0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas26 páginas

LITESP2

El documento presenta un resumen de la historia y características del romancero, la épica culta del siglo XVI y XVII en España, y la parodia épica. Brevemente: El romancero eran poemas épicos-líricos transmitidos oralmente que evolucionaron de forma colectiva; la épica culta se inspiró en modelos clásicos para exaltar héroes nacionales pero se volvió pesada; la parodia épica, como La Gatomaquia, se burló de los temas y fórmulas épicas desgastados

Cargado por

Semilla Paez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
22 vistas26 páginas

LITESP2

El documento presenta un resumen de la historia y características del romancero, la épica culta del siglo XVI y XVII en España, y la parodia épica. Brevemente: El romancero eran poemas épicos-líricos transmitidos oralmente que evolucionaron de forma colectiva; la épica culta se inspiró en modelos clásicos para exaltar héroes nacionales pero se volvió pesada; la parodia épica, como La Gatomaquia, se burló de los temas y fórmulas épicas desgastados

Cargado por

Semilla Paez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

EL ROMANCERO

En los siglos XIII y XIV, romance es una composició n literaria de diversa índole; en
algunos casos, es un breve poema épico-lírico, compuesto por una serie indefinida
de versos octosílabos con rima asonante en los pares. Estas composiciones
formaban parte del acervo popular, se transmitían oralmente introduciendo
continuas variantes, de las que ha llegado un rico repertorio; no pertenecían a
nadie en particular, pues cada recitador las transformaba a su gusto; es evidente
que la evolució n del género ha seguido la senda de la recreació n colectiva.
El romance es un híbrido que participa de las características de la lírica, la
narrativa e incluso, dada la importancia del diá logo, del género dramá tico.
Sobre su origen, hay la teoría de que es creació n colectiva de un poeta-pueblo
en que se manifiesta el espíritu nacional; también la teoría tradicionalista que
sostiene que los romances proceden de antiguos cantares de gesta, como
fragmentació n de los relatos épicos de los que la memoria popular retenía só lo los
episodios má s interesantes y desechaba los demá s; las escenas adquieren
autonomía y siguen su propia evolució n, se añ aden detalles para que el relato
tenga sentido por sí mismo y se acentú an los componentes subjetivos y
sentimentales: esta ú ltima teoría sería aplicable sobre todo a los romances de tema
épico y no a los demá s; también existe la teoría individualista, segú n la cual el
romance era obra de un autor concreto que lo creaba en un momento dado sin una
dependencia directa de los cantares, y entonces se debía al impulso de un artista
individual.
La mayoría data del siglo XV, solo pocos son del siglo XIV; la mayor parte de las
versiones conservadas son del siglo XVI; no se escribieron hasta tanto no
despertaron el interés de poetas cultos que ademá s de copiarlos, los glosaron; la
copia má s antigua es de 1421, del romance De una gentil dama y un rústico pastor;
la imprenta los difundió a finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI, cuando ya
los apreciaba la clase culta. A partir del siglo XVI, se incluyeron en los cancioneros,
como en el Cancionero general (1515), de Hernando del Castillo, que recogió unos
cincuenta; el primero importante es el Cancionero de romances, de Martín Unció ,
de Amberes, entre 1547-48; también se han conservado romances en los libros de
mú sica, adaptados para el canto, como el Cancionero musical de palacio, de fines
del siglo XV.
Los romances se clasifican en romances viejos, de cará cter tradicional y autor
colectivo, fijados por escrito a fines del siglo XV y comienzos del XVI, y romances
nuevos, compuestos en la Edad Moderna por un poeta individual, a imitació n de
los antiguos; la generació n de Lope de Vega y Luis de Gó ngora consolidó el
romance nuevo y lo dotó de temas y estilo propio.
En el romancero viejo hay romances épicos, como los de don Rodrigo,
Bernardo del Carpio, Ferná n Gonzá lez, los infantes de Lara y su trá gica matanza y,
sobre todo, el Cid; romances histó ricos, con un cará cter informativo, por ello
llamados noticieros y los llamados romances fronterizos, con luchas entre moros y
cristianos, ambiente caballeresco y actitud generosa y
compasiva con el enemigo; los romances novelescos, con
historias de la mitología clá sica y del folclor universal, y
aventuras y misterio; y los romances líricos, que expresaban
emociones y concentraban en breve espacio afecto de gran
intensidad, con temas y tratamiento de la poesía tradicional.
El romance es un texto breve e intenso, con acció n y
sentimientos muy concentrados; rasgo fundamental es el
fragmentarismo, con situaciones de clímax y a veces sin
desenlace; prevalece la acció n sobre la descripció n; el
diá logo es elemento bá sico en su técnica narrativa; hay una
tendencia marcada hacia la reiteració n de palabras, frases y
contenido, epítetos ponderativos, frases formulares, giros
pleoná sticos, imprecaciones y expresiones caprichosas, con
el fin de reforzar la expresividad; la lengua tiene una
tendencia arcaizante.

LA ÉPICA CULTA

En los siglos XVI y XVII, la épica aspira a la creació n de un mundo heroico aná logo
al de las epopeyas clá sicas; es obra de un autor individual, que se difunde a través
de la escritura; sus modelos clá sicos eran Virgilio y Lucano; junto a este influjo se
percibe el de los italianos Matteo Boiardo, Ludovico Ariosto, Torquatto Tasso, de
los que heredó la forma métrica predilecta: la octava real (estrofa de origen
italiano, formada por ocho versos endecasílabos con rima ABABABCC; la estrofa
por excelencia de la épica culta); comenzó a desarrollarse en la segunda mitad del
XVI, tras el triunfo del italianismo; las primeras obras se destinaron a ensalzar la
figura de Carlos V; a medida que pasó el tiempo, se abrió paso una épica de
exaltació n nacional y religiosa. Se presenta también la tendencia de poemas en
torno a la conquista de América, materia exclusiva del mundo hispá nico:
rigurosamente histó ricos y en ocasiones con testimonios directos y personales. Se
escribieron bajo el signo de La farsalia de Lucano, en quien los autores creyeron
encontrar un precedente hispá nico de su actitud poética. Bajo el impulso del
nacionalismo, este género tuvo mucho éxito en sus añ os de esplendor (1550-
1650), con gran nú mero de lectores y de ediciones, pero la valoració n posterior ha
sido bastante negativa pues, se dice, se limitaba a
reproducir esquemas fosilizados; ademá s, la
acumulació n de episodios restaba agilidad al relato, que
a menudo resultaba en extremo pesado. Salvo alguna
excepció n, no hubo poetas capaces de llevarlo a una
etapa superior.
La obra má s relevante en este panorama poético
enrarecido es La Araucana de Alonso de Ercilla y Zú ñ iga
(1533-1597), madrileñ o, paje del príncipe Felipe, que
viajó con él por los Países Bajos, Viena, Inglaterra; pasó a
América y en 1557 se unió a una expedició n al mando de García Hurtado de
Mendoza contra los araucanos, sublevados y que habían dado muerte a Pedro de
Valdivia. De esta experiencia surgió su poema. Participó en otras empresas y volvió
a Españ a, donde publicó su obra en tres entregas: Madrid (1569), Zaragoza (1578)
y Madrid (1589). Sirvió a Felipe II en distintas misiones diplomá ticas y militares y
murió en Madrid. La obra se ubica como continuadora de la épica italiana a lo
Ariosto y a la vez la enfrenta, pues ante la fantasía del primero, Ercilla insistía en
que su testimonio era directo y fehaciente; cantaba el valor, los hechos, las proezas
de los participantes en una guerra; los indígenas son mitificados, seres ideales que
pueden encarnar un paraíso perdido, só lo vivo en las fá bulas sentimentales de las
églogas y libros de pastores; como guerreros, son exaltados como los héroes del
poema que sucumben ante un ejército mejor armado; un halo de trá gica grandeza
rodea sus figuras; el poeta admiraba de los araucanos su heroica resistencia y su
estoico sentido de la dignidad. Así, La Araucana es un poema excepcional, pero
muy desigual; el vigor y aliento de algunos episodios contrastan con la flojedad de
otros; no obstante, al conjunto se lo reconoce como la má s notable creació n de la
épica culta españ ola.
La parodia épica. La familiaridad de los lectores con todo género de poesía
engendró el inevitable desgaste de los tó picos y fó rmulas empleados. Por esto la
parodia tiene lugar de honor en el conjunto de la poesía barroca. Así, los poemas
épicos con mayor vigencia son, sin duda, parodias, espléndidas, obras maestras del
lenguaje y del humor: La gatomaquia de Lope de Vega y las Necedades y locuras de
Orlando el enamorado de Francisco de Quevedo.
LA GATOMAQUIA y escucha mi famosa Gatomaquia,
así desde las Indias a Valaquia
Lope de Vega corra tu nombre y fama,
que ya por nuestra patria se derrama,
desde que viste la morisca puerta
De doña Teresa Verecundia al Licenciado Tomé de
de Tú nez y Biserta,
Burguillo
armado y niñ o, en forma de Cupido,
con el marqué s famoso
SONETO
del mejor apellido
como su padre por la mar dichoso.
Con dulce voz y pluma diligente No siempre has de atender a Marte airado,
y no vestida de confusos caos,
desde tu tierna edad ejercitado,
cantá is, Tomé , las bodas, los saraos vestido de diamante,
de Zapaquilda y Micifuf valientes.
coronado de plumas, arrogante;
Si a Homero coronó la ilustre frente que alguna vez el ocio
cantar las armas de las griegas naos, es de las armas cordial socrocio,
a vos de los insignes marramaos y Venus, en la paz, como Santelmo
guerras de amor por sú bito accidente. con manos de marfil le quita el yelmo.
Bien merecé is un gato de doblones, Estaba sobre un alto caballete
aunque ni Lope celebré is ni el Taso,
de un tejado sentada
Ricardos o Gofredos de Bullones la bella Zapaquilda al fresco viento,
Pues que por vos, segundo Gatilaso,
lamié ndose la cola y el copete,
quedará n para siempre de ratones tan fruncida y mirlada
libres las bibliotecas del Parnaso. como si fuera gata de convento.
Su mesmo pensamiento
LA GATOMAQUIA de espejo le servía,
puesto que un roto casco le traía
A don Lope Félix del Carpió, soldado en la Armada cierta urraca burlona
de su Majestad que no dejaba toca ni valona
que no escondía por aquel tejado,
SILVA PRIMERA confín del corredor de un licenciado.
Ya que lavada estuvo,
Yo, aquel que en los pasados y con las manos que lamidas tuvo,
tiempos canté las selvas y los prados, de su ropa de martas aliñ ada,
é stos vestidos de á rboles mayores cantó un soneto en voz medio formada
y aqué llas de ganados y de flores, en la arteria vocal con tanta gracia
las armas y las leyes, como pudiera el mú sico de Tracia;
que conservan los reinos y los reyes, de suerte que cualquiera que la oyera,
agora, en instrumento menos grave, que era solfa gatuna conociera,
canto de amor suave con algunos cromá ticos disones,
las iras y desdenes, que se daban al diablo los ratones.
los males y los bienes, Asomá base ya la Primavera
no del todo olvidado por un balcó n de rosas y alhelíes,
del fiero taratá ntara, templado y Flora, con dorados borceguíes,
con el silbo del pícaro sonoro. alegraba risueñ a la ribera;
Vosotras, musas del castalio coro, tiestos de Talavera
dadme favor, en tanto prevenía el verano,
que, con el genio que me distes, canto cuando Marramaquiz, gato romano,
la guerra, los amores y accidentes aviso tuvo cierto de Maulero,
de dos gatos valientes; un gato de la Mancha, su escudero,
que como otros está n dados a perros, que al sol salía Zapaquilda hermosa,
o por ajenos o por propios yerros, cual suele amanecer purpú rea rosa
tambié n hay hombres que se dan a gatos, entre las hojas de la verde cama,
por olvidos de príncipes ingratos, rubí tan vivo, que parece llama,
o porque los persigue la fortuna y que con una dulce cantilena
desde el columpio de tierna cuna. en el arte mayor de Juan de Mena,
Tú , don Lope, si acaso enamoraba el viento.
te deja divertir por el Parnaso Marramaquiz, atento
el holandé s pirata, a las nuevas del paje,
gato de nuestra plata, que la fama enamora desde lejos,
que infesta las marinas que fuera de las naguas de pellejos
por donde con la armada peregrinas, del campanudo traje,
suspende un rato aquel valiente acero, introducció n de sastres y roperos,
con que al asalto llegas el primero, doctos maestros de sacar dineros,
alababa su gracia y hermosura, disparado de sú bita ballesta
con tanta melindrífera mesura, má s que la vista de los ojos presta,
pidió caballo, y luego fue traída que, dá ndole a la mona en la almohada,
una mona vestida por de dentro morada,
al uso de su tierra, por de fuera pelosa,
cautiva en una guerra dejó caer la carga, y presurosa
que tuvieron las monas y los gatos; corrió por los tejados,
pú sose borceguíes y zapatos sin poder los lacayos y criados
de dos dediles de segar abiertos, detener el furor con que corría.
