hombre vivo. Me dijo: Hombre no soy, mas hombre fui, y a mis padres d
io cuna Lombarda pues Mantua fue la patria de los dos.
Nac sub julio Csar, aunque tarde, y viv en Roma bajo el buen Augusto: tiempos de
falsos dioses mentirosos.
Poeta fui, y cant de aquel justo hijo de Anquises que vino de Troya, cuando Il
in la soberbia fue abrasada.
Por qu retornas a tan grande pena, y no subes al monte deleitoso que es principi
o y razn de toda dicha? Eres Virgilio, pues, y aquella fuente de quien mana tal ro
de elocuencia? -respond yo con frente avergonzada-.
Oh luz y honor de todos los poetas, vlgame el gran amor y el gran trabajo que m
e han hecho estudiar tu gran volumen.
Eres t mi modelo y mi maestro; el nico eres t de quien tom el bello estilo que me
ha dado honra.
Mira la bestia por la cual me he vuelto: sabio famoso, de ella ponme a salvo,
pues hace que me tiemblen pulso y venas. Es menester que sigas otra ruta -me rep
uso despus que vio mi llanto-, si quieres irte del lugar salvaje; pues esta best
ia, que gritar te hace, no deja a nadie andar por su camino, mas tanto se lo imp
ide que los mata; y es su instinto tan cruel y tan malvado, que nunca sacia su
ansia codiciosa y despus de comer ms hambre an tiene.
Con muchos animales se amanceba, y sern muchos ms hasta que venga el Lebrel que
la har morir con duelo.
ste no comer tierra ni peltre, sino virtud, amor, sabidura, y su cuna estar entre F
ieltro y Fieltro.
Ha de salvar a aquella humilde Italia por quien muri Camila, la doncella, Turno
, Euralo y Niso con heridas.
ste la arrojar de pueblo en pueblo, hasta que d con ella en el abismo, del que la
hizo salir el Envidioso.
Por lo que, por tu bien, pienso y decido que vengas tras de m, y ser tu gua, y he
de llevarte por lugar eterno, donde oirs el aullar desesperado, vers, dolientes,
las antiguas sombras, gritando todas la segunda muerte; y podrs ver a aquellas
que contenta el fuego, pues confan en llegar a bienaventuras cualquier da; y si a
scender deseas junto a stas, ms digna que la ma all hay un alma: te dejar con ella cu
ando marche; que aquel Emperador que arriba reina, puesto que yo a sus leyes fu
i rebelde, no quiere que por m a su reino subas.
En toda parte impera y all rige; all est su ciudad y su alto trono.
iCun feliz es quien l all destina! Yo contest: Poeta, te requiero por aquel Dios que
t no conociste, para huir de ste o de otro mal ms grande, que me lleves all donde
me has dicho, y pueda ver la puerta de San Pedro y aquellos infelices de que me
hablas. Entonces se ech a andar, y yo tras l.
CANTO II
El da se marchaba, el aire oscuro a los seres que habitan en la tierra quitaba su
s fatigas; y yo slo me dispona a sostener la guerra, contra el camino y contra el
sufrimiento que sin errar evocar mi mente.
Oh musas! Oh alto ingenio, sostenedme! Memoria que escribiste lo que vi, aqu se ad
vertir tu gran nobleza! Yo comenc: Poeta que me guas, mira si mi virtud es suficien
te antes de comenzar tan ardua empresa.
T nos contaste que el padre de Silvio, sin estar an corrupto, al inmortal reino
lleg, y lo hizo en cuerpo y alma.
Pero si el adversario del pecado le hizo el favor, pensando el gran efecto que
de aquello saldra, el qu y el cul, no le parece indigno al hombre sabio; pues fue
de la alma Roma y de su imperio escogido por padre en el Empreo.
La cual y el cual, a decir la verdad, como el lugar sagrado fue elegida, que h
abita el sucesor del mayor Pedro.
En el viaje por el cual le alabas escuch cosas que fueron motivo de su triunfo
y del manto de los papas.
Alli fue luego el Vaso de Eleccin, para llevar conforto a aquella fe que de la
salvacin es el principio.
Mas yo, por qu he de ir? quin me lo otorga? Yo no soy Pablo ni tampoco Eneas: y ni
yo ni los otros me creen digno.
Pues temo, si me entrego a ese viaje, que ese camino sea una locura; eres sabi
o; ya entiendes lo que callo. Y cual quien ya no quiere lo que quiso cambiando
el parecer por otro nuevo, y deja a un lado aquello que ha empezado, as hice yo
en aquella cuesta oscura: porque, al pensarlo, abandon la empresa que tan aprisa
haba comenzado.
Si he comprendido bien lo que me has dicho -respondi del magnnimo la sombra la co
barda te ha atacado el alma; la cual estorba al hombre muchas veces, y de empres
as honradas le desva, cual reses que ven cosas en la sombra.
A fin de que te libres de este miedo, te dir por qu vine y qu entend desde el punt
o en que lstima te tuve.
Me hallaba entre las almas suspendidas y me llam una dama santa y bella, de f
orma que a sus rdenes me puse.
Brillaban sus pupilas ms que estrellas; y a hablarme comenz, clara y suave, angli
ca voz, en este modo: Alma corts de Mantua, de la cual an en el mundo dura la memo
ria, y ha de durar a lo largo del tiempo: mi amigo, pero no de la ventura, tal
obstculo encuentra en su camino por la montaa, que asustado vuelve: y temo que se
encuentre tan perdido que tarde me haya dispuesto al socorro, segn lo que escuch
de l en el cielo.
Ve pues, y con palabras elocuentes, y cuanto en su remedio necesite, aydale, y
consulame con ello.
Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar; vengo del sitio al que volver deseo;
amor me mueve, amor me lleva a hablarte.
Cuando vuelva a presencia de mi Dueo le hablar bien de ti frecuentemente.
Entonces se call y yo le repuse: Oh dama de virtud por quien supera tan slo el homb
re cuanto se contiene con bajo el cielo de esfera ms pequea, de tal modo me agrad
a lo que mandas, que obedecer, si fuera ya, es ya tarde; no tienes ms que abrirme
tu deseo.
Mas dime la razn que no te impide descender aqu abajo y a este centro, desde el
lugar al que volver ansas.
Lo que quieres saber tan por entero, te dir brevemente --me repuso por qu razn no
temo haber bajado.
Temer se debe slo a aquellas cosas que pueden causar algn tipo de dao; mas a las
otras no, pues mal no hacen.
Dios con su gracia me ha hecho de tal modo que la miseria vuestra no me toca,
ni llama de este incendio me consume.
Una dama gentil hay en el cielo que compadece a aquel a quien te envo, mitigan
do all arriba el duro juicio.
sta llam a Luca a su presencia; y dijo: necesita tu devoto ahora de ti, y yo a ti
te lo encomiendo.
Luca, que aborrece el sufrimiento, se alz y vino hasta el sitio en que yo estaba
, sentada al par de la antigua Raquel.
Dijo: Beatriz, de Dios vera alabanza, cmo no ayudas a quien te am tanto, y por ti
se apart de los vulgares? Es que no escuchas su llanto doliente? no ves la muerte
que ahora le amenaza en el torrente al que el mar no supera? No hubo en el mund
o nadie tan ligero, buscando el bien o huyendo del peligro, como yo al escuchar
esas palabras.
Ac baj desde mi dulce escao, confiando en tu discurso virtuoso que te honra a ti y
aquellos que lo oyeron.
Despus de que dijera estas palabras volvi llorando los lucientes ojos, hacindome v
enir an ms aprisa; y vine a ti como ella lo quera; te apart de delante de la fiera,
que alcanzar te impeda el monte bello.
Qu pasa pues?, por qu, por qu vacilas? por qu tal cobarda hay en tu pecho? por qu
nes audacia ni arrojo? Si en la corte del cielo te apadrinan tres mujeres tan b
ienaventuradas, y mis palabras tanto bien prometen. Cual florecillas, que el no
cturno hielo abate y cierra, luego se levantan, y se abren cuando el sol las ilu
mina, as hice yo con mi valor cansado; y tanto se encendi mi corazn, que comenc com
o alguien valeroso: !Ah, cun piadosa aquella que me ayuda! y t, corts, que pronto o
bedeciste a quien dijo palabras verdaderas.
El corazn me has puesto tan ansioso de echar a andar con eso que me has dicho q
ue he vuelto ya al propsito primero.
Vamos, que mi deseo es como el tuyo.
S mi gua, mi jefe, y mi maestro. Asi le dije, y luego que ech a andar, entr por el
camino arduo y silvestre.
CANTO III
POR M SE VA HASTA LA CIUDAD DOLIENTE, POR M SE VA AL ETERNO SUFRIMIENTO, POR M SE V
A A LA GENTE CONDENADA.
LA JUSTICIA MOVI A MI ALTO ARQUITECTO.
HZOME LA DIVINA POTESTAD, EL SABER SUMO Y EL AMOR PRIMERO.
ANTES DE M NO FUE COSA CREADA SINO LO ETERNO Y DURO ETERNAMENTE.
DEJAD, LOS QUE AQU ENTRIS, TODA ESPERANZA.
Estas palabras de color oscuro vi escritas en lo alto de una puerta; y yo: Maes
tro, es grave su sentido. Y, cual persona cauta, l me repuso: Debes aqu dejar todo
recelo; debes dar muerte aqu a tu cobarda.
Hemos llegado al sitio que te he dicho en que vers las gentes doloridas, que pe
rdieron el bien del intelecto. Luego tom mi mano con la suya con gesto alegre, q
ue me confort, y en las cosas secretas me introdujo.
All suspiros, llantos y altos ayes resonaban al aiire sin estrellas, y yo me ec
h a llorar al escucharlo.
Diversas lenguas, hrridas blasfemias, palabras de dolor, acentos de ira, roncos
gritos al son de manotazos, un tumulto formaban, el cual gira siempre en el ai
ire eternamente oscuro, como arena al soplar el torbellino.
Con el terror ciendo mi cabeza dije: Maestro, qu es lo que yo escucho, y quin son s
tos que el dolor abate? Y l me repuso: Esta msera suerte tienen las tristes almas d
e esas gentes que vivieron sin gloria y sin infamia.
Estn mezcladas con el coro infame de ngeles que no se rebelaron, no por lealtad
a Dios, sino a ellos mismos.
Los echa el cielo, porque menos bello no sea, y el infierno los rechaza, pues
podran dar gloria a los cados. Y yo: Maestro, qu les pesa tanto y provoca lamentos ta
n amargos? Respondi: Brevemente he de decirlo.
No tienen stos de muerte esperanza, y su vida obcecada es tan rastrera, que env
idiosos estn de cualquier suerte.
Ya no tiene memoria el mundo de ellos, compasin y justicia les desdea; de ellos
no hablemos, sino mira y pasa. Y entonces pude ver un estandarte, que corra gira
ndo tan ligero, que pareca indigno de reposo.
Y vena detrs tan larga fila de gente, que credo nunca hubiera que hubiese a tanto
s la muerte deshecho.
Y tras haber reconocido a alguno, vi y conoc la sombra del que hizo por cobarda
aquella gran renuncia.
Al punto comprend, y estuve cierto, que sta era la secta de los reos a Dios y a
sus contrarios displacientes.
Los desgraciados, que nunca vivieron, iban desnudos y azuzados siempre de mosc
ones y avispas que all haba.
stos de sangre el rostro les baaban, que, mezclada con llanto, repugnantes gusan
os a sus pies la recogan.
Y luego que a mirar me puse a otros, vi gentes en la orilla de un gran ro y yo
dije: Maestro, te suplico que me digas quin son, y qu designio les hace tan ansios
os de cruzar como discierno entre la luz escasa. Y l repuso: La cosa he de contar
te cuando hayamos parado nuestros pasos en la triste ribera de Aqueronte. Con lo
s ojos ya bajos de vergenza, temiendo molestarle con preguntas dej de hablar hasta
llegar al ro.
Y he aqu que viene en bote hacia nosotros un viejo cano de cabello antiguo, gr
itando: Ay de vosotras, almas pravas! No esperis nunca contemplar el cielo; vengo
CANTO IV
Rompi el profundo sueo de mi mente un gran trueno, de modo que cual hombre que a l
a fuerza despierta, me repuse; la vista recobrada volv en torno ya puesto en pie
, mirando fijamente, pues quera saber en dnde estaba.
En verdad que me hallaba justo al borde del valle del abismo doloroso, que atr
onaba con ayes infinitos.
Oscuro y hondo era y nebuloso, de modo que, aun mirando fijo al fondo, no dist
ingua all cosa ninguna.
Descendamos ahora al ciego mundo --dijo el poeta todo amortecido -: yo ir primer
o y t vendrs detrs. Y al darme cuenta yo de su color, dije: Cmo he de ir si t te as
as, y t a mis dudas sueles dar consuelo? Y me dijo: La angustia de las gentes que
estn aqu en el rostro me ha pintado la lstima que t piensas que es miedo.
Vamos, que larga ruta nos espera. As me dijo, y as me hizo entrar al primer cerc
o que el abismo cie.
All, segn lo que escuchar yo pude, llanto no haba, mas suspiros slo, que al aire e
terno le hacan temblar.
Lo causaba la pena sin tormento que sufra una grande muchedumbre de mujeres, de
nios y de hombres.
El buen Maestro a m: No me preguntas qu espritus son estos que ests viendo? Quiero q
ue sepas, antes de seguir, que no pecaron: y aunque tengan mritos, no basta, pue
s estn sin el bautismo, donde la fe en que crees principio tiene.
Al cristianismo fueron anteriores, y a Dios debidamente no adoraron: a stos tal
es yo mismo pertenezco.
Por tal defecto, no por otra culpa, perdidos somos, y es nuestra condena vivir
sin esperanza en el deseo. Sent en el corazn una gran pena, puesto que gentes de
mucho valor vi que en el limbo estaba suspendidos.
Dime, maestro, dime, mi seor -yo comenc por querer estar cierto de aquella fe que
vence la ignorancia- : sali alguno de aqu, que por sus mritos o los de otro, se hi
ciera luego santo? Y ste, que comprendi mi hablar cubierto, respondi: Yo era nuevo en
este estado, cuando vi aqu bajar a un poderoso, coronado con signos de victoria.
Sac la sombra del padre primero, y las de Abel, su hijo, y de No, del legista Mo
iss, el obediente; del patriarca Abraham, del rey David, a Israel con sus hijos
y su padre, y con Raquel, por la que tanto hizo, y de otros muchos; y les hizo
santos; y debes de saber que antes de eso, ni un esptritu humano se salvaba. No
dejamos de andar porque l hablase, mas an por la selva caminbamos, la selva, digo,
de almas apiadas No estbamos an muy alejados del sitio en que dorm, cuando vi un f
uego, que al fnebre hemisferio derrotaba.
An nos encontrbamos distantes, mas no tanto que en parte yo no viese cun digna ge
nte estaba en aquel sitio.
Oh t que honoras toda ciencia y arte, stos quin son, que tal grandeza tienen, que d
e todos los otros les separa? Y respondi: Su honrosa nombrada, que all en tu mundo s
igue resonando gracia adquiere del cielo y recompensa. Entre tanto una voz pude
escuchar: Honremos al altsimo poeta; vuelve su sombra, que marchado haba. Cuando
estuvo la voz quieta y callada, vi cuatro grandes sombras que venan: ni triste, n
i feliz era su rostro.
El buen maestro comenz a decirme: Fjate en se con la espada en mano, que como el j
efe va delante de ellos: Es Homero, el mayor de los poetas;.
el satrico Horacio luego viene; tercero, Ovidio; y ltimo, Lucano.
Y aunque a todos igual que a m les cuadra el nombre que son en aquella voz, me h
acen honor, y con esto hacen bien. As reunida vi a la escuela bella de aquel seor
del altsimo canto, que sobre el resto cual guila vuela.
Despus de haber hablado un rato entre ellos, con gesto favorable me miraron: y
mi maestro, en tanto, sonrea.
Y todava an ms honor me hicieron porque me condujeron en su hilera, siendo yo el
sexto entre tan grandes sabios.
As anduvimos hasta aquella luz, hablando cosas que callar es bueno, tal como er
a el hablarlas all mismo.
Al pie llegamos de un castillo noble, siete veces cercado de altos muros, guar
dado entorno por un bello arroyo.
Lo cruzamos igual que tierra firme; cruc por siete puertas con los sabios: hast
a llegar a un prado fresco y verde.
Gente haba con ojos graves, lentos, con gran autoridad en su semblante: hablaba
n poco, con voces suaves.
Nos apartamos a uno de los lados, en un claro lugar alto y abierto, tal que ve
r se podan todos ellos.
Erguido all sobre el esmalte verde, las magnas sombras furonme mostradas, que de
placer me colma haberlas visto.
A Electra vi con muchos compaeros, y entre ellos conoc a Hctor y a Eneas, y arma
do a Csar, con ojos grifaos.
Vi a Pantasilea y a Camila, y al rey Latino vi por la otra parte, que se sent
aba con su hija Lavinia.
Vi a Bruto, aquel que destron a Tarquino, a Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a M
arcia; y a Saladino vi, que estaba solo; y al levantar un poco ms la vista, vi
al maestro de todos los que saben, sentado en filosfica familia.
Todos le miran, todos le dan honra: y a Scrates, que al lado de Platn, estn ms cer
ca de l que los restantes; Demcrito, que el mundo pone en duda, Anaxgoras, Tales y
Digenes, Empdocles, Herclito y Zenn; y al que las plantas observ con tino, Dioscrid
es, digo; y via Orfeo, Tulio, Livio y al moralista Sneca; al gemetra Euclides, To
lomeo, Hipcrates, Galeno y Avicena, y a Averroes que hizo el Comentario.
No puedo detallar de todos ellos, porque as me encadena el largo tema, que dich
o y hecho no se corresponden.
El grupo de los seis se parti en dos: por otra senda me llev mi gua, de la quietu
d al aire temb loroso y llegu a un sitio en donde nada luce.
CANTO V
As baj del crculo primero al segundo que menos lugar cie, y tanto ms dolor, que al l
lanto mueve.
All el horrible Minos rechinaba.
A la entrada examina los pecados; juzga y ordena segn se rele.
Digo que cuando un alma mal nacida llega delante, todo lo confiesa; y aquel co
nocedor de los pecados ve el lugar del infierno que merece: tantas veces se cie c
on la cola, cuantos grados l quiere que sea echada.
Siempre delante de l se encuentran muchos; van esperando cada uno su juicio, ha
blan y escuchan, despus las arrojan.
Oh t que vienes al doloso albergue -me dijo Minos en cuanto me vio, dejando el a
cto de tan alto oficio-; mira cmo entras y de quin te fas: no te engae la anchura d
e la entrada. Y mi guta: Por qu le gritas tanto? No le entorpezcas su fatal camino
; as se quiso all donde se puede lo que se quiere, y ms no me preguntes. Ahora com
ienzan las dolientes notas a hacrseme sentir; y llego entonces all donde un gran l
lanto me golpea.
Llegu a un lugar de todas luces mudo, que muga cual mar en la tormenta, si los v
ientos contrarios le combaten.
La borrasca infernal, que nunca cesa, en su rapia lleva a los espritus; volviend
o y golpeando les acosa.
Cuando llegan delante de la ruina, all los gritos, el llanto, el lamento; all bl
asfeman del poder divino.
Comprend que a tal clase de martirio los lujuriosos eran condenados, que la razn
someten al deseo.
Y cual los estorninos forman de alas en invierno bandada larga y prieta, as aqu
el viento a los malos espiritus: arriba, abajo, ac y all les lleva; y ninguna esp
eranza les conforta, no de descanso, mas de menor pena.
Y cual las grullas cantando sus lays largas hileras hacen en el aire, as las vi
venir lanzando ayes, a las sombras llevadas por el viento.
Y yo dije: Maestro, quin son esas gentes que el aire negro as castiga? La primera d
e la que las noticias quieres saber --me dijo aquel entonces- fue emperatriz sob
re muchos idiomas.
Se inclin tanto al vicio de lujuria, que la lascivia licit en sus leyes, para oc
ultar el asco al que era dada: Semramis es ella, de quien dicen que sucediera a
Nino y fue su esposa: mand en la tierra que el sultn gobierna.
Se mat aquella otra, enamorada, traicionando el recuerdo de Siqueo; la que sig
ue es Cleopatra lujuriosa.
A Elena ve, por la que tanta vctima el tiempo se llev, y ve al gran Aquiles qu
e por Amor al cabo combatiera; ve a Paris, a Tristn. Y a ms de mil sombras me sea
l, y me nombr, a dedo, que Amor de nuestra vida les privara.
Y despus de escuchar a mi maestro nombrar a antiguas damas y caudillos, les tuv
e pena, y casi me desmayo.
Yo comenc: Poeta, muy gustoso hablara a esos dos que vienen juntos y parecen al
viento tan ligeros. Y l a m: Los vers cuando ya estn ms cerca de nosotros; si les ru
gas en nombre de su amor, ellos vendrn. Tan pronto como el viento all los trajo a
lc la voz: Oh almas afanadas, hablad, si no os lo impiden, con nosotros. Tal palo
mas llamadas del deseo, al dulce nido con el ala alzada, van por el viento del q
uerer llevadas, ambos dejaron el grupo de Dido y en el aire malsano se acercar
on, tan fuerte fue mi grito afectuoso: Oh criatura graciosa y compasiva que nos
visitas por el aire perso a nosotras que el mundo ensangrentamos; si el Rey de
l Mundo fuese nuestro amigo rogaramos de l tu salvacin, ya que te apiada nuestro ma
l perverso.
De lo que or o lo que hablar os guste, nosotros oiremos y hablaremos mientras q
ue el viento, como ahora, calle.
La tierra en que nac est situada en la Marina donde el Po desciende y con sus af
luentes se rene.
Amor, que al noble corazn se agarra, a ste prendi de la bella persona que me quit
aron; an me ofende el modo.
Amor, que a todo amado a amar le obliga, prendi por ste en m pasin tan fuerte qu
e, como ves, an no me abandona.
El Amor nos condujo a morir juntos, y a aquel que nos mat Cana espera. Estas pa
labras ellos nos dijeron.
Cuando escuch a las almas doloridas baj el rostro y tan bajo lo tena, que el poet
a me dijo al fin: tQu piensas? Al responderle comenc: Qu pena, cunto dulce pensar, cu
o deseo, a stos condujo a paso tan daoso. Despus me volv a ellos y les dije, y come
nc: Francesca, tus pesares llorar me hacen triste y compasivo; dime, en la edad d
e los dulces suspiros cmo o por qu el Amor os concedi.
que conocieses tan turbios deseos? Y repuso: Ningn dolor ms grande que el de acorda
rse del tiempo dichoso en la desgracia; y tu gua lo sabe.
Mas si saber la primera raz de nuestro amor deseas de tal modo, hablar como aque
l que llora y habla: Leamos un da por deleite, cmo hera el amor a Lanzarote; solos
los dos y sin recelo alguno.
Muchas veces los ojos suspendieron la lectura, y el rostro emblanqueca, pero ta
n slo nos venci un pasaje.
Al leer que la risa deseada era besada por tan gran amante, ste, que de m nunca
ha de apartarse, la boca me bes, todo l temblando.
Galeotto fue el libro y quien lo hizo; no seguimos leyendo ya ese da. Y mientra
s un espiritu as hablaba, lloraba el otro, tal que de piedad desfallec como si me
muriese; y ca como un cuerpo muerto cae.
CANTO VI
Cuando cobr el sentido que perd antes por la piedad de los cuados, que todo en la
tristeza me sumieron, nuevas condenas, nuevos condenados vea en cualquier sitio
en que anduviera y me volviese y a donde mirase.
Era el tercer recinto, el de la lluvia eterna, maldecida, fra y densa: de regla
y calidad no cambia nunca.
Grueso granizo, y agua sucia y nieve descienden por el a ire tenebroso; hiede
la tierra cuando esto recibe.
Cerbero, fiera monstruosa y cruel, caninamente ladra con tres fauces sobre la
gente que aqu es sumergida.
Rojos los ojos, la barba unta y negra, y ancho su vientre, y uosas sus manos: c
lava a las almas, desgarra y desuella.
Los hace aullar la lluvia como a perros, de un lado hacen al otro su refugio,
los mseros profanos se revuelven.
Al advertirnos Cerbero, el gusano, la boca abri y nos mostr los colmillos, no ha
ba un miembro que tuviese quieto.
Extendiendo las palmas de las manos, cogi tierra mi gua y a puadas la tir dentro d
el bramante tubo.
Cual hace el perro que ladrando rabia, y mordiendo comida se apacigua, que ya
slo se afana en devorarla, de igual manera las bocas impuras del demonio Cerbero
, que as atruena las almas, que quisieran verse sordas.
bamos sobre sombras que atera la densa lluvia, poniendo las plantas en sus fanta
smas que parecen cuerpos.
En el suelo yacan todas ellas, salvo una que se alz a sentarse al punto que pudo
vernos pasar por delante.
Oh t que a estos infiernos te han trado -me dijo- reconceme si puedes: t fuiste, an
tes que yo deshecho, hecho. La angustia que t sientes - yo le dije - tal vez te h
aya sacado de mi mente, y as creo que no te he visto nunca.
Dime quin eres pues que en tan penoso lugar te han puesto, y a tan grandes male
s, que si hay ms grandes no sern tan tristes. Y l a mf Tu ciudad, que tan repleta.
de envidia est que ya rebosa el saco, en s me tuvo en la vida serena.
Los ciudadanos Ciacco me llamasteis; por la daosa culpa de la gula, como ests v
iendo, en la lluvia me arrastro.
Mas yo, alma triste, no me encuentro sola, que stas se hallan en pena semejante
por semejante culpa, y ms no dijo.
Yo le repuse: Ciacco, tu tormento tanto me pesa que a llorar me invita, pero di
me, si sabes, qu han de hacerse de la ciudad partida los vecinos, si alguno es
justo; y dime la razn por la que tanta guerra la ha asolado. Y l a m: Tras de larga
s disensiones ha de haber sangre, y el bando salvaje echar al otro con grandes o
fensas; despus ser preciso que ste caiga y el otro ascienda, luego de tres soles,
con la fuerza de Aquel que tanto alaban.
Alta tendr largo tiempo la frente, teniendo al otro bajo grandes pesos, por ms q
ue de esto se avergence y llore.
Hay dos justos, mas nadie les escucha; son avaricia, soberbia y envidia las t
res antorchas que arden en los pechos. Puso aqu fin al lagrimoso dicho.
Y yo le dije: An quiero que me informes, y que me hagas merced de ms palabras; Fa
rinatta y Tegghiaio, tan honrados, Jacobo Rusticucci, Arrigo y Mosca, y los otro
s que en bien obrar pensaron, dime en qu sitio estn y hazme saber, pues me apriet
a el deseo, si el infierno los amarga, o el cielo los endulza. Y aqul: Estn entre
las negras almas; culpas varias al fondo los arrojan;.
los podrs ver si sigues ms abajo.
Pero cuando hayas vuelto al dulce mundo, te pido que a otras mentes me recuerd
es; ms no te digo y ms no te respondo. Entonces desvi los ojos fijos, me mir un poc
o, y agach la cara; y a la par que los otros cay ciego.
Y el gua dijo: Ya no se levanta hasta que suene la anglica trompa, y venga la ene
miga autoridad.
Cada cual volver a su triste tumba, retomarn su carne y su apariencia, y oirn aqu
ello que atruena por siempre. As pasamos por la sucia mezcla de sombras y de llu
via a paso lento, tratando sobre la vida futura.
Y yo dije: Maestro, estos tormentos crecern luego de la gran sentencia, sern meno
res o tan dolorosos? Y l contest: Recurre a lo que sabes: pues cuanto ms perfecta es
una cosa ms siente el bien, y el dolor de igual modo, Y por ms que esta gente ma
ldecida la verdadera perfeccin no encuentre, entonces, ms que ahora, esperan serlo
. En redondo seguimos nuestra ruta, hablando de otras cosas que no cuento; y al
llegar a aquel sitio en que se baja encontramos a Pluto: el enemigo.
CANTO VII
Pap Satn, Pap Satn aleppe! dijo Pluto con voz enronquecida; y aquel sabio gentil que
todo sabe, me quiso confortar: No te detenga el miedo, que por mucho que pudiese
no impedir que bajes esta roca. Luego volvise a aquel hocico hinchado, y dijo: Clla
te maldito lobo, consmete t mismo con tu rabia.
No sin razn por el infierno vamos: se quiso en lo alto all donde Miguel tom venga
nza del soberbio estupro. Cual las velas hinchadas por el viento revueltas caen
cuando se rompe el mstil, tal cay a tierra la fiera cruel.
As bajamos por la cuarta fosa, entrando ms en el doliente valle que traga todo e
l mal del universo.
Ah justicia de Dios!, quin amontona nuevas penas y males cuales vi, y por qu nuest
ra culpa as nos triza? Como la ola que sobre Caribdis, se destroza con la otra
que se encuentra, as viene a chocarse aqu la gente.
Vi aqu ms gente que en las otras partes, y desde un lado al otro, con chillidos,
haciendo rodar pesos con el pecho.
Entre ellos se golpean; y despus cada uno volvase hacia atrs, gritando Por qu agarra
s?, por qu tiras? As giraban por el foso ttrico de cada lado a la parte contraria, s
iempre gritando el verso vergonzoso.
Al llegar luego todos se volvan para otra justa, a la mitad del crculo, y yo, qu
e estaba casi conmovido, dije: Maestro, quiero que me expliques quienes son stos,
y si fueron clrigos todos los tonsurados de la izquierda. Y l a m.
Fueron todos tan escasos de la razn en la vida primera, que ningn gasto hicieron c
on mesura.
Bastante claro ldranlo sus voces, al llegar a los dos puntos del crculo donde cu
lpa contraria los separa.
Clrigos fueron los que en la cabeza no tienen pelo, papas, cardenales, que estn
bajo el poder de la avaricia. Y yo: Maestro, entre tales sujetos debiera yo cono
cer bien a algunos, que inmundos fueron de tan grandes males. Y l repuso: Es en v
ano lo que piensas: la vida torpe que los ha ensuciado, a cualquier conocer los
hace oscuros.
Se han de chocar los dos eternamente; stos han de surgir de sus sepulcros con e
l puo cerrado, y stos, mondos; mal dar y mal tener, el bello mundo les ha quitado
y puesto en esta lucha: no empleo mas palabras en contarlo.
Hijo, ya puedes ver el corto aliento, de los bienes fiados a Fortuna, por los
que as se enzarzan los humanos; que todo el oro que hay bajo la luna, y existi ya
, a ninguna de estas almas fatigadas podra dar reposo. Maestro --dije yo-, dime qu
in es esta Fortuna a la que te refieres que el bien del mundo tiene entre sus gar
ndo; y no hay bondad que su memoria honre: por ello est su sombra aqu furiosa.
Cuantos por reyes tinense all arriba, aqu estarn cual puercos en el cieno, dejando
de ellos un desprecio horrible. ` Y yo: Maestro, mucho deseara el verle zambullir
se en este caldo, antes que de este lago nos marchemos. Y l me repuso: An antes qu
e la orilla de ti se deje ver, sers saciado: de tal deseo conviene que goces. Al
poco vi la gran carnicera que de l hacan las fangosas gentes;.
a Dios por ello alabo y doy las gracias.
A por Felipe Argenti!, se gritaban, y el florentino espiritu altanero contra s mi
smo volva los dientes.
Lo dejamos all, y de l ms no cuento.
Mas el odo golpeme un llanto, y mir atentamente hacia adelante.
Exclam el buen maestro: Ahora, hijo, se acerca la ciudad llamada Dite, de grave
s habitantes y mesnadas. Y yo dije: Maestro, sus mezquitas en el valle distingo
claramente, rojas cual si salido de una fragua hubieran. Y l me dijo: El fuego e
terno que dentro arde, rojas nos las muestra, como ests viendo en este bajo infie
rno. As llegamos a los hondos fosos que cien esa tierra sin consuelo; de hierro a
quellos muros parecan.
No sin dar antes un rodeo grande, llegamos a una parte en que el barquero Salid
-grit con fuerza- aqu es la entrada. Yo vi a ms de un millar sobre la puerta de l
lovidos del cielo, que con rabia decan: Quin es este que sin muerte va por el reino
de la gente muerta? Y mi sabio maestro hizo una sea de quererles hablar secretame
nte.
Contuvieron un poco el gran desprecio y dijeron: Ve n solo y que se marche qui
en tan osado entr por este reino; que vuelva solo por la loca senda; pruebe, si
sabe, pues que t te quedas, que le enseaste tan oscura zona. Piensa, lector, el m
iedo que me entr al escuchar palabras tan mald itas, que pens que ya nunca volvera.
Gua querido, t que ms de siete veces me has confortado y hecho libre de los grandes
peligros que he encontrado, no me dejies - le dije- as perdido; y si seguir mas
lejos nos impiden, juntos volvamos hacia atrs los pasos. Y aquel seor que all me
condujera No temas -dijo- porque nuestro paso nadie puede parar: tal nos lo otorg
a.
Mas esprame aqu, y tu nimo flaco conforta y alimenta de esperanza, que no te deja
r en el bajo mundo. As se fue, y all me abandon el dulce padre, y yo me qued en duda
pues en mi mente el no y el s luchaban.
No pude or qu fue lo que les dijo: mas no habl mucho tiempo con aqullos, pues haci
a adentro todos se marcharon.
Cerrronle las puertas los demonios en la cara a mi gua, y qued afuera, y se vino
hacia m con pasos lentos.
Gacha la vista y privado su rostro de osada ninguna, y suspiraba: Quin las dolien
tes casa me ha cerrado! Y l me dijo: T, porque yo me irrite, no te asustes, pues ve
ncer la prueba, por mucho que se empeen en prohibirlo.
No es nada nueva esta insolencia suya, que ante menos secreta puerta usaron, q
ue hasta el momento se halla sin cerrojos.
Sobre ella contemplaste el triste escrito: y ya baja el camino desde aqulla, pa
sando por los cercos sin escolta, quien la ciudad al fin nos har franca.
CANTO IX
El color que sac a mi cara el miedo cuando vi que mi gua se tornaba, lo quit de la
suya con presteza.
Atento se par como escuchando, pues no poda atravesar la vista el aire negro y l
a neblina densa.
Deberemos vencer en esta lucha -comenz l- si no.
Es la promesa.
Cunto tarda en llegar quien esperamos. Y me di cuenta de que me ocultaba lo del
principio con lo que sigui, pues palabras distintas fueron stas; pero no menos mi
edo me causaron, porque pensaba que su frase trunca tal vez peor sentido contuvi
ese.
En este fondo de la triste hoya baj algn otro, desde el purgatorio donde es pena
la falta de esperanza? Esta pregunta le hice y: Raramente -l respondi- sucede que o
El igual con su igual est enterrado, y los tmulos arden ms o menos. Y luego de v
olverse a la derecha, cruzamos entre fosas y altos muros.
CANTO X
Sigui entonces por una oculta senda entre aquella muralla y los martirios mi Maes
tro, y yo fui tras de sus pasos.
Oh virtud suma, que en los infernales circulos me conduces a tu gusto, hblame y
satisface mis deseos: a la gente que yace en los supulcros la podr ver?, pues ya
estn levantadas todas las losas, y nadie vigila. Y l repuso: Cerrados sern todos cu
ando aqu vuelvan desde Josafat con los cuerpos que all arriba dejaron.
Su cementerio en esta parte tienen.
con Epicuro todos sus secuaces que el alma, dicen, con el cuerpo muere.
Pero aquella pregunta que me hiciste pronto ser aqu mismo satisfecha, y tambin el
deseo que me callas. Y yo: Buen gua, no te oculta nada mi corazn, si no es por ha
blar poco; y t me tienes a ello predispuesto. Oh toscano que en la ciudad del fue
go caminas vivo, hablando tan humilde, te plazca detenerte en este sitio, porq
ue tu acento demuestra que eres natural de la noble patria aquella a la que fui,
tal vez, harto daoso. Este son escap sbitamente desde una de las arcas; y temiend
o, me arrim un poco ms a mi maestro.
Pero l me dijo: Vulvete, qu haces? mira all a Farinatta que se ha alzado; le vers d
cintura para arriba. Fijado en l haba ya mi vista; y aqul se ergua con el pecho y
frente cual si al infierno mismo despreciase.
Y las valientes manos de mi gua me empujaron a l entre las tumbas, diciendo: S med
ido en tus palabras. Como al pie de su tumba yo estuviese, me mir un poco, y com
o con desdn, me pregunt: Quin fueron tus mayores? Yo, que de obedecer estaba ansioso,
no lo ocult, sino que se lo dije, y l levant las cejas levemente.
Con fiereza me fueron adversarios a m y a mi partido y mis mayores, y as dos vece
s tuve que expulsarles. Si les echaste -dije- regresaron de todas partes, una y
otra vez;.
mas los vuestros tal arte no aprendieron. Surgi entonces al borde de su foso otr
a sombra, a su lado, hasta la barba: creo que estaba puesta de rodillas.
Mir a mi alrededor, cual si propsito tuviese de encontrar conmigo a otro, y cuan
do fue apagada su sospecha, llorando dijo: Si por esta ciega crcel vas t por noble
za de ingenio, y mi hijo?, por qu no est contigo? Y yo dije: No vengo por m mismo, el
que all aguarda por aqu me lleva a quien Guido, tal vez, fue indiferente. Sus pal
abras y el modo de su pena su nombre ya me habian revelado; por eso fue tan clar
a mi respuesta.
Sbitamente alzado grit: Cmo has dicho?, Fue?, Es que entonces ya no vive? La dulce
no hiere ya sus ojos? Y al advertir que una cierta demora antes de responderle
yo mostraba, cay de espaldas sin volver a alzarse.
Mas el otro gran hombre, a cuyo ruego yo me detuve, no alter su rostro, ni movi
el cuello, ni inclin su cuerpo.
Y as, continuando lo de antes, Que aquel arte -me dijo- mal supieran, eso, ms que
este lecho, me tortura.
Pero antes que cincuenta veces arda la faz de la seora que aqu reina, t has de s
aber lo que tal arte pesa.
Y as regreses a ese dulce mundo, dime, por qu ese pueblo es tan impo contra los mos
en todas sus leyes? Y yo dije: El estrago y la matanza que teirse de rojo al Arbi
a hizo, obliga a tal decreto en nuestros templos. Me respondi moviendo la cabeza
: No estuve solo lli, ni ciertamente sin razn me movi con esos otros: mas estuve y
o solo, cuando todos en destruir Florencia consentan, defendindola a rostro descub
ierto. Ah, que repose vuestra descendencia -yo le rogu-, este nudo desatadme que
ha enmaraado aqu mi pensamiento.
Parece que sabis, por lo que escucho, lo que nos trae el tiempo de antemano, m
as usis de otro modo en lo de ahora. Vemos, como quien tiene mala luz, las cosas
-dijo- que se encuentran lejos, gracias a lo que esplende el Sumo Gua.
Cuando estn cerca, o son, vano es del todo nuestro intelecto; y si otros no nos
cuentan, nada sabemos del estado humano.
Y comprender podrs que muerto quede nuestro conocimiento en aquel punto que se
cierre la puerta del futuro. Arrepentido entonces de mi falta, dije: Diris ahora
a aquel yacente que su hijo an se encuentra con los vivos; y si antes mudo estuv
e en la respuesta, hazle saber que fue porque pensaba ya en esa duda que me habis
resuelto. Y ya me reclamaba mi maestro; y yo rogu al espritu que rpido me refirie
se quin con l estaba.
Djome: Aqu con ms de mil me encuentro; dentro se halla el segundo Federico, y el
Cardenal, y de los otros callo. Entonces se ocult; y yo hacia el antiguo poeta v
olv el paso, repensando esas palabras que cre enemigas.
l ech a andar y luego, caminando, me dijo: Por qu ests tan abatido? Y yo le satisfice
la pregunta.
Conserva en la memoria lo que oste contrario a ti - me aconsej aquel sabio- y at
iende ahora -y levant su dedo-: cuando delante ests del dulce rayo de aquella cuy
os ojos lo ven todo de ella sabrs de tu vida el viaje.
Luego volvi los pies a mano izquierda: dejando el muro, fuimos hacia el centro
por un sendero que conduce a un valle, cuyo hedor hasta all desagradaba.
CANTO XI
Por el extremo de un acantilado, que en circulo formaban peas rotas, llegamos a u
n gento an ms doliente; y all, por el exceso tan horrible de la peste que sale del
abismo, al abrigo detrs nos colocamos de un gran sepulcro, donde vi un escrito Aq
u el papa Anastasio est encerrado que Fotino apart del buen camino. Conviene que b
ajemos lentamente, para que nuestro olfato se acostumbre al triste aliento; y lu
ego no moleste. As el Maestro, y yo: Compensacin -djele- encuentra, pues que el tie
mpo en balde no pase. Y l: Ya ves que en eso pienso.
Dentro, hijo mo, de estos pedregales -luego empez a decir- tres son los crculos
que van bajando, como los que has visto.
Todos llenos estn de condenados, mas porque luego baste que los mires, oye cmo y
por qu se les encierra: Toda maldad, que el odio causa al cielo, tiene por fin
la injuria, y ese fin.
o con fuerza o con fraude a otros contrista; mas siendo el fraude un vicio slo h
umano, ms lo odia Dios, por ello son al fondo los fraudulentos an ms castigados.
De los violentos es el primer crculo; mas como se hace fuerza a tres personas,
en tres recintos est dividido; a Dios, y a s, y al prjimo se puede forzar; digo a
ellos mismos y a sus cosas, como ya claramente he de explicarte.
Muerte por fuerza y dolientes heridas al prjimo se dan, y a sus haberes ruinas,
incendios y robos daosos; y as a homicidas y a los que mal hieren, ladrones e in
cendiarios, atormenta el recinto primero en varios grupos.
Puede el hombre tener violenta mano contra l mismo y sus cosas; y es preciso qu
e en el segundo recinto lo purgue el que se priva a s de vuestro mundo, juega y
derrocha aquello que posee, y llora all donde debi alegrarse.
Puede hacer fuerza contra la deidad, blasfemando, negndola en su alma, despreci
ando el amor de la natura; y el recinto menor lleva la marca del signo de Cahor
s y de Sodoma, y del que habla de Dios con menosprecio.
El fraude, que cualquier conciencia muerde, se puede hacer a quien de uno se fa
, o a aquel que la confianza no ha mostrado.
Se dira que de esta forma matan el vnculo de amor que hace natura; y en el segun
do crculo se esconden hipocresa, adulacin, quien hace falsedad, latrocinio y simona
, rufianes, barateros y otros tales.
De la otra forma aquel amor se olvida de la naturaleza, y lo que crea, de donde
se genera la confianza; y al Crculo menor, donde est el centro del universo, don
de asienta Dite, el que traiciona por siempre es llevado. Y yo: Maestro, muy cla
ra procede tu razn, y bastante bien distingue este lugar y el pueblo que lo ocupa
: pero ahora dime: aquellos de la cinaga, que lleva el viento, y que azota la ll
uvia, y que chocan con voces tan acerbas, por qu no dentro de la ciudad roja son
castigados, si a Dios enojaron? y si no, por qu estn en tal suplicio? Y entonces l: P
r qu se aleja tanto -dijo- tu ingenio de lo que acostumbra?, o es que tu mente mir
a hacia otra parte? Ya no te acuerdas de aquellas palabras que reflejan en tu TIC
A las tres.
inclinaciones que no quiere el cielo, incontinencia, malicia y la loca bestia
lidad? y cmo incontinencia menos ofende y menos se castiga? Y si miras atento est
a sentencia, y a la mente preguntas quin son esos que all fuera reciben su castigo
, comprenders por qu de estos felones estn aparte, y a menos crudeza la divina ven
ganza les somete. Oh sol que curas la vista turbada, t me contentas tanto resolvi
endo, que no slo el saber, dudar me gusta.
Un poco ms atrs vulvete ahora -djele--, all donde que usura ofende a Dios dijiste,
y qutame el enredo. A quien la entiende, la Filosofa hace notar, no slo en un pasaje
cmo natura su carrera toma del divino intelecto y de su arte; y si tu FSICA mira
s despacio, encontrars, sin mucho que lo busques, que el arte vuestro a aqulla, c
uanto pueda, sigue como al maestro su discpulo, tal que vuestro arte es como de D
ios nieto.
Con estas dos premisas, si recuerdas el principio del Gnesis, debemos ganarnos
el sustento con trabajo.
Y al seguir el avaro otro camino, por ste, a la natura y a sus frutos, desprec
ia, y pone en lo otro su esperanza.
Mas sgueme, porque avanzar me place; que Piscis ya remonta el horizonte y todo
el Carro yace sobre el Coro, y el barranco a otro sitio se despea.
CANTO XII
Era el lugar por el que descendimos alpestre y, por aquel que lo habitaba, cualq
uier mirada hubiralo esquivado.
Como son esas ruinas que al costado de ac de Trento azota el ro Adigio, por terr
emoto o sin tener cimientos, que de lo alto del monte, del que bajan al llano,
tan hendida est la roca que ningn paso ofrece a quien la sube; de aquel barranco
igual era el descenso; y all en el borde de la abierta sima, el oprobio de Creta
estaba echado que concebido fue en la falsa vaca; cuando nos vio, a s mismo se m
orda, tal como aquel que en ira se consume.
Mi sabio entonces le grit: Por suerte piensas que viene aqu el duque de Atenas, q
ue all en el mundo la muerte te trajo? Aparta, bestia, porque ste no viene siguie
ndo los consejos de tu hermana, sino por contemplar vuestros pesares. Y como el
toro se deslaza cuando ha recibido ya el golpe de muerte, y huir no puede, mas
de aqu a all salta, as yo vi que haca el Minotauro; y aquel prudente gr it: Corre al
paso; bueno es que bajes mientras se enfurece. Descendimos as por el derrumbe de
las piedras, que a veces se movan bajo mis pies con esta nueva carga.
Iba pensando y djome: T piensas tal vez en esta ruina, que vigila la ira bestial
que ahora he derrotado.
Has de saber que en la otra ocasin que descend a lo hondo del infierno, esta roc
a no estaba an desgarrada; pero s un poco antes, si bien juzgo, de que viniese Aq
uel que la gran presa quit a Dite del crculo primero, tembl el infecto valle de ta
l modo que pens que sintiese el universo amor, por el que alguno cree que el mund
o muchas veces en caos vuelve a trocarse; y fue entonces cuando esta vieja roc
a se parti por aqu y por otros lados.
Mas mira el valle, pues que se aproxima aquel ro sangriento, en el cual hierve
aquel que con violencia al otro daa. Oh t, ciega codicia, oh loca furia, que as no
s mueves en la corta vida, y tan mal en la eterna nos sumerges! Vi una amplia f
osa que torca en arco, y que abrazaba toda la llanura, segn lo que mi gua haba dicho
.
Y por su pie corran los centauros, en hilera y armados de saetas, como cazar so
lan en el mundo.
Vindonos descender, se detuvieron, y de la fila tres se separaron con los arcos
y flechas preparadas.
Y uno grit de lejos: A qu pena vens vosotros bajando la cuesta? Decidlo desde all, o
si no disparo. La respuesta - le dijo mi maestro- daremos a Quirn cuando est cerc
a: tu voluntad fue siempre impetuosa. Despus me toc, y dijo: Aquel es Neso, que m
uri por la bella Deyanira, contra s mismo tom la venganza.
Y aquel del medio que al pecho se mira, el gran Quirn, que fue el ayo de Aquile
s; y el otro es Folo, el que habl tan airado.
Van a millares rodeando el foso, flechando a aquellas almas que abandonan la s
angre, ms que su culpa permite. Nos acercamos a las raudas fieras: Quirn cogi una
r que sale de ella, as del roto esqueje salen juntas sangre y palabras: y dej la
rama caer y me qued como quien teme.
Si l hubiese credo de antemano -le respondi mi sabio-, nima herida, aquello que en
mis rimas ha ledo, no hubiera puesto sobre ti la mano: mas me ha llevado la incr
eible cosa a inducirle a hacer algo que me pesa: mas dile quin has sido, y de es
te modo algn aumento renueve tu fama alli en el mundo, al que volver l puede. Y e
l tronco: Son tan dulces tus lisonjas que no puedo callar; y no os moleste si en
hablaros un poco me entretengo: Yo soy aquel que tuvo las dos llaves que el co
razn de Federico abran y cerraban, de forma tan suave, que a casi todos les neg el
secreto; tanta fidelidad puse en servirle que mis noches y das perd en ello.
La meretriz que jams del palacio del Csar quita la mirada impdica, muerte comn y
vicio de las cortes, encendi a todos en mi contra; y tanto encendieron a Augusto
esos incendios que el gozo y el honor trocse en lutos; mi nimo, al sentirse desp
reciado, creyendo con morir huir del desprecio, culpable me hizo contra m inocent
e.
Por las raras races de este leo, os juro que jams romp la fe a mi seor, que fue de
honor tan digno.
Y si uno de los dos regresa al mundo, rehabilite el recuerdo que se duele an de
ese golpe que asesta la envidia. Par un poco, y despus: Ya que se calla, no pierd
as tiempo -dijome el poeta- habla y pregntale si ms deseas. Yo respond: Pregntale t
ntonces lo que t pienses que pueda gustarme; pues, con tant a afliccin, yo no podra
. Y as volvi a empezar: Para que te haga de buena gana aquello que pediste, encarc
elado espritu, an te plazca decirnos cmo el alma se encadena en estos troncos; din
os, si es que puedes, si alguna se despega de estos miembros. Sopl entonces el t
ronco fuememente trocndose aquel viento en estas voces: Brevemente yo quiero respo
nderos; cuando un alma feroz ha abandonado el cuerpo que ella misma ha desunido
Minos la manda a la sptima fosa.
Cae a la selva en parte no elegida;.
mas donde la fortuna la dispara, como un grano de espelta all germina; surge en
retoo y en planta silvestre: y al converse sus hojas las Arpas, dolor le causan y
al dolor ventana.
