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En un jardín escondido en el bosque crecían flores mágicas que podían convertir los deseos de los niños en sueños reales. Cada noche, los niños visitaban el jardín, elegían una flor y pedían un deseo para que esta se hiciera realidad mientras dormían. Aunque nadie sabía quién cuidaba el jardín de los sueños, traía alegría a los corazones de los niños con la magia de convertir sus deseos en realidad cada noche.

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En un jardín escondido en el bosque crecían flores mágicas que podían convertir los deseos de los niños en sueños reales. Cada noche, los niños visitaban el jardín, elegían una flor y pedían un deseo para que esta se hiciera realidad mientras dormían. Aunque nadie sabía quién cuidaba el jardín de los sueños, traía alegría a los corazones de los niños con la magia de convertir sus deseos en realidad cada noche.

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En aquel rincón escondido del bosque, donde la luz del sol apenas se ltraba entre las ramas

de los árboles centenarios, se encontraba el jardín de los sueños. Era un lugar único y
especial, donde las ores no solo eran hermosas a la vista, sino que también tenían el poder
de convertir los deseos de los niños en sueños vivos.
Las ores de este jardín eran diferentes a cualquier otra or que se pudiera encontrar en el
mundo. Sus pétalos brillaban con intensos colores, como si estuvieran impregnados de la luz
de la luna y las estrellas. Cada una de ellas desprendía un suave resplandor que iluminaba el
camino de aquellos que se aventuraban a visitar este lugar mágico.
Cada noche, cuando el sol se ocultaba en el horizonte y la luna se alzaba en el cielo, los niños
del pueblo se adentraban en el bosque en busca del jardín de los sueños. Armados con cestas
vacías y corazones rebosantes de ilusión, recorrían el sendero cubierto de musgo y hojas
secas hasta llegar a su destino.
Allí, entre los árboles centenarios y los arroyos cristalinos, se encontraba el jardín de los
sueños, un remanso de paz y magia en medio de la naturaleza salvaje. Las ores de colores
brillantes saludaban a los visitantes con su dulce fragancia, invitándolos a acercarse y
contemplar su belleza.
Pero lo más extraordinario de estas ores no era su aspecto, sino el poder que tenían de
convertir los deseos en realidad. Cada niño que visitaba el jardín podía elegir una or y pedir
un deseo mientras la sostenía en sus manos. Y al depositarla bajo su almohada al dormir, el
deseo se convertía en un sueño vivido y real.
Nadie sabía quién cuidaba el jardín de los sueños ni cómo surgían estas ores tan especiales.
Algunos decían que eran obra de hadas o duendes que habitaban el bosque, mientras que
otros creían que era el propio espíritu del bosque quien las creaba para traer alegría a los
corazones de los niños.
Lo cierto es que el jardín de los sueños era un tesoro preciado para el pueblo, un lugar donde
la magia y la fantasía se entrelazaban para crear momentos de felicidad y asombro. Y aunque
el jardín seguía siendo un misterio para muchos, todos estaban agradecidos por el regalo de
los sueños que les brindaba noche tras noche.
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