que con pena calzó por estar tuertos; No de otra suerte que en sereno día
una cuchara de plata por espada; balas de nieve escupe, y de los senos
la capa colorada, de las nubes, relá mpagos y truenos
a la francesa, de una calza vieja, sú bita tempestad en monte o prado,
tan igual, tan lucida y tan pareja, obligando que el tímido ganado
que no será lisonja ató nito se esparza,
decir que Adonis en limpieza y gala, ya dejando en la zarza
aunque perdone Venus, no le iguala: de sus pungentes laberintos, vana
por gorra de Milá n, media toronja, la blanca o negra lana,
con un penacho rojo, verde y bayo, que alguna vez la lana ha de ser negra,
de un muerto por sus uñ as papagayo, y hasta que el sol en arco verde alegra
que diciendo: ¿Quié n pasa? Cierto día, los campos que reduce a sus colores,
pensó que el rey venía, no vuelven a los prados ni a las flores,
y era Marramaquiz, que andaba a caza, así los gatos iban alterados
y halló para romper la jaula traza; por corredores, puertas y terrados,
por cuera, dos mitades que de un guante con trá gicos maú llos,
le ataron por detrá s y por delante, no dando, como tó rtolas, arrullos,
y un puñ o de una niñ a por valona. y la mona, la mano en la almohada,
Era el gatazo de gentil persona la parte occidental descalabrada,
y no menos galá n que enamorado; y los hú midos polos circunstantes
bigote blanco y rostro despejado, bañ ados de medio á mbar, como guantes
ojos alegres, niñ as mesuradas, En tanto que pasaban estas cosas,
de color de esmeraldas diamantadas, y el gato en sus amores discurría
y a caballo en la mona parecía con ansias amorosas
el paladín Orlando, que venía porque no hay alma tan helada y fría
a visitar a Angé lica la bella. que Amor no agarre, prenda y engarrafe,
La recatada ninfa, la doncella, y el má s alto tejado enternecía,
en viendo al gato se mirló de forma aunque fuesen las tejas de Getafe,
que en una grave dama se transforma, y ella, con ñ ifi ñ afe,
lamié ndose, a manera de manteca, se defendía con semblante airado,
la superficie de los labios seca, aquel de cielo y tierra monstruo alado,
y con temor de alguna carambola, que, vestido de lenguas y de ojos
tapó las indecencias con la cola, ya decré pito viejo con antojos,
y bajando los ojos hasta el suelo, ya lince penetrante,
su mirlo propio le sirvió de velo; por los tres elementos se pasea
que ha de ser la doncella virtuosa sin que nadie le vea,
má s recatada mientras má s hermosa. con la forma elegante
Marramaquiz entonces, con ligeras de Zapaquilda discurrió ligero
plantas batiendo el tetuá n caballo, uno y otro hemisfero,
que no era pie de hierro o pie de gallo aunque con las verdades lisonjera,
le dio cuatro carreras, y en cuanto bañ a en la terrestre esfera,
con otras gentilezas y escarceos, sin excepció n de promontorio alguno,
alta demostració n de sus deseos; el cerú leo Neptuno,
y, la gorra en la mano, plasmante universal de toda fuente,
acercó se galá n y cortesano desde Bootes a la Austral Corona
donde le dijo amores. y de la zona frígida a la ardiente
Ella, con las colores Esto dijo la Fama, que pregona
que imprime la vergü enza, el bien y el mal; y en viendo su retrato,
le dio de sus guedejas una trenza; se erizó todo gato
y al tiempo que los dos marramizaban y dispuso venir, con esperanza
y con tiernos singultos relamidos de galardó n que un firme amor alcanza.
alternaban sentidos, Los que vinieron por la tierra en postas
desde unas claraboyas que adornaban trajeron, por llegar a la ligera,
la azutea de un clé rigo vecino, só lo plumas y banda, calza y cuera;
un bodocazo vino, los que habitaban de la mar las costas,
tanto pueden de amor dulces empresas, Siempre las novedades son gustosas;
vinieron en artesas, no hay que fiar de gatas melindrosas.
mas no por eso menos ¿Quié n pensara que fuera tan mudable
hasta la cola de riquezas llenos; Zapaquilda, cruel y inexorable,
y otros, por bizarría, y que al galá n Marramaquiz dejara
para mostrar despué s la gallardía, por un gato que vio de buena cara,
en cofres y baú les, despué s de haberle dado
sulcando las azules un pie de puerco hurtado,
montañ as de Anfitrite; pedazos de tocino y de salchichas?
y alguno que a disfraces se remite, ¡Oh cuan poco en las dichas
por no ser conocido, está firme el amor y la fortuna!
en una caja de orinal metido. ¿En qué mujer habrá firmeza alguna?
Con esto, en muchos siglos no fue vista, ¿Quié n tendrá confianza,
como en esta conquista, si quien dijo mujer dijo mudanza?
tanta de gatos multitud famosa, Marramaquiz, con ansias y desvelos,
por Zapaquilda hermosa. vino a enfermar de celos,
Apenas hubo teja o chimenea porque ninguna cosa le alegraba.
sin gato enamorado, Finalmente Merlín que le curaba,
de bodoque tal vez precipitado, gato de cuyas canas, nombre y ciencia
como Calisto fue por Melibea; era notoria a todos la experiencia,
ni rató n parecía, mandó que se sangrase;
ni el balbuciente hocico permitía y como no bastase,
que del nido saliese, vino a verle su dama,
ni queso ni papel se agujeraba, aunque tenía en un desvá n la cama,
por costumbre o por hambre que tuviese, a donde la carroza no podía
ni poeta por todo el universo subir, por alta y por la estrecha vía;
se lamentó que le royesen verso, pero, en fin, apeada,
ni gorrió n saltaba, entró de su escudero acompañ ada.
ni verde lagartija Mirá ndose los dos severamente,
salía de la có ncava rendija. despué s de sosegado el accidente,
Por otra parte el dañ o compensaba é l con maullo habló y ella con mirlo,
que de tanto gatazo resultaba, que fuera harto mejor pegarla un chirlo;
pues no estaba segura pero por alegrarle la sangría
en sá bado morcilla ni asadura, le trujo su criada Bufalía
ni panza ni cuajar, ni aun en lo sumo una pata de ganso y dos ostiones.
de la alta chimenea El se quejó con tímidas razones
la longaniza al humo, en su lenguaje mizo,
por imposible que alcanzarla sea, a que ella con vergü enza satisfizo;
exento a la porfía en la esperanza, quejas que, traducidas del y della,
que tanto cuanto mira, tanto alcanza. así decían: –Zapaquilda bella,
Entre esta generosa ilustre gente ¿por qué me dejas tan injustamente?
vino un gato valiente, ¿Es Micifuf má s sabio? ¿Es má s valiente?
de hocico agudo y de narices romo, ¿Tiene má s ligereza? ¿Mejor cola?
blanco de pecho y pies, negro de lomo, ¿No sabes que te quise elegir sola
que Micifuf tenía entre cuantas se precian de mirladas,
por nombre, en gala, cola y gallardía de bien vestidas y de bien tocadas?
cé lebre en toda parte ¿Esto merece que un invierno helado,
por un Zapinarciso y Gatimarte. de tejado en tejado
Este, luego que vio la bella gata, me hallaba el alba al madrugar el día
má s reluciente que fregada plata, con espada, broquel y bizarría,
tan perdido quedó , que noche y día má s cubierto de escarcha
paseaba el tejado en que vivía, que soldado españ ol que en Flandes marcha
con pajes y lacayos de librea, con arcabuz y frascos?
que nunca sirve mal quien bien desea. Si no te he dado telas y damascos
Y sucedió le bien, pues luego quiso es porque tú no quieres vestir galas
¡oh gata ingrata!, a Micifuf Narciso, sobre las naturales martingalas,
dando a Marramaquiz celos y enojos. por no ofender ingrata a tu belleza,
No sé por cual razó n puso los ojos las naguas que te dio naturaleza;
en Micifuf, quitá ndole al primero, pero en lo que es regalos, ¿quié n ha sido
con sú bita mudanza, má s cuidadoso, como tú lo sabes,
el antiguo favor y la esperanza. en cuanto en las cocinas, atrevido,
¡Oh cuá nto puede un gato forastero, pude garrafiñ ar de peces y aves?
y má s siendo galá n y bien hablado, ¿Qué pastel no te truje, qué salchicha?
de pelo rizo y garbo ensortijado. ¡Oh terrible desdicha!
¡Pues no soy yo tan feo! que en fuego, en cisne, en buey le transformaron
Que ayer me vi, mas no como me veo, por Europa, por Leda y por Egina,
en un caldero de agua que de un pozo con pá lida color, y banda verde,
sacó para regar mi casa un mozo, para que la sangría se le acuerde,
y dije: ¿Esto desprecia Zapaquilda? que amor enfermo a condoler se inclina,
¡Oh celos! ¡Oh piedad! ¡Oh amor! Reñ ilda paseaba el tejado y la buharda
No suele desmayarse al sol ardiente de aquella ingrata cuanto hermosa fiera.
la flor del mismo nombre y la arrogante Quien ama fieras, ¿qué firmeza espera?
cerviz bajar humilde, que la gente, ¿Qué fin, que premio aguarda?
por la loca altitud, llamó gigante, Zapaquilda gallarda
ni queda el tierno infante estaba en su balcó n, que no atendía
má s cansado, despué s de haber llorado, má s de a saber si Micifuf venía,
de su madre en el pecho regalado, cuando Garraf, su paje,
que el amante quedó sin alma. ¡Oh cielos, si bien de su linaje,
qué dulce cosa amor, qué amarga celos! llegó con un papel y una bandeja.
Ella, como le vio que ya exhalaba Ella la cola y el confín despeja
blandamente el espíritu en suspiros, y la bandeja toma,
y que piramizaba sobre negro color labrada de oro
entre dulces de amor fingidos tiros, por el Indio oriental, y con decoro
porque no se le rompa vena o fibra, mira si hay algo que primero coma,
el mosqueador de las ausencias vibra, ofensa del cristal de la belleza,
pasá ndole dos veces por su cara. propia naturaleza
Volvió le en sí, que aquel favor bastara de gatas ser golosas,
para libralle de la muerte dura, aunque al tomar se finjan melindrosas;
y luego con melífera blandura y antes de oír al paje,
le dijo en lengua culta: ve las alhajas que el galá n envía;
–Si tu amor dificulta qué joyas, qué invenció n, qué nuevo traje.
el que me debes, en tu agravio piensas En fin, vio que traía
tan injustas ofensas: un pedazo de queso
que aunque es verdad que Micifuf me quiere, de razonable peso,
y dice a todos que por mí se muere, y un relleno de huevos y tocino;
yo te guardo la fe como tu esposa–. Atis, en fruta que produce el pino,
Cesó con esto Zapaquilda hermosa, entre menuda rama,
sellando honesta las dos rosas bellas; en la falda del alto Guadarrama,
que siempre hablaron poco las doncellas, por donde van al bosque de Segovia;
que, como las viudas y casadas, y luego, en fe de que ha de ser su novia,
no está n en el amor ejercitadas. dos cintas que le sirvan de arracadas
Bajaba ya la noche, gala que só lo a gatas regaladas,
y las ruedas del coche, cuando pequeñ as, las mujeres ponen,
tachonadas de estrellas que de rosas de ná car las componen.
bailadores diamantes y centellas, Tomó luego el papel, y con sereno
detrá s de las montañ as resonaban. rostro, apartando el queso y el relleno,
Los pá jaros callaban vio que el papel decía:
dejando el campo yermo, «Dulce señ ora, dulce prenda mía,
cuando los pajes del galá n enfermo sabrosa, aunque perdone Garcilaso
en el alto desvá n hachas metían, si el consonante mismo sale al paso,
que alumbrar la carroza prevenían. má s que la fruta del cercado ajeno;
Entonces los amantes, ese queso, mi bien, ese relleno
que son los cumplimientos importantes, y esas cintas de ná car os envío,
ella por irse, y é l quedarse a solas, señ as de la verdad del amor mío».
se hicieron reverencias con las colas. Aquí llegaba Zapaquilda, cuando
Marramaquiz, celoso, que mirando
SILVA II estaba desde un alto caballete
tan gran traició n, colé rico arremete,
Convaleciente ya de las heridas y echa veloz, de ardiente furia lleno,
de los crueles celos una mano al papel y otra al relleno.
de Micifuf, Marramaquiz valiente Garraf se pasma y queda sin sentido,
(aquellos que han costado tantas vidas, como el que oyó del arcabuz el trueno
y que en los mismos cielos estando divertido,
a Jú piter, señ or del rayo ardiente, a quien el ofendido
con disfraz indecente, tiró una manotada con las fieras
fugitivo de Juno, uñ as, de suerte, que formando esferas
su rigor importuno por la regió n del aire vagaroso
tantas veces mostraron; le arrojó tan furioso,
que en el claro cristal de sus espejos colgado de un retazo,
pudo cazar vencejos y dé biles las piernas,
menos apasionado y má s ocioso. una cerrando de las dos linternas,
No de otra suerte el jugador ligero por mirar a lo bizco.