Como las otras, por nuestros despojos, vendremos, sin que vistan a ninguna; pu
es no es justo tener lo que se tira.
A rastras los traeremos, y en la triste selva sern los cuerpos suspendidos, del
endrino en que sufre cada sombra. An pendientes estbamos del tronco creyendo que
quisiera ms contarnos, cuando de un ruido fuimos sorprendidos, Igual que aquel
que venir desde el puesto escucha al jabal y a la jaura y oye a las bestias y un r
uido de frondas; Y miro a dos que vienen por la izquierda, desnudos y araados,
que en la huida, de la selva rompan toda mata.
Y el de delante: Acude, acude, muerte! Y el otro, que ms lento pareca, gritaba: Lano
, no fueron tan raudas en la batalla de Toppo tus piernas. Y cuando ya el alien
to le faltaba, de l mismo y de un arbusto form un nudo.
La selva estaba llena detrs de ellos de negros canes, corriendo y ladrando cual
lebreles soltados de tralla.
El diente echaron al que estaba oculto y lo despedazaron trozo a trozo; luego
llevaron los miembros dolientes.
Cogime entonces de la mano el gua, y me llev al arbusto que lloraba, por los san
grantes rotos, vanamente.
Deca: Oh Gicomo de Sant' Andrea, qu te ha valido de m hacer refugio?.
qu culpa tengo de tu mala vida? Cuando el maestro se par a su lado, dijo: Quin fuiste
que por tantas puntas con sangre exhalas tu habla dolorosa? Y l a nosotros: Oh al
mas que llegadas sois a mirar el vergonzoso estrago, que mis frondas as me ha des
unido, recogedlas al pie del triste arbusto.
Yo fui de la ciudad que en el Bautista cambi el primer patrn: el cual, por esto
con sus artes por siempre la har triste; y de no ser porque en el puente de Arno
an permanece de l algn vestigio, esas gentes que la reedificaron sobre las ruinas
que Atila dej, habran trabajado vanamente.
Yo de mi casa hice mi cadalso.
CANTO XIV
Y como el gran amor del lugar patrio me conmovi, reun la rota fronda, y se la devo
lv a quien ya callaba.
Al lmite llegamos que divide el segundo recinto del tercero, y vi de la justici
a horrible modo.
Por bien manifestar las nuevas cosas, he de decir que a un pramo llegamos, que
de su seno cualquier planta ahuyenta.
La dolorosa selva es su guirnalda, como para sta lo es el triste foso; justo al
borde los pasos detuvimos.
Era el sitio una arena espesa y seca, hecha de igual manera que esa otra que o
primiera Catn con su pisada.
Oh venganza divina, cunto debes ser temida de todo aquel que lea cuanto a mis oj
os fuera manifiesto! De almas desnudas vi muchos rebaos, todas llorando llenas de
miseria, y en diversas posturas colocadas: unas gentes yacan boca arriba; encog
idas algunas se sentaban, y otras andaban incesantemente.
Eran las ms las que iban dando vueltas, menos las que yacan en tormento, pero ms
se quejaban de sus males.
Por todo el arenal, muy lentamente, llueven copos de fuego dilatados, como nie
ve en los Alpes si no hay viento.
Como Alejandro en la caliente zona de la India vio llamas que caan hasta la ti
erra sobre sus ejrcitos; por lo cual orden pisar el suelo a sus soldados, puesto
que ese fuego se apagaba mejor si estaba aislado, as bajaba aquel ardor eterno;
y encenda la arena, tal la yesca bajo eslabn, y el tormento doblaba.
Nunca reposo hallaba el movimiento de las mseras manos, repeliendo aqu o all de s
las nuevas llamas.
Yo comenc: Maestro, t que vences todas las cosas, salvo a los demonios que al ent
rar por la puerta nos salieron, Quin es el grande que no se preocupa del fuego y
yace despectivo y fiero, cual si la lluvia no le madurase? Y l mismo, que se haba
dado cuenta que preguntaba por l a mi gua, grit: Como fui vivo, tal soy muerto.
Aunque Jove cansara a su artesano de quien, fiero, tom el fulgor agudo con que
me golpe el ltimo da, o a los dems cansase uno tras otro, de Mongibelo en esa negr
a fragua, clamando: Buen Vulcano, ayuda, ayuda tal como l hizo en la lucha de Fleg
ra, y me asaeteara con sus fuerzas, no podra vengarse alegremente. Mi gua entonce
s contest con fuerza tanta, que nunca le hube as escuchado: Oh Capaneo, mientras no
se calme tu soberbia, sers ms afligido: ningn martirio, aparte de tu rabia, a tu
furor dolor ser adecuado. Despus se volvi a m con mejor tono, ste fue de los siete q
e asediaron a Tebas; tuvo a Dios, y me parece que an le tenga, desdn, y no le imp
lora; mas como yo le dije, sus despechos son en su pecho galardn bastante.
Sgueme ahora y cuida que tus pies no pisen esta arena tan ardiente, mas camina
pegado siempre al bosque. En silencio llegamos donde corre fuera ya de la selva
un arroyuelo, cuyo rojo color an me horripila: como del Bulicn sale el arroyo
que reparten despus las pecadoras, t al corrta a travs de aquella arena.
El fondo de ste y ambas dos paredes eran de piedra, igual que las orillas; y po
r ello pens que se era el paso.
Entre todo lo que yo te he enseado, desde que atravesamos esa puerta cuyos umbra
les a nadie se niegan, ninguna cosa has visto ms notable como el presente ro que
las llamas apaga antes que lleguen a tocarle. Esto dijo mi gua, por lo cual yo l
e rogu que acrecentase el pasto, del que acrecido me haba el deseo.
Hay en medio del mar un devastado pas - me dijo- que se llama Creta; bajo su rey
fue el mundo virtuoso.
Hubo all una montaa que alegraban aguas y frondas, se llamaba Ida: cual cosa vie
ja se halla ahora desierta.
La excelsa Rea la escogi por cuna para su hijo y, por mejor guardarlo, cuando
lloraba, mandaba dar gritos.
Se alza un gran viejo dentro de aquel monte, que hacia Damiata vuelve las esp
aldas y al igual que a un espejo a Roma mira.
Est hecha su cabeza de oro fino, y plata pura son brazos y pecho, se hace luego
de cobre hasta las ingles; y del hierro mejor de aqu hasta abajo, salvo el pie
diestro que es barro cocido: y ms en ste que en el otro apoya.
Sus partes, salvo el oro, se hallan rotas por una raja que gotea lgrimas, que
horadan, al juntarse, aquella gruta; su curso en este valle se derrama: forma A
queronte, Estigia y Flagetonte; corre despus por esta estrecha espita al fondo d
onde ms no se desciende: forma Cocito; y cul sea ese pantano ya lo vers; y no te l
o describo. Yo contest: Si el presente riachuelo tiene as en nuestro mundo su prin
cipio, como puede encontrarse en este margen? Respondi: Sabes que es redondo el sit
io, y aunque hayas caminado un largo trecho hacia la izquierda descendiendo al f
ondo, an la vuelta completa no hemos dado; por lo que si aparecen cosas nuevas,
no debes contemplarlas con asombro. Y yo insist Maestro, dnde se hallan Flegetonte y
Leteo?; a uno no nombras, y el otro dices que lo hace esta lluvia. Me agradan
ciertamente tus preguntas -dijo-, mas el bullir del agua roja deba resolverte la
primera.
Fuera de aqu podrs ver el Leteo, all donde a lavarse van las almas, cuando la cul
pa purgada se borra. Dijo despus: Ya es tiempo de apartarse del bosque; ven camin
ando detrs: dan paso las orillas, pues no queman, y sobre ellas se extingue cual
quier fuego.
CANTO XV
Caminamos por uno de los bordes, y tan denso es el humo del arroyo, que del fueg
o protege agua y orillas.
Tal los flamencos entre Gante y Brujas, temiendo el viento que en invierno sop
la, a fin de que huya el mar hacen sus diques; y como junto al Brenta los padua
nos por defender sus villas y castillos, antes que Chiarentana el calor sienta;
de igual manera estaban hechos stos, slo que ni tan altos ni tan gruesos, fuese
el que fuese quien los construyera.
Ya estbamos tan lejos de la selva que no podra ver dnde me hallaba, aunque hacia
atrs yo me diera la vuelta, cuando encontramos un tropel de almas que andaban j
unto al dique, y todas ellas nos miraban cual suele por la noche mirarse el uno
al otro en luna nueva; y para vernos fruncan las cejas como hace el sastre viejo
con la aguja.
Examinado as por tal familia, de uno fui conocido, que agarr mi tnica y grit: Qu mar
villa! y yo, al verme cogido por su mano fij la vista en su quemado rostro, para
que, aun abrasado, no impidiera, su reconocimiento a mi memoria; e inclinando l
a ma hacia su cara respond: Estis aqu, seor Brunetto? Hijo, no te disguste -me repu
i Brunetto Latino deja un rato a su grupo y contigo se detiene. Y yo le dije: Os
lo pido gustoso; y si queris que yo, con vos me pare, lo har si place a aquel con
el que ando. Hijo -repuso-, aquel de este rebao que se para, despus cien aos yace,
sin defenderse cuando el fuego quema.
Camina pues: yo marchar a tu lado; y alcanzar ms tarde a mi mesnada, que va llora
ndo sus eternos males. Yo no osaba bajarme del camino y andar con l; mas gacha l
a cabeza tena como el hombre reverente.
l comenz: Qu fortuna o destino antes de postrer da aqu te trae? y quin es ste que
a el camino? Y yo: All arriba, en la vida serena -le respond- me perd por un valle,
antes de que mi edad fuese perfecta.
Lo dej atrs ayer por la maana; ste se apareci cuando a l volva, y me lleva al hogar
or esta ruta. Y l me repuso: Si sigues tu estrella glorioso puerto alcanzars sin f
alta, si de la vida hermosa bien me acuerdo; y si no hubiese muerto tan tempran
o, viendo que el cielo te es tan favorable, dado te habra ayuda en la tarea.
Mas aquel pueblo ingrato y malicioso que desciende de Fiesole de antiguo, y an
tiene en l del monte y del peasco, si obras bien ha de hacerse tu contrario: y e
s con razn, que entre speros serbales no debe madurar el dulce higo.
Vieja fama en el mundo llama ciegos, gente es avara, envidiosa y soberbia: lbra
te siempre t de sus costumbres.
Tanto honor tu fortuna te reserva, que la una parte y la otra tendrn hambre de
ti; mas lejos pon del chivo el pasto.
Las bestias fiesolanas se apacienten de ellas mismas, y no toquen la planta, s
i alguna surge an entre su estircol, en que reviva la simiente santa de los roman
os que quedaron, cuando hecho fue el nido de tan gran malicia. Si pudiera cumpli
rse mi deseo an no estarais vos - le repliqu- de la humana natura separado; que en
mi mente est fija y an me apena, querida y buena, la paterna imagen vuestra, cuan
do en el mundo hora tras hora me enseabais que el hombre se hace eterno; y cunto
os lo agradezco, mientras viva, conviene que en mi lengua se proclame.
Lo que narris de mi carrera escribo, para hacerlo glosar, junto a otro texto,
si hasta ella llego, a la mujer que sabe.
Slo quiero que os sea manifiesto que, con estar tranquila mi conciencia, me doy
, sea cual sea, a la Fortuna.
No es nuevo a mis odos tal augurio: mas la Fortuna hace girar su rueda como gus
ta, y el labrador su azada. Entonces mi maestro la mejilla derecha volvi atrs, y m
e mir; dijo despus: Bien oye el precavido. Pero yo no dej de hablar por eso con ser
Brunetto, y pregunto quin son sus compaeros de ms alta fama.
Y l me dijo: Saber de alguno es bueno; de los dems ser mejor que calle, que a tant
os como son el tiempo es corto.
Sabe, en suma, que todos fueron clrigos y literatos grandes y famosos, al mundo
sucios de un igual pecado.
Prisciano va con esa turba msera, y Francesco D'Accorso; y ver con ste, si de
tal tia tuvieses deseo, podrs a quien el Siervo de los Siervos hizo mudar del Arn
o al Bachiglin, donde dej los nervios mal usados.
De otros dira, mas charla y camino no pueden alargarse, pues ya veo surgir del
arenal un nuevo humo.
Gente viene con la que estar no debo: mi Tesoro te dejo encomendado, en el que
vivo an, y ms no digo. Luego se fue, y pareca de aquellos que el verde lienzo corr
en en Verona por el campo; y entre stos pareca de los que ganan, no de los que p
ierden.
CANTO XVI
Ya estaba donde el resonar se oa del agua que caa al otro crculo, como el que hace
la abeja en la colmena; cuando tres sombras juntas se salieron, corriendo, de u
na turba que pasaba bajo la lluvia de la spera pena.
Hacia nosotros gritando venan:.
Detente quien parece por el traje ser uno de la patria depravada. Ah, cuntas llaga
s vi en aquellos miembros, viejas y nuevas, de la llama ardidas! me siento an dol
orido al recordarlo.
A sus gritos mi gua se detuvo; volvi el rostro hacia m, y me dijo: Espera, pues h
ay que ser corts con esta gente.
Y si no fuese por el crudo fuego que este sitio asaetea, te dira que te apresur
es t mejor que ellos. Ellos, al detenernos, reemprendieron su antiguo verso; y c
uando ya llegaron, hacen un corro de s aquellos tres, cual desnudos y untados ca
mpeones, acechando a su presa y su ventaja, antes de que se enzarcen entre ellos
; y con la cara vuelta, cada uno me miraba de modo que al contrario iba el cuel
lo del pie continuamente.
Si el horror de este suelo movedizo vuelve nuestras plegarias despreciables -un
o empez- y la faz negra y quemada, nuestra fama a tu nimo suplique que nos digas
quin eres, que los vivos pies tan seguro en el infierno arrastras.
ste, de quien me ves pisar las huellas, aunque desnudo y sin pellejo vaya, fue
de un grado mayor de lo que piensas, pues nieto fue de la bella Gualdrada; se l
lam Guido Guerra, y en su vida mucho obr con su espada y con su juicio.
El otro, que tras m la arena pisa, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz en el mun
do debiera agradecerse; y yo, que en el suplicio voy con ellos, Jacopo Rusticuc
ci; y fiera esposa ms que otra cosa alguna me condena. Si hubiera estado a cubie
rto del fuego, me hubiera ido detrs de ellos al punto, y no creo que al gua le imp
ortase; mas me hubiera abrasado, y de ese modo venci el miedo al deseo que tena,
pues de abrazarles yo me hallaba ansioso.
Luego empec: No desprecio, mas pena en mi interior me causa vuestro estado, y es
tanta que no puedo desprenderla, desde el momento en que mi gua dijo palabras,
por las cuales yo pensaba que, como sois, se acercaba tal gente.
De vuestra tierra soy, y desde siempre vuestras obras y nombres tan honrados,
con afecto he escuchado y retenido.
Dejo la hiel y voy al dulce fruto que mi gua veraz me ha prometido, pero antes
tengo que llegar al centro. Muy largamente el alma te conduzcan todava - me dijo
aqul- tus miembros, y resplandezca luego tu memoria, di si el valor y cortesa an s
e hallan en nuestra patria tal como solan, o si del todo han sido ya expulsados;
que Giuglielmo Borsiere, el cual se duele desde hace poco en nuestro mismo gru
po, con sus palabras mucho nos aflige. Las nuevas gentes, las ganancias sbitas,
orgullo y desmesura han generado, en ti, Florencia, y de ello te lamentas. As gr
it levantando la cara; y los tres, que esto oyeron por respuesta, se miraron como
ante las verdades.
Si en otras ocasiones no te cuesta satisfacer a otros -me dijeron-, dichoso t qu
e dices lo que quieres.
Pero si sales de este mundo ciego y vuelves a mirar los bellos astros, cuando d
ecir estuve all te plazca, hblale de nosotros a la gente. Rompieron luego el crculo
y, huyendo, alas sus raudas piernas parecan.
Un amn no podra haberse dicho antes de que ellos se hubiesen perdido; por lo que
el gua quiso que partisemos.
Yo iba detrs, y no avanzamos mucho cuando el agua sonaba tan de cerca, que apen
as se escuchaban las palabras.
Como aquel ro sigue su carrera primero desde el Veso hacia el levante, a la ver
tiente izquierda de Apenino, que Acquaqueta se llama abajo, antes de que en un
hondo lecho se desplome, y en Forl ya ese nombre no conserva, resuena all sobre S
an Benedetto, de la roca cayendo en la cascada en donde mil debieran recibirle;
as en lo hondo de un despeadero, omos resonar el agua roja, que el odo ofenda al poc
o tiempo.
Yo llevaba una cuerda a la cintura con la que alguna vez hube pensado cazar l
a onza de la piel pintada.
Luego de haberme toda desceido, como mi gua lo haba mandado, se la entregu recogid
a en un rollo.
Entonces se volvi hacia la derecha y, alejndose un trecho de la orilla, la arroj
al fondo de la escarpadura.
Alguna novedad ha de venirnos -pensaba para m- del nuevo signo, que el maestro a
s busca con los ojos. iCun cautos deberan ser los hombres junto a aquellos que no sl
o las obras, mas por dentro el pensar tambin conocen! Pronto -dijo- vers sobradame
nte lo que espero, y en lo que ests pensando: pronto conviene que t lo descubras.
La verdad que parece una mentira debe el hombre callarse mientras pueda, porque
sin tener culpa se avergence: pero callar no puedo; y por las notas, lector, de
esta Comedia, yo te juro, as no estn de larga gracia llenas, que vi por aquel o
ire oscuro y denso venir nadando arriba una figura, que asustara el alma ms valien
te, tal como vuelve aquel que va al fondo a desprender el ancla que se agarra a
escollos y otras cosas que el mar cela, que el cuerpo extiende y los pies se r
ecoge.
CANTO XVII
Mira la bestia con la cola aguda, que pasa montes, rompe muros y armas; mira aqu
ella que apesta todo el mundo. As mi gua comenz a decirme; y le orden que se acerca
se al borde donde acababa el camino de piedra.
Y aquella sucia imagen del engao se acerc, y sac el busto y la cabeza, mas a la o
rilla no trajo la cola.
Su cara era la cara de un buen hombre, tan benigno tena lo de afuera, y de serp
iente todo lo restante.
Garras peludas tiene en las axilas; y en la espalda y el pecho y ambos flancos
pintados tiene ruedas y lazadas.
Con ms color debajo y superpuesto no hacen tapices trtaros ni turcos, ni fue tal
tela hilada por Aracne.
Como a veces hay lanchas en la orilla, que parte estn en agua y parte en seco;
o all entre los glotones alemanes el castor se dispone a hacer su caza, se halla
ba as la fiera detestable al horde ptreo, que la arena cie.
Al aire toda su cola mova, cerrando arriba la horca venenosa, que a guisa de es
corpin la punta armaba.
El gua dijo: Es preciso torcer nuestro camino un poco, junto a aquella malvada b
estia que est all tendida. Y descendimos al lado derecho, caminando diez pasos po
r su borde, para evitar las llamas y la arena.
Y cuando ya estuvimos a su lado, sobre la arena vi, un poco ms lejos, gente sen
Justo en el medio del campo maligno se abre un pozo bastante largo y hondo, de
l cual a tiempo contar las partes.
Es redondo el espacio que se forma entre el pozo y el pie del duro abismo, y e
n diez valles su fondo se divide.
Como donde, por guarda de los muros, ms y ms fosos cien los castillos, el sitio e
n donde estoy tiene el aspecto; tal imagen los valles aqu tienen.
Y como del umbral de tales fuertes a la orilla contraria hay puentecillos, as d
el borde de la roca, escollos conducen, dividiendo foso y mrgenes, hasta el pozo
que les corta y les une.
En este sitio, ya de las espaldas de Gerin nos bajamos; y el poeta tom a la izqu
ierda, y yo me fui tras l.
A la derecha vi nuevos pesares, nuevos castigos y verdugos nuevos, que la bols
a primera abarrotaban.
All estaban desnudos los malvados; una mitad iba dando la espalda, otra de fren
te, con pasos ms grandes; tal como en Roma la gran muchedumbre, del ao jubilar, a
lli en el puente precisa de cruzar en doble va, que por un lado todos van de car
a hacia el castillo y a San Pedro marchan; y de otro lado marchan hacia el monte
.
De aqu, de all, sobre la oscura roca, vi demonios cornudos con flagelos, que azo
taban cruelmente sus espaldas.
Ay, cmo hacan levantar las piernas a los primeros golpes!, pues ninguno el segund
o esperaba ni el tercero.
Mientras andaba, en uno mi mirada vino a caer; y al punto yo me dije: De haberl
e visto ya no estoy ayuno. Y as par mi paso para verlo: y mi gua conmigo se detuvo
, y consinti en que atrs retrocediera.
Y el condenado crea ocultarse bajando el rostro; mas sirvi de poco, pues yo le d
ije: Oh t que el rostro agachas, si los rasgos que llevas no son falsos, Venedico
eres t Caccianemico; mas qu te trae a salsas tan picantes? Y repuso: Lo digo de ma
l grado; pero me fuerzan tus claras palabras, que me hacen recordar el mundo ant
iguo.
Fui yo mismo quien a Ghisolabella indujo a hacer el gusto del marqus, como rela
ten la sucia noticia.
Y bolos no llor aqu tan slo, mas tan repleto est este sitio de ellos, que ahora tant
as lenguas no se escuchan que digan "Sipa" entre Savena y Reno; y si fe o test
imonio de esto quieres, trae a tu mente nuestro seno avaro. Hablando as le golpe u
n demonio con su zurriago, y dijo: Lrgate rufin, que aqu no hay hembras que se vend
an. Yo me reun al momento con mi escolta; luego, con pocos pasos, alcanzamos un
escollo saliente de la escarpa.
Con mucha ligereza lo subimos y, vueltos a derecha por su dorso, de aquel crcul
o eterno nos marchamos.
Cuando estuvimos ya donde se ahueca debajo, por dar paso a los penados, el gua
dijo: Espera, y haz que pongan la vista en ti esos otros malnacidos, a los que
an no les viste el semblante, porque en nuestro sentido caminaban. Desde el puen
te mirbamos el grupo que al otro lado hacia nosotros iba, y que de igual manera a
zota el ltigo.
Y sin yo preguntarle el buen Maestro Mira aquel que tan grande se aproxima, que
no le causa lgrimas el dao.
Qu soberano aspecto an conserva! Es Jasn, que por nimo y astucia dej privada del ca
rnero a Clquida.
ste pas por la isla de Lemmos, luego que osadas hembras despiadadas muerte diera
n a todos sus varones: con tretas y palabras halageas a Isifile enga, la muchachita
que antes haba a todas engaado.
All la dej encinta, abandonada; tal culpa le condena a tal martirio; tambin se ha
ce venganza de Medea.
Con l estn los que en tal modo engaan: y del valle primero esto te baste conocer,
y de los que en l castiga. Nos hallbamos ya donde el sendero.
con el margen segundo se entrecruza, que a otro arco le sirve como apoyo.
Aqu escuchamos gentes que ocupaban la otra bolsa y soplaban por el morro, pegndo
se a s mismas con las manos.
Las orillas estaban engrumadas por el vapor que abajo se hace espeso, y ofenda
a la vista y al olfato.
Tan oscuro es el fondo, que no deja ver nada si no subes hasta el dorso del ar
co, en que la roca es ms saliente.
All subimos; y de all, en el foso vi gente zambullida en el estircol, cual de hum
anas letrinas recogido.
Y mientras yo miraba hacia all abajo, vi una cabeza tan de mierda llena, que no
saba si era laico o fraile.
l me grit: Por qu te satisface mirarme ms a m que a otros tan sucios? Le dije yo:
que, si bien recuerdo, con los cabellos secos ya te he visto, y eres Alesio Int
erminei de Lucca: por eso ms que a todos te miraba. Y l dijo, golpendose la chola
: Aqu me han sumergido las lisonjas, de las que nunca se cans mi lengua. Luego de
esto, mi gua: Haz que penetre -dijo- tu vista un poco ms delante, tal que tus ojos
vean bien el rostro de aquella sucia y desgreada esclava, que all se rasca con
uas mierdosas, y ahora se tumba y ahora en pie se pone: es Thais, la prostituta,
que repuso a su amante, al decirle "Tengo prendas bastantes para ti?": an ms, excel
sas.
Y sea aqu saciada nuestra vista.
CANTO XIX.
Oh Simn Mago! Oh mfseros secuaces que las cosas de Dios, que de los buenos esposa
s deben ser, como rapaces por el oro y la plata adulteris! sonar debe la trompa
por vosotros, puesto que estis en la tercera bolsa.
Ya estbamos en la siguiente tumba, subidos en la parte del escollo que cae just
o en el medio de aquel foso.
Suma sabidura! Qu arte muestras en el cielo, en la tierra y el mal mundo, cun justa
mente tu virtud repartes! Yo vi, por las orillas y en el fondo, llena la piedra
livida de hoyos, todos redondos y de igual tamao.
No los vi menos amplios ni mayores que esos que hay en mi bello San Juan, y s
on el sitio para los bautismos; uno de los que no hace an mucho tiempo yo romp p
orque en l uno se ahogaba: sea esto sea que a todos convenza.
A todos les salan por la boca de un pecador los pies, y de las piernas hasta el
muslo, y el resto estaba dentro.
Ambas plantas a todos les ardan; y tan fuerte agitaban las coyundas, que habran
destrozado soga y cuerdas.
Cual suele el llamear en cosas grasas moverse por la extrema superficie, as era
all del taln a la punta.
Quin es, maestro, aquel que se enfurece pataleando ms que sus consortes -dije- y
a quien ms roja llama quema? Y l me dijo: Si quieres que te lleve all por la pendien
te que desciende, l te hablar de s y de sus pecados. Y yo: Lo que t quieras ser bueno
eres t mi seor y no me aparto de tu querer: y lo que callo sabes. Caminbamos pues
el cuarto margen: volvimos y bajamos a la izquierda al fondo estrecho y agujere
ado.
Entonces el maestro de su lado no me apart, hasta vernos junto al hoyo de aquel
que se dola con las zancas.
Oh t que tienes lo de arriba abajo, alma triste clavada cual madero, -le dije yo
-, contstame si puedes. Yo estaba como el fraile que confiesa al prfido asesino,
que, ya hincado, por retrasar su muerte le reclama.
Y l me grit: Ya ests aqu plantado?, ya ests aqu plantado, Bonifacio? En pocos ao
nti lo escrito.
Ya te cansaste de aquellas riquezas por las que hacer engao no temiste, y atorme
ntar despus a tu Seora? Me qued como aquellos que se encuentran, por no entender lo
que alguien les responde, confundidos, y contestar no saben.
Dijo entonces Virgilio: Dile pronto: No soy aquel, no soy aquel que piensas.
Yo respond como me fue indicado.
Torci los pies entonces el espritu, luego gimiendo y con voces llorosas, me dijo
: Entonces, para qu me buscas? si te interesa tanto el conocerme, que has recorrid
o as toda la roca, sabe que fui investido del gran manto, y en verdad fui retoo d
e la Osa, y tan ansioso de engordar oseznos, que all el caudal, aqu yo, me he embo
lsado.
Y bajo mi cabeza estn los otros.
in embrea los costados a aquel que hizo ms rutas; quin remacha la popa y quin la pr
oa; hacen otros los remos y otros cuerdas; quin repara mesanas y trinquetas; asi
, sin fuego, por divinas artes, bulla abajo una espesa resina, que la orilla impr
egnaba en todos lados.
La vea, mas no vea en ella ms que burbujas que el hervor alzaba, todas hincharse
y explotarse luego.
Mientras all miraba fijamente, el poeta, diciendo: Atento, atento! a l me atrajo de
l sitio en que yo estaba.
Me volvi entonces como aquel que tarda en ver aquello de que huir conviene, y
a quien de pronto le acobarda el miedo, y, por mirar, no demora la marcha;.
y un diablo negro vi tras de nosotros, que por la roca corriendo vena.
Ah, qu fiera tena su apariencia, y parecan cun amenazantes sus pies ligeros, sus ab
iertas alas! En su hombro, que era anguloso y soberbio, cargaba un pecador por
ambas ancas, agarrando los pies por los tendones.
Oh Malasgarras --dijo desde el puente-, os mando a un regidor de Santa Zita! Po
nedlo abajo, que voy a por otro a esa tierra que tiene un buen surtido: salvo B
onturo todos son venales; del ita all hacen no por el dinero. Abajo lo tir, y por e
escollo se volvi, y nunca fue un mastn soltado persiguiendo a un ladrn con tanta p
risa.
Aqul se hundi, y se sala de nuevo; mas los demonios que albergaba el puente grita
ron: No est aqu la Santa Faz, y no se nada aqu como en el Serquio! as que, si no quie
res nuestros garfios, no te aparezcas sobre la resina. Con ms de cien arpones le
pinchaban, dicen: Cubierto bailar aqu debes, tal que, si puedes, a escondidas hur
tes. No de otro modo al pinche el cocinero hace meter la carne en la caldera, c
on los tridentes, para que no flote.
Y el buen Maestro: Para que no sepan que ests agua - me dijo- ve a esconderte tr
as una roca que sirva de abrigo; y por ninguna ofensa que me hagan, debes temer
, que bien conozco esto, y otras veces me he visto en tales los. Despus pas del pu
ente a la otra parte; y cuando ya alcanz la sexta fosa;.
le fue preciso un nimo templado.
Con la ferocidad y con la saa que los perros atacan al mendigo, que de pronto s
e para y limosnea, del puentecillo aqullos se arrojaron, y en contra de l volvier
on los arpones; mas l grit: Que ninguno se atreva! Antes de que me pinchen los trid
entes, que se adelante alguno para orme, pensad bien si debis arponearme. Que vaya
Malacola! -se gritaron; y uno sali de entre los otros quietos, y vino hasta l dicie
ndo: De qu sirve? Es que crees, Malacola, que me habras visto venir -le dijo mi maest
ro- seguro ya de todas vuestras armas, sin el querer divino y diestro hado? Djam
e andar, que en el cielo se quiere que el camino salvaje ensee a otros. Su orgul
lo entonces fue tan abatido que el tridente dej caer al suelo, y a los otros les
dijo: No tocarlo. Y el gua a m: Oh t que all te encuentras tras las rocas del puente
agazapado, puedes venir conmigo ya seguro. Por lo que yo avanc hasta l deprisa; y
los diablos se echaron adelante, tal que tem que el pacto no guardaran; as yo vi
temer a los infantes yndose, tras rendirse, de Caprona, al verse ya entre tanto
s enemigos.
Yo me arrim con toda mi persona a mi gua, y los ojos no apartaba de sus caras qu
e no eran nada buenas.
Inclinaban los garfios: Que le pinche -decanse- queris, en el trasero? Y respondan:
pnchale fuerte. Pero el demonio aquel que haba hablado con mi gua, volvise raudamen
te, y dijo: Para, para, Arrancapelos. Luego nos dijo: Ms andar por este escollo
no se puede, pues que yace todo despedazado el arco sexto; y si queris seguir ms
adelante podis andar aqu, por esta escarpa: hay otro escollo cerca, que es la ruta
.
Ayer, cinco horas ms que en esta hora, mil y doscientos y sesenta y seis aos hi
zo, que aqu se hundi el camino.
Hacia all mando a alguno de los mos para ver si se escapa alguno de esos; id con
ellos, que no han de molestaros.
Adelante Aligacho, Patasfras, -l comenz a decir- y t, Malchucho; y Barbatiesa gue l
a decena.
Vayan detrs Salido y Ponzooso, jabal Colmilludo, Araaperros, el Tartaja y el loco
del Berrugas.
Mirad en torno de la pez hirviente; stos a salvo lleguen al escollo que todo en
tero va sobre la fosa. Ay maestro, qu es esto que estoy viendo! -dije- vayamos sol
os sin escolta, si sabes ir, pues no la necesito.
Si eres tan avisado como sueles, no ves cmo sus dientes les rechinan, y su entre
cejo males amenaza? Y l me dijo: No quiero que te asustes; djalos que rechinen a su
gusto, pues hacen eso por los condenados. Dieron la vuelta por la orilla izqui
erda, mas primero la lengua se mordieron hacia su jefe, a manera de sea, y l hizo
una trompeta de su culo.
.
CANTO XXII
Caballeros he visto alzar el campo, comenzar el combate, o la revista, y alguna
vez huir para salvarse; en vuestra tierra he visto exploradores, Oh aretinos! y
he visto las mesnadas, hacer torneos y correr las justas, ora con trompas, y o
ra con campanas, con tambores, y hogueras en castillos, con cosas propias y tamb
in ajenas; mas nunca con tan rara cornamusa, moverse caballeros ni pendones, ni
nave al ver una estrella o la tierra.
Caminbamos con los diez demonios, fiera compaa!, mas en la taberna con borrachos,
con santos en la iglesia.
Mas a la pez volva la mirada, por ver lo que la bolsa contena y a la gente que a
dentro estaba ardiendo.
Cual los delfines hacen sus seales con el arco del lomo al marinero, que le pr
eparan a que el leo salve, por aliviar su pena, de este modo enseaban la espalda
algunos de ellos, escondindose en menos que hace el rayo.
Y como al borde del agua de un charco hay renacuajos con el morro fuera, con e
l tronco y las ancas escondidas, se encontraban as los pecadores; mas, como se a
cercaba Barbatiesa, bajo el hervor volvieron a meterse.
Yo vi, y el corazn se me acongoja, que uno esperaba, as como sucede que una ran
a se queda y otra salta; Y Araaperros, que a su lado estaba, le agarr por el pelo
empegotado.
y le sac cual si fuese una nutria.
Ya de todos el nombre conoca, pues lo aprend cuando fueron nombrados, y atento e
stuve cuando se llamaban.
Ahora, Berrugas, puedes ya clavarle los garfios en la espalda y desollarlo grita
ban todos juntos los malditos.
Y yo: Maestro, intenta, si es que puedes, saber quin es aquel desventurado, lleg
ado a manos de sus enemigos. Y junto a l se aproxim mi gua; pregunt de dnde era, y l
repuso: Fui nacido en el reino de Navarra.
Criado de un seor me hizo mi madre, que me haba engendrado de un bellaco, destru
ctor de si mismo y de sus cosas.
Despus fui de la corte de Teobaldo: all me puse a hacer baratertas; y en este c
aldo estoy rindiendo cuentas. Y Colmilludo a cuya boca asoman, tal jabal, un col
millo a cada lado, le hizo sentir cmo uno descosa.
Cay el ratn entre malvados gatos; mas le agarr en sus brazos Barbatiesa, y dijo:
Estaros quietos un momento. Y volviendo la cara a mi maestro Pregunta -dijo- an,
si ms deseas de l saber, antes que esos lo destrocen.
El gua entonces: De los otros reos, di ahora si de algn latino sabes que est bajo
la pez. Y l: Hace poco a uno dej que fue de all vecino.
Si estuviese con l an recubierto no temera tridentes ni garras! Y el Salido: Esperam
os ya bastante, dijo, y cogile el brazo con el gancho, tal que se llev un trozo des
garrado.
Tambin quiso agarrarle Ponzooso piernas abajo; mas el decurin mir a su alrededor co
n mala cara.
Cuando estuvieron algo ms calmados, a aquel que an contemplaba sus heridas le pr
egunt mi gua sin tardanza: Y quin es se a quien enhoramala dejaste, has dicho, por sa
lir a flote? Y aqul repuso: Fue el fraile Gomita, el de Gallura, vaso de mil fraud
es; que apres a los rivales de su amo, consiguiendo que todos lo alabasen.
Cogi el dinero, y soltles de plano, como dice; y fue en otros menesteres, no chi
co, mas eximio baratero.
Trata con l maese Miguel Zanque de Logodoro; y hablan Cerdea sin que sus lengua
s nunca se fatiguen.
Ay de m! ved que aqul rechina el diente: ms te dira pero tengo miedo que a rascarme
la tia se aparezcan. Y vuelto hacia el Tartaja el gran preboste, cuyos ojos her
irle amenazaban, dijo: Hazte a un lado, pjaro malvado. Si queris conocerles o escu
charles -volvi a empezar el preso temeroso- har venir toscanos o lombardos; pero
quietos estn los Malasgarras para que stos no teman su venganza, y yo, siguiendo e
n este mismo sitio, por uno que soy yo, har venir siete cuando les silbe, como a
costumbramos hacer cuando del fondo sale alguno. Malchucho en ese instante alz e
l hocico, moviendo la cabeza, y dijo: Ved qu malicia pens para escaparse. Mas l, que
muchos trucos conoca respondi: Malicioso soy acaso, cuando busco a los mos ms tristez
a? No se aguant Aligacho, y, al contrario de los otros, le dijo: Si te tiras, yo n
o ir tras de ti con buen galope, mas batir sobre la pez las alas; deja la orilla
y corre tras la roca; ya veremos si t nos aventajas. Oh t que lees, oirs un nuevo
juego: todos al otro lado se volvieron, y el primero aquel que era ms contrario.
Aprovech su tiempo el de Navarra; fij la planta en tierra, y en un punto dio un
salto y se escap de su preboste.
Y por esto, culpables se sintieron, ms aquel que fue causa del desastre, que se
march gritando: Ya te tengo. Mas de poco vali, pues que al miedoso no alcanzaron
las alas: se hundi ste, y aqul alz volando arriba el pecho.
No de otro modo el nade de golpe, cuando el halcn se acerca, se sumerge, y ste, r
oto y cansado, se remonta.
Airado Patasfras por la broma, volando atrs, lo cogi, deseando que aqul huyese par
a armar camorra; y al desaparecer el baratero, volvi las garras a su camarada, t
al que con l se enzarz sobre el foso.
Fue el otro gaviln bien amaestrado, sujetndole bien, y ambos cayeron en la mitad
de aquel pantano hirviente.
Los separ el calor a toda prisa, pero era muy difcil remontarse, pues tenan las a
las pegajosas.
Barbatiesa, enfadado cual los otros, a cuatro hizo volar a la otra parte, todo
s con grafios y muy prestamente.
Por un lado y por otro descendieron: echaron garfios a los atrapados, que coci
dos estaban en la costra, y asi enredados los abandonamos.
CANTO XXIII
Callados, solos y sin compaa caminbamos uno tras del otro, lo mismo que los frailes
franciscanos.
Vuelto haba a la fbula de Esopo mi pensamiento la presente ria, donde l habl del r
atn y la rana, porque igual que enseguida y al instante, se parecen las dos si se co
mpara el principio y el fin atentamente.
Y, cual de un pensamiento el otro sale, as naci de aquel otro despus, que mi prim
er espanto redoblaba.
Yo as pensaba: Si estos por nosotros quedan burlados con dao y con befa, supongo
que estarn muy resentidos.
Si sobre el mal la ira se acrecienta, ellos vendrn detrs con ms crueldad que el c
an lleva una liebre con los dientes. Ya senta erizados los cabellos por el miedo
y atrs atento estaba cuando dije: Maestro, si escondite no encuentras enseguida,
me amedrentan los Malasgarras: vienen tras nosotros: tanto los imagino que los
siento. Y l: Si yo fuese de azogado vidrio, tu imagen exterior no copiara tan pron
to en m, cual la de dentro veo; tras mi pensar el tuyo ahora vena, con igual acto
y con la misma cara, que un nico consejo hago de entrambos.
Si hacia el lado derecho hay una cuesta, para poder bajar a la otra bolsa, huir
emos de la caza imaginada. Este consejo apenas proferido, los vi venir con las
alas extendidas, no muy de lejos, para capturarnos.
De sbito mi gua me cogi cual la madre que al ruido se despierta y ve cerca de s la
llama ardiente, que coge al hijo y huye y no se para, teniendo, ms que de ella,
de l cuidado, aunque tan slo vista una camisa.
Y desde lo alto de la dura margen, de espaldas resbal por la pendiente, que cie
rra la otra bolsa por un lado.
No corre por la acea agua tan rauda, para mover la rueda del molino, cuando ms a
los palos se aproxima, cual mi maestro por aquel barranco, sostenindome encima
de su pecho, como a su hijo, y no cual compaero.
Y llegaron sus pies al lecho apenas del fondo, cuando aqullos a la cima sobre n
osotros; pero no temamos, pues la alta providencia que los quiere hacer ministro
s de la quinta fosa, poder salir de all no les permite.
All encontramos a gente pintada que alrededor marchaba a lentos pasos, llorand
o fatigados y abatidos.
Tenan capas con capuchas bajas hasta los ojos, hechas del tamao que se hacen en
Clun para los monjes: por fuera son de oro y deslumbrantes, mas por dentro de pl
omo, y tan pesadas que Federico de paja las puso.
Oh eternamente fatigoso manto! Nosotros an seguimos por la izquierda a su lado, e
scuchando el triste lloro; mas cansados aqullos por el peso, venan tan despacio,
que con nuevos compaeros a cada paso estbamos.
Por lo que dije al gua: Ve si encuentras a quien de nombre o de hechos se conozc
a, y los ojos, andando, mueve entorno. Uno entonces que oy mi hablar toscano, de
detrs nos grit: Parad los pasos, los que corris por entre el aire oscuro.
Tal vez tendrs de m lo que buscabas. Y el gua se volvi y me dijo: Espera, y luego a
nda conforme con sus pasos. Me detuve, y vi a dos que una gran ansia mostraban,
en el rostro, de ir conmigo, mas la carga pesaba y el sendero.
Cuando estuvieron cerca, torvamente, me remiraron sin decir palabra; luego a s
se volvieron y decan: se parece vivo en la garganta; y, si estn muertos por qu privil
egio van descubiertos de la gran estola? Dijronme: Oh Toscano, que al colegio de l
os tristes hipcritas viniste, dinos quin eres sin tener reparo. He nacido y crecid
o - les repuse- en la gran villa sobre el Arno bello, y con el cuerpo estoy que
siempre tuve.
Quin sois vosotros, que tanto os destila el dolor, que as veo por el rostro, y cul
es vuestra pena que reluce? Estas doradas capas -uno dijo- son de plomo, tan gru
esas, que los pesos hacen as chirriar a sus balanzas.
Frailes gozosos fuimos, boloeses; yo Catalano y ste Loderingo llamados, y elegid
os en tu tierra, como suele nombrarse a un imparcial por conservar la paz; y fu
imos tales que en torno del Gardingo an puede verse. Yo comenc: Oh hermanos, vuest
ros males No dije ms, porque vi por el suelo a uno crucificado con tres palos.
Al verme, por entero se agitaba, soplndose en la barba con suspiros; y el frail
e Cataln que lo advirti, me dijo: El condenado que t miras, dijo a los fariseos qu
e era justo ajusticiar a un hombre por el pueblo.
Desnudo est y clavado en el camino como ves, y que sienta es necesario el peso
del que pasa por encima; y en tal modo se encuentra aqu su suegro en este foso,
y los de aquel concilio que a los judos fue mala semilla. Vi que Virgilio enton
ces se asombraba por quien se hallaba all crucificado, en el eterno exilio tan v
ilmente.
Despus dirigi al fraile estas palabras: No os desagrade, si podis, decirnos si exi
ste alguna trocha a la derecha, por la cual ambos dos salir podamos, sin obliga
r a los ngeles negros, a que nos saquen de este triste foso. Repuso entonces: Ant
es que lo esperes, hay un peasco, que de la gran roca sale, y que cruza los terri
bles valles, salvo aqu que est roto y no lo salva.
Subir podris arriba por la ruina que yace al lado y el fondo recubre. El gua inc
lin un poco la cabeza: dijo despus: Contaba mal el caso.
quien a los pecadores all ensarta. Y el fraile: Ya en Bolonia o contar muchos vic
ios del diablo, y entre otros que es mentiroso y padre del embuste. Rpidamente e
l gua se march, con el rostro turbado por la ira; y yo me separ de los cargados, d
etrs siguiendo las queridas plantas.
CANTO XXIV
En ese tiempo en el que el ao es joven y el sol sus crines bajo Acuario templa,
y las noches se igualan con los das, cuando la escarcha en tierra se asemeja a a
quella imagen de su blanca hermana, mas poco dura el temple de su pluma; el cam
pesino falto de forraje, se levanta y contempla la campia toda blanca, y el muslo
se golpea, vuelve a casa, y aqu y all se duele, tal mezquino que no sabe qu hacer
se; sale de nuevo, y cobra la esperanza, viendo que al monte ya le cambi el rost
abismo.
Vida de bestia me placi, no de hombre, como al mulo que fui: soy Vanni Fucci b
estia, y Pistoya me fue buena cuadra. Y yo a mi gua: Dile que no huya, y pregunta
qu culpa aqu le arroja; que hombre le vi de maldad y de sangre. Y el pecador, qu
e oy, no se esconda, mas volvi contra m el nimo y rostro, y de triste vergenza enrojec
i; y dijo: Ms me duele que me halles en la miseria en la que me ests viendo, que cu
ando fui arrancado en la otra vida.
Yo no puedo ocultar lo que preguntas: aqu estoy porque fui en la sacrista ladrn d
e los hermosos ornamentos, y acusaron a otro hombre falsamente; mas porque no di
sfrutes al mirarme, si del lugar oscuro tal vez sales, abre el odo y este anunci
o escucha: Pistoya de los negros enflaquece: luego en Florencia cambian gente y
modos.
De Val de Magra Marte manda un rayo rodeado de turbios nubarrones; y en agria
tempestad impetuosa, sobre el campo Piceno habr un combate; y de repente rasgar
la niebla, de modo que herir a todos los blancos.
Esto te digo para hacerte dao!
CANTO XXV
El ladrn al final de sus palabras, alz las manos con un par de higas, gritando: To
ma, Dios, te las dedico. Desde entonces me agradan las serpientes, pues una le
envolvi entonces el cuello, cual si dijese: No quiero que sigas; y otra a los braz
os, y le sujet cindose a s misma por delante.
que no pudo con ella ni moverse.
Ah Pistoya, Pistoya, por qu niegas incinerarte, as que ms no dures, pues superas
en mal a tus mayores! En todas las regiones del infierno no vi a Dios tan sober
bio algn espritu, ni el que cay de la muralla en Tebas.
Aquel huy sin decir ms palabra; y vi venir a un centauro rabioso, llamando: Dnde, dn
de est el soberbio? No creo que Maremma tantas tenga, cuantas bichas tena por la g
rupa, hasta donde comienzan nuestras formas.
Encima de los hombros, tras la nuca, con las alas abiertas, un dragn tena; y ste
quema cuanto toca.
Mi maestro me dijo: Aquel es Caco, que, bajo el muro del monte Aventino, hizo
un lago de sangre muchas veces.
No va con sus hermanos por la senda, por el hurto que fraudulento hizo del reb
ao que fue de su vecino; hasta acabar sus obras tan inicuas bajo la herculea maz
a, que tal vez ciento le dio, mas no sinti el deceno. Mientras que as me hablaba,
se march, y a nuestros pies llegaron tres espritus, sin que ni yo ni el gua lo ad
virtisemos, hasta que nos gritaron: Quines sois?: por lo cual dimos fin a nuestra ch
arla, y entonces nos volvimos hacia ellos.
Yo no les conoc, pero ocurri, como suele ocurrir en ocasiones, que tuvo el uno q
ue llamar al otro, diciendo: Cianfa, dnde te has metido? Y yo, para que el gua se fi
jase, del mentn puse el dedo a la nariz.
Si ahora fueras, lector, lento en creerte lo que dir, no ser nada raro, pues yo
lo vi, y apenas me lo creo.
A ellos tena alzada la mirada, y una serpiente con seis pies a uno, se le tira,
y entera se le enrosca.
Los pies de en medio cogironle el vientre, los de delante prendieron sus brazos
, y despus le mordi las dos mejillas.
Los delanteros lanzle a los muslos y le meti la cola entre los dos, y la trab det
rs de los riones.
Hiedra tan arraigada no fue nunca a un rbol, como aquella horrible fiera.
por otros miembros enrosc los suyos.
Se juntan luego, tal si cera ardiente fueran, y mezclan as sus colores, no pare
can ya lo que antes eran, como se extiende a causa del ardor, por el papel, ese
color oscuro, que an no es negro y ya deja de ser blanco.
Los otros dos miraban, cada cual gritando: Agnel, ay, cmo ests cambiando! mira que
ya no sois ni dos ni uno! Las dos cabezas eran ya una sola, y mezcladas se vier
on dos figuras en una cara, donde se perdan.
Cuatro miembros hicironse dos brazos; los muslos con las piernas, vientre y tro
nco en miembros nunca vistos se tornaron.
proa -como Aqul lo quiso- hasta que el mar cerr sobre nosotros.
CANTO XXVII
Quieta estaba la llama ya y derecha para no decir ms, y se alejaba con la licenc
ia del dulce poeta, cuando otra, que detrs de ella vena, hizo volver los ojos a s
u punta, porque sala de ella un son co nfuso.
Como muga el toro siciliano que primero mugi, y eso fue justo, con el llanto de
aquel que con su lima lo templ, con la voz del afligido, que, aunque estuviese
forjado de bronce, de dolor pareca traspasado; as, por no existir hueco ni va para
salir del fuego, en su lenguaje las palabras amargas se tornaban.
Mas luego al encontrar ya su camino por el extremo, con el movimiento que la l
engua le diera con su paso, escuchamos: Oh t, a quien yo dirijo la voz y que has
hablado cual lombardo, diciendo: Vete ya; ms no te incito, aunque he llegado acaso
un poco tarde, no te pese el quedarte a hablar conmigo: Mira que no me pesa a m,
que ardo! Si t tambin en este mundo ciego has odo de aquella dulce tierra latina,
en que yo fui culpable, dime si tiene la Romaa paz o guerra; pues yo naci en los
montes entre Urbino y el yugo del que el Tiber se desata. Inclinado y atento an
me encontraba, cuando al costado me toc mi gua, dicindome: Habla t, que ste es latino
. Yo, que tena la respuesta pronta, comenc a hablarle sin demora alguna: Oh alma q
ue te escondes all abajo, tu Romaa no est, no estuvo nunca, sin guerra en el afn de
sus tiranos; mas palpable ninguna dej ahora.