le vuelve la pelota al que la saca, Luego en el corazó n le dio un pellizco
herida de la pala resonante; la mala nueva, que adelanta el dañ o,
qué jase el aire, que del golpe fiero haciendo el aposento al desengañ o,
tiembla, hasta tanto que el furor se aplaca, y díjole: –¿Qué tienes,
y chaza el que interviene, el pie delante El gatazo Garraf amigo, que tan triste vienes?
arrogante, sin soltar el relleno despedaza Entonces é l, moviendo tremolante
el papel, que en los dientes blanda cola detrá s, lengua delante,
con la espuma celosa vuelve estraza, le refirió el suceso,
y a Zapaquilda ató nita amenaza. y que Marramaquiz papel y queso
Como se suele ver en las corrientes y relleno tambié n le había tomado,
de los undosos ríos quien se ahoga, como celoso airado,
que asié ndose de rama, yerba o soga, como agraviado necio,
la tiene firme, de sentido ajeno, con infame desprecio,
así Marramaquiz tiene el relleno; con descorté s porfía,
que ahogá ndose en congojas y desvelos, y que de tan extrañ a gatería
no soltaba la causa de los celos. Zapaquilda admirada,
¡Oh cuá nto amor un alma desespera, huyó por el desvá n, la saya alzada;
pues cuando ya se ve sin esperanza, que lo que en las mujeres son las naguas
en un relleno tomará venganza! de raso, tela o chamelote de aguas,
Mas, ¿quié n imaginara que pudiera es en las gatas la flexible cola,
dar celos el amor, en ocasiones, que ad libitum se enrosca o se enarbola.
con rellenos de huevos y piñ ones? Contó le que de aquella manotada,
Mas ¡ay de quien le había con su cuerpo afligido,
Huyó se al fin la gata, y con el miedo de miedo helado y de licor teñ ido,
tocó las tejas con el pie tan quedo, descalabró los aires,
que la amazona bella parecía y con otros agravios y desaires,
que por los trigos pá lidos corría que prometió vengarse por la espada
sin doblar las espigas de las cañ as; de haberle enamorado a Zapaquilda
que de tierras extrañ as y hablarla en el tejado de Casilda,
tales gazapas las historias cuentan. una tendera que en la esquina estaba;
Los miedos que a la gata desalientan y dijo que pensaba,
la hicieron prometer, si la libraba, en desprecio y afrenta de sus dones,
al niñ o Amor un arco y una aljaba, hacer de los listones
de aquel famoso Rodamonte fiero cintas a sus zapatos.
hasta pasar las furias del enero; ¡Oh celos! si entre gatos,
el cual juró olvidarla, y en su vida, de burlas y de veras,
desnuda ni vestida, formá is tales quimeras,
volver a verla, ni tener memoria ¿qué haré is entre los hombres,
de la pasada historia, de hidalgo proceder y honrados nombres?
y buscar algú n sabio No estuvo má s airado
para satisfacció n de tanto agravio. Agamenó n en Troya,
Pero fueron en vano sus desvelos, al tiempo que metiendo la tramoya
que amor no cumple lo que juran celos, del gran Paladió n, de armas preñ ado,
y tanto puede una mujer que llora, echaron fuego a la ciudad de Eneas
que vienen a reñ irla, y enamora, de ardientes hachas y encendidas teas,
creyendo el que ama, en sus celosas iras, causa fatal del miserable estrago
por una lagrimilla mil mentiras. de Dido y de Cartago,
Y como Ovidio escribe en su Epistolio, por quien dijo Virgilio
que no me acuerdo el folio, que llorando decía,
estas heridas del amor protervas destituida de mortal auxilio
no se curan con yerbas; ¡ay dulces prendas cuando Dios quería!
que no hay, para olvidar amor, remedio, Ni Barbarroja en Tú nez,
como otro nuevo amor o tierra en medio. ni el fuerte Pirro, ni Simó n Antú nez
Garraf, en tanto que esto se trataba, é ste bravo españ ol y griego el otro,
estropeado a Micifuf llegaba, que Micifuf como si fuera potro
mayando tristemente relinchando de có lera, en oyendo
en acento hipocó ndrico y doliente, el fiero y estupendo
como suelen andar los galloferos furor de su enemigo;
para sacar dineros, mas, prometiendo darle igual castigo,
manqueando de un brazo se fue a trazar el modo
de vengarse de todo; que amar era cruel desabrimiento,
que a un pecho noble, má s que traer un á spid en las palmas,
a un ínclito sujeto en no reciprocá ndose las almas;
mayor obligació n, má s celo alcanza que Amor se corresponde con Anteros
de poner en efeto y má s si no negocian los dineros.
desempeñ ar su honor con la venganza. Destituido el gato
Marramaquiz, en tanto, ya de mortal socorro,
desesperado por las selvas iba se fue, calando el morro,
para buscar el sabio Garfiñ anto, y dió le una salchicha,
al tiempo que la Aurora fugitiva por no mostrarse a Garfiñ anto ingrato;
de su cansado esposo, que no pagar la ciencia
arrojaba la luz a los mortales, es cargo de conciencia,
y el sol infante en líquidos pañ ales mas dicen que de sabios es desdicha.
de celajes azules Pensando en quien pusiese, finalmente,
mandaba recoger en sus baú les, de toda la gatesca bizarría,
para poder abrir los de oro y rosa, la dulce enamorada fantasía
el manto de la noche tenebrosa, para verse de amor convaleciente,
aunque era todo el manto de diamantes, se le acordó que enfrente
en el zafiro nítidos brillantes de su casa vivía un boticario,
ojos del sueñ o, el hurto y el espanto. de cuyo cocinante vestuario
Este gatazo y sabio Garfiñ anto, una gata salía,
cano de barba y de mostachos yerto, que la bella Micilda se decía,
de un ojo remellado y de otro tuerto, y, sentada tal vez en su tejado,
bien que de ilustre cola venerable, miraba, como dama en el estrado,
y que sabía con rigor notable los nidos de los sabios gorriones,
natural y moral filosofía, dejando pulular los embriones,
por los montes vivía y, en viendo abiertos los maternos huevos,
en una cueva oculta, comerse algunos de los ya mancebos.
cuya entrada a las fieras dificulta, Admitiendo este nuevo pensamiento,
como el de Polifemo, un alto risco. má s que su voluntad, su entendimiento,
No se le daba un prisco que amor en las venganzas se resfría,
de riquezas del mundo; que estimaba emprende mucho y ejecuta poco,
só lo el sol, que Alejandro le quitaba por entonces templó la fantasía;
a aquel que, de los hombres puesto en fuga que aquello es cuerdo lo que duerme un loco.
metido en un tonel, era tortuga. Estaba el sol ardiente
¡Bien haya quien desprecia una siesta de mayo calurosa,
esta fá bula necia aunque amorosamente
de honores, pretensiones y lugares, plegando el ná car de la fresca rosa,
por estudios o acciones militares! que producen los niñ os abrazados
Sabía Garfiñ anto astrología, huevos del cisne y huevos estrellados,
mas no pronosticaba; pues que los hizo estrellas,
que decía que el cielo gobernaba cuando Micilda con las manos bellas
una sola virtud que le movía, la cara se lavaba y componía,
a cuya voluntad está sujeto no lejos del tejado en que vivía
cuanto crió , que todo fue perfeto. Marramaquiz, que ya con má s cuidado
No sacaba almanaques, la miraba y servía,
ni decía que en Troya y los Alfaques en fe del Garfiñ anto consultado,
verían abundancia cuando al mismo tejado
de pepinos y brevas, Zapaquilda llegó , por accidente.
muchas lentejas en París y en Tebas, El gato, viendo la ocasió n presente
y que cierta cabeza de importancia, para que su deseo
sin decirnos adonde, faltaría; la diese celos con el nuevo empleo
que por mujeres Venus prometía llegá ndose má s tierno y relamido
pendencias y disgustos, a Micilda, que ya, de vergonzosa,
como si por sus celos o sus gustos estaba má s hermosa,
fuese en el mundo nuevo. y equívoco fingiendo
Pero volviendo a nuestro sabio Febo falso desprecio, descuidado olvido,
despué s de consultado, en su venganza misma padeciendo
dijo a Marramaquiz, que su cuidado amorosos deseos
en vano a Zapaquilda pretendía, (tales son del amor los devaneos)
y que só lo sería requebraba a Micilda, a quien pensaba
remedio que pusiese en otra parte, ofrecer los despojos
vengá ndose con arte, de aquella guerra, paz de sus enojos
los ojos, divirtiendo el pensamiento; y a Zapaquilda a lo traidor miraba
en las intercadencias de los ojos; muerto de risa en acto semejante;
tan extrañ o sentido, ¡tan dulce es la venganza de los celos!
que es menos entendido
mientras que má s parece que se entiende, SILVA III
pues siempre con engañ os se defiende,
que si las luces de los ojos miras, Distaba de los polos igualmente
basta ser niñ as para ser mentiras. la má scara del sol, y Cinosura
Micilda, a quien tocaba en lo má s vivo primera cuadrilá tera figura,
el amor primitivo con la estrella luciente
porque, como doncella, fá cilmente que mira el navegante,
a lo que entonces siente bordaba la celeste arquitectura;
la tierna edad, se rinden y avasallan velaba todo amante
hablando con los ojos cuando callan, por el silencio de la noche obscura,
de buena gana dio fá cil oído y en el indiano clima el sol ardía,
a los requiebros del galá n fingido, en dos mitades dividido el día;
con que ya andaban de los dos las colas cuando, gallardo, Micifuf valiente
má s turbulentas que del mar las olas. paseaba el tejado de su dama,
Zapaquilda sentida que sangrada en la cama
de aquella libertad (que es propio efeto la tuvo el accidente
de la que fue querida dos días, que faltó sol al tejado
sentir desprecio donde vio respeto), y estuvo la cocina sin cuidado,
murmurando entre dientes, no por la altura de los siete suelos,
amenazaba casos indecentes mas por el sobresalto de los celos.
entre personas tales, Iba, galá n y bravo,
en calidad y en nacimiento iguales. un cucharó n sin cabo,
Como se ve gruñ ir perro de casa destos de hierro, de sacar buñ uelos,
mirando al que se entró de fuera, enfrente por casco en la cabeza,
estando en medio de los dos el hueso, que en ella tienen la mayor flaqueza,
que ninguno por é l, de miedo, pasa, pues no suelen morir de siete heridas,
parando finalmente por quien dicen que tienen siete vidas,
las iras del canículo suceso y un golpe en la cabeza los atonta;
en que ninguno de los dos le come, así la tienen a desmayos pronta.
obligando a que tome espada de a caballo, que antes era
un palo algú n criado, cuchillo viejo de limpiar zapatos,
que los desparte airado que é l solía llamar timebunt gatos;
y deja divididos, y por las manchas de los pies y el anca
quedando el hueso en paz y ellos mordidos, natural media blanca,
así feroz gruñ ía y capa de un bonete colorado
Zapaquilda envidiosa, abierto por un lado;
afetos de celosa, plumas de un pardo gorrió n, cogido
aunque al gallardo Micifuf quería; por ligereza, pero no por arte.
que hay mujeres de modo, Así rondaba el nuevo Durandarte,
que aunque no han de querer, lo quieren todo galá n favorecido,
porque otras no lo quieran, porque son los favores de la dama
y luego que rindieron lo que esperan, guarnició n de las galas de quien ama.
vuelven a estar má s tibias y olvidadas. Dos mú sicos traían instrumentos,
Finalmente, las gatas encontradas, a cuyo son y acentos
siendo Marramaquiz el hueso en medio cantaban dulcemente;
(tal suele ser de celos el remedio), y así, llegando del balcó n enfrente
a pocos lances de mirarse airadas, de Zapaquilda bella,
vinieron a las manos, dando al viento cantaron un romance que por ella
los cabellos y faldas; que é l tampoco entendió lo que compuso.
y en tanto arañ amiento, Mas, puesta a la ventana
turbadas de color las esmeraldas, con serenero de su propia lana,
maullando en tiple y el gatazo en bajo, hasta que Bufalía
cayeron juntas del tejado abajo, le trujo un rocadero
con ligereza tanta, que por má s gravedad y fantasía
aunque decirlo espanta, sirvió de capirote y serenero,
por ser, –como era, el salto, y en medio de lo grave
cinco suelos en alto del romance suave
hasta el alero del tejado fines, les dijo con despejo,
que no perdió ninguna los chapines; parecié ndole versos a lo viejo,
quedando el negro amante, que já cara cantasen picaresca
despué s de tan extrañ os desconsuelos, y así, cantaron la má s nueva y fresca,
que, para que lo heroico y grave olviden. la causa es una y los efectos, varios.
hasta las gatas já caras les piden, Miraba a Zapaquilda en la ventana
¡Tanto el mundo decré pito delira hablando con su amante,
Aquí se resolvió la dulce lira, sin miedo de la luz de la mañ ana,
y en dos lascivos ayes, que coronaba el ú ltimo diamante
andolas, guirigayes del manto de la noche, que iba huyendo,
y otras tales bajezas, y cantando y tañ endo
cantaron, pues, las bá rbaras proezas los mú sicos, con tanto desenfado
y hazañ as de rufianes, como si fuera su tejado el Prado
que estos son los valientes capitanes que nunca los amantes
que celebran poetas previnieron peligros semejantes;
de aquellos que, en extremas así los embeleca
necesidades, viven arrojados Amor, de Ceca en Meca,
al vulgo, como perros a leones; como, olvidado Antonio con Cleopatra,
que la virtud y estudios mal premiados la gitana de Manfis, que idolatra,
mueren por hospitales y mesones; que ciego de su gusto, no temía
¡verdes laureles de Virgilios y Enios, el Cé sar, que siguié ndole venía;
perecer la virtud y los ingenios! porque si fue romano Octaviano,
Mas, ¿quié n le mete a un nombre licenciado tambié n Marramaquiz era romano;
má s que en hablar de só lo su tejado? y si valiente Cé sar y prudente,
Que no le dio la escuela má s licencia; no menos fue prudente que valiente;
que es todo lo demá s impertinencia. que, en su tanto los mé ritos mirados,
Cuando aquesto pasaba, Cé sar pudiera ser de los tejados.
Marramaquiz estaba Como, detrá s del á rbol escondido,
inquieto y acostado, mira y advierte con atento oído
treguas pidiendo a su mortal cuidado; el cazador de pá jaros el ramo,
pero como el amor le desvelaba. donde tiene la liga y el reclamo,
díó , de sentido falto, para en viendo caer al inocente
desde la cama un salto, jilguero, que los dulces silbos siente
compuesta de pellejos, del amigo traidor, que le convida
otro tiempo conejos a dura cá rcel con la voz fingida,
que en el Pardo vivían y apenas ve las plumas revolando
y en la cola sus cé dulas traían entre la liga, cuando
para seguridad de sus personas; arremete y le quita, no piadoso,
mas, ¡ay, muerte cruel! ¿a quié n perdonas? sino fiero y cruel; así el celoso
Saltó , en efecto, como el Conde Claros; Marramaquiz, atento
y armá ndose de ofensas y reparos, esperaba el primero movimiento
vino de ronda al puesto por la posta del venturoso amante, que decía
por ver si había moros en la costa, con dulce mirlamiento:
y no siendo ilusió n el pensamiento –Dulce señ ora mía,
(que del alma el primero movimiento ¿cuá ndo será de nuestra boda el día?
pocas veces engañ a), ¿Cuá ndo querrá mi suerte, que yo pueda
no suele dé bil cañ a llamaros dulce esposa,
en las espadas verdes esparcidas, que entonces para mí será dichosa?
del aire sacudidas, ¡Ay, tanto bien el cielo me conceda!
hacer manso ruido Mas, fue nuestra fortuna
con má s veloz sonido, que Jú piter jamá s por ninfa alguna,
como rugió los dientes, aunque se transformaba
ni entre los accidentes en buey, que el mar pasaba,
del erizado frío en sá tiro y en á guila y en pato,
al enfermo sucede nunca le vieron transformarse en gato;
aquel ardor contrario, porque si alguna vez gatiquisiera,
como de ver tan loco desvarío, de los amantes gatos se doliera.
que apenas le concede, Con voz enamorada,
entre uno y otro pensamiento vario, doliente y desmayada,
respiració n y aliento, la gata respondía:
de la vida instrumento, –Mañ ana fuera el día
helado y abrasado de nuestra alegre boda;
entre ardores y hielos, pero todo mi bien desacomoda
que al frío de los celos aquel infame gato fementido,
frígido fuego sucedió mezclado Marramaquiz, celoso de mi olvido,
que con distinto efeto, que en llegando a saber mi casamiento
en un mismo sujeto hubiera temerario arañ amiento,
viven, siendo contrarios; y estimar vuestra vida
me tiene temerosa y encogida; Blasonar en ausencia
que es robusto y valiente no tiene de mujeres diferencia.
y, en materia de celos, impaciente. Yo soy Marramaquiz; yo, noble al doble
Mejor será matadle con veneno. de todo gato de ascendiente noble.
Aquí, de furia lleno Si tú de Cipió n, yo de Malandro,
respondió Micifuf: –¿Por un villano gato del macedó n Magno Alejandro
pierdo el favor de vuestra hermosa mano? desciendo, como tengo en pergamino,
¿El, señ ora, lo estoba? pintado de colores y oro fino,
¿Es, por ventura, má s que yo valiente? por armas un morcó n y un pie de puerco,
¿Tiene la uñ a corva de Zamora ganados en el cerco,
má s dura que la mía, todo en campo de golas,
o má s agudo y penetrante el diente? sangriento má s que rojas amapolas,
Entre la mostachosa artillería, con un cuartel de quesos asaderos,
¿qué hueso de la pierna o espinazo ró eles en Castilla los primeros.
se me resiste a mí? ¿Qué fuerte brazo? No fueron en cocinas mis hazañ as,
¿Yo no soy Micifuf? ¿Yo no desciendo sino en galeras, naves y campañ as;
por línea recta, que probar pretendo, no con Garraf, tu paje:
de Zapiró n, el gato blanco y rubio con gatos moros, las mejores lanzas;
que despué s de las aguas del diluvio que yo maté en Granada a Tragapanzas,
fue padre universal de todo gato? gatazo abencerraje,
Pues, ¿có mo ahora, con desdé n ingrato y cuerpo a cuerpo, en Có rdoba, a Murcifo,
tené is temor de un maullador gallina, gato que fue del regidor Rengifo,
valiente en la cocina, y de dos uñ aradas
cobarde en la campañ a, deshice a Golosillo las quijadas,
y referir por invencible hazañ a por gusto de una miza, mi respeto,
dar a Garraf, un gato mi escudero, y le quité una oreja a Boquineto,
que, fuera de ser gato forastero gato de un albañ il de Salobreñ a;
es agora tan mozo, la cola en Fuentidueñ a
que apenas tiene bozo, quité de un estiró n a Lameplatos,
una guantada con las uñ as cinco, mesonero de gatos,
si de repente dio sobre é l un brinco? sin otras cuchilladas que he tenido,
¡Qué Cipió n del africano estrago! y la que di a Garrido,
¡Qué Aníbal de Cartago! que del Corral de los Naranjos era,
¡Qué fuerte Pero Vá zquez Escamilla por la espada primera
el bravo de Sevilla! ú nico gaticida.
Por esos ojos que a la verde falda Pero es hablar en cosa tan sabida
de las selvas hurtaron la esmeralda, decir que el tiempo vuela y no se para,
que si entonces me hallara en el tejado que no hay cara má s fea que la cara
que no llevara, como se ha llevado, de la necesidad, y la má s bella
el queso y el relleno. aquella del nacer con buena estrella,
Y ¿queré is que le mate con veneno? que alumbra el sol y que la nieve enfría,
Esa es muerte de príncipes y reyes, que es obscura la noche y claro el día.
con quien no valen las humanas leyes, Esa gata cruel, que me ha dejado
no para un gato bá rbaro, cobarde, por tu poco valor, verá muy presto,
cuyas orejas os traeré esta tarde, siendo aqueste tejado
y de cuyo pellejo, el teatro funesto,
si no me huye con mejor consejo, có mo te doy la muerte que mereces
haré , para comer con má s gobierno, porque mi vida a Zapaquilda ofreces,
una ropa de martas este invierno llevando tu cabeza presentada
Aquí Marramaquiz, desatinado, a Micilda, que es ya mi prenda amada;
cual suele arremeter el jarameñ o Micilda, que es má s bella,
toro feroz, de media luna armado, que al vespertino sol cá ndida estrella,
al caballero, con airado ceñ o Venus, que rutilante
(andaluz o extremeñ o, es de su anillo esplé ndido diamante.
que la patria jamá s pregunta el toro), Esta sí que merece la fe mía,
y por la franja del bordado de oro mi constancia, mi amor, mi bizarría;
caparazó n, meterle en la barriga que no gatas mudables,
dos palmos de madera de tinteros, que si por su hermosura son amables,
acudiendo al socorro caballeros son por su condició n aborrecibles,
a quien la sangre o la razó n obliga, amigas de mudanzas e imposibles.
al caballo inocente, que pensaba Aquí sacó la espada ruginosa
cuando le vio venir, que se burlaba. de la vaina mohosa,
–¡Gallina Micifuf!– dijo furioso, y a los golpes primeros
el hocico limpiá ndose espumoso. se llamaron fulleros,
si bien no hay deshonor desenvainada imprima sentimiento
y Zapaquilda, huyendo, y natural deseo
del sú bito temor la sangre helada, con lazos de pacífico himeneo.
dejó se el serenero en el tejado. La fiera, el ave, el pez en su elemento,
Los mú sicos, en viendo todos aman y quieren
el belicoso duelo comenzado, por la razó n de bien, lo que es amable,
huyeron, como suelen, pues ama lo que es só lo vegetable.
que no hay garzas que vuelen Si de ningú n sentido, el bien infieren,
tan altas por los vientos, entre las cosas que por é l adquieren
dicen que por guardar los instrumentos, algú n conocimiento
y mil razones tienen, (perdonen cuantas aves y animales
pues que só lo a cantar en ellos vienen; de su distinto gozan elemento),
que mal cantara un hombre si supiera ningunas son iguales
que había luego de sacar la espada, en amor a los gatos,
que tanto el pecho altera, exceptando las monas,
ni pudiera formar la voz, turbada; que hasta en esto se precian de personas,
que hay mucha diferencia, si se mira, y ya que no en esencia, en ser retratos;
en dar en los broqueles, o en las cuerdas, porque acontece con el hijo al pecho
pasar la espada el pecho, o por la lira abrazalle con lazo tan estrecho,
el arco, hiriendo las pegadas cerdas. que le hacen exhalar la sensitiva
Andaba entonces Guruguz de ronda alma vital. Así el amor les priva,
con una escuadra vil de sus esbirros, que fue en la estimativa conocido
cuyo abuelo, nacido en Trapisonda, del natural sentido;
curaba hipocondríacos y cirros, y si por opinió n crítico alguno
y vié ndolos andar a la redonda tiene que amor tan loco
como si fueran Cé sares o Pirros no puede haber en animal ninguno,
los dos valientes gatos, vá yase poco a poco
con fuerte anhelo descansando a ratos, al africano Tetuá n, adonde
llegaron a ponerse de por medio, verá có mo, a los á rboles trepando
que fue difícil, pero fue remedio. está del hombre semejanza propia,
Mas, como respetar a la justicia de que hay allí gran copia,
de gente principal respeto sea, ya sale con el hijo ya se esconde.
y lo contrario bá rbara malicia, y a los que van y vienen caminando,
luego Marramaquiz rindió la espada; con risa de monesco regocijo,
¿quié n habrá que lo crea? muestra el peloso hijo.
Mas, viendo Guruguz que no quería Mas, fuera disparate,
que el amistad quedase confirmada, si no es que en ellas trate,
sino permanecer en su porfía, ir, por ver una mona,
llevó los a la cá rcel, enojado, hasta el Á frica un hombre;
cuando Febo dorado que si de Tito Lívio llevó el nombre
asomaba la frente muchos hombres a Roma, fue corona
por las ventanas del rosado Oriente, de los historiadores;
como si azú car fuera, y de colores que só lo aquellas cosas superiores.
en campo verde iluminó las flores. dignas por fama de admirable espanto
es bien que cuesten tanto,
SILVA IV como ver a Venecia...
perche qui non la vede non la precia;
Quien dice que el amor no puede tanto, que al cielo desde el agua se avecina,
que nuestro entendimiento y en gó ndolas por coches se camina,
no puede sujetarle, es imposible Los gatos, en efeto,
que sepa qué es amor, que reina en cuanto son del amor un índice perfeto,
compone alguna parte de elemento que a los demá s prefiere,
en el mundo visible. y quien no lo creyere,
¡Oh fuerza natural incomprensible!, asó mese a un tejado
que en todo cuanto tiene con frías noches de un invierno helado,
una de las tres almas, cuando miren las hé lices nocturnas
a ser el alma de sus almas viene las estrelladas urnas
¿Quié n no se admira de mirar las palmas del frígido Acuario;
en la regió n del Á frica desnuda, verá de gatos el concurso vario,
cuando su fruto en oro el color muda, por los melindres de la amada gata,
con solo aquel ardor vegetativo que sobre tejas de escarchada plata
amarse dulcemente? su estrado tiene puesto,
Que en lo demá s que siente, y con mirlado gesto
no es mucho que de amor el fuego vivo responde a los maú llos amorosos
de los competidores, Cé falo por los celos de la Aurora.
no de otra suerte, oyendo sus amores, En fin, despué s de sufrimiento tanto,
que Angé lica la bella quitó Micilda de la cara el manto
de Ferragut y Orlando, a la siempre celosa Zapaquilda,
amantes belicosos, y ella, echando las uñ as a Micilda,
cuando andaban por ella con el rebozo, el moñ o.
sin comer y dormir acuchillando No suele por los fines del otoñ o
franceses y españ oles, quedar la vid ñ udosa en los sarmientos
de que no se le dio dos caracoles de los marchitos pá mpanos robada,
¿Qué cosa puede haber con que se iguale sin resistencia a los primeros vientos
la paciencia de un gato enamorado, que con nevado soplo y boca helada
en la canal metido de un tejado, Cierzo dejó cadá ver, con la fiera
hasta que el alba sale, mano que floreció la primavera,
que en vez de rayos coronó el oriente como las dos quedaron en la rifa;
de cará mbanos frígidos la frente? ni Fá tima y Jarifa
Pues sin gabá n, abrigo ni sombrero por el abencerraje Abindarrá ez,
Febo oriental le mirará primero ni por Martín Pelá ez,
que é l deje de obligar con tristes quejas que del Cid heredó la valentía,
las de su gata rígidas orejas doñ a Urraca y María de Meneses,
por má s que el cielo llueva aquella a quien pedía
mariposas de plata cuando nieva? con palabras corteses
Mas, dejando cansadas digresiones las nueces su galá n, si no bailaba,
que el Retó rico tiene por viciosas, así celoso amor las provocaba.
aunque en breves paré ntesis gustosas, En fin, a puros tajos y reveses
presos los dos gatiferos campiones, de las rapantes uñ as aguileñ as,
por no querer hacer las amistades desmoñ adas las greñ as
y responder soberbias libertades, y el solimá n raido,
dicen que Zapaquilda quedaron desmayadas sin sentido,
y la bella Micilda haciendo cada cual la gata – morta.
tapadas de medio ojo, No fue con esto la prisió n má s corta;
con sus mantos de humo, pero salieron della finalmente;
que es llegar a lo sumo que el tiempo, con los bienes o los males,
de un amoroso antojo, dejando siempre atrá s todo accidente,
fueron a ver sus presos; que fue final acció n de los mortales,
que en tanta autoridad tales excesos vuela sin detenerse,
parecen desatino. dejá ndose llegar para perderse.