Rvena est como est ha muchos aos: le los Polenta el guila all anida, al que a Cervi
a recubre con sus alas.
La tierra que sufri la larga prueba hizo de francos un montn sangriento, bajo l
as garras verdes permanece.
El mastn viejo y joven de Verruchio, que mala guardia dieron a Montaa, clavan,
donde solan, sus colmillos.
Las villas del Santerno y del Camone manda el leoncito que campea en blanco,
que de verano a invierno el bando muda; y aquella cuyo flanco el Savio baa, com
o entre llano y monte se sita, vive entre estado libre y tirana.
Ahora quin eres, pido que me cuentes: no seas ms duro que lo fueron otros; tu no
mbre as en el mundo tenga fama. Despus que el fuego crepit un momento a su modo, mo
vi la aguda punta de aqu, de all, y despus lanz este soplo: Si creyera que diese mi r
espuesta a persona que al mundo regresara, dejara esta llama de agitarse; pero,
como jams desde este fondo nadie vivo volvi, si bien escucho, sin temer a la infam
ia, te contest: Guerrero fui, y despus fui cordelero, creyendo, as ceido, hacer enm
ienda, y hubiera mi deseo realizado, si a las primeras culpas, el gran Preste,
que mal haya, tornado no me hubiese; y el cmo y el porqu, quiero que escuches: Mi
entras que forma fui de carne y huesos que mi madre me dio, fueron mis obras no
leoninas sino de vulpeja; las acechanzas, las ocultas sendas todas las supe, y
tal llev su arte, que iba su fama hasta el confn del mundo.
Cuando vi que llegaba a aquella parte de mi vida, en la que cualquiera debe ar
riar las velas y lanzar amarras, lo que antes me placi, me pes entonces, y arrepe
ntido me volv y confeso, ah miserable!, y me hubiera salvado.
El prncipe de nuevos fariseos, haciendo guerra cerca de Letrn, y no con sarrace
nos ni judos, que su enemigo todo era cristiano, y en la toma de Acre nadie est
uvo ni comerciando en tierras del Sultn; ni el sumo oficio ni las sacras rdenes e
n s guard, ni en m el cordn aquel que suele hacer delgado a quien lo cie.
Pero, como a Silvestre Constantino, all en Sirati a curarle de lepra, as como do
ctor me llam ste para curarle la soberbia fiebre: pidime mi consejo, y yo callaba,
pues sus palabras ebrias parecan.
Luego volvi a decir: Tu alma no tema; de antemano te absuelvo; ensame la forma de
abatir a Penestrino.
El cielo puedo abrir y cerrar puedo, porque son dos las llaves, como sabes, qu
e mi predecesor no tuvo aprecio. Los graves argumentos me punzaron y, pues call
ar peor me parecia, le dije: Padre, ya que t me lavas de aquel pecado en el que c
aigo ahora, larga promesa de cumplir escaso har que triunfes en el alto solio.
Luego cuando mor, vino Francisco, mas uno de los negros querubines le dijo: No l
o lleves: no me enfades.
Ha de venirse con mis condenados, puesto que dio un consejo fraudulento, y le
CANTO XXVIII
Aun si en prosa lo hiciese, quin podra de tanta sangre y plagas como vi hablar, aun
que contase mochas veces? En verdad toda lengua fuera escasa porque nuestro len
guaje y nuestra mente no tienen juicio para abarcar tanto.
Aunque reuniesen a todo aquel gento que all sobre la tierra infortunada de Apul
ia, foe de su sangre doliente por los troyanos y la larga guerra que tan grande
despojo hizo de anillos, cual Livio escribe, y nunca se equivoca; y quien sufr
i los daos de los golpes por oponerse a Roberto Guiscardo; y la otra cuyos huesos
an se encuentran en Caperano, donde fue traidor todo el pulls; y la de Tegliacoz
zo, que venci desarmado el viejo Alardo, y cul cortado y cul roto su miembro mostr
ase, vanamente imitara de la novena bolsa el modo inmundo.
Una cuba, que duela o fondo pierde, como a uno yo vi, no se vaca, de la barbill
a abierto al bajo vientre; por las piernas las tripas le colgaban, vela la asad
ura, el triste saco que hace mierda de todo lo que engulle.
Mientras que en verlo todo me ocupaba, me mir y con la mano se abri el pecho dic
iendo: Mira cmo me desgarro! imira qu tan maltrecho est Mahoma! Delante de m Al llora
do marcha, rota la cara del cuello al copete.
Todos los otros que t ves aqu, sembradores de escndalo y de cisma vivos fueron, y
as son desgarrados.
Hay detrs un demonio que nos abre, tan crudamente, al tajo de la espada, cada c
ual de esta fila sometiendo, cuando la vuelta damos al camino; porque nuestras
heridas se nos cierran antes que otros delante de l se pongan.
Mas quin eres, que husmeas en la roca, tal vez por retrasar ir a la pena, con qu
e son castigadas tus acciones? Ni le alcanza an la muerte, ni el castigo -respondi
mi maestro- le atormenta; mas, por darle conocimiento pleno, yo, que estoy muer
to, debo conducirlo por el infierno abajo vuelta a vuelta: y esto es tan cierto
como que te hablo. Mas de cien hubo que, cuando lo oyeron, en el foso a mirarme
se pararon llenos de asombro, olvidando el martirio.
Pues bien, di a Fray Dolcn que se abastezca, t que tal vez vers el sol en breve,
si es que no quiere aqu seguirme pronto, tanto, que, rodeado por la nieve, no d
eje la victoria al de Novara, que no sera fcil de otro modo. Despus de alzar un p
ie para girarse, estas palabras djome Mahoma; luego al marcharse lo fij en la tier
ra.
Otro, con la garganta perforada, cortada la nariz hasta las cejas, que una ore
ja tena solamente, con los otros qued, maravillado, y antes que los dems, abri el ga
znate, que era por fuera rojo por completo; y dijo: Oh t a quien culpa no condena
y a quien yo he visto en la tierra latina, si mucha semejanza no me engaa, acurd
ate de Pier de Medicina, si es que vuelves a ver el dulce llano, que de Vercell
i a Marcab desciende.
Y haz saber a los dos grandes de Fano, a maese Guido y a maese Angiolello, qu
e, si no es vana aqu la profeca, arrojados sern de su bajel, y agarrotados cerca d
e Cattolica, por traicin de tirano fementido.
Entre la isla de Chipre y de Mallorca no vio nunca Neptuno tal engao, no de pir
atas, no de gente arglica.
Aquel traidor que ve con slo uno, y manda en el pas que uno a mi lado quisiera e
star ayuno de haber visto, ha de hacerles venir a una entrevista; luego har tal,
que al viento de Focara no necesitarn preces ni votos. Y yo le dije: Mustrame y d
eclara, si quieres que yo lleve tus noticias, quin es el de visita tan amarga. P
uso entonces la mano en la mejilla de un compaero, y abrile la boca, gritando: Es st
e, pero ya no habla; ste, exiliado, sembraba la duda, diciendo a Csar que el que
est ya listo siempre con dao el esperar soporta. Oh cun acobardado pareca, con la l
engua cortada en la garganta, Curin que en el hablar fue tan osado! Y uno, con u
na y otra mano mochas, que alzaba al aire oscuro los muones, tal que la sangre le
ensuciaba el rostro, grit: Te acordars tambin del Mosca, que dijo: Lo empezado fin
requiere, que fue mala simiente a los toscanos. Y yo le dije: Y muerte de tu raz
a. Y l, dolor a dolor acumulado, se fue como persona triste y loca.
Mas yo qued para mirar el grupo, y vi una cosa que me diera miedo, sin ms prueba
s, contarla solamente, si no me asegurase la conciencia, esa amiga que al hombr
e fortifica en la confianza de sentirse pura.
Yo vi de cierto, y parece que an vea, un busto sin cabeza andar lo mismo que ib
an los otros del rebao triste; la testa trunca agarraba del pelo, cual un farol
llevndola en la mano; y nos miraba, y Ay de m! deca.
De s se haca a s mismo lucerna, y haba dos en uno y uno en dos: cmo es posible sabe
Quien tal manda.
Cuando llegado hubo al pie del puente, alz el brazo con toda la cabeza, para de
cir de cerca sus palabras, que fueron: Mira mi pena tan cruda t que, inspirando v
as viendo a los muertos; mira si alguna hay grande como es sta.
Y para que de m noticia lleves sabrs que soy Bertrand de Born, aquel que diera
al joven rey malos consejos.
Yo hice al padre y al hijo enemistarse: Aquitael no hizo ms de Absaln y de Davi
d con perversas punzadas: Y como gente unida as he partido, partido llevo mi cer
ebro, ay triste!, de su principio que est en este tronco.
Y en m se cumple la contrapartida.
CANTO XXIX
La mucha gente y las diversas plagas, tanto habian mis ojos embriagado, que qued
arse llorando deseaban; mas Virgilio me dijo: En qu te fijas? Por qu tu vista se det
iene ahora tras de las tristes sombras mutiladas? T no lo hiciste as en las otras
bolsas; piensa, si enumerar las crees posible, que millas veintids el valle abar
ca.
Y bajo nuestros pies ya est la luna: Del tiempo concedido queda poco, y an nos f
alta por ver lo que no has visto. Si t hubieras sabido - le repuse- la razn por la
cual miraba, acaso me hubieses permitido detenerme. Ya se marchaba, y yo detrs
de l, mi gua, respondiendo a su pregunta y aadindole: Dentro de la cueva, donde los
ojos tan atento puse, creo que un alma de mi sangre llora la culpa que tan caro
all se paga. Dijo el maestro entonces: No entretengas de aqu adelante en ello el p
ensamiento: piensa otra cosa, y l all se quede; que yo le he visto al pie del pue
ntecillo sealarte, con dedo amenazante, y llamarlo escuch Geri del Bello.
Tan distrado t estabas entonces con el que tuvo Altaforte a su mando, que se fu
e porque t no le atendas. Oh gua mo, la violenta muerte que an no le ha vengado -yo
epuse- ninguno que comparta su vergenza, hcele desdeoso; y sin hablarme se ha march
ado, del modo que imagino; con l por esto he sido ms piadoso. Conversamos as hasta
el primer sitio que desde el risco el otro valle muestra, si hubiese all ms luz,
todo hasta el fondo.
Cuando estuvimos ya en el postrer claustro de Malasbolsas, y que sus profesos
a nuestra vista aparecer podan, lamentos saeteronme diversos, que herrados de pie
dad dardos tenan; y me tap por ello los odos.
Como el dolor, si con los hospitales de Valdiquiana entre junio y septiembre,
los males de Maremma y de Cerdea, en una fosa juntos estuvieran, tal era aqu; y t
al hedor desprenda, como suele venir de miembros muertos.
Descendimos por la ltima ribera del largo escollo, a la siniestra mano; y enton
ces pude ver ms claramente all hacia el fondo, donde la ministra del alto Sir, in
fafble justicia, castiga al falseador que aqu condena.
Yo no creo que ver mayor tristeza en Egina pudiera el pueblo enfermo, cuando
se llen el aire de ponzoa, pues, hasta el gusanillo, perecieron los animales; y l
a antigua gente, segn que los poeta aseguran, se engendr de la estirpe de la horm
iga; como era viendo por el valle oscuro languidecer las almas a montones.
Cul sobre el vientre y cul sobre la espalda, yaca uno del otro, y como a gatas, p
or el triste sendero caminaban.
falsificndose en forma de otra, igual que os aquel otro que se marcha, por ganars
e a la reina de las yeguas, falsificar en s a Buoso Donati, testando y dando nor
ma al testamente. Y cuando ya se fueron los rabiosos, sobre los cuales puse yo
la vista, la volv por mirar a otros malditos.
Vi a uno que un lad parecera si le hubieran cortado por las ingles del sitio don
de el hombre se bifurca.
La grave hidropesa, que deforma los miembros con humores retenidos, no casado l
a cara con el vientre, le obliga a que los labios tenga abiertos, tal como a ca
usa de la sed el htico, que uno al mentn, y el otro lleva arriba.
Ah vosotros que andis sin pena alguna, y yo no s por qu, en el mundo bajo -l nos di
jo-, mirad y estad atentos a la miseria de maese Adamo: mientras viv yo tuve cu
anto quise, y una gota de agua, ay triste!, anso.
Los arroyuelos que en las verdes lomas de Casentino bajan hasta el Arno, y hac
en sus cauces fros y apacibles, siempre tengo delante, y no es en vano; porque s
u imagen an ms me reseca que el mal con que mi rostro se descarna.
La rgida justicia que me hiere se sirve del lugar en que pequ para que ponga en
fuga ms suspiros.
Est Romena all, donde hice falsa la aleacin sigilada del Bautista, por lo que el
cuerpo quemado dej.
Pero si viese aqu el nima triste de Guido o de Alejandro o de su hermano, Fuente
Branda, por verlos, no cambiase.
Una ya dentro est, si las rabiosas sombras que van en torno no se engaan, mas de
qu sirve a mis miembros ligados? Si acaso fuese al menos tan ligero que anduvies
e en un siglo una pulgada, en el camino ya me habra puesto, buscndole entre aquel
la gente infame, aunque once millas abarque esta fosa, y no menos de media de tr
avs.
Por aquellos me encuentro en tal familia: pues me indujeron a acuar florines co
n tres quilates de oro solamente. Y yo dije: Quin son los dos mezquinos que humean
, cual las manos en invierno, apretados yaciendo a tu derecha? Aqu los encontr, y n
o se han movido -me repuso- al llover yo en este abismo ni eternamente creo que
se muevan.
Una es la falsa que acus a Jos; otro el falso Sinn, griego de Troya: por una fie
bre aguda tanto hieden. Y uno de aqullos, lleno de fastidio tal vez de ser nombr
ados con desprecio, le dio en la dura panza con el puo.
sta son cual si fuese un tambor; y maese Adamo le peg en la cara con su brazo que
no era menos duro, dicindole: Aunque no pueda moverme, porque pesados son mis mi
embros, suelto para tal menester tengo mi brazo. Y aqul le respondi: Al encaminar
te al fuego, tan ve loz no lo tuviste: pero s, y ms, cuando falsificabas. Y el hi
drpico dijo: Eso es bien cierto; mas tan veraz testimonio no diste al requerirte l
a verdad en Troya. Si yo habl en falso, el cuo falseaste -dijo Sinn- y aqu estoy por
un yerro, y t por ms que algn otro demonio. Acurdate, perjuro, del caballo -repuso a
quel de la barriga hinchada-; y que el mundo lo sepa y lo castigue. Y te castigu
e a ti la sed que agrieta -dijo el griego- la lengua, el agua inmunda que al vie
ntre le hace valla ante tus ojos. Y el monedero dilo: As se abra la boca por tu m
al, como acostumbra; que si sed tengo y me hincha el humor, te duele la cabeza
y tienes fiebre; y a lamer el espejo de Narciso, te invitaran muy pocas palabras
. Yo me estaba muy quieto para orles cuando el maestro dijo: Vamos, mira! no compr
endo qu te hace tanta gracia. Al or que me hablaba con enojo, hacia l me volv con t
al vergenza, que todava gira en mi memoria.
Como ocurre a quien suea su desgracia, que soando an desea que sea un sueo, tal co
mo es, como si no lo fuese, as yo estaba, sin poder hablar, deseando escusarme,
y escusbame sin embargo, y no pensaba hacerlo.
Falta mayor menor vergenza lava -dijo el maestro-, que ha sido la tuya; as es que
ya descarga tu tristeza.
Y piensa que estar siempre a tu lado, si es que otra vez te lleva la fortuna do
nde haya gente en pleitos semejantes: pues el querer or eso es vil deseo.
CANTO XXXI
La misma lengua me mordi primero, hacindome teir las dos mejillas, y despus me aplic
la medicina: as escuch que sola la lanza de Aquiles y su padre ser causante prime
ro de dolor, despus de alivio, Dimos la espalda a aquel msero valle por la ribera
que en torno le cie, y sin ninguna charla lo cruzamos.
No era all ni de da ni de noche, y poco penetraba con la vista; pero escuch sonar
un alto cuerno, tanto que habra a los truenos callado, y que hacia l su camino s
iguiendo, me dirigi la vista slo a un punto.
Tras la derrota dolorosa, cuando Carlomagno perdi la santa gesta, Orlando no t
oc con tanta furia.
A poco de volver all mi rostro, muchas torres muy altas cre ver; y yo: Maestro, d
i, qu muro es ste? Y l a m: Como cruzas las tinieblas demasiado a lo lejos, te sucede
que en el imaginar ests errado.
Bien lo vers, si llegas a su vera, cunto el seso de lejos se confunde; as que mar
cha un poco ms aprisa. Y con cario cogime la mano, y dijo: Antes que hayamos avanza
do, para que menos raro te parezca, sabe que no son torres, mas gigantes, y en
el pozo al que cerca esta ribera estn metidos, del ombligo abajo. Como al irse
la niebla disipando, la vista reconoce poco a poco lo que esconde el vapor que a
rrastra el aire, as horadando el aura espesa y negra, ms y ms acercndonos al borde,
se iba el error y el miedo me creca; pues como sobre la redonda cerca Monterreg
in de torres se corona, as aquel margen que el pozo circunda con la mitad del cu
erpo torreaban los horribles gigantes, que amenaza an desde el cielo Jpiter trona
ndo.
Y yo miraba ya de alguno el rostro, la espalda, el pecho y gran parte del vien
tre, y los brazos cayendo a los costados.
Cuando dej de hacer Naturaleza aquellos animales, muy bien hizo, porque tales a
yudas quit a Marte; Y si ella de elefantes y ballenas no se arrepiente, quien at
ento mira, ms justa y ms discreta ha de tenerla; pues donde el argumento de la me
nte al mal querer se junta y a la fuerza, el hombre no podra defenderse.
Su cara pareca larga y gruesa como la Pia de San Pedro, en Roma, y en esta prop
orcin los otros huesos; y as la orilla, que les ocultaba del medio abajo, les mos
traba tanto de arriba, que alcanzar su cabellera tres frisones en vano pretendi
esen; pues treinta grandes palmos les vea de abajo al sitio en que se anuda el ma
nto.
Raphel may amech zabi almi, a gritar empez la fiera boca, a quien ms dulces salmo
s no convienen.
Y mi gua hacia l: Alma insensata, coge tu cuerno, y desfoga con l cuanta ira o pas
in as te agita! Mirate al cuello, y hallars la soga que amarrado lo tiene, alma tu
rbada, mira cmo tu enorme pecho aprieta. Despus me dijo: A s mismo se acusa.
Este es Nembrot, por cuya mala idea slo un lengua je no existe en el mundo.
Dejmosle, y no hablemos vanamente, porque as es para l cualquier lenguaje, cual p
ara otros el suyo: nadie entiende. Seguimos el viaje caminando a la izquierda,
y a un tiro de ballesta, otro encontramos ms feroz y grande.
Para ceirlo quin fuera el maestro, decir no s, pero tena atados delante el otro, a
trs el brazo diestro, una cadena que le rodeaba del cuello a abajo, y por lo des
cubierto le daba vueltas hasta cinco veces.
Este soberbio quiso demostrar contra el supremo Jove su potencia -dijo mi guay esto ha merecido.
Se llama Efialte; y su intentona hizo al dar miedo a los dioses los gigantes:
los brazos que movi, ya ms no mueve. Y le dije: Quisiera, si es posible, que del d
esmesurado Briareo puedan tener mis ojos experiencia. Y l me repuso: A Anteo ya
vers cerca de aqu, que habla y est libre, que nos pondr en el fondo del infierno.
Aquel que quieres ver, est muy lejos, y est amarrado y puesto de igual modo, sal
vo que an ms feroz el rostro tiene. No hubo nunca tan fuerte terremoto, que movie
se una torre con tal fuerza, como Efialte fue pronto en revolverse.
Ms que nunca tem la muerte entonces, y el miedo solamente bastara aunque no hubie
se visto las cadenas.
Seguimos caminando hacia adelante y llegamos a Anteo: cinco alas salan de la fos
a, sin cabeza.
Oh t que en el afortunado valle que heredero a Escipin de gloria hizo, al escapa
r Anbal con los suyos, mil leones cazaste por botn, y que si hubieses ido a la al
ta lucha de tus hermanos, hay quien ha pensado que vencieran los hijos de la Ti
erra; bjanos, sin por ello despreciarnos, donde al Cocito encierra la friura.
A Ticio y a Tifeo no nos mandes; ste te puede dar lo que deseas; inclnate, y n
o tuerzas el semblante.
An puede darte fama all en el mundo, pues que est vivo y larga vida espera, si la
Gracia a destiempo no le llama. As dijo el maestro; y l deprisa tendi la mano, y
agarr a mi gua, con la que a Hrcules diera el fuerte abrazo.
Virgilio, cuando se sinti cogido, me dijo: Ven aqu, que yo te coja; luego hizo tal
que un haz ramos ambos.
Cual parece al mirar la Garisenda donde se inclina, cuando va una nube sobre
ella, que se venga toda abajo; tal parecime Anteo al observarle y ver que se inc
linaba, y fue en tal hora que hubiera preferido otro camino.
Mas levemente al fondo que se traga a Lucifer con Judas, nos condujo; y as inc
linado no hizo ms demora, y se alz como el mstil en la nave.
CANTO XXXII
Si rimas broncas y speras tuviese, como merecera el agujero.
sobre el que apoyan las restantes rocas exprimira el jugo de mi tema ms plenament
e; mas como no tengo, no sin miedo a contarlo me dispongo; que no es empresa de
tomar a juego de todo el orbe describir el fondo, ni de lengua que diga mama o pap
a.
Mas a mi verso ayuden las mujeres que a Anfin a cerrar Tebas ayudaron, y del h
echo el decir no sea diverso.
Oh sobre todas mal creada plebe, que el sitio ocupas del que hablar es duro, me
jor serla ser cabras u ovejas! Cuando estuvimos ya en el negro pozo, de los pi
es del gigante an ms abajo, y yo miraba an la alta muralla, o decirme: Mira dnde pisa
s: anda sin dar patadas a la triste cabeza de mi hermano desdichado. Por lo cua
l me volv, y vi por delante y a mis plantas un lago que, del hielo, de vidrio, y
no de agua, tiene el rostro.
A su corriente no hace tan espeso velo, en Austria, el Danubio en el invierno,
ni bajo el fro cielo all el Tanais, como era all; porque si el Pietrapana o el T
ambernic, encima le cayese, ni crac hubiese hecho por el golpe.
Y tal como croando est la rana, fuera del agua el morro, cuando suea con frecuen
cia espigar la campesina, lvidas, hasta el sitio en que aparece la vergenza, en
el hielo haba sombras, castaeteando el diente cual cigeas.
Hacia abajo sus rostros se volvan: el fro con la boca, y con los ojos el triste
corazn testimoniaban.
Despus de haber ya visto un poco en torno, mir, a mis pies, a dos tan estrechado
s, que mezclados tenan sus cabellos.
Decidme, los que as apretis los pechos -les dije- Quines sois? Y el cuello irguieron
; y al alzar la cabeza, chorrearon sus ojos, que antes eran slo blandos por dent
ro, hasta los labios, y at el hielo las lgrimas entre ellos, encerrndolos.
Leo con leo grapa nunca une tan fuerte; por lo que, como dos chivos, los dos se
golpearon iracundos.
Y uno, que sin orejas se encontraba por la friura, con el rostro gacho, dijo: Po
r qu nos miras de ese modo? Si saber quieres quin son estos dos, el valle en que
el Bisenzo se derrama fue de Alberto, su padre, y de estos hijos.
De igual cuerpo salieron; y en Cana podrs buscar, y no encontrars sombra ms digna
de estar puesta en este hielo; no aquel a quien rompiera pecho y sombra, por l
a mano de Arturo, un solo golpe; no Focaccia; y no ste, que me tapa con la cabez
a y no me deja ver, y fue llamado Sassol Mascheroni: si eres toscano bien sabrs
quin fue.
Y porque en ms sermones no me metas, sabe que fui Camincion dei Pazzi; y esper
o que Carlino me haga bueno. Luego yo vi mil rostros por el fro amoratados, y t
error me viene, y siempre me vendr de aquellos hielos.
Y mientras que hacia el centro caminbamos, en el que toda gravedad se ana, y yo
en la eterna lobreguez temblaba, si el azar o el destino o Dios lo quiso, no s; m
as paseando entre cabezas, golpe con el pie el rostro de una.
Llorando me grit: Por qu me pisas? Si a aumentar t no vienes la venganza de Monteap
erti, por qu me molestas? Y yo: Maestro mo, espera un poco pues quiero que me saque s
Yo no lloraba, tan de piedra era; lloraban ellos; y Anselmuccio dijo: Cmo nos m
iras, padre, qu te pasa? Pero yo no llor ni le repuse en todo el da ni al llegar la
noche, hasta que un nuevo sol sala a mundo.
Como un pequeo rayo penetrase en la penosa crcel, y mirara en cuatro rostros mi
apariencia misma, ambas manos de pena me morda; y al pensar que lo haca yo por ga
nas de comer, bruscamente levantaron, diciendo: Padre, menos nos doliera si com
es de nosotros; pues vestiste estas mseras carnes, las despoja. Por ms no entrist
ecerlos me calmaba; ese da y al otro nada hablamos: Ay, dura tierra, por qu no te a
briste? Cuando hubieron pasado cuatro das, Gaddo se me arroj a los pies tendido,
diciendo: Padre, por qu no me ayudas? All muri: y como me ests viendo, vi morir a lo
tres uno por uno al quinto y sexto da; y yo me daba ya ciego, a andar a tientas
sobre ellos.
Dos das les llam aunque estaban muertos: despus ms que el dolor pudo el ayuno. Cua
ndo esto dijo, con torcidos ojos volvi a morder la msera cabeza, y los huesos tan
fuerte como un perro.
Ah Pisa, vituperio de las gentes del hermoso pas donde el s suena!, pues tardos al
castigo tus vecinos, muvanse la Gorgona y la Capraia, y hagan presas all en la ho
z del Arno, para anegar en ti a toda persona; pues si al conde Ugolino se acusa
ba por la traicin que hizo a tus castillos, no debiste a los hijos dar tormento.
Inocentes haca la edad nueva, nueva Tebas, a Uguiccion y al Brigada y a los ot
ros que el canto ya ha nombrado. A otro lado pasamos, y a otra gente envolva la
helada con crudeza, y no cabeza abajo sino arriba.
El llanto mismo el lloro no permite, y la pena que encuentra el ojo lleno, vue
lve hacia atras, la angustia acrecentando; pues hacen muro las primeras lgrimas,
y as como viseras cristalinas, llenan bajo las cejas todo el vaso.
Y sucedi que, aun como encallecido por el gran fro cualquier sentimiento hubiera
abandonado ya mi rostro, me pareca ya sentir un viento, por lo que yo: Maestro, q
uin lo hace?, No estn extintos todos los vapores? Y l me repuso: En breve ser cuando
esto darn tus ojos la respuesta, viendo la causa que este soplo enva. Y un trist
e de esos de la fra costra grit: Ah vosotras, almas tan crueles, que el ltimo lugar
os ha tocado, del rostro levantar mis duros velos, que el dolor que me oprime e
xpulsar pueda, un poco antes que el llanto se congele. Y le dije: Si quieres que
te ayude, dime quin eres, y si no te libro, merezca yo ir al fondo de este hielo
. Me respondi: Yo soy fray Alberigo; soy aquel de la fruta del mal huerto, que p
or el higo el dtil he cambiado. Oh, ya ests muerto --djele yo- entonces? Y l repuso:
e cmo est mi cuerpo en el mundo, no tengo ciencia alguna.
Tal ventaja tiene esta Tolomea, que muchas veces caen aqu las almas antes de q
ue sus dedos mueva Atropos; y para que de grado t me quites las lgrimas vidriados
as de mi rostro, sabe que luego que el alma traiciona, como yo hiciera, el cuer
po le es quitado por un demonio que despus la rige, hasta que el tiempo suyo todo
acabe.
Ella cae en cisterna semejante; y es posible que arriba est an el cuerpo de la s
ombra que aqu detrs inverna.
T lo debes saber, si ahora has venido: que es Branca Doria, y ya han pasado mu
chos aos desde que fuera aqu encerrado. Creo -le dije yo- que t me engaas; Branca Do
ria no ha muerto todava, y come y bebe y duerme y paos viste. Al pozo -l respondi- d
e Malasgarras, donde la pez rebulle pegajosa, an no haba cado Miguel Zanque, cuand
o ste le dej al diablo un sitio en su cuerpo, y el de un pariente suyo que la tra
icin junto con l hiciera.
Mas extiende por fin aqu la mano; abre mis ojos. Y no los abr; y cortesia fue e
l villano serle.
Ah genoveses, hombres tan distantes de todo bien, de toda lacra llenos!, por qu n
o sois del mundo desterrados? Porque con la peor alma de Romaa hall a uno de vos
otros, por sus obras su espiritu baando en el Cocito, y an en la tierra vivo con e
l cuerpo.
CANTO XXXIV
Vexilla regis prodeunt inferni contra nosotros, mira, pues, delante -dijo el mae
stro- a ver si los distingues. Como cuando una espesa niebla baja, o se oscurec
e ya nuestro hemisferio, girando lejos vemos un molino, una mquina tal cre ver en
tonces; luego, por aquel viento, busqu abrigo tras de mi gua, pues no hall otra gru
ta.
Ya estaba, y con terror lo pongo en verso, donde todas las sombras se cubran,
traspareciendo como paja en vidrio: Unas yacen; y estn erguidas otras, con la ca
beza aquella o con las plantas; otra, tal arco, el rostro a los pies vuelve.
Cuando avanzamos ya lo suficiente, que a mi maestro le placi mostrarme la criat
ura que tuvo hermosa cara, se me puso delante y me detuvo, Mira a Dite -diciendo
-, y mira el sitio donde tendrs que armarte de valor. De cmo me qued helado y atni
to, no lo inquieras, lector, que no lo escribo, porque cualquier hablar poco sera
.
Yo no mor, mas vivo no qued: piensa por ti, si algn ingenio tienes, cual me puse,
privado de ambas cosas.
El monarca del doloroso reino, del hielo aquel sacaba el pecho afuera; y ms con
un gigante me comparo, que los gigantes con sus brazos hacen: mira pues cunto d
ebe ser el todo que a semejante parte corresponde.
Si igual de bello fue como ahora es feo, y contra su hacedor alz los ojos, con
razn de l nos viene cualquier luto.
Qu asombro tan enorme me produjo cuando vi su cabeza con tres caras! Una delant
e, que era toda roja: las otras eran dos, a aquella unidas por encima del uno y
otro hombro, y unanse en el sitio de la cresta; entre amarilla y blanca la dere
cha parecia; y la izquierda era tal los que vienen de all donde el Nilo discurre.
Bajo las tres sala un gran par de alas, tal como convena a tanto pjaro: velas de
barco no vi nunca iguales.
No eran plumosas, sino de murcilago su aspecto; y de tal forma aleteaban, que t
res vientos de aquello se movan: por stos congelbase el Cocito; con seis ojos llor
aba, y por tres barbas corra el llanto y baba sanguinosa.
En cada boca hera con los dientes a un pecador, como una agramadera, tal que a
los tres atormentaba a un tiempo.
Al de delante, el morder no era nada comparado a la espalda, que a zarpazos to
da la piel habale arrancado.
Aquella alma que all ms pena sufre -dijo el maestro- es Judas Iscariote, con la c
abeza dentro y piernas fuera.
De los que la cabeza afuera tienen, quien de las negras fauces cuelga es Bruto
: -mirale retorcerse! y nada dice!- Casio es el otro, de aspecto membrudo.
Mas retorna la noche, y ya es la hora de partir, porque todo ya hemos vis to.
Como l lo quiso, al cuello le abrac; y escogi el tiempo y el lugar preciso, y, al e
star ya las alas bien abiertas, se sujet de los peludos flancos: y descendi despus
de pelo en pelo, entre pelambre hirsuta y costra helada.
Cuando nos encontramos donde el muslo se ensancha y hace gruesas las caderas,
el gua, con fatiga y con angustia, la cabeza volvi hacia los zancajos, y al pelo
se agarr como quien sube, tal que al infierno yo cre volver.
Cgete bien, ya que por esta escala -dijo el maestro exhausto y jadeante es preci
so escapar de tantos males. Luego sali por el hueco de un risco, y junto a ste me
dej sentado; y puso junto a m su pie prudente.
Yo alc los ojos, y pens mirar a Lucifer igual que lo dejamos, y le vi con las pi
ernas para arriba; y si desconcertado me vi entonces, el vulgo es quien lo pien
sa, pues no entiende cul es el trago que pasado haba.
Ponte de pie - me dijo mi maestro-: la ruta es larga y el camino es malo, y el
sol ya cae al medio de la tercia. No era el lugar donde nos encontrbamos pasillo
de palacio, mas caverna que poca luz y mal suelo tena.
Antes que del abismo yo me aparte, maestro -dije cuando estuve en pie-, por sac
arme de error hblame un poco: Dnde est el hielo?, y cmo ste se encuentra tan boca aba
o, y en tan poco tiempo, de noche a da el sol ha caminado? Y l me repuso: Piensas
todava que ests all en el centro, en que agarr el pelo del gusano que perfora el mun
do: all estuviste en la bajada; cuando yo me volv, cruzaste el punto en que conver
ge el peso de ambas partes: y has alcanzado ya el otro hemisferio que es contra
rio de aquel que la gran seca recubre, en cuya cima consumido fue el hombre qu
e naci y vivi sin culpa; tienes los pies sobre la breve esfera que a la Judea form
a la otra cara.
Aqu es maana, cuando all es de noche: y aqul, que fue escalera con su pelo, an se e
ncuentra plantado igual que antes.
Del cielo se arroj por esta parte; y la tierra que aqu antes se extenda, por mie
do a l, del mar hizo su velo, y al hemisferio nuestro vino; y puede que por huir
dejara este vaco eso que all se ve, y arriba se alza. Un lugar hay de Belceb alej
ado tanto cuanto la crcava se alarga, que el sonido denota, y no la vista, de un
arroyuelo que hasta all desciende por el hueco de un risco, al que perfora su c
urso retorcido y sin pendiente.
Mi gua y yo por esa oculta senda fuimos para volver al claro mundo; y sin preoc
upacin de descansar, subimos, l primero y yo despus, hasta que nos dej mirar el cie
lo un agujero, por el cual salimos a contemplar de nuevo las estrellas.
PURGATORIO
CANTO I.
Por surcar mejor agua alza las velas ahora la navecilla de mi ingenio, que un ma
r tan cruel detrs de s abandona; y cantar de aquel segundo reino donde el humano e
spritu se purga y de subir al cielo se hace digno.
Mas renazca la muerta poesa, oh, santas musas, pues que vuestro soy; y Calope u
n poco se levante, mi canto acompaando con las voces que a las urracas mseras tal
golpe dieron, que de l perdn desesperaron.
Dulce color de un oriental zafiro, que se expanda en el sereno aspecto del aire
, puro hasta la prima esfera, reapareci a mi vista deleitoso, en cuanto que sal d
el aire muerto, que vista y pecho contristado haba.
El astro bello que al amor invita haca sonreir todo el oriente, y los Peces ve
lados lo escoltaban.
Me volv a la derecha atentamente, y vi en el otro polo cuatro estrellas que slo
vieron las primeras gentes.
Pareca que el cielo se gozara con sus luces: Oh viudo septentrin, ya que de su vi
sin ests privado! Cuando por fin dej de contemplarlos dirigindome un poco al otro p
olo, por donde el Carro desapareciera, vi junto a m a un anciano solitario, dig
no al verle de tanta reverencia, que ms no debe a un padre su criatura.
Larga la barba y blancos mechones llevaba, semejante a sus cabellos, que al p
echo en dos mechones le caan.
Los rayos de las cuatro luces santas llenaban tanto su rostro de luz, que le vea
como al Sol de frente.
Quin sois vosotros que del ciego ro habis huido la prisin eterna? -dijo moviendo su
s honradas plumas.
Quin os condujo, o quin os alumbraba, al salir de esa noche tan profunda, que enn
egrece los valles del infierno? Se han quebrado las leyes del abismo? o el design
io del cielo se ha mudado y vens, condenados, a mis grutas? Entonces mi maestro m
e empuj, y con palabras, seales y manos piernas y rostro me hizo reverentes.
Despus le respondi: Por m no vengo.
Baj del cielo una mujer rogando que, acompaando a ste, le ayudara.
Mas como tu deseo es que te explique ms ampliamente nuestra condicin, no puede s
er el mo el oc ultarlo.
ste no ha visto an la ltima noche; mas estuvo tan cerca en su locura, que le qued
aba ya muy poco tiempo.
Y a l, como te he dicho, fui enviado para salvarle; y no haba otra ruta ms que es
ta por la cual le estoy llevando.
Le he mostrado la gente condenada; y ahora pretendo las almas mostrarle que es
tn purgando bajo tu mandato.
Es largo de contar cmo lo traje; baj del Alto virtud que me ayuda a conducirlo a
que te escuche y vea.
Dignate agradecer que haya venido: busca la libertad, que es tan preciada, cua
l sabe quien a cambio da la vida.
Lo sabes, pues por ella no fue amarga.
en Utica tu muerte; all dejaste la veste que radiante ser un da.
No hemos quebrado las eternas leyes, pues ste vive y Minos no me ata; soy de la
zona de los castos ojos de tu Marcia, que sigue suplicando que la tengas por t
CANTO III
Por ms que aquella huida repentina por la llanura a todos dispersara, hacia el mo
nte en que aguija la justicia, a mi fiel compaero me arrim: pues cmo habra yo sin l c
orrido? Quin por el monte hubirame llevado? Le cre descontento de s mismo: Oh qu dign
y qu pura concencia con qu amargor te muerde un leve fallo! Cuando sus pies dejar
on de ir aprisa, que a cualquier acto qutale el decoro, mi pensamiento, empecina
do antes, reanud su discurso, deseoso, y dirig mis ojos hacia el monte que al cie
lo ms se eleva de las aguas.
El sol, que atrs en rojo flameaba, se rompia delante de mi cuerpo, pues sus ray
os en m se detenan.
Me volv hacia los lados temeroso de estar abandonado, cuando vi slo ante m la tie
rra oscurecida; y: Por qu desconfas? -mi consuelo.
volvindose hacia m empez a decirme - no crees que te acompao y que te guo? Es ya la t
arde donde sepultado est aquel cuerpo en el que sombra haca; no en Brindis, sino
en Npoles se encuentra.
Por lo cual si ante m nada se ensombra, no debes extraarte, igual que el cielo n
o detiene el camino de los rayos.
Por sufrir penas, fras y calientes, Dios ha dispuesto cuerpos semejantes, de mo
do que no quiere revelarnos.
Loco es quien piense que nuestra razn pueda seguir por la infinita senda que s
igue una sustancia en tres personas.
Os baste con el qua, humana prole; pues, si hubierais podido verlo todo, ocioso
fuese el parto de Mara; y t has visto sin frutos desearlo a tales que aquietara
n su deseo, que eternamente ahora les enluta: de Aristteles hablo y de Platn y au
n de otros ms; y aqu inclin la frente, y ms no dijo y quedse turbado.
Llegamos entretanto al pie del monte; tan escarpadas estaban las rocas, que en
vano habrfa piernas bien dispuestas.
Entre Rurbia y Lerice el ms desierto, el ms roto barranco, es escalera, compara
do con ste, abierta y fcil.
Ahora quin sabe en donde la pendie nte -detenindose, dijo mi maestro- pueda subir
aquel que va sin alas? Y mientras meditaba con la vista baja, sobre la suerte de
l camino, y yo miraba arriba del peasco, a mano izquierda apareci una turba de a
lmas que vena hacia nosotros, mas tan lentos que no lo pareca.
Alza -dije- maestro, la mirada: hay aqu quien podr darnos consejo, si no puedes t
enerlo por ti mismo. Entonces mir, y con el rostro sereno me dijo: Vamos pues, qu
e vienen lentos; y afirma la esperanza, dulce hijo. Tan lejos an estaba aquella
gente, luego de haber mil pasos caminado, como un buen lanzador alcanzaria, cua
ndo a las duras peas se arrimaron de la alta sima, quietos y apretados, cual cami
nante que dudoso mira.
Felices muertos, almas elegidas -Virgilio dijo- por la paz aquella que todos es
peris, segn bien creo, decidnos dnde baja la montaa, para poder subir; pues ms disgu
sta perder el tiempo a quien su precio sabe. Cual salen del redil las ovejillas
de una, de dos, de tres y temerosas estn las otras, vista y morro en tierra; y
lo que la primera hacen las otras, acercndose a ella si se para, simples y calmas
, y el porqu no saben; as vi que vena la cabeza de aquella grey afortunada entonce
s, con recatado andar y rostro honesto.
Al ver los de delante interrumpida la luz en tierra a mi derecho flanco desde
m hasta la roca haciendo sombra, se detuvieron, y hacia atrs se echaron, y todos
esos que detrs venan, no sabiendo por qu, lo mismo hicieron.
Sin que lo preguntis yo os comunico que este cuerpo que veis es cuerpo humano; p
or lo que el sol ha interceptado en tierra.
No os debis asombrar, pero creedme que no sin que lo quieran en el cielo estas p
aredes escalar pretende. As el maestro; y esas dignas gentes: Volved -dijeron- y
seguid un poco, hacindonos seales con la mano.
Y uno de aqullos empez: Quien quiera que seas, vuelve el rostro mientras andas:
recuerda si me viste en la otra vida. Volv la vista a l muy fijamente rubio era y
bello y de gentil aspecto, mas un tajo una ceja le parta.
Cuando con humildad hube negado haberle visto nunca, l dijo: Mira y mostrme una ll
aga sobre el pecho.
Luego sonriendo dijo: Soy Manfredo: la emperatriz Constanza fue mi abuela; y t
e suplico que, cuando regreses, le digas a mi hermosa hija, madre del honor de
Aragn y de Sicilia, la verdad, si es que cuentan de otro modo.
Despus de ser mi cuerpo atravesado por dos golpes mortales, me volv llorando a q
uien perdona de buen grado.
Abominables mis pecados fueron mas tan gran brazo tiene la bondad infinita, qu
e acoge a quien la implora.
Si el pastor de Cosenza, que a mi caza entonces fue enviado por Clemente, la
pgina divina comprendiera, los huesos de mi cuerpo an estaran al pie del puente j
unto a Benevento, y por pesadas piedras custodiados.
Mas los baa la lluvia y mueve el viento, fuera del reino, casi junto al Verde,
donde l los traslad sin luz alguna.
Mas por su maldicin, nunca se pierde, sin que pueda volver, el infinito amor, m
ientras florezca la esperanza.
Verdad es que quien muere contumaz, con la Iglesia, aunque al fin arrepentido,
fuera debe de estar de esta montaa, treinta veces el tiempo que viviera en esa
presuncin, si tal decreto no se acorta con buenas oraciones.
Piensa pues lo dichoso que me haras, a mi buena Constanza revelando cmo me has v
isto, y esta prohibicin: que aqu, por los de all, mucho se avanza.
CANTO IV
Cuando algn sufrimiento o alegra de alguna facultad nuestra se aduea, toda en e lla
se centra nuestra alma, y no atiende a ninguna otra potencia y es esto contra
aquel error que opina que un alma sobre otra alma arda en nosotros.
Por eso, cuando se oye o se ve algo que atraiga al alma fuertemente a ello, el
tiempo pasa y nada el hombre advierte; porque es una potencia la que escucha,
y otra la que retiene al alma entera: una est casi presa, y la otra libre.
Puede experimentar de veras esto, escuchando a aquel alma y admirando; pues bi
en cincuenta grados ya subido haba el sol, sin darme cuenta, cuando llegamos don
de, a una, aquellas almas gritaron: Aqu est lo que buscis. Mayor portillo muchas ve
ces cierra con un manojo apenas de zarzales el campesino al madurar la uva, de
lo que era la senda que subimos, yo detrs de mi gua, los dos solos.
al partir de nosotros aquel grupo.
Se va a Sanleo, a Noli se desciende, se sube a Bismantova hasta la cumbre a p
ie, pero volar aqu es preciso; digo con leves alas y con plumas del deseo, detrs
de aquel llevado, que me daba esperanza y me alumbraba.
Por un girn subimos de la roca, cuyas paredes casi se juntaban, y el suelo nos
peda pies y manos.
Cuando ya al borde superior llegamos de la alta base, a un sitio descubierto Ma
estro --dije- qu camino haremos? Y l me dijo: No tuerzas ningn paso; nicamente sguem
acia el monte, hasta que llegue alguna escolta sabia. La cima, de tan alta, era
invisible y an ms pina la cuesta que la raya que une el medio cuadrante con el ce
ntro.
Estaba muy cansado y exclam: Oh dulce padre, vulvete y advierte que solo quedar, s
i no te paras. Hijo --me contest-- sube hasta all, un repliegue ms alto sealando que
por all giraba todo el monte.
Tanto me espolearon sus palabras, que me esforc trepando tras de l hasta que pus
e pies en la cornisa.
Nos sentamos los dos vueltos a oriente, donde estaba el camino que subimos, q
ue siempre de mirar es agradable.
La vista dirig primero abajo; luego arriba, hacia el sol, y me admiraba que nos
hera por el lado izquierdo.
Bien comprendi el poeta que yo estaba por el carro solar estupefacto, que entre
nosotros y Aquiln naca.
Por lo cual me explic: Si los Gemelos fuesen en compaa de ese espejo que lleva la
luz arriba y abajo, veras al Zodiaco enrojecido girar an ms cercano de las Osas, s
i no saliera del camino usado.
Cmo pueda ocurrir, pensarlo puedes si atentamente observas que Sin en la tierra
se opone a esta montaa; un horizonte mismo tienen ambas y hemisferios diversos;
y el camino que mal supiera recorrer Faetonte, podrs ver cmo en sta va por uno, y
por aquella por el otro lado, si lo ves claro con la inteligencia. Cierto maestr
o -dije- que hasta ahora no i claro, como lo discierno, all donde mi ingenio me f
altaba, que la mitad del cielo que alto gira, que se llama Ecuador en algn arte,
y entre sol y entre invierno se halla siempre, por la causa que dices, dista
tanto respecto al Septentrin, cuanto en Judea lo contemplaban en la parte clida.
Mas sabra gustoso, si quisieras, cunto habremos de andar; pues sube el monte ms d
e lo que subir pueden mis ojos. Y l me dijo: Este monte es de tal modo, que siemp
re pesa al comenzar abajo; y cuando ms se sube, menos daa.
Y as cuando le sientas tan suave, que te haga caminar ya tan ligero como nave q
ue empuja la corriente, habrs llegado al fin de este sendero: reposar all espera
tu fatiga.
Ms no respondo, y esto lo s cierto. Y despus de decir estas palabras, omos una voz
cercana: Acaso necesites sentarte mucho antes! Los dos al escucharle nos volvimos,
CANTO V
De esa sombra me haba separado, y segua los pasos de mi gua, cuando detrs de m, su de
do alzando, una grit: iMirad, que no iluminan los rayos a la izquierda del de aba
jo, y cual vivo parece comportarse! Volv los ojos al or aquello, y los vi que mira
ban asombrados, slo a m, y a la luz que interceptaba.
T nimo por qu se enreda tanto -dijo el maestro- que el andar retardas? qu te importa
lo que esos cuchichean? Deja hablar a la gente y ven conmigo: s como aquella tor
re que no tiembla nunca su cima aunque los vientos soplen; pues aquel en quien
bulle un pensamiento sobre otro pensamiento, se extrava, porque el fuego del uno
ablanda al otro. Qu poda decir si no: Ya voy? Djelo, ms cubrindome el color que
de perdn al hombre vuelve.
Mientras tanto a travs de la ladera una gente vena hacia nosotros, cantando el Mi
serere, verso a verso.
Cuando notaron que ocasin no daba de atravesar los rayos con mi cuerpo, por un
gran Oh cambiaron su cantiga; y dos de ellos, en forma de emisarios, corrieron ha
cia m y me preguntaron: Haznos saber de vuestra condicin Y mi maestro: Bien podis marc
haros y a aquellos que os mandaron referirles que el cuerpo de ste es carne verda
dera.
Si al contemplar su sombra se pararon, como yo creo, baste la respuesta: haced
le honor, que acaso os aproveche. Tan rpidos vapores encendidos no vi rasgar el
cielo en plena noche, ni las nubes de agosto en el ocaso, como aquellos a lo al
to se volvieron, y junto a los dems dieron la vuelta, como un tropel sin freno ha
cia nosotros.
Mucha es la gente que a nosotros viene, y te quieren rogar --dijo el poeta- : m
as sigue andando, y caminando escucha. Oh alma que caminas con aquellos miembros
con que naciste, a ser dichoso, -se acercaban gritando- aquieta el paso.
Mira si a alguno de nosotros viste, para que de l all noticias lleves: Ah!, por qu
sigues? Ah!, por qu no paras? Todos muertos violentamente fuimos, y hasta el ltimo
instante pecadores; la luz del cielo entonces nos dio juicio y, arrepentidos, p
erdonando, fuera salimos de la vida en paz con Dios, y el deseo de verle nos af
lige. Y yo: Por ms que mire vuestros rostros no os reconozco: mas si deseis algo q
ue pueda hacer, buenos espritus, decidmelo y lo har, por esa paz que, detrs de los
pasos de mi gua, de mundo en mundo buscar se me hace. Y uno repuso: Todos nos fi
amos de tus bondades sin que nos lo jures, si es que tu voluntad no es impedida
.
Por lo que yo que habl antes que los otros, te ruego, que si ves esa comarca que
est entre la Romaa y la de Carlos, que de tus ruegos me hagas cortesa en Fano, y
que por mi bien se suplique, y las graves ofensas purgar pueda.
All nac, mas los profundos huecos por los que huy la sangre en que viva, en tierra
CANTO VII
Los saludos corteses y dichosos por tres y cuatro veces reiterados, Sordello se
apart y dijo: Quin sois? Antes de que llegaran a este monte las almas dignas de subir
a Dios, Octavio dio a mis huesos sepultura.
Yo soy Virgilio; y por culpa ninguna, salvo el no tener fe, perd los cielos. As
repuso entonces mi maestro.
Como queda quien ve sbitamente algo maravilloso frente a l, que cree y que no, d
iciendo Es.
.
.
, o no es.
.
. , aquel as; despus baj los ojos, y se volvi hacia l humildemente, y le abraz donde
el menor se agarra.
Gloria de los latinos, por el cual mostr cunto podia nuestra lengua, oh prez eter
na, del pueblo natal, qu mrito o qu gracia a m te muestra? Si de escuchar soy digno
tus palabras, dime si acaso vienes del infierno. Por los recintos todos de aque
l reino doliente, aqu he llegado -respondi- y, enviado del cielo, con l vengo.
Perd, no por hacer, mas por no hacer, el ver el alto sol que t deseas, pues que
fue tarde por m conocido.
No entristecen martirios aquel sitio sino tinieblas slo; y los lamentos no suen
an como ayes, son suspiros.
All estoy con los nios inocentes del diente de la muerte antes mordidos que de l
a humana culpa fueran libres.
Con aquellos estoy que las tres santas virtudes no vistieron, mas sin vicio.
supieron y siguieron las restantes.
Mas si sabes y puedes, un indicio danos, con que poder llegar ms pronto a donde
el purgatorio da comienzo. Respondi: Un lugar fijo no me han puesto; y me es li
cito andar por todos lados; te acompao cual gu(a mientras pueda.
Pero contempla cmo cae el da, y subir por la noche no se puede; ser bueno pensar
en un refugio.
A la derecha hay almas retiradas; si lo permites, a ellas te conduzco, y te da
r placer el conocerlas.
Cmo es eso? -repuso- quien quisiese subir de noche, se lo impedira alguno, o es que
l mismo no pudiera? Y el buen Sordello en tierra pas el dedo diciendo: Ves?, ni si
quiera esta raya pasaras despus de que anochezca: no porque haya otra cosa que te
impida subir, sino las sombras de la noche; que, de impotencia, quitan los dese
os.
Con ellas bien podras descender y caminar en torno de la cuestra, mientras que
al da encierra el horizonte. Entonces mi seor, casi admirado, llvanos -dijo- donde
nos contaste, pues podr ser gozosa la demora.
De all poco alejados estuvimos, cuando not que el monte estaba hendido, del modo
como un valle aqu los hiende.
All -dijo la sombra-, marcharemos donde la cuesta hace de s un regazo; y esperare
mos all el nuevo da. Entre llano y pendiente, un tortuoso camino nos condujo hast
a la parte del valle de laderas menos altas.
Oro, albayalde, grana y plata fina, indigo, leo lcido y sereno, fresca esmeralda
al punto en que se quiebra, por las hierbas y flores de aquel valle, sus colore
s seran derrotados, como el mayor derrota al ms pequeo.
No pint solamente alll natura, mas con la suavidad de mil olores, incgnito, indi
stinto, uno creaba.
Salve Regina, sobre hierba y flores sentadas, vi a unas almas que cantaban, q
ue no vimos por fuera de aquel valle.
Antes que el poco sol vuelva a su nido -comenz nuestro guta el Mantuano - no pre
tendis que entre esos os conduzca.
Mejor desde esta loma las acciones y los rostros veris de cada uno, que mezclad
os con ellos all abajo.
Quien ms alto se sienta y que parece desatender aquello que debiera, y no muev
e la boca con los otros, Rodolfo fue, que pudo, con su imperio, sanar las plaga
por lejanas aguas? Oh -dije- vine por los tristes reinos esta maana, en mi primera
vida, aunque la otra, andando as, pretendo. Y cuando fue escuchada mi respuesta
, Sordello y l se echaron hacia atrs como gente de sbito turbada.
Volvise uno a Virgilio, el otro a alguien sentado all y grit: Mira, Conrado! ven a
ver lo que Dios por gracia quiere. Y vuelto a m: Por esa rara gracia que debes
al que de ese modo esconde sus primeros porqus, que no se entienden, cuando haya
s vuelto a atravesar las ondas di a mi Giovanna que en mi nombre implore, en do
nde se responde a la inocencia.
No creo que su madre ya me ame luego que se cambi las blancas tocas, que convi
ene que, an, pobre!, las quisiera.
Por ella fcilmente se comprende cunto en mujer el fuego de amor dura, si la vist
a o el tacto no lo encienden.
Tan bella sepultura no alzara la sierpe del emblema de Miln, como lo hara el gal
lo de Gallura. As dijo, y mostraba sealado su aspecto por aquel amor honesto que e
n el pecho se enciende con mesura.
Yo alzaba ansioso al cielo la mirada, adonde son ms tardas las estrellas, como
la rueda ms cercana al eje.
Y mi gua: Qu miras, hijo, en lo alto? Y yo le dije: Aquellas tres antorchas por las
que el polo todo hasta aqu arde. Y l respondi: Las cuatro estrellas claras que es
ta maana vimos, han bajado y stas en su lugar han ascendido Mientras hablaba cogile
Sordello diciendo: Ved all a nuestro adversario; y para que mirase alz su dedo.
De aquella parte donde se abre el valle haba una serpiente, acaso aquella que l
e dio a Eva el alimento amargo.
Entre flores y hierba iba el reptil, volviendo la cabeza, y sus espaldas lamie
ndo como bestia que se limpia.
Yo no lo vi, y por eso no lo cuento, qu hicieron los azores celestiales; pero b
ien vi moverse a uno y a otro.
Al escuchar hendir las verdes alas, escap la serpiente, y regresaron a su lugar
los ngeles a un tiempo.
La sombra que acercado al juez se haba cuando este la llam, mientras la lucha n
o dej ni un momento de mirarme.
As la luz que a lo alto te conduce encuentre en tu servicio tanta cera, cuanta
hasta el sumo esmalte necesites, -comenz- si noticia verdadera de Val de Magra o
de parte vecina conoces, dmela, que all fui grande.
Me llamaba Corrado Malaspina;.
no el antiguo, sino su descendiente; a mis deudos am, y he de purgarlo.
Oh -yo le dije- por vuestras comarcas no estuve nunca; pero no hay un sitio en
toda Europa que las desconozca.
La fama con que se honra vuestra casa, celebra a los seores y a sus tierras, t
al que sin verlas todos las conocen.
Y yo os juro que, as vuelva yo arriba, vuestra estirpe honorable no desdora el
precio de la bolsa y de la espada.
Uso y natura as la privilegian, que aunque el malvado jefe tuerza el mundo, d
erecha va y desprecia el mal camino. y l: Marcha pues, que el sol no ha de ocupar
siete veces el lecho que el Carnero cubre y abarca con sus cuatro patas, sin
que esta opinin tuya tan corts claven en tu cabeza con mayores clavos que las pala
bras de los otros, si el transcurrir dispuesto no se para.
CANTO IX
Del anciano Titn la concubina emblanqueca en el balcn de oriente, fuera ya de los b
razos de su amigo; en su frente las gemas relucan puestas en forma del fro animal
que con la cola a la gente golpea; la noche, de los pasos con que asciende, do
s llevaba en el sitio en donde estbamos, y el tercero inclinaba ya las alas; cua
ndo yo, que de Adn algo conservo, adormecido me tumb en la hierba donde los cinco
estbamos sentados.
Cuando a sus tristes layes da comienzo la golondrina al tiempo de alborada, ac
aso recordando el primer llanto, y nuestra mente, menos del pensar presa, y ms de
la carne separada, casi divina se hace a sus visiones, cre ver, en un sueo, susp
endida un guila en el cielo, de ureas plumas, con las alas abiertas y dispuesta a
descender, all donde a los suyos dejara abandonados Ganimedes, arrebatado al sum
o consistorio.
Acaso caza sta por costumbre aqu pens-, y acaso de otro sitio desdea arrebatar ningu
na presa! Luego me pareci que, tras dar vueltas, terrible como el rayo descenda,
y que arriba hasta el fuego me llevaba.
All me pareci que ambos ardamos; y el incendio soado me quemaba tanto, que el sueo
tuvo que romperse.
No de otro modo se inquietara Aquiles, volviendo en torno los despiertos ojos
y no sabiendo dnde se encontraba, cuando su madre de Quirn a Squira en sus brazos
dormido le condujo, donde despus los griegos lo sacaron; cual yo me sorprend, cu
ando del rostro el sueo se me fue, y me puse plido, como hace el hombre al que el
espanto hiela.
Slo estaba a mi lado mi consuelo, y el sol estaba ya dos horas alto, y yo la c
ara al mar tena vuelta.
No tengas miedo - mi seor me dijo-; clmate, que a buen puerto hemos llegado; no m
enges, mas alarga tu entereza.
Acabas de llegar al Purgatorio: ve la pendiente que en redor le cierra; y ve l
a entrada en donde se interrumpe.
Antes, al alba que precede al da, cuando tu alma durmiendo se encontraba, sobre
las flores que aquel sitio adornan, vino una dama, y dijo: Soy Luca; deja que tom
e a ste que ahora duerme; as le har ms fcil el camino. Sordello se qued, y las otras
formas; Te cogi y cuando el da clareaba, vino hacia arriba y yo tras de tus pasos.
Te dej aqu, mas me mostraron antes sus bellos ojos esa entrada; y luego ella y t
u sueo a una se marcharon. Como un hombre que sale de sus dudas y que cambia en
sosiego sus temores, despus que la verdad ha descubierto, cambi yo; y como sin pr
eocupaciones me vio mi gua, por la escarpadura anduvo, y yo tras l hacia lo alto.
Lector, observars cmo realzo mis argumentos, y an con ms arte si los refuerzo, no
te maravilles.
Nos acercamos hasta el mismo sitio que antes me haba parecido roto, como una br
echa que un muro partiera, vi una puerta, y tres gradas por debajo para alcanza
rla, de colores varios, y un portero que an nada haba dicho.
Y como yo an los ojos ms abriera, le vi sentado en la grada ms alta, con tal rost
ro que no pude mirarlo; y una espada tena entre las manos, que los rayos as nos r
eflejaba, que en vano a ella dirig mi vista.
Decidme desde all: Qu deseis -l comenz a decir- y vuestra escolta? No os vaya a ser
sa la venida. Una mujer del cielo, que esto sabe, -le respondi el maestro- nos ha
dicho antes, id por all, que est la puerta. Y ella bien ha guiado vuestros pasos
-cortsmente el portero nos repuso- : venid pues y subid los escalones.
All subimos; y el primer peldao era de mrmol blanco y tan pulido, que en l me esp
eje tal como era.
Era el segundo oscuro ms que el perso hecho de piedra spera y reseca, agrietado
a lo largo y a lo ancho.
El tercero que encima descansaba, me pareci tan llameante prfido, cual la sangre
que escapa de las venas.
Encima de ste colocaba el ngel de Dios, sus plantas, al umbral sentado, que pied
ra de diamante pareca.
Por los tres escalones, de buen grado, el gua me llev, diciendo: Pide humildement
e que abran el cerrojo. A los pies santos me arroj devoto; y ped que me abrieran
compasivos, mas antes di tres golpes en mi pecho.
Siete P, con la punta de la espada, en mi frente escribi: Lavar procura estas m
anchas - me dijo- cuando entres. La ceniza o la tierra seca eran del color mis
mo de sus vestiduras; y de debajo se sac dos llaves.
Era de plata una y la otra de oro; con la blanca y despus con la amarilla algo
que me alegr le hizo a la puerta.
Cuando cualquiera de estas llaves falla, y no da vueltas en la cerradura -dijo l
- esta entrada no se abre.
Ms rica es una; pero la otra, antes de abrir, requiera ms ingenio y arte, porque
es aquella que el nudo desata.
Me las dio Pedro; y djome que errase antes en el abrirla que en cerrarla, mient
ras la gente en tierra se prosterne. Despus empuj la puerta sagrada, dicindonos: En
trad, pero os advierto que vuelve afuera aquel que atrs mirase. Y al girar en su
s goznes las esquinas de aquellas sacras puertas, que de fuertes y sonoros metal
es estn hechas, no rechin ni se mostr tan dura Tarpeya, cuando al bueno de Metelo
la arrebataron, y qued arruinada.
Yo me volv con el sonar primero, y Te Deum Laudamus pareca escucharse en la voz
y en dulces sones.
Tal imagen al punto me vena de lo que oa, como la que suele cuando cantar con rga
no se escucha; que ahora no, que ahora s, se entiende el texto.
CANTO X
Y al cruzar el umbral de aquella puerta que el mal amor del alma hace tan rara,
pues que finge derecho el mal camino, resonando sent que la cerraban; y si la vi
sta hubiese vuelto a ella, con qu excusara falta semejante? Ascendimos por una pi
edra hendida, que se mova de uno y de otro lado como la ola que huye y se aleja.
Aqu es preciso usar de la destreza -dijo mi gua- y que nos acerquemos aqu y all del
lado que se aparta. Y esto nos hizo retardar el paso, tanto que antes el resto
de la luna volvi a su lecho para cobijarse, que aquel desfiladero abandonsemos;
mas al estar ya libres y a lo abierto, donde el monte hacia atrs se replegaba, c
ansado yo, y los dos sobre la ruta inciertos, nos paramos en un sitio ms solo que
un camino en el desierto.
Desde el borde que cae sobre el vaco, al pie del alto faralln que asciende, tres
veces medira el cuerpo humano; y hasta donde alcanzaba con los ojos, por el der
echo y el izquierdo lado, esa cornisa igual me pareca.
Nuestros pies no se haban an movido cuando not que la pared aquella, que no daba
derecho de subida, era de mrmol blanco y adornado con relieves, que no ya a Poli
cleto, a la naturaleza venceran.
El ngel que a la tierra trajo anuncio de aquella paz llorada tantos aos, que abr
i los cielos tras veto tan largo, tan verdadero se nos presentaba aqu esculpido e
n gesto tan suave, que imagen muda no nos pareca.
Jurado habria que l deca: Ave! porque representada estaba aquella que tiene llave d
el amor supremo; e impresas en su gesto estas palabras Ecce ancilla Dei, del modo
con que en cera se imprime una figura.
En un lugar tan slo no te fijes -dijo el dulce maestro, que en el lado donde se
tiene el corazn me puso.
Por lo que yo volv la vista, y vi tras de Mara, por aquella parte donde se halla
ba quien me diriga, otra historia en la roca figurada;.
y me acerqu, cruzando ante Virgilio, para verla mejor ante mis ojos.
All en el mismo mrmol esculpido estaban carro y bueyes con el arca que hace tem
ible el no mandado oficio.
Delante haba gente; y toda ella en siete coros, que mis dos sentidos uno deca: No,
y otro: S canta. Y al igual con el humo del incienso representado, la nariz y el
ojo entre el no y entre el s tuvieron pugna.
Ante el bendito vaso daba brincos el humilde salmista arremangado, ms y menos q
ue rey en ese instante.
Frente a l, figurada en la azotea, de un gran palacio, Micol se asombraba como
mujer despreciativa y triste.
Mov los pies del sitio en donde estaba, para ver otra historia ms de cerca, que
detrs de Micol resplandeca.
Aqu estaba historiada la alta gloria del principe romano, a quien Gregorio hiz
o por sus virtudes victorioso; hablo de aquel emperador Trajano; y de una viuda
que cogile el freno, de dolor traspasada y de sollozos.
Haba en torno a l gran muchedumbre de caballeros, y las guilas ureas sobre ellos s
e movan con el viento.
La pobrecilla entre todos aquellos pareca decir: Dame venganza, seor, de mi hijo
muerto, que me aflige. Y l que le contestaba: Aguarda ahora a mi regreso; y ella:
Seor mo -como alguien del dolor impacientado-, y si no vuelves? y l: Quien en mi pues
to est, lo har; y ella: El bien que otro haga.
qu te importa si el tuyo has olvidado? Por lo cual l: Consulate; es preciso que cumpl
a mi deber antes de irme: la piedad y justicia me retienen. Aquel que nunca ha
visto cosas nuevas fue quien produjo aquel hablar visible, nuevo a nosotros pue
s que aqu no se halla.
Mientras yo me gozaba contemplando los simulacros de humildad tan grande, ms gr
atos an de ver por su artesano, Por ac vienen, mas con lentos pasos -murmuraba el
poeta- muchas gentes: stas podrn llevamos ms arriba. Mis ojos, que en mirar se com
placan por ver l novedad que deseaban, en volverse hacia l no fueron lentos.
Mas no quiero lector desanimarte de tus buenos propsitos si escuchas cmo desea D
ios cobrar las deudas.
No atiendas a la forma del martirio: piensa en lo que vendr; y que en el peor c
aso, no ir ms lejos de la gran sentencia.
Yo comenc: Maestro, lo que veo venir aqu, personas no parecen, y no s qu es: turbad
a est mi vista. Y aquel: La condicin abrumadora de su martirio a tierra les inclin
a, y aun mis ojos dudaron al principio.
Mas mira fijamente, y desentraa quines vienen debajo de esas peas: podrs verlos a
todos doblegados. Oh soberbios cristianos, infelices, que enfermos de la vista
de la mente, la fe ponis en pasos que atrs vuelven, no comprendis que somos los gus
anos de quien saldr la mariposa anglica que a la justicia sin reparos vuela? de qu s
e ensorberbecen vuestras almas, si cual insectos sois defectuosos, gusanos que n
o llegan a formarse? Como por sustentar suelo o tejado, por mnsulas a veces hay
figuras cuyas rodillas llegan hasta el pecho, que sin ser de verdad causan angu
stia verdadera en aquellos que las miran; as los vi al mirarles ms atento.
Cierto que ms o menos contradas, segn el peso que portando estaban; y an aquel ms p
aciente pareca decir llorando: Ya no lo resisto. CANTO XI Oh padre nuestro, que es
ts en los cielos, no circunscrito, sino por ms grande amor que a tus primeras ob
ras tienes, alabados tu nombre y tu potencia sean de cualquier hombre, como es
justo darle gracias a tu dulce vapor.
De tu reino la paz venga a nosotros, que nosotros a ella no alcanzarnos, si no
viene, con todo nuestro esfuerzo.
Como por gusto suyo hacen los ngeles, cantando osanna, a ti los sacrificios, ha
gan as gustosos los humanos.
El man cotidiano danos hoy, sin el cual por este spero desierto quien ms quiere a
vanzar ms retrocede.
Y al igual que nosotros las ofensas perdonamos a todos, sin que mires el mrito,
perdnanos, benigno.
Nuestra virtud que cae tan prontamente no ponga a prueba el antiguo enemigo, m
as lbranos de aquel que as la hostiga.
Esta ltima plegaria, amado Dueo.
.
no se hace por nosotros, ni hace falta, mas por aquellos que detrs quedaron. Par
a ellas y nosotros buen camino pidiendo andaban esas sombras, bajo un peso igual
al que a veces se suea, angustiadas en formas desiguales y en la primera cornis
a cansadas, purgando las calgines del mundo.
Si all bien piden siempre por nosotros, aqu qu hacer y qu pedir podran los que en Di
os han echado sus races? Debemos ayudarles a lavarse las manchas, tal que puros
y ligeros puedan ganar las estrelladas ruedas.
Ah, la justicia y la Piedad os libren pronto, tal que podis mover las alas, que
os conduzcan segn vuestros deseos: mostradnos por qu parte a la escalera ms rpido s
e va; y, si hay ms caminos, enseadnos aquel menos pendiente; pues a quien me acom
paa, por la carga de la carne de Adn con que se viste, contra su voluntad, subir l
e cuesta. Las palabras que respondieron a stas que haba dicho aquel que yo segua,
de quin vinieran no lo supe; pero dijeron: Por la orilla a la derecha veniros, y
hallaremos algn paso que lo pueda subir un hombre vivo.
Y si no fuese un estorbo la piedra que mi cerviz soberbia doma, y tengo por es
to que llevar el rostro gacho, a aquel que vive an y no se nombra, mirara por ver
si lo conozco, para hacer que este peso compadezca.
Latino fui, de un gran toscano hijo: Giuglielrno Aldobrandeschi fue mi padre;
.
no s si conocis el nombre suyo.
La sangre antigua y las gloriosas obras de mis mayores, arrogancia tanta me di
eron, que ignorando a nuestra madre comn, todos los hombres despreciaba y por el
Vea a Briareo, que yaca en otra, de celeste flecha herido, por su hielo mortal
grave a la tierra.
Vea a Marte, a Palas y a Timbreo, an armados en tomo de su padre, mirando a los
Gigantes desmembrados.
Vea al pie, a Nemrot, de la gran obra ya casi enloquecido, contemplando los qu
e en Senar con l fueron soberbios.
Oh Niobe, con qu dolientes ojos te vea grabada en el sendero, entre tus muertos
siete y siete hijos! Oh Sal, cmo con la propia espada en Gelbo ya muerto aparecas,
que no sentiste lluvia ni roco! Oh loca Aracne, as pude mirarte ya medio araa, tr
iste entre los restos de la obra que por tu mal hiciste.
Oh Robon, no parece que asuste aqu tu efigie; mas lleno de espanto le lleva un
carro, sin que le eche nadie.
Mostraba an el duro pavimento como Alcmen a su madre hizo caro aquel adorno tan
desventurado.
Mostraba cmo se lanzaron sobre Senaquerib sus hijos en el templo, y cmo, muerto
, all lo abandonaron.
Mostraba el crudo ejemplo y la ruina que hizo Tamiris cuando dijo a Ciro: tuvi
ste sed de sangre y te doy sangre.
Mostraba cmo huyeron derrotados, tras morir Holofernes, los asirios, y tambin d
e su muerte los despojos.
Vea a Troya en ruinas y en cenizas; oh Ilin, cun abatida y despreciable mostrbate
el relieve que veal Qu pincel o buril all trazara las sombras y los rasgos, que admi
rarse haran a cualquier sutil ingenio? Muertos tal muertos, vivos como vivos: no
vio mejor que yo quien vio de veras, cuanto pisaba, al ir mirando el suelo.
Ah, caminad soberbios y altaneros, hijos de Eva, y no inclinis el rostro para po
der mirar el mal camino! Mas al monte la vuelta habamos dado, y su camino el sol
ms recorrido de lo que mi alma absorta calculaba, cuando el que atento siempre
caminaba delante, dijo: Alza la cabeza, ya no hay ms tiempo para ir tan absorto.
Mira un ngel all que se apresura por venir a nosotros; ve que vuelve la esclava
sexta del diario oficio.
De reverencia adorna rostro y porte, para que guste arriba conducirnos; piensa
que ya este da nunca vuelve. Acostumbrado estaba a sus mandatos de no perder el
tiempo, as que en esa materia no me hablaba oscuramente.
El bello ser, de blanco, se acercaba, con el rostro cual suele aparecer tremol
ando la estrella matutina.
Abri los brazos, y despus las alas; dijo: Venid, cercanos los peldaos estn y ya se
sube fcilmente.
Muy pocos a esta invitacin alcanzan: oh humanos que nacisteis a altos vuelos, cmo
un poco de viento os echa a tierra? A la roca cortada nos condujo; all bati las a
las por mi frente, y prometi ya la marcha segura.
Como al subir al monte, a la derecha, en donde est la iglesia que domina la bie
n guiada sobre el Rubaconte, del subir se interrumpe la fatiga por escalones qu
e se construyeron cuando sumario y pesas eran ciertos; tal se suaviza aquella l
adera que cae a plomo del otro repecho; mas rozando la piedra a un lado y otro.
Al dirigirnos por ese camino Beati pauperes spiritu, de un modo inefable cant
aban unas voces.
Ah qu distintos eran estos pasos de aquellos del infierno: aqu con cantos se ent
ra y all con feroces lamentos.
Por los santos peldaos ya subarnos y bastante ms leve me encontraba, de lo que en
la llanura pareca.
Por lo que yo: Maestro qu pesada carga me han levantado, que ninguna fatiga casi
tengo caminando? l respondi: Cuando las P que quedan an en tu rostro a punto de borr
arse, estn, como una de ellas, apagadas, tan vencidos los pies de tus deseos est
arn, que no slo sin fatiga, sino con gozo arriba han de llevarte. Entonces hice c
omo los que llevan en la cabeza un algo que no saben, y sospechan por gestos de
los otros; y por lo cual se ayudan con la mano, que busca y halla y cumple as el
oficio que no pudiera hacerlo con la vista; extendiendo los dedos de la diestr
a, slo encontr seis letras, que en mi frente el de la llave habame grabado: y vien
do esto sonri mi gua.
.
CANTO XIII
Llegarnos al final de la escalera, donde por vez segunda se recoge el monte, qu
e subiendo purifica.
All del nsmo modo una cornisa, igual que la primera, lo rodea; slo que el giro se
completa antes.
No haba sombras ni seales de ellas: liso el camino y lisa la muralla, del lvido c
olor de los roquedos.
Si, para preguntar, gente esperarnos --me deca el poeta-- mucho temo que se retr
ase nuestra decisin. Luego en el sol clav los ojos fijos; de su diestra hizo cent
ro al movimiento, y se volvi despus hacia la izquierda.
Oh dulce luz en quien confiado entro por el nuevo camino, llvanos -deca- cual req
uiere este paraje.
T calientas el mundo, y sobre l luces: si otra razn lo contrario no manda, sern si
empre tus rayos nuestro gua. Cuanto por una milla aqu se cuenta, tanto en aquella
parte caminamos al poco, pues las ganas acuciaban; y sentimos volar hacia noso
tros espritus sin verlos, que invitaban cortsmente a la mesa del amor.
La voz primera que pas volando Vinum non habent dijo claramente, y tras nosotros
lo iba repitiendo.
Y an antes de perderse por completo al alejarse, otra: Soy Orestes pas gritando ig
ual sin detenerse.
Yo dije: Oh padre qu voces son stas? Y escuch al preguntarlo una tercera diciendo: A
ad a quien el mal os hizo. Y el buen maestro Azota esta cornisa la culpa de la en
vidia, mas dirige la caridad las cuerdas del flagelo.
Su freno quiere ser la voz contraria: y podrs escucharla, segn creo, antes que e
l paso del perdn alcances.
Mas con fijeza mira, y vers gente que est sentada enfrente de nosotros, apoyada
a lo largo de la roca. Abr entonces los ojos ms que antes; mir delante y sombras v
i con mantos del color de la piedra no distintos.
Y al haber avanzado un poco ms, o gritar: Mara, por nosotros ruega y Miguel y Pedro
ntos todos.
No creo que ahora existe por la tierra hombre tan duro, a quien no le moviese
a compasin lo que despus yo vi; pues cuando estuve tan cercano de ellos que sus g
estos vea claramente, grave dolor me vino por los ojos.
De cilicio cubiertos parecan y uno aguantaba con la espalda al otro, y el muro
a todas ellas aguantaba.
As los ciegos faltos de sustento, piden limosna en das de indulgencia, y la cabe
za inclina uno sobre otro, por despertar piedad ms prontamente, no slo por el son
de las palabras, mas por la vista que no menos pide.
Y como el sol no llega hasta los ciegos, lo mismo aqu a las sombras de las que
hablo no quera llegar la luz del cielo; pues un alambre a todos les cosa y horada
ba los prpados, del modo que al gaviln que nunca se est quieto.
Al andar, pareca que ultrajaba a aquellos que sin venne yo vea; por lo cual me vo
lv al sabio maestro.
l saba que, aun mudo, deseaba hablarle; y no esperando mi pregunta, l me dijo: Hab
la breve y claramente. Virgilio caminaba por la parte de la cornisa en que cae
r se puede, pues ninguna baranda la rodea; por la otra parte estaban las devota
s sombras, que por su horrible cosedura lloraban y mojaban sus mejillas.
Me volv a ellas y: Oh, gentes confiadas -yo comenc-- de ver la luz suprema que vu
estro desear slo procura, as pronto la gracia os vuelva limpia vuestra conciencia
, tal que claramente por ella baje de la mente el ro, decidme, pues ser grato y a
mable, si hay un alma latina entre vosotros, que acaso til le sea el conocerla. O
h hermano todos somos ciudadanos de una Ciudad autntica; t dices que viviese en I
talia peregrina. Esto cre escuchar como respuesta un poco ms all de donde estaba,
por lo que procur seguir oyendo.
Entre otras vi a una sombra que en su aspecto esperaba; y si alguno dice Cmo?, alz
aba la barbilla como un ciego.
Alma que por subir te ests domando, si eres - le dije ~ me respondiste, haz que
conozca tu nombre o tu patria. Yo fui Sienesa -repuso-- y con estos otros enmie
ndo aqu la mala vida, pidiendo a Aqul que nos conceda el verle.
No fui sabia, aunque Sapia me llamaron, y fui con las desgracias de los otros
an ms feliz que con las dichas mas.
Y para que no creas que te miento, oye si fui, como te digo, loca, ya descendi
endo el arco de mis aos.
Mis paisanos estaban junto a Colle cerca del campo de sus enemigos, y yo peda
a Dios lo que El quera.
Vencidos y obligados a los pasos amargos de la fuga, al yo saberlo, goc de una
alegra incomparable, tanto que arriba alc atrevido el rostro gritando a Dio s: De
ahora no te temo como hace el mirlo con poca bonanza.
La paz quise con Dios ya en el extremo de mi vivir; y por la penitencia no est
ara cumplida ya mi deuda, si no me hubiese Piero Pettinaio recordado en sus sant
as oraciones, quien se apiad de m caritativo.
T quin eres, que nuestra condicin vas preguntando, con los ojos libres, como yo cr
eo, y respirando hablas? Los ojos ---dije acaso aqu me cierren, mas poco tiempo, p
ues escasamente he pecado de haber tenido envidia.
Mucho es mayor el miedo que suspende mi alma del tormento de all abajo, que ya
parece pesarme esa carga. Y ella me dijo: Quin te ha conducido entre nosotros, que
volver esperas? Y yo: Este que est aqu sin decir nada.
Vivo estoy; por lo cual puedes pedirrne, espritu elegido, si es preciso que all
mueva por ti mis pies mortales. Tan rara cosa de escuchar es sta, que es signo -dije,- de que Dios te ama;.
con tus plegarias puedes ayudarme.
Y te suplico, por lo que ms quieras, que si pisas la tierra de Toscana, que a m
is parientes mi fama devuelvas.
Estn entre los necios que ahora esperan en Talamn, y all ms esperanzas perdern que
en la busca de la Dia na.
Pero ms perdern los almirantes.
CANTO XIV
Quin es ste que sube nuestro monte antes de que la muerte alas le diera, y abre los
ojos y los cierra a gusto? No s quin es, mas s que no est slo; interrgale t que est
rca, y recbelo bien, para que hable. As dos, apoyado uno en el otro, conversaban
de m a mano derecha; luego los rostros, para hablar alzaron.
Y dijo uno: Oh alma que ligada al cuerpo todava, al cielo marchas, por caridad c
onsulanos y dinos quin eres y de dnde, pues nos causas con tu gracia tan grande ma
ravilla, cuanto pide una cosa inusitada. Y yo: Se extiende en medio de Toscana u
n riachuelo que nace en Falterona, y no le sacian cien millas de curso.
junto a l este cuerpo me fue dado; decir quin soy sera hablar en balde, pues mi n
ombre es an poco conocido. Si he penetrado bien lo que me has dicho con mi intele
cto - me repuso entonces el que dijo primero- hablas del Arno. Y el otro le rep
uso: Por qu esconde ste cul es el nombre de aquel ro, cual hace el hombre con cosas ho
rribles? y la sombra de aquello preguntada as le replic: No s, mas justo es que perez
ca de tal valle el nombre; porque desde su cuna, en que el macizo del que es t
runco el Peloro, tan preado est, que en pocos sitios le superan, hasta el lugar a
quel donde devuelve lo que el sol ha secado en la marina, de donde toman su caud
al los ros, es la virt ud enemiga de todos y la huyen cual la bicha, o por desgr
acia del sitio, o por mal uso que los mueve: tanto han cambiado su naturaleza l
os habitantes del msero valle, cual si hechizados por Circe estuvieran.
Entre cerdos, ms dignos de bellotas que de ningn otro alimento humano, su pobre
curso primero endereza.
Chuchos encuentra luego, en la bajada, pero tienen ms rabia que fiereza, y des
deosa de ellos tuerce el morro.
Va descendiendo; y cuanto ms se acrece, halla que lobos se hicieron los perros,
esa maldita y desgraciada fosa.
Bajando luego en ms profundos cauces, halla vulpejas llenas de artimaas, que no
temen las trampas que las cacen.
No callar por ms que ste me oiga; y ser al otro til, si recuerda lo que un veraz
espritu me ha dicho.
Yo veo a tu sobrino que se vuelve cazador de los lobos en la orilla del fiero
ro, y los espanta a todos.
Vende su carne todava viva; luego los mata como antigua fiera; la vida a muchos
, y l la honra se quita.
Sangriento sale de la triste selva;.
y en tal modo la deja, que en mil aos no tomar a su estado floreciente. Como al a
nuncio de penosos males se turba el rostro del que est escuchando de cualquier pa
rte que venga el peligro, as yo vi turbar y entristecerse a la otra alma, que vu
elta estaba oyendo, cuando hubo comprendido las palabras.
A una al orla y a la otra al mirarla, me dieron ganas de saber sus nombres, e hc
eles suplicante mi pregunta; por lo que el alma que me habl primero volvi a decir
: Que condescienda quieres y haga por ti lo que por m t no haces.
Mas porque quiere Dios que en ti se muestre tanto su gracia, no ser tacao; y as s
abrs que fui Guido del Duca.
Tan quemada de envidia fue mi sangre.
que si dichoso hubiese visto a alguno, cubierto de livor me hubieras visto.
De mi simiente recojo tal grano; Oh humano corazn, por qu te vuelcas en bienes que
no admiten compaa? Este es Rinieri, prez y mayor honra de la casa de Clboli, y ni
nguno de sus virtudes es el heredero.
Y no slo su sangre se ha privado, entre el monte y el Po y el mar y el Reno, d
el bien pedido a la verdad y al gozo; pues estn estos lmites tan llenos de planta
s venenosas, que muy tarde, aun labrando, seran arrancadas.
Dnde estn Lizio, y Arrigo Mainardi, Pier Traversaro y Guido de Carpigna? Bastard
os os hicisteis, romaoles! Cuando renacer un Fabbro en Bolonia? cuando en Faenza u
n Bernardn de Fosco, rama gentil aun de simiente humilde? No te asombres, toscan
o, si es que lloro cuando recuerdo, con Guido da Prata, a Ugolin dAzzo que vivi e
n Romagna, Federico Tignoso y sus amigos, a los de Traversara y Anartagi (sin
descendientes unos y los otros), a damas y a galanes, las hazaas, los afanes de
amor y cortesa, donde ya tan malvadas son las gentes.
Por qu no te esfumaste, oh Brettinoro, cuando se hubo marchado tu familia, y mu
cha gente por no ser perversa? Bien hizo Bagnacaval, ya sin hijos; e hizo mal C
astrocaro, y peor Conio, que tales condes en prohijar se empea.
Bien harn los Pagan, cuando al fin pierdan su demonio; si bien ya nunca puro h
a de quedar de aquellos el recuerdo.
Oh Ugolino dei Fantoln, seguro est tu nombre y no se espera a nadie que, corrom
pido, oscurecerlo pueda.
Y ahora vete, toscano, que deseo ms que hablarte, llorar; as la mente nuestra co
nversacin me ha obnubilado. Sabamos que aquellas caras almas nos oan andar, y as, c
allando, hacan confiarnos del camino.
Nada ms avanzar, ya los dos solos, igual que un rayo que en el aire hiende, se
oy una voz venir en contra nuestra: Que me mate el primero que me encuentre; y huy
como hace un trueno que se escapa, si la nube de sbito se parte.
Apenas tregua tuvo nuestro odo, y otra escuchamos con tan grande estrpito, que p
areci un tronar que al rayo sigue.
Yo soy Aglauro, que tornse en piedra, y por juntarme entonces al poeta, un paso d
i hacia atrs, y no adelante.
Quieto ya el aire estaba en todas partes; y me dijo: Aquel debe ser el freno qu
e contenga en sus lmites al hombre.
Pero mordis el cebo, y el anzuelo del antiguo adversario, y os atrapa; y poco v
ale el freno y el reclamo.
El cielo os llama y gira en torno vuestro, mostrando sus bellezas inmortales,
y poneis en la tierra la mirada; y as os castiga quien todo conoce.
CANTO XV
Cuanto hay entre el final de la hora tercia y el principio de da en esa esfera,
que al igual que un chiquillo juega siempre tanto ya pareca que hacia el vspero an
le faltaba al sol de su camino: all la tarde, aqu era medianoche.
En plena cara herannos los rayos, pues giramos el monte de tal forma, que al oc
aso derechos caminbamos, cuando sent en mi frente pesadumbre de un resplandor muc
ho mayor que el de antes, y me asombr tan extrao suceso; por lo que alc las manos
por encima de las cejas, hacindome visera que del exceso de luz nos protege.
Como cuando del agua o del espejo el rayo salta a la parte contraria, ascendie
ndo de un modo parecido al que ha bajado, y es tan diferente del caer de la pie
dra en igual caso, como experiencia y arte lo demuestran; as cre que la luz refle
jada.
por delante de m me golpease; y en apartarse fue rauda mi vista.
Quin es, de quien no puedo, dulce padre, la vista resguardar, por ms que hago, y p
arece venir hacia nosotros? Si celestial familia an te deslumbra -respondi-- no te
asombres: mensajero es que viene a invitar a que subamos.
Dentro de poco el mirar estas cosas no ser grave, mas ser gozoso cuanto natura d
ispuso que sientas. Cuando cerca del ngel estuvimos Entrad aqu - nos dijo dulcemen
te- donde hay una escalera menos dura. Subamos, dejando el sitio aquel y cantar B
eati misericordes escuchamos, y Goza t que vences Mi maestro y yo solos caminbamos
hacia la altura; y yo al andar pensaba sacar de su palabra algn provecho; y a l m
e dirig y le pregunt: Qu ha querido decir el de Romaa.
con bienes que no admiten compaa? Y l contest: De su mayor defecto conoce el dao, a
que no te admires si es reprendido por que ms no llore.
Porque si vuestro anhelo se dirige a lo que compartido disminuye, hace la envi
dia que suspire el fuelle.
Mas si el amor de la esfera suprema los deseos volviera hacia lo alto, tal tem
or no tendra vuestro pecho; pues, cuanto ms all se dice "nues tro", tanto del bien
disfruta cada uno, y ms amor an arde en ese claustro. Estoy de estar contento ms a
yuno -dije- que si no hubiera preguntado, y an ms dudas me asaltan en la mente.
Cmo puede algn bien, distribuido en muchos poseedores, an ms ricos hacer de l, que s
i pocos lo tuvieran? Y aquel me contest: Como no pones la mente ms que en cosas ter
renales, sacas tinieblas de luz verdadera.
Ese bien inefable e infinito que arriba est, al amor tal se apresura corno a un
lcido cuerpo viene el rayo.
Tanto se da cuanto encuentra de ardor; y al aumentarse as la caridad, sobre ell
a crece la eterna virtud.
Y as cuanta ms gente ama all arriba, hay all ms amor, y ms se ama, y unos y otros so
n como los espejos.
Y si lo que te digo no te sacia, vers a Beatriz que plenamente este o cualquier
deseo ha de quitarte.
Procura pues que pronto se te extingan, como han sido ya dos, las cinco herida
s que cicatrizan al estar contrito. Cuando decir quera: Me aplacaste, me vi llegad
o al crculo de arriba, y me hizo callar la vista ansiosa.
All me pareci en una visin esttica de sbito estar puesto, y ver muchas personas en
un templo; y una mujer deca en los umbrales, con dulce gesto maternal: Oh hijo, p
or qu has obrado esto con nosotros? Tu padre y yo angustiados estuvimos buscndote
. Y como ella se callara, se me borr lo que vea antes.
Despus me vino otra, con el agua que en sus mejillas el dolor destila, que un
gran despecho hacia otros nos provoca diciendo: Si eres sir de la ciudad, por cuy
o nombre dioses contendieron, y donde toda ciencia resplandece, vngate de esos b
razos atrevidos que a mi hija abrazaron, Pisistrato. Y el Seor, que benigno pareca
, le responda con templado rostro: Qu haremos a quien males nos desea, si a aquello
s que nos aman condenarnos? Luego vi gente ardiendo en fuego de ira, a pedradas
matando a un jovencito, gritando: Martiriza, martiriza, y al joven inclinarse, p
or la muerte que le apesadumbraba, hacia la tierra, mas sus ojos alzaba siempre
al cielo, pidiendo al alto Sir, en guerra tanta, que perdonase a sus perseguido
res, con ese aspecto que a piedad nos mueve.
Cuando volvi mi alma hacia las cosas que son, fuera de ella, verdaderas, supe q
ue mis errores no eran falsos.
Mi gua entonces, que me contemplaba como a aquel que del sueo se despierta, dijo
: Qu tienes que te tambaleas, y has caminado ms de media legua con los ojos cerrado
s, dando tumbos, a guisa de quien turban sueo o vino? Oh dulce padre mo, si me escu
chas te contar -le dije lo que he visto, cuando las piernas me fueron tan flojas.
Y l dijo: Si cien mscaras tuvieses sobre el rostro, cerrados no tendra tus pensami
entos, aun los ms pequeos.
Es lo que viste para que no excuses al agua de la paz abrir el pecho, que de l
a eterna fuente se derrama.
No pregunt qu tienes, como hiciera quien mira, sin ver nada, con los ojos, cuando d
esanimado el cuerpo yace; mas pregunt para animar tus pasos tal conviene avivar
al perezoso, que tardo emplea al despertar su tiempo. Por el ocaso andbamos, mir
ando hasta donde alcanzaba nuestra vista contra la luz radiante y vespertina.
Y vimos poco a poco una humareda venir hacia nosotros, cual la noche; ni un si
tio haba para resguardarnos: el aire puro nos quit y la vista.
CANTO XVI
Negror de infierno y de noche privada de estrella alguna, bajo un pobre cielo, h
asta el sumo de nubes tenebroso, tan denso velo no tendi en mi rostro como aquel
humo que nos envolvi, y nunca sent tan spero pelo.
No poda siquiera abrir los ojos por lo que, sabia y fiel, la escolta ma vino hac
ia m ofrecindome su hombro.
Como el ciego que va tras de su gua para que no se pierda ni tropiece en obstcul
o alguno, o tal vez muera, andaba por el aire amargo y sucio, escuchando a Virg
ilio aconsejarme: Ten cuidado y de m no te separes.
Oa voces como que implorasen la paz y la clemencia del Cordero de Dios que borr
a todos los pecados.
Agnus De, era, pues, como empezaban todos a un tiempo y en el mismo modo, y en
completa concordia parecan.
Maestro, lo que oigo son espritus? le dije.
Y l a m: Bien lo pensaste;.
de la iracundia van soltando el nudo. Quin eres t que cortas nuestro humo, y de nos
otros hablas como si an midieses el tiempo por calendas? Esto por una voz fue pre
guntado; Contstale --me dijo mi maestro- y si hay subida por aqu pregunta. Oh, cri
atura - le dije que te limpias para volver hermosa a quien te hizo, maravillas o
irs si me acompaas. Cuanto me es permitido he de seguirte; y si vernos el humo no
nos deja, nos mantendr cercanos el ornos. Entonces comenc: Con este rostro que dest
ruye la muerte, voy arriba, y he llegado hasta aqu desde el infierno.
Y si Dios en su gracia me ha tomado, tanto que quiere que su corte vea de modo
inusitado en estos tiempos, no me ocultes quin fuiste antes de muerto; dmelo, y
dime si el camino es ste; y tus palabras sean nuestra escolta. Yo fui lombardo y
Marco me llamaban; del mundo supe, y am esa virtud a la que nadie tiende ya su ar
co.
Para subir camina siempre recto Me respondi y dijo luego: Te pido que por m implor
es cuando ests arriba. Por mi fe -yo le dije - te prometo que har lo que me pides;
mas me estalla dentro una duda, y tengo que aclararla.
Era antes simple y ahora se ha hecho doble con tus palabras, que me dan certez
a de lo otro, con la cual las relaciono.
El mundo por completo est desierto de cualquiera virtud, como t dices, y de mald
ad cubierto y agravado; mas la razn te pido que me digas, tal que la vea y que la
enserle a otros; que a la tierra o al cielo lo atribuyen. Un gran suspiro que
acab en un ay! lanz primero; y luego dijo: Herrnano, el mundo es ciego, y t de l has v
enido.
Cualquier causa achacis los que estis vivos al cielo, igual que si moviese todas
las cosas l obligatoriamente.
Destruido sera as en vosotros el libre arbitrio, y no sera justo dar la alegra al
bien, y al mal dar luto.
El cielo inicia vuestros movimientos; no digo todos, mas aunque lo diga, una
luz para el bien o el mal os dieron, Y libre voluntad; que si se cansa en el p
rimer combate contra el cielo, luego lo vence si bien se sustenta.
A mayor fuerza y a mejor natura libres estis sujetos; y ella cra vuestra mente,
en que el cielo nada puede.
Y por esto, si el mundo os descamina, la causa que buscis est en vosotros: y ver
daderamente he de explicrtelo: De la mano de Aqul que la acaricia, aun antes de e
xistir, cual la muchacha que llorando y riendo juguetea, sale sencilla el alma
y nada sabe, salvo que, obra de un go zoso artista, gustosa vuelve a aquello que
la alegra.
Primero saborea el bien pequeo; aqu se engaa y corre detrs de l, si no tuerce su am
or freno ni gua.
Y es necesario el freno de las leyes; y es necesario un rey, que al menos vea
de la ciudad autntica la torre.
Hay leyes, pero quin las administra? Nadie, pues su pastor acaso rumie, mas no ti
ene partida la pezua; y la gente, que sabe que su gua slo tiende a aquel bien del
que ella come, pace de aquel, y no busca otra cosa.
Bien puedes ver que la mala conducta es la razn que al mundo ha condenado, y no
vuestra natura corrompida.
Sola Roma, que hizo bueno el mundo, tener dos soles que una y otra senda, la h
umana y la divina, les mostraban.
Uno a otro apag; y est la espada junto al bculo; y una y otro unidos forzosamente
, marchan mal las cosas; porque juntos no temen uno al otro: Si no me crees, re
cuerda las espigas, pues distingue las hierbas la simiente.
En la tierra que riegan Po y Adige, valor y cortesa se encontraban, antes de e
ntrar en liza Federico.
Ahora puede cruzar sin miedo alguno cualquiera que dejase, por vergenza, de ace
rcarse a los buenos o de hablarlos.
Tres viejos hay an con quien reprende a la nueva la antigua edad, y tardo Dios
les parece en que con l les llame: Corrado de Palazzo, el buen Gherardo, y Guid
o de Castel, mejor llamado el sencillo lombardo, a la francesa.
Puedes decir que la Iglesia de Roma, por confundir en ella dos poderes ella y
su carga en el fango se ensucian. Oh Marco mo dije- bien hablaste; y ahora discier
no por qu de la herencia los hijos de Lev privados fueron.
Ms qu Gherardo es se que, por sabio, dices, qued de aquella raza extinta corno rep
roche del siglo salvaje? Me engaan tus palabras o me tientan, -me respondi- pues, h
ablando toscano, del buen Gherardo nunca hayas odo.
Por ningn otro nombre le conozco, si de Gaya, su hija, no lo saco.
Quedad con Dios, pues ms no os acompao Ved el albor, que irradia por el humo ya
clareando; debo retirarme (all est el ngel) antes que me vea. De este modo se fue
y no quiso orme.
CANTO XVII
Acurdate, lector, si es que en los Alpes te sorprendi la niebla, y no veas sino com
o los topos por la piel, cmo, cuando los hmedos y espesos vapores se dispersan ya
, la esfera del sol por ellos entra dbilme nte; y tu imaginacin ser ligera en alca
nzar a ver cmo de nuevo contempl el sol, que estaba ya en su ocaso.
Mis pasos a los fieles del maestro emparejando, fuera de tal nube sal a los ray
os muertos ya en lo bajo.
Oh fantasa que le sacas tantas veces de s, que el hombre nada advierte, aunque s
uenen en torno mil trompetas, si no son los sentidos, quin te mueve? Una luz que
en cielo se conforma, por s o por el Querer que aqu la empuja.
De la impiedad de aquella que se hizo el ave que en cantar ms nos deleita, a m
i imaginacin vino la huella; y entonces tanto se encerr mi mente en si misma, que
nada le llegaba del exterior que recibir pudiese.
Luego llovi en mi fantasa uno crucificado, fiero y desdeoso en su apariencia, y a
s se mora; alrededor estaba el gran Asuero, Ester su esposa, Mardoqueo el justo,
tan ntegro en sus obras y palabras.
Y como se rompiera aquella imagen por ella misma, igual que una burbuja a la q
ue falta el agua que la hizo, surgi de mi visin una muchacha llorando, y dijo: Oh
reina, por qu airada te quisiste matar? Ahora ests muerta por no querer perder a
tu Lavinia; Y me has perdido! soy la que lamento antes, madre, los tuyos, que otr
os males. Como se rompe el sueo de repente cuando hiere en los ojos la luz nueva
, que an antes de morir roto se agita; as mi imaginar cay por tierra en cuanto que
una luz hiri en mis ojos, mucho mayor de la que se acostumbra.