En fin, Micilda enamorada vino, Así pasó la gloria de Numancia
con que toda objeció n amor responde; y la brava arrogancia
así la infanta doñ a Sancha al conde de la fuerte Sagunto,
Garcí Ferná ndez, preso, visitaba, porque la tierra toda es solo un punto
en la escura prisió n del rey su padre, de la circunferencia de los cielos.
dicen que con deseos de ser madre, ¿Pero qué desatino de las musas
que había días que sin é l estaba. me lleva a tan extrañ as garatusas?
Cada cual de las dos imaginaba Las iras del amor y de los celos
que la otra venía pasaron adelante
por el que ella quería, en uno y otro amante;
y con este engañ ado pensamiento, pero Marramaquiz, aconsejado
que nunca tienen mucho fundamento de sus amigos, remitió el cuidado
los celos, comenzaron a mirarse al amor de Micilda;
en manifestació n de sus enojos, mas, como el que tenía a Zapaquilda
tirá ndose relá mpagos los ojos. era del alma verdadero efeto,
¡Oh quié n las viera entonces levantarse aunque disimulada a lo discreto,
sobre los pies derechas, andaba triste y de congojas lleno.
a ver si eran verdades las sospechas, ¡Mísero del que vive en cuerpo ajeno
y de ser descubiertas recatarse; y por un amoroso desvarío
condició n de los celos, esconderse, pierde la libertad del albedrío,
quererse declarar, y no atreverse! que no la compra el oro,
Que como son desprecio del paciente, porque es de todos el mayor tesoro!
huye de que se entienda lo que siente, Tenía las mandíbulas de suerte,
que amor siempre se tuvo por nobleza, que era un retrato de la muerte fiera,
y los celos por acto de bajeza, aunque es yerro pintarle calavera,
como si amor pudiese estar sin celos, porque aquella es el muerto y no la muerte
que má s pueden estar sin sol los cielos; La Muerte ha de pintarse una figura
testigo Juno y Procris a quien llora robusta, de cruel semblante airado,
los fuertes pies en una piedra dura, las capitulaciones se firmaron,
si no sepulcro en pó rfido labrado, y el día de la boda concertaron.
con reyes y monarcas, Marramaquiz estaba
hasta el que calza rú sticas abarcas; en ocasió n tan triste,
damas que sujetaron capitanes como por burla y chiste
y en á speras naciones, jugando a la pelota
por bá rbaras regiones con un rató n a quien pescó de paso,
de fieros mamelucos y soldanes, que de un baú l de versos del Parnaso
y pintadas al uno y otro lado a una maleta rota,
la enfermedad, la guerra y la desgracia, aunque llena de pleitos y escrituras,
parcas que tantas muertes han causado pasaba haciendo gestos y figuras.
por tantos deconciertos, Tal suele acontecer un triste caso
que huesos ya no es muerte, sino muertos. en medio de la vida;
No aprovechaba la hermosura y gracia que no hay seguridad en cosa humana.
de Micilda a quitar al pobre amante Ya con veloz corrida
la memoria tenaz, que Amor escribe daba esperanza vana
con la flecha cruel en el diamante al mísero animal, ya le volvía,
del alma donde vive, ya le arrojaba en alto,
y compitiendo con el tiempo quiere mojado de temor, de aliento falto,
que viva en ella cuando el cuerpo muere. y en medio del camino le cogía,
En estos medios Micifuf intenta, como quien tira al vuelo,
a su competidor viendo remoto, diciendo: «Tente», como al agua el hielo
por medio de Garullo, su compadre, ya con las manos mizas
que había sido gato en una venta, le daba por los lados
pedirla por mujer a Ferramoto, algunos bofetones regalados,
de Zapaquilda padre. cuando llegó Tomizas;
Propú sole Garullo Tomizas, su escudero, y sin aliento
con prudente maullo le dijo el casamiento concertado
las partes de su amigo, de Micifuf y Zapaquilda ingrata;
como dellas testigo, y sintiendo perder su dulce gata,
sin otras consecuencias dejó el pobre animal, que, desmayado,
que atajaban celosas diferencias. apenas acertaba con la vida;
Ferramoto era un gato mas, puesto en fuga, la libró perdida:
de buen entendimiento y de buen trato, que quien no ha de morir, si la fortuna
cano de barba y negro de pellejo; revoca la sentencia,
persona que en la verde primavera nunca le falta diversió n alguna,
de sus añ os, jamá s en la ribera En aquella dichosa intercadencia
de Manzanares se le fue conejo, a Tomizas, en fin, la diligencia,
porque sirvió de galgo valió una manotada con la zurda,
a cierto pobre y miserable hidalgo, que cuando no le aturda,
que con é l se alumbraba, no es poco para zurda manotada,
y de suerte de noche relumbraba, que le dejó la cara desgatada.
que pensando una moza que eran lumbre Esto gana traer del mal albricias.
las niñ as de sus ojos, que brillantes ¡Oh cuanto, Amor, de la razó n desquicias
en la ceniza estaban relumbrantes, un noble caballero!
yendo al hogar, como era su costumbre, Por eso ningú n paje ni escudero
sin pensar darle enojos, se fié en la privanza,
le metió la pajuela por los ojos. que es fá cil en señ ores la mudanza,
Nunca, sin esto, gato marquesote y el sol es gran señ or, y nunca para.
oposició n le hizo. En rueda má s mudable, a la Fortuna
Oyó de buena gana lo propuesto se parece la dama doñ a Luna,
y del novio galá n se satisfizo; que nunca vemos de una misma cara.
aunque llegando a concertar el dote Dejando la pelota, el triste amante,
de seca mimbre un cesto de celos y de amor perdido y loco,
dijo que le daría, que la vida y la honra tiene en poco,
que de cama de campo le servía; vino a su casa con tristeza tanta,
seis sá banas de lienzo de narices, que se metió debajo de una manta;
con algunos fragmentos por tapices y luego, provocado a mayor furia,
de viejos reposteros; de una carrera se subió al tejado.
cuatro quesos añ ejos casi enteros, Así desnudo Orlando, provocado
y una mona cautiva que tenía, de no menor injuria,
que hablaba en lengua culta y la entendía, cuando leyó los ró tulos del moro,
sin otras menudencias. que decían: «Amor, que sin decoro
Con estas conveniencias en la buena fortuna te gobiernas,
aquí gozó de Angé lica, Medoro», o miras en los golfos
en el papel de las cortezas tiernas de la naval campañ a,
de aquellos olmos, de su bien testigos, por donde vino Jú piter a Europa,
para el francé s Orlando cabrahigos. encima de la popa,
Bajó Marramaquiz desesperado, sin velas de Mauricio ni Rodolfo,
y entrando en la cocina, má s traidores que fue Vellido de Olfos,
sin respeto de Paula ni Marina, sereno el rostro en la dormida Tetis
esclavas del ausente licenciado, de la airada Anfitrite,
como laureles y á lamos los mira, má s que en Sevilla corre humilde el Betis,
donde Climene por Faetó n suspira, cuando a la mar permite
los pucheros y cá ntaros quebraba, la luna barquerola,
vertió la olla en la sazó n que hervía, no por las nubes de color de Angola,
y llamando a Borbó n, borbor decía; una punta a la tierra y otra al cielo
y a tanto mal llegó su desatino, de pocas luces salpicando el velo,
que sacó media libra de tocino escucha en voz má s clara que confusa
que andaba como nave en las espumas, mi gatífera musa,
y si no se lo quitan, se lo mama; y no permitas, Lope, que te espante
¡tanto pueden los celos de quien ama! que tal sujeto un licenciado cante
Una perdiz con plumas de mi opinió n y nombre,
quiso tragarse, y no dejaba cosa pudiendo celebrar mi lira un hombre
que no la deshiciese, de los que honraron el valor hispano,
por alta que estuviese; para que al resonar la trompa asombre
trepaba la lustrosa Arma virumque cano,
reluciente espetera, que, como no se usa
derribando sartenes y asadores, el premio, se acobarda toda musa;
y con estas demencias y furores porque si premio hubiera,
en una de fregar cayó caldera del Tajo la ribera
(transposició n se llama esta figura), oyera en trompa bé lica sonora
de agua acabada de sacar del fuego, divinos versos hijos de aurora.
de que salió pelado. Por eso quiere má s que ver ingratos,
Pero viniendo luego cantar batallas de amorosos gatos,
el señ or licenciado, fuera de que escribieron muchos sabios
dijo que era veneno que tendría de los que dice Persio que los labios
algú n vecino, que matar querría pusieron en la fuente Cabalina,
ratones de su casa, en materias humildes grandes versos.
hecha de rejalgar traidora masa, Mira si de Virgilio fueron tersos,
y a su servicio ingrato, cuya princesa pluma fue divina
por matar los ratones, mató el gato. cuando escribió el Moreto que en la lengua
Y dijo bien, segú n los aforismos de Castilla decimos Almodrote,
de Nicandro, que son los celos mismos sin que por é l le resultase mengua,
un veneno tan sú bito, que apenas ni por pintar el picador Mosquito.
toca la lengua, cuando ya las venas Y ¿quié n habrá que note,
y el corazó n abrasan; aunque fuese satírico Aristarco,
tan presto al centro de la vida pasan, de Ulises el dialogo a Plutarco?
que no hay frías cicutas ni anapelos La calva en versos alabó Sinesio,
como só lo un escrú pulo de celos. gran defecto Tartesio,
En fin, de ver el gato lastimado, quiere decir que hay calvos en Españ a
que le había criado, en grande cantidad, que es cosa extrañ a,
envió por triaca, o porque nacen de celebro ardiente.
que todo venenoso ardor aplaca, Y tambié n escribió del transparente
de la magna que hacen en Valencia, camaleó n Demó crito;
de que tenía una redoma sola y las cabañ as rú sticas Teó crito;
cierto farmacopola y tanta filosó fica fatiga
El gato, con paciencia, Diocles puso en alabar el nabo,
respeto de su dueñ o, materia apenas para un vil esclavo;
tornó dos onzas y rindió se al sueñ o. ilustre precedente.