Yo me volv para mirar qu fuese, cuando una voz me dijo: Aqu se sube, que me apart d
e otro cualquier intento; y tan prestas las ganas se me hicieron para mirar quin
CANTO XVIII
Haba terminado sus razones mi alto doctor, mirando atentamente si en mis ojos mos
traba mi contento; y yo, a quien nueva sed atormentaba, callaba, mas por dentro
me deca: mi preguntar acaso le molesta.
Mas el padre veraz, que se dio cuenta del medroso deseo que ocultaba sin habla
r, me alent a que preguntase.
Y yo: Maestro, mi visin se aviva tanto en tu luz, que ya distingo claro lo que t
u ciencia abarca o me describe: Y as te pido, caro y dulce padre, me expliques e
CANTO XIX
Cuando el calor diurno no consigue hacer ya tibio el fro de la luna, por la tier
ra vencido y por Saturno, -que es cuando los geomantes la Fortuna Mayor ven en
oriente antes del alba, surgir por va oscura poco tiempo- me lleg en sueos una ta
rtamuda, bizca en los ojos, y en los pies torcida, descolorida y con las manos
mancas.
Yo la miraba; y como el sol conforta los fros miembros que la noche oprime, as m
i vista le volva suelta la lengua, y bien derecha la pona al poco, y su semblante
desmayado, como quiere el amor, coloreaba.
Despus de haberse en el hablar soltado, a cantar comenz, tal que con pena habra d
e ella apartado mi mente.
Yo soy -cantaba- la dulce sirena, que en la mar enloquece a los marinos; tan gr
ande es el placer que da el orme.
Yo apart a Ulises de su incierta ruta con mi cantar; y quien se me habita, raram
ente me deja: As lo atraigo! An no se haba cerrado su boca, cuando yo vi una dama sa
nta y presta al lado de m para confundirla.
Oh, Virgilio, Virgilio, quin es sta? -fieramente deca,---; y l llegaba en la honesta
fijndose tan slo.
Cogi a la otra, y le abri por delante, rasgndole el traje, y mostrndole el vientre
; me despert el hedor que desprenda.
Mir, y el buen maestro: Al menos tres voces te he dado! ---dijo-, ven, levanta; h
allaremos la entrada para que entres. Me levant, y estaban ya colmados de pleno
da el monte y sus recintos; con sol nuevo a la espalda caminbamos.
Siguindole, llevaba la cabeza tal quien de pensanentos va cargado, que hace de s
un medio arco de puente; Cuando escuch Venid, aqu se cruza dicho de un modo suave y
benigno, que no se escucha en esta mortal marca.
Con alas, que de cisne parecan, arriba nos condujo quien hablaba entre dos cara
s del duro macizo.
Movi luego las plumas dando aire, Qui lugent afirmando ser dichosos, pues tendrn
duea el alma del consuelo.
Qu tienes que a la tierra slo miras? mi gua comenz a decirme, apenas sobrepasados fu
mos por el ngel.
Y yo: Me hace marchar con tantas dudas esa nueva visin, que a ella me inclina, y
no puedo apartar del pensamiento. Has visto --dijo- aquella antigua bruja por q
uien se llora encima de nosotros; y cmo de ella el hombre se libera.
Bstete as, y camina ms aprisa; vuelve la vista al reclamo que mueve el rey eterno
con las grandes ruedas. Cual primero el halcn sus patas mira, y luego vuelve a
l grito, y se apresura por afn de la presa que le llama, as hice yo; y as, cuanto
se parte la roca por dar paso a aquel que sube, anduve hasta llegar donde se cru
za.
Cuando en el quinto crculo hube entrado, vi por aquel a gentes que lloraban, t
umbados en la tierra boca abajo.
Adhaesit pavimento anima mea o decir con tan altos suspiros, que apenas se en
tendan las palabras.
Oh elegidos de Dios, cuyos sufrires justicia y esperanza hacen ms blandos, hacia
la alta subida dirigirnos. Si vens de yacer aqu librados, y queris pronto hallar v
uestro camino, llevad siempre por fuera la derecha. As rog el poeta, y contestado
CANTO XXI
Esa sed natural que no se aplaca sino con aquel agua que la joven samaritana pid
i como gracia, me apenaba, y punzbarne la prisa por la difcil senda tras mi gua do
lindome con la justa venganza.
Y he aqu que, como escribe Lucas que a dos en el camino vino Cristo, salido de
la boca del sepulcro, apareci una sombra detrs de nosotros, al pie mirando la tu
rba yacente; y antes de percatamos de l, nos dijo: Oh hermanos mos, Dios os de la
paz.
Nos volvimos de sbito, y Virgilio le devolvi el saludo que se debe.
Dijo despus: En la corte beata, en paz te ponga aquel veraz concilio, que en el
exilio eterno me relega. Cmo! -nos dijo, caminando aprisa- : si sombras sois que a
qu Dios no destina, quin os ha hecho subir por su escalera? Y mi doctor: Si miras l
as seales que ste lleva, y que un ngel ha marcado vers que puede irse con los buenos
.
Mas como la que hila da y noche no le haba acabado an la husada que Cloto impone
y a todos apresta, su alma, que es hermana de las nuestras, subiendo no poda veni
r sola, porque no puede ver como nosotros.
Y me sacaron de la gran garganta infernal, para guiarle, y guiarele hasta dond
e mi escuela pueda hacerlo.
Mas, si lo sabes, dime, por qu tales sacudidas dio el monte, y por qu a una parec
ieron gritar hasta su base.
? As dio, preguntando, en todo el blanco de mi deseo, y con las esperanzas aquell
a sed sent ms satisfecha.
Y aquel dijo: No hay cosa que sin orden pase en la santidad de la montaa, o que
suceda fuera de costumbre.
De toda alteracin esto est libre: uno que el cielo dio y que en l recibe puede s
er la razn, y no otra causa.
Porque la lluvia, el granizo, la nieve, el roco y la escarcha ms arriba no caen
de la escalera de tres gradas; nubes espesas no hay ni enrarecidas, ni rayos, n
i la hija de Taumente, que abajo cambia a menudo de sitio; no sigue el viento
seco ms arriba que la ms alta de las escaleras, donde se sienta el vicario de Pedr
o.
Acaso tiemble abajo, poco o mucho, mas por mucho que el viento all se esconda,
no s cmo, aqu arriba nunca tiembla.
Tiembla cuando algn alma ya limpiada se siente, y se levanta o se encamina para
subir; y tal grito la sigue.
Da prueba ese deseo de estar limpia, que, libre ya para mudar de sitio, toma a
l alma y la empuja con deseo.
Antes lo quiso, y lo impidi el talento pues contra ese deseo, la Justicia, como
fue en el pecar, pone al castigo.
Y yo que en estas penas he yacido ms de quinientos aos, slo ahora anhelo libremen
te un mejor solio: por eso el terremoto y los piadosos espritus oisteis, alaband
o a aquel Seor, que pronto los reclame. As nos dijo; y tal como disfruta ms del be
ber quien tiene sed ms grande, no podra explicar mi gran contento.
Y el sabio gua: Ya comprendo ahora la red que os prende y cmo deslazarla, y por q
u hay regocijos y temblores.
Ahora quin fuiste plzcate contarme, y por qu tantos siglos has yacido aqu, mustrame
lo con tus palabras. En la edad que el buen Tito, con la ayuda del sumo rey, ve
ng los agujeros de aquella sangre por Judas vendida, con el nombre que ms dura y
ms honra viva yo -repuso aquel espritu- ya bastante famoso, mas sin fe.
Tan grande fue lo dulce de mi canto, que, tolosano, a Roma me trajeron, y mere
c con mirto honrar mis sienes.
Por Estacio an la gente me conoce: cant de Tebas y del gran Aquiles; mas qued en
el camino la segunda.
Semilla de mi ardor fueron las ascuas, que me quemaron, de la llama santa en q
empo y la justicia vuelven, nueva progenie de los cielos baja. Por ti poeta fui
, por ti cristiano: mas para ver mejor lo que dibujo, para darle color la mano e
xtiendo.
Preado estaba el mundo todo entero de la fe verdadera, que sembraron los mensaj
eros del eterno reino, y tus palabras que antes he citado con las prdicas nuevas
concordaban; y tom por costumbre el visitarles.
Tan santos luego fueron pareciendo, que en la persecucin de Domiciano, sin mis
lgrimas ellos no lloraban; y mientras que en mi mano hacerlo estuvo les ayudaba
, y con sus rectas vidas me hicieron despreciar toda otra secta.
Y antes de poetizar sobre los griegos y sobre Tebas, tuve mi bautismo; pero p
or miedo fui un cristiano oculto, mostrndome pagano mucho tiempo; y esa tibieza
en el recinto cuarto me recluy por ms de cuatro siglos.
T pues, que ya este velo has levantado que me esconda cuanto bien he dicho, mien
tras que de subir nos ocupamos, dnde est, dime, aquel Terencia antiguo, Varrn, Pl
auto, Cecilio, si lo sabes: y si estn condenados y en qu crculo. Esos y Persio, y
yo, y bastantes otros -le respondi- se encuentran con el Griego a quien las musa
s ms amamantaron, en el primer recinto de la crcel; y hablarnos muchas veces de a
quel monte donde nuestras nodrizas se hallan siempre.
Tambin estn Simnides y Eurpides, Antifonte, Agatn y muchos otros griegos que de la
ureles se coronan.
All se ven aquellas gentes tuyas, Antgona, Defile y Arga.
y as como lo fue de triste, a Ismene.
Vemos a aquella que mostr Langa, a Tetis y la hija de Tiresias, y a Deidamia co
n todos sus hermanos. Ya se callaban ambos dos poetas, de nuevo atentos a mirar
en torno, ya libres de subir y de paredes; y haban cuatro siervas ya del da atrs
quedado, y al timn la quinta enderezaba a lo alto el carro ardiente, cuando mi g
ua: Creo que hacia el borde volver el hombro diestro nos conviene, dando la vuelta
al monte cual solemos.
As fue nuestro gua la costumbre, y emprendimos la ruta ms tranquilos pues lo apro
baba aquel alma tan digna.
Ellos iban delante, y solitario yo detrs, escuchando sus palabras, que en poeti
zar me daban su intelecto.
Mas pronto rompi las dulces razones un rbol puesto en medio del camino, con manz
anas de olor bueno y suave; y as corno el abeto se adelgaza de rama en rama, aqu
el abajo haca, para que nadie, pienso, lo subiera.
Del lado en que el camino se cortaba, caa de la roca un licor claro, que se ext
enda por las hojas altas.
Al rbol se acercaron los poetas; y una voz desde dentro de la fronda grit: Muy ca
ro cuesta este alimento. Ms pensaba Mara en que las bodas -sigui- fueran honradas,
que en su boca, esa que ahora intercede por vosotros.
Las antiguas romanas slo agua beban; y Daniel, que despreciaba el alimento, conq
uist la ciencia.
La edad primera, bella como el oro, hizo con hambre gustar las bellotas, y nctar
con la sed cualquier arroyo.
Miel y langostas fueron las viandas que en el yermo nutrieron al Bautista; por
lo cual es tan grande y tan glorioso como en el Evangelio se demuestra.
CANTO XXIII
Mientras los ojos por la verde fronda fijaba de igual modo que quien suele del p
ajarillo en pos perder la vida, el ms que padre me deca: Hijo, ven pronto, pues el
tiempo que nos dieron ms tilmente aprovechar se debe. Volv el rostro y el paso si
n tardarme, junto a los sabios, que en tal forma hablaban, que me hicieron anda
r sin pena alguna.
Y en esto se escuch llorar y un canto labia mea domine, en tal modo, cual si pa
riera gozo y pesadumbre.
Oh dulce padre, qu es lo que ahora escucho?, yo comenc; y l: Sombras que caminan de
us deudas el nudo desatando. Como los pensativos peregrinos, al encontrar extrao
s en su ruta, que se vuelven a ellos sin pararse, as tras de nosotros, ms aprisa,
al llegar y pasamos, se asombraba de nimas turba tcita y devota.
Todos de ojos hundidos y apagados, de plidos semblantes, y tan flacos que del h
ueso la piel tomaba forma.
No creo que a pellejo tan extremo seco, hubiese llegado Erisitone, ni cuando
fue su ayuno ms severo.
Y pensando decame: Aqu viene la gente que perdi Jerusaln, cuando Mara devor a su hi
Parecan sus rbitas anillos sin gemas: y quien lee en la cara "omo" bien podra en
contrar aqu la eme.
Quin pensara que el olor de un fruto tal hiciese, el anhelo produciendo, o el de
una fuente, no sabiendo cmo? Maravillado estaba de tal hambre, pues la razn an no
conoca de su piel escarnada y su flaqueza, cuando de lo ms hondo de su rostro fij
a su vista me volvi una sombra; luego fuerte exclam: "Qu gracia es sta?" Nunca el ro
stro le hubiese conocido; pero en la voz se me hizo manifiesto lo que el aspecto
haba deformado.
Esta chispa encendi de aquel tan otro rostro del todo mi conocimiento, y conoc l
a cara de Forese. Ah, no te fijes en la seca roa que me destie -rogaba- la piel, n
i por la falta de carne que tenga; dime en verdad de ti, y de quin son esas dos n
imas que all te dan escolta; no te quedes aqu sin que me hables! Tu cara, que llor cu
ando moriste, con no menos dolor ahora la lloro -le respond- al mirarla tan cambi
ada.
Pero dime, por Dios que as os deshoja; no pidas que hable, pues estoy atnito; ma
l podr hablar quien otra cosa quiere. Y l a m- Del querer eterno baja un efecto en
el agua y en el rbol que dejasteis atrs, que as enflaquece.
Toda esta gente que llorando canta, por seguir a la gula sin medida, santa se
vuelve aqu con sed y hambre De comer y beber nos da el deseo el olor de la fruta
y del roco que se extiende por sobre la verdura.
Y ni un solo momento en este espacio dando vueltas, mitiga nuestra pena: pena
digo y debiera decir gozo, que aquel deseo al rbol nos conduce donde Cristo gozo
so dijo Eli , cuando nos redimi la sangre suya. Yo contest: Forese, desde el da q
ue el mundo por mejor vida trocaste, cinco aos an no han transcurrido.
Si antes se termin el que t pudieras pecar an ms, de que llegase la hora del buen
dolor que a Dios volver nos hace, cmo es que ests arriba ya tan pronto? Yo pensaba
encontrarte all debajo, donde el tiempo con tiempo se repara. Y l respondi: Tan pr
onto me ha logrado que beba el dulce ajenjo del martirio mi Nela con su llanto s
in fatiga.
Con devotas plegarias y suspiros me trajo de la playa en que se espera, y me h
a librado de los otros crculos.
Tanto ms cara a Dios y ms dilecta es mi viudita, a la que tanto amaba, cuanto en
su bien obrar est ms sola; puesto que la Barbagia de Sicilia es ms pdica ya con s
us mujeres que la Barbagia en donde la he dejado.
Dulce hermano qu quieres que te diga? Ya presiento unos tiempos venideros de que
esta hora ya no est lejana, en que ser en el plpito vedado el que las descaradas
florentinas vayan mostrando en pblico las tetas.
Qu brbara hubo nunca o musulmanas que precisaran para andar cubiertas disciplina e
n el alma o de las otras? Mas si supieran esas sinvergenzas lo que veloz el ciel
o les depara, ya para aullar sus bocas abriran; pues si el vaticinar aqu no engaa,
sufrirn antes de que crezca el bozo a los que ahora con nanas consuelan.
Ahora ya no te escondas ms, oh hermano, que no slo yo, ms toda esta gente, mira e
l lugar donde la luz no pasa. Por lo que yo le dije: Si recuerdas lo que fui par
a ti, y para mi fuiste, an ser triste el recordar presente.
De aquella vida me sustrajo aquel que va delante, el otro da, cuando redonda se
mostr la hermana de ese --seal el sol.
Y aqul por la profunda noche llevme de los muertos ciertos con esta carne cierta
que le sigue.
De all con sus auxilios me ha trado, subiendo y rodeando la montaa, que os endere
za a los que el mundo tuerce.
Dice que habr de hacerme compaa hasta que est donde Beatriz se encuentra; all es pr
eciso que sin l me quede.
Virgilio es quien tal cosa me ha contado -y se lo seal-; y aqul la sombra por qui
en se ha conmovido cada cuesta de vuestro reino del que ya se marcha.
CANTO XXIV
Ni hablar a andar, ni andar a aquel ms lento haca, mas hablando a prisa bamos cual
nao que empuja un viento favorable; y las sombras, ms muertas pareciendo, admirac
in ponan en las cuencas de los ojos, sabiendo que viva.
Y yo, continuando mis palabras dije: Y asciende acaso ms despacio de lo que en o
tro momento lo hara.
Mas dime de Piccarda, si es que sabes; y dime si estoy viendo a alguien notab
le entre esta gente que as me contempla. Mi hermana, que entre hermosa y entre bu
ena no s qu fuera ms, alegre triunfa en el Olimpo ya de su corona. Dijo primero; y
luego: Aqu podemos a cualquiera nombrar pues tan mudado nuestro semblante est por
la abstinencia.
Ese -y le seal- es Bonagiunta, Bonagiunta de Lucca; y esa cara a su lado, cosid
a ms que otras.
tuvo la santa iglesia entre sus brazos: naci en Tours, y aqu purga con ayunos el
vino y las anguilas de Bolsena. Uno por uno a muchos me nombr; y al nombrarles
contentos parecan, y no vi ningn gesto de tristeza.
Vi por el hambre en vano usar los dientes a Ubaldn de la Pila y Bonifacio, que
apacentara a muchos con su torre.
Vi a Maese Marqus, que ocasin tuvo de beber en Forl sin sequedades, y que nunca
vease saciado.
Mas como hace el que mira y luego aprecia ms a uno que otro, hice al luqus, que
de m ms curioso pareca.
l murmuraba, y no s que Gentucca senta yo, donde l senta la plaga de la justicia qu
as le roa.
Alma dije- que tal deseo muestras de hablar conmigo, hazlo claramente, y a los do
s satisfaz con tus palabras. Hay nacida, an sin velo, una mujer --l comenz- que har
que mi ciudad te plazca aunque otros muchos la desprecien.
T marchars con esta profeca: si en mi murmullo alguna duda tienes, la realidad en
claro ha de ponerlo.
Pero dime si veo a quien compuso aquellas nuevas rimas que empezaban: Mujeres q
ue el Amor bien conocis. Y yo le dije: Soy uno que cuando Amor me inspira, anoto,
y de esa forma voy expresando aquello que me dicta. Ah hermano, ya comprendo --dijo- el nudo que al Notario, a Guiton y a m separa del dulce estilo nuevo que te
escucho! Bien veo ahora cmo vuestras plumas detrs de quien os dicta van pegadas,
lo que no suceda con las nuestras; y quien se ponga a verlo de otro modo no enc
ontrar ninguna diferencia. Y se call bastante satisfecho.
Cual las aves que invernan junto al Nilo, a veces en el aire hacen bandadas, y
luego aprisa vuelan en hilera, as toda la gente que all estaba, volviendo el ros
tro apresur su paso, por su flaqueza y su deseo raudas.
Y como el hombre de correr cansado deja andar a los otros, y pasea hasta que c
alma el resollar del pecho, dej que le pasara la grey santa y conmigo detrs vino
Forese, diciendo: Cundo te ver de nuevo? No s -repuse-, cunto vivir;.
mas no ser mi vuelta tan temprano, que antes no est a la orilla mi deseo; porque
el lugar donde a vivir fui puesto, del bien, de da en da, se despoja, y parece dis
puesto a triste ruina. Y l: nimo, pues veo al ms culpable, arrastrado a la cola de
un caballo hacia aquel valle donde no se purga.
La bestia a cada paso va ms rauda, siempre ms, hasta que ella le golpea, y deja
el cuerpo vilmente deshecho.
No mucho han de rodar aquellas ruedas -y mir al cielo- y claro habr de serte est
o que ms no puedo declararte.
Ahora qudate aqu, que es caro el tiempo en este reino, y ya perd bastante caminan
do contigo paso a paso. Como al galope sale algunas veces un jinete del grupo q
ue cabalga, por ganar honra en los primeros golpes, con pasos an mayores nos dej;
y me qued con esos dos que fueron en el mundo tan grandes mariscales.
Y cuando estuvo ya tan adelante, que mis ojos seguan tras de l, como mi mente tr
as de sus palabras.
vi las ramas cargadas y frondosas de otro manzano, no mucho ms lejos por haber
slo entonces hecho el giro Vi gentes bajo aquel alzar las manos y gritar no s qu h
acia la espesura, como en vano anhelantes chiquitines que piden, y a quien pide
n no responde, mas por hacer sus ganas ms agudas, les muestra su deseo puesto en
alto.
Luego se fueron ya desengaadas; y nos aproximamos al gran rbol, que tanto llanto
y splicas desdea.
Seguid andando y no os aproximis: un leo hay ms arriba que mordido fue por Eva y e
s ste su retoo. Entre las frondas no s quin hablaba; y as Virgilio, Estacio y yo, ap
retados seguimos caminando por la cuesta.
Deca: Recordad a los malditos nacidos de las nubes, que, borrachos, con dos pec
hos lucharon con Teseo; y a los hebreos, por beber tan flojos, que Geden no qui
so de su ayuda, cuando a Madin baj de las colinas. As arrimados a uno de los borde
s, oyendo fuimos culpas de la gula seguidas del castigo miserable.
Ya en la senda desierta, distanciados, ms de mil pasos nos llevaron lejos, los
tres mirando sin decir palabra.
Solos as los tres qu vais pensando?, dijo una voz de pronto; y me agit como un cabal
lo joven y espantado.
Alc mi rostro para ver quin era; y jams pude ver en ningn horno vidrio o metal tan
rojo y tan luciente, como a quien vi diciendo: Si os complace subir, aqu debis d
e dar la vuelta; quien marcha hacia la paz, por aqu pasa. Me deslumbr la vista co
n su aspecto; por lo que me volv hacia mis doctores, como el hombre a quien gua lo
que escucha.
Y como, del albor anunciadora, sopla y aroma la brisa de mayo, de hierba y flo
res toda perfumada; yo as senta un viento por en medio de la frente, y sent un mov
er de plumas, que hizo oler a ambrosa el aura toda.
Sent decir: Dichosos los que alumbra tanto la gracia, que el amor del gusto en s
u pecho no alienta demasiado, apeteciendo siempre cuanto es justo.
CANTO XXV
Dilacin no admita la subida; puesto que el sol haba ya dejado la noche al Escorpin,
el da al Toro: y as como hace aqul que no se para, mas, como sea, sigue su camino,
por la necesidad aguijonado, as fuimos por el desfiladero, subiendo la escalera
uno tras otro, pues su estrechez separa a los que suben.
Y como el cigoino el ala extiende por ganas de volar, y no se atreve a abandona
r el nido, y las repliega; tal mis ganas ardientes y apagadas de preguntar; hac
iendo al fin el gesto que hacen aquellos que al hablar se aprestan.
Por ello no dej de andar aprisa, sino dijo mi padre: Suelta el arco del decir, q
ue hasta el hierro tienes tenso. Ya entonces confiado abr la boca, y dije: Cmo pue
de adelgazarse all donde comer no es necesario. Si recordaras cmo Meleagro se ext
ingui al extinguirse el ascua aquella -me dijo- de esto no te extraaras; y si pens
aras cmo, si te mueves, tambin tu imagen dentro del espejo, claro vers lo que parec
e oscuro.
Mas para que el deseo se te aquiete, aqu est Estacio; y yo le llamo y pido que s
ea el curador de tus heridas. Si la visin eterna le descubro.
-repuso Estacio-, estando t delante, el no poder negarme me disculpe. Y despus co
menz: Si mis palabras, hijo, en la mente guardas y recibes, darn luz a aquel "cmo"
que dijiste.
La sangre pura que no es absorbida por las venas sedientas, y se queda cual a
limento que en la mesa sobra, toma en el corazn a cualquier miembro la virtud de
dar forma, como aquella que a hacerse aquellos vase por las venas.
Digerida, desciende, donde es bello ms callar que decir, y all destila en vaso n
atural sobre otra sangre.
All se mezclan una y otra juntas, una a sufrir dispuesta, a hacer la otra, pues
que procede de un lugar perfecto; y una vez que ha llegado, a obrar comienza c
oagulando primero, y avivando lo que hizo consistente su materia.
Alma ya hecha la virtud activa cual de una planta, slo diferente que una en cam
ino est y otra ha llegado, sigue obrando despus, se mueve y siente, como un hongo
marino; y organiza esas potencias de las que es semilla.
Aqu se extiende, hijo, y se despliega la virtud que sali del corazn del generante
, y forma da a los miembros.
Mas cmo el animal se vuelve hablante no puedes ver an, y uno ms sabio que t, se eq
uivocaba en este punto, y as con su doctrina separaba del alma la posible inteli
gencia, por no encontrarle un rgano adecuado.
A la verdad que viene abre tu pecho; y sabrs que, tan pronto se termina de arti
cularle al feto su cerebro, complacido el Primer Motor se vuelve a esa obra de
arte, en la que inspira nuevo espritu, lleno de virtudes, que lo que encuentra a
ctivo aqu rene en su sustancia, y hace un alma sola, que vive y siente y a s misma
mira.
Y por que no te extraen mis palabras mira el calor del sol que se hace vino, ju
nto al humor que nace de las vidas.
Cuando ms lino Laquesis no tiene, se suelta de la carne, y virtualmente lo div
ino y lo humano se lo lleva.
Ya enmudecidas sus otras potencias, inteligencia, voluntad, memoria en acto q
uedan mucho ms agudas.
Sin detenerse, por s misma cae maravillosamente en una u otra orilla; y de ant
emano sabe su camino.
En cuanto ese lugar la circunscribe, la virtud formativa irradia en torno del
mismo modo que en los miembros vivos: y como el aire, cuanto est muy hmedo, por
otro rayo que en l se refleja, con diversos colores se engalana; as el aire cerca
no se dispone, y en esa misma forma que le imprime virtualmente el alma all parad
a; Y despus, a la llama semejante que sigue al fuego al sitio donde vaya, la nue
va forma al espritu sigue.
Y como aqu recibe su aparencia, sombra se llama; y luego aqu organiza cualquier
sentido, incluso el de la vista.
Por esta causa hablamos y remos; y suspiros y lgrimas hacemos que has podido sen
tir por la montaa.
Segn que nos afligen los deseos y los otros afectos, toma forma la sombra, y es
la causa que te admira. Y ya llegado al ltimo tormento habamos, y vuelto a la de
recha, y estbamos atentos a otras cosas.
Aqu dispara el muro llamaradas, y por el borde sopla un viento a lo alto que la
s rechaza y las aleja de l; y por esto debainos andar por el lado de afuera de un
o en uno; y yo tema el fuego o la cada.
Por este sitio -gua iba diciendo- a los ojos un freno hay que ponerles, pues err
ar se podra por muy poco.
Summae Deus Clamentiae en el seno del gran ardor o ca ntar entonces, que no me
nos ardor dio de volverme; y vi almas caminando por las llamas; as que a ellas m
iraba y a mis pasos, repartiendo la vista por momentos.
Una vez que aquel himno terminaron gritaron alto: Virum no cognosco; y el himno
repetan en voz baja.
Y al terminar gritaban: En el bosque Diana se qued y arroj a Elice porque prob de
Venus el veneno. Luego a cantar volvan; y de esposas y de maridos castos procla
maban, cual la virtud y el matrimonio imponen.
Y de esta forma creo que les baste en todo el tiempo que el fuego les quema: C
on tal afn conviene y en tal forma que la postrera herida cicatrice.
CANTO XXVI
Mientras que por la orilla uno tras otro marchbamos y el buen maestro a veces Mira
--deca- como te he advertido; sobre el hombro derecho el sol me hera, que ya, rad
iando, todo el occidente el celeste cambiaba en blanco aspecto; y haca con mi so
mbra ms rojiza la llama parecer; y al darse cuenta vi que, andando, miraban mucha
s sombras.
Esta fue la ocasin que les dio pie a que hablaran de m-, y as empezaron Este cuerp
o ficticio no parece; luego vueltos a m cuanto podan, se cercioraron de ello, con
cuidado siempre de no salir de donde ardiesen.
Oh t que vas, no porque tardo seas, mas tal vez reverente, tras los otros, respnd
eme, que en este fuego ardo.
No slo a m aproveche tu respuesta; pues mayor sed tenemos todos de ella que de a
gua fra la India o la Etiopa.
Dinos cmo es que formas de ti un muro al sol, de tal manera que no hubieses an e
ntrado en las redes de la muerte. As me hablaba uno; y yo me hubiera ya explica
do, si no estuviese atento a otra novedad que entonces vino; que por medio de a
quel sendero ardiente vino gente mirando hacia los otros, lo cual, suspenso, me
llev a observarlo.
Apresurarse vi por todas partes y besarse a las almas unas a otras sin pararse
, felices de tal fiesta; as por medio de su hilera oscura una a la otra se hocic
an las hormigas, por saber de su suerte o su camino.
En cuanto dejan la acogida amiga, antes de dar siquiera el primer paso, en voc
ear se cansan todas ellas: la nueva gente: Sodoma y Gomorra; los otros: En la vac
a entra Pasifae, para que el toro corra a su lujuria. Despus como las grullas qu
e hacia el Rif vuelan en parte, y parte a las arenas, o del hielo o del sol haci
endo ascos, una gente se va y otra se viene; vuelven llorando a sus primeros ca
ntos y a gritar eso que ms les atae; y acercronse a m, como hace poco esos otros ha
banme rogado, deseosos de or en sus semblantes.
Yo que dos veces viera su deseo; Oh almas ya seguras --comenc- de conseguir la p
az tras de algn tiempo, no han quedado ni verdes ni maduros all mis miembros, mas
aqu los traigo con su sangre y sus articulaciones.
Subo para no estar ya nunca ciego; una mujer me obtuvo la merced, de venir con
e l cuerpo a vuestro mundo.
Mas vuestro anhelo mayor satisfecho sea pronto, y as os albergue el cielo que l
leno est de amor y ms se espacia, decidme, a fin de que escribirlo pueda, quines s
eis, y quin es esa turba que se march detrs a vuestra espalda. No de otro modo estpi
do se turba el montas, y mira y enmudece, cuando va a la ciudad , rudo y salvaje,
que en su apariencia todas esas sombras; ms ya de su estupor recuperadas, que de
las altas almas pronto sale, Dichoso t que de nuestras regiones -volvi a decir aqu
el que habl primero-, para mejor morir sapiencia adquieres! La gente que no viene
con nosotros, pec de aquello por lo que en el triunfo Csar oy que "reina" lo llama
ban: por eso vanse gritando "Sodoma", reprobndose a s, como has odo, con su vergenz
a el fuego acrecentando.
Hermafrodita fue nuestro pecado; y pues que no observamos ley humana, siguiend
o el apetito como bestias, en nuestro oprobio, por nosotros se oye cuando parti
mos el nombre de aquella que en el leo bestial bestia se hizo.
Ya sabes nuestros actos, nuestras culpas: y si de nombre quieres conocemos, de
cirlo no sabra, pues no hay tiempo.
Apagar de m, al menos, tus ganas: Soy Guido Guinizzelli, y aqu peno por bien ant
es del fin arrepentirme. Igual que en la tristeza de Licurgo hicieron los dos
hijos a su madre, as hice yo, pero sin tanto mpetu, cuando escuch nombrarse l mismo
al padre mo y de todos, el mejor que rimas de amor usaron dulces y donosas; y p
ensativo, sin or ni hablar, contemplndole anduve un largo rato, mas, por el fuego,
sin aproximarme.
Luego ya de mirarle satisfecho, me ofrec enteramente a su servicio con jurament
os que a otros aseguran.
y l me dijo: T dejas tales huellas en m, por lo que escucho, y tan palpables, que
no puede borrarlas el Leteo.
Mas si en verdad juraron tus palabras, dirne por qu razones me demuestras al mi
ra.
rme y hablarme tanto aprecio. Y yo le dije: Vuestros dulces versos, que, mientras
duren los modernos usos, harn preciada aun su misma tinta. Oh hermano --dijo,-, s
e que te indico -y seal un espritu delante- fue el mejor artesano de su lengua.
En los versos de amor o en narraciones a todos super; y deja a los tontos que c
reen que el Lemosn le aventajaba.
A las voces se vuelven, no a lo cierto, y su opinin conforman de este modo ante
s de or a la razn o al arte.
As hicieron antao con Guittone, de voz en voz corriendo su alabanza, hasta que
la verdad se ha impuesto a todos.
Ahora si tienes tanto privilegio, que lcito te sea ir hasta el claustro del col
egio del cual abad es Cristo, de un padre nuestro dile aquella parte, que nos e
s necesaria en este mundo, donde poder pecar ya no es lo nuestro. Luego tal vez
por dar cabida a otro que cerca estaba, se perdi en el fuego, como en el agua el
pez que se va al fondo.
Yo me acerqu a quien antes me indicara, y dije que a su nombre mi deseo un siti
o placentero dispona.
Y comenz a decirrne cortsmente: Tan m abelfis vostre cortes deman, qu ieu non me
puesc ni voil a vos cobrire.
Ieu sui Arnaut, que plor e vau cantan; consiros vei la passada folor, a vei ja
usen lo joi que esper, denan.
Ara voz prec, per aquella valor que vos guida al som de l escalina, sovenha vo
s a temps de ma dolor. Luego se hundi en el fuego que le salva.
.
CANTO XXVII
Igual que vibran los primeros rayos donde esparci la sangre su Creador, cayendo e
l Ebro bajo la alta Libra, y a nona se caldea el agua al Ganges, el sol estaba
; y se marchaba el da, cuando el ngel de Dios alegre vino.
Fuera del fuego sobre el borde estaba y cantaba: Beati mundi cordi! con voz much
o ms viva que la nuestra.
Luego: Ms no se avanza, si no muerde almas santas, el fuego: entrad en l y escuch
ad bien el canto de ese lado. Nos dijo as cuanto estuvimos cerca; por lo que yo
me puse, al escucharle, igual que aquel que meten en la fosa.
Por protegerme alc las manos juntas en vivo imaginando, al ver el fuego, humano
s cuerpos que quemar he visto.
Hacia m se volvi mi buena escolta; y Virgilio me dijo entonces: Hijo, puede aqu ha
ber tormento, mas no muerte.
Acurdate, acurdate! Y si yo sobre Gerin a salvo te conduje, ahora qu hara ya de Dio
ms cerca? Cree ciertamente que si en lo profundo de esta llama aun mil aos estuv
ieras, no te podra ni quitar un pelo.
Y si tal vez creyeras que te engao vete hacia ella, vete a hacer la prueba, con
tus manos al borde del vestido.
Dejn, depn ahora cualquier miedo; vulvete y ven aqu.
seguro entra. Y en contra yo de mi conciencia, inmvil.
Al ver que estaba inmvil y reacio, dijo un poco turbado: Mira, hijo: entre Beatr
iz y t se alza este muro. Corno al nombre de Tisbe abri los ojos Pramo, y antes de
morir la vio, cuando el moral se convirti en bermejo; as, mi obstinacin ms ablanda
da, me volv al sabio gua oyendo el nombre que en n memoria siempre se renueva.
Y l movi la cabeza, y dijo: Cmo! quieres quedarte aqu?; y me sonrea, como a un ni
en vence una manzana.
Luego delante de m entr en el fuego, pidiendo a Estacio que tras mi viniese, que
en el largo camino estuvo en medio.
En el vidrio fundido, al estar dentro, me hubiera echado para refrescarme, pue
s tanto era el ardor desmesurado.
Y por reconfortarme el dulce padre, me hablaba de Beatriz mientras andaba: Ya m
e parece que sus ojos veo. Nos guiaba una voz que al otro lado cantaba y, atend
iendo slo a ella, llegamos fuera, adonde se suba.
Venite, benedictis patris mei! se escuch dentro de una luz que haba, que me v
enci y que no pude mirarla.
El sol se va --sigui- y la tarde viene; no os detengis, acelerad el paso, mientra
s que el occidente no se adumbre. Iba recto el camino entre la roca hacia donde
los rayos yo cortaba delante, pues el Sol ya estaba bajo.
Y poco trecho habamos subido cuando ponerse el sol, al extinguirse mi sombra, p
or detrs los tres sentimos.
Y antes que en todas sus inmensas partes tomara el horizonte un mismo aspecto,
y adquiriese la noche su dominio, de un escaln cada uno hizo su lecho; que la na
tura del monte impeda el poder subir ms y nuestro anhelo.
Como quedan rumiando mansamente esas cabras, indmitas y hambrientas antes de ha
ber pastado, en sus picachos, tcitas en la sombra, el sol hirviendo, guardadas d
el pastor que en el cayado se apoya y es de aquellas el viga; y como el rabadn se
alberga al raso, y pemocta junto al rebao quieto, guardando que las fieras no lo
ataquen; as los tres estbamos entonces, yo como cabra y ellos cual pastores, aqu
y all guardados de alta gruta.
Poco poda ver de lo de afuera; mas, de lo poco, las estrellas vi mayores y ms cl
mujer que baila, y un pie pone delante de otro apenas, volvi sobre las rojas y
amarillas florecillas a m, no de otro modo que una virgen su honesto rostro incli
na; y as mis ruegos fueron complacidos, pues tanto se acerc, que el dulce canto l
legaba a m, entendiendo sus palabras.
Cuando lleg donde la hierba estaba baada de las ondas del riachuelo, de alzar su
s ojos hzome regalo.
Tanta luz yo no creo que esplendiera Venus bajo sus cejas, traspasada, fuera
de su costumbre, por su hijo.
Ella rea en pie en la orilla opuesta, ms color disponiendo con sus manos, que es
a elevada tierra sin semillas.
Me apartaban tres pasos del arroyo; y el Helesponto que Jerjes cruz an freno a t
oda la soberbia humana, no soport ms odio de Leandro cuando nadaba entre Sesto y
Abido, que aquel de m, pues no me daba paso.
Sois nuevos y tal vez porque sonro.
en el sitio elegido --dijo ella- como nido de la natura humana, asombrados os t
iene alguna duda; mas luz el salmo Delestasti otorga, que puede disipar vuestro
intelecto.
Y t que ests delante y me rogaste, dime si quieres ms or; pues presta a resolver t
us dudas he venido.
El son de la floresta -dije , el agua, me hacen pensar en una cosa nueva, de ot
ra cosa distinta que he escuchado. Y ella: Te explicar cmo deriva de su causa este
hecho que te asombra, despejando la niebla que te ofende.
El sumo bien que slo en l se goza, hizo bueno y al bien al hombre en este lugar
que le otorg de paz eterna.
Pero aqu poco estuvo por su falta; por su falta en gemidos y en afanes cambi la
honesta risa, el dulce juego.
Y para que el turbar que abajo forman los vapores del agua y de la tierra, qu
e cuanto pueden van tras del calor, al hombre no le hiciese guerra alguna, subi
tanto hacia el cielo esta montaa, y libre est de l, donde se cierra.
Mas como dando vueltas por entero con la primera esfera el aire gira, si el crc
ulo no es roto en algn punto, en esta altura libre, el aire vivo tal movimiento
repercute y hace, que resuene la selva en su espesura; tanto puede la planta go
lpeada, que su virtud impregna el aura toda, y ella luego la esparce dando vuelt
as; y segn la otra tierra sea digna, por su cielo y por s, concibe y cra.
de diversa virtud diversas plantas.
Luego no te parezca maravilla, odo esto, cuando alguna planta crezca all sin sem
illa manifiesta.
Y sabrs que este campo en que te hallas, repleto est de todas las simientes, y t
iene fr utos que all no se encuentran.
El agua que aqu ves no es de venero que restaure el vapor que el hielo funde,
como un ro que adquiere o pierde cauce; mas surge de fontana estable y cierta, q
ue tanto del querer de Dios recibe, cuando vierte en dos partes separada.
Por este lado con el don desciende de quitar la memoria del pecado; por el otr
o de todo el bien la otorga; Aqu Leteo; igual del otro lado Eno se llama, y no ha
ce efecto si en un sitio y en otro no es bebida: este supera a todos los sabore
s.
Y aunque bastante pueda estar saciada tu sed para que ms no te descubra, un cor
olario te dar por gracia; no creo que te sea menos caro mi decir, si te da ms que
prometo.
Tal vez los que de antiguo poetizaron sobre la Edad de oro y sus delicias, en
el Parnaso este lugar soaban.
Fue aqu inocente la humana raz; aqu la primavera y fruto eterno; este es el nctar
del que todos hablan. Me dirig yo entonces hacia atrs y a mis poetas vi que sonri
entes escucharon las ltimas razones; luego a la bella dama torn el rostro.
CANTO XXIX.
Cantando cual mujer enamorada, al terminar de hablar continu: Beati quorum tacta s
unt peccata.
Y cual las ninfas que marchaban solas por las sombras selvticas, buscando cul e
vitar el sol, cul recibirlo, se dirigi hacia el ro, caminando por la ribera; y yo
al comps de ella, siguiendo lentamente el lento paso.
Y ciento ya no haba entre nosotros, cuando las dos orillas dieron vuelta, y me
qued mirando hacia levante.
Tampoco fue muy largo as el camino, cuando a m la mujer se dirigi, diciendo: Herma
no mo, escucha y mira. Y se vio un resplandor sbitamente por todas partes de la g
ran floresta, que acaso yo pens fuera un relmpago.
Pero como ste igual que viene, pasa, y aquel, durando, ms y ms luca, deca para m.
Qu cosa es sta;? Resonaba una dulce meloda por el aire esplendente; y con gran celo
yo a Eva reprochaba de su audacia, pues donde obedecan cielo y tierra, tan slo un
a mujer, recin creada, no consinti vivir con velo alguno; bajo el cual si sumisa
hubiera estado, habra yo gozado esas delicias inefables, an antes y ms tiempo.
Mientras yo caminaba tan absorto entre tantas primicias del eterno placer, y d
eseando an ms deleite, cual un fuego encendido, ante nosotros el aire se volvi baj
o el ramaje; y el dulce son cual canto se entenda.
Oh sacrosantas vrgenes, si fros por vosotras sufr, vigilias y hambres, razn me urg
e que a favor os mueva.
El manar de Helicona necesito, y que Urania me inspire con su coro poner en ve
rso cosas tan abstrusas.
Ms adelante, siete rboles ureos falseaba en la mente el largo trecho del espacio
que haba entre nosotros; pero cuando ya estaba tan cercano que el objeto que en
gaa los sentidos ya no perda forma en la distancia, la virtud que prepara el inte
lecto, me hizo ver que eran siete candelabros, y Hosanna era el cantar de aquel
las voces.
Por encima el conjunto flameaba ms claro que la luna en la serena medianoche e
n el medio de su mes.
Yo me volv de admiracin colmado al bueno de Virgilio, que repuso con ojos llenos
de estupor no menos.
Volv la vista a aquellas maravillas que tan lentas venan a nosotros, que una rec
in casada las venciera.
La mujer me grit: Por qu contemplas con tanto ardor las vivas luminarias, y lo que
viene por detrs no miras? Y tras los candelabros vi unas gentes venir despacio,
de blanco vestidas; y tanta albura aqu nunca la vimos.
Brillaba el agua a nuestro lado izquierdo, el izquierdo costado devolvi ndome,
si se miraba en ella cual espejo.
Cuando estuve en un sitio de mi orilla, que slo el ro de ellos me apartaba, para
verles mejor detuve el paso, y vi las llamas que iban por delante dejando tras
de s el aire pintado, como si fueran trazos de pinceles; de modo que en lo alto
se vean siete franjas, de todos los colores con que hace el arco el Sol y Delia
el cinto.
Los pendones de atrs eran ms grandes que mi vista; y diez pasos separaban, en mi
opinin, a los de los extremos Bajo tan bello cielo como cuento, coronados de li
rios, veinticuatro ancianos avanzaban por parejas.
Cantaban: Entre todas Benedicta las nacidas de Adn, y eternamente benditas sean
las bellezas tuyas. Despus de que las flores y la hierba, que desde el otro lado
contemplaba, se vieron libres de esos elegidos, como luz a otra luz sigue en e
l cielo, cuatro animales por detrs venan, de verde fronda todos coronados.
Seis alas cada uno posea; con ojos en las plumas; los de Argos tales seran, si v
ivo estuviese.
A describir su forma no dedico lector, ms rimas, pues que me urge otra tarea, y
no podra aqu alargarme; pero lete a Ezequiel, que te lo pinta como l los vio venir
desde la fra zona, con viento, con nubes, con fuego; y como lo vers en sus escri
tos, tales eran aqu, salvo en las plumas; Juan se aparta de aquel y est conmigo.
En el espacio entre los cuatro haba, sobre dos ruedas, un carro triunfal, que d
e un grifo vena conducido.
Hacia arriba tenda las dos alas entre la franja que haba en el centro y las tres
y otras tres, mas sin tocarlas.
Suban tanto que no se vean; de oro tena todo lo de pjaro, y blanco lo dems con manch
as rojas.
No slo Roma en carro tan hermoso no honrase al Africano, ni aun a Augusto, mas
el del sol mezquino le sera; aquel del sol que ardiera, extraviado, por peticin
de la tierra devota, cuando fue Jove arcanarnente justo.
Tres mujeres en crculo danzaban en el lado derecho; una de rojo, que en el fueg
o sera confundida; otra cual si los huesos y la carne hubieran sido de esmeralda
s hechos; cual pursima nieve la tercera; y tan pronto guiaba la de blanco, tan p
ronto la de rojo; y a su acento caminaban las otras, raudas, lentas.
Otras cuatro a la izquierda solazaban, de prpura vestidas, con el ritmo de una
de ellas que tena tres ojos.
Detrs de todo el nudo que he descrito vi dos viejos de trajes desiguales, mas i
gual su ademn grave y honesto.
Uno se pareca a los discpulos de Hipcrates, a quien natura hiciera para sus anim
ales ms queridos; contrario afn el otro demostraba con una espada aguda y reluci
ente, tal que me amedrent desde mi orilla.
Luego vi cuatro de apariencia humilde; y de todos detrs un viejo solo, que vena
durmiendo, iluminado.
Y estaban estos siete como el grupo primero ataviados, mas con lirios no adorn
aban en torno sus cabezas, sino con rosas y bermejas flores; se jurara, aun vist
as no muy lejos, que ardan por encima de los ojos.
Y cuando el carro tuve ya delante, un trueno se escuch, y las dignas gentes par
ecieron tener su andar vedado, y se pararon junto a las enseas.
CANTO XXX
Y cuando el septentrin del primer cielo, que no sabe de ocaso ni de orto; ni otr
a niebla que el velo de la culpa, y que a todos haca sabedores de su deber, como
hace aqu el de abajo al que gira el timn llegando a puerto, inmvil se qued: la gen
te santa que entre el grito y aquel primero vino, como a su paz se dirigi hacia e
l carro; y uno de ellos, del cielo mensajero, Veni sponsa de Libano, cantando
grit tres veces, y despus los otros.
Cual los salvados al ltimo bando prestamente alzarn de su caverna, aleluyando e
n voces revestidas, sobre el divino carro de tal forma cien se alzaron, ad voce
m tanti senis, ministros y enviados del Eterno.
Benedictus qui venis! entonaban, tirando flores por todos los lados Manibus,
oh, date ilia plenis
Yo he visto cuando comenzaba el da rosada toda la regin de
oriente, bellamente sereno el dems cielo; y an la cara del sol nacer en sombras,
tal que, en la tibiedad de los vapores, el ojo le miraba un largo rato: lo mis
mo dentro de un turbin de flores que de manos anglicas sala, cayendo dentro y fuera
: coronada, sobre un velo blanqusimo, de olivo, contempl una mujer de manto verde
vestida del color de ardiente llama.
Y el espritu mo, que ya tanto tiempo haba pasado que sin verla no estaba de estu
por, temblando, herido, antes de conocerla con los ojos, por oculta virtud de e
lla emanada, senti del viejo amor el podero.
Nada ms que en mi vista golpe la alta virtud que ya me traspasara antes de haber
dejado de ser nio, me volv hacia la izquierda como corre confiado el chiquillo h
acia su madre cuando est triste o cuando tiene miedo, por decir a Virgilio: Ni un
adarme de sangre me ha quedado que no tiemble: conozco el signo de la antigua l
lama. Mas Virgilio privado nos haba de s, Virgilio, dulcsimo padre, Virgilio, a qu
ien me dieran por salvarme; todo lo que perdi la madre antigua, no sirvi a mis me
jillas que, ya limpias, no se volvieran negras por el llanto.
Dante, porque Virgilio se haya ido t no llores, no llores todava; pues debers llo
rar por otra espada. Cual almirante que en popa y en proa pasa revista a sus su
bordinados en otras naves y al deber les llama; por encima del carro, hacia la
izquierda, al volverme escuchando el nombre mo, que por necesidad aqu se escribe,
vi a la mujer que antes contemplara oculta bajo el anglico halago, volver la vis
ta a m de all del ro.
Aunque el velo cayendo por el rostro, ceido por la fronda de Minerva, no me dej
ase verla claramente, con regio gesto todava altivo continu lo mismo que quien ha
bla y al final lo ms clido reserva: Mrame bien!, soy yo, s, soy Beatriz, cmo pudiste
egar a la cima? no sabas que el hombre aqu es dichoso? Los ojos inclin a la clara fu
ente; mas me volva a la yerba al reflejarme, pues me abati la cara tal vergenza.
Tan severa cree el nio que es su madre, as me pareci; puesto que amargo siente el
sabor de la piedad acerba.
Ella call; y los ngeles cantaron de sbito: in te, Domine, speravi ; pero del ped
es meos no siguieron.
Como la nieve entre los vivos troncos en el dorso de Italia se congela, azotad
a por vientos boreales, luego, licuada, en s misma rezuma, cuando la tierra sin
sombra respira, y es como el fuego que funde una vela; mis suspiros y lgrimas ce
saron antes de aquel cantar de los que cantan tras de las notas del girar eterno
; mas luego que entend que el dulce canto se apiadaba de m, ms que si dicho hubies
e: Mujer, por qu lo avergenzas, el hielo que en mi pecho se apretaba, se hizo vapor
y agua, y con angustia se sali por la boca y por los ojos.