SILVA V el rá bano Marció n; Fanias, la ortiga;
¡Oh tú , don Lope! si por dicha ahora y la pulga don Diego de Mendoza,
por los mares antá rticos navegas, que tanta fama justamente goza.
o surto en tierra, cuando al puerto llegas, Y si el divino Hornero
preguntas a la aurora cantó con plectro a nadie lisonjero
qué nuevas trae de la bella Españ a, la Batracomiomaquia,
donde tus prendas amorosas dejas, ¿por qué no cantaré la Gatomaquía?
y por regiones bá rbaras te alejas; Fuera de que Virgilio conocía
que a cada cual su genio le movía. con tanta maravilla,
Ya todo prevenido que si un culto le viera,
para el tá lamo estaba, es cierto que dijera,
y el día estatuido, por ú nicos retó ricos pleonasmos
la posesió n llamaba pestañ eando asombros, guiñ ó pasmos.
a la esperanza de los dos amantes; Ya las sombras, cayendo
mas, muchas veces con peligro toca de los mayores montes
el vidrio lleno de licor la boca; a los humildes valles,
alegres los vecinos circunstantes, enlutaban los claros horizontes,
convidados los deudos y parientes, y el mecá nico estruendo
y escrito a los ausentes; en las vulgares calles
que en tales ocasiones, má s atentos cesaba; a los oficios,
está n, que a la verdad, los cumplimientos trá fagos y bullicios
Só lo Marramaquiz, gato furioso, encerraba el silencio en mudos pasos,
lamentaba celoso y a diferentes casos
sus penas y cuidados la ronda y los amantes prevenían
por altos caballetes de tejados, las armas que tenían,
en que su voz resuena, cuando a la luz huyendo la tiniebla,
cual suele por las selvas filomena de alegres deudos el saló n se puebla.
que ha perdido su dulce compañ ía, Vino Clavillo, de fustá n vestido,
con triste melodía, de patas de conejos guarnecido,
esparcir los acentos de su pena, griguiesco y saltambarca,
trinando la dulcísima garganta, má s amante Laura que el Petrarca,
que a un tiempo llora y canta; por una gata de este nombre propio,
o como perro braco aunque parezca en gatos nombre impropio;
que ha perdido su dueñ o, pero si llaman a una perra Linda,
o flamenco o polaco, Diana, Rosa, Fá tima y Celinda,
que ni se rinde al sueñ o bien se puede llamar Laura una gata
ni el natural sustento solicita, de pie bruñ ida como tersa plata.
aunque en cantar no imita Maú s, de bocací, trajo griguiesco,
el ruiseñ or suave, cuera de cordobá n, gorró n tudesco,
que una cosa es el perro y otra el ave, y de negro con mucha bizarría,
y a cada cual su propio oficio cuadra, Zurró n, gato mirlado,
porque si canta el ave, el perro ladra. de medias y de estó mago colchado
Tenía ya Ferrato Ranillos, que bajó de Andalucía
en un zaquizamí curiosamente de conejo en conejo,
la sala aderezada por la Sierra Morena
de uno y otro retrato a ver del Tajo la ribera amena,
de belicosa cuanto ilustre gente; con el cano Alcubil, su padre viejo;
que las efigies, son, de los mayores, Gruñ illos y Cacharro,
el má s heroico ejemplo, la nata y flor del escuadró n bizarro;
de la perpetuidad glorioso templo, Marrullos y Malvillo,
como se ve del Tarbolá n y Eneas uno de raso azul y otro amarillo;
y en Calvo el de las fuerzas gigantas, Garró n, Cerote y Burro,
en Juan de Espera en Dios y el Transilvano, gatos de un zapatero.
en Pirro griego y Scé vola romano Mas, ¿para qué discurro
Allí estaba Gafurio, con verso torpe y proceder grosero,
que ganó la batalla de las monas, cuando lo menos de lo má s refiero,
de grave gesto y de nació n ligurio, si me aguardan las damas, que aquel día
y otros gatos, con cívicas coronas mostraron cuidadosa bizarría?
navales y murales, Vino Miturria bella,
y al laurel de los cesares iguales. Motrilla y Palomilla,
No faltaban el Tú rnire y el Mocho, la flor de la canela y de la villa,
ni con é l, descolado, Hociquimocho, y cada cual en la opinió n doncella,
que asistía en las casas del cabildo, cosa dificultosa,
y, el armado, Muñ ido, por eso es bien que la mujer hermosa,
má s de valor que acero, cuando honesta se llama,
ni Garavillos, gato perulero. tenga por obras el perder la fama.
Estaba el rico estrado Y entre todas fue rara la hermosura
de dos pedazos de una vieja estera de la bella y discreta Gatifura,
hecha la barandilla, y vestida de ná car Zarandilla,
de ricas almohadas adornado la gata má s golosa de Castilla.
en tarimas de corcho, y por de fuera Ocupadas las sillas y el estrado,
el grave adorno de una y otra silla, salió Trebejos, gato remendado,
y sacando a la bella Gatiparda, al aliento feroz de sus querellas:
comenzaron los dos una gallarda, «Villanos, descorteses,
como en París pudiera Melisendra; má s falsos y traidores
y luego, con dos cá scaras de almendra que moros y holandeses,
atadas en los dedos, resonando porque siendo fautores,
el eco dulce y blando, no sois en las maldades inferiores;
bailaron la chacona escuadró n de gallinas,
Trapillos y Maimona, junta de gatos viles,
cogiendo el delantal con las dos manos, que no de bien nacidos;
si bien murmuració n de gatos canos. bajos habitadores de cocinas,
Mas, ya musas, es justo, entre asadores, ollas y candiles,
que me deis vuestro aliento y vuestro gusto donde, como a cobardes y abatidos,
canoro, si, má s claro, la má s humilde esclava os apalea,
que parezca de un nuevo Sanazaro; no trocando jamá s la chimenea
denme vuestros cristales en los labios. por la guerra marcial y sus rebatos;
que de ignorantes me los vuelvan sabios, lamiendo lo que sobra de los platos,
que Zapaquilda de la mano sale y durmiendo el invierno, cuando eriza
de doñ a Golosilla, su madrina. los cabellos el hielo,
saya entera de tela columbina revueltos en la cá lida ceniza,
de perlas arracadas, hasta que ardiente el sol corona el cielo:
en listones de ná car enlazadas; yo soy Marramaquiz; yo soy, villanos,
la cabeza, de rosas primavera, el asombro del orbe,
má s estrellada que se ve la esfera; que come vidas y amenazas sorbe;
el blanco pelo, rubio a pura gualda, aquel de cuyos garfios inhumanos,
y un alma en cada niñ a de esmeralda, leó n en el valor, tigre en las manos,
de cuyos garabatos hoy tiemblan justamente
colgar pudieran las de muchos gatos; las repú blicas todas
chapines de tabí, con sus virillas, que desde el Norte al Sur por varios mares
entre una y otra descubriendo espacios, mira de Febo la dorada frente,
de la roja color de los topacios, y el que ha de hacer que tan infames bodas
de nuestra edad y siglo maravillas, y con tantos azares,
que lo que ser solía sean las de Hipodamia,
un medio celemín con ataujía, está en vosotros resultando infamia».
un pirá mide es hoy de tela de oro, ¡Oh musas! Este gato había leído
y cuesten sus adornos un tesoro, a Ovidio, y por ventura,
que ponen miedo de casarse a un hombre, de la fá bula de Hé rcules quería
subiendo el dote a un nú mero sin nombre el ejemplo tomar, pues atrevido
si piensa sustentar traje tan rico. Hé rcules se figura,
Sentó se al fin, mirlá ndose de hocico, y los gatos centauros, que aquel día
y prosiguió la fiesta de la danza, murieron a sus manos;
contra la posesió n de la esperanza. porque no fueron pensamientos vanos
mas, ¡quié n dijera que saliera incierta! los de sus celos locos,
Marramaquiz, entrando por la puerta, pues de sus manos se escaparon pocos,
vencido de un frené tico erotismo, llamá ndolos traidores Mauregatos,
enfermedad de amor o el amor mismo. que levantando una cuchara de hierro,
Suspenso y como ató nito el senado a eterno condená ndolos destierro,
de ver de acero y de furor armado fue Taborlá n de gatos,
un gato en una boda, haciendo má s estragos su arrogancia,
donde es propia la gala y no el acero, que en Cartago y Numancia
alborotó se todo; el romano famoso.
y Zapaquilda, vié ndole tan fiero, A un gato que llamaban el Raposo,
humedeció el estrado, y con mesura má s que por el color, por el oficio,
comunicó su miedo a Catafura, la cara, que no tuvo reparada,
si bien consideraba quitó de una valiente cuchillada,
que entonces Micifuf ausente estaba, imposible quedando al beneficio;
porque só lo esperaban que viniese, y de un revé s que sacudió a Garrullo,
y que la mano prá ctica le diese, dio el ú ltimo maú llo;
de que ya la teó rica sabía, cortó una pierna al mísero Trebejos,
que confirmase tan alegre día. gran cazador de gansos y conejos;
En esta suspensió n, todos turbados, desbarató el estrado,
Marramaquiz abrió los encendidos que pensaron guardar gatos bisoñ os,
ojos, vertiendo de furor centellas; con cuchares de palo por espadas,
los dejó temerosos y admirados, que de galas quedó todo sembrado,
y imprimiendo esta voz en sus oídos naguas, jaulillas, guantes, ligas, moñ os,
rosetas, gargantillas y arracadas, como tuvo Galvá n a Moriana
chapines, orejeras y zarcillos; Tal es del mundo la esperanza vana,
y porque defendió llegar Malvillos porque quien má s en los principios fía
a robar a la novia, dio dos cabes, no sabe dó nde ha de acabar el día.
como Hé rcules a Licas,
y quebrantó con é l a dos boticas, SILVA VI
desde una claraboya,
cuanto componen purgas y jarabes. Cuando el soberbio bá rbaro gallardo
Ni a vista de sus naves llamado Rodamonte,
fue má s furioso Aquiles cuando en Troya porque rodó de un monte
le dijeron la muerte de Patroclo, supo que le llevaba Mandricardo
ni con mazo y escoplo la bella Doralice,
tantas astillas quita el carpintero como Ariosto dice,
como vidas quitó celoso y fiero; a diez y seis de agosto,
ni má s sangriento Nero que fue muy puntual el Ariosto
la mísera plebeya cuenta que dijo cosas tan extrañ as,
gente miró quemar desde Tarpeya. que movieran de un bronce las entrañ as.
En fin, llegando donde ya tenía prometiendo arrogante
Zapaquilda la vida por segura, no ver toros jamá s ni jugar cañ as,
le dijo: «Tente, ¿dó nde vas, perjura?» aunque se lo mandasen Agramante
Ella temblando, respondió turbada: Rugero y Sacripante;
«Huyendo el filo de tu injusta espada, ni comer a manteles,
que se quiere vengar de mi inocencia ni correr sin pretal de cascabeles,
con tan fiera insolencia, ni pagar ni escuchar a quien debiese,
quitá ndome mi esposo; porque má s el enojo encareciese,
pero yo me sabré quitar la vida, ni dar a censo ni tomar mohatra
Polifemo de gatos». ni pintar con el á spid a Cleoplatra.
«–Ojos hermosos siempre y siempre ingratos Y lo mismo decía, cuando el rapto
(le respondió furioso), de Elena fementida,
¿desa manera hablá is en mi presencia? el griego rey Atrida
¡Oh gata, la má s loca y atrevida! contra el pastor para traiciones apto,
Yo só lo soy tu esposo, fementida; que dio en el monte Ida
y al villano que piensa que a sacarte, en favor de Acidalia la sentencia;
con este casamiento, será parte, que hay muchas de la Vera de Plasencia,
destas enamoradas uñ as mías, que vienen má s tempranas,
que vencen las arpías, si las hacen los ojos
verá s, si no me huye, de juveniles bá rbaros, antojos;
y el bien que me quitó me restituye, que aú n no repara en canas
có mo le mato, y desollando el cuero esto que todos llaman apetito,
le vendo para gato de dinero». y má s donde no tienen por delito
«–Si tú (le respondió ) mi dulce esposo que la santa verdad corrompa el premio
me matares tirano, Mas, todo este proemio
yo con mi propia mano quiere decir, en suma,
me quitaré la vida». aunque era campo de extender la pluma,
Furioso entonces, sobre estar celoso, lo que el valiente Micifuf, oyendo
de donde estaba, ¡ay mísera!, escondida, el suceso estupendo
trasladó la a sus brazos, inhumano, del robo de su esposa,
cual suele hiedra, a los del olmo asida, Elena de las gatas,
trepar lasciva a la pomposa copa, dijo con voz furiosa,
vistiendo el tronco de su verde ropa, cuando galá n venía a desposarse,
de tiernos lazos y corimbos llena. tan imposible ya de remediarse.
Así París robó la bella Elena, De las tremantes ratas
las naves aguardando, en la marina; fugitivo escuadró n con pies ligeros
y así fiero Plutó n a Proserpina temeroso ocupó los agujeros,
Ella entonces llamaba y arrojando la gorra,
a Micifuf a voces, que fue de un ministril de Calahorra,
que no la oía, porque ausente estaba. hizo temblar la tierra,
Al fin, tirando coces, a fuego y sangre prometiendo guerra.
se le cayó un zapato; Ferrato, ya perdida la esperanza,
mas, ni por eso se dolió el ingrato, mesá ndose las barbas y cabellos
viendo correr las lá grimas por ella; blancos, que nunca blancos fueron bellos,
y é l, corriendo con ella, culpaba su tardanza,
que ni deudo ni amigo la socorre, porque las dilaciones
la puso de su casa en una torre, pierden las ocasiones,
porque en la calva tienen un copete que no imitase tierno a los orates,
que só lo se le coge el que acomete, que el mundo amantes llama,
porque aguardar a que la espalda vuelva, y de la tierna dama
es seguir un venado por la selva, amores y cariñ os,
que alcanzarle no fuera maravilla hasta los disparates
quien le fuera siguiendo por la villa. que les dicen las amas a los niñ os
Micifuf la tardanza disculpaba cuando les dan el pecho las mañ anas,
con que lejos vivía con intrínseco amor diciendo ufanas:
el zapatero que esperando estaba «mi rey, mi amor, mi duque, mi regalo,
(¡oh cuá ntos males causa un zapatero!) mi Gonzalo», mas esto solamente
y que despué s calzarle no podía, si se llama Gonzalo,
aunque los dientes remitiese al cuero, porque fuera requiebro impertinente
las botas justas, que con calza larga si se llamara Pedro, Juan o Hernando;
era la gala entonces, que por fresco que convienen las flores con los frutos,
dicen autores que mató al griguiesco y a las cosas tambié n sus atributos.
por quitar la opresió n de tanta carga. Estaba el sol apenas matizando
¡Oh quié n para olvidar melancolías las plumas de las alas de los vientos,
de las que no se acaban con los días, dando a los dos primeros elementos
un gato entonces viera esmeraldas al uno, al otro plata,
con bota y calza entera! cuando salía por su amada gata
Pero ¿dó nde me llevan niñ erías, al soto de Luzó n, el triste amante,
que en Italia se llaman bagatelas, sin respetar el arcabuz tonante,
ingiriendo novelas a buscar el gazapo entre las venas
en tan funestos casos, de la tierra, que apenas
má s dignos de Marinos y de Tasos salir al campo osaba,
que de Helicona son solos y solos, y de una manotada le pescaba.
que de mis versos rudos españ oles? No había pez ni pieza
Lloraba Micifuf, lloraba fuego, de vaca en la cocina,
que fuego lloran siempre los amantes, que en volviendo Marina
arrojando los guantes, a buscar otra cosa la cabeza,
a quien los cultos llaman quirotecas no caminase ya por los tejados
(¡oh bien hayan Illescas y Vallecas!), para el dueñ o cruel de sus cuidados;
sin admitir un punto de sosiego, tan ligero –y veloz, tan atrevido,
como en París el moro, en Troya el griego. que no paraba, sin hacer ruido,
No suele de otra suerte pasearse hasta sacar la carne de la olla,
quien tiene algú n extrañ o desconcierto, del asador la polla,
sin que pueda apartarse aunque sacase, por estar ardiendo,
del negocio que trata, O pelada la mano o con ampolla,
pá lido el rostro, de sudor cubierto, fufú , fufú diciendo.
como ya por su honor, ya por su gata, ¡Oh amor! ¡Oh cuantas veces
inquieto Micifuf se condolía de la misma sarté n sacó los peces,
por dilatar de la venganza el día. sin cuchares de hierro ni de plata!