Ella, parada encima del costado dicho del carro, a las sustancias pas dirigi su
s palabras de este modo: Velis vosotros el eterno da, sin que os roben ni el sueo ni
la noche ningn paso del siglo en su camino; as pues ms cuidado en mi respuesta po
ndr para que entienda aquel que llora, e igual medida culpa y duelo tengan.
No slo por efecto de las ruedas que a cada ser a algn final dirigen segn les acom
paen sus estrellas, mas por largueza de gracia divina, que en tan altos vapores
hace lluvia, que no pueden mirarlos nuestros ojos, ese fue tal en su vida temp
rana potencialmente, que cualquier virtud maravilloso efecto en l hiciera.
Mas tanto ms maligno y ms silvestre, inculto y mal sembrado se hace el campo, cu
anto ms vigorosa tierra sea.
Le sostuve algn tiempo con mi rostro: mostrndole mis ojos juveniles, junto a m le
llevaba al buen camino.
Tan pronto como estuve en los umbrales de mi segunda edad y cambi de vida, de m
se separ y se entreg a otra.
Cuando de carne a espritu sub, y virtud y belleza me crecieron, fui para l menos
querida y grata; y por errada senda volvi el paso, imgenes de un bien siguiendo f
alsas, que ninguna promesa entera cumplen.
No me vali impetrar inspiracin, con la cual en un sueo o de otros modos lo llamas
e: tan poco le importaron! Tanto cay que todas las razones para su salvacin no le
bastaban, salvo ensearle el pueblo condenado.
Fui por ello a la entrada de los muertos, y a aquel que le ha trado hasta aqu ar
riba, le dirig mis splicas llorando.
Una alta ley de Dios se habra roto, si el Leteo pasase y tal banquete fuese gust
ado sin ninguna paga del arrepentimiento que se llora.
CANTO XXXI
Oh t que ests de all del sacro ro, -dirigindome en punta sus palabras, que aun de filo
tan duras parecieron, volvi a decir sin pausa prosiguiendo- di si es esto verda
d, pues de tan seria acusacin debieras confesarte. Estaba mi valor tan confundid
o, que mi voz se mova, y se apagaba antes que de sus rganos saliera.
Esper un poco, y me dijo: En qu piensas? respndeme, pues las memorias tristes en ti
an no estn borradas por el agua. La confusin y el miedo entremezclados como un s me
arrancaron de la boca, que fue preciso ver para entenderlo.
Cual quebrada ballesta se dispara, por demasiado tensos cuerda y arco, y sin f
uerzas la flecha al blanco llega, as estall abrumado de tal carga, lgrimas y suspi
ros despidiendo, y se muri mi voz por el camino.
Por entre mis deseos --dijo ella- que al amor por el bien te conducan, que cosa
no hay de aspiracin ms digna, qu fosos se cruzaron, qu cadenas hallaste tales que de
l avanzar perdiste de tal forma la esperanza? Y cul ventaja o qu facilidades en el
semblante de los otros viste, para que de ese modo los rondaras? Luego de suspi
rar amargamente, apenas tuve voz que respondiera, formada a duras penas por los
labios.
Llorando dije: Lo que yo vea con su falso placer me extraviaba tan pronto se esc
ondi vuestro semblante. Y dijo: Si callaras o negases lo que confiesas, igual se
sabra tu culpa: es tal el juez que la conoce! Mas cuando sale de la propia boca c
onfesar el pecado, en nuestra corte hace volver contra el filo la piedra.
Sin embargo, para que te avergences ahora de tu error, y ya otras veces seas fu
erte, escuchando a las sirenas, deja ya la raz del llanto y oye: y escuchars cmo a
un lugar contrario debi llevarte mi enterrada carne.
Arte o natura nunca te mostraron mayor placer, cuanto en los miembros donde me
encerraron, en tierra ahora esparcidos; y si el placer supremo te faltaba al e
star muerta, qu cosa mortal te podra arrastrar en su deseo? A las primeras flechas
de las cosas falaces, bien debiste alzar la vista tras de m, pues yo no era de t
al modo.
No te deban abatir las alas, esperando ms golpes, ni mocitas, ni cualquier noved
ad de breve uso.
El avecilla dos o tres aguarda; que ante los ojos de los bien plumados la red
se extiende en vano o la saeta. Cual los chiquillos por vergenza, mudos estn con
ojos gachos, escuchando, conociendo su falta arrepentidos, as yo estaba; y ella
dijo: Cuando te duela el escuchar, alza la barba y an ms dolor tendrs si me contemp
las. Con menos resistencia se desgaja robusta encina, con el viento norte o con
aquel de la tierra de Jarba, como el mentn alc con su mandato; pues cuando dijo b
arba en vez de rostro de sus palabras conoc el veneno; y pude ver al levantar la ca
ra que las criaturas que llegaron antes en su aspersin haban ya cesado; y mis ojo
s, an poco seguros, a Beatriz vieron vuelta hacia la fiera que era una sola en d
os naturalezas.
Bajo su velo y desde el otro margen a s misma vencerse pareca, vencer a la que f
ue cuando aqu estaba.
Me pic tanto el arrepentimiento con sus ortigas, que enemigas me hizo esas cosa
s que ms haba amado.
Y tal reconocer mordime el pecho, y vencido ca; y lo que pasara lo sabe aquella
que la culpa tuvo, Y vi a aquella mujer, al recobrarme, que haba visto sola, p
uesta encima cgete a m, cgete a m! diciendo.
Hasta el cuello en el ro me haba puesto, y tirando de m detrs vena, como esquife li
gera sobre el agua.
Al acercarme a la dichosa orilla, Asperges me escuch tan dulcemente, que recorda
r no puedo, ni escribirlo.
Abri sus brazos la mujer hermosa; y hundime la cabeza con su abrazo para que yo
gustase de aquel agua.
Me sac luego, y mojado me puso.
en medio de la danza de las cuatro hermosas; cuyos brazos me cubrieron.
Somos ninfas aqu, en el cielo estrellas; antes de que Beatriz bajara al mundo, c
omo sus siervas fuimos destinadas.
Te hemos de conducir ante sus ojos; mas a su luz gozosa han de aguzarte las tr
es de all, que miran ms profundo. As empezaron a cantar; y luego hasta el pecho de
l grifo me llevaron, donde estaba Beatriz vuelta a nosotros.
Me dijeron: No ahorres tus miradas; ante las esmeraldas te hemos puesto desde d
onde el Amor lanz sus flechas. Mil deseos ardientes ms que llamas mis ojos empuja
ron a sus ojos relucientes, an puestos en el grifo.
Lo mismo que hace el sol en el espejo, la doble fiera dentro se copiaba, con
una o con la otra de sus formas.
Imagina, lector, mi maravilla al ver estarse quieta aquella cosa, y en el dolo
suyo transmutarse.
Mientras que llena de estupor y alegre mi alma ese alimento degustaba que, sac
iando de s, an de s da ganas, demostrando que de otro rango eran en su actitud, l
as tres se adelantaron, danzando con su anglica cantiga.
Torna, torna, Beatriz, tus santos ojos -deca su cancin- a tu devoto que para verte
ha dado tantos pasos! Por gracia haznos la gracia que desvele a l tu boca, y qu
e vea de este modo la segunda belleza que le ocultas. Oh resplandor de viva luz
eterna, quin que bajo las sombras del Parnaso palideciera o bebiera en su fuente,
no estuviera ofuscado, si tratara de describirte cual te apareciste donde el c
ielo te copia armonizando, cuando en el aire abierto te mostraste?
CANTO XXXII
Mi vista estaba tan atenta y fija por quitarme la sed de aquel decenio, que mis
dems sentidos se apagaron.
Y topaban en todas partes muros para no distraerse -as la santa sonrisa con la a
ntigua red prenda!-; cuando a la fuerza me hicieron girar aquellas diosas hacia
el lado izquierdo, pues las o decir: Miras muy fijo!; y la disposicin que hay en los
ojos que el sol ha deslumbrado con sus rayos, sin vista me dej por algn tiempo.
Cuando pude volver a ver lo poco (digo lo poco con respecto al mucho de la luz c
uya fuerza me cegara), vi que se retiraba a la derecha el glorioso ejrcito, llev
ando el sol y las antorchas en el rostro.
Cual bajo los escudos por salvarse con su estandarte el escuadrn se gira, hasta
poder del todo dar la vuelta; esa milicia del celeste reino que iba delante, d
esfil del todo antes que el carro torciera su lanza.
A las ruedas volvieron las mujeres, y la bendita carga llev el grifo sin que mo
viese una pluma siquiera.
La hermosa dama que cruzar me hizo, Estacio y yo, seguamos la rueda que al dar
la vuelta hizo un menor arco.
As cruzando la desierta selva, culpa de quien creyera a la serpiente, ritmaba e
l paso un anglico canto.
Anduvimos acaso lo que vuela una flecha tres veces disparada, cuando del carro
descendi Beatriz.
Yo escuch murmurar: Adn a todos; y un rbol rodearon, despojado de flores y follajes
en sus ramas.
Su copa, que en tal forma se extenda cuanto ms sube, fuera por los indios aun co
n sus grandes bosques, admirada.
Bendito seas, grifo, porque nada picoteas del rbol dulce al gusto, porque mal se
separa de aqu el vientre. As en tomo al robusto rbol gritaron todos ellos; y el a
nimal biforme: As de la virtud se guarda el germen. Y volviendo al timn del que ti
raba, junto a la planta viuda lo condujo, y arrimado dej el leo a su leo.
Y como nuestras plantas, cuando baja la hermosa luz, mezclada con aquella que
irradia tras de los celestes Peces, trgidas se hacen, y despus renuevan su color
una a una, antes que el sol sus corceles dirija hacia otra estrella; menos que
rosa y ms que violeta color tomando, se hizo nuevo el rbol, que antes tan slo tuvo
la enramada.
Yo no entend, porque aqu no usa el himno que cantaron esas gentes, ni pude or la
meloda entera.
Si pudiera contar cmo durmieron, oyendo de Siringa, los cien ojos a quien tant
o cost su vigilancia; como un pintor que pinte con modelo, cmo me adormec dibujara;
mas otro sea quien el sueo finja.
Por eso paso a cuando despert, y digo que una luz me rasg el velo del dormir, y
una voz: Qu haces?, levanta. Como por ver las flores del manzano que hace ansiar a
los ngeles su fruto, y esponsales perpetuos en el cielo, Pedro, Juan y jacob fu
eron llevados y vencidos, tornles la palabra que sueos an ms grandes ha quebrado, y
se encontraron sin la compaa tanto de Elas como de Moiss, y al maestro la tnica camb
iada; as me recobr, y vi sobre m aquella que, piadosa conductora fue de mis pasos
antes junto al ro.
Y dnde est Beatriz.
?, dije con miedo.
Respondi: Vla all, bajo la fronda nueva, sentada sobre las races.
Mira la compaa que la cerca; detrs del grifo los dems se marchan con ms dulce cancin
y ms profunda. Y si fueron ms largas sus palabras, no lo s, porque estaba ante mi
s ojos la que otra cualquier cosa me impeda.
Sola sobre la tierra se sentaba, como dejada en guardia de aquel carro que vi
ligado a la biforme fiera.
En torno suyo un crculo formaban las siete ninfas, con las siete antorchas que
de Austro y de Aquiln estn seguras Silvano aqu t sers poco tiempo; habitars conmigo p
ra siempre esa Roma donde Cristo es romano.
Por eso, en pro del mundo que mal vive, pon la vista en el carro, y lo que vea
s escrbelo cuando hayas retornado. As Beatrz; y yo que a pie juntillas me encontra
ba sumiso a sus mandatos, mente y ojos donde ella quiso puse.
De un modo tan veloz no baj nunca de espesa nube el rayo, cuando llueve de aque
l confn del cielo ms remoto, cual vi calar al pjaro de Jpiter, rompiendo, rbol abaj
o, la corteza, las florecillas y las nuevas hojas; e hiri en el carro con toda s
CANTO XXXIII
Deus venerunt Gentes, alternando ya las tres, ya las cuatro, su salmodia, lloran
do comenzaron las mujeres; y Beatriz, piadosa y suspirando, lo escuchaba de for
ma que no mucho ms se mudara ante la cruz Mara.
Mas cuando las doncellas la dejaron lugar para que hablase, puesta en pie, res
pondi, colorada como el fuego: Modicum, et non videbitis me mis queridas hermana
s, et iterum , modicum, et vos videbitis me. Luego se puso al frente de las sie
te, y me hizo andar tras de ella con un gesto, y a la mujer y al sabio que queda
ba.
As marchaba; y no creo que hubiera dado apenas diez pasos en el suelo, cuando me
hiri los ojos con sus ojos; y con tranquilo gesto: Ven deprisa para que, si qui
siera hablar, conigo, ests para escucharme bien dispuesto. Y al ir, como deba, ju
nto a ella, djome: Hermano, por qu no te atreves, ya que vienes conmigo, a preguntar
me? Como aquellos que tanta reverencia muestran si estn hablando a sus mayores, q
ue la voz no les sale de los dientes, a m me sucedi y, balbuceando, dije: Seora lo
que necesito vos sabis, y qu es bueno para ello. Y dijo: De temor y de vergenza qui
ero que en adelante te despojes, y que no me hables como aquel que suea.
Sabe que el vaso que rompi la sierpe fue y ya no es; mas crean los culpables q
ue el castigo de Dios no teme sopas.
No estar sin alguno que la herede mucho tiempo aquel guila que plumas dej en el c
arro, monstruo y presa hecho.
Que ciertamente veo, y lo relato, las estrellas cercanas a ese tiempo, de impe
dimento y trabas ya seguro, en que un diez, en que un cinco, en que un quinient
os enviado de Dios, a la ramera matar y al gigante con quien peca.
Tal vez estas palabras tan oscuras, cual de Esfinge o de Temis, no comprendas,
pues a su modo el intelecto ofuscan; Mas Nyades sern pronto los hechos, que ha
n de explicar enigma tan oscuro sin dao de rebaos ni cosechas.
Toma nota; y lo mismo que las digo, lleva as mis palabras a quien vive el vivir
que es carrera hacia la muerte.
Y ten cuidado, cuando lo relates, y no olvides que has visto cmo el rbol ha sido
despojado por dos veces.
Cualquiera que le robe o que le expolie, con blasfemias ofende a Dios, pues sa
PARASO
CANTO I
La gloria de quien mueve todo el mundo el universo llena, y resplandece en unas
partes ms y en otras menos.
En el cielo que ms su luz recibe estuve, y vi unas cosas que no puede ni sabe
repetir quien de all baja; porque mientras se acerca a su deseo, nuestro intelec
to tanto profundiza, que no puede seguirle la memoria.
En verdad cuanto yo del santo reino atesorar he podido en mi mente ser materia
ahora de mi canto.
Oh buen Apolo, en la ltima tarea hazme de tu poder vaso tan lleno, como exiges
al dar tu amado lauro! Una cima hasta ahora del Parnaso me fue bastante; pero
ya de ambas ha menester la carrera que falta.
Entra en mi pecho, y habla por mi boca igual que cuando a Marsias de la vaina
de sus nembros an vivos arrancaste.
Oh divina virtud!, si me ayudaras tanto que las imgenes del cielo en mi mente gr
abadas manifieste, me vers junto al rbol que prefieres llegar, y coronarme con l
as hojas que merecer me harn t y mi argumento.
Tan raras veces, padre, eso se logra, triunfando como csar o poeta, culpa y ver
genza del querer humano, que debiera ser causa de alegra en el dlfico dios feliz l
a fronda penea, cuando alguno a aqulla aspira.
Gran llama enciende una chispa pequea: quiz despus de m con voz ms digna se ruegue
a fin que Cirra le responda.
La lmpara del mundo a los mortales por muchos huecos viene; pero de se que con
tres cruces une cuatro crculos, con mejor curso y con mejor estrella sale a la
par, y la mundana cera sella y calienta ms al modo suyo.
All maana y noche aqu haba hecho tal hueco, y casi todo all era blanco el hemisfer
io aquel, y el otro negro, cuando Beatriz hacia el costado izquierdo vi que vo
lva y que hacia el sol miraba: nunca con tal fijeza lo hizo un guila.
Y as como un segundo rayo suele del primero salir volviendo arriba, cual peregr
ino que tomar desea, este acto suyo, infuso por los ojos en mi imaginacin, produj
o el mo, y mir fijo al sol cual nunca hacemos.
All estn permitidas muchas cosas que no lo son aqu, pues ese sitio para la especi
e humana fue creado.
Mucho no lo aguant, mas no tan poco que alrededor no viera sus destellos, cual
un hierro candente el fuego deja; y de sbito fue como si un da se juntara a otro
da, y Quien lo puede con otro sol el cielo engalanara.
En las eternas ruedas por completo fija estaba Beatriz: y yo mis ojos fijaba e
n ella, lejos de la altura.
Por dentro me volv, al mirarla, como Glauco al probar la hierba que consorte en
el mar de los otros dioses le hizo.
Trashumanarse referir per verba no se puede; as pues baste este ejemplo a quien
tal experiencia d la gracia.
Si estaba slo con lo que primero de m creaste, amor que el cielo riges, lo sabe
s t, pues con tu luz me alzaste.
Cuando la rueda que t haces eterna al desearte, mi atencin llam con el canto que
afinas y repartes, tanta parte del cielo vi encenderse por la llama del sol, qu
e lluvia o ro nunca hicieron un lago tan extenso.
La novedad del son y el gran destello de su causa, un anhelo me inflamaron nun
ca sentido tan agudamente.
Y entonces ella, al verme cual yo mismo, para aquietarme el nimo turbado, sin q
ue yo preguntase, abri la boca, y comenz: T mismo te entorpeces con una falsa idea,
y no comprendes lo que podras ver si la desechas.
Ya no ests en la tierra, como piensas; mas un rayo que cae desde su altura no c
orre como t volviendo a ella. Si fui de aquella duda desvestido, con sus breves
palabras sonrientes, envuelto me encontr por una nueva, y dije: Ya contento requev
i de un asombro tan grande; mas me asombro cmo estos leves cuerpos atravieso. Y
ella, tras suspirar piadosamente, me dirigi la vista con el gesto que a un hijo
enfermo dirige su madre, y dijo: Existe un orden entre todas las cosas, y esto e
s causa de que sea a Dios el universo semejante.
Aqu las nobles almas ven la huella del eterno saber, y ste es la meta a la cual
esa norma se dispone.
Al orden que te he dicho tiende toda naturaleza, de diversos modos, de su prin
cipio ms o menos cerca; y a puertos diferentes se dirigen por el gran mar del se
r, y a cada una les fue dado un instinto que las gua.
ste conduce al fuego hacia la luna; y mueve los mortales corazones; y ata en un
a las partes de la tierra; y no slo a los seres que carecen de razn lanza flechas
este arco, tambin a aquellas que quieren y piensan.
La Providencia, que ha dispuesto todo, con su luz pone en calma siempre al cie
lo, en el cual gira aquel que va ms raudo; ahora hacia all, como a un sitio orden
ado, nos lleva la virtud de aquella cuerda que en feliz blanco su disparo clava.
Cierto es que, cual la forma no se pliega a menudo a la idea del artista, pues
la materia es sorda a responderle, as de este camino se separa a veces la criat
ura, porque puede torcer, as impulsada, hacia otra parte; y cual fuego que cae d
esde una nube, as el primer impulso, que desvan falsos placeres, la abate por tier
ra.
Ms no debe admirarte, si bien juzgo, tu subida, que un ro que bajara de la cumb
re del monte a la llanura.
Asombroso sera en ti si, a salvo de impedimento, abajo te sentaras, como en el
fuego el aquietarse en tierra. Volvi su rostro entonces hacia el cielo.
CANTO II
Oh vosotros que en una barquichuela deseosos de or, segus mi leo que cantando nav
ega hacia otras playas, volved a contemplar vuestras riberas: no os echis al ocan
o que acaso si me perdis, estarais perdidos.
No fue surcada el agua que atravieso; Minerva sopla, y condceme Apolo y nueve m
usas la Osa me sealan.
Vosotros, los que, pocos, os alzasteis al anglico pan tempranamente del cual aq
u se vive sin saciarse, podis hacer entrar vuestro navo en alto mar, si segus tras
mi estela antes de que otra vez se calme el agua.
Los gloriosos que a Colcos arribaron no se asombraron como haris vosotros, vien
do a Jasn convertido en boyero.
La innata sed perpetua que tena de aquel reino deiforme, nos llevaba tan veloces
cual puede verse el cielo.
Beatriz arriba, y yo hacia ella miraba; y acaso en tanto en cuanto un dardo es
puesto y vuela disparndose del arco, me vi llegado a donde una admirable cosa a
trajo mi vista; entonces ella que conoca todos mis cuidados, vuelta hacia m tan d
ulce como hermosa, Dirige a Dios la mente agradecida -dijo- que al primer astro n
os condujo. Pareci que una nube nos cubriera, brillante, espesa, slida y pulida,
como un diamante al cual el sol hiriese.
Dentro de s la perla sempiterna nos recibi, como el agua recibe los rayos de la
luz quedando unida.
Si yo era cuerpo, y es inconcebible cmo una dimensin abarque a otra, cual si pe
netra un cuerpo en otro ocurre, ms debiera encendernos el deseo de ver aquella e
sencia en que se observa cmo nuestra natura y Dios se unieron.
Podremos ver all lo que creemos, no demostrado, mas por s evidente, cual la verd
ad primera en que cree el hombre.
Yo respond.
Seora, tan devoto cual me sea posible, os agradezco que del mundo mortal me hayis
sacado.
Mas decidme: qu son las manchas negras de este cuerpo, que a algunos en la tierr
a hacen contar patraas de Can? Ri ligeramente, y Si no acierta -me dijo- la opinin de
los mortales donde no abre la llave del sentido, punzarte no debieran ya las fl
echas del asombro, pues sabes la torpeza con que va la razn tras los sentidos.
Mas dime lo que opinas por ti mismo. Y yo: Lo que aparece diferente, cuerpos de
nsos y raros lo producen. Y ella: En verdad vers que lo que piensas se apoya en e
l error, si bien escuchas el argumento que dir en su contra.
La esfera octava os muestra muchas luces, las cuales en el cmo y en el cunto pu
eden verse de aspectos diferentes.
Si lo raro y lo denso hicieran esto, un poder semejante habra en todas, en des
iguales formas repartido.
Deben ser fruto las distintas fuerzas de principios formales diferentes, que,
salvo uno, en tu opinin destruyes.
An ms, si fuera causa de la sombra la menor densidad, o tan ayuno fuera de su m
ateria en la otra parte este planeta, o, tal como comparte grueso y delgado un
cuerpo, igual tendra de ste el volumen hojas diferentes.
Si fuera lo primero, se vera al eclipsarse el sol y atravesarla la luz como a
los cuerpos poco densos.
Y no sucede as.
por ello lo otro examinemos; y si lo otro rompo, vers tu parecer equivocado.
Si no traspasa el trozo poco denso, debe tener un lmite del cual no le deje pa
sar ms su contrario; y de all el otro rayo se refleja como el color regresa del
CANTO IV
Entre dos platos, igualmente ricos y distantes, por hambre morira un hombre libre
sin probar bocado; as un cordero en medio de la gula de fieros lobos, por igual
temiendo; y as estara un perro entre dos gamos: No me reprocho, pues, si me call
aba, de igual modo suspenso entre dos dudas, porque era necesario, ni me alabo.
Call, pero pintado mi deseo en la cara tena, y mi pregunta, era as ms intensa que
si hablase.
Hizo Beatriz lo mismo que Daniel cuando aplac a Nabucodonosor la ira que le hi
zo cruel injustamente; Y dijo: Bien conozco que te atraen uno y otro deseo, y pr
eocupado t mismo no los dejas que se muestren.
Te dices: "Si perdura el buen deseo, la violencia de otros, por qu causa del mrit
o recorta la medida?" Tambin te causa dudas el que el alma parece que se vuelva
a las estrellas, siguiendo la doctrina de Platn.
Estas son las cuestiones que en tu velle igualmente te pesan; pero antes la q
ue tiene mas hiel he de explicarte.
El serafn que a Dios ms se aproxima, Moiss, Samuel, y aquel de los dos Juanes qu
e t prefieras, y tambin Mara, no tienen su acomodo en otro cielo.
que estas almas que ahora se mostraron, ni ms o menos aos lo disfrutan; mas todos
hacen bello el primer crculo, y gozan de manera diferente sintiendo el Soplo Ete
rno ms o menos.
Si aqu los viste no es porque esta esfera les corresponda, mas como indicando q
ue en la celeste ocupan lo ms bajo.
As se debe hablar a vuestro ingenio, pues slo aprende lo que luego es digno de i
ntelecto, a travs de los sentidos.
Por esto condesciende la Escritura a vuestra facultad, y pies y manos le otorg
a a Dios, mas piensa de otro modo; y nuestra Iglesia con figura humana a Gabrie
l y a Miguel os representa, y de igual modo al que san a Tobas.
Lo que el Timeo dice de las almas no es similar a lo que aqu se muestra, mas p
arece que diga lo que siente.
l dice que a su estrella vuelve el alma, pues desde all supone que ha bajado cua
ndo natura su forma le diera; y acaso lo que piensa es diferente del modo que l
o dice, y ser pudiera que su intencin no sea desdeable.
Si l entiende que vuelve a estas esferas de su influjo el desprecio o la alaban
za, quiz a alguna verdad el arco acierte.
Torci, mal comprendido, este principio a casi todo el mundo, y as Jove, Mercurio
y Marte fueron invocados.
Menos veneno encierra la otra duda que te conmueve, porque su malicia no podra
apartarte de mi lado.
El que nuestra justicia injusta sea a los ojos mortales, argumento.
es de fe, no de hertica perfidia.
Mas como puede vuestra inteligencia penetrar fcilmente esta verdad, como deseas
, he de darte gusto.
Aun cuando aquel que la violencia sufre a quien la fuerza nada le concede, no
estn por ello estas almas sin culpa: pues, sin querer, la voluntad no cede, mas
hace como el fuego, si le tuerce, aunque sea mil veces, la violencia.
Si se doblega, pues, o mucho o poco, sigue la fuerza; y as hicieron stos, que al
lugar santo regresar pudieron.
Si su deseo firme hubiera sido, como fue el de Lorenzo en su parrilla, o con
su mano a Mucio hizo severo, a su camino habran regresado del que sacados fueron
, al ser libres; mas voluntad tan slida es extraa.
Y por esta razn, si como debes la comprendes, se rompe el argumento que te habra
estorbado an muchas veces.
Mas ahora se atraviesa ante tus ojos otro obstculo, tal que por ti mismo no sal
varas, sin cansarte antes.
Yo te he enseado como cosa cierta que no puede mentir un alma santa, pues cerca
est de la verdad primera; y despus escuchaste de Piccarda que Constanza guard el
amor del velo; y as parece que me contradice.
Muchas veces, hermano, ha acontecido que, huyendo de un peligro, de mal grado
se hacen cosas que hacerse no debieran; como Almen, que, al suplicar su padre q
ue lo hiciera, mat a su propia madre, y por piedad se hizo despiadado.
En este punto quiero que conozcas que la fuerza al querer se mezcla, haciendo q
ue no tengan disculpa las ofensas.
La Voluntad absoluta no consiente el dao; mas consiente cuando teme que en ms pe
nas caer si lo rehsa.
As, cuando Piccarda dijo aquello de la primera hablaba, y yo de la otra; y las
dos te dijimos la verdad. Fluy as el santo ro que sala de la fuente en que toda ver
dad mana; as mis dos deseos se aplacaron.
Oh amada del primer Amante, oh diosa, cuyas palabras --dije as me inundan, y ena
rdecen, que ms y ms me avivan, no son mis facultades tan profundas que a devolver
te don por don bastasen; mas responda por m Quien ve y Quien puede.
Bien veo que jams se satisface sino con la verdad nuestro intelecto, sin la cua
mo escribo; luego se dirigi toda anhelante a aquella parte en que el mundo ms bril
la.
Su callar y el mudar de su semblante a mi espritu ansioso silenciaron, que ya n
uevas preguntas preparaba; y as como la flecha da en el blanco antes de que la c
uerda quede inmvil, as corrimos al segundo reino.
All vi tan alegre a mi seora, al encontrarse en la luz de aquel cielo, que se vo
lvi el pla neta an ms luciente.
Y si la estrella se mud riendo, yo qu no hara que de mil maneras soy por naturalez
a transmutable! Igual que en la tranquila y pura balsa a lo que se les echa van
los peces y piensan que es aquello su alimento, as yo vi que mil y an ms fulgores
venan a nosotros, y escuchamos: ved quin acrecer nuestros amores.
Y as como venan a nosotros se vea el placer que las colmaba en el claro fulgor qu
e desprendan.
Piensa, lector, si lo que aqu comienza no siguiese, en qu forma sentiras de saber
ms un anhelo angustioso; y vers por ti mismo qu deseo tena de saber quin eran stas, c
uando las vi delante de mis ojos.
Oh bien nacido a quien el ver los tronos del triunfo eternal fue concedido, ant
es de que dejase la milicia.
de la luz que se extiende en todo el cielo nos encendemos; por lo cual, si qui
eres de nosotros saber, sciate a gusto. De este modo una de esas almas pas me di
jo; y Beatriz: Habla sin miedo, y cree todas las cosas que te diga. Bien puedo ve
r que anidas en tu propia luz, y que la desprendes por los ojos, porque cuando t
e res resplandecen; mas no quien eres, ni por qu te encuentras alma digna, en el
grado de la esfera que a los hombres ocultan otros rayos. Esto dije mirando a a
quella lumbre que primero me habl; y entonces ella se hizo ms luminosa que al prin
cipio.
Y como el sol que se oculta a s mismo por la excesiva luz, cuando disipa el cal
or los vapores ms templados, al aumentar su gozo, se ocult en su propio fulgor la
santa imagen; y as me respondi, toda encerrada del modo en que el siguiente cant
o canta.
CANTO VI
Despus que Constantino volvi el guila contra el curso del cielo, que ella antes sigu
i tras el esposo de Lavinia, ms de cien y cien aos se detuvo en el confn de Europa
aquel divino.
pjaro, junto al monte en que naciera; a la sombra de las sagradas plumas gobern e
l mundo all de mano en mano, y as cambiando vino hasta las mas.
Csar fui, soy el mismo Justiniano que quit, inspirado del Espritu, lo excesivo y
superfluo de las leyes.
Y antes de que a esta obra me entregara, una naturaleza en Cristo slo crea, y es
ta fe me era bastante; mas aquel santo Agapito, que fue sumo pastor, a la fe ve
rdadera me encamin con sus palabras santas.
Yo le cre; y claramente veo lo que haba en su fe, como tu ves en la contradiccin
lo falso y cierto.
Y en cuanto que ech andar ya con la Iglesia, por gracia a Dios le plugo el insp
irarme la gran tarea y me entregu de lleno; y a Belisario encomend las tropas, qu
ien goz tanto del favor del cielo, que fue seal de que en l reposara.
Ahora ya he contestado a tu primera pregunta: mas me obliga a que te aada su co
ndicin algunas otras cosas, para que veas con cunta injusticia se mueve contra el
signo sacrosanto quien de l se apropia o quien a l se opone.
Mira cunta virtud digno le hizo de reverencia; ya desde la hora en que muri Pala
nte por su reino.
Sabes que en Alba tuvo su morada ms de trescientos aos, hasta el da que por l comb
atieron tres y tres Y sabes lo que obr en siete reinados, del mal de las Sabinas
a Lucrecia, venciendo en torno a los pueblos vecinos.
Y lo que obr llevado contra Breno por los magnos romanos, contra Pirro, y las ot
ras repblicas y prncipes; donde Torcuato y Quincio, a quien dio nombre su pelo de
scuidado, Fabios, Decios ganaron fama que con gusto incienso.
Luego humill el orgullo de los rabes que tras Anbal las alpestres rocas de las q
ue bajas t, Po, atravesaron.
Bajo aqul, siendo an jvenes, triunfaron Escipin y Pompeyo; y a ese monte a cuyo p
ie naciste, le fue amargo.
Luego, cercano el tiempo en el que el cielo quiso ordenar el mundo a su manera
, Csar por gusto de Roma lo obtuvo.
Y lo que obr desde el Varo hasta el Rin, lo vio el Isara, el Era y lo vio el S
ena y los ros que al Rdano engrandecen.
Lo que obr luego al marcharse de Rvena y cruz el Rubicn, fue tan aprisa que ni pl
uma ni lengua alcanzaran.
Luego march con sus tropas a Espaa, luego a Durazzo, y tal golpe en Farsalia di
o, que hasta el Nilo se doli del dao.
A Antandro y al Simoes, patria suya, vio otra vez, y el lugar que a Hctor sepu
lta; y parti para mal de Tolomeo.
De all fue como un rayo contra Juba; y desde all se volvi al occidente donde esc
uch la trompa pompeyana.
Por lo que obr en las manos del siguiente, en el infierno ladran Bruto y Casio
, y se dolieron Mdena y Perugia.
An lo llora la triste de Cleopatra, que, escapando de aqul, con la culebra se d
io la muerte atroz e inesperada.
Con l lleg a la orilla del mar Rojo, con l en tanta paz al mundo puso, que las pu
ertas de Jano se cerraron.
Mas lo que el signo del que estoy hablando, hizo primeramente y luego hara, po
r el reino mortal al que subyuga, se vuelve en apariencia oscuro y poco, si en
manos del tercer Csar la vemos con vista clara y con afecto puro; pues la viva j
usticia que me inspira, le concedi, en las manos del que digo, la gloria de venga
r su santa clera.
Y asmbrate de lo que digo ahora: corri despus con Tito a hacer venganza de la ve
nganza del pecado antiguo.
Y al morder los lombardos a la Santa Iglesia con sus dientes, Carlomagno la s
ocorri, venciendo, con sus alas.
Ahora puedes juzgar a esos que antes me escuchaste acusar, y sus pecados, que
son causa de todas vuestras penas.
Uno al signo comn los amarillos lirios opone, y otro se lo apropia, y es difcil
saber quin ms se engaa.
Urdan los gibelinos, urdan tretas bajo otro signo, que mal sigue a ste aquel qu
e de l aparta la justicia; y que este nuevo Carlos no lo abata con sus gelfos, m
as tema de sus garras que a leones ms fuertes han vencido.
Muchas veces los hijos han llorado por las culpas del padre, y no se crea que
Dios cambie su emblema por las lises! Esta pequea estrella se engalana de los bu
enos espritus activos para que fama y honra les alcance; y cuando a esto dirigen
sus deseos, desvindose as, ms apagados del verdadero amor los rayos sienten.
Mas comparar los mritos y el premio de nuestra dicha tambin forma parte, no vindo
los mayores ni menores.
Tal nos endulza la viva justicia el afecto, y por ello no se puede ya a la mal
icia nunca desviarlo.
Diversas voces cantan dulces notas; tal los diversos grados de esta vida dulce
armona en estas ruedas forman.
Y dentro de esta perla en la que estamos luce la luz de Romeo, de quien fue s
u gran obra mal agradecida.
Pero sus enemigos provenzales no ren; pues camina erradamente el que se duele d
el bien de los otros.
Cuatro hijas tuvo, y las cuatro reinaron, Raimundo Berenguer, y esto lo hizo
Romeo, un hombre humilde y peregrino Y luego las calumnias le movieron a pedirl
e las cuentas a este justo, quien devolvi siete y cinco por diez, tras de lo cua
l parti, viejo y mendigo; y si el mundo supiera su coraje mendigando su vida hoga
za a hogaza mucho lo alaba, y ms lo alabara.
CANTO VII
Ossanna, sanctus Deus sabaoth, superilunstrans claritate tua felices ignes borum
malacth! De este modo, volvindose a sus notas, escuch que cantaba esa sustancia, s
obre la cual doble luz se enduaba; y reemprendi su danza con las otras, y como v
elocsimas centellas las ocult la sbita distancia.
Dudoso estaba y me deca: Dile! Dile, dile -deca- a mi seora que mi sed sacie con su
dulce estilo. Mas el respeto que de m se aduea tan slo con la B o con el IZ, como
el sueo la frente me inclinaba.
Poco tiempo Beatriz consinti esto, y empez, iluminndome su risa, que aun en el fu
ego me hara dichoso: Segn mi parecer siempre infalible, cmo justa venganza justamen
te ha sido castigada, ests pensando; mas yo desatar pronto tu mente; y escchame, p
orque lo que te diga te har el rega lo de una gran certeza.
Por no poner a la virtud que quiere un freno por su bien, el no nacido, se con
den a s mismo y su progenie; por lo cual los humanos muchos siglos en el error y
acieron como enfermos, hasta que al Verbo descender le plugo, y la naturaleza e
xtraviada de su creador, aadi a su persona, slo por obra de su amor eterno Ahora a
tiende a lo que ahora se razona: a su hacedor unida esta natura, cual fue creada
fue sincera y buena; mas desterrada fue del Paraso estando sola, pues torci el c
amino de la verdad y de su propia vida.
Y as la pena de la cruz, medida con la naturaleza que asumiera, aplicse ms justa
que ninguna; y as ninguna fue tan injuriosa, si a la persona que sufri atendemos,
a la que se juntara esa natura.
Mas tuvo un acto efectos diferentes: placi una muerte a Dios y a los judos; hizo
temblar la tierra y abri el cielo.
Ya no te debe parecer extrao, al escuchar que una justa venganza castig luego un
justo tribunal.
Mas ahora veo oprimida tu mente de un pensamiento en otro por un nudo, que ard
ientemente desatar esperas.
Te dices: "Bien comprendo lo que escucho; mas porque Dios quisiera, se me esco
nde, de redimirnos esta forma slo.
" Sepultado est, hermano, este decreto a los ojos de aquellos cuyo ingenio en la
llama de amor no ha madurado.
Y en verdad, como en este punto mucho se considera y poco se comprende, dir por
qu este modo fue el ms digno.
La divina bondad, que de s aparta cualquier rencor, ardiendo en s, destella las
eternas bellezas desplegando.
Lo que sin mediacin de ella destila luego no tiene fin, porque su impronta nun
ca se borra en donde pone el sello.
Lo que sin mediacin llueve de ella del todo es libre porque no depende de la in
fluencia de las nuevas cosas.
Ms le placen, pues ms se le asemejan; que el santo amor que toda cosa irradia, e
s ms brillante en la ms parecida.
Tiene ventaja en todos estos dones la humana criatura, y si uno falta, privad
a debe ser de su nobleza.
Slo el pecado es el que la encadena del sumo bien hacindola distinta, por lo que
con su luz poco se adorna; y a aquella dignidad ya nunca vuelve.
si no llena el vaco de la culpa con justas penas contra el mal deleite.
Vuestra naturaleza, al pecar tota en su simiente, de estas dignidades, como de
l paraso, fue apartada; sin poder recobrarla, si lo piensas bien sutilmente, por
ningn camino que por estos dos vados no atraviese: o que Dios solo generosament
e perdonara, o el hombre por s mismo diese satisfaccin de su locura.
Ahora clava la vista en el abismo del eterno saber, a mis palabras cuanto pued
as atentamente fijo.
No podra en sus lmites el hombre satisfacer, pues no puede ir abajo luego con hu
mildad obedeciendo, cuanto desobediente quiso alzarse; y es esta la razn que inc
apacita a reparar al hombre por s mismo.
A Dios, pues, convena con sus medios al hombre devolver la vida entera, con uno
digo, o con los dos acaso.
Mas pues la obra es tanto ms querida por quien la hace, cuanto ms nos muestra el
pecho bondadoso del que sale, la divina bondad que el mundo sella, de proceder
a depravada Italia que se encuentra entre Rialto y las fuentes del Brenta y de
l Piave, un monte se levanta, no muy alto, desde el cual descendi una mala anto
rcha que infligi un gran estrago a la comarca.
De una misma raz nacimos ambos: Cunizza fui llamada, y aqu brillo pues me venci l
a lumbre de esta estrella.
Mas alegre a m misma me perdono la causa de mi suerte, y no me duelo; y esto ta
l vez el vulgo no lo entienda.
De la resplandeciente y cara joya de este cielo que tengo ms cercana qued gran
fama; y antes de extinguirse, se quintuplicar este mismo ao: mira si excelso debe
hacerse el hombre, tal que otra vida a la vida suceda.
Y esto no piensa la turba presente que el Tagliamento y Adigio rodean: ni aun
siendo golpeada se arrepiente; mas pronto ocurrir que Padua cambie el agua del
pantano de Vincenza, porque son al deber gentes rebeldes; y donde el Silo y el
Cagnano se unen, alguien an seorea con orgullo, y ya se hace la red para atrapar
le.
Llorar tambin Feltre la traicin de su impo pastor, y tan enorme ser, que en Malta
no hubo semejante.
Muy grande debera ser la cuba que llenase la sangre ferraresa, cansando a quien
pesara onza por onza, la que dar tan corts sacerdote por mostrar su partido; y d
ones tales al vivir del pas se corresponden.
Hay espejos arriba que vosotros llamis Tronos, y Dios por medio de ellos nos a
lumbra, y mis dichos certifican. Aqu dej de hablar; y me hizo un gesto de volvers
e a otra cosa, pues se puso una vez ms en la rueda en la que estaba.
El otro gozo a quien ya conoca como preciada cosa, ante mis ojos era cual un r
ub que el sol hiriese.
Arriba aumenta el resplandor gozando, como la risa aqu; y la sombra crece abaj
o, al par que aumenta la tristeza.
Dios lo ve todo, y tu mirar se enela -le dije santo espritu, y no puede para ti
estar oculto algn deseo.
Por lo tanto tu voz, que alegra el cielo con el cantar de aquellos fuegos pos q
ue con seis alas hacen su casulla, por qu no satisface mis deseos? No esperara yo a
que preguntaras si me intuara yo cual t te enmas. El mayor valle en que el agua s
e vierte -sus palabras entonces me dijeron- fuera del mar que a la tierra engui
rnalda, entre enemigas playas contra el curso del sol tanto se extiende, que ya
hace meridiano donde antes horizonte.
Ribereo fui yo de aquellas costas entre el Ebro y el Magra, que divide en corto
trecho Gnova y Toscana.
Casi en un orto mismo y un ocaso estn Buga y mi ciudad natal, que enrojeci su pue
rto con su sangre.
Era llamado Folco por la gente que saba mi nombre; y a este cielo, como l me ilu
min, yo ahora ilumino; que ms no ardiera la hija de Belo, a Siqueo y a Creusa da
ndo enojos, que yo, hasta que mi edad lo permita; ni aquella Rodopea que engaada
fue por Demofoonte, ni Alcides cuando encerr en su corazn a Iole.
Pero aqu no se llor a, mas se re, no la culpa, que aqu no se recuerda, sino el po
der que orden y que provino.
Aqu se admira el arte que se adorna de tanto afecto, y se comprende el bien que
hace que influya abajo lo de arriba.
Y a fin de que colmados tus deseos lleves que en esta esfera te han surgido, d
ebiera referirte an otras cosas.
Quieres saber quin hay en esa hoguera que aqu cerca de m lanza destellos como el
rayo de sol en aguas limpias.
Sabrs que en su interior se regocija Raab; y en compaa de este coro, en su ms sumo
grado resplandece.
A nuestro cielo, en que la sombra acaba de vuestro mundo, an antes que alma alg
una por el triunfo de Cristo, fue subida.
Convena ponerla por trofeo en algn cielo, de la alta victoria obtenida con una y
otra palma, pues ella el primer triunfo de Josu favoreci en la Tierra Prometida
, que poco tiene el Papa en la memoria.
Tu ciudad, que es retoo del primero que a su creador volviera las espaldas, cu
ya envidia ha causado tantos males, crea y propaga las malditas flores que han
Yo fui cordero del rebao santo que conduce Domingo por la senda que hace avanz
ar a quien no se extrava.
Este que a mi derecha est ms cerca fue mi hermano y maestro, l es Alberto de Col
onia, y yo soy Toms de Aquino.
Y si quieres saber de los dems sigue con tu mirada mis palabras dando la vuelta
en este santo crculo.
Sale aquel resplandor de la sonrisa de Graziano, que al uno y otro fuero dio
su ayuda, ganando el paraso.
Quien cerca de l adorna nuestro coro fue el Pedro que al igual que aquella viud
a, su tesoro ofreci a la Santa Iglesia.
La quinta luz, de todas la ms bella, respira tanto amor, que todo el mundo sab
er aqu desea sus noticias; dentro est la alta mente, en la que tanto saber lati, q
ue si lo cierto es cierto, a tanto ver no surgi an un segundo.
Ve la luz de aquel cirio, junto a ella que aun en carne mortal por dentro sup
o la anglica natura y sus oficios.
En la luz pequeita est riendo.
el abogado de tiempos cristianos cuyos latines a Agustn sirvieron.
Ahora si el ojo de la mente llevas de luz en luz tras de mis alabanzas, ya de
la octava te encuentras sediento.
Viendo todos los bienes dentro goza el alma santa que el mundo falaz de manif
iesto pone a quien le escucha: el cuerpo del que fue arrojada yace all abajo en
Cieldauro; y a esta calma vino desde el martirio y el destierro ve ms all las lla
mas del espritu de Isidoro, de Beda y de Ricardo, que en su contemplacin fue ms qu
e un hombre.
Esa de la cual pasa a m tu vista, es la luz de un espritu que tarde meditando, p
ensaba que mora: esa es la luz eterna de Sigiero que, enseando en el barrio de l
a Paja, silogismo verdades envidiadas. En fin, lo mismo que un reloj que llama
cuando la esposa del Seor despierta a que cante maitines a su amado, que una pi
eza a la otra empuja y urge, tintineando con tan dulces notas, que el alma bien
dispuesta de amor llenan; as vi yo la rueda gloriosa moverse, voz a voz dando re
spuesta tan suave y templada, que tan slo se escucha donde el gozo se eterniza.
CANTO XI
Oh cun vano el afn de los mortales, qu mezquinos son esos silogismos que las alas te
arrastran por el suelo! Tras de los aforismos o los Iura iban unos, o tras de
l sacerdocio o del mandar por fuerza o por sofismas.
tras negocios civiles o robando, o envueltos en el gozo de la carne se fatigaba
n, o en la vida ociosa, cuando, de todas estas cosas libre, con Beatriz por el
cielo caminaba de forma tan gloriosa recibido.
Despus que cada uno volvi al punto del crculo en el que antes se encontraba, se d
etuvo, cual vela en candelero.
Y yo escuch dentro de esa lumbrera que antes me haba hablado, sonriendo, palabr
as que le daban an ms lustre: Igual que yo con sus rayos me enciendo, as, mirando e
n esa luz eterna, adivino el porqu de lo que piensas.
T dudas y deseas que te aclare con un lenguaje claro y manifiesto, para entende
r aquello que te digo, donde antes dije: Por donde se avanza, o donde dije: No na
ci un segundo; y es necesario distinguir en esto.
La Providencia que gobierna el mundo de modo que derrota a cualquier mente cre
ada, antes que llegue a ver el fondo, para que caminase a su deleite la esposa
de quien quiso desposarla con su bendita sangre a grandes voces, sintindose ms f
iel y ms segura, dos prncipes mand para ayudarla, y en una cosa y otra la guiasen.
Todo en fuego serfico uno arda; por su saber el otro fue en la tierra de querbic
a luz un resplandor.
De uno hablar, si bien de ambos se habla alabando a cualquiera de los dos, pues
to que a un mismo fin se encaminaron.
Entre Tupino y el agua que baja de la cima escogida por Ubaldo, frtil ladera pe
nde de alto monte, que el fro y el calor manda a Perugia por la Puerta del Sol;
y detrs lloran Nocera y Gualdo su pesado yugo.
Por donde esta ladera disminuye su pendiente, nacile un sol al mundo, como hace
a veces ste sobre el Ganges.
Y as pues quien a aquel lugar nombrara que no le llama Ass, pues esto es poco, s
ino Oriente, si quiere ser exacto.
No se hallaba del orto muy distante, cuando a la tierra por su gran virtud lo
gr hacer que sintiese algn consuelo; que por tal dama, an jovencito, en guerra co
n su padre incurri, a la cual las puertas del gozo, cual a muerte, no abre nadie;
y ante toda su corte espiritual et coram patrem a ella quiso unirse; luego la
am ms fuerte cada da.
sta, privada del primer marido, mil cien aos y ms vivi olvidada sin que nadie, h
asta aqul, la convidase; no vali or que al lado de Amiclates segura la encontr, al
or sus voces, aquel que fue el terror del mundo entero; ni le vali haber sido tan
constante y firme, que al quedar Mara abajo, ella sobre la cruz llor con Cristo.
Pero para no hablarte tan oscuro, Francisco y la Pobreza estos amantes has de
saber que son de los que te hablo.
Su concordia y sus rostros tan felices, amor y maravilla y gestos dulces, insp
iraban muy santos pensamientos; tanto que aquel Bernardo venerable se descalz, y
detrs de tanta paz corri, y corriendo tardo se crea.
Oh secreta riqueza! Oh bien fecundo! Egidio se descalza, el buen Silvestre, tra
s del esposo, as a la esposa place De all se fue aquel padre, aquel maestro con s
u mujer y su dems familia que el humilde cordn ya se cea.
No le inclin la frente la vergenza de ser hijo de Pietro Bernardo ne, ni porque
pareciera despreciable; mas dignamente su dura intencin a Inocencio le abri, y d
e aqul obtuvo el permiso primero de su orden.
Despus creciendo ya los pobrecillos detrs de aqul, cuya admirable vida mejor glor
iando al cielo se cantara, de segunda corona el Santo Espritu ci, por mediacin de H
onorio, aquel Honorio II aprob definitivamente la Orden en santo deseo de este
archimandrita.