En tanto, pues, que amigos y parientes Y la cruel, a má s amor, má s gata.
consultaban el modo –«¿Es posible (decía
có mo acabar del todo con lastimosas quejas),
agravios tan infames y insolentes, ¡oh má s dura que má rmol a mis quejas!
Marramaquiz estaba (porque el gato las é glogas sabía),
solicitando el pecho y al amoroso fuego que me enciende
de Zapaquilda, de diamantes hecho, má s helada que nieve, Galatea?,
que en la dura prisió n perlas lloraba, ¿que de mi fuego el hielo te defiende
a guisa de la aurora, dé se pecho cruel, que me desea
que parece má s bella cuando llora; la muerte, que antes sea
que la mujer hermosa, la de tu Adonis Micifuf cobarde,
cuando bañ a la rosa que gozará s, cruel, o nunca o tarde;
de las mejillas con el tierno llanto, que no te duelen tantas penas mías,
aumenta la hermosura, ni el verte tantos días
si no da voces y en el llanto dura. cautiva en esta torre,
Marramaquiz, en tanto, que ni te viene a ver ni te socorre,
produciendo concetos que para aborrecerle te bastaba?
de su locura efetos, Micilda me buscaba,
ya en prosa ya en poesía, Micilda me quería;
desvelado la noche y triste el día, por ti la aborrecía,
se alambicaba el mísero celebro. siendo gata de bien, siendo estimada
No dejaba requiebro por honesta doncella y retirada
de amigas, de papeles y paseos, má s corto he de quedar; que los enojos
que clandestinos trazan himeneos. remiten la retó rica a los ojos;
¿Qué no dejé por ti, que te has casado que la muda tristeza muchas veces
con un gato afrentado? Que si fuera el Dé mostenos fue de la elocuencia,
afrenta entre los hombres el ser gato, y má s donde son sabios los jueces,
que la costumbre toda ley altera, que excusan de captar benevolencia,
só lo é ste fuera gato, por ingrato». pues no pudiera en Grecia, en su Liceo,
–«No te canses (la gata respondía ver má s doctrina que en vosotros veo.
con ojos zurdos de Neró n romano), Todos Platones sois; todos Catones;
Marramaquiz tirano, má s podrá la razó n que las razones.
que siendo, como es, justa mi porfía, Yo vine, provocado de la fama,
ni he de temer tus dañ os a ver de Zapaquilda la hermosura,
ni me podrá s vencer con tus engañ os». por alta mar, del hado conducido,
– «¿Qué obstinació n, qué furia donde mis ojos encendió su llama,
te obliga, Zapaquilda, a tanta injuria? fuego de fé nix, que a los siglos dura,
Mira que la nobleza opuestos a la muerte y al olvido.
de tu celoso amante, Si fui favorecido.
siendo tan arrogante, si agradeció mi amor y pensamiento,
a su misma cruel naturaleza bien lo dice el tratado casamiento,
se rebela, tenié ndote respeto, pues que nos veis con la ocasió n perdida,
añ adiendo al ser noble el ser discreto». ella sin libertad y yo sin vida.
Este apostrofe ha sido Corté s la quise, sin violencia alguna,
justamente advertido que nunca fue violenta la fortuna.
a la gata cruel, desamorada, Cuando pagó mi amor, yo no sabía
por lo que a los retó ricos agrada, como quien era gato forastero.
que adornan la oració n con voces puras, que este tirano a Zapaquilda amaba;
y sacan un retablo de figuras con esto la primera luz del día,
que cuanto a mí, jamá s me atravesara y con ella su cá ndido lucero,
con gente de uñ as y de mala cara. en mis ojos brillaba
Ya Micifuf en casa de Ferrato primero que en las flores,
juntaba deudos, procuraba amigos, a su ventana repitiendo amores.
de su dolor testigos, Allí tambié n en su primera estrella
acusando el cruel, bá rbaro trato la noche me buscaba divertido,
del comú n enemigo, que este nombre adorando las tejas
como al turco le daba, de sus balcones rejas,
y porque má s de su maldad se asombre, y dulce elevació n de mi sentido,
el robo de su esposa exageraba; hasta que hablar con ella,
que cada cual en su dolor y pena envidioso, traidor y fementido,
hasta una gata puede hacer Elena. me vio, en su celosía,
Estando, pues, sentados en secreto, donde probó mi amor, su valentía.
en el zaquizamí de su posada, Resultó la prisió n, y es tan villano,
dijo a la noble junta lastimada que ha, engañ ado a Micilda,
con triste voz, de su desdicha efeto: y dá ndole su fe, palabra y mano
–«Aquel justo conceto de que será su esposo,
que de vuestro valor tengo formado siendo cumplirla el acto má s honroso,
me excusa de retó ricos ambajes; cuando me vio casar con Zapaquilda,
amigos y parientes, en afrenta de todos sus parientes
si estuvisteis presentes y amigos, que presentes
a la dura ocasió n de mi cuidado, estuvieron ató nitos al caso,
de qué tan tarde me avisaron pajes; echando los má s graves por la tierra,
que siempre llegan tarde los avisos como estaban de boda y no de guerra,
a los que son para su bien remisos. padeciendo mi sol tan triste ocaso,
¿Con qué podré moveros? se la llevó con atrevido paso,
¿Con qué podré obligaros? celoso el corazó n, la vista airada,
O ¿qué podré deciros, hiriendo a quien delante se le puso;
que pueda enterneceros, tanto, que con Garraf de una patada
que pueda provocaros, los botes y redomas descompuso
si no son los suspiros, de un boticario que vivía enfrente;
medias voces del alma, y como de repente
cuando con el dolor la lengua calma? en un perol cayese desde un banco,
Este, que aquí no explico, todo le revistió de ungü ento blanco;
está diciendo el pá lido semblante vertió una melecina;
lo que con muda lengua significo, y paró medio muerto en la cocina
pues cuando má s la encumbre y adelante, en ocasió n tan dura,
en ocasió n tan triste, por té rminos jurídicos y dalle
que es má rmol quien las lá grimas resiste. muerte que corresponda a la osadía».
Mas, quiero epitomar mi desventura: –«Dirá n que es cobardía
mi esposa me han robado; (Trebejos replicó ), ni esa querella
sin honra estoy». Aquí, si no fue mengua, está bien al honor de una doncella,
fue el silencio la voz, los ojos lengua, que es poner su defensa en opiniones
porque la grave pena, que se averigua mal con las razones
cortando la razó n, dejó le mudo aquello que la causa pone en duda,
Enterneció se el ínclito senado, que no hay para mujeres lengua muda;
haciendo propia la desdicha ajena, que ha dado el mundo en bá rbaras querellas,
luego que vio que proseguir no pudo, no pudiendo excusar el nacer dellas.
y respondió Panzudo, Pleitos aun no son buenos para gatos,
un gato venerable de persona, porque es gastar la vida y la paciencia;
aunque pelado de cabeza estaba, no hay que tratar de tratos ni contratos,
cosa que a muchos buenos acontece; ni andar en pruebas ni esperar sentencia.
si bien esto no fue lo que parece Si aquesta injuria ha de quedar vengada,
cuando a un amante viene la pelona remítase a la pó lvora o la espada.
mas, golpe que le dio cierta fregona, –«Bien dice (respondió Raposo, haciendo
que de un menudo que lavar pensaba, debido acatamiento al gran senado)
cuando menos atenta le miraba, Trebejos, y no es justo,
asido del principio de una tripa, aunque se pruebe lo que está is diciendo
que a la vista las manos anticipa, y quede a vuestro gusto sentenciado,
la fue desenvolviendo hasta el tejado, que deis al pueblo gusto,
como cordel de un cabo y otro atado, al teatro sacando neciamente
del ovillo de sebo el laberinto; un gato, con capuz y caperuza;
y cada cual de todos participa y no menor locura que se intente,
deste dolor, como si propio fuera; no siendo Micifuf el moro Muza,
dijo, con el semblante mesurado, tratar de desafíos,
en prudentes palabras desatado: con quien sabé is que tiene tantos bríos.
–«Con justa causa Micifuf espera Perdó neme Zurró n; Chapuz perdone;
verse favorecido. y aunque la edad le abone
y vengado tambié n del atrevido me perdone Panzudo,
que le robó su esposa: si de su parecer mi intento mudo;
fatal desdicha de mujer hermosa». que el mío es juntar gente
Y respondió Tomillo, para tan grave empresa conveniente,
propia razó n de gato mozalvillo: y formando escuadrones
«–Por mí ya lo estuviera, de caballos y armada infantería,
porque con estas uñ as se le diera». de toda la parienta gatería,
Pero Zurró n, que le miraba enfrente, hacer guerra al traidor, cercar la tierra,
le dijo: –«Con un gato el má s valiente y asestá ndole tiros y cañ ones,
que han visto los tejados de la villa, batirle la muralla noche y día,
mejor es, a la usanza de Castilla, hasta saber qué gente le socorre;
escribirle un papel de desafío. porque si el campo Micifuf le corre,
–«No es é ste el voto mío y el sustento le quita,
(Garrullo replicó ) ni que se intente y que deje la plaza necesita,
venganza de victoria contingente; o en forma de batalla asalta la muralla,
que siempre ha estado en varias opiniones é l se dará a partido,
si ha de haber desafío en las traiciones. o le castigaré is siendo vencido.
Soy de voto que tome el agraviado Sacad banderas, pues; tó quense cajas,
un arcabuz, y aguarde haciendo las baquetas
al gato má s valiente o má s cobarde, los pergaminos rajas;
castigo del que vive descuidado terciad las picas disparad cometas
sin miedo del que agravia, que así cobró su esposa, en Troya, el griego,
y propio efecto de la noche obscura». publicando la guerra a sangre y fuego.
–«Si se pudiera ejecutar segura Calló Raposo, y luego, del senado
fuera venganza sabia el voto conferido
(dijo Chapuz valiente, en la guerra quedó determinado,
gato de buenas partes) por ser de todos el mejor partido,
mas, son tantas las artes má s justo y má s honroso
dé se Marramaquiz, gato insolente, y dando Micifuf, como era justo,
que no dará ocasió n que se ejecute, los brazos y las gracias a Raposo,
por mucho que la noche el rostro enlute, brotando humor adusto,
y de mi parecer, mejor sería a hacer la leva de la gente parte.
querellarse del robo y castigalle Perdona, Amor, que aquí comienza Marte,
y sale Tisifonte la cabeza adornada
a salpicar de fuego el horizonte; de un sombrero, la falda levantada,
suspende entre las armas los concetos: de un trencellín ceñ ido,
pues das la causa, escucha los efetos. el pasador y hebilla guarnecido,
con pluma verde obscura,
SILVA VII señ ales de esperanza con tristeza,
aunque la justa causa le asegura;
Al-arma toca el campo micigriego con tanta gentileza
contra Marramaquiz, gato troyano; al caballo arrimaba
violento sube, aunque oprimido en vano, la estrella de la espuela,
a la regió n elementar el fuego; y con la negra rienda le animaba
inquietan de los aires el sosiego, a la obediencia del dorado freno,
con firme agarro de la uñ osa mano, de espuma y sangre lleno,
banderas, que con una y otra lista que sin tocar los cé spedes, volaba.
tré mulas se defienden a la vista, Ni es nuevo el ver que vuela,
no permitiendo, pues no dejan verse, pues que pintan con alas al Pegaso,
que las colores puedan conocerse, volando por las cumbres del Parnaso;
respondié ndose a coros que vemos en Orlando el hipogrifo,
las cajas y los pífanos sonoros, monstruo compuesto de caballo y grifo.
y al paso que se alternan Mas, si dudare alguno de que hubiese
siguiendo el son marcial los que gobiernan. caballos tan pequeñ os,
Y luego los soldados, parecié ndole sueñ os,
de acero y de ante y de valor armados, y a la naturaleza le quisiese
agujas del cabello por espadas, quitar de milagrosa el atributo,
y só lo descubriendo las celadas aunque sea sin fruto
por delante mostachos la tá cita objeció n, quedará llana
y por detrá s plumíferos penachos, con irse de aquí a Tracia una mañ ana
marchando con tal orden, que la planta que esté desocupado
donde el que va delante la levanta, de los negocios de mayor cuidado,
estampa el que le sigue, y verá los pigmeos,
sin que el bastó n del capitá n le obligue, que en la regió n de trogloditas feos
y al son de las trompetas resonantes, tambié n los pone Plinio,
las picas a los hombros los infantes, que hizo de estos monstros escrutinio,
en quien la variedad y los colores y en las lagunas del egipcio Nilo,
formaban un jardín de varias flores, otros autores, por el mismo estilo,
a la manera que el abril le pinta que escriben, que trayendo de Etiopía,
en cultivada quinta; donde hay bastante copia,
las picas de los bravos marquesotes dos pigmeos a Roma (gente grave),
de varas de medir y de virotes, se murieron de có lera en la nave.
y ya de los plebeyos, Homero les da patria al mediodía,
baquetas de Babiecas y Apuleyos, con su inté rprete Eustacio;
sin escuadras gallardas, Mela, de Arabia en el ardiente espacio,
que llevaban en forma de alabardas que el sol fé nix mayores monstros cría,
aquellos cucharones puesto que, aunque confiese tales nombres,
con que suelen sacar alcaparrones, Aristó teles niega que son hombres.
y con las palas, como medias lunas, Ni en su Ciudad de Dios pasó en olvido
las sabrosas de Có rdoba aceitunas; el divino africano los pigmeos;
Có rdoba, donde nacen andaluces y Juvenal umbrípides los llama,
Gó ngoras y Lucanos; sin otros que han negado y defendido
y encendidas las cuerdas en las manos, esta opinió n, que divulgó la fama.
no de Milá n dorados arcabuces Pero, pues pintan monstros semideos,
llevaba la lucida infantería, que por los montes van de rama en rama,
mas de huesos de piernas de carnero, las poé ticas trullas,
que gatos de uno y otro pastelero diciendo que batallan con las grullas,
trajeron de porfía, no será mucho que haya semihombres.
que no fueron de gato de ventero, Estos, con cierta patria y ciertos nombres,
sospechosos en tales ocasiones en la misma regió n caballos tienen,
y de huesos de vaca los cañ ones de donde nuestros gatos se previenen;
para batir la torre. que hacer de só lo un codo
Con esto Micifuf el campo corre hombres naturaleza,
y pone cerco al muro, como pintor que muestra la destreza,
armado de un arné s có ncavo y duro a un naipe todo un cuerpo reducido,
de un galá pago fuerte, y los caballos no del propio modo,
que sin salir de sí le halló la muerte; mayor monstrosidad hubiera sido
de su instrumento ilustre y poderoso; para bajar despué s a las campiñ as,
que mal pudiera andar hombre muñ eca cubierto, por el tiempo de las uvas,
en el lomo espacioso del escuadró n de tordos,
de un gigante Babieca; que en aquella sazó n está n má s gordos.
así que la objeció n no es de provecho, cuando los labradores
pues queda el argumento satisfecho; limpian lagares y aperciben cubas,
demá s de que el lector puede, si quiere, así la negra cú pula tenía
creer lo que mejor le pareciere: de soldados, de tiros y a tambores
porque si se perdiese la mentira, no menos valerosa gatería
se hallaría en poé ticos papeles, Quien viera el pie que el escuadró n ceñ ía
como se ve en Homero, describiendo de Micifuf, y el chapitel armado
a la casta Pené lope, que admira de uno y otro gatífero soldado,
por los amantes necios y crueles, dijera que tal vista no fue vista
tejiendo y destejiendo, de Dario ni de Jerjes,
sin dejarla dormir, de puro casta. ni tanto perdigó n haciendo asperges
Y lo contraria para ejemplo basta, en ninguna conquista,
haciendo deshonesta ni la vio Escipió n ni el rey Ordoñ o,
Virgilio a Dido Elisa, por Eneas, como en Cartago aqué l, é ste en Logroñ o,
como le riñ e Ausonio, y aunque entre la de Ostende,
aunque logró tan falso testimonio, pero sin nobis dó mine, se entiende.
menos las aguas que pasó leteas, Ver tanto gato negro, blanco y pardo
donde escribió Merlín, con cuales iras en concurso gallardo
castigan al poeta las mentiras. de dos colores y de mil remiendos,
Mas vuelve, ¡oh Musa!, tú , para que pueda dando juntos maullos estupendos,
ayudarme el favor de tu gimnasio, ¿a quié n no diera gusto,
que para lo que queda, por triste que estuviera,
aunque parece poco, aunque perdido injustamente hubiera
al señ or Anastasio un pleito, que es disgusto
Pantaleó n de la Parrilla invoco, despué s de muchos pasos y dineros,
porque de su tabaco para leones fieros?
me dé siquiera cuanto cubra un taco. Prevenidos, en fin, para el asalto,
Marramaquiz, aunque lo supo tarde, mueven a sobresalto
había hecho alarde los á nimos valientes
de sus gatos amigos, las retumbantes cajas,
y halló que para tantos enemigos previenen uñ as y acicalan dientes
era su gente poca; calando juntas las celadas bajas,
mas, como la defensa le provoca, que en las frentes bisoñ as
las armas al asalto prevenía, má s eran de sarté n que de Borgoñ as,
supuesto que tenía pero en silencio los clarines roncos
poco sustento para cerco largo; que sonaban a modo de zamponas,
y cuidadoso de su nuevo cargo, puesto a la margen de unos verdes troncos,
má s triste y desabrido que no importa saber de lo que fueron,
que poeta afligido, de pies en uno Micifuf bizarro,
que ha parecido mal comedia suya, cuando del sol el carro
o bien la de su có mico enemigo, que Etontes y Flegó n amanecieron,
andaba por la torre, atrá s iban dejando el mediodía,
y viendo que su esposo la socorre, dijo a su belicosa infantería,
Zapaquilda, má s llena de aleluya, que atenta le escuchaba,
má s alegre, contenta y má s quieta que aunque era gato, Ciceró n hablaba:
que aquel mismo poeta, «–Generosos amigos
si ha parecido mal, siendo é l testigo, de mis afrentas y dolor testigos:
la del mayor amigo. la honra, que los á nimos produce,
Prevenido en efeto a tan ilustre empresa me conduce;
de toda defensió n y parapeto, é sta sola me anima;
sacó sus gatos, animoso, al muro, quien no sabe qué es honra, no la estima.
por todas las almenas y troneras, Miente el que dijo, y miente el que lo estampa
vestido de banderas, que «un bel fugir tutta la vita escampa»;
que en alto y de diversos tornasoles, pues mejor viene agora,
eran entre las nubes arreboles; que «un bel morir tutta la vita honora».
y coronado de diversos tiros Es la virtud del hombre
soldados de valor y archimargiros, la que le inclina a los ilustres hechos;
opuestos a la furia del contrario digna es la fama de valientes pechos.
como se mira altivo campanario Hoy habé is de ganar glorioso nombre;
de aldea, donde hay viñ as, ninguna fuerza ni amenaza asombre
el que tené is de gatos bien nacidos, arden las tablas, y los fuertes pinos
que estos viles alardes de la tea interior el humor sudan
(porque en siendo traidores son cobardes) los bienes muebles mudan
ya está n medio vencidos en medio de las llamas;
con só lo haber llegado a sus oídos estos llevan las arcas y las camas
que yo soy quien os guía. y aquellos con el agua los encuentran;
A Aníbal preguntó Scipió n un día estos salen del fuego, aquellos entran;
que cuá l era del mundo el má s valiente, crece la confusió n, y má s si el viento
y é l respondió feroz, con torva frente: favorece al flamífero elemento.
–Alejandro el primero, como el alto Jú piter mirase
el segundo fue Pirro y yo el tercero. desde su Olimpo y estrellado asiento
Si entonces yo viviera, la batalla cruel, de sangre llena,
cuarto lugar me diera. temiendo que quedase
Al arma acometed: yo voy delante: en competencia tan feroz y airada
y el no tener escalas no os espante, la má quina terrestre desgatada,
que no son necesarias las escalas justo remedio a tanto mal ordena.
si en vuestra ligereza tené is alas. «Dioses, no es justo (dijo), que la espada
Dijo, y vibrando un fresno en la ñ udosa sangrienta de la guerra
mano, al muro arremete, se muestre aquí tan fiera y rigurosa,
y con é l mata siete, aunque es la misma de la griega hermosa,
Maú s, Zurró n, Maufrido, Garrafosa, y que muertos los gatos, esta tierra
Ociquimocho, Zambo y Colituerto, se coma de ratones,
gatazo que, de roja piel cubierto, porque se volverá n tan arrogantes,
crió la mondonguífera Garrida, que ya considerá ndose gigantes,
aunque toda su vida no teniendo enemigos de quien huyan
má s enseñ ado a manos y cuajares y el nú mero infinito disminuyan,
que a nobles ejercicios militares. será n nuevos Titanes,
Mas, son tan eficaces las razones y querrá n habitar nuestros desvanes».
formadas de los ínclitos varones, Con esto luego envía
como Alciato escribe, cuando asidos de obscuras nieblas una selva espesa,
llevaba de una cuerda de los labios y la batalla cesa,
el anfitrioníades Alcides, revuelto en sombras de la noche el día;
cuantos hombres prestaban los oídos y desde aquel, con inmortal porfía,
a la elocuencia de los hombres sabios. los unos y los otros prosiguieron,
Pero ya los agravios aquellos en la ofensa,
de Micifuf la guerra comenzaban, y estos en la defensa;
ya los gatos trepaban pero durando el cerco, no tuvieron
la torre por escalas de sus uñ as, remedio ni sustento los cercados;
má s fuertes garabatos tanto, que a Zapaquilda desfigura
que los de tundidores y garduñ as; la hambre la hermosura,
ya por la piedra, entre la cal metidas, vueltas las rosas nieve;
sin estimar las vidas, por onzas come, por adarmes bebe.
subían gatos y bajaban gatos, Marramaquiz, que ya morir la vía,
los unos como bueyes agarrados, con amante osadía,
que clavan en las cuestas las pezuñ as; pero sin que le viesen los soldados,
los otros, como bajan despeñ ados, salió por un resquicio a los tejados
fragmentos de edificio que derriban, de una tronera que en la torre había,
que de su mismo asiento se derrumba. para coger algunos pajarillos.
A cual sirven de tumba, Iba con é l Malvillos,
despué s que del vital aliento privan, que a este solo fió su atrevimiento,
las losas que le arrojan; y por partir la caza del sustento;
a cual de vida y alma le despojan y estando ¡oh dura suerte!
en medio del camino. acechando a la punta de un alero
No despide en obscuro remolino un tordo que cantaba,
má s balas tempestad de puro hielo. la inexorable muerte,
que bajan plomos de la torre al suelo. flechando el arco fiero,
Allí murió Galvá n, allí Trebejos, traidora le acechaba.
que le acertó la muerte desde lejos, ¿Qué prevenciones, qué armas, qué soldados
dá ndole con un cá ntaro en los cascos, resistirá n la fuerza de los hados?
y otros con ollas, bú caros y frascos. Un príncipe que andaba
Así suelen correr por varias partes, tirando a los vencejos
en casa que se quema, los vecinos (nunca hubieran nacido
confusos, sin saber a dó nde acudan. ni el aire tales aves sostenido)
No valen los remedios ni las artes; le dio un arcabuzazo desde lejos.
Cayó para las guerras y consejos; porque le prometieron vasallaje,
cayó sú bitamente hizo luego traer de su bagaje
el gato má s discreto y má s valiente, con mano liberal, peces y queso.
quedando aquel feroz aspecto y bulto Alegre Zapaquilda del suceso,
entre las duras tejas insepulto; mudó el pá lido luto en rico traje,
pero muerto tambié n, como era justo, y para celebrar el casamiento
a las manos de un cesar siempre augusto. llamaron un autor de los famosos,
Llevó Malvillos, pá lido, la nueva, que estando todos en debido asiento,
que de su fe y amor llorando en prueba, en versos numerosos
se mesaban las barbas a porfía, con esta acció n dispuso el argumento,
como tudescos, muerto el que los guía; dejando alegre en el postrero acento
mas, deseando verse satisfechos los ministriles, y de cuatro
del sustento forzoso, en cuatro adornado de luces el teatro.
rindieron las almenas y los pechos
al hé roe sin victoria victorioso; *
y Micifuf, con todos amoroso, * *

También podría gustarte