Y despus que, sediento de martirio, en la presencia del Sultn soberbia predic a C
risto y quienes le siguieron, y encontrando a esas gentes demasiado reacias, pa
ra no estar inactivo, volvise al fruto del huerto de Italia, en el spero monte en
tre Arno y Tiber de Cristo recibi el ltimo sello, que sus miembros llevaron por d
os aos.
Cuando el que a tanto bien le destinara quiso hacerle subir al galardn que l mer
eci por hacerse pequeo, a sus hermanos, como justa herencia, recomend su dama ms qu
erida, y les mand que fielmente la amasen; y de su seno el nima preclara.
quiso salir y volver a su reino, y para el cuerpo otra caja no quiso.
Ahora piensa en quien fuese aquel colega digno con l de mantener la barca de P
edro en alta mar derechamente; y este segundo fue nuestro patriarca; por lo cua
l, quien le sigue, como l manda, sabe que carga buenas mercancas.
Mas su rebao, de nuevas viandas se encuentra tan ansioso, que es difcil que por
pastos errados no se pierda; y cuanto sus ovejas ms se apartan y ms lejos de aqul
vagabundean, ms tornan al redil faltas de leche.
An hay algunos que temen el dao y a su pastor se estrechan; mas tan pocas que a
sus capas les basta poca tela.
Ahora, si te han bastado mis palabras y si me has escuchado atentamente, si re
cuerdas aquello que te he dicho, en parte habrs tus ganas satisfecho al ver por
qu la planta se marchita, y vers por qu causa yo te dije "Que hace avanzar a quien
no se extrava".
CANTO XII
Tan pronto como la ltima palabra la bienaventurada llama dijo, a girar comenz la s
anta rueda; y an su vuelta no haba completado, cuando otra rueda gir en su redor,
uniendo canto a canto y giro a giro; canto que tanto vence a nuestras musas y s
irenas en esas dulces trompas, como la luz primera a sus reflejos.
Como se ven tras la nube ligera dos arcos paralelos y de un mismo color, cuand
o a su sierva enva Juno, que aquel de fuera nace del de dentro, al modo del habla
r de aquella hermosa que agost Amor cual sol a los vapores, haciendo que la gent
e est segura, por el pacto que Dios hizo a No, que al mundo nunca ms anegara: as de
aquellas rosas sempiternas las dos guirnaldas cerca de nosotros giraba, respondi
endo una a la otra.
Cuando la danza y otro gran festejo del cntico y del mutuo centelleo, luz con l
uz jubilosa y reposada, a un mismo tiempo y voluntad cesaron, como los ojos se
abren y se cierran juntamente al placer que les conmueve; del corazn de una de a
quellas luces se alz una voz, que como aguja al polo me hizo volverme al sitio
en que se hallaba; y comenz: El amor que me hace bella me obliga a que del otro j
efe trate por quien del mo aqu tan bien se ha hablado.
Justo es que, donde est el uno, est el otro: y as pues como a una combatieron, a
s luzca su gloria juntamente.
La milicia de Cristo, que tan caro cost rearmar, detrs de sus banderas marchaba
escasa, lenta y recelosa, cuando el Emperador que siempre reina ayud a su legin
en el peligro, por gracia slo, no por merecerlo.
Y, ya se ha dicho, socorri a su esposa con dos caudillos, a cuyas palabras y ob
ras reunise el pueblo descarriado.
All donde se alza y donde abre Cfiro dulce los follajes nuevos, de los que lueg
o Europa se reviste, no lejos del batir del oleaje tras el cual, por su larga ca
minata, el sol se oculta a todos ciertos das, est la afortunada Caleruega bajo la
proteccin del gran escudo del len subyugado que subyuga: all naci el amante infati
gable de la cristiana fe, el atleta santo fiero al contrario y bueno con los su
yos; y en cuanto fue creada, fue repleta tanto su mente de activa virtud que, an
en la madre, la hizo profetisa.
Al celebrarse ya en la santa fuente los esponsales entre l y la Fe, la mutua s
alvacin dndose en dote, la mujer que por l dio asentimiento, vio en un sueo ese fru
to prodigioso que saldra de aqul y su progenie; y porque fuese cual era, aun de n
ombre, un espritu vino a sealarlo del posesivo de quien era entero.
Fue llamado Domingo; y hablo de l como del labrador que eligi Cristo para que le
ayudase con su huerto.
Bien se mostr de Cristo mensajero; pues el primer amor del que dio prueba fue a
l consejo primero que dio Cristo.
Muchas veces despierto y en silencio lo encontr su nodriza echado en tierra cua
l diciendo: He venido para esto. Oh en verdad padre suyo venturoso! Oh madre suya
Juana verdadera, si se interpreta tal como se dice! No por el mundo, por el cu
al se afanan hoy detrs del Ostiense y de Tadeo, mas por amor del man sin mentira,
en poco tiempo gran doctor se hizo;.
por vigilar la via, que marchita pronto, si el viador es perezoso.
Y a la sede que fue ms bienhechora antes de los humildes, no por ella, por aqu
el que la ocupa y la mancilla, no dispensas de dos o tres por seis, no el prime
r cargo que libre quedara, no decimas, quae sunt pauperum Dei, sino pidi contra
la gente errada licencia de luchar por la semilla donde estas veinticuatro plant
as brotan.
Despus, con voluntad y con doctrina, emprendi su apostlica tarea cual torrente qu
e baja de alta cumbre; y en el retoo hertico su fuerza golpe, con ms saa en aquel si
tio donde la resistencia era ms dura.
De l se hicieron despus diversos ros donde el huerto catlico se riega, y ms vivos
se encuentran sus arbustos.
Si fue tal una rueda de la biga con que se defendi la Santa Iglesia y su guerra
civil venci en el campo.
bien debera serte manifiesta la excelencia de la otra, que Toms antes de venir y
o te alab tanto.
Mas la rbita trazada por la parte superior de su rueda, est olvidada; y ahora e
s vinagre lo que era antes vino.
Su familia que recta caminaba tras de sus huellas, ha cambiado tanto, que el d
e delante al de detrs empuja; y pronto podr verse la cosecha de tan mal fruto, cu
ando la cizaa lamente que le cierren el granero Bien s que quien leyese hoja por
hoja nuestro Ebro, un pasaje an hallara.
donde leyese: "Soy el que fui siempre.
" Pero no de Casal ni de Acquasparta, de donde tales vienen a la regla, que uno
la huye y otro la endurece.
Yo soy el alma de Buenaventura de Bagnoregio, que en los altos cargos los erra
dos afanes puse aparte.
Aqu estn Agustn e Iluminado, los primeros descalzos pobrecillos con el cordn amig
os del Seor.
Est con ellos Hugo de San Vctor, y Pedro Mangiadore y Pedro Hispano, que con s
us doce libros resplandece; el profeta Natn, y el arzobispo Crisstomo y Anselmo,
y el Donato que puso mano en el arte primera.
Est Rabano aqu, y luce a mi lado el abad de Calabria Joaq un dotado del espritu
proftico.
A celebrar a paladn tan grande me movi la inflamada cortesa de fray Toms y su agu
do discurso; y conmigo movi a quien me acompaa.
CANTO XIII
Imagine quien quiera comprender lo que yo vi -y que la imagen retenga mientras
lo digo, como firme roca- quince estrellas que en zonas diferentes el cielo enc
ienden con tanta viveza que cualquier densidad del aire vencen; imagine aquel c
arro a quien el seno basta de nuestro cielo noche y da y al dar vuelta el timn no
se nos marcha; imagine la boca de aquel cuerno que al extremo del eje se origin
a, al que da vueltas la primera esfera, hacindose dos signos en el cielo, como hi
ciera la hija del rey Minos sintiendo el fro hielo de la muerte; y uno poner sus
rayos en el otro, y dar vueltas los dos de tal manera que uno fuera detrs y otro
delante; y tendr casi sombra de la cierta constelacin y de la doble danza que gi
raba en el punto en que me hallaba: pues tan distante est de nuestros usos, cuan
to est del fluir del ro Chiana del cielo ms veloz el movimiento.
All cantaron no a Pean ni a Baco, a tres personas de naturaleza divina, y una
de ellas con la Humana.
Las vueltas y el cantar se terminaron; y atentas nos miraron esas luces, alegr
es de pasar a otro cuidado.
Rompi el silencio de concordes nmenes luego la luz que la admirable vida del pob
recillo del Seor narrara, dijo: Cuando trillada est una paja, cuando su grano ha s
ido ya guardado, a trillar otra un dulce amor me invita.
Crees que en el pecho del que la costilla se sac para hacer la hermosa boca y
un paladar al mundo tan costoso, y en aquel que, pasado por la lanza antes y lu
ego tanto satisfizo, que venci la balanza de la culpa, cuanto al gnero humano se
permite tener de luz, del todo fue infundido por el Poder que hiciera a uno y a
otro; por eso miras a lo que antes dije, cuando cont que no tuvo segundo quien e
n la quinta luz est escondido.
Abre los ojos a lo que respondo, y vers lo que crees y lo que digo como el cent
ro y el crculo en lo cierto.
Lo que no muere y lo que morir no es ms que un resplandor de aquella idea que ha
ce nacer, amando, nuestro Sir; que aquella viva luz que se desprende del astro
del que no se desana, ni del amor que tres hace con ellos, por su bondad su ilu
minar transmite, como un espejo, a nueve subcriaturas, conservndose en uno etern
amente.
De aqu desciende a la ltima potencia bajando de acto en acto, hasta tal punto, q
ue no hace ms que contingencias breves; y entiendo que son estas contingencias l
as cosas engendradas, que produce con simiente o sin ella el cielo mvil.
No es siempre igual la cera y quien la imprime; y por ello all abajo ms o menos
se traslucen los signos ideales.
Por lo que ocurre que de un mismo rbol, salgan frutos mejores o peores; y nacis
con distinta inteligencia.
si perfecta la cera se encontrase, e igual el cielo en su virtud suprema, la
luz del sello toda brillara; mas la natura siempre es imperfecta, obrando de igu
al modo que el artista que sabe el arte mas su mano tiembla.
Y si el ardiente amor la clara vista del supremo poder dispone y sella, toda
la perfeccin aqu se adquiere.
Tal fue creada ya la tierra digna de toda perfeccin animalesca; y la Virgen prea
da de este modo; de tal forma yo apruebo lo que opinas, pues la humana natura n
unca fue.
ocede de ste.
Pero como el carbn que da una llama, y sobrepasa a aquella por su brillo, de fo
rma que es visible su apariencia; as este resplandor que nos circunda vencer la a
pariencia de la carne que an est recubierta por la tierra; y no podr cegarnos luz
tan grande: porque ha de resistir nuestro organismo a todo aquello que cause de
leite. Tan acordes y prontos parecieron diciendo Amn el uno y otro coro, cual si s
us cuerpos muertos aoraran: y no slo por ellos, por sus madres, por sus padres y
seres ms queridos, y que fuesen tambin eternas llamas.
De claridad pareja entorno entonces, naci un fulgor encima del que estaba, igua
l que un horizonte se ilumina.
Y como a la cada de la noche nuevos fulgores surgen en el cielo, ciertos e inci
ertos ante nuestra vista, me pareci que en crculo dispuestas unas nuevas sustanci
as contemplaba por fuera de las dos circunferencias.
Oh resplandor veraz del Santo Espritu! qu incandescente apareci de pronto a mis ojo
s que no lo soportaron! Mas Beatriz tan sonriente y bella se me mostr, que entre
aquellas visiones que no recuerdo tengo que dejarla.
Recobraron mis ojos la potencia de levantarse; y nos vi trasladados solos mi d
ama y yo a gloria ms alta.
Bien advert que estaba ms arriba, por el gneo esplendor de aquella estrella, much
o ms rojo de lo acostumbrado.
De todo corazn, con la palabra comn, hcele a Dios un holocausto, como a la nueva
gracia convena.
Y apagado en mi pecho an no se hallaba del sacrificio el fuego, cuando supe que
era mi ofrenda fausta y recibida; que con tan grande brillo y tanto fuego un re
splandor sala de sus rayos que dije: Oh Helios, cmo los adornas! Cual con mayores y
menores luces blanquea la Galaxia entre los polos del mundo, y a los sabios pon
e en duda; as formados hacan los rayos en el profundo Marte el santo signo que de
l crculo forman los cuadrantes.
Aqu vence al ingenio la memoria; que aquella Cruz resplandeca a Cristo, y no en
cuentro un ejemplo digno de ello; mas quien toma su cruz y a Cristo sigue, podr
excusarme de eso que no cuento viendo en aquel albor radiar a Cristo.
De un lado al otro y desde arriba a abajo se movan las luces y brillaban an ms al
encontrarse y separarse: as aqu vemos, rectos o torcidos, lentos o raudos renov
ar su aspecto los corpusculos, cortos y ms largos, movindose en el rayo que atrav
iesa la sombra a veces que, por protegerse, dispone el hombre con ingenio y arte
.
Y cual arpa y lad, con tantas cuerdas afinadas, resuenan dulcemente aun para qu
ien las notas no distingue, tal de las luzes que all aparecieron a aquella cruz
un canto se adhera, que arrebatme, aun no entendiendo el himno.
Bien me di cuenta que era de altas loas, pues llegaba hasta mi Resurgi y Vinci com
o a aquel que no entiende, pero escucha.
Y me senta tan enamorado, que hasta ese entonces no hubo cosa alguna que me atr
apase en tan dulces cadenas.
Tal vez son muy atrevidas mis palabras, al posponer el gozo de los ojos, que s
i los miro, cesan mis deseos; mas el que sepa que los cielos vivos ms altos ms ac
recen la belleza, y que yo an no me haba vuelto a aqullos, podr excusarme de lo que
me acuso por excusarme, y saber que no miento: que aqu el santo placer no est exc
luido, pues ms sincero se hace mientra sube.
CANTO XV
La buena voluntad donde se lica siempre el amor que inspira lo que es recto, como
en la inicua la pasin insana, silencio impuso a aquella dulce lira, aquietando
las cuerdas que la diestra del cielo pulsa y luego las acalla.
Cmo estarn a justas preces sordas esas sustancias que, por darme aliento para que
hablase, a una se callaron? Bien est que sin trmino se duela quien, por amor de
cosas que no duran, de ese amor se despoja eternamente.
Cual por los cielos puros y tranquilos de cuando en cuando cruza un raudo fue
go, y atrae la vista que est distrada, y es como un astro que de sitio mude, sino
que en el lugar donde se enciende no se pierde ninguno, y dura poco: tal desde
el brazo que a diestra se extiende hasta el pie de la cruz, corri una estrella d
e la constelacin que all relumbra; no se apart la gema de su cinta, mas pas por la
lnea radial.
cual fuego por detrs del alabastro.
Fue tan piadosa la sombra de Anquises, si a la ms alta musa damos fe, reconoci
endo a su hijo en el Elseo.
O sanguis meus, o superinfusa gratia Dei, sicut tibi cui bis unquam celi iana r
eclusa? Dijo esa luz llamando mi atencin; luego volv la vista a mi seora, y una y o
tra dejronme asombrado; pues arda en sus ojos tal sonrisa, que pens que los mos toc
aran el fondo de n- gloria y paraso.
Luego gozoso en vista y en palabras, el espritu dijo an otras cosas que no las e
ntend, de tan profundas; Y no es que por su gusto lo escondiera, mas por necesid
ad, pues su concepto al ingenio mortal se superpone.
Y cuando el arco del afecto ardiente se calm, y se abajaron sus palabras a la d
iana de nuestro intelecto, la cosa que escuch primeramente Bendito seas -fue t, el
uno y trino, que tan corts has sido con mi estirpe! Y sigui: Un grato y lejano dese
o, tomado de leer el gran volumen del cual el blanco y negro no se mudan, has s
atisfecho, hijo, en esa luz desde la cual te hablo, gracias a sa que alas te dio
para tan alto vuelo.
T crees que a m lleg tu pensamiento de aquel que es el primero, como sale del uno
, al conocerlo, el seis y el cinco; y por ello quin soy, y por qu causa ms alegre
me ves, no me preguntas, que algunos otros de este alegre grupo.
Crees bien; pues los menores y mayores de esta vida se miran al espejo que mues
tra el pensamiento antes que pienses; mas por que el sacro amor en que yo veo c
on perpetua vista, y que me llena de un dulce desear, mejor se calme, segura ya
tu voz, alegre y firme suene tu voluntad, suene tu anhelo, al que ya decretada e
s mi respuesta! Me volv hacia Beatriz, que antes que hablara me escuch, y sonri con
un semblante que hizo crecer las alas del deseo.
Dije despus: El juicio y el afecto, pues que gozis de la unidad primera, en voso
tros operan de igual modo, porque el sol que os prendi y en el que ardisteis, en
su calor y luz es tan igual, que otro smil sera inoportuno.
Mas querer y razn, en los mortales, por causas de vosotros conocidas, tienen la
s alas de diversas plumas; y yo, que soy mortal, me siento en esta desigualdad,
y por ello agradezco slo de corazn esta acogida.
Te imploro con fervor, vivo topacio, precioso engaste de esta joya pura, que m
e quede saciado de tu nombre. Oh fronda ma, que eras mi delicia aguardndote, yo fui
tu raz!: comenz de este modo a responderme.
Luego me dijo: Aquel de quien se toma tu apellido, y cien aos ha girado y ms el m
onte en la primera cornisa, fue mi hijo, y fue tu bisabuelo: y es conveniente q
ue t con tus obras a su larga fatiga des alivio.
Florencia dentro de su antiguo muro, donde ella toca an a tercia y nona, en paz
estaba, sobria y pudorosa.
No tena coronas ni pulseras, ni faldas recamadas, ni cintillos que gustara ver
ms que a las personas.
An no le daba miedo si naca la hija al padre, pues la edad y dote ni una ni otra
excedan la medida.
No haba casas faltas de familia; an no haba enseado Sardanpalo lo que se puede ha
cer en una alcoba.
An no estaba vencido Montemalo por vuestro Uccelatoio, que cayendo lo vencer al
igual que en la subida.
Vi andar ceido a Belincione Berti con piel de oso, y volver del espejo a su mu
jer sin la cara pintada; y vi a los Nerli alegres y a los Vechio de vestir sim
ples pieles, y a la rueca atendiendo y al huso sus esposas.
Oh afortunadas! estaban seguras del sepulcro, y ninguna an se encontraba abando
nada por Francia en el lecho.
Una cuidaba atenta de la cuna, y, por consuelo, usaba el idioma que divierte a
los padres y a las madres; otra, tirando a la rueca del pelo, charloteaba con
sus familiares de Fisole, de Roma, o los troyanos.
Entonces por milagro se tendran una Cianghella, un Lapo Saltarello, como ahora
Cornelia o Cincinato.
A un tan hermoso, a un tan apacible vivir de ciudadano, a una tan fiel ciudada
na, y a un tan dulce albergue, me dio Mara, a gritos invocada; y en el antiguo ba
utisterio vuestro fui cristiano a la par que Cacciaguida.
Moronto fue mi hermano y Eliseo; desde el valle del Po vino mi esposa, de la
cual se origina tu apellido.
Luego segu al emperador Conrado; y l me arm caballero en su milicia, tan de su ag
rado fueron mis hazaas.
March tras l contra la iniquidad de aquella secta cuyo pueblo usurpa, por culpa
del pastor, vuestra justicia.
All fui yo por esas torpes gentes, ya desligado del mundo falaz, cuyo amor much
as almas envilece; y vine hasta esta paz desde el martirio.
CANTO XVI
Oh pequea nobleza de la sangre, que de ti se gloren aqu abajo las gentes donde es db
il nuestro afecto, nunca habr de admirarme: porque donde el apetito nuestro no s
e tuerce, digo en el cielo, yo me glori.
Eres un manto que pronto se acorta: tal que, si no se agranda da a da, el tiempo
va en redor con las tijeras.
Con el vos que primero sufri Roma, y que sus descendientes no conservan, comenza
ron de nuevo mis palabras; por lo cual Beatriz, que estaba aparte la que tosi,
al rerse pareca, al primer fallo escrito de Ginebra.
Yo le dije: Vos sois el padre mo; vos infunds aliento a mis palabras; vos me elevi
s, y soy ms que yo mismo.
Por tantos cauces llena la alegra mi mente, y de s misma se recrea pues soportar
lo puede sin fatiga.
Habladme pues, mi caro antecesor, de los mayores vuestros y los aos que dejaron
su huella en vuestra infancia; decidme cmo era en aquel tiempo el redil de san J
uan, y quines eran los dignos de los puestos elevados. Como se aviva cuando el
viento sopla el carbn encendido, as vi a aquella luz brillar con mi hablar respetu
oso; y hacindose ms bella ante mis ojos, as con voz ms dulce y ms suave, mas no con
este lenguaje moderno, me dijo: Desde el da en que fue dicho "Ave", hasta el par
to en que mi santa madre, se vio libre de m, que la gravaba, a su Len quinientas
y cincuenta y treinta veces este fuego vino a inflamarse otra vez bajo sus plant
as.
Mis mayores y yo nacimos donde primero encuentra el ltimo distrito quien corre
en vuestros juegcos anuales.
De mis mayores basta escucha-- esto: quines fueran y cul su procedencia, ms convi
ene callar que declararlo.
Todos los que podan aquel tiempo entre el Bautista y Marte llevar armas, eran e
l quinto de los que hay ahora.
Mas la ciudadana, ahora mezclada de Campi, de Certaldo y de Fegghine, pura se h
allaba hasta en los artesanos.
Oh cunto mejor fuera ser vecino de esas gentes que digo, y a Galluzzo y a Trespi
ano tener como confines, que tener dentro y aguantar la peste de ese ruin de Ag
uglin, y del de Signa, de tan aguda vista para el fraude! Si la gente que al mund
o ms corrompe no hubiera sido madrastra del Csar, mas cual benigna madre para el
hijo, quien es ya florentino y cambia y merca, a Simifonte habra regresado, don
de pidiendo su abuelo viva; de los Conti sera an Montemurlo; los Cerchi habitaran
en Acona, los Buondelmonti acaso en Valdigrieve.
Siempre la confusin de las personas principio fue del mal de las ciudades, cual
del vuestro el comer ms de la cuenta; y ms deprisa cae si ciega el toro que el c
ordero; y mejor que cinco espadas y ms corta una sola muchas veces.
Si piensas cmo Luni y Orbisaglia han desaparecido, y cmo van Sinagaglia y Chius
i tras de aqullas, or cmo se pierden las estirpes no te parecer nuevo ni fuerte, ya
que tambin se acaban las ciudades.
Tienen su muerte todas vuestras cosas, como vosotros; mas se oculta alguna que
dura mucho, y son cortas las vidas.
Y cual girando el ciclo de la luna las playas sin cesar cubre y descubre, as ha
ce la Fortuna con Florencia: por lo cual lo que diga de los grandes florentinos
no debe sorprenderte, que ya su fama en el tiempo se esconde.
Yo vi a los Ughi y a los Catellini, Filippi, Creci, Orrnanni y Alberichi, ya
en decadencia, ilustres ciudadanos; y vi tan grandes como los antiguos, con el
de la Sanella, a aquel del Arca, y a Soldanieri y Ardinghi y Bostichi.
junto a la puerta, que se carga ahora de nueva felona tan pesada que har que vue
stra barca se hunda pronto, los Ravignani estban, de los cuales descendi el cond
e Guido, y los que el nombre del alto Bellincin despus to maron.
Los de la Pressa saba ya cmo gobernar, y tena Galigaio ya en su casa dorados po
mo y funda.
Era ya grande la columna oscura, Sachetti, Giuochi, Fifanti y Barucci, Galli
y a quien las pesas avergenzan.
La cepa que dio vida a los Calfucci era ya grande, y ya fueron llamados los Si
zzi y Arrigucci a las curules.
Cun altos vi a los que ahora estn deshechos por su soberbia! y las bolas de oro
con sus gestas Florencia florecan.
As hacan los padres de esos que, cuando queda vacante vuestra iglesia, engordan
acudiendo al consistorio.
Esa insolente estirpe que se endraga tras los que huyen, y a quien muestra el
diente o la bolsa, se amansa cual cordero, iba ascendiendo, mas de humilde ori
gen; y a Ubertino Donati no placa que luego el suegro con ella le uniese.
Ya hasta el mercado haba el Caponsacco de Fisole venido, y ciudadanos eran ya b
uenos Guida e Infangato.
Dir una cosa cierta e increble: daba la entrada al recinto una puerta que de los
Pera su nombre tomaba.
Los que hoy ostentan esa bella insignia del gran barn con cuya prez y nombre l
a fiesta de Toms se reconforta, de l recibieron mando y privilegio; aunque se pon
ga hoy junto a la plebe.
quien la rodea con franja de oro.
Ya estaban Gualterotti e Importuni; y an estara el Burgo ms tranquilo, ayuno de e
stas nuevas vecindades.
La casa en que naciera vuestro llanto, por el justo rencor que os ha matado,
y puso fin a vuestra alegre vida, era honrada, con todos sus secuaces: Oh Buond
elmonti, mal de aquellas bodas huiste, y el consuelo nos quitaste! Alegres much
os tristes estaran, si al Ema Dios te hubiese concedido, cuando llegaste all por
vez primera.
Mas convena que en la piedra rota que el puente guarda, hiciera un sacrificio
Florencia al terminarse ya su paz.
Con estas gentes, y otras con aqullas, vi yo a Florencia con tan gran sosiego,
que no haba motivos para el llanto.
Con esas gentes yo vi glorioso y justo al pueblo, tanto que su lirio nunca al
revs pusieron en el asta, ni fue hecho rojo por las disensiones.
CANTO XVII
Como acudi a Climene, a consultarle de aquello que escuchara en contra suya, qui
en remiso hace al padre an con el hijo; tal me encontraba, y tal lo comprendan Be
atriz y aquella luz santa que antes por causa ma se cambi de sitio.
Por lo cual mi seora Expulsa el fuego de tu deseo -dijo- y que ste salga por tu i
magen interna bien sellado: no para acrecentar lo que sabemos al decirlo: mas p
ara acostumbrarte a que hables de tu sed, y otros te ayuden.
Cara planta que te alzas de tal modo que, cual saben los hombres que no caben do
s ngulos obtusos en un tringulo, igual sabes las cosas contingentes antes de que
sucedan, viendo el punto en quien todos los tiempos son present es; mientras qu
e junto a Virgilio suba por la montaa que cura las almas, o por el reino difunto b
ajando, dichas me fueron respecto al futuro palabras graves, y aunque yo me sie
nta a los golpes de azar como el tetrgono; mi deseo estara satisfecho sabiendo la
fortuna que me aguarda: pues la flecha prevista daa menos. As le dije a aquella
misma luz que antes me haba hablado; y como quiso Beatriz, fue mi deseo confesado
No con enigmas, donde se enviscaba la gente loca, antes de que muriera el Cor
dero que quita los pecados, mas con palabras claras y preciso latn, me respondi e
l amor paterno, manifiesto y oculto en su sonrisa: Los hechos contingentes, que
no salen de los cuadernos de vuestra materia, en la mirada eterna se dibujan;
Mas esto no los hace necesarios, igual que la mirada que refleja el barco al que
se lleva la corriente.
De all, lo mismo que viene al odo el dulce son del rgano, me viene hasta mi vista
el tiempo que te aguarda.
Como se march Hiplito de Atenas por la malvada y prfida madrastra, as tendrs que s
alir de Florencia.
Esto se quiere y esto ya se busca, y pronto lo han de ver los que esto piensan
donde se vende a Cristo cada da.
Se atribuir la culpa a los vencidos, como se suele hacer; mas el castigo testim
onio ser de la verdad.
T dejars cualquier cosa que quieras ms fuertemente; y.
esto es esa flecha que antes dispara el arco del exilio.
Probars cun amargamente sabe el pan ajeno y cun duro es subir y bajar las ajenas
escaleras.
Y lo que ms te pesar en los hombros, ser la ruin y necia compaa con la que has de
caer en ese valle; que ingrata, impa y loca contra ti ha de volverse; mas al poc
o tiempo ella, no t, tendr las sienes rojas.
De su bestialidad dar la prueba su proceder; y grato habr de serte haber hecho u
n partido de ti mismo.
El refugio primero que te albergue ser la cortesa del Lombardo que en la escale
ra tiene el ave santa; que te dar tan benigna acogida, que de hacer y pedir, ent
re vosotros, antes ir el que entre otros el postrero.
Con l vers a aquel que fue signado, tanto, al nacer, por esta fuerte estrella,
que har notables todas sus acciones.
En l nadie repara todava por su temprana edad, pues nueve aos slo esta rueda gira
en torno suya; mas antes que el Gascn engae a Enrique, de su virtud veremos los
fulgores, despreciando la playa y las fatigas.
Y sus magnificencias tan famosas sern entonces, que sus enemigos.
no podrn evitar el referirlas.
Pon la esperanza en l y en sus mercedes; por l ser cambiada mucha gente, mudando
condicin rico y mendigo; y llevars escrito sin decirlo en tu memoria de l; y dijo c
osas que no creyese aun quien las escuchara.
Dijo despus: La explicacin es esto de lo que te fue dicho; ve las trampas que se
esconden detrs de pocos aos.
Mas no quiero que envidies a tu gente, pues sabrs que tu vida se enfutura ms all
que el castigo de su infamia. Cuando al callar mostr que concluido ya haba el alm
a santa el entramado de la tela en que yo puse la urdimbre, yo comenc lo mismo q
ue el que anhela, en la duda, el consejo de personas que ven y quieren rectament
e y aman: Bien veo padre mo, cmo aguija contra m el el tiempo, para darme un golpe
tal, que es ms grave a quien ms se descuida; de previsin por ello debo armarme, y
si el lugar ms amado me quitan, yo no pierda los otros por mis versos.
Por el amargo mundo sempiterno, y por el monte desde cuya altura me elevaron l
os ojos de mi dama, y en el cielo despus, de fuego en fuego, aprend muchas cosas,
que un agriado sabor dara a muchos si las cuento; mas si amo la verdad tmidament
e, temo perder mi fama entre esos hombres que a nuestro tiempo han de llamar ant
iguo. La luz donde rea mi tesoro, que all encontr, centelle primero, como al rayo d
e sol un ureo espejo; despus me replic: Slo a una mente, por la propia vergenza o por
la ajena turbada, ser brusco lo que digas.
No obstante, aparta toda la mentira y pon de manifiesto lo que has visto; y de
ja que se rasquen los sarnosos.
Porque si con tu voz causas molestia al probarte, alimento nutritivo dejar lueg
o cuando lo digieran.
Este clamor tuyo har como el viento, que las ms altas cumbres ms golpea; y esto n
o poco honor ha de traerte.
Por ello se han mostrado a ti en los cielos, en el monte y el valle doloroso sl
o las almas de notoria fama, pues fe no guarda el nimo que escucha ni observa lo
s ejemplos que escondidas o incgnitas tuvieran las races, ni razones que no son e
videntes.
CANTO XVIII
Se recreaba ya en sus reflexiones aquel beato espejo, y yo en las mas, temperando
lo amargo con lo dulce; y la mujer que a Dios me conduca dijo: Cambia de idea; p
orque estoy cerca de aquel que lo injusto repara. Yo entonces me volv al son amo
roso de mi consuelo; y no he de referiros el mucho amor que vi en sus santos ojo
s: no slo es que no fe en mis palabras, sino que la memoria no repite, sin una gr
acia, lo que la supera.
Slo puedo decir de aquel instante, que, volviendo a mirarla, estuvo libre mi af
ecto de cualquier otro deseo, mientras el gozo eterno, que directo irradiaba en
Beatriz, desde sus ojos con su segundo aspecto me alegraba.
Vencido con la luz de su sonrisa, ella me dijo: Vulvete y escucha; no est en mis
ojos slo el Paraso. Como se ve en la tierra algunas veces el afecto en la vista,
si es tan grande, que por l todo el alma es poseda, as en el flamear del fulgor sa
nto al que yo me volv, supe el deseo que tena an de hablarme un poco ms, y l comenz:
En este quinto grado del rbol de la cima, que da fruta siempre y que nunca pierde
su follaje, hay almas santas, que en la tierra, antes que vinieran al cielo, t
an famosas fueron que haran rica a cualquier musa.
Contempla pues los brazos de la cruz: los que te nombrar aparecern como el rayo
veloz hace en la nube. Por la cruz vi un fulgor que se mova al nombre de Josu, na
da ms dicho; no s si fue primero el ver que el nombre.
Y al nombre de aquel grande Macabeo vi que otro se mova dando vueltas, y era cu
erda del trompo la alegra.
As con Carlo Magno y con Oriando sigui dos luces mi mirar atento como a su halcn
volando sigue el ojo.
Despus vi a Rinoardo y a Guillermo y al duque Godofredo con la vista por esa c
ruz, y a Roberto Guiscardo.
Yendo a mezclarse luego con los otros, me mostr el alma que me haba hablado qu cl
ase de cantor era en el cielo.
Me volv entonces hacia la derecha para ver si Beatriz, o por su gesto.
o sus palabras, mi deber mostraba.
Y contempl sus luces tan serenas, tan gozosas, que a los dems venca su semblante
y al ltimo que tuvo.
Y como por sentir mayor deleite obrando bien, el hombre da a da se da cuenta que
aumenta su virtud, as yo me di cuenta que girando junto al cielo mi crculo creca,
viendo an ms luminoso aquel milagro.
Y como se transmuta en poco rato en blanca la mujer, cuando su rostro de la v
ergenza el peso se descarga, tal fue en mis ojos, cuando me volv, por su blancura
la templada estrella sexta, que en ella habame acogido.
Yo vi en aquella jovial antorcha el destellar del amor que all estaba signando
el alfabeto ante nosotros.
Y cual aves que se alzan de la orilla, casi alabando ya el haber comido, hacen
bandadas largas o redondas, as en las luces las santas criaturas al revolotear
iban cantando, hacindose una D, una I, una L.
Al comps de su canto se movan; y al formar luego uno de aquellos signos, callaba
n detenindose un momento.
Oh pegasea diosa, que a los sabios los haces gloriosos y longevos, y ellos con
tigo a reinos y a ciudades, ilstreme tu ayuda, y haz que muestre tal como aparec
ieron sus figuras: y en breves versos tu poder demuestra! Se me mostraron cinco
veces siete unas vocales y otras consonantes; y en cuanto se formaban las lea.
DILIGITE IUSTITIAM, verbo y nombre fueron los que primero se formaron; QUI IUDICA
TIS TERRAM, las postreras.
Luego en la eme del vocablo quinto ordenadas quedaron; y tal plata baada en oro
Jpiter luca.
Y vi otras luces que a la parte alta bajaban de la eme, y se quedaban cantando
, creo, el bien que las traa.
Luego, como al chocar de los tizones ardientes, surgen chispas a millares, don
de los necios suelen ver augurios, pareci que de all surgan miles de luces que suba
n, mucho o poco, tal como el sol que las prendi dispuso; y en su lugar ya quieta
s cada una, vi de un guila el cuello y la cabeza representada en el fulgor distin
to.
Quien pinta all no tiene quien le gue, sino que gua, y de aqul se origina la virtu
d que a los nidos da su forma.
Las otras beatitudes, que dichosas de enliliarse en la ema parecieron, movindos
e siguieron la figura.
Oh dulce estrella, cules, cuntas gemas me demostraron que nuestra justicia es efe
cto del cielo que t enjoyas! Y yo pido a la mente en que comienza tu virtud y tu
obrar, que vuelva a ver de dnde sale el humo que te nubla; tal que se encoleric
e nuevamente del comprar y el vender dentro del templo murado con milagros y mar
tirios.
O milicia de cielo que ahora miro, ruega por los que se hallan en la tierra det
rs del mal ejemplo desviados! Antes se haca con armas la guerra; y ahora se hace q
uitando a unos y a otros el pan que a nadie niega el santo Padre.
Pero t que borrando slo escribes, piensa que an viven Pedro y Pablo, muertos por
la via que ahora t devastas.
Puedes decir: Tan fijo est mi amor en quien quiso vivir en el desierto y fue mar
tirizado por un baile, que al Pescador y a Pablo desconozco.
CANTO XIX
Apareci ante m la bella imagen con las alas abiertas, que formaban las almas agrup
adas en su dicha; un rub pareca cada una donde un rayo de sol ardiera tanto, que
en mis ojos pudiera reflejarse.
Y lo que debo de tratar ahora ni referido nunca fue, ni escrito, ni concebido
por la fantasa; pues vi y tambin o que hablaba el pico, y que la voz deca mo y yo y
decir nuestro y nosotros.
Y comenz: Por ser justo y piadoso estoy aqu exaltado a aquella gloria que vencer
no se deja del deseo; y dej tan completa mi memoria en la tierra, que abajo los
malvados aun sin seguir su ejemplo, la veneran. Como un solo calor de muchas br
asas, de entre muchos amores, de igual modo, sala un solo son de aquella imagen.
Y entonces respond.
Oh perpetuas flores de la alegra eterna, que uno slo me hacis aparecer vuestros aro
mas, aclaradme, espirando, el gran ayuno que largamente en hambre me ha tenido,
pues ningn alimento hall en la tierra.
Bien s que si en el cielo de otro reino la justicia divina hace su espejo velad
amente el vuestro no la mira.
Sabis que atentamente me: dispongo a escucharos; sabis cul es la duda que en ayun
as me tuvo tanto tiempo. Como halcn al que quitan la capucha, que mueve la cabez
a y bate alas ganas mostrando y hacindose hermoso, contempl a aquella imagen, que
con loas a la divina gracia era formada, con cantos que conoce el que lo goza.
Dijo despus: El que volvi el comps hasta el confn del mundo, y dentro de ste guard
o manifiesto y lo secreto, no poda imprimir su podero en todo el universo, de tal
modo que su verbo no fuese an infinito.
Y esto confirma que el primer soberbio, que de toda criatura fue la suma, por
no esperar la luz cay inmaduro; mostrando que cualquier naturaleza menor, es slo
un corto receptculo del bien que no se acaba y no se mide.
Por lo cual nuestra vista, que tan slo ha salido de un rayo de la mente de que
todas las cosas estn llenas, no puede valer tanto por s misma, que no sepa que es
t mucho ms lejos su principio de lo que se le muestra.
Por eso en la justicia sempiterna la vista que recibe vuestro mundo, igual que
el ojo por el mar, se adentra; que, aunque en la orilla puede ver el fondo, no
lo ve en alta mar; y no est menos all, pero lo esconde el ser profundo.
No hay luz, si no procede de la calma imperturbable; y fuera es la tiniebla, o
sombra de la carne, o su veneno.
Bastante ya te he abierto el escondrijo que te esconda la justicia viva, que co
n tanta frecuencia cuestionaste; diciendo: "Un hombre nace en la ribera del Ind
o, y no hay all nadie que hable de Cristo ni leyendo ni escribiendo; y todos sus
deseos y actos buenos, por lo que entiende la razn del hombre, estn sin culpa en
vida y en palabras.
Y muere sin la fe y sin el bautismo: Dnde est la justicia al condenarle? y dnde est
su culpa si l no cree?" Quin eres t para querer sentarte a juzgar a mil millas de d
istancia con tu vista que slo alcanza un palmo? Cierto que quien conmigo sutiliz
a, si sobre l no estuviera la Escritura, su dudar llegara hasta el asombro.
Oh animales terrenos! Mentes zafias! La voluntad primera, por s buena, de s, que e
s sumo bien, nunca se mueve.
Slo es justo lo que a ella se conforma: ningn creado bien puede atraerla, pero a
quella, espiendiendo, los produce. Igual que sobre el nido vuela en crculos tras
cebar a sus hijos la cigea, y como la contempla el ya cebado; hizo as, y yo los o
jos levant, esa bendita imagen, que las alas movi impulsada por tantos espritus.
Dando vueltas cantaba, y me deca: Lo mismo que mis notas, que no entiendes, tal
es el juicio eterno a los mortales. Al aquietarse las lucientes llamas del Esprit
u Santo, an en el signo que a Roma hizo temible en todo el mundo, volvi a decir a
qul: No sube a este reino, quien no creyera en Cristo, antes o despus de clavarle e
n el madero.
Mas sabe: muchos gritan "Cristo, Cristo!" y estarn en el juicio menos prope de
aquel, que otros que a Cristo no conocen; sern por el etope afrentados cuando los
dos colegios se separen, los para siempre ricos y los pobres.
A vuestros reyes qu dirn los persas al contemplar abierto el libro donde escritos
se hallan todos sus pecados? La que muy pronto mover las plumas y que devastar e
l reino de Praga, de Alberto podr verse entre las obras.
La pena podr verse que en el Sena causar, la moneda falseando, quien por un jaba
l hallar la muerte.
La insaciable soberbia podr verse, que al de Inglaterra y al de Escocia ciega,
sin poder aguantarse en sus fronteras.
Verse la lujuria y vida muelle de aquel de Espaa y del de la Bohemia, que ni sup
o ni quiso del valor.
Verse al cojo de Jerusaln su bondad sealada con la I, y con la M el contrario seal
ado.
Verse la avaricia y la vileza de quien guardando est la isla del fuego, donde An
quises su larga edad dejara; en abreviadas letras su escritura para dar a enten
der cun poco vale, que mucho anotarn en poco espacio.
Ensear las obras indecentes.
de su to y su hermano, que una estirpe tan egregia y dos tronos ensuciaron.
El que est en Portugal y el de Noruega all se encontrarn, y aquel de Rascia que m
al ha visto el cuo de Venecia.
Dichosa Hungra, si es que no se deja mal conducir! y dichosa Navarra, si se arma
se del monte que la cerca! Y creer se debiera como muestra de esto, que Nicosi
a y Famagusta se reprueban y duelen de su bestia, que del lado de aqullas no se
aparta.
CANTO XX
Cuando aquel que da luz al mundo entero del hemisferio nuestro as desciende que
el da en todas partes se consuma, el cielo, que aqul solo iluminaba, sbitamente vu
elve a hacerse claro, con muchas luces, que a una reflejan.
Record este fenmeno celeste, cuando call aquel smbolo del mundo y de sus jefes su
bendito pico; pues que todas aquellas vivas luces entonaron, luciendo an ms, cant
igas que se han borrado ya de mi memoria.
Oh dulce amor que de risa te envuelves, qu ardiente en esos sistros te mostrabas
, de santos pensamientos inspirados! Cuando las caras y lucientes piedras de la
s que vi enjoyado el sexto cielo sus anglicos sones terminaron, cre escuchar el m
urmurar de un ro que claro baja de una roca en otra, mostrando la abundancia de s
u fuente.
Y como el son del cuello de la ctara toma forma, y as del orificio de la zampoa p
or donde entra el viento, de igual manera, sin tardanza alguna, por el cuello de
Y como a un buen cantor buen citarista hace seguir el pulso de las cuerdas, po
r lo que an ms placer adquiere el canto, as, mientras hablaba, yo recuerdo que vi
a los dos benditos resplandores, igual que el parpadeo se concuerda, llamear al
comps de las palabras.
CANTO XXI
Volv a fijar mis ojos en el rostro de mi dama, y mi espritu con ellos, de cualquie
r otro asunto retirado.
No se rea; mas Si me riese -dijo- te ocurrira como cuando fue Semele en cenizas c
onvertida: pues mi belleza, que en los escalones del eterno palacio ms se acrece
, como has podido ver, cuanto ms sube, si no la templo, tanto brillara que tu fue
rza mortal, a sus fulgores, rama sera que el rayo desgaja.
Al sptimo esplendor hemos subido, que bajo el pecho del Len ardiente con l irrad
ia abajo su potencia.
Fija tu mente en pos de tu mirada, y haz de aqulla un espejo a la figura que te
ha de aparecer en este espejo. Quien supiese cul era la delicia de mi vista mir
ando el santo rostro, al poner mi atencin en otro asunto, sabra de qu forma me era
grato obedecer a rr celeste escolta, si un placer con el otro parangono.
En el cristal que tiene como nombre, rodeando el mundo, el de su rey querido b
ajo el que estuvo muerta la malicia, de color de oro que el rayo refleja contem
pl una escalera que suba tanto, que no alcanzaba con la vista.
Vi tambin que bajaba los peldaos tanto fulgor, que pens que la luz toda del ciel
o all se difundiera.
Y como, por su natural costumbre, juntos los grajos, al romper del da, se mueve
n calentando su plumaje; despus unos se van y ya no vuelven; otros toman al siti
o que dejaron, y los dems se quedan dando vueltas; me parecio que igual aconteci
ese en aquel destellar que junto vino, al llegar y pararse en cierto tramo.
Y aquel que ms cercano se detuvo, era tan luminoso, que me dije: Bien conozco e
l amor que me demuestras.
Mas aquella en que espero el cmo y cundo callar o hablar, estse quieta; y yo bien
hago y, aunque quiero, no pregunto. Por lo cual ella, viendo en mi silencio, c
on el ver de quien puede verlo todo, me dijo: Aplaca tu ardiente deseo. Y yo com
enc as.
Mis propios mritos de tu respuesta digno no me hacen; mas por aquella que hablar
me permite, alma santa que te hallas escondida dentro de tu alegra, haz que yo s
epa por qu de m te has puesto tan cercana; y por qu en esta rueda se ha callado.
la dulce sinfona de los cielos, que tan piadosa en las de abajo suena. Mortal tie
nes la vista y el odo, por eso no se canta aqu repuso- al igual que Beatriz no tien
e risa.
Por la santa escalera he descendido nicamente para recrearte con la voz y la lu
z que me rodea; mayor amor ms presta no me hizo, que tanto o ms amor hierve all a
rriba, tal como el flamear te manifiesta.
Mas la alta caridad, que nos convierte en siervas de aquel que el mundo gobier
na aqu nos destin, como ests viendo. Bien veo, sacra lmpara, que un libre amor -le d
ije basta en esta corte para seguir la eterna providencia; mas no puedo entende
r tan fcilmente por qu predestinada sola fuiste t a este encargo entre todas las re
stantes. Aun antes de acabar estas palabras, hizo la luz un eje de su centro, d
ando vueltas veloz como una rueda; luego dijo el amor que estaba dentro: Descien
de sobre m la luz divina, en sta en que me envientro penetrando, la cual virtud,
unida a mi intelecto, tanto me eleva sobre m, que veo la suma esencia de la cual
procede.
De all viene esta dicha en la que ardo; puesto que a mi visin, que es ya tan cla
ra, la claridad de la llama se aade.
Pero el alma en el cielo ms radiante, el serafn que ms a Dios contempla, no podr r
esponder a tu pregunta, porque se oculta tanto en el abismo del eterno decreto
lo que quieres, que al creado intelecto se le esconde.
Y al mundo de los hombres, cuando vuelvas, contars esto, a fin que no pretenda
a una tan alta meta dirigirse.
La mente, que aqu luce, en tierra humea; as que piensa cmo all podr lo que no puede
aun quien acoge el cielo. Tan terminantes fueron sus palabras que dej aquel asu
nto, y solamente humilde pregunt por su persona.
lzanse entre las costas italianas montes no muy lejanos de tu tierra, tanto que
el trueno suena ms abajo, y un alto forman que se llama Catria, bajo el cual ha
y un yermo consagrado para adorar dispuesto nicamente. Por vez tercera dijo de e
ste modo; y, siguiendo, despus me dijo: All tan firme servidor de Dios me hice, qu
e slo con verduras aliadas soportaba los fros y calores, alegre en el pensar contem
plativo.
Dar sola a estos cielos aquel claustro muchos frutos; mas ahora est vaco, y pront
o se pondr de manifiesto.
Yo fui Pedro Damin en aquel sitio, y Pedro Pecador en la morada de nuestra Rein
a junto al mar Adritico.
Cuando ya me quedaba poca vida, a la fuerza me dieron el capelo, que de malo
a peor ya se transmite.
Vino Cefas y vino el Santo Vaso del Espritu, flacos y descalzos, tomando en cu
alquier sitio la comida.
Los modernos pastores ahora quieren que les alcen la cola y que les lleven, t
an gordos son, sujetos a los lados.
Con mantos cubren sus cabalgaduras, tal que bajo una piel marchan dos bestias: O
h paciencia que tanto soportas! Al decir esto vi de grada en grada muchas llama
s bajando y dando vueltas, y a cada giro estaban ms hermosas.
Se detuvieron al lado de sta, y prorrumpieron en clamor tan alto, que aqu nada p
odra asemejarse; ni yo lo o; tan grande fue aquel trueno.
CANTO XXII
Presa del estupor, hacia mi gua me volv, como el nio que se acoge siempre en aquell
a en que ms se confa; y aqulla, como madre que socorre rpido al hijo plido y ansioso
con esa voz que suele confortarlo, dijo: No sabes que ests en el cielo? y no sabes
que el cielo es todo l santo, y de buen celo viene lo que hacemos? Cmo te habra e
l canto trastornado, y mi sonrisa, puedes ver ahora, puesto que tanto el gritar
te conmueve; y si hubieses su ruego comprendido, en l conoceras la venganza que
podrs ver an antes de que mueras.
La espada de aqu arriba ni deprisa ni tarde corta, y slo lo parece a quien teme
o desea su llegada.
Mas dirgete ahora hacia otro lado; que vers muchas almas excelentes, si vuelves
la mirada como digo. Como ella me indic, volv los ojos, y vi cien esferitas, que
se hacan an ms hermosas con sus mutuos rayos.
Yo estaba como aquel que se reprime.
la punta del deseo, y no se atreve a preguntar, porque teme excederse; y la may
or y la ms encendida de aquellas perlas vino hacia adelante, para dejar satisfech
as mis ganas.
Dentro de ella escuch luego: Si vieses la caridad que entre nosotras arde, lo q
ue piensas habras expresado.
Mas para que, esperando, no demores el alto fin, habr de responderte al pensami
ento slo que as guardas.
El monte en cuya falda est Cassino estuvo ya en su cima frecuentado por la gen
te engaada y mal dispuesta; y yo soy quien primero llev arriba el nombre de quien
trajo hasta la tierra esta verdad que tanto nos ensalza; y brill tanta gracia s
obre m, que retraje a los pueblos circundantes del culto impo que sedujo al mundo.
Los otros fuegos fueron todos hombres contemplativos, de ese ardor quemados de
l que flores y frutos santos nacen.
Est Macario aqu, y est Romualdo, y aqu estn mis hermanos que en los claustros detu
vieron sus almas sosegadas.
Y yo a l: El afecto que al hablarme demuestras y el benvolo semblante que en todo
s vuestros fuegos veo y noto, de igual modo acrecientan mi confianza, como hace
al sol la rosa cuando se abre tanto como permite su potenc ia.
Te ruego pues, y t, padre, concdeme si merezco gracia semejante, que pueda ver t
CANTO XXIII
Igual que el ave, entre la amada fronda, que reposa en el nido entre sus dulces
hijos, la noche que las cosas vela, que, por ver los objetos deseados y encontr
ar alimento que les nutra -una dura labor que no disgusta-, al tiempo se adelan
ta en el follaje, y con ardiente afecto al sol espera, mirando fijo a donde nace
el alba; as erguida se hallaba mi seora y atenta, dirigindose hacia el sitio bajo
Ah, cunta es la abundancia que se encierra en las arcas riqusimas que fueron tan
buenas sembradoras aqu abajo! All se vive y goza del tesoro conseguido llorando e
n el destierro babilonio, en que el oro desdearon.
All trunfa, bajo el alto Hijo de Mara y de Dios, de su victoria, con el antiguo y
el nuevo concilio el que las llaves de esa gloria guarda.
CANTO XXIV
Oh compaa electa a la gran cena del bendito Cordero, el cual os nutre de modo que d
ais siempre saciadas, si por gracia de Dios ste disfruta de aquello que se cae d
e vuestra mesa, antes de que la muerte el tiempo agote, estar atentos a su gran
deseo y refrescarle un poco: pues bebis de la fuente en que mana lo que l piensa.
As Beatriz; y las gozosas almas se hicieron una esfera en polos fijos, llameand
o, al igual que los cometas.
Y cual giran las ruedas de un reloj as que, a quien lo mira, la primera parece
quieta, y la ltima que vuela; as aquellas coronas, diferente- mente danzando, len
tas o veloces, me hacan apreciar sus excelencias.
De aquella que not ms apreciada vi que sala un fuego tan dichoso, que de ms clari
dad no hubo ninguno; y tres veces en torno de Beatriz dio vueltas con un canto
tan divino, que mi imaginacin no lo repite.
Y as salta mi pluma y no lo escribo: pues la imaginativa, a tales pliegues, no y
a el lenguaje, tiene un color burdo.
Oh Santa hermana ma que nos ruegas devota, por tu afecto tan ardiente me he separ
ado de esa hermosa esfera. Tras detenerse, aquel bendito fuego, dirigi a mi seora
sus palabras, que hablaron en la forma que ya he dicho.
Y ella: Oh luz sempiterna del gran hombre a quien Nuestro Seor dej las llaves, qu
e l llev abajo, de esta ingente dicha, sobre cuestiones serias o menudas, a ste ex
amina en torno de esa fe, por lo cual sobre el mar t caminaste.
Si l ama bien, y bien cree y bien espera, no se te oculta, pues la vista tienes
donde se ve cualquier cosa pintada, pero como este reino ha hecho vasallos por
la fe verdadera, es oportuno que la glore ms, hablando de ella. Tal como el bach
iller se arma y no habla hasta que hace el maestro la pregunta, argumentando, m
as sin definirla, yo me armaba con todas mis razones, mientras ella le hablaba,
preparado a tal cuestionador y a tal examen.
Di, buen cristiano, y hazlo sin rodeos: qu es la fe? Por lo cual alc la frente haci
a la luz que dijo estas palabras; luego volv a Beatriz, y aquella un presto sign
o me hizo de que derramase afuera el agua de mi fuente interna.
La gracia que me otorga el confesarme -le dije con el alto primopilo, haga que
bien exprese mis conceptos. Y luego: Cual la pluma verdadera.
lo escribi, padre, de tu caro hermano que contigo fue gua para Roma, fe es la sus
tancia de lo que esperamos, y el argumento de las invisibles; pienso que sta es
su esencia verdadera. Entonces escuch: Bien lo has pensado, si comprendes por qu e
ntre las sustancias, luego en los argumentos la coloca. Y respond: Las cosas tan
profundas que aqu me han ofrecido su apariencia, estn a los de abajo tan ocultas,
que slo est su ser en la creencia, sobre la cual se funda la esperanza; y por ell
o sustancia la llamamos.
Y de esto que creemos es preciso silogizar, sin ms pruebas visibles: por ello l
a llamamos argumento. Escuch entonces: Si cuanto se adquiere por la doctrina abaj
o, as entendierais, no cabra el ingenio del sofista. As me dijo aquel amor ardient
e; luego aadi: Muy bien has sopesado el peso y la aleacin de esta moneda; mas dime
si la llevas en la bolsa. S -dije , y tan brillante y tan redonda, que en su cuo n
o cabe duda alguna. Luego sali de la luz tan profunda que all brillaba: Esta preci
osa gema que de toda virtud es fundamento, de dnde te ha venido? Y yo: Es la lluvia
del Espritu Santo, difundida sobre viejos y nuevos pergaminos, el silogismo que
esto me confirma con agudeza tal, que frente a ella cualquier demostracin parece
obtusa. Y despus escuch: La antigua y nueva proposicin que as te han convencido.
por qu las tienes por habla divina? Y yo: Me lo confirman esas obras que las sigui
eron, a las que natura ni bate el yunque ni calienta el hierro. Dime -me respond
i- quin te confirma que hubiera aquellas obras? Pues el mismo que lo quiere probar,
sin ms, lo jura. Si el mundo al cristianismo se ha inclinado, -le dije sin mil
agros, esto es uno an cien veces ms grande que los otros: pues t empezaste pobre y
en ayunas en el campo a sembrar la planta buena que fue antes vid y que ahora s
e ha hecho zarza. Esto acabado, la alta y santa corte cant por las esferas: Dio L
audamo con esas notas que arriba se cantan.
Y aquel varn que as de rama en rama, examinando, me haba llevado, cerca ya de los
ltimos frondajes, volvi a decir: La Gracia que enamora tu mente, ha hecho que abr
ieras la boca hasta aqu como abrirse convena, de tal forma que apruebo lo que has
dicho; mas explicar qu crees debes ahora, y de dnde te vino la creencia. Santo pa
dre, y espritu que ves aquello en que creste, de tal modo, que al ms joven venciste
hacia el sepulcro, t quieres --comenc- que manifieste aqu la forma de mi fe tan p
resta, y tambin su motivo preguntaste.
Y te respondo: creo en un Dios solo y eterno, que los cielos todos mueve inmvil
, con amor y con deseo; y a tal creer no tengo slo prueba fsica o metafsica, tambin
me la da la verdad, que aqu nos llueve por Moiss, por profetas y por salmos, y po
r el Evangelio y por vosotros que con ardiente espritu escribisteis; y creo en t
res personas sempiternas, y en una esencia que es tan una y trina, que el "son"
y el "es" admite a un mismo tiempo.
Con la profunda condicin divina que ahora toco, la mente me ha sellado la doctr
ina evanglica a menudo.
Aqu comienza todo, esta es la chispa que en vivaz llama luego se dilata, y bril
la en m cual en el cielo estrella. Como el seor que escucha algo agradable, despus
abraza al siervo, complacido por la noticia, cuando aqul se calla; de este modo
, cantando, me bendijo, cindome tres veces al callarme, la apostlica luz, que me hi
zo hablar: tanto le complacieron mis palabras!
CANTO XXV
Si sucediera que el sacro poema en quien pusieron mano tierra y cielo, y me ha
hecho enflaquecer por muchos aos, venciera la crueldad que me ha exiliado del be
llo aprisco en el que fui cordero, de los hostiles lobos enemigo; con otra voz
entonces y cabellos, poeta volver, y sobre la fuente de mi bautismo habrn de coron
arme; porque en la fe, que hace que conozcan a Dios las almas, aqu vine, y luego
Pedro mi frente rode por ella.
Despus vino una luz hacia nosotros de aquella esfera de la que sali el primer su
cesor que dej Cristo; y mi Seora llena de alegra.
me dijo: Mira, mira ah al barn por quien abajo visitan Galicia. Tal como cuando el
palomo se pone junto al amigo, y uno y otro muestra su amistad, al girar y al a
rrullarse; as yo vi que el uno al otro grande prncipe gloroso reciba, loando el pas
to que all se apacienta.
Mas concluyendo ya los parabienes, callados coram me se detuvieron, tan gneos
que la vista me vencan.
Entonces dijo Beatriz riendo: Oh nclita alma por quien se escribiera la generosi
dad de esta baslica, haz que resuene en lo alto la esperanza: puedes, pues tanta
s veces la has mostrado, cuantas jess os prefiri a los tres. Alza el rostro y sos
iega, pues quien viene desde el mundo mortal hasta aqu arriba, en nuestros rayos
debe madurarse. Este consuelo del fuego segundo me vino; y yo mir a aquellos dos
montes que me abatieron antes con su peso.
Pues nuestro emperador te ha concedido que antes de muerto puedas con sus conde
s avistarte en la sala ms secreta, y viendo la verdad de este palacio, la espera
nza, que abajo os enamora, a ti y a otros pueda consolaros, dime qu es, y di cmo
florece en tu mente: y de dnde te ha venido. As continu la luz segunda.
Y la piadosa que gui las plumas de mis alas a vuelo tan cimero, previno de este
modo mi respuesta: La iglesia militante hijo ninguno tiene que ms espere, como
escrito.
est en el sol que alumbra nuestro ejrcito: por eso le otorgaron que de Egipto ven
ga a Jerusaln para que vea, antes de concluir en su milicia.
Los otros puntos, que no por saber le preguntaste, mas para que muestre lo muc
ho que te place esta virtud, a l se los dejo, pues que son sencillos y no se jac
tar; que l os responda, y esto merezca la divina gracia. Como el alumno que al do
ctor secunda pronto y con gusto en eso que es experto, para que se demuestre su
vala.
La esperanza -repuse es cierta espera de la gloria futura, que produce la graci
a con el mrito adquirido.
Muchas estrellas me han dado esta luz; mas quien primero la infundi en mi pech
o fue el supremo cantor del rey supremo.
"Que esperen en ti --dice en su divino cntico- los que saben de tu nombre": quin
que tenga mi fe no lo conoce? Y con su inspiracin t me inspiraste con tu carta d
espus; y ahora estoy lleno, y en los otros revierto vuestra lluvia. Dentro del
vivo seno, cuando hablaba, de aquel incendio tremolaba un fuego raudo y sbito a m
odo de relmpago.
Luego dijo: El amor en que me inflamo an por la virtud que me ha seguido hasta e
l fin del combate y el martirio, an quiere que te hable, pues te gozas con ella,
y me complace que me digas qu es lo que la esperanza te promete. Y yo: Los nuevo
s y los viejos textos fijan la meta, y esto me lo indica, de quien desea ser de
Dios amigo.
Dice Isaas que todos vestidos en su patria estarn con dobles vestes: y es que est
a dulce vida no es su patria? Y tu hermano de forma an ms patente, al hablar de
las blancas vestiduras, esta revelacin nos manifiesta.
Y primero, despus de estas palabras, Sperent in te se oy sobre nosotros; y replic
aron todos los benditos.
Luego tras esto se encendi una luz tal que, si en Cncer tal fulgor hubiese, slo
un da sera el mes de invierno.
Y como se alza y va y entra en el baile una cndida virgen, para honrar a la nov
icia, y no por vanagloria, as vi yo al encendido esplendor acercarse a los dos q
ue daban vueltas al ritmo que su ardiente amor marcaba.
Se ajust all a su canto y a su rueda; y atenta los miraba mi seora, como una espo
sa inmvil y callada.
Es ste quien yaciera sobre el pecho de nuestro pelicano, y ste fue desde la cruz
propuesto al gran oficio. Dijo as mi seora; mas por esto su vista no dej de estar
atenta despues como antes de que hubiera hablado.
Como es aquel que mira y que pretende ver eclipsarse el sol por un momento, y
que, por ver, no vidente se vuelve con el ltimo fuego hice lo mismo hasta que se
me dijo: Por qu ciegas para ver una cosa que no existe? Mi cuerpo es tierra en ti
erra, y lo ser con todos los dems, hasta que el nmero al eterno propsito se iguale.
Con las dos vestes en el santo claustro slo estn las dos luces que ascendieron;
y esto habrs de decir en vuestro mundo. Con esta voz el inflamado giro se detuvo
y con l la mezcolanza que se formaba del sonido triple, como para evitar riesgo
o fatiga, los remos que en el agua golpeaban, todos se aquietan al sonar de un
silbo.
Qu grande fue mi turbacin entonces, al volverme a Beatriz para mirarla, y no la p
ude ver, aunque estuviese en el mundo feliz, y junto a ella!
CANTO XXVI
Mientras yo deslumbrado vacilaba, de la flgida llama deslumbrante sali una voz a l
a que me hice atento.
En tanto que retorna a ti la vista que por mirarme -dijo,--- has consumido, bue
no ser que hablando la compenses.
Empieza pues; y di a dnde diriges tu alma, y date cuenta que tu vista est en ti
desmayada y no difunta: porque la dama que por la sagrada regin te lleva, en la
mirada tiene la virtud de la mano de Ananas. A su gusto -repuse pronto o tarde v
enga el remedio, pues que fueron puertas que ella cruz con fuego en que ardo siem
pre El bien que hace la dicha de esta corte, es Alfa y es O de cuanta escritura
lee en m el Amor o fuerte o levemente. Aquella misma voz que los temores del sbi
to cegar me hubo quitado, a que siguiese hablando me animaba; y dijo: Por an ms an
gosta criba te conviene cerner; decirnos debes.
quin a tal blanco dirigi tu arco. Y yo: Por filosficas razones y por la autoridad q
ue de ellas baja tal amor ha debido en m imprimirse: que el bien en cuanto bien,
al conocerse, nos enciende el amor, tanto ms grande cuanta mayor bondad en s ret
iene.
Y as a una esencia que es tan ventajosa, que todo bien que est fuera de ella no
es nada ms que un brillo de su rayo, ms que a otra es preciso que se mueva la men
te, amando, de los que conocen la verdad que esta prueba fundamenta.
Tal verdad demostr a mi entendimiento aquel que me ense el amor primero de todas
las sustancias sempiternas.
Lo demostr la voz del Creador que a Moiss dijo hablando de s mismo: Yo har que veas
el poder supremo. Y t lo demostraste, al comenzar el alto pregn que grita el arc
ano de aqu all abajo ms que cualquier otro.
Y escuch: Por la humana inteligencia y por la autoridad con l concorde, de t u a
mor tiende a Dios lo soberano.
Mas dime an si sientes otras cuerdas que a l te atraigan, de modo que me digas c
on cuntos dientes este amor te muerde. No estaba oculta la santa intencin del guil
a de Cristo, y me di cuenta a qu tema quera conducirme.
Por eso repliqu: Cuantos mordiscos pueden volver a Dios un corazn, juntos mi cari
dad han fomentado: que el que yo exista y el que exista el mundo, la muerte qu
e l sufri y por la que vivo, y lo que esperan como yo los fieles, con el conocimie
nto que antes dije, me han sacado del mar del falso amor, y del derecho me han p
uesto en la orilla.
Las frondas que enfrondecen todo el huerto del eterno hortelano, yo amo tanto,
cuanto es el bien que de l desciende a ellas. Cuando call, un dulcsimo canto reso
n por el cielo, y mi seora Santo, santo, deca con los otros.
Y como ahuyenta el sueo una luz viva, pues la vista se acerca al resplandor que
atraviesa membrana tras membrana, y al despertado aturde lo que mira, pues tan
torpe es la sbita vigilia mientras la estimativa no le ayuda; lo mismo de mis o
jos cualquier mota me quitaron los ojos de Beatriz, con rayos que mil millas ref
ulgan: y vi despus mucho mejor que antes; y casi estupefacto pregunt por una cuart
a luz tras de nosotros.
Y mi seora: Dentro de ese rayo goza de su hacedor la primer alma que hubo creado
la primer potencia. Como la fronda que inclina su copa del viento atravesada,
y la levanta por la misma virtud que la endereza, hice yo mientras ella estaba
hablando, asombrado, y despus me recobr con las ganas de hablar en las que arda.
Oh fruto que maduro nicamente fuiste creado --dije , antiguo padre de quien cual
quier esposa es hija y nuera, con la ms grande devocin te pido que me hables: adv
ierte mi deseo, que no lo expreso para orte antes. Un animal a veces en un saco s
e revuelve de modo que sus ansias se advierten al mirar lo que le cubre; y de i
gual forma el nima primera escondida en su luz manifestaba cun gustosa quera compla
cerme.
Y dijo: Sin que lo hayas proferido, mejor he comprendido tu deseo que t cualquie
ra cosa verdadera; porque la veo en el veraz espejo que hace de s reflejo en otr
as cosas, mas las otras en l no se reflejan.
Quieres or cunto hace que me puso Dios en el bello Edn, desde donde sta a tan lar
ga subida te dispuso, y cunto fue el deleite de mis ojos, y la cierta razn de la
gran ira, y el idioma que us y que invent.
Ahora, hijo mo, no el probar del rbol fue en s misma ocasin de tanto exilio, mas sl
o el que infringiese lo ordenado.
Donde tu dama sacara a Virgilio, cuatro mil y tres cientas y dos vueltas de so
l tuve deseos de este sitio; y le vi que volva novecientas treinta veces a todas
las estrellas de su camino, cuando en tierra estaba.
La lengua que yo hablaba se extingi aun antes que a la obra inconsumable la gen
te de Nembrot se dedicara: que nunca los efectos racionales, por el placer huma
no que los muda siguiendo al cielo, duran para siempre.
Es obra natural que el hombre hable; pero en el cmo la naturaleza os deja que s
igis el gusto propio.
Antes que yo bajase a los infiernos, I se llamaba en tierra el bien supremo d
e quien viene la dicha que me embarga; Y l despus se llam: y as conviene, que es e
l humano uso como fronda en la rama, que cae y que otra brota.
En el monte que ms del mar se alza, con vida pura y deshonesta estuve, desde la
hora primera a la que sigue a la sexta en que el sol cambia el cuadrante.
CANTO XXVII
Al Padre, al Hijo, al Espritu Santo -empez- Gloria -todo el Paraso, de tal modo que e
l canto me embriagaba.
Lo que vi pareca una sonrisa del universo; y mi embriaguez por esto me entraba
por la vista y el odo.
Oh inefable alegra! Oh dulce gozo! Oh de amor y de paz vida completa! Oh sin deseo
riqueza segura! Delante de mis ojos encendidas las cuatro antorchas vi, y la qu
e primero vino, empez a avivarse de repente, y su aspecto cambi de tal manera, cu
al cambiara jove si l y Marte cambiaran su plumaje siendo pjaros.
La providencia, que all distribuye cargas y oficios, al dichoso coro puesto haba
silencio en todas partes, cuando escuch: Si mudo de color no debes asombrarte, p
ues a todos stos vers cambiarlo mientras hablo.
Quien en la tierra mi lugar usurpa, mi lugar, mi lugar que est vacante en la p
resencia del Hijo de Dios, en cloaca mi tumba ha convertido de sangre y podredu
mbre; as el perverso que cay desde aqu, se goza abajo. Del color con que el sol con
trario pinta por la maana y la tarde las nubes, entonces vi cubrirse todo el ciel
o.
Y cual mujer honrada que est siempre segura de s misma, y culpas de otras, slo co
n escucharlas, ruborizan, as cambi el semblante de Beatriz; y as creo que el cielo
se eclipsara cuando sufri la suprema potencia.
Luego continuaron sus palabras con una voz cambiada de tal forma, que ms no haba
cambiado el semblante: No fue nutrida la Esposa de Cristo con mi sangre, de Lin
o, o la de Cleto, para ser en el logro de oro usada; mas por lograr este vivir
gozoso Sixto y Urbano y Po y Calixto tras muchos sufrimientos la vertieron.
No fue nuestra intencin que a la derecha de nuestros sucesores, se sentara part
e del pueblo, y parte al otro lado; ni que las llaves que me confiaron, se volv
ieran escudo en los pendones que combatieran contra bautizados; ni que yo fuera
imagen en los sellos, de privilegios vendidos y falsos, que tanto me avergenzan
y me irritan.
En traje de pastor lobos rapaces desde aqu pueden verse prado a prado: Oh prote
ccin divina, por qu duerme? Cahorsinos y Gascones se apresuran a beber nuestra sa
ngre: oh buen principio, a qu vil fin has venido a parar! Pero la providencia, qu
e de Roma con Escipin guardar la gloria pudo, pronto nos salvar, segn lo pienso; y
t, hijo mo, que a la tierra vuelves por tu peso mortal, abre la boca, y t no escon
das lo que yo no escondo. Cual vapores helados nos enva abajo el aire nuestro, c
uando el cuerno de la cabra del cielo el sol tropieza, as yo vi que el ter adorna
do suba despidiendo los vapores triunfantes, que estuvieron con nosotros.
Con mis ojos seguia sus semblantes, hasta que la distancia, al ser ya mucha, l
es impidi seguir detrs de ellos.
Por ello mi seora, al verme libre de mirar hacia arriba, dijo: Baja la vista y m
ira cunta vuelta has dado. Desde el momento en que mire primero vi que haba corri
do todo el arco que hace del medio al fin el primer clima; viendo, pasado Cdiz,
la insensata ruta de Ulises, y la playa donde fue dulce carga Europa al otro lad
o.
Y hubiera descubierto a n ms lugares de aquella terrezuela, pero el sol bajo mis
pies distaba ms de un signo.
La mente enamorada, que requiebra siempre a mi dama, ms que nunca arda por dirig
ir de nuevo a ella mis ojos; y si es el cebo el arte o la natura que atrae los
ojos, y la mente atrapan ya con la carne viva o ya pintada, juntas nada seran c
omparadas al divino placer que me alumbr, al dirigirme a sus ojos rientes.
Y el vigor que me dio aquella mirada, me dio impulso hasta el cielo ms veloz al
separarme del nido de Leda.
Sus partes mas cercanas o distantes.
son tan iguales, que decir no puedo la que escogi Beatriz para mi entrada.
Mas ella que vea mis deseos, empez con sonrisa tan alegre, cual si Dios en su ro
stro se gozase: El ser del mundo, que detiene el centro y hace girar en torno a
lo restante, tiene aqu su principio como meta; y este cielo no tiene ms comienzo
que la mente divina, donde prende la influencia y amor que l llueve y gira.
El amor y la luz, a ste rodean como a los otros ste; y solamente a este crculo e
CANTO XXVIII
Luego que contra la vida presente de los ruines mortales, me mostr la verdad quie
n mi mente emparasa, cual la llama de un hacha en un espejo ve quien con ella po
r detrs se alumbra, antes de que la vea o la imagine, y atrs se vuelve para ver s
i el vidrio le dice la verdad, y ve que casa con ella cual la msica y su texto;
de igual forma recuerda mi memoria que hice mirando a los hermosos ojos donde hi
zo Amor su cuerda para herirme.
Y al volverme y al golpear los mos lo que en aquellos cielos aparece, cada vez
que en sus giros se repara, vi un punto que irradiaba tan aguda luz, que la vi
sta que enfocaba en ella por tan grande agudeza se cerraba; y la estrella que a
qu menor parece, luna parecera junto a ella, si se pusieran una junto a otra.
Acaso tanto cuanto cerca vemos de su halo la luz que lo desprende cuando son ms
espesos sus vapores, distante de ese punto un crculo gneo giraba tan veloz, que v
encera el curso que ms raudo el mundo cie; y aqul era por otro rodeado, y de un ter
cero aqul, y ste de un cuarto, de un quinto el cuarto, y por un sexto el quinto.
El sptimo segua tan extenso sobre ellos, que de Juno el emisario abarcarlo del
todo no podra.
Y el octavo, y el nono; y cada uno ms lento se mova, cuanto estaba en nmero del u
no ms distante; y una ms clara llama desprenda el ms cercano de la lumbre pura, pue
s ms, yo creo, de ella participa.
Al verme preocupado mi seora y sorprendido, dijo: De ese punto depende el cielo
y toda la natura.
Ve el crculo que est de l ms cercano; y sabrs que tan rpido se mueve por el amor ard
iente que le impulsa. Si estuviera dispuesto --dije el mundo con el orden que ve
o en estas ruedas, satisfecho me habra lo que dices; mas el mundo sensible nos e
nsea que las vueltas son tanto ms veloces, cuanto del centro se hallan ms lejanas.
Por lo cual, si debiera terminarse mi desear en este templo anglico que slo amor
y luz lo delimitan, an debiera escuchar cmo el ejemplo y su copia no marchan de
igual modo, que en vano por m mismo pienso en ello. Si tus dedos no son para tal
nudo suficientes, no debes extraarte, tan difcil lo ha hecho el no intentarlo! Di
jo as mi seora; y luego: Atiende.
si es que quieres saciarte, a lo que digo; y sobre estas cuestiones sutiliza.
Las esferas corpreas son ms amplias o estrechas segn sea la virtud que se difunde
por todas sus partes.
Da una bondad mayor mayores bienes; y a un bien mayor contiene un mayor cuerpo
, siendo sus partes igual de perfectas.
As pues este crculo que arrastra todo el otro universo, corresponde con aquel qu
e ms ama y que ms sabe: y si aplicaras pues a la virtud tus medidas, y no a las a
Jernimo escribi que muchos siglos antes fueron los ngeles creados de que el rest
o del mundo fuera hecho; mas en muchos parajes que escribieron los inspirados,
se halla esta verdad; y si bien juzgas te avendrs a ello; y en parte la razn tamb
in lo prueba, pues no admite motores que estuviesen sin su perfecto estado mucho
tiempo.
Ya sabes dnde y cundo estos amores y cmo fueron hechos: ya apagados tres ardores
ya estn en tu deseo.
Hasta veinte, contando, no se llega tan pronto, como parte de los ngeles turb el
ms bajo de los elementos.
La otra quedse, y dio comienzo el arte que puedes ver, y con tanto deleite, que
de sus giros nunca se ha apartado.
La ocasin de caer fue la maldita soberbia de quien viste que opriman las pesadum
bres todas de este mundo.
Esos que ves aqu fueron humildes, admitiendo existir por la bondad que a tanto
conocer hizo capaces: por lo que fue su vista acrecentada por mritos y gracia il
uminante, y tienen voluntad constante y plena; y no quiero que dudes, mas que s
epas, que recibir la gracia es meritorio segn como el afecto la recibe.
Por lo que a este colegio se refiere ya comprendes bastante, si entendiste.
lo que te dije, ya sin otra ayuda.
Mas como en las escuelas de la tierra se ensea que la anglica natura es tal que
entiende, que recuerda y quiere, an te dir, para que pura sepas la verdad, que al
l abajo se confunde, porque equivocan los significados.
Estas sustancias, desde que gozaron de la cara de Dios, no apartan de ella la
mirada, a quien nada est escondido: As pues no interceptan su mirada nuevos objet
os, y no necesitan recordar con conceptos divididos; y as all abajo, sin dormir,
se suea, creyendo y no creyendo en lo que dicen; pero stos tienen ms vergenza y culp
a.
Vais por distintas rutas los que abajo filosofis: pues que os empuja tanto el a
fn de que os tengan como sabios.
Y an esto es admitido aqu en lo alto con un rigor menor que si se olvida la sagr
ada escritura o se confunde.
No meditis en cunta sangre cuesta sembrarla all en el mundo, y cunto agrada el que
con ella humilde se conforma.
Por la apariencia pruebas dan de ingenio y de imaginacin; y quien predica dase
a esto y se calla el Evangelio.
Que se volvi la luna, dice el uno, en la pasin de Cristo, y se interpuso para o
cultar la luz del sol abajo; y otro que por s misma se escondi la luz, y que en l
a India y en Espaa hubo eclipse lo mismo que en Judea.
No hay en Florencia tantos Lapi y Bindi cuantas fbulas tales en un ao, aqu y all
en los plpitos se gritan: y as las ovejuelas, que no saben, vuelven del prado paci
das de viento, y que el dao no vean no es excusa.
No dijo a su primer convento Cristo: "Id y patraas predicad al mundo"; sino les
dio cimientos de certeza; y sta son en sus bocas solament e, de modo que luchand
o por la fe del Evangelio escudo y lanza hicieron.
Y ahora con bufonadas y con trampas se predica, y con tal que cause risa, la c
apucha se hincha y ms no pide.
Mas tal pjaro anida en el capuz, que si lo viese el vulgo, all vera qu indulgenci
as tendr confiando en se: que en la tierra acrecientan la estulticia, de tal mane
ra que, sin prueba alguna de su certeza, corren tras de ellas.
Esto engorda al cebn de San Antonio, y a otros muchos ms cerdos todava, que paga
n con monedas no acuadas.
Mas como es larga ya la digresin, vuelve los ojos a la recta va, y se abrevien e
l tiempo y el camino.
Esta naturaleza tanto aumenta en nmero al subir, que no hay palabras ni concept
os mortales que las sigan; y si recuerdas lo que se revela en Danel, vers que en
sus millares y millares su nmero se esconde.
La luz primera que toda la alumbra, de tantas formas ella en s recibe, cual so
n las llamas a las que se une.
Y as, al igual que al acto que concibe sigue el afecto, de amor la dulzura ardi
ente o tibio en ella es diferente.
Ve pues la excelsitud y la grandeza del eterno poder, puesto que tantos espejos
hizo en que multiplicarse, permaneciendo en s uno como antes.
CANTO XXX
Acaso a seis mil millas de distancia hierve aqu la hora sexta, y este mundo hori
zontal reclina ya la sombra, cuando el centro del cielo, tan profundo, se pone
d e tal forma, que en el fondo van desapareciendo las estrellas; y cuando se ad
elanta la sirviente clarsima del sol, apaga el cielo una por una hasta la ms hermo
sa.
No de otro modo el triunfo que se goza en torno al punto que antes me cegara,
creyndolo incluido en lo que incluye, se apag poco a poco de mi vista; por lo cua
l el amor y el no ver nada me hicieron que a Beatriz volviera el rostro.
Si cuanto de ella he dicho hasta el presente fuese encerrado todo en una loa,
poco sera a conseguir mi intento.
La belleza que vi no sobrepasa solamente a nosotros, mas yo creo que slo su cre
ador la goce entera.
Vencido me confieso en este paso ms que nunca en un punto de su obra fue supera
do el trgico o el cmico: pues, como el sol la vista menos firme, as el recuerdo de
su dulce risa a m mismo me priva de mi mente.
Desde el da primero que su rostro en esta vida vi, hasta esta visin, he podido s
eguirla con mi canto; mas es forzoso que desista ahora de seguir su belleza, po
etizando, cual todo artista que a su extremo llega.
Y ella, cual yo la dejo a voz ms digna que la de mi trompeta, que se acerca a d
ar fin a materia tan difcil, con ademn y voz de gua experto Hemos salido ya -volvi a
decirme- del mayor cuerpo al cielo que es luz pura: luz intelectal, plena de am
or; amor del cierto bien, pleno de dicha; dicha que es ms que todas las dulzuras.
Aqu vers a una y otra milicia del paraso, y una de igual modo que en el juicio fi
nal habrs de verla. Como un sbito rayo que nos ciega los visivos espritus, e impid
e que vea el ojo aun cosas muy brillantes, as circumbrillme una luz viva, y cubr
ime la cara con tal velo de su fulgor, que nada pude ver.
El amor que este cielo tiene inmvil siempre recibe en l de igual manera, por disp
oner una vela a su llama. Apenas penetraron dentro de m estas breves palabras, c
omprend que sobre mi virtud estaba alzado; y de una vista nueva disfrutaba tal,
que ninguna luz es tan brillante, que con mis ojos no la resistiera; y vi una l
uz que un ro semejaba fulgiendo fuego, entre sus dos orillas pintadas de admirab
le primavera.
Salan del torrente chispas vivas, que entre las flores se desparramaban, cual r
ubes que el oro circunscribe; despus, como embriagadas del aroma, al raudal asomb
roso se arrojaban de nuevo, y si una entraba otra sala.
El gran deseo que ahora te urge y quema, de que te diga qu es esto que ves, ms me
complace cuanto ms intento; mas de este agua es preciso que bebas antes que tant
a sed en ti se sacie. De este modo me habl el sol de mis ojos.
Y despus: Son el ro y los topacios que entran y salen, y el prado riente, slo de s
u verdad velados prlogos.
No que de suyo estn an inmaduros; ms el defecto est de parte tuya, que an no tienes
visin tan elevada. No hay un chiquillo que corra tan raudo con la vista a la le
che, si despierta mucho ms tarde de lo que acostumbra, como yo, para hacer mejor
espejo mis ojos, agachndome a las ondas, que para enmejorarnos van fluyendo; y
en el momento que bebi de aquellas el borde de mis prpados, cre que redonda se haca
su largura.
Despus, como la gente enmascarada, que otra que antes parece, si se quita el se
mblante no suyo que la esconde, as en mayores gozos se trocaron las chispas, y l
as flores, y ver pude las dos cortes del cielo manifiestas.
Oh divino esplendor por quien yo vi el alto triunfo del reino veraz, aydame a de
cir cmo lo vi! Hay arriba una luz que hace visible el Creador a aquellas craturas
que en su visin tan slo paz encuentran.
Y en circular figura se derrama, tanto que al sol sera demasiado cinturn con su
gran circunferencia.
CANTO XXXI
En forma pues de una cndida rosa se me mostraba la milicia santa desposada por C
risto con su sangre; mas la otra que volando ve y celebra la gloria del seor que
la enamora y la bondad que tan alta la hizo, cual bandada de abejas que en las
flores tan pronto liban y tan pronto vuelven donde extraen el sabor de su traba
jo, bajaba a la gran flor que est adornada de tantas hojas, y de aqu suba donde su
amor habita eternamente.
Sus caras eran todas llama viva, de oro las alas, y tan blanco el resto, que n
o es por nieve alguna superado.
Al bajar a la flor de grada en grada, hablaban de la paz y del ardor que agita
ndo las alas adquiran.
El que se interpusiera entre la altura y la flor tanta alada muchedumbre ni e
l ver nos impeda ni el fulgor: pues la divina luz el universo penetra, segn ste lo
merece, de tal modo que nada se lo impide.
Este seguro y jubiloso reino, que pueblan gentes antiguas y nuevas, vista y am
or a un punto diriga.
Oh llama trina que en slo una estrella brillando ante sus ojos, las alegras! Mira
esta gran tempestad en que estamos! Si viniendo los brbaros de donde todos los
das de Hlice se cubre, girando con su hijo, en quien se goza, viendo Roma y sus a
rduos edificios, estupefactos se quedaban cuando superaba Letrn toda obra humana;
yo, que desde lo humano a lo divino, desde el tiempo a lo eterno haba llegado,
y de Florencia a un pueblo sano y justo, lleno de qu estupor no me hallara! En ver
dad que entre el gozo y el asombro prefera no or ni decir nada.
Y como el peregrino que se goza viendo ya el templo al cual un voto hiciera, y
espera referir lo que haya visto, yo paseaba por la luz tan viva, llevando por
las gradas mi mirada ahora abajo, ahora arriba, ahora en redor, vea rostros que
el amor pintaba, con su risa y la luz de otro encendidos, y de decoro adornado
s sus gestos.
La forma general del Paraso abarcaba mi vista enteramente, sin haberse fijado e
n parte alguna; y me volv con ganas redobladas de poder preguntar a mi seora las
cosas que a mi mente sorprendan.
Una cosa quera y otra vino: cre ver a Beatriz y vi a un anciano vestido cual las
gentes glorosas.
Por su cara y sus ojos difunda una benigna dicha, y su semblante era como el de
un padre bondadoso.
Dnde est ella? Dije yo de pronto.
Y l: Para que se acabe tu deseo me ha movido Beatriz desde mi Puesto: y si miras
el crculo tercero del sumo grado, volvers a verla en el trono que en suerte le ha
cabido. Sin responderle levant los ojos, y vi que ella formaba una corona con el
reflejo de la luz eterna.
De la regin aquella en que ms truena el ojo del mortal no dista tanto en lo ms h
ondo de la mar hundido, como all de Beatriz la vista ma; mas nada me importaba, p
ues su efigie sin intermedio alguno me llegaba.
Oh mujer que das fuerza a mi esperanza, y por mi salvacin has soportado tu pisad
a dejar en el infierno, de tantas cosas cuantas aqu he visto, de tu poder y tu m
isericordia la virtud y la gracia reconozco.
La libertad me has dado siendo siervo por todas esas vas, y esos medios que est
aba permitido que siguieras.
En m conserva tu magnificencia y as mi alma, que por ti ha sanado, te sea grata
cuando deje el cuerpo. As rec; y aqulla, tan lejana como la vi, me sonri mirndome;
luego volvi hacia la fuente incesante.
Y el santo anciano: A fin de que concluyas perfectamente -dijo,- tu camino, al
que un ruego y un santo amor me envan, vuelven tus ojos por estos jardines; que
al mirarlos tu vista se prepara ms a subir por el rayo divino.
Y la reina del cielo, en el cual ardo por completo de amor, dar su gracia, pues
soy Bernardo, de ella tan devoto. Igual que aquel que acaso de Croacia, viene
por ver el pao de Vernica, a quien no sacia un hambre tan antigua, mas va pensand
o mientras se la ensean: Mi seor Jesucristo, Dios veraz, de esta manera fue vuestro
semblante?; estaba yo mirando la ferviente caridad del que aqu en el bajo mundo,
de aquella paz gust con sus visiones.
Oh hijo de la gracia, el ser gozoso -empez- no es posible que percibas, si no te
fijas ms que en lo de abajo; pero mira hasta el ltimo los crculos, hasta que veas
sentada a la reina de quien el reino es sbdito y devoto. Alc los ojos; y cual de
maana la porcin oriental del horizonte, est ms encendida que la otra, as, cual quie
n del monte al valle observa, vi al extremo una parte que venca en claridad a tod
as las restantes.
Y como all donde el timn se espera que mal gui Faetonte, ms se enciende, y all y a
qu su luz se debilita, as aquella pacfica oriflama se encenda en el medio, y lo res
tante de igual manera su llama extingua; y en aquel centro, con abiertas alas, l
a celebraban ms de un millar de ngeles, distintos arte y luz de cada uno.
Vi con sus juegos y con sus canciones rer a una belleza, que era el go zo en l
as pupilas de los otros santos; y aunque si para hablar tan apto fuese cual soy
imaginando, no osara lo mnimo a expresar de su deleite.
Cuando Bernardo vio mis ojos fijos y atentos en lo ardiente de su fuego, a ell
a con tanto amor volvi los suyos, que los mos ansiaron ver de nuevo.
CANTO XXXII
Absorto en su delicia, libremente hizo de gua aquel contemplativo, y comenzaron s
us palabras santas: La herida que cerr y san Mara, quien tan bella a sus plantas se
prosterna de abrirla y enconarla es la culpable.
En el orden tercero de los puestos, Raquel est sentada bajo sa, como bien puede
s ver, junto a Beatriz.
Judit y Sara, Rebeca y aquella del cantor bisabuela que expiando su culpa dij
o: "Miserere mei", de puesto en puesto pueden contemplarse ir degradando, mient
ras que al nombrarlas voy la rosa bajando de hoja en hoja.
Y del sptimo grado a abajo, como hasta aqul, se suceden las hebreas, separando l
as hojas de la rosa; porque, segn la mirada pusiera su fe en Cristo, son esas la
muralla que divide los santos escalones.
En esa parte donde est colmada por completo de hojas, se acomodan los que creye
ron que Cristo vendra; por la otra parte por donde interrumpen huecos los semicrc
ulos, se encuentran los que en Cristo venido fe tuvieron.
Y como all el escao glorioso de la reina del cielo y los restantes tan gran mura
lla forman por debajo, de igual manera enfrente est el de Juan que, santo siemp
re, desierto y martirio sufri, y luego el infierno por dos aos; y bajo l separando
de igual modo mira a Benito, a Agustn y a Francisco y a otros de grada en grada h
asta aqu abajo.
Ahora conoce el sabio obrar divino: pues uno y otro aspecto de la fe llenarn de
igual modo estos jardines.
Y desde el grado que divide al medio las dos separaciones, hasta abajo, nadie
por propios mritos se sienta, sino por los de otro, en ciertos casos: porque so
n todas almas desatadas antes de que eligieran libremente.
Bien puedes darte cuenta por sus rostros y tambin por sus voces infantiles, si
los miras atento y los escuchas.
Dudas ahora y en tu duda callas; mas yo desatar tan fuerte nudo que te atan los
sutiles pensamientos.
Dentro de la grandeza de este reino no puede haber casualidad alguna, como no
existen sed, hambre o tristeza: y por eterna ley se ha establecido tan justamen
te todo cuanto miras, que corresponde como anillo al dedo; y as esta gente que v
ino con prisa a la vida inmortal no sine causa est aqu en excelencias desiguales.
El rey por quien reposan estos reinos en tanto amor y en tan grande deleite, q
ue ms no puede osar la voluntad, todas las almas con su hermoso aspecto creando,
a su placer de gracia dota diversamente; y bstete el efecto.
Y esto claro y expreso se consigna en la Escritura santa, en los gemelos movid
os por la ira ya en la madre.
Mas segn el color de los cabellos, de tanta gracia, la altsima luz dignamente co
nviene que les cubra.
As es que sin de suyo merecerlo puestos estn en grados diferentes, distintos slo
en su mirar primero.
Era bastante en los primeros siglos ser inocente para estar salvado, con la f
e nicamente de los padres; al completarse los primeros tiempos, para adquirir vi
rtud, circuncidarse a ms de la inocencia era preciso; pero llegado el tiempo de
la gracia, sin el perfecto bautismo de Cristo, tal inocencia all abajo se guarda.
Ahora contempla el rostro que al de Cristo ms se parece, pues su brillo slo a v
er a Cristo puede disponerte. Yo vi que tanto gozo le llova, llevada por aquella
s santas mentes creadas a volar por esa altura, que todo lo que haba contemplado
, no me colm de tanta admiracin, ni de Dios me mostr tanto semblante; y aquel amor
que all bajara antes cantando: Ave Mara, gratia plena ante ella sus alas desplegaba
.
Respondi a la divina cancioncilla por todas partes la beata corte, y todos pare
cieron ms radiantes.
Oh santo padre que por m consientes estar aqu, dejando el dulce puesto que ocupas
disfrutando eterna suerte, quin es el ngel que con tanto gozo a nuestra reina le
mira los ojos, y que fuego parece, enamorado? A la enseanza recurr de nuevo.
de aquel a quien Mara hermoseaba, como el sol a la estrella matutina.
Y aqul: Cuanta confianza y gallarda puede existir en ngeles o en almas, toda est en
l; y as es nuestro deseo, porque es aquel que le llev la palma a Mara all abajo, cu
ando el Hijo de Dios quiso cargar con nuestro cuerpo.
Mas sigue con la vista mientras yo te voy hablando, y mira los patricios de es
te imperio justsimo y piadoso.
Los dos que estn arriba, ms felices por sentarse tan cerca de la Augusta son cas
i dos races de esta rosa: quien cerca de ella est del lado izq uierdo es el padre
por cuyo osado gusto tanta amargura gustan los humanos.
Contempla al otro lado al viejo padre de la Iglesia, a quien Cristo las dos ll
aves de esta venusta flor ha confiado.
Y aquel que vio los tiempos dolorosos antes de muerto, de la bella esposa con
lanzada y con clavos conquistada, a su lado se sienta y junto al otro el gua baj
o el cual comi el man la gente ingrata, necia y obstinada.
Mira a Ana sentada frente a Pedro, contemplando a su hija tan dichosa, que la
vista no mueve en sus hosannas; y frente al mayor padre de familia, Luca, que m
oviera a tu Seora cuando a la ruina, por no ver, corras.
Mas como escapa el tiempo que te aduerme pararemos aqu, como el buen sastre qu
e hace el traje segn que sea el pao; y alzaremos los ojos al primer amor, tal que
, mirndole, penetres.
en su fulgor cuanto posible sea.
Mas para que al volar no retrocedas, creyendo adelantarte, con tus alas la gra
cia orando es preciso que pidas: gracia de aquella que puede ayudarte; y t me ha
s de seguir con el afecto, y el corazn no apartes de mis ruegos. Y entonces dio
comienzo a esta plegaria.
CANTO XXXIII
Oh Virgen Madre, oh Hija de tu hijo, alta y humilde ms que otra criatura, trmino fij
o de eterno decreto, T eres quien hizo a la humana natura tan noble, que su auto
r no desdeara convertirse a s mismo en su creacin.
Dentro del viento tuyo ardi el amor, cuyo calor en esta paz eterna hizo que ger
minaran estas flores.
Aqu nos eres rostro meridiano de caridad, y abajo, a los mortales, de la espera
nza eres fuente vivaz.
Mujer, eres tan grande y vales tanto, que quien desea gracia y no te ruega qui
ere su desear volar sin alas.
Mas tu benignidad no slo ayuda a quien lo pide, y muchas ocasiones se adelanta
al pedirlo generosa.
En ti misericordia, en ti bondad, en ti magnificencia, en ti se encuentra todo
cuanto hay de bueno en las criaturas.
Ahora ste, que de la nfima laguna del universo, ha visto paso a paso las formas
de vivir espirituales, solicita, por gracia, tal virtud, que pueda con los ojos
elevarse, ms alto a la divina salvacin.
Y yo que nunca ver he deseado ms de lo que a l deseo, mis plegarias te dirijo, y
te pido que te basten, para que t le quites cualquier nube de su mortalidad con
tus plegarias, tal que el sumo placer se le descubra.
Tambin reina, te pido, t que puedes lo que deseas, que conserves sanos, sus impu
lsos, despus de lo que ha visto.
Venza al impulso humano tu custodia: ve que Beatriz con tantos elegidos por mi
plegaria te junta las manos! Los ojos que venera y ama Dios, fijos en el que ha
blaba, demostraron cunto el devoto ruego le placa; luego a la eterna luz se dirig
ieron, en la que es impensable que penetre tan claramente el ojo de ninguno.
Y yo que al final de todas mis ansias me aproximaba, tal como deba, puse fin al
ardor de mi deseo.
Bernardo me animaba, sonriendo a que mirara abajo, mas yo estaba ya por m mismo
como aqul quera: pues mi mirada, volvindose pura, ms y ms penetraba por el rayo de
la alta luz que es cierta por s misma.
Fue mi visin mayor en adelante de lo que puede el habla, que a tal vista, cede
y a tanto exceso la memoria.
Como aquel que en el sueo ha visto algo, que tras el sueo la pasin impresa perman
ece, y el resto no recuerda, as estoy yo, que casi se ha extinguido mi visin, mas
destila todava en mi pecho el dulzor que nace de ella.
As la nieve con el sol se funde;.
as al viento en las hojas tan livianas se perda el saber de la Sibila.
Oh suma luz que tanto sobrepasas los conceptos mortales, a mi mente di otro poc
o, de cmo apareciste, y haz que mi lengua sea tan potente, que una chispa tan slo
de tu gloria legar pueda a los hombres del futuro; pues, si devuelves algo a m
i memoria y resuenas un poco en estos versos, tu victoria mejor ser entendida.
Creo, por la agudeza que sufr del rayo, que si hubiera retirado la vista de l, h
ubiseme perdido.
Y esto, recuerdo, me hizo ms osado sostenindola, tanto que junt con el valor infi
nito mi vista.
Oh gracia tan copiosa, que me dio valor para mirar la luz eterna, tanto como la
vista consenta! En su profundidad vi que se ahonda, atado con amor en un volume
n, lo que en el mundo se desencuaderna: sustancias y accidentes casi atados jun
to a sus cualidades, de tal modo que es slo dbil luz esto que digo.
Creo que vi la forma universal de este nudo, pues siento, mientras hablo, que
ms largo se me hace mi deleite.
Me causa un solo instante ms olvido que veinticinco siglos a la hazaa que hizo
a Neptuno de Argos asombrarse.
As mi mente, toda suspendida, miraba fijamente, atenta, inmvil, y siempre de mir
ar senta anhelo.
Quien ve esa luz de tal modo se vuelve, que por ver otra cosa es imposible.
que de ella le dejara separarse; Pues el bien, al que va la voluntad, en ella t
odo est, y fuera de ella lo que es perfecto all, es defectuoso.
Han de ser mis palabras desde ahora, ms cortas, y esto slo a mi recuerdo, que l
as de un nio que an la leche mama.
No porque ms que un solo aspecto hubiera en la radiante luz que yo vea, que es s
iempre igual que como era primero; mas por mi vista que se enriqueca cuando mira
ba su sola apariencia, cambiando yo, ante m se transformaba.
En la profunda y clara subsistencia de la alta luz tres crculos vea de una misma
medida y tres colores; Y reflejo del uno el otro era, como el iris del iris, y
otro un fuego que de ste y de se igualmente viniera.
Cun corto es el hablar, y cun mezquino a mi concepto! y ste a lo que vi, lo es tan
to que no basta el decir poco.
Oh luz eterna que sola en ti existes, sola te entiendes, y por ti entendida y e
ntendiente, te amas y recreas! El crculo que haba aparecido en ti como una luz q
ue se refleja, examinado un poco por mis ojos, en su interior, de igual color p
intada, me pareci que estaba nuestra efigie: y por ello mi vista en l pona.
Cual el gemetra todo entregado al cuadrado del crculo, y no encuentra, pensando,
ese principio que precisa, estaba yo con esta visin nueva: quera ver el modo en
que se una al crculo la imagen y en qu sitio; pero mis alas no eran para ello: si e
n mi mente no hubiera golpeado un fulgor que sus ansias satisfizo.
Faltan fuerzas a la alta fantasa; mas ya mi voluntad y mi deseo giraban como ru
edas que impulsaba Aquel que mueve el sol y las estrellas.